Terramar

Terramar

De pie en el muelle, los miró partir, como siempre despiden a sus hombres las esposas y hermanas en las costas de Terramar, sin agitar manos ni pañuelos, sin llamarlos a voces: muy quietas y en silencio, embozadas en sus capas grises o pardas, mirando como la franja de agua se ensancha entre la barca y la costa.

Hace casi cuatro décadas, un niño de poco más de diez años se aupaba sobre las puntas de los pies buscando libros escondidos en las profundidades de las estanterías de la librería de Matías, aquella tienda vetusta y singular que regentaba el barbudo, y que permitía soñar con prometedores misterios que permanecían ocultos en el interior de aquellos deseados textos. Aquel niño escudriñaba portadas y buscaba indicios de nuevos y mágicos mundos, de forma incansable, ante la tierna mirada del librero. Tal vez por casualidad, tal vez por azares de un destino preconcebido, rozó con las yemas de los dedos un volumen con sobrecubierta azul que le llamó la atención. Se trataba de un libro austero, sobrio, mundano, pero con un título que auguraba el principio de una saga: Los libros de Terramar. I. Un mago en Terramar. Acompañaba al título una pequeña y sencilla figura de un hombre ataviado con capa, larga vara y altas botas. 

Oculto tras las grandes estanterías, el niño se sentó en el suelo y deslizó con cierta ansiedad infantil las primeras páginas, hasta encontrar el primer hallazgo que suele preceder a las historias de la más alta fantasía: un mapa. Una geografía que se abría exuberante ante los ojos fascinados del niño.

El mapa de Terramar.

A la izquierda aparecía grabada una críptica y añeja rosa de los vientos, con la misión de intentar orientar a los navegantes en sus travesías marítimas y guiarlos entre los miles de islas de un archipiélago que, salpicado aquí y allá de pedazos de tierra, moteaba el universo de mares que componen la inabarcable Terramar. 

Aquel mapa mostraba un mundo que limitan los cuatro confines lejanos. El confín septentrional, donde comienza la insondable tierra de Hogen; el confín austral, que conforma una extraña parte del mundo donde los peces vuelan y los delfines cantan y el agua es mansa para nadar; el confín del levante, al sur de las tierras de Kargard, donde una vez existió el laberinto enterrado de las tumbas de Atuan; y, en el otro extremo del mundo, el confín del poniente, donde se halla la isla de Selidor. Y es precisamente en las costas de aquellas tierras del ocaso desde donde se pueden otear sobre la mar lejana lo que a los ojos inexpertos parecerían albatros, pero los que los conocen bien saben que no son precisamente pájaros. Al sur de la isla de Selidor se encuentra el Paso de los Dragones, que habitan allí desde que la tierra es tierra y la mar es mar, desde el momento primigenio de la creación de Éa. Y dicen que el sol del atardecer produce destellos iridiscentes cuando baten sus alas con el ruido del trueno de tormenta. Esas criaturas son de viento y son de fuego, ya que un día eligieron no ser humanas, y saben los magos de Terramar que se ahogan si se sumergen en la mar. 

El mapa de Terramar termina en los cuatro confines, y ni el lector ni los habitantes de aquel mundo saben qué hay más allá. Hay quien dice que Terramar acaba en esos cuatro confines remotos y que luego todo es mar abierta, donde no llegan las aves terrestres, un poco más allá de donde se encuentra la ciudad de los balseros, que siguen a las ballenas grises hacia el norte y bailan la «Larga danza» sobre la mar profunda en la víspera del solsticio de verano. Nadie ha explorado más allá de la mar abierta. Por eso hay quien imagina vastas tierras ignotas en la otra cara del mundo, o incluso los hay que piensan que el mundo tiene solo una cara, y el que navega demasiado cae por sus bordes. 

Pero Terramar es mucho más que el mapa que descubrió aquel adulto hecho niño. Terramar es mar, es agua y es viento. Y en Terramar los barcos navegan gracias al viento del mundo, pero también gracias al viento de la magia que levantan los magos, ya que son los que conocen los hechizos del clima y lo usan cuando no queda más remedio que navegar a pesar de las condiciones, y para ello guardan los vientos en un saco de cuero que desatan para favorecer la navegación, pero también para capturar los vientos contrarios que dificultan la travesía.

Y los marineros diseñan las rutas porque conocen bien el nombre de las constelaciones, y porque saben ubicar las estrellas que jamás se ocultan, aquellas que no palidecen en ninguna aurora. Y en las noches estrelladas, cuando no tienen que enfrentarse a grandes tempestades ni a hostiles vendavales, se guían por la estrella Tolbegren y, con la ayuda de sus brújulas y su aprendida pericia, dirigen con determinación el rumbo de sus embarcaciones.

Y todo eso, y mucho más, encierra el mundo mágico de Terramar. Y todo eso, y mucho más, adivinó aquel niño hace muchos años, con tan solo un vistazo, con el convencimiento de un augurio que tardaría más de cuatro décadas en acabar de descubrir. Ese libro durmió el sueño de los justos durante todo ese tiempo. Y habitó en diferentes ciudades, fue cómplice cautivo en decenas de mudanzas y hubo ocasiones en que lució esplendoroso en estanterías baratas de pisos de alquiler, pero también tuvo épocas de ostracismo enjaulado en cajas de plástico arrinconadas en garajes polvorientos.

Aquel niño de unos diez años, casi cuarenta después, extrae el libro con un cuidado extremo de su flamante biblioteca. Y ese libro disfruta del privilegio de estar a la derecha del padre, al lado de los habitantes de la Tierra Media, que un profesor de la Universidad de Oxford imaginó décadas atrás, mientras fumaba con parsimonia en aquella pipa larga, como algunos de sus personajes medianos. Aquel adulto de tan solo diez años, secuestrado ahora en un cuerpo que hace tiempo que comenzó su particular otoño, acaricia de nuevo la sobrecubierta azul ya cuarteada con un pinchazo de nostalgia, y mira con delicadeza las primeras páginas, y recuerda, no sin cierta emoción marchita, las promesas no cumplidas de un mapa que siempre le pareció extraño. Y se pregunta cómo ha llegado hasta aquí. Y piensa en todo lo que ha dejado perder. Y en todo lo que pudo ser si no hubiera tardado cuarenta años en descubrir el paisaje marino del mundo mágico de Terramar. 


Del tratamiento moral

Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers tratamiento moral
Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers en 1893. (DP) moral

Howard Phillips Lovecraft mira las imponentes agujas neogóticas del edificio, mientras las nubes grises descargan una fina lluvia plomiza que acompaña a los espantosos graznidos de las gaviotas, y el aire se impregna de un intenso hedor a humedad oceánica. 

A Howard Phillips Lovecraft le causa una honda impresión el antiguo frenocomio, y despierta en él un miedo irracional, que lo desvela cada noche entre terribles pesadillas y horrores abismales. Sueña con sus largos pasillos interminables, sus altas y refinadas estancias y sus redes de túneles subterráneos, que lo sumergen en un mundo irreal.

Ese edificio, el Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers, en Massachusetts, le recuerda irremediablemente al hospital psiquiátrico de Butler, en Providence, donde murió su padre, Winfield Scott Lovecraft, cuando él tenía tan solo ocho años, a causa de una parálisis general progresiva que le provocó una incapacidad mental. En ese mismo hospital también murió su obsesiva, puritana y neurótica madre, Sarah Susan Phillips, tras una larga enfermedad, y desde el que le escribía encamada interminables cartas a su hijo, alimentando su mente con los viejos rencores inculcados en la infancia y subyugándolo con los anhelos insatisfechos de aquella mujer malsana.

Howard Phillips Lovecraft sabe que el frenopático que observa ahora está atestado de locos, que la elegancia que otrora tuviera el vetusto edificio se ha transformado en una decadencia irrecuperable, que sus habitaciones ya no conservan su estética victoriana, debido, entre otras cosas, al hacinamiento de los enfermos. Y sabe que los insanos son de nuevo sometidos a las prácticas más inhumanas y a las más crueles vejaciones, disfrazadas de dudosos procedimientos científicos, donde los electroshocks, los baños de hielo o la inmovilización con camisas de fuerzas o mediante el encadenamiento con grilletes son el pan suyo de cada día. A los más desgraciados les llegan a practicar lobotomías que, en el mejor de los casos, tan solo prolongan su locura. Las habitaciones son ahora oscuras, frías y desnudas, el aire se ha vuelto estancado y opresivo, y la suciedad, habitual. Los reclusos vuelven a ser mendigos chiflados, encerrados la mayoría de las veces junto a violentos criminales trastornados, enjaulados y azotados con palos hasta que acaban obedeciendo. Ya es, otra vez, más una cárcel que un hospital.

Pero toda esa locura contrasta con la antigua belleza del lugar. Una belleza que una vez soñó un hombre antes que él. Un hombre convencido de que la arquitectura podría tener un efecto dominante sobre la enfermedad, que el entorno influía, a la larga, en la salud de los pacientes que, lejos de bizarras teorías de posesiones demoníacas y causas sobrenaturales, aquellos desgraciados podrían llegar a curarse mediante el tratamiento moral y el habitar en un ambiente de sublimidad y refinamiento, y que ello debería tener un indiscutible efecto terapéutico sobre sus manías. Aquel hombre que una vez soñó la curación de los locos se llamaba Thomas Story Kirkbride, y anticipó con clarividencia que el encierro total de los insanos no era la solución, que la luz solar y el aire fresco y un entorno placentero iban a resultar factores cruciales para su sanación. 

Aquel hombre soñó con la belleza como redención de la locura.

Kirkbride supo desde el principio que la cura se obtendría como consecuencia del determinismo ambiental. Presentía que el ambiente ordenado y racionalizado permitiría reordenar y reestructurar la mente del paciente.

Y se puso a ello.

Kirkbride diseñó, con la más fina minuciosidad, el hospital de enfermos mentales más adecuado a sus innovadoras ideas. Los sanatorios mentales debían, según su criterio, asemejarse a palacios victorianos, preferiblemente de estilo neogótico o románico richardsoniano, y debían ser construidos en base al más alto canon de buen gusto, siendo grandes, voluminosos y cuidadamente ornamentados.

Debían disponer de extensos jardines, bellos invernaderos, nutridas granjas y zonas de labranza, por lo que se localizarían lejos del mundano bullicio de las ciudades, y en contacto directo con la naturaleza, por lo que calculó que necesitaría no menos de cuarenta hectáreas de terreno para cada uno de ellos. En aquellos espacios fértiles los pacientes podrían deleitarse con la exhibición de la vida en sus formas activas, y constituirían las extensas vistas de un paisaje siempre bucólico desde sus habitaciones, pensadas para promover la comodidad e intimidad de los pacientes, y que deberían tener techos de no menos de 3.7 metros de altura y acomodar a un máximo de dos pacientes (idealmente uno).

La arquitectura de los sanatorios también estaba predeterminada por Kirkbride: consistiría en un edificio lineal con dos amplias alas conectadas entre sí a un gran bloque central, con ocho pabellones adyacentes, cada uno de ellos asegurando la privacidad e independencia del resto, y que se desplegarían en una estructura de alas de murciélago desde el centro, dispuestas en escalón, lo que permitiría que los corredores se abrieran a la luz del sol y a la ventilación del aire puro. Cada ala dispondría de su propio salón, baño, vestuario y enfermería, mientras en el pabellón central se encontrarían los servicios generales como la recepción, la administración, las cocinas y la casa del superintendente, el cual debía vivir necesariamente allí, junto al resto de trabajadores.

Según el diseño de Kirkbride, la disposición espacial de los diferentes pabellones permitiría separar a los pacientes por estado mental, tanto en las manifestaciones de su patología como en los comportamientos particulares de cada uno. Los más enfermos o más excitables se situarían en los pabellones más alejados del bloque central, acercándose progresivamente a él conforme mejoraran su estado de salud o se tranquilizaran, por lo que la organización de los pacientes estaba íntimamente imbricada con la estructura física del edificio. Para este propósito, los pacientes eran catalogados en tres grupos: maníacos, melancólicos y dementes. También el sexo o el estatus social eran valorados para clasificar a los pacientes, tanto en su acomodo como en el tipo de tareas que se les asignaban, ya que Kirkbride pensaba que el trabajo en los jardines y en las tierras de cultivo eran parte de la terapia, así como la ayuda en las salas. 

Kirkbride planificó con una excelsa finura todos los detalles, desde los caros materiales de construcción a utilizar hasta los puestos específicos del personal sanitario (sus hospitales debían contar con treinta y cinco hombres y treinta y seis mujeres en plantilla, incluyendo médicos, enfermeras, supervisores, maestros, matronas, vigilantes y hasta un capellán); o desde el color de las pinturas hasta el salario de cada uno de los trabajadores, determinando incluso la obligación de los enfermos a asistir a los servicios religiosos de los domingos. También definió algo clave según su entendimiento: la capacidad máxima de sus sanatorios, no debían tener más de doscientos cincuenta enfermos por hospital.

El primer sanatorio de enfermos diseñado por Kirkbride fue construido en 1848 en Nueva Jersey; el Asilo de Lunáticos del Estado de Trenton. Pero no fue el único, desde ese año y hasta 1910 se construyeron otros setenta y dos a lo largo y ancho de todos los Estados Unidos, siguiendo un plan meticulosamente preestablecido por el médico de Pensilvania. Pero aquel plan duró tan solo unas pocas décadas: los cambios legislativos y los consecuentes recortes presupuestarios de la década de 1870 obligaron a los superintendentes a internar a un alto número de pacientes por hospital, y la decadencia económica tras la guerra civil americana acabó convirtiendo aquellos idílicos palacios de enfermos mentales en lúgubres asilos del terror. A día de hoy, muchos de ellos han sido demolidos o reusados para otros fines. Tan solo quedan en pie una treintena en su forma original. 

Pero en esos pocos años, Kirkbride logró demostrar, al igual que lo hizo la escuela de alienistas parisinos de Philippe Pinel y Jean-Étienne Dominique Esquirol al principio de aquel siglo, que los enfermos mentales tenían momentos de lucidez, y que no eran animales irracionales, sino víctimas de situaciones vitales que habían traspasado todas las fronteras de la cordura, como consecuencia de haber sido expuestos durante periodos prolongados a ambientes opresores que les causaba daños orgánicos severos. De igual forma a los insanos de los asilos parisinos inmortalizados por Théodore Géricault en su serie de las monomanías, los enfermos mentales norteamericanos de mediados del XIX fueron tratados durante aquellos años como personas, lo que propició una mejoría nunca antes vista, demostrando la eficacia del tratamiento moral sobre las enfermedades de la mente. 

Pero, irremediablemente, el ocaso del sueño de Kirkbride acabó transmutando en pesadilla lovecraftiana, aunque sirvió para legarnos los más bellos y misteriosos sanatorios psiquiátricos que alguna vez se hayan construido. 

Sin lugar a dudas, el hospital de enfermos mentales de Danvers, que oteaba aterrorizado Howard Phillips Lovecraft, fue uno de los más exquisitos y elegantes del plan Kirkbride. De aquel emblemático edificio de los horrores que el escritor de Nueva Inglaterra inmortalizó en «La sombra sobre Innsmouth», hoy en día solo permanece inalterada la parte que sin duda el maestro del horror cósmico consideraría la más importante del complejo: su cementerio. 

Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers tratamiento moral
El complejo Kirkbride  del antiguo Hospital Estatal de Lunáticos de Danvers, en 2010. Foto: John Phelan (CC).


Kirkbride, Thomas Story. «On the Construction, Organization, and General Arrangements of Hospitals for the Insane with Some Remarks on Insanity and Its Treatment». Philadelphia, 1854. 


La segunda muerte de Heracles

Heracles
Hércules luchando con la Muerte por el cuerpo de Alcestis, Frederic Leighton, 1871.

Heracles, vencedor aún jadeante, arrastra la cabeza de la Hidra ante los atentos ojos de su sobrino Yolao, que porta la antorcha crepitante en su mano derecha, mientras trata de recuperar el aliento. Camina por la ruta sagrada que recorre el trayecto entre Lerna y Eleunte. Tras unos pasos, levanta pesadamente la losa y entierra la cabeza, aquella que ni siquiera el hierro ha podido herir. Los restos del despiadado monstruo acuático ctónico con forma de serpiente salpican el terreno pantanoso próximo a Nauplia. La bestia ha sido masacrada y despedazada, y sus infinitas cabezas esparcidas por la ciénaga oscura. Ha concluido el segundo de los trabajos previstos por el oráculo de Delfos, consiguiendo una prórroga excepcional a una muerte que solo el héroe ha podido burlar.

Pero Heracles desconoce el misterio de la transfiguración. La cabeza inmortal de la Hidra mutará lenta y pausadamente a ser heterocéfalo, mientras el semidiós, ajeno a su destino, emprende la búsqueda de la cierva de cuernos dorados y pezuñas de bronce. El animal quimérico hijo de la Hidra resultará ser un engendro todavía más poderoso que la propia serpiente policéfala. El origen del decimotercer trabajo. El definitivo. Aquel que traerá indefectiblemente la segunda muerte de Heracles.

El animal invencible monocéfalo, la bestia de la cabeza heterogénea, descubierto en 1842 por el explorador Wilhelm Peter Eduard Simon Rüppell, el primer naturalista en atravesar el reino de Abisinia. Rüppell, el primer europeo que observó la rata histricomorfa, el único superviviente hegemónico de su género, un animal dotado de un poder excepcional, casi mágico, probablemente alienígena.

La estructura eusocial de una reina dictadora, con un pueblo subterráneo sometido, dividido en castas dominadas; los sirvientes, los soldados, ambos estériles, y su harén particular, los tres machos fornicadores. Una sociedad altamente organizada, sojuzgada por una hembra mucho más grande que el resto, con un mayor número de vértebras en su columna, un tercio más grande que sus congéneres, nacida para mandar, que obliga a que todos sus súbditos se rebocen en la orina aristocrática, marca indeleble que subyuga a su estirpe. Una reina surgida de la lucha a muerte con otras hembras por el trono.

El animal cuasi ciego, lampiño, repugnante, pero con unos poderes posiblemente venidos desde otro mundo. El heterocéfalo o farumfer, que puede usar las diminutas patas para correr a la misma velocidad hacia delante y hacia detrás, tal es su deforme constitución, condenado como está a un mundo angosto de túneles y galerías asfixiantes, carentes de aire, convirtiéndose por derecho propio en el guardián de un inframundo que antes pertenecía a la Hidra policéfala de aliento venenoso.

El animal que resulta insensible al dolor, una bestia con deficiencias en los neuropéptidos de sus fibras sensoriales cutáneas, haciéndolo indoloro a las agresiones; la insensibilidad, la mayor coraza de protección conocida.

El animal inmune al cáncer, que ha conseguido desarrollar un mecanismo adaptativo de acumulación de ácido hialurónico y de activación de genes supresores de tumores que le permiten resistir a la malignidad celular, en una suerte de supremacía darwinista, que sobrepasa de largo al resto de los mamíferos.

El animal que puede vivir casi en ausencia de oxígeno. Un ser que ha desarrollado extrañas características para adaptarse a un mundo subterráneo en el que apenas hay aire respirable, seleccionando minuciosamente las mutaciones genéticas adecuadas para ello. Un vertebrado asqueroso, capaz de vivir en atmósferas con el 80 % de dióxido de carbono y tan solo el 20 % por ciento de oxígeno, o capaz de sobrevivir durante horas en ambientes con cantidades irrisorias de oxígeno, más próximas a las del planeta del dios de la guerra que a la propia Tierra.

Un animal que además es capaz de adaptarse al frío y al calor más extremos, que adapta vertiginosamente su temperatura corporal a la del entorno, sin inmutarse apenas.

Un animal, además, casi eterno. La extremada longevidad le permite alcanzar la treintena de años, el roedor más longevo del punto azul pálido, según la revista Science. Comparado con una rata común, es como si un humano pudiera vivir mil doscientos años, como si fuésemos contemporáneos del nacimiento de los primeros samánidas de la oriental y lejana Samarcanda. La bestia raída que desafía a la ley de Gompertz-Makeham, aquella que reza que el aumento de mortalidad de una especie depende de la edad. El monstruo que no envejece, cuyo cerebro no sufre cambios con los años, que muestra una senescencia exigua. Un animal que consigue acercarse a la inmortalidad reduciendo su metabolismo en los tiempos difíciles, un ser que vive su vida en pulsos. La rata pulsante.

En conclusión, el animal definitivo, el digno hijo de la Hidra de Lerna. El futuro asesino de Heracles. Tal vez venido de más allá de nuestro sistema solar, proveniente de la eyaculación cósmica de la panspermia, como los cefalópodos, o cabeza-patas, en una suerte de analogía a los seres interestelares de La llegada, en las naves-molusco que exhibían su majestuosidad suspendiéndose en una ingravidez mágica sobre la campiña de las lejanas tierras de Montana.

Afirman los investigadores que, efectivamente, esos seres anómalos no cuadran. Que vienen de estrellas lejanas, o cabalgando sobre cometas más allá de la nube de Oort. Que llegaron aquí tras la explosión cámbrica. Que se conforman como el más alto vértice de la pirámide del segundo foco de complejidad inteligente de la evolución. Que sus huevos fertilizados llegaron criopreservados y protegidos en una extraña matriz en los cometas, cual arcas de Noé, preñando prolijamente los mares paleozoicos, hace cientos de millones de años, en el preciso instante de la máxima fecundidad de los océanos, dando origen a la radiación evolutiva en la época de la Gran Gondwana. Solo así se puede explicar el asombroso nivel de complejidad del genoma de los pulpos, o su cantidad de genes, muy superior al de los humanos. Solo así se puede entender el enorme encéfalo, su sofisticado sistema nervioso, sus ojos más semejantes a cámaras fotográficas que a órganos de animales, sus cuerpos blandos y flexibles, su prodigiosa capacidad de camuflaje instantáneo. La teoría de la biología cósmica, o la tesis de Hoyle-Wickramasinghe, que se añade a otros seres alienígenas que conforman ese bestiario galáctico, tales como los tardígrados, los monstruos de Tully, o las bacterias encontradas a altitudes estratosféricas, a decenas de kilómetros de altura, lejos de nuestro planeta.

O tal vez tales peculiaridades extraordinarias correspondan a robots camuflados provenientes de cierta ruta en diagonal por la Vía Láctea, diseñados por los arquitectos siderales de civilizaciones inteligentes que ya han adquirido la consciencia necesaria de que habitamos un océano interestelar insondable que nos condena a una soledad eterna en nuestro oasis particular, y que solo somos, son, capaces de otear torpemente mundos lejanos y extraños, como el niño que escruta su domo de nieve, siendo dolorosamente conscientes de que estamos condenados a morir sosegadamente, a extinguirnos como civilización, y que nunca, nadie, podrá visitarnos jamás.


La sexta monomanía

La sexta monomanía, Portrait of a man. Homo melancholicus, de Théodore Géricault.

Hoy, unos días después de que se cumpla un año en el que lo tuve entre mis manos, el misterio por fin se desvela. 

Pero volvamos por un momento a aquel soleado día de un enero frío.

El viaje fue según lo previsto en aquella época prepandémica. Nadie sospechaba que el virus estaba ya transmitiéndose de manera silenciosa y mortal, pero hoy sabemos que en aquel gélido mes de invierno, poco después de la Natividad, el virus ya campaba a sus anchas en la península itálica. Hasta en eso tuve suerte. Unas pocas semanas más tarde habría perdido la oportunidad única que me brindaba la vida, y que se me ofrecía tal vez por mi compulsiva obsesión en la búsqueda de unos cuadros perdidos hacía más de doscientos años, de los que nadie, ni tan siquiera, sabía si habían existido alguna vez.

En los últimos meses mi casa se había convertido en el escenario de una serie policíaca de los años ochenta. Fotografías de los retratos pegados a la pared, con conexiones entre ellos, decenas de artículos científicos en inglés y en francés desparramados por la mesa del comedor, diagramas temporales del periplo de los cuadros conocidos, precios de compraventa, catálogos especializados traídos de alguna librería perdida en los suburbios parisinos, fotocopias de los tratados médicos de los alienistas, mil veces subrayadas, con anotaciones al margen traduciendo algunas de las expresiones francesas que mi memoria se había empeñado en olvidar, solicitudes de fichas a los Archivos Nacionales Franceses, correos electrónicos enviados a diferentes partes del mundo, catálogos de exposiciones lejanas en el tiempo y en la geografía, inventarios de testamentos olvidados, tesis doctorales antiguas…

Durante muchas noches la encendida obsesión me hizo navegar por las profundas y oscuras aguas de la inabarcable red. La tecnología ha puesto a nuestro alcance un océano de información muy difícil de digerir. Al igual que de niños trazamos las líneas entre los puntos sucesivos para dibujar la imagen del tesoro de los piratas, de esa forma yo conectaba pistas en mi particular epopeya artística. Fueron muchos meses de intentos, en los que visité colecciones virtuales, estudié catálogos obsoletos, leí decenas de artículos y libros, y analicé, con la paciencia de un relojero, cada una de las posibles evidencias que la profundidad de la nube me devolvía. No contaré aquí ni las pistas que no me llevaron a ningún sitio, ni aquellas que todavía permanecen prometedoramente abiertas, en una búsqueda vital que necesariamente sigue siendo inconclusa. 

El quid de la cuestión acabó estando en una pequeña exposición sobre arte y locura que se exhibió en el Museo de Arte de Rávena (MAR). En una de esas noches de verano detenidas en el tiempo, donde buscaba incansablemente evidencias imposibles frente al ordenador, reparé en una exposición del año 2013 titulada Borderline. Artisti tra normalità e follia, que inicialmente no me reveló nada especial, convirtiéndose otra vez en la enésima pesquisa esquiva. Pero decidí, ya a altas horas de la madrugada, visionar el vídeo promocional de la exposición antes de irme a dormir a la cama pegajosa por la humedad próxima de la mar oscura, en aquella noche que se convertiría irremediablemente en inolvidable. Lo deduje de allí. Reconocí en los escasos segundos que duraba el frame el cuadro de Le medicin chef de l’asile de Bouffon, uno de los médicos parisinos pintados por Géricault en aquellos años. El retrato, en forma de promesa, estaba a su lado. La imagen parada arrojaba la posibilidad de explorar. Y sus características lo hacían plausible: las dimensiones del retrato, su composición, la ropa que vestía el sujeto, los colores coincidentes, la singularidad de la mirada…

Durante los meses siguientes la investigación se convirtió en una montaña rusa de esperas y augurios. Obviaré los detalles, tanto por confidencialidad como por prudencia, pero he de confesar que siete meses más tarde, en algún lugar perdido de Italia, aquel retrato perdido de Géricault estaba entre mis manos, y yo, por fin, podía mirar a los ojos los indicios del principio de la locura en un insano ingresado en uno de los asilos parisinos de una lejana época posnapoleónica. Aquel hombre que interesó al eminente psiquiatra y que inmortalizó el genio romántico estaba delante de mí, mientras su dueña (o dueño) desgranaba con parsimonia los detalles casi olvidados de su procedencia, mientras las horas pasaban, y el sol glacial del invierno de los presagios confirmados entraba por la ventana reflejándose en el espejo ocre del parqué. 

