Nazis, cocido, bolsos de moda y los Monuments Men en Carabanchel (y II)

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(Viene de la primera parte)

Qué hace un tipo como tú en un cementerio como este

1932. Saltamos a España. Galeries Costa expone en Palma de Mallorca varios óleos de Albert Sheldon Pennoyer. Un periódico balear nos dice que el californiano tiene «facultades extraordinarias como dibujante, gusto delicado por el color y espontaneidad en la ejecución». Sus cuadros, según se dice, poseen «factura y tonalidades exquisitas, que conservan, como fuego sagrado, la elegancia y gentileza de unas bellas damas». Nada más y nada menos. Seis años más tarde, en 1938, Pennoyer hace patente que no es un mero esteta: atraído quizá por los periplos de sus antepasados, publica un libro de xilografías y grabados que cuentan la historia de California. nazis

Avancemos ahora unas décadas, hasta el 22 de octubre de 1956. Hace dos meses que Jackson Pollock se ha matado en un accidente de coche. Pennoyer no se ha sumado a la revolución estética del expresionismo abstracto norteamericano, pero sus cuadros continúan gustando en determinados ambientes. El periódico español Hoja del lunes recoge la presentación de treinta y cuatro cuadros suyos en el Centro Asturiano de Madrid. Según se explica, el pintor había recorrido «nuestro prodigioso país de punta a cabo» para admirar y pintar castillos, fortalezas y torreones. De este modo, la muestra constituía «un archivo de la belleza de nuestras piedras y de su heroica historia». Naturalmente, los cuadros de Pennoyer tienen sabor romántico, lo que casaba bien con el pasado mitificado que al franquismo le interesaba transmitir. A la exposición asiste John Davis Lodge, embajador de Estados Unidos en España, que elogia de forma entusiasta a su compatriota. Cuatro días después, ABC recoge la noticia alicatando el arte del californiano con el engreimiento y la pompa nacionalista:

Es posible que Sheldon Pennoyer haya sido el primer pintor que atraviesa el Atlántico solo para recorrer España visitando sus castillos, con el fin de brindarlos luego al aficionado con minuciosa fidelidad. De él ha escrito Jaime Masaveu: «La fina disposición de Pennoyer para la luz y el color y, sobre todo —lo que es difícil hallazgo en un extranjero—, su despierta sensibilidad para captar los austeros matices del alma española y la grandeza eterna de su historia, simbolizados ambos en esos monumentos de rasgadas carnes que llamamos  castillos, parecen increíbles». Estas palabras reflejan exactamente la realidad.

El redactor describe a Pennoyer como un señor alto, con bigote cuidado y el pelo largo echado hacia atrás, revelando así su «frente amplia, más de pensador que de artista». ¿Pertenecía a esa rara especie de semicalvos con pelo largo? Todo parece indicar que sí. Además, según ABC, el «simpático» pintor de Oakland era admirador de Velázquez y manejaba relativamente bien el castellano. Cuando no, lo paliaba con su entusiasmo. Eso sí, de este «dinámico y expresivo» americano, ABC omite su contribución a la causa de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Debemos suponer, además, que «la grandeza eterna» de la historia española nada tiene que ver con ganar una guerra gracias al apoyo de nazis alemanes y fascistas italianos. A continuación, el periodista señala que Pennoyer tiene similitudes estilísticas con Villamil y Carlos Lezcano, dos paisajistas españoles nacidos en el XIX. «Todo le emparenta con artistas que dieron importancia plástica a los monumentos de la vieja España». Y, para cerrar, la traca final: la exposición de Pennoyer «revela sobre todas las cosas, y aquí las cosas son las exégesis y los análisis, un profundo enamoramiento de España». Ahí está: el amor, ese cajón de sastre infalible e infinito.

Estos son los hechos, pasamos ahora a las especulaciones. Enamorado o no, quizá Pennoyer aprovechase alguna de sus estancias en Madrid para comer en Lhardy. Es plausible: comida de calidad y cliente atraído por la idiosincrasia española. El caso es que el fundador del icónico restaurante también reposa en el cementerio británico de Carabanchel. Se llamaba Émile Hugenin Lhardy y nació en Montbeliard (Francia) en 1808, el año en que las tropas napoleónicas fueron derrotadas en Bailén. Su necrológica nos cuenta (y si fabula, quién somos nosotros para juzgarlo) que abandonó su hogar a los once años en busca de fortuna, y que antes de recalar en Madrid aprendió el oficio de pastelero en París. En Burdeos fue jefe de cocina del mejor restaurante. En 1839, el año en que Espartero y Maroto se abrazan en Vergara, Emile funda su restaurante en la Carrera de San Jerónimo y pasa a ser llamado Emilio. Asombra a la clientela local con platos innovadores y una repostería virtuosa. Con el tiempo, y al calor de sus caldos, Lhardy se convierte en escenario de debates, confesiones e intrigas políticas. A su muerte en enero de 1887, el Diario oficial de avisos de Madrid sentenciaba que «de un tiempo a esta parte» nadie había dado de comer en Madrid como Lhardy. «En su mesa se han servido», concluía el redactor, «los más exquisitos banquetes, y a su cocina han rendido tributo cuantos han querido solemnizar con suculentas comidas determinadas solemnidades». Amén.

Tal vez Pennoyer no comiese nunca en Lhardy. No podemos saberlo. Lo que podemos hacer es aventurar, entretejer la Historia en mayúscula con las de aquellos que reposan en el cementerio británico, y trazar así un tapiz de ilusiones, sombras y ficciones, un tour guiado de fantasmagorías. Por la época en la que Lhardy funda su restaurante, a unos cuatrocientos metros del mismo se inaugura una casa de moda que rápidamente gozará de mucho prestigio: el alemán Heinrich Loewe Roessberg se alía con artesanos locales y abre un negocio de artículos de piel en la calle Echegaray. Muy pronto, la prensa ensalza los escaparates de Loewe, de los que, dice, son un alarde de gusto, arte y suntuosidad. Todo el arco de la aristocracia madrileña comprará allí bolsos, carteras o petacas. Incluso la Casa Real se rinde a la calidad de la firma. A la altura de 1920, triunfan en Loewe «unos preciosos bolsitos de piel de antílope, con boquilla de concha y cierre de marfil». Cuando Pennoyer pasó por Madrid en los años 50, la empresa iba viento en popa y su local madrileño estaba ubicado en la Gran Vía. Ahora está en Goya, pero lo relevante es que en el cementerio británico descansan cuatro miembros de la familia: dos hijos del fundador, Clara Loewe Hinton y su hermano Heinrich; la segunda esposa de este, Hedwig Loewe Zinterra; y Enrique Loewe Knappf, tercera generación, que estuvo al frente de la firma durante medio siglo.

Pequeño inciso. Hace poco, Netflix ha estrenado Jaguar, una serie irregular con Blanca Suárez y Óscar Casas que pretende ser un cruce entre La deuda, donde Jessica Chastain interpretaba a una agente del Mossad, y los cómics de acción sin más pretensión que divertir. Todo esto, además, sin vocalizar demasiado, pero eso es harina de otro costal. El caso es que la serie va sobre cazar nazis. Y hace varias referencias a personajes reales. Bien, pues además de a Clara y a Heinrich, el fundador de Loewe tuvo una hija llamada Julia Loewe Hinton. Julia se casó con Konrad Stauffer, un empresario cervecero alemán que llegó a dirigir Mahou. Ni ellos ni sus descendientes descansan en el cementerio británico ni tienen conexión con Pennoyer, pero sí con la oscura red de protección que, entre cafés, despachos, susurros y rúbricas, se urde en Madrid en los años 40. Por ese sendero llegamos hasta Clara Stauffer Loewe, nieta del reverenciado fundador de Loewe, una mujer que se afanó en la protección de nazis huidos de Alemania que buscaban en España un destino plácido o un billete para Sudamérica. 

Podemos tirar de este hilo y encontrar más piezas del puzle en el salón de té Embassy, que se ubicaba y se ubica en el número 12 del Paseo de la Castellana. Provisto de un aire moderno y ambiente chic, entre la clientela del Embassy se contaban diplomáticos de las distintas embajadas cercana. La fundadora nació en Irlanda, se llamaba Margarita Kearney Taylor (1890-1982) y descansa asimismo en el cementerio británico de Madrid. Abrió su establecimiento el año que se proclamó la Segunda República y tuvo un éxito inmediato. En 1932, La Nación aseguraba que la distinguida dueña de Embassy podía estar satisfecha de haber conseguido «en un corto espacio de tiempo, hacer de su elegante casa de té la reunión habitual de la élite madrileña». A partir de 1939, el local se convierte en parada obligatoria para los agentes de inteligencia de varios países que acuden allí para intercambiar mensajes y ver qué se cuece. Tintineo de cucharillas, poliglotismo, trajes exquisitos y miradas furtivas. ¿Pasó por allí Ekkehard Terstch? Parece probable. Eduardo Martínez Alonso sí rondó por Embassy durante la Segunda Guerra Mundial. Lo ha contado su hija Patricia Martínez De Vicente en su libro La clave Embassy: Martínez Alonso contribuyó a la huida de ciudadanos perseguidos por el III Reich, tarea para la que se alió con Kearney Taylor, que tenía contactos con el servicio de inteligencia británico. Embassy se convirtió en la madriguera de esta red de protección. Allí, los refugiados recibían alimento, ropa y documentación falsa que les permitía dar esquinazo tanto a la Gestapo como a la policía franquista. 

