Eels, porque la música no sabe morir

Eels

A principios de los 70, a los Everett les regalaron dos bolas de cristal para decorar el árbol de Navidad. La amarilla tenía inscrito el nombre de su hija mayor, Liz, y la roja el del pequeño, Mark. Los hermanos, en un arrebato de humor macabro, bromearon con que la bola que antes se rompiese designaría al primero en morir.

Mark, sediento de emociones siniestras, llevaba la bufonada al extremo cada Navidad. Arrancaba las bolas del abeto y comenzaba a practicar juegos malabares. Liz observaba angustiada el vuelo tintineante de las esferas mientras suplicaba a su hermano preadolescente que parara. Aquello no tenía ni puta gracia. Y un año, con Liz sollozando al borde de la desesperación, a Mark se le escapó una de las bolas. Trató de agarrarla con la palma de la mano pero rebotó y cayó al suelo rompiéndose en pedazos.

De color amarillo.

Aquel ruido de cristales rotos atormentaría sin piedad a Mark Oliver Everett, alias E, en el verano de 1996. Acababa de grabar Beautiful Freak, su álbum de debut bajo el seudónimo de Eels, y tras años de miserias por fin comenzaba a labrarse un nombre en la escena indie. Pero su adorada hermana nunca escuchó el disco. Liz se había suicidado.

La muerte es protagonista principal en la biografía de E, y por extensión en las canciones de Eels que este fin de semana sonarán en España, en los conciertos que la banda ofrece el 27 en Barcelona y el 28 en Madrid.

El universo paralelo de la guadaña

Tragedias que abren heridas imposibles de cicatrizar, una atracción irresistible hacia el amor kamikaze y todos los pequeños fiascos cotidianos que al sedimentar destruyen cualquier espíritu. La vida de E reúne material suficiente para provocarle lágrimas a Chuck Norris, si eso fuera metafísicamente posible. Quizá por eso su música es tan emotiva, porque se trata de la sublimación de un alma torturada.

Mark Oliver Everett nació en una familia emocionalmente desequilibrada. Su padre, Hugh Everett III, era un físico cuántico que a los 13 años se escribía cartas con Einstein y terminó asesorando a Robert McNamara sobre estrategias bélicas en Vietnam. Ese empleo en el Pentágono, sin embargo, nunca alivió su frustración profesional. Hugh Everett III era un prodigio caído en desgracia en la comunidad científica por haber acuñado la Teoría de los Mundos Paralelos, según la cual existen infinidad de universos donde se reproducen diferentes versiones de nuestras vidas. Aquella tesis pionera fue acogida con ostensible burla por parte de sus colegas, sobre todo cuando la ciencia ficción se apropió de la idea en películas de serie B. Según E, el estandarte de la investigación en la época, Niels Bohr, ridiculizó con saña a su padre y arruinó la vida de un hombre que se convirtió en un despojo taciturno.

E cuenta que su padre vivía tan abstraído que el solo hecho de que pronunciara una frase constituía una noticia en casa. Y el contacto físico con él se limitaba a fortuitos encontronazos en el pasillo, que acababan con una quemadura en el brazo porque Hugh siempre tenía un cigarrillo encendido entre los dedos.

Fumaba tres paquetes diarios, bebía como un pez payaso y había engordado con el desafiante regodeo de quien le importa todo una mierda. En 1982, a los 51 años, su maltratado corazón reventó. Las chicas Everett estaban de visita en casa de unos parientes. E había salido de noche. Al despertarse y buscar a su padre encontró el cadáver, desplomado sobre la cama con la ropa del día anterior.

Hugh era un ateo convencido y había pedido expresamente que sus restos fueran arrojados a la basura. Nancy Everett guardó sus cenizas durante unos años hasta que, finalmente, honró los deseos de su marido.

Décadas después de su muerte, Hugh Everett III recibió el debido reconocimiento como científico, como se explica en el documental Parallel Worlds Parallel Lives que E realizó para la BBC. En el terreno de la investigación la recompensa suele ser tardía, pero E tenía otro poderoso motivo para no seguir los pasos de su padre: “A nadie le gustaría ser el Julian Lennon de la física”.

No es fácil crecer a la sombra de un padre privilegiado en lo intelectual pero lobotomizado en lo sentimental. Y el reto se complica cuando tu madre no logra compensar con amor una exasperante falta de madurez. Nancy Everett era infantil y por tanto imprevisible. Aunque su cariño era incondicional, en ocasiones lanzaba críticas extemporáneas y crueles a sus propios hijos, y era propensa a romper en estruendosos llantos sin motivo aparente. Nancy inspiraba la ternura y compasión de una fiel amiga, pero no el respeto ni el sentimiento de deuda que infunden las buenas madres. E confiesa que la negligencia de Nancy le provocaba una irreprimible sensación de carencia. Irónicamente, ese vacío se magnificó cuando ella murió en 1998.

Meses atrás le habían diagnosticado cáncer de pulmón, y su deterioro en pocas fechas fue atroz. E recuerda escenas de su madre levantándose por error a las cinco de la madrugada para ir a quimioterapia. O despertarse por el ruido de líquido chorreando contra el parqué del pasillo: Nancy quería ir a mear sin hacer ruido pero el esfínter la había traicionado a escasos metros del retrete. Como la traicionó aquella vez que se cagó en las sábanas y, mientras E la limpiaba, sus ojos solo reflejaban la humillación de una mujer avergonzada de sí misma. Aquella mirada, como de niña perdida de noche en el bosque, era escalofriante.

Cuando Nancy sucumbió a la enfermedad, E descubrió que la enfermera que había contratado para atenderla aprovechaba su estancia en casa de los Everett para llamar diariamente a su familia en África. Dejó una factura de miles de dólares y desapareció. Peor aún fue la organización del funeral: Nancy había pedido expresamente que nadie hablara de ella durante la ceremonia, pero el sacerdote abrió turno de palabra para que los asistentes recordaran viejas anécdotas. Y su último deseo era que sonase una canción titulada Happy Trails. El cura obvió la petición porque no encontró la partitura y ni se molestó en llamar a E, que para colmo tenía una copia en casa.

Las muertes de sus padres, por las circunstancias en que acontecieron, fueron desgarradoras para E. Sin embargo, es la historia de Liz la que parece surgida de un sueño húmedo de Haneke en una tarde lluviosa de domingo.

Liz era una rubia con tetas de tronío y debilidad de espíritu. Sin referentes de estabilidad en el ámbito doméstico, cayó con facilidad en un círculo de malas influencias que se aprovecharon de ella sin pudor y la llevaron a una espiral autodestructiva donde el desfile de drogas, relaciones tóxicas y episodios depresivos culminó con un primer intento de suicidio en 1982. Poco antes del infarto de Hugh.

La muerte de su padre agudizó los problemas psicológicos de Liz, que pasaría años entrando y saliendo del frenopático. Gracias a la terapia de electrochoque experimentó leves mejorías que terminaron confirmándose como un espejismo. En todas y cada una de sus recaídas existía un componente de insuperable mala suerte: Liz siempre confiaba en los hombres equivocados. Salió con un tipo que la maltrataba y tuvo otro novio que en un brote psicótico amenazó a E con un cuchillo de cocina. Porque sí. Luego estuvo prometida con un tipo encantador que poco antes de la boda tuvo una epifanía y se convirtió en uno de esos cristianos renacidos.

Cualquier esperanza de rehabilitación se ahogó en alcohol. Liz se emborrachaba continuamente y una noche, totalmente ebria e indefensa, fue violada por un grupo de hombres en un cajero automático. Ese infierno personal continuaba ardiendo cuando años después Liz volvió a enamorarse y por fin se casó. Fue un enlace poco ortodoxo porque se celebró en la cárcel donde el novio cumplía condena. Era el mayor narcotraficante del estado de Virginia.

Siempre perseguida por sus demonios internos, Liz había protagonizado varias tentativas de suicidio desde aquel primer intento en el verano de 1982. El definitivo fue en 1996, cuando merendó un bote entero de pastillas. Escribió una nota de despedida en la que hablaba de reunirse con su padre en uno de sus mundos paralelos.

