De cómo querer y matar en una lengua extranjera

La Torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo. (DP)
La Torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo. (DP)

Habla George Steiner en Los idiomas de Eros de lo que significa hacer el amor en lenguas distintas. Relata ahí, en uno de esos libros que nunca llegó a escribir por el pudor de revelar demasiadas intimidades, sus propias experiencias con cuatro diferentes idiomas. Los tabús, el deseo, los límites de lo que es aceptado cambian de una lengua a otra, representado todo el peso cultural que llevan detrás. Se considera por ello un privilegiado al haber podido indagar en ese donjuanismo semántico del que tan poco sabemos.

A pesar de que se ha estudiado el plurilingüismo en las artes amatorias sí que conocemos mucho los efectos del lenguaje más allá de sus beneficios comunicativos. Uno de los aspectos más interesantes de los segundos, terceros, o cuartos idiomas, aquellos que aprendemos más allá de nuestras lenguas nativas, es que nos permiten pensar de una forma más racional, utilitarista, reduciendo aquello que se conoce como un sesgo de decisión y aumentando el interés en el bien común.

Daniel Kahneman, psicólogo galardonado con el Nobel en Economía en 2002 por sus estudios sobre cómo tomamos decisiones entre alternativas que conllevan un riesgo, popularizó la teoría del proceso dual. La gestión del conocimiento activa dos sistemas distintos en nuestro cerebro. En primer lugar, el de la intuición o razonamiento asociativo, automático y basado en las emociones —o prejuicios—, que se origina en hábitos adquiridos, y son muy difíciles de modificar. El segundo sistema, el de la razón, es más lento y deliberativo, y más susceptible de ser manipulado. El cerebro, con el objetivo de minimizar la energía utilizada, tiende a delegar gran parte de las decisiones en el primer sistema, aunque nos guste pensar lo contrario.

Según los estudios de Kahneman estamos instintivamente programados para mostrar una aversión al riesgo cuando lo que está en juego son ganancias, y a asumir riesgos en materia de pérdidas, aunque las consecuencias acaben siendo las mismas. Esta teoría prospectiva representa una crítica a la teoría económica de la utilidad esperada, por la cual deberíamos tomar decisiones en función de las ganancias o pérdidas previstas, de forma independiente a como se presenta la situación.

Uno de los ejemplos más utilizados en este sentido es el de elegir entre «salvar» doscientas vidas de un total de seiscientas, o una lotería en la que podríamos salvarlas todas o bien ninguna. En general la gente prefiere asegurar doscientas vidas. Sin embargo, si la misma situación hipotética se enmarca en términos de «perder» esas vidas, las respuestas se inclinan hacia la opción del «o todo o nada». Somos capaces de asumir riesgos irracionales con tal de evitar sufrir una pérdida.

Cuando forzamos a nuestro cerebro a pensar en un idioma en el que no somos nativos muchos de estos sesgos se difuminan. En una segunda lengua somos más capaces de racionalizar el riesgo. Por ejemplo, en uno de los estudios realizados por investigadores de la Universidad de Chicago, se separaba a sujetos angloparlantes que también hablaban japonés, enfrentando a cada grupo al dilema de Kahneman en una de las dos lenguas. El sesgo de asumir un riesgo mayor antes que afrontar una pérdida segura desaparecía cuando el dilema se planteaba en japonés. Lo mismo ocurría con coreanos que hablaban inglés. Los experimentos se han repetido en distintos contextos (por ejemplo, con decisiones monetarias) y en otras lenguas, como el español. El resultado es siempre el mismo: cuando para tomar decisiones utilizamos nuestra lengua materna nos centramos más en el miedo a lo que perdemos, y no en lo que podemos ganar, aunque las probabilidades estén de nuestro lado.

¿Cómo explicar este resultado? Uno de los mecanismos que pueden explicar esta reducción de los sesgos de decisión es que las lenguas extranjeras tienen una carga emocional menor que las lenguas nativas, y es esta respuesta emocional —automática y provocada por el primer sistema de Kahneman— la que nos lleva a tomar decisiones irracionales dominados por el miedo. Esta menor reacción emocional se da incluso en aquellas lenguas que dominamos a la perfección, pero en las que no somos nativos. Por lo tanto, este«efecto de la lengua extranjera» hace activar a nuestro cerebro el segundo sistema antes de tener que tomar ninguna decisión, simplemente por el hecho de leer o escuchar una lengua que no es la nuestra. Esto es lo que lleva a que, cuando pensamos en una lengua extranjera se reduce la aversión a las pérdidas y aumenta nuestro grado de aceptación en apuestas donde el valor esperado es positivo.

El efecto de pensar en una lengua extranjera no se reduce únicamente a las decisiones relacionadas con el riesgo. El despojarnos de la carga emocional de nuestra lengua materna nos permite a su vez enfrentar dilemas morales desde una nueva perspectiva. Tomemos el consabido caso del tranvía. Este experimento ético plantea la situación en la que un tranvía avanza por una vía en la que hay echadas cinco personas. Si activamos una palanca, el tranvía cambiará de vía, hacia una en la que solo se encuentra una persona. ¿Accionaríamos en ese caso la palanca para modificar el curso del tranvía? La mayoría de personas que se enfrentan a este dilema moral así lo haría.

En un segundo nivel, se nos plantea que estamos fuera del tranvía, de nuevo sin control, hacia las cinco personas estiradas en la vía. En este caso, si empujamos a un hombre lo suficientemente gordo, el tranvía se parará al arrollarlo, salvando a las cinco personas. En este caso son menos los que ven correcto empujar al hombre. El enfoque utilitarista, que pensaría en el bien común (cinco vidas salvadas vs. una sacrificada) se ve aquí diluido en la respuesta emocional.

Realizando estos experimentos con participantes de distintos países se observa que cuando el dilema se plantea en una lengua extranjera las respuestas tienden a la decisión más utilitarista. Si nos planteamos este dilema moral en nuestra propia lengua la carga emocional de la respuesta aumenta, y el peso que le damos a la pérdida —ese hombre que empujamos a la vía— es mucho mayor, lo que nos lleva a no asumir el riesgo.

Existen en el mundo unas siete mil lenguas, que aportan una riqueza cultural de indiscutible valor. Esta gran variedad de lenguas lleva consigo una exigencia adaptativa para las distintas sociedades. El dominio de una nueva lengua nos permite no solo adquirir parte de su riqueza cultural, sino que requiere de un acto de empatía, de entender la presencia del otro, que nos lleva a tomar decisiones más pausadas, racionales y que tienen en cuenta el bien común, más allá de nuestros propios miedos.

Conocer los sesgos que acarrea pensar en nuestra lengua materna nos podría llevar a mejorar nuestras discusiones si las llevamos a un campo donde obliguemos a nuestro segundo sistema de pensamiento a tomar las decisiones. Este resultado podría ser útil para afrontar algunos de los retos de la política internacional. Así, una de las consecuencias inesperadas del Brexit pueda acabar siendo la supresión del inglés como lengua oficial en las instituciones europeas. Si la diplomacia perdiese a sus traductores, obligando al bi o trilingüismo en la toma de decisiones, alguno de los conflictos territoriales actuales podrían llegar a mejor puerto.

Por lo tanto, ya sea en la cama, como decía Steiner, en política internacional, o al tomar decisiones morales, la Torre de Babel, más que una maldición para confundir a los hombres, se puede transformar  en una ocasión única para tomar mejores decisiones.


El arte de la mediación

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Hace unos años colaboré en la evaluación de una oficina que se encargaba de lidiar con las demandas de los afectados por proyectos realizados por un organismo internacional. La experiencia fue muy interesante, y me llevó a la convicción de que la mediación puede ser un instrumento muy útil para abordar mucho de los conflictos donde la base es la pérdida de confianza entre las partes. Conocer los fundamentos de este tipo de técnicas puede ayudarnos a abordar muchos problemas que no encuentran una buena solución a través de la judicialización.

