El mito de Robin Hood: ¿qué fue de los bandidos sociales?

Robin de los bosques, 1938. Imagen: Warner Bros.

I fought the law
And the law won

(Sonny Curtis and The Crickets)

«El robo es la restitución, la recuperación de la posesión. En vez de encerrarme en una fábrica, como en un presidio; en vez de mendigar aquello a lo que tenía derecho, preferí sublevarme y combatir cara a cara a mis enemigos haciendo la guerra a los ricos atacando sus bienes…». Marius Jacob, el célebre ladrón anarquista francés, mira a los magistrados de la audiencia de Amiens que le juzgan y lee su alegato —Por qué he robado—, donde se autodefine como «un rebelde que vive del producto de sus robos». Es el mes de marzo de 1905 y Jacob se libra de la pena de muerte, pero a cambio pasará los siguientes veintidós años de su vida en un presidio de la Guayana Francesa. La justicia le acusa de haber perpetrado más de ciento cincuenta robos a iglesias, mansiones y hoteles, entre otros delitos, junto a los Trabajadores de la Noche, la banda de asaltantes libertarios que, con su audacia, ha traído de cabeza a la policía francesa desde 1897. Los hombres de Jacob se disfrazan de curas, oficiales del ejército o señores de alta alcurnia, tratan de no pegar un solo tiro y, después de cada golpe, dejan siempre un mensaje mordaz bajo la firma de Atila, el seudónimo de Jacob: «A Dios Todopoderoso, aquí están tus ladrones».

El mito de Robin Hood, el ladrón noble que roba a los ricos en beneficio de los pobres, se esparció por el mundo a partir del siglo XIV gracias a los poemas, baladas y relatos orales que mencionaban ya algunas hazañas del príncipe de los ladrones. Desde entonces, la imagen de los «bandidos buenos» ha llegado a gozar de atributos casi divinos. La cultura popular les dedicó canciones y relatos, poemas y proverbios, altares paganos y reinados simbólicos. Las leyendas de esos forajidos generosos nutrieron durante varios siglos el imaginario de los más desfavorecidos. Algunos abrazaron la revolución, otros impartieron su propia interpretación de la justicia social y hubo quienes se dejaron llevar por el gatillo fácil. ¿Qué tienen en común Pancho Villa y Diego Corriente? ¿Malverde y Lampião? ¿Gaspard de Besse y Phoolan Devi? ¿Jesse James y Jules Bonnot? ¿El Gauchito Gil y Marius Jacob? ¿Salvatore Giuliano y Juraj Jánošík? Para Eric Hobsbawm, el historiador marxista que abordó el fenómeno en sus libros Rebeldes primitivos (1959) y Bandidos (1969), esos personajes y una legión más de almas rebeldes encarnan de una u otra manera el prototipo del «bandido social», como bautizó el ensayista británico a esos justicieros a los que el pueblo llano dotó de una aureola de misticismo e invulnerabilidad, las mismas cualidades que en su día se cantaron sobre el prodigioso arquero de los bosques de Sherwood.

Hobsbawm observó que las historias de esos bandoleros que robaban a los ricos y redistribuían la riqueza entre los pobres (o al menos lo pregonaban) se sucedían con características muy similares en diferentes rincones del mundo. Ese fenómeno universal se presentaba principalmente en las sociedades campesinas que se hallaban en la etapa de evolución entre la organización tribal y familiar y la sociedad capitalista industrial. «En las montañas y los bosques bandas de hombres fuera del alcance de la ley y la autoridad, violentos y armados, imponen su voluntad mediante la extorsión, el robo y otros procedimientos a sus víctimas. De esta manera, al desafiar a los que tienen o reivindican el poder, la ley y el control de los recursos, el bandolerismo desafía simultáneamente al orden económico, social y político. Este es el significado histórico del bandolerismo en las sociedades con divisiones de clase y estados (…) La esencia de los bandoleros sociales es que son campesinos fuera de la ley, a los que el señor y el Estado consideran criminales, pero que permanecen dentro de la sociedad campesina y son considerados por su gente como héroes, paladines, vengadores, luchadores por la justicia, a veces incluso líderes de la liberación, y en cualquier caso como personas a las que admirar, ayudar y apoyar», sostiene Hobsbawm en la cuarta edición de Bandidos (1999). Pese a circunscribir el bandolerismo social al ámbito rural, el pensador marxista, cuya primera edición de ese ensayo recibió algunas críticas de otros historiadores por no haber definido con más nitidez el marco político en el que se desarrolla el fenómeno, dedica varias páginas de su obra a otros proscritos que no actuaron estrictamente en el mundo rural, como los expropiadores anarquistas del siglo XX.

Ese forajido que levanta su espada o empuña el mosquetón contra los abusos y en nombre de la justicia social posee ciertos rasgos que lo hacen fácilmente identificable, bien se trate de un cosaco de las estepas rusas, un dacoit de la India o un bandolero andaluz. Hobsbawm detectó varios  atributos a la hora de perfilar la imagen de un bandido social. En el ADN de todo ladrón noble que se precie debe ser visible, como un tatuaje en la piel, el apotegma que da sentido al mito de Robin Hood: «robar al rico para dar al pobre». El bandido bueno suele traspasar los márgenes de la ley al ser víctima de una injusticia. Esa afrenta le otorgará el salvoconducto para no ser considerado un criminal por el pueblo. El ladrón generoso no mata si no es en defensa propia (una máxima que no todos cumplirán a rajatabla), se siente invulnerable y cuando cae suele deberse a una traición.

¿Era esa la imagen del arquero de Sherwood? Alejandro Dumas le hizo hablar así en Robin Hood el proscrito: «Soy lo que la gente llama un bandido, un ladrón, ¡de acuerdo! Pero, aunque desvalijo a los ricos, no tomo nada de los pobres. Detesto la violencia, no derramo nunca sangre; amo a mi patria, y la tiranía me resulta odiosa». Los trovadores del siglo XIV ya cantaban las hazañas de ese Robin Hood real o imaginario. William Langland, autor del poema alegórico Piers Plowman (1377), cita al príncipe de los bandidos por boca del sacerdote Sloth: «Conozco rimas de Robin Hood». Es la primera mención en un manuscrito al proscrito del condado de Nottingham que se enfrenta a los caballeros normandos y al clero. Las proezas del ladrón generoso se siguen leyendo y cantando en el siglo XV. Muchos años después, en 1795, el anticuario inglés Joseph Ritson dio a conocer una recopilación de baladas sobre Robin Hood que despertarían con el paso del tiempo el interés de historiadores, literatos, poetas y cineastas.

Pero todo ese fervor historiográfico y literario sobre el forajido de los bosques de Sherwood no ha logrado revelar si hubo un Robin Hood de carne y hueso. Su leyenda se nutrió sin duda de otros personajes, como Hereward the Wake (el Proscrito), el hijo de un noble sajón asesinado por los normandos que se alzó en armas contra el rey Guillermo el Conquistador en el siglo XI. Fue el historiador Joseph Hunter quien a mediados del siglo XIX investigó más a fondo sobre la figura del héroe sajón en los archivos de York, y llegó a la conclusión de que existió un tal Robert Hood nacido en 1290 que acabaría sublevándose contra Eduardo II de Inglaterra y asaltando a los comerciantes que transitaban por el bosque de Sherwood. Las correrías de Hood terminarían con una promesa de fidelidad al rey. No obstante, durante los siglos XIII y XIV y hasta la aparición de las primeras baladas en el siglo XV fueron varios los proscritos identificados como Robin Hood, todos ellos insurrectos contra los normandos. Ese Robin Hood individual o colectivo, enfrentado a los poderosos y defensor de los humildes, fue sublimado por el folclore medieval. Su leyenda ha pervivido a lo largo de los siglos como una corriente de agua subterránea, aflorando aquí y allá. Hombres que nunca oyeron hablar del príncipe de los ladrones retomaron su legado cada vez que se alzaron en armas contra la injusticia social.

Un hombre toca el busto de San Jesús Malverde, Culiacán, 2011. Fotografía: Cordon.

Algunos de los sucesores de Robin Hood se convirtieron en verdaderos santos laicos a los que todavía hoy siguen venerando miles de fieles. Y, al igual que ocurre con el primer ladrón noble, en sus biografías conviven hechos reales con otros surgidos de la imaginación popular. Es el caso de Jesús Malverde (Jesús Juárez Mazo), el bandido de Sinaloa, al que han rendido tributo todos los narcotraficantes de ese estado mexicano en el que aún se cantan corridos sobre sus supuestas hazañas. Considerado un ladrón generoso y ajusticiado en 1909, a Malverde le adoraban esas clases populares de las que más tarde surgirían los grandes capos de los cárteles sinoalenses. A su capilla, erigida en la ciudad de Culiacán, solían acudir campesinos de las sierras, pescadores y obreros. Hasta que llegaron los narcos y empezaron a ofrendar sus AK-47 mientras rezaban una plegaria para que sus cargamentos de droga llegaran sin problemas a su destino, al norte del río Bravo. En el otro extremo de América Latina, el culto piadoso le corresponde a otro salteador de caminos de agrandado corazón, el Gauchito Gil (Antonio Mamerto Gil Núñez), jefe de una banda de bandoleros de la provincia de Corrientes. Cada 8 de enero, decenas de miles de fieles acuden a la localidad correntina de Mercedes para pedirle que interceda por ellos. Hay cientos de versiones sobre las aventuras del más célebre de los «gauchos milagrosos». La mayoría, apócrifas. Cuentan que el Gauchito Gil, devoto de San La Muerte, tenía poderes sobrehumanos para desviar las balas enemigas, ahí es nada. Pero tuvo el final trágico de casi todos los malevos. Le colgaron de un algarrobo boca abajo y le degollaron. Su primer «milagro» fue ayudar a su verdugo, a quien antes de morir solo le reclamó que rezara por él. La leyenda cuenta que el verdugo le hizo caso y su hijo, aquejado de una grave enfermedad, se curó. Desde entonces el Gauchito Gil no ha parado de recibir peticiones. Lleva ciento cuarenta años en el asunto.

A Doroteo Arango, más conocido como Pancho Villa, no se le atribuye más milagro que el de haber sido capaz de invadir los Estados Unidos de América. La providencia, y su pasión por el gatillo, le salvaron la vida más de una vez («como lluvia en el sombrero le rebotan las balas», escribe Eduardo Galeano en Memoria del Fuego). Pancho Villa se situó al margen de la ley después de haber tiroteado a un hacendado que había violado a su hermana mayor. Junto a una partida de bandoleros se dedicó a asaltar villorrios del estado de Chihuahua y a tomarse la justicia por su mano. El estallido de la Revolución mexicana cambia su destino. Como apunta Hobsbawm, fue tal vez el caso más emblemático de la conversión de un bandido sin bagaje político en un revolucionario. El presidente Madero le reclutó para su causa en 1910 y Villa se colgó pronto las charreteras y las insignias de general. Los ejércitos del norte bajo su mando contaban sus batallas por victorias hasta su declive en 1915. Curiosamente, el bandido revolucionario acabó sus días como hacendado. Cuando quiso volver a la política, una ráfaga de balas se interpuso en sus deseos en la ciudad de Parral el 20 de julio de 1923. Murió a hierro cuando ya no era bandido.

Al frente de una milicia poderosa también estuvo Virgulino Ferreira da Silva, alias Lampião (Farol), el cangaceiro (bandido rural) más temido del nordeste brasileño, idolatrado por su pueblo pese a haber hecho gala de una crueldad que incumple el evangelio del buen bandido. En la empobrecida tierra del sertão brasileño a principios del siglo XX manda el látigo del fazendeiro, que se vale del poder de fuego de las bandas armadas para mantener su autoridad y desafiar a las denominadas «fuerzas volantes» del Gobierno. El asesinato del padre del joven Virgulino a manos de una de esas partidas gubernamentales le empuja a tomar las armas. «Nos vengaremos hasta la muerte», jura ante la tumba de su padre. Se enfunda el fusil y se une a una banda de cangaceiros de la que pronto será su guía. Lampião es un bandido atípico. Con sus gafas de pasta y su cuerpo esmirriado, provoca al mismo tiempo temor y risa. Le llaman «el capitán de opereta» pero no le tiembla el pulso cuando tiene que ajustar cuentas con un enemigo o un traidor. Las fotografías de la época lo muestran con un sombrero de cuero adornado con monedas de oro, chaqueta militar, cartucheras, mosquetón y un gran puñal ajustado a la ingle. A su lado está la inseparable Maria Bonita, la mujer que le acompañará en su vida de maleante desde 1930 hasta la muerte conjunta de ambos ocho años después. Atrás queda una época de saqueos en ciudades y ataques feroces contra las fuerzas volantes. Sus aventuras se podían leer gracias a la literatura de cordel que florece en Pernambuco. Cuando muere Lampião, lo que cuelga de la cuerda de la plaza es su cabeza y la de su compañera. Para los pobladores del sertão quien ha muerto es un héroe, no un villano. Un valiente que se levanta en armas contra la injusticia social aunque en el torbellino de sus batallas ese reclamo se haya difuminado. Esa contradicción que rodea la figura de Lampião llevó a Hobsbawm a incluirlo dentro de una subcategoría del bandolerismo social, la de los «vengadores», cuyo comportamiento es ora noble, ora criminal. Para el historiador marxista, se trataba de un «héroe ambiguo». El cancionero popular ya recogió en su día esa antinomia:

Mataba como distracción
No por pura perversidad
Y daba comida al hambriento
Con amor y caridad

Rubem Braga, el gran cronista brasileño, lo retrató así en O conde e o passarinho: «Lampião, que expresa el cangaço (‘bandolerismo’), es un héroe popular del Nordeste. No creo que el pueblo lo ame solo por ser cruel y valiente. El pueblo no ama sin motivos. Lo que hizo se corresponde con cierto instinto de pueblo (…) Las atrocidades de los cangaceiros no fueron inventadas por ellos ni constituyen su monopolio. Las aprendieron sobre la marcha y, en muchas ocasiones, a su propia costa».

