De Pontevedra a Abbey Road: Furious Monkey House

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Vestido con un disfraz de cerdo rosa y gafas de sol se presenta Gonzalo Maceira (Pontevedra, 1985) el alma de Furious Monkey House, bajista del grupo y profesor de música. Lo siguen cuatro niños, concretamente, tres niñas y un niño: Mariña (voz), Irene (guitarra), Carlota (batería) y Manuel (guitarra). Disculpamos a Amaya, la teclista. Tienen entre once y trece años y, a pesar de que no los dejan entrar en los conciertos, ya dan los suyos ante cientos de personas. Los próximos, el 13 de febrero en el Teatro Lara de Madrid y el 4 de marzo en el Teatro Colón de A Coruña para presentar su disco Run.

Furious Monkey House no han salido de ningún concurso de talentos, ni sueñan con actuar en la televisión ante un público sediento de lágrimas infantiles. Son rockeros, alimentan su creatividad escuchando a Foo Fighters, Radiohead, Cardigans, Pixies o Placebo y ya han grabado su primer disco en los míticos estudios de Abbey Road. El lugar donde Paul McCartney fue a parar con su amigo Jonh Lennon después de abandonar el instituto donde se aburría mortalmente. Quizá aquella fue una buena idea.

En un mundo, el de la música, donde cada día lloramos a los muertos y llevamos grabado fuego lo que «cualquier tiempo pasado fue mejor», estaría bien abrir los ojos y los oídos de vez en cuando y aplicarnos otro refrán que dice que «los viejos rockeros nunca mueren.» Se reencarnan.

Gonzalo conoció a algunos de los niños siendo su profesor de música en el colegio donde trabaja y a otros dando clases en una escuela profesional. Empezó a ensayar con Carlota cuando ella solo tenía cinco años y hace un par de años, cuando ya estaban todos los actuales integrantes, se decidió embarcar en lo que él denomina «experimento» con la intención de enseñar a cada uno a que encontrase el instrumento que se le daba bien y, además, le gustase tocarlo. Estaba convencido de que todos podían aprender a tocar si se les ofrecían los medios necesarios y estaban motivados. Gonzalo estaba haciendo, sin saberlo, lo que el famoso pedagogo inglés Ken Robinson define como encontrar «el elemento»: la conjunción perfecta entre el talento, la posibilidad de explotarlo y la felicidad producida por ello.

Después, vinieron las letras, que también componen entre todos a partir de juegos. El método didáctico de Gonzalo incluye la diversión como principio elemental. «Heavy Boy», uno de los temas de su disco, es el resultado de que los chicos se lo pasasen bien vacilando al propio Gonzalo.

Lo último, el nombre del grupo, que deriva de la pasión de este músico hiperactivo (toca en tres bandas más) por los monos. Por eso él siempre actúa oculto bajo una enorme máscara de mono, y «para no desentonar con el universo que hemos creado» donde los protagonistas son los niños y el rock ‘n’ roll.

Ahora, en manos de la productora Esmerarte, encargada de la promoción de bandas tan importantes como Vetusta Morla o Xoel López, los Furious se preparan para dar el gran salto.

Gonzalo es un músico muy conocido en el panorama musical pontevedrés que lleva años haciendo rock con bandas de adultos y tiene claro lo que hacen: «Somos un grupo que toca rock ‘n’ roll y, como cualquier grupo de rock, necesitamos vatios.» La única diferencia, señala, son «los requisitos legales».

Abbey Road fue un punto de inflexión en sus carreras. «La sensación de salir de Abbey Road es lo más brutal que he vivido hasta el día de hoy. Vi con mis ojos cómo estos niños se convirtieron en cracks allí. No pude contener las lágrimas».

Sobre su actuación en Madrid (la primera que darán fuera de Galicia) tienen opiniones diversas. A Mariña, la cantante del grupo, le causa «respeto» mientras que Manuel se muestra con muchas ganas de tocar fuera. Gonzalo trata de que todo lo que hagan sean oportunidades que a ellos les sirvan, «que enriquezcan lo que están viviendo». Alérgico a los playbacks y al mercantileo de niños artistas dice que no harán nada «por hacer» y será «selectivo» para no exhibir a los niños gratuitamente. «En el grupo ya hay un mono, y ese mono soy yo». La idea es no dar más de quince conciertos al año, e ir a festivales y salas donde los medios técnicos sean los mejores.

Convencer a unos padres de que quieres tocar rock ‘n’ roll ante cientos de personas cuando tienes doce años no es fácil. Sacar tiempo —y renunciar a otras actividades consideradas «útiles», tampoco. El apoyo y la confianza paterna es imprescindible. Irene, orgullosa de que siempre la apoyasen en todo habla de su padre como «una persona muy seria, que en nuestros conciertos se transforma». Mariña, que reconoce que sus padres están enganchados a su música, no puede evitar la vergüenza de las primeras veces «en el primer concierto que dimos les dije que se pusiesen por atrás». Gonzalo la interrumpe. «Pues cuando yo era un chaval, la primera vez que mis padres me vieron tocando me sentí superarropado y tranquilo».