La guadaña aún no había terminado de ensañarse con E. Su prima Jennifer era azafata y volaba en el avión que impactó contra el Pentágono el 11-S. El gorila que les acompañaba en las giras, Spider, murió de sobredosis después de un concierto. La esposa de su mejor amigo falleció también a una edad ridículamente joven, de cáncer. A E le destrozaba recordar cómo había ido al hospital con su maleta y solo la maleta regresó a casa.

Música contra la depresión

Con tantos funerales a la espalda es difícil esbozar una sonrisa y tratar de mantener una vida normal. La de E, en cualquier caso, no lo había sido desde el principio. En su infancia llevaba el pelo largo y no era raro que lo confundieran con una niña. Quizá por eso era siempre el último en ser elegido para los equipos deportivos en la escuela. Por supuesto, también fracasó en el apartado académico y a lo largo de su juventud enlazó todo tipo de empleos temporales. Trabajó en una gasolinera, en un lavadero de coches, en un establo recogiendo mierda de caballo, en una imprenta, limpiando piscinas en invierno, repartiendo flores, de camarero, montó su propio negocio de mudanzas, dio clases de música a chicos en riesgo de exclusión social…

Mientras consumía su existencia en contratos basura, E componía decenas de canciones cada mes. La música era su pasión desde pequeño, y sus efímeros instantes de popularidad en el instituto se los debía a su habilidad como batería. Sin embargo, E no se planteaba seriamente explorar el mercado discográfico. Carecía de confianza en sí mismo. Y escuchando su primer álbum es fácil comprender por qué.

En su autobiografía, E habla sin tapujos de sus dramas familiares y narra descarnadamente sus problemas con las mujeres. Es un libro honesto, y la omisión de toda alusión a ese disco de debut da idea del sonrojo retroactivo que siente. No es para menos. El LP, que lanzó en 1985 bajo el nombre de Mark Everett, se titula Bad Dude in Love, que libremente podríamos traducir como Malote enamorado. Sí, ese es el nivel. 11 canciones que fusionan el más cutre de los sonidos ochenteros con poesía de adolescente en celo. Vergüenza ajena en estado puro.

Se editaron 500 copias de Bad Dude in Love, algo así como medio millar más de las que la humanidad necesitaba. El disco pasó completamente inadvertido y por eso no hubo una epidemia de oídos hemorrágicos en la época. Pero cuando E se convirtió en un artista de prestigio global empezaron a circular rumores sobre la existencia de ese álbum y despertó cierto interés morboso. En 2005, dos décadas después de su publicación, apareció una copia de esa obra seminal a la venta en eBay. En 2010 otra se vendió por 5.000 dólares. Para escarnio del pobre E, hoy se puede adquirir ilegal pero muy fácilmente en internet. Eso alegan quienes piratean, quiero decir.

Solo un misántropo melófobo habría recomendado en aquel momento a E perseguir una carrera musical. Pero él no se rindió, en gran parte por falta de otro propósito vital. La música era su único sueño y, para convertirlo en realidad, a finales de los 80 decidió marcharse a probar fortuna en Los Ángeles.

En Hollywood vivió tres años miserables, subsistiendo gracias a otra letanía de trabajos deprimentes. Componía nuevas canciones incesantemente y, como hacía en su hogar de Virginia, las grababa metido en un armario con su grabadora de cuatro pistas. Pero no conocía a nadie en la ciudad, y lo más cerca que estuvo de trabar contacto con la industria discográfica fue un empleo respondiendo llamadas en una revista musical.

Cuando estaba a punto de darse por vencido, la suerte de E cambió. Conoció por casualidad a un tipo llamado John Carter que resultó ser un cazatalentos de Atlantic Records. Le dio una de sus cintas y al cabo de unos días recibió buenas noticias. Carter quería ficharle. El problema era que los mandamases de Atlantic Records no compartían su entusiasmo por las canciones de E.

Es una constante en la vida de E: las circunstancias invitan al optimismo y cuando has bajado la guardia el destino te propina otro latigazo despiadado. Al final, no obstante, el karma tiende a compensar las burlas. Meses después de aquel desengaño, E se enteró de que Atlantic Records había despedido a Carter y le llamó para preguntarle por sus planes de futuro. Carter se convirtió entonces en el representante de E y le enseñó sus canciones a un productor llamado Davitt Sigerson. En un genuino golpe de suerte, Sigerson fue nombrado al poco tiempo presidente de Polydor y una de sus primeras adquisiciones fue E.

Firmaron un contrato por dos discos, que esta vez se publicarían con el nombre de, sencillamente, E. A Man Called E se lanzó en 1992, pero musicalmente es un álbum todavía anclado en la horterada de los 80, y equipado con letras que continúan provocando cierto rubor. En mi opinión, E comienza a explotar su talento a partir de Broken Toy Shop, de finales de 1993. Aunque irregular, este álbum contiene pistas como Shine It All On y Manchester Girl, anticipando los rasgos esenciales que más tarde definirán a Eels, esas canciones falsamente naïves, caramelos con veneno en el corazón.

Claro que Broken Toy Shop se esfumó en el olvido. Polydor acometió por aquella época una reestructuración que acabó con Sigerson en la calle. Nadie se molestó en promocionar el disco de E y su contrato no fue renovado. Sueños tan breves, ni siquiera en la siesta.

La carrera discográfica de E acababa de recibir una estocada mortal. A pesar de la decepción, continuó componiendo y experimentando con nuevos sonidos. De las sesiones de aquella época surgieron Novocaine for the Soul o Susan’s House, canciones que revelaban una incipiente madurez artística. Para significar el inicio de una época más sofisticada, y en parte porque utilizar una simple vocal era un engorro logístico, E decidió cambiar de nombre artístico. Carter sugirió Eels, con el argumento de que al compartir inicial sus álbumes viejos y futuros estarían colocados de manera correlativa en las estanterías de las tiendas. Error de cálculo: los Eagles y Earth Wind & Fire poseen una amplia discografía.

Para definir la identidad de Eels, E se rodeó de un batería y un bajista, y el trío comenzó a ofrecer conciertos en diferentes antros de Los Ángeles. Para entonces, un viejo conocido de E, DJ de una radio local, ya pinchaba Novocaine for the Soul en las ondas. Se generó cierto hype en la escena alternativa, y al cabo de unos meses eran varios los sellos que cortejaban a E con suculentos contratos, una situación surrealista después de tantos desprecios.

Tras desestimar otras ofertas, Eels se convirtieron en el primer fichaje de la recién inaugurada DreamWorks Records. Y en 1996 lanzaron Beautiful Freak, con joyas como My Beloved Monster o Flower, y que se erigía en conjunto como un imponente arranque a una trayectoria especial.

Beautiful Freak fue un éxito, pero ya se sabe: unos días eres la paloma y otros días eres la estatua. Liz se suicidó la noche antes de la publicación del disco, y el cáncer se cebó con Nancy mientras E se embarcaba en su primera gira, obligándole a volar de regreso a Virginia en sus pocos días libres. Aquellas demoledoras experiencias terminarían moldeando el segundo disco de Eels, Electro-Shock Blues, así titulado en recuerdo de la agresiva terapia a que Liz se sometía en sus peores fases de depresión.

Para E, Carter se había convertido en una figura paternal. Por eso fue tan difícil de digerir su opinión del álbum: “Nadie quiere escuchar un disco sobre la muerte”. En aquel instante E cayó en la cuenta de que Carter siempre sería su amigo, pero no podía continuar como su representante. Electro-Shock Blues no era un disco sobre la muerte. Al contrario. Hablaba de la vida. De lo realmente jodida que es, de todo el sufrimiento que implica, pero de lo mucho que vale la pena.

Los mandamases de DreamWorks supieron reconocer la carga de emoción que impregnaba Electro-Shock Blues. Era imposible no rendirse ante canciones como Last Stop: This Town, Cancer for the Cure (incluida luego en la banda sonora de American Beauty) o, sobre todo, la conmovedora P.S. You Rock My World, que arranca con un verso poderosamente evocador: “Estaba en un funeral. El día que me di cuenta. De que quiero pasar el resto de mi vida contigo”.

