Guillem Martínez: Hundimiento cultural

Berlín 1945

En una reciente entrevista el conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, valoraba la cultura de los últimos 25 años como mediocre. Lo que tiene su qué. La cultura de las últimas décadas ha sido subvencionada, seleccionada, reconocida, premiada y honrada por el Estado. Lo que la ha acercado a la propaganda. Es difícil que un jefe de propaganda reconozca su fracaso/deje de emitir propaganda. Yo solo lo he visto en la frase de Mascarell y en un cacho de Goebbels en El Hundimiento, the movie. Un indicativo de que la sinceridad, en los sistemas propagandísticos, solo es perceptible en sus hundimientos, con el búnker ya calentito. Y sí, el paralelismo entre Goebbels y un conseller/ministro de Cultura, es acertado y posible: en una democracia —Chomsky dixit, la propaganda tiene la misma función que la violencia en una dictadura. Crea una tendencia única e indiscutible y, snif, te hace sentir solo y tonto del bote. Como tras una paliza.

Precisamente, el Hundimiento institucional generalizado que vivimos, consiste también en la percepción del rol propagandístico de la cultura y en su absoluto desprestigio. Un rol que no puede subsistir con crítica y transparencia, y del que por fin hay una visión crítica e información. A través de un mail del PP, enviado por error a quien no se debía, se ha accedido, por ejemplo, a las consignas que el partido da a sus ¿intelectuales? para que opinen en los medios. Lo que ilustra el carácter fraudulento del género de opinión en las últimas décadas, ese género consistente en no alejarse mucho de lo señalado por los partidos o los gobiernos ahora que lo pienso, como un texto de una acción preferente. La publicación de las subvenciones de la Generalitat a la prensa escrita cifras inauditas en época de crisis incide en el tema, y orienta sobre la función de la cultura en el Régimen del 78: propaganda, en ocasiones pagada, zas, directamente. Existe ya información sobre el pago del Estado a periodistas/escritores/tertulianos/comunicadores ese pack inquietante y, hasta hace poco, determinante en la fijación de marcos culturales, como la reciente publicación del sueldo de Bru de Sala por lo del guatequeZzzz del Any Espriu, uno de esos festejos con los que el Estado homenajea a escritores que se le parecen o le perfuman. Son 123.000 pepinos. Y la constatación de algo inaudito en otras culturas europeas, como que un periodista acepte pagos del Estado. O, ya puestos, de un banco esa cosa que se parece tanto al Estado que igual al final se lo queda, más concretamente, del banco cuyo pago de deuda por parte de la Generalitat dejó a dos velas durante el pasado julio a los servicios sociales, como es el caso de Julia Otero.

Sea como sea, ya hay indicios para valorar que la relación entre el pago del Estado y la emisión de opinión debe de haber sido muy íntima hasta hace poco, pues en cuando se ha interrumpido, ha dado pie a grandes conversiones. Como es el caso de Josep Ramoneda desde que no dirige una institución estatal. Las deserciones de la CT/Cultura de la Transición por parte de algunos de sus power-rangers, ya sea vía libre albedrío, vía caída libre de mula o vía cese de contrato, empiezan a ser, en todo caso, tan llamativas como el cambio de cosmovisión de Gabilondo. Lamentablemente, carecen de argumentación o explicación pública, algo que sería ética e intelectualmente interesante. O no. Muñoz Molina, verbigracia, que en su último libro parece desmarcarse críticamente del Régimen que le alimentó, opta, en ese trance, por censurar al lector, ya desde la solapa, premios y cargos brindados por el Estado y sus asociados durante el Aznarato, etapa virulenta de propagandismo en la que, como los niños y niñas recuerdan, una parte notoria de nuestra egregia cultura participó, siguiendo las directrices gubernamentales, ampliando el campo semántico ETA hasta sus consecuencias más escalofriantes. De hecho, en su libro no aparece ninguna referencia a su artículo post-11M tal vez, el ejemplo más radical de una cultura volcada a la propaganda gubernamental. La incapacidad de reconversión de este colectivo de propagandistas del que Muñoz Molina puede ser el símbolo, en aquello que en Francia se conoce como pensador de fondo, se entrevé en el análisis realizado para explicar la crisis española. Una joya. No, aquí no hubo abuso de propaganda que impidió ver la realidad hasta que, toc-toc, llamó a la puerta, sino más bien tachán-tachán un fallo en la propaganda, que nos despistó del espíritu de la Transición que bla-bla-bla. Perla: “Obsesionados con la exhumación de fosas comunes, no reparábamos en el fragor de la excavadoras que abrían (…) zanjas para construir chalets”. Vamos, que todo es culpa de los mamones revisionistas/esto lo arreglamos con una vuelta integrista a la CT, en la que fuimos tan felices.

Una cultura que eligió su staff atendiendo a su aproximación al Estado, quizá no da para más. Por eso también se hunde con el Estado que la pagaba y honraba. De la misma manera que decidimos no controlar a nuestras instituciones, decidimos que, por aquí abajo, un intelectual era alguien cuyos análisis coincidían con el Estado, en lo que es una bicoca para el Estado, una rebaja continua de la libertad de expresión para la sociedad y, ya puestos, una cultura mediocre. Para brillar en un sistema cultural vertical, que dé la razón al Estado, nunca ha sido necesario, en fin, ser un lumbreras.