Antes de volver a Pennoyer, y para cerrar el capítulo de las incursiones en vidas ajenas, merece la pena recordar a otro personaje que, casi seguro, también se tomó un té en Embassy: Arthur Ferdinand Yencken, quien yace asimismo en el cementerio británico. Nació en Australia y durante la Primera Guerra Mundial luchó por Gran Bretaña, obteniendo varias condecoraciones. En la década siguiente compaginó su trabajo con el tenis: llegó a competir en Wimbledon en las ediciones de 1926 y 1927. Durante los años 30 fue escalando puestos la carrera diplomática, y en abril del 39 empezó a trabajar como consejero en la embajada británica en España. Aquí, su tarea fue más ardua que ganar sets y partidos: se las vio y se las deseó para asegurar la neutralidad española en la Segunda Guerra Mundial. La península ibérica era un punto clave a nivel geoestratégico que, de apoyar explícitamente al Eje, podría poner las cosas feas a los aliados. Codo con codo con Samuel Hoare, embajador británico en España, Yencken negoció cuestiones relativas a refugiados o recursos naturales (por ejemplo, el wolframio que los nazis estaban explotando en Galicia) con el ministro español de Asuntos Exteriores. Tal y como se indica en su lápida, Yencken murió en 1944 en un avión con destino a Barcelona, donde tenía previsto reunirse con prisioneros de guerra británicos. Aunque la prensa de la época habló de accidente, un libro publicado en 2008 sugiere que su muerte no fue una desgracia fortuita, sino un sabotaje de los alemanes. Sea como fuere, en el siniestro también perdió la vida el comandante Hilary Caldwell, adjunto del Aire en la embajada. Al entierro acudieron numerosos altos cargos y se realizó un desfile militar en la plaza de la Independencia. De toda la ceremonia, lo que más chirría es la tétrica paradoja final: durante el traslado hasta el cementerio de Carabanchel, los féretros recibieron el saludo de numerosas personas que permanecían firmes en la calle con el brazo en alto.

Volvamos, por fin, con nuestro amigo americano, como se vuelve a tomar una cerveza con un viejo conocido después de estar con compañeros nuevos. Mientras Yencken trataba con Hoare en Madrid, Pennoyer servía en el norte de África con la Fuerza Aérea del ejército estadounidense. Después fue destinado a Italia con rango de capitán en el Monuments Fine Arts and Archieve Program, es decir, con los Monuments Men. A la par que los aliados iban liberando el país transalpino, Pennoyer iba realizando su verdadera obra maestra. No la llevó a cabo con pinceles, sino con una cámara Leica con la que fue fotografiando los escenarios por los que iba pasando. Así, al tiempo que él y los suyos se afanaban en la salvaguarda de varias cimas del arte occidental, Pennoyer cuajó un catálogo de ruinas de una belleza cautivadora.

Actualmente, este archivo fotográfico se conserva en la Universidad de Princeton, que ha digitalizado unas cuantas imágenes para nuestro deleite. Son auténticas joyas, datadas entre 1944 y 1945, que documentan la devastación: puentes destrozados, palacios renacentistas de los que solo quedan vigas y alguna pared, detalles de frescos en los que se intuye una Madonna, iglesias en las que el altar ha quedado milagrosamente intacto… y, de vez en cuando, una luz. Una luz inquebrantable que no claudica, una luz capaz de restaurar la fe en una humanidad desgarrada. Por ejemplo, esta fotografía de la talla de una virgen sobre las ruinas de Montecassino es verdaderamente sobrecogedora y representa bien el espíritu de la misión: la supervivencia de expresiones culturales que se yerguen entre la desolación.

Nuestro pintor reconvertido en fotógrafo también capturó momentos de cariz más político, como esta imagen de dos altos mandos examinando los archivos de Mussolini. No sabemos si antes de la Segunda Guerra Mundial había cogido una cámara, pero debió ser así, porque la sensibilidad de Albert Sheldon es palpable. Adorno sostuvo que no tenía sentido escribir poesía después de Auschwitz, pero hay poesía en el deseo genuino de recobrar el patrimonio artístico para brindárselo a las generaciones futuras y que estas lo preserven para las venideras. Se ve en esta instantánea, en la que unos hombres retiran escombros en una iglesia. Si nos fijamos, podemos advertir que la estatua yacente de ese sepulcro gótico ha sido destrozada, pero la obra aún no está del todo perdida. Existe la esperanza. Existe el porvenir. Y Pennoyer se esmeró en capturarlo. Albert Sheldon Pennoyer, nacido en Oakland en 1888 y enterrado en Carabanchel en 1957, no fue un gran pintor, pero fue uno de los Monuments Men. 


Nazis, cocido, bolsos de moda y los Monuments Men en Carabanchel (I)

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Reconozcámoslo: la premisa de The Monuments Men (2014) es buena y el reparto es potente, pero a la película le falta empaque. Tiene varias escenas que podrían ser memorables y, sin embargo, la sensación final es descafeinada. Quizá porque es una comedia que no se atreve del todo a serlo. Un sí pero no. George Clooney titubea con el registro y Bill Murray anda desubicado, como cuando Ferraz puso a Gabilondo a hablar de fascismo. Es una lástima porque, por la propia temática, se podrían haber parido un puñado de imágenes icónicas. Por ejemplo, a La adoración del Cordero Místico (el políptico de Gante) de los hermanos Van Eyck se le saca muy poco jugo. Tampoco era cuestión de hacer un documental de arte o un melodrama, pero oiga, algo de alma, de garra, de pathos. Ellos lo merecían: sabemos que hubo unas cuantas personas que se dedicaron a la noble tarea de recuperar las obras de arte que los nazis habían expoliado. Sabemos que entre ellos hubo historiadores del arte, profesores, restauradores o conservadores. Podemos saber incluso, gracias a los datos de la Monuments Men Foundation, que fueron unos trescientos cuarenta y cinco hombres y mujeres de catorce nacionalidades. Lo que no es tan conocido es que uno ellos está enterrado en Carabanchel. A unos nueve mil kilómetros de California, donde nació. Se llamaba Albert Sheldon Pennoyer y reposa en una tumba discreta del cementerio británico, ubicado en el barrio de Comillas de Madrid. En su lápida, a modo de última afirmación, aparece tallada una sencilla paleta junto a unos pinceles. Algo así como Albert Sheldon Pennoyer fuit pictor.

Junto a sus restos se hallan, a derecha e izquierda, los de una bailarina inglesa cuyo nombre está casi borrado por el tiempo y los del presidente de una empresa de suministros. Resulta curioso: nos pasamos la vida eligiendo de quién queremos estar cerca, estrechando afinidades y esforzándonos por no erosionar relaciones, y al final nos puede tocar acceder al cielo pegados a alguien a quien no conocemos de nada. En el cementerio británico también descansan militares, espías, diplomáticos, comerciantes, banqueros, aristócratas georgianos y algún colaborador nazi. Por haber, está hasta la legendaria espada Excalibur: la podemos encontrar labrada en la tumba de un hombre llamado Arthur muerto en 1854. Todo a pocos metros del asfalto inclemente y los kebabs de la calle General Ricardos. Cierto es que el cementerio tiene un punto de oasis urbano, pero no es un lugar pulcro ni despejado. Es más bien un desván, una enciclopedia polvorienta a cielo abierto donde la luz se filtra por los cipreses y las flores asilvestradas para iluminar nombres que solo recuerda el mármol

El origen del cementerio hay que buscarlo en la necesidad de enterrar en la muy católica ciudad de Madrid a cristianos no católicos. Con los años, el camposanto se convirtió también en la última morada de personas que profesaban otra fe, como ciudadanos judíos. Por entonces, a mediados del XIX, el recinto destacaría en un paisaje esencialmente agrícola, pero ahora es toda una sorpresa encontrar la puerta roja que da acceso al sitio entre bloques de viviendas. No es que sea como entrar en Narnia, pero tiene algo de cofre del tesoro escondido entre la monotonía del hormigón. Sobre la misma entrada, todo un escudo en piedra del Reino Unido nos da la bienvenida. Ahí termina Carabanchel y empieza la eternidad.

Pese al tópico de la muerte igualadora, y pese a que en el cementerio británico el pasado aparezca solidificado, hay diferencias palpables entre unos y otros. Hay, de hecho, pasados extraviados para siempre y otros que la envergadura de la tumba se encarga de evocar. Entre los segundos destaca el panteón de los Bauer, un monumento funerario de inspiración neoegipcia con bellos capiteles de motivos vegetales. Uno lo ve y piensa en texturas refinadas, en negocios pujantes, en textos hebreos leídos con reverencia. En este panteón descansan varios banqueros judíos de una dinastía, la de los Bauer, que estuvo vinculada con los Rothschild desde mediados del XIX. Sus días de gloria terminaron con el crack del 29 y la guerra civil. A este mausoleo le sigue en espectacularidad una intimidante sepultura negra con forma de pirámide en la que reposa Ekkehard Terstch. Sí, padre del Hermann que se le ha venido a la cabeza. Ekkehard Terstch fue un diplomático austríaco, miembro de la SA, que trabajó en la embajada alemana en Madrid bajo las órdenes de Hans Lazar, amo y señor de la propaganda nazi en España. 

