¿Por qué cayó el imperio de los zares?

Zar
Zar Nicolas II. Fotografía: Rue des Archives. Cordon Press

La revolución empezó al salir de misa. Era domingo, 9 de enero de 1905. Las familias obreras se habían congregado en las iglesias para rezar. Al acabar, marcharían en dirección al centro de la ciudad, al Palacio de Invierno, donde se encontraba su vínculo terrenal con Dios: el zar. El padre Gapón encabezó la procesión. Los obreros llevaban cruces e iconos. Cantaban himnos religiosos en las calles heladas de San Petersburgo, donde todavía quedaba nieve de la noche anterior. El padre Gapón les había prometido que el zar escucharía sus penurias y los ayudaría. Tenía la obligación divina de cumplir las demandas de su pueblo. Por eso marchaban hacia el Palacio de Invierno: para que Nicolás II oyera directamente las voces de sus súbditos, que le suplicaban que arreglase su miseria.

Algunos de ellos temían estar caminando hacia la muerte. Mientras sujetaban sus cruces y gritaban sus plegarias, doce mil miembros de las tropas del zar estaban preparados para impedir que esa masa obrera llegara hasta la residencia de los Románov. El Gobierno había avisado de que detendría esa manifestación con los métodos que hiciera falta. Pero Gapón gritaba que los policías y los soldados no se atreverían a detenerlos. Que era mejor morir por sus demandas que seguir viviendo como lo habían hecho hasta ahora. Y la gente respondía levantando las manos y haciendo la señal de la cruz con sus dedos.

En primera línea iban las mujeres y los niños, vestidos con su mejor ropa de los domingos. Los soldados no se atreverían a disparar a una manifestación pacífica. El zar no lo permitiría, repetía Gapón, cargado con una gran cruz. Enfrente del Arco del Triunfo de Narva, todavía lejos del Palacio de Invierno, un regimiento de infantería se colocó delante de las masas dirigida por el clérigo. Dispararon al cielo una vez. La gente se asustó, pero continuó avanzando. Ametrallaron el aire una segunda vez. Las cruces e iconos siguieron caminando en dirección al zar. Entonces el ejército apuntó y disparó.

La gente empezó a caer y a gritar, a correr desesperadamente. Presos del pánico, los soldados dispararon sin parar contra la turba de mujeres, niños y obreros que chillaban ante ellos. Cuarenta personas murieron en los primeros disparos. El Padre Gapón cayó derribado, sin heridas, observando la desesperación de su alrededor. El zar había disparado a su pueblo. Dios no estaba con ellos. Dios no estaba con nadie. El padre Gapón se levantó, entre fusiles que tronaban. Rodeado de sangre y gritos, repetía las mismas palabras sin cesar: «Ya no hay Dios. Ya no hay zar».

¿Cómo se había llegado a esta situación?

El mito de la comunión divina entre el zar y el pueblo no era algo que se hubiera inventado el padre Gapón. Nicolás II, el último Románov, difundió esta narrativa desde el inicio de su reinado: su modelo era una autocracia bizantina y despótica, opuesta al absolutismo europeo. Renegaba de dirigentes rusos como Pedro I o Catalina II, que apostaban por un modelo occidental de Estado burocrático y moderno, donde la ley estaba por encima del monarca. Nicolás II —en cambio— profesaba que Dios le infundía la política al zar, y que solo a este debía rendir cuentas. Su ministro Serguéi Witte escribió que Nicolás creía que «Dios lo dirige todo, y el zar —el elegido de Dios— no debe escuchar consejos de nadie, sino únicamente de su inspiración divina». Los cargos políticos medios eran una barrera entre él y su pueblo: la malvada burocracia que impedía el contacto del «Buen Zar» con sus «hijos» campesinos. Como puede verse, no era una visión política demasiado adaptada a los grandes cambios del siglo XX.

Pero el problema del zar no era solo su ideología, sino su persona. Su padre, Alejandro III, lo consideraba débil y estúpido, incapaz de gobernar como un auténtico monarca ruso. Cuando su padre murió de manera inesperada, Nicolás se puso a llorar desesperadamente ante la tarea imperial que se le venía encima. Una vez que asumió el poder, prefería refugiarse en minucias burocráticas antes que encarar los grandes problemas a los que se enfrentaba el Estado. Tenía una presencia y talante de monarca a la inglesa, no de todopoderoso déspota ruso. Su manera de sentirse un auténtico emperador era tener a sus funcionarios débiles y divididos, con el objetivo de defender su poder autocrático y bloquear cualquier discrepancia. Su oposición a toda reforma liberal del Imperio (que, posiblemente, habrían podido salvar su reinado) era inquebrantable. Decenas de ministros y funcionarios vieron desesperados cómo el Gobierno se iba hundiendo por el inmovilismo de su líder.

Su mujer, Alejandra, inflamaba en Nicolás sus ideas autoritarias y bizantinas, creyendo que su poder sobre Rusia era absoluto y eterno. La zarina escribió a la reina Victoria: «Aquí no necesitamos ganarnos el amor de la gente. El pueblo ruso adora a sus zares como a seres divinos, de los que emana toda su caridad y fortuna». Alejandra era alemana, pero se convirtió al cristianismo ortodoxo y a las ideas místicas del pueblo ruso al poco de llegar al país. Esta espiritualidad eslava fue la puerta de entrada del tercer personaje en el triángulo de poder de los Románov: Rasputín. Para Nicolás, este campesino sucio y perverso era la representación del pueblo ruso con el que quería una comunión directa. Para Alejandra, era un enviado de Dios para curar la hemofilia de su hijo Alekséi: sus palabras hacían que la enfermedad del pequeño zarévich remitiera, e incluso consiguió «curarlo» una vez mediante un mensaje de telégrafo. Era un ser extraño que fascinaba sexual y místicamente a la clase aristocrática rusa. Las damas de la corte se sentían extasiadas cuando eran humilladas por ese campesino piojoso y depravado. Los escándalos públicos eran habituales: un día llegó borracho a un bar —acompañado de periodistas y prostitutas— y empezó a menear su pene al aire mientras representaba teatralmente un coito con la zarina. Los intentos de encarcelarlo o castigarlo se topaban con la protección de la familia real.

Esas tres personas —de caracteres y potencial claramente dudosos— eran las que gobernaban Rusia. Pero la nobleza también dejaba mucho que desear. No había una clase burguesa o aristócrata que hubiera peleado por una autonomía económica frente al Estado. Entre la nobleza había sectores reformistas, que apostaban por ampliar las libertades políticas hacia una Constitución. Pero Nicolás II tenía el poder para imponer la última palabra, y siempre apoyaba al bando tradicionalista de las élites, que veían en la mano dura la única manera de frenar la revolución secular y liberal que amenazaba a la autocracia.

Si en las ciudades había cierto debate sobre el rumbo que debía tomar el país, en el campo la situación estaba totalmente dejada de la mano de Dios. A pesar de algunos nobles liberales de los zemstvo (gobiernos locales), que promovieron ciertas mejoras educativas y de infraestructuras en el campo —y que siempre se topaban con la obstrucción del zar, que veía todo liberalismo como algo peligroso—, la mayoría de la aristocracia y nobleza era totalmente ajena a la situación del campesinado ruso, que formaba el 80 % de la población del imperio. El príncipe Lvov —líder del zemstvo de Tula en 1980— lo expresó así: «Conocemos tanto del interior de Tula como conocemos de África Central». La mayoría del terreno y la población rusa escapaba del control del Gobierno, ajeno a la vida de las provincias, donde apenas llegaban la policía y la administración. Era un vacío entre el Estado y los campesinos que cada vez se ampliaba más. Y que —en un futuro— las nuevas fuerzas políticas revolucionarias no dudaron en intentar ocupar.

La única vía fuerte de conexión entre el Estado y los campesinos era la Iglesia ortodoxa. Los clérigos hacían homilías propagandísticas sobre el zar, se encargaban de denunciar a los disidentes y educaban a los niños en la lealtad a la monarquía. Los manuales de catecismo de la época rezaban: «Debemos mostrar completa lealtad al zar y estar preparados para dar la vida por él», o «Los culpables no lo son solo ante el Soberano, sino también ante Dios. La palabra del Señor dice, “Cualquiera que se resista al poder, se resiste a las órdenes de Dios”». El sentimiento religioso del campesinado ruso era fuerte, pero no demasiado riguroso. Casi nadie conocía la Biblia y la religiosidad cristiana se mezclaba con las creencias paganas y mágicas. Los campesinos creían que Dios era un ser humano de carne y hueso, y los santos eran venerados como dioses paganos clásicos, vinculados a fenómenos naturales o sociales.

Y es que el mundo rural ruso era bastante diferente a un remanso de paz y humildad cristiana, tal y como lo imaginaban la nobleza y la intelectualidad urbana. Algunos jóvenes que chocaron con esta cruda realidad rural formaban parte de los populistas (naródnik), estudiantes radicales que elogiaban el modelo comunal ruso, base de la utopía que querían construir. Cuando llegaron a los pueblos del interior en los que se habían propuesto pasar el resto de sus días, se encontraron con una realidad plagada de violencia y atraso. Los campesinos recelaron completamente de ellos y los terratenientes los atacaron desde el primer momento. El sistema campesino era comunal, sí, pero básicamente por utilidad en términos de cosecha y supervivencia, no por unos valores de convivencia más elevados. Los campesinos desconfiaban del Estado y vivían en una especie de anarquía rural, con sus propias y oscuras tradiciones. Las aldeas estaban dominadas por una asamblea patriarcal y opresiva de ancianos, que controlaba a cualquiera que viviera en su territorio e imponía leyes agresivas. Un ejemplo de esta violencia normalizada eran los típicos proverbios del campo ruso: «Golpea a tu mujer con el culo del hacha, agáchate y mira si todavía respira. Si es así, está fingiendo y quiere todavía más», o «Cuantas más palizas le des a la vieja, más buena estará la sopa». El ámbito sexual también tenía un aire «comunal»: en varios lugares de Rusia era habitual que una pareja recién casada copulara por primera vez ante toda la aldea. Si el marido se mostraba impotente, un hombre de más edad podía ocupar su lugar y acabar la tarea.  

Ante esta situación, era normal que los jóvenes aldeanos con cierto nivel educativo huyeran a la ciudad ante la mínima oportunidad. A pesar de las duras condiciones urbanas (San Petersburgo tenía la media de mortalidad más alta de cualquier capital europea), allí los jóvenes campesinos ganaban independencia y se acercaban a doctrinas seculares y humanistas. Muchos se unían a organizaciones laborales o políticas, y sus camaradas de grupo —la mayoría aldeanos desarraigados como ellos— se convertían en su nueva familia. Estos nuevos obreros también se toparon de manera constante con la intransigencia del zar, que se negaba a cualquier reforma laboral, incluso cuando buena parte de ellas eran meramente simbólicas, de dignidad personal. Todas ellas quedaban fuera del modelo medieval que defendía Nicolás II, y no había más que hablar.

Esta nueva masa obrera organizada se solía encontrar con los intelectuales de clase alta de la época, la llamada intelligentsia, los más ávidos defensores de la revuelta y la violencia contra el Estado. Los grandes líderes revolucionarios salían de este segmento social —culto y sectario— en el que compartían lecturas, modas y costumbres. Elogiaban (y financiaban) el terrorismo y despreciaban el débil liberalismo reformista. Eran un grupo aislado de la política de la corte rusa, pero también de las clases bajas: sus planteamientos radicales estaban basados en los libros e ideas que debatían, en especial el marxismo, pensamiento que interpretaban de manera dogmática y totalitaria, dividiendo el mundo entre amigos y enemigos, entre fuerzas del progreso y de la reacción. Su clase social alta avivaba su compromiso: todos ellos sufrían la culpa de sus privilegios y riquezas, y liberar al pueblo de sus cadenas era la manera de redimir su «pecado original», aunque el camino comportara todavía más sufrimiento. Su modelo era Rakhmetov, el héroe revolucionario —sacrificado y ascético— de la novela ¿Qué hacer? de Nikolái Chernyshevski (Lenin, por ejemplo, se leyó esta novela cinco veces en un mismo verano).

En esta época empezaron los debates dentro de las organizaciones socialistas sobre qué camino seguir. ¿Debían apostar por la educación y la propaganda para que las masas se sublevaran por ellas mismas? ¿Debía una vanguardia revolucionaria tomar el poder y establecer una dictadura en la que el pueblo tendría el contexto adecuado para impregnarse del ideal socialista? ¿Era legítimo esperar a que se dieran mejores «condiciones revolucionarias», o era necesario actuar «ahora o nunca»? ¿Se tenía que apostar, en primer lugar, por mejorar las condiciones de los trabajadores dentro de un capitalismo moderno? ¿Se debía liderar a las masas hacia una revolución inmediata, sin previo paso por una «democracia burguesa»? Estos eran los dilemas que crearon divisiones dentro del movimiento socialista, entre los «economistas» y los «políticos», o entre los populistas, los mencheviques y los bolcheviques.

Pero en medio de estas discusiones, estalló una fuerte protesta popular un «domingo sangriento» de 1905. Empezando con la procesión masacrada del padre Gapón, las revueltas, huelgas y enfrentamientos se extendieron por todo San Petersburgo. En las masacres hubo un cambio radical en la mente de las masas rusas, y un bolchevique que se encontró en medio de los baños de sangre lo dejó por escrito: «Observé las caras a mi alrededor y ya no vi miedo ni pánico. No, las caras reverenciales y devotas se transformaron en hostilidad y odio. Vi esas miradas de odio y venganza en literalmente cada cara, vieja o joven, de hombre o mujer». Las calles se empezaron a llenar de barricadas, varios regimientos militares se sublevaron y pogromos descontrolados arrasaron con los barrios judíos. Las turbas «políticas» o de criminales —la mayoría de veces costaba diferenciarlas— atacaban y saqueaban a toda persona o edificio que representara la riqueza o la autoridad. Durante estos primeros días de anarquía y descontrol, el zar parecía totalmente despreocupado de la situación en las calles de su país. Su diario está lleno de notas sobre el tiempo, el número de pájaros que había cazado ese día o su compañía durante la hora del té. Finalmente, ante el descontrol y la represión sangrienta de las protestas, varios ministros de Nicolás II le pidieron que aprobara reformas liberales y constitucionales, y la apertura de un Parlamento —la Duma— para canalizar la rabia política a través de las elecciones. El zar aceptó a regañadientes, aunque su intención era destruir el poder e influencia de la Duma en cuanto tuviera la oportunidad. Los servicios secretos del zar espiaban a los parlamentarios cuando salían del Palacio Táuride, la sede del nuevo Parlamento. El monarca disolvió varias veces la Duma, la primera vez, setenta y dos días después de haberla inaugurado.

Fotografía: Cordon Press.

Los diferentes sectores políticos se organizaron en nuevos partidos. Los liberales se agruparon en los kadetes o los octubristas: la inflamación popular y el inmovilismo del zar harían que su camino reformista entre la autocracia y la revolución cada vez fuera más estrecho e imposible. A su derecha aparecieron varios partidos monárquicos y antiparlamentarios, el más importante de ellos la Unión del Pueblo Ruso, que intentó organizar a las masas al estilo fascista. Extendió la teoría de la conspiración de una «dominación judía» sobre Rusia, visión que compartían el zar y la mayoría de aristócratas. La Unión formó grupos paramilitares que realizaron pogromos con total libertad, sin oposición de las fuerzas del orden. En muchos lugares, la misma policía armaba y regalaba vodka a las turbas antisemitas, además de imprimir y repartir panfletos que demonizaban a los judíos. La xenofobia fue uno de los últimos intentos del zar para atraer al pueblo a su lado. Por su parte, algunos socialistas se organizaron políticamente, y otros acabarían en prisión o en el exilio. Buena parte de la intelligentsia de clase alta, al ver de lo que era capaz la masa enfurecida, se recluyó en el esteticismo y el hedonismo frívolo, una manera de tapar y olvidar sus antiguos deseos subversivos.

Durante todos estos años, una institución clave en la supervivencia del monarca se había ido erosionando poco a poco. Los militares cada vez tenían más tensiones con el zar, especialmente los soldados rasos y de origen humilde. Las derrotas de los últimos decenios en Crimea, Turquía o Japón no auguraban nada bueno para el Ejército ruso. Era un cuerpo caduco, que se fiaba más de la caballería y de las bayonetas que de la artillería o de los trenes, esenciales para la guerra moderna del siglo XX. El soldado ruso estaba peor armado, entrenado y pagado que su contraparte europea: muchos tenían que plantar lo que sería su propia comida o remendar sus uniformes, además de trabajar en las minas o las cosechas para conseguir un sueldo mínimo. Sus superiores militares —la mayoría de ellos de origen aristocrático— los trataban de manera medieval y despectiva. Tenían restringidos derechos como fumar en lugares públicos, ir a restaurantes y teatros, o coger el tranvía. Algunos parques tenían colgado el cartel: «Prohibida la entrada a perros y soldados».

Aunque los motines y protestas habían sido constantes desde hacía décadas, el Ejército llegó preparado para la Gran Guerra de 1914. El zar no se encontraba en una posición fácil: si escogía participar en el conflicto, se exponía a que estallase una revolución en Rusia; en cambio, si no lo hacía, se arriesgaba a la ira patriótica de sus súbditos. Hacía meses que el sentimiento antigermánico proliferaba en las calles, en especial entre la clase media y alta. Se imponía la narrativa de que era imposible la coexistencia entre el espíritu eslavo y el teutón —entes que incluían varias naciones periféricas de Rusia y Alemania—. Nicolás II quiso aprovechar este ánimo militarista para volver a unir un país lleno de brechas. Incluso cambió el nombre de San Petersburgo a Petrogrado, para darle una denominación más «eslava» a la capital de su imperio.

Pero los ejércitos rusos, al empezar la guerra, no se encontraron con lo que esperaban. Creían que el conflicto sería corto y rápido, pero cada vez iba transformándose más en una guerra lenta y de trincheras. Pese a este cambio de circunstancias, buena parte de los jefes militares rusos —muy aristócratas, pero poco profesionales— enviaban a sus tropas a campo abierto y estas morían masacradas por doquier. Al fin y al cabo, eran simples campesinos con bayonetas, carne de cañón sumisa y fácilmente renovable. La mayoría de estos soldados tenían un patriotismo muy poco desarrollado, y no entendían esa guerra cruenta contra Alemania (país del que, por cierto, algunos nunca habían oído hablar). Algunos dirigentes militares de rango bajo, que experimentaron esta falta de competencia del Ejército, se unirían al cabo de unos años a los bolcheviques y serían importantes dirigentes del Ejército Rojo. La decepción de la Gran Guerra los llevaría a buscar un cuerpo militar más profesional y moderno, donde el mérito se valorara más que el origen social.

Dentro de esta guerra entre naciones empezaba a crecer el conflicto social que dividiría al Ejército ruso. Corrían las teorías de que la zarina —de origen alemán— estaba conspirando junto a Rasputín y la corte para que Alemania arrasara el país. Nicolás II creyó que la mejor respuesta a esta situación era ponerse al mando de su ejército y unificar el mando. Pero su nula presencia de mando y su desconocimiento de lo militar no aportaron nada bueno en el campo de batalla. Y, quizás todavía peor, dio manga ancha a la zarina y a Rasputín —al que asesinarían en pocos meses— para controlar los asuntos del Estado. Aumentarían las huelgas espontáneas y las protestas por la falta de alimentos. Solo hacía falta un hecho explosivo que desencadenase todo el resentimiento que se había acumulado durante años de penurias, represión y violencia.

Si la Revolución de 1905 empezó al salir de la iglesia, la de 1917 empezó en la cola de las panaderías. El frío del invierno había paralizado el transporte de harina hasta Petrogrado, y se creaban largas colas para conseguir una simple barra de pan. Las mujeres que esperaban conseguir algo de comida empezaron a esparcir rumores sobre especuladores judíos o alemanes —o incluso miembros de la corte— que estaban acaparando el pan que el pueblo necesitaba. El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer (las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913), miles de ellas salieron en protesta por la escasez de alimentos. A esa masa enfurecida se sumaron trabajadoras del textil y obreros de la metalurgia, todos en dirección al centro de la ciudad. Cada vez más obreros se dirigían al interior de Petrogrado, armados con cuchillos y martillos para enfrentarse a la policía. Y ya no se pedía solo pan, sino la caída del zar.     

Al día siguiente, todavía más gente salió a las calles, y la capital rusa vivió una gran huelga general. Las banderas rojas aparecían entre los manifestantes, y proliferaban las pancartas en contra del zar y la guerra. Los choques entre policías y obreros eran cada vez más agresivos. Pero había un factor crucial que desencadenaría la sensación de poder en las masas de Petrogrado y haría triunfar la revolución. Mientras los policías se ensañaban con la población y reprimían con dureza, cada vez más soldados y cosacos rusos se negaban a coger sus fusiles y disparar contra el pueblo. En el tercer día de protesta, por ejemplo, sucedió una escena simbólica que mostró cómo el poder había cambiado de bando. Cerca de la catedral de Kazán, un grupo de manifestantes se encontró cara a cara con un temible regimiento de cosacos. La fuerte tensión y el derramamiento de sangre se palpaban en el frío aire de febrero. Cosacos y trabajadores se habían quedado paralizados, pero de repente, de entre la masa angustiada de obreros, salió una niña que empezó a caminar lentamente en dirección a la tropa armada. Todas las miradas se posaron en ella. La respiración se cortaba en las gargantas. Al llegar frente al oficial del regimiento, la niña sacó algo de debajo de su capa. Era un ramo de rosas rojas, y se lo ofreció al líder cosaco. Hubo una pausa larga, de desconcierto absoluto sobre qué sucedería. El cosaco sonrió y cogió el ramo de rosas. Los obreros empezaron a vitorear y a gritar alabanzas a sus «camaradas» cosacos. Se marcharon felices con la convicción de que la historia estaba de su parte. Con el paso de los días, cada vez más soldados y cosacos unieron sus armas a los martillos y cuchillos de las masas, atacando a los policías del zar que todavía seguían reprimiendo las protestas populares, ya extendidas por todo Petrogrado.

