La fascinante historia del experimento de la Tercera Ola

la tercera ola
Escena de Die Welle, película basada en el experimento de la Tercera Ola. Imagen: Constantin Film.

En la primavera de 1967, Ron Jones era profesor de enseñanza secundaria en la Cubberley High School de Palo Alto (California, EEUU). Tenía veinticinco años, era profesor de Historia, impartía la asignatura Mundo Contemporáneo y sus estudiantes no creían lo que él les contaba sobre la Alemania nazi, no podían entender cómo Hitler se hizo con el poder, cómo cambió tanto el país y de qué manera aquella transformación impactó sobre la sociedad alemana. Ron Jones decidió hacer un experimento para enseñarles que aquello no era imposible. Incluso en un grupo sin presiones sociales como eran ellos y en un país democrático como era el suyo era posible que una sociedad libre y abierta cayera bajo el atractivo de una ideología autoritaria y dictatorial, que separase entre «ellos» y «nosotros».

El experimento de la Tercera Ola no tuvo el rigor de un estudio científico, pero fue educativo y se hizo muy popular: inspiró una serie de televisión, un bestseller, un documental, un museo e incluso un musical. El objetivo era presentar el atractivo del fascismo e intentar demostrar con qué facilidad una sociedad civilizada puede transformarse en un Estado totalitario. La teoría de la experiencia era que el ser humano tiene básicamente una naturaleza autoritaria y que le gusta ser liderado y ser seleccionado dentro de una masa anónima. Jones era miembro de los Students for a Democratic Society, una ONG que defendía un activismo de izquierda y apoyaba también a los Panteras Negras. Pensaba que «un espejo es un arma mortal» y que poner a los estudiantes frente a sus contradicciones y a la deriva de sus posibles acciones sería una forma atractiva y potente de conseguir que su mensaje calase.

El primer día Jones, antes de que los alumnos llegaran a clase, limpió profusamente su aula y dispuso los pupitres en filas inusualmente rectas. Atenuó las luces y puso música wagneriana mientras los alumnos entraban en clase. Luego, Jones, un profesor popular que normalmente ignoraba normas sencillas como pasar lista, dijo a sus alumnos que podía darles las claves del poder y el éxito: «La fuerza a través de la disciplina». Introdujo una serie de pequeños cambios en clase, en los que siguió estrategias habituales en las dictaduras y los regímenes totalitarios. Lo primero fue incrementar la disciplina. Convenció a los estudiantes de los beneficios de adoptar una postura determinada en las sillas de clase: los pies tocando el suelo, la espalda recta, las manos en la espalda, las rodillas juntas. Algunos estudiantes dijeron que la nueva postura les ayudaba a respirar mejor y que estaban más atentos en clase. Las explicaciones sobre la conveniencia de esta postura eran una forma sutil para que los alumnos asumiesen unas reglas sencillas y, en realidad, participasen en los primeros pasos de la experiencia. También ordenó que los alumnos entraran al aula y se sentaran en menos de treinta segundos sin hacer ruido. A los pocos minutos, estar correctamente sentado se convirtió en un tema importante y corregían al que no lo hacía bien. A continuación, Jones estableció nuevas normas en la clase, cosas sencillas como que los estudiantes tenían que permanecer sentados y pedir permiso para levantarse, que debían dirigirse al profesor como señor Jones y que cualquier respuesta debía tener un máximo de tres palabras. Sugirió entonces que a través de la disciplina y el compromiso, los alumnos podrían ser elegidos para ser parte de un movimiento. Jones también usó las notas como incentivo: «Si eres un buen miembro del grupo y juegas bien, obtendrás un sobresaliente. Si eres un revolucionario y fracasas, estás suspenso. Si la revolución triunfa, tienes también un sobresaliente»

Con las nuevas reglas asumidas por todos los estudiantes, las interacciones grupales basadas en popularidad y dominancia, típicas de una clase de adolescentes, se fueron difuminando y los estudiantes que antes tenían una escasa participación y vivían en el anonimato vieron aquello como una oportunidad para participar en el nuevo orden del aula, para conseguir roles más atractivos. La participación aumentó y la estructura jerárquica de la clase se volvió más homogénea. Jones también les habló de la comunidad, del grupo como algo más grande que uno mismo, más deseable, más divertido.

En el segundo día, Jones se centró en proporcionar a sus estudiantes un sentido de pertenencia. Escribió en la pizarra frase como «Fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo».

A continuación, organizó debates sobre estos temas e hizo que toda la clase leyera en alto esas frases a la vez. Creó un saludo especial para los miembros de la clase (tocar el hombro con la mano del mismo brazo). Este movimiento recordaba una ola, así que fue denominado «el saludo de la Tercera Ola». Este gesto diferenciaba a los estudiantes de Jones de los de las demás clases y les hacía sentirse especiales. Los miembros del grupo se saludaban unos a otros con el nuevo gesto. El nombre del movimiento, la Tercera Ola, se refería a la creencia de que las olas vienen en series y que la tercera ola es la más fuerte, superior a las anteriores. Jones les explicó que el nuevo movimiento eliminaría la democracia, una forma de gobierno que, según él, «tiene muchos aspectos antinaturales, ya que el énfasis se pone en el individuo en lugar de en una comunidad disciplinada e implicada».

La clase de Jones creció con la llegada de otros estudiantes y pronto tenía en el aula más de sesenta chicos. Tras decir a la clase ampliada que «la fuerza está bien, ahora debéis actuar», Jones asignó a cada uno una tarea que debía realizar ese día. Algunos debían memorizar los nombres y direcciones de todos los miembros del grupo; otros debían hacer pancartas, brazaletes y tarjetas de afiliación de la Tercera Ola. Y como el tema de ese día era «La fuerza a través de la acción», todos debían hacer proselitismo. Al final del día, había pancartas por toda la escuela, incluida una de seis metros en la biblioteca. Los estudiantes trajeron a unos doscientos conversos de otras clases para que «juraran».

El tercer día, Jones asignó a algunos estudiantes que se encargaran de que las normas se respetasen y denunciasen a quien las rompiera. También puso «guardias» a la puerta del aula y estableció normas que hacían ilegal que los compañeros se reunieran en grupos de más de tres personas fuera del aula. Había creado un miedo a romper las reglas junto con una policía para controlarlo. Los responsables de seguridad llevaban un brazalete negro que causó aprensión en algunos padres. Algunos llamaron a Jones, que les tranquilizó y les dijo que era solo un experimento escolar. Los estudiantes estaban fascinados por la experiencia y le pidieron continuar. Jones ya no era visto como el profesor, sino como el líder del grupo y gradualmente el simulacro del sistema totalitario que habían inventado empezó a atrapar a los adolescentes. Cientos de estudiantes del instituto pidieron unirse al Movimiento de la Tercera Ola, así que el profesor estableció un procedimiento de admisión en el que los nuevos postulantes tenían que aceptar las reglar y prestar obediencia al líder públicamente. Los estudiantes se lo tomaban muy en serio y asumían sin dudarlo las leyes de la Tercera Ola. Tan solo en tres días, los experimentos habían pasado de una idea del profesor a una nueva realidad en el centro, en el que el debate cada vez era más intenso, al punto que uno de los estudiantes decidió espontáneamente convertirse en guardaespaldas del líder.

Jones se empezó a preocupar por el cariz que estaba tomando el experimento y decidió terminarlo. No era una decisión fácil, porque muchos estudiantes estaban fascinados con esa forma práctica de aprender y tenían una actitud de compromiso con la experiencia docente que cualquier profesor querría en sus alumnos. Sin embargo, la situación comenzaba a tener vida propia y Jones empezó a sentir que escapaba de su control. El padre de uno de sus estudiantes, que había sido prisionero de los alemanes en la II Guerra Mundial, se enrabietó cuando su hijo le contó sobre la experiencia que estaba viviendo, así que fue al instituto cuando no había clases y destrozó el aula. Para entonces, el Movimiento de la Tercera Ola se había expandido por todo el instituto y había sido asumido por muchos estudiantes de otras clases. Los profesores desconfiaban cada vez más de aquel grupo de estudiantes.

El cuarto día, y a pesar de sus dudas, Jones decidió continuar el experimento y les dijo a sus estudiantes que no era un juego, sino la vanguardia de nuevo tipo de gobierno que se implementaría por todo el país en los próximos días. Todos los estudiantes le creyeron y declararon estar dispuestos a ser miembros activos del nuevo orden nacional. Hubo respuestas de personas opuestas al movimiento que dijeron que no creían en él, pero los miembros rebeldes fueron «desterrados» a la biblioteca y se les bajaron sus calificaciones. Hubo también traiciones y delaciones, incluso entre adolescentes que habían sido amigos íntimos desde la infancia. Un grupo de amigos podía compartir un cigarrillo en los aseos del instituto y discutir un plan para «secuestrar» a Ron Jones al día siguiente y cumplir con el requisito del ejercicio para una rebelión triunfante y obtener la mejor nota, pero no sucedía porque alguien, uno de esos dos o tres informaba a Jones del complot. Un grupo consiguió que quinientos padres apoyaran un boicot para destituir a Jones como profesor debido a «un movimiento que no entendían del todo bien»

Su clase de quinto, los mayores, lanzó «el golpe de Estado más exitoso» el miércoles 5 de abril, el último día del movimiento, ya que capturaron a Jones y amenazaron con dar conferencias sobre la democracia a sus clases de segundo año, los mas pequeños. Sin embargo, él los convenció para que lo dejaran ir, diciéndoles que había planeado terminar el movimiento ese día con un mitin en almuerzo. A mediodía, los estudiantes se agolpaban en la sala de conferencias, con la espalda recta y los ojos clavados en un televisor situado en la parte delantera de la sala. Jones les dijo que un programa de televisión iba a anunciar públicamente la llegada de la Tercera Ola, mientras los miembros del servicio de seguridad vigilaban la entrada del aula y unos amigos de Jones se hacían pasar por periodistas y fotógrafos. Jones les dijo que eran una célula local de un selecto movimiento juvenil que reclutaba estudiantes en todo el país. Más de mil grupos de este tipo se alzarían durante un mitin especial al mediodía de ese día para apoyar a un candidato presidencial nacional, uno que anunciaría un Programa de la Tercera Ola Juvenil para traer al país «un nuevo sentido de orden, comunidad, orgullo y acción». A continuación, Jones atenuó las luces, encendió el televisor y abandonó la sala.

Fueron pasando los minutos y los estudiantes esperaron absortos una visión del futuro, pero la pantalla permaneció en blanco. Los estudiantes miraban de un lado a otro sin saber qué hacer. Al cabo de un rato se dieron cuenta de que «no había ningún guardaespaldas, no había ningún Jones, pero estábamos todos sentados en la postura exigida». Algunos intentaron salir y vieron que las puertas estaban abiertas y se sorprendieron al encontrarse con un día normal de primavera a la hora del almuerzo. «Salía música del patio, las flores florecían y soplaba una cálida brisa».

De vuelta al interior, Jones volvió a apagar el televisor y se colocó ante un micrófono en el escenario, mientras un montaje cinematográfico de escenas de la Segunda Guerra Mundial aparecía en una gran pantalla detrás de él. «No hay un movimiento de la Tercera Ola, no hay un líder», dijo al atónito público. «Ustedes y yo no somos ni mejores ni peores que los ciudadanos del Tercer Reich. Habríamos trabajado en las plantas militares. Veríamos cómo se llevaban a nuestros vecinos y no haríamos nada», dijo Jones, refiriéndose a los tres escépticos que estaban exiliados en la biblioteca por el delito de incredulidad. «Somos como esos alemanes. Daríamos nuestra libertad por la oportunidad de ser especiales». Aquello fue el final.

Años después los estudiantes que participaron en el experimento lo recordaban con agrado: «Fue una de las lecciones más valiosas que he recibido en mi vida. ¿Cuántas veces —como joven de dieciséis años— no solo puedes aprender sobre la historia, sino participar en ella?». Otro comentó: «Jones nos ayudó a despertar, y siempre se lo he agradecido. Las buenas experiencias no son necesariamente agradables. He pensado a menudo en ello, y me alegro de haberlo vivido. Me gustaría que mis hijos tuvieran una experiencia similar».

Para saber más:

Klink B. (1967) ‘Third Wave’ presents inside, look into Fascism. The Catamount 21 de abril de 1967, p. 3. 

Weinfield L. (1991) Remembering the 3rd Wave. Ron Jones Website. Archivado del original el 19 de julio de 2011. Recuperado el 25 de julio de 2021.


El cerebro enamorado

Agustín de Hipona, obispo, santo, doctor de la Iglesia y autor de la plegaria más memorable de la historia («dame Señor la castidad, pero aún no») escribió en la homilía séptima a la primera carta de San Juan a los partos:

Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor.

Los científicos discutimos sobre lo que es el amor. No sabemos si hay amor en otras especies: esa mirada de adoración con la que me mira mi perro, ¿es amor? Y ese elefante que se queda días sin comer ni beber junto al cadáver de otro elefante asesinado por un furtivo para quitarle los colmillos, ¿le amaba? Y tampoco estamos seguros de dónde termina el amor y empieza otra cosa: ese hombre que ha matado a su pareja o a sus hijos y dice que es por amor, ¿está en lo cierto?, ¿puede haber amor en la ciénaga de la maldad?

El amor es quizá lo más importante en nuestra vida: nuestras mayores alegrías y nuestras más profundas desdichas van ligadas al amor. La gente muere y mata por amor y nos enamoramos a todas las edades, desde que tomamos conciencia de quién somos en la pubertad y nos fijamos por primera vez en ese muchacho o esa muchacha, hasta la pareja que superados los ochenta encuentra un nuevo principio y una nueva ilusión en una residencia para ancianos. No estamos seguros de si los distintos tipos de amor son similares; ¿es lo mismo el amor a tu pareja que el amor a tu madre que el amor a tu patria que el amor a tu dios? La neurociencia parece sugerir que sí hay bastantes semejanzas, se activan zonas similares en el cerebro de una persona que ve una foto de su pareja que con una foto de su hijo o su madre.

Pero basta ya de decir las cosas que no sabemos y hablemos algo de lo que sabemos. Lo primero es que el amor reside en el cerebro. Es entre divertido y patético que sigamos dibujando corazones con una silueta que se parece a las ilustraciones medievales y no a un corazón de verdad para expresar nuestros sentimientos amorosos. El culpable tiene nombre: Aristóteles. El sabio griego fue el primero que rompió con las teorías anteriores y dijo que la mente y nuestros sentimientos residen en el corazón. ¿Y por qué? Llegó a esa conclusión a través de la observación y la razón: el corazón tiene una posición central en nuestro cuerpo mientras que el cerebro está en un extremo. El corazón es sensible a las emociones se acelera cuando vemos a nuestro amor mientras que el cerebro no muestra ningún cambio. Una herida en el corazón y la persona muere; un daño en el cerebro y la persona pierde funciones mentales o se queda «vegetal», pero sigue viviendo. Además, el estagirita veía corazones en todos los animales a los que diseccionó, pero los finos ganglios o sistemas neuronales en red de los invertebrados son prácticamente invisibles a simple vista. Más aún, el corazón puede sentir dolor mientras que el cerebro no tiene receptores para el dolor, no parece sentir. También veía al corazón como un órgano caliente símbolo de la vida mientras que el cerebro lo sentía frío y húmedo (quizá lo estudiara en animales muertos y el cerebro se enfría con más rapidez). Dos mil quinientos años después de que Aristóteles planteara esas teorías sobre el corazón y la sangre, seguimos diciendo que algo «te lo digo con el corazón en un puño», «nos hizo hervir la sangre», «nos rompe el corazón», «fue un asesinato a sangre fría» o «fue un encuentro cordial». Todo muy aristotélico. Aristóteles tiene por tanto la culpa de las decoraciones horteras de corazoncitos del día de San Valentín, quien, por cierto, se convirtió en patrono de los enamorados por el interés de la Iglesia católica en sustituir los Lupercalia, ritos paganos de fecundidad algo que suena estupendamente— por algo más modoso y presentable, idea que siglos después aplaudieron todos los grandes almacenes.

