La revolución femenina y televisiva de Jenji Kohan

Orange Is The New Black

(Este artículo contiene pequeños SPOILERS)

Jenji Kohan lo tenía claro. Ya había dado un paso determinante en la rotura de estereotipos femeninos en la televisión con Weeds, su ópera prima, emitida en Showtime. Nancy Botwin había demostrado que una mujer podía tomar las riendas de una serie dramática, de corte ambicioso, lejos de procedimentales planos con una evolución vacua de personajes. Que una mujer no tenía por qué responder al perfil de esposa florero, o a la amante zorra, o a la ambiciosa emprendedora que tomaba el descabellado atrevimiento de salir de la cocina de su casa. Servía de ancla y todo giraba a su alrededor. Y lejos de hacerlo de forma caótica y llena de clichés, lo hacía erigiéndose como una representación de nuevos ideales y características en la mujer de ficción. Nancy Botwin fue una de las primeras mujeres badass de la televisión. Al menos de la contemporánea. A la altura de personajes idealizados y rompedores como Walter White, Dexter Morgan o Tony Soprano.

Con esta barrera rota, Kohan quería derribar toda la muralla. Y Orange Is The New Black apareció en su mente como la vía para hacerlo.

Punto de partida

Piper Chapman es una mujer normal. Conociendo a la creadora de la serie podemos intuir que esta premisa poco va a durar. Blanca, de clase media-alta, ciertamente acomodada y con una vida tranquila y apacible. Está prometida y piensa en crear una línea de productos de perfumería artesanales merced a la comodidad económica de la que disfruta. Sin embargo, la serie arranca con esta chica rubia y de rostro angelical a punto de entrar en la cárcel por un crimen que cometió diez años atrás y del que se había olvidado.

En su etapa posuniversitaria y liberal, Piper había viajado por todo el continente de la mano de Alex, una traficante de droga cuyas gafas de pasta volvían loca a nuestra protagonista. Y sí, una, en femenino. Piper pasa por su etapa lesbiana en aquel tiempo, y acaba cargando con dinero ilegal por su novia. La cosa acaba mal, y se separan.

Pero el pasado llama a la puerta de Piper, que es condenada a 15 meses de prisión por este delito. 15 meses que son tratados en todo momento como transitorios, como un breve período de tiempo en la vida de todos los personajes que viven fuera de la cárcel. ¿Y qué son realmente 15 meses en la vida de un ser humano? Además, la protagonista ha hecho un estudio realmente exhaustivo de cómo es la vida entre rejas. O cómo piensan quienes nunca la han vivido que es. Así, tenemos que esta típica mujer blanca americana va a entrar a prisión pero se nos presenta como una estancia turística en lugar de un castigo de privación de libertad.

Piper Chapman es la protagonista, y en primera instancia recibe toda la ayuda necesaria de su prometido, como no podía ser de otra manera. Larry Bloom es un escritor neoyorquino de familia rica que se mantiene en su profesión gracias al dinero de sus padres. Un estereotipo puro y duro el que se saca aquí Kohan. Un personaje dubitativo, con una actitud pasiva ante la vida y sus acontecimientos, con problemas de confianza y de identidad. Llegado el momento, apoya sin dudarlo a su prometida, si bien ella jamás le había contado nada de su oscuro pasado. Así de primo es siempre Jason Biggs. Sí, es él quien da vida a este Larry, en uno de los trabajos más respetables de su carrera.

El cambio es radical. Una pareja neoyorquina, con una vida solucionada que ni tan siquiera ha empezado, y que repentinamente ve trastocados todos sus planes por un hecho ocurrido diez años atrás.

En el episodio piloto se nos muestra cómo es recibida la noticia y cuál es el círculo de amigos con el que cuenta la protagonista. Personas normales y corrientes, que también gozan de una vida tranquila. Viven en un mundo ideal, con preocupaciones que no van más allá de qué hay para cenar, o qué marca de cereales es la mejor.

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Los dos mundos

Aquí reside una de las mayores fuerzas de Orange Is The New Black, obviamente. En la contraposición de ambos mundos y en Piper Chapman como único vínculo insólito e inesperado. Porque nadie esperaría ver su rostro en la cárcel. Taylor Schilling encarna perfectamente a esta rubia algo tonta, algo lista. Algo ingenua y algo perspicaz. Ofrece unas pocas dosis de su personalidad en los primeros compases de serie, sin establecer sus pretensiones ni su verdadera identidad. Pero lo cierto es que el pago a esa época alocada y despreocupada llega con retraso y es la cárcel.

Pero ella lo afronta de manera natural. Es algo que quizá choca en esta premisa, en este punto de partida de la serie. Lo afronta cultivándose sobre la vida en la cárcel, sobre lo que debe hacer y lo que no. Sobre lo que puede aprovechar de su estancia allí. Es recibido casi como el regalo antipático y feo que te hace el familiar de turno y que debes aceptar para no hacerle mal. Apenas tiene nervios, y presenta las dudas lógicas pero sin ahondar en ellas. Con la ayuda de su prometido y de sus amigos, quienes inciden una y otra vez en que en 15 meses todo habrá acabado y habrá vuelto a la normalidad, entra en la cárcel pensando en que el tiempo pasará rápido.

Pero lo que ella pensaba era, más que una contraposición, una yuxtaposición. Rápidamente se da cuenta de que nada de lo leído le servirá ahí dentro. Jenji Kohan vuelve a brillar en su escritura y creatividad al situar a una persona lo más lejos posible de su hábitat natural. A una futurible madre de los barrios ricos de Nueva York en un antro de mala muerte rodeada de criminales. Pero de verdad, no de las de arrastrar una maleta. Como ya sucediera con Nancy Botwin en Weeds, Piper Chapman vuelve a servir de conejillo de indias para la autora, que disfruta de esta circunstancia y la explota de la mejor manera posible.

No obstante, en un principio se contagia el optimismo del exterior y se nos hace ver una prisión no tan peligrosa. No tan criminal. El matiz de los 15 meses, el del «constante» contacto con el exterior y el del trasfondo de la protagonista nos hace ver los entresijos de esta cárcel como los líos de una telenovela. Líos interiores, grupos tribales… No parece existir una diferencia tan grande como la auténtica realidad. Porque se nos presenta esta cárcel como algo anecdótico, como un mundo de ficción en el que Piper apenas tendrá que pasar unos meses que quedarán en historieta para sus nietos.

Además, se siente como un pulpo en el McDonald’s, y la mezcla de inocencia e ingenuidad da lugar a momentos hilarantes. Resulta adorable por la tontería, por su mirada honesta a un mundo tan culpable. Ahora le toca convivir con un montón de mujeres con las que probablemente nunca habría cruzado palabra alguna en su vida real, y su reacción a ciertas situaciones ocasiona muy buenos puntos de humor. Un humor que, a pesar del cambio de tono de la serie, jamás se pierde.

Decimos cambio de tono porque antes de que te des cuenta, sufrimos las penurias que pasa la protagonista por su comportamiento inadaptado a esta cárcel. Y llegan los problemas de drogas, las muertes y las complejas historias de las reclusas. Se pasa de una telenovela rosa a un drama negro. Y se hace con tal degradado que apenas se percibe. La aparente parodia que se presencia a comienzos de la obra da paso a una cruda realidad que se contrapone con el exterior y que hace tensarse cada vez más el vínculo que une ambos mundos.

Así, la imposibilidad de vivir feliz y mirar más hacia la vida que está dejando que hacia la que está viviendo se hace cada vez más patente. Se le da otra dimensión al género carcelario al aportarle esa caracterización femenina. Se convierte en un hábitat cerrado con sus grupos, con los rumores y las leyendas, con las rencillas y con el ambiente emocional y hormonal que provoca la situación.

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El papel de la mujer

Como se adelantaba en la breve introducción, si por algo es conocida Jenji Kohan es por su increíble labor en la «liberación» de la mujer televisiva. Esto a veces ensombrece la labor que también desempeñó en dar forma a esa «dramedia» adulta de la que hoy se disfruta en las parrillas. A ese género que bebe de la comedia y del drama sin extrapolar las características más básicas de los mismos, sino que intenta aunar matices para dar lugar a una nueva forma de hacer televisión. Porque con Weeds logró eso. Pero logró, sobre todo, el presentar a los creadores y productores del mundo de la pequeña pantalla la posibilidad que da la mujer. Esto lo hemos visto luego con Skylar White. Nunca una mujer fue tan odiada de manera tan infundada, pero lo es precisamente porque Vince Gilligan hace de la mujer de Heisenberg un personaje con voz y voto, con profundidad.

Kohan esculpe con una sensibilidad bestial todos los personajes de la serie. Al desarrollarse en mayor parte en una cárcel femenina, es obvio que la mujer gana peso en el reparto. Un reparto magnífico lleno de claroscuros que aporta una visión de la mujer del siglo XXI. Porque también existen presidiarias, además de amas de casa, amantes y esa retahíla de estereotipos con los que rompe aquí la creadora.

La mujer de esta serie es transgresora. Es diferente, atrevida y más cercana a la realidad que vivimos actualmente. Kohan escapa de los estereotipos y consigue reflejar personajes complejos, con matices, con trasfondos y decisiones vitales que les han llevado a acabar en la cárcel. Es el caso por ejemplo de Red (Kate Mulgrew), la encargada de la cocina, que pone todo su corazón en el trabajo diario y que trata a las suyas como una auténtica familia. Está allí por algo que cualquier mujer y cualquier hombre ha ansiado en su vida: pertenecer al grupito guay. O el de Nicky (Natasha Lyonne), una yonqui que se dio a la mala vida por la invisibilidad que sufría cuando estaba cerca de sus padres, y que tanto disfruta del cuidado que le ofrece Red, la madre que siempre añoró tener. O el de Dayanara (Dascha Polanco), una joven latina que tuvo que cuidar de sus hermanos como si fueran sus hijos, y que no renuncia ni en la cárcel a vivir un romance o darse una oportunidad de vivir de verdad.

El reparto de personajes secundarios es genial y el elenco de actrices no lo podría hacer mejor. Es para nominarlas a todas, y olvidarse de cualquier otro personaje femenino que pueda haber en la televisión actual. Kohan consigue basar toda su serie en mujeres y no caer en clichés ni estereotipos. Consigue, además, que la crítica no caiga en tópicos y frases hechas a la hora de describirla. Todas con sus problemas, sus inquietudes, sus aspiraciones y sus realidades.

La mujer se come al hombre en esta serie. Sin embargo, hay que destacar el papel que Biggs desarrolla como el prometido de Piper. Porque si bien es ella la que debe sufrir el paso por la cárcel de manera física, es Larry quien lo sufre también mentalmente. La creadora sabe plasmar de manera acertada esa adaptación a la que también se ve sometido él. Además, convierte a esta pareja en un triángulo amoroso con la presencia de Alex, la antigua amante y jefa de Piper, en la misma cárcel. El de Alex es otro papel perfectamente llevado a la pantalla por Laura Prepon. Quizá algo exagerado en su atractivo físico e intelectual, y en su superioridad ante las adversidades y acontecimientos que puedan suceder, lo cierto es que ella es quien apoya tras una serie de sucesos a Piper. Ella saca los peores demonios de Larry: su desconfianza y su baja autoestima. Él, desde fuera, tan solo ve lo que le dice su prometida, y actúa de catalizador de la realidad vista por los ojos de tan solo uno de los muchos personajes que conforman la escena.

Otro buen personaje masculino lo encontramos en el guardia Mendez (Pablo Schreiber), o Pornstache como es conocido por todas las reclusas. Es un hombre que vive engañado, con una inseguridad enorme que le hace ser despreciable hasta decir basta. Y, sin embargo, vemos cómo sus murallas caen con una facilidad pasmosa y acaba siendo hundido por eso que tanto deseó para sus adentros.

En general, el trabajo de guion de Jenji Kohan es brillante, haciendo especial hincapié en la cantidad de perfiles femeninos que es capaz de dibujar y de mostrar con una maestría portentosa.

Otro exponente de la «dramedia» adulta

La presencia del humor es constante. De un humor negro, que no tiene miedo de tocar el recurrente lesbianismo, la muerte o las creencias religiosas. La presencia fija de este elemento es quizá una de las razones por las cuales es tan lento el proceso de entender que estamos observando la vida en una cárcel de verdad. El humor se alía aquí con la inocencia de la protagonista para tenernos engañados durante los primeros compases de serie.

Pero lo cierto es que además de este humor negro del que también puede disfrutar uno en Weeds, encontramos perlas de sitcoms que ayudan a la serialización de los episodios. Los ejemplos son la figura de la mujer llorona que siempre encontramos cuando Piper hace uso de uno de los teléfonos que tiene la prisión, y que solo vemos en esas circunstancias; el chiste recurrente pero jamás explicado de «no es una berenjena, es retrasado»; o la distante y desconocida voz que anuncia por megafonía tonterías que pasan inadvertidas para los personajes.

También tenemos esos toques en las parejas que se forman. En la actitud de dominadora, por ejemplo, que adopta en un principio la presa Crazy Eyes (Uzo Aduba) con Piper. En el tira y afloja de Nicky y Lorna (Yael Stone) como pareja lésbica que se «rompe» por la «lealtad» que le guarda la segunda a su prometido, que supuestamente espera en el exterior. Lo cierto es que se crea una realidad alternativa, un tanto al margen de lo que a cada una le puede deparar o no la salida de esas cuatro paredes, y es en este ambiente donde se generan tantas situaciones cómicas.

Geniales como las dramáticas. Las muertes, las drogas, y los emotivos trasfondos de las reclusas que Kohan nos muestra a través de acertados flashbacks cuya cabida en los episodios, eso sí, va perdiendo coherencia y peso a medida que avanza la temporada. Es una tragicomedia perfecta, una «dramedia» adulta ejemplar en todos los pasos que da.

El caso de Dayanara y su prohibida relación con uno de los guardias, la dificultad que tiene Sophia (Laverne Cox) para mantener a raya sus hormonas masculinas en su cuerpo femenino, o los constantes conflictos que tiene Piper en su adaptación a la prisión, dan esos toques dramáticos a un argumento que es de por sí bastante trágico y conmovedor.

Un detalle que puede parecer insignificante pero que dota a la serie de un ritmo desenfrenado es que no hay cortes. No existen los fundidos a negro de ningún tipo en tanto que no son requeridos al ser esta una serie de Netflix. En otras obras de esta propia empresa puede que este hecho no tenga tanta importancia, como por ejemplo en el caso de House of Cards, serie con un ritmo muy inferior; pero en Orange Is The New Black es algo que se aprecia con la visualización de los capítulos.

Al no haber parones, el espectador tiene la necesidad de consumir la serie de una manera feroz. Se quiere devorarla sin dejar ni un bocado. El hecho de haber tenido todos los capítulos de una sola dosis no hace más que ayudar a que esta sea la percepción de la obra. Sin embargo, esto es algo con lo que ya juega Kohan, tratando todos los capítulos de su serie como un mismo arco que va pasando por diversas puertas.

