Besugos, hostias y pelotaris gigantescos: el retorno de los gentiles

retorno de los gentiles
Fotografía: Humberto Bilbao. gentiles

Hace ya casi de ochenta años, la historia de la humanidad presenció un suceso que apenas duró unas pocas horas, pero que después se alargó de una manera trágica y desoladora por medio mundo durante cuatro años más. Ha sido mil veces reflejado y otras tantas malinterpretado por todas las artes que deleitan a las civilizaciones que actualmente habitan el planeta.

Para saber de qué planeta hablamos, tendremos que esperar a la aparición de un genio intelectual hasta ahora nunca visto, pues aún no se ha llegado a un consenso al respecto; pero sí podemos afirmar sin mucho temor a ser reprendidos por ninguna autoridad, ya sea civil o militar, que el cine, el teatro, la literatura, la fotografía, la historiografía y las tertulias radiofónicas matinales y vespertinas, cada una a su particular manera, han intentado explicar aquel arrebato de locura imperial que fue el ataque a Pearl Harbour mediante una serie de argumentos que, hasta hoy mismo, no han sido discutidos con la debida consistencia. Casi todos basados en ciencias respetables como la militar, la política o la sociología.

A quienes lo quieran ver, pues es suficiente con abrir bien los ojos, les resultará claro que todo aquel episodio no fue más que la manifestación de un intento desesperado por lograr la hegemonía gastronómica mundial; un plan que únicamente la intrincada mente oriental es capaz de comprender, pues sin duda está dotada por la naturaleza de un instinto expresamente desarrollado para idear torturas y proyectos enrevesadísimos que los habitantes de más allá de la falda occidental del monte Ararat no somos ni siquiera capaces de empezar a adivinar.

Y a pesar de su aparente fracaso, no está muy lejos el día en que un besugo de Orio (Gipuzkoa), uno de esos besugos que tanta ruina para varias generaciones de hosteleros ha supuesto el asarlo mediante la metodología de prueba y error necesaria para lograr servirlo como lo sirven allí —errores que se manifiestan en forma de incendios, indigestiones, intoxicaciones y otras patologías más crónicas como la hipertensión o la gota— y que además ha desatado toda una serie de guerras conocidas como los sucesivos «Incidentes del Besugo» o Bisiguaren Gertakaria, cada una con sus muertos, sus héroes y sus traidores a la Fe del Besugo (la muy rígida Bisiguaren Fedea), guerras que se han declarado a lo largo de los siglos, sin una periodicidad discernible para nadie, entre Orio y sus rivales por la excelencia en el asado del pescado, que no son pocos; no está muy lejana la ocasión, insisten los sociólogos más puntillosos, en que esos afamados espáridos no sean más que un lejano recuerdo de una época arcádica en la que una bandeja de rollitos de salmón crudo envuelto en algas y granos de arroz tan solo fuera una pesadilla pasajera, que sin embargo no podía dejar de generar leyendas sobre el fin del mundo y cosas aún peores, como por ejemplo la cocina tecno-emocional o las piscinas comunitarias.

Hasta que culmine este plan, que por supuesto aún sigue vigente y al que el adjetivo maquiavélico se le queda muy corto, el País Vasco seguirá siendo el lugar del mundo donde mejor se come. Si toda ciencia o arte necesita experimentar una evolución de varios siglos para lograr su más elevada expresión, como todo el mundo parece estar de acuerdo en reconocer, y por tanto el cénit siempre se alcanza en aquellos lugares en los que se lleva más tiempo practicando la disciplina en cuestión —o la indisciplina; siguiendo un razonamiento análogo también existirá un lugar, que algunos sitúan en los espacios que se extienden detrás de la ventanilla de atención al contribuyente de cualquier ministerio, en el que sin mucho esfuerzo podremos encontrar altas dosis de caos destilado— entonces no es difícil situar en el País Vasco el origen mismo de la humanidad. La ciencia nos dice que es necesario ingerir alimento antes de llevar a cabo cualquier actividad fisiológica; antes de no solo evacuar aguas mayores y menores, sino de que ni siquiera se nos pase por la cabeza aliviarnos de la ausencia de compañía de modos que no todos aprueban, ni siquiera hoy en día. Lo primero que hizo el ser humano fue comer, y por tanto allí donde mejor se cocina, donde mejor se asan besugos, sapitos y chuletones, es donde más tiempo lleva el ser humano dominando sobre la bestia.

Hay otros indicios que pueden convencer a los escépticos de esta antigua teoría antropológica. Aunque uno de los testimonios históricos más antiguos que nos habla de un partido de pelota se refiere al que tuvo lugar en Nantes en 1590 entre Enrique IV de Francia (1589-1610), que acababa de conquistar la ciudad, y los más habilidosos pelotaris del gremio de panaderos, quienes no solamente le sacaron los cuartos sino que además, lógicamente, se negaron a concederle la revancha, no conviene olvidar que Enrique era a su vez rey de Navarra (1572-1610). Navarro, pelotari y no buen perdedor; si el primer capricho que tuvo después de que la plaza se le rindiera fue liarse a pelotazos con los panaderos locales, el segundo fue bajarles el precio del pan a dos ochavos, originando de este modo abundantes peticiones de audiencia por parte de los maestros del gremio que, en caso de ser atendidas, recibieron una profunda carcajada como respuesta más clemente. El humor de los Borbones. Y pasando de la era histórica a la prehistórica, tenemos diseminados por todo el País Vasco los claros indicios que nos dejaron los gentiles (o jentilak) en forma de jentilarrik, dólmenes, cromlechs o rocas a las que solo los más cegados por la teoría darwiniana podrían atribuir un origen que no se remontara a nuestros primeros ancestros.

Los jentilak fueron unos seres gigantescos poseedores de una fuerza descomunal que, si tenemos en cuenta los deportes vascos más populares, es sin duda el atributo más apreciado entre cualquier euskaldún de bien o de mal. Si la lingüística ignora estas pruebas y quiere perder el tiempo siguiendo el hilo de esa teoría que sostiene que todo el lenguaje hablado parte de una primera palabra que se usó para hacer referencia a nuestras manos, en lugar de considerar el vasquísimo vocablo «hostia» como la palabra primigenia, no es culpa nuestra.

También hay gente que sospecha que la Tierra está hueca o que descendemos del mono; incluso se conoce una rama escindida de esta corriente que defiende que la Tierra está interiormente habitada por una civilización de monos-luciérnaga, así que no debemos sorprendernos. ¿La gallina o el huevo? ¿La mano o la hostia? Nosotros, que nos hemos paseado por la carretera que une Mutriku con Ondarroa, nos decantamos por la segunda opción. Allí, en la ladera occidental del monte Mendibeltzuburu, a doscientos metros del sitio llamado Mendibeltza, se encuentra la peña Axbiribil. Cualquiera que manifieste en voz demasiado alta que no se trata de una piedra que, como su nombre indica (piedra redonda), fue utilizada a modo de pelota por los gentiles para poder dar rienda suelta a su fogosidad disputando un partido de pilota, levantará serias dudas entre los habitantes locales sobre el caudal y presión del riego sanguíneo en sus hemisferios cerebrales.

Amigo, esa piedra no es un fenómeno único. La peña llamada Txoritekoa, en las afueras de Zerain, fue lanzada por los gigantes desde el monte Aizgorri al Aralar, y debido a los avatares de la gravedad, y quizás a un zaguero poco competente, terminó involuntariamente donde ahora descansa, probablemente para siempre jamás. Y es famosa la historia de los pelotaris a los que mientras jugaban en el antiguo poblado de Murumendi se les acercó un gentil, les pidió permiso para unirse al juego y, al recibir una negativa, agarró la piedra de saque y la lanzó hacia Aralar. Durante el vuelo la roca se partió en dos; una mitad cayó a los pies de la peña Gaztelu y la otra a los de la peña Alotza, donde quedó interrumpiendo un sendero de pastores. Estos, haciendo gala de un sentido descriptivo que envidiarían muchos articulistas, y también de poca iniciativa a la hora de cambiar el trazado del sendero, encontraron oportuno ponerle el nombre de Saltarri, y con ese nombre es todavía conocida hoy.

Todas estas pruebas empíricas, que aguantarían el análisis del comité científico más repelentemente escrupuloso, dejarían en mal lugar a los incrédulos. Si no están acompañados por testigos que puedan dar fe de un estado de embriaguez que pudiera justificar la insensatez que supone dudar de estas historias, probablemente recibirán un tratamiento de psicoterapia rural que, aunque inicialmente parezca placentera, después de unos días les hará considerar una lobotomía como si fuera una estancia reparadora en un balneario. Chuletones de más de un kilo para desayunar (tres veces), almorzar y cenar. Piscinas enteras rebosantes de natillas, requesón y arroz con leche en su justo punto de consistencia, donde morir ahogado más que un suplicio sería una bendición, aunque no está claro quién sería la autoridad religiosa que la impartiría. Tortillas de patatas cocinadas en unos recipientes específicamente diseñados para la preparación del plato, unas sartenes de una geometría no del todo euclidiana que nadie atribuiría a la casualidad; tortillas que en condiciones de consumo moderadas serían dignas de un Te Deum, pero que en esta inmersión cultural vasca pueden ser la gota que colme el vaso de nuestra salud física y mental. Galones de sidra y txakoli que, por ahorrar tiempo, se pueden consumir embocando directamente la espita del barril, que no deja de verter su contenido ni un solo instante. Sopas de pescado que solo podrían darnos mayor satisfacción si nosotros mismos hubiéramos cazado el kraken o cachalote que forman la base de su caldo, y si lo pedimos es probable que se nos brinde la oportunidad de hacerlo. Lenguados, txangurros, kokotxas, angulas…

En los poco más de treinta kilómetros que separan Usurbil de Zumaia estará completo el tratamiento. Los conspiradores que desde Honshu, Kyushu y Shikoku (pero no Hokkaido) fletan cargueros repletos de contenedores de sake y tofu celebrarán juntas de emergencia en las que el recuerdo de Midway estará muy presente, aunque no será mencionado. La fe del japonés medio en su emperador alcanzará niveles de escepticismo nunca vistos, y en todos los dohyo del país los luchadores de sumo locales serán derrotados sin esfuerzo por sus rivales mongoles e incluso bielorrusos.

Y mientras todo el ciclo vuelve a empezar, porque el enemigo no descansa y una nueva generación de infieles se dispone a entrar cada día en un restaurante japonés del Antiguo, el Viejo o Gros; al salir de Bedua con la plena satisfacción de haber superado la prueba y entablado conocimiento con la Verdad Revelada, nuestro paciente ya recuperado haría bien en dirigirse dando un paseo hasta el centro de Zumaia, y desde allí subir a Arritokieta. La excusa, si es que es necesaria, puede ser la descongestión de las arterias o visitar el cementerio municipal, donde podrá reconocer el apellido de varios difuntos si antes ha tenido la oportunidad de leer cierta revista cultural, que podría o no estar ya olvidada en todas las librerías y bibliotecas públicas y privadas. Pero es un cementerio pequeño, y es muy probable que pase de largo y siga ascendiendo por la angosta carretera que deja a mano derecha la ermita de Santa Clara.

Cuando se dé cuenta de su error, dará la vuelta y llegará a un recodo del camino desde el que el mar, que en esta tierra siempre está presente aunque no se encuentre a la vista, se vuelve a hacer visible. Allí lo verá golpeando siempre con fuerza, unas veces con nobleza y otras a traición, batiendo las olas grandes y pequeñas una vez tras otra, como lo ha hecho desde siempre, desde que los gentiles jugaban a pelota y le arrojaban los restos de los banquetes de sus bodas paganas, desde los días en que nuestros familiares empezaron a habitar el suelo y se mezclaron con el moho, los detritus y los gusanos, solo unos metros por debajo de nosotros, aquí mismo en Arritokieta o a cientos de kilómetros de distancia. Lo verá y lo oirá durante todo el descenso de vuelta al pueblo, y durante todo el viaje de vuelta a casa, sea eso donde sea, y todavía mucho más allá.


Aleister Crowley y las vacaciones en Cefalú

Aleister Crowley cefalú
Aleister Crowley. Foto: Getty.

«Haz lo que quieras», repetía la Bestia aquí y allá a quien lo quisiera escuchar. Es más, añadió una segunda parte al mandamiento para darle a todo el asunto un carácter absoluto, irreversible, burocrático: «Haz lo que quieras será la única ley». Para qué complicarse la vida con más preceptos, con decálogos, con sacramentos, con algún tipo de antiderecho canónico cuyo motto latino bien podría ser Sanctis meis testiculi, cuando todo es mucho más sencillo. ¿Tengo derecho a hacer esto? Sí. Apoyado por la ley y su principio irrefutable, siempre tengo derecho. Por mis santos cojones. Y unos lo llamaron liberalismo y otros Thelema.

Tal y como sabemos desde mucho antes de que apareciera Freud dispuesto a aburrirnos con sus milongas, resulta que lo que quiere hacer todo el mundo es follar. Está descrito bien clarito en la Biblia, versículo aleatorio. Aleister Crowley, el autor de la genialidad ya citada —y es una genialidad porque una vez que sea lo suficientemente conocida y adoptada hará que cualquier estudio de la FAES resulte ser una obviedad— lo sabía muy bien. Cada mañana, después del desayuno, sin apenas tiempo para haber engullido un par de huevos fritos en grasa de carnero y, salvo los viernes, tres salchichas de Warwickshire, su padre reunía en el salón de la casa a la familia, al servicio y a cualquiera que tuviera la mala idea de asomar la cabeza por allí y les hacía leer a cada uno un capítulo de la Biblia en voz alta.

