Exorbitante en el deporte y desmesurado en la francachela

Babe Ruth y Teresa Wright en el set de El orgullo de los yanquis,1942. Imagen: The Samuel Goldwyn Company.

Es sencillo, chicos. ¿Si bebéis y fumáis y coméis y folláis tanto como yo? Bueno, chavales, algún día seréis simplemente así de buenos en los deportes.

El mejor atleta del siglo XX (1) irrumpió en Boston en 1914 procedente de las divisiones inferiores de los Baltimore Orioles. Entró en la primera cafetería que le salió al paso y se quedó prendado de la camarera que le atendió. Él tenía diecinueve años y ella, solamente diecisiete. Tres meses y tres días después contrajeron nupcias. Un matrimonio que Babe Ruth compaginaría con sus diarias infidelidades.

Llevaban cerca de siete años casados cuando Helen se vio sorprendida con la llegada de su esposo sosteniendo una niña de mantas y convinieron en adoptarla. No se sabría hasta tiempo después que Dorothy había sido fruto de la relación del jugador de béisbol con una de tantas amantes.

Babe Ruth no destacaba por su exquisitez. Espigadas y petisas, blondas y bermejas, exuberantes y escasas, no se le conoció una especial inclinación por ninguna de ellas. Cuando primero los Red Sox y después los Yankees salían de viaje, el bigardo de Maryland no hacía distingos. Jovencísimas granjeras, expertas rameras, empleadas de almacén, viudas, institutrices en día de libranza, artistas del celuloide, secretarias desaliñadas, hastiadas amas de casa y empleadas del telégrafo le buscaban a la salida del estadio o en el hall del hotel sabedoras de su febril entusiasmo por las faldas. Sus compañeros nunca supieron discernir si le privaban más las mujeres o el béisbol por el que sentía veneración. Su compañero Ping Bodie compartió dormitorio con él durante los primeros años de su carrera y acostumbraba a relatar que el Bambino llegó a desfilar con todas la chicas de un burdel de Filadelfia una noche. Alrededor de una docena.

En 1921 los periodistas que cubrían los viajes de los Red Sox fueron testigos de cómo una mujer perseguía a Ruth por los vagones del tren, cuchillo en mano, tras haber descubierto el pastel. La señora, casada para más señas, se sentía traicionada porque el deportista le había prometido varias veces que ella era la única en su vida.

Llegó un momento en el que por casa pintaron bastos, tanto que, harta de su marido, a Helen se le acabó la mecha y desfiló hacia Massachusetts sin billete de vuelta. Cuatro años más tarde perdió la vida al incendiarse la casa que habitaba y a Babe le faltó tiempo para volver a pasar por la vicaría. Su nueva esposa, consciente de la fama que precedía a la estrella de los Yankees, logró convencer a su marido para viajar siempre con él con la excusa de llevarle la agenda. Claire, que había sido actriz y modelo, no precisaba de nadie que le contara cómo era el mercadeo que se generaba en torno a ídolos de masas como aquellos Yankees de Babe Ruth y Lou Gehrig.

Aguzó su ingenio para tratar de dar con la tecla salvadora sometiéndole a una severa dieta y minimizando su dosis de alcohol. Comenzó a gestionar sus ingresos e impuso el toque de queda en casa a las diez de la noche. Viajaba allá donde jugaran los neoyorquinos y se aseguró de que las estrictas reglas que regían en casa se mantuvieran inmutables en los desplazamientos. Hasta que acabó renunciando a tanto esfuerzo expedicionario. Aun así, consiguió reducir sus jaranas cuando paraba por casa. Claire fue la única a la que se aproximó a respetar Ruth. El matrimonio pervivió diecinueve años hasta el deceso del jugador.

Gustaba tanto de llenar la andorga que Carpanta habría palidecido a su lado. Era capaz de dar salida a tantos perritos calientes como un grupo de jóvenes boy scouts. Durante sus primeros años como profesional lucía una figura atlética, pero los excesos fueron dibujando una curva abdominal que jamás le abandonaría. Devoraba los filetes, siempre crudos y sazonados con una botella entera de salsa de chili. Su desayuno incluía como hito principal una tortilla francesa de dieciocho huevos. Tampoco era infrecuente verle cenar frente a varias bandejas de anguila en escabeche o deglutiendo helado de chocolate sin freno.

Si las mujeres y el condumio le nublaban la vista, qué decir de la bebida. Para cuando las autoridades de su Baltimore natal retiraron a sus padres la custodia del chico con destino a un reformatorio, Ruth ya había debutado con el tabaco de mascar y el whisky a sus ocho primaveras. La víspera de un partido en Filadelfia fue reconocido con dos fulanas arrellanadas en sus piernas. Las muchachas, tras vaciar una botella de champaña sobre su cabeza, masajeaban exageradamente su empapado cabello mientras él vociferaba: «¡Quien no ame esta vida está loco!». Un rato después, con solo dos horas de sueño satisfechas anotaría dos home runs en una tarde más para el recuerdo.

Alzaba el vaso con tal habitualidad que sus rivales trataron de sacar partido de ello en alguna ocasión. Una noche, con varios encuentros por disputar en Chicago, parte de la escuadra de los White Sox fue a buscarle al hotel con la intención de entromparle e incrementar así las opciones de victoria local al día siguiente. Le emboscaron en una de las leoneras más canallas y un aleccionado barman se excedió cuanto pudo en cada copa. Con la satisfacción de la misión cumplida, se retiraron a dormir unas horas. Todos excepto la víctima de la encerrona.

Babe Ruth se presentó en el estadio con evidentes muestras de no haber abierto la cama. El banquillo de los Sox celebraba indisimuladamente el triunfo con antelación. Ruth sometió a Chicago con el bate y los Yankees se llevaron el partido. Los locales buscaban cabizbajos el túnel de vestuarios cuando el Bambino aceleró el paso y, una vez frente a ellos, les espetó: «¿Dónde vamos a beber esta noche, chicos?».

Un año después de ganar las World Series de 1918 con los Red Sox, su traspaso a los Yankees cambió la historia del béisbol. No solo supuso que los de Boston no ganaran otro título hasta 2004 —en lo que se dio en llamar The Curse of The Bambino (La maldición del Bambino)—, sino que los de Nueva York, que no conocían las mieles del triunfo hasta entonces, presumen hoy de veintisiete campeonatos. Una cifra a la que ni siquiera se acerca la segunda franquicia más laureada de la MLB. Por el camino, el que fuera un exitoso pitcher de los Red Sox fue reconvertido a jugador de campo por los Yankees y fue capaz de mejorar sus prestaciones desde la demarcación de outfielder. Estableció innumerables récords, añadió otras cuatro Series Mundiales a las tres que había conseguido con los Medias Rojas y se convirtió en una leyenda universal del deporte. Muchos decenios después, quizá solamente Muhammad Ali y Michael Jordan hayan alcanzado un estatus de celebridad deportiva como la de Babe Ruth.

Un carcinoma de cavum acabó a los cincuenta y tres años con un campeón tan irrepetible como excesivo. Para la leyenda queda una vida intensa como pocas, tanto dentro como fuera del campo de batalla. Dotado de un peculiar sentido del humor, era capaz de arrepentirse públicamente de su afición por la bebida para retractarse de inmediato provocando la hilaridad entre los presentes, como cuando dijo: «En ocasiones, cuando reflexiono acerca de toda la cerveza que bebo, me siento avergonzado. Luego, me quedo mirando el vaso y pienso en los trabajadores de las fábricas de cerveza y en todas sus esperanzas y sus sueños. Si yo no bebiera esta cerveza, podrían quedarse sin empleo y sus sueños se harían trizas. Y pienso “es mejor que me beba esta cerveza y que sus sueños se hagan realidad, que ser egoísta y pensar en mi hígado”».

Babe Ruth. Fotografía: DP.

