La alucinante historia de la Patagonia

La alucinante historia de la Patagonia
Los legendarios patagones y los conquistadores españoles en Tierra de Fuego en una ilustración de 1754. Imagen: Getty.

Fui hace muchos años a la Patagonia y corrí aventuras que no vienen al caso y no merecen la pena al lado de lo que es la gran aventura de la historia de Patagonia, a la que me aficioné después de estar unas semanas por allí y de donde volví con un montón de libros. De ellos, y principalmente, de Barridos por el viento. Historias de la Patagonia desconocida, de Roberto Hosne (Guadal, 2004), el primero que leí y que desde entonces he disfrutado, debo decir que he sacado todo lo que les voy a contar. Otro, ya se lo imaginarán, es el de Bruce Chatwin, publicado en 1977, a veces criticado por las dudas acerca de su rigor, pero da igual: es un libro estupendo, de esos que luego le copias el estilo durante una temporada. No sé por qué, pero Chatwin está muy olvidado en España, o me lo parece a mí. El libro empieza con sus recuerdos de infancia de cuando iba a casa de su abuela. Allí había un trozo de brontosaurio que le regaló a su abuela un primo suyo, marino en la Patagonia, con una historia clásica en esos lugares: naufragó en el estrecho de Magallanes y ya se quedó por allí. Patagonia está llena de historias así y es un sitio extraño donde acaban todo tipo de personajes, de toda nacionalidad, como un sumidero del mundo al que llegan lanzados hasta allí. Por ejemplo, sin ir más lejos, el bisabuelo de la editora de esta revista. Historias fascinantes como la del brontosaurio son las que te hacen querer ir allí.

Chatwin, periodista del Sunday Times, acabó vagando seis meses por ese lejano punto del planeta por una entrevista a una arquitecta, Eileen Gray, que tenía un mapa de la Patagonia en casa. «Siempre quise ir», dijo él. «Yo también. Vaya por mí», le dijo ella, que tenía noventa y tres años. Tuvo una iluminación y se largó. Al llegar mandó un telegrama al periódico con su dimisión: «Estoy en la Patagonia». La verdad es que cuando llegas allí no te lo crees. Es una sensación aún tangible, que viene desde 1520, cuando las cinco naves de Magallanes, en su vuelta al mundo, tocaron tierra en la bahía de San Julián, la actual ciudad de Puerto San Julián. Allí se celebró la primera misa, se construyó y se utilizó el primer patíbulo para liquidar una rebelión y se cometió el primer homicidio registrado, un nativo del lugar. La civilización acababa de llegar. El suceso se produjo a los dos meses, cuando apareció un tipo gigantesco, según cuenta su cronista, el veneciano Antonio Pigafetta: «Era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura». Tenía la cara pintada de rojo y, en torno a los ojos, de amarillo. Luego vieron otros, igual de grandes. Por eso les pusieron patagones, parece que por sus pies descomunales, y se quedaron con esa fama, aunque con el tiempo se puso en duda que fuera para tanto. Los españoles, desde luego, eran bajitos, y algo exageraron los viajeros, a menos que la tribu enviara al encuentro de los españoles a su selección de baloncesto, para impresionar. Estos señores eran los tehuelches.

Es una zona muy inspirada para los nombres, muy evocadores, como Puerto Hambre, Deseado o cabo de las Once Mil Vírgenes, que hay que ver cómo llegarían allí de desatados las expediciones españolas para bautizarlo así. Actualmente se ha quedado solo en Cabo Vírgenes. Uno de los nombres más seductores es Tierra de Fuego. Parece que es porque los navegantes, por la noche, divisaban fuegos en tierra, signo de misteriosa presencia humana. En cuanto a Cabo de Hornos es más curioso. Una expedición holandesa posterior tenía una nave llamada Hoorn, el pueblo del capitán, que perdieron en un incendio. Les debió de dar mucha pena, porque luego le dieron su nombre al cabo que se encontraron arrastrados por los vientos: cabo Hoorn. De ahí cabo de Hornos. Magallanes pasó al Pacífico por el estrecho que lleva su nombre, y no sabían si había un paso más abajo. Fue doblado por primera vez cinco años después, en una segunda expedición, que siguió más al sur y notificó «el acabamiento de la tierra». No me digan que no da miedo. 

En su cuentecito Instrucciones para llorar, Cortázar sugiere: «Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca». En la Patagonia la soledad es tan palpable que casi te hace compañía.

Pronto se difundieron las leyendas sobre el lugar, que eran verdad, no se inventaban nada. En las historias de las primeras expediciones se relatan vientos huracanados al embocar el estrecho; barcos que desaparecían al alejarse unos de otros con las tormentas; rebeliones a bordo, escabechinas, asesinatos de los jefes mientras duermen. Con frecuencia las naves se confundían y entraban por el río Gallegos, más al norte, pensando que era el estrecho. Se fundaban ciudades en medio de las tempestades y de la nada, con cuatro gatos descalzos y muertos de hambre, solo para morir allí. Con ataques de nativos, comiendo pingüinos. Hacía tanto frío que un marino del pirata Cavendish fue a sonarse la nariz y se quedó con ella en la mano. Tripulaciones de doscientos hombres reducidas a seis o siete. Escorbuto galopante. Terroríficas historias de caníbales. Balleneros y cazadores de lobos marinos. Para terminar de adornarlo, dos náufragos llegaron a Chile en 1556 y contaron una serie de trolas del género «tierra de leche y miel», y así nació la leyenda de la mítica tierra de Trapalanda, que duró dos siglos. Pasó lo mismo con otra llamada Ciudad de los Césares, nunca encontrada y que generó aventuras desastrosas. Los relatos añadían siempre detalles exóticos, como esta curiosa descripción de los pingüinos escrita en 1670 por el capitán John Narborough: «Siempre de pie, enhiestos, como niños con delantales blancos, y muy juntitos».

España se volvió loca con el estrecho de Magallanes, paso estratégico clave. Hubo proyectos para fortificarlo, para controlar el acceso al Pacífico y también para evitar que corsarios ingleses, franceses y holandeses asaltaran los barcos cargados de riquezas que volvían a casa. Fue en 1578 cuando llegó allí Francis Drake, justo a la misma bahía en la que desembarcó Magallanes. De hecho, reparó el cadalso ruinoso que aún estaba allí y le hizo su servicio, pues también tuvo que resolver un motín. Hizo el récord de atravesar el estrecho, dieciséis días, y luego subió hasta California cumpliendo otro récord aún más envidiable: saqueó y atacó todo lo que pillaba, forrándose de oro, plata y joyas. Volvió dando la segunda vuelta al mundo, mucho más fructífera que la española: «El botín de Drake puede justamente ser considerado la fuente y el origen de las inversiones británicas en el exterior», dijo Keynes. De ahí arranca la Compañía de las Indias Orientales y el Imperio británico.

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Puerto Deseado en un mapa de 1615, durante el curso de la expedición de Le Maire y Schouten. La nave incendiada a la derecha de la ilustración es la Hoorn, que acabaría dando nombre al cabo de Hornos. Imagen: Getty.

Esta tierra salvaje y de clima criminal era tan inhóspita y dejada de la mano de Dios, que en 1774 un jesuita británico advirtió en un libro que «el lugar podría poblarse y ocuparse por años, sin que los españoles se dieran cuenta». «Se podría hacer con el mayor sigilo», proponía. Así que por fin en 1778 España decidió intentar establecer alguna colonia, una cosa seria. El 22 de abril de 1779 se fundó Carmen de Patagones, donde hoy está Viedma, 600 km al sur de Buenos Aires. Empezó a llegar gente de León, de Astorga y de la zona de la Maragatería, de ahí que hoy sus habitantes se llamen maragatos. Pero vamos, que de ahí para abajo aún quedaban más de 2000 km desconocidos. En 1785 zarpó de Cádiz una fragata al mando de Antonio de Córdoba, a patrullar, explorar y ver qué demonios se podía hacer por allí. Su informe concluyó: «Esta parte es la más desdichada y despreciable del orbe».

Detengámonos un momento a fijarnos: hace solo doscientos años, aquello todavía estaba vacío en su inmensidad, solo había una colonia en tierra firme, Carmen de Patagones, y otra minúscula en las Malvinas, pero en 1811 los españoles se largaron de allí, porque no había mucho que hacer y, sobre todo, porque nacía Argentina. Los ingleses se aprovecharon rápido, pero esa es otra historia, y también fundaron la Patagonian Missionary Society, de misioneros anglicanos. Fueron muriendo como chinches en desastrosas incursiones evangelizadoras, pero su tesón llevó en 1869 a un reverendo y catorce indígenas conversos a acamparse en un lugar que por allí llamaban Ushuaia. Así nació esta ciudad del fin del mundo.

En los años veinte y treinta del siglo XIX se organizaron expediciones británicas como Dios manda, dirigidas por Parker King y Fitz Roy, con científicos a bordo, que por fin arrojaron algo luz sobre la geografía del lugar. En uno de esos viajes, en 1831, iba un estudiante de veintitrés años, Charles Darwin, que ya conocen de sobra y quedó fascinado por la Patagonia. El estrecho de Magallanes seguía tan desolado a mediados del siglo XIX que un irlandés borrachín, cuyo nombre nunca se supo, se lo compró, tal cual, y durante una temporada se presentaba como su dueño y cobraba peaje. Se lo había comprado al cacique Casimiro, un indígena tehuelche que había sido vendido por su madre a cambio de un barril de ron en Patagones, y luego volvió para hacerse con el mando. Casimiro, que andaba entre chilenos y argentinos a ver quién lo trataba mejor, fue nombrado por el presidente Bartolomé Mitre, «jefe principal de las costas patagónicas hasta las puntas de las cordilleras de los Andes». Sonaba mejor que «capitán», que es lo que era en Chile, así que con eso se quedó. Era 1864.

Pero aquellas extensiones eran tal vacío y, por consiguiente, tal vacío de autoridad, que seguía existiendo la posibilidad de que cualquiera fuera por allí y se lo quedara. Es lo que pensó un tipo totalmente majara, un francés llamado Orélie Antoine de Tounens, que en 1860 decidió ir hasta allí y proclamarse rey de la Araucanía. Nada más fácil: buscó a unos cuantos caciques y logró que lo nombraran monarca, si bien fue «en medio de amplias y generosas libaciones», como informó luego el cónsul francés en Chile. Es más, poco después se anexionó la Patagonia. Así tenemos a Orelio Antonio I, búsquenlo en la Wikipedia, que te mueres de risa. Estaba tan enardecido que le declaró la guerra a Chile y todo. Fue arrestado sin mayores problemas y el juez pensó que estaba loco. Lo metieron en un barco rumbo a Francia, aunque siguió dando guerra muchos años: volvió tres veces a reconquistar su reino, fracasando todas ellas.

Con opuestas ínfulas de gloria llegó gente mucho más modesta y admirable, como Luis Piedrabuena, un marino que se instaló en 1859 en un rincón remoto ya muy al sur, la isla Pavón, en la desembocadura del río Santa Cruz, por donde ya había pasado Magallanes. Lo convirtió en una pequeña trinchera de la civilización, y comerciaba con los indios y los viajeros. Llegabas al fin del mundo y tenían tabaco, eso no tiene precio. Pero Piedrabuena, además, se hizo famoso porque salía al rescate de quien estaba en apuros y salvó a cientos de personas de morir ahogadas, desinteresadamente, porque había piratas que se dedicaban a eso y esquilmaban a las tripulaciones. En cambio, él perdía siempre dinero. Obviamente, es el típico personaje al que los burócratas hicieron la vida imposible. Hoy allí hay un pueblo de seis mil vecinos que lleva su nombre, Comandante Luis Piedrabuena.

También hay grandes aventuras colectivas. A partir de 1850, miles de galeses dejaron las islas británicas y aparecieron en la Patagonia, pero no solo para buscarse la vida y huir de las minas de carbón, también con un proyecto nacional, hartos de la discriminación inglesa y para preservar su identidad y su lengua. En medio de la nada se propusieron construir su particular burbuja galesa, con sus iglesias metodistas y sus escuelas en su propia lengua. Fue una de esas epopeyas de colonos que sufrieron calamidades inimaginables, pero lo consiguieron. Fundaron las ciudades de Rawson y Gaiman y luego fueron subiendo por el río Chubut, hasta llegar al pie de los Andes. Llegaron más grupos de colonos variopintos, como los pastores de ovejas escoceses —aquello está lleno de millones de ovejas y no he comido más cordero en mi vida—. O los bóeres sudafricanos, que dejaron su país tras perder la guerra con los británicos en 1902 y recalaron en torno a Comodoro Rivadavia.

La alucinante historia de la Patagonia
El Beagle, la nave en la que Charles Darwin emprendió su viaje de seis años por todo el mundo, varado en la desembocadura del río Santa Cruz, Patagonia, en 1834. Imagen: DP.

Pero eran motitas de polvo en la inmensidad. Aquello seguía siendo un desierto desconocido. A finales del XIX solo había algunos puntos perdidos de civilización propiamente dichos en la Patagonia argentina, y pegados a la costa: el poblado de Carmen de Patagones, las colonias galesas y, en la punta del continente, la remota taberna de Piedrabuena. Siguiendo por el estrecho de Magallanes se llegaba a Punta Arenas (Chile). Esto fue cambiando con mucho explorador loco y solitario. La Patagonia, como el oeste norteamericano, o la Siberia rusa, atraía a personajes geniales cuyas vidas siempre son de novela. Algunos luego lo escribieron, como George Chaworth MustersAt Home with the Patagonians, de 1871, es la primera descripción rigurosa del interior patagónico—, y luego llegaron los propios argentinos, de los cuales el más célebre es Pascasio Moreno, o Perito Moreno, a secas. Da nombre a ese majestuoso glaciar que sale en la tele para mostrar cómo se rompe con el calentamiento del planeta, y fue un personaje muy interesante. Además de hombre de ciencia y aventurero, fue el clásico visionario ilustrado de aquellos años que, al serle regalado un vasto territorio de veintidós mil hectáreas, como pago a sus servicios, asombró a la clase política diciendo algo tan absurdo como que renunciaba a él y que mejor lo convirtieran en parque nacional. ¿Para qué?, pensaron en Buenos Aires. Pues eso, Argentina fue el tercer país del mundo, después de Estados Unidos y Canadá, que tuvo parques nacionales. Hoy es el Nahuel Huapi.

En 1881 tomó por fin una forma concreta: se estableció la frontera y el reparto de tierras entre Argentina y Chile. Naturalmente, cuando decimos que la Patagonia estaba desierta estamos diciendo una tontería: vivían los indígenas. Lo cierto es que de ellos no se sabía casi nada. Los españoles se limitaron a matarlos o a convivir con ellos esporádicamente en las cercanías de sus escasos asentamientos, pero la vida nativa en el vasto y misterioso interior básicamente no se alteró durante tres siglos. Cuando se fundó Argentina, allí seguían los indígenas a lo suyo. Sus ataques cuando se enfadaban, los llamados «malones», eran temidos. De hecho, a las puertas del siglo XX, el inicio de las tierras salvajes, 500 o 600 km al sur y oeste de Buenos Aires, se consideraba aún la frontera de lo desconocido. Se llegó a construir una zanja de 500 km, en plan Muralla China, de Italó hasta la costa de Bahía Blanca, con fortines, para impedir incursiones indígenas.

Los primeros gobiernos nacionales afrontaron la cuestión al principio de buenas maneras, pero, tras topar con problemas y caciques revoltosos, pronto se pasó al método más habitual en la historia humana: machacarlos. No fue fácil. Es un capítulo de la historia argentina que se conoce como la Conquista del Desierto, uno de esos asuntos espinosos con el que se puede acabar discutiendo con un argentino. Los araucanos o mapuches eran bravos combatientes y dominaban una tierra muy hostil. Las tropas argentinas se veían impotentes; tomaban a los indios por prácticamente invencibles, aunque solo tenían lanzas, y eso en un lugar tan infernal donde tan pronto te quedabas congelado como te comía un puma. Finalmente, la llegada de los nuevos fusiles Remington y una ofensiva a lo bestia a partir de 1878 cambió las tornas. El general Roca avanzó hacia el sur con seis mil soldados e hizo miles de prisioneros. En 1885 todo había terminado. La historia de los indígenas derrotados es tan triste como se pueden imaginar.