En la sesera del pequeño Alick, como en la de cualquiera que esté bien educado, ya sea en un colegio de curas o no, pronto se empezó a desarrollar una patología con la que hoy en día nos encontramos bien familiarizados, y del mismo modo en que nosotros simpatizamos con malvados legendarios como Tony Soprano, Hannibal Lecter o Freddie Mercury, él muy pronto empezó a animar interiormente al Falso Profeta, la Puta de Babilonia y la Bestia para que en las páginas finales del Apocalipsis triunfaran sobre la fuerzas del bien. Comenzó soñando con un mundo en el que los regalos de Navidad no estuvieran prohibidos por ser un símbolo del paganismo —tal y como pregonaba la Hermandad de Plymouth, una especie de Opus Dei a lo bestia del que era miembro activo su padre— y terminó visualizando escenas en las que la sodomía y el sexo grupal eran un modo de saludo tan natural como entrelazar las manos.

De la idealización pasó a la acción, y dedicó el resto de su vida a reunir en su persona unas cualidades que solamente podrían ser apreciadas en lugares tan acogedores como el infierno, y quizás en alguna convención de la rama más extrema del canibalismo. No es de extrañar que cuando heredó una fortuna que pedía a gritos un modo extravagante de ser dilapidada, el joven Edward Alexander se cambiara el nombre, renegara de Dios, abandonara la Universidad de Cambridge y, a la manera de las comisiones del FMI, se dedicara a recorrer el mundo mientras intentaba por todos los medios cubrirse de vergüenza, para finalmente fundar su propia religión.

El momento era propicio. A finales del siglo XIX y principios del XX las sociedades secretas eran, paradójicamente, muy populares. Era normal que alguien como Crowley, cuyas aficiones eran escalar montañas, escribir mala poesía y jugar al ajedrez —en los círculos más internos de la Universidad de Navarra es inquebrantable el consenso a la hora de definir la simpatía hacia esos pasatiempos como taras de difícil tratamiento— terminara por interesarse en el ocultismo e ingresando en una de esas sociedades. Allí pudo dar rienda suelta a casi todas sus chaladuras, y era feliz conviviendo entre gentes que creían que en alguna cumbre elevada del Himalaya, mediante un proceso que, para acabar de liarlo todo, podríamos considerar una especie de socialismo místico, los JEFES SECRETOS se dedicaban en cuerpo (inmaterial) y alma (también inmaterial, claro) a diseñar el destino del mundo, y que se cambiaban sus nombres de Tom, George y Alfred —o incluso William Butler Yeats— por Vestiga Nulla Restrorsum, Deo Duce Comite Ferro o Causa Scientiae. A Crowley, por novato, calvo y gordito, le dieron el nombre de Perdurabo. Cómo contenían la risa a la hora de pasar lista en sus reuniones es una de las técnicas secretas de control mental más preciadas, y no nos ha llegado entera.

Pero no fue hasta tener una intensa experiencia mística en Estocolmo, que es una manera un tanto rara de decir que un fornido escandinavo lo puso mirando a Katmandú y le hizo descubrir la verdad revelada en forma de sexo anal, que realmente Crowley inició el camino hacia las maravillas de la magia sexual que, si hacemos caso a sus enseñanzas y nos sometemos a sus dictados, pueden poner fin a los sufrimientos tardoadolescentes de tantos y tantos homínidos cargados de energía potencial sexual (con las mochilas cargadas, vaya) y los aún más numerosos seres pacientes que tenemos que soportar sus quejas. Crowley vino para liberarnos a todos.

Mientras viajaba por la costa norte de Sicilia, cerca de Cefalú, Crowley encontró el lugar ideal en el que poner en práctica las enseñanzas que le había dictado durante tres días en El Cairo uno de los Jefes Secretos o un demonio, no hay acuerdo entre los telemitas. En cualquier caso fue un espíritu que se hacía llamar Aiwass. Ese dictado formaba lo que más tarde se conocería como El libro de la ley. Con los últimos restos de su herencia, Crowley compró una casa de una planta en la cima de una montaña y allí se dedicó a practicar los ritos que harían posible encontrar la verdadera voluntad de cada uno.

Aquí, teniendo en cuenta que, como ya tenemos todos bien claro, la voluntad última y universal es follar, y que una de las prácticas más comunes de la abadía del «Haz lo que quieras» para lograr los fines deseados era la magia sexual, encontramos una contradicción que da mucho que pensar y que hace dudar de las capacidades intelectuales de Aiwass. No tuvo importancia, el éxito fue inmediato. En la abadía se jugaba a una especie de fútbol frontón llamado The Game of Thelema, se saludaba al sol todas las mañanas, se decoraban las paredes con pinturas guarras entre las que destacaban, cómo no, los cipotes detalladamente representados, con sus pelillos y sus gotitas, se mantenía una dieta a base de heroína, éter, hachís, cocaína, morfina y brandy, una dieta que haría las delicias de cualquiera que buscara liberarse de lo que fuera, y por supuesto se follaba a todas horas y de todas las maneras posibles e imposibles. Un sueño para las almas inadaptadas de ayer y hoy.

Todo iba como la seda hasta que Frederick Charles Loveday murió allí mismo a causa de una infección de hígado o de una gastroenteritis, probablemente porque aquel lugar, que carecía de electricidad y agua corriente, era lo más parecido a una cochiquera que haya conocido la humanidad. Pero la prensa pronto descubrió que además el joven Charles, bajo las indicaciones de Crowley y buscando un vicesecretariado en algún ministerio, había sacrificado un gato y se había bebido pinta y media de su sangre sin hacerle muchos ascos. De algún modo la historia llegó a oídos de Mussolini que, como sabemos, era poco amigo de las libertades, y la abadía fue cerrada. Crowley volvió a Inglaterra, donde en 1947 aparentemente moriría para en realidad transfigurarse en Iggy Pop, David Bowie o Glenn Close. No está claro, pues las fechas de nacimiento de todos ellos son adecuadas, pero la última opción es la preferida por los telemitas más obscenos.

Es un secreto a voces que hoy en día abundan las agencias de viajes que tienen paquetes turísticos que incluyen estancias en una resucitada abadía de Thelema, aunque no figuren en sus catálogos ni en sus páginas web. Acudan a una agencia, apóyense en el mostrador más cercano, murmuren «paciencia y saliva» y observen lo que pasa. Habrá quien ya esté planeando sus vacaciones en Cefalú; no serán pocos los adeptos de todas las edades que ya estén atiborrando sus maletas con las obras completas de Brandon Sanderson, con sus copias manoseadas de la caja roja de D&D, con sus camisetas XXXL, en varias tonalidades del azul oscuro, negro y magenta, en que se representa la silueta de un lobo aullando sobre una luna llena o la cara de un husky siberiano. Meted también un par de discos de Mike Oldfield, que no se os olvide. Y las Converse Magic Johnson. Infelices. Todos llegáis a la abadía del «Haz lo que quieras» con la promesa de lograr vuestros deseos. Así que ponte esta túnica. Fuma un poco de esto y bébete aquello. Es café, relaja los esfínteres. Adopta la posición del lobo. El culo más en pompa. Más. Más. No cierres los ojos, y mucho menos la boca. Y ahora recuerda la única ley y dime qué viene a continuación.


Pickelhaube, mon amour

Oficiales alemanes, 1901. Fotografía: Corbis.

Paul von Hase fue el gobernador militar de Berlín durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial. Un carguito nada trivial que, a pesar de todo, desde al menos 1938, no le impidió conspirar y conspirar para derrocar a su principal empleador. Es bien conocido que entre cierta aristocracia alemana se consideraba poco menos que un castigo muy obsceno el tener que rendir cuentas ante un cabo austriaco. Es algo muy comprensible en una clase social que tenía por costumbre, al cumplir sus pequeños principitos la tierna edad de doce años, año arriba, año abajo, cascarles un monóculo y mandarlos a batirse en duelo por algún asunto importante —como mofarse del color melocotón de unas medias masculinas— para buscar la serie de cicatrices perfecta que les sirviera de salvoconducto hacia las altas esferas del poder alemán. Generalmente nada tenía que ver en esta inquina hacia Hitler el odio al judío que profesaban este mequetrefe y sus camisas pardas y después negras, ni sus ansias por expandir el espacio vital alemán a costa de cientos de miles de vidas consideradas infrahumanas. Ni Treblinka, ni Mein Kampf, ni leches. Un cabo, un rango que no llega ni a la categoría de suboficial, un mendigo, un advenedizo, gritando y escupiendo órdenes a mariscales de apellido compuesto. El fin de Alemania.

El padre de Von Hase fue médico de la corte de Guillermo II. Su abuelo dedicó su vida a predicar la fe luterana y a ejercer como historiador en una época en que aún era una profesión respetada, pues significaba que podías dedicar tu vida a leer libros y escribir sobre batallas mientras tu sustento dependía de las rentas que tuvieras a bien o a mal cobrar de los arrendatarios que ocuparan tus fincas, ninguna menor que muchas provincias españolas y algunas que se podrían presentar sin rastro de pudor como pequeños virreinatos. Así que con estos ancestros, a Paul no le quedaba más remedio que ponerse muy colorado, casi negro de ira, cada vez que oía hablar de Hitler, y no pudo evitar idear planes locos para, preferentemente, volarlo por los aires en pedazos de dimensiones epsilónicas. Como si Dios existe desde luego tiene muy mala leche, Hitler salió ileso cuando en julio de 1944 le colocaron una bomba literalmente debajo del culo. Y Von Hase, una noche que estaba cenando con Goebbels, fue detenido, juzgado por el tristemente famoso Tribunal del Pueblo del juez Roland Freisler, y ahorcado el 8 de agosto de ese mismo año. Injusticia exprés.

Antes de volver a la historia de la familia Von Hase, que es significativa para mostrar los grados de insania que la fidelidad a Hitler llegó a alcanzar, resaltemos el cómico final de la vida de Roland Freisler. A veces el buen Dios sí tiene gracia. El 3 de febrero de 1945, seis meses después de condenar a la horca a Von Hase, Freisler dictaba sentencia contra el teniente Fabian von Schlabrendorff, otro implicado en el complot de julio. «Le mandaría directo al infierno», le espetó Freisler, a lo que el teniente contestó: «con gusto le cedo el paso a usted primero». Y antes de que terminara la vista una bomba aliada cayó sobre la sala, y bajo una columna de granito derrumbada el teniente Von Schlabrendorff vio asomar la mano inerte del juez Freisler, que aún sostenía su expediente. Fabian von Schlabrendorff fallecería en 1980 a los setenta y tres años de edad.

Retomemos la saga Von Hase. El hijo de Paul, muy apropiadamente llamado Karl-Günther, tuvo que volver del frente italiano para probar su inocencia. Consiguió demostrarla, pero fue expulsado del Estado Mayor en enero de 1945 y enviado a combatir a un lugar de Pomerania Oriental llamado Schneidemuhl, donde sus probabilidades de sobrevivir a un Ejército Rojo cuyos efectivos solo se podían calcular empleando la notación exponencial rozaban, según todos los cálculos, incluidos los más fanáticamente nazis, el cero absoluto. Aun así, a pesar de su situación familiar, dentro de su cabezota germana no se planteó ningún tipo de dilema y siguió combatiendo «porque yo era un profesional y era mi deber». Parece que habla de meterle un gol a un equipo de fútbol del que formó parte en el pasado, y no de servir a las órdenes de quien colgó a su padre del cuello hasta morir.

Karl-Günther tuvo suerte. Antes de caer en manos de los soviéticos mandó un mensaje por radio pidiendo contraer matrimonio por poderes con su prometida Renata, que en esos momentos no daba abasto recomponiendo cuerpos nazis en un hospital de Turingia. Un hombre como Thor manda, sí señor. Así que Renata acudió al registro civil y contrajo matrimonio con un casco de acero que, según le indicaron, representaba al novio. Posó la mano encima, suponemos que aliviada porque la pica que hasta 1916 coronaba el Pickelhaube ya fuera un recuerdo del pasado, y juró fidelidad y etcétera hasta que la muerte los separara, una fecha que, en lo que concernía a Karl-Günther, parecía bastante cercana. El joven militar, sin embargo, no tuvo manera de enterarse de que el proceso había llegado a buen fin. Cuando sus captores le preguntaron si estaba casado, Karl-Günther contestó: «No lo sé». Ignoramos cómo le habría ido la vida a la joven enfermera Renata de haberse tomado al pie de la letra su matrimonio y compartido cama solo con un yelmo metálico porque, ¡oh, milagro!, Karl-Günther volvió de su cautiverio con vida, como sospechará cualquiera que haya estado atento a las comillas que resaltan la literalidad de las frases anteriormente citadas. Al oír en su celda de la prisión moscovita de Butikri el sonido de los fuegos artificiales que hacían de banda sonora a los sonoros «¡¡Hitler kaputt!!» de sus guardias, metió la cabeza entre sus brazos y rompió a sollozar.

El ansia de salir de dudas respecto a su estado civil quizás fue lo único que lo mantuvo apartado de unas ideas suicidas que, a pesar de no formar parte de la tradición militar alemana —son raros los suicidios cometidos tras la derrota de 1918, por ejemplo— abundaron entre las mentes castrenses de los más altos niveles de la cadena de mando. Algunos encontraron excusas de lo más peregrinas para levantarse la tapa de los sesos. El general Hesleni, al mando del 3.er ejército húngaro, dejó escrito en su nota de suicidio: «Me quito la vida por razones de salud: un estómago como el mío no sobreviviría al cautiverio».