Aquel individuo anónimo de mirada triste sedujo, hace doscientos años, tanto al científico como al artista. Y ahora se revelaba ante mí, a través de un profundo túnel temporal que conectaba dos épocas lejanas, en un lujoso ático de alguna ciudad italiana, enlazando el tiempo y el espacio, y repitiendo caprichosamente una escena que ocurrió hace más de siglo y medio, cuando el doctor Lachèze le enseñó las primeras cinco monomanías al marchante Louis Viardot, también en un ático, en la lejana ciudad alemana de Baden-Baden, dentro de un viejo baúl agusanado que había acabado allí tras un viaje circular en donde los cuadros recorrieron las exóticas latitudes orientales de Egipto, Palestina, Arabia y Persia. 

Théodore Géricault, por petición del doctor Georget, pintó al hombre melancólico, convencido por el médico de que existían dos clases de monomanías: la que cursaba con agitación y desasosiego, y aquella en la que predominaba la tristeza y el abatimiento, o como ellos la llamaban: la lipemanía, o la melancolía clásica de los textos antiguos. 

El hombre melancólico inclina la cabeza, enfundado en una humilde casulla religiosa, de colores similares a la bufanda de otra de las monomaníacas, la de la envidia, a la que apodaban en el asilo la Hiena, la única de la que ha trascendido su apelativo. Ambos vistiendo ropas de invierno, aquellas prendas con las que los inmortalizó el pincel del maestro. El hombre triste, con la marca de la tonsura en su cabeza, que nos muestra que el germen de su locura proviene del fanatismo religioso, y donde la melancolía que origina la teomanía se hace presente en las marcadas arrugas de su frente, que dibujan la marca del signo omega, un signo distintivo de la tristeza y del desánimo, la impronta de la preocupación extrema, mientras sus cejas caen oblicuas, su cabeza se inclina y su rostro se afila, palidece y amarillea, y en su boca el labio inferior engulle al superior, produciendo un gesto de amargura, de desdicha desmedida, a la vez que la mirada se clava en el suelo, cerca de un infierno de sufrimiento que se nos antoja dantesco.

Y con este retrato, se demuestra por fin, dos siglos y miles de hojas escritas después, que la serie fue concebida por Georget eligiendo a diez de sus más particulares locos, que Géricault los pintó captando los demonios que se agitaban dentro de cada uno de ellos, y que la serie se compone de diez enfermos diferentes, de los cuales cinco se encontraron en un ático de una ciudad alemana hace ciento cincuenta años, y que los otros cinco han dormido el sueño de los justos en colecciones privadas escondidas de los ojos curiosos de los historiadores de arte y de los científicos de los dos últimos siglos. 

Tal vez los otros cuatro cuadros ausentes aparezcan algún día, o tal vez puede que nunca emerjan de las profundidades de las pinacotecas particulares donde sin duda permanecen para disfrute de sus propietarios y allegados. 

O tal vez haya aparecido algún otro cuadro de la serie y yo no lo quiera desvelar todavía.

«La monomanía del hombre melancólico» se publica hoy en The Lancet Neurology bajo el título «A new portrait by Géricault» por el autor de este artículo. Puedes encontrar otras historias como esta en Geografía de la locura del propio autor.


El jardín

Pieza central de El jardín de las delicias, de Jheronimus Bosch.

Este texto ha sido el ganador del concurso DIPCLSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.

La puerta hermética blanca permanecía, como siempre, inalterablemente cerrada.

Encontró el relato entre los papeles del viejo baúl apolillado, arrinconado en el lugar más recóndito del viejo desván, compartiendo espacio con decenas de escritos antiguos, recortes de periódicos de otros tiempos, e historias amontonadas de pacientes muertos en una época lejana. Pero fue ese documento el que le llamó la atención, tal vez por el esmero con el que estaba plegado, tal vez por lo cuidado de su escritura en tinta de pluma violeta. Todavía, a día de hoy, desconozco si aquel legajo responde a un juego literario del doctor o a una historia de alguno de los casos de la enfermedad melancólica a la que dedicó todos los esfuerzos de su vida; aquel mal que se desencadenaba por el exceso de la bilis amarilla, que acababa mutando inexorablemente en la manía más oscura, la enfermedad maldita de los dos extremos infernales, las dos máscaras de un teatro diabólico, la locura circular. El relato decía así:

«Descorrió la ventana, asomándose tímida a un exterior que creía conocer bien. Sus ojos se extasiaron con la visión del jardín, más bosque que jardín, más selva que bosque. Esperaba, y mientras tanto se deleitaba en la observación botánica de los cedros, inexplicables compañeros al costado de los magnolios en flor. Los ipés amarilleaban al lado del estanque, las jacarandás alzaban un vuelo violeta por encima de los pinos, irremediablemente más pequeños, un grupo de helechos ocultaba un tronco milenario de olivera. Todo estaba en flor.  Simultáneamente. Los frutos cargaban las ramas de los árboles casi partiéndolas por el peso. Se sentía inmensamente feliz, mientras una cálida lluvia amarilla humedecía el jardín, salpicando las piedras de rodeno que llegaban hasta el lago.

La escultura de una Venus, colonizada  por el musgo, miraba hacia la casa, al lado del estanque. Era uno de los  mejores días de su vida. Ya había pasado una semana desde la espléndida boda celebrada en la plaza del pueblo, cuando largas mesas acogían a los  centenares de invitados, y se cocinaban corderos enteros en las panaderías, y los negros traían las frutas tropicales en carretas. Recordaba cuando el alcalde se levantó para desearles una feliz y próspera vida a la pareja. Seguía lloviendo y un inmenso arcoíris nacía del jardín, contando por decenas los colores descubiertos justo en ese momento, y que tal vez no podría volver a enumerar nunca, adivinando cada una de las extrañas tonalidades que coloreaban el lago, tornándolo  mágico y extraño a la vez. Abrió la ventana para observar con mayor nitidez el espectáculo y un olor a cereza madura invadió la estancia, mezclándose con el dulce aroma de tabaco de pipa fumada esa misma mañana por el comandante. Decidió salir a pasear sobre la hierba fresca, y sus pies mojados y calientes se deslizaron hasta la orilla del lago, bordeando el camino que conducía hasta la fuente. Se sentó en el banco y observó que el número de nenúfares había disminuido desde el día de la boda. Ahora quedaban menos. Tal vez menos que desde que el comandante partiera esa misma mañana, tal vez desde la última vez que miró el estanque desde la ventana.

Los días se sucedían lentamente, y aunque el calor seguía siendo húmedo y asfixiante, seguía sin tener noticias del comandante. La súbita alegría que sentía en la mañana de los dos días anteriores había dado paso a una  tristeza incomprensible, que le hacía vagar sin sentido por las  habitaciones de altos techos y de ventanas engalanadas con cortinas  victorianas. Una lluvia anaranjada se observaba a través de los cristales.  No solo no había dejado de llover en todo aquel tiempo, sino que cada  vez llovía más intensamente. Manzanas, mangos, papayas y membrillos estaban esparcidos por el suelo del jardín. Ya no quedaba ni uno solo de los frutos en los árboles. Habían ido cayendo poco a poco. Recordaba la  vez que se desgajó el primero de su rama. Hizo un ruido metálico al caer al suelo despertándola en la grisácea oscuridad nocturna. Oía llover cada  vez más intensamente, y como un reflejo en medio de la noche creyó ver una estrella fugaz colarse por la ventana, pero en vez de una  estrella era un rostro familiar que se abalanzaba hacia ella veloz, o igual  había sido un sueño del que no despertó, o tal vez nunca hubiera oído ese ruido metálico que la hizo desvelarse en la noche de las nubes púrpuras.

El aspecto del jardín era desolador. Los frutos se habían podrido en el suelo, dejando fantasmas de pulpa, ensoñaciones de cortezas, almas  frutales desperdigadas tras la tragedia. Nadie había escrito durante esas semanas. Ningún telegrama, ninguna carta desde las tierras lejanas y agrias. Empezaba a dudar de su vuelta. Empezaba a pensar que todo había sido un sueño. Que nunca había existido el comandante, que estaba  a muchas millas de un sitio habitado, que no existía ningún alcalde, ningún pueblo, que nunca había estado casada. Pero aun así seguía esperándole. Confiaba en que volvería. Estaría pronto de vuelta y la felicidad entraría con él por la puerta de la casa, y pararía por fin de llover, esa maldita lluvia roja, y los árboles volverían a florecer, e incluso a echar fruto, comerían granadas maduras cogiéndolas de los árboles, saboreando la pulpa caliente en sus bocas, viendo el atardecer en las  montañas lejanas. Pero seguía lloviendo y ya no se oían pájaros, ya no cantaban los grillos en el bochorno crepuscular. Las hojas de los árboles caían sin cesar; pardas, negras, azabaches. Y cada vez le dolía más el  pecho. Le dolía de ausencia, de tristeza, de desesperanza.

Aquel día casi no se pudo levantar. Se movía por la casa como un  fantasma. Una espesa niebla se alojaba en los techos de las habitaciones.

Ya no olía a cerezas maduras. Ya no olía a nada. Un frío glaciar se colaba  por las ventanas. La lluvia negra caía cada vez más copiosa. Asomándose  a la ventana de la habitación observó un paisaje lunar, adivinando esqueletos en vez de troncos, viendo caer aquella lluvia obscena sin compasión, entristeciéndose más aún con la fría piedra de las estatuas, con la decadencia de las fuentes, con la desaparición temprana de los pájaros, con la muerte sin excusas de los insectos. Se sintió cansada,  tremendamente exhausta. Se dio cuenta por vez primera de que nunca volvería. Se acercó con dificultad hacia la cama. Decidió echarse en ella.  Apoyó suavemente la cabeza en el almohadón de plumas y entornó los  ojos. Los cerró dulcemente, con la consciencia y la seguridad de que nunca más los volvería a abrir. Supo que esta vez era para siempre. Que  no volvería. Que no despertaría jamás. Oyó de nuevo la incesante lluvia  negra en los cristales».

El papel permaneció unos segundos soportado por la tensión de su mano, mientras enjugaba sus ojos. Plegó parsimoniosamente la carta, respetando milimétricamente las guías oscurecidas de los dobleces antiguos. Volvió a mirar con atención el camafeo que tenía en su mano, con aquella mujer anónima, pero de rasgos insoportablemente reconocibles.

Le sacó de su ensimismamiento el eco del ruido pesado de la llave accionando el trabajoso mecanismo de la cerradura. La enfermera, coronada por una cofia de otro tiempo, lo miró recelosa. Él hizo el amago de señalarse los brazos, inmóviles debajo de la apretada camisa y de las cinchas que lo anclaban a una silla metálica incrustada en las profundidades infinitas de la tierra. Ella no respondió a la pregunta que enunciaban sus ojos y que musitó entre dientes:  ―¿Hoy por fin vendrá a visitarme mamá?―. Pero ella no le oyó, o hizo como que no lo oía, mientras le preparaba con desgana la dosis matutina de litio en la sala  de paredes acolchadas.


Lluís Montoliu, Francis Mojica y Juli Peretó: «Hemos empezado a corregir versículos de la Biblia genómica con la edición por CRISPR»

Tal vez nunca antes las paredes del Centre Octubre de Cultura Contemporània, en el corazón del histórico barrio del Carmen en el centro de Valencia, hayan tenido la oportunidad de vivir una conversación con tal carga de profundidad sobre los límites de la vida, su esencia mínima, los aprendizajes del mundo ancestral o las perspectivas de la biomedicina del futuro más próximo. La excusa para encontrarnos aquí ha sido la presentación del último libro de Lluís Montoliu (Barcelona, 1963), en el que desvela los secretos de una técnica que ya está revolucionando el mundo, la edición de genes, basada en la lucidez de las observaciones que realizó Francis Mojica (Elche, 1963) en las arqueobacterias de las salinas de Alicante. Completa el trío de ases de la biología molecular Juli Peretó (Alzira, 1958,) que nos ayuda a entender, desde una visión evolutiva y de la biología de sistemas, qué es la vida y cuál es el paquete mínimo de condiciones para que esta se abra paso en un entorno dado. Lluís es investigador científico del CSIC y uno de los mayores expertos en investigación sobre albinismo. Francis, profesor titular de la Universidad de Alicante, aglutina premios y reconocimientos desde su descubrimiento del mecanismo de CRISPR, como el Albany Medical Center Prize, el galardón más importante en los Estados Unidos en el campo de la investigación médica. Los trabajos pioneros de Juli han permitido, a la postre, que institutos punteros de investigación hayan sido capaces de sintetizar el primer organismo artificial del planeta. Y los tres reflexionan sobre las bondades y los peligros de la investigación en genética.

¿Es la genética, y la biología molecular como nueva concepción de la genética, la rama de la ciencia que más está cambiando en las últimas décadas?

Montoliu: Sydney Brenner decía que la ciencia avanza fundamentalmente cuando hay cambios tecnológicos. Yo estoy de acuerdo con esto. Un ejemplo donde ha habido cambios tecnológicos importantes recientemente ha sido en la genética. Ahora tenemos un control de la modificación de los genomas que antes no teníamos, en cualquiera que fuese la especie, pero si me hubieras hecho la pregunta hace unos años te hubiera dicho que la revolución estaba en la biología del desarrollo, porque la transferencia de núcleos y la reconstrucción del embrión que dio lugar a la oveja Dolly en su momento fue otro hito importante que nos cambió la perspectiva de cómo se desarrollan los embriones, y dio paso a la medicina regenerativa, a las células IPS, a células pluripotentes… Con lo cual, ahora mismo la genética tiene una explosión propiciada por los descubrimientos que hizo este señor [refiriéndose a Francis Mojica] hace veintiséis años, y que hace unos siete años se trasladó al común de los mortales. Durante más de veinte años estuvo esto dentro del ámbito de los microbiólogos, un ámbito específico, hasta que alguien lo leyó desde otro punto de vista, desde otro ángulo, y se dio cuenta de que aquello que servía a las bacterias para defenderse de virus y plásmidos, pues también tenía una utilidad de edición. Y en eso estamos.

Peretó: Si la pregunta se hubiese formulado, en lugar de a biólogos moleculares, a informáticos o a expertos en computación, pues claro, hablaríamos de todo lo que hace referencia a la robótica, a la inteligencia artificial, que son también tecnologías disruptivas en este momento. Y visto desde esa perspectiva también se podría decir que se está viviendo un momento de transición de fase, que nos movemos hacia un mundo que está por descubrir. Y respecto a la biología molecular, simplemente decir que en el libro La historia de la biología molecular de Michel Morange, que es una referencia para mí, este epistemólogo y biólogo molecular francés, en su segunda edición, incluyó un epílogo que se llamaba «Réquiem por la biología molecular» porque él pensaba que la convergencia de todas las tecnologías, de edición de genomas, de secuenciación, de síntesis de genes, son tecnologías que están produciendo unos avances tremendos, y él sugería que probablemente estamos asistiendo a la desaparición de la biología molecular y a la «resurrección» de la verdadera biología, que sería como devolverle la vida a los genomas. Es decir, con la información digital de los genomas no es suficiente para entender cómo funciona una célula, ni siquiera la más pequeña, y necesitamos lo que se llama la biología de sistemas, la integración de toda esa información, que sin las ciencias de la computación tampoco podría existir. Yo creo que hay una convergencia de todas las tecnologías, que hace que emerjan campos nuevos y sobre todo maneras diferentes de abordar un problema tan simple como definir cómo podemos pasar del genotipo al fenotipo, que es muy fácil de decir pero muy difícil de hacer.

Y, Francis, ¿tú cómo lo ves desde tu punto de vista, desde el mundo de los procariotas?

Mojica: Yo, desde mi punto de vista, voy a recordar el momento en el que se hizo pública la secuencia del primer genoma de un microorganismo, en el año 1995. Entonces estaba haciendo yo el postdoc en Oxford, y mi jefe que trabajaba en procariotas, y también en eucariotas, de hecho el laboratorio se dedicaba a fibrosis quística, nos reunió a todos los microbiólogos del grupo y nos dijo que nos teníamos que replantear todo lo que estábamos haciendo, que acababa de salir un artículo que publicaba la secuencia de un genoma diminuto, de una bacteria muy pequeña y tampoco demasiado importante, pero que había que replantearse los experimentos. Cuando volví a Alicante, mi jefe, Francisco Rodríguez Valera, que también era conocedor de esta publicación, me dijo que no había que replantearse nada, sino que teníamos que olvidarnos de todo lo que estábamos haciendo y pasarnos a esta nueva revolución, que había que secuenciar, que de repente íbamos a tener toda la información que estábamos buscando con tanto esfuerzo. Antes encontrábamos algunas páginas de los libros y ahora íbamos a tener toda la información, y que había que aprovecharla, y que ya no necesitábamos gastar tanto esfuerzo, tanto tiempo, tanto material y tanto dinero.

Eso fue en el año 1995 y tan solo seis años después ya teníamos el primer borrador de la secuencia del genoma humano. Fue una cosa rapidísima.

Peretó: Y de hecho la secuenciación del genoma de Escherichia coli, que había supuesto un montón de tiempo y el trabajo de un montón de gente, digamos que se publica un poco porque hay que hacerlo, pero en ese momento ya secuenciar genomas bacterianos era casi rutinario y hoy en día hay miles y miles de genomas. Un aspecto adicional que me ha venido ahora a la cabeza al hablar de Rodríguez Valera es el beneficio que ha supuesto también para la biología el reconocimiento de la diversidad microbiana, porque hasta el momento de la metagenómica o de la genómica ambiental lo que era cultivable era lo conocido, pero es que ahora es una inmensidad…

Montoliu: … un universo, se abre un mundo que no sospechábamos, de varios órdenes de magnitud. Tú puedes secuenciar los genomas de bacterias, de arqueas, de bichos que no puedes cultivar, pero están ahí, puedes extraer ADN, puedes amplificarlo, puedes secuenciar y puedes tener la maravilla de información y la diversidad y complejidad de cosas que te estabas perdiendo.

Peretó: Para mí el ejemplo de los ejemplos es que gracias a la secuenciación sabemos que hubo una especie humana que los paleontólogos nunca habrían descubierto, y que se obtuvo a partir de un fragmento pequeñito de una falange, que como fósil es imposible de deducir qué es. Así que los denisovanos se han descubierto secuenciando el genoma del ADN que contiene ese fragmentito, de manera que mientras la paleontología nunca nos habría descubierto a los denisovanos, la genética nos los ha puesto encima de la mesa, y encima sabemos que hibridaron con humanos igual que los neandertales. Es que cuando miras atrás…

Claro, yo me acuerdo de los ochenta, con los enzimas de restricción, lo que entonces se llamaba la tecnología del ADN recombinante. En aquella época apareció la PCR, que parecía el descubrimiento del siglo, y esto nos ha posibilitado lo que tú nos estás contando.

Montoliu: Cuando lo de la PCR yo estaba empezando la tesis y mi director de tesis, Pere Puigdomènech, vino un día de un congreso de Estados Unidos y dijo: «Hay una técnica que nos va a cambiar la vida a todos». Y empezamos con ella. Empezamos nosotros con unos baños a diferentes temperaturas y con unos cronómetros, y cambiando los barquitos y haciendo una amplificación manual, mucho antes de que salieran las máquinas que tenemos hoy en día. La PCR quizás es otro ejemplo de tecnología disruptiva en genética. Ahora no se concibe un laboratorio de biología que no tenga una máquina de PCR o no lo use para alguna aplicación, algo parecido está pasando con la edición, de la que hay múltiples aplicaciones, algunas insospechadas, incluso algunas que están fuera de lo habitual. Cada laboratorio lo va a usar de manera distinta.

Ya que hablamos de edición, Francis, cuéntanos qué es CRISPR.

Mojica: CRISPR es el acrónimo de unas repeticiones muy particulares, muy peculiares. Simplemente por la disposición que tienen ya de por sí llamaron la atención de algunos, de unos pocos, ya que se encuentran de una forma regularmente espaciada. Repeticiones hay en todos los seres vivos, en eucariotas no te digo nada… y en procariotas también, pero que se mantenga una disposición regular como mínimo mosquea. Lo que pensamos inicialmente fue que esa distribución era más importante que la secuencia que hay entre las repeticiones, craso error, como suele ocurrir en ciencia muchas veces. Lo que descubrimos después de muchos años es que no la distancia sino lo que hay entre una repetición y la siguiente es lo que determina la funcionalidad de aquello, que no es ni más ni menos que un baúl de recuerdos de infecciones pasadas. En algunos casos estamos hablando de miles de generaciones atrás del mismo microorganismo, que adquirió un fragmento de ADN procedente de un invasor, que puede ser un plásmido, puede ser un virus, y que guardó en parte solamente un trocito o varios dentro de esa caja de memoria, y que luego le sirve para reconocer un invasor relacionado con aquél y destruirlo.

 

Yo creo que he leído, pero no sé si es cierto, que a Kary Mullis se le ocurrió la PCR cuando iba por un bosque, conduciendo por una de esas carreteras largas de los Estados Unidos. ¿Cómo llegáis vosotros a la conclusión de la funcionalidad de CRISPR a partir de la identificación de las secuencias? ¿Cómo fue vuestro eureka, tipo revelación como Mullis?

Mojica: El eureka llegó, pero diez años antes del eureka fue una frustración tras otra. Cuando vimos aquel patrón de repeticiones regulares yo estaba un poco sesgado, porque estaba muy interesado en la estructura del ADN. Luego las cosas pasan de moda, pero en aquel momento la topología del ADN estaba muy de moda, o a mí me parecía de lo más interesante, y pensaba que se podía explicar todo lo que no entendíamos con la topología del ADN, como la regulación de la expresión génica. Y eso era lo que a nosotros nos interesaba cuando estudiábamos los microorganismos de las salinas, pensábamos que los cambios en salinidad del medio producían un cambio global en la estructura, y este un cambio global en la expresión que explicaba el fenotipo tan distinto que había entre un mismo microorganismo crecido en diferentes salinidades. Y dijimos «esto tiene que ver con la estructura, seguro». Pensábamos que una estructura regular con repeticiones, que encima son parcialmente palindrómicas, que pueden formar estructuras de lazo y tallo, podrían servir en una disposición regular para el reconocimiento de proteínas, para la unión a membranas, a algo topológico. Y luego resultó ser totalmente erróneo, y durante muchos años probamos a ver si aquello afectaba a la topología y res de res, en absoluto.

Luego vimos que haciendo experimentos con estos halófilos extremos raros, con los que podíamos hacer dos cosas y media ya que no teníamos herramientas de biología molecular, de hecho casi no las hay todavía, y de hecho CRISPR es una de las pocas, comprobamos que parecía que tenía algo que ver con algo que no se conocía en aquella época, que era garantizar la segregación de los cromosomas entre células hijas. Todos los experimentos tenían buena pinta y llevaban en esa dirección, y a veces uno se plantea que los experimentos son muy importantes, pero luego resulta que cuando descubrimos que aquello era un sistema inmune no fue por los experimentos sino por observaciones, y es cuando empezamos a atar cabos. O sea, los experimentos nos llevaban en una dirección y gracias a la disponibilidad de secuencias de muchos microorganismos llegamos a saber de dónde venían los espaciadores. Y eso fue lo que nos dio la pista para saber que esos espaciadores, que procedían de invasores, estaban relacionados con inmunidad, ya que comprobamos que nunca se había descrito una infección eficaz del virus que llevaba esos fragmentos y que habían guardado los ancestros de los posibles huéspedes. Y como no podían infectarlos dedujimos que realmente era un sistema inmune.

Montoliu: Has dicho que has estado diez años intentando avanzar, pero equivocándote, persiguiendo hipótesis que luego no se confirmaban. Y eso ilustra muy bien el devenir del científico normal, ya que vivimos en un permanente fracaso, y solo hay chispas de éxito que aparecen muy de tanto en tanto, y hay que saber reconocerlas cuando aparecen, hay que saber aprovecharlas, pero en general el estado natural del científico es el fracaso, el estado natural del científico es un experimento que no sale, y lo que no sale es lo que te hace avanzar.

Pero este señor no hizo chispas, hizo un incendio.

Peretó: Hizo una mascletá. Esta es también una manera de describir la situación en ciencia. La ciencia no solo es ver y observar cosas, sino pensar cosas que nadie había pensado para explicarlas.

¿Y qué estabas buscando cuando encontraste las CRISPR?

Mojica: Agárrate. Estamos hablando del 92-93. Secuenciar en algunos sitios sería más o menos fácil, pero en la Universidad de Alicante no habíamos secuenciado nunca. Mi jefe en ese momento dijo que debíamos dar el paso a la biología molecular. Nosotros no habíamos hecho nunca nada de biología molecular serio, por la ausencia de herramientas para trabajar con halófilos. Y nos dijo que había que empezar a secuenciar. Y secuenciar supone poner a punto una cosa que para nosotros es casi un misterio sin posible solución, de hecho, recuerdo que las primeras secuenciaciones pedimos ATP en vez de dATP.

Montoliu: Esos pequeños detalles.

Peretó: Total, por una letra.

Mojica: El caso es que habíamos identificado unas regiones en el genoma de esos bichos con esas librerías que teníamos en aquella época, que parecía que sufrían una modificación epigenética, probablemente una metilación, que era sal dependiente. Dependiendo de la salinidad con la que habían crecido se metilaban o no en unos determinados sitios que nosotros detectábamos porque se cortaban o no con unos enzimas de restricción. Entonces teníamos localizados algunos de esos fragmentos y pensamos en secuenciar para ver si veíamos algo, con la esperanza de encontrar algún gen que se pareciera a algo conocido y que pudiera estar relacionado con la adaptación a la sal. La idea era que si algo se modifica cuando cambia la salinidad a nivel epigenético, y eso puede afectar a la expresión, pues entonces ya teníamos la respuesta a la pregunta que estábamos formulando de cómo se adaptan a nivel global estos microorganismos a distintas salinidades. Secuenciamos, yo te diría, unas 5 kilobases como máximo y dentro de esas 5 kilobases de las primeras que secuenciamos nos encontramos con esas repeticiones.

Y con tu herramienta de trabajo, que son las arqueas, entiendo que llevabas mucho más tiempo trabajando.

Mojica: Sí, yo empecé mi tesis en el año 1989.

¿Con arqueas ya?

Mojica: Con arqueas ya, con halófilos. De hecho, empecé la tesis con un tema que no tiene nada que ver con este, yo creo que lo he contado en alguna ocasión. Estos halófilos cuando los miras al microscopio te ciegan. Dependiendo de la salinidad producen vacuolas de gas, que son muy refringentes, y a otra salinidad no producen nada de vacuolas de gas. A mí me interesaba ver cosas relacionadas con la adaptación a la sal, cómo regulan esa transcripción, identificar a los genes que están implicados en la síntesis de estas vacuolas… y ese fue el proyecto de tesis inicial. Pero salió publicado un artículo que explicaba exactamente lo que nosotros pretendíamos hacer. Y nos cabreamos mucho, porque sospechábamos que era alguien que se le había ido la lengua en algún congreso y que había contado lo que estábamos haciendo y nos habían ganado la batalla

¿Y cómo le explicas a alguien que estás trabajando con arqueas de salinas, estudiando su secuencia genética y acabas descubriendo una herramienta que, por lo menos potencialmente, te permite curar enfermedades humanas? Esto es una reflexión importante para cualquiera que no sepa cómo funciona la ciencia.

