Los Babosos y las Hornadas Irritantes

La portada del cuarto número de 96 lágrimas, de 1982. Imagen: El Sardinita. Vía Así se fundó Carnaby Street.

Cincuenta años después de la polémica que tuvo lugar durante la Guerra Civil en la revista Hora de España entre Ramón Gaya y Josep Renau sobre la pintura y el cartelismo, sobre lo emocionante y lo social, en el barrio madrileño de Malasaña se libró una nueva batalla sobre el significado y el valor del arte. En este caso entre unos grupos de música moderna que hablaban sin complejos de emociones y otros que defendían la intrascendencia del pop como pura diversión. En realidad dos caras de la misma moneda, la de la búsqueda de unas bocanadas de aire fresco de las que escapar del rock cabezón y de los cantautores abrasantes llenos de pelo de finales de los años setenta del siglo pasado.

Por el lado de los grupos divertidos, los ofensores, autoproclamados las Hornadas Irritantes gracias al ingenio de Patacho, guitarrista de Glutamato Ye-Yé, la alineación era la siguiente: principalmente los grupos Glutamato Ye-Yé y Sindicato Malone, a los que en distintos grados se sumaban Derribos Arias, Ciudad Jardín, Los Elegantes, Pelvis Turmix, Siniestro Total y los fanzines 96 lágrimas y La pluma eléctrica. En el bando de los ofendidos, llamados Babosos por los anteriores, la alineación era más clara, ya que el objetivo de los dardos fueron siempre Los Secretos y Mamá, añadiendo luego al listado según conviniera a Nacha Pop, Tótem y Los Modelos.

Prácticamente toda la prensa se puso del lado de las Hornadas Irritantes riéndoles la gracia y, aunque la gran mayoría de los grupos protagonistas se volatilizaron en un par de años, la terminología quedó grabada a sangre y fuego en el corazón de la Nueva Ola Madrileña, como se puede leer en Enrique Urquijo. Adiós tristeza (Rama Lama Music, 2005), la biografía que Miguel Ángel Bargueño escribió de Enrique Urquijo, donde el autor narra una escena digna de Nacho Canut pero protagonizada por el líder de Los Secretos quien, cuando le enseñaron en las oficinas de DRO la versión que de «Quiero beber hasta perder el control» habían hecho Fito y los Fitipaldis se levantó y, en vez de alegrarse, se encaró con el directivo de la disquera gritándole «¡Mira aquí los babosos! ¡Los babosos aquí seguimos!». Quince años después de la polémica al gran Enrique todavía le escocía el término. Hoy, pasados otra docena de años desde el desplante de Enrique, el rechazo a los Babosos sigue refulgente como el sol, estos grupos no se merecen el Olimpo y aunque el indie más recalcitrante acepte tan tranquilo a los Carpenters o a los Everly Brothers nunca podrá aceptar que Los Secretos son mucho más importantes que Parálisis Permanente, por todo. Pero sobre todo por sus canciones, por su primer elepé, que quizá tenga la mejor producción de toda la Movida madrileña, y es la mejor porque es la única que ha resistido fresca treinta y cinco años como lo hace la de cincuenta años de Pet Sounds, por compararlo con la obra más perfecta nunca grabada, con Dios. Siempre se aceptará que un cantante diga «We could be married and then we’d be happy» pero no «Si estás a mi lado me siento mejor».

Las etiquetas que se usaban en aquella época para catalogar a los grupos en ocasiones rozan lo descabellado, con divisiones imposibles, aunque imaginamos que hoy poca diferencia habrá para un oyente finlandés de veinte años que escuche «La balada de Karen Quinlan» y «Ligarse a Vicky», o la «Vicky» de Alaska y los Pegamoides, para él serán lo mismo. ¿Quién sería aquella Vicky protagonista estelar de dos canciones fundamentales de la época? O a lo mejor hubo dos Vickys, al igual que en la vida de la chica a la que están dedicadas estas líneas hubo dos Anas; pudo haber tres, pero en vez de la tercera hay una brujita ideal, su calco absoluto, que es capaz como ella de convencerte de cualquier cosa con la varita mágica de su sonrisa. Una primera etiqueta nos la da Fernando Márquez «el Zurdo», quien en su seminal Música Moderna (Ediciones Nuevo Sendero, 1981; con reedición de Discos Walden y LaFonoteca, 2013), antes de la acuñación del término baboso, coloca a Los Secretos, Nacha Pop y Mamá en el índice del libro dentro de la sección «Los llamados grupos sanos», aunque también coloque bajo ese mismo epígrafe a Los Elegantes y a Ejecutivos Agresivos, grupo este último en el que militaba Poch, meses más tarde uno de los puntales de las Hornadas Irritantes con su propio grupo Derribos Arias. Siguiendo el camino de buenos chicos trazado por el Zurdo podemos poner la frase de Ricardo Aldarondo en su crítica al disco Los Secretos aparecida en el número especial sobre «Los 100 mejores discos españoles del siglo XX» que sacó la revista ROCKDELUX en 2004 para celebrar su veinte aniversario, donde dice que «Los Secretos eran sentimiento a flor de piel, melancolía de chicos buenos sin vergüenza de serlo» y, por qué no, la retranca de Loquillo cuando el roquero barcelonés dice que «para ligar con una chica de aquella época tenía que hablarle de Nacha Pop», según cuenta Álex Fernández de Castro en su libro Nacha Pop. Magia y precisión (Editorial Milenio, 2002). La otra etiqueta común a los babosos, bastante más extraña que la de chicos buenos, que viendo sus fotos parece bastante razonable, es la de hippies, aunque con distinta graduación; mientras el Zurdo habla refiriéndose a Mamá, Los Secretos y Chokes como de la quinta «hippy-country», Diego Silva en su clásico El Pop Español (Teorema, 1984) habla de ellos como «hippy-progres» en la ficha dedicada a Glutamato Ye-Yé al decir que el grupo de Iñaki «venía a refrescar los ambientes musicales, cargando contra todos los “babosos” (entiéndase antiguos hippy-progres y derivados)». A la contra, Aldarondo comenta del primer elepé de Los Secretos que este «contiene una docena  de canciones que en aquel momento, en una España aún afianzada en el hippismo, la progresía y el sinfonismo, sonaban reveladoras» dejando ver que lo que hacía el grupo madrileño era ofrecer una alternativa al hippismo y los progres. En fin, no hay quien se entere, así que para acabar de liarla podemos ver la crónica de un concierto de Tótem del desubicado Álvaro Pombo publicada en 1980 por El País, en la que del grupo de los hermanos Peñacoba al escritor le interesa «particularmente la mezcla de un vigoroso, alegre sentido del ritmo aplicado a temas musicales clásicos. Eran “variaciones” (diferencias, a la manera utilizada en jazz)». Es cierto que Tótem era el único grupo que sabía leer una partitura, que en las maquetas de Tos —primer nombre de Los Secretos hay una raquítica versión del «Don’t Cry No Tears» del hippy de Neil Young y que el bueno de Pombo no se enteraba de nada.

Si los babosos eran buenos, los irritantes además de graciosetes tenían a la fuerza que ser chicos malos, pero viendo la portada de uno de los números del fanzine irritante 96 lágrimas uno se da perfecta cuenta del increíble cutrerío e ingenuidad que tenían todos en aquellos años. En ese número, el periodista Miguel Ángel Arenas habla con los punkarras de PVP y le pone este bochornoso titular a la entrevista «PVP, un grupo guay del Paraguay». Pero qué podía hacer si el título completo del fanzine era 96 lágrimas, revista de marcha, colega. Espectacular. De todos modos no hay que cargar las tintas sobre Miguel Ángel Arenas por ese titular ya que también tiene en su haber la mejor frase de y sobre la Movida, frase aparecida en un número de 1984 de Rock Espezial: «En 1979 los grupos tocaban muy mal, pero eran todos muy divertidos; en 1984 todos los nuevos grupos tocan muy bien, pero son muy aburridos». Esta es la definición definitiva de la Nueva Ola.

Los demás periodistas, sin importarles la música que hacía cada grupo, prácticamente apoyaron al unísono a las Hornadas Irritantes, hasta periodistas como Juan de Pablos, que en principio uno pondría sin dudar codo con codo en la barricada de la brigada llorona, como diez años después de la polémica califica insistiendo en la gracia a Los Secretos, Los Modelos y Mamá Diego Antonio Manrique en la respuesta a la encuesta de José Luis Gallero en su fundamental Solo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña (Árdora, 1991). Juan de Pablos, él sí un poco arrepentido, comenta en el libro sobre Enrique Urquijo que «Me dejé llevar por esa corriente, al fin y al cabo era el último berrido. Las Hornadas Irritantes hicieron escuela y Mamá y Los Secretos pagaron el pato, quedaron bastante eclipsados, fue un palo gordo». Diego Silva en su libro llega más lejos todavía en su desprecio hacia los grupos babosos y no les dedica ficha ni a Los Secretos ni a Mamá dentro de la sección del índice «La primera generación», solamente a Nacha Pop, dando en cambio cancha a grupos hoy tan borrosos como Distrito 5 o Último Resorte. También es cierto que hubo críticas a Glutamato Ye-Yé, que para mí son algo más que un grupo gracioso ya que cuentan con media docena de clásicos indispensables de aquellos años; por ejemplo, Pedro Calvo en Diario 16 (1984) tras hablar de lo que enganchan las canciones del grupo acaba el párrafo con un demoledor «con estas historias Glutamato Ye-Yé logra renovar el cargado arsenal de himnos excursionistas, canciones de la mili y coplas de borrachería »mientras que un año antes Olmo en El correo español-El pueblo vasco en su crítica al single «Comamos cereales» machaca sin misericordia al grupo diciendo que «ya veremos quién se acuerda dentro de cuarenta años de “Comamos cereales”», que es la misma pregunta que se plantea Javier Urquijo en el libro sobre su hermano, cuando con mucha razón dice «Éramos blandos, ¿y qué? ¿Son blandos los Byrds? ¿Quién queda de las Hornadas Irritantes? Tararéame alguna canción de alguno de esos grupos», como si se le hubiera metido dentro el espíritu del alcalde de Madrid que pasará a la historia por rehabilitar todo el casco histórico de la ciudad, José María Álvarez del Manzano, quien sentenció a la Nueva Ola sin tener ni idea de lo que hablaba en una entrevista en La Vanguardia en el año 91: «Yo no recuerdo un solo libro, un solo cuadro, un solo disco; nada, de la Movida no ha quedado nada».  