Mientras tanto, al otro lado del canal de la Mancha, volvía el buen humor entre quien se lo pudiera permitir. Es decir, entre la alta sociedad. En una de las primeras bodas de postín celebradas tras el fin de la guerra, Henry Channon, que como miembro del Parlamento era conocido como Chips, un apodo que se consideraba simpático o ridículo según las fidelidades que se le profesaran al diputado, intentaba competir en ingenio con Emerald Cunard, la famosa socialite, amiga de Wallis Simpson, y —se sospechaba— amante del novelista George Moore y del director de orquesta sir Thomas Beecham. Señaló a los invitados bien encopetados, cargados de joyas y otros complementos no menos preclaros, y dijo:

—Bueno… Por esto es por lo que hemos luchado.

Y ella respondió: —¡No me diga que todos estos son polacos!


Gran Bretaña nos hizo así

The Benny Hill Show, 1986. Fotografía: Cordon Press.

Siempre hemos sentido recelo hacia todo lo británico. Quizás la única excepción sea la práctica del fútbol, que acogimos con entusiasmo en los últimos años del siglo XIX, justo cuando los penúltimos restos del Imperio español arrastraban a toda su población a un estado de melancolía, pesimismo e introversión del que aún no hemos salido del todo, y puede que no lo hagamos jamás. Y aunque el ímpetu con el que la marinería y parte de la oficialidad de los cargueros procedentes de Southampton y Plymouth, e incluso hay quien dice que de más allá de las Órcadas y las Shetland, no tuvo muchos escollos que salvar a la hora de montar pachangas en las playas de Guetxo o Punta Umbría, no es difícil imaginar las acusaciones de delitos de lesa patria que en aquel entonces se cruzaron comunidades enteras de vecinos hasta entonces bien avenidos de las márgenes más industrializadas del Nervión y el Río Tinto.

Porque al español le gusta presumir de ser el rey de la festa, pero realmente la vida social en España, la vida social en este país, como al parecer es preceptivo decir ahora, quizás para mantener una ambigüedad respecto a quién debe uno rendir cuentas que puede ser muy útil en alguna situación de la que no estamos plenamente seguros, pero que intuimos que está a la vuelta de la esquina —y este es un ejemplo de esa introversión a la que se hacía referencia y que en principio parece tan poco característica de nuestro élan vital— la expresión de alegría popular que tanto asociamos a lo más característico de sea lo que sea España, no deja de ser un lamento prolongado al que unas veces damos salida en forma de saeta y muchas otras de golpe de Estado. Y en las demás ocasiones, en todas esas situaciones en que tratamos de disimularlo, simplemente refleja una alegría terriblemente triste y hueca.

Para curarnos de nuestros males echamos mano de los británicos. Nuestros amigos los ingleses, pues ya sabemos que la auténtica identidad nacional es tener un equipo de fútbol que te represente, y esa es toda la geografía que necesitamos, son pomposos, engreídos y cargantes. Su humor es negro, mustio y atribulado; beben la cerveza caliente y untan con salsa de menta las chuletas de cordero, cerdo, pato y otros animales, de granja o no, cuya clasificación taxonómica levanta disputas aparentemente irreconciliables, muchas veces de carácter violento, en oscuras publicaciones especializadas a las que nadie confiesa estar suscrito, pero que todos han leído. Los adolescentes que pasan unos meses de verano en las ciudades costeras de East Sussex y Kent regresan con sombrías historias de incursiones nocturnas a la cocina en busca de alimento, y detallan los elaborados planes necesarios para llevarlas a cabo, no siempre a buen fin, y al contarlas les brillan los ojos y se les queda la boca seca. Hablan de restricciones a la hora de usar la ducha y otros servicios imprescindibles para mantener los estándares civilizados de higiene personal; describen, con una precisión técnica que hace temblar al oyente de temperamento más impasible, candados, cerraduras, seguros, pasadores y, en ciertos casos, dispositivos de seguridad electrónica aplicados a cada uno de los electrodomésticos que en cualquier hogar normal serían de uso diario. Buscan los rayos del sol y los absorben siguiendo un proceso fotosintético no del todo explicado, pero que les hace derramar lágrimas de gratitud. Tiemblan al oír la palabra sándwich, aunque sea de lejos.

Todo esto es cierto. En muchos aspectos Gran Bretaña es un lugar terrible, y es difícil no pensar en tasas de suicidio y casos de demencia colectiva cuando se pasea al anochecer por la calle principal de cualquier ciudad de un tamaño respetable, buscando una cena reconfortante y un poco de compañía. Los que gocen de una sensibilidad especial no podrán evitar iniciar una conversación sobre vampirismo y hombres lobo. Pero no todas las acusaciones son justas, especialmente aquellas que tratan sobre la gastronomía británica y sobre su peculiar sentido del humor. La comida británica está muy cerca de constituir una categoría del horror por sí misma, más cercana al splatter y al torture porn que al terror clásico, y no son descabelladas las hipótesis que sostienen, apoyadas en sólidas bases documentales, que el verdadero propósito de la Armada Invencible era evitar mediante la conquista de Inglaterra la expansión por todo el orbe de la costumbre de impregnar cualquier alimento con salsa Perrins; pero esa indigencia culinaria tan querida por los súbditos de su majestad, de la única majestad que queda en el mundo, es fruto de una actitud meditada y tiene sus compensaciones.

Mientras allí no pasaban de desarrollar distintas variaciones del pastel de carne que en 1877 desembocarían en esa oda a la tosquedad que es el shepherd’s pie, que junto al deleznable foater australiano constituye uno de los más auténticos iconos del mal gusto que solo los antigurmetitas convenientemente titulados sabrían apreciar, en España alcanzábamos cotas tan excelsas como la almohada de aceite de oliva con sorbete de agua de tomate o el crujiente andaluz de algas. Un somero ejercicio de gestión de recursos donde el objeto de estudio sea la limitada cantidad de energía intelectual de la que es depositaria cualquier sociedad, y cuya unidad de medida aún está por definir, nos indicaría sin dar lugar a error que el tiempo empleado en inventar o descubrir la máquina de vapor, el radar, la insulina, el protón y el neutrón, la penicilina, el acero inoxidable y otros artilugios más mundanos pero no menos útiles como el retrete, la tostadora, las cerillas, el cepillo de dientes y (postrémonos) el tweed; que el esfuerzo dedicado a desarrollar distintas corrientes filosóficas de no poca importancia como el nominalismo, el empirismo y, si lo podemos considerar así sin traicionar ningún principio fundacional de la idea Juche, el capitalismo; todo el sacrificio necesario para conseguir esos logros y algunos daños colaterales de nefasto efecto como el brit pop, es exactamente el mismo, medido hasta al menos la décima posición decimal, que el invertido para lograr esferificar una aceituna y cocinar un aire de melón.

Hubo un tiempo, a finales de los años setenta, unos años en los que España aún se debatía entre el bien y el mal, en el que pudimos aferrarnos a las series de humor británico para tomar la senda correcta. Eran series de un humor sencillo, inocente, algo ramplón, que aquí enseguida la autoridad competente se encargó de sabotear, ya sea esgrimiendo atentados a unos principios morales que impedían que un hombre, que además se fingía homosexual, compartiera piso con dos mujeres —es difícil olvidar que ese era el único motivo por el que Un hombre en casa estaba calificada con dos rombos—, ya en aras de un curioso concepto del feminismo según el cual el bueno de Benny Hill, de quien quizás lo más patológicamente siniestro que se puede decir es que profesaba un amor enfermizo por su santa madre, atentaba contra la dignidad de la mujer por tener una irrefrenable, divertida y a duras penas salaz querencia por correr detrás de señoras en paños menores. Después llegaron las Mamachicho, Pepelu, el doctor House y el humor inteligente.

En un sketch de El show de Benny Hill aparecen bien alineados una serie de personajes, siete hombres y una mujer, vestidos de uniforme marinero infantil azul celeste, formando un coro estrambótico que, bajo la dirección del mismo Benny, que previamente da la clave golpeando y colocando el diapasón sobre la mítica calva de Jackie Wright, se dispone a representar una particular versión a capela de la «Marcha Turca» de Mozart. Llegado cierto momento de la actuación, tres de los hombres se adelantan, se arrodillan y se descubren la cabeza para que Benny Hill pueda interpretar el famoso rondó golpeando con unas baquetas las calvorotas de sus compañeros, como si fueran una suerte de xilofón alopécico. Cuando llegue el día en que semejante escena nos arranque unas carcajadas con las que cualquier sitcom de producción nacional, presente o pasada, solo sea capaz de soñar, ya estaremos listos para salir de esta miseria moral. Entonces nos compraremos un bulldog, le pondremos un nombre compuesto y lo declararemos nuestro heredero. Fumaremos en pipa, tomaremos el té con pastas de relleno inefable, el pipermín servirá, y discutiremos amigablemente sobre el mejor modo de abonar las petunias. Y por fin desterraremos las bermudas, las chanclas y otros atentados sartoriales para ir adecuadamente vestidos cada amanecer, cuando salgamos del jardín de nuestra minúscula casita adosada después de haber dado cuenta de un desayuno a base de scones y porridge, con el paso firme de quien se sabe capaz de someter al mundo, con seguridad y aplomo, sin reminiscencias de lo peor de nuestro pasado y luciendo en la corbata un nudo Windsor del que hasta la mismísima Inglaterra esté orgullosa.


Un himno para la URSS

Plano de detalle para construir una bandera de la Unión Soviética.

Ya estamos en la primavera de 1943; han pasado los peores momentos del asedio nazi, los días y después las semanas que pasé encerrado en una dacha de las afueras de Moscú, sin apenas dormir, sin apenas comer, esperando que en cualquier momento mis camaradas —ese perro de presa, ese tonto útil, esa alimaña sin escrúpulos; Jruschev, Voroshílov, Molotov— hicieran acto de presencia para relevarme del cargo, de mi misión como padrecito de los pueblos. Ya hemos dejado atrás los lentos meses transcurridos entre el momento en que esas ratas bubónicas, esos taimados hijos de puta, cruzaron todos y cada uno de los puestos fronterizos entre el mar Báltico y el mar Negro; arrasando ciudades, cercando ejércitos, aniquilando poblaciones enteras y enterrándolas en el fondo de un barranco, a veces ahorrándose el tiro de gracia. Y ahora que no ha caído Stalingrado, ahora que hemos capturado a un mariscal alemán que terminará sus días como funcionario en algún ministerio gris de la futura RDA —contabilizando tonelajes de cosechas que nunca existieron, clasificando datos que nadie necesitará jamás, recordando ese momento en el que se dio cuenta de que el movimiento de pinza se había cerrado y tenía que decidir entre entregarse o pegarse un tiro en la boca, quizás en la sien, quizás en su pútrido corazón nacionalsocialista—, es sin duda el momento apropiado, digo yo, Stalin, mariscal de la URSS y muchas cosas más que me iré inventando sobre la marcha, de darle al pueblo un himno acorde a los tiempos que corren.

Ay, ay, Iósif Vissariónovich; ay, ay, camarada Stalin; calle, calle y déjeme seguir a mí. Total, mire, está usted muerto. Lleva muerto y embalsamado más de sesenta años; así que calma, silencio y déjeme explicarles por qué la Internacional, con su verso anunciando el fin de la opresión, con su aire de esperanza y de unión de la clase trabajadora, con sus melindrosas evocaciones típicas de todo poema que haya salido de Francia, esa cuna de la pequeña burguesía, ya no es el himno apropiado para esta superpotencia que todos adivinamos; para esta acción política que pasará por encima de todas las convenciones y reescribirá el marxismo, el leninismo y lo que se nos ponga por delante. Necesitamos un nuevo himno.

Así que convocamos un concurso. Somos democráticos. Somos justos. Llegan poemas de todas partes de la Unión. Los mejores poetas soviéticos, cientos —¡miles!—, envían sus propuestas. Demian Bedny. Mikhail Isakovsky. Nikolai Tikhonov. Mikhail Svetlov, Yevgueni Dolmatovsky. Falta Pasternak; aún tiene miedo aunque, en cierta ocasión, cuando te propusieron detenerlo, arrestarlo en mitad de una noche de febrero, de abril, de octubre, no importa cuándo exactamente, contestaste despectivo: «Ah, Pasternak… dejadlo. Total, está en las nubes». Lees atentamente todas las propuestas, anotas y subrayas con tu lápiz rojo y azul. Finalmente seleccionas la letra compuesta por dos jóvenes poetas, el ruso Sergei Mikhalkov y el armenio Gabriel Ureklyan, quien, siguiendo una tendencia que todo buen bolchevique y todo aprendiz de literato no duda en adoptar, firma sus trabajos con un seudónimo; es ese poetastro que se hace llamar El-Registan. Es una buena canción; un «acorazado» —son tus palabras— que hace mención a la gran Rusia, a Lenin, a ti mismo, Stalin, y a la elección del pueblo. Tachas esto último con tu temido lápiz bicolor. A ver, qué coño, si ni siquiera has sido candidato en una sola elección. Nunca, jamás, en la vida o en la muerte que la siga. Y, ya puestos, suprimamos también esta palabreja, griadushchee (futuro), pues es poco probable que los campesinos la entiendan. Así sea. Tachada. Ahora que le pongan música.

