¡Viva Franco… Battiato!

Fotografía: Daniel Pérez / Teatro Cervantes de Málaga.

Medita dos veces al día, en su pueblo de Milo, en las faldas del Etna. Opuesto —pero cerca— de un monje birmano, no sabemos si duerme dentro de un saco para no perder el contacto con la tierra, preparándose para una muerte que deberá llevarle, no tiene duda, a una nueva reencarnación. «Qué cosa quedará de mí, del tránsito terrenal, de todas las impresiones que tengo en esta vida», se preguntaba. Hoy vacía su mente, preparado para un viaje a otros mundos: «No time, no space».

En una tierra que fue la Magna Grecia, donde oriente empezó a mezclarse con occidente y nació nuestra civilización, Battiato es el hijo milenario de todo, de la alta cultura de los sumerios, del arte cuneiforme del escriba, que espera cerca de su Jonia natal, hoy llamada Riposto, en Catania, que retorne pronto la era del jabalí blanco.

Los ríos entre los valles de Mesopotamia desembocan en Cartago, delenda est, y se mezclan con la Roma africana y árabe de Libia, el Mediterráneo en verso, odiseas, ritos de sangre. Venecia-Estambul y D´Annunzio montando a caballo con fanatismo futurista. La infancia, la iglesia, el órgano de la sacristía, occidente, en un largo camino hacia el oriente que le costará la vida.

Su estilo es viejo, como la casa de Tiziano en Pieve di Cadore, aunque suele llevar gafas de sol para tener más carisma y sintomático misterio, y espera que volvamos a vivir como los bárbaros en su Ítaca particular siciliana. Deja sus ejercicios de respiración, Cristo en el Evangelio habla de reencarnación («We never died, we were never borne»), para salir de gira, como el Dalái Lama.

La tournée española de este verano comienza en Málaga: coso de la Malagueta, ciclo Terral, fresco de julio y albero ensangrentado que, danzando como los zíngaros del desierto, transmuta en el laberinto del minotauro en Cnossos. Después Madrid, Noches del Botánico, a lo Radio Futura, en guiño ochentero a cuando se hizo popular (pop), imitación de Martes y Trece incluida, en la España de La bola de cristal, donde un sabio que cantaba entraba dentro de lo razonable. Lo acompaña, de telonero, su amigo Juri Camisasca, autor de «Nómadas».

Si a Fraga le cabía el estado en la cabeza, o eso decían, a Battiato le cabe el Mediterráneo y sus milenios de historia, acumulados durante esa transformación del yo, aún inconclusa, ese viaje místico en el que es un nómada en el universo, plasmado en decenas de discos en los que toda esta filosofía se materializa en estilos que los críticos han denominado como música romántica, rock progresivo, música culta, étnica, electrónica, experimental…, teniendo tiempo, incluso, para escribir óperas, plasmar sus obsesiones a través de la pintura y hasta dirigir varias películas. En una de ellas, Niente è come sembra (Nada es como parece), aparece hasta Jodorowsky y llegó a narrar la iluminación de Buda.

Uno de los artistas e intelectuales más importantes desde el último tercio del siglo XX a la actualidad. De Europa, pero de alcance universal, como afirma Vázquez Medel, de la Universidad de Sevilla, que le ha dedicado el estudio académico Ecos de danza sufí, que ha criticado la forma de vida automatizada, apegada a las posesiones y la necesidad de revoluciones que han de darse en cada uno de nosotros.

En italiano, por supuesto, pero también en español, en francés, en inglés, con fragmentos en latín, en portugués, en alemán, en árabe… Su música también habla de amor romántico, Eros hecho palabra, y de sexo, tántrico y místico, hasta de la lucha del deseo con la castidad.

Todas tus inhibiciones el placer desencadenan.

El shivaísmo asiático, de estilo dionisiáco,

la lucha pornográfica de griegos y latinos.

Y tu cuerpo como un bálsamo en el desierto aún me cautiva.

Y es hermoso perderse en este milagro.

Hace unos años le ofrecieron entrar en política. Aceptó: hay que mancharse por fin las manos, le dijo a Jot Down en entrevista, y se convirtió en Consejero de Cultura de la región de Sicilia. En el Parlamento Europeo, su voz gritó: «Estas putas que hay en el Parlamento harían lo que fuera. Es una cosa inaceptable, sería mejor que abrieran un burdel». Lo cesaron por machista, dijeron.

Antes, décadas atrás, había llamado a la acción a su generación, «Ups patriots to arms», pues las barricadas se alzan por cuenta siempre de la burguesía, que crea falsos mitos de progreso, negándose a sostener la bandera blanca, lo que le llevó lamentar la corrupción de la Italia de Tangentópolis, Povera patria, y de Berlusconi

Y hasta cantó en el Irak del bloqueo de la ONU, tras la primera guerra, en 1992. En un concierto con orquesta sinfónica incluida, que fue puro ecumenismo místico por la paz pues Battiato profesa todas las religiones, que es la suya propia. Allí, «L´ombra de la luce» («La sombra de la luz»), que llevó a varias mujeres a meterse en conventos de clausura durante los noventa, contó a esta revista, transmutó en rezo árabe en el Bagdad de Hussein. Alguna fuerza superior se la fue dictando, verso a verso.

Defiéndeme de las fuerzas contrarias,

por la noche, en el sueño, cuando no soy consciente,

cuando mi sendero se hace incierto.

Y no me abandones nunca…

¡No me abandones nunca!

>

De los místicos indios, al sufismo, al hebraísmo, pasando por santa Teresa de Ávila o san Juan de la Cruz, ha ido a Katmandú en busca del Tíbet exiliado, y ha atravesado el Bardo en un documental sobre la muerte. Septuagenario, sentado en el escenario sobre una alfombra, convierte los conciertos en plegarias a un Dios universal ante un público que guarda silencio respetuoso. Con sus cascos, en paz, parece estar completamente solo ante miles de personas, porque las águilas, escribió el poeta chino Ch’ü Yüan en el siglo III a.C., no vuelan en bandadas.

En silencio sufro los daños del tiempo

las águilas no vuelan en bandadas

vivo en la añoranza de la vida perdida

en el incierto camino del retorno.


La Eurocopa que ganó Franco

El equipo nacional con la copa. (DP)
El equipo nacional con la copa. (DP)

Al grito de «Rusia es culpable» miles de españoles se lanzaron, por convicción o por obligación, a combatir en las estepas contra la Unión Soviética del lado del Eje. La División Azul cobijó a aquellos españoles que vieron el auténtico infierno en las nieves de Leningrado y el Voljov. Entonces nadie podía imaginarse que esa venganza prometida por Ramón Serrano Súñer, «el cuñadísimo», ministro y factótum del régimen, se iba a postergar durante dos décadas. La venganza sería futbolística. O eso, al menos, nos vendería el franquismo.

«La victoria sobre el enemigo de fondo, la exportadora de la revolución mundial, de la monstruosa hidra cuya cabeza hemos cercenado en 1939», así definió el magnífico escritor Manuel Vázquez Montalbán la victoria de nuestro país en la fase final de la Eurocopa del año 1964, jugada por España contra la URSS, en la que un mítico gol de Marcelino nos permitió alzarnos con nuestro primer triunfo importante, tras la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Amberes 1922 y hasta la era de Luis Aragonés y el tiquitaca. Cuarenta y cuatro años de espera y cuartos de final.

¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable de la muerte de José Antonio. El exterminio de Rusia es exigencia de la historia y del porvenir de Europa… (Ramón Serrano Súñer, el 23 de junio de 1941, día siguiente a la invasión de la URSS por Hitler).

Propaganda de la División Azul. (DP)
Propaganda de la División Azul. (DP)

La apertura internacional

Tras la Segunda Guerra Mundial, la España franquista sobrevive como una anomalía que incomoda al resto del mundo: el último país fascista, aliado, aunque no durante la contienda, de las potencias del Eje. Un país que, en muchas cosas, estaba inspirado en el fascismo italiano y en el nazismo y que ahora se quedaba solo en el mundo, aislado en una política económica autárquica de hambre, racionamiento y estraperlo. Fuera de la ONU y del Plan Marshall, por el que los americanos ayudaron a reconstruir la Europa devastada de posguerra.

Las circunstancias empezaron a cambiar en el año 1953, cuando un Concordato con la Santa Sede y los Acuerdos Bilaterales con los Estados Unidos tuvieron como consecuencia que el franquismo fuese aceptado por el mundo occidental: A los Estados Unidos ya no le preocupaba el pasado fascista de nuestro país, disimulado ya durante años, sino la necesidad de disponer de nuestras bases aeronavales para proyectar sus fuerzas hacia el resto de Europa en un hipotético conflicto con su máximo enemigo, la Unión Soviética. En 1959 se selló definitivamente la alianza: Eisenhower llegó a Madrid y se abrazó con Franco.

