Anillos, trofeos, medallas olímpicas y traición: la versión deportiva de las treinta monedas de plata

Luis Figo. Fotografía: Cordon Press.

Las treinta monedas de plata de Judas, junto con las presuntas veintitrés puñaladas a Julio César, son tal vez los mayores ejemplos históricos de uno de los pecados más fotogénicos: la traición, que se presenta como un drama en dos actos para el espectador. En un primer momento, cuando la traición en sí ya se ha producido pero aún no se ha descubierto el pastel, la única víctima parece ser la conciencia del traidor… si es que la tiene: hay abundante bibliografía y hemeroteca tendenciosa que se posiciona de forma clara al respecto. Pero cuando sale a la luz la vil verdad, siempre hay algún afectado que se siente dolorosamente engañado (cuando no crucificado o apuñalado). Si además el facineroso traidor es tu amante o un deportista carismático de tu equipo favorito, el futuro solo te ofrece dos alternativas plausibles: inmolarte a lo bonzo en la puerta de una tienda Apple abrazado a una caja de doce botellas de cerveza con zumo de limón como delirante gesto de repulsa absoluta al statu quo, o aceptar que las cosas son así y seguir adelante con tu vida rumiando bilis como el que mastica almendras amargas. En estos casos, siempre reconforta repetir como un mantra joyas de nuestro refranero: «Hay más peces en el mar. Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. A todo cerdo le llega su San Martín… o su Camp Nou».

Blancos, llorones, pagad los sesenta millones

Dentro de la traición en el ámbito deportivo es posible diferenciar dos vertientes. Empecemos por la primera: cuando ciertos deportistas abandonan su equipo de toda la vida y los aficionados se sienten traicionados. El ejemplo paradigmático tiene, como ya supondrán, al futbolista Luis Figo como protagonista. No es novedad que Fútbol Club Barcelona y Real Madrid intercambien jugadores como si fueran hermanos gemelos que comparten ropa. La mayoría de casos de estas características se produjeron sin pena ni gloria, mientras que solo unos pocos fueron tomados por ciertos sectores de la afición como una afrenta personal. Bernd Schuster tuvo que salir escoltado por la policía tras su primer partido en el Camp Nou por un inocente detalle: dar la vuelta de honor con la Supercopa vistiendo la camiseta blanca. Este podría entenderse como un caso especial puesto que el temperamental alemán acabó su relación con los culés como el rosario de la aurora, brindando duras declaraciones, escupiendo en el té de Núñez cuando este no miraba y cosas así.

No obstante, con un carácter menos volcánico y unos modales tan exquisitos como su juego sobre el césped, Michael Laudrup tampoco fue acogido con hospitalidad precisamente en su primer partido del siglo con la camiseta del rival puesto que fue abucheado sin compasión. Pero aquello no fue nada comparado a lo que sufrió Figo, quien contaba con antecedentes que pintaban como inverosímil una espantada: era habitual verlo cantando cuando celebraba títulos con el Barcelona («blancos, llorones, saludad a los campeones»), desgastándose los labios besando el escudo del Barça y, finalmente, negando tres veces a Florentino Pérez antes de que sonara el gallo que anunciaba el fin del periodo electoral madridista. Pocos días después de confirmar su fe en la causa blaugrana en una entrevista trufada de titulares, Figo aparecía contra todo pronóstico junto a Pérez con la camiseta que no empaña entre sus manos rivalizando en blancura con su sonrisa. Y se lio parda. Su primer partido en el Camp Nou vistiendo la elástica madridista provocó una lluvia de billetes del Monopoly a modo de plaga bíblica a pequeña escala y generó diversos estudios que comparaban el nivel de decibelios de los abucheos con diferentes ruidos ensordecedores: aviones despegando, excavadoras picando, grupos de metal alemán ensayando, etc. Fue sin embargo su segunda visita, que aconteció tras recoger el Balón de Oro como jugador del Real Madrid, la que ha pasado a la historia por la inexplicable cabeza de cochinillo lanzada al campo, aunque hay quien es capaz de justificar en cierto modo este tipo de comportamiento: Joan Gaspart, presidente del FC Barcelona por entonces, aseguraba que «entendía» la ira de la afición puesto que Figo había ido «a provocar» lanzando córneres, como el que dice que si no quieres que te violen no lleves minifalda. 

Hay ocasiones en las que pienso en esa persona que, en su casa, decidió que qué mejor complemento para ver un intenso partido de fútbol que una cabeza de cochinillo asado. Es de imaginar que sintiera mareos por su audacia y tuviera que poner las piernas en alto para recuperarse. Ya fuera una decisión muy meditada en la soledad o respaldada con el apoyo de sus conocidos, el caso es que consiguió pasar, entendemos que a escondidas, la cabeza del gorrino y la tiró al campo. Bueno, eso es lo que captaron las cámaras, puede que también lanzara el costillar y algo de guarnición. Es de suponer que cuando lo cuenta en las barras de bar en Barcelona aún hoy conseguirá follar. Gratis, en ocasiones. Haciendo de abogado del diablo, entre lanzar carne asada y la indiferencia absoluta, se podría haber conformado con muchos puntos intermedios: levantar una ceja, lanzar un juramento que afecte a un santo de perfil bajo o negar con la cabeza.

Hasta ahora solo hemos citado ejemplos de futbolistas que emigraron, en busca de un futuro mejor, de la Ciudad Condal a la capital de España, pero obviamente en la afición merengue tampoco han encajado con toda la deportividad que cabría esperar que uno de los suyos acabara en el equipo catalán. El segundo gesto más absurdo en el mundo del fútbol, solo superado por el ya citado beso en el escudo, es no celebrar (o pedir perdón) cuando marcas a un exequipo. Considero que es preferible simular una lesión creíble (molestias en el pubis, elongación de flequillo, retraso mental severo, etc.) a no querer festejar un tanto puesto que pone en duda tu profesionalidad, aunque siempre habrá entre los aficionados quien valore estos gestos vacíos.

Por este motivo, cuando Luis Enrique celebró sin remilgos un gol en el Bernabéu como jugador del Barça, no le sentó del todo bien a la parroquia madridista que, como venganza, propagó rumores de difícil encaje en la genética mendeliana en los que se afirmaba que el asturiano compartía vestuario con su padre. Y es que los grandes competidores ven su camiseta como algo circunstancial: puede ser del color que sea que se partirán la cara por ella y celebrarán los triunfos que consigan como si fuese lo último que fueran a hacer en su vida. Otro ejemplo en esta línea es el baloncestista serbio Sasha Djordjevic, que tras varias temporadas en el Barça se marchó al Madrid y acabó celebrando ostensiblemente en el Palau Blaugrana la victoria como visitante en el quinto y decisivo partido de la final de la ACB del 2000. Por descontado, fue abroncado e invitado a retirarse del campo a empujones por alguno de sus excompañeros.

Si hablamos de baloncesto, el premio al mayor Judas se lo llevó indiscutiblemente LeBron James en el verano de 2010, no tanto por el destino (se fue de Cleveland a Miami, no es una rivalidad histórica que digamos) sino por las formas: anunció que dejaba los Cavaliers por los Heat en un programa de televisión. Cuando pronunció el famoso «llevo mi talento a Miami» se echó en falta en plató algún seguidor de los Cavs para que aquello acabara como el talk show de Laura Bozzo, en el que algún invitado terminaba llevándose una buena mano de hostias o, al menos, era zarandeado con violencia. Tras esta performance televisiva, James desbancó a Benedict Arnold (un general norteamericano que durante la guerra de la Independencia cambió de bando) como imagen del traidor nacional. En Cleveland, como podrán entender, no se lo tomaron muy bien: la gente quemaba públicamente la camiseta de LeBron, mutilaba muñecos vudú y, en definitiva, se vivía un clima similar a los momentos previos a la toma de La Bastilla. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio: James volvió a los Cavs después de cuatro fructíferas temporadas en los Heat (cuatro finales, dos anillos). Las indignadas declaraciones, incendiarias cartas abiertas a los medios y desplantes varios del propietario de los Cavs pasaron a segundo plano. Firma de contrato, apretones de manos, «vuelvo a casa», sonrisas, quién sabe si besos en la boca: aquí paz y después gloria. Y es que, volviendo al refranero, «nunca digas de esa agua no beberé o ese cura no es mi padre»: Fernando Alonso se cavó su propia tumba con su ya mágico «NUNCA volveré a McLaren» (las mayúsculas enfáticas son mías). Y ahí lo tienen, aunque en este caso la única traicionada fue su palabra.

En el baloncesto nacional el caso más sonado fue la marcha del Estudiantes de Alberto Herreros, a quien la demencia (la afición más radical estudiantil) nunca perdonó. El Real Madrid ha pescado con frecuencia en el caladero estudiantil (los hermanos Reyes, Antúnez, Orenga, Carlos Suárez, etc.) pero Herreros era la niña bonita. A los abucheos interminables y los esperados calificativos (pesetero, Judas, vendido…) que le dedicaban cada vez que volvía como visitante, le añadieron el «¿Dónde están los trofeos?» cuando el Madrid estuvo algunas temporadas en blanco. El aficionado madridista tomó buena nota y le aplica la misma medicina al ahora blaugrana Ante Tomic que se fue del Madrid «para ganar títulos». 

Mi nacionalidad es esta, pero si no le gusta tengo otras

El otro tipo de traición deportiva tiene que ver con los colores nacionales. Dejando de lado casos singulares en los que el pecado se transforma en delito como el goteo constante de deserciones de deportistas cubanos cada vez que acuden a un evento internacional, o la caída en desgracia del ajedrecista Bobby Fischer, que pasó de ser un símbolo estadounidense que se enfrentaba al comunismo a traidor de la patria, lo habitual es que se genere cierta polémica por la elección de una nacionalidad a la que defender. 

Obtener la nacionalidad de un país puede ser tan simple como firmar unos papeles o tan difícil como realizar una serie de pruebas que rivalizan en dificultad con una combinación entre El tiempo es oro y el pentatlón moderno. Qatar es uno de los países que presenta requisitos digamos más relajados para obtener su nacionalidad. Así, la selección qatarí de balonmano que disputó el Mundial 2015 como anfitriona contaba con ocho nacionalizados (un español, un tunecino, un bosnio, un francés, un cubano y tres montenegrinos) y parecía una plantilla fichada a golpe de talonario por un oligarca ruso o un jeque árabe. Ups.

En otras situaciones, los deportistas acceden a nacionalizarse no ya por intereses económicos, sino puramente deportivos. Nikola Mirotic y Serge Ibaka se decantaron por España por nuestro carácter extrovertido, nuestra merecida fama de buenos conversadores y porque nuestro combinado nacional está al más alto nivel mundial o, al menos, a un nivel algo superior a Montenegro y Congo, respectivamente. En cambio, en esta época decidirte entre la canarinha o la roja en fútbol es un verdadero dilema. Diego Costa finalmente se embarcó con España y bien que se lo recordaron con sorna los aficionados brasileños en el Mundial de 2014. Fíjense si será una decisión difícil, que los hermanos Thiago y Rafinha Alcántara, hijos del mítico Mazinho, han tomado caminos divergentes: uno representa internacionalmente a España y el otro a Brasil. 

También se busca una nación refugio cuando el deportista es consciente de que participar representando a su país es prácticamente imposible por el talento de sus compatriotas, especialmente en el caso del baloncesto si eres norteamericano. Así, no es extraño encontrar estadounidenses nacionalizados en exóticos combinados nacionales como en Macedonia (Bo McCalebb), Croacia (Dontaye Draper), Georgia (Jacob Pullen) o incluso Rusia (J. R. Holden, lo recordarán por la última canasta que nos privó del Eurobasket 2007). Un caso similar a este último que tuvo gran repercusión fue el de Becky Hammon. La baloncestista, una de las mejores jugadoras de la WNBA, al no verse incluida en la preselección de su país para los Juegos Olímpicos de Pekín decidió nacionalizarse rusa. El problema vino cuando USA Basketball hizo pública otra preselección en la que sí estaba Hammon y esta, herida en su orgullo y empeñada su palabra, siguió adelante con su decisión. Este gesto le valió un torrente de críticas hacia su patriotismo, incluso la seleccionadora la llamó indirectamente traidora (ah, de nuevo la palabra) a lo que Hammon vino a responder que a ella no le vinieran con lecciones, que la habían dejado de lado, que ella era americana de las de «Dios, familia y país» y que, al fin y al cabo, abrirse camino ante las adversidades forma parte del espíritu americano. El curso del torneo olímpico quiso que las semifinales arrojaran un Rusia-Estado Unidos rebosante de morbo aunque la neta superioridad de las norteamericanas y los nervios que atenazaron a Hammon, que jugó un partido pésimo, evitaron la sorpresa. No obstante, en el encuentro por el tercer y cuarto puesto frente a las chinas, Hammon se recompuso y sus veintidós puntos ayudaron decisivamente a que Rusia se colgara la medalla de bronce. Años más tarde, Becky Hammon se retiró del baloncesto profesional siendo considerada como una de las quince mejores jugadoras de la historia y es hoy en día la primera mujer entrenadora asistente en la NBA, en los San Antonio Spurs. Parece que la traidora sí que consiguió abrirse camino.


The Last Dance: el puro, el bate y Michael Jordan

The Last Dance. Imagen: Netflix

Cuando comenzó la emisión del estupendo documental The Last Dance se asumía que la secuencia clave iba a ser el último minuto del sexto partido de la final de 1998. Rodada con una combinación de imágenes de archivo, entrevistas de actualidad y metraje inédito grabado dentro de la intimidad de la plantilla en la temporada 1997-1998 (la llamada «el último baile» que da nombre a la serie), en realidad no ha aportado mucho a lo que ya sabía la mayoría de seguidores de la NBA de los ochenta y noventa… aparte, eso sí, de inundarnos de nostalgia y de comprobar cómo ha tratado el tiempo a algunos entrevistados, como la sensata madurez de B. J. Armstrong o Toni Kukoc y el pacto con el diablo de Carmen Electra, pasando por el preocupante color de ojos de Michael Jordan o el formidable tono de negro del pelo de Scottie Pippen, y dejando en el aire cuestiones como por qué se está transformando Dennis Rodman en Paco Clavel o si los hombros de Phil Jackson los ha diseñado Volvo.

Aunque en especial en los primeros capítulos se entraba en detalle en otros elementos clave del éxito de los Bulls (como Pippen o Rodman), a medida que se iba desarrollando la serie fuimos descubriendo que el enfoque de la misma gravitaba, como sospechábamos, en torno a Jordan. En fin, es ridículo entrar en la polémica sobre los destripes porque hace ya más de diez años de aquello y copó portadas y muchos minutos en los medios, así que todos sabemos ya lo que hizo Jordan en toda su carrera, en especial durante la temporada 97-98 y, en concreto, en los últimos segundos de la final. Pero eso es la punta del iceberg: bajo esa finta a Bryon Russell y el tiro en suspensión con pose para la historia se encuentra una mole monolítica de mentalidad ganadora que coquetea con la psicopatía. Y esa característica queda reflejada a la perfección con una sola escena de todo el metraje, incluida en el episodio VIII. Es reveladora, cinematográfica, por momentos da la sensación de estar guionizada, pero es imposible que lo sea porque cualquiera que haya visto Space Jam sabe que las habilidades actorales de Jordan, a diferencia de las baloncestísticas, son terrenales.

The Last Dance: La Escena. Imagen: Netflix

La secuencia en concreto tiene lugar el día después de que Charlotte Hornets empatara la serie a 1 en la primera ronda de playoff de la temporada 97-98. Jordan está en el vestuario, con ropa de entrenamiento, jugueteando con un bate de béisbol, silbando y con un tremendo puro entre sus dedos. En mitad de uno de los hitos deportivos mundiales de cada año, el en aquel momento ya indiscutible mejor baloncestista de todos los tiempos está fumando en vestuario justo antes (o después, no está situado temporalmente) de una sesión preparatoria. Uno de los reporteros que han conseguido el permiso para grabar a los Bulls durante ese año pregunta al escolta:

—¿Estás cabreado por lo de anoche?

—¿Por qué? ¿Debería?

MJ intenta disimular con una sonrisa, quitarle importancia. No lo consigue. Su lenguaje corporal está diciendo «te reviento con el bate; te piso el cuello, hijo de puta», pero su boca murmura:

—Perdimos un partido, nada más.

Añade:

—Mañana entraremos a matar. No pasa nada.

Y pone cara de psicópata; a pesar de transmitir cierta contrariedad, también parece estar encantado con esta situación. Frunce el ceño. Aferra el bate con las dos manos, lo balancea. Comienza a reflexionar en voz alta, iniciando un monólogo que deja ver su filosofía al respecto:

—Veremos si nos vacilan cuando estemos los dos cero a cero en lugar de ellos llevándonos ventaja. Ahí es donde empieza.