Incomprendido por la industria discográfica

La crítica musical no escatimó elogios hacia Electro-Shock Blues, y eso generó una enorme expectación en torno al siguiente disco de Eels. Por alguna extraña razón, no obstante, los directivos de la discográfica se sintieron defraudados con Daisies of the Galaxy. Es un álbum aparentemente más liviano, pero con innegables dosis de genio atormentado. Contiene canciones, como Grace Kelly Blues o Daisies of the Galaxy, que epitomizan la esencia de Eels. Melodías que te besan en los labios vestidas con letras que te clavan un puñal en las entrañas.

Después de Electro-Shock Blues, DreamWorks esperaba temas más vibrantes y pegadizos para seducir en la radio. Un tema como Mr E’s Beautiful Blues. E había escrito y grabado esa canción mucho después de completar Daisies of the Galaxy¸ y no tenía ninguna intención de incluirla en el disco porque rompía completamente con su hilo conceptual. Sin embargo, la compañía fue inflexible: no editaría el álbum, que llevaba siete meses acumulando polvo, salvo que Mr E’s Beautiful Blues se incluyera como bonus track. En esta ocasión, y después de negociar 20 segundos de silencio antes de la pista oculta, E cedió a los deseos de los encorbatados.

Quizá esa capitulación le dejó mala conciencia. Quizá fueran las turbulencias amorosas por las que atravesaba en la época. La cuestión es que con el inicio del siglo XXI E sintió la necesidad de tomarse un respiro e ingresó en un centro de meditación ubicado entre la espesura de un bosque en California. No tenía permitido hablar ni leer o escribir durante diez días.

Y de repente, en medio de la terapia, surge la inspiración. E, incapaz de sacudirse las musas, se escabulle en plena madrugada para robar el único utensilio de escritura disponible en todo el complejo: un lápiz en el cuarto de baño que los empleados usan para apuntar los turnos de limpieza completados. Como no puede robar también la hoja de servicio, E recurre al cartón de un rollo de papel higiénico. Y clandestinamente comienza a escribir versos que luego evolucionarán hasta convertirse en Souljacker.

Se trata de un nuevo disco más agresivo y feroz. E se dejó crecer la barba y adoptó un álter ego barbudo, el Dog Faced Boy que protagoniza la canción inaugural del álbum. Hay fogonazos como la canción que da título al LP, divida en Souljacker Part I y Souljacker Part II, y un himno sublime como Fresh Feeling. Sin embargo, la acogida en DreamWorks volvió a ser gélida. No estaban preparados para un sonido tan corrosivo y provocador. Esta vez E no sucumbió a las presiones e insistió en no alterar el producto final. Souljacker se lanzó primero en Japón y el Reino Unido, y no llegó a Estados Unidos hasta seis meses más tarde. Las excelentes críticas que recibió entonces el disco dibujaron una sonrisa sardónica en el peludo rostro de E.

Envalentonado por el triunfo en esa pequeña batalla, E empezó a trabajar en su proyecto más ambicioso, un disco escurridizo al que llevaba años dándole vueltas de manera intermitente. Y cómo no, cuando los Eels por fin se reunieron para trabajar en serio en ese álbum, lo que surgió fue uno completamente distinto, Shootenanny! Es una obra creada en apenas diez días y por tanto desbordante de una frescura manifiesta en Saturday Morning o Rock Hard Times. Y para los sibaritas, Love of the Loveless.

Irónicamente, DreamWorks expresó al principio enorme entusiasmo por el disco. Pero se desvaneció al confirmarse que el sello se hallaba al borde de la quiebra y necesitaba hacer caja. Eels son una banda de culto, no una máquina de ganar dinero, y en una situación de crisis su música no interesaba a los contables.

DreamWorks fue finalmente vendida a Universal, donde directamente despidieron a Eels. Al cabo de años de desvelos, E por fin había completado su obra maestra, Blinking Lights and Other Revelations, un doble disco de sentimientos a flor de piel, cargado de reflexiones profundas y de una amargura que desprende pese a todo una irresistible vitalidad. Trufado de pasajes instrumentales para dar fluidez y respiración, el disco presenta incluso rarezas como Going Fetal. Para este tema, E contaba con la promesa de Tom Waits de colaborar, aunque a distancia. Le envió a su domicilio una cinta con dos pistas grabadas e instrucciones precisas sobre qué hacer en las otras dos para cerrar la canción. Pero Tom Waits es Tom Waits y se pasó por el forro las directrices: borró accidentalmente la voz de E y se limitó a grabar en su baño berridos como los de un bebé llorando.

Esa historia podría haber sido un poderoso reclamo, pero Universal ni siquiera quiso escuchar el disco. Indemnizó a E por rescisión del contrato y le invitó a buscar otro sello con el que publicar su maldito doble disco. Ese sello fue Vagrant Records y el álbum salió al mercado en abril de 2005 con dos piezas de calibre. Railroad Man es una exquisita canción de añoranza y confesión de las dificultades para adaptarse a una realidad siempre cambiante. Things the Grandchildren Should Know es quizá el más emblemático de los temas de Eels, y no en vano da título a la autobiografía que E publicó en 2008 y que en España editó Blackie Books como Cosas que los nietos deberían saber. La canción, narrada en primera persona, habla sutilmente de su traumática vida, de su carácter un tanto huraño y, sobre todo, de su relación con su padre, al que por fin ha comprendido y por tanto ya puede perdonar.

Grabar un disco después de Blinking Lights era como rodar una serie después de haber firmado The Wire. Eels tardaron cuatro años en regresar, pero lo hicieron con tres discos publicados en un intervalo de apenas 14 meses. E concibió una trilogía cuyo nexo argumental es el amor. Hombre Lobo habla de deseo y lujuria, y todo el guitarreo remite a las primeras chispas de un romance, con procacidad en canciones como Fresh Blood o Prizefighter. E adoptó la voz de un licántropo, evolución de aquel chico con cara de perro de Souljacker, y recuperó la barba, que se había afeitado cuando los controles de seguridad en los aeropuertos se volvieron insoportables en la psicosis post 11-S. Su vello facial levantaba sospechas, pero al recuperarlo en todo su esplendor aprovechó para asentar verdades y despejar falsos mitos. Por ejemplo, E quiso dejar claro que su barba es tan suave como la barba de un bebé. O que duerme con ella por fuera de las sábanas y no por dentro, como afirmaban los rumores. Y aunque nunca se ha incendiado al encender un puro, sí que ocasionalmente se queda atascada con la cremallera del abrigo. Y duele.

El segundo álbum de la trilogía, End Times, aporta la cara sombría. Es el disco en el que E vuelca las sensaciones de su matrimonio fracasado, arropadas con sonidos lentos, desgarrados. La depresión asoma con especial violencia en la magnífica A Line in the Dirt y su estrofa inicial: “Se ha encerrado en el baño. Otra vez. Así que estoy meando en el patio. Me tengo que reír cuando pienso en lo lejos que ha ido. Pero las cosas ya no son graciosas“. Solo Woody Allen puede utilizar con tanta soltura el humor para retratar la devastadora descomposición de una pareja.

Tomorrow Morning, el tercer disco, es la refutación del anterior. Eels pasan del final de los tiempos a la mañana de mañana, que amanece envuelta en una brisa de esperanza. What I Have to Offer o Looking Up inciden en la noción de que el amor es incontrolable, y que a pesar de todos los desengaños siempre resurge.

Debilidad por las mujeres mentalmente desequilibradas

E es un hombre enamoradizo. En su autobiografía, sin atisbo de épica, repasa varias de sus conquistas y es fácil concluir que su presa favorita son las chicas con un punto de desequilibrio mental. E era un chico extremadamente tímido que solo empezó a salir de su caparazón al ligar con su primera novia. Todo su progreso en habilidades sociales se vino abajo cuando ella rompió por las bravas. Y por eso fue un placer culpable descubrir, una década después, que la joven en cuestión era lesbiana y estaba en tratamiento por su alcoholismo y sus tendencias suicidas.

