Javier Giner: Compro democracia

El 16 de Mayo del 2012, La Caixa retiró toda la publicidad de cualquier medio (escrito y televisivo – TV3) que se hiciera eco de las caceroladas de indignados que transcurren frente a la sede central de la entidad en la Avenida Diagonal de Barcelona. Lo cierto es que no sé por qué se producen las citadas caceroladas, no tengo ni idea de cuáles son las reivindicaciones de los concentrados a las puertas de la entidad. Tengo tal borrachera de desastres económicos y sociales, de recortes, activos tóxicos, primas de riesgo, gobiernos tecnócratas, proyectos de leyes, intervenciones autonómicas, estatales, daciones en pago, planes de reducción de deficit que todo me da vueltas y ya no tengo claro por qué se producen actos concretos como estas caceroladas. Hay tal superávit de concentraciones e iniciativas y marchas y pancartas como resultado directo de los abusos y desastres y mentiras y manipulaciones políticas (independientemente del credo político, ojo) que me resulta casi imposible poder seguir todas y, a menudo, como es el caso de estas caceroladas, me pierdo en el agujero negro de las demandas generales. La razones por las que yo sigo saliendo a la calle: para pelear y defender mi derecho a que dejen de tomarme el pelo y a que las cosas cambien. Para revitalizar y cambiar los valores que tanto daño me están haciendo. Para que, en el fondo, la existencia deje de ser una razón puramente económica. Porque yo no soy un mercado y mi vida, mucho menos. Por mucho que Keynes y Olli Rehn y De Guindos se empeñen en lo contrario.

Desde hace ya tiempo la publicación en mundos como la moda tenía un poderoso halo económico: si invertías en publicidad en el medio en cuestión, las editoriales fotografiadas mostrarían tus creaciones y accesorios, dentro de los esquemas estéticos elegidos para la ocasión. No creo que sea ningún secreto que, a menudo, los bolsos o la ropa elegida para las modelos era “comprada” a base de “meter publi”, como se dice en el mundillo. Alguna que otra revista, es vox populi, vende sus portadas y no me refiero a la prensa del corazón sino a medios informativos. ¿Que quieres salir en portada? Pues pagas tanto y ahí la tienes, toda para ti. También es cierto que a menudo las marcas compraban “contenido editorial” con su inversión publicitaria. Yo te meto publicidad, a tanto la página, y tú me das una cobertura decente a mis productos o hablas de mi empresa o me sacas en alguna noticia los eventos que hago. Aunque esto se opone a la libertad de prensa como concepto teórico y hace realmente difícil a nuevos emprendedores acceder a esa exposición (por falta de euros para invertir) tampoco es cuestión de ser talibán al respecto. Puedo llegar a entender que la tan cacareada objetividad informativa desapareció con la introducción del componente económico. Un medio de información también es una empresa. Y parte de su posible beneficio viene de situarse como un escaparate poderoso y sólido. No se trata de ONGs. Muchas veces un medio no se financia SOLO con los resultados de su venta sino que la publicidad tiene una alta participación en su supervivencia. De hecho, no ha sido SOLO la llegada del digital y la información internauta la que está asfixiando la supervivencia del medio en papel. Mucha parte de su vía crucis viene por la caída drástica en inversión publicitaria de las marcas en las revistas y periódicos en papel. La gente ha dejado de visitar el kiosco y las empresas no tienen un duro para invertir. Es decir, de nuevo por el euro.

Pero al leer esta noticia esta mañana, me he lanzado ávido al ordenador y me he puesto a escribir esto. ¿Por qué? Porque si no lo hago, me voy a La Caixa y le prendo fuego. Porque he tenido que encontrar una forma constructiva de canalizar la furia que me ha invadido al ver que la democracia se está comprando con el resultado de su desvanecimiento. Porque la noticia acerca de cómo los ejecutivos de La Caixa, al más puro estilo Vito Corleone, amenazan (y retiran) la publicidad a cualquier medio que se haga eco de las protestas frente a su entidad es UNA AUTÉNTICA PESADILLA. Un insulto, un puñetazo, una herida terrorífica cuyo resultado puede ser una infección gangrenosa mortal.

Ahora intentan que comencemos a vivir una época, a tenor de la noticia, en la que los contenidos editoriales no vengan marcados por un consejo de redacción o un editor jefe. Parece ser, como el desembarco a lo abordaje pirata de RTVE (en solitario, con una mayoría absoluta que no busca el consenso sino la imposición) que ha ocurrido esta última semana, que ahora las noticias y los contenidos van a ser decididos desde consejos de administración de grandes fortunas y conglomerados empresariales. Yo puedo vivir con el hecho de que haya distintos medios, de distintos talantes políticos, controlados por lobbies internos y corrientes de pensamiento dispares. Eso es saludable, es democracia, es aprender a tolerarnos, a entender que no todos somos “yo”. Incluso por muy venenosos que sean algunos. La diferencia nutre y a través de la diferencia se crece. Está bien reafirmar que existen personas que no piensan como nosotros. Es cierto que la prensa cada vez parece más una pelea de camioneras tetonas ahogadas en lodo parduzco, pero eso es otro artículo. A lo que me niego, lo que me produce un terror apabullante es que ahora las noticias vengan marcadas, bajo amenaza, por el dinero.

Y resulta que no es tan tremendo que La Caixa enarbole el euro como medio para controlar la información. Después de todo es un banco y sólo conoce ese idioma. No le puedes pedir empatía, ni poesía, ni generosidad. Es una entidad financiera que sólo entiende de tantos por ciento, fondos y balances. Es un mausoleo construido para la avaricia, no el sentimiento. Lo que es realmente delirante es que esa amenaza tuvo un resultado inmediato en la cobertura de la noticia. Es decir, que en poco menos de 24h, la noticia desapareció o se minimizó hasta el ridículo (en algunos casos desaparecieron menciones a La Caixa o CaixaBank). Esa es la verdadera noticia: que muchos medios, bajaron la cabeza y aceptaron ser intervenidos con tal de seguir recibiendo la inversión publicitaria. Con la consiguiente pérdida de información realista para sus clientes, nosotros.

Igual es que vivimos en un 1984 y yo no me había dado cuenta, que podría ser perfectamente porque yo últimamente sólo pienso en qué tengo que hacer para conseguir llevar mis lorzas al gimnasio. Quizá eso que llaman distopía es en realidad el presente en el que vivimos. Si es así, ¿cuánto tiempo queda para que quemen libros como en Farenheit?

En días así, doy gracias por Internet (aunque me amenacen con represalias penales), por Twitter (aunque enarbolen la sombra de una cárcel) y por canales mucho menos intervenidos que los que, dinosaurios moribundos, venían siendo los oficiales. Y pienso que quizá no es que la gente ya no quiera leer ni comprar periódicos ni visitar los quioscos. Quizá es simplemente que la gente está cansada de que les mientan y les condicionen. Quizá la crisis de los diarios y los grupos editoriales no sea tanto una crisis económica sino una crisis de confianza, una crisis de “verdad”. Quizá es que muchos nos hemos dado cuenta ya de que la información que recibimos no solo es sesgada sino que está vendida. Menuda putada que la gente se despierte para los ejecutivos de La Caixa y para medios que se venden a golpe de talonario. Quizá esta sea la forma por la que, AL FIN, desarrollemos generaciones con curiosidad y criterio. Quizá saber que no podemos fiarnos de ningún tipo de noticia ni cobertura (de cualquier corriente política) nos haga buscadores de verdad. Nos haga, por fin, curiosos. Y en el camino aprendamos a pensar por nosotros mismos. Sería una contestación poderosísima a todos los atropellos que venimos sufriendo desde hace años desde todos los estamentos de poder.

Ojalá nos despertemos del letargo y no dejen de enfurecernos nunca situaciones como ésta. Y que no se quede ahí, que nos haga seguir buscando por nosotros mismos.

Que ellos pisen y que con cada pisada, nosotros nos reafirmemos en que nuestra democracia, como nuestra vida, no está en venta.

Fotografía: Tono Carbajo

 

 

 


Javier Giner: Un puñado de razones para leer a Javier Calvo


Porque acaba de ganar el premio Biblioteca Breve de Seix Barral con la apabullante El jardín colgante, uno de los mejores libros —con final atómico— que he leído en mucho tiempo.

Porque es un escritor magistral, malabarista y emocionante. Una pluma necesaria en el panorama yermo y aburrido de la literatura española “imperante”.

Porque Javier Calvo se arriesga. Y es oscuro y divertido y políticamente incorrecto y violento y necesario. Porque es un escritor de raza, indomable.

Porque Javier Calvo no es muy agraciado físicamente y en el 2012 se lleva apoyar a los feos y a los tullidos (Calvo está entero, doy fe). También se lleva apoyar a los emocionalmente convulsos, algo que estoy seguro que Calvo es.

Porque si lees sus novelas, descubres que tiene intereses de lo más originales.

Porque nunca la historia (la transición en El jardín colgante y la Barcelona de 1877 en Corona de flores) fue tan entretenida y venenosa.

Porque si Tim Burton, Samuel Fuller, David Lynch, Sam Peckinpack y Roger Corman hubiesen follado y dado a luz a un hijo, sería Javier Calvo. El niño les saldría contestón y rebelde, y decidiría dedicarse a la literatura porque ya había demasiados cineastas con sus cinco progenitores. Todo ello, como has podido adivinar, convierte a Javier Calvo en un freak.

Porque Javier Calvo es un freak, como lo fue Bolaño y Salinger y Burroughs y Vonnegut y muchos otros. Y a los freaks, criaturas mitológicas dueñas de un universo propio, hay que cuidarles con tesón, grandes dosis de cariño y muchísima admiración. Por mucho que te den miedo. Acuérdate de Eduardo Manostijeras. Cualquiera que sea capaz de expresar su interior con la fuerza para crear un mundo nuevo reconocible (imagínate lo que cuesta en una sociedad globalizada que tiende a la uniformidad forzosa) es digno de alabanza.

Porque si observas su mirada en las fotos que le hacen, entiendes que aún le quedan miles de secretos por confesar públicamente y que sólo podrá hacerlo a través de su escritura.

Porque Javier Calvo te lleva a lugares en los que jamás quisiste entrar. Pero, como te ha dicho tu terapeuta, es hora de empezar a enfrentarte a tus miedos y penetrar en el lado oscuro. Javier Calvo puede, si tú quieres, llevarte de la mano.

Porque Javier Calvo es gótico sin maquillarse ni llevar las uñas pintadas.

Porque Javier Calvo bebe.

Porque tiene uno de los blogs más interesantes de la actual narrativa española, un templo a la sorpresa, el punk, la literatura underground y las joyas por descubrir.

Porque si vuelves a tocar un libro parecido a El tiempo entre costuras, se te caerá la piel a cachos y no lo podrás solucionar ni con photoshop. Irás marcado de por vida y todo el mundo sabrá que lees babosadas de Planeta.

Porque la literatura española está ya muy vieja y trasnochada de Javier Marías, Pérez Reverte y demás fauna. Porque queremos novedad y que nos sacudan.

Porque estás desnutrido de tanto admirar a Chuck Palaniuk sabiendo que existe Javier Calvo, que te pilla mucho más a mano.

Porque Javier Calvo nunca lleva zapatos de punta ni pantalones blancos. Es un freak, pero no es hortera.

Porque Javier Calvo, cuando le entrevistan, da los titulares más sabrosos, cínicos y destructivos que he tenido ocasión de leer.

Porque esto es una columna y, como tal, una opinión. Y nace de la necesidad casi física de alabar públicamente el trabajo de este autor. Leí El jardín colgante y me quedé sin palabras. Corrí a devorar su novela previa Corona de flores, y volvió a ocurrir. Mundo maravilloso es aún mejor, un abrasador festín de la imaginación. Un milagro. Así que un domingo, recién levantado, camino del baño, somnoliento, tomé la decisión: o escribo algo sobre él o me muero. Y mi epitafio será parecido a: nunca escribió nada sobre Javier Calvo.

Porque a los grandes se les comparte. La mezquindad y la avaricia no son concebibles en la cultura. O no deberían serlo, al menos.

Porque me importa un rábano dónde me lleve Javier Calvo. Cuando le leo, me abandono. No creo que haya otra manera. Sus recovecos, inmorales, inasibles, indescifrables, siempre terminan en un lugar en el que yo nunca pensé. Ahí reside parte de su maestría.

Porque Javier Calvo es en mi vida lo que Orson Welles a El tercer hombre. Es ese personaje, aún más, esa presencia, de la que todo el mundo habla, que todo el mundo conoce, pero que no aparece hasta la última secuencia (en mi caso esto va mucho más allá porque Calvo se me mete en la cama a diario en forma de novela). Bien, yo estoy aún en mitad de mi película y no me lo he encontrado. Aunque estoy seguro de que poco falta para ello.

Porque no conozco un autor actual en nuestra literatura con mayor capacidad para dotar de nombre a sus personajes. Esto, que parece una perogrullada, encierra una ciencia generadora de incontables frustraciones. Confieso que creo que más difícil que escribir un novelón es encontrar un nombre para tu protagonista. Todos los personajes de Calvo son maestros indiscutibles de la nomenclatura. Estoy convencido de que robaré alguno de sus nombres en más de una ocasión. Sin que él lo sepa por supuesto. Un pequeño muestrario: el señor Bocanegra, Semproni de Paula, Menelaus Roca, Dado Blokium, Arístides Lao, Melitón Muria…

Porque la existencia de un escritor inclasificable, original y no por ello menos exquisito ni maestro, sólo puede traer de nuestra parte una actitud convencida, casi fanática: la celebración. Dejarle escapar, adorando a otras figuras, merecería el castigo eterno.

Porque siempre siento al leer a Calvo que se me escapan cosas. Me hace sentir tonto. Sus tramas están perfectamente hilvanadas, sin perder detalle, pero sé que entre las letras, en los espacios, este prestidigitador de la narrativa esconde secretos que sólo los más valientes saben cómo descubrir. Estoy seguro, vamos. Así que siempre, cuando cierro un libro de Calvo, me invade la sensación de ser imbécil, de no lograr desmenuzarlo hasta las últimas consecuencias. A eso yo le llamo magia. Tiene algo inasible, más grande que el objeto físico del libro, una oscuridad indescifrable. Un creador de universos y sensaciones de difícil explicación lógica. Calvo penetra, con todas las consecuencias, en lugares propios que desconocías, bien oscuros, violentos y desasosegantes como lo son las noches y los secretos inconfesables, o los instintos más animales.

Porque te lo mereces.

Porque él se merece que le leas.

Porque probablemente le importe una mierda si le lees o no.

Porque a mí me gustaría ser Javier Calvo. Y porque estoy seguro de que eso nos ocurre a todos los que escribimos.

Porque todos queremos ser Javier Calvo.

Porque queremos que viva de su literatura y que siga regalándonos novelones anfetamínicos e irreverentes como Mundo maravilloso, Corona de flores y El jardín colgante.

Y porque ya está bien de ver tanta puta televisión y de matar horas en Facebook y Twitter. ¿Quieres ser realmente moderno y rebelde? Pues coge un libro y pasa de todo. E intenta que sea uno de Javier Calvo. Hazte el favor.


Javier Giner: Esta es mi memoria

Hola mamá,

No tengo claro qué es lo que me lleva a escribirte. Supongo que será un intento de ordenar algunos pensamientos que ocupan mi cabeza en estas últimas semanas. Ahora que he empezado a aprender a hacer punto (estoy currándome una bufanda roja llena de agujeros), me ha dado por recapacitar. Quizá por eso las abuelas son tan sabias: porque le dan al tarro mientras hacen jerseys para los nietos y se preocupan por no estar presentes ni alzar la voz en las discusiones (con tejer ya tienen bastante), sin perder detalle, eso sí. Porque escuchan, se empapan de todo y tejen. Y porque piensan. No lo sé. Te estoy escribiendo pero, no te preocupes, no te voy a mandar una carta ni un email con este texto. Las cosas realmente importantes (últimamente parece que nos obligan a que lo único importante sea la economía) ya te las cuento por teléfono. Esto de la carta a mi madre no es más que una filigrana-cero-original que me saco por el morro para estructurar el artículo, cosas de pseudoescritor un poco trasnochado. Un homenaje muy sui generis a la literatura epistolar. Así que aunque probablemente te envíe el link (que tú no leerás porque lo de Internet no lo llevas nada bien) nunca recibirás esta carta. Prefiero que sea así: saber que no la leerás quizá me ayude a ser más libre y sincero al escribirla. Ya sabes que siempre he pecado (cada vez menos) de intentar decir aquello que se espera de mí, aunque contradiga a mi deseo. De intentar no hacerte más daño del que ya te he hecho (con algunas de mis acciones) con las cosas que digo. Cosas de hijos.

No lo hemos comentado pero estoy seguro de que mis últimas visitas a casa te han sorprendido. No mi presencia (ya sabes que intento visitaros todo lo posible aunque sea para volver cargado de jamón y tuppers a Barcelona) sino las preguntas que la acompañan. He visto en tus ojos y en los de papá la incredulidad y una cierta incertidumbre, unida a orgullo y ternura, al preguntaros acerca de los abuelos, acerca de vosotros, acerca de sensaciones y recuerdos o emociones de mi infancia y adolescencia. Os he visto suspirar aterrados probablemente pensando en por dónde os iba a salir ahora (con todas las salidas, algunas realmente temerarias, que he tenido a lo largo de todos estos años). Os he observado deseosos y encantados de encontrar las fotos que hacía años que no veía (mucho menos pedía ver). Supongo que te han dejado sin habla las charlas en la cocina mientras tú limpiabas lentejas en las que he hecho un esfuerzo de investigación en interesarme en las historias de los abuelos, en sus muertes (por motivos laborales sabes que no pude asistir a ninguno de sus funerales). Y apostaría las dos piernas a que has comentado con papá mis visitas a verles al cementerio, acompañado de Iñigo. O mis paseos, también con mi hermano, a lo largo y ancho de las calles de ese pueblo en las que crecimos juntos (mucho más pequeñas que en mi recuerdo) y en las que ya no vivís, como ocurrió estas últimas navidades. Cuando intento encontrar una razón que explique todos estos comportamientos, me escudo en la edad. El lugar común-rollo ese de que te interesas por tu pasado cuando te haces mayor. Lo cierto es que la excusa tiene algo de patética y de cobarde y no deja de ser una manera de desplazar la responsabilidad a algo externo a mi: como si la edad fuese una persona ajena a mis huesos y mis órganos. Es la edad, no soy yo. Otra mentira. Autoengaño. Quizá por eso hoy te escribo sin que tú lo sepas. Para que me ayudes, con tu presencia silenciosa, a descubrir la verdadera razón.

Estoy seguro de que alguna noche, haciendo tus crucigramas, habrás pensado: Y a éste… ¿qué le pasa ahora?

Bien, pues ahora, que no me lees y que tengo treinta y cuatro, creo que puedo confesarte que siempre me atrajeron y envidié a aquellas personas que lo saben todo acerca de su historia. Yo, como bien sabes, he huido toda mi vida de ella hasta el punto de que, a menudo, pienso que Iñigo no es mi hermano, sino una enciclopedia con piernas de mi vida, de mi infancia, de todos los recuerdos que no tengo o he querido borrar. Él sí se acuerda de todo aquello que yo hice, dije, fui. Curioso que sea él y no yo, ¿no te parece? A mi sí. Iñigo parece ser el recipiente del recuerdo de ambos, puesto que yo he ido pasando de etapa en etapa anulando la anterior, deshaciéndome de ella, borrándola. He renacido dieciocho veces en dieciocho lugares distintos. ¿Te acuerdas de aquella terapeuta lesbiana que estaba empeñada en decir que lo mío era desarraigo?