La Patagonia tuvo un momento muy «Far West» a finales del XIX y principios del siglo XX. Por un lado, tuvo su fiebre del oro, cuando unos náufragos que buscaban agua potable excavando en una playa, cerca de Cabo Vírgenes, encontraron algunas pepitas en 1876. Se desató la locura y, de entre todos los aventureros, el que se forró de forma estratosférica fue otro personaje, Julius Popper, rumano criado en París que montó un emporio protegido por su propio ejército personal vestido con uniformes húngaros y llegó a acuñar su propia moneda. Pero el ambiente de película de vaqueros se creó sobre todo cuando empezaron a llegar pistoleros y bandidos estadounidenses. Y aquí llegamos a una de mis partes favoritas de este relato, como fan empedernido que soy de Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, Georg Roy Hill, 1969). Sí, amigos, Butch Cassidy y Sundance Kid (Paul Newman y Robert Redford en el filme) existieron, fueron personajes reales y acabaron en la Patagonia. Lo que cuenta la película es que, en un cierto momento, acorralados por los cazarrecompensas, deciden huir a Bolivia, donde no los conoce nadie, para seguir dando palos por allí, que está chupado. Pero no fue así exactamente: en realidad acabaron en Cholila, al pie de los Andes. Se establecieron en 1902 y construyeron una cabaña, que todavía se puede visitar, y allí se dedicaron a ser granjeros, junto a Ethel Place (Katharine Ross en la peli). Les gustaba hacerse fotos juntos, como se ve en la preciosa y melancólica secuencia color sepia del filme, con música de Burt Bacharach. Utilizaron nombres falsos y eran respetados en la comunidad, aunque a veces los vecinos se sorprendieran de su habilidad con el revólver. Los detectives de la agencia Pinkerton, que los siguieron hasta allí, los tenían medio localizados a la espera de que dieran un paso en falso.

Lo curioso de la historia es que, en un determinado punto, nuestros bandidos debieron de empezar a aburrirse, sobre todo Sundance Kid, y les pudo su vieja vocación. Acabaron atracando a los tres años un banco en Río Gallegos, que está ya muy, muy al sur, y de hecho volvían de Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes. Me hubiera gustado ver eso en la película, hubiera sido bonito. Más tarde asaltaron otro en Villa Mercedes, en el norte, y al final huyeron del país. Cassidy, que era un tipo simpático y en su vida mató a nadie, tal vez soñaba con retirarse a una vida bucólica, pero es que el atractivo de la Patagonia también era precisamente el contrario: mientras en Estados Unidos el viejo oeste tocaba a su fin y los pistoleros desaparecían arrollados por la civilización, entre ellos se corrió la voz de que allá abajo, en el fin del mundo, todavía había un lugar parecido que se mantenía igual, como en los buenos tiempos, donde se podía seguir siendo joven y atracando bancos. Sundance Kid se sentía allí como un niño en una tienda de caramelos. Debía de ser un personaje peculiar: le encantaba Wagner

De Argentina escaparon a Bolivia, y aquí es donde la película ya cuenta el final. Pero, para placer de los aficionados, debe decirse que, si en el filme los fríen a tiros, en la realidad no está nada claro. Se les dio por muertos en 1911, pero la única base son relatos fantasiosos. Es también probable que la agencia Pinkerton y las autoridades prefirieran que oficialmente ya fueran cadáveres, después de décadas de hacer el ridículo por no ser capaces de arrestarlos, y ellos también aprovecharan la oportunidad para desaparecer definitivamente. Chatwin cuenta que fue a visitar a la hermana de Butch Cassidy, aún viva con noventa años, y le aseguró que en 1925 estuvo allí con ella, en la casa familiar de Circleville (Ohio), tomando té y pastel de frambuesa.

El censo nacional de 1895 registraba un habitante por cada 26 km2, pero también en la Patagonia acabó llegando lentamente algo parecido a la civilización, y me van a permitir que lo deje aquí. Ahora viven dos millones y pico de personas, pero siguen siendo dos personas por km2. Uno de los últimos románticos que pasó por allí fue Antoine de Saint-Exupéry: su tormentoso vuelo nocturno tiene lugar en torno a Puerto Madryn. Otro fue el autodenominado sheriff Martin Sheffield, que en 1922 aseguró que había avistado un plesiosaurio en el lago Epuyén y desató otra locura para buscar el animal.

Al margen de historias fabulosas, nunca pareció haber una política para la Patagonia desde Buenos Aires, más allá de regalar adjudicaciones de extensas propiedades a amigos y potentados con conexiones políticas. Los grandes latifundios impidieron una colonización ordenada y el nacimiento de poblaciones estables. En 1920 la región tuvo su momento revolucionario, cuando, a raíz de una aguda crisis económica por el desplome del precio de la lana, estalló una rebelión de los trabajadores ante los despidos y las bajadas de sueldos. Fue aplastada por el ejército. Encontraron petróleo y gas, y en los años setenta hubo desastrosos intentos de industrialización. En los noventa se la fueron comprando a grandes pedazos magnates y millonarios, como Ted Turner o los Benetton. Luego se empezó a explotar el turismo y el alpinismo en sus montañas de absoluta belleza. Así llegamos tipos como yo, que quedamos prendados para siempre de este lugar infinito. Como le pasó a Darwin, que escribió años más tarde: «Al revivir imágenes del pasado encuentro que, con frecuencia, se cruzan ante mis ojos las planicies patagónicas, aunque son juzgadas por todos como las más miserables e inútiles. Se caracterizan solo por cuanto poseen de negativo: sin habitantes, sin agua ni árboles, sin montañas, solo poseen plantas enanas. ¿Por qué entonces —y el caso no es peculiar solamente para mí— tienden estas tierras áridas a tomar posesión de mi mente? (…) Apenas me lo explico, pero en parte debe de ser por el horizonte que aquellas dan a la imaginación».


El sigiloso inicio del fin

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Gloria Swanson, 1972. Fotografía: Getty.

En la cuarentena vivimos con aprensión la larga espera del momento en que llegaríamos a lo alto de la famosa curva y empezaría la cuesta abajo. Fue motivo de alegría, pero hablando en general, el inicio del final no suele serlo y, sobre todo, nunca está tan claro dónde empieza, cuál es el último día bueno, cuándo empieza a estropearse todo, de forma imperceptible al principio, y luego ya de modo patente. Cuando todo es oficialmente un desastre, cuesta mucho remontarse en el recuerdo al momento preciso en que comenzó; somos ciegos para las señales premonitorias de la desgracia, quizá por nuestra naturaleza irracionalmente optimista. Pensemos en nuestras historias de amor fallidas: es difícil saber dónde comenzó el desamor, por qué motivo, tal vez banal, se abrió una primera grieta. Eso es lo más inquietante, que normalmente no lo sabemos cuando lo estamos viviendo. Hace falta una lucidez muy particular, o una opinión externa. La decadencia puede ser más bien eso, una opinión, un punto de vista, un estado de ánimo, una percepción personal que es distinta entre quien lo vive y quien lo observa.

La decadencia más bien se suele sospechar, pero no hay certeza total; es una de sus características más curiosas. Solo se puede certificar al final, viendo el cuadro completo. Porque mientras tanto siempre cabe la posibilidad de que cambie la suerte; en el fondo, no sabemos nada de la vida. Desde luego, no saber que uno está en plena decadencia ahorra disgustos: si en los felices años veinte hubieran sabido lo que venía luego —la quiebra del 29, el auge de los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial—, habrían dejado de ser felices. Ahora es igual: ¿estamos ante la decadencia de Estados Unidos, de la democracia, de la civilización occidental? Pues a lo mejor sí, pero es que luego lo mismo remonta, la historia es así. Miren Eurovisión, nadie daba un duro por ella y luego volvió a ponerse de moda —para nuestro horror, quizá no es buen ejemplo—.

Desconocemos si los últimos ejemplares del hombre de Neandertal que correteaban por el peñón de Gibraltar eran conscientes de ser el final de una especie o simplemente pensaban que la vida era así, y que era normal no encontrarse con nadie como tú. Si alguien se queja de que es difícil conocer a una chica, que se imagine el drama que era ligar para los últimos neandertales. Hoy, cuarenta mil años después, sabemos que estuvieron en decadencia unos doscientos mil años hasta desaparecer, es un dato poco discutible. Otra cosa es que ellos mismos se dieran cuenta, y como eran los principales interesados, qué más da lo que pensemos luego los demás.

El factor temporal tiene mucho que ver en este asunto. Un artista se puede morir pensando que es grandioso y luego el tiempo lo pone en su sitio. Pensemos en los libros que, en mi infancia, se veían en todas las casas de la transición, un cierto canon superventas de la época: Gironella, Vizcaíno Casas, J. J. Benítez… O los de hoy, en qué quedarán, quién sabe. Pero puede pasar al revés. Hay dos posibilidades de decadencia: vivir el éxito en vida y la decadencia una vez muerto, aunque ya te da igual porque no te enteras; y lo contrario, que debe de ser peor, casos clásicos como el de Van Gogh o Modigliani, que no vendieron un cuadro en su vida.

El entrañable actor británico Charles Laughton solo dirigió una película, La noche del cazador (1955), y fue tal fiasco que no volvió a hacer otra. Sin embargo, hoy es considerada una obra maestra y te preguntas cómo demonios pasó, y qué otras películas podría haber hecho luego si le hubieran dejado. Supongo que él se haría muchas preguntas, se sentiría incomprendido, o pensaría que la gente es imbécil —conociendo su carácter, sería más bien esto, y no hay que desdeñar en absoluto este factor a la hora de enfrentarse a la cuestión—. No sé si se sentiría acabado, pero sí que murió siete años más tarde. Para lo que estamos hablando, está claro que supo que no volvería a dirigir nunca otra película, y debió de tener alguna sensación de que su vida comenzaba una cuesta abajo, ya con un sueño irrealizable y sin la aspiración de una meta. «Cuando la vanidad se aplaca, el hombre está listo para morir y empieza a pensar en ello», dijo Ennio Flaiano. Si alguien se adelanta a la época, o no coincide con las modas, o se mueve en otra onda distinta a la del momento, puede no tener éxito, pero lo bueno de las obras de arte es que ahí se quedan para que las juzguen otros más adelante. Está establecido que puede ser un consuelo para el artista. La crítica no fue muy amable con Alfred Hitchcock en su última etapa, pero hoy ves Cortina rasgada (1966) y es una de espías que está muy bien, y Frenesí (1972) es retorcida y magistral.

La revisión a la baja del concepto de uno mismo —no ser el que eras— puede ser un claro punto de inflexión. En esto hay algo muy cruel, contra lo que no se puede luchar, porque es la esencia misma de la condición humana: ir a peor. Pero es mucho peor, por ejemplo, en el caso de ser un mito sexual o una estrella legendaria. Un señor o una señora cualquiera envejece y ya está, como mucho le toman el pelo los conocidos, quién te ha visto y quién te ve. Pero si eres Greta Garbo, que se retiró del mundo en París, o Warren Beatty, que llevó fatal envejecer y daba las entrevistas a media luz, debe de ser muy duro. Cada vez que ves una película tuya, sigues siendo en la pantalla aquel ser fascinante, y no solo en la pantalla, también en el recuerdo de cada habitante del planeta. Si a muchos no les gusta ver viejas fotos porque les entristecen, imaginen lo que es para uno de estos mitos hacer zapeo y toparse con su mejor momento.

La decadencia es más bien una idea moderna. En el mundo antiguo, con treinta años ya eras un señor maduro, no como ahora, y si no te dabas prisa en hacer lo que tenías que hacer, podías palmar más pronto de lo que pensabas. No había mucho tiempo para la cuesta abajo y, en todo caso, la vejez era respetada y prestigiosa, no había residencias de ancianos. El avance de la ciencia ha hecho más difíciles de llevar las biografías, que duran más. Pero debe decirse que, con la obsesión física y los avances de la cirugía, esto ha ido cambiando. Ahí está Brad Pitt luciendo abdominales con cincuenta y cinco tacos en la última de Tarantino, que cada día me lo recuerdan en casa. En ese caso, lo que señala es la decadencia de los demás, del espectador: se han invertido las tornas. Los retoques, el bótox, los estiramientos, las palizas de gimnasio y las dietas sofisticadas son esa huida para no dejar de ser el que eras, para intentar mantener una ficción. En última instancia, se trata de disimular el paso del tiempo, ese factor primordial de decadencia.

Si se llega a esa tesitura —hacer como que eres el que eras—, los posibles resultados son dos: que cuele más o menos, o que no cuele en absoluto. Tomemos otro caso de manual, la comparación entre los Beatles y los Stones. Los primeros evitan la decadencia dejándolo en lo más alto, en 1970, antes de seguir por seguir y diluir la leyenda. Bueno, lo dejaron porque ya no se aguantaban, sin muchas más consideraciones, y los Stones continuaron porque aún eran jóvenes y se lo seguían pasando bien, de hecho, sus mejores discos son después, en los setenta. ¿Es decadencia lo de los Rolling Stones? Llevan cuarenta años sin sacar un disco potable, pero imagino que ser millonario y tocar en estadios sintiéndote todavía un chaval tiene que estar bien. No, la decadencia tiene más que ver con dar un poco de pena. Al ver a Mick Jagger dando todavía saltitos piensas que ya está mayor y que quizá podría dejarlo, pero no es completamente ridículo. Está cerca, sí, pero aguanta, el tío.

Aquí surge un problema muy actual. Hacer el ridículo debería ser el criterio definitivo para establecer la decadencia, pero resulta que hoy puede llegar a ser incluso la última carta. Acabar en la isla de los famosos y cosas así. Miren la Pantoja. Tuvieron que llevársela los médicos de la dichosa isla, pero se sacó un pastón y media España hablaba de ella el año pasado. Ya no, por cierto. Se acaba así cuando ya no se encuentra otra forma de triunfar o, sencillamente, de trabajar, dinero para ganarse la vida. Rebajarse encaja perfectamente con la idea de decadencia: eres menos de lo que eras, incluso lo aceptas con humillación. Ahí solo queda la dignidad y la gracia como último flotador. Pero tampoco hay que cebarse con la gente: siempre se trata de un ser humano buscándose la vida, sin rendirse, exprimiendo la existencia. Sobrevivir al mejor momento a veces es la auténtica aventura. Maradona, sin ir más lejos. O un expresidente del gobierno.

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Sean Connery, 1967. Fotografía: Getty.

Las cuentas se hacen al final, y es muy poco humana esta manía de poner notas, hacer listas del uno al diez y considerar que el deber de una persona es tener una trayectoria rutilante, siempre ascendente, para considerarse realizado. Supongo que es influencia de esa obsesión estadounidense por el perdedor. Porque eso tiene que ver con el éxito, que es algo distinto. Llevamos casi un siglo de mitificación de la juventud, y la idea de decadencia se asocia a su pérdida, así como la de fracaso a la falta de éxito, cuando, en realidad, estar vivo, ser una persona decente y pasarlo más o menos bien es lo máximo a lo que uno puede aspirar en esta vida. Ganar el Óscar o pegar un pelotazo será estupendo, pero si no, tampoco tiene por qué ser un drama. Sí debe de serlo, en cambio, otro aspecto de la decadencia que, seguramente, es el más interesante: que el talento no dura para siempre, que se puede acabar. Uno de los ejemplos más fascinantes es Francis Ford Coppola. Autor de la trilogía de El padrino (1972), La conversación (1974) y Apocalypse Now (1979), lleva décadas sin hacer una película decente, aunque es verdad que el delirante rodaje de Apocalypse Now bastaría para acabar con las energías de cualquiera para el resto de sus días. Tras ver El hombre sin edad en 2007, que supongo que ni saben cuál es, salí del cine asombrado de que ese director fuera el mismo de las obras anteriores. Es como si le hubieran sustituido secretamente con un doble o trasplantado el cerebro. Luego lo ves en las entrevistas tan contento hablando de sus viñedos. Y quizá es verdad que el hombre vive feliz, pero puede que se levante por la mañana, se mire al espejo y se diga: «¿Por qué no me sale otra como El padrino?». No hay respuesta para este misterio. En todo caso, agradecimiento infinito al maestro: ha cumplido con creces, aunque a veces sueño que un día, no se sabe cómo, le sale otra película buenísima desde las profundidades desconocidas de la inspiración.

Tras años anodinos —o nefastos—, el logro de una última joya puede redimir media vida, equilibrar el balance final. Gloria Swanson, reina del cine mudo, cayó en el olvido durante veinte años con la llegada del sonoro, hasta que Billy Wilder le dio el papel de su vida en El crepúsculo de los dioses (1950), precisamente haciendo de ella misma, quién mejor. Sean Connery desapareció un poco tras dejar de ser James Bond y un sex symbol de los sesenta. Empezó a quedarse calvo y parecía mayor. Se le dio por superado, pero ¿quién se acuerda de 007 si ve El hombre que pudo reinar (1975), Robin y Marian (1976), El nombre de la rosa (1986), Los intocables (1987) o al padre de Indiana Jones? Hay que esperar, no juzgar, y pensar en la capacidad de sorpresa de la vida y de la gente. Sin salir del cine, también se da el caso inverso al de Coppola: tener talento hasta el final, pero no poder darle salida por falta de fondos, o un temperamento difícil, o productores pesados, o todo a la vez. Yo creo que Orson Welles fue un genio hasta que se murió, aunque acabara anunciando coñac con notable sobrepeso, pero es que para él fue un infierno durante toda la vida conseguir hacer cada una de sus películas, salvo la primera. Las rodaba a saltos, cuando tenía dinero, pero, en cuanto le dejaban, hacía una obra maestra.

