Golpe de suerte

golpe de suerte

La suerte es redonda. Cada uno coincidirá o disentirá según sus propios criterios. Yo lo demuestro siempre con un simple paquete de Lucky Strike y la acción estelar de mi amigo Rafa, de Pontevedra. Lucky Strike es esa famosa marca de cigarrillos representada por un logotipo en forma de diana con cuatro circunferencias concéntricas, y Rafa un fumador riguroso, terco, dispuesto a dar la vuelta al mundo si no tiene tabaco, cosa que todavía no ha sido necesaria. Hace algunos años, se quedó sin cigarros en mitad de la madrugada, en un día de entre semana, mientras jugaba a la Play, sin visos de sueño, y entonces emprendió uno de los desplazamientos —precisamente en círculo— más disparatados y desesperados que pueden hacerse solo por conseguir una cajetilla de Lucky. ¿Por qué Lucky? Porque sí. Por caprichos del comportamiento humano. «Yo antes era de Marlboro, de hecho, pero vi Mad Men y a Don Draper fumar de maravilla aquellos cigarros cortos de Lucky, y me cambié», confiesa.

En mitad de una partida del PGA Tour, de golf, Rafael buscó el paquete de tabaco entre los cojines del sofá, y al abrirlo, oh, sorpresa, no quedaba ni uno. Malo. Miró la hora en el teléfono: las cuatro de la mañana, nada menos. Era tarde para todo, pero, en especial, era temprano para cualquier otra cosa. ¿Dónde comprar tabaco a semejante altura del día? ¿Qué podía haber abierto en aquella ciudad a aquellas horas? Empezaba el círculo desesperado en pos de un Lucky Strike. 

De entrada, Rafa hizo lo que no está al alcance de cualquiera: bajar al garaje y coger el Citroën Xsara de su novia para recorrer ochocientos metros, hasta la tienda 24 horas que hay en la calle Cobián Roffignac, en el centro de Pontevedra. Lamentablemente, esa noche la máquina de tabaco estaba estropeada. Duro golpe. Quedó contrariado, pero no abatido. ¿Se podía tener más mala fortuna? ¿No era, precisamente por reveses así, el mundo una mierda, una gran acequia? Sin pérdida de tiempo, Rafa regresó al coche y condujo como un fantasma hacia las afueras de la ciudad, por la carretera de Poio, donde recordó que hay otro 24 horas. Conocía tan bien la carretera que podía sostener el volante y cerrar los ojos, y casi no matarse. «Pero llego allí y está cerrado, me cago en su puta madre», comenta al recordarlo. Puede resultar raro, incluso escandaloso, pero es algo muy típico de algunos de estos negocios: jamás abren las 24 horas. 

Como ya estaba en la carretera de Poio, siguió conduciendo hasta la estación de servicio, alargando un poco más el círculo. Quizá el ser humano tiende naturalmente a la curva. Y a la insistencia. En cierto sentido, fue una jugada maestra, salvo porque al llegar a la gasolinera, también estaba cerrada. Terribles noticias. ¿Se rindió Rafael? En absoluto. La cajetilla de Lucky Strike era una idea que brillaba con demasiada fuerza en su cabeza. Era el deseo y la esperanza, era la luz verde del muelle que ve Jay Gatsby desde el jardín de su mansión. «Me pareció que la estación de servicio de la N-541, dirección Ourense, no estaba tan lejos, y esa seguramente estaría abierta». Condujo con fe, hasta que por fin distinguió las luces apagadas de la estación. Maldita sea.

La vida te lanza retos, y si los superas, te lanza otros nuevos; pero, si no lo superas, el reto viejo te asedia una vez y otra vez. ¿Cómo actúa el reto? Primero juega a ser pan comido, para a continuación parecerte inasequible. El paquete de Lucky Strike no paraba de decirle en su cabeza: «Ven, Rafa». Y Rafa iba, pero nunca llegaba. 

Entonces se le ocurrió la última gran idea, la buena de verdad, la que lo llevaría al tabaco por fin: adentrarse en la A-9 y dirigirse a una de sus muchas gasolineras. Poca broma: la A-9 es un territorio mágico. Para empezar, tiene los peajes más caros de España y la concesión a Audasa no finalizará, como mínimo, hasta 2048. Los conductores la usamos para circular, pero aún más para que nos roben; es bonito.

«Arranqué a toda velocidad, me metí en la autopista, pagué el peaje —de perdidos al río— y, al llegar a la primera estación de servicio, aluciné: cerrada hasta las seis de la mañana». Pero qué era aquello. ¿El mundo quería joder a Rafa? Consultó la hora por enésima vez y le pareció excesivo quedarse a esperar allí plantado, sin ni siquiera cigarrillos con los que matar el tiempo. «El peaje ya estaba pagado, así que me dije: “¿Y si continúo hasta Vigo?”». ¿Era una locura? ¿Era un acto de audacia? ¿Era pura desesperación? ¿Sería su tumba?

Su reacción imitó un poco a la de Dan Aykroyd en The Blues Brothers, cuando mira a su socio John Belushi y le resume la situación: «Estamos a doscientos kilómetros de Chicago, tenemos el depósito lleno, medio paquete de cigarrillos, es de noche y llevamos gafas de sol». Belushi se lo piensa durante un segundo, y al final dice: «Tira».

En Vigo, quince kilómetros después, el rodeo encontró su punto culminante cuando Rafa distinguió una puerta de la que de vez en cuanto salía gente. Olió bien la tostada. Se bajó del coche, entró en lo que resultó un pub inmundo lleno de tipos raros en el que, al fondo, había una maldita máquina de tabaco, que tenía Lucky Strike. Al fin un golpe de suerte. De repente, le pareció que la vida le sonreía y adquiría una forma redonda, claramente. Regresó al Citroën Xsara y condujo de vuelta a casa. Después del último cigarro, se fue a la cama, cerrando el círculo de otro día en este extraño mundo. 


Érase una vez yo

érase una vez yo

Escribo esto en 2021, pero ¿en qué época estamos? No es lo mismo una fecha, pongamos junio o julio de 2021, que una época. Las fechas influyen en tu agenda, en tus planes, pero las épocas intervienen directamente en tu ser, en la clase de persona que eres, quizá en la que quieres llegar a ser. En esta época que nos ha tocado vivir, ¿qué sería lo más destacado, lo primero? El yo, obviamente. Nada hay más importante que uno mismo. En un escenario hipernarcisista, tiene sentido que el mundo consista en una suma de egos mezclados, el tuyo primero, lógicamente. Es difícil encontrar un momento en el que lata tanta pasión por la personalidad. Dedicarse a uno mismo, crecer en tu vida profesional, volver interesante, vertiginoso, placentero cada minuto libre de tu vida personal: he ahí el plan del individuo occidental. 

Sobre estas bases, se entiende que el yo esté tan absolutamente presente en la literatura, y que la escritura autobiográfica viva una inusitada exaltación. Existen muchas pequeñas razones para que sea así. Una es que toda persona, hombre o mujer, está siempre dominada por la necesidad de contar y ofrecer testimonio. Y qué hay más acuciante que explicar qué te pasa, por qué te sientes de determinada manera y qué te gustaría hacer con tu vida. Quién puede decir que no es del todo cierto que la literatura existe porque algo no va bien, y algunas personas encuentran en el acto de escribir un modo de admitir que hay un problema y que ojalá tenga solución. Todos por naturaleza necesitamos contar. A veces contar a alguien, y mientras no eres capaz, tal vez contarte a ti qué te ocurre, por qué haces y piensas ciertas cosas, qué preocupaciones te atosigan. Los relatos se acumulan y exponerlos se vuelve una urgencia. Y al fin emergió una cultura de masas en la que millones de personas se consideran poseídas por el derecho a afirmar la importancia del testimonio de su vida. 

Contar qué le pasa es el relato más elemental e importante que alienta el individuo. Queremos ser escuchados, comprendidos, quizá aconsejados. Aunque el individuo no solo necesita contar: necesita recordar, poner a salvo lo que es, lo que hace. Sabe que si no posee memoria personal no tiene nada, solo sumas de datos e historias ajenas. Para que nada importante de lo vivido se pierda, los autores construyen su mundo de experiencias personales como un mundo escrito. En ese momento solo existen el autor y su mundo recordado. 

La literatura de cada época refleja siempre la sociedad en la que se origina. Esa circunstancia le proporciona su autenticidad, y la posibilidad de reivindicar la diferencia respecto a la literatura de la época anterior. Decía hace algunos años Marcos Giralt Torrente que «es normal que al ser las luchas que la sociedad contemporánea nos reserva casi en exclusiva individuales, la novela de hoy se centre en el individuo. Vivimos en una sociedad individualista y los conflictos, las contradicciones y fricciones de los que la novela de hoy da cuenta, aunque sintomáticos de la sociedad, tienden a ser ejemplificados y visualizados en los efectos que tiene sobre el individuo a través de la exploración de la subjetividad. Involucrar al individuo escritor con todos sus espejos es tan solo un paso más», decía. 

Los escritores han ido dando por hecho que su vida, o una parte de ella, quizá mezclada con sus invenciones, o sus recuerdos, que a la postre se van inventando también poco a poco, constituían un material digno de relatarse en primera persona, a veces dando al personaje su nombre, a veces uno distinto. Por supuesto, aun cuando no pretende convertirse en objeto de la obra, el escritor deja partes de sí mismo, fragmentos a lo largo de ella, como objetos perdidos. En cierto sentido, el yo lo impregna todo. «Un escritor no desperdicia nada», confesaba F. Scott Fitzgerald por carta a Sheilah Graham. Un recuerdo, una anécdota, un vestido, un paisaje, una imagen, un gesto que el autor conoce bien, porque lo vio o lo protagonizó, pueden ser atribuidos a cualquiera de sus personajes en un momento dado. 

Vivimos unos tiempos en los que algunos escritores se vuelven hacia sí mismos y piensan: «Soy un hit, soy el gran tema de la novela». Suena bastante modesto. El individualismo exacerbado que experimentamos desde hace décadas ha multiplicado, entre otras cosas, los deseos de realización personal. Perseverar en la persona que somos y conocernos a través de un texto son algunos de los efectos que esa realización genera en un escritor. Somos una gran aventura. Construirse un poco cada día, con total indiferencia hacia lo que ocurre fuera, lo social, lo ajeno, lo que casi llamamos masa, es un reto que hace más llevadera la existencia. Cada vez son más sus propios ídolos.

En un mundo cuyas relaciones globales se explican a través del consumo, un consumo enfocado a producir experiencias únicas, como señalaba Vicente Verdú, muchos escritores consumen su propia existencia. Esa existencia tiene —consideran— todo lo que un lector, o al menos un cierto tipo de lector, puede pedir a un libro. La búsqueda de historias dentro de uno mismo y el valor cardinal que el autor está dispuesto a dar al personaje que lleva dentro representan un paso más en la realización de la esfera íntima. Estamos ante otra revolución individualista. El autor que se convierte en narrador, que a su vez se despliega como personaje, a menudo protagonista, está lanzando, a su modo, un mensaje al mundo: «Los grandes relatos ajenos desfallecieron, perdieron interés y credibilidad: les presento uno más pequeño, próximo y auténtico: yo y lo que me rodea». Este escritor mantiene la esperanza de que algo tan próximo como una vida corriente, la suya, conecte con lo que representan miles de lectores, si es que no todos, también a su vez existencias comunes. 

En plena deriva del narcisismo, al autor le gusta pensar que, en el fondo, no está mas que haciendo pequeños y reveladores descubrimientos sobre quién es. He ahí el sentido de tanta autobiografía y tanta ficción. La novela es la investigación del ser verdadero del escritor, que mantiene la esperanza de que el hallazgo permita a los lectores, a su vez, descubrir también quiénes son ellos. Porque ¿acaso no somos muy parecidos unos a otros? De lo íntimo, de lo particular, a lo universal a través de la sinceridad. He ahí el camino de la literatura autobiográfica. El mérito literario aparecerá en la medida que la mirada sea lúcida, el narrador confiable, el texto introspectivo e inteligente, la fraseología original, etc.

La imagen pública del escritor ha evolucionado hasta ser considerado en algunos casos una celebrity y menos ya un referente intelectual, un ejemplo ético, un sabio, destacaba hace unos años Vicente Verdú. El escritor actual, el escritor vivo, está absolutamente expuesto a los embates de la época —tiene redes sociales, quizá jefe de prensa, colabora en medios de comunicación, da conferencias, imparte talleres, enseña a otros a escribir una novela—, así que, como consecuencia de ello, se siente especial. Es alguien absolutamente normal, y a la vez absolutamente único, al menos en su cabeza. Tan especial se siente que cree que su vida merece ser contada, hasta volverse no solo autor sino también personaje de sus libros, en los que se plasma una auténtica orgía de revelaciones sobre sí mismo, que a veces emplea para tratar de ofrecer luz sobre temas de actualidad. 