Varios años después, ya con perspectiva aunque claramente desde el bando melódico, se podían por fin leer textos más reposados sobre aquellos grupos. En la Guía Esencial de la Nueva Ola Española, editada por el sello Rock Indiana en 1994, de Mamá se comenta que «las melodías que Granados se sacaba de la manga bordean la perfección en su intento de redondear una canción pop; incluso las letras, repletas de tópicos adolescentes, tienen un magnetismo y una personalidad muy particulares», y en la de Los Secretos que siendo «denostados por muchos en sus comienzos —fueron objetivo prioritario de las hornadas irritantes como ejemplo arquetípico de grupo baboso—, Los Secretos han logrado sin embargo ganarse el respeto de la mayoría gracias a una carrera coherente y sólida y, sobre todo, cuajada de buenas canciones». La verdad salía a la luz. Sin embargo la misma guía roza lo cruel en su valoración de Sindicato Malone al decir que en su breve existencia «les dio tiempo a grabar alguna buena canción, sin otra pretensión, eso sí, que servir de banda sonora a una buena juerga».

Podemos cerrar este texto resumiendo en la voz de Aldarondo todo lo dicho anteriormente: «Los Secretos tuvieron huevos para ser como eran: mientras Glutamato Ye-Yé, Derribos Arias, Alaska o Loquillo se protegían con la ironía o el surrealismo». De todos modos al final la sangre no llegó al río y la broma se fue olvidando, José María Granados tras disolver Mamá formó con Patacho, grupos como La Banda del Otro Lado y Buenas Vibraciones, y componentes de Los Elegantes tocaron con Los Secretos en multitud de ocasiones. Y fuera de la trifulca que tantas páginas rellenó en su momento han quedado un montón de canciones clave en la historia de la música española, canciones compuestas en unos años veloces de los que muchos salieron mal parados pero que durante aquellos días tenían un objetivo principal, que no era otro que ligarse a Vicky, y que tan bien explicó un lúcido Antonio Vega en una de sus mejores composiciones para Nacha Pop: «Salir, tocar, para verte sonreír, coger al vuelo el sentido de vivir».


Neutral Corner: Previa del Real Madrid – Galatasaray

 

Esta tarde volveré al Bernabéu a ver un partido de la Copa de Europa. Mi memoria de berberecho no detecta partidos posteriores en este torneo al Real Madrid – Juve del 86 en el que Butragueño marcó el único gol del partido, aunque debe haberlos. Está claro que recuerdo este partido porque fue la primera vez que pisé el Estadio, en mayúscula. Camacho, Platini, Santillana, Laudrup, Hugo Sánchez… Para qué seguir.

En aquel tiempo los mismos necios que ahora nos reímos del Atlético de Madrid por ganar la Europa League llorábamos de emoción al ganarle al Videoton una Copa de la UEFA. ¡Al Videoton! Ay, aquellos años de la Movida, qué cutrerío de gloria. Borja Casani dice en una de las conversaciones recogidas por José Luis Gallero en Sólo se vive una vez (Árdora, 1991) que la Movida acabó el día del 5-0 que nos metió el Milán (los cursis lobotomizados por la prensa purista que obvien la tilde y pronuncien Milan. Ellos, que llaman “colgueit” al Colgate, son la reserva espiritual de Occidente). No está mal traído, ese partido fue el final de muchas cosas.

Y hoy cuando esté bajando el sol caminaré hacia el campo entre los chalés racionalistas que dibujó Bergamín en El Viso recordando otros míticos momentos futboleros de mi vida, como la Copa de Europa del regate de Redondo en Mánchester, que vi íntegra en el bar Marazul de la plaza del Ángel tomando cerveza y jamón de york cortado con hacha con mi colega Santi; o el recuerdo imborrable de mi padre con su cantinela de “jugando así hay que perder” soltada ya en el minuto tres de cualquier partido del Madrid o del Celta que pusieran por la tele; las risas con el libro de cortes de pelo de futbolistas con mi amigo Julián —si hicieran una nueva edición del libro, con los cortes de pelo que se gastan ahora los jugadores, pasaría a ser un libro de terror en vez de uno de risa—; aquellos gritos ya extintos de “¡hay copas de coñac!” en el Bernabéu que le hacían tanta gracia a mi hermano Miguel; el balón que me firmó Amancio; las imágenes en la tele de mi médico el doctor Cadenas, que era el médico del Madrid y que me decía Pirri porque me llamaba como el jugador a quién él también trataba y que por eso siempre fue mi jugador favorito; o aquella temporada que vi en el Centro Gallego de Nueva York con mis amigos Juan y Marcos. Aunque mi historia favorita de fútbol sucedió viendo un torneo veraniego en Galicia, en el pueblo de mis padres: veíamos el partido —unos años antes el Castilla de la Quinta había jugado ese mismo torneo— mis hermanos, mi padre y yo y de repente andado por la banda hacia su asiento vi a Claudino, el tipo de la tienda de ultramarinos al lado de mi casa, señalo hacia él y digo a todos “mirad, Claudino”, todos giran la cabeza y justo en ese momento, no podía ser de otra forma, marcan el único gol del partido. Estoy escribiendo la anécdota y me río yo solo recordando la imagen. Lo mejor es que tampoco vieron a Claudino porque la gente se puso en pie con el gol. Ninguno de nosotros vio el gol y solamente vi yo a nuestro tendero, a quien veíamos a diario en la tienda al comprar el pan.

Por la noche, a la vuelta de nuestra segura victoria —nuestras victorias no huelen a napalm, huelen a fritanga: a churros, a calamares— veré si escribo una crónica que complete estas líneas previas al partido, aunque cargue de doble trabajo a mi correctora quien, rodeada de bufandas —y no precisamente del Madrid— trata de vencer al resfriado que desde hace un par de días intenta acabar con su imbatible sonrisa, algo parecida esa sonrisa —ya quisiera yo— a la que tendré yo mañana cuando llegue a la oficina montado en el carro de goles que le vamos a meter a los turcos.

Ahora que Platini es una mezcla entre el bajista de Los Suaves y Gérard Depardieu quizá el fútbol ya no tenga tanta gracia, o puede que tenga más, pero lo único que tengo claro es que me lo voy a pasar como siempre que piso el Bernabéu, esto es, genial.



Guía de museos de cera

Museo de cera de Madrid

Allá por 2006 escribí para Jazztelia un blog de viajes donde incluí 11 textos sobre otros tantos museos de cera. Obra legendaria para mí, mis cuatro amigos, mis hermanos y mis dos lectores, ahora la recauchuto en un único texto para esta revista de artículos tantas veces cerúleos y a ver si tenemos suerte y nos demanda Jazztelia o como se llame ahora esa página por derechos de autor y me convierto en hashtag como el chavalote ese que boicoteó hace poco un programa de Tele 5. En el más estricto estilo periodístico del siglo XXI la guía está realizada sin haber ido a ninguno de los museos excepto al de Madrid, por lo que puristas y remilgados pueden leer los párrafos a continuación como “Guía de páginas de red de museos de cera”. Puede que alguna de las figuras o incluso alguno de los museos ya no exista, pero prefiero dejar los textos casi como estaban, que no me apetece pasarlo mal repasando las páginas de cada museo.

Aunque hace poco que la movimos unos metros, el Museo de Cera de Madrid sigue estando al lado de la estatua de Colón, que con ese movimiento en diagonal reconocemos como alfil en la partida de ajedrez con monumentos que jugamos los madrileños contra no sé cuál otra ciudad del mundo —nuestro anterior movimiento fue situar la Puerta de Hierro, que sería una torre, a cien metros de su lugar original—, y de una de las repulsivas esculturas de Botero. Creado en 1972, sigue la estructura de todos los museos de cera del mundo, por lo que tiene secciones de espectáculos con los Beatles y un tremendo E.T. como estrellas; deportes donde no le duelen las rodillas a Rafa Nadal; infantil con un Harry Potter que da pánico; historia, que es la sección más descacharrante con un Séneca que puede ser cualquiera y unos Reyes Católicos que parecen Karina y aquel marido peluquero que tenía; y literatura con un Neruda para el que apuesto todo lo que tengo a que usaron como modelo a Juanito Navarro, algo no tan lejano a la realidad como pueda parecer. Tras este punto y seguido llega lo mejor del museo, lo que lo distingue de otros, que son las escenas de crímenes clásicos, brutales, que están en la parte de terror —aunque, como bien sabemos, cualquier sección de un museo de cera, como toda peli de Van Damme, es de terror—, la recreación del cuadro de Goya de El tres de mayo de 1808 en Madrid y la zona de tauromaquia con distintas cogidas y la muerte de Manolete (¡Don Luis, que no veo, no veo nada!). Ya fuera del museo hay un túnel del terror que es la puerta de entrada al centro mundial de la caspa. ¡No entren!

