Y la música se enamoró del cine

Tom Waits en Drácula, de Bram Stoker. Imagen: Columbia Pictures.
Tom Waits en Drácula, de Bram Stoker. Imagen: Columbia Pictures.

El cine es magia y es capaz de convertir a Keith Richards en un pirata rockero del Caribe y a David Bowie en un gurú de la moda. Si el mundo de la música y el del cine se unen, el resultado puede ser el cielo o el mayor de los infiernos, con o sin palomitas. Muchos músicos se han colado en las salas de cine y no como espectadores.

En ocasiones los músicos se inspiran en películas para escribir sus temas o paren bandas sonoras para la historia, otras veces sus canciones inspiran películas, pero el momento de conexión mística entre ambos mundos, relacionados, amantes y cómplices, llega cuando esos músicos deciden intervenir en el celuloide, regalando al mundo carreras dramáticas que no suelen llegar muy alto o momentos fantásticos para la historia de las salas.

Tom Waits es uno de esos ejemplos de experiencias positivas, pero no podemos decir lo mismo de la ingrata trayectoria en el cine de Mick Jagger, con honrosas excepciones. 

Una opción socorrida es para muchas estrellas de la música la del cameo breve; difícil salir mal parado si solo se trata de un guiño para melómanos. Vamos a ver:

El Swinging London de Antonioni

Fugaz pero intenso es el paseo de Antonioni por el Swinging London. Hablamos de Blow Up. David Hemmings tropieza en un club donde están tocando los Yardbirds en su época mod. Esa aparición es tan breve como la trayectoria de Jimmy Page y Jeff Beck en la banda.

¡Sting es mod!

Una discoteca entera se rinde ante la presencia de un Sting tan elegante como estiloso en el arte de la danza. Es Quadrophenia, la película de 1979 basada en la ópera rock del grupo The Who. En 2004 la revista Total Film catalogó la película como el trigesimoquinto mejor film británico de todos los tiempos. El baile de Ace Face (Sting) es uno de los momentos fundamentales de la película. No fue solo uno de los cameos más famosos de la historia de amor entre el cine y la música, fue un papel determinante en el filme. Basada en el álbum de idéntico nombre de los grandísimos The Who, este film es una de las películas de cabecera del mundo mod. El grito «Somos los Mods», la vespa con mal final y los trajes que lucía Sting quedarán siempre en el recuerdo y son ya historia. Su papel, salvable y creíble según la crítica. Sus danzas, juzguen ustedes:

Su satánica majestad quiere ser actor…

Mick Jagger es una innegable bestia del rock, un ser de otro planeta sobre el escenario y un inmortal seductor pero no, no ha conseguido seducir en la gran pantalla.

No todo el mundo sabe que Jagger llegó a filmar buena parte de Fitzcarraldo en 1982 y que, además, sus fiestas se hicieron célebres en la selva peruana. Se lo pasó bien y le recuerdan en todos los lugares recónditos que visitó pero finalmente no aparece en la maravillosa película del alemán Werner Herzog. Y es que el protagonista en un principio tampoco era Klaus Kinski, sino Jason Robards, que, con el rodaje a medias, enfermó de disentería y tuvo que irse, retrasando la aparición de la película. Ante esta situación, Jagger, que interpretaba al asistente de Robards, se vio obligado a abandonar el proyecto para trabajar con los Rolling Stones en el disco Tatoo You. Herzog tuvo que empezar desde el principio y no reemplazó a Jagger; directamente suprimió el personaje y aquello se quedó en lo que pudo haber sido y no fue.

Pero sí fue en el caso de otros títulos de obras más o menos afortunadas. El Rolling Stone ha dejado su impronta como actor o productor en películas como Sympathy for the Devil (1968), Performance (1968), Invocation of My Demon Brother (1969), Umano non umano (1972), Enigma (2001), The Man From Elysian Fields (2001), Being Mick (2001), Mayor of the Sunset Strip (2003), Wild hogs (2005), Shine a Light (2008)…

Un momento para la historia es la inolvidable interpretación que hizo Jagger del legendario bandolero australiano Ned Kelly en 1970. El papel del Stone en Los hermanos Kelly, dirigida por Tony Richardson, recibió críticas nefastas y la barba que luce en la cinta es indescriptible. Merece la pena ver imágenes como estas:

Otra satánica majestad surca los mares del celuloide viento en popa en Piratas del Caribe III. Keith Richards, a diferencia de su compañero de banda, que no amigo, Mick Jagger, no se ha prodigado nunca demasiado en las pantallas. Pero cuando por fin se decidió, el resultado fue apoteósico. Solo un rockero como él podía encarnar al padre de Jack Sparrow. Habrá quién no le encontró sentido al momento en el que Gore Verbinski mostró a Richards rasgando una guitarra, pero otras muchas personas lloramos de la emoción.

Chris Isaak y el gato apestoso

¿Alguien recuerda a un sigiloso agente del FBI en El silencio de los corderos? Era Chris Isaak. El músico ha aparecido en numerosas películas, en la mayoría interpretando papeles pequeños, aunque tuvo una aparición importante en la cinta Little Buddha (1993) de Bernardo Bertolucci y en un capítulo de Twin Peaks: Fire Walk With Me, de David Lynch. También participó en la miniserie de HBO From the Earth to the Moon. En 2004 interpretó al esposo de Tracey Ullman en la comedia A Dirty Shame del director underground John Waters. Y no solo eso; en 1996, realizó un papel pequeño en la primera película dirigida por Tom Hanks, That Thing You Do!, como el tío Bob. Pero es imposible olvidar un momento histórico para toda una generación: fue actor invitado en la serie de televisión Friends, apoyando a Phoebe para entonar su celebérrimo «gato apestoso». 

¡La banda Elwood, la banda!

Es imposible seleccionar a uno solo de los reyes y reinas del soul y el blues que aparecen en The Blues Brothers, la película de John Landis. En esa cinta encontramos a Aretha Franklin como esposa cabreada, a Ray Charles vendiendo pianos eléctricos, a John Lee Hooker tocando «Boom Boom» en la calle. Esta película atesora momentos enormes pero enamora especialmente James Brown por un par de razones: es el indiscutible capo del soul, y bajo la inspiración de su incendiario gospel es cuando Belushi tiene una absoluta revelación sobre su destino. 