La Copa de Europa fallida

A partir de entonces, cualquier aspecto de la vida social fue válido para potenciar el carácter europeo y «normal» del franquismo, obsesionados los jerifaltes del régimen por conseguir la aceptación internacional. Las Copas de Europa del Madrid, Eurovisión, las gestas deportivas que sucedían a cuentagotas (Bahamontes, Carrasco, Santana…) eran aprovechadas por los medios, dependientes del Movimiento Nacional, para realzar «la raza» española y reivindicar que, con Franco, no éramos menos que nadie.

El problema llegó en 1960, cuando los cuartos de final de la entonces llamada Copa Europea de Naciones nos emparejaron con la URSS, único enemigo que le quedaba al franquismo y con el que no tendríamos relaciones diplomáticas plenas hasta la muerte del dictador. Ideada por Henri Delaunay, la Copa Europea de Naciones, hoy Eurocopa, era disputada por unas dieciséis selecciones a lo largo de dos años, con eliminatorias directas con partidos de ida y de vuelta en cada ronda, hasta alcanzar las semifinales, momento en el cual los cuatro equipos clasificados viajaban a la sede final del torneo para disputar las dos últimas eliminatorias.

En una Europa dividida en dos por el telón de acero, la Guerra Fría dificultó la primera edición de la copa, que comenzó sus eliminatorias en 1958, con muchos problemas para alcanzar los dieciséis equipos que se había dispuesto que participasen en ella. En mayo de 1960 España debía jugar los cuartos de final con la URSS, pero las quejas de Camilo Alonso Vega y de Luis Carrero Blanco, ambos ministros de Franco, ante la aún existencia de españoles de la División Azul prisioneros en Rusia, obligaron al dictador a tomar cartas en el asunto: Franco pidió que los dos partidos de la eliminatoria se jugasen en territorio neutral, queriendo impedir el viaje de los españoles a Moscú y las hipotéticas acciones de la oposición franquista cuando los comunistas viajasen a España. Ante la negativa soviética, la España de Ramallets, Di Stéfano, Kubala, Luis Suárez y Gento, y de un Real Madrid invencible en los campos de Europa, perdió la oportunidad de alzarse con su primer entorchado europeo.

La noticia provocó el ridículo europeo de España, ante el punto de que uno de los grandes problemas para que la URSS jugase en nuestro país fuera la negativa del franquismo a que los soviéticos llevasen su bandera y su himno al partido. En el diario soviético por excelencia, el Pravda, se escribió: «El régimen fascista español tenía miedo al equipo del proletariado soviético». En el interior, la impopularidad del hecho provocó que fuese ocultado por el Gobierno, que ni siquiera anunció la decisión en la prensa: simplemente se comunicó la clasificación de la URSS para semifinales, que acabaría ganado el campeonato.

Aficionados durante la final. (DP)
Aficionados durante la final. (DP)

XXV años de paz y una Eurocopa

Franco, algo más retirado de las ocupaciones del gobierno, empezó a interesarse más por el fútbol. La llegada de los refugiados húngaros a España (Kubala, Puskas y Kocsis), así como los triunfos del Real Madrid y de la selección española, eran considerados por el propio dictador como propios, como dejó escrito Fraga en sus memorias. Así, Franco empezó a hacer la quiniela cada semana, firmando el boleto con el nombre de Francisco Cofran.

En este contexto se cumplieron, en 1964, los veinticinco años del fin de la Guerra Civil, que empezaron a celebrarse en toda España con el lema, ideado por el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, «XXV años de paz». Franco fue recibido en olor de multitudes en las ciudades que visitó durante este año y hasta se realizó una película documental sobre su vida con el bochornoso título de Franco, ese hombre.

Con el afán aperturista y la necesidad de revitalizar la imagen de la dictadura, la Delegación Nacional de Deportes, dependiente del Movimiento Nacional, había trabajado sin descanso ante la FIFA para conseguir que la fase final de la Copa Europea de Naciones se celebrase en España, con el fin de redimir la mala imagen cosechada por el régimen tras la retirada de la edición anterior.

Poco antes de la final aún se desconocía si Franco acudiría al partido, celebrado el 21 de junio de 1964, temeroso el Gobierno de que Franco se viese obligado a entregarle el trofeo al capitán de la Unión Soviética, ante lo que un alto cargo funcionarial propuso, sin éxito, que se drogase al equipo visitante, como recoge el periodista Fernández Santander.

Coordinada por el ministro Solís, que parece que convenció a Franco en una cacería para que acudiese al encuentro, el recibimiento a Franco en el Santiago Bernabéu fue apoteósico, con unas ciento veinte mil gargantas pronunciando el triple grito clave del franquismo: «¡Franco, Franco, Franco!». Su esposa, Carmen Polo, y el vicepresidente del Gobierno, Agustín Muñoz Grandes, el mismo que comandase la División Azul en las tierras rusas, acompañaron en el palco al Caudillo.

El camino a la final soñada

España contaba con la dificultad de tener que acometer la renovación generacional de un equipo que había fracasado en el último Mundial. A veteranos como Gento se unieron indispensables como Iribar, Amancio, Pereda, Zoco o Marcelino, que arropaban a Luis Suárez, Balón de Oro, único español hasta el momento en conseguirlo, y estrella del Inter de Milán de Helenio Herrera, uno de los mejores equipos de la historia.

En 1962 se iniciaron las eliminatorias a ida y vuelta: Rumanía, Irlanda del Norte e Irlanda sucumbieron ante el combinado dirigido por Villalonga, que se situó entre los cuatro mejores de Europa junto a Dinamarca, Hungría y la vigente campeona, la URSS.

La fase final se celebró entre el Santiago Bernabéu y el Camp Nou, campo en el que la URSS doblegó a la Dinamarca de Ole Madsen con figuras como Voronin, Ivanov o Lev Yashin, único portero que, a día de hoy, ha conseguido alzarse con el Balón de Oro, galardón que entonces se limitaba a jugadores europeos.

Mucho más le costó a España deshacerse de una Hungría que vivía su segunda época dorada, en la que competían jugadores como Florian Albert y Ferenc Bene. El tanto de Amancio, en la prórroga, certificó el pase a la gran final, ante setenta y cinco mil espectadores que presenciaron el definitivo 2-1 frente a los húngaros. En el palco, junto a Muñoz Grandes, se pudo ver al joven príncipe Juan Carlos de Borbón, en un año fundamental para consolidar su sucesión en la jefatura del Estado.

El trío arbitral con las dos selecciones. (DP)

El partido

Tras el triple grito de Franco, el balón echó a correr por el césped de la Castellana, en un partido que se convertiría en nuestro mayor momento de gloria hasta los goles de Torres e Iniesta. España, de azul, se adelantó muy pronto en el marcador, con un gol de Pereda a los cinco minutos de comenzar el encuentro.

Pero «la indescriptible explosión de júbilo» con la que el estadio recibió el tanto, recogió ABC, no duró más de tres minutos, tiempo necesario para que los soviéticos empataran a uno por medio de Khusainov, que tras el error de Fusté y Olivella había conseguido superar a Iribar, junto a Yashin uno de los mejores guardametas de la historia del fútbol.

Los rusos ponían la técnica, mientras los hispanos tiraban de furia y garra sobre el césped de Chamartín, en un encuentro igualado que se decidiría a seis minutos del final, cuando ya todos esperaban la prórroga. Marcelino nos daría la copa y se convertiría en leyenda.

«Rivilla se interna por la banda derecha y, ante la entrada de un rival, adelanta el balón a Pereda. Este lanza un fuerte centro a dos palmos del suelo que Marcelino, gracias a un perfecto escorzo en el aire, logra cabecear a la meta defendida por Yashin», describía de esta manera el diario Arriba el gol por el cual nos proclamaríamos, por vez primera, campeones de Europa.

Erróneamente se creyó durante décadas que el pase final había sido obra de Amancio, ya que el NO-DO, que no grababa el partido en su totalidad, se perdió el centro y recurrió a un montaje, con un centro anterior de Amancio. En 2007 se difundieron las imágenes reales del tanto, demostrando que el centro era de Pereda, pues otras tantas cámaras retransmitían el partido para más de una docena de países de Europa.

La gran victoria frente al comunismo

Cuando Lev Yashin se dirigió al periodista radiofónico Joan Armengol, desde el Gobierno franquista se quiso saber rápidamente qué había dicho. Eran simples comentarios futbolísticos sin importancia, pero la significación política que el franquismo otorgaba al encuentro provocó que cundiese el pánico entre las autoridades gubernativas.

Y es que Iribar, Rivilla, Olivella, Calleja, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Suarez y Lapetra habían conquistado la Copa de Europa de Naciones, «once muchachos que se alzaron brillante, justa y emocionalmente, con el preciado trofeo», pero veinticinco años después de la Guerra Civil, de la «Cruzada» frente al comunismo, se encontraba en el palco «el verdadero artífice de la victoria y de la paz, Franco, aclamado por ciento veiente mil personas», se escribía en el periódico Arriba al día siguiente del partido.