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Los «peros» de la primera temporada

No hay la menor duda de que Orange Is The New Black es uno de los estrenos del año 2013. Probablemente el mejor en cuanto a narrativa y guion se refiere. Sin embargo, la crítica especializada y popular se ha abalanzado rápidamente a tildarla de obra maestra y la ha situado con una facilidad asombrosa a la altura de grandes referentes televisivos de nuestros tiempos. Esto es, probablemente, una reacción de compensación tras el primer recibimiento frío que tuvo la serie.

La realidad es que Orange Is The New Black no es perfecta, como ninguna serie lo es, sino que tiene bastantes lagunas y pinzas sujetando tanto su desarrollo audiovisual como la evolución de los personajes.

Antes se hacía referencia a cómo de rápido se consume esta serie. Los 13 episodios fueron subidos a la plataforma Netflix en un día y el resto de Internet pudo tener acceso a ellos de la misma manera. La ausencia de fundidos hace que la percepción de la serie sea rápida. Quien escribe, sin ir más lejos, la vio en apenas tres días, y no soy el caso excepcional ni mucho menos. Y aunque al principio se entienden bien los dos mundos existentes, y la importancia de ambos, con el paso de capítulos el montaje va perdiendo lógica y cae en ofrecer una ingente cantidad de información como vorágine y no como imágenes coherentes. Son tantos los personajes y tantas las relaciones que en algún momento es difícil seguir el hilo de lo que se expone. Apenas hay referencias en los diálogos y cuesta relacionar conceptos.

Por otro lado, también va perdiendo peso la presencia de los flashbacks como vía para conocer a las reclusas y darles así un mayor valor emocional y unos matices totalmente necesarios. Se empieza aportando un flashback por capítulo, dándole una serie de minutos más o menos similar, siempre inferior al metraje que tenemos del presente. Sin embargo, con el paso de episodios no solo tienen menos presencia, sino que incluso acaban desapareciendo. Lo peor de todo es que hay algunos que carecen de sentido o, al menos, no son indispensables para construir al personaje o para aportar matices útiles a la trama. Así, tenemos que personajes con pocos minutos y relevancia tienen sus flashbacks, y otros con mayor peso no.

Si la coexistencia de estos dos raíles narrativos va menguando, tampoco es idílica la que acaban teniendo la cárcel y el exterior. Se empieza contando con un hilo claro, Piper, que por iniciativa propia y voluntad busca no perder el contacto con la vida que ha dejado latente. Sin embargo, esta retroalimentación se va perdiendo y tenemos varias escenas del exterior que acaban molestando. No se encuentran a la altura del interés e intensidad de lo que ocurre entre rejas. Kohan no consigue que nos interesemos por los amigos de Piper. Si acaso por Larry, que es quien lucha por no perder ese hilo y cuyo éxito en prensa y radio sirve para complementar de manera genial lo que acontece en la cárcel.

Es cierto que lo normal es que la evolución de la serie vaya decantando la balanza cada vez más hacia los acontecimientos carcelarios, pues es ahí donde reside la protagonista y el foco de atención, pero la verdad es que el exterior queda colgando, como queriendo ser algo más de lo que es.

Otro punto débil son algunos aspectos inverosímiles de la obra. Es prácticamente imposible que la relación entre Dayanara y el guardia se dé. También es poco entendible la evolución del personaje de Healy (Michael Harney), por mucho que se esfuercen en mostrarnos su particular guerra fría casera, y la homofobia y machismo que tiñen su personalidad.

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Orange Is The New Black hasta que Kohan quiera

Netflix tardó nada y menos en renovar Orange Is The New Black. La serie fue un éxito de crítica, y creó una gran masa social en nada gracias a sus referencias culturales, a su propia identidad y al genial trabajo en la confección de los personajes.

Se ha especulado sobre el papel de Alex Vause en la segunda temporada. Se dice que Kohan prescindirá de ella en los primeros episodios y dará por finalizada esa parte de la trama. Ciertamente, su historia con Piper es uno de los principales atractivos de la obra, si bien acaba siendo un tanto redundante y pedante. En gran parte por culpa de la propia protagonista, que acaba quedando en evidencia en la recta final de la primera temporada como una persona muy distinta a esa rubia tonta, futurible esposa y ama de casa de los suburbios de Nueva York que se nos presentaba en el piloto. Acaba resultando ser alguien más parecido a aquella persona que había sido en la etapa joven y que la había llevado a aquella cárcel.

Además, el final de temporada cuenta con un cliffhanger bastante grande, al menos por las posibles consecuencias de lo que vemos en la acción. El ritmo frenético, que acaba fuera del control de Kohan, acaba por todo lo alto con una serie de secuencias que dejan en entredicho varios de los puntos de partida.

Sea lo que sea que decida finalmente la creadora, lo cierto es que Orange Is The New Black tiene mucho recorrido. Tiene una vida natural de, al menos, 15 meses de desarrollo ficcional. Es uno de los mejores estrenos de 2013. Una serie genial, transgresora, diferente y que está llamada a ser un referente para futuras mentes televisivas en la confección de personajes femeninos y la rotura, por fin, de estereotipos en la pequeña pantalla.


Rectify, la ópera prima conjunta de Ray McKinnon y Sundance Channel

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Hay series para ver y series para observar. Como en cualquier expresión artística, hay obras creadas para el entretenimiento puro y otras cuyo objetivo primordial es transmitir. Y ningún grupo posee un mayor valor social, cultural o moral que otro, por mucho que la modernidad gafapástica se haya empeñado en otorgar una valía superior inexistente a aquellas producciones de miradas al horizonte, y de horizonte filosófico. En la actual parrilla estadounidense existen multitud de series pretenciosas que se pierden en su propio ombligo. Que dan la sensación de haber dormido hasta a su creador.

Pero Rectify no es una de ellas. Rectify es una serie con cimientos, coherencia y un terrible buen gusto. Y es también una apuesta arriesgada de Sundance Channel. Lo es por varias razones. Primero, porque se trata de la primera producción original de un canal que, tras ser fundado en 1996, despegó en 2008 al ser comprada por AMC Networks. Segundo, porque es una serie de un director novato, Ray McKinnon —conocido por sus papeles como actor en Sons of Anarchy, Deadwood,… producciones de las que, visto lo visto, bebió todo lo bueno—, y su lanzamiento carecía de cualquier resguardo de seguridad.

Pero los responsables de la apuesta supieron ver que estaban ante una serie capaz de generar un nuevo estándar televisivo. Que daba un paso más allá y hacía cosas que la televisión jamás soñó con ver. Lo que en su momento hicieron Mad Men y Breaking Bad. Una producción donde Dios está, tanto en la misericordia y grandeza como en el sexo, la violencia, y la decadencia de una sociedad anclada en recuerdos.

Lo cierto es que Rectify empezó a germinar muchos años atrás. En el año 2008, más precisamente, fue cuando el guion de McKinnon llegó a la AMC. La cadena anunció que empezarían a desarrollar la serie, que tendría a Walton Goggins (The Shield, Justified) como protagonista. Sin embargo, aquello quedó en el tintero ante las diversas novedades que presentaron las parrillas televisivas aquel curso. Fue en 2011 cuando Sundance Channel anunció que la recuperaba y que se trataría de la primera serie original de la cadena. Como productores ejecutivos tendría a Mark Johnson y Melissa Bernstein, los productores de la afamada y premiada Breaking Bad. No tenía mal cartel.

Su estreno tuvo lugar el 22 de abril, y poco más de una semana después fue renovada. La primera temporada tuvo seis capítulos, y la segunda, que se emitirá en 2014, tendrá diez episodios. Para la crítica fue un auténtico éxito, «el mejor estreno del año». Unanimidad cuasi absoluta para definir esta sorpresa televisiva.

Rectify cuenta la historia de Daniel Holden. Tras pasar 19 años de su vida en el corredor de la muerte a la espera de la silla eléctrica, una nueva evidencia de ADN convierte el juicio que le había condenado en nulo, lo cual le hace libre, aunque no le exonera. Daniel, que había sido culpado de violar y matar a su novia Hannah, de 16 años, abandona la muerte que había conocido durante casi dos decenas de años para volver a la vida y a la libertad. Lo hace en Paulie, Georgia, su localidad natal. Lo hace en un ambiente familiar, en un pueblo en el que todo el mundo se conoce. En la Estados Unidos más sureña, más rencorosa y vengativa. Una que no olvida por sentimientos y por la inexistencia de sucesos que consigan solapar a los anteriores.

Ray McKinnon nos muestra la adaptación de Daniel a su nueva vida, una vida que jamás esperaba. Esta adaptación va a juego con el acomodo del espectador al ritmo pausado de la serie. Sí, es una de esas series que no encuentra problema alguno en emplear cuatro minutos en desenfoques, miradas, reflexiones mudas. Y, entre todo, Flume, de Bon Iver, cuando el protagonista se sube al coche y observa la libertad pasar a su lado. Todo un mundo por el que caminar tras 19 años de cuatro paredes inamovibles e inevitables. Rectify es una serie de ritmo pausado, y por momentos lenta. Son dos conceptos que no tienen por qué ir relacionados. El ritmo no marca la sucesión de hechos, las dosis de información que ofrece el director. Pero, en este caso, a veces causa un desasosiego profundo en el espectador. Un pequeño punto negativo para una ópera prima de McKinnon realmente brillante.

Porque Rectify es brillante. Combina el ajuste de Daniel a la libertad con la adaptación del espectador al ritmo. No existe lo frenético en los ojos de aquel que ha vivido durante 19 años entre cuatro paredes y en un corredor cuyo final era la muerte segura. Se come poco a poco, y la digestión es lenta. La intriga es latente y uno acaba deseando encontrar esa paz que él busca, porque parece que es mucho mejor que cualquiera que pudiéramos tener en nuestras vidas. En esta primera temporada de seis capítulos veremos cómo Daniel debe comprarse unas gafas por una vista atrofiada al no tener horizonte al que mirar en los últimos 19 años. Cómo Daniel busca el sexo en cualquier cueva oscura. Todos los aspectos humanos de un caso que demuestra los problemas de la injusticia americana.

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Los flashbacks, tan de moda, son utilizados por McKinnon de manera excepcional. Nos muestran al Daniel Holden del corredor de la muerte. Aparentemente culto, tranquilo, en paz con la muerte que le acecha. Y muy amigo del compañero de la celda contigua. La relación que mantienen ambos mientras esperan morir es uno de los puntos claves de esta primera temporada, a pesar de ocupar muy pocos minutos de pantalla. Y es que cuenta mucho de la necesidad humana del contacto. Sea el que sea.

Lo que busca Daniel Holden, además de su lugar en una sociedad que le sigue rechazando, es la paz. Lo hace, en primer lugar, por su cuenta. Se nos presenta un personaje en un estado casi catatónico. Inspirador en un minuto, desesperante al siguiente. El desarrollo de la serie, no obstante, consigue encontrar el balance adecuado. Intenta encontrar la paz de varias maneras. No lo consigue estando solo, sufriendo incluso un episodio alucinógeno que transmite una gran inseguridad sobre el estado mental del protagonista. Lo intenta también a través de su madre y su hermana. La segunda ha sido el baluarte de su liberación, quien jamás ha dejado de luchar por probar que la justicia se había equivocado. Pero, una vez ganada la causa, no consigue reconectar con una persona que no era quien ella había intentado liberar. Idéntico caso el de una madre cautelosa e indecisa. Daniel choca con ellas en varias ocasiones como podría haber chocado con algún pensamiento de libertad en sus años de encarcelamiento. La última vía de paz la tiene en Tawney, la esposa de Ted Jr., su hermanastro. Tawney, mujer religiosa de Georgia donde las haya, ve en Daniel un milagro todopoderoso y divino. La fe entrará en juego, como no podía ser de otra manera, en la salvación y búsqueda del protagonista. Pero pronto se verá que no es la fe, sino un disfraz de un deseo más terrenal y visceral, lo que motiva la relación.

En los momentos de soledad, McKinnon nos presenta al Daniel Holden que fue ajusticiado. Al chico de hace 19 años. Y, demonios, no se trata de un joven inocente hambriento de mundo. Nos muestra, más bien, a un joven introvertido, con gustos muy propios, y de pocos amigos. A un chaval con problemas internos y de identidad. Él mismo se va reencontrando con todo lo que dejó atrás a través de su música, de sus videojuegos… De todo lo que le arrebataron, al parecer de manera injusta, cuando estaba en lo mejor de su vida. Su personalidad sale a relucir cuando ataca a su hermanastro, quien representa la duda razonable y el miedo soslayado de toda una sociedad.

Y es que, quizá lo más meritorio de esta primera temporada de Rectify, es la capacidad de hacer avanzar la serie sin mencionar directamente el gran quid de todo: ¿es Daniel Holden culpable de la violación y el asesinato de Hannah? La policía local se muestra segura, pero más por orgullo que por pruebas. Que también las hubo, por supuesto. Gran parte de la sociedad también sigue creyendo culpable a Daniel. Habrá otro juicio en el que, con la nueva prueba adquirida, se juzgará al protagonista. Ted Jr., el hermanastro, es el catalizador de toda la duda que surge a medida que no se menciona el asunto. McKinnon hace un trabajo encomiable al «evitar el elefante en la habitación» mientras se dedica a plantar la semilla de la duda.

Duda porque, lo que al espectador le sale pensar, es que en efecto hablamos de un hombre inocente y libre. Lo hacemos por la manera en la que empatizamos con él, con su búsqueda, con todos los problemas superados. Es imposible sentir eso por un asesino y violador. Apenas dos o tres conversaciones, y unas cuantas gotas en forma de escenas de factores externos y presentes aquella noche, representan la presencia de una gran pregunta que se esquiva de una manera genial. El final del primer capítulo y la figura de Trey, que estuvo presente en la noche del crimen, se antojan claves de cara a una segunda temporada.

El guion de Rectify es maravilloso, a prueba de balas. La dirección es notable, aunque haya ocasiones en las que abuse de esa pausa para convertir escenas en parones totales de la trama. La velocidad es la adecuada gracias, en gran parte, a un reparto de muchísima calidad. Aden Young hace renacer su carrera con una actuación de premio. Capaz de canalizar el retraso de 19 años de avance en un solo gesto, encarna a Daniel Holden de la mejor manera posible. Su hermana, Amantha, es interpretada por una sublime Abigail Spencer. La Miss Farrell de Mad Men vuelve a meterse en la piel de una mujer de armas tomar, esta del acento sureño más marcado que uno pueda encontrar. Enérgica, incombustible e incapaz de luchar por ella como lucha por los demás.

Reparto coral de calidad para una ambientación perfecta. Si salir del corredor de la muerte tras 19 años debe hacer la adaptación a la vida libre difícil, lo es más si se hace en Paulie, Georgia. La serie transporta al espectador a un entorno hostil e inseguro. En cualquier semáforo en rojo puede estar esperando un perturbado con un plan de Dios que cumplir. O un perturbado sin plan divino, y por ello perturbado.