Alta fidelidad por Bruce Sprinsteen

High Fidelity (Alta fidelidad) es una obra clave para toda una generación y sigue atrapando; todo el mundo quiere ser propietario de una tienda de vinilos, tener espíritu Peter Pan y conseguir el amor, o no… Y además, todo el mundo está más o menos perdido aunque hay quien lo disimula mejor. Los seres patológicamente inmaduros fantasean en ciertas ocasiones con un amigo o una amiga imaginaria que aconseja y apoya en momentos decisivos o difíciles… tan difíciles como cuando nuestra pareja se liga a un místico que es, además, nuestro vecino y pasa de nuestro rollo. A John Cusack le pasa lo mismo en esta película, solo que, como él es un melómano terminal, la voz de su conciencia es la del mismísimo Bruce Springsteen, que se le aparece en momentos clave para aconsejarle con su guitarra Fender en ristre.

Ozzy con raya al medio

Trick or Treat (1986) o Muerte a 33 R.P.M. (las traducciones absolutamente insospechadas son uno de los fuertes de la industria en España) es una película de terror cutre ochentero y también una de las piezas más metaleras que se conocen. No es casualidad que el por entonces excantante de Black Sabbath aparezca en ella. Lo que sí es curioso es el cómo. Ozzy encarna a un telepredicador enemigo a muerte del heavy, repeinado y con traje. En la cinta está tan irreconocible que cuesta mucho identificarle como el futuro protagonista de The Osbournes.

El duque blanco; un buen juez

Hay otras escenas que no dan tanto miedo… Bueno, un poco sí. Cuando dos piezas como Derek Zoolander (Ben Stiller) y Hansel (Owen Wilson) deciden solucionar sus diferencias en la pasarela, solo hay una persona que pueda ejercer como juez del enfrentamiento: el delgado Duque Blanco en persona. Derrochando, para variar, clase y estilo, Bowie no puede evitar pese a ello un gesto de pánico cuando Wilson se deshace de su ropa interior sin desabrocharse los pantalones.

Albert Plá es un rebelde

En Iberia también se han colado ciertos músicos en la gran pantalla. Así lo hizo el cantautor más peculiar del panorama nacional. Nos sorprendió en Airbag, la película de Juanma Bajo Ulloa, interpretando a un sacerdote muy peculiar. En la cinta oficia la boda de Karra Elejalde, «euskopijo» hijo de Karlos Arguiñano Rosa María Sardá. Este religioso predica además en puticlubes cantando canciones de Jeanette.  Lo raro es no tener revelaciones con el ritmo de vida de este adorable cura:

Algo pasa con Jonathan Richman

A caballo entre el cameo y el papel secundario, el cantante de los Modern Lovers resulta una de las figuras más inolvidables en esta comedia casi generacional. Los hermanos Farrelly, fans suyos de toda la vida, regalaron a Jonathan Richman una intervención breve pero lucidita. El músico actúa como coro narrador, guitarra en mano, de las desventuras de Ben Stiller para conseguir el corazón de Cameron Díaz, una despistada Mary. Merecen mención especial las camisas de Richman en sus apariciones.

Alanis es Diosa

En la música también hay dogmas de fe. Kevin Smith bien lo sabe. Él hizo que la cantautora canadiense Alanis Morissette, por entonces en el cénit de su popularidad, interpretase a La Creadora en Dogma. Si, Dios es una mujer y es Alanis. Lo mejor de todo: los chistes que generó la película sobre la potencia de su voz. La escena hay que verla:

Scorsese y la música

En cuanto a directores musiqueros se refiere, Martin Scorsese se lleva la palma. Bajo su batuta han actuado, o lo que fuera aquello, tanto Iggy Pop (desplumado al billar por Tom Cruise en El color del dinero), como Kris Kristofferson (coprotagonista de Alicia ya no vive aquí) y The Clash (ojo a su brevísimo papel en El rey de la comedia), entre muchos otros. Pero donde ‘Marty’ echó el resto fue en su segunda película con Leonardo DiCaprio: en ella no solo aparece Gwen Stefani en un breve papel, sino también Rufus Wainwright  acompañado de toda su familia. El padre del croonerLoudon Wainwright III, y su hermana Martha Wainwright. Y todos en la misma secuencia.

Iggy y el cine, una historia diferente

Iggy ha aparecido en más de una decena de películas. Entre ellas destacan Cry BabySid and NancyThe Crow 2HardwareSnow DayCoffee and CigarettesDead Man y Persépolis, como el tío Anouche. Y rizando el rizo, el andrógino personaje encarnado por Ewan McGregor en Velvet Goldmine está basado en su imagen. En Trainspotting es el ídolo del protagonista y aparece en la banda sonora. Su música también aparece en Cocodrilo Dundee, y también puso voz a la música de Goran Bregović en la BSO de Arizona Dream. A Iggy le gusta el cine y a quienes fuimos adolescentes en los noventa nos gusta Cry Baby:

Flea, saltando de peli en peli

«Give it away, give it away, give it away now». ¿Os suena? Pues igual que aquel estribillo, Flea está en todas partes… y en todas las de Regreso al futuro, en las que el bajista de los Red Hot Chili Peppers se quedó a medio camino entre el cameo largo y el minipapel. En The Big Lebowsky su intervención como músico alemán de techno metido a terrorista nihilista llega a extremos hilarantes cuando Jeff Bridges anda cerca. Flea comenzó su carrera como actor a mediados de los ochenta. Su primer papel fue el de un joven punk en la película Suburbia, de Penelope Spheeris, en 1984. Años más tarde, cuando la fama ya le acompañaba, interpretó a Needles en la segunda de Regreso al futuro. Flea comentó sobre esta película que se trataba de «una basura multimillonaria». 

Pasará a la historia por su ritmo californiano y también por haber participado en grandes obras del cine: en Fear and Loathing in Las Vegas (Miedo y asco en Las Veegas), de 1997, encarnaba a un hippie, junto a Benicio del Toro y Johnny Depp. También salió unos instantes junto a Viggo Mortensen en una escena del remake de la película Psicosis de 1998 (Psycho).

Ellington y Stewart: lo mejor de dos mundos

Qué sería de la música sin los grandes dedos del jazz. En Anatomía de un asesinato nos encontramos un cameo vintage de Duke Ellington. Además de ser uno de los músicos de jazz más importantes de todos los tiempos (con permiso de Louis Armstrong Miles Davis), en este trabajo de Otto Preminger, para el que además compuso la música, podemos verle tocando a cuatro manos con el mismísimo James Stewart.