¿Qué más sabemos? Entendemos los circuitos cerebrales del amor. Básicamente hay tres regiones encefálicas que se activan en el cerebro enamorado: el área tegmental ventral, el núcleo caudado/accumbens y la corteza frontal. Eso nos da muchas pistas porque estas tres zonas forman parte del circuito de recompensa, el que evalúa las experiencias y las premia. Lo hace cuando tenemos sed y bebemos o cuando tenemos hambre y comemos supervivencia del individuo, cuando practicamos sexo supervivencia de la especie, pero también cuando tomamos una decisión, resolvemos un problema o ayudamos a un desconocido. El circuito de recompensa interviene en la motivación, interviene en la adicción y en las emociones intensas. Las mismas regiones cerebrales son las que son trasteadas por las drogas, la música o los éxtasis religiosos.

Sabemos también que gran parte del amor es un proceso biológico. Nuestro cerebro busca amor, compañía, sexo y orgasmos. Está codificado en nuestros genes y en nuestras neuronas. Se ha visto que una vida amorosa y sexual satisfactoria es fundamental para la salud y al contrario, la pérdida de la persona amada, aumenta significativamente el riesgo de muerte. Nuestro cerebro también interviene en cosas como nuestra preferencia sexual, la facilidad para llegar al orgasmo o el interés por las relaciones cortas y rápidas los rollos de una noche, todo ello modulado lógicamente por nuestra cultura, nuestra educación y nuestras experiencias previas. Luego hay algunas diferencias entre sexos: los hombres somos llamativamente visuales lo que se supone que es una razón para nuestro interés por la pornografía mientras que las mujeres enamoradas tienen una memoria especialmente activa. ¡Sí, se va a acordar de todo!

Conocemos también las moléculas del amor. Todos hemos vivido las fases del amor y eso se explica bastante bien conociendo un poco la química cerebral:

Fase 1. Enamoramiento. Incremento de adrenalina. Aumenta el latido cardíaco, aumenta la presión sanguínea, estamos alerta y plenos de energía. En exceso, sentimos ansiedad. El hipotálamo produce dopamina clave en la atención, la motivación y el placer que a su vez induce la liberación de testosterona, la hormona que lleva al deseo sexual tanto en hombres como en mujeres. 

Fase 2. Locura de amor. Disminución de la serotonina. Similar a un trastorno del ánimo como la depresión. Pérdida de la sensación de control. Ansiedad, dudas, inestabilidad. ¿Me va a dejar? ¿Ya no me quiere? Sentimientos obsesivos.

Fase 3. Pérdida del juicio analítico. La corteza frontal se ralentiza. Se toman decisiones irracionales e impulsivas. Se olvidan los errores similares en el pasado. Se aceptan riesgos exagerados y se actúa de forma irreflexiva. Te casas en Las Vegas.

Fase 4. Estabilización. La liberación de las hormonas oxitocina y vasopresina se superpone sobre los efectos de la testosterona, la dopamina y la adrenalina. Se generan vínculos en la pareja que pueden durar décadas. La oxitocina se libera durante el orgasmo, por lo que una buena relación sexual refuerza el vínculo de pareja. Además, ese sentimiento de calidez, compañía y la formación de vínculos facilitan, si la relación sigue adelante, el cuidado compartido de la prole. Es fundamental en nuestra especie, con crías que nacen indefensas y que necesitan años de cuidados y atención. Aun así, el deseo del hombre disminuye cuando huele lágrimas de mujer o cuando sujeta a un bebé. La mujer obtiene la oxitocina que antes generaba durante el orgasmo a través de la lactancia. El hombre se puede subir por las paredes y sentir que su pareja no le busca como antes, que ha sido preterido por culpa de ese pequeño cabezón y sonriente. 

¿Y es el amor un tipo de locura transitoria? La observación sistemática permite comprobar que la persona enamorada puede tener comportamientos erráticos, súbitos cambios de humor, falta de juicio lógico, una estimación sesgada o irracional de otras personas y una alteración profunda de sus costumbres y valores. Muchos de estos aspectos se observan también en personas aquejadas de distintos tipos de trastornos mentales y, de hecho, un estudio realizado en Italia —país pasional según dicen— indicaba que personas con enamoramientos recientes tenían síntomas y signos parecidos a los de problemas mentales como el trastorno obsesivo compulsivo.

¿Es el amor una adicción? Puede parecer una exageración, pero no lo es: en la formación del vínculo entre la madre y la cría o en la pareja se genera una potente activación del sistema de recompensa dopaminérgico del cerebro, el mismo circuito sobre el que actúan algunas de nuestras drogas ilegales, como la cocaína y la heroína. Los circuitos pueden mostrar también tolerancia, requiriendo más neurohormona para sentir los mismos efectos; y dependencia, si ese chute hormonal disminuye. Como canta Sabina «lo malo de los besos es que crean adicción» y se genera por tanto un vínculo entre placer y esa persona concreta, así como un sentimiento de carencia cuando no está, cuando el amor es despechado o ha habido una ruptura sentimental.

¿Y si somos rechazados? La respuesta más común es amar aún más intensamente, la razón parece ser que en ese trágico momento del rechazo, los circuitos cerebrales asociados a ese sentimiento pasional incrementan su actividad neuronal y no hay el refuerzo positivo y adormecedor que se produce durante el orgasmo. Las neuronas están hablando amor pero no reciben el premio del sexo. En cierta manera, se generaría algo parecido a un síndrome de abstinencia, falta el refuerzo que genera el sujeto de la pasión. A continuación, en una segunda fase, la reacción puede ser de protesta y de esfuerzos más o menos sutiles, más o menos dramáticos, para conquistar de vuelta a la persona amada. Es común también una sensación de pánico, algo que se compara al llamado trastorno de ansiedad por separación, que es lo que experimentan las crías de muchas especies de mamíferos cuando de repente su madre deja de estar visible. Muchos de los cuentos infantiles transmiten ese pánico a quedarnos solos, perdidos en el bosque, donde podremos ser presa de lobos o brujas. Quizá lo contrario del amor no es el odio sino la soledad y el abandono.

La siguiente etapa neurobiológica en esto del amor no correspondido suele ser la de la rabia, el desprecio y el rencor, puesto que curiosamente las regiones cerebrales de los circuitos de recompensa tienen un solapamiento con las que se encargan de la ira y el enfado. Eso que decimos de que del amor al odio solo hay un paso, en el cerebro parece que tiene cierta razón de ser. Finalmente, cuando el amante despechado se resigna a su destino —como dice Sabina «Mi primera venganza se llamaba “perdón”»— se puede entrar en un periodo de depresión y desesperación. De estas emociones negativas puede surgir casi cualquier cosa, desde esos acosos obsesivos hasta el asesinato pasando por filtrar datos sobre cuentas en Andorra. 

¿Y cómo sugiere la ciencia afrontar un amor no correspondido? Pues hay varios caminos: el más evidente si las cosas se van de madre son los fármacos. Habrá personas a las que no les parezca bien que se usen medicamentos para una ruptura amorosa por esta forma de actuar en la que queremos siempre respuestas fáciles y rápidas. Es más fácil tomar una píldora que sufrir, recapacitar y aprender de la experiencia. Por otro lado, parece lógico que si tenemos un arma química contra los pensamientos suicidas que a veces acompañan a un amor no correspondido nos planteemos su uso. Se ha visto que tanto las personas en las primeras fases del amor como aquellos con un trastorno obsesivo compulsivo tienen niveles bajos de transportadores de serotonina. Esa similitud puede explicar esos comportamientos obsesivos de algunos enamorados, como escribir una y otra vez el nombre de la persona amada o eso tan compartido de «no me la puedo quitar de la cabeza». Los antidepresivos permiten recuperar los niveles normales de serotonina aunque también se sabe que moderan las emociones extremas y hacen más difícil formar un vínculo amoroso. Al final son estabilizadores del ánimo, un ánimo que suele estar gravemente alterado durante el enamoramiento, pasando, según los momentos, de la euforia a la depresión. Por otro lado, pueden ayudar a una persona que quiera olvidarse de alguien a soltar esa amarra. Y eso sin recurrir al alcohol, diga Sabina lo que diga.

También es posible actuar químicamente sobre los vínculos. Los perritos de la pradera, que son llamativamente monógamos, se convierten en polígamos si se bloquea la dopamina o la oxitocina, abriendo también una perspectiva farmacológica para cortar una fijación con un amor no correspondido. ¿Y el dolor ante la pérdida? Bloqueando el factor liberador de corticotropina, una hormona responsable del estrés, se detiene el comportamiento depresivo que los perritos de las praderas experimentan cuando su pareja muere. No es que tengamos moléculas para todo, es que por primera vez en la historia entendemos la química del cerebro y tenemos fármacos con cierta eficacia para distintos problemas de la mente.

Si no queremos tomar un fármaco hay otra manera para subir los niveles de dopamina o de oxitocina: hacer deporte. El ejercicio incrementa los niveles de dopamina mientras que el contacto físico y la interacción social pueden elevar los de oxitocina. Y encima mejorará tu silueta.

Finalmente, como todos sabemos, el tiempo calma los desengaños, algo que también sucede con los causados por los amores desgraciados. Las personas que tienen un desengaño amoroso tienen mayor actividad en el pálido ventral —una región encefálica que interviene en el apego— que las personas que se encuentran viviendo felizmente juntos. Con el tiempo se ha visto que esa actividad en exceso va disminuyendo paulatinamente hasta alcanzar niveles normales, lo que encaja con el comportamiento de las personas afectadas del mal de amores. Y es que, como por último nos cuenta el maestro Joaquín: «Lo bueno de los años es que curan heridas».


Vacunas y autismo

Fotografía: CC0.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 23

En España la esperanza de vida al nacer pasó de 34,9 años en 1900 a 83 en nuestros días, más del doble. Distintos factores influyeron en este éxito sin precedentes pero entre ellos están, sin duda, los antibióticos, el agua corriente sanitaria y las vacunas. Las vacunas han acabado con la viruela a nivel mundial —solo en el siglo XX murieron trescientos millones de personas de esta enfermedad— y están a punto de hacerlo con la polio (en 1988 había poliomielitis endémica en ciento cincuenta países, hoy solo queda en dos: Afganistán y Pakistán). Otras enfermedades erradicadas en España gracias a las vacunas fueron la rabia (1960), la difteria (1975) o el sarampión (1998). Antes de la existencia de esas vacunas decenas de miles de niños morían o quedaban con graves secuelas, ceguera, parálisis, etc., a causa de las enfermedades infecciosas. La lucha contra las enfermedades sigue sin detenerse y las vacunas siguen siendo una de nuestras mejores bazas: tenemos una vacuna reciente contra el ébola que es eficaz al 100 % y otra contra el virus del papiloma humano que, tras diez años de uso en Estados Unidos, ha mostrado unos índices excelentes de protección. Eso significa que cientos de miles de mujeres no sufrirán cáncer de útero en los próximos años.

Tras la implantación de cada nueva vacuna el número de enfermos cayó en picado, pero, desgraciadamente, en los últimos años estamos viendo un repunte de algunas enfermedades que creíamos erradicadas para siempre. El 27 de junio de 2015, Pau, un niño de seis años, moría de difteria en Olot. Sus padres no le habían vacunado. Este último invierno miles de niños europeos enfermaron de sarampión. La mayoría no estaban vacunados y unas decenas han muerto —veinticuatro tan solo en Rumanía— a causa de esta enfermedad infecciosa. Y no solo mueren niños sin vacunar por decisión de sus padres, sino que se dan casos de adolescentes como Ines Sampaio de Portugal, fallecida el 19 de abril de 2017 a los diecisiete años, que por tener un sistema inmunitario dañado no han podido recibir la vacuna y que dependen de la defensa del grupo que les rodea, la llamada protección de rebaño. Esa barrera se rompe cuando las falsas creencias quiebran ese pacto social en el que cuidándonos cada uno cuidamos también de los demás.

El principal culpable de esas muertes es el movimiento antivacunas, una mezcolanza de grupos y personas que no es fácil de acotar. A veces detrás de su postura hay conflictos de intereses —quieren vender su producto alternativo—, otras veces sencillamente son individuos que desconocen por completo los mecanismos de las infecciones, las epidemias y las vacunas, pero que creen que saben más que los principales expertos internacionales. Entre ellos hay incluso alguna persona con formación sanitaria, pero no debe sorprendernos: todos los profesores tenemos estudiantes que pasan por la facultad pero parece que la facultad no pasa por ellos. Frente a estas excepciones, el dato clave es que una abrumadora mayoría de médicos y profesores, así como los investigadores más prestigiosos, no solo recomendamos la vacunación, sino que, de hecho, vacunamos a nuestros hijos. Decir que estamos al servicio de las farmacéuticas es un insulto gratuito y torpe. ¿Alguien puede creer que estemos dispuestos a poner en peligro la vida de nuestros hijos por dinero? La realidad es que la mayoría somos empleados públicos y estamos al servicio de la sociedad, de usted.

Un aspecto importante de ese movimiento antivacunas son los periodistas poco rigurosos y los famosos y famosetes que dan pábulo a estas teorías que la ciencia ha descartado hace décadas. Entre los norteamericanos, Jim Carrey, Martin Sheen y ¡Donald Trump! Como ven, algunos de los científicos más respetados del planeta… Lo curioso es que hablen de temas que no conocen sin preguntar a nadie que sepa del asunto, pero ¿no es lo que hacen algunos todos los días? El último en España ha sido Javier Cárdenas, quien, hace unos días, volvió a poner sobre la mesa una falsa creencia, la que vincula los trastornos del autismo con la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubeola), una de las principales vacunas de la infancia. Sin informarse debidamente, retomó esta falsedad («El autismo se ha convertido en una epidemia. Para que veas hasta qué punto algo se está haciendo mal, seguro, desde un punto de vista de vacunas») y la difundió, haciendo con ello un daño enorme al alimentar la confusión.

Frente a esto, ¿qué podemos hacer sino seguir contando, explicando, combatiendo la desinformación? Hablemos por tanto de las vacunas y el autismo, y de cómo surgió esta errónea asociación entre ambos. Verán que la historia es aleccionadora y que revela algunas de las claves que hay detrás de estas falsas creencias: falta de rigor científico, una estremecedora ausencia de escrúpulos y, cherchez l’argent, intereses económicos.

Para explicar el origen de esta falacia que vincula vacunas y autismo, tenemos que retroceder a 1998, cuando la revista británica Lancet publicó un artículo firmado por un grupo de trece investigadores británicos donde se decía que los niños con autismo vacunados con la triple vírica tenían una mayor probabilidad de sufrir problemas intestinales que los no vacunados. El primer firmante del artículo, y por tanto quien encabezaba la investigación, Andrew Wakefield, fue aún más allá y afirmó que dicho problema intestinal generaba una permeabilidad anómala del tubo digestivo y que eso producía el autismo.

Aunque en el artículo se aclaraba que no podían afirmar que hubiera una relación causal entre vacunas y autismo, Wakefield apareció en esas fechas en un vídeo asegurando que el riesgo de sufrir este trastorno iba ligado a las vacunas múltiples y recomendó que se suspendiera el uso de la vacuna triple vírica y se sustituyera por vacunas únicas que se pusieran sucesivamente. La reacción al artículo fue inmediata, la prensa recogió profusamente aquella información que parecía explicar el aumento de casos de autismo y los padres empezaron a temer los efectos de las vacunas en vez de los riesgos que implicaba no estar vacunados, como había sido hasta entonces. La cobertura de las vacunas cayó en todos los países occidentales.

Sin embargo, pronto empezaron a salir a la luz detalles cuando menos «llamativos». Wakefield había solicitado una patente para una vacuna única contra el sarampión, por lo que, si se eliminaba la triple vírica y se sustituía por la suya, ganaría una fortuna. Por otra parte, ningún otro grupo de investigación conseguía replicar los resultados, un aspecto clave del sistema científico. Aquellos resultados extraños no le salían a nadie más. Un periodista, Brian Deer, habló con los padres de los niños incluidos en la investigación, revisó con su consentimiento los registros médicos y encontró falsificaciones en los datos del estudio. El siguiente paso en esa escalera de infamias fue cuando averiguó que Richard Burr, un abogado especializado en litigar contra las compañías farmacéuticas, había pagado a Wakefield 435 643 libras —más de 800 000 euros al cambio actual— para desarrollar argumentos contra las vacunas.

Por si esto fuese poco, cuando revisores independientes, esta vez científicos, comprobaron los datos de los doce niños incluidos en el estudio descubrieron que las supuestas evidencias contenían errores, mentiras e información fraudulenta. Salió a la luz también que Burr estaba pleiteando contra los fabricantes de la vacuna triple vírica y que parte de las familias de esos niños eran sus clientes. Los niños incluidos en el estudio no habían sido elegidos al azar, algo básico en cualquier estudio clínico, y había claros conflictos de intereses.