La coincidencia nominativa entre autor, narrador y personaje no es ni mucho menos nueva. El relato autobiográfico moderno tuvo su momento iniciático en Las confesiones de Jean-Jacques Rousseau. Fue también, quizá, el primer gran egocéntrico, y en esta obra queda más que demostrado que Rousseau era uno de los temas preferidos de Rousseau. Después de Rousseau, que inició un camino, llegaría el Romanticismo, donde de un modo generacional la subjetividad y la persona del artista se convierten en materia de su propia obra. Hasta entonces, salvo excepciones, los tapujos estéticos y morales impedían que se manifestase el verdadero yo del autor en sus textos. Oscar Wilde fue más lejos que nadie. Por el medio, de entonces a hoy, el yo y el individualismo conocieron épocas bajas, casi desastrosas en los años sesenta, por ejemplo. Fue cuando Roland Barthes decretó «la muerte del autor», por cuanto el autor era una expresión del individualismo burgués, una lacra, que durante algunos años quedó sometido al triunfo de lo anónimo, lo colectivo, lo neutro. 

Pero esos tiempos cambiaron y el individualismo regresó con más fuerza que nunca a partir de los ochenta. Hasta el punto que de la mezcla de dos grandes géneros narrativos, como la novela y la autobiografía, salió un tercero: la autoficción. Es decir, el escritor toma uno o varios episodios de su biografía, añade algunos elementos ficticios y el resultado es esto de lo que tanto oímos hablar. Representa ya una propuesta muy recurrente con la que se que rompen las fronteras entre lo real y lo inventado. El escritor de autoficción juega de una manera consciente a confundir persona y personaje, o a hacer de la propia persona un personaje, insinuando que esa persona es y no es el autor, como señala Manuel Alberca en su ensayo El pacto ambiguo. De la novela autobiográfica a la autoficción. Esta ambigüedad constituye una de las características de la autoficción. Cuenta lo que ha vivido, haciendo pasar por vivido lo que quizá le habría gustado vivir.

Es también habitual hacer coincidir el auge de la escritura autobiográfica, además de con una época de individualidad extrema, con algo llamado «desprestigio de la ficción». El mundo parece reclamar historias verídicas, situarse ante relatos que tengan un correlato real, sentirse impresionado por el impacto de que lo que se cuenta sucedió realmente. Es como si eso proporcionase mayor rango a la escritura. Si todo fue cierto, digamos, todo fue mejor, y por tanto mayor es el mérito del escritor, que encarna a un héroe auténtico. Hay una masa de lectores que valora por encima de todo que el texto sea veraz. Busca autenticidad, historias parecidas a la suya, próximas, no encarnadas por personajes fantasiosos. Penalizan la ficción como mentira, y la mentira como algo rechazable, aunque se trate de literatura. En Autobiografía. Un paseo por la sombra, de 1997, Doris Lessing destacaba que «nos enfrentamos a un rechazo de la imaginación. Hay un deseo general de conocer lo real, lo auténtico, lo que “verdaderamente” ha sucedido», mientras que «hubo un tiempo en que nuestras narraciones eran imaginación, mito y leyenda, parábola y fábula, así era como nos contábamos las historias, pero esa capacidad se ha atrofiado por la presión de la novela realista».

En otra época, quienes creían tener una historia digna de ser contada escribían una novela de ficción, no cabe duda. No han dejado de hacerlo, pero hay ya otros muchos autores impulsados a escribir un libro autobiográfico, y dar testimonio de su vida. La importancia de ese testimonio, como destaca Vivian Gornick, se ha intensificado hasta el punto de que «una vida importante es, por definición, una vida sobre la que uno reflexiona, una vida a la que uno trata de dar sentido y acerca de la que quiere prestar testimonio». Y esta época se caracteriza ante todo por la necesidad de dar testimonio, mi testimonio. En todas las partes del mundo, «hombres y mujeres alzan su voz para contar su historia, impulsados por la actual creencia común en que nuestra propia vida es significativa». En cada una de ellas parece haber una historia que contar, una catástrofe que referir, una memoria, en fin, que escribir. Ahora bien, esa memoria debe aspirar a ser una obra de «sostenida prosa controlada por una idea del yo obligado a extraer de la materia prima de su vida un relato que modele la experiencia, transforme los acontecimientos y proyecte sabiduría», dice Gornick. 


Hombres de acción

Humphrey Bogart y James Cagney, hombres de acción en Los violentos años veinte. Imagen Warner Bros.
Humphrey Bogart y James Cagney, hombres de acción en Los violentos años veinte. Imagen: Warner Bros.

En mi familia nunca hubo verdaderos héroes hasta que el tío Cuco, en algunos sitios conocido como José, se hizo contrabandista. Ese día se enroló en una hermosa aventura que lo tuvo seis años durmiendo en un panteón del cementerio, plácidamente. Aquello era vida. Desde que tuvo uso de razón había soñado con ser un pez gordo, pero de los pequeños. Eran los años cincuenta, no se había inventado la abundancia, estábamos en la frontera gallego-portuguesa, y el capo di capi del negocio —don Hilario, a la sazón sacerdote y campeón de tute— buscaba tipos con agallas. Gente no tanto dispuesta a disparar en la oscuridad, para lo que solo había que ser de pasta asesina, como a encerrarse en una tumba y custodiar una mercancía valiosa toda una noche. Solo se ofreció mi tío. No tenía nada que perder. Ni siquiera tenía perro. En las fotos que atesoramos en la familia, aparece en pantalones que no tienen bolsillos. Eso lo dice todo. Cuando dio el paso al frente, y se ofreció a don Hilario, atisbó una oportunidad perfecta para vivir tranquilo, a su aire, ajeno a grandes esfuerzos y a los tiroteos. Y ganar dinero. Aquel trabajo tenía todo lo que él le pedía a la vida: que lo dejasen en paz. De pronto, existía ese lugar calmoso y feliz que Holden Caulfield había considerado imposible, porque «cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un “joder” en la pared».

El tío Cuco siempre había pensado, como el Terry Malloy de La ley del silencio, que viviría más años sin ambición, desde la cuarta fila. Rara vez llegaban tan lejos las salpicaduras. Después de todo, si no tenías miedo, y no creías en las supersticiones de la muerte, la noche del cementerio prometía solo largas horas de soledad. Enseguida se adaptó a las nuevas tareas. Por la mañana a la cama, por la tarde a la partida de subastado, y por la noche a la fosa. El abc. En realidad, se trataba de una versión de la vida todavía más anodina que aquel modelo que López Aranguren atribuía a ciertos cristianos navarros, en posesión de las verdades elementales de la vida: «Por la mañana mi misica; por la tarde mi copica; por la noche mi putica».

Cada noche de guardia, mi pariente bajaba feliz al camposanto, movía un poco la lápida, cerraba y se ponía cómodo, para leer en silencio y lentamente a Julio Verne, a la espera de que viniesen a recoger la mercancía. Aquellas novelas con las que se confinaba ejercían de contrafuerte perfecto al hastío. Eran el café cargado, el whisky doble, el fiel transistor de las noches en vela. Nadie en un lugar así, donde algunos días podías oír a las larvas arrastrarse, hubiese sobrevivido a la primera noche leyendo a Pardo Bazán, o a Pavese, o a Cioran. Ni siquiera a Goethe. Cada lugar de trabajo, incluso cada tarea, tiene su lectura. No basta ser un genio capaz de escribir Las desventuras del joven Wherter para despertar la admiración de cualquiera. John Cheever lamentaba con amargura en sus diarios, después de dirigirse en una de sus conferencias apenas a una docena de incondicionales, que justo el día anterior, en el mismo auditorio, tres poetas de la generación beat, uno de ellos partidario del sexo anal, atrajeran a una multitud de cientos de personas.

Se necesita algo más que genialidad para seducir a alguien que duerme en un cementerio y vela un cargamento ilegal. Solo Verne y sus personajes de acción, en busca siempre de lo nuevo, a través de viajes imposibles, contrarrestaban el remanso de quietud en el que se mecía cada noche el tío Cuco. El ritmo vertiginoso al que se producen algunas cosas es posible solo a condición de que otras ni se muevan. Tal vez ya no estemos hablando solo de literatura. Aquella «fuerza compensatoria» de Julio Verne sobre el tedio del cementerio era, en el fondo, una metáfora. En cierto sentido, mi tío me recordaba a Mágico González, aquel delantero irrepetible del Cádiz Fútbol Club que ofrecía un recital cada quince días, para los aficionados gaditanos, a cambio de no tener que entrenar en toda la semana, y salir mucho para beber bastante y bailar sevillanas. Un exceso exige siempre un déficit. Porque se necesitan, son inseparables.

Verne, llevándote de un continente a otro, o arrastrándote al núcleo terrestre, o alunizando, pero vapuleándote siempre en tu asiento, te ahorraba muchos acaloramientos. Bastante tenía el tío Cuco, cómodamente instalado en la sepultura, si seguía con aire estoico aquel ritmo epicúreo y frenético que imponía al texto el novelista francés. Porque hablemos claro, coño: Verne está pensado a medida de tipos dispuestos a no despeinarse a cualquier precio. No personalmente. Cosa distinta es facultar a terceros, como cuando Alan Hansen —no he debido sacar el tema del fútbol—, aquel defensa legendario del Liverpool que llegó a capitán, renunciaba a despejar de cabeza. «Nunca disputé balones aéreos. Se sabe que cada vez que cabeceas se pierden ciento cincuenta neuronas. Así que mandaba a Mark Lawrenson a hacer ese trabajo. Siempre conviene delegar», afirmaba. Sabido es que para algunas personas el pelo es más sagrado que la madre.

Mi pariente mantenía la teoría de que el aburrimiento era bueno y divertidísimo. Cuando las cosas se volvían interesantes, atraían el riesgo, y el riesgo te enfrentaba al abismo, frente al que uno experimenta a veces la tentación de arrojarse, por probar. La monotonía, en cambio, mantenía a raya cualquier atracción por la aventura. Nada había menos aburrido, en ese sentido, que el aburrimiento. Te permitía leer a Julio Verne. En el fondo, la felicidad en la que él depositaba interés era esa que te permitía andar por la vida con un buen abrigo, llevar siempre tabaco en un bolsillo y leer algún que otro libro mientras trabajas, sin que nadie te pregunte qué lees.

Fuera de la familia y del contrabando, lo más parecido al tío Cuco que conocí fue Jesusito Alfaro. Un tipo normal, incluso demasiado normal, que ni siquiera gozaba de las mieles de un mote. Compartimos vestuario en cadetes, en esa etapa en la que te tomas el baloncesto como un asunto de vida o muerte, hasta que descubres todas las posibilidades de la masturbación. Jesús no contaba con habilidades técnicas, ni tácticas, ni con minutos de juego, pero todo eso le importaba un cojón. Él era feliz en el banquillo. Aquello, como para mi tío la tumba, era para él la vida padre. Curiosamente, también disfrutaba de Julio Verne, al que se aferraba cuando el equipo se subía al autobús y se desplazaba como visitante por toda Galicia, a través de carreteras infernales. Nunca lo sorprendí leyendo a otro autor. Mucho Verne. Todo Verne. Solo Verne. Cada uno se trata con quien le parece. Karl Krauss, por ejemplo, no se trataba con gentes que utilizaban el término «efectivamente».

En mi ridícula teoría, a Jesusito le gustaba el baloncesto porque se viajaba mucho en autobús, sentado, durante horas, viendo películas de kung-fu, o haciéndote pajas con la TP. Me temo que Alfaro, observándonos desplegar una extenuante defensa individual en toda la cancha, pensaba desde el banquillo lo que Gustave Flaubert, contemporáneo y compatriota de Verne, declaraba de la gente activa: «¡Ah! ¡Los hombres de acción! ¡Los activos! Hay que ver cómo se cansan ellos y nos cansan a los demás por no hacer nada. ¡Y qué vanidad más boba la que nace de una turbulencia baldía! (…) ¿Qué ha quedado de todos los Activos, de Alejandro, de Luis XIV, etc., incluso de Napoleón, tan próximo a nosotros? El pensamiento es eterno, como el alma, y la acción es mortal, como el cuerpo».

El asiento nos provee de fantásticas e improbables aventuras. Cuanto más imposibles y embaladas, más necesidad de estar sentados. Nada extraordinario, si lo pensamos bien, se ha hecho en la historia de la humanidad sin tomar antes posición en la silla. Alguien replicará que en la misma medida nada relevante se ha hecho si no es permaneciendo de pie, en esforzado ejercicio. Correcto. Pero también esto está conectado con el asiento, que tiene mucho que ver con estar erguido: una silla es tanto una posibilidad de descanso como una herramienta para accionar el movimiento.

Hacer grandes cosas pasa en muchas ocasiones por estarse quieto, a la expectativa, muy sentado. «Esperar», cuando se elige bien el minuto, es un verbo de acción, como «follar» o «matar». Los violentos años veinte, con Raoul Walsh en la dirección y James Cagney, Priscilla Lane, Gladys George y Humphrey Bogart en el reparto, nos legaron hace muchos años una lección inolvidable: tranquilo, todo tiene un momento, ni te muevas. Un mandamiento así debería enseñarse en las escuelas. En realidad, Bogart, en el papel de George Gally, lo dice a su estilo, porque Boogie es sobre todo estilo, cuando advierte que puede acabar con su enemigo, Eddie Barlett, esperando a que lo asesine un tercero, interesado también en que Barlett desaparezca del mapa. «Si tienes algo que hacer —sostenía Boogie, que a partir de las once de la noche se creía Humphrey Bogart— deja que lo hagan otros». En el fondo, es la misma dialéctica interna con la que actuaban Alfaro y mi tío Cuco. Si estás ávido de aventuras, y quieres conquistar cotas que nadie ha alcanzado nunca, no te canses. No seas, con el debido respeto, uno de esos soplapollas. Lee a Julio Verne. Él lo hará todo por ti. 

