Versiones inglesas de canciones francesas, y viceversa

An de snou frai
and de colei grei Chicago
mun beby beibi Charlis morlis
de In the guetto (In the guetooo)

An de jar mama crai

Cosinifi guan sido sido ni modrili
yian grin monfi
in de gue e to

Pipol yon ondre
tain de chili jil pija

E jil grou yon gui yon man dei

Hay una enigmática belleza en estos versos, aunque ni tan siquiera la lingüista de La llegada sería capaz de desentrañar su significado. No es que el Príncipe Gitano estuviera poseído al inventar ese nuevo idioma, o en todo caso no por el diablo sino por las musas del arte. Pero no está solo en su audacia, quizá el ejemplo más radical lo tenemos en Manowar, cuando se lanzó a interpretar en dieciséis idiomas diferentes su canción «Father» (aquí la versión en castellano) y, en fin, cada año en Eurovisión podemos ver a representantes de diversos países balbuceando en inglés temas perfectamente sustituibles unos por otros que al parecer recrean la idiosincrasia de cada uno. Así que, tal vez motivado por cierto pudor, un recurso más frecuente es el de cantar un tema traduciéndolo a la lengua propia, versiones que no pocas veces igualan o superan a la original. ¿Quién se acuerda de «Sweet Home Alabama» cuando tenemos «Miña terra galega»? Como los ejemplos resultan inabarcables, centrémonos en el fluido intercambio que ha habido entre el inglés y el francés. Voten su tema favorito y, si se les ocurre algún otro, añádanlo en los comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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«I Will Follow Him», de Little Peggy March

Con faldas y a lo loco, Doce monos, Mentiras arriesgadas, Una jaula de grillos, Martyrs… aunque no lo parezca hay algo en común en todas esa películas, todas son remakes de Hollywood a partir de un original francés. El interés estadounidense por una cultura que consideran más sofisticada abarca todos los ámbitos, por supuesto también el musical. Petula Clark es una cantante británica aunque desarrolló parte de su carrera en Francia, con éxitos como «Chariot». El tema conoció poco después versiones en castellano, «Yo te seguiré» , o la que tenemos arriba a cargo de una chica llamada Margaret, muy joven y bajita y nacida en marzo, de ahí su nombre artístico.

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«Ça Plane Pour Moi», de Plastic Bertrand

No hay duda de que el interés es mutuo, de manera que no hay estilo musical anglosajón que no tenga su réplica francesa. El rap es hoy día un claro ejemplo, pero antes lo fue el punk como es el caso de este sencillo de Plastic Bertrand. No es francés ni esta versión la cantó él en realidad, pero es francófono y hasta que la verdad salió a la luz hace unos pocos años se ha considerado que esa era su voz. El compositor fue Lou Deprijck, y apenas un mes antes de la grabación que le dio éxito hubo otra, llamada «Jet Boy Jet Girl», a cargo de Elton Motello, una maravilla en la que la actuación espasmódica del cantante cubierto de polvos de talco está a la altura de la canción.

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«What Now, My Love?», de Elvis Presley

La alemana Elga Andersen tuvo una curiosa trayectoria que le llevó a cantar para la banda sonora de Los cañones de Navarone, fue actriz en Le Mans, rodaje en el que tuvo una breve relación con Steve MacQueen, luego se casó con un millonario y junto a él intervino en el rescate de los restos del pecio TN Andrea Doria en el océano Atlántico, un barco naufragado al que terminó tan unida que tras morir sus cenizas fueron depositadas en él por un equipo de buzos. Pero, con todo, quizá su mayor huella para la posteridad es haber sido la chica que inspiró «Et maintenant». Tras conocer durante un vuelo a Gilbert Bécaud se fue con él a su casa a pasar la noche y cuando despertaron juntos la mañana siguiente ella, que ya tenía otra relación, le dijo «Et maintenant, qu’est-ce que je vais faire?» («Y ahora, ¿qué voy a hacer?»). Y ahí se le encendió la bombilla a Bécaud. Su melodía remite claramente a El bolero de Ravel y ha sido una de las más versionadas de la historia, desde Cher a José Carreras, pasando por Petula Clark o el mismo Elvis.