(1) Elegido como tal en 1999 por la Associated Press.


Rarezas y excentricidades del Draft de la NBA

Lusia Harris. Imagen cortesía de NBA.
Lusia Harris. (DP)

Cualquier fanático del baloncesto profesional norteamericano jamás olvida que una vez llevadas a término las Finales de la NBA, aún espera una tarde/noche mágica de la que disfrutar antes de que aterrice la quietud estival. Una ocasión en la que nadie viste de corto y en la que sobreabundan trajes y esmóquines de escaso gusto. Unas horas en las que los jugadores sudan nerviosos mas no por el esfuerzo físico realizado en un pabellón. A finales de junio, el mundo de la canasta se cita para seguir el Draft de la NBA.

Un sistema como el de esta elección pretende que los equipos escojan nuevos jugadores en un orden de selección que ayude a las franquicias en peor momento deportivo a igualarse con las más en forma. Pervive con la intención de proveer el deseado equilibrio de fuerzas. Un producto tan americano como ajeno a nuestra cultura deportiva europea.

La NBA ha ido cambiando sus particularidades en torno al gran día de la elección. Así, en 1989 se acordó dejar atrás las siete rondas que conformaban entonces el Draft y aún hoy se mantiene aquella decisión que implica un formato dotado de dos únicas tandas cada ejercicio. Para quienes se hayan estrenado en el universo cestero con LeBron, Curry y los Gasol, podrá parecerles una extravagancia que hace veintiséis años existieran las citadas siete vueltas. Pero qué son siete si las comparamos con las veintiuna que tuvieron lugar en 1960, récord de la liga. Desde 1974 y hasta el año 85 el número permaneció inalterado en diez y fue entonces cuando se rebajaron a las antedichas siete. Bastante cambiante.

En las décadas de los cincuenta a los ochenta, el general manager de un equipo podía arriesgarse a elegir en función de una corazonada, de un capricho, de una confidencia secreta… o incluso para llamar la atención y pasar a la historia como el que escogía a un fulano famoso o de procedencia rimbombante pero que poco o nada tuviera que ver con el baloncesto. Tantas elecciones en una sola noche para una misma franquicia podían dar pie a exhibirse en el antojo o la boutade.

Desde hace más de un cuarto de siglo ya no se estila.

A partir de 1989 solo salen ungidos sesenta jugadores por año y más les vale a los decisores dar en el clavo si quieren que su franquicia permanezca en lo más alto o alcance a dar un salto de calidad que le permita abandonar el furgón de cola. Cada decisión pasa por tantos filtros, tantas horas de vídeo, programas estadísticos, procesos personalizados de seguimiento durante años… que fallar puede suponer la rescisión del contrato de un GM.

Antes de que el número de elecciones se redujeran drásticamente en los estertores de los ochenta, nos encontramos a grandes atletas de otras modalidades deportivas que fueron elegidos por equipos de la National Basketball Association. Si la NBA es la meca del baloncesto, los Juegos Olímpicos son el evento polideportivo por excelencia. Pues bien, hasta tres olímpicos con medalla de oro conseguida fuera del ámbito de la canasta fueron seleccionados por alguno de los equipos de la NBA.

Oros olímpicos ajenos al aro

Bob Beamon fue el primero del trío en salir a la palestra. Ocurrió unos meses después de sus extraterrestres 8,90 metros logrados en México D. F. durante los Juegos de 1968. Beamon —huérfano ya a los once meses de vida— había jugado a baloncesto en el reformatorio al que fue obligado a asistir siendo un adolescente. Constantes robos en comercios, peleas callejeras y el trapicheo con drogas hicieron que un juez le confinara en la Public School 622 del barrio neoyorquino de Queens a los catorce años. Dos cursos de buen baloncesto y mejor atletismo le valieron para lograr el pasaporte a la Jamaica High School, una escuela en la que promedió quince puntos y once rebotes en su último año como estudiante. Allí, además, se granjeó una fama de excelente taponador. Su extraordinario talento para la longitud y el triple salto le condujeron a abandonar el balón naranja de camino a la universidad, mas, pese a ello, los Phoenix Suns le llamaron la noche del Draft de 1969 en el puesto 189.º de la 15.ª ronda.

El segundo propietario de una presea olímpica dorada tiene una historia aún más peculiar que la de Beamon. Igualmente neoyorquino, Bruce Jenner se ganó una beca para enrolarse en el equipo de fútbol americano del Graceland College de Iowa. Una lesión en la rodilla le apartó de la práctica del deporte del balón ovalado y fue reconducido al decatlón por sus mentores. Durante sus años de instituto en el Newtown High, Jenner había competido en football, baloncesto y los 100 metros lisos, por lo que las pistas de atletismo no le eran extrañas. El verano de 1976 Bruce se proclamaba campeón olímpico de decatlón en Montreal batiendo la mejor marca mundial al alcanzar los 8634 puntos. El hecho de que la prensa le colgara el cartel de «El más grande atleta del mundo» le sirvió para que los Kansas City Kings le escogieran durante el Draft de 1977 en el puesto 139º de la 7ª ronda. Jenner no había pisado una cancha de baloncesto desde el instituto. Tampoco lo haría con los profesionales de Missouri. Eso sí, resultó una aguda operación de marketing por parte de unos financieramente necesitados Kings.

Hoy en día Bruce Jenner es oficialmente Caitlyn Jenner, después de finalizar su cambio de sexo a mujer durante 2015.

Y como quiera que no hay dos sin tres, que entre en escena «el Hijo del Viento». El nonacampeón olímpico era desde muy joven el diamante del track and field estadounidense. En los primeros campeonatos del mundo de atletismo de la historia, celebrados en Helsinki en 1983, se había colgado tres oros en los 100 metros lisos, el salto de longitud y el relevo de los 4×100. Era el llamado a dominar en los Juegos de Los Ángeles 84 ya que, además de las tres pruebas anteriores, amenazaba con imponerse en los 200 metros. Semanas antes de la cita angelina, los Chicago Bulls se llevaban a Michael Jordan en el tercer puesto general del Draft y se reservaban la sorpresa de la elección de Carl Lewis para la 10.ª ronda, puesto 208.º. Un Carl Lewis que jamás había jugado a basket en equipo alguno ni en el instituto ni en la universidad. Los Bulls acababan de seleccionar a dos de los mejores deportistas de la historia de una tacada. Jordan les llevaría a conquistar seis anillos; Lewis nunca llegaría a cambiar el tartán por el parqué. Ron Weiss, jefe del scouting de Chicago en la Costa Oeste, y Ken Passon, su segundo, recomendaron la elección de Carl en la 10.ª ronda porque era «el mejor atleta disponible».

Llamados desde cuatro ligas

El Draft de la NBA ha visto cómo otras estrellas del deporte USA entraban a formar parte de su historia. En algunos casos fueron grandísimos deportistas como Jim Brown —posiblemente el mejor jugador de la historia de la NFL— o Tony Gwynn, excelso bateador de los Padres de San Diego de la MLB, los que fueron llamados por los Syracuse Nationals en la 9.ª ronda del 57 y por los San Diego Clippers en la 10.ª del 81, respectivamente. Pero quizá el más destacable de los ejemplos de esta naturaleza sea el de Dave Winfield.

Dave Winfield como baloncestista universitario y como exterior profesional del béisbol. Imagen cortesía de MBL.
Dave Winfield como baloncestista universitario y como exterior profesional del béisbol. Imagen cortesía de MBL.