Casting y ambientación se unen de la mejor manera posible para crear una simbiosis que requiere una atención total. Porque Rectify no permite tontear con el móvil en alguno de sus minutos, o actualizar las redes sociales a medida que la ves. Precisa de un cuidado constante que no cualquiera está dispuesto a dar.

Rectify es una serie lenta, pero de desarrollo constante y seguro. De una factura audiovisual delicada y preciosa, con especial atención a la construcción del personaje principal. De un esmero delicado por parte de un Ray McKinnon que se pone el listón muy alto en su primera obra como director y guionista. Reflexiva, y prometedora. Capaz de narrar una historia obviando, y maquillando, la pregunta que nos hacemos todos y que olvidamos durante mucho tiempo.

La dualidad de una sociedad condicionada por un hombre cuya libertad es un premio y no un derecho. ¿Es Daniel Holden un asesino?

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Derek, una joya atemporal de Ricky Gervais

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Is Derek a comedy or a drama? I get asked that a lot. Even after people have seen it.

I say, “What do you think it is?”

They say “Well, I laughed a lot but I cried as well. I’m just not sure if it was a drama with funny bits or a comedy with sad bits”

I usually then say, “Derek is whatever you think real life is. Is your life a drama with funny bits or a comedy with sad bits?”

Si a uno le dicen que Ricky Gervais tiene una nueva sitcom que, además de dirigir y escribir, protagoniza en la piel de un personaje con ciertas dificultades de aprendizaje, lo que se espera es una grotesca sucesión de sketches que a buen seguro disgustará a más de un espectador. Pero Derek, siendo muchísimas cosas, en ningún momento es lo esperado. El pasado miércoles día seis de marzo acabó una primera temporada magnífica. Sentida, bipolar y, a pesar de ello, coherente.

Derek es una comedia emitida por Channel 4 de 20 minutos al uso en cuanto a características del género: escenarios pequeños, cerrados y recurrentes, reparto coral del protagonismo, duración, estructura… Pero, dejando a un lado la teoría, en la práctica hablamos de una serie sin parangón en la actualidad y de difíciles referencias históricas. La producción narra el día a día de una residencia de personas mayores situada en Broadhill y enseña el desempeño de varios de los cuidadores y sus relaciones con los ancianos que viven en el centro. Uno de los trabajadores es Derek Noakes (Ricky Gervais), quien es querido por todos por su bondad y atención. Es él quien funciona en esta obra como catalizador de las emociones. Consigue su cometido de manera excepcional por, en gran medida, su condición especial. Si bien nunca ha sido diagnosticado, queda claro que experimenta alguna dificultad cognitiva que podríamos encuadrar cerca del autismo, y que definitivamente marca al personaje.

Llegados a este punto, uno podría pensar que Gervais opta por el camino fácil limitándose a crear humor a partir de este personaje y usándolo única y exclusivamente como herramienta conductora del factor cómico de la serie. Lo podría pensar y no le convertiría ello en un bicho raro; sin ir más lejos, varios críticos británicos reprocharon muy tajantes el personaje de Derek y la obra de Gervais. Tanya Gold, redactora de The Guardian, calificó la serie de “cruel” y a su creador de “hipócrita que se limita a servir sus propósitos sin preocuparse de las ofensas”. Ella no fue la única que interpretó el piloto como una humillación y un insulto a aquellas personas con discapacidades cognitivas.

Sin lugar a dudas, estos críticos atendieron más a la figura en la sombra de Ricky Gervais que a los 20 minutos de desarrollo del personaje. Dejaron que el mito les nublara la vista. Y, con menos dudas aún, no han sido capaces de disfrutar de los 120 minutos de una primera temporada que, si demuestra una cosa, es que hay que mirar con muchísima malicia para entender el personaje de Derek como una caricatura burlesca y ofensiva. Encontramos una prueba bastante concluyente con la que dirimir la realidad de la persona en el primer capítulo —que no el piloto, pues hablamos de dos episodios totalmente diferentes, cuando un funcionario del gobierno británico visita el centro gerontológico con la idea de recortar el presupuesto del mismo. Este es el diálogo que tiene con Derek, al percibir que, como le indican, es “diferente”:

—Have you ever been tested for autism?

—I’m not good at tests.

—Would you mind seeing someone?

—Who?

—Well, an expert and a doctor.

—If I am tistic… what is it?

—Autistic.

—That’s what I said. Tistic. If I am tistic, will I die?

—No. No, no. But at least we’d know.

—Would I have to go into hospital and do experiments on me?

—No!

—So would it change me in any way? Would I be the same person?

—Yes.

—Don’t worry about it, then.

Derek 2

Ricky Gervais no concibe a Derek desde la persona en sí, sino desde la concepción que de él se crean quienes le rodean y le juzgan sin conocerle. En ningún momento plantea un motivo de broma y ni concibe encuadrar su obra dentro de la offensive comedy; sin embargo, es en los ojos del espectador donde esto se forma a partir de prejuicios. Es algo que queda claro en el trato que él recibe de sus compañeros y amigos, y de aquellos que no le conocen. Derek es como tú, como yo o como el vecino del quinto, antes de que nos diésemos cuenta de que en la vida quien más lejos llega es el que miente y no el que se mantiene fiel a sí mismo. Él ve la vida de una manera pura y diferente, inocente, y desde ese punto de vista Gervais nos habla de las injusticias inherentes a la convivencia de los seres humanos.

Además, se habla no solo de la marginación de Derek sino también de la de los ancianos, que a la vista de la sociedad son residuos de un pasado del que nadie quiere saber nada. La serie hace un gran trabajo a la hora de enseñar la soledad silenciosa que asalta a los residentes en las noches, y que consiguen espantar durante el día gracias, en gran medida, a la labor del personaje principal.

Derek eclipsa esta realidad que, no obstante, es uno de los elementos más importantes de esta sátira crítica de la actual sociedad. Los ancianos también viven rechazados y olvidados, como muestra en diversos capítulos las visitas de hijos o parientes que solo buscan quedar bien y, en algún que otro caso, recibir la herencia del moribundo de turno. Pero Gervais también esgrime otro tipo de marginados a través de dos de los personajes secundarios de la serie: Kevin Twine (David Earl) y Dougie (Karl Pilkington). El primero es un depravado sexual que no ha hecho nada meritorio con su vida y que pasa las horas en la residencia. No tiene ningún amigo fuera del centro y la gente le ve como se ve a él mismo: un vago degenerado que no tiene sitio en la sociedad porque siempre tomó el camino fácil y rápido. En su franqueza, al principio tácita y luego aceptada, reside la crudeza de Kev. Dougie, por otra parte, es un personaje mucho más respetable y de mayor trasfondo. Es una persona realista con tintes negativos que no espera nada de la vida y que quiere pasar desapercibido hasta su muerte. Una persona tan sincera como afilada para aquellos que no le conocen. Una persona que, al no dominar las situaciones sociales y convencionales en las que se debe actuar y no ser, es rechazada de cualquier comunidad mayúscula que busque la autosatisfacción.

El poder sentimental de esta serie es tan grande que es capaz de pasar de la comedia al drama en cuestión de una escena, o incluso de un plano. Y no pasa con medias tintas, sino que es capaz de tocar ambos polos de manera natural. ¿Cómo lo consigue? Ofreciendo al espectador un lenguaje tan puro como la realidad. Derek es real como la muerte misma. No existen dobles intenciones en ninguna de las bromas, en ninguna de las reflexiones. Gervais no busca en ningún momento el doble sentido ni la yuxtaposición de lo hablado y lo pensado. Tanto él, como Pilkington, Earl y Kerry Golidman, que encarna a Hannah, la jefa de la residencia de mayores, son reflejos reales y sin edulcorante ni aderezo a la hora de sus actuaciones. Si bien pensamiento y dicción son uno, el mensaje sí que ofrece diversas introversiones profundas. El mensaje, siendo uno, crea dos o más respuestas en el espectador.

La sátira existente no deja lugar a la ironía ni a la mentira. La verdad fluye durante los veinte minutos de cada capítulo y es lo que consigue la cercanía que existe entre el espectador y la obra. El autor británico domina a la perfección la comedia dramática, género abierto y de concepciones varias que, de existir tal cosa, sería en la que se encuadraría la vida. Porque estos viejos decrépitos que tanta empatía crean, ese personaje raro con peinado de pedófilo, ese depravado sexual, y ese discapacitado intelectual con un corazón de oro, existen. Todos ellos existen y todos y cada uno de nosotros podemos acabar como cualquiera de ellos. La vida es una comedia dramática, o un drama cómico, que queda perfectamente reflejada en Derek.

Y la muerte, sin duda, es el sketch definitivo de la obra. La serie trata muy de cerca la muerte, el acto involuntario más natural que existe. Lo hace tan de cerca que asombra cuando uno le mira a los ojos. Gervais consigue enseñarte las garras y su guadaña de una de las maneras más dulces que una producción audiovisual ha logrado en la historia de la televisión. A lo largo de la primera temporada, conformada por seis capítulos y que ya ha sido emitida por completo en la televisión británica, son varios los personajes que mueren. Y son varias las reflexiones que el director recoge a través de sus interlocutores sobre el significado de la vida y el camino que se recorre hasta la muerte. De si se recorre el camino por voluntad propia, o de si uno es empujado por el tiempo. De si hay un por qué más allá del haber sido el espermatozoide más rápido.

Uno parece entender que se abraza la idea del cantautor Dallas Green, más conocido por su nombre artístico City and Colour, que canta así en el estribillo del tema Body in a box:

We celebrate the lives of the dead,
It’s like a man’s best party, only happens when he dies.
We gather ’round to pay our respects,
While their souls are still searching for the light,
Searching for the light.

En este apartado se debe destacar el trabajo musical del prestigioso pianista Ludovico Einaudi. Sus melodías acompañan los capítulos de una manera majestuosa y aciertan siempre al transmitir lo que las imágenes comunican.

El género del mockumentary, revitalizado como filón televisivo por el propio Gervais con The Office (UK), alcanza el culmen con Derek. La presencia de las cámaras se hace notoria desde la primera escena de la serie, pero además adquieren una importancia y un peso específico en el desarrollo al no limitarse a ser meros espectadores, sino a convertirse en entrevistadores y en formas decisivas a la hora del tratamiento de los personajes. Es Derek quien aprovecha al máximo esta vía con el lenguaje gestual, que impacta de lleno en el público, al reaccionar de una manera u otra a comentarios que caben en la lógica del malpensado pero no en la suya, inocente y bienintencionada. Se domina el género con una soltura inusitada, convirtiéndose de manera instantánea en un referente.

Es absurdo pensar que Gervais utiliza a Derek para mofarse de los discapacitados y para hacer un humor basto y sin gracia. No solo por el piloto, donde ya queda clara la naturaleza del protagonista, sino por el desarrollo al completo. Durante los capítulos se demuestra que aquel con un hándicap no es Derek, sino todo aquel que no entiende su grandeza. La serie nos invita a abrazar al personaje y a ser como él, pues él es mejor. Queda clara su “superioridad” y su corazón de oro, con el que todos seríamos mejores.

La arriesgada apuesta cómica es todo un éxito. Tan solo por acometerla, a Gervais se le puede tildar de todo salvo de hipócrita; pero, además, consigue crear una serie atemporal, una joya que jamás podrá ser visionada demasiadas veces, y que jamás podrá parecer grosera u ofensiva. El británico ha demostrado que el contar con un personaje con una discapacidad intelectual y, además, hacerle el protagonista, no significa ofender o emplearlo como arma para la gracia fácil. No existe, en ningún plano ni ninguna línea de diálogo, un trato despectivo hacia el personaje.

Derek te puede hacer reír. Te puede hacer llorar. A veces ambas cosas, pero al menos siempre, siempre, una de las dos. En ocasiones puede crear una angustia tan grande como es el miedo de acabar solo. Es una serie dulce y amarga, tan real que duele, y nos hace pensar que la vida sería mejor con más inocencia y menos frivolidad.

Para Ricky Gervais, es lo mejor que ha hecho en su carrera. Para un servidor también lo es. Una obra tan única como la vida que cada uno tenemos.

Kindness is magic because it makes you feel good whether you’re the one handing it out, or the one receiving it. It’s contagious.
Derek Noakes

Derek 3


USA Network, dando pasos a la televisión del futuro

El prime time ha cambiado mucho. Tanto como su contexto, su marco y su relevancia. En la sociedad americana de los 80, y en menor medida de los 90, el prime time marcaba los temas de conversación mayoritarios. Así, quien no veía Dallas, o Twin Peaks, quedaba con la sensación de haberse perdido una experiencia común, de haberse quedado atrás con respecto a todos sus congéneres. ¿Con qué cara ibas a ir al dispensador de agua de tu oficina cuando sabías que iban a hablar de algo que no habías visto? ¿Y si te preguntaban quién había disparado a JR? ¿O tu hipótesis sobre el asesinato de Laura Palmer? La inercia social obligaba al espectador a ser parte de una audiencia participativa, dentro de sus límites, que ansiaba conocer los entresijos de la serie con tal de no ser menos que el vecino.

Y luego llegó el VHS. Las grabaciones, las reposiciones a la carta. Y luego Internet. El primetime ya no tenía esa relevancia. Ya no unía ni era un factor social de importancia en el funcionamiento de una comunidad.

Sin embargo, de unos años atrás, esta communal TV viewing ha resucitado gracias a, precisamente, Internet. Y más concretamente a las redes sociales. No obstante, la mera existencia de estas herramientas no las hacen útiles como aplicaciones a la manera de hacer y de ver televisión. Entramos a hablar de lo que se denomina Social TV. El futuro de las series de televisión —y de casi cualquier tipo de producción audiovisual y serial— pasa por aquí. Y USA Network lo sabe muy bien.

De esto, del Transmedia Storytelling y de otros conceptos televisivos hablaré en esta pieza. Para ello me apoyaré en el caso de USA Network, canal de televisión —perteneciente a NBC Universal— que perfectamente puede ser considerada como pionera en esta nueva revolución y que, además, ha demostrado que es rentable y da sus frutos. No por nada es el único canal por cable que jamás haya superado en audiencia total anual en primetime a uno público (The CW, año 2008).

Redes sociales como nuevo campo de juego televisivo

Si bien la concepción generalizada es que las redes sociales deben adaptarse al individuo, lo cierto es que la empresa debe ser quien se ajuste a estas nuevas herramientas. Siempre y cuando quiera prosperar, tener éxito y sobrevivir en el futuro, claro. Y esta premisa se cumple en cualquier ámbito empresarial; la televisión, por tanto, no debe ser menos.

Las redes sociales se presentan como un nuevo campo de juego en el que se debe luchar con todas las armas disponibles con el claro objetivo de ganar adeptos. No se trata ya de promocionar tu producto, sino de hacer partícipe del mismo al consumidor. Cuando extrapolamos esto a las series de televisión es fácil encontrar la relación. Se tiene una actitud activa pensando en la mayor integración de la audiencia, lo que implica que ésta pueda aumentar progresivamente.