Lo mejor, lo más apropiado, es que en este otoño moscovita, año de 1943, año 26 después de la revolución, utilicemos el gran teatro, el Bolshoi, levantado en 1856 para mayor gloria del imperio zarista, como escenario para la ronda final del concurso. Cada himno se representará tres veces —primero, cantado por el Coro del Ejército Rojo bajo la dirección de tu compositor favorito, Alexander Alexandrov; después, por la orquesta del mismo teatro, y, finalmente, por el coro y la orquesta al unísono— mientras tú observas y decides. Los compositores también asisten. Prokofiev, Shostakovich, Khachaturian, lo más ilustre de la música universal. Mirad, ¡si es Aram Khachaturian, el tipo de la danza del sable que más tarde utilizarán Billy Wilder en su comedia subversiva —tanto para nosotros como para ellos, parasitarias sanguijuelas capitalistas— Uno, dos, tres y los hermanos Coen en El gran salto! Sí, la escena del hula hoop.

Bien, ahí están sentados Shostakovich y Khachaturian; cada uno ha compuesto varias versiones; incluso han escrito una al alimón por expreso deseo del padrecito, del Vozhd, por expreso deseo tuyo, fiel creyente en los frutos del trabajo en equipo y, aunque se supone que las representaciones son anónimas, distingues sus trabajos al instante. Son los mejores. Les das un diez; no te importa reconocer el genio de Dmitri Shostakovich, el autor de la ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, que crucificaste en un editorial del Pravda titulado «Ruido en lugar de música» hace ya siete años, y que a partir de entonces se vio sumido en la desgracia, buscando la redención mediante burdas composiciones dedicadas a los planes quinquenales y a la reforestación de los bosques. Componiendo canciones para películas propagandísticas que narran, con notable habilidad dadas las circunstancias y las consignas del realismo socialista, los avatares de la construcción de una central hidroeléctrica en el sur de Kazajistán o el norte de Letonia. Ahí está, sentadito con los pies juntos, amedrentado, acojonado, pensando —como más tarde le confesará a un amigo— que «ojalá escojan mi himno; quizás sea una garantía para que no me arresten nunca». Dan ganas de aplastarlos bajo tu bota caucasiana.

Cuántas noches disfrutaste en el Bolshoi, ¡oh, Stalin, oh, musa del socialismo! No te perdías un estreno. Antes de la representación, tu guardia personal registraba todos los rincones del teatro; el escenario, el proscenio, las candilejas, los camerinos de las estrellas, que los veían pasar, amenazantes pero sin decir una palabra, mientras se maquillaban, mientras hacían gorgoritos o repasaban esas líneas del recitativo que jamás lograban entonar como al alcoholizado Músorgski le habría gustado. En cierta ocasión, durante una representación de La dama de picas de Chaikovski, una ópera que conocías muy bien, un tenor atemorizado por la presencia del líder allá arriba, en el palco «A» justo encima del foso —nunca en el palco central, el que en sus días usaron los zares—, falló una nota. Una sola nota, quizás una corchea, quizás una redonda; este detalle no quedó registrado en ninguna parte. Hiciste que se presentara ante ti el director del teatro; el pueblo soviético necesita una explicación. El pobre diablo entró en el palco haciendo una reverencia que solo las espaldas mejor entrenadas para hacer números de contorsionismo en los circos orientales más despiadados podrían soportar. «Dígame, ¿cómo le han podido dar el papel a ese inútil, a ese despojo, a ese saboteador?¿Tiene algún título?». «Es Artista del Pueblo por orden suya, camarada Stalin». Piensas. Meneas la cabeza, negando con paciencia. «En verdad tenemos un pueblo muy generoso…».

Otras veces, aburrido, hacías llamar al bajo Maxim Mikhailov; hacías que se presentara en tu despacho a medianoche y le saludabas. «Qué tal, Maxim, sentémonos y charlemos un rato». Abrías una botella de vino georgiano y empezabas a trabajar. Firmabas sentencias de muerte, anotando a continuación de cada nombre las iniciales VMN —máxima medida punitiva— o Vyshka. Velabas por la integridad de los mandamientos de Lenin. Destapabas conspiraciones, deportabas etnias enteras, industrializabas regiones atrasadas; todo ese desvelo por la patria mientras Mikhailov, sentado, en silencio, esperaba. Y ya al amanecer, aún insomne, te despedías de él sin haber cruzado una sola palabra. «Gracias, Maxim. Ha sido una charla muy instructiva». En otra ocasión, durante una recepción del Politburó, los camaradas empezaron a abusar de la debida diligencia del camarada Mikhailov. «Cante esto, camarada; cante lo otro, camarada». «Camaradas, camaradas», dijiste, «dejen tranquilo al compañero Mikhailov. Déjenlo en paz, que cante lo que quiera… Y lo que quiere cantar es el aria de Boris de Boris Godunov».

Hoy, en la final de este concurso que nos dará un himno inmortal, ya has tomado una decisión. Llámenlos, llámenlos, que vengan, que vengan; que suban al antepalco de cortinajes rojos como el alma de Lenin. Qué dice, hereje, menchevique, a qué viene mencionar el alma, seamos buenos materialistas. Pero que suban ya; el Vozhd les quiere comunicar su veredicto. Entran, y Shostakovich, haciendo gala de su prodigiosa memoria y de unas no menos asombrosas dotes de adulación, saluda a cada miembro del Politburó por su nombre y patronímico. «Hola, Iosif Vissarionovich; hola, Vyacheslav Mikhailovich; hola Kliment Efrenovich; hola, Anastas Ivanovich; hola, Nikita Sergeyevich». Bien, muy bien, eso está bien. Pues «no queremos un pueblo timorato, pero tampoco nos gusta un pueblo grosero». Sin embargo, amigos compositores de ese mismo pueblo, camarada Shostakovich, camarada Khachaturian, aunque su música es muy buena, resulta que un himno nacional, por encima de todo, ha de ser fácil de recordar y placentero de cantar. Y esos propósitos los cumple mucho mejor, siento decirlo —aunque probablemente no lo sienta en absoluto— el solemne Himno del Partido Bolchevique, compuesto antes de la Gran Guerra Patriótica por el mismo Alexander Alexandrov, aquí presente y dirigiendo el coro del Ejército Rojo con más habilidad que sentimiento. «Así que, camaradas, creo que debemos quedarnos con la composición de Alexandrov. En cuanto a Shostakovich…».

Y aquí hiciste una pausa, una pausa calculada y lo bastante prolongada como para fijar en este ya no tan joven músico todo el terror de tus ojos amarillos, haciéndole saber que recuerdas quién es, qué hizo en el pasado; que no consideras que su deuda haya sido saldada. Inyectándole en su mente metronómica pero creativa el pensamiento que años más tarde, ya a salvo, con tu cadáver momificado en la plaza Roja, recordará haber soportado como una losa del Kremlin, como un encofrado del canal del mar Blanco, como un pilar del jamás erigido Palacio de los Soviets. «En ese momento pensé que diría: “en cuanto a Shostakovich, llévenselo al patio y péguenle un tiro”». Jaja. Cómo te divertía jugar con estos artistas; con los narradores, con los poetas, con los músicos. Juega, juega; el tiempo pasa en balde. «En cuanto a Shostakovich… creo que le debemos agradecer el esfuerzo». Les das la espalda y, aunque no seas un dios, aunque no seas un profeta al que viene a recoger un carro de fuego, una hoz y un martillo de fuego, chasqueas los dedos y te desvaneces. Y el primer día de enero de 1944, en todas las radios de la Unión suena el himno que has decidido darle a este pueblo que tan pocos méritos ha hecho para merecerte.


Decidle a Dolly que aún la quiero

Richard Wagner, París, 1861. Fotografía: Pierre Petit (DP).

A mediados del mes de julio del año de nuestro Señor de 1839 —y nadie pone en duda que ese año y todos los demás de este mundo sean al mismo tiempo propiedad de otros amos menos piadosos (1)Richard Wagner, quien pocos años después llegaría a ser un famoso compositor y modelo de ególatras de todas las épocas, incluso de las ya dejadas muy atrás por la historia, pero que de momento no pasaba de ser un deudor con mucho morro y muy solicitado por un batiburrillo de acreedores lo bastante aglutinador como para que le resultara imposible encontrar cobijo en ningún bosque, páramo o lodazal de Letonia y cada una de sus naciones vecinas, que por aquel entonces formaban parte del Imperio ruso, cargaba todas sus propiedades en la posta que cubría el solicitadísimo servicio Mitau-Tilsit y empezaba de este modo un viaje con destino a París y escala en Londres que, dada su especial sensibilidad de poeta germano y la consecuente debilidad por las historias truculentas en las que, por ejemplo, un héroe cualquiera se cepilla con todo conocimiento de causa a una señora muy gorda que es al mismo tiempo su madre y abuela y padrino y Bonnie, el setter irlandés que Odín se trajo de recuerdo al Walhalla al volver de una expedición a las costas de Cork, y que podría ser macho o hembra, ya que estamos tanto da; dado su espíritu de artista total, podríamos decir, todo este éxodo terminaría por cristalizarse en una ópera que, según todos los puristas y estudiosos de la cuestión (2), inauguraría el canon wagneriano. Es más, lo fijaría para siempre sin que nadie se atreviera a manipularlo jamás, ya fuera en un sentido o en otro. Al parecer, entre vómito y vómito, en algún punto del estrecho de Skagerrak (3), el músico y gorrón profesional divisó alguna variante del buque fantasma.

Las propiedades del joven Wagner están minuciosamente inventariadas en sus memorias. Candelabros, vajilla, partituras y ropa interior. También una mujer legalmente casada con él y un perro, Robber, que sin comerlo ni beberlo se había unido a la pareja poco antes de llegar a Mitau (Letonia; actualmente se hace llamar Jelgava). Un terranova negro de un tamaño lo bastante grande como para que a muchos cazadores locales, incluso a los más experimentados, les sirviera como una excusa creíble si llegado el caso lo confundieran con un grizzly adulto que, sin embargo, nadie esperaría encontrar cerca de las provincias bálticas. A estas latitudes había llegado el joven Richard para dirigir el teatro de Riga. Le acompañaba su casquivana esposa Minna, una cantante de ópera que tras dos años escasos de matrimonio se hartó de la vida nómada que hasta entonces habían llevado y dejó plantado a Wagner para así poder compartir a conciencia techo y lecho con otro hombre. Quizás echaba de menos a Robber, y unos meses más tarde Minna volvió al lado de Richard a pesar de que había vencido su contrato con el teatro y de que los protestos de las letras deslizados bajo la puerta de chez Wagner alcanzaban una frecuencia diaria que escandalizaría a los consejeros delegados de las cajas de ahorros más golfas.

Viéndose sin trabajo, endeudado hasta la boina y con mujer y perrazo a su cargo, Richard siguió el consejo de su amigo Abraham Möller y puso pies en polvorosa, dejando con un palmo de narices a más o menos todo súbdito del Imperio ruso que en algún momento de su vida había puesto un pie al norte de Minsk. Como las autoridades rusas le habían retirado el pasaporte en un acto de ingenuidad burocrática, los Wagner se vieron obligados a pasar la frontera de matute. Nada más cargar sus kilos de ropa interior en la posta con destino a Tilsit (Rusia, actualmente Sovetsk), empezaron los problemas. Como es natural el resto del pasaje se negó a compartir asiento con un animal de clasificación taxonómica nada clara, y el pobre Robber, bajo el sol subártico de julio, a punto estuvo de entonar un aria trágica final mientras galopaba detrás del carruaje. Aunque la fama de la simpatía rusa ha alcanzado todos los rincones del globo y sea mundialmente reconocida (4), en algún momento alguien tuvo un reblandecimiento del corazón temporal que los Wagner aprovecharon para meter presión al resto de viajeros, y finalmente el animal pudo acomodarse a duras penas a los pies de sus amos y de una serie de desconocidos que, cargados de razón, dirigían hacia nuestros fugitivos miradas de reproche e incluso alguna de odio mal disimulado.

De esta guisa atravesaron toda Curlandia y llegaron a las afueras de Königsberg donde, como a nadie a estas alturas del relato le sorprenderá, Wagner no podía poner un solo dedo del pie sin terminar con sus huesos en la cárcel o, quizás sea más realista reconocerlo, formar parte central de alguna esas formas de entretenimiento en las que los acreedores ridiculizan al deudor aplicando imaginativos castigos a cualquier parte de su cuerpo que llame la atención del ojo del vecino sádico que habita en todo pueblo o ciudad, ya sea civilizada o no. Tuvieron que esperar en las afueras a que el mencionado Möller les consiguiera un pasaje de Pillau a Londres. Días después, transitando por caminos secundarios, el carruaje de Möller volcó y Richard dio con sus huesos en un estercolero, una escena que desgraciadamente no hemos visto reflejada en ninguno de sus dramas musicales. De un modo u otro, siempre a duras penas y con el perro a cuestas, atravesaron de noche la frontera custodiada por puestos de cosacos cada mil metros, todos ellos no solamente con órdenes sino deseando disparar hacia territorio prusiano tan lejos como sus armas alcanzaran. Una vez llegaron a Pillau, y de nuevo esquivando a la guardia del puerto, embarcaron a bordo de un velero que alguien sin muchas ganas de ser original bautizó como Tetis.

