Cuba, una narrativa

Cúpula del Capitolio en reconstrucción desde 2011.
Cúpula del Capitolio en reconstrucción desde 2011.

1.

La casa de Nelson Cabrera, en la encrucijada de Oquendo y Virtudes, es la combinación de un santuario nihilista y un museo de cera. Amuletos por todas partes: agua bendita enfrente de los retratos de sus antepasados, monedas cubanas y monedas extranjeras pegadas «para atraer el dinero de los turistas», una baraja de cartas extendida con los reyes boca arriba y los demás naipes tapados, y vitrinas con santos esquivos y máscaras africanas.

Nelson vive con su abuelita. «Casi cien años o más tiene la vieja. No se va a cansar de vivir nunca». Pero su abuelita no está. «Todavía es capaz de salir a resolver cosas». Y uno ya no sabe si todo es cuento chino o un hechizo. En el salón Nelson tiene un jergón con apuntes de Antropología, la segunda carrera que estudia, y una motocicleta BMW R45 del año 79 con la panza del depósito azul y el manillar tomado de otro ciclomotor. «Te llevo a conocer La Habana, brother, que esta todavía nos aguanta a los dos encima».

Nelson estuvo a punto de competir en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 en la categoría de lucha grecorromana. Cuenta que es masón y que tiene seis hijos con cuatro mujeres diferentes: «Cuba es un país donde todos somos hermanastros». Escupe todo el tiempo en la acera, se tapa la boca cuando habla de política y cuando se refiere a Fidel Castro lo hace sin pronunciar su nombre, solo se palpa el mentón y prolonga la mano hacia abajo emulando la forma de una barba interminable. Cuando Nelson habla de política no se le entiende, habla sin hablar, murmurando, con elipsis inconcretas que acaban en la coletilla: «ya sabes, ¿no?»

Y es que, aunque en la isla a cada momento se expresan opiniones críticas contra el Gobierno, es verdad que todavía se hace con cierta reticencia, sin pronunciar bien las palabras. Reporteros sin Fronteras sigue considerando a Cuba como uno de los países con menor libertad de expresión del mundo. Y las Damas de Blanco siguen mostrando los retratos de opositores encarcelados ante de ir a misa los domingos en la Iglesia de Santa Rita en Miramar. Es cierto que los jóvenes trasmiten sus ideas con cierta relajación, pero la generación anterior, sometidos todavía a la paranoia del Gran Hermano de los Comités de Defensa de la Revolución, opinan sin opinar, dicen sin decir, todo lo mascullan.

Vamos a La Kid Chocolate, que es uno de gimnasios más célebres de la ciudad. Su nombre homenajea al boxeador más importante de toda la historia de Cuba. Entramos por la puerta trasera. Nelson saluda a Polledo, un hombre gordo y afable, con un tobillo vendado. Y hablan de los viejos tiempos, mitad de los noventa, en pleno Periodo Especial, cuando Polledo entrenaba a Nelson y este se rompió una costilla en una competencia en Camagüey. Nelson tuvo que abandonar la lucha y se fue a Cayo Largo a trabajar en un hotel. Cuenta que se tragaba los fajos de dólares que había ahorrado con un hilito que ataba a un colmillo, «estaba prohibida la circulación del dólar, así que para recuperarlos tiraba suavemente cuando ya estaba en La Habana después del periodo de temporada alta».

Polledo también dejó la lucha grecorromana por otra lesión en la espalda, pero su historia es más prosaica. Se podría decir que entró dentro del universo burocrático de la isla: la repartición infinita del trabajo. «A veces se reparte tanto el trabajo, que no tenemos mucho que hacer». La ultraespecialización, dice uno de sus compadres de una manera cínica y distraída. Polledo ahora es bedel del gimnasio, «en esta partecita de atrás», pero respira cuando dice: «al menos de vez en cuando los muchachos cuando se entrenan me dejan que les diga alguna cosita».

La Kid Chocolate está enfrente del Capitolio, que lleva más de dos años restaurándose. Su cúpula, ataviada con andamios, podría parecer una metáfora de reconstrucción política que vive el país desde el Congreso del Partido Comunista de 2011. Para algunos, cambios profundos que movilizan el cambio social en la isla; para otros, cambios retóricos que terminarían incluso con la paciencia del mismísimo Marqués de Lampedusa. «Se permite el trabajo por cuenta propia, es verdad», dice un vendedor de frutas en la avenida Salvador Allende, «pero la escasez sigue ahogando a todo el mundo. Para cualquier cosa que uno quiere hacer tiene que enfrentarse a una burocracia enorme. Todo avanza tan despacio, que muchas veces ni avanza».

Cartel de la propaganda de la Revolución, en la Avenida Salvador Allende de La Habana.
Cartel de la propaganda de la Revolución, en la Avenida Salvador Allende de La Habana.

El Capitolio, desde que en 1929 mandara construirlo Machado, sigue siendo la referencia de un pueblo proclive a las leyendas que describen los enveses de su historia. Y pocas epopeyas son tan hermosas como la del diamante que marca el kilómetro 0 de las carreteras de Cuba: su periplo desde la corona del zar Nicolás II, pasando las correrías del joyero turco Isaac Estéfano, quien adquirió la gema en París, hasta su misterioso robo en 1946, catorce meses antes de que un anónimo lo enviara al despacho del presidente Grau.

El diamante fue restaurado en el centro del Salón de los Pasos Perdidos, hasta que se sustituyó por una réplica para que el original fuera custodiado en la Bóveda del Banco Nacional de Cuba, aunque muchos dudan que esto sea así al no haber prueba gráfica y se resignan a que el diamante, una suerte de épica u orgullo nacional, puede «estar esfumado, como la riqueza de este país lleno de telarañas», como observa, en una plaza adyacente, un jugador de una partida de dominó, que va congregando a varios espectadores sosegados antes que un mulato con una gorra militar la cierre con la ficha del doble tres.

La BMW R45 termina su jornada en La Habana Vieja, frente a la Iglesia de las Mercedes, donde ubica el Gimnasio Rafael Trejo. «Si tenemos un nuevo Kid Chocolate, sale de aquí», dice Nelson, como siempre huidizo y subversivo. Muchos de los campeones cubanos olvidados pasan las tardes enseñando a boxear a los niños de la Habana Vieja. Nardo Mestre Flores, Ángel Moya, Alberto González son algunos de los artesanos del boxeo en Cuba. Campeones sin un peso en el bolsillo, que sobreviven gracias a los recuerdos y a las propinas de los extranjeros que presencian los entrenamientos en el Trejo. «Sean dinámicos, sean elegantes, treinta segundos más, venga, venga, mantenemos el tipo… el boxeo es un arte».

En el gimnasio ha estado entrenando Namibia Flores, una boxeadora cubana que aspira a conseguir medalla en Río de Janeiro. El problema es que el boxeo femenino en Cuba está penado y Namibia ha tenido que marchar a Estados Unidos a proseguir su preparación. Pero la huella que ha dejado es profunda. Nardo, «Le Black Prince du Ring», según el reportaje de una revista francesa que muestra con orgullo, lo tiene claro: «Namibia en cualquier país sería campeona», asegura, inteligible y socarrón.

Los jóvenes boxeadores miran a su entrenador mientras descansan en las cuerdas del ring. Más tarde se acercan y me muestran fotos de Namibia entrenando con ellos en un smartphone. «La mulata era fuerte, fuerte. Era una más cuando entrenaba con nosotros. Peleaba como uno más. Fuerte y rápida», apunta Wilfred con una voz queda que filtra un toque asumido de añoranza, «si no se iba de aquí es como si estuviera matándose a entrenar para nada».

Hay una chica rubia que aparece en muchas otras fotos. ¿Quién es esta boxeadora?, pregunto. «Una irlandesa que entrenaba con ella», dice Osvaldo, tal vez el rastafari más corpulento del mundo, mientras se saca los guantes. Pero la rubia no es ninguna atleta irlandesa; es Meg Smaker, una realizadora de documentales norteamericana, autora de Boxeadora, la historia de Namibia, que ha tenido que dejar Cuba para seguir su preparación de cara a Río 2016.

Un joven boxeador se entrena en el gimnasio Rafael Trejo de Habana Vieja.
Un joven boxeador se entrena en el gimnasio Rafael Trejo de Habana Vieja.

2.

La historia de Namibia contraviene uno de los preceptos sacrosantos de la Revolución: evitar la fuga del talento cubano. Los teóricos de la burocracia en La Habana sabían que la única manera de evitar el colapso era luchar contra la fuga de talento. Por ejemplo, son muchos los jugadores de pelota que no han podido aceptar contratos millonarios en la MLB. Han terminado su carrera en los equipos de la isla a razón de veinte dólares al mes. Y después han sido profesores de Educación Física o peluqueros o trabajan en un complejo deportivo.

Como Lázaro de la Torre, uno de los principales abridores de Industriales en los ochenta. Lázaro es un hombre silencioso, que todo el mundo recuerda siempre con el guante en la mano. Ahora coordina una liga de aficionados en el complejo Dalsa, a espaldas de la plaza de la Revolución. Arbitra los partidos, da indicaciones con sosiego; mira el diamante con terquedad. «El profe está deseando entrar en juego», comenta Martín, un joven que acaba de salir de trabajar en una dulcería y que rápidamente muestra la fotografía de su hija. «Acabo de construir un cuartico independiente para que mi esposa y yo vivamos con la muchachita. Aquí en Cuba, muchas veces, las familias tienen que vivir todos juntos: los padres, los suegros, los recién casados, y eso trae muchos problemas. Yo lo que he ahorrado lo he invertido en nuestro cuartico para que ni me molesten ni molestar».

La conversación en Cuba es otra de las artes nacionales. La representación del ingenio desnudo del cubano. La conversación nace con fluidez y se desarrolla de la manera más sorprendente: desde la confidencia más impactante, hasta la anécdota más corrosiva, pasando por el comentario más común. «En Cuba se pasa mucho tiempo haciendo colas, por lo que el chisme es necesario para sobrellevar tanta espera», interviene Abel, un jovencísimo taxista de La Habana que conduce un Chevrolet del 57, «Yo mismo he cambiado el motor y toda la mecánica junto con mi papá. Ya sabe, socio, en Cuba todos somos mecánicos».