Según Preston, en Franco, Caudillo de España, la prensa ensalzó la victoria como la culminación lógica de la victoria de Franco en la Guerra Civil, lo que provocó que, ante tal adulación, el dictador se mostrase contrario a cualquier posibilidad de reforma. Ejemplo de este hecho fueron las siguientes líneas de ABC: «Al cabo de veinticinco años de paz, detrás de cada aplauso sonaba un auténtico y elocuente respaldo al espíritu del 18 de julio».

Franco, vencedor del comunismo, era aplaudido por los españoles como su salvador, y abría y cerraba la noticia en el NO-DO, en el que se escuchaba, colándose por las rendijas de la historia, el himno de la Unión Soviética como una ironía del destino.

En la prensa internacional también se destacó la presencia del dictador en el palco del Bernabéu. Diarios italianos como Il Tempo, Il Messaggero o La Gazzetta dello Sport llevaron a Franco en sus portadas, mientras que el francés L´Equipe afirmaba que la Copa de Europa había sido sin duda la Copa de la Paz, mostrando preferencia por el equipo español, al igual que otros diarios de Europa occidental, contrarios a la URSS en plena Guerra Fría.

Cuando Olivella, capitán de España, recibió la copa declaró: «Esta victoria se la ofrecemos en primer lugar al generalísimo Franco, que ha venido esta tarde a honrarnos con su presencia y animar a los jugadores, quienes han hecho lo imposible por ofrecer al Caudillo y a España este sensacional triunfo». El círculo se cerraba, de la Guerra Civil al Bernabéu. Franco, «Centinela de Occidente», volvía a vencer a la hidra comunista.


Pedro Luis de Gálvez, el poeta que salvó a Zamora del paredón

Ricardo Zamora. Foto: DP.
Ricardo Zamora. Foto: DP.

Julio de 1936. Tras el fallido golpe militar, España comienza a desangrase en dos mitades ante la incrédula mirada del mundo. En Madrid se recogen los cadáveres del Cuartel de la Montaña y se suceden los arrestos de todo aquel que pudiese parecer afín a los militares sublevados.

Ante el caos general y la desinformación, los rumores concernientes a las primeras víctimas empiezan a circular con rapidez, sin que nadie pudiese desmentir o confirmar las trágicas historias. Pronto los diarios extranjeros, sobre todo franceses, dan por muerto al guardameta del Real Madrid y de la selección española, Ricardo Zamora, «el divino», el mejor portero de fútbol hasta el momento y toda una estrella internacional del entonces joven deporte de masas.

El primer medio en dar la noticia del presunto fallecimiento del cancerbero fue L’Auto, mientras que el 15 de agosto, L’Echo de Paris, citando a Franz Platko, exjugador y exentrenador del F.C. Barcelona, desde Praga, que afirmaba que «Zamora habría sido fusilado en Madrid por los comunistas por sus relación con los monárquicos». El 17 de agosto se publicaba la noticia en El Mundo Deportivo, aunque sin llegar a poder confirmarse.

Desde Unión Radio Sevilla el general nacional Gonzalo Queipo de Llano arengaba a sus tropas y sembraba el pánico en las filas enemigas con sus amenazas: «¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas!». El general, ante la enorme repercusión internacional que suscita el asesinato en Granada de Federico García Lorca, acaecido durante la madrugada del 19 al 20 de agosto, utiliza la supuesta muerte de Zamora para equipararla a la del poeta, pronunciando, desde la tristemente célebre emisora sevillana, las siguientes palabras la noche del 20 de agosto:

Así se explica que hayan muerto, según parece, Benavente, Muñoz Seca, los hermanos Quintero, Zuloaga y hasta el pobre Zamora, guardameta nacional. Esta canalla, que no sabe más que rastrear como serpientes, no quiere dejar vivo a nadie que sobresalga en ninguna actividad humana.

En Berlín, Jules Rimet, presidente de la FIFA, presidió un comité ejecutivo de este organismo que comenzó con un minuto de silencio en recuerdo del portero, estrella de la selección española medallista de plata en las Olimpiadas de Amberes 1920. Mientras en la zona nacional se celebraban misas en su recuerdo, en la republicana, el 18 de octubre, se jugaba en Barcelona un amistoso entre las selecciones de Cataluña y Valencia (2-0). En el descanso del encuentro los capitanes de ambos equipos, Vantolrá e Iturraspe, se reunieron con Lluis Companys, presidente de la Generalitat, para pedirle que intercediera ante las autoridades del Madrid republicano para saber qué había sido de Zamora:

«Le dijimos que el hecho de que escribiera en el Ya y fuera monárquico no significa que sea un fascista. Es más, aseguramos que no lo es», explicó el capitán catalán.

Solo tras estas gestiones se empezó a dar por hecho, tras meses de incertidumbre, que Zamora no había sido ejecutado, pero sí que había sido detenido por milicianos del Frente Popular al entrar y registrar la casa en la que el portero se escondía. Los rumores continuaban: desde Bélgica La Vie Sportive aseguraba que Zamora había logrado llegar a México, tras huir de Madrid a Valencia.

Lo cierto es que Zamora se encontraba recluido en la cárcel Modelo y su nombre se encontraba inscrito en la lista de posibles ejecutados, hasta que un poeta malagueño, bohemio y excéntrico hasta costarle la vida, se cruzó en su camino, salvándolo del patíbulo.

Pedro Luis de Gálvez era «ulcerado y bueno», según Cansinos-Assens, y uno de esos malditos de la literatura que pululaban por los cafés de Madrid soñando con la gloria y pegándole sablazos a aquellos que la habían alcanzado razonablemente. Fascinó a algunos de sus contemporáneos, como a Ramón María del Valle-Inclán, Guillaume Apollinaire o Ramón Gómez de la Serna. Un crápula que conquistaría con sus poemas a Borges y acabaría protagonizando, ya olvidado, la novela de Juan Manuel de Prada, Las máscaras del héroe.

Interior del libro Begro y Azul, de Pedro Luis de Gálvez. Foto: DP.
Interior del libro Negro y Azul, de Pedro Luis de Gálvez. Foto: DP.

Durante los primeros días de la guerra, aquellos en los que Zamora, y tantos otros, fueron llevados a la cárcel, Gómez de la Serna lo vislumbró tras los veladores del café del Lyon d´Or, en la calle de Alcalá, «con un mono u overall de seda azul, al cinto dos pistolas y al hombro un máuser». Aquella noche don Ramón decidió «salir para América, pues al ver a Pedro Luis convertido en un hombre de acción, amparado por las circunstancias, me hizo pensar en lo que podría hacer si sentía sed de venganza».

Las historias de un Gálvez sanguinario y vengativo corrían por Madrid, al igual que lo habían hecho con anterioridad sus sablazos y triquiñuelas para ganarse la vida (como aquella en la que se paseaba por los cafés con la caja de un supuesto hijo muerto al que no podía enterrar por falta de dinero).

De reciente publicación es el libro Reivindicación de don Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos, libro póstumo de Quico Rivas, editado por Zut al cuidado de Juan Bonilla, en el que se pone luz sobre la vida de este personaje rocambolesco y apasionante que fue fundamental para Ricardo Zamora.

Según publicó en su día Gómez de la Serna, en el argentino La Nación, Pedro Luis de Gálvez apareció en la Modelo, suponemos que con su tragicómico atuendo descrito por el inventor de las greguerías, y reclamó la atención de reclusos y milicianos:

«He aquí a Ricardo Zamora, el gran jugador internacional de fútbol —dijo el escritor—. Es mi amigo y muchas veces me dio de comer. Está preso aquí y esto es una injusticia. Que nadie le toque un pelo de la ropa. Yo lo prohíbo», pronunció el poeta con solemnidad antes de besar y abrazar al portero mientras gritaba: «¡Zamora, Zamora!».

Ayudado por de Gálvez, y temiendo volver a ser detenido, se refugió junto a su familia en la embajada argentina, donde era todo un ídolo, hasta marzo de 1937, fecha en la que un acuerdo entre el gobierno argentino y el republicano le posibilitó, junto con otros refugiados, ser evacuado a Marsella en el barco argentino «Tucumán».

Fotografía aportada como prueba en su juicio para demostrar ser un padre cristiano. Foto: DP.
Fotografía aportada como prueba en su juicio para demostrar ser un padre cristiano. Foto: DP.

Ya en Francia, en París, se reencontraría con Samitier, medallista como él en Amberes y refugiado también en el país galo. Con él jugaría un par de años en el Niza, al mismo tiempo que su figura concentraba los recelos de las dos Españas. Para los republicanos, la salida de España del «exmuerto» suponía su inequívoca apuesta por los sublevados. Para estos, una entrevista de Zamora en el periódico francés Sport les causaría un tremendo enfado: «Entiéndanlo bien, jamás iré a Burgos. Si hiciera política sería siempre a servicio del pueblo, a su favor. Decid en España que yo no soy fascista, que mi único deseo es regresar a trabajar».