En el mundo de Wayne

No podemos cerrar este paseo sin echar un vistazo al fantástico Mundo de Wayne que inspiró incluso una canción de Los Piratas. Wayne Campbell (Mike Myers) y su mejor amigo Garth Algar (Dana Carvey) tienen un programa llamado El mundo de Wayne en un canal local de la televisión por cable de Aurora, Illinois, un suburbio de Chicago. Gracias al programa, Wayne consigue una Stratocaster, se enamora y nos hace reír en una serie de sketches plagados de buena música. Pocas personas son capaces de aguantar la escena de «Bohemian Rhapsody» en el coche de Garth sin mover la cabeza al ritmo de la música. En El mundo de Wayne aparecen Alice Cooper, Robert Patrick, Meat Loaf y es un paseo a medio camino entre la música y la risa.

¿Ese es Dave?

Dave Grohl, ex-Nirvana y líder de Foo Fighters será recordado por muchas cosas y, por suerte para él, su interpretación en Tenacious D, en 2006, no será una de ellas.

Gracias Tom

Esperen, ¿qué ven mis ojos? ¡Si es Tom Waits haciendo de loco en Drácula, de Bram Stocker! Y con un resultado más que razonable. Pasen, vean, escuchen. El cine y la música se dan la mano y nos toca disfrutar, alucinar, gozar o morir del susto.


Lentes eternas: los ojos del rock

Foto cortesía de Jim Marshall / Morrison Hotel Gallery
Foto cortesía de Jim Marshall / Morrison Hotel Gallery

Año 2015, en un concierto miles de fotógrafos se agolpan para disparar en el foso preparado para ellos. Seguramente tengan café y algún canapé a mano en una sala de prensa. Eso en el mejor de los casos, claro. ¿Ha muerto el Rock? Más allá del foso, una marea de teléfonos inteligentes se alza al cielo. Sus flashes, como pequeñas luciérnagas cegadoras, nos recuerdan dos cosas: La primera es que las fotos ya nunca serán eternas, todo el mundo tendrá la misma en alguna red social antes de que termine la primera canción. La segunda lección es que ya nada parece eterno.

Hay imágenes que saltan del papel o de la pantalla. Cicatrizan en el alma y se amarran a la historia. Forman parte de nuestro álbum personal como si hubiéramos estado allí. Queremos estar allí.

Bob Dylan juega con un neumático en las calles de Nueva York en 1963, Johnny Cash saca con rabia el dedo corazón en un concierto en la cárcel de San Quintín en 1969, Jimi Hendrix nace como un profeta de fuego en el Festival de Monterrey de 1967, Janis Joplin bebe de una petaca en plena cumbre de su creatividad cósmica, es 1968… Todas estas escenas nacen en una cámara Leica que manejaba Jim Marshall, cámara a la que siempre fue fiel, nunca usó otra marca desde que se hizo con su M2 en 1959. Le acompañó en sus viajes, en todos los sentidos. Con justicia, Marshall recibe el sobrenombre de «el fotógrafo del rock and roll».

Se implicó mucho más de lo que el oficio de «fotero» requería. Si los músicos se drogaban, él se drogaba como ellos; si bebían hasta el colapso, él llenaba su vaso otra vez. Supo capturar el alma de aquellos tiempos, supo atrapar en dos dimensiones la irreductible magia de un momento y una música irrepetibles.

¿Cómo podía hacer fotos tan fantásticas en ese estado? «¿Qué quieres que te responda? Tengo mucha suerte de estar donde estoy. Puedo entrar donde casi nadie entra. Esto nunca ha sido un  trabajo: es mi vida», respondía él a esta pregunta.

Todo empezó en Chicago en 1962. Marshall se encontró a Coltrane en plena calle. El músico le preguntó la dirección de un club donde debía tocar. «Te acompaño hasta la puerta si me dejas hacerte unos retratos», contestó Marshall, que vendió aquellas fotos, se hizo colega del músico y pronto estaba trabajando para otros músicos de jazz, entre ellos Miles Davis.

Su carrera empezó por casualidad pero creció como un gran riff de guitarra hasta que se convirtió en el fotógrafo imprescindible. Su reconocimiento llegó a tal punto que fue el único fotógrafo acreditado en el concierto de despedida de los Beatles. Instalado en San Francisco, Marshall fue una figura clave en cualquier evento musical y también el fotógrafo oficial del Festival de Woodstock, la ceremonia de ceremonias.

Exigía estar donde estuvieran los artistas, allí donde se gestaban las canciones, las bromas, los colapsos y la magia. «No quiero peludos dando la tabarra, ni maquilladores…». Esas, y no grandes tarifas, eran sus condiciones. «He trabajado duro, pero esto no es un trabajo. Siempre lo pasé muy bien». Así, concierto a concierto y camerino a camerino se ganó la confianza de The Doors, The Who, Led Zeppelin, Judy Collins y Buffalo Springfield, entre otros. De aquellas arenas, estas fotos.

Marshall murió el 24 de marzo de 2010, mientras dormía en un hotel, como algunas de las personas que le acompañaron en sus noches de rock.

Imagen: Robert Freeman / Parlophone.
Imagen: Robert Freeman / Parlophone.

Robert Freeman es reconocido por su talento, pero también y muy a su pesar por ser el fotógrafo que abandonó a los Beatles. «Cuando me muera dirán que murió el fotógrafo de los Beatles, no Robert Freeman, y no quiero eso. Quiero que me recuerden a mí por mi trabajo». En Puerto Real, donde vive desde 1992, es conocido como Roberto, el de los Beatles.

Ya octogenario y delicado de salud, lleva una vida tranquila en Andalucía, una vida que dista mucho de la que llevaba entre 1963 y 1966, cuando fue fotógrafo de cabecera de los cuatro de Liverpool.

Cuando hizo la fotografía de la portada de With The Beatles en agosto de 1963, era ya famoso por su fotografía de Nikita Khrushchev en el Kremlin. Pero fueron sus fotos en blanco y negro de la leyenda del jazz John Coltrane las que llamaron la atención de los Beatles.

«Nos dispuso en el pasillo de un hotel, muy poco parecido a un estudio. El pasillo estaba bastante oscuro y había una ventana al final. Usando la fuente natural de luz de esta ventana que venía desde la derecha, tomó cada una de esas fotos malhumoradas. La mayoría de la gente cree que tuvo que trabajar en ellas un montón de tiempo. Pero fue solo una hora. Se sentó, tomó un par de rollos, y eso fue todo», recuerda Paul McCartney en una entrevista reciente.

Durante los primeros tiempos de The Beatles, Freeman  viajó con la banda en su primera gira por EE. UU. en 1964, cuando la beatlemanía empezó a ser endémica.

