¿Quién es Salomé?

Primavera (dos musas) de Stefan Luchian

Todas las buenas novelas, como las familias felices de Leo Tolstoi, se parecen. Todas intentan entender esa misteriosa y torturada criatura que se llama a sí misma —pecando a partes iguales de arrogancia e ingenuidad— «homo sapiens». Todas plantean —y ninguna resuelve— preguntas que nos han agobiado desde que nuestro primer antecesor alzó los ojos al cielo para contemplar el inmenso, incomprensible firmamento. Todas mueven a sus héroes y heroínas por el delgado filo que separa el cielo y el infierno.

Y todas saben como arrancar.

Cuando la pequeña princesa Salomé vio la luz, me costó reconocer en ella a una criatura humana […].  Era una bola rojiza con el pelo pegado y costras amarillentas en la cabeza. La cara tenía un color amoratado […]. Me pareció aún más deforme e indefensa que los terneros recién paridos que se ponen en pie patosamente al poco de salir.

¡Un momento! Una de las pocas cosas que sabemos de Salomé, la princesa que, tras bailar para el Tetrarca Herodes Antipas, exige como recompensa por su exhibición la cabeza del Bautista, es que se trata de una mujer bellísima. Y, sin embargo, la narradora de El papiro de Miray, nos la presenta, en las primeras líneas, como un ser deforme e indefenso, que inspira a la vez compasión y un punto de repugnancia.

Pero, ¿quién es Salomé? Se trata, de hecho, de un personaje menor, dibujada con unos pocos trazos en el Nuevo Testamento:

Pero cuando llegó el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó delante de la compañía y agradó a Herodes, de modo que él prometió con un juramento darle cualquier cosa que ella pudiera pedir. Impulsada por su madre, ella dijo: «Dame la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja». Y el rey se entristeció, pero a causa de sus juramentos y sus convidados mandó que así se hiciera. Envió a decapitar a Juan en la cárcel, y le trajeron la cabeza en una bandeja y se la dieron a la niña, y ella se la llevó a su madre.

Es, de hecho, un rol tan secundario el suyo, que ni Marcos ni Mateo se molestan en ponerle nombre, refiriéndose a ella simplemente como «la hija de Herodías» (sabemos como se llama gracias a las Antigüedades Judías, de Flavio Josefo). En cuanto a sus motivaciones, los evangelistas también son escuetos. La muchacha actúa impulsada por su madre, de quién sabemos que odia a Juan por reprobar públicamente su relación con el Tetrarca. ¿Pero qué clase de madre es esa, qué relación hay entre ambas, para que la joven acepte ser partícipe de un crimen de tamaña magnitud?

Nada más nos dicen de ella los evangelios. ¿Quedó destrozada para siempre por su participación en un crimen? ¿Estaba ya traumatizada y por eso se avino a ser cómplice de tan brutal asesinato? ¿Era la muchacha —como nos relata Miray, la sirvienta cuyas memorias tejen el hilo narrativo de la novela—, un ser deforme e indefenso, en otras palabras un monstruo, una versión femenina y bellísima del Minotauro, perdida en el laberinto en el que la había encerrado su madre, inocente y a la vez capaz de matar a sangre fría?

Salomé es un misterio y ese misterio ha intrigado a no pocos artistas. La escena de la danza y posterior decapitación del Bautista ha sido recreada por pintores inconmensurables como Tiziano y Caravaggio, por poetas de la talla de Rubén Darío y Eugenio de Castro y, cómo no, por el gigante de la literatura que fue Oscar Wilde.

Es decir, todos hombres. Y esa perspectiva masculina ha acompañado a la infeliz princesa a lo largo de los milenios. De una manera u otra, la imagen de Salomé, la seductora Salomé, la pérfida Salomé, se perpetúa en retratos y poemas, hasta llegar a la sublime obra teatral de Wilde. Sublime, como todo lo que escribió el malogrado artista, por la belleza exuberante, asombrosa, de la narración. De hecho, Guadalupe Arbona, la autora de esta novela, recurre a una exquisita treta narrativa, para deslizar en el relato algunos de los párrafos más líricos de Wilde:

Tengo un collar de perlas de cuatro vueltas. Son como lunas encadenadas con rayos de plata. Como cincuenta lunas apresadas en una red de oro. Las llevó una reina sobre el marfil de su pecho. Serás hermosa como una reina cuando te las pongas. Tengo amatistas de dos clases: unas, oscuras como el vino y otras, rojas como el vino que ha sido coloreado por el agua. Tengo topacios amarillos como los ojos de los tigres, y topacios rosados como los ojos de una paloma torcaz, también topacios verdes como los ojos de un gato. Tengo ópalos que arden siempre como una llama glacial, ópalos que entristecen las mentes de los hombres y que tienen miedo a las sombras. Tengo piedras de ónix que son como los ojos de una mujer muerta. Tengo selenitas que cambian cuando cambia la luna y palidecen con el sol. Tengo zafiros grandes como huevos y azules como flores. El mar se mueve en su interior y la luna nunca llega a turbar el azul de sus olas.

Con ese poder de evocación, con ese divina prosa, no es de extrañar que el lector no caiga en la cuenta de que la Salomé de Wilde responde al eterno arquetipo de mujer malvada, que, con muchas variantes —Eva, Dalila, Jezabel, Atalía, Gomer, Safira, la mujer de Job, la prostituta sin nombre que porfía por el bebé de otra y es desenmascarada por Salomón— nos ofrecen los textos bíblicos. Si en los evangelios, Salomé exige la cabeza del Bautista por instigación de su madre, en la obra de Wilde, la heroína se mueve motivada por un amor enfermizo y descarriado que la lleva a cometer el crimen por puro despecho.

Guadalupe Arbona es profesora de literatura y escritura creativa en la Universidad Complutense de Madrid, así que los recursos literarios, como el valor de los militares, se le suponen, pero aún así, el primer reto que se plantea en su novela —romper el cliché milenario de la Bella, Banal y Malvada—no es baladí. Su estrategia para conseguirlo es plantear desde el principio una novela donde (casi) todos los personajes principales son mujeres.

¡Y qué mujeres! La primera parte describe con gran lujo de detalles a la terrible Herodías, un personaje que nos recuerda a una versión siniestra de Bovary o Karenina, caprichosa e inconsciente, torturada, irascible e infeliz, como ellas. El contrapeso a semejante fiera lo ofrece la dulce y reflexiva Miray, cuya mirada, en la primera parte de la obra, evoca la de Nick Carraway en El Gran Gatsby. Al igual que el lector ve a Gatsby a través de los ojos de Nick, Arbona nos presenta a Salomé —bebé indefenso, niña tímida y maltratada por una madre caprichosa y dominante, adolescente acomplejada, incapaz de resistir los caprichos de Herodías— a través de la narración de su criada, confidente y amiga. Hay una tercera protagonista, la arqueóloga Angels, descubridora y traductora del papiro que escribe Miray dos mil años antes. Su punto de vista es el de un alma destrozada por el dolor —la pérdida de su marido la ha aniquilado— que encuentra la redención conectando con otra mujer, una mujer que lleva veinte siglos muerta. Este trío se ve complementado por muchas otras mujeres, incluyendo nada menos que a María Magdalena. Arbona no necesita más para ofrecernos una perspectiva en la que Salomé ni es un simple peón sin voluntad, ni tampoco una belleza desquiciada, sino una inquietante combinación de víctima y verdugo, arrastrada por la voluntad de su madre, pero no ignorante de las consecuencias de sus actos.

Pero si la primera parte de El papiro de Miray examina el personaje de Salomé, ofreciéndonos una visión que va más allá del arquetipo en el que estaba encasillada, es en el desarrollo posterior, donde la obra que nos ocupa ofrece lo que, sin duda, es otra característica común de todas las buenas novelas. Una vuelta de tuerca.

El asesinato del Bautista destroza la vida de Miray. Apabullada ante la magnitud del crimen que ha cometido su pequeña —Miray se ve a sí misma como su hermana mayor, pero en realidad su devoción por Salomé es la de una madre abnegada— la sirvienta huye y acaba encontrando refugio entre los seguidores de cierto profeta, que resulta ser nada menos que el primo carnal de Juan. Miray no es judía y describe magistralmente su perplejidad inicial al tratar con esa extraña gente:

Los galileos, y los judíos en general, eran difíciles de someter. Solo estaban pendientes de los mandamientos y, además, la relación con su dios no era tranquila. Lo buscaban, lo increpaban, lo llevaban a juicio. Una pesadilla para los gobernantes. Todas estas cosas las descubrí años después, en estrecha convivencia con ellos. Eran cabezotas e ingobernables. Estaban siempre en batalla con su dios. No se daban tregua.

Pero esa misma gente indómita la acoge y, en parte, la sana. No del todo. Hay una llaga profunda en Miray que no se cierra —una llaga de la que se hace eco, dos mil años más tarde Angels, incapaz de recuperarse de la muerte de su marido— y el texto nos lleva a comprender una atrevida proposición que, en palabras sencillas —Arbona lo hila de manera mucho más sofisticada— podríamos enunciar así: hace falta encontrarse con el Bien, para superar la herida del Mal.

Entender el Mal ha sido y sigue siendo una de las obsesiones de la literatura y no sin razón. Veinte siglos después de la destrucción del segundo templo, los descendientes de aquellos judíos difíciles de someter, serían exterminados en el Holocausto. Quizás nunca antes en la historia, el Mal se había escrito con letras tan mayúsculas como en Dachau, Auschwitz o Treblinka. Y a la vez, quizás nunca antes, las razones de ese Mal nos habían dejado tan perplejos.

En 1961 Adolf Eichmann es juzgado, condenado y posteriormente ejecutado en Israel, como criminal de guerra. En 1963, Hannah Arendt, una de las corresponsales presentes en el juicio, publica una obra clave, en la que plantea la hipótesis de la banalidad del mal. Según Arendt, Eichmann no era ni antisemita, ni sádico, ni un psicópata como el repugnante Amon Göth de “la lista de Schindler”. Por el contrario, era un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias.

Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.

Nos es dado sospechar que la profunda depresión en la que sume Miray tras el asesinato del Bautista, tiene mucho que ver con esa impotencia frente a la banalidad del Mal. Ha visto rodar la cabeza de un santo por razones baladíes. La estúpida arrogancia de Herodías, la soberbia del Tetrarca que ofrece un premio excesivo por una simple danza y luego carece del valor para retractarse, la necesidad que siente una adolescente en congraciarse con su madre. Ese Mal gratuito, innecesario e irreparable la sume en un estado cercano al de la desesperación, no solo por el acto en sí, sino por sus reverberaciones. Hay una conexión espeluznante entre el hacha que sesga la vida de Juan y el gas venenoso que asfixia a millones de niños en los campos de concentración nazis.

Miray solo encuentra la redención cuando se da de bruces contra el exacto opuesto de ese Mal Banal, el Bien Absoluto. En el capítulo central de la novela, nuestra heroína es testigo presencial del encuentro entre Jesús de Nazaret y la viuda de Naín. Arbona recrea, magistralmente, uno de los pasajes más bellos —y misteriosos— del Nuevo Testamento. Jesús se cruza con una comitiva fúnebre, que lleva al cementerio al único hijo de una pobre viuda. Trágico, sí —el muchacho ha muerto en la flor de la vida, la madre se queda sin nadie en el mundo— pero una tragedia cotidiana, humilde, se diría que insignificante.

No para el Nazareno, al que el dolor de esa pobre mujer, de esa madre desolada, hiere en carne propia. Jesús hace suya la tragedia de la viuda, se abre a su dolor en exacta oposición a todos los Eichmann, todos los Göth, todas las Herodías de la historia, se acerca a ella y le dice: «Mujer, no llores».

Miray contempla atónita la escena y luego ella misma es bañada por esa compasión oceánica de la que hace gala el profeta, una mirada que parece alcanzar al lector, ofreciendo, si no una explicación —quizás estemos condenados a que el Mal nos asedie por toda la eternidad, quizás la única explicación de ese Mal es que el Infierno es aquí— al menos si un bálsamo, o un antídoto, o una esperanza. Si esto es el Infierno, también puede ser el Paraíso.

En la tercera parte asistimos al reencuentro de Miray y Salomé. Una vez más, resulta imposible sustraerse al fantasma de Wilde. Como Dorian Grey, una vez que el espejo se rompe, el cuerpo de Salomé refleja su depravación y no podemos por menos que compadecernos ante su amargo destino. Víctima y verdugo, ha pasado su vida penando y cuando se encuentra con su antigua criada, es poco más que un esperpento. La última vuelta de tuerca de la novela se nos ofrece cuando Miray transfiere ese bien que se le ha hecho a la arruinada princesa. De nuevo la fórmula, «Mujer, no llores», es pronunciada y de nuevo la compasión ofrecida como camino de redención. Una compasión capaz de curar incluso a la arqueóloga que laboriosamente traduce el papiro, veinte siglos más tarde.

En la escena central del libro, cuando Jesús se compadece de la viuda de Naín, una autora con menos agallas que Guadalupe Arbona, habría descrito el milagro que sigue a ese «Mujer no llores», argumentando implícitamente que el Bien puede derrotar de manera definitiva al Mal y probando su tesis con el subsiguiente milagro. Según los evangelios, el hijo de la viuda resucita. Pero esa escena no aparece en El papiro de Miray y la intención de su autora no puede estar más clara. No hace falta, parece decirnos, un milagro para creer que, a pesar de todo, esa esa misteriosa y torturada criatura que se llama a sí misma —pecando a partes iguales de arrogancia e ingenuidad— «homo sapiens», esa especie irascible y sanguinaria, esa banda de monos locos, estos corazones que hierven en el Averno, nosotros, todos nosotros, podemos redimirnos.


Este texto corresponde al prólogo de la novela, de Guadalupe Arbona, El papiro de Miray, editada por Jot Down books.


La ruleta rusa

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Foto: Cordon Press.

Podría argumentarse que la ruleta rusa es un juego de azar razonable. Después de todo, las apuestas son altas y el jugador que gana puede embolsarse, sin más esfuerzo que apretar un gatillo, cantidades astronómicas. Y, si se piensa bien, las posibilidades de ganar son muy altas: nada menos que del ochenta por ciento para un revólver de cinco balas. Poco cuesta imaginarse un panfleto de propaganda promocionando el juego que rece así: «La inmensa mayoría de los jugadores que prueban vuelve a casa con millones, y solo hay que lamentar desgracias en un pequeño porcentaje de los casos».

