A 40 años de la guerra, ¿en qué pensamos cuando pensamos en Malvinas?

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Soldados del ejército argentino leyendo los periódicos durante la guerra de Malvinas. (DP)

A comienzos de 1982 —hace ahora cuarenta años— los militares que gobernaban la Argentina tuvieron una idea que les pareció brillante: recuperar por la fuerza las islas Malvinas. Creyeron que tal acción sería un espaldarazo de popularidad, un golpe de efecto similar al que había representado el Mundial de fútbol desarrollado en el país y ganado por la selección local cuatro años atrás. El resultado, sin embargo, fue exactamente el opuesto. La derrota militar en la guerra contra el Reino Unido precipitó el final de la dictadura que llevaba ya seis largos y atroces años en el poder.

Lo que vino después en relación con esa guerra (la única en la que se involucró la Argentina en el último siglo y medio) fue el silencio, el ninguneo, una suerte de afán por meter la basura debajo de la alfombra. Como si lo necesario o lo aconsejable fuera el olvido. Los que no podían olvidar, por supuesto, eran los que habían estado allá, quienes al trauma bélico debieron añadir el desprecio de una sociedad que primero los mandó al infierno y luego los dejó a la buena de Dios. Más de quinientos excombatientes se suicidaron en las cuatro décadas transcurridas desde entonces.

Poco a poco, no obstante, el paso del tiempo y el recambio generacional han hecho que la mirada sobre ese capítulo del pasado reciente se haya ido modificando. Pero para los argentinos Malvinas sigue siendo un tema doloroso, chocante, contradictorio, hasta cierto punto incluso bastante desconocido. Cuarenta años después, ¿en qué pensamos cuando pensamos en Malvinas?

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En Argentina, el 2 de abril es festivo: recuerda la fecha de 1982 en que se produjo el desembarco y la recuperación (temporal) de las islas. Hay municipios, calles, estadios, plazas, clubes, centros culturales, hospitales, museos, torneos de fútbol, un aeropuerto e incontables otros lugares e instituciones que llevan el nombre de las Malvinas. El mapa del archipiélago se reproduce en infinidad de sitios: camisetas, calcos pegados en los coches, grafitis y murales en las paredes, banderas en los partidos de fútbol y los conciertos de rock. Todos aquí crecemos sabiendo que «las Malvinas son argentinas».

«Estamos atravesados por Malvinas», me dice el historiador y escritor Federico Lorenz, quien se ha especializado en esta cuestión y acaba de publicar la novela Para un soldado desconocido, ambientada precisamente en esta guerra. Es algo que «llega como mandato a los más jóvenes a través de la escuela y los medios». Pero aclara que por Malvinas se entienden dos cosas. En primer lugar está el recuerdo de la guerra; en segundo plano —aunque en buena medida superpuesto al primero— «la causa nacional por la recuperación de las islas». Esa superposición «complica un poco el debate».

¿De qué forma lo complica? Lorenz —quien entre 2016 y 2018 dirigió el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, con sede en Buenos Aires— señala que, por un lado, cualquier crítica contra la guerra es vista desde ciertos sectores como algo que puede atentar contra la reivindicación argentina de su soberanía sobre las islas. Por el otro, cualquier propuesta de revisar los fundamentos de esta «causa nacional» parece desestimar el sacrificio de quienes dieron su vida en el 82. «Es medio como el perro que se muerde la cola», añade Lorenz. «Y eso no le hace justicia a ninguna de ambas cosas: ni al recuerdo de la guerra ni a la historia larga de las islas».

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Y sí que es larga la historia de las islas. Aparecen en los mapas desde 1502. Durante siglos, Francia, Reino Unido y España se disputaron su soberanía. Desde 1766 las Malvinas tuvieron gobernadores españoles. Tras la independencia argentina, obtenida en 1816, Buenos Aires se hizo cargo de su administración. Hasta que en 1833 llegó una fragata de guerra británica que expulsó a los argentinos y tomó posesión de las islas; es decir, lo mismo que hicieron las tropas argentinas —con resultados tan distintos— un siglo y medio después.

Desde entonces, la Argentina protesta por esa usurpación, alegando razones históricas y políticas y también geográficas: el archipiélago se encuentra dentro de los límites de su plataforma continental. En 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció la existencia de una disputa de soberanía y que el caso se encuadra en una situación de colonialismo, e invitó a ambos países a «encontrar una solución pacífica al problema» teniendo en cuenta «los intereses de la población de las islas». Pero los militares argentinos de principios de los ochenta decidieron jugar su juego.

Para los argentinos hubo una suerte de revancha simbólica: el partido que enfrentó a la selección albiceleste con la inglesa en el Mundial de México en 1986. Diego Maradona convirtió ese día dos de los goles más famosos de la historia del fútbol, el de la Mano de Dios y el Gol del Siglo, «barrilete cósmico —como dijo Víctor Hugo Morales en su archifamoso relato—, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?». En ese puño apretado había mucho más que fútbol, indudablemente.

El caso es que, en la actualidad, las Malvinas siguen siendo uno de los diecisiete territorios no autónomos supervisados por el Comité Especial de Desconolonización de la ONU. En enero de este año, un grupo de personalidades españolas —entre las cuales se destacan los expresidentes González, Aznar, Zapatero y Rajoy— instó al Gobierno británico a reabrir las conversaciones con su par argentino por el tema Malvinas. Como era inevitable, la tensión por la actual guerra entre Rusia y Ucrania hizo que estas buenas intenciones quedaran en un plano muy secundario.

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A los excombatientes argentinos les pasa más o menos lo mismo que a los veteranos de todas las guerras. Algunos se quedaron detenidos allí, como si nunca hubieran podido escapar de ese momento de sus vidas: hablan todo el tiempo de eso, «gente que quedó monotemática, que te habla de la guerra y hace el ruidito del proyectil en el aire y las explosiones, que mitad en chiste y mitad en serio habla imitando la manera de hablar de los militares». Me lo cuenta Sergio Omar Rotundo, que tenía diecinueve años cuando lo mandaron a pelear a las islas.

Otros no hablaron de la guerra nunca más. «Gente que se encerró, o evade el tema, casi que reniega, que en su momento ni siquiera invocó su condición de excombatiente para buscar trabajo». Este último dato no es nada menor, sobre todo si se tiene en cuenta que durante mucho tiempo —en las décadas del ochenta y noventa e incluso en los 2000— era bastante común que, vestidos con ropa militar, muchos veteranos de Malvinas se ganaran la vida en el transporte público, vendiendo baratijas con el contorno de las islas y los colores celeste y blanco de la bandera argentina.

Rotundo siempre se sintió «en un lugar intermedio». Y alude también a esa contradicción entre la guerra y la «causa nacional» cuando se refiere a Malvinas como tema en la sociedad: «Es un sentimiento pero a la vez una molestia, algo que duele. Como cuando tenés una persona querida muy enferma y no sabés si preguntarles a los familiares o no, si ofrecerles ayuda, si ir a visitarlos, y cuando hablás de eso se genera una situación medio tensa».

De hecho, enfatiza Rotundo, en los primeros años después de la guerra, Malvinas era un tema del cual, en la vida cotidiana, casi no se hablaba. Él no solía sacar el tema en las conversaciones porque «no quería incomodar» ni hacer que alguien se sintiera «obligado» a hablar de eso. Durante muchos años, agrega, las Malvinas fueron «un informecito en el noticiero cada 2 de abril y nada más». 

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Por cierto, es interesante repasar la historia de las fechas elegidas para las conmemoraciones de Malvinas: equivale a analizar la historia de la memoria argentina sobre la cuestión.

El 28 de marzo de 1983 —cinco días antes del primer aniversario del desembarco argentino en las islas— la dictadura todavía gobernante (aunque en retirada, pues ya se había anunciado que a finales de ese año habría elecciones para volver al régimen democrático) decretó que el 2 de abril sería feriado, en ocasión del «Día de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur».

Un año después, sin embargo, el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín decidió trasladar el festivo al 10 de junio, «Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico» (en recuerdo de la fecha de 1829 en que la Argentina designó su primer gobernador de las islas, Luis Vernet; esta conmemoración se había establecido una década atrás, pero siempre había sido día laborable).

Tuvieron que pasar diez años de ninguneo y desdén para que, en 1992, el 2 de abril fuera declarado «Día del Veterano de Guerra». Y casi otra década más para que, desde 2001, esa fecha —ahora con el nombre específico de «Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas»— volviera a ser feriado nacional, en reemplazo del 10 de junio. Y así continúa. La herida sigue abierta, pero poco a poco ha ido cicatrizando.

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El tiempo ayuda a que los hechos se puedan ver con mayor perspectiva. Y también colaboran otros factores. Por ejemplo, el acceso a la información posibilitado por internet. «Un pibito de hoy se va a encontrar con Malvinas, aunque sea por accidente, muchas más veces que un adolescente de los ochenta o los noventa, cuando no había información por casi ninguna parte», destaca Rotundo.

El recambio generacional, por su parte, también entraña dificultades. Rotundo cuenta que, a lo largo de estos cuarenta años, con mucha frecuencia fue convocado a escuelas e institutos para contar su experiencia en la guerra. «Al principio, debía tener presente que los pibes habían sido muy chiquitos en la época de Malvinas, o que tal vez ni siquiera habían nacido. Pero ahora tengo que ser consciente de que yo fui a una guerra cuando ni siquiera habían nacido los padres de esos chicos».

Y eso obliga a explicar desde cero algunas cuestiones que para los niños y adolescentes de hoy suenan (por fortuna) cada vez más remotas: que el gobierno era militar y no había sido elegido por la vía democrática, que existía un servicio militar obligatorio… Hay que recordar que los dictadores argentinos enviaron a la guerra —contra una de las mayores potencias armamentísticas y con más prestigiosa historia bélica del mundo— a miles de muchachos de entre dieciocho y veinte años cuya formación militar se reducía a lo que habían aprendido en la colimba (nombre coloquial de la mili en Argentina, acrónimo de «corra, limpie y barra»). Algunos de esos muchachos —los nacidos en 1963, quienes llevaban unas pocas semanas como reclutas— ni siquiera tenían claro cómo se manejaban las armas con las que fueron enviados a «defender la patria».