Con quien mejor conectó fue con John Lennon; «Trabajé más con él y le hice las portadas a sus libros. Cuando los Beatles se fueron a vivir a Londres, les conseguí un apartamento a él y a su esposa Cynthia encima del mío. Estuvimos bastante cerca por muchas razones».

Esta sigue siendo una de las portadas más famosas de la historia de la música. Los cuatro de Liverpool y el fotógrafo convirtieron este juego de claroscuros de la portada de With The Beatles en arte.

Robert Freeman ha dicho alguna vez que la foto de Help trataba de que los cuatro hicieran la señal de «Socorro», en el lenguaje de las «banderas semáforo». La foto que aparece finalmente en la portada está al revés. Algo absolutamente genial para el mundillo del arte. Por otra parte, Rubber Soul fue su primer acercamiento al arte conceptual. Freeman había quedado con ellos en casa de Lennon para enseñarles algunas fotos con un proyector. En una de las diapositivas, la pantalla se deformó y aparecieron los Beatles con las caras alargadas, como si tuvieran el reflejo del agua. Paul gritó: «Eso, eso es lo que queremos».

A pesar de la buena sintonía, Robert Freeman lo dejó. Después de parir las primeras portadas de The Beatles, se marchó en 1966 tras descubrir que su esposa había tenido un apasionado romance con Lennon. Un affaire que el de Liverpool se encargó de airear de forma sucinta en «Norwegian Wood», según afirman algunas fuentes. Otras versiones atribuyen la canción a otra historia de cama de Lennon.

She showed me her room,
isn’t it good, Norwegian wood? 

Sea cierto o no, Freeman fue además responsable de imágenes de Led Zeppelin, Joe Cocker, John Coltrane o Marianne Faithfull. Fotos que se convirtieron en absolutos iconos de toda una época.

Imagen: Robert Whitaker / Capitol Records.
Imagen: Robert Whitaker / Capitol Records.

Seguir a los «Fab Four» cámara en ristre tenía sus riesgos. El siguiente en asumirlos fue Bob Whitaker.

Capitol Records, que editaba al grupo en Estados Unidos, tenía la mala costumbre de trocear álbumes y meter y sacar canciones para multiplicar los álbumes, algo que a la banda no le gustaba. En 1967 se solicitaron nuevas fotos para la portada de Yesterday and Today, una recopilación exclusiva para Estados Unidos. Entonces decidieron provocar a Capitol o al menos esa fue una de las explicaciones que dio el grupo a posteriori. Lennon llegó a hacer incluso una lectura política sobre la portada y su relación con la visión del grupo sobre la guerra de Vietnam. Whitaker desmintió esa teoría tiempo después; se trataba de una sesión marcadamente surrealista que no estaba pensada para el disco. La portada levantó ampollas y Capitol pidió otra foto que se pegó inicialmente sobre la «ofensiva» portada inicial. En la nueva foto los cuatro músicos aparecían sentados de forma inocente y formal sobre una maleta. Hoy, los discos originales que sobrevivieron a la polémica son piezas de coleccionista y aún generan debate: provocación, protesta antibelicista o mero humor negro británico. De todas maneras, esta portada llegó justo tras las declaraciones de Lennon («Somos más famosos que Jesucristo»). Solo echó más leña al fuego. Aquel capítulo de la historia beatleiana será recordado como «la polémica de la portada del carnicero».

Whitaker murió en septiembre de 2011 a los setenta y un años de edad en Sussex, Inglaterra. En su memoria quedarán imágenes de Jagger, de Dalí y, claro, de los cuatro de Liverpool.

Los sesenta desembocaron en unos años setenta que se acercaban vertiginosamente al nacimiento del punk. Allí, para contarlo con sus imágenes, estuvo Bob Gruen.

Había una chica en primera fila que pidió que se acercara Sid. Él bajó y se acercó, ella le dio un golpe en la nariz. Él regresó al escenario con la nariz sangrando y una sonrisa en su cara. Después de trabajar con Alice Cooper y Kiss, pensé que la sangre era falsa. No lo era. Él estaba escupiendo la sangre a la chica, ella se limpiaba la sangre y se la escupía de regreso. Cuando la nariz le dejó de sangrar, él se acerco al amplificador, tomó una botella, la rompió y empezó a cortarse el pecho. Se cortó un par de veces y un roadie saltó al escenario y le preguntó si estaba bien. Sid tiró la botella al piso y empezó a tocar.

Bob Gruen no fue solo un gran fotógrafo, fue testigo de la historia de la música y llegó a formar parte de The Clash por un momento. También fue el responsable de fotografiar momentos históricos de bandas de rock y punk del siglo XX.

Aprendí a tocar la trompeta cuando era un niño. Un día, fui a la casa de Paul Simonon (bajista de The Clash). Noté que había una trompeta ahí, así que la cogí y empecé a soplar. Él se me acercó y me dijo: «¿Puedes tocar la trompeta?». Yo le dije: «Sí, no es tan difícil». Y él me dijo: «Queremos que alguien abra un show con un grito de guerra». Y le respondí: «Claro, ¡yo lo hago!»

Bob Gruen reconoce: «Fue muy divertido porque fue la única vez que formé parte de una banda».

Además de su testimonial carrera «musical», le unió el trabajo y la amistad a New York Dolls y al embrionario movimiento punk. En aquel momento, Lennon lo contrató como su fotógrafo personal, eran los setenta. Aceptó el reto y congeló instantes como este.

Los ojos azules de Bob Gruen han capturado a las figuras más emblemáticas de la escena musical: su gran amigo John Lennon, Bob Dylan, Rolling Stones, Sex Pistols, Led Zeppelin, Tina Turner y un largo etcétera.

Imagen: Art Kane / The Who Films.
Imagen: Art Kane / The Who Films.

Mucho antes de que todos ellos llenaran estadios, el fotógrafo Art Kane ya había gestado una reunión en la cumbre. Hay días grandes y también hay días para la historia. Uno de ellos fue A Great Day in Harlem. En 1958, un joven director de arte de la revista Squire, Art Kane, propuso a sus jefes reunir a tantos músicos de jazz como fuera posible para una fotografía. Era una idea sin precedentes, pero lo consiguió: cincuenta y siete músicos, representantes de varias eras del jazz, acudieron a la llamada y este es el resultado.