A los dacoits (salteadores de caminos) de la India también les cabe el dudoso honor de ser al mismo tiempo ángeles y demonios. Para los británicos —cuenta Hobsbawm— eran tan solo «tribus criminales». Sin embargo, muchas de las bandas que operaron en el país dedicaban una parte de su botín a la caridad. Así lo hacían en el siglo XIX los badhaks en el norte y los minas en el centro, grupos formados en parte por campesinos que habían sido desposeídos de sus tierras y se habían transformado en bandoleros profesionales. A menudo estos salteadores llegaban a establecer pactos con autoridades locales para recibir tierras y otros derechos a cambio de la vigilancia de los pueblos y caminos. Fue el caso de Gajraj, un jefe badhak conocido como el Robin de los Bosques de Gwalior. A Phoolan Devi (1963-2001), una de las pocas mujeres bandoleras de renombrada fama, la acusaron de ser una dacoit. Perteneciente a una subcasta de parias, los mallah, fue obligada a casarse a los once años y violada y maltratada después por su esposo y por otros miembros de su comunidad. La persecución y las vejaciones constantes la convierten en una intocable, una marginada. Secuestrada por una banda de dacoits, acabará asumiendo que su única forma de venganza es llegar a ser algún día la reina de los bandidos: «Como vivían en el miedo, la única opción era darles miedo. Como utilizaban la violencia, era necesario que yo fuera más violenta que ellos». A los diecisiete años ya es adorada por los campesinos de su casta. La traición, fenómeno inseparable de la idiosincrasia del bandolerismo, también será la perdición de Phoolan Devi, como lo fue de Lampião y otros célebres proscritos. Cuando un gurú de otra casta mata a su esposo Vikram, comienza el declive de Phoolan Devi. Le dará tiempo a vengarlo pero, cansada de huir, pacta su rendición con el Estado. Como Pancho Villa, quiere cambiar las armas por la política. Al Centauro del Norte ese deseo le costó la vida. A Phoolan Devi también. Entra en el Parlamento en 1994 de la mano de un partido socialista, pero siete años más tarde, un thaktur (la misma secta a la que pertenecía el gurú que mató a su esposo) la cose a balazos a la puerta de su casa en Nueva Delhi. Para la reina de los bandidos de Uttar Pradesh, ser dacoit no era un estigma:

«He repartido dinero entre los pobres (…) he castigado a los violadores y a los saqueadores de tierras, solo he devuelto a los hombres lo que ellos me hicieron sufrir a mí. Ser dacoit es hacer justicia», escribirá en su autobiografía.

Aunque vivió más años que la mayoría de los bandidos justicieros, el final de Phoolan Devi fue tan trágico como el de tantos otros Robin de los Bosques. Diego Corriente, el bandolero andaluz, murió a los veinticuatro años sin haber matado a nadie, al igual que Gaspard de Besse, el forajido de la Provenza francesa (ambos proscritos nacieron en 1757 y murieron en 1781). Y Juraj Jánošík, el más célebre de los bandidos de los Cárpatos de finales del siglo XVII y principios del XVIII, cayó a los veinticinco años.

Corriente, De Besse y Jánošík tuvieron un final atroz. El malevo andaluz fue ahorcado un Viernes Santo. A De Besse le crucificaron hasta la muerte. Y a Jánošík le colgaron de un gancho clavado en sus costillas. Los tres son fieles sucesores del arquero de Sherwood. «Diego Corriente yo soy / aquel que a nadie temía / aquel que en Andalucía / por los caminos andaba / el que a los ricos robaba / y a los pobres socorría», reza la popular copla sobre el bandido de Utrera. «Solo robaremos a los ricos, los nobles, los usureros, los grandes beneficiarios del clero (…) Nunca los campesinos ni los pobres serán molestados ni desvalijados (…) Asustad pero nunca matéis», instruye a los suyos Gaspard De Besse. La guerrilla rebelde de Jánošík robaba a mercaderes ricos y distribuía parte de su trofeo entre los campesinos pobres. Hoy es uno de los héroes populares de Eslovaquia y uno de los proscritos al que más baladas se le han dedicado a lo largo de los siglos. La tradición oral en la que se ensalza a los ladrones nobles ha sido siempre fuente de controversias para los historiadores. Al propio Hobsbawm se le reprochó en su momento que basara parte de sus tesis sobre el bandolerismo social en esas fuentes orales y en las baladas anónimas.

Billy the Kid, Doc Holliday, Jesse James y Charlie Bowdre, Las Vegas, 1879.

Tan pronto como se echaban al monte, los bandoleros eran conscientes de que, con su cabeza a buen precio, sus vidas serían más cortas que las del común de los mortales. Antes que a las fuerzas del orden, temían a un enemigo más dañino para su supervivencia: la traición. A lo largo de la historia del bandolerismo se repiten los casos de forajidos legendarios entregados a la ley o asesinados por alguien de su círculo más íntimo. Su invulnerabilidad, esa cualidad simbólica que les arropa y que se sustenta en la protección y admiración popular, se desmorona muchas veces en su propia trinchera. Según la leyenda, a Corriente le pierden los celos de una mujer. A Jesse James, el forajido del lejano Oeste americano que se consideraba a sí mismo un ladrón noble pese a su fascinación por el revólver, le mató Robert Ford, uno de sus hombres de confianza. Salvatore Giuliano, el apuesto bandido siciliano de la primera mitad del siglo XX a quien tanto le gustaba que le entrevistaran, fue traicionado y asesinado en julio de 1950 por su lugarteniente Gaspare Pisciotta. La breve vida de este casanova del bandolerismo siciliano estuvo marcada por el auge del independentismo que vivía Sicilia y al que se adhirió Giuliano, un Robin sanguinario y contradictorio, aliado de la mafia y víctima a la postre de las ponzoñosas relaciones entre el Estado y la Cosa Nostra.  

En el totum revolutum del bandolerismo social, Hobsbawm incluye también a los expropiadores anarquistas españoles que asaltaban bancos, joyerías y meublés para financiar la causa libertaria y propagar «la idea». La leyenda de Francisco «Quico» Sabaté, a quien Hobsbawm elige como paradigma de los expropiadores, se fue propagando por toda Cataluña en los años cincuenta del siglo pasado, cuando su destreza para escapar de las emboscadas policiales le había conferido esa aura de inmortalidad de los antiguos bandoleros. Fue el resistente antifranquista que más dolores de cabeza provocó a la Brigada Político Social. Ni él ni José Luis Facerías, otro destacado miembro del maquis anarquista, eran bandidos. Robaban, como lo hicieron unas décadas antes sus predecesores Durruti, Ascaso y Jover, para recaudar fondos destinados a la lucha revolucionaria. La prensa franquista, sin embargo, les definía siempre como crueles pistoleros por sus enfrentamientos armados con la policía. En cierta ocasión, Sabaté le robó cuatro mil pesetas a un comerciante de tejidos en Barcelona para financiar un golpe de más enjundia. Consumado el atraco en una sucursal del Banco de Vizcaya, donde su grupo se hizo con un botín de setecientas mil pesetas sin pegar un solo tiro, El Quico le envió un giro al comerciante con la cantidad «prestada» para el atraco, según relata el historiador ácrata Antonio Téllez en Sabaté, guerrilla urbana en España, la biografía que escribió sobre su amigo y compañero de lucha. Algunos años más tarde, herido y perseguido por cientos de guardias civiles, Sabaté malgastó su séptima y última vida en Sant Celoni al caer acribillado por las balas de un somatén. El 5 de enero de 1960 concluía la Guerra Civil para uno de los últimos guerrilleros libertarios.

Sin la determinación ideológica de los expropiadores anarquistas, otros célebres bandidos sociales levantaron también la bandera de la revolución. Jules Bonnot y su banda, atracadores profesionales franceses, llevaban la rebeldía social en el corazón y la pistola bien amarrada al cinto. En su libro Fuera de la ley, Laurent Maréchaux se refiere a la banda de Bonnot como «los excluidos de la Belle Époque». Mecánico de día y maleante de noche, Jules Bonnot (1876-1912) se decanta pronto por el más provechoso mundo del hampa: «Si quieres ser libre, cómprate un fusil. Si no tienes dinero, róbalo». Una máxima que llevará hasta sus últimas consecuencias junto a un grupo de kamikazes libertarios. La burguesía francesa está aterrorizada por la violencia de sus atracos. La persecución policial será implacable. Uno a uno van cayendo todos los miembros de la banda. Acorralado por quinientos policías, el 27 de abril de 1912 Jules Bonnot se pega un tiro en la cabeza. Pero antes se sienta a una mesa y escribe: «Soy un incomprendido de la sociedad, tengo derecho a sobrevivir y, ya que vuestra sociedad imbécil y criminal pretende impedírmelo, ¡peor para ella, peor para vosotros!».

El fin de la etapa preindustrial en el siglo XX fue relegando la aparición de nuevos bandidos sociales. Aunque el fenómeno siguió vivo con otras características (Hobsbwam menciona los casos del estrafalario Ejército Simbiótico de Liberación en Estados Unidos o la guerrilla tupamara en Uruguay), es difícil encontrar un Robin de los Bosques en los tiempos modernos. En un artículo publicado en 2012, el periodista e historiador Jon Lee Anderson reflexionaba acerca de si a algunos capos del narcotráfico les encajaría la etiqueta de bandido social. Pablo Escobar era una suerte de patriarca de los humildes de Medellín, a quienes atendió con los enormes ingresos que le proporcionaba el negocio de la cocaína. Pero su crueldad contra todo aquel que se interpusiera en su camino le aleja de la figura del ladrón noble. ¿Y qué decir de los hombres del hampa que imponen su ley en las favelas brasileñas? El Comando Vermelho, responsable del tráfico de drogas en Río de Janeiro, fue fundado por un grupo de presos comunes que se empaparon de política al mezclarse en el presidio de Isla Grande con los guerrilleros del Movimento Revolucionário 8 de Outubro (MR-8) y de Ação Libertadora Nacional (ALN) que fueron recluidos allí a partir de 1969. Recelosos en un primer momento, los presos comunes se fueron sintiendo atraídos poco a poco por el grado de organización y disciplina de los militantes izquierdistas, muy escrupulosos a la hora de perpetrar sus propios atracos. Los criminales leyeron las obras del Che Guevara y de Régis Debray y en 1971 fundaron el Grupo União, embrión del Comando Vermelho. Ese primer impulso social se iría perdiendo a medida que el grupo fue ganando territorio, poder y dinero. No obstante, algunos jefes del Comando Vermelho, como Marcinho VP (asesinado en prisión en 2003), se consideraban a sí mismos herederos de la tradición de Robin Hood. Como a los bandoleros de antaño, a los dueños de los morros cariocas también acuden a pedirles favores los vecinos más desventurados de su comunidad. Uno de ellos, Antônio Bonfim Lopes, subió un día a lo alto del morro de la Rocinha para explicarle al capo de turno que necesitaba dinero para curar a su hija. Bonfim volvió a casa con el préstamo en el bolsillo y la promesa de convertirse en bandido. En poco tiempo era ya conocido como Nem da Rocinha, el rey de la favela más populosa de Río. Antes de entregarse a la policía en 2011, ideó un sistema de reparto de bolsas de alimentos para los pobladores más pobres, según narra Misha Glenny en O Dono do Morro, la biografía de Nem, a quien Glenny entrevistó en diez ocasiones en el penal de máxima seguridad de Campo Grande.

¿Dónde se esconde Robin Hood en este siglo XXI de tantas injusticias y desigualdades? Hay quien ha creído verlo en el algoritmo de un hacker capaz de desfalcar un banco o en las pequeñas insurrecciones sociales que a cada tanto provocan las crisis recurrentes del capitalismo. «Por mucho que sea posible que Robin Hood no haya existido nunca, su vida heroica era un modelo y su personaje despertaba vocaciones. En la actualidad, ni siquiera de su leyenda surgen imitadores», se lamenta Maréchaux en Fuera de la ley. Esos bandidos de gran corazón que añora el escritor francés son parte del pasado. Vidas marcadas a sangre y fuego que no cambiaron el mundo pero aliviaron ciertas carencias de su entorno y alimentaron el folclore y la literatura popular. Para compensar tanto dramatismo, hubo entre ese ejército de las sombras quien decidió despedirse de este despiadado mundo con salvas de humor negro. Antes de clavarse una jeringuilla de morfina en el brazo, Marius Jacob, el cabecilla de los Trabajadores de la Noche, deja un escrito para quien lo encuentre. Es la noche del 28 de agosto de 1954 y el espíritu de Robin Hood vaga ya en franca retirada. Se impone la ironía, la burla socarrona de los proscritos: «Colada lavada, aclarada, secada pero no planchada. Me da pereza, lo siento. Encontraréis dos litros de rosado al lado del cesto del pan. ¡A vuestra salud!».


Porchia, el poeta que vivía entre voces

Antonio Porchia. Portada (detalle) de Voces reunidas, editorial Pre-Textos.

Iría al paraíso, pero con mi infierno; solo, no. (Antonio Porchia, Voces).

Érase una vez un hombre que escuchaba voces. O, más bien, las sentía hasta hacerlas suyas y cohabitar con ellas. La obra de Antonio Porchia (Conflenti, Italia, 1885) es una de las más originales de la literatura del siglo XX en castellano, un conjunto de poesías místicas y aforismos que el autor, instalado en Argentina desde 1902 y alejado siempre de los cenáculos literarios, fue componiendo y rehaciendo durante toda su vida con la precisión y el mimo de un lutier. Admirado por Borges, Henry Miller, Breton o Alejandra Pizarnik, Porchia dejó una única obra, Voces, reeditada y ampliada en varias ocasiones, una colección de algo más de mil pensamientos fulgurantes que se ha ido transmitiendo de generación en generación como una suerte de secreto revelado entre una inmensa minoría de admiradores.   

El poeta Roberto Juarroz (1925-1995), amigo y gran conocedor de la obra de Porchia, contó en varias ocasiones una anécdota que refleja la corriente subterránea por la que han navegado las voces del autor ítalo-argentino. Dos mujeres encarceladas durante la última dictadura argentina intercambian mensajes de celda a celda. Juarroz dijo haber visto la reproducción facsimilar de una de esas cartas en la que junto a palabras de ánimo había una frase escrita entre comillas: «El amor que no es todo dolor, no es todo amor». Pero el nombre de Porchia, autor de esa «voz», no figuraba. En el texto introductorio del libro Voces reunidas (publicado en 2006 en España por Pre-Textos y en Argentina por la editorial Alción), Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, dos detectives salvajes mexicanos que han rastreado incansablemente las huellas de Porchia, relatan cómo esas «voces» sentidas por el poeta fueron llegando a manos, ojos y oídos de una legión de lectores a través de fotocopias y reproducciones mecanográficas o manuscritas. Y en ese camino sinuoso, en más de una ocasión la voz se desprendió de su autor y pasó a ser universal.