Nunca he ido a Praga pero creo su museo de cera es de los últimos sitios a los que iría ante la tan alabada belleza de la ciudad, y eso que el Wax Museum Praha además de todo el encanto grasiento de los museos de cera tiene alguna sección antológica. El museo tiene dos sucursales, una en la calle Mostecka 18 que trata de la historia antigua de la ciudad y de la República Checa, donde destaca una más que fantástica imagen del Golem, el bichejo de barro de la mitología judía que cobra vida y que protagonizó unas cuantas películas mudas de terror. En la otra sucursal, la de la calle Melantrichova 5, está todo lo gordo con los amigos Mozart y Einstein acompañando a una Navratilova que parece arrancada de la fachada de una catedral románica de lo poco flexible que parece y al omnipresente Kafka con sus orejas, su traje y su cara de cera —como Kafka era él mismo de cera, es la figura más aparente de todas—. También aparecen por ahí héroes del siglo XX como Juan Pablo II o Vaclav Havel. Ya que el museo no tiene una sección de terror propiamente dicha, han decidido hacer la escena más terrorífica de todos los museos de cera del mundo: nada más y nada menos que la Tribuna diktátorů, en donde en un estrado están juntos varios de los mayores criminales del siglo XX, Lenin, Stalin, Jrushchov, Breznev, Mao, Castro, Gottwald y Husak (estos dos últimos no sé quiénes son, pero los añado porque me fío del curator del museo y estoy seguro de que mis amabilísimos lectores se saben la biografía de estos dos pájaros mejor que la estructura de Lost y The Wire juntas). Grandioso.

Museo de Cera de Praga

El edificio que alberga el Museu de Cera de Barcelona es el mejor edificio de museo de cera del mundo; construido en 1857, es monumento histórico artístico. Lástima que en la fachada estén Supermán y C-3PO haciendo el tonto y se carguen la serenidad de este edificio tan siglo XIX, aunque a lo mejor el edificio está protegido justamente por tener al petardo del robot dorado colgando de la puerta. En el museo, como en todos los museos de cera, una parte de ciencia, una parte de historia —atención a ese tremendo hombre prehistórico— y una parte de terror con el consabido Frankenstein, además de estrellas del cine y la literatura representados esta vez por una aseada tropa de personajes de Star Wars y los eternos Sancho Panza y Don Quijote. También sobresalen unos ideales Príncipe de Gales y Camilla Parker preparados para la caza del zorro, con la bellísima Camilla relamiéndose al ver a su chico, y un Dalí, quizá el personaje que está en más museos de cera, en plan clavel reventón. Desde aquí animamos a los amigos de la Fundación Gala-Dalí a hacer una exposición con todas las figuras de cera de Dalí que hay por los museos de cera del mundo, algo que al pintor seguro que le encantaría. El museo también incluye El Bosc de les Fades, un repulsivo pasaje con gnomos, ondinas y demás hierbas altamente no recomendable y el Passatge des Temps, una especie de exposición de papiroflexia que no tiene mala pinta.

Museo de cera de Barcelona

Con permiso del de Londres, el Museé Grevin de París es el museo de cera más importante del mundo, incluso algunas secciones del museo son monumento nacional. Abierto desde 1882, dos años después del turrón, el museo debe su nombre a Alfred Grévin, dibujante humorístico y escultor. Las partes más clásicas son Théâtre Grévin —la parte que es monumento histórico— y el Palais des Mirages, que ya andaba dando guerra en 1900. Las mejores escenas de este museo son, cómo no, la pobre Juana de Arco en plena barbacoa, los primeros saltitos de Teletubbie de Armstrong en la luna, la travesía del Canal de la Mancha de Blériot en 1909 —oh, qué bonito es el homenaje que le hizo Lagar a Guynemer—, y la victoria francesa en el Mundial de Fútbol de 1998 con el genial Zidane a la cabeza. Como siempre en un museo de cera se juntan personajes de verdad como Aznavour, Luis XIV o Picasso con gallinas que, gracias a Dios, desaparecerán, como Naomi Campbell, Pavarotti o Céline Dion.

En la zona del Fisherman’s Wharf de San Francisco está The Wax Museum. Abierto desde 1963, cumple con creces todo lo que podemos esperar de un museo estadounidense, ya que se pueden alquilar las salas de distintas formas para celebrar el cumple de tu peor enemigo o un evento para que tu empresa quede a la altura del betún. Una de las opciones es la Murder Mistery, en la que salen unos pollos vestidos de detective en las salas de crímenes y detienen a los invitados importantes, vamos, al del cumple; si la fiesta es en la sección de celebridades los actores se visten de Star Trek —próximamente en Jot Down “Mitologías inventadas (II): Star Trek”— y payasadas por el estilo. Vamos, un espectáculo a todas luces lamentable, pero que debe ser la risión si tú ese día no eres Carrie. Ya en el museo, en la sección de historia y ciencia destaca un Bill Gates contrahecho; una cosa llamada palacio de arte con las top-models del arte: Van Gogh y Da Vinci; una extraña y descacharrante sección egipcia con Tutankamón en plan Cher, su coronación, vida y descubrimiento de su tumba; la típica cámara de los horrores; y para acabar la sección de deportes y espectáculos, con Britney Spears, Beyoncé, las asquerosas de mis adoradas gemelas Olsen, Mr. T y otras joyas, sobresaliendo la escena de El Mago de Oz, con el bueno de Totó. ¿Quién no querría un Totó de cera? ¿Lo venderán en la tienda? ¿Y si regalamos con el próximo número de esta magnífica revista un Totó de cera a cada suscriptor?

Museé Grevin

El museo de cera de Londres es tan conocido que se ha convertido en una multinacional, ya que además del Madame Tussauds London existen sucursales en Nueva York, Ámsterdam, Las Vegas, Shanghái y Hong Kong; ¿y qué pasa con Dubái y San Petersburgo, señora Tussauds? Lo mejor del museo es que uno puede comprarse una figura de cera de uno mismo, algo que a Liberace le encantaría pero que en mi opinión es la idea más espantosa del mundo. Qué horror, qué horror. De las secciones del museo, cuyas figuras, hay que reconocerlo, al contrario que en los demás museos de cera, se parecen a los originales, quizá la más interesante sea la de Spirit of London, una historia de la capital británica desde Shakespeare hasta el Swinging London, con una preciosa Twiggy modelada especialmente para que babeen los gafapastas, pasando por mi amigo Dickens —quien escribió sobre la señora Tussauds—. Es como todas, pero en este caso nadie debería perderse la cámara de los horrores por respeto a los inventores del terror moderno.

La gran capital de México también tiene su museo de cera, que se divide en dos museos, el Museo de Cera propiamente dicho y el Museo Ripley’s, una marcianada que muestra chorradas como una réplica en cera del hombre más alto del mundo, cabezas reducidas de los jíbaros ecuatorianos, el hombre con dos pupilas en cada ojo o animales extraños, todo ello en un edificio con forma de castillo medieval de Exín Castillos. ¡Bravo! Pero el museo de cera está muy bien, básicamente porque tiene una figura de Lina Morgan, a quien todos odiamos hasta la adoración, muy bien acompañada por Raúl y Paco Rabal entre las estrellas españolas; una supertétrica Sala de los Presidentes, en donde están todos los presidentes mexicanos de pie mirándote con cara de pocos amigos; iconos pop como Gandhi o Lutero King; un Hugo Sánchez trotando espectacular y multitud de personajes con pelucón y mostacho de la historia de México.

Además de los museos de cera generalistas también hay extraños museos temáticos, como el Museo delle Cere Anatomiche “Luigi Cattaneo”, que está en la Università di Bologna de la ciudad italiana de Bolonia. Este museo, bastante asqueroso y grimoso, es el resultado de la fusión de dos antiguas instituciones, el Istituti di Anatomia umana y el Istituti di Anatomia patologica de la universidad boloñesa en los años 70 del siglo pasado por el profesor Cattaneo. En sus vitrinas, que desde lejos parecen casi cajas de Joseph Cornell, pueden verse diversas deformidades humanas y estudios de anatomía humana. Desde luego, si alguien se pasa por este museo en vez de dar la última vuelta por la ciudad antes de pillarse el taxi al aeropuerto, una de dos, o no soporta la belleza, o es que es un especialista en anatomía. La pregunta es, ¿vio mi amiga Rosa este museo durante su Erasmus y por eso se quedó así?

Museo Ripley's

Buenos Aires no podía quedarse sin un buen museo de cera de la historia de Argentina. Creado por una única persona, el profesor Domingo I. Tellechea, el museo abrió las puertas en el año 1980. Situado un precioso edificio neorrenacentista del barrio de La Boca, el Museo Histórico de Cera bien merece una visita si, como en el resto de ciudades, lleva ya uno varios días paseando por la ciudad —ojalá que con ella de guía, con su pelo sin atar, sol y estrellas, 100% natural: todo lo contrario a una figura de cera—. Impactantes imágenes de peleas de gallos, de la vida de los gauchos, de los fundadores Pedro de Mendoza y Juan de Garay, de diferentes caudillos y personajes históricos pueblan este interesante museo, que ha dejado inteligentemente de lado las payasadas de la momia y su túnel del terror para especializarse sabiamente en la historia de la Argentina. Aunque imagino que pueden hacer un fraude en sus estatutos y presentar a Cris Kirchner poniendo en su cartela que es la momia. No creo que nadie encuentre ninguna diferencia.

