La absurda felicidad de Sísifo y el eterno retorno

La espiral de desesperación de los juegos infinitos.

Arrieros somos y en el camino nos encontraremos, la cuestión es saber en qué camino y cuándo. Entonces estaríamos preparados para ese encuentro casual (o no tanto) en el que dos arrieros vuelven a juntarse y el universo se ilumina. Da igual qué clase de arrieros, pueden ser dos que juegan al ajedrez o dos que sean filósofos o dos amigas que lo siguen siendo desde sus tiempos de la facultad, o dos… tanto da, volveremos a encontrarnos. Esta simple idea esconde el vértigo de los tiempos y hace que debamos reconocer en las actitudes y en las debilidades de los demás, de las nuestras, la posibilidad de que todo, absolutamente todo, por más inútil que parezca, forme parte esencial del devenir natural de nuestra existencia. Y, por eso, todo, absolutamente todo, es importante. En mi caso me pasa con el ajedrez.

Cuanto más juego más me asalta la certeza de estar perdiendo el tiempo. Yo ya lo sabía; había estado allí, en ese punto de hartazgo y de desesperación, muchas, muchas veces. Y no estoy solo. Hace ahora cien años, en una carta fechada el 3 de mayo de 1919, estando en Argentina, Marcel Duchamp escribe a unas amigas las siguientes líneas:

Hace mucho tiempo que quería escribirles, pero no encontraba el momento: a tal punto el ajedrez absorbe mi atención. Juego noche y día y nada me interesa más en el mundo que encontrar la movida justa. Perdonen entonces a este pobre idiota maniático. Yo sé que ustedes son buenas y me perdonarán…

Si le pasó a Duchamp y a tantos otros, ¿por qué, entonces, me he preguntado otras tantas veces, no habría de pasarme a mí?

La partida de ajedrez no es una partida, es un acto de desesperación. Es la afirmación consecuente de que todo es efímero, de que el tiempo pasa, de que todo se acaba y nada importa. ¿Cómo si no puede uno jugar y jugar y jugar y no parar y desentenderse del mundo, de la vida, de los seres queridos, de las lunas y los versos, de la belleza del día, del viento en el rostro y las nubes arreboladas?

La culpa la tiene internet. He visto grandes maestros jugar hasta la extenuación durante horas seguidas partidas absurdas a ritmo de un minuto por jugador (sí, por jugador, no por jugada, lo cual significa que la partida termina, como mucho, en dos minutos). El gran maestro Hikaru Nakamura es uno de los jugadores más brillantes del momento, ha estado instalado en la élite mundial desde hace varios años ya y uno creería que como profesional que es nunca se sometería a semejante despropósito. Pero no, a Naka, como se le conoce en el mundillo, se le puede seguir jugando cientos de partidas relámpago (que así se las conocen, o bullet, bala en inglés) en portales como lichess.org. Recuerdo su comentario entre hastiado y, quizás, sorprendido de sí mismo, en la ventana del chat después de pasarse toda la noche jugando: what a waste of life! (¡qué manera de desperdiciar la vida!). ¡Sin duda! La calidad de estas partidas suele ser infame, especialmente en los finales donde se trata de ir moviendo piezas rápidamente en un juego ridículo de gato y ratón y en donde lo único que importa es intentar hacer perder el tiempo al rival hasta que se caiga la bandera.

Yo me he encontrado en esa situación no cientos, sino miles de veces. Comienza una partida trepidante, sacrificios por aquí, errores por allá, carreras, empujar, empujar, hasta que todo ha terminado. Y otra vez, vuelta a empezar. Y de nuevo. ¿Otra partida? ¡Claro! Vamos, esta va a ser la última. Pero no, siempre se vuelve a empezar. Y es ahí en esa circularidad de despropósitos, en la naturalidad de que todo tiene un comienzo, un final y una sustancia cíclica de la que no podemos escapar donde lo que puede llegar a entenderse (a sentirse) como un desperdicio de la vida, se convierte en lo más íntimo, necesario y perteneciente a la naturaleza humana. El mito de Sísifo, arrastrando, empujando la piedra hasta llegar a la cima del monte para nada, para que caiga con rotundidad absurda y vuelva a su lugar de partida y, otra vez, a empujar. Es el mito que nos retrata con más fidelidad, con más cariño y pena, porque nos pone en nuestro lugar dentro de la inmensidad del cosmos. A veces lo disfrazamos de manera que no nos toque muy de cerca, pero es inevitable: por la noche la vigilia de Descartes da paso al sueño y, sin quererlo, comienza la mañana. ¡Qué destino desgraciado! O no, o quizás sea ese anhelo de repetición, de perfeccionamiento, de querer volver a intentarlo para hacerlo mejor, más dichoso, más alegre, más humano, más real, algo inseparable de nuestro ser, de nuestra realidad. Pero no solo humana, la realidad entera tiene esa circularidad de la que no podremos escapar jamás.

Creo firmemente, y esto no es una afirmación casual, gratuita pero sí, ciertamente esperanzada, que todo volverá a fluir y lo hará de la misma manera, con el mismo deje, el mismo demeanor, la misma luminosidad, el mismo eco y el mismo fervor con que elegimos que lo haga, todo, absolutamente todo, en la realidad de nuestra existencia, a lo largo y ancho de nuestras vidas.

Y lo creo porque no puede ser de otro modo. Porque la existencia misma, el ser, y también el no ser, se materializa como consecuencia de una serie de eventos probabilísticos que se han ido sucediendo desde los mismos inicios del universo. Y si el universo se generó hace catorce mil millones de años, nada impide que se destruya en otros tantos billones de años y vuelva a generarse y vuelva a destruirse y así ad infinitum y, en una de esas manifestaciones de la materia, yo volveré a escribir esto que estoy escribiendo y vosotros volveréis a leerlo.

Y así, aquella partida imposible con sus jugadas imposibles, sus agonías, sus anhelos, sus expresiones emocionales, sus secuencias lógicas de ideas, esa y no otra, se volverá a jugar, a pesar de las 10 elevado a 120 posiciones posibles sobre el tablero. ¿Pero qué son 10 elevado a 120 posiciones en un horizonte de billones, trillones de billones, 10 elevado a miles de trillones de billones de años terrestres? Nada. Un pedo de mosca. Una molécula de sílice en un desierto de dimensiones impensables.

¿Entonces? Entonces hay que ser optimistas, porque tenemos infinitas posibilidades de equivocarnos, una y otra vez; es más, esto que escribo ya ha sido escrito, trillones de veces, con una coma de menos o una coma de más, con la evocadora metáfora del pedo de mosca y sin ella. Y en una de esas versiones, tú, quien me lee, te has reído de todo lo que he escrito y en otra te has burlado, y aún en otra, te ha llegado a lo más íntimo de tu ser y te ha hecho sentir ese vértigo que yo he sentido al darme cuenta de todo esto y que es el mismo vértigo que sintió Nietzsche cuando vislumbró el eterno retorno y que es la misma entereza que reafirma al brahmán en su esperanza de hacerse cada vez más y más perfecto en su vuelta circular a la realidad.

Cuando Zaratustra se desmayó durante siete días lo hizo porque encontrarse parte de esta certeza temporal es algo cercano a la locura; a mí también me pasa, pero yo no me desmayo tanto tiempo, solo ante la inevitable bajada de presión arterial que me produce saber que estoy ganando una partida de ajedrez después de pasar por una montaña rusa de tensiones emocionales. Tan acostumbrados estamos a ver pasar el tiempo segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora… Una linealidad inconsecuente que nos aboca a la fatalidad, de la muerte, de la nada, si somos ateos, o a la esperanza de una vida eterna, con suerte en el sitio bueno y no en el malo. Lo reitero, somos arrieros y tengo la certeza de que volveremos a sentarnos en la misma mesa, beber los mismos licores, reírnos de los mismos sinsabores, jugar los mismos juegos, sentir los mismos besos y fundirnos en el mismo abrazo. Hay que creer a Albert Camus: ¡Sísifo fue, es y será eternamente feliz! ¿Jugamos otra?


Elogio de la mesa

Anatoli Karpov, 1979. Fotografía: Koen Suyk / Anefo (CC0 1.0).

Últimamente sigo con gran interés las retransmisiones en directo de los torneos de ajedrez. Dirán que qué aburrimiento; nada más lejos de la verdad. Hasta hace solo una década, los aficionados teníamos que ir expresamente a los lugares en donde se celebraban estos torneos; ahí podíamos admirar a nuestros héroes batiéndose sobre las sesenta y cuatro casillas peón por peón, pieza por pieza. He estado presente en muchos torneos como mero espectador, disfrutando de partidas de jugadores legendarios como Viktor Korchnoi, Judith Polgar, Miguel Illescas o, más recientemente, Hikaru Nakamura, Vladimir Kramnik o Magnus Carlsen. Siempre me ha fascinado ese halo de inaccesibilidad que se desprendía de aquellas mesas aisladas sobre un escenario mayormente vacío en donde dos jugadores, frente a frente, iluminados por focos teatrales como si fuesen actores representando una tragedia griega (y hay mucho de eso en una partida de ajedrez) se batían en silencio de manera tan elocuente.

Recuerdo con gran cariño el match de candidatos entre el británico Nigel Short y el holandés Jan Timman. Era 1993 y se jugó en El Escorial, en el Real Coliseo Carlos III, un teatro de estilo barroco del siglo XVIII; un lujo para los sentidos. Yo estaba escribiendo mi tesis doctoral sobre modelos matemáticos y dinosaurios —¡quizás por eso lo recuerdo con tanto cariño!—; el ajedrez era (y lo sigue siendo) mi vía de escape. Creo recordar que fui a ver la última partida, que dio a Short la victoria final para disputar el campeonato mundial contra Gary Kasparov (en esa época, Kasparov y otros jugadores protagonizaron un cisma contra la Federación Internacional de Ajedrez, FIDE, convocando un título mundial paralelo que persistiría hasta la reunificación de los títulos en 2006). Los espectadores teníamos unos cascos para oír los comentarios de un gran maestro mientras los jugadores, obviamente ajenos a los comentarios y a los propios espectadores, seguían sentados el uno frente al otro representando su drama teatral. Un gran espectáculo, sin duda. Hoy, gracias a internet, los aficionados podemos seguir todos los detalles de estas partidas directamente en nuestras pantallas (sea el teléfono, la tableta, el ordenador o la propia televisión) y extasiarnos con las tribulaciones fruto de las partidas entre los mejores jugadores del mundo comentadas en tiempo real por especialistas; a veces por grandes maestros que pueden ser de la misma talla que los que están participando en el juego. Hace no mucho podíamos disfrutar de la retransmisión del campeonato mundial entre Carlsen y Fabiano Caruana comentada en directo por Peter Svidler. Otro lujo para los sentidos.