Gonzalo, al que los niños tratan como un hermano mayor, echa por tierra la supuesta dificultad de trabajar con jóvenes. Los niños «son muchos más permeables que los adultos». Recuerda como su amigo Hall (batería de los Piratas) le dijo que todos tenemos que aprender a aprovechar nuestro cuerpo para sacarle música. «Recordé esto en Abbey Road y le dije a Mariña que para transmitir lo que cantaba tenía que notársele. Empezó a cantar “With My Hands”, una canción muy alegre, y puso una sonrisa de oreja a oreja. Me demostró que un niño motivado es una bestia».

Acostumbrado a tocar en bandas de adultos y a moverse en un mundo donde los excesos están a la orden del día, tocar con niños tiene sus particularidades. «Con ellos no bebo alcohol y dejé de fumar (Gonzalo se ha pedido un kas de naranja). Pero en directo, me cuesta estar relajado porque estoy pendiente de todo, escuchando cada uno de los instrumentos. Estoy pendiente de que ellos estén bien en el escenario, porque para mí esto solo tiene sentido si ellos se lo pasan bien».

Para ellos, Gonzalo tiene toda la importancia en su carrera. Mariña reconoce que, aunque antes le gustaba la música «él fue el que nos impulsó. Sin Gonzalo no habría aprendido a tocar la guitarra ni a cantar. Desde el principio él se empeñó en enseñarnos».

Sin embargo, este mono furioso no lo tuvo tan fácil para justificar su empeño en tocar con chavales. «Hay gente a la que le parece bien lo que hago, y hay gente a la que le parece mal. También hay algunas personas que han dicho que soy un explotador. Yo tengo muy claro lo que soy, pero a veces dudo de si estoy haciendo lo correcto, de si me equivoco. Por eso, siempre pregunto a ellos primero si están a gusto, porque son pequeños pero no son idiotas. Además, aquí no se toma ninguna decisión sin el consentimiento de sus padres». «Las más graciosas son las críticas de la gente que cree que me estoy haciendo millonario a costa de los niños, cuando lo único que hice fue perder dinero para levantar este proyecto, aunque no me duele un céntimo».

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Cualquier comparación entre Furious Monkey House y los talent shows infantiles es (más que) odiosa. «Por mi parte, jamás en mi vida participaría en algo así. Me resulta asqueroso. Me da rabia que alguien se atreve a decidir quién vale y quién no. Someter a un niño a esa presión no lo entiendo, ni entiendo cómo un padre puede hacerlo. Creo que a los niños tenemos que crearles su propio concurso donde siempre son los ganadores, eso es lo que hacemos en Furious desde el primer día».

Estamos hartos de ver estrellas infantiles venidas a menos que no han sabido gestionar el fracaso. Entrenar a los niños para que no se tomen tan en serio su carrera como para deprimirse por las críticas es fundamental. «Intento transmitirles que no siempre puedes contentar al otro. Personalmente, estoy preparado para las críticas, aunque reconozco que la gente no se atreve tanto por ser niños. Aunque también critican, la gente suele criticar de serie», apunta Gonzalo. Que advierte a los haters: «Lo que tengo muy claro es que el grupo no se va a acabar por una mala crítica, la única manera posible de que esto fracase es que no pudiésemos continuar porque nuestra vida ya no lo permite y eso habrá que ir viéndolo». Mariña se suma: «Por unas malas críticas no vamos a dejar de tocar. Nosotros hacemos esto porque nos gusta y sabemos que no a todo el mundo le va a gustar».

Con doce años han dado conciertos en festivales, han tocado ante un auditorio repleto (el del Pazo da Cultura de Pontevedra), grabaron un disco en Abbey Road y acumulan miles de reproducción en YouTube de sus vídeos. Preguntarles si sus compañeros de clase les tienen envidia es obligatorio pero, tras las risas, Mariña —haciendo gala de su labia y corrección política— se adelanta a sus compañeros: «Yo creo que hay muchos niños a los que les gustaría hacer lo que nosotros hacemos».

Y entonces, ¿por qué no lo hacen? Que los chavales encuentren la manera de hacer lo que les gusta no es fácil, más cuando los planes educativos marginan a las artes reiteradamente. Mariña, que cursa 1º de la ESO protesta: «Solo hay una hora semanal de música. En 1º es flauta todo el rato, y, además, tenemos que escuchar y tocar canciones aburridísmas. Es un rollo. Ni siquiera haciendo trabajos en grupo nos dejan tocar la percusión».

Gonzalo, profesor en un colegio, sabe de lo que hablan. «En el currículum académico, sin embargo, todo está enfocado de forma muy individualizada y eso provoca que los niños no sepan trabajar en equipo, algo fundamental en muchas profesiones. Cuando empiezan a hacer música y tienen que compartir esta experiencia de forma grupal se anulan muchas envidias y piques. La función de la música en la escuela no es crear músicos, es socializar».