A Antonio Porchia le gustaba decir que sus voces representaban su propia biografía. Su vida dio un giro brusco cuando en los primeros años del siglo pasado murió su padre, Francisco Porchia, un sacerdote que había colgado los hábitos para contraer matrimonio. El joven Antonio, el mayor de siete hermanos, asume entonces el rol de patriarca de la familia con tan solo diecisiete años. Una familia que de la mano de su madre, Rosa Vescio, se embarca rumbo a la tierra promisoria de Argentina. El joven emigrante calabrés se adapta poco a poco a una Buenos Aires convulsa, encuentra trabajo en el puerto y no es ajeno a las luchas sociales del incipiente movimiento obrero. Se afilia a la FORA (Federación Obrera Regional Argentina), de tendencia anarquista, si bien sus simpatías políticas derivarían más tarde hacia el socialismo. «En todas partes mi lado es el izquierdo. Nací de ese lado», escribiría en una de sus voces. Pero su compromiso político es limitado. «¿Anarquista Porchia?», le diría años después Diego Abad de Santillán (pope de los ácratas argentinos) a la escritora y periodista Alicia Dujovne Ortiz: «Sí, colaboró en La Protesta. Pero siempre estaba en otra cosa. En otra nube, diría. Nunca fue activista, nunca quiso meterse a fondo. Cuando llegó el momento bravo tuvo miedo y, simplemente, lo dijo. Anarquista fue, porque fue libre por dentro. Nada más que por eso». Abad de Santillán no podía haber descrito mejor esa presencia del poeta en el mundo («Cuando no ando en las nubes, ando como perdido», escribiría Porchia).

Su universo vital se va circunscribiendo a esos barrios populares del sur de Buenos Aires en los que vivió y deambuló: Barracas, San Telmo, La Boca. Cuando su familia ya no precisa su ayuda económica (llegó a comprar una imprenta con su hermano Nicolás en 1918), Porchia emprende un viaje interior del que no retornará jamás. Decide irse a vivir en compañía de varios sobrinos al barrio de Saavedra y más tarde, ya solo, a  la casa de Olivos (a las afueras de Buenos Aires) donde pasará el resto de sus días hasta su muerte en 1968.

Sus primeros textos aparecen a finales de los años treinta en La Fragua, una publicación obrera. Frecuenta por esos años a un grupo de artistas libertarios que más tarde le animarán a publicar sus reflexiones, pese a las reticencias iniciales del poeta. Son pintores y escultores que con el paso de los años alcanzarán notoriedad. Bajo el sello de la editorial Impulso se publica en 1943 un primer volumen de Voces. Para entonces, Porchia tiene ya cincuenta y ocho años: «He llegado a un paso de todo. Y aquí me quedo, lejos de todo, un paso».

Las ventas del libro brillan por su ausencia. Juarroz les contaría más tarde a González Dueñas y a Toledo que la edición de mil ejemplares de Voces sería un quebradero de cabeza para el poeta. Como no se vendían, Porchia pidió a sus amigos de La Boca que le guardaran los libros. Pero pasaba el tiempo y esos fardos inútiles seguían ahí, ocupando un espacio precioso en el local de los artistas. Urgido por la molestia que estaba ocasionando, Porchia se lleva los libros y alguien le habla de una asociación de nombre prodigioso —la Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares— que podría cuidar de su invendible legado. El viaje mágico de las voces acaba de comenzar. Esos primeros ejemplares recalaron en los más recónditos rincones del país, humildes bibliotecas de pueblos olvidados donde la lectura era todavía una apreciada liturgia.

La corriente subterránea va tomando forma. Las voces se van pasando de mano en mano como si fueran proverbios dictados por algún dios pagano. Y en 1948 saca a la luz una segunda edición con nuevas reflexiones, también en Impulso. Entre sus azarosos lectores hay uno que cambiará el destino de Porchia. El reconocido crítico y poeta francés Roger Caillois, colaborador de Sur, la revista dirigida por Victoria Ocampo, se topa en Argentina con el libro y no lo suelta hasta que acaba de leer la última de sus voces. Queda tan impresionado que quiere saber enseguida quién ese poeta tocado con la gracia de mil duendes. Cuando se encuentra con Porchia, le confiesa: «Por esas líneas yo cambiaría todo lo que he escrito». Y le invita a publicar en Sur junto a las plumas más luminosas del momento.

A cualquier escritor, el descubrimiento azaroso por parte de un intelectual como Caillois le hubiera supuesto una puerta abierta al reconocimiento de la élite intelectual. Pero Porchia no era un escritor cualquiera. En realidad, nunca se sintió escritor. A los correctores de estilo de la revista Sur tampoco les debió parecer que lo fuera. No aciertan a comprender la estructura de sus frases. Caillois está de regreso en Francia y los escritos de Porchia no acaban de publicarse. Indaga el poeta y le van dando largas. Hay problemas, le dicen. Cosas de gramática. Le intentan corregir esas «cosas» pero el poeta se niega. El artista Líbero Badii, gran amigo del poeta, señalaría tiempo después de su muerte que solo había algo que realmente sacaba de sus casillas al maestro, como lo llamaban sus allegados. No soportaba que le cambiaran las comas de lugar. Si veía una coma mal puesta en la edición de una de sus voces, se enfurecía. Las comas eran para Porchia la sal de la tierra: «Era maniático para las comas, porque una coma resultaba fundamental para marcar matices de su pensamiento. Solamente lo he visto furioso por eso: por una coma equivocada en la imprenta (…) Escribía muy poco, cuatro o cinco frases por año. Pero trabajaba cada una con un rigor no solamente interior sino también de artífice del lenguaje». Badii, otro ilustre italiano argentinizado, inmortalizó a su amigo en una serie de dibujos y efigies en bronce que expuso a mediados de los años sesenta en la galería Van Riel de Buenos Aires. El artista mostraba a un Porchia que, según Dujovne Ortiz, había trabajado su rostro desde adentro con fervor para convertirse en un «raro asceta».

Pese al fallido aterrizaje de Porchia en Sur, Caillois no se da por vencido. Traduce algunas voces y las publica en Francia. Henry Miller y André Breton se rinden a la hondura metafísica del poeta. «Debo decir que el pensamiento más dúctil de expresión española es, para mí, el de Antonio Porchia, argentino», llega a decir Breton. La corriente subterránea continúa fluyendo. Sur se pliega finalmente al talento de Porchia y publica algunas de sus voces. Alejandra Pizarnik se confiesa seducida por el poeta: «Su libro —le escribe— es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, releyéndolo a medianoche, me sentí acompañada, o mejor dicho amparada».

Aunque siempre rechazó catalogar sus frases como aforismos, la crítica presupone que rondan en la cabeza de Porchia influencias de Lichtenberg, Blake, Pascal, Nietzsche e incluso de Lao Tse. Pero el emigrante calabrés asegura no haber leído a esos autores. «Jamás digan que escribo aforismos. Me sentiría humillado», dijo en cierta ocasión. ¿Fue una muestra de humildad intelectual? «Debía de sentir que a través de ese término sus frases se reducían a meras aserciones brillantes, que era lo que menos le interesaba escribir», advierte el escritor Fabio Morábito en su ensayo Porchia, la soledad del extranjero. Para este escritor italiano, nacido en Alejandría y formado en México, Porchia tenía un antídoto contra la brillantez: la repetición («Y si no hay nada que es igual al pensamiento y no hay nada sin el pensamiento, o el pensamiento es solo pensamiento o el pensamiento es todo»).

Morábito ha detectado en ese mecanismo de escritura repetitiva y en la misma elección del aforismo como único género cultivado por Porchia esa «soledad del extranjero» que le impediría explorar otros senderos narrativos más intrincados debido a una probable inseguridad lingüística: «A través de la repetición, el titubeo lingüístico del extranjero encuentra un asidero que le otorga confianza y objetiva su voz en el justo grado que necesita para no exhibir su alma al desnudo, pues el extranjero que exhibe su alma al desnudo, exhibe su lengua materna (…) Transforma su ineptitud en profundidad. El extranjero usa una misma palabra para significar cosas distintas porque no domina el idioma que habla; su pobreza del vocabulario lo fuerza a repetir; y la repetición, nacida de la carencia, se revela como un arma expresiva insospechada». Un arma que cuenta además con una inagotable pólvora en el caso de Porchia: la profundidad de su pensamiento, mucho más determinante que cualquier inseguridad lingüística. La repetición —observó Juarroz— fue también la manera que encontró el poeta «para escribir como si no escribiese».

Venerado por un selecto club de lectores a lo largo de varias décadas, Porchia despliega en sus voces una sabiduría contenida, casi clandestina. Su obsesión por la corrección hizo que descartara muchas de sus voces y no se animara a incluirlas en las sucesivas ediciones de su obra («Y seguiré eliminando las palabras malas que puse en mi todo, aunque mi todo se quede sin palabras»). La investigadora Laura Cerrato rescató en 1992 casi medio centenar de esas voces «abandonadas». «Antonio Porchia —subraya Cerrato en un artículo— restituye al aforismo su exacta dimensión de aforismo, su identidad que no consiste en una mera enunciación abreviada, sino que responde a leyes propias que se fundan en esa necesidad de proveer a la lectura múltiple, que hace del aforismo un género poético irreductible a otras formas del discurso».

¿Aforismos? ¿Poesías místicas? ¿Pensamientos metafísicos?… ¿Qué escribía Porchia? Dujovne Ortiz lo definió en 1973 como un «taoísta de barrio», un poeta «tocado por la Gracia y por la ridiculez, verdadero y teatral, cierto como un santo y, como un santo, absurdo, fuera del tiempo, por encima y a los lados hasta por debajo del tiempo». En esa tensión entre lo puro y lo bufonesco, la escritora argentina cree hallar una respuesta para desvelar el enigma: «Creo que la verdad de Porchia está acreditada precisamente por esa continua oscilación al borde de la perogrullada, por ese riesgo de lo ridículo que acompaña cada “voz”, cada acción de su vida». ¿No son las voces una suerte de biografía del autor? ¿Y no resulta trágico y cómico al mismo tiempo su origen?, se pregunta Dujovne Ortiz.

La infancia de Porchia estuvo marcada por el estigma de ser «el hijo del cura» del que todos se mofaban en un pequeño pueblo de Calabria. Y en su adolescencia, la vida le arrebata un padre, un idioma, una tierra. En Argentina se ve obligado a reinventarse y elige la soledad como arma de autodefensa. Cultiva la introspección y un ascetismo militante que lo despoja de todo lo mundano. En eso ocupa sus días y sus noches mientras «vive» sus voces («A veces para aislarme del mundo lo levanto en torno de mí a modo de muro»). Unas voces que encierran un pensamiento trágico pero que en ocasiones rozan el absurdo («Te ayudaré a venir si vienes y a no venir si no vienes») y que en la mayoría de los casos contienen, como detectó Juarroz, una gran sabiduría: «En plena luz no somos ni una sombra».  

«Todo se escucha»

En una entrevista publicada en 1964 le preguntaron a Porchia por qué llamó Voces a su libro. Y respondió a su manera: «Es difícil saber. Todo se escucha. Y se escucha de todo (…) No sé definirme porque no soy yo. Uno es una infinidad de cosas (…) Mi libro Voces es casi una biografía. Que es casi de todos». Pero Porchia no era un místico inspirado por alguna revelación. Juarroz se encargó de aclararlo: «Me desconcierta el verbo “escuchar” porque no creo haberle oído decir que “escuchaba” voces». El poeta ítalo-argentino cohabitaba con sus voces, las vivía, en palabras de Juarroz. Y las esculpía concienzudamente durante semanas y meses, mientras regaba las plantas de su jardín o se quedaba extático frente a una flor. Las voces estaban ahí, dentro de él: «Quien no llena su cabeza de fantasmas, se queda solo». 

Ajeno a un relativo aunque tardío éxito, vivió de forma espartana, casi monacal, en su casita de Olivos. Allí recibía a sus amigos, a veces en pijama, con una copa de vino y un pedazo de queso. Apenas tenía pertenencias. Entre los escasos libros que componían su biblioteca, releía la Divina comedia y Jerusalén liberada. Contaba, sin embargo, con una colección de cuadros admirable. Algunos de sus amigos pintores habían alcanzado fama y cotización. En las paredes de su casa colgaban cuadros de Quinquela Martín, Petorutti, Victorica… Pero ese tesoro pictórico tenía para Porchia únicamente un valor sentimental. Moriría en la pobreza, una condición sobre la que también reflexionó: «La pobreza ajena me basta para sentirme pobre, la mía no me basta».

Su obra se fue traduciendo a varios idiomas y en Argentina se llegaron a agotar las ediciones que Hachette había publicado desde 1966. Pero será en 1979, once años después de la muerte de Porchia, cuando la editorial francesa Fayard saque a la luz la gran edición de Voces, prologada por uno de sus más fervientes admiradores: Jorge Luis Borges. «No nos conocimos personalmente. Oí por primera vez su nombre de labios de Xul Solar, el pintor visionario. Nada me cuesta imaginar que fueron muy amigos: ninguno de los dos podría en el presente desmentirme. Pero lo que puedo asegurar es que a través de sus Voces, Antonio Porchia es hoy mi amigo íntimo, si bien acaso él no lo sabe».

En ese breve prólogo, el autor de El Aleph descubre quizás el verdadero sentido de las voces de Porchia. Esos pensamientos no buscarían producir un efecto, a la manera en que sí lo intenta el aforismo tradicional: «Podemos sospechar que el autor los escribió para sí mismo y no supo que trazaba para los otros la imagen de un hombre solitario, lúcido y consciente del singular misterio de cada instante».


Rodolfo Walsh, la pluma y la pistola

Rodolfo Walsh. Foto: Marco Rodriguez Garrido (CC).

—Hay un fusilado que vive.

Rodolfo Walsh era un solvente escritor de novelas policiales e incipiente divulgador cultural cuando en diciembre de 1956 alguien le soltó esa frase que cambiaría su carrera y lo auparía al altar de los grandes maestros de la literatura y el periodismo en español. «Hay un fusilado que vive», escuchó en el café donde solía jugar al ajedrez. El comentario no era del todo correcto. Del primer fusilado se pasó a un segundo, luego a un tercero… Y resultó que había siete fusilados que vivían. Walsh, de cuna conservadora y católica, se sumergió entonces en una minuciosa investigación sobre los fusilamientos perpetrados durante la sublevación del general Valle en junio de 1956. El resultado fue Operación Masacre, obra de culto del periodismo de denuncia. Veinte años después de su publicación, Walsh se convertiría en objetivo prioritario del régimen cívico-militar que tomó el poder a la brava en 1976. Oficial primero de la organización armada Montoneros bajo los alias de Esteban y Neurus, el escritor había evolucionado políticamente con los años y estaba decidido a llevar hasta sus últimas consecuencias su compromiso con la lucha revolucionaria. Cuando cayó en una emboscada de un «grupo de tareas» de la dictadura, en marzo de 1977, llevaba un maletín donde horas antes había guardado para su distribución varias copias de su testamento literario, la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Llevaba también, ajustado a la ingle, un revólver que usaría antes de ser acribillado en una esquina de Buenos Aires.