Magnus Carlsen y Fabiano Caruana, en el FIDE World Chess Championship. Fotografía: Cordon.

Tantas retransmisiones, tantas partidas, tantos jugadores. Estaba siguiendo uno de estos innumerables torneos cuando, de repente, caí en la cuenta. Fue al verlos sentados con ese ensimismamiento tan característico de los jugadores de ajedrez, concentrados hasta la extenuación en la partida, desentrañando posibilidades ocultas, planes acertados, combinaciones precisas. Cada uno con su deje personal: unos inamovibles, como Caruana, otros cruzando las piernas y meneando el torso de macho alfa, como Carlsen. Pero todos, todos, siempre sentados unos frente a otros, con un tablero de por medio. Entonces me di cuenta de que más allá del juego, de la representación teatral, del drama lúdico como modelo del mundo, existía algo mucho más mundano, trivial casi, pero que encapsulaba la propia historia de las civilizaciones humanas. Me refiero, claro está, a la mesa.

Dos personas frente a frente enredadas en un abismo de posibilidades. ¿Cuánto tiempo pasó en la evolución de nuestra especie hasta que decidimos que sentarnos frente a una mesa era una actividad deseable, provechosa (digamos, «evolutivamente» ventajosa)? No tengo ninguna duda: la mesa es un invento —el invento— en el devenir temporal de nuestra especie que lo cambió todo. Nos separó de un destino mucho más humilde desde el punto de vista de las posibilidades cognitivas a las que se supone podemos acceder los mamíferos. La mesa nos permitió el salto cualitativo desde la mera relación de fuerzas entre los individuos de una tribu a la de la introspección personal para meternos en nuestras mentes y, de paso, en la de nuestros congéneres.

Viktor Korchnoi, 1976. Fotografía: Hans Peters / Anefo (CC0 1.0).

La mesa es un espacio de relaciones personales y una excusa para la introspección. No hay nada más «antinatural» que una mesa, con su delimitación geométrica, sus limitaciones dimensionales, su altura que nos obliga a sentarnos en una posición ridícula que acaba destrozándonos la espalda. La mesa se contrapone al mundo exterior; al espacio libre fuera de la caverna con los árboles y los arroyos y el viento en la nuca y el sol en los ojos. La mesa es una transmutación artificial del fuego: si el fuego era un espacio sagrado donde realizar los rituales, la mesa lo trasciende y lo convierte en un objeto humano. Se transmuta la energía de las llamas por la organización del espacio, el personal y el de las relaciones personales. En la mesa hemos aprendido el abc de las cosas y nos hemos permitido espacios y tiempos y soledades junto a un libro o un ánfora de ambrosías; hemos escrito cartas de amor y desamor, poemas que acabaron en la basura y mil ideas para cambiar el mundo. Quien se sienta en una mesa se adentra en el universo íntimo del pensamiento de una manera alevosa, con la seguridad de que quiere hacer algo que no está escrito en nuestros genes, ni en nuestras células. Porque el que se sienta frente a una mesa es el artista que apoya sus telas y sus pinceles o el escriba con sus tintas y plumas y pergaminos o el estudiante con sus libros del saber o el chef con sus ollas y sartenes o el saltimbanqui del pensamiento que imagina los porqués de nuestras actitudes humanas. No hay nada más artificial que una mesa, nada más humano; nos hace seres introspectivos y, a la vez, nos aísla del medio natural acercándonos un espacio sagrado. Gracias a las mesas, y no a las armas, se han construido civilizaciones; mientras en las primeras se ha elaborado todo el pensamiento a la luz de la candela o el led, reventándonos las vértebras, las lumbares y las cervicales al servicio maravilloso de la imaginación, con las segundas solo se ha actuado en servicio de aquellas (reventándonos todo lo demás).

Los humanos, pobres los humanos, genios los humanos, inventando dioses y sociedades, sacrificando vidas y pensando, siempre pensando, alrededor de una mesa. La mesa es el centro del refinamiento del pensamiento; el asombro por los fenómenos naturales solo se puede interiorizar cuando uno está solo, sentado, en una mesa, con un papel y un lápiz (o un ordenador), listo para digerir y soltar al mundo una nueva comprensión del universo. Y en la mesa surge el coloquio y la representación en forma de juegos; juegos de mesa, claro, sobre la mesa. Dentro del espacio límite de la mesa, un espacio aún más delimitado, con reglas propias y entidades mayúsculas. Porque el juego de mesa es la sublimación de nuestra ignorancia. Gracias a los juegos disimulamos nuestra falta de entendimiento y la ponemos al servicio de unas reglas simples que nos es dado seguir a rajatabla para reducir la complejidad de lo que nos rodea y, de paso, nuestra ansiedad frente al infinito. Por favor, la próxima vez que pongan los pies sobre la mesa, piensen en todo esto.


El juego de los grandes indiferentes

Hay un aquí y ahora en el ajedrez que define el juego, el deporte: una partida que se está jugando entre dos personas en un instante preciso, dentro de nuestro tiempo, detrás de la sombra de la luna sobre la tierra. Es un instante de tensión máxima, no de disfrute; es un momento de incertidumbre, de agonía por no saber las respuestas justas, no acertar a calcular con milimétrica exactitud la secuencia de cambios entre piezas, una agonía que se convierte en miedo. Miedo a fracasar, a no encontrar el camino, a verse envuelto en una nube de polvo cósmico que termina por devolver al juego a su sitio: el de la ligereza y la profunda nada. Porque al final del camino, el juego es un juego y vuelve a convertirse en el reino del poeta, Pessoa, de la pluma de Fernando Reis, que nos recuerda «É ainda entregue ao jogo predileto / Dos grandes indiferentes». Dos reyes que se baten a muerte, frente a un tablero, mientras sus huestes devastan el paisaje. Que se acabe el mundo, que se desbroce la tierra, que los siete mares desparramen su furia sobre los hombres. Nosotros a lo nuestro; el tablero, el juego, la niebla.

Fernando Pessoa (DP)

Hay también un antes en el ajedrez, el de las leyendas sobre su creación con sus sabios y califas y sus millones de granos de arroz sobre el tablero. Es el ajedrez de la escuela de traductores de Toledo, el de Lucena, el de la dama enrabietada de Francesc Vicent; el de Philidor y el de Stamma, el del gran Morphy y los inmortales mandobles de Anderson y Kisieritzky, el del loco Steinitz dándole a Dios un peón de ventaja, el de la eterna elegancia de Lasker y Capablanca, el del baile de salón de Alekhine y Euwe. Es el pasado de los grandes, de los campeonatos mundiales con glamur, de Fischer y Spassky celebrando la guerra fría en su particular batalla; el del interminable duelo KarpovKasparov, el del ajedrez como escenario valiente, de jugadas asombrosas. Pero también, es el juego de un pasado más cercano, el del análisis casero, con un tablero arropado sobre la mesa del comedor, profundizando y disfrutando —ahora sin miedo, sin agonía—, solo la alegría de comprender el plan, la idea, la jugada. Ese, el del pasado, es un ajedrez de gozo puro. De descubrimientos sin la tiranía del reloj, de asombro frente a las ideas: que se caiga el mundo, he entendido la jugada.

Pessoa habla de nuevo:

Cuando el rey de marfil está en peligro,

¿qué importa la carne y el hueso

de las hermanas, de las madres y los niños?

Cuando la torre no cubre

la retirada de la reina blanca,

poco importa el saqueo,

y cuando la mano confiada da jaque

al rey del adversario,

poco ha de pesarnos el que allá lejos

estén muriendo hijos.

Aunque, de pronto, sobre el muro surja el sañudo rostro

de un guerrero invasor que en breve deba

caer allí envuelto en sangre,

el jugador solemne de ajedrez

el momento anterior

(anda aún calculando la jugada

que hará horas después)

sigue aún entregado al juego predilecto

de los grandes indiferentes.

Pessoa (derecha) jugando al ajedrez con el ocultista Aleister Crowley (DP)

Y hay, pues, un ajedrez de ensueño, de metáforas y verdades, que nos lleva de aquí y allá, como un buen libro, como una canción hermosa, como una obra de arte en un museo de ideas. Y es ahí, en ese ajedrez de ensueño, más allá del juego y del deporte, y hasta del arte, donde se encuentra la mirada y la luna que da sombra a los confines de la tierra. Es el ajedrez indiferente que trasciende al poeta, el que trae noches en vela y días de locura, enjaulado en el misterio de la combinación incierta, más allá del plan, de la estrategia, más, mucho más allá de la indiferencia. En ese ajedrez, fruto del calor de estío, me encuentro:

Mientras el peón avanza, yo sueño y el sueño me eleva hacia las cimas y me acerca a los valles y el paisaje ya no recuerda lo que sucedió, ni tan siquiera si sucedió, lo vivo y lo muerto en una misma cosa. Y no es en los sueños que hay niños muertos y hombres y mujeres en un mar sereno, lleno de sangre, a punto de avistar la tierra.

Mientras el caballo salta sus saltos de humo y carne, yo escribo y la escritura me enseña a jugar y a oír los vuelos de aves fantásticas pero nunca inexistentes: ruiseñores en California, horneros en Buenos Aires, golondrinas en Madrid, abubillas en Valencia. El ave fénix que seremos todos sobre las brasas del aire.

Mientras el alfil se desliza por la diagonal (la del loco, la de Kandinski, la de las horas y los días) yo espero, espero la mano de los que fueron de los que son y de los que serán para mimetizarme en la arcilla, en el césped, en el tronco de un árbol cualquiera que desmenuza colores y sombras y verdor fresco sobre los ojos que miran al infinito.

Mientras la torre eterniza la columna y la fila hacia el abismo de las casillas centrales, yo muero: de ansia, de espera, de futuros lejanos, de risas inacabadas, de hermanos que se hieren, de otras gentes a miles de leguas del horizonte conocido.

Mientras la dama esclaviza el centro y la soledad del tablero, yo busco. Los locos de Arlt, la máquina del tiempo (la de Bioy), el grito de la selva, el capitán Ahab, los tigres de la Malasia, el tai chi frente al mar de China, los hexagramas del I Ching; y solo encuentro la perpetua e inmunda humana estulticia.

