La lluvia en Sevilla

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Fotografía: Enrique Moya Ortiz.

Así que me dije, vámonos a la Semana Santa sevillana, no vaya a ser que te mueras sin haberla visto. Según algunos amigos del club Viejos Ateos Solidarios, en las procesiones no era raro ver lo que debió de ser la religión mediterránea antes del cristianismo. Imaginaba yo que sería similar a las tremendas procesiones sicilianas y napolitanas, con sus penitentes tintos en sangre y sus masas agrícolas desesperadas por la muerte del fertilizador anual y luego gozosas por su resurrección primaveral. ¡Cuánto me equivocaba! La era moderna y científica también ha llegado a la Semana Santa de Sevilla. Por esta razón y no otra recomiendo la excursión como imprescindible.

Total que llegué un lunes abrileño que cayó en 25 de marzo. Para ir a Sevilla lo mejor es el AVE incluso si uno vive en Gerona. El avión no da tiempo para recapacitar, cogitar y recogerse en lo que estas celebraciones religiosas significan. El AVE sí. Son dos horas y media si se sale de Madrid y otras tantas para llegar a Madrid desde donde tenga uno el capricho de vivir. Hay lugares, sin embargo, malditos. Gijón, por ejemplo, Lugo o Santander. Si alguien vive todavía en esos remotos poblados, es mejor que vaya de semana santa a Londres. Le cae mucho más cerca. 

Aquel 25 de marzo y una vez desnortado desde Santa Justa hasta el hotel, salí un poco a tontas y a locas a comer, sin acordarme de que en Sevilla no se come. Puede uno tomar unas tapas aquí y allá, unas cazuelitas, pescaítos fritos por toneladas, hamón de bellota al peso, olivas, cacahueses, chufas, pijotas, pero comer, lo que se dice comer, es cosa de bárbaros, de modo que es mejor abstenerse. Eso no quiere decir que no haya tascas, tabernas y figones en donde se pueda pedir de casi todo. Yo me afinqué en el Olalla y ya de ahí no varié ni un solo día por lo que es mi única recomendación. 

Al salir del Olalla y tras evitar el café Tapanuba, Catunamba, Catacumba, o algo similar, que es lo que sirven en Sevilla casi en régimen de monopolio, me topé a la hermandad de la Redención que circulaba en ese momento por la plaza de la Encarnación, más conocida como «la de las setas» debido a un gigantesco monstruo ejecutado para dar una apariencia de modernidad a la ciudad, como si esta lo necesitara. Las setas son un armazón sinusoide a modo de platillo volante ingenuo, que ocupa casi toda la plaza. Debe de haber costado otra fortuna y no solo es horroroso sino que no sirve absolutamente para nada. Constituye un delirio levantino en una ciudad casi siempre sobria.

La procesión, debo confesarlo, me emocionó. El paso se llama «El beso de Judas» y habría que tener el corazón de pedernal para no reconocer en ese gesto del beso (tan español y tan político) la inminente traición en la que caeremos todos, uno después de otro, gracias a la incondicional amistad y la mano en el fuego etcétera. Los nazarenos en esta cofradía son solo mil cien y desfilaban con lenta grandeza, velón apagado y caperuzo bien sujeto con la mano no ocupada por el velón (hacía mucho viento), a quienes seguía la banda de música y sus claros clarines. Yo ya para cuando llegaron los músicos estaba llorando como una monja. Luego vino la Virgen que, si no ando equivocado, era la del Rocío, y ustedes se dirán ¿cómo es posible que no sepa este hombre qué Virgen era? Verán.

Los diarios de la ciudad reparten durante las celebraciones unos cuadernillos con las cofradías o hermandades (no me ha quedado claro qué es cuál), las procesiones, los pasos, los recorridos por la zona centro, los colores nazarenos, las bandas de música (si llevan) y todo tipo de información útil para el asiduo. Vienen a salir a un mínimo de cinco procesiones diarias, con acopio los jueves y viernes de hasta veinte. O sea, unas cuarenta en la semana a ojo de buen cubero. No hay quien distinga cuarenta Vírgenes, todas preciosas y cubiertas por lágrimas de cristal de cuarzo.

Así, por ejemplo, pillé por la tarde la procesión de la Vera Cruz, que porta la reliquia homónima sobre la que mucha gente se precipita a besar o tocar —tiene mucho poder—, operación difícil dado el gentío que pasa por en medio de la procesión, por los lados y casi por encima, porque una de las sorpresas del visitante es que aquello es un caos y hay familias enteras que cruzan por donde les apetece, levantando las cruces de los nazarenos al grito de «¡usté perdone!», madres con cochecitos por en medio del nazarenío, grupos de alegres muchachas cogidas del brazo, y así. Algún nazareno he visto que harto de que le crucen el caperuzo ha dado un giro veloz y cascado la nuca del incivil con un cristazo tremendo. Pues bien, en esa procesión pasea una bella Virgen que solo muy tarde supe que respondía al apelativo de «Las tristezas de María santísima». No solo es que haya muchas Vírgenes, es que responden a nombres de un lirismo sideral.

Como en este reportaje tengo que señalar algunos monumentos dignos de ser visitados, apunten la iglesia de El Salvador, uno de los templos más bellos de España, sin duda. Aquellos ancianos que a partir del Sesentayocho se fueron a  la India encontrarán allí lo más cercano al templo hindú que les sorbió el poco seso que les quedaba. Inmensos retablos de oro y pedrería, oscuridad tachonada por candelas, grandes y barrocos santos, santas, mártires y mártiras, muy semejantes a los de nuestros hermanos del Índico, aunque con mayor volumen de ropaje.

También merece la pena el Museo de Bellas Artes, posiblemente el recinto con más imágenes religiosas del mundo entero, incluido el Vaticano de Roma y el Walhalla de Múnich. No vaya a creerse, sin embargo, que la población sevillana y andaluza es particularmente católica. La frondosísima imaginería obedece más bien a un resto pagano ya muy estudiado etcétera. Y la mejor prueba es verlo en vivo y en directo, con toda la población gritándose de un lado a otro de la procesión que a ver dónde quedamos, vendedores de paraguas anunciando su mercancía o centenares de niños corriendo entre las piernas de los nazarenos en busca de caramelos.

Bueno, pero es que esa es precisamente la religiosidad que a mí me gusta, la que mejor comprendo y amo. Estoy casi seguro de que cuando el verdadero Nuestro Señor subía al Gólgota, numerosos niños palestinos seguían el cortejo y se colaban por entre las piernas de los soldados romanos, los verdugos, los felones y las santas mujeres, al tiempo que puñados de familias jerosolimitanas acompañaban el Vía Crucis comentando los últimos resultados de las carreras de cuádrigas en la capital y el precio del incienso y la mirra.

Luego ya empezó a llover, como cada año, y no merece la pena comentar ya más el asunto, excepto para hacer ver que la lluvia, en Sevilla, es una maravilla si a uno le pilla en el bar tomando un negroni bien servido. Llevado por mi entusiasmo, seguí buscando y encontrando procesiones en cuanto amainaba, gracias a lo cual creo que pillé uno de los momentos más grandiosos del siglo. Fue cuando me apretaba junto a mil sevillanos más (componíamos el típico funeral árabe) para ver a la Macarena. Era en la calle Feria. El paso de Cristo juzgado por Pilatos es uno de los más impresionantes del conjunto, pero cuando yo lo vi tenía una peculiaridad añadida, turbadora e irrepetible. Para protegerle de la lluvia lo habían cubierto con un chubasquero de la guardia civil. Formaba el santo paso un híbrido capaz de remover las entrañas del más desalmado. El Cristo vestido de guardia civil. Lloré como un crío. 