Pero la clave de la revuelta fueron, por encima de todo, los soldados (bastantes cosacos siguieron reprimiendo las manifestaciones, aunque una parte se sublevó contra las órdenes del zar). Las tropas amotinadas de Petrogrado hicieron que las protestas se convirtieran en una revolución: capturaron armas de los depósitos oficiales, y tomaron el control de las telecomunicaciones e infraestructuras. Los policías, el único cuerpo completamente fiel al zar, se atrincheraron en los tejados de los edificios, desde donde disparaban a la gente que pasaba por las calles. Las turbas obreras destruyeron por completo los cuarteles de policía y las prisiones de la ciudad. El caso más sonado fue la toma de la Fortaleza de Pedro y Pablo, la cárcel para presos políticos más importante del país. Los rumores sobre los horrores y cuerpos que encerraba esta prisión eran habituales entre los corros obreros y socialistas. Pero, al llegar allí, los revolucionarios se encontraron que estaba casi vacía, con apenas diecinueve soldados que habían sido detenidos por haberse amotinado hacía unos días. El interior de las celdas estaba arreglado de manera bastante decente, y no había rastro de hacinamiento de presos. Pusieron una gran bandera roja ondeando encima de la fortaleza y se callaron lo que realmente habían visto en la temida «Bastilla rusa». El mito sería bastante más útil a la revolución que la decepcionante realidad.

La Revolución de Febrero fue un auténtico levantamiento popular, es decir, genuina pero anárquica. Las masas empezaron a atacar a la gente bien vestida que encontraban por la calle, que veían como símbolo del antiguo régimen. El libertinaje sexual se abrió paso por las esquinas de Petrogrado; las mujeres empezaron a vestirse con la ropa de sus maridos o hermanos. Los niños encontraban pistolas por la calle y —sin tener idea de cómo funcionaban— apretaban el gatillo por curiosidad, matando a las personas que tenían delante por accidente. Los criminales liberados de las prisiones llamaban a las casas haciéndose pasar por revolucionarios y saqueaban, mataban y violaban a las personas que caían en su trampa.

Todo este caos debía organizarse de alguna manera. Dos instituciones se pusieron a trabajar para ello: la antigua Duma, que reunió a liberales y moderados para hacer una nueva Constitución y Parlamento democrático, y el Sóviet de Petrogrado, que organizó a los obreros y soldados bajo su autoridad. Eran dos centros de poder que poco a poco irían rivalizando: el Comité Temporal de la Duma tenía la autoridad formal institucional, pero el Sóviet tenía el control real de las masas obreras que dominaban las calles. Un hecho decisivo sería que los soldados, los que habían decantado la balanza de la Revolución de Febrero, solo reconocieron la autoridad del Sóviet, que poco a poco fueron controlando a expensas de los obreros y trabajadores.

¿Y qué hacía el zar durante la revuelta que arrasaba la capital de su imperio? Nota de su diario, el 26 de febrero de 1917: «Hay mucha gente en el desayuno, incluidos todos los extranjeros. He escrito a Alix y he ido a caminar cerca de la capilla por la calle Bobrisky. El tiempo era bueno y frío. Después del té he leído y charlado con el senador Tregubov, antes de cenar. He jugado al dominó por la tarde». El zar, como en otras ocasiones, vivía en su mundo paralelo. Es posible que cuando todos sus comandantes y funcionarios le pidieron que abdicara —para detener la revolución y poder continuar la guerra— su primer sentimiento fuera el de alivio. Nicolás II firmó su renuncia con buena conciencia: antes dejaría el trono que convertirse en un monarca «liberal y reformista».

Su renuncia fue celebrada en las avenidas de las ciudades, donde los símbolos monárquicos habían sido arrancados y atacados durante las protestas. En la mayoría de aldeas la primera respuesta fue de incertidumbre, pero, poco a poco, los campesinos arroparon la idea de que la caída del monarca era buena para su futuro. En muchos pueblos se celebraron procesiones religiosas para agradecer a Dios las nuevas libertades que ofrecía el derrumbamiento de los Románov. La Revolución de Febrero de 1917 acabó siendo una revuelta contra la monarquía, institución que quedó asociada al atraso y oscurantismo de Rusia. La leyenda negra era uno de los pilares en los que se sostendría el nuevo régimen: hubo una gran producción de dibujos, obras de teatro y películas que mostraban a los zares como degenerados, progermánicos, satánicos e inmorales. Algunos de los panfletos más famosos eran «Los días gais de Rasputín» o «Las orgías nocturnas de Rasputín», donde —por supuesto— aparecía toda la familia real.

La caída de los zares, pese a todo, no hizo que el pueblo ruso dejara de pensar en términos monárquicos. La necesidad de un liderazgo fuerte y de una cabeza visible en tiempos convulsos hizo que un líder socialista, de discursos enardecidos y fieros, empezara a coger popularidad. Era el único político que estaba tanto en la Duma como en el Sóviet, las dos grandes instituciones del nuevo régimen. Sus arengas eran vibrantes —siempre había querido ser actor— y sus palabras apelaban a la moralidad y la entrega, con términos más similares a los que utilizaría un clérigo que un político ateo. Empezaron a venderse pequeños retratos suyos, y su cara llenaba los negocios y casas particulares. Era Kérenski, el nuevo «zar» de la revolución, el nuevo líder que la gente necesitaba. No tardaría en caer.


Nota: Buena parte de las anécdotas del artículo están extraídas de A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924, de Orlando Figes. Es interesante complementarlo —porque es un libro magnífico y porque los hechos encajan con una exactitud sorprendente— con la novela-reportaje El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales.


Berlín, la ciudad troceada

El Holocaust-Mahnmal, Berlín. Fotografía: Georgie Pauwels (CC BY 2.0).

Decidí leer tres libros antes de viajar a Berlín: las crónicas germanas de Augusto Assía, el reportaje sobre el nazismo de Manuel Chaves Nogales y los artículos berlineses de Eugeni Xammar. Como hoy en día hay que buscar una buena excusa para leer un libro durante horas, sin que te acusen de perder el tiempo, me planteé utilizar las crónicas de estos tres periodistas, escritas hace noventa años, como una guía con la que orientarme por el Berlín actual. También tenía presente cierta advertencia de Josep Pla: «Antiguamente el viajar era un privilegio de los grandes. Solía ser la coronación normal de los estudios de un hombre. En nuestra época se generalizó y abarató de tal manera que un hombre como yo ha podido vivir durante veinte años en casi todos los países de Europa por cuatro duros. (…). Viajaba, ciertamente, mucha gente, pero quizá el número de personas que se desplazaban para formar su inteligencia y enriquecer su sensibilidad ha sido menor en nuestra época que un siglo o dos atrás». Yo iba a viajar con una aerolínea barata que me costaba lo que un autobús de Barcelona a Zaragoza, y contaba con techo y cama en la ciudad, gracias al éxodo internacional al que se ha sometido mi generación. Pero, siguiendo la reflexión de Pla, no quería parecer tan moderno como los que cogen un vuelo de última hora a una ciudad al azar de la que, por supuesto, no saben nada. Los que hacen eso suelen ser turistas que solo buscan impacto visual, es decir, pura pornografía. Desconfían de los que —como yo— creemos que hay cierto erotismo en entrelazar los conocimientos previos con la experiencia inmediata. Pero, por supuesto, tampoco quería ser un viajero tan antiguo como esos estudiantes románticos que necesitaban varios años para sentirse con el derecho intelectual de salir de su país. En conclusión: una semana y tres libros no estaba tan mal.

Una tropa de hombres de negocios de tipo cosmopolita, encuadrada por capitanes de industria judíos y flanqueada por toda la fauna de arribistas que produjo la posguerra, ha dado el tono a la vida berlinesa desde 1918 hasta la llegada de Hitler. Desde el bar del hotel Adlon hasta la terraza del Eden Hotel —¿conocen ustedes la película Gran Hotel?—, una corriente de humanidad, sedienta de poder y goce, que se lanzaba heroicamente a la especulación y al derroche, ha ido preparando el resurgimiento de Alemania, elaborado a fuerza de despojos feroces en una lucha espantosa en la que triunfaban los aventureros más audaces en la conquista del dinero y los más valientes en el despilfarro.

Cuando ya Alemania ha vuelto a sentirse fuerte —a pesar de la crisis y los seis millones de parados—, gracias al esfuerzo pavoroso de estos hombres sin escrúpulos que sucumbían víctimas de la fiebre de los negocios y del afán sensual de gozar del dinero tan duramente adquirido, han aparecido los nazis con sus camisas pardas, diciendo: «Hay que moralizar todo esto». Y, para moralizarlos, han empezado por quitarles la cartera a estos judíos inmorales.

Los nuevos amos plantaron primero sus reales en el hotel Kaiserhof. Desde allí fueron extendiendo su garra imperial por el centro de Berlín; la Unter den Linden y la Potsdamer Platz fueron poco a poco poblándose de caras duras y mandíbulas apretadas, que se movían bajo el signo de la esvástica de los arios; empezaron a cruzar las calles unos camiones cargados de camisas pardas que iban no se sabía adónde; de cuando en cuando dos nazis se acercaban a un caballero de ojos negros y manos largas y le invitaban secamente a que les acompañase; otras veces se veía formarse un pequeño revuelo en la acera de enfrente —¡las calles berlinesas son tan anchas!— y se sabía vagamente que unos transeúntes estaban golpeando a otro. (…)

Por la Tauentzien avanzan, cada vez más arrogantes, los hombres de Hitler con sus altas botas ferradas y sus camisas pardas. Y la gente que daba el tono a Berlín cada vez va encogiéndose y disimulándose más y más. Pronto no quedará ninguno».

(«La fauna berlinesa», Manuel Chaves Nogales [1933]).

El hotel Adlon, frente al que caminaban con prisa los hombres de negocios berlineses que observó Chaves Nogales, todavía sigue allí. Su fachada color crema está poblada de ventanas vulgares, y el tejado es de color esmeralda desgastada, como el resto de monumentos de la ciudad, siempre recubiertos de ese verde ligeramente mohoso. Entro al hotel y un portero malhumorado me detiene en el hall. El interior del Adlon está modernizado, a tono con el lujo contemporáneo, es decir, sin demasiado interés. Ha renunciado al barroquismo aristocrático de los grandes hoteles, a la nostalgia reconfortante que te hace imaginar señores con puro y pajarita fundiéndose en sofás de terciopelo. Me recuerda un poco a ciertos nuevo ricos que, en su afán codicioso, intentan que sus casas parezcan viejas y tradicionales, pero —en secreto— desean que todos noten que son absolutamente nuevas. La vejez sin decadencia suena un poco a farsa.

Salgo a la avenida principal, la Unter den Linden. A mi izquierda, la Puerta de Brandemburgo, rodeada por un ejército de turistas con palos de selfie al hombro. Leo en un cartel que este monumento se ha convertido en símbolo de la reunificación alemana. Llevo varios días en la ciudad, y cada vez que ojeo alguna información sobre «las dos Alemanias» o el Muro de Berlín me da la sensación de estar leyendo propaganda. En cambio, las informaciones sobre el nazismo están llenas de contexto, de culpas, de causas. Quizá los mitos fundadores, cuando no alcanzan ni los treinta años de edad, tienen que defenderse sin matices. Bajo por una calle lateral, la Wilhelmstrasse. Hay más paneles. Explican cuáles fueron los edificios gubernamentales que poblaban esta calle, hasta que fueron destruidos por los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Otro mito fundador, del que nadie pone en duda su bondad (yo tampoco lo haré), aunque con ello casi arrasara una de las ciudades más pobladas de Europa.

Imagino a Chaves Nogales bajando desde el Adlon, quizá por esta misma calle, camino al hotel Kaiserhof, centro de reuniones de los nazis en el núcleo de Berlín. Chaves fue el enviado especial del diario Ahora para contar los cambios en Alemania e Italia bajo los regímenes nazi y fascista. Por Berlín lo acompañó Eugeni Xammar, corresponsal fijo de Ahora en Alemania. El estilo de Chaves y de Xammar son distintos. Mientras que los reportajes de Chaves son como viajar en un tren en movimiento —excitantes, una magnífica muestra de periodismo de acción—, las crónicas de Xammar son un esfuerzo intelectual por descubrir qué hay de permanente en los hechos —algunos importantes y otros no, con la increíble dificultad de discernir entre ambos— que suceden en la Alemania de Weimar y la de Hitler. Chaves es un reportero con muy buen ojo y Xammar un analista con pocos prejuicios en la mochila. Chaves se puede permitir moralizar porque habla del hombre de la calle, mientras que Xammar relata la fría batalla que suponen las relaciones internacionales en la precaria Europa de entreguerras.

Giro la calle y me encuentro ante un gigantesco edificio, construido sobre las ruinas del hotel Kaiserhof —que también, como casi todo en esta ciudad, fue destruido por los bombardeos aliados—: la embajada de Corea del Norte en Alemania. Sus colores siguen el manual arquitectónico del buen comunista, es decir, que la única libertad cromática sea entre el gris claro y el gris oscuro. Algunas ventanas están tapadas por cortinas blancas con bordados horribles. En otras solo se ve la oscuridad del interior. En la entrada está la bandera nacional, un poco mustia, colgada de un palo muy alto, y un corcho con varias fotos de Kim Jong-un realizando diversas actividades públicas. Si no supiera que es un embajada pensaría que se trata de un edificio abandonado.

La gente pasa con prisa por delante de la embajada. La gente, en Berlín, suele pasar con prisa, y muchas veces te arrastran. De golpe estás ante un monumento prusiano, después ante una embajada del eje del mal, cruzas a toda velocidad ante un restaurante tailandés y acabas exhausto ante un memorial dedicado al Holocausto. De repente, en una calle, una música pueblerina y jovial me libera del ritmo frenético. Una vieja arrugada, embutida en mil pañuelos, toca música eslava en su acordeón y cierra y abre sus brazos de manera ondulada, hipnotizante. Estas viejas —que ya he visto en varias calles— son muchas veces los únicos toques de naturaleza, de cierta felicidad, que uno puede encontrarse recorriendo Berlín.

Hace pocos meses todavía, quien quería obtener una impresión sobre la pobreza que va inundando Berlín tenía que ir a los barrios obreros del norte, el este y el sur, a Wedding, a Steglitz, a Neukölln, recorrer los patios de los cuarteles de alquiler, los Gassen (callejuelas) donde todos los habitantes son obreros parados. La pobreza de Berlín es más impresionante que ninguna otra, porque se muestra con toda su crudeza, desnuda del pintoresquismo y la bohemia que la rodea y la protege en los países del sur. Aun en los lugares donde la miseria es más intensa, más atroz, reina la limpieza y el orden. (…)

Pero ahora ya no es necesario ir a Wedding, ni a Neukölln, ni a Steglitz para encontrarse con los rostros macilentos y el gesto de hambre. Como a una consigna los hambrientos han abandonado sus rincones y se han lanzado a las calles, a las calles más elegantes y de mayor movimiento, a las puertas de las estaciones, a las entradas del metro, se meten por los cafés, por los restaurantes, por los centros de recreo. (…) Hace dos días presencié esta escena: punto de tránsito entre las dos calles más elegantes de Berlín, la Tauentzienstrasse y la Kurfürstendamm; un policía obliga, a golpes de porra, a abandonar el terreno a una troupe de jóvenes obreros parados que se han apostado en una esquina, cantan y piden. Una señora increpa al guardia:

—¿Por qué los trata usted así? Son obreros parados, tienen hambre y no tienen qué comer, ¿qué han de hacer?

—Si yo dejara a estos, señora, tendría que dejar a todos los que quisieran hacer lo mismo, y entonces en media hora se llenaría de tal modo la Kurfürstendamm que usted no podría dar un paseo por ella.

Niños de cinco años son lanzados a la mendicidad. A veces se encuentra una familia entera pidiendo, madre, padre e hijos, jóvenes de quince a veinte años constituyen el mayor porcentaje de los mendigos berlineses, algunos venden cerillas, cordones, automáticos, otros lanzan sencillamente la gorra al pecho del pasante, con una sonrisa desolada.

(«Invasión de mendigos», Augusto Assía [1932]).

Cada día de los que llevo en Berlín veo a mendigos pidiendo. Algunos están hechos un ovillo en un recoveco de la calle, cubiertos con mantas muy gruesas —estos días hemos llegado a los cinco grados bajo cero— y con un platillo delante. Otros mendigan en el metro. He hecho pocos viajes en los que no haya pasado nadie pidiendo dinero. El mismo primer día, cuando venía en el tren que lleva del aeropuerto al centro de la ciudad, una voz melodiosa y suave, casi femenina, se puso a repetir una frase, una vez tras otra, por el pasillo del tren. Cuando pasó por mi lado, vi la silueta tétrica de lo que nosotros llamaríamos el típico yonqui. Obviamente, la situación actual está lejos de la miseria extendida en la Alemania de los treinta. Pero algo es seguro: ni yo ni ninguno de los inmigrantes españoles, latinos y europeos con los que he hablado sobre el tema esperábamos encontrarnos algo así. A todos nos sorprende que en Alemania haya gente así, porque —precisamente— a Alemania se va a buscar trabajo, aun cuando sea precario, para no acabar así.

Dos visitantes en la cúpula del Reichstag, de Norman Foster. Fotografía: Georgie Pauwels (CC).

Paseo por la intersección entre las avenidas Kurfürstendamm y Tauentzienstrasse, las dos calles pijas en las que Assía vio a los parados berlineses, en familia, pidiendo limosna. Ambas siguen conservando su estatus. Ahora son las típicas avenidas de ciudad europea en las que rusos, chinos y árabes acaudalados van a comprar ropas de marca y productos de lujo. Pero en medio de este cruce de vías, en medio de este consumismo multicultural chabacano, se eleva —y otra vez Berlín vuelve a marear mis certezas— una iglesia medio derruida, de piedra negra, casi quemada, con dos grandes huecos vacíos en su pared, en los que antes hubo —posiblemente— una magnífica cristalera. Los alemanes tienen formas interesantes de mantener la memoria histórica. En el caso de esta iglesia (Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche) se conserva el edificio tal y como lo dejaron las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Es un recuerdo grande. Otro ejemplo de memoria —menos perceptible— son las miles de pequeñas placas de latón que hay al pie de muchas casas, en las que se recuerda con nombre, apellido y biografía, a los judíos asesinados o perseguidos que antiguamente vivían allí. Bajo la iglesia medio derruida también hay un homenaje reciente: decenas de velas y fotografías recuerdan a las doce personas que paseaban y compraban en un mercadillo de Navidad a la sombra de esta iglesia, y murieron arrolladas por un camión conducido por un terrorista solitario, hace apenas tres meses. Hay varias personas quietas, frente a las velas, y gente que cruza lentamente y mira de reojo.

Frente a la iglesia derruida se alza el Europa-Center, un centro comercial con una fachada llena de logos publicitarios, construido —de nuevo— sobre las cenizas de un fantasma de la vida cultural berlinesa: el café Romanisches. En sus salas se reunían los intelectuales más izquierdistas, enemigos de la «democracia burguesa» de Weimar. Poco a poco, con la extensión del poder hitleriano en Berlín, fue de los últimos reductos donde la gente de izquierdas o liberal —eso sí, con dinero— podía tomarse una copa tranquilamente, sin temor a ser asaltada por unos camisas pardas.

Assía debió acudir varias veces a este café, que le quedaba cerca de su casa, en el mismo barrio de Charlottenburg. El gallego fue corresponsal de La Vanguardia en Berlín hasta que el Gobierno de Hitler lo expulsó en 1933, después de enfrentarse a Goebbels en una rueda de prensa. Siguió en La Vanguardia desde Inglaterra, donde cubriría la Segunda Guerra Mundial. Fue el único corresponsal bajo el régimen de Franco que dio una postura cercana a los aliados, y también la pluma mejor pagada de la España nacionalcatólica. Cuando leo sus crónicas siento cierto alivio liberador, la esperanza de que un corresponsal en el extranjero pueda escribir con un estilo y voz propia, y no sea una mera copia —un poco decorada— del teletipo de una agencia de noticias. Assía escribe con la autoridad del que no se pierde en los detalles, y con la alegría trabajada del que sabe que escribir bien no es un aderezo opcional.

Del fantasma del café Romanisches me marcho a cierto paralelismo actual, el barrio de Neukölln. Era uno de los barrios obreros, lleno de parados, que Assía describía en su crónica. Ahora es una de las zonas alternativas e izquierdistas de la ciudad. Paseo por sus calles, una mezcla de pisos tradicionales, locales de kebab y de cachimbas con carteles de colores chillones —tan feos que parecen irónicos—, cafés hipsters donde tienen el New Yorker y grafitis, muchos grafitis. Desde que he llegado a Berlín no paro de ver grafitis por todos lados: en paredes, en puertas, en lavabos, en estaciones de tren, en el suelo. Hay algunos interesantes, pero la mayoría simplemente ensucian la calle. Su omnipresencia crea una sensación tétrica en algunas partes de la ciudad, donde los edificios son viejos y no hay demasiada gente. Hay muchas zonas de Berlín que serían perfectas para una película de zombis. Cruzo un río que corta Neukölln por la mitad y entro en un parque del barrio. Los árboles están completamente pelados por el invierno, lo que da una sensación de ciudad recién bombardeada. Hay carteles de madera con letras mal pintadas, que rodeados de vegetación tendrían un toque bucólico, pero que —sumados a los grafitis— ahora solo crean una sensación siniestra, de ocaso de la civilización, de urbe ocupada por bandas de saqueadores futuristas, al estilo The Road. La fauna que puebla el parque es de interés: un montón de punkis estirados en la hierba bebiendo cerveza —los sustitutos de los izquierdistas trajeados del café Romanisches— y un montón de madres —jóvenes, rubias y arregladas— paseando el carrito de sus hijos con total tranquilidad. Esta combinación, que a mucha gente le parece fascinante, a mí me crea una cierta sensación de impostura, de izquierdismo estético y ordenado. Creo que Berlín es la ciudad a donde viene la gente que de mayor quería ser okupa, pero sin que eso le suponga demasiadas preocupaciones.

Con la solemnidad propia del caso tendrá lugar mañana en la catedral protestante de Berlín la entronización del doctor Müller como arzobispo nacional de la Iglesia evangélica alemana reunida. El doctor Müller, excapellán castrense, amigo personal de Adolfo Hitler, personalidad eminente del movimiento “cristiano social”, es autor de un texto reformado del Padrenuestro, en el cual pide a Dios Nuestro Señor que “hable al pueblo y hable al caudillo”. Esa ocurrencia estrambótica de pedirle al Padre Eterno que se ponga en comunicación verbal directa con el jefe del Gobierno alemán indica hasta qué punto son sinceras y entusiastas las convicciones nacionalsocialistas del nuevo prelado. (…)

Hay protestantes alemanes, en número considerable, que no quieren someterse a la autoridad de una Iglesia evangélica única, dirigida y administrada por “los cristianos alemanes”, que son, en realidad, los cristianos nacionalsocialistas. Por otra parte, hay muchos nacionalsocialistas que repudian el cristianismo, tanto protestante como católico, y entienden que la religión del nacionalsocialismo tiene que ser de esencia puramente germánica, inspirada en las antiguas mitologías nórdicas. Recientes están las declaraciones de un jefe de las Juventudes Hitlerianas, afirmando que los jóvenes nacionalsocialistas se consideraban libres del pecado original, y que, por consiguiente, no necesitaban la gracia para nada.