Mientras el rey progresa torpemente por la cuesta del desamparo y los héroes, los héroes vuelven a pasearse por el misterio de un paisaje oculto, un escenario efímero hecho de soledades, yo esquivo las señas del miedo, intuyo mares, acerco estancias, lugares de otro tiempo. Me perpetúo con mi sangre y elevo las alas hacia lo que no conozco; y no deja de darme miedo.

A veces las montañas dicen cosas en la lejanía. Traen ecos de otros tiempos pulsando la mente con recuerdos que creíamos muertos pero que simplemente se encontraban agazapados esperando el momento azaroso en el que volver con fuerza inusitada, planteando rompecabezas difíciles, a veces imposibles. Qué fue de aquella mirada, de aquel canto, de aquellas rocas, de aquél lugar mágico, de los vientos sobre la frente, del sol en el rostro, los jardines japoneses, la mano sobre la mano, la piel sobre la piel. Qué fue del todo y de la nada.

Parece mentira, el ajedrez, un simple juego. Unas casillas bicolores, unas piezas labradas, unas reglas simples y llanas. Tanta complejidad, tanta hermosura. Todo escondido en el tiempo.

Mientras el peón avanza, yo sueño.


Querido Jorge: el asombro permanente a través del diálogo

Debate en el simposio que organicé en 2004 en el CosmoCaixa de Alcobendas. De izquierda a derecha: Diego Rasskin, el neurobiólogo Alberto Ferrús, Jorge Wagensberg y los ajedrecistas MI Marcelino Sión y GM Miguel Illescas. (©Fundación La Caixa)

Hablar de Jorge Wagensberg es hablar del todo, del Aleph trascendente, de la mirada inquisitiva y el pensamiento rápido, de la necesidad de hablar para comprender, de la de escuchar —qué remedio— para conversar, un diálogo que empieza, pero no termina nunca. Conocí a Jorge cuando yo aún era estudiante de doctorado, en 1994, en unas jornadas organizadas en el entonces Museo de la Ciencia de Barcelona sobre el concepto de progreso en biología. Ahí estaban, entre muchos otros, dos grandes de la ciencia que también ya se han ido: Pere Alberch y Brian Goodwin. Desde entonces hemos conversado ininterrumpidamente, hasta ayer, que fue a reunirse con el cosmos y con Pere y con Brian.

En 1998, estando yo de postdoc en el instituto de investigación KLI de Viena, lo invité a dar una charla. Recuerdo la fuerte impresión que dio entre todos los presentes. Hubo una frase que pronunció que ha quedado como parte del ethos del instituto: «Entre una bacteria y Shakespeare, algo ha pasado». Creo que resume fielmente el espíritu de Jorge: la metáfora imposible, la comparación al límite, la evocación de conceptos, la profundidad de significados, todo aunado en una frase. Muchos años después se especializaría en regalarnos con esos aforismos sobre todo lo humano que tanta fama le ha dado.

Cada vez que nos veíamos en Barcelona me invitaba a comer, «a mover el bigote», como decía él. Para Jorge, no había mejor manera de conversar que frente a una buena comida. Era su modo de expresar su totalidad: frente a un buen vino y alargando la sobremesa para que cupiera el universo entero al llegar al café. Lo hacía también después de cada simposio científico: una gran mesa donde ejercía de anfitrión desmesurado, llevando la conversación a los límites de aquello de lo que él quería debatir. Una técnica perfectamente calculada.

Jorge y yo compartimos muchas cosas; en primer lugar, un pasado ancestral de exilios comunes desde la Zona Pálida de centroeuropa que nos hacía verter expresiones en ídish mientras nos mirábamos con cara de cómplices que acababan de cometer una travesura; porque hablar con Jorge siempre era como volver a la infancia: el asombro permanente. Él hablaba ídish mucho mejor que yo (yo solo conozco frases sueltas); siempre se nos escapaba una que refleja tantas cosas del ser humano que es imposible resumir: oy vei! Cuando me di cuenta de que podía compartir esta frase con alguien fuera de mi entorno familiar fue como una revelación. Oy vei es un lamento, pero también un reproche y al mismo tiempo la constatación de que nada funciona si se deja a los mediocres el poder y la potestad para hacer y deshacer en nuestras vidas. Oy vei es el elemento que une a todos los descendientes de la Shoá y que los pone en conexión con unos tiempos en los que pequeños pueblos de la fría Polonia o de la Rusia zarista eran arrasados sin contemplación alguna.

En los primeros años hablábamos de todo eso con Jorge, de la Shoá, del ídish, de los mediocres, pero lo que nos unía realmente, en el presente, era la ciencia, el arte y la pasión común por algo que lo contenía todo: el ajedrez.

Desde su posición como director del museo de la ciencia de Barcelona, luego Museo CosmoCaixa, Jorge hacía y deshacía a su antojo y organizaba simposios sobre temas que le fascinaban sin pudor alguno. Tuve la suerte de participar en muchos de ellos y de organizarlos directamente, como el de «Forma y función en el arte y la ciencia» o el de «El ajedrez, las máquinas y las formas de la mente» que se hicieron en Madrid en el desaparecido museo de Alcobendas. El simposio sobre ajedrez que se llevó a cabo en 2004, resultó ser la semilla de mi libro Metáforas (que más adelante el propio Jorge prologaría) y, de alguna manera, también, de que esté escribiendo estas líneas en este medio, que por algo se llama Chess Metaphors.

Así que con Jorge (todavía no me creo que se haya ido), con su diálogo, con su entusiasmo, con su interminable deseo de conocer y de comprender la realidad desde tantos ángulos: el científico, el del arte y, sobre todo, el humanista, seguiré hablando y mantendré viva la necesidad por aprehender la complejidad del mundo a través de la creación de la mente humana. A través de los años y a lo largo de tantos encuentros, fuimos preparando el espacio para colaborar en la preparación de un libro y una exposición museística. Los dos comprendíamos que el ajedrez sería el protagonista indudable de la exposición, pero también lo sería la filosofía de la mente, la neurociencia, la psicología cognitiva y las ciencias de la complejidad. El objetivo era que el espectador se sintiese atrapado por el mundo del ajedrez en un contexto mucho más amplio, interesándolo desde la perspectiva del arte, con muestras literarias, pictóricas y de cine y desde la de la ciencia para introducirlo en la mente del ajedrecista, su pensamiento y los procesos biológicos que subyacen al mismo. Lo que sigue es un extracto del diálogo que empezamos hace más de veinte años sobre los dos proyectos que, por diversos azares, los muchos compromisos de ambos, la operación de corazón de Jorge, la realidad de que la vida sigue su curso mientras nos ocupamos de otras cosas, nunca llegó a materializarse. Sin duda, el diálogo seguirá abierto.

Elementos para una exhibición de ajedrez y apuntes para un libro

Actos: Simultáneas, Torneos, Exhibición Hombre vs Máquina / Máquina vs Máquina, ¡Toma el test de Turing! ¿Quién jugó, hombre o máquina? ¡Si aciertas 10, ganarás un premio!, Ciclo cine en el ajedrez…

Contenidos: Historia del ajedrez; Historia de los autómatas de ajedrez; Historia de los  programas de ajedrez; Teoría de juegos; Teoría de la información; Teoría de la Complejidad; El ajedrez y las ciencias cognitivas; El cerebro de la condición experta; Geometría y matemática del tablero; Otros tableros; Otras clases de ajedrez; Relojes de ajedrez; Las reglas de ajedrez: evolución; El ajedrez en el arte: literatura y obras pictóricas.

Ramón y Cajal jugando al ajedrez. Fotografía: Centro de Interpretación Ramón y Cajal.

Amigo Diego,

Ha sido un placer hablar conversar de nuevo contigo. Sí, lo del ajedrez tiene muy buena pinta. Veré dónde colocar el proyecto (en estos momentos CosmoCaixa todo está bloqueado con la excusa de la crisis y quizá te hayas enterado de que en agosto cierran CosmoCaixa-Madrid, una vergüenza). El ajedrez es un tema maravilloso para una exposición temporal en un museo de ciencia. En estos momentos tengo tres preciosos proyectos entre manos:

el Museo del Tiempo en Montevideo, Uruguay (presupuesto aprobado y empieza la construcción),

el Museo Nacional de Ciencia en Oporto, Portugal (con dinero europeo) y

el Museo de la Diversidad del Cerrado en Brasilia…  Mmmmm…

No es mala idea ir pensando ya en una exposición así…

Una pregunta: en una de las fotos aparece Cajal jugando al ajedrez ¿no?

Estamos en contacto…

Un abrazo,

Jorge

***

Querido Jorge

Me encantaría que el proyecto de ajedrez se pudiese llevar a cabo en alguno de tus museos. Yo lo veo de forma grandiosa como aglutinador del conocimiento, una excusa para mostrar historia de la ciencia de manera cercana y que pueda comprenderse empleando metáforas, modelos y analogías varias. Desde el hombre prehistórico y su círculo mágico hasta la neurociencia y Cajal jugando al ajedrez (por supuesto es el de la foto), Shannon y la teoría de la información o von Neumann con la teoría de juegos y autómatas y el test de Turing, en fin la lista es muy larga como bien sabes. Pero no solo se puede utilizar el ajedrez como metáfora de física y ciencias de la computación, también es una excusa para la biología y la química: evolución, neurociencia, desarrollo, biodiversidad, combinación de elementos o estructuras químicas geométricas. Y en matemáticas, se explica solo.

Si me apuras, yo construiría un museo de la ciencia como si fuera un tablero de ajedrez y en cada casilla habría un tema distinto: así se podría invitar al visitante a «jugar» a explorar el museo de infinitas maneras, de casilla en casilla, como si estuviera al otro lado del espejo de Carroll.

Un abrazo

Diego

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Hola Jorge, 

Me alegró verte en El Velódromo, un nombre improbable para un café con tantos aires de la Viena modernista. Espero mandarte en la semana una serie de ideas para el libro y así hacemos que los engranajes hagan su trabajo. Me ilusiona mucho que escribamos algo juntos.

Un abrazo,

Diego

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Hola Diego,

A mí también me ilusiona el proyecto. Pienso que el tema debe ser matemática, música y ajedrez porque son tres formas de conocimiento y las tres tienen su lenguaje.