En el vestuario del complejo Dalsa las paredes tienen humedades y hay una televisión encendida donde en Telerrebelde, uno de los cinco canales nacionales, únicamente dedicado a la emisión deportiva, se emite el Clásico entre Barcelona y Real Madrid. Son cuatro los partidos de la Liga que se emiten en vivo todas las semanas. Los jugadores de los diferentes equipos de la liga de pelota van entrando, cambiándose, conversando sobre el juego que se disputa en el diamante y sobre el partido que se ve en el televisor.

Hay más o menos igual número de madridistas que de barcelonistas. Le pregunto a un muchacho alto muy interesado por el partido que si va con el Madrid o con el Barça. Primero, se levanta la manga y muestra un escudo del Barcelona tatuado, «en Cuba el fútbol ahora está gustando casi más que la pelota». Y luego, el fenómeno de lambdacismo cubano, de intercambiar la ‘r’ por la ‘l’ en la pronunciación, le otorga un doble sentido a la conversación: «Yo soy del Balsa, Balsa. Aquí en Cuba gusta mucho el Balsa». Y se queda callado. «Ya sabe en Cuba somos mucho de balsas…», remata con una sonrisa incandescente.

Esa sonrisa confusa desvela uno de los signos claves de la cubanidad, algo así como el ahínco diferenciador que tiene Cuba respecto al resto del mundo, «mestizo, bastardo, arribista y trágico», que escribiría Leonardo Padura, pero combinado también con un anhelo casi corrosivo, una particularidad atávica del cubano que tiene mucho que ver con el verso que escribió John Donne: «Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra…». O la sensación de sofoco de haber nacido en «la ínsula de una ínsula», como retrata Alejo Carpentier en El siglo de las luces: «El adolescente padecía como nunca, en aquel momento, la sensación de encierro que produce vivir en una isla; estar en una tierra sin caminos hacia otras tierras donde se pudiera llegar rodando, cabalgando, caminando, pasando fronteras, durmiendo en albergues de un día». Recuerdo este párrafo y le pregunto si él se quiere marchar de Cuba. «¿Irme de Cuba? ¿A dónde? ¿A hacer qué? Todos se fueron ya. Alguien tendrá que quedarse por aquí. Con un poco de dinero en Cuba se puede vivir muy bien, ¿sabe? Yo lo que quiero es que Cuba mejore —hace una pausa para mirar el partido— pero a saber qué trae la vida… quizás llega un día donde me voy al otro lado, y dejo a toda esta gente sin el mejor pitcher de La Habana».

Un grupo de jóvenes juega al fútbol en una calle céntrica de Santa Clara.
Un grupo de jóvenes juega al fútbol en una calle céntrica de Santa Clara.

3.

Que Cuba vive un momento histórico está claro. Pero su encrucijada va más allá de la relación con Estados Unidos, por muy significativa que esta sea. La isla se enfrenta a un definitivo cambio generacional que progresa sin cesar. Fernando Rasvberg fue corresponsal en La Habana para BBC durante más de veinte años y actualmente dirige Cartas desde Cuba. Asegura que los hijos de la Revolución disfrutaron de lo «mejor del socialismo» antes de que la Unión Soviética cayera; sin embargo en el apartado de las decisiones esa «generación fue borrada del mapa». Sin embargo, los líderes y los burócratas de la Revolución inexorablemente se están muriendo, las élites de mando están envejecidas y la distancia de los jóvenes con los preceptos de la Revolución se acentúa a pasos forzados.

Así, serán los nietos de la Revolución, conscientes de haber recibido una educación dogmática, con una potente influencia del exterior, pero también conocedores de ciertas virtudes de un sistema, aunque por lo general lo consideren insostenible. La generación que nació en los ochenta, que vivió la severidad del Periodo Especial, son los que tendrán que dar un paso al frente, casi un paso al vacío, y definir una nueva Cuba, preservando los valores diferenciadores de la cubanidad y profundizando en los publicitados logros de la Revolución: la universalización de la sanidad y la educación y el hecho de que las prestaciones sociales básicas queden cubiertas, por mucho que estas sean a ras de suelo.

No hay mejor muestra de esta protección social de mínimos que la famosa cartilla de racionamiento que creó Fidel en 1963. Una provisión de alimentos subsidiados que en su inicio más o menos daban para saldar las necesidades alimenticias de la población, pero que poco a poco se ha ido reduciendo y hoy por hoy resulta raquítica e insuficiente: cinco huevos, cinco libras de arroz, media libra de aceite, un paquete de café mezclado con chícharo tostado, tres libras de azúcar blanca, una libra de azúcar morena, media libra de frijoles, un kilo de sal cada seis meses, una caja de fósforos, una libra de pollo al mes y tres cuartos de libra de «pollo por pescado», lo que viene a decir que se da más pollo porque ya no hay pescado.

Así pues, serán los nietos de la Revolución los que tengan que definir el contorno emocional de una nueva Cuba compleja y llena de idiosincrasias irrenunciables, pero también fatigada y expectante, donde una hora de acceso a internet cuesta casi la mitad de un sueldo del Estado, donde los médicos, los profesores o los ingenieros piensan seriamente en dejar sus oficios raquíticamente pagados para convertirse en mozos de almacén o en camareros o en monitores de submarinismo, y así entrar en contacto con la divisa y con el circuito turístico.

Porque Cuba es un país con dos monedas: el peso cubano y el CUC. Esta relación monetaria de veinticinco a uno ha generado una frontera emocional entre el cubano y sus propios anhelos. Especialmente gráfica es esta brecha en la célebre heladería Coppelia, en la famosa rampa 23, donde hay dos mostradores: uno donde solo se puede pagar con moneda nacional, con su consiguiente cola larguísima, y el mostrador que admite el CUC donde los extranjeros o los cubanos con dinero miran cómo la fila del otro mostrador no deja de nutrirse mientras se comen un helado.

Para el recién llegado es complejo habituarse a un sistema con dos monedas, con dos valores de las cosas, con dos lenguajes económicos, pero para el cubano es ya el pan de cada día. Orlando Vilches, antiguo camarero del bar Majestic en Holguín, tira de sarcasmo para explicar la dicotomía monetaria: «Cuando no sepa qué productos están marcados con moneda nacional o con divisa, solo fíjese en su aspecto: los que tengan etiquetado bonito y buena carita, se paga con divisa; los que parezcan como de otro día, sin marca y medio sucio, se pagan con moneda nacional». El Gobierno cubano ya anunciado su intención de unificar la moneda, hecho que generará un difícil encaje económico en la alterada economía cubana, donde un turista puede pagar por una cena común más de lo que un profesor gana en un mes, pero evitará una estampa de segregación posmoderna.

Calle de Centro Habana.
Calle de Centro Habana.

Alberto Blanco fue coronel en el gabinete de seguridad de Fidel Castro y no ve tan claro que la Revolución tenga que transformarse. «Hay ideas tan bien diseñadas que se convierten en clásicos, y trascienden el cambio generacional», dice en una conversación en su casa de Centro Habana. Nacido en un poblado muy cerca de la Sierra Maestra, tiene claro que si no hubiera existido el poder transformador del socialismo, él sería analfabeto y «seguro que no tendría dientes». Y no es baladí hablar de la dentadura en Cuba, algo así como el símbolo de la asistencia sanitaria universal en la isla, el reflejo del desarrollo del país respecto a su entorno: «vaya usted a República Dominicana o Haití para ver si la gente de mi edad tiene todos los dientes bien puestos como los tengo yo».

Y este comentario no es una muestra de ingenuidad. Precisamente es esta idea la que reivindican los defensores de la Revolución: comparar Cuba con los países de su entorno geopolítico y no hacerlo con baremos de desarrollo occidental. A esta fórmula hay que sumar el embargo impuesto por EE. UU. desde hace más de cincuenta años para obtener la base del ideario del Gobierno de La Habana.

Pero el mundo gira a velocidad de vértigo y la transformación de la Revolución está lanzada. Miguel Díaz-Canel, primer vicepresidente de Cuba, representa la modernidad del Ejecutivo. Además de aparecer como el delfín de la Revolución. Fue el primer político cubano que llegó a un Consejo de Ministros con un laptop, y su estética recuerda más a un Enrique Peña Nieto con gracejo, que a un daguerrotipo de Fidel Castro.

Si las relaciones con EE. UU. finalmente se normalizan, resulta crucial conocer qué narrativa utilizará el Gobierno de La Habana, que ha basado parte de su espíritu y legitimidad en la resistencia frente al vecino del norte. Y la cosa va en serio, porque la campaña publicitaria parece haber comenzado. La prensa estadounidense ya habla a las claras de un «Cuba post-embargo». La revista Time ha proclamado a Raúl Castro como una de las cien personalidades más relevantes del año. La NBA ha montado un campus en Cuba con la presencia de Dikembe Mutombo. Y The New York Times, en una de sus múltiples piezas recientes sobre la isla, asegura que la bandera norteamericana está de moda en La Habana.

Además, la Cumbre de Panamá certificó el acercamiento de Cuba con Estados Unidos, al tiempo que representaba un creciente aislamiento de Estados Unidos respecto a muchos países latinoamericanos, cuyos líderes hostigaron en sus discursos a Barack Obama. Todo parece indicar que en los próximos tiempos las relaciones se normalizarán y Thomas J. Donohue, presidente de la Cámara de Comercio de EE. UU., se frota las manos porque ve en Cuba un vergel donde comenzar una era de inversiones.

Sin embargo, Cuba sigue siendo un país offline, donde el acceso a internet sigue siendo un privilegio. A este respecto, el Gobierno cubano también ha asegurado que el débil acceso a internet que se vive en la isla será historia próximamente y prevé para un horizonte relativamente cercano el acceso universal a la red. Los cambios —sobre todo simbólicos— parecen imparables, pero la retórica de la población es profundamente escéptica. Y no solo eso, también confusa, porque el viaje hacia el presente se anuncia vertiginoso, pero la ruta que recorrerá la nave cubana en ese viaje aún parece profundamente incierta.

Un barrendero de avanzada edad en el centro de la ciudad de Trinidad.
Un barrendero de avanzada edad en el centro de la ciudad de Trinidad.

4.