En Burgos, capital de la España nacional, se amenazó con aplicarle la Ley de Responsabilidades Políticas, de 9 de febrero de 1939, que establecía penas por: «Haber salido de la zona roja después del Movimiento y permanecido en el extranjero más de dos meses, retrasando, indebidamente su entrada en el territorio nacional». A su vez, la República le recriminaba que no volviese a España y «trabajase, como dice, a favor del pueblo».

Con la guerra cercana a su fin, a finales de 1938, Zamora regresa a España. En San Sebastián, tras cruzar la frontera, es retenido, pero se le deja finalmente en libertad, temerosos en el bando franquista de las posibles repercusiones internacionales del arresto. Empezaría entonces el portero una exitosa carrera por los banquillos de diversos equipos españoles, llegando a ser condecorado por el mismo Franco, al igual que antes lo había hacho el primer presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora.

Mientras, de Gálvez sería juzgado y condenado a muerte, quizá más por sus bravuconerías durante la guerra que por sus verdaderas «hazañas» revolucionarias. En el juicio al que se le sometió, y en el que declaró haber salvado la vida de diversas personalidades, como la del escritor Ricardo León, presentó como prueba la fotografía dedicada por Zamora en agradecimiento a su salvador: «A Pedro Luis Gálvez, el único hombre que me ha besado en la cárcel». Fue fusilado el 30 de abril de 1940 en la cárcel de Porlier, Madrid.


Fútbol, paranoia y dolor: Argentina 1978

Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.
Videla y parte de la Junta Militar en el Mundial de Argentina 78. Foto cortesía de AFP.

Cada Mundial, cada gesta deportiva de universal trascendencia, deja en el imaginario colectivo una imagen, un fotograma que pervive, generación tras generación, y acaba por sustituir a nuestros propios recuerdos.

En el caso del Mundial de 1978, el de Argentina, la imagen que pervive en la historia del fútbol es la de Mario Alberto Kempes, «el matador», corriendo exultante con los brazos abiertos mientras, desde el suelo, lo contemplan, humillados y derrotados, los jugadores holandeses de «la naranja mecánica», huérfanos de Cruyff, bajo una lluvia albiceleste de confeti.

Con el paso del tiempo esa imagen se ha ido emborronando y oscureciendo, la vergüenza nacional y la llegada del dios del fútbol, Maradona, acabó por eclipsar la primera victoria mundial del combinado argentino que hoy, tras tantos años, suscita más sombras que nunca.

El 25 de junio de 1978 se celebró en el estadio Monumental de Buenos Aires, la cancha recién remodelada de River Plate, la esperada final del Mundial de Argentina 1978, entre las selecciones de Argentina y Holanda.

Los holandeses se enfrentaban al recuerdo de la derrota contra Alemania en la final de 1974 y los argentinos buscaban, tras tantas décadas, resarcirse del fracaso de 1930. En el minuto 37 el héroe, Kempes, remató casi desde el suelo un balón que superaría al veterano arquero holandés, Jan Jongbloed. El 1-0.

Durante el segundo tiempo los tulipanes empatarían a solo unos minutos del final, de la mano de Dick Naninga, que remataría un centro preciso desde la derecha de Van der Kerkhof. Las gradas enmudecieron.

Apenas a un minuto del final del tiempo reglamentario un disparo a la madera del holandés Rensenbrink hizo recordar a muchos el drama del Maracanazo, dejando a la selección holandesa a solo unos centímetros de la gloria.

La prórroga arrojó una titánica lucha física que acabó con un nuevo gol de Kempes y otro, ya con una Holanda derrotada, de Daniel Bertoni, sellando el definitivo 3-1 del final.

Daniel Alberto Passarella, capitán de la albiceleste, recogía la Copa del Mundo de la mano del presidente de la Junta Militar, el general Jorge Rafael Videla, mientras los gritos de la enfervorizada multitud tapaban los gritos de los torturados en la tristemente famosa Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), a solo diez cuadras del estadio, menos de un kilómetro. «Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados», diría Estela de Carlotto, de las Abuelas de la Plaza de Mayo, en el documental La historia paralela.

Dos años antes una junta militar presidida por Videla, junto con el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti, había alcanzado el poder derrocando a la presidenta María Estela Martínez de Perón, iniciando un llamado «Proceso de Reorganización Nacional».

La misión de la junta era la de acabar «con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo», como recuerda Carlos Toro en La aventura de la historia. Esta misión se materializó en la organización de un terrorismo de Estado que se entregó a la eliminación sistemática de todo disidente, o cualquiera que pareciese que pudiese serlo en un futuro.

Miles de ciudadanos, incluyendo niños, fueron víctimas de asesinatos, torturas y secuestros, muchos de los cuales aún no han podido resolverse, ante la impávida mirada del resto del mundo y la complicidad de muchos países.

Una de las primeras medidas del régimen fue ratificar la organización del Mundial del 78, con el apoyo de la FIFA. «Argentina está ahora más apta que nunca para ser la sede del torneo», afirmó el presidente del organismo, Joao Havelange. Videla designaría al vicealmirante Carlos Lacoste, mano derecha del jefe de la Armada, Emilio Massera, como responsable del deporte argentino y como encargado de mostrar al exterior un país moderno, alejado de la represión y la violencia que denunciaban algunos medios internacionales.

Solo Amnistía Internacional llamó a boicotear el evento, que obtuvo la respuesta del Parlamento de Holanda, que conminó a sus jugadores a no participar en actos oficiales. Las figuras futbolísticas más destacadas ausentes del mundial fueron el holandés Johan Cruyff y el alemán Paul Breitner, pero también sorprendió una en la propia albiceleste. Jorge Carrascosa, capitán histórico de la selección de Menotti, abandonó el equipo por «cuestiones de conciencia».

Varios jugadores de la selección sueca apoyaron abiertamente a las víctimas y acompañaron en una marcha a las Madres de la Plaza de Mayo, como se reflejó en el diario francés Le Monde, pero el balón siguió rodando sin importarle a casi nadie las más de treinta mil víctimas de la dictadura.

Dentro de la misma selección nacional argentina también se desvió la mirada hacia otro lado. Osvaldo Ardiles comentaría treinta años después: «Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades». Menotti declararía en varias entrevistas: «Fui usado. Lo del poder que se aprovecha del deporte es tan viejo como la humanidad».

Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.
Videla entrega el trofeo al capitán argentino. Foto cortesía de AFP.

El caso del seleccionador argentino fue sin duda el más paradigmático del cinismo que mostraron muchos argentinos. Hombre de izquierdas reconocido, no quiso renunciar a la oportunidad de ganar un título que la calidad del combinado y los tejemanejes del régimen hacían probable.

Mientras apretaba la mano ejecutora de miles de compatriotas, la de Videla, Menotti arengaba a sus jugadores de la siguiente manera: «Cuando salgan al pasto, no miren al palco. Miren a la grada: ahí está el pueblo».

Menotti se convirtió, sin duda sin quererlo, en un aliado de la dictadura, que prohibió criticarle desde meses antes del comienzo del campeonato. El torneo estaba en la agenda del nuevo régimen desde su instauración: todo debía salir perfecto.

Para ello, además de contar con un equipo excelente, Videla se preocupó de que el evento lavara la imagen exterior de Argentina y, de puertas adentro, uniera y exacerbara el nacionalismo de la sociedad argentina. Para ello contrató a una empresa de comunicación y no dejó ningún detalle al azar, con un presupuesto de más de setecientos millones de dólares.

Momento especialmente sospechoso fue el tránsito de la albiceleste hacia la final del mundial. Tras pasar la primera fase, los argentinos vencieron a Polonia (2-0) y empataron con Brasil, en un partido de dureza extrema de los anfitriones que fue consentida por los árbitros.

Los encuentros Polonia-Brasil y Argentina-Perú, del grupo B, decidirían quién se enfrentaría en la final frente al primero del grupo A.

La diferencia de goles podría ser decisiva, así que la FIFA se puso del lado de los argentinos adelantando, por primera vez en el campeonato, el partido de los brasileños.

Brasil vencería a Polonia con un 3 a 1 y Argentina le endosaría nada más y nada menos que seis goles a un portero peruano, Quiroga, que, para más sospechas, era natural de Rosario (Argentina). Quiroga siempre defendería su inocencia, pero veinte años después señalaría a muchos de sus compañeros, acusándolos directamente de recibir sobornos. Por el vestuario argentino pasaría el mismísimo Videla, acompañado por Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano y cómplice de la represión en muchos países latinoamericanos, para arengar al combinado argentino.