Yo voy a empezar pensando en los conceptos comunes a las tres formas que ahora agrupo en pares de conceptos: 

lenguaje (y conversación),

realidad (y complejidad),

leyes (y azar),

experiencia (y método),

evolución (y selección),

paradojas (y contradicciones)

belleza (e inteligibilidad),

forma (y estructura)

uf,uf,…

Estos pares de conceptos pueden ser los capítulos del libro y, en cada capítulo, el contenido sería a base de ejemplos brillantes.

De momento creo que el lenguaje de la música, del ajedrez y de la matemática ya comparten un gran valor: su universalidad. Quizá sean los únicos lenguajes claramente universales…

Seguimos en contacto,

Jorge

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Hola Jorge,

Empezamos bien. Me ha gustado el estilo binomial, son como teoremas y corolarios, de unos se desprenden los otros. Lo tomaré tal como está (incluido el uf, uf para darle forma. Creo que tendríamos quizás que hilar más fino con la universalidad. Estoy de acuerdo que los tres son universales pero no sé si son los únicos. Pensaré en ello (hm, hm)

Un abrazo,

Diego

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Hola Diego,

Gracias por la entrega. Se me ocurre una manera de escribir el libro: como una larga conversación. Uno escribe y el otro reacciona (contestando directamente o no). Sería un formato ligado a los tiempos que corren, un libro vía e-mail. Luego, cuando tengamos masa crítica, consensuamos la versión final. Por este procedimiento además el lector siempre sabe quién opina y se conservan las identidades y los estilos. ¿Qué te parece? Ya estoy preparando mi respuesta…

Jorge

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Querido Jorge,

Leo tu magnífica pieza en El Periódico sobre ajedrez y conversación… y no puedo dejar de entristecerme por constatar que nuestro proyecto de libro y nuestra propia conversación sobre ajedrez que, comenzó allá por 2004, se haya roto. Espero que no para siempre y podamos encontrar el tiempo y el espacio para seguir conversando.

Un fuerte abrazo!

Hola Diego,

Gracias por tus palabras. Si, algo haremos sobre todo en el Hermitage-Barcelona donde quiero dedicar una sala a la terna ajedrez ciencia música. De momento voy muy liado, pero algo haremos insisto.

Un gran abrazo,

Jorge

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Querido Jorge,

Oi vey itz mir!

Ahora te has ido.

Tu entusiasmo permanente quedará.

Un abrazo eterno,

Diego


Patafísica de Alpha Zero: 0 1 1 2 3 5 8 13 21…

Fotografía: Maxpixel (DP)

Alpha Zero. El alfa del aleph trascendente, la cabeza de buey mesopotámico, el punto donde estaban todos los puntos del inmortal cuento de Jorge Luis Borges junto con el cero hindú que ayuda a enfrentarse a la nada; el cero trasladado por la cultura árabe para llegar a Europa de manos de, ni más ni menos, el matemático Fibonacci. Un Yin, un Yang, un cero, un uno, un uno, un dos, un tres, un cinco, un ocho, un trece y así hasta el infinito; dos opuestos, dos especies de bellos animales, juntos, biunívocamente juntos, gritando como tigres y osos salvajes en la tundra, jugando al ajedrez.

El 5 de diciembre de 2017 hubo revuelo mundial en el mundo de los trebejos. Alpha Zero, un sistema de inteligencia artificial desbrozando la complejidad del milenario juego en cuatro horas, sin conocimiento previo, sin ayuda humana y destrozando al más grande entre los grandes, el módulo Stockfish. Viniendo de la nada nos recuerda que el conocimiento está ahí agazapado dentro de la esfera de aquello que está por descubrir. Porque la realidad, esa construcción mental que cree que ahí fuera hay entes, entidades y procesos, es más amplia que el entendimiento, la razón, cualquier búsqueda espiritual o material de las cosas. De repente Alpha Zero nos pone en nuestro lugar: una especie más, de corto entendimiento y altas miras. Y aquellos programas que creíamos invencibles, que intentaban codificar nuestro propio entendimiento, se pierden en la precisión insólita de las jugadas de la nueva bestia. Y he aquí la hermosa paradoja: Alpha Zero simula un aprendizaje tabula rasa, como si fuera el cerebro de un bebé y, cuando emerge triunfante, se ha convertido en algo que no sabemos qué es, pero sabemos que es mejor a lo que conocíamos. Un ente inteligente que solo juega, ¡pero cómo juega!

Por eso tanto revuelo. Nos ha descolocado: la red neuronal y el aprendizaje profundo logran caminos insospechados. Generan conocimiento inexplorado. Y nos hace despertar. Despertar y encontrarnos con un espejo reluciente, una máscara de sueños, un epitafio multimedia de nuestro ser. Y escuchar. Oír el rugido de las bestias hambrientas que nos amedrentan. Y conocer. Destripar la naturaleza de lo que nos hace humanos, los mitos, y deshojar todas, una a una, las margaritas de la sabiduría. Hoy es el primer día de Janucá y las kandelikas se encenderán para iluminar nuestro ser espiritual. Rayos de luz eterna sobre los fantasmas de nuestros antepasados. Rayos de la sefirot que atraviesan los tiempos y nos muestran, una vez más, una metáfora: una red neuronal profunda, el inicio frente a la nada del vacío. Alpha Zero.

Las diez sefirot del árbol de la vida de la tradición cabalística. Semejan, con un poco de imaginación, una red neuronal profunda.  Imagen: Anon Moos DP.

Alpha Zero, en realidad, no juega al ajedrez. Mueve las piezas. Pero lo hace con tino, con tanto tino que llegó a 3400 de Elo en unas cuantas horas de entrenamiento, partiendo desde cero, sin conocimiento alguno de ajedrez más que las reglas de ataque y defensa y, claro está, los movimientos de las piezas. Su funcionamiento es bastante críptico: no tiene una función de evaluación como el resto de los programas de ajedrez. Es decir, no encapsula conocimiento ajedrecístico, sino que lo crea. Lo hace gracias a una red neuronal profunda de múltiples capas interconectadas que distribuye ese conocimiento que va descubriendo a lo largo de distintos niveles de complejidad. Esto significa que no evalúa si una posición es buena o no, lo único que sabe es que una jugada tiene cierta probabilidad de contribuir a ganar la partida. A esto le une una estrategia de búsqueda aleatoria (Monte Carlo) que da con jugadas y variantes fuertes rápidamente. El conocimiento ajedrecístico de Alpha Zero está distribuido por los nodos de su red neuronal profunda de una manera tan sutil y a unos niveles de complejidad tan distintos de la verbalización humana que resultará imposible (en principio) extraer conocimiento por ese lado. Lo que sí sería posible hacer es ver cómo fue adquiriendo destrezas en sus jugadas a lo largo de las millones de partidas que jugó contra sí misma para descubrir y llegar a ser tal monstruosidad ajedrecística. El proceso es aquí lo importante, el desarrollo y la evolución de la red y de sus parámetros. Hay que imaginarse millones de partidas iniciales en donde todas eran ridículas hasta que, en un momento casi mágico, Alpha Zero comienza a encontrar jugadas que no son tan ridículas, que tienen mucho sentido para nosotros.

Por ejemplo, cualquiera que sepa jugar al ajedrez podría decir lo siguiente: «e4 ocupa el centro, abre diagonales, domina d5 y f5 y amenaza con un posible avance para adentrarse en el campo enemigo». Esto, en programas como Stockfish, que perdió estrepitosamente contra Alpha Zero (cien partidas, veintiocho victorias, setenta y dos tablas y cero derrotas, aunque en condiciones poco favorables para el pobre módulo, todo hay que decirlo) está codificado en forma de «función de evaluación» que contribuye a valorar la posición. Por eso cuando se pone un módulo a analizar una partida vemos una evaluación numérica, cuanto más negativo más favorable para las negras y, al revés, cuanto más positivo mejor para las blancas. En cambio, Alpha Zero solo da valor a la jugada y ese valor no es el resultado de saber si la posición es mejor o peor para un bando u otro, es simplemente un valor asociado a la probabilidad (basada en la experiencia y simulación de partidas) de que esa jugada sea ganadora.

Alpha Zero estrangula a Sotckfish en la partida tres. En la izquierda, AZ encuentra TxC! para más adelante, llegar a la posición de la derecha en donde la dama negra ocupa una casilla muy triste y la ventaja blanca ya es decisiva.

La experiencia humana en el ajedrez tiene mil quinientos años, cien o doscientos arriba o abajo. Las bases de datos de partidas de calidad tienen millones de ellas; además en internet se juegan cada día otros cuantos millones más (la mayoría de escasa relevancia) pero que contienen jugadas y patrones y posiciones que son de interés para el saber ajedrecístico. En otras palabras, la información a la que se tiene acceso en estos momentos es abrumadora. Aun así, el conjunto de todas estas partidas no alcanzan siquiera a arañar el número de partidas posibles: 10**120, número astronómico que, sin embargo, Alpha Zero navega como si fuera el mar Mediterráneo: un velero fenicio en busca de las costas occidentales, negociando olas y peñascos y desafiando la brisa ausente. A Alpha Zero no le importa todo este conocimiento: se lo ha fabricado desde, bien, desde cero; todos las partidas en una sola partida, como el Aleph de Borges, en unas cuantas horas de entrenamiento.

¿Qué moraleja contiene este increíble logro de la ciencia de la computación? Para mí hay una connotación filosófica clara, Alpha Zero nos enseña a ser mucho más humildes a la hora de pensar que nuestra manera de conocer el mundo, la realidad, es una manera que nos acerca a ella frontalmente, sin fisuras. El conocimiento nos hace libres, hemos conquistado saberes impensables hace diez mil años cuando nuestros antepasados todavía intentaban poner palabras a las cosas y a las emociones.  Pero es posible que nuestra manera de pensar, que se ha ido moldeando en nuestro cerebro desde los albores de las civilizaciones, refleje restricciones biológicas, fisiológicas y fisico-químicas que nos hacen razonar de manera poco eficiente. La facilidad con que Alpha Zero ha conquistado el go, el shogi, el ajedrez, pilares de la complejidad, nos lo demuestra. Nuestra capacidad para relacionar información sencilla es muy limitada. ¿Qué hay más sencillo que poner piedras blancas en las intersecciones de unas líneas para rodear piedras negras? Quizás el movimiento de una torre, simple, directo, en línea recta. Y, sin embargo, millones de aficionados se ahogan en una complejidad aparente, presente en sus cerebros pero ausente en el tablero, que les hace dudar una y mil veces antes de mover cualquiera de sus piezas.