Por momentos, los grandes esfuerzos, que te llevan de un lado a otro sin descanso, y a veces te muestran de frente el abismo, están sobrevalorados. Hay días que solo significan un enorme ardor seguido de un contumaz vacío del que no aprendes ni siquiera a fracasar. Para evitar el sabor que esa frustración te deja en la boca se inventó el atajo. Julio Verne es, en cierto sentido, un atajo para gente que experimenta gran indiferencia por los desplazamientos, las prisas, los motores, los monstruos marinos… Hay momentos en la vida que conviene saber cuándo encajonar la euforia entre cuatro paredes. Borges, por ejemplo, advirtió con gran perspicacia las ventajas del repliegue. Supo aplicarlo al renunciar a escribir novelas, escondite de atroces e inciertas aventuras. ¿Para qué las novelas, existiendo el recurso del cuento? En este «puedes vigilar la obra casi con la misma precisión que se puede vigilar un soneto». En cambio, la novela exige perderla de vista, renunciar a su control total, ser víctima, en el peor caso, de su traición. «Continuamente me preguntan —decía— que cuándo voy a escribir una novela, pero me consuelo pensando que alguna vez le preguntaban a los escritores: “¿Y usted cuándo va a escribir una epopeya?” o “¿Cuándo va a escribir un drama de cinco actos?”, y actualmente esa pregunta no se usa». Si nos mantenemos a favor de Borges, sabremos que no hay que arriesgarse a sudar en aventuras que te insinúan la muerte: basta leerlas. Por qué realizar una obra, cuando es mucho más bello soñarla, se preguntaba el personaje de El Decamerón que interpretaba el propio Pasolini.

Los tipos pasivos a menudo son, por dentro, gente atareada, frenética, ávida de aventuras que les prometen tal vez una muerte vertiginosa y épica, pero hacia el mundo se muestran ajenos a su interior, lánguidos, sin interés alguno por vivir a las carreras. En ese conflicto, acaso solo escritores como Julio Verne pacifiquen su alma en guerra. No sé qué habrá sido de Jesús Alfaro. Tal vez sea escritor, o conductor de autobuses, o nada. Hay gente así, que se desdibuja despacio, hasta convertirse en un chicle perfectamente aplastado en el suelo. Mi tío Cuco murió hace años, en Brasil, podrido de dinero. Algunos días sueño que se conocen y se sientan en un banco a hablar de sus cosas. Cuando un vizconde se encuentra con otro vizconde, decía Maurice Chevalier, ambos se cuentan historias de vizcondes. Aquel tío Cuco que abandonó un día el cementerio para emigrar y envejecer al lado de la mujer que lo haría millonario, ya no tenía demasiado que ver con el que descendía al infierno de la noche para custodiar el contrabando de don Hilario. Nada que ver, en realidad, salvo que eran la misma persona. 

En su casa, frente a las coloreadas playas de Santos, se había hecho construir una biblioteca para tener un lugar en el que encerrarse y beber en silencio el licor de hierbas que le enviaba la familia por terceros. En el fondo, supongo, no echaba tanto de menos a Julio Verne como las noches acorralado en la sepultura. Para entonces ya no me recordaba tanto a Mágico González, o Marlon Brando en La ley del silencio, como a ese personaje efímero de El gran Gatsby, sin nombre, que aparece en una de las fiestas del magnate. Nick Carraway, el narrador, y una amiga entran en la biblioteca de la mansión, en busca de cierta tranquilidad, y ahí hallan al personaje, que les pregunta «¿Qué les parece?», señalando hacia las estanterías llenas de libros. «Absolutamente de verdad: tienen páginas y todas esas cosas». Tras un intercambio de observaciones sobre cómo ha recalado cada uno en la fiesta, el personaje sin nombre explica que en su caso lo trajo la señora Roosevelt. «Claud Roosevelt. ¿No la conocen? Yo la conocí anoche, no sé dónde. Llevo casi una semana borracho, y pensé que sentarme un momento en una biblioteca a lo mejor me despejaba». 


Joan Didion, la escritora de los instantes normales

Joan Didion in memoriam
Joan Didion. Foto: Cordon Press.

Joan Didion (1934-2021) nació en Sacramento, en el oeste, y falleció el ayer en el extremo opuesto, en Nueva York, en vísperas de Nochebuena, a causa de la enfermedad de Parkinson, según adelantó su editorial, Knopf, a The New York Times. Toda su vida transcurrió entre bandazos, a veces geográficos, en ocasiones emocionales. En medio, quedan libros y crónicas que hicieron de ella una de las periodistas más innovadoras y fascinantes, dueñas de una prosa distante, poderosa, pulcra, fría, y sin embargo conmovedora. John Leonard, uno de sus editores, sostenía que sus frases «vienen hacia ti, si no en emboscada, sí como unos haikús enanos, como picahielos láser, con la fuerza de las olas».

Los cambios de ciudad, de estado, incluso los simples cambios de domicilio, dentro de una misma ciudad, fueron una tónica. En su casa, en los años sesenta y setenta, cuando hacía de reportera de una forma más regular, había una lista pegada con cinta adhesiva al interior de la puerta del armario, con todo lo que debía incluir su maleta para salir pitando a trabajar: dos faldas, dos camisetas, leotardos, un jersey, dos pares de zapatos, medias, sujetador, camisón, batín, pantuflas, cigarrillos y bourbon, así como una bolsa con champú, cepillo y pasta de dientes, jabón, maquinilla, desodorante, medicinas, támpax, crema facial, polvos y loción infantil. Para llevar en la mano, un chal de mohair, máquina de escribir, dos cuadernos pautados y bolígrafos, fichero y llaves de casa. «La lista me permitía hacer el equipaje sin tener que pensar y sin importar qué clase de artículo fuera a escribir», señalaba en El álbum blanco (1979). En la lista había una omisión significativa, un artículo «que me hacía falta pero que no tuve nunca: un reloj de pulsera». No lo precisaba de día, sino de noche. En otras palabras, tenía consigo todo lo imprescindible, pero no sabía qué hora era. «Esto podría ser una parábola, bien de mi vida como reportera durante aquella época o bien de la época misma».

Su madre era una ama de casa y su padre pertenecía al cuerpo aéreo de Estados Unidos. Durante su infancia se mudaron constantemente de una base militar a otra. No fue hasta que cumplió diez años que se establecieron de nuevo en el Valle de Sacramento. Equivalía, según ella, a la verdadera California, mucho más que Los Ángeles o San Francisco, aunque cuando Didion empezó a darse cuenta era ya un lugar decadente. «Mi infancia estuvo impregnada de la convicción de que ya hacía mucho que habíamos dejado atrás nuestros mejores tiempos», escribió en Arrastrarse hacia Berlín, su primer libro de no ficción, que recoge algunas de sus piezas periodísticas. 

Idealizaba Sacramento, pero sus fantasías literarias no rechazaron Manhattan. Uno de sus pasatiempos favoritos en las bases militares era leer Vogue. Esta «solía tener un concurso para estudiantes universitarios que ofrecía un viaje a Nueva York, y mi madre me lo señaló como algo que podía ganar cuando tuviera la edad suficiente», cuenta a Tracy Daugherty en la biografía que esta le dedica en The Last Love Song (2015).

A los diez años ya había empezado a escribir historias. «Pero yo no quería ser escritora. Yo quería ser actriz. No me di cuenta entonces de que es el mismo impulso. Es fantasía. Es representación. La única diferencia es que un escritor lo puede hacer a solas», declaró en 1977 para The Paris Review. Pronto irrumpiría en su vida Ernest Hemingway. A los doce años acudía a la biblioteca local con una nota de su madre que la autorizaba a «echar un vistazo a los libros para adultos». Un día leyó el primer párrafo de Adiós a las armas, y lo escribió en una Olivetti Lettera 22. «Hemingway me enseñó cómo funcionan las oraciones. Las suyas eran perfectas, oraciones muy directas, ríos suaves, agua clara sobre granito». A partir de entonces, Didion experimentó siempre la necesidad de tomar notas. «La gente que toma notas en cuadernos íntimos es una especie distinta, gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de las cosas». Creía que los cuadernos delataban a sus dueños, porque al apuntar lo que veían al final se manifestaba «el implacable yo». 

Cuando llegó la hora, se presentó al concurso de Vogue. Los finalistas eran evaluados automáticamente por su potencial como empleados de las publicaciones de Condé Nast. Para entonces estaba loca por salir de California. «Nunca fui una gran fan de las personas que no salen de casa». Salir y marcharse «simplemente parece parte de tu deber en la vida». El 15 de mayo de 1956 escuchó por la radio que había ganado el primer premio. Pasó del Departamento de Inglés de la Universidad de Berkeley, por la que se había licenciado, a trabajar en la revista en una transición «tan antinatural que cuando el departamento de personal me preguntó qué idiomas hablaba con fluidez, solo se me vino a la cabeza el inglés medieval», confesó en Noches azules (2011). Jessica Daves, editora en jefe de la revista, le ofreció un puesto de cuarenta y cinco dólares a la semana. Cuando llegó, permaneció tres días con fiebre en una habitación de hotel, hablando por teléfono con «el chico que sabía que no iba a casarme en la primavera. Le dije que solo me iba a quedar seis meses, y desde mi ventana se veía el puente de Brooklyn. Pero resultó que el puente era el Triborough y que me quedé ocho años», escribió en Arrastrarse hacia Belén

Trabajó duro. Aprendió a detectar «los adjetivos que sobraban y los verbos que no funcionaban». Se las arregló para engañar al departamento de promoción «haciéndole creer que era razonable esperar solo un anuncio cada dos semanas de un redactor publicitario», según Daugherty. Pero por entonces Didion creía «en las posibilidades», y todavía tenía la sensación de que en Nueva York en cualquier momento iba a pasar algo extraordinario. «Nada era irrevocable; todo estaba a mi alcance». No era una simple ciudad, «era una noción infinitamente romántica, el nexo misterioso de todo el amor y el dinero y el poder, la esencia reluciente y caduca del sueño mismo». Los horarios de Vogue le dieron tiempo para ser freelance en otras revistas, e incluso escribir su primera novela por las noches, cuyas páginas iba colgando en las paredes del apartamento. En dos años, ascendió de copywriter a editora asociada en Vogue, escribiendo sobre casas de campo, diseñadores de ropa y otras personalidades, y al cabo también sobre libros y cine. 

Entretanto, se hizo con el pulso de la ciudad. En una de las muchas fiestas a las que acudía, en 1958 conoció a John Gregory Dunne, que escribía para el semanario Time. «Este es el tipo con el que deberías casarte», le dijo el también periodista Noel Parmentel al presentarlos, bromeando. Nada, sin embargo, la apartaba de su carrera. En 1962, en una columna de Esquire, se decía que «Joan Didion, la escritora y editora de Vogue extraordinariamente brillante… a los veinteséis años, es una de las pequeñas criaturas más formidables que se han escuchado en la tierra desde la joven Mary McCarthy». Al año siguiente, tras ser rechazada por doce editores, publicó su novela Run River, desapercibida para la crítica. Y al poco, se casó con Dunne. A finales de noviembre de 1963 entró en Ransohoff, la misma tienda que Hitchock había elegido para una escena clave de Vértigo, a comprar su vestido de novia. No contenta con eso, el 30 de enero de 1964 la boda se celebró en la iglesia de San Juan Bautista, de cuyo campanario salta el personaje que interpreta Jimmy Stweart en Vértigo. «Se pasó toda la ceremonia llevando gafas de sol», contaría años después Dunne, que estuvo a su lado casi cuarenta años. Leyó cada borrador de artículo y libro que Didion escribió hasta su muerte. «Como los dos éramos escritores y los dos trabajábamos en casa, nuestras jornadas enteras estaban pobladas por la voz del otro», destacó ella en El año del pensamiento mágico.

Pero un día algo se rompió entre Didion y Nueva York. «Descubrí que no todas las promesas se iban a cumplir». Añoraba los ríos de California y que el sol se pusiese sobre la costa. El cine y Hollywood, así como sus celebridades y el glamur la atraían cada vez más. Ella y Dunne necesitaban dinero, y «una de las cosas que nos hizo ir a Los Ángeles fue que tuvimos la loca idea de que podíamos escribir para la televisión». Didion «es una de las escritoras más inteligentes que conozco en términos de dinero. Ella y Greg no podían ganar lo suficiente de sus libros para vivir de la manera que ellos querían vivir, y ellos querían vivir bien», aseguraba el escritor Dan Wakefield.