Una primera sorpresa es que los casos analizados por la oficina eran muy variados. Iban desde pueblos indígenas desplazados por la construcción de una autopista, el riesgo sísmico provocado por grandes obras públicas como la ampliación del canal de Panamá o secuestros para evitar la construcción de un puente. En todas las situaciones, la base era la misma: intentar solucionar un conflicto en el que las partes habían perdido la confianza la una en la otra.

Otro aspecto interesante era el perfil de los trabajadores de la oficina. Este era muy diverso, desde abogados hasta psicólogos, profesionales estos últimos poco habituales en grandes instituciones financieras. En su papel de negociadores la oficina contaba con diversos métodos, entre ellos el arbitraje, la diplomacia o la mediación. Se trata de procesos alternativos para la resolución de conflictos que intentan que sean los propios implicados los que busquen la solución del conflicto evitando que sea un juez quien decida. Lo más interesante de la mediación es que las técnicas no diferencian de si se trata de un conflicto entre países, partidos políticos, empresas, trabajadores o matrimonios.

A pesar de que se trata de llegar a soluciones ad hoc, lo que más me sorprendió es lo estandarizado de los procesos. Fuese cual fuese el colectivo afectado, o la clase de daño que alegase, los requisitos de entrada en la fase de mediación eran siempre los mismos: voluntariedad de las partes, neutralidad e imparcialidad del mediador, libre decisión a lo largo de todo el proceso, y confidencialidad. Una vez asegurados estos prerrequisitos, la mediación podía iniciarse. La mediación contaba también con pasos establecidos. Lo primero, no buscar la negociación como primer objetivo sino la recuperación de la confianza. Ya se trate de un pueblo, un país, o un vecino afectado, uno no llega a pedir la ayuda de un tercero neutral si no ha perdido toda confianza en aquel que ahora ve como su enemigo. Y ¿qué es la confianza? Aquello que nos permite esperar que el otro cooperará con nosotros en una situación en la que ganaría más engañándonos.

Existe mucha evidencia que demuestra que la confianza que nos tenemos los unos en los otros contribuye, por ejemplo, al crecimiento económico de un país, a su desarrollo financiero, e incluso al comercio internacional. Sin embargo, es más difícil saber cómo recuperar esta confianza una vez se ha perdido. Y ahí es donde juega un papel clave el proceso de la mediación. Si bien me siento incapaz de confiar en aquel que ya me ha traicionado, sí puedo creer en unas nuevas reglas del juego. En primer lugar cada una de las partes debe establecer sus condiciones para negociar. En sí, no es tan importante el contenido de las mismas como el hecho de saber que estas serán respetadas. Estas condiciones pueden ir desde asegurar que uno abandonará la negociación si se siente amenazado verbal o físicamente, hasta cuestiones de más dudoso fondo, como pedir la limitación de mandatos. Al fin y al cabo se trata de garantizar que uno se sentirá cómodo en la negociación, sabiendo que su voz ha sido escuchada. En segundo lugar, hablar en un espacio neutral, donde nadie se sienta más atrapado que el otro.

Con esto lo que se pretende es llegar a una solución entre distintas partes en conflicto a través de un tercero neutral, que consigue crear o recrear un ambiente de confianza que permite establecer el inicio de una negociación. Es por tanto un paso previo, y una alternativa, al proceso judicial, a pesar de que pueda estar incorporada dentro del mismo sistema judicial. Una de las principales ventajas de la mediación incluyen evitar costes emocionales de que existan un vencedor y un vencido. Ya lo dijo Keynes en 1919 en Las consecuencias económicas de la paz, tras participar y dimitir de las negociaciones del tratado de Versalles. Los efectos de las condiciones firmadas serian catastróficos para toda Europa, al humillar al «vencido», Alemania, que había visto esta solución impuesta, sin poder ser parte de la negociación. Y, sin duda, no se equivocaba. La mediación también consigue que la solución alcanzada sea definitiva. Al ser los propios implicados los que negocian los acuerdos y las cesiones es mucho más sencillo que se sientan responsables de los mismos que si estos vienen impuestos por un juez. En definitiva, ya se trate de países o personas, es más sencillo mantener una relación cordial tras un proceso de mediación que tras un juicio.

Pero los emocionales no son los únicos costes que la mediación reduce. Se trata de una forma más rápida y barata que la justicia ordinaria. Según el Banco Mundial, con este mecanismo los conflictos se resuelven en ochenta y ocho días de media, en comparación a los quinientos cuarenta y ocho que se requieren para una resolución judicial, siendo a su vez un 76% más baratos. A la vez, la mediación tiene un efecto positivo sobre el propio sistema judicial. Reduce la carga de trabajo de los distintos órganos permitiéndoles centrarse en aquellos conflictos de más difícil resolución.

Son muchos los organismos internacionales que otorgan una gran importancia a la mediación como mecanismo de resolución de conflictos. Esto les permite ahorrarse costes reputacionales, económicos y judiciales, y mejorar los procesos internos de la propia institución. Existen también varios instrumentos internacionales, directivas de la Unión Europea o varias recomendaciones del Consejo de Europa. Sin embargo la mediación en España tiene aún un largo camino por recorrer. Si bien existe una mayor tradición en lo que se refiere a la mediación familiar o de menores, sigue concerniendo al ámbito privado. La imposición Europea ha forzado nuevas leyes que tienen por objetivo aumentar la información de la que disponen los ciudadanos sobre las opciones de mediación. De este modo, siempre que alguien acuda a un juzgado por una cuestión civil debería ser informado de que existe esta alternativa para encontrar una solución.

Sin embargo, el aspecto más interesante de la mediación es que permite moverse de un juego de suma cero, que acaba con un ganador y un perdedor —y los lastres emocionales que eso conlleva— a un juego cooperativo, donde las partes son capaces de identificar intereses comunes, y a reconstruir una situación de confianza. Ante la existencia de un conflicto, el resultado derivado de la mediación será siempre más estable y constructivo que el de una solución impuesta ya sea por el jugador más fuerte o por un juez. Por esta razón mover la mediación del ámbito privado al público y político puede presentar importantes ventajas.

En la resolución de conflictos internacionales el arbitraje —que se diferencia de la mediación al tener el árbitro la obligación de tomar una decisión que obligue a las partes— generalmente no es aplicable, al ser los Estados soberanos. Sin embargo, el papel del mediador, donde se facilita un acercamiento de posturas pero no se obliga a imponer un resultado concreto, permite llegar al mismo resultado. Al recopilar de forma confidencial información sobre cada una de las partes, las recomendaciones propuestas por el mediador permiten alcanzar niveles de bienestar previos al estallido del conflicto entre los distintos países.

En la vida española existen hoy muchos conflictos en los que la mediación ofrece una vía alternativa de solución. Especialmente en aquellos conflictos en cuya base está una pérdida de confianza entre las partes. Una estrategia que pretenda resolver el conflicto con la intermediación de un tercero que pueda inspirar confianza recíproca entre las partes. Esto permitiría así salir de un contexto de traiciones mutuas, evitando etiquetas de ganadores y perdedores, y convertiría a los distintos actores en protagonistas de la solución alcanzada, haciéndoles así responsables de sus actos a futuro. Al fin y al cabo, y como en tantas otras cosas, ya lo dice el refrán popular, «más vale un mal arreglo que un buen pleito».


El voto del miedo

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Fotografía: Cordon Press.

Una sensación de vacío, de abandono, de desamparo. No es tristeza, no es angustia, no es ira. Es más bien la situación de hallarse al borde del precipicio. De soledad absoluta, vinculada a nuestra condición de fragilidad. Cada uno lo vive a su manera, pero tiene elementos comunes. El miedo a la muerte, a la enfermedad, al paro. Está asociado a la pérdida de una —quizás falsa— sensación de seguridad, al descontrol, a la incerteza. La pérdida de la salud, del trabajo, de la casa, de un ser querido, de la vida.