Una hipótesis, quizás no demasiado descabellada, es que somos una especie patafísica. Sí, señoras y señores. Una especie que se ha creído el cuento de la ciencia de que somos seres racionales y buscamos la unificación del conocimiento, el arjé común de la fisis. Pamplinas. En cambio, en consonancia con los preceptos patafísicos de Alfred Jarry, somos una especie de excepciones, de opuestos, de alfas y ceros, de racionalidad irracional, que busca el placer en el dolor y el dolor en el placer, que se emociona constantemente con el canto de las sirenas, que ama y odia como si fueran caramelos, que embiste el vacío de la muerte con un escaso bagaje: amaneceres arrebolados de sueños y esperanzas. Y amanece, que no es poco.

Hoy es el séptimo día de Janucá y las kandelikas siguen iluminando la vida de los humanos. El Alef, que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo imagina y todo lo computa, habita en cada uno de nuestros maravillosos cerebros.

Diploma de patafísico de Boris Vian, 1966. Imagen: J-C Guinot (CC).


Pasado, presente y futuro entre el sol y mi corazón

La memoria se pierde. ¿Sabe la dama que alguna vez fue peón? Recordar nos emociona y a la vez nos reduce a un estado de melancolía. Nos permite ser quienes somos y es tan natural decir «soy yo» que no hay espacio para lamentar el conjunto opuesto, el de todo aquello que no recordamos. A veces no lo hacemos porque hemos construido murallas para evitar el dolor, pero otras son desmemorias orgánicas. Terrible, la degeneración del yo, la pérdida de la persona que fuimos, nódulos amiloides corroyendo el cerebro, destruyendo la memoria, el ayer, el hoy, el mañana. Un niño pequeño de apenas siete años caminando por las calles de Brooklyn de los años cuarenta, viajando solo en tranvía. Acaba de terminar la guerra. El soldado besa a la enfermera. Todo será pasado. Escuchemos a ese niño.

El tranvía 5060 sobre el Puente de Brooklyn en 1945. Foto: New York Transit Museum (DP).

La memoria desata tormentas demenciales, abre cielos turbios y, a la vez, despierta corazones henchidos e ilumina mañanas verdaderas. Es un todo en uno. El peso del recuerdo trae sabores y peces espada que cruzan el alma de las sirenas que habitan las corrientes del Atlántico. Son soles de las estaciones urdiendo historias. La mayoría tan inciertas que quizás nunca sucedieron; la realidad del pasado no existe en nuestro presente.

Resulta trivial, pero el presente (que será el pasado) es real ahora, mientras lo vivimos, pero llegará un instante en que se convierte en algo lejano y confuso. ¿Cuándo deja de ser real? ¿En qué momento el recuerdo es solo eso, recuerdo, atisbos de algo que quizás sucedió, quizás no? Lagunas asomándose al vacío de la mente. Cierro los ojos. Veo un tablero. Los cierro más. Se puebla de piezas. Aún más y el niño sabe moverlas y pronto le gana a su hermano mayor, a su padre. Promesa de la primavera, sin barcos que lo lleven a navegar.

Ahora es Madrid, que es pasado. Un dibujo. Una elipse. Una radio, futura sombra. Un estallido metálico, lejanía de mares, calles sinuosas, árboles de tilo, pseudoacacias triacantadas en el jardín botánico. Un libro abierto en la cuesta de Moyano. Sobre un banco de piedra, sentado, esperando los días, susurrando a las noches del Retiro de un Madrid temprano. Y entonces, en ese tablero, con esas piezas y no otras, comienza la partida. El pasado, el presente y el futuro. Los ojos se abren y con el pensamiento siguen el movimiento, como una pieza de ajedrez.

Koltanowsky y Najdorf podían jugar decenas de partidas a la vez sin mirar los tableros, simultáneas a la ciega. Hace unos meses, el jugador húngaro GM Timur Gareev jugó de esta manera ni más ni menos que cuarenta y ocho partidas a la ciega al mismo tiempo, subido a una bicicleta estática. Ganó treinta y cinco, perdió seis y empató siete. Prodigios de memoria, todo en el cerebro, cada partida, cada jugada, cada variante, cada plan, cada amenaza. La memoria crea espacios, cada partida jugada es un pedazo de la imaginación del jugador. No existen, son simplemente destellos sinápticos.

¿Qué hacer delante de ese tablero pasado que ya no existe o de aquel que existirá en el futuro y que hoy solo es una posibilidad, una certeza de lejanía?

Hay que arroparse de esas certezas, hay que saber arrastrarlas por el fango, tomarlas por delante y atacar. El futuro, la radio, todo será cierto, pero diferente. Verse en el futuro delante de un tablero, moviendo las piezas, cavilando, la mano inquieta, pensando en el desastre que acecha. Y entonces. Entonces.

Como una pieza de ajedrez, me inmolaré recordando a los ausentes, espejos del alma, proyectos abstractos, ideas inacabadas, trampas inoportunas, vidas maltrechas, heridos de la calle, hermanos de leche, de sierpes, de arenas, de vicios, de histéresis inconclusas.

Como una pieza de ajedrez, recorreré el espacio, punto por punto, estación por estación, estrías de barro bajo los pies, andaré por caminos trazados de profundidades insólitas.

Como una pieza de ajedrez, soñaré el sueño del poder, de la venganza, de la tragedia, del mito de Sísifo, de Penélope tejiendo sus telas inacabables. De Ulises volviendo y revolviéndose sobre las entrañas de las harpías.

Como una pieza de ajedrez, atravesaré el espejo y esperaré a que todo lo que pueda suceder, suceda. Opondré mi mirada a la mirada de mi oponente; sí, mirada frente a mirada, voluntad frente a voluntad, yo quiero, yo puedo, tú quieres, tú puedes.

Como una pieza de ajedrez, encontraré el pensamiento y en la razón no solo al otro, al que está al otro lado del espejo, sino a mí mismo: mi realidad aumentada por la realidad del otro, mi voluntad contrariada por la del otro, la lucha de contrarios, la del mundo contra sí mismo.

Como una pieza de ajedrez, me tumbaré sobre la arena con el alma prendida de un duende, de una doncella fantasma, del espíritu de un corcel cuatralbo, enterrado en el mar. La poesía de los poetas inundará los días.

Como una pieza de ajedrez, saborearé el alma, me esconderé de los astros, de los animales, del peso de las nubes en el cielo, de la escarcha fresca de la mañana, del estruendo de los aviones que estremecen la sutil materia de las palabras heridas de azul.

Como una pieza de ajedrez, del juego, con el juego, hervidero de preposiciones hasta/hacia/para/por el juego, en donde nos reconocemos humanos donde nos vemos jugando con Alicia, persiguiendo personajes de feria, paradas de monstruos, reinas furiosas, sombrereros locos, sombras colosales que nos acechan al otro lado del espejo.

Como una pieza de ajedrez, moveré el mundo, desollaré la carne viva, la sangre de los héroes, el grito de los inocentes, la bestia de colores imposibles. Entraré al reino donde todo puede suceder.

Como una pieza de ajedrez, buscaré la belleza del sacrificio inopinado, la burla de las posiciones finales: un peón por aquí, una torre por allá, todo inútil; el rey abatido por las huestes contrarias en una tragicomedia shakespeariana.

Como una pieza de ajedrez, amaneceré en tu cama listo para comenzar el día, el café calentando hasta la última célula de nuestro ser. El silencio, el tumulto, lo aprendido y lo desaprendido, la sonrisa, porque somos ya uno ahora aquí, en el presente que será pasado cuando lleguemos al futuro.

Como una pieza de ajedrez, dejaré que el vuelo de los pájaros trace una curva, una parábola y una elipse entre el sol y mi corazón: migración tras migración desde un bosque oscuro hacia un oasis de aguas limpias y estivales.

Brooklyn ya no tiene tranvías. El niño sigue buscando el camino a casa. No, nunca podremos volver a escondernos en el jardín botánico. Todo esto para mover un peón hacia el abismo.


El koan y la sinrazón de la complejidad

Potlatch, forma de agasajo (a menudo destruyendo pertenencias) entre grupos indígenas subárticos para mostrar su poder, siglo XIX. Fotografía: Edward S. Curtis (DP).

Desde hace cuatro años viajo con cierta periodicidad a Barcelona. Lo hago por trabajo, ya que doy un curso de teoría de redes para Transmitting Science, una excelente iniciativa académica independiente que inició una antigua alumna mía de la universidad. Desde 2015 viajo también para preparar un nuevo proyecto sobre ajedrez y cognición junto con el gran maestro Miguell Illescas. Mis coordenadas allí son bastante estables: estación de Sants, plaza de Cataluña y barrio de Gracia, donde está la escuela de ajedrez de Miguel, EDAMI. Cada vez que voy suelo caminar mucho porque me encanta negociar los chaflanes y casi siempre me desvío para recorrer la Rambla desde la plaza hasta el mercado de la Boquería; desgraciadamente no tengo que detallar cómo es este recorrido, lo que significa y significaba antes y después del atentado, cómo atraviesa —literalmente— el corazón de la misma naturaleza de esta maravillosa ciudad. Es un recorrido obligado que hace todo visitante, comparable en Madrid a la obligatoriedad de caminar de la Puerta del Sol a la Cibeles o en Valencia desde la plaza de la Reina a la estación del Norte. Son puntos de encuentro comparables, enigmas de la conciencia histórica de las ciudades que revelan todo tipo de memorias. Las comparaciones son el material del que está hecha nuestra mismísima noción de la realidad.

Relata Johan Huizinga en su imprescindible Homo ludens que muchos grupos sociales del pasado no muy lejano demostraban lo poderosos que eran deshaciéndose de sus propiedades y hasta matando a su propia gente (normalmente esclavos) para mandar mensajes de esplendor: soy tan poderoso que me puedo permitir el lujo de matar a los míos. Esto, que pudiera parecer tan extraño (y a la luz de los últimos actos terroristas, tan familiar) es un impulso universal que deriva de nuestro ser agonista, una mezcla de lo lúdico y lo sagrado: una comunión entre conocimiento de la realidad y la propia naturaleza. Según el genial sociólogo holandés, los dados y el ajedrez pertenecen al reino de lo sagrado precisamente porque son juegos y son una expresión de este principio por el cual se destruyen las pertenencias o incluso se mata a los propios miembros del clan para demostrar el poder sobre otro grupo. Sacrificios de peones. Gambitos. Te juego sin dama y te gano.