Al igual que el Museo Histórico de Cera de Buenos Aires, el Museo de Historia Griega de Paul Vrellis no expone ni a Michael Jackson ni a Charlot para centrarse en la historia del país. Situado en la ciudad de Ioánina, trata exclusivamente de la historia de la Grecia moderna dejando de lado —sabiamente en mi opinión— la historia de la Grecia Clásica, para fijar su mirada en la independencia de la nación a principios del siglo XIX, época romántica de revoluciones e independencias en todo el planeta. Casi el ochenta por ciento del museo se dedica a esta gloriosa época, con multitud de personajes con bigotazo y pelos encrespados en grutas y ruinas, mientras que el resto de la exposición se centra en la participación griega en la Segunda Guerra Mundial, con los mismos muñecos de bigotazo y pelos encrespados con metralletas en vez de trabucos.

Para acabar con esta guía de museos de cera que tanta gloria me ha dado voy a hablar del Miracle’s Wax Museum de la ciudad austríaca de Salzburgo, un museo dedicado a lo más cursi de la importante historia de esa zona de Austria. Evidentemente hay una gran parte del museo dedicada a Mozart, con incluso un especial de La Flauta Mágica donde también está un Von Karajan estupendo. Pero lo más molón del museo es la sección Sissi, las fiestas y toda ese rollo tirabuzones y mangas de farol que te hace pensar que estás en el especial del Un, dos, tres sobre Sissi, y también la escena de Sonrisas y lágrimas, con una Julie Andrews rodeada de sus yogurines realmente brillante. Es quizá el museo más repipi del mundo. Habrá que ir a verlo, de todos los de la guía es quizá el que más me apetece.

Y ya. No creo que vaya a ninguno de estos museos, pero ya bastante tengo con no poder dormir desde hace años por haber cometido el error de escribir este pequeño viaje por los museos de cera del mundo.

Miracle's Wax Museum


Carta de amor a la Infanta Elena

Si es una convención comúnmente aceptada el que todos los republicanos son bobos, nunca se nos ocurrió pensar a los que no somos republicanos que nuestra cabeza de partido, siendo Rey, fuera también como los adoradores de la tricolor, pero el guardiolismo imperante y amenazante ha hecho que Don Juan Carlos I —familiar al fin y al cabo de Fernando VII— pida perdón por cazar un elefante, algo que todos sabíamos que llevaba haciendo toda la vida y que desde que Aníbal vino a enseñarnos lo que era una trompa llevan haciendo todos los reyes en Occidente. Y bien que hacen. Lamentable e indigna esa disculpa, Majestad. La república no es más que una vulgaridad yanqui que consiste en calzar sandalias y llevar bermudas y gafas de sol (No vengas, por favor, a por mí con gafas negras) mientras repites como un loro supermartes o jonrón. No existe nada mejor que ser súbdito de un rey y no hace falta irse muy lejos para ver cómo los franceses se mueren de envidia al ver los peinados de nuestros condes y marqueses, y que por mucha cara de avinagrado que pusiera Chirac cuando te miraba por encima del hombro mientras balbuceaba algo de la gloria incólume de la vieja Francia todos sabíamos que le iba más el armiño que a un periodista deportivo español una tiza y que le entraba el tembleque si le decían que actuaba Duquende en París.

La Infanta Elena es el único Borbón que mola, tanto más que un Borbón parece un Austria, que es lo máximo a lo que puede aspirar un miembro de la realeza (aunque ni Borbones ni Austrias, lo que queremos de verdad es que reine la dinastía Timbre, regente desde hace ya casi un año). Desde aquel infausto martes de octubre en que falleció Baltasar Carlos no había habido nadie a quien los monárquicos pudiéramos amar de verdad hasta que la Infanta Elena fue alumbrada por su madre. Ella es el único futuro viable de la Monarquía Hispánica y ha logrado salir inmaculada del vodevil familiar plagado de anécdotas que harían sonrojar a Ozores, como la seguramente falsa —aunque ya decían en El hombre que mató a Liberty Valance que “en el Oeste, cuando la leyenda supera a la verdad, publicamos la leyenda”— sobre el nacimiento de nuestro actual Rey en Roma, donde su padre, Don Juan, no estaba presente. Estaría el angelito cazando o siendo cazado, qué más da. Así que Alfonso XIII pidió prestado un bebé chino que había nacido el mismo día, o unos días antes, y cuando llegó don Juan al hospital se lo presentó como si fuera su recién nacido hijo y futuro rey de España, al tiempo que le decía “mira lo que has tenido”. ¿Suena a Esteso y Pajares o no?

Ahora que los niños del Brasil (¡Los niños son iguales!) ya no hacen carantoñas a la prensa y sus padres viven encerrados en algún soleado rincón del oasis llamado vulgarmente “pequeño país”, nos reafirmamos en que la clonación o la hormonación no son el camino para crear reyes pero sí pulgas y que Felipe —aka Froilán— y Victoria —aka la hermana de Froilán— son los verdaderos continuadores de la gloriosa línea que lleva de los conquistadores extremeños a los humoristas del destape y de los poetas místicos a algunos oscuros centrales bigotudos del Rácing y del Osasuna, y deseamos con vehemencia ser súbditos agradecidos de estas dos criaturas como ya lo somos de su madre, aunque esta no vaya a reinar por culpa del infecto machismo que todavía gobierna nuestra nación y que hace que el marido de la periodista esté el primero de la fila para sustituir a Campechano.

Nosotros, que iniciamos hace años una cuestación en Antigourmet para erigir una estatua ecuestre a Gallardón cuyo montante nos gastamos en una pepitoria de gallina en Casa Ciriaco, justo debajo de donde Morral tiró su Orsini (Con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones), ahora nos proponemos hacerla pero de la Infanta Elena, que con esa pinta de Reina María Luisa que tiene cuadra perfectamente montada a caballo en medio de una plaza. Cuando esté hecha quitamos la obra maestra de Querol que envolvió la becaria de Christo y Jeanne-Claude con bolsas del Caprabo y que el Ayuntamiento de Madrid tiene en una rotonda cochambrosa al lado del Matadero y ponemos la nuestra, y que la haga Kiko Argüello ya que Carla Duval nos ha dejado; así Elena parecerá el Ecce Homo de Borja. Y allí quedará la Infanta, con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, esperando a que algún autobusero rebotado se la lleve por delante. Cuando vaya a ser la inauguración del monumento sacaremos en procesión la imagen de Marichalar que cobardemente retiró el Museo de Cera de Madrid cuando se separó de Elena para que sus feligreses podamos de nuevo pedir su intercesión en nuestros asuntos, aunque si él no nos ayuda nos conformamos con que alguna de las novias eslavas con pinta teen de su hermano el de la moto de agua nos diga hola a menos de veinte metros.

Elena, que tiene la belleza serena de la mujer madura, española y valiente, cristiana y decente, supo llorar en las Olimpiadas de Barcelona como nadie ha llorado, veinte años antes de que Muniain avergonzara a todos los españoles con sus pucheros, llorando por un miserable partido de fútbol que además perdían desde el minuto siete. Por el contrario, las lágrimas de Cañizares no nos avergonzaron, sino que provocaron en todos nosotros un júbilo que no experimentábamos desde que Paquito Fernández Ochoa —que no fue más que la Anunciación de la preciosa baba congelada del inmortal Juanito Muehlegg— bajó rodando aquella montaña llena de nieve y nos trajo una medalla.

Si en el mundo actual defendemos la excelencia, o al menos hablamos todo el rato de ella mientras vemos basura en cualquier programa de LaSexta, en Deportes Cuatro o en Sálvame, la única excelencia, excelentísima señora, es la Infanta Elena. Todos sabemos que el Elenismo va a llegar, y que seguramente sea de guardarropía como lo fue el Carlismo (nosotros siempre fuimos más Carlistas de Carly Simon que de Don Carlos), pero poco importa. Ella también salvará el toreo, logrando que Ruiz-Quintano deje de llamar ovejas a los toros y que las Ventas parezca de nuevo un cuadro de Solana y no la Fashion’s Night Out gallardoní que parece ahora. ¡Fuera los petos de los caballos, copón, ya!

Desde aquí queremos gritar a todo el mundo que queremos que Elena María Isabel Dominica de Silos de Borbón y Grecia nos gobierne, que nos dé golpecitos en la calva como Benny Hill, que con la cabeza bien alta cace todas las alimañas del monte que desee porque nosotros siempre estaremos a su lado, y que si nos exige el diezmo lo pagaremos con fervor (siempre será menos ese 10% que el 50% que pagamos ahora, que diría el amigo Chinchetru) para sufragar los gastos de su Corona. Amemos a la Infanta Elena como ella nos ama a nosotros, porque ella soplará por nosotros la potente fragua que el hombre libre ha de forjar.

 


Aproximación a los bares madrileños para puretas

Educación exagerada, nombres británicos, madera y cristaleras, detalles dorados, capitoné por todos lados, camareros disfrazados de Garci recogiendo el Oscar, posavasos obligatorios, olor a laca, el domingo a los caballos, puros, abrigos de piel, Neville, loden y botones de madera, Marlboro, cacerías, trajes, ABC, patatas fritas, zapatos castellanos, Real Madrid, ranciedad ilustrada, almendras, camisas con las iniciales bordadas, barrios de Salamanca y de Chamberí, Pintor Rosales. Madrid eterno.