El 15 de marzo de 2011, el canal Comedy Central decidió colocar el hashtag #trumproast durante su programa Comedy Central Roast of Donald Trump —una de esas reuniones en las que el “homenajeado” recibe burlas amistosas, o no tanto, y la gente se ríe de él. Una coña muy grande, vaya—. Se convirtió en trending topic y convirtió aquella noche en la de mayor audiencia de la historia del canal. Acababa de abrir la veda.

Uno de los canales que mejor implementó esta innovación en el campo de la Social TV fue USA Network. Llevaron un paso más allá esta utilización de Twitter, llegando a preguntar o proponer temas de debate mediante estas etiquetas. En la actualidad, es el único canal que emplea este elemento en todas y cada una de sus producciones originales. Esto provoca una integración de la audiencia bestial, participando activamente durante el desarrollo de los capítulos e, incluso, de la producción posterior. La red social hace de foro —como aquellos llenos de locuras referentes a Expediente X en la pubertad de Internet como comunidad— y también de escaparate. La audiencia deja de sentirse tal para volver a sentirse personas, individuales, iguales que esos personajes de los que habla “en directo”, pero a su vez parte de un conjunto global. Se genera un backchannel —una vía comunicativa secundaria, al margen del propio canal televisivo— de debate, comentarios y análisis de los capítulos, tanto antes como durante y, también, después.

Facebook también tiene su lugar de importancia dentro de este nuevo escenario de poder. Todas las cadenas se encargan de hacerle una página a sus series para que los espectadores le den al like —ese botoncito que parece regir las vidas de tantas personas, y de más periodistas aún—. En esas páginas el espectador recibe también una información diferente, única: fotografías de los rodajes, vídeos con mensajes de los actores de la serie… Sin embargo, en los últimos tiempos esta red social se ha visto superada por Twitter, que permite una mayor interacción y, sobre todo, una interacción más vívida e intensa.

Además, este uso tiene otro objetivo, un tanto más subyacente pero de una importancia vital: traer a los espectadores de las reposiciones, o grabaciones, a la emisión en directo. Una serie vive de la audiencia, del share que dé en el momento; de nada vale que luego sea una de las series más descargadas, grabadas, o con mayor visionados en Internet. Eso, por desgracia, no da dinero. No obstante, hay que destacar que el tradicional Nielsen Ratings system, el sistema utilizado para medir las audiencias, ha comenzado a tener en cuenta estos factores. En la investigación Crowd-Powered TV Viewing Rates: Measuring Relevancy between Tweets and TV Programs, se prueba el poder que tiene Twitter en aumentar los seguidores de un programa de televisión en directo —como fue visto con el éxito de Comedy Central—. No obstante, se señala que en tanto esta red social no fue concebida para actuar de medidor de audiencias, se debe idear sistemas para poder entender Twitter como una fuente fiable.

Al final, todos estos números se traducen en intereses económicos de los ejecutivos de una cadena. Si la serie presenta un bajo share a final de mes, será cancelada. Cada canal con sus exigencias, eso sí, pero siempre pendientes de las audiencias y, sobre todo, de los números que firme en la demográfica 18-49 —es decir, el número de espectadores que tengan entre los 18 y 49 años, considerada la audiencia mayoritaria y más activa—.

Un caso significativo es el de la sitcom de NBCCommunity. Mientras que en la lista de Nielsen figura a la cola de los 200 programas más vistos, encontramos que en SideReel, una web que te ofrece la posibilidad de buscar series y ver los capítulos íntegros, está entre las cinco más buscadas. Hay que aclarar que no hablamos de cualquier web, pues SideReel es, en este campo, la página más visitada en Estados Unidos. Si lleváramos esa audiencia del ordenador al televisor, Community no tendría problemas en lograr la renovación.

En definitiva, la industria televisiva deberá aprender a economizar esos factores para lograr una mayor aceptación entre el público. El futuro pasa por explotar los nuevos recursos que los avances tecnológicos ofrecen.

Social TV y Transmedia Storytelling, ideas ya reales

El tiempo es un condenado. O uno está condenado al tiempo, quizá. El caso es que el tiempo hace muchas putas, y todas se deben al tiempo. No hace tanto, el ser humano vivía sin redes sociales. La televisión, por tanto, también. Las cuñas radiofónicas y los anuncios televisivos eran las únicas maneras de publicitar una nueva serie. Pero con las nuevas tecnologías, que cada vez son más viejas porque aparecen otras más nuevas —¿ya han escuchado eso del “periodista 3.0”? Y todavía ni se aclaran con el 2.0. Yo voy por el uno—, las evoluciones se producen a un ritmo mucho más rápido, con una frecuencia más alta. Evoluciones todas ellas significativas, remarcables y con un poder importante para suponer un golpe de efecto notable en la apreciación de las series televisivas y su producción.

Uno oye hablar de conceptos como Social TV y Transmedia Storytelling y súbitamente las ideas reposan con tranquilidad en el cerebro, como presuponiendo que no serán trascendentes hasta dentro de mucho tiempo. Sin embargo, son dos conceptos televisivos que forman parte del mantra de USA Network, uno de los canales por cable más seguidos en Estados Unidos, y que cuenta con un bloque de series muy compacto y seguro del que hablaré más adelante. Por ahora, déjenme que me ocupe de explicar estos términos y de dar ejemplos de su puesta en práctica por parte de este canal parte de NBC Universal.

Social TV: Si tuviésemos que hablar de referente en el campo de la “Social TV”, sin duda deberíamos de hablar de USA Network. Este canal va más allá del simple posicionamiento de hashtags en sus emisiones, y convierte el visionado y seguimiento de una serie en una experiencia multidimensional que te puede unir con fans de todos lados del mundo… e, incluso, con los propios actores que ves en tu pantalla.

USA Network se encarga de cuidar a su espectador y de ponerle en primera fila de la emisión. Le hace sentir igual de importante que lo que ve. Realmente, la audiencia es más importante que la serie, por mucho que los puristas quieran ignorar siempre los números que rigen las producciones televisivas. Y lo hace, sobre todo, con una espectacular plataforma desarrollada por Echo que lleva de nombre Character Chatter. Se trata de una web que actúa como una conglomeración de actividad en redes sociales relacionada con las series. Así, puedes ver al minuto de qué se habla en Twitter o Facebook sobre el capítulo. Pero no se queda ahí. Durante el estreno de los capítulos, el canal se encarga de invitar a uno de los actores de la serie para que hable sobre el capítulo —cómo se sintió rodando la escena que acabamos de ver; anécdotas del rodaje de aquel día…— y responda, asimismo, a las preguntas de los espectadores. Así, ya hemos podido ver a Dulé Hill (Psych), Patrick J. Adams (Suits) y muchos más interactuando en directo con la audiencia. La relación que el público construye con el personaje se convierte en una real. Además de poder seguir un seguimiento de lo más comentado en redes sociales, de trendings topics y demás asuntos, Character Chatter da un paso más allá en el concepto de Social TV y convierte el visionado de una serie en una experiencia diferente, única y enriquecedora. Maldición, ahora podrías preguntar al propio Agente Especial Dale Cooper quién mató a Laura Palmer.

Además de esta experiencia original y única que empiezan a mimetizar otras cadenas —así como la web de TV Guide, que ha incluido esta plataforma en su sistema—, la presencia del canal en Twitter es realmente significativa. Aportan etiquetas en directo en sus emisiones, temas de debate para mantener la atención del espectador durante la semana de espera entre capítulo y capítulo… Además, varios de sus actores tienen cuentas activas en las redes sociales. ¡Y hasta la tiene el vicepresidente de producción Ted Linhart! Si bien ese es su nombre, más de 11.000 personas (11.268 en el momento de la redacción de esta línea) le conocerán por @TedOnTV. Su cuenta en Twitter sirve a sus seguidores para informarse de primera mano y antes que nadie sobre exclusivas relacionadas con sus series: noticias, actores invitados, renovaciones,… Además, Linhart siempre se muestra dispuesto a responder cualquier tipo de duda y realiza rápidas “entrevistas” cada semana. USA Network se encarga de crear, además, perfiles ficticios relacionados con sus series. Por ejemplo, la estrella de fútbol americano de Neccesary Roughness (@KingoftheHawks) o la agencia de detectives psíquicos de Psych (@PsychAgency) tienen cuentas.

El trabajo de USA Network en las redes sociales es encomiable y, sin lugar a dudas, no tiene parangón en la televisión americana. Sus éxitos veraniegos y sus grandes cifras les convierten, además, en paradigma.

Transmedia Storytelling: Los más avispados —si es que mantienen la atención después de leer todo esto… Un abrazo para ustedes— habrán visto que no he dado una definición exacta de Social TV. ¿Realmente hace falta? Interpreto que no por los ejemplos que he dado. Además, es algo intuitivo. Quizás también lo sea el concepto de Transmedia Storytelling, pero por si acaso, lanzo una: modo de contar una única historia mediante diversos soportes y formatos utilizando las nuevas tecnologías. Desde un punto de vista productivo, significa crear contenidos que obligan al espectador a utilizar herramientas que emplean en su vida diaria con diferentes objetivos. También se puede utilizar para contar una historia ajena a la que se cuenta en la plataforma original —el televisor, en este caso— pero que, eventualmente, se unirá al arco principal o tendrá relevancia en el mismo.

La primera vez que se utilizó el término fue en el año 1991, en una conferencia en la Universidad del Sur de California (la famosa USC). No se empleó pensando en el formato televisivo, pero con el paso de los años ha evolucionado hasta este punto. Y esta forma de narrar una historia es el futuro no solo de la televisión, sino del marketing televisivo y, por tanto, del dinero televisivo.

USA Network no ha sido el primer canal en utilizar esta técnica para contar una historia. Sin embargo, sí ha sido el primer medio capaz de dar relevancia y sacar provecho de este método.

El padre de este concepto es Henry Jenkins, Doctor en Comunicación, Periodismo y Artes Cinemáticas por la USC anteriormente mentada. Su web es de obligada lectura para aquel que esté interesado en esta idea y quiera profundizar más. Para Jenkins, y según afirmó en una entrevista de 2010 al diario LA Times, “Lost es la primera serie que trasciende la televisión y se adentra en otras plataformas narrativas”. Ciertamente, Lost innovó con su The Lost Experience. Se trataba de una web que albergaba un juego interactivo en el que te convertías en un personaje que debía de realizar ciertas pruebas con el objetivo de avanzar en una trama que complementaba el arco de la serie y que te daba información útil… Bueno, si es que existió de eso alguna vez en Lost. Mediante las redes sociales, los creadores de la serie se encargaban de avisar de las nuevas actualizaciones, y conseguían mantener enganchados al ordenador a miles y miles de personas que mantenían así el interés en la serie aun cuando esta no estaba siendo emitida.

Ese es el primordial objetivo del uso del transmedia storytelling: enganchar a la audiencia más allá del televisor, es decir, hacer que su interés trascienda un simple horario televisivo en un día de la semana. Olvidar la rutina. Ofrecer crossmedia experiences que hagan participar activamente al público.

De USA Network podemos citar dos ejemplos que han servido para dinamizar el visionado de dos series que siguen en emisión —no actualmente, pero que cuentan con temporadas planeadas para el próximo año—. Hablo de Psych y Suits.

Primero fue el turno de la experiencia conocida como HashTagKiller. Promovida en Twitter y Facebook durante septiembre, dio comienzo a finales de ese mes en 2011 y sirvió para promocionar el inicio de la sexta temporada de Psych. Se trataba de una página web en la que, durante siete meses, los participantes podían ayudar a Shawn (James Roday) y Gus (Dulé Hill), los protagonistas, a resolver un misterioso caso. Para ello podían interactuar con ellos, mandando y recibiendo mensajes, e incluso podían resultar víctimas del asesino del caso. En el juego se incluyó casi un cuarto de hora de vídeos rodados exclusivamente para esta experiencia. El juego fue un éxito, y aquí unas cifras para argumentarlo: en las primeras doce horas de vida de la web, más de 13.000 personas visitaron la página. De esos, 10.000 se unieron al juego. Al día y medio de existencia, el sistema respondía unas 6.000 peticiones por minuto. El visitante medio pasaba unos doce minutos y medio en el lugar. Al final de la experiencia, que duró siete semanas, se registraron más de quince millones de visitas. La sexta temporada de Psych fue la de mejor audiencia media. Para esta experiencia se comprometieron todos: la historia estuvo escrita por tres de los guionistas principales de la serie; los actores participaron en la realización de todos los vídeos; los creativos pasaron horas y horas situando la aventura en las redes sociales,… Aunque ya no tiene la gracia de la espera tensa semanal, uno puede seguir completando el juego en su web (HashTagKiller.com).

Similar éxito tuvo Suits Recruits, una experiencia parecida pero relacionada ésta con la serie Suits. Un público totalmente distinto que requería otro tipo de acercamiento. En esta experiencia, te puedes unir a la asistenta Donna (Sarah Rafferty) o a la paralegal Rachel (Meghan Markle) para ayudar a Pearson and Hardman, la firma ficticia sobre la que gira esta serie, en uno de sus casos más complicados. De nuevo, la interactividad era bestial y, además, se complementó con la plataforma Character Chatter para que los propios actores, o personajes, hablasen con los fans. Sirvió para lanzar la segunda temporada de uno de los grandes éxitos de USA Network, una serie de abogados con un humor bastante inteligente —para lo que te puedes esperar— y unos personajes muy bien trabajados con profundas relaciones entre ellos. Aaron Korsh, creador de la serie, admitió que la trama de esta “experiencia multimediática” (¿a que suena mejor “crossmedia experience”?) puede ser relevante en algún capítulo de las próximas temporadas. Si quieres jugar, te puedes sumar también ahora.

Estas dos no son las únicas incursiones en el transmedia storytelling del canal. En White Collar también existió el juego Neal’s Stash (nealsstash.com) en el que, eso sí, ninguno de los actores principales de la serie estuvo involucrado directamente. Pero sí en la de Covert Affairs, llamada Sights Unseen, que contó con Chris Gorham, uno de los actores de la serie, como protagonista y director de todos los vídeos. USA Network innova, y parece que lo seguirá haciendo. Así se extrae de una entrevista al creador de White Collar, Jeff Eastin, en TvGuide el pasado mes de enero. En la misma se atrevía a aventurar que para la temporada seis o siete (actualmente se han emitido diez de la cuarta) podrían dejar a los espectadores elegir el final de la serie. Y “si no tanto”, sí elegir el devenir de la trama de un capítulo en directo. Sí, en directo. Que la audiencia elija lo que quiere ver. Pero a lo bestia. ¿Se hará? En unos pocos años lo sabremos.

El transmedia storytelling va mucho más allá de lo hablado aquí. Sobre todo, porque no es solo aplicable a la televisión. El cine también se puede nutrir de ello y el futuro del periodismo pasa por la utilización de esta técnica, según apuntan varios expertos y según la humilde opinión de quien escribe esto. Para entender y ahondar un poco más en el concepto, nada mejor que visitar la web de Carlos Alberto Scolari.