Comparada con estas dos, la tumba de nuestro Albert Sheldon Pennoyer (1888-1957) parece del montón. Del montón bueno. No parece, desde luego, la de un tipo que combatió en la Primera Guerra Mundial, fundó una asociación amigos de los ferrocarriles, expuso en galerías de Nueva York y San Francisco, rescató en Italia obras de arte expoliadas por los nazis y, en una paradoja fatal, fue atropellado por un tren cerca de Aranjuez. Gaudí style. Sucedió en Aranjuez porque a Pennoyer, como a tantos a otros americanos, le gustaba España. Y como tantos otros americanos, no tuvo reparos en visitar un país regido por un militar que había sido aliado de los nazis. Los senderos de la geopolítica son inescrutables. Digamos que en los años 50 España queda rehabilitada en el contexto internacional: en 1951 Estados Unidos inicia las conversaciones con el régimen franquista para colaborar militarmente, las cartillas de racionamiento terminan en el 52, España entra en la ONU en el 55, Eisenhower visita Madrid en el 59 y todo está perdonado. El enemigo es ahora el comunismo. No pasa nada por frivolizar pintando unos castillos. 

A día de hoy es posible indagar en el estilo de Pennoyer por varias vías. Para empezar, a través de las webs de dos museos estadounidenses, el Metropolitan y el Smithsonian. El primero conserva dos cuadros suyos, ambos de escenas españolas: una vista de las murallas de Chinchón y otra de la iglesia del Espíritu Santo de Ronda. Con una ojeada a estas dos obras ya podemos intuir por dónde van los tiros. Por su parte, el Smithsonian custodia un óleo más o menos impresionista del Puente de Alcántara de Toledo en tonos pastel, bastante digno, fechado en 1926. Si nos planteamos malgastar algún dinero, podemos echar un ojo en portales de comercio electrónico, como E-Bay, donde por mil ochocientos cincuenta dólares podemos hacernos con este retrato de una mujer española pintado por Pennoyer. (Hay opciones más asequibles: este dibujo a lápiz titulado Día del armisticio se vendió hace dos años por unos trescientos dólares). De lo que no cabe duda, independientemente de la calidad de las obras, es de que Pennoyer quedó seducido por los tópicos patrios. Lo ratifica esta tópica escena en la que un torero risueño mira encandilado a una mujer con peineta. Casi se puede oír un cajón flamenco. Sin salir de Andalucía, en The hour of the siesta, Ronda podemos apreciar cómo el pintor californiano logra captar la quietud de una calle bañada por esa la luz totalizadora que obliga al descanso. Estas son las credenciales de Pennoyer.

Debe ser estupendo, como anfitrión, presumir ante tus invitados de tener en el salón un cuadro pintado por uno de los Monuments Men, pero hay que asumir que, con los pinceles, Albert Sheldon no era nada del otro mundo. Pero no nos vengamos abajo. Hay ocasiones en las que el mantra de que la realidad no basta se torna falso. A veces la vida puede ser más sustanciosa, luminosa e interesante que la obra. Partiendo de esta premisa, y tras visitar E-Bay y los museos, nos quedan las hemerotecas. Con ellas podemos hacer zoom en la vida y milagros de este americano ilustre.

Rebobinemos hasta el inicio. Según parece, la familia descendía de pioneros californianos. El padre de nuestro protagonista fue un exitoso empresario de Oakland que, después de que sus hijos estudiasen un tiempo en New Jersey, los mandó a Suiza. Ese primer contacto con Europa fue crucial para ambos, que quedarían prendados del viejo continente. Mientras Albert se dedicó al arte, su hermano Paul (que participó igualmente en las dos guerras mundiales) se convirtió en un abogado de renombre y en marido de la hija del legendario banquero J. P. Morgan

Albert Sheldon Pennoyer no se casó nunca. Cuando le tocó elegir carrera se matriculó en Arquitectura, pero advirtió pronto que no quería pasarse la vida rodeado de planos, sino de pinturas. Viajó al París vibrante de las vanguardias, donde tuvo la oportunidad de estudiar la disciplina en una academia de prestigio, y más tarde siguió pintando en Nápoles con un distinguido paisajista italiano como mentor. Regresó a su país en 1915, cuando la joven nación estadounidense proclama al mundo su grandeza: tiene lugar la Exposición Universal de San Francisco, un evento fastuoso que festejaba la inauguración del canal de Panamá. Fue, según los periódicos españoles de la época, una celebración «inmensa, esplendorosa, magnificente, suntuosa, regia, olímpica». Nuestro Albert formó parte de la nómina de artistas de la sección estadounidense. Además, por esos años, el propio Pennoyer interioriza el desarrollo de su país. Queda seducido por los trenes y los ferrocarriles, otro símbolo de la viveza y el dinamismo norteamericanos. En este sentido, escribirá que las locomotoras representan para él una conjunción de «belleza, velocidad y potencia». Con un regusto a Marinetti, pero en el lado bueno de la historia.

Frente a una California en la que la idea de progreso centellea, las naciones europeas se despedazan entre sí. Cuando Estados Unidos entra en la Gran Guerra, nuestro esmerado pintor viaja a Francia integrado en el Cuerpo de Camuflaje de Ingenieros, una unidad consagrada a disfrazar con pinturas y material orgánico (musgo, hojas o hierba) cosas como cañones ferroviarios de tamaño descomunal. Luego la guerra termina, Estados Unidos sale reforzado y a Pennoyer la experiencia le sirve para participar, en 1923, en una muestra de una galería neoyorquina en la que se exhiben cuadros, ilustraciones y esculturas realizadas por miembros de dicho cuerpo. No es una temática muy rompedora. De hecho, en aquel momento, a la par que las vanguardias arrasan los convencionalismos estéticos en Europa, en Estados Unidos el arte continúa teniendo un marcado carácter utilitarista. La pintura dominante es la regionalista, de la que Pennoyer no está muy lejos. No vamos a decir que su pintura fuera «aburrida», pero tampoco vamos a decir que fuera especialmente estimulante. Como expone maravillosamente Annie-Cohen Solal en su biografía sobre el galerista Leo Castelli, el culto al trabajo en Estados Unidos no sintonizaba bien con determinados principios artísticos. Así, explica, «todos los ingredientes de la identidad norteamericana (el ethos del pionero, la fe de los puritanos, el sentido mercantilista) se habían conjurado hasta entonces para rechazar al artista como ciudadano de segunda». ¿Se sentía Pennoyer un ciudadano de segunda? Seguramente se sentía respetado, pero no en la manera en que era respetado un artista europeo. C’est la vie.

(Continuará)


El abecedario de C. Tangana (y II)

c. tangana
C. Tangana en el videoclip de «Nominao». Imagen: AGZ.

(Viene de la primera parte)

M) Mujeres. ¿Demasiadas? C. Tangana ha tenido una relación conflictiva con el feminismo. En los dos últimos años el papel de la mujer en su discurso ha evolucionado. Ahora hay más empatía y un acercamiento menos tóxico, en el que la caricatura heteropatriarcal que había dibujado (de nuevo, ¿en qué medida era una caricatura? ¿No se nos conoce por nuestros actos, Bruce?) queda rebajada. Por decir, ha dicho de todo. A veces chorradas destinadas a agitar el avispero. Una periodista le preguntó en 2017 si se consideraba machista o feminista y él soltó que era transexual. Y se quedó tranquilo, impasible el ademán. La entrevista, lógicamente, se volvió incómoda y poco fluida. Si su fin era fomentar una discusión pública sobre género, ¿están sus medios justificados? Considérelo y ya nos dice.

Artísticamente, Tangana gravita alrededor de la enorme esfera del deseo. Por un lado, el deseo es el motor de su historia; por el otro la lógica del capital es producir constantemente apetitos, aspiraciones y ambiciones. Irremediablemente, su celebración del goce de los cuerpos está adscrita a ese marco. Echemos un vistazo a «Booty», donde colabora con Becky G. Es una de sus canciones más exitosas en términos de visualizaciones: desde su lanzamiento en 2018 suma más de doscientos millones de reproducciones en YouTube. El tema es un producto próximo al reguetón (no canónico, desde luego) con Becky G sublimando el culo, que deja de ser (solo) una parte del cuerpo. ¿Aporta Tangana, con este tema, algo nuevo o específicamente meritorio a la retahíla de canciones del estilo? No. Otro de sus grandes hits es «Mala mujer», estrenado hace cuatro años. Lo habrá escuchado, seguro. «Me han dejado cicatrices por todo mi cuerpo sus uñas de gel». ¿Sí? En esta ocasión, Tangana es un hombre despechado que ha sido abandonado. Acusa a la abstracta y pérfida mujer que lo ha hecho de «ladrona» por haberse llevado su corazón, su orgullo, su pasta, su paz, su vida. Y de haberle llevado a la ruina. No son solo recriminaciones, es construcción: la de la identidad de este hombre, que queda definido a partir de lo que echa en cara. De este modo, tomando unas ideas de la historiadora del arte alemana Sigrid Schade, podemos argüir que la mujer (ausente, inaudible) opera como superficie y «plano de proyección». Solo es un folio en el que se rotula el relato masculino. Como objeto, la mujer es mirada, contada y representada. Porta el significado de forma pasiva. 