La segunda novia de E también ejerció una función terapéutica hasta que se mudó de ciudad súbitamente. Con la tercera le pillaron bajando al pilón entre los arbustos del jardín del instituto, anécdota que contribuyó a apuntalar la fama de adolescente conflictivo que E comenzaba a adquirir. Sí, esa reputación que vuelve locas a muchas niñas y que le sirvió para arrimarse a la chica más popular de clase. Pero ella se hartó pronto y empezó a salir con un fantoche al que leía en voz alta las notitas de amor de E. Como si tal humillación se olvidara fácilmente, la chica trató de contactar con E años después, cuando él era ya famoso.

La debilidad de E por las perturbadas continuó en la edad adulta. Y el estandarte de ese fetiche es Anna.

El retiro silencioso en el bosque californiano no era la primera experiencia zen para E. Aconsejado por su terapeuta, en la gira europea de Daisies of the Galaxy había aprovechado un descanso para acudir a una especie de curandero en Hamburgo. En realidad, el tipo regentaba una fábrica de ensaladas orgánicas, y el rollo de recargar las baterías espirituales de los crédulos era un negocio aparte, en B.

Al recogerle en el aeropuerto, el doctor comunicó a E que compartiría las sesiones con otra paciente, una rusa cuyos problemas psicológicos se remontaban a su infancia cerca de Chernóbil cuando se produjo el accidente nuclear. La primera frase que Anna pronunció al conocer a E fue: “Tú no eres guapo”. Amor a primera vista.

Según recuerda E, Anna era una mujer cuyo atractivo se basaba precisamente en su franqueza y en su total falta de complejos, exhibida también en cómo untaba con ketchup las tostadas o embadurnaba los burritos con mayonesa. A su capital erótico se añadía un seductor acento, que no era soviético sino de un planeta propio habitado exclusivamente por ella.

E y Anna se casaron tras un breve noviazgo porque sin papeles de boda ella no habría obtenido el visado para viajar a Estados Unidos. El matrimonio fue para E una de las épocas más felices y a la vez estresantes de su vida. Anna era una mujer demasiado intensa, que martirizaba a E por detalles como no haberla llevado a aquel concierto que Nina Simone dio en Los Ángeles poco antes de morir.

El matrimonio naufragó. ¿Qué otra cosa cabía esperar de una pareja que se había conocido en una fábrica de ensaladas orgánicas cuyo propietario era un brujo new age?

El aterrador concepto de la familia

Desde su divorcio E ha recaído en la trampa del amor. En su nuevo disco hay una canción titulada True Original claramente inspirada en un objeto de deseo femenino. Cuando le preguntan quién es la chica, E responde: “No la conoces. Y forma parte de mi pasado, así que da igual”.

E acaba de cumplir 50 años. No se ha vuelto a casar y no tiene hijos. Por eso es tan genial que titulara su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber. “No quiero tener hijos. Iré directamente a por los nietos”, bromeaba para desesperación de periodistas con poco sentido del humor. A veces, esa coraza defensiva de chistes cae y aparece el auténtico Mark Everett, con sus miedos y sus complejos. En una entrevista telefónica en junio de 2009, le pregunté si nunca se había planteado evitar que la saga Everett muera con él y tener críos. Y respondió: “Sí, a veces. Pero es una cuestión comprometida. En fin, si echas un vistazo a mi historia familiar comprenderás por qué me aterra la idea. Todo lo que sé acerca de la familia es realmente jodido. Es un asunto complicado”.

A falta de descendientes, E es el orgulloso dueño de un pero llamado Bobby Jr, su más fiel compañero en las sesiones de grabación de su último disco, Wonderful Glorious. Se trata de un álbum diferente a todos los anteriores por el solo hecho de que E no tenía un plan preconcebido y renunció a su tradicional monopolio sobre el control creativo, delegando en el resto de los Eels. El fruto de la improvisación es un álbum espontáneo donde convive la lírica de On the Ropes con la osadía de Wonderful Glorious, última pista del disco homónimo y que sería perfecta banda sonora para una blaxploitation dirigida por Tarantino.

Ocupado con la gira, E no valora de momento escribir un segundo volumen sobre su vida. En sus últimas canciones también trata de contar historias ajenas, aunque a veces sus letras se revelan proféticas y tiempo después acaba viviendo las situaciones que describe. Por eso, según declaró recientemente, ha empezado a trabajar en un tema titulado Yo y las chicas desnudas sobre la pila de un millón de dólares.

Esa canción no se incluye todavía en el set que Eels tocarán este fin de semana en España. Habrá rock salvaje, aullidos nacidos de la púa Herco Flex 75. Y probablemente algún momento para la introspección, para recordar que la vida es muy puta pero es una suerte poder devorar cada momento. E lo sabe, y por eso da gracias de que la bola roja con su nombre inscrito aún no se haya roto.


Espíritus, arquitectura y armas de fuego

Winchester Manor

Cada vida es diferente, pero todas las muertes se parecen en un detalle crucial: siempre dejan preguntas sin responder. Sarah Winchester nunca escribió un diario ni concedió una entrevista e, inexplicablemente, ninguno de sus viejos sirvientes soltó palabra que arrojase luz sobre una biografía tan enigmática como fascinante. Nueve décadas después de su fallecimiento, el nombre de Sarah permanece envuelto en una bruma de leyenda.

Sarah Lockwood Pardee, la bella de New Haven, se casó en 1862 con William Wirt Winchester, heredero de la compañía Winchester, la famosa fabricante de armas de fuego. La joven y acaudalada pareja tuvo una hija, Annie, pero la pequeña falleció a las pocas semanas víctima del marasmo, un tipo de desnutrición que surge de la incapacidad de metabolizar proteínas. La tragedia sumió a Sarah en una profunda depresión, que se agravó cuando también William sufrió una muerte prematura, esta vez por culpa de la tuberculosis.

Convencida de que una maldición acechaba a su familia, Sarah buscó el consejo de Adam Coons. Este afamado vidente de Boston confirmó que la estirpe de los Winchester era perseguida por los espíritus de los indios, de los soldados de la Guerra de Secesión y de todas aquellas personas abatidas por el rifle de repetición Winchester, el arma que conquistó el Oeste. Si deseaba una tregua en esa cruel venganza, Sarah debía levantar un hogar para el reposo de los fantasmas. En cuanto detuviera la construcción de esa posada de ánimas beligerantes, ella sería la siguiente en caer, pero si las obras se prolongaban por los siglos de los siglos alcanzaría la vida eterna.

El resultado de esa profecía es una pesadilla arquitectónica en San José, California. Un complejo edificado ininterrumpidamente durante 38 años, desparramado a lo largo de dos hectáreas de un terreno bautizado en español como Llanada Villa (se desconoce la razón) y que se configura como un dédalo de 160 habitaciones con 40 dormitorios, 13 cuartos de baño, seis cocinas, 10.000 ventanas, 47 chimeneas, tres ascensores, un salón de baile donde jamás nadie bailó… Hay puertas que se abren a muros tapiados, claraboyas que no alcanzan el cielo o escalinatas con siete giros y 44 peldaños que solo suben tres metros. La Mansión Winchester semeja inspirada en las trampas visuales de Escher; su diseño carece aparentemente de otro propósito que no sea acumular ladrillos.

Una obra tan extravagante solo fue posible gracias a que Sarah disponía de unos recursos económicos virtualmente inagotables. Al morir su marido, heredó 20 millones de dólares y 777 acciones de la Compañía Winchester, que se elevaron a casi 3000 cuando falleció su suegra y ella asumió cerca del 50% del capital de la empresa. Sus ingresos se elevaban a 1000 dólares diarios, el equivalente en la actualidad a más de 20.000. Diarios.

Winchester Manor 5Con ese dinero podría haberse dedicado a derrocar gobiernos caprichosamente, a comprar la producción mundial de opiáceos o a investigar las propiedades curativas del semen de centauro, pero Sarah Winchester se decantó por seguir el consejo de su médium e invertir en una cuadrilla de albañiles que trabajó enyesando, martilleando, taladrando por espacio de casi cuatro décadas, las 24 horas del día, siete días a la semana.