Otra cosa que considerar es que, si nos olvidamos de lo que dice la gente, lo importante es cómo lo vive el interesado. Por ejemplo: ¿Ricky Martin está en decadencia? Hombre, para quien le espantara lo que hacía antes, la decadencia estaba ya ahí desde el principio: nació y se instaló en ella. Luego simplemente ha dejado de salir en la tele. Era éxito, y eso es muy relativo. Pero a él no le debía de importar lo más mínimo que mucha gente pensara que lo que hacía era una porquería. Sus fanes, en cambio, lo echarán de menos. Pero es que probablemente él viva más feliz ahora, forradísimo, tomando el sol con su marido, después de salir del armario.

Aquí hay otra variable escurridiza: siempre me ha intrigado por qué un artista o un famoso no se retira cuando es rico y se dedica a viajar y vaguear. Supongo que es porque no soy rico, ni artista, ni famoso. Intuyo que el aburrimiento es un estímulo muy poderoso. Y negarte a creer que estás acabado, que ya hiciste todo lo que eras capaz de hacer, que ya dijiste todo lo que tenías que decir. Que el mundo no te necesita. Y esta motivación es poderosísima: Julio Iglesias debe de pensar que el mundo necesita otro disco de Julio Iglesias, y va y lo hace, y encima todavía se vende, y entonces cree que ha hecho bien y ha contribuido a un mundo mejor. Pero por cada uno de estos personajes hay mil que triunfaron y luego se alejaron confortablemente del ajetreo de la fama. Pasa con alguna película de hace unos años, que ves un actor o una actriz y te dices: «Huy, este luego ha desaparecido un poco, ¿no?». Te los imaginas deprimidos bebiendo en un bar de carretera, pero lo mismo están en su piscina tocándose un pie.

A veces hay algo trágico en los que están en la cuesta abajo pero no se dan cuenta. John Huston ahondó en sus películas en la épica del fracaso, algo que puede ser un poco latoso si no se hace bien. Muchas de ellas acaban mal, o desde luego no como sueñan sus protagonistas, que mastican la decepción, pero la aceptan como parte del juego. Uno de los personajes de El tesoro de Sierra Madre, tras perderlo todo de mala manera, acaba diciendo con una sonrisa: «Lo peor no es tan malo cuando al final ocurre. Ni la mitad de malo de lo que uno se imagina». Hay cierta elegancia vital en esto. Eso y el sentido del humor son básicos para no dejarse arrastrar por el bajón de la decadencia. Como Zorba el griego, que, tras el fracaso estrepitoso de su proyecto empresarial —una endeble estructura de transporte de madera que se derrumba a la primera de cambio—, le pregunta a su socio, muriéndose de risa: «¿Alguna vez vio una catástrofe más magnífica?». Mejor tenerlo en cuenta, porque la decadencia nos llegará a todos, así que menos humos.


Dylan en la carretera

Dylan
Fotografía:Netflix. Cortesía Everett Collection.

La noticia del Premio Nobel a Bob Dylan me llegó sentado detrás de Francisco Correa y Luis Bárcenas. Estaba siguiendo su juicio. Además de ponerme contento, por mi tendencia a las tonterías empezaron a venirme a la cabeza frases de canciones de Dylan. «La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento», pensaba mientras interrogaban a Correa. O miraba a Bárcenas: «Porque aquí está pasando algo y no sabes lo que es, ¿verdad, mister Jones?». Y en este plan. Hasta llegué a plantearme escribir la crónica del día con sus letras, una chorrada experimental que, por fortuna, y para la de los lectores, descarté rápido. Aunque pensé: «No lo pienses dos veces, está bien». Pero una idea que se me coló en la cabeza y me parecía que encerraba algo de verdad misteriosa es esta: quizá me equivoque, pero apostaría que a ninguno de estos dos, ni a Correa ni a Bárcenas, les gusta Bob Dylan. Es como una incompatibilidad. El Nobel premia algo de esto.

Otras generaciones tal vez recordaron toda su vida versos aprendidos en la adolescencia. Desde hace un tiempo muchos otros también recordamos frases de canciones, y a veces en inglés que hablamos mal, lo que tiene el doble de mérito. De gente de la edad de nuestros padres que en cierto modo han sido nuestros maestros porque no se parecían a nuestros padres. Me hace gracia oírme decir esto porque ahora me acuerdo de que Dylan comentó en una entrevista que se sentía raro desde pequeño: «Como si no fuera hijo de mis padres».

La noticia del premio también me impresionó porque, casualidad, o no, iba y venía todos los días al juicio con su música en el coche. La banda sonora de Pat Garret and Billy the Kid. Ya sé que en las listas suele aparecer entre sus discos mediocres, pero es que estas listas son una estupidez. Ponía esa música porque en ese viaje hacia las afueras de Madrid, atravesando el secarral, me sentía como en un wéstern. Poner música para darte ánimo, tú solo, sin saber tocar un instrumento, es un acto estrictamente contemporáneo, nunca ha ocurrido antes en la historia, por imposibilidad técnica. Y creo que el Nobel ha premiado también algo de esto. La poesía curativa que hay en el rock, podríamos decir. Esto tiene una variante curiosísima, que supongo merecería un capítulo aparte, que es poner música para sentirse joven. Cuando uno no es joven, claro. No tanto porque eras joven cuando la oías, sino porque el que la cantaba lo era cuando lo hacía, y esa vibración queda fijada en el aire, y aún tiene poderes mágicos. Pero más allá incluso de esto, del intérprete, es el rock el que tiene esa virtud revulsiva en el organismo, debe de producir alguna sustancia rejuvenecedora. Obviamente esto ha tenido también consecuencias nefastas, de gente que no crece, pero es otro tema.

No sé por qué, y decirlo ahora ya será imposible, pero mi impresión es que Dylan en España no era tan conocido. No ha tenido tanto seguimiento como otros. Podías tener conversaciones sobre los Rolling Stones, o los Beatles, o los Clash, o los Ramones, o qué sé yo, los Stone Roses o hasta de Nino Bravo, pero de Bob Dylan no muchas. Me parece que para los de mi generación —soy de 1972— es una cuestión de edad: en nuestra juventud, en los ochenta, Dylan hizo sus peores discos, solo oías hablar de él diciendo que se había vuelto mormón y parecía superado. No entendías por qué era famoso y yo mismo creía que lo bueno debían de ser las letras, que no comprendía, porque no me decía nada. También puede haber influido otro factor: creo que en España todo lo que venga del country o el folk nunca estuvo bien visto. Parecía música hortera de vaqueros con campanolos, y un poco facha. Tampoco están bien vistos los wésterns, al menos en democracia, y por eso mucha gente no entiende Pat Garret and Billy the Kid.

Yo también padecí estos prejuicios. Hasta que un día en una tienda de discos, husmeando entre los vinilos, tendría diecisiete años, el tío del mostrador puso «Like a Rolling Stone» a todo volumen y se me cayeron literalmente los huevos al suelo. Les juro que no la oías mucho por la radio y uno hacía estos descubrimientos de forma muy accidental. Cuando le oí aquello de cómo se siente uno al estar solo supe que me iba a acompañar siempre. Luego una noche, de madrugada, no sé si en Documentos TV, pusieron Don’t Look Back, el documental de 1967, y flipé con ese tío que iba a su puta bola. Y nunca había visto hacerlo hasta ese punto. A su lado los punkis me parecían previsibles. Yo crecí cuando aún en mi ciudad había bandas de heavies, punks, mods, pijos, siniestros y tal. Se daban palizas, se disfrazaban, pero este tío se movía solo. Era un ácrata con una guitarra y sentido del humor. Y no tenía miedo. Ya, ya sé que me enteré veinte años más tarde, pero es que yo nací más tarde. Muchos nacimos cuando lo bueno había pasado. Pero eso es lo interesante: seguía teniendo sentido. Con los años Dylan ha ido dando sentido a las cosas que me pasaban. No soy el único, sentí una íntima fraternidad con el gran Lebowski al verle soñar con los cascos y una cinta que en la cara B solo tenía escrito «Bob».

The Band
Fotografía: Cordon Press.

Podría escribir otro texto farragoso y entusiasta sobre The Band. Uno de los mejores momentos de Dylan, para mí, es cuando se aísla en una casa en el campo con los colegas y tocan sus cosas. The Basement Tapes, las cintas del sótano, que tampoco figuran en las listas esas como uno de sus mejores discos, ellos sabrán. Es un mundo antiguo, rural, profundo, de cachivaches, de mecedoras, de camisas de cuadros y tirantes. Antes de que se pusiera de moda yo a veces llevaba barba por eso, pero ponte a explicarlo. Luego de ahí saldría The Band, que por alguna razón, o por las mismas, tampoco me parece que haya calado nunca mucho en España. El último vals, la película de Martin Scorsese sobre su último concierto, en 1976, me gusta muchísimo. Solo el peregrinaje de artistas que acudieron te daba la idea de cuántos mundos confluían en ese universo presidido por Dylan, desde Muddy Waters a Eric Clapton, Van Morrison o Neil Young, todos honrados de poder estar allí, y ya hace cuarenta años. Cuando sale Dylan al escenario notas que para ellos era Dios, y el Nobel, que ahora tiene la perspectiva del siglo pasado, premia esa época, esa cultura que él representa. Es útil para la posteridad, porque en cien años no quedará mucho de todo esto que ahora nos parece tan obvio e importante.

El último vals tiene una veta profundamente melancólica, hace una foto de una época justo antes de que se desvanezca, y su hondura nace de que sus protagonistas apenas son conscientes de ello. The Band es más que nada un grupo de amigos unidos por ese sueño de vivir sin trabajar haciendo juntos lo que les gusta. No lo saben cuando hablan a la cámara, pero el sueño quedará destruido en cuanto dejen de tocar, y nunca nada volverá a ser lo mismo. Serán mayores y la vida les parecerá un rollo.

Pero Dylan siguió adelante, sin pararse. El talento se puede acabar, pero la carretera no. Esa es su fortaleza, y su ejemplo. «Mi mente era como un cepo», escribió al recordar cuando era un muchacho que llegaba a la gran ciudad. Levon Helm, de The Band, contó que la famosa gira de 1965, cuando Dylan empezó a reinventarse de forma eléctrica, fue tan infernal que al final él dejó el grupo una temporada para irse a trabajar a una planta petrolífera. Era mejor que salir a un escenario y que cada noche, en cada ciudad, semana tras semana, te pitaran y te insultaran.

Tras comprarme su disco de 1997, Time Out of Mind, solía conducir de noche con un escalofrío escuchando el largo monólogo de dieciséis minutos de «Highlands», atravesando la oscuridad como si fuera el enigma de la vida. Él se debía de sentir viejo y me hablaba desde un lugar muy lejano, diciendo que la fiesta se ha terminado y que cada vez hay menos y menos cosas que decir.

He ido a muchos conciertos suyos y no me ha gustado casi ninguno, también en eso hemos llegado tarde. Yo creo que los hace más por él, por seguir en el camino, o para no volverse loco, o porque está loco, y me parece bien. Si Bob Dylan transmite algo es soledad. Y por eso hace más compañía.


Paul Steiger: «¿Quién iba a imaginar que la gente iba a leer historias largas en sus teléfonos?» 

Esta entrevista está también disponible en papel en nuestra revista trimestral Jot Down nº14 especial AMOR.

Paul Steiger, de setenta y siete años, es un maestro de periodismo, tras una exitosa carrera en Los Angeles Times y el Wall Street Journal, pero sobre todo es ahora cuando es motivo de admiración y envidia. En vez de jubilarse en 2008 fundó ProPublica, un medio digital que se financia gracias a mecenas millonarios, también  con donaciones de los lectores, y por tanto no tiene la presión del negocio, ni las prisas. Obviamente no es un modelo fácil de seguir, pero ahí está. Trabajan en un reportaje todo el tiempo que necesitan, a veces años, y la fórmula ha funcionado enseguida. Ha sido el primer medio digital en ganar un Pulitzer. También bucean en datos de forma minuciosa para darles sentido y, por ejemplo, en su portal un ciudadano puede buscar a su médico y saber si ha recibido dinero de compañías farmacéuticas. Ahora están recogiendo cientos de testimonios de veteranos de Vietnam. Cuando tienen una historia la cuelgan en su web y se la dan a grandes medios para que la publiquen, gratis. Porque no tienen ánimo de lucro, sino de servir a la comunidad. También por eso estuvo unos días en España y no cobró por venir. Solo le han pagado el viaje. Es un tipo muy afable, que bebe coca-colas y habla con asombrosa lentitud.

En ProPublica trabajan durante años preparando las historias, así que me da un poco de vergüenza, porque me he preparado esta entrevista corriendo y llegué ayer de viaje (se ríe). ¿Echa de menos eso, esos años, cuando no tenías nunca tiempo, siempre corriendo?

He sido periodista durante cuarenta y un años, y me encantaba ser un reportero. Y en la transición a ser editor pasé de no tener nadie a mi cargo a ser el editor de la sección de negocios del L.A. Times, con veintidós periodistas dependiendo de mí. Y al cabo de cinco años fueron cincuenta y cinco, porque hubo una gran expansión del mundo de los negocios. Esa transición fue un poco complicada, pero una vez completada me encantaba estar ahí. Cuando volví al Wall Street Journal empecé cubriendo economía y bolsa. Son mis dos áreas preferidas, así que fue una gran época. Y entonces, casi por sorpresa, me encontré siendo el editor general. Y eso hice durante dieciséis años, porque lo amé. Tras ese tiempo me retiré del Wall Street Journal y tuve la oportunidad de empezar ProPublica. Me han encantado todas y cada una de estas etapas, y cuando paso de una a otra no echo de menos lo que dejo atrás. Cuando dejé de ser reportero y pasé a editor la gente me preguntaba si no echaba de menos escribir. Pero yo me tomaba el trabajo de editor como el de alguien que, en cierta manera, tiene que reescribir. Como editor casi escribía más que antes, solo que no lo firmaba. Siempre intento mirar hacia delante, no hacia atrás. 

¿No echa de menos la presión y las prisas de la fecha de entrega?

(Menea la cabeza de forma negativa) Hay veces en que aún lo vivo. Ahora a veces me piden que investigue una historia y me fijan una fecha de entrega. 

¿Pero en ProPublica fijan fechas de entrega?

Sí, claro, desde luego. Si siempre eres el segundo en publicar una historia ¿para qué estás ahí? Si tienes competencia, cuando estás investigando una historia intentas ser el primero.

Pero usted tiene algo que la mayoría de los periodistas no tenemos, y es tiempo. Esa es la clave del asunto. Y si no se tiene la urgencia de entrega para mañana, o para ahora, se trabaja de manera distinta.

Eso es cierto, tienes razón, pero hay otras presiones. El pasado verano publicamos el reportaje y la base de datos sobre la puntuación de calidad de diecisiete mil cirujanos, con sus fichas y sus porcentajes de complicaciones médicas que uno puede consultar, y es algo que nos llevó tres años. Pero los que lo hicieron vivieron periodos de presión muy intensa, porque tenían que ir pasando de una cara a otra. No tenían fecha de entrega, pero tenía fechas límite para conseguir informaciones y poder pasar a la siguiente. El periodismo del día a día es un tipo de presión, el de las revistas semanales tiene otro, los periodistas televisivos del directo sufren una presión increíble… Una cierta presión hace que fluya la adrenalina, y es lo que hay.

¿No tiene la impresión de que los periódicos en papel son ya como agencias? La inmediatez está en sus versiones online.

Sí. Cuando era reportero para el Wall Street Journal estábamos afiliados a la agencia Dow Jones, así que hacíamos las dos cosas. No era la misma tecnología que hay ahora, pero básicamente era lo mismo: cogías el teléfono, llamabas, conseguías un titular y un par de párrafos… Se requieren unas habilidades distintas, y todo aquel que quiera triunfar necesita tener esa rapidez.

La verdad es que todos tenemos prisa. Nosotros y ellos, los lectores, que tampoco tienen mucho tiempo.  Pero así ¿la información puede ser peor?

(Como respuesta muestra su móvil). Tengo siempre el móvil al lado. Lo tengo en el escritorio, lo uso de despertador, me avisa de los correos electrónicos que recibo, veo los titulares. Es un mundo distinto. Y algunas cosas son positivas, como el estar conectados, y otras son malas, como que una vez ya te has enterado de algo deberías pasar a lo siguiente, pero no puedes evitar clicar en otro enlace sobre lo mismo buscando más cosas. 

Y entonces perdemos mucho tiempo, a veces en chorradas.