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Soldados argentinos en la Guerra de Malvinas de 1982. Foto: Escuela Provincial de Educación Técnica. (DP)

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En una conversación con una chica inglesa, hace unos cuantos años, cuando yo vivía en Madrid, surgió el tema de Malvinas. Ambos coincidimos en calificar la guerra de desatino y de tragedia. Más o menos como todas las guerras. Casi sin pensarlo, pronuncié una de esas frases que los argentinos repetimos miles de veces de forma automática, algo así como: «Fue un delirio de los militares que solo sirvió para que murieran un montón de argentinos». Ella me miró fijo, y yo también la miré fijo, porque me di cuenta de lo que acababa de decir. «Y un montón de ingleses también, claro», añadí.

Solo entonces fui consciente de cuán impregnados estaban en mí los discursos que había escuchado y leído desde mi infancia (yo tenía cuatro años durante la guerra). Y de que nunca, o casi nunca, me había tomado el trabajo de cambiar de perspectiva, de pensar los hechos desde otro punto de vista. Claro que murieron un montón de argentinos en Malvinas: seiscientos cuarenta y nueve. Pero también murieron doscientos cincuenta y cinco ingleses. Y muchos más británicos sufrieron las políticas neoliberales del gobierno de Margaret Thatcher, en buena medida también como consecuencia de la guerra. En 1983, la primera ministra fue reelegida con la victoria electoral más amplia desde la Segunda Guerra Mundial, gracias al inmenso respaldo popular que se ganó a fuerza de reavivar las nostalgias del viejo imperio.

Sucede que, en cierto sentido, pese a que muchas veces nos sentimos en las antípodas, agua y aceite, cara y cruz, lo cierto es que argentinos e ingleses somos bastante más parecidos de lo que solemos querer ver. Hernán Casciari, al escribir sobre un cuento de Nick Hornby, destaca «la enorme cercanía entre los universos argentinos de provincia y los escenarios suburbanos de Inglaterra». Habla de las ficciones televisivas inglesas, en las que «hay mucho fútbol (en la calle, en los bares) y muchísimo trapicheo argentino, muchas sobremesas con porro y conversación». Se advierte con claridad en This is England, que primero fue una película y luego una serie, «donde los protagonistas ingleses, un grupo de adolescentes, pasan por dos momentos históricos clave: la guerra de Malvinas, en el 82, y el gol con la mano que les metió Maradona en México».

Guillermo Saccomano, en un cuento titulado «Jonás», de 2011, sí invierte la mirada: sus personajes son traumatizados excombatientes ingleses, entre ellos el que disparó los torpedos que hundieron al crucero General Belgrano, acción en la que murieron trescientos veintirés hombres (casi la mitad de las bajas argentinas en todo el conflicto). Raúl Vieytes fue más lejos aún en su novela Kelper, de 1999, un oscuro policial ambientado en las Malvinas, protagonizado por isleños que desprecian a los argentinos y en el que la guerra es solo un mal recuerdo que es mejor nombrar lo menos posible.

La más importante de las obras que ponen en perspectiva el enfrentamiento probablemente sea el biodrama Campo minado, de Lola Arias, estrenado en 2016. Está construido sobre los testimonios reales de seis excombatientes: tres argentinos y tres ingleses (uno de ellos, en realidad, un gukha nepalés). La particularidad es que son ellos mismos quienes ponen el cuerpo: se suben al escenario y les cuentan a los espectadores sus sobrecogedoras experiencias. «En 1982, cuando vi a los argentinos por primera vez, me parecieron arrogantes —dice Lou Armour, uno de los ingleses—. La segunda vez estaban heridos o muertos. La tercera vez estaban derrotados. Ahora todos tenemos cincuenta y pico y somos veteranos de la misma guerra».

De todos modos, nadie lo dijo mejor que Borges en su brevísimo relato «Juan López y John Ward», publicado en el diario Clarín en agosto del 82:

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras. […]

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Hay, de todos modos, una diferencia fundamental en el modo de recordar la guerra en Argentina y en Inglaterra. La refiere el mismo Lou Armour: «Cuando llegué a Buenos Aires [en 2016] estaba sorprendido, las Malvinas estaban por todos lados: remeras, calcomanías en los autos, fotos en un hospital de niños… Pero nosotros ya no hablamos de las Falklands en el Reino Unido. Los niños británicos no aprenden sobre esa guerra en el colegio, lo cual es extraño porque fue nuestra última guerra al viejo estilo, en la que peleamos trinchera a trinchera con bayonetas como en la Primera Guerra Mundial».

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En Argentina también hay voces que se apartan de —y en ocasiones incluso se oponen a— la posición mayoritaria. Hace una década, en ocasión del 30º aniversario de la guerra, un grupo de diecisiete intelectuales, periodistas y constitucionalistas (entre los que se encontraban personalidades como Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli, Santiago Kovadloff y Jorge Lanata) firmaron un documento titulado «Malvinas: una visión alternativa». Basándose en el principio de autodeterminación de los pueblos, el texto señala que «los habitantes de las Malvinas deben ser reconocidos como un sujeto de derecho» y que «respetar su modo de vida implica abdicar de la intención de imponerles una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean».

El derecho a la libre determinación es el principal argumento esgrimido por el Reino Unido para negarse a reabrir el diálogo sobre la soberanía de las islas. El Estado argentino considera que ese derecho no les corresponde a los malvinenses, pues no constituyen una población originaria sino que fue «implantada» en ese territorio por el país usurpador.

En marzo de 2013 los isleños fueron convocados a un referéndum sobre su soberanía: «¿Desea que las Islas Malvinas conserven su actual estatus político como Territorio de Ultramar del Reino Unido?». La participación superó el noventa por ciento. Hubo mil quinientos diecisiete votos por el sí y tres votos por el no. Tres. ¿Quiénes habrán sido esas tres personas que votaron por el no? ¿Qué clase de frustración los habrá impulsado a ir a las urnas a expresar su desacuerdo con casi todos sus vecinos? ¿Le habrán revelado a alguien, en alguna de las largas y heladas y ventosísimas e innumerables noches malvinenses: «Yo soy uno de los tres que aquella vez dijeron que no»?

Beatriz Sarlo viajó a las islas, enviada por el diario La Nación, para cubrir el referéndum. Lo cuenta en uno de los textos incluido en su libro Viajes, publicado un año después de esa votación. Ratifica allí, desde luego, la «visión alternativa» del documento de 2012. Llama Stanley a lo que para nosotros es Puerto Argentino. «No puedo contarle a esta gente [los malvinenses] la violencia de mis sentimientos sobre las islas —escribe—. No las quiero como territorio argentino».

También menciona la «extraña historia de Alejandro Betts, el único isleño que eligió vivir en la Argentina. Consiguió trabajo en el aeropuerto de Córdoba y ahora sostiene los derechos argentinos a las islas. Es el único caso que se ha conocido. ¿Se inscribe en la iluminación histórica o en las peripecias de la vida de un hombre?».

Pero Betts (quien murió hace dos años, a la edad de setenta y dos) no era el único. Hay al menos un caso más: el de James Peck, quien nació en Malvinas, cuando tenía trece años fue testigo de la guerra (su padre combatió para el bando inglés), luego se casó con una mujer argentina, se mudó a Buenos Aires y el 14 de junio de 2011 —día en que se cumplían veintinueve años de la rendición argentina en las islas— recibió, de manos de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el documento de identidad que lo acreditaba como ciudadano argentino.

«A lo largo de los cuatro días que siguieron recibí un aluvión de mensajes, en distintos formatos —cuenta Peck en su libro Malvinas, una guerra privada, de 2013—. Me llegaron insultos a la cuenta de correo electrónico y otros me criticaban en conversaciones que mantenían en las redes sociales. Había también quienes me trataban como a un héroe y enviaban cartas de felicitación o me asaltaban a gritos en la calle. Yo sentía con más fuerza que nunca el carácter simbólico de mi gesto junto con el fantasma permanente de la guerra y el tener que justificar algo que otros habían inventado».

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Sarlo destaca en su artículo que «la ocupación argentina de 1982 fue uno de los hechos más traumáticos de [su] experiencia política durante la dictadura». «Nunca me sentí más lejos del país donde vivía —enfatiza— que en esos meses donde todo había sido eclipsado por la ilusión de que, guiada por la dictadura, la Argentina vencía a Gran Bretaña. Esa fantasía colectiva fue mi pesadilla». (Para mensurar el tamaño y la fuerza de aquella fantasía colectiva, nada mejor que el documental 1982, de Lucas Gallo, estrenado hace tres años y construido enteramente con fragmentos de programas de la televisión argentina emitidos durante los setenta y cuatro días que duró la guerra.) Sarlo añade que oponerse a la guerra en el momento mismo de los hechos «implicaba formar parte de un grupo casi invisible». 

También en ese sentido se puede trazar un paralelismo con el Mundial 78. También en ese momento quienes se opusieron al triunfalismo dominante conformaron un grupo minúsculo, casi imperceptible. En la final de ese Mundial, cuando restaba un minuto para el término del tiempo reglamentario y Argentina y Países Bajos empataban 1-1, un remate del neerlandés Rob Rensenbrink dio en el poste. En la prórroga, Argentina ganó 3-1. ¿Cómo habría cambiado la historia si el tiro de Rensenbrink iba cinco centímetros más a la derecha y la selección campeona del mundo no era la local sino la entonces llamada Holanda? ¿Acaso la frustración popular habría precipitado el final de la dictadura, lo cual habría evitado innumerables males, entre ellos la guerra de Malvinas?

Imposible saberlo. Del mismo modo en que es imposible saber cómo habría cambiado la historia si Margaret Thatcher decidía hacer caso a la mayoría de sus asesores, que le recomendaban negociar (como se ve en la película La dama de hierro, de 2013, con Meryl Streep en el rol protagónico) y no ir a la guerra en el Atlántico Sur.

La película Historia de lo oculto, de 2019, propone una extraña ucronía en la cual la televisión argentina ofrece a las Malvinas como destino turístico. Sobre imágenes en blanco y negro de la típica arquitectura malvinense, primero, y de pingüinos, después, se escucha una voz de mujer en off que anuncia: «¿Busca paz? ¿Busca tranquilidad? Encuéntrelas visitando islas Malvinas. Un orgullo nacional ubicado en el extremo más austral de nuestro país. Averigüe todas las promociones vigentes. Es un mensaje de la Secretaría de Turismo de la Nación».

Al ver esa escena sentí un estremecimiento parecido al que me acometió durante la conversación con aquella chica inglesa, porque me di cuenta de que nunca me había puesto a pensar realmente cómo serían las cosas si la Argentina hubiese recuperado el control de las islas en 1982. ¿Cuánto tiempo más se habrían mantenido los militares en el poder? ¿Serían las Malvinas un destino turístico apetecible para los argentinos? ¿Les habría metido Maradona sus goles a los ingleses en el Mundial 86?