Anoche me descubrí en la cama emocionado con ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? de Jeanette Winterson, una de mis escritoras de cabecera. Son sus memorias, mamá, la recolección caprichosa de sus recuerdos. En ella Winterson hace un poco lo que yo vengo haciendo estos últimos meses: recuerda. Hace las paces con su pasado (en el caso de ella muchísimo más dramático que el mío, dónde va a parar, aunque los dramas, al contrario de lo que la gente piensa, son traumas internos, a menudo sin necesidad de acontecimientos externos tremendos). Winterson analiza a través de sus recuerdos (a ella se los arrebataron) los conceptos del vacío, pérdida, amor y anhelo (curiosamente los mismos pilares sobre los que se ha basado toda su literatura). Hablé del libro con un amigo y en esa conversación solté sin pensar la siguiente frase: “yo sólo leo novelas, las memorias no me interesan”. A los pocos minutos, haciendo punto, comencé a pensar que eso no es cierto. Todo lo contrario. En los últimos meses, en el último año, inconscientemente he comenzado a leer memorias (algunas noveladas, otras no). Biografías. He leído historias, en el sentido más literal de la palabra. Ahora, mientras escribo esto, se me hace transparente que comencé a hacerlo en el momento en el que comencé a darle importancia a mi vida. Así, en estos últimos meses me han acompañado maravillas como Lo que nos queda por vivir de Elvira Lindo (una novela-ficción con mucho de sentimiento real), Una historia de amor y oscuridad de Amos Oz, Otra noche de mierda en esta puta ciudad de Nick Flynn, Experiencia de Martin Amis, De vidas ajenas de Emmanuel Carrere, Hacia el amanecer de Michael Greenberg y algunos otros. Hace dos semanas acudí a la inauguración de la exposición de mi amigo pintor Miguel Leal, que él tituló Desencuentros y que parte de ella se estructura en torno a una serie llamada Niños perdidos: una recomposición de infancias apabullantemente emocionante.

¿No te parece todo de una casualidad casi ridícula?

Ahora entiendo que voy leyendo y sintiendo aquello que voy buscando. Sin saberlo. Me he ido echando a la espalda testigos y participantes de un camino que ni yo mismo sabía que estaba emprendiendo: el mío, mi descubrimiento, mi historia, mi memoria, por fin. Y cuando voy a terapia, hablo más de los años que olvidé (o intenté olvidar, porque nunca se olvidan y siguen ejerciendo poder aunque los conviertas en una segunda o tercera o cuarta piel) que de lo que me ocurre hoy en día. Comienzo a vivir desde el momento en donde me dejé. La vida es la hostia. Se vuelve siempre al sitio que dejaste.

Creo que el interés comienza y termina en mí. Sabes mi historia, porque estás unida a ella y la conoces como si fuera la tuya, y eres consciente de todas las veces que he mudado de piel, haciendo, por etapas, imposible comunicarse conmigo. En las postales psico-comerciales de autoayuda lo resumen con la frase de “a veces es necesario perderse, para poder encontrarse”. Me jode darle la razón al negocio psico-expréss pero algo así creo que me ha ocurrido. Y ahora me debo de encontrar en el meollo de mi encuentro, nunca mejor dicho. Te lo explicaré de otra manera: se cayó el disfraz. Me cansé de huir. La resistencia se ha deshecho. Ya no me quedan más personajes por explorar ni interpretar porque entiendo que cada uno de ellos no es más que un nuevo intento de no enfrentarme a quien en realidad soy, una forma de evasión y escapatoria más que unir a las muchas que me caracterizan. Por eso ahora os pregunto y leo memorias. Porque quiero saber quién soy. Porque quiero entenderme. Yo. Ese pronombre tan sencillo y tan complejo que me ha tomado treinta y cuatro años comenzar a entender: yo. Quién es ese yo. El real, no el de la máscara, no el de los estrenos, ni el de las cenas, ni el de las sonrisas gratuitas, ni el histriónico ni el generoso. No más adjetivos. Ahora busco al yo más íntimo. El que, inconscientemente, me llena de fuerza para levantarme cada día. Aquel yo al que tanto tiempo he tenido abandonado. Buscándole en todos aquellos lugares en los que siempre tuve la seguridad de que nunca le encontraría. Por eso te pregunto ahora por ti y por papá y por los abuelos y por Barakaldo. Por eso ahora voy al cementerio cuando os visito para ver sus tumbas. Para hablar con ellos en silencio. Ahora por fin entiendo que mucho de vosotros vive en mí. Y que, por mucho que me rebele, no conseguiré cambiarlo. Algunas cosas sí. He aprendido a no hacer míos vuestros conflictos, por pura salud mental. Pero en un nivel básico, natural, soy parte indivisible de vosotros, como vosotros lo sois de mí.

Voy aprendiendo que no puedo obviar todo lo que ocurrió hace años, lo que me hizo quien soy, lo que sentí, que esas experiencias son las que revivo hoy a diario, aunque mi vida no tenga nada que ver. Sé que necesito ser capaz de hablar con el niño obeso que devoraba dulces y sentía angustia mientras estudiaba en Jesuitas, y también con el estudiante repelente de contestación rápida y ocurrente, y con aquel adolescente que no dormía bien en el Colegio Mayor masculino y que intentaba esconder su homosexualidad en un terreno lleno de testosterona de macho agresivo. Quiero aprender a relacionarme con el chaval que no se iba a dormir hasta que sentía que habíais vuelto, apostado sobre una silla tras la puerta con el ojo clavado a la mirilla. El que se lo pasaba en grande escuchando barbaridades salir de boca de su abuelo Mariano. Necesito hacer presente y dialogar con el niño que hacía teatro y que fumaba y veía porno a escondidas con su primo Joserra, al que le encantaba llamar la atención y grabar películas del UHF en su Beta. Porque ese soy yo. Quiera o no.

Por eso tampoco entiendo que intenten condenar a un juez que investiga la memoria. Que lo increpen como sectarista o político o megalómano. Nunca he pensado, ni pienso, que el conocimiento o la memoria sean políticos. Como a todo, se le puede dar el uso que se precise y la manipulación está a la orden del día, lamentablemente para todos. Pero la memoria no es política. Necesaria, sí. De cualquier bando, color, raza o credo. No entiendo que haya personas que no quieran cerrar heridas de otros seres humanos por miedo a la pérdida de poder. Me resulta extraterrestre. Con tanto jaleo a trancas y barrancas con la Educación para la Ciudadanía y la Religión y demás, quizá debieran ponernos una clase en la que nos enseñasen a no perdernos de pista, a cada uno de nosotros, y descubrir las fosas comunes que todos tenemos: reales, y mentales también. Rompiendo una lanza a favor de la memoria, en cualquiera de todas sus vertientes posibles, social o individual.

Hace menos de un mes enmarqué la foto que acompaña a este texto en la que salís con el abuelo. Ahora cuelga de mi pared y la veo a diario. Me emociona veros jóvenes, junto a ese hombre al que apenas conocí, sabiendo que a fuerza de valentía nos sacasteis adelante a Iñigo y a mí. Y no ha sido sencillo, me consta. Os hemos dado mucha guerra. Veo la foto y entiendo que también tuvisteis una vida y deseos y miedos e inseguridades y anhelos y resistencias, antes de que naciéramos. Ahora sé que el lugar que le corresponde a esa foto es mi casa, la que no comparto con vosotros, cerca de mis ojos. Para no olvidarme nunca de quién soy y de a quién estoy empeñado en descubrir. Comprendiendo por fin que sólo puedo encontrarme penetrando en esos días, en esas historias que tanto tiempo tuve abandonadas. Las mías, mis sensaciones, mis automatismos, mis necesidades, mis afectos, mis miedos y mis frustraciones que, para lo bueno y para lo mano, también son un poco las vuestras.

Aunque probablemente no te hubiese escuchado deberías haberme explicado que siempre se vuelve al comienzo lo que equivale a decir a mis días con vosotros, a cubierto. Que esos años me marcarían aunque luego yo intentase borrarlos a golpe de enfrentamientos, rebeldías y ninguneos. Que crecer quizás se trate de eso, y que un día iba a darme cuenta por fin: de dejar de negaros para dejar de negarme, de recuperar al niño asustado que siempre fui. De aprender a darle ánimos, sin presionarle para ser lo que no era ni es. De dejar de ser esclavo de la condena de aparentar. De romper el silencio. De recordar. Ya te digo: aunque debieras haberlo hecho, no hubiese servido de nada. Aún no estaba preparado para escucharlo. Era joven, inexperto y desconocía muchas cosas. Aunque tenía mucha boca. Y demasiada actitud. Ahora que tengo menos miedo, no me cuesta tanto ser humilde.

Seguiré preguntándote. Y espero que tú me sigas contando entre lentejas. No sólo tú, también papá e Iñigo. No quiero ser como España: ahora que me he puesto, no quiero olvidar, quiero removerlo todo y sacarlo a la luz, para poder darme consuelo cuando sienta los vacíos (que vendrán). Para hacerme fuerte desde la realidad de un conocimiento honesto, aceptándome por fin. Estoy decidido a convertirme en una de esas personas que tanto envidié: las que conocen su historia y saben quiénes son.

Hoy me dormiré con las palabras de Winterson, las que subrayé anoche mientras leía sus memorias: “Necesitaba palabras porque todas las familias infelices sellan un pacto de silencio. Quien rompa ese silencio jamás será perdonado. Él o ella tendrá que aprender a perdonarse a sí mismo”.

Estoy orgulloso de poder decir que leo memorias. Aunque no me hubiese dado cuenta hasta ahora.

Te adoro.

Tu hijo.

 


Javier Giner: Amor. Siempre. De cualquier clase. Una historia que son muchas

Quedé con A una soleada mañana de otoño en la que todavía podíamos andar, traviesos, en camiseta, desafiando al calendario. Hacía un par de meses que no nos veíamos. A se dedica a la producción de teatro (esa disciplina que parece estar reviviendo a contracorriente, menos mal, en nuestro país) y llevaba un tiempo de gira con una obra fuera de Barcelona. A siempre sonríe y tiene una voz muy dulce. Es delgado y dicharachero, tiene varios tatuajes, va rapado y es una de esas personas a las que abrazarías en silencio durante horas. Además A es tremendamente profesional y, a lo largo de muchos años y con esfuerzo, se ha hecho un hueco en eso tan difícil de ser imprescindible para levantar cualquier tipo de gesta cultural. A es de esas personas que tan pronto te organiza el viaje y estancia de todo un equipo como te lleva al tinte la chaqueta del protagonista como calendariza ensayos, cierra dietas y presupuestos y negocia con importantes teatros. Creo, si no me equivoco, que la compañía andaba haciendo un Chejov, felices e ingenuos, creyendo en sus viajes de furgoneta que el mundo aún tiene tiempo para ver un Chejov (este cinismo que me casco será vapuleado posteriormente con su taquilla en Madrid: llenazo absoluto durante mes y pico). El novio de A es actor (en este caso, dirigía con mano maestra la función en cuestión) y no de vodevil (cuando toca, también sabe hacerlo, doy fe). Están, lo que a pie de calle se dice, hechos el uno para el otro. Se conocieron trabajando en la televisión y, desde entonces, de eso hace ya casi nueve años, comparten su vida.

A podría ser Angel, como Alba, como Arturo, como Alexia como otro nombre cualquiera. D podría ser Daniel como Diana como David como Desiree como otro nombre cualquiera. Lo único imprescindible es que en esta historia, verídica, A y D DEBEN tener el mismo sexo, sin importar sus nombres. Así que tú eliges: puedes convertirles en maricones o en bollos masculinas. Lo dejo a tu elección. Esta historia, además de interactiva, ya lo dice su título, es mi historia, que es la suya, la de A y D, y también un poco de la tuya, aunque no lo sepas todavía: una historia como otra cualquiera, aunque muchos se empeñen en intentar hacernos creer lo contrario.

La cosa es que esa mañana A tenía que darme las llaves de mi casa en Madrid en donde se había quedado con D. Yo les había dejado encantado mi casa para que la hicieran suya mientras duró su estancia. No hay nada que me guste más que mis amigos hagan suya mi casa vacía. Así que, después de hacerme entrega de las llaves y de cotillear acerca de amigos comunes y noticias sabrosas y estrenos de cine, dos cafés descafeinados más tarde, A decidió soltarme la bomba. Lo hizo de manera casual, sonriendo, azorado casi: A y D se casaban en tres semanas. Yo conocía su historia, puesto que mucha parte de ella la había vivido a su lado: a sus espaldas habían dejado ingentes cantidades de papeleos, viajes, esfuerzos y lloreras intentando conseguir adoptar un niño. Porque A y D lo tenían claro desde hacía mucho tiempo: querían fundar una familia (en su piso, hoy, existe una habitación vacía reservada para esa criatura). Pero aún no lo habían conseguido: las trabas y burocracias parecían interminables por momentos. Creo no equivocarme cuando digo que llevaban más de cuatro años atravesando procesos. Temerosos, con toda la razón, del resultado electoral del pasado 20 de noviembre, y, planteándose que el exceso de pseudo-democracia que sufrimos y la utilización de una ley electoral a todas luces injusta y maniquea, se casaban a la de ya, no fuera que el futuro, tan negro para todos, lo fuese un poquito más para ellos puesto que cabía, y cabe, la posibilidad de que con las subidas de impuestos, los recortes económicos y el plan de austeridad merkel-europeo, también aprovechen para meter, de rebajas, un arrasamiento con alguno de los derechos sociales logrados por sus predecesores. Cuestión de cambios, que se dice. Lo que necesita el país. Un pequeño esfuerzo.

Yo acepté encantado la invitación a la boda, una boda que no por esperada (cuántas veces habíamos jugado con esa posibilidad en nuestras cenas y reuniones) me hacía menos ilusión. No sólo porque sería la primera boda a la que asistiera (así es, he conseguido sobrevivir 34 años sin pisar una) sino porque no era capaz de no empaparme del brillo de vida de los ojos de A al darme la noticia. No podía, bajo ningún concepto, no formar parte de aquello que le producía una felicidad tan visible. No podía, no tenía excusa, desestimar la posible celebración de una mayoría absoluta, por todos vaticinada, yéndome de boda gay antes de la investidura de Mariano. Siempre me ha tirado la contracultura, la contrapolítica, la contraréplica y todo lo que va en contra. Desde pequeño (fui un niño realmente repelente), siempre pensé que una mayoría absoluta, de derechas, izquierdas o centro era lo que se puede llamar un putadón para un país. Ya que yo personalmente no tenía nada que festejar, me pareció que el destino me ponía en bandeja una excusa inestimable: había que celebrarlo tocando un poco los cojones, haciendo aquello prohibido, haciendo mía, nuestra, de todos, la diferencia que tanto se encargaban de eliminar y condenar en sus intervenciones públicas.

Que conste que yo nunca me he planteado casarme. No soy un firme defensor del matrimonio, ni estoy en contra de él. Digamos que opto por la vía intermedia: si a alguien le hace ilusión, que se case. Por mí genial. Yo, me temo, a día de hoy, aún estoy en la guardería de las relaciones: lo que se traduce en preocuparme de que una pareja me dure. Una boda, en mi vida, es como irse a la universidad, como visitar Marte, un planeta lejano que no me llama demasiado la atención, entretenido como estoy en salvar los pequeños comercios de mi barrio. Una boda, para mí, es terreno sobrenatural, materia de novela sci-fi. Lo desconocido. La tercera fase. Eso que les ocurre a todos menos a mí. Llevo con alegría esto de la soltería, no creas. No tengo fantasías de abandono y rechazo ni me siento incompleto. Dejé de creer en la media naranja a los diecisiete, y mientras no aparezca una fruta madura y completa, soy feliz sin hacer zumos. No tengo síndrome de protagonista-rubia-llorica de película hollywoodiense, que se hincha a helado y chocolate desperdiciando sus días solitarios en albornoz con el maquillaje corrido, ni me preocupa lo más mínimo acudir a la boda sin pareja (luego descubriría que algunos, con pareja, también acudían solos). Y me felicito a diario de ser capaz de aguantar en un mundo que parece diseñado para un dos, cuando en mi vida, a día de hoy, sólo existe el uno.

Así que acudí a la boda y allí fue donde apareció el concepto.

La palabra. Resonaba en mi cabeza mientras asistía a mi primer sacramento, que no era tal, puesto que se realizaba en un juzgado de un pequeño pueblo del Empordà catalán. La gente se había vestido bien, los niños correteaban por todos lados con las manos llenas de arroz, los jóvenes, que éramos muchos, nos hacíamos fotos, dentro, fuera y por todos lados, los padres se emocionaban, los reencuentros se producían, la felicidad y la normalidad estaba en el ambiente. Y en mi cabeza resonaba continuamente esa palabra: MATRIMONIO. Porque lo que yo estaba viviendo en ese momento, mi primera boda, no resultaba ser tal para muchas personas. Dejo fuera de este texto a la Iglesia y sus teorías acerca de la homosexualidad, porque me parecen tan demenciales que ni me molesto en intentar desprestigiarlas. Creo que ya lo hacen ellas solas. La Iglesia lleva ya mucho tiempo así: siendo su peor agente de prensa. No hay peor campaña de publicidad posible que las barbaridades que salen de la boca del sumo pontífice (en minúscula, como yo lo escribo) cada vez que la abre. Un estamento u organización que proclama la humildad y el amor como virtudes inestimables y celebra fastos multitudinarios (en no menos fastuosos locales y con no menos fastuoso vestuario) y señala y condena al de al lado por ser diferente no merece ni un atisbo de mi respeto. Así que la Iglesia en la Iglesia pero no en mi texto. Yo estoy intentando hablar de esa palabra.

La cosa es que yo miraba a mi alrededor, empapándome de la emoción líquida que se veía en la cara de todos los presentes, sabiendo que no faltaría mucho para estar bailando Shakira y Britney Spears y Mocedades y Reaggeton en el convite, que se descorcharía champán, se desanudarían las corbatas y habría muchas tartas, entendiendo que los niños que correteaban normalizaban su visión con esa inteligencia emocional que sólo los niños tienen y que la educación y la madurez parecen querer arrebatarnos, y volvía a mirar y no conseguía más que conjurar una palabra que resumiera lo que estaba viendo: normalidad. Era una boda. Sin más. Ni gay, ni trans, ni lesbiana, ni alienígena, ni discochochi ni generacional ni gitana. Era una boda: había un proyecto de vida, una declaración de amor, discursos emotivos, arroz, alegría, nervios, abrazos, celebración, bienvenidas, besos, fotos, modelazos, pasotones y risas. Entonces pensé que debía de estar equivocado al no descubrir algo extraño en todo aquello. Algo diferente. Luego caí en la cuenta de que en mi mundo cohabitan con perfecta armonía Jonathan Franzen y Radiohead y Albert Hammond y Roman Polanski y Concha Velasco. Eso es para mí normal. A la par que instructivo y gratificante. Crezco con la diferencia. Me nutro y me desarrollo con todo aquello que no se parece a mí. Y lo celebro, sin ningún miedo. Eso es lo que me ayuda a seguir viviendo.

Con lo difícil que está todo, con todas las frustraciones y desengaños acumulados, con todas las películas que se hacen sobre solteronas con dificultades inimaginables para casarse, con la caña que nos metemos a nosotros mismos, con la colección de cenas y polvos que atesoramos, con lo mucho que nos quejamos de que la gente (siempre son los demás) está loca, que no nos entienden, que no nos respetan, que nos rechazan… llega el PP y planta un recurso en el Tribunal Constitucional por una palabra: que no es más que una suma de letras a la cual NOSOTROS conferimos significado. Un símbolo. Nada más que eso. Pero ellos plantan un recurso. Y lo ponen REALMENTE jodido. No es una carrera de fondo, no, ellos quieren que sea una maratón con disparo al corredor a la llegada a meta. Y ahora, con la mayoría absoluta, se renovarán los jueces del Tribunal y pasarán a ser conservadores. Y ahora, ese recurso quizá fructifique. A eso, en términos dramáticos, se le llama obstaculización del deseo. Y es un ingrediente fundamental de cualquier historia (cinematográfica o literaria) que se precie. Sin obstáculos que el protagonista deba sortear en la consecución de su motivación/deseo, no hay conflicto. Y sin conflicto no hay historia. Digamos que un recurso ante el Tribunal Constitucional sería una necesidad dramática de cualquier miniserie política escrita por Aaron Sorkin. Con suspense añadido: el de muchas posibles futuras familias, entre ellas la de A y D. Y siempre ocurre lo mismo: aquello que nos atrae (incluso aquello que es necesario) en la ficción termina por no tener ni puta gracia en la vida real.