En una edición cubana de Operación Masacre y ¿Quién mató a Rosendo? (la otra gran crónica larga de Walsh) el escritor Leonardo Padura, autor del prólogo, advertía hace ya una década sobre la dificultad de encuadrar esas obras en un género literario concreto y concluía, como otros expertos, que tanto Walsh como otros cultivadores ilustres de la denominada crónica narrativa (de Norman Mailer a Gabriel García Márquez) enriquecieron los principios del oficio borrando esa frontera invisible que separa el periodismo de la literatura de ficción y moldeando un nuevo género literario, catalogado desde entonces de muy diversas maneras. El éxito de esa aventura literaria —sostenía Padura— radica en la permanencia que alcanzaron esos textos, «vivos y palpitantes cuarenta, cincuenta años después de escritos, capaces de mantenerse muy lejos del infinito cementerio en el cual ya está muerto y enterrado el periódico que leímos ayer».

Ese género que aborda los hechos con las herramientas del periodismo y luego los procesa con las armas de la ficción no tiene por su propia naturaleza híbrida una fecha concreta de alumbramiento. Walsh fue en todo caso uno de los precursores de esa nueva manera de contar la realidad. Operación Masacre se publicó por entregas entre enero y junio de 1957, primero en el periódico Revolución Nacional y luego en la revista Mayoría. Es decir, casi una década antes de que irrumpiera en Estados Unidos la saga de periodistas y escritores del denominado new journalism. Pero la discusión sobre quién puso la primera piedra del periodismo narrativo parece banal. Antes de Walsh ya habían experimentado con ese mestizaje literario Manuel Chaves Nogales, George Orwell o Ernest Hemingway… Y antes de ellos hicieron lo propio John Reed, José Martí o Rubén Darío. En todo caso, Walsh inscribe su nombre con lustre en la selecta lista de aquellos que se adelantaron al proceso de etiquetado que se registra a mediados de los años sesenta cuando Tom Wolfe y Truman Capote publican sus primeras obras de referencia. Cada autor aportó al género sus propias características estilísticas y conceptuales. Las investigaciones de Walsh, provistas de una abrumadora avalancha de datos y fuentes, están narradas con la pluma de un escritor excelso que ya había hecho sus pinitos en la novela policíaca. Ritmo, suspense y una calculada economía del lenguaje. Una argamasa literaria a la que Walsh sumó además la denuncia social.

La autodenominada Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 no solo forzó el exilio del general; proscribió el peronismo y llenó las cárceles de presos políticos. Meses después, algunos oficiales descontentos con el nuevo régimen se confabularon para tomar el poder. La fecha elegida para la sublevación del general Juan José Valle (al mando de los conspiradores) fue el 9 de junio de 1956. Esa misma noche, Walsh, que todavía no ha cumplido los treinta años, juega plácidamente al ajedrez en un café de La Plata cuando los tiros alteran a la parroquia del local. Su ciudad ha sido uno de los focos de la sublevación. Y de camino a su casa se topa con muertos y balaceras. Pero esos incidentes que observa en primera persona no serán los que le muevan a escribir la historia de la Operación Masacre, aunque su recuerdo se activará enseguida cuando escuche esa voz seis meses después en el mismo café:

—Hay un fusilado que vive.

Juan Carlos Livraga se llama el fusilado que vive. Tiene la mejilla y la garganta perforadas. Cuando Walsh lo localiza, todavía no sabe que son en realidad siete los «resucitados». Son los supervivientes de los fusilamientos que el régimen del general Aramburu perpetró en la localidad bonaerense de José León Suárez. Son los muertos vivientes de una operación que se llevó por delante las vidas de cinco civiles, totalmente ajenos a la sublevación de Valle aquel fatídico 9 de junio de 1956. Con la ayuda de la joven reportera Enriqueta Muñiz, Walsh va recabando documentación en los juzgados y las comisarías de la provincia de Buenos Aires. Y reconstruye con la paciencia de un entomólogo toda la trama de la Operación Masacre. Primero nos presenta a las víctimas de esa trama, trabajadores del barrio de Florida, en el partido bonaerense de Vicente López. Y acto seguido nos relata los hechos del 9 de junio con una prosa vertiginosa, ágil, lapidaria: la sorprendente detención, la angustia de los trabajadores, el traslado al basurero de José León Suárez, la displicencia de los policías, el grotesco y chapucero fusilamiento, y cómo siete de los doce detenidos logran escapar amparados por la noche o haciéndose pasar por muertos (a Livraga le darán varios tiros a bocajarro y ninguno lo matará).

Nadie hasta entonces había reparado en esas víctimas que dejó la represión. Orquestado por varios militares opuestos al régimen de Pedro Eugenio Aramburu, la sublevación no había contado con el apoyo de Perón (por entonces exiliado en Panamá). Oficialmente, la rebelión, sofocada en cuestión de horas, dejó una treintena de muertos entre militares y civiles. Cuando Walsh apenas comenzaba a tirar del hilo, pensó que debía apurarse para publicar la historia antes de que los grandes medios enviaran una legión de reporteros. No ocurrió nada de eso, como anotaría más tarde en la introducción a la segunda edición del libro:

Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto (…) Es cosa de reírse, a siete años de distancia, porque se pueden revisar las colecciones de diarios, y esta historia no existió ni existe.

Nadie quería asomarse en 1957 al agujero negro de la represión. Con una identidad falsa, el periodista se refugia en una casita del delta del Tigre, al norte de Buenos Aires, y allí va tejiendo pacientemente los mimbres de una historia que conjuga el vértigo de una novela negra de Dashiell Hammett con la carga de profundidad de una denuncia social lanzada en plena dictadura.

Descendiente de irlandeses, Rodolfo Jorge Walsh nació en Lamarque, en la provincia de Río Negro, el 9 de enero de 1927. Tras recibir una educación religiosa, a los catorce años se instala en Buenos Aires y trabaja desde muy joven en lo que le sale al paso, desde limpiar cristales hasta vender antigüedades. Un trabajo como corrector y traductor en la editorial Hachette lo conecta con el periodismo y comienza a colaborar en las revistas Leoplán, Panorama y Vea y Lea. Con apenas veintiséis años publica su primer libro de cuentos, Variaciones en rojo (1953), y a renglón seguido Diez cuentos policiales argentinos y Antología del cuento extraño. En esa época, mediados de los años cincuenta, Walsh vivía casi alejado de la política activa. Había coqueteado de adolescente con el antiperonismo y la derecha nacionalista e incluso había defendido el golpe de 1955 contra Perón.

Como subraya el ensayista Eduardo Jozami en su libro Rodolfo Walsh, la palabra y la acción, la evolución ideológica de Walsh muestra las distintas aristas que presenta su figura, mucho más compleja de lo que pudiera desprenderse de su férrea militancia política durante los últimos diez años de su vida. Esa evolución, por otra parte, coincide con la propia transformación que vivieron los líderes de Montoneros, una organización que se gestó en el seno de grupos de derecha católica. Jozami recuerda en su libro las palabras de afecto y admiración que profesa Walsh en un artículo hacia uno de los aviadores que participaron en el derrocamiento de Perón: «Es notable, a la luz de la evolución posterior de Walsh, este homenaje, meses después de que aviones de la Marina bombardearan la plaza de Mayo el 16 de junio, dejando centenares de muertos». Walsh nunca trató de ocultar ese pasado. «No soy peronista —escribió en la revista Mayoría en septiembre de 1958—,  no lo he sido ni tengo intención de serlo (…) Puedo, sin remordimiento, repetir que he sido partidario del estallido de septiembre de 1955 y no solo por apremiados motivos de afecto familiar —que los había—, sino que abrigué la certeza de que acababa de derrocarse un sistema que burlaba las libertades civiles, que fomentaba la obsecuencia por un lado y los desbordes por el otro».

La ebullición política y social que vive Argentina en los años sesenta explicará en parte ese viraje ideológico del escritor y su posterior adhesión a Montoneros, con cuya cúpula llegaría a disentir sobre la estrategia a seguir cuando la derrota de la «juventud maravillosa» era ya un hecho y los muertos y desaparecidos en sus filas se contaban por miles.

Ricardo Masetti y Ernesto Guevara, ca. 1958. Foto: Prensa Latina (DP).

Otra influencia decisiva en el pensamiento de Walsh fue su viaje a la Cuba revolucionaria de 1959. Su amigo Jorge Ricardo Masetti, con quien había coincidido durante su militancia en Alianza Libertadora Nacionalista, fue el cerebro de un proyecto con el que Fidel Castro y el Che Guevara querían contrarrestar los ataques mediáticos de Estados Unidos en plena guerra fría. A Masetti lo había llamado el propio Che Guevara pocos días después de que los barbudos entraran en La Habana en enero de 1959. La Operación Verdad acababa de nacer. Y Masetti era el enlace de los comandantes cubanos con la prensa latinoamericana. Con ese impulso se fundaría Prensa Latina, que en pocos meses de vida ya contaba con corresponsalías en más de veinte países y emitía más de cuatrocientos cables diarios. Entre los colaboradores de lujo de la agencia figuraban Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti y Jean Paul Sartre. Cuando Masetti le propuso que le acompañara en esa aventura, Walsh no lo dudó. Si había un país en el que se estaba decidiendo el futuro de América Latina era Cuba. Casi dos años permaneció Walsh en la isla. La confianza de Masetti en él era tal que enseguida lo nombró responsable del Departamento de Servicios Especiales de la agencia para elaborar los reportajes de mayor profundidad. Su mejor servicio a la Revolución se produjo casi de casualidad, cuando un buen día se coló por error un mensaje encriptado entre la maraña de teletipos que llegaban a la redacción de Prensa Latina. Con unos conocimientos mínimos en criptografía, Walsh descifró que el cable había sido enviado a Washington por el jefe de la CIA en Guatemala e informaba sobre los planes para invadir Cuba y el lugar exacto del país centroamericano donde eran entrenados los exiliados cubanos que participarían en la acción (más tarde concretada en la frustrada invasión de Playa Girón en abril de 1961). García Márquez relataría más tarde en un artículo aquella prodigiosa revelación de Walsh. El periodista argentino abandonaría Cuba definitivamente antes de la invasión de Playa Girón. Su entrega total a un proceso revolucionario tardaría unos años y se materializaría en su propio país.

Si Operación Masacre fue un punto de inflexión en la carrera de Walsh, la publicación de ¿Quién mató a Rosendo? en 1968 marca definitivamente el cruce entre la literatura y la política en la carrera del escritor. Esa segunda obra de no ficción de Walsh narra el enfrentamiento a balazos entre dos sectores del sindicalismo peronista ocurrido en la localidad bonaerense de Avellaneda en mayo de 1966. Uno de los tres muertos que dejó el tiroteo fue Rosendo García, dirigente de los obreros metalúrgicos. Como hiciera en Operación Masacre, el autor recurrió a un minucioso trabajo de documentación, a numerosas fuentes orales y a la descripción detallada  de sus personajes, deteniéndose en los líderes de las dos facciones enfrentadas: Timoteo Vandor, cabeza visible del sindicalismo conservador, y Domingo Blajaquis, pope comunista (y otro de los tres muertos en el enfrentamiento). La investigación realizada por Walsh arrojaba conclusiones alarmantes sobre el respaldo que el establishment había prestado a Vandor (cuyos hombres fueron los responsables de las muertes, según Walsh). El jefe de ese sindicalismo conservador que defendía un peronismo sin Perón sería asesinado en 1969 por un comando armado, presumiblemente del grupo Descamisados, germen de lo que luego sería Montoneros, el grupo peronista de izquierda al que pertenecería Walsh hasta el final de sus días.

La fundación de Montoneros en los años setenta coincide con la maduración política de Walsh, que acepta a regañadientes el paso a la clandestinidad de la organización en septiembre de 1974 tras sus fuertes choques con el peronismo más recalcitrante. Para entonces, Walsh defiende ya una suerte de literatura armada en la que el escritor y el militante sean un todo. Pronto asume tareas de inteligencia para la guerrilla y defiende la lucha armada como método para la toma del poder.

El golpe de Estado de marzo de 1976 le obliga a redoblar las precauciones en la clandestinidad. La mayoría de los jefes montoneros abandonan el país pero Walsh rechaza la propuesta de viajar a Roma. Cuando se estrecha el cerco para cazarlo, se refugia junto a su compañera, Lilia Ferreyra, en una casa de San Vicente, en la provincia de Buenos Aires. La capital ya ha dejado de ser segura. El autor de Los oficios terrestres será testigo de los horrores de un régimen empeñado en la eliminación física del enemigo. Victoria, la hija mayor de Walsh, será una de las primeras víctimas. En diciembre de 1976 el periodista lanza la «Cadena informativa», un intento de romper el muro de la censura: «Cadena informativa puede ser usted mismo (…) Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo (…) Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote al Terror». Antes había creado ya en Buenos Aires una agencia clandestina, ANCLA.

En esa casita de San Vicente Walsh vuelve a sentirse escritor, como le confiesa a un compañero. Allí escribirá su último relato, Juan se iba por el río, que ostenta tal vez el triste récord de ser el primer cuento «secuestrado-desaparecido» de la historia de la literatura. Lilia Ferreyra, fallecida en 2015, fue la encargada de transcribir un texto del que siempre solía recitar su comienzo: «Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina y su mujer, Teresa». El único borrador del cuento fue incautado por los agentes que irrumpieron en la casa de San Vicente después de que Walsh cayera en la emboscada. Solo otra persona alcanzó a leer el relato. Fue un preso de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el temible centro de detención clandestino a donde llevaron a un Walsh moribundo. Martín Gras, que sobrevivió al terror de los militares, lo vio llegar y después se las arregló para leer algunos de los papeles que sus captores habían dejado en el sótano de la ESMA. En un encuentro posterior con Ferreyra en Madrid, Gras pudo rememorar algunas escenas de ese último cuento de Walsh donde se narran las tribulaciones de un hombre —el último argentino del siglo XIX— curtido en mil batallas que observa el horizonte desde una orilla del Río de la Plata. Ese hombre se anima al final a cruzar el río, pero no sabremos qué pasará con él. Ferreyra solía decir que lo importante era su decisión de cruzar el río, una actitud que comparaba con el compromiso de Walsh para denunciar los crímenes de la dictadura desde la peligrosa trinchera de la clandestinidad.

Y no hubo una denuncia más contundente de esos crímenes que la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, una auténtica bomba discursiva que Walsh terminó de escribir el 24 de marzo de 1977, un día antes de su caída:   

Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.   