Homo ludens, como no podía ser de otra manera, es un libro lleno de comparaciones. Algunas tienen carácter científico; otras no, otras son simple observaciones, meras anécdotas y analogías que no pasarían un test científico riguroso. Pero la comparación es conocimiento, a veces peligrosamente superficial y anecdótico, como la observación de que alguien se ha curado «gracias» a la presencia de un cristal sin atender a la causa misma. Y así con las pseudociencias y las mal llamadas medicinas alternativas (solo hay una medicina, lo demás son des/esperanzas). ¿Qué ocurre cuando comparamos?

Si comparo, digo: esto es parecido a aquello. Como el beso y el silencio, como la bruma y el miedo, como la oscuridad y el tiempo. Cada día hacemos eso, en la vida y en la ciencia: comparamos pesos y medidas, tiempos y espacios, velocidades y masas, purinas y pirimidinas, embriones y fósiles, felicidades y melancolías, sicilianas y francesas. La comparación es el principio del conocimiento. No hay saberes puros, que no admitan una regla sobre la cual generar gradientes o particiones o rangos o cuantificaciones precisas de sustancias minutas, despreciables. Si tengo un átomo lo comparo con el átomo de hidrógeno, si tengo una galaxia la comparo con un año luz, si tengo un anfibio lo comparo con un reptil y un ave y un mamífero. Caín y Abel, URRS y EE. UU., nacionales y republicanos, palestinos e israelíes, piezas blancas y piezas negras.

En ajedrez, si tengo una cadena de peones la comparo con la cadena contraria y, de esta manera, surgen las estructuras básicas: simetrías y asimetrías, centros móviles o bloqueados. En ciencia, hay una metáfora muy profunda: la metáfora del elefante y la esfera, o de las vacas circulares. En ella se cuenta que un grupo de matemáticos se reunieron para contribuir al conocimiento biológico; después de varios días de trabajo concluyeron que su enunciado debería comenzar del siguiente modo: sea un elefante esférico. Colorín colorado. La moraleja de esta pequeña historia es que no se trata de una broma: la ciencia, y la biología en particular, no se beneficiará de la posibilidad de avanzar si se toma la noción de un elefante esférico como algo cómico, imposible, no biológico, en definitiva, ridículo siquiera de emplearse como punto de partida para avanzar en algún punto concreto de la naturaleza del elefante y, por extensión, de la naturaleza entera.

El elefante esférico. Imagen: Diego Rasskin Gutman.

Al contrario, la metáfora de la esfera puede llegar a ser iluminadora, puede generar conocimiento al abstraer los detalles de la biología del elefante y quedarse con una aproximación de su compleja ontología: el volumen de un elefante es muy cercano al volumen de una esfera con un diámetro de la altura del paquidermo. El modelo, entonces, proporciona aproximaciones válidas respecto a algunas preguntas (no todas, pero algunas). En la tradición zen hay un recurso que va más allá del modelo, más allá de la metáfora e incluso más allá de la analogía, se trata del koan. Es una estructura de conocimiento que introduce una comparación muy superficial, casi tangencial, a veces aleatoria, a veces fortuita, a veces paradójica, a veces simplemente descabellada: un beso y un lago, la bruma y el tiempo, el peso del silencio, la oscuridad y el miedo. En tanto que el koan lleva a cabo dicha comparación disparatada, la trasciende, generando una analogía entre cosas o conceptos que no tienen nada que ver y que al ponerlos en un mismo plano, el de lo comparado, puede llegar a sugerir o revelar ideas profundas como un lago en invierno. Lo peligroso es tomarlas como verdaderas.

Y así sucede en la archiconocida leyenda que da origen al ajedrez, la de aquel filósofo llamado Sissa que le ofrece al rey un juego pidiendo como recompensa un tablero con trigo. El rey, satisfecho con tal petición, no entiende el alcance de la misma; el astuto filósofo le pedirá que doble la cantidad de granos al tiempo que va rellenando cada casilla: 1 grano en la primera, 2 en la segunda, 4 en la tercera, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1024… y poco a poco la tarea resulta imposible: 2 elevado a 63, una cifra astronómica que invita a pensar en un koan, en una metáfora fabulosa que ilustra la esfericidad de los elefantes con precisión matemática. Lo simple construye lo complejo: una serie exponencial que explota en las manos del rey. Como las variantes de ajedrez que se adentran en esos números astronómicos y, a pesar de que el tablero se puebla una y otra vez de las mismas estructuras, de esos peones móviles o bloqueados, de esas mayorías en el ala de dama o del ala de rey, de cuatro contra tres o de tres contra dos, las sutilezas de la posición de las otras piezas proporcionan siempre un elemento nuevo, una excepción, una particularidad que singulariza cada partida convirtiéndola en un habitante único de esa población de 2 elevado a 63 granos de trigo y más allá, hasta 10 elevado a 120 posiciones posibles del ajedrez.

Siete por diez elevado a nueve. Parece una nimiedad al lado de los números astronómicos del ajedrez. Y lo es. Pero no es un número cualquiera, siete por diez elevado a nueve somos todos, todos los seres humanos que poblamos nuestro planeta. Cada día mueren y nacen unos cuantos; normalmente nacen más que mueren, por eso la curva de la población sigue aumentando a un ritmo alarmante. Cada día algún desastre rasca un poco más el número de muertos: inundaciones, terremotos, huracanes, hambrunas; cada día algún troglodita que se ha creído el koan de lo divino mata peones en las calles de alguna gran ciudad: en Buenos Aires, Madrid, Kabul, Damasco, Bagdad, Jerusalén, Manchester, Nueva York, Londres, París, Niza y ahora Barcelona. Los granos de trigo se marchitan en el tablero, el lago y la bruma, el tiempo y el beso, el silencio y el miedo, el peso de la oscuridad. Malditas las metáforas que animan a la muerte, malditos los koan que pretenden dar sentido profundo a lo que no lo tiene: los dogmas, las creencias absurdas, desde la religión fanática al nacionalismo obtuso, las espadas que se empuñan por todas ellas, los que fabrican las espadas y los que las trafican. Malditos todos los que ignoran que los peones y las torres y los caballos y los alfiles y las damas y los reyes también sufren las inconsecuencias de la vida.


De lo espiritual en el ajedrez

Kárpov y Kaspárov. (DP)

Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro. Esta frase tan escépticamente clara hace poca justicia a los canes. Suena y resuena en los confines del hastío cuando uno levanta la cabeza y solo ve muerte, miseria, podredumbre, gente hueca y miserable en un mundo que todavía se asemeja a aquélla metáfora del medioevo, con los reyes como mensajeros de Dios y los peones como carne humana sin más destino que la salvaguarda de la corte. Escribo esto y los trogloditas vuelven a salir de la cueva, esta vez en Manchester y en Londres, y se han puesto a deglutir niños vivos, enteros, para estimular su escasa imaginación australopithecina.

Pero aún hay esperanza y hete aquí que el peoncillo cruza el tablero sigilosamente, como si no fuera la cosa con él y a medida que avanza casilla a casilla, su poder se acrecienta. En la fila cuatro es una gran herramienta, un punto excelente de apoyo para las piezas, sobre todo para el caballo que encuentra donde parapetarse, ayudado y protegido por el paria que ha subido en la escala social desde el ostracismo de la fila dos, donde era un desposeído sin techo, uno más del lumpen proletariat. En la fila cinco, su presencia empieza a preocupar al ejército contrario, es como una cuña que abre el campo enemigo y se adentra entre sus huestes con malas intenciones. Cuando llega a la fila seis suenan todas las alarmas, el ejército contrario intenta emplear todas sus fuerzas para bloquear su avance: se vislumbra la metamorfosis. En la fila siete el peón es más fuerte que la amenaza, cuya consecución ocurrirá en la fila ocho, cuando haya por fin pasado por toda la trama de la vida y elija su nuevo destino: la poderosa dama, la majestuosa torre, el intrépido alfil o la figura ecuestre. Se ha realizado el milagro, el final feliz anhelado, la trascendencia a un destino oscuro y pobre, la gran transformación.

La metamorfosis del peón.

Esta secuencia que ocurre en cada partida (para ser precisos, en aquellas en las que el peón logra promocionar en la última fila) forma parte del uso y abuso del ajedrez por aquellos que, como nosotros, escribimos y nos apasionamos por la cantidad desmesurada de imágenes y metáforas que encontramos en el juego, que se nos antoja arte y se nos antoja ciencia. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo transmitir a un lector que nunca ha jugado al ajedrez la pasión por los trebejos? ¿Cómo explicármela a mí mismo? Cuanto más me relaciono con ajedrecistas profesionales más comprendo que existen diferencias fundamentales en la manera en que estos encaran el propio juego. Estas diferencias vienen dadas por actitudes vitales que reflejan el hecho de que han elegido el ajedrez como profesión, por lo que toda mística o resplandor metafórico ajenos al juego, a la competición y a la imperiosa necesidad de ganar, se convierte en parafernalia superflua. Bonita, sí, pero superflua; el reino de la parafernalia innecesaria es un ámbito en donde, en cambio, se mueven (nos movemos) a sus anchas, los aficionados.

Se me ocurre que nada menos que Vasili Kandinski, el padre del arte abstracto, nos puede ayudar en esta empresa. Kandinski nos dejó un legado impresionante como impulsor del arte moderno, de la abstracción y de la racionalización tanto del arte como del carácter del artista. Hablaba de una «necesidad interior» en el arte. Un impulso que lleva a las personas (a los artistas más concretamente) a llevar a cabo la locura del arte, es decir, la locura de plasmar una acción de búsqueda personal para someterla al escrutinio de los demás. Suena familiar a los ajedrecistas, debería serlo: la partida de ajedrez es un acto público, es un desnudar la mente frente al implacable espectador en el presente y en el futuro. Sin duda el ajedrez es un acto de calculada locura. Mi éxito, mi fracaso, mi concepto acertado, mi jugada brillante, mi ceguera absoluta, mi error de bulto. La agonía de la creación en un marco competitivo, desnuda, para escarnio de cualquiera que quiera, que se atreva, que sepa verlo; abierta de par en par para ser criticada sin remisión: «A ver, dime ¿cómo pudo jugar ese plan tan descabellado? ¡pero si hasta un niño puede ver que está equivocado!». Y el implacable aficionado larga su retahíla de epítetos y adjetivos para dar coherencia a su comentario… y no se da cuenta de la tortura interior del jugador, de sus anhelos, de sus frustraciones, de la voluntad de ganar y del miedo a perder, de su preparación de esa fracción de segundo en que decidió quizás de manera inconsciente que atacaría por el ala de dama y todo comenzó a ir de mal en peor.