Mirando a mi alrededor, rodeado de alegría, no entendí cómo gente (políticos y políticas estudiadamente trajeados) presuntamente educada hacían carrera de desvirtuar semejante despliegue de verdad y amor. No entendí cómo alguien en sus santos cabales (lo entendían, sin juicios, hasta los niños) podía intentar prohibir o denominar o empaquetar algo tan puro en una ley o en una palabra. No entendí cómo la vida de alguien podía estar tan repleta de cinismo e inquina como para no participar de la celebración pura y limpia del acto público de declarar que quieres pasar el resto de tu vida junto a esa persona. No lo entendí. La boda a la que yo asistí estaba muy alejada de los focos matrimonio-políticos de grandes figuras públicas y representantes del PSOE que con la foto del convite convirtieron este acto íntimo en una versión cutre de una pancarta de campaña; no se casaba tu presentador favorito de la televisión ni un activista de los derechos de la comunidad homosexual; fue una celebración humilde, anónima y cercana. Ocurrió en un pueblo perdido del Empordà. A la salida algunos vecinos (el pueblo no debía de tener más de 500) se acercaron y aplaudieron con nosotros a los novios: inicialmente sorprendidos de que se tratase de dos personas del mismo sexo para inmediatamente dar paso a la alegría desaforada de verlos sonreír. Tiraron arroz con nosotros y, de no ser porque la comida era a media hora de coche de distancia, estoy seguro de que alguno, en contra de los ideales políticos que desplegara en su intimidad o en las partidas de dominó del bar los domingos, se habría unido feliz a la celebración. Estoy seguro.

Ya lo he dicho, no soy un defensor del matrimonio, pero sí que lo soy de las libertades y responsabilidades individuales que nacen del deseo de cada uno de vivir su vida como quiera. Ese derecho, para mí fundamental, no está ni estará nunca recogido en una palabra. M-A-T-R-I-M-O-N-I-O. ¿Qué más da? Una palabra será siempre incapaz de captar la humanidad y la magia de nuestra existencia.

¿No seríamos mucho más felices si en vez de focalizar nuestra energía en estudiar y condenar las palabras y acciones de otro, la dedicásemos a estudiar las nuestras? ¿No seríamos mucho más felices si consiguiéramos unirnos a través del lenguaje en vez de etiquetarnos, separarnos y condenarnos? ¿No seríamos mucho más felices si no escucháramos a aquellos que nos utilizan para separarnos, que germinan de odio, diferencia y rencor nuestra intimidad? ¿No seríamos mucho más felices si simplificásemos las cosas y aceptásemos el amor, sin leyes ni límites, aún cuando no lo entendamos? ¿No valdría la pena decir: no te entiendo, pero te respeto y parte de ti también soy yo? ¿No seríamos mucho más felices?

Lo sé: me ha quedado un texto de lo más moñigo. Digno sucesor del baboserío dominical de cualquier libro de autoayuda. E incluso sabiéndolo, y no estando orgulloso de ello, me siento obligado a escribirlo. Se lo debo a A y a D y a muchos otros cuyos nombres desconozco. Me lo debo a mi mismo, a mi yo futuro y a mi yo pasado.

Tengo claro cómo terminarlo: con la misma pregunta que sigue rondándome en la cabeza desde el día en el que me emocioné en una boda gay (ojalá un día pueda decir en una boda, a secas): ¿Si tanto cinismo, sarcasmo, culpa, mala baba, distanciamiento, rencor, rechazo, condena, crispación, ambición (todos ellos disfrazados y ensalzados mediática y socialmente como supuesta inteligencia) nos ha llevado a este lugar imposible de habitar para cualquiera que tenga sentimientos, por qué no darle una oportunidad a intentarlo de otra manera? ¿Vivimos con tanto miedo?

En estos momentos los matrimonios entre personas del mismo sexo son legales en: Países Bajos, Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia y Argentina. Espero sinceramente que el recurso presentado por el PP no prospere en el Tribunal Constitucional y, de hacerlo, que el partido al que una amplia mayoría de españoles ha votado tenga la suficiente templanza y visión como para dejar las cosas como están.

Yo, que no sé ni si me voy a casar algún día, y que es algo que no me quita el sueño, daría todo lo que tengo por tener un ápice de la valentía y generosidad de A y D y poder lucir la mirada emocionada y orgullosa que vi en sus ojos cuando se levantaron y, ante todos nosotros, sus amigos, su familia, sus conocidos y varios curiosos sonrientes del pueblo, se dieron finalmente un beso, antes de que arrebatado su público (nosotros, como el público del teatro al que dedican sus vidas) rompiésemos las paredes del juzgado con un tromba de aplausos.


Javier Giner: Y de repente, se imagina enamorado (un cuento de navidad)

Debería sacar el billete de cincuenta y dejarme ya de tonterías, hay personas esperando —se recrimina Gaspar mentalmente, con culpabilidad, entretenido en buscar el cambio exacto. Esas monedas. Aunque hace frío en la calle, sus manos sudan dentro del pantalón, en los bolsillos a reventar de papeles, apremiadas por un deseo que les hace fallar en su empeño.

Son doce euros chaval —repite con un deje rutinario y cansado el hombre barbudo canoso tras la ventanilla de cristal. La voz rasposa del hombre y su mirada hacen temblar a Gaspar por un segundo. Le sorprende que el barbudo al otro lado del cristal no participe del anonimato que esperaba de este tipo de lugares y que, al contrario, clave sus ojos claros en él como diciéndole: sé quién eres y nunca más se me olvidará tu cara. Te tengo fichado, vicioso. Se lo voy a contar a todo el mundo, chaval.

Sí, sí, perdona. Es que estoy buscando…

Pues date vida tío, que hay gente esperando con el calentón —responde secamente el barbudo. Al hacerlo, se gira para colocar unas toallas blancas y unas chanclas en algún lugar que escapa a la visión de Gaspar. Con ese movimiento, descubre su incipiente calvicie y barriga. Un Santa Claus en camiseta desesperado y harto de su trabajo.

Hasta en el puto día de Nochebuena, no hay manera… Nadie debe tener familia —le oye Gaspar murmurar con una especie de ritmillo musical aprendido, en una conversación que está seguro acostumbra a tener, la conversación solitaria. No hay rastro de otra persona que cohabite la pecera mientras el hombre revolotea en el cubículo acristalado, dedicándose a actividades laborales que Gaspar desconoce y que nunca hubiese podido imaginar que existieran.

Le parece curioso, incluso algo enfermizo, que la habitación transparente esté recubierta en dos puntos huérfanos por espumillón verde que con seguridad conoció tiempos y brillos mejores. La presencia de tan raquítica decoración recuerda a los visitantes que es Navidad, aunque Gaspar esté seguro de que les importa bien poco. Le produce un anhelo casi insoportable relacionar el lugar con esas fechas. Desde luego, en el orden de la mayoría, de la seguridad del mundo, en la estructura moral que se establece en las calles, en la multitud, en los conceptos compartidos, en los ruidos, en el devaneo de gente, en la sucesión interminable de noches y días, eso no suele ser así. Sin embargo, aquí está él contra todo pronóstico: intentando encontrar las monedas exactas. En la tarde de Nochebuena. En la puerta de una sauna.

Ya está. Perdona… —deja escapar Gaspar azorado al tiempo que deposita sobre una bandeja plateada doce euros exactos en monedas de dos. Inconscientemente se gira para comprobar que tras él se extiende una cola extensa de diversos tipos de hombres entretenidos en mirar a cualquier lugar que no sea los ojos de las personas que tienen alrededor. Todos ellos respirando, casi al unísono, como un ballet masculino de maniquíes inamovibles. Gaspar vuelve a chequear su reloj. Son las cuatro y diez de la tarde. Aún tiene tiempo hasta que empiece la cena.

Toma. La llave para la taquillita y la toalla. ¿Qué pie tienes?

Cuarenta y dos —responde Gaspar e infantilmente se mira sus náuticos como cerciorándose a vista de pájaro que no ha mentido.

Ahí van: los condones y el lubricante. El barbudo canoso le entrega a Gaspar todos los objetos a través de la bandeja y con ellos una llave marcada con el número ochenta y tres. Ala, a pasarlo bien y, ya sabes, Feliz Navidad sentencia el barbudo con un pequeño rintintín.

Gaspar sonríe avergonzado apartando la mirada y penetra en la oscuridad acuosa de la sauna y de su imaginario de mareas de cuerpos masculinos desnudos, sin saber si acaban de apoyarle en su gesta, o por el contrario, se acaban de mofar en su cara. No sería la primera vez.

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Gaspar se ha quitado la ropa y la ha colocado ordenadamente en la taquilla que le han asignado, compartiendo un ritual silencioso con el resto de hombres que hacen lo mismo que él. Una liturgia extraña y curiosa en la que se incluyen comentarios mudos y sonidos esporádicos, casi todos jadeos y vítores, que llegan desde el otro lado de la fila metálica, producidos por cuerpos que ninguno de los que se desnuda puede ver todavía. Ahora Gaspar está de pie, desatándose el reloj, cubierto únicamente por una toalla que descansa pesadamente, dada la atmósfera vaporosa, por encima de sus rodillas y calzado con unas chanclas azules de plástico barato. Si fuera capaz de visualizarse, si pudiera salir de su cuerpo y verse en este momento, sabría que parece un chaval desvalido. Se ha colgado la llave de la taquilla en torno a la muñeca, como ha visto hacer a un hombre maduro cuando ha pasado junto a él. No ha podido evitar, mientras se desnudaba, compartir el juego de robo de miradas entre todos los hombres, un juego lejanamente erótico, lleno de silencios y de tensión, repleto de promesas. Y aunque él también ha mirado, no ha sabido entender si estaba siendo deseado o no.

Mientras se quitaba los bóxers de raya diplomática, se ha sentido inexperto, a sus veinte años, dueño de un pecho imberbe y un cuerpo poco formado, con los brazos aún demasiado largos, como un animal que tiene todo por aprender. Sin saber por qué, ante su propia desnudez pálida, ha pensado en su familia, en su madre, que posiblemente a estas horas haya dado comienzo ya a los preparativos de la cena de Nochebuena junto a su hermana, ajena a que su pequeño Gaspar se está desnudando en una sauna. La ha imaginado con el pelo estudiada y perfectamente preparado, colocando las velas y la cubertería de plata, la que utilizan para las ocasiones especiales. Le ha visto inclinada sobre el tapete blanco inmaculado asegurándose de que no haya un solo desdoble ni mancha que oscurezca la perfección de la disposición de la mesa y con ella, de la noche, de la cena y de su vida entera. Su padre, supone, seguirá en la consulta puesto que en estas fechas la gente adolece mucho más de soledad y con ella de locura, y le ha imaginado también, como hace todos los años, sentado a la mesa de Navidad con su queja infinita de todas las recetas de ansiolíticos y antidepresivos que prescribe en diciembre y enero. Gaspar se ha preguntado si el resto de hombres que entrevé deshaciéndose de pantalones y zapatos frente a sus agujeros individuales, tendrán una familia, y si, de ser así, compartirán villancicos y una cena de Nochebuena con ella dentro de unas pocas horas. Y si, de hacerlo, alguno de ellos confesará orgulloso de dónde llega y lo que ha hecho. Está seguro de que no es así. En este mundo, como en el de fuera, dominan los secretos.

Al sentarse un segundo en el banco de madera desgastada, tras asegurarse de que su taquilla está bien cerrada y de que el barbour descansa tras la puerta, le ataca la sensación placentera de sobrellevar su soledad de manera mucho más estoica aquí dentro, calmadamente incluso, puesto que este mundo está poblado de hombres que están tan solos como él. Aquí, se ha dado cuenta mientras respiraba sentado en el banco bajo una luz espesa y tamizada y ese innegable olor sucio a limpieza rancia que puebla la sauna, nadie le mira por estar solo y a él no le sorprende que los demás lo estén. La soledad en este mundo, como en los aeropuertos, es parte de la mecánica del lenguaje. Es una identidad aprendida que hace las cosas más sencillas y directas. Es, al fin y al cabo, aceptada y esperada.

No como afuera, en el mundo real, donde se cuelga de su vida como una maldición y le hace sentirse incompleto.

Sobre el suelo descubre una tarjeta al mover uno de sus pies. Cuando su mano temblorosa la recoge, ve que pertenece a una floristería. Ha debido de caerse de alguno de los bolsillos de otro visitante. No puede evitar imaginar que algún hombre, que posiblemente esté ahí dentro con uno o varios desconocidos, ha debido de utilizar ese servicio para comprar un ramo de flores a una persona a la que quiere con locura, a alguien importante para él. Después de todo, en la sauna y en cualquier otro lugar, es Nochebuena, y en un día así, es propicio demostrar el cariño a base de regalos, aunque sean flores y pierdas después la tarjeta en la oscuridad del instinto. Con decisión Gaspar se levanta, vuelve a abrir la taquilla y deposita la tarjeta dentro de sus chinos, doblada y oculta tras varias capas de ropa que yacen descansando en la oscuridad húmeda, junto a los condones y el lubricante. El está seguro de que no los necesitará. Él está aquí por razones distintas al del resto de los hombres que le miran.

.

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No ha pasado demasiado tiempo, pero ha sido suficiente para que, llevado por la necesidad de encontrar lo que busca, Gaspar haya recorrido toda la sauna presa de una sensación incómoda. Algunas de las escenas que acaba de contemplar le producen rechazo, semejante a un pudor infantil, aunque al verlas se haya recordado que ha empleado más de una situación parecida, eso sí, tras la seguridad de la pantalla de un ordenador, para masturbarse en los últimos años. Y ahora que podría estar participando de sus propias fantasías, normalmente compuestas por más de un cuerpo en activo, las que ha tenido en la seguridad de su hogar mientras sus padres descansaban los fines de semana en la casa del campo, se descubre que no tiene necesidad alguna. El deseo ha dejado paso a una sensación de pérdida, rechazo y abandono y se da cuenta de que el comercio enfría las sensaciones y los sentimientos. Conseguir compañía, se reitera, no resulta complicado, y mucho menos entre esas paredes, entre los pasillos, en las entrañas de las cabinas acolchadas que descansan bajo la ausencia de luz. Lo que resulta endemoniadamente complicado es conseguir comprensión. Después de todo, quizá los cánones que rigen estos sitios no se diferencien tanto de lo que ocurre en la vida diaria. Ninguno de los ojos con los que se ha cruzado en su caminar, atalayas entre las sombras, le han dado la seguridad o la confianza suficiente como para poder hablar y contar su historia. Desde luego hay gente, pero ninguno de ellos, de los muchos que pueblan el submundo, se asemeja a lo que él necesita en esa tarde de Navidad: alguien que le entienda.

Va a ser imposible. Después de todos estos meses, no va a conseguirlo.

Decide darse más tiempo, de forma desesperada, puesto que necesita pensar, y se dirige, pasando frente a la piscina llena de rostros expectantes como boyas abandonadas, al bar. Camina hacia allí tarareando una antigua canción de Simone Langlois que recuerda haber oído a su abuela cuando él era niño y, con ella, con la voz de esa mujer muerta que tanto le quiso, que sabía leer en sus ojos, gana algo de la confianza perdida en su paseo por el territorio desconocido de la sauna. Al fondo aparece un pequeño agujero en la pared, escondido tras unas rejas carcelarias marca del interiorismo del lugar. Tras ellas, en lo que se asemeja a una caverna mejor iluminada que el resto del local, fruto de la luz que se desprende de una televisión elevada donde se proyecta una película porno, se extiende un pequeño espacio que cuenta con una barra y varios taburetes. Alejadas de ella, sumidas en sombras, hay varias mesas con sus respectivas sillas, algunas de ellas ocupadas por rostros que Gaspar no puede ver con claridad, portadores asimismo de chanclas y toallas. No entiende muy bien qué hace aquí, en este lugar, y por un momento, se para ante la puerta del bar, como ante un impedimento imaginario y transparente, una pecera compuesta únicamente de sus propios temores, intentando decidir si vale la pena seguir adelante con su plan, o si por el contrario, debería enviar todo a paseo y simplemente convertirse en uno más para, diariamente, quejarse de la suerte que le he tocado vivir fuera, en el mundo real.

Aunque sus ojos hace tiempo que se han acostumbrado a la luz reinante, no puede realmente ver más allá de sus narices puesto que la luz de la televisión tamiza allí donde descansa, pero la gente, en este mundo, confía más en los espacios en sombra y el espacio frente la televisión, a sus pies, está vacío. Sabe que hay gente poblando ese habitáculo, el bar, puede sentirlo y las respiraciones se lo confirman, pero un silencio sepulcral se adueña de él, resquebrajado rítmicamente por jadeos, gritos y susurros provenientes del resto del lugar. Al fondo, cree adivinar que dos hombres, puesto que puede ver el reflejo blanquecino de sus toallas, comparten conversación, en un tono de voz que impide a Gaspar saber exactamente qué es lo que dicen pero que permite escuchar un continuado siseo. Tampoco le interesa mucho lo que se estén diciendo, sea lo que sea, no es asunto suyo. El necesita alguien que esté solo.

¿Tomas algo? —una voz desde el otro lado de la barra acaba de sentenciar su futuro, puesto que Gaspar sigue de pie en la puerta, inamovible. Ante la invitación se acerca tímidamente al bar y busca con la mirada la hilera de taburetes. Frente a él, tras la barra, un chico rapado, atractivo y definido. Sin llegar a estar musculado, tiene el cuerpo lleno de tatuajes y pendientes, al menos los brazos y la cara, que es todo lo que Gaspar puede ver. De edad desconocida pero decididamente joven, se apoya en la barra mientras presiona desde un mando a distancia el botón de pause y así, inclina la cabeza recibiendo a Gaspar y quedando a su disposición. Lleva puesta una camiseta negra de tirantes, roída y usada, con un logo que lee “The Misfits”. El hecho de ir vestido le confiere una seguridad de la que carecen muchos de los hombres que Gaspar ha visto en su paseo. El chico se mueve con soltura y facilidad, como si el espacio fuera una prolongación de su cuerpo, sin necesidad de medir sus movimientos. Hay algo en él, quizá su naturalidad, que invita a la confianza.

Eh… —duda Gaspar—. Un café con leche, por favor —pide finalmente.

Aquí no tenemos de eso, tronco —le contesta el camarero con una media sonrisa. De vez en cuando lanza miradas hacia un televisor pequeñito que hay sobre unas cajas de cartón, oculto para la clientela por la barra de madera y que él, supone Gaspar, utiliza para entretener los tiempos muertos. Tenemos de todo menos café, fíjate —dice el camarero entretenido por la petición de Gaspar. Tenemos hasta absenta. Pero no lo vayas soltando por ahí, porque es ilegal, ¿sabes?

Pues… ¿una coca cola light? —pregunta Gaspar tomando asiento.

Pues lo que tú digas. Aquí estoy yo para servirte. Pero tiene que ser zero —dice el camarero y a Gaspar le parece que está siendo un divertimento para él.

Zero está bien —contesta Gaspar. «Se me debe notar que soy novato en esto», piensa. Sin embargo, la sensación de ingenuidad no le parece temerosa con el camarero, al contrario de lo que le ocurría con el barbudo de la puerta. Con este chico las cosas parece que son más sencillas.

Huele raro en este sitio —se sorprende Gaspar diciendo al aire.

Si tú lo dices… Yo debo estar acostumbrado porque a mi me huele rara la calle, tronco. Claro que después de pasar el tiempo que paso yo encerrado aquí, cualquier cosa huele rara… Cualquier cosa normal, por lo menos —el camarero sonríe, una sonrisa dulce propiciada por su propia ocurrencia, mientras le dice a Gaspar el importe exacto de su coca cola y le explica que pagará lo que tome al salir, puesto que él apuntará todo lo que beba y será identificado por el número de la taquilla que lleva colgado de la muñeca. — ¿Algo más?

No. Gracias.

Pues vuelvo a mi serie, si no te importa. Lo que necesites ya sabes… —le dice el camarero y se agacha para sentarse en un pequeño taburete que Gaspar fácilmente identifica con uno que él mismo compró no hace mucho en Ikea, frente al televisor cuyas imágenes iluminan los bajos de la barra, sumiendo al camarero en un oasis de luz personal e intransferible. Gaspar no puede evitar preguntarse qué ocurrirá a continuación, en la serie que ve el camarero que sonríe y en su vida.

.

.

Tres coca colas zero más tarde, los créditos finales del capítulo final comienzan a aparecer en la pequeña televisión del camarero. Gaspar lleva dos horas sentado al taburete y en ese tiempo, salvo un par de personas que han pedido sendas copas, no ha visto ni hablado con nadie. Los dos hombres que se han aproximado le han invitado a acompañarles a otra habitación a disfrutar de privacidad y un poco de espacio, pero Gaspar educadamente ha declinado su oferta. Ha intentado iniciar una conversación con ellos, recordándose a sí mismo la razón por la que está aquí, pero ambos, dándose cuenta de que Gaspar tomaría un esfuerzo extra, el de la conversación, que no están dispuestos a cumplir, se han alejado sin despedirse siquiera. Gaspar se ha dejado estar sentado e intentar disfrutar de sus coca colas, mientras piensa en qué hacer y confirma que debe resultar atractivo para algunas de las personas que comparten ese espacio con él en esa tarde, pero que, sin embargo, nadie está interesado en saber nada acerca de él.