Mojica: Sí, o para aquellos que nos denegaban los proyectos cuando decíamos que queríamos estudiar una repetición en halófilos. Y me decían «pásate a un organismo modelo». Pero mira, es que este es mi organismo modelo. Mira, estoy trabajando con este bicho, tiene un montón de repeticiones, he visto otros que tienen cuatro o cinco, pero en estas he visto las transcripciones y están transcribiendo en todas las condiciones que probamos, están activas, están funcionando. Y me decían que me pasara a un organismo modelo, a E. coli por ejemplo, y nos pasamos a E. coli donde el sistema no funcionaba y a día de hoy todavía no sabemos en qué condiciones naturales el sistema está funcionando. Ahora acaban de publicar un artículo que dice que en los halófilos ocurre un mating, es decir hay una transferencia de cromosomas de unas especies a otras, donde el sistema CRISPR está interfiriendo en esa adquisición del ADN, que eso es nuevo.

Montoliu: O sea, es el sexo de las halófilas.

Mojica: No solamente interfiere con la entrada de plásmidos o virus sino también con lo transferencia horizontal o mating. O sea, que tenemos una secuencias que enseguida supimos que eran raras, es decir que tener algo tan raro en un bicho raro es algo excepcional, y cuando te pones a buscar y ves que en E. coli, que divergió de estos halófilos hace más de tres mil millones de años, probablemente también había unas secuencias regularmente espaciadas, repetidas y del mismo tamaño, con la misma pinta y palindrómicas también, pues piensas que no puede haber habido una transferencia horizontal entre E. coli y este. Y luego vemos que en Mycobacterium tuberculosis, que también divergió hace unos cuantos miles de millones de años, también la tienen, pues eso nos llevó a pensar evidentemente que aquello era una característica ancestral y muy frecuente.

Peretó: Eso es muy importante también. El pensamiento evolutivo. No todos los biólogos moleculares o los microbiólogos tienen esa perspectiva y en ese caso, yo creo que fue crucial, Francis, que tú tuvieses esa perspectiva evolutiva.

Montoliu: Pero los microbiólogos holandeses que trabajaban en Mycobacterium o los japoneses que trabajaban con E. coli no cayeron en eso, aunque vieron unos patrones parecidos.

Peretó: Porque no tenían una perspectiva de la diversidad y de la evolución.

Mojica: Os voy a contar, en ese sentido, una curiosidad. Un investigador extranjero, que ahora ya está jubilado, me invitó a una tesis y me dijo que había sido revisor del artículo que al final publicamos en 2005, y que él lo echó para atrás y me lo confesó como diciendo «espero que no seas rencoroso, pero en ese momento yo no lo podía ver», y me lo dice: «no me lo podía creer y a día de hoy, y de esto hace ya ocho años, todavía no entiendo cómo fuiste capaz de verlo». Y yo le digo «pues lo que yo no entiendo es como tú no fuiste capaz de verlo». Y me dice «es que yo soy químico».

Desde vuestro punto de vista la perspectiva evolutiva fue clave en el descubrimiento.

Montoliu: Fundamental. Hombre, algo que está presente en procariotas, que no han coexistido y que derivan de las células originales, y estamos hablando de miles de millones de años y que sin embargo a día de hoy están presentes… Francis lo veía obvio, pero alguien tenía que decirlo. Si se ha mantenido esto tantos años es que es funcionalmente relevante, y caramba si era relevante, un sistema inmune de defensa adaptativo.

Mojica: Y chulo, y made in Alicante.

Y vosotros, Juli, trabajáis en algo que es un poco lo contrario, es decir, tratáis de conocer cuál es el número mínimo de genes para que un microorganismo pueda considerarse vivo. Es un camino, digamos, contrario al de la evolución.

Peretó: Bueno, se podría ver como contrario porque es un ejercicio de reconstrucción, como toda ciencia histórica, y la biología lo es. A partir de los documentos que disponemos, que son los genomas, tratamos de reconstruir esos estadios del pasado, en algunos casos incluso experimentalmente, porque se puede resucitar una proteína ancestral o se puede revisitar una condición. El ejercicio de los genomas mínimos tiene dos vertientes; una es la de reconstruir genomas mínimos recientes, o relativamente recientes, de antepasados comunes de bacterias que han reducido sus genomas por procesos de parasitismo, de simbiosis; o el ejercicio más potente, que es el más difícil de hacer, que es irse a esas épocas donde todas las especies han derivado, lo que sería el ancestro común universal y que se ha popularizado como Luca. Y eso es muy fácil de decir pero muy difícil de hacer. Se trata de a partir de los genomas actuales, hacer una reconstrucción de ese retrato robot de las funciones que tendría ese ancestro universal.

Lo que pasa es que lo que Francis descubrió es algo que ha sucedido por la coexistencia de los distintos linajes con sus patógenos, con los virus en este caso o con otros elementos genéticos que se está descubriendo que también puede ser mecanismos importantes de regulación en el control. Lo que hay que ver son las historias paralelas desde las células ancestrales más o menos mínimas hacia los distintos linajes, que aunque nos dé la impresión de que va a dar estructuras cada vez más complejas, hay procesos de simplificación también, y eso es lo que nos llevó en nuestro caso a la primera propuesta de genoma mínimo en el año 2004, a proponer un esquema puramente teórico que luego han corroborado los distintos experimentos que se han ido realizando en distintos sitios, como en el laboratorio de Luís Serrano en Barcelona, o más recientemente en los trabajos que están haciendo en el Instituto Craig Venter. Ellos han fabricado realmente una célula mínima, en el sentido que tiene todos los genes necesarios y suficientes para vivir, y han reconstruido su metabolismo. Y eso es empírico, no es un ejercicio teórico. Pero lo bonito de eso es que es una manera de cuantificar nuestra ignorancia también, ya que ellos descubrieron al mismo tiempo que el treinta por ciento de los genes mínimos necesarios para que la célula funcione no sabemos lo que hacen. Eso se lo dices tú a un ingeniero informático y no lo puede entender; ese ordenador tiene un treinta por ciento de piezas que las necesitamos pero no sabemos lo que hacen, pero las tenemos que incluir.

Estás hablando del Mycoplasma laboratorium, que lo que hacen básicamente es sintetizar los genes e introducirlos en un micoplasma.

Peretó: Bueno, en realidad a lo que yo me refiero es a un genoma sintetizado químicamente con el repertorio mínimo de genes, que deriva de esta aproximación del Mycoplasma laboratorium, a este creo que le llaman «Synthia 3». La versión 3.0 es la que tiene los genes organizados de la manera que ellos han creído conveniente, de una manera artificial, incluso agrupados por funciones en el cromosoma, cosa que en la naturaleza no pasa. Pero ese treinta por ciento de genes tienen que estar, pero no sabemos por qué.

Montoliu: Aquí vuelve a haber una revolución tecnológica que desarrollan Venter y sus colaboradores al construir ese gran megaplásmido, que es un minigenoma, y empiezan con los sistemas de ensamblaje, las ligaciones tradicionales no servían, y empiezan ahí con el ensamblaje sistemático, con lo cual cambian incluso los métodos, se tienen que inventar nuevos métodos que nos permiten estos ensamblajes.

Peretó: Para acabar con esto, y desde el punto de vista tecnológico, hay que decir que estamos en la fase de plagiar genomas, yo creo que es muy importante dejar claro a la gente que no sabemos escribir genomas, sabemos plagiar. Craig Venter ha plagiado a Mycoplasma, y con eso ha hecho un genoma reducido. Porque sabe que Mycoplasma sobrevive en esas condiciones, aunque no entienda por qué. Los genes son los de Mycoplasma, aunque los cambie de orden o le cambie la composición de bases o sobrescriba los nombres de los autores con cosas divertidas, pero los genes no se los ha inventado nadie. Es lo mismo que el primer genoma de virus que se sintetizó químicamente, creo que era el de la polio, que era un genoma idéntico al virus natural. Nadie saber crear un virus mortífero, solo la naturaleza, los humanos no sabemos. Creo que en la divulgación hay que hacer un esfuerzo para hacer ver a la gente que hay peligros, hay riesgos, eso es evidente, pero no estamos en la fase en la que podamos crear piezas o elementos peores que los que la propia selección natural está haciendo cada día.

Y con esa analogía, ¿podremos ser capaces de plagiar organismos multicelulares en algún momento?

Peretó: ¿Y por qué no?

Porque la tecnología la tendremos…

Peretó: De hecho, hemos empezado a corregir versículos de la Biblia genómica con la edición genómica, corregimos versículos, palabras de forma individual, grandes textos o incluso capítulos, los capítulos nos cuestan más que las palabras o las frases pero todo es cuestión de evolucionar la técnica.

Y tú, Lluís, utilizas CRISPR como herramienta para generar modelos animales

Montoliu: Yo llego a CRISPR tras la versión anterior de unas herramientas de edición que no eran tan versátiles como CRISPR. Y esto ocurre mucho antes de que yo conozca a Francis. A mí me explota CRISPR en las manos como una herramienta que me permite resolver las preguntas que yo quería resolver. Yo quería preguntarle al genoma no codificante, al genoma oscuro, a la gran mayoría del ADN de nuestras células que no se suele entender, cómo podemos extraer un elemento de esa zona, cómo podemos eliminarlo. Esto nos había llevado veinte años, lo habíamos intentado de muchas maneras y habíamos fracasado, ¿ves? Otra vez el fracaso. Veinte años fracasando, de 1996 al 2015. Y en esos veinte años hay muchas tesis, hay muchos postdocs, hay mucha gente que ha estado picando piedra y que no ha tenido fortuna. Hasta que das con una herramienta que es capaz de localizar secuencias y para ello solamente necesita una guía de veinte ribonucleotidos, este es el quid de la cuestión. Nosotros aprovechamos lo que descubre Francis y sus colaboradores para identificar una secuencia única en el genoma, si somos capaces de identificar dos de ellas que están más o menos cercanas en el genoma, podemos promover que lo que hay en medio pueda saltar y esto, para nosotros, es gloria bendita porque nunca lo habíamos podido hacer, porque en el ADN no codificante lo que hay son repeticiones, por lo que es imposible saber dónde uno está, pero incluso en la zona más repetitiva del genoma con la ayuda de ordenadores se pueden encontrar unos segmentos de veinte o más nucleótidos que sean únicos, y para eso necesitas unas tijeras que te corten específicamente en esos puntos y esas tijeras son las CRISPR. Con lo cual a nosotros nos resuelve una pregunta biológica que no habíamos podido responder.

Luego el bonus plus del CRISPR es que de repente podemos utilizarlas para reproducir exactamente las mutaciones que acabamos de diagnosticar a una persona con una enfermedad rara. Esto para mí es soñar, nunca lo habíamos podido hacer. La tecnología que teníamos anteriormente para modificar genes era una tecnología poderosísima, tanto que quienes la describieron recibieron el Nobel en 2007, Evans, Capecchi y Smithies. Se lo dieron por haber desarrollado una tecnología que nos permitía eliminar genes a voluntad en células troncales pluripotentes embrionarias de ratón. Pero era una tecnología grosera, que nos permitía casi pegarle un bocado al gen, nos llevábamos un fragmento enorme y siempre dejaba rastros, no era limpio, y esta es una tecnología que nos permite hacer cosas sutiles. Por ejemplo, una persona que tiene una enfermedad rara resulta que tiene una condición genética poco frecuente porque una sola letra de su genoma la tiene fuera de sitio, o le falta una letra o esa letra está cambiada, pero todo lo demás del genoma lo tiene intacto y ¿cómo hago yo para reproducir ese cambio en un ratón? Pues no era fácil, anteriormente era prácticamente imposible, pero con estas tecnologías lo podemos facilitar y esto es lo que nos permite generar lo que nosotros hemos venido en llamar los animales avatar, porque utilizamos la metáfora de la película de ciencia ficción.

De alguna manera conecto a ese ratón con el paciente, evidentemente las cosas son mucho más complejas, pero respecto al gen soy capaz de reproducir en el ratón la mutación misma que tiene esa persona, y eso nos permite avanzar, en el sentido de que en medicina no hay enfermedades sino enfermos porque ¿qué es una enfermedad? Un conjunto de síntomas que aparecen en una población determinada, pero ni los síntomas son los mismos en cada persona, ni el alcance, ni la aparición de los mismos, con lo cual, son valoraciones estadísticas lo que hacemos para definir una enfermedad, así que la única manera de avanzar también en enfermedades raras de base genética es descender a cada uno de los casos, descender a los pacientes y poder modelizar a cada uno de ellos y la suma de todos ellos me va a servir para entender, primero, cuál es la etiología de la enfermedad, cómo se establece y, finalmente, qué es lo que puedo hacer para aliviar, o en el mejor de los casos, para curar.

Francis, nos habíamos quedado en el descubrimiento, tú lo descubres con tu grupo, lo publicas y ¿qué pasa entonces?

Mojica: Pues a partir de 2005 los investigadores empiezan a trabajar en este campo, un campo que era un desierto. Y vienen los grupos más punteros en microbiología en ese momento del mundo, tanto de Estados Unidos como de Europa. Los chinos tardan en venir un poco.

Ahora hablamos de los chinos.

Mojica: Y vienen unos grupos súper potentes, que se interesaron por el tema y empezaron a caracterizar cada uno de los pasos del mecanismo que estaba implicado en esa interferencia. Y en 2010 yo creo que ya sabíamos perfectamente cómo funcionaba, con lo cual ya conocíamos los detalles más importantes de cómo funcionaba el mecanismo.

¿Qué hacen Charpentier y Doudna?

Mojica: Emmanuelle Charpentier lo primero que hizo fue describir unas secuencias que se llaman tracrRNA, que ella las llamaba de otra forma por cierto, y que eran un elemento más de los sistemas CRISPR-Cas y que participaban en la generación de las guías que necesita Cas9 en concreto para encontrar el sitio con el que tiene que actuar; no solamente le hace falta la guía de ARN que coincide en secuencia con la de la diana, sino que necesitaba otra molécula de ARN que descubrió ella, pero que tampoco tenía claro que servía para reconocer la guía, sino para generar la guía. Y esa fue la primera contribución que hizo y la segunda ya fue, en colaboración con Jennifer Doudna, que es bioquímica y que ya había hecho algún estudio de estructuras de proteínas Cas. Desde antes ya se sabía que había otros aspectos fundamentales, pero que tenemos un sistema que corta ADN se descubrió en 2010 y hasta entonces, por mucho que digan, no lo sabíamos, lo sospechaban algunos pero no lo sabíamos.

Cuando ya supimos que cortaba ADN y que se necesitaba una guía para llevar esa proteína para que cortara el ADN, entonces ya tuvimos una situación en la que alguien, y ellas fueron las primeras, se podía plantear identificar cuáles eran los componentes de esos sistemas, y algunos son tremendamente complejos ya que incluyen diez proteínas distintas. Ellas escogieron los sistemas más sencillos que había, con cuatro proteínas, y estudiaron qué componentes eran los suficientes y necesarios para llevar a cabo precisamente una restricción programable de una secuencia concreta de ADN y vieron que necesitaban un tracr, que lo describió Emmanuelle, una guía, el Cas9 de este sistema concreto y con eso podemos cortar ADN. Y como ya se sabía desde hacía más de veinte años que cuando tú cortas el ADN en un eucariota fundamentalmente fomentas la reparación, pues ya lo tienes, ya se sabía que había otras herramientas que cortaban el ADN y gracias a eso podías editar, y ahora lo que tenías eran endonucleasas que cortaban un ADN y que tú podías programar muy fácilmente, si producías una rotura de la doble cadena se abría la posibilidad de editar, y eso fue la idea brillante que tuvieron, el gran mérito fue identificar los componentes necesarios para el corte. Y luego, lo que hicieron ellas, pero no otros que publicaron un artículo similar unos meses después, aunque enviado antes, fue incluir una frase que decía «esto se puede utilizar para editar ADN de forma programable».

¿Y Zhang qué hace? ¿Lo hace ya en ratones?

Mojica: Feng Zhang, que es un fenómeno, y George Church, publicaron dos artículos al mismo tiempo en Science en 2013, unos meses después de aparecer este artículo ellos lo aplicaron directamente ya en células eucariotas. Jennifer Doudna estuvo apretando para conseguir un artículo en el cual demostrara esto y lo acabó publicando, pero a finales de enero, un mes más tarde, con lo cual la carrera de demostrar la validación de estas herramientas la perdió. Lo que hicieron en 2012 fue in vitro, mezclar componentes y decir «voilá, hemos cortado».

Montoliu: Ha dicho una cosa Francis que es importante recalcar porque aquí hay que sumar piezas, aquí hay alguien que tiene que estar atento a la evolución de estas tecnologías y darse cuenta, como él se dio cuenta, cuando se descubrió el sistema inmune que esta pieza encaja con esta. En el año 1985 Oliver Smithies fue el que se dio cuenta de que abriendo el ADN en un sitio homólogo a la secuencia que tú querías integrar fomentabas la recombinación homóloga, así que lo de asociar corte de ADN a recombinación era ya un conocimiento que existía en el campo. El problema con un genoma enorme y con los enzimas que conocíamos era ver cómo hacíamos para cortar solamente una vez donde nosotros queríamos. Nosotros no teníamos las herramientas para cortar, empezaron a aparecer diez años más tarde.

En el año 1995 unos franceses del Pasteur descubren unas enzimas que se llaman meganucleasas, de la levadura por cierto, que cortan cada vez que encuentran una secuencia de unos 20 a 40 nucleótidos. Pero esto tiene versatilidad nula, porque o tienes la secuencia o no la tienes, con lo cual eso sirvió para demostrar que era posible pero no tenía mucha versatilidad. Muchos años después aparecieron las meganucleasas recombinantes pero nunca triunfaron porque coexistieron con CRISPR y con otros modelos que evidentemente les pasaron por la derecha. Pero es importante descubrir que había diferentes observaciones clave en el campo, y había que unirlas para ponerlas a caminar y para decir; es que yo utilizo este sistema de procariotas, sé que los eucariotas tienen sistemas de reparación que van a actuar a continuación y si esto lo pongo todo junto a caminar el resultado es que edito un gen.

Y mientras estamos en ese proceso de investigación reciente, mientras estamos trabajando en esto, de repente nos cae un jarro de agua fría de un chino que ha hecho una edición en humanos

Montoliu: Y el problema es que esto ha pasado realmente, durante unas semanas yo pensé, incluso dije por ahí, que esto tenía que ser un cuento chino, me gustaría que fuese un cuento chino y no es un cuento chino, es una realidad, ahora ya podemos confirmarlo, tenemos la confirmación de las autoridades chinas. Pero yo creo que nos equivocaríamos con el caso de este investigador si pensáramos que es un investigador solitario trabajando en un garaje, descamisado, que se le ocurre una idea loca y la lleva a cabo… Esto no es así, estamos hablando de un investigador que tenía centenares de millones de dólares, un investigador que tenía apoyo del gobierno regional, del gobierno federal, que estaba colaborando con muchos grupos en Estados Unidos, que estaba explicitando, explicando y contando lo que quería hacer, que con mayor o menor vehemencia los diferentes investigadores le decían «oye, esto es mejor que no lo hagas, esto no tendrías que hacerlo». Pero él decía que solo iba a editar unos embriones, y editar embriones in vitro ya se había hecho en abril de 2015, y bueno pues en el laboratorio esto es algo que incluso con nuestra ley de reproducción asistida humana en España es posible. Pero él pasó una línea roja y dijo «estos embriones los voy a implantar en una mujer y los voy a llevar a término». Pero él lo anunció y lo dijo, y se lo explicó a mucha gente, y ahora esa gente tiene que explicar y tiene que justificar de alguna manera cómo sabiendo que esta persona iba a hacer una barbaridad y una irresponsabilidad, que es lo que yo creo, le dejaron. En algún momento podremos pensar que la edición genética de embriones puede tener su utilidad, pero en este momento es una irresponsabilidad, a esta persona se la tendría que haber parado.

¿Y qué es lo que ha fallado, Lluís?

Montoliu: China es un país ultra competitivo, ríete tú de la competitividad occidental, la competitividad de China es feroz. Yo creo que hubo una sensación de decir «este es un experimento que nadie quiere hacer, pero alguien va a hacer, y dado que alguien lo va a hacer, que seamos nosotros».

Pero incluso en contra de las propias leyes chinas.

Montoliu: En China esto también está prohibido, no es cierto que esté facilitado, lo que pasa es que ahí se combina ambición con falsificación. La autorización que él mostró de un supuesto comité de ética que le había facultado para hacer ese experimento estaba falsificada, con lo cual ahí tenemos un problema grande. Yo creo que es una persona que fue empujada desde diferentes foros para que realizara este experimento, una persona ambiciosa, por cierto, que no era embriólogo, sino bioinformático y físico, y al que se le dotó de los equipos adecuados y que finalmente ha hecho el experimento. Pero tenemos el problema encima de la mesa, la pasta de dientes se ha salido del tubo, y ya no podemos meterla dentro. Ahora lo que tendríamos que hacer es poner normas para evitar que esto vuelva a ocurrir, y fomentar que exista una regulación. No es cierto que la ciencia no tenga que tener regulaciones, claro que tiene que tener regulaciones, porque tú desde tu casa no puedes pedir un isótopo radiactivo y que te lo envíen a casa, y toda la gente lo entiende, porque tú no tienes una instalación radiactiva en casa. Pero tú entras desde el ordenador a buscar unos reactivos CRISPR y a los dos días Fedex te entrega los reactivos que acabas de pedir. No tenemos esa conciencia todavía, no hemos generado esa regulación y quizás eso permite que existan estas corrientes, estas corrientes que aparecen en diferentes grupos, como el transhumanismo, la libertad total, que ningún gobierno o administración pueda decidir sobre mi libertad, si existe una tecnología, yo quiero utilizar esa técnica en mí mismo, los do it yourself.

Si no regulamos esto nos podemos cargar un futuro que todavía no está ahí, pero que estará en algún momento, y que realmente va a ser beneficioso y que va a generar probablemente estrategias terapéuticas para pacientes, pero podríamos desactivar ese futuro si empezamos a cometer barbaridades. Las herramientas de corte de Francis son extraordinariamente precisas y eso no es un problema, lo que no son tan precisas son las herramientas que actúan a continuación que son las que acaban produciendo la edición. Las herramientas que tenemos de reparación no son tan precisas y lo que es peor, no tienen memoria, no se acuerdan de lo que acaban de hacer, cuando acaban de reparar una molécula de ADN, se encuentran otra molécula de ADN parecida , con un corte parecido y empiezan a repararla de forma distinta, con lo cual coinciden en una misma persona un batiburrillo de secuencias, y esa persona acaba siendo un mosaico, un mosaico como una colcha de estas de patchwork, de cuadraditos. Y

o los mosaicos los sé gestionar bien en el laboratorio con ratones, pero no sé cómo gestionar los mosaicos en personas, no sé cómo puede ser que una persona tenga diferentes partes de su cuerpo con genes distintos en los cuales la inactivación o la reactivación haya ocurrido de forma diversa. Gestionar esa incertidumbre, trasladar el riesgo a pacientes en estos momentos es algo que tenemos que pensarnos dos veces. Las terapias que vamos a empezar a ver y las que están sobre la mesa son terapias esencialmente ex vivo , son esencialmente de células que se extraen del paciente, se hace la edición, y se puede seleccionar lo que queremos introducir al paciente, con lo cual tenemos algo de control. Si tratamos de introducir las herramientas de edición como hacemos con ratones en personas entonces perdemos todo el control. Cuando tengamos el control es cuando podremos administrarlas para unos tratamientos que no solo tienen que ser eficaces, sino sobre todo seguros.

Juli, yo sé que tienes especial predilección por el mito de Frankenstein. Y aquí ha pasado un poco como en la novela de Mary Shelley, es decir, todo lo que puede hacer un científico puede acabar ocurriendo. ¿Dónde crees que está el límite? ¿Lo tiene que poner el propio científico? ¿Son los comités de ética los que deben regular?

Peretó: Hombre, es un tema complicado, Frankenstein es una metáfora fantástica de la irresponsabilidad del científico. El monstruo, la creación del doctor Frankenstein, en principio no es malévolo. Se vuelve maléfico con el entorno de rechazo, empezando por el propio creador, el creador que ha hecho ese esfuerzo científico de llegar a conseguir una cosa que nadie había conseguido antes, que es dotar de vida a un ser inerte. En el justo momento en que el ser llega a la vida, lo rechaza, no le da ninguna opción, por lo tanto yo creo que aquí hay un primer problema de responsabilidad. Yo creo que todos los esfuerzos que hagamos, que hoy en día no se hacen los suficientes, en formación son pocos, porque nos preocupa mucho que nuestros estudiantes sepan cuántas subunidades tiene la ADN polimerasa, y cosas por el estilo, y eso está muy bien, pero está en la Wikipedia. Queda mucho por hacer en la formación humana de los científicos.

Ayer, precisamente escuchábamos a Carme Torras, que es especialista en robótica y ella tiene una línea muy fuerte de educación ética a los ingenieros, hablar de lo que llaman la roboética. Pero la bioética existe desde mucho antes que la roboética ¿y esa bioética llega suficientemente a los científicos en formación? ¿o nos preocupa que esté solo ejercitada por unos comités que velan por ella?, es lo que decía antes Lluís de los isótopos que te llegan a casa, los comités de control hacen falta, las supervisiones previas de los proyectos hacen falta, pero puede pasar también como los tratados internacionales de proliferación de armas atómicas. Es decir, y si hay un país que no firma los acuerdos o moratorias ¿qué hacemos? Yo creo que son muchos los frentes que hay que abordar, el de formación de los científicos, que yo creo que hay mucho que hacer ahí, el de los acuerdos internacionales y el del funcionamiento correcto de todos los comités institucionales.

Montoliu: Eso es lo que intentamos promover, hemos lanzado una asociación que se llama Arrige que lo que pretende es promover y extender el uso responsable de las técnicas de edición genética, que es exactamente lo que estabas diciendo tú. No todo lo que podemos hacer lo debemos hacer, y uno tiene que autolimitarse. Hay experimentos que técnicamente son posibles pero que éticamente no son aceptables. Y esta es una formación que hay que impartir a los científicos, porque la edición es una herramienta poderosísima que utilizada malévolamente o inadecuadamente puede generar mucho daño. La edición genética puede generar muchos problemas, pero también puede servirnos para controlar plagas de mosquitos y disminuir el impacto de la malaria, y esto es positivo. Vamos a intentar promover el uso responsable de estas técnicas, y si todavía no podemos controlar la salida del final de la edición, pues no debería ser oportuno utilizarla en embriones humanos, dejando aparte que sea legal o no legal en unos países y en otros no, no es prudente utilizarla con esta tecnología todavía.

Y luego, en el campo de la biología lo que más alegrías nos está dando y que más herramientas nos está aportando en los últimos tiempos son los microorganismos, especialmente aquellos más antiguos como las arqueas o, incluso, los microorganismos extremófilos. Este es un campo donde seguir buscando herramientas.