Llegaban a Los Ángeles deseosos de explorar la ciudad. No se perdían una fiesta. «Joan y John eran fackers estelares. Podían acudir a cuatro fiestas en una noche», contaba el escritor Josh Greenfeld, amigo de la pareja en aquellos años. Con el tiempo, por su casa desfilaron estrellas como Janis Joplin, Harrison Ford, Brian de Palma, Martin Scorsese o Steven Spielberg. Didion empezó a escribir para The Saturday Evening Post, una revista poco conocida, y la razón de que su trabajo en esa época no tuviese la fama que sí acapararon Tom Wolfe o Gay Talese gracias a sus crónicas publicadas en Esquire.

En 1966, el matrimonio adoptó a una niña, a la que llamó Quintana Roo. «Tengo un bebé precioso en el Hospital Saint John’s de Santa Mónica —les dijo un médico un día de marzo—. Necesito saber si lo quieren». Cuando tenía un mes de edad, los desahuciaron. «En el alquiler había una cláusula que especificaba que nada de niños», y durante los siguientes meses vivieron en una casa que pertenecía a la viuda de Herman Mankiewicz. Dejó lo que había en la casa tal como estaba, a excepción de un objeto: el Óscar que le habían dado a Mankiewicz por el guion de Ciudadano Kane. «Montaréis fiestas, la gente se emborrachará y jugará con él», les dijo, mientras lo guardaba.

Ese mismo año, Didion publicó una de sus crónicas más célebres, sobre Lucille Miller, una mujer acusada de matar a su marido dentro de un Volskswagen Escarabajo para hacerse con el dinero del seguro. Estructurada como una novela negra, dosificaba la información, sin anticipar nada. En 1968 incluyó el trabajo en Arrastrarse hacia Belén, su primera colección de textos sobre California, entre los que también se encontraba su cobertura del movimiento hippie en San Francisco. Sus lectores se hicieron devotos de una Didion que estaba presente en muchas de sus crónicas, a menudo como observadora imparcial. The New York Times recibió el libro como «una muestra de la mejor prosa hoy en este país». Dan Wakefield, el autor de la reseña, empezaba diciendo que «Joan Didion es una de las escritoras más talentosas y menos celebradas de mi generación». Bret Easton Ellis, años después, la citó como la autora más importante que había leído, y una de sus grandes influencias. «No hice otra cosa que plagiarla descaradamente en Menos que cero». 

Lili Anolik, en el perfil que cuarenta años después le dedicó a la autora en Vanity Fair, admitía que la prosa era excelente, «directa y práctica, pero lírica, poética e hipnótica», al cabo de la cual se demostraba, sin embargo, que «el triunfo de Arrastrarse hacia Belén es Joan Didion, es decir, el personaje central de un libro que niega que el centro exista». Fuese como fuera, ella hizo evolucionar el género del ‘ensayo personal’, en el que la autora está presente en lo que relata o analiza, y «la experiencia subjetiva discurre paralelamente a las circunstancias objetivas», provocando «una eficaz identificación con los lectores», señaló el escritor Eduardo Lago. Didion se sumergía en la realidad que pretendía retratar. Buscaba detalles, buceaba en la vida cotidiana de las personas, en el espacio en el que vivían y trabajaban, entrevistaba a los amigos y familiares de los protagonistas. Escuchaba y observaba. Buscaba la exactitud. 

En 1969 empezó a escribir para Life, y tres años después inició su colaboración con The New York Review of Books. En 1970 publicó su segunda novela, Según venga el juego, protagonizada paro una actriz treintañera, a la deriva, con una carrera estancada y eclipsada por su marido, un prestigioso director de Hollywood. En esta ápoca, junto con Dunne, Didion escribió varios guiones, entre ellos los de The Panic in Needle Park (1971), una adaptación de su novela Según venga el juego (1972) y A Star is Born (1976). Su siguiente libro, El álbum blanco, se publicó en 1979. En él se reivindicó definitivamente como la gran cronista del oeste. Su fama se disparó, y en 1968 Los Angeles Times la nombró mujer del año. Todo ello tuvo un precio: su salud física y mental se deterioró. Le diagnosticaron esclerosis múltiple. «Lleve una vida sencilla. Aunque eso tampoco cambia nada, que nosotros sepamos», le dijo el médico. Años después, cuando ya existían las resonancias magnéticas, otro neurólogo descartó que la padeciese.

En 1988, después de haber publicado dos novelas más, y sus libros sobre sus viajes a Salvador y Miami, volvieron a cambiar California por Nueva York, ciudad a la que dedicaría Después de Henry (1992). En Manhattan «no tenía que conducir para salir a cenar. No era probable que se originase un incendio en la maleta, y no iba a ver una serpiente en la piscina», bromeaba para explicar la mudanza. Aunque por esas fechas, accedió a escribir «Carta desde Los Ángeles» para The New Yorker, y durante una época tuvo que volar a menudo a California. Ese año cubrió por primera vez unas elecciones presidenciales, y repitió en 1992, adentrándose por primera vez en los reportajes políticos. Volvería a hacerlo en 2004.

Sus ensayos sobre la política y los gobiernos estadounidenses se recopilarían en Political Fictions, en 2001, y en 2003 volvió a tomar California como objeto de ensayo en Where I Was From. Ese año iba a ser terrible para ella. Quintana cayó gravemente enferma, y el 30 de diciembre, al regreso del hospital, donde su hija se encontraba en coma, Dunne se desplomó de un ataque al corazón en casa y murió. A Didion la impresionó lo que llamó «el instante normal», es decir, la naturaleza fútil de todo lo que había precedido al momento de la muerte. «Cuando tenemos delante un desastre repentino, siempre nos fijamos en lo anodinas que eran las circunstancias en las que ha tenido lugar lo impensable». El año del pensamiento mágico es un libro sobre la pérdida, el dolor, el duelo, con cuya escritura Didion se defendió a su manera de la locura. La muerte de Dunne trastornó su mente y canceló «la normalidad de la vida» durante un año, en el que a menudo pensaba que él aún podía volver. «Que me lo devolvieran fue durante aquellos meses mi objetivo oculto, un truco de magia». Con el libro obtuvo el National Book Award, el National Book Critics Circle Award y fue finalista del Pulitzer. Lleno de frases cortas y sobrias, pero terriblemente convincentes, que capturan la angustia, la soledad, el miedo, la fragilidad de su autora, la obra conectó con miles de lectores en todo el mundo, que vieron en el dolor de Didion un dolor universal. 

Dos meses antes de su publicación, falleció su hija Quintana. La vida volvió a cambiar para ella «en un instante. Un instante normal». Sus editores le propusieron detener la impresión y añadir un capítulo final, si así lo quería. Didion lo desechó. Eran dolores diferentes. En 2012, en una continuación del duelo y la pérdida ya cultivados, publicó Noches azules, dedicado a la muerte de su hija a los treinta y nueve años. «Ya no me daba miedo morirme», confesó en el libro, de hecho, «lo que me daba miedo era no morirme, me daba miedo sufrir una lesión en el cerebro y sobrevivir». En sus últimas obras, con su voz desnuda, sin anestesia, Didion «opera sobre sí misma y proyecta la memoria invulnerable de ambos fantasmas —hija y marido— sobre la pantalla de su propia y crepuscular fragilidad, consciente todo el tiempo de que su tiempo se acaba», como señalaba hace unos años Rodrigo Fresán. Escribir sobre su dolor fue la forma de mantener la cordura y «pagar el billete de vuelta al mundo real». Después de todo, como había escrito cincuenta años atrás, al comienzo de El álbum blanco, «nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir».


Contrabando o muerte 

Contrabando o muerte
DP.

En Vilardevós (Ourense), durante muchos años, todos los vecinos eran contrabandistas porque todos eran pobres. En la misma línea, todos los ricos eran también contrabandistas. La civilización, a medida que avanza, favorece esa clase de incoherencias, comunes a todos los negocios oscuros. En aquel municipio, arrinconado contra la frontera portuguesa, todos hacían lo mismo. Solo existía esa forma de vida, que te ayudaba a ser pobre, si todavía no eras ni eso, y te apoyaba en tus sueños de volverte más rico, si en alguna medida ya lo eras. En todos los casos, el contrabando era una necesidad, o un vicio. Podías elegir ser otra cosa, a cambio de que siempre fueses contrabandista. No convenía tener sueños: no se cumplirían. Dentro de ese cercado que te impedía rebasarlos, todo se parecía mucho a aquel fugaz diálogo de Henry Fonda en My Darling Clementin, cuando le pregunta a su amigo: «Mac, ¿nunca has estado enamorado?». Mac es rotundo: «No. He sido camarero toda mi vida».

En la disyuntiva «contrabando o muerte», en Vilardevós todos elegían lo primero. La muerte no te daba de comer. Ni siquiera te permitía ser un pobre de medio pelo. Así que todos se volvían contrabandistas. Esa monotonía no estaba exenta de vértigo. De hecho, elegir el contrabando sobre la opción de la muerte —también muy respetable—, significaba a veces morir antes; y en otro país, aunque a pocos metros de tu casa. En la frontera seca —por contraposición a la raya que en otros municipios gallegos marca el río Miño— se jugaba con fuego cada noche, entre rutas imposibles y nevadas, por caminos que ni siquiera existían y hubo que inventar. Hoy está todo señalizado, bien cuidado, y apenas nieva. Hasta morir se ha puesto más difícil. Casi consigues tener la sensación de que las viejas rutas del contrabando eran, en resumidas cuentas, rutas para senderistas con GPS. Y que nadie moría en ellas, solo se arañaba las piernas. Sin embargo, entonces todo era horrible, penoso y feliz. Dependía de si eras rico o pobre. 

En todo caso, ser contrabandista te permitía estar vivo. Los días transcurrían lenta y plácidamente entre penurias y noches a cero grados, pero era porque, en esencia, aquel contrabando era la suma de frío y búsqueda del fuego, siempre a tientas, tratando de adivinar si en los próximos minutos seguirías con vida. En la frontera todo lo grave y bello sucedía en la oscuridad. Pero incluso esa oscuridad daba luz: los buenos contrabandistas no necesitaban ojos, conocían cada metro de sierra. Podían llamar a las piedras por su nombre, incluso acertar su edad. Cuando eres contrabandista, y huyes de la muerte a oscuras, ese tipo de conocimientos pueden salvarte la vida.

***

Entretanto, la Guardia Civil vigilaba para que se cumpliese la legalidad, pero a su estilo, facilitando el contrabando. No en vano, en los primeros años de la posguerra, incluso mucho después, la legalidad era un capricho que aún estaba en pañales. Mirar en otra dirección le proporcionaba a los guardias más beneficios que si actuasen como freno. Bastantes obstáculos pone ya la vida. Entre el final de la guerra y los estertores de la dictadura, existió en aquel paraje de montaña una bella armonía entre ley y crimen. Dentro de los márgenes del municipio, el contrabando funcionaba, en una escala humana, como una gran máquina de hierro, pero afectiva; cruel, pero comprensiva. Todos los vecinos tenían un remo, y todos bogaban en la misma dirección, apartando cucarachas. Nadie deseaba pasar penalidades, si podía evitarlo. Después de todo, nunca es la vida tan emocionante como cuando avanzas arrinconando bichos repugnantes, con la esperanza de encontrar tras ellos un milagro. 

El funcionamiento engrasado de la máquina exigía que, de vez en cuando, pareciese que no funcionaba engrasadamente. Algunas cosas solo pueden ir bien a condición de que vayan un poco mal. La imperfección, la posibilidad de un error esporádico, posee más credibilidad que la excelencia. Eso obligaba a la Guardia Civil a decomisar un cargamento periódicamente, para mantener las formas. No se trataba tanto de tomarla con los contrabandistas, que al fin y al cabo eran todos los vecinos, como de lavarse la cara ante los mandos, y de que los propios guardias pudiesen también ejercer el contrabando. Por esa razón las aprehensiones se resolvían casi siempre sin reo. Guardia Civil y contrabandistas eran una orquesta que ensayaba cada nota desafinada.

Julio Santamarina ingresó en la Guardia Civil en los años 50, y en los 60 estuvo destinado en dos de los tres cuarteles que había en Vilardevós. Hoy solo resiste uno en pie, abandonado y lleno de ratas, pero mucho más pequeñas que cuando estaba habitado. Los guardias eran tan pobres como el que más. A Julio lo conocí cuando ya se había retirado. Su vida era tan penosa como cabía suponer, para aquellos años y para aquel lugar, si no eras un pez ni gordo ni mediano. «Salíamos de patrulla a las ocho de la tarde y no regresábamos hasta las seis de la mañana. Naturalmente, siempre andando. Llovía, helaba, nevaba, daba igual en qué estación del año estuviésemos. En aquellos años, como es fácil imaginar, no teníamos vehículo. Cuando al fin dispusimos de uno, no teníamos gasolina. En el año 1967 yo cobraba tres mil pesetas al mes. Necesitábamos el contrabando como cualquier otro vecino». 