Del fondo del local comienzan a escucharse bufidos y ruidos, mucho más violentos y audibles que los jadeos rítmicos a los que ya se ha acostumbrado, acompañados por el resonar de unas chanclas que se acercan corriendo. Un hombre aparece de entre las sombras, proveniente del interior de la sauna, de las tripas del intercambio. En cuanto llega a la puerta, sudoroso, con la respiración entrecortada, deja escapar una sonora carcajada y comienza a compartir sus noticias con todo el mundo en un tono de voz más elevado que los cánones que dicta el espacio, acaparando la atención en un abrir y cerrar de ojos.

¡Tío, qué fuerte! —Gaspar identifica que se dirige al camarero— ¡Un cabrón se ha cagao en el cuarto oscuro!

¡¿Cómo que se ha cagao?! —pregunta el camarero sorprendido.

¡Que va de ghb hasta las cejas, no puede ni decir su nombre! ¡Tío, qué fuerte! ¡No veas cómo ha dejado eso! ¡Hay una peste insoportable!

¡¿Pero qué coño estás diciendo?! —pregunta el camarero.

¡Que se ha cagao! ¡De repente! ¡Sin avisar! ¡Estábamos ahí y va el tío y se caga! ¡Hay que hacer algo! —y tras decirlo se queda apostado en la puerta a la espera de una reacción.

Cagoenlaputa, joder —el camarero sale de su fortaleza tras la barra. La hostia, cómo sois… —le oye Gaspar decir mientras sale del bar y acompaña al chaval al reino de las sombras, devorados por la oscuridad.

Gaspar permanece callado, inmóvil, sin saber muy bien qué hacer y le invade la sensación de que debería hacer algo, de que la llamada de auxilio del otro hombre inexplicablemente le incluía también a él. Aunque el desconocimiento de cómo actuar le haya paralizado. Oye la voz de camarero que proviene de otro lugar alzarse entre el silencio: ¡Venga, todos fuera!… ¡Joder, todos fuera, y llevaros a ese, sacadlo de aquí! ¡Venga! ¡Y yo qué hostias sé! ¡Metedle en una ducha o algo!… ¡A ver si se le quita el colocón! ¡Venga! ¡Dios! ¡Que salgáis de aquí, hostias!

El camarero vuelve transcurridos varios minutos, que a Gaspar le parecen una eternidad, seguido de una hilera de hombres de cabezas bajas que pasan de largo ante el bar. Se le ve exhausto, asqueado. Se vuelve a colocar tras la seguridad de su atalaya y apaga el televisor, puesto que la serie hace tiempo que ha acabado.

Maricones de los cojones… Estoy hasta los huevos… —el camarero comienza a limpiar mecánicamente la barra con una balleta amarillenta. ¡¿Y tú qué?! —dice dirigiéndose a Gaspar —¡¿Puesto hasta el culo de coca, no?! Porque ya me dirás, llevas ahí pillao mirándolo todo dos horas seguidas como un búho sin decir ni mú… ¡¿O es que te pone ver porno en público?! —pregunta dirigiendo su mirada a la televisión. ¡Porque no sé si te has empapao, pero es la misma película en loop y no se descargan otra hasta dentro de dos días! —el camarero ahora habla más rápido que antes, y la media sonrisa ha desaparecido dejando paso a arrugas prematuras en su entrecejo.

Yo no me drogo —dice suavemente Gaspar. Le pega el último trago a su tercera coca cola.

Todo Dios se droga, princesita.

Yo no. ¿Me pones otra por favor? —pregunta tímidamente.

El camarero asiente en el aire, casi servicial, y respira profundamente, mientras abre la cámara frigorífica y saca una nueva botella. Gaspar le observa encogerse y lanzar un soplido.

Perdona, es que la mierda esa me ha puesto nervioso, tío. La mierda esa, nunca mejor dicho. No te puedes ni creer las polladas que tengo que ver todos los días, joder. Venga, a esta te invito yo. Por el susto —el camarero vuelve a blandir la sonrisa dulce de las presentaciones, como si hubiese borrado de su cabeza instantáneamente el mal trago. Gaspar supone que tiene que estar acostumbrado a poder hacer eso para sobrevivir y que, como todo el mundo, el camarero también tendrá su estrategia secreta, la que le permite elevarse por encima del dolor, sea cual sea.

¿Qué haces aquí?

¿Quién, yo?

No, mi madre que acaba de pasar. Sí, tú. ¿Vas a pasarte todas las Navidades ahí sentao como una estatua bebiendo coca cola? Cerramos en nada… —le dice el camarero mientras le sirve la cuarta.

Por fin, alguien que pregunta.

No, no. Tengo que ir a cenar con mi familia en poco tiempo, la verdad. He venido a buscar… Bueno, ya sabes, compañía —murmura Gaspar en un arranque de sinceridad.

Pues ahí sentado lo llevas crudo, princesita. Deberías acabarte esta y decidirte por alguien o se te van a terminar escapando todos, verás —le contesta el camarero encendiéndose un pitillo y ofreciendo uno a Gaspar.

No, gracias, no fumo. Verás, yo no he venido a… follar —le deja caer Gaspar como quien no quiere la cosa, sin percatarse de que ha comenzado a actuar acorde a sus objetivos, con completa facilidad, inconsciente. Quizás solo necesitase alguien que supiese escuchar.

¿Ah, no? —responde el camarero dejando que una bocanada de humo impregne la atmósfera de blanco— ¿A qué has venido entonces? No sé si lo sabes pero las coca colas son más baratas en la cafetería de enfrente.

Verás… Bueno, da igual —Gaspar se frena, asustado. El abismo de la sinceridad se abre ante él.

No, venga, dime, tronco, si no has venido a follar, ¿a qué has venido? Primero pides un café y ahora esto. Evidentemente no eres un experto —el camarero fuma con la mirada clavada en él, respirando profundamente. Al fondo de la sauna se vuelven a oír gritos jaleando una ducha comunitaria. Gaspar supone que están mojando al del ghb y espera sinceramente que el agua le ayude al hombre a despertar de su pesadilla. Se alegra de que haya gente siempre dispuesta a ayudar, en cualquier situación, en cualquier lugar.

He venido porque necesito conocer a alguien, tenía la esperanza de que aquí podría encontrar lo que busco… Es complicado —confiesa Gaspar mirando al vaso— Pero creo que no estoy en el sitio correcto —admite. Le ataca la conocida sensación de no pertenecer a ningún lugar: en los ambientes educados se siente demasiado diferente y en los ambientes diferentes se siente demasiado educado.

El camarero le observa sin hablar. Gaspar se da cuenta de que utiliza la antiquísima técnica de dejar que sea él quien se explique sin necesidad de preguntar. Sabe que por miedo, por incomodidad, por pura necesidad, Gaspar continuará con su historia huyendo del vacío silencioso que ha creado. Respira hondo. Cierra los ojos y aprieta las manos. Se lanza.

Necesito encontrar a alguien que me acompañe a la cena de Navidad, esta noche, con mi familia, que se haga pasar por mi… novio. ¿Entiendes?

El camarero no responde inmediatamente. Le mira.

Te estás quedando conmigo.

A Gaspar le parece detectar un tono casi paternal en su voz, la voz de ese camarero, que debe tener su misma edad y que aparece entretenido por descubrir la verdad.

A ver… Yo vengo de buena familia, ¿sabes?

Eso ya me había dao cuenta. Se te huele a la legua, chaval.

Bueno, pues eso. Mi hermana no puede tener hijos. Tuvo un problema que… bueno, no viene a cuento. Sólo somos dos hermanos: ella y yo. El apellido es importante en mi familia. Perpetuar el nombre de mi familia. Es una familia… clásica, con mucha historia ¿entiendes?

De puta madre, sí. Sigue.

Mis padres no saben que soy homosexual, porque yo soy homosexual, evidentemente, sino no estaría aquí… Sólo lo sabe mi hermana. Tampoco me entero muy bien de qué va todo esto, quiero decir que no… no me he acostado con nadie, todavía. A ella se lo conté a comienzos de septiembre.

¿De verdad no quieres un cigarro? Le pegaría a tu historia que te cagas. Soy estudiante de comunicación audiovisual, ¿sabes? Te veo así medio a oscuras, en plan confesión, pero con cigarro. Un travelling a lo Scorsese.

No, no. Que no fumo. La cosa es que hoy quiero decirles a mis padres que me gustan los… los…

Los hombres, ¿no? ¡Arranca! Tienes muy poco sentido del ritmo dramático, tío —añade el camarero.

Sí, eso. Los hombres. Y que no tendrán nietos, al menos biológicos. No quiero ni pensar si les hablo de adopción. Voy a matar a mi madre del disgusto —Gaspar bebe un poco de coca cola y se aclara la garganta en un movimiento reflejo.

¿Y no crees que igual estás siendo un poco dramático? Las cosas ya no son como antes.

Eso será en tu casa. En la mía… es distinto. He pensado —continúa Gaspar— que si me presento allí con alguien que se haga pasar por mi pareja hará todo más normal, más estructurado, más aceptable. Mis padres son capaces de cualquier cosa con tal de no perder la compostura frente a un desconocido. Son la esencia de la educación. Y podré demostrarles que tengo una estabilidad y que estoy construyendo algo junto a alguien. Me dará seguridad. Mi padre piensa que voy a la cena con un antiguo amigo que pasa las Navidades solo… Y yo estoy convencido de que presentarme con alguien y decir que es mi pareja añadirá normalidad a mi situación —dice Gaspar y suena convencido de su propio ardid. Quizás es ridículo pero temo su reacción… Y por encima de todo, me aterroriza poder desilusionarles. Es curioso como mi padre acepta y comprende cualquier cosa de sus pacientes, desde la distancia segura de su mesa, mi padre es psiquiatra, y sin embargo… no espera nada que no sea perfecto de sus hijos. Entiende cualquier cosa de un extraño que le paga por hacerlo y sin embargo… —reflexiona Gaspar en alto.

El camarero le mira con los ojos abiertos sin apartar la vista.

El problema es que, evidentemente, no hay pareja. La pareja me la he inventado yo, no tengo a nadie. Estoy solo, ¿entiendes? —le confiesa Gaspar.

Un silencio se adueña del espacio y Gaspar cree percibir que ni los habitantes de las sombras respiran. Sin haberlo pretendido, posiblemente se haya hecho con el interés de la habitación, no a base de gritos como ocurrió con el hombre que corría, sino únicamente con sinceridad, por muy extraña que ésta resulte en ese lugar.

Te estás quedando conmigo, colega —dice el camarero, pero al hacerlo sonríe, una sonrisa rápida y oculta, y Gaspar piensa por segunda vez que el camarero, accionado por un resorte interior, está comenzando a participar de su ingenuidad y que ésta se está extendiendo por la barra como un arco iris en la oscuridad, brillando con luz propia.

Va muy en serio. Necesito encontrar a alguien —le responde Gaspar alzando el vaso y brindando con el aire. Y no tengo mucho tiempo. Estoy desesperado, vamos —. Se sorprende a sí mismo reconociéndolo en alto. En algún momento de los últimos minutos, ha ganado confianza en sí mismo. ¿Qué más da, ya?

Menuda empanada mental, ¿no?

¿Yo o mi familia?

No sé, todos. ¿No tienes amigos? —pregunta el camarero.

Lo he intentado todo, conocidos, amigos de amigos de amigos, incluso echarme una pareja en serio, todo el rollo de internet… Pero… no ha habido suerte la verdad. Es realmente complicado tener pareja. ¿A ti no te pasa? No sé si soy yo. Todo el mundo tiene planes. También piensan que se me va la olla. La gente es mucho más egoísta de lo que imaginaba. Sobre todo en estas fechas.

¿Has pensado en pagar a alguien? —invita el camarero— ¿A un actor, por ejemplo? Anda que no hay peña por ahí medio muerta de hambre que lo haría encantada. ¿No hay una peli de algo así?

Pues eso no se me había ocurrido, la verdad —responde Gaspar.

Pensándolo mejor, da lo mismo. Ya no vas a encontrar a nadie. Vamos, que lo tienes crudo, princesita —comparte el camarero apagando lo que queda de cigarrillo— Todo el mundo tiene planes en un día como hoy, ¿lo sabes, no? Y, por cierto, eso no es ser egoísta —le dice.

Tú… ¿tienes planes? ¿A qué hora sales?

Lo siento tío, no te confundas. Yo soy hetero.

Pero solo tienes que sonreír y hablar con mi familia.

Ya, pero ceno con la mía y con mi novia, como todos… —se excusa el camarero.

Yo te acompaño, si quieres —una voz del fondo de las sombras se alza en la oscuridad. Poco a poco, Gaspar se da la vuelta y confronta con la mirada el lugar del que proviene la voz.

Abriéndose paso se acerca un chico joven, que ha debido permanecer sentado en la penumbra durante las últimas horas, entretenido en no sé sabe qué. El chico al que pertenece la voz es atractivo, formado y parece ser limpio. Gaspar no puede evitar fijarse en la desenvoltura del muchacho que, como el camarero, se mueve con facilidad, orgulloso de su cuerpo semidesnudo, confiado, y en lo abultado de su toalla, en el espacio delimitado por las piernas largas y atléticas que se mueven con rapidez.

Yo te acompaño, si tú quieres claro. No tengo planes hoy. Yo también estoy solo —el desconocido se acerca a la barra y tiende una mano a Gaspar para iniciar así el turno de presentaciones que acompaña con una sonrisa poblada. — Soy Ángel—.

A Gaspar le parece que los ojos del muchacho son los más bonitos que ha visto nunca. Unos ojos marrones oscuros, profundísimos. Tan oscuros como su pelo corto. Es un muchacho de una sencillez y seguridad arrebatadoras.

Gaspar no acierta a qué decir. Por respuesta, fija su mirada en el vaso de coca cola, ahora medio lleno. Tendrás que taparte el tatuaje. Mis padres los detestan —murmura.

Ángel se reconoce con la vista su propio cuerpo, en un barrido rápido y seguro que certifica el tatuaje de cuatro medusas abrazadas que lleva a lo largo del brazo izquierdo. — No te preocupes, he venido vestido —y suelta una fresca carcajada— Tengo la ropa en la taquilla. Como tú—.

La risa de Ángel resuena en la cabeza de Gaspar y comienza a actuar como un resorte que elimina el miedo. Gaspar se gira y encara a Ángel y decide comprobar si su plan puede llegar a buen puerto. — Yo soy Gaspar —y le tiende la mano para que Ángel la recoja en un fuerte apretón— Necesito que vengas a cenar con mi familia y te hagas pasar por mi pareja. Sé que suena a…

Ya, he oído tu historia. Estaba sentado ahí atrás. Te acompañaré. Ya te he dicho que yo estoy solo esta noche —le interrumpe Ángel sonriendo— Si quieres salimos de aquí y nos tomamos un café, tranquilos tú y yo. Esta noche puedo ser cualquiera.

Gracias, supongo —contesta sencillamente Gaspar—No sé qué decir, la verdad.

Vamos —Ángel le tiende el brazo para ayudarle a bajar del taburete, un gesto que Gaspar considera más allá de educado, casi acogedor. Una tímida sonrisa comienza a florecer en su cara.

Ambos se alejan buscando al unísono la salida.

Tengo que pagar las coca colas al salir. Y vestirme, claro. Perdona, Ángel —dice Gaspar volviéndose y dirigiéndose al camarero que permanece tras la barra —Que no sé cómo te llamas…

Fabián —contesta el camarero sorprendido.

Pues encantado Fabián. Yo soy Gaspar —y el muchacho deja entrever una sonrisa, llena de tranquilidad. Muchas gracias… y Feliz Navidad —le desea.

Igualmente, princesita. Y mucha suerte. Ya sabes dónde estoy si quieres un día contarme cómo terminó todo —le desea Fabián mientras se da la vuelta para comenzar a, supone Gaspar, recoger el local que está bajo sus dominios. Y Gaspar se pregunta si ese camarero que ha hecho las cosas tan sencillas y que ha sido el único que ha sabido escucharle, será feliz en un día como hoy. Espera, sinceramente, que así sea.

.

.

Al salir del recinto, Gaspar comprueba que ya se ha hecho de noche y observa algunos de los balcones iluminados por guirnaldas de luz agarrotadas entre los barrotes. Frente a la puerta de la sauna, al otro lado de la calle, la cafetería que mencionó el camarero cierra sus puertas, recordando al mundo entero que es una noche especial, para pasar en familia.

No quiero aparecer en tu casa con las manos vacías —le dice Ángel mientras le ayuda a colocarse el barbour. Unos bombones o algo así. Eso es lo que se lleva normalmente, ¿no?

Gaspar se siente conciliadoramente incómodo puesto que no entiende la facilidad con lo que ha ocurrido todo, después de tanto tiempo, y los temores que ha ido amasando durante meses potencian la desconfianza de que este tipo de cosas puedan ocurrir, y que, de hacerlo, sucedan con tanta facilidad. Pero continúa caminando junto a Ángel, calle abajo. No piensa dejar que la soledad arruine ni la cena de Navidad ni su vida.

Tengo el coche ahí mismo. ¿A qué te dedicas, Ángel? —pregunta Gaspar mientras se alejan de la sauna.

Follo por dinero. Chapero, ya sabes —le responde Ángel con naturalidad mirándole a los ojos, y Gaspar se siente, por segunda vez en el día, desafiado, como le ocurrió con el barbudo de la puerta de la sauna, pero esta vez, el desafío conlleva la promesa de una posible felicidad futura. Gaspar no detiene el paso sino que continúa andando junto a Ángel. ¿Cambia eso algo? —pregunta Ángel.

Gaspar no responde. No sabe cómo hacerlo.

Hoy me he hecho tres fist y cuatro mamadas de viejos casados. Me he sacado ciento cincuenta euros. Así que tengo de sobra para comprar unos bombones. Estoy cansado. Y tú estás solo y necesitas a alguien, ¿no?

¿Tres fist?

Sí, tres, tío. Está de moda lo del fist. La peña se vuelve loca. No sé muy bien qué pasa últimamente. ¿Qué estará pasando con lo del fisting?

Es que no sé lo qué es —admite Gaspar.

¿No sabes lo que es el fisting? – pregunta Ángel sorprendido.

No.

¿De dónde sales tú? —Ángel ríe, entretenido— Déjalo. Luego te lo explico.

Gaspar no puede evitar pensar que en una noche como esa, en la que la sociedad dictamina los índices de soledad, Ángel participa sin saberlo de su propia ingenuidad, aunque ésta consista en una familia ficticia que vayan a tomarle por lo que no es. Un arrebato de ternura se apodera de él al contemplar a Ángel caminando, puesto que parece ver su propio reflejo en un espejo: otra persona que está sola y que inventa para sobrevivir.

¿Vas a cobrarme? —pregunta Gaspar.

Si follamos, pagas. Si cenamos, pues… supongo que no. Es Navidad— le dice Ángel, que camina pegado a Gaspar, casi protegido por él, en un movimiento unísono y fluido.

¿No tienes familia? —pregunta Gaspar y se sorprende, al hacerlo, de lo increíblemente atractivo que le parece Ángel, iluminado por el reflejo de los adornos navideños y las luces anaranjadas de la noche de su ciudad. Sabe que está empezando a hacer preguntas no por llenar el silencio, sino por verdadera curiosidad.

No preguntes tanto que saberlo todo tan rápido mata la magia, ¿sabes?

¿Sí?

Sí —le dice Ángel y suelta su respiración al aire, que la recoge en un vaho flotante. Joder qué frío hace, ¿no?

Ángel, yo, no te quiero engañar… necesito que me apoyes.

Un poco de apoyo no nos viene mal a ninguno.

¿No te importará ponerte una camisa? En mi casa son bastante clásicos con los atuendos. Sobre todo hoy. Y no quiero que te vean las marcas— Gaspar se refiere a varias cicatrices que ha podido ver a lo largo de la cara interna de los brazos de Ángel mientras se vestían. Ha sabido identificarlas con objetos cortantes y cigarrillos que queman.

Si me la compras tú, no. Me pongo lo que quieras. Ahora que te digo que esta chupa de Desigual me salió por un congo. Es buena, ¿eh? Mira, toca. ¿Habrá mazapanes?

Los mazapanes son todo un acontecimiento en mi casa.

¿Quieres nevadito? — Ángel saca un cigarrillo de su chaqueta y le ofrece a Gaspar, mientras busca un mechero en sus vaqueros apretados.