Art Kane también fue responsable de la mítica foto de The Who. The Kids Are Alright, una película y su banda sonora de 1979, el rockumentary álbum de The Who. La foto muestra a los miembros de la banda durmiendo contra una pared, tapados por una enorme bandera británica. A pesar del uso prominente de la británica Union Jack, la foto fue tomada realmente en Estados Unidos. La banda fue fotografiada en Nueva York, en el Monumento Carl Schurz, situado entre la calle 116 con Morningside Drive.

Gloria Stavers fotografía a Jim Morrison. Foto cortesía de 16 Magazine.
Gloria Stavers fotografía a Jim Morrison. Foto cortesía de 16 Magazine.

Dicen que Gloria Stavers amó a Jim Morrison desde el primer disparo. Dicen que fue durante la famosa «sesión del león» cuando ella se enamoró. El líder de The Doors fue entonces nuevamente infiel a la frágil Pamela Courson, su pareja hasta que todo terminó en París. Son célebres las escenas que la película de Oliver Stone sobre The Doors dedica a este episodio de la vida del hipnótico músico.

A Gloria Stavers se le atribuye ser una de las primeras periodistas mujeres dedicadas al rock and roll. Algunos editores masculinos se burlaban de ella acusándola de hacer revistas para adolescentes. Le llamaban malintencionadamente «Mother Superior of the Inferior».

Stavers no tenía experiencia previa en el periodismo, ni poseía un título universitario, pero se colocó en primera fila gracias a su talento. Fue redactora jefa en 16 Magazine, donde también fue jefa de fotografía. Fue una leona en el periodismo y la fotografía y se movió como nadie entre bambalinas y en las primeras filas de los conciertos. La reina de las redacciones, que impulsó innumerables carreras artísticas, entre ellas la de los Beatles cuando visitaron por primera vez Estados Unidos, se rindió ante el Rey Lagarto. Cuentan que el collar que lucía Morrison en la sesión de Joel Brodsky, solo un día después, era de Gloria Stavers.

Imagen: Mick Rock / RCA Records.
Imagen: Mick Rock / RCA Records.

 

Uno de los grandes amigos de Lou Reed fue el fotógrafo Mick Rock, quien se encargó de documentar muchos de los grandes momentos que Lou vivió con The Velvet Underground. La carrera de Rock continuó elevándose con imágenes inolvidables como la portada de Transformer de Lou Reed o Raw Power de Iggy and The Stooges. En 1977, se trasladó a Nueva York, donde se involucró en la escena musical underground con The Ramones, Blondie y Talking Heads.

Nueva York hervía en aquellos tiempos. Era septiembre de 1979. Pennie Smith estaba tomando fotos de The Clash en el Palladium, un famoso club de la ciudad, cuando capturó una de las imágenes más icónicas de la historia del rock. Paul Simonon, el bajista, estaba enfadado porque el público estaba muy tranquilo, así que empezó a romper su bajo contra el suelo.

Foto: Pennie Smith / Epic Records.
Foto: Pennie Smith / Epic Records.

«El Palladium había puesto sillas para que el público se sentase, y eso hizo que la gente se congelase», contó Simonon. «No recibíamos ninguna respuesta por su parte: era como si no les importase lo que estábamos haciendo. En general estoy de buen humor, pero de pronto se me cruza el cable y puedo dar miedo, incluso a mí mismo». A Joe Strummer le encantó la foto, pero Pennie Smith trató de convencer al grupo de que estaba demasiado desenfocada para ser la portada de un disco. Al final fue portada del disco London Calling. El bajo destrozado se puede ver en el Rock and Roll Hall of Fame en Cleveland, Ohio. La imagen es tan famosa como el retrato del Ché.

Pero Pennie no solo tiene ese mérito. Entre sus fotos podemos encontrar a Led Zeppelin, The Rolling Stones, The Who, Iggy Pop, The JamThe SlitsSiouxsie SiouxDebbie HarryU2MorrisseyThe Stone RosesPrimal ScreamManic Street PreachersRadioheadBlurOasis, David SmithThe Strokes.

Imagen: Barry Feinstein / Columbia Records.
Imagen: Barry Feinstein / Columbia Records.

 

Barry Feinstein tomó esta foto el 3 de octubre de 1970. Esa sesión muestra el esplendor hippie de una Janis Joplin sonriente, capturó el espíritu colorista de una voz irrepetible. Barry no imaginaba lo que iba a pasar al día siguiente. El 4 de octubre, en el Landmark Motor Hotel, el representante del grupo Full Tilt Boogie, John Cooke, encontró a Janis Joplin tirada en el suelo de su habitación, la 105. Causa de la muerte: sobredosis de heroína. En su testamento, Joplin dejó dos mil quinientos dólares para realizar una fiesta en su honor en caso de su desaparición. Alrededor de doscientas personas recibieron invitaciones para la fiesta en las que se podía leer: «Las bebidas son por Pearl». El álbum Pearl fue publicado de forma póstuma y esta foto fue su portada.

En las décadas de los sesenta y setenta, Feinstein retrató a las principales figuras del rock. Sus fotografías ilustraron las portadas de discos como The Times They Are A-Changin’, de Bob Dylan; Beggars Banquet, de los Rolling Stones; o All Things Must Pass, de George Harrison. En 1966 acompañó a Bob Dylan en su gira eléctrica.

Frente a su objetivo se colocaron artistas, actores, actrices, políticos… Eric Clapton, Miles Davis, Marlon Brando, Marlene Dietrich, Frank Sinatra, Steve McQueen, Judy Garland, John F. Kennedy y Richard Nixon, entre otros. Uno de sus últimos trabajos fue el cartel del documental de Martin Scorsese No Direction Home, en 2005.

Dylan y Feinstein se conocieron en 1964 a través de Mary Travers, novia y futura esposa del fotoperiodista y, solista del trío Peter, Paul & Mary. Este grupo, junto a Dylan y otros personajes como Pete Seeger o Joan Baez, protagonizaron grandes momentos de la música protesta en aquellos reivindicativos primeros años sesenta.

Fue precisamente durante un viaje a Denver cuando Dylan y Feinstein se hicieron amigos y maquinaron la puesta en marcha de un libro que une veintitrés poemas del prolífico músico compuestos en 1964 y las fotos que Feinstein había hecho en Hollywood. Fotorretórica de Hollywood. El manuscrito perdido fue editado después de pasar años traspapelado en algún cajón. Esta es una prueba más de los escasos centímetros que separaban al objetivo de los fotógrafos de la escena musical, de los propios músicos.