En los treinta y seis kilómetros de frontera que Vilardevós comparte con Portugal, existieron tres grandes rutas para pasar el contrabando, que atravesaban montañas agrestes y, proponiendo caras conocidas y noches rotas en varios trozos, a veces también traiciones necesarias. A lo largo de cincuenta años, el negocio tuvo apenas seis peces gordos: tres curas, el alcalde, el secretario del Ayuntamiento y el juez de paz. Se trataba de una simbiosis perfecta de poder y podredumbre. Oscuramente, sus tentáculos se extendían más allá del municipio. En realidad, cubrían toda la provincia, penetrando en los despachos gubernamentales. No hay gobierno, por altas que estén sus oficinas, que no tenga bajos fondos. Francamente: si la maquinaria del contrabando en aquel paraje fronterizo funcionaba como un reloj era porque existía armonía y el poder se corrompía pacíficamente. Nada une tanto como un buen negocio a medias, y suficientemente sucio. 

En los años 80 conocí a Benito Sánchez y Ramón Núñez. Entonces, el contrabando ya solo era una anécdota verbal, o estaba a punto de serlo con la desaparición de las fronteras europeas. Trabajaban en el Ayuntamiento, y durante años habían sido testigos de los tejemanejes del secretario. Cuando les pedí que me contaran uno, para saber por dónde iban los tiros, me hablaron de una solitaria llamada telefónica en los años 70. Era invierno, se les caían los mocos con el frío y sonó el teléfono, mientras fuera no paraba de nevar. Cogió Benito. Era de la oficina del gobernador militar, que quería hablar con el secretario. Benito le pasó el teléfono, como si fuese una bomba a punto de explotar. El asunto tenía que ver con el contrabando. La cara del secretario, y el tono, permitían intuir la gravedad.

Primero intercambiaron silencios, gestos, pero la conversación se caldeó poco a poco, hasta que hubo más que palabras. Benito y Ramón se miraban entre ellos, y escuchaban. En un momento dado, les llegaron los gritos del gobernador, que se exasperaba e insultaba al secretario, haciendo referencia a sus cortas piernas. En efecto, el secretario padecía una malformación de nacimiento, que había limitado el crecimiento de sus extremidades ostensiblemente. Apenas medían cuarenta centímetros. En ese instante, el secretario explotó: «Sí, tengo las piernas cortas. Y fíjese lo que le digo, gobernador: ahora mismo estoy sentado en una silla que del culo al suelo tiene cincuenta centímetros, y las piernas me cuelgan. Pero los cojones me arrastran, fíjese. No vuelva a molestarme». Y colgó. «Mañana lo fusilan», pensó Benito. Pero no ocurrió nada especial. Los contrabandistas que pasaban por la mesa del secretario del Ayuntamiento, pasaban después por el despacho del gobernador. A esa clase de tentáculos me refiero. Eran, entre unas cosas y otras, los bellos años 60 y 70, y la armonía resultaba perfecta, como una chimenea y su fuego.

***

A la sombra de los peces gordos estaban los peces medianos, los peces pequeños, y la comida para peces, que eran los cientos de personas —un municipio entero— yendo de un lado a otro de la raya cada noche. Era una orquesta caótica, pero bien dirigida. Hace algunos años conocí también a Amable Rodríguez. Entonces él tenía ochenta y cuatro. Le pregunté a qué había dedicado su vida, por preguntar algo. Era un pez mediano. Le gustaba andar a su aire. No le gustaba que le diesen órdenes, así que trabajaba para él. No había más que verlo hablar y gesticular para concluir que dignificó el negocio. Todavía no lo hemos dicho, pero el primer contrabando, incluso el segundo, era un contrabando «sano». Ponía comida y abrigo donde solo había ratas. Después de la guerra, era más de lo que se podía soñar: un gabán y un plato caliente. 

Amable había vivido de cerca todas las etapas del estraperlo, que, en el fondo, es una historia sobre el progreso y el desplazamiento, además de sobre la vida y la muerte, y el frío y el hambre. «Primero traficabas usando tu espalda. Después traficabas con un burro. Y por último, cuando llegó al mercado, y podías permitírtelo, te comprabas una furgoneta. Yo me quedé en el burro». Amable empezó a cargar azúcar a la espalda antes incluso de acabar la guerra. «Lo recogías en Portugal, en sacos de cincuenta kilos, cruzabas la frontera, y aún recorrías veinte kilómetros para distribuirlo. Por esas laderas que ves ahí», decía, y señalaba con nostalgia hacia el horizonte: grandes árboles, pendientes, piedras con nombre y apellidos, el cielo raso… Si tenías suerte, y no morías, o te mataban, ganabas entre dos y cinco pesetas. En aquellos días el lumbago fue un trastorno muy familiar, casi querido. Se alivió cuando los contrabandistas pudieron darse el lujo de los animales. «En mi aldea, algunas noches se movilizaban hasta cien burros, todos en pos de la frontera», en silencio, como apaches. 

Todo empezó con el hambre, que en el caso de los ricos se manifestaba como hartura, que, como todo el mundo sabe, produce más hambre. A fin de saciarla, los vecinos empezaron a cruzar la frontera, acabada la guerra, para hacerse con artículos de primera necesidad, para la pura supervivencia de la población: centeno, trigo, azúcar, sardinas en lata, ganado, almendras, bacalao. Te encontrabas en un país extranjero, de noche, con caras a las que a lo mejor no veías en semanas, pese a ser vecinos de toda la vida. A veces incluso primos carnales. La frontera era un reencuentro, un hervidero, un club social para la familia y amigos, pero en otro país. Aquellos hombres y mujeres estaban predestinados a su único destino. «Fui a dar con una trompeta, estudié y toqué», resumió en una frase Miles Davis su vida. Esta gente no era muy distinta, en el sentido de que adivinaron su camino: nacieron en la frontera, la cruzaron y así sobrevivieron. El contrabando proporcionó aplomo a todo el municipio. En esa medida, se pudo pasar a mercancías más serias, que dejaban mayores beneficios. Cuando al fin eso ocurrió, los pobres pudieron darse el lujo de mantener su estatus de pobreza, mientras que los ricos progresaron y se volvieron todavía más ricos. 

Contrabando o muerte
DP.

Había llegado el contrabando de café. El mundo ya se estaba preparando para no sobrevivir al mediodía sin tomarse una taza. Mientras escasease, pero la humanidad suspirase por él, la frontera sería fértil, de modo que los pobres pudiesen seguir siéndolo, y otro tanto los ricos. Hace veinticinco años conocí también a Nisio Álvarez. Era el chófer del autobús en el que iba al instituto. En sus mejores días, durante la década de los 60, movía cinco toneladas de mercancía cada mes. No tenía jefe. Era un outsider, operando al margen de las redes de los peces gordos. En términos cuantitativos era un pez mediano, ligeramente grueso, pero que se manchaba las manos, como los peces pequeños.

El nuevo maná llegó durante un cambio de paradigma decisivo en los medios de transporte, cuando se dio el salto de la espalda al burro. Nisio debe tanto al autobús de pasajeros con el que distribuía el café, como a los burros con los que previamente atravesaba la frontera. Aquellos animales eran, en cierto sentido, como de la familia. O no. Eran la familia. «No teníamos que hablar para según qué cosas. Eran como personas. Nos bastaba mirarnos para entendernos. Al caer la noche, yo los sacaba del establo, les decía “vamos”, y ellos iban. Solos, eh. Cruzaban la frontera, se dirigían a la casa de mi contacto en Xixirei (Portugal), y allí les cargaban el café. Después, regresaban a España tranquilamente, solos otra vez. En caso de que apareciese la Guardia Civil, nunca había reo». Sencillo, como todo lo complejo. La segunda fase, cuando cargaba el café en el autobús, para su distribución a terceros, tampoco estaba exenta de riesgos. «Alguna vez tuve que atropellar a un guardia civil, pero sin consecuencias mortales», confesaba. No podía sobornarlos a todos, y a los que sobornaba no podía sobornarlos todo el tiempo, así que eso generaba situaciones incómodas. En enero de 1966, de hecho, se presentaron en su casa tres unidades de la Guardia Civil. «Ese día tenía seis mil quinientos kilos de café repartidos por distintas habitaciones. No tenía escapatoria. Estaba acorralado, ya me veía en la cárcel. Pero entonces, antes de que empezase el registro, se me ocurrió una idea, a la desesperada. Le pedí a mi suegra que, cuando entrasen los agentes, fingiese una ataque de ansiedad. Lo bordó. Se tiró al suelo, se retorció, gritó, una barbaridad. Le dije al sargento que estaba al mando: “Esta señora tiene ochenta y nueve años, así que si le ocurre algo lo hago a usted responsable”. No sé cómo, pero retrocedieron y se fueron».

Aquel era el tipo de riesgo personal, si la suerte no estaba de tu parte, que asumías si eras un outsider. En el fondo, la mayor diferencia entre un pez gordo y uno mediano residía en que el segundo algunas veces quedaba expuesto a la ley. No le ocurría eso al secretario del Ayuntamiento, ni al alcalde, ni al juez de paz, ni a los tres curas del municipio, que no solo podían darse la tranquilidad de guardar el contrabando en las sacristías, o los panteones, sino también pedir a las fuerzas del orden que de vez en cuando velasen la mercancía. 

El clero se había adaptado a la «maquinaria» con gran naturalidad. En muchos sentidos, incluso fueron pioneros. Suya fue la idea de crear, en los años 50, una banca para favorecer el juego ilegal. La red se extendió a todo el oriente de Galicia, penetrando incluso en Castilla-León. En esa misma década introdujeron el condón. Al calor del café y el cobre, la frontera había abierto el paso a otros contrabandos, de todo tipo: cuchillas de afeitar, brocas, piedras para mecheros, sierras, jabón, penicilina. «En una de esas, también prostitutas», evoca Ramón Núñez. Definitivamente, el municipio había despertado al comercio. En cierto modo, la frontera era un olmo que daba peras. Peras de todo tipo, como la gonorrea, que impactó con gran ánimo. Al punto que los curas decidieron actuar. Así es como comenzaron a atravesar la frontera los primeros preservativos. Ramón los recuerda como el primer día, como si todavía quedase alguno perdido en las mesillas de noche. «Tenían la gran ventaja de que se podían utilizar varias veces. Se lavaban, se les daba la vuelta y se colgaban en una bodega fresca, para que no se resecasen. Conozco casos de compañeros que se los prestaban unos a otros. “Oye, déjamelo esta noche, que tal y que cual”. Fue un gran contrabando. Costaba siete duros cada uno. Pero a lo mejor uno trabajaba quince o veinte noches». 

***

El vehículo revolucionó el contrabando. A cambio, el contrabando inventó el doble fondo, que revolucionó el vehículo. José Escudero, al que conocí ya como cartero —hace de eso treinta años—, cuando se había retirado del contrabando, era el hombre de confianza del juez de paz, que, como el cargo sugiere, era un pez gordo. «Yo me encargaba de los asuntos delicados». Pronunciaba asuntos delicados en cursiva. Cuando su jefe decidió trabajar a lo grande, al por mayor, se hizo con un Austin de cuarta mano. No era lo que se entiende por cómodo, pero se defendía bien en la montaña. Tenía doble piso. Eso era tan o más importante que la caja de cambios. En cada viaje podía mover tres toneladas de cobre. «En una ocasión cargamos tres mil quienientos kilos, ocultos bajo castañas. Antes de llegar a Ourense, nos detuvo una pareja de la Guardia Civil. No teníamos de mano a todos los agentes de la provincia, naturalmente, y me preguntaron qué llevaba. “Castañas”, respondí. “Pues vamos a inspeccionar esa mercancía”, dijo uno, con mal gesto. “Inspeccionen lo que quieran”, dije. Ya estaba preparado para saltar por un terraplén y matarme, si hacía falta. Tuve suerte y se quedaron tranquilos al ver castañas. Me multaron por no pitar en la curva. Les dije que no tenía un duro, y me quitaron la multa de la curva y me pusieron una más pequeña por llevar suelto el guardabarros. Qué bonito era el contrabando». 

José Escudero supo retirarse a tiempo. En cuanto la mercancía empezó a ser humana, se hizo cartero. «No me gustaba el contrabando que hablaba». Eso comenzó a suceder en los 70. De pronto, las cosas se pusieron feas en Portugal, y sus ciudadanos huían desesperados a Francia, escapando de los reclutamientos de la dictadura para surtir las necesidades del ejército en Angola. Fue el principio del fin. Nunca más el contrabando volvió a ser heroico y digno. Y faltaban por llegar las divisas, el tabaco y las armas de fuego.


Acabar pronto

Acabar pronto
El cartero siempre llama dos veces. Imagen: Paramount Pictures.

Algunas cosas solo salen bien a cambio de que se hagan rápido y mal. No importa de qué se trate. Todo puede ser acometido inopinada y vertiginosamente, como en esa escena de El cartero siempre llama dos veces entre Jessica Lange y Jack Nicholson, donde el sexo se improvisa entre sartenes y cacerolas, en el caos reinante de la cocina. Las cosas mal hechas, cuando buscan la avidez y la velocidad, a menudo se arreglan solas y destellan. No digamos si estás empalmado. En algunas circunstancias concretas las premuras son buenas, y dejan tras de sí esa estela apuesta y lenta que permite la moviola. Incluso Dios, según algunas fuentes, zanjó el mundo como si tuviese prisa, de una sentada, loco por finalizar e inventar el domingo.