Por eso, al Gobierno que viene le piden más horas de música, incluir cine y menos religión. Gonzalo, más pragmático, les recuerda que los artistas «estamos aquí» y que se den cuenta de una vez «de que hay una cantidad enorme de posibilidades de crear actividad y puestos de trabajo que ni se imaginan».

Ante la pregunta de qué quieren ser de mayores, la mayor parte de ellos responden que seguirán vinculados a la música, aunque principalmente como un hobby y no a tiempo completo. Gonzalo, que considera imprescindible que sean personas cultas y formadas, no pierde la esperanza «es muy pronto para que sepan de verdad lo que quieren hacer». ¿Su próximo objetivo?, tocar en el Primavera Sound.

Reflexiono sobre esto con la preocupación de que algunos adultos, empeñados en fabricar licenciados, les estemos negando a los niños la posibilidad de ser grandes en algo en lo que muy pocos lo son y en esa visión negativa que los educadores y los padres siguen teniendo acerca de las artes, materias marginadas dentro de los modernos planes educativos.

Y me pregunto cuánto tiempo vamos a seguir cometiendo los errores del pasado, esperando a que Paul McCartney vuelva a existir y vuelva a abandonar el instituto.

Ken Robinson lo dice en su libro El elemento: «Encuentro a padres preocupados que intentan orientarlos, aunque a menudo lo que hacen es apartarlos de sus verdaderas aptitudes, porque dan por sentado que para alcanzar el éxito sus hijos tienen que seguir caminos convencionales. Me reúno con empleados que ponen el máximo empeño en entender y aprovechar las cualidades de sus empleados. Con el tiempo he perdido la cuenta del número de personas que he llegado a conocer que carecen de una verdadera percepción de sus talentos individuales y lo que les apasiona. No disfrutan de lo que hacen pero tampoco tienen ni idea de lo que les satisfaría».

Afortunadamente, Furious Monkey House y otros grupos de jóvenes con talento existen, y escuchar su música en directo es de los placeres que nadie debería negarse mientras seguimos llorando a los (irrepetibles) muertos.

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Fotografías cedidas por Furious Monkey House.


La verdad de la Navidad

Foto: Martin Cox (CC)
Foto: Martin Cox (CC)

A nadie le importa la Navidad. Lo oirá todo el rato «son días como otros cualesquiera», «en mi casa no se cocina nada especial», «nosotros no damos regalos desde hace años» y una larga lista de tópicos-que-desmontar-en-Navidad.

La Navidad apesta. Cientos de luces de colores, villancicos, niños de vacaciones ocupando metros de calle, carritos de bebés conducidos por padres que salen a la calle a festejar la vida, gente embarazada (de verdad, la gente se embaraza mucho más en Navidad), «¿y tú para cuándo?», escaparates de señora con escotados vestidos (por delante y por detrás) para pasar las frías fiestas, expositores de panaderías llenos de dulces que harán que se ponga como una vaca y las lorzas le sobresalgan por delante y por detrás, encadenar tres catarros seguidos para acabar con una gripe fulminante, marisco y gastroenteritis, resacas, amigos retornados con sus planes superespeciales, parejas nuevas y enamoradísimas ocupando las pistas de patinaje sobre hielo. El abuelo amenazando otra vez con «este será mi último año» mientras le obsequia con cinco euros para invitar a los amigos. Los malditos y esperados anuncios de Freixenet y de la Lotería Nacional. Más luces, más abuelos, más frío, más villancicos y más niños sueltos.

Pero no todo es felicidad en el reino del señor.

Estadísticamente, los días previos a las fiestas de Navidad son la época del año en donde más rupturas sentimentales se producen. El año nuevo trae la ilusión de un cambio de ciclo que anima a muchas personas a cortar su relación y a empezar el año con renovadas ganas de acostarse con otras personas. Las presentaciones, comidas y demás eventos familiares propios de estas fechas pueden generar estrés y la sensación asfixiante de estar precipitándose en el amor. Además, las fiestas a las que siempre somos invitados en las que sobra o falta la pareja (considerando sobrar o faltar criterios completamente subjetivos), el poco interés a la hora de escoger regalos para él o para ella, el asco que le da su cuñado, o lo poco interesante que le parece su pareja ahora que pasan más de tres días juntos, son razones suficientes para animarse a pedir un divorcio. Personalmente, llevo las rupturas navideñas como tradición y las cumplo tan a rajatabla que empiezo a pensar que rememorar el nacimiento del niñito Dios me impide estar con otro hombre. Y aunque es obvio que romper en Navidad tiene su parte traumática, tampoco hay que olvidarse de lo bueno. Deje usted, o lo hayan dejado, el espíritu navideño favorecerá que todo el mundo esté más pendiente y dispuesto a aguantar sus lloros mejor que en cualquier otra época del año. Si a este espíritu navideño le sumamos el alcohol, el entierro del abuelo que ha acertado en sus vaticinios, y la no renovación de su contrato laboral, esté seguro de que abrazos no le van a faltar.