Sin dejar de balancear el bate, dice:

—Así demuestras lo que vales, si vacilas cuando estáis empatados. O cuando vas perdiendo. Cuando vas ganando es más fácil hablar.

Vuelve a sonreír. Sopesa el bate. Está macerando la rabia. Sabe que va a acabar con ellos. Todos sabemos que va a acabar con ellos. Fin de la escena.

La obsesión competitiva de Jordan se ha reflejado en numerosas ocasiones en el documental (otra escena inédita muy elocuente es la repetida apuesta con un miembro de seguridad a ver quién deja la moneda más cerca de la pared), pero esta vez es la más visual. Casi se adivina el mecanismo mental de un competidor enfermizo, de qué maneras busca motivarse. Hemos visto algunas de ellas, como crear afrentas inexistentes (el «buen partido, Mike» que supuestamente le dijo LaBradford Smith pero resulta que se lo inventó) o nimias («George Karl no me saludó en un restaurante»). A muchos ha sorprendido esta faceta, como si no la hubieran detectado hasta ahora. Hay infinidad de anécdotas aparte de las incluidas en The Last Dance: durante la universidad perdió una partida al billar con un entrenador y se marchó cabreado gritando que la mesa no era reglamentaria (en una entrevista, veinticinco años más tarde, lo recordaba perfectamente y recalcaba que después le ganó varias partidas).

También se ha podido constatar que era tan tenaz en su afán por ganar que la exigencia rozaba el límite de la humillación a sus propios compañeros. Por ejemplo, durante su etapa en North Carolina apuntaba en una pizarra del vestuario, en una lista con todos los jugadores, las veces que machacaba por encima de ellos. ¿Alguien imagina trabajo más ingrato que ser el escolta suplente de los Bulls durante el reinado de Jordan? No solo tus minutos de juego serían muy escasos, sino que en los entrenamientos tienes que defender al mejor jugador del mundo… y también es él quien te defiende a ti cuanto tú atacas. Incluso esta forma de afrontar la competición caló en todo su entorno y se potenciaba en sus anuncios publicitarios («Dime que estoy viejo. Dime que ya no puedo volar»). También es verdad que se puede haber diluido en la memoria porque Nike extendió este tipo de eslóganes de manera artificial y que chocaba ver, con el mismo espíritu, a Iván de la Peña diciendo «si yo juego en él, el partido es mío». No, no es lo mismo.

¿Cómo un chaval de Wilmington, Carolina del Norte, que nunca había estado en Chicago, consiguió que «el circo ambulante de cocaína» que eran los Bulls a principios de los ochenta se convirtiera en una máquina de ganar con seis títulos en ocho años? Es decir, ¿cuál fue de verdad la «cerilla para prender todo ese fuego»? El origen de esa competitividad se intuye en la serie. No hace falta ser muy perspicaz para detectar que la relación con su padre le marcó muy profundamente. Para mal, incluso. Sin ir más lejos, hasta el gesto de sacar la lengua mientras jugaba fue heredado o más bien copiado a su padre, quien lo hacía cuando trasteaba con las herramientas. James Jordan contaba que cuando Michael era un niño le mandaba literalmente a la cocina con las mujeres porque era muy poco habilidoso en los trabajos manuales y chapuzas domésticas. Ser el cuarto hijo de cinco, el menor varón, y con esa imagen que tenía su padre sobre él daría para desarrollar al menos dos actos de un drama griego.

La forma de destacar y atraer la atención de su progenitor fue el deporte, tanto dentro del hogar (jugando en la canasta del patio trasero contra su hermano Larry, uno de los que le robaba la atención de su progenitor) como fuera del mismo, primero en el béisbol durante su etapa escolar y después en el baloncesto. Es decir, un ámbito en el que poder hacer sentirse orgulloso a su padre ya que no opinaba lo mismo de sus habilidades «masculinas«. Y vaya si lo hizo. En todos sus triunfos ahí estaba al lado James. Durante cada una de las celebraciones del primer three-peat había dos constantes en las imágenes de Jordan en esos momentos: el puro y su padre. Tras su muerte, y si asumimos la versión oficial, MJ dejó el baloncesto para jugar al béisbol, su primera pasión competitiva… y el deporte favorito de su padre. Ya le había comentado en vida que lo haría, pero tras el asesinato de James se antoja una obligación moral para un hijo que expresaba una devoción sin límite por su padre. Fue una presencia apabullante en la vida de Jordan, condicionando fuertemente su personalidad desde la infancia, apoyándose en él durante toda su carrera y teniéndolo presente siempre, en especial durante la consecución del cuarto anillo en el día del padre, rompiendo a llorar desconsoladamente en el suelo del vestuario.

El puro como emblema de la victoria, el bate de béisbol como el símbolo de la influencia de su padre y Michael Jordan compartiendo sus ideas competitivas y métodos para motivarse. Todo estaba en esa escena. Un documental extraordinario para poder admirar, una vez más, al mejor y más plástico competidor de la historia del baloncesto.

Cómo que «competidor». Imagen: Netflix


La versión deportiva de las treinta monedas de plata

Luis Figo, Liga 98-99. Fotografía: Cordon.

Las treinta monedas de plata de Judas, junto con las presuntas veintitrés puñaladas a Julio César, son tal vez los mayores ejemplos históricos de uno de los pecados más fotogénicos: la traición, que se presenta como un drama en dos actos para el espectador. En un primer momento, cuando la traición en sí ya se ha producido pero aún no se ha descubierto el pastel, la única víctima parece ser la conciencia del traidor… si es que la tiene: hay abundante bibliografía y hemeroteca tendenciosa que se posiciona de forma clara al respecto. Pero cuando sale a la luz la vil verdad, siempre hay algún afectado que se siente dolorosamente engañado (cuando no crucificado o apuñalado). Si además el facineroso traidor es tu amante o un deportista carismático de tu equipo favorito, el futuro solo te ofrece dos alternativas plausibles: inmolarte a lo bonzo en la puerta de una tienda Apple abrazado a una caja de doce botellas de cerveza con zumo de limón como delirante gesto de repulsa absoluta al statu quo, o aceptar que las cosas son así y seguir adelante con tu vida rumiando bilis como el que mastica almendras amargas. En estos casos, siempre reconforta repetir como un mantra joyas de nuestro refranero: «Hay más peces en el mar. Arrieritos somos y en el camino nos encontraremos. A todo cerdo le llega su San Martín… o su Camp Nou».

Blancos, llorones, pagad los sesenta millones

Dentro de la traición en el ámbito deportivo es posible diferenciar dos vertientes. Empecemos por la primera: cuando ciertos deportistas abandonan su equipo de toda la vida y los aficionados se sienten traicionados. El ejemplo paradigmático tiene, como ya supondrán, al futbolista Luis Figo como protagonista. No es novedad que Fútbol Club Barcelona y Real Madrid intercambien jugadores como si fueran hermanos gemelos que comparten ropa. La mayoría de casos de estas características se produjeron sin pena ni gloria, mientras que solo unos pocos fueron tomados por ciertos sectores de la afición como una afrenta personal. Bernd Schuster tuvo que salir escoltado por la policía tras su primer partido en el Camp Nou por un inocente detalle: dar la vuelta de honor con la Supercopa vistiendo la camiseta blanca. Este podría entenderse como un caso especial puesto que el temperamental alemán acabó su relación con los culés como el rosario de la aurora, brindando duras declaraciones, escupiendo en el té de Núñez cuando este no miraba y cosas así. No obstante, con un carácter menos volcánico y unos modales tan exquisitos como su juego sobre el césped, Michael Laudrup tampoco fue acogido con hospitalidad precisamente en su primer partido del siglo con la camiseta del rival puesto que fue abucheado sin compasión.

Pero aquello no fue nada comparado a lo que sufrió Figo, quien contaba con antecedentes que pintaban como inverosímil una espantada: era habitual verlo cantando cuando celebraba títulos con el Barcelona («blancos, llorones, saludad a los campeones»), desgastándose los labios besando el escudo del Barça y, finalmente, negando tres veces a Florentino Pérez antes de que sonara el gallo que anunciaba el fin del periodo electoral madridista. Pocos días después de confirmar su fe en la causa blaugrana en una entrevista trufada de titulares, Figo aparecía contra todo pronóstico junto a Pérez con la camiseta que no empaña entre sus manos rivalizando en blancura con su sonrisa. Y se lio parda. Su primer partido en el Camp Nou vistiendo la elástica madridista provocó una lluvia de billetes del Monopoly a modo de plaga bíblica a pequeña escala y generó diversos estudios que comparaban el nivel de decibelios de los abucheos con diferentes ruidos ensordecedores: aviones despegando, excavadoras picando, grupos de metal alemán ensayando, etc. Fue sin embargo su segunda visita, que aconteció tras recoger el Balón de Oro como jugador del Real Madrid, la que ha pasado a la historia por la inexplicable cabeza de cochinillo lanzada al campo, aunque hay quien es capaz de justificar en cierto modo este tipo de comportamiento: Joan Gaspart, presidente del FC Barcelona por entonces, aseguraba que «entendía» la ira de la afición puesto que Figo había ido «a provocar» lanzando córneres, como el que dice que si no quieres que te violen no lleves minifalda.

Hay ocasiones en las que pienso en esa persona que, en su casa, decidió que qué mejor complemento para ver un intenso partido de fútbol que una cabeza de cochinillo asado. Es de imaginar que sintiera mareos por su audacia y tuviera que poner las piernas en alto para recuperarse. Ya fuera una decisión muy meditada en la soledad o respaldada con el apoyo de sus conocidos, el caso es que consiguió pasar, entendemos que a escondidas, la cabeza del gorrino y la tiró al campo. Bueno, eso es lo que captaron las cámaras, puede que también lanzara el costillar y algo de guarnición. Es de suponer que cuando lo cuenta en las barras de bar en Barcelona aún hoy conseguirá follar. Gratis, en ocasiones. Haciendo de abogado del diablo, entre lanzar carne asada y la indiferencia absoluta, se podría haber conformado con muchos puntos intermedios: levantar una ceja, lanzar un juramento que afecte a un santo de perfil bajo o negar con la cabeza.

Hasta ahora solo hemos citado ejemplos de futbolistas que emigraron, en busca de un futuro mejor, de la Ciudad Condal a la capital de España, pero obviamente en la afición merengue tampoco han encajado con toda la deportividad que cabría esperar que uno de los suyos acabara en el equipo catalán. El segundo gesto más absurdo en el mundo del fútbol, solo superado por el ya citado beso en el escudo, es no celebrar (o pedir perdón) cuando marcas a un exequipo. Considero que es preferible simular una lesión creíble (molestias en el pubis, elongación de flequillo, retraso mental severo, etc.) a no querer festejar un tanto puesto que pone en duda tu profesionalidad, aunque siempre habrá entre los aficionados quien valore estos gestos vacíos. Por este motivo, cuando Luis Enrique celebró sin remilgos un gol en el Bernabéu como jugador del Barça, no le sentó del todo bien a la parroquia madridista que, como venganza, propagó rumores de difícil encaje en la genética mendeliana en los que se afirmaba que el asturiano compartía vestuario con su padre. Y es que los grandes competidores ven su camiseta como algo circunstancial: puede ser del color que sea que se partirán la cara por ella y celebrarán los triunfos que consigan como si fuese lo último que fueran a hacer en su vida. Otro ejemplo en esta línea es el baloncestista serbio Sasha Djordjevic, que tras varias temporadas en el Barça se marchó al Madrid y acabó celebrando ostensiblemente en el Palau Blaugrana la victoria como visitante en el quinto y decisivo partido de la final de la ACB del 2000. Por descontado, fue abroncado e invitado a retirarse del campo a empujones por alguno de sus excompañeros.

Si hablamos de baloncesto, el premio al mayor Judas se lo llevó indiscutiblemente LeBron James en el verano de 2010, no tanto por el destino (se fue de Cleveland a Miami, no es una rivalidad histórica que digamos) sino por las formas: anunció que dejaba los Cavaliers por los Heat en un programa de televisión. Cuando pronunció el famoso «llevo mi talento a Miami» se echó en falta en plató algún seguidor de los Cavs para que aquello acabara como el talk show de Laura Bozzo, en el que algún invitado terminaba llevándose una buena mano de hostias o, al menos, era zarandeado con violencia. Tras esta performance televisiva, James desbancó a Benedict Arnold (un general norteamericano que durante la guerra de la Independencia cambió de bando) como imagen del traidor nacional. En Cleveland, como podrán entender, no se lo tomaron muy bien: la gente quemaba públicamente la camiseta de LeBron, mutilaba muñecos vudú y, en definitiva, se vivía un clima similar a los momentos previos a la toma de La Bastilla. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio: James volvió a los Cavs después de cuatro fructíferas temporadas en los Heat (cuatro finales, dos anillos). Las indignadas declaraciones, incendiarias cartas abiertas a los medios y desplantes varios del propietario de los Cavs pasaron a segundo plano. Firma de contrato, apretones de manos, «vuelvo a casa», sonrisas, quién sabe si besos en la boca: aquí paz y después gloria. Y es que, volviendo al refranero, «nunca digas de esa agua no beberé o ese cura no es mi padre»: Fernando Alonso se cavó su propia tumba con su ya mágico «NUNCA volveré a McLaren» (las mayúsculas enfáticas son mías). Aunque en este caso la única traicionada fue su palabra.

En el baloncesto nacional el caso más sonado fue la marcha del Estudiantes de Alberto Herreros, a quien la demencia (la afición más radical estudiantil) nunca perdonó. El Real Madrid ha pescado con frecuencia en el caladero estudiantil (los hermanos Reyes, Antúnez, Orenga, Carlos Suárez, etc.) pero Herreros era la niña bonita. A los abucheos interminables y los esperados calificativos (pesetero, Judas, vendido…) que le dedicaban cada vez que volvía como visitante, le añadieron el «¿Dónde están los trofeos?» cuando el Madrid estuvo algunas temporadas en blanco. El aficionado madridista tomó buena nota y le aplica la misma medicina al ahora blaugrana Ante Tomić que se fue del Madrid «para ganar títulos».

Mi nacionalidad es esta, pero si no le gusta tengo otras

El otro tipo de traición deportiva tiene que ver con los colores nacionales. Dejando de lado casos singulares en los que el pecado se transforma en delito como el goteo constante de deserciones de deportistas cubanos cada vez que acuden a un evento internacional, o la caída en desgracia del ajedrecista Bobby Fischer que pasó de ser un símbolo estadounidense que se enfrentaba al comunismo a traidor de la patria, lo habitual es que se genere cierta polémica por la elección de una nacionalidad a la que defender.

Obtener la nacionalidad de un país puede ser tan simple como firmar unos papeles o tan difícil como realizar una serie de pruebas que rivalizan en dificultad con una combinación entre «El tiempo es oro» y el pentatlón moderno. Qatar es uno de los países que presenta requisitos digamos más relajados para obtener su nacionalidad. Así, la selección qatarí de balonmano que disputó el Mundial 2015 como anfitriona contaba con ocho nacionalizados (un español, un tunecino, un bosnio, un francés, un cubano y tres montenegrinos) y parecía una plantilla fichada a golpe de talonario por un oligarca ruso o un jeque árabe. Ups.

En otras situaciones, los deportistas acceden a nacionalizarse no ya por intereses económicos, sino puramente deportivos. Nikola Mirotic y Serge Ibaka se decantaron por España por nuestro carácter extrovertido, nuestra merecida fama de buenos conversadores y porque nuestro combinado nacional está al más alto nivel mundial o, al menos, a un nivel algo superior a Montenegro y Congo, respectivamente. En cambio, en esta época decidirte entre la canarinha o la roja en fútbol es un verdadero dilema. Diego Costa finalmente se embarcó con España y bien que se lo recordaron con sorna los aficionados brasileños en el Mundial de 2014. Fíjense si será una decisión difícil, que los hermanos Thiago y Rafinha Alcántara, hijos del mítico Mazinho, han tomado caminos divergentes: uno representa internacionalmente a España y el otro a Brasil.