Winfield fue número 4 del Draft de la Major League Baseball de 1973 e irrumpió en la plantilla de los San Diego Padres sin pasar por las Ligas Menores. Una posición tan alta en la elección respondía a que Dave era un extraordinario pitcher en la universidad y, sin embargo, los Padres lo reconvirtieron en right fielder, confiando en su potencia de bateo y la velocidad de su brazo para devolver las bolas desde el fondo del campo. La apuesta demostró ser acertada puesto que acabó siendo elegido para el Hall of Fame de béisbol en 2001 sin haber jugado nunca como el lanzador que le hizo famoso en la universidad. Winfield combinó el béisbol y el baloncesto durante su etapa del college y, pese a no alcanzar el nivel que mostró en el primero de los deportes, la canasta se le daba francamente bien. Bill Musselman, entrenador en competiciones como la NCAA, ABA, NBA, WBA y CBA, manifestó en una ocasión que Winfield era el mejor reboteador al que había entrenado en toda su carrera. En 1972 y a las órdenes de Musselman, desde su 1,98 contribuyó a que la Universidad de Minnesota ganara el complicado campeonato del Big Ten de la NCAA de baloncesto, hecho que no había ocurrido jamás en más de medio siglo de historia del nombrado centro.

En 1973 todo el mundo parecía querer asociar su nombre al de Dave Winfield. Además de ser el número 4 en el Draft de la MLB, los Atlanta Hawks de la NBA le echaron el lazo en el puesto 79.º, los Utah Stars de la ABA en el 58.º y los Minnesota Vikings de la NFL hicieron lo propio en la 429.ª posición, pese a que nunca había jugado a football en su periplo universitario. Dave Winfield se convertía así en el segundo y último deportista en ser elegido en los Drafts de cuatro ligas profesionales. Su predecesor había sido Mickey McCarty seleccionado por Chicago Bulls (NBA), Cleveland Indians (MLB), Dallas Chaparrals (ABA) y Kansas City Chiefs (NFL) en 1968. El polivalente zurdo decidió, sin embargo, aceptar el reto del football —deporte que no había practicado desde su época en Pasadena Hig School— y solamente fue capaz de disputar tres partidos como tight end en la NFL antes de retirarse para siempre como deportista profesional.

El más grandullón

El gigante Yasutaka Okayama saluda a una joven en un entrenamiento con Japón. (DP)
El gigante Yasutaka Okayama saluda a una joven en un entrenamiento con Japón. (DP)

Junio de 1981 volvió a conocer otra ceremonia de selección de novatos. Un acto del que salieron asignados jugadores del talento y rendimiento de Isiah Thomas, Mark Aguirre, Buck Williams, Orlando Woolridge, Tom Chambers, Kelly Tripucka, Rolando Blackman, Larry Nance, Jay Vincent y Danny Ainge. Grandes en cualidades deportivas, pero no tan grandes en tamaño —pese a su considerable estatura— como Yasutaka Okayama. El nipón Okayama medía 2,34 m y fue cazado por los Golden State Warriors en la 8.ª ronda en el puesto 171.º. Yasutaka tuvo noticias de que había sido elegido en el Draft de la NBA gracias a la llamada que recibió de un periodista de su país. Hoy en día sigue siendo el baloncestista más alto jamás drafteado, aunque cabe señalar que no solo no jugó nunca en la liga sino que no llegó a tener contacto alguno con los Warriors ni ninguna otra franquicia.

Okayama había residido durante dos años en los EE. UU. tras acceder a un programa universitario de intercambio. Formó parte del equipo varsity de la Universidad de Portland en Oregón, a cuya disciplina llegó midiendo 2,08 m. Al terminar el primer año pensó en volverse a casa, tal y como estaba previsto en el acuerdo, pero accedió finalmente a la petición de su entrenador, Jack Avina, de permanecer un año extra en el campus. Sería su año senior y Avina le prometió debutar con el primer equipo en la NCAA Division I. Se podría, de esta forma, convertir en el primer japonés de la historia en formar parte del más alto nivel colegial norteamericano. El gigante exjudoca cumplió con su parte del trato, mientras que Avina no.

Okayama terminó fichando por el que acabaría siendo el equipo de su vida: el Sumitomo Metal Sparks de la competición nipona. Asimismo, defendió durante años los colores de su país. El gigantismo que le detectaron los servicios médicos de la Universidad de Portland permitió, en cierta manera, controlar su exagerado y rápido crecimiento que le llevó de los 2,08 m a los 2,34 m en un breve lapso temporal. Nunca llegó a saberlo a ciencia cierta, pero siempre sospechó que fue el legendario Pete Newell —quien había sido entrenador ayudante de la selección de Japón y consultor externo de Golden State— el que recomendó su estrafalaria selección en aquel Draft del 81.

Simbolismos generosos

Pocas universidades tan prestigiosas en el ámbito del baloncesto como la de Indiana; no digamos durante los largos y fecundos años en los que el jefe no era otro que el genial e irascible Bobby Knight.

Landon Turner era un interior de ébano que prometía mucho. En 1979, su primer año bajo el mando de Knight, participó en la consecución del único título del NIT de la historia de los Hoosiers. Dos temporadas después, en su año de junior, contribuyó decisivamente a que Indiana se coronara como campeona de la NCAA. En aquel equipo destacaba fundamentalmente Isiah Thomas. La gran final ante North Carolina (63-50) se disputó con unos minutos de retraso porque tuvo lugar poco después del intento de asesinato de Ronald Reagan, presidente de los EE. UU.

Solamente ciento diecisiete días después de ser una valiosa pieza del equipo campeón, la carrera deportiva de Landon Turner se fue por el desagüe. Un accidente de automóvil lo dejaba permanentemente inmóvil de pecho para abajo. Once meses después de la tragedia, Red Auerbach utilizaba la última elección de todo el Draft de 1982 —10.ª ronda y puesto 225.º— para escoger a Landon Montel Turner de la Universidad de Indiana.

Bobby Knight se había hecho amigo del patriarca de los Celtics a través de John Havlicek a comienzos de los años sesenta. Knight y «Hondo» habían sido compañeros de equipo en Ohio State y el primero le pidió al viejo Red que seleccionara simbólicamente a un jugador que habría salido escogido en la primera ronda de no haber tenido tan mala fortuna en la carretera. Se lo propuso «como un acto de generosidad». Y así lo hizo el judío. Bobby Knight declaró a la CNN el año 2000 que «eso dice todo lo que cualquiera necesita saber sobre Red Auerbach».

 Landon Turner sonríe ataviado con el uniforme de Indiana. Imagen cortesía de NBA.
Landon Turner sonríe ataviado con el uniforme de Indiana. Imagen cortesía de NBA.

Turner confesó que el noble gesto del rector de Boston le cogió como «una total sorpresa» y a lo ya dicho hay que añadir que Auerbach enviaría a su debido tiempo a Landon Turner los relojes conmemorativos de los títulos de la NBA de 1984 y 1986. Exactamente los mismos que recibieron Larry Bird o Dennis Johnson por citar a dos de los máximos exponentes de aquellas plantillas de los Celtics. Hoy es el día en el que el físicamente impedido exjugador de los Hoosiers de Indiana aún conserva ambos regalos en su casa. Landon nunca ha escondido que «Boston Celtics no era mi equipo favorito y no me gustaban aquellos uniformes verdes». Pero hoy todavía sigue la pista al equipo de Boston y desea verles hacerlo bien por lo que Auerbach hizo por él.

Un año antes de la elección de Turner y también en la 10.ª ronda, puesto 206.º, los Nets de New Jersey llamaron a Vic Sison para sorpresa de quienes no habían oído hablar jamás de él y para incredulidad de quienes le conocían.

Larry Brown había terminado recientemente de entrenar a UCLA para fichar por los Nets y quiso hacer un guiño a quien había trabajado abnegadamente como uno de sus student managers o lo que es lo mismo, uno de los chicos que se encargan de hacer de aguadores del equipo, de trasladar las bolsas del autocar al hotel, de anotar esas otras incidencias que no aparecen en las hojas estadísticas habituales, de editar vídeos… En definitiva, un student manager es quien trata de hacer lo que sea necesario para que los jugadores universitarios puedan despreocuparse de todo aquello que no sea el juego en sí.