Caramba, no tan pequeño, argumentará alguien. Después de todo, 20 % es un caso de cada cinco. Pero es probabilidad nos parecería muy aceptable si, en lugar de llevarnos un tiro en la sien, la consecuencia fuera, digamos, un buen bofetón. ¿Quién no arriesgaría un sopapo por llevarse una cartera llena de billetes?

Cuando evaluamos riesgos, hay siempre dos componentes. La probabilidad de que el dado arroje un resultado «negativo» (es decir, que nos toque la bala en el revólver) y la consecuencia de ese resultado negativo (no es lo mismo un tiro que una bofetada). Esa es la razón por la que mucha gente tiene miedo a volar en avión, o a las centrales nucleares: en ambos casos, el riesgo de accidente es muy pequeño, pero las consecuencias, en caso de que se dé, son muy grandes. En el otro extremo de la balanza, nadie pierde el sueño por un catarro: está casi garantizado que vamos a coger al menos uno al año, pero la cosa no pasa de moquear un par de días. 

Mientras escribimos estas líneas, el día de Reyes del año 2022, sabemos que la variante ómicron del infausto SARS-CoV-2, se está expandiendo en todo el mundo y en particular en España. La velocidad de subida de la curva (que ya predijimos) es todo lo espectacular que puede esperarse del comportamiento exponencial al que el coronavirus nos ha acostumbrado, solo que esta vez estamos batiendo todos los récords. Las cifras oficiales de contagios están al nivel de los 150 000 al día; y sin duda subestiman los casos, dado el alto número de asintomáticos y de autotest. Algo inevitable, por otra parte, ya que la atención primaria está colapsada, muchos ciudadanos optan por el test de antígenos y, en caso de resultar positivos, pasan la enfermedad en casa, sin notificarla a un sistema saturado. La realidad es que la cifra de contagios real probablemente se acerque al medio millón al día.

¿Qué medidas se han tomado? En la práctica, al margen de la campaña de vacunación, ninguna, con unas pocas excepciones (Cataluña es una de las pocas comunidades que intenta aplicar restricciones razonablemente severas). En cuanto a la tercera dosis, ya avisamos de que se podría haber ido más rápido y, como ya es de rigor, nos ha tocado el rol de Casandra en un país que no escarmienta. Con la tercera dosis hemos asistido al mismo espectáculo que ya nos ofrecieron algunos «expertos» y no pocos medios con las mascarillas: durante meses no hacían falta, luego resultaron ser la medida más eficaz de todas (vacuna aparte) para protegerse del virus. También, durante semanas, hemos leído y escuchado doctas opiniones que ninguneaban la tercera dosis (a pesar de las evidencias de que funcionaba en Israel, por ejemplo), hasta que de repente, ya sí que sí. Tarde, claro. Como siempre.

Eso sí, se ha aprobado la medida más peregrina del mundo. Si algo sabemos todos, a día de hoy, es que el virus se contagia primordialmente por el aire, en forma de aerosoles. Que ese contagio se da, sobre todo, en espacios cerrados que permiten a los aerosoles sobrevivir en suspensión. A estas alturas todos sabemos que el virus se propaga en los espacios cerrados de restaurantes, bares y discotecas; mucho menos en las terrazas de esos mismos restaurantes y bares; poco en piscinas y centros deportivos (donde, que sepamos, no se han dado aún macrobrotes); y casi nada, en términos prácticos, al aire libre, a menos de que se trate de aglomeraciones sin distancia interpersonal. De ahí que imponer de nuevo la mascarilla de forma genérica en espacios abiertos sea una medida inútil, injustificada y que demuestra, sobre todo, la falta de consideración de los gobernantes hacia los ciudadanos. Lo malo no es ya que no les preocupe nuestro bienestar, sino que nos tomen por tontos.

Por otra parte, en estas Navidades no se han suspendido fiestas (ni siquiera las uvas en Sol), y en muchas comunidades no se ha impuesto ningún tipo de restricción a las celebraciones. El argumento que se esgrime es que la ómicron es menos dañina que otras variantes (lo que sabemos seguro es que afecta menos letalmente a los vacunados, que no es lo mismo), y por tanto no vale la pena perjudicar la economía para intentar contenerla. 

¿Es un argumento razonable? Habría que echar las cuentas. Digamos que el número de hospitalizaciones decrece por un factor 10 en el caso de vacunados (esto implicaría que la reducción es del 90 %; de hecho los datos apuntan a un poco menos, del orden del 75 %). Claramente, si la propagación de ómicron fuera similar a la de las primeras variantes, la apuesta tendría bastante sentido: vendría a ser como jugar a la ruleta rusa con una bala en un tambor de cincuenta disparos. Pero si la propagación de ómicron es un factor 10 mayor que la de las anteriores variantes (como podría ser muy bien el caso), entonces el símil sería jugar con un revolver de cincuenta tiros, pero con diez disparos por cada jugador en lugar de uno solo.

ruleta rusa
Nuevos casos confirmados, por millón de habitantes en España, Francia, Italia y Reino Unido. Son cifras que hay que coger con pinzas, debido a la saturación más o menos generalizada de los sistemas de atención primaria y salud pública. Aun así vale la pena observar que la curva en España ya ha rebasado a la de Italia, y se acerca a la de Francia y el Reino Unido. Obsérvese el rapidisímo crecimiento exponencial, que ya ha multiplicado por casi un factor 3 los picos anteriores.

Peor: los datos de hospitalizaciones en países que nos llevan delantera, como el Reino Unido, llevan días sin ser especialmente tranquilizadores, y apuntan a que, al final, vamos a pagar un precio elevado por la actual política de laissez faire. De hecho, basta fijarse en este gráfico, en el que se ve que acabamos de superar la tasa británica de hospitalizaciones:

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Número de hospitalizaciones diarias por millón de habitantes (media móvil a una semana), contabilizadas por Our World in Data, para España, Francia, Italia y Reino Unido. Hay que destacar el crecimiento exponencial de las curvas. Todos los países superan ya las cifras de la ola de verano, y se encaminan hacia las cotas del pasado invierno. Recuérdese que las curvas de hospitalizaciones siguen las de casos con, grosso modo, una semana de retardo.

O en este otro, en que (a falta de datos del Reino Unido, que no están disponibles), vemos un comportamiento similar para los hospitalizados graves:

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Número de ingresos en UCI diarios por millón de habitantes (media móvil a una semana), contabilizadas por Our World in Data, para España, Francia e Italia. Recuérdese que las curvas de ingresos en UCI siguen las de casos con, grosso modo, unas dos semanas de retardo.

Lo mínimo que se merecía la ciudadanía es que alguien nos hubiera explicado sobre qué basde se ha tomado la decisión de que la nueva estrategia frente al virus sea la de que el cada uno se busque la vida. En lugar de eso, nos dicen que debemos ponernos la mascarilla por la calle y quitárnosla en el bar.

Pero además, la semana que viene, nos vamos a enfrentar a la vuelta (de tuerca) al cole. Hasta ahora, el ciudadano tenía, al menos, alguna opción a título personal: podía escoger no frecuentar bares y restaurantes, limitar reuniones familiares, cuidar distancia social, todas esas medidas de las que estamos tan hartos pero que han salvado tantas vidas. Sin embargo, el lunes que viene todos los menores de dieciséis años tendrán que ir, obligatoriamente, a clase; y enfrentarse a una desinversión cronificada en nuestro propio futuro que, increíblemente, no ha sido revertida por la pandemia. En las aulas, los chavales están en grupos de veinte, treinta o más, porque las ratios han vuelto a sus habituales niveles vergonzosos tras el respiro (en algunas comunidades) del curso pasado. La ventilación, más aún en invierno, no está garantizada, porque los centros siguen sin contar con sistemas apropiados o con algún mísero medidor de CO2. Son muchas horas para mantener distancia, para que no se le baje a alguien la mascarilla (a pesar de que los sufridos y admirables peques han demostrado un sentido medio de la responsabilidad sistemáticamente mayor el de los adultos). Se ha argumentado que, en olas anteriores, el nivel de contagios y macro brotes en los colegios fue pequeño. Pero es que esta variante es, de manera efectiva, tan contagiosa como la varicela. Y si algo se sabe de enfermedades como la varicela es que, cuando aparece en una clase, se contagia todo el mundo que no lo ha pasado.

Y eso es exactamente lo que va a pasar. A lo largo del mes de enero se van a contagiar en masa grandes cantidades de peques que aún no han pasado la ómicron. Y, junto a ellos, muchos docentes. Y sus familias, que tienen tantos boletos de contagiarse como ellos. Y esas familias incluyen a personas de más edad, o con patologías que pueden complicarse con la infección.

¿Lo hemos pensado bien? ¿Dónde están los cálculos, los modelos que avalan esa decisión? Dice la ministra que «prudencia sí, alarmismo ninguno». Que hay que «tensar los protocolos». Pero, ¿dónde está la prudencia? ¿Dónde están las bajadas de las ratios, la vuelta temporal a la no presencialidad allí donde haga menos daño? ¿Dónde están todas las medidas razonables que, para ser llevadas a cabo de forma también razonable, requieren inversión y esfuerzo de las administraciones? Otros países cercanos sí están optando por reducir la presencialidad, al menos en parte y al menos por algunas semanas. No ir al bar, o no reunirse con los amigos, es optativo, pero las familias no pueden escoger que sus niños se queden en casa. Más aún: muchas no pueden permitírselo, en parte porque nunca se han llegado a apoyar decisivamente medidas como la flexibilidad laboral generalizada o las bajas asociadas a confinamientos y conciliación, con argumentos cortoplacistas que ignoran el impacto, aún mayor, de que la población enferme de manera masiva.

La opción que han elegido nuestras administraciones es imponer que la mayoría de los menores de edad se contagie, y que con ellos lo hagan sus familias. Y para ello se usa el argumento de que la enfermedad «ya no es grave» (el revólver tiene cincuenta recámaras y una sola bala), olvidando, muy convenientemente, que cuando los contagios se cuentan por millones a la semana, estamos jugando a la ruleta rusa una y otra vez.

No cabe duda de que la mayor parte de las infecciones serán poco graves; al menos a corto plazo, porque otra de las espadas de Damocles sobre nuestro futuro, más allá de las muertes, es el impacto de los efectos secundarios a largo plazo. El infame «long COVID» ha demostrado que puede llegar a ser muy pernicioso, incluso en personas jóvenes, y aún tardaremos años en entender sus consecuencias en la población.

Esperemos que sea verdad que la actual variante (y las futuras que vengan) sean poco graves en población vacunada y sobre todo en jóvenes y niños. Y esperemos, sobre todo, que la ruleta rusa no empiece a cebarse vidas entre los más pequeños, como ya lo ha hecho entre los más mayores. 

Coautor 2687


Canfranc: di amigo y entra

Estación de Canfranc.
Estación de Canfranc. Foto: Antonio Soler.

Valencia, mayo de 1980.Una librería universitaria, cerca de la antigua Facultad de Ciencias. Busco un libro del gran físico Lev Landau, publicado por la editorial MIR, la única al alcance de mis magros bolsillos. Pero antes de dar con él, un título en el escaparate me llama la atención. El Señor de los Anillos. Pregunto intrigado, me alargan el volumen, abro por la primera hoja. Leo el poema inicial.

Y supe que las pesetas que llevaba en la cartera no irían a parar ese día a la colección rusa. 

Engancharme a la novela, sin embargo, me costó un poco. Hizo falta que la Compañía del Anillo se metiera realmente en problemas para que la historia empezara a absorberme.

Hizo falta, ni más ni menos, que la malvada montaña, Caradhras, les derrotara, echándoles encima toda su furia tormentosa y obligándoles a tomar el atajo de las minas de Moria.

Canfranc, mayo, 2013. Estoy frente a la puerta de otra mina, otra ciudad subterránea bajo la montaña. Toda cueva así —lo sabemos de Las mil y una noches— esconde un tesoro. También una amenaza. Y hay siempre una palabra mágica que nos da acceso a ella, at our own risks and perils.

Una vez dentro, recorremos un pasillo iluminado por neones que desemboca en una gran sala, por cuyo techo abovedado corre una grúa, capaz de mover bártulos de considerable peso de un lado a otro del recinto. Una especie de piscina olímpica —sin agua— ocupa la mayor parte de esta sala. En su interior se sitúan dos plataformas de trabajo, levantadas sobre un armazón de acero y asentadas en mesas sísmicas, capaces de bailar, sin romperse, al son que les toque un posible terremoto. En una de esas plataformas, se sitúa el experimento ArDM, que busca señales de la materia oscura, tan abundante como tenue, que llena el universo. En la otra, va creciendo el experimento NEXT, que pretende demostrar que el neutrino es su propia antipartícula, detectando una rarísima reacción nuclear llamada «desintegración doble beta sin neutrinos». 

La sala y los experimentos que esta alberga pertenecen al Laboratorio Subterráneo de Canfranc, el LSC, uno de las cuatro instalaciones europeas —junto con Gran Sasso en Italia, Modane en Francia y Boulby en el Reino Unido— en las que se pueden realizar experimentos de este tipo. Hace falta instalarse bajo la montaña para protegernos del insufrible bombardeo de los rayos cósmicos que continuamente llueven sobre nosotros y cuyo constante repiqueteo en nuestros aparatos anegaría cualquier posibilidad de detectar las débiles señales que buscamos.

El LSC está excavado bajo el monte Tobazo, que nos protege con más de mil metros de roca. No es el laboratorio más profundo ni el más grande de Europa (en ambas cuentas nos gana el laboratorio del Gran Sasso, situado cerca de la tristemente famosa ciudad de L’Aquila, en Italia) pero tiene la gran ventaja de ser nuevo. En estas minas de Moria, los físicos, avariciosos y algo chiflados como los enanos de la Tierra Media, vamos acumulando nuestros tesoros y cacharros, llenando pronto todo el espacio disponible y solo cuando se abre un nuevo agujero, es posible planear y construir nuevos experimentos como NEXT.

A diferencia de los enanos de Tolkien, sin embargo, los físicos no pasamos todo nuestro tiempo bajo la montaña. Si el LSC puede equipararse a Moria, Canfranc y sus alrededores no tienen nada que envidiarle a La Comarca. Estamos en el Pirineo, a dos pasos de las pistas de Candanchú. Excelente sitio para esquiar en invierno, magnífico lugar de veraneo, con toda la oferta de un turismo rural poco explotado, una cocina apetitosa y un remanso de paz y nostalgia durante casi todo el año. En mayo, el cielo duele de tan azul y las noches de tan estrelladas. Hay poca gente y es posible recorrer el tramo del camino de Santiago que pasa por aquí sin cruzarse un alma. 