También se busca una nación refugio cuando el deportista es consciente de que participar representando a su país es prácticamente imposible por el talento de sus compatriotas, especialmente en el caso del baloncesto si eres norteamericano. Así, no es extraño encontrar estadounidenses nacionalizados en exóticos combinados nacionales como en Macedonia (Bo McCalebb), Croacia (Dontaye Draper), Georgia (Jacob Pullen) o incluso Rusia (J. R. Holden, lo recordarán por la última canasta que nos privó del Eurobasket 2007). Un caso similar a este último que tuvo gran repercusión fue el de Becky Hammon. La baloncestista, una de las mejores jugadoras de la WNBA, al no verse incluida en la preselección de su país para los Juegos Olímpicos de Pekín decidió nacionalizarse rusa. El problema vino cuando USA Basketball hizo pública otra preselección en la que sí estaba Hammon y esta, herida en su orgullo y empeñada su palabra, siguió adelante con su decisión. Este gesto le valió un torrente de críticas hacia su patriotismo, incluso la seleccionadora la llamó indirectamente traidora (ah, de nuevo la palabra) a lo que Hammon vino a responder que a ella no le vinieran con lecciones, que la habían dejado de lado, que ella era americana de las de «Dios, familia y país» y que, al fin y al cabo, abrirse camino ante las adversidades forma parte del espíritu americano. El curso del torneo olímpico quiso que las semifinales arrojaran un Rusia-Estado Unidos rebosante de morbo aunque la neta superioridad de las norteamericanas y los nervios que atenazaron a Hammon, que jugó un partido pésimo, evitaron la sorpresa. No obstante, en el encuentro por el tercer y cuarto puesto frente a las chinas, Hammon se recompuso y sus veintidós puntos ayudaron decisivamente a que Rusia se colgara la medalla de bronce. Años más tarde, Becky Hammon se retiró del baloncesto profesional siendo considerada como una de las quince mejores jugadoras de la historia y es hoy en día la primera mujer entrenadora asistente en la NBA, en los San Antonio Spurs. Parece que la traidora sí que consiguió abrirse camino.


Una retirada a tiempo es una victoria

Chris Andersen, Birdman. Foto: Cordon Press.

Según diversos estudios, en torno al 60 % de los jugadores de la NBA están arruinados cinco años después de retirarse. Malas cabezas. Aun así, da la sensación de que alguno, con loable afán de superación, piensa «¿por qué esperar a retirarse?» y la lía a lo grande estando aún en activo. No son pocos los que se dejan llevar y, en plena carrera deportiva, tienen tremendos problemas de sobrepeso, incidentes con armas de fuego, realizan excursiones a la mansión de Playboy, acaban en fiestas con mesillas de noche cubiertas de cocaína y, en resumen, todo tipo de actividad incompatible con la práctica de baloncesto profesional, llegando al extremo de convertirse prácticamente en exjugadores estando aún en la veintena y finalizando sus carreras sin haber explotado al máximo todo su potencial. Esta recua de inconscientes merece, en cierto modo, reconocimiento.

Aquí decimos el pecado y el pecador

El reglamento de la NBA en lo referente a sustancias prohibidas siempre se ha visto con cierto escepticismo a este lado del Atlántico. Da la impresión de que se persigue con más interés el consumo de drogas digamos recreativas, que ellos llaman «drogas de abuso» (cocaína, anfetaminas, marihuana, etc.), que el dopaje deportivo en sí que busca una mejora del rendimiento (esteroides, hormonas del crecimiento, etc.). La NBA es muy celosa de su imagen y en general solo se puede inferir el tipo de sustancia que ha tomado un jugador a partir de la duración de la sanción, reglada en el convenio colectivo.

El caso más dramático y que batió todos los récords de precocidad —aunque técnicamente ni siquiera era jugador de la NBA de forma oficial— fue el de Len Bias. Una fuerza de la naturaleza llamada a capitanear a la nueva generación de los Celtics en los ochenta fallecía de una sobredosis en mitad de una fiesta privada con alcohol y treinta gramos de cocaína apenas dos días después de ser elegido en el número 2 del draft por la franquicia de Boston.

También se rozó la tragedia con Lamar Odom. El ala pívot ya había sido suspendido durante su etapa de jugador al detectarse droga en sus análisis en dos ocasiones en 2001, pero no parece que aprendiera la lección. Su declive podría situarse cuando empezó a frecuentar reality shows debido a su matrimonio con Khloé Kardashian. Eso nunca le viene bien a nadie. En agosto de 2013, siendo agente libre, fue detenido por la policía con los cargos de conducir bajo los efectos de alguna droga que no se pudo precisar puesto que se negó a hacerse el test. Este hecho pudo provocar que ningún equipo le quisiera fichar y no volviera a jugar más al baloncesto de forma oficial a excepción de dos partidos decepcionantes en las filas del Baskonia en la primavera de 2014. En otoño de 2015 apareció inconsciente en un burdel imaginativamente llamado Rancho El Amor tras varios días de juerga en los que no faltaron sexo, alcohol, cocaína y Viagra. A duras penas salió del coma.

Sin llegar a estas situaciones extremas, la sanción más habitual suele ser por consumo de marihuana, cuya ilegalidad dentro de la NBA está en pleno debate tras promulgarse varias leyes estatales que la regulan e incluso porque exjugadores la recomiendan para soportar la presión y el dolor físico que sufren al exprimir sus cuerpos al máximo. Como resumen, en este milenio un par de docenas de jugadores han sido sancionados por consumo de esta sustancia, algunos tan famosos como Jason «Chocolate Blanco» Williams, Christian Laettner (el jugador n.º 12 del Dream Team de Barcelona 92), Shawn Kemp, Ricky Davis, Brad Miller o J. R. Smith, entre otros. Lo asombroso es que muchos de ellos fueron pillados en el único control que tuvieron que pasar esa temporada. Esto da que pensar: o tuvieron muy mala suerte o es que lo habitual es que echen más humo que una chimenea industrial.

En algún caso, la sanción ha servido para reconducir la carrera profesional del descarriado. Chris Andersen, apodado Birdman, tuvo tiempo de dar tres veces positivo por marihuana y una por cocaína en sus dos primeras temporadas en la liga. De aquella época versa una anécdota muy significativa: Andersen acudió a una tienda de informática a comprar un portátil. Acompañado de dos mujeres enganchadas a sus brazos, cuando le preguntaron para qué era el ordenador con el fin de ofrecerle el que mejor se ajustara a sus necesidades, Andersen fue muy claro: «Para ver porno». Fue suspendido dos años sin jugar. Cumplida la suspensión, volvió convertido en otro hombre. Literalmente. No parece la misma persona y cualquiera diría que lo que antes se gastaba en droga ahora lo invierte en tatuajes. En cambio, las sanciones no enderezaron el rumbo de otros jugadores, del que es ejemplo paradigmático Roy Tarpley, un center con muy buenas aptitudes. Fue suspendido indefinidamente de la NBA en 1991 por problemas con el alcohol y la cocaína. Fue readmitido en 1994, pero en 1995 le expulsaron de manera permanente por romper las condiciones de su readmisión (es decir, reincidió). Hizo carrera en Europa y China, y murió en 2015 con cincuenta años.

Como anécdota, dentro de la subcategoría de las excusas más ridículas podemos citar al griego Nick Calathes, al que le fue detectada una sustancia que se utiliza como enmascaradora del consumo de esteroides. Como suele suceder, se declaró inocente y argumentó que el tamoxifeno que habían encontrado en su organismo se debía a un tratamiento que estaba siguiendo contra la caída del cabello. Finalmente, Calathes fue suspendido por veinte partidos y hoy en día juega en Europa y está calvo como una bombilla.

Hay jugadores que no se han conformado con comportarse de manera muy poco profesional en una sola faceta, auténticos hombres del Renacimiento en el campo de la autodestrucción, como el anteriormente citado J. R. Smith. Con seguridad, la imagen de su legado será la celebración del campeonato de 2016 cuando, además de abusar del champán, de Las Vegas y de puros (que se sepa), pasó más de setenta y dos horas vestido únicamente con pantalones cortos, incluyendo el desfile de recibimiento en Cleveland. Meses más tarde, en la tradicional recepción oficial en la Casa Blanca, Barak Obama le agradeció públicamente que llevara puesta una camisa para la ocasión. Su historial de despropósitos es largo: en 2012 la liga le puso una multa de veinticinco mil dólares por un tuit inapropiado (una foto del culo de su novia, Tahiry Jose, sin permiso de esta). En 2013 fue fotografiado en una fiesta a altas horas de la madrugada con Rihanna, en mitad de los playoffs. Saliendo al paso de los rumores de que el idilio entre ellos había descentrado al jugador (Smith estuvo a un nivel mucho más bajo que en la temporada regular), la cantante afirmó que este no había jugado bien porque estuvo todos los partidos de la serie sufriendo resaca. Puede que J. R., que estuvo en la cárcel por un accidente de tráfico mortal, haya encontrado en el anillo una razón para reformarse.

Las hamburguesas no suelen ser buenas compañeras de viaje en una carrera profesional. Es de muy dudosa validez el índice de masa corporal, calculado únicamente a partir de la altura y el peso. Yo mismo, sin ir más lejos, si ahora tengo un accidente y pierdo un brazo y una pierna con un corte limpio, sin muñón, estaría automáticamente en mi peso ideal sin hacer ejercicio. Sirva esta observación para poner en contexto el estudio que se hizo en 2005 en la NBA según el cual, de los cuatrocientos veintiséis jugadores de la liga, doscientos al menos tenían sobrepeso según las tablas de dicho IMC. Bueno, hasta ahí el análisis. Hablemos del caso particular de Oliver Miller. Este pívot llegó a pesar sesenta y nueve kilos… ¡por encima de su peso ideal! Lastrando, obviamente, sus desplazamientos y su importancia en el juego. De hecho, era tomado a broma hasta por las mascotas de los equipos, como cuando el Gorila de los Phoenix Suns salió ataviado con la camiseta de este jugador con un relleno que hacía parecer anoréxico al muñeco de Michelin. Dejando de lado excesos como el de Miller, es bastante habitual que algunos jugadores se descuiden y pasen de lucir un cuerpo fibroso a barrigas prominentes. Casos como el de Shawn Kemp en la recta final de su carrera o el de Andrew Bynum, sin equipo desde 2014 (tenía en ese momento veintisiete años). Bynum tenía potencial para ser el pívot más determinante de la liga, pero decisiones discutibles como acudir a la mansión Playboy o al Mundial de fútbol de Sudáfrica en lugar de operarse de una lesión, o preferir comer a hacer pesas, le hicieron autoexcluirse de la NBA.

Además de drogas y comida, otra afición nada desdeñable dentro de la NBA es apostar. Jay Williams, exjugador y comentarista en la actualidad, contó que en una ocasión perdió cien mil dólares en un día jugando a piedra, papel y tijera. Hay que estar muy aburrido para hacer algo así. Ha habido jugadores empedernidos, como Michael Jordan o Charles Barkley, pero, claro, cualquiera les decía nada con las exhibiciones que daban luego en la cancha. En cambio, a Gilbert Arenas el juego sí que le truncó la carrera. Se descubrió que jugaba al póker online en los descansos de los partidos, aunque su incidente más famoso ocurrió a finales de 2009, cuando acabó encañonándose con armas de fuego en el vestuario con su compañero Javaris Crittenton por una deuda contraída en un juego de azar. Además, en un registro posterior encontraron otro puñado de armas en su taquilla. Mientras la NBA decidía qué hacer, a Arenas, dueño de un sentido del humor muy particular (una vez defecó dentro de las zapatillas de un rookie a modo de novatada), no se lo ocurrió otra cosa que, durante la presentación de los jugadores al inicio de los siguientes partidos, simular que apuntaba con una pistola a sus compañeros. El comisionado David Stern suspendió a los dos el resto de la temporada. Arenas, que había sido tres veces All Star hasta ese momento, nunca volvió a ser el mismo. Pero peor fue lo de Crittenton, que tras el episodio de las pistolas no volvió a jugar en la NBA y no aprendió la lección: hoy en día está cumpliendo una pena de veintitrés años de prisión por matar de un disparo a una mujer en 2011.

Este artículo está extraído de la revista trimestral Jot Down nº 18, especial Armagedón, disponible en nuestra tienda.


Meterla desde detrás del tablero

Foto: Ani (CC)

Uno de los actos que nos define como humanos alfabetizados es coger una hoja de papel e intentar escribir una obra imperecedera o bien dibujar, distraídos, un puñado de penes. Posteriormente, si el resultado que contemplamos no es de nuestro agrado, realizamos otro gesto que delata nuestra humanidad: arrugamos la hoja hasta convertirla en una bola y buscamos con la vista una papelera. Y si está algo alejada o hay obstáculos de por medio que dificulten el lanzamiento, aceptamos el reto con fruición.

Análogamente, desde que el baloncesto es baloncesto, la posibilidad de introducir el balón en el cesto desde una posición cada vez más complicada ha ido íntimamente ligada al desarrollo del juego. Obviando la distancia, conseguir encestar desde ángulos inverosímiles es tal vez el reto que más oscura satisfacción despierta entre jugadores y aficionados. Así, tarde o temprano en una disputa o una sesión solitaria de tiro, siempre acaba entrando en danza el tablero y, siendo más concretos, su lado oscuro, su reverso tenebroso: es decir, intentar conseguir una canasta lanzando desde donde no brilla el sol. O describiéndolo más prosaicamente, meterla desde detrás del tablero.

Yo también fui a EGB

En la mayoría de los colegios, además de las clásicas porterías con franjas blanquirrojas, contábamos con canastas en el patio: tablero de madera, estructura metálica anclada al suelo, aros rígidos sin red y suelo de hormigón desconchado. En esas condiciones tercermundistas practicábamos un juego que nos entusiasmaba y que aún hoy, cuando desafiamos nuestro sentido del ridículo y rompemos puntualmente la promesa que nos hicimos en 2003 de abandonar toda actividad física, solemos retomar: el que en algunos sitios llaman HORSE y que aquí, o al menos en nuestro entorno, denominábamos «a obligar». Se trataba de encestar desde una posición cualquiera para obligar al rival a convertir la canasta desde el mismo lugar. Si fallaba se le añadía un punto (o un estado clínico: herido, grave, muerto), hasta llegar a un máximo establecido, momento en el cual el juego terminaba (en el caso de HORSE se le añade una letra hasta completar la palabra). Durante el desarrollo del juego se barajaban diversas tácticas similares a una campaña militar: desde guerras de desgaste anotando continuamente a un par de metros del aro acompañadas de una campaña de propaganda para desestabilizar mentalmente al rival (lo que llamábamos «hacer embrujaditas»), hasta buscar bombardeos estratégicos mediante lanzamientos descabellados, ya sea el clásico tiro desde media cancha o, y ahí es donde queríamos llegar, desde detrás del tablero. Si el juego se desarrollaba en las canastas situadas en el patio cubierto, que en general estaban colgadas del techo en una posición amenazante que recordaba a la de un murciélago, el lanzamiento gozaba de un plus de dificultad al tener que evitar la estructura portante. En todo caso, estudiabas cuidadosamente la ubicación de tus pies para que el contrincante, aun impulsándose con todas sus fuerzas, lo tuviera muy jodido para conseguir un ángulo limpio de obstáculos. Había otras versiones del juego más creativas que además obligaban a adoptar exactamente la postura con la que había lanzado el rival y que, como imaginarán, acababa con filigranas en general inverosímiles y lo más complejas posibles, intentando hacer realidad el sueño de ser Nadia Comaneci en Matrix. Pero los puristas, que solíamos ser también los peor dotados en flexibilidad, preferíamos simplemente el lanzamiento. Y allí te disponías, tras ese tablero opaco (no como los transparentes de los profesionales) a buscar una posición adecuada, que conjugara satisfactoriamente tus propias aptitudes y los defectos del rival.

1. El esquema es para dos jugadores, aunque puedan jugar muchos más. 2. La estrella marca el líder. Si falla el tiro el título pasa al jugador siguiente. 3. El líder tira al aro como quiere. 4. Los demás tienen que hacer el mismo tiro que el líder (mismo lugar, mismo estilo). 5. Cada fallo corresponde a una letra de la palabra HORSE. Cuando uno completa todas las letras pierde.

Un poco de geometría y una Royal con queso

En el principio las canastas eran cestos de melocotones y los campos se medían en pies. Más de un siglo después, la mejor liga del mundo, la NBA, sigue estableciendo sus dimensiones reglamentarias en medidas anglosajonas mientras que en el mundo FIBA, el otro gran mercado baloncestístico, lo hace mediante el sistema métrico internacional porque, parafraseando a Vincent Vega de Pulp Fiction, suponemos que no sabrían qué cojones son 94’x50′. Por ejemplo, la anchura de una cancha NBA es de cincuenta pies, que equivalen a unos quince metros con veinticuatro centímetros; por su parte, la de un campo de juego FIBA se redondeó a quince metros, lo que da lugar a una diferencia de poco más de un palmo. ¿Que carece de sentido que no hayan unificado las dimensiones del campo? Bueno, aún más ridículo es el fútbol puesto que sus dimensiones reglamentarias están dentro de una horquilla absurdamente grande: entre noventa y ciento veinte metros de largo y entre cuarenta y cinco y noventa de ancho. Sí, algo más de un palmo.