Se trata de una de las emociones primarias y básicas, y tiene una función principalmente informativa. La de avisarnos de que existe un peligro. La de protegernos. El sistema límbico analiza de forma constante la información que recibe nuestro entorno, para identificar las posibles amenazas. A través de la amígdala cerebral, núcleo de estas emociones, evalúa el peligro, y activa la sensación de miedo en el caso que sea necesario. Se producen en este momento distintas reacciones fisiológicas. Aumenta la presión arterial, la velocidad del metabolismo, la glucosa en sangre, la adrenalina, la tensión muscular e incluso se agrandan los ojos y se dilatan las pupilas.

Nuestros cuerpos se preparan para afrontar el peligro. Por esta razón se detiene también el sistema inmunitario, así como las funciones no esenciales. Nuestro cerebro da preferencia a sobrevivir a una amenaza frente a otros procesos cognitivos básicos. Ya se puede tratar de un riesgo físico o psicológico, es en cualquier caso un ataque a un sentimiento de seguridad. Ante la percepción de este peligro nuestro cerebro prioriza la conservación, es decir, se prepara para una respuesta de huida, lucha o paralización.

Por muy desagradable que sea la sensación del miedo, se trata de una información útil que nos permite sobrevivir a un peligro. O, como mínimo, intentarlo. Nos hace alejarnos de él y buscar opciones más seguras. El problema ocurre cuando el miedo supera el riesgo real al que nos enfrentamos. Sigmund Freud hablaba de la ansiedad como un miedo neurótico, que no tiene relación con el objeto de peligro. Esta angustia por un riesgo inexistente, o inferior a la respuesta de nuestro organismo, puede llevarnos incluso al pánico, donde el cerebro se fija únicamente en la percepción de peligro, retroalimentando el miedo, y haciéndonos perder el control sobre nuestro propio comportamiento.

Esta falta de autonomía en la toma de decisiones en una situación de miedo extremo ha sido recogida también en la legislación. El derecho romano fijó en el 79 a. C. la actio quod metus causa, que permite demandar la nulidad de contratos o actos que han sido llevados a cabo bajo la influencia del miedo. E incluso nuestro código penal exime de responsabilidad criminal a aquel «que obre impulsado por miedo insuperable» (Ley Orgánica 10/1995, art. 20.6). Este miedo no tiene por qué ser real, puede ser incluso imaginario. Es decir, la ley considera que en algunas circunstancias en las que actuamos por miedo no somos responsables de nuestras decisiones. Esto es fácil de entender en casos como los de un matrimonio forzado, pero ¿qué ocurre cuando la decisión que tomamos no tiene que ver con nuestro estado civil, sino con nuestro voto?

Existe la creencia de que el apoyo a partidos de extrema derecha, como mínimo en Europa, está muchas veces sustentado en el miedo. El miedo a la inseguridad económica, a la inmigración, al caos. Este puede ser potenciado también por los propios políticos, magnificando los efectos reales de algunos riesgos económicos o sociales. Si nos vamos a los datos, vemos que los partidos de extrema derecha tienden a obtener mejores resultados en épocas de crisis económicas, o tras ataques terroristas. Por ejemplo, tres semanas después de los atentados de París el 13 de noviembre de 2015 el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen obtuvo un porcentaje de casi el 28% del voto en la primera vuelta de las elecciones regionales francesas, su mejor resultado histórico, consiguiendo ser la primera fuerza política en seis regiones francesas.

Son varios los estudios que demuestran que tras ataques terroristas los ciudadanos son más proclives a dar su apoyo a políticas autoritarias a pesar de que estas recorten las libertades civiles, o a intervenciones militares. Los atentados aumentan también la preferencia por votar a partidos de derecha. En términos generales, en una situación de incerteza, la disyuntiva izquierda-derecha pone a la izquierda a aquellos más dispuestos al cambio, a asumir riesgos, y a la derecha a los más proclives a la estabilidad y a la necesidad de un orden. En este sentido, los votantes pueden dar su apoyo al conservadurismo político cuando este les sirve para «reducir el miedo, la ansiedad, la incerteza; para evitar los cambios bruscos y la ambigüedad». En un contexto de miedo, de cambios imprevistos, los ciudadanos pueden mostrar un apoyo mayor hacia los partidos de derecha.

Para entender el impacto del miedo en nuestro comportamiento político podemos ayudarnos de la teoría de la inteligencia afectiva, que analiza cómo las emociones afectan a los juicios políticos en escenarios electorales. Las estrategias por las cuales tomamos decisiones se basan en dos sistemas: el de disposición individual y el de vigilancia. El sistema de disposición está relacionado con nuestros hábitos, nos permite actuar en situaciones que nos son familiares. Lo eficiente en este contexto es seguir lo que nos dice la costumbre, no perder tiempo y energía en buscar nueva información. El sistema de vigilancia se activa cuando nos encontramos en una situación amenazante, a la que no estamos habituados. En este caso reconsideramos nuestras decisiones, buscamos más información.

El miedo aumenta nuestras percepciones de peligro, por lo que genera un comportamiento más adverso al riesgo. Nuestro sistema límbico nos lleva a querer huir de ese peligro, buscar nueva información, que en un contexto político se traduce en seguir más a los medios de comunicación, intentar aumentar nuestro conocimiento político. Los medios tienen, por tanto, una doble función. Por un lado nos permiten tener más información sobre las respuestas de los distintos candidatos ante la situación de incerteza, pero por otro lado pueden convertirse en un maximizador del mensaje de miedo más allá de los directamente afectados. La historiadora Joanna Bourke, autora de El miedo: una historia cultural, considera que los medios de comunicación se han convertido en el principal transmisor del miedo. Analiza por ejemplo el caso de la retransmisión radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles, que consiguió en 1938 desatar el pánico colectivo en EE. UU. Pone como condición, sin embargo, la existencia de una sociedad crédula que se deje llevar por el miedo difundido por los medios de comunicación. Una relación similar puede existir entre el total de muertos por ataques terroristas, y la cobertura que los medios dan de los mismos, predictor mucho mayor de la preocupación social que existe sobre el terrorismo.

Los miedos de una sociedad son producto de su tiempo, ya se trate del temor a la sequía, a la guerra, a los que vienen de fuera o al cierre de fronteras. El miedo puede ser usado como arma para dominar, como mecanismo de control. El miedo lleva a pactos políticos impensables en periodos de certidumbre, y es un elemento común de muchos acuerdos, ya sean uniones económicas o políticas, que busquen la no agresión entre mercados o países.

Como votantes, el miedo tiene un papel fundamental, nos impulsa a no dejarnos llevar por la costumbre, a buscar más información, a protegernos. Sin embargo, ya lo dijo Franklin D. Roosevelt en plena Gran Depresión, «a lo único que hay que temer es al propio miedo». A diferencia de un mal matrimonio, o de un acuerdo comercial, hoy en día la ley aún no nos permite eximirnos de nuestra responsabilidad al votar cautivos del miedo.


El humor en el discurso político

Foto: kremlin.ru (CC)
Foto: kremlin.ru (CC)

Con mayor o menor éxito —dependiendo siempre de la gracia natural del conferenciante— el uso del humor es una práctica habitual en los buenos discursos políticos. Si es así, ¿no debería estar el humor más presente en el discurso político? Sin embargo, ¿qué es lo que les lleva a querer hacer reír a su público? ¿Se trata de un mecanismo para estar más relajados como oradores, o hay algo más tras esta estrategia de comunicación?

El humor relaja, tanto al orador como a su audiencia, permite destensar una situación, algo importante en el éxito de un discurso. Cualquiera que se haya enfrentado alguna vez a dar una charla habrá escuchado aquello de «tener una broma preparada para romper el hielo». En general, hablar en público genera miedo, y es una de las fobias sociales más comunes en adultos. No hay más que observar las caras de los universitarios al decirles que un porcentaje de su nota final dependerá de una presentación oral en clase para comprobar los elevados niveles de estrés que provoca el enfrentarse a hablar delante de otros. Utilizar el humor es un buen recurso para crear un ambiente favorable al éxito del discurso.