También resulta imposible saberlo, por supuesto. La realidad es la que es, y pensar en qué habría pasado si no es más que un juego de la imaginación. Bien mirado, sin embargo, imaginar qué habría pasado si también es una forma de analizar y de entender el presente. Es otra de las tantas cosas en las que pensamos, o podemos pensar, ahora, cuarenta años después, cuando pensamos en Malvinas.

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un soldado británico en un campo de cascos abandonados. DP.


Alberto Laiseca, el escritor máximo de la vida misma

Alberto Laiseca Imagen Ministerio de Cultura Argentina.
Alberto Laiseca. Imagen: Ministerio de Cultura Argentina.

Alberto Laiseca imaginó una historia cuando era niño, mientras en el patio de su casa animaba guerras entre ejércitos compuestos por figuritas recortadas de revistas. A los veinte años la escribió, pero no quedó conforme con el resultado y la destruyó. La escribió por segunda vez, pero le pasó lo mismo y la desechó también. Y luego repitió el proceso una vez más. La cuarta versión la empezó a escribir a comienzos de la década del 70 y la terminó en los últimos días de febrero de 1982, cuando acababa de cumplir cuarenta y un años de edad. Con esa cuarta versión —que se extendía por más de mil trescientas páginas— por fin se sintió satisfecho. Aquella sí era la obra que quería escribir. Su título: Los sorias.

Entonces se puso a buscar editor. Pero no dio con ninguno dispuesto a arriesgarse por una creación tan desmesurada. Comenzó a pasar el tiempo, y la novela inédita fue adquiriendo tintes de leyenda: la leyeron autores como Ricardo Piglia, César Aira y Fogwill y le prodigaron elogios extraordinarios. Y sin embargo casi nadie podía acceder a ella. Laiseca, poco a poco y a su pesar, fue casi aceptando que tal vez la novela no se publicara jamás. Por eso se sorprendió tanto cuando una tarde de mediados de 1997, tres lustros después de haber puesto aquel punto final, atendió el teléfono y escuchó la voz de un joven editor que desde el otro lado de la línea le explicaba que quería publicar Los sorias.

—¿Pero usted tiene idea de lo que está diciendo? —respondió.

Sí, el editor tenía idea. Un año más tarde, el acontecimiento literario se produjo: el sello Simurg publicó Los sorias, en una edición de trescientos cincuenta ejemplares numerados y firmados por el autor. Ricardo Piglia escribió el prólogo, que comienza afirmando que es «la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde Los siete locos» (de Roberto Arlt, publicada en 1929). La novela más voluminosa de la literatura de este país ahora sí comenzaba a estar disponible para los lectores. Terminaba una leyenda. De algún modo, nacía otra.

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Laiseca —de cuya muerte se cumplen cinco años en estos días— no solo escribió una obra muy personal e inclasificable: él mismo era un tipo muy particular. Con sus casi dos metros de altura y los enormes bigotes manchados de tabaco que le ocultaban la boca, llamaba la atención desde el primer momento. Cuando hablaba por primera vez con alguien, daba la impresión de ser un hombre serio, parco, casi hosco, intimidante. Casi como el personaje que construyó para la televisión, en el ciclo Cuentos de terror, que emitió el canal I-Sat a comienzos de los años dos mil: rodeado por el humo del cigarrillo, bajo las aspas de un ventilador ominoso, narraba historias lúgubres de Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Horacio Quiroga y muchos más. El programa se tornó de culto; hoy todas sus entregas se pueden ver en YouTube.

Pero si uno tenía la oportunidad de avanzar en la conversación con él, al rato veía cómo otra parte de su personalidad salía a la luz: su lado afable, divertido, incluso tierno, siempre un poco delirante. «Lo que no es exagerado no vive», le gustaba repetir. Era —como lo definió la periodista Flavia Costa— un «erudito en cosas raras», dueño de una cultura colosal y un humor exuberante, capaz de ponerse a tararear, por ejemplo, de la nada, una melodía, y si su interlocutor no la reconocía le explicaba: «El himno de la Unión Soviética», para estallar en una carcajada después.

«Realismo delirante»: así bautizó Laiseca a su propio estilo. «La realidad es delirante —me dijo en una ocasión—. La realidad está muy bien y el delirio está muy bien, pero por separado no sirven. Si los juntamos, tenemos la verdadera realidad y el verdadero delirio». Esa fue su propuesta literaria, su poética. El resultado: una veintena de libros en los que se mezclan mundos fantásticos, guerras totales, farones egipcios, emperadores chinos, máquinas de tortura, pornografía, vampiros, máquinas parlantes y una buena cantidad de otros elementos que otorgan a «la civilización Laiseca» (como titula Piglia el prólogo a Los sorias) una cartografía tan inconfundible como singular.

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Alberto Jesús Laiseca nació en Rosario (como Messi y el Che Guevara y otros seres excepcionales) el 11 de febrero de 1941. Creció en Camilo Aldao, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba, Argentina. Su madre murió cuando él tenía tres años. En ese momento «papá se volvió loco», dijo en una ocasión. Su infancia la pasó bajo «la dictadura soviética» de su padre, llena de órdenes contradictorias, castigos absurdos y otros maltratos psicológicos. Sin embargo, su padre —que era un médico muy reconocido: hoy una calle de su pueblo lleva su nombre— le hizo un regalo inestimable. Un día se presentó en su cuarto y le dijo: «Mirá, Alberto, creo que podrías leer este libro, a lo mejor te gusta». Era El fantasma de la ópera, de Gaston Leroux. «Mi padre tuvo muchísimas cosas malas que a mí me hicieron un enorme daño, pero me estimuló la lectura, y la lectura me salvó la vida».

El mandato paterno hizo que el joven Alberto se mudara a la ciudad de Santa Fe para estudiar ingeniería química en la universidad. Fue en esa época cuando empezó a escribir. Cursó la carrera durante tres años, hasta que se animó a enfrentar a su padre y decirle que eso no era lo suyo. «No nos hablamos por un tiempo», contó. Se fue al campo, a distintas provincias: trabajó en las cosechas un par de temporadas. Luego se instaló en Buenos Aires. Eran mediados de los años 60. Fue empleado de limpieza durante varios años, por sueldos de miseria. «No sabés lo que es no tener guita para arreglarte los zapatos que tienen un agujero grande así. ¿Qué hacés? Le ponés cartón, para no tocar el piso con la piel del pie. Por eso en Los sorias cuento que con las lluvias no hay pobreza que no salga afuera. Se te mojan los cartones y ahí te quiero ver».

Comenzó a frecuentar el bar Moderno, en la calle Maipú, un reducto de los artistas calificados alguna vez como «los beatniks argentinos». Laiseca recuerda esa época como su existencia underground. Escribía como un desaforado, pero las editoriales rechazaban sus textos. Su primera publicación llegó en 1973, un cuento titulado «Mi mujer» que apareció en el diario La Opinión. Años después llegaron sus libros: las novelas Su turno para morir (1976), Aventuras de un novelista atonal (1982), La hija de Kheops (1989), La mujer en la Muralla (1990) y El jardín de las máquinas parlantes (1993, para cuya finalización recibió una beca Guggenheim), los cuentos de Matando enanos a garrotazos (1982), un volumen de poesía titulado Poemas chinos (1987) y el ensayo ¡Por favor, plágienme! (1991).

Pero su máximo deseo, su anhelo mayor, era que se editara Los sorias. «Estaba muy preocupado porque no lograba publicarla. Ese era un tema de largas conversaciones», me cuenta Omar Recchia, que fue su amigo y compartió mucho tiempo con él a finales de los ochenta y principios de los noventa. Vivieron juntos varios meses, en un departamento que Recchia y quien por entonces era su pareja, Ana O’Donnell, alquilaban en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Laiseca venía de separarse de Mariana, una mujer a la que amaba. Sufrió mucho esa ruptura. Allí, mientras hacía su duelo, en compañía de sus amigos, escribió La mujer en la Muralla.

El departamento solo tenía una habitación y un living, además de la cocina y el baño, recuerda Recchia. Y «el living, que era chiquito, estaba copado por Laiseca», que era enorme. Laiseca se iba a trabajar al diario La Razón, donde en esa época se desempeñaba como corrector, volvía y se ponía a escribir, a mano, con su caligrafía enorme, toda en mayúsculas, rodeado del humo de los Imparciales, sus cigarrillos negros. Después se agasajaba con cerveza Quilmes Imperial. «La de la victoria», la llamaba. La mujer en la Muralla se publicó en noviembre de 1990. Está dedicada «a Ana O’Donnell y a Omar Recchia, que me ayudaron en los tiempos difíciles».

El caso es que Los sorias parecía signada por la mala suerte. Según la solapa de La mujer en la Muralla, la «ya legendaria» novela comenzaría a ser publicada «en varios tomos en España el año próximo», es decir, en 1991. La solapa no lo dice, pero quien iba a estar a cargo de esa publicación era el gran editor Mario Muchnik, quien llegó a firmar un contrato y a pagar un adelanto a Laiseca. Pero poco después Muchnik perdió su editorial, que fue absorbida por el grupo Planeta, y el proyecto de publicar Los sorias en España se desvaneció.

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Cuenta la leyenda, abonada por el propio Laiseca, que fue César Aira quien le sugirió a Gastón Gallo, el editor de Simurg, que publicara Los sorias. Pero Gallo me explica que no. Estaba reunido con Aira, detalla, hablando de la edición de Taxol, y uno de los dos mencionó a Laiseca. Gallo preguntó si Los sorias ya se había editado y Aira respondió que no. Entonces Gallo dijo lo que se le ocurrió en ese preciso momento, algo que no había pensado antes: «Yo la quiero publicar». Aira le dio el número de teléfono de Laiseca: esa fue su participación. Esa misma tarde, Gallo (quien había fundado Simurg apenas dos años antes) llamó a Laiseca para decirle que quería publicar Los sorias y Laiseca le preguntó si tenía idea de lo que estaba diciendo.

