Españoles vs. británicos

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Los españoles dicen de los españoles que la característica que les define es la envidia. Lo he oído mil veces pero no me convence. No creo que los españoles posean esta universal debilidad en más abundancia que el resto de los ciudadanos de la Tierra. En cambio, cuando mi hijo me sorprendió hace unos días con el comentario de que los británicos envidiaban a los españoles ahí sí me pareció detectar algo que sonaba a verdad.

Él vivió de los cero a los trece años en España y ahora lleva dos, como yo, en Londres. Yo soy de madre española y de padre británico y he vivido quince años en España y quince en Inglaterra. Se supone que tengo más criterio que mi hijo para comparar las virtudes, vicios y vanidades de ambos países pero aquella observación se me había escapado y me impactó por su agudeza.

No es ningún secreto que los británicos, y en particular los ingleses, se consideran una gente aparte. Por el mar que los separa del resto del continente europeo, por su historia imperial, por sus victorias en dos guerras mundiales, por sus inventos durante la Revolución industrial, por los deportes que han exportado a todos los rincones de la tierra, por haber ejecutado a su rey casi ciento cincuenta años antes que los franceses y haber instalado la democracia parlamentaria más antigua del mundo. Pero en el fondo, aunque nunca lo dirían y quizá muchos ni siquiera sean conscientes de ello, creo que quisieran ser más como los españoles.

La envidia de los británicos se basa en la percepción de que en España la gente es más cálida, menos estirada, más alegre (sin alcohol), menos apegada a la tiranía de los horarios; de que los españoles viven más en el momento, que no sienten culpa a la hora de echarse una siesta, que disfrutan con más sosiego de una larga comida, con más espontaneidad de una fiesta, que tratan con más afectuosa naturalidad a los niños y a los ancianos. En resumen, que saben vivir mejor.

Sí, son tópicos, pero los tópicos no salen de la nada y sí, por supuesto, estoy generalizando: cada persona es un mundo, sea española, británica o japonesa. Pero generalizar es lo que toca aquí y creo que los británicos no se equivocan ni en la impresión que tienen de los españoles ni en la envidia sumergida que les provocan, y que creo les deberían provocar. Mi mitad británica envidia a mi mitad española. A no ser que ocurra algo inesperado, como que me me atropelle un camión, o me muera de un infarto, tengo toda la intención de volver a España y vivir la mayor parte de los días que me quedan aquí, donde hoy mismo estoy de vacaciones.

Eso no quiere decir que desprecie a los británicos. Más bien todo lo contrario. Ni significa que ame a España de manera incondicional. Hay cosas de los españoles que me irritan, entre ellas la falta de meritocracia en el trabajo y la naturaleza del debate político.

Muchas veces me viene a la mente la historia de un joven cordobés que conocí en Londres en 2012. Llegó de camarero a un restaurante londinense. Hizo su trabajo con mucho encanto y esmero y a los doce meses fue nombrado gerente del restaurante. Pasaron unos cuantos años y fue ascendido a gerente de la cadena de seis restaurantes al que el suyo pertenecía. Me dijo que echaba de menos el sol y los amigos pero no tenía ninguna intención de volver, al menos a corto plazo. «Si hubiera entrado de camarero en un restaurante de mi tierra hace el mismo tiempo que estoy en Londres seguiría hoy en el mismo puesto, por muy bien que hubiera hecho mi trabajo», me dijo. «A no ser, claro, que hubiera tenido un tío que conocía al dueño…».

La moraleja de la historia es que con demasiada frecuencia en España el mérito en el trabajo no tiene su justa recompensa. Si hay muchos españoles que, llegado un cierto punto en su vida laboral, dejan de dar lo mejor de sí nada tiene que ver con su predisposición biológica y todo que ver con la percepción de que, en cuanto a promociones y sueldo, les va a ir igual de bien independientemente de la calidad de su rendimiento, con lo cual, ¿pa’ qué?

Ahora, tampoco quiero decir que los británicos son como los alemanes (o como supongo que son los alemanes). No son la expresión más elevada de la ética protestante del trabajo. Tengo un buen amigo inglés muy conservador que desprecia la Unión Europea casi tanto como al Partido Laborista. Pero él mismo me ha confesado que cuando tiene necesidad de un fontanero o alguien que le arregle una ventana, busca en las páginas amarillas, llama y si le contesta alguien con voz de inglés cuelga. Solo trata con alguien que hable con acento extranjero, preferentemente polaco, porque sabe que el precio será más justo y la calidad del servicio mejor.

Sin embargo, la historia del joven cordobés no es ninguna anomalía y mi propia experiencia me dice que es mucho más probable que al que trabaja bien en Gran Bretaña se le recompense bien. Como consecuencia, el británico acepta la centralidad del trabajo en la vida no solo con más sana resignación que el español, sino con mayor entrega y entusiasmo. Si tuviera que trabajar en una oficina elegiría hacerlo en Londres antes que en Madrid.

