Un viejo de dieciséis años

viejo de dieciséis años
Cien figuras de cartón con la cara de Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook, instaladas por Avaaz frente al Capitolio de Estados Unidos en 2018. Fotografía: Getty. viejo

Me abrí mi cuenta de Facebook en 2008. Estaba en casa de una amiga en el barrio de Gracia de Barcelona. Los dos estábamos solteros y Facebook parecía aún algo pretencioso, de modernos. Pero aquel invento que llegaba con tanto ruido tenía que servir para ligar, al menos. No sé por qué recuerdo el día preciso en que me creé mi cuenta de Facebook. No ha sido importante en mi vida. Mi Twitter ha sido central y creo que no lo sé, quizá porque lo hice solo. También Twitter llegó más tarde. Si no habías estado en Friendster o MySpace, como yo, Facebook era la primera red social. El primer lugar para el voyerismo digital de tus amigos. 

Poco más de una década después, escribo sobre su decadencia. Es un poco absurdo. Facebook es el país más grande del mundo. Es una de las empresas más exitosas. Los cambios en sus políticas siguen llenando titulares, como cualquier cosa que diga su fundador, Mark Zuckerberg. Sus boicots provocan caídas en Wall Street. ¿Cómo puede ser algo así decadente?  

Facebook es la tele de internet. Nadie admite que la mira mucho, pero sigue mandando. Pero como la tele, sus competidores han provocado que parezca viejo. Viejo no es inútil ni terminal ni feo. Viejo es viejo, y es un adjetivo más bien negativo. Pero hay cosas viejas deslumbrantes. Si Facebook lo será está por ver.

Para mí es fácil escribir sobre la decadencia de Facebook. Nunca ha sido central en mi vida. Pero no hay que equivocarse. Es central en la vida de nuestras sociedades. Durante las semanas de coronavirus miraba a diario CrowdTangle, la herramienta que la misma red tiene para ver los posts que más se comparten, comentan o reciben más interacciones. Miraba qué dominaba en español y en España. Era sobre todo emocional, visceral. Había cuatro cosas que estaban siempre muy arriba. Uno, posts positivos: en Nueva Zelanda ya no hay covid-19, estos gemelos se han salvado de un cáncer en plena covid-19, la persona más enferma se ha curado milagrosamente. Dos, consejos básicos que al compartirlos o al dar like denotan tu posición sobre algo: ponte la mascarilla, qué bonito es aplaudir, vivan los médicos. Tres, religión: toca en esta imagen y nuestro santo te cuidará, reza el rosario con nosotros contra la pandemia, el papa ha dicho esto. Cuatro, peleas políticas o ideológicas: mira lo bien que lo hace este gobierno, mira cómo nos critican los fachas, mira los datos de Trump. En los cuatro casos ayudaba que hubiera futbolistas, actrices, youtubers o cantantes implicados, gente famosa. En Instagram, la participación de famosetes es, por ejemplo, indispensable. Son redes distintas. 

Vale la pena recordar el nacimiento de Facebook para valorar cómo se ha convertido en un lugar al que miles de usuarios van a tocar sus estampitas de santos preferidas. Facebook nació en 2004 como un lugar para saber qué hacían tus colegas de facultad: qué asignaturas escogían, de quién eran amigos, dónde iban de fiesta. Todo cosas esenciales para un universitario. «Mucha gente quería saber a quiénes conocían otras personas. No existía nada igual», dijo Zuckerberg años después. 

Es verdad. Siempre ha sido algo esencial saber qué hace tu amiga. El problema de Facebook hoy es que ha evolucionado a muchas otras cosas que lo han convertido en una extraordinaria máquina de hacer dinero, pero sirve mal para saber qué hace tu amiga. Yo tengo hoy trescientos sesenta amigos en Facebook y setenta y una peticiones de amistad, algunas con años de antigüedad. La mitad de toda esa gente no sé quién es, con lo que su vida apenas me interesa. Luego, la mayoría de la gente que hoy sube historias a mi newsfeed en Facebook escribe chapas tremendas sobre su visión de la vida, todas llenas de pretenciosidad barata sobre cómo funciona el mundo. Apenas hay alguna graciosa sobre una madre conocida agobiada porque su hija no quiere salir de casa o de alguien que se ha puesto enfermo. 

Lo que hacía Facebook en sus inicios ahora lo hace la mensajería privada. Allí está claro con quién compartes qué y cómo: WhatsApp, iMessage o Messenger. La tranquilidad y ventaja para Facebook es que son propietarios de dos de esas y también de Instagram. Pero eso es Facebook la compañía, no la red social. La red social quiere seguir ese camino. Fue el gran anuncio de 2019 de Zuckerberg: predominio de grupos o comunidades y mensajes cifrados en Messenger. Facebook seguirá teniendo una enorme ventaja durante años: es donde está todo el mundo. Pero un post allí no lo ve todo el mundo. Lo ve «alguien», no sabemos quién. Si el post es viral, lo ve más gente. 

Uno de los peligros de las redes sociales es dejarnos hablando solos en el vacío. Twitter tiene ese problema. Sin seguidores, parece que estés en una habitación solo. Facebook ha resuelto históricamente eso con uno de sus grandes asaltos a la privacidad de sus usuarios: la herramienta «gente que quizá conozcas». No se sabe aún con certeza cómo Facebook adivina a quién «quizá» conocemos, pero ahí ha aparecido gente que no debía estar: los cientos de psiquiatras o prostitutas o el examante del novio. Sin embargo, eso permitía que cuando alguien se da de alta enseguida encuentro conocidos. Eso aviva parte del interés. 

Pero de ese territorio personal, Facebook pasó a ser un poco como Twitter cuando nació. Promovió links y páginas para seguir a gente, ya no solo era cosa de amigos. Zuckerberg ha ido retorciendo su invento para comerse a los proyectos que se parecían pero no se dejaban comprar. 

Una de las leyes básicas para crear un gigante de internet, según Evan Williams, fundador de Twitter y Blogger, es coger algo que la gente quiere realmente hacer y conseguir que hacerlo sea diez veces más fácil. El último ejemplo es Zoom. Amazon, Google, Facebook, WhatsApp y YouTube son todos grandes ejemplos de ese principio. 

Estos serán probablemente los pioneros de internet algún día. La competencia en internet será tan grande que mantener a los usuarios en una plataforma será un reto. El problema diferencial para Facebook es cómo escoger qué post poner delante de alguien en su newsfeed. Yo solo puedo juzgar el mío. No todos mis trescientos sesenta«amigos» cuelgan cosas cada día. Hay un pequeño grupo que habla mucho, demasiado. A esos Facebook les tiene que premiar de vez en cuando con likes para que no paren de postear. Mantienen vivo el fondo de armario. Pero de la gente que cuelga poco, ¿qué es interesante?, ¿todo? Y luego, ¿qué es postear poco? Lo fácil es decir que nacimientos, bodas y posts con mucha reacción son los buenos. Pero de eso no hay cada día. Todo lo que viene detrás es imposible de adaptar. 

Facebook sabe que debe mandarme alertas cuando postea una amiga italiana porque me interesa saber qué pasa en Italia. Pero desde hace unos días sus posts son menos interesantes. Dejaré de clicar. Facebook probará con otro amigo. Es una tirada eterna de anzuelo para captar mi atención y llevarme ante sus anuncios. En realidad, y esto Zuckerberg lo ha dicho muchas veces, los anuncios en Facebook deben ser «interesantes». Facebook me tiene suficientemente bien perfilado como para saber que soy de bicicletas, camisetas lisas y zapatillas. Allí veo marcas que ni idea que existían. Pero también es un manantial que se seca: he visto esos anuncios varias veces. 

El problema central de qué pone Facebook delante de tus narices es que hay alguien que toma esa decisión por ti. El follón político que tiene la red sobre dónde pone las líneas rojas al considerar qué es discurso de odio se debe a esto. Es uno de los debates de nuestro tiempo. Facebook no es un medio de comunicación, es algo nuevo. Decide qué pone en su red, pero no entre doscientos periodistas que escriben solo para él, como un periódico, sino de cientos de millones de usuarios. ¿Cómo filtrar la basura de ahí? ¿Cómo destacar lo útil? De la respuesta dependerá la rapidez de la decadencia de Facebook.

¿Qué puede ofrecerme a mí? A mí, poco, ya lo he dicho. Prefiero ver qué cuelga gente que no conozco en Twitter. Pero seguirá habiendo gente que matará su tiempo en Facebook cuando no tenga ningún mensaje para ellos, o cuando hayan salido de Instagram o de TikTok, o cuando el último vídeo que querían ver o el último pódcast que querían escuchar haya terminado. Facebook seguirá ahí. Pero es difícil imaginarle un futuro imparable. Es más fácil verlo como una red vieja a sus dieciséis años. 


El pasado te engaña

Barack Obama, 2013. Fotografía: Pete Souza (DP)

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 15

Puedo adivinar el futuro: Barack Obama será mejor valorado como presidente en 2020 que hoy. Y no tengo poderes especiales. Todos los expresidentes americanos recientes son mejor vistos después que durante su mandato. En abril de 2008, meses antes de dejar la presidencia, un 32 % de americanos creía que George W. Bush lo hacía bien. Cinco años después, un 49 % decía que fue un buen presidente.

Durante los ocho años de mandato de Bill Clinton, una media de 55 % creía que era buen presidente. En 2012, un 88 % creía que lo fue. Hasta Carter o Ford, que perdieron sus elecciones, tienen mejor prensa años después.

Es un ejemplo pequeño de que somos condescendientes con el pasado. El recuerdo de una exnovia nunca es tan pesado como fue en realidad. La memoria selectiva es razonable y hasta compasiva. Pero también provoca una admiración a tiempos pasados, que nunca los hubo mejores. Es un mito pesado y persistente.

*

Hay al menos dos nostalgias extendidas: la pureza del primitivo y el recuerdo de la juventud. Ambas son falsas.

George Kennan fue el diplomático americano más influyente del siglo XX. Su hito más célebre es proponer la doctrina de la contención en 1947 para frenar la expansión de la Unión Soviética: la cooperación era imposible y la guerra era un recurso innecesario; la contención era el mejor camino para esperar el derrumbe del régimen.

Se acaban de publicar los diarios privados de Kennan. El 20 de diciembre de 1927, con veintitrés años, escribía:

No puedo dejar de lamentar no vivir cincuenta o cien años antes. La vida está demasiado llena en estos tiempos para ser comprensible. Conocemos demasiadas ciudades, y nuestras salidas y llegadas ya no son momentos de desapego emocional, porque son demasiado comunes. Tenemos también demasiados amigos para tener alguna amistad de verdad, demasiados libros para conocer alguno bien, y la calidad de nuestras impresiones decae en beneficio de la cantidad, así que la vida empieza a parecer una película, con cientos de escenas que aparecen y desaparecen de nuestro campo de percepción, pasadas antes de que tengamos tiempo de considerarlas.

Me hubiera gustado vivir en los días en que una visita era cosa de meses, cuando los países extranjeros eran aún extranjeros, cuando una vasta parte del mundo tenía siempre el glamour del gran desconocido, cuando las guerras merecían aún los combates y los dioses merecían aún adorarse.

Ese verano de 1927, Kennan y un amigo habían viajado a Europa. El 26 de junio tomaron un barco en Nueva York. Habían comprado un pasaje en tercera clase por 97,50 dólares, que serían 1317 en dólares de hoy, a lo que había que sumar visados y «propinas». En total, ir de Nueva York a Southampton en 1927 costaba casi 2500 dólares actuales. Kennan lo pagó con dinero de su padre, que sufragó todo el viaje.

El trayecto duró siete días. Los otros viajeros no eran turistas: «¡Somos una panda de deportados!», dice Kennan. Entre otros, «hay un hombre con un ojo, un viejo diablo barbudo, tísico que parece un Papa Noel en paro en Constantinopla, hay al menos cien espaguetis [italianos] todos iguales, con largos bigotes castaños y varias capas de suciedad».

Al llegar a Inglaterra van a Exeter. Después van a Londres, París y Génova. El 6 de agosto vuelven a Estados Unidos. En el viaje se emborrachan, se quedan sin dinero, regatean con los dueños de las pensiones. Es un viaje largo, pausado, igual y a la vez distinto a la mayoría de los que se hacen hoy. Pero Kennan aún quería otro tipo de viaje, como los del siglo XIX.

Hubo otro detalle distinto en el viaje de Kennan: cogió disentería en Italia. Al volver, además, antes de tomar el barco, debieron vacunarse. Había enfermedades en Europa y en Estados Unidos que requerían precauciones obligatorias.

Kennan quería hace noventa años un mundo distinto, más tranquilo, con menos incentivos. Pero, respecto al mundo de hoy, entonces ir a Europa era un lujo o una paliza, y además peligroso para la salud. Kennan, como muchos hoy, quería más. La satisfacción plena es difícil de lograr y el pasado es un buen recurso para seguir deseándola.

*

Cien años antes, a principios del XIX, un joven británico viaja a Brasil. En una ciudad portuaria, el británico entra en un café donde hay dos mesas ocupadas: un grupo de brasileños escucha a otro tocar la guitarra y cuatro norteamericanos hablan mal de Inglaterra.

«Ningún hombre, incluso el más cosmopolita, puede digerir violentas críticas sobre el país de su nacimiento», escribió años después el británico en un periódico de Detroit, pero «no creo que yo deba ir haciendo de Don Quijote y enfrentarme a todos los que deciden difamar a su majestad de Inglaterra». Pero los norteamericanos siguieron y empezaron a meterse con él. Acabó por retar a un duelo a uno.

Quedaron a la mañana siguiente, dieron un revólver a cada uno. Para el inglés era su primer duelo. Se separaron dieciséis pasos. Se giraron y dispararon. Una bala atravesó el sombrero del inglés y otra dio en el hombro del norteamericano. Pero sobrevivió. Era otra pega del mundo antiguo: el honor servía para jugarse la vida. Hubiera sido divertido verlo, pero no vivirlo: tener que jugarse la vida por unos cuernos —y más si te los ponen— es penoso.

Aún más atrás, en 1787, en la Francia casi revolucionaria, los locos eran poseídos. Así describe el científico italiano Enrico Rossi en una conferencia en Nápoles en 1901 el trabajo del gran médico francés Philippe Pinel:

Dos años antes de la caída de la Bastilla, Pinel entró en el manicomio de Salpêtrière y cometió el valiente acto de liberar a los locos de las cadenas que les oprimían. Demostró en la práctica que los locos, cuando son liberados de sus cadenas, son más tranquilos, en lugar de crear desorden y destrucción.

A finales del siglo XIX, Mark Twain viajó a Hawái. No pudo desembarcar en Honolulu porque había cólera. A pocas millas de allí estaba Moloka‘i, una isla para leprosos. Es el único lugar de Estados Unidos donde vivieron dos futuros santos, el padre Damián de Veuster y la madre Marianne Cope.

El diplomático Kennan quería volver precisamente a la simplicidad de aquellos días, cincuenta, cien años antes de que él naciera. Twain dice que en 1894 Honolulú se había vuelto más rica que en su otra visita, unas décadas antes. ¿Las mejoras? «Alfombras, hielo, cuadros, libros del mundo».

Esa presunta simplicidad de los primitivos tenía un precio: la salud. Cuando alguien eche de menos el pasado, solo debe pensar por ejemplo en ir al baño. Para hacerse una idea, no hay que ir de hecho al pasado. Aún hoy hay ejemplos. Así es el extraordinario principio del libro The Big Necessity, de Rose George:

Necesito un baño. Asumo que hay uno, aunque esté en un restaurante austero en Costa de Marfil, en un pequeño pueblo lleno de refugiados de la vecina Liberia, donde el agua llega en cubos y puedes comprar toallas de segunda mano. El camarero, un joven liberiano, solo asiente cuando pregunto. Me lleva por la oscuridad a un edificio de una habitación, enciende la luz y se va. Hay baldosas blancas en el suelo, baldosas blancas en las paredes, y ya está. Ningún baño, ningún agujero, ninguna idea. Salgo a buscarle de nuevo y le pregunto si me ha enviado al lugar adecuado. Sonríe con sarcasmo. Los refugiados no se divierten a menudo, pero ahora se divierte. «Hazlo en el suelo. ¿Qué esperas? ¡Esto no es América!». Me siento tonta. Digo que me conformo con usar los arbustos, que no es que sea fina. Pero ya se ha ido, riendo en la oscuridad.

El problema no era solo la sanidad. Había uno más grave: el precio barato de las vidas. El honor no se arreglaba, como ahora, con un insulto o un empujón o una rabieta. Había duelos. En el siglo XIV el exiliado no era Salman Rushdie sino Dante Alighieri, que si volvía a Florencia lo hubieran quemado vivo.

La violencia ha descendido también de manera extraordinaria. No voy a repasar las guerras y asesinatos del pasado aquí. Todos los datos y gráficas están en el libro Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker. «La mente humana tiende a calcular la probabilidad de un acontecimiento a partir de la facilidad con que puede recordar ejemplos, y las escenas de carnicerías tienen más probabilidades de llegar a los hogares y grabarse en la mente de sus habitantes que las secuencias de personas que mueren de viejas», dice Pinker. Por eso nuestra época siempre será peor.

*

Hay más violencia económica, dicen otros. El filósofo John Gray escribe en El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos que «la desigualdad en Estados Unidos a principios del siglo XXI es mayor de lo que lo era en la economía esclavista de la Roma imperial del siglo II». Bill Gates es tan rico que podría ser un causante de esa desigualdad: los millonarios lo son tanto que la diferencia quizá llegue a ser mayor, lo que no implica —como parece decir Gray— que era mejor ser esclavo en Roma que empleado en Ohio.

Gates se dedica ahora a donar buena parte de ese dinero. Cada año publica una carta con sus conclusiones y expectativas. En 2014 decía:

Para desmentir el mito de que los países pobres están condenados a seguir siendo pobres no hay más que apelar a los hechos: no han seguido siendo pobres. Muchos de los países que considerábamos pobres (aunque ni mucho menos todos) ahora presentan economías fuertes. Y el porcentaje de personas extremadamente pobres se ha reducido a menos de la mitad desde 1990.

La gente de Roma o de la Edad Media no era menos codiciosa y más pura y simple. Solo hay que ver el infierno de la Divina comedia de Dante. Pero hay algo que seguro que era la mayoría: analfabetos. Hoy más leen, aunque el progreso es lento: El alquimista de Paulo Coelho lleva más de cinco años entre los más vendidos en Estados Unidos.

En 2116 algunos creerán que 2016 era mejor: se hacían aún cosas en papel. Pero otros destacarán que en 2016 aún no era posible que cinco titulares del Real Madrid fueran gais declarados y nadie les gritara «maricones». En 2016 un 34 % de europeos no sabe que la Tierra da vueltas al sol o un 48 % de americanos no sabe que los hombres vienen de otros animales.

Nosotros sabemos que 2016 es un año normal, agradable, irregular, tortuoso, como debe ser. Quizá lo está siendo más de lo normal y de aquí a cien años lo verán como el principio de algo. El problema del presente es que debe vivirse entero. Del pasado recordamos o imaginamos los fragmentos que queremos, como si fuera una película, donde los protagonistas no deben aguantar camareros estúpidos o lunes por la mañana o la pesadez de ir de un lugar a otro.

Pero no por eso el pasado es mejor. Tampoco el personal. La juventud está bien, pero solo mientras se vive. Es imposible disfrutar de los veinte años con la experiencia de los cuarenta. Veo a jóvenes hoy y está claro que echarán de menos en el futuro las mismas tonterías de su vida que los demás.

Buzzfeed es un medio norteamericano que hace a menudo listas sobre nuestra juventud: «Veinte cosas que demuestran que naciste en los setenta», por ejemplo. Cuando abrieron su versión británica, el director creía que ese tipo de nostalgias no funciona en el Reino Unido: «Somos más escépticos al recordar nuestro pasado con cariño».

Los británicos conocen los límites de nuestras construcciones del pasado. No hubo tiempos mejores —excepto algún rato—, tampoco es seguro que los vaya a haber. Pero es bastante más probable.


Mathieu de Taillac: «En España se castiga menos socialmente expresar una opinión xenófoba que en Francia»

Mathieu de Taillac es corresponsal en España de Le Figaro y Radio France. Nació en Burdeos hace treinta y seis años y vive en Madrid desde hace más de diez. Estudió Ciencias Políticas en Francia, pero quiso ser periodista. En Francia es una profesión seria —y sin carrera propia—, y no entró en ninguna Escuela de Periodismo. Las pruebas de acceso, dice, son tremendamente difíciles. Así que vino a España y entró como número 1 en el máster de El País. Escogió España porque había estado con una beca Erasmus en Bilbao y le interesaba la cultura hispana. Se ha integrado, pero conserva sus toques franceses: lleva gorra de visera corta sin ser calvo, hace bromas peculiares y no usa WhatsApp. Es un periodista tan prudente que controla los juicios de valor incluso para hablar de él. Habla perfectamente español, pero no logra que entiendan su nombre al teléfono. Con algunos amigos se hace llamar Mateo, lo que parece una derrota considerable.

¿Te haces llamar Mateo?

Depende, pero sí, sobre todo al principio. El problema de «Mathieu» no es que se diga «mal», porque ese sonido no existe en castellano y cada uno lo dice mal de una forma y al final no sabes cuándo darte la vuelta. El problema es que cuando digo al teléfono «Mathieu», si lo digo rápido, la gente entiende «Nacho».

¿Nacho?

Lo bueno es que hay pocos Mateo, aunque ahora digo: «Soy Mathieu de Taillac», pero vocalizo mucho el «Mathieu» para que no entiendan «Nacho», porque Nacho de Taillac es un apellido superfrancés y un nombre superespañol. Tengo pensado titular algún libro, si lo escribo algún día, No me llamo Nacho.

Decías hace años que te presentabas como «gabacho» para romper el hielo. ¿Sigues haciéndolo?

Sí, en mi bío de Twitter aún lo pone. He madurado, tengo treinta y seis años, pero me hacía gracia, porque es una palabra que no llega a ser insultante, pero es despectiva. Si te la apropias, desactivas el efecto de la crítica.

¿Pero te han llamado alguna vez «gabacho» como insulto?

No, muy poco, alguna vez en Twitter. A mí personalmente no, hay gente que lo dice pero que no te lo dice a la cara. No me puedo quejar en absoluto de un trato antifrancés. Ha habido momentos de tensión cuando los guiñoles del Canal Plus se metieron con el supuesto dopaje en el deporte español y salió Rafa Nadal. Ahí hubo problemas. Pero no puedo decir que como francés haya recibido nunca un trato de hostilidad.

¿Hay alguna palabra despectiva para los españoles en Francia?

Apenas. Se utiliza espingouin, pero no llega ni a juego de palabras, es una deformación de la palabra «español» unida a la palabra «pingüino», que es una tontería. Cuando me hacen esa pregunta, que me la hacen a menudo, hay algunos que se quedan decepcionados diciendo: «¿Cómo es que no tenéis ni siquiera una palabra para hablar de nosotros?». Tenemos muchas palabras para los alemanes, porque tuvimos tres guerras con ellos en siglo y medio, y unas cuantas para los ingleses.

Desde Francia, España es un país menor.

Salvando las distancias, la relación de España con Francia es parecida a la de Portugal con España. Es una relación de amor-odio, de uno que se siente un poco como hermano pequeño o como hermano mayor que cae bien o mal, pero que hay esa relación a veces un poco acomplejada. En España dicen: «En Francia nos miran desde arriba», y yo creo que no tanto. ¿Cuál es el criterio? En el criterio de los editoriales y el discurso de élites políticas y sociales no veo un desprecio por parte francesa, y si es a nivel medio de la población, cuya relación con España se ha desarrollado más por Ryanair que por los artículos que se han podido escribir, no tienen una mala imagen de España, más bien de los tópicos. Pero dentro de los tópicos hay muchos que son positivos: país de fiesta, de relacionarte con los demás, de estar mucho en la calle. No me parece una mala imagen.

¿Los tópicos españoles te sirven para vender temas en Francia?

Son una buena base, pero para afinar o destruir el tópico. Por ejemplo, el tópico de «España, país conservador de los Reyes Católicos» sigue existiendo en Francia. Pero luego resulta que España es uno de los primeros en la Unión Europea en aceptar el matrimonio homosexual.

¿Hay cosas de España que te sorprenden?