Tras los ajustes de la última década en lo referente a la línea de tres puntos y al diseño de la zona, la forma de un campo NBA y uno FIBA se asemeja bastante, aunque las medidas son diferentes debido a redondeos similares al que acabamos de comentar. Todo este preámbulo se justifica porque, en una solución de compromiso, tomaremos unas medidas aproximadas para definir la Zona de Sombra, la superficie donde tiene lugar el reinado del terror del tiro parabólico por encima del tablero. Les animamos a que cojan una hoja de papel y dibujen media cancha, en planta, a la escala que quieran. Para redondear, la anchura será de 15 unidades y la longitud de 14. El centro del aro está a 1,6 unidades de la línea de fondo (y tiene de diámetro 0,45 unidades), mientras que la parte trasera del tablero está a 1,2 unidades, siendo su anchura de 1,8. Si tenemos en cuenta que el balón tiene de diámetro 0,24 unidades y lo encajamos en el aro en la posición más favorable para nuestros intereses (aquí ya tienen que trabajar un poco), podemos trazar la teórica trayectoria límite desde cada lado evitando el tablero. Bien, pues si se dibuja con un poco de cariño esa trayectoria límite, esta cortará la línea de fondo a unas 4,7 unidades del eje longitudinal del campo, casi a medio camino entre el pie de la zona y la línea de tres puntos. Entre la línea de fondo, el tablero y esas dos trayectorias, queda definida una superficie trapecial: la Zona de Sombra. Ese croquis les servirá para descubrir qué lanzamientos legendarios se han visto realmente dificultados por el tablero.

La Zona de Sombra.

«Separar a los hombres de los niños»

La primera canasta al máximo nivel anotada lanzando desde detrás del tablero se otorga históricamente a Larry Bird, y sucedió en 1986 durante un partido de pretemporada contra Houston Rockets. Un balón que se le escapaba de las manos al alero de los Celtics bajo el tablero (claramente en la Zona de Sombra) lo convirtió en un tiro portentoso a la pata coja mientras giraba el pie de apoyo en un ladrillo. La hazaña de que sea la primera que se consiguió en la NBA la refrenda el hecho de que uno de los árbitros quisiera anularla porque la consideraba ilegal. En cierto modo tenía razón porque existe una regla en la NBA que puede dar lugar a esa interpretación: si el balón pasa por encima del tablero, aun no tocando el soporte, se considera saque de fondo, aunque esa regla estaba realmente pensada para los balones que rebotan en el aro y pasan por encima del tablero. Finalmente, la canasta se dio por válida, y los árbitros han venido interpretando desde entonces que lanzar a canasta pasando por encima del tablero es un lance más del juego (en el baloncesto FIBA, en otra de esas pequeñas diferencias, mientras el balón pase por encima sin tocar el soporte o la parte posterior del tablero, sigue estando en juego). En cambio, otra jugada legendaria que se suele mencionar cuando se habla de canastas desde detrás del tablero no lo es a la vista de nuestro croquis. Estamos hablando del tiro de tres de Jeff Malone con los Bullets en 1984, que derrotó a los Pistons en el último segundo. Se trata de un lanzamiento milagroso desde más allá de la línea de fondo, en escorzo y saltando fuera del campo, pero que estrictamente no se realizó desde detrás del tablero. Asimismo, otra famosa canasta ganadora del propio Bird contra los Blazers con dos hombres encima y junto a la línea de fondo en enero de 1985 tampoco se consiguió desde dentro de la Zona de Sombra. Por otro lado, un famoso fade away de Michael Jordan en el quinto partido de la final de 1998, a la vista de las imágenes no acaba de estar muy claro si lo consiguió realmente desde detrás del tablero.

Tras el lanzamiento inédito de Bird del 86, raro es el año en el que no haya una canasta similar o, al menos, con poco ángulo en la NBA. Este recurso, no obstante, está ligado a tiros a la desesperada porque se acababa el tiempo o buscando la continuación tras una falta personal para obtener un 2+1. La lista de jugadores de la NBA que han conseguido canastas lanzando desde detrás del tablero es larga y combina nombres de primer nivel con otros de perfil más bajo: Michael Jordan, LeBron James, Kobe Bryant, Allen Iverson, Kyle Korver, Rudy Gay, Desmond Mason, Monta Ellis, Horace Grant, Rajon Rondo, Marco Belinelli, Marvin Williams, Anthony Carter, Corey Brewer… pero merecen ser destacados dos casos por su radical diferencia de ejecución. En el primero de ellos, Predraj Stojakovic, jugando con aquellos añorados Sacramento Kings, en 2002 encestó un tiro maravilloso sobre la defensa de Michael Jordan, por aquel entonces en los Wizards. El alero serbio intentó penetrar a canasta y cuando el pívot Jahidi White salió a hacer la ayuda a Jordan, Stojakovic se cuadró, con la zapatilla pegada a la línea de fondo y realizó un lanzamiento perfecto por encima del tablero. Doug Christie, en cambio, en un final de cuarto de un anodino Toronto Raptors contra Vancouver Grizzlies de finales de los noventa, se lanzó una manoletina de espaldas y a una mano que entró limpiamente pasando por encima del tablero y el marcador. Esta última fue un formidable churro a la remanguillé, mientras que la de Stojakovic fue fruto del talento.

La parte trasera del tablero, como objeto lúdico y de fijación casi freudiana, ha tenido sus momentos de gloria en el acto circense por excelencia de la NBA: el fin de semana de las estrellas. Así como Ricky Rubio batió en la edición de 2012 un dudoso récord del mundo de canastas desde detrás del tablero (consiguió dieciocho en un minuto), en el concurso de mates se han visto vistosos ejemplos de dunks con el jugador emergiendo en el aire desde detrás del tablero (por ejemplo, Andre Iguodala en 2006 o Rudy Fernández en 2009) o con el cuerpo por detrás del tablero (como Dwight Howard en 2008), en este último caso homenajeando indirectamente al increíble aro pasado que realizó el fabuloso Julius Erving en la final de 1980 volando entre jugadores de los Lakers por detrás del tablero para acabar la jugada con un delicado golpe de muñeca.

En fin, todos estos nombres ilustres tuvieron en un momento de sus carreras la oportunidad de exhibir al máximo nivel aquel desafío que, en el patio de colegio, muchos afrontamos: buscar una canasta imposible para la cual no hace falta ser un gigante ni un portento físico.


Los minutos de oro de la selección de baloncesto

Juan Carlos Navarro y Pau Gasol. Foto: Cordon Press
Juan Carlos Navarro y Pau Gasol. Foto: Cordon Press.

«¡Ba-lon-ces-to!» (Pepu Hernández, por aquel entonces seleccionador nacional, durante la celebración por el título mundial).

Hay trayectorias deportivas que han quedado marcadas por un error o un acierto decisivo en un momento determinado, siendo recordados los nombres de sus protagonistas por ese instante crítico. El ejemplo por antonomasia es el increíble salto de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México 68. Si nos ceñimos al fútbol nacional, quién no recuerda el (no) gol de Cardeñosa en el Mundial de Argentina 78 o el gol de Señor en el inolvidable partido del 12-1 contra Malta; o si nos centramos ya en el mundo del baloncesto, la (no) canasta de Montero en la Final Four de 1996 o la canasta de Alexander Belov en la final de los Juegos Olímpicos de Múnich 72. Y es que el baloncesto tiene uno de sus alicientes en la incertidumbre del resultado hasta el último suspiro en los encuentros (más o menos) igualados, donde una canasta puede separar la gloria del infierno. O no solo al final de los encuentros, sino que hay fases del partido que pueden decantar definitivamente la suerte del mismo y de los venideros: una racha buena puede reforzar la moral en un momento crítico de un campeonato, o servir de revulsivo a un grupo desanimado por las críticas o por un momento de forma discreto. Si se revisan algunos partidos o torneos más allá del resultado final o boxescorismos varios, se pueden sacar conclusiones muy diferentes a las que los palmareses parecen indicar; es más, una dinastía puede haberse forjado por una serie de instantes precisos —y no todos de desenlace favorable— que definieron su destino.

Queda muy poco que decir sobre las gestas de la selección española de baloncesto en este siglo, pero si se realiza ese ejercicio de análisis de determinados instantes o, siendo más exactos, si nos ceñimos a un minuto en concreto de doce partidos clave, tantos como miembros de la plantilla, tal vez descubramos que esta época dorada pudo haberlo sido aún más… o que pudo haberse esfumado sin siquiera materializarse. En la jerga televisiva, se denomina «minuto de oro» a aquel momento en el que una emisión logra la máxima audiencia, y es un parámetro frecuentemente utilizado para negociar las tasas publicitarias. En cierto modo, estos doce minutos de oro, le han servido a la Federación Española de Baloncesto para crear una imagen de marca superior incluso a la Liga ACB y fijar en consecuencia el precio que han de pagar los patrocinadores por anunciar sus productos con la selección. Independientemente de cuestiones económicas, unos minutos tuvieron desenlace positivo y otros no tanto, pero todos son imprescindibles para intentar comprender la dimensión de lo que ha conseguido la selección de baloncesto capitaneada por los juniors de oro, equiparada ya sin rubor a la mejor URSS o Yugoslavia, y lo fina que ha sido en ocasiones la línea que separa el triunfo del olvido.

Mundial 2002.

España-Estados Unidos. Partido por el quinto puesto.

3:53 para el final del último cuarto.

Llegados a ese punto del partido, el marcador 66-74 no es definitivo pero a priori parece que está bastante de cara para el combinado norteamericano, al cual se le comienza a perder el respeto que se ganó por estar integrado por jugadores de la NBA. Tras la apoteosis deportiva que supuso la presencia del Dream Team en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, USA Basketball ha ido perdiendo influencia en los jugadores de la liga profesional patria, costándole cada vez más que sus estrellas representen a su país. No obstante, para el Mundial celebrado en su tierra (en concreto, en Indianápolis) consiguió reunir una selección liderada por Reggie Miller, Michael Finley y Paul Pierce, bastante potente pero insuficiente: están fuera de las medallas, luchando por el quinto puesto tras dos derrotas (contra Argentina y Yugoslavia), algo impensable hace diez años.

En el equipo español, por su parte, ya han tomado las riendas de la selección los juniors de oro Juan Carlos Navarro y Pau Gasol, que junto a Felipe Reyes y José Manuel Calderón, comandan el (a)salto generacional. La selección no lo ha hecho mal del todo en el campeonato, incluso derrotaron en la primera fase a la que posteriormente sería la selección ganadora, Yugoslavia, un equipazo liderado por Pedja Stojakovic, Dejan Bodiroga y Vlado Divac, bien acompañados por Gurovic, Jaric, Rakocevic, Tomasevic… canela fina, vamos. Pero se perdió el cruce decisivo contra la Alemania de un superlativo Dirk Nowitzki, MVP del torneo tras llevar a su equipo a la medalla de bronce.

Estábamos, entonces, a 3:53 del final del partido y ocho abajo. Y llega el minuto de baloncesto champán: Pau materializa un 2+1 y en la siguiente jugada tapona el ataque de Estados Unidos; acto seguido, Navarro clava un triple y, con casi tres minutos por jugar, España pierde solo por dos puntos (72-74). Es otro partido. Siempre se dijo que la generación del 80 había perdido el miedo a la mayor potencia baloncestística al derrotarlos en el recordado Mundial juvenil de Lisboa. Por eso, llegados a este momento del encuentro, estos chavales descarados de veintidós años tenían el desparpajo suficiente para enfrentarse sin miedo a los famosos, inalcanzables e imbatibles profesionales de la NBA. Tal vez este fue el verdadero inicio de la hegemonía de esta generación: estar convencidos de que con su talento podían derrotar a cualquiera. Y derrotarlos, claro. En esos últimos 3:53 minutos del partido, España le endosa un parcial de 15-1 a los famosos, inalcanzables e imbatibles profesionales de la NBA; de esos quince puntos, siete son de Navarro y cinco de Pau. El partido acaba 75-81 favorable a una selección española que en el último cuarto ha pasado por encima al equipo norteamericano (25-10).

Juegos Olímpicos de Atenas 2004.

España-Estados Unidos. Cuartos de final.

3:45 para el final del último cuarto.

Los norteamericanos afrontan estos minutos con una ventaja de cuatro puntos (78-82). España, que como acabamos de ver ya sabe lo que es ganar a un equipo de enebeas, en este torneo lleva una trayectoria imperial y es, junto a Argentina, el máximo favorito para el oro. Pero un parcial de 0-7 en poco más de sesenta segundos decidió el partido: tres puntos de Stephon Marbury, dos de Tim Duncan y otros dos de Carlos Boozer hacen que se esfumen las posibilidades porque, aunque luego volvió a estrecharse la renta a cinco puntos, se trató del canto del cisne. Muchos recuerdan que palmamos por los triples de Allen Iverson y Marbury, pero ojo, que la selección norteamericana no estaba formada por pelagatos: ahí tenían, además de los citados, a Amar’e Stoudemire, LeBron James, Dwyane Wade o Carmelo Anthony entre otros. El equipo americano acabó consiguiendo el bronce y España, con solo un partido perdido en los Juegos, finalizó séptima. Los sistemas de competición unas veces dan y otras veces quitan. En ocasiones quitamos valor a subir al pódium cuando no hace mucho nos dábamos golpes en el pecho con actuaciones como esta; que sí, que cómo molamos y qué mala suerte ser séptimos y perder solo un partido, pero nos íbamos para casa con las manos vacías… aunque cargados de moral y experiencia: esta derrota sirvió para, en adelante, relativizar los partidos de las primeras fases y considerarlos como parte del rodaje para llegar al punto óptimo de forma en los cruces decisivos. Aunque, sistemáticamente, en cada nueva competición se olvide este detalle.

Eurobasket 2005.

España-Alemania. Semifinal.

1:00 para el final del último cuarto.

A falta de un minuto, España pierde por tres puntos (69-72) y tiene el balón. Se ha ido a remolque en el marcador (a unos cinco minutos para el final, Alemania ganaba por nueve) y se está a punto de culminar la remontada. Las directrices en ataque parecen claras: balones a Navarro que, en ausencia de Pau Gasol, ha asumido la responsabilidad y está haciendo un torneo descomunal. La Bomba no falla y deja a España a un punto con cuarenta y ocho segundos por jugar. Alemania busca a Nowitzki, claro, que bien defendido por Garbajosa tiene que doblar el balón y el equipo alemán lanza casi quitándose la bola de encima. España coge el rebote y nuevamente confía en Navarro, que anota una bombita y pone a España uno arriba. Quedan quince segundos. En la siguiente jugada, Nowitzki no se anda con tonterías esta vez y se la tira con la mano de Jorge Garbajosa encima. Y anota, claro. El equipo español consigue lanzar en los exiguos tres segundos que restan, pero el triple de Calderón no entra. Alemania, que se conformaría con la medalla de plata en la final, debería poner el nombre de Nowitzki a cientos, miles de calles. España, por su parte, totalmente desmoralizada, es vapuleada por Francia en el partido por el tercer puesto.

No obstante, la cuarta posición no está tan mal si recordamos que, unos días antes, el combinado español estuvo virtualmente eliminado puesto que en la fase de grupos necesitaba ganar su partido contra Croacia y a falta de siete segundos perdía por tres puntos (70-73) si bien disponía de dos tiros libres. Navarro convirtió el primero pero falló el segundo, aunque Fran Vázquez capturó el rebote ofensivo y anotó una canasta que forzó la prórroga. En la prolongación, Croacia perdió los papeles por unas decisiones arbitrales a su entender discutibles, y el partido lo acabó ganando España por 100 a 85… sí, han leído bien: la selección española anotó ¡veintisiete puntos! en unos demenciales cinco minutos.

Mundial 2006.

España-Argentina. Semifinal.

1:00 para el final del último cuarto.