El futuro es social, y quienes ya lo saben se están aprovechando de ello. Porque toda esta parafernalia social tiene sus resultados en números y ratings, ojo. Que si no, no iba a estar hablando de esto.

Las series y los números de USA Network

Todo este trabajo en redes sociales, en innovaciones narrativas, todo este gasto de dinero… ¿Merece la pena? Para USA Network sí, sin duda. Desde hace seis años, el canal tiene como eslogan Characters Welcome, que viene a simbolizar la importancia de los personajes por encima de cualquier cosa, incluida la trama. El canal, que hasta hace unos pocos años apenas tenía producciones propias y se basaba en reposiciones y programación deportiva, se ha erigido en los últimos años como el gran dominador de los veranos televisivos en Estados Unidos. Así, en 2011, repitió por sexto año consecutivo como el canal por cable más visto en el horario del primetime desde mayo a agosto, promediando 3.610.000 millones de espectadores. ¿Y cuáles son sus series?

Nos desmarcamos aquí de la literatura audiovisual. Lo de USA Network es entretenimiento y no arte. Por tanto, no hablamos de series que vayan a competir, ni que quieran hacerlo, con las producciones de Showtime o HBO. Esto no es The Wire, ni The Sopranos, ni Six Feet Under… Esto es programación amena, de entretenimiento, con personajes trabajados pero empáticos. No obstante, hay que aclarar que las series de USA no se limitan a ser unas procedimentales, insultantes y desesperantes como podríamos encontrar tantas en la parrilla actual. No hablamos de NCIS, ni de Law & Order, ni de The Mentalist… que cuentan con capítulos procedimentales exasperantes que no aportan absolutamente nada al arco argumental o a la evolución de los personajes. En USA Network, si bien hay series con unos pocos capítulos así, lo que prima siempre son las relaciones entre los personajes y sus trasfondos. Algo digno de alabar.

Apuntamos algunas de las series que han hecho a USA Network el gran coloso del cable americano en verano.

Psych: Mentada en varias ocasiones anteriormente, esta serie se centra en un detective psíquico cuyos poderes giran en torno a su gran capacidad de observación y no a nada paranormal. Pero esto último queda mejor para venderse. James Roday da vida a Shawn Spencer, cuyas peripecias son sufridas por su gran amigo y compañero Gus Burton, es decir, Dulé Hill. El actor, conocido por su papel en The West Wing, consigue ser un segundo espada a la altura. Ambos conforman una de las parejas más hilarantes de toda la televisión. La séptima temporada comienza en febrero. En 2006 fue el estreno por cable más visto gracias a sus 6.100.000 millones. Es la serie en emisión más longeva de USA Network y una de las más aclamadas por los fans en las Comic Cons por su “mitología” especial: su dialecto, sus expresiones, su estética, su adoración por todo lo que aconteció culturalmente en los 80… Psych, sin lugar a dudas, es el buque insignia de USA Network.

White Collar: La creación de Jeff Eastin se centra en una relación tensa, dramática y volátil entre los dos protagonistas: Neal Caffrey (Matt Bomer), un estafador, y Peter Burke (Tim DeKay), un agente del FBI. Tras una larga persecución, la serie da comienzo cuando el agente federal atrapa al criminal. Las circunstancias acaban haciéndoles una extraña pareja en la que Caffrey actúa como consultor para el FBI. La serie se centra en su relación, pero tiene continuas tramas de fondo que van cambiando a medida va evolucionando la serie. Un producto muy bien hilado, con geniales actuaciones y una inteligente elaboración de personajes. Destaca por encima de cualquier otro el de Mozzie (Willie Garson), histriónico y paranoico compañero de crímenes de Caffrey. En 2011, White Collar fue la cuarta clasificada en la clasificación de las series que mayor revuelo causó en su emisión en Twitter. Ahí es nada. Además, fue la séptima más grabada en el primetime, aumentando su audiencia así en un 85,6% (datos de Nielsen y NM Incite).

Suits: Uno de los grandes nuevos éxitos de USA Network. Con una segunda temporada en emisión que terminará en 2013, fue una de las grandes revelaciones del curso estival de 2011. Otra pareja poco usual: Harvey Spencer (Gabriel Macht), uno de los abogados más carismáticos y duros de Nueva York, contrata a Mike Ross (Patrick J. Adams) como su ayudante en uno de los bufetes de abogados más importantes de la Gran Manzana. ¿El gancho? Este nuevo ayudante suyo nunca ha ido a facultad de derecho alguna. Simplemente, cuenta con una memoria eidética privilegiada que le hace ser una de las personas más inteligentes del planeta. Con un leve problema de amistades y de consumo de drogas, intentará ocultar su verdad en su puesto de trabajo. Suits fue en 2011, el de su estreno, la tercera serie más grabada en el primetime, solo por detrás de American Horror Story y su compañera en USA Covert Affairs. Su mid-season finale, emitido el pasado 23 de agosto, supuso el mejor número de la serie hasta el momento, firmando 4,5 millones de espectadores y 1,9 millones en demos, siendo lo más visto de la noche televisiva en la franja de las 10.

Burn Notice: Uno de los lemas de los dirigentes de USA Network es que Stars don’t make TV. TV make stars. Quizás esto se cumple en Burn Notice, un drama de espías ambientada en Miami con toques cómicos y oscuros al mismo tiempo. El resultado es muy satisfactorio, pero lo es sobre todo por las actuaciones de unos grandes actores y por la evolución continua de personajes desenfadados y muy atractivos. El elenco es genial: Jeffrey Donovan es el protagonista, Grabielle Anwar su pareja, y el mítico Bruce Campbell —sí, el Bruce Campbell de toda la vida— el secundario por excelencia. La serie gira alrededor de la investigación de Michael Western (Jeffrey Donovan) sobre su despido de la CIA. La agencia le pone en la lista de quemados y comienza a deshacerse de rivales hasta descubrir la verdad. Quizá se pueda apuntar que el arco inicial se ha estirado muchísimo. Lo cierto es que la sexta temporada vuelve en noviembre, y se detuvo en verano marcando 5 millones de espectadores con 1,9 en demos de 18 a 49 años.

Hay muchas otras series. Podríamos hablar de Covert Affairs, otra de espías protagonizada por Piper Perabo y con un elenco de actores muy destacados, además de contar con un equipo productivo propio de Hollywood (Doug Liman al frente, quien trabajó en la trilogía de Bourne y en Mr. and Ms. Smith); o también de Necessary Roughness, un drama sobre la psicología deportiva que cuenta con Callie Thorne como protagonista, actriz nominada a los Globos de Oro por su papel de Doctor Santino; y sin olvidarnos de Royal Pains, una diatriba sobre la ética médica en la que participan Mark Feuerstein y Paulo Costanzo, y que ha sido hasta la fecha el mejor estreno del canal, superando incluso a Psych.

Y aunque ya no esté entre nosotros, no hay que olvidar que Monk, una serie de culto ya, salió del mantra relajado y basado en el personaje de USA Network. Muchas series basadas en los personajes. No por nada viene lo de Characters Welcome.

Conclusiones

Probablemente más de uno se habrá preguntado en el transcurso de la lectura por la veracidad de este futuro del que hablo. Sobre todo, por la viabilidad de este hipotético escenario próximo en cierto tipo de series. Es cierto. Como todo en esta vida, la televisión se presta a dos usos, a dos formas de consumo y de entenderla: el entretenimiento lúdico y el entretenimiento cultural. Y como el ser humano es tan de clasificar, denostar y denigrar, se entiende automáticamente que el consumidor de, por ejemplo, Breaking Bad, es más culto e inteligente que el de cualquier sitcom o serie de cadena pública.

La marca AMC, HBO o Showtime —y también FX con Justified, o Starz con Boss— te asegura una calidad audiovisual mayor que el de la media, cierto. Y también un trabajo más depurado en los guiones. Pero eso no quiere decir nada de la audiencia que consume estos programas. Es, al menos, mi opinión. Y es un caso muy complejo como para tratarlo en este reportaje.

Lo menciono porque, sin duda, ese tipo de series parece no tener la necesidad de actualizarse, de nutrirse de esta Social TV y del transmedia storytelling. Eso lo que yo opino. Y creo que ni tan siquiera intentarán cambiar; las exigencias de esa clase de canales, tanto numéricas como industriales, son totalmente diferentes a las de una producción que esté en la parrilla de NBC o ABC. En definitiva, que habrá series y, sobre todo, marcas, que mantendrán intactas sus identidades sin tener que unirse al grupo del avance tecnológico. Al menos no en un futuro próximo.

Para los otros canales, esta interacción social se convertirá en pocos años en el pan de cada día. En un pan recién horneado, crujiente y con mucho sabor. En un pan barato pero muy satisfactorio. Un pan que ya se están comiendo en USA Network. Y un pan, en definitiva, que podrá comer cualquier persona en cualquier rincón del mundo y en cualquier prime time existente y por existir.


El éxodo negro de la televisión inglesa

La televisión es un reflejo de la sociedad, dicen algunos. Y la sociedad, dicen muchos, es racista. Pero el racismo es inherente a gran parte de la humanidad, y así ha quedado implantado en el funcionamiento de toda civilización a lo largo de la historia. La historia es, por tanto, racista. Quizá no siempre en el significado más negativo y nocivo de la palabra, pero sí cuando nos referimos a una diferenciación y, por tanto, a una clasificación de mejores y peores. Pero no quiero proponer una sociedad idílica, utópica, con coros de asiáticos, negros, blancos y unicornios entonando letras de John Lennon; para mentir ya están los políticos, así que ni lo intento. Es por esto que parto desde la siguiente idea: siempre existirá una diferenciación, pero no tiene por qué ser esta estrictamente racista.

Lo que llevamos de siglo ha significado un notorio éxodo negro de la televisión inglesa. No así de su fructífero y maravilloso teatro, y quizá no tanto en su cine, pero sí en la televisión. Y no ha sido ni mucho menos una huida silenciosa. David Harewood (Birmingham, 1965) ha sido el último en sumarse a las críticas. “Animo a todos los actores jóvenes negros de Inglaterra a irse a América, allí estarán mejor”. Se queja porque, después de su gran papel en Homeland (Showtime, 2011), no ha recibido ni un papel en ninguna serie británica durante sus seis meses libres de rodaje. Pero no se extraña porque “desafortunadamente aquí no hay papeles protagonistas, fuertes, para negros; simplemente no gustan”. Podría sonar a pataleta caprichosa, pero Harewood, que bordó a Martin Luther King en la obra teatral The Mountaintop —arrasó Londres en 2009—, no es el primero. ¿Hay racismo?

Kate Harwood, que ostenta el puesto de BBC Controller of Drama Series and Serials, dijo a The Telegraph que “muchos de los actores negros que se presentan a los castings son ‘posh africans’ y no son representativos de todas las clases sociales”. Vamos, que son demasiado cultos, y no lo suficiente de gueto. Vamos, que el negro de la televisión británica debe ser un tipo de los barrios pobres, conflictivo. La pregunta está justificada.

El colour-blind casting y sus hitos

¿En la televisión hay racismo? Por la idiosincrasia española esta es una pregunta que no hemos debido de hacernos. No es recurrente, no es ni tan siquiera oportuna realizarla. Dentro de unas décadas, con nuevas generaciones, puede que debatamos al respecto. Pero, ¿y en Gran Bretaña? Ya hace mucho tiempo desde que la BBC implantara en todas sus producciones el colour-blind casting, esto es, la selección del reparto de una manera totalmente ecuánime y objetiva al respecto del color de la piel. Idea surgida en 1986, el concepto se cumple según la voluntad del director. Y no tanto de la historia. Durante todo este tiempo han existido casos que han desafiado la memoria colectiva y la idea generalizada, tintando personajes tradicionalmente blancos. Todo, no por querer ser vanguardia o ir a la moda, sino por puro sentido común —y ya saben lo que dicen de este—: el mejor recibe el papel.

Un personaje no surge cuando alguien enciende la televisión y lo ve por primera vez. Antes de que la audiencia reciba la imagen, el personaje ha existido en las mentes de, como mínimo, guionista y director. Ellos son los creadores y en ellos reside cualquier forma que le quieran dar a su obra. Y esa obra es recibida por el público de una manera neutral. Esa actitud debe tornarse en una positiva y empática para que, tanto el personaje como la serie, tengan éxito. Porque una serie va mucho más allá de una película o de una obra de teatro en cuanto a construcción de personajes se refiere. Entran en juego, como en ningún otro género audiovisual, el trasfondo, los sentimientos y la conexión. Es necesario amar u odiar a esa persona ideada; tanto como si fuese una de verdad. Porque acompañará en la cena durante semanas y semanas, con suerte años, a la audiencia. Por tanto, entran en consideración deliberaciones de todo tipo: edad, moral, ética, psicología… y apariencia. Dentro de este último punto, cómo no, la etnia.

¿Pero acaso la audiencia, probablemente blanca en su mayoría, no puede conectar con un negro? Cuando se hace un casting, los encargados escogen al que mejor lo hace, pero también al que mejor se adapta al papel ofrecido por el guionista y productor. Y esas valoraciones son, claro está, puramente objetivas. No obstante, las barreras raciales en lo audiovisual son, sobre todo, las históricas. Al menos son las más grandes y difíciles de superar. Porque si el personaje ha sido real, y se basa en alguien que existió, lo habitual es que se asemeje a él. Y, aunque lo verdaderamente importantes que esa semejanza sea en lo psicológico, vivimos en una cultura visual: predomina lo que nuestros ojos consumen, y nuestros ojos consumen mucho más fácilmente lo esperable que lo que rompe con los moldes. Es decir, ¿un puñetero rey inglés, negro?

Pues fue, precisamente, uno de los grandes logros del colour-blind casting, reflejado en el teatro, donde más fuertemente se han visto estos hitos, y no en la televisión. Si bien antes del 2000 ya se habían producido hechos remarcables en este aspecto, fue aquel año cuando, por primera vez en la historia, un negro interpretó a un rey inglés. David Oyelowo, de padres nigerianos, encarnó al Rey Enrique VI en una obra de la Royal Shakespeare Company encuadrada dentro del ciclo This England: The Histories. La designación de este actor hizo temblar los cimientos del mundo teatral inglés, y en cierto modo, de la propia sociedad. Aquellos que nunca se creyeron racistas se vieron a sí mismos de una manera totalmente impensable al defender, “por coherencia”, que un negro no podía hacer de rey. Lo hizo, y de una manera maravillosa: se llevó el Ian Charleson Award —prestigioso premio que se otorga a la mejor actuación en una obra clásica a actores de menos de 30 años- en 2001. Posteriormente, ha hecho carrera en Hollywood apareciendo, por ejemplo, en Rise of the Planet of the Apes, The Help o Red Tails, recientemente.