Considerando que ya no podía ver nada más elevado y grandioso, no solo en Sevilla, sino posiblemente en toda mi vida y teniendo en cuenta que seguía lloviendo como si aquello fuera Pontevedra, me refugié en el hotel y ya no abandoné el bar hasta que monté en el AVE transido de emoción y convertido en mucho mejor persona. Espero que a usted le suceda lo mismo.


El silencio del asesino

El sacrificio de Isaac. Rembrandt, 1636

Abraham oyó la voz de Dios que le decía: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, donde yo te diga» (Gen. 22, 1-2).

Abraham debió de quedar estupefacto, la orden era incomprensible. El nacimiento de Isaac, hijo de Sara (noventa años) y del patriarca (cien años) (Gen. 17, 17-18), había sido ya un notable milagro, ¿cómo podía pedirle ahora que acabara con la vida de su hijo único, con el que Dios iba a celebrar una alianza eterna según había manifestado? No obstante, Abraham no replica y obedece ciegamente.

Según cuenta el relato, al día siguiente Abraham madrugó, aparejó un asno, reunió a unos cuantos mozos y a su hijo Isaac. Él mismo partió la leña del sacrificio, como si no se fiara de nadie más y seguramente la cortó de modo que diera una pira efectiva y cómoda. Se pusieron en marcha y al cabo de tres días vio la que debía de ser una colina llamada Moria. Ordenó a los mozos que se quedaran allí al cuidado del asno mientras él y su hijo subían la colina para hacer oración y luego regresar.

Esta mentira es inquietante. ¿Daba por supuesto que Isaac no iba a ser sacrificado? ¿O, por el contrario, persuadido de ello, no quiso anunciar a los mozos que volvería solo? Es uno de los aspectos que más desconcertaba a Kierkegaard, para quien es el silencio de Abraham lo más importante, lo esencial, de la historia. Hay cosas que no se pueden decir, o que solo las dice el silencio.

Cargó Abraham la leña sobre la espalda del hijo. Llevó él un cuchillo de gran tamaño, el que se usa para degollar carneros, así como el pocillo de brasas para encender la hoguera. Comenzaron a subir.

En algún momento no especificado por el narrador, quizás a la vista de la cima, Isaac le dice a Abraham: «Padre, aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». No alude al cuchillo, tercer elemento imprescindible, como si le atemorizara mencionarlo, ni a la cuerda con que se atan las víctimas. Abraham no le hace caso y pronuncia la célebre frase, tan usada desde entonces como si se tratara de algo formidable: «Dios proveerá el cordero para el holocausto» (Gen. 22, 7-9). En efecto, ya lo había provisto.

Cuando llegan a la cima, construyen un altar sacrificial, como los cientos de miles que se habían construido desde el Paleolítico para ser regados con sangre. Distribuyen la leña y Abraham ata a Isaac y lo pone sobre el ara. ¿No debería haber dicho el narrador: «Abraham entonces se abalanza sobre su hijo y lo ata»? ¿Estaría Isaac tan paralizado de terror como para no ofrecer la menor resistencia? ¿Tan fuerte era aquel hombre de cien años y tan débil el muchacho? En todo caso, Isaac ya no grita, no protesta, no hace nada. Es posible que considerara todo aquello demasiado absurdo como para tomarlo en serio. Pero entonces: «Alargó Abraham la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo» (Gen. 22, 9-10).

Finalmente, un ángel impedirá el asesinato, según cuenta el relato. No obstante, para que Dios premie a Abraham con una descendencia colosal que dominará todas las ciudades enemigas en pago a haberle entregado a su único hijo, su bien más preciado (son sus palabras), es esencial que el patriarca haya creído durante todo el transcurso que real y verdaderamente iba a asesinar a su hijo. De no ser así, de haber tenido la certeza de que Dios lo salvaría en el último momento, la prueba carecería de valor alguno. En términos de justicia, Abraham es el asesino de su hijo.

No puede caber ninguna duda de que Abraham quiso en verdad asesinar a su hijo de modo que podemos completar la escena. Una vez cometido el crimen, habría luego bajado de la colina él solo. Se habría juntado con los mozos y de regreso a casa habría guardado el mismo silencio que guardó mientras subía la colina con Isaac. Igualmente, ante Sara, silencio. Pavor de la pobre anciana. Y ante la desesperación y el horror de su mujer, silencio. Este silencio, el silencio de la obediencia absoluta, es lo que atormentaba a Kierkegaard. Cuando sabes que vas a cometer un acto terrible, cuando sabes que vas a ejecutar una espantosa injusticia y sin embargo no te puedes sentir culpable cuando la has cometido, el silencio es tu único refugio.

A finales de octubre de 2011 un equipo de la policía española encontró por fin los huesos calcinados de dos niños desaparecidos a los que buscaban desde hacía semanas. Estaban entre los restos de una hoguera, sita en la finca llamada amenazadoramente Las Quemadillas, en las afueras de la ciudad de Córdoba. El padre de las criaturas, José Bretón, había denunciado su desaparición a primeros de octubre. Desde el principio la policía sospechó que, en realidad, los había asesinado.

Ha sido imposible reconstruir el crimen porque los cuerpos calcinados no permitían una autopsia efectiva. Sí puede, sin embargo, rehacerse de imaginación el recorrido del asesino gracias a los testimonios de algunos ciudadanos y a las imágenes de las cámaras de seguridad. Bretón, en trance de separación matrimonial, acudió a la casa de su mujer, en Huelva, para recoger a los niños y llevarlos a pasar el fin de semana a la finca de los abuelos, en Córdoba.

Durante los días anteriores había ido comprando en diferentes farmacias grandes cantidades de Orfidal y Motiván, sin que conste ninguna necesidad médica para tales fármacos por parte del asesino. Es casi seguro que usó estas drogas para matar a los niños Ruth y José, de dos y seis años de edad. También se ha demostrado que compró muchos litros de gasóleo de cuyo uso no pudo dar razones. En cuanto a la hoguera, aseguró que había quemado allí «recuerdos de su esposa» entre los cuales habría algún animal, ya que ella era veterinaria de profesión.

El jurado, compuesto por siete mujeres y dos hombres, consideró probado que Bretón llevó a los niños a la finca, los mató con fármacos, quemó sus cuerpos e inventó una historia alternativa según la cual los habría perdido en el parque Cruz Conde, donde los acompañó tras recogerlos en Huelva. Ningún testimonio ni imagen de seguridad han podido establecer que los niños llegaran nunca al parque. El jurado declaró culpable a Bretón por unanimidad. Fue condenado a cuarenta años de cárcel.

Aun cuando Abraham creía estar inspirado por la voz de Dios y Bretón todos creemos que actuó movido por el odio a su mujer, esas son voces interiores, subjetivas, de las que no podemos deducir nada, cada humano vive en la noche de su conciencia. Que te hable Dios o que te hable el odio, es decir, Satanás, ambas voces vienen a ser la misma, tan irreal es la una como la otra. Estamos en permanente diálogo mudo con nosotros mismos y justificamos nuestras obras en ese silencio interno.