La Navidad es una época estupenda para los cismas familiares. Como todo el mundo quiere conseguir la foto de su supermesa con su súper-familia-unida, pronto empezarán las preguntas (amenazas) de su madre acerca del lugar en dónde va a celebrar las fiestas. En una familia tipo, con padres, hermanos, cuñados y suegros, hay que andarse con mucho tiento para repartir equitativamente en número de días e importancia festiva, cada hora del calendario sin que nadie se ofenda ni pase la peor navidad de su vida (que recordará siempre) por su culpa. Las separaciones de padres o las propias con hijos de por medio son una batalla abierta. Cuando la abuela o el abuelo falten, la familia quedará rota y a la deriva, sin una casa de referencia en donde comerse las gambas y con muchas discusiones para apropiarse de la misma. Observará, sorprendido, cómo las navidades son mucho mas tranquilas si usted está soltero, no tiene hermanos, ni hijos, ni parte en herencia alguna.

El dinero es otra cuestión primordial en los festejos de Navidad. Y no tenerlo, también. Según un estudio de Ebay, cada español se gastará, de media, unos doscientos treinta y cinco euros en regalos. Viendo los salarios que hay en España reconozco que parece una previsión un tanto optimista. Las familias con niños tendrán que sufrir las visitas de Papá Noel y los Reyes Magos que actuarán como auténticos gorrones olvidando que las madres, padres, amigos y personas adultas en general también tenemos derecho a algo que no sea un pijama de franela.

Al gasto de los regalos hay que sumarle los de las cenas y las comidas que no acaban nunca, la ropa, la depilación de ingles postruptura con su marido o su señora (es importante que la maleza no impida ver el árbol), y otras tantas cosas como esas fiestas de sesenta euros la entrada en donde, eso sí, le obsequiarán con una bolsa llena de cosas imprescindibles para su noche como confeti, un antifaz de cartón roto y un matasuegras que no cumple su profecía.

Si finalmente pasa las fiestas soltero o soltera, aproveche para estar con los amigos. El debate sobre la fiesta de fin de año es la gran aventura a la que se enfrentará cada año. Siempre hay que tener un plan para pasar la Nochevieja porque, por mucho que nos empeñemos, fin de año no es una noche normal. Y así, los que todavía confiamos en la improvisación de los planes nos vemos sumidos en un overbooking constante en donde la gente está tan pegada que una no sabe dónde empieza el escote propio y termina el de la otra, ni si el tipo que está a su derecha intenta besarla a usted o a la señora pequeñita que tiene metida entre sus tetas, o las tetas propias. La fiesta de Nochevieja es algo que no se puede improvisar pues en fin de año todo el mundo sale. Y cuando digo todo el mundo, me refiero a TODO EL MUNDO. La ciudad entera, los alrededores, las cárceles y búnkeres se vacían esa noche para ocupar las calles. A su alrededor hay gente que espera trescientos sesenta y cuatro días con sus trescientos sesenta y cuatro noches para salir en Nochevieja.

Para asumir estas ansias de conga y frenesí constante durante más de treinta días (las grandes ciudades encendieron las luces la última semana de noviembre y las mantendrán activas hasta después de Reyes) las ciudadanas y ciudadanos hemos de encontrarnos bien física y mentalmente. Sin embargo, los expertos señalan que el espíritu navideño, lejos de activarnos, puede sumirnos en una suerte de aletargamiento y melancolía constantes provocados por el conocido como Trastorno Afectivo Emocional. Un tipo de depresión pasajera provocada por la falta de luz natural que afecta, al menos, al 6% de la población durante estos oscuros meses. Y aunque no experimenten el TAE (absténganse chistosos), la mayor parte de las personas que nos están leyendo habrán acusado durante estas semanas un descenso de energía y una apatía que, junto a las resacas, los catarros y el recuerdo de todas las muertes y rupturas, puede provocar la necesidad de ponerse en bucle villancicos navideños disponibles en las mejores listas de reproducción de Youtube y Spotify.

Y luego está la nieve. Cada año, después de ver la película de Antena 3, espero ilusionada la noche del 24 para salir a mi verde jardín de verjas blancas, con mis dos perfectos y rubios hijos, donde nos estará esperando mi guapísimo y rubio marido con nuestro dócil y amigable perro para hacer nuestro enorme y perfecto muñeco de nieve. Pero resulta que yo no tengo jardín, ni hijos rubios, ni marido, ni perro dócil y, sobre todo, no tengo nieve. Porque en Navidad, en mi ciudad, nunca nieva.

Entonces vuelvo a entrar en casa, confundida. La película ha acabado pero ahora echan un programa de variedades en donde Sergio Dalma hace que canta y Bertín Osborne hace que hace gracia. Alguien recuerda al abuelo y todos lloramos. El alcohol invade la mesa. El turrón duro y los mazapanes siguen intactos en su sitio y sospecho que son los mismos del año pasado, o los del anterior. Abro sorprendida mi nuevo pijama de franela y siento que todo está en orden.


¿Ancha o larga?