La única manera de que mi querido Madrid siga vivo ante los indecentes ataques del fua y de los gintonics de flores es que los bares para puretas, verdadera y última Reserva Espiritual de Occidente, sigan existiendo. Como dice mi amigo Fernando, coautor junto con mi hermano Miguel de este texto y Gran Visir del barrio de Salamanca, si algún aciago día desaparecieran las señoras dignas del barrio de Salamanca, fauna y a la vez flora del barrio, y quedaran vacíos estos bares, deberían hacer como en los castillos escoceses y poner en ellos muñecas de cera vestidas de dueñas de caniche. Porque si algún día cierra alguno de los pubs más señeros de la secta pureta sería como si cerraran de golpe Chicote, La Vía Láctea, Los Torreznos, Siroco y José Luis. Soportamos con dolor el cierre de Bruin, pero ya no podríamos con más pérdidas. Si desaparecieran los sitios para puretas, Madrid ya no sería Madrid.

Imagino que este tipo de local lo hay en todas las capitales de provincia, al menos en todas en las que celebraban bailes para debutantes, como todavía los vemos en la alcanforada Pontevedra, y que todos los Derby que pueblan España son en realidad estos bares madrileños, todos de un impostado elitismo británico cuando no son nada más que liceos de pueblo. En mi ciudad, el siempre estiloso, convencional, vanguardista, casposo, engominado, envidiado y entrañable pijerío madrileño, que aún recuerda con temblores el increíble drama que supuso en tantas de sus casas el paso de los trajes de dos botones a los de tres, o de los zapatos castellanos a los de cordones —no valiendo nunca medias tintas, y si tienes que partirte la cara defendiendo el traje de dos botones como el primigenio traje de hombre, lo haces— y que sin pestañear llamaría frívolo a Felipe II a la vez que se marca unos pantalones color pistacho o unos náuticos azul celeste que harían palidecer a Dick Van Dyke en Chitty Chitty Bang Bang, se atrinchera en estos magníficos bares de pinta inmemorial que en el fondo son más hijos de La Movida que cualquiera de los antros para roqueros pudientes de Malasaña.

Acerquémonos pues con devoción a estos templos y tracemos un pequeño mapa del capitoné capitalino, empezando por el magnífico Gregory’s de la calle Velázquez casi esquina Goya, local que pasa totalmente desapercibido entre tanta tienda. El Gregory’s sobrevive muy anticuado, tanto que en realidad es una peña de amigos de pueblo en pleno barrio de Salamanca, pareciéndose incluso a la Cafetería Oasis del pueblo de mis padres, que tenía un ala del local reservada en exclusiva para yonquis —zona que tomaron como suya sin que los camareros hiciesen nada— mientras en el otro lado del café las familias seguían tan tranquilas merendando en una convivencia tan repulsiva como increíble que terminó hace unos años cuando los dueños tapiaron la sección intravenosa. La parroquia del Gregory’s se divide a partes iguales entre señores que esperan a que sus señoras acaben de comprar, viejas del barrio, turistas sudorosos y lectores del ABC. Si seguimos por Velázquez pasamos de largo por el cutrerío del Hotel Adler y su no-bar y llegamos hasta el Hotel Velázquez, este sí rancio a más no poder, donde además del elegante bar del hotel, en el local de al lado hay otro típico bar para puretas, La Ruleta, el sitio perfecto para nostálgicos de los bares con dardos y olor a lejía. Su decoración totalmente pub le hace a uno retroceder treinta años de golpe; vamos, una pesadilla. Cerca y a la contra de La Ruleta está el mítico Embassy, más para señoras que otra cosa y con una tarta de limón que es mucho más importante que la Victoria de Samotracia, y en donde el padre de un amigo le dijo a su hijo cuando iban los dos a merendar tras volver de vacaciones si pretendía entrar en Embassy vestido para ir a la playa, yendo el pobre con un Lacoste rosa y unos pantalones de pinzas. Ese es el nivel. Un aplauso a ese padre. De ese mismo palo y dejando para otra ocasión al discreto Colosimos Pub de Ortega y Gasset, nos acercarnos dando un paseo hasta el Capitán general del Ejército Pureta, el excelso Milford de la calle Juan Bravo, justo enfrente del palacio de la embajada de Italia. Esas vidrieras ya nos hacen presagiar que algo importante va a suceder, y sucede; el cuero en la barra al que uno se abraza como a su doudou, la lámpara de araña de casa de la abuela (aquí sí, y no en los nombres de los platos) y la decoración con cierto tono marítimo de capitanes en el pantano de San Juan (¡Esos cojones, en Despeñaperros!) del Milford hace que uno se sienta en él como el maharajá de Kapurthala aunque pida un Trina de naranja. Para aumentar si cabe la belleza pureta del local, la última vez que fui estaba charlando el venerable Juan Manuel de Prada con unos acólitos. ¿Quién sube la apuesta? Hagan juego, señores.

Ningún barrio mejor que Chamberí para disfrutar del puretismo en su máxima expresión. En la siguiente jornada nos dedicamos a los bares de Eduardo Dato, calle donde en una boda le pasó a mi hermano algo genial, una idea de negocio brutal en la que los mendigos de la iglesia pedían cien euros cada uno al padrino si no quería que salieran en todas las fotos; dinero que consiguieron porque nadie quiere ni mendigos en las fotos, ni atrasar la boda una hora para que la policía resuelva el asunto, ni pegarse antes de que se case tu hija. Casi contiguos, el Mazarino y el Richelieu libran una batalla clásica para llevarse al coleto el mayor número de viejecillas con el pelo morado del barrio. El Mazarino gana claramente, al mantener ese aroma rancio a casa cerrada que te hace sentir nada más entrar como en casa de tu tía la del pueblo. El trato es tan excelente que a veces piensas que se están cachondeando de ti. La decoración, con el retrato de Mazarino presidiendo el local, no puede ser mejor. Como a cincuenta metros más arriba, su gran enemigo Richelieu intenta comparársele con algunos salones de imitación inglesa en la planta baja, pero la parte de arriba, demasiado impersonal, hace que pierda unos puntos que ni las espectaculares corbatas negras de los camareros logran recuperar. Un poco a desmano, en la sección off-Dato, tenemos que anotar en el mapa al bar El Yate, local gigante y casi perfecto en General Martínez Campos, al lado de un pub irlandés (queda en el tintero un artículo sobre la fábrica de antigüedades falsas para bares irlandeses), locales ambos donde Sorolla seguro que se lo pasaría de miedo hoy en día con la Clotilde. No pasamos tampoco en nuestro tour por el Bridas, en Zurbano, pero sí que podemos resumir en un segundo su esencia, verdadera antología pureta: un amigo que iba todas las tardes tras el trabajo a cogerse su melocotón y a quien nada más entrar le ponían su copazo, un día apareció con su esposa y el camarero en el acto le preguntó “¿Qué desean los señores?”

Al pub Members de Capitán Haya no llegamos en nuestra exploración, quizá por miedo al sospechoso pilinguismo del nombre, pero sí al Charing Cross de Pintor Rosales, otra de las leyendas de este tipo de bar. Lo gigante de la terraza choca con la pequeña planta de calle, casi sin sitio para sentarse. Todo el local forrado de cuero y los camareros intercambiables con otros bares de este texto hacen que poco más haya que añadir; hay que ir a tomarse unas croquetas semicongeladas allí para disfrutarlo. Para cerrar este pequeño recorrido que gustosos los amables lectores completarán y refutarán, nos acercamos una tarde al Seis Peniques, pero al fetén de la calle Alfonso XII, no a ese que está cerca de ese estadio desde donde Snake Plissken Mou y sus forajidos dominan el mundo, a tomar la última tónica del verano. Ya cuando llegas a la puerta y ves a dos parejas maduras jugando al parchís en la terraza de la acera sabes que has acertado. Dentro, penumbra, madera y cuero negro en asientos y barra, y horrendos cuadros de paisajes y ruinas. La parte para olvidar, que había ruido de fondo y era El último de la fila. Dentro, lo que uno espera de un sitio así, tomando la primera de la tarde dos o tres encorbatados de esos que creen que es de empleadas del hogar ir de compras y luego cargar las bolsas y prefieren que le suban la camisa recién comprada a casa. Y aquí damos por finalizado el recorrido, con ganas de salir a la calle a respirar un poco de aire y a rezar para que nadie ose tocar estos bares que guardan la esencia del viejo (o antiguo, o anticuado) Madrid.

 

 

 


José Martínez: El libro y la película

Dentro del género de las novelas de la nebulosa que inaugura Ramón con El hombre perdido creo que la peli y el libro de los que voy a hablar deberían estar entre sus obras maestras: Elisa, vida mía de Carlos Saura y Calle de las Tiendas Oscuras de Patrick Modiano. Ambas obras caminan a tientas entre la niebla; como dice Ramón en el prólogo a la novela antes citada: “Hay una realidad que no es surrealidad ni realidad subreal, sino una realidad lateral. En los sindulios del beloferonte no hay más que huevos fritos y lógica bostezante”. En esa realidad lateral es donde se mueven las obras de Saura y Modiano (lo de los sindulios del beloferonte no tengo ni idea de qué es, pero la verborrea de Ramón es tan brillante que me apetecía ponerlo. Si alguien lee esto y sabe qué es, que lo explique si hace el favor en un comentario).

Si en la novela de Modiano el protagonista buscándose a sí mismo cambia de nombre y casi de personalidad cada diez páginas, llamando a docenas de puertas que no llegan a ningún lado y tirando de hilos casi invisibles que le llevan a ese oscuro pasado de desocupado en el París ocupado y la posterior huida a Suiza a través de las montañas nevadas, donde deslumbrado por la nieve —¡Oh, Dios mío, está lleno de estrellas!— comienza su melancólica amnesia, en la película de Saura es la narración la que salta de un personaje a otro, Elisa, su padre y su madre, no quedando claro —y mejor así— quién habla en cada momento, si Elisa lee el diario del padre o escribe su diario ya convertida en su padre —Luke, yo soy tu padre—, si es un recuerdo del padre, de la madre, si es locura, presente, imaginación o recuerdo.