Una y otra vez, los pasos del visitante le llevarán frente a la estación internacional de ferrocaril de Canfranc. Solo por darse el lujo de admirar esta imponente mole arquitectónica, cuya fachada acristalada habla todavía a gritos del fracasado sueño de modernidad y progreso que la inspiró, valdría la pena viajar hasta aquí. Este grandioso edificio novecentista, fue planeado como una puerta grande para acceder a Europa y acabó corriendo el destino de tantos solares de la España del after-boom. La línea férrea que une España y Francia por Somport nunca dio mucho de sí. Alfonso XIII inauguró el edificio en 1928 y solo tres años más tarde un incendio lo dejó severamente mutilado. Más tarde, durante la guerra civil, el ejército franquista tapiará el túnel del ferrocarril, para evitar toda penetración de maquis desde Francia. En 1940 los trenes vuelven a circular, aunque no transportan viajeros —todo aquel que pudo o tuvo que marcharse del país lo había hecho ya y a toda prisa— sino wolframio para construir los tanques de la Wehrmacht o el oro, proveniente de Suiza, con el que se pagaba el precioso mineral. En 1970, un descarrilamiento sirve como excusa para acabar con el tráfico internacional.

Sigue casi medio siglo de desidia, hasta que llegan los tiempos del pelotazo. En el año 2007 hay dinero en España para todo, incluso para destinar cerca de dos millones de euros a la rehabilitación de este pecio histórico. La idea es restaurar la antigua estación para convertirla en un hotel de lujo. De paso se sueña con urbanizar, ampliar las instalaciones ferroviarias, construir un museo… Todo era posible en los años del crédito fácil. Arrancan las obras con brío, se quitan escombros, se refuerza la estructura de hormigón, se restaura la fachada, las molduras decorativas y el vestíbulo de la estación. Y ahí se queda la cosa. De repente llega la crisis, se cierra el grifo, no hay dinero para completar la rehabilitación, se abandona el proyecto del hotel y cómo no, también el del museo. 

Y todo se queda en un podría. No eran pocas las tardes, cuando venía a Canfranc, en las que me sentaba frente a la fachada de la estación, dándole vueltas a esa palabra. Podría. Podría haber sido una puerta a Europa, un hotel de lujo, un centro cívico de renombre internacional, un museo, una escuela. Oficialmente, en el indefinido futuro postcrisis, esa entelequia llamada emprendedor privado —del emprendedor privado español, como del intelectual, cabe decir que ni está ni se le espera— retomará el proyecto. Por ahora, podría

A veces, intento convencerme a mí mismo de que el LSC y NEXT simbolizan la continuidad del sueño de modernidad y progreso que inspiró la estación de Canfranc. ¿Por qué no? NEXT podría descubrir, o participar en el descubrimiento de una de las preguntas más importantes de la física moderna, la de si el neutrino es su propia antipartícula, esto es, una especie de agente doble, que, como aquellos espías que imagino pululando por Canfranc en la época de los trenes nazis, gestiona el tráfico de oro suizo a cambio de wolframio para los alemanes. 

Un agente doble, este neutrino primigenio, capaz de desintegrarse por igual a materia y a antimateria, un traficante que comercia en electrones y positrones, quedándose en cada transacción con una minúscula mordida. Como todo espía, el neutrino tiene su propia agenda y favorece, casi imperceptiblemente, a la materia sobre la antimateria. En la gran batalla que se libró en el primer pico segundo del universo, materia y antimateria contaban casi exactamente con las mismas fuerzas. ¿Qué ocurre cuando se enfrentan idénticos ejércitos de ángeles y demonios? Está escrito en todas las mitologías. Ragnarok, la caída de los dioses, el fin del cosmos recién inaugurado. Cada partícula de materia encuentra a su némesis y ambas se aniquilan, sin dejar otra huella de su paso por el mundo que un chispazo de luz. 

Todas, excepto el pequeño exceso, el batallón de quintacolumnistas emboscado tras las tapias que bloquean el túnel cegado. Si el neutrino es su propia antipartícula y además favorece un poco en sus desintegraciones a la materia, tenemos una forma de explicarnos por qué estamos aquí. 

Si el neutrino es su propia antipartícula, entonces, el xenón, un gas noble, puede experimentar una rarísima desintegración. Tan rara que, cada año, solo un átomo de cada billón de billones de átomos de xenón correría esa suerte. Un billón de billones es un número muy grande, pero cabe de sobras en 100 kilos de gas. El experimento NEXT comprime esos 100 kilos de xenón (una variante especial del elemento, de hecho, constituida en el 90% del isótopo xenón-136, preparada para nosotros por centrifugadoras rusas que una vez enriquecieron uranio para fabricar bombas atómicas) en una cámara de acero diseñada para resistir 15 atmósferas de presión. La cámara se introduce en un sarcófago de cobre y plomo, dos elementos pesados, que contienen muy pocas trazas de uranio y torio, y el sarcófago se instala en el LSC, bajo la montaña, a cubierto de los rayos cósmicos. Todo ese blindaje es necesario para proteger el aparato del bombardeo de la radioactividad natural, las desintegraciones del torio, el uranio y progenie, muy abundantes en nuestro radioactivo planeta. La desintegración doble beta sin neutrinos ocurre 15 órdenes de magnitud menos a menudo que las desintegraciones naturales de estos elementos. Observar la señal que buscamos es harto más difícil que encontrar una aguja en un pajar. En términos numéricos se parece más a encontrar un grano de arena concreto en mitad del desierto. 

La empresa, desde el punto de vista científico es un enorme desafío que nos tuvo ocupados y felices durante años. Desarrollamos la tecnología, construimos los prototipos, inventamos técnicas de detección que no existían y formamos un equipo de jóvenes científicos e ingenieros que son el orgullo del que suscribe. Podría.

Cerca de la estación de Canfranc, bajo la montaña mágica, el viajero puede descubrir las minas de Moria donde buscamos entender un poco mejor el universo. La palabra mágica que abre nuestras puertas es la misma que franqueó el paso a la Comunidad del Anillo. Di amigo, y entra. 


Crónica de una suerte anunciada

Crónica de una suerte anunciada
The Elephant in the Room por #Banksy

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se despertó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.

Así comienza, como sin duda el avispado lector ha advertido, una de las obras maestras de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Un escritor mediocre (y muchos que no lo son tanto) jamás se atrevería a cargarse el suspense de una narración cuyo motivo central es, precisamente, la muerte del protagonista, anunciando su inevitabilidad no ya solo en el título, sino también en el primer párrafo. Pero el gran Gabo juega en otra liga que casi todo el resto de los mortales, y no tiene dificultad en crear una novela de suspense trepidante, a pesar de que sabemos desde el principio que el final está escrito. Y es por eso que la lectura de la novela, además de un placer, es todo un ejercicio de masoquismo. El autor no nos permite olvidar, en ningún momento, que Santiago Nasar va a morir. 

Leer la prensa nacional, estas últimas semanas, tiene poco de placentero, pero requiere dosis similares de masoquismo. Como en la novela, todos los elementos que conducen al asesinato final están claros. Sabemos que la variante delta de la covid-19 es mucho más contagiosa que la original; tanto que, en la práctica, la malhadada inmunidad de rebaño (que mejor llamaríamos protección de grupo) puede no alcanzarse hasta que se haya vacunado prácticamente a la totalidad de la población… y quizás ni por esas. Sabemos que la eficacia de las vacunas actuales baja con el tiempo, tanto para prever infecciones (algo que no es su fuerte) como, sobre todo, para evitar la enfermedad grave; y también que tras seis meses de completar la pauta esa eficacia baja considerablemente1. No ignoramos tampoco que hay un sector de población no vacunada: la enfermedad raramente es grave en los menores de doce años, pero ahora mismo la población infantil constituye un vector que propaga la enfermedad con relativamente pocos obstáculos. Por último, es evidente que, con el invierno a la puerta de la esquina, aumentan las ocasiones para juntar mucha gente en espacios cerrados. 

En la novela de García Márquez, los hermanos Vicario le van contando a todo el mundo que van a matar a Santiago. Y lo hacen porque en el fondo no quieren matarlo, están obligados por una regla de honor que a ellos mismos no los convence. Así que intentan ponerse el palo entre las ruedas de su propio asesinato. Y, de hecho, habría bastado con que cualquiera de los muchos que se enteran del crimen anunciado hubiera actuado, para evitar la tragedia.

Da la sensación de que estamos en una tesitura similar. Es archisabido que, una vez que la curva de contagios se alza, el aumento exponencial hace que la situación se vuelva ingobernable en cuestión de días: algo que ya está ocurriendo en muchos países de Europa central y oriental, con porcentajes de vacunación algo más bajos (pero no mucho más bajos) que el nuestro. Y, lo que es más preocupante: aunque las vacunas bajan considerablemente la mortalidad, estamos viendo que la combinación de niveles del 60-70 % de población vacunada y caída progresiva de la inmunidad adquirida bastan para dar lugar a cifras que empiezan a ser comparables a las de las olas del pasado invierno. Los datos de casos y muertes en la Unión Europea comienzan a ser aterradores, y, aunque España y su entorno inmediato (¿aún?) no están viviendo el drama ya presente en el centro del continente, la subida empieza a ser rotunda: la incidencia tocó fondo a finales de octubre y se ha duplicado en un par de semanas.

Crónica de una suerte anunciada
Número de casos detectados (arriba) y de muertes (abajo) por millón de habitantes en la Unión Europea, como función del tiempo. Se advierten: la escasa capacidad de detección durante la primera ola; el impacto, mucho mayor en mortalidad respecto a la primavera, de las olas del invierno 2020-21; y el impacto de las vacunas, en cuanto, con un número actual de casos similar al de hace un año, la mortalidad es menor por un factor 2. Si se consultan los datos detallados en la fuente es fácil ver que, además, la gran mayoría de la mortalidad reciente proviene de países del este de Europa con porcentajes de vacunación relativamente bajos, como, por ejemplo, Rumanía.

Crónica de una suerte anunciada
Número de casos por millón de habitantes en varios países de Europa central y occidental (tomado de aquí). Se observa la compleja superposición de olas del invierno 2021-22, la fortísima subida actual en Centroeuropa, y el inicio de una subida decidida, si bien a niveles aún considerablemente menores, en España, Francia e Italia.

Hemos vivido todo esto ya antes. También nos han contado antes que «esta vez no es como las otras» y que, aunque los contagios aumenten, la ocupación de camas en hospitales es baja o el número de fallecidos diarios no es grande. Excepto que, cada vez que nos cuentan eso, suelen olvidar que los casos graves y los fallecidos llevan retraso (a menudo de un mes o más) con respecto al alza de la incidencia. ¿Es preciso volver a esperar que haya cientos de muertes al día para elevar el nivel de las medidas? ¿Volvemos a la resistencia a tomar medidas contundentes del principio, jugando a que nuestro nivel de vacunación baste, como entonces nos la jugamos a que algún deus ex machina parara lo inevitable? ¿Llegaremos a las aglomeraciones navideñas a las puertas de otra tragedia?

Somos como el pueblo en el que los hermanos Vicario se pasean avisando que, si nadie lo impide, van a matar a Santiago Nasar. Si no ponemos los medios para evitarlo, Europa se enfrenta a un gigantesco experimento para determinar, con un coste tremendo en vidas, si la vacunación a medio gas y las restricciones leves bastan para evitar otra masacre. Y sabemos, de hecho, lo que hay que hacer.

Hay que administrar urgentemente una tercera dosis a toda la población, para empezar. Hasta ahora se está haciendo con los mayores de setenta, parece que se planea extender a mayores de sesenta y personal sanitario. ¿Nos arriesgamos a que baste con eso? El caso de Israel (62 % de población vacunada respecto a nuestro admirable 80 %) deja claro que para controlar su cuarta ola ha sido necesario añadir la tercera dosis.

Hay que considerar muy seriamente vacunar a los niños, reduciendo el espacio del virus para propagarse: varios países ya están en ello. Sabemos que exigir un certificado de vacunación (como se hace en muchos países de Europa) para entrar en bares, restaurantes, etc. puede acotar la propagación. Sabemos que hay que insistir con las desagradables mascarillas y con la protección de la población anciana, que hay que revertir el desmantelamiento de la atención primaria experimentado por los sistemas de salud de muchas comunidades autónomas, que hay que recuperar y reforzar los sistemas de pruebas y rastreo (uno de los pocos frentes en los que seguimos a la cola). Hay que seguir resistiendo. El terrible ejemplo austriaco, donde el gobierno y todos los Länder, salvo la ciudad de Viena, declararon la pandemia superada en verano y dieron paso a la relajación casi total de las medidas de salud pública, nos enseña cuál es el precio de la irresponsabilidad.

Como en la crónica de una muerte anunciada, posiblemente bastaría una sola acción decidida (¿la tercera dosis generalizada?) para evitar la tragedia. Y, sin embargo, los vecinos miran a otra parte cuando pasan los hermanos Vicario armados con sus cuchillos, igual que hacen nuestros administradores cuando el virus, tan letal como siempre, pasa por delante de sus narices.


Notas

(1) Baste ver, por ejemplo, esta tabla, compilada por Eric Topol, con menciones de los estudios de los que provienen los datos:

Crónica de una suerte anunciada

Coautor 2687


Elegía del vampiro

Entrevista con el vampiro. Imagen Warner Bros.
Entrevista con el vampiro. Imagen: Warner Bros.

San Francisco, verano de 1988. He quedado con Cat en una taquería de Misión Dolores. Llego tarde, ella ya ha pedido unas enchiladas para los dos y se entretiene conversando con el dueño del local, que se la come con los ojos. No le culpo, Catalina es una mezcla afortunada de genes españoles e irlandeses, cuyo fenotipo resultante es una morena de ojos verdes y labios como cerezas maduras. 

—Hola primo —me saluda cuando me siento a su lado, plantándome un sonoro beso en los labios. 