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Saturno devorando a un hijo (1819-1823) de Francisco de Goya (DP)

Uno de los regalos más absurdos que se le puede hacer a un niño es un reloj. Ningún niño necesita un reloj. La medición del paso del tiempo es una angustia exclusiva de los adultos que, afortunadamente, no alcanza a los pequeños. De hecho, los niños viven ajenos al paso del tiempo, al menos hasta que comienzan a adquirir conciencia de la propia muerte, algo que sucede entre los cinco y los nueve años de edad aproximadamente. Sin embargo, los adultos favorecemos esta preocupación prematuramente, con nuestras maniáticas llamadas de atención sobre el reloj para que se den prisa, acaben los deberes o se metan pronto en cama. El mundo se mueve cronómetro en mano y ningún hecho que estemos viviendo en el presente, hayamos vivido en el pasado, o tengamos previsto vivir en el futuro, puede aislarse de los parámetros de temporalidad. Cuando acabe de leer este párrafo será un poco más tarde y usted un poco más viejo.

Desde que Crono, dios del tiempo en la mitología griega, se comiese a sus propios hijos para evitar que lo destronasen, el tiempo no ha parado de fagocitar a cada uno de los seres que han habitado el mundo para demostrar, una y otra vez, que somos solo piezas finitas dentro de ese tostón llamado eternidad. La batalla contra Crono es una lucha perdida de antemano y a pesar de ello, la preocupación por el paso del tiempo ha sido una constante en la historia de la humanidad. Astrónomos, filósofos y científicos de todas las épocas históricas han tratado de encontrarle sentido más allá del tic-tac de las agujas del reloj.

Los actuales psicólogos y neurocientíficos señalan que la clasificación del tiempo según la percepción humana atiende a los criterios de interioridad o exterioridad. El tiempo externo, medible, nos afecta a todos por igual. El tiempo interno se divide en el biológico o circadiano y el autobiográfico. Mientras el primero es el que el cuerpo utiliza para realizar sus funciones fisiológicas (diferenciar entre el sueño y la vigilia, la producción de hormonas o la regeneración celular) el segundo, o autobiográfico, es el tiempo percibido o tiempo de la memoria. El tiempo que afecta a la cognición y que provoca que, según las situaciones, las horas vuelen o sean dolorosamente lentas. Matar el tiempo (o asesinarlo, dependiendo de la ocasión) es una de las actividades favoritas de esta especie que curiosamente no deja de buscar la longevidad en un vano intento de ser un poco menos mortales. Paradójicamente, aburrirse es un pecado imperdonable en un mundo dominado por la invasión de información y la filosofía fast.

Dado que el paso del tiempo solo preocupa a los adultos en general, y a los más mayores en particular, ¿se podría explicar la agudización en la percepción —más rápido cuanto más viejos somos— únicamente por el agotamiento del reloj biológico o, lo que es lo mismo, por una mayor proximidad al nicho?

Según David Eagleman, neurocientífico, la percepción de la aceleración de la vida a medida que nos hacemos mayores se explica por el menor gasto energético que implican las experiencias cotidianas. Una vez pasados los treinta, la mayor parte de acontecimientos no suponen una gran novedad, lo que implica que nuestro cerebro no se esfuerce en leer esos datos y, por tanto, no recuerde con detalle lo que nos está ocurriendo. Es decir, la percepción propia del tiempo guarda una gran relación con la memoria autobiográfica. Por eso, cuando somos niños y jóvenes la vida se nos dilata para poder aprender (y aprehender) la mayor parte de cosas que utilizaremos en nuestra adultez y vejez. Al prestar más atención, la sensación de tiempo transcurrido es mayor. Lo mismo sucede con los estímulos inesperados (positivos o traumáticos) que son percibidos por nuestro cerebro como más duraderos en comparación con los frecuentes. De pequeños tampoco tenemos pasado, así que nuestro cerebro tiene pocos datos que recordar (la conocida como «amnesia infantil» llega hasta los cuatro años de edad). No obstante, los mayores pasamos grandes cantidades de tiempo recordando hechos pasados.

Probablemente usted tenga una sensación parecida a las siguientes. Cuando estaba en el colegio los veranos eran larguísimos y le daba tiempo a hacer de todo, incluso a echar de menos las clases y a los amigos. En el instituto, cada verano podía ser una épica de amoríos que se sucedían lentamente entre los primeros besos y las lágrimas de los deseos no correspondidos. Las dilatadas noches de aventuras que acababan a las dos y la dura pelea por que le dejasen alargar un poco el fin de semana. En la universidad, puede que tuviese que aguantar las pesadas prácticas de trabajo que multiplicaban la duración del verano al punto de que casi se hacía más largo que el divertido invierno. Para muchos, luego vino la formalización de la vida conyugal y los niños. Revivir la propia infancia a través de ellos. Pero los niños crecen y, mierda (perdón), usted se parece cada vez más a sus padres.