Vic Sison era un chico ejemplar y por eso Brown deseó tener el detalle con él. Vic, además, era el único miembro senior de toda la tropa a cargo del coach en su último año en UCLA. Ningún jugador era elegible según las reglas de aquel entonces. «Fue una sorpresa para mí. Más bien un regalo de graduación que me hizo Larry Brown», explicaría años más tarde un Sison de 1,70 m de altura.

Kevin O’Connor, vicepresidente seéior de Operaciones de los Utah Jazz y entrenador asistente en UCLA en 1981, explica qué pesó en la elección de Sison: «Vic era uno de esos chicos de los que te enamorabas, era un trabajador incansable».

Ni que decir tiene que la aventura NBA de Sison comenzó y terminó con el instante de su selección como 206.º del año 81.

Que pasen las mujeres

Denise Long anota dos de los noventa y tres puntos que subió a su casillero en la final del campeonato del 13 de marzo de 1968. (DP)
Denise Long anota dos de los noventa y tres puntos que subió a su casillero en la final del campeonato del 13 de marzo de 1968. (DP)

Denise era una niña un tanto extraña y sus compañeras de clase aprovechaban que se salía un poco de la norma para tomarla con ella. La niña, presa de la angustia, se las ingenió para encontrar un refugio en el que desembarazarse de sus demonios y, dado que vivía en el pueblo de Whitten (Iowa) —donde las alternativas no brillaban por ser numerosas—, el gimnasio del colegio resultó ser el santuario más idóneo. Denise Long había nacido en 1951 en aquella localidad y pronto asombraría a cercanos y hostiles por su habilidad para el baloncesto.

Denise anotó más de seis mil puntos en sus cuatro años de instituto y llevó en volandas a Union-Whitten High a ganar el campeonato estatal de Iowa durante sus últimas dos temporadas. La primera final la ganaron con sesenta y cuatro puntos de la chica de 1,80 m y, durante su curso final, Denise Long fue capaz de promediar 69,6 tantos por encuentro —con un partido de ciento once puntos incluido— antes de volverse a llevar el trofeo del estado al pueblo. Era un baloncesto de seis contra seis.

La ley federal que dictaba igualdad de trato entre sexos en los programas atléticos universitarios —que se daría a conocer como Title XI no entraría en vigor hasta 1972, tres años después de que Long hubiera terminado el instituto. La participación de las selecciones femeninas de baloncesto en los JJ. OO. no tuvo lugar hasta Montreal 76. Por esa carencia de facilidades, Denise no sabía muy bien hacia dónde tirar una vez graduada en la escuela, pero mientras tanto ocurrió algo realmente inesperado.

Sonó el teléfono en casa de los Long y una voz al otro lado de la línea avisaba a la espigada Denise de que había sido escogida en el Draft. Le costó un buen rato caer en la cuenta de que el Draft del que le hablaban era el de la NBA y no el de la Armada del Ejército de los EE. UU. ¿Cómo iba una mujer a pensar —por extraordinaria que fuera practicando el baloncesto— que la querían reclutar en la mejor liga del mundo? Resultaba tan impensable… y, sin embargo, los San Francisco Warriors la habían llamado en el puesto 175.º de la 13.ª ronda.

El n.º 1 del año 69 fue un neoyorquino llamado Lew Alcindor que dos cursos después adoptaría el nombre de Kareem Abdul-Jabbar. Denise Long fue escogida nueve puestos antes que Mack Calvin, un base anotador que completaría once temporadas entre la ABA y la NBA con un notable rendimiento.

De todos modos, James Walter Kennedy —el entonces comisionado de la NBA— invalidó la elección de Denise Long pese a la insistencia de Franklin Mieuli, dueño de los Warriors, de su idoneidad. Denise y otras chicas más estuvieron jugando partidos amistosos antes de los encuentros locales de los Warriors durante una temporada. Pasado ese periodo, Long se matriculó en la Universidad de Northern Iowa y tuvo la oportunidad de viajar a Japón para disputar una gira con un equipo de estrellas de la canasta.

Su último fulgor relacionado con el deporte tiene que ver con que en 1984 se convirtió en la primera fémina en ser elegida para el High School Sports Hall of Fame de Iowa.

Lucy medía 1,91 m y el marrón de su piel formaba parte del paisaje habitual de las gentes de su Mississippi natal. Era la décima de once hermanos, la cuarta de las cinco chicas. Su abnegada madre, Ethel, se hacía cargo de la casa y la oncena de mocosos. Willie trabajaba en inabarcables jornadas como granjero agricultor.

Lusia Harris se hace con un rebote. (DP)
Lusia Harris se hace con un rebote. (DP)

Lusia —su verdadero nombre— Harris encontró acomodo en la plantilla de baloncesto del colegio tal y como había sucedido con sus seis hermanos varones y una de las chicas. Muy pronto se constató que Lucy gozaba de un descomunal talento más allá de su agradecido físico atlético y longilíneo. Fue una estrella en el Instituto Amanda Elzy de Greenwood y una aún mayor en la universidad. Sus cuatro años vistiendo el uniforme Delta State (25,9 puntos y 14,5 rebotes) le reportaron la posibilidad de representar a los EE. UU. en torneos de tanto relumbrón como el Campeonato del Mundo (8.º), los Juegos Panamericanos (1.º) y los JJ. OO. de Montreal 76 (2.º). En Canadá compartió vestuario con jugadoras del nivel de Nancy Lieberman, Pat Head (después Pat Summit) y Ann Meyers (única mujer en firmar un contrato profesional con una franquicia NBA, los Pacers). Frente a ellas, la joven e inabarcable Uliana Semenova, que, junto a sus compañeras soviéticas, se llevaría el oro.

Arribaba casi un año después de los JJ. OO. el momento del Draft de la NBA. Del que en 1977 salieron elegidos gentes como Otis Birdsong, Marques Johnson, Walter Davis, Bernard King, Jack Sikma, Cedric Maxwell, Tree Rollins, Rickey Green, Norm Nixon y Eddie Johnson. Sería un pecado no citar a nuestro Essie Hollis, quien continúa siendo una leyenda aquí y que tan solo disputó veinticinco encuentros con los Detroit Pistons. «Superbeltza» fue llamado en el puesto 44.º.

Cuando los nombres de los jugadores de la séptima ronda iban añadiéndose a la letanía que parecían recitar en la sala, se produjo un cierto alboroto. Los dirigentes de los New Orleans Jazz acababan de elegir en el lugar número 137 a Lusia Harris. Lucy no recibió ningún impedimento por parte de Larry O’Brien, el comisionado de entonces, y pasó a ser la primera mujer oficial y legalmente elegida en un Draft de la NBA. Pese a ello, Lucy nunca mostró interés aparente en los Jazz y su selección, y no acudió al campus para novatos de pretemporada. Todo quedó en una mera anécdota, si bien tiempo más tarde se conocieron las razones que llevaron a Harris a rechazar cualquier opción que la ligara con los de New Orleans: en el momento del Draft Lucy estaba embarazada.

Un hijo y un galeno

Pat Williams acababa de ser padre de un hermoso varón. Lo llamaron James Littlejohn Williams en honor a los padres biológico y espiritual, respectivamente, de Pat —en aquel momento GM de los Atlanta Hawks—. James Williams y Richard Erlic Littlejohn habían resultado decisivos para que el directivo fuera quien era y de ahí que los quisiera homenajear al nacer su nuevo vástago.

El neonato se había asomado al mundo el 27 de mayo de 1974, el mismo día del Draft de la liga en la que trabajaba papá. Comenzó a elegirse a los mejores hombres de la hornada de ese año: Bill Walton, Bobby Jones, Scott Wedman, Keith Wilkes (después Jamaal Wilkes), Brian Winters, Maurice Lucas, Billy Knight, John Drew, Phil Smith y George Gervin. Todo parecía ir por el cauce natural hasta que Pat Williams rompió la quietud.