Peretó: Yo soy un convencido de eso, porque incluso he ayudado a fundar una empresa que busca precisamente eso, encontrar nuevas moléculas, nuevas funciones en el mundo de los microorganismos que la hemos llamado Darwin, por cierto, esto es publicidad (risas). Hoy en día tecnológicamente se nos abre un mundo, un universo diría yo, de diversidad biológica por conocer, por caracterizar, por entender y que puede seguir dando herramientas. Las herramientas CRISPR son un ejemplo muy bonito de para lo que sirve la persistencia y perseverancia en investigación básica, aunque algunos evaluadores pensaron que no servía para nada si no era en una bacteria más conocida. Gracias a que hay gente que es cabezota y que insiste que hay que saber el por qué de las cosas, de manera inesperada alcanzamos una verdadera revolución. Eso ya pasó con las enzimas de restricción y con muchos otros ejemplos de gente muy perseverante en entender el mecanismo. Los enzimas de restricción son otro sistema de defensa que estaban estudiando para ver por qué las cosas eran así, y resultó ser una herramienta fantástica para cortar genes. Y este es el mensaje que hay que dar, la biología como tal, el estudio de la vida, y en este momento histórico, inaccesible hasta hace muy poco para nosotros con las herramientas de la genómica, nos va a seguir dando sorpresas. Yo no tengo ninguna duda, no hay ninguna razón fundamental para pensar que ya lo hemos descubierto todo. Ni mucho menos lo bueno, lo beneficioso y lo útil está todo descubierto. Creo que la biología está llena de sorpresas y nos las seguirá dando. Si se te ocurre algo que pueda pasar, búscalo en un mundo microbiano y lo encontrarás. Los microorganismos llevan tres mil quinientos millones de años explorando e inventando cosas y son más diversos.


José Antonio Lorente: «El área forense consiste en tratar de sacar la máxima información posible de la mínima cantidad de muestra disponible»

Fotografía: Raquel López

José Antonio Lorente (Serón, Almería, 1961) llega apresurado de su anterior reunión y nos recuerda con amabilidad que en una hora tiene su siguiente compromiso. Acto seguido, mientras se afloja la corbata, nos invita a entrar en su despacho de director científico del Centro de Investigación de Genómica e Investigación Oncológica, GENYO. En su mesa se apilan cientos de papeles, eso sí, perfectamente organizados en montones, mientras las paredes nos devuelven fotografías que recuerdan sus innumerables viajes. Este médico y catedrático de la Universidad de Granada ha sido pionero en la aplicación de las técnicas de ADN en el campo forense, lo que le ha llevado a colaborar con el FBI norteamericano o a estudiar los huesos de Cristóbal Colón. Pero lo que cuenta con mayor emoción son dos proyectos pioneros concebidos por él y que ahora se utilizan en todo el mundo; el Programa Fénix, que ha permitido la identificación de más de mil cadáveres anónimos, y el Programa ADN-Prokids, que ha conseguido devolver a sus familiares a más de mil cuatrocientos niños robados. Actualmente compatibiliza su cargo en el centro GENYO con la dirección de la estrategia de innovación e investigación en salud de la Consejería de Igualdad, Salud y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía. Su dilatada trayectoria en el campo de la investigación y su experiencia en la gestión de la misma le hacen ser muy crítico en cómo concebimos la ciencia y la investigación en nuestro país, y piensa que tenemos que multiplicar su presupuesto para no perder competitividad a nivel mundial.

Estamos en el Centro de Investigación de Genómica e Investigación Oncológica, GENYO, formado por la farmacéutica Pfizer, la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de tener un centro de este tipo, con tres socios, en comparación con los centros habituales?

Se notan más las ventajas. Los inconvenientes son los propios de todas las sociedades, de todos los centros donde hay varios socios. Cuando tienes tres, cuatro o cinco socios, a veces cada uno tira para un lado, cada uno puede divergir en algún tipo de intereses y puede haber problemas. Sin embargo, lo bueno que tiene Pfizer para nosotros, como centro, es que apoya muchos  tipos de investigación, que puede ser muy aplicada, o  estar muy relacionada con el desarrollo de nuevos fármacos, con nuevas dianas… Y además transmite un impulso muy ejecutivo en todas las reuniones que tenemos, en todos los consejos rectores, que son dos al año, en todas las reuniones o cuando vienen a hacer actividades. La parte que veo es la positiva. Pfizer no es en absoluto un socio problemático, todo lo contrario, su interés ha sido siempre promover, ampliar y dar más. En ese sentido siempre te marca una diferencia en relación con lo público, que yo no digo que se haga sistemáticamente, pero con Pfizer trabajas con un componente de rendimiento de cuentas más permanente.

Son muy ejecutivos, pero ¿son intervencionistas? ¿Dirigen de alguna forma la política científica?

No, no, en absoluto. La política científica de GENYO, en cuanto a hacer una investigación que sea lo más traslacional posible, que sea aplicable, que sea útil al médico y al clínico, está en el estatuto fundacional, en el convenio que da vida a GENYO. Lo que ellos hacen es financiar algún tipo de investigación puntual, igual que lo hacen otras farmacéuticas que son competencia directa de Pfizer, como Roche, GSK… Mi grupo, por ejemplo, es el que más trabaja con Pfizer, pero también con competencia directa de Pfizer, y nunca jamás ha habido ningún problema. Ellos sí que son intervencionistas, pero con los proyectos que financian, que son los proyectos que a ellos más les interesan.

Está bien que la empresa farmacéutica participe desde el principio en la investigación más básica, según tu punto de vista.

Sí, sí, totalmente, yo creo que está muy bien. Hay que tratar de romper esa idea de una farmaceútica con unos intereses un tanto espurios y oscuros, que tantas veces se critica. Porque eso puede darse, yo no lo niego, hay veces en las que se actúa de esa manera, pero otras veces están claramente implicados en el desarrollo y en el apoyo de toda la investigación, desde la básica hasta la traslacional. La experiencia con Pfizer es inmejorable, y lo fue desde el principio. Yo los fui viendo como unos socios muy colaboradores, y así llevamos mucho tiempo. La inauguración de este edificio fue el 12 de noviembre de 2010, el 12 del 11 del 10, y yo pensé que era como una cuenta atrás hacia el futuro. Aunque GENYO como tal se constituyó en el año 2008, cuando se firmó el convenio, y empezamos a trabajar en el CIBM (Centro de Investigación Biomédica). Así que Pfizer lleva con nosotros más de diez años y nunca jamás ha habido un problema, una pega, ni una falta de apoyo.

Y por otra parte es un centro de genómica. ¿Se hace solo genómica o tenéis otras líneas de investigación no relacionadas con esta disciplina?

No se hace solo genómica, se hace también trascriptómica, epigenómica… Y luego se hacen otro tipo de tecnologías dentro de las grandes áreas de trabajo, como por ejemplo en cultivos celulares, donde se trabaja con modelos que no tienen un gran análisis genómico detrás de ellos, con diferentes tipos de células, de antígenos y anticuerpos, y con técnicas muy complejas pero que no se basan en la genómica en absoluto. Luego hay otro grupo centrado en desarrollos celulares de modelos animales como el pez cebra, y que usan mucho la microscopía. En general es raro el grupo en sí que no utiliza la genómica en GENYO. Lo que si hay es un 100% del estudio del ADN, pero no tiene por qué ser con técnicas genómicas en cuanto a biología molecular, pero sí de expresión del ADN.

En principio existen dos aproximaciones en los estudios genéticos, aquellas que son intervencionistas y modifican el ADN y aquellas que tan solo lo analizan, como es el caso de la medicina forense, que es tu campo de especialización. Respecto al primer grupo, y vistas las últimas noticias sobre la modificación genética de dos hermanas chinas mediante la tecnología CRISPR, ¿qué opinión te merece este experimento?

A mí me parece que todo lo que sea un avance científico, si tiene una aplicación positiva y está regulado, pues bien, pero todo avance científico descontrolado puede llevar a problemas éticos muy importantes. Habría que reflexionar sobre esto, porque no es solo la aplicación inmediata que pueda tener, sino que en nuestra sociedad el fin no justifica los medios. Yo tampoco he leído muy a fondo este estudio, no más a fondo de lo que se lee en las noticias, donde aparecen cosas totalmente contradictorias. Y yo creo que una parte del futuro, para bien o para mal, va por este tipo de actuaciones. Pero lo que no puede ser es que de pronto te aparezca una noticia así, porque aunque no haya una ley mundial que te lo prohíba, sí que hay un consenso en la comunidad científica que te dice que hay que tener mucho cuidado. Y que de pronto te salte alguien diciendo que ya lo ha hecho no lo veo bien.

¿Tú crees que realmente se ha hecho el experimento?  

Esa es también la otra pregunta.

No hay artículos científicos. Sin embargo, de la clonación, que lleva muchos más años desarrollada, no tenemos noticias de que se haya realizado en ningún ser humano.

Y yo creo que se habrá intentado hacerlo desesperadamente en algunos lugares. Pero lo mismo no, aunque tiene que haber gente por ahí en un sótano escondido, es un decir, intentando clonar. Y lo otro, pues vete tú a saber si se ha hecho, además viniendo de un país críptico como es China…

Con unas normas éticas difusas, por decirlo de alguna forma.

Adaptables.

Decíamos antes que tu trabajo fundamentalmente ha sido la genómica forense, por lo que tu carrera se ha centrado en la lectura del ADN, pero desde diferentes aproximaciones.

Yo empecé ahí, me siento analista forense totalmente, y de ahí fue luego justamente una derivación, una extrapolación, una exploración y un perfeccionamiento de las técnicas en el área forense, lo que me llevó a la parte médica y clínica. El área forense consiste en tratar de sacar la máxima información posible de la mínima cantidad de muestra disponible, o en casos donde las muestras tienen mucha cantidad pero la calidad no es buena, donde hay mucho ADN pero está hecho pedazos, o está contaminado. Para extraer información de ahí lo primero que hay que pensar es en un plan de biología molecular. Tú haces una cosa y si no sale, antes de volverlo a repetir tienes que pensar qué vas a cambiar, porque si lo repites exactamente igual te va a salir lo mismo. Tienes que pensar qué tienes que cambiar para que no te salga lo mismo, qué tipo de contaminante hay…

Por ejemplo, para sacar información de esta mesa, porque el asesino en serie de la esta película ha estado apoyado en ella, hay que sacar esas células y decir de quién son. Eso es lo forense, pero ¿qué pasa en la clínica? Cuando yo desarrollé la parte forense en la antigua Facultad de Medicina, bajaba a la cafetería y hablaba con mis colegas. Nosotros publicábamos trabajos científicos buenos, hacíamos cosas que salían en la tele, y mis compañeros me decían «oye, José, vengo de un congreso en no sé dónde y he visto un gen que es el BRCA, pero es que nosotros tenemos unas muestras que son muy pequeñas porque son de una biopsia, pero si pudiésemos ver…». Y era la misma limitación que la forense. Claro, el problema para un clínico es el que teníamos cada día los forenses, que tenía ahí un trocillo de parafina o una muestra congelada o metida en formol o cosas de estas. Y ellos me decían «si nosotros pudiéramos trabajar con muestras de esta familia, de esta paciente que ha fallecido…». Y yo les decía que tenía a gente muy buena en los laboratorios, los equipamientos, pero lo que no tenía era dinero para hacerlo. Entonces empezó un grupo a colaborar progresivamente y así empecé yo en el campo clínico. No hacía tanto el análisis genómico clásico de cuando te mandan cinco mililitros de sangre y ahí lo analizas todo, sino en muestras complejas, y eso ya me llevó a trabajar en cosas pequeñas, con células tumorales circulantes, con biopsias líquidas, especializándome en sacar mucha información de lo pequeñito. Pero sí, mi origen es el forense.

Lo más complicado que has hecho técnicamente es la identificación de los huesos de Colón en un trabajo en colaboración con Miguel Botella, al que también entrevistamos en Jot Down. ¿Es así?

Bueno, hemos hecho cosas más difíciles, es decir, hemos trabajado con muestras en peores condiciones, lo que pasa es que las de Cristobal Colón tenían otra dificultad, que no es solamente la dificultad intrínseca del caso, sino también la repercusión que tiene ese caso.

Mediática.

No es lo mismo retocarle la nariz a cualquier persona, a ti o a mí, que hacérselo al Brad Pitt de turno. A lo mejor técnicamente no es tan difícil, pero no es lo mismo el caso. Cuando tú estás en un contexto determinado eres consciente de la importancia de lo que estás haciendo porque estás, por ejemplo, a punto de publicar un Nature, o por la repercusión sobre la historia, o sobre la sociedad. En ese sentido sí, es el caso más complejo.

¿Fuisteis capaces de sacar suficiente ADN para hacer las determinaciones?

Sí, el proyecto de Cristóbal Colón tiene, tenía desde el principio, y sigue teniendo, porque no se ha acabado, dos fases. Por un lado, la de intentar identificar los huesos de Cristóbal Colón en las dos tumbas oficiales que tiene, la de Sevilla y la de Santo Domingo en República Dominicana, que es donde dicen que están sus restos. Y la fase dos era  tratar de saber algo sobre sus orígenes, que mayoritariamente se acepta que son italianos. Yo no lo dudo, porque como médico no tengo conocimientos para saber si era italiano o no, probablemente lo fuera, pero hay otros muchos historiadores con teorías con cierta solidez que te dicen que no, que era de allí, o que era de aquí. Así que la fase uno tenía dos subfases; 1A y 1B. La 1A era los huesos de Sevilla y la 1B los de República Dominicana. Los de Sevilla sí los pudimos analizar y comparar con los de sus hijos Hernando Colón y Diego Colón. En el ADN que obtuvimos había una coincidencia, con lo cual supimos que era Cristóbal Colón. Esto con el grave problema que había en Sevilla, que era que faltan un montón de huesos, teníamos trescientos gramos o por ahí, pero faltaban muchísimos huesos. En República Dominicana estuve varias veces reunido con las más altas personalidades políticas, culturales y eclesiásticas. Una de esas veces estuve junto con el historiador jefe del grupo, que es Marcial Castro, la persona que promovía la investigación, y al final no nos dejaron, nos autorizaron pero luego cancelaron, pospusieron hasta nueva orden, y de eso hace ya catorce años.

La fase 2 consiste en descrubrir los orígenes y es en lo que estamos trabajando justo ahora. Se ha atrasado tanto porque empezamos en el año 2003, con la exhumación en Sevilla, pero la tecnología forense actual, la tecnología genómica general de análisis genético no permite, o no permitía hasta ahora, el analizar con garantía suficiente el ADN. Partes de la base de que podías tener una cantidad pequeña de ADN y si no te sale una cosa, repites, pero a nosotros con Colón solo nos dejaron coger, lógicamente, tres o cuatro huesecillos, porque no te ibas a quedar con todo el esqueleto de Cristóbal Colón. Lo demás se devolvió a Sevilla y no se va a volver a tocar en no sé cuántos lustros, tiene que haber una razón muy justificada para que te dejen abrir los huesos y hurgar y sacar ADN. Yo soy consciente, como coordinador del proyecto y como director científico del mismo, de la importancia que esos huesos tienen y que valen su peso en platino o en esmeraldas, o en diamantes, que es lo más valioso del mundo en este momento. Cuando tienes tres huesos, o tienes una tecnología muy sofisticada o muy actualizada, y actualizada significa de un rendimiento moderno, que ofrezca una información muy completa que se pueda utilizar con garantías de éxito, o deja los huesos guardados y no los toques. Ya hay una tecnología de ese tipo, y yo creo que pronto ya podremos meterle mano y sacar mucho más ADN, mucha más cantidad, mucha más calidad. Por lo tanto podremos tener mucha más información de la que obtuvimos en la fase inicial, donde simplemente era una comparación, y tratar de saber algo que nos pueda aportar datos para compararlos con lugares geográficos, con cosas de ese tipo.

¿Por comparación de SNP?  

Sí, sí, con genotipados de ese tipo.

Y eso te permitirá ubicarlo en una zona.

Ubicarlo geográficamente en una zona. Aunque toda la zona mediterránea tiene muy mala pata, porque de Valencia para arriba, Castellón, Barcelona, Gerona, todo el sur de Francia, la Provenza, la Liguria, y toda la parte de Italia, la Lombardía, la genética es muy similar… Pero hay teorías que se pueden estudiar y que yo llamo finalistas, teorías específicas, de que Cristóbal Colón era hijo de fulanito o menganito, de que es descendiente de los reyes de Portugal, de Galicia, alcarreño de Guadalajara, hijo del príncipe de Viana, o que en teoría era mallorquín… Y luego hay otras teorías donde no te pueden ofrecer un familiar para comparar. Porque te dicen que Colón era un judío catalán y que cambió su nombre porque no era conveniente ir por ahí diciéndole a los Reyes Católicos que era judío, y que era hijo de una acaudalada familia de Barcelona, y teorías de que era valenciano, de esas hay un par de ellas. Miras detalles de las personas que han escrito los libros y lo ves todo muy coherente, pero a mí me falta la visión global. Y yo tampoco puedo tenerla, porque yo no soy historiador, pero sí es una cosa curiosa.

Y también en el campo de la genética forense, tú has puesto en marcha el programa Fénix. Cuéntanos en qué consiste.

El programa Fénix fue el primero del mundo que se hizo en ese sentido. Publicamos un artículo en Science, bueno, no era un artículo, era una carta. Lo mandamos a Science, y nos faltaban datos para ser un artículo, pero  quería darle publicidad para que quedara marcado que la primera vez que se hizo fue en España. Me dijeron que les encantó el tema, pero que no daba para un artículo en Science, y que cuando tuviera más datos pues que ya lo mirábamos. Pero no era una investigación, éramos los primeros y consistía en identificar los miles de cadáveres que hay sin identificar enterrados en todos los cementerios de todo el mundo, incluida España, y en todos los países hay esos problemas. De manera específica dejamos aparte, porque ya se empezaba a hablar de programas especiales, a las víctimas de la guerra civil española, de la memoria democrática, o la memoria histórica. Por ejemplo, en Andalucía todos los análisis los estamos haciendo en mi laboratorio forense en la Universidad de Granada.

Dejando aparte esto casos, porque tenía un tratamiento especial, estudiamos casos modernos de la gente que se ha perdido estos últimos cinco, diez, quince o veinte años, desapariciones de personas con un perfil de riesgo alto, como por ejemplo chicas jóvenes que nunca han tenido un problema en su casa y salen con las amigas a tomar algo y la chiquilla se despide de todas las amigas hasta mañana, y luego no aparece. Eso, las posibilidades de que esté viva… Nosotros teníamos dos realidades; una era los cuatro mil y pico cadáveres sin identificar, enterrados, que la gente se cree que se meten en fosas comunes con todos los huesos juntos. Y no. Cuando un cadáver no se le identifica después de la autopsia se le entierra, se le mete en su nicho, en su féretro, en su ataúd, y en vez de ponerle un nombre se le pone el número de las diligencias previas de la investigación en las que el juez da la orden de que se entierre el cuerpo de identidad no conocida. No están por ahí en montones, están en zonas del cementerio donde si vas y preguntas, te identifican y luego te enseñan el cadáver. Un hecho real es que había casi cuatro mil de estos cadáveres, y otro hecho real absoluto eran las miles de familias buscando a sus seres queridos desaparecidos hace mucho tiempo, de los que no sabían nada, de los que la gran mayoría están vivos, por suerte, gracias a Dios, llámalo como quieras, están vivos, pero hay otros que están muertos.

¿Cuatro mil en España?

En aquel momento había cuatro mil cadáveres no identificados, enterrados a lo largo de los últimos, en aquel momento, treinta años. Ahora son más de treinta.

¿En España solo?   

En España solo, porque si miras en todo el mundo son muchísimos más. Divides cuatro mil entre treinta años y no parece mucho; pero lo es, es mucho. Y, claro, en España era una época pico, mala, acuérdate de que había un montón de muertes en las pateras, así que en toda esta zona sur llegaban cadáveres no identificados un día detrás de otro. Hubo un pico de cadáveres de personas que trataban de llegar ilegalmente por el tráfico o por la trata de seres humanos. Y haces un balance y piensas, a ver, si le haces un ADN a todos los huesos que están sin identificar, esa es la teoría, y haces el ADN a todas las familias de todos los desaparecidos que quieran colaborar… Para los huesos le pides permiso al juez para que te deje hacerlo, a las familias voluntariamente, y le dices «mire usted nos dijo que su hermano, su hijo, su padre, se perdió hace veinticinco años, y no sabe nada de él, pues deme ADN porque si está muerto lo podremos identificar». Y había gente que decía que sí y gente que no, la mayoría decían que sí pero tampoco de una forma masiva. Darnos el ADN para ellos era reconocer que estaba muerto, y claro, eso es duro de asumir, quieres mantener la esperanza. Así que se puso en marcha, y cuando se aumentó el tamaño de la base de datos se aumentaron las identificaciones y ya se ha identificado a más de mil cadáveres de esa manera.

El FBI, para el que había trabajado, se puso en contacto conmigo y les expliqué lo que estaba poniendo en marcha; ellos generaron su programa y ahora más o menos casi todos los países tienen, mucho menos de lo que sería necesario, pero tienen esta herramienta de investigación criminal, aunque por ejemplo identificar a los violadores libres son casos más urgentes. Si por un lado pasa algo en Granada o en Valencia y por ejemplo agreden a dos chicas y por otro lado tienes tres huesos que analizar que llevan en el cementerio desde hace no sé cuánto tiempo ¿qué es más urgente? La urgencia siempre es el día a día. O sea, ¿tú cuándo puedes leer a gusto en tu casa? Pues un sábado por la tarde que estés solo. A la policía muchas veces le pasa lo mismo. Las bases de datos de personas desaparecidas en todo el mundo son un porcentaje mínimo de lo que tendría que haber.

¿Y cómo acabas trabajando en el FBI?

Estuve allí de posdoctoral un par de años. Estudié Medicina en Granada, me licencié en Granada, tuve una beca, hice mi tesis doctoral aquí. A mí me gustaba la medicina legal y mi jefe y maestro, que ahora ya es profesor emérito, fue el profesor Enrique Villanueva, discípulo de un ilustre valenciano, el profesor Juan Antonio Gisbert Calabuig, que es el gran padre de la medicina legal moderna española. Yo procedo de ahí, mi jefe procede de ahí, soy nieto científico del profesor Gisbert. Yo hice aquí la tesis sobre patología forense y tenía claro que me gustaba no la medicina forense práctica del día a día, pero sí la investigación, la docencia, la universidad, en esta área. Mi tesis no tenía nada que ver con el ADN, porque en aquella época no había ADN forense, pero cuando yo estaba haciendo la tesis, sobre todo al final, el ADN forense empezó a usarse y mi jefe, que era una persona muy buena, con una visión global, me dijo «esto tiene un futuro enorme, pero en España no hace nadie nada y en el resto mundo sí, puedes irte a Alemania, a Inglaterra o a Estados Unidos», que eran los tres únicos sitios que estaban avanzando. Y me dijo «yo sé que tú eres de espíritu viajero y aventurero y tu novia (que es mi actual mujer) también, pero os tenéis que ir por ahí varios años, si no esto no se aprende. Ahora, yo te puedo decir que como entres en ese campo y lo hagas bien, tienes vía libre para investigar toda tu vida».

Él tuvo la visión de que esto sería una revolución absoluta en el campo de la identificación humana. Así que nos fuimos a Alemania, porque yo chapurreaba el alemán. Me fui con mi esposa, ella sabía alemán también, a Heidelberg primero durante cuatro meses y luego a Münster durante año y pico, y allí aprendí esa tecnología. Los alemanes, que tenían mucha pasta, y siguen teniéndola, invitaron al jefe de investigación del FBI a un congreso en Colonia. Me acuerdo perfectamente, eso era octubre o noviembre del año 90. Había una mesa con todos los profesores y el invitado de lujo, y uno de los jefes alemanes no pudo quedarse a cenar y tuvo que irse. Entonces me llamó mi jefe y me dijo «tú que sabes muy bien inglés, siéntate al lado del americano y le das palique». Y hablamos de un montón de cosas y así conocí al que era jefe de investigación del FBI, y estuvimos conversando con anécdotas típicas y tópicas, de España, de Alemania y de Estados Unidos, pero también estuvimos hablando mucho de ciencia y yo tenía una visión muy clara del futuro, y veía que el futuro era la PCR. En esa época lo hacíamos todo por southern blotting, por hibridación… Y la PCR estaba empezando, con Kary Mullis, y a mí eso me gustaba. A este le gustó mi visión y me preguntó si me iría a trabajar con él.

¿Te lo pidió él?

Me lo pidió él. Y le dije que sí, pero que primero tenía que ir a España y montar el laboratorio de ADN. Y luego le dije que yo no era policía, era médico. Y me dijo que bueno, que le venía bien que tuviera que ir a España y trabajar un año y montar el laboratorio, porque él primero tenía que convencer a su jefe para que un médico se metiera en la academia del FBI. Y durante ese tiempo preparamos un proyecto de investigación y pedimos una beca. Así que vine aquí, monté el laboratorio, se lo dije a mi jefe, y pedí una beca del Comité Científico de la OTAN. Me dieron una beca estupenda, aún siguen dándola, y aunque era muy competitiva hicimos un proyecto atractivo, científicamente sólido. Yo tenía ya para mi edad un buen currículum, y además me iba al FBI, que no está asociado con la OTAN, pero sí que tiene que ver porque son los dos de seguridad y fue una cosa que ayudó.

¿Y cómo es trabajar dentro del FBI?

Pues es curioso, porque estuve en la academia del FBI, que está en Quantico, en Virginia. Virginia es un estado gigantesco. Pues en medio de Virginia está la base de los marines, que puede tener la extensión de la provincia de Granada entera, totalmente vallada, donde la mayoría del territorio son campos para entrenamiento militar. Y exactamente a seis millas y media, que era lo que nosotros hacíamos para ir a comer, hay una serie de edificios modernos: la academia del FBI. Consiste en edificios de aulas, de entrenamiento, campos de deporte y luego lugares de residencia… Y claro, introducirte en un ambiente así… Yo hacía investigación, no estaba con casos reales, nosotros estábamos desarrollando todas las técnicas que hoy en día es lo que se usa de los STR. Ese era el objetivo de mi jefe y de mi beca, e hicimos publicaciones que fueron las primeras en el mundo en su campo, y con los ingleses y los alemanes se formó un grupo de trabajo. El ambiente era muy curioso. Allí se formaba a agentes del FBI, los entrenan en cuatro meses y los seleccionan. Aquí en España los que aspiran a inspector de policía ya son todos graduados, licenciados, tienen conocimientos altísimos, con idiomas, hasta con doctorados. Cuando aprueban las oposiciones, que son un follón de pruebas físicas, psicotécnicas, de cultura, de examen tipo test, casos prácticos … entonces los mandan a Ávila a una academia y allí les enseñan cosas que una persona normal no sabe: técnicas de lucha, defensa, armas de fuego… Pero en el FBI a los cuatro meses los pasaban a agente en prácticas, a la operación, y a los más despistados los ponían a hacer cosas de papeles, o a hacer interrogatorios, y luego poco a poco los van pasando a frentes más duros.

Allí estaba también lo que ellos llaman la National Academy, donde iban policías de todas las oficinas de sheriff de todos los estados a hacer cursos específicos de dos semanas, cuatro semanas, doce semanas, que era lo habitual. También iban policías del resto del mundo, porque había cuatro sesiones al año de tres meses cada una de la Academia Nacional Internacional. Yo he conocido policías españoles y guardias civiles, mossos d’esquadra, ertzaina no llegué a conocer… Era una gente que de una manera directa o indirecta se han visto comprometidos en situaciones de peligro, que han tenido compañeros víctimas de acción criminal… Y cuando están en contacto con compañeros son gente muy abierta, muy relajada. Entre los valores que yo aprendí allí, por ejemplo, está el estado físico, el comer bien, el entrenar… La gente del FBI tenían el lema de «mens sana in corpore sano» y era un lema gigante que estaba en varios sitios, y era como una obligación para ellos, porque sabes que poder correr doscientos metros te puede salvar la vida. Esa parte me gustaba mucho, tanto como el confiar plenamente en tu equipo y en tus compañeros. En todas las profesiones tienes que confiar más o menos en la gente que tienes cerca de ti, pero desde el punto de vista policial tienes a un tipo en el que estás depositando tu confianza y que te puede salvar la vida y viceversa.