Exageración manifiesta. La gracia —un poco de gracia, cuando menos— le sienta bien a todo el mundo.

(«Hoy será entronizado el doctor Müller en la nueva iglesia», Eugeni Xammar [1934]).

Fotografía: Fleetingpix (CC).

Estoy ante la catedral de Berlín (Berliner Dom). Es una estructura imponente, de color blanco cremoso, verde acuático y negro ceniza. Su techo no es picudo, sino redondeado: parece más concentrada en sí misma que en Dios. Podría pasar por una gran universidad, en vez de por una iglesia. Está absolutamente recargada de esculturas, detalles y símbolos, es decir, genera mucha más curiosidad que espiritualidad. Imagino al obispo Müller en su interior, exaltado, proclamando su doctrina del «Cristo ario», ante la mirada indiferente de apóstoles y ángeles de piedra.  

Cuando me alejo unos pasos de la catedral y entro en el Museo Viejo de Berlín (Altes Museum), justo enfrente, me sacude cierto impacto, un leve choque, supongo que por el cambio de temperatura. En su interior hay una magnífica exposición de arte griego y romano. Las estatuas blanquecinas dominan los pasillos y miran desde la altura. Ligero mareo. Los jarrones se ríen, el marrón arcilloso y negro de las figuras es puro teatro, escena. Me paseo un poco perdido entre las esculturas y me fijo en los vestidos femeninos, la ondulación ligera de las curvas. Tengo la sensación, un poco como con la catedral, de que cuando el vestido gana en realismo también gana en sabiduría —el detalle—, pero pierde en belleza —el absoluto—. El misterio es la belleza, cierta ausencia cincelada por la imaginación.

Sigo caminando y me encuentro unos mosaicos de uvas, mediterráneos, dionisíacos, veraniegos. Miro por la ventana del museo, empañada por el frío. El contraste entre la catedral y los mosaicos me hace pensar en Europa, en la historia, en Xammar —un catalán en Prusia— intentando escudriñar hacia dónde iba el continente. El viento helado mueve los árboles. Me da la sensación de que Berlín es una ciudad donde hay que vivir rodeado de estatuas griegas. El ambiente, el frío, estimula la inspección estudiosa y cerrada, al contrario que el Mediterráneo, que favorece la contemplación hedónica, peinada por una ligera brisa. Imagino un estudio en Berlín, poco iluminado, donde un coronel de bigote prusiano observa con minuciosidad una vasija etrusca, contento de poder huir del presente, a pasados más cálidos. Pienso en la comida turca y la comida alemana, las dos tan propias del Berlín actual. La primera es mediterránea, es decir, de filosofía ligera y sensual, más llena de placer que de nutrientes. La barriga se satisface de tiempo, no de cantidades. Las especias erotizan y crean ciertas distracciones periféricas. La comida alemana, en cambio, es matrimonial, contundente, nuclear, bastante segura de sí misma. Es combustible básico y eficiente. Es tan sexy como una patata hervida. Supongo que las diferencias gastronómicas entre lo mediterráneo y lo teutón afectarán al pensamiento filosófico, a las preocupaciones, a la poesía, a la política y a lo bien que uno duerme por las noches.

A los nazis no les divierten demasiado los desnudistas. El desnudista suele ser un tipo que cae en una órbita de preocupaciones nada gratas al hitlerismo; es esa línea ideológica que va del naturismo al internacionalismo y el pacifismo; el hombre que prescinde de la ropa suele tener algo de socialista, pacifista, vegetariano y, acaso, acaso, esperantista. No, no; los nazis no están para monsergas de este tipo; para ser revolucionarios no hay que quitarse tanta ropa; basta con prescindir de la chaqueta y quedarse con camisa parda. Creo, pues, que terminarán dando la batalla a los millares de desnudistas que hoy pueblan gozosos los bosques de Alemania. Y va a ser un conflicto; porque de todas las libertades que los nazis puedan conculcar, acaso la que más sientan perder los alemanes sea esta de poder quedarse en cueros vivos cuando se les antoja.

(«Un poco de ropa», Manuel Chaves Nogales [1933]).

Un ciclista en Paul-Löbe-Haus, un edificio del Parlamento alemán en Regierungsviertel, el distrito gubernamental de Berlín. Fotografía: Fleetingpix (CC).

En el club KitKat, un par de jóvenes alegres, ataviadas con una corona de flores, cruzan ante mí. Llevan su torso níveo completamente desnudo, y sus pechos ligeramente rosáceos se tersan con el movimiento de sus brazos, su melena rubia y sus caderas, balanceándose al ritmo de la música. Tengo entendido que los teutones sienten un gran aprecio por la mitología y, en este caso, fantaseo con haberme cruzado con un par de ninfas. Seguramente han salido de la piscina situada en la habitación contigua, donde —en su margen— germanos, negros, pelirrojas y jovencitas de pelo verde fuman estirados cual romano en su triclinium. Tomando un estrecho pasillo, paso junto a una mujer oriental encerrada en una jaula, concentrada en los besos apasionados que —a través de los barrotes— le ofrece un gladiador rubio de espalda mastodóntica. De ahí llego a una gran sala, donde los presentes se liberan a los placeres dionisíacos de la danza etílica y la música sensual, como en cualquier otra discoteca berlinesa. La desnudez de muchos de los asistentes, más que atracción, produce indiferencia o una cierta alegría colectiva. Supongo que algunas tradiciones naturales —como el nudismo germano con el que ironizaba Chaves— son mucho más resistentes de lo que la ingeniería social querría.

Doy unas vueltas por la sala y me doy cuenta que hay una serie de habitáculos laterales, medio oscuros, donde las siluetas y las intenciones son más borrosas. Allí las filias individuales y grupales combustionan con una sencillez inesperada, y presentan los más variados de los erotismos griegos, aunque sin necesidad de amos y esclavos, excepto si las partes llegan a un acuerdo. ¿Qué pensaría Hitler de esta muchedumbre dionisíaca, de orígenes tan lejanos pero deseos tan comunes? ¿Qué pensaría el Führer de estos sátiros liberales, de piel oscura o de apretadísimo cuero negro, que restriegan sus pasiones en plena noche berlinesa? ¿Qué pensaría el líder del Tercer Reich de estos jóvenes arios que se someten —gustosamente— al mando de regias eslavas, orientales o latinas, es decir, que se arrodillan ante el sexo femenino y, aún peor, ante los muslos de razas absolutamente inferiores, que estaban destinadas a ser las esclavas del Gran Imperio Alemán? Berlín decide reírse burlona y, ¡ay!, el Führer ya no puede hacer nada al respecto.

Salgo del lugar donde Berlín siempre es de noche y me encuentro con el sol de la mañana, iluminando mi cara cansada. Algunas viejecitas van con sus paquetes de pastas recién compradas. Otras personas caminan, como es habitual, con prisa, y les da bastante igual que hoy sea domingo. Paseo soñoliento y miro las casas, y las calles, y los monumentos, y vuelvo a tener esa sensación de incomprensión, de que algo falta. Recuerdo unas palabras de Josep Pla que esclarecen mi mente, como un chapuzón en agua fría:

(…) su delirante anarquía evoca una ciudad en la que sus habitantes no se han puesto aún de acuerdo para vivir entre sí, pasivamente, es decir, como vecinos. Para existir una calle es indispensable un punto de unanimidad. Sin esta condición, una ciudad puede ser muy grande, muy aparatosa y muy rica y faltarle el quid divinum. (…) Una calle no es una sucesión de casas magníficas desligadas y personales. Si las casas son bellas, mejor que mejor. Pero lo importante es su integración. (…) Están unidas por un espíritu común, por una cinta invisible que las funde en un mismo destino ciudadano. Esto las sublimiza. Esto crea la calle.   

Pla no se refería a Berlín, aunque eso da bastante igual. Berlín se me aparece fragmentada, bombardeada, dividida, todavía presa de su historia reciente. Una ciudad a la que han creado diques constantemente, para dominar su espíritu espontáneo. Es la sensación del círculo sin cerrar, de un intento apresurado de coherencia. Supongo que el carácter de las ciudades madura con el tiempo y, quizá, con cierta falta de prisa.


Bajo el signo de la esvástica, de Manuel Chaves Nogales.

Salt a la foscor, recopilación de artículos de Augusto Assía realizada por Enric Vila (en catalán).

Crónicas desde Berlín, recopilación de artículos de Eugeni Xammar a cargo de Charo González.

Viaje en autobús, de Josep Pla.


Viaje al corazón del nacionalismo ucraniano

Lviv, Ucrania, 2016. Fotografía: Iurii Bakhmat (CC).

Lo primero que me llama la atención de Lviv son sus paredes descascarilladas. Anoche, cuando llegué con tren desde Kiev, caminaba por la calle y me daba la sensación de que tras las ventanas negras de esos edificios viejos y centroeuropeos podía haber un vampiro al acecho. Ahora, a la luz del día, los adoquines antiguos y los edificios color crema —tan diferentes a muchas ciudades sovietizadas del resto de Ucrania— crean una mezcla de romanticismo estético y lentitud existencial. Como en todas esas ciudades europeas donde el siglo XX no se impuso, se produce una conexión nostálgica con un pasado imperial idealizado. Pero todo esto, obviamente, es solo el más visible de los escenarios. Si indagamos en la gente y en la historia, la burbuja estalla.

Con que uno haya leído cuatro cosas sobre Lviv, el espejismo de la arquitectura imperial centroeuropea —esos tejados multicolores y suaves— se desmorona. La ciudad no es importante por haber sido parte de la Confederación polaco-lituana o del Imperio austrohúngaro, sino por ser la cuna del nacionalismo ucraniano, movimiento que marcó el devenir del país desde el siglo XIX hasta ahora. Lviv es la ciudad más patriótica de Ucrania, el nido de los rebeldes que desafiaron la dominación polaca y soviética, pero que también se aliaron con los nazis, reduciendo la población de judíos y polacos de origen a mínimos. ¿Qué queda de ese pasado en Lviv?

Quedo con Ivan en el centro de la ciudad. Es joven y de Crimea, pero ya lleva varios años viviendo en Lviv. Se marchó de la península después de la anexión rusa. Lleva flequillo peinado a un lado, es delgado y trabaja como ingeniero de sistemas. Tiene los ojos claros y los dientes torcidos. Paseamos por las calles de la ciudad, cruzándonos con una regordeta iglesia dominica blanca y negra, que parece apretujada por dos manos gigantes. Después llegamos ante la iglesia militar de Pedro y Pablo —barroca—. «Al menos esta iglesia sirve para algo. Ayudan a nuestros soldados en el Donbás», murmulla Ivan, ateo, antes de entrar.

Si uno mira al final de la iglesia, junto al altar cuelgan los estandartes de varios batallones del ejército nacional. A la izquierda hay una precaria cruz de madera, de la que pende una enorme bandera ucraniana —azul y amarilla— con la cara de Jesucristo estampada. A sus pies se acumulan centenares de casquillos de balas, restos de enormes misiles, cantimploras agujereadas y crucifijos de soldados enviados a luchar en el Donbás contra los separatistas prorrusos. Un cartel explica que la cruz de madera de donde cuelga el «Cristo ucraniano» era antes la base de una tienda de campaña. Una explosión la hizo volar por los aires, dejando solo dos de los soportes en forma de cruz. Justo detrás hay una bandera roja y negra del Ejército Insurgente Ucraniano, una guerrilla nacionalista que luchó contra soviéticos y nazis —y masacró a polacos y judíos en acciones que varios historiadores definen como limpiezas étnicas—. Justo al lado de la cruz hay dos grandes paneles con las caras de los soldados ucranianos muertos en la guerra del Donbás.

Al salir vamos a una de las clásicas cafeterías que pueblan Lviv, en las que parece que pudiera entrar Stefan Zweig en cualquier momento. Picoteo un Strudel austrohúngaro mientras hablamos sobre la vida en la ciudad: «Lviv es una urbe abierta, donde yo —que soy crimeo rusoparlante de Simferópol— puedo sentirme ucraniano sin miedo a represalias. Hablo con mi novia en ruso y ella me responde en ucraniano, y no pasa nada. En realidad, en Lviv hablo con todo el mundo en ruso, y nunca he recibido críticas, ni miradas raras, ni por supuesto violencia. Ojalá los putos rusos se marchen de Crimea, de mi país. En Lviv aceptan a todo el mundo (1), a pesar de que la propaganda rusa la pinte como la madriguera del fascismo ucraniano. Lviv es como una miniatura de Nueva York, una mezcla de lenguas, culturas e ideas. Históricamente ha sido así».

¿Y por qué hay diferencias tan grandes respecto al este de Ucrania?

«La gente del este y el sur de Ucrania tienen un nivel cultural más bajo. Piensa que los bolcheviques se cargaron a los intelectuales y a las clases altas educadas, y las sustituyeron por revolucionarios proletarios sin apenas educación. En la Ucrania occidental y Lviv no tuvieron tiempo para hacer lo mismo. Y aunque en estas últimas décadas la educación ucraniana ha sido la misma para todos, el Donbás ha seguido siendo más atrasado, un lugar sin apenas turismo ni vida cultural. Allí solo hay minas y fábricas. Además, muchos de ellos son descendientes de deportados desde Siberia, algunos delincuentes. No son ucranianos. Trajeron una cultura del proletariado que han mantenido hasta hoy en día. Viven en una Ucrania moderna, pero no saben pasar página de la Unión Soviética, agarrándose a un pasado que ya no existe. Y Rusia se aprovecha de ello».

Caminamos hasta una altísima torre justo en el centro de la ciudad, rodeada por un edificio donde se reúne el consejo municipal. Está lleno de banderas de la Unión Europea, a pesar de que un ingreso de Ucrania en este organismo parece quedar bastante lejos. También he visto muchas en los edificios del Gobierno en Kiev. Quizá es por cierto anhelo hacia Occidente, u —otra posibilidad— porque Bruselas es la que está inyectando dinero a las nuevas autoridades que surgieron después de la revuelta de Maidán. Sea como sea, para los jóvenes ucranianos Lviv es la ciudad más «occidental» del país, por lo que muchos van allí de vacaciones o a estudiar en sus universidades.

Después de subir incontables escaleras, llegamos a la cumbre de la torre. La vista es magnífica: centenares de tejados gris claro, verde acuático, negro húmedo, granate… sostenidos por paredes rosadas, vainilla, cremosas y pálidas. Son el recuerdo de la Lviv imperial austrohúngara, que sucedió a la dominación polaca. La sociedad estaba dividida en tres etnias: los polacos —que poseían la mayoría de la tierra—, los judíos —buena parte del comercio— y los ucranianos, minoritarios. Allí florecerían los intelectuales del nacionalismo ucraniano de finales del siglo XIX y principios del XX, como el poeta Iván Franko o el historiador Myjailo Hrushevsky. Lviv era una sociedad multicultural entre imperios, entre las fronteras físicas e ideológicas de Europa Central y Rusia —aunque siempre más hacia el lado de la primera—.

Pero ¿dónde están ahora todos esos polacos y judíos que poblaban las calles de Lviv?

Paseando por la ciudad, nos encontramos de casualidad con las ruinas de la antigua sinagoga de la Rosa Dorada, destruida en 1943. Hay unas discretas placas de recuerdo. «Siempre se habla de los “nazis” nacionalistas ucranianos de Lviv, pero la mayoría son fake news inventadas por Rusia. Yo nunca he sentido ningún peligro desde que vivo aquí, y siempre hablo ruso. Se habla mucho de los nazis, pero ¿ves alguna esvástica pintada en este lugar judío? Si el movimiento ultranacionalista es tan fuerte, ¿cómo es que todos los judíos se sienten tan seguros, y no hay ninguna esvástica pintada aquí?», me pregunta Ivan (2).

La Primera Guerra Mundial fue el inicio del fin de la Lviv plural, con la caída del Imperio austrohúngaro. Como en otras zonas de Europa Oriental, el oeste de Ucrania —la histórica región de Galicia— fundó un breve Estado en 1918, la llamada República Popular de Ucrania Occidental, que duró menos de un año. Polonia la invadió y la incorporó a su territorio. Los recelos étnicos entre ucranianos y polacos crecerían durante las siguientes décadas. El odio hacia los judíos, considerados como una extensión del bolchevismo que amenazaba desde Oriente, también se iría incubando.

Ivan me propone que vayamos a cenar a un restaurante que es una leyenda negra entre los rusos. Caminamos hasta una plaza céntrica y vemos una cola de gente que entra en un edificio antiguo, hasta llegar a una vieja puerta de madera. «Los rusos están cagados cuando vienen aquí, se piensan que es un bar lleno de nazis. Les da morbo. Mira, también hay unos polacos esperando», me dice riendo.

Cuando llegamos a la entrada, un hombre vestido de guerrillero, con un fusil a la espalda, abre a medias el portón y nos mira. Ivan le dice de un grito: «¡Slava Ukrayini!» (¡Gloria a Ucrania!). El hombre sonríe y nos deja pasar. Coge su cantimplora y nos da un chupito de vodka. Bajando unas escaleras, entramos en una especie de búnker-taberna llena de mesas, con camareros vestidos a lo paramilitar, armas falsas tiradas por el suelo y guiris haciéndose selfies. Hay una zona donde incluso puedes disparar a retratos con la cara de Stalin, Lenin, Putin o el expresidente ucraniano Yanukóvich. «Todo es teatro: a veces, si los camareros oyen a alguien hablando ruso lo apartan de la mesa, cogen armas, lo ponen contra la pared y hacen cómo si lo fueran a fusilar. Hay rusos que se mueren de miedo y creen que la cosa va en serio», me explica Ivan.

Nos sentamos en una mesa y ojeo el menú. Tiene un dibujo en el que aparece Putin desnudo en un trono, con un Medvédev con cuerpo de niño sonriente sentado en su rodilla —es habitual que los contrarios a Putin lo acusen de pedófilo—. Pedimos unos vareniki —raviolis ucranianos— rellenos de puré de patata y cubiertos de crema agria, unas tortitas hechas con patata y huevo, y una salchicha roja de medio metro de longitud. Nos lo traen en cazuelas y sartenes metálicas, rollo campamento. Se acerca una señora y canta canciones tradicionales ucranianas, acompañada de un hombre con acordeón. En las paredes hay fotografías y objetos antiguos que recuerdan la historia del Ejército Insurgente Ucraniano, una guerrilla nacionalista que luchó contra los soviéticos y después contra los nazis —brevemente fueron aliados— en la Segunda Guerra Mundial.

«Los nacionalistas ucranianos no se aliaron con los nazis por ideología, sino para luchar contra los soviéticos y conseguir la independencia de Ucrania. Habrían combatido contra cualquiera para conseguir la independencia. Por eso después lucharon contra los nazis», me cuenta Ivan.

Tras dos décadas de dominio polaco en Lviv, la ciudad pasó a manos de los soviéticos en 1939, pocos días después de que los nazis invadieran Polonia. El duro dominio bolchevique hizo que parte de los ucranianos recibieran a los nazis como liberadores, en 1941. Un sector de los nacionalistas ucranianos se alió con los alemanes con el objetivo de liberarse del yugo ruso, y con perspectiva de gozar de una Ucrania independiente. Cuando vieron que esa no era la intención de Hitler, el Ejército Insurgente Ucraniano (la guerrilla de los nacionalistas ucranianos) peleó contra los nazis, y también lo haría contra los soviéticos. Su líder, Stepán Bandera, se alió con los nazis, pero luego fue detenido por la Gestapo y enviado a un campo de concentración. Después pelearía contra los soviéticos y, en el exilio en Múnich, sería asesinado por un agente de la KGB.

Quienes más padecieron estas luchas y cambios de liderazgo fueron los polacos y especialmente los judíos. Si antes de la guerra la mitad de la población de Lviv eran polacos étnicos y casi un tercio eran judíos, después de la guerra apenas quedaban miembros de estos dos grupos. Los nacionalistas ucranianos participaron en las persecuciones de estas minorías, contra los polacos «invasores» y los judíos «bolcheviques». Los soviéticos —posteriormente— deportaron a buena parte de la población polaca, cuando los nazis ya habían acabado con casi todos los judíos. La Segunda Guerra Mundial —como pasó especialmente en toda Europa Oriental— fue desastrosa para Ucrania: uno de cada seis de sus habitantes pereció durante el conflicto.  

Acabamos de cenar y pasamos por una tienda donde puedes comprar souvenirs del Ejército Insurgente Ucraniano, o botellas de cerveza con el Putin desnudo en ellas. Subiendo por unas escaleras exteriores se puede llegar a la azotea del bar. Veo que en la pared trasera del edificio hay un gigantesco grafiti en el que se ve el Kremlin y la tumba de Lenin en llamas, sobrevolado por un avión que los bombardea. «El sueño húmedo de cualquier nacionalista ucraniano», me dice Ivan con una sonrisa maliciosa.

Le pregunto qué opina de las estatuas de Lenin que se derribaron durante la revuelta de Maidán: «¿Para ti sería normal que hubiera una estatua de Hitler en cada ciudad? Así es como ven a Lenin y a los comunistas en muchas partes de Ucrania. El comunismo y Rusia han intentado repetidas veces destruir Ucrania como país, y negarnos nuestra identidad. Debería haber un par de estatuas en un museo y ya está. No es racional que tengamos que mantener tantas estatuas de Lenin, si ya no vivimos en la URSS».

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Lviv cayó bajo dominio soviético, y hasta los años noventa fue uno de los focos de disidencia más importantes del país, tanto de nacionalistas antirrusos como de demócratas. Desde la caída de la URSS ha representado la Ucrania opuesta a los rusófilos del Donbás y Crimea. Las protestas de Maidán calaron fuerte y, a diferencia de lo que ocurre en la parte este del país, en la mayoría de ventanas cuelgan banderas azules y amarillas, y algunas negras y rojas. Para muchos de los habitantes de Lviv el gran demonio, el gran peligro, es Rusia.

Cuando llegamos al tejado, hay un grupo de gente que se sube al asiento de una ametralladora pesada antiaérea, y hace como si disparara al cielo. Nos rodean los tejados multicolores de la Lviv austríaca. Ivan me dice si quiero hacerme una foto ametralladora en mano. Le digo que no. He tenido suficiente por hoy.

Fotografía: Juan Bello (CC).

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(1) Muchos tártaros musulmanes de Crimea, por ejemplo, huyeron a Lviv después de la anexión rusa, a pesar de la larga distancia que hay desde la península hasta allí.

(2) Semanas después, escribiendo este reportaje, me entero de que un grupo de ultraderechistas ha matado a una persona a cuchilladas en un campamento de gitanos, en un ataque a las afueras de Lviv.