Las bromas basadas en el lenguaje son un atributo único de los humanos. Sin embargo, existen evidencias de que los simios ríen también en situaciones cómicas, o que provocan el ridículo de otros. En este sentido, Darwin ya había señalado que es posible hacer reír a los chimpancés haciéndoles cosquillas. Esta risa, tan similar a la nuestra, es mucho más frecuente en el caso de los humanos, y con distintos usos. El humor en los humanos, presente en todas las culturas, requiere del uso del lenguaje, de la empatía y de complejos mecanismos. En la evolución de los homínidos el reírse en grupo remplazó a lo que en otros primates era el acicalarse, como podía ser peinarse mutuamente. Por lo tanto, la función primordial del humor es la de crear vínculos, o reforzar los existentes, ya sea despiojando al otro o explicándole un chiste.

Por lo tanto, la risa se utiliza como un mecanismo de reforzamiento de la unión dentro de un grupo. Pero, ¿cuál es la razón que nos lleva a sentirnos más vinculados a aquellos que se ríen con nosotros, que nos provocan una carcajada, o que se ríen de nuestras bromas? Las endorfinas. Al reírnos segregamos endorfinas, neurotransmisor que juega un papel clave en la creación de vínculos. Algo parecido a lo que sucede durante el orgasmo, con la ventaja adicional de que la risa permite extender este efecto a grupos mayores, ya que varias personas pueden reír a la vez. Por el contrario, actividades de acicalamiento en grupo, como peinarse o sacarse los piojos, tienden a estar restringidas a la creación de un vínculo mutuo.

Pero volvamos al uso del humor en los discursos políticos. El humor y la política tienen en común el uso de la retórica. Queremos usar las palabras, las metáforas, la ironía, para defender una postura concreta, defender un argumento, o hacer reír. Es la «facultad de observar, en cada situación, cuáles son los medios disponibles para la persuasión» (Retórica de Aristóteles, 1355). Esta persuasión verbal es, tanto para el político como para el humorista, la forma de hallar soluciones creativas a situaciones o públicos que se resisten a aceptar una premisa concreta. Tienen por tanto la política y el humor mucho en común, pero, ¿por qué hacer uso de la risa en los discursos públicos?

Existen varias teorías que pretenden explicar la función del humor, analizándolo desde distintos ángulos. En primer lugar se habla del humor como «alivio». La risa nos produce un desahogo tanto físico como emocional cuando nos encontramos en una situación de estrés (Spencer, 1911). Se trata por tanto de un simple movimiento muscular en respuesta a una excitación. Freud consideraba que el humor nos permite expresar sentimientos escondidos, tensión psíquica, tanto del que hace reír como del que ríe. La risa por lo tanto nos descarga, nos alivia, nos hace sentir mejor. Por ello, cuando en un discurso se utiliza el humor como recurso, no es solamente el conferenciante el que refleja estos sentimientos, sino también el público al aceptar o rechazar ese humor.

Tenemos también la «teoría de la incongruencia», es decir, reímos de lo que no esperamos, de lo que nos sorprende, de aquello que no sabemos cómo debemos entender, pero por lo que no nos sentimos atacados. Encontramos divertido aquello que nos es extraño en una situación determinada, pero que no nos provoca tanta confusión como para ser un elemento de peligro. Tanto en el concepto de incongruencia como el de alivio se refieren a una función del humor como destensador. La risa nos permite así crear un clima comunicacional favorable con la audiencia, que nos ayuda a persuadir, a transmitir un mensaje.

Sin embargo, el humor puede ser también una arma de doble filo, no solo articulando a los nuestros a través de la relajación y la creación de vínculos de confianza. La tercera gran teoría sobre el humor considera la risa como elemento de «superioridad». Habla Hobbes en Leviatán de esa «pasión que da lugar a esos gestos llamados RISA, y es causada o por algún súbito acto propio que complace, o por la aprehensión de algo deformado en un otro, por comparación con lo cual hay súbita autoaprobación» (1983:163). La risa se explica por tanto como el resultado de un sentimiento de superioridad, sobre otra persona o acto. Según esta teoría, el uso del humor en los discursos públicos se utilizaría como una búsqueda de provocar la risa como respuesta a la ridiculización del otro, y de buscar nuestra propia aprobación en ese acto. Al reírnos, sobre todo cuando lo hacemos de alguien que es de otro grupo, ya sea de raza, política, sexo o nacionalidad, lo que hacemos es fortalecer la identidad de nuestro grupo excluyendo a aquel que no pertenece. Es decir, el humor no solo provoca un refuerzo de los lazos existentes en un grupo por la confianza que da el reírnos juntos, sino también por ser capaz de señalar a aquellos que no pertenecen a nuestro grupo. Al bueno. Al mejor.

Por lo tanto, en el discurso político el humor puede convertirse en una eficiente herramienta para unir a nuestra audiencia y separarla de la oposición. Se trata de un uso retórico que no busca expresar una idea concreta, o disuadir a nuestro público, sino potenciar la rivalidad con el grupo vecino. Según Jon Lovett, redactor de los discursos de Obama que ahora trabaja como guionista de comedias en la NBC, «si puedes hacer reír a alguien de algo que tu oponente o tu oposición piensa, eso significa que has hecho un muy buen trabajo en señalar qué está mal en su argumento o posición».

Evidentemente, en todo humor, y especialmente en el político, estas tres grandes teorías juegan a la vez, y consiguen explicar solo parte de las funciones del humor. El humor tiene una función dual, que va desde la unificación a la división, en un continuo y sin ser factores excluyentes. Tiene efectos positivos y negativos, y hasta neutrales, si lo entendemos como una forma adicional de clarificar un mensaje.

El humor es un mecanismo complejo que, bien utilizado, permite generar confianza en nuestra audiencia, relajarnos, unir a nuestro grupo, vender mejor nuestras ideas. Tiene un elemento bipolar, puede hacer la política más amable, o potenciar rivalidades. Ya sea en el discurso del presidente en la cena de corresponsales de la Casa Blanca, o con la gran presencia de políticos en los late shows americanos, en Estados Unidos existe una gran tradición en el uso del humor como instrumento político. A lo largo de las últimos meses hemos visto en España un mayor juego de este efecto dual del humor, uniendo a los nuestros e identificando a los otros. En todo caso, no podemos olvidar que un buen uso del humor en el discurso político puede llevarnos también a una política menos polarizada y más amable.


Estrategias heterodoxas para encontrar tesoros hundidos

Restos del Titanic. Foto: Corbis.
Restos del Titanic. Foto: Corbis.

No sé si es por haber nacido horas antes de que se encontraran sus restos o por ser una adolescente cuando la cara de Leonardo DiCaprio llenaba las salas de cine, pero el descubrimiento del Titanic siempre me ha llamado especialmente la atención. La historia de cómo se llegaron a localizar los restos del mítico trasatlántico es útil a la hora de encontrar salida a situaciones cuya solución se resiste a los caminos tradicionales. A día de hoy, cuando muchos problemas políticos y sociales a los que nos enfrentamos parecen inabordables, ejemplos como este pueden recordarnos las ventajas de ensayar estrategias de aquello que los psicólogos conocen como pensamiento lateral, tan utilizando en el mundo de los negocios, y que busca dar respuestas en contextos que parecen callejones sin salida.

El 1 de septiembre de 1985, setenta y tres años después de su naufragio, se encontraban a tres mil ochocientos metros de profundidad los restos del que se había apodado como el «inhundible». Días después la prensa internacional se hacía eco de la noticia. Y no era para menos. A lo largo de siete décadas habían sido muchos los intentos frustrados por encontrar la localización exacta del mítico transatlántico que había partido de Southampton en dirección a Nueva York el 10 de abril de 1912.