Llegado el turno de elección de los Hawks en el puesto 168.º de la 10.ª ronda, Pat Williams prendió el teléfono y dijo alto y claro:

—Los Atlanta Hawks seleccionan a James Williams.

Una de los que atendían al multiplex telefónico respondió inmediatamente:

¿James Williams? ¿Te refieres a Fly?

James «Fly» Williams era un jugador de tercer año en la Universidad de Austin Peay State del estado de Tennessee. No era elegible según las normas en vigor.

Pat Williams volvió a hablar ante semejante expectación:

No, James Littlejohn Williams —remarcó.

¿De qué centro? —intervino Si Gourdine, asistente de J. Walter Kennedy.

Hospital Piedmont, en Atlanta —replicó Williams sin inmutarse—. Mide diecinueve pulgadas y media y pesa siete libras y media.

Se hizo el silencio; corto pero espeso. Gourdine reaccionó:

Desautorizado.

Tres años después, Pat Williams y su esposa esperaban su segundo hijo. También sería varón y le pondrían Bobby. Nació el 10 de junio de 1977. ¿Y bien? Su madre trajo al mundo a Bobby otro día de Draft, hora y media antes de comenzar el ritual de selección de los novatos.

Y saltamos al 28 de junio de 1983. Todas las miradas estaban puestas en un altísimo y delgado chico procedente de la Universidad de Virginia. Ese que llegaría años más tarde a jugar unos partidos en Málaga para solaz de los aficionados españoles: Ralph Sampson.

Los Rockets lo amordazaron con el número 1 y detrás de él llegaron otros del nivel de Rodney McCray, Byron Scott, Thurl Bailey, Antoine Carr, Dale Ellis, Jeff Malone, Derek Harper, Clyde Drexler, Doc Rivers y Manute Bol. Hasta las leyendas estudiantiles David Russell y John Pinone fueron elegidos en los puestos 37.º y 58.º respectivamente del 83.

Harold Katz había comprado a los Sixers de Philadelphia el verano del 81, y aún estaba disfrutando del título de la NBA con el que le habían obsequiado sus jugadores liderados por Erving y Malone. Katz tenía en sus manos la 228.ª elección del Draft de aquel año, el último nombre a escoger de la jornada. Y Katz dijo que quería a Norman Horvitz, 1,78 m de estatura y 92 kilos de peso.

El doctor Horvitz tenía cuarenta y nueve años; se había graduado en la Philadelphia School of Pharmacy en 1956. Trabajaba para Katz en Nutrisystems, la empresa de control de peso del segundo, y era uno de los habituales de las timbas semanales de póquer que arreglaba el dueño de los 76ers.

El doctor Horvitz se tomó la elección con humor:

«Soy un aficionado entusiasta del baloncesto y he jugado al mismo, sí. Fui elegido en el combinado de mejores jugadores de mi Escuela de Farmacia. Es por ello por lo que estoy sorprendido de que no haya sido drafteado antes», sentenciaba el médico que ya frisaba la cincuentena.

Lo que surgió como una broma de Katz con sus amigos, llevada finalmente a la práctica, no paso finalmente el filtro de Larry O’Brien y su equipo. Horas después de la excéntrica selección de Horvitz, la NBA la anuló aduciendo que habían transcurrido veintiséis años desde la licenciatura del doctor y que por lo tanto habría que considerarlo, si acaso, agente libre y en consecuencia sin ataduras para negociar por el equipo que quisiera.

El galeno —cómo no— encajó con deportividad la negativa de los dirigentes de la liga:  «Si no puedo incendiar la NBA, probablemente me iré a Italia entonces. Allí puedes conseguir los Gucci a mitad de precio».


Escudero, todo un señor que rescató del abismo al Athletic

El Bristol de Aviaco que se estrelló en Somosierra. Foto: DP.
El Bristol de Aviaco que se estrelló en Somosierra. Foto: DP.

Las figuras de Rafael y Concepción de Pablo Romero, su esposa, atrajeron a la iglesia y sus alrededores a una auténtica multitud la tarde de sus exequias. Las directivas de la S. D. Indautxu y del Athletic Club acudieron al templo de Nuestra Señora de las Mercedes de las Arenas para presentar por última vez sus respetos a uno de los integrantes más decisivos de la historia de los dos clubes más importantes de la capital vizcaína. Era el 6 de diciembre de 1953, dos fechas después de la tragedia aérea de Somosierra.

Un avión de la hoy extinta compañía Aviaco, procedente de Bilbao y con destino Barajas, se estrellaba contra la sierra Cebollera la Vieja a poco menos de cien kilómetros de Madrid. La causa: un remolino de viento ante el que nada pudo hacer el empeñado piloto. La pequeña localidad madrileña de Somosierra veía alterada su habitual tranquilidad ante semejante situación. Luego de mucho trabajo a mil ochocientos metros de altura y con la dificultad añadida de la importante capa de nieve que cubría la montaña, el recuento señaló que eran veintidós los fallecidos de entre los treinta y dos del pasaje. Entre los que dejaban este mundo, amén del matrimonio citado y de una pareja de recién casados, hallaron a la primera azafata española de la historia en morir por causa de un accidente de aviación.

Rafael, cuyo cuerpo inerte fue hallado abrazado al de su mujer Concepción, no era otro que Rafael Escudero Echevarría, un futbolista de un enorme nivel que jamás aceptó cobrar una moneda por vestirse de corto.

Recordatorio del funeral por el eterno descanso de Concepción de Pablo Romero y Rafael Escudero. Foto: DP.
Recordatorio del funeral por el eterno descanso de Concepción de Pablo Romero y Rafael Escudero. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.

Nacido en el Botxo el 4 de noviembre de 1919, sus padres educaron a un mozo especialmente dotado para jugar cerca de la portería contraria. Estudió en el colegio de los Padres Jesuitas de Indautxu para posteriormente ingresar en la prestigiosa Universidad de Deusto, regida también por la Compañía de Jesús. Cuando llegó la Guerra Civil, Rafael tenía dieciséis años y ya destacaba con el balón en los pies.

Escudero no se conformaba con lo mal que pintaban las cosas en Bilbao tras el fin del enfrentamiento, él quería seguir jugando. Le apasionaba el fútbol. Así que se puso manos a la obra y consiguió que su amigo Jaime de Olaso le acompañara en la creación de un nuevo club de nombre idéntico a otro desaparecido hacía pocos años. Nacía —o renacía— la Sociedad Deportiva Indautxu. Pese a que Rafa provenía de una familia más que acomodada, nunca quiso echar mano del capital paterno. Así las cosas, el Indautxu tuvo que pedir prestado durante mucho tiempo cualquier campo que estuviera libre para que pudieran recibir como locales a los contrarios. El debut del nuevo equipo de Escudero tuvo lugar el 8 de septiembre de 1940 disputando el choque como local en el campo de San Fausto y derrotando a la Cultural de Durango. En poco tiempo aquel nuevo Indautxu que se movía por el fútbol regional se fue convirtiendo en un conjunto muy valioso, siempre capitaneado por un Rafa Escudero que asombraba tanto por su valía técnica como por su facilidad para ver puerta.

Pasados los dos primeros años era un clamor que el chaval tenía el nivel suficiente para jugar en primera división. Mas él no quería dejar su Indautxu. Cuando de Olaso y él rescataron de sus cenizas al club, lo hicieron para disfrutar con sus amigos. Esa era la mirada que Rafael tenía hacia el fútbol. No es que no le gustara enfrentarse a los mejores, ni mucho menos, pero anteponía la amistad, la camaradería y el entusiasmo natural a cualquier otro atractivo que pudiera tener el balompié de primerísimo nivel. Su hermano Jaime, nacido en 1923, pasó a formar parte del club rojillo y entre ambos dominaban el juego interior de ataque. Rafael por un costado y Jaime desde el opuesto. El pequeño no gozaba del mismo talento que el bueno de Rafa, pero sí el suficiente como para que además de divertirse ayudara a dominar en los cuarenta los campeonatos vizcaínos de aficionados que conquistaron hasta en cinco ocasiones.