Al conocer estos datos, diez de los trece investigadores que firmaban el artículo en The Lancet se retractaron declarando que habían sido engañados. Finalmente, en 2010 la propia revista hizo una investigación exhaustiva, encontraron conflictos ocultos de intereses, fraude y malas prácticas, y decidieron retirar el artículo. Esta es la actuación más grave y contundente que se puede realizar contra una publicación científica; es decir, ya no es que el artículo sea discutible, es que es basura para la papelera. Finalmente, el Consejo Médico General del Reino Unido retiró su licencia a Wakefield, citando expresamente su desprecio por la salud de los niños en su investigación, y le expulsó de la profesión.

El veredicto final fue concluyente: el estudio era un fraude. ¿Y Wakefield? Se trasladó a Estados Unidos y continuó su campaña allí. Fundó una clínica, dijo que iba a fundar una universidad, hizo una película y fue jaleado por sus numerosos seguidores. Entre estos, por supuesto, no se cuenta la comunidad científica, que le considera un sinvergüenza, un estafador, un tipo despreciable que llegó a sacar muestras de sangre a los niños que iban a los cumpleaños de sus hijos, sin permiso de sus padres ni la aprobación obligatoria de un comité ético. La ciencia no es perfecta, pero está siempre dispuesta a corregir sus imperfecciones y debe aportar el máximo rigor y transparencia. Wakefield es lo contrario a un científico.

A día de hoy, y siendo conscientes de lo mucho que queda por descubrir, todo hace pensar que el origen del autismo tiene una base genética, y estudios con resonancia magnética o análisis de sangre permiten distinguir a la mayoría de los niños que desarrollarán autismo antes de que presenten ningún síntoma y antes de que se les ponga la triple vírica. Aun así, la supuesta relación entre vacunas y autismo resurge cada cierto tiempo, quizá alimentada por el hecho de que en muchos casos los primeros síntomas suelen hacerse evidentes precisamente en la edad en la que los niños reciben esta vacuna. Sea como fuere, este escepticismo hace que sigamos tirando tiempo y dinero en repetir estudios que siempre ofrecen la misma conclusión: no hay relación entre vacunas y autismo. La revista Vaccine publicó en 2014 un metaanálisis sobre vacunas y autismo con datos de ¡1,3 millones de personas! ¿La conclusión? No había ninguna relación. Otra revista de gran prestigio, el Journal of the American Medical Association, encontró que no había diferencias en la probabilidad de tener autismo entre miles de niños vacunados y no vacunados. Pero no se preocupe, cada cierto tiempo alguien sacará los datos de Wakefield o alguna otra patochada y dirá que es que «no hemos mirado la suficiente».

Hay muchas otras mentiras sobre las vacunas. Por ejemplo, que el sistema inmunitario de un niño puede derrumbarse al tener que afrontar tantos antígenos juntos. Pero la realidad es que el sistema inmunitario de un bebé responde cada día a miles de sustancias novedosas y lo hace maravillosamente bien. Se ha calculado que si todas las vacunas de la infancia se pusieran el mismo día, eso solo ocuparía el 0,01 % de la capacidad del sistema inmune, una minucia. También se dice que las vacunas contienen mercurio. Es cierto que hace décadas una sal de mercurio, el timerosal, se usaba como conservante en las vacunas, pero desde hace tiempo usamos monodosis que no necesitan ese conservante. El timerosal fue eliminado en 2001, no para proteger a los niños, en los que no se había visto ningún efecto nocivo, sino para reducir la cantidad de mercurio que llegaba al medio ambiente.

Vivimos en una época de gran desconfianza en las instituciones, no creemos en las figuras que años antes eran respetadas como médicos o investigadores, cualquiera se cree con la capacidad para opinar sobre salud, sobre lo que sea, basado en lo que ha leído en internet o ha oído en el bar. Si un especialista, como la pediatra Laura Galán, una magnífica profesional, sale a explicar estas cosas, sufre una cadena de insultos que pone los pelos de punta. Si dices que las vacunas funcionan, es que eres un esbirro de las multinacionales farmacéuticas. Si discutes con un partidario de los remedios tradicionales chinos y le dices que, hasta que Mao llevó la medicina occidental, los chinos vivían veinte años menos, es que eres muy poco «holista», un estrecho, vamos. Y si te hablan de las bondades de las hierbas y tú le explicas que muchos de nuestros venenos más mortíferos son vegetales, como la cicuta o el acónito, es que eres un aguafiestas y no les dejas vivir en el país de las piruletas. Los científicos creemos que la medicina alternativa que funciona se llama medicina, y lo otro será alternativo, pero no es seguro ni eficaz, las dos características exigibles a un medicamento, y, por tanto, no es medicina. Seguro y eficaz, no pedimos más, y no me diga que tiene que ser al 100 % y todos los días, porque eso no lo cumple ni el cariño de una madre, que es lo mejor de este mundo.

En estos tiempos hay que dar un paso adelante y hablar con claridad. Las vacunas son, en mi opinión, uno de los mejores inventos de la historia de la humanidad: son baratas, seguras y eficaces. Decir que son baratas no quiere decir que producirlas salga gratis. Pero, en la mayoría de los casos, su bajo precio da a las farmacéuticas un margen de beneficio mucho menor que el que proporcionan, por ejemplo, las cremas antiarrugas o los medicamentos que favorecen la erección del pene. Es por eso que corremos el riesgo de desabastecimiento de algunas vacunas mientras que dispondremos de productos para disfrutar de buen sexo con una piel tersa.

Decir que las vacunas son seguras no quiere decir que no haya un porcentaje mínimo de peligro: tomar una aspirina o un cacahuete también conlleva riesgos, pero habitualmente consideramos que son tan bajos que su uso pautado y controlado por un médico es asumible y recomendable.

Finalmente, afirmar que son eficaces no quiere decir que solucionen todos los problemas de la infancia, sino que la protección es mucho mayor en la población vacunada que en los no vacunados. Las vacunas han salvado y salvan millones de vidas ¡cada año!

Ante las críticas que le llovieron por todas partes, Javier Cárdenas intentó negar que hubiese relacionado vacunas y autismo y borró sus rastros, pero este mundo actual tiene copia de seguridad, así que en menos de una hora le colgaron sus grabaciones para que no mintiera más. Solo queda esperar que no vuelva a cometer un error de este tipo y que la televisión pública penalice seriamente esta clase de declaraciones que van contra la salud pública. Por mí, que le manden a su casa o, al menos, que le manden a la escuela y copie cien veces «no hay relación entre vacunas y autismo».


Referencias:


Condones «El Caimán», una dulzura sin par

De Mémoires, écrits par lui-même, de Giacomo Casanova, ilustrado por J. Rozez, 1872 (detalle). Imagen: DP.

En 2008, la revisión de los fondos de la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca, una de las más bonitas y ricas del mundo, deparó una sorpresa: dos preservativos, sin usar, envueltos en una hoja de un periódico de 1857, metida a su vez en el interior de un manual médico del siglo XVI. Los distintos medios que hablaron del hallazgo estimaron que fueron ocultados allí por algún estudiante novecentista. Es curioso que nadie haya pensado que pudieran ser propiedad de un profesor o del personal de administración y servicios, que también tiene sus necesidades y también trata con libros, pero cuando ocurre algo raro en las universidades siempre pensamos en los estudiantes, aunque muchas veces no sean ellos los culpables.

Los condones salmantinos están fabricados con tripa de cerdo, hábilmente cosidos en uno de sus extremos y con una cinta de color azul en el otro, lo que permitía ajustarlo al miembro viril. Se trata de un material lógico en esta provincia legítimamente orgullosa de los productos de Guijuelo y una nueva confirmación de aquel viejo adagio que dice que del cerdo se aprovechan hasta los andares. No es el único ejemplo histórico que relaciona Salamanca con los condones. En 2011, BBC Mundo informaba del hallazgo por parte de los trabajadores del Archivo Histórico Nacional de Toledo de otros dos condones. Los preservativos, también fabricados con intestino de cerdo, estaban dentro de los legajos que conservan la correspondencia del Ducado de Béjar, otra zona salmantina, entre 1814 y 1830. El reportero de la cadena británica los describía como «fuertes, gruesos y reutilizables».

A lo largo de la historia del condón la materia prima para fabricarlos ha sido enormemente diversa: de los intestinos de cerdo a los de oveja, cabra o ternera, del papel de seda aceitado, usado por los chinos, al Kabutogata de los japoneses, que consistía en una vaina de cuero fabricada a partir de un caparazón de tortuga. Y siempre se ha visto la ambivalencia entre la disminución del placer y la protección contra los riesgos. En el siglo XVII, madame de Sévigné escribe a su hija, la condesa de Grignan, hablándole de una funda hecha de piel como «una armadura contra el goce y una tela de araña contra el peligro», una descripción entre lo poético y lo práctico. La ventaja de los preservativos de tripa era la buena transmisión de sensaciones táctiles y térmicas. Sus desventajas: las costuras, con el riesgo que implican de rotura o traspaso, y el precio, pues conseguir un producto con garantías necesitaba costureras especializadas en la delicada tarea del cierre del profiláctico, que cobraban sus buenos dineros.

Los preservativos debieron ser, por tanto, un artículo de las clases pudientes. Durante los siglos XVI al XIX se traían de contrabando desde Inglaterra o Francia pues estaban prohibidos por la Inquisición, que los perseguía y los calificaba de «escándalo de la naturaleza». También podían llevar decoración. En 1992 la casa Christie’s subastó uno de principios del siglo XIX, de origen francés, que medía veinte centímetros de longitud —pequeño, dirían mis amigos— y tenía dibujados a una monja semidesnuda eligiendo a su amante entre tres eclesiásticos con sus miembros en posición de presenten armas. No sabemos qué habrían opinado los inquisidores de esta ilustración.

A mediados del siglo XIX, más o menos en la época de la fabricación de los preservativos de la biblioteca de Salamanca, apareció un nuevo proceso, la vulcanización de la goma. Eso permitió fabricar condones de una pieza y abaratar su precio, algo que mejoró aún más después de los felices años veinte con la expansión del látex y con la introducción durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra de nuevos polímeros sintéticos, como el poliuretano. Sin embargo, a pesar de esos avances tecnológicos, en zonas de prostíbulos como el barrio chino de Barcelona aún se producían de forma artesanal. Un anuncio recogido por Jean Louis Guereña, según menciona Juanjo Robledo, decía así: «El Caimán está fabricado con cauchú y seda sin soldadura de ninguna clase, y afelpado después por un nuevo procedimiento; este preservativo es del más gracioso efecto; y de una fineza extremada y una dulzura sin par al usarlo, no produciendo irritación alguna». Una maravilla de producción nacional si cumplía lo que prometía.

En la actualidad se siguen fabricando condones naturales y, aunque se les denomina de piel de cordero, en realidad suelen ser de intestino de oveja. Los principales clientes son sibaritas en busca de nuevas sensaciones y personas con alergia al látex —cerca del 1 % de la población—. La actriz de comedia Phyllis Diller decía: «Hay una nueva crisis médica. Los doctores están informando de que hay muchos hombres que tienen reacciones alérgicas a los condones de látex. Dicen que causa una hinchazón grave. Entonces, ¿cuál es el problema?». Los condones naturales se venden a un precio superior al de los condones habituales. Curiosamente, al buscar el precio en Amazon —23,99 dólares para diez preservativos de cordero lubricados— vi que, al parecer, siguiendo la misma política comercial que con los libros, los puedes comprar nuevos o usados. Internet nunca dejará de sorprenderme.

Otra opción, tampoco barata, es el látex natural, pues muchas alergias no son contra el látex en sí sino contra algunos de los otros componentes químicos usados en el proceso de fabricación. El mayor problema de los preservativos de tripa es que no constituyen una barrera tan hermética, y aunque protegen de embarazos indeseados, el virus del sida, por poner un ejemplo, es capaz de atravesarlos.

Los principales tratados sobre preservativos comienzan contando la leyenda del rey Minos. Este monarca, primer rey de Creta e hijo de Zeus y Europa, tenía, según cuentan, alacranes y serpientes en su semen tras haberse acostado con una prostituta. Para no introducir en su esposa estos desagradables animales usaba un condón fabricado, según algunos, con una vejiga de cabra o, según otros, con los pulmones de un pez. Existen peces pulmonados pero son raros, así que es más posible que la historia se refiriera a la vejiga natatoria de un pez grande, como un atún del Mediterráneo. Siguiendo las explicaciones que nos han llegado, es posible que los alacranes y serpientes a los que se refieren fuesen los picores y dolores de una enfermedad de transmisión sexual, de la que el rey, con buen criterio, intentase proteger a su esposa. Esta esposa, Pasifae, tenía una sexualidad bastante inventiva, pues al parecer había sido maldita por Poseidón con tendencias zoofílicas y había encargado a Dédalo —diseñador del laberinto de Creta y padre de Ícaro— que le construyera una estatua de madera de una vaca donde se introducía para ser montada por un buey, dando lugar tras esos escarceos al monstruo que conocemos como el Minotauro.

Otras noticias al comienzo de la civilización hacen referencia al uso por los antiguos egipcios de protectores del pene como barrera contra las enfermedades y a una mención en una obra de un romano, Antonino Liberal, un escritor en lengua griega de quien solo se conserva su Metamorfosis, en donde habla de una «barrera» hecha con la vejiga de una cabra.

La primera descripción científica del condón, sin embargo, corresponde a Gabriele Fallopio, un anatomista italiano del siglo XVI, que descubrió los tubos que conectan el ovario con el útero —las trompas de Falopio— y que defendió que una funda hecha de tripa de animal y lino era la mejor defensa contra una enfermedad que hacía estragos en la Italia de su época, el morbo gálico, la enfermedad de los franceses, la sífilis. Por tanto, la teoría de que el preservativo fue inventado por un tal Dr. Condom o Conton —un médico del rey inglés Carlos II el Insaciable a quien este habría urgido para que hallase algún sistema para no seguir sembrando la corte de hijos bastardos— no tiene mucho sentido o al menos no sería un descubrimiento original.

En este mundo machista en el que llevamos viviendo desde hace milenios el principal objetivo de los condones no ha sido el de actuar como método anticonceptivo y regular los embarazos, sino el de evitar que los hombres se contagiaran de enfermedades venéreas, en particular, en los últimos cinco siglos, de esa sífilis de la que hemos hablado. A comienzos del siglo XX se calcula que afligía a un 10 % de los londinenses, un 15 % de los parisinos y un 20 % de los reclutas estadounidenses. A pesar de que la penicilina se mostró realmente eficaz y eliminó en gran medida esta enfermedad de la vida cotidiana, a finales del siglo XX unos doce millones de personas enfermaban cada año, la mayor parte de ellos (más del 90 %) en los países en desarrollo. Desde el año 2001, el número de personas infectadas de sífilis ha aumentado en los países desarrollados, especialmente entre hombres homosexuales en Europa, Norteamérica y Australia, y entre hombres heterosexuales en China y Rusia. Por poner un ejemplo, los niveles de sífilis en China pasaron de 0,2 casos por cada 100 000 habitantes en 1993 a 5,7 por 100 000 en 2005, un aumento del 2800 %. En Shanghái se cree que es incluso diez veces mayor. Las causas identificadas han sido un incremento de la promiscuidad y la prostitución y un descenso en el uso de preservativos, los humildes protagonistas de esta historia.

Lo que es curioso, tal como señala Daniel Turner, fundador de la dermatología británica, es que las grandes naciones europeas rechazan aceptar el honor de ser asociadas a dicho crucial invento. Así, los franceses llaman al preservativo la capote anglaise, la capota inglesa, mientras que los ingleses lo llaman the french letter, la carta francesa. Otros nombres históricos han sido la «máquina profiláctica», la «coraza», la camisinha y la «gabardina». Esa variedad terminológica es algo que comparte con quien fue su principal objetivo durante siglos, la sífilis. Así, los italianos la llamaban el male francese y también la «sarna española»; los franceses, el «mal napolitano»; los alemanes, las französische Pocken (viruelas francesas) o directamente Franzosen (francesas); los holandeses la llamaban spanse Pocken (o viruelas españolas), los magrebíes el mal espagnol y los portugueses, el mal castillán. En cambio, los habitantes de las Indias Orientales y los japoneses la conocían como el mal des Portugais, los habitantes de Tahití como la «enfermedad británica», y los turcos y pueblos del Mediterráneo como el «mal cristiano», aunque era, en cambio, el «demonio turco» para los persas y la «enfermedad polaca» para los moscovitas. Un ejemplo de esa notable habilidad que tenemos para echarle al vecino la culpa de nuestros problemas.