El Malecón es la primera y la última frontera de Cuba. Frontera física y frontera emocional «de una promesa apacible», como describió Padura a la ciudad de La Habana. El «sillón habanero», como lo llaman los cubanos, es un lugar donde transcurre la contradicción de la vida y se presiente la distensión del Caribe. Pero la placidez también está moteada de instinto de supervivencia, huidas planeadas y todo tipo de candanga.

Los personajes de Pedro Juan Gutiérrez se arraciman interpretando una danza frenética y brutal. «En Cuba no hay instante para el aburrimiento», aseguraba en una reciente entrevista el autor de Trilogía sucia de la Habana. Pedro Juan, el Carver caribeño de La Habana, suele ensalzar el carácter sexual y leve del pueblo cubano en sus narraciones, «somos un pueblo mestizo y nuestra manera de interaccionar es siempre juguetona».

El Malecón es una danza continua. Los proxenetas miran al mar, negocian con turistas y se definen como trabajadores por cuenta propia. Los chaperos otean. Los padres de familia pasean con sus hijos del brazo. Los grupos de amigas bailan salsa o se hacen trenzas unas a otras. Los muchachos dan tragos cortos a una botella de cerveza fría. Hay compadres que juegan al ajedrez. Otros que miran al horizonte de cara al mar. Y otros que están de espaldas y miran la ciudad. Las prostitutas caminan como si estuvieran en el salón de su casa. Lilian, con veinte años recién cumplidos, recuerda que empezó en la prostitución hace unos meses cuando viajó con un amigo a La Habana desde Matanzas: «El primer día mi compadre me resolvió dos yumas* que me pagaron veinticinco dólares cada uno. Es muy tentador, la plata en Cuba está escasa y es dinero fácil con el que también puedo ayudar a mi familia». Otra prostituta, mayor que Lilian, asegura que ella no permite que la besen en la boca ni se pone nunca encima de ningún cliente: «yo tengo que estar a las once en casa, así que lo hago es apurar al tipo para que se venga pronto, en verdad es un amor bastante asqueroso el que yo vendo, pero allá él quien lo quiera pagar».

La tolerancia social a la prostitución es elevada, ya que se convive con asiduidad con ella. El Gobierno niega que la prostitución se haya disparado, pero en los circuitos turísticos la percepción es otra muy distinta. Juan, un tipo trigueño que trabaja acarreando turistas en los taxis en la rampa 23, llega a decir que en El Malecón «el amor ha muerto, ya que la necesidad ha hecho que ni siquiera los cubanos tengamos la capacidad de tener una relación con una mujer sin pagar u ofrecer algo a cambio». Por esto —y por otras cosas— Juan se quiere ir de Cuba a toda costa: «un amigo mío italiano ya ha mostrado mi foto a una italiana de L’Aquila; parece que le gusto y que va a venir el próximo mes a por mí». «¿Y si a ti no te gusta ella?», pregunto. «Hermano, a mí me da igual que me guste o no; yo lo que necesito es que me resuelva mi problema. A mí me va a gustar, seguro que me gusta, verás como sí».

Una calle de la ciudad colonial de Trinidad, en el sur del país.
Una calle de la ciudad colonial de Trinidad, en el sur del país.

Y Juan pronuncia el verbo de los verbos en Cuba: «resolver», el comodín dialéctico que se usa para todo: para conseguir papas en un mercado, para pactar una cita o para describir una corruptela. Todo se «resuelve» en la isla. Y es que en Cuba el verbo «resolver» marca el espíritu de supervivencia de una sociedad ingeniosa, donde cada cubano sabe ejercer dos o tres oficios y donde la población todavía sigue en contacto con los procesos productivos, al contrario que en las sociedades occidentales donde el proceso mecánico de elaboración de los productos se ha evaporado para el ciudadano medio.

Un buen ejemplo de esto son los gimnasios de la isla, muchos de ellos equipados con aparatos criollos, es decir, con máquinas hechas a mano por los propios dueños de las salas. Pero este ahínco creador es persistente y se muestra también en la mecánica de los coches, en las instalaciones eléctricas, en los aparatos de música. Todo se reinventa, todo se reutiliza. Y se genera algo así como una lógica del decrecimiento forzada, basada en la conciencia de un país artesanal, aunque profundamente improvisado. Un país donde todo el mundo parece que habla poniendo exclamaciones en el extremo de sus frases. Y en esa admiración continua se refleja como en ningún otro lado la larguísima inventiva del cubano, su memoria desesperada, el conejo de la chistera, la audacia del equilibrista sobre el cordón de la historia.

El barrio del Vedado, en La Habana, al amanecer.
El barrio del Vedado, en La Habana, al amanecer.

Fotografía: Eugenio Blanco


Nueve historias en el mapa de Lisboa

Fotografía de Ana Núñez Rodríguez
Fotografía de Ana Núñez Rodríguez

Llamemos a la hora punta de Cais de Sodré o Saldanha la prisa rencorosa, porque Lisboa es una ciudad insubordinada que no acepta la terquedad del paso del tiempo. La hora punta de las hormigas —de las hormigas próvidas como escribió Umberto Saba es la escena discordante de una ciudad que filtra el bombeo de los segundos a cuentagotas. Llamemos, pues, a la hora punta de Lisboa la prisa rencorosa. Los tornos del metro se colapsan, la gente camina con un rumbo meditado y en los muelles los estibadores tienen miedo a perder su empleo. ¿Y si el tiempo discurriera en Lisboa de otra manera, como si estuviera huyendo del mismo paso del tiempo? Porque tal vez en eso consiste el catálogo de libertades invisibles que es capaz de ofrecer la ciudad: la acracia que parte de ese colapso tectónico entre presente y futuro, el único pasado probable a fin de cuentas.  La ciudad blanca de Tanner está repleta de memorias, porque tiene todos los relojes confundidos. Esta anarquía temporal lo explica el hecho de que el segundero del reloj del British Bar gire en sentido contrario, aunque el reloj nunca pierda su puntualidad. Y esto es sin duda la revolución, tal vez una revolución sencilla, pero indudablemente definitiva.

La radio mal sintonizada del tranvía 18

El tranvía número 18 termina en el Palacio de Ajuda, antigua residencia monárquica y actual Museo de Historia, cuya esquina suroeste del patio muestra la pared del ala occidental incompleta. El trayecto del 18 siempre tiene la radio mal sintonizada: la radio que nunca se apaga tiene un sonido quebrado. Las interferencias perpetuas de esa radio son la muestra de que ya nadie se fía de nada. El tranvía 18 enfila la plaza de Calvario surcando  en paralelo el Tajo  el barrio de Santos, donde es imposible que no prevalezca la bandera francesa de su embajada, que ondea con cierto aire colonialista, porque Santos es el barrio más parisino de toda Lisboa. El barrio de Santos lleva implícita la cita de Fradique Mendes, una suerte de heterónimo de Eça de Queiroz: “Lisboa es una ciudad traducida al francés en caló”.  El tranvía se adentra, portando sus interferencias, en los barrios de Alcántara y Ajuda. El Puente del 25 de Abril sirve como frontera. Desde las ventanas del eléctrico 18 se aprecia la estructura inquieta, sólida y roja de esta versión europea del Golden Gate que une Almada y Lisboa. La barriada de Ajuda, antiguo foro de pescadores por decirlo de alguna manera y territorio de escuelas tranquilas, es un barrio donde los niños son los reyes del mambo y las madres siempre tienen el aire sufrido de las madres antiguas, seres que han aprendido que en las esquelas de las farmacias se encuentran los mejores temas de conversación en el mercado de Boa Hora. El eléctrico siempre se desliza por los raíles de Ajuda frenando continuamente y suena como si alguien estuviera rayando un plato de porcelana con un tenedor; las catenarias se balancean como lo hacen las catenarias de las atracciones de feria y asemejan pitones descolgadas en los árboles de las selvas. La radio mal sintonizada del 18 téngalo en cuenta es un somnífero, acaso un rito. Una oración. ¿Acaso anuncia que el colapso será placentero como una muerte dulce? En el barrio de Ajuda, siempre hay alguien corriendo, calle abajo, para alcanzar el tranvía en su próxima parada. Y lo hace desbocado, como si le fuera la vida en ello.

El azulejo de Santa Camarão

Jose Soares Santa, Santa Camarão, apenas entraba por los quicios estrechos de las puertas de la Alfama. Paseaba por las callejuelas que se enredan debajo de la Igreja de Santo Estevao y parecía un ser perdido en una ilustración de Escher. Ahora en su casa, en la casa donde vivió en la Alfama (en el Beco na Cardosa número 12), hay una composición de 63 azulejos realizados por el artista de Ovar (de la misma ciudad que el boxeador) Marcos Muge. Santa Camarão visitó ringues de todo el mundo y en todos eso cuadriláteros se movió como un púgil cachazudo y bonachón, como si tuviera sueño, como si a la vigilia solo se pudiera llegar a base de puñetazos. Entendió la lucha como si fuera una forma amable de ganarse la vida, algo así como un patrimonio de hombres rurales. Desde jovencito vivió en Lisboa y se ganó la vida entibando las embarcaciones  que surcaban el río Tajo. Ya en 1925 ya convirtió en el campeón portugués de los pesos pesados y no se aflojó el cinturón hasta 1932; sin embargo nunca consiguió el cinturón de campeón mundial pese a ser el boxeador de los pesos pesados más alto (2,02 metros) hasta que apareció en escena  Nicolay Valuev, el púgil con más altura de todos los tiempos, cuatro centímetros más alto que Santa Camarao. El portugués era un boxeador técnico en el ring, tal y como recuerda José Tavares en el gimnasio de Cruz Vermelha. Cuando pegaba tenía el mismo gesto que un granjero empeñado en la siega. Formó parte del elenco de la primera película donde se escuchó la lengua portuguesa en el cine, Liebe im Ringrealizado por Reinhold Schüntzel en 1930, cuyo protagonista sería el campeón del Mundo e ídolo de Hitler: Max Schmeling. Santa Camarão fue la autoestima de muchos inmigrantes portugueses, en otra de las épocas donde había que salir a encontrar una oportunidad. Todos hablaban de él y en las crónicas de sus peleas cabían todas las fronteras de un país. En la Alfama  no era extraño oír esta coplilla: “José Santa ‘Camarão’/ No mundo foi campeão/ Por ter uns pés delicados. / Também a Ilda Fernandes/ Por ter umas mamas grandes/ Foi rainha dos mercados.” En la Alfama todo envejece rápido, es verdad, todo, menos los naranjos escondidos de los callejones y el azulejo que muestra el rostro de Santa Camarão.  