Si la Casa Winchester presentaba un plano caótico, plagado de filigranas rocambolescas y sin sentido en los acabados, no era desde luego porque faltara mano de obra cualificada. Simplemente eran muy disciplinados y ninguno se atrevía a cuestionar las inverosímiles órdenes de Sarah. La sumisión al absurdo era una actitud lógica si valoramos que trabajar en la Casa Winchester reportaba a los obreros el doble de lo que cobrarían en cualquier otro empleo.

Sarah era una jefa exigente. Solo contrataba a los mejores y pagaba salarios muy altos, en parte porque sin la tentación del dinero no habría sido fácil atraer a esos profesionales a Llanada Villa. El terreno estaba lejos del núcleo urbano de San José, y la mayoría de la plantilla debía mudarse a la mansión. En la Casa Winchester se criaron familias enteras. Era como una pequeña ciudad, con su propio sistema de suministro de agua y electricidad, y fue una de las primeras residencias en introducir un plato de ducha.

En un ambiente tan íntimo, la obediencia a la patrona no impedía que aflorasen murmuraciones. Algunos achacaban las excentricidades de la Casa Winchester a la impericia como arquitecta de la orgullosa Sarah, quien prefería persistir en su desvarío antes que reconocer sus clamorosos errores.

Otros, más morbosos, argumentaban que en realidad la señora pergeñaba un auténtico laberinto a propósito, con el objetivo de confundir a los espíritus que la asediaban. Esta teoría era alimentada por diferentes rumores. Se dice que los vecinos oían cada noche una campana, que sonaba a las 12 y a las dos. Según la literatura fantasmagórica, esas son las horas oficiales de llegada y marcha de las ánimas. Sarah recibía a sus visitantes del más allá en la Habitación Azul, o Cuarto de Sesiones, pero luego se marchaba a descansar a otra estancia. Nunca repetía dormitorio dos noches consecutivas, para despistar a los espíritus malignos que pudieran estar vigilándola.

Las chimeneas truncadas a escasos centímetros del techo, las columnas invertidas o la escalera que baja siete pasos para luego subir 11 se interpretaban como ardides de Sarah para dar esquinazo a los fantasmas. Por ese mismo motivo se entendía que los planes de construcción se improvisaran y se modificaran incesantemente. No era extraño que Sarah decretase el derribo de una habitación, aunque estuviese recién terminada, y ordenase reconstruirla cambiando por completo el concepto original.

No había límites presupuestarios ni por supuesto plazos de entrega, por lo que el capataz John Hansen acataba con flema los arrebatos de Sarah. Al final han subsistido 160 cuartos, pero se estima que, entre repeticiones y repeticiones, en la Casa Winchester se construyeron en total unos 500 o 600.

La mansión llegó además a alcanzar los siete pisos de altura, pero se quedó en los cuatro actuales cuando el gran terremoto de 1906 provocó derrumbes y graves daños en la estructura. Aquel seísmo de 8,3 grados mutiló la torre principal y destrozó algunas cúpulas. Durante el temblor, Sarah quedó atrapada en una de sus estancias favoritas y sus criados tardaron horas en encontrarla.

Despilfarro sin complejos

Sarah entendió la traumática experiencia como una advertencia de los espíritus de que había gastado demasiado en la parte frontal de la mansión. A los pocos días mandó sellar una treintena de habitaciones, incluyendo unas majestuosas puertas ornamentales que se habían colocado en la fachada justo antes del terremoto y cuyo umbral solo habían cruzado tres personas: la propia Sarah y los dos carpinteros que las habían instalado. El susto contribuyó además a que Sarah extremase las precauciones contra las catástrofes naturales. Supuestamente temerosa de un segundo diluvio universal, se compró un ostentoso barco que mantenía atracado en la bahía de San Francisco.

En la Casa Winchester no había miedo al derroche. En una época en la que también el automóvil era todavía un lujo al alcance de un selecto y escaso grupo de privilegiados, Sarah apoquinó sumas escandalosas para adquirir un Renault, una limusina Pierce-Arrow o un camión Buick. Para el mantenimiento de los vehículos contrató a un mecánico llamado Fred Larson, que en un principio declinó la oferta de Sarah para trabajar a tiempo completo en Llanada Villa. Ella no se arredró y le pidió que nombrara su precio. Para sorpresa de Larson, Sarah aceptó sin pestañear la desorbitada cifra que puso sobre el papel.

Una sibarita como Sarah no escatimaba en comodidades ni en lujos como los chapiteles de las torres de su mansión, con su aspecto de castillo victoriano, o como los suelos de parqué, que dibujaban impresionantes mosaicos y realizados a partir de seis tipos de madera. En el exterior, Sarah tampoco reparó en gastos para dotar a sus jardines de flores, árboles y plantas exóticas importadas de hasta 110 países. Completó ese idílico vergel con varias fuentes y estatuas como la erigida en honor del jefe indio Little Fawn, al que Sarah quiso homenajear para congraciarse con los espíritus de los nativos muertos por un disparo de Winchester.

No fue su única concesión a los difuntos. Guiada por su refinado gusto, Sarah compraba para la casa los accesorios más caros y exclusivos: candelabros de plata, cristales de Tiffany’s importados desde Austria para las vidrieras, puertas con incrustaciones de bronce alemán… Estos artículos eran fletados a San José y muchos ni siquiera llegaban a instalarse en la mansión.

Tampoco se disfrutó plenamente de la bodega. Sarah coleccionaba botellas añejas de los más exquisitos vinos, pero una noche encontró la huella negra de una mano en la pared. Se trataba con toda probabilidad de los dedos sucios de un obrero poco cuidadoso, pero Sarah, fácilmente sugestionable, vio una señal agorera y ordenó sellar ese sótano con el licor dentro. En cualquier caso, las cenas de gala que supuestamente Sarah celebraba con los fantasmas no se resintieron excesivamente, por cuanto el caviar, las trufas o el faisán relleno de paté continuaban en el menú.

Sarah Winchester

Convivencia compleja en la mansión maldita

La relación de Sarah Winchester con los espíritus que la habían chantajeado para conseguir una morada era ambigua. Si por una parte les temía y les tendía trampas arquitectónicas, por otra les colmaba de oropeles y procuraba mostrarse comprensiva con sus manías. Por ejemplo, la mansión contaba con innumerables fuentes de luz —velas, candiles, bombillas eléctricas…— para que no hubiera zonas de penumbra y evitar así que los fantasmas se sintieran avergonzados por no poder proyectar su propia sombra. Más: en la enorme Casa Winchester había solo tres espejos, pues se cree que los seres de ultratumba se desvanecen al ver su reflejo.

Claro que ese desdén por los espejos era conveniente para una persona tan obsesionada por la privacidad como era Sarah. Una de las pocas imágenes que existen de Sarah fue tomada por un jardinero mientras ella pasaba distraída en su carruaje. Si hubiese sabido que la habían fotografiado, habría destruido el negativo. Celosa de su intimidad, una de sus primeras decisiones al comprar los terrenos en San José fue encargar que se plantara un seto alto y tupido alrededor de la propiedad. Más llamativa aún era su costumbre de mantener su rostro cubierto por un velo negro en casi todo momento. Se cuenta que si un sirviente veía su cara, siquiera accidental y fugazmente, era despedido en el acto.

Sarah podía permitirse despertar habladurías en torno a su reclusión vocacional. No le temblaba el pulso ni siquiera para denegarle una visita al presidente Theodore Roosevelt, que como ferviente admirador de las armas Winchester había expresado su interés en conocer a Sarah durante un viaje electoral a California.

Era una mujer independiente, sin ataduras ni compromisos, y sobre todo muy generosa. La deferencia que no tuvo con Teddy la tenía habitualmente con los niños de San José, a los que permitía jugar en sus terrenos e incluso comer helado o tocar el piano en la mansión. Además, aportaba suculentas sumas a la beneficencia y gracias a sus donativos se abrió en su Connecticut natal un centro para el tratamiento de la tuberculosis, la enfermedad que la había dejado viuda. La clínica funciona todavía como parte del Hospital Yale New Haven.