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Para leer más:

Maatouk, I., Moutran, R. (2014), «History of Syphilis: Between Poetry and Medicine». J Sex Med 11(1): 307-310.

Martos, A. (2010), Breve historia del condón y de los métodos anticonceptivos. Ed. Nowtilus, Madrid.

Robledo, J. (2011), «Hallan condones de hace dos siglos». BBC Mundo 24 de junio.

Rubio Lotvin, B. (1994), «Historia del condón o preservativo, también llamado profiláctico». Anales Médicos 39(4): 166-167.


El regalo de Hitler

Antisemitismo en Alemania en 1933. Fotografía: New YorK Times Paris Bureau Collection (DP).

Este artículo ha recibido el segundo premio del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2018

El 30 de enero de 1933 el presidente Paul von Hindenburg nombró canciller de Alemania a Adolf Hitler. Hindenburg pensaba que una mayoría de ministros conservadores mantendría bajo control al ambicioso líder del partido nazi. No fue así: Hitler agarró con fuerza los resortes del poder, estableció un Gobierno autoritario y el Tercer Reich se convirtió en un Estado policial, en el que las libertades individuales fueron abolidas y los ciudadanos quedaron sujetos a la arbitrariedad y al terror. El general Ludendorff escribió a Hindenburg: «Al nombrar a Hitler… canciller del Reich ha puesto nuestra sagrada patria alemana en manos de uno de los mayores demagogos de todos los tiempos. Solemnemente le profetizo que este hombre nefasto arrastrará a nuestro país al abismo y traerá a nuestra nación una miseria inconmensurable. Las generaciones futuras le maldecirán en su tumba por lo que ha hecho».

Solo diez semanas más tarde, el 7 de abril, Hitler promulgó las leyes raciales. Cualquier persona que tuviera un abuelo judío no podía trabajar en ninguna institución del Estado, solo aquellos que hubieran servido en el ejército o hubiesen perdido un familiar cercano en la Primera Guerra Mundial podían seguir. Estas excepciones fueron abolidas en 1935. Como todas las universidades eran públicas, como los principales centros de investigación, los Institutos Emperador Guillermo (ahora Institutos Max Planck), eran también públicos, todos los profesores judíos, calificados con ese criterio tan laxo, fueron expulsados de sus trabajos. Algunos se enteraron por listas publicadas en los periódicos y otros fueron llamados por el director de su centro o su decano, quien les explicó que al día siguiente no podían volver a entrar en el edificio. Un 20% de los científicos de Alemania, sin duda muchos de ellos entre los mejores del mundo, perdieron sus puestos. Algunos intentaron encontrar otros trabajos en el país, pero las circunstancias se fueron volviendo más y más asfixiantes. Muchos de los que se quedaron, que no se sentían otra cosa que alemanes, perdieron la vida en el Holocausto. Los judíos de Alemania estaban totalmente integrados y habían formado una élite científica y cultural, una «aristocracia estética» que valoraba por encima de cualquier cosa la música, la filosofía y la literatura alemanas, su herencia común. Esa integración incluía haber luchado por su país: en la Gran Guerra, cien mil judíos se presentaron voluntarios para servir en el ejército alemán y doce mil murieron en combate. El físico Franz Simon, asqueado de los nazis, renunció a su cátedra de Breslau en 1933 y les envió por correo su Cruz de Hierro que llevaba en el reverso la inscripción: «La Patria siempre estará agradecida».

En ese difícil momento Alemania tenía la mejor ciencia del mundo. En los primeros treinta y dos años de Premios Nobel (1901-1932), investigadores alemanes ganaron un tercio de todos los premios científicos, treinta y tres de cien, Inglaterra, dieciocho y los Estados Unidos, seis. Aunque la población judía no superaba un 1% de la población total de Alemania en esa época, una cuarta parte de los premiados eran de ascendencia judía. Tras la expulsión de los científicos judíos algunos intentaron, con poco éxito, encontrar trabajo en el sector privado, pero el antisemitismo era rampante. Otros empezaron a marchar buscando un futuro, un trabajo, salvar la vida. Cuando James Franck, director del Segundo Instituto de Física de la Universidad de Gotinga, recibió una invitación de Niels Bohr para ir a Copenhague, una multitud se reunió en la estación, permaneciendo en silencio mientras el tren partía. Sin embargo, otros veían a los que se iban al extranjero como desertores que abandonaban a sus compañeros y no peleaban para mantener los valores de la ciencia ni la necesidad de mantener a los investigadores, una profesión sin ningún defensor en el Gobierno. Otros intentaron integrarse, confundirse, hacerse pasar por lo que no eran y el partido nazi pasó de 850.000 miembros a 1,5 millones, las oficinas de inscripción tuvieron que cerrar porque no podían procesar la avalancha de solicitudes. En realidad, el cambio fue tan rápido, tan feroz y tan irracional que los académicos no conseguían asimilarlo. ¿Cómo iban a dejar su patria si estaban tan orgullosos de ser alemanes? ¿Cómo abandonar sus carreras, o a sus compañeros, o, aún peor, a sus estudiantes? Los más jóvenes, como Hans Krebs, Ernst Chain o Hans Bethe, marcharon primero, los mayores aguantaron más hasta que la situación fue asfixiante o terminaron en los campos de concentración. Pero el impacto fue instantáneo: el primer año tras la promulgación de las leyes raciales 2600 científicos abandonaron Alemania, casi todos judíos. Cuando un ministro le preguntó al gran matemático David Hilbert: «¿Qué tal van las matemáticas en Gotinga ahora que está libre de judíos?», Hilbert contestó apesadumbrado, recordando la que hasta hacía poco era una de las grandes universidades investigadoras de Europa, «¿Matemáticas en Gotinga? En realidad, ya no queda nada». Esta terrible diáspora, este exilio forzado de grandes científicos fecundó los laboratorios y universidades de otros países, en particular Gran Bretaña y Estados Unidos, y fue clave en que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial. Se conoce como «el regalo de Hitler».

Ernst Chain. Fotografía: Cordon.

La comunidad científica de los países democráticos no se quedó mirando ante las persecuciones y las expulsiones de los científicos judíos. El 22 de mayo de 1933 un grupo de profesores, incluyendo siete premios Nobel, escribieron a The Times anunciando la creación del Consejo de Asistencia Académica, cuyo objetivo era «recaudar fondos, que serán usados en primer lugar, pero no exclusivamente, para proporcionar manutención a los profesores e investigadores desplazados, y para conseguirles empleo en universidades e instituciones científicas». En 1936 el consejo cambió su nombre a Sociedad para la Protección de la Ciencia y la Enseñanza. Para explicar su objetivo, su función, tomaron prestadas las palabras de Francis Bacon cuando se creó la Biblioteca Bodleiana en la Universidad de Oxford: «Un arca para salvar el saber del diluvio». Al final de la guerra tenían fichas abiertas en esta sociedad 2541 académicos refugiados, la mayoría alemanes y austriacos pero también checoslovacos, italianos y españoles. También ayudaron las comunidades judías, muchas universidades, muchos periódicos y muchos particulares. Otros muchos, en cambio, no hicieron nada. La Fundación Rockefeller recolocó a trescientos científicos, la Universidad de Londres a sesenta y siete, Cambridge a treinta y uno, Oxford a diecisiete. Esto solamente en mayo de 1934. De esos científicos rescatados, de esos refugiados que habían perdido su patria y su trabajo, veinte recibieron posteriormente el Premio Nobel, cincuenta y cuatro fueron elegidos miembros de la Royal Society y treinta y cuatro fueron nombrados para la British Academy. Nunca hubo una «promoción» igual.

Cada historia de uno de estos refugiados es un mazazo en la conciencia. Wilhelm Feldberg había perdido a su esposa, un hijo, su país y su trabajo, y aun así decía a sus colegas británicos «he tenido tanta suerte». Trabajaba en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Berlín, cuando una mañana de abril le llamó el director Paul Trendelenburg y, mostrándole el texto del nuevo estatuto del funcionariado, simplemente le espetó: «Feldberg, se tiene que ir antes de mediodía porque es usted judío». Con esa inocencia de muchos científicos, Feldberg protestó, pues acababa de empezar un experimento, a lo que el director le contestó: «Bueno, pues entonces se tiene que haber ido a medianoche». Pasó la tarde trabajando en el laboratorio junto a su esposa para terminar aquel experimento. Su expulsión no pasó totalmente desapercibida, pues dos colegas japoneses esperaron horas a la puerta de su laboratorio y, sin decir palabra, cuando Feldberg y su esposa salieron a medianoche hicieron una reverencia, y otra más cuando el matrimonio se alejó hacia la puerta del edificio. No era el único, el joven bioquímico Hans Krebs, que descubriría cómo generan energía las células y al que el decano de la Facultad de Medicina había descrito como de «una habilidad científica sobresaliente… inusuales cualidades humanas… leal y fiable», recibía una carta cuatro meses más tarde del mismo decano, el profesor Rehn, que decía: «Por la presente le informo de que, según la Orden Ministerial A N.º 7642, ha sido suspendido hasta futura noticia». De la plantilla de los cuatro institutos de física y matemáticas de la Universidad de Gotinga, formada por treinta y tres científicos, solo quedaron once. Tres de los cuatro directores, James Franck, Max Born y Richard Courant, fueron despedidos. Los dos físicos recibieron años después el Premio Nobel.

El más famoso de esos científicos refugiados fue, sin duda, Albert Einstein. La prensa alemana le acusó de «internacionalismo cultural», «traición internacional» y «excesos pacifistas». Cuando Hitler fue nombrado canciller, Einstein estaba en Caltech e hizo una declaración al New York World Telegraph donde dijo: «Mientras tenga algo que decidir al respecto, solo viviré en un país donde prevalezcan las libertades civiles, la tolerancia y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. […] Esas condiciones no existen en Alemania en este momento». En el Reich las declaraciones recibieron rápida respuesta en la prensa. Un periódico de Berlín publicó: «Buenas noticias de Einstein. No vuelve». Bajo una foto del físico alemán aparecían las palabras: «No ha sido colgado todavía». Volvió junto a su esposa a Europa en barco y en la travesía se enteraron de que su casa había sido registrada y su jardín cavado con el pretexto de buscar un alijo de armas. Einstein renunció a su nacionalidad alemana pero no a la suiza, lo que indignó a las autoridades nazis, que estaban más acostumbradas a privar a la gente de sus derechos que a que ellos renunciaran voluntariamente. Dimitió también de la Academia Prusiana de Ciencias. Cuando había sido elegido veinte años atrás dijo que «era el mayor honor que le podían conferir», pero ahora temía que sería expulsado y que sus amigos estarían en peligro si protestaban. Siguió realizando estancias en diferentes países europeos y recibió ofertas de numerosas universidades, incluida la Complutense de Madrid. Sin embargo, renunció a esa opción cuando fue atacado en la prensa católica española, que le odiaba por su pacifismo, sus opiniones progresistas y por su religión.

Albert Einstein recibe el certificado de ciudadanía americana de la mano de Judge Phillip Forman, 1940. Fotografía: Al Aumuller / Library of Congress

Algunos salieron del Reich con normalidad y otros de forma accidentada. Herman Mark, profesor de química-física, fue arrestado pero consiguió salir de Austria mediante sobornos. Convirtió todo el dinero que le quedaba en alambre de platino y con él hizo perchas. Su equipaje llevaba su dinero, entre chaquetas y abrigos, de una forma que los aduaneros no supieron sospechar. No solo fueron los científicos, también sus obras. Los estudiantes, siguiendo los mensajes de Goebbels, quemaron los libros de autores judíos. Solo en la avenida Unter den Linden de Berlín se quemaron veinte mil. No hubo apenas protestas o fueron duramente reprimidas. El fascismo se introdujo en las universidades como una infección. Los nazis declararon: «Al día de hoy, la tarea de la universidad no es cultivar la ciencia objetiva sino la ciencia militar, como si fueran soldados, y su tarea primordial es formar la voluntad y carácter de los estudiantes». Muchos colegas colaboraron en el antisemitismo. Cuando Albert Einstein recibió el Premio Nobel, Philipp Lenard, premio Nobel también, húngaro nacionalizado alemán, escribió una carta al comité Nobel, que hizo pública, llamándole «fraude judío». La Sociedad Emperador Guillermo, el antecesor de los Institutos Max Planck, mandó un telegrama a Hitler expresando sus «saludos reverenciales» y comprometiendo a la ciencia alemana «a cooperar alegremente en la reconstrucción del nuevo Estado nacional». Mientras tanto, siguieron los ataques a Einstein. Su cuenta bancaria fue expropiada, su casa, cerrada y su velero, destrozado. Una organización de extrema derecha ofreció una recompensa al que asesinase al físico de Ulm. Einstein contestó que no sabía que su vida «valiera tanto» y se estableció finalmente en Estados Unidos. Desgraciadamente, el resto de la vida de Einstein, sus años de Princeton, fue científicamente poco productiva. El exilio suele ser doloroso y dañino. Max Born, su viejo amigo y admirador, dijo al respecto: «Muchos lo consideramos una tragedia, tanto para él, que intentó seguir su camino en soledad, como para nosotros, que echábamos de menos a nuestro líder, a nuestro portaestandarte». Siguió siendo, no obstante, un ejemplo de plantar cara al nazismo y de defensa de la decencia y la humanidad.

Los refugiados fueron fundamentales en el desarrollo de diferentes inventos. Rudolf Strauss inventó la máquina de soldar en onda, que todavía se usa en la industria, Paul Eisler inventó los circuitos impresos, Rudolf Peierls, Max Born y Franz Simon trabajaron en la bomba atómica, quizá lo más divertido fue el caso de Nicholas Kurti, que inventó la gastrofísica, el uso en la cocina de nuevos avances en la física como el uso de ultrabajas temperaturas, pero algo de lo que todo el mundo es consciente fue el trabajo de Ernst Chain, crucial para que existiera un nuevo medicamento: la penicilina.

La ciencia tuvo un salto importante en Gran Bretaña y Estados Unidos, pero también otros aspectos de la cultura. Georg Solti, un refugiado húngaro, impulsó de una forma excepcional la música, Rudolf Bing, de Viena, dirigió el Festival de Edimburgo y Nikolaus Pevsner, de Leipzig, se convirtió en el principal historiador de la arquitectura inglesa. Sir Peter Medawar, presidente de la Royal Society y premio Nobel, dijo que los tres ingleses más relevantes que él había conocido eran Ernst Gombrich, Max Perutz y Karl Popper, un historiador del arte, un biólogo y un filósofo, los tres nacidos en Viena.

La estupidez y el odio racial de Hitler dañó gravemente a su país. Los refugiados drenaron de talento la maquinaria bélica alemana y sería terrible pensar cuál habría sido el papel de algunos de los mejores científicos de la época si hubieran colaborado con sus conocimientos, ya sea de forma voluntaria o por la fuerza, en temas como las bombas volantes, la tecnología submarina o las armas atómicas. Además, no solo fue pérdida de Alemania, sino ganancia de sus contendientes. Los aliados se vieron enormemente reforzados y pusieron la ciencia norteamericana a la vanguardia del progreso, algo que no ha cesado desde entonces. El nazismo quedó derrotado, y algunos de esos refugiados volvieron a su país y otros terminaron su vida en sus nuevos países de acogida, agradecidos, aunque esos países deberían sentirse igualmente afortunados. Los refugiados no han desaparecido, solo han cambiado los países de origen y los de destino. Es difícil que entre esas familias que cruzan el Mediterráneo o los Balcanes, el Magreb o las fronteras de Indonesia haya otro Einstein, pero hay seguro miles de personas honestas, trabajadoras y buenas, buscando una esperanza, un futuro para ellos y sus familias. Igual que haríamos muchos de nosotros si pasásemos por la misma situación.

Marsella, 1943. Fotografía: Wolfgang Vennemann / German Federal Archive.


Eunucos y criminales: ¿contra violación, castración?