Más de treinta años después surgen nuevos datos que llevan a sospechar del resultado de este mundial, el único realizado bajo una dictadura junto al de Mussolini en 1934.

La vergüenza de todos, libro del periodista y abogado argentino Pablo Llonto o el documental antes mencionado, La historia paralela, apunta nuevos datos escalofriantes, como la presencia de detenidos llevados a la fuerza a festejar el triunfo albiceleste, periodistas obligados a hacer preguntas favorables a la situación del país en las ruedas de prensa o la del torturador Jorge «Tigre» Acosta, gritándole «¡Ganamos!» a los prisioneros de la Escuela de Mecánica de la Armada, desde dónde muchos partirían hacia los «vuelos de la muerte».

«Nos usaron para tapar las treinta mil desapariciones. Me siento engañado y asumo mi responsabilidad individual: yo era un boludo que no veía más allá de la pelota», declaró no hace mucho el jugador Ricardo Villa, resumiendo el sentir de muchos argentinos respecto al Mundial de 1978, una victoria que dejaría un sabor amargo en toda una generación de argentinos, la trágica paranoia de una nación que se asesinaba a sí misma mientras gritaba de júbilo.

Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial del 78,
me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor.

Crímenes perfectos», de Andrés Calamaro)


Foxá, conde de lo mismo: el español que salía en las novelas de Malaparte

Agustín de Foxá saludando a Manolete.
Agustín de Foxá saludando a Manolete.

Soy aristócrata, soy conde, soy rico, soy embajador, soy gordo, y todavía me preguntan por qué soy de derechas. ¿Pues qué coño puedo ser? (Agustín de Foxá)

Agustín de Foxá, conde de lo mismo, o sea, de Foxá y marqués de Armendáriz, nació en Madrid en el año 1903 en el seno de una familia aristócrata. Poeta, novelista, autor teatral, columnista y orador incansable, dejó a la posteridad multitud de frases ingeniosas y una obra inacabada por su temprano óbito, en 1959, a los 56 años de edad, que la evolución histórica de España ha postergado al ostracismo.

En Agustín de Foxá, conde de los mismo, Francisco Umbral lo define como «vasto, gordo, exquisito, dandi, cínico, culto y brillante» y es ese personaje, que tanto se preocupó él mismo por cultivar, el que ha sobrevivido a una obra despreciada por motivos ideológicos y de la que solo se salva una novela, Madrid, de corte a checa, que es para muchos autores, como Jaime Siles, una de las mejores del siglo XX en español. Pero Foxá no fue solo un conde gordo, como lo definiría Ussía, cínico e ingenioso con una novela fantástica.

En 1994 Andrés Trapiello se interesaría por el personaje en su célebre ensayo sobre la cultura en la guerra civil española, Las armas y las letras, rescatando del olvido al fascinante histrión de las grandes ocurrencias y provocando que su afamada novela volviera a reeditarse en diferentes ocasiones.

Dice Luis Carandell, en un artículo en El País, que Foxá era el escritor franquista que menos antipático caía a los progres y recuerda algunos de los grandes apotegmas que le hicieran famoso. Algunas de esas frases podrían haberle metido en problemas serios en la España de la época, de hecho fue así en muchas ocasiones, pero Foxá no soportaba que la realidad le estropease una gracia con la que deslumbrar al respetable.

Así, ante un ministro de Exteriores muy beato, y que llegaba tarde a una reunión del cuerpo diplomático, exclamó: «se habrá ido de curas». Otro día, fue él mismo el que llegó con retraso e inquirió: «¿A qué hora ha dicho que es la misa?»

Trapiello cita otra sentencia en la que el conde dejaba constancia de su cinismo y atrevimiento: «Hagamos de España un país fascista y vayámonos a vivir al extranjero» que, junto a la siguiente, más conocida, «Tengo el puesto ideal. Embajador de una dictadura (la de Franco) en una democracia. Disfruto de ambos sistemas», muestran los pocos reparos del escritor a la hora de llevar su peculiar humor a la política.

Él mismo resume de forma magistral su recorrido ideológico desde la aventura juvenil de la Falange al desencanto del franquismo de la siguiente manera:

Todas las revoluciones han tenido como lema una trilogía: libertad, igualdad, fraternidad fue de la Revolución francesa; en mis años mozos yo me adherí a la trilogía falangista que hablaba de patria, pan y justicia. Ahora, instalado en mi madurez, proclamo otra: café, copa y puro.

Agustín de Foxá
Agustín de Foxá.

Junto a Trapiello, el otro gran valedor de la figura del conde de Foxá fue sin duda Francisco Umbral, que lo sitúa escribiendo Madrid, de corte a checa en Leyenda del César Visionario, gran novela umbraliana sobre la Guerra Civil, le dedica un enorme artículo en Los alucinados, que ya hemos mencionado, y lo cita en numerosos artículos y obras. Tanto Trapiello como Umbral rescatan esa imagen heterodoxa y brillante del conde, pero que es solo una de las caras de una personalidad poliédrica y compleja.

Foxá estudió Derecho y se hizo diplomático. Pronto empezó a colaborar con diversas revistas de prestigio como La Gaceta Literaria de Ernesto Giménez Caballero, lugar de encuentro de las vanguardias literarias durante los años 20, así como en Héroe o Mundial. En 1930 se estrenaría como articulista en ABC, medio en el que escribiría durante toda su vida. Por esa época sería amigo de Edgar Neville, Ramón Gómez de la Serna o María Zambrano, entre otros escritores de diversas tendencias.

Como diplomático fue destinado a Sofía y a Bucarest, publicando en 1933 su primer libro de poemas, La niña del caracol, editado y prologado por Manuel Altolaguirre. Dice Umbral que en aquella época los miembros de la Generación del 27 y los escritores falangistas, de los que Foxá sería pieza clave, andaban mezclados, pues eran la misma cosa, aunque él se alejaría de ellos tras la contienda con su artículo acusatorio Los Homeros rojos, en el que Sender, Cernuda, Altolaguirre, Alberti o Miguel Hernández eran «tristes Homeros de una ilíada de derrotas».

Falangista de primera hora, mantenía una relación de amistad con el fundador de Falange, quizás más literaria que política, lo que no quiere decir que Foxá, un esteticista ante todo, no tuviera en aquellos momentos un compromiso político con el falangismo. Asiduo a las tertulias de La ballena alegre, formó parte de la llamada «corte literaria» de José Antonio junto con Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Alfaro, Jacinto Miquelarena o Pedro Mourlane Michelena, entre otros. Con algunos de ellos compondría la letra del Cara al sol, momento que narra en su propia novela, Madrid, de corte a checa, en la que se atribuye a sí mismo los versos con los que comienza el himno:

Cara al sol, con la camisa nueva
que tú bordaste en rojo ayer

Tras publicar su segundo libro de poemas, El toro, la muerte y el agua, con prólogo de Manuel Machado, la guerra le sorprende en la embajada de Bucarest, que abandona para sumarse al bando de los sublevados tras hacer de doble agente durante varios meses. Ya en el lado franquista, en Salamanca, se reúne con el resto de intelectuales falangistas en las mesas del café Novelty. Umbral, que denomina a este grupo como «los laínes» por estar liderados por Laín Entralgo, lo retrata de esta manera:

Agustín de Foxá, gordo y dandi al mismo tiempo, cínico y patriota, contradictorio y brillante, lee cada noche, en la tertulia del café, un capítulo de la novela que está escribiendo, Madrid de Corte a checa.

El café Novalty en la actualidad.
El café Novelty en la actualidad (Pravdaverita CC).

En Salamanca Foxá escribiría su novela más conocida concibiéndola como un episodio nacional, al modo de los de Galdós, a la que se sucederían otras dos: Misión en Bucarest y Salamanca, cuartel general. La primera de ellas se publicaría a la muerte del autor, la segunda, tercera de la trilogía, desaparecería y no llegaría nunca a editarse.

Foxá escribiría otras muchas obras. Poesía, como El almendro y la espada, Poemas a Italia y El gallo y la muerte y también teatro, en prosa y en verso: Cui-Ping-Sing, El beso a la bella durmiente, Baile en capitanía, Gente que pasa… Además, siguió colaborando con diversas publicaciones del régimen, como Vértice y Jerarquía o la publicación bilingüe hispanoitaliana Legiones y Falange, que él mismo dirigió, a la vez que seguía escribiendo en ABC.

Mientras, recorrería el mundo ostentando diversos cargos diplomáticos en representación del gobierno de Franco, acrecentando su fama de hombre brillante, irónico y, en muchas ocasiones, cínico. Al terminar la Guerra Civil, y ya en medio de la Segunda Guerra Mundial, es destinado a Roma. Allí, su incontrolable lengua volvería a meterle en apuros.