Izquierda. Portada de la traducción española de De lo espiritual en el arte. Derecha. Sobre blanco II obra de Kandinski de 1923. Se intuye el centro y las diagonales. ¡No pasen por alto los tableros!

Kandinski lo intuyó, en lo que se refiere a la creación artística, en su libro clásico de 1912: De lo espiritual en el arte. Tres principios rigen según él todo acto creativo, toda necesidad de crear. Son necesidades místicas, es decir, que no se alimentan directamente de la razón sino que se apoyan en un impulso personal de encuentro con uno mismo (y, sin embargo, me consta que la mayoría de los ajedrecistas no son conscientes de ello) pero veamos qué son esos tres impulsos, esas tres necesidades:

1. La personalidad: el artista, como creador, ha de expresar lo que le es propio.

Nosotros leemos: la personalidad del ajedrecista que elegirá unas estructuras y no otras; propondrá unos planes y no otros; hará jugadas más arriesgadas y no otras… y tendremos a un Kárpov que someterá al rival con jugadas calculadamente fuertes pero no espectaculares frente a un Kásparov que destrozará la resistencia del otro jugando con la potencia de lo espectacular. Personalidades distintas, juegos distantes; expresiones dispares de un mismo elemento. El «gélido Tolia» frente al «oso de Bakú»: ¿qué más decir?

2. El estilo: el artista ha de expresar lo que es propio de su época.

Y el ajedrecista sucumbirá a la moda de una apertura y no otra y será romántico o será hipermoderno o dinámico o ecléctico… o no será… Y el jugador romántico ensayará gambito tras gambito y sacrificará sus piezas una y otra vez y no dejará que nadie le diga que su ajedrez no es sólido; y el jugador hipermoderno será más cauto y no abrirá el centro sino que lo controlará desde atrás con sus alfiles situados en las grandes diagonales; y el jugador dinámico dará un impulso a sus piezas fruto de la coordinación excepcional que someterán al valor material; y el ajedrez ecléctico de hoy en día, ayudado por el análisis de las máquinas sabrá utilizar cualquier recurso ganador en el momento adecuado y para cada posición precisa.

Y la tercera necesidad une el arte con el artista, la transcribiré en su totalidad:

3. «El artista, como servidor del arte, ha de expresar lo que es propio del arte en general (elemento de lo pura y eternamente artístico que pervive en todos los hombres, pueblos y épocas, se manifiesta en las obras de arte de cada artista, de cualquier nación y época, y que, como elemento principal del arte, es ajeno al espacio y al tiempo)».

¡Ah! lo puro y eternamente propio del ajedrez, las verdades que se esconden tras las estructuras de peones; el alma del ajedrez, el espiritu de Philidor, la estrategia de Steinitz, la lógica de Capablanca, el empuje de Lasker, el dinamismo de Alekhine y la magia de Tal, la voluntad de Fischer y el rigor de Kárpov, la potencia de Kásparov y la increíble visión de Carlsen….

Sigue Kandinski: «Es suficiente con penetrar en los dos primeros elementos con los ojos del espíritu para que se nos haga patente el tercero. Entonces comprenderemos que una columna toscamente labrada de un templo indio está animada por el mismo espíritu que cualquier obra viva moderna».

Comunión de tiempos; amalgama de espacios; el ritmo y la palabra: las partidas de Ruy López animadas por el mismo espíritu de una partida moderna.

El ajedrez mueve el espíritu; quien nunca haya caído presa de la belleza de sus movimientos, de la armonía que desprende la justa coordinación de las piezas, de la fuerza de un sacrificio inexpugnable, de la inexplicable quietud de una jugada intermedia no podrá entender la pasión que mueve al aficionado. Mientras tanto, los jugadores profesionales nos siguen mirando con cierta condescendencia; ellos son los poseedores del verdadero conocimiento, pero nos dejan que exploremos este otro mundo: el de las metáforas que poco, o quizás nada, tienen que ver con el verdadero ajedrez. Sigamos jugando, antes de que los trogloditas vuelvan a salir de sus cuevas.


Por qué jugamos

Fotografía: Oak Ridge / U.S. Government (DP).

En el parque, en el salón, en el tren, dentro de un submarino, bajo la nieve, frente a un sol de justicia, en la mesa de la cocina, en la celda de una prisión, en la casa de Pinocho donde todos cuentan hasta ocho. Yo tendría cinco años. Vivía en un barrio de la periferia de Buenos Aires, donde la humedad era tan cierta como los golpes militares. Donde la feria de los viernes en la calle Obispo San Alberto llenaba el empedrado de hojas de lechuga y papel de estraza. Donde se oían bombas o tiroteos entre montoneros o militantes del ERP y comandos paramilitares y las sirenas de la policía formaban a veces una parte íntima del paisaje urbano. Madrid no existía, Franco seguía muriendo. Tampoco la Valencia plácida y bella junto al Mediterráneo. Jugar en aquel Buenos Aires era un niño encaramándose por los tejados, subiendo a los depósitos de agua y soñando hacia el horizonte como don Diego de la Vega, el Zorro, con su corcel bajo la luna. Una capa de tela, un antifaz de cartón y un palo espada para hacer frente a los malhechores. Todo era juego, todo era sueño, imaginación, acción, despertares.

De los cientos, miles de juegos que se han inventado en las diversas culturas y que atestiguan la necesidad que cada sociedad tiene por encontrar simuladores de la realidad, en casa había unos pocos. Los dados y el juego de la generala. La perinola y la suerte. La cartas, noches de canasta, chinchón y escoba de 15 (que más tarde se convertirían en tute, mus y póker). El ludo (que más tarde llamaré parchís). La oca. El senku. Juegos para jugar, juegos para compartir, juegos para pensar, juegos ¿para qué?

Un día abrí un cajón y allí estaba, era un ajedrez de madera incompleto; no recuerdo qué pieza faltaba, pero no importaba, aquellas formas tenían un significado mágico para un niño de cinco años. «Esto es un ajedrez». «¿Cómo se juega?» «Los peones así, las torres asá». Ya está, «¿jugamos?». Era mi hermano mayor, siempre un paso más adelante, como todos los hermanos mayores.

El senku, muy de moda en los setenta, había que hacer saltar cada ficha por encima de otra para ir quitándolas del tablero, hasta quedarse con una en el centro. A la derecha, piezas de un juego de ajedrez medieval, el primer ajedrez completo que hubo en casa, gentileza del tío Santiago.

El cerebro quiere jugar. Quiere crear mundos con lo que sabe y lo que no sabe, con lo que imagina y recuerda, con lo que predice y desea. Quiere volver a hacer lo que hizo, lo que sabe que sabe y por eso le resulta tan familiar, pero también quiere resolver lo que le está prohibido, por su complejidad, por su dificultad última. Y juega, el cerebro juega y nosotros con él; arrastrada por el pensamiento, la mano mueve la pieza:

Y jugamos por jugar

Porque sí, porque queremos, porque no hay otra cosa que hacer en esta habitación, porque nos aburrimos, porque hemos visto una fotografía y hemos entrado en un estado de melancolía que solo se puede exorcizar con el juego, porque existimos todavía.

Y jugamos para ganar

Porque tiene el juego un componente decididamente hostil, un tanto agresivo, obstinadamente hueco y estéril. Porque no es casual. Porque nos enfrentamos constantemente en la historia, en el presente, en la realidad y en los sueños, porque el enfrentamiento entre congéneres es una constante evolutiva, porque los ciervos se rompen los cuernos para ganar espacios y posiciones dentro del grupo, porque el jugador mira con ojos asesinos al oponente enviándole un mensaje telepático: ¡a ver qué haces ahora!

Y jugamos para triunfar y fracasar

Porque son dos caras de la misma moneda, porque de las más profundas de las miserias hemos alcanzado las más altas cimas de la nada, porque no solo de Groucho vive el hombre, porque cuando gano tú pierdes y cuando pierdo tú no me has ganado, yo me he equivocado; porque ese ser agresivo, ese agonista que hay en todos nosotros, tiene licencia para matar cuando se escapa de la realidad y se halla protegido por el círculo sagrado del campo de juego.

Y jugamos para olvidar

Que la realidad existe, que nos atrapa, que a veces nos hunde en la desesperación, que los inocentes siguen muriendo bajo las bombas, que alguien fabrica armas y las siguen vendiendo impunemente, que los justos y los miserables vamos en el mismo barco, que el planeta sigue viajando a cien mil kilómetros por hora y no hay manera de bajarse, que las pateras siguen abarrotadas, que los muros se siguen alzando, que la vida se acaba, siempre se acaba.

Y jugamos para recordar

Que hay mañanas tan bellas como el sol, que el amor resiste y persiste, que el blanco y negro de las casillas flota a través de un mundo de colores, que las ardillas siguen su paseo a través de los cables de la luz buscando enero, que la música nos inunda y nos llena de emoción, que la jugada bella es la jugada cierta, que la vida continúa porque no somos individuos sino un continuo biológico que se pierde en los orígenes de la materia.

Y jugamos para divertirnos

Porque reírse es adentrarse en el centro de uno mismo y arrancar todo aquello que nos contamina, porque la felicidad es lo que nos saca a flote en el mar de la nada.

Y jugamos para demostrar

Que sabemos más que el otro, que hemos visto más lejos, más rápido, más profundo, más preciso, más elaborado; que podemos ganar, que podemos resistir el empuje de las piezas y generar contrajuego a la primera imprecisión, que hemos aprendido los entresijos de la apertura, sus ideas, sus motivos, sus trucos tácticos, sus posibilidades a largo plazo, que no nos importa sacrificar una pieza si tenemos juego dinámico lleno de posibilidades para demostrar que nuestra voluntad es más poderosa que la del otro.

Y jugamos para calmar la adicción

Porque no podemos parar y a veces son las cinco de la mañana y lo único que puede hacer nuestro cerebro es seguir cambiando peones y sacrificando piezas y esperar a que el penúltimo jaque mate sea el más bello del mundo.

Y jugamos para conversar

Simplemente por estar junto a otro, frente a una persona, humana, a veces cálida, a veces autista, a veces sorprendida, a veces elemental, a veces compleja, a veces trivial. Por compartir, por expresar un lenguaje que nos une, el lenguaje del conocimiento, de los iniciados, de la reducción de lo complejo a lo simple. «A veces el ajedrez es tan tonto» (H. Nakamura).