No, no fumo y tú esta noche no deberías fumar. Mis padres odian el tabaco— le responde Gaspar agradecido y temeroso.

Menuda cárcel, ¿no? Pues esta noche no se fuma, no pasa nada— contesta Ángel sonriendo— Fumo esta mierda para poder trabajar y mantenerme despierto, ¿sabes? — se justifica o eso le parece a Gaspar sin saber muy bien de qué habla.

¿Y tú qué haces? — pregunta Ángel— Además de buscar desconocidos para que te acompañen a cenas familiares.

Estudio farmacia— contesta Gaspar. Nada interesante… —se justifica— Mi vida es bastante aburrida, la verdad. Así que lo de hoy es bastante importante para mí, ¿entiendes?

Continúan caminando en silencio, disfrutando de la cercanía del cuerpo del otro al hacerlo, acompañándose en la calle vacía. Gaspar comprueba que Ángel continúa a su lado. Y que todo parece sencillo.

Necesitamos inventar una historia para esta noche, ¿no? Cómo nos conocimos, qué hago yo, cuál es mi color favorito… Chorradas de ese tipo. Para que no te pillen en un renuncio —propone Ángel.

Sí, tienes razón, aunque a mí se me da fatal inventar. No sé mentir —le apoya Gaspar y ahora, finalmente, se siente reconfortado por la fortaleza del muchacho, por su motivación y su alegría, y decidido a continuar. Mi coche está dos calles más allá— dice Gaspar animado.

Soy alérgico al marisco. Eso debes saberlo para cuando tu madre me ofrezca langostinos. ¿Habrá langostinos, no?

Seguro —dice Gaspar— Siempre hay.

Ángel camina junto a Gaspar, que le sigue al trote sin estar muy seguro de lo que hace, pero divirtiéndose por la novedad de lo que le rodea, un mundo desconocido alejado de su rutina diaria. No puede evitar comprobar que Ángel tiene un culo precioso y un paso masculino, confiado. Gaspar se imagina por un segundo manteniendo un encuentro apasionado en un dormitorio que no identifica con el suyo, sino con algún lugar imaginario que quizá haya visto en sus sueños. Ángel parece haber descifrado sus pensamientos puesto que se da la vuelta tímidamente y esboza una enorme sonrisa, llena de lo que Gaspar entiende como agradecimiento, y no comprende por qué.

¿Estás bien? — pregunta Ángel. Gaspar reconoce la capacidad de percepción de Ángel, probablemente acostumbrado a satisfacer las necesidades de otros por encima de las suyas. No contesta.

Ángel detiene el paso. Rodea a Gaspar con sus brazos fibrados y le obliga a mirarle a los ojos. Esos ojos enormes y oscuros.

No te comas tanto el tarro. Que te haces la vida imposible.

No me como el tarro.

Te estás rayando. Te lo veo.

No, que no. Un poco. Sí —admite Gaspar— Me desconciertas.

Tú tienes una familia que no quieres. Yo quiero una familia que no tengo. Para hoy, al menos. Necesitas compañía y yo un plato caliente. Me tocaría cenar en la pensión rodeao de borrachos… No tengo a nadie a quien mandar un puto sms de felicitación, ¿entiendes? Es triste, pero es lo que hay. Así que prefiero inventarme una movida así contigo, que pareces buena gente, y ser feliz por lo menos esta noche, ¿no? —le responde Ángel con sencillez —Hay que ser práctico. Sobre todo en estas fechas. Ilusionarse no es algo prohibido. No poder hacerlo es la putada —y Ángel sonríe.

Ese es mi coche —apunta Gaspar.

Gaspar se acerca a la puerta del conductor y la abre. Ambos entran y se resguardan del frío tras el cristal. Islas de vaho se van desplazando por delante de sus ojos, cambiando de formas, multiplicándose. Ahora Gaspar puede sentir el calor que emana del cuerpo de Ángel dentro del habitáculo frío.

Son estas putas fiestas —responde Ángel. Son las fiestas más tristes que conozco aunque todo el mundo sonría. Son las únicas fiestas que te recuerdan lo sólo que estás, ¿no crees? Menos yo, hoy yo tengo una familia… y tú también —Ángel sonríe sacando la lengua y al hacerlo apoya su mano izquierda sobre el muslo de Gaspar y lo aprieta cariñosamente. — No te pongas tenso, hombre.

No me pongo tenso.

Te estás poniendo tenso.

Que no.

Gaspar, se te nota en la cara que te estás poniendo tenso.

Un poco. Sí. Es que estás muy cerca ahora Ángel. Y… no pensé que iría a la cena con alguien como tú…

¿Cómo yo?

Así… con esos ojos. Supongo.

Pues mira, la verdad es que para ser tan friki, tú estás la hostia de bueno —dice Ángel sin perder la sonrisa.

¿Quién, yo?

¿Comparado con los viejos que me follo yo? Vamos, ya me dirás. Con esa carilla de no haber roto un plato y ese cuerpecito todo duro. Créeme, estás tremendo. Y yo de cuerpos y rabos sé un rato. No he querido mirar antes así que el tuyo no te lo he visto. Todavía. Pero tiene buena pinta. ¿Te depilas el culo?

¿Quién, yo?

Déjalo. No adelantemos acontecimientos – Ángel vuelve a sonreír— Anda que también decírselo en la cena, ¿no?

Estudio fuera. Estoy aquí por vacaciones. Es el mejor momento, ¿no? Por teléfono no lo veía nada claro…

Gaspar mira a Ángel, que descansa relajado en el asiento del copiloto, mirándole. Con esa sonrisa divertida imborrable. Y al arrancar el coche, Gaspar decide que ya ha tenido demasiado miedo. Y se repite que no hay más espacio para la inseguridad y desconfianza que le causan a diario tanto dolor. Y por un segundo, decide creer y convencerse de que quizá esté viviendo un cuento, un cuento extraño e ingenuo, y que, de ser así, necesita toda la fuerza de su propia convicción. Y que, por un momento, esta noche, necesita creer en algo, aunque sea el espíritu navideño de cuentos que leía de pequeño, junto a su abuela. Y con ello, se asegura de que las cosas están saliendo muy bien. Que por fin está haciendo lo que de verdad quería.

Y mientras el coche serpentea por las estrechas callejuelas, se dice a sí mismo que estas Navidades quizá no haga falta entender. Que quizá todo se resuma en la trillada idea de que nada es lo que parece y, por fin, aceptándolo, las piezas de ese puzle incompleto empiecen a encajar sin ningún tipo de esfuerzo, sólo dejándose llevar y siendo sorprendido por cualquiera. Y de repente se imagina enamorado de la persona que está a su lado, de esa persona tan diferente y tan cálida, tan inexplicablemente natural y práctica. Y se imagina que una persona como él podría llegar a querer a una persona como Ángel, no sólo por necesidad sino por motivos muy distintos, todos ellos relacionados con el afecto y la gratitud. En ese instante, Gaspar se imagina en un futuro no muy lejano compartiendo sus miedos con él, y no sólo follando, sino queriéndole con locura. Y en un segundo, se plantea que quizá haya un futuro, aunque sea difícil y exija compromisos y comprensión, pero un futuro al fin y al cabo, lleno de ilusión, y por primera vez los compromisos y la comprensión no se asemejan a obstáculos sino todo lo contrario, se adelantan como caminos que desea recorrer junto a él. Y asiente con la cabeza en el aire, como en una conversación de otro tiempo, sabiendo que si él tiene un futuro y si en ese futuro hay un espacio para Ángel, más allá de esta noche, algún día una persona le preguntará cómo le conoció. Y de repente, se imagina a si mismo dentro de un tiempo, frente a una infusión humeante, con una gran sonrisa poblando sus ojos y sus labios y diciendo lentamente: En Navidad. Fue bonito.

 Para todos los Gaspar y los Ángel, por Navidad.

 

 Ilustración: Siscu Romero


Javier Giner: Cómo tirarse a Michael Fassbender en el Festival de Cine de San Sebastián

Nota del redactor: este inventario para una loca por las carnes Michael Fassbender es, de hecho, un recetario para cualquiera que quiera tirarse al actor (y por ende, a cualquier actor que llegue en moto a un festival y tenga cara y maneras de picha-brava), el autor del texto incluido. La revista no se hace responsable de las opiniones vertidas en él y entendemos que el público al que va dirigido es amplio: mujeres, hombres, perros, transexuales, hombres hormonados, hermafroditas, seres andróginos, políticos e incluso híbridos de cualquiera de los tipos previamente mencionados. El magnetismo y el poder del paquete de Michael no conocen de sexos. El vicio de [email protected] fans, tampoco.

Probablemente te hayas levantado más cachondona que Barbara Loden en Esplendor en la Hierba o Brad Davis en Querelle. Cabe la posibilidad de que te estés paseando desde el comienzo del Festival por la playa de la Concha como la ninfómana de Ocho y medio, enseñando piernaca y pechuga y babeando a la primera de cambio detrás de las farolas del paseo. No te sientas culpable. No estás loca. No estás en pleno brote. No eres tan diferente. Hay gente que entra en estallidos de euforia de entrepierna con la visita de Benedicto XVI o con los conciertos de Amaral. Es completamente natural que a ti te ocurra con Michael Fassbender en Donosti. Desde pequeña has sabido que habías nacido para el placer, que todo tu cuerpo y tu ser estaban destinados a conocer sensaciones inalcanzables para el resto de los mortales y ahora ha llegado tu momento de demostrárselo al mundo y a tus amigas del Twitter. Estás decidida a que tu coño sea noticia y trending topic. Sabes que Michael Fassbender ha llegado en moto a Donosti y desde que viste su cacharro en Shame supiste que ese hombre debía ser tuyo. Sabes que su carisma (puesto que desde que ha llegado a la ciudad no cabes en ti misma) se propaga por el aire como el ébola y crea verdaderas pandemias de furor uterino indiscriminado. Te ha parecido que hasta tu padre llamaba al ascensor esta mañana frotándose contra el botón a golpe de entrepiena y no con el dedo como suele hacer a diario. Además, sé sincera contigo misma, ya te has zumbado a todos los de tu círculo, manzana, barrio, ciudad y Comunidad Autónoma. Sólo te queda sin tocar parte de tu familia y algún profesor del instituto con halitosis y problemas de erección. Necesitas aires nuevos, olores diferentes, músculos desconocidos, enfoques sorprendentes. Exiges no entender una palabra de lo que te digan en la cama para poder disfrutar. Quizá sea el empujón que necesitas para decidirte a aprender idiomas y dejar la panadería en la que trabajas. Michael va a arreglarte la vida.

Estás de suerte. No voy a juzgarte e intentaré en la medida de lo posible hacer tu sueño realidad. Siempre me he sentido cercano a las personas que pierden la cabeza por pasión, o por un calentón, que para el caso es lo mismo. También me siento conmovido por las que se pasean medio desnudas a plena luz del día por paseos de ciudades burguesas buscando saciar su deseo. Así que voy a compartir contigo las mejores estrategias para tirarte a Michael Fassbender mientras esté en el Festival de Cine de San Sebastián. En realidad estos consejos son aplicables a cualquier celebrity que se pasee por nuestro Festival (o por cualquier Festival del mundo), Glenn Close-Premio Donostia, Polanski y Lars Von Trier incluidos. Menos José Luis Garci, Ana Obregón, Whoopi Goldberg, David Trueba y José Sacristán. No me hago responsable de qué puede ocurrirte si los usas con ellos, mucho menos si lo haces con todos a la vez.

Estas son las propuestas. Estúdialas como si te fuera la vida en ello:

1.- NUNCA, bajo ningún concepto, lleves bragas. Debes estar preparada para aprovechar la mínima oportunidad, arbustos y pasos de cebra incluidos. El encuentro puede ocurrir en los lugares más insospechados, cuando menos te lo esperas. Te diría que fueses desnuda, pero tienes un desnudo de lo más feo desde que aplacas tu ansiedad a golpe de nocilla de madrugada, así que concéntrate en llevar la zona al aire. Un ripeo de falda inmediato (luego siempre la puedes reutilizar rota como prenda vintage) puede ser tu puerta al Olimpo. Que se note que eres una profesional y que vas preparada: las bragas son territorio de las amateur de valla y cuaderno de autógrafos. Tú eres una mujer que no conoce de barreras. Así que ve sin bragas.

2.- ESTUDIA el objeto de tu deseo. Debes haber visto todas sus películas (aunque te cueste leer los subtítulos y ver la película a la vez) y ser capaz de interpretar cada uno de sus gestos, por tímidos que sean. Lo que a los demás les pasará desapercibido serán inmensos mensajes de lenguaje no verbal para ti. Debes saber cuándo le pica una pierna, cuándo le está dando un apretón, si se aburre o si va en modo “me-follo-a-una-cabra”. Lo debes saber TODO. Debes convertirte en la experta-Fassbender. Llegado el momento, y si consigues entablar conversación con él, podrás sacar a relucir lo magnífica de su interpretación en Fish Tank y cómo te gustan los planos secuencia (di planos secuencia, aunque no sepas de qué hablas) del cine de Angelopoulos. Él se sentirá halagado: no hay nada mejor para un actor que una chica que conoce el cine de Theo sin bragas que habla de él y le pone por las nubes. Recuerda que el actor, por definición, es un ser inseguro cuyo máximo placer es escuchar a otros alabarle. Cómele la oreja. Dile que nadie te mojaba en el cine desde Brando o Esteso como lo hace él. Te invitará a su habitación para continuar escuchándote. Estate segura.

3.- ENTRA en su habitación cuando no esté. Revisar su equipaje y su teléfono móvil debe ser uno de tus primeros objetivos. Si ves que tiene novia (estará bajo “churri” en el listado del teléfono), llámale inmediatamente y dile expeditiva que lo suyo con Michael se ha terminado. Que tú eres su spanish novia y que, evidentemente, como ella sabe, las latinas son mucho mejores amantes y por un rabo se pierden y son capaces de cualquier cosa. Métele el miedo en el cuerpo. Recuérdale a Penélope Cruz en Vicky, Cristina, Barcelona y dile que se ande con ojo, que ahora la vigilas, que Michael es tuyo. Pasea por su habitación y empápate de su esencia. Para entrar en su cuarto te puedes hacer pasar por alguien del servicio, pero yo te recomiendo que le pidas la tarjeta de crédito a tu padre (con la excusa de hacerte una lipoescultura que te devolverá la felicidad que tenías de pequeña) y reserves con meses de antelación una habitación en el Hotel. Es mucho más fácil follar cuando estáis unidos por ser dos huéspedes, compartiendo cobijo. Te harás con tu habitación y en un momento en el que sepas que está haciendo entrevistas, te acercarás a recepción y te harás pasar por su novia sueca. Di lo que sea, da lo mismo: lo único que tienen que entenderte son las palabras “Michael Fassbender” y “llave”. Hazlo todo sin quitarte las gafas de sol y mirando hacia el hally saludando a gente imaginaria. Si es necesario, escúpeles. Entenderán inmediatamente que eres alguien importante y te darán su llave. Una vez dentro investiga, desnúdate y átate a la cama con lo que sea. Cuando llegue, pasado el susto, explícale que es inútil que se resista. Que no te va a sacar ni con manguera de agua caliente. Que tú eres su premio Donostia.

4.-No comas durante días y evita las bebidas gaseosas. Una tripa hinchada (y tú tiendes a la tripa hinchada) que parezca una cama de agua no mola. Se llevaba en los años 40, ya no. Tú eres moderna y entiendes que alimentarse es una auténtica ordinariez y da mala cama.

5.- Drógale hasta que no vea. Nada más llegar al Festival hazte con una agenda de los dealers de San Sebastián. Si no conoces a ninguno, puedes preguntar a cualquier periodista o a cualquier productor. Te darán todos los que necesites. Llama a varios y consigue sustancias variadas. Para lo que tú quieres, te recomiendo ketamina y mdma, aunque realmente da lo mismo con tal de que le noquees. Le pondrás como una moto. Échaselas en el café de la mañana (que le habrás quitado de las manos al camarero que se lo acercaba a la mesa donde está haciendo las entrevistas) y mantente cerca, al acecho. Cuando veas que empieza a sudar y a sonreír demasiado y mira para todos los lados con un calentón de espanto es el momento de enseñarle el pezón desde la lejanía, apoyada en una columna. Sólo uno. Enseñar los dos pezones es de cerda. Te aseguro que no podrá sacarse esa imagen de la cabeza hasta que te haya hecho suya. Probablemente ni termine la entrevista y te posea en un lavabo.

6.- Travístete. Kim Novak es un clásico que siempre está a la altura, sobre todo si es la de Vértigo. Así que travístete de ella y pasea sin hablar con nadie por el Hotel, por todos lados. La peluca debe ser de pelo natural, con el moño de la película incluido. Aunque te dejes tus ahorros en ella. También puedes raparle a alguna amiga rubia que tengas y hacértela con su pelo. Pilla a una que haya asistido a las JMJ y explícale que es parte de una nueva encíclica de Benedicto-uve-palito. Se lo dejará hacer. Recuerda pasear como Kim Novak, como poseída por el espíritu de otra mujer y no dirijas nunca la palabra a nadie. Que piensen todos que estás loca del coño. Te dará un aire misterioso la mar de deseable. Si lo que quieres es un polvo duro, entonces te aconsejo que tires hacia la Victoria Abril de La muchacha de las bragas de oro. Evita, bajo ningún concepto, trabajarte la Sharon Stone de Instinto Básico: está muy usada y queda marrana. Una Lydia Lozano puede ser algo guarrón y exótico llegado el momento. No te sientas mal: tu objetivo es tirarte a Michael Fassbender, no pasa nada por dejar tu personalidad real por el camino. Una verdadera trupera no la tiene.

7.- No te enamores. A ti no te gusta el cine ni las conversaciones de actor profundas, a ti lo que te gusta es follar. Eres un instrumento del placer, recuerda. En la era Twitter las emociones están fuera de la lista. Si ves que te cuelgas, abofetéate y recuerda que te riges por el mantra 2.0

8.- Ruega, chilla, patalea. Nunca subestimes el poder de la compasión. No hay nada tan gratificante para el alma como un polvo después de haber perdido todo rastro de dignidad. Desnúdate en la recepción del hotel si hace falta, tírate al suelo, golpéate la cabeza contra las paredes de los pasillos mientras te aprietas los pechos y explicas en voz alta todo lo que sufres. Amenaza en la rueda de prensa con matarte si Michael no te penetra. Haz lo que tengas que hacer, pero no dejes que suba solo a su habitación. Una vez dentro, por supuesto, que se te pase inmediatamente el jamacuco, como una buena bipolar. Suspira elegantemente, sonríe e invítale a una copa de su propio minibar. Sácate fotos con el móvil y mándaselas a tus amigas.

9.- Pásale notas debajo de la puerta. Que vea que eres proactiva, intelectual y desprejuiciada. Que sepa lo mucho que han influido en tu vida Stanislavski, Strasberg, Sartre y Nancy Tuñón. También Joe Orton y Sarah Kane (a los actores anglosajones les encantan los autores teatrales malditos). Explícale en las notas (que debes acompañar con dibujos de penes erectos con alas) que el sueño de tu vida ha sido siempre asistir al proceso de composición de los personajes de un actor y vivir para servirle en los rodajes. Que eres como Forrest Gump: que sabes que estás en este mundo para hacerle la vida más fácil a aquellos que te rodean. Después deja tu teléfono junto a las notas. Si no te lo tiras, quizá te contrate de ayudante personal.

10.- MIENTE descaradamente. Ten siempre presente la erótica del poder: consigue arrebatar alguna acreditación de industria (un palizón a algún productor ebrio que vuelve a casa tras una fiesta de presentación bastará para que te hagas con una), hazte pasar por una directora francesa de porno feminista y mantén un encuentro con él previa cita con su agente de prensa. Ofrécele el protagonista de un drama intenso que transcurre en París (a los actores les encanta poder decir que están rodando en París). Explícale que eres familiar de Bresson, o de Rosellini, de Fassbinder o, mejor aún, de los tres juntos. Que vea que el cine corre por tus venas y por tus glúteos. Cuéntale las cosas sin contárselas y quédate callada con la mirada perdida entre frase y frase. Luego fija tus ojos en su paquete. No fallará. Darás artista por todos lados. Mantente firme: el encuentro deberá ser cara a cara y en solitario. La de prensa querrá quedarse, pero te podrás deshacer de ella si le regalas una sesión de masaje (las de prensa hacen cualquier cosa con tal de que las toquen). Haz que te llame tu madre (que es la única mujer a la que puedes tratar extremadamente mal por teléfono sin miedo a que te cuelgue) en mitad de la reunión y grítale, llámale de todo (inepta, inútil, antiartística). Que Michael vea que tienes poder y que lo utilizas de manera agresiva contra los que te rodean. Cuelga el teléfono sin despedirte y explica que era la inútil de tu productora. Luego sonríe. Le tienes en el bote: a los actores les encanta saber que están a las órdenes de una megalómana agresiva e histérica con problemas de contención. Si ves que Michael no responde es hora de levantarse y dar rodeos por la habitación desgranando secuencias lúgubres de la película inexistente (asegúrate que tienen mucho sufrimiento y mucho cambio físico). Acércate a él y con mirada fuera de ventana a lo Emma Thompson quítate las bragas, súbete la falda y con toda naturalidad dile: a esto me refiero, ¿lo pillas Michael?