El dueño del local me echa una mirada envidiosa. No hay para tanto, nuestros escarceos se limitan a esos besos, tan sonoros como castos. Somos primos segundos, mi tío Paco —o debería decir Uncle Frank— fue uno de los tantos españoles que acabó en California huyendo de la España miserable de la posguerra. No le fue mal y ahora su hija estudia en la San Francisco State y considera una obligación familiar entretener de vez en cuando al pariente pobre que se gana la vida como puede, recorriendo el mismo circuito de trabajos ocasionales —camarero, taxista, guía turístico— que frecuentó su propio padre, antes de que le sonriera la fortuna.

—He quedado con la peña de la escuela en el New Orleans, ¿qué te parece?

La pregunta es retórica, sabe que me parece bien cualquier plan que tenga a bien proponerme, aunque el de hoy implique sufrir a los pedantes que frecuenta mi prima, flirteo con Pete incluido. 

—¿Hay algo especial esta noche? —pregunto, por decir algo.

—Stan da un recital —me informa ella—. No será muy largo.

Lo dice como disculpándose. Ni siquiera se le ha pasado por la cabeza pensar que pueda interesarme. No la saco de su error, no vale la pena, pero meto disimuladamente la mano en el bolsillo de mi raída cazadora y acaricio mi talismán, un librito en miniatura, más pequeño que mi mano. Mis dedos rozan las tapas de cartón, reconocen, como si fuera braille, el título familiar. Duineser Elegien. Se me vienen a la cabeza las primeras líneas. Wer, wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel Ordnungen? «¿Quién, si yo llorara, me escucharía, entre las jerarquías de los ángeles?».

El New Orleans es un garito donde lo kitsch no quita lo siniestro. Pequeños farolillos rojos, desparramados por doquier, iluminan la pieza tenuemente, el barniz de los muebles es de color caoba opaco, las paredes están cubiertas de cuadros, a cual más tétrico. En uno de ellos la luna brilla sobre un cementerio, iluminando un paisaje de cruces de metal y lápidas de mármol gris. En otro, el mar embravecido destroza un velero contra los acantilados. Los cuadros impresionan a Cat, que busca mi mano y se aprieta contra mí. No me la suelta incluso cuando nos acomodamos en un reservado. Ojalá, suplico, Pete y sus clones tarden en llegar.

No hay suerte. Aún no nos hemos acabado de acomodar cuando aparecen. Pete me saluda, afable y condescendiente, vocalizando mucho, para asegurarse de que entiendo su afectado inglés. Finalizadas las presentaciones, centra toda su atención en Cat, describiéndole, excitado, la atracción de la noche. Hoy lee sus poemas nada menos que Stan Rice, el mismísimo director de la escuela de escritura creativa de San Francisco State, donde estudian todos ellos.

—Es sublime, ya veréis —afirma Pete.

Stan Rice es un tipo atractivo, cincuentón, con un rostro de actor de cine en el que relucen unos ojos tan tristes como la luna que brilla sobre el camposanto en el cuadro que tengo frente a mí. 

Entiendo el título del poema, «Some Lamb» y poco más. Su inglés, mientras declama, se encabrita como las olas que destrozan el velero contra el arrecife. Apenas capto una frase suelta aquí y allá, pero los versos me atraviesan como un lanzazo en el pecho. Hay algo terrible, abrumadoramente desolado, que se desprende de esa lectura. Pete tiene razón, es sublime. Todo lo sublime, me digo a mí mismo, que pueda resultar abrasarse en una hoguera. 

Ni yo mismo entiendo por qué se me saltan las lágrimas, pero Cat se da cuenta y su mano vuelve a buscar la mía, bajo la mesa. Hay alguien más que repara en ellas y se acerca a nosotros. También ella debe andar por la cincuentena, lleva el cabello peinado a lo Cleopatra y una gargantilla de terciopelo negro al cuello, a juego con el resto de su atuendo. Viste como si guardara luto por alguien y algo en su expresión, tan desolado como las líneas que aún flotan en el aire, asegura que se trata de alguien por cuya ausencia se guarda luto una vida entera. 

—Veo que te ha gustado el poema de Stan —declara. Yo asiento con la cabeza, temo que en cuanto escuche mi acento comprenderá que no he entendido una sola palabra. 

—Acércate luego y le pides una copia dedicada de su libro. OK, honey? —invita, mientras su mano, de largos dedos y uñas afiladas como cuchillos de nácar, roza mi mejilla. 

—¡Le has gustado a Anne Rice! —exclama, maravillada, mi prima.

Yo tengo que confesar que no tengo ni idea de quién es Anne Rice. ¿Familia del poeta? Cat se ocupa de ilustrarme. 

—Es su mujer —me explica—. ¿No has oído hablar de Entrevista con el vampiro

No, confieso, ganándome una mirada condescendiente de Pete y los clones. 

—Pues se trata de una obra maestra —asegura Cat—. Anne reinventa un género que estaba totalmente agotado. ¿Te imaginas cómo?

No necesito responder, la pregunta es un simple trámite. Me encojo de hombros y mi prima me dedica una sonrisa agradecida antes de continuar. A Cat le gusta tanto hablar como a mí escucharla. 

—Sus vampiros no tienen nada que ver con los tradicionales, no son seres horripilantes y macabros, todo lo contrario. Son bellos, sensuales, irresistibles… casi como ángeles. 

—Como ángeles —repito yo, maravillado con la idea. E incluso si uno de ellos, me estrechara, súbitamente, contra su corazón, no haría sino consumirme en su esencia abrumadora. Si estuviéramos solos quizás me atrevería a sacar mi talismán del bolsillo y leerle a Cat los versos. Pero no lo estamos y Pete tiene una opinión que ofrecer.

—No estoy de acuerdo —asevera—. Los ángeles son moralmente perfectos y los vampiros de Rice son corruptos y crueles. A pesar de su belleza no son menos monstruosos que Drácula y sus parientes.

Cat y Pete se enzarzan en una ardua discusión. Los valores morales de los vampiros son diferentes a los de los humanos, alega ella. Los vampiros son unos golfos, unos crápulas, unos libertinos, responde él. Supongo que lo que me hace reaccionar es el desprecio con el que pronuncia la palabra libertino.

—¿Qué tiene eso de malo? —cuestiono. Trato de imprimir un aire cínico a mi pregunta, pero es en vano, mi acento es demasiado fuerte. Para Pete mi voz es tan metálica y desprovista de matices como la del monstruo de Frankenstein.

Él me dedica una sonrisa compasiva y contraataca con un panegírico en el que argumenta las razones por las que el libertinaje es un cáncer de la democracia. Corroe el sistema hasta lo más profundo, enuncia. Socava los cimientos en los que se sostiene el amor, la amistad, los valores sociales. ¿Quién en su sano juicio se casaría con un disoluto? ¿Qué puede esperarse de la amistad de un depravado? ¿Qué insensato dejaría sus negocios en manos de un calavera, solo interesado en su propio placer y conveniencia?

Al resto de los clones solo les falta ponerse a aplaudir. Pero lo peor es la sonrisa arrobada de Cat, que parece haber cambiado de bando, sin duda seducida por la retórica de su amigo. Refutar los argumentos de Pete no sería muy difícil, pero no me interesa lo más mínimo. No es con él con quien quiero hablar, sino con ella. Quiero dibujarle los ángeles que pueblan las líneas de mi libro, los ángeles terribles del viejo Rainer Maria Rilke que tanto se parecen a los vampiros de Anne Rice. Pero mi prima está en otra onda, pendiente de Pete, rodeada de sus amigos, no tiene ojos ni oídos para mí. ¿Quién si yo llorara me escucharía…?

Afortunadamente, el poeta empieza a leer de nuevo. Yo aprovecho el impasse para levantarme de la mesa, con la excusa de ir a pedir una cerveza y escurrirme fuera del local. Mejor así, a la sueca, sin despedidas inútiles. Con suerte, ni se enteran de que me he marchado.

Fuera, la bruma se espesa como solo sabe hacerlo en San Francisco. Apenas la distingo, apoyada contra la pared, a unos metros del local, y sin embargo no dudo de que es a mí a quien espera. Me hace una señal para que me acerque, agitando sus dedos enguantados en terciopelo negro. Viste de luto, igual que Ann Rice, el vestido se ciñe a su cuerpo como una piel azabache. Llego a su altura, toma mi rostro entre sus manos, me contempla con aire arrobado. Algo chispea en sus pupilas, extrañamente azules. Sé reconocer el deseo cuando lo veo y sé que soy yo, asombrosamente, a quien desea. Mi corazón da un vuelco. No he visto en mi vida un rostro más inhumanamente bello que este que me contempla. Pues la Belleza, no es sino el umbral del terror, que apenas sabemos cómo resistir.

—¿Qué te hizo llorar del poema? —pregunta a bocajarro.

—La desolación —respondo.

—Cuando Stan Rice lo escribió, su hija Michele acababa de morir de leucemia —dice ella—. Tenía cinco años. El poema es una elegía a su muerte.

—Lo siento. No sabía nada. 

—Sí, sí lo sabías. Los demás oían palabras. Tú escuchabas su sufrimiento. Por eso llorabas.

Sus manos me rodean ahora la cintura, apretándome contra ella.

—Eres tan hermoso —susurra.

Sus labios buscan los míos. Están tan fríos que su contacto incinera mi piel, levantándome ampollas allá donde me roza. E incluso si uno de ellos, me estrechara, súbitamente contra su corazón, no haría sino consumirme en su esencia abrumadora. Cierro los ojos, sabiendo que no volveré a abrirlos. No me importa. Pienso en Michele, cuya partida invocó al ser que me abraza. El ángel de la muerte, llevándose los primogénitos de las casas cuyo umbral no protegía la sangre del cordero. «Some Lamb». Todo está tan claro. 

Sus labios descienden por mi cuello. El dolor, mezclándose con el placer, envolviéndome. Dolor y placer, éxtasis y agonía, la libertad de elegir la perdición. Pobre Pete.

—No te vayas, por favor —la voz me llega de muy lejos, pero aun así la reconozco de inmediato. Es Cat.

La cabeza me da vueltas, estoy a punto de desvanecerme. Cat vuelve a suplicar que me quede con ella y comprendo que ya no quiero irme, quiero quedarme, con ella, por ella. Me aferro a su voz, cada vez más cercana, tanto que ahora la siento susurrando en mi oído. «Está bien, primo», me dice. «Se ha marchado». 

Abro los ojos. Es Cat quien me abraza, son sus labios los que me besan.

—¿Quién se ha marchado? —pregunto, todavía atontado.

—Pete —dice ella —. No podía soportar a ese pedante ni un segundo más… Creí que no te encontraría, pensé que te habrías largado sin dejar que me explicara. Yo…

—Shh —la interrumpo, poniéndole un dedo en los labios—. No hace falta. 

No sé cuánto tiempo permanecemos abrazados. Cuando por fin nos separamos, la niebla se ha desvanecido. 

—Vamos un momento dentro —propone Cat—. He olvidado mi bolso en el reservado.

Observo, acodado en la barra, cómo Cat se despide de los clones. Unas uñas larguísimas me rozan el antebrazo. Anne Rice está a mi lado. Sus ojos oscuros, un poco lunáticos, me escudriñan de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello.

—Casi no se nota —me informa.

—¿La conoces? —pregunto, a sabiendas de que no es necesario fingir con ella.

Rice asiente. —No pensé que te dejaría marchar —suspira.

—¿Por qué lo ha hecho? 

Ella se encoge de hombros. —Supongo que los argumentos de tu amigo Pete no son del todo correctos —ofrece, con una sonrisa sardónica. 

—¿Volveré a verla?

—Espero que no, muchacho. 

Cat se acerca, sonriendo. Anne Rice se despide enviándonos un beso desde el filo de sus uñas.

—¿Me acompañas a casa?

—Creí que nunca me lo pedirías.

El brazo de Cat se enrosca en torno a mi cintura. 

—¿Vamos dando un paseo? —propone.

—Mejor en taxi —me apresuro a responder.

—Vale —murmura ella—. También yo tengo prisa en llegar.

Su beso no es como los otros. Siento el torrente de la pasión envolviéndonos. Me aferro, como un náufrago que se ahoga, al talismán que oculto en mi bolsillo. Pues la Belleza no es más que el umbral del terror, que apenas sabemos como resistir.

Maravillándonos si, serenamente, desdeña aniquilarnos.


¿Quién encargó esto? (y 3): Anomalías en física de sabor (esto no es un artículo sobre nueva cocina)

(Viene de la segunda parte) física de sabor

Cuando los científicos de nuestro gremio oyen la frase «nueva física», se ponen tan contentos y esperanzados como cualquier banda de creyentes a los que se les anuncia la llegada del mesías… y eso que también en nuestro caso y desde hace ya bastantes décadas, el dichoso Mesías no llega. Algún profeta sí hemos tenido, en particular el neutrino. Uno de los autores de este artículo, el más viejo, anduvo años en Japón, participando en experimentos que demostraron que el neutrino tiene masa, cosa no prevista por nuestros Evangelios —también llamados Modelo Estándar— y sigue empeñado en realizar experimentos, en el laboratorio subterráneo de Canfranc, para demostrar que el neutrino es su propia antipartícula, algo que, caso de ser cierto, nos daría alguna pista de por qué existe nuestro universo —ahí es nada—. Pero en los últimos tiempos, como hemos contado en nuestros artículos anteriores, la partícula de moda que despierta fervores y pasiones es el muón, ese primo masivo del electrón cuya aparición vino a señalar que la naturaleza era mucho más misteriosa de lo que nos imaginábamos (de ahí la célebre frase de I. Rabí cuando le explicaron el descubrimiento de una copia de electrón que no parecía venir en absoluto a cuento: «¿pero quién encargó esto?»). En esta última entrega, vamos a presentar la crónica de las graves acusaciones que pretenden culpar a nuestro díscolo electrón masivo, acusándolo nada menos que de ser un violador. Y no un violador cualquiera. Sospechamos que el muón podría estar violando nada menos que la universalidad leptónica.

Pero vayamos por partes. En física de partículas nos gustan los nombrecitos caprichosos. Así, por ejemplo, hablamos de que los quarks (las partículas subatómicas de las que están hechos protones y neutrones) tienen color. Aseguramos que hay quarks rojos, azules y verdes y nos quedamos tan anchos. Decimos, además, que la teoría que los estudia, es la cromodinámica cuántica, o en otras palabras la teoría cuántica del color. Por supuesto, con color, nos estamos refiriendo a un tipo de carga que poseen los quarks. Al igual que los electrones pueden venir en versión electrón (carga eléctrica negativa) o positrón (partícula de antimateria, idéntica al electrón excepto por su carga eléctrica positiva), los quarks poseen además de carga eléctrica otra carga asociada con una interacción que llamamos «fuerza fuerte» y cuyo efecto es confinarlos de manera perenne en el interior de neutrones y protones. Esta carga fuerte en lugar de tener dos estados (+, -) como el caso de la carga eléctrica, tiene tres, que podríamos haber denominado (1, 0, -1) o (a, b, c), pero que, caprichosos como somos, decidimos bautizar con rojo, azul y verde.