Lobo Antunes escribe cansado

Ya hace unos años que António Lobo Antunes se ha mudado de Benfica a un apartamento muy moderno en la Rua Conde de Redondo, a dos pasos del burdel más selecto de la ciudad: O Elefante Branco. Lobo Antunes ha explorado la escritura a fuerza de agotarse. Admira a Conrad y a Tolstoi, sobre a todos. Les llama “mineros”, porque considera que son escritores que se han arriesgado a bajar a las profundidades de la condición humana. El maestro ha aprendido que en ese viaje uno arriesga su condición de ser descansado. Pero no hay otra manera para que brote algo así como una literatura descubridora. El único camino es el cansancio. El cansancio inspira la memoria: el motor de la escritura. Algo así le dijo Lobo Antunes a Alexandra Lucas Coelho en una entrevista que publicó Ípsilon, el cultural del diario Publico portugués, en el año 2009. Y esa revelación parecía una despedida; no un epitafio, pero sí un último secreto. El apartamento de Lobo Antunes está muy cerca de la Rua Rodrigo da Fonseca, que era donde Antonio Tabucchi situó la redacción del diario Lisboa en Sostiene Pereira. Ojalá suceda. Ojalá un día Pereira se cruce con António Lobo Antunes cuando este vaya al quiosco habitual a comprar el diario. Ojalá se cruce con él y lo siga haciéndose el despistado. Ojalá un día aparezca una nota en el diario Lisboa hablando de la nueva o antigua vida António Lobo Antunes en el barrio de Estefania, de la memoria y de las despedidas. Ojalá esa crónica la acabe firmando Monteiro Rossi o el mismísimo Pereira.

Fotografía de Eugenio Blanco (9)
Fotografía de Eugenio Blanco

El Café Imperio

El Café Imperio está siempre lleno de seres precarios, de hombres que vuelven a liar cigarrillos ya fumados. Se sitúa entre la estación de Arroios y Alameda, apurando la Avenida Almirante Reis. En la televisión siempre se juega un partido de la liga portuguesa sobre un campo embarrado. Los comercios de alrededor cada vez ofrecen menos productos. Los escaparates de Lisboa se despueblan. Sin embargo, uno de sus camareros, Mauricio Fernandes, sigue llenando las imperiales casi igual que cuando los tiempos no estaban tan duros. Él sabe que muchas pensiones se queman en esas rondas. Pero algo tiene que prender, algo tiene que prender: esas cervezas frías en los vasos con pegatinas de Sagres, la Loto pesimista de la semana, el partido del Benfica de Jorge Jesus contra la Académica. De algo hay que hablar. Y eso es lo que ocurre en la parte de arriba del Café Imperio, ese pasar de los años delante de la liga portuguesa, delante de un cigarro enrollado de una forma artesanal, delante de la Loto pesimista. Esas mesas de mármol siempre están frías. En la parte de abajo es otra cosa: hay un restaurante decimonónico y un pianista que se conoce el nombre de todo el mundo. No se cena caro para ser un salón tan pretencioso. Mauricio vive en un apartamento alquilado de la luminosa Avenida Morais Soares, pero está casi todo su tiempo en el Café Imperio, subiendo y bajando escaleras. Escuchando las notas del pianista y las conversaciones tranquilas de las parejas asentadas en el salón de abajo. Escuchando los gruñidos futboleros y las quejas de los asiduos al bar en la parte de arriba. Él tiene muy claro qué es la crisis: esa escalera entre la parte de arriba y la parte de abajo cada vez le parece más larga, más difícil de subir. Aunque siempre acabe justificando esa conjetura con el hecho de que acaba de cumplir 49 años y todo va costando más. Para nada es ya ningún chaval.

Tasca do Chico

Cuando se retoca el bigote suena un fado en el casete. Cuando recoge la lavadora tararea un fado. Cuando se dispara la alarma de incendios de su apartamento, todo parece un fado. Cuando aparca el coche en la Rua do Combro y ve las ropas secándose en las fachadas, evidentemente  recuerda algún fado. Cuando se va a manifestar al Palacio de Sao Bento pone ejemplos de la letra de algún fado diferente, de alguno menos doliente y más reivindicativo. Cuando discute con su mujer les envuelve un fado. Cuando hacen las paces, también. Cuando cocina también está cerca el casete con sus fados. Cuando pasea por la Plaza de las Flores en la cabeza le revolotea un fado. Cuando habla de las podas de los árboles de Príncipe Real no suena un fado, pero casi. Sin embargo, cuando abre la Tasca do Chico en Bairro Alto —o algunos días en Alfama— y todos los fadistas llegan a cantar y él les da paso con dignidad, muy hierático y digno, no escucha fado: escucha el vibrar de la maquinilla eléctrica, el centrifugado de la lavadora, la alarma de incendios, el motor de su coche, las proclamas de los manifestantes, los reproches de su mujer, el agua hirviendo en las ollas, el sonido de sus pisadas en la Plaza de las Flores y las motosierras podando las ramas de los árboles de Príncipe Real.

Erasmus corner

Han seguido al pie de la letra todo el manual del enamoramiento juvenil, todo ese énfasis que tiene como destino la caducidad o el hastío. Por ejemplo: se han perdido muchas veces adrede por la ciudad… Cogían el primer autobús que llegaba a la parada y se montaban para decidir bajarse doce o trece paradas después, fuese dónde fuese. Tal vez en Xábregas, en Casalinho, en Benfica, en Areeiro. Así, han convertido a la ciudad en un puzle. Una vez se bajaron en la curva de la rua Maria Pia, a la espalda del cementerio de Prazeres, y el papel de aluminio corría como la pólvora. No les robaron de milagro, pero tuvieron que acabar comprando cocaína y dejando como fianza para otra compra (como excusa para una vuelta) un paraguas púrpura, porque ese día no dejaba de llover. No han dejado de moverse: han ido a conciertos en Bacalhoeiro, en Lux, en Incógnito. Han compartido conocidos en Alcântara y en Bairro Alto. Se han hecho amigos de los limpiadores de la Bica que bajaban con mangueras regando las calles después de la madrugada de un viernes o de un sábado. Han terminado comiendo bifanas con ellos en la panadería de Cais de Sodré. Han comprado marihuana en Intendente; la han fumado tumbados en la plaza de Martim Moniz y han sentido que era imposible que esa primavera pudiera implicar más gratitud. Se han prometido cosas y se han hecho regalos. Él la ha llevado a ver la ascensión del pez luna en el Acuario de Lisboa en Oriente y ella no se ha cansado de hacerle fotos en las playas de Caparica, cualquier martes o miércoles, a cualquier hora, ya que no existía rutina posible que armara la vida. Han esquivado los aspersores ebrios en el Jardim de Estrela y parecía que habían terminado de leer Rayuela esa misma tarde y estaban imitando todo ese desorden. Han vivido el auténtico invierno del descontento en el frío de las habitaciones de la casa Marvão, la casona comunal de la Moreria, donde todas sus habitaciones tienen un bidet porque se dice que la casa Marvão era un antiguo burdel. Han orinado durante las noches en ese bidet porque salir al baño compartido era un viaje demasiado misterioso. No hay fiesta Erasmus que no hayan frecuentado. Se han comunicado con no más de cien palabras en portugués durante todo el año. Fotos en Laranjeiras, cursos en la escuela de Penha de França, conversaciones en el Sou Café. Se han agotado en el sexo tanto que no ha habido ni espacio para cinco minutos de celos. Han sido fijos en todos los newsletter de los garitos con encanto. Han preparado los exámenes juntos en quince días en el Pois Café. Se han ido despidiendo poco a poco, a base de promesas y resignación. No compartían lengua, solo esas cien palabras mal pronunciadas en portugués. Cada uno gemía en su idioma y a eso le llamaron “la verdadera globalización”. Cuatro meses después de su separación, con Lisboa lejana, cada uno en su país y el olvido latente, convienen que sí, que era verdad, que eran ellos los verdaderos promotores, actores y espectadores de esta crisis económica que se dice que comenzó con la quiebra de Lehman Brothers. 

Fotografía de Eugenio Blanco (2)
Fotografía de Eugenio Blanco

La señora del Chiado

La profesora Renata Rolo es también parte del mobiliario del Chiado. Tiene casi 90 años, pero oye y ve y razona perfectamente. Vive sola en una habitación del hotel Borges, al lado de A Brasileira. Aún va al Teatro Sao Luiz los días de función y, aunque no ha olvidado tocar el piano, ya hace años que no se sienta a tocarlo. Dice que está tan desafinado como ella y que a estas alturas ya no merece la pena que ninguno de los dos moleste al otro. Hasta hace poco subía las escaleras do Duque todos los días y se cronometraba. Sí, la profesora Renata Rolo acepta que la vejez es un inventario de recuerdos que no cesa. Pero pasa de despedidas, nunca tuvo hijos ni marido ni nada por el estilo. La lectura la hizo una viajera. A estas alturas, solo se lamenta de no poder volver a saborear un dulce de la Pastelería Ferrari. Poco más. Eso sí, todos los 25 de abril pasea despacio por Rafael Bordalo Pinheiro y los adoquines de la plaza le siguen pareciendo los mismos adoquines de su infancia. En esos paseos intenta tararear Grândola Vila Morenala canción que sirvió de himno en la Revolución de los Claveles, y ya no le sale de corrido. Sin embargo, por mucho que se concentre en recordar las estrofas borrosas, ya no es capaz de atraparlas.  