En la tradicional confitería Las Violetas —el mismo lugar en que Gallo se reunió muchas veces con Laiseca después de aquella llamada— el editor me muestra el contrato firmado por él y Laiseca para la publicación de la novela. Es el contrato más breve del mundo: tiene media página. Incluye una errata en la que siguen incurriendo la mayoría de los textos que se refieren a la obra: dice Los Sorias, con mayúscula, cuando sorias, en la novela, es un sustantivo común. Está fechado el 14 de junio de 1997. Un día antes, Gallo había cumplido veintiséis años. Él me destaca otra particularidad: lleva la «firma larga» del autor. Laiseca firmaba Lai casi todos los documentos, pero en esa ocasión rubricó con su nombre completo. Gallo prefiere reservarse la imagen del contrato completo, pero la firma de Laiseca es esta:

firma_alberto laiseca

Laiseca solo tenía el original de la novela: cuatro bloques de papel amarillento, gordos como guías telefónicas. Más de mil trescientas páginas de no muy clara legibilidad, pues habían sido mecanografiadas entre finales de los 70 y principios de los 80 en una máquina de escribir con la cinta muy gastada en la parte inferior. Gallo y dos colaboradoras digitalizaron el material a partir de fotocopias, porque Laiseca no quiso dejarle el original. Lo bueno fue que el texto de Laiseca era el definitivo: requería muy pocos ajustes. El libro apareció un año después, a mediados de 1998, con una obra del pintor Guillermo Kuitca en la portada y el mencionado prólogo de Piglia.

Y, de pronto, todo el mundillo literario hablaba de Laiseca.

Las editoriales, antes tan renuentes, ahora lo llamaban para ver si tenía algo nuevo para publicar. Y Laiseca tenía y produjo más. En los años siguientes llegaron a las librerías las novelas El gusano máximo de la vida misma (1999), Beber en rojo (2001), Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati (2003), Las cuatro torres de Babel (2004) y Sí, soy mala poeta pero… (2006), y los cuentos de Gracias Chanchúbelo (2000) y En sueños he llorado (2001). En 2002, además, comenzó con los Cuentos de terror (programa con el que obtuvo cierta celebridad: mucha gente no lo ha leído pero lo conoce de la tele) y en 2004 se reeditó Los sorias, ahora a través del sello Gárgola, con una tirada de mil quinientos ejemplares.

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En el mundo de Los sorias existen tres superpotencias: la Tecnocracia, la Unión Soviética y Soria. La geografía de esta última coincide con la de la provincia española homónima, pero en la novela España no existe, y Soria tiene el tamaño de Alemania antes de 1914 y ochenta millones de habitantes. Los tres Estados entran en una guerra total, en la cual las poderosísimas armas que desarrollan los científicos se encuentran al mismo nivel de importancia que los conjuros, los hechizos esotéricos y los viajes astrales de los que echan mano los magos y chamanes de cada bando.

El gran tema de la novela (y, de alguna manera, de toda la obra laisequiana) es el poder. Y sus derivaciones: sus usos y abusos, los delirios que provoca, la ambición, la mentira, la historia, el destino, las obsesiones, la soledad. Antes de que el libro se publicara, Fogwill escribió que «había pasado cerca de ciento cincuenta horas leyéndolo, odiando a Laiseca en las jornadas durante las que su trabajo apunta a horadar minuciosamente la paciencia del lector, adorándolo cada vez que su imagen se me representaba como parte de algo sublime inalcanzable y amándolo al cabo de cada capítulo interminable, cuando volvía a la convicción de que su empeño en torturarme perseguía el goce de producir un cambio en mí, convenciéndome, al mismo tiempo, de que yo lo merecía».

Los sorias es, además, el núcleo de la civilización Laiseca. Todo el resto de su producción —tanto la publicada antes como la que vino después— incluye múltiples referencias a la novela mayor. En un prólogo a ¡Por favor, plágienme!, Hernán Bergara habla de un «esquema soriacéntrico» en el cual «una serie de guiños, de personajes, de lugares y de palabras que se hacen insoslayables si se ha pasado por la lectura de ese libro». «Los sorias es el exorcismo que preside su obra, la operación mágica destinada a permitirle sobrevivir y escribir desde la vida corriente —anotó por su parte César Aira—. El verdadero triunfo de esa maravillosa obra de arte es que fracasó en su cometido de exorcismo, y Laiseca no sobrevivió».

Será que algunos exorcismos son decididamente impracticables. O será, a lo mejor, que para ciertas personas la vida corriente no es un objetivo que se pueda trazar.

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Todos los libros de la biblioteca de Laiseca estaban forrados con un papel originalmente blanco, que con el tiempo se fue amarilleando. Para que, al no ser identificables, no se los robaran: esa era la justificación «oficial». Pero ¿para que no se los robara quién? En El jardín de las máquinas parlantes —novela que retrata el mundo de la esquizofrenia y de las instituciones psiquiátricas al mismo tiempo que el de la magia, el esoterismo y las batallas entre entidades del más allá— uno de los protagonistas aprende que debe forrar sus libros de blanco para que le sean robados por los fantasmas. Laiseca creía en eso. Su vida fue una danza constante sobre la delgada frontera que separaba el mundo físico y sus creencias en lo sobrenatural. Realidad y delirio, una vez más.

Cuando la primera edición de Los sorias ya se estaba produciendo, Laiseca le pidió a Gallo, su editor, que le diera el primer ejemplar que saliera de imprenta. No le importaba que faltara la cubierta: con la tripa del libro estaba bien. Gallo no sabe qué fue de aquel primer ejemplar; alguien le dijo que Laiseca lo incineró como parte de un ritual.

En 2005, cuando Ricardo Piglia afrontó un traspié judicial (fue condenado por ganar «con trampa» el Premio Planeta de Argentina) y numerosos escritores y otros artistas firmaron una solicitada en su apoyo, Laiseca se rehusó; cuentan que fue porque lo consideraba un plan de acción incorrecto: creía que Piglia debía instrumentar «medidas esotéricas». Eso los distanció. Un par de años después, entrevisté a Piglia y le pregunté por Laiseca. «Las amistades entre los escritores no son fáciles», me dijo. Pero también me dijo que Laiseca era «un tipo muy entrañable, muy buena persona».

Ese tipo entrañable que era Laiseca tuvo ocasión de saldar algunas cuentas pendientes. Por ejemplo, reencontrarse con su padre. Paseaba por el zoológico de la ciudad de Mendoza cuando se cruzó por casualidad con un conocido de Camilo Aldao. «Me dijo esta frase mágica y terrible: “Qué viejo que está tu papá” —recordó Laiseca—. Eso me hizo mierda. Entonces lo fui a visitar. Hice bien, no me arrepiento. Mucho peor hubiera sido que no le pasara bola nunca más. Después lo hubiera tenido que pagar yo. Hasta su muerte, nunca dejé de visitarlo. Le escribía para su cumpleaños, para el día del padre, esas cosas. Y me alegro. Me alegro».

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Laiseca, en los 60, quiso ir a combatir a la guerra de Vietnam. Literalmente. Trató de obtener la ciudadanía estadounidense. Como no lo logró, le escribió una carta al entonces presidente Lyndon Johnson. Nunca obtuvo respuesta. ¿Por qué quería ir a la guerra? «Tenía un potencial de miedo que gastar. Me dije: “Sigo un curso ontológico rápido y gano y vuelvo sano y salvo, o cagué fuego”. No era por una cuestión política, ni mucho menos para correr aventuras. No soy tan estúpido. La guerra no es una aventura, sino una experiencia trascendental en la cual usted puede perder la vida o volver mutilado. Pierde la vida si tiene buena suerte».

Vietnam se le tornó, entonces, una obsesión. Omar Recchia me cuenta que era uno de sus principales temas de conversación: se pasaban horas hablando de esa guerra. «Vietnam nunca terminó para mí, sigue estando —me dijo Laiseca en una ocasión—. Todavía veo las colinas altas centrales, los boinas verdes, la ofensiva del Tet. Todo eso está pasando hoy». Sabe de otras guerras, pero no le interesan. «Yo ya tengo con la mía, que continúa. Saigón para mí está cayendo todos los días. Y jamás caerá. Cuando a mí me ha ido mal con mujeres, lo sentí así: como que me echaban de Saigón con helicópteros y todo».

«La soledad, no tener una pareja: ese es su Vietnam», me dijo Sebastián Pandolfelli, discípulo de Laiseca, una de las personas que estuvieron más cerca de él en sus últimos años. Laiseca cargaba con la maldición de ser un tipo muy solitario y, a la vez, sufrir mucho la soledad. Su última pareja murió en 2001 y él vivió solo desde entonces. Una docena de años después dijo en una entrevista que su única cuenta pendiente era el amor. «No estoy enojado con las mujeres —explicó—. Creo que ellas en su inmensa mayoría me quisieron todo lo que pudieron. Pero no fue bastante. En el otro mundo voy a estar muy solo. A mis setenta y dos años, tengo que conseguir un amor más o menos completo, o si no voy a estar muy jodido».

En esos últimos años, su salud se deterioró rápidamente. Quizá le pasaron factura el trabajo duro de su juventud, los años de pobreza, los Imparciales que fumaba sin parar, la melancolía. Durante una internación hospitalaria, debida a una caída y una fisura de cadera, sus discípulos (Pandolfelli, Selva Almada, Leonardo Oyola, Alejandra Zina y otras voces destacadas de la actual literatura argentina, que participaron durante muchos años de los talleres de Laiseca) se turnaban para visitarlo. Una enfermera, sorprendida de encontrarlo todos los días acompañado, le dijo: «Usted parece una religión».

Simurg volvió a publicar Los sorias en 2013. Un año después apareció el último libro de Laiseca: La puerta del viento. Su novela sobre Vietnam. Una novela brevísima, lo contrario de su obra maestra. La novela que, como él mismo explicaba, le debía a su juventud. El título alude a una expresión china que nombra tanto a un ataque mortal como a una técnica del taichí para distribuir la energía de forma armónica por todo el cuerpo. «Vale decir, la puerta es la vida o la muerte», dice el narrador.

Laiseca decía que no quería morirse porque «en el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza». Pero, como tarde o temprano nos sucede a todos, le tocó atravesar la última puerta: en Buenos Aires, el 22 de diciembre de 2016. Sus cenizas fueron esparcidas en el Tigre, a la altura del río Carapachay, por donde paseaba con Mariana, aquella mujer a la que tanto había querido.

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Dos documentales retrataron a Laiseca en sus últimos años. Uno de ellos se titula El monstruo en la piedra (2016) y lo dirigió el barcelonés Ignasi Duarte. El otro es argentino y se titula Lai (2017), de Rusi Millán Pastori. Antes, el escritor había participado de películas de ficción, como El artista (2008) y Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011), esta última basada en un cuento suyo, ambas dirigidas por Mariano Cohn y Gastón Duprat (quienes también habían estado a cargo del ciclo Cuentos de terror).

En Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, Laiseca oficia de presentador y narrador. Sentado ante un escritorio, con una enorme biblioteca a sus espaldas, sin dejar de fumar, mira a cámara y se presenta: «Soy Alberto Laiseca. Esta película esta basada en un cuento mío. La historia que vamos a contar se supone que es ficción. Pero no. Nunca hubo diferencia entre ficción y realidad. Porque este es un mundo mágico. Y no se puede imaginar lo que no existe». Y dice también: «Yo nunca fui joven, salvo ahora, que tengo casi setenta. Y es muy de nuestros tiempos de eclipse que los jóvenes sean viejísimos, porque es la muerte de la imaginación».

Esta película, o los documentales, o los Cuentos de terror, quizá sean una buena forma de tomar contacto por primera vez con este personaje tan particular. La otra es, por supuesto, ir directamente a sus libros. «Sus lectores se convierten en arqueólogos que descubren en medio de la selva una gran civilización perdida y vuelven a la ciudad para contarlo», cierra Piglia (quien murió quince días después que Laiseca) su prólogo a Los sorias. Ahí está Laiseca, el escritor máximo de la vida misma —lo que no es exagerado no vive—, ahí está su mundo, a la espera de arqueólogos nuevos que se animen a visitarlo.


Charly García, el tipo que no quería volverse tan loco (y al final lo logró)

Charly García
Charly García en 1976. Foto: Rubén Andón.

«Lo que más me gustó es ese personaje que inventaste: Charly García». Eso le decían los lectores españoles a Martín Lombardo tras leer su primera novela, Locura circular (Los Libros del Lince, Barcelona, 2010), que narra las desventuras de un argentino que se ha mudado a la Ciudad Condal y busca su destino allí guiado por las canciones de su ídolo, su faro: Charly García. Todo el texto, narrado en primera persona, está surcado por las letras de esas canciones, fragmentos ensamblados en el relato como una suerte de hilo conductor, de leitmotiv.

Lo curioso es que, por supuesto, no se trata de una invención de Lombardo: Charly García existe. Es un tipo de carne y hueso que vive en Buenos Aires, que en estos días está cumpliendo setenta años y que probablemente sea el artista popular más extraordinario que ha dado la Argentina y uno de los más grandes de América Latina en el último medio siglo. Nada menos.

¿Y cómo puede ser que en España sea tan poco conocido —que se tome por el personaje de una novela— un músico de este calibre, un tipo del que se puede arriesgar semejante afirmación? Quizá porque sus años más brillantes fueron también los del rock argentino, la década de 1980, que coincidió con la movida madrileña y unos años brillantes también para el pop español. Tal vez por razones comerciales que escapan al público conocimiento. A lo mejor García sea «demasiado argentino» y quién sabe si por eso los pocos españoles que lo escucharon no lograron conectar con él (una de sus canciones se titula «El karma de vivir al sur»). En cualquier caso, conviene conocerlo. Hablemos de Charly García. Tratemos de describirlo, de contar quién es. Si acaso esto es posible. Quienes saben de filosofía oriental afirman que el Tao que se puede explicar con palabras no es el verdadero Tao; tal vez podría decirse lo mismo de Charly García. Pero tal vez no. Hagamos el intento.

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La historia puede empezar en 1972, cuando se editó su primer disco. Desde ese momento, y durante las dos décadas que le siguieron, Charly compuso e interpretó decenas de canciones —una veintena de discos en casi veinte años—, muchas de las cuales forman parte de la banda sonora de este país. Primero con los grupos de los que formó parte (Sui Generis, PorSuiGieco, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán), de los que fue líder incluso aunque a veces se propusiera no serlo, y luego como solista.

García «simboliza el rock argentino por excelencia» —escribe la investigadora Mara Favoretto en su libro Charly en el país de las alegorías, de 2014— pues «estuvo cerca de sus comienzos, alcanzó una audiencia masiva y se mantuvo en el centro del aparato musical rockero durante décadas». Pero no es solo rocanrol: también «transformó la música popular argentina de muchas maneras diferentes», dice Favoretto. Y también más allá: su alcance y su influencia abarcó toda Latinoamérica, como de algún modo corroboran el unplugged que grabó para MTV en 1995 y el Grammy a la Excelencia Musical que recibió en 2009.

Biografías, entrevistas, crónicas, análisis de sus canciones: los libros que se han escrito y publicado sobre Charly, especialmente en los últimos años, componen por sí solos una biblioteca. Pero ya a comienzos de los noventa —es decir, al cabo de aquellas esplendorosas dos primeras décadas de carrera— García era una institución. León Gieco, otro de los músicos populares de más vasta y reconocida trayectoria en la Argentina, lanzó en 1992 la canción «Los Salieris de Charly», que jugaba con la idea de que todos los músicos de este país «le roban melodías a él».

En Argentina, entonces, Charly venía a ser Mozart. O Gardel: recibió tres veces el Gardel de Oro, el galardón más importante de la música nacional. O Dios: «Vos sos Dios, vos sos Gardel, yo soy lo más», dice su canción «V.S.D», en la que dialoga consigo mismo. Nunca le interesó ser humilde: más bien todo lo contrario. Demasiado ego se titula uno de sus discos. «Acá no había estrellas de rock, solo había músicos de rock, hasta que yo me la inventé —dijo en una entrevista con la revista Rolling Stone en 1998—. Ahora hay superestrellas: soy yo. Lo dije y me creyeron. Y ahora ya está. Lo agregué en la lista y pasó». 

O los Beatles. Joaquín Sabina, amigo y admirador suyo, dijo alguna vez que a Charly García «en España casi nadie no lo conoce, pero en Argentina es como los Beatles». Fueron los cuatro de Liverpool, precisamente, quienes marcaron las búsquedas musicales de un jovencísimo García, que era todavía Carlitos a comienzos de los años sesenta. Fue al escuchar «There’s a Place» cuando descubrió que, en efecto, había un lugar que no era el que él ocupaba, y que era allí hacia donde quería ir.

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Porque la historia también puede empezar antes, desde luego: el 23 de octubre de 1951, cuando en el seno de una familia de clase media bastante acomodada del barrio de Caballito, en Buenos Aires, nació un bebé al que llamaron Carlos Alberto García Moreno. Nombres y apellidos demasiado comunes para un tipo demasiado fuera de lo común.

Fue un niño genio. Cuando tenía tres años le regalaron una sitarina —un pequeño instrumento de cuerdas, una especie de arpa muy elemental— y se reveló virtuoso. Comenzó a estudiar música y dio su primer concierto en el Conservatorio Thibaud-Piazzini el 6 de octubre de 1956, cuando le faltaban un par de semanas para cumplir cinco años. Así lo cuenta el monumental Esta noche toca Charly, de Roque di Pietro: más de mil trescientas páginas en dos tomos (el primero de 2017, el segundo recién salido de los hornos de Gourmet Musical Ediciones) que reseñan con exhaustividad todos y cada uno de los conciertos que el artista dio en más de seis décadas de carrera.

Poco después protagonizó una de sus anécdotas más conocidas: le señaló a Eduardo Falú, uno de los músicos de folclore argentino más prestigiosos, que una de las cuerdas de su guitarra estaba desafinada. Falú no se había dado cuenta, y al probarla advirtió que el niño tenía razón. Así supieron que el pequeño Carlitos tenía oído absoluto. ¿Cómo es que ese niño estaba presenciando la prueba de sonido de Falú? Pues porque su mamá era productora de músicos. El ambiente más propicio para que Charly desarrollara su talento. Tras escucharlo tocar, Mercedes Sosa le dijo a Ariel Ramírez (otros dos gigantes del folclore argentino): «Este chico es como Chopin». Ella en ese momento tenía poco más de veinte años; luego sería una de las amigas más entrañables de Charly, hasta su muerte en 2009.

La educación musical de Carlitos fue muy tradicional. De todos los maestros su preferido era Chopin, «el que tenía más sensibilidad pop entre los clásicos». Compuso su primera canción, «Espejos», cuando tenía diez años. Y a los doce se recibió de profesor de teoría y solfeo. Lo malo es que era un niño muy nervioso. Dice que no dormía: «Nadie es profesor de piano a los doce años si duerme». Como fruto de esos nervios, tras un largo viaje de sus padres, empezó a sufrir vitíligo, una enfermedad que provoca una despigmentación en diversas áreas de la piel. El resultado más visible es su rasgo físico más peculiar: el bigote que adorna su cara desde mediados de los años setenta es, casi en partes iguales, blanco a la izquierda y negro a la derecha.

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Sui Generis, el dúo que Charly conformó con Nito Mestre, grabó tres discos de estudio que revolucionaron el por entonces incipiente rock argentino y contribuyeron de modo clave con su masividad. Esos discos, cuyas canciones en su totalidad fueron compuestas por García, fueron Vida (1972), Confesiones de invierno (1973) y Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974). Después el grupo se separó en busca de nuevos rumbos. El concierto de despedida, titulado Adiós Sui Generis, se realizó en el Luna Park en septiembre de 1975, y a tal punto fue un hito para la música popular argentina que a partir de su registro audiovisual se editaron un disco triple y una película.

Después vinieron PorSuiGieco, un «supergrupo» (a la manera de lo que harían unos años después The Traveling Wilburys) fugaz que dejó un disco homónimo, y La Máquina de Hacer Pájaros, banda especializada en el por entonces tan en boga rock progresivo: era «el Yes del subdesarrollo», según declaró el propio García. Tal vez ese mismo subdesarrollo, o el horror de la época —la banda existió durante los años más salvajes del terrorismo de Estado en Argentina—, hicieron que en ese momento el público le diera la espalda. Solo años más tarde, sus dos discos (La Máquina de Hacer Pájaros, de 1976, y Películas, 1977) obtuvieron elogios y reconocimiento.

Lo que Charly deseaba en aquel entonces era integrar una banda de la que no fuera el líder, sino un miembro más de su formación. Y nunca estuvo más cerca de lograrlo que con Serú Girán, el grupo que armó con David Lebón, Oscar Moro y Pedro Aznar. Fueron ellos quienes terminaron de confirmar el carácter masivo y popular del rock nacional: los llamaban «los Beatles criollos». Grabaron cuatro álbumes de estudio: Serú Girán (1978), La grasa de las capitales (1979), Bicicleta (1980) y Peperina (1981), y uno en vivo: No llores por mí, Argentina (1982). En ese momento, tras una década de discos y éxitos grupales, y casi en coincidencia con el final de la dictadura en Argentina, Charly sintió que era tiempo de lanzar su carrera solista.