Avalada por esas credenciales, a Sarah no le importaba rodearse de un aura enigmática. A diferencia de sus empleados, ella no necesitaba un mapa para desplazarse por las entrañas de la mansión. Conocía cada rincón, cada pasadizo que la transportaba de un ala a otra como por arte de magia, a través de armarios o falsas puertas. Había dispuesto además mirillas secretas a lo largo de la casa para supervisar al personal, y no era infrecuente que apareciese sigilosa para asustar a un criado en plena travesura. Igualmente inquietante era su costumbre de tocar el órgano a horas intempestivas. Al parecer ensayaba para evitar que sus dedos se deteriorasen, como empezaba a hacer el resto de su cuerpo debido a la severa artritis que padeció en el otoño de su vida. Pero quienes oían una música tétrica en plena madrugada desconocían ese dato, y la consecuencia de todos esos detalles es que Sarah infundía una mezcla de admiración y temor reverencial.

Acaso contagiados por las inclinaciones esotéricas de Sarah, persuadidos de que la maldición de los Winchester era palpable, ninguno de sus herederos ni de sus empleados reunió el valor suficiente para hablar de ella y teorizar sobre sus auténticos motivos para construir la mansión, ni siquiera transcurrido medio siglo desde su fallecimiento.

Sarah murió mientras dormía, en septiembre de 1922, a los 83 años de edad. La construcción de la Casa Winchester se detuvo de inmediato: los carpinteros dejaron tornillos a medio clavar al enterarse del deceso. Sintiéndose de algún modo liberados, muchos no perdieron un segundo en alejarse de aquella ominosa mansión.

Los más valientes aguardaron intrigados a que se abriera la caja fuerte de Sarah. Para desencanto generalizado, en su interior no había lingotes de oro ni piedras preciosas. Solo recuerdos de su esposo y su hija fallecidos: calcetines viejos, ropa interior, un mechón de pelo de bebé en una pequeña caja de terciopelo… y un recorte de periódico con el obituario de la pequeña Annie.

La masonería como respuesta

Winchester Manor 6No había ningún documento que explicara satisfactoriamente por qué diablos Sarah había encomendado su vida a la construcción de ese laberinto tan imponente como estrafalario. La leyenda sobre la maldición de los Winchester era muy sugerente, pero no resistía un análisis racional. ¿Por qué Sarah no vendió sus acciones de la compañía para apaciguar a los espíritus?

Por otra parte, era difícil entender que una mujer con el bagaje intelectual de Sarah se dejase influir por supersticiones baratas. Hija de un próspero fabricante de carruajes de New Haven, quinta de siete hermanos, Sarah hablaba cinco idiomas, leía a los clásicos y tocaba el piano con maestría. Había sido una niña prodigio que asistió a escuelas privadas de élite y que luego ingresó en Yale.

Fue precisamente en su etapa universitaria donde se marca un antes y un después en la vida de Sarah, según Richard Allan Wagner. Este peculiar personaje escribió un no menos estrambótico libro titulado El secreto perdido de William Shakespeare, en el que defiende que la autoría de las obras del poeta inglés corresponde, en realidad, a Francis Bacon.

En ese libro Wagner dedica un amplio capítulo a Sarah Winchester, y elucubra que ella, como Bacon, se interesó desde joven por la masonería de la Orden Rosacruz y, durante su etapa universitaria en Yale, colaboró estrechamente con miembros de esa logia. Sarah adquirió vastos conocimientos sobre ritos y simbología, y aprendió las técnicas de encriptación utilizadas por los masones fieles a las ideas de Bacon. Se familiarizó además con los nuevos hallazgos sobre electricidad y magnetismo de Faraday, y con las tesis evolucionistas de Darwin, teorías todas ellas que superaban la concepción de la naturaleza como una entidad estática y pasiva y pasaban a explicarla como llena de dinamismo y constante mutación.

Por esa misma época un escritor llamado Charles Dodgson, más conocido por su seudónimo, Lewis Carroll, publicaba Alicia a través del espejo. Bajo la apariencia de un cuento infantil, la secuela de Alicia en el país de las maravillas explora un tema entonces en boga en la masonería, según Wagner: las asombrosas posibilidades de un universo con una cuarta dimensión. El título era por supuesto muy revelador, por cuanto los espejos son, metafóricamente, portales de acceso a estadios más elevados de conocimiento.

Basándose en esas huellas, Wagner concluye que la leyenda de la Casa Winchester es ridícula. No se trata de una morada para espíritus construida a golpe de improvisación y torpeza, sino de un edificio cuyas excentricidades han sido calculadas con precisión artesanal para dar pistas acerca del pensamiento de Sarah.

Ella creía en las teorías de otro baconiano como Rudolph Steiner, quien concebía el universo como un gigantesco organismo vivo en eterna evolución. En eterna construcción.

La importancia de los números

Podría haber aportado su genio a esa corriente filosófica componiendo sonetos o escribiendo novelas à clef, pero Sarah se mantuvo fiel a la tradición de Vitruvio y escogió hablarnos a través de los números contenidos en la arquitectura. El interés de Sarah por este arte surgió entre 1881 y 1884, años que pasó viajando por Europa para aliviar el dolor de la viudez. Wagner juzga probable que en su periplo visitase lugares emblemáticos para la masonería como la catedral de Chartres, con su célebre laberinto, o la capilla de Rosslyn, en Escocia, que posee una escalera que no lleva a ninguna parte y en cuya cripta secreta descansa el Santo Grial, según El Código Da Vinci.

No son evidentes las razones por las que Sarah se instaló en California a su regreso a EE. UU., aunque es cierto que varios parientes suyos se habían mudado a la zona de San Francisco durante la fiebre del oro a mediados del XIX. La cuestión es que el vasto terreno que compró en San José se convirtió en el lienzo sobre el que pintó el enigmático retrato de su mente.

En su libro, Wagner arroja pantanosas explicaciones sobre cabalística y numerología. Aquí citaremos solo algunas de las más inquietantes coincidencias subrayadas por él. Por ejemplo, cuenta que en la masonería uno se inicia expresando su deseo de recibir Luz. Es decir, conocimiento y sabiduría. Con toda intención, la fachada de la Casa Winchester mira al este, fuente de luz. Eso para empezar.

El salón de baile contiene dos de los elementos más llamativos de todo el recinto: dos vidrieras con inscripciones de Shakespeare (o Bacon). La de la izquierda es un pasaje de Troilo y Crésida: “Wide unclasp the table of their thoughts”. La de la derecha, de Ricardo II: “These same thoughts people this little world”.

Ambos son fragmentos fuera de contexto, incompletos, sin sentido aparente. Eso es precisamente lo que Sarah pretendía: confeccionar un mensaje solo al alcance de unos pocos iluminados. Las vidrieras son una juguetona invitación de Sarah a explorar la realidad subyacente de su mansión, de su mente, y para que la entendamos mejor se compara a sí misma con Crésida y Ricardo II. Wagner arguye que para el vulgo de la crítica literaria Crésida es solo una zorra. Pero es una mujer que hace todo lo necesario para sobrevivir, y es en ese aspecto en el que Sarah se siente identificada con ella. En cuanto a Ricardo II, para Sarah era deliciosa la ironía de un rey caído en desgracia, solo y encarcelado. Así se sentía ella, desgarrada por la muerte de su hija y esposo, atrapada en su propia fortuna.

Por último, es muy llamativa la fascinación de Sarah con el número 13. Su flor favorita era la margarita, que en varias de sus especies presenta 13 pétalos. En la Casa Winchester hay 13 candelabros. Y 13 baños, con 13 ventanas en el decimotercero de ellos, al que se accede tras subir 13 escaleras. En el Cuarto de Sesiones hay 13 perchas, de las que colgaban las 13 batas de diferentes colores que, según la leyenda tan detestada por Wagner, Sarah utilizaba cada noche para comunicarse con los muertos.

El testamento de Sarah estaba dividido en 13 partes. Lo firmó 13 veces.