Un negro haciendo de un rey. Rey que existió y que fue blanco. Una gran parte de Inglaterra se escandalizó, pero lo cierto es que aquella decisión demostró ser acertada, tanto por premios como por las alabanzas de la crítica. Y sirvió, también, como cimiento de otras alteraciones históricas en pos del mejor producto y el mejor resultado. Por ejemplo, el afamado Adrian Lester hizo de Enrique V en la obra homónima reproducida en el Royal National Theatre. Cuando lo hizo, en 2003, el revuelo casi ni existió, y tampoco tuvo repercusión su puesta en escena.

El teatro británico es un buen ejemplo, pero en la televisión no encontramos casos así. Ni tan siquiera ejemplos de actores negros como protagonistas. En lo que llevamos de siglo, ni la BBC ni ningún otro canal se ha atrevido a darle a un actor negro la batuta de imagen promocional, de cara visible de una producción. Tuvo que llegar Idris Elba y encarnar a Luther, un traje hecho a su medida. Pero a eso llegaremos más tarde. Siguiendo con el colour-blind casting, podemos hacer referencias a su presencia, también, en obras estadounidenses. La serie Grey’s Anatomy (ABC, 2005), por ejemplo, realizó el casting de esta manera, y ningún personaje estaba matizado bajo ninguna etnia —mas luego el protagonista resultó ser un guaperas, y la protagonista una rubia de ojos claros—. Ni mucho trabajo, como podríamos ver durante ‘tooooodas’ las temporadas que lleva en antena —en ABC— la obra de Shonda Rhimes. En el film Wild Wild West —basada en una exitosa serie de finales de los 60 de la NBC—, el personaje de Jim West es llevado a la gran pantalla por Will Smith, cuando en su versión original era blanco —Robert Conrad era el actor—. Pete Ross, el amigo de la infancia de Clark Kent, y caucásico en todos los comics, fue negro en Smallville (The WB/The CW, 2001), con Sam Jones III dándole vida en un claro intento de globalizar, aún más, un producto como Superman. Metiéndonos en el mundo de los superhéroes, en 2004 nos encontramos con una actriz negra en el papel de una heroína que siempre había sido blanca, cuando Halle Berry fue Catwoman —aunque luego la película fuese una mierda—. En Daredevil (2003), el malvado Kingpin —ese tío gordo y calvo— fue negro, más concretamente Michael Clarke Duncan —sí, fue otra puñetera bazofia—. Y, sin irnos tan lejos y a ‘cosas’ de tan nefasto recuerdo, debemos señalar que hasta la saga de películas de The Avengers, el personaje de Nick Fury siempre había sido blanco. Es más, su versión moderna, la de agente de la CIA, fue elaborada a imagen —grosso modo— de James Bond. Y en los cines le podemos ver como Samuel L. Jackson.

Metidos de lleno en el mundo del cómic llevado a la gran pantalla como estamos, no podemos olvidar citar el caso que vimos recientemente en Thor (2011). La película del dios nórdico juntó a un elenco de grandes estrellas. Muchas, clara, de tez blanca y encarnando a esos dioses de la mitología del norte. Pero también vimos a un negro haciendo de Heimdall, el dios guardián que todo lo ve y todo lo escucha. La elección de Idris Elba causó un revuelo tal que llevó a varios aficionados, más bien ‘fanboys’, a impulsar un boicot contra la película. No entendían que una deidad nórdica, hijo de Odín y hermano de Thor y Loki, fuese negro. ¿Acaso Odín se fue de fiesta a África alguna noche y se marcó un Zeus, fornicándose en una orgía sin fin a alguna tribu perdida del continente negro? El caso es que los encargados del film defendieron su apuesta argumentando que Heimdall siempre había sido caracterizado como un ser de muy pocas palabras —de hecho, técnicamente no habla—, serio, con rostro taciturno y de complexión fuerte. Ese es Idris Elba, no hay duda.

Y la BBC, más recientemente, también dio un ‘salto de fe’ en su serie Merlin (BBC, 2008): Ginebra, esposa del Rey Arturo, es de tez café —Angel Coulby— y Sir Elyan, uno de los caballeros de la mesa redonda, es encarnado por Adetomiwa Edun, originario de Nigeria. Como vemos, hay presencia. ¿Pero por qué no un Arturo, o un Merlín, negro?

El colour-blind casting no está destinado solo a conseguir una igualdad de oportunidades para blancos y negros; es un concepto que va más allá, llegando incluso a los géneros o edades. Por ejemplo, una adaptación musical de Coraline, obra de Neil Gaiman, reproducida en The Lucille Lortel Theater de Off-Broadway, hizo de una adulta la protagonista, en detrimento de la niña original de nueve años. Fue otro de los logros de este sistema de casting. En la televisión, sin embargo, siguen existiendo personajes intocables, y lo que se destila de la presencia negra es el prototipo de persona de barrio, con pasado turbulento, problemas con la ley y conflictivo. Y en el prime-time también es difícil encontrar caras de las minorías étnicas.

Tradicionalismo blanco en Inglaterra

Si hablamos de personajes ficticios ingleses internacionalmente conocidos, los primeros que se nos vienen a la cabeza son Sherlock Holmes y James Bond. En general, vaya, dejando a un lado posibles fetiches que cada uno podamos tener en nuestro imaginario. Ambos son blancos, y nadie se los figuraría jamás negros. Lo mismo pasa con el Doctor, otro personaje de culto británico que actualmente disfruta de una segunda juventud con la serie Doctor Who (BBC, 2005). Blanco, blanco y blanco. Los tres inteligentes, carismáticos, hombres de ciencia y acción, paradigmas del ‘superhombre’ eterno, ‘timeless’, contemporáneo en toda época posible. Y, por todo esto, blanco. Porque a ver quién tiene los bemoles de poner un ejemplo negro para la sociedad brit.

Pues casi pasa. Si bien con la franquicia de Sherlock Holmes ha habido algún que otro rumor sin fundamento, pero nunca nada serio, sí que se ha hablado y mucho de ver en la gran pantalla a un James Bond negro, o de ver a un Señor del Tiempo de origen africano en la Tardis. En el primero de los casos, fue precisamente Idris Elba el que sonó —y sigue sonando— para sustituir a Daniel Craig cuando este cumpla su cuota de películas. Al sexto 007 le quedan dos más y cerrará su ciclo. A Elba se le preguntó al respecto el pasado verano en una entrevista para la NPR (National Public Radio) estadounidense. Contestó: “Claro que me gustaría ser James Bond”. Sin embargo, rechazó rápidamente la concepción de su persona y personaje como ”el James Bond negro”. ”No quiero ser el James Bond negro. Sean Connery no fue el James Bond escocés, y Daniel Craig no es el James Bond de ojos azules; así que si hago de él, no quiero ser conocido como el James Bond negro”. Ciertamente, muchos tabloides británicos no tardaron en tildar a Craig como el ”James Bond rubio”, así que probablemente se aventurarían a hablar del color de piel de Idris Elba.

Y es que, maldición, el color de piel solo cambia la apariencia, no quién eres. James Bond puede ser negro. Entraría en consideración muchas otras variables, claro, como el trato que recibiera de ciertos sectores sociales de Gran Bretaña. Ser negro influye en pequeños detalles, pero no es impedimento para hacer de James Bond. No es, por ejemplo, como si se cambiara el género. Eso sí es un ‘game changer’ absoluto, un punto de no retorno y que no se podría justificar de ninguna manera. Doctor Who es una serie que ha estado en antena —con alguna que otra interrupción— en la BBC desde 1963. Han existido once doctores, es decir, protagonistas. Todos ellos han sido blancos. Sin embargo, se especuló en 2010, con la marcha de David Tennant, quien había dado vida al décimo Señor del Tiempo, con un protagonista negro. Se habló de Adrian Lester, descendiente de jamaicanos y uno de los que tuvo que buscarse la vida fuera de Gran Bretaña antes de que le hicieran caso en la televisión de su país. Lester es conocido sobre todo por ser el protagonista de Hustle (BBC, 2004), una de las grandes series británicas del siglo. Pero en 2002 tuvo que irse a Estados Unidos en busca de un papel recurrente, que lo encontró en Girlfriends (UPN/The CW, 2000), una sitcom que se mantuvo durante ocho años en parrilla y que aupó la carrera, hasta el momento algo titubeante, de Lester.

Lester afirmó que en una entrevista en la radio pública que “he sido siempre seguidor de Doctor Who, crecí viendo la serie y es un papel que me encantaría desarrollar”. Desde entonces, el actor ha sido inquirido en numerosas ocasiones sobre el asunto, y su agente ha admitido que han existido contactos de cara al futuro. “No encuentro razón por la cual no haya un Doctor negro”. Y es cierto. El personaje es el último Señor del Tiempo que queda en todo el universo. Viaja por el espacio-tiempo a su antojo en una cabina telefónica que se llama Tardis, tiene enemigos extraterrestres de todo tipo, va acompañado de una compañera —de buen ver, casi siempre—, y se dedica, en definitiva, a salvar el día… sea cuando sea eso. Además, un dato importante para aquellos ajenos a la serie: cada indeterminado tiempo, el Doctor se ”regenera” y cambia completamente su imagen. Por tanto, ¿por qué no el color de piel? Algunos fans abogan por mantenerlo blanco “porque es un personaje blanco”, según uno puede leer en muchos foros de la materia, pero otros se dejan seducir por la idea y sostienen que el Doctor siempre ha sido ”británico y excéntrico”, y que la raza poco importa. Debería importar poco, claro, en tanto estamos hablando de un condenado extraterrestre. Hasta en esos casos se discute si el negro es bueno o malo, maldición.

Con respecto a Sherlock Holmes, nunca se ha cuestionado la blancura del personaje, quizá por la época y la ambientación. No obstante, el colour-blind casting triunfó —supuestamente— en la nueva serie Elementary (CBS, 2012), que se estrenará en otoño. Con Johnny Lee Miller como protagonista, Lucy Liu tendrá el otro papel de gran peso en la serie… sí, el de Watson. Cambiará el John por el Joan, y será la ‘sidekick‘ del detective del 221B de Baker Street. No obstante, la inclusión de una de las ángeles de Charlie como Watson apunta en una dirección más transgresora, provocativa, llamativa o comercial que como una manifestación de la libre elección de reparto. ¿Qué necesidad había? Cambia completamente el personaje y, sin duda, la relación que tendrá con Holmes. No obstante, es una adaptación libre y, como tal, merece que le den una oportunidad. Lo que está claro es que, resulte como resulte el experimento, se ha alterado notablemente al personaje y, en parte, a Holmes también.

En resumidas cuentas: la etnia no cambia un personaje, solo su apariencia. El aspecto, de acuerdo, es una parte muy importante, sobre todo en la interacción y no tanto en la propia confección de la figura; pero no es, ni de lejos, algo que suponga restringir las posibilidades y no salir de patrones predeterminados. Porque lo establecido debería ser nada.

Exiliados y motivaciones

Harewood no es el primero que se queja, ni es el primero que ha tenido que irse de Gran Bretaña para hacer carrera como actor. Nos centramos, sobre todo, en la televisión, porque es el único medio que admite comparaciones. Aún así, es obvio que existen muchísimas diferencias entre británicos y estadounidenses. El mercado americano es muchísimo más extenso y contempla oportunidades impensables en el de las islas. Por tanto, más allá de que exista ese racismo o no, lo cierto es que por naturaleza van a producirse desigualdades que pueden llegar a explicar la falta de espacio para el actor negro británico en su televisión.

Pero este artículo se llama El éxodo negro de la televisión inglesa, y todo lo escrito hasta ahora sería inútil y un sin sentido si no explicase que, ciertamente, existe esta marcha de actores de origen africano a Estados Unidos. Voy a realizar una pequeña lista de varios ejemplos paradigmáticos que probarán que, por racismo, oportunidades o azar, son muchos los profesionales negros que han tenido que irse de su casa para triunfar.

David Harewood. Sus declaraciones a The Telegraph sirvieron para iniciar, por lo que parece el más oportuno para encabezar el listado. Nacido en 1965 en Birmingham, aparece por primera vez en la televisión en el año 1990 como invitado en un capítulo de Casualty, una serie médica de la BBC que lleva en antena desde 1986 y que cuenta ya con 565 episodios y 26 temporadas. Ríanse ustedes de las telenovelas sudamericanas inacabables. En la última década del siglo XX encontramos, sin lugar a dudas, una muestra de la limitación negra en la televisión inglesa. Y es que en la serie policiaca de The Bill (BBC, 1984), que se mantuvo en antena durante siete temporadas, observamos que Harewood apareció en cuatro ocasiones… ¡haciendo de cuatro personajes diferentes! Uno en 1990, otro en 1992, otro en 1995 y otro en 1997. Pero no, que nadie eche el grito al cielo. Esto es algo recurrente en esta serie que ha tenido más de 1000 capítulos, y pasa con negros y con blancos por igual. El primer trabajo periódico que tiene, tras protagonizar varias películas para televisión, es el del Doctor Mike Gregson en la serie Always and Everyone (ITV, 1999). Apareció en cinco de los veinte episodios que tuvo esta producción durante los tres años que se mantuvo en la parrilla inglesa. No obstante, saltó al estrellato con The Vice (ITV, 1999), serie sobre una patrulla antivicio en la que encarnaba al Inspector Joe Robinson, del que se perfila siempre como un hombre oscuro, de moral dudable. Qué raro.

En 2004 y 2006 empezó a ser conocido en Estados Unidos. En 2004 fue cuando hizo de Príncipe de Marruecos en The Merchant of Venice, compartiendo pantalla con Al Pacino, Jeremy Irons, Joseph Fiennes,… Luego, dos años más tarde, apareció en Blood Diamonds con Leonardo DiCaprio y Djimon Hounsou. Aquel rodaje, recuerda en una entrevista a The Guardian, es el punto más alto de su carrera. Estas apariciones en Hollywood le valieron papeles de cierta importancia en varias miniseries inglesas, pero nunca como uno de los personajes fuertes. Apareció en el doble episodio The End of Time de Doctor Who, hizo del fraile Tuck en Robin Hood (BBC, 2006),… Pero no fue hasta Homeland, en Estados Unidos, cuando tuvo un papel de importancia rotunda. En esta serie de Showtime, protagonizada por Damian Lewis —compatriota, pero pelirrojo— y Claire Danes, personifica a David Estes, jefe de la protagonista y personaje . Se quejó cuando, al tener seis meses libres de rodaje, se encontró con que nadie le ofrecía nada en Gran Bretaña porque no existían personajes negros. Su actuación en Homeland ha sido una de las claves del categórico éxito de este estreno.

Idris Elba. El caso más conocido. Uno de los hombres de moda en el mundo televisivo y cinéfilo. Antes del año 2002, este actor de Londres ya tenía una amplia carrera en la televisión de su país. Había aparecido en dos ocasiones en The Bill, había gozado de papeles fijos en series como Family Affairs (Five, 1997), una famosa ‘soap opera’ inglesa; Ultraviolet (Channel 4, 1998); Dangerfield (BBC, 1999),… Pero en 2002, todo cambió. Poco antes se había ido a Estados Unidos a probar fortuna. Le dijo a Harewood, como este mismo recuerda en varias entrevistas, que se iba a América porque estaba frustrado y cansado de no ser tomado en consideración para personajes importantes. El de Birmingham fue escéptico; pero ha quedado demostrado que aquel movimiento fue el acertado. Elba apareció de invitado en Law & Order (NBC, 1990) y CSI: Miami (CBS, 2002), y luego llegó su gran oportunidad: The Wire (HBO, 2002).