Análogamente, cuando los científicos del gremio se dieron cuenta de que la naturaleza parecía haber diseñado tres familias de electrones, cada vez más pesados (el electrón, el muón y el tau), acompañados de sus correspondientes neutrinos (neutrino electrónico, muónico y tauónico) y, ómo no, de tres familias de quarks (arriba y abajo, extraño y encanto, suelo y cima, también llamados a veces belleza y verdad), decidieron denominar a estas familias «sabores». Como si uno pudiera llegar a un restaurante de moda y en la carta le dieran a elegir una ensalada con sabor electrónico, muónico o tauónico, seguido de un caldo de encanto con unos toquecitos extraños.

Pues bien. En los Evangelios del Modelo Estándar está escrito: «no violarás la universalidad leptónica». Lo que ese mandamiento impone es que las tres familias son copias redundantes de la naturaleza, idénticas en todo excepto en su masa. Así, la universalidad leptónica asegura que en lo único que se diferencian el electrón, el muón y el tau, es en que el primero es muy ligero (con una masa de 511 kilo-electrónvoltios o keV), el segundo tiene una masa 200 veces mayor que el primero (105 mega-electrónvoltios o MeV) y el tercero una masa unas 17 veces mayor que el segundo (1.7 giga-electrónvoltios o GeV). Aparte de ese «detallito» (si el electrón fuera un señor de 70 kilos, su primo muón pesaría tonelada y media y su primo tau casi 240 toneladas), dicen nuestros Evangelios que las tres partículas deben comportarse de forma idéntica. 

Lo cierto es que a los físicos de partículas nos encantaría cargarnos nuestros propios Evangelios y para ello no dudamos en realizar sofisticados experimentos, tratando de encontrar alguna pega en ellos. No podemos negar, que, como a todos los revolucionarios, nos ocurre a veces que desnudamos un santo para vestir a otro. Durante las primeras décadas del siglo pasado, una serie de sofisticados experimentos demostraron que la teoría newtoniana de la gravedad era falsa y la reemplazamos por una nueva teoría, la relatividad general de Einstein (en lenguaje políticamente correcto decimos que la relatividad general «extiende» a la teoría de Newton). Pues bien, llevamos cosa de 100 años intentando derribar a san Alberto de su pedestal (de la misma manera que derribamos a san Isaac), pero todavía no lo hemos conseguido. Y en lo mismo estamos con la universalidad leptónica: buscamos un pequeño resquicio que nos permita tumbarla y si con ello le pegamos fuego al Modelo Estándar tanto mejor. Somos así de herejes.  

Una manera de buscarle las cosquillas a nuestra teoría favorita es la siguiente. Según el Modelo Estándar, las tres familias (sabores) de leptones deben relacionarse de la misma manera, con ciertos sujetos, llamados Bosones Vectoriales Intermedios (lo dicho, a los físicos de partículas nos encantan los nombrecitos). Hay tres de estos bosones, que podemos imaginar como primos masivos del fotón o cuanto de luz: dos de ellos tienen carga eléctrica (W+ y W-) mientras que el tercero, llamado Z, no la tiene. Una partícula Z puede «acoplarse» a leptones o quarks, siempre que en la reacción se conserve la carga. Por ejemplo, en las interacciones entre electrones y positrones del gran acelerador de partículas de los años 90 y 2000, LEP, los e- se aniquilaban con e+ produciéndose millones de partículas Z que a su vez se podían desintegrar en otras partículas. Por ejemplo, de nuevo en e+ e-, pero también en mu+, mu- (muones), tau+ tau- (taus) o las tres especies de neutrinos. El Modelo Estándar predice con gran exactitud la probabilidad de desintegración en cada caso y la propiedad de universalidad leptónica nos asegura que, de hecho, la probabilidad de que el Z se desintegre a electrones, muones o taus (excepto por pequeñas correcciones asociadas a la masa) es la misma. Pues bien, en LEP buscamos con empeño alguna pista de que esto no fuera así… sin conseguirlo. El Z hacía exactamente lo que se esperaba de él. 

física de sabor
Visualización de un evento en el detector LHCb en el que un mesón B se desintegra produciendo un electrón y un positrón. Fuente: CERN.

Sin embargo, en el año 2014 la colaboración LHCb anunció un resultado que desde entonces ha atraído una enorme atención en la comunidad. No hay conferencia que se precie en la que no se hable del tema. Para entenderlo, hay que explicar dos cosas. La primera, que LHCb es un experimento especializado en física de sabor y no, no es un restaurante nouvelle couisine, sino un gigantesco detector que opera en el gran colisionador de hadrones, LHC, y cuya especialidad es observar con nitidez procesos que involucran familias (de leptones y quarks) diferentes. Por otro lado, como ya hemos apuntado, los quarks ligeros (arriba y abajo, o u,d) son los ingredientes con los que se amasan los protones y neutrones. Pues bien, con las otras familias de quarks podemos amasar partículas parecidas. Por ejemplo, los mesones B+, formados por un antiquark belleza y un quark arriba, y los mesones K+, formadas por un antiquark extraño y un quark arriba. Los B+ pueden desintegrarse en K+, produciendo en el proceso un par de leptones. El Evangelio nos asegura que da lo mismo que ese par de leptones sean muones o electrones (porque está escrito en las tablas de la ley que «no violarás universalidad leptónica») pero los físicos del LHCb, blasfemos donde los haya, han decidido comprobar si esto es así. Para ello, han contado el número de veces que el mesón B+ se desintegra a un mesón K+ y un par de muones, y el número de veces que dicho mesón se desintegra a un mesón K+ y un par de electrones. Si Universalidad Leptónica es cierta, el número es el mismo y el cociente entre ambas cuentas, al que llamamos RK debe ser igual a 1. Sin embargo, la colaboración LHCb encuentra un valor de RK diferente de uno, concretamente RK = 0.846 +- 0.04

La medida de RK da un valor no muy lejano a uno con un error de aproximadamente un 5 %. En la práctica, eso quiere decir que, debido a ese error de medida, existe una pequeña probabilidad de que RK sea de verdad uno y el LHCb haya medido 0.846. Esa probabilidad es del 10 %.  A primera vista no parece muy grande, pero considere el lector si subiría en un avión con un 10 % de posibilidades de estrellarse. Ni de broma, ¿verdad? Pues aquí ocurre lo mismo. El margen de error es todavía lo bastante grande como para que no tiremos las campanas al vuelo, aunque, eso sí, el resultado es lo bastante diferente de uno como para sugerir que algo insospechado puede estar pasando.

Seguro que algún avispado lector se está haciendo una pregunta clave. Que RK sea menor que 1 puede deberse a un exceso de electrones o a un defecto de muones (o a una combinación de ambos). ¿De cuál se trata? Nuestros colegas de LHCb también se han hecho esta pregunta y su respuesta es clara: el número de electrones producido concuerda muy bien con lo esperado. Así que los culpables parecen ser, (¡sorpresa!) los muones. Algo les sucede que provoca que se produzcan menos de los esperados cuando los mesones B+ se desintegran.

Y esto no es todo. El experimento LHCb ha realizado muchas medidas de cantidades relacionadas con mesones B y sus desintegraciones produciendo muones. Lo mismo han hecho los experimentos Belle y BaBar, otros dos restaurantes de lujo (perdón, experimentos de moda) en el campo de la física de sabor. Y resulta que en muchas de estas medidas aparecen pequeñas discrepancias con lo predicho por el Modelo Estándar. Pequeñas, pero persistentes. No sólo no desaparecen al acumular más datos, sino que se refuerzan y parecen apuntar en una dirección muy concreta, formando un patrón coherente. Y una vez más, los muones están por medio.

física de sabor
Comparación entre las medidas experimentales (en azul) y las predicciones teóricas (amarillo) del cociente RK y otros observables similares medidos por LHCb y otros experimentos durante la última década. Fuente: Patrick Koppenburg (LHCb).

Es demasiado pronto para romper las tablas de la ley de la universalidad leptónica. Para saber si esto va en serio o no es más que un capricho de la estadística (tampoco sería la primera vez que la estadística juega a los físicos malas pasadas) es necesario acumular más datos, de tal manera que el error en RK sea tan pequeño como para ser incompatible (esto es, resulte en probabilidades ridículamente bajas) con el Modelo Estándar. 

Supongamos por un momento, que, finalmente, el LHCb consigue demostrar que los muones se comportan de manera diferente a los electrones. En ese momento, es fácil que se oiga de nuevo la voz de Rabi, preguntando, pero quién narices ordenó esto. Quien quiera que fuera, tendrá que explicarlo. Los físicos teóricos (entre los que se cuenta el autor más joven de este artículo) no paran de elucubrar, claro está. Como muestra de sus especulaciones ahí van dos propuestas. Quizás exista una partícula Z’ que sería un primo pesado del Z (que a su vez es un primo pesado del fotón). O quizás la naturaleza haya ordenado los leptoquarks. Esto implicaría que los leptones y los quarks pueden relacionarse de formas completamente nuevas a través de estas partículas exóticas. Ahí se lo dejamos.

Un momento. ¿Todo lo que se nos ocurre es añadir bosones más pesados, o nuevas partículas exóticas? ¿Estamos explicando algo así? Si no sabíamos quién ordenó el muon, ¿sabemos quién ordenó el Z’? ¿O los leptoquarks? ¿O más bosones de Higgs que podrían estar rondando por ahí? ¿O la materia oscura que aún no hemos descubierto, pero sabemos que anda suelta, debido a sus más que visibles efectos gravitatorios?

física de sabor
Procesos fundamentales en la desintegración del mesón B. El diagrama de la izquierda muestra la desintegración en el Modelo Estándar, en la cual intervienen el fotón y el bosón Z y se producen electrones y muones con la misma probabilidad. Por otro lado, el diagrama de la derecha muestra un posible proceso con una nueva partícula exótica, un leptoquark, uno de los principales sospechosos para explicar la violación de la universalidad leptónica. Fuente: LHCb.

No, no sabemos quién ordenó todo esto. Todo lo que podemos hacer es construir teorías que mejoren las que ya tenemos, y pensar en experimentos que nos permitan quemar la siguiente edición de los Evangelios. La ciencia no nos ofrece certezas, ni explicaciones definitivas, ni riquísimos puertos en las que anclar nuestros navíos al final de la travesía. La sorpresa y el asombro no tienen límites, nuestra fe —creemos que es posible interrogar a la naturaleza y que siempre nos responde con la verdad— y nuestras ganas de blasfemar, tampoco. El viaje a Ítaca no tiene final.

Coautor 30422


El lado oscuro del universo

lado oscuro universo
Foto: Forest Wander. (CC) universo

En el último capítulo de la magnífica primera temporada de True Detective, Marty y Rust, magullados pero felices —o al menos tan felices como pueden aspirar a serlo unos polis cincuentones a los que la vida ha tratado a baquetazos— se escabullen del hospital donde Rust todavía convalece y pasean bajo el firmamento estrellado del bayou de Luisiana. Rust recuerda otro cielo nocturno, el de Alaska, al igual que a mí me vienen a la memoria los de aquella travesía inolvidable del Sinaí. Marty se asombra, quizás se sobrecoge un poco —como nos sobrecogíamos nosotros, bajo aquel saco de dormir que nos protegía del frío del desierto—, cuando repara en la inmensa negrura que cubre la bóveda celeste, contra la cual poco pueden las estrellas que tachonan el cielo.  «Es una vieja historia», comenta Rust. «Luz contra oscuridad». 

Luz contra oscuridad. Me pregunto si el veterano poli era consciente de hasta qué punto tenía razón. Las islas de claridad que brillan en la noche parecen escasas, en comparación con el manto de negrura que las rodea. Y sin embargo, hay cien mil millones de estrellas en nuestra galaxia. Y el universo contiene unos cien mil millones de galaxias, cada una de las cuales, millón arriba, millón abajo, aportan al cosmos tantos astros como la nuestra. Cada una de esas diez mil billones de estrellas brilla con la furia de un gigantesco reactor de fusión, emitiendo fotones (luz) y neutrinos en cantidades ingentes. La masa de cualquiera de esas estrellas se cuenta en miles de billones de billones de kilogramos. En ellas se van amontonando, en sucesivas capas de cebolla sideral, los elementos que componen la parte visible de nuestro universo. Protones y neutrones que se unen para formar hidrógeno y helio, más tarde litio y berilio y así sucesivamente hasta llegar al hierro, el elemento más estable que existe. Algunas de esas estrellas, mucho más pesadas que el sol, se convierten en supernovas al morir, creando en su agonía los elementos más pesados (incluyendo los radioactivos uranio y torio), que abundan en los pedazos de roca llamados planetas que, a menudo, orbitan en torno a ellas.

En el tercer planeta que gira en torno a cierta mediocre estrella de cierta galaxia corriente, en una esquina cualquiera del universo, habita una especie de monos locos y lampiños que nunca han dejado de preguntarse por esa vieja historia de luz y oscuridad. En los últimos años, estos curiosos animales han desarrollado cierta capacidad de interpretar el cosmos, un método que les permite elaborar teorías sobre el origen y la naturaleza de las cosas y contrastarlas con observaciones. Los monos locos y lampiños han producido así una subespecie de monos todavía más lampiños y locos llamados físicos.

Estos físicos han sido capaces de medir la masa que contienen las galaxias que los rodean. Han sido, de hecho, capaces de medirla de dos formas diferentes. Por una parte, suman toda la masa luminosa que registran con sus telescopios. Por otra, son capaces de estimar la masa de las galaxias fijándose en los efectos que la gravitación produce en ellas. La misma fuerza que tumba las manzanas del árbol de Newton hace que las constelaciones dancen un complejo tango, cuyas evoluciones dependen de la masa total involucrada en el sistema. 