Saura, que es el mejor director de la historia del cine español, acompañado en el podio por Berlanga y Erice —lo sentimos mucho por Don Luis—, en una casa de campo segoviana aísla al inmenso Fernando Rey, quien en el fondo no sabemos si es real o simplemente es una proyección de su hija Elisa, tan lúcido como el Fernán-Gómez de El espíritu de la colmena y que se dedica a dar clases en un colegio de monjas en Segovia y a dar paseos por el campo mientras escribe sus recuerdos. Súper Geraldine Chaplin en el papel de Elisa, nombre cuyas tres primeras letras me fascinan, le visita con su hermana y empiezan los diferentes planos a mostrarse creando una poética confusión en donde todo vale y uno acepta todo lo que pase sin necesidad de explicación. Un personaje recuerda que en su casa de Madrid en el aparador había un juego de té de porcelana blanca, otro que ese juego era de porcelana pero azul y otro que éste en realidad era de plata. Una foto lo aclara. Fotos que también son clave para que el personaje de Modiano —el único escritor vivo interesante— se busque a sí mismo, dando tumbos entre emigrados rusos, jockeys retirados, fotógrafos de moda, pianistas de night-club y demás fauna parisina enseñando una foto en la que cree que sale él de joven, esperando que alguno de ellos le reconozca y le aclare quién es.

Tanto el libro como la novela tienen escenas de una belleza arrolladora, como la casual conversación en un bar entre Pedro y el jockey amigo de correrías durante la Guerra a quien conoce pero no reconoce, en la que Pedro con la información que ha ido recogiendo en capítulos anteriores consigue hilar una conversación con el jinete llena de dolor. La escena en la que Elisa rompe definitivamente dentro del coche con su marido, cansada de tanto aburrimiento y de promesas no cumplidas mientras él balbucea pidiendo una última y absurda oportunidad para volver a empezar, oportunidad que Elisa le niega porque ese volver a empezar será volver al dolor y al aburrimiento: no cambiamos. El capítulo en el que Pedro visita al fotógrafo de moda para sacarle algún dato de la que fue su esposa y éste obsesionado le cuenta el asesinato de un antiguo novio suyo en el que estuvo implicada ella y en el que acaban llamando por teléfono al asesino simplemente para escuchar su voz. La cena de Elisa y su padre comiendo pasta, contándose recuerdos y reproches. Casi todo en ambas obras es perfecto.

Para mí son dos obras maestras, el libro, directo, casi una novela negra, se lee perfectamente en un día y está lleno de esa melancolía e indefinición que cubre toda la obra del gran Modiano. La película es tan fascinante como compleja —yo realmente no sé todavía de qué va, al igual que me pasa con El sueño eterno—, aunque en este caso la fascinación gane a la complejidad haciéndola tan mágica que poco importa que uno no se entere de lo que pasa. Así en el siguiente visionado la película será diferente. Nadie debería perdérselas.

“¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver, con largo apartamiento,
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?

Garcilaso

 


Viaje de Mario Camus hacia Ignacio Aldecoa

En los años ochenta del siglo pasado Mario Camus se convierte en el rey del guión adaptado del cine español; esos años escribe y dirige versiones, para televisión o para cine, de genios como Galdós, Cela, Delibes, Lorca, Barea y, horror, Cebrián. Veinte años antes, durante su aprendizaje, dirige algunas películas de Raphael, colabora con Saura, hace espaguetis con Terence Hill y escribe y dirige dos adaptaciones de Ignacio Aldecoa (la tercera la haría ya avanzados los setenta). Con los cuentos de Aldecoa aprende su trabajo, y lo hace cuando las obras del cuentista vitoriano todavía están frescas (Young Sánchez, la primera, la dirige Camus a los cinco años de editarse el cuento, y el propio Aldecoa colabora en el guión). Al contrario que los autores de las adaptaciones de los años ochenta, Aldecoa todavía no era un clásico. Ahora ya lo es.

Partiendo de que todas las películas de boxeo, como las de submarinos, son buenas, Young Sánchez brilla de un modo especial en la historia del cine español por las magníficas escenas en los gimnasios (que tanto gustarían al capitán Oveur) y por los alucinantes escenarios barceloneses que muestra y que en su mayoría, madrileño yo, lamentablemente no reconozco —mi Barcelona son algunas canciones de Loquillo y unos cuantos libros de Marsé—. Aunque el cuento se desarrolla en Madrid, Camus lo pasa a Barcelona, imagino que por imposición de la productora, y la película gana gracias a la estética portuaria (esa pelea al borde del mar que seguro que hace llorar a Sabino) que luego solamente se vería en alguna peli de Bruno Lomas y antes en el cine negro de A tiro limpio y otras extrañas joyas negras que hace poco emitió 8madrid TV (¡larga vida a Enrique Cerezo!). Las escenas lo-fi a la salida de la fábrica de Olivetti, rodadas desde lejos de forma documental, el aperitivo con el capitalista con la Monumental como telón de fondo o la pelea final dentro del bellísimo edificio Gran Price ya no las voy a olvidar.

Si el cuento de Aldecoa son tres pinceladas en las que se muestra la vida de barrio del boxeador aficionado Paco Sánchez, quien quiere pasar al profesionalismo para ser Young Sánchez, con la hermana fea, la madre enferma, el padre ansioso del triunfo de su hijo —interpretado por el capitán de todos los mitos, el excelentísimo Luis Ciges—, los compañeros del gimnasio y de la fábrica y amigos ex-boxeadores que, como personajes de Garci, hablan de un mundo desaparecido, en la película Camus y Aldecoa se ven obligados a crear un argumento, y lo hacen sin salirse ni un centímetro del tópico: joven humilde y ambicioso saca la cabeza fuera del barrio olvidando a quienes le crearon —argumento que Camus repite con un Raphael ultraamargado en Cuando tú no estás—. Los desconocidos del reparto —excepto Ciges y Carlos Otero, genial como boxeador fracasado, actor que también sale en la de Raphael y en A tiro limpio— y el blanco y negro un tanto costroso crean un neorrealismo de andar por casa con zapatillas de cuadros donde las lágrimas no dejarían de correr por nuestras mejillas si en vez de Julián Mateos estuviera Alain “Rocco” Delon haciendo de Young. El protagonista, al dejar atrás a sus amigos del gimnasio —y no dejando que su hermana se dé el lote con un chavalote en la calle— se hace un personaje antipático y la cinta, sin un personaje central que caiga bien, se hace un poco cuesta arriba. Camus trata de suplir esa carencia llenando al entrenador de humanidad y sabiduría maqrolliana, ya que sabe desde el primer momento que Young le va dejar porque es lo que siempre sucede (leer esto último escuchando Qué nos va a pasar).

Las escenas sin ningún asidero en el texto de Aldecoa, como la boda del boxeador que ha vuelto exitoso de la Argentina —con la maleta cargada en mi imaginación de facturas para la dulce Eli— en una terraza al lado de un canal desconocido para mí, con botellas de El Gaitero en las mesas, confirman a Camus como el mejor retratista de la vida de la gente sencilla de aquella época. Esta boda, junto con la de Cuando tú no estás —que se note que soy un rendido admirador de Raphael y que creo seriamente que es una gran película— valen por todas las cintas del NO-DO que se conserven y por todos los Vivir cada día de la Transición, mostrando bodas normales —uy, casi digo humildes, palabra proscrita por mi credo mourinhista— tan lejos del repelente espectáculo de las bodas actuales —donde incluso se ha desterrado lo único que me gustaba, que era partir la tarta con una espada, y hasta se ha prostituido la salida de la iglesia cambiando el arroz por los asquerosos pétalos de rosa— que parecen sacadas de un museo etnográfico. Ya lo dijo aquel ex-ciclista, estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.

La segunda de las adaptaciones es Con el viento solano, en este caso una novela, en la que se relata la huida hacia adelante de un gitano —Antonio Gades— tras cogerse en una feria de ganado un pedo limonero y cargarse a lo tonto a un guardia civil con bigote. Si tanto la novela como la película son atropelladas, en la cinta se nota más ese atropellamiento al estar las escenas tan poco desarrolladas que a ratos parece más un tráiler que una película, o uno de esos biopic río tan de moda ahora (Elizabeth Taylor se enamora, en el siguiente plano está embarazada, en el siguiente juega con un niño de diez años, al próximo es abuela). Lo mejor de la película son las localizaciones, muy de Escuela de Vallecas, ya sean olivares o ruinas de castillos en unos irreconocibles alrededores de Madrid, o ya dentro de la ciudad, esa escena a orillas del Manzanares en la que Gades se oculta de la policía tras unos surrealistas coches desguazados que prefiguran el crómlech de coches de Jim Reinders en Nebraska o el famoso Cadillac Ranch de Ant Farm en la Ruta 66.

El reparto es la otra sorpresa de la película, que hace que gane muchos puntos: Dos figuras legendarias pasan de puntillas por la cinta, nada menos que Vicente Escudero —que sale en poquísimas películas, agrandando la leyenda de Val del Omar con su aparición en Fuego en Castilla, película que bien podría ser una pesadilla del gitano Sebastián cuando duerme en el olivar— e Imperio Argentina, que hace de madre del protagonista (o de toda la Humanidad) y solamente habla para rechazar al hijo pecador, enmarcada como una diosa griega en un claustro (escena en la que parece que van a aparecer los esqueletos de Harryhausen a partirse la cara con el clan gitano).