Hay canciones mucho peores y otras en las que la virilidad de Tangana no es tan ramplona, en las que la exaltación torna casi en burla. En «Viene y va» (con Natti Natasha) y «Picaflor» (con Lao Ra), el personaje que interpreta queda simbólicamente derrotado por ambas mujeres. «Viene y va» recrea una atmósfera años cincuenta con su respectivo club, sus respectivos trajes y sus respectivos cigarros humeantes, donde el madrileño es un boxeador que pierde por dinero. Al final, muerde la lona y es Natasha la que aparece contando billetes. En «Picaflor», alegoría de una relación insana que alcanza cotas de violencia, Tangana se pone en la piel de un tipo agresivo y mentiroso que se dedica a «cazar» mujeres. Lao Ra termina disparándole. También merece un vistazo «Guille asesino». El videoclip, con notable carga sexual, es un inventario de grabados y obras de arte que exhiben la actitud dominante del hombre sobre la mujer. «Nos han hecho así», viene a decir Álvarez, «existe un corpus artístico que ha legitimado el machismo». No descubre América. 

Quizá su canción más interesante en este sentido sea «Nunca estoy», donde homenajea a Rosario Flores y Alejandro Sanz. Aquí toma conscientemente la voz de una mujer, hablando desde un yo femenino dolido por las ausencias de su pareja (masculina). Desde esta posición, Tangana visibiliza el daño emocional que puede provocar en una relación la falta de comunicación (aun cuando la tecnología debería facilitarla, pero acaba creando dependencia) o, directamente, de cuidados. «Y otra vez soy una imbécil esperando a su hombre», lamenta. Vayamos a lo más reciente. En El Madrileño no hay nada parecido a «follando con otra que es igual, ojalá te mueras, ¡puta!» (que era lo que cantaba en «Sangre»). Tampoco hay, en los vídeos de su último disco, mujeres tan cosificadas como en el de «Yelo». Sí es cierto que en «Tú me dejaste de querer», una de las joyas del álbum, la intervención de La Húngara es reducida y que ella es la única mujer con la  que colabora, la única en catorce temas. ¿Está eso mal, bien o da exactamente igual? Usted sabrá.

Metámonos en harina. La efervescencia en España del movimiento feminista durante los últimos años ha posibilitado que ciertos comportamientos que eran antes socialmente aceptables hayan dejado de serlo. Consiguientemente, algunas actuaciones de hombres que antes no habrían tenido contestación ahora la tienen. En tanto que hay avances, hay cambios. Circunscribiéndonos al terreno artístico, el asunto se vuelve espinoso cuando son las instituciones públicas las que asumen una posición moral y deciden qué es válido y qué no. Así sucedió en verano de 2019, cuando el Ayuntamiento de Bilbao canceló su actuación en las fiestas locales alegando «letras machistas». Muchos políticos (también de izquierdas, como Clara Serra o Pablo Iglesias) criticaron este veto, anotando que este tipo de feminismo punitivo puede chocar con la libertad de expresión. Aún censurado, Tangana sacó partido de la polémica porque volvió a ocupar el centro del debate. ¿Y ahora qué? Ahora, como miles y miles de hombres, interioriza otro discurso. En esta coyuntura en la que las diatribas sobre nuevas masculinidades brotan como setas (las nuevas de siempre según Antonio J. Rodríguez), Tangana protesta porque los chicos sean educados para ser gallos («y que un cobarde es un gallina»), pone algún huevo en la cesta de la diversidad y reflexiona sobre cambiar.

N) «Nada». No la nada filosófica de raíz existencialista, ni tampoco la de Carmen Laforet. «Nada» es una canción de Tangana que funcionó como un puñetazo. Más concretamente, como un bofetón: es la crónica de su enfrentamiento con el Nega, rapero de Los Chikos del Maíz, quizá el grupo de rap reivindicativo (o social, o político, lo que usted quiera) más importante de España. Rap de letristas culturetas, corrosivos y comunistas. Bien, la historia es la siguiente: Los Chikos del Maíz se burlaron de Tangana a través de un videoclip en el que aparecía un tipo con un jersey a hombros que sostenía una cuerda enganchada a un cocodrilo hinchable, de esos que sirven para hacer el tonto en la playa o en la piscina. ¿Cocodrilo? ¿Capta la referencia? Efectivamente, ha acertado: el objetivo era ridiculizar «Alligators». A Álvarez, claro, le molestó. Bastante. Su respuesta fue «Nada», integrada en su mixtape 10/15. El tema es una narración de los hechos acaecidos: según su versión, el rapero valenciano (Nega es de Paiporta) había tratado de excusarse diciendo que la idea para el vídeo no había sido suya. Con todo y con eso, Álvarez fue a verle a la salida de un concierto y, abandonado de lleno el plano de las ideas, le soltó un bofetón. En lo respectivo a las acusaciones, Tangana recurrió en «Nada» a argumentos pueriles, expresando que Nega «grita la revolución en alto pero cobra entrada», dando a entender que un artista comunista no puede vivir de su música. Ah, también le llamó «puta de Pablo Iglesias».

Aquello sucedió hace mil años, en octubre de 2015, un par de meses antes de que Podemos entrase al Congreso con sesenta y nueve escaños (contando las coaliciones territoriales). A continuación vino una larga espera, como de expectación ante el avance del balón en Oliver y Benji, y finalmente en mayo de 2016 llegó la respuesta de Nega. No ocupó un tema entero, sino el trozo final de «Los pollos hermanos», un hit en el que el rapero criticaba a Tangana por sus fans, por haber estudiado en un colegio «de curas» y por haber tomado bases de Drake para 10/15. Lo de las bases no es rebatible, Tangana se las tangó al rapero americano, y lo del colegio católico es algo que Álvarez nunca ha ocultado. El centro en cuestión es el San Viator, una escuela concertada situada en Plaza Elíptica. Prosigamos. La nota cómica de este lance la puso Pablo Iglesias con un tuit escrito ese mismo 12 de mayo en el que enlazaba la canción y le espetaba a Tangana «disculpa man, somos más de Common que de Drake». Puede imaginarse las chanzas. Y aún quedaba la traca final. Tangana había sido extremadamente previsor y lo tenía atado y bien atado: ya había grabado una respuesta a la respuesta y la tenía en la recámara para cuando Nega respondiese. La sacó al momento. Se titula «Los Chikos de Madriz» y en el videoclip aparece él mismo comiendo palomitas en Plaza Castilla. Y eso es todo, amigos. Fin. Esto es lo que sucedió y así se lo hemos contado. Más allá de los ganadores o perdedores que siempre se tienden a buscar, el beef en cuestión (beef es la palabra que se usa en la jerga para designar un enfrentamiento, una peleílla, una provocación de un artista a otro por la vía musical) fue muy sonado y fructífero para el público. Entre los efectos, cabe mencionar que generó una lectura errónea en clave derecha-izquierda a partir de la cual Tangana estaría ideológicamente enfrentado a todo lo que representaba Podemos. 

Ñ) (contiene la Ñ) Maña. Lo que hay que tener para que, «sin cantar ni afinar» (sic.), le escuche «toda España».

O) Operación Triunfo. Tangana no tiene la voz de Rosa (ni de Amaia) ni la cadera elástica de Bisbal ni el repertorio de perfumes de Bustamante, pero también ha dado la nota en el programa. Eso sí, como invitado. Acudió en noviembre de 2018 para interpretar en directo «Un veneno». Nuestro hombre apareció con un traje blanco con chaqueta torera, el pecho henchido, unas gafas poligoneras que podrían cuadrar en la cara de Pitbull y un whisky en la mano. Escogió este atavío para una cita importante: su primera aparición en televisión. Pues llegó, cantó y se piró. No dio las gracias ni las buenas noches. ¿Mala educación? ¿Cinismo? ¿Sacrificar el respeto en aras de la viralización?  Sí, desde luego, pero aquello fue además pura performance. No queremos decir que la dimensión performativa sea el pretexto para comportarse como un cabronazo, pero es cierto que el artista, por habitar el campo que habita, queda eximido de algunas responsabilidades. Por supuesto, la performance de Tangana no tiene que ver con Marina Abramovic ni con Esther Ferrer, sino con la escenificación pura y dura y con la sociedad del espectáculo de Debord. Esa noche, en OT, Tangana performó ser una puta estrella (¡porque entonces no lo era!) con la sublimación de la actitud chulesca. Además, OT era un escenario inmejorable. Como hemos dicho, la canción interpretada fue «Un veneno», con el Niño de Elche a la guitarra. Musicalmente, el tema opera como antesala de El Madrileño. En él escuchamos la siguiente confesión: «Es un veneno cruel y violento / que estáis alimentado / que va a hacer que me mate / mientras todos seguís ahí mirando». Vamos, que nos hace responsables. A usted, que anda perdiendo el tiempo leyendo esto, también. La canción está escrita en primera persona, pero en ese contexto cabe una interpretación a modo de crítica al individualismo que promueven la industria musical en general y el formato de Operación Triunfo en particular. Ya sabe, competición, sobrexposición de chavales jóvenes y toda la pesca. 