David Simon aceptó la idea de que un londinense hiciese de Russell ‘Stringer’ Bell, un nativo de West Baltimore que estaba destinado a ser uno de los pesos pesados en la distribución inteligente de la droga en los suburbios. Y el plan funcionó, porque Idris Elba se destapó como un actor único. Su personaje aguantó 37 capítulos, hasta 2004, pero él no desapareció. Actuó en varias películas como 28 weeks later (2007), American Gangster (2007), Rocknrolla (2008), The Unborn (2009)… Luego tuvo el papel de Charles Milner en The Office (NBC, 2005), siendo parte de siete episodios en la quinta temporada. Tras otras apariciones en películas de Hollywood y series estadounidenses, la BBC ideó un papel perfecto para él: la del Detective John Luther, protagonista de Luther, una obra que ha obtenido reconocimiento internacional. Como ya he comentado, apareció en Thor y lo hará en Thor 2 (2013). Además, es uno de los importantes en Prometheus (2012), film que trae consigo grandes expectaciones. Se especula con que interprete a Nelson Mandela en Long Walk to Freedom (2014). Además, tenemos los rumores que le sitúan como el próximo James Bond. El futuro de Idris Elba, ocurra lo que ocurra, es brillante. Y tuvo que irse a Estados Unidos para que lo fuera.

Marsha Thomason. No todos son hombres. Las actrices también se han visto obligadas a irse a Estados Unidos a probar suerte. Un ejemplo es el de Marsha Thomason (Manchester, 1976). Tras participar en Pie in the Sky (BBC, 1994), Where the heart is (ITV, 1997) y Playing the field (BBC, 1998) con personajes recurrentes, tuvo que marcharse al no encontrar hueco en las películas británicas, ni tampoco, como admitiría en una entrevista a la radio pública en 2003, un papel serio y que le supusiera un reto en la televisión. Fue la enamorada de Martin Lawrence en Black Knight (2001) y la de Eddie Murphy en The Haunted Mansion (2003). Tuvo otros papeles en Hollywood, pero la gran oportunidad le llegó ese mismo año en la televisión, con el personaje de Nessa Holt en Las Vegas (NBC, 2003). Los 47 episodios de los que disfrutó en la serie sobre el Casino Montecito le sirvieron de cimiento. Después hizo varias películas, probó en varias series, y tuvo momentos estelares en Lost (ABC, 2004) y, actualmente, en White Collar (USA Network, 2009), en el que tiene un papel fijo. Mujer de armas tomar, ha dejado atrás la imagen de niña buena que tenía en Gran Bretaña gracias a su salto a Estados Unidos.

Adrian Lester. Forjado en la escena teatral británica, admite que se vio obligado a dar el salto a Estados Unidos para progresar en su carrera. No obstante, aclara que para él, todo actor británico, sea negro o blanco, debe dar el salto a América si quiere avanzar y mejorar. Él lo hizo tras hacer varias obras de teatro y varias películas como Best (2000) —biopic sobre George Best—, Maybe baby (2000), The Final Curtain (2002),… y muchas otras producciones de medio pelo. En 2002 fue cuando se decidió a dar el salto, y lo hizo gracias a la ‘sitcom’ Girlfriends ya mentada. Producida, por cierto, por Kelsey Grammer. Tras eso, le llegó la llamada de la BBC para protagonizar Hustle, y convertirse en un auténtico icono de la televisión de su país. Su exilio fue bastante breve. También fue uno de los protagonistas de la miniserie Bonekickers (BBC, 2008). Es uno de los pocos actores negros que han conseguido hacer carrera sólida en la televisión británica, si bien tuvo antes que darse a conocer fuera.

Parminder Nagra. Vale, ella no es negra, es color café venido de la India, pero el racismo ocupa igual a los profesionales de origen hindú. Al menos así lo entiende la propia Parminder Nagra (Leicester, 1975), que en su Twitter (@parmindernagra) apoyó las declaraciones hechas por David Harewood hace pocos meses. Su caso también sirve de ejemplo: tras vagabundear en diferentes series británicas sin encontrar ningún papel de importancia, su protagonismo junto a Keira Knightley en Bend It like Beckham (2002) le abrió las puertas… de Estados Unidos. Hacia allá emigró y consiguió el papel de la Doctora Neela Rasgotra en ER (NBC, 1992), la famosa ”Urgencias”. Encarnó ese personaje desde 2003 a 2009 en un total de 129 capítulos, convirtiendo su cara en una de las reconocidas en la televisión americana. Apareció recientemente en Alcatraz (Fox, 2012), cancelada tras perder más de 6 millones de espectadores en su única temporada. Este año estrena película inglesa, y en una entrevista con The Guardian el pasado abril admite que la toman más en cuenta tras su periplo estadounidense.

Aml Ameen. Uno de los últimos actores negros británicos en dar el salto a Estados Unidos. Ameen nació en Londres en el año 1985. En 2006, tras haber aparecido en la ya mentada The Bill, protagonizó junto a varios actores prometedores Kidulthood (2006), una película inglesa que narra las aventuras de una problemática banda de jóvenes del oeste de Londres. El film fue todo un éxito en las islas, y catapultó a Ameen a la fama. Protagonizó luego The Pick Up (2011) y apareció en Red Heart (2011), dos producciones británicas. Su nombre sonó para papeles recurrentes en series como Doctor Who o Luther, pero finalmente nadie apostó por él. Fue el pasado año de 2011 cuando pudo dar el salto a Estados Unidos. Lo hizo con un papel principal en la comedia Harry’s Law (NBC, 2011), protagonizada por Kathy Bates y que ha sido uno de los mejores estrenos de la temporada. Spielberg le tuvo en cuenta para Red Tails (2012), y este año estrenará Evidence (2012), del director Olatunde Osunsanmi (The Forth Kind), producida en California.

Tenemos otros muchos ejemplos de actores negros que han tenido que emigrar. Por ejemplo, una de las chicas de moda en la televisión estadounidense comparte similitudes con los casos expuestos anteriormente. Es Gugu Mbatha-Raw. Sí, reflexión profunda para decidir el nombre. Gugu fue la protagonista de Undercovers (NBC, 2010), la enésima obra fallida de JJ Abrams —era creador—y de la NBC, y actualmente es la co-protagonista de Touch (Fox, 2012). En la BBC apareció como Trish Jones en Doctor Who durante cuatro episodios, y fue una de las protagonistas de Bonekickers, donde coincidió como Adam Lester. Este año estrena Odd Thomas (2012) con William Dafoe y Anton Yelchin, mientras que el próximo año protagonizará la inglesa Belle (2013). El de Chiwetel Ejiofor es otro caso exponible. En su caso hablamos del cine, pues tras estancarse en Gran Bretaña tuvo que marchar para, con el tiempo, aparecer en películas como Children of Men —con colaboración inglesa— (2006), American Gangster (2007), 2012 (2009) o Salt (2010). El pasado año protagonizó The Shadow Line (BBC, 2011), una de las sensaciones de la televisión mundial. Se trata de un drama policial se siete partes que gira en torno a un asesinato, y que enfoca el mismo desde el lado de la ley y el criminal. Una gran serie enormemente recomendada. Eijofor aparecerá en Savannah (2012), un film ambientado en los años posteriores a la Guerra Civil americana que protagonizarán Jim Caviezel y Jaimie Alexander; y en Twelve Years a Slave (2013), donde será un hombre libre en la Nueva York de mediados del siglo XIX que será secuestrado y vendido como esclavo. Esta película correrá bajo la dirección de Steve McQueen y contará con Brad Pitt y Michael Fassbender.

Se está produciendo un éxodo negro en la televisión inglesa. Se lleva produciendo desde comienzos de siglo, y si bien ya comenzamos a ver más caras negras en las producciones británicas —no me puedo olvidar de Daniel Kaluuya y su espectacular actuación en el segundo episodio de Black Mirror (Channel 4, 2011)—, parece que todavía se muestra reticencia a dar papeles grandes a estos actores.

 


La figura de Kevin Smith


Hay quien dice que Kevin Smith es director de cine. Curiosamente, eso es lo último que él se considera. La de Smith es una figura compleja, incluso dejando a un lado su complexión física. Cineasta, guionista, productor, actor, comediante, empresario… El de Red Bank tiene muchas caras, todas ellas impregnadas de un matiz característico y propio: New Jersey. No hay, probablemente, artista estadounidense más orgulloso de su procedencia que quien naciera el 2 de agosto de 1970 en el estado más densamente poblado del país. Su obra daría comienzo a finales del 93, cuando empezó a grabar Clerks, ópera prima, en la pequeña tienda en la que trabajaba hace casi ya 20 años. Algunos le conocen por ese tipo de película independiente con aroma a buddy comedy; otros, por una segunda fase de su cine, algo más comercial; y la inmensa mayoría, por ser un icono de Internet, paradigma de artista del siglo XXI. Original, discordante, libre de tabúes. Así es Kevin Smith, y a continuación analizamos sus múltiples caras.

1. Kevin Smith, creador

Su esencia es la del autor. No estamos ante un descubridor o innovador, si bien algunos consideran su segunda película, Mallrats, como uno de los filmes que supusieron el génesis de las buddy comedy, esas comedias americanas que tiene como protagonistas a una pareja de amigos que ansían, durante todo el largometraje, acabar con la chica. Nada más lejos de la realidad; Smith quiso contar historias y se lanzó a por ello. En el libro The Film That Changed My Life: 30 Directors on Their Epiphanies in the Dark, Smith reconoce al periodista Robert K. Elder que la película Slacker (1991, Richard Linklater) fue la que le impulsó a utilizar el cine como vía expresiva. Por tanto, ante todo, Kevin Smith crea, no transforma.

1.1 Director

Es un director breve, concreto, sin demasiadas florituras. Aprendió lo justo y necesario con sus estudios y con la ayuda de su inseparable Scott Mosier logró estrenarse con Clerks, una obra que costó poco más de 27.000 dólares —y se realizó en 21 días— y que recaudó en las taquillas norteamericanas unos 3 millones. Carrera lanzada. Aquella fue la única película en blanco y negro, pero los planos generales cortos, inmóviles, y los escenarios propios de sitcoms televisivas serán las constantes de la dirección de Smith. Mallrats, desarrollada casi íntegramente en un centro comercial, es un gran ejemplo de su tipo de orientación simplista, más acomodada en el guión que en el énfasis visual. Los planos generales en exteriores delimitados también son recurrentes en la obra de Smith, y a cualquiera se nos puede venir a la cabeza la maravillosa pareja que conforman Jay y Silent Bob, apoyados en diversos y variopintos muros. De esta tónica podrían salirse Jersey Girl y Zack and Miri Make a Porn, dos películas más convencionales de cine de sala y que se alejan del ser de Smith. En cualquier caso, Smith siempre ha afirmado que es un director malo, sin estilo propio, que se limita a situar a sus personajes de la mejor manera posible con el objetivo de que los diálogos, la verdadera fuerza de sus películas, surjan naturalmente. Su empatía, en esto, es clave.

Plano secuencia cortado con edición brusca y maravilloso diálogo: puro Kevin Smith

1.2 Guionista

No todo aquel con una historia sabe contarla. Y esto se puede extrapolar a cualquier ámbito de la creación artística. En el cine tenemos muchos ejemplos de grandes ideas que no han sabido ser traspasadas a la pantalla de la manera adecuada. Quizá es por esto por lo que Smith es tan escueto en sus planos, para dedicarle más tiempo a sus diálogos. Porque su guión, más que el de cualquier otro cineasta, se basa en el coloquio. Y, aún así, es capaz de darle monólogos inolvidables a sus personajes; incluso a algún desconocido, como sucediera en la escena de Clerks en la que Dante (Brian O’Halloran) y Randal (Jeff Anderson) discuten sobre la destrucción de la Estrella de la Muerte y los trabajadores autónomos al servicio del Imperio. Fresco y agudo, su primer film fue de lo más trasgresor hecho en la última década del siglo XX, aunque eso lo veremos más adelante. Como guionista, Smith se destaca por la empatía que logra en su audiencia. Ha guionizado todo lo que ha dirigido a excepción de Cop Out, película del año 2010. No obstante, su frescura ha caído presa del tiempo y ha envejecido mal y aprisa. Dejando a un lado Jersey Girl, manchón importante en su filmografía, encontramos que Zack and Miri Make a Porn carece también de ritmo, quizá por estar encadenada a actores y productores, intereses económicos que para Smith no importaban en el amanecer de su cine. No olvidemos que el hilo narrativo, en sus inicios, fue para el de Red Bank poco más que un mal obligado, pues veíamos sucesivos sketches que se encargaban de esbozar el contexto propiamente. Podemos resumir, pues, que de un Kevin Smith de diálogo denso pero natural, de gran importancia, pasamos a uno actual más comedido, maniatado por la profesionalidad y la mediatización de sus gags. Sin olvidar, jamás, que bajo este manto enorme de humor se esconde siempre crítica e inteligencia. La idea que uno puede extraer de Dogma, por ejemplo, es brillante; Dios, de existir, es ateo, y es el hombre quien lo ha hecho así.

1.3 Blogger

Kevin Smith actualiza con periodicidad su blog My Boring Ass Life, en el que se muestra sin ningún tipo de pudor. Critica, comenta, e informa a todo su público que se concentra en Internet. Para Smith, las nuevas tecnologías son claves; cualquiera lo diría viendo sus inicios. Pero entre sus vídeos virales y su genialidad ilimitada se ha reafirmado como uno de los iconos de la cultura independiente. La última entrada —datada a 23 de enero— es un anuncio en el que comunica que su pequeña compañía cinematográfica, Smodcast Pictures, seleccionará varias películas que sean enviadas —de cualquier género, financiación y tipo— para promocionarlas en un tour por toda la geografía estadounidense durante 2012. Retomando la idea de distribución de Red State, su última obra publicada y penúltimo film que hará. Manteniéndose en esta brecha satírica y mordaz, Smith también hace un gran uso de su cuenta de Twitter (@ThatKevinSmith), seguida por 1.994.246 cibernautas, convirtiéndose en una extensión de su cerebro. Para bien y para mal. En esta cara suya, la de blogger, vemos también reflejada la verdadera pasión que siempre le ha movido: contar.