Todos los detalles de la travesía Pillau-Londres del Tetis están bien contrastados. Aparte de Mein Leben, la autobiografía que Wagner décadas más tarde le dictaría a Cósima —la hija de Liszt con la que finalmente se casó después de levantársela al que entonces era su marido, Hans von Bülow, a su vez director en muchos de los estrenos de sus mejores óperas—, quien experimente un ansia de investigación que ya no se podría considerar escrupulosidad sino monomanía, podrá consultar los registros del armador Jakob P. Liedke, a la sazón propietario del Tetis, que curiosamente corroboran todos los detalles que recordaría Wagner treinta años después. El capitán se llamaba R. Wulff. La dotación la completaban otros seis marineros, de los que solo recuerda el nombre de uno, pues cuenta que un tal Koske se tomó muy a pecho una deuda de honor que solamente podía ser saldada haciéndole la vida imposible al pobre Robber durante toda la travesía. Más detalles: la nave medía veinticinco metros de eslora, tenía dos palos —y aquí no nos enredaremos con toda clase de nombres técnicos que, seamos francos, solo pueden interesar a aquellos que duermen conservados en formol— y pesaba ciento veinte toneladas. Tentando a algo que únicamente los ateos pueden considerar suerte, la nave partió en viernes, cuando todo el mundo sabe que es un día maldito para emprender viaje por ser aquel en el que asesinaron a nuestro Señor. Así que una travesía que en principio iba a durar ocho días se alargó hasta las tres semanas, durante las cuales Wagner, según ya hemos contado, tuvo la seguridad de avistar el famoso buque fantasma y la no menos intensa certeza de que su última hora había llegado. Y por tanto le pidió a Minna que ataran sus cuerpos con unos pañuelos para de este modo, llegado el caso, acudir juntos a visitar a la verdadera Tetis. La nave epónima, por su parte, perdió el mascarón de proa durante este viaje —dejamos que el lector adivine la figura representada, pues confiamos en su agudeza y culturilla general— y naufragó en el mar del Norte nueve años más tarde sin que Wagner tuviera noticias de este desenlace.

La ópera que esta aventura inspiró a Wagner —Der Fliegende Holländer— está basada en una leyenda marinera que data del siglo XVII y que todo el mundo conoce. A su vez el drama musical wagneriano contiene elementos sobrenaturales, es verdad, pero también una moraleja sobre la redención mediante el amor, incluido un suicidio y una ascensión a los cielos, que les pondría los pelos de punta incluso a los miembros numerarios más retrógrados del Opus Dei. Los orígenes de la leyenda son bastante más prosaicos. Según parece, allá por 1678, un tal Bernard Fokke (5) fue capaz de cubrir la distancia entre Ámsterdam (Holanda o Países Bajos, según se prefiera) y Batavia (entonces Indias Holandesas, hoy Jakarta, en la isla de Java, Indonesia) en tres meses y cuatro días. Otras fuentes lo cuantifican en tres meses y diez días. Da igual; para cualquier sabio de la época estaba demostrado que Fokke había pactado con el Diablo y la imaginación marinera y las horas de calma chicha hicieron el resto.

Hay versiones para todos los gustos sobre el origen de la maldición. Unos aseguran que a bordo del buque se cometió algún crimen horrible, y la esencia del horror en un barco del siglo XVII que se pasa tres meses sin arrimarse a tierra firme es demasiado poderosa como para adentrarse en especulaciones. Otros aseguran que el capitán del buque fantasma vendió su alma al diablo a cambio de alcanzar velocidades inimaginables para la época. Al enterarse el buen Dios de las cláusulas de este intercambio, le condenó a vagar durante toda la eternidad por mares, océanos y ensenadas grandes y pequeñas, sin permitirle, mediante la acción de la gracia divina, poner un pie en puerto alguno.

Nuestra favorita, sin embargo, es aquella que describe el soberano cabreo del capitán Hendrick Van der Decken. Según cuenta la ficción, que bien podría tener una base real, en cierta ocasión Van der Decken, cubriendo la consabida ruta hacia las Indias Holandesas —otros aseguran que de vuelta—, se disponía a hacer escala en Ciudad del Cabo cuando se levantó un temporal bastante cachondo cuya única función parecía ser tanto impedirle al barco ponerse a salvo como avanzar en su ruta. Rojo de ira, las babas y los esputos confundiéndose con la espuma marina, perdida la esperanza de disfrutar de una ociosa escala, de beber un poco de ginebra holandesa en una taberna que hace tiempo hubiera prescindido de cualquier recuerdo de los primeros hugonotes que pusieron sus calzas y sus principios religiosos en esas tierras; de comerse una buena ración de tripas de carnero micuit, una delicia que sin duda le dejaría en el aliento un aroma ovino para lo que restaba de viaje y puede que de vida, con las obvias consecuencias que cualquiera que se haya visto atrapado entre una tripulación masculina que hace meses que no ve otra cosa que pitos y culos peludos podrá adivinar; perdida la oportunidad de ayuntarse con una hembra o macho, de especie humana o no, todo según le afecten y dicten los humores del licor; de jugar por fin una partida de bolos sobre una superficie estable; de fumar tabaco sin moho, aunque hay quien asegura que le confiere ciertas propiedades alucinógenas que no muchos saben apreciar; perdida, en fin, toda posibilidad de gozar unos días de su condición humana, Van der Decken maldijo al viento y juró que por sus cojones serranos, aunque la cima más alta de toda Holanda, el Vaalserberg, apenas alcance los trescientos veintidós metros, que por sus huevos flamencos —este sí es un juramento más apropiado— daría la vuelta al Cabo de Buena Esperanza aunque le llevara toda la eternidad hacerlo.

Y ahí sigue, surcando los mares y lanzando señales. Si algún día nos vemos embarcados en uno de esos cruceros de los que tanto jugo han sacado los escritores posmodernos de referencia, me refiero a los ases de las letras que se estudian en los campus de la Costa Este y en los cursos de verano de la Universidad de Albacete, quizás nos crucemos con una sombra luminosa (sic) y nos veamos tentados a recoger las cartas que insiste en lanzarnos la tripulación fantasma. Van der Decken entre ellos, míralo, ahí está. El de cara de vinagre. Debemos renunciar; no solo trae mala suerte —salvo a los suicidas, claro, que lo podrían considerar un ahorro de esfuerzos muy apreciable— y un naufragio, sino que no podríamos resistirnos a leer el contenido de unas misivas de amor de una naturaleza ante la que ni siquiera décadas de inmersión en las profundidades de las series de televisión de producción nacional, ni siquiera años de programas matinales y otras barbaridades provenientes del más acá, nos han preparado para mantener nuestra mente intacta. Y sana.

In animal veritas.

Más o menos.


(1) La causa es una suerte de proindiviso trascendental que lleva en vigor desde la noche de los tiempos, y que ningún notario o registrador de la propiedad sabría explicar, no digamos ya darlo por bueno. Esta artimaña jurídica sirve de apoyo legal para que todos los dioses, ya sean los habitantes del Olimpo ya los primeros pigmeos, anden a la gresca desde que el no-mundo es no-mundo sin miramiento alguno hacia la especie humana.

(2) Que, como es de esperar, están todos locos.

(3) La franja de mar que separa el sur de la península escandinava del norte de la península de Jutlandia. Es decir, y por ahorrar otra nota al pie a esta nota al pie, del norte de Dinamarca.

(4) Quizás solo la reconocida amabilidad cántabra esté a la par.

(5) Este nombre es real, y llegado el momento de rodar el biopic de su ajetreada vida no quedará más remedio que asignarle el papel a Ben Stiller, que bien puede intentar a lo largo de la película, que transcurriría íntegramente durante la citada travesía Ámsterdam-Batavia, ganarse el respeto del contramaestre para que así apruebe su relación, a todas luces ilícita, entre el mismo Fokke y un afeminado grumete que, a su vez, es pretendido por el segundo piloto; un antiguo amor aún más escandaloso consumado contra la amura de estribor la primera vez que el muchacho cruzó el Trópico de Capricornio. En fin, son solo ideas.


Aguas menores

Fotografía: esc.ape(d) (CC BY-NC-ND 2.0)

Si hay una guerra que hasta hoy ha sido menospreciada por los libros de historia, por las revistas especializadas y los programas académicos diseñados por cualquier cátedra de universidad pública o privada, elitista o mundana, nacional o extranjera, esa es la Guerra del Licor. Una guerra contemporánea y cruel. Una guerra que presenta episodios solo en apariencia pacíficos en toda reunión, ya sea familiar o no, en la que una mesa bien surtida de alimentos de todo tipo, puede que incluso algunos de origen vegetal, sea la excusa para que, una vez pasado el tour de force de los postres, tras el que los más cautos se habrán retirado a tiempo, ciertos elementos subversivos, generalmente parientes políticos de quinto grado o aún más lejanos que más tarde nadie recordará haber invitado, se saquen de la chistera una botella de tamaño medio con las palabras SINGLE MALT bien destacadas en una etiqueta de color crema con ribetes dorados. Siguen exclamaciones de admiración y reconocimiento, muchas veces fingido. Los invitados se separan con cautela y se refugian en oscuros rincones siguiendo pautas vigentes desde hace varias generaciones. Se empiezan a formar bandos entre aquellos adictos a digestivos más autóctonos, como los tradicionales orujos industriales y sucedáneos del pacharán, y los adeptos a la nueva moda de los combinados a base de agua tónica y ginebra. Varias voces explican al unísono, y a veces formando una suerte de canon involuntario, la diferencia entre un whisky de malta y uno de grano, entre un vatted (1) y un blended, entre un bourbon y un Templeton Rye. Y rara es la ocasión en que alguien tiene razón y se puede iniciar la batalla por una causa justa.

Hace tiempo —tanto que no es fácil recordarlo a no ser que uno se haya sometido a algún tipo de terapia informal, por no decir directamente loca— que para dejar claras estas cuestiones recibimos en España la visita de un emisario del Reino Unido quien, siguiendo un minucioso plan dentro de esta Guerra del Licor y buscando nuevos aliados, no escatimó esfuerzos en demostrar cuál era el bando correcto mediante demostraciones públicas de lo que podríamos denominar un élan vital bien empapado en etanol. Desde los años en que pasara su nada tierna infancia mirando el mar desde el malecón del puerto de Southampton —o quizás fuera Portsmouth, pero nunca, en ningún caso, Newcastle—, la mayoría de las veces esperando la llegada del navío en el que se había embarcado su padre huyendo de la tierra firme y de unas responsabilidades conyugales nada claras, nuestro buen amigo tenía todos sus recuerdos saturados de whisky escocés.

«Allí, en aquellos muelles, sentados sobre un amarradero de tamaño medio, mi padre, recién llegado de latitudes boreales a las que nadie en su sano juicio querría llegar, salvo que buscara algún tipo de redención o simplemente matar focas sin la mirada acusatoria de la sociedad civil, me señalaba la puesta de sol más allá de los límites del Canal de la Mancha mientras compartíamos a morro una botella del popular The Famous Grouse unas veces, del exclusivo The Macallan las menos.

“Hijo mío”, me decía, “he recorrido los siete mares y algunos más, la mayoría de las veces solo para mantenerme alejado de tu madre, Dios la tenga en su gloria y lejos de mí, pero muchas otras tratando de ganarme el pan dignamente y al mismo tiempo intentando comprobar a ciencia cierta si existe, ya sea en tierra firme, en la cubierta de cualquier barco mercante o incluso bajo el mar, un licor más noble, digno y milagroso que este whisky que, aunque los seguidores de la Puta de Roma quieran hacer suyo (2), todo el mundo sabe que tiene su origen en los registros de ingresos y gastos de la casa real de nuestro rey Jaime IV, quien ya en 1494 encargó quinientas botellas de aqua vitae a un tal fraile John Cor, de la abadía de Lindores, en Fife, Escocia. Sí, Escocia, no tengas miedo. Este es un consejo que te doy —casi podrías considerarlo un mandato— aquí, junto al inmenso océano, contémplalo bien, que no hace falta que te haga notar que se encuentra poblado por toda clase de criaturas (pausa). De entre todas ellas, las que tienen los órganos sexuales más parecidos a los de las mujeres son las rayas (largo chupito). Recuérdalo”».

Por muchas miradas de asombro que provocara esta revelación, todos los presentes tomaron buena nota de ambos consejos, y hay quien jura que por aquel entonces abundaron los informes del Seprona que daban cuenta de la presencia por todos los pantanos de la provincia de Madrid de bañistas pertrechados con redes y arpones, todos portando copias profusamente subrayadas de la traducción al español del libro La manta-raya. Hábitat y costumbres. Su cría y reproducción, cuya primera edición se publicó en Nassau allá por 1962 y que ya va por su 17.ª reimpresión (3). Comportamientos posteriores de este personaje llegado de Albión bien pudieran haber debilitado la fe en el whisky. En cierta ocasión, tras meses de dudas e infernales debates interiores entre su yo más racional y el más vicioso, llegó eufórico al mismo escenario donde había revelado su amor por el whisky y el sexo submarino, invitó a todo quisqui a un copazo de Glenfiddich de doce años que el dueño del bar tuvo que salir a buscar a otro local de mayor solera, y declaró gozoso que por el módico precio de una mesa de cristal había satisfecho una vieja obsesión de la adolescencia que consistía en que, sí señor, su novia le cagara sobre el abdomen. Su legado sigue vivo y, en lo que respecta al whisky, esto es lo que nos enseñó.