Se entra en el último minuto con España dos puntos arriba (74-72) y la posesión del balón, pero sin Pau Gasol, lesionado durante el partido. Rudy falla un intento triple y se suceden los tiempos muertos, hay mucho en juego. Manu Ginobili tampoco acierta con el tiro exterior y Luis Scola recibe una falta personal en el rebote. Como España está en bonus, el argentino dispone de dos tiros libres, que aprovecha y empata el partido. El vencedor se decidirá en estos veinte segundos (si no hay prórroga). Argentina juega sus cartas y comete falta personal sobre Calderón, quien en este caso solo acierta con el segundo tiro libre. Prácticamente es la misma situación cambiando los papeles, solo ha pasado un segundo y España está uno por encima, pero los técnicos españoles eligen jugárselo defendiendo y no en los tiros libres, como han preferido los oponentes. Argentina realiza un aclarado para Ginobili que, cuando restan diez segundos de partido, intenta penetrar pero choca contra la defensa. No obstante, consigue doblar el balón a Andrés Nocioni, que está totalmente solo en el lateral, y lanza el triple… y falla. El rebote es para la selección española, que se clasifica para la final donde ganaría el oro con facilidad frente a Grecia, a pesar de la ausencia de Pau. Puede que esta generación hubiera cargado con el sambenito de perdedores si Nocioni llega a encestar. No lo sabremos nunca. Si llega a salir mal la defensa sin faltas, puede que hubieran arreciado las críticas poco constructivas. En esto sí que pudimos salir de dudas al año siguiente.

Eurobasket 2007.

España-Rusia. Final.

1:00 para el final del último cuarto.

Gana España 59-56 pero la posesión es para Rusia, que acaba de robar el balón a Carlos Jiménez. Mueven bien en ataque y anotan cerca del aro. 59-58 y cuarenta y tres segundos por jugar. España busca a Gasol en el poste bajo y, cuando estaba pivotando para ganarse espacio para lanzar, Holden le roba el balón. La posesión del equipo ruso está dos segundos desfasada con el tiempo de partido. La situación es muy similar a la que se vivió en la semifinal del Mundial 2006 contra Argentina, y España decide no hacer falta. Pero esta vez el rival sí acierta: Holden anota con bastante suerte un tiro a media distancia. España está uno abajo y solo quedan 2,4 segundos. Recibe Pau a unos cinco metros del aro y el lanzamiento a la media vuelta, a tabla, no entra. Rusia, oro. España, el equipo anfitrión, se tiene que conformar con la plata. Apenas unos segundos después, con las lágrimas aún frescas de los jugadores españoles, comenzaron las críticas a la decisión táctica. La estrategia que sirvió para conseguir un título mundial no fue bien vista por algunos que estuvieron todo un año esperando su oportunidad para asestar una puñalada trapera al cuerpo técnico.

Juegos Olímpicos de Pekín 2008.

España-Estados Unidos. Final.

9:14 para el final del último cuarto.

Estados Unidos está 82-91 arriba. El combinado español ha ido cediendo ventaja cada cuarto, por lo que el inicio del último periodo es crucial. Se acortan distancias con un palmeo de Pau. Tras una personal de Jiménez, Kobe Bryant falla un intento triple. Rudy sube el balón y hace un pick and roll con Pau, que finaliza la jugada con un espectacular alley hoop. 86-91. En la siguiente jugada, el equipo estadounidense vuelve a marrar un lanzamiento de tres; Ricky coge el rebote y lanza el contraataque, que culmina con un pase picado entre Kobe y LeBron para Rudy, que clava el triple. España se pone a dos puntos (89-91) y los estadounidenses piden tiempo muerto.

En una improbable sinergia entre la teoría del caos y las leyendas populares, podríamos aventurar que el salto de miles de aficionados españoles al unísono por un lance de un partido de baloncesto en China a punto estuvo de provocar una alteración en la órbita terrestre. Aquel domingo veraniego tuvimos que madrugar pero valió la pena sobre todo por este minuto, en el que nos hicieron creer en la victoria frente a una de las mejores selecciones de baloncesto de la historia. Lamentablemente, la desbordante calidad de las estrellas norteamericanas y alguna decisión puntual discutible de los árbitros nos dejó un regusto amargo, el sabor que tiene la plata cuando creías poder paladear el oro.

Mundial 2010.

España-Serbia. Cuartos de final.

1:00 para el final del último cuarto.

En una nueva cita sin Pau, llegamos al minuto final del cruce de cuartos perdiendo de dos (87-89) contra Serbia, que ya ganaba de ocho al descanso. El ataque de España acaba con Navarro trastabillado tras una entrada a canasta que es parada con un contacto en el que los árbitros no apreciaron falta personal para, a continuación, Sergio Llull tomarse la justicia por su mano y parar el contraataque serbio dejando un recado a Milos Teodosic. Como España aún no está en bonus, Serbia saca de banda con cincuenta y siete segundos por delante. Amasan el balón hasta que les queda poco tiempo de posesión y lanzan un triple. Durante la lucha por el rebote la bola se pierde por la línea de fondo y los árbitros esta vez dan la razón a la selección española que, quedando solo treinta y seis segundos de partido, debe anotar. Y en esta situación ya sabemos lo que toca: balones a Navarro, que finta el tiro y crea el espacio necesario para que Marc Gasol empate el marcador dejando poco más de una posesión a Serbia. Tiempo muerto. Una vez más, llega el momento del análisis: cometer personal para tener la última bola o jugártela con la defensa. España, de nuevo, decide defender. Serbia también lo tiene claro y le da el balón a Teodosic, que es hostigado por Llull. Cuando quedan trece segundos juegan un bloqueo muy arriba. Al segundo intento, la defensa española cambia de marca y Garbajosa se queda con Teodosic. Con seis segundos de partido por jugar el base serbio se levanta, a medio camino del centro del campo y la línea de tres, y convierte un triple demoledor.

Garbajosa estaba medio metro por delante del 6,25 m. ¿Debería haber estado más encima del serbio?, ¿tendrían que haber defendido los bloqueos sin cambios? Como curiosidad comparativa, se puede estudiar la sensacional defensa del criticado Kevin Love sobre Stephen Curry en el último medio minuto del séptimo partido de la final de la NBA de 2016. Volviendo al partido, con tres segundos por jugar, España a duras penas logra sacar de banda, pero Garbajosa pierde el balón sin mirar a canasta. Serbia gana el partido. Las cámaras siguen a Garbajosa hasta el túnel de vestuarios. El jugador está hundido. Aquel Mundial fue su última participación con la selección española (anunció su retirada al año siguiente) y sus detractores, que ya ponían en tela de juicio su presencia en el combinado, se fijaron en estas dos últimas acciones (la defensa a Teodosic y la pérdida de balón) para encontrar al culpable de la derrota.

Eurobasket 2011.

España-Macedonia. Semifinal.

1:30 para el final del tercer cuarto.

La sorprendente Macedonia de Bo McCalebb, que incluso ganaba de un punto al descanso, sigue disputando el partido a la selección española. A minuto y medio para terminar el tercer cuarto, el marcador es favorable a España por solo cinco puntos (65-60), pero un ataque muy atascado lo resuelve Navarro a punto de acabar la posesión con un triple a una pierna delante de dos defensores que provoca la desesperación del entrenador macedonio, aunque su equipo acorta distancias en la siguiente jugada (68-62). Otro triple de Navarro con treinta y cinco segundos por jugar en este cuarto deja el partido bastante cuesta arriba para Macedonia, que está nueve abajo (71-62).

Más que decisivo para el resultado final del encuentro fue el momento más significativo, puesto que, tras ese triple a la remanguillé, la imagen del entrenador macedonio alzando los brazos como diciendo «¡Anda ya! ¡Lo de este tío no tiene nombre!» fue todo un poema. La Bomba anotó diecinueve puntos en un cuarto antológico para un total de treinta y cinco en el partido. Fue merecidamente MVP del torneo, que ganó España. Poco más que añadir que no sepamos ya. Como dijo Bozidar Maljkovic, entrenador de Eslovenia, tras sufrir una actuación similar en cuartos de final: «Juan Carlos me saluda siempre muy educado, pero luego me mete veinte puntos».

Juegos Olímpicos de Londres 2012.

España-Brasil. Último partido de la primera fase.

2:30 para el final del último cuarto.

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En un partido en el que ganar es un premio envenenado, se llega a este momento del encuentro con 76-79 a favor de Brasil. España ataca para reducir la ventaja o empatar, pero Navarro falla el lanzamiento… Sesenta segundos después, el marcador refleja un 76-84. Un parcial de 0-5 (tres puntos de Anderson Varejao y dos de Leandrinho Barbosa) puede que no diga mucho, pero remontar ocho puntos en minuto y medio es bastante complicado. Y aún más si recordamos que el perdedor del partido presumiblemente iría por el lado opuesto del cuadro a Estados Unidos, por lo que no se encontraría a la selección norteamericana hasta la final, dando por descontado que ambos equipos ganarían sus respectivos cruces.

La actitud del equipo español en las postrimerías del encuentro recibió muchas críticas. España afrontaba el último cuarto con una cómoda ventaja de nueve puntos (66-57), pero se vino abajo encajando treinta y un puntos en este periodo. Aunque hay que recordar que las canastas brasileñas, muchas de ellas lanzamientos triples, no las anotaron los jugadores españoles, también hay quien ve cierta relajación en la defensa. ¿Mirada sucia? En los mismos Juegos Olímpicos, en atletismo, en las series de clasificación de 100, 200, 400, 800… los competidores no buscan el récord del mundo y no es raro que los favoritos se dejen llevar en los últimos metros viendo que ya han conseguido el pase por puestos a la siguiente ronda; en definitiva, no luchan por ganar. Nadie aprecia ahí una actitud antideportiva o una afrenta al espíritu olímpico. Además, resumiendo con la reflexión de un espectador sagaz de los programas de Torrebruno: si lo importante es participar, ¿por qué narices solo dan medallas a los tres primeros?

Aunque conscientemente siempre quieras vencer, ganar un partido que no te va a traer ningún beneficio es una cosa boba. Sobre todo si en tu subconsciente pululan recuerdos como la derrota de 2004. El caso es que Brasil se llevó la victoria (bien por ellos) y finalizó el torneo olímpico en quinta posición con solo dos derrotas, las mismas que Francia (sexta) y Rusia (bronce). España perdió este partido, pero llegó a disputar la final, quedando aún más cerca del equipo de USA Basketball que cuatro años atrás. Y consiguió la medalla de plata con tres derrotas.

Eurobasket 2013.

España-Francia. Semifinal.

1:00 para el final del último cuarto.

65-64 gana España. Francia ataca y, tras sacar un fuera de banda, consiguen conectar con Ajinca en la pintura, que recibe una personal. Anota uno de los dos tiros libres y empata el encuentro con cuarenta segundos por jugar. Sergio Rodríguez, el Chacho, eléctrico casi todo el campeonato, se juega un uno contra uno pero no le entra el tiro. En la jugada posterior, Tony Parker penetra y se encuentra con el tapón de Rudy Fernández. Quedan diez segundos y España tiene la bola del partido. Pero ni el lanzamiento triple abierto de Calderón ni el posterior palmeo de Víctor Claver (hábilmente entorpecido por Parker) entran. Prórroga… donde Francia, que tenía ganas a nuestro combinado nacional desde hacía años, gana merecidamente el partido y, posteriormente, el oro. España se tuvo que conformar con el bronce y con la sensación de que, a pesar de haber jugado la semifinal al trantrán, a pesar de las críticas habituales, a pesar de las ausencias (Navarro y Pau por lesión, y Serge Ibaka o Nikola Mirotic por motivos extradeportivos), a pesar de las derrotas previas a los cruces… a pesar de todo eso, la final y la medalla de oro no quedó muy lejos.

Eurobasket 2015.

España-Francia. Semifinal.

1:00 para el final de la prórroga.

Se vive un clima de revancha en la selección española. El año anterior, el Mundial de baloncesto se jugó en España y la derrota contra Francia en cuartos de final privó a los anfitriones de la lucha por el pódium (no es cuestión de ser pesado, pero en ese torneo España solo sufrió esa derrota; Serbia y Francia, medalla de plata y bronce respectivamente, acumularon tres derrotas). Además, solo conseguirán plaza directa para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro los finalistas del Eurobasket, por lo que ganar este partido supone, además de asegurar al menos la medalla de plata, evitarse un farragoso preolímpico el año siguiente.

Un nuevo partido igualado entre estas selecciones puesto que, a falta de un minuto para finalizar la prórroga, gana Francia (74-75) y tiene la posesión, pero pierde el balón. El contraataque lanzado por Llull acaba con mate de Pau Gasol. Quedan cuarenta y nueve segundos. En el siguiente ataque Rudy, como hace un par de años, le vuelve a taponar un tiro decisivo a Parker. España apura la posesión moviendo la bola hasta que habilita al Chacho para un triple abierto, que falla, pero Gasol consigue el rebote en ataque rozando la falta personal y vuelve a machar. La renta se eleva a tres puntos y solo restan dieciocho segundos. En el siguiente ataque, Claver comete falta sobre Nicolas Batum regalándole tres tiros libres. Y, lo que son las cosas, un triple milagroso de Batum forzó la prórroga, pero después lo compensó fallando los tres tiros libres. España coge el rebote y mueve el balón rápidamente para evitar la personal. Finalmente llega el balón a Gasol, solo, bajo el aro, y de nuevo hunde el balón. En un minuto ha hecho tres mates para un total de cuarenta puntos en una de las mejores actuaciones individuales de la historia del baloncesto FIBA. España, tras dos derrotas en la primera fase, con sus consiguientes críticas, conseguiría el oro en un plácido partido frente a Lituania. Francia ganaría el bronce habiendo perdido únicamente el encuentro de semifinales.

Juegos Olímpicos de Río 2016.

España-Australia. Partido por la medalla de bronce.

1:00 para el final del último cuarto.

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En esta ocasión, las dos derrotas ya clásicas en primera fase han provocado que el partido contra la selección USA se haya producido en semifinales, sin posibilidad de haber elegido el camino hasta la final como hace cuatro años. Enfrente está un equipo menor comparado con el de Pekín o Londres si se tiene en cuenta que han renunciado LeBron, Curry, Russell Westbrook o Kawhi Leonard, pero hay siete integrantes de los tres mejores quintetos de la última temporada de la NBA. Una selección B, digamos. España tampoco es la de hace ocho o cuatro años, pero el partido finalizó con menor diferencia que en esas anteriores (solo seis puntos) aunque la sensación, al ser un encuentro más feo y agarrotado, fue diferente. Paradójicamente, quedamos más cerca, les ganamos dos cuartos y la segunda parte (ni en Londres ni en Pekín lo hicimos), pero parecían más lejos.

Toca luchar por el bronce contra la selección australiana, la revelación del torneo, que se encuentra un punto por debajo (84-85) al afrontar el último minuto del partido. La posesión española no culmina en canasta y el balón sale fuera de banda tras cargar el rebote ofensivo. Después del tiempo muerto, se comete personal en el rebote a David Andersen, que anota los dos. El rocoso pívot Aron Baynes le regala una rápida falta a Pau Gasol, que no desaprovecha los dos tiros libres. En la siguiente jugada, Baynes se desquita enchufando un gancho con la izquierda por encima de Gasol. Ahora la situación es dramática para España: quedan diez segundos y pierde por un punto (88-87). Sergio Rodríguez ataca el aro y fuerza una dudosa personal a Mills. Tras convertir los dos tiros libres y con cinco segundos por jugar, toda la presión es ahora para Australia. Con esta situación nadie pone en duda la táctica a seguir: no hay que hacer falta y la defensa ha de ser durísima. Tras sacar de banda, Ricky Rubio toca lo justo para que Andersen no controle el pase y Claver, injustamente ascendido a muñeco de pimpampum oficial tras la retirada de Garbajosa, roba un balón que vale el partido y otra medalla, quién sabe si la última de la inolvidable quinta del 80. Una vez más, la selección pasó de ser puesta en duda y de crispar a los más escépticos a hacer vibrar a todos los aficionados.

La selección española de baloncesto con la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro. Foto: Cordon Press
La selección española de baloncesto con la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.
Foto: Cordon Press


Kenteris, Thanou y el suero del supersoldado

Konstantinos Kenteris ganando la medalla de oro en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis
Konstantinos Kenteris ganando la medalla de oro en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis

El dopaje, además de una lacra para la imagen del deporte profesional, es una fuente inagotable de diversión y espectáculo. Y no nos referimos a lo que las ayudas químicas suponen para la competición, ya sean musculaturas superlativas o cantidades de glóbulos rojos en sangre medibles en camiones cisterna, sino a las explicaciones de los dopados cuando los pillan con el carrito de los helados, que suenan como si tu pareja intentara elaborar sobre la marcha una excusa cuando vuelve a casa de una cena de empresa y al pasarle la luz negra brilla como un Gusiluz.