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«Ces bottes sont faites pour marcher», de Muguette

La hija de Frank Sinatra se hizo un nombre propio con «These Boots Are Made for Walkin’», que además de aparecer en la banda sonora de La Chaqueta Metálica tuvo muchas versiones como la que tenemos sobre estas líneas, a cargo de una cantante quebequesa. Tampoco podemos dejar de mencionar que su parte Megadeth hizo una bastante peculiar.

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«My Way», Frank Sinatra

Curiosamente el tema más característico de su padre era una versión del tema francés «Comme d’habitude», coescrita en 1967 por Claude François

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«Je T’aime Trop Toi», de Claude François

… que a su vez por aquellos años andaba cantando en su idioma éxitos estadounidenses como «I Got You Babe» de Sonny y Cher.

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«Antisocial», de Anthrax

El álbum State of Euphoria tuvo diversas referencias, desde un tema inspirado en la novela Misery de Stephen King hasta otro basado en la película Terciopelo Azul. En el caso de «Antisocial» la conexión era aún más directa al versionar, aunque modificando la letra, un tema del mismo título de la banda francesa Trust que, por el tema que aborda en torno a la alienación contemporánea, recuerda un poco a otra película posterior, El club de la lucha.

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«Le pénitencier», de Johnny Hallyday

La muerte hace unos meses de Johnny Hallyday y la despedida que se le ofreció con honores de Estado nos permitió comprobar la extraordinaria popularidad de la que gozaba en el país vecino. Es curioso que se le considerase la quintaesencia de lo francés dados sus estrechos vínculos con el mundo anglosajón. Desde su infancia en Londres, su propio nombre artístico, su referente fundamental para decantarse por la música (Elvis Presley) y las innumerables colaboraciones, referencias y versiones que hizo vinculadas de una u otra forma a Estados Unidos, como esta canción basada en «The House of the Rising Sun».

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«La Vie en Rose», de Donna Summer

¿Existe alguna canción más francesa que esta? No está claro que siquiera La Marsellesa pueda superarla. La original de Édith Piaf tuvo aquí un homenaje por esta cantante americana.

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«L’amour est comme une cigarette», de Sylvie Vartan

Casada en su día con el mencionado Johnny Hallyday, por su parte Sylvie Vartan también se dedicó a la traducción de canciones del ámbito anglosajón para el público francés, como esta en la que comparaba el amor con un cigarro («arde como una llama / pica en los ojos y hace llorar»), basada en «9 to 5 (Morning Train)» de Sheena Easton.

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«She», de Elvis Costello

La original fue compuesta por Charles Aznavour en 1974 para una serie de televisión británica y él mismo la adaptó luego a otros idiomas, como el español. Respecto a la versión de Elvis Costello, también fue creada para una producción audiovisual del mismo país, concretamente para la película Notting Hill.

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«Cécilia», de Joe Dassin

Según se cuenta santa Cecilia murió cantando mientras era torturada por su conversión al cristianismo en la Roma del siglo III. Hay también quien señala que las llamas en las que se quemaba eran alimentadas por un fuelle, que luego se tradujo erróneamente como «órgano», y se la representó desde entonces tocando este instrumento. Sea como fuere, es la patrona de los músicos, así que por ello le pusieron su nombre Simon & Garfunkel a este tema, que más adelante interpretaron el Dúo Dinámico o The Vamps , además del cantante franco-estadounidense con el que concluimos este repaso.

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Neurótico obsesivo, aquí tienes tu antídoto

Fotograma de la adaptación cinematográfica de Pedro Páramo. Imagen: Clasa Films Mundiales.
Fotograma de la adaptación cinematográfica de Pedro Páramo. Imagen: Clasa Films Mundiales.