«¿Te cuento un secreto? No he leído a Alexiévich»

Svetlana Alexiévich, 2015. Fotografía: Axel Schmidt / Getty.

Recuerdo haber sacado de la biblioteca Archipiélago Gulag cuando estudiaba en el colegio, pero no conseguí terminarlo. Me pareció un libro grueso y tedioso. Leí unas cincuenta páginas y lo dejé… Aquello me parecía algo tan distante como la guerra de Troya. El tema de Stalin está muy sobado. Ni mis amigos ni yo nos interesamos demasiado por él…

(El fin del «Homo Sovieticus», Svetlana Alexiévich).

«Venga, prueba un poco, es coñac armenio», me dice uno de ellos mientras me llena el vaso de plástico. Las brasas chisporrotean y el humo sube hacia las altísimas copas de los árboles, entre las que apenas pasa el sol del atardecer. Las salchichas se queman y un perro las intenta robar con sigilo. Evgenia, mi anfitriona, le pega un grito en ruso y viene hasta ella con ojos lastimosos.

—Ven, te voy a presentar a mi amiga, hoy celebramos su cumpleaños, trabaja como directora de teatro… Bueno, en realidad ahora trabaja de otra cosa, pero su familia siempre se ha dedicado a la cultura. ¡Aquí está!

Nos damos la mano.

—¿Y cómo es que has venido a Bielorrusia? Ah, ¡te gusta Alexiévich, qué bien! ¡Es magnífica, es muy buena! Aquí la gente solo viene por Lukashenko, o para decir que ha estado en un país raro…

El grupo, unas diez personas, sacan cervezas rusas de sus mochilas. Hay informáticos, profesores de idiomas, directores de documentales. Saben hablar algo de inglés. Algunos, al tercer vaso de coñac, critican al gobierno y a Rusia. Me cuentan sus viajes por Europa. Todo se alegran de que haya leído a Alexiévich.

Poco a poco el sol va cayendo y el bosque, la frontera que rodea Minsk, va volviéndose negro. Hoy mismo he llegado a la ciudad. El trayecto desde el aeropuerto ha sido hermoso: grandes campos amarillos y verdes, árboles estirados y frondosos. Apenas había carteles publicitarios o fábricas suburbiales. La carretera era un surco mínimo en una naturaleza ancha.

—¿Te cuento un secreto? —me susurra Evgenia, mientras se le escapa la risa—. ¡En realidad nunca he leído a Alexiévich!

*

Paseo por el centro de Minsk, soleado, calmado y de aromas soviéticos. Uno puede encontrarse fácilmente con los temas que Alexiévich ha relatado en sus libros. Por ejemplo, cuando camino junto al borde del río Svíslach con Olga, otra bielorrusa de Minsk, nos topamos con una pequeña isla artificial en la que se erige un monumento en forma de iglesia alargada, blanca y negra, casi como un obelisco. Cruzamos un pequeño puente y nos acercamos. Se llama «la isla de las lágrimas». Veo que de las paredes del monolito salen estatuas de mujeres cubiertas con velos, de color ébano. Algunas se tapan la cara con ambas manos, otras tienen rostros neutros o doloridos. Parecen fantasmas.

—Son las madres de los soldados que murieron en Afganistán —me dice Olga—.

En 1989, Alexiévich escribía en su diario:

Estoy en Kabul. No quiero escribir más sobre la guerra. (…)

Vi cómo cargaban un «tulipán negro» (el avión que lleva a las bajas de vuelta a casa en ataúdes de zinc). Los muertos son a menudo vestidos con viejos uniformes militares de los años cuarenta, con pantalones de montar; a veces incluso no hay suficientes para todos. Unos soldados estaban charlando: «Acaban de entregar algunos nuevos cuerpos a los frigoríficos. Huelen como a jabalí en descomposición». Voy a escribir sobre esto. Temo que nadie en casa me creerá. Nuestros periódicos simplemente escriben sobre lazos de amistad instaurados por los soldados soviéticos.

Hablo con los chicos. Muchos han venido voluntariamente. Pidieron venir aquí. Noto que la mayoría de ellos son de familias educadas, intelectuales: maestros, médicos, bibliotecarios… gente de libros. Ellos sinceramente soñaban con ayudar al pueblo afgano a construir el socialismo. Ahora se ríen de sí mismos. Vi un lugar en el aeropuerto donde cientos de ataúdes de zinc brillan misteriosamente al sol.

Le digo a Olga que Alexiévich escribió un libro sobre Afganistán, sobre estos soldados y madres de la isla.

—Sí, supongo, no la he leído. La gente la conoce, pero piensan que escribe de manera difícil, y que sus temas son demasiado tristes.

Miramos a un lado y a otro de la isla. En la orilla más cercana del río hay una hilera de casas pequeñas, de un par de pisos de altura y tejados afables, al estilo centroeuropeo. Fueron de las pocas que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Casi toda la ciudad se tuvo que reconstruir desde cero. Uno de cada cuatro bielorrusos murieron durante el conflicto. En la orilla opuesta, un rascacielos, un centro comercial y edificios de oficinas de cristal brillante —el sector de la innovación tecnológica está creciendo con mucha fuerza en el país—. Junto al río, la hierba crece fuerte y espléndida.

A lo lejos veo un edificio grande y monstruoso. Parece como si hubieran amontonado de forma escalonada un complejo turístico, para formar una especie de castillo blancuzco frente al lago. Es uno de los edificios más caros de todo Minsk. Aquí vive Alexiévich.  

Minsk. Fotografía: Mariusz Kluzniak (CC).

¿Cómo lo sé? Evgenia, mi anfitriona de la barbacoa, me lo contó el otro día. Un amigo suyo que vivía al lado se encontró a la escritora comprando en una tienda cercana, y charló con ella un rato. Al ganar el Premio Nobel dejó su piso de dos habitaciones y se compró este nuevo, que hasta hace poco pertenecía al propietario de un equipo de fútbol del país. Al edificio lo llaman popularmente «la casa de Chyzh», por el oligarca Yury Chyzh, cuya empresa construyó esta mole inmensa. Chyzh es conocido por haber sido uno de los hombres más ricos de Bielorrusia, por haber tenido una relación muy próxima con el presidente Lukashenko y por haber sido detenido hace dos años por el KGB —sí, el servicio secreto bielorruso sigue llamándose igual que en tiempos soviéticos—.

Un par de conocidos bielorrusos me han dicho que se sintieron un poco decepcionados al enterarse que Alexiévich se había trasladado allí. No es la única crítica que se le ha hecho a la escritora. En realidad, su persona —y en especial su literatura— ha sido atacada por parte de la oposición política bielorrusa bastante antes de que ganara el Nobel.

Es algo que sorprende: de cara a Europa nos ha llegado que los únicos que critican a Alexiévich son el Lukashenko y sus seguidores. Hasta hace poco, los libros de la escritora no se publicaban en Bielorrusia, y se tenían que conseguir en Rusia o Lituania —desde que ganó el Premio Nobel, la situación ha cambiado: el gobierno le hace el vacío, pero sus libros pueden comprarse en las librerías propiedad del Estado—. Alexiévich tuvo que exiliarse durante doce años en diversas ciudades de Europa, y sigue siendo una de las mayores críticas del gobierno.

Entonces, ¿por qué parte de la oposición se la tiene jurada? Porque escribe en ruso.

«Esta sorprendente falta de patriotismo hacia el trabajo de Alexiévich es resultado de dos décadas de autoritarismo y supresión de la cultura bielorrusa, desde la independencia del país. Las críticas a Alexiévich están guiadas por motivos políticos, más que por la calidad de su escritura. En un país sin libertad, cada decisión es política. La politización de la literatura en Bielorrusia acarrea el riesgo de debilitar la calidad de nuestra herencia literaria durante las próximas décadas», escribía la editora de Belarus Digest, Volha Charnysh, sobre estas críticas a Alexiévich por parte de nacionalistas y miembros de la oposición. Otra de las quejas contra la periodista es que escribe sobre temas de la URSS, y no sobre la historia nacional de Bielorrusia.

El tema del idioma no es menor: hasta hace unos años, realizar actos públicos hablando en bielorruso era una manera de alinearse en contra del gobierno. Ahora, según me han dicho bielorrusos que lo intentan hablar diariamente —una minoría ínfima—, se trata más de una resistencia cultural que de una reivindicación política. Alexiévich, por su parte, sigue escribiendo en ruso, y sobre temas que van más allá de la frontera nacional de su país. Son temas de una época superada, critican algunos. Vive en el pasado, dicen otros.

¿Pero qué es eso que veo cada día cuando paseo por las calles de Minsk? ¿Qué dicen estos carteles verdes y rojos que llenan toda la ciudad? ¿Por qué las grandes plazas y las grandes avenidas se están cubriendo de banderas?

Porque en pocos días será 9 de mayo, Día de la Victoria. Más de setenta años después de la Segunda Guerra Mundial, el Estado sigue engalanando la ciudad para la fiesta más importante de la nación. Habrá un desfile con centenares de tanques recorriendo las calles. Recuerdo que los jóvenes bielorrusos con los que compartí coñac y barbacoa en el bosque no paraban de criticar y quejarse del 9 de mayo y su propaganda.

Una conocida bielorrusa, en cambio, me dice que tiene buenos recuerdos de la celebración. Que cuando era pequeña los niños cogían flores bonitas y se las daban a los abuelos veteranos, que cantaban canciones de la guerra con sus acordeones. Ahora casi todo son masas y tanques. Un grupo de militares ensayan pasos marciales frente al fuego al soldado desconocido, situado bajo la sombra de un gran obelisco negro, lleno de siluetas bélicas y una gran hoz y martillo, en la Plaza de la Victoria de Minsk.

Nota en el diario de Alexiévich, entre 1980 y 1985:

Estoy escribiendo un libro sobre la guerra. ¿Por qué sobre la guerra? Porque somos gente de guerra; siempre hemos estado en guerra o preparándonos para ella. Si nos fijamos, siempre hemos hablado en términos bélicos… en la casa, en la calle. Es por eso que la vida humana es tan barata en este país. Siempre es tiempo de guerra.

Empecé con dudas. Otro libro sobre la Segunda Guerra Mundial, ¿para qué?

Hay otros fantasmas que tampoco se han marchado. Se pueden ver, simplemente, si uno camina unas pocas horas por Minsk. ¿Es acaso extraño hablar todavía del «Homo Sovieticus» cuando la ciudad sigue teniendo, decorada con flores, la estatua del siniestro Félix Dzerzhinski, fundador de la Cheka, plantada delante del edificio de la KGB? Incluso en Moscú la derribaron: aquí veo a varias parejas hacerse fotos frente a ella. En la de Lenin o en la de Kalinin también han depositado flores de rojo intenso.

Otra nota de Alexiévich:

Mi padre murió recientemente. Él creyó en el comunismo hasta el final. Mantuvo su tarjeta de afiliación al partido. Yo no me atrevo a usar la palabra sovok, un epíteto despectivo para la mentalidad soviética, porque entonces tendría que aplicarlo a mi padre y a otras personas cercanas a mí, mis amigos. Todos ellos vienen del mismo lugar: el socialismo. Hay muchos idealistas entre ellos. Románticos. Hoy en día, a veces son llamados esclavos románticos. Esclavos de la utopía.

Creo que todos ellos podrían haber vivido diferentes vidas, pero vivieron vidas soviéticas.

Minsk. Fotografía: Mariusz Kluzniak (CC).

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Citas extraídas de El fin del «Homo Sovieticus», del discurso de Alexiévich durante su recepción del Premio Nobel y del artículo «Prisoners of Authoritarianism: Alexievich and her Critics», de Volha Charnysh.


Geopolítica cosaca

(Clic para ampliar). La respuesta de los cosacos de Zaporozhia al sultán Mehmed IV de Turquía. Pintado por Iliá Repin entre 1880 y 1891.

En Ucrania a los cowboys y a los piratas se los ha llamado cosacos. Todos forman parte de una misma familia mítica de hombres en los confines de la ley, duros, temibles y libres. Nos muestran que abrir nuevos y grandes campos de libertad es siempre algo peligroso y violento. En el caso ucraniano, una tierra de frontera donde han chocado y arrasado grandes imperios, sin apenas referentes históricos fuertes para cimentar la nación, los cosacos han perdurado como símbolo de la libertad del país. Un símbolo heroico y atractivo, tan violento, fanático y oscuro como lo era su época.

Eran fuertes y llevaban grandes mostachos, botas rojas y pantalones anchos. Se afeitaban la cabeza, dejando solo un largo mechón de pelo que les caía hacia delante. Comían y bebían tanto como indica su nombre. Tarás Bulba, el cosaco romántico creado por Gógol, es claro al respecto: «No queremos pasteles con miel ni guisaditos. Danos un carnero entero o una cabra; tráenos aguamiel de cuarenta años; y danos aguardiente, mucho aguardiente; pero no de ese que está compuesto con toda especie de ingredientes, pasas y otras porquerías, sino un aguardiente puro, que bulla y espume como un rabioso». También cantaban y bailaban como si no hubiera mañana, pero su auténtico hábitat era la guerra y la violencia.

Sus orígenes en el siglo XV se desarrollan, como los de los cowboys o los piratas, en un territorio en disputa, inestable y lleno de nómadas: en este caso, en la gran extensión —sin apenas ley— del centro y el sur de Ucrania, zona que actuaba como frontera entre dos potencias rivales, el kanato de los tártaros de Crimea y la Mancomunidad de Polonia y Lituania. La línea de fortalezas que los duques de Lituania crearon para bloquear a los musulmanes tártaros se empezó a llenar de fugitivos de orígenes diversos —algunos nobles, muchos campesinos, antiguos criminales o esclavos— que buscaron, en este territorio alejado del centro de los imperios, un espacio de libertad en el que poder escapar de su pasado y de las imposiciones de su tiempo. Por algo la palabra «cosaco» —que viene del idioma kazajo— significa ‘hombre libre’ o ‘aventurero’. Aunque en principio servían a polacos y lituanos, los cosacos irán definiendo cada vez más una sociedad propia, semiindependiente de los grandes poderes. Aunque siempre serán más un estilo de vida que una comunidad política fuerte.  

El método para conseguir su libertad, para impedir que un gran imperio los avasallara, era la guerra. Era una libertad que, más que progresar, volvía al «estado de naturaleza» del que hablaba Hobbes, donde se es libre para hacer muchas cosas, incluidas las más violentas. Su justificación para batallar era la religión ortodoxa. En sus combates contra los tártaros y turcos —los cosacos quemaron Constantinopla dos veces— varios Estados europeos los vieron como nuevos cruzados contra el islam. Una justificación parecida a la que utilizaban los corsarios católicos y los piratas musulmanes apoyados por los otomanos, que también saqueaban al margen de la ley con el apoyo de una gran potencia y la legitimidad de un credo. Pero la furia ortodoxa de los cosacos no solo iba contra los musulmanes: «Andréi retrocedió involuntariamente a la vista de un monje católico, objeto de odio y desprecio para los cosacos, que les trataban todavía más inhumanamente que a los judíos», dejó escrito Gógol en Tarás Bulba.  

La capital de los cosacos ucranianos fue la Sich de Zaporozhia, una ciudad situada en la isla Jórtytsia en el sur del río Dniéper, que cruza Ucrania de arriba a abajo. Allí se reunían los cosacos de toda la región, tomando decisiones a través de una asamblea semidemocrática llamada Rada. Las normas del Sich de Zaporozhia eran militaristas y los castigos duros y violentos, un poco al estilo espartano, aunque —en buena parte— bastante más libres que las sociedades de las que provenían aquellos fugitivos que se habían unido a los cosacos. Las mujeres no podían entrar en la Sich. Había gran variedad de comerciantes internacionales, armenios, judíos, moldavos o tártaros, siempre alerta ante un arranque de ira cosaca, que podía costarles el negocio y la vida.

Dos factores han determinado el destino de los cosacos ucranianos: su ímpetu guerrero y su situación geográfica. Cuando empezaron a tomar fuerza, sus primeros ataques se dirigieron contra sus vecinos más cercanos, los polacos católicos. Para evitar más ataques de esta nueva fuerza que se estaba formando en su frontera, los nobles de Polonia decidieron «contratar» a los cosacos para que atacaran a dos de sus enemigos: a los del sur, los tártaros y turcos, y a los del este, los moscovitas. Eso hizo que los cosacos dividieran sus lealtades: algunos se pusieron al servicio de Polonia mientras que otros se mantuvieron independientes, aunque la gran mayoría iban variando de bando según las circunstancias, el odio o las ganancias que ofrecía cada oportunidad. El desarrollo de las armas de fuego fue esencial en su lucha contra la potente caballería tártara. Consiguieron muchísimos esclavos de estas batallas, rompiendo el negocio que los tártaros de Crimea habían construido en el mar Negro, con el que proveían de siervos a los turcos y a otros reinos de Europa Oriental.

Pero el impetuoso espíritu cosaco se volvió varias veces contra Polonia, que, a la vez, intentaba dominarlos cada vez más. Esta lucha antipolaca acabaría reconfigurando la relación de fuerzas en el este de Europa. El debilitamiento de la Mancomunidad de Polonia y Lituania —junto con la otomana— daría pie a una nueva potencia dominante en la zona: Rusia. Los cosacos ucranianos tendrían un papel clave en la transformación a un nuevo equilibrio de poder.

(Clic para ampliar). Entrada de Bogdán Jmelnitski en Kiev, de Mykola Ivasiuk, s. XIX.

La rebelión más importante y sangrienta contra los polacos la encabezó el hetman —líder cosaco— Bogdán Jmelnitski, una de las figuras más influyentes de la «mitología» nacional ucraniana. Sus méritos son contradictorios pero decisivos. Para muchos ucranianos es un pionero de la independencia nacional, que luchó para liberar a las gentes del yugo polaco —por eso en Varsovia es visto como el traidor que debilitó la Mancomunidad y propició su extinción—. Para los rusos es uno de los creadores de la gran «hermandad» entre Ucrania y Rusia, lo que, en parte, supuso la sustitución del viejo imperio dominador polaco por un nuevo imperio dominador ruso. Jmelnitski es así una figura potente y equilibrada, defensor de la Ucrania libre y, a la vez, amigo de Rusia: en Kiev, frente a la catedral de Santa Sofía, todavía sobrevive una heroica estatua del hetman, que apunta con su maza en dirección a Moscú. Un símbolo de los equilibrios que Ucrania ha tenido que realizar en los últimos siglos, haciendo de puente —o de campo de batalla— entre Moscú y Europa Central.

La historia de la rebelión de Jmelnitski representa la lucha de poderes de una época, pero también el espíritu espontáneo y violento de los cosacos. El origen, el contexto y la vida joven de Jmelnitski —en principio— lo alejaban de la revuelta. Nació hacia 1595 en una familia noble y ortodoxa de la Ucrania central. Fue educado por los jesuitas en Jarosław, una ciudad polaca cerca de la actual frontera con Ucrania. Después se unió al ejército polaco, como hacía buena parte de la nobleza del momento. Peleó contra quien tenía que pelear, contra los turcos en Moldavia. Lo capturaron durante dos años. Después se retiró a las tierras agrícolas de su familia, donde pasó veinticinco años. Tuvo una vida relativamente tranquila: fue ascendiendo entre los rangos cosacos, evitó meterse en ningún levantamiento o nueva guerra y se ocupó de su familia y sus negocios en paz.

Y entonces sucedió uno de esos hechos imprevisibles, decisiones que nacen de la ira de un hombre y acaban haciendo temblar imperios. Con más de cincuenta años, Jmelnitski se peleó con un vecino polaco y este, cuando el cosaco estaba ausente, aprovechó para saquear sus tierras, matar a su hijo y secuestrar a la mujer con la que iba a casarse. Jmelnitski pidió reparaciones a las cortes polacas, y estas se negaron. En su sangre bullía la venganza. ¿Cuál fue la solución del cosaco? Cabalgar hasta la Sich de Zaporozhia, y alzar a sus hermanos en guerra contra Polonia.

A la venganza personal se añadían cuestiones políticas. El margen de libertad que los nobles polacos estaban dejando a los cosacos era cada vez menor. La aspiración de Polonia de consolidar el control de su territorio chocaba con los deseos cosacos de preservar —e incluso aumentar— su autonomía política y religiosa. La venganza de Jmelnitski abrió la oportunidad para que los cosacos pudieran revertir la presión polaca en el «territorio libre» que consideraban suyo.

Jmelnitski buscó nuevos aliados entre sus antiguos enemigos, unos que quisieran combatir a los polacos tanto como él: los tártaros de Crimea, que vieron el conflicto contra Polonia como una excelente manera de conseguir esclavos para sus mercados marítimos, consiguiéndolos en cada pueblo que saqueaban junto a los cosacos. La alianza fue un éxito: las huestes de Jmelnitski ganaron batalla tras batalla avanzando hacia Varsovia, el corazón de Polonia. Gran parte de los campesinos ucranianos también aprovecharon para alzarse en armas, asesinando nobles polacos, funcionarios reales, monjes y sobre todo judíos. Los pogromos de  la rebelión de Jmelnitski han quedado para la posteridad como uno de los episodios más oscuros de la historia antisemita de Ucrania.

Después de conquistar casi toda la Ucrania central y occidental, Jmelnitski sufrió una importante derrota contra los polacos, después de que sus aliados tártaros lo abandonaran. Si quería mantener su lucha, debía encontrar un nuevo apoyo. Decidió mirar hacia las lejanas estepas del este. Los rusos, a mitad del siglo XVII, no eran una potencia comparable a los grandes poderes europeos. Su población era la mitad que la de Francia, y la mayoría de sus tierras se extendían hacia la despoblada Siberia. Tenían necesidad de expandir su imperio hacia Europa, y la circunstancia límite de Jmelnitski fue un buen camino para conseguirlo. Ucrania, definitivamente, dejaría de mirar hacia Varsovia y lo haría hacia Moscú. El zar pasaría de ser «el autócrata de toda Rusia» al «autócrata de toda la Gran y Pequeña Rusia», término con el que el Imperio ruso se ha referido al territorio ucraniano desde entonces.