Sí. Por poner un ejemplo tonto, el domingo por la noche estaba volando de Nueva York a Madrid. Esa noche se jugaba un partido de fútbol americano muy importante, y le pregunté a la azafata si el piloto podía enterarse por la radio de quién había ganado el partido. La azafata me dijo que las reglas no permitían usar la radio para ese tipo de cosas, pero me dejó usar durante media hora su conexión por satélite para que lo mirara yo mismo. Hace cinco o seis años volaba de Nueva York a Alemania, y era el día de la Super Bowl que jugaba mi equipo, los New York Giants. El piloto anunció que habían ganado los Giants, así que se saltaron la normativa de la radio. Pero aquella vez pensé que en seis horas iba a estar en tierra y entonces podría saber cuál era el resultado, saberlo en ese mismo momento en que estaba volando no era algo que fuera a cambiar mi vida… ¡Pero quería saberlo! (agita los dos puños). Como he dicho, esta conexión permanente tiene aspectos positivos y negativos, pero no hay vuelta atrás, el mundo ha cambiado.

Le cuento otra historia. El otro día estuve pendiente toda la tarde, por medios digitales, de la búsqueda de un tipo en Roma que había sido visto en la estación Termini con un arma. Al final de día la policía lo encontró y resulta que era uno con un arma de juguete que llevaba de regalo a su hijo. 

Uf, en Estados Unidos estaría muerto.

Estar atento constantemente a todo crea una sobreexcitación permanente que, en este caso, al final no era necesaria. En el periódico del día siguiente, con un mínimo de perspectiva para evaluarlo, podía ser una noticia menor, que te trae sin cuidado. Pero la sigues, te obligan a seguirla. Llegan constantes estímulos de cosas que están ocurriendo. Crea mucha confusión, y la confusión no es buena para la información. Es uno el que tiene que establecer los filtros y marcarse el ritmo, pero es difícil no dejarse arrastrar.

Ya, es verdad. Hay buenos aspectos y otros malos. Hace unas semanas nos levantamos tarde y ¡David Bowie ha muerto! Mi mujer se puso a escribir en su blog, a poner fotos, a comentar… A la gente le enganchan las redes sociales, deben de satisfacer algún tipo de gen de comunidad que tenemos. Algunas cosas son buenas y otras malas, pero no hay marcha atrás, el mundo está cambiando.

Pero en ProPublica marcan la diferencia, porque necesitamos tiempo para hacer historias. Sois distintos.

No te tienes que imaginar una atmósfera de tipos con pipa, coderas y tomando té (risas). Cuando empezamos estábamos todos de acuerdo en estar bien conectados a la realidad. Mucho del trabajo de investigación de los viejos tiempos perdía impacto porque no se le hacía un seguimiento. Y así no solo intentamos hacer un seguimiento de nuestras investigaciones, sino también de las de otra gente. Tocar temas de corto y de largo recorrido le da dinamismo a la página y crea un sentimiento de conectividad con las noticias. Y además nos permite hacer cosas que se tardan tres años en hacer.

¿Pensó que iba a funcionar, que la gente querría eso?

Es incuestionable que las sociedades necesitan investigaciones profundas para mejorar sus vidas. Los periódicos se centran más en lo inmediato, y las revistas pueden tener un foco más amplio, y algunas historias se acaban convirtiendo en libros. Pero aún se necesitan contadores de historias. La lección que aprendemos es que no hay que olvidarse de las cosas importantes. La plataforma que tenemos en ProPublica es  una de las mejores, porque podemos ocuparnos de temas inmediatos y de temas que nos llevará mucho tiempo elaborar. 

¿ProPublica fue una idea suya o se la propusieron? Si es así, ¿qué pensó? ¿Que era una locura?

Es mejor tener suerte que ser listo. En 2006 estaba en el Wall Street Journal, y una pareja de millonarios de San Francisco a los que conocía desde hacía muchos años, Herbert y Marin Sandler, comentaban que querían donar diez millones de dólares al año para periodismo de investigación. Hablaron con mucha gente para que les dieran ideas. Y yo fui uno de los que hablaron con ellos, y esbozamos lo que después sería la estructura de ProPublica. Esto debía de ser en noviembre de 2006. Y alrededor de la primavera de 2007 me visitaron en Nueva York y me pidieron que lo llevara a la práctica. Yo estaba comprometido con el Wall Street Journal hasta final de año, pero luego me retiraba y podría hacerlo. Así que no fue que a mí se me ocurriera una gran idea y fuera buscando financiación, fueron ellos ofreciendo dinero los que hicieron que se me ocurriera, y recluté a un par de grandes profesionales para empezar. Acabé de trabajar en el Journal el 31 de diciembre de 2007, y las primeras semanas de 2008 abrimos las puertas de ProPublica y empezamos a contratar a gente. 

¿Cuáles son las historias que más gustan a la gente?

Cada uno prefiere una cosa distinta. Poca gente más allá de los periodistas son aficionados al periodismo de investigación. Si te interesa el medio ambiente leerás reportajes sobre medio ambiente, si te interesa la salud leerás reportajes sobre salud, lo mismo sobre finanzas… Nuestros dos proyectos galardonados con un premio Pulitzer fueron sobre las obligaciones de deuda y sobre los errores de gestión de un hospital de Nueva Orleans durante el huracán Katrina. Son historias muy distintas, pero nos gustaron las dos y ambas fueron muy bien recibidas, pero probablemente se interesaron por ellas colectivos distintos.

¿Cuántas historias salen de gente que os las propone y cuántas de vosotros mismos? A menudo la gente te da las mejores historias cuando sabe que puede confiar en ti.

No sé cuál es el porcentaje, pero hay de todo. Un ejemplo increíble: tenemos a David Epstein, que está especializado en ciencia y deporte, la relación entre ambos. Ha escrito un libro sobre el estado de la investigación de marcas genéticas en gente que destaca en el deporte. De repente recibió una carta de una mujer del Medio Oeste, creo que Iowa, que afirma sufrir una enfermedad genética muy rara que hace que pierda masa muscular y adiposa. Cuando era adolescente sus brazos quedaron convertidos en palos. Luego le pasó lo mismo en las piernas. Su padre ya sufría una leve variación de este mal. La mujer había visitado a muchos médicos y nadie la podía ayudar. Pero entonces vio la fotografía de una atleta olímpica que tenía ese mismo síndrome, pero solo la parte de pérdida de grasa, no la de músculo. Es una atleta muy musculada, parece una culturista que ha usado esteroides, pero no es así, es debido a esa enfermedad. Nuestro periodista, David, quedó intrigado y le contestó. La mujer nos mandó un dosier muy grueso con la investigación que ella misma había hecho. Pusimos las fotos una al lado de la otra. En una aparecía esa atleta, con así como el 1% de grasa corporal, y al lado la chica que nos escribió, muy guapa, rubia, con unos brazos y piernas que parecían palos. Eso nos generó un tráfico inmenso, así como cuarenta mil visitas al día en su primera semana, más que cualquier otra gran historia que hubiéramos publicado. Y su investigación ayudó a poner el tema sobre la mesa. Sabemos que es una enfermedad genética, y que su padre murió relativamente joven, sobre los sesenta años, pero quién sabe adónde nos va a llevar todo esto. Estoy seguro de que las investigaciones médicas a consecuencia de esta historia profundizarán mucho más. 

Por otro lado, también realizamos periodismo de datos. Sabíamos que nos íbamos a basar en la web, así que debíamos tener una página potente, por lo que contraté a Scott Klein, que es absolutamente brillante. Vimos que sabía programar y pensar como un periodista. Había cosas que en el Wall Street Journal tardaba dos meses en hacer que él me saca en día y medio. Y lo mejor es que no hace falta que se lo diga, ya piensa en la historias. Y como vimos que daba resultados, fuimos contratando a más gente para esa función, y ahora tenemos a ocho o nueve personas haciendo periodismo de datos. Y así encontramos historias a través de datos, creando modelos analíticos de regresión múltiple. De donde no vienen las historias, excepto en muy contadas ocasiones, es del editor en jefe que está sentado en su despacho rascándose la barbilla, así que nos centramos mucho en el reporterismo.

Se ha vuelto habitual que la información sea gratuita. ¿Eso no puede llevar a que la gente piensa que lo que se dice no es importante, o que es fácil de conseguir?

No puedo estar más de acuerdo contigo. En el Wall Street Journal nuestro director general, Peter Kann, dijo que el periodismo tiene un valor, que no íbamos a regalar nuestras noticias en la web y decidió cobrar por el acceso a ellas. Eso es algo más sencillo cuando te dedicas a la información financiera, pero hay que reconocer que lo decidió cuando todo el mundo estaba empezando a regalar sus noticias. Cuando Rupert Murdoch compró el Journal hubo un periodo entre agosto, cuando adquirió el periódico, y diciembre, cuando el traspaso fue efectivo, durante el cual afirmó en todas las entrevistas que le hicieron que la web iba a ser gratuita porque quería aumentar los lectores y la publicidad. Los que estábamos trabajando en el periódico no creíamos que fuera una medida acertada, pero era el millonario que nos había comprado e iba a ser el jefe. Pues bien, Murdoch llegó en diciembre de 2007, y a inicios de 2008 dijo que había mirado los números y que había cambiado de idea, que se iba a cobrar. El precio por anunciarse en la web era mucho menor que por hacerlo en papel, y además recibíamos muchos ingresos por parte de las suscripciones. Admiré a Murdoch por su capacidad de cambiar de idea pese a que lo había anunciado a los cuatro vientos.

En  las facultades de periodismo, al menos en España, los estudiantes no leen periódicos, pero quieren ser periodistas. ¿Cómo se lo explica?

Tengo cuatro hijos, dos veinteañeros y dos cuarentones. Los primeros leen mucho, la más joven es novelista, pero leen muy poco en papel. Los mayores leen en web y en papel. Todo depende de a lo que estés acostumbrado. ¿Quién iba a imaginar que la gente iba a leer historias largas en sus teléfonos? Si les interesa el tema se leerán una historia de cinco milpalabras. Quizá sea malo para sus ojos, pero lo harán. Es un cambio.

¿Recuerda haberse asustado ante la aparición de internet pensando que eso era el fin de todo?

En los años noventa los que trabajábamos en medios en papel pensamos que ambos sistemas convivirían en el futuro. La primera señal que tuve de que no iba a ser un camino de rosas fue en 2000. Hasta entonces, el crecimiento de las puntocom para nosotros fue un tiempo de bonanza: esas startups nos contrataban tanta publicidad que teníamos que rechazar ofertas porque no cabían en el periódico. Como los domingos no había tantas noticias financieras doblábamos el número de páginas, cosa que ralentizaba el proceso de impresión y no nos habría permitido llegar a tiempo entre semana, para poder meter todos los anuncios. Pero en 2000 fue el estallido de la burbuja de las puntocom, donde desaparecieron el 90% de esas empresas. La web siguió funcionando, porque los supervivientes eran más fuertes, pero para nosotros significó la desaparición de la mayoría de los anunciantes. En dos años perdimos algo así como la mitad de los ingresos por publicidad. Vimos que el mundo estaba cambiando. Pensé que nosotros éramos muy listos y triunfaríamos donde otros estaban fracasando, pero también me di cuenta de que cuando las cosas cambian los que acostumbran a salir ganando son los recién llegados. Ese derrumbe de nuestros anunciantes me hizo ver que no se trataba de un nuevo ciclo, sino una transformación. 

Para un periodista es importante sentir el pulso de la calle, cosa que a veces no es fácil al estar trabajando en una oficina, o solo relacionándose con políticos o empresarios. ¿Cómo lo consigue usted?

En el Wall Street Journal tenía a setecientos periodistas repartidos por el mundo trabajando para mí, y dependía mucho de ellos. Pero cuando eres el editor del Journal e invitas a un grupo de periodistas a comer, vienen. Eso lo hice muy frecuentemente, y además visité nuestras oficinas en Estados Unidos y de todo el mundo. Y, sobre todo en las oficinas en el extranjero, aprovechaban mi presencia para tener acceso a figuras que se les resistían, así que era importante para mí salir de la oficina.

Tienes que tomar el metro para ver gente, siempre descubres algo que habías olvidado de la vida real.

Completamente cierto. Pero cuando tu centro de atención son los negocios, la economía, las finanzas, la economía política… En el metro no ves tantas cosas que te puedan servir. Cuando sí lo ves es cuando visitas diferentes comunidades.

¿Y cómo se mantiene en contacto e intenta entender a los jóvenes? Es una de las cosas más difíciles.

El sobrino de mi mujer tiene seis o siete años, y siempre nos está pidiendo el teléfono para poder jugar. Algo que vi en el Wall Street Journal y que he mantenido en ProPublica es que tienes que tener una edición para otros tipos de diversidad. Hubo una época en el Journal en que todo aquel que contratábamos tenía entre treinta y tres y cuarenta y dos años, porque ya tenían cierta experiencia y casi iban solos, no había que formarles. Pero en verano teníamos siempre dieciocho becarios, e intentábamos contratar a un par cada año para tener a algunos veinteañeros en la redacción, una infusión de gente joven, con fuentes distintas. 

ProPublica tiene fama de pagar salarios muy buenos , unos tres mil dólares a los becarios, cuando últimamente los medios pagan muy mal. Diga por favor, bien alto, en nombre de los periodistas malpagados, que hay que pagarles bien. 

Sí, está claro. Tenemos que proteger el dinero de los donantes, así que no estamos pagando así para buscar la justicia social, sino por el mercado. Por ejemplo, hace siete años quedó libre un periodista financiero joven pero veterano, y recibió ofertas de Reuters y Bloomberg de unos doscientos veinte mil dólares al año. Nosotros, por mucho que lo intentamos, no pudimos llegar a esa cifra, pero nos quedamos cerca, y se vino con nosotros. Y a los dieciocho meses ganó un Pulitzer. Vino con nosotros porque le gustaba nuestra manera de hacer las cosas y nos pudimos acercar a las ofertas que tenía. En otros casos, si pagamos cincuenta mil al año a un chaval que está ganando treinta y cinco mil, estará contentísimo de venir con nosotros, y no hará falta que le paguemos cien mil porque el mercado no está ahí. Pero si el chico lo empieza a hacer muy bien le subiremos el sueldo porque no queremos que nos lo quiten.

Usted no está en Twitter.

No, soy el único de la redacción que no está en las redes sociales. De hecho, me metí en LinkedIn no porque buscara trabajo, sino porque vi que en muchos casos cuando buscabas información de alguien en Google la única biografía disponible es la de LinkedIn. Mi mujer, en cambio, está en todas las redes sociales.

¿Y qué piensa de todo esto? ¿Le gusta Twitter?

Twitter es fantástico, me encanta, es la red social más exitosa, e hizo posible que lanzáramos una historia sin necesitad de un socio. Con Facebook nos costó más, pero ya hemos empezado a interactuar. 

¿Vio la serie Lou Grant, en los años setenta? Muchos periodistas españoles de mi generación quisimos ser periodistas gracias a esa serie, porque pensábamos que el periodismo era así. ¿Era así?

Mira mi barriga, encajo perfectamente en el modelo de Lou Grant (risas). Sí, pero también había otros modelos, como Clark Kent llamando «jefe» a Perry White; o Woodward y Berstein, interpretados por Robert Redford y Dustin Hoffman en Todos los hombres del presidente. Había muchos modelos, y había también dos perspectivas: la del editor y la del reportero intrépido.

Se lo digo porque muchas veces el impulso para hacerse periodista es algo romántico, y estas series y películas no hacen sino motivarlo. A veces son realistas y a veces no. ¿Qué películas sobre periodismo son sus preferidas, las que le hacen reafirmarse en su profesión cuando las ve?

¿Has visto Spotlight? Da una imagen increíblemente realista de una gran redacción y del periodismo de investigación. Trata sobre el Boston Globe investigando a la archidiócesis de Boston por encubrir a cien sacerdotes pedófilos. Uno de los periodistas es alguien a quien intenté fichar para ProPublica y el editor, Martin Baron, es muy amigo mío, así que hay muchas conexiones, pero es visceralmente real. Las redacciones de medios impresos desaparecerán con el tiempo, pero los aspectos culturales y las personalidades que se ven atraídas por el periodismo serán similares. 

El Wall Street Journal vivió muy de cerca los atentados del 11-S. Parte de la oficina fue destruida.

Nuestro edificio no fue destruido, pero estábamos literalmente al otro lado de la calle, así que cuando las torres cayeron las miles de toneladas de material pulverizado destrozaron todas nuestras ventanas. Mi oficina estaba en la esquina más lejana, y se llenó de polvo hasta la altura del pecho. No pudimos volver a entrar al edificio hasta once meses después. 

¿Y cómo sacaron adelante el periódico ese día?