La emperatriz Cixí transportada por sus eunucos, 1908. Fotografía: DP.

Hay un refrán un poco bestia que dice que «a capar se aprende cortando cojones». No deja de ser cierto. Capar o castrar se ha practicado desde hace milenios: con los animales, para conseguir su engorde o docilidad; y con las personas, con distintos propósitos. El principal objetivo fue conseguir una casta de siervos que fueran leales a los gobernantes y que, al no tener hijos, no tuvieran intereses y lealtades familiares que compitieran con los de la dinastía real. De hecho, a los eunucos coreanos se les permitía casarse y adoptar pero si se trataba de varones debían ser castrados también. Otra de las funciones características de los orquidectomizados —con los testículos eliminados quirúrgicamente— era el cuidado de los harenes, donde salvaguardaban el honor de las esposas y concubinas reales. Sin embargo, tanto ellos —los eunucos— como ellas demostraron frecuentemente que la sexualidad es mucho más que la penetración y disfrutaron de su imaginación y sus sentidos evitando lo que habría sido el principal peligro para unos y otras, los embarazos.

La documentación más antigua que tenemos sobre los eunucos procede de China. Está fechada en el siglo XIII antes de nuestra era y hace referencia a una población de miles de hombres castrados de los que en el siglo XIX quedaban unos dos mil en la corte de Pekín, una larga trayectoria que llegó hasta el final del período imperial en 1912. El último eunuco chino, Sun Yaoting, murió en 1996 a la edad de noventa y cuatro años.

En China, la castración se realizaba en hombres adultos y no en niños, como en otros lugares. La practicaban unos cirujanos especializados que cortaban los testículos y el pene, guardándolos en una caja para ser enterrados con su propietario al final de la vida. En torno a una cuarta parte de quienes sufrían esta operación no sobrevivían y la única explicación a esta mutilación voluntaria peligrosa era la promesa de ascenso social que la acompañaba, pues unos pocos afortunados lograban puestos de alto nivel y conseguían riquezas y poder. Los mejores ejemplos provienen de la dinastía Ming (1368-1644) y entre ellos destaca Liu Jin (1451-1510), el líder de los Ocho Tigres, un grupo de eunucos que controlaron al emperador y al imperio. Liu Jin aparece en los listados como una de las personas más ricas de la historia pues llegó a acumular 449 750 kilos de oro y 9 682 470 kilos de plata, una ingente fortuna que no evitó su caída en desgracia y ejecución. El emperador le condenó a la pena máxima mediante la llamada «muerte por mil cortes», solo que a Liu no le hicieron mil sino tres mil trescientos cincuenta y siete cortes por todo el cuerpo. Según los testimonios de la época, los ciudadanos, que odiaban al poderoso y avaricioso eunuco, compraban un trocito de su carne por un qian, la moneda de menos valor, y la comían junto con un vaso de vino de arroz.

En la cultura occidental, la castración aparece en varios de nuestros pilares culturales. En la Biblia, el código levítico indica que los eunucos no pueden acceder al sacerdocio al igual que tampoco se pueden usar animales castrados en los sacrificios en el templo. En la mitología griega, Gea, la madre Tierra, nació del caos, generó a Urano por un parto virginal y con él tuvo al titán Cronos. Cuando Urano impidió que Gea tuviera hijos con Cronos, ella indujo al titán a que castrara a su padre. Los testículos de Urano fueron lanzados al mar y de esa espuma nació Afrodita, la diosa del amor. Y luego nos parecen complicadas nuestras relaciones familiares.

Los europeos no solo enviamos millones de esclavos a las Américas sino también exportamos esclavos a los países islámicos. La mayor parte de ellos eran capturados en Europa del este y Asia central, y muchos eran emasculados antes de ser enviados a sus países de destino. Había rutas comerciales especializadas para este tipo de esclavos y Verdún, antes de ser conocida por la terrible batalla que tuvo lugar en la I Guerra Mundial, fue famosa como el centro europeo de castración de esclavos, una mercancía selecta y lucrativa.

La castración fue también un castigo penal. En la Escandinavia medieval, castración y cegamiento eran los castigos a la alta traición, en particular cuando el usurpador era un pariente cercano del rey y no se le quería matar directamente, por el tabú de derramar la sangre familiar. Cuando los normandos migraron hacia el sur llevaron estas costumbres y, tras establecer Guillermo el Conquistador su reino en Inglaterra en 1066, abolió la pena de muerte con este claro mensaje: «También prohíbo que nadie sea matado o colgado por ninguna falta, sino que se le saquen los ojos y se le castre», algo que no parece mucho mejor. Un siglo y pico más tarde, en 1194, el rey normando Guillermo III fue castrado y cegado tras levantarse contra el emperador Enrique VI.

La castración también se ha aplicado a los enemigos vencidos, tanto como venganza como para eliminar al pueblo contrario sin exterminarlo directamente. Lo hicieron los ejércitos chinos de los reyes Shang en el siglo XV antes de nuestra era, pero ha llegado hasta épocas mucho más recientes. En 1896, cuando el ejército italiano invadió Etiopía y perdió la batalla de Adua, se dice que siete mil soldados transalpinos fueron castrados, aunque es algo que otros historiadores discuten o, directamente, niegan. No obstante, es algo que también ha sucedido en los dos lados del conflicto durante la guerra de Chechenia a finales del siglo XX.

Hay también una castración por motivos religiosos, una forma de garantizar la castidad o conseguir una mayor pureza corporal. Uno de los primeros padres de la Iglesia, Orígenes (186-254), dedicaba los días a enseñar la palabra de Dios y la noche a estudiar la Biblia. Al parecer, se autocastró influido por el versículo de Mateo 19:12 que dice: «Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba». En los siglos XI al XIV, los cátaros, implantados especialmente en el sur de Francia, promovieron la automutilación como camino hacia una vida más pura, al igual que hizo la secta de los escópticos en el sur de Rusia a lo largo del siglo XVIII. De hecho, la psiquiatría moderna ha definido el síndrome escóptico como un trastorno en el cual una persona se automutila los genitales, ya sea castración, penectomía o clitoridectomía. Se incluye en el Manual de Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM) como un disforia de género.

Quizá la práctica más conocida en relación con la mutilación de los genitales sea la de los castrati, los muchachos que eran mutilados antes de la pubertad para desarrollar una carrera como cantantes. La pubertad aumenta la longitud de las cuerdas vocales en aproximadamente un 65 %, lo que hace que las voces agudas pasen a ser más graves. La castración elimina el 95% de la testosterona, de modo que las cuerdas vocales no cambian apenas. Sin embargo, la faringe, la cavidad bucal y los pulmones sí aumentan de tamaño, dando lugar a un timbre agudo con una gran resonancia que además se puede mantener durante muchos segundos. Eran voces muy deseadas en una época donde las mujeres no podían cantar en las iglesias ni en los teatros.

Farinelli (Il castrato), 1994. Imagen: Sogepaq Distribución.

Muchas de las óperas de los siglos XVII y XVIII están pensadas para los castrati, que formaron parte de los coros vaticanos hasta el comienzo del siglo XX. El más famoso fue sin duda Carlo Farinelli, cuya historia ya conté en El escritor que no sabía leer y otras historias de la Neurociencia. El motivo era de nuevo la esperanza de un futuro mejor, pero para muchos significaba perder mucho a cambio de nada, ya que no siempre la voz obtenida tenía la calidad necesaria y su carrera terminaba antes de empezar.

La castración ha sido, también durante siglos, un castigo para seductores y adúlteros. Se dice que Paris, presumiblemente en el siglo XII antes de nuestra era y antes de la guerra de Troya, castró a Peritanos después de que hubiera seducido a su famosa esposa, Helena. El famoso teólogo y filósofo Pedro Abelardo sedujo a una de sus discípulas, Eloísa, y el tío de esta contrató a unos matones que se encargaron  de eliminar el «arma del crimen», lo que no les impidió protagonizar una de las historias más románticas de la literatura. Demostrando que el mundo no ha cambiado tanto como creemos, en 2011 en Alemania, un hombre castró al amante de su hija, cuarenta años mayor que ella, que tenía diecisiete. La familia de la chica había emigrado desde Kazajstán y parece que mantenían algunas de sus pautas culturales sobre qué es la justicia y cómo se administra. Los tribunales germanos sentenciaron al padre a seis años de prisión y una multa de ochenta mil euros.

Uno de los castrados más famosos de los dos últimos siglos fue Thomas Corbett, que asesinó a John Wilkes Booth, que a su vez había asesinado a Abraham Lincoln. Corbett era sombrerero y estos profesionales tenían fama de locos —como nos recuerda Alicia en el país de las maravillas— quizá por el mercurio que se usaba en la preparación de los fieltros. Corbett había quedado viudo y tenía miedo a ser seducido por otras mujeres, por lo que se cortó sus partes con unas tijeras. Curiosamente fue a rezar y a cenar antes de ir a buscar un médico, lo que parece reforzar la sospecha de que realmente no estaba en sus cabales.

La castración sigue a nuestro alrededor. Por un lado, están los psicóticos que se automutilan por distintos motivos, como puede ser librarse de la fuente de un deseo sexual culpable, por motivos estéticos (por ejemplo, parecerse al muñeco Ken, el novio de Barbie, en ese concreto detalle) o como un caso de masoquismo extremo. Algunas de las personas automutiladas hablan de un alivio tras eliminar sus genitales y otros dicen que les dio serenidad. Lógicamente ningún cirujano sensato participa en estas operaciones mutilantes, pero hay personas que realizan actividades sexuales alrededor de la castración en busca de una gratificación sensorial y sexual. En 2006 se localizó un quirófano clandestino a las afueras de Asheville, Carolina del Norte, donde la policía encontró vídeos de las cirugías, instrumental quirúrgico, anestésicos y un par de testículos en un frigorífico.

Están también los casos de agresiones, como la famosa Lorena Bobbit que cortó el pene a su marido tras un largo historial de maltratos y humillaciones. En el ámbito médico, se practica la castración como parte de una cirugía de reasignación de sexo y hay casos en los que se realiza por motivos terapéuticos, por ejemplo, para detener el avance de algunos casos de cáncer de próstata. También se ha llegado a plantear aunque sea de forma teórica, experimental o excepcional, para reducir los síntomas en personas con esquizofrenia, psicosis, comportamiento violentos, parafilias, manías, libido exagerada, calvicie y apnea del sueño. Todos estos problemas tienen en común que son exacerbados por la testosterona y, por lo tanto, mejoran con la caída hormonal producida por la castración, aunque parece un tratamiento demasiado drástico. Mejor ser calvo que capón.

Curiosamente hay estudios que indican que estos «hombres incompletos» consiguen, de media, mejores resultados profesionales que la población general.

El grupo contemporáneo más numeroso de castrados es el de los hijras de la India, del que forman parte personas con trastornos del desarrollo sexual. Trabajan en bautizos y bodas canalizando los buenos deseos para el futuro de la pareja o el bebé y son recompensados con largueza. Hay varios miles.

Un aspecto discutido es si la castración aumenta la esperanza de vida. Un estudio de cantantes de ópera encontraba una esperanza similar de vida entre los castrati y los no mutilados, pero un estudio de eunucos coreanos concluía que llegaban a centenarios en una proporción ciento treinta veces superior a la del conjunto de la población. Como dice un amigo al que le comentaba estos datos «para lo que los uso, lo mismo debería pensármelo».

Finalmente, hay un tipo de violencia institucional por el cual algunos países y estados utilizaron o utilizan la castración como castigo y más aún, como prevención de futuros crímenes que podrían ocurrir… o no. En 1966 el médico americano John Money desarrolló la castración química, un procedimiento que inyecta cada tres meses hormonas femeninas sintéticas similares a las presentes en los anticonceptivos haciendo innecesaria la cirugía y, al parecer, resultando igualmente eficaz. El primer caso de Money fue un hombre que tenía fantasías sexuales con niños y pidió voluntariamente la castración química. Después, se ha mantenido como una opción para las personas abrumadas por sus tendencias sexuales o como una opción en el abordaje y condena de los delitos sexuales.

Décadas después del descubrimiento de Money, Texas ofreció a los delincuentes sexuales una castración química voluntaria, y California la hizo obligatoria para personas con un historial de reincidencia en estos delitos. El tema ha sido controvertido por dos motivos: por un lado se veía como un segundo castigo a personas que ya estaban cumpliendo condena y, por otro, por las dudas sobre su eficacia. Después de todo, está demostrado que nuestro principal órgano sexual no son los genitales sino el cerebro, lo que significa que la aparente fiabilidad de la castración es cuestionable. De hecho, aunque la probabilidad de reincidencia en los delincuentes sexuales pasó del 46-80 % en los no tratados a un 3-5 % en los castrados químicamente, han sido tristemente famosos casos como el de Joseph Frank Smith, que recibió el tratamiento hormonal en 1983, después de violar dos veces a la misma mujer. Smith se convirtió en el caso modelo de la castración química y daba charlas sobre la eficacia del procedimiento hasta que en 1998 se descubrió que era responsable o sospechoso de setenta y cinco violaciones más, en las que la castración le había servido de coartada. El motivo era sencillo, había dejado de ponerse las hormonas y nadie lo había controlado. También se ha visto el caso de delincuentes sexuales castrados químicamente que aumentaban por su cuenta su respuesta sexual mediante geles o parches de testosterona.

Un estudio realizado en la década de 1960 sobre mil violadores alemanes a los que se había castrado quirúrgicamente, puso en relieve que la castración no elimina siempre el deseo sexual y el pequeño porcentaje de testosterona producido fuera los testículos es suficiente para mantener la libido y conseguir erecciones. En un 65% de los casos estudiados la libido había desaparecido con rapidez tras la orquidectomía, pero hasta un 18 % seguían teniendo posibilidad de mantener relaciones veinte años después de la operación.

Al menos quince delincuentes sexuales en California han pedido la castración quirúrgica porque ven que, de otra manera, no saldrán de la cárcel. En otros estados se consigue una reducción de la condena después de someterse al procedimiento quirúrgico. Entonces, si la castración quirúrgica no presenta mejores resultados que la química ¿por qué se fomenta? La motivación puede ser más política que médica o jurídica: es un castigo duro, de por vida, con cierto componente de venganza y que es bien visto por los que no comparten aquella hermosa frase de Concepción Arenal, «odia el delito y compadece al delincuente».

Instrumental quirúrgico de los siglos XVI y XVII (no utilizados para castración, pero nos hacemos una idea). Fotografía: Royal Opera House Covent Garden (CC).

Para leer más:

  • Josh (2013) « »Everything I kwow about castration. Enlace.
  • Nieschlag E, Nieschlag S (2014) «Testosterone deficiency: a historical perspective». Asian J Androl 16(2): 161–168.
  • Seadley G «Some Sex Offenders Opt for Castration». Enlace.


El mito del cannabis medicinal

Fotografía: Rafael Castillo (CC).

Cannabis es un género de plantas dioicas que incluye tres especies: sativa, indica y ruderalis. El cáñamo se ha cultivado desde hace milenios con el fin de aprovechar sus fibras para hacer tejidos y cuerdas, para alimentar aves y otros animales con sus frutos, los cañamones, y como droga, médica o recreativa. Cada año, ciento ochenta millones de personas consumen algún derivado del cannabis por sus poderes psicoactivos y, a nivel mundial, es la principal droga ilegal, tras el alcohol, el tabaco y el café, legales en la mayor parte del mundo. No obstante, el estatus jurídico va cambiando con rapidez y el Tribunal Supremo de México, el principal productor mundial de cannabis, dictaminó en 2015 por cuatro votos a uno que prohibir el consumo y cultivo de cannabis para uso personal violaba el derecho humano al libre desarrollo de la propia personalidad. Esta consideración como un derecho humano ha sido una sorpresa, puesto que otros movimientos legalizadores, como en Irlanda, donde han aprobado el uso supervisado de heroína, citan razones de salud pública, de uso compasivo o económicas, pero no lo consideran un derecho del ciudadano.

El principal compuesto psicoactivo del cannabis es el tetrahidrocannabinol (THC), aunque la planta contiene más de cien cannabinoides cuyas propiedades distan de ser conocidas. Es importante porque, por ejemplo, otro de ellos, el cannabidiol (CBD), parece ser útil para reducir el dolor y la inflamación, controlar los ataques epilépticos, tratar alguna enfermedad mental e incluso para ayudar a dejar la adicción al cannabis, y hay de hecho un ensayo clínico en marcha para su posible utilización. El THC incrementa el apetito y reduce las náuseas y se han aprobado medicamentos con THC o CBD con estos objetivos. Hay algunas pruebas de que el  THC también puede ayudar a disminuir el dolor, la inflamación y a aliviar algunos problemas musculares.