La huida continua de Sebastián hace que todos los personajes sean episódicos, provocando que la película flojee al caer todo el peso sobre las espaldas de Antonio Gades y su poco arte cinematográfico. Demasiado estricto, Camus respeta todas las escenas y muchos de los diálogos de la novela. Todavía le quedaba mucho por aprender para resumir una novela con inteligencia. Solamente durante la estancia en Madrid, central en novela y adaptación, con Sebastián escondido en una pensión de la Cava Baja —un barrio de La Latina totalmente opuesto al refugio de adictos a la cebolla caramelizada que es ahora— Camus se atreve a guionizar y se trae a la novia de Sebastián (turbadora María José Alfonso) a Madrid para tratar de unir su (poco) futuro con el nulo de Sebastián.

Para su última adaptación, Los pájaros de Baden-Baden, Camus da un salto de diez años y retrata el pijerío madrileño en vez de los barrios bajos. Madrid ya está hiperdesarrollado y casi siempre horrorizado. Es verano en Madrid y los rodríguez salen de cacería (perfecto Larrañaga haciendo de sí mismo). Aunque al igual que en el relato del autor vasco, la protagonista principal es la joven Elisa —maravillosa Catherine Spaak—, niña bien que pasa su verano buscando información para publicar su tesis y escribiéndola en las terrazas de Rosales, en la película el verdadero protagonista es el fotógrafo que le recomienda su profesor para las fotos que quiere poner en su libro. Camus cambia totalmente al fotógrafo, que en la narración es un jovencito lleno de vida para en la película ser un maduro desencantado, que no para de beber cubatas y de leer Los amores tardíos, y que para más inri tiene un hijo que parece sacado de Verano azul. De origen humilde (aunque viva en un chaletaco de impresión en la Colonia Chamartín) y con mucha carretera a cuestas, se enamora como un crío de la chavala hasta que su integridad le hace incapaz de adaptarse a la pandilla de tarados de la alta sociedad de ella. Si a eso añadimos la cobardía de ella y su no querer renunciar por amor a su fácil vida hacen que se desencadene el drama. Pero antes de todo esto hemos visto un Madrid de colores quemados, de terrazas por la noche y bares feísimos que ahora serían joyas retro, y preciosas escenas de amor, con desayunos y comidas de los tres que crean en Pablo de nuevo la ilusión de familia al ver a Elisa reírse con su hijo, que toma café y no colacao, como debe ser. Toda esa ilusión que los tres van a perder cuando llegue septiembre. Siempre me ha encantado esta película.

Tras esta película Camus ya está preparado para adaptar a los clásicos, ha construido un guión claro, tomando lo necesario del cuento de Aldecoa y modificando lo que le parece, y Aldecoa, ya fallecido en el 75 cuando se hace la película, ha tenido a su mejor y prácticamente único adaptador en cine. Para Camus luego vendrían sus grandes éxitos de los ochenta y su declive en los noventa, y para Aldecoa su relativo olvido de clásico de bolsillo.


Con un seis y un cuatro: Pintando a Franco

Todos los españoles somos, como decía de sí mismo Jardiel, feos, bajitos y verdosos, y debido a ello, complicados de retratar. Solamente iluminados como Goya fueron capaces de sacar de la cara de oler mierda al estilo Victor Mature que tenía Fernando VII en algún brillante retrato, pero con Franco parece que nuestros retratistas fueron incapaces de idealizar a esa especie de vecino de abajo que era el ferrolano, y tampoco creo que fuera peor modelo que Fernando VII. Dejamos fuera de la comparativa a Carlos II por su cara hors catégorie. El pobre era más feo que un trueno.

Entre la biblioteca que me dejó mi padre, llena de clásicos, de libros de historia de Galicia y de coleccionables del ABC, está una Vida de Franco que vino en el Blanco y Negro del periódico de las grapas el año 1985, a los diez años de la muerte del dictador, sobre la que voy a construir estas líneas acerca de los retratos que le hicieron en vida. También me he leído (la hagiografía del ABC solamente la he hojeado) el artículo La construcción de un mito. La imagen de Franco en las artes plásticas en el primer franquismo (1936-1945), que Ángel Llorente Hernández publicó en 2002 en la revista Archivos de la filmoteca: Revista de estudios históricos sobre la imagen. Sobre este tema casi solamente se puede escribir de oídas, ya que ver los retratos en persona debe de ser bastante complicado si tomamos como referencia la experiencia del artista Fernando Sánchez Castillo, quien obsesionado con la iconografía franquista, además de prensar los restos del Azor —espero que sin los paneles pintados por mi héroe Urbano Lugrís dentro—, ha intentado hacer una serie fotográfica sobre las estatuas ecuestres de Franco, consiguiendo solamente permiso para ver una de la docena que hay escondidas por ahí, la que estaba en Barcelona, según decía hace poco en una entrevista en la que presentaba su intervención en el famoso yate. Debe de ser más fácil ver La Natividad con San Francisco y San Lorenzo debajo de la cama del mafioso napolitano que la robó hace ya cincuenta años que cualquier retrato de Franco. Imagino que de pequeño, en el Museo del Ejército de Madrid, edificio lamentablemente abandonado en la actualidad, vi algún retrato del dictador en directo, pero no lo recuerdo. El único que tengo en la memoria, y muy mal, es uno que se exhibió en una exposición sobre Madrid y Barcelona, creo que en el Círculo de Bellas Artes, en el que aparece Franco estilizado y vestido de falangista, envuelto en una bandera de España con un roquedal de fondo, y que pertenece a la colección del Museo Reina Sofía —aunque en su basurera página de red no aparece—. Ese es el mejor retrato pintando a Franco, sin duda. Zuloaga sabía lo que hacía. Me parece que en la sala sobre la Guerra Civil que hay en el Museo Naval de Madrid hay un retrato del dictador, imagino que será en el que sale vestido de almirante de la Armada que le hizo Gabriel Morcillo.

Siete caballos vienen de Bonanza

Casi los más lamentables y graciosos de los cuadros de Franco son los retratos ecuestres (ay, para cuándo esa estatua ecuestre de Gallardón en Madrid). Si a la pinta de estar subido en un caballo de juguete que tiene Franco en estos retratos le añades la voz de futbolista brasileño que tenía y de la que tan bien se han apropiado Garzón y Valerón, te da la impresión de estar viendo Novio a la vista o alguna antigualla de vicetiples. Estoy de acuerdo con Llorente Hernández cuando habla de la mediocridad de los retratos de Vázquez Díaz al dictador; solamente en los retratos a lápiz parece cómodo, aunque al menos en el ecuestre se basó en el Palafox de Goya y no fue más atrás a buscar otras glorias, como también hizo en el suyo Juan Antonio Morales, donde Franco refrena el caballo para ver pasar las alegres banderas victoriosas. Asignado al Museo del Ejército, aunque en su sitio de red no hay ni rastro de la colección que contiene —habrá que hacer una comparativa de las páginas de los museos españoles a ver cuál es peor—, está el Retrato del Generalísimo Franco que pintó en el 39 Fernando Álvarez de Sotomayor con las ruinas del Alcázar de Toledo de fondo, uno de los escenarios más queridos por sus retratistas o, imagino, el que siempre les decían a los pintores que pusieran por detrás. En este retrato el caballo es gigante y Franco, que tampoco es que fuera muy espigado, parece más Baltasar Carlos delante de un Exin Castillos que el poderoso Campeador salvador de la raza, pero al menos está bien pintado, es equilibrado. Por favor, tras nombrar al Cid que no se le ocurra a nadie comparar la apostura de Franco con la de Charlton Heston. Franco era, como dice mi madre de las personas bajitas y rellenas, una patata ferrolana. Mejor definición imposible.

Power Ranger

Viendo sus retratos de poder no da mucho miedo el único rebelde gallego del siglo XX —o de la historia, si al Obispo de Orense de la Guerra de Independencia lo clasificamos como extremeño—; solamente en ese tremebundo retrato en escorzo con el Valle de los Caídos de fondo que pintó Luisson, ya con las Ray-Ban de Risky Business y ese perfil afilado de Falla de sus últimos años, en el que sale carcajeándose a las puertas de la Basílica, un escalofrío te recorre la espalda. En el polo opuesto, el más divertido de los retratos de poder —que me encantaría ver si no lo han picado— es el mural que pintó el boliviano Arturo Reque para el ahora Instituto de Historia y Cultura Militar, en el que aparece Franco arrodillado durante el rodaje de Águila Roja con armadura, escudo y espada rodeado de soldados, falangistas, requetés, frailes y demás fauna de la Cruzada. A los lados de todos estos personajes que miran arrebolados a su Gran Guía aparecen escenas de guerra y desfiles de la victoria. El día en que Lego haga su caja Lego 25 años de Paz debería inspirarse en esta delirante imagen.

El resto de los retratos son todos muy parecidos: fondos de inspiración velazqueña, cortinajes enmarcando el lienzo y una mesa con un bodegón alegórico a los poderes del Caudillo, quien posa de tres cuartos casi siempre con la mirada perdida y bastante serio, cambiando de uniforme según el sitio para el que fuera pintado el cuadro. Ernesto Giménez Caballero se da cuenta de esto y en su descacharrante texto del 38 La sonrisa de Franco dice Franco es la sonrisa. Su más profundo secreto. No estamos conformes con los retratos que pintan a Franco: serio, cejijunto, grave, doctoral. (…) Pero Franco es la sonrisa. La sonrisa de Franco ha conquistado a España. Y nos ha conquistado a todo el pueblo”. Son retratos aburridos, de museo de provincias o Gobierno Civil, todos quizá menos uno de Agustín Segura con Franco en plena campaña, con mapa y prismáticos, sin afeitar y cara de recién levantado, como Felipe IV pero cazando otra cosa distinta a ciervos, y que tiene su gracia.