Las víctimas y la pira, los niños sacrificados por el fuego, los cuerpos sobre un altar inmemorial, dan a ambos asesinatos un aire de fraternidad arcaica. No obstante, las diferencias entre los crímenes antiguos y los modernos son muy notables. El cuchillo se ha transformado en un montón de fármacos. La mula es un automóvil. El monte Moria es la finca cordobesa de Las Quemadillas. La pira es ahora leña regada con gasóleo. El resultado es también diferente: en un caso Dios absuelve a Abraham y le perdona el asesinato de Isaac, en el otro los humanos condenan a Bretón a la máxima pena.

Pero, a mi modo de ver, la mayor diferencia estriba en que Abraham calló, mantuvo un silencio imperturbable y augusto, en tanto que Bretón no dejó de hablar ni un solo momento, ni con su mujer, ni con los niños, ni durante la investigación policíaca, ni con la prensa, ni con sus abogados, ni durante el juicio, ni, es de suponer, entre rejas. Asesinar envuelto por un asumido y terrible silencio, o hacerlo con la trivial charlatanería periodística que trata de ocultar la culpa, esa es la diferencia. No hay justificación alguna, pero sí más dignidad en el asesino silencioso.


Lo que el mito no permite

Detalle de Hermafrodito durmiendo, Bernini, 1619. Fotografía: Marie-Lan Nguyen (CC).

Cada momento histórico, o si lo prefieren cada conjunto social coherente, es totalmente ciego a sus propios mitos. Solo descubrimos que los mitos son mitos cuando ya están en el pasado, cuando han muerto. Eso quiere decir que todos los mitos son formas de pasado. En consecuencia, los mitos son indestructibles.

No tenemos ni idea de cuáles son nuestros mitos actuales. Pueden ser entes y sistemas míticos como los que se ocultan bajo palabras como Democracia, Información, Arte o Solidaridad. Pero también pueden ser otros más especializados como Cirujano Plástico, un dios menor al que se acude en romería, como a la Virgen del Rocío. Así sucedió con los mitos de nuestros abuelos: Progreso, Nación, Cultura, Igualdad y cosas semejantes. 

El mito reconocido es siempre un mito del pasado, de tal manera que nunca podremos destruirlo. Los mitos a los que se ataca en el presente suelen ser deidades de oposición, como la que enfrenta a las dos diosas de la democracia, Izquierda y Derecha, tan míticas que se alimentan la una de la otra y no podrían sobrevivir si les amputaran a su hermana. La izquierda se afana por ayudar en todo aquello que la derecha se ve incapaz de realizar y viceversa: la derecha llena los huecos dejados por la izquierda en su resentimiento impotente. Serán especulares e indestructibles mientras se den en el presente. Bien es verdad que llegará un día en que la gente se pregunte qué ocultaban las palabras «izquierda» y «derecha» en aquel mundo infame en el que lo dominaban todo y cómo pudo ser que tanta gente lo creyera, ayudando de ese modo a la infamia.

La indestructibilidad del mito se debe a que tan solo puede ser tachado de mito cuando ya no existe. Y si puede ser definido en el presente, si se admite su desmitificación, entonces es porque sin duda forma parte ya del pasado aunque el atacante no lo sepa, como me sucede a mí en este momento con la Derecha y la Izquierda. No es infrecuente que el atacante y desmitificador sea, justamente, el último que aún cree en el mito que ataca.

Me gustaría poner un ejemplo que he conocido en mi propia experiencia mítica y que es un buen modelo de este mecanismo que acabo de describir. Lo traigo a colación para que cada cual se lo aplique a sí mismo.

En los muy confusos años setenta del siglo pasado había una revista francesa de extremo rigor intelectual, respetada por todo el universo culto. Se llamaba Critique y su fundador había sido Georges Bataille. En el consejo de redacción figuraban notables sabios como Roland Barthes, Jacques Derrida, Michel Foucault o Michel Serres. Nadie que tuviera la más mínima dignidad intelectual en el continente (Gran Bretaña siempre vivió en otros mitos) podía ignorarla. Todos la citaban en sus artículos, tesis e intervenciones universitarias.

El número 293, correspondiente a octubre de 1971, lo dedicaron a una antropóloga entonces muy predicada, de nombre Marie Delcourt. El primer artículo, siempre el más importante de la publicación, era de Catherine Backés-Clèment, una reconocida estudiosa, autora de un libro sobre Lévi-Strauss que se había traducido a todas las lenguas cultas. Se titulaba Le mythe indifférent y analizaba una de las más famosas obras de Marie Delcourt, el célebre Hermaphrodite (PUF, 1958), donde diseccionaba esa extraña deidad cuya figuración más frecuente es un hermoso cuerpo de mujer provisto de pene. Hay en el Museo del Prado una de las más bellas esculturas del hermafrodita que jamás se hayan esculpido y muchos apresurados visitantes lo ignoran, sobre todo los japoneses, a quienes no les cabe en la cabeza semejante rareza como no sea en los manga llamados Futanari. Los despistados se quedan fascinados con la parte trasera, que es en verdad admirable, y no se les ocurre dar la vuelta y mirar la pieza por delante.

La señora Backés escribe en ese número un muy interesante artículo en el que expone las múltiples teorías sobre el híbrido y ataca las de Marie Delcourt. Cita en su apoyo, naturalmente, a Freud, a Lévi-Strauss, a Jung, a Bachelard, a Lacan, en fin, a toda la panoplia. Es un largo trabajo, realmente bien articulado, en el que además pone en paralelo al hermafrodita con el ave Fénix, un mito del sincretismo romano que tiene semejanzas estructurales con el hermafrodita. Allí da como fuente a Lactancio, de quien no me resisto a copiar unos versos.

Hay en Oriente un lugar afortunado
donde se abre la inmensa puerta del cielo eterno…
En esos bosques vive el ave única, el Fénix,
que una y otra vez se recrea tras su muerte…
No hay alimento para él en nuestro mundo…
Que sea hombre o mujer o ni lo uno ni lo otro
(¡oh destino dichoso, oh muerte venturosa!)
contento vive ignorando los lazos de Venus.
Su Venus es la muerte, su único amor la muerte:
a fin de renacer, solo aspira a morir.
Él es su propio hijo, su heredero y su padre.
Y es al mismo tiempo mama y amamantado.
Es él, pero no es él, el mismo aunque distinto,
y gracias a la muerte conquista vida eterna.

Como se ve, en el artículo de Critique se citan todas las autoridades que han estudiado el mito del híbrido que reúne dos sexos o la vida y la muerte, desde Lactancio, apologista cristiano del siglo III, hasta Lacan, apologista poco cristiano del siglo XX. Pero la sorpresa surge en las páginas 842 y 845 de la publicación porque aparece allí, con rango de máxima autoridad, alguien que no les he mencionado antes porque es, justamente, el mito que esta destructora de mitos no podía ver: su propio e ignorado mito. Y, para ser sincero, el de muchísimos más en aquellos años: casi todos los intelectuales continentales de la época, como comprobarán a poco que sepan manejar una hemeroteca, creyeron religiosamente en este mito, yo incluido. En efecto, éramos víctimas de una deidad y la tomábamos por lo más real, material y dialéctico de la tierra.