El filósofo Immanuel Kant fue el precursor de la actual psicología del tiempo, al cuestionar las explicaciones que Aristóteles había dado sobre el tiempo absoluto. Kant creía que «el tiempo es únicamente una condición subjetiva de nuestra intuición humana, y en sí mismo, fuera del sujeto, no es nada». La percepción subjetiva del tiempo explica que mi perro no experimente ningún sentimiento de culpa después de procrastinar todo el día en un letargo infinito. El siguiente en apoyar la teoría de la subjetividad del paso del tiempo fue un físico. Albert Einstein puso de manifiesto que el tiempo, al igual que el espacio, son relativos.

Aunque a partir de los cuarenta años el reloj de la pared de la cocina corra a la misma velocidad que cuando usted tenía veinte, puede que los días se conviertan en una sucesión de acontecimientos similares por los que transcurrirá sin apenas percibirlos. Si usted no es una persona curiosa y preocupada en seguir cotilleando, no habrá apenas gasto energético, ni esfuerzo que le obligue a prestar atención a los detalles. Probablemente, le resultará imposible recordar apenas nada del trayecto del camino al trabajo de esta mañana o lo que desayunó ayer. Yo le ayudo: lo mismo que hoy.

Fotografía: CB shoots (CC)
Fotografía: CB shoots (CC)

John Wearden, profesor de la Universidad de Keele y experto en la percepción del tiempo, señala que la lentitud y rapidez del tiempo están íntimamente relacionadas con la fijación subjetiva en el paso del mismo. El tiempo rápido, asociado a las cosas buenas, no se mide mientras se vive. Estamos demasiado ocupados disfrutando.

Wearden también dice que las personas mayores y con poca actividad acusan la lentitud y pesadez de los días y, sin embargo, los meses se les hacen cortos. Esta combinación de que los meses se acaban tiene relación directa con el tiempo biológico, o lo que le queda a uno de vida por delante, y la lentitud de los días con el puro aburrimiento y la falta de nuevas actividades.

Las juegos de la memoria son los responsables de la sensación que tienen la mayor parte de los abuelos con respecto a que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Los abuelos que han tenido una infancia y una juventud de penas y diezmos recuerdan mayormente momentos de dicha y felicidad a medida que envejecen. El psicólogo Douwe Draissma señala que a lo largo del tiempo nuestra memoria modifica nuestro pasado para convertir nuestra propia biografía en una ficción. La que nosotros queremos que nos acompañe. Que la ilusión de la aceleración vital tiene que ver precisamente con esa ralentización de los relojes fisiológicos y con el efecto de la reminiscencia debido a la gran cantidad de recuerdos almacenados en la infancia, cuando el cerebro era una esponja y Franco regalaba abrazos a los niños mutilados.

La cultura y la sociedad en que nos encontramos inmersos (y también la influencia de las religiones) han conseguido que no nos resulte insoportable vivir a pesar de que sabemos lo que nos espera. La imaginación, el deseo de devenir, de trascender de alguna manera (a través de descendencia biológica o por nuestros actos por los que deseamos mejorar la vida de los siguientes, o ser simplemente recordados) dan sentido al futuro y a la propia vida.

Las opciones que nos quedan como seres mortales son escasas. Podemos no hacer nada nuevo y dejar que la vida pase tediosa y pausadamente, o bien podemos intentar aprender algo cada día, vivir con pasión como si fuese el último (de hecho, puede serlo) y no mirar el reloj. Cuando nos queramos dar cuenta habremos vivido una vida llena de aventuras pero habrá pasado muy rápida. Eso sí, siempre podremos teñir la ficción que les endosaremos a nuestros nietos de bastante realidad. (Ya saben: Rodrigo Rato fue el mejor ministro de Economía de la democracia y Esperanza Aguirre aquella anciana que donaba médula ósea a los refugiados sirios en sus ratos libres).

En el libro El reloj de arena, publicado en Alemania en 1957, el filósofo Ernst Jünger escribe en esta línea sobre el sentido del tiempo: «Quien vive inmenso en este altivo mundo de titanes, en sus goces, en sus ritmos y peligros, puede conseguir grandes cosas, pero no es capaz de juzgarlas. (…) En este sentido, el reloj de arena es un buen punto de apoyo para la crítica del discernimiento, una adición sedante a nuestro mundo vertiginoso, una adición anterior a Copérnico, pero aún más relevante si tenemos en cuenta que nos hallamos en un terreno que separa la doctrina de Copérnico de un nuevo concepto del tiempo y del espacio».

Hace algunos años, en una entrevista de televisión, el escritor Camilo José Cela, ya anciano, hizo este comentario sobre su prolífica existencia: «No importa lo larga que sea la vida, sino lo ancha». A Camilo, como en tantas otras ocasiones, se le entendió todo. ¿Ancha o larga? Yo la prefiero ancha. Siempre.