El Indautxu de los Escudero no solamente dejó una huella indeleble en la provincia de Vizcaya, sino que fue un equipo de los más importantes en el nutrido fútbol amateur español de aquella década. Fueron subcampeones del Campeonato de España de aficionados en 1942, 1947, 1948 y 1949, y campeones en 1945 en una magnífica final disputada en San Mamés ante el F.C. Barcelona aficionado, a quien derrotaron por un contundente 3-0.

Rafa era socio del Athletic Club y acudía siempre que sus ocupaciones futboleras se lo permitían a ver al primer equipo de Vizcaya, cuya historia le tocaba de cerca. Un hermano de su madre, Germán Echevarría, destacó como futbolista en San Mamés durante la segunda década del siglo XX. Su notable estilo hizo que le motejaran como «Maneras». El club rojiblanco sufrió —como tantos otros, pero quizá en especial— la pérdida de muchas de sus estrellas por causa de la contienda civil. Algunos habían dejado la península por causas políticas (sobre todo, aquellos que se enrolaron en la larga gira de la selección de Euzkadi) y otros simplemente colgaron las botas. El Athletic era antes de la guerra el mejor equipo de España y al volver la actividad futbolística se vio obligado a hacer tabla rasa y partir casi de cero. La directiva rojiblanca peinó cada pueblo de Vizcaya y solo así fue capaz de reclutar a futbolistas que con el tiempo se convertirían en leyendas del club. Poco a poco, las alineaciones del equipo se vieron nutridas de nombres como los de Zarra, Gainza, Lezama, Iriondo, Unamuno I y Panizo, que volverían a dar tardes de gloria y títulos a la parroquia de San Mamés.

Nada podía hacer presagiar que tras conseguir el doblete de Liga y Copa en la campaña 42/43, el Athletic fuera a verle las orejas al lobo nada más iniciarse la siguiente temporada. La 43/44 comenzó mal para los rojiblancos. Tan mal, que tras debutar con un empate a tres en Les Corts frente al Barcelona, el portero Lezama y el ariete Zarra tuvieron que dejar su puesto a José Antonio Barrie y José Luis Duque. El alfa y el omega de la escuadra se iban al dique seco y les sustituían un guardameta con solo diez choques disputados cuatro años atrás y un delantero centro sin experiencia alguna en la máxima categoría. Los regidores bilbaínos tenían fresca en sus retinas la situación por la que había pasado el Real Madrid la temporada anterior y veían que necesitaban un puntal extra para afrontar la campaña.

El Madrid había quedado en décima posición en la Liga 42/43, un campeonato nacional liguero formado por catorce equipos en el que los dos últimos descendían directamente a segunda mientras que el undécimo y el duodécimo debían disputar la promoción con dos escuadras procedentes de la categoría de plata. Los blancos ocupaban la undécima posición a falta de siete jornadas aquel año y se libraron de tener que promocionar consiguiendo solo un punto más que el Espanyol al acabar el torneo.

Roberto de Arteche, recientemente elegido presidente del Athletic Club, y Juan Urquizu, el míster, no daban crédito a la situación que vivía el equipo después de las primeras siete fechas ligueras. Las bajas de Lezama y Zarra estaban causando una mella de tal calibre en el juego y los resultados del vigente campeón de Liga que ocupaban la penúltima posición en la tabla superando únicamente al Celta de Vigo tras una victoria, dos empates y cuatro derrotas. Algo insólito ante lo que había que buscar una solución con carácter de urgencia.

Así fue como tras unas aceleradas conversaciones entre el Athletic y el Indautxu (de tercera división), Rafael Escudero aceptó incorporarse a la disciplina del equipo de San Mamés con dos condiciones de obligado cumplimiento: que su paso al Athletic fuera a préstamo gratuito por lo que restaba de temporada y que él seguiría siendo un jugador amateur; no cobraría ni un céntimo, como hasta entonces.

Escudero entendía el deporte, o al menos el fútbol que él practicaba, como un divertimento muy serio en el que no tenía cabida pecunio alguno. A comienzos de los años cuarenta tampoco es que se ganase una barbaridad como futbolista de élite, pero una de las estrellas de la época podía llevarse a casa un sueldo cuatro o cinco veces mayor que el de un trabajador normal. Y eso, en la posguerra, era un dinero nada despreciable. Salvo para Escudero. Sencillamente, él no pasaba por ahí. El fútbol no se manchaba. Punto.

Foto autografiada por Rafael Escudero el año que salvó al Athletic Club. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.
Foto autografiada por Rafael Escudero el año que salvó al Athletic Club. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.

Su debut se produjo en San Mamés ante el colista Celta en la octava jornada, y tras el partido en el palco las sonrisas parecían comenzar a aflorar otra vez. Los leones se impusieron por 5-1 con dos tantos del recién fichado de la tercera división. La labor de Escudero fue impecable durante todo el campeonato, consiguiendo ocho goles en los trece encuentros que jugó. Una lesión le apartó del equipo durante seis fechas en las que sus compañeros solo fueron capaces de ganar dos partidos y empatar otro. Al finalizar la Liga, los de San Mamés quedaron décimos —un puesto por encima de la promoción— con dos puntos de ventaja sobre el Espanyol de Barcelona. Rafael había resultado vital para que el Athletic Club no descendiera en una campaña en la que, además de los veintitrés encuentros que no pudo disputar Lezama y los cinco domingos en los que faltó Zarra, Urquizu asistió impotente ante la baja de Agustín Gainza en otros quince choques.

Con el calamitoso torneo de la regularidad terminado, comenzaron a disputar la Copa sin demasiadas esperanzas. Aun así, fueron eliminando al Barakaldo, al Arenas (con cuatro tantos de Escudero) y al Granada hasta llegar a unas semifinales en las que les esperaba el Atlético de Madrid. Una derrota por 3-1 en la capital de España se vio compensada con una victoria en Bilbao por 2-0 en la vuelta. Tres días más tarde se hubo de disputar un partido de desempate en el feudo del Barcelona, en el que se acabaron imponiendo los leones por 3-2 con un gol de Escudero que deshizo las tablas en el minuto noventa.

Sin apenas ocasión para recuperar el resuello, cuatro días después del desempate en Les Corts, los bilbaínos competían en la final copera de Montjuïc con un descansado campeón de Liga: el Valencia C.F. Primero Zarra y luego Escudero hicieron subir al marcador los dos únicos tantos de la final. Contra todo pronóstico la Copa regresaba a Bilbao, se impedía el doblete de los che y Escudero volvía a ser actor principal de la gesta.

Escudero, tercero por la izquierda, después de ganar la Copa del Generalísimo del 44. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.
Escudero, tercero por la izquierda, después de ganar la Copa del Generalísimo del 44. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.

Transcurridos los fastos correspondientes, Roberto de Arteche le ofreció, lógicamente, la continuidad a Escudero, pero este declinó la oferta. Él se quería volver con su hermano y sus amigos a la tercera con el Indautxu. Al fin y al cabo, ya había advertido a las dos partes que su cesión al Athletic iba a tener lugar por su amor al club rojiblanco y solo en comisión de servicio. Así que tal como llegó se fue, no sin antes acceder a que los de San Mamés le regalaran un reloj con la inscripción de campeón de la Copa del Generalísimo de 1944. Un souvenir que fue lo único material que se llevaría Rafa durante toda su carrera deportiva.