11.- Monta un tenderete en todos los váteres que puedas: los polvos de lavabo son un clásico de los Festivales. El aquí te pillo aquí te mato es un must de cualquier certamen de cine. Así que cómprate una silla plegable, róbale varias toallas de mano a tu madre y acampa a las puertas de los lavabos de todas las fiestas que puedas. Si no te lavas el pelo en varios días, los porteros pensarán que eres del servicio y te dejarán pasar sin acreditación. La imagen es muy importante en los Festivales de Cine, así que cuanto más pordiosera parezcas, más posibilidades tendrás de que te dejen pasar. Una vez dentro siéntate frente a las puertas de los retretes y monta una mesita con las toallas de tu madre. No se trata de que parezcas una china vendiendo flores (eso no tiene glamour y es un cortarollo). Michael debe pensar que trabajas ahí, que parte de tu labor es hacerle la visita al váter mucho más cómoda y placentera. Michael bebe mucho, como buen irlandés, así que por pura matemática biológica meará al menos dos veces en la fiesta. La primera vez que le veas, sonríe y parpadea. La segunda, directamente, enséñale lo que escondes. Lo demás… deja que ocurra. Si esto no funciona alguno caerá, seguro. Aunque sea Alex de la Iglesia o Aki Kaurismaki.

12.- Siempre que alguien te llame calientapollas, agradécelo con una sonrisa. Si te llaman cerda, ovaciónales con un abrazo. Que se vea que eres magnánima, generosa y que entiendes a las don nadie que se mueren de envidia. Y que no te sientes amenazada, porque tú no tienes competencia. Lo tuyo es triunfar.

Y nunca te olvides de que quizá lo más importante: el post coito. La organización de la información post-maltrato de borracha es capital. Deberás hablar de él sin subrayados, dejándolo caer sin ningún atisbo de importancia. Eso sí, intenta sacar fotos y peta tu Twiter y Facebook con ellas. Etiquétalas bajo el título: “Soy cero mitómana pero no conseguía quitármelo de encima (sale en X-men)”. No te olvides de photoshopearte viva. Probablemente te llamen de algún programa de televisión de tercera para untarte de dinero si les narras las intimidades del encuentro: acéptalo y cuéntalo todo. Sé generosa con la información y explica al mundo tus cualidades amatorias. Será tu pasaporte para entrar en el grupo que siempre deseaste: las celebrities de quinta que se hacen de oro a golpe de coño. Una vez en él, no pararás hasta formar parte de la nueva hornada de famoseo al que envían a programas de pseudo-aventuras y realities ponzoñosos. Depilarás culos de gallinas a bocados en primetime y cenarás con Terelu Campos y Enrique del Pozo, preguntándote cómo es posible si tú te tiraste a Fassbender. Sufrirás como una perra, te sentirás sola y me llamarás para pedir consuelo. Entonces, paternal, te lo recordaré: haberte puesto bragas para irte a Donosti, bonita. Que ya te lo avisé.


Javier Giner: El dolor, esa sensación obscena (y otras recomendaciones)

Harto como me siento (supongo que les pasa a muchos) de los tiempos de corrección política y de patrocinio cultural bienpensante por parte de grandes conglomerados empresariales privados (y públicos, que tiene cojones) en los que vivimos, siempre me ha atraído la idea de escribir una novela victoriana o histórica (a lo Ildefonso Falcones) y titularla Tu coño moreno o alguna sandez semejante que despiste al personal. No hay nada que me pueda resultar más estimulante que imaginar los escaparates de La Casa del Libro plagados de copias de mi Tápate el conejo, buscavidas o De ti sólo me queda una almorrana y en cuanto me la quite, te olvido. De verdad. La cosa es que allá por junio, llevaba ya tiempo jugueteando con la idea de escribir un texto realmente obsceno, muy cerdo, quinqui y divertido. Algo que supurase verdadero mal gusto (que no mala educación ni griterío tertuliano, eso es otra cosa). Hablo de un compendio de letras revulsivamente ordinarias a la par que exquisitamente elitistas. El verdadero mal gusto ha sido siempre, para mí, un ARTE (sí, en mayúsculas). Suelo dejarme empapar (mi personalidad dista mucho de estar fortificada contra homenajes) por las películas que veo o por mis lecturas (también por confidencias sin ropa a altas horas de la noche) y, a comienzos de verano, andaba yo despiporrao de la risa inmerso en el Majareta de John Waters (que ahora rescata Anagrama): una colección de textos desternillantes, libérrimos y refrescantes de la mano del Pope del trash. Eufórico y algo revuelto ante semejante despliegue de acidez y verborrea, quería, mientras leía las barbaridades cómicas perpetradas por el primer Waters (hablo del Waters de comienzos de los ochenta, que escribía en Rolling Stone, al que aún le permitían los ocurrentes excesos antes de ser relegado al olvido por la “falta de financiación”), escribir algo realmente asqueroso, taleguero, rompedor, iconoclasta, heavy, incómodo, escatológico, tronchante. Desgranando sus historietas de proyecciones de Female Trouble en penales de mala muerte, sus listas de cosas que odia y que ama (verdaderos manifiestos pop ineludibles para cualquier amante del medio), sus porno-entrevistas a actrices de duodécima categoría, sólo pensaba en emularle, teñirme de mala hostia, cultura de vertedero y conseguir parir algo parecido: un texto que se pudiera leer a carcajadas heladas, con crisis de histeria y deseoso de que no termine. Una barrabasada de altura que nunca pudiese dejar leer a mi madre y que me hiciese sentir heredero de la máxima condena en el infierno. Una nueva vuelta de tuerca al underground, si es que eso es posible con lo manoseado que lo tenemos ya. Por ejemplo: una diatriba de la colección de amantes inexistentes de mi verano, salpicado todo con descripciones sodomitas de comedia de quinta o escarceos sexuales con amazonas a lo Kathy Bates en cárceles del extrarradio o un estudio de las válvulas de escape ante la presión de los mercados del ojete de Zapatero o mis aventuras lisérgicas intentando conseguir las subvenciones del Ministerio de Cultura, a lo Berlanga con un toque de Tinto Brass y mucho Kenneth Anger (al referirme a los funcionarios y funcionarias). Algo así.

Pero, como digo, eso fue a comienzos de verano, antes de saber que Waters nos estaría visitando en el Festival Rizzoma en Madrid en septiembre (quién pudiera, joder) y después de terminar su Majareta (que recomiendo vivamente a cualquiera que sea lo suficientemente desprejuiciado como para poder divertirse en soledad y que aún conserve algo de la curiosidad, anti-saber-estar, lucidez y sentido del humor que se han empeñado en arrebatarnos).

Luego, sin embargo, como ocurre cuando te entretienes haciendo planes, construyendo rutas y estableciendo objetivos, todo cambió. La vida, supongo.

Y cambió, curiosamente, de la mano de otro gran prestidigitador de la palabra y las imágenes, otro extraterrestre rompedor de estereotipos, prejuicios y andamios sociales, otro enfant-terrible descarado y divertidísimo, esta vez nacional: Pedro Almodóvar. Tuve el inmenso placer y honor de acudir a uno de los primeros pases de su última película, La piel que habito. Y en el momento en el que abandoné la sala, desconcertado, emocionado, estimulado, superado, descolocado, supe que ya no escribiría algo divertido sino todo lo contrario. Supe que, después de darle vueltas y más vueltas, de que esa historia sobre un cirujano y su obra viva me empapase por dentro, tenía que escribir algo personal acerca de esa experiencia más allá de descripciones. En ese momento no tenía aún ni idea de que la mayor parte del verano (con permiso de Waters) giraría en torno a un tema recurrente en muchas etapas de mi vida: el dolor.

Han pasado casi dos meses desde que vi la película pero sin embargo la tengo fresca en la memoria como si la hubiese visto ayer. Tal es su poder de magnetismo, al menos en mi caso. Es extraña, preciosa, inquietante, magistral, libre, atípica, especial. Es un caramelo envenenado. Es una película de una maestría más allá de las palabras, con un sentido del riesgo suicida admirable, excesiva y diferente. No hay nadie en el mundo con el arrojo suficiente y el conocimiento del arte cinematográfico para levantar estas imposibilidades que no sea Almodóvar. A lo largo y ancho del verano he mascado la película (incluso he escrito entrevistas con su director y actores para otra publicación), la he digerido, me he sorprendido volviendo a ella una y otra vez (un milagro en estos tiempos de consumo instantáneo), la he cagado y estoy deseando de que llegue el día en el que pueda volver a la sala oscura a degustarla. Y vuelta a empezar. Me ha acompañado a lo largo de mis vacaciones calurosas de un modo casi me atrevería a decir que obsceno. La he hecho mía y la he revisado mentalmente. Me ha cogido las pelotas y las tripas y no me las ha soltado durante semanas. Y no ha estado sola en estos meses. Ha venido de la mano del otro descubrimiento veraniego, tan distinto y similar a la película más importante del otoño: la novela De vidas ajenas de Emmanuel Carrère (curiosamente, recomendada por Pedro en nuestra entrevista).

Ambas obras presentan universos distintos (opuestos incluso) pero con un denominador común: el intento de descripción de un dolor prácticamente inenarrable. El de la pérdida de la identidad a través de la venganza en el caso de La piel que habito y el de la muerte de dos familiares en el caso de la novela de Carrère. No son comparables, ya digo. El mundo de Pedro pertenece a la ficción (aunque suene y se sienta tan real y cercano) mientras que el de Carrère es brutalmente real. Las subtramas de ambos mundos son muy diferentes, aunque ambas estén construidas sobre los pilares del concepto de justicia. Son dos misiles poderosísimos defensores de la identidad, la supervivencia y la dignidad. Son dos caras paralelas de una misma valentía.

Poco a poco, según me imbuía tembloroso y emocionado en las páginas de Carrère, comprendía que el dolor en verano es tan obsceno como sentir tristeza en la visita del papa, cuando debería ser el sentimiento predominante ante la situación actual (Iglesia incluida). Se me escapa tanto fasto y bombo cuando la situación no puede ser tan miserable. De la misma forma, resulta casi pecaminoso estar degustando el dolor en una playa abarrotada a treinta y tres grados, rodeado por ingles brasileñas, depilación, tetas durísimas y mucho aceite corporal. Y reaggeton, supongo, porque yo a la playa siempre llevo cascos (en los que suele sonar una música melancólica y lánguida). Parece que bajo el sol no tiene cabida la tristeza, cuando realmente, quizá es el momento en el que es más necesaria. Al final, a través de varios vericuetos dignos de un melodrama algo increíble, terminaba escribiendo lo que pretendía: algo obsceno. Y esa obscenidad se trataba del disfrute del dolor en pleno verano.

Siempre, desde niño, me ha atraído el dolor en todas sus vertientes como concepto y experiencia. Mucho más que la alegría, lo cual no deja de ser tremendamente curioso y, supongo, revelador. No he llegado a convertirme en un intelectual sadomaso (aunque llevo piercings), ni siquiera en un drama-queen cabaretero. No escribo en mis estados del facebook lo mucho que sufro. Tampoco es que sufra demasiado. Lo justo, como todo hijo de vecina. Mis relatos, casi todos, comparten un dolor envenenado, aunque yo me conduzca en mi vida diaria con un positivismo existencialista la mar de vintage. Las historias que imagino normalmente están entrelazadas por esta sensación. He sido voluntario haciendo acompañamientos terapéuticos a enfermos mentales y toxicómanos: almas perdidas que conocen un dolor desgarrador inexplicable (y lamentablemente, para muchos incomprensible) para el resto de nosotros. Degusto a diario el dolor en muchas formas. Soy fan del dolor. De muchos dolores. El dolor durmiente de Carver, el rabioso de Salinger. El dolor, literal, empapado de Duras. El dolor incomprensivo de Burroughs. El divertido de Amis. El insolente de A.M Homes. El fatídico del noir de Ellroy. El neoyorkino de Price. El maricón-melodramático de Williams y Capote. El hiriente y mordaz de Houellebeq. El áspero de McCarthy. El frío de Jelinek. La impotencia medicoanalítica de la Didion de El año del pensamiento mágico. Y es que la realidad es que los seres humanos dolemos, por mucho que nos joda. Más allá de cinismos, autoayudas, el dolor, la tristeza, nos pertenece tanto como la alegría. Y quizás nos acerca mucho más, unos a otros, quiero decir. A no ser que seas andaluz y que vivas con las castañuelas por peineta. Siempre he visto la alegría como algo egoísta, que invita irremediablemente a la comparación y de ahí a sentimientos de insuficiencia. Mientras que el dolor no sólo nos humaniza sino que nos acerca. A través del dolor físico crecemos, nos dan a luz con dolor, evolucionamos emocionalmente doliendo y nos comprendemos unos a otros compartiéndolo con los que tenemos cerca. Quizás esa sea la característica de lo humano: ser capaz de doler.

Curiosamente, La piel que habito y De vidas ajenas comparten algo de todos estos dolores literarios que menciono, tan reales como los de la vida. También hablan de muchos otros aspectos que estos dos monstruos de la creación han tocado en varias de sus obras: el autoconocimiento, la familia, la aceptación, la lucha, la defensa de la diferencia. No son obras sencillas, ni siquiera veraniegas, todo lo contrario. Resultan algo obsceno en verano, ya digo. Acostumbrados como estamos a que el consumo de cultura sea cada vez más absurdo, más simple (en el peor sentido posible), más instantáneo, es de agradecer que Almodóvar y Carrère nos las hagan pasar putas, en más de un sentido. Y muchísimo más que sean capaces de insuflar sus creaciones de una esperanza callada y caliente que se esparce por el cuerpo una vez terminado el viaje. Parece que quieren decirnos que todo es posible, pero que al dolor se le vence, cuando te permites atravesarlo y que, lo que hay al otro lado, es una sensación de paz, entrega e identidad que nos hace ser quiénes somos, sin más adjetivos. Qué lástima que tomar por inteligente al público sea una práctica en desuso con la que sólo se atreven los verdaderamente grandes.

Me encantaría terminar este texto diciendo que me voy a hacer un pajote, que me estoy poniendo demasiado profundo para estar en verano y que necesito marcha para el cuerpo y algo de frivolidad. Pero si dijera eso, esto sería otro artículo, más en la línea del punk destroyer de Waters. Y hemos dejado claro desde el principio que no iba de esto. Así que me despido deseando que muráis de dolor, que os arañe por dentro, para que os sintáis fuera de lugar, rebeldes bajo estas temperaturas salvajes, degustando con masoquismo y placer De vidas ajenas y La piel que habito, esas dos obras maestras de la cultura internacional. Sin prejuicios, que es condición necesaria para poder disfrutar. Esta noche comienzo El mapa y el territorio, la última de Houellebeq que publica Anagrama con el premio Goncourt bajo el brazo. Promete un otoño de desgarro. ¿Por qué no? A divertirse sufriendo.


Javier Giner: La búsqueda, el encuentro, la pérdida

Estos de abajo son los textos que he escrito para que Mónica López y Nausicaa Bonnin, dos actrizones (o animales de escena, como me gusta llamarles a mí) los hagan suyos. Ellas ponen su voz, sus ojos y todas sus tripas (con la valentía y desgarro que les caracteriza) encarnando a tres mujeres imaginarias en distintos procesos de eso que llamamos amar: la búsqueda, el encuentro, la pérdida. No sé cómo se llaman estas mujeres y ni siquiera sé si existen. En un rincón de mi habitación, donde nacieron, lo hacen, eso sí. Conozco sus palabras (que son las mías) y muchos de sus sueños. Estos días se rueda en Barcelona Let´s talk about love de Albert Moya: una docu-ficción acerca de las realidades y engaños múltiples del proceso emocional en el que nos embarcamos varias veces al año. Eso de enamorarse (palabras mayores para tan poco espacio). Y yo disfruto como un niño sorprendido al ver a estas dos actrices haciendo suyas mis palabras hasta el punto de olvidarme de que fui yo quien las escribió. Es una sensación extraña, difícil de describir, parecido al reconocimiento caliente de todo lo que es nuevo y que sabías que te esperaba. Es verte en otros cuerpos y en otros ojos. Es profundamente emocionante. Te hace sentir vivo y agradecido. Es la hostia, vamos.

LA BÚSQUEDA

No me doy por vencida. Me obligo a continuar. Colecciones, agrupaciones, páginas de contactos, amigos de amigas, amigas de amigos, conocidos, errores, aciertos e inseguridades, internet, listas, noches, días y algunas veces minutos, tardes sonriendo sin entender lo que me dicen, síndrome de Diógenes pasional. Que te pones, que me pongo y que música escuchamos. ¿Viste la última de Mike Mills? Terroristas emocionales. Necesidades confesas. Confesiones necesitadas. Afectos en una sola dirección. Acumulaciones. Fracasos. Baladas de Chet Baker. Enganches. Impresiones. Trazos gordos de pintura de brocha cuando lo que busco es un pincel. Castraciones. Lágrimas sin dueño. Maletas llenas de pasado y rabia y desconfianza. Pero sigo sin darme por vencida. Busco tus ojos en las miradas de otros, aunque aún no sepa cómo se supone que deben ser. Los domingos por la tarde siguen teniendo la mayor tasa de suicidio de toda la semana. Y yo sigo sin darme por vencida por muy sola que me sienta. Los miércoles me ocurre lo mismo. A veces. Sentirse como un vaso de cristal en caída libre con la amenaza continúa de poder hacerse añicos. Gente que se casa y te mira condescendiente. Gente que pasea. Gente que te deja saber con sus ojos que se preguntan lo mismo que tú: qué le pasa a esta niña, con lo mona que era. Incomprensivos. Incomprensibles. Frágil. Deseada. Deseante. Descuentos para parejas. Y yo sigo sin darme por vencida. No me atrevo aún a viajar sola ni a comer en ese restaurante, no vaya a ser que me pregunten si espero a alguien. Son los demás o soy yo la que está equivocada. Dudas. Quién hizo tan difícil que yo pueda amar. Qué hace que sea tan elusivo poder encontrarte. De qué color es tu pelo. ¿A qué sabe tu compañía?

Ya no quiero sentirme más tiempo huérfana. Necesito que alguien llegue y cumpla el perfil de la persona que dibujo diariamente en mi cabeza, aunque cada semana cambie. No sé qué va a pasar pero deseo con todas mis fuerzas que suceda, y que suceda rápido, porque ya llevo demasiados errores y no sé cuánto tiempo más voy a poder taparlos. Bebo y escapo y trabajo y lleno la agenda de citas y compromisos que me mantienen alejada de mí, para no tener que recordarme que sigo sola. Y los anuncios en las paradas de bus siguen estando poblados de gente que sonríe y se compran casas. Busco y busco, pero la ansiedad, algunos días, ocupa el lugar de la curiosidad. Un parpadeo a destiempo. Me he convertido en una marioneta de un perfeccionismo que ahoga. Me precipito. Le he pedido a alguien de quien no conozco su nombre que me salve al abrazarme. Compromiso y urgencia. La dirección está en manos de una flecha imparable buscando y buscando. Asusta. Los demás no saben darme lo que necesito. Tú lo sabes, también lo has sentido a menudo: no saber realmente lo que quieres. Es más fácil que te lo digan. Y que te encadenes a deseos que pronto descubrirás que no son los tuyos. Huyes. Ellos también salen corriendo. Normal: todos tenemos miedo. Salvarme, hacerme feliz, es demasiado para una historia que poco tiene de blockbuster de verano. No sé lo que significa despacio y entiendo demasiado bien la necesidad. Así que me envuelvo en mí misma y te busco sin moverme, por dentro, entre mis sueños. Allí te acaricio. Para luego descubrir que he repartido mi teléfono y mi facebook por cientos de vidas. Ya me vale.