Es un poco paradójico, pero al principio te parece que todo es muy parecido. Somos países vecinos y las fuentes son las mismas, el mundo griego, el cristianismo. Es fácil para integrarte. Y, paradójicamente, al integrarte ves que no todo es igual, en las formas de relacionarse, por ejemplo, a veces te equivocas y te das cuenta poco a poco. Muchos franceses creemos ser muy graciosos, y la gente nos mira y dice: «¿Este por qué dice eso?». No encaja muy bien el humor francés y eso lo integras poco a poco. O, por ejemplo, si te portas como un francés cortés en España, vas a pasar por demasiado obsequioso, incluso por falso. Yo tengo una teoría y es que en todos los países tenemos dos polos, que son el polo de ser obsequioso y el polo de ser grosero, y cada país pone el cursor en un punto de la línea, y con lo que en Francia está bien en España te vas a pasar de una cosa o de la otra. Mi primer contacto largo con España fue con un intercambio de alumnos del instituto en un pueblo de Asturias, y cuando la madre de la familia me daba de cenar, yo decía: «Gracias», y se descojonaba el chico con el que hacía intercambio, me decía: «Deja de decir gracias por todo», y yo no podía evitarlo porque si no lo hacía me sentía como muy brusco. El nivel de ruido en la calle, en un tren, en un restaurante, es verdad que es distinto y lo sigo notando trece años después. Los horarios no son tan distintos, aunque te levantas un poco más tarde aquí, pero te acuestas más tarde también, lo cual les tienes que explicar a tus jefes, que no es que seas vago, es que te levantas más tarde porque no hay nada antes y que te acuestas más tarde porque la vida social sigue.

Que no tengas WhatsApp parece una cosa francesa premoderna.

Vivo mejor así. Cuando lo tenía, lo gestionaba mal. Si recibía un WhatsApp, tenía la necesidad de leerlo inmediatamente y contestar al minuto.

¿Eso te pasa con los e-mails también?

No tanto, veo de qué va y lo paso. Me parece tan, tan fácil esa comunicación de WhatsApp que es agobiante, se mezcla lo personal con lo profesional y tienes que contestar en el momento, aunque no tienes por qué, pero yo quiero contestar en el momento. Tengo amigos españoles medio enfadados porque están todos en un grupo y dicen: «Estamos todos en un grupo y tú eres el único que no estás, es que eres muy moderno y eres muy guay», y no es por ser guay. Hace un año mi padre me dijo: «¿Por qué no te pones el WhatsApp?». Y le dije: «Lo he tenido, pero hace cinco años que no lo tengo». Nadie me ha dicho que no haya podido contactar conmigo porque no tenga WhatsApp. Es un filtro también, porque el que quiere contactar contigo lo consigue. En resumen, no lo utilizo porque lo gestiono mal. Yo no sé fumar poco, cuando fumaba fumaba un paquete al día, y entonces, como tendía a engancharme, dije que iba a cortar por lo sano.

En tus crónicas los titulares te los ponen en París.

Sí. Yo no los suelo poner, porque yo envío un archivo de Word y no sé cómo va a quedar en la maqueta. Estamos hablando de un periódico impreso, en el que igual en la columna de al lado no puedes repetir una palabra, no sabes cuántos caracteres tienes para tu titular. Esa es la parte práctica y la parte editorial; yo no veo mal que una visión exterior te resuma, a veces te fastidia, porque no es un título fácil, hay que matizar.

¿Te editan mucho en la redacción los textos que mandas?

No. La tradición anglosajona —a veces los corresponsales americanos de aquí se quejan, y se equivocan, porque editar es una gran ayuda— de exigir más rigor está muy bien, pero en Francia no es así.

¿Os parecéis más al periodismo español?

En este aspecto me imagino que sí.

¿En qué aspecto no?

En la definición, incluso en el vocabulario del periodista. Siempre me ha sorprendido y me sigue sorprendiendo que aquí un periodista es quien tiene la carrera de Periodismo, y hay gente de agencias de comunicación con la que hablas y te dice: «Yo también soy periodista», y no es un trabajo de periodista, es otro trabajo, que es muy respetable pero que no es de periodista.

Yo, según el criterio español, me debería definir como politólogo, porque he estudiado Ciencias Políticas. Yo no soy politólogo, yo no he escrito ningún artículo en ninguna revista de esencia política, que para mí es la definición de un politólogo y creo que eso marca bastante.

¿En Francia un periodista deja de serlo si sale de una redacción?

En el trabajo diario creo que no hay mucha diferencia, pero sí hay más diferencia en lo que hay alrededor, en la consideración de lo que es periodismo y lo que no lo es, en los conflictos de interés, en pasar del periodismo a la comunicación. En Francia, en general, es un viaje solo de ida: no puedes ir al gabinete de comunicación de un político o de una empresa grande y volver al periodismo después. Ya se ve bastante mal que te vayas a la comunicación de un partido después de haberlo cubierto, pero volver es casi imposible.

La relación con los políticos, con el poder en general, ¿te parece que aquí somos más permisivos o más suaves?

Sí, hay demasiado respeto al político que manda en general, se ve mucho en las entrevistas televisivas, en las que son demasiado corteses, a mi entender.

Si les haces una entrevista incisiva, ¿se sorprenden?

Sí. Recuerdo una rueda de prensa sobre un dato del índice del paro en la que yo dije: «¿Por qué empiezan a contar cuando baja?», y se lo tomaron mal y vino un secretario de Estado a decirme que no se hablaba así con una ministra.

¿Te lo dijeron como periodista extranjero porque no tenías la habilidad o el uso de lo que se hace aquí?

Yo creo que fue una forma de presión. No llamé mentiroso a nadie, solo pregunté por qué se empieza a poner en gráfico el paro cuando empieza a bajar.

Los corresponsales de medios franceses grandes en España, ¿todos sois freelance?

Sí.

Le Figaro y Le Monde son los periódicos más grandes.

Sí y son los que más cubren internacional.

En el extranjero, fuera de Francia, ¿cuántos corresponsales en plantilla tienen?

Suelen tener en Londres, Bruselas, Washington, Jerusalén, Roma, algún país que te permita hacer mundo árabe, Pekín.

En España, París es una capital básica, con lo cual el corresponsal suele estar en plantilla. Pero al revés no sucede.

Para el interés informativo de Francia España compite con Italia, y suele perder porque allí está el Vaticano y la política es más espectáculo.

¿Tú tienes la sensación de que tus condiciones laborales son malas?

Mi sueldo sube y baja en función del nivel de actualidad. En el periódico me pagan por pieza y por caracteres, y en la radio por el tipo de crónica. Al final del mes, un mes importante ganas mucho dinero y un mes malo o de vacaciones no ganas nada. Hay un sistema muy peculiar en Francia que se llama pigiste: no eres autónomo ni tienes un sueldo fijo, pero tu empleador te puede pagar la seguridad social. Eso es lo que tengo yo.

No es freelance estricto.

Legalmente es un contrato indefinido tácito. El día que te echan, si tienes un conflicto laboral, cualquier tribunal laboral te lo recalifica como un contrato indefinido.

Entonces decir freelance es trampa.

No es trampa porque, si no te encargan nada, no cobras nada.

¿Si te despiden tienes indemnización?

Sí, pero tienes que luchar. Se empieza a decrecer y cada vez te piden menos, de forma paulatina, y es muy complicado porque hay que demostrar que ha dejado de importarles tu trabajo. Es muy complejo, ahí hay discusiones. Yo estoy en listas de corresponsales freelance franceses en el extranjero y hay discusiones con abogados.

Sandrine Morel, corresponsal de Le Monde en España, contaba algo polémico en un libro reciente sobre Cataluña. Decía Morel que un funcionario catalán le advirtió que, si la Generalitat compraba publicidad en su periódico, ella iba a escribir lo que los independentistas quisieran.

Se leyó bastante mal lo que había dicho. Comprar dos páginas en Le Monde no va a cambiar la línea editorial. Presiones económicas de anunciantes hay, pero comprar el periódico no es fácil. Te puedes asustar —digo yo, que no soy director de ningún periódico—, te puede fastidiar, sentir la presión, y decir: «No, apuesto por mi línea editorial y me da igual porque tengo muchos anunciantes y muchos suscriptores». Pero te puedes asustar si aquí El Corte Inglés o en Francia una gran empresa francesa te amenaza con un boicot; pero, si una institución que te pone dos páginas se va, no es ninguna presión.

Ha habido también polémica porque el Gobierno de España se ha explicado peor que la Generalitat a los medios extranjeros.

Sí, clarísimamente.

Lo has vivido.

Sí, no te daban entrevistas. Por ejemplo, en un tema sobre la corrupción del PP, evidentemente yo quería hablar con gente del PP, y lo hice entre Valencia y Madrid, donde más fácil era contar la historia, y tuve que insistir, insistir, insistir, para tener a alguien que diera la cara.

¿Tú llamabas y decías: «Soy de Le Figaro y quiero hablar de la corrupción en el PP»?

Sí, y no es el tema del que más les apetece hablar, pero es mejor que alguien del PP diga su versión antes de que lo hagan desde otros partidos. El tema catalán es más evidente aún porque cada uno ha jugado sus cartas lo mejor que ha podido. El Gobierno español tiene por estructura una red estupenda de diplomáticos para convencer a las capitales y a los Gobiernos, y lo ha hecho estupendamente. Ha convencido y nadie se ha movido en Europa a favor del independentismo catalán, y cuando ha parecido que en una pequeña República báltica alguien lo iba a hacer, han rectificado rápidamente. Es una buena labor de convencimiento o propaganda diplomática. La Generalitat no tiene esos recursos. Las «embajadas catalanas» no tienen esos contactos. Entonces, como no han podido así, pues han dicho: «Vamos a intentarlo con la prensa».

Es decir, lo has tenido más fácil en Cataluña.

Si a mí me dicen que, en el mayor desafío político en España en los últimos quince años, el jefe del Gobierno autonómico que es independentista me propone una entrevista, realmente me interesa. Pero si me la propone la vicepresidenta o un ministro de Exteriores, o alguien que tenga algo que decir del Gobierno español, pues encantado de hacerla. En Madrid te decían que le bajaban el nivel de interlocución, pero también por una razón protocolaria: si habla el president de Cataluña, no podemos poner al mismo nivel al presidente del Gobierno de España, porque el presidente del Gobierno español no está al mismo nivel protocolario que el presidente de una comunidad autónoma.

Aparte de las entrevistas, ¿trabajar en Cataluña te ha sido fácil?

Es más fácil siendo extranjero. Como institución, el Gobierno catalán se ha abierto a la prensa internacional a partir de una fecha: yo recuerdo que pedía entrevistas con Mas y no me las daban, y a partir de su segundo mandato, que era cuando empezaban a hablar de independencia, sí que se abría más a la prensa internacional e incluso pusieron a una persona encargada especialmente de eso. Ha sido un poco la herramienta del débil, que han cuidado mucho desde el Gobierno catalán y el independentismo en general, mientras que en España, en el Gobierno español, no han visto esa prioridad o la han visto tarde.

¿Has tenido presiones hipotéticas o ni siquiera esa presión razonable has recibido?

No he recibido ninguna presión directa del Gobierno español. El Gobierno catalán mira mucho lo que haces en las redes sociales, y te responden y entran en un debate en el que yo intento no entrar.

¿La presión a los periodistas tiene consecuencias?

No sé, no tengo ni idea. Hay una variación del sentimiento y de la percepción de lo que pasaba en Cataluña. Ha habido un momento de romanticismo, igual menos en Francia que en el mundo anglosajón, de la lucha de un pueblo por su independencia, David frente a Goliat… ha funcionado un poco, pero también es verdad que ha habido un momento en el que han venido muchos enviados especiales, es decir, gente no especializada en España ni en Cataluña, en general especializada en internacional, algunos que hablan español y otros que tienen que trabajar con un fixer, y esa visión romántica alguna semana ha podido ser reforzada. Aunque los periodistas tampoco son tontos.

¿Habéis notado algún tipo de variación?

El antes y el después del referéndum. El hecho de que no pasara nada —porque la bandera española seguía ondeando en el Palau de la Generalitat— y los viajes de Puigdemont por Europa han quitado mucha credibilidad al independentismo. La gente que pensaba que iban muy en serio y que había una oportunidad para ellos de ser independientes ha cambiado de criterio.

La corrupción ha sido un tema grave aquí. ¿En Francia interesa o se sorprenden mucho? ¿Es en España un tema específicamente grave respecto a Francia?

En Francia nos recuerda un poco a lo que pasó allí en los años ochenta-noventa, hasta que se empezó a legislar de forma más dura la financiación de los partidos. Es grave, especialmente en los años en los que se exige más a los políticos y a la gestión pública y hay una acumulación de casos que afectan a todos los partidos. Aunque corrupción hay en todos los países.

En España ha ocurrido lo que ocurrió en Francia quince o veinte años antes.

Sí, pero en España hay más casos de forma más masiva, afectando a todos los partidos y en todas las Comunidades Autónomas o casi.

Eso ahora mismo debe interesar menos porque es más repetitivo o cansino, ¿no?

Cada vez hay que franquear un límite más fuerte para que vendamos un tema. Tiene que salir una declaración fuerte de un presidente autonómico, o expresidente, o una sentencia o una persona conocida en Francia.

Pedro Sánchez no era nadie en Francia hasta hace poco.

Sí. Yo había hecho ya un perfil de cara a las elecciones generales.

¿Qué nivel de conocimiento se tiene de Pablo Iglesias y Albert Rivera?

De Pablo Iglesias mucho, creo, y de Rivera menos. Porque se habla mucho de Podemos. Pablo Iglesias fue el primero de los dos partidos emergentes, porque bebió del 15M. Por ejemplo, en la tele te ponen una entradilla diciendo: «Podemos es el partido de los indignados», y nos hemos quedado más con esas palabras que con el 15M. Creo que por esa conexión ha funcionado bastante bien, e imagino que también por el interés de la izquierda en Francia en tener algo que se pareciera a Podemos.

¿Es mayor que la conexión Cataluña-Ciudadanos?

Sí. Ciudadanos además nace más poco a poco. Nace como un partido catalán antiindependentista, luego da el paso a ser plataforma nacional que no se sabe si va a tener mucho tirón o no.

Lo gracioso de un corresponsal es que tienes que ajustar los adjetivos para explicar o traducir en Francia algo que en España es muy conocido.

Eso me supone un problema en España. En España me dicen: «¿Cómo es que llamas a Podemos de “izquierda radical”?», y no los llamo de «izquierda radical», los llamo «de gauche (‘izquierda’) radical». Parece un chiste, pero no es lo mismo. En Francia, el partido hermano de Podemos se presenta como «de gauche radical» y no pasa nada. A la gente que se identifica con ellos le parece estupendo llamarse radical, porque de ahí es la raíz, y no de izquierda sin más, una izquierda que ellos verían sosa, retraída.

¿Con ETA hay una discrepancia similar?

A mí nunca me han dicho que ponga o no «terrorista» junto a ETA, por ejemplo, y lo he puesto bastante. Hay que contar que han matado a ochocientas personas y hay que contar que hacen terrorismo.

¿Los «políticos catalanes presos» o los «presos políticos» también es un dilema?

Yo nunca he puesto «presos políticos», aunque nunca lo he hablado con ningún jefe. Mi convicción es que es una palabra muy cargada y que con ella estás tomando partido. Explico de qué se les acusa y explico que muy poca gente observa violencia por las acusaciones por las que están en la cárcel. Pero no entro ahí a decir «preso político», porque me parece que es una trampa para el periodista muy gorda, es muy fácil no caer en ella de lo gorda que es.

¿A Izquierda Unida los llamas los «viejos comunistas»?

Los llamo «mediocomunistas», en general, y a Ciudadanos al principio «centrista» a secas y ahora «centrista liberal», y con respecto a Cataluña también «antiindependentista».

¿No incluyes el macronismo para Ciudadanos?

No, nacieron antes que Macron. Eso sería simplificar demasiado y no puedes. Yo, como corresponsal, no puedo acercarlo tanto, que lo haga un jefe. Yo creo que es al revés, que tengo que entrar en los matices.

No has hecho el titular de «Rivera es el Macron español».

No, ni lo voy a hacer ni creo que sea el Macron español, es bastante distinto. Creo que en los partidos una parte de la ideología o de los programas es común o comparable, pero las personalidades son bastantes distintas.

Macron tiene un recorrido mucho más de «guerra relámpago». A Macron allí nadie lo conocía antes de ser ministro y es candidato un año y medio después de ser ministro. Es todo muy rápido, es candidato y gana, lo que es inédito en Francia. La mayoría de los presidentes había perdido elecciones antes de ganarlas. Macron es un presidente joven que llega y Rivera creo que no tiene la misma preparación intelectual, es decir, Macron es un hombre de letras al que le gusta la cultura y demás (igual esto es lo que nos vende), y Rivera es un jurista, como hay muchísimos políticos, creo que demasiados, en este país. No quiero hacer ningún juicio de intenciones, pero yo creo que Macron tiene convicciones liberales muy claras, liberales en economía, liberales en sociedad también, y a Rivera se le ha visto hacer vaivenes del centro a la izquierda, del centro a la derecha, los independentistas dicen que de extrema derecha, yo no lo creo, pero me ha parecido más amoldable. También lo pienso de Sánchez.

El primer viaje que Sánchez ha hecho al extranjero como presidente del Gobierno ha sido a París, y habla de la buena sintonía con Macron. Parece que también quiere apropiarse del manto de Macron. De hecho, Macron viene del Partido Socialista, con lo cual igual no es tan fácil acercarlo a Rivera o a Sánchez, igual está lejos de los dos.

Hay que reconocer a Rivera que se lo ha currado antes, y ya están preparando una plataforma en común y por interés puro. Macron tiene más interés en decir: «Yo voy con un partido nuevo que dice, como yo, coger lo mejor de la izquierda y lo mejor de la derecha», con otras palabras, y con eso reunir a los mejores, eso son discursos de los dos que son muy cercanos, son iguales, y se lo creerán más o menos.

Pedro Sánchez tiene un Gobierno que no es solo de su partido.

Sí, pero es el PSOE, es el partido más viejo, si no me equivoco, con ese nombre por lo menos, y Macron viene a romper, igual para perpetuar, pero romper el sistema político de partidos. Entonces, es más coherente a nivel discursivo que se relacione con Rivera —sea cual sea la relación personal— que con Sánchez, aunque luego evidentemente tendrá más encuentros o más reuniones con este todos los meses en Bruselas. Pero públicamente, si Macron tiene que apoyar a un partido, lo más lógico es que apoye a Rivera.

El perfil del votante habitual del Frente Nacional en Francia, con todo lo que eso implica, ¿lo ves o lo has visto en España?

Es difícil establecer un perfil tipo y creo que nos equivocamos mucho los periodistas o los analistas con el voto a Le Pen, porque ha sabido convencer a votantes de clase media desplazada, que se sentían excluidos y que son los perdedores de la mundialización. Ese es básicamente el voto de Le Pen.

¿En España no hay perdedores de la globalización?

Sí los hay también, evidentemente, aunque la extensión igual es distinta. En España ha habido una indignación expresada por ejemplo por el 15 M, que es un movimiento que no parte de un partido, al principio por lo menos, que no va canalizado por un partido y que es bastante espontáneo, y que no tiene ningún aspecto xenófobo. ¿Quiere decir eso que no hay racistas en España? Yo creo que sí los hay, suelo decir que hay la misma proporción de racistas. Me parece ver que en España se castiga menos socialmente expresar una opinión xenófoba o al límite que en Francia. Un ejemplo, voy a comprar queso y jamón, y el tío me dice: «Ah, eres francés, allí no tenéis jamón tan rico como este, ¿no?», y le digo: «Tenemos un jamón de este estilo, pero no es ibérico. Yo soy de Burdeos y me gusta coger lo mejor de cada sitio, el jamón de aquí, el vino de Burdeos»; y me dice: «Pues lo mejor de cada sitio y cada uno en su país», y digo: «¿Pero eso lo dice por mí?». Y dice: «No lo digo por usted, lo digo por los inmigrantes». Como yo soy europeo blanco, no soy inmigrante; técnicamente lo soy legalmente, soy expatriado o como se quiera llamar para él. Una persona así en Francia en ningún caso, aunque hubiera pensado lo mismo que él, en ningún caso hubiera expresado eso delante de clientes que no conoce en un sitio público. Igual eso es más sano en España, porque sabes así lo que piensa la persona; luego a lo mejor en su vida cotidiana su hija se casa con un senegalés y su hijo con una ecuatoriana y no va a tener ningún problema, pero esa cosa que siente ahí la va a expresar de forma bastante directa, mientras que en Francia se la va a guardar y le va a crecer el rencor. Es un análisis político sociológico salvaje, igual me estoy equivocando mucho, pero sí tengo esa impresión de que no hay ese miedo a expresar una opinión políticamente incorrecta.

Habrás visto los mensajes del pianista James Rhodes en Twitter donde habla de España como un país sensacional y que tienen bastante éxito aquí. ¿Tienes la sensación de que España se valora poco y que tienen que venir de fuera a decirnos que somos un país cojonudo?

Lo de la infravaloración creo que es verdad, quizás sea un tópico, pero la infravaloración en España de sus artistas, científicos… hay gente que tiene que salir fuera al extranjero para que se le conozca y después volver.

En Francia, por ejemplo, los profesores de castellano en el instituto son todos fans de Almodóvar. No hay ningún curso que no te pongan una película de Almodóvar. Creo que él lo ha dicho alguna vez, que se ha sentido mejor valorado en Francia que en España, ya no sé en el resto de Europa y en Estados Unidos. Sí hay algunas cosas que dices: «Vaya, está bien lo que está haciendo España». El Aquarius ha sorprendido en Francia, uno, por la decisión, y dos, porque creo que Francia hubiera sido mucho más criticada, hubiera provocado un debate mucho más duro el hecho de acoger a seiscientos inmigrantes. España es admirable en este aspecto de acoger y de no hacer un debate nacional con posiciones muy duras y xenófobas.

Macron ganó hace un año y ya flaquea un poco en los sondeos. ¿Dónde crees que ha tenido los agujeros más grandes?

Yo creo que en los conflictos sociales, sobre todo.

¿Ha intentado imponer unas reformas para las que Francia quizás no estaba preparada?

Sí, y le pasa factura. Aunque creo que mucha gente, y yo me puedo incluir entre ellos, reconoce que hace buenos discursos.

¿Los buenos discursos son raros en Francia? Porque en España son muy raros.

Nos gusta que los hagan bien. Los hace mejor que Hollande y los hace mejor que Sarkozy. Dentro del nivel francés es especialmente bueno. A nivel internacional ha gustado mucho a los franceses que hablara de tú a tú a los grandes líderes como Putin o Trump.

Esa cosa de la grandeur, ¿no?

Sí, un poco, lo que se le reprochaba a Hollande básicamente. Sobre todo, transmitía la impresión de uno que no sabía muy bien adónde iba y, segundo, no te sentías orgulloso de la representación como actor a nivel internacional. Macron sí tiene ese aspecto telegénico y, un poco más allá de telegénico, de grandes discursos. Lleva solo un año, pero ha lanzado reformas y, si se aplican, a ver qué tal resultan y a ver cómo pasamos del discurso a la realidad.

¿Te has encontrado alguna vez, cubriendo cosas, con algún problema específico como periodista francés en España? ¿O algún tema que fuera más difícil o más delicado?

Hay temas que no he tenido que cubrir yo pero que sé, porque lo hemos comentado entre periodistas franceses en España, que son muy delicados de contar, que son la agricultura, la fruta, la fresa. Yo a veces he tenido que explicar por qué la fresa española es tan barata y por qué es competencia de la fresa francesa. Hay compañeros a los que les han tirado piedras, literalmente.

Por los camiones que van a la frontera, ¿no?

Sí, y supongo que al revés también pasa, a compañeros españoles en Francia al ir a ver a los agricultores franceses.

¿Aún ocurre?

Lo han vuelto a hacer con vino. Un vino que presentan con una etiqueta afrancesada, producto de la Unión Europea y con un nombre superfrancés.

En el sudeste francés los convencieron hace veinte años de arrancar vid para hacer menos cantidad y más calidad, y ahora ven que un vino a granel se está vendiendo y el suyo no, y están muy cabreados porque además lo presentan como vino francés, jugando un poco con los márgenes de la ley, y hay unas tensiones fuertes. A veces es con eso, otras veces con la leche, otras veces con la fruta.


Soy viejoven

Bocados de realidad (1994). Imagen: Universal Pictures.

Hace poco volví a la casa donde viví hasta los veintitrés años. Fue en 1999 y apenas había vuelto. Abrí algún cajón, con poco ánimo de revolver. Había entradas de teatro, de cine, billetes de metro de por ahí. No recordaba haber visto algunas de esas obras o películas, ni por supuesto de qué iban. Había también fotos malas de un viaje a un campo de trabajo en Estados Unidos en papel de Fotoprix.

Los recuerdos son vagos pero mi impresión era que no había pasado tanto tiempo. En las estanterías había libros que ahora no leería y me sorprendo de haber comprado. Son sobre todo novelas y muchas no habrán aguantado ni siquiera estos veinte años de historia. Pero leí algunos y me sirvieron para aprender de la vida de otros. Para eso usé las novelas.

Josep Pla dijo en una entrevista en 1965 con Salvador Pániker que «un hombre que después de los cuarenta años aún lee novelas es un puro cretino». Pla tenía sesenta y ocho años. Quizá había seguido su propia opinión. En algo tenía razón: a los cuarenta años es menos necesario querer meterse en cómo lo hacen los demás. Ya no hay tiempo de grandes retoques —eres como eres— y el criterio particular está más formado —eres así en el fondo por decisiones propias—.