Feinstein, Marshall y Whitaker ya no están para contar batallas, para decir si esas historias a medio camino entre la leyenda y la verdad, sucedieron o son producto del mar de cotilleos que rodean el fascinante mundo de la música. Sea como fuera la relación entre notas musicales y arte fotográfico es profunda y sincera. Una simbiosis que ha nutrido el imaginario popular.

Vuelven a encenderse las luces, aparecen todos con sus cámaras, suena la música y esta vez son ellos y ellas, los músicos, el Olimpo de los himnos del rock, los dioses, las diosas que hicieron historia con notas musicales, son ellos quienes aplauden al desfile de genios de la imagen que hicieron posible que hoy nos dibujemos en escenarios que nunca vimos, fotos que hoy hacen que escuchemos cómo Dylan llamaba a las puertas del cielo, cómo Morrison buscaba otras puertas, las de la percepción, cómo Janis superaba en genialidad y brillo su propio blues cósmico, cómo se quejaba de placer la guitarra de Hendrix.


Selva tóxica

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Fotografía de ONG Ali Supay

La Amazonía ecuatoriana respira rodeada de oleoductos. El petróleo es sinónimo de dinero pero también un peligro para uno de los pulmones de la tierra. Solo en los últimos siete años, el volumen total de crudo derramado es superior a 588 barriles. De todo este veneno negro solo se recupera un 60%. Cuando el calor aprieta, el crudo baja por el río hasta la reserva natural del río Cuyabeno y las comunidades indígenas que habitan la zona solo pueden beber el agua de lluvia. Según denuncian varias organizaciones, el petróleo ha causado deterioro ambiental, social y cultural en la Amazonía ecuatoriana. Greenpeace asegura que el 80% de los ecosistemas de los bosques primarios han sido destruidos o alterados, entre otras razones, por culpa de la extracción de crudo.  El otro 20% están amenazados. Cuyabeno, en Ecuador, está entre ellos.

Todo empezó en los años 60, momento en que Texaco entró en Ecuador. “Desde entonces la extracción de petróleo en la Amazonía ecuatoriana solo ha provocado destrucción, desolación y tristeza para las zonas intervenidas. Se han derramado millones de galones de petróleo en los ríos, han contaminado el subsuelo y el aire con la quema de gas, han violentado a las comunidades…”, relata Oscar Francino, director de la ONG Ali Supay.

Se llama Lago Agrio. Curioso nombre para una ciudad que vive del petróleo entre el espesor verde de la Amazonía ecuatoriana. Esta pequeña ciudad con olor a gasolina fue fundada en 1979 en la provincia de Sucumbíos gracias a o por culpa de la aparición de petróleo en la zona. Ahora, con más de 66.000 habitantes que sudan con su 90% de humedad, se ha convertido en uno de los centros de operaciones del petróleo en Ecuador. El otro gran enclave para las petroleras en este país es Yasuní, una joya ecológica donde opera Repsol.

No ha habido un derrame, han sido muchos”, cuenta Sixto López, propietario de una agencia de viajes que oferta tours a la reserva faunística del Cuyabeno, en la Amazonía ecuatoriana. “Compañías americanas y ahora chinos y brasileños… por aquí ha pasado a llevárselo crudo todo el mundo”.

Para llegar a esta reserva de la biosfera hay que pasar por Lago Agrio, punto de partida para explorar el entorno del río Cuyabeno. La ciudad parece improvisada y poco atractiva, casi mal dibujada en medio de la selva. Es una urbe consecuencia de las prisas por la fiebre del oro negro. Aquí la mayor parte de la gente vive del petróleo, pero respira gracias al bosque húmedo tropical de la reserva. El petróleo, que da de comer a sus habitantes, envenena los bosques de la Amazonía. Esta es la sala de espera antes de entrar en las habitaciones inmensas de los pulmones del mundo. Sixto es guía hace casi 15 años. Piensa en voz alta y mueve la cabeza mientras pregunta “¿Qué haremos cuando se acabe el petróleo? Solo nos queda petróleo para 10 o 15 años, y después, ¿qué?”.

La reserva faunística del Cuyabeno cuenta con una de las biodiversidades más ricas del planeta. En sus árboles, suelos húmedos y aguas viven un importante número de especies. El Cuyabeno es parte de la Amazonía, el bosque primario más grande que queda en la Tierra y que almacena entre 80.000 y 120.000 millones de toneladas de carbono, un elemento fundamental para ayudar a estabilizar el clima.  Por esta razón Greenpeace se opone de forma contundente a que se extraiga petróleo de un lugar fundamental para mantener el planeta con vida.  Por otro lado, según la organización ecologista, esta actividad afecta directamente a millones de personas que viven en la Amazonía. Solo en la parte que corresponde a Brasil hay 20 millones de personas afectadas por la incansable búsqueda del oro negro. En Ecuador, no se sabe cuántas.

7250 metros cuadrados contaminados

A las preguntas sobre cuándo fue el primer derrame y cuándo el último no hay respuestas concretas ni registros exhaustivos. Hay fechas que se solapan y derrames que coinciden con otros antes de limpiar la zona.

Según el Grupo de Trabajo sobre Auditoría del Medio Ambiente (GTAMA), en la zona que rodea la reserva del Cuyabeno, solo desde diciembre del 2004, se han producido 16 derrames, con un total de 7250 metros cuadrados contaminados.

Se calcula que el volumen total derramado es de 588,75 barriles de petróleo. De todo este veneno negro solo se recupera, según la GTAMA un 60% del crudo derramado.

Desde Greenpeace denuncian que la extracción de crudo, junto con otras actividades humanas como la expansión agrícola y ganadera, la tala ilegal, la minería o la construcción de embalses y carreteras ha hecho que el 80% de los ecosistemas de los bosques primarios haya sido destruido o alterado.  El 20% restante está amenazado y el Cuyabeno está entre ellos.

Cuando llegaron las petroleras, décadas atrás, se produjo otro fenómeno: una masiva migración de colonos provenientes de varias latitudes del país en busca de puestos de trabajo en la industria petrolera. En los últimos tiempos ha sido fuente de ingresos en el orden económico para las comunidades, en especial para los Sionas, que se encargan de realizar las labores de limpieza de las zonas afectadas por los derrames de petróleo. Ingresos pero también muchos disgustos.

Los serios problemas que las compañías petroleras han creado no son solo ecológicos. Van desde la contaminación del suelo, a la del agua, pasando por la deforestación, problemas de salud en las comunidades indígenas y la aculturización de las comunidades”, explica Oscar Francino, director de la organización ecologista Ali Supay .