Son mundos muy diferentes al que pueda haber en un hospital, y además era una convivencia en grado de internado, con lo cual vi pasar por ahí promociones enteras unas detrás de otras, vi pasar a algunos que volvieron al año siguiente a hacer algún tipo de práctica. Yo era el único médico que había allí, a mí me decían «Doc», que es una cosa muy americana, y «José» los que me conocían más. Por las noches, después de cenar íbamos a la cafetería, que era gigante, era el típico bareto con mucha madera del oeste americano, en medio de la academia, con los pitcher de cerveza y las alitas de pollo, en un ambiente muy relajado. Entonces yo pasaba consulta. Venían americanos o el tío de Hong Kong, o el de Japón, o el de Indonesia o el de China, «que me duele por aquí…». Porque en la academia no había médico. Eso sí es cierto, por la mañana pasaban consulta dos enfermeras o enfermeros y por la tarde había uno, y a seis millas estaba el hospital gigante de la base de los marines, con lo cual, en caso de emergencia, que alguna hubo, venía una ambulancia y se lo llevaban. No faltaba asistencia sanitaria, pero lo más banal del día a día me lo preguntaban a mí. Así que yo conocí a gente de todo el mundo que luego me sirvió mucho, no tanto para el Fénix, porque era una cosa más española y pude exportarla a otros países, como para el desarrollo de otros programas como el que más me gusta, el DNA-Prokids.

De este quería yo que habláramos.

Cuando empecé a poner esto en marcha… Cuando el FBI le dice a la guardia civil que le mande uno de sus agentes, entre tantos y tantos años… Solían ser agentes con grado de capitán, o un inspector de policía para acá o a los mossos, o la Royal Thai Police… Esas policías mandan a gente muy buena. Así que los policías que había allí en la academia internacional del FBI era gente de mucho nivel. Y ¿qué les pasó a esa gente? Estamos hablando del año 92-93. Yo soy del 61, por lo que en el 92-93 tenía treinta y uno o treinta y dos años, y ellos era un pelín mayores que yo, la media estaba entre los treinta y cuatro y treinta y seis años. Y muchos de ellos han evolucionado en sus carreras profesionales, han llegado muchos a generales, a jefes, a ministros. Y a mí todos me conocían. Cuando ellos en sus países empezaron a instalarse —te estoy hablando de algunos países de Europa y muchos de Latinoamérica, otros de África, muchísimos de Asia—, cuando ellos empezaron a instalar laboratorios de ADN…

Te llamaron.

Se acordaban, «tú eres el doctor», me decían. Recuerdo llegar a mi despacho por la mañana y ver los rollos de papel de fax de policías, de la Royal Thai Police de Tailandia, de Brunei Darussalam, de Hong Kong, de Brasil, de Chile, policía federal de no sé dónde. Muchas veces eran saludos, pero otras eran peticiones porque querían montar un laboratorio y pedían asesoramiento, me mandaban los planos y me decían «vente por aquí». Siempre he hecho esto de manera desinteresada, y en esa época empecé a viajar y desde entonces llevo viajando. Diez o doce veces al año cruzo un océano para un lado o para el otro. Eso es una vez al mes de media. Este año han sido once veces, el otro día lo miré, a las Américas o a las Asias. A África viajo muy poco, porque no tenemos ni tiempo ni dinero para apoyarles, lamentablemente. Y en Europa ni lo cuento.

El proyecto de Prokids es un poco hacer lo mismo que hacías con la identificación de cadáveres, pero con niños.

Sí, exactamente, la metodología es la misma. En este momento hay, según las Naciones Unidas, aproximadamente dos millones de niños en el mundo que están perdidos, dos millones de activos. Ojo, «niño» para Naciones Unidas vía Unicef es todo aquel menor de dieciocho años. La curva no es una curva gaussiana, es una curva de distribución hacia un lado, unidireccional. La mayoría de niños desaparecidos son niñas a partir de los catorce años, y ya sabemos para qué: explotación sexual. Pero también hay decenas de miles de niños muy pequeñitos que se han perdido, y que están en explotación laboral, explotación sexual, mendicidad, niños soldados, adopciones ilegales… Así que tienes miles de niños perdidos, y de esos miles de niños han aparecido algunos abandonados o en situación de abuso y las autoridades de esos países los han cogido y los han metido en orfanatos y en casas de acogida, pero no saben quiénes son.  Algunos niños son muy pequeños y no pueden hablar, y otros que se perdieron muy pequeñitos ya no se acuerdan de dónde vienen, pero tienen un nombre formal. Si encuentran a una niña el día de santa Lucía, que me parece que es el 13 de diciembre, a la niña le ponen de nombre Lucía y le dan unos apellidos estándar. Antes era todo Expósito. Ahora son unos apellidos de tipo estándar para que tenga una identidad civil. Entonces se le inscribe en una parte especial del registro civil, pero esa niña no es Lucía… Esa niña tenía un nombre de verdad y sus padres unos apellidos que eran diferentes. Esos niños están ahí y están controlados por las autoridades. Y, como en Fénix, tienes miles de familias, madres, padres, abuelitos, abuelitas, buscando a su nieto, a su hijo que se lo han robado. Además me acuerdo perfectamente de Paco Lobatón cuando hacía el ¿Quién sabe dónde? famoso., con el que colaboré también.

¿Cuántos niños habéis identificado con Prokids?   

Pensé que había que hacer lo mismo con Fénix pero con vivos, que es mucho más bonito, y además con un mensaje preventivo, porque mandas un aviso a los criminales. Porque así robar un niño y darlo en adopción ilegal ya no iba a ser tan fácil. Si se hiciese sistemáticamente se acababa el cachondeo. Eso me surgió en Perú, recuerdo además perfectamente cómo me vino la idea. Iba en un coche hablando con Jorge Hau, ahora ya coronel, que era el jefe del laboratorio de ADN. Íbamos desde el aeropuerto hasta Callao, a lo que es el centro de Lima. Son treinta kilómetros y hay muchas zonas de autopistas, y en una avenida más o menos grande, de noche, el coche se paró y se acercaron niños a intentar limpiar cristales. Y de pronto digo «Jorge, ¿y todos esos chiquillos?», y me dice «están con los padres, que están bebiendo cerveza, esto es un desastre, la pobreza, la injusticia…». Y le pregunto «¿pero todos están ahí con los padres?». Porque había niños pequeños, chiquillos de cuatro años con bebés de seis meses en brazos. Y me dice «hay algunos que no, hay algunos que están abandonados, nosotros algunas veces los cogemos, pero se escapan, es un desastre, no sabemos quiénes son». Yo no le dije nada, pero a partir de ahí lo pensé. Luego hicimos un estudio piloto en Guatemala, lo extendimos a México y en el otro lado, en Asia, lo hicimos en Sri Lanka y en Filipinas. Consistía en tomar el ADN a los niños, y cuando venía una madre a buscarlos se le hacía de forma sistemática, y empezamos a ponerlo en marcha y hoy en día tenemos ya más de mil cuatrocientas identificaciones en todo el mundo. Lo más importante es que cada país tiene el suyo propio, porque DNA-Prokids es el nombre global del programa, pero cada país tiene el suyo propio, cada país tiene su base de datos y hace las cosas de la manera que cree oportuna con respecto a su legislación. Pero es lo mismo, es coger muestras con consentimiento del tutor legal del niño, cada cual el que sea, del niño y de los padres.

Y fruto de este proyecto te llamó el papa.

Efectivamente.

¿Y cómo te llama un papa?

Creo que hemos llegado a enterarnos de cómo fue. En el año 2013 me invitaron a una reunión de la Federación Iberoamericana de Entidades Médicas, que es la unión de todos los colegios de médicos. En España tenemos la Organización Médica Colegial, donde están todos los colegios de médicos. En cada país hay una cosa equivalente. Tuvimos una reunión en las islas Azores y yo fui a presentar DNA-Prokids invitado por el colegio de médicos de España, y hablé de cuál es el papel que tiene que jugar el médico en la prevención del tráfico de menores, porque no tiene porqué pero el médico puede intervenir. El médico tiene que controlar que la partida de nacimiento esté bien hecha, el médico tiene que controlar la identidad de la madre y la identidad del niño, no puede firmar a la ligera, luego en casos de adopción debe aconsejar a los padres y madres que van a adoptar para que sigan los cauces legales, en los países en los que se donan niños el médico tiene también un papel muy importante de control.

Entonces allí estaban los argentinos, el colegio de médicos de Argentina, vamos a llamarlo así, y les gustó mucho y escribieron muchos tuits. Por lo visto el papa había tenido relación con los médicos. Cuando vio esto, que en Twitter se hablaba de la tecnología al servicio de los niños, saltó la chispa y le dijo a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, el arzobispo presidente de la Academia Pontificia de la Ciencia, que localizara al médico que lo estaba haciendo para hablar con él. Entonces el Vaticano me contactó, estuvimos hablando, el monseñor vino a dar una conferencia a Jaén, nos pusimos en contacto, me invitaron a mí, y estuvimos cenando después de la conferencia. Él llegó una tarde y se fue a la mañana siguiente, le estuve explicando y dijo que la mejor manera de darle la máxima relevancia era ir a ver al Santo Padre. Él organizó un simposium en la Academia Pontificia de la Ciencia en la que estuvo el papa, y llegamos a conclusiones, y entre esas conclusiones aparece que cuando sea necesario debe cogerse el ADN para identificar a los menores. Porque claro, el problema es que es tan fácil robar a un niño… Hasta en España. Es que las partidas de nacimiento que te dan en España siguen siendo un trozo de papel, y tú como padre vas al juzgado y como mucho puedes demostrar que en el libro de familia el nombre que pone de la partida de nacimiento es el de tu mujer, pero no hay nada, ni las huellas dactilares ni nada.                    

Eres director de estrategia e innovación e investigación de la Consejería de Sanidad de la Junta de Andalucía. Quiero que me valores la situación en política científica que está viviendo este país en los últimos tiempos. Vamos, que si crees que hay brotes verdes en la ciencia en España.

Desde el punto de vista político no te lo puedo valorar porque no soy político. Soy muy crítico en público y en privado, entonces lo voy a ser aquí en público. España no se cree la ciencia, ni su importancia ni su trascendencia. España se cree el fútbol. España, en un momento determinado, se cree el fútbol. Parece una tontería, pero ya verás. España en el fútbol llegaba a octavos de final y luego a tomar por saco. España se da cuenta de que eso no es solo fútbol, sino que es un negocio impresionante, que mueve cientos de millones de euros. Me pongo en la cabeza de Florentino Pérez en sus primeras épocas, o de Jose Luis Núñez, que murió hace poco. Entonces empiezas a fichar jugadores y a promocionar la liga española, y ahora es la mejor liga del mundo. Tú vas a Tasmania en el sur de Australia, tú vas a la ciudad más perdida de China, o de Chile, o de Canadá, y dices Real Madrid, Atleti, Barcelona, hasta el Valencia, y se conoce. El fútbol se ha vendido, la selección española han sido campeones de Europa, campeones del mundo… Es un negocio impresionante, se invirtió a medio plazo y se recogió los beneficios.

La ciencia no se la cree nadie, se invierte lo mínimo necesario, porque obligará la Unión Europea a que tal porcentaje del PIB se invierta en I+D+i, pero el político medio es incapaz de entenderlo. Porque no consiste en lo que se ha hecho ahora, que son brotes verdes fuertes, a ver lo que dura. En 2018 se ha aumentado un 15%, pero es que no es el 15 o 20%, debe ser el 200 o 300 %, duplicar o triplicar, porque con ese dinero, por torpe que seas o seamos los científicos, si tú metes dos veces más, el doble en investigación científica, en proyectos, en contratos, en menear la economía a esos niveles tan competitivos… Hemos demostrado que vamos sobradamente, que tenemos capacidad de competir. Si poco a poco vamos forjando una cultura de innovación… Lo puedes hacer fácilmente con el doble de dinero, quizá no consigas el doble de resultados, pero sí lo consigues en publicaciones, en cantidad y en calidad, y en posicionamiento y en contratos y en liderar equipos internacionales y atraerlos. Tenemos las infraestructuras, tenemos a gente muy buena, está demostrado que el científico medio español está en el top ten.

La cuestión es que no nos lo creemos, y la ciudadanía tampoco.

Los científicos tendremos mucha culpa en no saber divulgar, en no saber apoyar. Luego tenemos divulgación, a veces muy mala, cuando se trata de vender de forma desproporcionada nuestro trabajo. O a lo mejor no, porque generamos noticias que a la larga se vuelven en contra, porque cuántas veces has leído tú en los tres últimos años que se cura el cáncer de páncreas porque alguien lo hace en un ratón, o estudia un gen. El español medio no se cree la investigación y no se la cree el político. Para mí lo malo es que no se lo crean los políticos. El español medio, a través de su voto elige, en eso estamos de acuerdo. Pero al final la camarilla de políticos es cinco o diez mil personas en toda España. Y tampoco se lo creen los que llegan desde fuera. Tú llegas desde fuera con un perfil tecnocrático e intentas mejorar las cosas, pero la burocracia que hay es impresionante. Por eso con el tema de investigación en España soy muy crítico. Además, es tan fácil duplicar el presupuesto, es tan poco, es tan mísero el presupuesto de investigación…

Además creo que se esconden los números, hay mucho I+D+i escondido que va a asuntos militares. Si te fijas en nuestra área, biociencia o biomedicina, por ejemplo, es una miseria duplicar eso. Claro que tiene un coste, a lo mejor consiste en que el AVE no entre soterrado en Granada o que se retrase cinco años o que la autovía que entra en Valencia desde no sé dónde, en lugar de cuatro carriles tenga tres, yo qué sé. Pero, ¿qué es lo que pasa? Que ya estamos llegando tarde, la carrera ya ha empezado y los países con competencia directa de toda la vida nos han superado, como Alemania, Francia, Inglaterra o Italia, Canadá, Estados Unidos, Japón… Pero también países emergentes que están invirtiendo lo más grande, porque yo voy por ahí y lo veo. China, al margen de las barbaridades que puedan hacer, Singapur, que han levantado un imperio alucinante, Hong Kong… Pero es que luego está India. India está invirtiendo muchísimo, India tiene mil doscientos millones de personas, como China que tiene universidades potentísimas, China tiene gente por todo el mundo, e India hace ya un montón de servicios telemáticos desde allí.

España todavía sigue teniendo un buen coche, pero los otros, aunque sean más malos, nos llevan medio circuito de ventaja y no los vamos a pillar. Esto es el pan de lo que resta del siglo XXI, y es el pan del siglo XXII. Soy muy crítico, creo que se ha hecho un gran esfuerzo, por ejemplo desde Andalucía, pero la estrategia es la estrategia, no es tomar decisiones ejecutivas. Veo cómo la gente que hay ahora mismo trata de sacar el máximo partido posible a los presupuestos que hay, captar más dinero de no sé dónde, porque se creen esto. Pero si desde arriba no se lo creen,  entonces no funciona. Hemos mejorado un poquito, pero hay muchísimo más que mejorar, todo lo que sean brotes verdes es bueno, pero esos brotes luego no puede ser que no duren.


Patricia Ramírez: «No creo en una psicología que no esté basada en la ciencia»

Fotografía: Énkar Neil

Patricia Ramírez Loeffler (Zaragoza, 1971) es una mujer segura de sí misma, asertiva y con las ideas muy claras. No rehuye las preguntas y responde con conocimiento y entusiasmo. Se viene arriba con un público que abarrota La Rambleta, acostumbrada como está a hacer su trabajo en los grandes estadios de fútbol o en los medios de comunicación de mayor audiencia. Es, probablemente, la psicóloga deportiva más famosa del universo fútbol. Ha trabajado con el Real Betis Balompié y con el Real Club Deportivo Mallorca, aunque su trabajo no se restringe exclusivamente a la órbita del deporte rey. Hablamos de la importancia de la psicología en el deporte de alto rendimiento, de cómo las redes sociales han modificado las relaciones, de los modelos de liderazgo, e incluso de su incursión como neuropsicóloga en el campo de la enfermedad de Alzheimer.

La jornada en la que nos encontramos inmersos hoy en La Rambleta se titula «Preparándonos para vivir cien años». Patricia, como experta en psicología, ¿estamos preparados para vivir cien años?

¿Estamos preparados en qué sentido? ¿para disfrutarlo? ¿para cognitivamente estar bien? Yo creo que estamos preparados para vivir cuanto más mejor y, a ser posible, en buenas condiciones. Hoy en día hay mucho trabajo a nivel cognitivo, y sabemos desde la parte psicológica qué tipo de actividades cuidan nuestro cerebro para llegar a esos cien años en buenas condiciones.

Cuéntanos, ¿qué tenemos que hacer para llegar con unas buenas condiciones cognitivas, ya no a cien, sino a ochenta años por ejemplo?

Hoy sabemos que existe una serie de actividades que favorecen la neurogénesis, entre ellas la práctica regular del ejercicio físico, el poder meditar, dormir y descansar con calidad. Y todo lo que hacemos despertando la curiosidad, ponernos retos, aprender a hacer cosas fuera de nuestra zona confortable, trabajar, vestirte con la mano no dominante… Cualquier reto que le ponemos al cerebro favorece que se genere esa neurogénesis, que se ramifique el cerebro y que eso mantenga a nuestro cerebro cognitivamente más joven. Ya que vamos a vivir tanto que por lo menos podamos recordar qué hemos hecho anteriormente.

Entonces se trata de intentar salir de nuestra zona de confort. Esa es tu recomendación.

Bueno, no siempre, porque mi zona de confort cuando acabo el día es sentarme con mi marido a ver una serie y no quiero salir de ahí, pero sí es cierto que si queremos cultivar esa curiosidad y si queremos que nuestro cerebro sepa memorizar tenemos que entrenar ese músculo, porque el cerebro funciona un poco como cualquier otro músculo del cuerpo, si dejas de utilizarlo se atrofia. Podemos hacer ejercicios tan sencillos como ir a hacer la compra y hacer el cálculo matemático de cuánto cuesta lo que llevamos dentro del carro antes de llegar a la caja, podemos coger otro camino distinto para llegar al trabajo y obligar al cerebro a que elabore un mapa mental del recorrido, podemos abrocharnos, comer, ducharnos, con la mano no dominante, podemos hacer ejercicios que nos saquen de esa zona cómoda y que obligue al cerebro a pensar de otra manera, y eso sí que contribuye a la neurogénesis.

En resumen, ejercitar la memoria de trabajo.

A nivel cotidiano hay ejercicios muy sencillos, aprender cada día cinco palabras nuevas, aprender tres palabras en otro idioma, o hacer algún juego que requiera concentración. Hoy en día los móviles nos facilitan esto con las apps, y a nuestra edad, bueno… Porque estamos bien, pero la gente de sesenta, setenta, ochenta años tiene ahí un recurso riquísimo, no para evitar el deterioro cognitivo, pero sí para evitar muchas otras cosas. Es importante seguir aprendiendo toda la vida.

He leído que crees que la actitud condiciona más que la edad.

Totalmente. Mira, yo no creo en estas frases míticas que hay ahora en redes sociales en las que la actitud lo es todo y que sí tú quieres no hay límite, no hay techo, que los límites los pones tú. Todo esto es mentira, todo eso son frases de gente con un nivel de positivismo totalmente irreal. La actitud es importante pero no lo puede ser todo. Nosotros estamos condicionados por una genética, hay un talento, hay unas habilidades, hay una capacidad, hay unas condiciones socioeconómicas, hay un factor suerte que contribuye a que las cosas nos salgan mejor o peor, pero a igualdad de condiciones la actitud es un valor importantísimo.

Estamos hablando en todo momento de un envejecimiento, llamémosle, normal. Pero tú has trabajado en Granada, en el Hospital Universitario San Cecilio, con enfermos de alzhéimer. A mí me gustaría que nos contaras cuál ha sido tu experiencia y qué trabajo has hecho allí.

Estuve cuatro años en el departamento de neurología y trabajaba con Antonio Huete, que llevaba temas de demencia de alzhéimer, y yo llevaba la valoración neuropsicológica de los enfermos. Yo me dedicaba a evaluar el deterioro cognitivo con una serie de tests, el más conocido y más sencillo es el minimental, pero también con otros tests más complicados en psicología. Hay diferentes tipos de demencias, teníamos a gente con demencia por consumo prolongado de alcohol, teníamos a gente con treinta, treinta y cinco o cuarenta años que pensaba que tenía una demencia y realmente tenía deterioro cognitivo por un trastorno de ansiedad, que afortunadamente luego se revierte. Todo ese problema de no poder concentrarnos, de perder las llaves, de no poder estar atento, de leer y no retener, cuando eres tan joven, normalmente cursa con un trastorno de ansiedad, y yo me dedicaba a eso, a valorar en el paciente si había un deterioro cognitivo leve o una demencia, y si había demencia de qué tipo era.

Sobre el diagnóstico de alzhéimer, desde el punto de vista neuropsicológico, me gustaría que nos contaras cuán fiable es el diagnóstico psicológico para esta enfermedad

Pues mira, sinceramente, cuando yo estaba con este trabajo, que era en el año 2000 o 2001, no recuerdo que hiciésemos esas estadísticas. Recuerdo que simplemente tenía que valorar, dando unas puntuaciones, el deterioro cognitivo. Y dependiendo de la demencia, si había también una desorientación espacial, pérdida de memoria, un trastorno con el vocabulario, con el lenguaje… No encontrar las palabras adecuadas indicaba al neurólogo, aparte de las pruebas que ellos hacían, si solo había un deterioro cognitivo leve o era una demencia. Pero ahora no recuerdo la correlación, porque si se hicieron esas pruebas desde luego a mí esos datos no me los dieron. Ya me gustaría tenerlos, en psicología todo lo que no tenemos en datos no existe.

Y decías antes que trabajabas también en estimulación cognitiva con pacientes.

Sí, ahí hacíamos de todo, desde trabajar psicomotricidad fina, porque el paciente se vuelve muy torpe, hasta ayudar a los cuidadores en casa a tapar los espejos cuando el paciente ya no se reconoce o le da miedo verse en el espejo, o señalar el agua caliente o fría porque el paciente deja de percibir, a ordenar la ropa porque muchas veces el paciente de alzhéimer sale en pleno invierno con ropa de verano. También hacíamos talleres de lectoescritura, hacíamos puzles para trabajar la memoria, recordar fechas en las que estábamos, todo ese tipo de cosas.

Los aprendizajes que has sacado de trabajar con pacientes con alzhéimer son experiencias gratificantes pero también muy duras.

Muy duras.

¿Y cómo lo trasladas a otros campos de la psicología en los que trabajas?

Bueno, estuve cuatro años allí porque me lo pidió Antonio Huete, pero luego no he vuelto a trabajar con demencia de alzhéimer. Tengo un nivel de empatía muy grande, así que llegó un momento en el que no quería trabajar con trastornos psicóticos, ni con una depresión mayor, ni con enfermos de alzhéimer, porque si el cuidador sufre una depresión el enfermo ve como esa persona poco a poco se va apagando y lo pierdes. Así que decidí no seguir trabajando en ello. La lectura que saco de ahí para aplicar a lo otro es poca, porque al final me he terminado dedicando a esos entrenamientos psicológicos que nos permiten subir, de hábitos de vida saludables, de relaciones de pareja, de educación serena con los niños, de rendimiento deportivo. Hubo un momento en que lo anterior me tenía completamente marchita, todos esos trastornos de la personalidad, por más que trabajas ver un cambio cuesta muchísimo.

De hecho el cambio es a peor.

Normalmente ese cambio es a peor.

Y tienes dos patologías, la del paciente y la del cuidador, que tiene una depresión.

La psicología es un campo muy amplio, enfocado a ayudar.  Aunque la familia de los pacientes agradecen muchísimo la ayuda yo necesitaba ver otro tipo de cambios. Yo estudié psicología para aplicarla al deporte, y son dos campos totalmente distintos.

Por cambiar de tema, eres la psicóloga más influyente, una influencer como se dice ahora

Yo especifico ahí; a mí el colegio oficial de psicólogos me dio un premio como la psicóloga más influyente en redes sociales, porque igual en otros campos no.

En Twitter tienes unos ciento treinta mil seguidores. ¿Cómo lo llevas?

Bien, bien. Mira que Twitter es una red social complicada, porque enseguida hay alguien que salta, Instagram es una red como mucho más amable, es más difícil que la gente te salte, pero no tengo la sensación de recibir mucha crítica, alguna vez sí que hay algún comentario cuando escribo en la columna del Marca. Me dicen que si para esa columna hay que ser psicólogo, pues yo que sé, pues igual no, pero yo la escribo. Normalmente no recibo mucha crítica como para sentirme mal, al revés, en las redes sociales percibo mucho agradecimiento. Yo comparto información: en un momento determinado con un paciente sale una frase que crees que puede servir a los demás, la comparto, y puede ser que a alguien esa frase le venga como anillo al dedo e igual puede cambiar su perspectiva, hacerle reflexionar o tomar una decisión, o quitarse en un momento determinado el concepto de culpa. Eso para mí es una bendición.

Tú también dices que dime a quién sigues y te diré qué eres en las redes sociales. La comunidad que cada uno genera depende del discurso, el mensaje que lanzas hace que la red sea amable o no contigo, ¿es así?

Y que yo no soy una persona polémica, no comparto nunca ideas religiosas, ni políticas. Cuando algo no me gusta no lo critico, simplemente o dejo de seguir o no opino, pero no soy de las personas que cuando algo no le parece bien va enseguida y contesta para que se note que no me gusta. Hay críticas que creo que suman poco. Al no ser polémica, creo que la gente tampoco tiene mucho que decir contra mí.

Y desde el punto de vista profesional ¿cómo ha cambiado la irrupción de las redes sociales sobre nuestros comportamientos? ¿Hemos mejorado o hemos empeorado?

Yo, sobre todo, voy a hablar de la parte positiva porque también va relacionado con mi forma de ser. El conocimiento y la libertad que nos dan las redes sociales requiere información. Tú antes te sentabas delante del telediario y tenías que verlo entero. Con las redes sociales puedes seleccionar lo que quieras: política, ciencia, nutrición, si te interesa el deporte… Te permite seleccionar, y eso es una ventaja. ¿Qué parte negativa tiene? En la gente joven, y también en muchos adultos, existe el peligro de depender de esa aprobación social para sentirte bien. Aunque por lo general creo que las redes sociales nos han facilitado tener la información accesible y eso nos hace libres.

Tal vez nos crea cierta ansiedad por no poder llegar a toda la información o por no poder seguir a toda la gente que quieres seguir o por responder.

Pero ahí tenemos que educarnos y aprender a establecer prioridades. Igual que tenemos un límite para el tiempo que le dedicamos a la televisión por la noche antes de irnos a dormir, o un límite para la siesta porque te tienes que ir a trabajar, las personas tenemos que aprender a ponernos límites. Puedes limitar el uso de las redes sociales, dedicarle media hora por la mañana cuando desayunas y media hora por la noche antes de acostarte. Una forma de educarnos en el autocontrol, en la paciencia, es poner un límite si no lo tienes y en ese límite establecer tus prioridades.

¿Y cuándo das tú el salto a tener decenas de miles de seguidores? ¿Cuando empiezas a trabajar en el ámbito del fútbol u ocurre antes?