¿Qué urgencia había? ¿Acaso se iba a acabar el mundo antes de empezar? La historia no le ahorró críticas. Hasta un tipo como Samuel Beckett, frío y parco, se permitió amonestar aquellas carreras encabezando uno de sus libros con ese chiste en el que el cliente le reprocha a su sastre: «Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses». A lo que el sastre responde: «Pero señor, mire el mundo y mire su pantalón». No vi el pantalón, ni falta que hace, pero el mundo, imperfecto, horrible y atroz como es, no puede resultar más bello.

La secuencia de ejecución de ciertas obras solo puede ser fugaz, única, chambona y —como si la hiciese Dios— sin intermedios. A menos que los intermedios sean técnicos, para servirte otra copa y retomar la velocidad, por ejemplo. A veces pienso que Rodolfo Fogwill no habría escrito Los Pichiciegos en una semana si hubiese realizado una parada de vez en cuando, para tomar resuello, o para dar una cabezada. En su caso, cuando necesitaba descansar disponía una raya de coca en la mesa, esnifaba resueltamente y seguía escribiendo. Es conocido que empleó veintún gramos de perica en la redacción de la novela, a razón de tres diarios, y el resultado fue un libro que nunca dejará de leerse. No se le ven las costuras por ninguna parte. Ni siquiera asoma la cocaína. Es redondo, perfecto, sin dejar de ser frenético. La velocidad de ejecución lo hizo mejor.

Cuando te cuesta hallar la disposición para hacer las cosas, una vez la encuentres solo deseas continuar hasta vislumbrar el final. No sabrías comenzar dos veces. Te guía una fiebre irracional, indómita, ajena. Se llama «desenfreno». Basta una primera chispa, y que prenda, para que todo fenezca bajo un incendio fascinante, que no querrás sofocar hasta comprobar si también las cenizas resplandecen. Gary Cooper resumía la irreversibilidad de la llama que arde en una de esas confesiones íntimas que soltaba en público: «Cuando estás con Grace Kelly da la impresión de que se va a comportar como un témpano, hasta que le bajas las bragas. Entonces es un volcán en erupción». Eso. Eso es. Eso es exactamente.

Hay creaciones que no admiten treguas. No puedes detenerte. Te arrastra su caudal interno. Recuerdo que, en sus mejores días en el Barça, Romario salía del Camp Nou tras un partido memorable, y daba continuidad a su «obra» en una discoteca, rodeado de cinco o seis mujeres. Aquel Romario no era tanto un futbolista como un hombre desenfrenado. «Nunca me comporté como un profesional, nunca fui un atleta. No dormía como debía, no comía como un deportista, siempre llegaba tarde, no me entrenaba a fondo todos los días, no respetaba los descansos… pero metí mil dos goles», presumía. Cuando empezó a salir por las noches, los aficionados le exigieron que parase. «Si no salgo, no meto», avisó el delantero. Así fue. Dejó de marcar. «Entonces los aficionados se manifestaron en la calle para que volviera a salir de noche, y empecé a meter goles». No importaba que algo estuviese mal si entre tanto iba bien. Formaba parte del entrenamiento. En ocasiones, de hecho, Romario no podía esperar a salir del estadio para desenfrenarse. Hace años confesó al diario O Globo que había mantenido relaciones sexuales en el vestuario de Maracaná. «Fue una sola vez, después de un partido en el que tuve que quedarme para la prueba antidopaje. Una novia que tenía por aquella época había venido a verme, y en el vestuario no quedaba nadie… así que aprovechamos».

Nada promete tanto como cuando es imposible renunciar a hacerlo. Cuando la desesperación y la ceguera te empujan, no hay obstáculos suficientemente altos. Ni siquiera tu muerte te detendrá. Tal vez conozca la historia de Évariste Galois, insigne matemático. El 29 de mayo de 1832 tuvo un altercado con otro hombre en una taberna, a propósito de una mujer. Una cosa llevó a otra, y aceptó un duelo al amanecer. Su rival era militar de profesión y él un científico enclenque. Pero no tuvo la tentación de buscar un caballo y huir. Entre tanto no amanecía, Galois se fue a casa y escribió febrilmente para dejar constancia de una solución concisa a un bello problema, que fue de inmensa influencia en las matemáticas de la segunda mitad del siglo XIX y en las de todo el XX: «Dada una ecuación de grado primo, decidir si es o no resoluble por radicales». Ahí es nada.

Galois estaba convencido de su muerte, pero aun así escribió sin detenerse a maldecir su destino. Escribió la obra en una noche, una obra de gran peso, fundadora de la matemática moderna. Y a eso añadió tres cartas para sus amigos, a modo de adiós. Al amanecer, abandonó su habitación de la pensión Sieur Faultrier, en París, y se enfrentó en duelo a pistola con Pescheux d´Herbinville, según testimonio de Alejandro Dumas. Galois recibió un balazo en el abdomen y lo dejaron abandonado, como un perro. Un transeúnte lo encontró y lo llevó al Hôpital Cochin, donde murió al día siguiente. Catorce años después, los manuscritos que escribió en las vísperas de su muerte fueron publicados, naciendo de esa manera la rama de la matemática conocida como teoría de grupos. Nadie detiene a un hombre con una cerril determinación en el ojal. Y menos su muerte.

A veces, incluso la determinación cerril es precisamente la muerte. El poeta griego Costas Kariotakis consumó sus últimas horas en un café redactando una nota que más tarde hallarían en su cadáver. El día anterior había intentado suicidarse tirándose al mar, de donde fue rescatado, al ser devuelto a la playa por las olas. Al día siguiente vistió el mejor traje que tenía y compró una pistola. A media tarde del 21 de julio de 1928 se descerrajó un tiro en el corazón. Gracias a una cerril determinación. Horas después, en su bolsillo encontraron la nota que había escrito en el café: «Aconsejo a cuantos sepan nadar que no intenten suicidarse tirándose al mar. Durante diez horas estuve peleándome con las olas. Tragué una enormidad de agua, y sin saber cómo, de vez en cuando subía a la superficie. Seguramente, alguna vez, cuando tenga oportunidad, escribiré las impresiones de un ahogado».

Nadie como George Simenon, sin embargo, para entender el trabajo como una inmersión obsesiva, total, durante la que no hay que subir a tomar oxígeno. Escribió más de doscientas novelas, como se sabe, y mientras, como le gustaba presumir, mantuvo relaciones sexuales con diez mil mujeres, rebajadas a mil doscientas según su esposa. Muchas de ellas secretarias, cocineras y amas de llaves que contrataba su mujer para facilitarle la vida. Empezó a escribir en 1919, como corresponsal de policía para el diario La Gazette de Liège, y ya no se detuvo hasta 1989, condicionado por su muerte. Disfrutó de una gran fortuna, que gastó en comprar castillos, yates, coches, putas y champán. Le gustaba cerrar prostíbulos de provincia solo para él y su mujer, y confinarse —es decir, sumergirse— durante tres días seguidos, sin descansos. Era el método que adoptaba también cuando escribía.

No le gustaba respirar cuando tenía un asunto importante entre manos. «Cuando estoy escribiendo una novela —admitía en The Paris Review en 1955— no veo a nadie, no hablo con nadie, no respondo a ninguna llamada telefónica. Me aseguro de que durante once días no tengo una visita programada. Yo vivo como un monje. Todo el día soy uno de mis personajes». En cierta ocasión, Alfred Hitchcock lo llamó por teléfono y le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una novela. El cineasta, que conocía la inclinación al encierro de Simenon, pero también el poco tiempo que le llevaba acabar una novela, respondió: «Bueno, espero».

Después de cinco o seis días de inmersión literaria, siendo otra persona, la situación es casi insoportable. «Por eso mis novelas son tan cortas. Pasados once días no puedo más. Tengo que dejarlo. Es físico. Estoy muy cansado. Es horrible. Por esta razón, antes de empezar una novela, llamo al médico. Me toma la presión arterial, lo comprueba todo, y si dice “OK”, empiezo». Era importante que estuviese bien de salud para soportar los siguientes once días siendo un personaje empujado al límite. Bajo ninguna circunstancia Simenon podía interrumpir la escritura de una novela. «Si enfermo durante cuarenta y ocho horas, interrumpo la novela, tiro todo a la basura, y vuelo a comenzar de nuevo».

En la vida, no pocas veces se trata de seguir recto, obviando el radio de la curva, y llegar a la meta a través del despeñadero. Los frenos están sobrevalorados. Cada cierto tiempo conviene no revisarlos. Cuestionar la frenada. El frenesí es eso: a la mierda los frenos. A la mierda la curva. A la mierda todo, menos la velocidad. Hace algunos años, pero no demasiados, un compañero de la prensa acudió a media tarde a un hotel de Vigo. Era verano y allí lo esperaba una conocida actriz, que estaba de vacaciones, pero sin dejar de estar de promoción. El redactor jefe había acordado la entrevista esa misma mañana, y le encargó la improvisación a mi amigo. Quedaron en la terraza, con vistas a las islas Cíes. Después de la sesión fotográfica, ella sugirió que estarían más tranquilos en su habitación. «Este barullo…», alegó sin completar la frase. Era cierto, había por allí un grupo de rusos muy ruidosos, vagamente borrachos. Él se encogió de hombros, como desganado.

«Bueno». Subieron. Apenas se cerró la puerta, todo se precipitó, como en una emboscada de apaches, en un tranquilo y hermoso valle de Arizona, donde de pronto la atmósfera se envuelve en una polvareda pesada. Cuando el periodista pretendió valorar qué pasaba, ella le estaba bajando los pantalones, tomaba su polla y la introducía en su vagina, en un exitoso acople. Casi se oyó el «clic» en recepción. Todo fue muy rápido. Él sintió vértigo y cosquillas, como al correr borracho por el filo de una azotea. Ni siquiera había calculado si sus amigos se creerían aquella historia, cuando escuchó de la boca de la actriz: «Acaba pronto, mi novio está a punto de llegar del aeropuerto». Esta. Esta es. Esta es exactamente la forma de acometer ciertas empresas, buscando con turbación la meta, sin pararte a respirar siquiera. Procurando, como quien dice, acabar antes de empezar, despreciando los frenos, la curva, el precipicio, la llegada inminente del novio.


Perec soy yo

Georges Perec DP
Georges Perec. Foto: DP.

Cuando llega el 23 de junio, Kim Nguyen Baraldi compra en una librería de Barcelona un ejemplar de La vida instrucciones de uso, de Georges Perec, y se lo deja al librero para que «se lo regale a un cliente que entre un poco antes de las ocho». El día y la hora, un poco antes de las ocho, importan. Ese regalo es el particular homenaje a un autor y una novela que se acaba al alcanzar el capítulo 99, cuando su protagonista, Percival Bartlebooth, muere en el sofá de casa, sentado delante de un puzle, en el momento que van a dar las ocho de la tarde del 23 de junio de 1975. «Todos los 23 de junio, a esa hora, pienso: acaba de morir Bartlebooth. Y como en toda Barcelona se está celebrando Sant Joan, mentalmente me hago la broma de que, en realidad, festejan la novela de Perec».

¿De dónde viene la obsesión de Kim Nguyen por Georges Perec? Es más, ¿quién es Kim Nguyen? Se trata de un catalán que gestiona proyectos para la Universidad de Barcelona. Nació en Bruselas en 1985. Allí recalaron sus padres durante los años setenta, siguiendo cada uno su propio camino. Su madre es italiana y llegó a Bélgica con ocho años; su padre, vietnamita, llegó con casi veinte como refugiado político, huyendo de la guerra en su país. La lengua materna de Nguyen Baraldi fue el francés. A los tres años se mudó a Barcelona, donde aprendió el catalán y el español. Estudió en el Liceo Francés y a los diecinueve se marchó a París, donde «una profesora de literatura buenísima me recomendó leer La vida instrucciones de uso». En ese momento, en cierto sentido, su vida cambió de un modo imposible de prever, girando ya para siempre alrededor de Perec. Vivió seis años en París, estudió en la Sorbona, hizo la carrera de Letras. Pero los académicos volvieron los estudios demasiado áridos. Los escritores lo salvaron. En especial, Perec.

La vida instrucciones de uso, que recrea la vida en un edificio situado en una calle imaginaria de París, como si hubiese desaparecido su fachada y pudiésemos ver a sus vecinos y pertenencias, lo enganchó enseguida, desde el mismo epígrafe, una frase breve de Julio Verne: «Abre bien los ojos, mira». A partir de ahí se desencadena, a lo largo de casi setecientas páginas, un exhaustivo viaje en forma de inventario de vidas de inquilinos, visitantes, amigos, parientes y exinquilinos, e infinidad de objetos que se encuentran en los apartamentos, desvanes, sótanos y tramos de escaleras del edificio. El libro se publicó en septiembre de 1978 e Italo Calvino lo recibió como «el último verdadero acontecimiento de la historia de la novela».