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Durante todos esos años, Charly fue una especie de cronista de la situación sociopolítica argentina, y el rock fue su vehículo de protesta. Así lo señala Sergio Pujol, historiador especializado en música popular, en su libro Rock y dictadura, de 2007. Pero ¿cómo se podía protestar en esa época marcada por la censura y el terror? García tuvo que extremar el carácter metafórico y alegórico de sus composiciones. «Me decían: “Está la dictadura, no podés decir eso”, y yo lo decía de alguna manera», explicó en una ocasión. Así es como en sus letras aparecen Casandra (la griega que anticipaba el futuro pero condenada a que nadie le creyera), Alicia (la niña que va a un país que funciona con reglas extrañas y a menudo «al revés») y reyes imaginarios «o no», por citar solo algunos ejemplos.

Fue Jorge Álvarez (que en los sesenta había sido uno de los grandes editores de libros de la Argentina y en los setenta se convirtió en productor musical) quien, tras leer las letras de Instituciones, el último disco de Sui Generis, le preguntó a Charly si no «se podía decir eso mismo siendo más sutil». Charly lo hizo, y con el tiempo llegó a la conclusión de que ese álbum «es mejor así como salió que como hubiera sido con las letras originales».

Claro que eso también tenía como consecuencia que, para mucha gente —como lo reflejan algunas críticas en diarios de la época—, las letras eran «ininteligibles». «Con las letras de sus canciones sucede algo interesante: muchas veces se entienden años más tarde», ha explicado Mara Favoretto. Algunas «fueron criticadas por su aparente falta de coherencia para luego ser recibidas con mayor apertura. ¿Por qué sucede esto? Porque estamos frente a un sistema de órbitas alegóricas y su interpretación no solo no es simple sino que es ambigua», apunta la investigadora. El propio Charly se refirió años después a «la inteligencia para plantear una respuesta de un modo que pueda ser entendida por gente que a uno le interesa y no entendida por gente que a uno no le interesa y que puede llegar al punto de matarte». Literalmente, claro: matarte, en esa frase, no es una metáfora.

Una anécdota de esos años lo retrata muy bien. Sui Generis dio un concierto en Montevideo en agosto de 1975, cuando Uruguay ya era gobernado por una dictadura militar (para el golpe de Estado en Argentina faltaban unos pocos meses). Terminado el recital, todos los miembros de la banda fueron arrestados por haber interpretado la canción «Botas locas», censurada por entonces en ambos márgenes del Río de la Plata.

«Después nos hicieron declarar a todos por separado —recordaba Rinaldo Raffanelli, bajista de la banda, fallecido en junio de este año—. El primero en ir fue Charly, que cuando volvió nos hizo señas de que dijéramos que no sabíamos las letras. Va Juan Rodríguez y cuando le preguntan por la letra de los militares dice que es el baterista y no canta. Yo hago lo mismo, digo que toco el bajo, y Nito dice que toca la flauta. Después nos soltaron a todos. Cuando estuvimos lejos le preguntamos a Charly qué era lo que había hecho. El Flaco les cambió toda la letra de “Botas locas” y les hizo creer que era un tema nacionalista. En vez de “si ellos son la patria, yo soy extranjero”, les dijo “si ellos son la patria, yo me juego entero”. Fue increíble, lo hizo todo en el momento y sin consultarnos. La sangre de pato de Charly nos salvó la vida».

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El comienzo de la etapa solista de Charly coincide, entonces, con el retorno de la democracia. Y en esos años grabó tres discos que constituyen su trilogía consagratoria, quizás el pico más elevado de su larga carrera creativa: Yendo de la cama al living (1982), Clics modernos (1983) y Piano bar (1984). Clics modernos fue considerado por Rolling Stone el segundo mejor disco de la historia del rock argentino. Otros ocho de sus discos están entre los primeros cien de ese ranking, y también son nueve las canciones incluidas entre las cien mejores del género en este país.

En esta época su estilo es mucho más ácido, directo, transgresor: el clima político lo permitía. Y coincide con los años de oro del rock nacional, con el ascenso de bandas y artistas como los Abuelos de la Nada, Virus, Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Andrés Calamaro, Fito Páez… Para Charly, los ochenta continuaron con otros álbumes: Parte de la religión (1987), Cómo conseguir chicas (1989), un disco en dupla con Pedro Aznar titulado Tango (1986), y de algún modo se cerraron con Filosofía barata y zapatos de goma (1990) y Tango 4 (también con Aznar, 1991). Aunque se pueden añadir a ese período —a modo de epílogo— dos obras de alta calidad: La hija de la lágrima (1994), una ópera rock que ya marcaba otras búsquedas y nuevos rumbos en su carrera, y Hello! (1995), el ya citado acústico en MTV.

Pero Charly, en esos años, también empezó a ser noticia por asuntos extramusicales. Diversos escándalos durante sus conciertos (como la famosísima vez en que se bajó los pantalones y le mostró el pene al público que le gritaba «¡puto!» en Córdoba en 1983) fueron ocupando cada vez más páginas en los diarios y más minutos en la radio y la televisión. A los excesos clásicos —sexo, droga y rocanrol— Charly le sumaba los rasgos de una personalidad sumamente excéntrica, problemas nerviosos, paranoias y quién sabe qué otros posibles diagnósticos. («Maníaco-depresivo con personalidad esquizoide»: así lo habían catalogado ya en 1971 al darlo de baja de la mili, después de que sentara un cadáver en una silla de ruedas y lo llevase a tomar el sol, porque «lo había visto muy pálido». Por supuesto, fue una estratagema de García para obtener esa baja, después de que no dieran resultado todos los desórdenes físicos que fingió).

A comienzos de los noventa Charly pasó varias temporadas ingresado en clínicas psiquiátricas, casi siempre en contra de su voluntad. A los miembros de su banda les fue cada vez más complicado seguirle el ritmo de vida, el caos se fue apoderando de sus conciertos, al punto de que muchos de ellos sonaban muy mal y terminaban pocas canciones después de comenzar… Lo que ahí comenzó fue un período de cierta oscuridad.

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En 1996 apareció Say No More, que más que un disco es un concepto. A partir de esa expresión —tomada de la película Help!, de los Beatles— Charly compuso un disco extraño, experimental, grabado sin guion previo ni un listado de temas definidos, elaborado sobre la marcha, una obra en que la decadencia es tema, forma y fondo. Pero además García diseñó un logo, y más aún: creó un personaje, se disfrazó de mito posmoderno, una alegoría de sí mismo, una parodia de la estrella de rock. No fue Martín Lombardo en su novela quien inventó al personaje Charly García: lo hizo el propio Charly, cuando pasó a vivir en una performance constante de su propia persona. El músico como artefacto mediático, el artista que hace del mundo entero su escenario. Say No More como filosofía. Había comenzado The García Show.

Los discos posteriores a Say No More transitaron la línea del mismo personaje, plagados de líneas autorreferenciales, sonidos sucios y «planificado caos»: El aguante (1998), Influencia (2002) y Rock and Roll Yo (2003). «La construcción del mito, del héroe “Charly García” —afirma Mara Favoretto—, es una alegoría que señala a ese sistema perverso que inventa ídolos populares y los utiliza a su antojo. Antes de que lo utilicen a él también, Charly les gana de mano. Se autoproclama héroe mítico popular para así manejar a su antojo su popularidad».

Por supuesto, las excentricidades lo siguieron acompañando, cada vez más presentes, desde el descontrol cotidiano y los mil escándalos aquí y allá hasta quizás el episodio más alocado de su vida: el 3 de marzo de 2000, en Mendoza, saltó desde un noveno piso hasta la piscina del hotel en que se estaba alojando. Sufrió apenas algún rasguño. Dicen que fue porque unas horas antes un comisario de policía le había dicho: «Para mí, usted es un ciudadano más, una persona común y corriente», a lo que Charly respondió: «Yo no soy igual al resto, yo soy un genio». Poco después compuso un tema titulado «Me tiré por vos». Diez años antes, en una de sus letras más conocidas, había escrito: «No pienses que estoy loco / es solo una manera de actuar. / No pienses que estoy solo / estoy comunicado con todo lo demás».

Hasta que, como suele ocurrir, los excesos empezaron a pasar su factura. En 2008 su salud se resquebrajó tanto que sintió a la Parca golpear la puerta de su casa. Y entonces Charly hizo lo que antes había evitado sistemáticamente: aceptó la ayuda de sus amigos. Salió de una neumonía, ganó peso, hasta se hizo unas gafas con la graduación apropiada y se sometió a un tratamiento estético de odontología. Hasta eso necesitaba, así de bajo había caído. «Yo no quiero volverme tan loco», se titula uno de sus hits, y de algún modo se volvió todo lo loco que pudo. Ese fue el fondo que tocó. Y desde ahí comenzó a subir.

* * *

El 23 de octubre de 2009, el día en que cumplía cincuenta y ocho años, Charly volvió a los escenarios tras sus problemas de salud, y dio uno de sus shows más recordados: el «Concierto Subacuático», llamado así porque se desarrolló casi en su totalidad bajo una lluvia torrencial en el estadio de Vélez Sarsfield, en Buenos Aires. En esos días comenzó la —por ahora— última etapa en la carrera de García, una etapa que incluye dos discos (Kill Gil, de 2010, y Random, de 2017), multitud de homenajes (como el brazalete Say No More que rodeó el obelisco porteño en agosto de 2009) y el reconocimiento generalizado.

Al dejar atrás sus transgresiones y sus excesos y dedicarse a una vida más serena («Buscando un símbolo de paz» es otro de sus temas más famosos), las críticas que en un tiempo arreciaron sobre él también parecen ser cosa del pasado. Como en una fábula hollywoodense, el héroe ha sobrevivido a su caída y ahora puede observar desde lo alto su propia obra. Como si ahora la mayoría de la gente pudiera lo que antes a muchos les costaba: mirar (escuchar) atrás con cierta perspectiva y advertir lo gigante de su música. Y lo bueno es que toda su música está ahí, a un clic de distancia, para que quienes quieran —los españoles, las nuevas generaciones, el porvenir— se asomen a ella cuando sea la ocasión.

En estos días, mientras poco a poco salimos de la pandemia, tanto el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires como otras instituciones y medios de comunicación organizan diversas celebraciones por sus setenta años, desde conciertos hasta muestras fotográficas e instalaciones artísticas. He ahí el mito, ese que tanto él mismo como todos los argentinos hemos edificado. Está claro que nos fascinan los mitos: ahí están Gardel, Perón, Evita, Maradona, por qué no Borges, el Che. García ya ocupa su lugar en ese panteón. «¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?», se pregunta una de sus canciones de los años setenta. A su manera tuvo unas cuantas muertes, pero siempre volvió para contar cómo le había ido.