Siendo máxima la autoridad, la cita habría de ser también máxima. Es esta:

Si miramos las numerosas transformaciones que se encuentran en los mitos (…) constatamos que los contrarios que se transforman el uno en el otro no son transformaciones concretas que reflejen contradicciones concretas. Son transformaciones ingenuas, imaginarias, concebidas subjetivamente por los hombres y que les han sido inspiradas por las innumerables conversiones de contrarios, complejas y reales.

Viene a decir que los mitos son imaginarios y que imitan a las transformaciones reales, como la del gusano en mariposa. ¡Caramba!, piensa uno, ¡qué hondura, qué párrafo esclarecedor! Se queda uno admirado: donde esté semejante talento que se quiten todos los antropólogos desde Lactancio. A nadie se le había ocurrido que los mitos fueran imaginarios, ni siquiera a Lacan. Como es una cita trascendental, viene, además, muy bien anotada: Mao Tse Tung, De la contradiction, Éditions en langues étrangères, Pekin, 1967, p. 73 y ss.

¿Cómo pudo mi generación tragar el mito del maoísmo de un modo tan general y bendecido por lo mejor de la intelectualidad europea? ¿Qué extraño fenómeno se produjo en los años setenta del siglo XX que condujo a una de las aberraciones más grotescas de la cultura occidental? Que esta antropóloga considerara obligado citar a aquel campesino sanguinario como fuente de la ciencia mitológica universitaria nos hace reflexionar sobre la ceguera de las élites.

¿Qué inmensa patraña tenemos hoy por verdad indudable y bendecida por toda la clase dirigente de derechas y de izquierdas? ¿Qué gigantesco fraude estamos ahora alabando como si fuera un colosal beneficio? ¿Cómo saber que el agua es agua si uno es un pez?

Solo lo sabrán aquellos que dentro de cuarenta años lean este artículo, por ejemplo. Lo cual es harto improbable dados los mitos que en aquel momento les estarán cegando.


Tener el alma negra

Cuadrado negro, de Kazimir Malévich, 1915. Imagen: Galería Tretiakov.

Hace un siglo, solo un siglo, los grandes coleccionistas de pintura, burgueses ricos y con una educación esmerada, muchos de ellos judíos, comenzaron a preguntarse si acaso no había que dejar de comprar exangües damiselas de Puvis de Chavannes con un brazo en alto ante el mar garzo, robustas matronas de Cabanel tumbadas en lechos pugilísticos o campesinas romanas de Corot demasiado aseadas para ser ciertas. Les había entrado una duda existencial.  

El siguiente paso fue preguntarse si acaso no habría que comprar obra del alegre y multicolor Matisse, las escenas ajardinadas de Monet vistas a través de la vibrante calima o las avenidas parisinas de Pissarro con enjambres de transeúntes perdiéndose en la lejanía. En muy pocos años el valor de la pintura académica y simbolista cayó en picado. Comenzaron a subir de precio de un modo vertiginoso algunas pinturas que sus compradores no entendían ni gozaban, pero con un instinto infalible sabían que iban a ser las más cotizadas en una década.

Estaba comenzando un fenómeno turbador y sobre el que apenas sabemos nada. Sin previo aviso, tener en el despacho unos caballos de Meissonier, signo de máxima elegancia y opulencia el año anterior, era ahora una horterada, una falta de decoro. En su lugar aparecían chocantes pinturas piramidales con desnudos contrahechos y un cromatismo inverosímil. Cuando alguien entraba en aquel despacho cuyos muebles habían abandonado el viejo estilo monárquico y se acercaban cada vez más deprisa a los estilos industriales nórdicos y miraba el cuadro con expresión estupefacta, el dueño de la casa, los pulgares en el chaleco, comentaba con tono despreocupado, «Es un Cézanne». A partir de ese momento no tener un Cézanne colgado en el despacho fue signo inequívoco de fracaso, de no estar en la cima.

Las obras de arte se estaban comportando con la enigmática inconsistencia de esa fuerza que todo lo va a dominar a partir de la Primera Guerra Mundial y que llamamos «la moda» porque no sabemos lo que es. Sabemos, eso sí, que los signos visibles han tomado el lugar de los signos legibles y que el sentido del instante, del lugar, de las personas y del periodo histórico depende ahora de ellos. «Un signo somos, indescifrable», escribió el mayor poeta de Occidente, y ahora iba a cumplirse de un modo absoluto.

Hace poco, leyendo la muy recomendable historia de la familia Ephrussi, una de las más poderosas, junto con los Rothschild, en la Europa del XIX antes de que la destruyeran los nazis, me encontré con una escena reveladora (La liebre con ojos de ámbar, Acantilado). Uno de los últimos Ephrussi, el encantador tío abuelo del narrador, se instala en Tokio tras la Segunda Guerra Mundial, hacia 1947. Un día, paseando por el centro aún en ruinas, ve salir de un local a unas jovencitas japonesas vestidas con blusas y faldas de colores chillones, gafas de sol, lazos en el pelo y zapatos de tacón, todas ellas cogidas del brazo cantando y riendo. Parecían universitarias californianas. La gente del país les lanzaba miradas de indignación o de estupor en cantidades equivalentes. A partir de ese día fueron aumentando las japonesas modernas que incluso fumaban y desapareciendo las antiguas, las milenarias japonesas ornamentales y sumisas.

Ese es exactamente el fenómeno que dio entrada a lo que solemos llamar arte actual, modernidad o vanguardias. En los albores del siglo XX, los signos visibles se convirtieron en las Sagradas Escrituras y a su alrededor comenzaron a aparecer los intérpretes, hermeneutas, rabinos, profetas… un gigantesco sanedrín capaz de escrutar cada signo y decidir su verdadero significado. Pronto ocuparían la totalidad del mundo civilizado y hoy son imprescindibles en los gabinetes ejecutivos de las democracias.

Nuestro sentido, lo que somos, lo que creemos ser, ha sido acaparado desde aquellas lejanas fechas por los signos visibles, desde los más sagrados (el arte y la arquitectura, por ejemplo) hasta los más laicos y populares (la música de masas, la ropa, el maquillaje). ¿Por qué se produjo ese desatinado desvío de la letra a la imagen? Nadie lo sabe. Solo alcanzamos a narrar cómo se produjo y seguimos estudiándolo para ver de dar con su secreto y a lo mejor enmendar tanta insensatez.

Las artes mismas pronto lo entendieron y procedieron a representarlo. ¿No son las imágenes visuales las que dan el diagnóstico exacto de cuál sea el estado de nuestra conciencia? Pues representémosla adecuadamente. En 1915 Malévich pinta su Cuadrado negro que es, naturalmente, un cuadrado negro bidimensional. Allí estaba la verdad última de la pintura y la verdad de los signos, lo que en el antiguo régimen de la letra se correspondía con el Apocalipsis. Desde entonces ha sido imitado en cientos de ocasiones. Hay un género específico llamado «monocolor» dedicado a este subsistema de la abstracción.

Bien es verdad que en 1918, Malévich, que ya había experimentado en qué consistía la Revolución bolchevique y que era espiritista, pintó el cuadro Blanco sobre blanco, un cuadrado blanco bidimensional. No obstante hay que decir, y es un dato trascendental, que no ha tenido ni muchísimo menos la repercusión del cuadro negro. Muchos expertos lo ven como una consecuencia del misticismo de Malévich, de su desesperación religiosa, de su, en fin, decadencia.