Cuentan numerosas crónicas, así que suponemos que será verdad, que estando en una cena con diversos miembros del cuerpo diplomático y del gobierno italiano, el conde Galeazzo Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Mussolini —además de su yerno—, se le acercó y le reprochó a Foxá sus desmanes con la bebida cosa que, por otra parte, no constituía ninguna novedad, a lo que el conde de Foxá, molesto, respondió con una gracia que le acabaría pos costar el puesto y casi la cabeza. La escena ocurrió más o menos de esta manera:

Ciano: Señor de Foxá, la bebida acabará matándolo.

Foxá: Al menos a mí no me matará Marcial Lalanda.

El día de su boda con María Luisa Larrañaga.
El día de su boda con María Luisa Larrañaga.

Ciano tenía fama de cornudo en toda Italia y Marcial Lalanda era el torero de moda durante aquellos años en España por lo que, cuando se le tradujo la ocurrencia a Ciano, entró en cólera y allí mismo intentó retarlo a duelo. Se da el caso de que Foxá acusaba al italiano de lo mismo que a él le habían reprochado en España hasta la saciedad, solo que él se lo tomaba con más humor.

Serrano Súñer, homólogo español del conde italiano, y cuñado de Franco, «el cuñadísimo», cuenta en sus memorias políticas cómo Ciano presionaba de forma vehemente para que se expulsara a Foxá de Italia, llegando incluso a acusarle ante el gobierno español de espía de los aliados.

Serrano, que era amigo de Foxá y buen conocedor de su carácter y de sus ocurrencias, acabó, en una llamada telefónica con Ciano, por sentenciar el asunto:

El camarada Foxá saldrá de Italia por chistoso, pero no por espía.

Tras la aventura italiana desembarcaría en Helsinki, como ministro de España, en un país aliado de la Alemania nazi que libraba una guerra atroz con la Unión Soviética, en la que el frío y el terreno estaban del lado de los finlandeses. Allí coincidirá con Curzio Malaparte, que andaba por allí como corresponsal de guerra, otro heterodoxo, que lo convertiría en personaje literario de su célebre Kaputt, para muchos una de las mejores novelas que ha alumbrado el siglo XX sobre la barbarie de la guerra.

Malaparte y Foxá se convertirían en inseparables durante la estancia de ambos en el país nórdico. El italiano, otro escritor sin pelos en la lengua, resulta un aliado imprescindible durante las aburridas cenas y fiestas del cuerpo diplomático. Así se muestra en Kaputt, en la que el escritor italiano reproduce una gran cantidad de diálogos que concuerdan con la personalidad del español. En muchas ocasiones Malaparte intenta contener al conde cuando sus bromas, a veces potenciadas por el alcohol o por el orgullo, les ponen en un aprieto ante los altos mandos militares finlandeses y alemanes.

Foxá no solo acompañaría a Malaparte en sus correrías por Helsinki, sino que también irá con él al frente en varias ocasiones. El italiano relata una anécdota ocurrida en una de esas visitas que bien podría valernos para hacernos una idea de la personalidad del conde, si bien es cierto que no sabemos hasta qué punto la historia pueda ser real.

Cuenta Malaparte que cuando llegaron a las afueras de Leningrado, divisaron a lo lejos a dos siberianos que intentaban trasladar un abeto por la nieve. Este es el fragmento:

El coronel Lukander se volvió hacia De Foxá y le dijo:

Señor ministro, ¿desea que mande lanzar un par de granadas contra esos dos hombres?

De Foxá, envuelto torpemente en un traje blanco de esquiador, miró al coronel Lukander desde debajo de su capucha.

Es Viernes Santo, respondió, ¿por qué han de pesarme esos dos hombres en la conciencia precisamente hoy? Si de veras quiere hacerme un favor, no dispare.

El coronel Lukander parecía asombrado.

Hemos venido aquí a hacer la guerra― dijo.

Tiene razón ―replicó De Foxá―, pero yo aquí no soy más que un turista.

El coronel, estupefacto, mandó lanzar las dos granadas que, por poco, no alcanzan a los dos rusos. Sin embargo, los rusos, en vez de salir corriendo, continuaron transportando el abeto. Foxá, sonrió y dijo con voz afligida:

¡Lástima que sea Viernes Santo! ¡Me hubiera gustado ver volar en pedazos a ese par de valientes!

Además de hacer cómplice a Foxá de algunas de sus aventuras en diferentes capítulos de Kaputt, Malaparte ofrece su propia visión sobre el diplomático hispano. Así, al italiano le resulta muy interesante cómo, a pesar de pertenecer al bando franquista, Foxá analiza las razones del bando republicano y le habla de los diarios del presidente de la República, Manuel Azaña, destacando como este se había distanciado de los acontecimientos y de los personajes que lo rodeaban. Malaparte lo definiría de la siguiente manera:

Que fuera el representante de la España de Franco en Finlandia (Hubert Guérin, ministro de la Francia de Pétain, llamaba a De Foxá «el ministro de la España de Vichy») no le impedía reírse con desprecio de Franco y su revolución. De Foxá pertenecía a esa joven generación de españoles que había intentado encontrarle un fundamento feudal y católico al marxismo y, como él mismo decía, una teología al leninismo, conciliar la vieja España católica y tradicional con la joven Europa obrera. Pasado el tiempo, se reía de las ambiciosas ilusiones de su generación y del fracaso de esa trágica y ridícula tentativa.

No sabemos lo que ocurrió después entre ellos, pues Malaparte se referiría a él en términos poco agradables en La piel, la otra gran novela del italiano y, cuando se le preguntó al español por él, este contestó: «prefiero a Bonaparte». Lo cierto es que su personalidad le llevó a convertirse en personaje literario de esas grandísimas obras.

Curzio Malaparte en su escritorio.
Curzio Malaparte en su escritorio.

Tras la Segunda Guerra Mundial seguiría su periplo por diferentes países en tareas diplomáticas hasta enfermar gravemente en Filipinas, su último destino. La enfermedad no le restó ni el humor ni el talento. Cuando le subían en camilla al avión que le llevaría a morir en España susurró: «Soy el último de Filipinas».

Foxá, como diría Umbral, era un dandi cínico que escribía mejor que nadie y que se burlaba, más o menos, de todo el mundo. Tuvo incluso el atrevimiento y el ingenio de condenar el régimen franquista, comparándolo con una tribu que pone moldes en los cráneos de sus miembros para que todos tengan la cabeza igual de cuadrada. El artículo, Los cráneos deformados, le valió el premio Mariano de Cavia, solo que todos pensaron que se refería a la Rusia comunista y no a nuestro país.

No mucho antes de fallecer, escribiría estos versos con los que, al igual que él terminó su vida, nosotros concluimos nuestro artículo. Un enorme poeta tras una máscara de cínico.

Melancolía del desaparecer

Y pensar que, de después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera
indiferente a mi mansión postrera
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata
cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo ni en mi mortaja;
que he de marchar, yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.

(Agustín de Foxá)


Fútbol y fascismo: los mundiales de Mussolini y Hitler

Árbitros haciendo el saludo fascista en el Mundial de 1934
Árbitros haciendo el saludo fascista en el Mundial de 1934.

Sus miradas se cruzaban en el plasma a cámara lenta, en un plano eterno digno de un western de Sergio Leone. Casillas frente a Buffon. Solos ante el peligro, con un muro de silencio entre ellos inquebrantable al griterío de las gradas. En las casas, el respetable se santiguaba y pensaba, «otra vez en cuartos no, por Dios. Otra vez no» y retenía la respiración a cada lanzamiento.

Aquellas paradas del Santo, a De Rossi y Di Natale, y aquel último penal de Cesc, acabaron por desmontar un viejo mito, el de la maldición de cuartos, que nos condenaba, verano tras verano, al fango de la derrota y la depresión nacional. Desde entonces, y hasta hace poco, solo la victoria.

El viejo tópico de que la historia son ciclos, lo mismo que suelen decir los entendidos con la economía, se cumple en este caso. Al igual que la maldición se rompía en un España-Italia, esta había nacido en un partido similar, solo que en 1934 y en unas circunstancias políticas muy diferentes.

Dicen que Benito Mussolini solo había visto un partido de fútbol en su vida, pero esto no le impidió percatarse de las posibilidades políticas y propagandísticas que el juego de la pelota podía proporcionarle. El fascismo, desde sus orígenes, exaltaba dentro de sus valores supremos la juventud (el himno fascista italiano, Giovenezza, era todo un ejemplo de esto), la acción, la fuerza y la misma violencia. No es de extrañar, por tanto, que todos los regímenes fascistas potenciaran la práctica deportiva como forma de educar a los jóvenes con vistas a un cumplimento mejor de los deberes para con la patria, y como fórmula para forjar el carácter y la disciplina que, se suponía, debía tener un «buen» fascista.