Cariño, has caducado

«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabará retirando un empleado del ayuntamiento con una cizalla. Fotografía: Corbis
«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabarán siendo retirados por un empleado del ayuntamiento. Fotografía: Corbis

El filósofo Zigmunt Bauman defiende en su libro Amor líquido —un ensayo sobre el amor en los tiempos del consumismo asilvestrado— que la palabra dependencia nos molesta cada vez más, porque como homo consumers que somos, buscamos constantemente la satisfacción inmediata por el precio/inversión que estamos pagando. Adquirir compromisos a largo plazo (y de ahí la deriva inevitable a la dependencia) no es una característica de los seres líquidos, que vivimos acostumbrados al «si no le gusta el producto, le devolvemos su dinero». En la época de la obsolescencia programada, las relaciones de pareja no se libran de pasar cada cierto tiempo una ITV mental. «¿De verdad me compensa?». «¿Qué me aporta?». «¿Mejora mi vida?». «¿Es un lastre?». «¿Se esmera en cada cunnilingus?». Y en definitiva, ¿merece la pena el sacrificio? A día de hoy las relaciones son vistas como actos de constricción —y muchas veces, lo son—, porque la sociedad líquida nos ha enseñado que ahí fuera, en el salvaje oeste del capitalismo, siempre habrá algo nuevo esperándonos. Probablemente, peor; pero nuevo, al fin y al cabo.

Así que cuando el producto no nos satisface lo suficiente, normalmente, llega la ruptura, un proceso cada vez más sencillo gracias a las nuevas tecnologías y tan despojado de sentimentalismos que el dolor, le dirán, es una opción. Recuerde a los gurús de la autoayuda: usted está triste por su puta culpa, deje de necesitar a los demás, cansino. Ahí fuera está la libertad, la verdad absoluta, el encuentro con uno mismo. ¡Quítese ya esa asfixiante soga de la dependencia emocional! ¡Vuele libre y disfrute de los placeres de la soltería! El proceso mecanizado de la ruptura solo necesita un estudio de los manuales de independencia emocional, el cultivo de la resiliencia (palabra preferida de los psicólogos new age y que, básicamente, significa sobreponerse a la adversidad), la autonomía, el autocontrol, el amor al campo y al sexo y, cómo no, las cañas. El alcohol. Mucho alcohol. (Esto último no lo dice Eduard Punset, pero debería).

Los noviazgos y matrimonios están llenos de peligros. Las largas relaciones de pareja hacen casi inevitable que entre los dos (o más) miembros se generen muchas de esas cosas consideradas a día de hoy tóxicas por cualquier psicólogo decente, como la dependencia y la necesidad del otro, pero que han venido sosteniendo las relaciones humanas —no solo amorosas— desde que comenzaran a organizarse las primeras sociedades. Solo acusar cierta dependencia emocional hacia alguien (una amiga, su padre, su perro) es suficiente para que el terapeuta de turno lo convierta en un inútil incompleto que no puede vivir sin estar colgado de alguien y le recete un poco de Escitalopram con una pizca de Bromazepan, más setenta euros la consulta.

Curado de esa enfermedad llamada amor en el menor tiempo posible, usted descubrirá el apasionante mundo de las relaciones clínex, aquellas que se pueden consumir en caso de resfriado emocional, cuando la soledad apriete. Convertir en prescindibles a todos y cada uno de sus amantes es la estrategia que le ahorrará dolores de cabeza, preocupaciones y demás inconveniencias. La aventura del amar (hasta el verbo resulta molesto) convierte a los creyentes en productos de un mercado en constante fluctuación, en donde un potencial competidor con mejores prestaciones podría venir en cualquier momento a sustituir sus funciones. Del mismo modo, una también puede encontrar un producto que le encaje mejor, y esto no es literal —o sí—, en un momento puntual.

Mire a su alrededor: la sociedad líquida nos permite adquirir continuamente nuevos productos, más satisfactorios, en el menor tiempo posible. Y ni siquiera las garantías a medio plazo pueden parar esa nerviosa compulsión a la tenencia de objetos, que acostumbran a ser sustituidos antes de agotar esa protección legal (¿a quién le preocupan hoy las garantías?) por algo más nuevo, excitante y mejor. Las exparejas, examantes o examigos se suman así a la penúltima versión del iPhone, al Seat Ibiza del 2004 o a la ropa del Zara de la temporada pasada, a pesar de lo mucho que funcionó el pañuelo verde pistacho en el 2014. La caducidad (y la conciencia de que es inevitable) es la base del amor. «Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio».

Según los nuevos consejeros amorosos, las relaciones deben diluirse para ser consumidas y cada vez más gente se manifiesta abiertamente en contra de la monogamia ya que «las “relaciones abiertas” son loables por ser relaciones revolucionarias que han logrado hacer estallar la asfixiante burbuja de la pareja». Según otro experto que Bauman cita «las promesas de compromiso a largo plazo no tiene sentido (…) Al igual que otras inversiones, primero rinden y luego declinan».

La sociedad líquida diluye las relaciones de dependencia y las convierte en conexiones 4.0: lo importante, recuerde, es estar conectado. El antiguo concepto de relación está cambiando por el de conexión, en parte debido a la influencia de internet como principal suministro de «relaciones» en nuestras vidas. «Estar conectado» y «tejer redes» es lo más importante. Usted no padecerá las angustias de sentirse imprescindible para alguien cuando ya le haya aburrido: «Las conexiones se establecen a demanda y pueden cortarse a voluntad». De este modo, tampoco tendrá que dar la cara para echar a nadie de su vida, el botón block lo hará por usted: «A diferencia de las “verdaderas relaciones” las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida».

Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)
Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)

Y así cada vez hay más gente busca romances por internet, esté o no ya en pareja, y más sitios web se dedican a este fructífero negocio. «Si “el compromiso no tiene sentido” y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duran, nos inclinamos a cambiar de pareja por las redes. (…) Seguir en movimiento, antes un privilegio y un logro, se convierte ahora en una obligación».

El movimiento no es gratuito. A la mayoría de los seres humanos aún les viene grande el traje 4.0 y siguen buscando desesperadamente algo parecido al amor. Las felices personas solteras que conozco invierten gran cantidad de su tiempo y de su energía para mantenerse activas en el mercado del amor. El mundo líquido hace tan fácil entablar relaciones con otras personas que el concepto de amor se ha ampliado enormemente. «No es que más gente esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones, sino que esos estándares son ahora más bajos». De las larguísimas temporadas prerromance y citas previas a una relación de pareja, pasamos a escasos diez minutos de chat, una paja, y la creencia (real) de que nos encontramos ante el amor de nuestras vidas.

Y a pesar de ello, no tenemos relaciones más satisfactorias que las generaciones anteriores. Los divorcios han aumentando considerablemente y España es uno de los países de todo el mundo con mayor tasa de separaciones legales (exactamente somos el quinto en la lista). Los divanes de los psicoterapeutas están llenos de problemas de amor que pueden derivar en depresiones o grandes dolores emocionales. A la incertidumbre anterior que suponía poder ser abandonado por la pareja se suma ahora otra, tanto o más angustiosa: la de estar perdiéndose algo constantemente. Bauman lo dice así: «Los hombres y mujeres están desesperados por “relacionarse”. Sin embargo, desconfían todo el tiempo de “estar relacionados”, particularmente de “estar relacionados para siempre” (…) porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones».

En ocasiones uno acaba escogiendo entre el agotador e incierto mercado de valores, o el gran amor de su vida, aquel por el que promete hacerse discípulo del Estado del Bienestar del Amor, renunciando así a una trepidante y agotadora aventura cada día. Lamento decirle que, inexcusablemente, al cabo de cierto tiempo, usted se volverá a encontrar ante el dilema del hombre líquido: el amor debería ser más intenso que eso, puede que se esté perdiendo algo ahora mismo, entre los cientos de amigos de Facebook y el festival de moda de este verano. No me malinterprete. No me refiero a relaciones que enferman mortalmente o donde uno de los miembros no es tratado como merece. Más bien a esa asfixiante sensación de que nuestra pareja, por la que hemos renunciado a la libertad (hagan hincapié en el verbo «renunciar»), nos parece ahora más un estorbo y la causa de nuestras desgracias que aquel compañero o compañera que habíamos decidido tener siempre al lado. La fiebre del enamoramiento parece haber encontrado fecha de caducidad.

Las reacciones químicas del cerebro tienen mucho que ver. La etapa iniciática del amor (con pensamientos repetitivos que nos impiden sacar de la cabeza a la persona amada) se parece mucho (se lo aseguro) a un trastorno obsesivo-compulsivo. «Estar enfermo de amor» no es solo una frase hecha: puede estar usted realmente enfermo. Por eso, para nuestra propia supervivencia, el estado enfermizo no puede mantenerse durante mucho tiempo, y la oxitocina y la adrenalina dan paso con el tiempo a la vasopresina, que provoca que estos sentimientos tan intensos evolucionen hacia una fase más relajada. Si este momento no llegase sería imposible criar a la descendencia y, por tanto, mantener una familia —núcleo central de la sociedad moderna y, curiosamente, del capitalismo—. Da igual cuántas relaciones inicie, el estado adrenalínico siempre se extinguirá una vez cumplido su cometido. Lo cierto es la destrucción de la familia tradicional es un proceso imparable, pero las causas distan mucho de encontrarse en los matrimonios del mismo sexo.

Pero el amor también es inevitable, y ahí reside su verdadera esencia. «La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa..) de lograr experiencia en el amor, como si se tratara de cualquier otra mercancía». Al fin y al cabo, todavía no se puede traficar con los sentimientos, ni existe un mercado negro con dealers que vendan cachimbas de independencia emocional o gramos de indiferencia calculada. Cuando amen de verdad dense por perdidos, resígnense, dimitan. Porque amar es desaprender y también necesitar, depender, es tejer con hilo invisible cadenas que no debieran oprimir, sino fortalecer, dar paz. Lo sé: suena fatal. Yo también pago los setenta euros.

En cualquier caso, no tienen por qué creerme a mí. Lo que si podrían hacer es citar a Cortázar —los escritores, ensayistas, filósofos, poetas y monitores de crossfit ayudan a establecer interesantes conexiones en las redes sexosociales—. El autor escribía así sobre el amor en Rayuela, su obra más reconocida:

Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames.

Claro que después de aquello, Cortázar se casó dos veces más. Me explico, ¿no?