La argumentación e inventiva en el deportista de élite es una rara virtud, por lo que cuando se hacen públicas ciertas explicaciones a lesiones confusas, como que se rompió un frasco de perfume y el vidrio seccionó un tendón de la pierna o que se cayó una plancha y la cogió en el aire con las dos manos por la parte que quema, solo queda la sospecha y el escepticismo. Pero en particular, el tema del dopaje es una cosa formidable. Hay varias escuelas distintas (los del «Me han echado droga en el Cola Cao», los del «¡No sabía que contenía productos dopantes!», los del «Somos lo que comemos», etc.), aunque todos comparten una premisa: ¡soy inocente! Hay otro grupo, en los inicios muy aceptado pero hoy en día en vías de extinción, que defiende la técnica ninja: cuando hay que hacer control antidopaje son los que tiran una bomba de humo al suelo y desaparecen. Pero no adelantemos acontecimientos.

Retrocedamos hasta el año 2004. Los Juegos Olímpicos se van a celebrar en Atenas y estaba previsto que la efervescencia local llegara a su punto álgido con el atletismo, donde los griegos contaban con fundadas opciones de medalla en carreras de velocidad: en 200 y 100 metros lisos, en categoría masculina y femenina respectivamente, con Konstantinos Kenteris y Ekaterini Thanou. Recientes adaptaciones al cine de batallas históricas, con profusión de abdominales hipertrofiados en posproducción, pueden llevar a engaño, pero hace siglos que los griegos no son conocidos especialmente por su exuberancia física. Es más, en los últimos años, los mayores portentos del deporte heleno en este aspecto se personifican en los baloncestistas Giannis Antetokounmpo o Sofoklis Schortsanitis, que de oídas parecen pertenecer a familias griegas cuyas raíces se pierden en la historia helenística, pero cuando ves su fotografía te puedes llevar cierto desengaño.

Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)
Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)

Kenteris y Thanou tenían bastante en común: eran griegos, blancos, velocistas con un físico espectacular, compartían entrenador, eran esquivos con la prensa y triunfaban en los campeonatos internacionales donde en las últimas citas se subían al cajón: en el palmarés de Thanou destacaban el oro europeo (en Múnich 2002) y las platas olímpica (en Sídney 2000, aunque volveremos a esto más adelante) y mundial (en Edmonton 2001), mientras que su compatriota había dominado el doble hectómetro siendo campeón olímpico, mundial y europeo en esas mismas citas. Es decir, Kenteris aprovechó el vacío de poder dejado por Michael Johnson tras Atlanta 96 para dominar la distancia. Hablemos de Johnson, «el expreso de Waco», «el chico de las zapatillas de oro»; quien no lo recuerde, era aquel atleta objetivamente paticorto con un tremendo tren superior. Una aparente desventaja genética —tener las piernas cortas en proporción a su cuerpo— resultó una ventaja competitiva porque, según diversos estudios biomecánicos, su centro de gravedad bajo y su zancada corta apoyada en unos glúteos pétreos le permitían trazar con más eficiencia las curvas, de ahí que explotara al máximo su talento en 200 y 400 metros, donde logró récords mundiales. Otro tanto se decía de Michael Phelps, cuyo torso exageradamente grande favorecía su comportamiento hidrodinámico, lo que se tradujo en veintidós medallas olímpicas. O los pies enormes y flexibles, como aletas de buceador, que lucía el nadador australiano Ian Thorpe, otro coleccionista de preseas. Pero ser blanco, en pruebas de velocidad, más que una ventaja competitiva coincidiremos en que es un hándicap. No era algo que se dijera abiertamente en el mundillo o en la prensa puesto que podría sonar racista, pero extrañaba que dos atletas de esta raza procedentes de un país sin tradición velocista asaltaran así, de la noche a la mañana, el podio de las competiciones más prestigiosas. Además, no era frecuente verlos en mítines en el extranjero ya que solían andar desaparecidos realizando intensos y misteriosos entrenamientos en los confines del mundo. Por si fuera poco, su entrenador Jristos Tzekos había tenido problemas por algún asuntillo con productos dopantes. Vamos, que el tema olía bastante mal, si bien todos los controles antidoping a los que se les había sometido habían resultado negativos.

Estábamos en el verano de 2004. A finales de julio, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) intenta localizar, infructuosamente, a Kenteris y Thanou en Tel Aviv, donde habían comunicado que se encontraban ultimando su preparación para los Juegos. Lo mismo sucede los días 10 y 11 de agosto en Chicago, el nuevo destino en el que supuestamente se hallaban. Un día más tarde los inspectores, cansados de que les dieran plantón, se presentan en la Villa Olímpica. Tampoco les pueden localizar en sus estancias y tienen los móviles apagados. Preguntado por su paradero, Tzekos alega que se habían ido a sus casas de Atenas, a unos cuarenta kilómetros, a por unos efectos personales que habían olvidado. El caso es que, unas horas más tarde, Kenteris y Thanou dan señales de vida en un hospital: están ingresados por las heridas producidas en un accidente de moto a treinta kilómetros de Atenas. El escándalo es mayúsculo.

A las puertas del hospital acampan decenas de periodistas haciendo guardia como cuando un Borbón rompe aguas o la cadera. Para animar la espera, viejos recortes salen a la luz: estas desapariciones del último mes no son hechos aislados. Un año y medio antes ya tuvieron algún problema porque dijeron estar volando de Qatar hacia Creta y de repente, tal vez por un despiste en una escala, Kenteris apareció en Irak alentando a las tropas griegas. Los rumores son incesantes y trasciende que los atletas tienen lesiones que, si bien no son graves, no les van a dejar competir.

Pasados varios días del accidente, en una comparecencia pública, Kenteris y Thanou anuncian oficialmente que no van a participar en los Juegos. El primero hace una declaración vagamente institucional: «Por sentido de la responsabilidad e interés nacional, me retiro de los Juegos Olímpicos. Insisto en que soy inocente: no fui informado de que tenía que pasar un test antidoping». Además, incide en que había «pasado más de treinta controles en los últimos cuatro años sin problemas». Hay quien lo vio como una maniobra desesperada por escurrir el bulto: al entregar sus acreditaciones el Comité Olímpico Internacional (COI) técnicamente no podía echarles mano. Pero sí el IAAF, quien a instancias del COI tomó cartas en el asunto. Y aquí comenzó una larga lucha judicial, tanto a nivel penal como deportivo.

Acreditaciones olímpicas de Tzekos, Thanou y Kenteris, Thanou. Foto: Corbis
Acreditaciones olímpicas de Tzekos, Thanou y Kenteris.
Foto: Corbis

Entre tanto, los Juegos dan comienzo tras encenderse el pebetero, aunque no es Kenteris el último relevista tal y como se rumoreaba: obviamente, no estaba el horno para bollos (curiosamente, Thanou había portado la antorcha en su llegada a Atenas desde Olimpia y había encendido el fuego ceremonial previo al recorrido mundial de la llama). Los aficionados griegos, que tenían al velocista por un semidiós, no encajan bien su ausencia, de hecho muchos creen que todo se trata de un complot, y lo vitorean mientras abuchean a los finalistas de los 200 metros lisos.

Nos vemos en los juzgados

A medida que se van desarrollando los diversos procesos judiciales se van conociendo más detalles. Según la versión de la defensa, los atletas no fueron informados del control que tenían que pasar en la Villa Olímpica y continuaron con sus recados. Cuando al fin se enteraron de que los estaban buscando, les entró el pánico por su posible eliminación de los Juegos y volvieron los dos en moto a toda pastilla creyéndose la reencarnación de Sete Gibernau (uno de los pilotos más carismáticos del momento). Y vaya si lo clavaron: tuvieron un accidente. A pesar de sus heridas, en el hospital se mostraron en todo momento con voluntad de colaborar e incluso de pasar allí el test que, como todos los que habían hecho hasta ahora, resultaría negativo pues ellos estaban limpios.

Por su parte, la versión de la acusación era bien distinta: contaban con el testimonio de uno de los representantes de la delegación griega, Manolis Kolimpadis, quien declaró que habló con Kenteris y Thanou un par de horas antes de que llegara el requerimiento oficial del test de antidopaje y los notó atemorizados y «temblorosos como palomas». Momentos después desaparecieron de la Villa Olímpica. Además, no se encontraron testigos viables que presenciaran el supuesto accidente (con una moto que curiosamente pertenecía a Tzekos), el cual, por cierto, era complejo de explicar basándose únicamente en el sentido común: la motocicleta presentaba daños en el lado izquierdo mientras que los atletas sufrieron heridas en su lado derecho. En cuanto a su ofrecimiento de facilitar muestras de sangre y orina en el hospital, este fue desechado por el COI porque aquel era un entorno donde se podía enmascarar fácilmente un positivo. Por si fuera poco, en los registros que se realizaron en algunos almacenes de Tzekos durante la investigación, se encontraron más de seiscientas cajas de productos farmacológicos con efedrina, una sustancia dopante. En fin, el mejor resumen de esta historia rocambolesca lo leí hace años en un extinto foro de internet, donde se realizó un certero análisis resumido en una frase: puto descojono la fuga del Kenteris.

En diciembre de 2004, la IAAF decide suspender provisionalmente durante dos años a los atletas mientras se finaliza el proceso que está llevando la Federación Griega de Atletismo (SEGAS) contra Kenteris y Thanou por haber eludido varios controles antidopaje en la antesala de los Juegos de Atenas. En marzo de 2005 salta la sorpresa: la SEGAS declara inocentes a los velocistas, si bien condena a cuatro años de inhabilitación a Tzekos por distribuir sustancias prohibidas. La IAAF, simple y llanamente, flipa pepinillos con esta sentencia y pone el caso en manos del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS, por sus siglas en francés), manteniéndoles, eso sí, la suspensión de dos años. En junio de 2006, para llegar a un acuerdo con la IAAF, Kenteris y Thanou reconocieron haber evitado deliberadamente los controles citados de Tel Aviv, Chicago y Atenas. Así, el TAS finalizó el procedimiento, se evitaron más investigaciones (seguramente no les convendría rebuscar en la basura) y los atletas podrían volver a competir a finales de diciembre de 2006.

Pero en Grecia tenían abiertos sendos procesos penales desde noviembre de 2004 por el paripé del presunto falso accidente. Tras multitud de vistas y aplazamientos, en ¡mayo de 2011! se les condenó a treinta y un meses de cárcel (se enfrentaban a una pena de cinco años). Los atletas apelaron y en septiembre del mismo año ¡fueron exculpados de fingir el accidente! Como para no apelar. Tzekos, no obstante, fue condenado a un año de cárcel aunque quedó libre bajo fianza.

Hay un par de notas a pie de página, en paralelo a la causa principal, que son despachadas discretamente: la vinculación de Kenteris y Thanou con el mastodóntico caso BALCO (tal vez el mayor escándalo de dopaje destapado hasta el momento) y la financiación estatal del programa químico de Tzekos. En la primera de ellas, salieron a la luz varios correos electrónicos entre Victor Conte, fundador de los laboratorios BALCO, y el entrenador Ken McDaniel, donde se menciona a Kenteris y Thanou como consumidores de sus productos. Los velocistas griegos fueron exculpados por falta de pruebas. En cuanto a la implicación del Gobierno griego en la formación de superatletas mediante las ayudas farmacológicas de Tzekos, se produjo un mínimo revuelo, unas tibias amenazas de quitar la inmunidad a exministros o diputados para investigar a fondo y, al final, como todos esperábamos, quedó en nada.

Thanou, en segundo plano, entra a meta tras Marion Jones en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis
Thanou, en segundo plano, entra a meta tras Marion Jones en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis

Mientras se dilucidaba este culebrón, otro llegó a su fin: en 2007 Marion Jones confesó su dopaje sistemático y le fueron retiradas sus medallas… sí, incluso la de oro en 100 metros lisos de los Juegos de Sídney. ¿Recuerdan quién quedó en segunda posición? Exacto, Thanou, quien no tardó en pedir que, como en el resto de pruebas, la expulsión de Jones le otorgara el oro. El COI ni olvida ni perdona y los 100 metros de Sídney fueron la única prueba del caso Jones en la que dejaron el oro sin asignar. Por si este agravio fuera poco, Thanou volvió a competir tras la sanción (Kenteris se quedó en un discreto segundo plano) y consiguió la marca mínima para los Juegos de Pekín, pero no fue admitida por el COI por «conducta impropia o por causar descrédito a la competición olímpica» con su performance con motocicleta de cuatro años atrás.

Para finalizar, evitaré el obvio paralelismo entre Tzekos y Eufemiano Fuentes y sus ayudas médicas (la hemeroteca es cruel) para incidir en otro más vistoso: Kenteris y Thanou eran oficiales del ejército griego (marina y aviación, respectivamente). Hay un personaje de cómic que también pertenecía al ejército y al suministrarle el suero de supersoldado se transformó en un prodigio físico. Es raro que nadie haya apodado sarcásticamente Capitán y Capitana Grecia a Kenteris y Thanou.


Introducción al enrevesado funcionamiento de la NBA

El desventurado Luke Ridnour (también) perteneció a los Wolves. Foto: Keith Allison (CC)
El desventurado Luke Ridnour (también) perteneció a los Wolves. Foto: Keith Allison (CC)

A finales de junio de 2015, al jugador de baloncesto Luke Ridnour le cambiaron de equipo cuatro veces ¡en una semana! De Orlando a Memphis, de Memphis a Charlotte, de Charlotte a Oklahoma City y de Oklahoma City a Toronto, para acabar finalmente cortado (es decir, despedido) en el equipo canadiense. En la NBA los jugadores pueden decir —sin que sea en sentido figurado que los «tratan como a mercancía», puesto que en general no tienen voz ni voto en muchas decisiones importantes de su carrera profesional. La liga norteamericana se rige por unos contratos redactados de acuerdo a un convenio enrevesado, difícil de comprender en ocasiones por las numerosas excepciones. ¿Preferiríamos que nuestro convenio laboral fuera como el de la NBA?

Ganan pasta gansa

La primera impresión es que no debe ser malo un convenio colectivo que permite que ganen más de diez millones de dólares al año en torno al 15% de los trabajadores (cuando hablemos de trabajadores nos referiremos únicamente a los jugadores). Por otra parte, en la NBA también existe salario mínimo, que depende del tipo de contrato y de la experiencia en la liga del jugador. Por ejemplo, si has estado diez años en la NBA, con el convenio actual (en adelante, CBA) al menos te tienen que pagar en torno a un millón y medio de dólares por temporada. El contrato de un debutante (rookie), lo que en cierto modo podría equipararse a un contrato de prácticas, como mínimo es de medio millón de dólares. No son malas cifras, no.

Pero como si de un apartado destacado del programa de un partido de izquierdas al menos moderada se tratara, los sueldos máximos también están limitados. No obstante, y esto será bastante habitual en el CBA, hay numerosas excepciones: por ejemplo, si durante tu contrato eres elegido MVP, o dentro de los mejores quintetos de la liga o eres convocado un par de veces para el All Stars (méritos profesionales objetivos, en definitiva), te pueden pagar más que ese máximo permitido. Esta cláusula en particular se denomina excepción Derrick Rose que, como imaginarán, fue el caso concreto que lo desencadenó. En cierto modo, es como aquí, que se llaman moscosos a los días libres de los funcionarios que puso en marcha el ministro Javier Moscoso.

Derrick Rose. Foto: Keith Allison (CC)
Derrick Rose. Foto: Keith Allison (CC)

Veamos más casos particulares con cifras. En la temporada 2015-2016, los diez jugadores mejor pagados cobran entre veinticinco y veinte millones de dólares por curso baloncestístico. Es decir, que en el caso más extremo, el salario del jugador que más cobra es cincuenta veces mayor que el contrato mínimo de un rookie. Puede sonar exagerado, pero si hacemos cuentas rara es la empresa multinacional (que al fin y al cabo es lo que son los equipos NBA) en la que el que más cobra no ingresa cincuenta veces el salario mínimo del sector: piensen en franquicias de comida rápida (no es un ejemplo al azar, en el concepto de franquicia incidiremos más adelante).

Aun así, las listas con los mejores pagados de la liga suelen ser insultos al valor real de los jugadores. Exceptuando la temporada 1997-1998 en la que Michael Jordan se embolsó el salario anual más alto jamás pagado en la NBA (más de treinta y tres millones de dólares de entonces, unos cincuenta millones hoy en día), unos trece millones más que el segundo clasificado (Pat Ewing), donde se hizo patente la diferencia en calidad también a nivel económico, entre los mejor pagados se encuentran con frecuencia viejas glorias expirando el contrato de su vida o segundones que se encontraron que eran agentes libres (es decir, que estaban en disposición de ser fichados) en un año de vacas flacas, con pocos jugadores fichables. Si se examina la lista de la temporada 2015-2016, es bastante dudoso que merezcan estar ahí por sus méritos actuales varios jugadores de los diez primeros: Kobe Bryant, Joe Johnson, Dwight Howard y Derrick Rose, todos ellos ganando en torno al doble de lo que se embolsa el actual MVP de la liga y gran sensación Stephen Curry.