Yo soy ahora viejoven. La vida se alarga y me gusta esa palabra para definir un espacio nuevo como adulto. Me gusta probablemente también porque viejoven es una manera elegante de preservar la palabra «joven». Debe ser por miedo a la vejez sin retorno, porque no soy mucho de «quién pillara los veinticinco con todo lo que sé». No doy vueltas a algo que no va pasar. Si miro atrás, me preocupa relativamente poco lo que ha ocurrido, quizá porque ya está bien así. Si volviera no cambiaría tanto porque yo soy así. El problema me surge cuando miro adelante: tendré un día —si llego— ochenta años, el tiempo habrá pasado y seguiré siendo el mismo. No seré muy capaz de cambiar lo que viene a partir de ahora. Habré cambiado igual de poco, pero tendré ya ochenta. No podré hacer un artículo diciendo que solo soy viejoven.

La viejuventud es sosa en lo público pero loca en lo privado. El Pew Research definía así hace un par de años a la Generación X, los nacidos más o menos entre 1960 y 1980, la mía: «Esta generación ignorada tiene hoy entre treinta y cuatro y cuarenta y nueve años, que puede ser una de las razones por las que desaparece de las historias sobre demografía y cambio sociopolítico. Están centrados en el tramo medio de la vida, vacío de drama y escaso de grandes etiquetas». La generación de la edad mediana no trae las novedades de los jóvenes ni celebra los éxitos de la vejez.

La Generación X ha quedado además en medio de dos mastodontes: el baby boom de nuestros padres que ahora se jubilan y los millennials, que empiezan a trabajar. En inglés hay dos expresiones para definir nuestra juventud: éramos latchkey kids y nuestros padres eran helicopter parents. Todo significaba lo mismo: los padres no estaban en casa y los niños tuvimos llave de casa desde pequeños y estábamos solos hasta la cena. Solo en casa es una de nuestras películas.

En una pregunta en Quora sobre cómo es un jefe de la Generación X para los millennials, Mira Zaslove daba estas claves, que tienen que ver con el resultado de aquella infancia:

  1. Somos más independientes. Nos resulta normal trabajar solos. Nadie nos ayudaba a hacer los deberes.
  2. No estamos encima de nadie. Que cada cual se espabile, por el mismo motivo.
  3. No todo mola. Los millennials creen que «todo el mundo tendrá su trofeo». La Generación X vio de cerca aún la vida perra que llevaron sus abuelos. Los elogios sin medida y las felicitaciones eran y son, por tanto, escasos.
  4. Somos más escépticos. Mucho «meh». Nada es para tanto.

Nada es hermético, pero en mi viejuventud me veo bastante ahí. Somos, por ejemplo, el puente entre baby boomers y millennials en tecnología. Nos criamos sin apenas tecnología e internet, pero trabajamos con ella. No nos es ajena, pero sabemos lo que es llamar desde una cabina en el extranjero o que nadie pueda saber donde estás.

El otro día hablaba con un amigo sobre la aceptación de la viejuventud. «Ya no somos los últimos —me decía—. Antes, cuando alguien no te entendía o no le entendías, siempre era alguien mayor, viejuno. Ahora no», me decía. Snapchat, Musical.ly son algunas app cuyos códigos podemos llegar a manejar, pero no a entender. Se verá el truco. En Twitter y Facebook sobrevivimos porque hemos usado emoticonos y mensajes breves en nuestra propia vida. Pero en las novedades más recientes, nos faltará lo básico: el uso cotidiano.

Ese lento cambio de la cotidianidad se ve en los diarios. Espero que alguien esté por ahí escribiendo el de esta generación. Pero tenemos demasiadas pretensiones. Son un peñazo de llevar. Pero sirven para ver que en los detalles todos se parecen. «En ciertos periodos se convierte en la mayor ambición de un hombre llevar un archivo fiel de sus acciones en un libro. Pero si vive veintiún días, descubrirá que solo esas raras naturalezas hechas de coraje, sufrimiento, devoción por el deber por el puro deber y una determinación invencible pueden esperar aventurarse ante una empresa tan tremenda como llevar un diario sin ser derrotados», escribe Mark Twain. Así que, para ver cómo fuimos, siempre nos quedará una recolección de retuits de Pedro Sánchez.


Mónica G. Prieto: «Somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone»

Mónica G. Prieto es periodista de internacional. Ha trabajado con base en Roma, Moscú, Jerusalén, Beirut y Bangkok. Entre 2000 y 2005 estuvo en la redacción de El Mundo y era enviada especial a conflictos. El resto de su carrera ha sido freelance. Ha cubierto montones de guerras. Ahora ha parado porque sus hijos se lo han pedido, pero no descarta volver cuando pueda convencerles. Si alguien cree que el periodismo es cinismo y cariños con el poder, una charla con Prieto confirma al menos que hay excepciones. Lleva más de veinte años de carrera y sigue convencida de que el periodismo puede cambiar el mundo y que su papel es ayudar a montar sociedades mejores. Habla con una vehemencia celestial. Su bio de Twitter solo dice freelance journalist. Acaba de ganar el Cirilo Rodríguez, que premia a los mejores periodistas internacionales. Ha publicado en 2017, junto a Javier Espinosa, La semilla del odio. De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS.

¿Querías ser periodista de conflictos de joven?

Sí. Tenía muy claro que iba a ser periodista internacional. Los conflictos eran un poco accesorios. A mí lo que me interesaba era asistir a la historia. Sacaba buena nota en Historia porque era muy estudiosa y me gustaba mucho.

¿En el instituto?

Sí. Me fascinaba leer de la Revolución francesa y me imaginaba cómo sería ver aquello, vivirlo. Estar en la Revolución rusa contra los zares. Era la única profesión que me permitía encauzar eso a un plano más práctico: no me gusta la faceta más académica, me gusta la acción. Otras corrientes que me atraían eran la antropología y la psicología: cómo se comportan los individuos bajo situaciones extremas. El periodismo internacional me permitía enlazar todos esos intereses.  

La primera vez que lo probaste fue en los veranos de la universidad.

Fue en el segundo año de la universidad. Me salió la oportunidad de trabajar en Canal+ en primero de carrera. Era muy jovencita, pero era un momento periodístico en España en que las cosas funcionaban de otra manera. Buscaban un equipo de cuatro o cinco personas, yo encajaba en el equipo, me hicieron varias entrevistas y me contrataron. Esto me permitía tener autonomía para mantenerme y para pagar una cobertura. Ahí decido que quiero ponerme a prueba a ver si valgo. Era muy consciente de que tenía que aclararlo antes de meterme en una situación demasiado grave. Me busqué un conflicto de baja intensidad, que fuera en castellano, porque mi punto débil eran los idiomas, y me fui a Chiapas un mes y pico.

¿En 1995?

Sí. Estuve en la Selva Lacandona buscando, evidentemente, al líder zapatista, al subcomandante Marcos. Viví las primeras situaciones de tensión. De pronto, en un checkpoint de carretera sin luz, aparecen cinco o seis soldados sudorosos y asustados preguntando quién anda ahí, pensando que podía ser una emboscada de los zapatistas, pero era una loca española de veinte años dando la brasa.

¿Ibas sola?

Iba con una colega, una compañera que decidió probar y que vio rápido que esto no era lo suyo después de intoxicarnos varias veces.

¿Dónde fue la siguiente cobertura?

Ya me fui a Italia.

¿Fuiste a Roma recién licenciada?

No, no, compaginaba la carrera. De hecho, tuve que hacer los dos últimos años juntos porque no tenía manera de acabar. Estuve seis meses en Roma. Trabajaba para Onda Cero y El Mundo.

¿El Mundo no tenía a nadie allí?

Tenían una persona que era mi compañero sentimental en aquel entonces y terminó siendo mi marido. Por las circunstancias me fui a vivir allí y estuve trabajando para Onda Cero como corresponsal. Luego le destinaron a Rusia y me fui con él. En aquel momento resultaba bastante fácil entrar en internacional. Había demanda y no había suficiente personal. En Moscú empecé a trabajar con Europa Press además de con Onda Cero, El Mundo y CBS Noticias. Con cada uno firmaba de una manera para que no hubiera un problema de exclusividad supuesta. De ahí que me quedara con Mónica G. Prieto, que era como firmaba para El Mundo. Mónica García era para Europa Press; Mónica Prieto, para otro.

¿Qué sacrificios comporta el periodismo internacional?

Muchos, pero todos asumibles. Pasas a ser lo contrario de una persona normal. Yo falté a la boda de mi hermano. No lo olvidará nunca y yo tampoco. Coincidieron varias cosas en las mismas fechas. Pero sobre todo es que empiezan a invadir Chechenia y el presidente de la República, que era un señor de la guerra, nos invitó a un reducidísimo grupo de periodistas a ir al palacio presidencial. A ver, yo quiero muchísimo a mi hermano, pero ¡me había invitado el presidente! Sacrificas muchas cosas, sacrificas la humanidad, te conviertes en un agente externo, un poco en un marciano. Llegas a Madrid y tus prioridades son diferentes. No entiendo la inquietud que puedan generar algunas cuestiones.

¿Cuáles?

Cada año que llegas ves que España es diferente. Hay un nivel de preocupaciones banales mucho más alto y una serie de valores que se han perdido. De pequeña, recuerdo que se defendía en España la humildad, la honestidad, el trabajo bien hecho, el antisensacionalismo. Que la gente fuera contenida en los sentimientos, ser estoico. Ahora cualquiera sale en la televisión por lo que sea.

Los conflictos ponen a la gente en situaciones extremas. ¿Has aprendido algo de cómo somos?

Sí. Lo de los seres humanos es terrorífico: somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone. Da un poco de pavor.

Estamos en el siglo XXI, pero somos animales.

Mucha ropa, mucho diseño, pero el contenido sigue siendo el mismo de hace dos mil años. El ser humano en condiciones extremas se comporta de manera extrema. El bien y el mal pasan a ser extremos. Por afán de venganza o por la impunidad, por el hecho de saber que nadie va a responder por crímenes, porque hay otros crímenes y nadie está respondiendo por esos crímenes. El ser humano se enajena en situaciones de conflicto. Pero, cuidado, que también te encuentras lo contrario. Eso es lo que te salva. Una de las cosas más importantes en el reporterismo bélico es que no te vuelves a casa con la sensación de desesperanza absoluta porque siempre hay alguien que te salva en la guerra. Siempre hay un personaje, un activista, un médico, un voluntario, un individuo que dices: por él confío en la raza humana.

Pero te encuentras a uno por conflicto.

Ese es el problema, que la proporción es miserable. Por mil malos te encuentras al bueno. Y, por lo general, el bueno entiende a los malos, convive con los malos y casi les justifica. Lo más duro de constatar es que se cometen los mismos crímenes que se cometían hace dos mil o tres mil años. La manera de matar suele ser la misma, como las decapitaciones del EI. No hay nada nuevo.

Has dicho: «Europa fue Siria hace sesenta años y volverá a serlo».

Por supuesto. La historia es cíclica. Todos los países pasamos por guerras civiles, guerras mundiales, problemas regionales. A mí me fascina en el fondo interpretar cómo es posible que los seres humanos, setenta años después —con muertos en las cunetas y con aún algunos supervivientes de la Guerra Civil—, estemos con ese discurso guerracivilista en los periódicos, o que se permita que individuos en televisión asuman el discurso guerracivilista con el tema de Cataluña o el que sea. Deberíamos ser mucho más cautos, más moderados. Y no ocurre, y me fascina. En el caso de los refugiados es aún más sangrante. Los españoles huían a Francia y les echaron a patadas. Nos hemos comprometido con la ley en convenciones internacionales a proteger a una serie de gente que huye por su vida. ¿Cómo podemos violar así nuestras propias convenciones internacionales? Es constatar el doble rasero: cuando a Occidente le conviene, aplica sus leyes, cuando no le conviene, deja de aplicarlas. Ese doble rasero justifica el EI. Nos ponemos a su nivel. Y si nos rebajamos a ese nivel, estamos en la jungla.

Cuando vas a un conflicto por primera vez, ¿crees que eres inmortal?

Total. Dejé de creerme inmortal hace cuatro telediarios. Y yo he tenido una muerte cercana no, lo siguiente, en este oficio. No es que lo viera, es que lo tuve aquí. Mi primer marido, Julio Fuentes, reportero de El Mundo, murió en Afganistán en 2001. Aun así, saber que puedes morir ni te lo planteas. Existe esa sensación de invulnerabilidad que es ficticia. También es cierto que si te creyeras vulnerable sería mucho más difícil hacer tu trabajo. No voy a decir que sea una coraza, pero sí que creo que es un sistema de autodefensa. ¿Por qué sigo animándome a ir? Porque tengo técnicas para comportarme en zonas de conflicto, porque ya tengo experiencia, porque ya controlo, porque ya no me voy a exponer tanto. Pero todo da lo mismo, siempre está el caso que te rompe los esquemas, del colega que está en una ofensiva de cuarenta días y, cuando ya no cae ni una bomba, justo le estalla una mina y muere. Eso pasa continuamente. No creo que por el hecho de acudir más tengas más papeletas. En nuestro caso hemos terminado siendo más conscientes por el hecho de tener hijos. A mí mis hijos me pidieron que dejara de ir a conflictos y eso es ya muy grave. Si le prometo a mi hijo que no voy a un conflicto, pues lo voy a cumplir, aunque me dé mucha rabia, pero por el momento voy a cumplir. Quizá cuando tenga dieciocho años igual se le pasa y puedo volver.

¿Has buscado tratamiento después de alguna cobertura?

Busqué tratamiento después de la guerra de Irak, tras la muerte de Julio Anguita y la de José Couso. La muerte de Couso es muy cercana, porque muere en el Hotel Palestina en Bagdad y está muy cercana en el tiempo a la de Julio Fuentes. Busqué asistencia, nunca lo había hecho, pero llegué con una sobredosis de vivencias. Fueron tres meses de cobertura de Irak, un mes y medio bajo la dictadura, un mes de bombardeos y quince días luego, y llegaba con mucha tensión. Llegó un momento en que decidí hablar con un psiquiatra. Fundamentalmente para evaluar. Pero no hubo necesidad de más.

¿Qué conocimientos tienen los directores o redactores jefe que te han mandado a hacer coberturas de política internacional?

Depende del responsable. He tenido editores, directores de medios, con un instinto periodístico brutal. Daba lo mismo que estuvieran metidos o no en la política internacional, sabían definir lo que era un tema y sabían entender lo que era un tema, un buen tema, si tú lo explicabas, y sabían ver las prioridades y entender que una cobertura es mucho más que llegar con una historia: es buscar la historia que representa todo lo que estás intentando explicar y que puede transmitir toda la realidad. En cuanto al redactor jefe, he tenido de todo, pero evidentemente el mal redactor jefe es el que te pide que copies directamente.

¿Lo que ve en la prensa extranjera?

Claro. El que te dice: «He visto esto, háztelo tú». «No, no, tío, cómpraselo al Guardian y tradúcelo, yo no te lo voy hacer porque no hay fuentes. Tendría que irme a buscar esas fuentes». O, lo que es peor, una escena típica. Recuerdo que una vez estaba en Kut, una ciudad iraquí ocupada por tropas japonesas. Llega un momento en que se sublevan los chiíes y los suníes al mismo tiempo. Toman al asalto el cuartel general de los japoneses. Era la única periodista extranjera que estaba ese día allí. Entrevisté a todo el mundo. Los tanques americanos llegaron para el asalto. Los helicópteros. Era una película. Era visualmente brutal. Yo estaba sola porque había varias crisis simultáneas, y todo el mundo estaba en Faluya, pero yo tenía Kut. Llamé a la redacción y la responsable en ese momento me dijo: «Queremos que nos mandes una historia del convoy humanitario que va a salir de Bagdad a Faluya. Acabamos de escucharla en Radio Nacional y nos ha encantado». Yo le dije que tenía otra historia y que la suya no la había hecho.

¿Pero ella sabía que estabas en Kut?

Por supuesto. Recuerdo que la conversación acabó en grave discusión y me dijo: «Pues si estás en Kut, te vuelves a Bagdad y te vas a Faluya». Que está en la otra punta. Eso fue lo que hice y me comí la historia de Kut que ya había terminado, no recuerdo si acabé por publicarla. Yo nunca vendo el pescado antes de haberlo pescado. Llamo cuando ya tengo la historia acabada.

¿Y eso te ha pasado muchas veces?

Muchísimas. Tuve una más grave. Primer cerco de Faluya. Había intentado entrar muchas veces en Faluya: con jefes de la insurgencia, con grupos armados, pasando por ríos, nadando, campos de minas. Era terriblemente complicado. No había manera de entrar. Un mes después, cuando ya habían muerto mil quinientas personas, cuando el cerco estaba a punto de caer, volvimos a Faluya. Llegamos a las puertas de la ciudad y en el checkpoint nos sentamos allí a fumar. De pronto, te juro que fue surrealismo, a mí no me ha pasado en toda mi carrera, en veintitantos años de carrera, algo como esta escena, de repente veo que llega una especie de vehículo militar iraquí, un tipo vestido de general de Sadam Husein con el aguilucho baasista y con todas las insignias de general. ¡Los americanos se cuadran y le invitan a pasar! Mi traductor se queda desencajado, me dice que ese es el general tal, que se supone que estaba en la lista negra, y que cómo ha llegado hasta aquí. Los americanos no conseguían doblegar Faluya y la única manera que encontraron fue traer a un general de Sadam. Con mi traductor, empezamos a preguntarle. Nos acercamos y el tío encantado, ufanísimo con su uniforme del antiguo régimen. Lo que pasaba es que los americanos no conseguían doblegar Faluya, así que llamaron a un antiguo general del ejército de Irak, que se llevó a sus hombres de Faluya, para que entrara y negociara con los insurgentes un armisticio. Así se saldó la primera batalla en Faluya. No solo entrevistamos a aquel general, sino que conseguimos entrar. Fue una jornada maravillosa, de esas en las que termino comiendo con un grupo de wahabíes apoyada en un misil tierra-aire. La conversación era como de coña: «Tenemos unos cuantos de esos en casa y, oye, tú no serás espía, ¿verdad?». Cuando salgo de Faluya, con la excitación de tener la historia de mi vida, llamo al periódico. Todo lo que tenía era visual: jardines con tumbas abiertas, el campo de fútbol siendo excavado y llegando cadáveres cada dos segundos. El jefe de internacional me dijo: «Mónica, ya antes de que empieces a hablar, no tengo sitio. Ni hoy ni mañana, porque tengo una cumbre de no sé qué y no tienes sitio». Y yo: «Somos el primer medio extranjero que entra en Faluya. Para cuando lo des ya estará todo el mundo. Ya no es exclusivo».

Y no lo dieron.

Lo dieron dos o tres días después.

Por la cumbre.

Quizá si hubiera sido otro momento… Había cierto cansancio ya. Era 2004. Se comenzaba a entender menos. Ese cerco de Faluya fue cuando entra Abu Musab al Zarqaui, jefe de Al Qaeda, y empezó a haber confusión de términos. Aquellos tipos con los que hablé trabajaban para él y se plantearon la posibilidad de secuestrarme. Lo sopesaron y el que me estaba protegiendo dijo que no. Luego mi equipo me lo traducía. Había una serie de confusiones, demasiados factores que hacían que se atendiera menos al detalle. El factor de terrorismo desconcertaba a la opinión pública española.

Con tanto viaje, ¿cómo era la vida en la redacción?

Mi trabajo cuando estaba en la redacción era estar en la redacción. ¡Y me ponían a hacer breves! Como castigo por viajar tanto.

¿Te castigaban?

Porque el jefe que tenía era un tipo fundamentalmente fascista, machista.

Pero ¿era porque alguien que hacía algo guay luego tenía que sufrir, para que no se creyera una estrellita?

Era algo de eso. Se da en algunos individuos. Esta persona había sido corresponsal en el extranjero y tuvo un destino donde no destacó por su valor. Se sentía doblemente cuestionado por una chica diez años más joven que él que hiciera un trabajo en el que él nunca destacó. Me solía humillar bastante.

¿Por mujer? Has dicho que ser mujer ha tenido ventajas y desventajas sobre el terreno y en la redacción.

Yo nunca me he visto como una periodista o un periodista. Soy una profesional y punto pelota. No tengo ni idea de cómo definirme y además sobre el terreno me suelen tratar como una profesional, no como una mujer profesional, y yo me comporto como una profesional, no como una mujer. Tengo el mismo aguante que ellos. Todos trabajamos igual, midas 1,80 m o 1,50 m, tengas pecho o no. Pero cuando llegas a la redacción sí que noto que la sociedad española —que no creo que sea problema de España, creo que es un problema de la sociedad a secas—, la sociedad no lo admite, las mujeres no somos iguales que los hombres. Yo he oído: «Que se ponga a editar breves, no vaya a ser que se lo crea, que se le suba a la cabeza». No tengo ningún problema con hacerlos, pero a los hombres reporteros no les pasaba. A mí me molestaba el tono, ese tono paternalista del «qué se ha creído esta». A ver, que yo no me creo nada, no voy a demostrar nada, voy a hacer mi trabajo, y vuelvo y hago lo mismo. Lo que no voy a hacer es copiarte algo del Guardian. Te lo traduzco y te lo firmo como Guardian.

¿Estabas en un oficio muy masculino?

En aquel entonces fui la primera mujer reportera internacional de El Mundo. No lo había analizado nunca hasta ahora, pero es así. Cuando yo llego al periódico, y me temo que no ha cambiado nada, había unos usos machistas que representan a una sociedad, no solo el mundo de periodistas. Entiendo que El Mundo es un periódico nacional dirigido por una élite intelectual, que se han formado durante muchos años con décadas de experiencia y tienen estos micromachismos tan incorporados que llevan a estos comentarios. En El Mundo había dos jefes varones en internacional que dirigían un equipo solo de mujeres. En una época de mucho trabajo nos pusieron un refuerzo. Nos mandaron un becario de la sección de cultura. El tipo era el antimilitarista clásico. Un día llegó un directivo. Era 2001, y yo ya había cubierto Macedonia, Cáucaso norte, Chechenia, en suma, conflictos. Estábamos todas ahí editando y pregunta qué llevábamos: había un tema sobre la capacidad militar de los talibanes. Cuando se lo contamos, dijo: «Bueno, esto que lo haga el becario, que por lo menos ha hecho la mili». Entonces alcé la voz de forma exagerada para preguntarle a una compañera situada al otro extremo de la mesa algo así como: «¿Oye, un general es más o menos que un coronel? Es que como no he hecho la mili, no creo que pueda editar esta crónica». Ella respondió: «Pues no lo sé, yo ando atascada en la diferencia entre división y unidad, porque como no he hecho la mili…». Cuando se sumó una tercera voz femenina declarándose incapaz de editar y acumulando trabajo a un becario espantado, el directivo se fue echando pestes. Luego vino a matizar aquello: «No os pongáis así, no quería decir eso». Seguramente no quería decirlo, el problema es que está todo tan interiorizado… Cuando yo vuelvo de un conflicto, estoy muy morena, pero cuando vuelve un tío: «Joder, qué cojones tienes». Era el comentario recurrente: «¡Qué guapa estás, incluso más delgada!». «Sí, porque he pillado una neumonía, pero no te preocupes». Eso me ha pasado, literalmente.

Haciendo este trabajo como mujer en lugares en conflicto, parece más normal preguntarte por lo que te pase en Bagdad o en Nasiriya.

Sin embargo, me costaba mucho más esto. Porque lo otro me lo esperaba, y me encontraba de hecho la sorpresa de hallar mucha más tolerancia. También fue otro momento, porque Oriente Próximo ha cambiado mucho. El Irak de Sadam Husein no tiene nada que ver, religiosamente no tenía nada que ver. Era el Irak laico. La tolerancia era brutal. Yo iba por Bagdad en vaquero y con una camiseta. Me sentía aceptada. Empecé a cubrirme porque algunos integristas me lo pedían. Me chocaba más lo que ocurría aquí, que una mujer volvía de cubrir un conflicto y no se la trataba como a un hombre. A mí me choca mucho el machismo. Me sorprendía aquello: «Te llamo de tal revista por si puedes hacer un reportaje sobre fotógrafas de guerra mujeres». ¿Por qué es noticia? Desde que hay guerras, hay fotógrafas de guerra mujeres.

Cuando te dieron el premio José Manuel Porquet en 2011 te dijeron que eras la primera mujer que lo recibía, y dijiste: «Estoy sorprendida de ser la única mujer».

Lo último que he hecho ha sido Pionyang. El régimen nos invitó al desfile en honor de los cien años del fundador de Corea del Norte, y fácilmente el sesenta por ciento de las reporteras que estábamos allí éramos mujeres. No te digo ya reporteras, sino las cámaras, las que cargaban con el equipo, las lentes. La mayor parte de fotógrafas y camarógrafas eran mujeres: coreanas, japonesas, norteamericanas, chinas. Éramos mayoría. De hecho, me sorprendió que en imagen éramos la mayoría mujeres. Eso no debería sorprenderme.