Ya hemos pasado

Del resto, y es una pena no comentar las fotografías pescando salmones de tamaño jurásico, o las de los críos abriendo los regalos en Navidad, queda un autorretrato espantoso —hay que ver lo artistiñas que se creen todos los dictadores— y una buena pintura, un retrato de Franco con su esposa, ya mayores, pintado por Revello de Toro en el 74, muy melancólico y en la que parece que la pareja está viendo una ópera en el Real o 300 Millones en la tele, aunque cada uno mira para un lado, y en el que el Generalísimo figura bastante cansado. Tiene un poco el aroma enfermizo de La Morfina de Rusiñol. De lo íntimo que parece, este cuadro debería tenerlo la familia. Lo tendrá Pocholo, fijo.

Poca pintura entre tanto cuadro podría ser el resumen; kitsch sin gracia e imaginación nula. Quizá Franco obligaba a los pintores a hacer los retratos con el brazo incorrupto de Santa Teresa que tenía en su mesilla de noche y que utilizaba para apagar el despertador cuando sonaba cada mañana y por eso les salieron tan chuchurríos.


La carcajada de Stalin

O están limpiando las gafas de culo de vaso a las vigilantes de los museos de Moscú y han tenido que cerrarlos o algún coleccionista quiere dar visibilidad a su colección de cara a una futura subasta. Porque de repente han coincidido en Madrid dos exposiciones paralelas sobre arte soviético, una en la Fundación Juan March, Aleksandr Deineka (1899-1969), Una vanguardia para el proletariado; y otra en La Casa Encendida Creación y poder en la Rusia soviética de 1917 a 1945.

Antes de entrar en la Juan March es conveniente andar cien metros para pasarse por la nueva tienda de Abercrombie & Fitch, que ha hecho que la estatua del Marqués de Salamanca se ponga más verde de lo que ya estaba de ver la cola de chavalitos ansiosos de entrar en la tienda y escuchar el chundachunda destructor con que te amenizan la compra de una camisa. Una vez purificados de santo capitalismo estamos ya en disposición de entrar a la sala de exposiciones a ver a las rusas ir a trabajar a la fábrica al paso alegre de la paz. La exposición es un poco batiburrillo, aunque menos que la de La Casa Encendida. Comienza con una pared de vanguardistas canónicos que trata de mostrar su subida al carro revolucionario y donde Deineka más que perdido está desaparecido, empezando a aparecer en las siguientes paredes entre portadas de Rodchenko y otros genios gráficos. Portadas y demás diseño gráfico que siempre son lo mejor en una exposición sobre la Rusia revolucionaria. Antes de lamer la bota de Stalin se nota a Deineka con brío y personalidad, tocando todos los palos: original y brillante en los furibundos grabados a tres tintas, mediocre en los carteles (el mejor es el más convencional, el del dirigible amarillo) e interesante en sus cuadros de obreros en las fábricas, que parecen realizados dentro de las bucólicas fábricas de Vázquez Díaz de lo contentos que van todos. Algunos, como el titulado Trabajadoras textiles, muy bueno en su fantasmagórica blancura, a medio camino entre 2001: Una odisea del espacio y la cursilería de Marie Laurencin. En sus búsquedas del hombre nuevo todos los dictadores apuestan por el deporte, y Deineka pinta con gracia a esquiadores y a atletas en plena acción, destacando una estirada de un portero a lo Zamora, momento que el visitante puede olvidarse del Kolimá por venir. Ya de lleno en el Realismo socialista empiezan los cuadros de charlas a campesinos, gran especialidad soviética, interrumpidas por la ocurrencia del comisario de dividir entre Lenin y Stalin con una sala negra donde se muestran, amenizadas por el ruido de los trenes, unas cuantas reproducciones de las maravillosas decoraciones que Deineka hizo para un par de estaciones del metro de Moscú. Bueno, vale. Llega el final de la exposición, Stalin se vuelve un icono, el arte ya solamente es propaganda y merchandising y las mujeres siguen al pie del cañón en la fábrica, aunque al salir puedan disfrutar de la chapa un comisario bigotudo de algún comité. Democracia real ya.

En la otra exposición lo mismo, aunque en este caso más que una exposición de arte, como la de la Juan March, es una exposición de historia. Lo laberíntico de las salas de La Casa Encendida, entre Escher y Kafka, crean todavía más confusión y agobio al visitante, quien sorprendido por la mezcla de basura y arte que cuelga de las paredes, con imágenes de Stalin acariciando a niños alternadas con pequeñas obras maestras de Klucis o Malevich, piensa que en cualquier momento llegarán unos tipos malencarados a aplicarle el artículo 58. La misión aliviadora que en la expo de Deineka tenía la sala de cuadros futboleros esta vez la tiene la de los inventos, donde puedes creerte durante un rato un científico loco tocando un Theremin. Lo mejor, como antes, todas las portadas de libros, carteles de propaganda y de obras de teatro. Lo más increíble, por poco visto por estos lares, esos cuadros alucinantes (dentro de la gran alucinación colectiva que fue el comunismo) de realismo socialista de un kitsch que hacen parecer alta cultura a las Costus.

No se las pierdan. Todavía pueden disfrutar de estas dos exposiciones, que en el fondo son la misma, hasta mediados de enero. Ustedes decidan si quieren ver la de Deineka entre la fauna de señoras bien del barrio de Salamanca, horrorizadas ante las poses de rockstar de Lenin al inaugurar un pantano, o la de la Caballería Roja con la flora de Lavapiés, donde -verídico- puedes escuchar a una pareja de perroflautas calificar de tendenciosos los textos explicativos de las salas por decir que Lenin acabó con la libertad de prensa, entre otras muchas cosas.


Quique González contra Townes Van Zandt

Este verano me llevé para leer en la playa Quique González: Una historia que se escribe en los portales, de Eduardo Izquierdo y editado este mismo año 2011 por 66rpm y A Deeper Blue: The Life and Music of Townes Van Zandt, escrito por Robert Earl Hardy en 2008 para la University of North Texas Press. El primero lo acabé rápido en Galicia y el segundo lo acabo de terminar esta semana en el metro.

A ambos músicos los conocí con retraso, pero ahora soy adicto a los dos. A Van Zandt llegué a través de la versión que Tindersticks hacían de su canción Kathleen, cuando ya había muerto o estaba a punto de hacerlo, y a González no empecé a seguirlo de verdad hasta su cuarto o quinto disco.

Como buenas biografías de músicos, en las portadas aparecen los protagonistas tocando la guitarra, uno de espaldas en un concierto y otro tirado en la cama de un hotel con el bastón al lado y el paquete de tabaco en la mesilla; todo muy clásico. Las diferencias están dentro, ya que mientras el libro de Hardy lleva la biografía de forma tradicional, Izquierdo se atreve en el suyo con una narración sincopada compuesta por cientos de citas de amigos y conocidos de Quique González y algunas del propio músico, sin que el biógrafo meta casi hilvanes que hagan a la narración coger cuerpo, lo que hace a veces algo repetitivos los comentarios a un disco o una gira del músico. No sé si esta forma de presentar el texto es debida a un afán de modernidad o de asimilación bloguística, o simplemente fue falta del tiempo del autor ante el ingente trabajo de relatar de manera coherente las docenas de entrevistas que había realizado, prefiriendo copipegar y montar de forma ordenada todos los fragmentos importantes. Durante el libro aparecen y desaparecen comentaristas sin demasiada explicación, lo que puede hacer un poco incomprensibles para el no experto en Quique González algunos pasajes del libro, pero para mí como fan ha sido muy interesante conocer el trasfondo de canciones que llevo bastante dentro y que gracias a la lectura del libro veré de otra manera, deseo que mejor.

El libro sobre Townes Van Zandt es más normal, con la diferencia añadida de que, no solamente genio tejano, si no muchos de los protagonistas están muertos o ya tienen muy difusas conversaciones que tuvieron hace cuarenta años con el protagonista del libro. Quizá poco importe que una canción la escribiera en la universidad o que la compusiera unos pocos años más tarde para una novia pelirroja, aunque se supone que ese tipo de datos son los que hacen de una biografía un libro creíble. Lo más apasionante de este quest en busca de TVZ es descubrir el cutrerío de las giras estatales por bares que se marcaba Townes con sus amigos a inicios de los setenta y cómo en cinco años editó seis obras maestras del country, algo para mí milagroso ya que no comprendo que alguien apostara seis veces seguidas por un borracho sin éxito, aunque gracias a esa apuesta se grabaran varias de las más bellas canciones del siglo XX. Mientras su genialidad se alejaba por a sus adicciones crecía su éxito debido a alguna atinada versión que de él hicieron  estrellas como Emmylou Harris, tocando en mayores aforos e incluso en Europa, aunque aquello ya era un poco Chet Baker años ochenta, más leyenda que músico. Uno sale de la biografía con mal sabor de boca debido a lo exhaustivo de las últimas veinte páginas que relatan hasta la última pastilla los dos últimos días de agonía del biografiado, algo totalmente innecesario y que hace dudar de todo el libro.

Todos los libros sobre roqueros son el mismo libro, metiendo en el saco roquero a cantantes de flamenco, pop, jazz o cualquier otro género musical. En el fondo estos dos reseñados no se diferencian mucho el uno del otro, al final la historia es la de siempre, un tímido que coge una guitarra y se pone a contar cosas. No me los compraría si no conociera a los protagonistas, pero si uno los conoce son libros llenos de pistas subir de nivel en la pasión por Quique González y Townes Van Zandt.