En cuanto al debate político en España, el problema es el hábito mental cerrado, absolutista, de prácticamente todos los que participan en él, desde los líderes de los partidos a los tuiteros, a los que discuten en el bar. Por supuesto que el diálogo de sordos no es una característica exclusiva de la conversación política en España, pero en Gran Bretaña veo una mayor tendencia a aceptar que en algunos casos el antagonista pueda tener una pizca de razón y, también, una mayor amplitud mental en el sentido de que es más común aceptar que una persona pueda tener un cierto punto de vista sobre cierto tema sin que eso tenga que significar que se identifica con un partido, con una tendencia ideológica, o con determinado grupo tribal.

Un ejemplo personal para explicar lo que quiero decir. He escrito más artículos para la prensa británica que para la española, pero en Gran Bretaña nadie me ha acusado de adoptar la posición X o Y debido a que me asocie con una ideología o con un equipo de fútbol, y mucho menos a que esté obedeciendo los dictados de la empresa dueña del medio en cuestión. En España se me ha acusado de escribir lo que escribo por ser un reaccionario de derechas, un culé, un «inglés», de sucumbir como un esclavo a la línea editorial del Grupo Prisa, incluso de ser racista. Lo chistoso es que también se me ha acusado de ser un progre, un rojo, un merengue. La cuestión en España es encasillar a la gente en una tendencia definida, sin aceptar la posibilidad de que uno puede cambiar de opinión cuando cambian los hechos o de que uno adapta su punto de vista según el tema que trata, sin estar maniatado por una visión única de cómo debe ser el mundo.

Si hay una cosa que me atrae de los británicos es su inclinación a sospechar de cualquiera que intente venderles una solución ideológica que pretenda tener la respuesta utópica a los enredos, miserias e injusticias de la vida. Al menos en los últimos tres siglos y medio. Allá, la guerra civil acabó en 1649; en España, en 1939 y en el terreno político de hoy, como muchas veces se comenta, se sigue librando. Me inclino a pensar que tiene que ver con el pensamiento religioso ancestral, que en España penetra el mundo terrenal y contamina los procesos mentales de quienes hablan de política, sean de izquierda o derecha, ateos o creyentes. En Gran Bretaña son más empíricos, más prácticos, son gente menos anclada en la fe.

Por estas razones digo que me irrita la relación que tienen muchos españoles con la política y el trabajo, y por esto mismo creo que el secreto para mí de una feliz estancia en España en el futuro consistirá en involucrarme lo mínimo posible en el ámbito social laboral y pensar en la política española solo cuando sea estrictamente necesario.

Pero, pero… al final, si hay una gran verdad con la que me quedo es la siguiente: que habiendo vivido en ocho países, y visitado decenas más, cada nación tiene sus pros y sus contras y decir que una es superior a otra es una ridiculez. A mí me gusta más España, me caen mejor los españoles. Pero esto, como cualquier opinión que tenga sobre cualquier tema, obedece a la multiplicidad de factores a lo largo de mi vida que me han hecho lo que soy. Quizá porque he vivido más de la mitad de mi vida en países de habla hispana, incluso siete de los primeros diez (en Argentina); o porque mi padre murió cuando yo era muy joven y mi madre ha tenido mayor influencia sobre mí; o porque comer bien es de de central importancia en mi vida; o por quién sabe qué razones relacionadas con mi vida sentimental, el hecho es que yo —como, por cierto, también mi hijo— prefiero la manera de vivir de los españoles. Se trata de eso que mencioné al principio de vivir más en el momento, del trato con los niños y los ancianos, de no tener que estar planeando los momentos de ocio con la agenda en la mano, de disfrutar de la amistad y la comida y las copas de manera más natural que los británicos, demasiadas veces presos de una lamentable necesidad de emborracharse antes de poder liberarse de lo que parece ser una congénita represión emocional. Tal es la inhibición de los británicos que ni siquiera saben cómo saludarse. Me presentan a una mujer en España y nos damos dos besos. Me presentan a una mujer en Gran Bretaña y me entra la duda, y a ella también. ¿Darle la mano, darle un beso, darle dos o quedarnos ahí mirándonos, reconociendo nuestra mutua existencia con, como mucho, leves movimientos de cabeza?

No sé a qué se debe tanta torpeza. Quizá sea que a los británicos les asusta más la intimidad, o quizá sea una cuestión de proteger el espacio personal.

Por otro lado, los británicos son más solidarios con la sociedad en abstracto, tienen más conciencia cívica que los españoles, se apegan más a las leyes. Pero el español es más solidario con sus conocidos, más cariñoso con ellos y ellas e incluso, me atrevería a decir, más generoso.

En fin, un lío. Pero un simpático lío que me conduce a la conclusión de que soy un afortunado por tener la oportunidad de poder reclamar una porción de ambas nacionalidades. Si me apuran, si me obligan a definirme y a resumir por qué prefiero vivir en el país donde nació mi madre, diría lo siguiente: siento más admiración por Gran Bretaña, pero más afecto por España. Y, si me apuran un poco más, haría una confesión: en el fondo envidio un poco a los dos.