Nosotros somos, desde entonces, un cuadrado negro. Una oscuridad indescifrable ante la que miles de expertos clavan sus ojos desconcertados. Oscura, pero también cuarteada, porque la pintura está totalmente craquelé. Quizás como nuestra conciencia…


Tomarse en serio las series

Imagen: HBO.

En su día la cadena Antena 3 concluyó de mala manera la primera temporada de Juego de tronos. Nunca supo qué hacer con ella. En algún lugar he leído que las últimas sesiones habían concitado la atención de un millón de espectadores, lo que, para estos tipos de la comunicación, es una cifra despreciable.

Comenzaron dando dos capítulos juntos, luego los pasaron de uno en uno, pero volvieron a los dos seguidos, o a los tres, o a los doce, porque las sesiones terminaban a altas horas de la madrugada. Por supuesto jamás avisaron, ni advirtieron, ni anunciaron los cambios, de modo que el espectador no sabía si acabaría saliendo a cenar o a desayunar una vez concluido el capítulo. Es el célebre método Renfe: dejar a todo el mundo abandonado en medio de la estepa durante la noche entera sin decir ni pío. En fin, una machada.

Pero quizás las series han de darse de ese modo, de cualquier manera y sin el menor respeto por el cliente. Alguien que se interese por estas cosas, piensan los directivos, ¿qué ha de ser? Un infeliz. Por lo tanto, hay que masacrarle con sorpresas, a poder ser, de lo más desagradables. De otra parte, la serie misma es obligado que sea lo más confusa posible, como sus programadores. Comencé a seguirla porque alguien docto me dijo que era la Guerra de las Dos Rosas adaptado para público sin estudios primarios. Identificado con tal descripción, me apresté a verla muy ilusionado. Amo las divulgaciones de Shakespeare de la BBC y cuanto peores son, más me gustan. Esta, desde luego, estaba mal concebida, peor dirigida, pésimamente interpretada y con un guion más confuso que el de Matrix. Me ha gustado mucho y estoy esperando la siguiente tanda, si la ponen.

Y es que, justamente por eso, por su rústica realización, la serie me pareció excelente. Se supone que son cuatro (¿o quizás seis?) reinos, cada uno con sus príncipes y bastardos, sus cortesanos eunucos y sus guerreros idiotas y malhablados, todos luchando por el trono que reunirá por fin a las diferentes estirpes de Invernalia, o un nombre parecido, bajo un solo cetro. Puro Shakespeare. Eso sí, no hay modo de saber quién es quién y si Aoryn Burthegor pertenece a la casa de Vodkazas o a la de Negronis y si la reina Mirablauvas es del reino de Cantonflas o del de Chaplinia. Tampoco es fácil averiguar de quién se trata en cada plano, siendo así que todos los guerreros llevan luengas barbas y parecen el mismo, y todos tienen pinta de islámicos, como Rubalcaba. Luego están los jóvenes, pero tampoco hay manera de adivinar cuáles son los verdaderos herederos, the real thing, y cuáles los bastardos, que, como siempre sucede, son los más listos y los que más trabajan porque nadie quiere dejarles mandar, cuando es evidente que son los únicos miembros de la familia con un poco de seso. En España hay un gran sentimiento popular en favor de la bastardía y yo lo comparto. Es una pena que los bastardos hayan caído en desuso en las familias reales actuales. Darían mucho juego.

Pero es que esta es la ley de las series: el argumento y la filmación, lo más confusos posible de manera que el cliente no tenga ni idea de lo que está viendo y no pueda en ningún momento decir: «¡Alto!, que en la última sesión ese caballero llevaba un casco con cuernos y fumaba en pipa, pero ahora aparece con yelmo de cangrejo y chupa hojas de menta». Es importante mantener la confusión porque en cada nuevo rodaje alguien se muere, o se bebe dos litros de anís y no puede ni abrir la boca, o se escapa con la script y hay que sustituirlo a toda prisa. Un ejemplo salaz: aquí las chicas se desnudan todas y varias veces, pero da lo mismo porque todas son modelo inglés y, como es bien sabido, las chicas inglesas llevan la dirección a la derecha y es tarea ardua distinguirlas porque uno se queda como bobo mirándoles el volante. Yo creo que solo he identificado a una de las chicas desnudas, una rubia teñida que cuando termina la primera temporada acaba de dar a luz a tres dragones. Preciosos, eso sí.

Así ha de ser. Confuso, tosco, sin pies ni cabeza, poblado por cientos de nombres tan imposibles de memorizar como los de las novelas rusas y con actores de tercera que han tenido por maestro al mismo discípulo nonagenario de Stanislavsky. Pero atención, es imprescindible introducir alguna rareza fija que mantenga el morbo y dé continuidad. En este caso se trata de un enano saladísimo al que las estadísticas inglesas daban el number one, el más amado por la concurrencia, o sea que a este no lo matan. Y es el más amado porque el pobre enano es la única persona normal de la serie.

Así ha de ser, insisto, porque si no nadie las seguiría a lo largo de doce meses, semana tras semana, con lo difícil que es recordar qué comimos hace siete días. He visto algunas series, unas tenían lugar en una mansión de terratenientes británicos todos homosexuales, incluidos los heterosexuales, otras en un puerto americano atiborrado de contenedores (los cuales, a su vez, iban atiborrados de cadáveres, droga, furcias, espaldas mojadas y algún obispo), también en un suburbio habitado por mujeres histéricas que jugaban a la oca con la lujuria de los maridos de sus mejores amigas, inolvidable la que traía a una familia italiana encantadora dedicada al chantaje, el asesinato, el robo, la estafa y la tortura, o aquella, en el 10 de Downing Street, donde vive el más repugnante reptil de la política asiática. Todas ellas tenían el encanto de la improvisación, la inverosimilitud, la imitación de un realismo para nenes, el confuso guion de quien en el último momento recibe la orden de sustituir al galán (que acaba de romperse la crisma en un accidente de bicicleta) por un señor algo calvo y con evidente ceceo, pero es que es el único actor que quedaba libre esa semana. Chapuzas, vaya.

Estas son las leyes del folletín y siempre han sido así. Cuando su soporte era el papel, cuando Balzac o Dickens firmaban los folletines, no eran muy distintos. Personajes secundarios que acababan por ocupar todo el escenario a petición de la clientela, familias enteras que desaparecían o cambiaban de nombre, lugares montañosos que de repente se convertían en playas con spa, etcétera. El folletín tiene sus reglas y no porque el soporte sea electrónico y televisivo va a cambiar el género. Nadie sería tan necio como para seguir una serie bien hecha, profunda, inteligente y de moralidad kantiana. Para eso ya están las tertulias. Lo que sí ha cambiado en la historia del folletín es la clientela. Antes iba dirigido a las clases menos educadas, ignorantes o analfabetas, y a las mujeres en general, lo que obligaba a los autores a una cierta altura intelectual. Los folletines actuales van dirigidos a la pequeña burguesía y a los universitarios, aunque las series españolas más famosas, como Aída o las de comisarios surrealistas, parecen buscar la complacencia de la aristocracia. Claro, es otro nivel. Lo que no ha cambiado es la persistencia de un aficionado, siempre varón, que toma con fanatismo el asunto, ve cada capítulo cincuenta y ocho veces de promedio, y es el único capaz de identificar a todos los personajes, conoce los lugares de la acción como si estuvieran en su barrio, distingue los diferentes vestuarios de cada rama dinástica, puede repetir las frases más agudas de algunos actores sobresalientes, ha llegado incluso a leer con heroísmo inaudito las novelas homónimas, se reúne con otros fanáticos como él, se disfraza del enano o de la reina de los dragones, y se pone muy nervioso cuando lee artículos como este. A él va dedicado.