«Sí, yo asumo que soy Charly García —le dijo a Sergio Marchi, autor de la biografía No digas nada, de 1997—. ¿Serlo es una porquería? Hay veces que la gente piensa que vino Alá y me dijo: “Vos sos Charly García y tenés los poderes del mundo para hacer lo que quieras”. Y yo soy Charly un poco porque lo inventé yo, un poco porque se dieron las circunstancias y un poco porque me decían Charly en el colegio secundario». Qué bueno ese personaje que se inventó.

Y sin embargo en la misma entrevista dijo también: «El truco es nunca decir quién es uno. Dejar que los demás digan todo de vos. Es como jugar al ping-pong. De pronto un tipo te viene a hablar y te dice: “Pero lo que pasa es que vos sos Charly García”. Entonces la pelotita está ahí arriba. Y tu raqueta contesta: “Y vos no”».


Adrián Paenza: la matemática como una de las bellas artes

Adrián Paenza
Adrián Paenza. Foto: UPM.

Los cientos de personas que llenamos el auditorio vemos el número que alguien del público, sobre el escenario, ha elegido al azar. Solo alguien no lo ve: un hombre llamado Adrián Paenza, quien está de pie, de espaldas a la pizarra. Sin embargo, él sabe qué número es. Lo dice en voz alta y acierta. Luego alguien más apunta otro número, y Paenza vuelve a acertar. Y así varias veces, multiplicando los aplausos, los ojos bien abiertos, los gestos de sorpresa y admiración. ¿Cómo lo hace?

Parece un show de magia, pero no lo es… a menos estemos de acuerdo en aceptar como magia el haber convertido a la matemática —esa asignatura escolar tan tediosa y aborrecida por generaciones de alumnos— en un catálogo de desafíos, acertijos y exhibiciones tan divertidas y fascinantes que resultan capaces de convocar a toda esa gente. Si lo aceptamos, entonces sí: espectáculos como ese (que presencié hace un par de años, en los remotos tiempos prepandémicos, en la Feria del Libro de Buenos Aires) son arte de magia. Con una diferencia fundamental respecto de las galas de Tamariz y David Copperfield: Paenza revela todos sus trucos. Su objetivo no es sostener una apariciencia falsa, sino derribarla. Lo suyo es ciencia y no pura ilusión.

Lo curioso es que su camino como divulgador de la matemática Paenza lo empezó de grande. «Tengo muchos años y pude reinventarme varias veces», me dice Paenza, sentado frente a mí en el bar Caballito, en la esquina de Billinghurst y Las Heras. Al verlo llegar, los camareros lo han saludado con familiaridad y le han servido una Pepsi sin que mediara pedido alguno, pese a que, desde 2002, Paenza vive en Chicago, Estados Unidos. Esta es una de sus últimas visitas a Buenos Aires en bastante tiempo, aunque él no lo sabe: nadie puede imaginar la pandemia que se nos acerca. Ha venido a participar de la Feria del Libro, a mostrar su forma particular de magia, esa que empezó tras su última gran reinvención, hace menos de veinte años, cuando su edad ya superaba los cincuenta.

Desde entonces, su camino como divulgador incluye diecisiete libros (traducidos a una decena de idiomas y con cientos de miles de ejemplares vendidos), programas de televisión que han ganado numerosos premios, cientos de charlas y conferencias en las que materializa el pequeño milagro de reunir multitudes que buscan divertirse pensando, y el Premio Leelavati, el máximo galardón que otorga la Unión Matemática Internacional (UMI), algo así como el Nobel a la divulgación de esta disciplina. Un camino que, además, como tantas buenas historias, empezó casi por casualidad.

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Hasta entrado el siglo XXI, Paenza (nacido en el barrio de Villa Crespo, Buenos Aires, el 9 de mayo de 1949) era conocido en su país sobre todo por su trayectoria como periodista deportivo. No mucha gente sabía que, además de hablar de fútbol y del básquet de la NBA en la televisión, Paenza era doctor en Matemática y profesor en la Universidad de Buenos Aires (UBA); y para la mayoría de quienes lo sabían, el dato no pasaba de una mera curiosidad.

Con el cambio de siglo, Paenza amplió sus horizontes periodísticos. Participó primero en programas políticos —que se multiplicaron durante la crisis del corralito— y luego, en 2003, comenzó a presentar Científicos Industria Argentina, programa de la televisión pública destinado a difundir la actividad de los investigadores en su país. En el final de cada emisión, Paenza proponía un desafío: unos de esos problemas que explotan el aspecto más lúdico de las matemáticas. La solución se revelaba una semana después.

«En la tele, lo que te da la pauta de que algo está siendo popular es la respuesta del personal técnico», me explica Diego Golombek, doctor en Biología, también divulgador científico y miembro de aquel programa. «Cuando vos ves que los camarógrafos, los productores, los iluminadores, todos se quedan charlando y preguntándose “pero entonces cortás la pizza en cuatro…”, por citar cualquiera de los acertijos, es que está pasando algo. Y eso es lo que pasaba con los problemas de Adrián».

Golombek dirigía ‘Ciencia que ladra’, una colección de libros sobre divulgación científica inaugurada en 2002 por la editorial Siglo XXI. Y se le ocurrió que podrían reunir en un volumen aquellos problemas de matemática recreativa. Paenza, sin embargo, dudó. No tenía mucha fe en el éxito de aquella empresa. Ya a finales de los años ochenta, le habían pedido que escribiera sobre el tema para el diario Clarín. Su artículo, ubicado en una doble página central y titulado «En defensa de las matemáticas», comenzaba con un diálogo:

—Matemática… ¿estás ahí?

—No, me estoy poniendo las preguntas.

El texto buscaba dar respuesta al gran interrogante: por qué los niños odian la matemática. Citaba las respuestas más comunes: «Es aburrida, no se entiende, es pesada… y después de todo, ¿para qué le sirvió a uno en la vida saber que los ángulos opuestos por el vértice son iguales?». Y luego cuestionaba: «¿No será que está mal enseñada? ¿No será que el problema es de los docentes? ¿No será que quienes la tienen que vender no saben cómo?».

Pero el artículo pasó inadvertido, y el diario no volvió a pedirle a Paenza ningún otro texto sobre el tema. Y él supuso que, si un texto periodístico había tenido tan escasa repercusión, la de un libro sería aún menor. Pero, aun así, aceptó el reto. Escribió el libro, y como título eligió aquella misma pregunta: Matemática… ¿estás ahí? Se publicó en 2005. Para su sorpresa, su éxito fue enorme.

Es difícil establecer las causas de semejante boom. Causas que probablemente son varias y entrelazadas: su forma de presentar la matemática como juegos que involucran sombreros y manzanas y se parecen mucho más a los pasatiempos de las revistas que a los manuales escolares, su estilo coloquial, la presencia del autor en la televisión, el contexto de un país que tras una debacle económica comenzaba a salir a flote… El caso es que, desde entonces, no paró de agotar ediciones, tanto en Argentina como en otros países y en diversos idiomas. Un año después se publicó un segundo tomo: Episodio 2. Y al año siguiente un tercero, el Episodio 3,14, en cuyo prólogo el autor escribió: «Si hubiera sabido que los libros iban a tener una respuesta como la que ustedes dieron a los dos primeros tomos, los habría escrito hace veinte años». Es decir, cuando aquel texto en Clarín pasó sin pena ni gloria.

No hubo desde entonces (hasta el comienzo de la pandemia) ningún año sin libro nuevo de Adrián Paenza. Con un añadido muy particular. En su afán de llegar a un público lo más amplio posible, el autor puso una condición a sus editoriales, Siglo XXI primero y Sudamericana después: que sus libros, al mismo tiempo que se publicaran en papel, se ofreciesen gratis en formato PDF. Y así es: todos sus libros se pueden descargar libremente de internet, lo cual no impide que sean un éxito de ventas en papel.

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Adrián Arnoldo Paenza fue eso que se suele llamar un «niño prodigio»: empezó la escuela primaria por el segundo grado a los cinco años, la secundaria a los once, la universidad a los catorce y se graduó como licenciado en Matemática a los veinte. «Además estudiaba piano con el gran artista argentino Antonio de Raco, quien me llevó a tocar La Tempestad de Beethoven a Radio Provincia cuando solo tenía once años», cuenta en uno de sus libros.

Pero a él no le gusta nada eso de «prodigio». Dice que detrás de todos esos logros estuvieron el apoyo y las posibilidades económicas de sus padres, quienes lo estimularon para que él pudiera desarrollar todos sus talentos. «En la casa en que yo nací —plantea—, con los padres que tuve, ¿cómo no me iba a desarrollar más rápido si no había virtualmente restricciones?».

Cuando tenía diecisiete años y precozmente promediaba ya su carrera universitaria, se encontró con un inesperado periodo de tiempo libre que, de alguna manera, marcaría su futuro. Era 1966: en junio, las fuerzas armadas habían derrocado al gobierno constitucional; poco después, la dictadura intervino las universidades, que durante dos meses permanecieron cerradas. Entonces, en esas tardes desocupadas en que el joven Adrián veía la gente pasar frente a su casa, descubrió que José María Muñoz guardaba su auto todos los días en un garaje ubicado a media cuadra de allí. Muñoz era el relator de fútbol más importante de la época y dirigía La Oral Deportiva, el programa deportivo que dominaba la audiencia radiofónica. Después de dudar durante algunos días, el adolescente se animó: lo paró en la calle, le explicó que quería trabajar en la radio, le pidió que le hiciera una prueba. Muñoz accedió. Poco después, Paenza comenzó a participar en las transmisiones, aunque solo los sábados y domingos, pues asumió con sus padres el compromiso de que el periodismo no lo llevaría a descuidar sus estudios el resto de la semana.