Ocurre antes, me abrí cuenta de Twitter cuando fui a dar una charla a la Federación Española de Baloncesto, porque colaboro en el curso de entrenador todos los años. Voy a Zaragoza y el director me dice «¿Tú no tienes Twitter? Pues hazte un Twitter». Y me lo abro y de ahí me voy a la concentración del Betis a Cardiff y Jorge Molina me dice «¿ya tienes Twitter?». Le digo que sí y ahí todos empiezan a compartir. Entonces pedí a la afición del Betis que colaborara en mis charlas mandándome historias personales relacionadas con el beticismo, y cómo han sentido el Betis, lo lancé en las redes sociales y a partir de ahí consigo unos once o doce mil seguidores. Pero el salto empieza cuando después de ese año empiezo a trabajar en Televisión Española y en El País Semanal.

Antes de llegar al Betis estabas en el Mallorca

Seis años en el Mallorca con Gregorio Manzano.

¿Cómo empieza esa experiencia?

La experiencia en el fútbol empieza con Luis Aragonés en el año 2000, en el Mallorca también, y esa fue muy corta. Luego voy a trabajar a Granada con un corredor. Me acuerdo que una vez en verano me llamó Gregorio Manzano. Y yo estaba en la consulta en agosto y me llaman por teléfono y digo «¿quién es?» y responde que Gregorio Manzano y le digo que si es para darle consulta. No lo relacionaba y me dice «no hombre, que soy el entrenador». Y me dice que quiere conocerme porque lleva siguiendo mi trabajo desde hace años, que ha leído mis artículos en el Marca, ha oído a Paquillo Fernández hablar de mí, y me dice que ahora no tiene equipo pero que le encantaría que en el próximo equipo me fuera con él. Y eso fue en verano. Y en febrero del año 2006 destituyen Cúper en el Mallorca y llaman a Gregorio y me dice: «oye, Patricia, que tenemos equipo y trabajamos ya la semana que viene». Y ahí empecé los seis años con él. Así empezó, vamos. Lo más intensivo del fútbol.

Pero había habido psicólogos en equipos de fútbol antes en la liga española, ¿no?

Bueno, lo que se conocía en ese momento era la experiencia que tuvo Benito Floro en el Real Madrid.

¿Cuál es el trabajo que hace un psicólogo en un equipo de fútbol?

Bueno, los distintos psicólogos en un equipo de fútbol trabajamos de forma distinta. Hay a quien le gusta trabajar a pie de campo, pero yo tengo una forma distinta, trabajo en la concentración. La charla que monto con los dieciocho jugadores que vienen convocados está relacionado con el late motiv que tengamos en el partido. Y eso viene fruto de una reunión con el cuerpo técnico en el que hablamos de cuál es el histórico con ese equipo, cómo estamos jugando, si venimos de haber ganado, perdido, empatado y de ahí sacamos conclusiones, de si por ejemplo es importante trabajar la concentración porque últimamente nos despistamos, o si es importante trabajar para ser más competitivos porque hasta pasados veinte minutos del primer tiempo no nos metemos en el partido… Y en función de eso yo monto una charla muy visual, porque el jugador está acostumbrado a ver o a estudiar con lo audiovisual. Hago una charla en la que se trabaja esa variante psicológica de una forma muy rigurosa, porque no creo en un psicología que no esté basada en la ciencia. Se usan fichas de trabajo, juegos, poniéndoselo fácil al jugador. Tengo una charla muy participativa con los dieciocho, siempre en forma de U para que todos se puedan ver, donde se comparte lo que hacemos, y así semana tras semana.

Entonces primero tienes la charla con el equipo técnico con el que haces el análisis del histórico del equipo, del momento de la liga en el que estás, del equipo con el que te enfrentas… y luego preparas la charla con los jugadores. Y ahí acabas.

No, no acabo. A mí, después del partido, me gusta analizar las cosas positivas, aunque hayamos perdido. Analizar qué cosas volveríamos a repetir de ese partido, qué cosas haríamos exactamente igual, qué cosas haríamos de una forma distinta. Luego tengo un eje transversal todo el año con el que trabajamos cada semana cuáles son los objetivos para cada entrenamiento y cada partido, vamos trabajando pensamientos. Y a nivel particular, individual de cada jugador, pues los hay que vienen de una lesión y hay que trabajar unos aspectos psicológicos, otro que no está siendo un jugador importante y entonces hay que trabajar la autoestima, la seguridad y la confianza. Depende de cada uno, y de sus necesidades personales.

¿Y cuál es la respuesta de los jugadores frente a un psicólogo y frente a un psicólogo mujer?

Bueno, creo que a los jugadores les da igual que seas hombre o mujer; el jugador quiere tener enfrente un buen profesional que le ayude a trabajar las variables psicológicas que mejoren su rendimiento deportivo, independientemente de si es hombre o mujer. Si el jugador entiende que tú sabes de fútbol, o que tienes una noción de lo que va lo suyo, y que eso implica o da a entender que tienes empatía para entender sus problemas y hacer un trabajo serio, riguroso con ellos, los tienes ganados. En los dieciocho años que llevo trabajando en el fútbol de élite no he tenido nunca un problema con ninguno, al revés, me he sentido totalmente apoyada, respetada, para mí son mis compañeros y los jugadores saben que yo los quiero muchísimo. Cuando un periodista viene y me pregunta por los egos de un jugador me revuelve las tripas. Estoy cansada de los juicios de valor sobre los jugadores, y esa predisposición a pensar que como son personas que cobran mucho dinero existe el derecho a juzgar su vida, con quién sale o con quién no. Dejemos la vida de los jugadores tranquila, dejemos los juicios de valor, pidámosle simplemente que sean buenos profesionales cuando salgan a jugar o a entrenar y ya está.

Entonces no es un mundo tan machista como por lo menos parece desde fuera.

¿Y por qué parece que es un mundo tan machista? Nunca he tenido la sensación de estar en un mundo machista, no.

Lo digo porque cuando ha habido una fisio o alguna médica que ha intervenido en un partido, no los jugadores, evidentemente, pero sí el público muchas veces ha hecho algún comentario fuera de lugar.

Nosotros no, pero a la afición no la podemos controlar. Pero desde luego con el trato y el respeto que  he tenido con los jugadores y el cuerpo técnico me he sentido una más. He viajado con ellos en el autobús, he convivido con ellos en el hotel, y jamás he sentido una falta de respeto, al revés, he sentido un profundo agradecimiento por parte de los jugadores. Imagino que de los cientos de jugadores con los que he trabajado alguno seguro que no le gusta mi trabajo, pero mi sensación es de agradecimiento. Es más, con muchísimos de ellos, una vez ya no hemos coincidido en el equipo, he seguido trabajando a nivel individual. Siento agradecimiento y respeto, nunca he sentido un ataque machista, ni mucho menos. Igual vas en un autobús con muchos hombres y puedes oír un chiste, pero como si lo puedes oír en tu casa y lo cuenta tu padre o tu hermano, o sea, que no puedo tener una queja.

Fabuloso.

De verdad.

Contabas que te llama Gregorio Manzano para planificar una temporada, pero también te podría llamar un entrenador para sacar al equipo de una dinámica negativa o de una situación complicada.

Mira, eso me ha pasado también, pero no creo en ese tipo de trabajo. Alguna vez, cuando me han llamado para hacer de bombero he ido, pero no creo en ese trabajo. Creo que el psicólogo debe ser un miembro más del cuerpo técnico dado que el éxito deportivo depende de tu rendimiento y de cómo gestionas tus emociones. Si le preguntas a un jugador de fútbol o de golf de en qué medida su éxito depende de su cabeza, con toda seguridad te dirá que en un porcentaje muy alto. Igual que entrenas tu parte física también tienes que entrenar tu parte mental. El psicólogo del deporte debe estar desde el inicio de la temporada y empezar a trabajar en pretemporada aspectos tan importantes como la comunicación, la cooperación, el compañerismo, el conocimiento del grupo, el tolerar la frustración, el liderazgo, establecer un código de conducta… Todo eso hay que trabajarlo al principio, porque va a aunar al grupo. Si en pretemporada generas vínculos emocionales entre los jugadores, que aprendan a quererse como personas, no solamente como jugadores, va a ser mucho más fácil que luego se quieran ayudar, que quieran cooperar, que en los momentos difíciles se echen un cable. Para mí el psicólogo del deporte debe estar integrado desde un inicio.

¿Pepe Mel también te llama antes del inicio de la temporada?

Sí, Pepe Mel me llama desde un principio. Justo salgo del Mallorca, ya que se termina el contrato y Gregorio se va, y Pepe me llama a principio de la temporada y lo único que me dice es «mira, Patri, me han hablado muy bien de tu trabajo», y me dice por favor que me vaya a trabajar con él, pero me dice «solo hay una condición, y es que este año tenemos que subir sí o sí, no hay plan B». Y yo digo: pues plan A. Y al final subimos, así que me quedé también al año siguiente en primera, y ahí ya decido dejar el fútbol como miembro del equipo para dedicarme a los medios de comunicación.

¿Por qué?

Pues porque ahí ya había escrito mi primer libro Entrénate para la vida, y lo tenía que presentar. Y empiezo a trabajar en El País Semanal, y en La 2 de Televisión Española. Y porque me gusta mucho la divulgación sencilla de la psicología, porque era para mí algo muy importante. En Granada vi que en la radio no se hablaba de psicología. Entonces me dediqué a ir radio por radio presentando un programa a ver quién lo quería, a la COPE le gustó y estuve seis años en COPE Granada trabajando en un programa de divulgación. Yo creía que la divulgación de la psicología cotidiana, no la de los grandes trastornos, era importante y que no había. Además el fútbol en el alto nivel es algo muy sacrificado cuando tienes familia. Los seis primeros años de mis hijos no los viví. Estaba en el Mallorca. Tienes que viajar todos los fines de semana con el equipo, y organizar tu consulta. En ese momento ya empezaba a despuntar como psicóloga del deporte y me invitaban a los másteres, y no podía ir . Cuando te preguntan en enero si podrás ir en mayo tienes que decir que no lo sabes, porque no sé si juego jueves, viernes, sábado, no sé dónde viajo porque el partido no te lo fijan hasta casi quince días antes, no puedes organizar tu agenda, y llegó un momento en que quería estar los fines de semana con mis hijos, quería participar en congresos, y sobre todo me llamaba mucho la atención el divulgar en medios.

Porque lo simultaneabas…

Un entrenador o un jugador de fútbol se pueden permitir el lujo de no simultanear, pero un psicólogo no.

Porque no cobráis lo mismo, ¿no?

No. Nunca me han cesado en un equipo, he tenido esa suerte, en el momento en que te cesan si no tienes una carrera profesional al margen te puedes morir de hambre.

Pero lo que sí adquieres es una visibilidad muy grande.

Te da visibilidad, pero la visibilidad no te da de comer.

Desde luego.

Lo que te da de comer es el trabajo, yo con la visibilidad en las redes no como. Te lo digo porque me hace gracia. Imparto talleres los fines de semana y la gente me dice «me gustan más tus pósits que los talleres», y yo le digo que los pósits no me los paga nadie. El pósit está muy bien, a ti te encanta, pero yo vivo de los talleres y no de los pósits . Y tendré que compaginar… Y la gente enseguida que cuelgas algo que medianamente te genera un ingreso lo rechazan, y tampoco es eso.

Siguiendo con el fútbol, en una temporada a veces pasas rachas negativas o dinámicas muy malas…

Muy malas, las pasamos canutas… Bueno, gracias al Valencia nos pudimos mantener en primera división porque en el Betis estuvimos en primera diez partidos sin ganar, que eso es muchísimo. Yo no sé cómo no nos echaron, no lo entiendo. Entonces fuimos a jugar contra el Osasuna, y parecía que empatábamos y en el último minuto nos meten un gol, injustísimo, porque habíamos hecho un buen partido. Y ese partido no nos vamos a la calle porque los jugadores dijeron que ese día habíamos jugado bien, los pobres nos salvaron. El siguiente partido nos jugábamos el cuello, en casa, contra el Valencia y les doy una charla para cambiar la dinámica de la suerte, una charla muy chula. Y empezamos el partido y en el minuto 17 o 21 nos meten un gol y digo, «mecachis, 0-1». Y yo veía en el banquillo a dos jugadores, que eran Amaya y Ezequiel, que me miraban y me decían «Patri, tranquila, vamos a tener suerte», porque yo había hablado de la suerte, y yo los miraba y decía «madre de Dios, si confían ellos más que yo». Yo nos veía ya en la calle, y en el minuto 89 Rubén Castro mete un gol, y viene a celebrarlo conmigo a la banda y le digo «por Dios, Rubén, métete ahí dentro que tenemos que ganar», y en el minuto 94 ¡gol!, y la cara de Emery… Si podéis ver el gol por ahí, la cara decía «no puede ser lo que ha pasado». Ganamos 2-1 gracias al Valencia y a partir de ahí rompimos la racha y fuimos hacia arriba… pero sobre todo gracias al equipo que teníamos. Jugadores, cuerpo técnico, club, todos comprometidos. Fue increíble, parecía que celebráramos la final de Champions.

Aparte de que el Valencia vaya haciendo favores por ahí, que es lo que acostumbramos a hacer los valencianistas, ir salvando equipos… ¿qué haces tú para cambiar esa dinámica de diez partidos sin ganar, que son muchos?

Sí, sí son muchos. ¿Qué ocurre? Yo lo primero que hago es preguntar a los jugadores «¿oye, chicos, qué pensáis que está fallando?». Y en el fútbol hay un sentimiento de que cuando entras en una racha parece que no puedes salir de ella por tus propios medios… Yo trabajaba el locus de control interno, el ver en qué medida nosotros generamos el éxito o el fracaso, qué parte de la suerte depende de nosotros y cómo podemos crear oportunidades, trabajaba mucho en focalizar la atención en las cosas que hacíamos bien para no dar mucha vuelta a los errores, mantener un pensamiento positivo, pero es verdad que después de diez partidos cuesta.

También has trabajado con otros equipos no solo de fútbol, como el balonmano Antequera, o el CB Granada. ¿Qué diferencias ves con el fútbol? Con estos equipos, ¿el trabajo del psicólogo es diferente?

A nivel neuropsicológico hay una diferencia muy grande; en el balonmano el control mente-mano es mucho más sencillo que el control mente-pie, por lo que puedes trabajar muchas cosas respecto a visualización y concentración, y atención en jugadas, como puede ser un tiro libre en baloncesto. En la parte neuropsicológica es más fácil trabajar en balonmano y en baloncesto, pero en la parte de equipo es lo mismo. El deporte de equipo es lo mismo, porque son humanos.

¿Hay más presión en el fútbol que en el baloncesto o en el balonmano?

Hay más visibilidad y cuando hay más visibilidad hay más presión, porque la presión viene muchas veces por la sensación de que no estás cumpliendo con las expectativas. La gente te está criticando y los jugadores son humanos, y las críticas muchas veces son injustificadas porque solo se valora el resultado, pero la gente no sabe cómo entrenan, la gente no sabe lo que al jugador le importa, la gente no sabe cómo el jugador se entrega, saca la conclusión de que si no tiene un buen resultado es que no suda la camiseta, no siente el escudo, que habrá veces que pase, pero la mayoría de veces no es así. El jugador es un profesional como tú y como yo.

¿Entonces tu trabajo es diferente, independientemente de la presión?

No, es el mismo, porque la presión la traducimos en psicología como ansiedad, debido a la interpretación que tú estás haciendo de esos juicios de valor, y la ansiedad es un factor común en cualquier deporte.

También has trabajado con deportistas a nivel individual.

Sí.

Y eso sí que es diferente ¿verdad?

Es muy diferente, porque el deportista a nivel individual es mucho más controlador, es su escaparate. Tú ten en cuenta que en el fútbol cuando fallas siempre hay un compañero detrás intentando ayudar, la responsabilidad es más compartida y eso nos permite relajarnos un poco. Pero para el jugador de golf, de tenis, para el ciclista es más obsesivo con todo.

Cuéntanos un poco más del trabajo individual del deportista

El trabajo individual realmente es el mismo, porque lo que tú trabajas en el deporte de alto rendimiento son las variables psicológicas que afectan al rendimiento y ahí está, para todos igual, la presión, el miedo, las expectativas, la seguridad, la confianza, la concentración, la toma de decisiones… Para el deportista individual es lo mismo, pero tengo la sensación de que el deportista individual es un poco más sufridor, por esa sensación de que está solo. Es esa soledad de cuando acabas un partido y has perdido. En un deporte de equipo siempre hay un compañero que viene y te dice algo, ríes con alguien… Cuando pierdes un partido de tenis estás solo, hay que trabajar un poco más esa parte de soledad y esa atribución que tienen de culpa, la gestión de la frustración, mientras que en un equipo siempre hay un compañero para echarte unas risas en el vestuario.

A mí, que me gusta mucho el tenis, me fascina el control mental que tienen los tenistas de alto nivel como Rafa Nadal. El otro día contaba Carlos Moyà que su hijo le preguntaba que cómo podía ayudar a Rafa Nadal, si es el número uno del mundo. ¿Qué le puede aportar un psicólogo a un jugador que tiene esa fuerza mental como Rafa Nadal?

Pues yo creo que nada.

Te estás vendiendo muy mal.

Tengo que ser sincera. Una persona que ha ganado lo que ha ganado, con dolor, cómo se ha recuperado, cómo ha sido el número uno, cómo se ha lesionado, cómo ha vuelto otra vez… Yo creo que me tendría que sentar con Rafa Nadal y decirle «oye, ¿cómo lo haces? ¿Qué me puedes enseñar que yo pueda enseñárselo a otros?». Porque hay veces que uno elabora una serie de estrategias mentales que le convierten a uno en supercompetitivo, en positivo… Ese hombre ha desarrollado una serie de estrategias que seguramente serán como las que yo enseño, pero para mí sería muy interesante saber su manera particular de aplicarlo, para enseñárselo a otros. Aquí el aprendizaje es a la inversa, soy yo la que tiene que preguntarle a él cómo lo hace para poder enseñárselo a los míos.

A mí me sorprende que un tipo que ha ganado tanto y durante tanto tiempo tenga el hambre de seguir ganando. Recuerdo a Björn Borg, que se retiró porque estaba jugando un partido y se dio cuenta de repente de que ya no le motivaba el tenis.

Eso es importante, claro. Tú date en cuenta de que estar ahí requiere un esfuerzo y un sufrimiento altísimo, y el nivel de renuncias que haces en tu vida es enorme. Si te pones a contar los días en que Nadal está fuera de su casa son doscientos y pico. Si este hombre quisiera tener una familia y casarse con su novia de toda la vida y tener hijos sería complicado. Tú haces una serie de renuncias y trabajas con un nivel de dolor y con un nivel de esfuerzo altísimo, expones a tu cuerpo y a tu mente a una situación que no es nada natural. Y eso es porque lo que haces te apasiona. En el momento que pierdes la pasión tienes que irte. Yo imagino que Nadal sigue siendo competitivo porque le seguirá apasionando el tenis, y porque en su mente debe tener una serie de objetivos pues como Alonso. Alonso tiene el objetivo de la triple corona y sigue luchando por conseguirlo, pero si tú no tienes pasión por lo que haces y tus objetivos ya no te estimulan, entonces tienes que dejarlo.

La actitud, como decíamos antes, es muy importante. Pero por otra parte, este tipo de deportistas, como Rafa Nadal, nos ofrecen un camino de vuelta, proporcionan modelos de valor para la sociedad. Otro ejemplo es Vicente del Bosque.

Ese liderazgo tan bonito que tiene.

Ese liderazgo silencioso que ahora incluso se pone como ejemplo en las escuelas de empresas.

Hay un término del inglés que a mí me gusta mucho, que es el servant leadership, que es como el liderazgo al servicio de los demás, donde desparecen un poco las jerarquías, en el que tu liderazgo está sobre todo orientado al servicio del trabajador, no para hacer servir, si no para ser servicial. Y yo lo veo un poco en ese sentido, es un liderazgo tipo Teresa de Calcuta; estoy aquí para que tú seas mejor, no para que tú me sirvas a mí. Y a mí me parece que ese liderazgo silencioso, servicial, es el que es capaz de tener un respeto absoluto hacia la persona que tú diriges y con eso poder sacar lo mejor de la gente.

Pero un líder no silencioso no tiene tampoco por qué perder el respeto del equipo.

El respeto de un líder se mide por muchos criterios; primero por ser un modelo de conducta, segundo por el respeto que tiene hacia la persona, tercero por conocer a cada uno de los miembros del equipo, porque todos son distintos… Tú no los puedes dirigir igual, porque tienes que conocer a cada persona, no al trabajador o al jugador, que también, pero sobre todo a la persona, y saber adaptar tu estilo de liderazgo a cada uno. Hay gente a la que tienes que retar porque se viene arriba. Tienes que conocer a la gente, porque hay a quien le retas y le hundes. Para mí el líder que se gana el respeto es el que da argumentos, el que motiva, el que respeta, el que se comunica de forma amable, el que confía, el que delega, el que trata de sacar lo mejor de los suyos, el que empatiza, el que establece objetivos que son desafiantes… A mí un líder autoritario, que grita, que falta al respeto, me parece que pinta poco.

No me refiero a eso. Me refiero a una gestión más dura, no a una gestión silenciosa. Por ejemplo el Cholo Simeone no debe tener el mismo comportamiento que Vicente del Bosque, y es un líder excelente. ¿Depende entonces del líder?¿depende del grupo?

Depende las dos cosas. Por ejemplo, el liderazgo de Bielsa no encaja igual liderando argentinos que liderando aquí en España. Y se supone que es uno de los hombres que más sabe de fútbol, y la gente que ha trabajado con él dice que es el entrenador más brillante que han tenido en su vida. Cualquier padre o madre sabe que no se puede educar igual a un hijo que a otro, porque hay uno que necesita más tiempo de comunicación, hay uno que necesita un tipo de razonamiento distinto, y tienes que adaptarte al tipo de persona, al tipo de personalidad de la gente a la que diriges.

Y la gestión de un equipo y la gestión de una empresa tienen muchos puntos de encuentro.

Claro que tienen puntos de encuentro, porque una empresa es un equipo.

¿El trabajo de un psicólogo es parecido?

Pues yo creo que hay muchos valores que tú trabajas en el deporte que puedes trasladar a la empresa. Me hace mucha gracia que me llamen para trabajar y me digan: «vamos a enseñar a trabajar en equipo a la empresa». No, vamos a trabajar en equipo en la guardería y eso es lo importante, porque en la guardería no se trabaja en equipo, en el colegio tampoco, en la universidad tampoco, porque tú tomas los apuntes y son tuyos, y rara vez los prestas. Vivimos en un sistema educativo muy individualista, y luego queremos en la empresa empezar a trabajar en equipo, y eso es muy difícil, muy complicado. Trabajar en la empresa como equipo para que luego sea uno el que asciende, y ese quizá es el que le roba la medalla al otro. Igual tenemos que cambiar tantos valores en la empresa para luego educar en trabajar en equipo, que yo empezaría por una educación en valores que empezara por arriba. Porque cuando educas en valores a los trabajadores ellos te dicen «¿pero eso mi jefe lo ha escuchado?». Porque cuando educas en valores y luego el de arriba se carga lo que haces entonces no vale para nada. Para mí la base de todo es la educación en valores, y ahí está el trabajo en equipo.

Trabajar desde arriba con los jefes y desde abajo con los niños, para que luego sean futbolistas o empresarios, o lo que quieran ser.

Sí, pero para trabajar en equipo primero. Tenemos que olvidarnos de este individualismo que tenemos, que es muy potente, y que el sistema educativo lo potencia.

Te decía que a Vicente del Bosque lo ponen como ejemplo de coaching empresarial y me gustaría que me dijeras que te sugiere la palabra «coaching».

Bueno, como te decía antes soy una persona muy poco polémica, ¿que qué me parece el coaching? Pues mira, creo que habrá gente que haga coaching y lo hará de forma maravillosa, pero yo creo en la ciencia. Estudié en la Universidad de Granada, donde se estudia la psicología cognitivo-conductual y las terapias de tercera generación, y para nosotros todo aquello que no hayas probado y que hayas demostrado que funciona no existe. Para estudiar el comportamiento humano y la parte neurocientífica y las bases biológicas del comportamiento humano necesitas, cuando yo estudié, cinco años de carrera y luego un máster de dos años y luego un doctorado, como hice yo de dos años. Así que tras nueve años estudiando no creo que la calidad o los recursos o la empatía o el entendimiento de la persona que trabaja sea lo mismo que cuando haces un curso de seis meses o un máster de dos años. Y no quiero descalificar a nadie porque creo que hay coaches maravillosos, con herramientas muy prácticas que sacan cosas muy chulas, pero también creo que cuando la gente busca ayuda profesional en este sentido es gente muy vulnerable, que está en un momento muy crítico y que tiene que tener mucho cuidado en elegir a un profesional adecuado. En disciplinas como la nutrición, la psicología o la preparación física existe mucho instrusismo y se puede hacer mucho daño. Hay que creer en la ciencia.

Y no solo el coaching, sino también otras prácticas pseudocientíficas que entran en el campo de la psicología probablemente de forma más virulenta. ¿Cómo podemos luchar contra eso?

Bueno, creo que para luchar contra eso tienes que tener un colegio profesional detrás. Y que cuando vas a buscar a una persona la busques con un colegio profesional que avale que tiene una experiencia, y que detrás tenga unos estudios que avalen que esa persona tiene conocimientos. También habrá profesionales, como imagino en todos los sectores, que tengan muchos conocimientos y mucha carrera universitaria y que luego no sean muy brillantes, pero por lo menos como cliente tienes que buscar gente que te avale desde la parte científica. Para mí eso es importante, pero claro, la gente es libre de elegir. Igual hay alguien que va a uno que es entrenador de la mente y le va muy bien, pues qué vamos a hacer. No podemos ir portal por portal quitando todo lo que ponga psico- lo que sea. El otro día me preguntaron: ¿qué piensas del coaching transnosecual?, unos nombres que no tengo ni idea.

Hay uno que es coaching celestial..

¿Para los que van al cielo?

No lo sé, no he profundizado en el tema.

Para que te vayas tranquilo al cielo, no lo sé, igual eso es un cura.

Seguramente, debería serlo, si no entiendo que sería intrusismo. Tienes un libro que se titula Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas. Dime que el título lo pusiste para vender más.

No. El título es ¿Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas?. Es un interrogante.

Es verdad.

Mucha gente me dice «vaya título más machista». Y no, es una pregunta para que la gente reflexione. Simplemente son estrategias para que la pareja se lleve bien y el título tiene mucho que ver en por qué. Aunque tengas un padre feminista, como he tenido yo, aun así quieres tener una muñeca o vestirte de princesa. A mí mi padre no me hizo los agujeros cuando yo era pequeña, ni me regaló una muñeca en su vida. Hay una base biológica que explica por qué las mujeres elegimos según qué cosas, aparte de la base educacional. Hay parte biológica que explica muchas cosas y luego la mayor carga está en la educación, ¿por qué todos los niños quieren ser futbolistas? ¿por qué a pocos les da como al mío por hacer esgrima? Algo hay, es esa reflexión, era un título que invitaba solo a la reflexión.

En ese libro tienes un capítulo que dice «¿Los hombres estamos más predispuestos al sexo?». Dime sí o no porque se nos acaba la entrevista.

Sí.

Vale.