Hay días en los que pienso en descubrirme a mí para no tener que agarrarme a ti, si es que existes y algún día me encuentras. Momentos en los que pasear sola observando se convierte en una balsa de aire caliente que me mantiene viva. Otros desisto de buscarte y de comprenderme, porque nada de lo que aparezca se parecerá a lo que imagino. Aprender a querer lo que es y no lo que me gustaría que fuera, quizás esa es la lección. Y pienso en la cantidad infame de calles cortadas que he encontrado hasta ahora. En el egoísmo absurdo de manual de autoayuda. En poder defenderme. En entender cuál es el camino correcto, que me hará feliz. Quizás encontrar al otro no sea más que encontrarse a sí mismo. Soy una kamikaze con demasiado sentimiento. Una yonki de experiencias y caricias. Soy un ser vivo. Hoy también te necesito y espero que te parezcas a lo que imagino. Sería un bonito final para nuestro comienzo.

EL ENCUENTRO

Me es difícil hablarte de lo que siento contigo. Ni siquiera yo lo entiendo, acostumbrada como estoy a cagarla una detrás de otra. Lo mío nunca ha sido fijarme en los ganadores. Quizás me es más sencillo joderla para tener algo por lo que sufrir, ¿no? Ahora que te tengo… a veces no sé qué hacer con ello, te lo confieso. Creo que no me han enseñado a ser feliz. No estoy acostumbrada. Me siento mucho más cómoda en el dolor. Sin conflicto no hay drama ni historia. Eso se decía ayer en el bar frente a la cristalera. A mi gente también le pasa. Debe ser una pandemia de la que nunca hablaron en los diarios. Dicen que la gente feliz no es rentable. Estoy aprendiendo a quererte. En silencio. Acompañándote. Mereces la pena, pero sin pena. Mereces a secas me gusta más, esta vez. No todo es seguridad ni felicidad, no creas eso. Todo lo contrario. A veces me asaltan los miedos: de perderte, de perderme, de dar demasiado, de decirte lo que no debería, de no saber no engañarte, de pensar que no seré capaz de mantenerte a mi lado. Parques y paseos y cigarrillos. Tardes de cine. Me gusta sentarme en la acera si es contigo. A veces, sin quererlo realmente, se te escapa alguna intimidad y yo me siento cercana a ti. Orgullosa de ser yo con quien las compartes. Voy descubriéndote poco a poco, aunque llevemos meses follando y conozca cada centímetro de tu piel. La piel es mentirosa, como las certezas. Y yo quiero conocerte a ti. A menudo mientras dormimos me invade tu olor y me apacigua la seguridad de tenerte cerca, velando por mí. Ha tomado mucho llegar hasta aquí. Antes tuve que comprender que tu responsabilidad no ha sido nunca salvarme, ni siquiera hacerme feliz. Antes, ahora. “Todavía” es el título de nuestra canción. Aprendí a desear lo que tengo, que es duro. En mi lista de cosas importantes estás tú. Tal y como eres. Sin cambios, porque los cambios exigen y las exigencias destruyen. Tus palabras. Y tus silencios y tu comprensión. Luchar por el otro no es nada más que aprender a comprenderle. Ahora puedo, si me atrevo por fin, enseñarte quien soy. Te podré poner los títulos de crédito de La soledad del corredor de fondo y explicarte que me emociono al verlos, sin saber aún porqué. Podrás degustar mi acritud y mi inseguridad. Entenderás que no soy tan fuerte como aparento, que no me hace tanta gracia depilarme y que a menudo no sé qué ponerme para cenar fuera ni dónde tirar la basura reciclada. Sabrás que me aburre cocinar y que me encanta observarte sentada en la banqueta mientras tú cortas el queso. Prometo intentar desnudarme por dentro mientras me quedo vestida por fuera. Te leeré en susurros libros que quiero compartir. Me temblarán los labios a menudo, que lo sepas, nunca sé cómo decir las cosas cuando son bonitas. Quizás te desilusione y tú me desilusionarás a mí, pero intentaré mantener la vista en lo importante: que somos capaces de hacer listas juntos, ir al super, alquilar coches y pasear sin decirnos nada. Te explicaré que yo soy Joel y tú eres Clementine y que nuestra historia la contaron en millones de películas porque las películas siempre hablan de nosotros pero nunca entienden que entre nosotros, como somos distintos al resto, todo funciona al revés. Que empezamos por el final, follando, y que fuimos con paso trémulo hacia el principio: conocernos. Escribiré nuestra historia en un cuento que yo misma coseré para que entiendas que por arrancarte una sonrisa soy capaz de aprender cosas nuevas. Quiero que laves mi ropa sucia y entiendas que esa también soy yo. Quizás odie a tus amigos o a tu familia y quizá me dé miedo acercarme a tu mundo, no lo sé. A veces me ocurre. Intentaré no mentirte, pero seguro que lo haré, ya te lo aviso. Quiero que llueva, para poder fumar con la ventana abierta sintiéndote a mi lado. Lo de tener hijos ya lo veremos. Por ahora no me lo planteo. Quizás un trío de vez en cuando, si se nos acaba la chispa follando. Eso ya veremos. Por ahora quiero recorrerte, sin mochila, sin pasado, sólo siendo. Olvidándome de cuántas veces me han dañado y cuántas veces dañé yo. Sabiendo que hay un mapa, pero que no quiero mirarlo, porque lo importante es avanzar y descubrirte con ojos limpios. No quiero ensuciarte con mi experiencia, sería injusto para ti. Intentaré olvidarme de que somos dos manteniendo siempre la claridad de que somos diferentes. Lucharé por mis necesidades porque algo de ellas se habrá convertido en las tuyas. Quiero que fracases y que triunfes, como fracasaré y triunfaré yo. Quiero que llores, que rías, que te corras por todo mi cuerpo y que luego descanses sobre mí, suspirando. Quiero saber que el año que viene por tu cumpleaños, seré yo quien te felicite primero. Sigo teniendo miedo. Quiero decirte algo: todavía no tengo ni puta idea de qué es amar. Pero lo voy aprendiendo.

LA PÉRDIDA

Rabia. Me mordería por dentro. Me arrancaría el alma. Frases hechas. Todas las preguntas que te hicieron y que hiciste a las que no sabes responder. Sentimientos que se agolpan y te revuelven por dentro. Gravedad cero e incluso menos veinte. Miles de posibilidades, engaños e historias escondidas que no eres capaz de expresar. Los anuncios de televisión y los silencios de tus amigos y las canciones que siempre odiaste hablan de ti. Incomodidad. Algunas noches hay pastillas. Algunas mañanas también. El vacío es negro y está lleno de miedo. Te obligan a ser fuerte, la recomposición es una orden, sobrevivir un mandato. Y tú sólo puedes pensar en el sinsentido que te ha sorprendido y te ha zarandeado. Con lo claro que estaba todo. Ya no te admiran. Ya no eres necesaria. Ya no quieren tocarte. La pérdida idealiza y sobredimensiona detalles que quizá no supiste apreciar. Ahora puedes sentirlos aunque ya no están. Estás sola. Quieres gritar y no sabes cómo porque nunca te han enseñado qué hacer con ese dolor que te parte en dos y que te separa del resto. El resto. El otro. Te miran cuando paseas. Saben lo que ocurre dentro de ti. Aún así algunos quieren follarte. Puedes verlo. Pueden verlo: tu interior. Lo que escondes con tanto mimo. Sabes multiplicar y sumar e insultar y defenderte pero no sabes parar de llorar. La rabia de nuevo, lanzada contra mi misma, contra los demás, queriendo destrozar lo que no llego a comprender. Minutos sin tiempo, horas difusas. Tumbada. Expectante. Vergüenza como un nuevo apellido. Caminas sobre cristales, llena de inseguridad y amenazas que no comprendes pero que sientes en el vientre. Es tu piel la que habla, hace días que te quedaste sin voz. Son tus ojos, los mismos que escondes para que no puedan leer tu sufrimiento. Quizás me haga un nuevo tatuaje con mi nombre en letras grandes, para poder recordar quién soy. Hay un perro en tu vecindario que menea la cola encantado ante tantos estímulos y tú le envidias por ser capaz de alegrarse ante las sorpresas. Tú también quieres una caricia de una mano que ya no está. De una mano que fue tuya. Hace días que sudas. Te sientes pegajosa. No pongas tanto cuidado en hacer la maleta si vas a marcharte. Lo importante, los recuerdos, los sueños que malgastaste conmigo se quedan aquí. Esos no se irán contigo.

Si un día me echas de menos recuerda que yo estuve ahí, sólo para ti.

Ya nunca podré llevarte al Pompidou ni follar contigo en el agua. No volveré a ver tu cara somnolienta ni podré acariciar tus pecas nacientes. Te seguirás cepillando los dientes demasiadas veces al día. Ya no que me quedarán razones para odiar a tus mejores amigos y demandar tu atención. No podré consolarte cuando estés asustado ni cuando se instale en tu mirada el miedo a hacerte mayor y a que envejezcan los que más quieres. No podré visitarte por sorpresa. Ni comer tus hamburguesas de carne con especias. No podré robarte miradas silenciosas de alegría y orgullo al saber que somos uno en una cena compartida por muchos. Ni escuchar tus quejas y tus ansiedades. No podré alegrarme al ver tu nombre parpadeando en mi móvil. Nunca volveré a besarte los párpados. No podré acariciarte la mano con timidez. No podré encerrarme en la sensación de exhibicionismo que me atenazaba frente a tu privacidad. Menuda putada. Eres muchos. Todos diferentes. No me siento. Sé que mañana comenzaré, de nuevo, a echarte de menos. En unas semanas olvidaré tu voz. Nunca llegaré a poder preguntarte por qué nos pasamos la vida llenando los vacíos de los demás sin saber llenar el nuestro. No escucharé más tu carcajada fresca después de correrte ni cómo confundes palabras. Ya no habrá nadie que me mienta con descaro, ni que se olvide de mí, ni que me obligue a ducharme antes de meterme en la cama al llegar de fiesta. Una mañana me despertaré, me miraré en el espejo y me daré cuenta de que me he convertido, como todo a mi alrededor, en algo prescindible, en otro mueble de Ikea que se puede cambiar a los dos meses si no te convence sin mayor esfuerzo económico. “Pakistan te necesita” seguiré leyendo en algunas paradas de autobús y pensaré que hablan de mí. ¿Cuántos momentos vacíos me esperan en los que inundes mis pensamientos a traición? ¿Cuántas semanas pasarán hasta que deje de ver tu cara en todas las nubes? No volveré a escuchar con los ojos cerrados tus pasos acercándose mientras fumo en la butaca de tu balcón espiando al vecindario en la oscuridad ni me alegraré de que te sientes a mi lado sin tocarme. No te enseñaré inglés ni te descubriré mirándome con orgullo. No leeré novelas mientras sueñas a mi lado y yo te observo respirar calmada en silencio repitiéndome la suerte de compartir mis noches contigo. No sabré lo que se siente cuando la persona a la que amas te mete un dedo en el culo mientras te penetra. No podré compartir cómo me siento mientras fumo un cigarrillo a oscuras, ni acariciarte los pelos de las axilas. El desencuentro quedará en mi memoria como la ruptura más bonita que nunca tuve, llena de amor. Nunca sabré si te conozco demasiado o por el contrario nunca supe quién eras. Atiéndeme. Que duelo por todos lados. Me gustaría haberte dicho que te llevabas parte de mí. Poco a poco caminaré. Estoy segura. Aunque no comprenda qué es el tiempo (de cuánto tiempo se necesita disponer, después de todo… ¿toma toda una vida aprender a desamar?), sé que está ahí esperándome. Prefiero tener ventanas a tener espejos. Más allá de mi reflejo, está la vida, espero, esperándome.


Cuando me siento rechazado…

… me da por leer COSAS QUE LOS NIETOS DEBERÍAN SABER, de Mark Oliver Everett

He rechazado por no entender ni querer hacerlo, por no conocer, por funcionar con prejuicios inmediatos y prefabricados, por desconocimiento, por miedo, por estética, por crueldad, por aburrimiento… Y, luego, me han rechazado a mansalva, como a todos: amantes, parejas, directores de recursos humanos, familiares, funcionarios, compañeros de piso, conductores, Ministerios (con mayúscula), concursos, personas a las que admiro, embajadas e incluso gente anónima a la que creo que ni siquiera conozco (estos últimos parecen ser mi especialidad). Dada la continuidad de su presencia, decidí hace tiempo dar al rechazo la importancia que tiene en mi vida, porque supongo que desaparecer… no lo hará nunca. Ser rechazado parece indivisible al tipo de vida que he decidido que me hace feliz. En el camino he intentado hacer de todo para acostumbrarme a su compañía: obviarlo, darle cariño, contraatacar, ridiculizarlo, aceptarlo, acupuntura, yoga, equinoterapia… todo. Soy plenamente consciente de que no se puede gustar a todo el mundo. Y aún así, sigo sin estar blindado ante él, ni siquiera acostumbrado. Me sigue sorprendiendo la virulencia de su violencia, lo profundo de su dolor, lo insultante de su descaro, lo inidentificable de su voz. Quizá ataque a rincones olvidados de mi infancia o incluso a inseguridades que ni siquiera sabía que tenía. La verdad es que no lo sé. Eso se lo dejo decidir a mi terapeuta. La cosa es que he hecho de todo, lo prometo. Hace nada, en esta web, me enfrenté a una última hornada de mensajes de rechazo, algunos realmente venenosos, a raíz de la publicación de mi primer artículo para Jot Down. Yo, evidentemente, no soy Woody Allen ni Fellini ni Anthony Burguess ni Martin Amis (ojalá), así que no quiero ni imaginar cómo debe de ser el rechazo que ellos tuvieron (y tienen) que soportar sobre sus hombros. Olé ellos. Mi rechazo, el que me toca vivir, es de estar por casa; es un rechazo de página web… aunque a veces yo lo sienta mastodóntico. Ahora, con algunos años y mucha calle a mis espaldas (y la que me queda, espero) sé que la manera más fructífera de canalizar sentimientos y angustias es hablando abiertamente sobre ellos. ¿Por qué no? A mí me sirve. Soy un acérrimo defensor de las palabras y creo en su poder. Las palabras me sanan. Siempre lo han hecho. Por ejemplo, así (respiro profundamente): ¡ME JODE QUE ME RECHACEN! ¡ME JODE QUE NO VEAS! No tanto como cuando sopla el viento, me despeino y me clarea la cabeza haciendo que parezca que sufro de alopecia. O no de la misma forma que cuando no consigo encontrar la palabra que busco. Es otro tipo de sensación, igual de incómoda. Y jode. Yo me lo busco, por ponerme a tiro. Y ellos saben disparar. Pero eso no hace que ellos sean los malos ni yo Michelle Pfeiffer en Las amistades peligrosas. Las historias maniqueas de buenos y malos son aburridas e irreales. La vida es gris. E incontrolable. Intentar dominarla con poses de estratega es garantía de sufrimiento. En la vida hay demasiadas historias entrelazadas como para poder organizarlas con la lógica. Las etiquetas no sirven para nada que esté realmente vivo. Como el rechazo.

Ahora, desde hace un tiempo, y con esfuerzo, vivo en un limbo comodón que me sienta de maravilla: intento llevar mi existencia en equilibrio simplemente siendo. Me es mucho más gratificante acudir a la humildad, ahora que ya no vivo con tanto miedo. Alguien me dijo una vez que el hombre, a veces, buscando respeto, se olvida de ser. Un día debí de levantarme entendiendo, por fin, que no escribía para convencer a nadie de nada, ni para ser respetado. Que lo que escribía, probablemente no sirviese de nada más que para hacerme feliz. Que escribía porque quería ser capaz de leer las historias que nadie me contaba. Que quería dejar ahí fuera mi forma de ver el mundo, aunque nadie me escuchase ni lo viera como yo. Que quería ser. Y dejar de atacar y de defenderme.

Poco a poco, he llegado a la conclusión de que el rechazo es de agradecer. La innumerable lista de virtudes engendradas a raíz del rechazo es inabarcable. Por ejemplo, si no fuera por los comentarios hirientes que leí en esta web acerca de mi primer artículo, quizás nunca habría pensado en escribir acerca del rechazo en el segundo. Así que he decidido no caer en la simplicidad de una primera sensación: del rechazo también se pueden extraer grandes enseñanzas. Es cierto, te lo aseguro: ha habido críticas que me han salvado el culo y rechazos que me han mantenido con vida (y sólo tengo 33). A saber dónde estaría yo ahora de no haber sido rechazado multitud de veces. Alguien me dijo que si te insultan anónimamente es sinónimo de éxito. Un precio deleznable, absurdo e incomprensible para un logro. No creo que haya éxito que merezca la pena si el resultado es un rechazo dañino y doloroso. No. Tiene que haber algo más que eso. Y, efectivamente, hay más. Porque el rechazo genera monstruos pero también héroes, desaliento pero también tozudez. El rechazo fomenta la rabia, la culpa, la vergüenza, el bloqueo, la inseguridad, el miedo y hace palpable la experiencia de la soledad abrasiva (que, para mí, es una de las sensaciones más desoladoras que existen). Pero también es el germen más potente posible de la decisión, el compromiso a ultranza, la motivación, la ilusión, la valentía, la aventura por preservar una voz y el (re)descubrimiento de lo único que te pertenece por derecho propio: tu libertad, tus sentimientos, tus palabras, tus ideas. La conciencia de tu identidad. El rechazo, bien canalizado, puede ser la fuente de energía más preciosa posible.

Todos tenemos técnicas para enfrentarnos a los fantasmas cuando éstos no se esfuman. Yo antes, entre otras muchas maneras, era tristemente efectivo noqueándome hasta perder el sentido con todo tipo de sustancias, estirando las horas y la inconsciencia. Ahora, entre otras estrategias, como escuchar atentamente o encerrarme a reflexionar y escribir (como estoy haciendo ahora), vuelvo siempre a un libro que se me coló bajo la piel al leerlo hace unos meses: Cosas que los nietos deberían saber. La prueba irrefutable de que del dolor y del rechazo pueden germinar experiencias cercanas a la perfección. Y lo cierto es que la (re)lectura de esta joya-libro testimonial me gratifica mucho más y me sale más a cuenta que una serie interminable de pasotones enlazados. Quédate con el título, hazte un favor y léelo (aunque no te sientas [email protected]). Ni siquiera tienes que saber quién es su autor ni conocer su trabajo. Esta confesión publicada por Blackie Books debería ser de obligatoria lectura en la cola del Inem, en las manifas 15-M, en el Congreso de los Diputados, en las oposiciones a Mosso, en la ópera, en los psiquiátricos, en los puticlubs, en las juntas de accionistas, en las raves y en las peluquerías.

Mark Oliver Everett (ese músico prodigioso a la cabeza de Eels metido a escritor) en su autobiografía deja claro cuánto fue rechazado, cuando todo su ser solo quería dedicarse a la música. Años y años de rechazo continúo en donde él sólo grababa y grababa música compulsivamente en sótanos y condiciones más allá de lo amateur intentando encontrar su voz. Para descubrir que, paradójicamente, ese rechazo fue lo que consiguió afianzarla. Se convirtió en el aliciente a su pasión. No sabía hacerlo de otra manera. Ni sabía ni quería: había leído un consejo en una biografía de Ray Charles en el que decía que había que encontrar en ti mismo lo que te hace único. Es gracioso: Everett leía a Charles y yo le leo a él. De nuevo, las palabras. Este librito mágico parece decir que del rechazo se puede sacar verdadero oro. Siempre que no te dejes vencer por él. Bienvenidas las dudas y la inseguridad y el bloqueo y el dolor y el sacrificio y la llorera. Es necesario sentir ese vendaval, por supuesto. Es parte del viaje, desde luego. Sabiendo que lo que espera al final, una vez atravesado el malestar, merece la pena.