Al acabarlo, Kim Nguyen saltó a Las cosas. «Creo que casi me gustó más que La vida instrucciones de uso porque enganchó con mi momento vital». En parte, se sentía como sus personajes, un hombre y una mujer que a los veinticuatro años empiezan a ganar un salario y a descubrir París. «Sin embargo, leí mal la novela, demasiado literalmente. El libro es una crítica a la sociedad de consumo y a la imposibilidad de saciarse. Yo me quedé con los paseos y las derivas por la ciudad, los restaurantes de los barrios, las citas con amigos, las conversaciones sobre cine americano. Me quedé en la sensualidad de la novela. Más tarde lo volví a leer más canónicamente. Y vi que, en realidad, las dos lecturas son buenas. Perec llevaba también esa vida sensual».

Vinieron a continuación el resto de obras: Lo infraordinario, Especies de espacios, El secuestro, Pensar/clasificar, Me acuerdo… Perseguido por el fantasma de Perec, o persiguiendo quizá al fantasma de Perec, Nguyen se dedicó a visitar todos los pisos parisinos en los que había vivido; incluso acudió al molino de Normandía en el que escribió El secuestro. «Estuve en su habitación y en las escaleras por las que le gustaba hacer que se caía y gastarse autobromas».

Kim Nguyen se sumó a la Association Georges Perec, naturalmente. Releyó sus libros, pues Perec nunca se agota, y también los libros de otros sobre él. Inevitablemente, generó una relación afectiva hacia su escritor preferido, y parecía que estuviese a punto de gritar en cualquier momento: «¡Perec soy yo!». Durante una época, incluso se durmió con su voz. «Me ponía los cascos y escuchaba todas las noches una grabación que había hecho para la radio, titulada «Tentativa de descripción de las cosas que veo en el cruce de Mabillon», y que la emisora France Culture le propuso tras el éxito de su libro Tentativa de agotar un lugar parisino. El autor había permanecido ocho horas apostado en un punto de esa calle describiendo cada cosa que veía, en un intento de agotar, de decir completamente el lugar. «Es una voz tranquilizadora, dulce, con momentos de júbilo. Cuando pienso en esas noches, durmiéndome con su voz, son noches lluviosas. Perec empieza hablando de cinco personas que abren un paraguas, de una señora que se resbala y se cae, de un autobús turístico, de un camión, de la señora que se ha caído y que ahora está ahora sentada en el café Le Mabillon…».

Empujado a ir cada vez más lejos, decidió hacer lo que le faltaba: escribir un libro sobre Perec. Era como pagar una deuda imaginaria, pero no por eso menos deuda. Fue así como surgió la idea de escribir un libro de crítica coral a través de las voces de escritores en lengua española que estaban influidos por él y admiraban su obra, y en algunos casos la habían traducido. «Es una idea muy perequiana, en realidad. Él consideraba que la literatura era una constelación. Creía en el escritor que trabaja en complicidad con los escritores que lo precedieron, y no en el escritor romántico que escribe en soledad, aislado. Buena parte de su obra está escrita en colaboración. Decía que todo lo había escrito tendiendo puentes con los escritores que más amó. El secuestro empezó a escribirlo a cuatro manos y algunos de sus “me acuerdo” son en realidad de sus amigos. Le gustaban los plurales y creía mucho en la amistad», sostiene. Es conocido que prestaba las llaves de casa casi a cualquiera, cuando no dejaba la puerta abierta. Lo más característico de él era su apertura a los demás. «“Yo pensaba que era el mejor amigo de Perec, y resulta que su mejor amigo éramos al menos quince”, dijo uno de ellos una vez». 

Nguyen Baraldi seleccionó a algunos perequianos confesos —Eduardo Berti, Mercedes Cebrián, Juan Pablo Villalobos, Belén Gache, Pablo Martín Sánchez o Adrià Pujol i Cruells, entre otros—, pero sin relación personal con Perec. Pudo haber entrevistado a amigos, a conocidos, que hablasen de los episodios de su vida, de aquello de lo que fueron testigos, pero temió que entonces su proyecto, «aunque divertido, se habría vuelto anecdótico. Habríamos acabado hablando de la persona. Y yo quería que la literatura fuese el centro. La suya y la que se hace a partir de la suya». Uno a uno los puso a hablar de Perec y el lenguaje, el OuLiPo, el humor indescifrable, los objetos, las listas, los finales tristes, el espacio-tiempo, los juegos, los ritos o las perillas. Al acabar, se encontró con horas y horas y horas de grabación para editar. «Me sentí en cierto sentido como Gaspard Winckler, el personaje de La vida instrucciones de uso que recibe de Bartlebooth quinientas acuarelas con el encargo de transformarlas en puzles». 

El manuscrito está recién acabado. «El lector, y esto resulta también muy perequiano, puede empezar a leer por donde quiera; cada capítulo, centrado en un aspecto de la vida y la obra de Perec, se compone de pequeños fragmentos que pueden leerse de forma aislada». Es una historia oral en la que el autor no aparece, solo el nombre de los escritores, dos puntos, y sus voces, que se van mezclando. «No quise narrar. Yo no soy escritor. Mi rol es conceptual. He hecho y transcrito las entrevistas, he recortado, he pegado, me he sentido hacedor de puzles. El juego del libro es que sean escritores contemporáneos, en activo, los que hablen de Perec». No hay introducciones, acotaciones, explicaciones. Solo voces.

Es un libro «portátil», pretendidamente corto, de ochenta páginas, que deviene en algo más que un libro sobre Perec. Nguyen destaca que «al entrevistar a escritores contemporáneos, estos acaban a menudo hablando de ellos mismos. Utilizan a Perec para tocar temas que les interesan», de modo que el libro se vuelve «un laboratorio de ideas y un pretexto para hablar de lo que se hace hoy en día en literatura, a la vez que muestra la total vigencia de Perec, que no se acabará nunca». 


Vida y muerte de los calcetines blancos

calcetines blancos
Foto: Bark. (CC)

Los calcetines blancos se las prometían felices cuando dieron el salto al estilismo de calle en los ochenta. Normal: dominaron el mundo entero durante algún tiempo. La vida les sonreía. Aquella época fue una caja de sorpresas. Una prenda deportiva, que apenas sobresalía en los gimnasios, trascendió el fitness e inundó pueblos y ciudades de todo el planeta. No tenías calcetines blancos, sino que los calcetines blancos te tenían a ti. Le prestabas tus pies, tus zapatos, tu alma. Eran los reyes, y te hacían sentirte así a ti. En los noventa, sin embargo, ya estaban acabados. Y si no tenías cuidado, también lo estabas tú. Se volvieron abominables. Te prohibían entrar con ellos en las discotecas. Fue tal la hostia que se dieron que jamás levantaron cabeza. Ni el carácter cíclico de la moda conseguiría rescatarlos. Fue una decadencia instantánea, absoluta, sin solución. Ni oportunidad hubo de sentir pena por ellos. 

Un asco universal arrasó su fama, de la que no quedó nada en pie, salvo algunos iconos de su esplendor, como los videoclips de Michael Jackson. De pronto, no bastaba con no ponérselos. Alguien podía descubrirlos por casualidad perdidos al fondo de tu cajón de los calcetines. Te interesaba deshacerte de ellos a toda costa, sin concesiones a la nostalgia ni a los viejos recuerdos. Es lo que hizo, por ejemplo, un primo mío en su primera semana en el instituto, después de que una compañera se riese de él por combinar calcetines blancos con castellanos: al llegar a casa los arrojó por el retrete. Al día siguiente hubo que llamar al fontanero. «Estaban pasados de moda», alegó cuando los padres preguntaron. 

Contaba el futbolista argentino Claudio Caniggia que, en los ochenta y los noventa, a los extranjeros que fichaban por un club italiano los llevaban el primer día a vestirse bien. Italia era mucha Italia. Cuando Van Basten recaló en el Milán, por ejemplo, un día lo sorprendieron con traje y calcetines blancos. «Perdona, ¿qué es esto?», le llamaron la atención los dueños del club. 

Aquella prenda pasó de ser fondo de armario a ser un crimen. En un momento dado te los ponías con bermudas, con chándal, con vaqueros, hasta con traje, para una boda y, casi de repente, no servían ni de juguete para perros. En cierto sentido, tuvimos que cambiar de vida de golpe. Hacer algo así requiere siempre una enorme voluntad, y una leve pero determinante maniobra. «Nunca volveré a ponerme calcetines blancos con zapatos», te juraste al advertir que empezaban a mirarte raro tus propios amigos. Lo hacías solemnemente, como cuando en el siglo V a. C. la oligarquía de los Treinta Tiranos prohibió por decreto en Atenas recordar la derrota militar ante Esparta, obligando a cada ciudadano pronunciar el juramento «No recordaré las desgracias». 

Cada cierto tiempo, sin embargo, pese a estar muertos, surge un nuevo intento por devolverlos a la vida esplendorosa. Puedes leer entonces un reportaje en el que el redactor afirma que los calcetines blancos vuelven con fuerza, y te explica cómo llevarlos para no ser arrinconado por la sociedad, aportando fotos de perfiles de Instagram. Ja. Hace solo unos meses, el mismísimo David Beckham apareció en un desfile, al lado de Anna Wintour, con un impecable traje gris clásico combinado con zapatos oscuros y calcetines blancos inmaculados. Fue un buen intento. Un intento buenísimo, pero, como los anteriores, inútil. La calle no volverá a rendirse a los calcetines blancos. Cuando una hegemonía cae, lo hace para siempre, aunque su recuerdo nunca se borra, como pasa con los calcetines blancos, presentes en demasiados millones de fotografías familiares.


El Negro Jefe ordenó el invierno

Obdulio Varela, el Negro Jefe.

En Maracaná, con el marcador a cero, los segundos corren como regueros de sangre, en busca de su cadáver. La muchedumbre ruge incómoda cuando empieza la segunda parte de la final. Grita por no estar callada y morir de sustos. La primera apenas ha dejado vagas heridas, tiritas, uys, miedo en el cuerpo, pero ningún gol. Ese resultado vacío y lejano le basta a Brasil para proclamarse campeón del mundo. Pero, ¿cómo fiarse? Un empate es un lugar oscuro y peligroso, ni siquiera apto para hombretones que leen a Lovecraft. Si merodeas a deshora casi puedes escuchar los violines de Bernard Herrmann e intuir a tientas tu muerte. Es bueno alejarse a zancadas grandes, hacia un barrio más seguro, con luz pública y goles fulgurantes, de folha seca. El seleccionador, Flávio Costa, lo sabe y en el descanso exorciza a sus jugadores para marcar cueste lo que cueste. Hay que salir del callejón del empate. Y pronto, o los nervios se verterán y la selección nacional ya nunca podrá despertar de la pesadilla de haber perdido su mundial. Regresan al terreno con todo, machetes incluidos, escudriñando las huellas del equipo goleador que han sido durante todo el campeonato.

Milagrosamente, el sortilegio da resultado, y tan pronto se reanuda el partido Ademir coloca a los pies de Friaça Cardoso un pase exacto, no sin antes requerir complejos cálculos aritméticos y un estudio parsimonioso de las mareas. Es menos un pase que un trazo con un bolígrafo Bic cristal en un papel, directo a la órbita del penalti. Ahí aparece Friaça de la nada, como una visita de domingo, y solo tiene que saludar al balón con un «buenas tardes, señor» y señalarle la portería, de modo que con un toque de puntera, burdo pero eléctrico, condena al esférico a la red, pegado al palo izquierdo, donde muere en un gol, desangrado y solo. Roque Máspoli, el portero uruguayo, ni siquiera tiene ocasión de rezar un padrenuestro para que el balón se confunda en un córner. Solo llega a tiempo de mirarlo con pena y agitar un pañuelo de despedida, mientras cruza la línea de meta.

Doscientas cuarenta mil personas gritan, se contraen, explotan, lloran de alegría. Tal vez alguna muera, al estilo del viejo Casale, pues mucha satisfacción, de golpe, sin rebajar, se vuelve una losa que te aplasta con la puntera. Los aficionados aún desconocen que el tanto de Friaça, que esparce tanta dicha, en realidad solo le está haciendo sitio al desconsuelo, para que este sea rotundo, total e incurable, e instaure la Dictadura de la Tristeza. En los dos siguientes minutos, en los que no va a suceder nada, pasará de todo, y malo. No bastarán cien años para reponerse. Tal vez transcurra un milenio, y esos dos minutos, y lo que desencadenan, seguirán produciendo literatura y congoja.

Matías González, entre tanto los brasileños se abrazan y celebran una delicia efímera, de espaldas a la poesía de Rilke, que advierte contra la alegría, rescata el balón de las brasas y se deshace de él con rabia. Es el gesto de un defensa que ha llegado tarde a su destino, y solo encuentra destrucción y humo. El mundial se complica momentáneamente. En mitad del estruendo, el esférico rueda en silencio a pequeños pasos y se detiene a los pies de Obdulio Varela, el Negro Jefe, que se agacha, lo recoge y lo guarda debajo de un brazo. Su corpulencia casi lo es-conde. Solo se trata de otro gesto, pero Obdulio sabe muy bien lo que vale un simple gesto. Empiezan a contar los dos minutos más importantes de la historia del fútbol. Naturalmente, nadie desconfía todavía de dos minutos que parecen minutos cualquiera, de los que empleas en ir a la nevera y coger un cerveza, o salir a la calle y fumar un cigarro, o telefonear a tu madre y decirle que llegarás tarde, y borracho. A veces los momentos históricos pasan desapercibidos al ojo humano. «Yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo secretas», decía Borges. Son dos minutos eternos, comunes y recónditos, en los que no se juega al fútbol. Pero el fútbol, a veces, se cuece en mitad de la quietud, en estático, impasiblemente, para que después, cuando otra vez el balón ruede, estalle en combinaciones trepidantes que conduzcan al gol. A la postre, el fútbol en muchos lances no tiene nada que ver con el fútbol.