La Carta constituye un breviario de los desmanes que cometieron los militares en el primer año de su reinado del terror. Como oficial de Inteligencia de Montoneros, Walsh estaba al tanto de muchas denuncias realizadas por los militantes o sus familiares, sabía perfectamente que muchas de las supuestas bajas en combate del enemigo que anunciaba el régimen eran en realidad ejecuciones de activistas. Pero Walsh va más allá en su alegato al poner de relieve la importancia de las connotaciones económicas de la dictadura. El escritor vislumbró ya en ese momento la estrecha relación entre la represión y el saqueo económico que sufrieron las clases populares tras el golpe de Estado de 1976:  

Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

Las horas finales de Walsh están marcadas por un cúmulo de infortunios y un cierto abandono de las estrictas medidas de seguridad que hasta entonces había cumplido a rajatabla: la avería del coche en el que deberían haber ido a Buenos Aires él y Lilia, el encuentro fortuito en la estación de tren de San Vicente con el hombre que les gestionó la venta de la casa de campo y que les entregó allí mismo una copia del contrato que Walsh guardó en su maletín, la cita-trampa con el compañero que lo había contactado bajo presión ya en manos de los militares… Walsh, que desde aquel 25 de marzo pasó a engrosar la lista de los treinta mil desaparecidos de la dictadura argentina, logró enviar al correo varias copias de su Carta, dirigidas a diversos medios de comunicación. Pero nadie se atrevió a publicarla en Argentina. Sí lo hizo poco después el periódico venezolano El Nacional.

Al contrario que Juan Carlos Livraga y el resto de «fusilados vivientes» de la Operación Masacre, Walsh no sobrevivió a la emboscada del grupo de tareas 3.3.2. de la ESMA en el barrio porteño de San Cristóbal. Consciente de que su suerte estaba echada, el escritor se defendió con su revólver y logró herir a uno de sus atacantes antes de recibir una descarga de balazos. ¿Quién mató a Rodolfo Walsh?, se preguntaba El Nacional al publicar la Carta del intelectual montonero. Hoy, cuarenta años después de su desaparición y cuando la obra de Walsh ha alcanzado las más altas cimas de la literatura y el periodismo latinoamericanos, la pregunta que sigue sin respuesta es dónde están los restos del escritor, un enigma que sus asesinos —algunos de ellos todavía vivos— nunca han querido revelar.

Buenos Aires, 2011. Foto: Marcos Brindicci / Cordon.


Radowitzky, el anarquista que sobrevivió a la prisión del fin del mundo

Fotografía policial de Simón Radowitzky, 1909. Foto: DP.

Las esculturas urbanas suelen contar la historia de las ciudades desde la visión de los vencedores. Las pintadas, por su parte, tratan de canalizar de forma urgente y efímera la voz de los de abajo. En ocasiones, esculturas y pintadas son la cara y la cruz de una historia que ocurrió hace mucho tiempo. Hay en una céntrica plaza de Buenos Aires, en el corazón del acomodado barrio de Recoleta, unas esculturas que de tanto en tanto alguien garabatea en su base con una expresión —«¡Simón vive!»— que desconcierta a todo aquel que no conoce el abrupto final del coronel Ramón Falcón, el hombre a quien está dedicado el monumento. El clásico símbolo anarquista —la A dentro del círculo— nos ofrece alguna pista sobre quién puede ser ese Simón al que una mano anónima ha colocado junto al grabado de quien fuera el sanguinario jefe de la policía de Buenos Aires en la turbulenta primera década del siglo pasado.

A veces, de forma más explícita, alguien se ha animado a escribir el apellido del personaje en cuestión: Radowitzky, el anarquista ruso que acabó con la vida de Falcón un día de noviembre de 1909 y pagó su intrépida acción con una de esas penas dignas de un récord Guinness: dos décadas a la sombra en la cárcel más austral del mundo, la prisión de Ushuaia, de la que salió a los cuarenta años sin haber claudicado nunca de sus principios libertarios. Mil veces borrado y otras mil veces pintarrajeado, el nombre de Simón Radowitzky resiste porfiado a una historia que lo ha querido negar durante décadas. Un cómic del ilustrador argentino Agustín Comotto155 (Nórdica, 2016)— le ha dado ahora la razón a los autores de los grafitis. Simón, el inquebrantable preso 155 de la prisión del fin del mundo, es ya un héroe vivo de la historieta.

A pocos metros de esa plaza de la Recoleta sombreada por gomeros gigantes, Ramón Falcón, preboste de la policía porteña, se traslada en su carruaje la mañana del 14 de noviembre de 1909. Lo acompaña su ayudante, Alberto Lartigau. Regresan del cementerio de la Recoleta, donde le han dado el último adiós a un comisario amigo de Falcón. Un desconocido se acerca al carruaje en la esquina de Quintana y Callao y arroja una bomba de fabricación casera. Ha consumado la venganza del movimiento obrero contra el hombre que ordenó reprimir la marcha del último Primero de Mayo dejando varios obreros muertos y heridos en las calles de la capital argentina. El joven que lanza la bomba y corre como si le persiguiera el diablo es un inmigrante ruso de dieciocho años que solo lleva un año y medio en Buenos Aires. Cercado por algunos viandantes y policías, decide pegarse un tiro en el pecho. Pero no muere. Le espera algo peor.

De ascendencia judía, Simón Radowitzky nació en 1891 en Stepanitz, un pueblito de la actual Ucrania (aunque algunas versiones fijan su nacimiento en 1889). Su activismo revolucionario comenzó en Ekaterinoslav, la ciudad adonde se mudaron sus padres y donde Simón empezaría a trabajar a la temprana edad de diez años como aprendiz en casa de un herrero. En ese ambiente fue testigo de reuniones de obreros en las que se hablaba de explotación, compromiso, solidaridad. Con apenas catorce años fue herido de bala por la policía zarista durante una manifestación de obreros. Esos primeros años de lucha social marcarían su destino, como le confesaría muchos años más tarde en México a su compañero ácrata Augustin Souchy, periodista y escritor alemán que esbozaría una semblanza de Simón en el libro Una vida por un ideal. Su progresiva implicación en las protestas sociales le valió la cárcel y una amenaza de deportación a Siberia en cuanto cumpliera los dieciséis años. Alentado por algunos compañeros, a Simón no le quedó más remedio que embarcarse en un vapor rumbo a Argentina, la tierra prodigiosa en la que estaban recalando los parias de media Europa. Pero el paraíso argentino de la prosperidad estaba vetado para los obreros. Como otros miles de inmigrantes europeos, Radowitzky encuentra en los sindicatos la tabla de salvación para integrarse en una sociedad ajena. Aprende el español leyendo La Protesta, el órgano de expresión de los anarquistas agrupados en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina).

Para la conmemoración del Primero de Mayo de 1909 la FORA reúne a treinta mil personas en la plaza Lorea de Buenos Aires. El coronel Falcón despliega a sus gendarmes en los alrededores y sin muchos preámbulos suenan los primeros disparos de la policía. A Simón, que asiste a la marcha, se le quedarán grabadas en la retina las escenas de la represión policial. Un grupo de anarquistas prepara la venganza durante varios meses. Radowitzky es el elegido para perpetrar el ataque. Y cumple con creces la misión. El precio de su osadía es la pena de muerte pero el joven ruso eludirá el pelotón de fusilamiento gracias a un certificado de nacimiento presentado in extremis por un familiar que demuestra su minoría de edad. Nunca se sabrá a ciencia cierta quiénes ayudaron a Radowitzky a matar a Falcón. Simón nunca les delataría. Él siempre declaró que lo hizo a título personal para vengar a sus compañeros caídos el Primero de Mayo. Su resistencia a las torturas agranda su figura entre los obreros. Es el mártir de un movimiento libertario que no olvidará jamás a su héroe moral y organizará interminables y masivas campañas exigiendo su libertad.

Maté porque en la manifestación del 1.º de Mayo, el coronel Falcón, al frente de los cosacos argentinos, dirigió la masacre contra los trabajadores. Soy hijo del pueblo trabajador, hermano de los que cayeron en la lucha contra la burguesía y, como la de todos los demás, mi alma sufría por el suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la humanidad.

Prisión de Ushuaia. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Cerrada definitivamente en 1947, la prisión del fin del mundo es hoy una de las atracciones turísticas de Ushuaia. Un museo en el que el visitante puede acceder a las celdas de los prisioneros recreadas al mínimo detalle y participar en un recorrido teatralizado disfrazándose con un traje a rayas. Una extravagante propuesta. Pero si hubo alguna performance irrepetible por su audacia fue la que protagonizó el preso 155, Simón Radowitzky, en 1918. El anarquista ruso llevaba ya varios años soportando las torturas de sus carceleros y las condiciones climáticas extremas de Tierra de Fuego. Un día recibió un regalo especial de sus compañeros de La Protesta: un ejemplar de la Biblia. ¿Querían reconducir al libertario ruso por el camino de la fe? ¿Se había dado cuenta Simón tras casi una década encerrado de que solo la palabra de Dios podía alejarle del sendero de odio y violencia por el que había transitado en su vida? Nada de eso. El libro sagrado traía codificado el plan de fuga para liberar al «Ángel de Ushuaia», como era conocido entre los internos. Descifradas las instrucciones, Radowitzky se decide a echar por tierra la leyenda de que nadie podía escaparse de la cárcel del fin del mundo.

El 7 de noviembre de 1918 saldrá caminando del recinto embutido en un uniforme de guardiacárcel. Aunque nunca se confirmó, se sospecha que Simón contó con ayuda en el interior del presidio para consumar su huida. Cabizbajo, el fugitivo llega hasta el lugar donde le espera Apolinario Barrera, el militante de La Protesta que ha alquilado una goleta en Chile para ir en busca de su compañero. A Simón se le iluminan los ojos cuando va dejando atrás el Canal de Beagle. No lo puede creer. La libertad, a un suspiro. El Sokolo, la barquita alquilada por Barrera, surca durante cuatro días los canales de Tierra de Fuego y se adentra en el estrecho de Magallanes. Al quinto día, los dos marineros de la goleta divisan una embarcación sospechosa. Alertado por las autoridades argentinas, un barco de la Armada chilena, el Yáñez, va directo a su encuentro. Simón no se lo piensa dos veces. El preso 155 se lanza a las frías aguas del estrecho, alcanza la orilla en la península chilena de Brunswick y corre desesperadamente entre el bosque de lengas en dirección a Punta Arenas, donde le espera una casa de seguridad a la que nunca llegará. Será apresado enseguida y reenviado por la policía chilena al infierno de Ushuaia. Allí purgará otros doce años con castigos corporales y psicológicos. Los dos primeros años después de la fuga los pasará en una celda de castigo, a media ración. Aislado, humillado, enfermo. De sus cartas desde prisión, sin embargo, sus amigos y compañeros perciben la entereza de un hombre que sigue en pie.

Tengo bastante valor, aunque estoy flaco de cuerpo, para soportar esta reclusión y la que venga tras ella. Muchas veces he pensado acabar de una vez, en vista del fracaso de mi fuga y de los malos tratos; es decir, hacerme matar o seguir el ejemplo del 122. ¿Sabes por qué no lo hago? Para que no gocen mis verdugos… (…) Pronto hará once años que estoy en el presidio y te puedo asegurar que no tengo el menor remordimiento; jamás hice ningún mal conscientemente a nadie. Siempre he velado, mejor dicho, cuidado, de la dignidad que debe ser norma de los anarquistas, y respecto a mi proceder con los compañeros del presidio jamás un anarquista podrá avergonzarse.

La frustrada fuga por el estrecho de Magallanes no fue el único intento de liberar a Radowitzky que idearon los anarquistas argentinos. Según la biografía de Radowitzky escrita por el periodista argentino Alejandro Martí, en 1924 un reconocido militante ácrata, Miguel Arcángel Roscigna, logró un puesto como guardiacárceles en el penal de Ushuaia con el propósito de poner fin al cautiverio del activista ruso. La estrategia estaba pensada para que salieran tres presos. Pero Radowitzky se negó. El plan, a su juicio, debería incluir a todos los prisioneros políticos del penal. El compañero «carcelero» trató de convencerle de la imposibilidad de liberar a todos pero Simón no dio su brazo a torcer y el plan no se ejecutó. La suerte de Radowitzky estaba echada.

Fue esa resistencia del anarquista ruso a la adversidad la que, entre otras razones, llevó a Agustín Comotto, ilustrador argentino afincado en Barcelona, a aproximarse a la figura de Radowitzky: «Simón logra sobrevivir a pesar de las torturas, el frío, el hambre, una fuga que fracasa, los castigos…». Un personaje singular. Simón es el hombre que al matar a Falcón —reflexiona Comotto— no está atentando simplemente contra un jefe policial sin escrúpulos. Está lanzando una bomba al corazón de un Estado represivo que nace manchado con la sangre de la Campaña del Desierto, de la que Falcón fue uno de sus más notorios carniceros. Radowitzky nunca fue amigo de las armas. Alguien definió su acción como un «vómito social» contra el sistema.

«El personaje de Simón tenía muchas capas más allá de su acción anarquista», explica Comotto, que dedicó seis años a documentarse sobre la vida de Radowitzky rastreando archivos en Argentina, México y Holanda y entrevistando a todo aquel que podía ofrecerle alguna información para el libro gráfico que acaba de publicar en España. Una vida salpicada de agujeros negros, pasajes nebulosos sobre los que las fuentes no se ponen de acuerdo. Comotto rescata también la imagen del hombre que huye del culto a la personalidad pese a que se había convertido en todo un mito: «Había obreros que tenían su estampita y lo llamaban el mártir o el Ángel de Ushuaia». Toda una paradoja dentro de un movimiento libertario que suele recelar de todo lo que huela a idolatría.

Simón Radowitzky sale en libertad en 1930 tras haber estado preso veintiún años. Foto: Diario Clarín (DP).

El 22 de abril de 1930 Simón Radowitzky se viste con las mejores galas. Ha llegado, por fin, el día de su liberación. Enfermo de tuberculosis, flaco como un alfiler, abandona la prisión del fin del mundo. Los anarquistas le han hecho llegar un traje cruzado y un sombrero Orion. Parece un dandy. Para los ácratas de medio mundo es un ejemplo a seguir. Gracias en parte a las gestiones de la poetisa Salvadora Medina Onrubia, esposa del director del diario Crítica, Natalio Botana, el Gobierno de Hipólito Yrigoyen le ha otorgado una amnistía. Salvadora, a quien Simón llama «hermanita» en sus cartas, ha sido su ángel de la guarda durante las dos décadas que ha pasado en prisión. No solo ha participado activamente en las campañas para su liberación. También financió la fallida fuga por el Canal de Beagle. La gratitud del anarquista ruso será eterna. Según el historiador ácrata Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde, Los anarquistas expropiadores), la liberación de Radowitzky fue fruto más que nada de una negociación política entre la dirigencia anarquista y el Gobierno de Yrigoyen, necesitado de paz social. Pero el hábil político radical se guardó un as bajo la manga para no incomodar a los sectores más conservadores. Radowitzky quedaría en libertad, sí. Pero no en Argentina. Sería deportado a Uruguay.