Miradores

Yo lavo mis ropas un día sí y otro no. Están siempre recién lavadas al segundo día”. Lo dice para él mismo y esta sentencia parece el descubrimiento de América. Luego se recuesta en la valla del mirador de Santa Caterina y escucha a los rastafari reír y sabe que se están riendo de él. Pero le puede el sueño. Se le mezcla la realidad con la duermevela y siente vértigo. Siente que está cayendo por el borde del mirador y que su cuerpo está rodando por los tejados amontonados de la Bica. Se despierta mascando algo, tal vez mascando su mala suerte, y es cuando le viene a la cabeza aquella sinfonía de maullidos insolentes. Rejuvenece y ve de nuevo a su vecina saliendo a medianoche, cuando aún era su vecina en la calle Arrochela, donde todos los contenedores de reciclaje están hasta arriba de tetra briks y botellas de plástico. La luna violenta de esas noches atlánticas no era ninguna postal, era la mismísima luna de Paita a punto de estallar. Y debajo la vecina, con su chándal verde, rodeada de gatos, de todos sus gatos y de todo el resto de gatos callejeros del barrio. Y era cuando ella los alistaba, como si fuera un coronel, una profesora de gimnasia perversa, haciendo estiramientos en un modo didáctico. Lo peor de todo es que los malditos gatos la seguían. No ejercitaban sus extremidades, pero ejercitaban su mirada, una mirada terrible que él no podía soportar cuando todas las noches veía esa estampa desde su ventana. 10, 15, 20 gatos delante de esa vieja cabrona en la Rua Arrochela haciendo gimnasia. ¿Cómo es posible que al que digan loco sea a él? Que lava sus ropas un día sí y otro no en la lavandería Castinho-Rosita. Cuando lo poco que hace es fotografiar con una polaroid a las palomas en Santa Caterina o irse a Nossa Senhora do Monte a ver la ciudad, la naturaleza de la ciudad que diría Pessoa, mientras acumula recuerdos o imagina historias. A él le dicen loco. ¿Y a los viejos que orinan en las paredes de la capilla de Nossa Senhora do Monte antes de bajar por esa escalera infinita hacia Anjos? ¿Y a las chicas que hacen footing en las rampas con las venas del cuello dilatadas como mangueras? Ve todas las escaleras de Lisboa y todas le parecen el camino de baldosas doradas de El Mago de Oz. Siente que  su destino es que su cuerpo acabe rodando por esos peldaños ajados. Porque ya está cansado de vagar de mirador en mirador, pidiendo alguna moneda, hablando solo, bebiendo cerveza caliente. Que todos lo miren mal. Siente tristeza. Añora su vida de antes. Desde el Mirador de Sao Pedro otea la Praça Alegria y recuerda que de joven los viejos se pasaban las noches de verano hablando en el canto de las puertas. Siempre esa melancolía de mierda es la que le hace mal. Ha comprendido que todo es provisional, y que lo provisional no deja de ser una manera de aprender a convivir con la idea innegociable de la muerte. Antes tenía un hijo e iba a jugar con él a Estufa Fria; antes iba a Da Luz y era amigo de Rui Costa; antes cenaba en Papa Çorda y opinaba, como todos, que el dueño era un homosexual reprimido. Ahora la vida es distinta; vagando por los miradores, maldiciendo a todos los muertos de la vieja de Arrochela y su diabólico ejército de gatos en celo. El único lugar donde acaso le respetan (tal vez solo le escuchen y eso sea suficiente) es la lavandería Cestinho Rosita, donde va un día sí y otro no, a lavar sus ropas. Y ese olor a detergente es lo único que le recuerda que cualquier rutina nos va acercando con algo parecido a la eternidad. 

Una despedida. Gulbenkian

C.S. Gulbenkian fue un armenio que se hizo muy rico, sobre todo gracias a los negocios petroleros. Vivió en Lisboa y amó la ciudad. Su legado fue la Fundación Gulbenkian, uno de los polos culturales de la ciudad. En la pared principal de la entrada del edificio, Gulbenkian describe su amor por las obras de arte que fue acumulando y se exponen ahora en la Fundación. El texto está escrito en portugués y fechado el 10 de febrero de 1953. Es un texto escrito en portugués que se entiende perfectamente. Una despedida: “Tenho plena consciénia de que é tempo de tomar uma decisao sobre o futuro das minhas obras de arte. Posso dizer sem receio de exagero que as considero como “filhas” e que o seu bem estar é uma das preocupaçóes que me dominam. Representam cinquenta ou sessenta anos da minha vida. Ao longo dos quais as reuni, por vezes com inumeras dificuldades, mas sempre e exclusivamente guiado pelo meu gosto pessoal. É certo que, como todos os coleccionadores, procurei aconsélhar-me, mas sinto que elas sao minhas de alma e coraçao”.

Fotografía de Francesca Savoldi (3)
Fotografía de Francesca Savoldi


20 años después, Sarajevo

Coches amontonados; niño que camina, Sarajevo, 1996 – Fotografía de Nico Polato

En el Teatro Nacional de Sarajevo, un 3 de noviembre normal, se representa la ópera Alma, una especie de versión art decó que dirige Dario Vucic. Ese mismo día los dos equipos de la ciudad, el Sarajevo y el Zeljeznicar, disputan el derby número 100 de su historia. En el estadio Asim Ferhatovic Hase los locales se lo acabarán llevando con un gol de Nuhanovic en el minuto 66. Antes del encuentro, casi tres mil hooligans encienden bengalas y marchan en una proclama conjunta —atávica— en el barrio de Dvor. Durante la expedición al estadio los agentes de policía que acompañan la marcha y su humareda conversan sin perder la calma. Uno de ellos, incluso, presencia la algarada mientras se come un racimo de uvas. Todo siempre suele ser tan raro. Entretanto, comienzan los cantos islámicos desde las mezquitas que se dispersan en la ciudad. Cuando se mezclan esos cantos dispares se produce una banda sonora épica. Sin embargo, pese a todo, Sarajevo sigue pareciendo una ciudad silenciosa, incluso cuando está sometida a tanto llamamiento, a tantos tambores diferentes; con todo y con eso, en un día común y extraño, Sarajevo sigue pareciendo el interludio de un concierto.

En la plaza Oslobodjenja hay un busto sencillo que conmemora a Ivo Andric, Premio Nobel de Literatura en 1961. Los viejos siguen jugando al ajedrez en un gran tablero y son ajenos al ruido descrito. Son anónimos, pero heroicos, como los propios personajes de Andric. Son una estampa coral conmovedora, un mecano dentro del costumbrismo local. En esa misma plaza, en toda la ciudad, los perros tienen cara de prófugos y caminan como podencos huyendo del hambre. En las calles comerciales aledañas —Tita Marsala, en Ferhadija— los viandantes caminan a lo largo de los escaparates camino de Bascarsija pensando en otra cosa. Los castañeros en las esquinas arriman sus manos a la yesca, y eso es la placidez se mire por dónde se mire.

El centro histórico de la ciudad está empedrado, mientras que el centro reconstruido está embaldosado: el ritmo de la ciudad cambia según qué tipo de suelo se pisa. En toda la ciudad aparece el olor antiguo de las estufas y de las chimeneas de leña. Podría ser Sarajevo un tremendo barco de vapor varado. Hay pocos turistas, pero los que hay caminan buscando metrallas en los edificios o negociando la compra de vasijas y de cueros. Las tiendas de ultramarinos tienen el género en la calle y las frutas parecen figuras de un bodegón dibujado sin mucho detalle. Es sábado, repito. Y hace más de veinte años —el 5 de abril de 1992— comenzó el cerco más largo a una ciudad en el siglo XX, triplicando en tiempo al que sufrió la ciudad de Leningrado durante la II Guerra Mundial.

Sarajevo, al menos en apariencia, es una ciudad donde la vida respeta su guión. No cesa esa sensación de días repetidos. Tal vez porque el tiempo ha pasado muy deprisa: la década de los 90 y la primera década del milenio han sido la centella digital que todo ha expuesto y que todo ha emborronado. Nico Polato, fotógrafo y activista por la Paz, entró en Sarajevo tres meses después de que se firmara el Tratado de Dayton en 1995 y fotografió a quemarropa la ciudad después del cerco. Sus fotografías tienen el grano de la diapositiva aún y muestran una ciudad destruida por el éxtasis de la guerra.

Huellas de la guerra, Sarajevo, 1996 – Fotografía de Nico Polato

Sus imágenes representan la desnudez absoluta de la guerra: el páramo, la metralla y el frío. Los carros de combate abandonados en las aceras, los niños jugando con las granadas, los sacos de arena reforzando las barricadas de los edificios y los habitantes de la ciudad recuperando el pulso de la vida, como un animal cuando sale de la madriguera después de hibernar. Los supervivientes caminaban por las calles buscando tal vez una vieja ruta hacia la rutina, delgadísimos y dignos, con la ropa de siempre, aceptando que las fachadas de los edificios de la ciudad sufrían una rubeola duradera, masacradas con más de dos millones de bombas en tres años.

Sin embargo, sobre todas ellas, hay dos imágenes que representan la crueldad del asedio de una manera más elocuente. Una de ella es un icono común que Nico Polato también inmortalizó: las vértebras o la silueta del edificio del diario Oslobodjenje, que siguió saliendo cuando podía para informar a la población, ya que sus periodistas trabajaban en los sótanos. En principio se pensó que el edificio se iba a quedar así, como testigo indeleble de la destrucción, pero finalmente fue echado abajo. La otra es más íntima, pero igualmente desgarradora: un Citroën Dos Caballos rojo, humilde, utilitario, sin más ni más, yace acribillado hasta la extenuación en un descampado con casas sin tejado al fondo. Y en esa imagen, otra vez, extrañamente, vuelve a vibrar el silencio.

La noche de las confidencias

La generación que nacimos y crecimos en los años 80 descubrió que la crueldad no era una periferia en las crónicas televisivas de la Guerra de los Balcanes. La guerra de Bosnia, siempre invernal, fue retratada de una manera seca por los medios de comunicación. Aprendimos acaso en esas crónicas a convivir con el dolor ajeno desde el salón de nuestra casa. En parte el periodismo se convirtió en eso: en una serie de postales desgarradoras, peligrosísimas, que se servían con el almuerzo.

Sin embargo, la guerra, como cualquier expresión extrema, también tiene sus contrapuntos más elevados de esperanza y de compasión. Eso me lo cuenta Zana Zecevic, que de muy niña tuvo que abandonar su ciudad para vivir el periodo del cerco en Italia. En sus palabras aparecen las familias compartiendo la cena en las trincheras, los soldados de otros bandos que arriesgaban su vida por salvar a amigos y familiares alertándoles de ataques, también las estrechas líneas que separaban las fronteras de ocupación donde en el interludio de la batalla muchos soldados rivales comenzaban a departir, así, como si nada, con nostalgia resignada, evocando la vieja Yugoslavia de Tito (que siempre ponía a Bosnia como ejemplo de la variedad étnica del país antes de su desintegración), invocando su juventud y su pervertida inocencia. Después se saludaban, mandaban recuerdos, y cada uno volvía a su trinchera.