Fue extraordinario. Los  periodistas hicieron un trabajo fantástico. Tuve suerte, porque tanto un jefe de redacción como yo mismo habíamos entrado a trabajar temprano, así que él se fue a New Jersey, donde teníamos otros ordenadores, para poder sacar el periódico, mientras yo iba a buscar a los editores para mandarlos al otro lado del río. Mientras, los reporteros ya sabían lo que tenían que hacer. Tengo colgada en mi pared la portada de ese día, que ganó un premio Pulitzer. Fue una de las mejores cosas que jamás hemos hecho. 


Tutto sul cinema

En la calle Monserrato de Roma, con ese nombre ya se imaginarán que es de origen español, en el número 107, a cien metros de las tumbas de los dos papas valencianos, los Borgia, al lado de un zapatero —y esto tiene su importancia, como veremos—, hay un local de puertas azules con un cartel en el cristal de Taxi Driver. Encima de la puerta pone «Hollywood», y en pequeño: «Tutto sul cinema». Todo sobre el cine. No se trata de una exageración. Aunque pudiera parecerlo al abrir la puerta y ver sus reducidas dimensiones. Es una tienda diminuta cuyas paredes parecen hechas de DVD; apenas se ve un centímetro de muro. Luego tiene una puerta con una misteriosa parte trasera, a la que nunca entré, donde debe de haber aún más cosas, aunque sea mucho más pequeña, porque de ella siempre sale Marco con lo que buscabas. En mi imaginación hay un pasadizo secreto que lleva a subterráneos con miles de películas escondidas y que termina entre decorados olvidados en los sótanos de Cinecittà.

Marco abrió esta tienda en 1983, vendiendo carteles de películas que los cines le daban o tiraban tras los estrenos. Luego siguió con fotos de escena originales, pósteres y películas. Era rockero —le puso a su hijo Angus, por el guitarrista de AC/DC—, un soñador, un espectador incansable, y decidió consagrar su vida al cine. Pero no haciendo cine, eso en Roma lo hace cualquiera —en una fiesta siempre conoces a alguien del cine, aunque no quieras, se te presentan contra tu voluntad—, sino atesorando cine para sus amantes, que es casi mejor y seguro que mucho más difícil.

Con el tiempo el Hollywood se ha convertido en un refugio nuclear contra la banalidad audiovisual, una especie de escondrijo de la resistencia. Hoy ya es difícil tener una conversación seria de cine, una conversación adulta. Con gente con la que se dé por sobreentendido que ha visto lo que hay que ver, o que al menos lo dé por sobreentendido simulando que lo ha visto, que es lo mínimo por vergüenza, que hoy ya ni vergüenza hay. Marco atiende a todo el mundo, claro, hasta a los que creen que una de superhéroes es una obra maestra o a telespectadores embrutecidos por sobredosis de series, pero reconoce a un miembro de la hermandad del cine en esa señora que busca una película, cree que francesa, que vio cuando era pequeña, en la que hay una escena en la que un perro hace no sé qué y luego pasa esto otro, aunque no está totalmente segura de esto otro. Sí, hombre, dice Marco satisfecho, estira el brazo y se la da.

En las paredes del Hollywood hay fotos firmadas de Woody Allen, o Michael Cimino, dedicadas a «My friend Marco», y le llama Scorsese por teléfono para pedirle carteles antiguos italianos. Los del otro Hollywood, el de verdad, digamos así, suelen ir rendidos a Roma, porque admiran el cine italiano, y, si van a Roma, van a la tienda de Marco.

Igual que entre ellos se recomiendan restaurantes, se aconsejan el videoclub. En el Hollywood hay dos tipos de clientes: los de siempre, y aquellos que pasaron un día y luego lo cuentan así: «Un día…». Un día entró Abel Ferrara, se quedó enganchado con la película que Marco tenía puesta en la pequeña tele del mostrador, una de detectives de William Wyler, y al final pidió una cerveza en el bar de al lado, el Perù, y se quedó a verla hasta el final. Un día entró Francis Ford Coppola y, charlando, Marco se atrevió a decirle, a él, cuál era su mejor película, la número 249 del catálogo del Hollywood, La conversación. Coppola le dio la razón, dijo que sí, que era su mejor película.

Hay una escena de La Grande Bellezza en la que el protagonista camina de madrugada por una bocacalle de Via Veneto y se cruza de repente con Fanny Ardant, que aparece en medio de la noche como un fantasma. Es una escena familiar para quien vive en Roma, y esto es lo que tiene esta película, que atrapa lo mágico cotidiano de esta ciudad, sumergida en una ensoñación parecida a la del cine. Desde fuera se puede pensar que este tipo de escenas de Sorrentino son una exageración estilística, pero no, es que es así. A mí me pasó con Liza Minelli; me la encontré de madrugada vagando por Roma. Te encuentras a esta gente por ahí. Tarde o temprano, a veces a deshoras, todos pasan por Roma, y el Hollywood forma parte de esa magia secreta. Una caja negra del cine mientras todo alrededor se desmorona.

Toda Roma es un lugar especial del cine, como Monument Valley en las películas de John Ford o las puertas en las de Lubitsch. Tiene como una propiedad física el estar mezclada con las películas; no solo acabas sabiendo la casa donde nació Alberto Sordi o Aldo Fabrizi, terminas por saber los lugares de las películas, el punto exacto donde disparan a Anna Magnani en Roma, città aperta, el rincón donde Umberto D. intenta enseñar a su perro a pedir limosna por la vergüenza de pedirla él, la casa del striptease de Sophia Loren ante Mastroianni, el primer piso de la autovía Tangenziale del que Fantozzi se descuelga para coger el autobús en marcha. Vives como en una película, porque ves una de los años cincuenta y ese lugar sigue siendo prácticamente igual. Luego te cruzas por la calle con Bertolucci o Nanni Moretti. Un amigo era vecino de Vittorio Gassman, de eso que te lo encuentras en el ascensor. Cerca del Hollywood vivió Tarkovski en su exilio romano. Giulietta Masina era clienta.

El Hollywood es un sitio que se conoce entre los actores y las actrices, directores, ayudantes de dirección, entendidos. Porque Marco sabe. Y, aún más, sabe quién sabe, porque conoce lo más íntimo de una persona, de la pasta de que están hechos sus sueños, como el halcón maltés: sabe las películas que has visto. Es decir, te tiene calado. Sabe que ese director nuevo hará cosas, porque tiene curiosidad, es humilde y vuelve fascinado al devolver Banditi a Orgosolo, por ejemplo. O sabe que no ha visto nada de Rossellini, y que por tanto se pasará toda su vida tanteando o equivocándose o pensando que está inventando algo nuevo hasta que lo vea. O sabe bien que ese día que estás pensativo y necesitas meterte algo te viene bien una de Truffaut. Yo iba a coger películas como al médico, para que me las recetara. De hecho, alquilé mi segunda casa en Roma allí al lado para poder tenerlo cerca. Y la primera, frente al lugar donde le roban la bicicleta al protagonista de Ladrón de bicicletas.

Para entrar en el club Marco te hace una tarjeta de socio vitalicia, que antes costaba cincuenta mil liras y aún guardo como un talismán. Sale el dibujo de Robert de Niro caminando con su chupa en la calle de cines porno. Te daba un taco de fotocopias con el listado de películas a la venta y en alquiler. Número uno, Scarface, de Howard Hawks. Están dispuestas en orden alfabético por directores y países. Había hasta una página de cine africano. Es veneno adictivo para un cinéfilo; en cuanto te lo entrega, sabes que estás perdido.

Aún sigue habiendo títulos en VHS, porque no existen en DVD, y como los clientes van perdiendo o rompiendo sus aparatos de vídeo, o ya ni tienen, pues ahora te llevas la cinta con un aparato que te deja él, todo junto. La gente lo hace, como si fuera una actividad artesanal o clandestina, porque si no, y esto aún es verdad hoy mismo, hay películas que no puedes ver. Marco también se ha ido adaptando a los tiempos, y tiene pedidos por internet; ya siempre te lo encuentras haciendo algún paquete para un cliente de Alemania o España. Los lunes por la mañana, que antes cerraba, se le podían dejar las películas al zapatero de al lado. Hacía una pila junto a las suelas y tacones. En agosto, cuando cerraba, te podías llevar todas las películas que quisieras y se las devolvías en septiembre, y te pegabas panzadas de Cassavetes, Ophüls o Fuller. En toda casa un poco decente de gente interesante de Roma veías una carátula de película del Hollywood junto a la tele, o en el mueble de la entrada.

Un día Marco bajaba de Monteverde con el motorino y nos cruzamos en Trastévere en un paso de cebra. Yo pasaba con mi hijo, que llevaba en la mano una caja de VHS del Hollywood que teníamos que devolver. Marco siempre le aconsejaba sobre las de vaqueros y las de guerra. Luego me habló de la impresión que le causó esa imagen. Creo que fue para él como ver en blanco y negro a un niño de Cartier-Bresson con una botella de vino bajo el brazo, o al pequeño Antoine Doinel, que al llegar a casa le pone velas a un altar de Balzac.

Quizá sintió que la antorcha había pasado a la siguiente generación, que educando la mirada de un niño en la belleza y la ternura del buen cine estás salvando el mundo, que un niño que sonríe con Chaplin seguro que será buena persona, y que tal vez su pequeña tienda era un lugar más importante de lo que él mismo creía.


František Kriegel, uno que decía que no

Primavera de Praga, 1968. Estudiantes checos subidos a un tanque ruso expresan su deseo de democratización del régimen soviético. Foto: Cordon.

Ya han pasado más de cincuenta años de la primavera de Praga, el intento de ensayar un socialismo de rostro humano en 1968 que acabó bastante mal, y esta es la historia de František Kriegel, uno de sus protagonistas. La cuento por si acaso nadie se acuerda de recordarla, que podría ser. Cuando las tropas soviéticas invadieron Checoslovaquia, porque no veían claro lo del rostro humano, arrestaron a Kriegel y al resto de líderes comunistas del país y los llevaron a tortas a Moscú. Eran entre veinte o veintiséis, no he logrado concretarlo, y todos fueron obligados a firmar el llamado Protocolo de Moscú, una rendición y una humillación. Les pusieron un papel delante en el que admitían su equivocación y autorizaban la entrada del Ejército Rojo en su país. Pero antes de contar la escena en que firman, detengámonos un momento para saber quién era František Kriegel, porque para llegar aquí dio muchas vueltas, giros y saltos que en realidad marcan un camino bastante recto.

Kriegel ni era checo. Nació en 1908 el Imperio austrohúngaro, en un lugar que ahora cae en Ucrania, y era judío, y era pobre, y enseguida fue huérfano de padre. Se trasladó a Praga con dieciocho años a estudiar Medicina, huyendo también del antisemitismo de su tierra, y allí se afilió al Partido Comunista. Para pagarse los estudios trabajó en la construcción, en una zapatería, vendiendo salchichas en los partidos de fútbol. Cuando terminó la carrera empezó a trabajar de médico en Praga, pero a los dos años estalló la guerra civil en España. ¿Qué hacer? Fue un momento de grandes decisiones para él, que venía de la pobreza y quería un mundo mejor. «En sus ansias de hacer frente al sufrimiento humano no le bastaba con ser buen vecino y buen médico, necesitaba también entender el contexto social del sufrimiento y explorar la vía para eliminarlo». Esto lo dijo más tarde su amigo Václav Havel, que llegó a ser presidente checo tras la caída de la URSS. El 10 de diciembre de 1936 Kriegel tomó su decisión y emprendió viaje a España.

Estuvo más de dos años en el frente, hasta el final de la guerra, sirviendo como médico. Hay algunas anécdotas suyas. Una vez, en Tarragona, los milicianos encontraron una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y comenzaron a burlarse, hasta que él les increpó: «Si usted no es creyente, camarada, no se burle, esta no es nuestra casa». Tras la marcha de las Brigadas Internacionales, Kriegel acabó en uno de esos horribles campos de concentración que hicieron los franceses para los que habían perdido la guerra en España. Y que luego, ya puestos, se usaron durante la Segunda Guerra Mundial. A Kriegel le tocó el campo de Gurs, cerca de Pau. Entonces se empezó a preocupar por China, que estaba en guerra contra el Japón imperialista desde 1937. ¿Qué hacer? «China me necesita, sus sufrimientos superan a los de España», decía entonces. No era el único, en los barracones de Gurs vivía con otros médicos extranjeros que habían trabajado en la guerra española, se habían curtido en el frente y, tal como estaba el mundo, querían seguir, no estaban dispuestos a pensar que no era asunto suyo y volverse a casa. En muchos casos también porque no podían, en su casa estaba Hitler. Cincuenta se ofrecieron voluntarios para ir a China, y al final fueron elegidos dieciocho, Kriegel entre ellos. En total, al final ascendieron a veinte. En agosto de 1939 partieron hacia la guerra chino-japonesa. En China los llamaron los médicos españoles, porque venían de la Guerra Civil, aunque ninguno era español.

Aquí hago uno de mis temibles incisos: ¿sabían que hubo chinos en la guerra civil española? Cerca de un centenar. Pero es que ni los chinos lo sabían. Lo cuenta un libro curiosísimo, Los brigadistas chinos en la Guerra Civil, de Hwei-Ru Tsou y Len Tsou, publicado en 2001 en chino y traducido al español en 2013 en la editorial Catarata. Los dos autores son científicos estadounidenses de origen taiwanés —nada que ver con la historia, son químicos— que a finales de los ochenta curioseaban en fotos de la Guerra Civil y, de repente, ¡allí había un chino! Se pasaron diez años, intrigados por la historia, rastreando la pista de los chinos en la contienda de España. Hablaron con veteranos de la Brigada Lincoln y de otros países hasta que reconstruyeron su peripecia. La mayoría eran chinos que en 1936 vivían en Europa, alguno en Estados Unidos, y acudieron a España porque pensaban que en el fondo era la misma batalla que en su país se estaba librando contra Japón. Es más, una carta de Mao al pueblo español de mayo de 1937 decía así: «Muchos camaradas del Ejército Rojo de China están dispuestos a ir a España para participar en vuestra lucha. De no ser porque tenemos enfrente el enemigo japonés, iríamos con toda seguridad a integrarnos en vuestras tropas». Aquellos chinos a los que les quedaba más cerca la guerra civil española que la propia China pensaron que venía a ser lo mismo y les venía mejor. Solo dos estaban ya en España. De uno apenas se sabe nada, el otro era vendedor ambulante en Barcelona. Seguramente era conocido en la ciudad. Se afilió a la CNT.

Por el camino de sus pesquisas, los dos autores del libro también descubrieron la historia de los médicos españoles en China, que desconocían. Y así llegaron a Kriegel. Estuvieron incluso en casa de su viuda, en Praga. De ahí he sacado parte de la información. En fin, estos dos señores químicos taiwaneses hicieron un trabajo colosal, buscando la historia de cien chinos olvidados hasta en su propio país que combatieron en Teruel o Guadalajara, y lo narran en su libro de forma detectivesca. También hicieron una labor encomiable para publicar la obra en España la Universidad de Castilla-La Mancha y el Instituto de Estudios Albacetenses, con la ayuda del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona. La idea que se me queda es que Spielberg haría sin pensar una película sobre esto si ocurriera en su país, pero aquí, más bien, lo que es una película de Spielberg son las penalidades para que esta historia, la nuestra, salga a la luz, y aun así casi nadie la conoce. No sé cuándo llegará el día en que podamos mirar a nuestro pasado con la atención que merece, no como si fuera una cosa que les pasó a otros.

Volvamos a Kriegel, que no miraba demasiado para otro lado. Se fue a China, montó unidades de campaña de la Cruz Roja y se enfrentó a los japoneses. Hasta que aquello ya se fue transformando en la Segunda Guerra Mundial en otro escenario, Birmania. Hacia 1942 los japoneses penetraron en el país y cortaron la línea de abastecimiento de las tropas chinas, que al final se acabaron aliando con ingleses y estadounidenses. Para Kriegel llegó otro momento de decisiones importantes. ¿Qué hacer? Se pasó al Ejército de Estados Unidos en Birmania, junto a otros médicos, para combatir a Hitler y sus aliados en Asia. Terminada la guerra, Washington le condecoró en 1944 con la distinción más alta para civiles, la Medalla al Servicio Civil Excepcional. 

En 1945 por fin pudo volver a su país, nueve años y tres guerras después. Fue recibido con honores y tuvo puestos de responsabilidad, llegó a ser viceministro de Sanidad entre 1949 y 1952, hasta que cayó en desgracia en las purgas estalinianas. En 1960 volvió a viajar, le enviaron a Cuba, al año de la revolución de Fidel Castro, para ayudar con su experiencia en la creación del nuevo sistema sanitario público de la isla. Se pasó allí tres años, es decir, vivió de cerca la crisis de los misiles. De regreso a Praga, rechazó puestos en el Partido Comunista y siguió trabajando de médico en un hospital de la ciudad. Con los nuevos aires reformistas, al final fue elegido miembro del Comité Central en 1966. Como tonto no era, y había visto mundo, se daba cuenta de lo que no funcionaba, de que aquello no era exactamente por lo que había luchado. Por eso impulsó con Alexander Dubček, el nuevo secretario del partido elegido en enero de 1968, la apertura del régimen hacia las libertades. Las sonrisas se adueñaron de las calles de Praga, hasta que en agosto entraron los tanques soviéticos.