Sí, porque…

No, no. No lo cuentes, que lean el libro.

Porque tenéis más niveles de testosterona.

Yo creo que vamos a ir acabando pero no me resisto a irme sin preguntarte por tu afición por los pósits. ¿Por qué en todos los vídeos aparecen tus pósits con dibujos?

Yo creo que soy una adicta a todo lo que sea papelería; rotuladores, fosforitos, pósits… Y un día me dio por poner un pósit en las redes sociales y desde entonces. Porque si me preguntas «¿cómo eres Patri?», fácil, soy una mujer fácil, me gustan las cosas fáciles, y las frases en los pósits me parecen fáciles. Me parece que resumen mucho en una sola frase, y como me encanta rotular y combinar, es como un ejercicio de meditación. Los pósits a mí me permiten meditar. Y luego veo que a la gente le gusta, hay ese feedback y como todo lo que refuerza lo repites me reforzaron un pósits y me quedé ahí enganchada. Me quedé enganchada a los pósits.


Oneirodinia

Autor: Henry Robinson (DP)

A ese año maldito se le conoció como el año sin verano.

La luz mortecina del crepúsculo londinense teñía de un amarillo espeso la bruma que asfixiaba la ciudad, virando a un morado fúnebre con los últimos rayos del atardecer, que atravesaban a duras penas el velo de cenizas que cubría el sol escondido tras su manto translúcido. Las partículas volcánicas más finas generaban singularidades ópticas en el ocaso de la metrópoli. Los gases de azufre del lejano volcán habían cubierto el cielo durante los últimos meses, y los adoquines se cubrían de una extraña nieve de cenizas grisáceas. Los temporales de nieve y hielo asolaban el país, y los empobrecidos habitantes perseguían las escasas ratas y perros que se escondían en los recovecos de los edificios. El ganado había muerto y las cosechas habían sido destruidas, causando hambrunas en toda Europa, y multiplicando las epidemias de tifus y cólera por doquier.

Un año antes, John William Polidori se graduaba como el más joven médico de la Edinburgh Medical School. Tenía solo veinte años, y se sentía fascinado por los trastornos relacionados con el sueño y por sus estados de trance. Polidori leyó su tesis sobre el sonambulismo en 1815, estudiando las enfermedades relacionadas con el sueño y los estados semiconscientes de animación suspendida. La había escrito en latín, según los requisitos de su universidad para alcanzar el grado de médico. Ciento noventa y cinco años más tarde aquel documento sería por fin traducido al inglés.

Polidori estaba convencido de que el sonambulismo era consecuencia de la aflicción del cerebro. Estaba seguro de que los órganos de los dormidos eran capaces de responder, que sus ojos eran capaces de ver y que sus oídos no habían perdido la capacidad de oír. Por el contrario, sus contemporáneos de aquella época lejana convenían en que el poder secreto del alma inmortal suplía las necesidades de la percepción; los sonámbulos no necesitaban ni sus ojos ni sus oídos para sentir. Eran, según ellos, incluso capaces de realizar funciones con precisión sin utilizar el cerebro, guiados tan solo por el alma.

Erasmus Darwin, el abuelo del gran naturalista inglés, estaba convencido de que se trataba de una enfermedad de la voluntad, y como tal lo explicaba en el segundo volumen de su gran obra, Zoonomia, donde ya atisbaba los principios de la teoría de la evolución, para disgusto de su nieto. Erasmus, como Polidori, también defendía que el sonámbulo tiene los nervios vivos y que puede percibir sensaciones.

Pero aparte de profundizar en los conocimientos de los estados del sueño, Polidori tuvo, además, la posibilidad de aprender de grandes profesores que han pasado a la historia de la neurociencia, como Alexander Monro, o Charles Bell, configurándose así como uno de los grandes conocedores de los entresijos del conocimiento del cerebro de la época decimonónica.

Pero John Polidori no ha pasado a la historia por sus descubrimientos médicos.

Sería el año de la catástrofe del volcán cuando George Gordon «Noel» Byron, más conocido como Lord Byron, contrataría a Polidori como médico personal para acompañarlo por sus viajes por Europa. Entre sus múltiples tareas, el médico debía evitar que el poeta maldito enfermara por su abuso del alcohol y de los laxantes, que consumía compulsivamente para alimentar a su voraz anorexia. Como contraprestación, Byron pagaría doscientas libras al año al doctor.

Polidori y Byron viajaron a Ginebra el aciago verano volcánico. Se alojaron en Villa Diodati, a las orillas del lago Leman. Durante ese estío maldito las tardes húmedas y plomizas los obligaron a resguardarse en las profundidades de la elegante villa suiza. Y fue allí donde Polidori conoció a la joven Mary Wollstonecraft Godwin y a su amante, Percy Bysshe Shelley. Los veraneantes, confinados en la mansión, se entretenían durante aquellas tardes brumosas y tormentosas imaginando historias fantásticas y leyendo pasajes traducidos al francés de la Phantasmagoria germánica, entre sorbos de láudano.

Mary Wollstonecraft Godwin, a la postre Mary Shelley, con tan solo diecinueve años, escuchaba el erudito discurso del poeta, pero sobre todo le fascinaban los profundos conocimientos del doctor Polidori, que relataba con pasión cómo se entremezclaba la consciencia con el trance en los estados alterados del sueño, mientras Byron y Percey se entusiasmaban con los avances de la electricidad descritos por Benjamin Franklin. Todos ellos presentían que los últimos descubrimientos médicos podrían anticipar el principio del fin de la muerte y, apiñados en torno al fuego, discernían las intimidades de la naturaleza del principio vital.

Y fue allí donde Mary empezó a maquinar inconscientemente los andamios de su engendro, fusionando, como en un puzle macabro, las piezas referentes a las alusiones a extrañas máquinas eléctricas con las nociones más románticas de la fisiología del cerebro. Mary escuchaba a sus compañeros de verano, rescatando sus lecturas científicas, y devolviendo a su mente detalles precisos de los escritos de Erasmus Darwin o de Humphry Davy.

L. Galvani, De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, cum J. Aldini dissertatione et notis. Acc. epistolae ad animalis electricitatis theoriam pertinentes, 1792.

Fue durante aquella tarde de un junio disfrazado de noviembre cuando Mary y sus compañeros entendieron que la electricidad iba a resultar ser el elemento clave. Aquellos lejanos estudios de Luigi Galvani que relataban sus compañeros permitirían prender la chispa divina de la vida. En los experimentos del médico italiano las patas seccionadas de las ranas muertas llegaban a saltar como si estuvieran vivas. Tan solo una descarga eléctrica atmosférica procedente de un rayo de tormenta parecía obrar el milagro. Solo hacía falta eso. Y un cuerpo. O un órgano.

Galvani había asegurado que la electricidad era el jugo vital que fluía desde el cerebro a los nervios, y de ahí a los músculos. Y había argumentado que no hay una diferencia sustancial entre la electricidad artificial y la electricidad que reside en la fisiología de los animales. El fin de la muerte parecía estar cerca.

Y todavía mejor. El sobrino de Galvani, el también médico Giovanni Aldani, había alcanzado el siguiente nivel. Aldani había realizado experimentos con cabezas frescas de cadáveres utilizando una máquina de su invención. Los reos recién decapitados en la Piazza Maggiore parecían volver a la vida por un momento tras el milagroso chasquido eléctrico. Tan solo había que conectar la oreja con la boca y pasar justo después una corriente eléctrica. El resultado era prometedor; la mandíbula se movía y, con un poco de suerte, los ojos se abrían oteando la estupefacción de los experimentadores desde la bruma de un más allá plagado de sombras de espíritus.

Contaban que Aldani había conseguido por fin llevar a cabo el experimento definitivo; el simulacro de la resurrección de un cadáver de cuerpo entero. Para ello tuvo que abandonar su Italia natal y viajar a Inglaterra, donde tenían la sana costumbre de ahorcar a sus reos, en vez de guillotinarlos. El clímax ocurrió un 17 de enero de 1803 en el Royal College of Surgeons. El sentenciado tenía tan solo veintiséis años. Su falta había sido matar a su mujer y a su hijo. Su nombre era George Forsters. Aldani manipuló con cuidado el cuerpo del ejecutado, conectando ciento veinte placas de cobre y zinc. Inmediatamente después hizo pasar una corriente eléctrica que hizo que los músculos de la cara del muerto se contrajeran, que hiciese muecas, e incluso que abriera el ojo izquierdo. Para finalizar el espectáculo, conectó la oreja con el recto y aplicó de nuevo una intensa corriente eléctrica. Los brazos del fallecido golpearon con fuerza la mesa mortuoria en un espasmo funesto, mientras los pulmones simulaban respirar, y la boca resoplaba apagando incluso las velas encendidas que ponían a su alcance.

Años después el químico escocés Andrew Ure realizó experimentos similares en Glasgow, conectando la médula espinal con el nervio ciático de otro ejecutado, pero doblando la potencia eléctrica utilizada por Aldani. El resultado resultó ser un baile siniestro del muerto, en donde todos los músculos se agitaron, sufriendo movimientos convulsivos que se asemejaban a un estremecimiento por frío, produciéndose algo parecido a una respiración completa, y generando una expresión en la cara del cadáver que combinaba todos los sentimientos, desde la rabia a la angustia, y de la desesperación a la sonrisa desgraciada. Algunos espectadores de tan tétricos espectáculos llegaron a creer que los ejecutados iban a volver a la vida, otros se desmayaron por la impresión, y los menos osados huyeron despavoridos.

Ambos científicos prometieron a las generaciones venideras restaurar la vida. La única duda que ensombrecía sus avances era si los esperados desenlaces de la resurrección podrían ser contrarios a la ley.

De todo aquello discutieron los veraneantes en la villa suiza de aquel lejano y tormentoso junio, conduciéndoles inconscientemente al convencimiento de la posibilidad de transgredir la última de las fronteras de la ciencia. De aquellas conversaciones a las que atendía con entusiasmo la joven amante de Percey surgió la ensoñación nocturna con la que nació el nuevo Prometeo.

Y de aquellos sueños literarios del verano maldito que siguió a la gran erupción volcánica hemos terminado por comprender que la chispa que enciende nuestras áreas cerebrales y que posibilita los pensamientos y las ilusiones reside íntimamente en la electricidad. Y todo ello lo imaginó Mary antes de que existiese una comprensión clara de la neurotransmisión y de la neurofisiología del cerebro.

De todos los límites que nos ofrece la ciencia, todavía se nos resiste la posibilidad de transgredir esa frontera definitiva que permita la resurrección de un cuerpo inerte.

Galvani, Aldani y Ure jugaron a ser nuevos dioses. Mary Shelley y John Polidori, en aquellas noches fantasmales a orillas del lago, intentaron adivinar las consecuencias de la más osada aventura que el ser humano ha conseguido imaginar. Hoy, doscientos años más tarde, seguimos sin conocer si ese límite alguna vez será traspasado. Y tal vez eso sea una fantástica noticia.


Pablo Jiménez Burillo: «Ya no vamos a los museos como quien va a la escuela, vamos a pasarlo bien»

Nos encontramos con Pablo Jiménez Burillo (Madrid, 1955) en su oficina de la sede de la Fundación Mapfre en el paseo de Recoletos, en pleno epicentro madrileño del circuito de arte, donde nos cuenta el papel que ha jugado su fundación en la oferta cultural de la capital durante los últimos treinta años. Pablo Jiménez Burillo es caballero y oficial de la Orden de las Artes y las Letras de la República francesa, y uno de los personajes más influyentes del panorama expositivo de nuestro país. Fue director de traducciones del Diccionario Larousse de la pintura, y ha colaborado desde el año 1977 escribiendo sobre arte en infinidad de medios generalistas y suplementos culturales. Desde 1991 dirige los proyectos y exposiciones que se realizan en la fundación y en 2006 fue nombrado director general del Instituto de Cultura. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte y de la Comisión Directiva de la Asociación Amigos de Arco. La conversación transita pausada centrándose fundamentalmente en la franja temporal pictórica que recorre el periodo de finales del XIX a principios del XX.

Estamos en el Palacio de la Duquesa de Medina de las Torres, en el paseo de Recoletos, 23. ¿Desde cuándo estáis aquí?

Llevamos, yo creo, unos diez u once años.

Antes estabais en la avenida del General Perón, en Azca, ¿seguís también allí?

No, ya no funciona como sala, ya no es nuestra. Pero sí, allí empezamos hace treinta años, empezamos en el 88. En principio aquí tenemos lo que es pintura y escultura y una sala solo para fotografía, y luego una sala en Barcelona donde alternamos las dos cosas.

¿Y cuál fue el motivo de veniros aquí? Porque estáis a poco más de un kilómetro del Thyssen y del Prado. Entiendo que la idea es aproximarse a la milla de oro del arte de Madrid.

Hombre, y porque la actividad cultural de Madrid se vino hacia el sur. Hace treinta años estaba el BBVA, La Caixa en la Castellana y, poco a poco, toda la actividad se vino hacia el sur, y no solo el eje de Recoletos, sino también el Matadero ha tirado la cultura hacia el sur. Teníamos la oportunidad de este edificio de Mapfre que se quedaba vacío y entonces decidimos que era el momento de venir.

Además este edificio tiene muchas más posibilidades que la sala de Azca, es un edificio mucho más grande.

Sí, este tiene más posibilidades. Es completamente distinto. Yo me había pasado media vida explicándoles a los museos que lo nuestro era un concepto muy japonés, lo de tener una sala en un centro comercial. Es verdad que una vez hicimos una exposición y creo que el New York Times nos sacó una crítica que decía «It´s amazing». Es sorprendente, la mejor exposición de PhotoEspaña no está en PhotoEspaña, sino en un centro comercial enfrente de un estadio de fútbol [risas]. Es rigurosamente cierto.

Rompiendo los esquemas.

Pues es verdad. Y además empezamos también de una manera bastante modesta, haciendo algo que a nadie le interesaba mucho, que era la pintura de finales del XIX y principios del XX, y, bueno, pues poco a poco hemos ido creciendo.

¿No interesaba la pintura de esa franja temporal?

El otro día un catedrático de universidad de mi edad me decía: «Es que la pintura del siglo XIX no nos gustaba nada». No os gustaba nada a vosotros [risas], a mí sí me gustaba. Yo era muy raro, pero a nadie le interesaba. Nosotros hicimos la primera exposición que se hacía de Romero de Torres desde la anterior, que la había hecho en vida. Nosotros hicimos la primera exposición de Sorolla desde la exposición que se había hecho en la testamentaría. Quiero decir, era un tipo de arte que no le interesaba a nadie. A la gente le interesaban las vanguardias, también era normal, era una época en la que todo el mundo quería ponerse al día, quería saber lo que se hacía en el mundo, quería ver cosas que nunca se habían visto. En el mundo, en general, era un periodo que no interesaba. La verdad es que el gusto ha cambiado mucho. Realmente es un tipo de pintura que hace veinte años interesaba muy poco y que ahora interesa mucho. Ahora hay una manera completamente diferente de verlo.

Hablando de Sorolla, hace poco habéis hecho una exposición suya.

Sí, hace poco hicimos una exposición de Sorolla en Estados Unidos. Pero sí, esto antes no estaba. El arte español era el arte homologable con las vanguardias internacionales. Hoy en día podemos hablar de nuestras peculiaridades, nuestra peculiar manera de llegar a la modernidad, como pueden hacer también los italianos o pueden hacer los belgas. Hay una manera distinta de entender el mundo moderno, no es una sucesión de vanguardias. Por ejemplo, ahora hemos tenido una exposición de Derain, Balthus y Giacometti, pero, si tú coges un libro de historia del arte, cada uno de ellos tiene un capítulo distinto. Sin embargo, en la vida real eran amigos y tenían intereses comunes; lo que pasa es que al poner las obras juntas resulta que tienen mucho que ver, pero en un libro de historia del arte nunca los pondrías juntos. Eso quiere decir que ha cambiado nuestra manera de ver el arte y hay una manera mucho más generosa ahora. Somos capaces de disfrutar más. Vamos a ver exposiciones menos para aprender y con más ganas de disfrutar.

¿Qué hemos cambiado en este tiempo para pasar, desde hace unos cuantos años, de estar mirando solamente las vanguardias a tener una visión más panorámica del arte?

Yo creo que ha cambiado el tema del disfrute. No nos mueve tanto la curiosidad ni las ganas de saber como las ganas de pasarlo bien, es una diferencia notable. Ya no vamos a los museos como quien va a la escuela, sino que vamos a los museos a pasarlo bien, a tener una experiencia personal, a divertirnos, a disfrutar. Yo creo que eso es importante. Y luego, cada vez más —y eso es parte del mundo en el que vivimos— nos fiamos de nuestro propio criterio y somos capaces de tener opinión. Hace quince años era impensable ir al Museo del Prado y decir: «Si es que Goya es muy feo» [risas].

Pero se puede decir.

Se puede decir. ¿A ti te ha gustado el Guernica? Pues se puede decir que no, que es un cuadro muy triste y que no te gusta.

¿Eso significa que estamos más educados? ¿Tenemos más cultura en el arte para buscar ese disfrute que antes no buscábamos?

Hombre, yo creo que también el mundo ha cambiado. Tenemos menos sentido de la autoridad, en general. Vivimos en un mundo en el que somos capaces de poner en duda a veces las sentencias de los jueces, lo que dice el médico… ¿Cómo no vamos a poner en duda lo que dicen los museos?

Sí, incluso usamos internet para poner en duda los diagnósticos médicos.

Por desgracia, últimamente he sido muy usuario de los médicos, y a veces oyes conversaciones en las que la gente no está de acuerdo con el diagnóstico. Y tú piensas: «¿Es que usted es médico?». No. Pues ese es el mundo en el que vivimos. El arte forma parte del mundo, no es algo que esté fuera. Hemos perdido ese criterio. Pero no solo en el arte, sino que el arte ha impulsado eso. Quiero decir, el arte realmente es el motor de eso, del mundo en el que vivimos. Es un mundo que ya anunció el mundo de las vanguardias. Este mundo en el que parece que todo es fantástico porque no hay fronteras. En vez de ser una sociedad fraternal, que es de lo que se trataba, es una sociedad en la que todos somos iguales porque todos somos consumidores. Es un mundo de consumo compulsivo, es el mundo de las vanguardias, en el que hay que ser distinto continuamente para poder seguir estando vivo. Es el «principio Picasso», es el mismo principio que el del presidente de una compañía. Hoy en día te planteas lo mismo que se planteaba un barbudo de finales del siglo pasado que escribía en una buhardilla en el barrio de Montmartre o de Montparnasse. Hay que cambiar continuamente para poder sobrevivir en este mundo. ¡Eso es el arte! Es que el arte no solo refleja la sociedad, sino que la refleja mucho.

Fíjate en que nos estás dando dos perspectivas del arte. Al principio has empezado diciendo que nosotros habíamos cambiado la capacidad de disfrute en una sala, pero por otra parte estás diciendo que es también agitación. Entonces, ¿qué papel debe cumplir el arte? ¿El de agitar, el de hacer disfrutar? ¿Todos? ¿Ninguno?

Todos. A mí la gente me dice: «Es que no entiendo el arte contemporáneo», y yo les digo: «¿Y entiendes el mundo contemporáneo?» [risas]. Es que no es algo que esté fuera de la realidad, es una parte más de la realidad. Hay un arte que uno nunca pondría en el salón de su casa, como Saturno devorando a sus hijos, pero nadie dudaría de que es una obra impresionante. Al final en el arte no hay una cosa, no sé cómo decirlo, el arte juega muchos papeles distintos al mismo tiempo. Hay artistas que provocan y hay artistas que complacen. Como el mundo mismo. Es decir, no es una cosa, es una parte del mundo, es una expresión, es una manera de expresarse y, como manera de expresarse, hay quien es agresivo, hay quien es pacífico… A mí lo que sí me parece fascinante es esa historia de cómo las vanguardias realmente consiguen prefigurar lo que es el mundo, de cómo el ejemplo Picasso no es un estilo, no hay un estilo, sino que Picasso es una sucesión de estilos, es una empresa de hoy en día. Y yo creo que por eso las grandes compañías son los grandes mecenas del arte contemporáneo. Se deben sentir los presidentes perfectamente reflejados en ese mismo vértigo de estar continuamente en la necesidad de cambiar.

La misma capacidad disruptiva que deben tener las empresas la equiparas a las vanguardias.

Claro. Es que eso era la vanguardia. Hay que cambiar continuamente. No hay que insistir. Mire, es que si yo saco un teléfono móvil y no vendo tantos los primeros quince días… ¡Fuera! Es que eso es Picasso.

¿Cuál es el papel de la educación en todo esto? Es decir, estamos hablando de que probablemente tengamos un mayor nivel cultural que nos permite tener otra visión del arte. ¿El arte se educa?

A ver, yo creo que el arte es una parte de la cultura. La cultura no es algo que se aprende, es algo que está en la sociedad, y que siempre juega de una manera compleja. Nosotros estamos en un mundo muy complicado, con dos maneras de entenderlo que hacen un poco crisis. Por un lado tenemos el modelo que viene del siglo XVIII, de la educación, de la igualdad, de que todos tenemos los mismos derechos y unas leyes por las que todos nos regimos. Y luego tenemos el Mayo del 68, del que ahora ha sido el cincuenta aniversario, y que dice que lo importante es lo auténtico, lo importante es saltarse las reglas, lo importante es romper con ese modelo que nos hacía a todos iguales. Esa es la crisis, y ahí ¿cómo se educa? Mire, es que ya no sabemos si lo importante es ser auténtico o si lo importante realmente es llegar a tener esa educación universal, reglada… Ya no tenemos esos conceptos de autoridad que tenía el profesor, pero es que tampoco los hemos sabido sustituir. Hoy en día la cultura es algo mucho más diverso, está en otro sitio, se genera de otra manera, en la que ya hemos perdido en el mundo en el que vivimos ese sentido de las jerarquías… Todos lo sabemos, en los medios de comunicación, en las editoriales. En los medios de comunicación, para que una noticia saliera tenía que pasar muchos filtros. Y eso se valoraba. Cuando no hay tiempo de poner filtros, eso es nuestra cultura. Ahora todo llega al mismo tiempo, todo llega sin jerarquías.

¿A ti cómo te llega el interés por el arte? ¿Es familiar o es aprendido?

Bueno, yo tuve la suerte de vivir en París de niño. Yo viví un París muy divertido, porque mi padre era periodista y mi madre era muy católica. Entonces, por un lado íbamos a la misa en español con todos los obreros y las Conchitas, mi padre se quedaba fuera, y por otro lado venían a cenar a casa Arrabal y todos los pintores de entonces. Los pintores formaban parte de mi mundo, íbamos a los estudios… Yo recuerdo con seis o siete años que estaba dibujando para el colegio unas manzanas, y un pintor que andaba por casa me dijo: «Nunca olvides que las manzanas se pudrirán y lo que quedará es tu dibujo».

Y de esa forma te hacían pensar.

Estabas con gente de arte y te dabas cuenta de que eso del arte es muy interesante. Te daba un punto de vista que era completamente distinto. Y luego era divertidísimo, porque ibas con ellos al estudio y de pronto te ponían en un rincón a pintar no sé qué. Yo entré en ese mundo que siempre me interesó, pero, vamos, yo de formación estudié Filología.

Sí, eso te quería preguntar. He visto que tienes una especial relación con Francia, y además has sido nombrado Caballero y luego Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de la República francesa.

Sí, yo he sido petit Espagnol.

Pero has progresado.

A mí, un día en clase me dijo el profesor: «C’est comme les petits Espagnols qui ont découvert l’Amérique».

Sí, algo hemos hecho los españoles.

Éramos les petits Espagnols. Mi madre, que tenía un acento muy fuerte, no se atrevía a preguntar nada por la calle porque no le contestaban, nos hacía preguntar a nosotros. Era un país muy muy duro entonces. Así que pasar de ser petit Espagnol a ser Oficial… Es verdad que también era muy agradecido. Yo iba a l’école del barrio, y jamás nadie me preguntó si mi padre era un refugiado político, si trabajaba para la embajada, si éramos del régimen… A nadie le interesaba, para nada. Lo único que les interesaba era que si tú estudiabas eras un enfant de la Republique. Era una lección no sentirte responsable de lo que habían hecho tus padres.

No está nada mal eso.

Como lección no está mal. Y el pertenecer a algo, si tú estudiabas y te esforzabas, pertenecías a una sociedad que estaba más allá, porque al final de curso venía la orquestina de la banda municipal y nos tocaba La Marsellesa a nosotros. Y a mí, que era muy bueno, me parece que era el primero en Matemáticas, me llamaban y me regalaba unos libros el concejal por ser el primero. Entonces tú sentías que pertenecías a algo.

Es la cultura de premiar el esfuerzo, tan en duda en los últimos tiempos.

Sí, de premiar el esfuerzo. Te premiaban con unos libros y sentías que pertenecías a algo. Y no importaba si eras del régimen o si no eras del régimen. Eso era realmente fantástico.

¿Cómo es el protocolo para ser nombrado oficial?

Bueno, pues como son para estas cosas los franceses… Primero tienes que ser caballero. Y tú puedes elegir quién quieres que te imponga tu medalla. A mí me dejaron hacer una recepción en la embajada. Y te dejan invitar a tus amigos. Los franceses lo hacen así. Das un discurso y te imponen la orden. Eso los franceses lo hacen muy bien. Luego, hace unos años, en julio, me llama el embajador y me dice: «¿Te puedo pedir un favor? Es que hacemos oficial a Juan Luis Cebrián y hemos abierto el cajón y no tenemos medallas… ¿Tú nos prestarías tu medalla?».

¿En serio? ¿Y le dieron la tuya?

Me dijo: «Mira, es que hemos pedido más a Francia, pero no estamos seguros de que lleguen a tiempo».

Lo que seguramente no sabe Cebrián es que su medalla también puede ser temporal para él…

Yo conozco a Cebrián de cuando era niño, porque los padres de su primera mujer, que entonces era su novia, eran vecinos míos en verano. Así que yo conozco a Juan Luis porque venía los veranos. Y dije: «Vale, yo presto la medalla, pero tenéis que invitarme».

Como contraprestación.

Pero al final no hizo falta. Me avisaron de que había llegado una medalla a tiempo y me devolvieron la mía. Así que en la entrega le dije a Juan Luis «¿Sabes por qué estoy aquí? Porque la medalla que te iban a dar era la mía» [risas].

¡Qué bueno!

La verdad es que sí. Y luego los franceses cuando vas a Francia te lo miran, para ellos es muy importante.

Empezaste en el oficio del periodismo, pero también eres filólogo, ¿no?

No, yo no soy filólogo, yo no terminé la carrera, ahora que eso se mira tanto [risas]. Te lo digo abiertamente. Yo no terminé porque me puse a trabajar. En una época me dediqué a vender tesinas, pero nunca terminé la carrera.

¿Y cómo un proyecto de filólogo acaba como director general de un instituto de cultura?