P) Pan’s and Company. La cadena de comida rápida en la que Tangana estuvo trabajando durante un tiempo. También lo hizo en un call center. Ya ve, empleos precarios, como los de tantos y tantos jóvenes. Álvarez, que ha hecho bandera de buscarse las castañas, ha relatado en alguna entrevista que se independizó a los dieciocho. Hay un trecho notable del Pan’s al icónico Lhardy, templo del cocido inaugurado en 1839 en el que grabó «Comerte entera». Pero el madrileño no es un apologeta de los locales de postín. No tenemos mucha información sobre sus preferencias gastronómicas, pero nos atrevemos a decir que, en este sentido, abraza los placeres cotidianos, concretados en el puchero humeante de «Muriendo de envidia». Como Julio Iglesias, era feliz con caviar y champán y ahora lo es también «con un vino y un trozo de pan». 

Q) Quirante (Cristian). A efectos musicales, el Robin de Tangana, el yang con el que se ensambla su yin, su escudero fiel, su Gabrielle (no la cantante, sino la socia de Xena, la princesa guerrera), el perejil de todas sus salsas. Todo eso y más. Sería injusto definirle solo por su alianza con Álvarez: tiene un recorrido autónomo interesantísimo. También ha trabajado con Amaia o Lola Indigo. Quirante es Alizzz, un artista barcelonés versátil y talentoso que maneja ingredientes sonoros como un chef Michelin y que ha producido algunas de las mejores canciones de Tangana: «Para Repartir», con esas graves notas de piano iniciales, «Pa’ llamar tu atención» (una pócima de samba y trap a base de percusión tropical), «Pronto llegará» (una inyección de ritmo donde colabora en el sampleo de «El día de mi suerte», del puertorriqueño Héctor Lavoe) o «Bien duro». También ha estado en la producción de El Madrileño, posibilitando que lo de antes suene actual. En «Todo me sabe a poco» le tenemos guisándoselo y comiéndoselo. 

R) Rosalía. De Rosalía Vila Tobella está todo dicho. Solo apuntaremos que antes de asombrar al mundo con su talento, antes de arrasar en las plataformas, antes de ganar siete premios Grammy Latino y un Grammy (a secas) precedido por una nominación histórica, antes de hacer música con J. Balvin, Ozuna o Bad Bunny y antes de codearse con el clan Kardashian, la artista catalana colaboró con Tangana en dos canciones. Era verano de 2016 y la vida aún no iba del todo en serio. Los sencillos en cuestión son «Antes de morirme» (noventa y nueve millones de visualizaciones en YouTube) y «Llámame más tarde», temas frescos, pegadizos, ‘buenrolleros’ y juveniles enmarcables en la órbita del pop. «Quiero que esperes despierto / y que me recojas del concierto / menos flores, menos tierno / pa’ esa puta mierda ya no tengo tiempo», canta mansamente Rosalía en el segundo. Por entonces la artista era relativamente poco conocida y las uñas de gel no eran tendencia. Ese mismo año, 2016, mucha gente empezó a flipar cuando estrenó «Catalina», una interpretación emotiva y desgarradora de una vieja canción flamenca. Fue la primera pista de que Rosalía iba a transitar un camino que conduce a una estrella, un sendero intrincado y hondo de tradición en el que hay sentimientos complejos y universales, fuentes que manan, luces rutilantes y poemas centenarios. Lo que no se intuía es que iba a hacerlo con botas de Prada o Loewe y pisando así de fuerte, provocando sacudidas y temblores.

A Rosalía hay que agradecerle, además, que suscitase un debate sobre legitimidad a la hora de emplear símbolos y heterodoxia (en el flamenco, pero en el arte en general). Preguntas sugerentes que luego, con otras hechuras y otra intensidad, se han hecho para Tangana. Pero regresemos a 2016. Antón Álvarez y Rosalía Vila salieron juntos un tiempo, parece ser que fueron felices y después la relación se rompió. Desde entonces los fans buscan referencias al otro en las canciones de cada uno. Es justo decir que Tangana, a veces, ha alimentado esas indagaciones a través de algunas decisiones artísticas. Podemos darle las vueltas que queramos, pero la historia es esa. L’amour tojours, que dice Gigi D’Agostino. Si usted venía con la intención de conocer los suculentos entresijos de un culebrón, abandone toda esperanza. Y les fuera como les fuera en lo personal, la ruptura no fue taxativa en el plano artístico, puesto que a finales de 2018 Álvarez coescribió algunas letras de El Malquerer, el segundo disco de Rosalía. 

S) Sherman (Cindy). Nacida en New Jersey en 1954. Esta artista norteamericana es la tercera persona seguida que citamos y la primera que no tiene ninguna relación directa con Tangana. No, no nos estamos desviando. Atienda. Referenciar a esta fotógrafa es una manera útil de abordar el tema de la carga biográfica en las canciones de Antón Álvarez. A estas alturas, después de que hayamos hablado de performance y máscara, de verdad y estereotipo, estará usted cavilando cuánto hay realmente de persona y cuanto de personaje en C. Tangana. Bien, pues el caso de Sherman es fascinante porque ha explorado durante décadas el montaje de la identidad. Decimos montaje porque esta artista ha sido a la vez sujeto y objeto de su obra, modelo y autora. Dese una vuelta por la web del MoMA y coteje. A finales de los setenta produjo una serie de fotografías en las que ella misma aparece actuando, interpretando un rol, dotándolas así de un sentido complejo y cuestionando los conceptos de autoría y verosimilitud. En ocasiones, Sherman reproduce los lugares comunes que el cine y la publicidad habían reservado para las mujeres. Aquellas imágenes en las que desvela el artificio resultan especialmente cautivadoras. En otras, opta por reformular convenciones de la historia del arte, por ejemplo disfrazándose del Baco de Caravaggio. A su manera, C. Tangana también actúa y adopta una pose, destapando, en contadas ocasiones, su vacuidad insoslayable. Con todo, sus vivencias y sus sensaciones son la base de sus textos. «No necesito hablar gilipolleces que no me han pasado», decía en Protocolo (2013). Hemos visto todos los lados del prisma: desde que empezó con la música se ha mostrado alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente y fugitivo. Y razonablemente sincero. También ha mencionado su relación con las drogas. En «Bien:(» , que ya hemos mencionado, hizo ver a su público que estaba bien jodido, como todos durante la cuarentena. «Y tú me vas a perdonar / Y voy a dejar de esnifar / voy a volver a entrenar / no tienes por qué llorar», aseguraba sin convencimiento. 

T) Trascender. Etimológicamente, trascender viene del latín trascendere, que significa superar algo, ascender atravesando, rebasar cierto límite siendo mejor. Tangana ya no quiere el aplauso inmediato y efímero, sino dejar huella. Desde el inicio de su carrera lleva puestas las largas para ver un poco más allá, y ahora ya ha recogido las rosas y ha pintado su vanitas. Sabe detectar a tiempo una tendencia y aprovecharla, pero no quiere lo líquido sino la solidez de lo que permanece. Si de aquí a unas décadas Occidente entero no escucha los himnos que dicta el Partido Comunista Chino ni la crisis climática arrasa con todo lo que conocemos, quizá sus hijos le digan a sus nietos «esto ya lo hacía Tangana en mi época».

U) Uber. No es lo que piensa. Álvarez no se ha posicionado en el conflicto Taxi-VTC (no se ha posicionado en casi nada, realmente), pero en su canción «Ontas?», surgida a raíz de un meme en México que después llegó a España, podemos escuchar cómo tienta con pagarle el Uber a una hipotética persona con la que, digamos, arde en deseos de encontrarse. Digamos también que lo de ‘ontas’ es una de las grandes gilipolleces que han pasado por las redes sociales en los últimos tiempos. Lo revelador es cómo Tangana detectó que algo nuevo se estaba generalizando en internet, vislumbró una oportunidad y la transformó rápidamente en una canción. 

V) Vigo. Antón Álvarez, el padre de nuestro Antón Álvarez, nació en esta ciudad gallega. Incluso trabajó unos meses en La Voz de Galicia antes de trasladarse a Madrid. Esas raíces están presentes en el videoclip de «Cambia!», donde aparece un niño —trasunto del propio Tangana— con la camiseta del Celta. Atención a la jugada: un tipo que se hace llamar El Madrileño no se identifica ni con el Atlético ni con el Real Madrid, los dos clubes más importantes de la capital. Ni Pablo Motos alcanza ese nivel de equidistancia. Volviendo al tema: una radio viguesa publicó en Twitter una encuesta para que los aficionados eligiesen qué cantante preferirían que compusiera el himno del centenario del Celta (que será en 2023) y Tangana pidió intentarlo. De momento, la cosa no ha cuajado, pero estaremos atentos. Imagíneselo en una comida institucional previa a actuar en Balaídos, con Abel Caballero dándole la chapa sobre las luces de Navidad. Qué show impagable. Saraut para Vigo.