Los primeros intentos para encontrar sus restos se iniciaron inmediatamente después de su naufragio. La localización aproximada era conocida, ya que había sido retransmitida por la tripulación durante el hundimiento la madrugada del 15 de abril de 1912 tras la colisión con un iceberg. Y además existían muchos incentivos para hacerlo. Entre ellos, el hecho de que entre los más de dos mil pasajeros que transportaba se encontraban miembros de grandes fortunas como los Astors, los Guggenheims, o los Widener, que formaron un consorcio con el objetivo de encontrarlo. Pero las dificultades técnicas, las restricciones tecnológicas, el mal tiempo y hasta la falta de fondos hicieron fracasar el proyecto. El posterior estallido de la Primera Guerra Mundial hizo que se postergaran nuevos intentos.

Pero la atracción del mito siguió viva. A lo largo de los años sesenta y setenta fueron varios los intentos que se saldaron con nuevos fracasos. Hasta la Walt Disney Company consideró financiar una de las expediciones. En 1977 Robert Ballard, miembro de la Institución Oceanográfica de Woods Hole (WHOI), el mayor centro independiente de investigación oceanográfica de los Estados Unidos, inició su aventura para encontrar el tesoro hundido. Creó una empresa con este fin, la Seasonics International Ltd. Pero lamentablemente no pudo precisar la localización del naufragio al romperse una de las tuberías del equipo de sonar.

Los primeros años de la década de los ochenta permitieron tener un mejor conocimiento fotográfico del área del fondo marino donde el Titanic había naufragado. Jack Grimm, un magnate tejano de la industria petrolífera que había financiado expediciones para encontrar, entre otros, el monstruo del lago Ness o el arca de Noé, consiguió implicar a la Universidad de Columbia, e incluso al propio Orson Welles para narrar el documental. Después de tres expediciones, Grimm tampoco consiguió localizar el Titanic, pero las fotografías que hicieron del fondo marino permitieron, como mínimo, obtener una imagen más clara de donde no se encontraban los restos del barco.

Bob Ballard, tras su intento fallido en los setenta, decidió intentarlo de nuevo a mediados de los ochenta. Añadía a su equipo un nuevo elemento, el Argo/Jason. Se trataba de un vehículo submarino de control remoto llamado Argo, conectado a un barco con un robot, el Jason, que a través de un conjunto de cámaras permitía recoger imágenes y muestras del fondo marino. La National Geographic Society sería la encargada de financiar estas cámaras. A esta tecnología americana se sumó el Instituto Francés de Investigación la Explotación del Mar (IFREMER), Agencia Oceanográfica Nacional, que añadió a la investigación un sonar de barrido lateral de alta resolución. El 1 de septiembre de 1985 el equipo franco-americano, liderado por Ballard, anunciaba el hallazgo de los restos del Titanic.

Robert Ballard. Foto: Corbis.
Robert Ballard. Foto: Corbis.

El comunicado, así como las distintas publicaciones de los principales periódicos, destacaban la importancia del uso del Argo/Jason, que a diferencia de los robots anteriores permitía sumergirse a gran profundidad, recorrer largas distancias del fondo submarino y permanecer ahí por un largo periodo de tiempo mientras los investigadores analizaban las imágenes desde la superficie. Se destacaba también el secretismo que rodeaba los términos de la operación, apodada White Star, que habían sido acordados tras largas negociaciones entre los gobiernos francés y americano. El mensaje era claro: gracias a las mejoras tecnológicas y a la colaboración entre países se había conseguido por fin hallar los restos del que ya era una de las grandes leyendas de la historia.

Sin embargo, los aspectos más interesantes del descubrimiento del Titanic no se derivan, a mi entender, de estos factores. Romper con las verdades establecidas, el oportunismo para utilizar objetivos complementarios y el ensayar estrategias poco convencionales fueron determinantes para el éxito.

En primer lugar, la expedición aprovechó el interés para un objetivo distinto al de encontrar el Titanic. Cuando en el año 1982 Ballard buscaba fondos para financiar el Argo/Jason contactó con la marina de los Estados Unidos, que se mostró especialmente interesada en el desarrollo de esa tecnología para encontrar los reactores nucleares de dos submarinos hundidos en los sesenta. Se calculaba que el USS Thresher y el USS Scorpion debían encontrarse en el Atlántico Norte, en una área cercana a la que se suponía debían estar los restos del Titanic. Nos encontramos en plena Guerra Fría, y la marina americana no solo quería investigar los efectos sobre el fondo marino de los reactores nucleares, sino también si uno de los submarinos había sido hundido por los soviéticos. Por lo tanto, la intención inicial de Ballard, encontrar el Titanic, se convirtió en una tapadera. Si conseguía encontrar los submarinos, con los recursos restantes la expedición podría intentar localizar los restos del trasatlántico. Estos recursos se convirtieron en doce días, suficientes para obtener las primeras imágenes del naufragio.

Pero siempre he pensado que el uso de una nueva tecnología robótica, el sonar de barrido lateral, o el «principio de oblicuidad» de ser tapadera de una misión secreta del gobierno americano, han eclipsado la gran aportación de Ballard al descubrimiento del Titanic: el plantear una nueva estrategia de búsqueda. Bob Ballard contaba con menos tiempo que sus predecesores, con recursos económicos similares y una información aproximada sobre el área en la que debía encontrarse el barco naufragado. Ante esta situación, se planteó un cambio de estrategia, aunque eso le llevase a cuestionar alguna de las grandes verdades que se conocían sobre el Titanic.

Jack Thayer, uno de los supervivientes del Titanic, había declarado a su llegada a Nueva York que el barco se había partido por la mitad durante el naufragio. Si aceptar que el unsinkable, el mayor, más avanzado y más lujoso trasatlántico de su tiempo se había hundido ya fue difícil, considerar que este podía haberse dividido en dos significaba un ejercicio de disonancia cognitiva demasiado grande. Ballard decidió dar por buena esa posibilidad, lo que suponía no buscar un buque de cincuenta mil toneladas que se había hundido en el fondo del mar, sino las piezas que saltaron del interior del barco cuando este se rompió. Estos restos, de poco peso, eran más fácilmente desplazables por las corrientes marinas, dejando así un extenso campo de escombros —mucho mayor que el propio barco que, según las corrientes, debía localizarse de norte a sur. Con esta nueva y heterodoxa estrategia, en la madrugada del 1 de septiembre de 1985 la expedición de Ballard logró fotografiar una de las piezas que saltaron durante el hundimiento, una caldera del Titanic. Y siguiendo este rastro encontraron poco después el resto del barco.

Son muchos los factores que permitieron dar respuesta a uno de los grandes misterios del siglo XX y encontrar así la salida a una situación que parecía condenada a estancarse sin solución alguna. Los avances tecnológicos, la colaboración entre distintos actores, el aprender de la práctica no olvidemos las expediciones fallidas previas del mismo equipo y seguramente hasta un alto componente de suerte fueron factores determinantes. Pero, a mi juicio, la clave del éxito de Robert Ballard fue su atrevimiento al romper con las verdades establecidas y con las formas tradicionales de abordar el problema. Aunque distintos y distantes, muchos retos políticos y sociales a los que hoy nos enfrentamos, cuya solución se resiste a través de los caminos de la política tradicional, se pueden beneficiar de utilizar estrategias heterodoxas que sepan abrir nuevas formas de plantear esos problemas.


Si es de los nuestros es menos corrupto

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Cada vez se hace más difícil abrir un periódico sin recordar aquella escena de Atrapado en el tiempo en la que Bill Murray repite ante las cámaras «hoy es el día de la marmota…otra vez». Cambiemos Granados por Rus, Pretoria por ERE, Taula por Aquamed. Y así podríamos seguir, tejiendo una larga lista de ejemplos que, bajo el nombre de «corrupción» o «escándalo político» implican el mal uso de los recursos públicos.

Puestos a repartir culpas y buscar remedios, ¿en quién debemos fijar la atención? Lo más sencillo es empezar por los propios corruptos. ¿Quién sino ellos deberían ser los primeros en responder ante la ley y la ciudadanía por el uso fraudulento del dinero de todos? Y seguir con los partidos políticos, que están obligados a garantizar la honestidad de sus miembros. Sin olvidarnos, claro está, de la propia Administración pública, que debería contar con mecanismos eficientes de control y supervisión de este tipo de escándalos. Pero, como votantes, ¿no tenemos ninguna responsabilidad en esta sucesión de escándalos de corrupción? Porque lo que no deja de sorprender es que, elección tras elección, muchos políticos denunciados por corrupción sigan siendo elegidos como si nada hubiese ocurrido. ¿Qué nos lleva a seguir votando por políticos corruptos?