Cuando hay derrames llueve sobre mojado. Hay heridas negras abiertas en muchos puntos de la inmensidad verde amazónica. Desde 1993, momento en que se produjo otro derrame, los abogados representantes de los residentes locales sionas buscan forzar a la excompañía Texaco, y la ahora nueva compañía Chevron Corporation, a limpiar el área y resarcir a los afectados. Eso aún no ha sucedido.

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Fotografía de ONG Ali Supay

Los sionas y el oro negro

Sandra López tiene 21 años. Quiere terminar ingeniería ambiental turística. Ahora hace prácticas para ser guía en la selva. Mientras desayuna en Lago Agrio antes de adentrarse en la selva, cuenta que hace seis meses una petrolera derramó crudo en el río Cuyabeno, que atraviesa y da nombre a la reserva, con el peligro que ello supone para las comunidades. Sandra asegura que varios animales murieron y que, aunque trataron de limpiarlo, no volvió a ser igual. La reserva y el río son el centro de la vida de comunidades de inmenso valor antropológico. Esta futura guía explica que “el Gobierno apuesta ahora por el turismo responsable pero también por el autoabastecimiento de petróleo y eso implica sacarlo de la Amazonía”. Los indígenas de la zona se dedicaban a la caza y a la pesca tradicionalmente, pero turismo y petróleo lo han cambiado todo. La nueva Constitución ecuatoriana de 2008 reconoce los derechos de las nacionalidades indígenas. “Ahora al menos estudian en sus lenguas”, se alegra Sandra. Pero esta Constitución no habla de la extracción de petróleo en sus tierras.

Para llegar hasta una comunidad siona son necesarios una canoa, un motor y muchas horas de navegación por el río Cuyabeno. Eso después de horas de furgoneta desde Lago Agrio viajando con un oleoducto en paralelo a la carretera. Al llegar al oasis de cabañas y cultivos en medio del espesor de la selva se escucha el ritmo pausado de la lengua baicocá. Suena reguetón a través de unos enormes altavoces que escupen sintetizadores y ritmos frenéticos y algunas personas bailan en el centro. Celebran el aniversario de la comunidad. El chamán está completamente borracho y resulta imposible hablar con él. Ya no solo beben chicha, ahora aquí también ha llegado la cerveza. Casi nadie viste como solían hacerlo. Amelia se afana en preparar kasabe de yuca. Ella sí viste las ropas tradicionales del pueblo siona.

Sí contaminaron la zona”, afirma en voz muy baja Amelia, que prefiere ocultar su apellido. Cuenta que en la comunidad mucha gente sufrió enfermedades intestinales. “Siguen las petroleras pero no dan trabajo a las comunidades. Limpiaron por encima pero quedó algo y cuando hace sol el crudo baja con las aguas. Cuando el río crece no podemos beber su agua. Nos queda solo el agua de la lluvia”, explica. Hace nueve años de ese vertido y sigue sin estar limpia la zona. “El petróleo no es bueno”, sentencia.

Oscar Francino, director de la ONG Ali Supay, explica que los pueblos indígenas viven directamente de la tierra y que tienen una relación espiritual muy estrecha con lo que ellos llaman la Pachamama, la madre tierra. “La irrupción de la industria petrolera en la Amazonía ha supuesto un descalabro social y cultural. Las prácticas de las compañías con las comunidades nativas han sido y son totalmente racistas. El ingreso del petróleo ha traído consigo la violencia, la prostitución, el alcoholismo y enfermedades directamente relacionadas con la industria petrolera”, relata.

Silvana Larrea, portavoz de Repsol en Ecuador, asegura que en caso de derrame, están certificados internacionalmente “y reconocidos por su eficacia”. La compañía, que opera en la Reserva de la Biosfera del Yasuní, dice que solo ha sido responsable de un vertido en 20 años de trabajo en Ecuador y que están trabajando para limpiar la zona. La hemeroteca de distintas organizaciones no dice lo mismo; Ecologistas en Acción denunció un derrame en 2008, Biodiversidad.org da cuenta de otro en marzo de 2011 en el Bloque 16, donde trabaja la compañía.

La portavoz de la trasnacional declara que los derrames de toda magnitud “se reportan a las autoridades nacionales y a través del Informe de Responsabilidad Corporativa”. En la misma línea, Repsol asegura que “el Ministerio de Ambiente de Ecuador tiene un protocolo muy exigente para casos de derrame para garantizar que se subsanen”.

Deterioro social, cultural y medioambiental

Para quien llega de otras latitudes la selva inquieta. Es tan espesa que parece imposible adentrarse y sus sonidos son una banda sonora con mil matices. Ángel Toro se mueve en este escenario como si fuera parte del mismo. Este conservacionista ecuatoriano lleva 12 años dedicado a la reserva del Cuyabeno. “En 2004 hubo un derrame justo aquí, en el Puente Cuyabeno. La compañía fue Petroproducción pero ha cambiado de manos, de nombre y de nacionalidad ya unas tres veces. Hicieron dos limpiezas pero no llegaron a solucionarlo bien porque se quedan algunos residuos en el fondo…” expone.

Ángel fue supervisor ambiental en aquella época. “Enterraron el crudo pero no sirvió de nada. Se contaminó el agua, la flora y la fauna. Afectó a las comunidades que ahora recogen el agua de lluvia”, prosigue.

Según la legislación ecuatoriana, en el parque no se pueden hacer prospecciones. “Es una locura pero hay miedo de que se haga. Cuando las hacen cerca de la reserva las aves migran por los sonidos. Los animales huyen. A las comunidades les pagan y se van y cuando se oponen, el Gobierno manda al Ejército”, denuncia Ángel Toro.

Algo cambió con la llegada al Gobierno de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa y la redacción y aprobación de la nueva Constitución. El pueblo ecuatoriano empezó a disfrutar algo de lo que se extraía de su subsuelo. “Al menos se benefician del petróleo mínimamente pero, ¿el futuro qué? Por mucho que ahora estemos bien. Por mucho que las comunidades tengan ahora algunos dólares, ¿qué pasa con sus hijos y sus nietos? Mis hijos se van a quedar sin bosques. Los dueños de estas tierras son legalmente los indígenas”, lamenta.

Es una situación complicada porque se entiende que se debe extraer petróleo y punto y nadie lo cuestiona, ni puede oponerse”. El Gobierno ha dado mucho apoyo a las comunidades, incluidos paneles solares, pero no detiene el expolio de sus tierras. Hay cinco etnias en el área protegida del río Cuyabeno, lo que equivale a unas 1500 o 2000 personas.