W) Warhol (Andy). El editor francés Raphael Sörin le definió como «el hijo bastardo de Duchamp y Lumière». Por cuestiones que le resultarán evidentes, Warhol ha sido otra de las agarraderas teóricas de Tangana. Por lo de la provocación, por lo de los quince minutos de fama, por el lado sombrío latente en las imágenes de los iconos, por lo de obsesionarse con el dinero y las calaveras, por lo del individualismo y, en palabras de palabras del teórico Marchán Fiz, por lo de la «estetización de lo no artístico». Ya sabe, el bote de tomate Campbell y el detergente Brillo. Tangana no ha comisariado ninguna exposición ni ha vampirizado Don Simón (de momento) pero en «El baile de la lluvia», un tema de Avida Dollars, insertó este credo materialista que pronunció el artista estadounidense: «Durante los años hippies la gente despreció la idea de los negocios, decían “el dinero es malo”, “trabajar es malo”…Pero hacer dinero es un arte. Trabajar es un arte. Los buenos negocios son la mejor de las artes». Ahí queda eso. Deberíamos cerrar la W con esa patochada, pero no podemos dejar pasar la referencia a Warhol sin recordar cómo su visita a Madrid en 1983 es interpretada por determinados autores como un clímax de la movida madrileña, como una especie de clave de bóveda de todo aquel espectáculo de modernidad ansiada y artificiosa. ¿Sabe por dónde voy, no? Manténgase espabilao

X) Xanax. En «Spanish Jigga Freestyle», Tangana nos hizo imaginarle «desayunando xanax dentro de un Duty Free». No sabemos si con café previo. Esta sustancia, según el portal drugs.com, se usa «para el tratamiento de trastornos de la ansiedad, trastornos de pánico, y la ansiedad causada por la depresión.»

Y) Yung Beef. Fernando Gálvez (1990) es Yung Beef, un artista granadino que formó parte de Pxxr Gvng, la gente que introdujo el trap en España. También es el fundador del sello La Vendición. Autor de temas como «Lil Romeo», «Me perdí en Madrid», «27» o «INTRO A.D.R.O.M.I.C.F.M.S», es un artista libérrimo de orígenes humildes que va a su puta bola. Hace trap, reguetón y toda clase de derivados con el autotune como santo y seña. Un tío transgresor e inclasificable. En junio de 2018, en una charla inaugural en el festival Primavera Sound, mantuvo un debate con C. Tangana y Bad Gyal en el que expuso su visión de la música y la industria. Las ideas de Yung Beef (que se considera a sí mismo la quintaesencia del underground) eran contrapuestas a las de Tangana, en tanto el madrileño era (es), a priori, más materialista y proclive a zambullirse en el océano del mercado y nadar con los tiburones en aras de explotar su marca. Yung Beef, en cambio, opinaba que firmar con una gran discográfica erosionaría su independencia. Así las cosas, la lectura fácil consistió pintar a uno como la némesis del otro. El debate en el Primavera, respetuoso y enriquecedor, fue el germen de un beef. El granadino atacó primero y Álvarez contestó en «Forfri», que no sacó bajo el nombre de Tangana, sino de Crema. En la portada aparece, sobre fondo rojo, la cara de Yung Beef imitando la icónica imagen del Che Guevara, presente en tantas y tantas camisetas y convertida en un símbolo de la fuerza «fagocitadora» del capitalismo. «El sistema se nutre como gente como tú: los que se creen que están fuera pero solo están abajo», le suelta para cerrar el tema. 

Z) Zen. No vamos a engañarle: no controlamos la filosofía budista, vamos a tirarnos el pisto, que es lo que hay que hacer al final. Cierre los ojos. Respire profundamente. Una y otra vez. Deje que este catálogo de conceptos se asiente en su cerebro. Concéntrese en identificar aquellos con los que está de acuerdo y aquellos con los que no. Rumie las imágenes y las ideas. Note cómo se vuelven sólidas. No permita que se desvanezcan en el aire. Trate de aventurar, con lo que sabe, cuál será el futuro inmediato de la música urbana en España. Imagine a Tangana subido a un escenario recibiendo un Grammy. Visualícese a sí mismo meditando, tratando de poner distancia sobre su propio yo. Visualícese sin volver a decirle a sus hijos que la música que escuchan es basura. Puede abrir los ojos. Está despierto.


El abecedario de C. Tangana (I)

C. Tangana
C. Tangana. Foto: Oz Villanueva.

Un fantasma recorre España: el fantasma de C. Tangana. Como cantó Enrique Urquijo, ha muerto y ha resucitado. Se ha dicho de él que está revolucionando la música popular, que su fusión de ritmos latinos con españoles es sublime (sin interrupción), que es un apóstol del neoliberalismo y un aprovechategui. Algo habrá oído usted al respecto, ¿no? En octubre de 2020 sacó «Demasiadas mujeres», una canción superlativa atravesada por la tradición cuyo videoclip muestra su propio entierro, al que asisten dolientes mujeres con mantilla y gafas tipo Gucci (en un rato nos ocuparemos de eso, no corra). La cuestión es que la idea de matar su personaje no es nueva, ya en 2017 jugaba con el concepto del sacrificio del ídolo. Así, tras acaparar titulares y portadas, tras conquistar el centro del debate y acumular millones de reproducciones en las plataformas, surge la pregunta: ¿qué o quién es ahora C. Tangana? Pues un mosaico, una interrogación insinuante, un oportunista y un talento brillante. Paul Auster dejó dicho en Brooklyn Follies que cada hombre «contiene varios hombres en su interior» y que la mayoría saltan de uno a otro sin saber jamás quiénes son. Ahora bien, existen hechos constatables, objetivos, como que el disco que sacó en febrero, El Madrileño, ha batido récords de escuchas en Spotify. («Tú me dejaste de querer», la canción más exitosa del álbum, suma ciento catorce millones de visualizaciones en YouTube).

Atención al título: El Madrileño es a la vez el nombre de su histórico álbum y el nuevo alias del artista. Es un disco sentimental, desprejuiciado y capaz de llegar a un público amplio. Copioso a nivel referencial, inequívocamente español y gozosamente internacional, con videoclips potentísimos que constatan el interés de Tangana por lo que no es la parte musical. Por contar historias, en realidad. El mes pasado redondeó la jugada con una actuación en Tiny Desk, un programa de conciertos de una radio estadounidense. Tangana se marcó una sobremesa simultáneamente excesiva y armoniosa, monumental e íntima, en la que participan Antonio Carmona o la Húngara y donde las guitarras y los violines comulgan felizmente con un sintetizador. Una sobremesa en la que dan ganas de participar, ponerse en pie torpemente y proponer un brindis. Todo esto, además, grabado en un icono del brutalismo español en cuyo salón la luz se derrama como en un cuadro barroco. Eche un ojo, es cierto. Esto es lo que hay. El Madrileño es un hito. ¿Creía usted que se quedaría haciendo trap? Se equivocó, no pasa nada. ¿No tiene ni idea de qué es el trap? Casi mejor. Con todo, cabe la posibilidad de que los ecos de esta revelación musical y estética aún no haya tocado a su puerta.

Si, a pesar de todo el revuelo, usted no ha escuchado más que un puñado de canciones y anda un poco desorientado sobre quién es C. Tangana, este es su momento. Si su hijo anda canturreando «ni una escalera, para poder alcanzarte» y usted está extrañado, porque antes no escuchaba nada que sonase remotamente español, no se preocupe. Es normal. Traemos unas nociones básicas, una exégesis para no iniciados, un manual de cetanganismo for dummies para aproximarse tanto a la obra como al personaje. Si, por el contrario, ya es usted uno de los convencidos, debe igualmente leer la pieza para localizar sus fallos y exhibir su descontento —que debe ser furibundo— en el apartado de los comentarios, para salvaguardar la verdad del credo. Existe una tercera posibilidad: que sea usted un purista (del flamenco, del rap, de la rumba o del bolero) y deteste a C. Tangana porque ve en él la encarnación de la herejía, e incluso la representación de lo comercial, signifique eso lo que signifique. Igualmente debe usted leer lo que sigue. Con nuestras coordenadas se orientará: traemos un mapa. Coja apuntes. 

A) Agorazein. Del griego agora. Agorazein es un verbo que significa hacer vida en la plaza, compartir experiencias en el centro neurálgico del espacio público. Crema sacó en 2008 un disco con este título, una recopilación de temas de rap con las que configuró un monumento underground. Tenía diecisiete años. Con sus scratches (un sonido característico del hip hop que surge al mover el disco con la mano), sus ritmos melódicos, sus letras incisivas sobre desencanto, amor o melancolía y sus alusiones al asfalto y a los bloques, pero con una ligereza muy singular. Sutil. De algún modo, Crema llevó aire fresco al ecosistema de pantalones anchos, sudaderas y litronas en un momento en el que los tótems del rap en España eran Nach o SFDK. Sí, Nach Scratch. Sin embargo, a día de hoy Agorazein no es un disco: de manera similar a lo que ocurre con El Madrileño, Agorazein fue primero el nombre de un álbum y después un alias. ¿Entonces? No se pierda, vamos poco a poco: Crema, C. Tangana y el Madrileño son distintos nombres artísticos de la misma persona, Antón Álvarez, el protagonista de esta pieza y hombre del año otra vez. Aún más, C. Tangana y el Madrileño son dos personajes. Como irá descubriendo usted, la performance es el andamiaje del proyecto del artista. ¿Ha visto que le han dado el Princesa de Asturias a Marina Abramovic? Pues al loro. En 2011 Agorazein germinó como grupo, contando en sus filas con chavales que hoy también son nombres propios, como Sticky M.A. Para hacerse una idea de cómo suena el grupo las mejores opciones son «100k pasos», «Los Tru» o «Tentación». Ojo, se encontrará autotune (de cuando el autotune era un sacrilegio en determinados contextos) y un rollito estadounidense. Ya nos contará qué tal. Y para acabar, una apostilla curricular: la elección de la palabra Agorazein evidencia la atracción de C. Tangana por la filosofía, carrera que cursó en la Universidad Complutense de Madrid.