Muchos son los factores que hay que tener presentes al analizar cuál es el impacto real de la corrupción en los resultados electorales. Uno de ellos es la difusión que hacen los medios de comunicación. Otro son las alternativas que tienen los votantes a la hora de depositar su voto. Estos dos factores parecen evidentes. Pero hay un requisito indispensable que es menos inmediato: para que los escándalos sean castigados en las urnas es esencial que los votantes conciban esos escándalos como una actividad corrupta. Es decir, como un abuso de poder público para obtener un beneficio particular. Esta conversión de un escándalo en una actividad corrupta implica un proceso mental en el que entra en juego un juicio de valor que depende de cada persona. En principio, parece razonable suponer que una persona juzgará de la misma manera dos casos idénticos de corrupción. Así, si un político es denunciado por un escándalo de blanqueo de dinero esperaríamos que la justicia le juzgase del mismo modo ya fuese del partido X o del partido Y. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando somos nosotros los que tenemos que decidir si continuamos votando o no a un político acusado de corrupción y con el que compartimos la misma ideología? ¿Afectará esa coincidencia ideológica al juicio valorativo que hagamos del escándalo? ¿Nos hará más tolerante a la corrupción en el caso de que sea de «los nuestros»?

Una de las explicaciones de que los casos de corrupción no sean tan penalizados en las urnas como cabría esperar es que algunos ciudadanos puedan mostrarse más tolerantes con la corrupción en función de si el político o el partido es de los suyos. Este sesgo partidista vendría a implicar un ejercicio de disonancia cognitiva consistente en que si el acusado es «de los nuestros» decidamos relativizar la gravedad del escándalo. Si es así, la ideología o el grado de vinculación partidista jugará un rol crucial en cómo los ciudadanos perciben las denuncias de corrupción, y en cómo trasladan estas percepciones a su comportamiento electoral, ya sea decidiendo votar al mismo partido, abstenerse o votar a un partido rival.

Existen varios experimentos que han intentado evaluar esta hipótesis. Es decir, si realmente la ideología política y el nivel de partidismo afectan al juicio de valor que hacemos de los escándalos de corrupción. Los investigadores Eva Anduiza, Aina Gallego y Jordi Muñoz realizaron una interesante encuesta online en la que se enseña a los participantes una noticia sobre un escándalo político. De forma aleatoria asignaron este escándalo al alcalde del partido del encuestado, al alcalde de un partido distinto o a un alcalde sin una afiliación política concreta. Este estudio muestra que la evaluación de la gravedad de un escándalo de corrupción depende de que el votante comparta o no la ideología política con el acusado. Es decir, somos mucho más tolerantes con la corrupción si quien la realiza es de los nuestros.

También utilizando el caso español, que tan fructífero se ha vuelto en los últimos años para los que estudiamos las causas y efectos de la corrupción, he analizado el impacto de los escándalos en la participación electoral. Los resultados van en la misma línea que los obtenidos por Anduiza, Gallego y Muñoz. Aquellos ciudadanos con un menor grado de vinculación política con un partido en concreto son los únicos que, como consecuencia de la corrupción, deciden quedarse en casa el día de las elecciones. Un resultado que surge de este estudio es que los partidarios del partido acusado no solo no reducen su probabilidad de ir votar sino que ni siquiera consideran que haya tenido lugar la corrupción. De nuevo se observa que el grado de rechazo con las actividades delictivas depende en gran medida de que compartamos con ellos la misma ideología.

Pero no debemos sacar consecuencias apresuradas sobre el comportamiento de los votantes españoles. Este distinto grado de tolerancia a la corrupción en función de que sea o no la de los nuestros se da también en otros países. A partir de usuarios de Facebook un estudio para Brasil también identifica la ideología como un buen predictor de la ausencia de castigo electoral a los políticos corruptos. Aunque en este caso parece que la mayor tolerancia a la corrupción en función de que sea o no «de los nuestros» se produce solo en el caso de prácticas clientelares, pero no cuando el escándalo implica el robo de dinero.

Otro experimento aporta también información de interés sobre el comportamiento electoral en casos de corrupción. En México se repartieron de forma aleatoria papeletas informativas de las competencias y niveles de gasto público local días antes de las elecciones municipales de 2009. En algunos casos se informó también a los ciudadanos sobre la existencia de escándalos de corrupción en su localidad. Esta información tuvo un efecto general de reducir la participación electoral. Los votantes estaban menos dispuestos a participar en las elecciones si sabían que sus representantes se estaban beneficiando ilícitamente del sistema. Pero lo interesante de este caso es que cuanto más informados estaban los individuos sobre los escándalos de sus alcaldes menos probable era que se identificasen ideológicamente con ellos. El canal entre ideología y percepción de la corrupción parece que juega en los dos sentidos.

La conclusión que podemos sacar de todos estos estudios apunta en una misma dirección: los votantes evalúan de forma distinta un mismo caso de corrupción si el político implicado es o no de los suyos. Esto podría explicar, al menos en parte, por qué hemos visto en España la reelección de candidatos implicados en diversos escándalos. Si sus votantes no lo consideraban corrupción, ¿por qué castigarles retirándoles su voto?

Sin embargo, hay espacio para la esperanza. Por un lado, se observa que un mayor grado de información política reduce nuestra tolerancia a la corrupción aunque sea la de los «nuestros». A la vez, el número de alternativas políticas entre las que elegir reduce también el efecto de nuestra ideología a la hora de evaluar un caso de corrupción. En una situación en la que existen muy pocos partidos —o incluso solo dos, PP y PSOE— el coste emocional de votar al partido rival es muy elevado. El escenario multipardista surgido de las elecciones del 20D, unido a una información cada día mayor de los escándalos políticos, trae una gran oportunidad para que la corrupción sea finalmente penalizada en las urnas. Quizá podamos confiar en que, cada vez más, al abrir un periódico no nos sintamos atrapados en el tiempo de la corrupción, como le sucedía a Bill Murray con la marmota.


Dime a quién votas y te diré a quién lees

Fotografía: Matthew G (CC)
Fotografía: Matthew G (CC)

Está ampliamente aceptado que los medios de comunicación son un elemento vital para la (buena) salud de las democracias modernas. Pero la capacidad de crear opinión conlleva también algunos riesgos. Ya lo decía Alexis de Tocqueville en La democracia en América (1835): «Solo un periódico puede llegar a depositar al mismo tiempo el mismo pensamiento en mil mentes». ¿Y qué mayor responsabilidad que la de poder cambiar el pensamiento de mil ciudadanos —o electores? Sin embargo, ¿consigue realmente el mensaje dado por los medios modificar nuestra opinión? Planteado de otra forma, ¿determina lo que leemos en los medios lo que finalmente votamos?

Nos gusta pensar que, entre sus distintas funciones, los medios de comunicación actúan como cuarto poder o perros guardianes watchdog que investigan con el objetivo de revelarnos aquella información que necesitamos poder evitar un abuso de poder por parte de nuestro gobernantes. Confiamos en que, al acercarnos a un quiosco o abrir Twitter, no estamos consumiendo propaganda de los distintos partidos. Sin embargo, esta neutralidad de los medios de comunicación requiere que no existan relaciones de interés o dependencia entre la cobertura de las noticias y los políticos.

El concepto de «interés» no es sencillo de encuadrar. Si bien es cierto que tradicionalmente los medios han jugado un rol de cuarto poder, y que elementos como la libertad de prensa permiten a los sistemas democráticos presentar menores niveles de corrupción, no podemos olvidar que, al fin y al cabo, en la mayoría de casos, estamos hablando de empresas privadas. Empresas que, para subsistir, deben ser rentables. Una rentabilidad que vendrá de la venta de ejemplares, los ingresos por publicidad, o las ayudas públicas.