¿Y sigue así?

Hace unas semanas vine a España a recoger el premio Cirilo y, en un momento dado, antes del fallo, un colega me soltó el comentario: «Tú ponte guapa y relájate». ¡Y le conozco bien! Pero ¿de qué cueva acabas de salir? Está incorporado, es muy difícil.

Fuera de conflictos claros, habrá habido también debates con tus editores sobre qué lugares escoger para cubrir. Si ir al país A, al B o quedarte en casa. ¿Cómo se elegían los destinos?

África era imposible. África no interesaba, me lo dijo la dirección: los negros no interesan, olvídate de los negros porque no interesan. «Es que están muriendo miles». «No nos interesa». «Es que es agosto y no tenéis nada con lo que abrir el periódico». «No nos interesa». «Es que hay cientos de miles de refugiados». «No nos interesa». Ahí fue cuando empecé a replantearme las cosas.

Encaja en esa leyenda del periodismo: interesa mucho un accidente si mueren un español, diez franceses, cien noruegos y mil chinos.

Claro, y serían diez mil árabes y cien mil africanos.

¿Esto es verdad?

Por desgracia, sí. Es muy frustrante, ese cálculo funciona. A mí, África me conllevaba bastantes broncas y luego tuve un par de desencuentros: una vez un terremoto al que yo quise ir, creo que fue en Irán, en Bam, y que por los motivos que fueran no pude ir, y un par de situaciones de estas que me empezaron a decepcionar un poco.

¿No pudiste porque no interesó Irán?

Porque me dijeron que no. Lo que yo solía hacer mucho era pedir visado primero y preguntar después. Una vez que tenía el visado, decía: «Oye, tenemos posibilidad de irnos a tal sitio porque no voy a necesitar una semana para el visado porque ya lo tengo». Y ahí creo que les molestaba que tuviera iniciativa y no les avisara. Pero la cuestión era que funcionaba y, si me decían «Sí, vete», era automático ir al aeropuerto. Es cierto que yo no era una periodista fácil para trabajar, yo no soy una persona de redacción que pregunta todo a sus jefes. Los que me han valorado me valoran mucho precisamente porque soy libre, y el jefe que buscaba controlarme como a una becaria mayor pues no lo ha conseguido.

¿Pero era porque no estabas de acuerdo o porque tenías la pretensión de estar tiempo sobre el terreno?

Era más bien el ímpetu periodístico de: «Esto hay que cubrirlo, no podemos dejarlo». O mandas a alguien o voy yo, pero que alguien vaya. A mí no me importaba ser yo o no, pero siempre hay una crisis que cubrir. Recuerdo que me mandaron a cubrir, hablando de esa proporcionalidad tan absurda, el secuestro de dos empresarios españoles en la República de Georgia, en el Cáucaso. Fueron quince días de cobertura por un secuestro de dos personas. Sin embargo, una situación que a mí me parecía que definía a todo un pueblo o que lo sometía a la vulnerabilidad no la veían.

En la visión peliculera del periodismo internacional también hay mucha parafernalia.

Tienes dos opciones: poner el foco sobre la gente o ponerlo sobre ti. Al principio hay gente que va arrastrada por la visión utópica y cinematográfica de esta historia, que no tiene nada que ver con la realidad, y luego en parte se depuran cuando ven que no es así. Porque es duro, huele mal, coges infecciones, pillas porquerías horrorosas, terminas hospitalizado en parajes terroríficos, puedes morir, y eso no mola. Hay otros que siguen sin verlo porque ven más el reto personal que les supone y lo que lucen. Pero, vamos, yo creo que eso se puede trasladar a todas las profesiones. Hay mucha gente que quiere ser protagonista en lugar de hacer su trabajo y punto.

¿Por qué pasa España a partir de los años 2004-05 de mucho periodismo internacional a poco?

No lo sé. El editor de tu medio no tiene por qué tener conocimiento de la política internacional. Muchos no tienen ni el conocimiento ni el interés que se merece la política internacional. España no juega en la división internacional. No juega en la división de Gran Bretaña, de Francia o de Estados Unidos, o como podía jugar Italia hace no tanto tiempo, de entender el conflicto internacional porque tiene intereses detrás y, por tanto, intentar dirigir la opinión pública dependiendo de sus intereses.

Eso es para bien y para mal.

Para bien y para mal. Para mal, porque se hace continuidad de Estados Unidos. O de donde venga el interés. Eso cambiará a China, finalmente, y pasaremos a otro eje, pero por el momento es el que es. Eso nos arrastra a una situación como la actual, donde tenemos al equivalente a Kim Jong-un pero en viejo y blanco en el poder en Estados Unidos, pero en potencia es tan peligroso como el original. Estamos todos siguiéndole porque toca seguirle, y por desconocimiento. Pero, en el caso de Irak en 2003, hubo manifestaciones de miles de personas gritando «No a la guerra» porque tenían el interés, la inquietud por saber lo que pasaba en Irak, y tenían el criterio de decir: «Esto es una invasión». Y ganaron. Esto, sin embargo, nunca ha ocurrido con Siria, pese a que la situación de Siria era tan obvia como la de Irak: hay un señor masacrando gente.

Pero no es norteamericano.

No, pero era lo mismo. El nivel de injusticia era el mismo. Era tan injusto lo que pasaba en Siria como que Sadam Husein reprimiera a su gente con aviación.

En España lo veíamos diferente.

Pero eso pasa en 2011, cinco años después de esta crisis del interés informativo. Donde, por ejemplo, la cobertura de Siria que existía, porque nosotros íbamos al terreno, yo no sé cómo se reflejaba aquí en los medios, pero el periodista español seguía yendo. Por un lado, me imagino que no se le da la cobertura que requiere la situación, pero, por otro lado, me temo que la sociedad estaba mucho más apática que con el caso iraquí, estaba más distante.

Veníamos de Túnez y Egipto, al principio de la Primavera Árabe, que fue algo más bonito, y luego con Siria dejó de entenderse.

No, yo creo que fue Libia. Fue la intervención en Libia más bien. Interviene Estados Unidos y se considera que es una intervención imperialista, cosa que no tiene nada que ver con el imperialismo, es más bien dictadores masacrando, pero yo creo que sí que pudo ser eso. Un exceso de información y un exceso de Primaveras Árabes. Era complicado para el lector de turno saber si aquello era positivo o negativo. Pero era blanco y en botella.


El oficio más jodido del mundo

Base Tynes, valle de Arghandab, Afganistán, 2009. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

El 11S fue una bendición para el periodismo internacional. El mundo se agitó y había mucho que contar. El terror alcanzó incluso a España en marzo de 2004. La combinación era casi perfecta para la información internacional: fenómeno global que afecta al país y los medios vivían sus años más boyantes antes de las crisis de internet y económica. España estaba en auge y era importante mirar y preocuparse por el mundo, como Irak y Aznar o la alianza de civilizaciones de Zapatero.

La periodista Mónica G. Prieto estaba en Irak en 2003, antes de la invasión norteamericana: «Éramos más de veinte españoles, la nacionalidad más grande acreditada con el régimen de Sadam de todo Bagdad. Era un orgullo. Las teles, las radios, estaba todo dios, éramos una fiesta», dice. El periodismo es negocio y es servicio público. Irak en 2003 reunía ambas condiciones. Prieto estaba entonces en plantilla en un periódico nacional, donde iba de enviada especial a focos de conflicto. Pero quería hacer historias que estuvieran más lejos de la actualidad: «No me compensaba seguir de paracaidista —dice—. Es un concepto arriesgado: ves lo que ves, no te da tiempo a hacer background, pero así funciona el negocio». En 2005 optó por pedir una excedencia e irse a Oriente Medio de freelance.

Prieto canceló la excedencia a los tres años y lleva ahora una década de freelance especializada en conflictos. Antes del 2000 había sido freelance para cuatro medios en Rusia, con la guerra de Chechenia de fondo. Lo recuerda como una época dorada: «Las tarifas eran decentes, te pagaban los gastos de viaje. Había fórmulas para que saliera rentable y había tiempo para hacer las piezas», dice. Eso que parece tan sencillo para cualquier otro oficio en periodismo empezó a esfumarse. Aquellos años no han vuelto, de momento, y nadie los espera.

El periodismo internacional freelance en España es una broma. La CNT sacó un informe con tarifas de medios para piezas desde el extranjero: iban sobre todo de cincuenta a cien euros. Aquí cuentan su experiencia seis periodistas y fotoperiodistas que han sufrido o rechazado estos precios y a menudo han acabado publicando en medios en inglés. La mayoría han trabajado juntos o se conocen de coberturas. Todos subsanan la falta de ingresos fijos con algo que no es su trabajo esencial: clases, becas, vídeos, exposiciones, colaboraciones con ONG. Los españoles que se dedican por su cuenta a conocer bien los conflictos y a contarlos en su lengua o con su cámara sobreviven sin más apoyo que su interés o la creencia persistente en lo que hacen.

Prieto forma parte de este grupo de freelance españoles que dedican su trabajo primordialmente a zonas de conflicto. El nombre que cada uno usa para definirse no es una elección simple: «Soy muy reacio a etiquetas como corresponsal de guerra. Queda bien en Facebook, eso es todo», dice Karlos Zurutuza. La insinuación de un ligero chuleo diluye la candidez y entrega con la que trabajan quienes hacen uno de los oficios más venerados del periodismo: ir a ver sufrimiento para contarlo.

Prieto y Zurutuza sobre todo escriben. Pero ambos deben traer fotografías para que sus textos se publiquen. También han visto cómo se les pagaba mejor en el extranjero por una foto —que no hay que traducir— que por un texto. La variedad de tareas en una cobertura es más compleja de gestionar de lo que parece; aparte de conocimientos, requiere tiempo: «Ahora tengo que hacer texto, foto, vídeo y audio. No puedo pensar en cuatro lenguajes distintos. Me siento un fraude», dice Prieto.

El tipo de trabajo que necesita un texto o una imagen implica un planteamiento de viaje a menudo distinto. El frente de guerra puede ser la base de un reportaje gráfico, pero para escribir es insuficiente: «Yo no soy de frontline —dice Zurutuza—. Con ir una o dos veces me basta, para hacerme una idea, porque hay más información en la retaguardia. Me interesa saber si las escuelas están abiertas, qué hace la gente en los hospitales, si las tiendas están abastecidas. La última vez que estuve en el frente fue cuatro días en Sirte (Libia) y me sobraron tres».

Alberto Arce ha ganado premios por documentales y por coberturas con textos para una agencia. Su trayectoria es un repaso de las dificultades del oficio. A principios de los 2000, pasó unos años en Argentina. Colaboraba sobre todo con revistas sesudas, como Política Exterior o la de la Fundación Cidob: «Me pagaban más de lo que paga Jot Down ahora». Era la época precrisis. Fue entonces a trabajar para una ONG en Oriente Medio. Los buenos contactos en Irak le llevaron de nuevo al periodismo. Vivió la Operación Plomo Fundido israelí en Gaza. Escribió veinte piezas para un periódico nacional e hizo un documental.

Arce creyó que algún medio le abriría las puertas: «El documental ganó en un año más premios que los que la mayoría de directores de documentales españoles ganará en toda su vida», dice. Pero no le llamaron. Tampoco para escribir. Preguntó en redacciones: «¿No tendréis algo por ahí para mí? Dejadme empezar poco a poco. Pero me di cuenta de que ese tipo de enfoque, de meritocracia, llama a risa conmiserativa», dice. En resumen, recuerda Arce, en 2009 tuvo tuvo un «clac» que resume en esta frase que le dijeron en una redacción: «Esto no funciona así, chaval».

En esos años siguió cubriendo conflictos: Afganistán, Irak, Libia. Tuvo una hija, paró un poco, pero cuando necesitaba dinero volvía a la carretera. Fue por ejemplo a Misrata (Libia): «Me voy a hacer caja con Ricardo [García Vilanova, fotógrafo]. Llevamos una cámara de vídeo buena. Ni él vive de las fotos ni yo de los textos, pero te metes en primera fila, en trinchera, y vendes las imágenes a CNN, Al-Yazira o Euronews y te pagan setecientos dólares el minuto. En un mes haces dinero jugándote el pellejo», dice.

El trabajo del freelance es más difícil y peligroso que en plantilla. Los freelance solo ingresan si traen material: tanto traes, tanto vales. Y no siempre logran encargos. El método habitual de trabajo es buscar un destino donde hay o puede haber noticias —elecciones, guerras, revueltas—, avisar a tus contactos en medios —si los tienes— e ir unas semanas: «Voy a lugares donde creo que puedo tener ventas y sacar dinero. Vas con las buenas intenciones en una mano y la calculadora en la otra», dice el fotógrafo Manu Brabo. Luego puede ir bien o puede ir mal. Ricardo García Vilanova ha estado tres veces este año en Mosul. Así le fue: «El primero cubrí gastos; el segundo fue bien: galería de fotos con CNN, un vídeo para ellos, hice de cámara para una tele colombiana. Pero el último ha sido un desastre. Hay un montón de gente», dice.

Mosul, 2017. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

García Vilanova acaba de volver de Libia e ir a Yemen le resulta carísimo. Los destinos se limitan: «Todo es un puto negocio. O tienes pasta o no curras. Es un modelo de negocio insostenible», dice. La competencia es extensa. Más en fotografía o en textos en inglés, donde se compite con periodistas de todo el mundo. La presión por publicar es difícil de asumir, más si eres joven. Esta competencia desigual hunde los precios, según Zurutuza:

A los freelance «de conflicto» se los ha santificado sin tener en cuenta los egos, disparadísimos, y que no valemos un pijo como colectivo. El compañerismo existe, pero también esa jungla en la que muchos se abren paso a codazos, como, por ejemplo, aceptando tarifas ridículas. No se deberían aceptar por pura dignidad, pero también por solidaridad con el resto porque esas tarifas acaban convirtiéndose en las de todos. Con la explosión de las redes hay gente dispuesta a trabajar casi gratis por hacerse un nombre y para que le aplaudan en Facebook. Y muchos de los que aceptan cacahuetes por reportaje se quejan, simultáneamente, de lo poco que se paga, e incluso se erigen en «defensores» del gremio. Más aplausos en Facebook. Antes era distinto. Se pagaba más y había gente haciendo un gran trabajo, y a muchos no los conocía nadie. Hoy es al revés. Nos suenan más las firmas que sus trabajos. Podemos echar la culpa a los medios de la precarización con razón, pero nosotros somos los primeros responsables.

Las redes sociales no han traído buenos amigos al mundo freelance. La guerra no es lugar para fardar. Allí hay gente que sufre de verdad: así que se va, se ve, se cuenta y se calla. El jugueteo emocional de las redes encaja mal en este panorama, según Mónica G. Prieto:

Se ha impuesto una generación de aparentar, «porque yo lo valgo»: soy tan bueno que te voy a contar una historia porque acabo de llegar a tal sitio. Muy bien, pero ¿cuál es tu historia? ¿Cómo me lo vas a contar? Se está imponiendo un tipo de periodismo simplista: Twitter aplicado al periodismo. Demos mensajes, no expliquemos, no contextualicemos. El mensaje suele ser «mi periodista está aquí, qué valiente es». Eso lo hacía la prensa turca en el año 90 y todo el mundo se reía de ellos, ahora los turcos nos dan mil vueltas. Ahora somos los españoles los que vamos a hacernos la foto: «¡Estoy en tal sitio!».

Tras su viaje a Libia, los colegas de Arce van a Siria. Pero Arce se va con su familia a Guatemala. Allí le contrata Plaza Pública: «No puede ser que alguien que no me conoce de nada, en un país que no he pisado nunca, en un digital, sin amistades… En tres días me mandaron un contrato de trabajo», dice. Diez meses después pasa a cubrir Honduras para la agencia norteamericana AP. Tras unos años en Tegucigalpa, tiene ofertas de Los Angeles Times y el New York Times. Escoge el NYT y se establece en México. Cobra un salario de cinco mil cien dólares. Al cabo de pocos meses, las condiciones cambian y abandona el periódico. Arce trabaja ahora para una ONG canadiense en el proyecto de un cómic en Mosquitia (un hormiguero de narcos en Honduras) y, tras ofrecerse a varios medios españoles, acaba de recibir una beca de la Knight Foundation para estar un año en la Universidad de Michigan. Arce no entiende la situación:

Cuando sales de España entras a jugar con «las reglas». Me considero una persona de fuertes convicciones anticapitalistas, pero en el momento en que sales y ves que esas son las reglas, pues juguemos a las reglas. Las reglas de la competencia y del mercado funcionan fuera de España. En España hay otra cosa. Mi lógica es «déjame competir porque sé las reglas». Pero deja que haya competencia, que se valore el coste del trabajo, que se entienda la pertinencia del producto, la conveniencia de esta cobertura en la región. Ahí sé jugar. A lo que no sé jugar es a lo otro. Has tenido por tanto que invertir mucho tiempo en hacer amigos, no en trabajar.

Una vez en el circuito en inglés, el método de trabajo de los medios también es distinto. Los editores tienen labores más minuciosas. Mónica G. Prieto conocía a una persona que trabajaba en una agencia en Beirut (Líbano): «Editaba a un freelance español en Siria y decía que había que reescribírselo todo porque no sabía escribir agencia. Les daba igual. Cualquier cosa que mandara o que contara por Skype o teléfono servía. La disponibilidad de los editores es total. Eso no se lo cuentes a un español», dice. En España los editores tienen otra labor y se exige el producto terminado y con todos los apoyos: «En España van a requerir que el producto esté hecho, con foto y vídeo, que sea por el mínimo coste y le van a dar el enfoque que les dé la gana», dice.

La diferencia en el trato y el interés tiene consecuencias en la tarifa: «Una historia en inglés puede pagarse entre cinco y diez veces más que en España: el año pasado saqué una pieza de mil palabras en inglés con tres fotos pésimas y me pagaron setecientos euros. En España me hubieran dado cien», dice Karlos Zurutuza. Con las imágenes ocurre algo parecido, según Brabo: «Por dos días de encargo del Wall Street Journal en Ucrania puedo cobrar lo mismo que por un reportaje entero en un semanal español». Los medios en inglés ofrecen encargos con más frecuencia, no solo esperan en la redacción a que les lluevan las fotos o los temas: «Los medios extranjeros suelen ponerte encargos, que no suelen hacer los medios españoles», añade Brabo. Las tarifas tienen una repercusión obvia en el interés de los lectores, más allá de la categoría del periodista: «Si un medio ofrece cincuenta euros, recibirá un trabajo mediocre. Si lo publica, la gente no mostrará interés por eso —dice Zurutuza—. Es la pescadilla que se muerde la cola».

A pesar de la situación y de los peligros, estos periodistas van de fregado en fregado, con pausas temporales. El peligro de cada trabajo y cada región es difícil de entender desde fuera. La experiencia, por ejemplo, en Honduras puede ser más terrible que en los típicos agujeros de Oriente Medio, cree Arce:

Yo he llegado a las cotas más altas de miedo en Tegucigalpa, no en Libia ni en Gaza ni en Bagdad. No es lo mismo tener miedo a una bomba random que cae del aire que tenerle miedo a un hijo de puta que viene en motocicleta por detrás a robarte el teléfono. En Honduras no se reconoce que cubres un conflicto, pero he llegado a ver veinticinco cadáveres seguidos en una ciudad en veinticuatro horas. He visto fosas comunes dos veces: en Tegucigalpa y en Líbano. No había sitios donde poner los muertos de cada noche. Yo tengo estrés postraumático diagnosticado no por Gaza, sino por Tegucigalpa.

El riesgo es más difícil de comprender en tensión. Mónica Bernabé pasó siete años en Afganistán. En Kabul los extranjeros no pueden circular con calma. Ella se movía vestida de afgana, de negro y solo con el rostro descubierto: «Vives en estrés constante, aunque lo normalizas. Lo interiorizas», dice. Hasta que sales de allí: «Es como un maratón. Cuando corres no te das cuenta de que te duele el cuerpo. Cuando paras es cuando más te duele». Cuando Bernabé salió de Afganistán, fue a Roma. No quería saber nada entonces de países en conflicto. Pero la tensión del retorno no acaba de mitigarse. Así la explica Manu Brabo:

Hay trabajos que se hacen largos y que cuando terminas piensas «qué ganas tengo de volverme a mi casa». Pero también pasa que, cuando llegas a puerto y llevas un tiempo, lo que te pide el cuerpo o la cuenta del banco es salir a producir. Me cuesta mucho más estar en casa que estar allí. Estás un poco más irascible. Los primeros días cuando vuelves de, por ejemplo, dos meses en Irak cuesta asimilar este mundo, integrarse, volver a ser una persona normal y no un animal de conflicto.

Cuando la tensión está arriba, el país de origen parece un lugar de consentidos inconscientes del mundo real. Pero, cuando esa calma se apodera de uno, el cuerpo pide más. A la vez es el trabajo y lo que mejor uno sabe hacer: «¿Qué vamos a hacer si no? ¿Dejarlo en manos de quién? ¿En manos de sus propios activistas que no sabes si tienen una doble agenda? —dice Mónica G. Prieto—. Es lo único que sé hacer, les doy voz. Es una combinación perfecta: ellos lo necesitan, yo lo necesito».

Los periodistas citan siempre esa frase de que hacen el oficio más bonito del mundo. Algo hay. Pero a veces es bien jodido.


Joan Tardà: «Zapatero va ser una gran oportunitat perduda»

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(Versión en castellano)

Joan Tardà és diputat d’Esquerra Republicana al Congrés dels Diputats des de 2004. Si la legislatura arrenca, serà probablement l’última: «Tinc 63 anys, ja em toca jubilar-me», diu. Va donar classes fins el 2004 i manté encara la seva plaça de professor a un institut de Cornellà, al costat de Barcelona, on havia començat de regidor. Tardà és abraonat, convençut, planer. No dubta que els catalans pujaran el nivell de les protestes quan arribin dies més durs. Tardà, almenys, sí que sembla que serà un d’ells. Sap ser polític, però ho dissimula millor que altres. La conversa és raonablement honesta.

Primer vas ser comunista.

Sí. Vaig militar al PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) perquè qualsevol jove de Cornellà de Llobregat, del Baix Llobregat, de l’àrea metropolitana de Barcelona, pel fet de ser jove, despertar a la vida i a una realitat social que començava a entendre i necessitava organitzar-se políticament, anava a parar al PSUC. Era l’única organització política existent. La gent anava a parar al PSUC i després ho aprenia tot.

Quins records tens de la mili a Ferrol?

Uns records bastant desagradables.

Quin any era?

Vaig anar ja gran, el 1977. De vegades recordar-ho no m’agrada gaire perquè era molt conscient de què m’estava perdent coses importants. Aleshores no hi havia gairebé objectors. Recordo estar fent una guàrdia a Vigo a un magatzem de la Marina i, a pocs metres hi havia les instal·lacions de la Bazán. Era el dia de Pasqua. Hi havia torns i els treballadors van organitzar una manifestació per dins del recinte per celebrar la legalització del Partit Comunista. Recordo estar de guàrdia i sentir la música.

Ja eres independentista?

El PSUC defensava l’autodeterminació. Això anava lligat a allò que ja havíem mamat de molt joves a casa, que era el sentiment republicà, de la república que ens havien avortat. El meu avi va morir a l’exili poc abans de la mort d’en Franco. Tot anava molt lligat amb altres qüestions molt lligades a l’excursionisme, la descoberta del país.

Els teus pares eren independentistes?

No, eren republicans catalanistes i nacionalistes.

Republicans abans que independentistes.

Recordo que quan fèiem propaganda del PSUC ja posàvem l’estelada. No érem comunistes, érem joves. Seria petulant i fals dir que hi havia una anàlisi ideològica que et feia anar al PSUC. Hi havia també el PSAN, Partit Socialista d’Alliberament Nacional, que era un partit marxista i independentista molt minoritari. Però la meva adhesió al PSAN devia de ser tan fràgil que recordo que hi havia una cèl·lula a El Prat de Llobregat, i em van dir que si hi volia militar havia d’anar a El Prat, però no ho vaig fer. Tot era tan fràgil que decidies anar a un partit perquè estava més a prop. I pels col·legues.

Quina era la teva raó principal per a ser independentista?

Mai no he estat nacionalista. Sempre havíem lligat l’alliberament nacional i l’alliberament social.

No et consideres nacionalista.

No, mai ho he estat. Sóc independentista, republicà, d’esquerres. L’independentisme accidental.

Accidental?