De sus largos años en el periodismo deportivo podemos destacar dos hitos. El primero tiene que ver con el baloncesto. Se hizo amigo de León Najnudel (1941-1998), uno de los más grandes maestros del básquet argentino, y en su compañía asistió por primera vez, en 1984, a un partido de la NBA, en el Madison Square Garden de Nueva York. Paenza se sintió hechizado por aquel espectáculo. Le dijo a Najnudel: «Hagamos algo para llevar esto a la Argentina, porque no está bien que lo podamos ver nosotros y el resto de la gente no». Consiguió una audiencia con David Stern, quien en ese momento recién comenzaba su mandato como presidente de la NBA, y consiguió los derechos para transmitir los partidos por un precio irrisorio: dos mil dólares. Así fue cómo toda la espectacularidad del básquet de los Estados Unidos empezó a difundirse en el sur del continente. «Terminé siendo ‘José NBA’», dice Paenza, en alusión a que durante muchos años, en el imaginario argentino, su nombre estuvo muy vinculado con esa liga. Liga que en los años siguientes experimentó una explosión a nivel global, de la mano de Stern y de un muchacho que debutó precisamente en ese 1984: un tal Michael Jordan.

Por eso, no es nada casual que, en 2019, durante el acto de homenaje a Manu Ginobili en que los San Antonio Spurs retiraron su camiseta —la número 20—, Paenza haya conducido una charla con él y otros miembros de la llamada «Generación Dorada» del básquet argentino: Luis Scola, Fabricio Oberto, Juan Ignacio «Pepe» Sánchez, Gabriel Fernández, Pablo Prigioni, Alejandro Montecchia y Andrés Nocioni. Todos ellos crecieron viendo a Paenza en la tele enseñando la NBA.

El otro hito de su carrera periodística es una entrevista. Una de las entrevistas más recordadas de la televisión argentina: la que le hizo a Diego Maradona, horas después de que lo suspendieran por dóping en el Mundial de 1994. La charla durante la cual el jugador clamó: «Me cortaron las piernas». Paenza dice que aquello no dependió de méritos suyos. «Cualquier argentino con un mínimo de sensibilidad y que hubiera estado ahí hubiera conseguido la misma respuesta». El caso es que quien estuvo ahí fue él, cosa que considera solo «un producto de la relación» que él había forjado con Maradona a lo largo de sus años de carrera cerca del fútbol. Miles —quizá millones— de argentinos lloramos con esa charla, como si estuviéramos ahí, con ellos, en esa habitación de hotel en Dallas. Y nos seguimos emocionando hoy, casi tres décadas más tarde, medio año después de la partida del Diego. Los periodistas Alejandro Wall y Andrés Burgo, autores de una minuciosa investigación sobre aquel episodio, no dudaron en calificarlo como «el momento más triste del deporte argentino». Su libro, publicado en 2014, se titula El último Maradona. Cuando a Diego le cortaron las piernas.

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Claro que, en paralelo a su carrera en el periodismo, aunque de un modo mucho menos público, su trayectoria en el mundo de la matemática también continuó. A mediados de la década del setenta, después de un impasse de algunos años tras terminar la licenciatura, obtuvo por concurso un cargo docente en la UBA y comenzó los cursos del doctorado. El profesor que dirigiría su tesis le asignó un tema y Paenza cuenta que tardó un año en entender el enunciado. No en resolverlo, sino en entenderlo: en comprender lo que tenía que hacer. Recuerda con claridad y emoción el momento exacto en que por fin lo supo. Está sentado frente a mí en el bar Caballito, pero por un instante le brillan los ojos y para él son los años setenta y está en la oficina de los físicos nucleares Miguel y Jorge Davidson, amigos suyos de la infancia y colegas en la universidad.

«Los estaba esperando —dice Paenza—, eran las 9 de la noche, invierno, hacía mucho frío. Nosotros veníamos juntos, ellos me traían en el auto. Había un pizarrón verde, y yo estaba sentado y garabateaba unas cosas con tiza mientras los esperaba. Y en un momento, de pronto, me di cuenta de lo que había que hacer. Me corrió un sudor frío por el cuerpo. Pensé: “Me acabo de doctorar”. Y eso es como… no sé cómo decirlo, pero supongo que fue una sensación como cuando uno se entera de que va a ser padre. Qué sé yo, una cosa así. Después me llevó un año escribir todo. Pero ahora te lo cuento —me dice mientras parece volver al presente— y en el cuerpo me fluye algo de nuevo… como si se me pusieran los pelos de punta otra vez. Fue un momento muy particular en mi vida».

La tesis se titula Propiedades de corrientes residuales en el caso de intersecciones no completas y fue aprobada en 1979. Treinta años después, un periodista que lo entrevistaba le leyó ese título y le dijo que le hacía gracia porque no entendía nada. «Yo tampoco», mintió Paenza.

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Tras su reinvención como divulgador, Paenza continuó su historia en la televisión (medio en el que debutó en 1972) por otros carriles. Entre 2003 y 2016, realizó catorce temporadas de Científicos Industria Argentina y nueve de Alterados por Pi, este último destinado específicamente a la matemática. Y todo eso mientras ya vivía en Estados Unidos: pasaba algunas semanas en Argentina y durante ellas grababa los programas para todo el año. Muchas de esas emisiones están disponibles en YouTube.

Diego Golombek destaca el manejo del mundo televisivo y la cordialidad de Paenza, aun en esas extensas jornadas de trabajo. Y añade que «tiene una gran facilidad de palabra y un gran conocimiento. Y si no sabe lo admite inmediatamente. Esa es la primera premisa de un divulgador científico: decir “no sé, vamos a buscarlo, a preguntarle a alguien que sí sepa”. Nadie queda indemne tras trabajar cerca de Adrián».

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Una hora, tres minutos y doce segundos. Eso es lo que camina Paenza cada día sobre la cinta ergométrica que tiene instalada en su piso de Chicago. Como buen matemático, le encanta saber con exactitud cuánto tarda en caminar los 6,43 kilómetros diarios que constituyen su meta: en el sistema anglosajón de unidades, cuatro millas. Desearía bajar ese tiempo a menos de una hora, pero ello lo obligaría a un ritmo demasiado alto, de modo que anda a 3,8 millas por hora. Es una velocidad de casi 100 metros por minuto, nada mal para alguien que ha superado las siete décadas de vida.

Mientras camina, lee. «Me imprimo cada día más o menos unas cien páginas del New York Times, del Washington Post, del Guardian de Inglaterra, de otros diarios de Estados Unidos y de Página/12, que es lo que leo de Argentina. Aprovecho ese tiempo. Leo de forma tendenciosa: elijo a algunos periodistas, porque me interesa lo que piensan, aunque en realidad estoy bastante más interesado en los hechos que en las opiniones».

Los libros que lee son de actualidad política, matemática y ciencia. Les interesan mucho temas como «inteligencia artificial, machine learning, deep learning». Curiosamente, no lee ficción. «En su momento leí mucho. Leí todo Cortázar, Jack London, muchos otros autores. Pero ahora no. Hace como veinte años que no. Ni siquiera me interesa la ciencia ficción, lo cual es raro, porque a los matemáticos que conozco en general les gusta mucho. Hay un único libro de ciencia ficción que leí últimamente: Más que humano, de Theodore Sturgeon. Es espectacular».

En ese piso donde camina y lee Paenza vivió también el confinamiento por la pandemia de COVID-19. Y durante algún tiempo lo vivió con bastante preocupación, porque había estado en Nueva York en momentos en que esta ciudad sufrió la propagación del virus a gran escala. Y no solo estuvo allí, sino que se reunió con gente, asistió al teatro, viajó en metro en los horarios más concurridos. Después de eso, estuvo sesenta días en cuarentena, sin síntomas pero sin certezas de haberse contagiado el virus o no. Ahora disfruta del «privilegio» —así me lo cuenta ahora, por teléfono— de vivir en un país donde, a estas alturas, «quien no está vacunado es porque no quiere». Pero lamenta las desigualdades de un mundo en el que un puñado de países concentra la mayoría de las dosis de la vacuna, y unos pocos individuos se hacen millonarios a costa de la salud mundial.

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Una noche de noviembre de 2012, mientras cenaban en una pizzería de Buenos Aires, Alicia Dickenstein le dijo a su amigo Adrián: «Vos contame tu currículum y yo lo voy a anotar todo». Así, entre porciones de muzzarella, él habló y ella anotó. Dickenstein no solo es amiga de Paenza, sino también una de las mejores matemáticas del mundo. Además de ser profesora en la UBA, fue vicepresidenta de la Unión Matemática Internacional entre 2015 y 2018, en 2015 obtuvo el premio TWAS (The World Academy of Sciences), y hace cuatro meses recibió el premio L’Oréal-UNESCO La Mujer y la Ciencia para Latinoamérica y el Caribe. Y me cuenta que esa noche, al terminar de apuntar los datos de Paenza, suspiró: «Esto es impresionante».

A partir de esos y algunos otros datos, Dickenstein preparó la postulación de su amigo para el Premio Leelavati. Ese nombre se deriva del Lilavati, un tratado matemático del siglo XII de origen indio que tuvo gran influencia en la enseñanza de esta ciencia en toda Asia Occidental. El galardón se instituyó en 2010, cuando se le otorgó al escritor y físico británico de ascendencia india Simon Singh. La segunda edición se entregó en 2014, durante el 27º Congreso Internacional de Matemáticos, en Seúl, Corea del Sur. Allí fue condecorado Paenza, que en varias entrevistas posteriores reiteró la misma frase: «No lo puedo creer». Desde entonces se convirtió en una especie de rockstar y comenzó a ser convocado para dar charlas y conferencias alrededor de todo el planeta. Es una especie de mago: convoca multitudes deseosas de que les hablen de matemática, de que las fuercen pensar. Ha hecho de la matemática una de las bellas artes.

Le pregunto si en Argentina lo agobia un poco la popularidad. Me dice que no. «Tengo mucho respeto —dice—, porque me doy cuenta de que cada persona que me ve, si me conoce, tiene una historia para contar. Siento que tengo un compromiso con esa persona, y si puedo ayudarla para que tenga una historia mejor, lo hago. Antes no había teléfono, entonces la gente te pedía un autógrafo. Después pasó a ser un autógrafo y una foto. El otro día estaba firmando libros y una mujer me dijo: “Mire, ahora le voy a dar con mi mamá”. Me pasó el teléfono y hablé un ratito con su madre. Cuando se lo devolví, la mujer me dice: “¿Ya está?”. Son cosas graciosas».

Adrián Paenza termina de conversar conmigo, se levanta, se despide de mí, camina hacia la puerta del bar. Un hombre sentado un par de mesas más allá lo para y lo saluda. Paenza le da la mano, sonríe, intercambia unas palabras con él y sigue su camino. «Soy un gran privilegiado —me ha dicho unos minutos antes—. Yo viví una vida muy privilegiada. Muuuy, muy. Aunque yo me muriera hoy, ahora, acá, si la gente pudiera vivir la vida que viví yo, el mundo sería muy feliz».