Así que los astrofísicos cuentan estrellas y las multiplican por billones de billones de kilogramos que pesa de promedio cada una de ellas, añaden el gas y el polvo interestelar, y comparan el resultado con los cálculos relativistas que arrojan la masa total de esas galaxias, inferidas a partir de sus trayectorias y velocidades relativas. Los dos números deberían ser iguales dentro del error de medida, o al menos bastante similares. Pero no lo son. La masa luminosa resulta ser una pequeña fracción de la que albergan las galaxias. De hecho, todos los átomos del universo juntos no alcanzan el 5 % de la energía total almacenada en este. El 73 % restante se distribuye entre dos tipos de oscuridad. Casi un 22 % se lo lleva la llamada «materia oscura», constituida, creemos, por partículas que reaccionan muy débilmente con los átomos ordinarios, esto es, una especie de neutrinos pesados a los que llamamos WIMP (siglas de Weak Interactive Massive Particles). El resto (63 %) es «energía oscura», una misteriosa fuerza que se opone a la gravedad y hace que la expansión del universo se esté acelerando.

De una y otra sabemos muy poco. Los WIMP podrían ser partículas supersimétricas, llamadas así porque, en la calenturienta mente de los físicos, aparecen cuando las partículas ordinarias se reflejan en cierto espejo cósmico. Cuando un electrón se mira en dicho espejo, ve un s-electrón, idéntico en todo a él, menos en cierta propiedad mecánico-cuántica que llamamos espín. Los electrones tienen un espín semientero (de valor 1/2) que, entre otras cosas, les impide amontonarse en las órbitas atómicas que describen en torno a los núcleos de los elementos. Los s-electrones, en cambio, tienen un espín entero y se comportarían como los cuantos de luz o fotones. Pero nadie ha visto nunca un s-electrón, ni un fotino (el compañero supersimétrico del fotón, que a su vez se comportaría como un electrón), ni, a decir verdad, ninguna partícula supersimétrica. Esto no es sorprendente, ya que el espejo en el que la materia y la materia supersimétrica se contemplaban una a otra se le rompió a la divinidad en los primeros instantes del universo (hay que disculparle; por aquel entonces Dios era poco más que una bebé y por tanto bastante torpe). Los físicos describen el desaguisado con una frase políticamente correcta: «rotura espontánea de simetría».

Roto el espejo, casi todas las partículas supersimétricas se desintegran de inmediato (trece mil ochocientos millones de años más tarde, un ejército de físicos de partículas está tratando de resucitarlas en el gigantesco Large Hadron Collider, LHC, del CERN). Pero hay una, la más ligera, que no tiene a quién desintegrarse y, si la teoría es correcta, anda todavía suelta por ahí. Sueltas, deberíamos decir, porque son muy numerosas, hay unas seis de ellas por cada átomo del universo. Eso sí, como los neutrinos, los WIMP pasan de todo. Su probabilidad de reaccionar con la materia ordinaria es ridículamente pequeña y por eso, a pesar de que llenan, literalmente, el cosmos, aún no hemos conseguido detectarlos. 

De la energía oscura sabemos todavía menos. Necesitamos que exista para explicarnos las extrañas (y bastante recientes) observaciones conforme a las cuales el universo se está expandiendo mucho más rápidamente de lo que nos esperábamos. Dicho sea de paso, aunque la Tierra no es plana, el cosmos sí parece serlo. Los cosmólogos no son capaces de medir una curvatura global, no hay horizonte cósmico. La consecuencia de este inquietante hecho, por cierto, es que no habrá un big crunch que destruya el universo en un big bang invertido. O, dicho de otra manera, nuestro cosmos no permite un ciclo continuo de expansión-contracción. Si la posibilidad le asustaba, relájese. Nada de finales agitados, con el tiempo corriendo hacia atrás, los muertos levantándose de sus tumbas y descumpliendo años camino de la infancia y el no-ser que precede a la concepción, nada de chorros de materia precipitándose hacia un voraz agujero negro que se trague el cosmos igual que lo parió. El final que nos aguarda es bastante más tranquilo, una aburrida muerte térmica, en un universo en el que todo se va deteniendo poco a poco, hasta que al final, nada se mueve. La última estrella se apaga, el último neutrino se detiene y el último ángel bate por última vez sus alas. Después, frío y silencio.

Pero para que eso ocurra, falta bastante todavía. Y hasta entonces, para entretenerse, los monos locos y lampiños intentan detectar la materia oscura, esos WIMP supersimétricos que andan por todas partes y nadie ve. 

Para ello, los físicos construyen detectores ultrasensibles, capaces de registrar la diminuta huella que los huidizos WIMP dejarían si, por fin, se decidieran a reaccionar con la materia. Entre las varias técnicas experimentales posibles, la última moda es el uso de gases nobles (xenón, argón y neón), casi siempre en estado líquido. El principio es sencillo y elegante. El detector se sitúa en un laboratorio subterráneo (Canfranc en España, Gran Sasso en Italia, SNOWLAB en Canada, entre otros) que a su vez forma parte del planeta Tierra, el cual se pasea en la noria del Sol. En su viaje, la Tierra atraviesa el espacio lleno de WIMP y el efecto, visto desde Canfranc, es el de un viento de materia oscura que atraviesa nuestros detectores. 

¿Qué ocurre si uno de esos animales reacciona con el gas noble que le ofrecemos como blanco? Paradójicamente, se produce luz. La reacción deposita una pequeña cantidad de energía en el gas y este centellea como respuesta, emitiendo fotones ultravioleta que podemos registrar con nuestros sensores. Así que es la luz, literalmente, la que nos permite detectar la oscuridad que nos rodea.

A menudo, cuando hablo de mi oficio me suelen preguntar para qué sirve demostrar que el neutrino es su propia antipartícula, o encontrar los WIMP. Es una pregunta a la que se puede contestar alegando que la tecnología que desarrollamos para nuestros experimentos se multiplica siempre, como los panes y peces bíblicos, en aplicaciones prácticas. Los ejemplos son incontables y podríamos citar los rayos X, el transistor, la penicilina, el láser y sus infinitas aplicaciones, o la Web, por poner unos pocos ejemplos.

Pero la verdadera respuesta no es esa. Al igual que Marty y Rust, los físicos de partículas no peleamos contra la oscuridad por un salario, o una patente. Lo hacemos porque creemos que la naturaleza misma del ser humano está en esa lucha. El monstruo al que se enfrentan los héroes de True Detective no es sino la encarnación misma de la ignorancia y la superstición, siempre presentes desde que el primer hombre miró al cielo y deseó dejar de ser una bestia, siempre agazapadas en las esquinas de la incultura, el fanatismo y la intolerancia, siempre dispuestas a destruir las endebles islas de luz que llamamos civilización. La ciencia a la que me dedico, imperfecta y magullada como ese par de detectives, es también, como Luke Skywalker, la que nos defiende del lado oscuro de nuestra propia naturaleza. 

Quizás por eso no sea extraño que en tiempos de oscuridad, como los que vivimos, la ciencia sea un blanco fácil. Cuesta poco alegar que no vale la pena, ni el esfuerzo, ni el dinero, andar buscando esos WIMP que nada quieren saber de nosotros. Pero ignorarlos es como ignorar a los millones de ciudadanos que la barbarie ha abocado a la miseria. No los vemos, pero están ahí y cuentan. 

Por eso mi oficio, como el de Marty y Rust, me parece sagrado. Por eso también me emocionó tanto la línea final con que cierra la temporada. «Al principio», dice Rust, «había solo oscuridad. Pero ahora, si quieres saberlo, creo que la luz está ganando».


¿Quién encargó esto? (II): Ceci n’est pas une toupie

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Figura 1: Ceci n’est pas une toupie.

(Viene de la primera parte)

A estas alturas del siglo XXI, cabría esperar que el muón, ya todo un octogenario, se tomara la vida con más calma. Pero un camorrista nunca ceja en buscar bronca, por más años que pasen y el muón, el más pendenciero de los leptones, vuelve a estar de moda entre los físicos de partículas y los periodistas. Los resultados recientes de dos experimentos, uno en Fermilab y el otro en el CERN, arrojan resultados que no acaban de cuadrar con el canon. En la entrega anterior contábamos la infancia del muón y explicábamos el primer misterio —aún no resuelto— que desveló su descubrimiento, a saber, la extraña decisión de la naturaleza de producir tres copias de sí misma. En esta segunda parte, proponemos al lector un paseo virtual por el laboratorio norteamericano de Fermilab, donde se está llevando a cabo el experimento g-2, cuyos resultados recientes han causado no poco revuelo. Los titulares, como no puede ser menos en los tiempos que vivimos, auguran un descubrimiento que podría sacudir los cimientos de la física. Y, de hecho, podría ser así. Pero como casi todo en el mundo real —un mundo al que las redes sociales son cada día más ajenas—el posible descubrimiento hay que tomárselo cum grano salis

Para empezar: ¿qué es el experimento g-2?

Imagine el lector una peonza lanzada diestramente, en la época en que los niños sabían bailar peonzas. La palabra bailar venía a cuento, porque la peonza no solo se desplazaba por el piso mientras giraba a toda prisa, sino que su eje de rotación bailaba —la palabra correcta sería precedía— mientras lo hacía. De hecho, esa precesión se volvía más y más fuerte a medida que le peonza perdía velocidad, hasta que al fin se perdía el equilibrio y el juguete rodaba por los suelos. 

Una peonza que gira tiene asociada una propiedad física llamada momento angular, que describe ese giro y que no es sino el producto de la masa del objeto por su velocidad de giro. Por ejemplo, una peonza de cierta masa que gira a cierta velocidad, tiene el mismo momento angular que otra del doble de masa que gira a la mitad de velocidad, o bien que una tercera con la mitad de masa que gira al doble de velocidad. Si imaginamos al muón como una peonza, podemos asociarle por lo tanto un momento angular, o espín, palabra derivada del inglés «spin» que  significa «giro». 

El cuadro superior de la figura 1 muestra una peonza bailando en el piso, dando vueltas en torno a un imaginario círculo gracias al impulso que le ha proporcionado el diestro lanzamiento de nuestro alter ego infantil. O quizás no. El cuadro de al lado es un célebre retrato de Magritte donde se enuncia Ceci n’est pas une pipe.  El dibujo de una pipa, nos recuerda el artista, no es una pipa, sino una representación, más o menos aproximada, del objeto físico. Y de hecho, los trazos del lienzo componen un objeto plano —la sensación de volumen es un truco visual— que evoca en nuestra mente una pipa que no existe. Pues bien, un muón no es una diminuta peonza, ni siquiera una minúscula esfera girando sobre sí misma. El objeto físico, si admitiera una descripción clásica, sería más bien un punto y un punto no puede girar. Pero lo cierto es que la metáfora del punto tampoco es válida. Del muón, como de todas la partículas elementales, solo sabemos lo que el lenguaje de las matemáticas y los resultados de nuestros experimentos nos permiten entrever. Y en términos matemáticos, el muón posee una propiedad llamada espín que podemos imaginarnos como el momento angular asociado a la peonza que no es.   

El espín del muón no es solo un concepto matemático. Desde hace muchos años, los físicos de partículas sabemos medirlo. Para ello, se «prepara» un haz de muones por el expeditivo procedimiento de estrellar un haz de protones contra un blanco hecho, por ejemplo, de grafito (figura 2). En esas colisiones, que pulverizan los átomos de carbono del blanco, se producen innumerables piones (una metáfora inexacta pero muy gráfica sería imaginarnos los piones como las chispas que saltan cuando el pesado martillo del haz de protones golpea el yunque del blanco). Los piones, a su vez, se desintegran en muones. Las leyes cuánticas de esta desintegración dictan que el espín (o eje de giro) del muón apunta en la dirección contraria a su movimiento (o, en la metáfora de las peonzas, todos los muones girarían en el mismo sentido y serían, además, levógiros). La culpa de este curioso comportamiento (lo normal sería esperar que aproximadamente la mitad de los muones fueran levógiros y la otra mitad fueran dextrógiros) la tienen los neutrinos, pero esa es otra historia. Dicho sea de paso, en las colisiones protón-núcleo, los piones negativos son rápidamente absorbidos por la materia y solo escapan los positivos, que a su vez se desintegran en muones de carga positiva… que resultan ser partículas de antimateria. Se trata de un detalle irrelevante para el experimento (desde el punto de vista físico la materia y la antimateria son equivalentes, una vez que se invierten sus cargas) pero que no deja de tener su resonancia de novela tecno-pop o cómic de Marvel. Mira tú por dónde, cualquier estudiante de doctorado en el CERN o Fermilab maneja todos los días haces muónicos de antimateria, algo que solía ser exclusividad de los laboratorios Stark.

Estos (anti) muones polarizados (esto es, girando todos al unísono) se desintegran al cabo de un par de millonésimas de microsegundo a (anti) electrones y neutrinos. Los electrones se emiten preferencialmente en la dirección del espín del muón (la culpa vuelve a ser de los neutrinos). Si ahora montamos un dispositivo experimental capaz de detectar esos electrones, la medida de su distribución angular (es decir la cantidad de muones que registramos en diferentes ángulos con respecto a la dirección de vuelo), nos permite medir la dirección del espín. 

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Figura 2: Dispositivo experimental para medir el espín del muón.

Ahora bien, si una partícula tiene carga eléctrica es posible hacerla girar en círculos aplicando un campo magnético perpendicular a su dirección de movimiento. Si además tiene espín, podemos medir un «momento magnético», que no es otra cosa que el resultado de la interacción entre el espín y el campo magnético. Una manera gráfica —y tan metafórica como las otras que hemos visto aquí— de imaginarnos el momento magnético es como una especie de masa adicional que el muón adquiere como resultado del «roce» de su espín con el «fluido magnético». En términos matemáticos:

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En la ecuación de arriba, μ es el momento magnético y S es el espín. Vemos que ambas cantidades son proporcionales, esto es, idénticas salvo por una constante que las multiplica, que a su vez es el producto de la carga del muón (+1 en este caso), la inversa del doble de su masa y un número «g», que en física clásica (esto es si los muones fueran esferas levógiras girando entorno a un campo magnético) valdría exactamente 1. Pero los muones no son esferas, sino objetos que siguen las leyes de la mecánica cuántica. Si utilizamos la llamada «mecánica cuántica relativista» (descrita por la bellísima ecuación de Dirac de la que hablábamos en la entrega anterior) para calcular el valor que relaciona el momento magnético y el espín, obtenemos que g =2. Este resultado es, de hecho, una revolución, un mazazo a los cimientos de la física, como han anunciado los titulares recientemente… excepto que la teoría que predice que g vale 2 en lugar de 1, dando al traste con cualquier pretensión de que las partículas elementales se comporten como objetos clásicos, se conoce desde hace casi un siglo.