Veintiún años han pasado desde que Simón lanzó esa bombita casera que mató a Falcón y a su ayudante. El mundo es un hervidero social. Y Simón sigue fiel a la causa. Ha entregado toda su juventud a esa lucha revolucionaria de la que nunca ha renegado. ¿Y ahora? Tras una estancia de varios años en Montevideo, Radowitzky viaja en mayo de 1937, en plena Guerra Civil, a la capital del anarquismo mundial: Barcelona. Los milicianos de la CNT/FAI se baten en todos los frentes: contra el fascismo y contra el auge del comunismo en el seno del bando republicano. Radowitzky solicita ir al frente de Aragón, donde se baten el cobre las antiguas columnas ácratas. Pero los jefes de la CNT son precavidos. Bajo ninguna circunstancia pueden poner en riesgo la vida de un mito viviente del movimiento como Simón. Ya habían perdido en el frente de Madrid a su faro, Buenaventura Durruti, en aquel corto verano de la anarquía. Lo encuadrarán en la 28.ª División de Gregorio Jover, uno de Los Solidarios que anduvo en Argentina junto a Durruti y Ascaso en los años veinte. Radowitzky realizará funciones de enlace durante un tiempo hasta que la cúpula anarquista decide replegarlo a la oficina de Propaganda Exterior. En el libro de Augustin Souchy, la dirigente anarcosindicalista Federica Montseny habla así del paso de Radowitzky por la Revolución española:

No era orador ni escritor. Era un hombre inteligente, dotado de criterio propio, que atesoraba un profundo buen sentido. Era un hombre tan rico espiritualmente que, en lugar de restar a los demás, les enriquecía constantemente con la proyección propia. (…) Asistía a nuestros «plenos», siempre callado, siempre observando. Y nunca decía nada. Pero algunas veces, encontrándole en la Secretaría de Cultura y Propaganda (…) hablábamos. Yo le preguntaba. Y Simón me contestaba. Su juicio claro, lúcido, unía a la discreción una profunda conciencia de los problemas, de las posibilidades y de las imposibilidades. Recuerdo que pasé horas escuchándole, sin interrumpirle, dejándole manifestarse con su voz lenta, arrastrando las sílabas, buscando a veces las palabras que expresasen mejor su pensamiento sin herir a nadie.

La derrota de los republicanos en la Guerra Civil obliga a Radowitzky a buscar un nuevo refugio. Antes de abandonar España, el líder de la CNT, Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, le encarga una misión delicada. Será uno de los encargados de trasladar el ingente y valioso archivo de la CNT a Ámsterdam, la ciudad elegida por los anarcosindicalistas para poner sus documentos a salvo del franquismo. Simón correrá después una suerte similar a la de otros miles de exiliados. Sobrevivirá un tiempo en el campo de refugiados de Saint Cyprien y después viajará a México, donde vivirá hasta su muerte en 1956 bajo el nombre de Raúl Gómez Saavedra, un alias que le permitirá pasar desapercibido.

En Ciudad de México mantiene su relación con los grupos anarcosindicalistas y no es ajeno a las continuas rencillas entre las distintas facciones republicanas. Vivía casi del aire y rodeado de pájaros en un cuartito alquilado en la azotea de un edificio. Algunos compañeros y amigos, como Ricardo Mestre (fundador de una impresionante biblioteca ácrata en el D. F. y fallecido en 1997), le ayudaban en el día a día. «Para algunos era casi un místico; un personaje taciturno, silencioso», recuerda Comotto de sus conversaciones con aquellos que trataron a Simón o supieron de sus andanzas en México.

En México su vida transcurre a medio gas. Los veintiún años que pasó en prisión le habían pasado factura. Del periodo carcelario le quedó una tuberculosis de la que nunca se recuperó. Su muerte por un paro cardiaco conmocionó a sus compañeros anarquistas en las dos orillas. En su humilde cuarto —cuenta Comotto— apenas tenía pertenencias: una muda y una estampita de Kropotkin firmada de puño y letra por el príncipe de la acracia rusa. El santo laico de Ushuaia se había quebrado definitivamente. Comenzaba la leyenda del preso 155. Una leyenda subterránea que sale a flote de tanto en tanto. Cuando un brillante historietista le rinde un homenaje. O cuando alguien, bajo la luz de la luna, garabatea su nombre en una escultura de la Recoleta. No hay duda: ¡Simón vive!


El hombre nuevo en Alamar

Juan Carlos Flores. Foto cortesía de
Juan Carlos Flores. Foto cortesía de Omni-Zona Franca.

Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica. (Ernesto Che GuevaraEl socialismo y el hombre nuevo en Cuba)

Exiliado de mí, si pudiera regresar a algún sitio, me gustaría regresar a mí mismo, lugar con arboledas. (Juan Carlos FloresEl repartidor de biblias)

Las cenizas del poeta Juan Carlos Flores no recorrieron Cuba durante cuatro días para emular de manera inversa la gesta revolucionaria de 1959. No hubo luto oficial y la prensa apenas mencionó su muerte. Las multitudes suelen llorar a los próceres en caliente y acordarse de los juglares a los cien años de su desaparición. Unos pocos amigos y familiares del poeta esparcieron sus cenizas en la playa de Alamar, esa «ciudad del futuro» que acabó convertida en refugio de escritores malditos, el lugar elegido para que habitara el «hombre nuevo» con el que soñaba el Che Guevara. Una ciudad-dormitorio levantada en los años setenta a las afueras de La Habana y que recuerda al más espantoso de los barrios de Bucarest. Un enjambre de cemento alzado entre dos ríos a pocos kilómetros de las paradisíacas Playas del Este. Allí, en Alamar, se suicidó el pasado 14 de septiembre Juan Carlos Flores, probablemente el mejor poeta cubano de su generación.

Flores bajó a la calle por la mañana y le dijo a una vecina que después de comprar el pan se ahorcaría. Minutos después la incrédula vecina vería su cuerpo inerte en el balcón de la casa. También lo encontraron así varios de sus colegas de Omni-Zona Franca, el grupo contracultural que Flores había contribuido a formar a finales de los años noventa y del que era considerado el gurú poético. Según testimonios de allegados, el poeta atravesaba desde hace años una grave crisis depresiva.

Al contrario de lo que sucede en las exequias de los próceres, no hay en los funerales de los poetas marginales discursos ensayados ni pésames impostados de personalidades extranjeras. Antes de esparcir sus cenizas por esa playita de los Rusos por donde Flores solía pasear y escribir, algunos de sus amigos le homenajearon de la manera más natural: leyendo algunos de sus poemas. Tal vez este:

Entre Alamar y Cojímar —sobre el paso del río construyeron un puente. Siendo el día domingo, hacia el atardecer, encima de ese puente yo vi a un hombre gritar. Los transeúntes pasaban, cada cual apurado, y aquel hombre gritaba. Yo pensé: «en otra ciudad, y en otro puente, otro hombre gritó». Siendo el día domingo, hacia el atardecer…

Para finales de los noventa, cuando funda el colectivo Zona Franca, Flores (La Habana, 1962) ya era un poeta reconocido. En 1990 había ganado el prestigioso Premio David por su libro Los pájaros escritos (galardonado también con el Premio de la Crítica). Más tarde publicaría varios poemarios de culto: Distintas formas de cavar un túnel (Premio Nacional de Poesía Julián del Casal en 2002), Vegas Town, Un hombre de la clase muerta, El contragolpe). Poeta rebelde y abanderado de todas las disidencias posibles, Flores fue ocupando sin haberlo pretendido el hueco dejado en Alamar por otro escritor de culto, Ángel Escobar, otro miembro del club de los poetas suicidas. Ahora, el edificio de corte soviético donde vivía Flores tal vez se convierta en un lugar de peregrinación en Alamar, como lo ha sido desde hace décadas la morada de Escobar.

Creada en 1971 como la ciudad ideal de la nueva sociedad comunista, Alamar albergó a los trabajadores que se destacaban por su ejemplaridad revolucionaria. La ciudad del hombre nuevo, escaparate de la Revolución, fue diseñada siguiendo los cánones urbanísticos y arquitectónicos predominantes en Europa del este. Miguel Sabater, investigador del Archivo Nacional de Cuba, contó la génesis del proyecto en un artículo publicado en la revista Palabra Nueva: «A finales de diciembre de 1970 un camión, con un grupo de hombres, rompió parte de la cerca que limitaba Alamar de la Vía Blanca. Eran obreros de la fábrica Vanguardia Socialista. Llevaban la misión de los conquistadores». Con el paso de los años, de aquella conquista solo quedan algunas imágenes de obreros voluntariosos y el recuerdo en blanco y negro de la visita al lugar de Fidel Castro. «Alamar es hoy antítesis de una ciudad moderna, y mucho menos ejemplo de una ciudad de nuevo tipo», concluye Sabater.

Alamar. Foto cortesía de Cuba Debate.
Una imagen del barrio de Alamar. Foto cortesía de Cuba Debate.

Antes de que El Caballo o sea Fifo o sea El Hombre o sea Fidel cayera gravemente enfermo en julio de 2006, visité varias veces a los «hombres nuevos» de Omni-Zona Franca en su santuario poético de Alamar. Solo en un lugar tan horrendo urbanísticamente pudo haberse generado esa corriente poética alternativa. Ninguneados por el establishment cultural del régimen, vigilados por las autoridades, hostigados por la policía, los poetas y artistas plásticos del grupo alamareño eran entonces la máxima expresión de la contracultura cubana, aquella que surgía en los márgenes de la Revolución. Solían reunirse en un local de la Casa de la Cultura. Sus perfomances y happenings se hicieron habituales en esa ciudad imperfecta de unos cien mil habitantes en la que no hay gran cosa que hacer. Amaury Pacheco, poeta autodidacta, era y sigue siendo uno de los referentes del grupo junto a Luis Eligio Pérez y David Escalona: «Nos alimenta vivir en la poesía —me contaba Amaury en aquellos años— porque es la que nos ha permitido estar en la locura; una locura que nos ha establecido con cierta pureza fuera de la paranoia, con la misma pureza con la que san Francisco se lanzó a amar a Dios. Si san Francisco quería a la dama pobreza, nosotros queremos a la dama poesía, que es la que nos fascina, y cuando digo poesía, me refiero a todo: pintura, grafiti, oralidad, expresión total».

A ninguno de los dirigentes comunistas que proyectó la construcción de Alamar se le habría pasado por la cabeza que varias décadas después la ciudad se convertiría en la cuna de la contracultura cubana. Allí nació el Festival de Rap en 1995, primero de forma independiente y más tarde, cuando el evento se había hecho célebre incluso en el extranjero, absorbido por el Ministerio de Cultura. Y más tarde los agitadores de Omni-Zona Franca darían vida al Festival Poesía Sin Fin, un clásico de la cultura alternativa habanera durante varios años.

Las primeras acciones poéticas del grupo eran, para la Cuba de hace diez o quince años, de una audacia inusual en la isla. Se les vio colgados de un puente en Matanzas para abrir un debate sobre el suicidio (tan recurrente en Cuba), o representando su poesía civil en uno de esos «camellos» (autobuses) que recorrían atestados las calles de La Habana y los barrios periféricos de la capital. O enterrándose en contenedores de basura en Alamar para protestar por la invisibilidad a la que eran sometidos. En 2005 publicaron su primer libro-disco: Alamar Express, en el que participaba también un joven trovador alamareño, Ray Fernández, hoy artista consagrado, cuyas letras hacían furor entre los jóvenes que empezaban a desconectarse del sistema:

Lucha tu yuca, taíno / lucha tu yuca / que el cacique delira / que está que preocupa / que el cacique tiene el power… absoluto

Todos los miembros de Omni-Zona Franca veían en Flores, de una generación anterior, al maestro del que aprender, el guía intelectual que otorgaba claridad y rigor a una expresión artística algo caótica. Una calurosa tarde de 2005 me citaron en un garaje de Alamar en cuyo portón habían dibujado una gran bandera cubana acompañada de varias señales de tráfico y frases de Martí alusivas a la libertad. Allí iba a tener lugar una presentación literaria atípica. Flores leería en público versos de El contragolpe, libro que publicaría cuatro años más tarde. Entre poema y poema, Flores hacía reír a su audiencia con comentarios hilarantes. Su lectura se asemejaba bastante a una actuación de hip-hop con la única banda sonora de su voz. Con la ayuda de un micrófono desconectado, el histriónico Flores, el clown Flores, iba declamando sus versos de estructura repetitiva, punzante, como un rodillo que va agujereando la conciencia del público. Por momentos, parecía enajenado. Sabía Flores que la locura es el mejor escondite del alma cuando uno vive en un laberinto como Alamar. Una mañana de octubre de 2005, en su austero y pequeño apartamento de Alamar, el mismo donde se quitaría la vida once años después, Flores me habló de Rolando Escardó y Ángel Escobar, dos de los poetas que más le habían influido a la hora de crear. El primero falleció en 1960 a los treinta y cinco años en un accidente de tráfico. Escobar se suicidaría en 1997.

La aparición de Omni-Zona Franca y otros grupos underground en Cuba volvió a poner sobre la mesa el debate de las relaciones entre el poder y la cultura, aunque ahora los actores y los tiempos habían cambiado con respecto a ese oscuro periodo de la Revolución Cubana que fue el «quinquenio gris» (1971-1976). Una década antes, en 1961, Fidel Castro había definido claramente cuáles eran los ejes de la política cultural de la Revolución en un célebre discurso que ha pasado a la historia como Palabras a los intelectuales: «La Revolución (…) debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y de los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear, y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse. Es decir, dentro de la Revolución. Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada».

Pese al tiempo transcurrido, a los artistas y poetas de Omni-Zona Franca se les sigue considerando «contrarrevolucionarios», el mismo calificativo que los responsables de Cultura del régimen utilizaban para referirse hace varias décadas a poetas como Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas. Pero Pacheco y el resto de integrantes del grupo siempre han defendido un ideal vanguardista, rupturista, enmarcado en el firmamento artístico. Para ellos, como para Ángel Escobar, Alamar «es el sitio», un espacio para el «hombre nuevo» donde se viva en la poesía sin fin.