Que sí, que todos sabemos que llevas la neurosis obsesiva contigo, adherida a tu cerebro con un imperdible invisible. Que no escapas de su maquinaria de volver a rumiar lo adquirido; rumiar, rumiar, como el bolo de coca en la boca cuando falla el oxígeno. Lo digo por experiencia propia. Cuando estuve en el altiplano boliviano nos faltaba oxígeno y ni la infusión de coca traía compensación a las células. Dimos el paso a la rumia de hojas de coca. Los lugareños llaman «bolear» a ese proceso de hacer de las hojas un emplasto, llevarlo alternativamente a las encías y a rumiar y rumiar. Hasta aquí creo que queda definida con una imagen más que sugerente la neurosis obsesiva. Lleva en sí mucha tralla de esto de la vuelta y vuelta. Todos tenemos pinceladas de neurosis en el haber de lo diario. No me refiero al espantoso aspecto clínico de la enfermedad en sí, que lleva nombres imposibles, como distimia y dismorfofobia; parecen personajes de Guillermo del Toro. Me refiero a la reiteración de cosas que quieren quedarse para siempre en la cabeza, y que regresan sin permiso, sin pagar el arancel de nuestra autorización.

Me pasó ayer mismo, estuve escuchando en Spotify una versión maravillosa de Le Tumbeau de Couperin de Ravel. El pianista era Bertrand Chamayou, muy joven, muy francés. Oía el fragmento «Forlana», un baile italiano muy hermoso que Ravel convierte en una de sus veinte mil exquisiteces. Bueno, quizá el maestro no compusiera otra cosa que exquisiteces. Puse tanta atención en las fibrillas de esa breve pieza de cinco minutos que no solo la mantuve retenida (quiero decir, fue ella la que me mantuvo retenido a mí) toda la jornada de ayer, es que hoy desayuno y mi gata se pone a mirarme con cara de decirme basta, que ya me vale con media hora de canturreo de lo mismo. No se me va, no se me quita, es como una primera incisión de tatuaje. El proceso de expulsión puede que sea como en el amor, que una saeta expulsa a otra saeta, pero mientras no me llueva una nueva melodía, aquí me encuentro, secuestrado, retenido por un piano que me apunta con sus más de noventa teclas, mientras una tonada insidiosa me cuenta una y otra vez sus condiciones de secuestro.

Nick era amigo de Oliver Sacks. Un día le contó que se había quedado adherido a «Love and Marriage», la melodía de James van Heusen en la versión de Frank Sinatra. «Al escucharla, caía atrapado dentro del tempo de la canción». Le contó que estuvo diez días sin escapar de ella. Resulta casi conmovedor oír su testimonio: «Me ponía a saltar, contaba hasta cien, me echaba agua en la cara, intentaba hablarme en voz alta tapándome los oídos». Registra Sacks en su libro Musicofilia que la canción finalmente desapareció, pero mientras Nick se lo contaba, «la historia regresó y siguió asiéndole durante varias horas».

Si eres sensible a la literatura y hay párrafos que lees y subrayas, porque al sensible de los textos se le antoja imprescindible el subrayado, esta fiebre de repetición no deliberada te sonará. Hay muchas frases que llevas contigo, no te hablo de citas (ese escuálido y mezquino genero literario), sino de la atmósfera determinada de una novela, de una conversación que te dejó mucha perplejidad, de los objetos bien definidos, de la elegancia de una descripción (y te sorprendió que alguien por primera vez pudiera decir aquello con tanto ajuste), de la visión de las manos del protagonista, de la manera impropia del arranque, de la amenaza de lo inevitable en un argumento al que no se te invitó a participar en su destino.

Llevo una semana con Meridiano de sangre, dicen que es la mejor novela de Cormac McCarthy, y lo dicen quienes verdaderamente lo leen, no los críticos de cordel. Por cierto, se prepara versión cinematográfica con James Franco al frente del reparto. Imagino que conoces cómo es de eficaz el escritor de Rhode Island en sus diálogos, cualquiera resulta diamantino en su oralidad, vamos, que tienes que volverte por si hay un par de tipos detrás de ti amartillando la conversación. En estos días de lectura en los que no veo otra cosa que paisajes devastados por la violencia de una panda de filibusteros tejanos, llevo obsesivamente conmigo una frase que leí en la página ciento catorce de mi edición de bolsillo y volvió para quedarse, «los caballos temblaban de espanto».