Pronto el deporte, que empezaba a convertirse en un entretenimiento de masas, obtuvo para los fascistas una nueva dimensión: al igual que el cine y otros espectáculos de moda, podía ser usado como soporte propagandístico. El adoctrinamiento era fundamental en un régimen totalitario y ellos sabían perfectamente cómo llegar al pueblo. Bien conocido es el caso las Olimpiadas de Berlín, en 1936, que Hitler diseñó como la apoteosis de la «modernidad» hitleriana, aunque un afroamericano, Jesse Owens, acabara por robarle el protagonismo al alzarse por primera vez en la historia con cuatro medallas de oro en atletismo. Más desconocido para el público es el uso que el fascismo italiano y el nazismo intentaron hacer del fútbol: durante este artículo intentaremos recoger varios ejemplos de ello ocurridos entorno a las citas mundialistas de 1934 y 1938.

La batalla futbolística del «fascio»

italia fascioMussolini se empeñó en celebrar en Italia el segundo mundial de la historia, tras no conseguir para su país el celebrado en Uruguay en 1930 y que acabaría con la victoria de la propia anfitriona. Para ello, no dudó en presionar a Suecia, la otra candidata a albergar la competición, que acabó por ceder a las presiones del gabinete del Duce: una vez conseguida la celebración del acontecimiento en tierras transalpinas solo quedaba asegurar el éxito de la azzurra. Mussolini se dirigiría a Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol y miembro del Comité Olímpico Italiano, de la siguiente manera:

—No sé cómo hará, pero Italia debe ganar este campeonato.

Haremos todo lo posible…

No me ha comprendido bien, general… Italia debe ganar este Mundial. Es una orden.

La victoria italiana de 1934 comenzaría a gestarse desde el mismo mundial de 1930. Tras la victoria uruguaya, diversos emisarios italianos convencerían al argentino Luis Monti para que fichase por la Juventus de Turín, tras ofrecerle 5000 dólares mensuales de sueldo, una casa y un coche. Toda una fortuna que el argentino no pudo rechazar. La intención del fichaje era la de poder nacionalizarlo unos años después, como harían con otros futbolistas antes del mundial. A Monti se le sumaron sus compatriotas Atilio Demaría, Enrique Guaita y Raimundo Orsi, así como el brasileño Guarisi, que reforzarían a la selección azzurra. Ante las críticas recibidas por el «fichaje» de extranjeros, nacionalizados convenientemente por el gobierno fascista, el seleccionador, Vittorio Pozzo, sentenció: «Si pueden morir por Italia, pueden jugar con Italia».

El entrenador italiano Vittorio Pozzo observa un partido. Foto FIFAcom
El entrenador italiano Vittorio Pozzo observa un partido. Foto: FIFA.com.

Por primera vez la competición se desarrollaría con un formato de eliminatorias a partido único, con prórroga de 30 minutos y repetición del encuentro en el caso de continuar el empate tras la prolongación. En el mundial de Italia se dieron cita 16 equipos, tras una fase previa de clasificación desarrollada en las diferentes regiones. Inglaterra, como ya ocurrió durante el mundial de Uruguay, se negó a participar por no habérsele concedido la organización del campeonato.

Italia se llenó con carteles anunciando el campeonato, en el que se representaban jóvenes atletas saludando con el brazo en alto. Los partidos se iniciaban al grito de «Italia, Duce», tras lo cual, y tras realizar el saludo fascista desde el centro del campo, los azzurri salían disparados a por la victoria. Desde el palco, Mussolini, acompañado por jerarcas del régimen y arropado por miles de camisas negras, la milicia del partido fascista, seguía con interés las evoluciones del combinado nacional. No podían fallar. Lo que para ellos constituía una presión atroz, se convertía en miedo para sus contrincantes. La gran victoria fascista estaba en marcha.

El partido estrella de los cuartos de final enfrentaba a las selecciones de España e Italia en el estadio Giuseppe Berta de Florencia, ante unos 43.000 espectadores deseosos de ver una victoria italiana en un encuentro que acabaría por parecerse más a una batalla que a un partido de fútbol. Hasta siete españoles cayeron lesionados en una eliminatoria en la que la consigna de los italianos, que llevaron el juego más allá de los límites del reglamento, respondía al lema fascista: «Vencer o morir».

España, superior en técnica y clase a la selección azzurra, llegaba al envite liderada por el mejor portero de la historia hasta ese momento, Ricardo Zamora, «el Divino» y por el goleador Lángara, en la delantera. Acababa la escuadra española de vencer a Brasil con un resultado de tres goles a uno. Durante este partido, Zamora se convertiría en el primer cancerbero en parar una pena máxima en la historia de los mundiales, tras atajar un penalti a la estrella carioca, Leónidas.

Foto de la selección española en 1934 con Zamora sujetando un balón
Foto de la selección española en 1934 con Zamora sujetando un balón.

«Fue un encuentro espectacular, dramático y jugado con una intensidad muy pocas veces vista», así resumiría Jules Rimet, el francés inventor del negocio de los mundiales, un partido que pasaría a la historia del calcio como «La batalla de Florencia».

Se adelantó España con un tanto de Regueiro, en el minuto 31, pero al filo del descanso los italianos lograron empatar con una jugarreta digna del peor patio de recreo: Ferrari remataría al fondo de las mallas un centro, no muy peligroso, mientras Schiavio agarraba a Zamora para que no pudiese blocar el esférico. El colegiado Louis Baert, de origen belga, no quiso ver la clara violación del reglamento.

La segunda parte comenzaría con toda una masacre en las filas españolas, provocada por la violencia inusitada de la escuadra italiana: Zamora, Ciriaco, Lafuente, Iraragorri, Gorostiza y Lángara acabarían el encuentro, tras la pertinente prórroga, con diferentes lesiones que les impedirían jugar el partido de desempate del día siguiente. La peor parte se la llevaría la estrella española, Ricardo Zamora, que se marcharía de la ciudad italiana con dos costillas rotas tras un encontronazo con un jugador italiano, que ni siquiera fue señalizado como falta por el árbitro belga.

Imagen del gol italiano
Imagen del gol italiano.

Durante el partido de desempate los italianos siguieron la misma estrategia: la violencia como forma de contrarrestar el juego español. Esta vez fueron Bosh, Chacho, Regueiro y Quincoces los lesionados ante la pasividad arbitral. La injusticia llegó a su punto álgido cuando el árbitro, esta vez el suizo René Mercet, anuló sendos goles legales a Regueiro y Quincoces, por inexistentes fueras de juego, mientras daba por válido el definitivo tanto del mítico Giuseppe Meazza, el mismo que hoy da nombre el estadio de Milán, a pesar de que el italiano Demaría estaba obstaculizando a Nogués, portero que sustituía al lesionado Zamora.

La actuación arbitral fue tan comentada que Mercet, cuando regresó a su país, fue expulsado de por vida del arbitraje, tanto por la FIFA como por la federación de su país.

En semifinales el arbitraje volvió a ser igual de «discutido». Los italianos se alzaron con la victoria frente al «Wunderteam» austriaco. El equipo maravilla, como se conocía a la excelente selección liderada por Matthias Sindelar, nada pudo hacer frente al gol en claro fuera de juego que el trencilla dio por válido.

El equipo austriaco, que había extasiado a media Europa con su juego, se volvía a su país sin saber que Hitler se cruzaría en breve por su camino, rompiendo la trayectoria deportiva de aquel legendario equipo. Pero eso lo contaremos más adelante.

El diez de junio de 1934 se celebraba en Roma la gran final del campeonato, enfrentándose las selecciones de Italia y Checoslovaquia, otro equipo de los que, en teoría, tenían cierta superioridad respecto a los transalpinos. Para la final se designó al mismo árbitro que se había hecho cargo de las semifinales frente a Austria, el sueco Ivan Eklind.

La selección checoslovaca se presentaba al campeonato con una escuadra llena de talento, con futbolistas de gran talla entre sus filas como Nejedly, Planicka, «el Zamora del Este» o Svoboda. La Italia de Vittorio Pozzo, el inventor del sistema del catenaccio, dispuso un sistema de juego con posición piramidal, un 5-3-2 que los italianos denominaron «El Método».

Pronto los checos mostraron su voluntad de no ser unos simples invitados a la fiesta latina, lo que hizo que se instalara el nerviosismo en el palco cuando, al llegar el descanso, el marcador mostraba un empate a cero. Dice la leyenda que, cuando Pozzo arengaba a sus pupilos en el vestuario, se presentó un enviado del Duce con el siguiente mensaje: «Señor Pozzo, usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar». Como contestación, Il vecchio maestro se dirigió a los jugadores con estas palabras: «No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal».

En el minuto 70 los checos se pusieron delante gracias a un gran tanto de Vladimir Puc. Tres minutos después, Svoboda estrellaría un balón al travesaño que pudo cambiar el curso de la historia pero Pozzo, viejo zorro, hizo algunos cambios tácticos que modificarían el devenir posterior del encuentro. A nueve minutos del final Orsi, de fuerte chut, puso el empate. Durante la prórroga Shiavio, a pase de Guaita, batiría al portero checoslovaco, Planicka, dándole el triunfo a Italia.