¿Cómo reconocer esa guerra? ¿Cómo comprender ese mapa étnico que es Sarajevo, ciudad donde la historia siempre ha descrito páginas agresivas? ¿Cómo hacerlo 20 años después? “No quieras venir aquí en tres días a intentar comprender esto”, me dice Zana. Yo entiendo lo que me quiere comunicar e intento formular un discurso sobre la humildad del observador, sobre lo que decía antes de la guerra en nuestra infancia, sobre un montón de banalidades que me hacen expresarme como un comercial. Aunque puede que me haya emborrachado ya un poco en la cena en Ferhatovic, porque siento cómo intento decir un montón de cosas al mismo tiempo sin decir nada. Menos mal que ella me salva de mi propio desvarío, pidiendo otra grappa en una de esas probetas congeladas de alquimista donde la sirven en Barhana. Luego se enciende un cigarro y cambia de tema.

Edificio del diario Oslobodjenje, Sarajevo, 1996 – Fotografía de Nico Polato

Bosnia siempre fue una encrucijada, intersección de caminos, punto de fuga de culturas. El propio rostro de Zana Zecevic representa eso. Pero no sólo su rostro, también su historia. El padre de Zana es musulmán y su madre es ortodoxa. Se criaron en la misma calle y llevan juntos 40 años. “Esto es Bosnia”, me dice, “esta normalidad”. Parece casi un contrasentido expresarse así después de una guerra que enfrentó a las diferentes etnias, pero Zana pertenece a esta generación de jóvenes a la cual le aburre hablar de la guerra y más cuando el país vive ahora sus particulares retos en mitad de esta crisis, de esta crisis toda la vida.

Me explica que sus padres se aman y punto, que cada uno cree en lo que ha cultivado en su infancia, pero que su familia tiene como punto común el código del arraigo.

— ¿Y en qué crees tú?

— ¿Yo? —me mira otra vez con esa sonrisa fatigada, pero finalmente se acaba expresando con solemnidad— Yo soy bosniaca. Y agnóstica.

Después de las confesiones y las probetas de grappa llega un glosario de garitos. Kriterion es un cine y una sala de exposiciones durante el día y un enclave techno durante la noche. Suena el grupo Dubioza Kolektiv, que comenzó en 2004 y han publicado seis discos hasta la fecha. El último, Wild Wild East, suena en inglés. En el Hag Bar hacen una fiesta de Halloween particular basada en la iconografía mexicana. Se bebe cerveza y se sirven frijoles, que han sido cocinados por Selena, una mujer de Puebla que lleva nueve años viviendo en Sarajevo. Conoció a su marido en un chat y acabó mudándose al otro lado del mundo y del clima. Aprendió a hablar bosnio leyendo el periódico “con mucha paciencia”. No tolera el invierno “intolerante” de Sarajevo. No dejo de preguntarme qué tipo chat puede cambiar tan radicalmente la vida de una mujer de Puebla y de un hombre de Sarajevo. Me acabo tomando otra en Mesh, qué le voy a hacer. Y termino en Sloga, que está hasta arriba y hay música en directo. Zana habla con unos y con otros, me presenta a gente, sonrío y pregunto mucho, no entiendo nada.

A esas alturas me he fumado ya casi un paquete de tabaco, casi el mismo número de cigarrillos que en el resto de mi vida. No sé por qué me da por fumar en Sarajevo. Tal vez es porque echo de menos el olor de tabaco de los garitos. O, en parte, porque siento que me sujeta a la conversación relajada, a la pausa y a algo parecido a la memoria. “¿Por qué se fuma tanto aquí?”, le pregunto a Amina, que escribe un libro que llama Ciganska Ausa (Una historia de gitanos) y tiene unos ojos levíticos que parecen lentillas de colores. “Porque aquí la vida es dura”, me responde, evasiva y educada. En ese momento no sé si lo dice para dar pie a una conversación o para que me calle y siga fumando. Me decanto por lo segundo, pero resulta que es lo primero.

En mi cuaderno comienza a dibujar la ciudad donde nació al sur de Bosnia: Kljuc. Dibuja un camino que lleva a una fortaleza y me dice que la fortaleza fue destruida en la guerra. Por ese camino que ha dibujado en mi cuaderno huyó con su madre y con su abuelo, con seis años. Me asegura que recuerda todo ese tránsito. Yo intento, en ese momento, rescatar memorias tan tempranas y solo me viene a la cabeza un Adidas Etrusco que me regaló mi padre. Me cuenta Amina el valor de su madre, una periodista que estuvo censando muertos. Me cuenta como una noche espantó a los soldados serbios apelando a su dignidad de hombres y de militares, después de haber sellado la puerta de su refugio con sacos de harina. “Nunca mostró miedo ni alarma mi madre delante de mí, aunque yo a veces me daba cuenta que temblaba un poco su mano izquierda. Me enseñó a no mirar a la cara a los soldados, pero a no agachar la cabeza todo el tiempo. A nadie en el mundo admiro más”.

Calle céntrica de Sarajevo, tres meses después del Tratado de Dayton – Fotografía de Nico Polato

El 5 de abril de 1992

La historia siempre es un relato interesado, pero las fechas son indelebles. El 3 de marzo de 1992 Bosnia Herzegovina había proclamado su independencia, como antes lo hubiera hecho Eslovenia y Croacia. Pero Bosnia, la representación étnica de la que hablaba Tito, iba a convertirse en el epicentro de la Guerra de los Balcanes. El simbolismo de la vieja Yugoslavia, se convertiría así en el dramático icono de su desintegración.

Fue el 5 de abril de 1992 cuando un francotirador apostado en la habitación 409 del hotel Holyday Inn mató a Suada Dilberovic y a Olga Sucic. Una placa sobre uno de los puentes del río Miljacka lo recuerda. En esa fecha comenzó el asedio, justo el día que Amir Telibechirowich, periodista y guía en la ciudad de Sarajevo, cumplía 19 años.

Con esas dos muertes comenzaría oficialmente un cerco que había sido trabajado previamente por el ejército serbio, previendo la proclamación de independencia de Bosnia. Amir relata que el pueblo bosnio nunca se imaginaba que en las postrimerías del siglo XX, en un país europeo, pudiera surgir un enfrentamiento violento de tal magnitud y, sobre todo, tan prolongado. Esa —cómo decirlo— ingenuidad permitió que el ejército serbio fuera conectando militarmente las colinas que rodean Sarajevo para comenzar su cerco. Así, las montañas que habían sido escenario de los Juegos de Invierno de 1984 (Trebević, Jahorina, Romanija, Bukovik, Treskavica, Bjelašnica) se convirtieron en el campo de tiro de los ultranacionalistas serbios, dirigidos por el psiquiatra Radovan Karadzic. Solo el norte, la colina de Igman, fue territorio bosnio, cerca del aeropuerto, donde se construyó el único túnel que fue un salvoconducto de los habitantes de la ciudad, algún recodo de esperanza.

Amir me lleva a pasear por uno de los cementerios de la ciudad, en Kovaci. Asegura que en Sarajevo los cementerios están integrados con la rutina de los barrios. Y no únicamente por la gran proliferación de los mismos, sino también por una costumbre cultural que viene de la época de presencia otomana en la ciudad. Decenas y decenas de esbeltos monolitos blancos apuntan al cielo y saturan la colina. “Los muertos eran tantos que no había tiempo para todas estas liturgias, en los primeros meses de la guerra lo único que se hacía era clavar un tablón de manera al suelo con el nombre del fallecido… poco a poco se fue reemplazando”.

— ¿Cómo resistió emocionalmente la ciudad ante el asedio?

— El humor negro era muy importante, ¿sabes? En Sarajevo somos expertos en reírnos de todo, incluso de lo que parece imposible reírse —Amir ha escrito para The Stranger una recopilación de los chistes populares sobre el cerco a Sarajevo.

Esa actitud frente al dolor, esa evasión necesaria, se representa de una manera muy especial en el hecho de que una radio underground de la ciudad, que emitía desde uno de los múltiples sótanos donde se hacían conciertos enchufando las guitarras a generadores industriales, abriera su programación con el We are the champions de Queen el día que Sarajevo superó a Leningrado como el cerco más largo del siglo.

Me cuenta la historia de su particular cerco y de cómo la amistad de su madre con un serbio les mantuvo a salvo. Paseamos por Obala Kulina Bana, la avenida que acompaña en curso del río. Vamos desde la mitológica biblioteca de Vijenica, destrozada por los morteros, hasta el puente donde Gavrilo Princip asesinó a Franz Ferdinand en 1914 desencadenando la I Guerra Mundial. Es un paseo por el Risk del siglo XX escuchando las aguas reacias del río Miljacka. Por algo Sarajevo es denominado en las crónicas históricas más antiguas como “Rayo entre las Montañas”.

Vijenica ya se ha restaurado, principalmente con presupuesto de la UE. Austria ha sido el país miembro que más ha aportado, porque en parte considera que la biblioteca es su legado en la ciudad. Amir me cuenta que, pese a la estética mozárabe de Vijenica, no fue construida por los otomanos durante su asentamiento en Sarajevo, sino por los austro-húngaros, que no quisieron que ciertos puntos de la ciudad perdieran su fisonomía y estética otomana después de su conquista. Para Amir este hecho explica la capacidad histórica de convivencia de culturas diferentes en Sarajevo, se diga lo que se diga y haya pasado lo que haya pasado. Y de nuevo vuelvo a escuchar uno de los eslóganes de la ciudad: en Sarajevo se puede encontrar una mezquita, una sinagoga, una iglesia católica y una iglesia ortodoxa en menos de un kilómetro cuadrado.

Me despido con Amir tomando un té en un local del centro. Me cuenta que el pasado 6 de abril 11.541 sillas rojas y vacías ocuparon 800 metros de la calle principal para recordar a los muertos. La línea de sangre, así se llamó. 600 de esas sillas eran pequeñas, porque esas sillas pequeñas conmemoraban a los niños muertos. El violoncelista Vedran Smailovic, celebre por tocar bajo las bombas durante el asedio, volvió a tocar en su ciudad.