Arribarà un moment, amb la república catalana, en què no ho serem. ERC no és un partit revolucionari, sinó socialdemòcrata radical. No som marxistes. Però és un partit calaix de sastre, amb una gran tradició anarcosindicalista, republicana. Sempre he estat amb gent que no ha dissociat una cosa o l’altra. Sóc fill d’un paleta i una taquillera de cinema. I els meus avis eren paletes. A casa meva la família anava justeta, el meu pare treballava els diumenges. A més en un carrer on tothom era igual. Qui més tenia tenia un Seat 600. Sóc de la generació que als 14 anys ja anaves a treballar. Vaig poder estudiar a la universitat perquè vaig néixer a Cornellà. Si hagués nascut 30 quilòmetres més al sud no hagués pogut. Però els de Cornellà ho teníem fàcil: treballaves al matí i a la tarda anaves a la universitat.

On t’ubiques a l’escala 0-10 sent 0 esquerra i 10 dreta?

Dos o tres.

De jove estaves a l’u.

No, jo era del PSUC. De jove i de gran sempre havia conviscut amb gent amb posicions més a l’esquerra.

Tu has parlat de canviar el nivell productiu.

Sí, sí. Jo no era eurocomunista. En part per desconeixement, m’agradaven les posicions prosoviètiques perquè el model de resolució dels conflictes nacionals a la Unió Soviètica no era modèlic però sí a valorar. Es fa difícil perquè és molt evolutiu, i hi ha posicions que en algun moment he defensat i que estava molt legitimat i era molt comprensible defensar-les i que ara no ho faria.

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Un terç dels independentistes ho és des de principis del 2012. Has dit que cal consolidar aquest nou independentisme i evitar que funcioni com una molla i reboti. Et sembla que quatre anys són suficients per a què la molla no torni enrere?

Hi ha molts riscs, però la batalla ideològica l’hem guanyada. A la batalla política ens estem jugant la intensitat de la victòria ideologica.

Creus que en tres o quatre anys la batalla ideològica ja està consolidada.

La batalla ideològica està guanyada en la mesura que ja estem iniciant la fase postnacionalista i entrant en l’estrictament nacional. A l’imaginari d’una bona part de la societat catalana hi ha arrelada la idea de què o es fa un pas endavant o no hi ha futur. Una altra cosa és com es concreta aquest pas endavant. Nosaltres sempre diem que la proclamació de la república serà el resultat de la convergència entre els que ja som independentistes i els que són autodeterministes. Aquesta convergència s’anirà donant en els propers mesos, potser en els propers anys. Res no tornarà a ser igual. Els moments de perill ja els hem passat.

Ja no hi haurà perill?

El gran moment de perill va ser en el moment de màximes retallades i de psicosi de crisi econòmica que ja arribava a tothom. L’agitació va obligar totes les forces polítiques a dir al president Mas que l’autoritzaven a que anés a Madrid i parlés en nom seu: ‘Parla en nom nostre, i digues que, si us plau, acceptin un pacte fiscal’. Va ser un dels moments més delicats. Nosaltres sabíem que el procés hagués estat molt més complicat amb una resposta així del govern espanyol: «Ara no, però quan l’atur estigui al 16% o 17% (estàvem al 23%, aleshores) ens comprometem a fer una revisió del finançament de manera que els catalans en el termini de 6 anys o quan tinguem el 16% d’atur, tingueu un sistema semblant al dels bascos».

Rajoy us va fer un favor.

Enorme! Com les Corts espanyoles van fer un favor als fills i nets dels cubans que des de Cuba demanaven un estatut d’autonomia, i cada cop que ho demanaven es fotien un fart de riure. I quan les Corts van reaccionar els cubans van dir que ja no calia, que tenien el suport dels ianquis.

Potser ara les Corts reaccionen.

Us explicaré una cosa. El 2003 vam fer els tripartits per a normalitzar l’independentisme i va ser un èxit. El 2004 vam fer la investidura del Zapatero perquè dèiem el següent: «Com que els independentistes només som el 12% i, encara que no ens agradi, hem d’esmerçar una generació, i que no siguin dues, a fer amb l’esquerra espanyola una part del viatge fins l’estació federal. Quan arribem a l’estat federal espanyol l’esquerra espanyola baixarà del tren i nosaltres continuarem fins l’estació final, que és la república de Catalunya».

Fa molts anys.

És que el 2003 i 2004 ningú no havia previst, i si algú ho diu menteix, que això aniria tan de pressa. El segon exemple és que quan el Mas va anar a Madrid estàvem cagats. D’aquí uns anys potser ja hi haurà 30 o 40 tesi doctorals de per què Catalunya ha agafat velocitat. La història ho demostra. Hi ha moments i contextos en què, com un cavall, la història es desboca, i a Catalunya s’ha accelerat: la crisi econòmica, la resposta matussera de l’administració espanyola, l’esclat de la generació del Club Súper 3, jo què sé. Els acadèmics ho explicaran millor d’aquí uns anys. M’he trobat amb algun intel·lectual que diu que ell ja ho deia.

Sempre hi ha un intel·lectual.

És una cura d’humilitat per tots. Ho parlava amb l’Otegi l’altre dia. Els bascos ens diuen: «Hòstia, com pot ser que hagueu fet aquest pas endavant? Si havíem dit que havíem d’esmerçar una generació per a arribar a l’estació federal!». Ningú no ho havia previst.

El suport a la independència entre aquells que tenen els pares catalans és del 70%, mentre que entre aquells que els tenen de fora de Catalunya és del 25%. Aquestes diferència són conjunturals?

Això és un procés. També es pot mirar al revés: ja hi ha un 25% de catalans que, malgrat ser de pares espanyols, estan per la independència. I bona part de la direcció d’ERC no tenen pares catalanoparlants. Vivim això amb naturalitat. Som l’únic lloc, els Països Catalans, en què ets a la mateixa taula i mires a la dreta dient «Acércame el vaso» i quan mires a l’esquerra dius «Acosta’m el plat». Hi ha una cosa que ens fa exitosos: la funcionalitat, una visió pragmàtica de la independència.

No pot ser que arribi un president, que no sigui del Partit Popular, i que faci aquesta oferta que li podrien haver fet al Mas i això faci que hi hagi gent que es baixi del tren?

Tant de bo. Nosaltres hem demanat en setze ocasions una autorització per a fer el referèndum.

Em refereixo al concert econòmic.

El concert econòmic mai no l’oferiran perquè «en Cataluña sois demasiados». T’ho diuen així. «Los vascos son solo 3 millones». Catalunya és massa important per a l’Estat per a què puguin oferir un concert econòmic. És impossible. I també per altres raons. El sistema polític espanyol no ha fet la catarsi. Zapatero va ser una gran oportunitat perduda, perquè nosaltres vam fer una aposta estratègica, no tàctica, per a construir l’estat federal. Però vam descobrir que la seva relació amb nosaltres era estrictament tàctica.

Us van enganyar?

Vam fer discursos des de la tribuna on dèiem: «No vamos a intentarlo nunca más». I vam agafar la drecera. Pedro Sánchez a l’última reunió ens va dir: «No vamos a reconocer nunca a Cataluña como nación». Però no per mala fe ni perquè sigui un fatxa, sinó perquè si reconeixen Catalunya com a nació han de reconèixer el dret a decidir, i han d’autoritzar el referèndum. Ens van oferir una reforma de la Constitució, però que hauria de comprar amb el concurs del PP i de Ciutadans, així que tampoc no podrà ser massa.

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Quan Raül Romeva va anar a la BBC abans del 27S el presentador li va preguntar si els catalans volien marxar perquè són més rics que la resta d’Espanya i no volen compartir la riquesa. Què hagués contestat Joan Tardà?

Que volem marxar perquè tenim ganes de marxar. Al segle XXI no hi haurà democràcia si aquesta democràcia no assoleix dues condicions imprescindibles: un veritable empoderament per part de la ciutadania com a protagonistes de la Història, que s’acabi això de la democràcia estrictament representativa, i el respecte als mandats democràtics.

Has dit que el moment on més us vau cagar va ser quan hi havia l’opció que el Mas rebés una oferta econòmica. L’equilibri fiscal a la relació Catalunya-Espanya sí és important.

Encara que aquest i només aquest fos el mòbil, tindríem dret a fer-ho perquè hi ha un mandat democràtic.

Però no ho voleu admetre perquè és més lleig?

No! Tot es basa en el mandat democràtic. Si hi ha una majoria, gairebé una majoria o una incipient majoria de catalans que considerem que si ens governem a nosaltres mateixos tindrem capacitat per a construir millor una societat distinta. No cal cap més explicació. Després dependrà de les hegemonies, però després.

Llavors quina és la raó per a la independència? Què haguessis contestat?

La independència té tres objectius. Primer, socialitzar la riquesa, repartir-la bé, perquè si no no pots garantir als ciutadans una vida digna. Segon, construir una democràcia diferent que permeti encarar els reptes del segle XXI: directa, participativa, no supeditada als poders financers i que tingui com a derivada la capacitat de resistir davant de les corrupcions que genera el sistema capitalista. I tercer, garantir la construcció de la cultura comuna nacional.

Amb aquests tres objectius, ser independentista no significa reconèixer la derrota de no portar aquestes coses a altres llocs?

No, és la possibilitat de construir-ho. És el que ens diferencia en aquests moments del Xavier Domènech, de En Comú Podem. Poques coses ens diferencien. Nosaltres diem que tenim la possibilitat en el nostre marc, i ell com a marxista ho hauria d’entendre, que hi ha les condicions objectives per a què sigui possible això, ergo Pablo Iglesias i Íñigo Errejón s’haurien de preguntar en què pot beneficiar-los el fet que a Catalunya podem fer-ho.

Però no és una derrota no portar aquestes mateixes polítiques de redistribució de la riquesa a la gent que ho necessita fora de Catalunya?

Per què una derrota?

Aquí a Madrid ho estàs intentant per a tot els territoris de l’Estat espanyol.

Sí, és clar.

A Madrid sumes Iglesias, Errejón i qui sigui a la teva causa.

Però això forma part de la nostra tradició. El moment més difícil de Francesc Macià va ser quan proclama la república catalana i al cap de 48 hores hi renuncia per tal de fer forta la república espanyola.

Tu no tens els mateixos dubtes?

No entenc què vols dir.

No renuncies a fer forta la «República Espanyola»?

No, al revés. Nosaltres diem que la proclamació de la república catalana posarà en escac la monarquia espanyola.

La monarquia potser sí, però creus que una Espanya sense Catalunya serà un lloc igual o pitjor?

Diria que la proclamació de la república catalana posarà en escac el sistema polític espanyol, i això obre una oportunitat. I el sistema econòmic, no se’n pot parlar.

Catalunya és una contribuïdora neta a l’Estat.

Per això nosaltres no renunciem a la Unió Europea. Nosaltres continuarem sent contribuents de la UE.

És a dir, que arribaran diners a Extremadura a través de Brussel·les.

Que no és això? Catalunya ha estat contribuent neta a la UE des de sempre, via Estat espanyol. I l’Estat espanyol ha rebut durant molts anys molts cabals de la Unió Europea.

Però hi ha més redistribució dins d’Espanya que a través de la UE. Sí Catalunya renuncia a contribuir.

En aquest cas, jo sóc nacional català, jo no sóc espanyol.

Però també ets d’esquerres.

Clar, evidentment.

I no et genera dubtes?

Pots ser internacionalista, i caldria ser-ne, des de la teva concepció nacional. Jo al que no puc ni vull renunciar és a que no sóc espanyol, jo estic espanyol. Jo estic espanyol accidentalment. Ja sé que fa 300 anys que ho estem, però no té cap sentit que se’m demani a mi. Serem molt més solidaris amb els espanyols que amb qualsevol altre poble? Evidentment, entre altres coses perquè som el que som.

Però això ho decidiran a Brussel·les.

Sí, però també dependrà del tipus d’Europa que tinguem.

Aleshores, a més d’aquest pragmatisme una de les raons per a voler una república catalana és la idea de tenir una identitat nacional únicament catalana.

Com és que als catalans se’ns demana allò que no se li demana a un espanyol? O a un francès? Som producte de la Història, Felip IV va derrotar els catalans i va ser derrotat pels portuguesos. Si hagués estat al revés i a Villaviciosa Felip IV hagués derrotat els portuguesos ara els portuguesos serien espanyols. Bé, serien portuguesos y el Rajoy els diria que no tenen dret a l’autodeterminació; i tal vegada si les campanyes de Felip IV haguessin acabat malament a Catalunya ara faríem el seu paper. Tothom és producte de la seva història. Ara, que sigui producte de la seva història no vol dir que hagin d’acceptar el marc producte dels 300 anys de voluntat assimiliacionista. I si no mira el País Valencià. Jo no tinc per què acceptar aquest marc en què estic obligat a ser solidari per se amb els espanyols. Ho sóc en exercici de les meves llibertats i perquè la meva societat és madura i creu que no té sentit la no solidaritat, però no perquè hagi d’acceptar el marc mental. Com a republicà puc ser tan solidari amb un extremeny com amb una persona de Còrsega. És més, Còrsega està més a prop.

La pregunta de què passarà econòmicament a una Espanya sense Catalunya és secundària?

Sí, segurament.

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Has dit que el que hauria de marcar els primers quinze anys de la república catalana hauria de ser un partit socialdemòcrata radical, que és ERC, amb les esquerres alternatives. Catalunya ha escollit governs de dretes en vuit de les 10 eleccions autonòmiques sense comptar 2015. Què et fa pensar que això canviarà amb la república catalana?

Ara bona part de la política catalana i del comportament electoral està molt condicionat per l’Estat espanyol i la seva crisi.

Per què creus doncs que la gent vota Convergència?

Perquè abans que no es descobrissin totes vergonyes de Convergència, havia estat capaç de vestir un discurs interclassista lligat a la construcció de l’estat del benestar.

Què té a veure això amb Espanya?

Espera. Això feia que molta gent –i el cas més modèlic és el del PNB- considerés que valia la pena un vot dual: PSC a les espanyoles i Pujol a Catalunya, que més o menys ens està construint l’estat del benestar. Ara estem en tres fases: la primera és l’actual, l’acumulació de forces. Es tracta d’acumular forces per a arribar al big bang, que és les tres lleis de desconnexió. Després ve el procés constituent. Aquí començarem el combat per les hegemonies. Però dic nomes «començarem», per a no enganyar-nos i no fer demagògia. I ho dic perquè si volem que la constitució de la república sigui aprovada amb una àmplia majoria. Si volem que un 85% de la població vagi a votar Sí a la constitució de la república ens haurem de posar d’acord.

Convindràs que ara que estem al voltant del 45% o 55%, passar al 85% en un any o dos és difícil.

Depèn.

En un any pot canviar el marc dels votants, que són els mateixos?

El procés constituent serà molt definitiu. Hi haurà catalitzadors que acceleraran el procés. Per exemple la resposta de l’Administració espanyola, que col·locarà molts ciutadans a la cruïlla d’optar per la democràcia o la repressió. Hi ha una fase d’acumulació. Una altra on començarem a jugar-nos l’hegemonia, que són les eleccions constituents, perquè als ciutadans els has de dir que si no fem tot molt bé cap democràcia no ens reconeixerà; no podrem fer la trampa que aquí es va fer l’any 77. Es van convocar unes eleccions a l’Estat espanyol, que no van ser declarades com a constituents, però van acabar fent una constitució. I les democràcies mundials van ho van admetre perquè era més urgent enterrar el franquisme.

Això és molt pragmàtic.

Però ara sí s’hauran de convocar unes eleccions i tots els catalans hauran de saber que són unes eleccions que estan convocades per a què el Parlament debati i aprovi una constitució. Vol dir que els catalans no independentistes han de tenir el dret a guanyar i a dir si guanyen: «Senyors, com que som majoria aquest parlament no farà la constitució.»

Majoria per escons o per vots?

Per escons.

Com la del 27-S?

És clar, perquè aprovar la constitució de la república ho han de fer els parlamentaris, és a dir, els escons. I després aquesta constitució s’ha de refrendar. És a dir, no hi ha independència si no hi ha un referèndum. Tots els països que s’han independitzat ho han fet a través d’un referèndum. És evident que hi ha d’haver un referèndum.

Hi ha dues oportunitats per a què el projecte es torci.

Evidentment. Si es proclama la independència i després es fa un referèndum de ratificació pot ser que no guanyem. Si convoquem unes eleccions constituents i a aquest parlament no hi ha majoria independentista no hi haurà constitució.

Seria una decepció després de tant d’esforç.

No, evidentment que no. No solament això, sinó que si nosaltres no ho aconseguim ho aconseguirà la generació que ve darrere nostre, si volen.

Un dels arguments que et donen en contra és que «si us deixem fer un referèndum i no el guanyeu el continuareu fent fins que surti».

Tenim tot el dret. Si d’aquí a 15 anys hi ha una majoria de catalans que ho consideren. Per què no hi ha referèndum al Quebec? Perquè ara no hi ha majoria. Per això dic que encara que perdéssim, guanyaríem. Si fas un referèndum, per què no dos o tres? Per això diem que mai res no serà igual. Ara, podria ser que el guanyéssim. O podria ser que el perdéssim. ¿Algú pot dir que Escòcia no podrà tornar a tenir un referèndum? Doncs dependrà dels escocesos. En el cas escocès és possible que passin molts anys.

Per què?

Perquè potser la Gran Bretanya es posarà les piles.

I Espanya no es pot posar les piles?

No. Per desgràcia no. Si en aquests 30 anys alguna vegada haguessin guanyat els nostres amics d’Izquierda Unida segur que ens haguessin entès malgrat les nostres diferències. IU mai no ha guanyat les eleccions.

ERC tampoc.

No, però la ciutadania ha estat capaç d’arribar-hi. El dia que Podemos tingui majoria absoluta a Madrid ens podríem entendre. La pregunta és quants anys falten. Estic convençut que si Pablo Iglesias guanyés les eleccions ens entendríem a l’hora de posar data al referèndum.

El referèndum o l’opció que acordéssiu.

Exacte, però nosaltres demanaríem el referèndum. I crec possible que diguessin que sí. Però falten molts anys. Estan canviant les coses a Espanya? Evidentment. Vaig ser a Sevilla fa uns mesos a una conferència a la universitat i notaves que, en un ambient universitari de la facultat de Ciències Polítiques, era una generació de gent molt més oberta. El problema que tenim nosaltres i tenen ells és que hi ha un decalatge.

Entre qui?

Diguem l’esquerra espanyola. Hi ha un decalatge en les condicions objectives. Ens diuen «esperad». L’Ada Colau diu que estan d’acord però que hauríem d’intentar quadrar els tempos. Però és que els tempos no depenen de nosaltres, són processos històrics.

Esperar a què?

Allò que és majoritari en aquests moments, fins i tot en persones que no són independentistes: el referèndum. Tinc grups de Whatsapp amb exalumnes meus, molts dels quals són de tradició PSC, i xavals de 30 o 35 anys que no voten ERC però volen votar, encara que sigui per pressió ambiental.

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Has dit que veus probable que la violència judicial comporti accions gandhianes. Veus a la societat catalana fent vagues de fam o desobediència civil?

Sí, perfectament.

Veus una vaga de fam dels diputats d’ERC?

Perfectament. De fet, què faran quan imputin el president Puigdemont?

Tu has dit que és probable que pasi tres mesos a la Model.

Sí. Ja sabrem trobar les maneres enginyoses de fer-ho.

De demanar-li al president que passi una temporada a la presó?

No, que si 30.000 persones s’han d’estirar cada diumenge a l’autopista s’estiraran.

Creus que 30.000 catalans faran això?

Des de l’alliberament de París, em sabries dir alguna mobilització semblant a les que hem protagonitzat?

Però és un cop a l’any.

Em sabries dir d’algun indret d’Europa o del món on un cop a l’any facin això, apart d’aquells que donen la volta a la pedra de La Meca?

Però estàs demanant dues o tres passes més. Vaga de fam.

Vaga de fam potser no.

Actuacions gandhianes.

Coses enginyoses. El que està clar és que la societat catalana ha demostrat gran capacitat de creativitat, saber col·laborar. Te’n vas a qualsevol poble i hi ha 30, 40, 50 entitats de tota mena, des dels que fan pessebres fins els que juguen a petanca. I fórmules de resistència pacífica n’hi ha.

Sí, sí, però quan arribin les imputacions.

Jo veig que els nostres dirigents democràtics estaran a l’alçada. N’estic plenament convençut. De fet ja ho estan.

El Conseller de Cultura acaba d’elogiar la centralitat de País Basc i Galícia.

D’acord, el Conseller de Cultura, sí. Té tot el dret a expressar-se.

No sembla que tingui moltes ganes de resistir.

Ja aniran venint. Allò important és que ningú no s’hauria pensat que Convergència estaria on està.

Te’n refies?

Diguem que mai m’hagués pensat que el poble arribaria a portar-los fins on els hem portat. Que viurem amb l’ai al cor? Cert. Però ara tenim les dues eines per fer-ho: un govern independentista i una majoria independentista. I la maquinària judicial espanyola anirà a més. És veritat que passarem moments difícils, és evident.

Ara mateix hi ha 62 diputats al Parlament que representen partits que no estan a favor de la independència. Si aquests partits decideixen no fer campanya, ¿trobes que fora d’Espanya es veuria el referèndum com legítim?

Serà més difícil, és clar.

Llavors hi hauria poques diferències amb el 9-N.

No, perquè el 9-N no era un referèndum. El govern de Catalunya va convenir que no era el moment de forçar la màquina. Va ser un procés participatiu, que servís per a mobilitzar i anar acumulant forces. Ara, el referèndum es farà una vegada aprovada la llei de transitorietat jurídica.

Aquesta llei els partits que no són partidaris del referèndum no se la prendran seriosament.

L’aprovarà el Parlament de Catalunya, on ells hi són.

Una estratègia d’ells pot ser anar-se’n del parlament, no fer campanya i deixar-vos sols com va passar el 9-N.

No, la llei es votarà en l’actual marc. Ells només podran votar sí, no, abstenció o no votar. Després convoquem les eleccions constituents, i ells decidiran si participen o no. Si no participen és una anomalia, és clar. Serà un problema. Però caldrà veure si els electors ho segueixen. I si enlloc de ser eleccions constituents és fes un referèndum unilateral d’independència?

Podria passar el mateix.

Sí, podria ser que demanessin que no es vagi a votar. Aleshores tot dependrà de la participació.

Però de cara a l’exterior?

Efectivament, de cara a l’exterior és un problema. Malgrat tot, dependrà també de la rigorositat democràtica amb què es faci tot. Txèquia i Eslovàquia van fer una separació de vellut.

No pots comparar.

Malgrat tot, va haver-hi joc brut. Pot haver-hi problemes i gent que tingui por, és clar.

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Imaginem que Catalunya ja és independent. Fer un Estat és molt complicat. Què és el que et fa més por?

Pel sol fet de ser un nou Estat farà aportacions absolutament novedoses a la història del pensament social. Per exemple, donada la nostra tradició antifeixista i antifranquista la constitució de la república de Catalunya farà aportacions importants a tot allò que té a veure amb la justícia universal. Podem ser modèlics en alguns aspectes: temes de tractament de la immigració, temes relacionats amb com construir una democràcia participativa. Pot haver-hi aportacions singulars. Per exemple, estic convençut que la república no tindrà un exèrcit convencional.

A l’OTAN?

No ho sé.

Tu què voldries?

Si el preu a pagar per no tenir un exèrcit convencional els primers anys de república és estar a l’OTAN s’hauria d’acceptar.

Però l’OTAN voldrà que tingueu un exèrcit convencional.

Dependrà. Però estic convençut que a Catalunya un debat important serà el no exèrcit convencional.

Quin país seria un model?

No, per això dic que crec que podem ser innovadors en moltes coses.

Et refereixes a una policia molt qualificada?

Una milícia republicana.

Aquesta és la part il·lusionant. Molt bé. Però hi ha alguna cosa que et faci por?

La reacció de l’Estat espanyol.

Em refereixo a alguna cosa interna. A un Estat nou no tot pot sortir bé.

És evident que els primers anys pot haver-hi algú que estigui temptat de convertir els catalans contraris a la independència -que amb els anys aniran perdent la memòria unionista- en allò que deia el Jordi Cañas, de Ciudadanos, de «vamos a ulsterizar Cataluña». Però si la república dona resposta als interessos majoritaris de la ciutadania tot serà diferent.

Això és una por teva: que la burgesia catalana acabi controlant les parets mestres.

No, justament crec que ja no és així.

És una opinió.

Sí, és una opinió. L’oligarquia catalana, que s’ha confós amb l’oligarquia espanyola i que aquests anys de democràcia ha acumulat tants de diners gràcies al BOE, en aquests moments està fora del procés. Al procés només hi ha la petita i mitjana empresa, que estan al procés d’aquella manera, però no hi estan en contra, no hi estan de cul. A Catalunya hi ha una majoria social i una majoria econòmica productiva que és capaç de construir un Estat que estigui hegemonitzat per les esquerres. Sempre i quan als primers anys les esquerres estiguin pivotades per la socialdemocràcia.

Però no pots negar que «l’oligarquia» tant si es queda como si se’n va pugui provocar inestabiliat.

O no.

Ningú s’endurà l’empresa a un altre lloc?