¿En qué novela vives?

Rue de Paris, temps de pluie, DE Gustave Caillebotte, 1877. Imagen: (DP).
Rue de Paris, temps de pluie, de Gustave Caillebotte, 1877. Imagen: (DP).

Toda ciudad es una novela (lo contrario no es cierto) siempre que el novelista tenga talento espacial y sepa distribuir cada volumen edificado y sus habitantes particulares como un bloque verosímil. Luego están las Ciudades invisibles, título de un famoso libro de Calvino en el que aparecen posibles ciudades según la catalogación que Borges atribuyó a un entomólogo chino: insectos que molestan al emperador, insectos que suenan como el cristal, etcétera. De la misma manera: ciudades que destruyen la memoria del viajero, ciudades que por la noche se pueblan con difuntos antiguos, etcétera. Pero si olvidamos las ciudades invisibles y en cambio nos interesamos por las ciudades imaginadas, no cabe duda de que el gran inventor de las mismas fue Charles Dickens.

Cuando imaginamos Londres, incluso si hemos vivido allí o somos turistas habituados a sus calles y monumentos, lo hacemos con los materiales de Dickens aunque no lo hayamos leído, porque la pintura, la fotografía y el cine han copiado minuciosamente la técnica narrativa de Dickens para distribuir espacios urbanos y distinguir a sus distintos ciudadanos. Dicho de un modo algo violento: Londres será eternamente victoriano mientras no aparezca otro escritor capaz de construir una nueva imagen.

Por supuesto todo lector de Dickens sabe que en el joven escritor solo había dos Londres, el bueno y el malo, el de los ricos y el de los pobres, el de los barrios aristocráticos y el de los barrios proletarios. Los protagonistas solían sufrir un avatar prodigioso que les llevaba de un Londres al otro, sea para caer en la abyección de los mugrientos laberintos próximos al Támesis, sea para salvarse en una reluciente mansión próxima a Regent’s Park. Si usted es un lector de Dickens un poco más experimentado o pasional, sabe también que en el último Dickens, en cambio, hay tres Londres diferenciados porque aparece un tercer espacio entre la ciudad del bien y la ciudad del mal. Ese tercer espacio es el de la clase media que va a tomar posesión de los barrios funcionariales y de negocios a lo largo de la vida de Dickens.

La tercera fuerza evitará el maniqueísmo de la etapa juvenil, dará mayor riqueza a la aventura narrativa y permitirá a Dickens alguna de las más portentosas descripciones del hogar burgués, tan distinto del palacio y de la miserable vivienda de los Jerry Buildings. De hecho, la tercera zona urbana será el refugio privilegiado de quienes ya comienzan a mirar con sospecha a la aristocracia y no dejan de tener un principio de conmiseración por los miserables, sentimiento entonces poco frecuente. El tercer espacio es el de la conciencia y el de la inteligencia.

Si comparamos concienzudamente la construcción literaria del Londres victoriano de Dickens, en su perfección artística, con el París de Proust, la sorpresa es considerable. Ambos escritores se llevan unos sesenta años, de manera que Proust puede muy bien ser el nieto de Dickens. Sin embargo, el proceso es prácticamente el mismo. También en Proust hay dos ciudades al principio que finalmente serán tres, aunque las tres estén en el mismo libro. Recordará el lector que en las seis mil páginas de La Recherche se analiza minuciosamente la vida parisina a lo largo de cuarenta años con frecuentes saltos a la etapa anterior, la de la guerra franco-prusiana.

En la extensísima narración de la vida de Marcel y de sus padres, Proust anota con sagacidad que su primera vivienda, en el centro noble de la ciudad, está sin embargo habitada por numerosos proletarios y artesanos. Las clases sociales ocupaban los mismos edificios en jerarquía vertical. En el principal, los más ricos, en las últimas alturas (las chambres de bonne) los más pobres, en la entrada talleres artesanos. Pero cuando llegamos al final de la novela las clases se han separado y los proletarios han sido expulsados a los bulevares exteriores.

En realidad esta separación se produjo con la reforma del barón Haussmann que comenzó con Napoleón III, pero se prolongó hasta la terminación del bulevar Raspail ya en pleno Art Nouveau. Haussmann abrió en canal la ciudad, reventó el suelo, derribó miles de casas, abrió enormes avenidas, todo con el fin de levantar la ciudad más moderna de Europa y (de paso) arrasar los núcleos obreros que habían resultado peligrosísimos en las dos revoluciones comuneras. De un París interclasista se pasó a dos ciudades separadas, como el primer Londres de Dickens.

Curiosamente el tercer espacio «ciudadano» de Proust no está en la ciudad sino en el campo colindante con la gran capital, en los pueblecitos de veraneo de la burguesía, los cuales constituían una prolongación natural de la vida social capitalina, algo que en Inglaterra no sucedió jamás. Y también será en los pueblecitos de los alrededores de París en donde el protagonista, Marcel, descubrirá todo lo que determina su vida artística y sentimental, como la princesa de Guermantes, el gran Swann o la ambigua Gilberte. El tercer espacio era, de nuevo, el lugar del espíritu.

Ciudad dickensiana para la eternidad es el Londres victoriano. Ciudad proustiana para la eternidad es el París de la gran burguesía. Sin embargo, seguramente la mayoría de nosotros vivimos en la ciudad kafkiana, el laberinto impenetrable de nuestra interioridad.


Mercancías actuales

Expresos de ETA en el acto de Durango. Foto: Cordon Press.
Expresos de ETA en el acto de Durango. Foto: Cordon Press.

Con su acostumbrado estilo barroco, que en ocasiones puede hacerle tan incomprensible como Walter Benjamin, el filósofo alemán Peter Sloterdijk ha estudiado concienzudamente lo que él llama la gran empresa del odio y el mercado del resentimiento, uno de los negocios más interesantes de la Europa contemporánea.

Los orígenes de esta explotación psíquica se sitúan tras el triunfo de la Revolución Francesa, aunque había comenzado ya con los panfletistas anteriores al estallido revolucionario y la propaganda contra el Antiguo Régimen. Esta es, sin duda, una de las grandes construcciones burguesas que acabó por volverse contra sus inventores. El rencor, el resentimiento y el odio serán elementos esenciales en las luchas revolucionarias del ochocientos, aunque toman un carácter de empresa global y tecnificada a partir de la Primera Guerra Mundial.

Las mejores compañías que vendieron resentimiento, las grandes sociedades del odio, fueron, en el siglo XX, los partidos de extrema derecha e izquierda europeos. Por la derecha se predicaba el odio contra los extranjeros, los diferentes, aquellos que tenían otra identidad o contra los marginales y heterodoxos, que es lo propio de todos los nacionalismos. Por la izquierda el resentimiento se dirigía contra los ricos, los millonarios, los empresarios, los superiores, las jerarquías, los jefes y los amos.

En los últimos tiempos el mercado del resentimiento se ha ampliado extraordinariamente y abarca no solo todo lo anterior sino también círculos singulares como algunos hombres según grupos de mujeres, los taurómacos para la fe animalista, los cuerpos de policía entre los aficionados a la violencia, muchos industriales para el ecologismo, los enemigos del nacionalismo según los nacionalistas o las víctimas del terrorismo para los simpatizantes del terrorismo. También, claro, los españoles en general, los cuales han heredado el papel de los judíos entre los identitarios periféricos.