Con esta nueva alianza, la guerra en Ucrania seguiría con enfrentamientos entre polacos, rusos, tártaros y cosacos, hasta que Varsovia y Moscú decidieron firmar un acuerdo de paz, que entregaba a Rusia las tierras ucranianas al este del río Dnieper. Es decir, la mitad derecha de Ucrania. Posteriormente, los cosacos mantendrían una relación con el Imperio ruso que, progresivamente, acabaría con su extinción. Durante el reinado de Pedro el Grande, a principios del siglo XVIII, el líder cosaco Iván Mazepa quiso dejar de lado a Moscú, y aliarse con los suecos en contra de Rusia. Fue una mala elección: Mazepa acabó derrotado, y los cosacos tendrían cada vez menos poder e influencia en su territorio natural. Militares rusos tomarían el control de los regimientos cosacos, y Catalina II —que ya no los necesitaba como fuerza de choque contra los turcos— les dio el toque de gracia. Dividió su territorio, destruyó la Sich de Zaporozhia, dio privilegios nobiliarios rusos a varios líderes cosacos, deportó a buena parte de los guerreros e intentó borrar su memoria colectiva. Con el monopolio del poder en una sola mano, Catalina pacificó ese territorio «libre» que había vivido el asedio de cosacos y tártaros durante decenas de generaciones. Ahora mandaba el Imperio.

Aquí finalizaría la historia «real» cosaca, aunque otra perduraría hasta ahora. A mediados del siglo XIX, el poeta nacionalista ucraniano Tarás Shevchenko se dejó bigote cosaco para exaltar mediante su físico el patriotismo de su literatura. En la guerra civil rusa de 1919, huestes «cosacas» blancas masacraron de manera feroz a «judíos comunistas» en múltiples ciudades de Ucrania. Durante la transición democrática postsoviética, el Parlamento nacional ucraniano cogió su nombre de la Rada, la vieja asamblea cosaca. En la actual guerra del Donbás, varios paramilitares se siguen autodenominando cosacos, tanto en el bando nacionalista como en el ruso.  


Buques rusos frente a ruinas griegas

Fotografía: kvitlauk (CC).

Al llegar en autobús a Sebastopol, la ciudad nos da la bienvenida con un gran arco de triunfo soviético coronado por el perfil de Lenin, bajo el que pasan todos los coches que llegan a la ciudad. Llevo varios días en Crimea y los escenarios se repiten: monumentos dedicados a los soldados fallecidos en la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Guerra Mundial) junto a un fuego que nunca se apaga, iglesias ortodoxas de aspecto nuevo y sencillo, mezquitas tártaras en los bordes de la carretera y añejas estatuas de Lenin, en las que la gente ha dejado flores hace poco. Algunas gaviotas cruzan el cielo.

Llego a la estación de autobuses de Sebastopol y espero a Lena. Su hermano, al que conocí en Moscú, me dijo que ella me guiaría por la ciudad, que me enseñaría todo, ya le ha llamado diciéndole a qué hora llegaré. No tengo ni idea de cómo es Lena ni cómo podremos comunicarnos. Apenas me he topado con crimeos que hablen inglés.

Espero sentado en un banco de la estación con mi mochila al lado. Miro mi móvil. Espero que Lena me pueda llamar, desde que he cruzado a Crimea mi tarjeta SIM rusa dejó de funcionar. Activo el roaming y cruzo los dedos. Mi tarjeta de crédito tampoco funciona. Según Booking, no hay hoteles disponibles para turistas en toda Crimea.

De repente, Lena aparece frente a mi. Sé que es Lena por su sonrisa, una sonrisa de bienvenida muy agradable, un poco nerviosa. Sus ojos son oscuros y chispeantes, enmarcados en sus arrugas de babushka. Como si fuera una ceremonia, casi un juego, me saluda en dos palabras, y me sorprendo porque la entiendo perfectamente: «Buenos días», me dice en castellano.

Y todavía con la sorpresa en mi cara cogemos el autobús para ir al centro de Sebastopol. Lena paga al conductor y me empuja cariñosamente hacia el fondo del vehículo, al asiento que da a la ventana, y va señalándome con el dedo hacia fuera, dejándome claro que no debo dejar de mirar ni un instante esos edificios blancos, marciales y aristocráticos; o a esos jóvenes marinos rusos que pasean en uniforme por la ciudad, con el mar abriéndose al fondo; o al cielo azul grisáceo por el que se deslizan las aves marinas.

Fotografía: Nick Savchenko (CC).

Cuando bajamos del autobús por fin puedo preguntarle a Lena por qué sabe hablar castellano, y me contesta que no lo usaba desde hace casi cuarenta años, cuando lo aprendió gracias a sus amigos cubanos —creo entender que hubo una historia de amor— que habían venido de intercambio a la Unión Soviética, cuando ella estudiaba Farmacia en la universidad. Me explica su historia y a veces, a media frase, se detiene, mira al suelo y busca una palabra enterrada en su mente que no consigue recordar, me mira sonriendo y me la dice en ruso, pero yo no la entiendo, así que los dos nos ponemos a pensar cuál podría ser. La conversación es como un músculo: cuanto más me habla Lena más frases se afianzan en su lengua, y el repertorio de términos que usa va creciendo. Sonríe: «Estoy muy contenta de volver a hablar español».

Llegamos hasta los pies de una pequeña colina convertida en parque, donde nos encontramos grandes estatuas de marinos e ingenieros rusos mientra subimos a la cima. Lena me recuerda que Sebastopol es una «ciudad heroica», una de las decenas de localizaciones donde los rusos han librado grandes batallas. En Sebastopol hubo dos guerras. La primera fue contra los turcos, franceses, británicos y el reino de Cerdeña, entre 1853 y 1856. La gran potencia rival eran los ingleses: esta enemistad abarca desde «el Gran Juego» (la lucha) por el dominio de Asia Central y el Cáucaso durante el siglo XIX hasta los recientes envenenamientos de exespías rusos en Reino Unido, pasando por la intervención británica en la guerra civil rusa posterior a 1917, al bastión anticomunista en Europa que supuso Londres durante la guerra fría. Lena me cuenta que, si uno quiere rememorar esta «primera guerra de Sebastopol», puede hacerlo en compañía de Tolstói, que combatió en este conflicto y lo narró en Relatos de Sebastopol, mezclando la psicología literaria con una descripción casi periodística. En ese momento me doy cuenta de que Tolstói luchó en esta misma colina donde me encuentro, en la que todavía hay cañones antiguos junto a barricadas de sacos de exposición. «Allí podrá observar a los defensores de Sebastopol, allí vera espectáculos terribles y tristes, grandiosos y divertidos, pero todos ellos admirables y que engrandecen el alma», dejó escrito. Perdieron la guerra.

Lena me cuenta que el otro gran conflicto de Sebastopol fue contra los alemanes, contra los nazis, y que fue trágico y heroico porque volvieron a perder, aunque ganaron la guerra. Me lo cuenta con ese brillo en los ojos con el que muchos rusos te hablan del único momento histórico del que todos —comunistas, demócratas, izquierda, derecha— pueden sentirse orgullosos, porque su Madre Rusia aplastó a los extranjeros que la querían violar y avasallar. Lena me propone que vayamos hacia el mar.

Cruzando la ciudad nos encontramos con una estampa típicamente rusa: una estatua de Lenin encarada frente a una iglesia ortodoxa. Le digo a Lena que me encanta el aroma que sale de los templos rusos, y ella me confiesa que recuerda perfectamente la primera vez que lo olió, que fue paseando en Budapest cuando solo era una niña, su padre escribía en el periódico del Ejército ruso y lo habían enviado a la República Popular de Hungría por unos años. Me pregunta si quiero una foto con la iglesia y después una con la estatua de Lenin.

Llegamos hasta el mar. Atardece. Una gran columna con un pájaro negro en la cima crece en medio de las aguas. Lena me dice que la gente recuerda esta columna toda su vida. Hay varias placas y monumentos dedicados a los barcos hundidos en las guerras de Sebastopol. Las tiendas venden sombreros de marino ruso a los turistas. Gaviotas y pájaros negros sobrevuelan cerca de la orilla. Las nubes son altas e inmensas, y la gente se para a mirar el mar Negro en silencio.

Esta es la ciudad rusa fundada en tiempos de Catalina II, el paisaje militar y blanco frente al mar, Tolstói y los cañones, la hoz y el martillo en los buques de guerra.

Pero hay algo más antiguo en esta tierra, algo que desconozco.

Y Lena me dice: «Mañana iremos a Jersonés».

¿Jersonés?

*

Fotografía Aleksandr Konchikhin (CC).

Lena me dijo que quedáramos en la plaza donde ayer me ayudó a cambiar euros a rublos. Solo los locales pueden hacer esta operación. Mi tarjeta de crédito sigue siendo igual de inútil: «Esta operación no está disponible». Llego a la plaza y busco a Tolstói. Lena me dijo: «Quedamos debajo de Tolstói». No lo encuentro por ningún lado, pero veo a Lena de lejos. Me saluda cogiéndome ambas manos y sonriendo. Le digo que no he visto a Tolstói, y me señala un cartel donde sale un joven militar de bigote recortado y pelo negro, colgado de un edificio blanco. ¿Qué es Tolstói sin su barba espiritual? ¿Qué es Tólstoi sin el espesor de ese símbolo bicéfalo, ese símbolo santo que todos los rusos amaban y, a la vez, tanto atormentaba al escritor en su interior, a esa alma cargada de contradicciones y sentimientos de culpa? ¿Qué es Tólstoi sin esa barba con la que quería parecer el hombre más humilde y acabó siendo el ruso más famoso?

Lena me vuelve a colocar en el asiento junto a la ventana del autobús. Nos alejamos del centro de la ciudad y cruzamos bloques de pisos de jrushchovkas y stalinkas —cada líder ruso construía a su manera, Lena me cuenta que los edificios de la época de Stalin son los mejores, de techo alto y espacio decente, después de la Guerra Patriótica la gente tuvo que apretarse dentro de pisos mucho más incómodos y feos—.

Y por fin llegamos a Jersonés. En un campo verde frente al mar veo antiguas ruinas que me parecen griegas, pero que también son romanas, y también bizantinas. Las columnas clásicas de un antiguo templo brillan grises, casi blancas, al sol. Muros derruidos de piedra muy vieja delimitan los lugares donde habían casas. La hierba crece en medio de ellos. Una muralla troceada defiende un flanco de la ciudad. En medio de un templo derruido, florece un pequeño altar pagano. Entre los restos de una basílica bizantina hay grandes piedras que llevan grabada la menorá judía. A lo lejos veo un anfiteatro romano. ¿Realmente estamos en Crimea?

Voy leyendo los carteles situados entre las ruinas y voy enterándome de la historia, que lo que Lena me repetía como Jersonés es la colonia griega del Quersoneso, que los dorios de Heraclea Pontica —en la actual costa turca que se opone a Crimea— fundaron en el siglo IV a. C., en la tierra de los táureos, los habitantes locales. La localización del Quersoneso lo hizo perfecto para el tráfico marítimo, y la ciudad fue creciendo como uno de los grandes enclaves griegos del mar Negro. Se sucedieron las batallas por su control contra los escitas y los táureos, acabando finalmente en manos del Imperio romano, que hizo del Quersoneso su guarnición. De allí despegaban sus naves hacia los enemigos asiáticos.

Mientras yo paseo entre las ruinas, Lena se queda sentada mirando a lo lejos. Le duelen los tobillos desde hace meses. Cuando me acerco a ella, me dice: «Esta es la cuna de Rusia». Y me cuenta que aquí, en el Quersoneso, bautizaron al rey Vladimiro de Kiev, y que a partir de entonces Rusia ha sido cristiana. Todo sucedió aquí, cuentan las crónicas del momento. Recuerdo que en Moscú vi una gran estatua de Vladimiro, apoyado en una cruz gigantesca. ¿Qué es Rusia sin el cristianismo ortodoxo?  

Al desmembrarse el Imperio romano, el Quersoneso pasó a ser el enclave más importante para Bizancio en el norte del mar Negro. La lucha por la hegemonía religiosa entre paganos y cristianos en Europa Oriental no estaba para nada decidida. Cuando una insurrección proveniente de Asia Menor puso en juego a Constantinopla —incluyendo su control sobre el Quersoneso—, el emperador Basilio II pidió ayuda al rey bárbaro Vladimiro de Kiev. Este exigió como pago la mano de Ana Porfirogéneta, la hermana del emperador bizantino. Para superar el escollo de casarla con un pagano, se exigió a Vladimiro su conversión al cristianismo. Su bautizo, cuentan los rusos, se produjo en el Quersoneso.

Lena se levanta y me acompaña a caminar entre las ruinas. A lo lejos vemos la catedral del Quersoneso, reconstruida y de estilo neobizantino, que conmemora el bautizo de Vladimiro de Kiev. Fue cerrada por los bolcheviques y después destruida por los nazis. Cuando nos acercamos a pocos metros de unas hermosas columnas clásicas, Lena me coge de las manos y me dice: «Yo voté en el referéndum». Y me pide que mire sus ojos, de los que casi le caen las lágrimas de emoción. Me dice que cuando votó para volver con Rusia fue uno de los días más felices de su vida. Que ella ama a Ucrania, pero que con la caída de la Unión Soviética se encontró de golpe como extranjera viviendo en Sebastopol. Pero que ahora ha vuelto con su Madre Rusia, y es feliz. Yo no sé qué responderle. Se limpia las lágrimas y me dice que siga caminando solo, que a ella le duelen los tobillos.

Ya pasado el legendario bautismo de Vladimiro, la decadencia del Quersoneso empezaría a profundizarse. En el siglo XIII, los mongoles y los tártaros destruyeron buena parte de la ciudad mediante ataques y saqueos. Ya en el siglo XV, de la antigua colonia griega solo quedaban estas ruinas.

Sentado en el muro derruido de una casa griega o romana, miro el mar Negro. Un buque de guerra ruso cruza por delante de la playa, haciendo un sonido extraño. Varios aviones militares atraviesan el cielo, dejando una estela blanca.

*

Balaklava. Fotografía: Alexey Tishin (CC).

¿Qué significa Crimea para los rusos? Llegamos a la última parte de nuestro viaje, a la bahía de Balaklava. Con el autobús hemos pasado por delante de la farmacia donde Lena todavía trabaja algunos días, a pesar de su edad.

Al llegar a la bahía, dos paseos marítimos se abren a cada lado. Hacia la derecha está el pasado comunista. Lena me explica que varios de los edificios abandonados que vemos son talleres donde antes se reparaban los buques de guerra soviéticos. También hay una pequeña fábrica vacía, probablemente de siderurgia. Más adelante encontramos la base secreta de submarinos soviéticos, que ahora es un museo. Estaba protegida de manera que pudiera soportar una explosión nuclear. Al final del paseo hay una pequeña playa, y placas de recuerdo a los marineros rusos caídos contra los nazis.

Junto al mar hay viejos con cañas de pescar tiradas al agua, que pasan el tiempo mientras el sol va descendiendo. Hace pocos días, una amiga crimea me dijo que los hombres rusos van tanto a pescar porque así tienen una excusa para salir de casa y beber vodka sin que la mujer los vea. Yo me reí, hasta que me di cuenta de que mi amiga lo decía con una cara muy seria.

Cruzamos al paseo marítimo del lado contrario, a la izquierda. La Rusia postsoviética. Hay tiendas de souvenirs y objetos para la playa, yates atracados en el puerto y bares de los que sale música tecno. Caminamos hasta el final, donde hay un pequeño sendero que lleva a una de las montañas que delimita la bahía. Las piedras del camino no se lo ponen fácil a los tobillos de Lena, pero me dice que va a subir igual. Le ofrezco ayuda varias veces y me dice que no. Después de un rato andando por el sendero, el mar Negro se abre ante nosotros. Es inmenso y embobante, oscurecido por los colores de la tarde. «Te acordarás de Crimea», me dice Lena.

Subo hasta una torre derruida de la cima de la montaña, mientras Lena se queda mirando el mar. La construyeron los genoveses en el siglo XV, como hicieron en otros puntos claves de Crimea. A los pies de la torre, una pareja vestida de chándal mira el paisaje mientras suena música electrónica en su teléfono móvil. Yo camino hasta la parte más alta de la edificación, desde donde se ve toda la antigua bahía soviética, otras torres genovesas y el inmenso mar Negro.

Y me doy cuenta de que Crimea es mucho más que el puro presente. Que las ruinas griegas y romanas donde caminé o la torre italiana en la que estoy no se pueden desligar de los edificios blancos de la vieja Sebastopol zarista, de las iglesias ortodoxas donde se besan iconos de santos o de las placas soviéticas que recuerdan a marineros muertos. Que Crimea es tanto Europa como Rusia, una doble frontera y una doble entrada, donde se mezcla la historia y el pasado, donde hay un equilibrio entre lo común y lo distante. Y que por eso seguirá siendo tan importante.


Irene Polo, la mejor periodista de la República

Irene Polo y Buster Keaton fotografiados por Gabriel Casas y Galobardes; imagen de portada de La fascinació del periodisme. Cròniques (1930-1936). Fotografía: Arxiu Nacional de Catalunya.

Hace ya varios años, cuando estaba en la universidad, nos mandaron leer unos cuantos artículos de periodistas catalanes del siglo pasado. Tenía ganas de echar una ojeada a Pla, ese escritor del que todo el mundo seguía hablando, y leer alguna cosa de Sagarra y Maragall. Entre el pack de lecturas me dieron una crónica de una chica de veinticinco años escrita en 1934, que empecé a leer un poco para quitármela de encima y ponerme con los importantes. El título: «Cómo ha dado el primer paso el fascismo de España». Hum, no está mal. Leídas las líneas iniciales: trata de una periodista que se hace pasar por simpatizante de las Juventudes de Acción Popular de Gil Robles y se infiltra en la gran y tensa manifestación que realizaron en 1934 en el Escorial. Vale, interesante. Varios minutos después, acabé el artículo fascinado. Era fluido y eléctrico, con diálogos irónicos e inteligentes, descripción casi cinematográfica y detalles que reconstruían esa vieja realidad en tus retinas. No tenía nada que envidiar a las crónicas de Chaves Nogales, y el estilo era igual de vibrante. ¿Quién era esa joven que a los veintiséis años dejó el periodismo, después de seis años de ganarse la fama y el respeto de sus colegas? ¿Quién era esa reportera a la que la FAI y las milicias paramilitares de ERC se la tenían jurada, y que se suicidó en Argentina a los treinta y dos años? ¿Quién era la fascinante y casi desconocida Irene Polo?

Al cabo de un tiempo me puse a investigar. La periodista que tanto me gustaba —de vez en cuando leía sus crónicas como un intento de que las mías fueran menos aburridas— había nacido en la Barcelona de 1909. Según explicaba en un artículo, recordaba sus días de niña en el barrio de Poble Sec, ese que empezaba (empieza) en la gran avenida del Paral·lel —canalla y obrera, de teatros y cabarés—. Desde su casa podía ver el edificio de la Fraternidad Republicana, donde de vez en cuando se paseaba el famosísimo Alejandro Lerroux. Demagogo, querido por los vecinos, anticatalanista y anticlerical, era asiduo a las grandes butifarradas y comilonas que los «republicanos radicales» celebraban en Viernes Santo para jorobar a la Iglesia. Irene Polo también sería republicana, pero de las catalanistas, alrededor de la amplia hegemonía política que ganaría Esquerra Republicana de Catalunya en los años de la República, mientras el viejo anticlerical Lerroux se escoraba a la derecha y entraba en el Gobierno español con los conservadores contrarios al nuevo régimen.

Polo creció en esa Barcelona prerrepublicana y pasó buena parte de su juventud —hasta los veinte años— trabajando para sacar adelante a su madre y a sus hermanas, después de que su padre, guardia civil, muriera cuando ella era pequeña. Trabajó de oficinista, y allí se dio cuenta de que la dignidad y el sufrimiento de los trabajadores no eran exclusivos de los obreros manuales. Las amenazas y el control «carcelario» de la gente que trabajaba en despachos, «esos hombres y esas mujeres encogidos, de color amarillo cadáver» eran otra forma de explotación menos explícita e idealizada. Pero el trato podía ser el mismo: al quejarse de una reducción de salario de ella y sus compañeros, acabó despedida. Durante esos años se había estado formando de manera autodidacta, leyendo libros y estudiando francés. Y dio el salto al periodismo con la nueva revista Imatges, que dirigía un joven parecido a ella, Josep Maria Planes.

Tanto Planes como Polo son recuerdos de una Barcelona intensa y moderna, que poco tenía que envidiar de París. Si uno lee las crónicas nocturnas de Planes —tours etílicos que hacía en compañía de su amigo Sagarra—, puede ver que el cóctel, el traje y la música hiperactiva no eran solo cosa de ciudades como Nueva York. Polo y Planes fueron jóvenes de la izquierda liberal republicana, defensores del orden y de la justicia social catalanista, que las fuerzas totalitarias aplastarían. Los dos denunciaron el fascismo que llegaba, la guerra sucia de algunos sectores paramilitares de ERC y el anarco-bolchevismo de la FAI, que amenazó a ambos periodistas y que, en el caso de Planes, acabó a tiros con su vida en el margen de una carretera, recién comenzada la Guerra Civil. Eran tiempos vibrantes, peligrosos, esperanzadores e inciertos.

En Imatges, Irene Polo dio sus primeras muestras de calidad periodística. En una de las fotos más famosas que le hicieron, se la ve al lado de Buster Keaton, que está haciendo bromas con su sombrero mientras ella apunta cosas en su libreta y se le escapa la risa. Este retrato se hizo mientras Polo escribía una crónica para Imatges de la llegada de Keaton a Barcelona. Se fue con él, con la actriz y mujer de Keaton, Natalie Talmadge, y con el actor Luis Alonso a pasar el día a la playa de Sitges. A final de su artículo, cuenta que le explicó a Keaton cómo decir «Good bye» en catalán y que, en el momento de decir «Adéu», a Buster Keaton, el hombre que nunca sonreía, se le escapó una gran carcajada.

Otra crónica famosa de Imatges fue su intento de entrevistar a Francesc Cambó, en la que explica cómo ella y su fotógrafo intentan hacerle unas preguntas al gran político conservador catalán, persiguiéndolo por toda Barcelona, pero sin éxito. Como en muchos de sus artículos, Polo simplemente sale a la calle a buscar y a describir, y convierte sus fracasos periodísticos en éxitos narrativos. Es, en versión breve, el método que Gay Talese popularizó en Frank Sinatra Has a Cold.

Cuando Imatges cerró tras pocos números en circulación, Irene Polo fue paseándose por diferentes cabeceras de la época. El panorama de diarios catalanes era inmenso: la explosión política venía acompañada de una gran ola mediática. Polo ficharía por La Humanitat, un periódico vespertino defensor del catalanismo republicano y dirigido por el futuro presidente catalán Lluís Companys. Allí nuestra reportera perfeccionaría el arte de sus entrevistas breves, como la que le hizo a la diputada Clara Campoamor sobre feminismo y el voto de la mujer. Si uno la lee, parece que Polo le haya puesto un micrófono a Campoamor y le esté realizando una entrevista en directo, ágil y espontánea.