No, no marxa ni déu. Algú marxarà de Catalunya sincerament?

Si planteges un Estat d’hegemonia d’esquerres hi haurà gent que dirà que la pressió fiscal és més alta aquí, així que me’n vaig allà.

És evident.

O diran: la inestabilitat d’un país en formació no convé a la meva empresa i me’n vaig.

O és un país que durant 25 anys viurà en un estat de creativitat absolut.

La creativitat pot ser inestable.

Però, i les potencialitats?

Però el que no es pot dir és que només hi haurà les potencialitats i que no es pagarà cap preu.

Els primers anys poden pagar els preus de les dificultats que ens posarà l’Estat espanyol, el tema europeu, les pressions per tal que no siguem reconeguts, fer-nos dumping. Però si cap de les nacions que han esdevingut independents s’han penedit i totes se n’han sortit, no ens en sortirem?

Parlem de pors perquè en el 2018, 2019 o 2020, quan Catalunya pugui ser independent, poden passar coses que no s’estan preveient.

I tant, evidentment. Fins i tot por haver fet fallida l’Estat espanyol.

Perquè Catalunya ha fotut el camp.

No, no. Saps quan plantejarà la independència el PNB? Quan faci fallida la seguretat social espanyola, que està al caure. Quan les pensions facin fallida d’aquí a quatre dies. Avui està reunit aquí CCOO i tot déu està acollonit.

Imagina’t que foti el camp el principal contribuent de l’Estat espanyol.

Europa haurà d’intervenir. No per això ens quedarem.

Des de la talaia de Barcelona, com veuràs quan el PNB digui: «Chavales, aquí os quedáis»?

Tindran tot el dret a fer-ho. Només ho dic perquè em parles d’incerteses quan és tan incert el que passarà tant a Catalunya i a Espanya com cert és que en aquests moments a Espanya no hi ha gaire capacitat de regeneració.

Política?

Política i de tota mena. Aquí al parlament espanyol no he vist mai encara cap mesura que de debò hagi estat eficaç en la lluita contra la corrupció. I debats potser n’hi ha hagut 200.

I a Catalunya?

Igual. De fet, l’autonomia de Catalunya s’ha fet i s’ha construït a imatge de la societat espanyola. Per què els serveis d’intel·ligència espanyols no han descobert fins ara els negocis del Pujol? Suposo que els tenien tapats, però vés a saber si els serveis d’intel·ligència espanyols no trauran corrupcions del PNB el dia que el PNB es manifesti independentista, si és que n’han tingut.

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Tems que el català desaparegui?

No, en absolut. La república catalana tindrà com a llengua el català, com a cooficial el castellà.

Farà alguna cosa pel català la república catalana que ara com autonomia catalana no pot fer?

És clar. Serà la llengua de l’Estat.

I aquestes veus que diuen que al bilingüisme actual el català s’empobrirà gradualment pel contacte amb el castellà…

Partim de la base que avui per avui l’enemic, entre cometes, de la llengua catalana no és la llengua castellana sinó la no existència d’un Estat.

Què aportaria de diferent?

Les televisions privades haurien d’emetre en català.

Ja no serà Telecinco, serà Telesis o Teleset, però del mateix grup.

Per desgràcia sí, serà del mateix grup. El que està clar per a nosaltres és la cooficialitat del castellà. Si la situació del català i el castellà estigués més igualada i fossin dues llengües que tinguessin el mateix règim d’igualtat ja podríem entrar en la frase de si convé o no que hi hagi llengua oficial, però el català encara té una situació més fotuda.

Si no hi ha independència, pateixes pel català?

Sí, és inevitable. Pateixo per la minorització. No tant per la qualitat de la llengua, perquè és inevitable que la sintaxi se’n ressenteixi i generi noves sintaxis i noves estructures sintàctiques. I no pateixo pels pronoms febles.

Si no pateixes per aquestes coses vol dir que la seva salut és bona.

El català ha de ser, com el castellà, una llengua imprescindible per a viure. És a dir, les dues llengües tindran un règim d’igualtat quan siguin tan imprescindibles l’una com l’altra. Ara mateix a Catalunya no es pot viure sense saber castellà. Si vas a una feina i dius que no saps parlar castellà és molt probable que no et contractin.

I si dius que no vols parlar català també.

Hi ha moltes feines que no. Avui dia encara és una heroïcitat entrar a segons quins llocs parlant català. Vés, per exemple, a una caserna de la Guàrdia Civil i parla català.

I això de què el Barça-Madrid només es jugui a la Champions?

Continuarà igual.

A la lliga espanyola?

Estic convençut. Tu creus que el negoci deixarà de funcionar?

Si ara ja hi ha saraus, imagina què pot ser que el Barça jugui a Madrid.

El Mònaco juga a França.

No pots comparar Mònaco amb Catalunya.

Possiblement ja hi haurà lligues no estrictament estatals i hi haurà una lliga europea.

Quin primer president de la república veus?

Buf.

Carod-Rovira no val.

No ho sé, no ho sé. A més crec que hi haurà al principi un govern d’unitat nacional.

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Joan Tardà: «Zapatero fue una gran oportunidad perdida»

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(Versió en català)

Joan Tardà es diputado de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados desde 2004. Si la legislatura arranca, será probablemente la última: «Tengo sesenta y tres años, ya me toca jubilarme», dice. Dio clases hasta el 2004 y mantiene todavía su plaza de profesor en un instituto de Cornellà, junto a Barcelona, donde había empezado de regidor. Tardà es atrevido, convencido, directo. No duda que los catalanes subirán el nivel de las protestas cuando lleguen días más duros. Tardà, al menos, sí que parece que será uno de ellos. Sabe ser político, pero lo disimula mejor que otros. La conversación es razonablemente honesta.

Primero fuiste comunista.

Sí. Milité en el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) porque cualquier joven de Cornellà de Llobregat, del Baix Llobregat, del área metropolitana de Barcelona, por el hecho de ser joven, despertar a la vida y a una realidad social que empezaba a entender y necesitaba organizarse políticamente, iba a parar al PSUC. Era la única organización política existente. La gente iba a parar al PSUC y después lo aprendía todo.

¿Qué recuerdos tienes de la mili en Ferrol?

Unos recuerdos bastante desagradables.

¿Qué año era?

Fui ya mayor, en 1977. A veces recordarlo no me gusta mucho porque era muy consciente de que me estaba perdiendo cosas importantes. Entonces no había casi objetores. Recuerdo estar haciendo una guardia en Vigo en un almacén de la Marina y, a pocos metros, estaban las instalaciones de la Bazán. Era el día de Pascua. Había turnos y los trabajadores organizaron una manifestación por dentro del recinto para celebrar la legalización del Partido Comunista. Recuerdo estar de guardia y oír la música.

¿Ya eras independentista?

El PSUC defendía la autodeterminación. Esto iba ligado a lo que ya habíamos mamado de muy jóvenes en casa, que era el sentimiento republicano, de la república que nos habían abortado. Mi abuelo murió en el exilio poco antes de la muerte de Franco. Todo iba muy relacionado con otras cuestiones muy ligadas al excursionismo, el descubrir el país.

¿Tus padres eran independentistas?

No, eran republicanos catalanistas y nacionalistas.

Republicanos antes que independentistas.

Recuerdo que cuando hacíamos propaganda del PSUC ya poníamos la estelada. No éramos comunistas, éramos jóvenes. Seria petulante y falso decir que había un análisis ideológico que te hacía ir al PSUC. Estaba también el PSAN, Partido Socialista de Liberación Nacional, que era un partido marxista e independentista muy minoritario. Pero mi adhesión al PSAN debía de ser tan frágil que recuerdo que había una célula en El Prat de Llobregat, así que me dijeron que si quería militar tenía que ir al Prat, pero no lo hice. Todo era tan frágil que decidías ir a un partido porque estaba más cerca. Y por los colegas.

¿Cuál era tu principal razón para ser independentista?

Nunca he sido nacionalista. Siempre habían relacionado la liberación nacional con la liberación social.

No te consideras nacionalista.

No, nunca lo he sido. Soy independentista, republicano, de izquierdas. El independentismo accidental.

¿Accidental?

Llegará un momento, con la república catalana, en que no lo seremos. ERC no es un partido revolucionario, sino socialdemócrata radical. No somos marxistas. Pero es un partido cajón de sastre, con una gran tradición anarcosindicalista, republicana. Siempre he estado con gente que no ha disociado una cosa o la otra. Soy hijo de un albañil y una taquillera de cine. Y mis abuelos eran albañiles. En mi casa la familia iba justita, mi padre trabajaba los domingos. Además, en una calle donde todo el mundo era igual. Quien más tenía tenía un Seat 600. Soy de la generación que a los catorce años ya ibas a trabajar. Pude estudiar en la universidad porque nací en Cornellà. Si hubiera nacido treinta kilómetros más al sur no hubiera podido. Pero los de Cornellà lo teníamos fácil: trabajabas por la mañana y por la tarde ibas a la universidad.

¿Dónde te ubicas en la escala cero a diez siendo cero izquierda y diez derecha?

Dos o tres.

De joven estaba en el uno.

No, yo era del PSUC. De joven y de mayor siempre había convivido con gente con posiciones más a la izquierda.

Has hablado de cambiar el nivel productivo.

Sí, sí. Yo no era eurocomunista. En parte por desconocimiento, me gustaban las posiciones prosoviéticas porque el modelo de resolución de los conflictos nacionales en la Unión Soviética no era modélico pero sí a valorar. Se hace difícil porque es muy evolutivo, y hay posiciones que en algún momento he defendido y que estaba muy legitimado y era muy comprensible defenderlas y que ahora no lo harías.

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Un tercio de los independentistas lo es desde principios del 2012. Has dicho que hace falta consolidar este nuevo independentismo y evitar que funcione como un muelle y rebote. ¿Te parece que cuatro años son suficientes para que el muelle no vuelva atrás?

Hay muchos riesgos, pero la batalla ideológica la hemos ganado. En la batalla política nos estamos jugando la intensidad de la victoria ideológica.

Crees que en tres o cuatro años la batalla ideológica ya está consolidada.

La batalla ideológica está ganada en la medida que ya estamos iniciando la fase postnacionalista y entrando en la estrictamente nacional. En el imaginario de una buena parte de la sociedad catalana ha arraigado la idea de que o se da un paso adelante o no hay futuro. Otra cosa es cómo se concreta este paso adelante. Nosotros siempre decimos que la proclamación de la república será el resultado de la convergencia entre los que ya somos independentistas y los que son autodeterministas. Esta convergencia se irá dando en los próximos meses, quizás en los próximos años. Nada volverá a ser igual. Los momentos de peligro ya los hemos pasado.

¿Ya no habrá peligro?

El gran momento de peligro fue en el momento de máximos recortes y de psicosis de crisis económica que ya llegaba a todo el mundo. La agitación obligó a todas las fuerzas políticas a decir al presidente Mas que lo autorizaban a que fuera a Madrid y hablara en nombre suyo: «Habla en nombre nuestro, y di que, por favor, acepten un pacto fiscal». Fue uno de los momentos más delicados. Nosotros sabíamos que el proceso hubiera sido mucho más complicado con una respuesta así del gobierno español: «Ahora no, pero cuando el paro esté al 16% o 17% (entonces estábamos al 23%) nos comprometemos a hacer una revisión de la financiación de forma que los catalanes en el plazo de seis años o cuando tengamos el 16% de paro tengáis un sistema parecido al de los vascos».

Rajoy os hizo un favor.

¡Enorme! Como las Cortes españolas hicieron un favor a los hijos y nietos de los cubanos que desde Cuba pedían un estatuto de autonomía, y cada vez que lo pedían se les reían. Y cuando las Cortes reaccionaron los cubanos dijeron que ya no hacía falta, que tenían el apoyo de los yanquis.

Quizá ahora las Cortes reaccionan.

Os explicaré una cosa. En 2003 hicimos los tripartitos para normalizar el independentismo y fue un éxito. El 2004 hicimos la investidura de Zapatero porque decíamos lo siguiente: «Como los independentistas solo somos el 12% y, aunque no nos guste, tenemos que sacrificar una generación, y que no sean dos, vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje hasta la estación federal. Cuando lleguemos al estado federal español la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final, que es la república de Cataluña».

Hace muchos años.

Es que en 2003 y 2004 nadie había previsto, y si alguien lo dice miente, que esto iría tan deprisa. El segundo ejemplo es que cuando Mas fue a Madrid estábamos cagados. Dentro de unos años quizás ya habrá treinta o cuarenta tesis doctorales de por qué Cataluña ha cogido velocidad. La historia lo demuestra. Hay momentos y contextos en que, como un caballo, la historia se desboca, y en Cataluña se ha acelerado: la crisis económica, la respuesta chapucera de la Administración española, el estallido de la generación del Club Súper 3, yo qué sé. Los académicos lo explicarán mejor dentro de unos años. Me he encontrado con algún intelectual que dice que él ya lo decía.

Siempre hay un intelectual.

Es una cura de humildad para todos. Lo hablaba con Otegi el otro día. Los vascos nos dicen: «Hostia, ¿cómo puede ser que hayáis dado este paso adelante? ¡Si habíamos dicho que teníamos que sacrificar una generación para llegar a la estación federal!». Nadie lo había previsto.

El apoyo a la independencia entre aquellos que tienen padres catalanes es del 70%, mientras que entre aquellos que los tienen de fuera de Cataluña es del 25%. ¿Son diferencias coyunturales?

Esto es un proceso. También se puede mirar a la inversa: ya hay un 25% de catalanes que, a pesar de ser de padres españoles, están por la independencia. Y buena parte de la dirección de ERC no tiene padres catalanohablantes. Vivimos esto con naturalidad. Somos el único lugar, los Països Catalans, en que estás en una misma mesa y miras a la derecha diciendo «Acércame el vaso» y cuando miras a la izquierda dices «Acosta’m el plat». Hay una cosa que nos hace exitosos: la funcionalidad, una visión pragmática de la independencia.

¿No puede ser que llegue un presidente, que no sea del Partido Popular, y que haga esta oferta que le podría haber hecho a Mas y eso haga que haya gente que se baje del tren?

Ojalá. Nosotros hemos pedido en dieciséis ocasiones una autorización para hacer el referéndum.

Me refiero al concierto económico.

El concierto económico nunca lo ofrecerán porque «en Cataluña sois demasiados». Te lo dicen así. «Los vascos son solo tres millones». Cataluña es demasiado importante para el Estado para que puedan ofrecer un concierto económico. Es imposible. Y también por otras razones. El sistema político español no ha hecho la catarsis. Zapatero fue una gran oportunidad perdida, porque nosotros hicimos una apuesta estratégica, no táctica, para construir el Estado federal. Pero descubrimos que su relación con nosotros era estrictamente táctica.

¿Os engañaron?

Hicimos discursos desde la tribuna donde decíamos: «No vamos a intentarlo nunca más». Y cogimos el atajo. Pedro Sánchez en la última reunión nos dijo: «No vamos a reconocer nunca a Cataluña como nación». Pero no por mala fe ni porque sea un facha, sino porque si reconocen Cataluña como nación tienen que reconocer el derecho a decidir, y tienen que autorizar el referéndum. Nos ofrecieron una reforma de la Constitución, pero que tendría que contar con el concurso del PP y de Ciudadanos, así que tampoco podrá ser demasiado.

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Cuando Raül Romeva fue a la BBC antes del 27S el presentador le preguntó si los catalanes querían irse porque son más ricos que el resto de España y no quieren compartir la riqueza. ¿Qué habría contestado Joan Tardà?

Que nos queremos marchar porque tenemos ganas de marcharnos. En el siglo XXI no habrá democracia si esta democracia no logra dos condiciones imprescindibles: un verdadero empoderamiento por parte de la ciudadanía como protagonistas de la historia, que se acabe esto de la democracia estrictamente representativa, y el respeto a los mandatos democráticos.

Has dicho que el momento en el que más os cagasteis fue cuando había la opción de que Mas recibiera una oferta económica. El equilibrio fiscal en la relación Cataluña-España sí es importante.

Aunque este y solo este fuera el móvil, tendríamos derecho a hacerlo porque existe un mandato democrático.

¿Pero no lo queréis admitir porque es más feo?

¡No! Todo se basa en el mandato democrático. Si hay una mayoría, casi una mayoría o una incipiente mayoría de catalanes que consideramos que si nos gobernamos a nosotros mismos tendremos capacidad para construir mejor una sociedad distinta, no hace falta ninguna otra explicación. Después dependerá de las hegemonías, pero después.

¿Entonces cuál es la razón para la independencia? ¿Qué habrías contestado?

La independencia tiene tres objetivos. Primero, socializar la riqueza, repartirla bien, porque si no no puedes garantizar a los ciudadanos una vida digna. Segundo, construir una democracia diferente que permita encarar los retos del siglo XXI: directa, participativa, no supeditada a los poderes financieros y que tenga como derivada la capacidad de resistir ante las corrupciones que genera el sistema capitalista. Y tercero, garantizar la construcción de la cultura común nacional.

Con estos tres objetivos, ¿ser independentista no significa reconocer la derrota de no llevar estas cosas a otros sitios?

No, es la posibilidad de construirlo. Es lo que nos diferencia en estos momentos de Xavier Domènech, de En Comú Podem. Pocas cosas nos diferencian. Nosotros decimos que tenemos la posibilidad en nuestro marco, y él como marxista lo tendría que entender, que existen las condiciones objetivas para que esto sea posible, ergo Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se deberían preguntar en qué puede beneficiarles el hecho de que en Cataluña podamos hacerlo.

¿Pero no es una derrota no llevar estas mismas políticas de redistribución de la riqueza a la gente que lo necesita fuera de Cataluña?

¿Por qué una derrota?

Aquí en Madrid lo están intentando para todos los territorios del Estado español.

Sí, claro.

En Madrid sumas a Iglesias, Errejón y quien sea a tu causa.

Pero esto forma parte de nuestra tradición. El momento más difícil de Francesc Macià fue cuando proclama la república catalana y al cabo de cuarenta y ocho horas renuncia para fortalecer la república española.

¿No tienes las mismas dudas?

No entiendo qué quieres decir.

¿No renuncias a fortalecer la «república española»?

No, al revés. Nosotros decimos que la proclamación de la república catalana podrá en jaque la monarquía española.

La monarquía quizá sí, pero ¿una España sin Cataluña será un sitio igual o peor?

Diría que la proclamación de la república catalana podrá en jaque el sistema político español, y eso abre una oportunidad. Y el sistema económico, no se puede hablar.

Cataluña es una contribuidora neta al Estado.

Por eso nosotros no renunciamos a la Unión Europea. Nosotros continuaremos siendo contribuyentes de la UE.

Es decir, que llegará dinero a Extremadura a través de Bruselas.

¿Y no es eso? Cataluña ha sido contribuyente neta a la UE desde siempre, vía Estado español. Y el Estado español ha recibido durante muchos años mucho dinero de la Unión Europea.

Pero hay más redistribución dentro de España que a través de la UE. Sí Cataluña renuncia a contribuir…

En este caso, yo soy nacional catalán, yo no soy español.

Pero también eres de izquierdas.

Claro, evidentemente.

¿Y no te genera dudas?

Puedes ser internacionalista, y tendrías que serlo desde tu concepción nacional. Yo a lo que no puedo ni quiero renunciar es a que no soy español, yo estoy español. Yo estoy español accidentalmente. Ya sé que hace trescientos años que lo estamos, pero no tiene ningún sentido que se me pida a mí. ¿Seremos mucho más solidarios con los españoles que con cualquier otro pueblo? Evidentemente, entre otras cosas porque somos lo que somos.

Pero eso lo decidirán en Bruselas.

Sí, pero también dependerá del tipo de Europa que tengamos.

Entonces, además de este pragmatismo una de las razones para querer una república catalana es la idea de tener una identidad nacional únicamente catalana.

¿Cómo es que a los catalanes se nos pide aquello que no se le pide a un español? ¿O a un francés? Somos producto de la historia, Felipe IV derrotó los catalanes y fue derrotado por los portugueses. Si hubiera sido a la inversa y en Villaviciosa Felipe IV hubiera derrotado a los portugueses ahora los portugueses serían españoles. Bueno, serían portugueses y Rajoy les diría que no tienen derecho a la autodeterminación; y tal vez si las campañas de Felipe IV hubieran acabado mal en Cataluña ahora haríamos su papel. Todo el mundo es producto de su historia. Ahora, que sea producto de su historia no quiere decir que tengan que aceptar el marco producto de los trescientos años de voluntad asimilacionista. Y si no mira el País Valencià. Yo no tengo por qué aceptar este marco en que estoy obligado a ser solidario per se con los españoles. Lo soy en ejercicio de mis libertades y porque mi sociedad es madura y cree que no tiene sentido la no solidaridad, pero no porque tenga que aceptar el marco mental. Como republicano puedo ser tan solidario con un extremeño como con una persona de Córcega. Es más, Córcega está más cerca.

¿La pregunta de qué pasará económicamente en una España sin Cataluña es secundaria?

Sí, seguramente.

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Has dicho que lo que tendría que marcar los primeros quince años de la república catalana debería ser un partido socialdemócrata radical, que es ERC, con las izquierdas alternativas. Cataluña ha escogido gobiernos de derechas en ocho de las diez elecciones autonómicas, sin contar 2015. ¿Qué te hace pensar que esto cambiará con la república catalana?

Ahora buena parte de la política catalana y del comportamiento electoral está muy condicionado por el Estado español y su crisis.

¿Por qué crees entonces que la gente vota a Convergència?

Porque antes que se descubrieran todas las vergüenzas de Convergència, había sido capaz de vestir un discurso interclasista ligado a la construcción del estado de bienestar.

¿Qué tiene que ver esto con España?

Espera. Eso hacía que mucha gente —y el caso más modélico es lo del PNV— considerara que valía la pena un voto dual: PSC a las españolas y Pujol en Cataluña, que más o menos nos está construyendo el estado del bienestar. Ahora estamos en tres fases: la primera es la actual, la acumulación de fuerzas. Se trata de acumular fuerzas para llegar al big bang, que es las tres leyes de desconexión. Después viene el proceso constituyente. Aquí empezaremos el combate por las hegemonías. Pero solo digo «empezaremos», para no engañarnos y no hacer demagogia. Y lo digo porque si queremos que la constitución de la república sea aprobada con una amplia mayoría, si queremos que un 85% de la población vaya a votar SÍ a la constitución de la república, nos tendremos que poner de acuerdo

Estarás de acuerdo en que ahora que estamos alrededor del 45% o 55%, pasar al 85% en un año o dos es difícil.

Depende.

¿En un año puede cambiar el marco de los votantes, que son los mismos?

El proceso constituyente será muy definitivo. Habrá catalizadores que acelerarán el proceso. Por ejemplo la respuesta de la Administración española, que colocará a muchos ciudadanos en la encrucijada de optar por la democracia o la represión. Hay una fase de acumulación. Otra donde empezaremos a jugarnos la hegemonía, que son las elecciones constituyentes, porque a los ciudadanos les tienes que decir que si no hacemos todo muy bien ninguna democracia nos reconocerá; no podremos hacer la trampa que aquí se hizo en 77. Se convocaron unas elecciones en el Estado español, que no fueron declaradas como constituyentes, pero acabaron haciendo una constitución. Y las democracias mundiales lo admitieron porque era más urgente enterrar el franquismo.

Eso es muy pragmático.

Pero ahora sí se tendrán que convocar unas elecciones y todos los catalanes tendrán que saber que son unas elecciones que están convocadas para que el Parlamento debata y apruebe una constitución. Quiere decir que los catalanes no independentistas tienen que tener el derecho a ganar y a decir si ganan: «Señores, como somos mayoría, este parlamento no hará la constitución.»

¿Mayoría de escaños o de votos?

De escaños.

¿Como la del 27-S?

Claro, porque aprobar la constitución de la república lo tienen que hacer los parlamentarios, es decir, los escaños. Y después esta constitución se tiene que refrendar. Es decir, no hay independencia si no hay un referéndum. Todos los países que se han independizado lo han hecho a través de un referéndum. Es evidente que tiene que haber un referéndum.

Hay dos oportunidades para que el proyecto se tuerza.

Evidentemente. Si se proclama la independencia y después se hace un referéndum de ratificación puede ser que no ganemos. Si convocamos unas elecciones constituyentes y en el Parlamento no hay mayoría independentista no habrá constitución.

Sería una decepción después de tanto esfuerzo.

No, evidentemente que no. No solo eso, sino que si nosotros no lo conseguimos lo conseguirá la generación que viene detrás de nosotros, si quieren.

Uno de los argumentos que te dan en contra es que «si os dejamos hacer un referéndum y no lo ganáis lo volveréis a hacer hasta que salga».

Tenemos todo el derecho. Si dentro de quince años hay una mayoría de catalanes que lo consideran. ¿Por qué no hay referéndum en el Quebec? Porque ahora no hay mayoría. Por eso digo que aunque perdiéramos, ganaríamos. Si haces un referéndum, ¿por qué no dos o tres? Por eso decimos que nunca nada será igual. Ahora, podría ser que lo ganáramos. O podría ser que lo perdiéramos. ¿Alguien puede decir que Escocia no podrá volver a tener un referéndum? Pues dependerá de los escoceses. En el caso escocés es posible que pasen muchos años.