Bien, ahora, la pregunta del millón. Habíamos dejado a František Kriegel, llevado a la fuerza a Moscú, en 1968, ante el papel de los rusos para que firmara su rendición. Sabiendo lo que ya saben, ¿qué creen que hizo? Pues Kriegel dijo que no. Fue el único de los veinte o veintiséis dirigentes checoslovacos comunistas que se negó a firmar, no renegó de la Primavera de Praga. Se explicó así: «Podéis fusilarme o mandarme a Siberia, pero no firmaré». Al final le dejaron volver a Checoslovaquia, pero fue expulsado del partido. Dubček, por ejemplo, fue relegado a agente forestal. Kriegel se convirtió en un apestado, un disidente democrático, y vivió bajo estrecha vigilancia policial hasta su muerte, en 1979, en accidente de tráfico. Murió en la oposición, como siempre había vivido. En su esquela se publicó una frase suya, a modo de despedida: «Hay que defender con firmeza la verdad y la justicia, rechazar la mentira y las acusaciones infundadas, afanarse en cuerpo y alma para que las personas no sufran más por las mentiras, para que la relación entre las personas y entre los países se base en la moral».

Si se preguntan qué fue de los brigadistas chinos de la Guerra Civil, una parte regresó a su país y combatió contra los japoneses. Pero a partir de 1966 muchos acabaron purgados en la Revolución Cultural, precisamente por haberse relacionado con extranjeros.

Es curioso, hoy tenemos la vida mucho más fácil y qué poco decimos que no.


La inverosímil aventura de un infeliz con una diosa sexual

The Deuce (2017– ). Imagen: Blown Deadline Productions / HBO.

Tuve una vez un compañero de trabajo, de carácter un poco huidizo, que acabó en una secta. No una secta como tal, sino que empezó a comportarse como si estuviera en una. Le comieron totalmente el coco, pero no fue un grupo organizado, ni siquiera una persona. Mejor dicho, fue una sola persona, una mujer, pero esa mujer no tuvo la más mínima intención de abducir a este hombre. Sí de seducirle, pero vamos, es que ni sabía que existía. Pero él cayó rendido a sus pies con devoción casi religiosa. De hecho, es que esta mujer era una diosa. En fin, era una diosa porno de internet.

No se habla mucho de estas diosas, ni de cuán grande es su poder. ¿Cuántos acólitos reúnen a su alrededor en rituales solitarios, pero colectivos, simultáneos, globales, hombres de todas las edades con su voluntad anulada? Yo no era consciente de la dimensión del fenómeno hasta que pasó lo de Marcelo, que así se llamaba este pobre hombre. Acabó colado por una diosa porno que encontró zascandileando por internet. Al principio era una más y no se la tomaba en serio. Iba saltando de una a otra, la red es así de maravillosa e impersonal. Como todo el mundo sabe, hay decenas de miles de tías que alguien se cepilla cada día en millones de vídeos, con varios millones de tipos en su casa, o donde les pille, dale que te pego, que se imaginan que son ellos los que lo están haciendo. Lo que pasa es que Marcelo se fue encariñando con una. Nunca supe bien cómo se llamaba, creo que Cristal Lane, o algo así. Por alguna razón —sus formas, su modo de moverse, el color de sus ojos— coincidía exactamente, como en un embrujo o un sueño hecho realidad, con la idea de mujer perfecta de mi colega, tanto que, cuando se topó con ella, el corazón le dio un vuelco, según me contó un día tomando una cerveza. Es decir, pensaba que estaba hecha para él, pero en exclusiva, como por encargo, como realización de un deseo o como si alguien le hubiera leído el pensamiento. Este es el tipo de seres empanados que estamos creando hoy en día, supongo que son conscientes. No se creía lo que estaba viendo, fue como un flechazo, con la diferencia, respecto a la vida real, de que se la podía tirar allí mismo, al menos como uno lo hace con el ordenador delante. Pensó que después se le olvidaría, como todas, pero el caso es que día a día, surfeando por aquí y por allá, curioseando en el menú (asiáticas, negras, brasileñas, etcétera), acababa volviendo a teclear su nombre, que aprendió de memoria a la segunda o tercera vez.

Fue en ese periodo cuando me lo contó por primera vez, una noche que estábamos en un bar hablando de tías que nos gustaban. Éramos jóvenes, luego ya de mayor la gente se vuelve reservada, debe simular que ha madurado. Al cabo de un rato, casi en plan de confesión, pero también medio en broma, dejó caer que, de todos modos, había una que a él le parecía insuperable, casi la mujer de su vida, que le esperaba en casa todas las noches, así que él no se desesperaba si volvía sin comerse una rosca. Cuando me dijo de quién estaba hablando pensé que estaba de coña, nos reímos un poco y ahí quedó la cosa. Qué risa, qué salido estás y tal. Me empecé a preocupar otra vez que estábamos varios tomando algo, salió el tema y uno del grupo resulta que conocía a Cristal Lane y dijo que, uf, claro, efectivamente, estaba tremenda. Marcelo se quedó un poco a cuadros, casi como si hubiera descubierto que la bendita Cristal Lane le estaba poniendo los cuernos. Le tomamos un poco el pelo, pero yo noté que no le hacía ninguna gracia. Creo que solo en ese momento cayó en la cuenta, el infeliz, de que millones de tíos se pajeaban con la misma tipa que él tomaba como una especie de secreto suyo, una mujer que solo aparecía en su ordenador cuando él lo encendía, como si le estuviera esperando en casa. Esto le turbó durante algunas semanas, andaba raro en el trabajo, aunque nunca fue una lumbrera. Hacía temas de sindicatos.

El momento clave en esta majarada fue cuando asumió, por algún extraño vericueto mental, que estaba enamorado de esta mujer. Casi me caigo de la silla cuando me lo dijo, allí en la redacción. Pero si no la conoces, le dije, si es una actriz porno de internet, insistí, no sabes ni cómo se llama. El hombre casi se conmovió de pensar que en realidad no sabía su nombre, porque para él era como un personaje de cuento. Es más, lo acorralé: aunque te la encontraras por la calle ni siquiera podrías hablar con ella, porque no tienes ni idea de inglés. Algo debí de decir que no debía, porque Marcelo se quedó callado mirándome, con una cara de iluminado que, lo confieso, me hizo sospechar por primera vez que aquello era más serio de lo que yo creía. Se dio la vuelta y se fue sumido en sus pensamientos. Casi imagino lo que estaba pensando: encontrársela por la calle, qué increíble. Nunca se le había ocurrido, nunca había caído en que existiera también de esa otra manera, que estuviera realmente pululando por ahí. Lo siguiente que supe es que la estaba buscando.

Este descubrimiento le afectó de tal modo que llegó a tener ideas políticas propias, cosa que gracias a Dios nunca había tenido. Te contaba con aire reflexivo que, si un puñado de diosas sexuales se organizaran, un grupito en el que hubiera un poco de todo, rubias, morenas, como en un anuncio de Victoria’s Secret, podrían hacer lo que se propusieran, tomar el poder, fundar el partido populista definitivo o, por qué no, hasta luchar contra el cambio climático. Esto era cuando estaba de buen humor, porque debo decir que a veces entraba en una deriva sombría. Le asustaba todo ese rollo del feminismo y pensaba que, si descubrían este filón, donde realmente había una masa de hombres con complejo de inferioridad, que se sienten una piltrafa humana ante semejantes pibas, el género masculino estaba perdido. Menudo cacao mental tenía. Yo le decía que se estuviera tranquilo, que eso nunca sería feminista, me parece. Llegó incluso a decirme que si se diera la desgracia de que esta élite de diosas fueran malas podrían instaurar una especie de nazismo con silicona, en el que mandaría una raza superior de tías buenas (siendo malas). Bueno, bueno, ahí ya me estallaba la cabeza y tenía que sacarlo de los bares, la gente lo miraba. Se ponía pesadísimo: ¿no te das cuenta de que hoy solo importa la imagen, que puede llegar a pasar, mira las Spice Girls, un producto de laboratorio? Así fue como, por autoconvicción, entró en la siguiente fase: llegó a pensar que su chica, así la llamaba, tenía que ser buena, buena persona quiero decir. Se lo decía un sexto sentido, explicaba, le parecía sincera. Es que ni se le pasaba por la cabeza que fingiera los orgasmos.

The Deuce (2017– ). Imagen: Blown Deadline Productions / HBO.

Un día me vino todo eufórico, haciéndome señas de que tenía que hablar conmigo en privado. Salimos a fumar y me dijo que ya sabía cosas de ella: era checa. Ah, muy bien, le dije, ¿tenéis ya fecha para la boda? Se ofendió un poco, pero me calló completamente al decirme que tenía planeado ir a buscarla. Había visto vuelos tirados a Praga. Pero no tenía una dirección, nada, solo iba a aterrizar allí con una foto suya y el nombre de una productora porno que se había apuntado. En fin, qué fue aquello. Solo lo sé de oídas, por sus relatos posteriores. Según lo que averigüé después, tras varios intentos infructuosos, que acabaron en burdeles de mala muerte y donde le pegaron el palo varias veces, terminó en el consulado español sin dinero y pidiendo ayuda. Y aquí, sorpresa: el tipo del consulado, un chaval joven, por lo visto muy majo, conocía a Cristal Lane. Es decir, la conocía como mi amigo, de cascársela, no la había visto en su vida, pero de hecho había pedido el destino de Praga porque tenía mitificadas a las checas. Era un putero redomado, no pensaba en otra cosa y en eso se le iba el dinero; si no tenía cuidado en guardar la extra de Navidad es que ni podía volver a España en vacaciones. Pero aun así no estaba tan tarado como para haberse puesto a buscar a este portento de mujer. Ahora bien, y he aquí lo increíble: mi amigo era ya el vigésimo tercer español perdido en Praga, según sus cálculos, que le llegaba al despacho con esta cantinela y en un pésimo estado tanto moral como material. El magnetismo de esta mujer era increíble. También intuía que algo quería decir de nuestra sociedad contemporánea, aunque tampoco se ponía filosófico, le daba pereza y siempre tenía mucho lío. Por eso al final este funcionario, ya picado por la curiosidad, se había puesto a buscarla en serio, por cauces semioficiales. Y la había encontrado. Así se lo dijo a Marcelo, que cuando más tarde me lo contó lo describió como uno de los momentos más emocionantes de su vida. También porque el tipo del consulado, que estaba en plan jocoso, se fue poniendo más serio, sobre todo al ir comprobando lo loco que estaba mi amigo. El diálogo fue más o menos así:

—Así que usted querría que yo le dijera dónde está esta… actriz.
—Sí, eso es.
—Pero ¿para qué?
—Estoy enamorado de ella, quiero verla de verdad, o sea, no en una foto o un vídeo, y luego ya veré qué hago. O sea, no sé si es para conocerla, porque en realidad es que yo ya siento como si me hubiera acostado con ella toda mi vida, no sé si me entiende, y se me hace raro pensar que ella me mire como si no me conociera, porque bueno, es eso, sí, ya sé que no me conoce, pero es que yo creo que tiene que sentir algo cuando nos conozcamos, porque me parece imposible… Ya sé que es difícil de entender, pero tiene que haber algo, porque para mí hemos tenido algo, y yo… 

Yo me imagino que el funcionario estaría entre la pena más sincera y el descojono absoluto, incrédulo ante la situación que estaba viviendo, pero es que sabía algo más de esta mujer, algo que mi amigo no había ni siquiera imaginado, él, que en sus ensoñaciones se la había tirado en todas las posiciones imaginables:

—Mire, no sé cómo decirle esto… Espero que sepa entenderlo, y lo siento mucho, pero es que…
—Ya, ya sé que no me podrá revelar información privada, pero a mí me basta con que me diga su calle, yo voy allí y espero que un día aparezca…
—No, no es eso, es que… Verá, no es fácil.
—Si está en un pueblo me puedo desplazar. He pedido una excedencia en el trabajo y…
—Mire, usted no lo entiende: esta mujer está muerta.

Marcelo se desmayó allí mismo, tuvieron que traerle un vaso de agua. Luego me contó que lo que más le impresionó no fue tanto la noticia, sino que experimentó un vértigo sobrenatural al imaginarse que se la había estado machacando durante más de un año pensando en una muerta. Le dio muchísima cosa. También se sintió un poco engañado por los desalmados que colgaban los vídeos, «como dándole esperanzas», eso dijo, tal cual. Creía que tenían que avisar cuando la actriz que sale en un vídeo porno ya ha fallecido, porque no le parecía bien, o no sabía si le parecía mal, o qué pensar. Que en los millones de vídeos porno de la red se mezclaran vivas y difuntas sin ningún orden, en un continuo temporal, le dejó meditabundo. Su error, el de los mortales de toda la vida, había sido querer ir más allá, acceder al conocimiento, tocar el infinito. Él, un simple infeliz sin ni siquiera contrato indefinido. No había podido con ello, claro, además de dejarse una pasta en Praga.

Entró en una crisis trascendental y pasó una temporada muy mustio. Dejó de meterse en internet, es decir, no en busca de sexo, solo como la minoría de la gente, para leer alguna noticia, comentar alguna otra que no había leído, ver vídeos de gatos o comprar entradas de cine. Sin embargo, en sus paseos, en sus cavilaciones, Marcelo acabó por tener una especie de revelación espiritual, como san Francisco de Borja cuando vio el cadáver de su amada, la emperatriz de Portugal, y pensó: «No serviré más a un señor que se me pueda morir». Solo que lo de mi amigo fue al revés: en un momento de lucidez pensó que en realidad Cristal Lane ya era eterna, inmortal, siempre estaría ahí, en la red, fresca como el primer día. Una verdadera diosa, se dijo, el muy capullo. No le he vuelto a ver, solo sé que ahora corre maratones.


Música salvaje entre magnolias y coyotes

Mumford Bean and His Itawambians. Robert Crumb en Héroes del blues, el jazz y el country.

La música ya es como la ropa, un hábito adquirido, y es difícil abstraerse de la rutina para recordar que, en su origen y en esencia, es un tipo arrancando sonidos a un objeto con un sentido inesperado. Algo muy primitivo. Basta pasar de escucharla en casa o con los cascos a un concierto en vivo, pero pequeñito, o simplemente mirar a alguien que sepa tocar algo y es una experiencia completamente distinta. El vértigo ya es antropológico, de emoción arqueológica, si se excava en las más viejas grabaciones norteamericanas, donde nacen las raíces del rock. Y no es lo mismo que escuchar un disco de Mozart, porque no es el propio Mozart quien toca y descubre en ese momento, contigo, lo que sale. Es difícil de explicar, y por eso me pongo. Produce unas sensaciones profundas, conmovedoras, y comprendo muy bien al dibujante Robert Crumb, a quien le dio por dibujar retratos de aquellos pioneros, inspirándose en las escasas fotografías conocidas, en un libro editado en España por Nórdica Cómic. Se llama Héroes del blues, el jazz y el country.

Se siente una fuerte empatía con este librito, una simple sucesión de retratos acompañados de pequeños textos de tres expertos, breves pero punzantes semblanzas de músicos, casi todos muy olvidados. Fueron los primeros intérpretes de blues, jazz y country que se conocen, que no quiere decir que fueran los primeros, porque la historia se hace muy borrosa antes de los documentos sonoros. Eran juglares que vagaban por los caminos o eran populares en su condado, pero desaparecieron sin dejar rastro. Muchos eran famosos sin haber grabado nada, una clase de fama, popular, de renombre, sin imagen, que hoy nos resulta difícil de imaginar. Tommy Johnson, por ejemplo, «era un personaje muy conocido en todo el delta del río Mississippi», dice el texto. Luego añade lacónicamente: «Entre 1928 y 1930 grabó once temas». De Peg Leg Howell se lee esto: «Fue uno de los primeros músicos de country blues en ser grabados». Casi nada, y lo dice así. Cada minúscula biografía, de poco más de diez líneas, tiene frases que podrían hacer arrancar una novela. Howell nació en 1888 y murió en 1966. ¿Cómo vio cambiar el mundo esta gente? Sus padres, sus abuelos, vivieron la esclavitud y la guerra de Secesión, que acabó en 1865. Las cosas que vemos en las películas de vaqueros: la victoria de Caballo Loco en Little Big Horn fue en 1876. Luego conoció dos guerras mundiales, los Beatles. Tres años después de su muerte el hombre llegó a la Luna.