Cuando en el futuro recordemos este periodo cultural, igual lo denominamos la-época-en-la-que-pagamos-viajes-a-New-York-a-varias-generaciones-de-nuestros-catetos. El Hundimiento del Régimen es también el Hundimiento de toda una cultura incapaz, de la que no quedará nada, si exceptuamos a, pongamos, Marías y Bolaño.


Guillem Martínez: “Pedimos al pueblo español que sea responsable”

Por aquel entonces yo era pequeño. No recuerdo cuál era mi principal reto en la vida, pero hasta hacía poco había consistido en no mearme encima. Caminaba agarrado a la mano de mi padre. Mi padre tenía una mano enorme. Y avanzábamos por la Rambla. La Rambla viene del palabro ramel. O al algo así. Ramel es árabe. Significa arena. Es la arena y los pedrolos que agrupa la lluvia cuando llueve y forma un arroyo. Hasta el siglo XVIII las Ramblas habían sido un arroyo. Luego la urbanizaron. Y se convirtió en un arroyo de personas. Tradicionalmente, y desde un primer momento, las Ramblas fueron un arroyo de tontos. Cuando eras tonto en Barcelona, acababas en el arroyo de las Ramblas, exhibiendo tu tontería. La novedad de aquella coreografía es que, por primera vez, desde los tiempos del cáñamo, nadie por aquí abajo tiraba piedras a los tontos. Igual, incluso, cumplían una función social. Yo qué sé. Hay un gran catálogo de tontos barceloneses que se han dejado ver en las Ramblas desde que dejó de ser un arroyo y pasó a ser un arroyo de tontos. El primero fue una señora. “La reina de les aigues”. Se supone que, como su nombre indica, era una mujer que se creía reina y, encima, de las aguas. Nadie le tiraba piedras. Igual, en su época, era lo más parecido a una película Disney.

Por aquella época en la que no me meaba y avanzaba por las Ramblas de la mano de mi padre, el rey de los tontos era el sheriff. Un tipo vestido de sheriff. Con un par de pistolas de juguete. Se te plantaba delante y te retaba a un duelo bajo el sol. Yo lo maté varias veces. Posiblemente, aquel tonto no se creía sheriff, sino muerto. Lo que indica que nada en la vida es lo que parece. Ni siquiera un tonto. Bueno. En aquella época las putas de las Ramblas llevaban blusas transparentes, a través de las que les veías las tetas, y había una cantidad enorme de mesas de personas pidiendo dinero para grupos extraños. Luchaban, para ser visualizados, contra tetas gigantescas. Era una guerra desproporcionada. Recuerdo una mesa de un grupo de italianos que pedía dinero para Brigati Rossi. Recuerdo una italiana tras aquella mesa. Era bellísima y llevaba unos zapatos de tacón fragilísimos, como los que llevaba Madame Trudeau en Studio 54. Tenía que ser una mujer especial porque todos, los tontos, los que hacía poco que no nos meábamos encima, los mayores, todos, la mirábamos con mayor perplejidad que cuando mirábamos las tetas transparentes de las chicas de al lado.

En eso, recuerdo, se acercó alguien a mi padre. Alguien con las manos también grandes, esas manos que tienen las personas que trabajan con las manos. Se abrazaron. Empezaron a hablar. Hablaron de huelgas, de hambre, de policía, de detenciones, de cómo comprar zapatos a sus respectivos hijos. Pero después se produjo un silencio. El rostro del desconocido gesticuló una cara de felicidad enorme, como cuando el sheriff te retaba. Miró a mi padre y dijo: “Gaspar, esta primavera”. Silencio. “Esta primavera fue posible la revolución, Gaspar”. Hoy en las Ramblas no hay tontos. Tienen enfermedades diagnosticadas. O, a lo sumo, están trompas. No hay tetas. El arroyo no parece un arroyo. Pero sigue siendo un arroyo.

Fotografía: Txema Salvans


Guillem Martínez: Que se jodan

Somos frágiles. Tanto que no les cuesta meternos en barcos o en trenes, llevarnos a trabajar a fábricas, echarnos de ellas, hacer jabón con nosotros. Somos frágiles. Nos obligan a dormir y a despertarnos. Pero nos jodemos. Nos jodemos. Quizá, es lo que mejor sabemos hacer. Nos jodemos. Somos frágiles, nos vemos, reconocemos nuestra fragilidad y nos jodemos. Nos olemos el cabello. Y nos jodemos. Nos comemos las bocas. Y nos jodemos. Nos acariciamos. Nos encerramos por horas en una habitación. A veces sucede en una cocina, en un pasillo, en un portal, en el cuarto de la fotocopiadora, en el bosque, en un lavabo, en un parque. Donde deberíamos trabajar, nos jodemos. Donde deberíamos dormir, nos jodemos. Nos jodemos sobre la mesa en la que deberíamos comer. Nos jodemos. Somos frágiles y nos jodemos. En ocasiones a cuatro patas, mientras susurramos palabras extrañas que nos agrietan el pecho. Nos jodemos. Con fuerza y contra la pared. Contra los árboles y las tapias. Nos jodemos a través de posiciones extrañas, que nos obligan a mirarnos a los ojos y ver la fragilidad del otro. Nos jodemos. Nos jodemos. Hace miles de años nuestros antepasados salieron de la selva. Jodieron en la sabana. Nos jodemos y emitimos sonidos y, durante unos minutos, desaparece la selva.

Fotografía: Txema Salvans