De hecho, cuando medimos g en el laboratorio, obtenemos un valor muy cercano, pero no exactamente igual a 2.  Desde hace décadas, los experimentos que miden «g» haciendo girar un haz de antimuones en un anillo (ver la figura 3) y registrando los positrones que estos emiten en su desintegración son capaces de medir esta cantidad con una precisión de diez cifras significativas. En particular, el reciente resultado del experimento «g-2» de Fermilab que ha transcendido recientemente a los medios es:

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Donde el error, como puede verse, está en las últimas dos cifras decimales. La medida se expresa en términos de «g-2», es decir, sustrayendo el valor «2» a la medida de g. Como podemos ver, el momento magnético del muón no vale dos, sino un número ligeramente mayor.

Pero ese resultado, en sí mismo, no es sorprendente. De hecho, lo sorprendente sería lo contrario. La ecuación de Dirac (cuya predicción arrojaba g=2) ha sido reemplazada desde hace muchas décadas por la teoría cuántica de campos, que predice que el «vacío» —un concepto que, clásicamente quiere decir, «espacio sin nada» y que ha traído siempre de coronilla a los filósofos— es, en realidad, un hervidero de partículas elementales, las cuales, eso sí, se crean y se destruyen lo bastante rápidamente como para pasar «desapercibidas». ¿Quiere eso decir que vivimos en un universo de locos, donde es posible violar la conservación de la energía (crear un par de partículas de la nada) siempre que estas se aniquilen lo bastante rápido? Ni más ni menos. Para quitarle hierro al asunto, los físicos nos referimos a estos fantasmas cuánticos como «partículas virtuales». Pero eso sí, virtuales y todo, su presencia altera el valor del momento magnético del muón, aumentándolo en un poco más del 1 por 1000. De ahí que las primeras cifras decimales de g-2 no sean ninguna sorpresa. Son exactamente las que nos esperamos. 

¿Qué partículas virtuales interaccionan con el muón? Pues bien, todas las que la naturaleza pueda crear, lo que incluye las que conocemos y quizás algunas que no conocemos.

Esto nos lleva a una interesante posibilidad. Si somos capaces de medir con extraordinaria precisión el momento magnético del muón y somos capaces de calcular con la misma precisión las contribuciones a ese momento magnético de las partículas conocidas, entonces podemos comparar ambos valores. Si hubiera una diferencia significativa entre ellos, podríamos concluir que estamos viendo el efecto de nuevas partículas que no conocemos, o, para ser más exactos, los fantasmas de estas partículas estarían afectando, aunque fuera muy ligeramente el valor de g-2. ¿Quién dijo que los científicos no creemos en los espíritus?

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Figura 3: El experimento g-2 de Fermilab.

Como hemos visto más arriba la medida experimental es muy precisa y no es por casualidad. El experimento de Fermilab es la continuación de otro que se desarrolló en el laboratorio de Brookhaven, diez años antes. Entre ambos, el esfuerzo de medir con diez cifras decimales g-2 ha abarcado nada menos que de dos décadas. ¿Pero qué hay de las predicciones teóricas?

Resumámoslo en un número y un gráfico: la teoría predice un valor menor que el experimento y casi incompatible con éste dentro de los márgenes de error, esto es:

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Figura 4: g-2: teoría versus experimento.

La «distancia» que separa el valor central de la predicción teórica (Modelo Estándar, en verde) y el valor experimental (promedio de los dos experimentos, el de Brookhaven y el de Fermilab) es de «4.2 sigma», esto es, 4.2 veces la barra de error de las medidas. La probabilidad de que esta discrepancia se deba a una fluctuación estadística es muy pequeña. De ahí podríamos concluir que:

EL MUÓN CUESTIONA LAS LEYES DE LA FÍSICA

NUESTRA MEJOR TEORÍA DEL UNIVERSO SE TAMBALEA 

Y otros titulares por el estilo, que, en cierto modo, producen en el lector el famoso efecto de Pedro y el lobo. La prensa es tan aficionada a echar las campanas al vuelo cada vez que hay un resultado interesante en física, el sufrido ciudadano oye tan a menudo el grito de «que viene el lobo y se come al Modelo Estándar» que, al final, nadie se toma en serio la noticia, lo que obliga a la prensa a exagerar aún más la siguiente y así ad infinitum

Pero… ¿hay o no hay lobo? La respuesta, como suele ser muchas veces el caso en la ciencia practicante (que no sabe nada de titulares ni de Twetter) es: «no lo sabemos todavía». 

El resultado de la figura anterior, se corresponde al promedio de cálculos teóricos realizados mediante una serie de técnicas muy sofisticadas, que, no obstante, precisan de ciertas aproximaciones (por eso el resultado se muestra con una barra de error, que nos recuerda que las predicciones no son exactas). Pues bien, existen otras técnicas que permiten realizar el mismo cálculo, evitando las aproximaciones a las que nos referimos, siempre que se disponga de suficiente capacidad de cálculo numérico. El resultado de estos cálculos se resume en la figura 5:

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Figura 5: Teoría versus teoría. Imagen: Nature.

En la figura, los círculos rojos muestran diferentes cálculos utilizando la técnica «aproximada» (R-ratio) mientras que los cuadrados verdes se corresponden a la técnica más exacta pero que requiere mayor potencia de cálculo (Lattice). Reparemos que todos los resultados verdes, menos uno, tienen barras de error grandes (esto se debe precisamente a que, hasta el momento, no se había conseguido la gigantesca potencia computacional necesaria para hacer la cuenta). Pero el resultado marcado como «This work» y recientemente publicado en la prestigiosa revista Nature presenta una barra de error tan pequeña como los cálculos «clásicos». Por otra parte, este resultado está a tan solo 1 sigma del valor central del experimento y es por tanto perfectamente compatible con este. En otras palabras, si tomamos como referencia teórica el último valor de la técnica «exacta», no hay nueva física que valga, ni realidad que se tambalee, ni lobo que se coma el Modelo Estándar.  

¿Pero quién tiene razón entonces, los círculos rojos o los cuadrados verdes? Si la ciencia fuera democrática, podríamos someterlo a votación, o opinar en nuestras páginas de Facebook de acuerdo a nuestra particular fe en uno u otro modelo. Pero los resultados de los experimentos no se votan y la idiosincrasia de los científicos, aunque puede crear ruido a corto plazo, es irrelevante a la larga. 

¿Cómo se resolverá el asunto? Pues, por una parte, el excelente experimento de Fermilab continuará tomando datos y reducirá todavía un poco más su error. Por otra, auténticos ejércitos de físicos teóricos que trabajan en las teorías «opuestas» seguirán mejorando sus cálculos y tirándose entre sí de los pelos. Antes o después, unos y otros entenderán lo bastante bien su metodología como para converger a un resultado. 

¿Cuánto llevará? Unos pocos años, con suerte, pero también podría ser más tiempo. No sería la primera vez, ni la última (ahí están el ejemplo de las oscilaciones de neutrinos, el bosón de Higgs o la búsqueda de neutrinos de Majorana que todavía sigue en marcha) que un descubrimiento requiere muchas décadas. 

El resultado podría ser, que, finalmente, hayamos encontrado nueva física. Quizás nuevos leptones, (primos hermanos del electrón, el muón y el tau), o nuevas interacciones de la naturaleza, o más bosones de Higgs o materia oscura… a uno de los autores de este artículo, físico teórico de oficio, se le ponen los ojos en blanco soñando con las posibilidades. El otro, físico experimental que ya peina alguna cana, refunfuña entre dientes, repitiendo que mucho ojo con las prisas… pero en el fondo sueña, como su joven colega, con que el muón nos de otra sorpresa y una vez más, sorprendidos y maravillados, podamos preguntar: ¿pero quién encargó esto?

(Continúa aquí)

Coautor 30422


¿Quién encargó esto? (I)

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«¿Quién encargó esto?». I. I. Rabi. Foto: DP.

Todos los premios nobel de física son grandes científicos, pero cada uno lo es a su manera.

Albert Einstein, por ejemplo, recibió el Nobel por un gran descubrimiento (el efecto fotoeléctrico) que, sin embargo, palidece frente a lo que fueron sus monumentales contribuciones a la ciencia, las teorías (especial y general) de la relatividad. Penzias y Wilson recibieron el suyo por encontrar la radiación de fondo de microondas. El hallazgo fue una combinación de suerte y —como se diría en buen castellano— maña por parte de los laureados, que podrían encarnar el tipo de científicos que saben aprovecharse de la fortuna cuando esta les sonríe. P. A. M. Dirac, que recibió el Premio Nobel de física en 1933 por sus majestuosas contribuciones a la mecánica cuántica —posiblemente la suya sea la ecuación más bella de la historia de la ciencia— confesaba al final de su vida el sentimiento de ser un fracasado.

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Figura 1: La ecuación de Dirac, posiblemente la más bella de la historia.

De Victor Hess podríamos decir que recibió el Nobel por arrojado. Su valía científica, como el valor de los militares, la damos por supuesta. Hess quería entender un misterio que, hacia 1910, llevaba a los físicos de cabeza, a saber, la razón por la que la radiación ambiental aumentaba con la altitud. Por la época, se asumía que la radiación terrestre estaba compuesta fundamentalmente de electrones y de iones producidos en la corteza terrestre y por tanto debería disminuir a medida que se asciende en la atmósfera. Las medidas experimentales, sin embargo, indicaban lo contrario, pero no eran concluyentes. Victor decidió zanjar el asunto planeando un experimento decisivo. Para empezar, mejoró los electroscopios que se utilizaban para medir la radiación. Pero aún más importante, decidió medir a altitudes que no habían sido alcanzadas nunca, bien por encima de los 5000 metros. Eso implicaba una serie de vuelos en globo, algunos de ellos nocturnos y todos bastante arriesgados.

Hess no se limitó a planear el experimento, lo llevó a cabo en persona. Descubrió que, en efecto, la radiación disminuía hasta la altura de 1 km aproximadamente y a partir de ahí aumentaba. La radiación a 5 km era, de hecho, dos veces más alta que a nivel del mar. De ahí dedujo que la radiación observada en la atmósfera provenía del espacio exterior. Hoy en día sabemos que la fuente de dicha radiación son rayos cósmicos, fundamentalmente protones de alta energía, que se estrellan contra la atmósfera, produciendo cascadas de partículas secundarias. Los vuelos de Hess abrieron un campo nuevo y extremadamente fecundo de la física moderna (el estudio de los rayos cósmicos) y le valieron un Premio Nobel en 1936. Pero también, como dejó escrito el gran Jorge Luis Borges: «Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente».

quien encargó esto
Figura 2: Los rayos cósmicos son partículas cargadas y altamente energéticas que llegan continuamente a la Tierra desde el espacio exterior. Al llegar a la Tierra chocan con átomos de la atmósfera y producen cascadas de partículas que caen sobre la superficie, entre las cuales hay algunos muones.

Casi a la vez que Hess recibía su galardón, Seth Neddermeyer y Carl Anderson publicaban un precioso artículo en el que analizaban las propiedades de ciertas partículas encontradas en los rayos cósmicos, capaces de penetrar mucho más la materia que los electrones, pero mucho más ligeras que los protones. Las partículas en cuestión resultaron ser nada menos que una copia de los electrones… pero con una masa doscientas veces mayor que la de estos. Es famosa la reacción de I. Rabi (otro premio Nobel) al conocer el descubrimiento: «who ordered that?». ¿Quién encargó esto?

La sorpresa de Rabi está perfectamente justificada. Hacia 1930, la naturaleza, tal como lo concebían los físicos, parecía razonablemente sencilla. Los ladrillos que armaban el mundo eran átomos, que a su vez estaban compuestos de un núcleo atómico (hecho de protones y neutrones) y una corteza de electrones girando a su alrededor. La imagen de un pequeño sistema solar, aunque incorrecta, ofrecía una aproximación muy agradable. Había, es cierto, algún que otro resquicio de oscuridad en el brillante cuadro, incluyendo la posible existencia de los fantasmagóricos neutrinos (propuestos circa 1930 por Pauli para salvar el principio de conservación de la energía), pero lo que nadie se esperaba es que la naturaleza se molestara en fabricar una segunda copia de sí misma. Y aquellas partículas penetrantes descubiertas por Anderson y Neddermeyer, bautizadas como muones, acabaron por ser el hilo de Ariadna que llevaría a una de las grandes sorpresas del siglo.

Resulta ser que la naturaleza, de hecho, ha fabricado no dos, sino tres copias de sí misma. Hay tres tipos de electrones, idénticos en todo excepto en su masa (el electrón, el muón y el tau), otros tres tipos de neutrinos (que llevan los nombres de sus compañeros cargados, neutrino electrónico, muónico y tauónico) y, simétricamente a estas seis partículas, hay seis tipos de quarks, denominados con nombres no poco caprichosos: arriba, abajo, extraño, encanto, bello y cielo (up, down, strange, charm, beauty, top). Los dos quarks más ligeros (arriba y abajo) forman los protones y neutrones que a su vez forman los átomos de la materia ordinaria. Pero, en cierto sentido, podría existir otra copia de la realidad en la que los muones giraran en torno a átomos hechos de quarks extraño y belleza, o bien los taus en torno a materia hecha de belleza y cielo. En la práctica no es así. El muón, el tau, y todas las partículas que contienen quarks pesados viven vidas muy efímeras y no existen en el universo actual, excepto como productos secundarios de alguna reacción excepcional (como los choques de rayos cósmicos contra la atmósfera, capaces de producir abundantes muones). Toda la complejidad que la naturaleza nos muestra, todos sus trabajos para generar tres copias de sí misma, de las cuales dos son totalmente efímeras, parece un capricho de adolescente. De ahí la sorpresa de Rabi. De ahí la pregunta, que aún no hemos sabido responder a día de hoy: ¿quién ordenó esto?

quien encargó esto
Figura 3. Las tres copias de la realidad.

quien encargó esto
Figura 4: ¿Quién ordenó esto?