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Inquietante atracción turística

Sarah Winchester legó los enseres de la mansión a una sobrina. Ocho camiones tardaron seis semanas en vaciar la casa de muebles. El complejo se vendió al mejor postor, aunque alcanzó una cifra irrisoria en la subasta. El comprador convirtió la Casa Winchester en una atracción turística, y como tal comenzó a funcionar apenas cinco meses después de la muerte de Sarah. Un ilustre huésped fue Houdini, que en 1924 se presentó en San José para tratar de comunicarse a medianoche con los espíritus de Llanada Villa.

La mansión, en cuya historia se inspiró Stephen King para Rose Red, se puede visitar actualmente por precios que oscilan entre los cinco y los 35 dólares, dependiendo del tour que se elija. El margen de beneficios no debe ser muy amplio si tenemos en cuenta que los trabajos de restauración y mantenimiento de la casa son interminables: cuando se termina de pintar, por ejemplo, ya es momento de empezar de nuevo. Pese a todo, el negocio emplea a cientos de personas, algunas descendientes directas de los antiguos sirvientes de Sarah.

Como era de esperar, los guías de la Casa Winchester han testimoniado toda clase de fenómenos paranormales a lo largo de los años: sonido de respiración en una habitación vacía, ruido de pasos en el cuarto donde murió Sarah, puertas cerradas con llave que aparecen abiertas misteriosamente, luces apagadas que se iluminan de repente, olor a sopa de pollo en una cocina inutilizada desde los años 20…

Con estos antecedentes no es de extrañar que una productora haya comprado los derechos para realizar una película sobre la historia de la Casa Winchester. Se trata de Hammer, el mítico estudio británico de filmes de terror como Drácula o Frankenstein creó a la mujer.

Hammer entró en bancarrota en los 80 y, quién sabe, quizá los espíritus de sus viejos espectadores acosaron al jefe del conglomerado yanqui que ahora ha comprado y revitalizado la marca. Quizá le amenazaron con torturas medievales si no continúa rodando para siempre jamás. Como el capitalismo con el crecimiento, como el amor con sus falsas promesas, como Sarah Winchester con su mansión, lo único que importa es no parar nunca.

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Las grietas de la perfección

Solo un teólogo perturbado se atrevería a declarar la guerra al amor. Lo curioso es que John Humphrey Noyes venció varias batallas en su cruzada contra los sentimientos románticos. En la segunda mitad del XIX, este iluminado de barba nívea, mirada abisal y palpitante magnetismo erótico fundó en Oneida, Nueva York, la más ilustre comuna en la historia de EEUU. A lo largo de casi cuatro décadas sus fieles convivieron bajo un mismo techo, compartiendo ropa, alimento y compañeros de sábanas. El fervor religioso, la eyaculación con marcha atrás y un delirante programa de reproducción selectiva eran los puntos cardinales de una utopía cuyo recuerdo pervive gracias a una mansión convertida en atracción turística y a una de las mayores empresas del mundo de menaje del hogar, Oneida Limited.

Noyes, natural de Vermont, fue un hereje precoz. Cursaba estudios en la Escuela Teológica de Yale cuando comenzó a moldear su polémica teoría del Perfeccionismo, según la cual solo eran verdaderos cristianos quienes estuviesen libres de pecado y observasen una conducta virtuosa. Para escándalo de compañeros y profesores, semejante tesis no solo rebatía el dogma del pecado original, sino que postulaba un vasallaje a Dios por vía directa, cancelando las deudas de los creyentes con la Iglesia, con la moralidad imperante y en general con toda convención social.

Cómo no, la definición de perfección propuesta por Noyes estaba hecha a medida. Argumentando que había sometido su voluntad a la de Él, afirmó que sus acciones eran reflejo de los designios divinos y por tanto irreprochables. Así que en 1834 se autoproclamó puro y perfecto. Y del Atleti, si me apuran.

Gracias a un razonamiento endeble pero efectista, Noyes acababa de reclutar a Padre, Hijo y Espíritu Santo como coartada para sus caprichos y para hacer lo que le diera la real gana. Practicar el amor libre reservándose a las nínfulas era según Noyes una conducta aprobada por el Jefe.

Amaos los unos a los otros, pero no por parejas, sino en masa”

El Perfeccionismo encontró en sus primeros compases un feroz rechazo. Cuando le expulsaron de Yale, Noyes regresó a Vermont y en el pueblo de Putney fundó una primera comuna donde comenzó a divulgar su controvertido pensamiento sobre una sociedad más igualitaria, justa y racional. Un Edén en la Tierra. Noyes predicaba que en el Cielo no existía el matrimonio y que atar a un hombre exclusivamente a una mujer —o viceversa— rayaba en el esclavismo. “El nuevo mandamiento es que nos amemos los unos a los otros, pero no por parejas, sino en masa”, fueron las palabras textuales con las que instauró el sistema del matrimonio complejo. Sobre el papel, cualquier varón de la comunidad podía mantener relaciones sexuales con cualquier hembra, pero el amor por una persona concreta se interpretaba como un sentimiento egoísta y degradante. Para garantizar que las emociones románticas no corrompían la armonía se fomentaba la alternancia, y si una pareja mostraba síntomas de excesiva complicidad la dirección de la comuna les prohibía verse. Se trataba de un engranaje social similar al que un siglo más tarde describiría Aldous Huxley en Un mundo feliz.

Las ideas de Noyes, tan heréticas como vanguardistas, atrajeron a decenas de bohemios y la comuna pronto superó el centenar de miembros. Sin embargo, la vecindad tampoco tardó en mostrar su animadversión hacia la conducta pecaminosa de los perfeccionistas en general y de Noyes en particular. No en vano el líder estaba oficialmente casado con una mujer llamada Harriet Holton, y sus prácticas adúlteras chocaban con el “conservadurismo” de Putney, un modo amable de referirse a las piedras y antorchas que precipitaron la huida de los comuneros hacia Oneida en 1848.

La comuna alcanzaría su esplendor en esa localidad neoyorquina, e incluso surgieron sucursales —aunque de existencia efímera— en poblaciones cercanas como Wallingford, Newark, Cambridge o Brooklyn. En Oneida los perfeccionistas compraron 30 hectáreas de terreno baldío, con una mansión al borde de la ruina y un viejo aserradero. La adquisición de la propiedad provocó un agujero de 2.000 dólares en el presupuesto, al punto de que no podían permitirse camas y dormían en el suelo de la buhardilla.

Las abuelas con los jóvenes efebos

Las estrecheces económicas ayudan a explicar las disfuncionalidades más morbosas del sistema del matrimonio complejo. En un contexto de lucha por la supervivencia del grupo, los niños habrían supuesto una carga. Por eso se aplicaron una serie de normas para evitar embarazos. En primer lugar, se decretó que las mujeres posmenopáusicas se encargaran de introducir en el sexo a los jóvenes adolescentes. Los hombres tenían prohibido eyacular cuando fornicaban con hembras fértiles, y la marcha atrás se coronó como el método anticonceptivo por excelencia. Dada su naturaleza poco fiable, no es descabellado intuir que en Oneida se practicaron abortos clandestinos.

Los perfeccionistas superaron las penurias iniciales y prosperaron económicamente a lo largo de los años 50 y 60 del siglo XIX. Levantarse a las seis de la mañana siempre tiene su recompensa. En su libro The Communistic Societies of the United States from Personal Visit and Observation, publicado en 1875, el autor Charles Nordhoff detalla los ingresos de la comuna de Oneida por cada uno de sus negocios. En 1874 el enlatado de frutas y verduras les reportó 27.417$; la confección de bolsas de viaje, sombreros de paja y patrones de seda, 203.784$; la fabricación de cadenas y trampas metálicas para animales, 90.447$. Además, recolectaron 25 acres de maíz, seis de tomates, 22 de manzanas y tres y medio de peras. Otra fuente considerable de ingresos era el turismo: miles de visitantes se acercaban a Oneida en el ferrocarril y pagaban 25 centavos por ver los espectáculos de canto y danza celebrados en la mansión, o 60 por una cena vegetariana (en la comuna apenas se consumía carne y tampoco se fumaba ni se bebía alcohol). Añadiendo por último los datos de venta de ganado, Nordhoff concluía que en aquella época los beneficios de Oneida se elevaban por encima del medio millón de dólares.