Antes de despedirnos, Amir me señala una de las lejanas colinas del este: “desde esa colina, en la época del asedio, te podría alcanzar un francotirador”. Después de esta última revelación, la colina Ozren ya no me parece el paisaje perfecto para pasar un domingo de primavera.

Perspectiva del río Miljacka, Sarajevo, 2012 – Fotografía de Nico Polato

Un mapa y un cordón umbilical

En Tita Marsala se encuentra el Fuego Eterno, la llama que recuerda a los partisanos caídos desde 1945. La llama ha prevalecido siempre encendida, menos algunos días en enero de 2009, cuando Gazprom cortó el grifo a algunos países del Este en la recordada Crisis del Gas. Todo símbolo es vulnerable ante un mercado desajustado.

Me voy despidiendo de Sarajevo. El poeta Matías M. Clemente me ha escrito que lleva a cuestas la ciudad desde que la visitó. Ahora sé a lo que se refiere, pero no sé cómo explicarlo. Doy los últimos paseos buscando las últimas metrallas. Los morteros que socavaron algunas calles (marcas rellenadas por pintura roja por los artistas locales) parecen esculturas de llamas primitivas. Muchos de los edificios parecen un enjambre, una colmena. Llego a la Iglesia de St. Joseph, punto de inicio de Grbavica. Ahí comienza esa avenida inmemorial, donde sus edificios estaban atestados de francotiradores. Me dicen que a los ciudadanos de Sarajevo ya no les imponen respeto, pero a mí esas ventanas que parecen bocas bostezando me intranquilizan. Me fijo en la fachada de un bloque residencial, muy vapuleada, pero esta vez los agujeros de los proyectiles están rellenados con cemento, pero de un gris mucho más nuevo y oscuro. Otra forma diferente de rubeola en este caso.

Paso por el Parlamento que tiene un diez de banderas bosniacas en su frontispicio. Entre ellas hay una bandera blanca. Estoy seguro de que es una bandera de tregua, pero luego reparo en que tiene algo escrito, muy desteñido, y ya dudo. No indago, porque prefiero pensar que es una bandera de tregua. Cerca de allí —detrás del Museo Nacional, cerrado por falta de fondos— está el Café Tito. Tanques y escenografía bélica decoran su entrada. En su interior, está iluminado por una tenue luz roja, así el café parece una sala de revelado. Las fotos de Tito con todos los peces gordos del siglo XX —artistas, políticos y pensadores— y las portadas de Time y de otros medios con su rostro son su elemento decorativo. Me vienen dos ideas al respecto de Tito: era taimado y era un farandulero.

Antes de coger el autobús me he citado con Albino Bizzotto, en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad. Albino es un religioso de Padova, fundador del movimiento por la paz Beati Costruttori di Pace, que logró traspasar el cerco serbio para introducirse en la ciudad. A partir de ahí comenzó una hermosa tarea: enviar la correspondencia a los hogares de Sarajevo. Así, más de ochocientas mil cartas (tanto de entrada como de salida) fueron gestionadas por su asociación en los 1.425 días que duró el asedio. Albino se convirtió en uno de los pocos cordones umbilicales de la ciudad sitiada. El 8 de diciembre, veinte años después, van a comenzar una reconstrucción de la memoria a través de estas cartas, de esos misterios impresos, de esos relatos que cuentan la novela del asedio. Cartas donde se encontraban besos estampados por un pintalabios, la fotocopia de los pies de un bebé o incluso un sobre de crema hidratante. No se me viene a la cabeza una idea que exprese mejor el amor que alguien que se preocupa por la hidratación de la piel de un ser querido, mientras llueven las bombas.

Llego a la estación poco antes de que salga mi autobús para Ljublana. Me tomo un café mientras observo a unos obreros apilando ladrillos en la estación. Una chica en la mesa de al lado parece quejarse de migrañas. En estas, aparece un hombre delgado, vestido de revisor al que todo el mundo respeta. El camarero lo llaman Vlada y le aprieta la mano con afecto. Saluda a todos, también a mí, con una sonrisa en el rostro. Tiene más de cuarenta años y cuida su boina como quien cuida de su identidad. Se sienta en una mesa y enciende un cigarro. Su sonrisa, poco a poco, se va apagando. Y se pone a pensar en sus cosas.

Todavía se fuma en el interior de los bares de Bosnia, Sarajevo, 2012 – Fotografía de Nico Polato

Fotografía: Nico Polato


Pep Guardiola: En el interior del juego

Hay dos escenas aparentemente antiguas, pero muy vigentes, que definen a Pep Guardiola como un predestinado. La primera data del 16 de abril de 1986, fecha en la que el Barça le remontaba al Gotebörg un 3-0 para meterse —por penaltis— en la desastrosa final de Sevilla. Barbilampiño y con la misma cara que uno se imagina a David Copperfield, Guardiola, el recogepelotas, arengaba a Julio Alberto y celebraba los goles del Pichi Alonso, enfundado en un chándal Meyba. Ese adolescente parecía reunir todo el optimismo de un club acostumbrado a vivir en el trauma perpetuo.

En la otra secuencia el tiempo ha pasado como un rayo: Guardiola ya se ha convertido en el volante del Barcelona de Cruyff y maneja el equipo con su regla precisa y su aire desgarbado, como desgarbado era ese número 3 que vestía en sus inicios, ese dorsal improbable que lo convertía definitivamente en el futbolista contracultural. Y en ese contexto hay un vídeo donde se ve a Guardiola hablando con Cruyff y Rexach (mejor dicho: hablando a Cruyff y a Rexach) en un entrenamiento en el Mini Estadi. Les da instrucciones, ofrece argumentos, señala con las manos, se ayuda de gestos para armar dibujos tácticos en el aire. Y lo escuchan. Vaya que si lo escuchan. Charlie Rexach lo mira concentrado; Cruyff, el hombre con más ego del mundo, va abandonando su gesto profano para concentrarse en las explicaciones del centrocampista. Y el entrenamiento va pasando, mientras los dueños del estilo del Barça siguen quitándose la palabra de la boca.

Se podría decir que ya estaba en marcha la parábola del recogepelotas, pero el viaje acababa de comenzar. En 2001 se despide del Camp Nou con el Barça en plena crisis institucional, suena irónicamente el With or without you y el campo está semivacío. Guardiola se va maltrecho o doliente, como un exilio de Blas de Otero. Ya lleva años vistiendo el número 4, mucho más jerárquico, y saluda derrengado a los espectadores del Camp Nou mientras sus compañeros lo elevan como si fuera un cristo pintado por Botticelli que aguanta el chaparrón, saludando con desgana o con timidez, diciendo un hasta pronto fatigado entre dientes.

Evidentemente en esa despedida había dolor, el dolor del centrocampista divorciado con la institución, agitado por el mal momento deportivo del equipo. Pero no solo eso. También hay avidez; avidez y entusiasmo. Es aquí donde Guardiola declara con más energía su amor por el juego del fútbol, que supera incluso su amor por el Barcelona. No es de extrañar que uno de los conceptos que más reivindique Guardiola es el carácter de juego del fútbol, con todo el placer que lleva detrás este axioma, con la complejidad y el compromiso que acarrea la necesidad de comprender el juego y el envés del juego.

El viaje a la pizarra

Guardiola deja el Barça. Deja el estilo del Barça (del cual es un ferviente acólito) para ampliar su campo visual, para no convertirse en un dogmático. Se va a Italia y firma por el Brecsia. Aprehende el juego desde una cosmovisión diferente: la de un equipo menor en un campeonato donde el juego se traza de otra manera, donde lo físico se impone y donde la construcción defensiva y el rigor táctico deviene en otra forma de belleza futbolística.

La pasión de Guardiola por el juego es innegable. Es el epicentro de su creatividad. En Qatar se lo imagina uno analizando cómo afecta la luz del desierto al desenvolvimiento en el campo. En México cumple su promesa de no retirarse como jugador antes de ser dirigido por Juanma Lillo, al que admira profundamente, y firma por los Dorados de Culiacán. Conversan hasta que se les seca la boca muchas veces. Tienen una pasión común: analizar el fútbol como si fuera un mecano, desmenuzar su estructura como hacen los científicos curiosos con los aparatos eléctricos que no acaban de entender y necesitan desmontar todas sus piezas para saber su función determinada en todo el proceso. Sobre todos hay un concepto que les intriga especialmente, el más difícil de entender: el espacio. Guardiola analiza mentalmente todos los sistemas que ha conocido buscando aquél que puede generar más pasarelas para sus atacantes, pasarelas más definitivas para su equipo, que a la postre le puedan ayudar a generar situaciones de ventaja a sus jugadores.

Juanma Lillo parece evocar en todas las retrasmisiones de Gol TV esas conversaciones. No hay más que escuchar cuántas veces se refiere al espacio cuando comenta las jugadas del Barça, sea por dentro o sea por fuera. Escuchando a Lillo parece que ver un partido de fútbol del Barcelona es lo más parecido a resolver una ecuación de Leibniz.

En su etapa en México quiere conocer a La Volpe, que está entrenando a la selección de nacional, pero no se da la ocasión. De La Volpe admira su manera de uniformar los movimientos de su defensa, de coordinar los movimientos de cada uno de sus jugadores más retrasados para comenzar la construcción del juego tirando de artesanía y aprovechando la armonía de un equipo que avanza al unísono.

El acento del juego

Como en todo relato de un predestinado siempre tiene que haber un viaje iniciático. En este caso es el famoso viaje a Argentina que David Trueba y el entrenador hicieron para conocer a Menotti y a Bielsa. No es accesorio que Guardiola viajara con un creador, porque en ese momento se podría pensar que Pep necesitaba intelectualizar el fútbol, generarle una retórica, un relato, a toda esa amalgama de conceptos técnicos y de experiencias personales. Podría haber un aire mitómano o tal vez el incipiente entrenador necesitaba la fuerza del acento que mejor explica este juego para definir su última posición antes de entrar en el banquillo. Se cuenta que Menotti le animó. Bielsa, por su parte, le habló de la sangre, del negocio sucio de todo el tinglado, asunto que Guardiola ya había vivido en sus carnes después de que se conociera su positivo por dopaje en Italia. Hablaron de periodismo, como recuerda David Trueba, de cine, de literatura, de la moral dentro del deporte, es decir, de la ética de las cosas sencillas, que son, sin duda, las grandes filosofías de la vida.