El Bukowski de Alamar

Iconoclasta, fiel transmisor de los componentes sórdidos de la realidad, más de una vez se han referido a Flores como el Bukowski de Alamar. Para Rafael Rojas, uno de los pocos intelectuales cubanos que ha escrito sobre la muerte de Flores, el autor de El contragolpe «era un poeta rebelde que pensaba que luego de que el sueño de la Revolución se hizo pesadilla, no había más opción para el escritor que “volverse un roedor, en la maleza, hambriento y perseguido por los rastreadores”». O en su defecto, un mensajero de la posguerra:

Sube, por la pendiente de la mañana, entre minutos que son piedras, trayéndonos noticias del arroz y otras noticias de interés culinario, y otras noticias del país
Historiador, a su modo, nadie mejor que él descifra la libreta de abastecimientos, cartilla de racionamiento, en época de posguerra, papeles también de notaría
Baja, por la pendiente de la mañana, entre minutos que son piedras, después de habernos dado noticias del arroz y otras noticias de interés culinario, y otras noticias del país

La técnica de repetición que Flores experimentó en numerosos poemas ha sido resaltada por algunos de los críticos que han estudiado su obra, como el experto en literatura hispánica Julio Ortega, que conoció personalmente al poeta y lo invitó a la universidad estadounidense de Brown, donde imparte clases. Ortega ha definido ese estilo repetitivo de Flores como una «reverberación del contracanto».

Poeta atrapado por la experimentación constante, Juan Carlos Flores publicó en 2006 uno de sus trabajos más originales, Vegas Town, un audiolibro en el que sus poemas se funden con una banda sonora minimalista. Para elaborar esa obra, hizo un trabajo antropológico concienzudo: convivió durante una temporada con los pobladores de Vegas, una pequeña localidad rural del sur de Provincia Habana. El poeta buscaba un entorno alejado de su realidad urbana. «Soy hijo de guajiros (campesinos)», dijo en alguna ocasión. En Vegas realizó un estudio sonoro del pueblo que luego utilizó como banda sonora de los poemas que escribiría más tarde en La Habana.

Ser quien escribe o quien habla es habitar en un cementerio, pero dentro de una fosa común

Reina María Rodríguez, una de las grandes voces de la poesía cubana contemporánea, fue una de las escritoras que más apoyó y elogió el trabajo de Flores. En el prólogo de Distintos modos de cavar un túnel, Rodríguez escribe: «Cuando abran este túnel-libro por donde han pasado fantasmas ilustres, no miren hacia atrás, ni hacia delante, conviértanse en su propio recorrido, donde una voz jadeante, entrecortada, sirve de guía desde esa prisión (cárcel, destino) en el laberinto de Alamar».

Un laberinto de cemento donde el hombre nuevo, aparentemente enajenado, asoma la cabeza en un contenedor de basura y lee un poema. Y luego otro. Y otro más.


La extinción de los Oesterheld

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Héctor Germán Oesterheld dándole rostro al personaje principal de Ernie Pike, ca 1957. Imagen: Hora Cero.

Mi nombre es Elsa Sánchez de Oesterheld y soy la mujer de Héctor Germán Oesterheld, famoso en el mundo por haber escrito la historieta de El Eternauta. En la época trágica de este país desaparecieron a mis cuatro hijas, mi marido, mis dos yernos, otro yerno que no conocí, y dos nietos que estaban en la panza. Diez personas desaparecidas en mi familia. Pero prefiero recordar los años en los que fui feliz.

Elsa Oesterheld, viuda del gran historietista argentino, murió en 2015 a los noventa años. Antes de morir habló con las periodistas Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, autoras del libro Los Oesterheld (Sudamericana, 2016) en el que se reconstruye minuciosamente y con gran pulso narrativo la tragedia vital  de esa familia. Elsa tuvo que convivir durante cuatro décadas con el recuerdo de aquel tormentoso tiempo en que vivía atemorizada y sola, esperando cada día la notificación de una nueva pérdida familiar. Los grupos de tareas no descansaban nunca. La aparición en una calle del siniestro Falcon —el automóvil utilizado habitualmente por esas fuerzas paramilitares— era preludio de una matanza o un secuestro ilegal. La dictadura instaurada en Argentina en marzo de 1976 bajo el mando del general Jorge Videla se había fijado como objetivo la eliminación física del «enemigo». Y para no dejar rastros de su estrategia, los militares idearon la fórmula de la «desaparición» de los activistas de la guerrilla de Montoneros y otras fuerzas revolucionarias. Las organizaciones pro derechos humanos estiman que unas treinta mil personas desaparecieron en Argentina entre 1976 y 1983.

Para escribir Los Osterheld, sus autoras recabaron más de doscientos testimonios, tuvieron acceso a cartas inéditas y escudriñaron archivos y hemerotecas durante cinco años. El resultado es una biografía coral con una estructura fragmentada en la que la historia de la familia es atravesada por multitud de relatos de los personajes menos conocidos de esos años de violencia política. Nicolini y Beltrami tenían claro que no querían escribir un libro sobre la «tragedia» ya conocida. «La intención original —explica Beltrami— fue desarmar esa foto estática que existía de las chicas Oesterheld: cuatro mujeres bellas, angelicales, educadas en buenos colegios de la zona norte». Pero la obra va más allá de esa primera intención. Como si se tratara de un homenaje al propio Oesterheld, las autoras han construido un andamiaje narrativo por el que transitan decenas de personajes secundarios que antes de pasar a engrosar la larga lista de desaparecidos vivieron sus propias vidas anónimas, se enamoraron, tuvieron hijos, estudiaron o trabajaron mientras ejercían la militancia de base.    

La familia Oesterheld no fue la única de esa época que sufrió una casi total extinción, pero sí fue la más emblemática. El patriarca, autor de obras maestras de la historieta como El Eternauta, Bull Rocket,  Mort Cinder,  Ernie Pike o Sargento Kirk, fue detenido en abril de 1977. Antes habían caído ya dos de sus hijas, Beatriz (nacida en 1955) y Diana (1953). Y más tarde seguirían el mismo destino Estela (1952) y Marina (1957). Junto a ellas también serían ejecutados o desaparecidos sus tres yernos: Raúl Mórtola, Raúl Araldi y Alberto Seindlis, y la pareja de Beatriz, Carlos Della Nave. Todos ellos militaban en Montoneros. Y todos ellos, al contrario que gran parte de la cúpula de la organización armada, se quedaron en Argentina para hacer frente a un régimen que terminaría aniquilando cualquier foco de resistencia.

Pero antes de esos años de plomo hubo —como recordaba Elsa— una época feliz para los Oesterheld, allá por las décadas de 1950 y 1960. Los tiempos en que en el chalet de Beccar —unos kilómetros al norte de Buenos Aires— Héctor iba esculpiendo algunos de los personajes legendarios del cómic en español. De esa época quedan las bucólicas imágenes de un padre jugando con sus hijas pequeñas en el jardín de la casa, las reuniones con amigos y colegas de profesión, la algarabía de las adolescentes… Unos años en los que la familia sufría altibajos económicos por la insistencia de Héctor en vivir exclusivamente de su trabajo como historietista, renegando de su profesión de geólogo.  

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La familia Oesterheld. Imagen cortesía de la editorial Sudamericana.

De padre alemán y madre española, Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919) había estudiado Geología en la universidad, una carrera que en realidad solo le interesaría por el contacto que implicaba con la naturaleza. Apenas trabajó como geólogo. Desde joven, sabía que su vida estaría marcada por la escritura. Seguidor de clásicos como Verne, Salgari o Stevenson y cinéfilo empedernido, Héctor Oesterheld (al que llamaban «Sócrates» por su erudición) no había leído historietas nunca. Pero su vasta cultura y su talento fueron suficientes avales para convencer al guionista italiano Alberto Ongaro, quien le abrió las puertas de la editorial Abril, donde se estrenó en 1951 con Cargamento Negro. Allí Oesterheld, que ya había hecho sus pinitos literarios en revistas infantiles, trabajaría con el grupo de dibujantes italianos entre los que descollaba Hugo Pratt, con quien daría vida a ese renegado sargento Kirk que Héctor imaginó primero como un cowboy de la Pampa. El cómic transcurriría finalmente en su hábitat natural, el Lejano Oeste norteamericano, pero Oesterheld ya reflejaba ahí su mirada humanista a la hora de crear antihéroes.

Culto, políglota, ingenioso… Poco a poco se ganó la confianza de unos editores que sabían que la marca Oesterheld era sinónimo de calidad. Los dibujos de Pratt y la pluma de Oesterheld hicieron las delicias de los cientos de miles de lectores que tenía la historieta en Argentina a mediados del siglo pasado. El italiano, que con el tiempo se distanciaría de Héctor por un choque de egos, inmortalizará en 1957 al guionista en Ernie Pike, una historieta bélica cuyo personaje principal, con el rostro de Oesterheld, estaba inspirado en un corresponsal de guerra. El primer gran éxito del escritor sería Bull Rocket, un piloto de pruebas aventurero y erudito, otro héroe al estilo Oesterheld, humanizado y realzado por los personajes secundarios.

A mediados de los cincuenta Argentina vivía un boom de la historieta. Se publicaban decenas de revistas y algunas de ellas, como Misterix (de la editorial Abril, donde Oesterheld era ya el principal guionista), vendía más de doscientos mil ejemplares por semana. Pese al éxito de sus obras y el trabajo a destajo para varias editoriales, Oesterheld apenas conseguía cubrir sus necesidades vitales con una familia numerosa que atender. Sin un lugar propio donde escribir en su casa de Beccar (sus cuatro hijas nacerían en la década de los cincuenta), el historietista solía escribir de madrugada en el salón de la casa para entregar sus trabajos a tiempo.

Oesterheld se plantea entonces editar sus historias en un sello propio. Fundará la editorial Frontera en 1957 y allí cobijará a los dibujantes más brillantes de su generación: Pratt, Alberto Breccia, Eugenio Zoppi, Julio Schiaffino, Francisco Solano López…, a los que promete mejores retribuciones y el reconocimiento de los derechos de autor, una prerrogativa que hasta ese momento les habían negado las grandes editoriales. Así nacieron las revistas Frontera y Hora Cero. En esta última se publicaría ese mismo año la obra cumbre del escritor argentino: El Eternauta, donde se narra la historia de Juan Salvo, el viajero eterno que ha sobrevivido a la invasión de Los Ellos y aparece de repente en la casa de un historietista, Germán, trasunto de Oesterheld, para contarle cómo empezó todo, con aquella nevada «luminiscente» y el anuncio de una explosión en el océano Pacífico. Un preámbulo de la invasión extraterrestre que tendrá a Buenos Aires como escenario. Con dibujos del joven Solano López, la historieta fue publicada entre 1957 y 1959 y arrasó en los quioscos. Ciencia ficción en Buenos Aires. A Borges, enamorado del género, le fascinaba la idea que Oesterheld le había anticipado en sus visitas al autor de «El Aleph» cuando estaba al frente de la Biblioteca Nacional. La obra se reeditaría en 1969, y en 1975 aparecería la segunda parte, en la que Germán es ya el protagonista de una historia con un tono mucho más ideologizado.

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Oesterheld dibujado por Hugo Pratt en Ernie Pike.

Pese a la buena recepción de Hora Cero, la editorial no acababa de despegar. Oesterheld y su hermano Jorge eran un desastre para los negocios y tampoco controlaban las tiradas que hacía la imprenta. Ese desaguisado financiero llevó a muchos dibujantes a emigrar a Europa, donde su trabajo ya era reconocido (como en el caso de Pratt, que en 1967 revolucionaría la historieta con su memorable Corto Maltés). Oesterheld se endeudó y tuvo que volver pronto al trabajo rentado para varias editoriales. Noches en vela y guiones a granel para llegar a fin de mes.

En Los Oesterheld, Nicolini y Beltrami bucean también en la transición personal que experimenta Héctor Oesterheld. Entregado en cuerpo y alma a su trabajo y a sus hijas, el escritor vivió durante muchos años inmerso en su burbuja de creatividad. Sin embargo, aunque no tuvo filiación política, su formación —explica Nicolini— era humanista, lo que le acercaba a posiciones progresistas: «Desde las historietas previas a los años de militancia, él se proponía contar la historia argentina desde las voces de aquellos que habían sido ninguneados: los gauchos, los soldados desertores, los líderes rebeldes, los aborígenes, el pueblo, aquellos que no estaban consagrados en los libros escolares como héroes».

Elsa fue la primera sorprendida cuando Héctor le comentó que iba a publicar una historieta sobre el Che Guevara, referente de la generación de jóvenes revolucionarios que se estaba gestando en Argentina. Vida del Che salió a la luz en la editorial Ediko en enero de 1969 (con ilustraciones de Alberto Breccia y su hijo Ernesto) y marcaría un hito en la carrera de Oesterheld: su iniciación en la historieta política. Seis años más tarde confesaría en su última entrevista —mantenida en marzo de 1975 con los guionistas Guillermo Saccomano (hoy escritor consagrado) y Carlos Trillo— que el Che Guevara era uno de sus intelectuales de cabecera. A Saccomano, que acababa de llegar de España, le habían hecho el encargo de entrevistar a Oesterheld los editores de la revista catalana Bang!, especializada en el mundo de la historieta.

La fascinación de Oesterheld por el Che era compartida por sus hijas. Talentosas y creativas, Estela, Beatriz, Diana y Marina pronto comenzaron a militar en la Juventud Peronista (JP) y a realizar trabajo social en las villas-miseria de la capital argentina, antesala de su ingreso a Montoneros, la organización que acabaría absorbiendo a toda una generación de jóvenes contestatarios. Las cuatro chicas antepondrían la militancia a cualquier otro aspecto de sus vidas y su compromiso político marcaría también el giro ideológico de su padre con su adscripción a Montoneros.

El regreso del peronismo al poder en mayo de 1973 de la mano de Héctor Cámpora y el retorno del propio general desde su exilio madrileño cambiarían el destino de Oesterheld y sus hijas. La militancia acabaría distanciándoles de Elsa, contraria a la lucha armada que defendían Montoneros y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) para la toma del poder. Héctor y sus hijas pasarían a ser protagonistas de esos agitados años. La historia los reconoce el 20 de junio de 1973 en los predios de Ezeiza, en aquella caótica llegada de Perón, cuando los pistoleros de la Triple A (la facción ultraderechista del Partido Justicialista) recibieron a tiros a las columnas de la JP. O en el estadio Atlanta, escuchando decir a Mario Firmenich, líder de Montoneros, aquello de «no rompan las bolas, Evita hay una sola», para referirse a la candidatura de Isabel Perón en la fórmula presidencial que encabezaría el general. O en la Plaza de Mayo, aquel 1 de mayo en el que las columnas de Montoneros y la JP abandonaron la plaza después de haber escuchado las palabras de su líder: «Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que durante veinte años lucharon». El general estaba enfurecido tras el asesinato de José Ignacio Rucci, el jefe sindical tiroteado por activistas de Montoneros. «¡Aserrín, aserrán, es el pueblo el que se va!», coreaban los jóvenes mientras se iban de la plaza. Poco después Perón moriría, Montoneros proclamaría su paso a la clandestinidad y el Gobierno de María Estela Martínez de Perón, tutelado por José López Rega, El Brujo, exsecretario personal del general e ideólogo de la Triple A, intensificaría  la guerra sucia contra los militantes del ala izquierdista del peronismo. La violencia política se multiplicó. A excepción de Elsa, todo el clan Oesterheld redobló su compromiso con la militancia. Héctor y sus hijas abandonaron la casa de Beccar definitivamente en 1975 para pasar a la clandestinidad.