Toro lamenta que no exista presupuesto para la conservación. Tampoco para estudiar convenientemente qué sucede con los animales o con determinadas plantas por la extracción de crudo.

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Fotografía de ONG Ali Supay

Encontrábamos aves muertas flotando en el río”

Después de un vertido de petróleo la limpieza es muy complicada y las consecuencias duran incontables años. Desde Ali Supay aseguran que “apenas se remedian y a menudo son los propios miembros de la comunidad quienes, sin protección alguna, hacen lo posible para remediarlo pero en la mayoría de los casos quedan restos del vertido.”

La contaminación baja igualmente por el río hasta la reserva y en el último vertido murieron aves. Las encontrábamos muertas flotando en el río” relata el conservacionista Ángel Toro.

Aunque oficialmente no se puede extraer en las áreas protegidas del Cuyabeno y el Yasuní, Oscar Francino, director de la organización ecologista e indigenista Ali supay, asegura que “en el Yasuní Repsol lo hace y lo reconoce, y en el Cuyabeno hay prospecciones de petróleo y se extrae muy cerca de la reserva”.

Para esta organización, los “accidentes” petroleros son comunes y poco a poco han ido contaminando lagunas y ríos y alterando los ecosistemas de la zona. “En el Yasuní opera la compañía Repsol. Un caso que nos preocupa porque en esa zona vive el pueblo waorani, contactados hace una década de forma violenta”. Esta compañía, siempre según Ali Supay, opera en 200.000 hectáreas. Francino denuncia que “su actividad no solo afecta negativamente a su área de influencia sino que va mucho más allá. Dentro de estas 200.000 hectáreas viven comunidades indígenas waoranis que son totalmente dependientes de la compañía. Este trozo de Amazonía en el que interviene Repsol está completamente militarizado y ni las propias comunidades son libres de andar de un sitio a otro sin previo consentimiento de la compañía”.

Repsol asegura que compensa sus trabajos en la zona con proyectos para las comunidades indígenas. Desde sus oficinas en España nos remiten directamente a una página donde se explica “la inversión social” de la propia compañía en Ecuador.

Silvana Larrea, gerente de Relaciones Externas de Repsol en Ecuador, asegura que la compañía mantiene un Acuerdo de Buena Vecindad con la nacionalidad waorani que hace que “en el área de operación, durante 20 años haya cero conflictividad entre los indígenas y la compañía por el respeto que se ha mantenido por ambas partes”.

Según la portavoz de la multinacional petrolera en el país, el apoyo “de Repsol a los pueblos waorani dentro y fuera del Bloque 16 ha llevado a que se duplique su población”. De la misma forma, Silvana Larrea expone que los “waorani tienen total libertad y autonomía para moverse dentro del Bloque 16 y el ingreso a sus comunidades lo conceden ellos mismos ya que Repsol no interviene en esas autorizaciones”. Concluye Larrea que “Repsol cuenta con una política a nivel mundial que impide a la empresa intervenir en la vida de las comunidades alrededor de su operación”.

Sin embargo, durante la visita de los Príncipes de Asturias a Ecuador el pasado octubre, miles de indígenas y ambientalistas protestaron al grito de “Repsol fuera del Yasuní” contra la explotación de la zona protegida por parte de la compañía española. “Yasuní no es hacienda de Repsol”, rezaban algunos carteles.

La compañía recuerda que “Repsol no tiene ninguna sentencia por tema de derechos humanos o vulneración a la vida de pueblos indígenas en Ecuador y que cuenta con todos los permisos y autorizaciones para actuar en su zona de concesión”. Eso sí, la multinacional ha sido denunciada públicamente en muchas ocasiones por parte de organizaciones ecologistas e indigenistas.

Muchas organizaciones denuncian que el impacto generado por las compañías petroleras en el bosque tropical y en las poblaciones indígenas y campesinas de la Amazonía ha provocado un gran deterioro social, ambiental y cultural. 

Greenpeace asegura que la extracción de petróleo en la Amazonía junto con la deforestación y el cambio climático pone en serio peligro un ecosistema que, según los científicos, es el que tiene mayor diversidad de la Tierra, con cerca de 60.000 especies de plantas, 1000 especies de pájaros y más de 300 especies de mamíferos. La selva y su famoso río también mantienen la vida de más de 2000 especies de peces de agua dulce y mamíferos acuáticos como el delfín rosa de agua dulce y la nutria gigante. Además, muchas áreas siguen siendo vírgenes y no han sido exploradas a fondo por la ciencia. Solo en la zona del Yasuní hay dos nacionalidades indígenas que viven en aislamiento voluntario y que están protegidas constitucionalmente,  los tagaeri y los taromenane.

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Fotografía de ONG Ali Supay

Constitución versus realidad

Esta situación choca con la nueva Constitución ecuatoriana de 2008 que otorgaba protección y derechos a las comunidades indígenas y al medio ambiente desde la propia Carta Magna.

Por una parte la constitución recoge el sentir de los movimientos sociales y el movimiento indígena enmarcado en el Sumak Kawsay, sin embargo el Gobierno abre las puertas a la industria extractiva para que operen compañías mineras y petroleras en la Amazonía violando descaradamente la Constitución. En la nueva ronda petrolera que el Gobierno ha presentado se pretenden conceder cuatro millones de hectáreas para que se explote petróleo en el centro y sur de la Amazonía. No olvidemos que en esta vasta extensión encontramos los territorios de los pueblos indígenas, que en ningún momento van a aceptar que se violen sus derechos como pueblos y personas.“, explica Oscar Francino. Añade que “el Gobierno ecuatoriano dista mucho de cumplir con los artículos de la Constitución que se refieren a pueblos indígenas, biodiversidad y derechos de la naturaleza”. 

Para el ecologista Oscar Francino, el trato de las compañías de antes y las de ahora es el mismo. “El objetivo de una compañía es únicamente rendir cuentas a sus accionistas. Poco les importan las comunidades o el medio ambiente. La Responsabilidad Social Corporativa es maquillaje para la opinión pública. La industria petrolera es sucia de por sí. Desde los sitios donde se extrae el petróleo hasta donde se comercializa, en cada fase hay oscurantismo. En la selva amazónica este oscurantismo es más notorio porque allí donde no hay cámaras, no se registra lo que pasa. Y lo que pasa, tanto antes como ahora, es muy grave”.

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Fotografía de Emilia Laura Arias Rodríguez