¿Por qué?

Porque quizá Reino Unido se pondrá las pilas.

¿Y España no se puede poner las pilas?

No. Por desgracia no. Si en estos treinta años alguna vez hubieran ganado nuestros amigos de Izquierda Unida seguro que nos habrían entendido a pesar de nuestras diferencias. IU nunca ha ganado las elecciones.

ERC tampoco.

No, pero la ciudadanía ha sido capaz de llegar. El día que Podemos tenga mayoría absoluta en Madrid nos podríamos entender. La pregunta es cuántos años faltan. Estoy convencido de que si Pablo Iglesias ganara las elecciones nos entenderíamos a la hora de poner fecha al referéndum.

El referéndum o la opción que acordarais.

Exacto, pero nosotros pediríamos el referéndum. Y creo posible que dijeran que sí. Pero faltan muchos años. ¿Están cambiando las cosas en España? Evidentemente. Estuve en Sevilla hace unos meses en una conferencia en la universidad y notabas que, en un ambiente universitario de la facultad de Ciencias Políticas, era una generación de gente mucho más abierta. El problema que tenemos nosotros y tienen ellos es que hay un decalaje.

¿Entre quién?

Digamos la izquierda española. Hay un decalaje en las condiciones objetivas. Nos dicen «esperad». Ada Colau dice que están de acuerdo pero que tendríamos que intentar cuadrar los tempos. Pero es que los tempos no dependen de nosotros, son procesos históricos.

¿Esperar a qué?

Aquello que es mayoritario en estos momentos, incluso en personas que no son independentistas: el referéndum. Tengo grupos de Whatsapp con exalumnos míos, muchos de los cuales son de tradición PSC, y chavales de treinta o treinta y cinco años que no votan ERC pero quieren votar, aunque sea por presión ambiental.

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Has dicho que ves probable que la violencia judicial comporte acciones gandhianas. ¿Ves a la sociedad catalana haciendo huelgas de hambre o desobediencia civil?

Sí, perfectamente.

¿Ves una huelga de hambre de los diputados de ERC?

Perfectamente. De hecho, ¿qué harán cuando imputen al president Puigdemont?

Has dicho que es probable que pase tres meses en la Modelo.

Sí. Ya sabremos encontrar las maneras ingeniosas de hacerlo.

¿De pedirle al president que pase una temporada en la cárcel?

No, que si treinta mil personas se tienen que estirar cada domingo en la autopista se estirarán.

¿Crees que treinta mil catalanes harán esto?

Desde la liberación de París, ¿me sabrías decir alguna movilización parecida a las que hemos protagonizado?

Pero es una vez al año.

¿Me sabrías decir algún lugar de Europa o del mundo donde una vez al año hagan esto, aparte de aquellos que dan la vuelta a la piedra de La Meca?

Pero estás pidiendo dos o tres pasos más. Huelga de hambre.

Huelga de hambre quizá no.

Actuaciones gandhianas.

Cosas ingeniosas. Lo que está claro es que la sociedad catalana ha demostrado gran capacidad de creatividad, saber colaborar. Te vas a cualquier pueblo y hay treinta, cuarenta, cincuenta entidades de todo tipo, desde los que hacen pesebres hasta los que juegan a petanca. Y fórmulas de resistencia pacífica hay.

Sí, sí, pero cuando lleguen las imputaciones…

Yo veo que nuestros dirigentes democráticos estarán a la altura. Estoy plenamente convencido. De hecho ya lo están.

El conseller de Cultura acaba de elogiar la centralidad de País Vasco y Galicia.

De acuerdo, el conseller de Cultura, sí. Tiene todo el derecho a expresarse.

No parece que tenga muchas ganas de resistir.

Ya irán viniendo. Lo importante es que nadie habría imaginado que Convergència estaría donde está.

¿Te fías?

Digamos que nunca hubiera pensado que el pueblo llegaría a traerlos hasta donde los hemos traído. ¿Que viviremos con el corazón en un puño? Cierto. Pero ahora tenemos las dos herramientas para hacerlo: un Gobierno independentista y una mayoría independentista. Y la maquinaria judicial española irá a más. Es verdad que pasaremos momentos difíciles, es evidente.

Ahora mismo hay sesenta y dos diputado en el Parlament que representan partidos que no están a favor de la independencia. Si estos partidos deciden no hacer campaña, ¿crees que fuera de España se vería el referéndum como legítimo?

Será más difícil, claro.

Entonces habría pocas diferencias con el 9-N.

No, porque el 9-N no era un referéndum. El Gobierno de Cataluña convino que no era el momento de forzar la máquina. Fue un proceso participativo, que sirvió para movilizar e ir acumulando fuerzas. Ahora, el referéndum se hará una vez aprobada la ley de transitoriedad jurídica.

Esta ley no se la tomarán en serio los partidos que no son partidarios del referéndum.

La aprobará el Parlamento de Cataluña, donde ellos están.

Una estrategia suya puede ser irse del Parlament, no hacer campaña y dejaros solos como pasó el 9-N.

No, la ley se votará en el actual marco. Ellos solo podrán votar sí, no, abstención o no votar. Después convocamos las elecciones constituyentes, y ellos decidirán si participan o no. Si no participan es una anomalía, está claro. Será un problema. Pero habrá que ver si los electores lo siguen. ¿Y si en lugar de ser elecciones constituyentes se hiciese un referéndum unilateral de independencia?

Podría pasar lo mismo.

Sí, podría ser que pidieran que no se vaya a votar. Entonces todo dependerá de la participación.

¿Pero de cara al exterior?

Efectivamente, de cara al exterior es un problema. Pese a todo, dependerá también de la rigurosidad democrática con que se haga todo. Chequia y Eslovaquia hicieron una separación de terciopelo.

No puedes comparar.

Pese a todo, hubo juego sucio. Puede haber problemas y gente que tenga miedo, claro.

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Imaginemos que Cataluña ya es independiente. Crear un Estado es muy complicado. ¿Qué es lo que te da más miedo?

Por el solo hecho de ser un nuevo Estado hará aportaciones absolutamente novedosas a la historia del pensamiento social. Por ejemplo, dada nuestra tradición antifascista y antifranquista la constitución de la república de Cataluña hará aportaciones importantes a todo aquello que tiene que ver con la justicia universal. Podemos ser modélicos en algunos aspectos: temas de tratamiento de la inmigración, temas relacionados con cómo construir una democracia participativa. Puede haber aportaciones singulares. Por ejemplo, estoy convencido de que la república no tendrá un ejército convencional.

¿En la OTAN?

No lo sé.

¿Tú qué querrías?

Si el precio a pagar por no tener un ejército convencional los primeros años de república es estar en la OTAN se tendría que aceptar.

Pero la OTAN querrá que tengáis un ejército convencional.

Dependerá. Pero estoy convencido de que en Cataluña un debate importante será el no ejército convencional.

¿Qué país sería un modelo?

No, por eso digo que creo que podemos ser innovadores en muchas cosas.

¿Te refieres a una policía muy cualificada?

Una milicia republicana.

Esta es la parte ilusionante. Muy bien. ¿Pero hay alguna cosa que te dé miedo?

La reacción del Estado español.

Me refiero a alguna cosa interna. En un Estado nuevo no todo puede salir bien.

Es evidente que los primeros años puede haber alguien que esté tentado de convertir a los catalanes contrarios a la independencia —que con los años irán perdiendo la memoria unionista— en aquello que decía Jordi Cañas, de Ciudadanos, de «vamos a ulsterizar Cataluña». Pero si la república da respuesta a los intereses mayoritarios de la ciudadanía todo será diferente.

Esto es un miedo tuyo: que la burguesía catalana acabe controlando las paredes maestras.

No, justamente creo que ya no es así.

Es una opinión.

Sí, es una opinión. La oligarquía catalana, que se ha confundido con la oligarquía española y que en estos años de democracia ha acumulado tanto dinero gracias al BOE, en estos momentos está fuera del proceso. En el proceso solo están la pequeña y mediana empresa, que están en el proceso de aquella manera, pero no están en contra, no están de culo. En Cataluña hay una mayoría social y una mayoría económica productiva que es capaz de construir un Estado que esté hegemonizado por las izquierdas. Siempre y cuando en los primeros años las izquierdas estén pivotadas por la socialdemocracia.

Pero no puedes negar que «la oligarquía», tanto si se queda como si se va, pueda provocar inestabilidad.

O no.

¿Nadie se llevará la empresa a otro sitio?

No, no se va ni dios. ¿Sinceramente alguien se irá de Cataluña?

Si planteas un Estado de hegemonía de izquierdas habrá gente que dirá que la presión fiscal es más alta aquí, así que se va allá.

Es evidente.

O dirán: la inestabilidad de un país en formación no conviene a mi empresa y me voy.

O es un país que durante veinticinco años vivirá en un estado de creatividad absoluto.

La creatividad puede ser inestable.

Pero, ¿y las potencialidades?

Pero lo que no se puede decir es que solo habrá las potencialidades y que no se pagará ningún precio.

Los primeros años pueden pagar el precio de las dificultades que nos pondrá el Estado español, el tema europeo, las presiones para que no seamos reconocidos, hacernos dumping. Pero si ninguna de las naciones que se han independizado se ha arrepentido y a todas les ha ido bien, ¿no nos irá bien?

Hablamos de miedos porque en 2018, 2019 o 2020, cuando Cataluña pueda ser independiente, pueden pasar cosas que no se están previendo.

Claro, evidentemente. Incluso puede quebrar el Estado español.

Porque Cataluña se ha ido.

No, no. ¿Sabes cuándo planteará la independencia el PNV? Cuando quiebre la Seguridad Social española, que está al caer. Cuando las pensiones quiebren dentro de cuatro días. Hoy he estado reunido aquí CCOO y todo dios está acojonado.

Imagina que se marche el principal contribuyente del Estado español.

Europa tendrá que intervenir. No por eso nos quedaremos.

Desde la atalaya de Barcelona, ¿cómo verás cuando el PNV diga: «Chavales, aquí os quedáis»?

Tendrán todo el derecho a hacerlo. Solo lo digo porque me hablas de incertidumbres cuando es tan incierto lo que pasará tanto en Cataluña y en España como cierto es que en estos momentos en España no hay demasiada capacidad de regeneración.

¿Política?

Política y de todo tipo. Aquí en el Parlamento español no he visto aún nunca ninguna medida que de verdad haya sido eficaz en la lucha contra la corrupción. Y debates quizá ha habido doscientos.

¿Y en Cataluña?

Igual. De hecho, la autonomía de Cataluña se ha hecho y se ha construido a imagen de la sociedad española. ¿Por qué los servicios de inteligencia españoles no han descubierto hasta ahora los negocios de Pujol? Supongo que los tenían tapados, pero vete a saber si los servicios de inteligencia españoles no sacarán corrupciones del PNV el día que el PNV se manifieste independentista, si es que las han tenido.

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¿Temes que el catalán desaparezca?

No, en absoluto. La república catalana tendrá como lengua el catalán, como cooficial el castellano.

¿Hará algo por el catalán la república catalana que ahora como autonomía catalana no puede hacer?

Claro. Será la lengua del Estado.

Y estas voces que dicen que en el bilingüismo actual el catalán se empobrecerá gradualmente por el contacto con el castellano…

Partimos de la base que hoy por hoy el enemigo, entre comillas, de la lengua catalana no es la lengua castellana sino la no existencia de un Estado.

¿Qué aportaría de distinto?

Las televisiones privadas deberían emitir en catalán.

Ya no será Telecinco, será «Telesis» o «Teleset», pero del mismo grupo.

Por desgracia sí, será del mismo grupo. Lo que está claro para nosotros es la cooficialidad del castellano. Si la situación del catalán y el castellano estuviera más igualada y fueran dos lenguas que tuvieran el mismo régimen de igualdad ya podríamos entrar en la fase de si conviene o no que haya lengua oficial, pero el catalán aún tiene una situación más fastidiada.

Si no hay independencia, ¿sufres por el catalán?

Sí, es inevitable. Sufro por la minorización. No tanto por la calidad de la lengua, porque es inevitable que la sintaxis se resienta y genere nuevas sintaxis y nuevas estructuras sintácticas. Y no sufro por los pronombres débiles.

Si no sufres por estas cosas quiere decir que su salud es buena.

El catalán tiene que ser, como el castellano, una lengua imprescindible para vivir. Es decir, las dos lenguas tendrán un régimen de igualdad cuando sean tan imprescindibles la una como la otra. Ahora mismo en Cataluña no se puede vivir sin saber castellano. Si vas a un trabajo y dices que no sabes hablar castellano es muy probable que no te contraten.

Y si dices que no quieres hablar catalán también.

Hay muchos trabajos que no. Hoy en día aún es una heroicidad entrar a según qué sitios hablando catalán. Ve, por ejemplo, a un cuartel de la Guardia Civil y habla en catalán.

¿Y eso de que el Barça-Madrid solo se juegue en la Champions?

Continuará igual.

¿En la liga española?

Estoy convencido. ¿Tú crees que el negocio dejará de funcionar?

Si ahora ya hay jaleos, imagina qué puede ser que el Barça juegue en Madrid.

El Mónaco juega en Francia.

No puedes comparar Mónaco con Cataluña.

Posiblemente ya habrá ligas no estrictamente estatales y habrá una liga europea.

¿Qué primer presidente de la república ves?

Buf.

Carod-Rovira no vale.

No lo sé, no lo sé. Además creo que al principio habrá un gobierno de unidad nacional.

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Traducción: Luis Marcelino


Ricardo García Vilanova: «Nunca haría la foto que no me gustara que me hicieran si yo fuera la víctima»

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Ricardo García Vilanova es fotógrafo de guerra. Desde 2011 también es videoperiodista. Entre septiembre de 2013 y marzo de 2014 estuvo secuestrado en Siria por el Estado Islámico: «Que un periodista se convierta en noticia es la antítesis del periodismo», ha dicho. Cada año está algo más de seis meses en países en conflicto. Docenas de medios han publicado sus fotos: Newsweek, New Yorker, Time, New York Times, Washington Post, Wall Street Journal, Le Monde, Guardian, Der Spiegel, El País, El Mundo. Ha trabajado en muchos países, pero ha dedicado esfuerzos o temporadas más largas a cuatro: Haití, Afganistán, Libia y Siria.

Siempre quiso ser fotógrafo de guerra. Estudió fotografía e hizo un Erasmus en París. A finales de los noventa era fotógrafo publicitario y social para financiarse sus primeros viajes. Le pregunto si su «fotografía social» en España era en zonas marginadas: «No, no —dice—, bodas y bautizos». Su primera experiencia como fotógrafo en zonas de conflicto fue en los campos de refugiados de Tindouf, Argelia.

García Vilanova mide cada palabra que dice y le gusta matizar: «¿en qué sentido?», «¿a qué nivel?», dice a menudo para que le aclare preguntas. Al final le digo que es difícil de entrevistar: «Me alegro», contesta. La palabra que más repitió en la entrevista fue «empatía». Es probablemente la clave de su trabajo que, como dice, es «en el caos».

¿Por qué eres fotógrafo de guerra?

Ha sido una evolución. Fue un desenlace a partir de temas humanísticos en los que tenía interés. Siempre digo lo mismo: cuando te dedicas a este tipo de trabajo, lo importante cuando empiezas es hacerlo de forma paulatina. Con la experiencia puedes ampliar el tipo de zona donde trabajas. La gente tiene la idea de que cuando vas a una zona de conflicto, tal como bajas del avión te disparan, te bombardean, y no es así. No todos los países tienen el mismo nivel de peligro: no es lo mismo trabajar en Siria que en Sudán o en Haití o Irak o Afganistán. Y dentro de esos países no siempre es lo mismo.

¿Qué te atrae de la guerra?

La guerra saca lo mejor y lo peor del hombre. Desaparecen las reacciones normales que se pueden tener en un entorno social equilibrado. Todos los instintos que tenemos como seres humanos están llevados al máximo. Desarrollas de repente los instintos primarios: o te hace mejor persona o peor. Yo entiendo la reacción: una acción de ataque siempre provoca una reacción. Pero lo que yo no he llegado a entender en todos estos años es la primera acción. Se me escapa.

Has dicho que Siria es el país más peligroso en que has trabajado. ¿Por qué?

No es el que sea más peligroso. Es el más complicado para los periodistas. Ahora hay de hecho un apagón informativo porque es muy muy difícil trabajar. Necesitas logística, una cantidad de dinero y una serie de contactos. Es más difícil, pero no imposible. Por tanto no por eso deberíamos dejar de trabajar en estos conflictos. Los periodistas tenemos el privilegio de decidir cuándo entramos y salimos de un país —salvo excepciones—. Quien sufre las consecuencias de un conflicto es la población civil.

Aunque haya sido en contra de tu voluntad, has tenido relación de cerca con yihadistas. ¿Son distintos a los supuestos rebeldes moderados en Siria?

Eso es muy ambiguo. Yihadistas, vale, pero hay distintos niveles. El problema que se crea ahora es que toda la gente asocia musulmanes con extremistas, y no es así. Los musulmanes son personas encantadoras que de buenas a primeras sin preguntarte nada te ofrecen su casa, te invitan a comer o cenar y con los cuales puedes mantener una conversación. Con los yihadistas yo tampoco te podría decir. No he tenido trato directo.

¿Eras preso?

Claro. Podría contextualizar eso si hubiera tenido una conversación con ellos, pero como no se dio el caso, no te puedo hablar.

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¿Cómo llegas a un país en conflicto y te pones a trabajar?

En un país en conflicto debes trabajar desde un lugar en que te sientas cómodo y seguro. No necesariamente cuando vas a un país en guerra debes trabajar en primera línea. Hay tres líneas: zona estable, el prefrente y el frente. Cada uno debe saber qué es más necesario y dónde estará cómodo. Tan importante es una zona como otra. Es más, las zonas con drama humano no suelen ser las zonas de tiros. Allí solo suele haber combates y heridos, que son muy importantes. Pero los refugiados u otros temas están en otras zonas.

¿Cómo escoges?

Necesitas un trabajo de campo. No puedes llegar a un país así sin tener un puñetero contacto. No porque vaya a pasar algo, porque puedes gestionarlo entonces, pero perderás una semana o dos que son tiempo, esfuerzo y dinero. El contacto inicial debería permitirte tener una mínima infraestructura para moverte en ese país.

¿A qué te refieres con infraestructura?

Funciona como una pirámide, pero a la inversa. Tu contacto es la punta de la pirámide: ese primer contacto te da otro, y otro, y otro. Así llegas a tener una red que te permite moverte.

¿Esos contactos son fuentes que te cuentan historias o apoyos para moverte?

De todo. Hay la figura del fixer [un periodista o experto local que ayuda con transporte, contactos e idioma].

¿Usas?

En Siria no porque no tengo dinero. El precio del fixer en Siria es de cien o ciento cincuenta dólares diarios, con coche y todo. Eso era en los momentos más estables. Hubo un momento en que el precio se disparó a mil dólares diarios.

¿Mil?

Mil para teles y quinientos para otros periodistas. Eso es inviable para mí. Si yo hiciera un cómputo de todos los días que he invertido en ese país, que son unos quince meses, y los multiplicara por ciento cincuenta dólares, eso da casi setenta mil dólares. Es una cantidad que alguien freelance como yo no podría pagar. Yo lo que intento es en lugar de tener esa relación con un fixer, generarla a nivel personal. Entonces ya no es un trato comercial como con un fixer. Eso marca la diferencia.

¿Qué tipo de gente hace eso?

Depende de tu psicología, de tu empatía, de tu respeto y de cómo sepas moverte en esos entornos. También intentas hacer cosas para compensar el favor.

¿Por ejemplo?

Recuerdo a unos chicos que tenían una tele local y había veces que yo les hacía de cámara y les enseñaba un poco a montar y ellos me echaban un cable para ir a un lugar o encontrar a alguien.

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Una vez tienes a alguien, ¿cómo sabes que ahí hay una historia y que tienes que empezar a hacer fotos?

Hay dos tipos de historias. Primero, la que conoces, la que sabes. Te has informado, porque no se puede ir a un país de estos sin tener unos conceptos mínimos de historia, de actores implicados, idiosincrasia. Ese tipo de historias que parecen ridículas pero que a veces te sorprendes de que haya gente como por ejemplo un tipo que se presenta en Libia con la intención de entrar con una visa.

¿Con una tarjeta visa?

Sí. Es ridículo pero es así. Pretende pagar en un país en guerra con dinero que saque de un cajero. Es absurdo.

¿Llevas todo ese dinero encima cuando sales?

Tendrías que llevarlo.

¿Y el segundo tipo de historias?

Son las que salen una vez estás allí. Son las interesantes. Nacen en el día a día. Recuerdo en Siria que cuando en Alepo los cristianos ya se habían ido todos, una persona me dijo que un grupo de siete cristianos habían quedado atrapados en un barrio en pleno frente y les disparaban, les bombardeaban. Estaban en medio. No tenían dinero.

¿Cuentas esas historias con fotos y texto?

No. Yo hago fotos y luego también vídeo. Hago el texto en ocasiones muy puntuales, cuando no hay nadie más y creo que esa historia hay que contarla. Pero si hay un periodista de prensa, que cada cual haga su trabajo.

¿Cómo valoras dónde puede estar la foto o la historia más interesante?

Interesante no. Prefiero hablar de la historia que necesita o quiere ser transmitida, que a lo mejor nadie ha hecho y puede ser importante que la gente conozca.

¿Por qué no te gusta «interesante»?

Porque al final son personas. Sobre todo tienes que tener mucha empatía y respeto para las personas. Yo pienso en personas, no en historias interesantes.

¿Has disparado fotos que luego no has mandado?

Las fotos que hago son las que creo que puedo utilizar.

Escoges antes de disparar, no haces fotos y luego ya verás.

Sí, exacto. Trabajas con el dolor ajeno. Desde esa perspectiva debes tener sobre todo respeto y empatía. Nunca haría la foto que no me gustara que me hicieran si yo fuera la víctima. Así lo entiendo. Aunque todo es subjetivo; cada uno tiene sus parámetros y cada cual entiende qué puede hacer y qué no.

¿Has visto fotos publicadas que no te hubiera gustado ver?

Es que yo no soy ningún referente moral. Puedo hablar de lo que yo haría y lo que no haría.

Eso, ¿qué harías?

No quiero juzgar el trabajo de nadie.

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¿Mostrar heridos es cruzar la línea?

No, no. Tienes que mostrar lo que sucede en un conflicto porque es una parte. Es indispensable que la gente sepa qué sucede ahí. Dentro de esa línea, mi línea es que no me gustaría que familiares míos me vieran en esa situación. Si yo formo parte de ese conflicto y estoy herido, pues ahí estoy. No me gustaría que le vieran con las vísceras al aire o con algún tipo de amputación. Sería el último recuerdo de ese familiar querido. No es lo mismo por ejemplo un herido que un tipo descuartizado. Para empezar, porque no te la van a publicar.

Tú te planteas tu trabajo pensando que tu foto la van a ver familiares.

En este ámbito, sí, claro.

Cuando disparas, ¿sabes que esa imagen va a ser mejor que otras por algún motivo?

Una buena foto es la que tiene información, que no te deja indiferente y que tiene una composición. Durante un día las agencias transmiten miles de fotos. Tu trabajo como fotógrafo es transmitir esa información, si no, no tiene sentido estar allí. El espectador debe retener esa imagen grabada en su retina.

¿Pero cuando disparas ya sabes lo que vas a conseguir, o debes ver el resultado final?

Sé lo que consigo cuando disparo.

¿Trabajas con digital?

Sí.

¿Qué objetivo?

Un 16-35 mm y una cámara, con una pequeñita de repuesto.

Nada de lejos.

No, no me interesa. Dijo Robert Capa que si tus fotos no son suficientemente buenas es porque no estás suficientemente cerca. Yo creo en eso. El angular te entra en la historia. El teleobjetivo te aplana, transmite lejanía. Todo a lo que no puedas llegar como fotógrafo, físicamente, al lugar donde ocurre la acción, para mí no merece la pena. No merece la pena hacer una foto a doscientos metros.

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¿La cámara de repuesto ni siquiera es reflex?

Si puedo evitarlo, no. Llevo una bolsa pequeña.

¿Cómo resuelves el vídeo?

Con una cámara superpequeña de vídeo. Llevo una regleta con la cámara de fotos a un lado y la de vídeo al otro. Al mismo tiempo puedo usar vídeo o foto.

¿Con trípode?

No, no, así tal cual, con la mano.

¿Cómo mandas las fotos?

Llevo un pequeño ordenador.

¿Con conexión satélite?