Las sustancias psicoactivas del cannabis se acumulan en unos tricomas o pelos glandulares, que son especialmente abundantes en los cálices florales y en las brácteas de las plantas femeninas. El producto a la venta suelen ser los capullos de las flores (marihuana), la resina (hachís) o varios extractos grasos conocidos generalmente como aceite de hachís. El uso de los derivados del cannabis es un tema importante para la salud pública pues se trata de un consumo al alza. Además, los modelos de uso de cannabis están cambiando debido a distintos factores: la legalización en distintos países o estados, la disponibilidad de análogos sintéticos —uno de los más difundidos se conoce como «spice»—, la selección de nuevas variedades como el «skunk», más potentes y peligrosas, y el uso de nuevas herramientas para su consumo como vaporizadores y diversos productos comestibles. El resultado es que a día de hoy la adicción al cannabis ha superado a la de la heroína entre los europeos que buscan ayuda en los servicios especializados de atención a drogodependientes, pero se encuentran con un problema serio: no disponemos de ningún fármaco que ayude en este proceso, al contrario de lo que sucede con otras drogas.

No sabemos cuántos usuarios habituales de la marihuana quedan enganchados a este consumo. Una cifra citada a menudo habla de un 9 %, una referencia derivada de un estudio realizado en los Estados Unidos en la década de los noventa, lo que la haría menos peligrosa que otras drogas ya que las cifras correspondientes para la heroína son 23 % y 15 % para el alcohol. Sin embargo, han pasado muchas cosas en esos veinte años y los nuevos compuestos tienen niveles muy superiores de THC, lo que aumenta el riesgo. Por ejemplo, los consumidores de skunk triplican el riesgo de psicosis frente a los no consumidores y lo quintuplican si lo usan diariamente. Los principales síntomas de la dependencia al cannabis son ansiedad, irritabilidad, aburrimiento e insomnio al intentar dejar el consumo. Un problema es que mucha gente considera que no es adictivo, por lo que es posible que estemos subestimando este riesgo.

Puesto que el consumo intenso de cannabis se ha asociado a un mayor riesgo de trastornos mentales —incluido psicosis, adicción, depresión, tendencias suicidas, daño cognitivo y falta de motivación— es fundamental que tengamos una imagen clara de los efectos del consumo de esta planta, que no son los mismos que tomar una píldora con una concentración exacta de THC o CBD. Usando tomografía de emisión de positrones se ha visto que los usuarios de cannabis producen menos dopamina, algo que es más notable en pacientes que cumplen los criterios clínicos para abuso o dependencia y que encaja con lo que habíamos aprendido en los laboratorios de investigación en roedores. Los usuarios de cannabis también muestran una menor liberación de dopamina en respuesta a un reto estimulante y déficits cognitivos que incluyen una peor memoria de trabajo, como cuando se nos olvida algo que estamos haciendo en ese momento. Hay muchas otras pruebas que permiten concluir que la liberación de dopamina está alterada en los consumidores de cannabis y que incluso está alterada la morfología de las neuronas dopaminérgicas; por un lado, es un ejemplo llamativo de la plasticidad neuronal y, por otro, un detalle preocupante.

Un factor importante es la fecha de inicio del consumo y los datos que tenemos sugieren que debemos esforzarnos por evitar el consumo durante el embarazo y durante la adolescencia. Son dos épocas de la vida cruciales en el desarrollo cerebral, y la exposición al cannabis en el feto o en los jóvenes parece que tiene consecuencias en la vida adulta. Una de esas diferencias es que la exposición al THC durante la adolescencia aumenta el efecto de los cannabinoides posteriormente, sugiriendo que el inicio del consumo durante la adolescencia incrementa el riesgo de una adicción posterior. También se ha visto que los consumidores habituales de cannabis presentan problemas cognitivos, en particular aquellos que se iniciaron en el consumo durante la adolescencia.

Finalmente, otro estudio indicaba que los adolescentes que consumían cannabis tenían un riesgo mayor de fracaso escolar, adicción y suicidio. Este artículo indicaba que el riesgo de suicidio era siete veces superior frente a los no consumidores, aunque estos estudios longitudinales muestran una correlación pero no demuestran una relación causa-efecto. Es evidente que la gente toma drogas por una razón y esa razón puede ser la que esté generando el efecto y no el propio cannabis, sin embargo parece evidente que es un mensaje preocupante. En el estudio se excluyeron cincuenta y tres posibles causas, cincuenta y tres variables, desde trastornos de conducta, hasta depresión o divorcio de los padres, pero no se pueden excluir todas las posibles variables y parece lógico que algunos adolescentes tienen problemas cuando se inician en el consumo y usan el cannabis como una forma de escapar de ellos. En Canadá, uno de los países con mayor consumo de los países desarrollados y donde el Gobierno ha indicado que procederá a la legalización del cannabis la próxima primavera, la Asociación Canadiense de Pediatría ha avisado sobre las serias consecuencias a largo plazo sobre los cerebros en desarrollo y ha pedido «salvaguardas» para proteger a los niños y adolescentes de esos daños, lo que se traduce en intentar que la fecha de inicio del consumo sea lo más tarde posible.

Fotografía: Thomas Hawk (CC).

Los defensores del consumo de cannabis utilizan frecuentemente el argumento de sus virtudes medicinales. Aunque el consumo con fines terapéuticos es legal en diferentes países incluyendo Alemania, Austria, Canadá, Finlandia, Holanda, Israel, República Checa y España, parece una excusa. Una revisión de setenta y nueve ensayos clínicos realizados entre 1975 y 2015 ha analizado los efectos médicos del cannabis con fines médicos y para distintos problemas incluyendo el dolor crónico, el dolor asociado al cáncer, los problemas de insomnio, la pérdida de apetito en las personas con sida, y los trastornos musculares asociados a la parálisis cerebral. La mayoría de los estudios mostraron leves mejorías en las síntomas, pero el análisis de los datos encontró que no alcanzaban el nivel de significación estadística; es decir, la diferencia era nula, mínima o no relevante. Otros estudios analizaron los datos sobre el uso de marihuana en personas con fibromialgia, depresión, trastornos de ansiedad, neuropatías asociadas a la artritis reumatoide y esclerosis múltiple y de nuevo no encontraron ninguna evidencia de que funcionara, de que mejorasen de sus síntomas.

La revisión de estas investigaciones no es fácil, pues muchos estudios sobre el empleo del cannabis con fines terapéuticos presentan problemas metodológicos tales como poblaciones de estudio demasiado pequeñas, datos incompletos, pérdidas sustanciales de voluntarios durante el ensayo y otros. Para otros temas para los que también se han sugerido beneficios como la depresión, el trastorno de ansiedad, la psicosis, la esquizofrenia, las náuseas durante la quimioterapia, o el glaucoma, los datos a favor son prácticamente inexistentes; es decir, no hay evidencias científicas sólidas que demuestren que el consumo de cannabis beneficie realmente en estos trastornos y enfermedades. También se recomiendan los cannabinoides cuando los tratamientos habituales para trastornos como la anorexia, la artritis o las migrañas han sido ineficaces. De nuevo, hay serias dudas de que tenga efectividad en estos casos. En realidad, las evidencias son pobres, están limitados al uso de un cannabinoide concreto y no de la planta.

El Instituto Nacional sobre Abuso de Drogas (NIDA), el centro de investigación más potente del mundo en este tema, ha declarado que «hasta el momento, los investigadores no han llevado a cabo suficientes ensayos clínicos a gran escala que muestren que los beneficios de la planta de marihuana superan los riesgos para los pacientes que supuestamente va a tratar». El resumen puede ser una desilusión para algunos, pero parece contundente: no hay evidencias científicas sólidas de que la marihuana u otros derivados del cannabis tengan virtudes medicinales. Más aún, otro aspecto que los estudios sobre el uso médico del cannabis han mostrado es que los pacientes que lo consumen tiene un riesgo mucho mayor de efectos secundarios, incluyendo problemas serios como trastornos renales, hepáticos y psiquiátricos. No obstante, los más comunes son más leves: mareos, confusión y desorientación.

En realidad la impresión es que en distintos países se está aprobando su uso médico sin exigir las mismas evidencias de seguridad y eficacia que requerimos a cualquier medicamento. Si el objeto es usar la cortina de humo del uso terapéutico para encubrir una legalización subrepticia del consumo recreativo, entonces la comunidad científica debe quedarse al margen. Las pruebas sobre fármacos son uno de los pilares de la medicina basada en la evidencia y no podemos consentir que se manipulen a favor de unos intereses determinados, sean los que sean, que aquí se usen y allí no, en función de intereses del tipo que sean.

Un ejemplo de la poca claridad de ideas es que a fecha de agosto de 2016, veintitrés estados norteamericanos permitían el uso de cannabis como medicina y cuatro para uso recreativo mientras que estaba prohibido en todos los demás. Doce estados prohíben conducir si se ha tomado cualquier cantidad de cannabis mientras que otros tienen niveles umbral de 5, 2 o 1 nanogramo por mililitro. El problema aquí es que mientras que en el caso del alcohol los niveles en sangre son una buena referencia del grado de afectación de la conducción, en el caso del cannabis los efectos varían enormemente de persona a persona. La marihuana es la droga ilegal más comúnmente implicada en los accidentes de tráfico.

La DEA mantiene la clasificación del cannabis como droga de tipo 1, una categoría reservada para las sustancias que no tienen beneficios médicos. A fecha de agosto 2016, hay trescientos cincuenta investigadores registrados para poder investigar con marihuana en los Estados Unidos y solo un proveedor autorizado para proporcionales la planta: la Universidad de Mississippi, algo que no deja de ser curioso. Se va a producir a una ampliación de los proveedores de cannabis para su uso en investigación.

Dicho todo esto, es necesario replantear la política mundial sobre las drogas. Hay algunos investigadores que piensan que la legalización bajaría los precios, incrementaría el consumo y multiplicaría los riesgos detectados entre los adolescentes. Otros investigadores, en cambio, dicen que en la mayoría de los países occidentales más del 90 % de las personas afirman que es fácil comprar cannabis, por lo que preguntan sobre qué cambio puede hacer que sea aún de más fácil disponibilidad. David Nutt, catedrático de Farmacología en el Reino Unido ha declarado: «Para los usuarios de drogas recreativas, la criminalización genera más daño que las drogas que usan, y los adictos necesitan ser tratados de la enfermedad que sufren, no perseguidos». Usemos los datos que nos proporciona la ciencia para tomar decisiones racionales.

Fotografía: Lolly man(CC).

Para leer más:

  • Borgelt LM, Franson KL, Nussbaum AM, Wang GS (2013) «The pharmacologic and clinical effects of medical cannabis». Pharmacotherapy 33 (2): 195–209.
  • Weeks C (2016) «Doctors urge federal ‘safeguards’ to protect kids, youth from harms of pot». The Globe and Mail. Enlace.
  • Whiting PF, Wolff RF, Deshpande S, Di Nisio M, Duffy S, Hernandez AV, Keurentjes JC, Lang S, Misso K, Ryder S, Schmidlkofer S, Westwood M, Kleijnen J (2015). «Cannabinoids for Medical Use: A Systematic Review and Meta-analysis». JAMA 313 (24): 2456–2473.
  • «Drug Facts—Is Marijuana Medicine?». National Institute on Drug Abuse. Enlace.


Una enfermedad llamada libertad

Atlanta, Georgia, USA --- Atlanta, Georgia-The slave market in Atlanta, GA, during the Civil War. Ca. 1860-1865. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Mercado de esclavos de Atlanta, Georgia, 1864 (detalle). Fotografía: DP.

Ray Charles nació en Georgia y versionó una bellísima canción titulada «Georgia on My Mind», compuesta por Hoagy Carmichael y Stuart Gorrell, que usted debería poner de fondo mientras lee esto. En Georgia en el siglo XIX se editaba una revista médica mensual titulada The Georgia Blister and Critic. En el número 7 de su primer volumen se publicó un artículo del cirujano y psicólogo de Luisiana Dr. Samuel A. Cartwright titulado «Enfermedades y peculiaridades de la raza negra» donde describía una nueva enfermedad mental: la drapetomanía. Cartwright, un profesional prestigioso, la definía como un trastorno que «inducía al negro a escapar del servicio y es tan enfermedad de la mente como cualquier otro tipo de locura mental y, como regla general, mucho más curable».

Cartwright escribía:

Si el hombre blanco trata de oponerse a la voluntad de Dios, intentando hacer del negro algo más que un ser sumiso con la rodilla hincada (lo que el Todopoderoso declaró que debía ser) intentando elevarlo al mismo nivel que él; o si abusa del poder que Dios le ha dado sobre otro hombre siendo cruel o castigándolo presa de la ira, o descuidando su protección frente a los abusos arbitrarios de los demás sirvientes y todos los demás, o negándole las necesidades y comodidades comunes de la vida, el negro se escapará; pero si [el propietario] mantiene [a su esclavo] en la posición que hemos aprendido por las Escrituras que debe ocupar, esto es, en posición de sumisión; y si su dueño o capataz es bondadoso y misericordioso al escucharle, aunque sin condescendencia, y al mismo tiempo le suministra sus necesidades físicas y lo protege de los abusos, el negro permanece cautivo y no intenta escapar.

Cartwright aclaraba que la drapetomanía era desconocida para las autoridades médicas pero que tanto los dueños de las haciendas como los capataces de los esclavos la conocían muy bien. Su principal síntoma era el absentismo laboral, los negros intentaban escapar, y la causa era que los dueños tenían demasiadas familiaridades con los esclavos y les trataban como a iguales.

Si son tratados con amabilidad, bien alimentados y vestidos, con suficiente leña para mantener ardiendo toda la noche un pequeño fuego —separados por familias, cada familia teniendo su propia casa—, no permitiéndoles salir de noche para visitar a sus vecinos, recibir visitas o beber licores embriagantes, sin hacerlos trabajar en exceso ni exponerlos demasiado a la intemperie, se controlan fácilmente —más que otros pueblos en el mundo—. Si cualquiera o varios de ellos, en cualquier momento, están inclinados a levantar sus cabezas al mismo nivel que su dueño o capataz, la humanidad y su propio bien precisan que sean castigados hasta que caigan en el estado de sumisión que les fue destinado ocupar. Deben ser mantenidos en ese estado, y tratados como niños para prevenir y curarlos de la fuga.

Además de identificar la drapetomanía, Cartwright prescribió un tratamiento en dos fases. En primer lugar, las recomendaciones «médicas» que antes hemos detallado. Así, con «adecuado consejo médico, seguido estrictamente, este problemático hábito de fugarse que tienen muchos negros puede prevenirse casi por completo». Si eso no era suficiente o en el caso de esclavos «reincidentes e insatisfechos sin razón» —una peligrosa señal de que una fuga podía ser inminente— Cartwright prescribía «sacarles el demonio a latigazos». Otro remedio, preventivo también, era amputarles los dedos gordos de los pies para que no pudieran correr muy rápido y fuesen más fáciles de atrapar. Cartwright argumentaba que azotar a los esclavos era algo apoyado por la Biblia o, en sus palabras, era el «deseo del Creador». Iba más allá y afirmaba que el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento

… declaran la voluntad del Creador con respeto al negro; que debe ser un sumiso arrodillado. En la conformación anatómica de sus rodillas, vemos genu flexit escrito en su estructura física, siendo más flexionado o doblado que cualquier otra clase de hombre.