Y jugamos para pensar

Hacer que todo case, que el cerebro funcione, que la mente batalle por las ideas, por las conjunciones, por el devenir de la pieza, por el devenir del tiempo, por la astucia, por la inteligencia, por los errores del otro, por los míos, mis aciertos, los tuyos. Pensar para saber, saber para elegir, elegir para equivocarse, una y otra vez, hasta encontrar la certeza dentro de la belleza.

Y jugamos para crecer

Como individuos, como personas, como entidades únicas, porque a pesar de la continuidad del fenómeno de lo viviente, a pesar de estar formados por elementos que se originaron hace miles de millones de años en alguna estrella de dimensiones fabulosas, porque a pesar de que el Yo es un sinsentido sin el Tú y el Él y el Nosotros y el Vosotros y el Ellos, porque mi presente es el pasado de mis ancestros y el futuro de mi descendencia, a pesar de todo ello, estamos solos frente al universo y jugamos para disimular esa certeza.

Y jugamos para aprender a encontrar el niño que aprendió a crecer, a pensar, a conversar, a calmar la adicción, a demostrar, a divertirse, a recordar, a olvidar, a triunfar y a fracasar, a ganar, en definitiva, a vivir.

Que 2017 nos encuentre jugando.


Verdad o belleza, un paseo por la oscuridad del bosque

Caissa, la diosa del ajedrez, por Domenico Maria Fratta.
Caissa, la diosa del ajedrez, por Domenico Maria Fratta.

En los cuentos populares el bosque es un ámbito de desgracias. Estas narraciones milenarias, dicen, son parte de la mítica y mística que reflejan la propia cultura, de la que parten y a la que dan forma. Son una manera de reflejar la realidad; en última instancia, representan una única verdad, arquetípica, en muchos casos estereotipada, acerca de nosotros mismos. Las historias que nos cuentan se han ido transmitiendo y mutando a ritmo del cuentacuentos del pueblo; en ellas hay ecos que se balancean en lo más profundo de nuestros temores: bosques donde las niñas son perseguidas por lobos, las princesas duermen un sueño eterno dentro de un castillo, los niños se pierden en la espesura y llegan a la casa de la bruja, un leñador no tiene más remedio que cocinar una sopa de hacha y un señor con barba azul descuartiza doncellas. Como la vida misma, claro, porque vienen de la vida misma, de los mismos horrores y terrores que han ocurrido y que por desgracia ocurren y seguirán ocurriendo en algún lugar del planeta.

Y hete aquí que la mismísima diosa del ajedrez es un espíritu de los bosques, una dríada, llamada Caissa. Nació de la pluma de un poeta italiano del siglo XVI, Marco Giorolamo Vida en su poema «Schacchia Ludus». Caissa asoma su rostro desde su morada, tímida, divertida, y nos contempla. Ríe mientras millones de aficionados se devanan los sesos por comprender jugadas, planes estratégicos o teoría de finales. Baila cuando nadie la ve, cuando el crepúsculo llena el espacio sombrío de verdor y frescor de estío. Habitar el bosque, como Caissa, es morar en la escena lúdica de todos los niños del mundo y por extensión, de todos los adultos que poseen todavía la capacidad del juego. ¿Quién no recuerda estas palabras mágicas?:

¡Juguemos en el bosque mientras el lobo no está…!

El canto resuena todavía en la memoria; el bosque oscuro, las linternas, las formas acechantes de los árboles en penumbra. Las chispas elevándose sobre el fuego del campamento. Noches de verano en el recuerdo. El bosque mismo, su propia geografía, es una metáfora del juego: un lugar sagrado, de seres vivientes y misteriosos, inundado por el silencio de los lobos, de las bestias que se mueven por filas y columnas de frondas, setas y hojas mustias de otoño en el tiempo absoluto de la memoria.

El tablero de ajedrez es un bosque y el juego es un paseo por sus misterios donde solo un jugador sale victorioso. O no, o los dos se dan la mano y entablan, se miran, ríen, analizan los qué, los cómo, los quizás, los cuándo y los porqué. «Aquí debía haber jugado esto y aquí aquello», «no tenías que haber tomado el alfil con la torre», «el rey debía haber movido a h1, no a h2». «¡Venga, a tomar unas cañas!». Sentencias profundas en el abismo horizontal del bosque donde habita Caissa.

El 11 de noviembre comenzó el match por el campeonato mundial, entre el defensor del título, Carlsen, y el retador, Kariakin. Son momentos para la historia, el genio noruego contra el solidísimo ucranio-ruso, dos dignos moradores del bosque, dos grandes jugadores. Pero de todos los campeones del mundo de ajedrez, hubo uno que supo comprender la verdadera naturaleza del espíritu del bosque. Hubo uno que realmente sentía el juego como un paseo entre fresnos y robles, donde nada puede verse bajo sus copas y la oscuridad contrasta con el sol de justicia más allá del verdor. Su nombre aparece en estos artículos muy a menudo porque es difícil no empatizar con su juego, con sus paseos, con la magia de sus propuestas. Se trata, claro está, del mago de Riga, el incomparable Mijaíl Tal. ¿Cómo describir las partidas de este gran genio del ajedrez? Quizás esta frase suya, mi favorita, la que define un ajedrez con el que me identifico plenamente, ilumina sus obras de arte:

Hay que llevar al oponente a un bosque profundo y oscuro, donde 2+2=5 y el ancho del camino de salida solo deja pasar a uno.

¡Ah! Más allá de la lógica, más allá de la razón, más allá del cálculo y de la valoración se encuentra el bosque oscuro, la complejidad que abruma, el misterio de los fantasmas que acechan tras las hiedras en cualquier encrucijada del camino. Caissa confundiendo la razón. Los puristas del razonamiento y la lógica, que los hay, y muchos, dirán que sus partidas eran juegos de artificio, humo. Sus jugadas deslumbrantes, erróneas; sus sacrificios, equivocados. Dirán que no resistiría una partida con cualquier súper Gran Maestro de la actualidad. Quizás. Pero Tal no jugaba para encontrar la verdad, sino para hallar la belleza. Y la belleza se enriquece con la imprecisión, con la asimetría, con la incertidumbre que nace a partir de la complejidad de la posición. El bosque oscuro y misterioso. El balbuceo del otro, la incredulidad ante la jugada imposible.

Otro genio del ajedrez, Kaspárov, dijo de Tal en una entrevista para una radio rusa traducida al inglés en chess.com: «Es el único jugador que no calculaba variantes, las veía». Es una apreciación esclarecedora. El cálculo de variantes es uno de los pilares del ajedrez, es la columna vertebral del célebre libro Piense como un Gran Maestro de Kotov, es lo que pareciera que distingue al maestro del aficionado. Pero, de repente, tenemos un personaje como Tal que no calcula a fondo sino que «ve» las variantes. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede verse una variante si no es por medio del cálculo?

Es posible llegar a ello; no en una partida, cargada de tensión y sometida a la dictadura del tiempo, sino en la resolución de un problema de ajedrez. Antes de saber la solución del problema, todo es cálculo, pero cuando se sabe la solución, toda la secuencia de movimientos, incluida la posición final, se ve como un todo. Saber la solución nos permite, sin necesidad de llevar a cabo un cálculo de las variantes, ver al mismo tiempo la posición que hay sobre el tablero y la posición final. Seguramente es el mismo proceso que permitía que Tal, mientras jugaba, encontrase combinaciones complejísimas, sin necesidad de calcularlas a fondo, llevando al otro jugador a ese espacio estrecho de misterio dentro del laberinto del bosque. A Tal se le aparecía el problema y su solución en cada encrucijada.

En una reciente partida entre dos supermaestros, Topalov se encargó de llevar al bosque oscuro a Caruana. Topalov, con blancas, sacrifica un alfil en posición aparentemente inocua, Caruana lo acepta. Los comentaristas coinciden: el sacrificio es erróneo, Topalov está perdido. Las máquinas le dan la razón: las negras ganan. La verdad. Sin embargo, Topalov sigue con su plan: atacar al rey negro que se encuentra un tanto desprovisto mientras gana tiempos presionando a la dama. Finalmente, Caruana sucumbe al empuje de Topalov. La belleza. Caissa sonriendo. Siempre, siempre, hay que creer en la belleza.

Topalov-Caruana, en St. Louis, noviembre de 2016. A la izquierda, la posición antes del sacrificio de Topalov. Juegan blancas. Dg3!? Sacrificio dudoso, la verdad. A la derecha, la posición final, Caruana se rinde ante la inminente entrada de la dama blanca. La belleza.
Topalov-Caruana, en St. Louis, noviembre de 2016. A la izquierda, la posición antes del sacrificio de Topalov. Juegan blancas. Dg3!? Sacrificio dudoso, la verdad. A la derecha, la posición final, Caruana se rinde ante la inminente entrada de la dama blanca. La belleza.

Hablábamos acerca del compromiso ético del arte en un artículo anterior, una vieja proposición filosófica: el arte es ético porque embellece la realidad, haciéndola mejor, ayudándonos a vivir más allá de la monotonía. ¿Pero es la belleza verdadera? Otro viejo problema filosófico. Quizás no, quizás lo cierto es feo y por supuesto, menos interesante que lo no-cierto, es decir, lo imaginado, aquello a lo que aspiramos o lo que nos gustaría ser-hacer-decir-sentir-experimentar. Entonces el arte es engaño, es solo la verdad del artista, su verdad que no es la mía, ni la de nadie más; la belleza que crea es una ilusión que resuena en el lugar común de la estética colectiva. Pero es la belleza del bosque, la que hace sonreír a las dríadas.

Por el tablero, ese bosque repleto de enigmáticas casillas, se desplazan personajes arquetípicos del subconsciente: reyes, castillos, caballeros, mensajeros y guerreros, igual que en los cuentos tradicionales. Todos tienen su misión especial en la batalla; el propio juego, las aperturas, los patrones de redes de mate, las estructuras de peones, son todos arquetipos que responden a lo aprendido por el ajedrecista. Recorrer la misma apertura una y otra vez es adentrarse en el bosque por el mismo camino, familiar, cómodo, generoso con nuestra ignorancia, pero temerario con su complejidad. Es el conjunto de conocimiento ajedrecístico que conforma la verdad. Entrar por el estrecho sendero del bosque oscuro, donde dos más dos son cinco, requiere ir más allá, arriesgarse a buscar la belleza.