Otro ejemplo: Kevin Love cobrará en 2020 unos veinticinco millones y medio de dólares gracias a la extensión de contrato que firmó recientemente con los Cavs. No apostaría a que en esa fecha sea un jugador que esté en el top 30 de la liga, pero más factible es que sí se encuentre en el top 30 del ranking de salarios (a no ser que cuando se negocie el nuevo CBA en breve, con previsiones de riadas de millones de dólares por derechos mediáticos, las cifras se midan en GRITONES de dólares). En todas partes cuecen habas, por lo que se ve; ¿quién no se ha preguntado cómo ha llegado un determinado fulano a un puestazo de una empresa cuando sospechas que es tan tonto que baila con la música del telediario?

El salario máximo no obstante está ligado al límite salarial, una medida de control para intentar igualar la liga. No me digan que eso no suena sospechosamente a… ¡comunismo!

El límite salarial: ¿una medida capitalista o comunista?

Michael Jordan y Pat Ewing. Foto: Corbis
Michael Jordan y Pat Ewing. Foto: Corbis

Una de las grandes peculiaridades de la gestión empresarial de la NBA es el tope salarial: está estipulado un montante máximo para pagar los contratos de los jugadores. Esta cifra no es una línea roja, ya que se puede superar aunque hacerlo tiene consecuencias económicas. Es decir, si se llega a una determinada cantidad se penaliza con una «multa» denominada impuesto de lujo, que suena a casilla putada del Monopoly. El límite salarial está ligado a los ingresos de la liga, o dicho de otra forma, los salarios están ligados a los ingresos. Se trata así pues de una medida controvertida que pretende ser un instrumento para hacer económicamente sostenible la liga y que los equipos no se gasten millonadas sin sentido como en tantos equipos de otros deportes o como se descubre en muchas empresas cuando quiebran. Obviamente, la cifra porcentual que vincula ingresos y salarios fue fruto de duras negociaciones entre la NBA y el sindicato de jugadores, que provocó un cierre patronal hasta llegar a un acuerdo: es decir, una huelga de la empresa, no de los trabajadores. Esta medida resulta sorprendente porque en nuestro entorno laboral no estamos acostumbrados a que las empresas hagan huelga para presionar en la negociación de un nuevo convenio, renunciando a producir y por tanto a tener ingresos, sino que son los trabajadores los que ejercen esta medida de presión.

Hasta el cierre patronal de hace unos pocos años, la cuenta de la vieja que hacían los aficionados consistía en que había que pagar un dólar de impuesto de lujo por cada dólar que te pasaras. Pero con el nuevo CBA las condiciones se endurecieron de manera escalonada: cuanto más te pases el límite, más impuesto de lujo tienes que pagar. Desde 1.5 dólares por dólar para los primeros cinco millones, hasta 4.75 dólares por dólar si eres reincidente y te has pasado ¡veinte millones! Y si se consideran estas cifras es porque varios equipos han pecado de derrochadores a lo grande.

Para la temporada 2015-2016, por ejemplo, el límite salarial se fijó en setenta millones de dólares; si tenemos en cuenta que los mejor pagados de la liga se llevan unos veinte millones de dólares al bolsillo, a las franquicias le restan cincuenta millones para completar una plantilla competitiva. Parece complicado puesto que se necesitan como mínimo otros siete jugadores en activo (o, como máximo, doce más). Pues aquí entran de nuevo las excepciones: por ejemplo, en ciertas circunstancias el sueldo de algunos jugadores, ya sea todo o en parte, no cuenta para el límite salarial. Una de estas clausulas es tal vez la más famosa, la excepción Larry Bird que, resumiendo, permite renovar a jugadores que lleven cierto número de años en el equipo por más dinero del máximo sin que cuente para el límite salarial. En cierto modo, estas excepciones para el límite salarial son similares a las ventajas fiscales para las empresas que algunos gobiernos ponen en marcha para facilitar la incorporación al mercado laboral de ciertos sectores de población (trabajadores en prácticas, personas con minusvalía, parados de larga duración, etc.). Con la excepción Bird la NBA pretendía facilitar a las franquicias que retuvieran a sus mejores jugadores y que, a su vez, permitiera a sus aficionados sentirse más identificados con el equipo (el tan utilizado hombre-franquicia en aquella liga).

Otra medida económica para facilitar el espacio salarial es la amnistía: a un jugador que consideras que le estás pagando demasiado para su rendimiento actual le puedes aplicar esta cláusula de tal forma que su contrato no cuente para el límite salarial. Esta medida se pensó para beneficiar a los equipos, aunque los jugadores tampoco tienen por qué salir mal parados: puede darse el caso (como siempre, hay que leer la letra pequeña) de que al jugador amnistiado le paguen de golpe todo el salario garantizado que tenía firmado con su antiguo equipo y que, pasado un tiempo estipulado, firme un nuevo contrato como agente libre por otra franquicia. Vamos, el sueldo a tocateja en el bolsillo más un nuevo sueldo. Ojalá me amnistiaran a mí en esas condiciones.

¿Y qué pasa con el dinero que se recauda con el impuesto de lujo? Pues bien, al menos la mitad de esa cifra la utiliza la NBA para lo que le da la gana. Así como suena. En ocasiones, esa cantidad se reparte equitativamente entre las franquicias. El resto de lo recaudado se puede llegar a repartir entre aquellos equipos que no han superado el límite salarial, en lo que es una nueva forma de intentar que se iguale, aunque sea económicamente, la liga. A la vista de estas peculiaridades se podría sacar la enseñanza de que para que haya más igualdad hay que intervenir en el mercado porque este no se autorregula y/o tiende a la desigualdad. Pero la realidad es que medidas así es complicado que se puedan poner en práctica donde hay libre competencia, y solo parecen posibles en mercados cerrados o intervenidos como ocurre con la liga NBA, una competición deportiva cerrada y férreamente controlada.

Mahmoud Abdul-Rauf. Foto: Cordon Press.
Mahmoud Abdul-Rauf. Foto: Cordon Press.

Con todas estas premisas que buscan la igualdad, da la sensación de que antes de comenzar cada partido los jugadores deberían alzar el puño y cantar «La Internacional», pero en cierto modo sucede lo contrario puesto que antes de cada encuentro suena, siempre, el himno norteamericano. A finales de los noventa, el jugador Mahmoud Abdul-Rauf, llamado Chris Jackson antes de convertirse al islam, dejó de escuchar el himno en pie en la cancha, como hacían todos, porque le parecía un símbolo de opresión. La reacción de la NBA, lejos de contemporizar, fue una sanción de empleo y sueldo hasta que asistiera a la ceremonia «de forma digna», tal y como el reglamento de la liga recoge. La libertad de expresión está sobrevalorada, parece ser. Aunque posteriormente llegaron a una solución de compromiso (escucharía el himno de pie pero recitaría pasajes del Corán mentalmente), el jugador cayó en desgracia. A la NBA no le hace gracia que los jugadores se salgan del tiesto y den que hablar por motivos extradeportivos… o deportivos fuera del ámbito de la propia liga: por ejemplo, en 1990 la liga no permitió a dos de sus máximas estrellas que jugaran un uno contra uno para una cadena de pago. Así nos quedamos sin dilucidar quién ganaría en aquel partido de ensueño: Magic Johnson o Michael Jordan. Paradójicamente, la NBA no se opuso a que Dennis Rodman y Karl Malone participaran en una de las charlotadas de pressing catch a finales de los noventa junto a Hulk Hogan.

Reservado el derecho de admisión

Aunque les parezca mentira, nadie está obligado a jugar en la NBA si no quiere hacerlo: puede decirle abiertamente a una franquicia que no, gracias, sin temor a ningún tipo de represalia física o jurídica. Pregúntenle si no a Fran Vázquez. Ahora bien, una vez que entras por el aro tienes que atenerte a sus reglas, dentro de las cuales está que, en general, tus derechos pertenecen al equipo que te ficha o el que te eligió en el draft (el draft es un sorteo que se hace cada año entre los equipos para ver quién se queda con los derechos de los jugadores elegibles ese año; es decir, como cuando hacíamos equipos en el patio de colegio).

Si hacemos un paralelismo al mundo laboral normal, que un equipo tenga tus derechos en el draft es como si al enviar correos electrónicos con tu currículum una de las empresas decidiera que sí, que le pareces bien como empleado, pero que de contratarte ya hablaremos a corto o medio plazo. Es más, una vez que reciben tu currículum, durante un tiempo ya no podrías ir a trabajar a otra empresa del sector sin su visto bueno; es decir, que para dejarte marchar a la competencia ellos deberían sacar algo a cambio. En el caso de la NBA, donde los pagos en metálico están muy limitados, por lo general son los derechos de otro jugador o futuras elecciones del draft. Exceptuando casos muy concretos de estrellas como Kobe Bryant, que consiguió incluir el derecho a veto en un posible traspaso, el jugador está a disposición de lo que la franquicia que tiene sus derechos quiera hacer. Por ejemplo: Pau Gasol fue elegido en el draft por Atlanta Hawks, Juan Carlos Navarro por Washington Wizards, Marc Gasol por los Lakers, Rudy Fernández y Sergio Rodríguez por Phoenix Suns… y ninguno de ellos llegó a debutar con esos equipos puesto que sus derechos fueron traspasados a otras franquicias en diversas operaciones. Tuvo cierto morbo el traspaso de Pau a los Lakers puesto que los Grizzlies se llevaron a su hermano Marc dentro del cambio.

Las franquicias

Otro incidente con gran repercusión mediática en el que la NBA tomó cartas en el asunto ocurrió en el año 2014. Donald Sterling, propietario de Los Angeles Clippers, fue grabado realizando unos comentarios profundamente racistas, lo cual no dejaba de ser paradójico puesto que en su equipo (como en toda la liga) abundan los jugadores afroamericanos. Pues bien, la NBA le obligó a vender su participación, siendo expulsado de por vida. Para poner en contexto esta decisión, recordemos que en nuestra liga de fútbol el presidente de un club (Jesús Gil) dio un puñetazo al gerente de otro a las puertas de la propia sede de la liga y aquello no tuvo más consecuencias que la popularización del insulto «montón de mierda». Allí se toman más en serio este tipo de sucesos esperpénticos puesto que los equipos en realidad son franquicias de la NBA; son por así decirlo sucursales de la liga, y aunque compiten por llevarse el anillo, sus objetivos también son empresariales: los resultados económicos son tan importantes como los deportivos, que pueden quedar relegados a medio o largo plazo (las denominadas reconstrucciones). Entienden que un incidente como el de Sterling mancha la marca NBA, lo que acaba degenerando en pérdida de imagen, pérdidas económicas multimillonarias y gente saltando por las ventanas.

El inefable Jesús Gil. Foto: Cordon Press
El inefable Jesús Gil. Foto: Cordon Press.

En la vialidad económica de la franquicia un factor muy importante es la ubicación, por lo que los cambios de ciudad son habituales. Así, los Lakers eran originarios de Minneapolis, los Grizzlies de Vancouver, los Nets de New Jersey, etc. Llevarse un equipo de la ciudad es algo que nos sorprende y que con seguridad provocaría en nuestras latitudes manifestaciones multitudinarias. Además, nos resultaría extraño un R.C.D. Espanyol de Albacete, por ejemplo, aunque en la ACB ya tuvimos el Atlético de Madrid-Villalba de nuestro amigo Jesús Gil, que para más confusión geográfica llevaba publicidad de Marbella en la camiseta.

Por otra parte, como ya hemos dicho la NBA es una liga cerrada, sin ascensos ni descensos, pero puede aumentar su número de equipos si la propia liga lo decide. A la vista de estudios de mercado y balances económicos, pueden decidir habilitar nuevas franquicias una vez cumplan con unas determinadas condiciones (aforo de pabellón, integración en la ciudad, presupuesto, etc.) muy alejadas de lo que en Europa sería posible (adiós al sueño de una división europea a medio plazo). En este caso, las nuevas franquicias necesitarían jugadores, para lo que la liga ha dispuesto el draft de expansión: todos los equipos existentes deben colocar a parte de su plantilla a disposición de las nuevas franquicias, para que elijan. Y, como imaginarán, en esa situación los jugadores tendrán que esperar en su casa, sin poder opinar, cuál será su destino. Como el pobre Ridnour.


Julius Erving, el hombre que lo empezó todo

The Doctor
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

A menos que tengas la entrada para demostrarlo, probablemente nunca has visto a Julius Erving cuando cambió el deporte del baloncesto.

Ojalá existiera un ministerio del tiempo para el baloncesto. Me encantaría formar parte de un equipo de agentes que viaja al pasado para que la historia del baloncesto se desarrolle tal y como la conocemos. Por ejemplo, evitar que Wilt Chamberlain tomara una copa más en su loca noche anterior a anotar 100 puntos, observar con impotencia a Len Bias metiéndose una raya tras otra en su última velada o evitar que Michael Jordan resbalara como Byron Russell en la penúltima jugada de la final del 98. En definitiva, misiones para que los pilares sobre los que se construye el imaginario del baloncesto profesional se mantengan inalterables. Pero hay instantes que desencadenan consecuencias que no son fáciles de advertir y que indirectamente desembocaron en el citado tiro ganador de Jordan del 99 o en la propia existencia de Kobe Bryant o en LeBron James. Como aquel verano de 1971, en las canchas de Rucker Park, donde el boca a boca sobre lo que allí se estaba viendo creó una expectación sin precedentes, con centenares de curiosos atraídos por los rumores que se subían a los árboles y se descolgaban por azoteas y cornisas para poder contemplar en persona las evoluciones de un fenómeno desconocido: hablamos de cuando irrumpió Julius Erving en el mundo del baloncesto.

Imagen: NBA ENTERTAINMENT
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

Hoy en día, cuando mediante una simple consulta por internet podemos ver hasta vídeos de entrenamientos de nuestras estrellas favoritas cuando aún ni tenían pelos en las piernas, nos resulta difícil de comprender la conmoción que supuso para los espectadores de los partidos callejeros el despliegue físico y de fantasía de Erving. No estaban preparados para asimilarlo. Pero, ¿tan bueno era? Si por algo se distingue la NBA, a diferencia de otras ligas —y otros deportes—, es que ofrece el reconocimiento que merece a sus estrellas ya sea en los highlights o mediante documentales retrospectivos como el que nos ocupa: The Doctor (NBA Entertainment, 2013), que todo interesado en las figuras míticas del deporte, no solo del baloncesto, debería ver.

Con un enfoque más cercano a la hagiografía que al reportaje deportivo, intercalando fotografías, vídeos y entrevistas, The Doctor recorre la vida de Erving, una vida que parece dictada siguiendo el prototipo del sueño americano: criado con dramáticas dificultades económicas y familiares pudo llegar a las más altas cotas de reconocimiento profesional y popularidad (y ganar mucho dinero, también), y todo ello sin perder el optimismo y las ganas de vivir por las tremendas desgracias personales que ha tenido que padecer. En definitiva, nos muestra la manida dimensión humana de las estrellas del deporte. Pero hay casos en los que la dimensión humana es sinónimo de dimensión trágica.

¿Se imaginan que al máximo goleador de la liga de fútbol española lo secuestraran en plena liga? Pues eso ocurrió. ¿O que en el caso de un jugador de baloncesto que ha sido MVP de la ACB, campeón olímpico e incluido en el mejor quinteto rookie en la NBA, su madre, su hermana y su novia fallecieran en un accidente de coche cuando iban a ver un partido suyo? Esto también sucedió. ¿Y que al mejor jugador de la historia de la NBA le asesinen a su padre a tiros y provoque su retirada en la cumbre de su carrera? Etc. Las tragedias también les tocan muy de cerca a las estrellas del deporte y Erving puede contarlo en primera persona. Aún hoy, cuarenta años después, durante el documental conmueve comprobar cómo rompe a llorar cuando recuerda las últimas palabras que intercambió con su hermano menor, al que en ausencia de su padre (huérfanos desde que Erving tenía seis años: otro drama) había asumido el trabajo de protegerlo, y que murió a los dieciséis años solo tres meses después de que le diagnosticaran lupus. Es uno de los momentos más intensos y emocionantes: Erving, con lágrimas en los ojos tras compartir esos dolorosos momentos, al ver la cámara de repente recuerda que lo están entrevistando. Y eso que la mayor parte de la charla se entabla en el escenario favorito en estos casos y poco acogedor y propicio para las confidencias: una incómoda silla en mitad de una cancha desierta.