Enseguida aparecen ciegos en esta historia. Un negro ciego tocando blues, quizá junto al río y bajo unas magnolias, tiene algo de misterio insondable en la oscuridad. Como Blind Blake, que «entre 1926 y 1932 grabó casi ochenta temas, para después desaparecer en el anonimato». Vivió y murió en Jacksonville, Florida, quizá nunca saliera de su pueblo. Su página termina así: «Tuvo muchos imitadores, pero nunca llegaron a igualarle». Un genio local que murió sin saber que un siglo después el mundo sabría quién era y lamentaría no saber más. Blind Lemon Jefferson es el más célebre de aquellos negros ciegos, porque fue uno de los grandes, pero su muerte, el 29 de diciembre de 1929, encierra todo ese misterio del que hablo. Miocarditis aguda, dijo el certificado médico, pero nunca se supo bien qué pasó. Se ha dicho que una amante celosa le envenenó el café, que se desorientó en una tempestad de nieve y murió de frío, que le atacó un perro en medio de la noche. También que le asesinó un guía malvado que le acompañó a la estación de tren y le mató para quitarle un cheque que había cobrado.

El ritmo saltarín de algunos blues es el del vagabundo que recorre los caminos y se topa con aventuras y gente curiosa. A menudo la vitalidad que transmiten supera el dolor que cuentan. Letras que hablan de serpientes y piedras, trenes y bolsillos, de Dios y del diablo, de tumbas y de noches, y casi siempre de dinero, de un dólar, de dos, de tres, pocas monedas, la obsesión por llegar al día siguiente. Lo genuino de estos artistas es que lo eran verdaderamente, algo mucho más difícil hoy, y me explico: no tocaban para ser famosos, tener dinero o pasar a la posteridad, como mucho para ganarse la vida. Hoy es casi imposible que alguien que se dedique a eso no tenga al menos como fantasía convertirse en una estrella. Incluso renegar de eso requiere un esfuerzo deliberado, si no una pose. El mundo ya es de otra manera y no es posible ser inocente. Aquellos pioneros ni en sus mejores sueños habrían imaginado ser millonarios, llenar estadios o que lo que dijeran tuviera la más mínima repercusión. Lo hacían realmente porque les gustaba, y nada más. Ese nada más constituye su pureza. No tenían otras pretensiones que las expresivas, expresar lo que sentían, y con un material que estaban inventando, con muy poco heredado. Las músicas y canciones familiares.

Otro detalle encantador de estos grupos es lo artesanal. Hacían música con lo que tenían a mano: silbaban, tarareaban, soplaban en botellas y construían sus instrumentos con palos, calabazas, peines… ideas heredadas de las costumbres africanas. Whistler and His Jug Band fue la primera jug band que grabó un disco. ¿Pero qué demonios es una jug band? En el dibujo salen unos tipos soplando unas garrafas de vidrio. El prodigio de saltar en el tiempo ya no requiere pasar media vida buscando un disco, basta mirar en Spotify. Lo curioso es que siguen sepultados en el olvido y se puede vivir la misma experiencia exótica y recóndita: he mirado y este canal tiene setenta oyentes mensuales.

En las fichas de muchos artistas impresiona ver lo que pone en el apartado Nacimiento (N) o Muerte (M). Hay muchos así: «N: desconocido» o «M: desconocido», o ambas cosas. Caso extremo es Buddy Boy Hawkins, que no tiene ni fechas ni nada. El texto es melancólico. «Se sabe muy poco de su vida», dice. Cuenta que tuvo un estilo impecable, grabó doce títulos entre 1927 y 1929, «pero sus discos se vendieron mal y desapareció en el anonimato». Te lanzas a Spotify y, como en muchas de estas grabaciones, lo primero que se oye, antes que cualquier nota, es ruido, ese ruido de fondo, que no estorba, sino que es como el sonido de viajar hacia atrás en el tiempo o sumergirse en las profundidades. Le da densidad, suciedad, como una moneda romana manchada de tierra.

Varios de estos músicos, como Ed Bell, o Rubin «Rube» Lacey, dejaron la música para hacerse sacerdotes, lo que da una idea del componente espiritual que tenía lo que tocaban. También hay que decir que algunos hacían el camino inverso —lo cual no hace más que reforzar esta idea—, pues dejaban los hábitos para hacerse músicos, como Son House. Había que buscarse la vida como fuera. Blind Willie McTell «debutó en las grabaciones en 1927 después de haber trabajado como cantante callejero y en espectáculos itinerantes de medicina». La primera mujer que aparece es Memphis Minnie, nacida en 1897, «guitarrista consumada», que con diecinueve años ya hacía giras.

Con todo, esta parte negra de la música norteamericana es algo más conocida entre nosotros, estamos mínimamente familiarizados con su mitología. La otra parte del libro, la blanca, el country —en el jazz se mezclan las dos—, nos resulta mucho más ajena y esconde historias fascinantes. El primer artista que aparece, Andy Palmer, que solo hizo ocho grabaciones en 1932, ni existe en Spotify. Para sentir el primer impacto ancestral de esta música se puede buscar a Eck Robertson, nacido en 1887, que sí se encuentra. Pinchen Sally Gooden, de 1922, considerada la primera grabación de música tradicional norteamericana. Es salvaje, rústica, animal, desbocada. Te imaginas perfectamente que la tocaran en la noche para ahuyentar a los coyotes. A diferencia del blues, nocturno y taciturno, parte de la más remota música tradicional blanca tiene una veta de aventura, de excitación, de gente que está un poco loca en medio de la naturaleza infinita. De Earl Johnson, nacido en 1886 en Georgia, el libro dice: «Puede considerarse el violinista más salvaje que jamás haya grabado». Y eso que, aclara, no era ni una gran violinista ni un gran cantante. En el dibujo, en las fotos, aparece un señor serio con traje y corbata que bien podría ser un empleado de la oficina de telégrafos. Despierta la curiosidad inmediatamente, claro, pero apenas se encuentra nada en Spotify.  Pero escuchen «Little Rabbit/ Rabbit Where’s your Mammy», de los Crockett’s Kentucky Mountaineers, y les parecerá ver mapaches corriendo por el salón. O el inquietante violín, un sonido que tiene algo siniestro o de psiquiátrico, de «Indian War Whoop», de Hoyt Ming and his Pep Steppers.

Hay dos grupitos por los que tengo debilidad, solo de mirar sus retratos y lo poco que he leído de su historia. Uno es Burnett & Rutherford. Dick Burnett tenía veinticuatro años cuando empezó a tocar el banjo en serio después de quedarse ciego por un balazo. Poco después tomó bajo su protección a un chaval de catorce años, Leonard Rutherford, que era un genio del violín.  El texto termina así: «Pasaron los siguientes treinta y cinco años viajando sin parar y tocando por todo el sur». El otro es Carter Brothers and Son. Se ve a un señor de traje, pero con botas, con un violín y a un niño muy serio de pantalones cortos, sentados en dos sillas en medio del campo. El niño, Jimmie, era «un guitarrista extraordinario», y con el violín alocado de su padre, George, poseían «una desenfrenada exuberancia y un abandono temerario y salvaje». Todo ello se puede comprobar en su glorioso tema «Give the Fiddler a Dram», en el que da la sensación de que al final pueden coger el violín y tirarlo por la ventana. Final de su breve semblanza: «En los meses que no se dedicaban a cultivar algodón, los Carter eran músicos profesionales en barcos de vapor el Mississippi».

Si en el blues el instrumento central es la guitarra, emparentada con sus primas africanas, aquí es el violín, traído en las maletas desde Europa y de pasado celta. Los primeros colonos británicos que llegaron a América llevaron consigo seis o siete tradiciones de violín distintas, explica el libro, que en cada lugar se desarrollaron a su vez de forma propia y acabaron generando centenares de estilos diversos en tres o cuatro generaciones. Si el blues es más bien solitario, tiene algo de monólogo y consuelo, el country nace en familia, en la comunidad. Eck Robertson, por ejemplo, que no salió en su vida de Amarillo, Texas, grabó muchas de sus canciones con su mujer y sus hijos. En muchas de estas biografías emerge esa cosa americana de que en cualquier casa hay un instrumento y todo el mundo sabe tocar algo. Por eso estas bandas suenan tan compenetradas, son padres e hijos, primos y cuñados. Abundan retratos encantadores de matrimonios, muy formales en el porche de su casa. Uno se topa con frases que producen vértigo, como que hoy en día nadie es capaz de reproducir algunos de aquellos increíbles sonidos, porque eran virtuosos autodidactas con manías propias y genialidades inimitables fuera de los cánones.

El primer disco de country fue Little Old Log Cabin, de 1922, de Fiddlin’ John Carson, uno de los grandes pioneros. Leamos: «Están entre las interpretaciones más emocionantes y deliciosas de la época. Hay unas cuantas grabaciones en las que Carson parece ir bastante borracho, y escucharlas en esos casos resulta gracioso, o triste, según se vea». Creo haberlo detectado en algunas, y al menos para mí es entrañable. Esta gente cantaba porque se lo pasaba bien, está claro, y en algunos casos había encontrado una manera de no trabajar tanto, no deslomarse en los campos o en la fábrica, y eso supongo que proporciona una enorme felicidad. Son composiciones de una fuerza torrencial, y no se debe olvidar que en su mayor parte era música de baile, para correrse juergas o ligar. Tienen un componente rural, vecinal. Era una costumbre familiar y de pueblo, se juntaban los vecinos, de todas las edades, y aliviaban la dureza de la jornada o las penas de la vida con la música. En esos viejos discos se oye lo que tocaban frente a la chimenea o en las sobremesas de los domingos, melodías arrastradas generaciones atrás desde Escocia o Austria, golpeadas y moldeadas por el uso. En los años veinte hubo una auténtica explosión de bandas rurales, formadas por gente muy joven: era el pop del momento, solo que apenas dejaron rastro, fue una diversión adolescente que dejaron para hacer algo de provecho, pocos grabaron discos.

Da Costa Woltz’s Southern Broadcasters grabaron dieciocho temas en una sola sesión, el libro los define como magistrales, pero su frase final es lapidaria: «La banda nunca apareció en la radio y estuvieron poco tiempo juntos». Más que los discos, la radio, donde se tocaba en vivo, era el principal medio de difusión musical. Quién sabe si aquel día que pasaron en el estudio les pareció que hacían algo decente, que aquello podía ser arte, una música imperecedera o que caería en el olvido. Seguramente pensarían esto último. En la ficha de los cuatro músicos pone «M: desconocido». Uno de los miembros del cuarteto era un niño de doce años que tocaba la armónica, el ukelele y cantaba. Aparecen otros niños en los dibujos, sentados como uno más entre los adultos. Otro de la misma edad, un tal Mumford Bean, era incluso el líder de su grupo, los Itawambians, con su violín.

En los retratos de Crumb se ve que estas personas se ponían guapas para la foto, de domingo, porque en realidad eran granjeros. Es más, en algunos casos aparecen directamente con el mono azul de trabajar o camisas de cuadros de leñadores. Dock Boggs, que tocaba solo con su banjo y que suena asombrosamente bien, como una especie de blues blanco de rara intensidad, era minero del carbón. Wilmer Watts trabajó casi toda su vida en molinos textiles. Es decir, la mayoría no eran profesionales, la música era esa parte que dedicaban a ser ellos mismos, sin ninguna otra pretensión, y se nota como algo único.

Paradigma y referencia de estos artistas es la familia Carter, origen de una saga y pilar de la música tradicional norteamericana, que dejó casi trescientos títulos y vendió millones de discos de los años veinte a los cuarenta. Es una música más hogareña y pausada, seria y lastimera, de salmo y reunión familiar, con una fuerte impronta coral y femenina, pues, además de las voces, uno de los genios de los Carter era la guitarrista, Maybelle. Frank M. Young y David Lasky han contado su historia en una novela gráfica, publicada por Impedimenta, donde se relata espléndidamente su pasión por la música mientras sacaban adelante su granja.


Los chóferes de los candidatos reflexionan para usted

Foto: Sophie Klose (CC)

Los chóferes de los cinco principales candidatos coincidieron en el bar de Atresmedia el día del último debate. El de Pablo Iglesias tenía el día libre y fue en taxi. Abascal tenía un mitin en Las Rozas y el suyo aprovechó para acercarse a ver a sus colegas, que con el lío de la campaña no se ven nunca. Un camarero, primo de un amigo mío y que iba para periodista pero que a esto fue a lo más que llegó, tomó buena nota de sus comentarios y me los ha mandado. Cree que son graciosos para la jornada de reflexión.

En la transcripción se ha perdido quién es quién, pero el lector se puede entretener adivinándolo.

Chófer 1

Es una lata, pone el despertador de madrugada para salir a cazar sus propios alimentos. Un día volvimos con una liebre de la Casa de Campo y se emocionó, pero los demás días acaba desayunando cereales, que le fastidia porque son americanos.

Algunos días, si nos pilla de paso, me hace dar un rodeo hasta la prisión de Soto del Real para cerciorarse de que los presos catalanes siguen allí. Como ritual, monta su arma reglamentaria mirando la puesta de sol, en posición de firmes, hasta que se hace la oscuridad. Yo ya sabes que no me asusto por nada, pero prefiero quedarme en el coche; me da un poco de mal rollo.

La otra noche vinieron algunos colegas y Ortega Smith, que llegó nadando por el Manzanares y luego atravesó los páramos semidesnudo con pintura de camuflaje. Alguna vez le pillo reptando entre los contenedores, en vez de venir a casa normal. Estuvieron hasta tarde jugando al Risk, a uno que tienen tuneado y con una sola carta de objetivos: invadir Cataluña y destruir a los demás adversarios.

Como está hasta el gorro de Manolo Escobar y esa música que les ponen en los mítines a todas horas, en el coche me dice que lo que sea, por favor, menos música española, para desconectar. Pero eso solo cuando vamos solos, porque si viene alguien del partido no mueves el dial de Radio Olé. He hablado con los otros chóferes y a los demás les pasa igual, lo que pasa es que cuando están juntos nadie se atreve, por el que dirán y por si les miran mal. Es un poco forzado todo, pero es un ambiente franquista en el que se sienten cómodos. A veces me inquietan cuando me dicen: «Pero Pepe, ¿tú te sientes español de verdad? ¿Qué estarías dispuesto a hacer por tu país?». Entonces me trastabillo, no sé qué decir y se parten de risa. Dicen cosas así para asustar, pero en plan de broma, no sé si me entiendes.

Chófer 2

No te quejes. El mío está desquiciado. Vive el hombre en vilo, pensando en que si baja de ochenta escaños en el partido se lo comen. En esta paranoia solo se consuela con los tebeos del Jabato y el Capitán Trueno. Los lee en voz alta en el coche y empieza con los insultos: «¡malandrines, felones, voto a bríos!». Yo me parto, macho. A Sánchez le llama Bellido Dolfos, lo sacó del romancero. Pero como solo lo entiende él y los de Zamora le han aconsejado que no lo use. A menos que salga vestido de paje.

Sublima sus miedos contra los enemigos de España. Ayer se quemó con la tostadora y se le escapó un «¡malditos batasunos!». Otro día le llamó golpista a la máquina de Coca-Cola por tragarse una moneda. En un restaurante le preguntaron si quería la carne muy hecha o poco hecha y contestó: «Y usted, ¿va a indultar a los independentistas, eh? Conteste, conteste». De ahí no lo sacas.

Él mismo reconoce que a veces se calienta tanto que no sabe ni lo que dice. Hace unos días pasábamos por Harvard, perdón, Aravaca, que es que él lo llama así, y le llamó un tal Garrido. No hace más que darle la chapa, y le mandó a freír espárragos. Le dijo que si no estaba contento que se fuera a Ciudadanos, fíjate, tal como está el patio. Luego se reconciliaron, pero al colgar me dijo que debía controlarse, que no era bueno ir dando ideas, y menos con el cacao que tienen de a ver quién es más facha. A veces incluso se despierta en medio de la noche y no sabe, no ya en qué provincia estamos, sino en qué partido está.

Chófer 3

Yo tampoco me aburro, desde luego. El mío me mandó al quiosco y con la revista Ser Padres Hoy regalaban la Constitución. Al principio la dejó tirada en el sofá, pero un día que se aburría viendo Juego de Tronos empezó a hojearla y, no te lo vas a creer, ahora se levanta y se acuesta con la Constitución. Dice que no está tan mal. En el grupo de WhatsApp del partido al principio creían que estaba de coña, y hacían bromas, pero ahora ya la comentan en serio.