La gran victoria fascista se había alcanzado. Mussolini organizaría una ceremonia para conmemorar la gesta al día siguiente, a la que los jugadores acudieron con uniforme del partido. El Duce ya tenía la victoria que aguardaba con ansia desde 1930, la victoria que le permitiría exaltar, aún más, ante el mundo, y ante los propios italianos sobre todo, el carácter heroico y guerrero de la raza latina.

Tras la gesta, las mieles que el fascismo había prometido a los jugadores se convirtieron, en algunos casos, en hiel. Luis Monti relataría, muchos años después, cómo todo cambió tras el mundial. Especialmente relevante fue el caso de Guaita, uno de los extranjeros fichados y nacionalizados por el gobierno de Mussolini que, tras los mimos y el éxito, tuvo que acabar exiliado.

Enrique Guaita jugaba en la Roma, pero el equipo favorito del fascismo era otro. La ciudad de Roma se dividía, aún hoy, entre los seguidores de la Roma, mayoritariamente de izquierdas y de la Lazio, de derechas, por lo que era lógico que el equipo elegido por los fascistas para encarnar sus valores fuese este último.

Se ve que alguna mente privilegiada del fascismo, léase la ironía, tuvo una gran idea para desactivar a la Roma y que la Lazio tuviera más fácil el camino hacia el campeonato. El plan era simple: mandar a buena parte del equipo romano al frente, concretamente a Abisinia, una loca aventura imperialista con la que el Duce pretendía reverdecer los laureles del imperio romano pero que, al contrario de lo que ellos suponían, no estaba resultando un camino de rosas. La reacción de Guaita, que quería conservar su vida por encima de todo, fue la de huir a Francia junto con otros compañeros. Posteriormente continuó su carrera futbolística en su país de origen, Argentina.

El hombre de papel que desafió al Führer

En 1938 el mundial se celebraría en Francia, gracias al empuje del mismísimo Jules Rimet. La situación política evidenciaba un camino inevitable hacia una nueva conflagración mundial, que en buena parte estaba teniendo en España su más inmediato precedente. Por este motivo la selección española no pudo participar en el campeonato, que se vio salpicado en cada partido por las rivalidades políticas.

Otro país que disponía, al igual que España, de una gran selección y que no pudo participar en el mundial por cuestiones políticas fue Austria, que había renunciado a participar estando clasificada. La historia del «Wunderteam» correría trágicamente paralela a la de su pequeña nación.

El 12 de marzo de 1938 la Alemania de Hitler se anexionaría Austria, convirtiéndola por la fuerza en una provincia alemana más. Aquella muestra imperialista, que pasaría a la historia con el nombre del «Anschluss», significaba también la desaparición del equipo austriaco, al igual que ya había pasado con todos los símbolos de la independencia de ese país.

Matthias Sindelar durante un lance de juego
Matthias Sindelar durante un lance de juego.

La anexión supuso el principio del fin de la mayor estrella en la historia del fútbol austriaco, Matthias Sindelar, conocido como «El hombre de papel», por la delicadeza de sus movimientos en el terreno de juego. Sindelar gozaba de una gran fama, dentro y fuera de su país, y era el líder tanto de su selección como del Austria de Viena. Pero los nazis se cruzaron en su camino.

Quedaban apenas unos pocos meses para la celebración del Mundial de 1938, cuando el gobierno alemán pensó que, una vez que Austria formaba ya parte de Alemania, los mejores jugadores de ese país podrían reforzar la escuadra teutónica. El «Wunderteam», que solo había perdido cuatro de los últimos 50 partidos jugados, tenía las horas contadas. Hasta ocho jugadores del equipo pasarían a defender la camiseta alemana, pero antes de eso los nazis idearon un partido de despedida que, a la vez, debía convertirse en la gran fiesta de la raza aria. Por supuesto, se contaba con la victoria alemana.

Sin embargo, los de Sindelar, que en un principio jugaron atenazados por el miedo, decidieron no perder lo único que les quedaba: el orgullo. «El hombre de papel» comenzó a hacer de las suyas. Los austriacos acabarían ridiculizando con su juego a los alemanes y el partido concluiría con un dos a cero para el «Wunderteam».

El momento cumbre del encuentro llegaría tras uno de los goles del partido, marcado por el propio Matthias Sindelar. Tras el tanto, correría a celebrarlo frente al palco de autoridades, repleto de mandamases del partido nazi y presidido por el mismísimo Führer, realizando un bailecito que, en aquellos tiempos, aparte de ser algo totalmente inusual, fue tomado como una tremenda falta de respeto y todo un desafío al poder nazi. El delantero quedaría sentenciado de por vida.

Tras el partido, Sindelar se negaría a formar parte del equipo nazi en el Mundial de Francia, para ello aludiría falsas lesiones e, incluso, llegaría a anunciar su retirada del deporte. Desde entonces se convertiría en un indeseable para el nazismo, que no le permitía ni jugar al fútbol en su país ni, mucho menos, cruzar las fronteras para competir fuera.

El 22 de enero de 1939 los bomberos de Viena encontrarían su cuerpo en su casa, junto con el de su pareja. Habían abierto el conducto del gas para quitarse la vida. Nadie sabe qué pasó a ciencia cierta, pues el caso acabó oculto. Muchos apuntan a la Gestapo, otros a la depresión que le causó el no poder volver a jugar al fútbol. El caso es que el totalitarismo se llevó por delante a uno de los mejores futbolistas de su época.

Vencer o morir en camisa negra

Pero a pesar de reforzar el equipo con los mejores jugadores de Austria, el equipo alemán, que tantas esperanzas había dado a Hitler, no pudo suceder en la gloria futbolística a la otra potencia fascista, Italia, que seguiría reinando hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

El Mundial de 1938 podría haber sido una oportunidad de confraternización en la Europa de preguerra, pero supuso solo una muestra más del enrarecido y temible ambiente que se vivía en los países europeos durante aquel tiempo: todo el mundo sabía que, más tarde o más temprano, la guerra acabaría por ser, otra vez, una terrible realidad.

Así, Mussolini, dispuesto a volver a utilizar el fútbol para su política propagandística, decidió despedir a su selección personalmente. Para ello organizó un acto en el Palazzo de Venezia, al que los jugadores acudieron con el uniforme fascista, y les conminó a la victoria con un discurso ante la muchedumbre desde el balcón.

Durante el partido de octavos de final, contra Noruega, los italianos realizaron el saludo fascista, también conocido como romano, antes de empezar el encuentro, desatando la ira del público francés y ganándose su enemistad para el resto del campeonato. Pero la gran contienda política tuvo lugar pocos días después, en el encuentro de cuartos de final entre los italianos y los anfitriones del torneo, los franceses.

Mussolini no había dejado nada al azar así que, para el día en el que tenían que enfrentarse a sus odiados adversarios, los italianos aparecieron con unas equipaciones negras, en homenaje a los «camisas negras», la fuerza paramilitar del partido fascista. El desafío, ante 61.000 espectadores franceses, y algún que otro exiliado italiano, fue total. Se enfrentaban dos formas de ver el mundo, la fascista italiana y la república democrática francesa, en un clima asfixiante que no tardaría en explotar. Cuando los italianos llegaron al centro del campo realizaron el saludo fascista, obteniendo como respuesta una sonora pitada que no cesaría en todo el encuentro. A pesar de la presión del público, Italia volvería a alzarse con la victoria con un resultado de tres a uno.

La selección italiana, de negro, saluda brazo en alto
La selección italiana, de negro, saluda brazo en alto.

Tras vencer a los brasileños en una de las semifinales, se enfrentarían en la gran final a Hungría, a los que vencerían con un resultado de cuatro a dos, con dobletes de Piola y Colaussi, en el estadio Colombes de París. Los italianos volverían a jugar el partido con las camisetas negras, símbolo de guerra del fascio. Antes del partido, Vittorio Pozzo recibió un telegrama personal de parte del Duce que rezaba así: «Vincere o morire», vencer o morir.

Tras dos victorias consecutivas en la Copa Mundial de la FIFA, la Italia de Pozzo entraría en la historia del fútbol como una de las mejores selecciones nacionales de todos los tiempos. La Segunda Guerra Mundial acabaría con el reinado de este equipo, y con los mundiales durante 12 años, privando a una gran generación de futbolistas de seguir disfrutando de lo que más amaban, el fútbol, e iniciándose una nueva etapa en la historia de este deporte que, también, vería como otros regímenes de diversa índole tratarían de usar al balompié para sus intereses políticos. Y así, hasta el día de hoy…

La selección italiana celebra el Mundial sobre el terreno de juego. FotoFIFAcom
La selección italiana celebra el Mundial sobre el terreno de juego. Foto: FIFA.com.