Pero, en general, más allá de este interés material o pecuniario, los medios persiguen otros intereses, como pueden ser la defensa de unas ideas concretas sobre el orden social, político y económico determinado, la promoción de unas políticas públicas concretas o marcar la agenda política. Respondiendo a este interés de naturaleza política, los medios podrían desviarse de una información neutral de los sucesos políticos, sesgando la cobertura de las noticias por razones ideológicas.

Si este fuese el caso, estaríamos hablando de un «sesgo de oferta» en la cobertura mediática, en la medida en que actuarían como proveedores de información en el «mercado de las noticias». Aquellos que se beneficiarían de esta cobertura no neutral serían unos políticos determinado cuando se publica noticias que les benefician, o se omite información que le afecta, como podría ser un escándalo de corrupción. Podrían ser también lobbies privados, o empresas que decidan invertir más en la publicidad de un medio a cambio de un trato preferente. O, incluso, el beneficiario puede ser el propio medio ya sea el propietario, el editor, o los periodistas, si consigue favorecer a un partido por el que tiene una cierta preferencia, o situar en el debate público un tema concreto.

Sin embargo, en aquellos contextos en los que además de una libertad de prensa efectiva existe un verdadero mercado competitivo periodístico, la existencia de este sesgo de oferta por parte de un medio puede encontrar serios correctivos y tener un coste reputacional importante para el medio que practica ese sesgo. La competencia entre los medios de comunicación debería llevarnos a una situación en la que desviarse de una cobertura neutral fuese una señal demasiado evidente de sesgo ideológico. Un buen ejemplo de ello son los documentos de Killian o Rathergate. Dos meses antes de las elecciones presidenciales americanas de 2004 la cadena de televisión CBS emitió en el programa 60 Minutes unos documentos que pretendían demostrar que el presidente George W. Bush había recibido un trato preferente durante su servicio militar para no tener que ir a la guerra de Vietnam. Posteriores análisis demostraron que estos documentos estaban realizados por máquinas muy posteriores a las de 1970. El Rathergate arruinó la carrera profesional de varios productores y directivos de la CBS y también la de su conocido presentador Dan Rather.

Aunque la teoría nos dice que el sesgo mediático lo deberíamos encontrar únicamente en contextos donde no existe una verdadera competencia entre los medios, la realidad demuestra que nos siguen faltando piezas en nuestro análisis. No hace demasiados años que se realizan estudios académicos sobre la posible existencia de sesgos mediáticos en la cobertura de noticias políticas. Sin embargo, la mayoría apuntan en la misma dirección. Contando el número de veces que los medios americanos citan a varios grupos políticos y thinks tanks, se observa una clara relación entre la frecuencia de estas citas y la ideología de cada medio. Incluso si lo que consideramos son las expresiones específicas utilizadas por cada medio vemos que frases del tipo «guerra contra el terrorismo» eran utilizadas por medios republicanos mientras los demócratas hablaban de la «guerra de Iraq».

Si a los lectores y espectadores solo nos importase la precisión con la que los medios nos informan de los acontecimientos políticos no deberíamos encontrar ningún sesgo ideológico en contextos donde los medios compiten entre ellos. Sin embargo, si en Estados Unidos, un país en el que esa competencia es feroz, existe este sesgo mediático, ¿qué mecanismos están fallando?

Fotografía: Nicolas Alejandro (CC)
Fotografía: Nicolas Alejandro (CC)

Más allá de las razones que nos explican el sesgo ideológico por el lado de la oferta —la que viene de los propios medios—, debemos considerar también lo que ocurre con la demanda de noticias. Es decir, nosotros como audiencia. Si el objetivo de los medios es el de vender más ejemplares, ¿por qué no darle a su lectores aquello que realmente quieren? Si lo que buscamos al abrir un periódico no es tanto informarnos como entretenernos es probable que no queramos encontrarnos noticias que nos informen de que nuestro candidato, aquel que votamos y defendemos, se ha visto involucrado en algún escándalo político. Los psicólogos denominan a esta conducta «disonancia cognitiva». Por otro lado, si la información hace referencia a algún político de una ideología contraria a la nuestra, el conocimiento de ese escándalo nos reafirmará en la convicción de que nuestra opción es la buena. Se trata de ver nuestras creencias confirmadas en aquello que leemos o escuchamos.

La existencia de este sesgo cognitivo nos llevará a elegir un medio de comunicación que tenga una línea ideológica similar a la nuestra; a comprar aquel periódico que sabemos nos va a ratificar en la convicción de que nuestras ideas son las buenas. Sería, por tanto, este sesgo ideológico desde el lado de la demanda el que llevaría a los medios a publicar más noticias positivas sobre aquellos partidos que interesen más a sus lectores, y menos sobre los temas que puedan incomodarlos.

Esta disonancia, a la que tantas referencias encontramos en la obra del psicólogo y premio nobel de economía Daniel Kahneman, es la que podría explicar la falta de precisión u objetividad de los medios al informar sobre acontecimientos políticos. Si deben ganarse el sueldo vendiendo ejemplares, no deberíamos sorprendernos de encontrar coberturas sesgadas por parte de los medios de comunicación. Los periodistas, más que mentir —algo que hemos visto puede acarrear serios costes personales y reputacionales buscarán enmarcar la información de tal manera que potencie nuestras creencias y eviten las disonancias cognitivas que no estamos dispuesto a aceptar. En realidad, si esto es lo que realmente ocurre, la competencia, más allá de evitar los sesgos ideológicos, potenciaría la especialización de los medios en aquellos lectores con ideologías más definidas.

Volviendo al caso americano, que es donde más y mejor se han estudiado estos comportamientos, vemos que este sesgo cognitivo de los lectores es el que mejor explica la existencia de una cobertura mediática no neutral. Si analizamos los casos de corrupción, vemos que los periódicos leídos por un público conservador publican menos información de escándalos republicanos, y a la inversa en el caso de los demócratas. En España parece intuirse una tendencia similar. Esto permitiría corroborar la percepción de que medios como El País, en respuesta a la ideología mayoritaria de sus lectores, estaría publicando más noticias sobre escándalos del PP que otros periódicos conservadores como El Mundo o el ABC. De la misma forma que estos últimos, asimismo en respuesta a las preferencias político-ideológicas de sus lectores, publican más noticias sobre escándalos del PSOE y otros partidos progresistas de izquierda.

Si esta explicación desde el lado de la demanda a la falta de neutralidad política de los medios fuese acertada, podríamos decir entonces: dime a quién votas y te diré a quién lees.


La belleza y el éxito electoral

Imagen: WBBM-TV.
Imagen: WBBM-TV.

Montaigne decía que no había cualidad que superase a la de ser bello. Y Sócrates que el ser guapo era una «breve tiranía». Pero, ¿es realmente la belleza un factor relevante en política?

A pesar de que son pocos los que manifiestan basar su voto en la apariencia física de los candidatos, existe la percepción de que la belleza importa. En nuestro país el tema ha vuelto a tomar relevancia con la aparición de candidatos y candidatas que tienen fama —merecida o no, en eso no vamos a entrar— de ser «guapos». Desde Pedro Sánchez hasta Inés Arrimadas, pasando por Pablo Casado, Alberto Garzón o Albert Rivera, son varios los ejemplos de nuevos políticos a los que muchos consideran atractivos. ¿Los eligen los partidos (o los militantes) a la hora de renovarse porque ven cierta ventaja electoral en tener candidatos guapos?

Quizá sea algo perturbador que una de las decisiones clave de un país pudiera depender de algo tan —a priori— superficial como la belleza. Nos gusta pensar que tomamos decisiones basadas en criterios relevantes y razonables. De hecho, como humanos tendemos siempre a racionalizar nuestras elecciones, aunque a menudo dependan de factores un tanto inconscientes. Uno de los casos más señalados es el de un grupo de investigadores que probó el efecto de poner música francesa romántica (piensen en acordeones) en un supermercado. ¿El efecto? Un incremento notable de las ventas de vino francés en detrimento del resto. Y sin embargo, cuando se preguntaba a los compradores por qué habían decidido comprar ese vino, la explicación siempre acababa siendo mucho más seria y lógica. Y, por supuesto, nadie admitía haberse dejado influenciar por la música.