Fotografía: easylocum 2.0 (CC BY 2.0)

Los historiadores de la antigüedad, así como los arqueólogos y antropólogos mejor formados en universidades suizas o alemanas, están de acuerdo en admitir que al menos ya en el año 10 000 a. C. se buscaba la fermentación de ciertos vegetales con el objeto de obtener bebidas alcohólicas. He aquí la razón que sin duda impulsó al ser humano, o a lo que fuera que con el paso del tiempo daría lugar a este ser de luz que hoy en día nos representa, para abandonar una vida de ocio y nomadismo, siempre buscando las latitudes que les permitieran seguir paseándose en pelota picada fuera cual fuese la estación del año, para dedicarse al cultivo selectivo y otras formas organizadas de producción animal, vegetal, e incluso mineral que, como era de esperar —pero aun así parece ser que nadie supo preverlo—, trajo consigo las leyes del mercado y otras formas de tiranía aún más explícitas, como por ejemplo el gobierno democráticamente elegido a base de mamporrazos. La llamada revolución agrícola fue el resultado del ansia humana de agarrarse una buena cogorza. Lo dice la ciencia, aunque no todo el mundo se pone de acuerdo en señalar qué rama. De aquí a que se refinara la técnica de destilación para maximizar la producción de bebidas alcohólicas —otra muestra del bien o mal al que nos ha conducido la avaricia— había un corto paso que, entre unas cosas y otras, entre unos imperios derrumbados y otras teocracias erigidas, tardó en darse unos veinte siglos y medio.

Como es lógico, la ciencia de la destilación era un secreto que se mantenía bien guardado tras los muros de algunos monasterios de Irlanda y el norte de Inglaterra que, al ser cerrados por Enrique VIII entre 1536 y 1541, más o menos en la época de su reinado en que le dio la ventolera, mandó a Roma a paseo, cortó cuantas cabezas tuvo al alcance de la mano y estuvo a punto de grabar el motto «They look like two roses, but my balls are carnations» (4) bajo el emblema de las dos rosas de los Tudor, dejaron sin empleo remunerado a cientos de frailes de distintas órdenes. Los más avispados se concentraron en remotas regiones de las islas, como puede ser la ribera del río Spey —muy cerca, sostenían algunos religiosos, de donde Cristo pegó las tres voces—, y comenzaron a ejercer su arte. El Estado, que todo lo vigila, a todas partes llega y tiene una imaginación infinita para la creación de todo tipo de tasas, encontró en esta industria una fuente inagotable de ingresos que no ha dejado de manar hasta hoy y cuyo destino, casi siempre, no era otro que la guerra con Francia, apretando de paso las tuercas a cientos de emprendedores y avivando su ingenio para crear nuevas formas de vicio tan sofisticadas como el blended whisky.

Si el whisky es la última forma de alquimia (5), el blended whisky es su punto y final. La elaboración del whisky, en apariencia muy sencilla, es uno de esos temas en los que, de repente, a mitad de una profusa exposición en la que cualquiera ya está empezando a dar cabezadas, ya sea perdido en una destilería de Islay o en una clase de catas en la que uno haya caído por descuido o en un acto de amor del que se arrepentirá tarde o temprano, sin venir a cuento le salta a la cara —ah, hija de puta— una fórmula de química orgánica. Proteínas, azúcares, almidones… Lo mejor es huir de estos tecnicismos que algún día un genio desquiciado declarará desfasados y atender a lo esencial. Un single malt es un whisky producido en una única destilería. Sus ingredientes son cebada malteada fermentada con levadura y agua. Un blended whisky es una mezcla de entre diez y cuarenta single malts con dos o tres whiskys de grano, es decir, elaborados con maíz, centeno o trigo. Uno de estos whiskys contiene entre un 20 % —los más baratos— y un 60 % —los más caros— de single malts. La genialidad de este tipo de whisky, que no fue permitido legalmente hasta 1860, consiste, una vez más, en su rendimiento económico. Fue un arma de destrucción masiva en esta guerra sagrada que aprovechó la epidemia de filoxera que terminó con la producción de coñac de toda Francia para inundar de whisky escocés todos los departamentos comprendidos entre el Seine-Maritime y los Alpes-Maritimes. Y supuso el fin de la hegemonía del whisky irlandés, dominador del mundo hasta aquel entonces.

Porque recordemos que estamos en guerra. Tenemos disensiones internas que van más allá del desprecio a los blended y las teorizaciones sobre la conveniencia de verter un chorrito de agua mineral sobre una copa de un whisky de dieciocho años para liberar ciertos aromas. Expresiones del ingenio humano muy próximas a la insania, como la rueda de Delmalter, situarán esos efluvios en algún lugar del espectro olfativo situado entre «cortinas para la ducha recién compradas» y «redes para la pesca en alta mar». (6) Y en este conflicto habrá bajas, como las ha habido desde el albor de los tiempos. Bajas que se retroalimentan y rinden tributos. La servidumbre al whisky exige un diezmo que no todos están dispuestos a pagar, y un día de verano, a finales de julio, cruzas una puerta de una habitación de hospital; vienes de lejos, de algún lugar de los West Midlands como Hereford, o aún peor, del que has tenido que regresar con urgencia. Cruzas ese umbral y te encuentras con un hígado del tamaño de un queso Stilton de media tonelada bajo una mirada serena.

«Ahora ya puedes dar la vuelta y salir de aquí, una vez que estamos preparados y solo nos apena no vernos crecer y envejecer, madurar como si fuéramos un whisky perdiendo su anual 2 % —la llamada parte de los ángeles, aunque bien la podríamos considerar un tributo diabólico en vez de angélico— dentro de una barrica de roble americano, mientras mejora y adquiere sabores y matices que, yo al menos, no seré capaz de alcanzar jamás. Ve, hijo, baja a la calle y encuentra consuelo en todas esas expresiones de whisky, así llaman a cada variedad y hay más de tres mil, tócate las narices; están ahí esperándote, casi reclamándote que las adoptes una a una, porque tienen vida propia y siguen un plan, todas ansiando calentarte y proporcionarte una energía más espiritual que física con la que superar estos días que se avecinan, las negociaciones por un ataúd digno pero no ostentoso, el velatorio y sus recuerdos transfigurados, las plegarias al pie de un nicho sin nada grabado en su lápida, y que nadie esperará, salvo tú, a que esté bien sellado con cemento rápido, como si así pagaras una penitencia para soportar los años de remordimientos que te perseguirán uno tras otro, pisándote los talones hasta que te encuentres aquí mismo, aquí postrado, rememorando esta escena y tocando un timbre, haciendo una llamada, suplicando quizás con la mirada que alguien te pase, saltándose todas las prescripciones médicas, un trago de ese Lagavulin de treinta años que nunca llegaste ni siquiera a oler y que quisieras que fuera tu última sensación antes de desvanecerte, como yo lo voy a hacer ahora, ya, en cuanto cierre los ojos. Así que ve, corre, ve y olvídame pronto».


(1)  El término vatted, usado para denominar una mezcla de whiskys single malt, dejó de usarse oficialmente el 22 de noviembre de 2011. A partir de entonces a estas ocurrencias del diablo, que en raras ocasiones resultan ser divinas, se las denomina blended malt.

(2)  Un episodio recurrente de esta guerra sin cuartel por la hegemonía del licor es la disputa sobre el origen del whisky. Y es cierto que la primera mención al uisce beatha o «agua de vida» de la que se tiene noticia aparece en los Anales de Clonmacnoise, Irlanda, allá por el 1405.

(3)  Está claro que se trata de gente que jura en vano, aunque no se puede descartar que al menos varios de los asistentes a aquella reunión intentaran buscar ese ejemplar inexistente por todas las librerías de Madrid de las que tuvieran conocimiento que, como se puede adivinar sin ser muy perspicaces, se limitaban a la sección de libros de las tiendas de El Corte Inglés más famosas.

(4)  O, traducido literalmente, «puede que parezcan dos rosas, pero mis cojones son claveles».

(5)  Pues, vaya por Dios, resulta que su elaboración combina los cuatro elementos: tierra (el cereal y, si le echamos aún más rostro al asunto, la turba), agua, aire y fuego.

(6)  Estas indicaciones y otras similares, que dejan a las notas de cata de los vinos más complejos a la altura de una narración infantil, son de uso común incluso entre los catadores menos profesionales, y se pueden consultar en la mencionada Rueda de Matthew Delmalter, un gráfico de claro origen satánico al que nadie debería acercarse sin haber recibido antes todos los sacramentos, incluyendo la orden sacerdotal y la unción de enfermos.


Entonces éramos hombres

Gordon Brown, 1974. Fotografía: Robyburns (CC).

Un día de primavera de 1888 veintidós británicos agitaron sus canotiers a modo de despedida desde las cubiertas inferiores y superiores de lo que entonces se consideraba el último grito en ingeniería naval, entonaron a coro con cierta maestría el God Save the Queen y el Rule Britannia, lanzaron al viento tres cacofónicos hurras, y finalmente se hicieron a la mar para cruzar medio mundo con el objetivo de jugar cincuenta y cuatro partidos de rugby a la mayor gloria del imperio. En aquellos días a la reina Victoria apenas le quedaban trece años de vida, y su hijo, el futuro rey Eduardo VII, apuraba sus últimos años como sucesor al trono dedicándose con ahínco a conseguir una sólida formación y un amplio catálogo de enfermedades venéreas, no todas clasificadas con el debido rigor científico, a lo largo y ancho de los barrios más libertinos de las capitales europeas, y especialmente de París. Antes de que «Bertie el Basto» viera la luz al final del túnel y sucediera a una madre que ya muchos obispos anglicanos consideraban inmortal, la aventura de aquellos veintidós deportistas se tornó en costumbre y desde entonces, con una periodicidad inicialmente variable pero que actualmente se fija en cuatro años, una selección de los mejores jugadores ingleses, galeses, escoceses e irlandeses —tanto del Ulster como de las provincias del resto de la isla— viajan a una de las antiguas colonias y, bajo el nombre de los British and Irish Lions, juegan tantos partidos de rugby como creen necesarios para demostrar la superioridad del hombre británico. Una superioridad que cuando algún velero o barco de vapor de Su Majestad los desembarcaba en las costas de Sudáfrica o Nueva Zelanda pronto fue vapuleada sin muestra alguna de respeto o conmiseración.

El rugby en Sudáfrica era algo muy serio. Hoy aún lo es, pero afortunadamente ya está libre en buena parte de la mancha racista que lo cubrió durante casi todo el siglo xx. El rugby sudafricano fue hasta 1992 un deporte exclusivamente abierto a los blancos, a varias generaciones de apellidos hugonotes (De Villiers, Pienaar, Marais, Fourie, Rossouw) y holandeses (van Wyk, van Heerden, van der Westhuizen) que llevaban siglos defendiendo unas tierras en las que se encontraban en clara minoría. Y que, quizás por el recuerdo del trato que habían sufrido sus antepasados en Europa, quizás por alguna otra tara que no debería sernos muy difícil identificar, la defendieron negándole todo atisbo de dignidad al hombre negro. Durante aquellos años en los que el rugby fue la bandera del apartheid, Sudáfrica se mantuvo como la primera potencia mundial en este deporte. Tenían ventaja en sus enfrentamientos con los famosísimos All Blacks neozelandeses —veintiún partidos ganados y dieciocho perdidos hasta 1995, cuando llegó el profesionalismo al rugby; a partir de entonces la cuenta es de doce partidos ganados y veintiocho perdidos— y su juego era temido por todos los equipos contrincantes. Practicaban un rugby durísimo, en muchos aspectos criminal, un fiel reflejo de su filosofía de vida, siempre orientado a intimidar a los jugadores rivales mediante una superioridad física forjada a golpe de azada en las granjas del veld, donde cualquier muestra de debilidad, incluso mental, era una ofensa a los antepasados que alcanzaba la categoría de blasfemia. El sudafricano quería ganar como fuera, sin importarle los medios. Y ningún equipo de los Lions había ganado una serie de partidos frente a los Springboks desde 1896 —una época en que aquellos granjeros bóers aún estaban aprendiendo el juego y, aunque ya apuntaban maneras, se pasaban el balón como si fueran sandías de Stellenbosch— cuando en 1974 llegó al Cabo de Buena Esperanza el mejor equipo que los British and Irish Lions hayan reunido jamás.

Aquellos Lions de 1974 no quedaron libres de crítica y polémica. Se les acusó de practicar un juego totalmente orientado a la delantera —el llamado rugby a nueve o a diez— y de emplear gratuitamente la violencia. En cierto modo es cierto; pero dudar de la calidad de sus tres cuartos es una necedad que no debería quedar impune en ningún código penal que aspirara a impartir un mínimo sentido de justicia. Si la mayor humillación que jamás haya sufrido el rugby sudafricano se basó en la poderosísima delantera capitaneada por el irlandés Willie John McBride y en su superioridad en la melé, un aspecto del juego en el que los sudafricanos ya daban por hecho que sería coser y cantar, igualmente importantes fueron el juego de patada, la escurridiza carrera y el pase larguísimo del medio de melé galés Gareth Edwards. Un pase largo da más tiempo a un medio de apertura competente a pensar, organizar el ataque y tomar las decisiones adecuadas. Y por mucho que el medio de apertura galés Phil Bennett fuera el objetivo de los sudafricanos, gracias a la distancia que le otorgaba el pase de Edwards no lo lograron alcanzar jamás con la contundencia que acostumbraban a aplicar a sus rivales. Si se completa el cuadro con un zaguero como JPR Williamsun hombre de un valor tan extravagante que muchas veces se confundía con pura demencia— un ala de la sutileza y jurisdicción de J. J. Williams y el trabajo de unos centros poderosísimos (Milliken y McGeechan), se tendrá el mejor equipo de rugby que jamás se haya reunido sobre la faz de la Tierra.