Quizá no fuese una cifra espectacular, ni siquiera para la época. De hecho, poco a poco fueron abandonando actividades deficitarias y especializándose en la herrería, concretamente en la elaboración artesanal de cubiertos de plata. En cualquier caso, no era el dinero la principal obsesión de Noyes y sus discípulos, como demuestra su interés por invertir en comunicación. Con fines educativos y propagandísticos, los perfeccionistas apostaron desde el inicio por la prensa, y publicaban puntualmente un semanario titulado The Circular por el que no cobraban nada, aunque si algún lector acaudalado quería contribuir pagaba dos dólares como cuota de suscripción anual.

The Circular contenía artículos de opinión espiritual de Noyes, pero el grueso del periódico consistía en un resumen de las actividades en el seno de la comuna. Sin duda, la sección más jugosa era la crónica sobre las sesiones de crítica, otra de las marcas inconfundibles de Oneida.

Cada domingo por la tarde, antes de retirarse a sus estancias a bailar o jugar al dominó (las cartas estaban prohibidas), los miembros de la comuna se reunían en una de las grandes salas de la mansión para comentar los eventos sucedidos a lo largo de la semana. Y para mantener el nivel de pureza espiritual se dedicaba un espacio a criticar, en público y por turnos, a quien hubiese exhibido alguna actitud poco decorosa. El propio Noyes podía ser objeto de los reproches, aunque todos los registros sugieren que su paso por este trance era menos frecuente y desde luego menos severo que en el caso de sus compañeros.

Las sesiones de crítica, que en ocasiones se realizaban en grupos reducidos, servían aparentemente para pulir el talante de los comuneros y librarlos de tentaciones como la vanidad, la pereza, el desorden, el orgullo, la tozudez, la falta de modales o el amor egoísta. Noyes cantaba las excelencias de esta costumbre, y en declaraciones recogidas por Nordhoff afirmaba que “la crítica es solo desagradable para aquellos cuyo engreimiento es superior a su amor por la verdad. Se trata de una experiencia que revela la hipocresía y el narcisismo, pero que también sirve para mostrar otras virtudes ocultas. Es una práctica siempre aceptable para quien desea verse a sí mismo tal y como lo perciben los demás”.

¿Un crápula o un hombre avanzado a su tiempo?

La percepción popular del propio Noyes era y es todavía contradictoria. Autores como Nordhoff alaban algunos de los logros de Oneida, donde los modales eran exquisitos, la ética de trabajo indiscutible y el nivel educativo desbordaba ampliamente la media (la biblioteca contaba con 4.000 volúmenes). Sin embargo, Nordhoff también deja entrever un escepticismo compartido por la prensa de la época y por historiadores contemporáneos como Ernest R. Sandeen o Robert S. Fogarty. Este último valora que “algunos piensan que Noyes era un crápula, simple y llanamente. Otros opinan que era un tipo avanzado a su tiempo y una gran figura religiosa. Creo que está al 50%, para ser sincero”.

A los detractores de Noyes no les faltaba munición para cargar contra su proyecto perfeccionista. Bastaba con recordar que en Oneida habían vivido tanto Charles Guiteau como Leon Czolgosz, los asesinos de los presidentes James A. Garfield y William McKinley, respectivamente. Otro argumento menos demagógico vio la luz a partir de 1868, cuando consolidada la bonanza de la comuna Noyes levantó el veto sobre la reproducción e introdujo un controvertido plan eugenésico, la estirpecultura. Este programa selectivo pretendía dar como fruto niños perfectos, y por ello se enfatizaba la importancia de que los potenciales progenitores reunieran las virtudes de los patriarcas de la cristiandad. Los comuneros que deseaban ser padres presentaban su solicitud a la cúpula jerárquica de Oneida, y en función de las cualidades morales de los demandantes Noyes y su círculo íntimo determinaban quién inseminaba a quién.

La estirpecultura marcó el principio del fin de la utopía de Oneida. Al cabo de décadas predicando perfección, Noyes solo podía ver corrupción en el espejo. La realidad, más tarde o más temprano, siempre acaba por atrapar los ideales.

En torno a 50 mujeres y 40 hombres participaron en el programa, del que nacieron en pocos años entre 58 y 62 bebés. Las cifras difieren levemente según las fuentes consultadas, pero todas coinciden en señalar que Noyes engendró al menos nueve criaturas. El líder puro y honorable, al fin y al cabo, se reservaba el privilegio de desvirgar a las chicas más tiernas y fértiles. En una comuna donde la mayoría de los jóvenes solo podía retozar con abuelas de pechos vencidos por la gravedad, semejante prebenda despertó una incontenible indignación.

No obstante, la gota que colmó el vaso fueron las reglas acerca de la educación de los niños. Terminada la lactancia, los pequeños eran separados de sus madres y criados comunalmente en un ala de la mansión. Si los supervisores de la guardería observaban que un padre y su hijo comenzaban a establecer una relación estrecha se decretaba un tiempo de alejamiento forzoso. Y eso sobrepasaba los límites de lo tolerable, sobre todo cuando quedó en evidencia que Noyes manipulaba los regímenes de visita para satisfacer sus objetivos personales. En un alarde de contradicción, el hombre que reprimía el cariño se encaprichó de una muchacha llamada Tirzah Miller. Era su amante favorita, y según narra Fogarty en Desire and Duty at Oneida, Noyes no encajó nada bien que Miller se inscribiera en la estirpecultura y quedara encinta de un músico llamado Edward Inslee. Corroído por los celos, Noyes utilizó todas las estratagemas para mantener a Miller e Inslee separados, e incluso se las arregló para cambiar el nombre de su bebé, bautizado como Haydn en una clara alusión a la afinidad musical entre ambos. Por orden expresa de Noyes, el niño fue finalmente registrado como Paul.

Y al final se casan

Aquella política de doble rasero provocó una creciente fricción entre los comuneros. La situación desembocó en 1879 en una serie de guerras internas por el poder y finalmente en el derrocamiento de Noyes. Acusado, quizá falsamente, de haber violado a varias niñas, el líder se vio cercado y decidió escapar en plena madrugada. Cruzó la frontera y se instaló en Canadá, en las Cataratas del Niágara, donde moriría siete años después.

Huido Noyes, Oneida tardó apenas unos meses en desmantelarse, aunque varios de sus miembros prorrogaron las actividades comerciales de la comuna. Su cooperativa fue la semilla de Oneida Limited, una multinacional especializada en artículos de menaje, aunque durante las guerras mundiales fabricó también material quirúrgico, armamento, tanques, piezas de los motores de los aviones de combate… Actualmente es la empresa líder en cubertería y mantelería de Norteamérica, aunque la globalización ha dañado el negocio y desde 2004 ha cerrado varias de sus fábricas en EEUU. Las oficinas centrales, pese a todo, permanecen en Oneida.

La compañía relata en su página web la extraordinaria historia de sus orígenes, pero el más evocador testimonio de Oneida continúa encerrado en las paredes de la vieja mansión de la comuna. Reconvertido en un lujoso hotel, el monumental edificio está administrado desde 1987 por el Estado de Nueva York. Los curiosos pueden alojarse en la suite de Noyes por 200 dólares la noche, o celebrar banquetes de boda en los amplios jardines de la finca.

Casarse en un enclave donde el amor estuvo prohibido es una encantadora ironía. Y sin embargo, pasar por el altar es lo que hicieron decenas de comuneros de Oneida en 1880. En menos de un año desde que Noyes se esfumara, más de 35 parejas perfeccionistas contrajeron matrimonio.

La moraleja de lo sucedido en Oneida tiene ese punto conmovedor. Siglos y siglos de evolución humana han consagrado el amor entre dos personas como el más sabio método de supervivencia de la especie. Ninguna dictadura, ningún fanatismo podrán jamás impedir a un hombre y una mujer enamorarse. Quizá no sea perfecto, pero el amor es una tentación irresistible. Hasta los teólogos enajenados saben reconocerlo.