B) Barras. Ni de gimnasio ni de bar. En la jerga del rap, las barras son las estructuras métricas, cada conjunto de líneas o los versos de cada tema. Lo reseñamos porque en el momento en el que C. Tangana se convirtió en C. Tangana parte de su público le echó en cara que «molaba más cuando era Crema». La coletilla se ha convertido casi en un meme con el que el artista convive, pero no ha enterrado totalmente este estilo. En 2018 proclamó que seguía still rapping y en una entrevista reciente ha afirmado que antes de grabar El Madrileño tenía preparado un disco de rap. Cuando lo suelte, usted ya estará instruido.

C) Cocodrilo. El cocodrilo está en la mitología de Tangana como lo está en la egipcia. La vinculación con el animal se originó en 2014 con «Alligators», un tema destinado a marcar un surco profundo. No solo porque apuntaba el inminente éxodo hacia las cálidas regiones de «lo urbano», sino porque la firma de moda Lacoste puso la pasta en el videoclip. Consecuentemente, se convirtió en algo parecido a un anuncio. Minimalista y guay, pero un anuncio. En él, Tangana luce jerséis y chaquetas mientras lleva con correa un ejemplar vivo de este simpático reptil. ¿Se puede imaginar las reacciones, no? Parte de su público le echó en cara que trabajara con una gran empresa y le llamó vendido. Lo fuera o no, «Alligators» es bastante reveladora. La experiencia de escucharla ahora es parecida a ponerse en YouTube los highlights de Neymar cuando estaba en el Santos. «El mundo gira en torno a ideas deseables / si crees no las quieres, muy bien», espetaba Tangana entonces. Lo dijo él, pero podría haberlo dicho Don Draper. El tema contiene otras máximas que glosan sus ideas: «Mi estilo es todos los estilos siempre estoy brillando», proclamó hace siete años. Algo de razón tenía. El cocodrilo aparece igualmente en la mixtape 10/15, un trabajo que supuso un puñetazo en la mesa. Descarado y a la vez totalmente personal, capaz de desarmar a través de su tono confesional. Volveremos a él después.

D) Dalí. André Breton, pope del surrealismo, calificó a su camarada Salvador Dalí como «Avida Dollars», reprobando su fascinación por el dinero. Sus razones tenía. C. Tangana no pinta cuadros, pero pasó por lo mismo. El periodo que va desde el inicio de 2016 a noviembre de 2018 es el tiempo que Tangana tomó para escalar la montaña del mainstream. Lo hizo sin mirar atrás, apartando la vegetación a su paso con machete. Durante esa etapa sacó dos álbumes: Ídolo en 2017 y Avida Dollars en 2018. En ambos reflejaba su apuesta personal por lo urbano, recurriendo a sonidos prestados del R&B o el reguetón. Ídolo es un trabajo turbulento en el que su personaje se vuelve caprichoso y alcanza incluso cotas paródicas. Álvarez (vamos a llamarle por su apellido, que tampoco somos colegas) lanzó una campaña de marketing agresiva y soltó lo que quiso por esa boquita. Aunque no lo parezca a priori, es un disco más oscuro que luminoso. Y lo es porque el cinismo le sirve para confeccionar una descripción del poder. Su egocentrismo funciona como una crónica de las neurosis que se instalan en la cabeza de los «ídolos»: los miedos, los pensamientos tóxicos, la impostura… De hecho, el caparazón teórico del disco se armó en torno al becerro de oro bíblico, la imagen por excelencia de la falsa adoración. Las casi cuatro horas de Los diez mandamientos, con Charlton Heston, sí las tiene vistas, ¿no? Pues eso.

Avida Dollars e Ídolo comparten una estética moderna, una parte musical fresca y atrevida y algunas letras pasadas de rosca. ¿C. Tangana se ridiculizaba a sí mismo? Bueno, verá, es complicado. Digamos que la ironía es resbaladiza: puede servir para impugnar, pero tiene limitaciones en tanto que es el receptor el que debe decodificarla. Así, a veces se utiliza la idea de caricatura como coartada cuando solo hay retrato. Tangana se burlaba de todo lo que le habían echado en cara y estiraba el chicle hasta el extremo con temas como «Intoxicao» o «Inditex». «Dime que no quieres follar así / dejando que te desgaste / dime que no quieres pagarlo así /sin saber cuánto gastaste», pregona en «Intoxicao». Por su parte, «Inditex» era apología neoliberal cruda: «Mira mi nombre y piensa en Inditex / hoy he tachado lo que tú en un mes». Repetimos, aquello era 2017. Ahora, discursivamente, Tangana está más cerca de uno de esos negocios centenarios que fabrican boinas y sombreros en los aledaños de Plaza Mayor que de Amancio Ortega. De un año antes, 2016, es «Planes», un tema en el que él mismo reconoce la «obsesión por la exhibición, como un animal de competición».

E) España. Sí, España. C. Tangana ha agitado la discusión sobre lo nacional y ha amagado con resignificar determinados símbolos. No ha tenido problema, por ejemplo, en colocarse la bandera en un chándal. Errejón 0 – C. Tangana 1. Aunque hasta hace poco pasaba del tema. «Yo no creo en ninguna autoridad / yo no creo más que en mi libertad / ni rey ni patria yo no tengo na», expresaba en «Espabilao». ¿Desarraigo? ¿Anarcocapitalismo? No iremos tan lejos, pero sí es cierto que ha defendido insistentemente la libertad individual. Ahora su España es más escenario que rompecabezas, más festiva que doliente y más reivindicable que lo contrario. Una España con sabor a Almodóvar en la que a Hemingway le habría gustado salir de farra. ¿Significa esto que Tangana explota clichés? Pues un poco sí, pero les da bastantes vueltas. Y a veces, con esas vueltas, los deforma.

¿Significa esto que su idea de España pasa por la renovación? Responderemos a esa pregunta en la siguiente letra. Por ahora bastará con echar un ojo a las portadas del disco —firmadas por Iván Floro— y apreciar cómo remiten a la tradición española, así como al inventario icónico de El Madrileño: cocido, taxis, monjas en patinete frente al Palacio Real, patios interiores con ropa tendida, la Casa Carvajal, guitarras, café con leche en vaso de caña, algún crucifijo… Y algún texto paradigmático. En «Cuándo olvidaré», Tangana cuela una reflexión del cantante de copla Pepe Blanco (recitada en el videoclip por Imanol Arias) en la que afirma que «la canción española es del pueblo, es racial, es de raza». Escúchela. Lo que hace Álvarez es tomar una idea, saborearla, masticarla y a continuación lanzarla para generar un discurso polisémico. Y que cada cual se quede con lo que quiera. Para cerrar estas líneas sobre lo nacional en Tangana, dos tuits. El primero del 19 de octubre de 2019. La cosa andaba liada entonces: a raíz de la sentencia del procés, Barcelona llevaba varios días sacudida por protestas, con los CDR quemando coches. Se acordará usted. «Todo esto empezó porque querían votar y no les dejasteis», publica ese día Tangana. Más recientemente, en junio de 2020 y al calor de las protestas raciales por la muerte de George Floyd, Tangana escribió en Twitter que no estaría mal quitar de los libros «lo del descubrimiento de América» y llamarlo «por su nombre». 

F) Folclore. Según la RAE, el folclore es el «conjunto de costumbres, creencias, artesanías, canciones, y otras cosas semejantes de carácter tradicional y popula». Tradicional y popular. Aquí está la madre del cordero. Después de esforzarse por estar a la última, C. Tangana ha edificado su obra magna sobre la piedra de la tradición. Ha revisado músicas, experiencias y conceptos. Los ha batido, ha añadido la sal del zeitgeist y su tortilla ha salido bien. Somos libres de acompañarla con un vermú, con una Mahou, con una Corona mexicana, con un Ribera del Duero potente o incluso, si nos envalentonamos, con un ron cubano. De entre todos los ejemplos posibles, quizá el que mejor refleja la conciliación de pasado y presente sea la «Campanera» de Joselito, que Tangana samplea extraordinariamente en «Demasiadas mujeres». «¡Campanera! ¡Si eso es más viejo que la tos!», podría exclamar usted. Bien, pero existe toda una generación que había oído «Campanera» de pasada a la que C. Tangana ha llevado de la mano a encontrarse con ese pasado. A la que ha hecho reflexionar sobre raíces e hibridación, a la que ha forzado a debatir agitando un discurso, a la que ha puesto a dar palmas desacompasadas, a la que ha explicado que sí, que Brian de Palma mola, pero que el cine quinqui también tiene muchas cosas que contar.