Pero volvamos a la cuestión que nos interesa. Existe bastante literatura académica que deja pocas dudas sobre que, en general, ser guapo ayuda al éxito social. Los guapos, tanto de niños como de adultos, son juzgados de forma más favorable y reciben un mejor trato social, incluso por parte de aquellos que ya les conocen de antemano. Este «efecto belleza» afecta también a la probabilidad de obtener un trabajo, un ascenso o incluso un aumento de sueldo; en definitiva a un mayor éxito profesional.

Sin embargo, los efectos de la belleza en política no están tan claros. Existen ejemplos anecdóticos y conocidos, como el famoso primer debate presidencial televisado de los Estados Unidos. Existe la creencia de que aquellos ciudadanos que vieron el debate por televisión pensaron que Kennedy lo había ganado, mientras que aquellos que lo escucharon por la radio, daban la victoria a Nixon.

La existencia de una «prima» al atractivo físico no tiene un largo historial dentro de la investigación académica. Pero existe alguna evidencia. El atractivo parece uno de los factores más importantes —si no el que más— que definen el grado de competencia percibido. Y se sabe también que la percepción de aptitud a partir de las fotos de candidatos al Congreso de los Estados Unidos es un buen predictor de los resultados electorales. Es decir, aquellos políticos cuyo aspecto físico es juzgado como más competente por parte de evaluadores que no les conocen tienen a obtener más votos en las elecciones. A pesar de que el propio senador John McCain definió Washington DC como «el Hollywood para los feos», parece ser que la belleza tiene alguna relación con los (buenos) resultados electorales, en distintos países y sistemas políticos.

Pero, ¿qué hay detrás de esta «prima» electoral al atractivo físico? Existen varias explicaciones posibles. En primer lugar es importante tener en cuenta que los votantes muchas veces nos guiamos por procesos heurísticos o atajos cognitivos para evaluar cómo de bueno es un candidato o candidata. Esto tiene bastante sentido dado que tenemos una información muy limitada sobre elementos tales como su motivación, capacidad o grado de competencia. Por otro lado, los recursos para ampliar esa información son también muy limitados y, en muchos casos, se trata simplemente de factores imposibles de observar de forma objetiva. La belleza sería en ese sentido un atajo adicional que nos permite inferir algo de información sobre el candidato o candidata en cuestión. Se trata por tanto de una explicación algo más sofisticada al dicho que usarían nuestros abuelos, de que «la cara es el espejo del alma”».

Dado que hay una serie de resultados empíricos que sugieren que los humanos somos capaces de evaluar en apenas unos segundos de contacto visual si una persona está mintiendo, si un profesor es bueno o incluso si alguien está deprimido, no es descabellado que también tendamos a utilizar el atractivo relativo como guía para elegir caballos ganadores. De hecho hay cierta evidencia de que hasta los niños son capaces de predecir más o menos bien al ganador de unas elecciones tras haber visto las fotos de los candidatos.

¿Es la prima electoral igual para todos los políticos? El efecto del atractivo físico parece depender bastante del contexto electoral en el que nos encontremos. Por ejemplo, la belleza importa más si uno es un outsider intentando destronar al incumbent. El argumento es sencillo: los atajos cognitivos son más relevantes cuanta menos información tengamos, por lo que nos servirán más para políticos y partidos a los que conocemos menos. De un político que lleva en el puesto varias legislaturas se puede inferir información mucho más fácilmente. De un partido nuevo, o un político recién llegado, poco sabemos, por lo que el incentivo a potenciar el atractivo del candidato es mayor.

Esto se relaciona también con el grado de competencia electoral. En elecciones tan reñidas como las que nos enfrentamos este año los partidos usan todos los medios a su alcance, como podría ser el proponer a candidatos más agraciados. Esto implicaría que los partidos no situarían a sus mejores caras de forma aleatoria entre distritos o niveles electorales. En aquellos lugares donde hay más en juego, el esfuerzo por presentar mejores candidaturas afectaría también al grado de atractivo de los políticos. Esto causa problemas de endogeneidad en la estimación de su impacto en el voto. Al no tener en cuenta este factor se pueden estar sesgando los resultados hallados por algunos estudios sobre el impacto electoral de la belleza de los candidatos o candidatas.

Algunos autores han llegado incluso a sugerir como explicación del efecto positivo de la belleza en el voto el hecho de que los humanos tendemos a evitar la enfermedad, por lo que nos sentimos atraídos por aquellos que parecen más sanos. Y algunas de las características de una cara atractiva, como la simetría o la piel tersa, son también indicadores de buena salud. De hecho, White y sus coautores encuentran que en aquellas regiones de Estados Unidos donde hay mayor prevalencia de enfermedades infecciosas la tendencia a votar a políticos guapos es mayor.

Pero, ¿no es posible que la belleza simplemente esté ocultando otras cualidades más difíciles de observar y que sean las que realmente causan el éxito de los políticos guapos? Por ejemplo, es mucho más sencillo ser «guapo» si tenemos a nuestra disposición buenos fotógrafos, asistentes de imagen, y otros lujos; es decir, si nuestro partido o nuestros donantes gozan de mayores recursos. Alguna evidencia empírica hay al respecto. Por ejemplo, se observa que los candidatos que gastan más dinero también son percibidos como más atractivos. Existe por tanto cierta correlación entre la diferencia de gasto y el atractivo de los candidatos. Al ser comparativamente más ricos y exitosos, estos políticos tienden a candidatearse en elecciones en las que perciben que tienen una probabilidad mayor de ganar. Teniendo en cuenta este factor, Enos y coautores obtienen en un estudio que el efecto electoral real del atractivo del candidato o candidata es casi nulo.

En general con lo que nos encontramos es que, a pesar de que la belleza puede tener cierto efecto, no es comparable al de los tradicionales predictores de las elecciones, como la situación de la economía, el efecto de los partidos o las campañas electorales. Puede que en casos marginales la belleza juegue un papel relevante en el voto, pero incluso en dichos casos es complicado separar el efecto causal por la cantidad de factores con los que correlaciona. Por desgracia (para la investigación académica únicamente) la belleza no se asigna de forma aleatoria, con lo que los estudios que intentan identificar su efecto son muchas veces problemáticos.

En definitiva, quizá gran parte de la idea de los políticos guapos está imbuida de cierta mitología por una muestra pequeña de ejemplos que siempre recordamos. Si indagamos en el ejemplo inicial, el debate entre Kennedy y Nixon, nos encontramos con que la evidencia para este caso ni siquiera es robusta. Toda la historia surgió de una única encuesta que se hizo (meses después del debate, por si fuera poco) con una metodología mejorable. El efecto se puede explicar simplemente por el hecho de que los que lo siguieron por radio tenían un perfil demográfico muy distinto de los que lo siguieron por televisión. Los radioyentes constituían una población más rural y protestante que la media, por lo que parece evidente que sintieran menos simpatía por Kennedy, un candidato católico de una ciudad liberal como es Boston. Por lo demás, si fue el encanto y la fotogenia de Kennedy, y no lo que esto escondía, lo que le llevó a la presidencia de los Estados Unidos, queda aún por demostrar.

Quizá la belleza no sea determinante del éxito en política, pero sin duda no perjudica. Ya sea por lo reñido del momento, por la necesidad de los nuevos partidos y candidatos de mostrarse más competentes, o por puro azar, el 20 de diciembre nos encontraremos con una representación más nutrida que nunca de guapos y guapas en las primeras filas de los partidos. Esto cuanto menos nos aportará más datos para investigar. Y, quién sabe, quizá también nos permitirá descubrir si el atractivo físico esconde detrás otras características (más) deseables en un buen gobernante.