La respuesta es que no lo sabemos. Uno de los autores de este artículo (Juan José Gómez Cadenas), tuvo la ocasión de participar en los experimentos que determinaron que solo existen tres copias de la realidad. A finales de los ochenta y principios de los noventa, el experimento Mark-II and SLAC (Estados Unidos) y los experimentos DELPHI, ALEPH, OPAL y L3, sitos en el CERN, midieron lo que se denominan la «anchura» de la partícula Z0. Gómez Cadenas, de hecho, tuvo la ocasión de participar tanto en las primeras medidas (en Mark-II), cuando la escasa estadística de los primeros datos parecía indicar un comportamiento algo díscolo del leptón tau, como en las medidas mucho más precisas, realizadas en el CERN, que excluyeron, sin lugar a dudas, la hipótesis de menos o más familias, como se puede ver en la figura 5. 

quien encargó esto
Figura 5:  Anchura del Z0. Los datos aseguran que el número de familias, N, tiene que ser tres.

Para entender estas medidas, hay que presentar al Z0, o «zeta-zero», cuyo título formal es el de «bosón intermedio neutral» (a los físicos nos gustan los nombrecitos raros, aunque no tanto como a los químicos). El Z0 es un primo hermano del fotón (las partículas que componen la luz), pero su masa es mayor que la de un átomo de torio, unos de los elementos más pesados de la tabla periódica. Este fotón hiperpesado puede desintegrarse de muchas maneras, pero en particular se desintegra a todos los pares de electrones que existen en la naturaleza, en particular el Z0 se desintegra a e+ e-, μ+, μ– y τ+, τ– (donde e, μ y τ son los símbolos de electrón, muón y tau).  En esas desintegraciones, la suma de las energías del par de «leptones» (nombre genérico que usamos para referirnos a los tres primos, del griego lepto, ligero) debe arrojar la masa del Z0, de acuerdo con la famosa ecuación de Einstein. Y así es, con la salvedad de que la masa del Z0 tiene una cierta «anchura», asociada con su naturaleza cuántica. En todo caso, los físicos sabemos predecir exactamente esa anchura y podemos ajustar los datos experimentales (puntos negros), a la hipótesis de que el Z0 se desintegre a cierto número de leptones. Como vemos, sale exactamente tres. 

Por cierto, los «datos experimentales» a los que nos estamos refiriendo son millones de desintegraciones de partículas Z0, producidas a su vez haciendo chocar haces de electrones y positrones, acelerados a enormes energías (de tal manera que la colisión de materia y antimateria produzca, al aniquilarse ambas, un Z0 que inmediatamente se desintegra). Los productos de desintegración de las colisiones eran registrados por gigantescos detectores. Si la astuta lectora tiene la sensación de que el procedimiento recuerda a la técnica de destrozar a martillazos un reloj y estudiar meticulosamente los muelles y ruedecillas que salen disparados, con ánimo de describir su mecanismo, los autores ni lo confirman, ni lo desmienten. 

quien encargó esto
Figura 6: Desintegración de  Z0s en los detectores de LEP.

Parafraseando de nuevo a Borges, todo esto ocurrió en el pasado (1990), que es —nadie lo ignora— una estación propicia para la juventud. Tres décadas más tarde, seguimos sin saber por qué la naturaleza ordenó tres copias de la realidad y no una o cinco, seguimos, como el viejo Isaac, confundidos y maravillados ante sus misterios.

(Continuará) 

Coautor 30422


¿Cuál es la mejor vacuna contra la COVID-19? (Janssen, AstraZeneca y la crónica de una micromuerte anunciada)

vacuna contra la COVID-19
Una sanitaria con uno de las vacunas contra la COVID-19. Foto: Cordon Press.

¿Quién no recuerda alguna situación en la que uno se ha visto, «jugándosela por culpa del que está a los mandos»? Ese viaje en coche, después de una comilona en el que el amigo al volante iba claramente achispado, aquella vez que el conductor del autobús no dejaba de renegar y proferir resoplidos, claramente agotado después de una larga jornada, esa otra en la que el taxista no paraba de girar la cara hacia el asiento de atrás para darnos conversación, o incluso la anécdota del piloto de Iberia demasiado charlatán, que no cesaba de dar explicaciones que nadie le pedía mientras el avión daba saltos en una racha de turbulencias.

Recuerde el amigo lector sus reacciones y pensamientos en esas circunstancias: «¿pero dónde le han dado el carnet de conducir a este tío?»… «En la próxima me bajo»… «Solo se me ocurre a mí subirme al coche con este borrachín»… Malos tragos en los que nos hemos visto todos y de los que, afortunadamente, la mayoría hemos salido bien parados. Y eso que el riesgo que corríamos en tales ocasiones no era imaginario. La probabilidad de quedarse en el sitio en un accidente de automóvil (incluyendo el taxi, el autobús, el amigo achispado y nosotros mismos al volante), es del orden del uno por ciento a lo largo de la vida.

Si nos contagiamos de COVID-19, tenemos aproximadamente la misma probabilidad, 1 % de dejarnos la piel en el asunto. ¿Quiere eso decir que el riesgo que corríamos en el taxi, el autobús o en el trayecto en automóvil al trabajo es del mismo orden que el asociado a enfermar de COVID?

Claro que no. Y la forma de convencernos es calcular el riesgo de morir por día en ambos casos. En el caso del automóvil, vamos a asumir que una persona vive 80 años en promedio, lo que equivale a 29,200 días. El riesgo de morir en un accidente de coche, por día, es por tanto de 34 partes en 10 millones. Se trata de un número pequeño, tan pequeño, de hecho, que para medirlo usamos una cantidad conocida como micromort (que podríamos traducir como micromuerte al castellano y abreviaremos como m). Un micromort es una probabilidad de morir en un en un millón. Por tanto, la probabilidad diaria de morir en un accidente de coche es de 0,34 micromorts (0,34 m).

¿Y en el caso del COVID? Pues bien, si concentramos en un día la posibilidad de morir una vez que nos contagiamos, cada PCR positivo nos compra la friolera de 10,000 m (se trata de un promedio para todos los grupos de edad, los mayores de ochenta ganan la astronómica cantidad de 100,000 m, mientras que a los de 30 le tocan «solo» unas 1,000 m y apenas 100 m por debajo de los 20).

Un riesgo similar (de hecho, ligeramente mayor) al de morir en accidente de automóvil, para los ciudadanos norteamericanos, es el de morir por un exceso de opiáceos legales, esto es fármacos que empiezan a tomarse como remedio contra el dolor y acaban resultando en una adicción que ya se cobra más muertes anuales, en aquel país, que la carretera. Un norteamericano tiene cada día una papeleta de una micromuerte combinando opiáceos legales y accidentes de coche. El suicidio nos compra 0,3 m diarias y algo tan prosaico como caernos (resbalar en el baño o por las escaleras) casi 0,5 m adicionales, así que sumando carretera, caídas, opiáceos y suicidio nos plantamos alrededor de las 2 m al día. Por cierto, cada día que dedicamos a esquiar, nos cuesta del orden de 0,7 m, más o menos lo mismo que correr una maratón. Una excursión de submarinismo se vende al módico precio de 5 m diarias. Saltar en paracaídas cuesta 8 m, subir al Mont Blanc, del orden de 3,000 m (más caro que enfermar de COVID para los menores de 30 años) y escalar el Everest vale 38,000 m, casi cuatro veces más de lo que cuesta el virus de moda a los 60. En total, cada día de nuestras vidas compramos entre 20 y 24 micromuertes.

En el otro extremo, cada viaje en avión nos sale a menos de una décima de micromort (a pesar de lo charlatán que era aquel piloto no había razones para ponerse nerviosos) y la probabilidad de que nos parta un rayo es menos de 0,2 m al año.

De acuerdo con la EMA, el número de fatalidades supuestamente asociados a la vacuna de AstraZeneca es de 18 sobre un total de 25 millones de personas vacunadas con el fármaco. Si todos los casos fueran atribuibles a la vacuna, la probabilidad que tiene usted de quedarse en el sitio por pincharse el fármaco es de 18 sobre 25 millones, esto es, del orden de 0,7 micromort, es decir, la misma probabilidad que tenemos de morir cada día que salimos a esquiar. En realidad, como argumentábamos en un artículo anterior no está nada claro cuántos de esos casos se deben realmente a un efecto secundario de la vacuna y en consecuencia el número de muertes totales realmente asociados a esta podría ser mucho menor. Probablemente el riesgo de morir ese mismo día por accidente —bien porque el autobús se salga del carril, el taxi se estampe contra una farola o porque le atropellen en un paso de cebra— es del mismo orden.

En las últimas semanas hemos asistido al lamentable espectáculo de noticias alarmantes y decisiones contradictorias que todos conocemos. Una buena parte de la prensa ha optado por la curiosa fórmula de alarmar primero a la población —utilizando los recursos típicos de los tabloides amarillos, con titulares de infarto— para a continuación, en la letra pequeña, declarar que el susto no es para tanto. El resultado, como todos sabemos, ha sido confundir y preocupar al ciudadano, además de echar alpiste a los oscurantistas.

Pues bien, las cuentas dicen, como ves, que no hay motivo de alarma. Dicho sea de paso, tampoco hay motivo para no vacunar a aquellos que han recibido una primera dosis de AstraZeneca, aunque estén por debajo de los sesenta. Aunque el cálculo riesgo-beneficio varía si consideramos grupos más jóvenes (recordemos que el riesgo de trombos podría aumentar en el caso de personas jóvenes mientras que las probabilidades de una infección mortal disminuyen) no hay que olvidar que los trombos siempre han aparecido hasta el momento asociados a la primera dosis. Por tanto, aunque puede ser razonable la medida considerada en Reino Unido de no utilizar AstraZeneca para vacunar a menores de treinta años (véase el excelente artículo de Kiko Llaneras y los estudios a los que hace referencia para una discusión detallada), administrar el segundo pinchazo a los que ya han recibido la primera parece de cajón, ya que, en la práctica, el número de muertes documentados asociado a la segunda dosis es cero.

Como en todo sainete, segundas partes siempre fueron buenas. Estos días le ha tocado la china a Janssen por razones similares a las de AstraZeneca. Sobre una población vacunada de 7 millones se han registrado 6 casos de trombos graves que podrían estar relacionados con la vacuna (se han dado en mujeres entre 18 y 48 años en un plazo de dos semanas después de recibir la vacuna y, como en el caso de AstraZeneca, esta correlación no implica necesariamente casualidad). De estos 6 casos, uno ha sido fatal. Esto nos lleva a un máximo de 0,14 m, del mismo orden que en el caso de AstraZeneca y como ya hemos visto, inferior al riesgo asociado a un accidente de tráfico el mismo día que uno se vacuna. Dicho sea de paso, el número de casos de trombos es inferior (aunque no la gravedad) al que provocan medicaciones habituales como la píldora anticonceptiva. Por otra parte, los trombos observados son muy poco usuales, ya que van asociados a una disminución de plaquetas —que son precisamente las células que contribuyen a la coagulación—. Se trata de una paradoja difícil de explicar que requiere un estudio detallado y un tratamiento distinto al de los trombos normales. Esta circunstancia explica que los CDC americanos hayan suspendido temporalmente la vacuna y Janssen haya bloqueado de momento las exportaciones a Europa.

Hay que recalcar que estas pausas ocurren constantemente en las pruebas de fármacos —un ejemplo reciente es la vacuna Sinovac— y, de hecho, no es la primera vez que las presuntas implicadas suspenden sus pruebas hasta entender mejor un resultado adverso. Presumiblemente se continuará la administración en unos días, una vez que se dilucide cómo tratar correctamente estos casos de trombos raros y cuál es el nivel de causa-efecto que se le puede atribuir a la vacuna. Desgraciadamente es probable que la pausa tenga efectos negativos al menos a corto plazo, dada la incertidumbre ciudadana y problemas logísticos que crea, pero no hay que olvidar que también pone de manifiesto que el sistema de trazado, cuya misión es detectar cualquier problema asociado a estos nuevos fármacos, por raro que este problema sea, funciona de manera impecable.

Se puede argüir que conviene continuar la administración de Janssen y AstraZeneca cuanto antes por tres razones: la primera, porque las probabilidades asociadas a los casos registrados son menores que las asociadas a riesgos cotidianos (incluyendo la de tomar medicación convencional como opiáceos). La segunda, porque el perjuicio que causa dejar de administrar vacunas en esta situación de pandemia es mayor, en prácticamente todos los escenarios, al riesgo de administrarlas. Tercero, porque estas acciones alarman a la población e introducen una desconfianza cada vez mayor en las vacunas. Si hasta ayer el ciudadano corriente se había hecho la composición de «no fiarse de AstraZeneca», añadir un segundo sospechoso a la lista se traduce fácilmente por «no fiarse de las vacunas».

Hay muchas personas preocupadas por el aluvión de noticias sensacionalistas, otras que tienen dudas porque lo pasan fatal con los pinchazos o simplemente tienen aversión a ir al medico. Estos sentimientos son perfectamente comprensibles —el Titi, tío de uno de los autores, era un mastodonte de ciento veinte kilos capaz de desnucar a un toro de un tortazo, que, sin embargo, se desmayaba apenas veía una aguja—. También es comprensible que desde un punto de vista individual haya quien prefiera correr el riesgo de infectarse, aunque ese riesgo sea mucho mayor al de vacunarse. Pero cabe invocar aquí una virtud de la que nuestra sociedad está muy necesitada, la de la solidaridad. A pesar del miedo vacunarse es esencial, si no por uno mismo, sí por los demás, en particular por nuestros seres queridos. No se nos ocurre peor pesadilla para una persona que infectarse por renunciar a la vacuna y que alguna de las personas que contagie —el padre, la hermana, el esposo, la abuela— fallezca como causa de la enfermedad.

El propósito de este artículo, amigo lector, es muy sencillo. Con los números en las manos, el riesgo que corres si te vacunas es inferior a los riesgos que asumes cada día sin pestañear. El riesgo que corres si no te vacunas es mucho mayor, pero además no se acaba ahí. Cada persona que se vacuna evita el riesgo de infectarse e infectar a otras personas. Todo retraso en la campaña de vacunación le compra tiempo al virus para que desarrolle mutaciones que podrían ser más infecciosas y además burlar la inmunidad de las vacunas actuales. Para que el virus deje de mutar, tiene que dejar de propagarse. Para que deje de propagarse hay que vacunar a toda la población mundial, lo antes posible

Y para concluir, respondemos a la pregunta del millón. ¿Cuál es la mejor vacuna? ¿Janssen, Pfizer, Moderna, AstraZeneca? La respuesta es muy simple: aquella que nos pongan primero.