Espeluzna, a mí me espeluzna. Es como si la naturaleza misma se estremeciera frente a la presencia humana y su barbarie. Y ocurre muchas veces durante la novela, los animales reaccionan ante la compañía humana con animadversión, ya no son bestias de carga que se dejan susurrar al oído por sus dueños, los caballos saben que las gentes que tiran de ellos al abrevadero son tipos infames que matan a los niños. Y de esto el lector neurótico obsesivo (apercibido) se nutre. Porque un caballo con miedo al hombre es una imagen poderosa en la línea de flotación de todo equilibrio.

He leído la crítica que el escritor Andrés Barba hace de La España del vacío, de Sergio del Molino, y me encuentro con un pasaje que se parece mucho a esta deliciosa neurosis de la que doy cuenta. «Cuando apenas llevaba quince páginas leídas de este extraordinario ensayo de viaje —dice Barba—, tuve un vívido recuerdo: una excursión un tanto macarra de mi adolescencia en la que fui con tres amigos a destrozar los restos de un pueblo completamente abandonado de Guadalajara, El sueño dorado de un adolescente; bates de béisbol y casas de adobe para ensañarse a placer. Hasta que casi se nos cayó un tabique encima, evidentemente. Al regresar a casa, la visión de este pueblo abandonado comenzó a ejercer sobre mí una fijación hipnótica, como si hubiese arañado algo de mi país que me había pasado desapercibido hasta ese instante, una conciencia desolada con la que el adolescente urbanita que era yo no había dialogado hasta ese día». De repente es eso, el canto rodado de David en la frente del filisteo que el autor de estas letras exhuma, una imagen perfecta del vacío, una casa, un pueblo desnudo, un hogar sin ventanas, con la cocina y los salones en ruina. Una imagen que se guarda y tardará en retirarse.

¿No has leído aún Pedro Páramo? Te advierto que es otra de esas fábricas de imágenes puras que te llegarán advenedizas y luego clamarás por que se larguen. Quien ha pisado Comala no vuelve sano, porque en la plaza de ese pueblo de chicharrera no sabes si te hablan los vivos, los muertos o los mediopensionistas, que están a caballo entre este mundo y el otro. Nadie está a salvo de la turbiedad que Juan Rulfo provoca. Una vez me contaron unos amigos a propósito de una vecina recién separada de su marido que les había hecho la confesión de un atropello irreparable. El marido, al principio amantísimo y más bueno que un zorzal, dijo sin venir a cuento una frase muy inadecuada a su compañera, de machito gracioso, impertinente, hiriente pero con envoltorio de chistaco. Soltó la frase y se rió como el payaso de las ferias. Ella pasó la noche en vela llorando, y él roncando a pierna suelta. Desde entonces, sus vidas se convirtieron en planetas con órbitas divergentes. Ella no podía quitarse las palabras de encima, aquel insulto irreparable se lo tragó y la envenenó. Hay veces que debería haber una tercera persona en cada conversación matrimonial que se materializara desde el aparador del salón para medir los tiempos, penalizar los golpes bajos, jalear cuando la cosa lleva camino de risas, todo eso.

¿El ser humano?, una fragilidad que se mella con una frase o una melodía que vuelve una y otra vez, y le recuerda que en él habita un neurótico obsesivo potencial, dispuesto a quedarse con casa y despensa. Dime que no llevas un buen puñado de imágenes de películas que has visto, que guardas a buen recaudo y un día inopinadamente vuelven a la superficie de tu cerebro y se hacen sus largos de ida y vuelta.

Aunque siempre estén en el banquillo las gemelas de El resplandor, yo tengo el ritornello, no sé por qué, de las brusquedades de Haneke en sus relatos. Lo fatídico en Haneke ocurre en el hogar de lo cotidiano, no al borde de un precipicio; el precipicio ya lo pone él con su sorpresa. En el cine no me impresionan ni la sangre ni el susto informal, la pachanga gore es tan tristona que no deja huella. Mi retina le dice al cerebro que se guarde esas imposibilidades clamorosas de Haneke, en las que después de lo ordinario aparece una escena que te hierve en las tripas, y eso no es de recibo para un neurótico que se precie. Pero hay una salvedad a tanta afrenta, a esta amenaza del mundo civil con sus trampas escondidas.