Cada vez está más casero, porque ya casi no le quedan amigos en el partido. Es curioso verlo en casa, hace lo contrario que todo el mundo: cuando llega, para estar cómodo, se pone de traje. Normal, lo otro para él es la ropa de trabajo. Nunca se acerca a abrir la puerta, no sea que aparezca por sorpresa Bertín Osborne y le pille con el esmoquin de los Goya. Luego, como se pasa el día en público haciéndose el humilde y el modosito, cuando por fin vuelve a casa entra gritando y dándose puñetazos en el pecho: «¡¡¡Vuelvo!!!». Y se desmelena, pero literalmente, te digo. Se quita la coleta; la primera vez que lo vi con las greñas no le conocía. Pone Metallica a todo volumen y berrea hasta que se queda ronco. Acumula mucho disimulo y esto le destroza los nervios. Como no le hagan ministro de algo esta vez yo creo que en la urbanización tomarán medidas.

Chófer 4

Yo me empiezo a preocupar. El mío pasa los ratos libres paseando melancólico por Moncloa, acariciando los muebles, como si se estuviera despidiendo de ellos. «Ser felices», les dice. El otro día, juraría que le vi hablando con un perchero. Diciéndole, a él que conocía bien los entresijos del poder, que le aconsejara qué tenía que decir, o hacer, para poder seguir allí. Como si estuviera en un taxi que le llevara por el camino más largo al destino. Le pidió que por favor hablara bien de él a los otros muebles. Tiene como un síndrome de algo raro; miedo a que le acaben echando de todas partes, de no echar raíces. Había medio empezado a plantar un bonsái.

El otro día lo pillé rezando, te lo juro. Estaba de rodillas y murmuraba con los ojos cerrados: «haz que pase, haz que pase». Y es que, claro, cuando llegó no se lo creía. Entró en el palacio haciendo el moonwalk, de los tiempos en que bailaba break dance. Ahora está muy serio. Imagínate cómo será que ya no se ríe ni cuando le hablas de Susana Díaz. Está tan serio que hasta creo que habla en serio cuando dice algo como en serio, que antes siempre pensaba que bueno, que ya si eso veríamos luego en qué se quedaba todo.

En Moncloa esperan un milagro, está todo el mundo histérico; estos se quedan sin trabajo y a ver qué hacen. Son los que más se juegan. Están muy nerviosos, porque como conocen a Tezanos ya miran las encuestas del CIS al revés. Sí, sí, en serio: cogen el folio y le dan la vuelta. El último se pone el primero, y así todo. Dicen que en ese sentido es fiable, no falla.

Chófer 5

A mí el mío me pone nervioso. Es que no para quieto. El otro día le espié por la puerta entreabierta en el salón y hasta cuando está solo es igual. Caminaba en círculos, se sentaba y se levantaba y era imposible seguirle con el zapping, ni tres segundos en cada cadena. Se mira al espejo y se interrumpe a sí mismo. Llevamos un remolque con carteles, gráficos y artículos de prensa plastificados, se sube a un tractor, se viste de motorista; ya no sé si es político o influencer. Tiene en la mesilla de noche la foto de Sánchez con Torra, y me hace ponerla en el salpicadero del coche. Creo que hasta se la habrá traído al debate, no os riais. Espero que le quiten la idea, vive en su película y no se da cuenta de que luego la gente le mira raro.

Te dice siempre lo mismo para solucionar cualquier problema, como si fuera la receta mágica para todo. El otro día el coche hacía un ruido, abrimos el capó y va y me dice: «Lo primero aplicar el 155; después, ya veremos». Luego, es incapaz de decidir nada si no le garantizan que acierta. Le entran auténticas crisis hasta para elegir un helado: «¿Pero está segura de que el 57% de los clientes prefiere el pistacho?». En el navegador del coche tenemos incorporado un programa de sondeos y cuando tengo que ir, yo qué sé, a Cuenca, vamos por donde dice la mayoría de la gente que es mejor ir, aunque parezca un trayecto absurdo. Acabamos yendo en zigzag, un mareo.

A mí me gusta cuando por fin calla, porque está como ausente, y no sabes cómo se lo agradezco. Pero hasta en esos momentos veo por el retrovisor que se retuerce, se frota las manos soplando, como hace él, y repite: «El silencio, el silencio. El horror, el horror».

***

Tras la charla, los cinco se quedaron pensativos. Uno de ellos dijo: «Chavales, esto es lo que hay. El domingo por la noche sí que nos vamos a reír».

Y pidieron una botella de Anís del Mono.


La enciclopedia de lo que no existe

Imágenes: Luigi Serafini / Rizzoli.

Todas las personas que conozco que conocen el Codex Seraphinianus han encontrado el libro de forma azarosa. Te hablan de él un día con admiración de cosa excepcional y secreta, como de algo que les pasó una vez. Pero sale en la conversación de forma casual, no deliberada, y entonces buscas el libro, o te lo encuentras en una estantería de alguien como si te hubiera estado esperando. El aura que rodea el libro es de secta clandestina o sociedad de iniciados. Una de las mejores historias de este tipo que he oído, de cómo alguien se topó con el Codex, es la de un familiar, a quien se lo entregó un conocido con la siguiente introducción crítica: «Menuda chorrada de libro me han regalado, si quieres te lo doy». Esto también tiene su cosa, me parece, porque quien se lo regaló a esa persona, probablemente con amor e intención, porque no es un libro cualquiera, en realidad acabó haciéndolo llegar a un desconocido. Sin saberlo, y seguramente aún no lo sepa. Mi pariente se vio en las manos un enorme volumen, de dimensiones medievales y aspecto misterioso. Lo abrió y quedó fascinado, que suele ser el efecto habitual. Se lo quedó, claro.

¿Cómo explicarlo? Hay que verlo. Es una enciclopedia imaginaria de seres y objetos que no existen, explicada con un lenguaje también inventado, una escritura asémica, vacía de significado, pero el conjunto guarda una convicción minuciosa, una lógica íntima, una ambición analítica, tanto que uno cree tener la experiencia única de estar leyendo un libro marciano, o de un mundo que ha existido realmente, y que ha llegado a sus manos como un raro privilegio. El libro mismo es la experiencia, como algo mágico. Evoca, en efecto, la impresión ante un libro sabio de tiempos remotos, o legendarios. O lo que se siente con un incunable medieval de autor anónimo y genial. Porque está hecho a mano y eso ya lo saca de esta época. O, en esencia, hace revivir un momento lejanísimo y decisivo, la primera sensación de un niño ante un libro de mayores que le sugiere un universo desconocido, complejo, el de los adultos, que no es capaz de descifrar.

Es un catálogo, entre lo zoológico y el inventario de cachivaches, que comienza con formas primigenias, una especie de células o protozoos, y va ascendiendo en una evolución sorprendente de rarezas, hasta tribus y razas, ropas y alimentos, maquinarias y artefactos, mapas y ciudades. Lo hace entre el juego, la ironía y la sorpresa, todo ello envuelto en cierta ligereza espacial. Pese a ciertos rasgos setenteros, hoy más evidentes, tiene un indefinible aspecto de objeto antiquísimo, por su semejanza con esos códices del siglo XVI que imaginaban a los animales y los pobladores del Nuevo Mundo de forma fantástica, con esciápodos (criaturas con una sola pierna gigante), cinocéfalos (seres con cabeza de perro) y blemias (hombres sin cabeza). Y en aquel caso ya sabían que sí que existía otro mundo, solo que aún no sabían cómo era. Es lo mismo que hace Serafini, aunque sin tener noticias contrastadas de otro mundo, porque en el fondo qué más da: sería realmente raro, más que el propio libro, que no existieran otros mundos. Y si se piensa detenidamente, la cuestión es aún más vertiginosa: una enciclopedia de lo que no existe no debería tener fin, pero al mismo tiempo es una negación en sí misma, porque según lo va representando ya le da existencia. En cierto modo, todo lo que nos pasa por la cabeza no existe, o solo existe de forma secreta, hasta que no lo representamos, aunque después nunca es exactamente lo mismo, tal vez es otra cosa.

Yo conocí el libro de forma aún más rebuscada, al revés que casi todo el mundo, porque conocí primero a su autor, Luigi Serafini. Normalmente la gente descubre el libro, se pregunta quién demonios ha hecho eso e investiga. Ahora con internet es una tontería, igual que conseguirlo (además, luego se ha reeditado), pero hace unos años no era tan sencillo. Solo podías empezar a preguntar, y la mayoría de las personas no tenían ni idea, y algunos que habían oído hablar del libro nunca lo habían visto. Naturalmente, esto lo hacía aún más interesante. No sé si en 1981, cuando se publicó, imprimieron pocos ejemplares de forma deliberada, por contribuir al juego, o fue una elemental decisión económica, porque publicar aquello era un suicidio. Serafini pasó por todas las grandes editoriales italianas y le miraban como si estuviera loco. Al final se animó otro loco, Franco Maria Ricci, célebre editor de libros de lujo, apasionado del libro como objeto de belleza, que se estrenó con una tirada suicida de novecientos ejemplares del Manuale Tipografico de Bodoni, de 1788. Fue un éxito, prueba de que había otros locos como él, y Ricci se especializó en ello, hasta el punto de editar la Encyclopédie de Diderot en dieciocho volúmenes. El Codex Seraphinianus fue otra apuesta arriesgada, y en principio no triunfó, pero se fue dando a conocer de persona a persona, de lector a lector. Entre gente rara, en definitiva. Ahora es muy famoso en China.

Conocí a Serafini, decía, en una de esas veladas surrealistas de Roma en las que acabas en lugares que no imaginabas rodeado de personas que no sabrías describir. Y también que en principio no estaban invitadas, como yo mismo. Concretamente era su casa, y había una cena. Llegué tarde y me encontré con él, que subía unos tiramisús del restaurante de abajo para el postre. Decir que le conocí es una exageración, fue una noche, casi no recuerdo nada de él y, por supuesto, seguro que él se acuerda menos todavía de mí. He llegado a pensar que también todo esto lo imaginé, pero tengo testigos que aseguran que me vieron allí.

Imágenes: Luigi Serafini / Rizzoli.

Su casa era divertida y extraña, con unas imágenes de huevos por aquí y por allí, quizá entonces era un objeto que le interesaba. No sé si por el huevo cósmico y la Madonna de Piero della Francesca, esa que tiene un huevo de avestruz colgando encima en perfecta armonía y misterio. En fin, luego ya me encajó todo. Aunque no recuerdo absolutamente nada de aquella noche. Solo desperté al día siguiente con la curiosidad de su libro, del que no se habló, obviamente, pero del que me hablaron. A espaldas del autor, para explicarme en voz baja quién era. Pero pensé que exagerarían su importancia, solo por dársela ellos. Cosas de las cenas.

Tampoco recuerdo cómo di con el libro. En las librerías, y solo en las que sabían de qué les estaba hablando, me sonreían con complicidad, pero me desanimaban. Era cuestión de encontrárselo. Al final, curioseando en las estanterías de algún salón, en alguna fiesta, alguien lo tenía en su casa. Aunque, en definitiva, no recuerdo nada de cómo llegué hasta el libro, sí recuerdo el momento en el que lo abrí: te sientas en un sillón con su peso sobre las piernas y desapareces unas horas pasando páginas con lentitud, y tiene trescientas sesenta, casi como los días del año. Este libro posee un poder hipnótico. Esto me lleva a Borges, que siendo ya ciego adoraba el libro sin haberlo visto, por la idea en sí. Y no me extraña, solo que te lo cuenten ya intriga, y es un asunto muy de Borges, que vivía en los libros. Imaginar a Borges imaginándose el libro, que ya de por sí es una obra imaginaria, parece el argumento de uno de sus cuentos. A Italo Calvino también le encantaba, e igualmente le pega mucho.

El editor del Codex, Franco Maria Ricci, era muy amigo de Borges. En una entrevista contó una charla que tuvo en su casa de Parma con el escritor, cuando le dijo que pensaba construir un gran laberinto de bambú en sus jardines, cosa que efectivamente llevó a cabo hace unos años. Borges le preguntó:

—¿Por qué de bambú?

—Porque es una planta tímida y mística.

—¿Qué tipo de laberinto?

—El laberinto más grande del mundo.

—El laberinto más grande del mundo es el desierto.

Imágenes: Luigi Serafini / Rizzoli.

No creo que con Borges se tuvieran conversaciones normales, al menos por cómo las cuentan quienes las tuvieron con él. Todas eran de enmarcar. Creo también que el Codex es muy italiano, por el rechazo a conformarse con el mundo real tal como es e insistir genialmente en reinventarlo, adornarlo, embellecerlo, hacerlo distinto. Hacer mundos posibles de este. Recuerden a Arcimboldo, un pintor que se dedicaba nada menos que a hacer retratos con frutas y verduras. Pero bueno, el Bosco, también claro antepasado de este libro, es holandés.

Una de las cosas que más me gusta del Codex Seraphinianus, además de cómo uno suele entrar en contacto con él, es cómo empezó el mismo libro. Porque todos hemos estado en esa situación, y generalmente adoptamos la decisión contraria. La situación es la siguiente: te llama un amigo a ver si sales, y no sabes, estás desganado, pero al final sales, aunque intuyes que eso esconde algo de huida, de traición a ti mismo, porque algún día tienes que quedarte en casa y ponerte a hacer algo que sabes que tienes que hacer. A Serafini un día le llamó un amigo para salir, dijo que no y se puso a dibujar. Se tiró más de dos años, entre 1976 y 1978. Eso sí que es no salir. Como de un laberinto.

El Codex a mí me llevó a otro libro, como hace cualquier buen libro, porque los libros se dirigen unos a otros, con vasos comunicantes misteriosos. Me llevó al Códice Voynich, que resulta que es más o menos lo mismo que el Seraphinianus, pero en el siglo XV. Recibe el nombre de un bibliófilo polaco, Wilfrid Voynich, que en 1912 compró este tocho medieval de doscientas cuarenta páginas en un convento jesuita, cerca de Roma. Estaba entre otros muchos que vendían los religiosos porque andaban mal de dinero. Resultó ser un libro extrañísimo, escrito en una lengua desconocida y lleno de dibujos de plantas, constelaciones y cosas que no existen, además de un buen número de mujeres desnudas por todas partes. Hay unas rarísimas en unas piscinas verdes conectadas a tubos intestinales gigantes.

Este códice es un misterio que ha obsesionado a estudiosos y pirados de todo el mundo hasta hoy, aunque algunos sostienen que es una simple tomadura de pelo. Pero, si lo es, es original: la prueba del carbono 14 ha determinado que data de una fecha entre 1404 y 1438. Expertos lingüísticos, además, han concluido que esta especie de élfico, que todavía nadie ha logrado descifrar, no es una mera acumulación de signos al tuntún, sino que mantiene una coherencia interna. Por lo visto, lo más que se le parece es el idioma rongorongo de la Isla de Pascua, que también sigue siendo intraducible.

Pensando en cómo escribir este artículo, acabé en otro libro, y por curiosísimas coincidencias, fruto en realidad del mismo Codex: llamé a la amiga que me llevó aquella vez a la cena en casa de Serafini. Fue hace muchos años y le sorprendió mucho el motivo de mi llamada, porque justo el fin de semana anterior había estado hablando del autor, del que hacía años que ni se acordaba, con otro de esos iniciados en el Codex, alguien que ella había conocido de casualidad. Terminé conversando con él por teléfono. Se llama Geri Della Rocca de Candal, investigador de la Universidad de Oxford y miembro de su Sociedad Bibliográfica. Un tipo encantador, experto en las primeras ediciones de imprenta del siglo XV. Charlamos del libro de Serafini, al que también ha llegado a conocer en persona —pero mejor que yo, porque le invitó a Oxford—, y de todas estas sensaciones que he relatado, que compartíamos y son el efecto más asombroso de los libros: hacerte sentir empatía con desconocidos más allá del tiempo y el espacio. Además, me contó cosas de otros libros fascinantes, tema del que sabe mil veces más que yo, algo fácil por otra parte, porque no sé nada, y me habló de otro: el Myriobiblion, de Focio, un sabio bizantino del siglo IX. El título real del libro es este: Inventario y enumeración de los libros que he leído, o de los cuales nuestro querido hermano Tarasio me pidió un análisis general. No me digan que el título no es buenísimo. La lista es de doscientos ochenta libros y solo leerla es como caminar por un pasillo con puertas a mundos desconocidos, en el que dudas cuál abrir. Lo interesante es que muchos de los libros de la Antigüedad que se leyó este hombre se han perdido, ya no existen, y lo único que sabemos de ellos es precisamente lo poco que nos cuenta él. Es decir, la única prueba de la existencia de esos libros, lo que nos queda, es el recuerdo y las sensaciones de un remoto lector, puestos por escrito. Ahora bien, ¿y si el bueno de Focio, patriarca de Constantinopla, se lo hubiera inventado? Y, si así fuera, ¿hemos estado imaginando igual esos libros que nos relata como si hubieran existido? Y, en el fondo, ¿cambia eso algo? Focio, ávido lector de bibliotecas legendarias, podría ser uno de esos individuos que exagera sobre los libros que ha leído por una de las mayores debilidades de los fetichistas de libros, de quienes los aman demasiado: imaginar que los has leído. Tal es el poder de la imaginación, y de los libros.