La esclavitud duró dos siglos y medio en América y doce millones de personas murieron en África en expediciones de captura de esclavos y guerras tribales, y otros tantos fueron llevados al Nuevo Continente, de los cuales un 15 % murió durante el viaje. La colonización del continente se hizo por europeos: portugueses en el este de Sudamérica, franceses e ingleses en el este de Norteamérica y españoles en el resto de Sudamérica, Norteamérica y Centroamérica. Los nuevos territorios eran inmensos, el trabajo era duro y las enfermedades que diezmaron a la población autóctona hicieron que faltase mano de obra. Las primeras oleadas de colonos fueron blancos no abonados, gente joven, normalmente de menos de veintiún años, que pagaban su pasaje trasatlántico comprometiéndose a trabajar durante un tiempo, normalmente de tres a siete años. Recibían transporte, alimentación, ropa, hospedaje y las demás necesidades básicas durante el transcurso de su contrato, pero no percibían un salario. Eran tanto hombres como mujeres y solían ser ayudantes de granjas y haciendas, aprendices de oficios o sirvientes domésticos. Sin embargo, su número fue pronto insuficiente, así que a comienzos del siglo XVII un barco holandés introdujo una solución y un problema en el territorio de los actuales Estados Unidos: esclavos africanos. Los esclavos fueron especialmente abundantes en las grandes plantaciones sureñas donde las cosechas eran muy lucrativas pero necesitaban numerosa mano de obra, como las de tabaco.

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Patrón y trabajadores de una plantación de West Point, Mississippi, 1908 (detalle). Fotografía: DP.

En la época de la independencia de los Estados Unidos, la esclavitud había dejado de ser rentable en el norte mientras que en el sur su rentabilidad era cada vez más dudosa, pues el precio del tabaco fluctuaba y caía. Sin embargo, en 1793, Eli Whitney inventó un molino de algodón, una máquina que permitía a las fábricas textiles trabajar con un tipo de algodón que se daba muy bien en el sur. El algodón reemplazó al tabaco como la principal cosecha sureña y la esclavitud volvió a ser un buen negocio. Aunque la mayoría de la gente de los Estados del sur no tenía esclavos, en la época del aberrante artículo de Cartwright la idea general era que la economía sureña era imposible sin los esclavos.

Aparecieron todo tipo de justificaciones para la esclavitud. Los propietarios blancos decían que los negros eran como niños, incapaces de hacerse cargo de ellos mismos y que la esclavitud era una institución benevolente que los alimentaba, los vestía y les daba una ocupación. La mayoría de los norteños no tenían dudas de que los blancos eran superiores a los negros, pero no creían en esa supuesta benevolencia. Frederick Douglass, un esclavo fugado —un drapetomaníaco— logró una educación, «cuando aprendas a leer serás libre para siempre», y habló y escribió elocuentemente contra la esclavitud.

Me han preguntado a menudo cómo me sentí cuando por primera vez pisé suelo libre. Y mis lectores pueden compartir la misma curiosidad. Hay muy pocas cosas en mi experiencia sobre las que pueda dar una respuesta más satisfactoria. Un nuevo mundo se había abierto para mí. Si vivir es más que respirar y una «rápida vuelta de la sangre», yo viví más en un día que en un año de vida como esclavo. Fue un tiempo de excitación y alegría que las palabras apenas llegan a describir. En una carta escrita a un amigo al poco de llegar a Nueva York le decía: «Me siento como alguien que se hubiera escapado de una guarida de leones hambrientos. La angustia y la tristeza, como la oscuridad y la lluvia, se pueden representar, pero el contento y la alegría, como el arco iris, desafían la habilidad de la pluma o el lapicero».

Su caso se convirtió en un ejemplo vivo en contra de los que decían que los esclavos no tenían la capacidad intelectual para vivir como ciudadanos independientes.

En realidad, el trato iba de paternalista a sádico, las familias eran separadas a capricho y el castigo físico brutal era la norma. Hubo también retrocesos legales: el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que los esclavos eran una propiedad subhumana sin derechos de ciudadanía y no podían protestar sobre el trato que recibían. En el sur se temía una rebelión como la que había convertido a Haití en el primer país gobernado por antiguos esclavos, pero los enfrentamientos multitudinarios eran muy raros. No obstante, los esclavos fingían estar enfermos, organizaban huelgas encubiertas, saboteaban las máquinas y a veces incendiaban alguna propiedad o asesinaban a algún propietario. Escapar era común, pero normalmente no llegaban muy lejos.

La guerra civil cambió el destino de la nación. Fue un conflicto para preservar la Unión y no una guerra para liberar a los esclavos, pero pronto quedó claro que ambos aspectos irían de la mano. Muchos esclavos escaparon al norte al comienzo de la guerra y varios generales de la Unión abolían la esclavitud en el territorio sureño que conquistaban para sumar soldados y derrumbar la economía local. El Congreso aprobó leyes que permitía la confiscación de los esclavos propiedad de los rebeldes confederados. El 22 de septiembre de 1862, tras la dramática victoria de la Unión en Antietam, Lincoln presentó la Proclamación de la Emancipación Preliminar. Este documento decretaba que, por el poder de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, todos los esclavos que estuvieran en zonas rebeldes cien días después de la fecha serían «desde entonces y para siempre libres». Además, Lincoln estableció un sistema para que los negros emancipados pudieran unirse al ejército, una pequeña revolución en la época. Las tropas de color de los Estados Unidos sirvieron en muchos frentes de batalla, ganaron numerosas medallas del honor y fueron un factor importante en la victoria final. El 6 de diciembre de 1865, ocho meses después del final de la guerra civil, los Estados Unidos aprobaron la 13.ª Enmienda a la Constitución, la abolición de la esclavitud.

En esos últimos años el artículo de Cartwright fue sistemáticamente reimpreso en el sur, que consideraba que daba un toque científico a sus prejuicios y sus maltratos, mientras que en el norte, por su parte, era satirizado y ridiculizado. Frederick Law Olmsted publicó una evaluación sarcástica en otra revista médica, el Buffalo Medical Journal, donde recalcaba que los trabajadores no abonados blancos también se escapaban con frecuencia, así que hipotetizó, de coña, que la drapetomanía era en realidad una enfermedad de origen europeo y que los mercaderes blancos la debían haber contagiado a la población africana.

Cartwright identificó otra enfermedad, la disestesia etiópica, que era «denominada insolencia por los capataces» y se caracterizaba por cierta insensibilidad parcial de la piel, una letargia que hacía que la persona pareciera medio dormida y por las quejas frecuentes. Según él, casi todos los negros libres que no habían conseguido que algún blanco les dirigiera y se hiciese cargo de ellos estaban afectados de este trastorno. Cartwright, ese «benefactor» de los negros, proponía también un tratamiento para curar esta enfermedad y la insensibilidad de la piel:

La mejor forma de estimular la piel es, primero, hacer que el paciente se lave con agua tibia y jabón; luego untarlo todo con aceite, y hacer penetrar el aceite en la piel golpeando con una ancha correa de cuero; luego poner al paciente a realizar algún tipo de trabajo duro al sol.

Con eso el esclavo estaría agradecido al hombre blanco que le había permitido «recuperar sus sentidos y disipar la niebla que obnubilaba su intelecto».

Hay quien piensa que la historia no ha terminado, no tanto por la esclavitud, que sigue vigente de forma solapada en numerosas zonas del mundo, sino también por tratar como enfermos a los diferentes o insumisos, la patologización de la disidencia. Hoy, frente a los americanos de origen europeo, los negros de Estados Unidos tienen peor salud psicológica, son más frecuentemente víctimas de violencia, delincuencia y abuso de drogas, muestran en mayor medida síndrome de estrés postraumático, son ingresados con más frecuencia en hospitales psiquiátricos y tratados con medicación psicoactiva en contra de su opinión, son etiquetados como deficientes mentales, presentan sentimientos de opresión, desigualdad y violencia oficial, y les son aplicados una serie de estándares, pruebas y criterios hechos a medida de las personas de origen europeo.

Ray Charles, con el que empecé este artículo, dijo una vez:

Mi versión de «Georgia» se convirtió en el himno estatal de Georgia. Fue algo grande para mí. Realmente me conmovió. Ahí está el estado que solía linchar a gente como yo declarando que mi versión de una canción es su himno. Es conmovedor.

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Retrato de Mollie Williams, con 84 años, nacida esclava y ya libre, 1937 (detalle). Fotografía: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Bankole K. K. (1998), Slavery and Medicine: Enslavement and Medical Practices in Antebellum Louisiana. Garland, Nueva York.
  • Cartwright S. A. (1851), «Report on the Diseases and Physical Peculiarities of the Negro Race». The New Orleans Medical and Surgical Journal 1851: 691-715.
  • Hunt S. B. (1855), «Dr. Cartwright on “Drapetomania”». Buffalo Medical Journal 10: 438-442.
  • Pedersen P. B., Lonner W. J., Draguns J. G., Trimble J. E., Scharron-del Rio M. R., eds. (1996) Counseling Across Cultures. Sage Publication, Thousand Oaks, Calif.


Piel de gallina

Fotografía: Giovanni Dall'Orto (CC).
Fotografía: Giovanni Dall’Orto (CC).

El sistema nervioso autónomo consta de dos partes, el simpático y el parasimpático, que se encargan de regular las actividades involuntarias del organismo. El sistema nervioso simpático incluye dos largas cadenas de ganglios situadas a ambos lados de la médula espinal y se encarga de gestionar la respuesta corporal ante algunas emociones como el miedo o la ira. Ante una amenaza, el sistema nervioso simpático pone en marcha una respuesta muy básica que en inglés se expresa con un juego de palabras, fight or flight, que nosotros traduciríamos como «lucha o huye», y que consiste en preparar al organismo para una acción intensa y súbita. Para ello hace que el corazón lata más rápido, los pulmones aceleren el ritmo respiratorio, la digestión se ralentice o se detenga, se liberen compuestos energéticos —fundamentalmente grasa y glucógeno para dotar de energía suficiente a los músculos—, se dilaten los vasos sanguíneos de los músculos, constriñéndose los de otras zonas del cuerpo para disponer de esa sangre muscular extra. Y no solo eso, el oído se centra en los sonidos importantes, lo que llamamos exclusión auditiva, la pupila se dilata para ver con más claridad y el sistema visual se centra en lo que tiene delante dotándose de la denominada visión túnel. Son todo mecanismos para afrontar esa situación de peligro. Si la opción elegida es luchar, los músculos más oxigenados son los de los brazos para golpear y los de la mandíbula para morder, y cuando es huir, la sangre va hacia los músculos de las piernas. También se estimula la función coagulante, de manera que el cuerpo esté preparado ante una posible herida y tapone rápidamente una posible hemorragia, y se incrementa la sudoración para enfriar el cuerpo y evitar el sobrecalentamiento generado por la actividad muscular y el incremento metabólico. Una maquinaria perfecta con un único objetivo: sobrevivir.

El sistema nervioso autónomo está implicado también en otras respuestas más sutiles a determinadas emociones, y una de las más curiosas es controlar la cutis anserina, que es la forma elegante y latina de denominar a la piel de gallina, ese peculiar aspecto erizado de nuestra superficie corporal, en particular de los antebrazos pero también de las piernas o el cuello e incluso, en algunas personas, de la cara y el cuero cabelludo. El nombre de «piel de gallina» proviene del aspecto de ave desplumada que adquiere la piel y el mismo término se usa en portugués, catalán, rumano o francés. También lo he oído denominar «piel de pollo» y así es como se dice en holandés, chino, finés, estonio y coreano. Sin embargo, en inglés, alemán, sueco, danés, noruego, islandés, griego, ruso, ucraniano, húngaro y eslovaco, el ave de referencia es otra, denominándose «piel de ganso», mientras que en hebreo se dice «piel de pato» y en japonés, siempre con un toque poético, «piel de pájaro».

La piel de gallina es el resultado de la contracción simultánea de miles de pequeños músculos situados junto a cada folículo piloso y unidos por uno de sus extremos a la red de colágeno de la piel y por el otro al propio pelo. Esos músculos tienen el divertido nombre de músculos horripiladores o músculos erectores del pelo, y al contraerse y acortarse ponen enhiesto el vello corporal, originan pequeños montículos y depresiones en la piel y también generan cierta producción de calor que eleva la temperatura superficial.

Los estímulos capaces de ponernos la piel de gallina son muy diferentes: el frío, emociones intensas como el miedo o la euforia y también la excitación sexual. Pero puede sucedernos igualmente si oímos ese chirriante sonido de unas uñas arañando la pizarra, al recordar un momento muy grato o uno desagradable (el día que Iniesta metió aquel famoso gol o nuestra desazón al ver una película de miedo), y cuando nos sentimos sobrecogidos, esa sensación difícil de explicar que experimentamos al captar la grandeza del mundo o algo que nos supera y nos impresiona como un relato o una música con una fuerte carga emocional.

La piel de gallina es una respuesta fraguada en la evolución. En muchos animales, ante el frío, los pelos erectos atrapan aire y crean una capa aislante de mayor grosor. En caso de miedo o ira, la piel erizada hace que el animal parezca más grande y que el posible agresor se piense si merece la pena entrar en una pelea. Los seres humanos tenemos un pelaje muy fino y corto, por eso parece tener menos sentido, pero no por ello deja de tener una raíz biológica común.

Pero ¿y esa otra piel de gallina, ese temor reverencial, esa sensación de recogimiento y asombro que nos eriza la piel? Los anglosajones lo llaman «awe» y no estoy seguro de que tengamos una palabra equivalente. Es una emoción que sentimos en rituales colectivos, en celebraciones, en actividades como la música o la danza, en reuniones religiosas o al oír un buen discurso como en el famoso I have a dream de Martin Luther King. Podemos sentir un escalofrío en la espalda y, sí, se nos eriza la piel. Son momentos en que de alguna manera trascendemos, pasamos de nuestro ser individual a sentirnos parte de un grupo, una tribu o de toda la humanidad. Ese momento de inspiración nos ayuda a conectarnos con otros, nos motiva a trabajar en grupo, a colaborar, a ponernos retos colectivos que seríamos incapaces afrontar como individuos aislados, esa emoción convierte a unas cuantas personas en una comunidad.

Martin Luther King Jr., Nueva York, 1962. Fotografía cortesía de nysmuseum.
Martin Luther King Jr., Nueva York, 1962. Fotografía cortesía de nysmuseum.

Hay un experimento curioso realizado en 2015 en la Universidad de California, Berkeley, por el psicólogo Paul Piff. El campus tiene una centenaria arboleda de eucaliptos de Tasmania, algunos de más de sesenta metros de altura. Mucha gente que pasea por allí siente esa sensación de sobrecogimiento, de trascendencia, de inmersión reverencial ante la belleza y majestuosidad estos árboles. Siendo conscientes de ello, los investigadores pidieron que un grupo de personas mirase a los árboles más impresionantes, mientras que otro grupo debía centrar su atención en un elemento neutro, un edificio cercano sin ninguna cualidad especial que pudiese generar emociones positivas o negativas. En ese momento tenía lugar un pequeño accidente, aparentemente fortuito aunque en realidad formaba parte del experimento: una persona tropezaba y se le caían un montón de bolígrafos que llevaba en una caja. Como es lógico, los participantes en el experimento acudían en su ayuda, pero se comprobó que las personas que habían pasado el minuto previo mirando los árboles, un tiempo corto pero suficiente para experimentar esa sensación trascedente, recogían más lapiceros que las que habían estado contemplando el edificio, es decir, ayudaban con más energía y determinación a aquel desconocido.

Otros estudios, siguiendo este mismo diseño experimental de gente mirando los  árboles, encontraron que esta experiencia previa inducía a la gente a tomar decisiones más éticas, disminuía su sentido de propiedad e impulsaba los valores prosociales, aquellos en los cuales se presta más atención a las necesidades de los demás que a las propias. Dichas conclusiones, por otra parte, encajan con las de otros experimentos donde las personas a las que se les pone la piel de gallina ante situaciones que les conmueven, sobrecogen o maravillan de este modo, son más generosas, comparten más, cooperan más con los demás, se implican más en comportamientos clave de la vida social, que los que no tienen esta respuesta física.

Piff dice que esa emoción es «la percepción de algo tan vasto física o conceptualmente que transciende nuestra visión del mundo y nos hace necesitar encontrar cómo acomodarlo». Más aún, «es un sentido básico que te indica que lo que has experimentado no encaja en tus expectativas del mundo y por eso tienes que recalibrar». El proceso no va solo hacia fuera, de nosotros hacia el grupo, también va hacia nuestro propio interior. Esa sensación de asombro imbuye a la gente de una mirada distinta sobre nosotros mismos, nos hace sentir más pequeños, más humildes y parte de un todo, de algo mayor.

Creo que es algo que entendemos con algunos paisajes: el mar, grandes desfiladeros, los glaciares, los paisajes abiertos de mi Castilla y León, pero también se experimenta con cosas como vídeos de tormentas o volcanes, lo que indica que la fuerza de la naturaleza, destructiva o no, tiene el poder de causarnos ese sobrecogimiento ¡y de convertirnos en mejores personas!