El rotativo en el que Polo publicaría buena parte de sus mejores trabajos fue La Rambla, un diario inicialmente deportivo que fue añadiendo reportajes políticos de fuerte interés. La diversidad de temas sobre los que Polo publicó muestra que se divertía escribiendo sobre casi cualquier cosa. Hizo una entrevista a Pío Baroja cuando vino a pasar unos días a Barcelona, charlando de literatura y política entre las paredes del Ateneu Barcelonès, centro de tertulia de los grandes literatos catalanes del momento. Dedicó también varios artículos a la moda femenina, escribiendo crónicas irónicas sobre el escote o la batalla del pantalón contra la falda. Incluso realizó una breve entrevista con Mefistófeles, fumándose un cigarrillo con él y quejándose de la expansión de la cirugía estética en cada vez más rostros.

Una de sus mejores crónicas en La Rambla fue el seguimiento de las elecciones al Parlament de Catalunya que hizo en 1932, paseándose por su antiguo barrio, el Paral·lel, para ver cómo transcurría la jornada electoral en el histórico feudo «radical» de Lerroux. Esta crónica es un retrato del régimen que nacía y de las fuerzas que batallaban en su interior. El Paral·lel, explica Polo, ha pasado de apoyar a Lerroux a votar a Francesc Macià. Hay una nueva hegemonía electoral de izquierda catalanista en Cataluña. Pero Polo no se queda con lo fácil: cruza al otro lado de la montaña de Montjuïc, en la ladera opuesta a la del barrio del Paral·lel, y se encuentra con un panorama muy distinto, con barrios de inmigrantes murcianos, aragoneses o extremeños donde la mentalidad es profundamente anarquista y casi nadie vota. Las paredes están llenas de grafitis de la CNT y la FAI: «OBREROS, NO BOTEIS. FAI», «OBRERS, NO BOTEU. FAI», «VIVA EL COMUNISMO LI VERTARIO». Pese a esta honda diferencia, todo transcurre de manera tranquila. Polo tiene incluso tiempo para entrevistar a un sepulturero del cementerio de Montjuïc que va de camino a votar, y le interroga sobre si los muertos se han portado bien y no han salido a echar papeletas, como en anteriores elecciones.

La conflictividad en tiempos de la República también apareció en sus crónicas de La Rambla. Investigó la revuelta libertaria de Sallent, donde las deplorables condiciones de los inmigrantes españoles —algunos vivían en corrales de cerdos— se mezclaban con la violencia de sus acciones huelguistas. El conflicto entre la población local de Sallent y los recién llegados —donde la incomprensión, la pobreza y la virulencia política hacían de gasolina y mechero— reflejaba de manera cruda el choque entre dos comunidades que se veían lejanas, aun compartiendo su condición de clase obrera y una presunta identidad común española. Polo intentó llegar al fondo del asunto, a las condiciones que generaban este conflicto. Una postura mucho más madura —sin buenismos ni xenofobias— que gran parte del trato que da el periodismo actual a los conflictos entre comunidades locales e inmigrantes, en los que busca más reforzar los prejuicios propios que comprender la realidad.

Polo pasaría por otro diario, L’Opinió, donde mostró su faceta más política. Este periódico era el rotativo oficial de ERC al iniciarse la República. Con el paso de los meses, un grupo de políticos del partido, encabezados por Joan Lluhí, crearon una corriente interna alrededor del diario, crítica con el autoritarismo de Macià y las acciones violentas de los escamots paramilitares de Estat Català, la facción más nacionalista de Esquerra Republicana. L’Opinió se acabaría separando de ERC por estas discrepancias, y el grupo encabezado por Lluhí crearía el Partit Nacionalista Republicà d’Esquerra, junto a políticos de peso como Josep Tarradellas. En ese momento fue cuando Irene Polo entró a trabajar en L’Opinió.

La periodista, comprometida con el sindicalismo —participó en la fundación de la Agrupació Professional de Periodistes— y las mejoras de vida para la clase trabajadora, escribiría duros textos contra la FAI, a la que acusó de jugar con la vida de los obreros en huelgas y revueltas inútiles, y haber degradado todavía más sus condiciones en pos de objetivos extremistas. La «Soli» (Solidaridad Obrera, el diario de la CNT) le contestaría: «Irenita es fresca como su apellido. Ayer tuvo el atrevimiento (no queremos decir poca vergüenza, por respeto al sexo) de presentarse en el Sindicato del Ramo de Construcción para hacer una información (¡bueno, esto de la información es un decir!) sobre el conflicto que estos camaradas tienen planteado […] Doña Irene, la fiera corrupia de las Ramblas, que por su hermosura ostenta el título de “Miss Opinió”, ha visto los “colmillos” de la FAI. Doña Irene, ¿no se la tiraron a usted por la ventana? Es que aún tenemos educación. Lo cortés no quita lo valiente, maca dona de las grandes gafas».

En L’Opinió también publicó el artículo sobre el crecimiento del fascismo en España (con el que he empezado este texto), y —quizá más destacado— no dudaría en criticar a «los suyos», al catalanismo republicano, cuando creyó conveniente. Polo investigó la desaparición de Viriat Milanès, un confidente de las juventudes armadas de Estat Català, enfrentadas en una guerra sucia contra los anarquistas de la CNT y la FAI, lucha en la que abundaron los secuestros, los puñetazos y las pistolas. Explicó las torturas y palizas a las que los jóvenes paramilitares nacionalistas sometían a los anarquistas capturados, e indagó en la desaparición del confidente Milanès, un joven de apenas diecinueve años, consiguiendo pruebas de que había sido secuestrado por las juventudes de Estat Català para silenciarlo. Polo también atacaría a su antiguo periódico, La Humanitat, por intentar tapar este caso y ser «defensores y encubridores de estas hordas brutales que pretenden hacer ver que se toman la justicia por su mano y hoy le rompen la cabeza a Manuel Brunet [periodista], y mañana dan una paliza al señor Vinyals, su esposa y su hija; otro día asaltan el Ayuntamiento pistola en mano y el otro secuestran y atormentan a unos obreros —a unos humildes obreros—, y otro día asaltan una imprenta y amenazan de muerte a los redactores de un semanario». Polo no quería que «con la República y bajo el régimen de un partido titulado liberal y popular, puedan ocurrir en nuestra casa las mismas cosas que nos han contado de las dictaduras americanas».

La periodista escribió en L’Opinió hasta que el diario fue cerrado por el Gobierno español en 1934, argumentando su vinculación con el mundo de ERC, después de que Companys hubiera proclamado el Estado Catalán dentro de la República Federal Española en reacción al nuevo Gobierno conservador de la República, al mismo tiempo que se producían revueltas obreras alentadas por los partidos y sindicatos de izquierda en las cuencas mineras de Asturias y Castilla y León. Con L’Opinió y otros diarios catalanistas republicanos clausurados, Polo empezó a escribir para L’Instant, una cabecera relativamente independiente de los partidos políticos. Cubrió el encarcelamiento del gobierno de Companys y sus juicios posteriores, y entrevistaría a políticos exiliados como Indalecio Prieto en París. Pese a su relevancia, estos artículos aparecerían con multitud de frases tachadas por la censura que el Gobierno conservador había puesto en marcha. Sus pocos artículos que quedarían íntegros serían las «postales» que dedicó a su querida isla de Ibiza, donde ya empezaba a florecer el turismo masivo y en cuyas playas Polo practicó su afición al nudismo y tuvo un desengaño amoroso «ibicenco… y desgraciado» con una mujer (sexualidad que nunca escondió), lo que le haría plantearse pasar una temporada alejada de Barcelona cuando tuviese la oportunidad.

Última hora, un vespertino lanzado por ERC, fue el lugar donde Polo escribiría algunas de sus últimas páginas, en 1936. Una entrevista que realizó a la actriz Margarida Xirgu, donde comentaron la reciente muerte de Valle-Inclán, abrió un camino inesperado en su vida. Xirgu le propuso acompañarla con su compañía teatral por Latinoamérica, y Polo aceptó emocionada. Un centenar de periodistas y personalidades le harían una cena de despedida por todo lo alto. En una foto de esa comida, se ve a Polo rodeada por decenas de hombres trajeados, que la trataron y respetaron como a una igual en ese masculino mundo de las letras. El diario El Diluvio dejó escrito sobre esa velada: «El acto resultó muy brillante, poniéndose de manifiesto las muchas simpatías que ha conquistado la señorita Irene Polo en los medios periodísticos por sus dotes de inteligencia y sencillez, un gran compañerismo y amor a la profesión que ha enaltecido su trayectoria». Varios diarios más se llenaron de elogios hacia ella y su trayectoria. Recordemos: tenía veintiséis años.

Todos sus colegas veían ese viaje a las Américas como un paréntesis, y la misma Polo dejó claro ese plan de acción en una entrevista con el diario La Noche, antes de marcharse:

—Pero ¿serás tránsfuga del periodismo?

—De ningún modo. Amo la profesión con toda mi alma y por ello también me encanta el viaje, ya que pienso preparar grandes reportajes y al regresar me reintegraré a mi labor periodística.

En esos años americanos, Polo se encargó de organizar los tours de la compañía teatral de «la Xirgu» por el continente. En España estallaría la Guerra Civil y el franquismo saldría victorioso. Polo sería una más de esa generación exiliada, de esos intelectuales liberales y republicanos que defendieron el orden ante el extremismo de la FAI, pero que por nada habrían dado apoyo a la dictadura nacionalcatólica y anticatalana de los insurgentes. Cuando la compañía teatral de Xirgu se disolvió en 1939, Polo se quedó viviendo en Buenos Aires, haciendo traducciones del francés y trabajando de directora de publicidad. Consiguió que su madre y sus hermanas pudieran viajar hasta Argentina con ella.

En el exilio, el vigor y la alegría de Irene Polo fueron decayendo. La correspondencia con su amigo Miquel Vilà muestra su descenso a lo más oscuro. 21 de abril de 1941: «[…] estoy muy desanimada; a mí quizá no me pasará nada porque tengo una gran suerte; pero ¿qué me importa eso si tengo que ver lo que le pasa a la gente que quiero? La gente liberal de este país está internada, los españoles reclamados por el Gobierno franquista serán enviados a Madrid […] Es el paso de una era del mundo a otra era […]». 23 de septiembre de 1941: «[…] estoy pasando unos días muy malos. Tengo un decaimiento nervioso terrible, y una angustia que no sé si podré resistir […]». 25 de  noviembre de 1941: «[…] No estoy bien todavía y creo que tardaré mucho en estarlo. Tomo potingues sin parar y por fuera me hacen algún efecto; pero este pequeño efecto no es suficiente. […]». 23 de febrero de 1942: «Ya has visto que el pobre Zweig se ha matado con su mujer, también cansado de América, seguramente. […]».

El 4 de abril de 1942 el diario La Nación de Buenos Aires informaba del suicidio de Irene Polo, a los treinta y dos años. La noticia de su muerte fue llegando, poco a poco, a todos esos periodistas con los que había trabajado, codo con codo, en esos seis años brillantes y excepcionales, tan fascinantes como ella.

(Las crónicas mencionadas están recopiladas en «La fascinació del periodisme», donde, además, Glòria Santa-Maria y Pilar Tur hacen un buen repaso a la biografía de Polo.)


Diario de Moscú (1917-2017)

Fotografía: Syuqor Aizzat (CC).

2 de noviembre de 2017

Ayer, cuando aterricé en Moscú casi entrada la noche, el viento helado me llevó del avión al tren, y del tren a mi hostal. Cuando llegué a la dirección señalada, en una calle oscura que finalizaba en una gran iglesia, no vi mi alojamiento por ningún lado. Pregunté a un oficinista que pasaba por allí. Me respondió malhumorado en ruso y se marchó a paso rápido. En una cafetería próxima, volví a preguntar y me dijeron que ellos eran la recepción del hostal. A través de una puerta trasera se llegaba a unas escaleras grises y muy frías. En el tercer piso estaban las habitaciones, bloqueadas por otra pesada puerta de metal. Dejé mi mochila y me senté en una de las literas.

¿Qué hago en Moscú? Vengo a buscar los símbolos (¿todavía estarán?) de la Revolución bolchevique de 1917, y de su prolongamiento durante casi setenta y cinco años. Ayer, después de darme una ducha muy caliente y ponerme calcetines más gruesos, salí a buscar algo rápido de cena, alejándome un par de calles. En esa distancia tan corta, tan breve que mis orejas no tuvieron ni tiempo a enfriarse, me crucé con una placa con la cara de Lenin en un edificio público que estaba a oscuras. Qué fácil, pensé, es una buena señal.

Y hoy voy en busca de más. Como no he quedado con nadie ni hay ningún acto de celebración del centenario, me voy a dar un tour comunista por el centro de Moscú. Para llegar hasta allí, me doy un baño de masas en el metro de la ciudad, que siempre está a rebosar. Las escaleras mecánicas para bajar a la estación son larguísimas; la profundidad crea un ligero mareo si miras hacia abajo. Aunque descubrir los ojos de una rusa que sube por la escalera opuesta tiene el mismo efecto tambaleante, así que mejor mirarse los pies.

Las estaciones de metro de Moscú están llenas de hoces y martillos, de suelos de mármol dignos de un palacio, de figuras de proletarios y campesinos blancas y relucientes, de lámparas exuberantes de salón de baile. Es un aristocratismo obrero que causa impresión. La gente entra a montones en los vagones, que son pequeños y muy rápidos. Bastantes pasajeros leen libros viejos, aprovechando los huecos entre ruso y ruso, conservando el equilibrio a pesar de la velocidad, absolutamente concentrados.

Salgo del metro cerca de la Plaza Roja, por donde tengo muchas ganas de caminar, pero —al alzar la mirada— veo una indicación que me llama la atención. Si camino hacia la izquierda, encontraré un «Monumento a las víctimas del totalitarismo», que no tenía ni idea de que existía. Me desvío hacia allí por una gran avenida —traducido a medidas no-rusas: una avenida gigantesca— hasta llegar a un edificio color crema que me resulta siniestramente familiar. Lo conozco gracias a Alekséi Feodósievich Vangengheim, que estuvo encerrado allí en 1934, acusado de crímenes contra el Estado soviético. Fue deportado al campo de concentración de Solovetsky —un archipiélago cerca de la frontera con Finlandia— y posteriormente fusilado, como miles de rusos durante el Gran Terror de Stalin. Su historia la recogió el escritor Olivier Rolin en un libro llamado El meteorólogo: leyéndolo aprendí este nuevo nombre, Lubianka. Lubianka puede ser la plaza donde me encuentro, la parada de metro que está detrás de mí, o este gran edificio amarillento, al que todavía se agarran como insectos negros —tienes que acercarte para verlos— centenares de hoces y martillos a lo largo de toda su fachada. Era el cuartel de los servicios secretos soviéticos durante esos sangrientos años treinta. Me da incluso respeto hacerle una fotografía, como si estuviera delatando algo que quiere pasar inadvertido, algo frente a lo que pasan miles de rusos cada día sin ni siquiera notar su presencia.

Miro a mi alrededor para encontrar el monumento a las víctimas del totalitarismo, pero no lo veo por ningún lado. Busco fotos por internet y aparece un pequeño parque con una gran roca —traída de Solovetsky, donde El meteorólogo que hace de memorial. También leo que, en su lugar, antes había una estatua de Félix Dzerzhinski, el fundador de la Checa (los servicios secretos). La derribaron y trasladaron cuando cayó la URSS. Entonces me doy cuenta: en ese pequeño parque ahora están haciendo obras, así que no puedo pasar y ver la gran piedra ante la que cada año activistas rusos se ponen a leer nombres y nombres y nombres de los ejecutados por el régimen soviético. Dicen un apellido tras otro durante muchas horas, hasta que se acaba el día pero no su lista de asesinados, que nunca podrán recitar entera. Se marchan, y solo se queda la gran piedra y la Lubianka.

En la Plaza Roja. La catedral de San Basilio, al lado del Kremlin, me tiene fascinado. Sus cebollas enroscadas y multicolores tienen algo psicotrópico y atractivo. Parece una de esas tartas coloridas de pastelería cara, de techo azucarado labrado con formas imposibles, que hace que el pastelero merezca un gran aplauso. El problema es que estas tartas están más hechas para el escaparate que para el estómago. ¿Cuánta gente se habrá convertido al cristianismo ortodoxo al contemplar San Basilio? En cambio, ¿cuántos infieles se habrán visto golpeados por la inmensidad de San Pedro en Roma, por esa legión de santos hercúleos que observan desde las alturas a todo aquel que entra en el gran templo del catolicismo?

Como la cosa va de religiones, me pongo a hacer cola en el mausoleo de Lenin. Mientras espero, comprendo por qué los abrigos de los moscovitas son tan largos: para evitar que se te congelen las piernas. La mayoría de gente que tengo a mi alrededor habla ruso o, en menor cantidad, mandarín. Pasamos por un detector de metales y, tras casi media hora, nos dejan entrar. El interior está oscuro, los ojos tienen que acostumbrarse. En cada esquina hay unos vigilantes que, al aproximarte, te indican con un movimiento mecánico y mudo la dirección que debes tomar. La caja de cristal que contiene a Lenin está en una habitación todavía más oscura: la única luz sale de la cabeza del muerto. Parece un muñeco de cera al que le hayan instalado una bombilla en el cerebro. Uno de sus puños está cerrado. Mientras salgo del mausoleo, me doy cuenta de que un par de guardias están charlando en voz baja. Este detalle me da la diferencia respecto a otras momias famosas, como la de Mao Zedong o la de Ho Chi Minh —que, por cierto, copiaron descaradamente el diseño de interiores del dictador soviético—. Que estos dos guardias rusos estén murmurando muestra que hay respeto por Lenin, pero no tanto. En el caso chino y el vietnamita no creo que un soldado se atreviese a hacer eso en un lugar tan sagrado, en la tumba del padre fundador del Partido Comunista gobernante. Pero en Rusia Lenin es un símbolo de la nostalgia, no del poder; hay quien le deja flores, pero no hay ningún mandamás que cite sus teorías. Es la momia más famosa pero la menos influyente.    

Al salir del mausoleo, decenas de tumbas de héroes o líderes soviéticos acompañan al primer bolchevique. Algunos incluso tienen bustos, pero solo reconozco a Stalin. Es el más popular: mucha gente le ha dejado flores (rojas) y una señora se arrodilla ante él. Un chico le pregunta a una guardia de seguridad si puede tomar una foto de Stalin y ella le dice que sí, que no pasa nada. En la mayoría de tiendas de souvenirs venden chapas de Stalin, imanes de nevera de Stalin, pegatinas de Stalin para el coche y matrioskas con el bigote de Stalin. A la gente no le importa, y algunos incluso las deben comprar.

Salgo del cementerio oficial y me meto en el GUM, el lujoso centro comercial de la Plaza Roja. Mi nariz está congelada, pero nada más entrar veo a varios rusos comiéndose con alegría un cucurucho de helado. No hay demasiada gente. En el aire suena música clásica cantada en ruso. En los escaparates hay voluptuosos abrigos de pieles y chaquetas dignas de un príncipe. Los rusos saben vestirse de invierno y nosotros no. Me da vergüenza entrar en ninguna tienda tal y como voy vestido. Así que me contento con vagar por el centro comercial, hasta que me topo con una exposición sobre los vestidos de la aristocracia en la época de los Romanov. Y me digo a mí mismo: en la Plaza Roja caben todos.

3 de noviembre de 2017

Ministerio de Exteriores. Fotografía: oarranzli (CC).

Ante el Ministerio de Exteriores de Rusia. Quiero hacerle una foto con el móvil, pero no me cabe entero en la pantalla. Tiene forma catedralícea y parámetros mastodónticos; como la inmensa mayoría de edificios (todos los que veo no paran de recordarme la lección) todavía conserva los símbolos del régimen soviético. Es una celebración del poder monstruoso del Estado a través de la arquitectura. No creo que la permanencia del actual Gobierno ruso en estas oficinas sea casual.

Vuelvo a las profundidades del metro y viajo hasta la exposición soviética del noreste de Moscú, donde he quedado con Vladimir, ruso, disidente, jubilado, de familia cosaca. Sabe a lo que vengo: a que me cuente la historia de su país, lo que inevitablemente llevará a su propia historia. Aparece frente a mí y me saluda; es bajo, con gafas y gorra deportiva. Subimos las escaleras mecánicas sin saber muy bien qué preguntarnos. Pero cuando el asunto se desvía a la política, Vladimir sabe muy bien qué contestar:

—¿Y como está la situación en Rusia…?

—Ahora tenemos a Putin, el dictador. Nosotros participamos en la revolución democrática de los años noventa, cuando cayó la URSS… Yo soy socialdemócrata, no comunista, ¿sabes? No me gustan las manifestaciones del 7 de noviembre donde sacan retratos de Stalin. Nosotros, los demócratas de izquierdas, participamos en la revolución democrática, pero luego vinieron años económicos muy duros… A mucha gente no le gusta que le hables de democracia, les recuerda esos malos tiempos. Y después de nuestra revolución vino la reacción. Putin y los del KGB, que ahora gobiernan.

Caminamos hasta una estatua gigantesca, El obrero y la koljosiana, en la que un proletario y una campesina, metálicos y poderosos como semidioses, alzan su hoz y su martillo mientras caminan hacia delante. El viento les ciñe la ropa a sus vigorosos torsos. Están colocados en la cima de un edificio, para que puedan verse desde varios puntos de la ciudad. A su lado se abre, extensísima, la antigua VDNKh («Exposición de logros de la economía nacional»), un conjunto de edificios impresionantes, de estilo barroco estalinista, pretenciosos, en el que predominan los blancos y dorados, dotado de una especie de neoclasicismo que sustituye a Hércules por un cooperativista cargando un fajo de trigo, y el carro de Apolo por un cohete espacial.

—Como te decía, los demócratas de izquierdas hemos estado en todas las protestas contra Putin. Incluso editamos nuestra propia revista. El otro día fui a la Biblioteca Lenina y vi que la tenían, todavía no nos la han retirado… Todos los que vamos a las marchas contra Putin nos conocemos, somos los de siempre, los que también estuvimos durante la revolución democrática. Pero en 2011 apareció mucha más gente joven en las protestas. Buena parte se han quedado y siguen manifestándose con nosotros. A veces la policía viene a pegarnos y suelen detener a gente. Algunos acaban encerrados en prisión.

Visitamos un museo de historia rusa que hay en uno de los pabellones de la exposición. Vladimir me va contando detalles o anécdotas de cada zar frente al que pasamos. Cuando habla de historia rusa es cuando más le veo sonreír. En la zona dedicada a la etapa soviética, me explica los enfrentamientos y purgas entre bolcheviques. Me habla de la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Guerra Mundial), donde los soviéticos derrotaron a los nazis, con una chispa de orgullo en sus ojos.