Puede decirse que el odio y el resentimiento son en este momento la mercancía política de mayor éxito y la que lleva a gran número de desocupados a seguir las tertulias de televisión y de radio consideradas radicales. Ser rico se ha convertido en un peligro y cada vez menos gente se siente atraída por ese estado civil, aunque cada vez está más extendida la presencia mediática de millonarios amigos del odio y que incitan al odio, especialmente entre el ramo artístico.

Al tiempo que se hace más extensa la mancha de odio y resentimiento, los empresarios que lo explotan difunden una llamada a la alegría que ya habían puesto en circulación Karl Marx y algunos de sus seguidores, como Rosa Luxemburgo en las famosas cartas a colegas y amigos, citadas con esmero por Sloterdijk (Ira y tiempo, Siruela, p.141). En la actualidad los difusores de esta alegría, tan parecida a la de algunas sectas religiosas como Hare Krishna o los jesuitas, son ideólogos del tipo Antonio Negri, que exigen la sonrisa en el rostro del revolucionario agresivo, detenido, preso, condenado o tan solo juzgado.

Este modo de mostrar la superioridad moral del reo y su desprecio por el tribunal burgués compuesto por títeres judiciarios sigue muy presente en nuestro país. Es casi imposible no haber reparado en las sesiones judiciales contra miembros de ETA en las que los acusados se miran con regocijo, se saludan alegremente, ríen chistes o intercambian gestos de cuadrilla con los camaradas que han acudido a la sala. Obedecen a una imperiosa orden de sus superiores y están en sintonía con la imagen del revolucionario romántico.

Luego, sin embargo, pasada la sesión de publicidad de empresa, esta alegría regresa a la sintomatología del odio y a la amargura física implacable. En este sentido era inestimable la fotografía que se hicieron los terroristas liberados gracias al tribunal europeo, tras el derrumbe de la doctrina Parot. Pocas veces se ha visto un grupo de gentes más marcado por la negra melancolía, el derrumbe del ánimo y la catástrofe psíquica. El odio, como ciertas drogas duras, produce euforia al principio, pero deja secuelas irreparables.


Félix de Azúa: La primavera socialista catalana

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Esta primavera, la fortuna le sonríe al partido de los socialistas catalanes, como si la rosa quisiera florecer tras andar marchita durante tantos meses. Un puñado de miembros que lleva cuarenta años en el poder (y así está el partido), amenaza con abandonar el socialismo catalán porque no es suficientemente catalán o suficientemente algo que a ellos les gusta mucho desde que eran pequeñitos. Con lo cual Pere Navarro tiene la oportunidad de empezar a ganar votos.

Ese grupo, unos cuantos próceres de lo que aún no hace diez años ellos mismos llamaban «la burguesía catalana», siempre ha tenido el corazón en Esquerra Republicana, pero allí no podían aspirar ni a una triste alcaldía en el Ampurdán, que es su finca para los días de fiesta. En cambio ahora creen que, con suerte, les va a caer una embajada.

Ya se ha pasado a Esquerra uno de los más fanáticos separatistas del socialismo catalán, miembro conspicuo de una de las grandes familias históricas, de las que aplaudieron con lágrimas en los ojos la entrada de Franco en la ciudad de los prodigios. Con un poco de suerte acabarán por irse todos, y si así fuera, la remontada del PSC podría ser apoteósica. Un partido socialista catalán en el que la «C» de las siglas oficiales, que ahora es mucho más importante que la «P» y la «S», menguara, sería una bendición para los votantes catalanes y para los diseñadores.

Si los próceres se fueran, la primera ventaja sería que los socialistas verdaderos se habrían librado de la caverna del partido. La segunda ventaja es que, si les admitieran, hundirían a los de Esquerra, que es gente rural. Tiendo a creer, sin embargo, que Junqueras, más listo que todos ellos sumados, les pedirá educadamente que se vayan a matar el tiempo a la Asamblea Nacional Catalana.

Tercera ventaja, a lo mejor consiguen que se hunda la Asamblea Nacional Catalana, ese parásito que nos chupa la sangre. De haberlo planeado él, Navarro sería Churchill.

Pero hay más fortuna en la primavera socialista catalana. ¡Han firmado un negocio con CiU! Uno de esos negocios, ciertamente, cuyos efluvios apestan desde Crimea. Un negocio de casinos, ruletas, tahúres, tapetes, putas y mafia de las antiguas repúblicas soviéticas de Asia. Los socialistas le han bajado los impuestos a esta gente encantadora, tan ligada a la aristocracia del fútbol. Así se hace política social progresista.

Cuando un negocio similar se quiso montar en Madrid las sonrisitas irónicas y los ataques de la caverna catalana fueron de aúpa. Ahora lo bendicen los socialistas de Cataluña. ¡Qué no bendecirá un partido capaz de hacer negocios hasta con Bildu! Pero tienen razón. Es una calumnia: en Cataluña no puede haber mafias o negocios sucios porque Dios no lo quiere. Casi todo lo que sucede en aquella bendita tierra es divino, incluida la gauche.

Divino es, por ejemplo, que se trate del único país europeo en donde los sindicatos de clase se manifiestan enarbolando la bandera nacionalista, una bandera militante e ideológica de la derecha de toda la vida, que a manera de palio pontificio protege a los obreros (sindicados). ¡Cómo recuerdan estas procesiones a las de los sindicatos verticales durante el franquismo! Los empresarios están felices.

No es que los actuales sean sindicatos reaccionarios o comprados, es que respetan la tradición y allí la tradición es divina desde el carlismo. Por cierto, ayer les concedieron la Creu de Sant Jordi a los jefes de CCOO y UGT de Cataluña. ¡Qué carrerón el de estos obreros!


Félix de Azúa: Educación en el desierto

Foto: Tom Murphy VII (CC)
Foto: Tom Murphy VII (CC)

Con el paso de los años uno se pregunta si alguna vez volverá a existir la Literatura como asignatura central del bachillerato, se llame ahora como se llame. En su origen se la tenía como un museo de la gloria nacional y cada país mostraba con orgullo el repertorio de sus talentos literarios, los cuales, en algunos casos como el nuestro, arrancaban de la más remota Edad Media. Eso ha desaparecido excepto en lugares que por sufrir una identidad dudosa aún se empeñan en tener una literatura «nacional».

Hace años la asignatura todavía era importante porque con ella el niño y el joven comenzaban a conocer el alma del idioma y a desarrollar su potencia. Era el momento cimero de la lingüística, cuando se convirtió en la mathesis universal y la estudiaban hasta los peluqueros. Construir mejor, usar un léxico más rico, entender el laberinto gramatical, verle la sensualidad a las subordinadas, no era un ejercicio inútil sino que se tenía (y yo creo que con razón) como uno de los mecanismos mejores para el desarrollo de la inteligencia. Aquellos que saben hablar bien y con claridad, suelen también tener las ideas más asentadas que quienes solo balbucean o se explican de modo embrollado. En la actualidad tampoco esta razón tiene demasiado predicamento porque ha descendido el valor de la palabra y a los poderes públicos, generalmente balbucientes, no les interesa que los estudiantes sean más inteligentes que ellos. Peligraría su poltrona.