Da que pensar si esta emoción está desapareciendo de nuestras vidas. En la actualidad pasamos menos tiempo en contacto con la naturaleza o compartiendo experiencias y momentos felices con otras personas, las principales fuentes de esa piel de gallina. También ha caído nuestra participación en actividades culturales, vividas no de manera virtual sino en compañía de otros, que eran parte de esa experiencia sobrecogedora. Recordemos esa escena de Shakespeare enamorado, cuando al finalizar la representación de Romeo y Julieta se genera un silencio de estupefacción hasta que alguien rompe a aplaudir y el teatro se llena de gritos y lágrimas. Leer, ir al cine o al teatro, el senderismo y visitar museos y exposiciones, pueden ponernos en contacto con ese tipo de emociones, son las arcas donde guardamos estos «pasmos».

Durante esos episodios de piel de gallina aumenta la actividad en una zona cerebral llamada el núcleo accumbens. Este núcleo forma parte del circuito de recompensa, una red de neuronas que se activa cuando tenemos sed y bebemos, cuando tenemos hambre y comemos, cuando sentimos un orgasmo, hacemos el bien a un desconocido o tomamos drogas. Sí, cuando una canción nos pone la piel de gallina las neuronas del accumbens liberan dopamina, que es lo mismo que hacen al consumir cocaína o anfetamina. Hágame caso, la música es más sana y más barata.

Hagamos el experimento. Distintas personas a las que se preguntó acerca de qué pieza de música lograba ponerles la piel de gallina proponían maravillosas obras clásicas como el Adagio de Albinoni, las fugas de Bach, el concierto para piano nº3 de Rachmaninov o el Réquiem de Mozart.  Ahora propondremos algo más popular: Susan Boyle cantando en el programa Britain’s got talent la canción «I dreamed a dream». Es una buena muestra de que ver y escuchar a esta mujer de cuarenta y siete años, con su aspecto inenarrable, conquistar al jurado y a la audiencia, puede tener un impacto intenso en nuestro núcleo accumbens. Aquí está:

Si todo esto es así, si el experimentar momentos trascendentes tiene ese efecto sobre nuestro comportamiento social, es posible que nuestro cambio de hábitos explique también en parte un cierto cambio en la sociedad. Nos hemos vuelto más individualistas, más materialistas, más narcisistas y menos conectados con los demás. Así que una buena «medicina social» debería ser buscar actividades que nos pusieran la piel de gallina, salir de noche a ver las estrellas, mirar en silencio las olas rompiendo en un acantilado y también observar los gestos de las personas, ese chaval lleno de tatuajes que se levanta y cede su asiento a una embarazada, esa niña que sigue con los ojos muy abiertos el camino de las hormigas, esa pareja mayor que pasea cogida de la mano. Hágalo por usted y, si no, hágalo por la humanidad.

Referencias:

  • Jeffries E (2015) «Seeing awe-inspiring natural sights makes you a better person». New Scientist. Enlace.
  • Piff PK, Dietze P, Feinberg M, Stancato DM, Keltner D (2015) «Awe, the small self, and prosocial behavior». J Pers Soc Psychol 108(6): 883-899.
  • Piff P, Keltner D (2015) «Why Do We Experience Awe?». The New York Times. 22 de mayo. Enlace.


El caso del perro marrón

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Reconstrucción de la clase de vivisección de Bayliss, 1903. Imagen: University College London archives (DP).

El catedrático de fisiología del University College London William Bayliss (1860-1924) acuñó la palabra «hormona», descubrió una de ellas, la secretina, y fue el primero que describió el movimiento peristáltico de los intestinos. Bayliss quería comprobar si el sistema nervioso controlaba la secreción del páncreas como postulaba Iván Pavlov con sus perros y sus campanitas. La oportunidad surgió en febrero de 1903, en una práctica delante de sesenta estudiantes de medicina, en la que usó un pequeño terrier marrón al que había hecho una operación en el páncreas. En aquella segunda práctica expuso sus glándulas salivares para que los futuros médicos pudieran ver su inervación nerviosa y su irrigación sanguínea y, finalmente, usó el perro para explicar las respuestas del sistema nervioso periférico ante distintos estímulos, revisando los postulados de Pavlov. Al final, el can fue entregado a un estudiante de investigación, Henry Dale, que luego ganaría el premio Nobel, y era el encargado de sacrificar a los animales al terminar la práctica.

Desafortunadamente para Bayliss, en la clase se habían colado dos estudiantes suecas, Louise Lind af Hageby y Leisa Schartau, de la London School of Medicine for Women, feministas y contrarias a la experimentación con animales, que dijeron que aquello era un ejemplo de crueldad, que el animal estaba sin anestesiar y que los estudiantes se habían pasado la clase haciendo bromas y riendo, una experiencia que resumieron años después en un libro titulado Los mataderos de la ciencia: extracto del diario de dos estudiantes de fisiología.

Los datos recogidos por las activistas suecas, si eran ciertos, indicaban que se había violado la ley sobre experimentación animal de 1876 que prohibía usar el mismo animal en más de un experimento y Stephen Coleridge, bisnieto del poeta Samuel Taylor Coleridge, y secretario de la Sociedad Nacional contra la Vivisección —una vivisección es una disección cuando el animal todavía está vivo— al leer el diario de las dos muchachas, acusó a los médicos de crueldad «si esto no es tortura, que nos digan en nombre del cielo qué es tortura» en una conferencia celebrada el 1 de mayo, a la que asistieron entre dos mil y tres mil personas y cuyos mensajes clave fueron recogidos por la prensa local.

Bayliss, el catedrático que dirigía la práctica, pidió a Coleridge una disculpa y al no recibirla le denunció por difamación. Tras un agrio juicio celebrado cuatro meses después, donde explicó que hacer varias operaciones en el mismo animal permitía usar menos perros, ganó el caso. Coleridge le tuvo que pagar dos mil libras más otras tres mil en costas, una pequeña fortuna que abonó al día siguiente con un cheque. Bayliss donó el dinero al University College de Londres para usarlo en investigación aunque no lo denominó —como le sugirió el Daily Mail— «Fondo para la Vivisección Stephen Coleridge». Por su parte el Daily News, que apoyaba a la otra parte, pidió donaciones y recaudó cinco mil setecientas libras para apoyar a Coleridge y cubrir sus gastos, más de lo necesario. Ir a juicio, aun con el riesgo de perderlo, parece que fue el objetivo de Coleridge desde el principio, con objeto de conseguir la mayor repercusión pública para las ideas de los que, como él, se oponían a la experimentación con animales.

Anna Louisa Woodward, una rica londinense, fundadora de la Liga Mundial contra la Vivisección, pensó que era importante mantener el interés de la opinión pública por el tema y encargó una fuente con una estatua del perro en un pedestal. El monumento fue aprobado por el consistorio radical-socialista de Battersea, un barrio obrero de Londres, y se erigió en una zona de viviendas sociales donde fue inaugurado en septiembre de 1906. Llevaba una placa con la siguiente inscripción:

En memoria del terrier marrón llevado a la muerte en los laboratorios del University College en febrero de 1903 después de haber soportado vivisecciones durante más de dos meses y haber sido pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a liberarlo. También en memoria de los doscientos treinta y dos animales viviseccionados en el mismo lugar durante el año 1902.

Hombres y mujeres de Inglaterra: ¿hasta cuando seguirán pasando estas cosas?

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La fuente en memoria del perrete. Fotografía: autor desconocido (DP).

Los estudiantes y profesores de medicina se quejaron de la naturaleza acusatoria de la inscripción y del ataque a su formación práctica dejando claro su malestar. Las revistas médicas también tronaron en contra del monumento, mientras que sus partidarios lo veían como un símbolo del progreso político hacia una mayor justicia social y una protesta contra el establishment ejemplificado por ese grupo peculiar, la clase médica.

Un año después, en noviembre de 1907, un grupo de estudiantes intentó atacar la estatua pero fueron dispersados por los gendarmes londinenses. Diez de aquellos estudiantes, que fueron bautizados por la prensa como los antidoggers, los antiperros, fueron detenidos por dos policías y un médico local escribió al periódico South Western Star lamentándose de lo que consideraba un signo de la degeneración de los futuros médicos: «Recuerdo cuando hacían falta más de diez policías para hacerse con un estudiante. La raza anglosajona está acabada».

Parte del ambiente social tenía que ver con una novela de ciencia ficción. Pocos años antes, en 1896, H. G. Wells había publicado La isla del Dr. Moreau. En la obra, un hombre rescatado de un naufragio es trasladado a una isla remota en el océano Pacífico, propiedad de un médico, el doctor Moreau. Moreau —por cierto un fisiólogo londinense— crea seres híbridos con un aspecto humanoide a partir de animales mediante un procedimiento que podríamos llamar de corta y pega quirúrgico, algo con ciertas similitudes con la vivisección. La novela generó un profundo revuelo social sobre temas como el dolor, la crueldad, la responsabilidad moral y la interferencia del hombre en la naturaleza, y fue parte de un debate social sobre la experimentación animal, nuestra relación con los demás seres vivos y la teoría de la evolución.

En Londres, mientras tanto, los disturbios continuaron y se empezaron a conocer como los «Brown Dog Riots», los  tumultos del perro marrón. Un juez puso multas de cinco libras a varios jóvenes que habían participado en ellos y eso hizo que más de mil estudiantes de medicina salieran de la universidad y de los hospitales e hicieran una manifestación llevando estacas con perros en miniatura encima y una efigie a tamaño natural del juez que intentaron quemar, y finalmente no debía prender bien  arrojaron al Támesis. Los manifestantes asaltaron oficinas y reuniones de sufragistas porque se generalizó entre ellos la idea de que las mismas que defendían el voto femenino eran las que estaban en contra de usar animales en la docencia, y que eran ellas las que habían elegido al perro pardo como su emblema, erigiéndole ese monumento. Uno de los enfrentamientos se saldó con las mesas de un local rotas y un titular del Daily Express que decía «Estudiantes de medicina luchan galantemente con mujeres».

El punto culminante fue el 10 de diciembre, cuando cien estudiantes quisieron derribar la estatua del perro marrón. Lo habían organizado el mismo día del partido de rugby entre Oxford y Cambridge, confiando en que los numerosos asistentes al partido se les unirían en la batalla con la policía, pero no fue así. A continuación los antidoggers intentaron asaltar el hospital de los antiviviseccionistas, un centro médico donde no se hacía experimentación con animales aunque es de suponer que aplicasen los resultados conseguidos en otros centros que sí lo hacían. Cuando uno de los estudiantes se cayó del tranvía al que se había subido, los operarios de la línea se negaron a llevarle al hospital indicando que era «la venganza del perro marrón», pero puesto que el más cercano era precisamente el de los defensores de los animales, el British Medical Journal comentó después que  la decisión podía haber «nacido de la benevolencia» por no llevar al muchacho herido al centro de sus enemigos. La cosa se fue radicalizando más y más. Esta revista, el British Medical Journal, seguía recibiendo cartas de médicos indignados, una de las cuáles decía: «Cuando un estudiante amante de la paz pacíficamente desfigura [la estatua] con un martillo está cumpliendo su deber moral con su universidad, sus profesores y sus camaradas y su estricto deber legal con su país y su rey».

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Las promotoras del International Anti-Vivisection Congress, 1913. Fotografía: Library of Congress (DP).

Los estudiantes fueron dispersados por la policía con cargas a caballo y uno de ellos fue detenido por «ladrar como un perro». Los disturbios siguieron durante meses, a los estudiantes de medicina se unieron los de veterinaria y unos y otros reventaban las reuniones de las sufragistas tirando las sillas y lanzando bombas fétidas. Era una mezcla de causas: a las antiviviseccionistas —tres de las cuatro vicepresidencias de la sociedad contra la vivisección estaban ocupadas por mujeres— se unieron los sindicalistas, los marxistas, los liberales y las sufragistas. Aun así, no todas las sufragistas eran antiviviseccionistas ni viceversa, pero había también cierta batalla de sexos: los estudiantes de medicina y veterinaria eran casi todos hombres mientras que un número importante de los antiviviseccionistas eran mujeres. Para muchas mujeres aquella lucha era parte de la rabia que sentían contra el estamento médico, por las sufragistas en huelga de hambre que eran alimentadas a la fuerza en prisión por médicos, o por las mujeres a las que se les extraían los ovarios y los úteros como cura para su histeria. Las dos partes se veían como los herederos del futuro, los promotores de la modernidad. Las sufragistas y antiviviseccionistas consideraban que la experimentación con animales y la prohibición del voto femenino eran dos caras de una misma realidad patriarcal, dominadora y cruel. Los estudiantes, por su parte, decían que ellos y sus profesores era un «nuevo sacerdocio» y las antiviviseccionistas y sus aliados los representantes de la superstición y el sentimentalismo.

Mientras tanto, la policía puso protección permanente a la estatua, lo que llevó a una nueva vuelta de tuerca pues hubo preguntas en la Cámara de los Comunes sobre cuánto costaban los seis policías diarios que eran necesarios para mantener la guardia de veinticuatro horas. Finalmente, tras las elecciones locales de noviembre de 1909, el nuevo consistorio de Battersea decidió que no querían seguir siendo el campo de batalla entre unos y otros, y sin decirlo —quizá pensaron que «muerto el perro se acabó la rabia» quitaron la fuente a escondidas, para lo que enviaron cuatro obreros protegidos por ciento veinte policías y la llevaron a un lugar secreto en las primeras horas del 10 de marzo. La retirada de la estatua generó una protesta de tres mil antiviviseccionistas en Trafalgar Square que demandaban que fuera devuelta inmediatamente a su emplazamiento original, pero no se hizo y fue fundida a escondidas años después.

En 1985 una nueva estatua en memoria del perro pardo fue erigida en el parque de Battersea, aunque hubo también polémica sobre la pose elegida por el escultor y sobre su localización. En la vieja estatua el perro estaba recto y desafiante, en la nueva, enroscado y con la cabeza gacha, parecía suplicar piedad. Además, los enemigos de la experimentación con animales se quejaban de que la estatua estuviese casi oculta. En 1992 fue retirada y en 1994 se volvió a instalar, pero en el pabellón de críquet del Viejo Jardín inglés, un lugar mucho más discreto que el que ocupó anteriormente.

Curiosamente, el perro también se convirtió en un símbolo de ambos grupos: la Sociedad para la Protección de los Animales expuestos a la vivisección tenía un perro en su logo y la Physiological Society, la asociación científica de los fisiólogos, los principales protagonistas de la experimentación con animales, también tenía una pequeña estatua de un perro que situaban en un lugar preferente en sus congresos y sus reuniones hasta que fue robada del maletero de un coche en 1994. Esa estatua fue usada para fabricar réplicas que se entregaban a los fisiólogos más respetados en el momento de su jubilación. La estatua original había sido presentada a la Sociedad en octubre de 1942 por Henry Dale, el hombre que sacrificó al perro marrón y, de hecho, muchos fisiólogos británicos todavía creen erróneamente que el emblema de su sociedad es ese animal concreto.

La controversia no ha desaparecido y sigue habiendo personas en contra de la experimentación con animales, mientras que médicos, científicos y asociaciones de pacientes, de forma prácticamente unánime, lo consideran un mal menor y necesario para seguir avanzando en nuestra lucha contra la enfermedad y para valorar la seguridad de nuestros productos químicos, incluyendo fármacos, pesticidas y detergentes. Los científicos utilizamos una estrategia denominada de las tres R: reducción (usar el mínimo número de animales posible, que suelen ser ratas y ratones), refinamiento (hacer todos los procedimientos con un cuidado extremo) y reemplazo (en lo posible sustituir los animales por células, modelos informáticos o cualquier otro procedimiento que no requiera animales vivos), pero el debate sigue vivo un siglo después. Hace unos años lo único que quedaba de la vieja estatua del perro marrón era una marca en el pavimento y un cartel en una valla cercana que ponía «No Dogs», «No se admiten perros».

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Manifestación en contra de la retirada de la estatua. Imagen: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Baron JH (1956)  «The Brown Dog of University College». Brit Med J  2 (4991): 547–548.
  • Galloway J (1998) «Dogged by controversy». Nature 394: 635-636.
  • Mason P (1998) The Brown Dog Affair. Two Sevens Publishing, Londres.