Al salir del museo, buscamos un lugar para comer, dentro del recinto. Cruzamos ante una gran aeronave de exposición y Vladimir me pregunta:

—Aquí hay el museo de la técnica, por si quieres ir luego… ¿te interesa el tema?

—Hmm, la verdad es que no conozco mucho sobre esto…

—A mí de pequeño me interesaba mucho. Cuando era joven, estudié y trabajé durante años reparando aviones en un taller de las afueras de Moscú. Tuve que hacer varios viajes de servicio a lugares como Kazán y Tashkent [en la actual Uzbekistán]. Desde allí envié algunas cartas a amigos míos donde criticaba la dictadura… Eran sobres llenos de folios. Seguro que los leyó la KGB.

Entramos en una especie de comedor soviético, donde cada uno coge su bandeja y va pidiendo la comida que quiere a los cocineros. En la gastronomía se puede notar el eco del imperio multicultural que fue la URSS: podemos escoger, por ejemplo, raviolis siberianos, sopa del Cáucaso o arroz uzbeko. Pese a que actualmente sea comida de otros países, si a un ruso le pides platos típicos de su nación, es posible que te invite a uno de estos. Aunque lo que prolifera hoy en día son las hamburguesas y el sushi, que se encuentra por todos lados. Pero, a pesar de estas novedades gastronómicas, los comedores con funcionamiento «a lo sóviet» no han perdido su atractivo. No es extraño encontrar restaurantes de estilo hipster en los que tienes que ir con tu bandeja a coger la ensalada de diseño o el wok vegetariano de turno.

Al acabar de comer nos despedimos, porque Vladimir tiene un poco de prisa. Como su jubilación de la época soviética es escasísima, gana algo de dinero dando clases particulares de castellano y griego, dos de los varios idiomas que estudió, por afición, en su tiempo libre. Nos separamos, cogiendo el metro en distintas direcciones, y pienso en el libro A Moscú sin Kaláshnikov. En él, el excorresponsal Daniel Utrilla explica que hay pocos lugares en el mundo con vidas tan extrañas, apasionadas e interesantes como Rusia. Tengo que darle la razón.

4 de noviembre de 2017

Hoy es festivo en Rusia. Es el Día de la Unidad Nacional, un invento de Putin para aglutinar a la nación bajo una nueva  gran festividad patriótica. Se celebra el 4 de noviembre por tres motivos: porque es el día de la Virgen de Kazán, muy querida por los creyentes rusos (la religión); porque ese mismo día, en 1612, milicias rusas iniciaron un levantamiento contra los polacos que habían ocupado Moscú (la patria); y porque el 4 de noviembre queda muy cerca del 7 de noviembre, la antigua fiesta nacional soviética, y así, poco a poco, va sustituyéndola en el imaginario de la mayoría de rusos (el poscomunismo). Es un día festivo en el que suelen hacerse conciertos o montarse mercadillos de artesanía o comida. En la Plaza Roja, por ejemplo, hay un grupo folk que toca canciones discotequeras usando instrumentos tradicionales rusos.

En los barrios periféricos de Moscú, por otro lado, también es tradición que los partidos nacionalistas y/o de ultraderecha hagan manifestaciones que suelen acabar con varios detenidos. Los que agitan el fantasma del «peligroso nacionalismo» de Putin tendrían que explicarme cómo definirían un Gobierno donde estos grupos xenófobos llegasen al poder. Y qué les pasaría, llegado el caso, a los miles de inmigrantes centroasiáticos —de rasgos sinizados y piel acaramelada— que ahora tienen un trabajo más o menos digno en los restaurantes, taxis o calles de Moscú. No creo que fueran suficientemente eslavos para estos grupos que hoy desfilan por las afueras de la capital.

Aprovecho la mañana para visitar el Museo del Gulag. Aunque es festivo, no hay casi gente. Está un poco alejado del centro, en un barrio de aspecto residencial. El objeto en exposición que se graba en mi mente son unas máscaras que los presos se hacían para cubrirse la cara mientras picaban hielo, para que no se les congelasen las mejillas, la frente o la nariz, mientras el viento glacial les golpeaba y cortaba la cara.

Por la tarde, quiero ir a un concierto que el partido de Putin, Rusia Unida, ha organizado en el estadio Luzhnikí, uno de los grandes escenarios preparados para el Mundial de Fútbol de 2018. Cuando llego a la parada de metro más cercana, justo al salir del vagón, me encuentro de frente con varias familias agitando banderitas rusas, que deben volver del concierto. En el exterior, miles de personas hacen cola para intentar entrar en el metro, siguiendo un camino marcado por centenares de policías vestidos de camuflaje azul, con el cuerpo hinchado por sus músculos y chalecos antibalas. Varios de ellos van montados a caballo. Avanzo entre la masa de gente, en contradirección, a ver si puedo llegar al estadio. Me cruzo con familias, jóvenes con banderas de Rusia Unida (donde aparece el famoso oso ruso), abuelas repartiendo periódicos, chicos de rasgos caucásicos y asiáticos con banderines rusos, borrachos con latas de cerveza en la mano… La masa de gente es cada vez mayor y no hay fisuras por donde avanzar. Al final, me doy por vencido. No sé si a estas miles de personas las ha atraído Putin, o el concierto, o Rusia Unida, o las ganas de juerga, o el pasar el rato un día de fiesta. Rodeado de policías con porras y fusiles, vuelvo hacia el metro con toda esa multitud, absolutamente variada, imposible de sintetizar. En un país donde Rusia Unida gana por mayorías abrumadoras, ¿cómo podría atreverme a definir al «votante medio» de Putin? El único punto en común —las edades y los rasgos son tan variados— es la ligera sonrisa, de orgullo y alegría sincera, que todos tienen mientras agitan sus banderitas blancas, azules y rojas. Quizá, hace veinticinco años, esos tres colores significaban un abismo económico y social. Ahora les hacen brillar los ojos.

5 de noviembre de 2017

Estatua del mariscal Zhúkov. Fotografía: Erik Charlton

Hoy hay preparada una ofrenda floral en honor a Lenin. Llego a la Plaza Roja y empiezo a ver banderas por todos lados: italianas, chilenas, turcas, francesas, vietnamitas, brasileñas… También hay esteladas, ikurriñas y republicanas españolas. Varios de estos internacionalistas se han comprado gorros del Ejército Rojo. Cuando encuentran a un comunista de otro país, sonríen, gritan ¡tovarisch! y se hacen una foto con el móvil, alzando el puño. Hay nacionalidades que triunfan más, como los vietnamitas —¡Ho Chi Minh!, los chilenos —¡Allende! y los chinos —¡Mao, Mao!. Todos están contentos y un poco nerviosos.

Después de pasar el control de seguridad, los comunistas van avanzando poco a poco y se encuentran emocionados con la primera sorpresa: una gran estatua del mariscal Zhúkov, el gran azote de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Todos se lanzan hacia ella para hacerse más fotografías; un comunista saca una larga pancarta y varios camaradas de otros países le ayudan a sujetarla. Con un mano cogen el cartel, con la otra alzan el puño y por la boca cantan «La Internacional», en tres o cuatro idiomas a la vez. Otros comunistas pasan de largo, como uno rubio —origen no identificado— con un lacito rojo sangre y un café del McDonald’s en la mano.

La siguiente parada es la Tumba del Soldado Desconocido. Es el típico monumento presente en la mayoría de ciudades y pueblos rusos, juntamente con las estatuas de Lenin. Una gran valla separa a los comunistas del parque donde se encuentra la tumba. Hay una especie de delegación principal que está dejando ofrendas en primer lugar, aunque la mayoría de camaradas no les hace demasiado caso: todavía hay muchas fotos que hacerse con los compañeros que les rodean. Si uno mira con atención, es fácil descubrir las delegaciones más jóvenes: la vietnamita y la china, ambas con una amplia presencia femenina. A la vez, son las más organizadas. Las dos tienen un cabecilla que da órdenes —e intenta poner cara seria— a la decena de camaradas de aspecto adolescente que le acompañan. Se trata de una representación oficial del Partido en el poder, por lo que ciertas formas burocráticas son necesarias. Cuando algún viejo comunista europeo les dice algo en chino o vietnamita, o les pide una foto, las jóvenes camaradas ejecutan una sonrisa de cortesía, pero tampoco expresan demasiado interés.

El caso, por ejemplo, de los comunistas italianos, es casi opuesto. Sus gritos y anarquía feliz hacen que los organizadores rusos se pongan un poco nerviosos, ya que no consiguen mantenerlos junto al grupo principal. Las voces brasileñas, pongamos otro caso, también destacan entre el bullicio general, exultantes y cantarinas. La presencia de jubilados emocionados —de todas las naciones— es alta. La mayoría van equipados con ramos de flores rojas. Cuando por fin abren las puertas a la Tumba del Soldado Desconocido, un abuelo ruso lleno de medallas de Lenin y Stalin se pone a gritar muy enfadado. Varias señoras de su alrededor lo miran y asienten con seriedad. Los camaradas internacionales hacen esfuerzos por aguantarse la risa.

Y la última parada del Disneyland comunista es, por supuesto, el Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. A las banderas soviéticas se han añadido los cuadros de Lenin y Stalin, casi más grandes que los ancianos que los sujetan. Es otro de los grandes atractivos del tour: tu cara sonriente al lado del mostacho totalitario. El corro se hace más grande y se oyen varios hurras a Stalin. A la vez, un largo grupo ya está haciendo cola para ver la momia del Mesías soviético. El resto de la Plaza Roja está completamente desierto, frío y extensísimo.

Al marcharme, veo que la policía ha detenido a varias personas en los alrededores, y está registrando sus mochilas. No me paro a mirar demasiado, por si acaso.

*

Tarde, anocheciendo. Sigue haciendo frío. Salgo de la misma parada de metro que ayer, la del estadio Luzhnikí, aunque hoy está bastante vacía y sin ningún policía a la vista. Hay un concierto dedicado al centenario de la Revolución en las inmediaciones, aunque no sé exactamente hacia dónde dirigirme. Por cosas extrañas de la vida, sale un grupo de comunistas catalanes del metro, charlando sobre el concierto. Oigo que una de las chicas del grupo les pide, por favor, que no la dejen colgada en medio de un acto como hicieron el otro día. Poco a poco, más comunistas van apareciendo. El grupo, más o menos grande, se dirige hacia el concierto. Visto desde atrás, el contraste es interesante: los marxistas catalanes van con pantalones de Decathlon y piercing en la ceja, y las abuelas (rojas) rusas visten con abrigos de piel y zapatos de tacón. Pero todos llevan una tarjetita roja para poder entrar al concierto —cosa que yo no tengo—.

Al llegar al edificio de actos, consigo escabullirme entre la marabunta de comunistas a los que piden la invitación. Evito el guardarropa —donde hay colas inmensas— y subo hasta la parte de arriba de la sala de conciertos, donde supongo que habrá menos gente. Voy probando diferentes puertas de entrada, hasta que encuentro una donde el encargado de los billetes está despistado. Me siento casi al final, junto a un matrimonio anciano, absolutamente silencioso. El marido va vestido de militar, con el pecho repleto de medallas. Un chico moreno reparte pines del centenario entre los asistentes, y se pone a charlar con varias abuelas que han venido en grupo.

Empieza el espectáculo. Habla Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de la Federación Rusa (el segundo en escaños de la Duma rusa, bastante lejos de la mayoría abrumadora de la Rusia Unida de Putin). Al acabar su arenga, se tocan y bailan multitud de canciones. Cuando suena «La Internacional» todo el mundo se pone en pie, lo que instantáneamente me recuerda —por tópico que parezca— a la liturgia de la misa de domingo. Sucede lo mismo cuando se tocan melodías relacionadas con la Madre Patria o el Ejército Rojo: todos arriba. Después de varios himnos —ya tengo ganas de empezar a matar nazis— unos italianos con acordeones se ponen a tocar «Bella ciao» en versión tecno, moviendo impúdicamente las caderas. Aunque lo mejor son los increíbles bailarines del ballet rojo, sus acrobacias geniales espada en mano, sus saltos temerarios de un lado a otro del escenario, sus piernas estirándose de Kaliningrado a Vladivostok. Me sumo a la euforia general, y no paro de aplaudir.

6 de noviembre de 2017

Exterior del Museo de los Cosmonautas. Fotografía: Andrea Hale (CC).

Visita al Museo de los Cosmonautas, llenísimo. La sensación al pasear entre esas réplicas de metal es casi infantil, de emoción ante juguetes inmensos y poderosos. Es admirable el respeto que los ingenieros y científicos se ganaron ante la nación. Camino entre trajes de cosmonauta, perritos heroicos disecados o réplicas del interior de las naves. Paseando entre esos objetos, observando a niños rusos y viejos rusos embobados ante un vídeo de Gagarin, entiendo ligeramente la euforia colectiva que representaba el espacio, el optimismo racional-científico absolutamente ligado al comunismo, la alegría por los grandes logros del Estado y, por tanto, de uno mismo.

Vuelvo hasta el centro de Moscú, hasta la catedral del Cristo Salvador —una fe más actual que la de los cosmonautas—. La iglesia parece más o menos vieja, pero pone que fue construida en los años noventa. Es blanca, gigante, ortodoxa y dorada. ¿De qué me suena esta catedral? Lo recuerdo: Ryszard Kapuściński, en su libro El Imperio, cuenta cómo Stalin derruyó esta misma iglesia en 1931, con el objetivo de construir en su lugar un gigantesco Palacio de los Sóviets, con un gigantesco Lenin encima. La demolición fue una bestialidad, y Kapuściński lo explica así:

Stalin ordena la demolición de la más grande edificación sacra de Moscú. Dejemos volar la imaginación por unos momentos. Corre el año 1931. Imaginémonos que Mussolini, que en aquella época gobierna Italia, ordena derribar la basílica de San Pedro de Roma. Imaginémonos que Paul Doumer, que por aquel entonces es el presidente de Francia, ordena derribar la catedral de Notre-Dame de París. Imaginémonos que el mariscal Pilsudski ordena derribar el monasterio de Jasna Góra de Czestochowa.

¿Somos capaces de imaginarnos algo semejante?

No.

Al final —cuenta Kapuściński— no hubo Palacio de los Sóviets. Una vez muerto Stalin, los cimientos de la catedral se usaron para construir una gran piscina pública. Y una vez desaparecido el ateísmo de Estado, la catedral volvió a su lugar, tal y como la veo ahora, como si nunca hubiera pasado nada.

Camino lentamente hacia el Kremlin, que está bonito e iluminado bajo la noche negra. Llego hasta la puerta de una pequeña iglesia, la de la Virgen de Kazán. El interior es confortable y levemente oscuro. El techo, cercano y hogareño. Las ráfagas de incienso y el humo de las velas crean el ambiente y el mareo propicios para la aproximación espiritual. Las mujeres del interior —abuelas centenarias, rubias con taconazos y velo ortodoxo— miran profundamente, como aguantando la respiración, a las decenas de iconos de santos y vírgenes que cuelgan de las paredes. Se acercan a uno de ellos como quien se acerca a un confidente, le susurran una oración, se santiguan y le dan un beso. Encienden una vela. Caminan hasta otro icono, acercan la cabeza, le hablan y le besan. Algunas lágrimas les acarician las mejillas.

Salgo a la calle. Está animada y llena de hermosos abrigos.

7 de noviembre de 2017

Hoy, finalmente, se cumplen cien años de la Revolución bolchevique de 1917. Releo al historiador Orlando Figes y su obra magna sobre la gran revuelta rusa. Las diferencias entre la insurrección de febrero del 17 —popular, violenta, caótica, transversal— y el golpe de octubre del mismo año —quirúrgico, minoritario, planificado, efectivo—. Obviamente, la que se recuerda es la bolchevique, aunque el imaginario popular ha mezclado las características izquierdistas más seductoras de ambas. Pero ¿realmente Moscú mira hacia atrás, hacia ese terremoto de hace cien años?

Si uno pasea por las calles, la respuesta más intuitiva es decir que no. Pese a que algunos museos anuncian exposiciones relacionadas con el centenario y que algunos quioscos todavía venden medallitas con la cara de Lenin, a pesar de que dentro de unas horas miles de nostálgicos cruzarán el centro de Moscú con carteles de Stalin y banderas rojas, la Rusia actual ya ha dejado atrás el comunismo. A decir verdad, a pocos les importa realmente el pasado, ya sea para buscar justicia o elogiar aquellos tiempos.

El problema es que las comunidades no funcionan sin mitos. ¿Qué hacer cuando no se puede mirar hacia la violenta revolución leninista, ni tampoco hacia la catastrófica revuelta «democrática» de los noventa? Buscar un motivo de orgullo transversal, un hecho donde todos los rusos —ya fueran ricos, pobres, derechistas o comunistas— salieran victoriosos. La Segunda Guerra Mundial, es decir, la Gran Guerra Patriótica, la victoria de la Madre Rusia contra el enemigo nazi, el sacrificio de padres y abuelos para detener al invasor es un recuerdo que no despierta ni rencores ni conflictos, y donde casi todo el mundo se siente interpelado. Por ese mismo motivo, hoy, 7 de noviembre, centenario de la Revolución rusa, el Gobierno ha decidido traer un montón de tanques, todoterrenos militares y hombres y mujeres vestidos con ropa del Ejército Rojo a la Plaza Roja de Moscú. Grupos de niños sonrientes escalan hasta la cima de un tanque; abuelos emocionados cantan canciones de la guerra alrededor de un acordeón; una niña se viste con un viejo traje del ejército y levanta con dificultades un gran fusil, mientras su madre le hace una fotografía. Todo el mundo se lo pasa bien rodeado de grandes aparatos de guerra.

*

Cuando llego a la Plaza Pushkin, los comunistas ya han tomado todo su lado derecho. El frío es terrible, pero entre tanto cuerpo se hace soportable. Centenares de banderas rojas, centenares de bocas cantando himnos. Miles de camaradas internacionales y miles de nostálgicos locales levantando sobre sus cabezas retratos de Stalin y de Lenin; unos elevan su pasado, los otros, su utopía. Muchos comunistas —algunos de mi propio país— se sienten liberados al poder fotografiarse y abrazar las grandes fotografías del dictador georgiano. Sé que es puro folclore, pero no deja de ser siniestro.

La manifestación avanza por una de las aceras de la ancha calle Tverskaya. Los coches y los peatones de la otra acera circulan con completa normalidad. El comunismo ruso —aquí se ve perfectamente— es nostalgia adiestrada. La estética sustituye a la acción, para beneficio de todos. Es feo, pero no hace daño (físico) a nadie. El recuerdo de tiempos estables, tiempos grandes, tiempos económicamente míseros pero seguros, tiempos de superpotencia, tiempos en los que uno era admirado, tiempos de héroes, todos esos tiempos se mezclan en la memoria de esas gargantas viejas que cantan «La Internacional».

La marcha llega hasta el monumento a Karl Marx. A su lado hay un gran escenario con una imagen de Lenin y Stalin, donde varios dirigentes realizan interminables discursos. El frío da latigazos en las piernas. Los veteranos rusos se apoyan en sus grandes cuadros de Lenin, como si se apoyasen en un gran icono de Jesucristo. ¿Qué les falta a los hombres y a las mujeres que abrazan el comunismo? Una alegría, un martirio, una espada, un relato. Y quizá aquí está el problema: satisfacer el alma es mucho más peligroso que llenar el estómago.


Las calles de la memoria

Fotografía: s tsui (CC).

Cuando llegué por primera vez a Pekín, me encontré con una ciudad más gris de lo que esperaba. Los edificios eran altos y feos, los árboles pelados y negros. Faltaban pocos días para el invierno y, como cada año, las ramas habían perdido todo su verdor, la contaminación empezaba a nublar la vista y la gente caminaba rápido, ante el frío continental que se acercaba. La ciudad se me presentaba triste y apagada. Podía pasarme horas mirando —totalmente fascinado— lo que hacían los pequineses, cómo iban vestidos, qué comían y cómo hablaban un idioma del que no entendía ni una palabra. Pero, a pesar de eso, el decorado que les rodeaba solía dejarme indiferente. Reconozco que me generaba cierta curiosidad, pero, con el tiempo, descubrí que estaba basada en el factor atractivo que a todos nos ejerce la pura novedad. Si me hubiera encontrado con un barrio así en mi ciudad de origen, habría pasado por mi memoria sin pena ni gloria.

Descubrí que Pekín era bonito —y que sería mi ciudad preferida de China— cuando, un día cualquiera, tuve que ir a comprar verduras para cenar. Mi nevera estaba vacía, y me parecía poco elegante gorronear a mis nuevos compañeros de piso. Bajé de mi apartamento para comprar patatas, cebollas y pimientos a la viejecita que, habitualmente, montaba una carpa de plástico delante de mi edificio, en la que vendía, en cajas de porexpán, todo tipo de verduras a precios muy baratos. Ese día descubrí que mi verdulera habitual cerraba por las tardes, por lo que —sin otra alternativa en mente y con ganas de dar una vuelta— me puse a caminar hacia el sur de la ciudad. Dando pasos y más pasos, descubrí que mi edificio hacía frontera con un barrio de pequeñas callejuelas y casas bajas de aspecto antiguo, completamente diferente al resto de Pekín. Las paredes de los hogares eran de un entrañable color gris claro, los tejados seguían las ondulantes formas clásicas y en algunos de ellos colgaban pequeñas jaulas con pájaros que piaban a mi paso. De algunos patios interiores sobresalían árboles retorcidos y elegantes, que tantas veces había visto en pinturas centenarias de antiguas dinastías. Después de varias caminatas más, descubrí que este extraño barrio no solo se extendía al sur de mi casa, sino también al norte, al este y al oeste. Estaba rodeado. Como periodista, no tardé en indagar sobre el tema y averigüé que los pequineses llamaban hutong a este tipo de callejuelas antiguas. De pura casualidad, estaba viviendo en las únicas zonas de la ciudad que se resistían a la oleada gris y uniforme de la modernización urbana que dominaba toda China. El asunto se puso todavía más épico al descubrir que algunas de esas calles tenían más de ochocientos años de antigüedad.

Cuentan que, a finales del siglo XIII, el todopoderoso líder mongol Kublai Kan viajó a las ruinas de Zhongdu, una ciudad norteña que su abuelo Gengis Kan había destruido por completo, y allí vio un hermoso lago, del que quedó prendado. Tanto le gustó esa agua, esas orillas, que decidió mover la capital de su imperio —la dinastía Yuan, que ya había conquistado toda China— de las áridas tierras del desierto del Gobi a ese terreno destruido por la guerra, en el que solo sobrevivía un inmutable y tranquilo lago. El emperador mongol reconstruyó la ciudad alrededor de sus orillas y, en un arranque de originalidad, la llamó Khanbaliq, es decir, «Ciudad de los Kan». Las calles que el líder Yuan mandó construir fueron el inicio de los barrios de hutong. Bajo el imperio mongol llegaron a existir más de trescientas cincuenta de estas callejuelas. Durante más de setecientos años no dejarían de crecer, e irían configurando la ciudad que hoy conocemos como Pekín.