La siguiente temporada conquistó con su Indautxu el citado Campeonato de España de aficionados ante el Barcelona en San Mamés, y siguió jugando al fútbol siempre en su club hasta que un importante desencuentro con los regidores del Indautxu le hizo abandonar la práctica deportiva a sus veintinueve años. Ocurrió a finales de la temporada 48/49.

Rafael Escudero posa con la Copa de campeones de España de aficionados del 45. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.
Rafael Escudero posa con la Copa de campeones de España de aficionados del 45. Imagen: cortesía de Memorias del fútbol vasco.

El F.C. Barcelona cumplía sus bodas de oro y como la final del Campeonato de España de aficionados la iban a disputar los culés y la S. D. Indautxu, quisieron los catalanes que el partido tuviera lugar en su feudo para que formara parte de las celebraciones de los cincuenta años del club catalán. El Indautxu accedió a jugar en Les Corts a cambio de cien mil pesetas de la época y aquello encendió los ánimos de Escudero. Tras unas acaloradas reuniones entre el club y el delantero, los directivos decidieron mantener la palabra dada al Barça y saltarse uno de sus principios fundacionales. Los hermanos Escudero no acudieron a la final al considerar que se estaba concediendo una clara ventaja a su rival a cambio de dinero, que como era más que sabido atentaba contra la manera de ver el fútbol de Rafa. El Indautxu perdió la final por un apretado 3-2.

El gran Escudero no volvió vestirse de corto y su hermano Jaime fichó una temporada por el Athletic y las dos siguientes por el F.C. Barcelona, si bien solamente saltó al terreno de juego en cuatro partidos de Liga con los primeros y cinco con los culés; Escudero II acabaría siendo médico analista en Bilbao.

Rafael Escudero falleció en el aquel vuelo del Bristol de Aviaco a la temprana edad de treinta y cuatro años siendo vicepresidente de Athletic Club. Fue un hombre de insobornables principios y resultó decisivo para que setenta y un años después de su contribución al Athletic, el club de Ibaigane sea junto al Real Madrid y al Barcelona uno de los tres clubes que siempre han militado en la primera división.


Una tragedia que salvó a los porteros de fútbol

Jimmy Thorpe saca de puerta en un encuentro ante el Arsenal. Foto: DP.
Jimmy Thorpe saca de puerta en un encuentro ante el Arsenal. Foto: DP.

Cuando un niño comienza a profundizar en la historia del deporte rey, uno de los detalles que más le llama la atención es el atuendo de los guardametas del primer tercio del siglo XX. Las gorras, las rodilleras y los jerséis; esos suéteres de lana de punto gordo y cuello vuelto. No es para menos.

Practicar deporte con uno de aquellos pulóveres que tanto debían de picar. Tan calurosos en primavera como incómodos y pesados ante un aguacero. Aquellos jerséis —mayoritariamente tejidos en tonos oscuros— eran los que vestían Jimmy Thorpe y sus coetáneos colegas de portería.

James Horatio Thorpe se asomó al orbe unos meses antes de que estallara el conflicto de la Gran Guerra. Fue en Jarrow, una localidad del noreste británico donde naciera siglos atrás el historiador y benedictino Beda el Venerable. Jimmy se decantó por el fútbol y la portería siendo un colegial, y pronto su altura y habilidad le fueron reportando un nombre como cancerbero en Jarrow y sus alrededores. A los diecisiete años fue tentado por el Sunderland Association Football Club, uno de los mejores clubes británicos de la época, y el chiquillo aceptó el reto de formar parte de la plantilla del equipo de reservas de los rojiblancos. En 1930 todo parecía sonreír al joven Thorpe.

Jimmy cruzó su Rubicón futbolístico durante dos temporadas y en la temporada 32/33 fue requerido para atajar los balones del primer equipo. El Sunderland era un equipazo y estaba encuadrado en la máxima categoría balompédica de entonces: la First Division.

Thorpe, un mocetón de 1,88 m de altura, disputó cuatro campañas con los Black Cats durante las que fue progresivamente creciendo en relevancia como arquero hasta el punto de defender la meta de los del noreste hasta en ciento treinta y nueve ocasiones entre Liga y FA Cup. Hasta que el Chelsea llegó de visita.

El 1 de febrero de 1936 el Sunderland recibía en el estadio de Roker Park a los blues londinenses. Los locales comandaban la clasificación después de haber quedado subcampeones la campaña anterior tras el Arsenal, y partían como favoritos ante el Chelsea, una escuadra de músculo que era la antítesis de un equipo de pase como el de Thorpe. El encuentro fue especialmente duro por parte de los visitantes dentro del ya de por sí violento fútbol británico de los treinta. Thorpe disputaba su 52.º partido consecutivo con los Black Cats, algo nada desdeñable teniendo en cuenta los problemas de salud que padecía.

En enero de 1934, Jimmy fue ingresado en un hospital con el objeto de poder diagnosticar qué era lo que hacía que no se encontrara bien cada vez más a menudo. El joven portero permaneció ingresado en el centro durante un mes, periodo en el que se pudo conocer que era diabético. Amén del tiempo en cama, Jimmy se llevó consigo la obligación de pincharse insulina diariamente. Ser insulinodependiente hace ochenta años era algo muy serio, nada que ver con quienes hoy conviven con la diabetes llevando una vida sedentaria y ni siquiera con los que compiten ahora al más alto nivel. Thorpe comenzaba a comprar boletos para sostenerse suspendido en el alambre, mas, pese a todo, decidió seguir guardando el arco del Sunderland.

Volviendo al encuentro ante el Chelsea, la crudeza con que se emplearon los jugadores en aquel choque superó la ya de por sí áspera práctica de la época. Hasta siete jugadores sufrieron alguna lesión en el transcurso de los noventa minutos. Los foráneos fueron —según las crónicas— quienes se ensañaron especialmente con los locales; en concreto con Jimmy Thorpe.

Jimmy Thorpe despeja el peligro in extremis. Foto: DP.
Jimmy Thorpe despeja el peligro in extremis. Foto: DP.

Corría el minuto 70 y el Sunderland dominaba con relativa comodidad. Los dos tantos del gran Bobby Gurney y el conseguido por Paddy Gallacher hacían presagiar que los blues no serían capaces de remontar el 3-1. Los allí presentes seguían atentos el transcurso del juego cuando uno de los defensores locales pateó el balón hacia los dominios de su guardameta y Thorpe recibió el esférico rodillas en tierra. Sin tiempo a que este se pudiera levantar, aparecieron un par de delanteros del Chelsea y cosieron a puntapiés al joven de Jarrow. Cuatro fueron las patadas que recibió: tres en el torso y una más en la cabeza. Con Jimmy tendido sobre el césped y casi noqueado, arribaron dos rivales más que no pudieron contribuir al abuso porque fueron frenados por futbolistas rojiblancos. A pesar de todo, Thorpe logró ponerse en pie y se acercó a uno de los postes para sostenerse mientras se frotaba ostensiblemente la parte derecha de su dolorida cabeza. Jimmy, con el rostro teñido de un blanco como el de la cal, puso todo su empeño en continuar jugando el cuarto de hora largo que todavía restaba. En un fútbol en el que no se había introducido el recurso de las sustituciones cabe entender el ímprobo esfuerzo del jugador por continuar y no dejar en inferioridad a su equipo. El árbitro del encuentro, un tal Mr. Warr procedente de Bolton, decidió incomprensiblemente que los violentos protagonistas del negro incidente se fueran de rositas y no atisbó nada inusual en el aspecto del bravo Thorpe.