Así que cuando me siento rechazado apago el móvil, abro las ventanas del balcón y me sumerjo en silencio (lo confieso: a veces lo hago al ritmo de su Blinking Lights and Other Revelations) en la autobiografía de este músico de barba tupida y adicción al puro tan atípico y friki como su vida. La historia seca, delirante, cercana, épica y profundamente humana de un crío que creció sin saber que tenía un futuro, que aprendió a practicar la reanimación cardio-respiratoria con la operadora del servicio de emergencias al teléfono mientras cargaba con el cuerpo de su padre muerto, que visionaba las múltiples formas en las que moriría suicidándose, que tenía (y tiene) el pasatiempo favorito de imaginar cuánto tiempo pasará entre su muerte y que alguien encuentre su cuerpo. La leyenda real de alguien que supo cómo seguir luchando, incansable, atravesando verdaderos valles de dolor, duda e incomprensión y que es capaz de narrarlo de una manera magistral, con la mezcla perfecta de alegre melancolía. En el extremo opuesto de la autoayuda moña de Bucay. El relato de un hombre que descubrió cómo perdonar y perdonarse a través de su música, que comenzó a entender la vida cuando ésta se le escapó entre sus manos en forma de muerte. Un héroe anti-photocalls problemático (otra etiqueta) y ensimismado, muerto de miedo, abonado a relaciones conflictivas de desamor y que un día escribió una canción titulada La chica de la oficina de correos se casa. El mismo tío que no tenía ni idea de qué cojones estaba haciendo, que se hartó de esconderse y fingir y decidió hacer algo positivo. El tipo ectomorfo peludo que hoy conoce el éxito (aunque realmente no lo desee), que ha llegado a sentirse cómodo con quién realmente es. El chaval que ha sobrevivido y que está bien. Que no es poco.

Así que, a veces, cuando me ataca la desoladora y agobiante sensación de ser yo (como la llama Mark Oliver Everett) buceo en este libro. Nunca sé lo que busco. Pero me apacigua la voz de ese compañero al que no conozco. Y sí, me emociono hasta las lágrimas con las muertes de su hermana kamikaze y de su madre infantil y un escalofrío caliente me recorre la espalda cada vez que leo sus pensamientos en el Royal Albert Hall leyendo cómo Everett reconoce con alegría y orgullo en la cara del público lo jodidos que estamos todos. Y me maravillo ante la vida de este artista y su necesidad incansable de sobrevivir y llenar el pozo de su vacío. Y entiendo que quedan caminos. Que adscribirse al victimismo no sirve de nada. Así que leo a Everett y me emociono y me siento vivo, tristemente eufórico, que, como todo el mundo sabe, es lo opuesto a sentirse rechazado.

Quizás la próxima vez que me rechacen me hunda un poquito, me flagele durante un tiempo, para resurgir al cabo de unos días, con una nueva idea en la cabeza, reforzada, eléctrica. Imparable. Mark Oliver Everett lo hizo. Basta con echarle cojones. Y creer que se puede.


Javier Giner: Lo bonito

ESTE SOY YO, A RATOS.

Presentarse no es tarea fácil ni agradable, para qué mentir. Mucho más para mí que soy experto en reaccionar de la siguiente manera: en el momento en el que se me pide que haga algo me bloqueo y acude ese viejo conocido que es el miedo a no ser capaz. Y sólo me vienen a la mente cosas que no tienen nada que ver con lo que necesito decir. Por ejemplo: me piden que escriba un texto de presentación y a mi mente sólo acuden imágenes mentales de todas las posibilidades que tengo para hacerme la comida de hoy y la ristra de alimentos que anidan en mi frigorífico con peligro de descomposición inmediata. Además, en estos días tecnológicos, frenéticos, aisladores, alopécicos e infoxicados en los que invertimos una cantidad de energía insultante en intentar borrar los trazos de las etiquetas que otros nos ponen, plantearse etiquetarse uno mismo resulta paradójico, cuando no directamente absurdo. Pero si queremos jugar, normalmente nos toca hacerlo: en tu perfil del Facebook, en la cuenta del Twitter, en el registro de la lavadora, en cualquier web de puteo, en los currículums vitae, incluso en la cola del supermercado. Es un coñazo esto de que cualquier cosa que hagas o digas se convierta en tu seña de identidad (otro nombre más) y se te cuelgue del cuello como un koala. Sobre todo para gente como yo que cambiamos sin ningún tipo de prejuicio de opinión varias veces al año. Así que no sé por qué dije en algún momento que escribiría esta carta de presentación. Otro motivo recurrente en mi vida: no saber. Otro más: recriminarme haber abierto la boca en un pasado cercano. Y aquí estoy: liado con este texto y obligado por contrato.  Siempre me pasa lo mismo.

Soy escritor, aunque a mí me gusta autodenominarme cuentista. Porque reniego de la realidad y vivo la mitad del tiempo en las nubes (un lujo, pero también una condena). Lo de ser escritor no es nada interesante, por cierto. Básicamente consiste en pasear en pijama por la casa encadenando cigarrillos e infusiones (algunos prefieren lingotazos, es cierto) pensando en cosas que a muy poca gente le interesan, chequeando tu Facebook 189 veces cada hora, deseando que te llame cualquiera (incluso tu peor enemigo) y te proponga irte al fin del mundo (cosa que normalmente harás intentando escapar de la agonía de la escritura) y tecleando cosas abruptas que en pocas horas probablemente borrarás al releer. Algo así elevado a la potencia. También puedes ducharte y vestirte como si fueses a trabajar y ponerte a escribir (si te tomas lo suficientemente en serio). Depende de cada uno. Nací en Barakaldo (dato importante pues espero que esto lo lea mi madre, que también es barakaldesa). El año no importa. Intento ser como las ideas: eternas. Estudié en Bilbao, Madrid y Nueva Orleans. Y después, mochila a la espalda, me trasladé a Los Angeles donde trabajé en los estudios MGM. Estudié escritura y dirección en la Escuela de Cine de Los Angeles y adelgacé un montón (fui niño obeso, así que te puedes imaginar lo contento que me puse). Durante ese tiempo escribí y dirigí dos cortometrajes con un denominador común (según aquellos que los vieron): el gusto por las historias salvajes (esta dicotomía me acompaña desde entonces: aquello que yo encuentro tremendamente tierno, incluso dulce, a otros les parecen verdaderas atrocidades). Al regresar a Madrid me integré en el equipo de El Deseo, la productora de Pedro Almodóvar, donde estuve cuatro años trabajando como responsable de relaciones internacionales y ayudante personal de Pedro. No hay suficiente espacio en esta web para describir todo lo que viví a su sombra. Un sueño. Debuté con la novela El dedo en el corazón (Atico Ediciones, 2006) y me sentí escritor por primera vez (algo que da subidón y terror al mismo tiempo). Después publiqué el relato Dos palabras en el libro El último baile (Odisea Editorial, 2007). También uno que confieso que me gusta releer que titulé  El vacío que dejaste en la Revista EÑE (La Fábrica, 2008). Formé parte de la primera hornada de artistas que publicaron en la revista LUBE, una gesta cultural comandada por David Guillén que me enorgulleció durante todo ese año y el siguiente. En la actualidad colaboro habitualmente en METAL Magazine, NEO2, El País – EP3, VICE magazine, V Magazine Spain, Rocket Magazine, FUXYZ Magazine, SINGULAR Magazine y en otros medios. También doy clases de cine (especialidad de dirección y guión) en La Casa del Cine de Barcelona (cuando puedo, eso sí). Y ejerzo de Editor Jefe de un proyecto que me tiene enamorado perdido llamado TO BE CONTINUED (www.tobe-continued.com) mientras intento sacar adelante la financiación de dos cortos (lo de la financiación en nuestro país es como hacer malabarismos en gravedad cero), escribir un largometraje y terminar mi próxima novela, de título Actus (lo único que ha permanecido sin cambio en estos últimos tres años, el título). No desisto: si algo he aprendido es que la cabezonería, la constancia y la persistencia en esto de la creación es tan o más importante que el talento. Hasta aquí mi currículum, que me aburre hasta a mí. No sé qué impresión te puede haber causado. La verdad es que no dejan de ser cosas que he hecho, sin más. Algunas de ellas han cambiado mi vida y, nunca falla, siempre suelen ser las más anónimas (recientemente he impartido un taller de cortometraje con chavales discapacitados que ha sido un antes y un después para mí en muchísimos sentidos). Me puedes ver a menudo en la sección de libros de la FNAC y en los cines IDEAL y/o Renoir Floridablanca, así como sentado en cualquier portal de Malasaña o el Raval fumándome un cigarro y bebiendo coca cola light o fanta naranja. Hace años dejé las drogas y el alcohol así que estoy de mucho mejor humor y reacciono la mar de bien si me reconoces y me pides un autógrafo, incluso si me pides el Messenger o el teléfono. A no ser que tengas pinta de psicópata en fuga probablemente te lo daré. Si tienes pinta de peligro público además de dártelos, intentaré invitarte a un café para que me cuentes tus problemas. La ausencia de sustancias me ha reconvertido en un pijopunkirustichic con un punto de jipismo descarado tranquilo y sonriente. Ahora, por fin, recuerdo todo lo que hago y digo, que es logro en sí mismo.

¿Para qué te cuento todo esto? Y yo qué sé. ¿Y qué hago aquí metido? Buena pregunta. Estoy aquí para hablarte de quién soy y de lo que me gusta. ¿Por qué? Pregúntaselo a la jefa. Yo sólo cumplo órdenes. A mí me dijeron que contase quién soy y eso intento hacer. Un poco de empatía, anda.

Detesto la depilación, la mentira, el distanciamiento emocional, la arrogancia, los michelines (los míos, principalmente), la intolerancia, la hipocresía, la derecha política, las anchoas, las aceitunas y el foie. Pero no estoy aquí para hablar de lo que no me gusta. Eso que lo hagan otros. Yo no quiero contribuir a destrozar el trabajo de nadie. Por muy patético que éste resulte, el hecho de que exista y de que alguien haya tenido el arrojo y la valentía de parirlo merece todo mi respeto. Que quede claro: a mí lo que me tira es contar lo que me gusta; emocionarme y compartir aquello que me pone la carne de gallina y me humedece los ojos. Mark Oliver Everett (cantante de Eels metido a escritor) decía en su Cosas que los nietos deberían saber que “lo bonito duele”. No puedo estar más de acuerdo. Lo estoy tanto que hay un post-it frente a mí con esa frase escrita, desafiante ante mis ojos. Para que no se me olvide nunca y poder entender así el tipo de dolor que persigo en mi vida. Lo bonito. Eso es lo que soy: un defensor a ultranza de lo bonito (palabra que ahora mismo recupero y reivindico como necesaria en el vocabulario de todos). Se acabaron los maravillosos, los guais, los mola mucho, los de puta madre y demás. Me acabo de dar cuenta de que éste es un artículo reclamando LO BONITO. Por fin tengo un propósito (estaba aterrado pensando que esta diarrea literaria no llegaba a ningún puerto y yo quedaba como un floripondio sin sentido). Pero no. Estoy aquí para contarte, en cada número, en una columna-confidencia-confesionario-terapia lo que ha ido emocionándome en el último mes (en relación a libros y/o películas). “¿Y a mí que me importa lo que te haya emocionado a ti?”, dirás. Y yo te contestaré: “pues también es verdad”. Pero eso no me impide seguir y contarte lo que me gusta.

Algunos datos sobre mí que es importante que sepas antes de seguir leyendo: desde hace dos años me pinto las uñas de negro (las de las manos) y no es por estética (que me gusta), sino porque ha sido la única manera que he encontrado de dejar de mordérmelas. Muchas cosas que terminan convirtiéndose en señas de identidad importantes en mi vida ocurren así, sin realmente pretenderlo. Pero me gusta esa confusión (que los demás sigan pensando que me ha dado por hacerme gótico a los 30). La confusión es sana. Como la incertidumbre. Mi momento favorito del día es cuando me tumbo en la cama, de noche, y leo en silencio (solo o acompañado, eso me da igual). Siempre, en cualquier lugar, situación o momento leo antes de dormir. Es un hábito que conservo desde que era un mocoso. Y si me lo chafan, suelo morder. He hecho verdaderas locuras por amor y no me arrepiento de ninguna. De las que me arrepiento (realmente no, pero es la única manera de que fluya el texto) es de las locuras que he hecho por ninguna razón en concreto que, con la perspectiva de los años y el tiempo, me han traído experiencias y supongo que un camino que se parece a esa palabra que tanto detesto: madurez. He sido (aún continúo activo en este departamento) un experto cum laude en meter la pata en multitud de ocasiones y situaciones. Vivo en Barcelona pero guardo un sitio en Madrid donde tengo parte de mi corazón. Aunque soy cero fan de las fronteras y de la geografía porque sigo pensando que los lugares los hacen las personas. Y a ver quién es el listo que pone a las personas en un mapa con toda su complejidad tridimensional. Lo de las fronteras me parece un concepto de mercadillo vintage sin ningún tipo de atractivo. Ni para revista de tendencias. Yo no me pondría una frontera ni para ir a un festival de música inglés. Si tuviese que elegir dos secuencias que me han emocionado cada una de las mil quinientas veces que las he visto escogería la conversación final entre Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski en París, Texas y a Michael Caine corriendo por el Soho de NY y regalándole un libro de EE Cummings a Barbara Hershey en Hannah y sus hermanas. Ha habido y habrá muchas otras. Tiene que haberlas. Estoy seguro de ello. Si no, mi vida no tendría sentido alguno.

Aquí va, en metralleta. Las cosas que me gustan. Al loro.

Jeanette Winterson, Sam Sheppard, Raymond Carver, Jarvis Cocker, Olvido Gara, JD Salinger, David Bowie, Roberto Bolaño, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Martirio y Paquita la del Barrio. Augusten Burroughs, Martin Amis, Laura Fernández, Santiago Roncagliolo, Nick Flynn, Charles Baxter, Patrick Modiano, John Cheever, Vila-Matas, Carmen Laforet, Bernard Schlink, Jeffrey Eugenides, Michael Cunningham, Joe Orton, Sarah Kane, Murakami, John Wray, Jim Thompson, Cole Porter, Cormac McCarthy, Antonio Orejudo, James Ellroy, Alice Munro, Belén Gopegui, Yann Martel, Richard Price, Fernando Vallejo, Philip Roth, Antonio Muñoz Molina, Truman Capote, Michael Chabon y Juan José Millás. Barcelona. Cortarme las uñas de los pies. Los Ángeles. San Francisco. Formentera. Repasar antiguas fotos en mudanzas. El sentimentalismo y la electrónica oscura. Los talleres mecánicos que abren 24 horas. El folk de guitarra. Las tortitas con sirope. Todo lo noir. Las pin ups. La poesía de Leopoldo María Panero. Lucien Freud. Dave Eggers. Christina F. Las ciudades y los bosques. Las playas escondidas. Miranda July, Tracey Emin, A.M. Homes, Nan Goldin, Paul Thomas Anderson, The National, las cantautoras bollo, Elvira Lindo, las Nancys Rubias, Eels, Ana D, Vicente Minelli, Luis Buñuel, Luchino Visconti, Johnny Cash, Sondre Lerche, Jon Brion, Fiona Apple, Melville, Julio Medem, Chet Baker, Federico Fellini (por supuesto), Robert Altman, Lars Von Trier, David Lynch, Cassavettes y Canino. También me apasiona Un profeta de Audiard. Francis Bacon. Carlos Díez. Ella Fitzgerald. Astrud. Sophie Calle. Las actrices que se arrepienten públicamente de haberse pasado con el bótox. El cine, SIEMPRE, de cualquier tipo y en cualquier lugar. El color rojo. Las exposiciones que no entiendo. El exceso de maquillaje sobre cualquier superficie. Las ingles. La danza contemporánea. Los atardeceres. El pelo púbico. La mahonesa. Los niños que hablan y observan con curiosidad y condescendencia (ellos sí que saben). Las oreos de chocolate blanco. Tolerar el malestar. El té rojo de cereza. Amaya Arzuaga. Todo lo incomprensible. Las preguntas sin respuesta. Los perros y los caballos. Javier Cámara y Jorge Calvo. Bernard Wilhem y Tom Ford. Edward Hopper y Carlos Berlanga. Victoria Abril y Rubén Ochandiano. Lola Dueñas y Carmen Machi. Los albornoces. La tortilla de patata. Los sofás con mantas calentitas. La coca cola light. Decir “¡¿Cómo?!”. Mario Vaquerizo. Los fanzines. Los hombres. Los hombres que no se depilan. Los cerebros rotos. Las luces de Navidad. Intentar mantener viva mi planta de aloe vera. Decir “te quiero” temblando de miedo. Mi terapeuta. El ukelele y el violín. Los camellos filósofos. Fracasar mejor. La micropoesía de Ajo. Pucci. Las emociones a flor de piel. Las cosas que no pueden explicarse, como los momentos intensísimos en los que una emoción líquida te invade la garganta y el pecho nublándote la mirada. La lluvia. El calor. Agradecer. Las terrazas con gente que sonríe o que llora en silencio mirándose a los ojos o apartando la mirada. Fumar dos cigarrillos seguidos. Las camisetas de tirantes. La gente que no sabe hablar y sólo se comunica cantando. Las vecinas que hablan de balcón a balcón. No adelantar acontecimientos. El movimiento 15-M. Los petazetas. Escaparme de fin de semana con amigos. El sexo con deseo. El sexo con amor. El sexo en todas sus vertientes. El amor en todas sus vertientes. La falta de prejuicios. Los graffitis. La defensa de la diferencia. El jazmín. Todo lo que sea de plástico y parezca barato (si es dorado me gusta muchísimo más). Los colores primarios, vibrantes. Lo excesivo (en las películas y también en las tetas). Las velas. Los adultos que saben que aún son niños (ellos sí que saben, también). Las duchas de agua caliente. Escuchar a Layla y a Cristina y a Gonzalo (a los dos) y a Rafa y a Xavi y a L-nita y a Ainhoa y a Deborah y a Miguel (a los tres) y a Cenzo y a Dani. El travestismo y la confusión de géneros. Sufjan Stevens, Scott Mathew, Leonard Cohen, Tom Waits, Lou Reed y Placebo. Sudar. Dar toques en Facebook a gente que no conozco. Las fotos de Jesús Ugalde, Markus Rico, Cesar Segarra, Robert Doisneau, Francesca Woodman y Diane Arbus. Decir cosas incoherentes para el mundo que tienen mucho sentido para mí. Las enfermedades mentales. Los locos y los incomprendidos. Los textos de Paco Tomás. Subrayar los libros (los pasajes que me gustan) y escribir en las páginas blancas de delante y de detrás. Amontonar notas en todo tipo de cajones. Las mujeres que se ponen calzoncillos para estar por casa. Las mujeres que salen a la calle en combinación, botas camperas y el pelo suelto. Intentar hablar idiomas que no sé (el de los sordos incluido). Hablar toda la noche (a oscuras o con luz). Ficcionar mi realidad. La gente mayor (si tienen muchas arrugas, mucho más). Los personajes de José Martret, Chéjov, Daniel Sánchez Arévalo y Noah Baumbach. Los peluches con agujeros. La ropa con agujeros. Los agujeros. Aquella chica de La Mode, Pesadilla en el parque de atracciones de Los Planetas y El faro de Joe Crepúsculo. Las millonarias mejicanas. Las millonarias cocainómanas que no hacen nada con su vida, sean de donde sean. Quedarme sentado. La Terremoto. Comunicarme con los ojos. Un café al sol. Mi diario. Fregar. No llevar ropa interior en verano. Cerrar los ojos y sentir la brisa en la cara. Sonreír a un extraño. Tirarme un pedo, y dos y tres. Las lágrimas sin dueño. Las modelos inteligentes y los políticos honrados. Doler por otros. Los silencios compartidos. Los humildes. Aceptar un consejo. Escuchar con atención. Sonreír de nuevo. La gente que responde con preguntas. Los que son valientes y los que se cagan de miedo pero siguen adelante, más valientes que los primeros. Un abrazo por sorpresa (también puede ser un beso). Los ideales imposibles. Las causas perdidas. Una mano que te tapa la boca con cariño. Aceptar en quién me he convertido. Apoyarse. Tratarme con cariño. Respirar. Pasear en moto por la ciudad vacía de noche sin dirección concreta. Un email (a veces). Compartirlo todo (hasta lo prohibido). Mostrar las heridas. Dejar ir. Cooperar. Besar los párpados. Las sonrisas furtivas y las carcajadas insolentes. Responsabilizarme. Dejar de pretender. Derruir personajes (en la realidad, porque en la ficción me gusta justamente lo contrario: construirlos). Seguir hablando. Los dedos en la boca. Los caretos en las fotos. Eyacular dentro de la persona que amo. Apretar la mano con fuerza metiendo todos los dedos dentro del lazo. Que se apoyen en mí. Una canción recuperada. Aprender lo que significa respeto (por los demás y por mí mismo). Una llamada de teléfono. Sentirme querido. Querer.

Estar aquí, desnudándome y escribiéndote. Sí, claro que me gusta. Muchísimo. Más que eso: me vuelve absolutamente loco.