Existe una realidad irrepetible por segunda vez, como lo oyes, una novedad que permanece siempre en su origen, con textura de mariposa, de polen, el niño que sopla el diente de león, algo que no se deja atrapar y no excitará tu inclinación a la compulsión. Es el jazz. El jazz nunca entrará con su ariete en tu conciencia, porque no se deja reproducir. Bendito tú, neurótico compulsivo, frente al jazz. A los que cogimos en su día afición a esta música de locos nos hace pupa que nos la vampiricen para fondos de películas y publicidades cool. Cuando la protagonista de Ida, después de una acerba discusión con su tía, baja al garito donde los músicos tocan relajados, la pieza que suena es una de las composiciones de jazz más hermosas, «Naima», de John Coltrane. Aquí oímos la melodía, no la improvisación.

Así pasa siempre con el jazz, del que la humanidad ha decidido quedarse con lo fácil, el cigarro, el humo que asciende, la atmósfera bluesy y decadentosa, una sombra de negritud. Pero al meollo, a la magia de la improvisación, ni acercarse. Te puedes quedar con una melodía, pero nunca guardarás esas frases rotas que nacieron el día de la grabación o del directo. ¿Te digo por qué? Porque el músico de jazz está solo y sin agarraderas en escena. Suelta lo que en ese mismo instante se le ocurre, y ese mundo que produce es inaccesible. La suya es diferente a cualquier otra actividad humana. En el resto hay apoyos visibles.

El torero recibe instrucciones de su entrenador. En la misma suerte de matar se oye su voz que, detrás de la barrera, le cuenta dónde debe poner los pies. Lo jugadores de fútbol dependen de la indicaciones del míster, de si es hora de replegarse o no, como gladiadores. El ciclista lleva los gritos del tipo que lo jalea, a medio metro, sobre la ventanilla de un coche. El tenista mira a la grada, allí encuentra el rostro de quien puso su confianza en él. El maestro del piano mira la partitura de Beethoven y conoce los reguladores, los acentos, todo lo que el autor puso para que el intérprete nunca fuera más allá de lo pautado.

El maestro del jazz está solo, y cuenta de lo suyo sin más muleta que su propia concentración. Me dijo recientemente Ara Malikian que un día quiso quitarse el corsé de la fidelísima reproducción: «Hace diez años estaba obsesionado con la perfección de tocar sin errores, solo quería que los expertos y los críticos valoraran mi trabajo. Hoy pienso al revés, lo que me importa de verdad es si la gente se ha emocionado. Sigo practicando horas en casa, pero solo creo en la transmisión». Júzguese como se quiera el trabajo de Malikian, pero en él ha vencido la propia expresión personal con el condimento de lo propio, y esa elección tiene mucho de decantarse por la improvisación y sus juegos de libertad.

En una de sus famosas conferencias en la universidad de Harvard, donde fuera catedrático de Poética, Igor Stravinsky asegura que modalidad, tonalidad o polaridad «no son sino medios provisionales que pasan o que pasarán. Lo único que sobrevive a todos los cambios de régimen es la melodía». Tiene razón, toda la razón. En el jazz hay melodías, pero las suyas son melodías rotas, quebradas, frases en su balbuceo, indicios, embriones, estamos hablando de un proceso creativo en directo, y eso tiene un valor escurridizo. Por eso hace falta mayor atención. Si piensas en lo grueso que se ha puesto el baterista y por qué parece bizco, te pierdes esos indicios que te pondrían fácil la felicidad.

Amigo neurótico, las eternas cadencias del solista del saxo tenor no te harán daño, nunca. Dime cuántas veces eres capaz de repetir una improvisación de piano y te diré quién eres. No puedes, no puedes, feliz amigo impotente, no puedes.