Fíjate, yo estudié en el liceo francés. Y en el liceo francés estrenamos por primera vez en el mundo una obra de García Lorca que nunca se había estrenado y que por supuesto estaba prohibida en España en el año 75. Estaba Franco todavía vivo, se llamaba Así que pasen cinco años. Entonces yo era el protagonista y actuaba una hija de Plácido Arango, actuaba Nacho García Vega, que luego fue miembro de Nacha Pop, actuaba un hijo de Gil Parrondo, vamos, un poco lo que era el liceo francés. Entonces tuvimos un éxito de prensa absolutamente brutal. Porque, oye, estrenábamos una obra de García Lorca que estaba prohibida en España, era la première. Y además invitamos a Dámaso Alonso y a Gerardo Diego, que vinieron, y tuvimos un éxito realmente brutal. Y al cabo de unos seis o siete años, cuando la obra se estrenó en una compañía profesional, Jesús de la Serna que estaba en Informaciones, me dijo: «Ya que la estrenaste tú, ¿por qué no escribes un artículo para el suplemento de Informaciones?». Tenía diecinueve o veinte años, y escribía una doble página en Informaciones, que entonces era el medio de prestigio, y a partir de entonces me dediqué a escribir en los periódicos.

Por otro lado, yo traducía para Planeta, dirigí la traducción de la Larousse de la pintura. Estuve cuatro años traduciendo, con lo cual he aprendido bastante, incluso a Larousse les dije que faltaba Antonio López, en fin, y les pedí que me dejaran meter cosas españolas y las metí. Al final, por un lado escribía en los periódicos de lo que fuera, fundamentalmente de cultura, por otro lado traducía y sabía de arte, y entonces me contrataron para hacer entrevistas, que se me daba muy bien, e hice entrevistas para Época y para los sitios más diversos. Me contrató una revista de arte para hacer entrevistas, pero yo antes era muy pobre [risas]. Por ejemplo, no tenía teléfono y entonces hacer entrevistas era muy complicado, tenía que bajar a la calle, llamar al señor, hacer la cola en la cabina, el señor a veces no estaba, y me decían que llamara dentro de media hora, y entonces pensaba que no iba a subir a casa para luego bajar a la media hora. Un día en la revista me dijeron que había fallado no sé quién, que se había puesto enfermo, y me preguntaron si yo haría una crítica de arte. Yo escribía de lo que fuera, y luego me dijeron que por qué no hacía más crítica de arte. Porque al final es un trabajo muy fácil, tú vas a ver una exposición, dices que es muy bonita o es muy fea [risas], eso si sabes un poco. Y al final terminé en ABC haciendo el suplemento de las artes con Catalina Luca de Tena; estando ahí yo asesoraba a una galería de arte, y el director de la galería un día me dijo: «Me han nombrado director de la fundación que va a abrir Mapfre, ¡vente conmigo!». Y me fui con él. Y luego este se marchó y me quedé aquí de director de proyectos.

¿En qué año?

En el año 88.

¿Y qué has aprendido? ¿Qué aptitudes tienes que desarrollar para dirigir una fundación?

Hacer exposiciones es un oficio muy raro, vives continuamente en un avión, viajas continuamente, tu trabajo consiste en que te presten obras, en pedir obras… Luego es un trabajo en el que tienes que ser muy humilde, es muy importante aprender a mirar, a no tener prejuicios para poder mirar de una manera honesta las cosas. Y de pronto decir: «¿Y por qué no Romero de Torres?». Yo, un día, vi que se subastaba en Londres un Burne-Jones y se pagaba una barbaridad. Y yo pensé: «Pero si no es tan distinto a Romero de Torres». Para eso tienes que tener muy pocos prejuicios, esa es la única manera. Porque, si no, lo que haces es muy intercambiable. Yo lo que más valoro de lo que hemos hecho aquí es haber tenido un punto de vista más personal. También nos lo podemos permitir porque somos una fundación, nosotros no tenemos la obligación de explicar lo qué es el arte español del siglo XX o XXI. Eso lo que tiene que hacer el Reina Sofía. Ni tenemos una gran colección, ni tenemos que hacer cosas alrededor de la colección. Nuestro papel es un poco de animadores del panorama, vamos a introducir un punto de vista distinto, vamos a plantear cuestiones que no son tan evidentes o vamos a hacer cosas que, por la razón que sea, los museos no pueden hacer.

O sea, que siendo una fundación puedes tener un poco la libertad de hacer lo que quieras.

Hombre, claro, yo entiendo que, si tú eres el director del Museo Nacional, tú tienes una obligación, y durante el tiempo que estés el arte español va a ser la imagen que tú le des, y tienes la responsabilidad de promover a los artistas españoles fuera de España, y de organizar exposiciones para intercambiarlas con otros proyectos. Eso es parte de tu responsabilidad, enseñar en una colección lo que es la historia del arte español del siglo XX, y es una responsabilidad importante. En el Thyssen tú tienes un patrimonio importante que poner en valor, tienes una colección. Nosotros no la tenemos.

Pero la decisión de promover el arte español es una decisión propia de la fundación. No viene impuesta, ¿no?

Yo es lo que planteo. A principios de los años noventa aquí el panorama era que, por un lado, estaba Carmen Jiménez, María Corral, el entusiasmo por las vanguardias, por lo internacional… Y yo no iba a competir con eso. Se acababa de abrir el Reina Sofía como un gran centro de exposiciones, no era museo todavía, era un gran centro de exposiciones. La Caixa, con María Corral, hacía unas exposiciones interesantísimas, traía lo mejor que había en ese momento en el mundo. Y yo no voy a entrar aquí a darme de codazos. Sin embargo, hay una parte del arte español que es justo el principio de nuestro mundo moderno, que está por revisar y no es algo que esté fuera. Ahí se plantean por primera vez nuestras contradicciones, y se plantea esa idea de qué es ser moderno y de cómo romper con el pasado, de cómo reincorporar el pasado. Pues todo ese tipo de problemas se plantean ahí, como el tema de lo español, qué es arte español, cómo se puede ser español y al mismo tiempo internacional. Todo eso se plantea a finales del XIX, principios del XX. Y reflexionamos sobre eso. En ese momento estaba todo el trabajo por hacer. Nosotros, por ejemplo, de un pintor como Nonell —que resulta que nadie se había molestado en ir a ver al registro su fecha de nacimiento y él se quitaba años [risas]— fuimos y descubrimos la fecha real de nacimiento. Todo eso estaba por hacer y nadie lo había mirado seriamente.

También tenéis la capacidad de hacer revisiones o retrospectivas muy específicas de pintores que no son tan conocidos, o que no están dentro de los cánones más habituales del arte. Te puedes permitir una retrospectiva muy concreta, como hizo en su momento la Fundación Juan March con Emil Nolde o Marc Chagall, o la que habéis hecho vosotros de Redon, ¿no? Eso sí que lo permite hacer una fundación como la vuestra e igual a un gran museo le es más complicado.

Sí, hoy en día es verdad. Todo es un poco más complicado, quiero decir, las fronteras son más difusas, el Prado hizo Bacon y…

Sí, pero en comparación con Velázquez.

Bueno, quiero decir que realmente lo que tenemos es menos responsabilidad que un museo nacional. Yo doy la idea, la medida de qué es el arte español, y enseño lo que entiendo que es importante para el arte español de lo que está ocurriendo fuera.

Y tu público, ¿es sensiblemente diferente al de los grandes museos?

Yo creo que no, que para bien y para mal aquí en España hay un público para la pintura, igual que hay un público para la música clásica que es muy fanático, pero que más o menos es el mismo público. Hay un público para el arte.

Veo que para entrar a la fundación hay que pagar, pero en otras fundaciones no; ¿cómo influye esto en el público que accede a las salas? ¿Es aconsejable pagar?

Yo creo que es bueno pagar. Es una cantidad simbólica. Es un acto de decir: «Oiga, mire, yo no entro en una sala porque esté lloviendo, yo tengo una voluntad de hacer algo». Es un mínimo…

No lo digo como crítica, lo digo como reflexión.

Es por eso. Yo pido un mínimo de complicidad con el público, porque luego somos muy generosos. Pagar la entrada es mostrar una voluntad de decir: «Yo no vengo aquí porque “no sé qué hacer y así no estoy en la calle, que hace frío”». No, hombre, no.

Eso tampoco está mal. Son dos puntos de vista diferentes. Por un lado, tienes un público que paga una cantidad simbólica porque viene a ver la sala y sabe a lo que viene, pero, por otra parte, pierdes la oportunidad de captar a un nuevo público. Aunque igual ese trabajo no lo tiene que hacer una fundación, lo tiene que hacer un museo nacional.

Toda decisión es diferente. Nosotros teníamos el problema de que se nos formaban muchas colas y al final había gente que decía: «Yo no he ido a ver la exposición porque había mucha cola», y entonces la gente a la que realmente le interesaba se quedaba fuera porque no tenía tiempo. Vamos a quitar las colas, vamos a hacer una entrada —al principio era gratuita— para que la gente se pueda organizar desde su casa, con internet, y reservar un tiempo para venir a ver la exposición, y eso también supuso un sobrecoste sobre el que de alguna manera tenemos que ponernos de acuerdo. Yo, a usted, le facilito venir y usted me ayuda para que esto sea posible, y al final salimos todos ganando, porque, si no, mis recursos son limitados, se lo tengo que quitar a otra partida.

Cuando te preguntaba por las aptitudes que has tenido que desarrollar como director de un instituto de cultura, yo también pensaba que has tenido que tener un aprendizaje financiero, de gestión de recursos humanos, de estrategia…

Sí, bueno, yo he sido freelance toda la vida. Y, de pronto, encontrarte en una multinacional… Yo aquí he tenido muchísima suerte. He tenido la suerte de que nadie se ha metido en mis decisiones, yo he podido hacer la programación. Nadie tiene esa suerte. Durante treinta años he podido desarrollar un programa que es mío, mejor o peor —si no es mejor es porque no soy capaz de hacerlo mejor—, pero he tenido todas las posibilidades dentro de lo que es una fundación. Es verdad que también he tenido la suerte de poder crecer poquito a poco. Hemos empezado de una manera muy modesta. Hemos crecido, hemos hecho un tipo de pintura cuando a nadie le interesaba, nadie quería mi puesto, a nadie le interesaba nada de lo que yo hacía. Y eso permitía crecer, permitía ganar una experiencia. Yo confieso que todos los años cogía al contable y le pedía que me volviera a explicar «lo del activo y pasivo, que tengo mañana patronato y nunca termino de entenderlo». Tampoco era mucho más complicado, lo más importante es saber tener una idea. Es decir, yo siempre planteé dos ideas. Nosotros hacemos un periodo concreto que va de mediados del XIX a mediados del XX. Ese es nuestro periodo, ahí es donde yo creo que se pueden contar muchas cosas y no es asfixiante, porque es suficientemente amplio y ahí pasa todo. Hay veces que podemos estar más en el XIX, hay veces que podemos estar más en el XX. Luego hay que hacer cosas que tengan un gran rigor científico, pero que puedan llegar a un público que no necesite conocimientos previos. Yo siempre digo que no soy historiador del arte, pero quiero coger un texto de un catálogo y poderlo leer y enterarme. Mi obsesión siempre es quitar el pie de página y poderlo contar en el texto. Si no, estás dejando a mucha gente fuera de la lectura, porque si ya lo dijo fulanito en su libro la gente ya lo entiende perfectamente. Ese esfuerzo, hacer las cosas para que la gente pueda entenderlas, no es tan complejo. Y, sobre todo, porque no hay una sola manera de ver las cosas, todo el mundo puede tener una forma de ver distinta. Mantener el rigor por un lado y que la gente pueda llegar a eso.

Democratizar el arte.

Mira, es muy fácil, los franceses hacen muy bien la divulgación. Yo me he criado con eso. Yo me voy a París y me compro una revista y la leo mientras me estoy tomando un café después de ver la exposición, y veo que me he enterado de todo. Y aquí me he comprado un tocho y no me entero de nada, porque están hablando de cosas de las que no sé, y parece que no he estado en la exposición. Entonces yo me empeñé en que hiciéramos una revista de cada exposición en la que no hubiera notas a pie de página, y que se pudiera tener una información más que suficiente para disfrutar más de la exposición.

¿Y cuál es el retorno de la fundación? ¿Por qué habéis desarrollado esta sensibilidad por el arte? ¿Por qué dedicáis recursos a esto?

Esto es una fundación. A finales de los ochenta esto era un mundo que cambiaba. La idea era que un mundo más culto es un mundo mejor. Una sociedad más culta es una sociedad que consume mejor. Ese es el fin de una fundación, tenemos que hacer un mundo que sea mejor, tenemos que dar la oportunidad a la gente de tener una educación continua, que la educación no sea solo la escuela, no sea solo la universidad. Nosotros fuimos los primeros en impartir cursos de arte contemporáneo que se daban fuera de la universidad; llenábamos un auditorio de cuatrocientas personas y se nos quedaban otras cuatrocientas en lista de espera. No existía eso y había una demanda. La idea era que teníamos que ayudar a la gente, darles herramientas, y además en un momento en que había una enorme curiosidad, la gente quería ver, quería entender. Esa era nuestra función. Nosotros vamos a abrir y decir a la gente: «Mire, si a usted le gusta Romero de Torres, no se avergüence, [risas] ¡venga a verlo! Es también arte, es que no está en ningún museo, pero es arte también. Es parte de nuestra cultura, es parte de nuestra seña de identidad, es parte de nuestra historia, esto tiene interés, merece la pena verlo y, sobre todo, se lo puede usted pasar muy bien». Ese tipo de cosas.

Veo que Romero de Torres es una línea continuada en el tiempo como estrategia de la fundación. ¿Qué otras exposiciones os han marcado?

Yo digo Romero de Torres porque hay un hijo de un catedrático de universidad que siempre me dice: «Nunca te perdonaré que hicieras una exposición de Romero de Torres». Está bien, es que realmente marcó, era romper una frontera que nunca se había roto y para nosotros supuso el primer gran éxito popular. Es que la gente quiere esto y es algo tremendamente digno. Y luego aquí expusimos impresionismo que nadie había hecho.

¿Fuisteis los primeros en exponer impresionismo?

Es que yo tuve la suerte de estar en el Museo d’Orsay y me dijo el presidente: «Tenemos que cerrar el museo por obras, y podemos prestar obras que nunca saldrían del museo, pero necesitamos una pequeña ayuda para terminar la reforma». La condición que yo puse es que no haríamos una exposición de obras maestras del impresionismo del Museo d’Orsay. Así que pensamos en hacer una exposición sobre los orígenes del impresionismo y mostrar al mismo tiempo lo que se veía en París en el salón en esa época. Así, fue una exposición mucho más divertida: vamos a ver los impresionistas y vamos a ver una cosa que normalmente nunca se ve junta, que son los impresionistas y los pompier. Eso sí tiene interés. No solo vamos a exponer a los impresionistas que van a un gran público, sino que vamos a hacer una cosa también para un público más refinado, que de pronto pueda tener una visión que no es frecuente, que no es común, una manera distinta, y así hicimos un corte en los años del París de las barricadas, que es justo cuando surge el impresionismo, y la idea era ver qué es lo que pasaba en ese París, ver qué pintores estaban de moda en esos diez años… Eso es un planteamiento que tiene otro interés, y podemos conciliar una exposición masiva con un público más exigente, lo que está muy bien. Porque París está a una hora y media en avión [risas], y con Ryanair puedo ir por la mañana, ver el Museo d’Orsay, comer y volver por la tarde. Así que teníamos que hacer algo que no se había hecho nunca; esa mezcla.

Y luego, por continuar en el tiempo, trajisteis a los fauvistas.

Hicimos otra parte de impresionismo y posimpresionismo. Nos organizamos en un momento de plena crisis en el Museo d’Orsay. Me dijeron que tenían problemas, y entonces nosotros organizamos una exposición con sus fondos en Brasil, cuando Brasil estaba de moda, y conseguimos que les pagaran un fee importante, y tuvimos un millón de visitantes. Así que los del Museo d’Orsay me dijeron: «Nos ha felicitado hasta la ministra, así que ven al museo y elige lo que quieras».

¡Vaya regalo!

«Elige lo que quieras». Así que íbamos por el museo con un restaurador y un enregistreur, y yo le decía: «¿Ese Monet?», y decía el restaurador: «No, ese no puede viajar porque está mal», o decía el enregistreur: «Ese no sale del museo porque es un legado de no sé quién». Y luego me decía: «¿No quieres ese Van Gogh?». Yo no me atrevía, pero si puedo… Así que hicimos otra gran exposición de impresionismo y posimpresionismo, e incluso tuvimos Las catedrales de Monet. Esto son cosas que de pronto surgen. Yo no les ayudé a lo de Brasil a cambio de nada, sino porque yo podía, porque Mapfre es importante en Brasil, yo tenía los contactos suficientes para hacer eso, porque tenía museos con los que tenía relaciones, era una manera de colaborar. Yo siempre les dije que no podía pagar dinero a cambio de préstamos, pero sí podía ayudar de muchas otras maneras. Así que fue una suerte que normalmente nadie tiene.

Nos has contado la parte divertida, que es ir eligiendo cuadros por el Museo d’Orsay, pero, una vez elegidos, entiendo que empiezan los quebraderos de cabeza y seguramente las noches sin dormir, de contratación de seguros, de envíos…

Esa exposición fue muy complicada porque, por ejemplo, el transporte desde París es en camión, y hubo una nevada en los Pirineos. Normalmente tú organizas el camión, y tienes que utilizar varios camiones porque el seguro no te permite que haya mucho dinero en un solo camión. Entonces tú le organizas el viaje al camión de manera que duerma en un cuartel de la Guardia Civil o similar. En el camión viaja un conservador del museo para estar continuamente controlado. Y de repente tienes una nevada, la carretera cortada… [risas].

¿Entonces qué haces?

Pues te llama histérico el conservador del museo. Al final le mandamos un segurata de Seur con un perro que diera vueltas alrededor del camión durante toda la noche. [Risas]

¿Y dónde estaba el camión?

En los Pirineos franceses. Luego, habíamos hecho un convenio para que nos saliera más barata la exposición y se lo habíamos vendido al museo de Filadelfia, entonces de aquí los cuadros iban a Filadelfia y así recuperábamos parte del dinero, y conseguimos que Filadelfia pagara al Museo d’Orsay, así nosotros no pagábamos. Y entonces hubo una erupción de un volcán en Finlandia y se suspendieron los vuelos a Filadelfia, hubo que hacer el trayecto por América, por México… Nosotros nos habíamos comprometido a pagar la mitad del transporte, y el precio del transporte se disparó. En general, la gestión de una exposición es complicada. Es complicado que te dejen un cuadro. A mí un día un señor que tiene una colección importante me dijo que un cuadro nunca vuelve mejor que sale. En el mejor de los casos, vuelve igual. Ahora hacemos en otoño una exposición sobre el Mediterráneo, con el Mediterráneo como elemento de modernización a finales del XIX. Desde España, desde Valencia con Sorolla, con Pinazo, cómo desde Cataluña se promueve la idea del Mediterráneo como una seña de identidad de una nueva nación, cómo Monet se va a bajar al Mediterráneo, y están los neoimpresionistas, cómo Van Gogh se va a instalar en el Mediterráneo y tiene la idea de hacer l’atelier du midi, y cómo Matisse y Picasso se instalan en el Mediterráneo, y cómo, por otro lado, los italianos De Chirico y Carrà no pintan el Mediterráneo, pero tienen más el Mediterráneo como concepto, como una idea de vuelta a la Antigüedad. Conseguir un Matisse es de las cosas más complicadas del mundo, así que tú puedes tener una idea que te parece muy brillante e interesante, desarrollarla, descubrir las obras que te interesan, dónde están… pero es muy complicado de llevar a cabo.

Pues yo he visto obras de Matisse en el Hermitage y la vigilancia de las obras brillaba por su ausencia…

El problema es que muchos museos viven de alquilar las obras. Te dicen que han alquilado las obras para una exposición de Corea, de China…

En los últimos años estáis exponiendo mucha fotografía.

Cuando conseguimos este espacio, de pronto tuvimos la posibilidad de mantener abierto el espacio de Azca. Y entonces la idea era que el espacio se pudiera utilizar para alguna otra cosa. Madrid era una de las únicas capitales europeas que no tenía una sala con una programación estable de fotografía y había un montón de cosas que nunca se habían visto… También era una manera de diferenciar dos programaciones, porque puede haber un público común, pero en realidad son dos públicos distintos. Así que la idea fue hacer una sala con una programación estable de fotografía, y empezamos hace ya diez años con una idea muy concreta que era exponer fotografía solo de fotógrafos, y no de artistas que hacen fotografía como pueden hacer cualquier otra cosa. Solo fotógrafos y retrospectivas, porque hay muchos artistas importantes que no se han visto, como Walker Evans, que nunca había tenido una retrospectiva en España. Nuestra idea es programar cada año y medio una retrospectiva de un fotógrafo que, teniendo ya un prestigio internacional, nunca haya protagonizado una retrospectiva, esa es la idea. Eso, y también que prácticamente todo son producciones nuestras y así luego las paseamos por el mundo.

También habéis hecho cosas divertidas como exposiciones relacionadas con moda, como las de Yves Saint Laurent y Jean Paul Gaultier.

Sí, a mí me divertía mucho el hacerlas. Yo creo que hoy en día el arte no está solo en los museos, el arte y la creatividad… En Estados Unidos es muy normal encontrarse moda en los museos, y aquí teníamos el Museo del Traje, que languidecía y estaban a punto de cerrarlo. Entonces nos pareció que era una manera de hacer una llamada de atención, porque interesa a la gente. Y era algo realmente fantástico. Jean Paul Gaultier ha sido el montaje más divertido que yo he hecho jamás. Trabajar con él es algo realmente divertidísimo, pero divertidísimo.

¿Y qué otras cosas que no estén en galerías se podrían exponer? ¿Habéis pensado en otros conceptos?

Bueno, sí, yo tengo en mente para el futuro otro tipo de exposición. Yo creo que la gente cada vez pide más otro tipo de exposición, otros proyectos… Yo creo que hoy en día entendemos mejor el arte en un contexto más general. A mí me encantaría hacer una exposición sobre los años sesenta, metiendo música, metiendo a los Beatles, metiendo a los Rolling Stones, metiendo coches, metiendo publicidad, metiendo arte, metiendo moda… porque es una década que nos cambió la vida, que cambió el mundo, desde los pantalones vaqueros al rock and roll, hasta Andy Warhol o el arte conceptual, una manera completamente distinta de estar en el mundo. Usted no lo entiende si yo le traigo solo una exposición de Andy Warhol. Hay que hacer exposiciones que vayan más allá, y que sitúen a la gente. La gente se pregunta: «¿Qué es el arte?». A mí mis hijos me lo preguntan. Hay que ponerlo en el contexto, es una parte de la vida y, dentro de la vida, cuando uno lo ve en ese contexto es que es especialmente rico, tiene una característica especial. Ese tipo de exposiciones está en una parte de nuestro horizonte, y no quiere decir que dejemos de hacer las cosas que hacemos. A mí me gusta trabajar con mucha antelación. Nosotros estamos ahora cerrando el año 21 o 22. Pero, dentro de eso, uno de los proyectos es ese.

Entiendo que el futuro pasa por seguir ofreciendo exposiciones de fotografía y esa franja temporal pictórica de la que hemos hablado.

Yo creo que sí, yo estoy muy contento. Nos ha dado una seña de identidad, nos ha permitido hacer un trabajo que, al final, cuando hicimos la exposición de dibujo, era todo lo mismo. Yo he tenido la suerte de poderme pasar treinta años dándoles la vuelta a las mismas ideas. Es el principio del mundo en el que vivimos, con las contradicciones que tenemos, con nuestros valores, nuestros problemas, está todo ahí.

Por seguir con este hilo argumental, y también para intentar sacarte de tu zona de confort y por deformación profesional —mira cuántas excusas pongo para la pregunta—, ¿podría tener la ciencia alguna cabida dentro de la fundación?

Hombre, yo creo que el futuro es una educación no reglada, y ahí está la ciencia. Ahí hay una necesidad de conocimiento y ahí hay mucha gente que estaría dispuesta a ofrecer eso.

Lo digo por dos razones: se soporta más el analfabetismo científico que el artístico ahí fuera, y, por otra parte, hay cosas científicas de una extraordinaria belleza, y me voy al canon clásico de todos los tiempos, que es Ramón y Cajal y sus dibujos. Y Sorolla además pinta a Ramón y Cajal, e incluso hay un retrato donde hay una especie de puerta y que realmente es un trozo de cerebro. Así que hay una belleza en Ramón y Cajal que incluso podría tener cabida desde el punto de vista pictórico.

Nosotros hacemos un trabajo muy concreto, pero hay una cabida, hay una formación de verdad no reglada y la gente demanda formas de llegar a los conocimientos estructuradas pero no ordenadas. La gente no quiere un título, hay mucha gente que quiere saber, que tiene curiosidad, y hoy en día se van dando los medios para que eso sea posible. Primero, porque cada vez somos más conscientes de que somos una parte activa de este mundo, de que este mundo nos necesita. Ya no basta solo con que paguemos los impuestos para que esto funcione, sino que se necesita una involucración nuestra más personal. En el mundo en el que vivimos la idea de la solidaridad es cada vez más importante. Hay una voluntad de saber, y luego hay una facilidad de acceso a los contenidos que antes no había. Yo, cuando era muy jovencito, iba al museo del Prado y estaba vacío, solo había turistas. Tendrá sus momentos, tiene sus momentos de entusiasmo y tiene sus momentos de olvido. Yo sí creo que cada vez se percibe una mayor voluntad de la gente de conocimiento, y una mayor generosidad en la gente. Gente que dice: «A mí no me importaría explicar esto». A mí se me estropeó el timbre de la puerta, compré uno, y con un tutorial en internet vi cómo se ponía.

Hay una idea de solidaridad donde entra el tiempo para empezar a pensar en una nueva divulgación de las cosas, y es el tiempo en el que realmente volvamos a pensar en cuál es el papel de las fundaciones, cuál es realmente el papel que desempeñamos. Yo creo que nosotros hemos desempeñado un papel de cierta importancia, de cierta relevancia en unas circunstancias históricas concretas. Y el mundo ha cambiado. Hay que empezar a pensar si queremos tener un futuro, cuál va a ser nuestro futuro y realmente cómo vamos a poder ser útiles a una sociedad nueva. Yo a lo mejor soy muy mayor, pero de verdad estoy convencido de que esto no es una fórmula eterna, los museos son una cosa muy reciente, se crean en el siglo XVIII. Un museo de arte contemporáneo es una cosa rarísima. Hay otras necesidades, yo veo a mis hijos con otras necesidades y curiosidades. Yo tengo un hijo que estudia Ingeniería Química, y no tiene nada que ver. Es otra curiosidad completamente distinta y que sí tiene muchos puntos de conexión, de intercambio. Las fundaciones tenemos que pensar cuál es realmente nuestro papel. La Fundación Juan March fue la primera fundación que trajo el arte de vanguardia aquí, La Caixa supuso una segunda generación de fundaciones que era capaz de traer lo que ocurría en el mundo en el momento en el que estaba ocurriendo, y nosotros de pronto fuimos una tercera generación de fundaciones que nos permitimos no estar en la actualidad y plantear el pasado como presente. Son tres momentos. Ahora habrá que volver a inventar un modelo que tenga sentido en una sociedad que no para de transformarse.

Yo tengo una última reflexión, y es que la ciencia y el arte probablemente sean dos formas de hacerse la misma pregunta, que es el sentido de la vida.

Sí, al final somos los mismos, y nuestras incertidumbres son las mismas, miremos el mundo de una manera o lo miremos de otra.

La forma de formular la pregunta es diferente, pero la pregunta esencialmente es la misma.

Si tú no estás pendiente de lo que pasa en el mundo en el que vivimos, es que no tienes nada que hacer.