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Oesterheld dibujado por Pratt en El sargento Kirk, ca. 1954. Imagen cortesía de revista Misterix.

Oesterheld nunca dejó de escribir historietas. Lo había hecho antes del golpe en varias editoriales y en las publicaciones de Montoneros: Noticias, El Descamisado, Evita Montonera. Y lo seguiría haciendo durante los meses que pasó en la clandestinidad. A partir de 1975 fue entregando a la imprenta la segunda parte de El Eternauta.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 no amilanó a los Oesterheld. Ahora eran soldados de Montoneros. Habían pasado en pocos años de organizar lúdicas tertulias culturales en el jardín del chalecito de Beccar a seguir los códigos de seguridad de una organización armada clandestina que se regía por métodos militares bajo una férrea disciplina interna. Para Montoneros, Héctor, que ya  había pasado la cincuentena, era ideal para hacer tareas de enlace. Algunos de los entrevistados en Los Oesterheld recuerdan haberle visto deambulando por Buenos Aires con gabán y sombrero, el pelo teñido de negro y un bigote crecido. Si se cruzaba con algún conocido, desviaba la mirada. Vivió en varias casas de seguridad y apenas se dejaba ver ya por las editoriales. Enviaba a través de terceros sus historias, como los nuevos capítulos de El Eternauta II, o las dictaba por teléfono. Solano López, molesto con el sesgo político del nuevo Eternauta, decidió exiliarse en Madrid. Oesterheld también pudo haber seguido ese camino. No le habría faltado trabajo en Europa. Pero como si fuera un Juan Salvo antifascista, decidió quedarse en aquel infierno como una muestra de fidelidad a sus hijas, consciente de que ellas no abandonarían jamás la lucha armada.  

La exposición de las cuatro Oesterheld fue cada vez mayor en una organización acorralada por los militares y diezmada por la sevicia de los grupos de tareas. Su caída era solo cuestión de tiempo. La primera víctima fue Beatriz. Un día de junio de 1976 se había reunido con su madre en una confitería a tomar café. Poco después sería secuestrada en la localidad de San Isidro, cerca de Beccar. Alguien le informaría más tarde a Elsa que su hija había muerto en un enfrentamiento. Un familiar reconoció el cadáver. Fue la única hija a la que Elsa pudo enterrar. Montoneros había enviado a  Diana en 1975 a la provincia de Tucumán para reforzar la organización en la zona más caliente del país, plaza fuerte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), la guerrilla comandada por Mario Roberto Santucho que practicaba el foquismo guevarista en las zonas rurales. Diana y Raúl Araldi, su marido, serían secuestrados a finales de julio de 1976. Su pequeño hijo Fernando sería entregado más tarde a sus abuelos paternos. Estela y su esposo, Raúl Mórtola, caerían abatidos en julio de 1977 en una emboscada de un grupo de tareas en la zona suroeste de Buenos Aires. La pareja ocupaba puestos de dirección en la Columna Sur de Montoneros. Unos meses antes había sido secuestrada también Marina, la menor de las Oesterheld.

La perversidad del régimen militar le depararía a Héctor un destino todavía más cruel, si cabe. El escritor había sido secuestrado en la ciudad de La Plata en abril de 1977. Para entonces ya habían desaparecido dos de sus hijas. Pasó por varios centros de detención clandestinos (Campo de Mayo, El Vesuvio, El Sheraton…) y su estado de salud se fue deteriorando progresivamente, pese a lo cual nunca dejó de escribir historias. Gracias a los testimonios de varios supervivientes —algunos de los cuales hablaron con Nicolini y Beltrami tras años de silencio—, se pudo saber que Oesterheld estuvo con vida probablemente hasta principios de 1978 y que sus torturadores se deleitaban informándole sobre el destino de cada una de sus hijas. Cuando las cuatro chicas ya habían muerto o desaparecido, le tocó el turno a Héctor. En Oesterheld, viñetas y revolución, Hugo Montero, autor de una biografía del escritor publicada en 2013 en la editorial Sudestada, revela que la segunda parte del Eternauta siguió publicándose, curiosamente, hasta abril de 1978, varios meses después de la muerte de su autor, que había entregado sus materiales antes de ser detenido.

Solo Elsa y sus dos nietos, Martín Mórtola (hijo de Estela) y Fernando Araldi (hijo de Diana), sobrevivieron a la extinción de toda una familia. Dos nietos más están desaparecidos. Diana y Marina estaban embarazadas cuando fueron secuestradas. Sus bebés seguramente serían entregados a familias afines al régimen, una práctica habitual de los torturadores. Elsa trató de localizarlos sin éxito durante toda su vida.

Tras la desaparición de Héctor Oesterheld, su leyenda traspasó las fronteras y su caso fue reivindicado por varios Gobiernos europeos… El Eternauta, la aventura del héroe colectivo, es considerada hoy la mejor historieta de ciencia ficción escrita en español. Y su creador, el más grande narrador de aventuras que Argentina haya alumbrado en toda su historia.

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El Eternauta. Imagen cortesía de Hora Cero.


Virgilio Piñera y el agua por todas partes

Cien años del nacimiento del poeta y dramaturgo cubano

En su libro Inventario secreto de La Habana, Abilio Estévez relata un encuentro con Virgilio Piñera en 1979, pocos meses antes de la muerte del gran poeta cubano. En un momento de la conversación, Estévez le preguntó cuál creía que sería su destino literario post mortem. “Me publicarán, me homenajearán y seré por fin el apóstol que siempre debí ser”, disparó el autor de La carne de René con sonrisa escéptica y mirada burlona.

La profecía de Piñera (Cárdenas, 1912) terminó cumpliéndose. El escritor solitario, el francotirador, el nadador a contracorriente, como lo ha definido Abilio Estévez, recibió este año un homenaje oficial en La Habana al cumplirse el centenario de su nacimiento. Pero tuvieron que pasar muchos años para que sus libros se editaran en la isla y sus obras dramáticas se representaran en los teatros cubanos.

Marginado y desactivado por la Revolución durante décadas, la figura de Piñera —considerado por algunos críticos como el mejor dramaturgo cubano del siglo XX— no levantó vuelo hasta que fue reivindicada por los jóvenes creadores de los años ochenta, pero el régimen no le perdonó la disidencia intelectual de la que hizo gala toda su vida hasta hace bien poco, cuando el general Raúl Castro lo rescató del ostracismo, como si el creador de Electra Garrigó fuera una de esas “absurdas prohibiciones” que el hermano menor de Fidel se dispuso a eliminar para darle a su mandato una pátina de aperturismo.

La historia podría haber sido diferente para uno de los máximos exponentes del teatro del absurdo (su Falsa alarma fue publicada en 1948, dos años antes de que Ionesco revolucionara el género con La cantante calva) si se hubiera plegado a las exigencias del guión tras el triunfo de la Revolución en 1959. Un guión que, con respecto a la política cultural, Fidel Castro esbozó en el denominado “Encuentro con los intelectuales”, tres jornadas históricas celebradas en la Biblioteca Nacional de La Habana en junio de 1961 en las que el nuevo régimen dejó sentadas las pautas por las que debía regirse el pensamiento de la época: no habría vida (intelectual) más allá del binomio patria-revolución, a saber: Martí y Fidel.

Una vez derribada la dictadura de Batista, a la que se habían opuesto con más o menos ardor patriótico los intelectuales cubanos, estos buscaban su lugar en la alborada revolucionaria. Como otros, Piñera albergaba dudas y recelos sobre el nuevo papel que debía desempeñar la intelligentsia de la isla. Y así se lo hizo saber al Comandante: “Yo quiero decir que tengo mucho miedo. No sé por qué tengo ese miedo pero eso es todo lo que tengo que decir”. ¿Miedo? Piñera pronunció la palabra maldita, aquella que presidiría las relaciones entre la cultura y la Revolución (como quedó de manifiesto en el “caso Padilla” o en el “quinquenio gris”, de 1971 a 1976). Fidel respondió a las inquietudes de Padilla y otros con uno de esos discursos maratónicos que lo harían célebre (y que ha pasado a la historia como “Palabras a los intelectuales”). Y despejó incertidumbres: ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”. Es decir, la cultura quedaría atrapada en la isla entre la sumisión al nuevo establishment sovietizado y la “muerte civil”.

Piñera, que ya había publicado sus mejores obras antes del triunfo revolucionario, editó algunos libros más en la década de los sesenta pero fue orillado poco a poco por los prebostes culturales del régimen. En 1969 publicaría su último libro en vida, bajo el curioso título de La vida entera. Desde entonces, hasta su muerte en 1979, no volvió a publicar una sola línea. Pero nunca dejó de escribir.

El desdén de los dirigentes revolucionarios hacia Piñera mucho tuvo que ver con su condición de homosexual. Baste recordar que en el primer congreso de Educación y Cultura, celebrado en 1971, el régimen había definido la homosexualidad como una “patología social”. El propio Piñera ya lo había presagiado en un pasaje de La vida tal cual, sus textos autobiográficos: “No bien tuve la edad exigida para que el pensamiento se traduzca en algo más que soltar la baba y agitar los bracitos, me enteré de tres cosas: lo bastante sucias como para no poderme lavar jamás de las mismas. Aprendí que era pobre, que era homosexual y que me gustaba el arte”.

El relato de Abilio Estévez sobre la vida cotidiana de ese Bartleby clandestino es estremecedor, pues nos habla de un hombre que casi raya con el indigente. Un literato devenido en menospreciado traductor que se levantaba de madrugada para escribir y, cuando el día se echaba encima, “descendía hacia los abismos de la realidad con una jaba (bolsa) de saco, una cantina de metal y un frasco de medicina vacío”. El pomo de medicina era para el “café aguado” de la cafetería Las Vegas. En la cantina de metal le servían a Piñera unos espaguetis a pelo en una pizzería de la esquina de Infanta y San Lázaro. En la jaba guardaba el escritor el pastel con sabor a manzana que había comprado tras guardar una cola de una hora en el Supercake, una pastelería abierta en Zapata y Belascoaín. “Lo único que mereció (cuando murió) —escribe Abilio Estévez— fue una nota fugaz en los periódicos oficiales, la misma nota en todos los periódicos, con aquella helada sintaxis y estudiada economía de palabras”.

Tal vez, mientras aguardaba la cola en el Supercake, Piñera se repitiera a sí mismo esa letanía que susurraba a sus allegados: “Nunca debí regresar de Buenos Aires”. En la Argentina vivió el poeta 12 años de forma intermitente (1946-1958) como funcionario de la embajada cubana. Fueron tiempos fructíferos para Piñera desde el punto de vista creativo. En esos años escribe su mejor novela, La carne de René (1952) los Cuentos fríos (1956) y buena parte de sus mejores obras dramáticas, además de dirigir la revista Ciclón, la contracara del Orígenes de Lezama Lima (otro de los grandes olvidados de la Revolución). Y frecuenta a algunos de los grandes narradores argentinos de la época: Borges, Sabato, Macedonio Fernández… El autor de El Aleph tuvo a bien publicar uno de los cuentos de Piñera en uno de los números de Anales de Buenos Aires (1947). Aunque sin duda el escritor del que más cercano se sintió fue Wiltod Gombrovizc. Gracias a sus conocimientos del francés, idioma que también hablaba el autor polaco, Piñera presidió el comité que realizó en el café Rex la traducción colectiva de Ferdydurke, el artefacto literario con el que Gombrovizc saltó a la fama y que vio la luz en español en 1947. En agradecimiento, Gombrovizc nombró a su colega cubano, con ironía ubuesca, “jefe del ferdydurkismo sudamericano”.

Antes de la etapa argentina, Piñera ya había publicado la que acabaría siendo su gran obra poética: La isla en peso (1943), un libro que rompe con el barroquismo de autores como Lezama o Carpentier y también con el pensamiento tradicional cubano, que otorgaba al Caribe un componente mágico-espiritual arcádico, como recuerda el escritor Damaris Calderón. La isla, para Piñera, está marcada más bien por una condición negativa, claustrofóbica, por esa “maldita circunstancia” que canta el poeta:

“Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes”.

Como un río subterráneo, la palabra atrapada de Virgilio Piñera no ha cesado de empapar las distintas poéticas que se han sucedido en la isla desde los años sesenta del siglo pasado. La obra narrativa de Reynaldo Arenas (la versión rebelde de Piñera), Severo Sarduy, Abilio Estévez o Antón Arrufat le debe mucho al autor de Cuentos fríos.

Ensayistas jóvenes como Rafael Rojas, Antonio José Ponte o Iván de la Nuez (los tres, en el exilio) reivindican en nuestros días el inconformismo intelectual de Piñera, un rasgo distintivo en toda su obra que, para Rojas y Ponte, invalida los homenajes y las vindicaciones actuales del aparato cultural del régimen. “Los atributos de Piñera que molestaban al Estado cubano, hace apenas 20 años, son los mismos que le han dado una presencia tutelar, cada vez más discernible entre las últimas generaciones de escritores de la isla y la diáspora”, escribe Rojas. Y añade: “Un escritor como Piñera merece que (…) se piense críticamente su apropiación por parte del mismo Estado que lo marginó y lo silenció. El mismo Estado que sostiene de jure y de facto leyes e instituciones que un admirador de El pensamiento Cautivo, de Milosz, no podría aprobar”. Porque el pensamiento en la isla, como recuerda Rojas aludiendo al libro de Milosz, sigue cautivo, apresado por la tenaza del discurso único. Solo desde algunas bitácoras del ciberespacio es posible la crítica. El escritor Ángel Santiesteban (autor del blog Los hijos que nadie quiso) se preguntaba recientemente cuántos libros dejó de escribir Piñera tras ser arrumbado por el régimen: “¿De cuántos maravillosos absurdos se privó la Literatura por culpa de los gendarmes de la cultura oficial cubana?”.

La huella de Piñera llena las plumas de las últimas hornadas de poetas cubanos. Juan Carlos Flores, poeta de la marginalidad, esculpe versos-martillo desde su departamento en Alamar (en el extrarradio habanero), tan austero y sencillo como aquel de las calles 27 y N en el barrio del Vedado, cuartel general de la tristeza. Flores, como otros jóvenes poetas, también ha rendido tributo al escritor solitario, al francotirador, al nadador a contracorriente y a su visión negativa de la insularidad:

“Oscar Wilde tuvo su estancia gélida, el aislamiento pudo ser la tuya.
A la hora anunciada por los especialistas en posteridad
te convertiste en una isla, isla hundida
en qué profundo y olvidado mar oscuro”.