Jugaron veintidós partidos, ganaron veintiuno y empataron uno. En el partido que empataron, el último de la serie de internacionales que disputaron contra los Springboks, se les anuló un ensayo anotado por J. F. Slattery en el último minuto; un ensayo que les habría dado la victoria en todos y cada uno de los partidos de la gira. Cuando al terminar el encuentro el irlandés Bobby Windsor le preguntó al árbitro por qué no había considerado el ensayo como válido, consiguió una respuesta mucho más clara de la que esperaba recibir: Look boys, I have to live here. Marcaron 729 puntos en esos veintidós partidos, anotaron ciento siete ensayos y encajaron trece. Fue el primer equipo de los Lions imbatido en una gira desde 1891. Y además, cuando fue necesario, se abrieron paso a golpes.

El fuego a discreción se abrió durante el partido contra Eastern Provinces, uno de los encuentros preparatorios antes de jugar el primer test internacional. Después de un par de patadas dirigidas a las gargantas de los delanteros europeos y más de un placaje tardío que pasó sin ser sancionado por el árbitro, Gareth Edwards le pidió por dos veces al capitán rival que dejaran el juego sucio para otra ocasión mejor. Por ejemplo para cuando llegaran los franceses y otros equipos católicos. Como respuesta recibió una sonrisa desdeñosa, así que Edwards pronunció unas palabras que están grabadas en letras de oro según los hombres de verdad, o de barro según los más pusilánimes: If that’s the bloody way you want it, that’s the bloody way you’ll have it. Y empezaron a caer hostias como panes en los rostros de unos jugadores sudafricanos poco acostumbrados a recibir respuesta a sus abusos. De entre todo el repertorio de golpes destaca el magistral puñetazo que el irlandés Stewart McKinney le propinó a Kerrie van Eyk. Lo dejó KO ante la mirada atónita de miles de afrikaaners. Las imágenes del piñazo viajaron desde Port Elisabeth a las islas británicas y fueron el momento estelar de un programa de televisión británico llamado Violence in sport. McKinney tuvo la mala suerte de que su madre fuera fiel seguidora del programa. Estuvo sin hablarle durante meses, avergonzada. Ella no había criado a su hijo para que se desenvolviera por la vida de ese modo. Eran otros tiempos, menos profesionales pero más divertidos.

En Newlands, uno de los escenarios más bellos en los que se pueda jugar al rugby o a cualquier otra cosa, se disputó el primer test contra los Springboks en unas condiciones infames. Uno de esos partidos en los que el barro es un elemento esencial, un compañero más, y que tan divertido resulta a todo delantero con sangre en las venas. Que no son todos. Los Lions ganaron 12-3 y sembraron el pánico entre el equipo técnico sudafricano, que realizó una cantidad insólita de cambios para el segundo partido de la serie. Dio lo mismo; en Pretoria los Lions los barrieron del campo (28-9), incluyendo un ensayo para la leyenda de Phil Bennett; un ensayo que es un himno al deporte. Ese resultado era la mayor derrota que los Springboks habían sufrido jamás en Sudáfrica, algo increíble, y los niveles de pavor entre las élites afrikaaners alcanzaron cotas cercanas al paroxismo y la insania colectiva. Tomaron medidas desesperadas. Prohibieron a los jugadores leer la prensa. Colocaron al tercera línea Gerrie Sonnekus como medio de melé, una medida que aún hoy se podría estudiar en las escuelas de táctica militar y gestión de personal más prestigiosas y no se llegaría a conclusión alguna sobre lo que se pretendía al tomarla. Cualquier alternativa, por muy alocada que pareciera en un principio, era considerada como una solución razonable. No se podían permitir perder un tercer partido que les haría imposible remontar la serie de cuatro tests matches.

El jugador inglés Fran Cotton recuerda en su autobiografía cómo antes de ese tercer partido la expedición de los Lions se reunió en una sala del hotel donde se alojaban. Fueron llegando de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres, y nadie decía nada. Silencio. Pasaron los minutos y ya habían llegado todos, pero aún nadie decía nada. Por fin entró en la habitación Willie John McBride, el capitán, también sin decir palabra. Ni un solo sonido, gutural o de cualquier otra clase, salía de aquellas treinta gargantas. Así pasaron veinte minutos, con McBride en silencio mirándolos uno a uno a los ojos. Por fin dijo: Right then; we’re ready. Y salieron en perfecto orden para subir al autobús.

Al filo del descanso de ese tercer test match, con el marcador igualado, los Springboks entraron en un ruck con los tacos a la altura de los sobacos rivales y como respuesta McBride gritó: «¡noventa y nueve!». Siguiendo una lógica aplastante según la cual un árbitro no sería capaz de expulsar del campo a un equipo entero, al dar la señal cada uno de los jugadores de su equipo debía sacudirle una buena hostia en los morros al jugador rival que tuviera más mano. Pero una hostia de verdad, a puño cerrado y con intención de noquear al desafortunado oponente. Y así se hizo. Ganaron el partido 26-9. Hay dos imágenes que quedan para el recuerdo; son dos escenas que nos han dejado unos gestos honorables surgidos de la batalla campal que se formó en el terreno de juego, pues muchos golpes recibieron su correspondiente respuesta —aunque no todos; algunos de los más voluminosos jugadores sudafricanos dieron más de un paso atrás, así que cuando Danie Craven, el máximo dirigente del rugby sudafricano, alguien que en 1976 diría «jamás veremos un negro vestir la camiseta de los Springboks», hizo esa misma noche entrega a los jugadores debutantes de las chaquetas verdes que les correspondían como miembros del equipo nacional, les espetó con odio: «Me avergüenza entregarles estas chaquetas, porque no se las han ganado»—. La primera imagen es la de JPR Williams, que como en aquel momento se encontraba en la otra punta del campo, hizo gala de un sentido de la orientación poco común y localizó con admirable precisión al jugador rival más cercano en la figura de Moaner van Heerden. Recorrió los cuarenta metros que los separaban para sacudirle la torta que le correspondía, aunque muchos estarían de acuerdo en que ya no venía muy a cuento. Años más tarde, Williams y Van Heerden se encontraron en un tren en el sur de Gales, durante la celebración del mundial de rugby de 1999. Allí, durante el breve rato en que coincidieron en el vagón, ambos exjugadores estuvieron rememorando los partidos de la gira, y aunque quedó claro que Williams no recordaba que Van Heerden era el jugador a quien había dejado sin sentido en aquel partido jugado en Port Elisabeth, el sudafricano no le mencionó el incidente. Las cosas del juego quedan en el juego.

La segunda imagen, mucho más poética, aunque no sabemos bien dentro de qué movimiento encuadrarla, tiene como protagonistas al escocés Gordon Brown y al sudafricano Johan de Bruyn. Brown se tomó la «orden noventa y nueve» con la diligencia debida y le sacudió tal tortazo a De Bruyn que le sacó su ojo de cristal. El ojo salió disparado en una perfecta trayectoria parabólica y al terminar la reyerta se emplearon varios minutos en buscarlo entre el césped y el barro. Finalmente alguien gritó «¡Eureka!» y De Bruyn se lo volvió a colocar en su correspondiente cuenca, con el característico sonido sordo que a más de uno le pondría los pelos de punta. En el siguiente saque de lateral, Brown y De Bruyn volvieron a coincidir el uno frente al otro, y el irlandés observó estremecido que de la cavidad ocular de su rival, por debajo del ojo recién colocado, asomaban varias briznas de césped de tamaño considerable. Y allí mismo experimentó un profundo arrepentimiento, pues consideró que cualquier gesto de advertencia podría ser interpretado como una nueva maniobra hostil que reanudara la batalla que acababa de darse por finalizada, y optó por guardar un silencio que durante muchos años no le pareció honorable. Gordon Brown murió de cáncer en 2001 a los cincuenta y tres años de edad; cuando ya sabía que le quedaban pocos meses de vida, insistió en pagarle un viaje a De Bruyn desde Sudáfrica para así poder tener la oportunidad de volver a verlo. Después de su fallecimiento, en su funeral, De Bruyn le presentó a la viuda de Brown un trofeo que contenía el ojo de cristal que su marido le había arrancado de un zurriagazo veintisiete años antes.


Sangre y piscinas

All Blacks vs. Gales, 1972. Fotografía: Leonard Burt / Getty Images.

El rugby, dicen, es un juego noble. O al menos lo es la versión de ese deporte que mejor conocemos por estas latitudes; esa en la que una multitud de seres humanos se dan de porrazos por obtener la posesión de una sandía de cuero y posarla tras las líneas enemigas. En otras variantes cada equipo consta de trece o siete jugadores; si nos inclináramos por emplear el término inglés football, que fue la principal manera de denominarlo hasta bien entrado el siglo xx, podríamos añadir a este listado la versión americana que terminó degenerando en once vehículos acorazados por bando. Así pues, trece, siete, once. Pero el juego noble y sincero, el que desarrolla el espíritu de compañerismo, la solidaridad, la hombría y etcétera, es aquel que juegan quince muchachos, o quince jóvenes, o incluso algún que otro hombre maduro que en algunas civilizaciones no tan primitivas podría pasar por anciano, y que campa por estos campos españoles de Dios, ya sean de barro seco o de césped artificial, negándose a admitir su decadencia física mientras pega voces dando órdenes, haciendo gala de una gama inaudita de visajes, a novatos y cobardicas, y que trata de alcanzar —pero rara vez lo consigue— al tres cuartos rival que allá se escapa fácilmente, pues el hogar del veterano es el maul y el ruck, dos manifestaciones de la bestialidad que dan vida al corazón del hombre y que son exclusivas de este pasatiempo.

No todos demuestran un comportamiento ejemplar sobre un campo de rugby. En abril de 2009 se disputaba en Londres un partido correspondiente a los cuartos de final de la Heineken Cup. La Heineken Cup no es otra cosa que la Copa de Europa de rugby, la competición en la que anualmente se decide cuál es el mejor club del continente. Tras más de un siglo de amateurismo recalcitrante, en el que la sola mención de organizar un campeonato entre clubs que designara el campeón mediante su posición en una tabla de clasificación despertaba los fantasmas del profesionalismo y erizaba las patillas de los miembros de la IRB, mientras les provocaba unos sofocos que solamente podían ser subsanados mediante la apertura simultánea de una cantidad inaudita de cajitas de rapé, el rugby abrazó el profesionalismo con todas sus consecuencias, y desde entonces cada campeonato, cada estadio, cada club e incluso cada selección nacional tiene uno o varios patrocinadores. Hoy en día se pintan tal cantidad de anuncios sobre el césped de campos de juego que hasta hace no mucho eran sagrados, y con un arte tan depurado a la hora de lograr la perspectiva tridimensional, que es difícil distinguir si uno se encuentra en Murrayfield o en Times Square, Nueva York.

Aquella noche se enfrentaban el Harlequin Football Club —nótese el uso del término football— del oeste de Londres, fundado en 1866, y el equipo que representaba a la provincia irlandesa de Leinster, con sede en Dublín y fundado, dejémoslo así por simplificar, en 1879. Dos equipos con el suficiente bagaje como para conocer los códigos del rugby. Las leyes de honor del rugby. Mediado ya el segundo tiempo, el resultado era un apretado 5-6 a favor de los irlandeses, un marcador que podía cambiar con cualquier patada de tres puntos a favor de los ingleses. En ese momento, el wing de los Harlequins Tom Williams empezó a sangrar por la boca como un gorrino por San Martín. Ríos de sangre, provocados por una cápsula de hemoglobina falsa de la variedad Heinz, tan del gusto de Sam Peckinpah y otros discípulos aventajados como Tarantino, y que permitieron que el médico del equipo saltara al campo para asistir al supuesto herido. Obviando el juramento hipocrático y otros muchos principios éticos que ni siquiera los más puntillosos estudiosos de la filosofía se atreverían a investigar, el médico, ni corto ni perezoso, siguiendo una estratagema previamente pactada y que no dudamos en calificar de sucia treta, le rasgó un labio al jugador para que el árbitro permitiera su sustitución por un compañero. Que, casualmente, se trataba de Nick Evans, hábil pateador, que a su vez había sido sustituido previamente y que, por tanto, no podía volver al terreno de juego salvo casos de fuerza mayor, como por ejemplo que le partieran la boca a un jugador de su equipo.

No sirvió de mucho; la ansiada falta que les hubiera dado tres puntos no llegó, y el marcador terminó tal y como estaba en el momento en que se representó este sainete. Pero las cámaras de televisión captaron cómo Williams le guiñaba un ojo a su entrenador justo antes de empezar a vomitar sangre. Se investigó y la verdad salió a la luz. Es más, se supo que la jugarreta había sido empleada anteriormente otras cuatro veces. ¿Los castigos fueron ejemplares? No lo suficiente como para evitar que, desde ese día, cualquier comentario despectivo que un aficionado al rugby haga sobre los fingimientos dentro del área que cualquier delantero o falso nueve de fútbol tenga a bien exhibir para sacarle de matute un penalti al árbitro sea respondido con una sonrisa sardónica.

El profesionalismo, esa importación del capitalismo malsano al mundo deportivo, tiene la culpa. Eso dicen. Veamos.

Allá por 1978 aún quedaban diecisiete años para que el profesionalismo aterrizara en el mundo del rugby a quince. Los jugadores aún eran doctores, soldados, profesores, ingenieros, filólogos —mmmmh— y sus ingresos, ya fueran en libras esterlinas, francos franceses o dólares neozelandeses, provenían del sano ejercicio de estas profesiones que, en otro tiempo, se denominaron liberales. Los jugadores franceses, por ejemplo, embadurnaban con betún las tres rayas blancas de sus botas antes de salir al campo, para así evitar cualquier sospecha de que pudieran recibir algún tipo de compensación por confiar sus pies a esa determinada marca comercial.