Como sucede siempre en la cíclica historia china, una nueva dinastía se alzó en rebelión y derrotó a la que estaba en el poder. Los Ming —de la etnia han, la mayoritaria en China, y sometidos durante el imperio de los Kan— derrotaron a los mongoles Yuan —una etnia nómada del desierto, a la que los han, en secreto, tildaban de bárbaros invasores—. La política china ha estado (y está) mucho más ligada a cuestiones de etnicidad de lo que parece, más allá de ideologías o luchas individuales por el poder. Con la instauración de la dinastía Ming, Pekín crecería todavía más y llegaría a convertirse en la ciudad más poblada del mundo, con más de un millón de habitantes. Los Ming —aparte de regalar al mundo la popular porcelana china— construyeron muchos de los monumentos, parques y palacios que visitan hoy en día los turistas que acuden a la capital. El que actuaría como eje central de la vida pequinesa sería la Ciudad Prohibida.

Alrededor del gran palacio de los emperadores, el número de calles de hutong siguió creciendo. Cuanto más cercano estaba un hutong a la residencia imperial, mayor era el cargo de la gente que vivía allí. Las más cercanas eran propiedad de la aristocracia y las élites chinas; al sur de la ciudad solían situarse las casas de los mercaderes, de estatus inferior. Más al norte, los hutong acogían los talleres y tiendas donde se fabricaban los productos para el palacio real. Muchas de estas calles aún conservan nombres con reminiscencias de esos tiempos. Por ejemplo, el Hutong Zhiranju, donde se fabricaban las famosas telas y sedas chinas, el Hutong Jinmaoju, especializado en gorros y botas para los aristócratas, y el quizá más popular Hutong Jiucuju, proveedor oficial de bebidas alcohólicas de alta graduación, para disfrute de todo aquel que pudiera pagarlas.

Para cuando la dinastía Ming cayó derrotada por la Qing (de etnia manchú, nómadas originarios de la tundra helada de Manchuria, fronteriza con Rusia), ya existían dos mil hutong en Pekín. Pasaron casi cuatro siglos, en los que las potencias occidentales asediaron el país, cayó la eterna monarquía, el país fue invadido por Japón y sobrevivió a una cruenta guerra civil. Pese a estos largos años de desastres, la población no hizo más que aumentar y, por consiguiente, Pekín llegó a acoger más de seis mil calles de hutong. Eran un paisaje intrínseco a la ciudad, la imagen que todo viajero evocaba al recordar su paso por la capital de este viejo imperio. Todo cambiaría con la llegada al poder, en 1949, de un hombre que quería refundar China desde los cimientos. Su nombre era Mao Zedong y su plan consistía en eliminar todo lo antiguo, todo lo feudal, que se interpusiera ante el proyecto comunista que quería para su país. Los hutong, viejos por naturaleza, no saldrían indemnes.

Durante mis habituales paseos, ciertos detalles me recordaban la memoria histórica de estas callejuelas. Observar las ajadas puertas granates ya valía la pena: el pomo dorado y gastado con forma de león, el cartel rojo con letras chinas de la buena suerte rodeando la entrada, las imágenes  de furiosos guerreros budistas que recibían a los visitantes. Obviamente, todos estos detalles no tenían cientos de años (seguramente los habían renovado hace poco), pero la espontaneidad con la que los habitantes de ese barrio decoraban sus casas contrastaba con la impostura del resto de la ciudad, donde la mayoría de objetos de aspecto antiguo parecían recién salidos de una fábrica de copias baratas. Quizás esa sinceridad del hutong estaba marcaba por el ambiente y su contraste con el resto de la capital.

Fotografía: s tsui (CC).

Durante el día, esas estrechas callejuelas acogían todo tipo de actividades, tanto bonitas como horribles, pero igualmente fascinantes. Uno podía encontrarse con viejos chinos —pequeños y arrugados— que, con una paciencia inaudita, podían pasarse toda una mañana arreglando pequeñas jaulas de madera en las que coleccionaban grillos o pajaritos, a los que adiestraban. Unos metros más adelante, cualquiera con ganas de regatear y unos ciento cincuenta yuanes en el bolsillo (unos veinte euros) podía comprar una bicicleta de segunda mano —con toda seguridad robada— a un hombre que cada día desplegaba veinte de estos vehículos en medio de la calle y que, durante todo el tiempo que viví en Pekín, nunca vi que tuviera problemas con la policía. Si se cogía uno de los hutong más largos se podía encontrar la calle de los verduleros y carniceros. La mayoría tenían su propio local, desordenado pero decente, con verduras buenas a precios muy baratos. Pero otros días podías encontrarte que un espontáneo había colocado, en medio de la calle, una montaña de cebollinos de tres metros de altura, a la que la gente acudía a comprar con fervor y alegría. Eso sí, una característica común en todos los verduleros —ya fueran habituales o improvisados— es que siempre te los encontrabas conversando con alguien. La sensación general era que ningún vecino tenía prisa y que ir a comprar los ingredientes de la cena era una simple excusa para charlar durante toda la tarde. Las conversaciones también continuaban entre el peluquero que cortaba el pelo —en medio de la calle— y su cliente, o entre los viejos que podían pasarse horas charlando en cuclillas dentro de las letrinas públicas, haciendo de vientre entre fuertes flatulencias, carcajadas afables y sonoros escupitajos. En este ambiente curioso pasaba la mayoría de mis tardes. En varios de estos paseos, comencé a darme cuenta de que los muros de los hutong tenían largos carteles —gastados por el paso de los años— con letras chinas de color rojo. Al principio no me llamaron la atención, hasta que descubrí que muchos de ellos eran proclamas revolucionarias de la época maoísta. Vestigios de un pasado no muy lejano que, a grandes rasgos, había desaparecido del resto de la ciudad. La paradoja era que los hutong acogían los ecos del pasado —como siempre habían hecho— del régimen que había hecho más por destruirlos.

Cuando Mao llegó al poder planteó una reforma a fondo de Pekín, adaptada a una visión comunista en la que la utilidad estaba muy por encima de la estética. Los grandes edificios públicos seguían el diseño soviético de cemento y acero. Las centenarias murallas de Pekín fueron derribadas, como muchos otros edificios menores de carácter tradicional. Si no servían y encima estorbaban, no había motivo para que no desaparecieran. Las casas de los hutong, en las que tradicionalmente vivía una sola familia, ahora deberían acoger a cuatro. Muchas se destruyeron o quedaron en ruinas. Durante el Gran Salto Adelante, de 1958 a 1962, se produjo la mayor destrucción de viviendas de la historia de la humanidad. Entre el 30% y el 40% de todas las casas de China fueron destruidas. Pocos años después llegó otro momento crítico: la Revolución Cultural, la anarquía dirigida por Mao para consolidar su poder. La consigna era derribar, de una vez por todas, todo lo viejo asociado al feudalismo y opuesto a la Revolución. Barra libre de violencia, tortura y destrucción. Profesores, estudiantes, religiosos, gente común, dirigentes del Partido… cayeron en esas purgas. La violencia no solo se enfocó contra las personas, sino también contra los objetos. Multitud de templos budistas, iglesias, mezquitas fueron derribados; libros y bibliotecas quemados. Tener un objeto o símbolo que pudiera asociarse al pasado era una condena. Miles de artilugios, pequeñas reliquias o fotografías fueron quemadas o destruidas: la memoria histórica de la gente común se desvanecía. Los hutong se vaciaban de recuerdos, como un cuerpo al que se le van arrancando trozos de carne. Pero —pese a todo— se mantenía buena parte del esqueleto, las casas, las paredes, los adoquines y los árboles. No duraría demasiado.

Tras la muerte de Mao, China inició un proceso de urbanización descomunal. El país se abrió al exterior y al libre mercado, y consiguió la mayor reducción de pobreza jamás conocida por el hombre. China hizo en décadas la Revolución Industrial para la que Occidente necesitó siglos. Los éxitos de esa política, vistos en perspectiva, son innegables. Los defectos, también. En su proceso de urbanización, el país construyó y destruyó de manera bestial, para acoger a todos los trabajadores migrantes que realizarían el llamado «gran milagro chino». En la mayoría de casos, las líneas rojas ecológicas o culturales fueron pisadas sin contemplación. Los grandes monumentos históricos se mantuvieron por orgullo nacional y para atraer el turismo, pero muchos de los barrios con historia popular fueron demolidos para construir pisos grises y clónicos de varias plantas. Durante mi estancia en China pude viajar a varias de esas grandes y nuevas ciudades, donde uno podía ir de gran monumento en gran monumento, pero en las que el resto de la ciudad —las calles, los edificios— había perdido toda particularidad y atractivo. Eran ciudades forjadas con la fuerza bruta del número de habitantes y el crecimiento económico anual. Urbes de las que se había extirpado su alma espontánea y popular, es decir, lo que todos recordamos de una ciudad que nos ha gustado o donde nos quedaríamos a vivir. ¿Qué ha inspirado a más poetas, escritores, periodistas, buscavidas, jóvenes o cineastas, ver la torre Eiffel o un paseo furtivo por las ruelles del Barrio Latino de París? ¿Contemplar el Empire State o merodear por la 125th street del Harlem neoyorquino?

En el caso de Pekín, diversos barrios de hutong fueron destruidos. Al sur de la Ciudad Prohibida, donde los mercaderes tenían sus residencias, solo quedan pisos altos de color gris oscuro. Algunos de los más cercanos a la Ciudad Prohibida fueron destruidos, aunque otros —con cierta ironía— son residencia de la nueva aristocracia, los funcionarios de alto rango del Partido Comunista. En algunos de mis paseos por esa zona vi repetidas veces cómo todoterrenos monstruosos se quedaban encallados en medio de esas pequeñas callejuelas, provocando largas colas de motos y bicicletas que veían su paso bloqueado. Más al norte —en la zona donde yo vivía, donde hace cientos de años los talleres producían sedas, sombreros y licores para la casa real— también fueron derribadas buena parte de estas calles. De los seis mil hutong que existían en los años cincuenta, ahora solo perviven —los datos no están del todo claros— entre mil y dos mil. No solo se trata de una acción gubernamental: muchas de las familias chinas prefieren vivir en un piso que en una casa vieja del hutong, en las que no suele haber calefacción y hay que salir a la calle cada vez que uno quiere ir al baño. Los pisos eran más prácticos y aportaban mayor estatus social. Ante esa conjura utilitarista entre pueblo y Gobierno, el futuro no parecía demasiado optimista para el hutong. En mis paseos me aferraba a una imagen que veía desvanecerse poco a poco. Como me pasó otras veces, la realidad china —tan sorprendente en sus paradojas— volvió a romper mis esquemas.

Una de las postales más curiosas de la ciudad eran los coches de alta gama —de los que no podía ni imaginar el precio— que aparcaban de manera caótica en la «calle de los Fantasmas», una gran avenida de restaurantes populares llena de rótulos multicolores que iluminan la noche pequinesa. Una pareja joven, vestida de manera explícitamente cara, salía del interior del vehículo para comer en uno de esos restaurantes baratos. Cuasi adolescentes y nuevos ricos que, de vez en cuando, se escapaban de los restaurantes de diseño occidentales para comer lo que realmente les gustaba, sin tener que aparentar, rememorando los olores de la cocina de su madre. La «calle de los Fantasmas» dividía el barrio de hutong por la mitad y su ambiente nocturno, ruidoso y animado se extendía por las callejuelas contiguas. Durante el invierno, las familias con niños pequeños, los grupos de viejos y los jóvenes solitarios acompañados de su teléfono móvil se resguardaban del frío en pequeños locales donde se servían copiosos y humeantes boles de fideos. En el verano, hombres y mujeres sudorosos sacaban mesas de plástico a la calle y bebían cerveza mientras comían pinchos de carne a la parrilla. Algunos de los que habían tomado demasiado baijiu, el potentísimo licor chino tradicional, se dirigían con paso tambaleante a los «locales de masaje» que poblaban varias de esas callejuelas. Las prostitutas del hutong eran una fuente de curiosidad inagotable: la mayoría de veces se trataba de dos amigas venidas del campo que alquilaban un pequeño local y trabajaban como «autónomas», aunque no se las veía demasiado por la tarea. A menudo estaban espachurradas mirando su móvil en el sofá, sorbiendo sonoramente fideos instantáneos, o charlando con las vecinas en la puerta de su mismo negocio, un signo de empatía —cabe decirlo— inexistente en otras culturas. Y mientras algunos se iban en busca de finales felices, otros —jóvenes, artistas, cultos, bohemios de buena familia— se dirigían a los bares más alternativos de la ciudad, a escuchar jazz o beber cerveza artesanal de Nueva Jersey. Ante mis ojos veía los típicos pasos de un proceso de «gentrificación» colándose en mi barrio favorito. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que, más que cambiar el barrio, los jóvenes —a su manera— querían volver a él.

El Templo de los Lamas es uno de los focos de turismo del centro del hutong. Construido durante la dinastía Qing —la última monarquía— empezó como residencia de los eunucos de la corte y acabó como el templo budista más grande de la capital. De sus murallas sale olor a incienso y en sus alrededores proliferan las tiendas con objetos religiosos. De uno de sus laterales nace Wudaoying, una de las calles más representativas del nuevo hutong. Está llena de cafés tibetanos alternativos, restaurantes vegetarianos y demás locales de estética hipster. Representan la paradoja actual del hutong: un barrio cada vez más dominado por esta élite joven que monta sus tiendas y talleres sofisticados, en contraste con la sencillez del viejo hutong, pero que, a la vez, evitan que las autoridades piensen en derribarlo por los ingresos que generan. Son los hijos de aquella clase media que huyó del barrio de callejuelas en busca de la comodidad de los pisos. Son los hijos que, al contrario que sus padres, ya nacieron en la modernidad, con las condiciones materiales básicas resueltas. Han ido a la universidad, han estudiado en el extranjero, han aprendido quién era Mao a través de sus smartphones. Son un ejemplo de la nueva China que, sin referentes claros en medio de un capitalismo extraño, mira hacia un pasado en el que nunca vivió, buscando todo lo bueno que había en él. Los jóvenes que vuelven al hutong son los mismos que se convierten al cristianismo, los mismos que leen manuales de ética de filósofos occidentales, los mismos que viajan al Tíbet en busca de algo que sienten que les falta. Ante el vacío moral posterior a sistemas éticos tan fuertes como el confucianismo o el comunismo, los jóvenes buscan algo que dé sentido a sus vidas, más allá de tener la barriga llena, una batalla que ya ganaron sus padres. Intentan que su espíritu, al que no pueden alimentar con puro presente, encuentre en esas calles repletas de memoria algo de un pasado que han idealizado y que creen que les puede salvar. Siguen un consejo tan intrincado en el alma china como que el futuro es solo un reflejo de todo lo que hemos dejado atrás.

Fotografía: See-ming Lee (CC).

 


Un caballo triste

BoJack Horseman (2014-). Imagen: Netflix.

Bojack Horseman es una serie sobre un caballo con cuerpo de humano que no consigue ser feliz. Pasa en Los Ángeles, como la mayoría de historias sobre el vacío del éxito. Los personajes se mueven entre el humor absurdo digno de una peli de porretas y el drama personal asociado a las relaciones modernas, muchas veces castradas y solitarias. El consumismo chabacano y el hipsterismo infantil son las dos corrientes sobre las que circula este mundo. La mitad de los personajes de Hollywoo, el barrio de famosos donde transcurre la serie, son animales antropomórficos que parecen actuar casi como los humanos. Es la mejor serie de dibujos animados después de Los Simpson.

Bojack, el protagonista, entra en la corriente de antihéroes alcohólicos y drogadictos que ha dado la ciudad de Los Ángeles, pero, al contrario que en la mayoría de casos, la serie no glorifica al personaje. Bojack fue el actor principal de una sitcom que tuvo bastante éxito en los noventa, pero, desde ese momento, no ha hecho más que cagarla, sentirse solo y beber mucho. Bojack no mola, al contrario que el Henry Chinaski de Bukowski o Hank Moody en Californication. No creo que nadie quiera ser Bojack, ni aún en sus mejores momentos. La admiración se sustituye por la comprensión, un poco tenebrosa, por ese sentimiento de que no es tan difícil que puedas acabar siendo así de miserable. Bojack es ese amigo un poco desgraciado e insoportable que, en el fondo, sabes que se esfuerza y te cae bien, pero al que solo verás hundirse.

Al protagonista lo acompañan varios personajes que, al empezar la serie, podríamos dividir entre los complejos que tienen un drama interior y los simples que no paran de hacer tonterías. La gracia es que, a medida que pasan los capítulos, vamos descubriendo que los payasos tienen, como todo el mundo, una parte oscura, pero no se dejan arrastrar por ella. Los ejemplos más claros son Todd, el compañero de piso (humano) de Bojack, y Mr. Peanutbutter, un labrador que ha tenido una carrera en la televisión casi copiada a la del protagonista. La otra cara, la cara amarga, la representan Bojack y también Diane, su biógrafa americano-vietnamita y novia de Mr. Peanutbutter. Los dos son parte de esa espiral de infelicidad y frustración de los que tienen expectativas muy altas y a la vez muy bajas de sí mismos, de los que creen que deberían ser felices e importantes, pero, a la vez, piensan que no lo merecen. En este grupo también entraría Princess Carolyn, una gata de color rosa, agente y exnovia de Bojack, que huye de la oscuridad interior dedicándose obsesivamente a su trabajo, sin apenas espacios en los que pueda notar el sufrimiento de la soledad.

A esos personajes principales se les suman los secundarios, que van redondeando el mundo de frivolidad que constituye Hollywoo. El capitalismo cutre, de buscar audiencia televisiva a toda costa, es el que manda. Las causas nobles, como el derecho al aborto, son utilizadas —por ejemplo— por personajes como la cantante Sextina Aquafina (una delfín vestida a lo Miley Cirus), que se autoerige como la líder del movimiento feminista después de que, por error, se haya anunciado en su cuenta de Twitter que está embarazada (no lo está) y va a abortar. Ella aprovecha la situación y sigue con la farsa, con el objetivo final de vender su último videoclip, titulado Coge al feto, mata al feto, en el que sale con metralletas, pistolas y ropa sexy. El mérito de la serie es que la situación es horrorosa, ingeniosa y se te escapa la risa. Por otro lado, como supuesto reverso de la superficialidad comercial, hay una serie de personajes de liberalismo New Yorker que necesitan mamar del sistema y, a la vez, hacerse los cínicos para sentir que no forman parte de él. Abundan las ironías sobre estos ambientes izquierdosos y elitistas, de obras de teatro que no se entienden y escuelas sin gluten. Pese a las ironías y las puñaladas exquisitas, la serie no caricaturiza totalmente ni a los hijos del consumismo televisivo ni a los alternativos pedantes, sino que busca trazar una complejidad a través de ciertos detalles que nos recuerdan que, por mucho que queramos, los que nos caen mal no son tan planos y estúpidos como desearíamos que fueran.

BoJack Horseman (2014-). Imagen: Netflix.

La serie es redonda por el mundo paralelo de seres antropomórficos que la magnífica dibujante Lisa Hanawalt ha conseguido crear. Cuando la vemos, casi podríamos olvidar que la mitad de personajes son animales, ya que hablan y actúan exactamente como humanos. Pero la narración incluye un montón de detalles irónicos y graciosos que rompen esta semblanza. Por ejemplo, Bojack, al expulsar el humo de su cigarrillo, deja ir un leve relincho. Princess Carolyn, si la empujan de un coche en marcha, da un salto y aterriza con sus cuatro patas, como todos los gatos, para después sentarse a tomar un espresso y consultar su iPhone. La mayoría de jardineros son ovejas que —mientras están podando un arbusto con tijeras— echan un mordisco a unas cuantas hojas de vez en cuando, como si fuera un tentempié. Una pareja de palomas, vestidas de manera elegante y manteniendo una conversación culta en un restaurante de lujo, saldrán volando instintivamente si alguien pega un grito en la mesa de al lado. También hay situaciones sin sentido: no se sabe por qué motivo las strippers son siempre ballenas. Todos estos detalles, cuidados e ingeniosos, dan vida propia al escenario donde transcurre la serie, más allá de la acción de la historia principal.

El juego entre humanos y animales no es puramente anecdótico, sino que también se utiliza para sugerir —con un sentido del humor bastante negro— situaciones distópicas y problemas éticos. Por ejemplo, ¿en un mundo donde los animales son, en principio, iguales que los humanos, de dónde sacan las alitas de pollo los restaurantes de comida rápida? La serie plantea, de manera irónicamente explícita, unos ranchos donde hay pollos granjeros que cuidan de manera «ética» a otros pollos, a los que se ha drogado desde la infancia para que sean estúpidos, gordos y comestibles (eso sí, son granjas ecológicamente sostenibles, que dejan a los pollos correr por la hierba de vez en cuando). Según las leyes, hay pollos con más derechos que otros y, por tanto, estos pueden encarcelar y descuartizar a sus congéneres sin que nadie pueda protestar por ello. La actualización de Animal Farm es magnífica.

Los dibujos de Lisa Hanawalt, además de crear un nuevo mundo, tienen fuerza visual para transmitir sentimientos más allá de los diálogos ingeniosos y las situaciones absurdas. La serie se arriesga, por ejemplo, en un capítulo donde Bojack va a participar en un festival de cine celebrado en una ciudad bajo el mar: en toda la historia no hay apenas diálogo, excepto por un par de minutos, y el desarrollo y comprensión de la acción se basa en el lenguaje corporal y la gestualidad de los personajes, un homenaje al cine mudo.

Pero quizás la imagen con más fuerza es Bojack, con su mirada vacía e insatisfecha, mirándonos a cámara. Ese agujero es el hilo que une toda la serie. La maldición del protagonista es que su objetivo es ser feliz y amado, lo que —en la mayoría de casos— suele venir más de la percepción de uno mismo que de lo que puedas conseguir en la vida. Bojack alcanza varias de sus metas: el drama es que al llegar a ellas no nota que la tristeza y la ausencia se marchen, sino que el pozo del que ha intentado salir sigue ahí, como si nada hubiera sucedido. Arrastra sus recuerdos desgraciados de infancia, su necesidad de ser querido, su contradicción de sentirse mejor que los otros y, a la vez, una farsa. Las promesas del éxito siempre le defraudan, pero, en el fondo, sigue aferrándose a ellas.

Es un Donald Draper con cabeza de caballo.