Pareciera que Guardiola entendió que todo lo que existe se acaba reduciendo a la materia de una historia. Todo lo conocido no es otra cosa que un relato más: toda la esencia acaba siendo material con capacidad para ser narrado. El fútbol apasiona tanto por su narratividad, por su capacidad para golpear el inconsciente emocional, por su espíritu esencialmente subjetivo. Cada partido de fútbol puede ser la historia que mejor se ha contado jamás. El fútbol es un discurso que se describe con argentinismos.

Fue un largo viaje el de Guardiola al banquillo del Barcelona. Desde los fosos del Camp Nou con el chándal Meyba, hasta el perímetro de la medular. Desde su infructuosa renovación final hasta ser spot favorito de Bassat. Desde los maestros de la Masía hasta los chupachups de Cruyff. Había recorrido Pep toda la circunferencia emocional del Barcelona. Evidentemente conocía su destino, pero también conocía el juego. Sobre todo conocía el juego. Y sabía que la única vez que el Barça había sido feliz en su historia había sido con sus extremos muy abiertos, cambiándose de banda de tanto en tanto, con la defensa adelantada —fuera de tres o de cuatro—, defendiendo con una presión eléctrica y empaquetando el juego del equipo en la precisión de las diagonales, en la posesión y en la necesidad de la sincronía para el fuera de juego rival. Sabía que el Barça del falso nueve volvía loco a todo el mundo, porque el Barça del falso nueve tenía seis centrocampistas tocando el balón como si fuera la pelota de un pinball. El Barça del falso nueve jugaba con doce jugadores.

Ciertamente conocía que ese juego era irrevocable en Can Barça y sabía que Rikjaard había dado con la tecla, pero que el método se podía evolucionar. Conocía la filosofía del Club —su internacionalidad y su localidad—, conocía la importancia de tener una marca, sí, como la propia ciudad de Barcelona, que tiene una marca basada, qué sé yo, en los disgustos de los genios, en las curvas de los edificios, en los turistas con la sudadera abrochada a la cintura, en Juan Marsé o en Vázquez Montalbán, en el mar Mediterráneo.

En Tercera División se había convertido en un modelo de Custo pateando la banda, con verborrea gestual, incandescente siempre. Y daba la sensación de que se lo había pasado en grande. Pedro jugaba con él. Busquets jugaba con él. Ambos jugadores marcaban su estilo. Uno el referente de la divisoria, el punto de fuga perpetuo donde todo puede comenzar de nuevo; el otro, todo lo contrario, la insistencia, el brío, la oportunidad y, sobre todo, la pieza pegada a la cal.

Velocidad

En su presentación con el Barcelona conminó a los espectadores del Camp Nou a que se abrocharan los cinturones. Él ya presentía la velocidad que estaba por venir. Seguramente nunca pensó que el legado sería tan profundo. Tenía la obsesión de evolucionar el sistema de juego del equipo. Necesitaba piezas a las que poder timbrar y Ronaldinho y Deco eran jugadores sin hambre, sin capacidad de ser reseteados. Pensaba que Eto’o también. Y ahí se equivocaba, porque Samuel es indomable y corrió como un negro más que nunca.

Muchos analistas coinciden en que el partido del Barcelona en Gijón (después de perder en Soria y empatar en casa con el Racing en su primer inicio liguero), Guardiola se reivindicó: siguió apostando por Busquets, un recién llegado, espigado, hijo de un portero discutido. Fue más metijón que nunca con su equipo y sus planteamientos. El runrún —claro— sonaba ya como una cascada, pero el técnico sabía lo que se hacía. Tenía un plan. Y tenía una certeza: no iba renunciar a su plan a las primeras de cambio.

Su idea era volver al Barça de Cruyff, sí, pero para trascenderlo e ir más atrás: a la Holanda de Michels y seguir viajando en el tiempo para llegar a un tipo de fútbol antiguo, donde el juego volviera a recuperar la ingenuidad con la que se jugaba antaño. Y fue así como fue generando su constelación propia. Una constelación que tuviera la capacidad de moverse con ambivalencia: mitad danza, mitad marabunta. Un ballet hermosísimo que se convierte en carcoma para el rival.

La posesión entretejía el movimiento, la sincronía del movimiento, que debía ser gradual y armónico, desgastando mentalmente al contrario, agotándolo, como hace un ejército de hormigas, para encontrar los espacios buscados y desde ahí filtrar la pelota para cambiar la velocidad del partido, pero no sólo la velocidad, sino también la dimensión del partido, que era algo así como cambiar la partitura, el ritmo, el palo musical: invertir la sinfonía de Bach en una tamborada tribal.

Los éxitos llegaron mientras se iba gestando la excelencia, mientras se iba retrocediendo al origen del juego. Llegaron los éxitos con las casualidades y las pasiones con las que siempre llegan, determinando mitos y modas, generando modelos de coaching, haciendo pesada la figura de Guardiola (que ante todo es un pensador del juego), que aparece convertirlo en la quintaesencia de las escuelas de negocios, el logotipo de un banco, el ejemplo del líder icónico. Los ejecutivos querían ser como él y los entrenadores de Preferente también querían ser como él. Y Zapatero quería ser como él.

Los jóvenes jugadores de la Masía representaban los valores del Guardiolismo, pero también eran los preferidos por su capacidad virginal para acompañar al técnico en su viaje al origen del fútbol. Y cada pretemporada Guardiola se ilusionaba con nuevos conceptos, con pequeños detalles que daban sentido a su idea, que la iban perfeccionando: “este año vamos a dar pequeños saltitos en los córners antes que el rival los lance”, y los grandes defensores de nuestro tiempo comenzaban a saltar casi con sectarismo. Empezaremos a atacar la zona: “este año vamos a defender diferente, vamos a empezar más arriba, para empezar damos un paso al frente”. Y el ejército daba un paso al frente.

Algunos movimientos o conceptos vería en Chygrynskiy para firmarlo por aquel pastizal, al igual que antes lo vio en Busquets o en Pedro. Igual que luego lo vería en Thiago, Tello, Cuenca. Con el fracaso de Ibrahimovic se dio cuenta definitivamente que Messi tenía que convertirse en el núcleo del sistema, en el vértice indetectable, asistido y nutrido siempre, indefinido, generando un nuevo concepto de acracia a través de su talento. Su talento para el equipo, el equipo para su talento, es decir, otra forma de ver el despotismo ilustrado.

Cuatro años hasta Yokohama

Así han pasado los años en el Barcelona. Cuatro años haciendo un rondo por el mundo. De eso se trataba. Por eso Guardiola dijo en su despedida que lo que más placer le daba había sido ver reflejadas en el campo jugadas previamente ideadas: asistir a la realización de su propia obra volátil. Al fin y al cabo el fútbol es una obra de arte abstracta.

Se han levantado un montón de trofeos mientras tanto. Han coincidido los tiempos: la evolución del juego ha contado con la mejor generación de futbolistas posibles que han sacrificado su ego por una idea. Ha hecho suya esa sentencia que Bielsa lee a sus jugadores y con la que termina su perfil narrado en Informe Robinson: “Éramos todos muy amigos, nos gustaba jugar juntos, la pasábamos bien reunidos, intentábamos hacerlo lo mejor posible, atacar mucho y luego recuperarla con la ilusión de volver a atacar y esperábamos la compañía de la suerte”.

Se ha impuesto el canto al juego, a la hermosura del juego. La travesía hacia los orígenes, sobrevolando hacia Cruyff y llegando a Rinus Michels, el gran inventor de la Naranja Mecánica. Un hombre que acabó enseñando Educación Física en un colegio para sordos. El viaje de Guardiola tuvo su punto culminante en el partido que el Barça hizo el pasado 18 de diciembre ante el Santos en Yokohama. Puede que ahí fuera cuando Guardiola empezó a pensar en su salida: la obra parecía casi definitiva.

No sería descabellado pensar que Guardiola deja el Barça porque sus ritmos de creación ya no coinciden con los ritmos y las presiones del club. El partido contra el Real Madrid en el Camp Nou volvió a mostrar la faceta más creativa del técnico, apostando por Thiago y Tello, terminando con cinco puntas, sin embargo el experimento ya no funcionó. Nadie le recriminó. Contra el Chelsea la fortuna le fue esquiva. Y sin la fortuna el método, el estilo, el juego, se emborrona en el imaginario público, porque se tiñe de derrota. La visión creativa de Guardiola, siempre inquieto, empezaba a ser contraproducente, porque las tensiones mediáticas y sociales entre Real Madrid y Barcelona (con todas las ponzoñas) habían carcomido la virtud del juego. Y esto sí que irritaba al técnico, que se veía a él mismo públicamente defendiendo cosas muy diferentes a los conceptos que seguramente le apetecía defender.

Otra de las lecciones que aprendió Guardiola de Cruyff fue la de no empecinarse antes de que llegue el desastre. Cruyff se había enamorado tanto de su sistema que asumió que independientemente de los jugadores que lo ejecutaran, daría espectáculo y éxito. En su última etapa eran frecuentes en sus alineaciones jugadores de segunda fila como Jose Mari, Sánchez Jara, Korneiev o su propio hijo. Pero se ha demostrado que para que funcione el sistema la capacidad técnica de los jugadores es esencial, la capacidad de entender el espacio, la velocidad mental. Ese delirio del holandés acabó con su marcha traumática y con la orfandad en Can Barça durante casi una década.

Guardiola ha querido evitar esa situación. Sabía que su imparable evolución, su frenético intervencionismo, podía no ser lo más adecuado para el equipo. Y la velocidad cansa. Ha estado a sólo un palmo de hacer realidad su sueño de verdad: ver a su alineación del equipo de Tercera División convertida en la primera alineación del FC Barcelona, pasándose la pelota por el placer de pasarse la pelota, mientras el rival mira el cronómetro del estadio. Y resulta que los segundos no pasan, porque el tiempo —durante el juego— es igualmente una dimensión inexplorada.