La había llevado, pero por suerte en estos países siempre te buscas la vida y encuentras algún USB o una conexión. Recuerdo que Libia fue el país más fácil de cubrir, porque te lo daban todo: te movían ellos, te daban la conexión satélite gratis, te daban la manutención, te daban el alojamiento gratis. Aquello era fantástico.

¿Por qué estaban tan bien organizados?

Porque entendieron que el papel de la prensa en aquel momento era determinante para cambiar el curso de su historia.

¿El Ejército Libre de Siria no lo entendió igual?

Sí, igual, pero al final se cansaron, cosa que entiendo. Ellos se esperaban que hubiera una reacción de la comunidad internacional como en Libia, pero en Siria no se dio.

¿Tú has cubierto Siria siempre desde el lado rebelde?

Desde el momento en que decides cubrir un grupo u otro, esto del periodismo objetivo no existe. No debería ser así, y no tienes el mismo grado de implicación que un activista, pero estás mostrando la parte donde desarrollas tu trabajo, no el otro lado.

¿Puedes tener un dilema moral si tu bando comete alguna barbaridad?

Pero es que mi bando siempre son los civiles, los más débiles. Al final una guerra son dos, tres, cuatro, cinco grupos que se matan entre ellos. Perfecto, es su problema. Pero quien sale perjudicado son los civiles.

¿Has tenido alguna vez la sensación de que los fotografiados tenían en cuenta que había un fotógrafo cerca?

No, porque intento invertir el máximo tiempo posible para que los «actores» de esa escena se olviden de mí.

¿Usas ráfagas?

Sí. No en el sentido estricto, pero sí que a veces tiro cuatro o cinco fotos seguidas hasta que la escena llega adonde tú visualmente quieres que llegue. Es un poco lo que decía Cartier-Bresson del instante decisivo. Tú puedes ver una escena donde crees que hay una historia y vas a explicar lo que sucede ahí en ese contexto, y a partir de ahí hasta que se dé la conjunción de elementos que crees que puede ser la mejor para transmitir esa idea pueden pasar diez minutos, media hora, una hora. Debes esperar hasta que se dé. Entonces, mientras tanto, vas disparando. Hay escenas que se resuelven en dos segundos y otras que tardan horas.

¿En las escenas de dos segundos tratas de tener también varias fotos en lugar de una?

Sí, sí.

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¿Qué pasa hoy con el Photoshop?

Es algo que lamentablemente se sabe que se hace, como la eliminación de elementos. Yo no digo que no esté de acuerdo, pero el pie de foto debe especificarlo. No se puede considerar como un testimonio real de lo que sucede. Recuerdo la foto de Joe Rosenthal de la bandera de Iwo Jima. La foto es magnífica, pero no es la primera que se hizo. La primera se tiró dos horas antes y como no respondía a una serie de preceptos porque la bandera era pequeñita, luego se volvio a izar otra bandera. Es válida tanto una como otra, pero la segunda es mejor porque capta mejor el momento. Pero si lo tomas desde la perspectiva de fiabilidad histórica, no responde a una realidad.

¿Estaba preparada?

No digo preparada, sino que no es consecuente con lo que fue la realidad histórica.

¿Pero se preparan escenas para que la foto salga mejor?

Yo no puedo hablar de mis compañeros. Yo considero que no se tiene que hacer. Solo el reencuadre ya es una alteración de lo que viste en ese momento. Yo solo digo que yo no lo hago. Aunque desde el momento que decides una lente o hacer un picado o un contrapicado, la imagen ya está siendo subjetiva. La objetividad absoluta no existe. Es una utopía, pero dentro de esto, el reflejo que tú muestres de esa realidad es importante que esté lo menos adulterado y distorsionado posible.

¿Quiénes son tus fotógrafos de referencia?

No trato de emular a nadie, pero me gusta el trabajo de Larry Burrows, Paolo Pellegrin, Gerda Taro. Un buen fotógrafo es como un artesano que te hace un mueble: debería reconocerse la autoría de esa persona. Esa es la diferencia con Paolo Pellegrin, por ejemplo: no hace falta que firme sus fotos.

¿Por qué eres freelance?

Porque tengo el privilegio y la libertad de ir donde quiera y hacer lo que quiera.

¿Cómo escoges un destino u otro?

Hay conflictos que no están cubiertos y que como freelance tienes más oportunidades de cubrir o, mejor, de contar la historia y ya no digo rentabilizar sino al menos cubrir los gastos.

Como freelance pagas tú todo hasta que te pagan las fotos.

O quizá nunca te las compran. Hay sitios a los que vas y pierdes dinero. Aunque en otros sabes que como no hay nadie más, van a pasar por ti. Que apenas haya periodistas es por tanto un punto a favor para escoger un destino, pero no es determinante. Si hay mil personas haciendo ese trabajo, ¿qué va a aportar la mil uno?

¿Qué más cuenta?

Hay decisiones que deben basarse en qué es importante. Puede ser que pierdas dinero o que lo equilibres o que lo ganes, pero está bien apostar por esas cosas. No centrarte solo en el beneficio: hay conflictos olvidados donde alguien tiene que ir a contar lo que pasa. Esto es muy fácil decirlo si tienes esa bolsa económica. Si la pierdo, quizá sí que deba ir a destinos de los que puedo sacar más rendimiento. Es evidente que todos tenemos que vivir. Aunque la gente cree que esto es una vida de ensueño: cobras mucho dinero, viajas. No es así. Los freelance cada vez están peor y más en este país, pero si tienes la suficiente bolsa como para mantener un par de viajes o tres sin ingresar, te permite ir a un sitio y contar esa historia porque crees que es necesario que alguien la explique.

En Siria fue así en un momento concreto.

Entre octubre de 2011 a septiembre de 2012 nadie entraba. Éramos cuatro, cinco, seis o siete periodistas. La dificultad era que debías entrar de forma ilegal en el país. A partir de septiembre de 2012 los puestos fronterizos y el camino hasta Alepo los controlaban los rebeldes y se podía entrar sin problemas.

¿De cuánto debe ser un viaje?

Un viaje correcto —entender qué pasa en el país, gestionar la red de contactos y moverte— es mínimo un mes. No creo en una escapada de dos días. Una de las cosas que molestó tremendamente en Siria es que cuando abrieron las fronteras en 2012, de repente se montaron como unos tours donde se iban veinte tíos en una furgoneta, llegaban a un hospital, hacían cinco millones de fotos y se iban sin mediar palabra. Al día siguiente los médicos estaban tan enajenados que pusieron un cartel para decir que no se podía hacer más eso en el hospital. La gente quiere empatía y respeto con este tipo de trabajo. Debes tener la empatía suficiente como para entender que esa persona pasa por la experiencia más dura de su vida. El respeto con el que debes tratarle es el máximo del que eres capaz.

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¿Planificas solo el próximo destino o más?

Solo uno. Este trabajo que viene ahora te implica un mes, dos, un año o dos años. Por ejemplo, en los últimos cuatro años me he dedicado solo a ir y volver a Siria una y otra vez.

¿Te centras en Oriente Medio por algún motivo?

No. Me planteo cualquier parte del mundo donde haya una historia que necesite cobertura. Hay conflictos olvidados: hace unos meses he estado en República Centroafricana y allí no había ningún fotógrafo.

¿Sueles trabajar con otros periodistas o fotógrafos?

Trabajar con alguien implica llevarte muy bien porque al final las decisiones son bastante complicadas. Es difícil encontrar una pareja de hecho. No creo en las manadas. Hay mucha gente que trabaja con cuatro, cinco o seis personas. Eso es inviable. Tienes que coger un coche o una moto y no vas a poder meter a todos. También da problemas de seguridad: cuatro personas con cámaras llaman mucho la atención. Hay gente que entiende este trabajo desde una perspectiva más profesional y hay quien lo entiende de otra forma. Debe tenerse mucho cuidado con no llamar la atención, en no ser muy sensible en según qué zonas, en ser respetuoso. Parecen cosas bastante evidentes, pero una vez trabajas en el terreno te das cuenta de que hay gente que no lo ve igual que tú. Cuando trabajas en manada todo eso, además de consensuar decisiones, es difícil. Así que prefiero trabajar o bien con una sola persona con quien me lleve muy bien o solo, que es prácticamente siempre.

En tu web hay una lista de todos los medios para los que has trabajado. Es curioso que los españoles estén hacia el final.

Es un orden cronológico.

¿Cómo empezaste?

Llevo unos trece años de fotógrafo de conflicto. Antes hacía foto social y publicitaria. El dinero que ganaba lo invertía en viajes, en los cuales perdía todo porque no colocaba nada. Hasta que en un momento determinado en Afganistán en 2004, 2006 o 2007, no recuerdo bien el año, los editores de internacional de Newsweek y Wall Street Journal me empezaron a conectar con otros medios.

Estuviste tres, cuatro o cinco años viajando para intentar colocar fotos sin suerte.

Más años. El problema es que no tenía los contactos. Ahora quizá es distinto, pero en ese momento era un mundo tan cerrado que nadie ta daba los contactos. Era muy difícil conseguirlos y te aseguro que soy bastante testarudo. No hubo forma de que nadie me diera esos contactos.

Pero en un conflicto es fácil entablar relaciones con otros periodistas y preguntarles a quién enviar tu trabajo.

Sí, pero no había forma de que alguien me dijera «mira aquí tienes este, este y este». Nadie me dio nada.

¿Es diferente el modo en que trabajan los medios de aquí y los extranjeros?

La diferencia es brutal. Los americanos por ejemplo manejan unos presupuestos desorbitados —aunque ahora ya no tanto— en comparación con los españoles. El nivel de trabajo también es mucho mayor. Se nota lo que invierten en las historias que sacan. Tú vas a un lugar de conflicto con un presupuesto de diez mil dólares o uno de cien mil, y tienes más tiempo, más recursos, más logística, más contactos para hacer tu trabajo.

¿Son también más exigentes fuera?

Son muy serios. Te exigen mucho más.

¿Es más barato pero es más cómodo trabajar para un medio español?

Sí, en el sentido estricto de la palabra, sí.

¿Fuera exigen un trabajo más completo?

No a nivel de fotografía. Pero sí de datos. Recuerdo una fotografía que hice para el Journal en Afganistán en 2009, creo. Estuvimos una, dos o tres horas hablando de la foto. Querían contrastar todos los datos posibles.

¿Querían saber quién salía en la foto?

Querían todo: el nombre de los tipos, las edades, la situación exacta. Te volvían a llamar para no sé qué. Era tremendo. En Estados Unidos son más rigurosos.

¿Pero tú eras su fuente allí? ¿No pueden contrastarlo más?

Sí, sí que lo hicieron. Llamaron al Ministerio de Defensa de Estados Unidos, preguntaron por el nombre de los soldados. Siempre contrastan con diversas fuentes. Se juegan su reputación.

¿Te decepciona que las historias que haces no interesen más aquí?

La gente que lee un dominical no quiere ver según qué tipo de historias con su café y cruasán del domingo. Otro problema es que los medios infravaloran al lector. Los occidentales vivimos en una nube, en una burbuja. Nuestros problemas son más mundanos, aunque no digo que sean menos importantes, pero se limitan a nuestro entorno. Eso hace que a veces no sintamos —yo el primero— la empatía necesaria hacia todo lo que ocurre en el resto del mundo.

Qué reacción te gustaría que provocaran tus imágenes.

Un instante de reflexión. Y que sirvan para algo, para hacer un cambio. Pero creo cada vez menos en eso. Creo más en la intervención directa a través de ONG sobre el terreno: hacen una acción y hay una reacción. Nosotros trabajamos a largo plazo: invertimos para que en un momento determinado las personas con capacidad de decidir que lo van viendo cada día digan «ah, pues sí, hay que hacer algo aquí». Pero un médico, un «oenegero» que trabaja sobre el terreno sabe que si está ahí es porque va a hacer algo. Esa intervención tiene un desenlace.

¿Crees que este trabajo va a ser tu modo de vida durante años?

Me gustaría que lo fuera. Aunque no sabes cómo será tu próxima cobertura hasta que no estás en el terreno. Me gustaría que esto durara diez años más, pero si mañana vuelvo y por lo que sea digo que se ha acabado, se ha acabado.

¿Por qué dirías eso?

Quizá por mi vida personal, porque me interese más tener una familia, unos hijos, que seguir ahí. O que me sature o que no pueda más. Es un tipo de oficio en el que trabajas en el caos. Tienes que aceptarlo tal como viene.

Ricardo G. Vilanova para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo


El mejor país del mundo

El mejor país del mundo es un título difícil. Hay muchas categorías. Italia no es el mejor país del mundo en sushi, ping-pong o pop rock. Japón, China y el Reino Unido tienen ese honor. Pero son méritos puntuales. Italia es el mejor país del mundo en más ámbitos de peso. Los índices de calidad de vida donde siempre ganan países escandinavos merecen mi admiración, pero no cambio cuatro años más de vida si hay que vivirlos en Helsinki o Goteborg.

Esta es una lista incompleta y desordenada de los méritos de Italia para ser el mejor país del mundo.

1. El café

Fotografía: Álvaro (CC).

El café tiene muchos orígenes, pero el espresso tiene solo un método de elaboración. En Barcelona han abierto varios cafés hipsters que tratan el café como si fuera la bebida más importante del mundo. Todos tienen máquinas italianas. Si alguien quiere hacerse gran café en casa también debe comprar una máquina italiana: Rocket Coffee.

En muchos países hay buen café, pero en Italia no hay que buscarlo. El otro día pedí un café corto en una cafetería barcelonesa: «¿Te va bien así?», me preguntó la chica. Me enseñó una taza increíblemente correcta para el lugar. «Es que viene un cliente italiano que siempre me dice que todo lo que añado de más es agua sucia», siguió.

El café es una de las bebidas más comunes del mundo. El paso entre un café y agua sucia es pequeño. Italia no es infalible —en todas partes hay camareros granujas—, pero es el lugar más infalible del mundo con el café.

2. Cesenatico

Cesenatico. Fotografía: Daniele Prati (CC).

Cesenatico es la típica ciudad de playa como Benidorm, Lloret de Mar o El Arenal. Pero hay una diferencia maravillosa: Cesenatico está detenida en los años setenta. Las familias vuelven de la playa para ir a comer su pensión completa en la planta baja de su hotel de tres estrellas. La camarera es mayor, va con bata, grita y se apoya en las mesas. El suelo es de gres y las sillas, de madera y mimbre. Algunos clientes salen a leer el periódico a la recepción, con camisa clara de manga corta, bañador y sandalias de cuero. Antes de cenar juegan a minigolf y los niños van a los autos de choque. Cada año es igual y los hoteles se llaman Riviera, Gioiosa, Villa Tina, Pensione Anita di Farnetti Massimo.

Cesenatico se conformó con ese turismo italiano y no cambió. No tengo nada en contra de las despedidas de soltero, el balconing o el mamading. Pero de momento no han llegado a Cesenatico. Italia es en general un país espectacularmente conservador: se hace lo que siempre se ha hecho. Cesenatico es solo un ejemplo. La organización en las playas de todo el país es aún más sorprendente. Las playas están troceadas y son propiedad de los stabilimenti, pequeñas empresas que alquilan tumbonas y sombrillas a días, semanas o meses. Los habituales del lugar reservan su plaza en la playa de temporada en temporada.

Tuve una novia italiana cuyos padres iban año tras año a su misma esquinita de playa al sur de Roma. Los stabilimenti tienen sus camareros y restaurantes. Quien no quiere pagar o quiere cambiar de vecinos en las tumbonas, puede encontrar playas libres, pero están más escondidas.

Una de las frases más famosas de la literatura universal es de un autor siciliano. Tommasi de Lampedusa escribe en El Gatopardo: «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie». Un profesor norteamericano de padres calabreses, Joseph Luzzi, acaba de publicar una buena memoria familiar sobre su reencuentro con Italia. El New York Times reseña el libro y, tras citar la frase de Lampedusa, dice: «Los italianos se resignaron hace tiempo al desastre intratable de corrupción, incompetencia, enchufismo, nepotismo y crimen con los que deben convivir, porque entendieron las compensaciones. Hay arte, hay belleza y habrá siempre pasta». Italia admite sus límites y se centra en disfrutar de sus ventajas.

Hay una constancia histórica que permite confiar en que este conservadurismo ligero va a seguir. Hace casi dos siglos, en 1818, el poeta inglés Percy Shelley escribía: «Hay dos Italias: una compuesta de la tierra verde y el mar transparente, y las poderosas ruinas del tiempo antiguo, y las montañas aéreas y la atmósfera cálida y radiante que se mezcla entre todo. La otra consiste en los italianos de hoy, sus obras y sus modos. Una es la contemplación más sublime y adorable que la imaginación de un hombre pueda concebir; la otra es la más desagradable, odiosa y asquerosa».

No sé si hay para tanto. Mi solución para disfrutar solo de la belleza italiana es no vivir en el mejor país del mundo, sino solo visitarlo. Habré estado unos cuantos meses de mi vida en Italia, soy filólogo italiano, hablo la lengua y me siento allí mejor que en casa, pero prefiero ir solo de paseo, a hacer viajes al pasado.

3. Ascoli Piceno

Ascoli Piceno. Fotografía: Roberto Taddeo (CC).

La chica de la tienda italiana donde compro la mozzarella en Barcelona me contaba hace unos días la historia de un distribuidor de pasta. Le decía que había algo interesante «al lado del consulado napolitano». ¿Pero qué consulado napolitano hay en Barcelona?, pensaba ella. Se lo preguntó: «Ah, sí, sí, al lado del consulado italiano. Es que para mí todo lo italiano es napolitano». La chica tenía su conclusión: «Hace muy poco que nos unificamos. Mi familia vive en Abruzzo. Apenas han salido de allí y creen que Abruzzo es Italia».

Italia se unificó en 1865. Es un país más joven que Estados Unidos. Es una suerte. Las regiones tienen una historia, dialecto, cocina, y monumentos propios. El visitante a Italia va en su primer viaje a Venecia, Capri, Siena, Roma, Taormina y están muy bien. Pero son solo el prólogo de Italia. Quedan Udine, Mántova, Verona, Bari, Ferrara.

Pero son solo el siguiente capítulo tras el prólogo. Cuando alguien me discute que Italia es el mejor país del mundo, saco toda la baraja. Ningún país del mundo tiene esta variedad de nivel. Aún hay rincones sorprendentes. Este verano he estado por primera vez en Macerata y Ascoli Piceno. (Solo conocía Ascoli de nombre porque tenía un equipo de fútbol.) Macerata tiene un teatro al aire libre espectacular y Ascoli, una plaza perfecta. Tienen librerías y universidad y muestras sobre China —porque el jesuita Matteo Ricci era de Macerata— que pequeñas ciudades similares de otros países no.

4. El helado

Fotografía: Aaron Logan (CC).

Podría aceptar un ligero debate en algunos puntos de esta lista —solo algunos—, pero no en el helado. El helado italiano es el mejor. Hay otro dulce frío donde la diferencia es aún mayor con el resto del mundo: el granizado. El problema del granizado es que en bastantes lugares de Italia también es malo: hielo troceado con polvos o algo de zumo. Solo en Sicilia es granizado de verdad.

El verano de 1998 estuve un mes en Sicilia. Tengo varios recuerdos, pero sobre todo dos: mi primer granizado de café con nata en Monreale, un pueblo sobre Barcelona Pozzo di Gotto, en la costa norte. La nata era de un bote y la servían con una pala. Era sólida, densa, áspera. El café era trocitos de café helados, no hielo.

El segundo recuerdo fue otra especialidad dulce siciliana: el bollo —«la brioche», dicen ellos— con helado. En lugar del cono o vaso, abren un bollo y colocan dentro bolas de helado. Es una guarrada, pero fina. Tomé mi primera brioche en Erice, encima de Trápani, en el oeste.

Aquel verano me harté también de caffè freddo. Los bares sicilianos hacían café tras café en la máquina para ponerlos luego en dos botellas de plástico. Añadían azúcar en una y las metían en la nevera. Cuando pedía caffè freddo sacaban la estrujada botella —por el calor— y servían un vasito de elixir.

La pastelería italiana va más allá del tiramisù y de la panna cotta. El cannolo siciliano relleno de ricotta o la babà napolitana son mejores que la crema catalana o el merengue o el pudding.

5. ¿Y la pizza y la pasta?

Fotografía: Robert Duncan (CC).

Prefiero dejar la gastronomía aquí. Ningún lugar del mundo supera por supuesto la pasta o la pizza italianas. La gastronomía italiana es buena, pero no sé si es la mejor del mundo.

Hace unos meses mandé a unos alumnos de primero de carrera —dieciocho, diecinueve años— a hacer una crítica del Sports Bar, una de las mejores pizzerías de Barcelona. En su sabiduría adolescente, criticaron la pizza porque era delgada, sutil y no se podía comer con las manos como la de Telepizza. Fui unos días después al restaurante. Les conté la opinión de los chavales: «Mira, con todo mi respeto para los catalanes —me dijo uno de los encargados, con acento napolitano—, pero a veces aquí os creéis que sabéis más que nadie. ¿Me meto yo con cómo hacer una tortilla?».

La atención general por la tradición —cómo se ha hecho siempre, el peso de le mamme—, el detalle —los mil tipos de pasta, qué salsa es aceptable, el loco punto de cocción— o el origen —de dónde sale cada alimento— hacen de Italia un lugar entretenido y delicado para comer. Hace un par de años comí unos penne con jabalí en L’Antica Farmacia de Palaia, en Toscana. Cuando acabamos de comer el segundo plato, un buen entrecot, llegó la chica para saber si queríamos postre: «Sí, otros penne con jabalí».

Hay al menos dos quesos italianos de nivel mundial: la mozzarella y el gorgonzola. Pero es también difícil justificar que sean los mejores en sus categorías. La mozzarella tiene menos competencia. La capacidad de un extranjero de valorar una mozzarella a palo seco dice bastante de su pedigrí italiano.

6. Mastroianni

Marcello Mastroianni en La dolce vita, 1960. Imagen: Riama Film / Gray Film / Pathé.

Pongo a Mastroianni y no a Fellini porque me resulta más cercano. Marcello de La dolce vita y Guido de Ocho y medio son los dos grandes papeles de Mastroianni con Fellini. Brad Pitt o Robert de Niro o Javier Bardem podrían haber rodado esos papeles, pero serían otras películas. Llevo años para intentar copiar cómo Mastroianni se baja las gafas con el dedo índice y se toca la nariz en el principio de Ocho y medio.

Mastroianni sería el actor perfecto para hacer cara del concepto «sorna de ti mismo» y quedar bien. Estas películas —sobre todo el desfile final de Ocho y medio de amas de casa y obispos con música de circo de Nino Rota— son un modo natural de decir que «la vida es una fiesta» sin sonar pretencioso ni raro. La aportación de Mastroianni y Fellini para ver la vida como un circo, con sus dulces tristezas, es única. Toni Servillo y La gran belleza siguen esa tradición tan italiana.

7. Claudia Cardinale

Claudia Cardinale en Il Gattopardo, 1963. Imagen: Titanus / Pathé / SGC.

Y Monica Bellucci. (Anouk Aimée es francesa, pero todo no puede ser.)

8. Totò

Totò en una escena de Totò e Cleopatra, 1963. Imagen: EIA / Liber Film.

He dado vueltas a cómicos de fama mundial: Cantinflas, Benny Hill, Rowan Atkinson, Bill Murray, Steve Martin, Louis de Funès, Mariano Ozores. Me gusta más Totò. Entendería el debate porque sin los giros lingüísticos es más difícil de reír.

La tradición de monólogos teatrales italiana es sólida. Ganó incluso un Nobel con Dario Fo, pero hay una buena competencia en Estados Unidos. Además luego sale Beppe Grillo. (Es curioso que un partido político nuevo de éxito surja del teatro en Italia y de la universidad en España).

9. Carpaccio

Encuentro de los novios, Vittore Carpaccio, ca. 1495 (DP).

Dejo el arte para el final porque es el típico recurso fácil italiano: Miguel Ángel, Rafael, Bernini, Bramante, Brunelleschi son estrellas mundiales sin esfuerzo. Pero de nuevo la segunda división italiana es más valiosa que la primera de muchos otros países: Carpaccio, Giotto, Mantegna son menos mundiales pero igual de interesantes. Los cuadros de Carpaccio en Brera o la capilla de los Scrovegni en Padua o la Cámara de los Esposos en Mántova merecen un viaje.

Si el artículo fuera si Emilia Romagna, Lombardía, Véneto o Sicilia son los mejores «países» del mundo, tendría dudas. Debería profundizar para dar con ventajas en categorías distintas. Pero esas cuatro regiones son solo una parte pequeña de un país. Otros países tienen más premios Nobel y este mundo sería cruel y atrasado sin sus aportaciones. No las desprecio, al contrario. Italia tiene en cambio mafia, Berlusconi, tangentopoli, Raffaela Carrà. Nadie es perfecto. Pero esa imperfección humana natural juega a favor de Italia. Allí es más aceptada y hay menos pretensiones de conquistar el mundo o dar lecciones. Hay además de postre helado y luego café.