¿Para qué, por tanto, mantener la asignatura de Literatura? Junto con la de Filosofía, a la que me referí hace unas semanas, forma parte de esas enseñanzas que cada día que pasa ven apagarse su fulgor y nos parecen más cenicientas. Ahora bien, como el personaje del cuento, es posible que nuestra cenicienta literaria se case con el príncipe. Quiero decir que, descabalgada de toda utilidad de orden político, comercial o pedagógico, a lo mejor esta asignatura toma entonces su verdadera importancia como lo que es, o sea, el diccionario más completo que existe de la experiencia humana.

Esa viene a ser la opinión de José Carlos Mainer. Publicó en Turner una muy útil Historia de la literatura española que llena el hueco de los estudios oficiales. Hacía mucho tiempo que no aparecía una historia de estas características, relato de más de mil años de relatos, bien organizado, claro, inteligente y de agradecida brevedad, menos de trescientas páginas. Se advierte que para Mainer la literatura no es tan solo un departamento universitario.

En su historia deja claro que la literatura es ahora simplemente «otra forma —más consciente, más rica de leer libros que nos gusten y que nos hablen de la infelicidad o de la dicha, del viaje o del enclaustramiento, de la soledad o de la compañía». Porque de eso se trata, de familiarizarse con el destino increíblemente variado, cambiante e inagotable de los humanos, con los cientos de miles de formas que toma su desdicha o su felicidad, la interminable tarea de recorrer el mundo entero y conocer toda clase de sociedades y culturas, la siempre apasionante verdad del que vive desperdigado entre los compromisos económicos y sentimentales, o la de quien se encierra para buscar el sentido último de su oscura aparición en el cosmos.

Siempre he creído que, dejando aparte las asignaturas propiamente técnicas, bastaría con una prolongada lectura, seguida de su discusión pública entre amigos o iguales, para que las gentes fueran mucho más interesantes y valiosas. Mejores ciudadanos, vaya. Quiero decir que, precisamente por no tener ya más valor que el propiamente artístico, es la literatura una de las mejores maneras de hacerse hombre (o mujer) en una sociedad a la que nuestro destino individual importa una higa y solo nos considera en cuanto peones de trabajo. A veces, ni eso.

De ahí que muchos españoles nos hayamos quedado de piedra al enterarnos, hace pocas semanas, de que hasta ahora se podía adquirir el título de maestro habiendo suspendido las Matemáticas o la Lengua y Literatura. Ejemplo magnífico de la enseñanza que se imparte en el país más bruto de Europa. Y notable prueba de que tenemos la clase dirigente más necia de nuestra historia, y mira que hemos tenido…


Félix de Azúa: Gaziel, el regreso de un desconocido

Trinchera en la Primera Guerra Mundial (DP)
Trinchera en la Primera Guerra Mundial (DP)

La muerte de Manu Leguineche me hizo pensar en los muchos escritores españoles que han arriesgado su vida en guerras lejanas. Algunos escribieron libros de gran calidad literaria y otros simples reportajes, pero todos ellos (o por lo menos los que yo recuerdo) lo hicieron con nervio, rigor informativo e intensidad. Forman un equipo formidable y no entiendo cómo no hay una colección dedicada a ellos en exclusiva.

Yo diría que el primero y uno de los mejores, aunque en la actualidad sea difícil de leer, fue Pedro Antonio de Alarcón. Sus crónicas de la guerra de África, reunidas luego en el grueso volumen Diario de un testigo de la guerra de África, comienzan en 1859 y lo hace con el estruendo de la orquesta sinfónica típica de nuestro muy tardío romanticismo:

¡Al fin amaneció el día de nuestro embarque, después de un mes de angustiosa expectativa! ¡Al fin vamos a participar de los peligros y de las glorias de nuestros hermanos que luchan y mueren como leones al otro lado del estrecho!

Ya digo que la retórica romántica se hace difícil de digerir si uno no tiene el paladar muy hecho a los exquisitos productos faisandé. Y sin embargo, ese es el tono (o si lo prefieren, la música militar) de uno de los más brillantes escritores actuales de guerras y aventuras, Arturo Pérez Reverte. Ese aire exaltado, de brazo que agita la gorra mientras el buque zarpa hacia la guerra, sollozan las novias y se oyen los metales de la banda, sigue siendo el de los grandes corresponsales.

Vendrán luego, en años posteriores, varias decenas de estupendos aventureros o incluso de burgueses sin miedo que se meten en conflictos inauditos por pura temeridad. Recuerdo especialmente interesantes las experiencias de Blasco Ibáñez, burgués sensual y acomodado, en la batalla del Marne, aquel matadero donde sucumbieron sin gloria millones de jóvenes europeos cuya desaparición lastraría el futuro del continente. Las recogió en Los cuatro jinetes del Apocalipsis y aunque estaban ya cocinadas en el horno literario, mantenían la frescura de la visión directa, del horror en primer plano.

Habría decenas de testimonios personales para comentar, casi todos piezas de caza en librerías de lance y suprimidos de los catálogos. El Berlín de Julio Camba, de 1913 a 1915, o el posterior de Augusto Assia. Las soberbias crónicas de Chaves Nogales, afortunadamente reeditadas en los últimos años. Los Cuadernos de Rusia de cuando en 1941 Dionisio Ridruejo se lanzó contra la tundra soviética con la División Azul, un caso a lo Jünger, con poemas grabados sobre el hielo. En este notable batallón de aventureros se encuentra lo más honesto de la literatura española. Solo algún sinvergüenza decía estar en el frente cuando vaciaba botellas de whisky en los hoteles, como tantos corresponsales extranjeros de la guerra civil.

Y hete aquí que la admirable casa editorial Los Libros del Asteroide acaba de publicar una de las narraciones de guerra mejor y más difícil de encontrar, De París a Monastir. Su autor es poco conocido fuera de Cataluña, pero jugó un papel muy relevante en las letras y la política catalanas antes y durante la república, yo diría que perfectamente comparable con ese otro genial periodista de La Vanguardia que fue Josep Pla. Agustí Calvet, quien usaba como nombre de guerra el de Gaziel, es un prosista eficaz, elegante, con un sobrio equilibrio entre lo dramático y lo irónico. El reportaje que comentamos cubre uno de los trayectos más inusuales de la Primera Guerra Mundial porque se adentra en zonas muy poco exploradas por los escritores clásicos. Gaziel se percató de la importancia enorme que iban a tener los países balcánicos en la contienda y se internó por lugares en los que conseguir un medio de transporte, un lecho o una comida era algo tan milagroso como sobrevivir.

El grueso de la aventura transcurre entre Grecia y Serbia (la de entonces, no la de hoy) y es tan sagaz al describir un inútil desembarco de la armada aliada como cuando reproduce la curiosísima y extinguida colonia sefardita de Salónica. Su curiosidad es insaciable y su inteligencia no puede menos de acabar en la pura desesperación al constatar la estupidez, la corrupción y la ineptitud de las élites de esos países, abandonados por sus opulentos aliados, fueran estos Francia, Inglaterra o Rusia. Esta es otra triste historia de un puñado de peces gordos enriquecidos y millones de pececillos aplastados por la razón de Estado.

Publicado en 1917, parece imposible, pero cien años más tarde conserva su frescura, su honradez, su agudeza intacta. Me ha parecido el mejor homenaje a la estirpe de los Leguineche.