¿Cree que no es Tangana el vehículo idóneo para emprender dicho viaje? ¿Que Eloy de la Iglesia no tiene nada que ver con esta movida y que ha habido y hay muchos artistas que miran atrás y no gozan de tanto reconocimiento? Coincidiremos en que «lo popular» puede ser un territorio pantanoso. Las obras de arte se producen en un contexto concreto determinado por razones socioeconómicas. ¿Hasta ahí estamos de acuerdo, no? Bien. ¿Es legítimo el uso que determinados artistas hacen de determinadas obras, en tanto las «extirpan» de su contexto y les dan una aura de modernidad para comercializarlas? Eso tendrá que decidirlo usted. Pero cuando hablamos de apropiación cultural hablamos un poco de alineación indebida, algo así como afearle a un artista que el once que saca no es lícito. Para bien o para mal, en el arte no existe la UEFA. Así que usted dirá.

Sigamos. Volvamos al videoclip de «Cuándo olvidaré». Vemos un bar de barrio al que se va acercando la cámara. Los doce primeros segundos nos pueden recordar al cuadro de Hopper Nighthawks. Distinguimos a un chaval jugando a la tragaperras. También se aprecia la espalda de un hombre, Imanol Arias. Lo significativo es que dos de los cuatro personajes que aparecen en el vídeo en el que Arias suelta su perorata sobre la canción racial tienen rasgos latinos. Y la tercera tiene rasgos asiáticos. A eso juega Tangana, a problematizar. Porque, indiscutiblemente, El Madrileño es una celebración de la mezcla. Mezcla de lo de ayer con lo de hoy y de ritmos españoles con sonidos cubanos o mexicanos. De los doce artistas que colaboran en el disco, siete nacieron en el continente americano: Toquinho, Ed Maverick, Jorge Drexler, Omar Apollo, Eliades Ochoa, Carin León y Adriel Favela. Y, en la constelación Tangana, Madrid esa mezcla hecha carne, una capital europea en la que buena parte de sus habitantes no ha nacido allí.

G) «G». Cuando oiga usted hablar de «G» (pronunciado «yi»), el emisor se está refiriendo a un gángster. OGs son old gangsters.

H) Huevos de oro. De Bigas Luna (1993). Javier Bardem interpreta a un macarra codicioso y temperamental que escapa hacia adelante. Está obsesionado con triunfar, y para él triunfar significa construir un rascacielos. Cada uno tiene sus filias. Elon Musk sigue a lo suyo con lo de Marte, ¿no? El protagonista de la película es una suerte de negativo costumbrista del americano hecho a sí mismo, como si Torrente se hubiera comido a Jordan Belfort. Con todo, derrocha carisma, tanto con sus camisas estrafalarias como con su traje. Su histrionismo llega al extremo de llevar dos relojes. «Si tengo dos huevos, ¿por qué no puedo llevar dos Rolex?», cavila este ejemplar de macho ibérico. «Antes tenía un Rolex, ahora quiero dos», pregona Tangana en «Siempre quise todo». No toma solo la frase: el personaje que interpreta Bardem ha sido una de sus inspiraciones a nivel estético. Pero lo más interesante de Huevos de oro no son las citas ni la ropa. El rascacielos, además de un elocuente símbolo de megalomanía, ha sido interpretado como una metáfora fálica. Por ahí va la cosa. Bigas Luna retrata una masculinidad, hasta hace no tanto hegemónica, que Tangana muerde, saborea y escupe. Él también ha reproducido códigos heteropatriarcales y ahora trata de hablar de ello. ¿Puede ser una coartada, un giro interesado que lee el signo de los tiempos? Poder puede. Pero no creemos que sea así. Ya lo iremos comprobando, porque va a seguir arriba. En mayo del año pasado, después de que la pandemia le obligara a comerse la cabeza, sacó Bien:( , un trabajo en el que exhibía vulnerabilidad. Tangana ha cosificado a mujeres en sus vídeos y se ha vestido con el traje de gallito fanfarrón, con el de tipo duro, con el de rapper que no podía permitirse llorar en público… y resulta estimulante asistir al resquebrajamiento esos arquetipos. Puede comprobarlo, por ejemplo, escuchando «Cambia!».

I) Iniciativa. «Convertí el descampao en un jardín / pa que tos esos raperos puedan por fin vivir aquí», canta Tangana en «Intoxicao». «Si quiero algo coño voy detrás / quién ha dicho que hay que preguntar», declara en «Espabilao». Se ha visto a sí mismo como el mascarón de proa de la industria, como el Prometeo que robó el fuego para iluminar al resto con sus técnicas comerciales. Ha venido a decir que, antes de él, los músicos urbanos en España estaban a por uvas. Ha celebrado haber firmado con Sony «el contrato más grande de to el gremio». Y es para celebrarlo. Sin una multinacional como Sony detrás, seguramente no habría podido hacer todo lo que ha hecho. ¿Iniciativa conlleva individualismo? Probablemente, pero es curioso examinar cómo Tangana articula ahora una apelación a la comunidad, a su equipo, a sus amigos, a su familia. Quiere que le dejen entrar al garito con ellos. Si no es con ellos, no pasa. Lo canta con Antonio Carmona en «Me maten».

J) Jay-Z. Uno de esos raperos que habitan el Olimpo de la música estadounidense. Un afroamericano de uno noventa de altura que posee veintitrés premios Grammy. Una leyenda viva del hip hop que ha vendido varias decenas de millones de discos. No, no es el marido de Kim Kardashian. Ese es el otro. Este es el marido de Beyoncé. Con ella sacó «Crazy in Love». «Uh oh, uh oh, uh oh, oh, no, no». También ha colaborado con Alicia Keys, en «Empire State of Mind». ¿Lo ubica? ¿No? Lo de «I got ninety-nine problems but a bitch ain’t one» sí le tiene que sonar. ¿Qué tiene ver este señor con Antón Álvarez? Pues que ha sido uno de los espejos en los que se ha mirado. No solo por la parte musical, sino por su éxito en los negocios. Tangana ha llegado a definirse como el «Spanish Jay Z» en su tema «Spanish Jigga Freesytle», un regreso fugitivo al rap que sacó en junio de 2018. Téngalo claro, Crema no está del todo enterrado.

K) [email protected]. Es el hombre al que tiene que contactar si se está planteando contratar a Tangana. Prepare billetes.

L) Little Spain. Quédese con este nombre, subráyelo. Quizá dentro de un tiempo veamos pelis producidas por ellos. Y serán peliculones. Es un colectivo de jóvenes con intereses estéticos comunes liderado por el realizador Santos Bacana, al que Tangana ha definido como «su musa». El grupo es a la vez un manantial de referencias y un relámpago. Son capaces de narrar historias atrayentes de forma ágil con el lenguaje de hoy, que es la imagen. Entre ellos, además de Bacana, están María Rubio y Cristina Trenas. Empezaron en Los Ángeles, donde la nostalgia se convirtió en su motor creativo. Dicho así suena bien, pero claro que uno también puede sentir nostalgia desde Londres donde sobrevive con un curro de mierda que no le da para ponerse creativo, aunque ese charco es demasiado profundo para esta canoa. Bastará con mencionar que algunos periodistas y opinadores han hablado, pomposamente, de una nueva movida madrileña para referirse a la actual eclosión artística y musical de la que Tangana forma parte. Una usted las piezas. Ahora bien, Little Spain tiene talento a raudales. A ellos debemos los vídeos de «Para repartir», «Comerte entera», «Tú me dejaste de querer» o «Demasiadas mujeres». Son películas breves y suculentas. El primero es como si el Manny Ribera de Scarface estuviese rondando por La Habana a ritmo de salsa, mientras que los de El Madrileño pasan por colocarle un chándal, unas cuantas cadenas y una colonia sensual al imaginario castizo. Sigue sabiendo a torreznos pero no huele a Varon Dandy.

En definitiva, Little Spain añade un buen chorreón de idealización a su vasta cultura cinematográfica. El riesgo es que, si la gradación de dicha idealización es demasiado fuerte, puede convertirse en exotización. En «Demasiadas mujeres» aparece el grupo de jóvenes enlutadas con gafas de marca de las que hablábamos al empezar, cuya apariencia contrasta con la atmósfera del pequeño pueblo donde está el cementerio. Un pueblo de los que hay a patadas en España. Hay destellos de lujo en los estilismos, pero El madrileño no es un alarde de ostentación, sino que la moda forma parte de la caja de herramientas que tiene Tangana para construir su relato. En «Comerte entera» la casa Carvajal tiene tanto protagonismo como Bárbara Lennie. El edificio es un poema de hormigón construido en los sesenta inspirado en la Alhambra de Granada que añade el plus de haber sido elegida por Carlos Saura como escenario de La madriguera al hecho de ser una joya del brutalismo. «Ingobernable» es un lienzo abigarrado dominado por la intensidad cromática de un salón que casi se puede oler. Y, como puntilla, «Te olvidaste», cine dentro del cine que recrea una episodio de caza, esa actividad capaz de encerrar multitud de pulsiones y significados. Ahora, en época del centenario de Berlanga, los tonos azulados del vídeo pueden recordar a la escena de La escopeta nacional. Con estos cinco vídeos bastará por el momento. ¿Vistos? ¿ No le ha dado un stendhalazo? Bien, podemos continuar.

(Continúa aquí)