Su infancia podría hacer palidecer a muchos personajes de Dickens: padres separados cuando era muy pequeño, huérfano a los seis años, la madre trabajando duro para sacar adelante primero a tres y tras la trágica muerte de su hermano, a dos… Así que cuando le llegó una oferta profesional, en la ABA, no fue una decisión difícil: su madre ganaba entre seis mil y ocho mil dólares al año y le ofrecieron ciento veinte mil por cuatro años. Su oportunidad le llegó por casualidad: por aquel entonces, Erving cursaba su tercer año en una universidad discreta (donde había llegado también con mucha fortuna) aunque sus números no lo eran (27 puntos y 20 rebotes por partido). Pero donde realmente destacaba Erving era en un lance del juego prohibido por entonces en la NCAA: los mates. Así que sacó todo su repertorio en el mítico playground de Harlem. Fue tan fabulosa su actuación y tan sonoros los ecos de los afortunados que pudieron ver aquel despliegue de juego inédito que los Virginia Squires de la ABA lo ficharon prácticamente a ciegas. Nada más llegar se convirtió en la estrella absoluta de esa liga, donde fue MVP en tres ocasiones y ganó el campeonato.

Imagen: NBA ENTERTAINMENT
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No nos engañemos: la NBA a principios de los setenta era un puto coñazo. Donde estaba la acción y la espectacularidad era en la ABA. Pero como en el caso del VHS y el Beta, no siempre triunfa lo que es mejor, sino lo que se vende mejor. La ABA tenía línea de tres, animadoras, balón tricolor y a Erving, con sus vuelos interminables y su formidable peinado afro. Durante años deslumbró al mundo… que lo pudo ver. La ABA se desangraba sin contrato televisivo ni afluencia a las gradas. Es realmente triste que los mejores años del mejor jugador del mundo del momento pasaran prácticamente inadvertidos para el gran público. Las fotografías, los escasos vídeos y los testimonios que ilustran The Doctor solo permiten intuir la verdadera dimensión del espectáculo que era disfrutar del Dr J en cancha. Finalmente, cuando la ABA se fusionó con la NBA, volvió a ser MVP y llegó a ganar el anillo, pero había perdido sus mejores años a nivel físico en una liga sin visibilidad. Y además, cuando estaba en condiciones de haber creado una dinastía en la NBA, se cruzaron en su camino los dos mejores jugadores de los ochenta, Larry Bird y Magic Johnson, al frente de los equipos que marcaron la pauta en esa década y coparon ocho de los diez anillos disputados. No obstante, fue Erving y no Michael Jordan el primero en hacer mates increíbles, en volar, en convertirse en un icono publicitario —el primer icono publicitario afroamericano, además—, en ganar títulos colectivos e individuales siendo el más vistoso, y ser un icono sexual tal vez por el mito que siempre ha llevado aparejado tener unas manos gigantescas como las suyas.

Aún hoy, cuando en el documental comparan dos imágenes separadas más de un cuarto de siglo frente al pabellón de los Sixers, Erving sigue desprendiendo esa elegancia insolente que lo caracterizaba, pero a pesar de esa imagen arrogante, cuando jugaba no lo era en absoluto. Te podía hundir el balón en la puta cara, aunque sus gestos y modales casi te empujaban a decirle «gracias de corazón por posterizarme», estrecharle la mano y pedirle la camiseta.

Como es de esperar, The Doctor está trufado de numerosas gestas deportivas y jugadas imposibles, pero donde más énfasis se hace es en transmitir la imagen de héroe vulnerable, que no es infalible (perdió varias finales tanto en la ABA como en la NBA), alguien con el que te puedes identificar. Y admirable incluso en la derrota: en su primera final en la NBA, su equipo se vino abajo tras ir ganando la serie por 2-0. Resulta que tras una monumental tángana, los Blazers se fortalecieron mientras que los Sixers perdieron la concentración y, posteriormente, la final por 2-4. El vestuario de los Sixers nada más acabar el último partido era un polvorín, se hablaba de ir a darles una paliza a los Blazers, pero Erving hizo prevalecer su ascendiente sobre la plantilla y les dejó ir pero a felicitar a los campeones.

Otra anécdota que sirve para ver el tipo de persona que era: siendo ya una estrella de la NBA, le llamó un jugador universitario con gran proyección que no tenía claro si ingresar ya en la liga. Dr J, en lugar de despacharlo telefónicamente, le invitó a su casa para pasar un fin de semana y hablarlo con calma. Tiempo después, aquel rookie, que se llamaba Magic Johnson, en el sexto partido de la final de 1980 entre el equipo de Erving, los Sixers, y los Lakers, culminaba una actuación antológica jugando en las cinco posiciones en pista, ganando el anillo y el MVP de la final. Aquel universitario tímido que acogió en su propia casa le hizo un hijo de madera. No obstante, dos partidos antes, Erving realizó una de las mejores jugadas de la historia de las finales de la NBA.

Imagen: NBA ENTERTAINMENT
Imagen: NBA ENTERTAINMENT

Las mismas lágrimas que no escatima cuando recuerda hechos dolorosísimos en su vida, las derramó cuando, en su última temporada, toda la NBA le rindió homenaje. Todos los campos le dedicaron regalos y palabras de sus hombres más destacados, rivales del Dr J que reconocían su increíble talento e incalculable legado. Basta ver la extraordinaria ovación que recibió la última vez que abandonó la cancha, con todo el estadio en pie, ¡y estaba jugando como visitante!

¿Tanto trascendió la figura del Dr J? como se ve en el documental, cuando Erving entra en una floristería de Long Island, una dependienta digamos, siendo amables, de mediana edad no le reconoce físicamente, pero cuando mencionan su nombre sabe quién es: «¿Eres de verdad ?». O si no, vean otra opinión recogida en The Doctor: «Cuando se retiró lo hizo con mucha clase y dignidad y con todo el respeto del público. Y eso es algo que incluso si nunca gano un campeonato de la NBA o un MVP o lo que sea es algo que me encantaría tener al dejar el deporte». Esto lo dijo en 1988, ojo, un tal Michael Jordan. En fin, Erving fue un hombre increíblemente elegante tanto en su aspecto físico como en sus modales en la cancha, que no duda en llorar si lo necesita delante de una cámara o treinta mil espectadores. Y esto ya como opinión personal: un tipo que ha lucido satisfactoriamente un peinado imposible y ha partido la pana llevando abrigos rosas forrados con borreguito merece respeto reverencial.

Como decíamos al principio, si se hubiera roto la pierna en aquel playground, o hubiera llegado tarde o, en resumen, como dice LeBron: «Si no hubiera existido el Dr J, Michael Jordan no habría tenido a quién admirar y no le habríamos tenido a él, o a tipos como yo que admiramos a Jordan». Aquel verano, en Rucker Park, una de las canchas más famosas del basket callejero, se forjó el baloncesto contemporáneo. A falta de una puerta que nos transporte en el espacio-tiempo hasta allí, pueden revivirlo en The Doctor.


Y Ronaldo se disfrazó de Mark Lenders

Foto: Corbis
Foto: Corbis

Hubo un tiempo en el que me gustaba el fútbol. Como solo los forofos y los niños pueden entender, si mi equipo perdía un partido importante se me quitaban las ganas de cenar. Así de inconsciente era. Eran otros tiempos, una época en la que el diario Marca no dudaba en poner en portada en su edición nacional, de un modo inconcebible hoy en día, al delantero estrella del Barcelona y lo proclamaba la reencarnación de Pelé cuando el único baremo posible no tenía a Leo Messi como unidad de medida. Aquel chico se llamaba Ronaldo Luís Nazário de Lima, puede que lo recuerden. En aquel fútbol, donde Ronaldo parecía aunar la potencia del mejor Cristiano Ronaldo y el control en carrera de Messi, era simplemente O Rei.

Ronaldo aterrizó en un Fútbol Club Barcelona que intentaba enderezar el rumbo tras un año en blanco, en plena demolición hasta los cimientos del autodenominado Dream Team. La resaca de la primera Copa de Europa de 1992 se prolongó durante algunas temporadas debido a la autocomplacencia institucional que no puso en marcha una renovación de la plantilla en condiciones, mientras que el famoso entorno centraba su atención en cosas más importantes: uno de los grandes dramas que estaba superando a duras penas el barcelonismo, probablemente saldado con varias docenas de suicidios silenciados prudentemente por la prensa para evitar un efecto contagio e inmolaciones en masa en todas las peñas barcelonistas, fue aceptar unas ¡franjas blancas! en las mangas, impuestas por la marca que le equipaba. En fin, imaginen el panorama: sin ganar títulos de prestigio, ambiente enrarecido, desánimo generalizado, pesadillas recurrentes protagonizadas por Joan Gaspart bañándose en calzoncillos en el Támesis, etc. En este clima es fácil entender que un fichaje caro de un prometedor delantero brasileño de diecinueve años, con las paletas tal vez demasiado separadas, apenas insuflara optimismo a los culés. Pero un regate sensacional y un gol en la Supercopa frente al Atlético de Madrid hicieron levantar las primeras cejas, que ya no bajaron durante meses y dejaron frentes en las que se podría rallar queso muy curado. Es posible que su jugada Juan Palomo contra el Compostela sea la más recordada de aquella temporada. Parecía que la marca deportiva que lo patrocinaba tenía todo orquestado para lanzar una campaña mundial con aquel gol de patio de colegio en el que parecía imposible pararlo: patadas, agarrones, miradas torvas, empujones… cualquiera de los empellones que soportó camino de la portería habrían acabado con el 90% de los jugadores estrella de la liga de la actualidad haciendo la croqueta por el suelo entre gritos de dolor primario ante los que solo se puede ofrecer la epidural o, en casos extremos, un par de tiros por compasión para acabar con el sufrimiento.

Pero para mí, el momento álgido de Ronaldo fue el partido contra el Valencia un par de semanas después, el 26 de octubre de 1996. Y en concreto su tercer gol (el angelito se cascó un hat-trick). Fue otro ejemplo, en principio inverosímil en el fútbol profesional, de gol de abusón escolar: para cualquiera solo se trataba de otra pelota dividida carne de centrocampismo y tedio, pero Ronaldo lo vio como un balón manso en el área pequeña con el portero agonizando en el banderín de córner. Y empezó a correr. El camino más corto en aquella geometría ronaldiana parecía obedecer a una clotoide: partía de una recta sensiblemente oblicua a la portería e iba girando de forma gradual, obedeciendo a leyes de gravedad cuántica aún no descubiertas, hasta encararse con el guardameta. Dependiendo del encuadre de la cámara, con su trazada parecía atravesar a los defensas que le salían al paso poniendo en duda la impenetrabilidad de la materia mientras que desde otros ángulos se veía que cruzaba entre los cuatro defensores en el último momento por un hueco mínimo, como si fuera Indiana Jones rescatando su sombrero de una compuerta mortal.

Ese tipo de cosas jamás se habían visto con tal regularidad en un campo de fútbol de verdad. Lo más parecido a aquel Ronaldo era Mark Lenders, un personaje de la serie de animación Campeones. A principios de los noventa comenzaron a emitir en España canales privados de televisión. Bueno, quien dice España dice en ciertas ciudades. Los que vivíamos en provincias leíamos, sin dar crédito, espectaculares loas en los medios escritos afines a los nuevos canales, puesto que al parecer estos traían destete e innovación a partes iguales, es decir, mamachichos y Twin Peaks. Y también, una serie de dibujos animados que quitaba audiencia a los informativos nocturnos: Campeones, conocida popularmente como Oliver y Benji, y que ya forma parte del imaginario colectivo. Por ejemplo, el columpio gigantesco de Heidi y los campos de fútbol de Campeones se han convertido en dos problemas clásicos de física y geometría. Los protagonistas de la serie, Oliver y Benji, un par de mingafrías, se tornaban invisibles en cuanto aparecía en escena el temperamental Lenders, que les robaba todo los planos. Como un rasgo más de su perfil marginal, Lenders se recogía las mangas porque los diseñadores de los personajes supondrían que de lo contrario guardaría en ellas un paquete de Ducados. Su forma de jugar era un fiel reflejo de su personalidad: rebasaba por velocidad y potencia a todo el equipo rival, arrollando a los incautos que le cortaban el paso. Como Ronaldo. Y es que, por mucho que se empeñe Jorge Valdano, el único jugador de dibujos animados fue Ronaldo. Romario era otra cosa: un jugador de futboley, que vivía permanentemente a cuatro husos horarios de distancia, con el rendimiento de velocista jamaicano en las inmediaciones del área y de un corredor de fondo keniata en los locales de moda nocturnos.

Imagen: Toei Doga
Mark Lenders a pleno rendimiento. Imagen: Toei Doga

Hay algunos estudios de dudosa validez que relacionan la actividad de áreas cerebrales durante el sexo y el fútbol, y en los que los colores calientes coinciden como un calco. Y es que a la vista está que la reacción del banquillo del Barcelona a aquel gol debería ilustrar un tratado sobre la sexualidad humana, en concreto el capítulo sobre comportamientos habituales de primerizos tras el orgasmo: Bobby Robson llevándose una mano a la cabeza y suspirando, Mourinho lanzando el puño al aire con rabia en señal de victoria y los suplentes luciendo en sus caras el típico rubor postcoital, a medio camino entre las lágrimas de emoción y la risa tonta, intentando asimilar lo que acababa de pasar.

Como terrible contraposición, el cuadro que formaba el banquillo del Valencia se podría haber titulado «Naturaleza muerta y Luis Aragonés». La dentadura del entrenador estuvo a punto de salir despedida varias veces entre esputos y juramentos de esa boca que, más parecida a un aspersor de purines que a un elemento esencial para comunicarse, fertilizaba con abono orgánico las raíces del árbol genealógico de su línea defensiva. Una vez finalizado el repaso al santoral, a su vuelta de la banda, los suplentes y el resto del equipo técnico aguantaban la respiración, intentaban hacer el camaleón o desaparecer en un matorral como Homer Simpson, y mantenían la vista al frente para evitar cruzarla con Aragonés y acabar convertidos en piedra. Con todo lo que había pecado de palabra, obra y omisión en el breve trayecto de la cal al banquillo, Aragonés podría haber sido excomulgado de todas las religiones monoteístas fundadas desde el amanecer de los tiempos.

La grada, como no podía ser de otro modo, se pobló de pañuelos. Por entonces, los goles fabulosos o las actuaciones antológicas se premiaban coreando el nombre y con una taurina pañolada. Ahora, en otro de esos cambios absurdos, los aficionados mueven los brazos como si estuvieran sujetando un trapo, abanicando a un desmayado; y solo les falta pedir a Marcial que traiga las sales. En mi casa, tradicionalmente culé, celebramos el gol como lo hacen los Borbones en la última semana de unos Juegos Olímpicos.

Cómo definir aquello. No había palabras. Tal vez por eso el único que sería capaz de describirlo en castellano sin hablar castellano era Robson. La estancia de Sir Bobby Robson en España tuvo (aparte de ganar todas las competiciones que jugó menos la liga, en la que acabó segundo a dos puntos) grandes momentos de gloria. El primero sin duda, robar un beso en la boca a Carmen Sevilla, en lo que fue una anécdota divertida en su momento y que hoy sería un micromachismo de escándalo (insisto: eran otros tiempos). Los más comunes se daban en unas animadas ruedas de prensa en las que se salteaban intervenciones en inglés, castellano, apuntes de Mou (que era su ayudante y traductor ocasional) y lenguaje gestual explícito. Por ejemplo, su opinión del tercer gol de Ronaldo podría haber sido esta: «¿Ronaldo? Buf… Chas-chas, fantastic!», al mismo tiempo que zigzaguearía con la mano para reforzar su opinión.

Puede que el fútbol me dejara de ilusionar cuando Ronaldo se marchó a Italia y perdió sus rodillas como el que extravía sus maletas en un aeropuerto. También llegaron unos confusos cambios de metabolismo que transformaron aquel guepardo en un bisonte que alternaba goles legendarios con cumpleaños épicos. Casualidad o no, mi pasión por el fútbol evolucionó de forma inversamente proporcional a su número de lesiones e interés por la bollería industrial. Recuerdo que la temporada siguiente me perdí el primer Barça-Madrid de mi vida consciente porque tenía una cita. En el autobús de vuelta, oyendo sin interés la retransmisión por la radio, comprendí que había dejado de gustarme el fútbol o no me gustaba lo suficiente no ya para que se me quitara el apetito, sino ni siquiera para ver el partido del siglo de aquel semestre. No obstante, no dejo de maravillarme cuando cada cierto tiempo veo el vídeo de ese chico de veinte años galopar por el campo y emerger milagrosamente entre cuatro defensas para clavar el balón en la red.