Cierta tarde de noviembre de aquel año, el equipo nacional de Gales vencía a los todopoderosos All Blacks por 12-10 cuando ya quedaban pocos minutos para terminar el partido. Y es cierto que eran otros tiempos. Viajar desde la otra punta del mundo no era moco de pavo para quien debía trabajar para vivir, y en los setenta y tres años anteriores galeses y neozelandeses se habían enfrentado en solo nueve ocasiones. Gales no les vencía desde 1953 —y no les ha vuelto a derrotar desde entonces— y en las gradas se mascaba la euforia. Los bares de Cardiff se frotaban las manos, esperando la repetición de esa noche en que «se agotó la cerveza en todos los pubs» cuando el equipo local Llanelli ganó a los All Blacks en octubre de 1972 por 9 a 3, y más de un rubicundo barman ya planeaba una fastuosa jubilación en un apartamento de Torrevieja o, los más afortunados y que ya tuvieran algo de dinerillo ahorrado, de Benidorm. Aquella fue una generación de jugadores galeses irrepetible. Entre 1969 y 1979 ganaron el torneo de las Cinco Naciones seis veces, y compartieron la victoria en otras dos. Y debemos tener en cuenta que en 1972 se suspendió el campeonato. Lograron el Grand Slam en 1971, 1976 y 1978. Ganaron la Triple Corona en seis ocasiones, cuatro de ellas consecutivas, un récord aún vigente hoy. Nunca perdieron un partido en casa. Pero les faltaba derrotar a los All Blacks.

Así que todo va viento en popa para los galeses; el marcador les favorece por dos puntos, los kiwis acaban de patear el balón fuera y quedan pocos segundos para que termine el partido. Y las leyes no escritas del rugby impiden cualquier argucia que, por ejemplo, permita fingir una falta; que permita poner en práctica una artimaña que, llegado el momento, consista en que cualquier jugador neozelandés, pongamos por caso el segunda línea Andy Haden, salga despedido de la formación del saque lateral, como fulminado por un rayo o por un ictus, e incite al árbitro inglés, ya de por sí bastante reacio a favorecer la victoria de estos insufribles mineros del oeste de la isla, a pitar una falta a favor que le dé la vuelta al marcador. En fin, son las leyes del decoro, y de la honra, y del respeto al contrario y a las reglas del juego; esas que tantas veces vemos arrastradas por el fango de la ignominia que cubre los campos de fútbol, pero que en una cancha de rugby jamás serían mancilladas, y mucho menos en un partido internacional del más alto nivel, y no digamos ya de la época del amateurismo purísimo en la que los jugadores no se jugaban sobre las líneas de marca y de veintidós sus Porsches y sus Audis y sus jubilaciones, y que en aquel momento, en aquella fría noche del tardío otoño de Cardiff, el segunda línea neozelandés le resumió en cuatro palabras a su compañero de melé Frank Oliver mientras se dirigían a tomar su posición para el último saque de lateral del partido.

—I’m going to dive —dijo.

Y, pum, se cayó.


Morir por incordiar

Fotografía: Alexander Blecher (CC).

En el Parlamento británico es ilegal morirse. También es cierto que si aparece una ballena varada en cualquier parte de las costas de Gran Bretaña, ya sea en las tristes playas de Lancashire, Cornualles o cualquiera de los dos Sussex, ya sea en una de las islas Hébridas interiores o exteriores, la cabeza del cetáceo pertenece legalmente al rey y la cola a la reina, si se da el caso de que necesite los huesos para hacerse un corsé. Pero de la vigencia de una ley absurda no debemos inferir la falta de lógica de todas las demás, ni mucho menos menospreciar la contundencia de unas lorzas reales. Una reina de verdad necesita un corsé de dimensiones geológicas —tomemos nota nosotros, futuros súbditos de una sombra— y un diputado, bedel o visitante comme il faut no se muere en el Parlamento. Morirse está muy mal visto.

No es una ley que se le ocurriera a la ligera al Enrique VIII de turno; es una ley consuetudinaria, con siglos de tradición a sus espaldas y muy bien meditada. Muy diferente al ejemplo que se ha expuesto como contraposición, consecuencia de cierta ocasión en la que, después de beberse el contenido de varios barriles de vino de Madeira expoliados a galeones españoles, nuestro Tudor o Plantagenet se subió encima de uno de ellos levantando el dedito en actitud senatorial —una actitud que siglos después consideraríamos propia de cualquier tuitstar, pero que en aquel entonces solo estaba al alcance de los reyes y de los locos, que gracias a las maravillas de la consanguineidad en muchas ocasiones eran lo mismo— y sin apenas carraspear declaró de coña que el culo de la reina solo podría mantenerlo en la posición requerida por el protocolo normando un corsé fabricado con los restos de una ballena jorobada.

Los escribas tomaron nota, se agitaron cabezas y se dictaron órdenes apresuradas en un inglés medieval que no todos comprendían. De dependencia en dependencia se traspapelaban borradores de proyectos de ley que siempre, después de pasar por las manos de varios comités expresamente formados a tal efecto, quedaban pulidos de manera que no fueran ofensivos para ningún pariente de la familia real en primer o segundo grado. Por fin pareció razonable limitarse a ceder para tales menesteres la cola del cetáceo, mientras que al marido, que como todo buen rey era aficionado a coleccionar cabezas de animales salvajes, primos bastardos y esposas con mala suerte, se le intentó aplacar ofreciéndole la parte delantera. Grandes debates surgieron para delimitar dónde termina la cabeza de una ballena, pero ese es otro tema no menos espinoso. El monarca, mientras tanto, se regocijaba en su ingenio y campechanía mientras trataba de localizar potenciales ofensas que le facilitaran mandar un par de inquilinos a la Torre de Londres. Y de este modo, más o menos, surgían algunas leyes que formaban el corpus sagrado de la democracia anglosajona, pero no aquella que nos recuerda que la muerte es la más políticamente incorrecta de las actitudes ante la vida.

«El problema de este país es que la gente ya no se muere», afirmó en cierta ocasión un farmacéutico como corolario a una disertación matinal sobre acrobacias presupuestarias y el estado de bienestar, mientras dejaba sobre el mostrador varios frascos de Stalevo y todo un arsenal de pastillas de colores. El cliente, que a esas alturas ya llevaba media vida de orfandad a cuestas, se rió porque le hizo gracia que alguien que se ganaba la vida vendiendo promesas de longevidad explicara de un modo tan preciso lo que estaba pasando en aquella época postolímpica. Y al volver a casa, después de afanarse en repetir por enésima vez los beneficios de la combinación de levodopa, carbidopa y entacapona, una lección bien aprendida en decenas de consultas de neurología, reprodujo la conversación con sus distintas variaciones de entonación para que un hombre enfermo que ya no podía bajar a la farmacia por sí mismo —que no podía ir al baño por sí mismo— tuviera una oportunidad de reír, esta vez juntos, entre temblores espasmódicos, con ganas y sin tapujos. «Vivir para los médicos; qué pesadez, qué pesadez». Pocos meses más tarde, asomado a una fosa que nadie parecía tener prisa en tapar, mientras escuchaba como ruido de fondo la descripción de las distintas técnicas de grabado en mármol y sus respectivas tarifas e intentaba ahuyentar toda una serie de remordimientos demasiado grande como para afrontarla sin tirarse de cabeza al fondo de la sepultura, le volvió a la memoria la escena y la conversación, y pudo de ese modo volver a sonreír un momento. «Has hecho bien, has hecho bien. Que se fastidien el INE y sus datos sobre la esperanza de vida».

Pero no debemos equivocarnos. En la ciudad de Las Vegas, Nevada, Estados Unidos de América, aparte de buscar la muerte por medios más o menos extravagantes, como por ejemplo asistir a una o más representaciones del musical We Will Rock You abrazado a una cohorte de prostitutas —que si no están faltas de sentido común se irán escaqueando secuencialmente según uno vaya demostrando entusiasmo por el espectáculo, y por tanto sintiendo cómo se acerca la muerte—, cualquiera puede sentarse a la mesa del Heart Attack Grill y dar el último paso asistido por una hamburguesa de diez mil calorías —el dato exacto es 9982 calorías o 41,76 megajulios—, Coca Cola mexicana y postres de alto contenido en grasas que en el mejor de los casos son de origen animal. Unas simpáticas camareras disfrazadas de enfermeras ligeras de ropa lo azotarán en caso de que los restos del plato vayan más allá de un par de hojas de lechuga, ayudándole de ese modo a sentirse inigualablemente miserable y machista a la hora de morir.

El caso es que allí de verdad muere gente, pero la actitud de la propiedad no es la que esperamos. Durante una entrevista para un canal regional, el dueño del restaurante, un hombre cuyo parecido físico con Aleister Crowley haría que cualquier demonólogo competente se derritiera de gusto elaborando toda clase de teorías y relaciones esotéricas en las que tiras de beicon frito en su propia grasa, y sin escurrir, forman una serie bien estructurada de pentáculos con un poder inimaginable, se presentó portando una urna funeraria que contenía las cenizas del último cliente que había sufrido un aneurisma mientras deglutía una de sus especialidades. Era una advertencia, dijo. La misión de su restaurante es enseñar al mundo a cuidar sus hábitos alimentarios, mostrar los riesgos, mirar a la cara al monstruo y forrarse mientras tanto (esto último no lo dijo, pero se adivinaba en el brillo de los ojos y en las lustrosas puntas de los colmillos de vampiro capitalista que asomaban por encima de sus labios exangües). Por tanto, el Heart Attack Grill es una negación de la muerte. Una farsa.

El gobierno políticamente incorrecto, el gobierno omnisciente que todos esperamos para regir nuestro destino, y que sabemos que no saldrá de ninguna asamblea ni tienda de campaña sino de las profundas simas de la gastronomía ancestral, hoy enterrada bajo toneladas de dieta mediterránea y gastrotapas, sembrará toda la geografía nacional, incluso aquellas nuevas naciones que en un vano intento de salvarse han optado por la secesión, con trasuntos del Heart Attack Grill sin un solo atisbo de impostura y adaptados a la cultura local. Hamburguesas compuestas por siete pisos de carne picada de jabalí, jalapeños y torrentes de torta del Casar rezumando por cada uno de sus niveles. Palpitantes salsas de unos chiles que todos coinciden en situar varios órdenes de magnitud por encima del límite superior de la escala de Scoville, servidas en unos botijos especialmente diseñados para aguantar esos elevados niveles de corrosión y fabricados con la mejor loza talaverana, pero de aspecto y color tan corrientes que les permiten alcanzar con éxito en numerosas ocasiones el artero propósito de pillar desprevenido al sediento. Zarajos de siete kilos, servidos entre la admiración y el aplauso de la clientela, que discute sin amargura sobre su procedencia y tratan de definir su trazabilidad, la mayoría de las veces haciendo gala de unos conocimientos geográficos sorprendentes que les lleva a las más ignotas regiones de La Bañeza. Ensaladas de callos y montaditos de pierna de cordero. Cabezas de choto a l’ast. Litros de Cruzcampo u otras bebidas aún más infames inyectadas en vena, y cartones de diez litros de Cumbres de Gredos —aunque en esta marca comercial hay quien aprecia ciertas propiedades conservantes similares a las del formol— mezclados con gaseosa de marca blanca, administrados mediante sondas nasales de última generación. Celtas cortos y otras formas de antitabaco ofrecidos como regalo con el postre, que no puede ser otra cosa sino el tradicional y casi olvidado «pijama», cuyo elemento protagonista es un bloque de tocino de cielo representando el Taj Mahal, el Camp Nou con vestuarios y todo, o cualquier calatravada u obra civil que no haya sido convenientemente amortizada por la Administración del Estado. En aquellos ambientes más reacios al avance de la libertad de elección, suele funcionar bien una reproducción a escala 2:1 del busto de Kropotkin, con la barba bien untada en nata montada. Cubatas de Gin Lirios y botellas de vodka etiquetadas en un alfabeto que está muy lejos de parecerse al cirílico…

¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!

Se reparten gorros de legionario y tricornios adornados con escarapelas confeccionadas en colores de longitudes de onda indetectables para el ojo humano; se sortean besos a una cabra y a otras mascotas más exóticas, los más afortunados son premiados con la oportunidad de aplicarlo allá donde asoma un prolapso rectal, y se bailan danzas regionales al son de canciones populares alargadas hasta alcanzar una duración sinfónica fuera de lo común que los pedantes y resabiados definen como «mahlerianas». Sobre las barras cromadas de los bares resuena la música sincopada de las máquinas tragaperras, que cumple una función impagable incitando al suicidio mediante la propagación de la ludopatía y la demencia senil. Se pegan tiros al aire, algunos de ellos haciendo gala de una notable puntería. Se descubren pechos casi licantrópicos en los que las arterias y venas palpitan de un modo extraterrestre y en los que asoman escapularios de peso desmedido y significado no siempre claro ni beatífico, aunque sí sagrado. Magia negra, exclaman algunos; magia negra, advierten esos mojigatos mientras todos los demás siguen repitiendo la consigna, totalmente fuera de sí, sin control alguno, componiendo una alegoría viviente a la espontaneidad, a la neolibertad, a la llegada del fin de los tiempos y de todo sufrimiento. Magia negra, repiten los políticamente correctos mientras todos los demás seguimos gritando y aullando, soñando y celebrando.

¡Muerte, muerte!