1.4 Escritor, cómics

Generalmente acompañado por Joe Quesada, Kevin Smith ha hecho su sueño más primigenio realidad: escribir cómics y formar parte de su universo preferido. Al margen de sus propias obras, siempre centradas en personajes recurrentes —cómics sobre las aventuras de Jay y Bob, una obra que enlazaba Chasing Amy y Dogma que recibe el nombre de Chasing Dogma…—, Smith ha colaborado tanto con Marvel como con DC Comics. Para la primera firma realizó un arco argumental de ocho tomos para Daredevil (Guardian Devil, 1999), y dos miniseries para Spiderman (Black Cat: The Evil that Men Do, 2002) y, nuevamente, Daredevil (Bullseye: The Target, 2002). Para DC, Smith escribió un arco de 15 tomos de Green Arrow (Quiver, 2002), el cómic íntegro Batman: Cacophony (2008) con el trazo de Walt Flanagan, y otro nuevo arco para Batman (The Widening Gyre, 2010). Además, ha prestado dos de sus ideas a Dynamite Entertainment: una historia de Green Hornet basada en un guión para cine que no salió adelante; y una creación propia, The Bionic Man, que encuentra también su génesis en un guión cinematográfico que Smith esbozó en 1998 y que fue rechazado por Universal por considerarlo más propio de las hojas de un cómic que de las imágenes de una película. Los críticos especializados coinciden en apuntar la obra comiquera de Smith como creativa, genuina y acertada. Mención especial para Batman: Cacophony, bestseller en The New York Times en su sección de novela gráfica.

1.5 Comediante

Kevin Smith no es un comediante per se. Podríamos describirlo como un stand-up comedian —comediante en vivo— en tanto que se encuentra ante un público en un gran escenario. Sin embargo, mezcla este género cómico con la conferencia, pues acepta preguntas de la audiencia y a partir de ellas cuenta historias desternillantes. Para apreciar lo puro y desenfadado de esta cara suya, el lector debería visualizar su serie de conferencias convertidas en DVD: primero tenemos An Evening with Kevin Smith (2002), distribuida por Columbia Pictures. Se trata de tres horas y media de historias —entre ellas, la de Superman o la de Tim Burton— contadas en diferentes universidades del país. Luego salió al mercado An Evening with Kevin Smith 2: Evening Harder (2006), basado en dos espectáculos en Londres y Toronto. Vuelve a hablar de sus películas de una manera irreverente y desahogada, de su inspiración y de historias personales. En tercer lugar, Smith publicó la celebración de su 37 cumpleaños en Sold Out: A Threevening with Kevin Smith (2008), un show realizando íntegramente en su natal Nueva Jersey. Los dos DVD contienen un total de cinco horas de material sin censurar. El retrato de Bruce Willis, sus mejores recuerdos de Clerks II,… Hasta la inquietante historia de su fístula anal y de cómo la tuvo que aguantar formando parte de un jurado popular. El cuarto documental entrevista es Kevin Smith: Too Fat for 40 (2010), en el que repite fórmula: día de su cumpleaños y Count Basie Theater como base de operaciones, en Red Bank. La figura del Smith comediante es, quizás la más fiel a su verdadero ser.

La famosa historia de Superman

2. Un tío de Jersey

Llegamos a sus películas. Ya iba siendo la condenada hora. Cuando uno puede analizar y aglomerar las películas de un autor de manera cronológica sin ver alterado el resultado del producto, es un síntoma de curva clara en la trayectoria. No obstante, veremos que hay excepciones. Este trío de películas siguen un patrón claro, y no es más que los albores de su obra.

2.1 Clerks (1994)

Smith tuvo que vender toda una colección de cómics amasada durante más de veinte años para poder financiar —como he dicho, poco más de 27.000 dólares— su primera película: Clerks. Escritura maravillosa, guiones atrapantes y actuaciones amateurs que no hacen más que fomentar la empatía del público con las historias cotidianas que se cuentan durante la hora y media de obra. Conversaciones sobre Star Wars, el sexo oral, porno hermafrodita… Cualquier cosa vale. Casi veinte años después, Clerks es considerada como una película de culto, siendo para Empire la 4ª mejor película independiente de la historia. Y una frase para el recuerdo, la única de Bob —personaje de Kevin Smith— en el film: “El mundo está lleno de tías buenas. Pero no todas te traen lasaña al trabajo, solo te ponen los cuernos“.

2.2 Mallrats (1995)

La expectación era grande, y mucha gente quedó decepcionada con la segunda obra de Smith, que no tuvo que producir. Esto le valió para hacerse con un elenco mucho más profesional, aunque lleno de desconocidos en aquella época: Jason Lee se estrenó como protagonista, y estuvo rodeado por un imberbe y anónimo Ben Affleck, Jeremy London, Shannen Doherty, Joey Lauren Adams… y, por supuesto, por Jason Mewes como Jay y por el propio Smith como Silent Bob. Mallrats se desarrolla en un centro comercial, y con el tiempo ha gestado en sus seguidores un fanatismo que la sitúa casi como otra película de culto.

2.3 Chasing Amy (1997)

Jason Lee queda, esta vez, como co-protagonista en favor de un emergente Ben Affleck que empieza a vislumbrar un aceptable futuro como actor. Joey Lauren Adams, por entonces novia del director, toma el peso femenino de la película. Las casi dos horas de largometraje narran la desventura amorosa de Affleck y Adams, en la que la bisexualidad de la segunda juega un papel importante. Volvemos a las conversaciones sexuales explícitas, a las risas fáciles pero inteligentes de trasfondo. Chasing Amy costó 250.000 dólares y recaudó 12 millones. Mosier, cómo no, en la producción. Y el estudio propio, View Askew Productions, detrás. Los papeles de Cupido de Jay y Bob son, sencillamente, desternillantes.

Un ejemplo de monólogo y de la pasión de Smith por Star Wars

3. Mercado mundial

Algunos llaman a ese inicio de Smith Jersey Triangle, refiriéndose a la localización del trío de películas, Nueva Jersey. Pero en 1999, traspasaría por primera vez las fronteras estadounidenses. Claro que ya lo había hecho, pero la crítica internacional, más allá de la especializada de Cannes, desconocía la figura de este artista. A partir de Dogma, para bien o para mal, Kevin Smith sería reconocido.

3.1 Dogma (1999)

A punto de entrar en el nuevo siglo, Kevin Smith se fue a lo grande, y abordó un tema que siempre ha llevado consigo: su fe religiosa. Así, emprendió la idea de Dogma, una película que no dejó indiferente a nadie. Recibió amenazas de muerte por parte de sectores devotos, alabanzas por parte de crítica y público. En esta película se mezclan dos mundos: el de Smith —con Jay y Bob, con la intrascendencia de su cine, con la naturalidad innata de sus planos—, y el profesional —con actores como Alan Rickman, George Carlin, Affleck, Matt Damon, con un presupuesto de 10 millones—. Y de la unión resulta una película extravagante de dos horas que transcurren rápidamente gracias al humor y a la trivialización inteligente de la religión.

3.2 Jay and Silent Bob Strike Back (2001)

Y por fin lo que todo el mundo esperaba: una película dedicada a Jay y Bob. El rap del inicio forma parte ya de la gran memoria colectiva del espectador de cine. En el cómputo global, es una comedia procedimental con un hilo narrativo plano y unidimensional. Sin embargo, Smith sigue demostrando su frescura dialogal dejando para el recuerdo muy diversas escenas. Es la explotación justificada de la pareja que forman Mewes y el propio director. Además, al originarse por una orden de alejamiento que piden Randal y Dante, y al contar con la presencia de Lee y Affleck como Brodie y Holden, respectivamente, el fan de Smith se ve reflejado en toda una historia vital; el que no lo es, claro, puede perderse muchos detalles. Fue la película más cara, costando algo más de 20 millones, y recaudó en taquilla únicamente 33.

3.3 Clerks II (2006)

Segundas partes nunca fueron buenas. Pero esta sí. Y, claro, se trata de una opinión muy personal. Pero Clerks II, tras unos extraños pasos que fueron más bien vacilaciones, supone para Smith la vuelta a su fuente de vida eterna. Volvemos a encontrarnos con sexo, con Star Wars, con referencias culturales y con un trato normal a temas tabúes en la sociedad. La incorporación de Rosario Dawson otorga más frescura si cabe a la película. Trevor Fehrman, encarnando a Elias, hace un trabajo genial. Esta sí fue un éxito económico: 5 millones de producción para 26 de beneficio. Hay fidelidad al trash-talking de Clerks.

No hace falta mirar; el diálogo lleva el peso y es lo importante

4. A press’ bitch

El estilo de Kevin Smith es no tener estilo. Y, además, es una puta de la prensa. Así se ha definido él mismo en diversas situaciones. Es un genial concepto para entender estas dos películas de su filmografía. Tanto Jersey Girl como Zack and Miri Make a Porn responden a factores y fuerzas externas. Esbozos de un Smith irreconocible, de una cara que solo aparece aquí. Y menos mal.

4.1 Jersey Girl (2004)

Mucho trabajo detrás, mucha dedicación… y Ben Affleck. Smith reconocería en An Evening with Kevin Smith 2: Evening Harder, que la idea surgió tras una petición de Affleck, que ansiaba una historia de amor con final feliz tras lo sucedido en Chasing Amy. Así se gestó Jersey Girl, una película llena de clichés amorosos en las que solo hay dos destellos de la personalidad del director: una conversación sobre la masturbación en la cena, y el considerado primer chiste en una película sobre el 11S. Más allá de eso, unas actuaciones lamentables, un hilo lastrado por la inexistente química o empatía de ninguno de los actores, y un resultado penoso. Una película cuya producción costó 35 millones y que gastó unos 15 en marketing apenas pudo hacer 36 millones en taquilla, tanto local como internacional. Un tiro a la cabeza de Smith a sus aficionados.

4.2 Zack and Miri Make a Porn (2008)

La idea era interesante y prometía, pero el resultado final dista mucho de reflejarnos al Smith que brillaba con Clerks. Junto con Jersey Girl, fue la única película que no se encuentra dentro del llamado View Askewniverse, el universo de Smith. No obstante, tenemos a Jason Mewes haciendo de actor porno. De él, vaya. Oye, algo es algo. Es un film que carece de ritmo, con pocos puntos graciosos y que, en general, resulta en una comedia romántica típica y tópica. En ningún momento se produce ninguna conexión, y el humor se intuye más que se percibe. Se pegó un buen golpe en taquilla, aunque esto fue debido, sobre todo, al rating R que recibió la película, cuando no era más que una NC-17. Porque sí, hay sexo, ¿y qué? Nadie se quita los ojos o no se ven intestinos como en algunas de terror. Cosas del mundillo que uno jamás entenderá.

5. El artista del siglo XXI

Kevin Smith tiene algo de renacentista. No, está claro que no es su figura ovalada. Es más bien su pasión artística, su curiosidad innata que le lleva a contar historias de todas las maneras posibles, y a no quedarse quieto ante injusticias de su mundo. No es un samaritano, pero tampoco lo fueron Leonardo Da Vinci y compañía. Smith tiene una repercusión enorme en Internet, el futuro y ya casi el presente de cualquier director de cine, actor o productor. Es uno de los paradigmas de lo que veremos a lo largo de este siglo recién empezado.

5.1 Red State y distribución

Red State (2011) ha sido la última película publicada por Kevin Smith. Se trata de una crítica virulenta y sin miramientos a la sociedad norteamericana y, en especial, al fanatismo religioso que tan expandido está en el territorio estadounidense. Tan fuerte es la película, y tan alejada de su vertiente cómica, que anunció en Sundance que él mismo se encargaría de distribuir la película, sin depender de ninguna compañía. Durante mucho tiempo se especuló con que Smith vendería los derechos al mejor postor, pero finalmente se los quedó para él, y se dedicó a viajar por el país para enseñar esta película independiente en todos los sentidos de la palabra. ¿Un nuevo modo de distribución? Lo cierto es que ya Mel Gibson lo hizo con su pasión, pero hay pocos antecedentes y sí varios consecuentes: The Way de Emilio Estévez y Martin Sheen, el tour de Francis Ford Coppola para su película más reciente, Louis CK vendiendo su último espectáculo especial directamente desde su web… Sobre la película en sí, toda la intriga del guión se pierde en una dirección pobre. En la comedia, esta faceta no es muy importante; en el terror, género de esta película, la cámara es clave y Smith demuestra no estar a la altura del juego necesario.

Tráiler de la inédita, en España, Red State

5.2 Emprendedor: network y tienda

Kevin Smith es un culo inquieto. Cualquiera lo diría viendo sus más de cien kilos de peso. Pero es que el curioso de hoy en día no tiene por qué hacer ejercicio alguno. ¡Benditos ordenadores y benditas redes sociales que evitan cualquier interacción social! Smith, junto con Mosier, dirige SModcast, un podcast semanal que se actualiza los domingos desde el 5 de febrero de 2007. Con el tiempo se ha convertido en toda una network que tiene una amplia programación e, incluso, se ha expandido hasta el cine y las animaciones. Además, Smith abrió una tienda de cómics en su Red Bank (35 Broad Street) llamada Jay and Silent Bob’s Secret Stash, que posee todo tipo de cómics, merchandising y productos relacionados con las películas de View Askew, tales como pósters, ropa, figuras coleccionables… Fue abierta en 1997, pero Smith se vio obligado a ampliarla y cambiarla de localización al encontrarse con visitantes de todo el mundo. Durante un breve período de tiempo, hubo otra Secret Slash en Los Angeles, más concretamente en Westwood, pero acabó cerrando a los cinco años (2004-2009). La tienda será el enclave de un documental de seis episodios que se estrenó el pasado 12 de febrero en la AMC llamado Comic Book Men, acompañando los domingos a The Walking Dead.

6. Kevin Smith y su futuro

Smith anunció ya que se retirará de la dirección con su próxima película, Hit Somebody, que finalmente constará de dos partes: una primera con aviso de edad de PG-13, y una segunda con R. La película girará en torno al deporte favorito del de New Jersey: el hockey hielo. Su fanatismo queda al descubierto desde su primera película. Así que, en cierto modo, es un final lógico de acabar esta parte de su vida. Justificó su retirada por la falta de pasión y de historias que contar, además de criticar la manera de distribución de las películas y el sistema económico del sector del cine.

No obstante, seguirá habiendo Kevin Smith. Ha anunciado que está trabajando en dos pilotos para televisión —hay que recordar que actuó en Manchild, serie que Showtime desechó, dirigió varios capítulos de la segunda temporada de Heroes (NBC), y estuvo al frente del piloto de Reaper (The CW)—, en un libro, y que seguirá dando conferencias por el país.

Sin mentar queda su polémica con Bruce Willis en Cop Out, film que dirigió pero en el que no estuvo involucrado de ninguna otra forma; tampoco su relato de cómo Seth Rogen le introdujo en el consumo de la marihuana allá por 2008; ni muchas otras cosas. Es gordo, así que hace mucho. Por compensar. Él lo dice, no yo.

Y para aquel que haya pasado de todo este infumable tocho, y que lea este párrafo por haber sido víctima del ansia vaga que empuja a un individuo a buscar el final del camino sin recorrer el mismo, le digo lo siguiente: la hija de Smith se llama Harley Quinn. Como en Harley Quinn, personaje de Batman. Es un argumento suficiente para admitir la genialidad de Smith. Period.

Joya intrascendente, atemporal, desenfadada: Kevin Smith