El Negro Jefe no tiene nervios. Se los robaron cuando era albañil y limpiabotas y sufría toda clase de penurias. Puestos a decirlo todo o casi todo, tampoco es un futbolista técnico. No chuta con potencia ni precisión. No remata bien de cabeza. No posee un sentido táctico demasiado agudo. No guía el balón por pasadizos imposibles. Pero sin él no corre la electricidad en el campo. Habría que jugar a oscuras, trenzando apuestas. Él es el fusible, el hacedor, la posibilidad del milagro entre tanta hostilidad. Es el capitán ante el que todos —los que chutan bien, cabecean, hacen magia con el balón— se vuelven y, en plena zozobra, preguntan con desesperación: «¿Y ahora qué, Obdulio?». En la historia del fútbol hay muchos Negros. El Negro Enrique, el Negro Cáceres, el Negro Saldoval, el Negro Aguirre, el Negro Astrada. Pero Obdulio es el Negro Jefe. Sus compañeros de selección lo tratan de usted. Por algo será.

Maracaná, con el gol de Friaça, está en llamas. Es el infierno. Podría acabarse el mundo justo en este instante, y no sería grave. Todo lo que se necesita en la vida es ese calor del 1-0. ¿Qué importa que sea el fin si se gana el mundial? Pero, ¿y si después del fin, el partido continúa, como si aún restase la otra mitad de la eternidad, más el descuento, donde mueren muchas ilusiones? Obdulio se teme que, en el fondo, acabe ocurriendo eso, algo parecido a la continuación del final, y por otros derroteros. Pero antes hay que enfriar el infierno a base de lentitud e indiferencia, o los japoneses, como les llama él, les pasarán por encima. Uruguay no está vencido, pero necesita hielo. Así que, rápida y lentamente, el Negro Jefe se conduce a oscuras al centro del campo. Parece, viéndolo caminar con tanto cuajo, que el empate solo pudiese llegar por la vía de la flema y el uso de unas gafas de sol para la resaca, quizá en una jugada de moviola, años después. Tarda una vida entera en llegar al círculo central. Entre medias, se descubre la rueda, cae el Muro de Berlín, empieza la guerra de los Treinta Años, Fernando de Rojas escribe la Celestina, el Atlético de Madrid gana la Champions, y así alternativamente pasado y futuro, muy despacio, en caótica armonía, hasta llegar al 16 de junio de 1950, en Río de Janeiro. Una vez en el círculo central, se dirige al árbitro, Mr. Reader, para protestar por un supuesto fuera de juego de Friaça. Quizá no lo fuese, o sí, pero no se trata de buscar la verdad, sino de que llegue pronto el invierno y no haya más remedio que abrigarse. La parsimonia de Varela es, en cierta manera, una orden tajante a la estación del frío para que llegue pronto. Le consta que Brasil juega por euforia y por calor. Si te hace un gol es posible que después haga cinco, aprovechando la embriaguez y la solana que deja el primero. Hay que frenar la felicidad, sugieren sus gestos.

El capitán uruguayo mira a la grada con leve pereza. Estallan bombas y cohetes, y miles de pañuelos blancos, limpios y sucios, se agitan en una sinfonía de Berlioz. Los hinchas enloquecen. De pronto, ganar les sabe a poco. Curioso. Minutos antes, el empate a cero casi saciaba el hambre de victoria. Ahora quieren ver a su equipo funcionar a semejanza de una máquina de acero, que baila, pero sin renunciar a triturar a los rivales. «Samba y muerte», parecen decir. Obdulio los mira lleno de rabia e intensifica su parsimonia. Hay que convertir el gol de Brasil en una sospecha, en un cierto miedo a que, al marcar, se desencadene el empate y aun el segundo gol uruguayo, y por tanto, el drama.

Tiene pruebas llegadas del futuro de que el colegiado inglés nunca atenderá sus reclamaciones, pero él insiste. Los doscientos cuarenta mil espectadores se van acallando, enfurruñados porque, inopinadamente, empieza a refrescar y se agradecería una rebeca. Ignoran que el Negro Jefe los conduce al cadalso, con su lentitud. Insiste en que ha sido fuera de juego. En vez de poner la pelota en el medio y reanudar el juego, pide un traductor para mediar con Mr. Reader. Tal vez, entre medias, nieve en la ciudad. Pasa otro minuto. Los jugadores brasileños no entienden nada. Por qué el capitán de Uruguay no los deja caldear más la temperatura tranquilos. Se enfadan. Lo insultan. Uno de los centrocampistas se acerca y le escupe. Perfecto. Es lo que quiere Obdulio. No son buenos modales, en rigor, pero parece la clase de gesto que incita al otoño.

Sin que los brasileños se den cuenta, la euforia ya está evaporada, fruto de la cocción. Varela se limita a mantenerse serio, frío, ajeno al juego. Nadie salvo él sospecha que ya se fragua el empate, casi puede oírse el vaticinio del silencio que cubrirá Maracaná. Al fin todas las piezas están donde él quiere. Se vuelve hacia sus compañeros. Solo les dice una palabra: «Seguidme». Y le siguen. En los siguientes minutos marcan Schiaffino y Ghiggia y consuman el «maracanazo». Pero eso es un trámite. Simple papeleo. Recados. El Negro Jefe había firmado la orden cuando tomó el balón y lo metió debajo del brazo, como si solo fuesen apuntes de lengua y literatura. Y todo en dos minutos en los que no pasó nada, salvo una lección de vida.


No, no y no

Fotografía: Cordon Press.

Nunca vivió Marcel Proust (1871-1922) una Navidad tan terrible como la de 1912. En menos de dos días el primer volumen de En busca del tiempo perdido fue rechazado por Éditions Fasquelle y Nouvelle Revue Française (NRF). Fueron dos noes que pasaron a la historia, y a los que al poco se sumó también el no del sello Ollendorff. Ciertamente, Por el camino de Swann era lo contario a un libro fácil, o que recordase a algo que ya se hubiese escrito. Para empezar, era muy largo. Tenía mil páginas escritas a mano, y dactilografiado, casi setecientas. El plan inicial de Proust era publicar la novela en dos volúmenes. Optó por Fasquelle porque tenía contactos, y consideraba que era una editorial sólida. De Nouvelle Revue Française le atraía la generación de autores que tenía detrás: André Gide, Paul Claudel, Francis Jammes, Jacques Copeau. Y detrás de ellos, o por encima, el gran Gaston Gallimard; Ollendorff fue simplemente el tercero en discordia.

Marcel Proust llegó a Fasquelle a través del director de Le Figaro, Gaston Calmette, que ya había publicado en su periódico algunos fragmentos de la novela. El editor estaba casi convencido, pero entonces encargó un informe de lectura al poeta Jacques Madeleine. «Terminadas las setecientas doce páginas de este manuscrito… uno no tiene ninguna, absolutamente ninguna idea de qué trata», señala Madeleine, desaconsejando absolutamente la publicación. Fasquelle se dejó aconsejar y en Nochebuena se dirigió a Proust por carta trasladándole el rechazo. Era el segundo no. Días después, en una carta a una amiga, el escritor le reveló que la respuesta de Fasquelle «está toda salpicada de cumplidos, pero a fin de cuentas es terminantemente negativa», como recuerda Juan de Sola en el prólogo a la correspondencia entre Proust y Jacques Rivière, publicada en La uÑa RoTa. 

El rechazo de NRF había llegado cuarenta y ocho horas antes. Fue el más famoso. Trascendió después de varias semanas de silencio por parte de la editorial. Tanto silencio que Antoine Bibesco, amigo personal de Proust, decidió acercarse a las instalaciones de NFR para pedir explicaciones. Gide bajó de su despacho y le dijo que el manuscrito había sido rechazado. Le ofreció como toda explicación que «nuestra editorial publica obras serias. Está fuera de discusión que se edite algo como esto, mera literatura de un dandi mundano». Y, para hacer definitivo el dictamen, le devolvió el manuscrito de Proust a Bibesco. Jacques Copeau, en una carta más matizada al autor, le confirmó el rechazo. 

Dos años después, en enero de 1914, André Gide le remitiría a Proust una carta de disculpa tan célebre como el no, si no más. «El rechazo de este libro quedará para siempre como el más grave error de la NFR, y (como tengo la deshonra de ser en gran parte responsable del mismo) uno de los pesares y los remordimientos más mortificantes de mi vida. Creo advertir en ello la presencia de un destino implacable, porque no basta explicar mi error diciendo que me había hecho de usted una imagen a partir de algunos encuentros “en sociedad” que se remonta a hace casi veinte años. Para mí, seguía usted siendo aquel que frecuenta asiduamente a las señoras X… y Z…, aquel que escribe en Le Figaro […] Lo tenía —¿se lo debo confesar?— por “uno del grupo de los Vedurin”. Por un esnob, un mundano aficionado, lo más fastidioso que uno pueda concebir para nuestra revista… Solo disponía, para hacerme una idea, de uno de los cuadernos de su libro; lo abrí con mano distraída, y quiso la mala suerte que mi atención se sumergiera de inmediato en la taza de manzanilla de la página 62, y luego tropezara en la página 64 con la frase donde habla de una frente en la que se transparentan las vértebras». Se supone que ahí se le cortaron las ganas de seguir leyendo. 

Proust nunca creyó esta versión de los hechos. Quien fue durante muchos años su ama de llaves y enfermera, y también amiga y mensajera, Céleste Albaret, escribió en sus memorias, Monsieur Proust, que «se construyó una famosa historia sobre si Gide, que fue el único que realmente tuvo el manuscrito entre las manos, lo había leído o no, o si había llegado siquiera a abrir el paquete. Pues hay un pequeño drama bastante cómodo alrededor del cordoncillo que lo ataba», contaba. Albaret afirma que un día Proust le dijo: «Celeste, nunca abrieron mi paquete en la Nouvelle Revue Française. Puedo asegurártelo».

¿Por qué estaba tan seguro el novelista? Albaret asegura que el responsable de preparar el paquete con el manuscrito de Por el camino de Swann había sido un tal Nicolas Cottin, quien destacaba por ser extremadamente cuidadoso haciendo paquetes. «Sobre todo ponía gran esmero en la forma de anudar el cordón. Más que eso: dominaba el arte de los nudos, con un estilo muy especial y difícil de imitar. Y esto, para monsieur Proust, fue siempre la prueba irrefutable de que el paquete con su manuscrito nunca había sido abierto, ni por André Gide ni por nadie en la Nouvelle Revue Française», señalaba la asistenta de Proust. «He visto el paquete antes y después, Celeste, y estoy completamente seguro de que volvió intacto, tal como yo lo había enviado. Por muy artista que uno sea, deshacer un tipo de nudo tan especial como el que hace Nicolas, y repetirlo después exactamente igual, y además en el mismo punto, reconocerá usted que es muy difícil, o incluso simplemente imposible», juzgaba Proust.

Después del segundo rechazo, a mediados de enero de 1913 se produjo el de Ollendorff, el más pintoresco, resumido en esta frase ridícula del director literario del sello, Alfred Humblot: «Quizá sea duro de mollera, pero no comprendo cómo un señor puede emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en la cama antes de conciliar el sueño». Al día siguiente, Proust se dirigió a René Blum, secretario de redacción de la revista Gil Blas, y le pidió que intercediera ante Bernard Brasset, exitoso editor de novelas comerciales. Brasset aceptó publicar el libro a cambio de que el propio Proust pagase la edición. Al fin, en enero de 1914, la novela vio la luz y fue un éxito. 

En Nouvelle Revue Française se produjo una gran conmoción. Algunos de sus principales responsables (Gaston Gallimard, Jacques Rivière, Gustave Tronche) se preguntaron cómo pudieron rechazarla. Y miraron a Gide. Había demasiado de qué arrepentirse. Y mucho que hacer si pretendían publicar las siguientes entregas de En busca del tiempo perdido. En 1914, para preparar ese camino, Gide le dirigió una carta de disculpa al autor, y durante los dos siguientes años Proust se divirtió dejándose querer y obviando las súplicas de la editorial. Hasta que en 1916 al fin aceptó que Gide acudiese a su casa a presentarle sus disculpas, como paso previo a publicar el resto de su obra en su editorial. «Me juzgó de acuerdo con la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos. Mi camelia en el ojal seguramente le había incitado a él y a sus amigos a pensar que yo era un inútil», le confesó a su amiga y enfermera. «Vaya, resulta que el dandi mundano ahora sí les interesa. Pues bien, Celeste, dejemos que esperen. Están a mi merced». Les hizo pagar por aquel famoso no. «Pienso que fue uno de los momentos de su vida en que monsieur Proust se divirtió más», cuenta en sus memorias Albaret.