Por desgracia, el partido aún contaba con algún episodio desagradable más que ofrecer. Mitchell, jugador del Chelsea, fue expulsado por el colegiado —esta vez sí— tras lanzar un perfecto gancho de derecha que impactó en el rostro de un jugador rival al que tumbó. Los capitalinos fueron capaces de marcar dos tantos más por medio de Joe Bambrick ante un Jimmy Thorpe que presentaba claros síntomas de confusión. Algo no iba bien. Con el 3-3 final, Mr. Warr tuvo que ser escoltado hasta los vestuarios por la policía ante la colérica respuesta del público de Roker Park. El iracundo respetable no alcanzaba a comprender la permisividad del colegiado ante la descarada agresión que había sufrido Jimmy ni los gestos obscenos que les había dedicado el expulsado Mitchell camino de la caseta.

La prensa local no tuvo compasión con el cancerbero del Sunderland AFC en sus crónicas del día siguiente. Le culparon de haber encajado el par de goles final sin poner en el fiel de la balanza el linchamiento premeditado del que fue objeto y que resultaba decisivo a la hora de valorar el abrazo a tres del marcador final. Uno de los periódicos cargaba así la mano sobre Jimmy: «La atroz labor del portero le costó un punto al Sunderland». El cronista del Sunderland Football Echo se mostraba más hiriente aún: «Thorpe se ha mostrado en ocasiones excelente como guardameta esta temporada, pero rara vez me satisface cuando tiene que actuar ante balones cruzados. Sus errores del sábado, sin embargo, tuvieron un origen totalmente distinto al descrito, y puedo afirmar que el tercer gol del Chelsea tuvo que ver con que se quedó paralizado al comprobar cómo Bambrick avanzaba a la carrera hacia él».

Durante el transcurso de 1933, Jimmy había ido sufriendo una sorprendente transformación física. El hasta entonces robusto portero fue poco a poco adelgazando al punto de verse convertido en un chico espigado. Sus propios compañeros vivían el cambio de su complexión con desconfianza. Thorpe había encogido, aunque afortunadamente para todos su calidad futbolística no se estuviera viendo influenciada por ello. El episodio diabético era conocido de puertas para dentro, pero ni los rivales ni la prensa eran conscientes de nada más allá de la progresiva delgadez del guardavallas de Jarrow.

Pasada la desagradable batalla con el Chelsea, Jimmy fue sintiéndose peor a cada rato y se lo llevaron al Monkwearmouth and Southwick Hospital. Tras una rápida observación, los galenos del centro sanitario certificaron que Thorpe sufría la rotura de varias costillas así como un feo hematoma en la cabeza cercano al ojo derecho. Su padre no supo de su ingreso de urgencia hasta la mañana siguiente, cuando se enteró por el periódico.

Cuatro fueron los días que Jimmy Thorpe permaneció en el hospital. El equipo médico que celosamente cuidaba del futbolista certificaba el 5 de febrero de 1936 que el meta de veintidós años había dejado de respirar para siempre después de permanecer en un coma diabético. Su padre había dejado la habitación para urgir a su nuera que acudiera a ver a su marido, que parecía pasar por sus últimos momentos. Dejaba esposa y un hijo. Jimmy falleció a causa de una diabetes mellitus y un fallo cardiaco «acelerados por el duro proceder del equipo contrario».

La comunidad de Jarrow se volcó con su ídolo hasta el punto de que la policía local tuvo que intervenir ante la muchedumbre que abarrotaba las calles circundantes a la iglesia donde tenía lugar el funeral. Seis de sus compañeros del Sunderland fueron los encargados de transportar sobre sus hombros el modesto ataúd de roble en el que yacía inerte el cuerpo de Jimmy.

El mocetón de Jarrow calienta una tarde ante los fans del Arsenal. Foto: DP.
El mocetón de Jarrow calienta una tarde ante los fans del Arsenal. Foto: DP.

El redactor del Sunderland Football Echo —tan crítico con él setenta y dos horas antes— volvía a escribir en el diario del noreste en un tono totalmente distinto al utilizado en la ocasión anterior: «Conozco a muchos que darían lo que fuera ahora mismo para no haberse expresado en unos términos tan duros como los que utilizaron en un momento tan acalorado como el que se produjo tras la imposibilidad de Jimmy Thorpe de atajar los dos goles en la segunda parte del partido de la semana pasada. No sabían que el hombre cuyos errores fueron maldecidos era realmente un héroe al continuar en juego con lo que estaba padeciendo. Tampoco yo lo sabía, y confieso ahora que habría dado lo que fuera por haberlo sabido y no haber utilizado mi pluma para escribir lo que escribí. No creo que él pudiera llegar a leerlo y, si así fue, estoy contento de no haber contribuido a entristecer sus últimos días por lo que hice, puesto que soy muy consciente de lo sensible que era con todo lo que tenía que ver con su trabajo».

La muerte de Jimmy Thorpe llevó a los responsables del fútbol inglés a reunir a su comité de expertos para decidir acerca de lo acaecido en el terreno de juego. Ese 2 de marzo, tres ancianos de entre setenta y cuatro y ochenta y cuatro años formaban la terna de la comisión decisora. Esperando fuera de la sala, por si unos jueces de edad tan provecta querían conocer su cualificada opinión, se encontraba Mr. Modlin, el médico del club. Empero, nadie llamó al doctor para escuchar su peritaje. Sí pudieron ser escuchados tres agentes de policía presentes en el encuentro y, aunque dieron contada evidencia de la agresión de la que fue objeto Thorpe, no sirvió para nada.

La dureza con la que se empleaban muchos jugadores en aquellos años pudo influir en la decisión del comité de exonerar a los futbolistas implicados y al árbitro del choque. De haber castigado la violencia de los delanteros del Chelsea y sancionado la mala praxis del colegiado, se habrían expuesto a poner patas arriba el sangriento proceder del balompié de las Islas. Tristemente, prefirieron achacar el fatal desenlace a la dolencia diabética de Thorpe y dejar así a May, su viuda, sin compensación económica alguna. El momento financiero por el que pasaba la familia Thorpe era tan delicado que cuando dieron santa sepultura a Jimmy no pudieron costearse una lápida, quedando su tumba inmerecidamente desangelada. Años después, gentes del fútbol local llevaron a cabo una colecta para que así Jimmy Thorpe tuviera la lápida mortuoria que merecía.

Los jueces de la comisión sí redactaron un anexo al dictamen que rezaba como sigue: «Creemos que el árbitro fue muy laxo y urgimos al consejo de administración de la FA a que instruyan a los colegiados para que ejerzan un más estricto control sobre los jugadores y que así se eliminen, tanto como sea posible, futuros accidentes».

Pasadas unas semanas de la tragedia y pese a la falta de voluntad en castigar a quienes tuvieron que ver con el oscuro incidente, la Federación se reunió para legislar en favor de la protección de los arqueros ingleses. Los dirigentes convinieron en abolir la norma que permitía que un jugador de campo pudiera seguir disputando el balón aunque este estuviera entre los brazos del portero e introdujeron en su lugar la imposibilidad de que el atacante levantara el pie ante un guardameta que se hiciera con el esférico entre sus brazos. El fatal episodio de Thorpe contribuyó a que esa modificada regla se transformara tiempo más tarde en otra que impide a cualquier futbolista tocar la pelota si la misma se encuentra entre las manos del guardameta, y que ha llegado hasta nuestros días.

La portería del Sunderland AFC volvió a ser defendida por Matt Middleton —a quien Thorpe había quitado el puesto tiempo atrás— hasta que tras nueve partidos, en un Tees-Wear derby jugado en Ayresome Park, el Middlesborough coló seis goles a Matt. Los del noreste ficharon a toda prisa a un crío de dieciocho años llamado Johnny Mapson y que tan solo contaba con dos partidos de experiencia en el Reading. Mapson terminó la temporada bajo palos toda vez que asombrara a la parroquia deteniendo tres de los cuatro primeros penaltis con los que fueron sancionado los de Roker Park. Los Black Cats se hicieron, en parte gracias a él, con el que fue el sexto y último entorchado liguero de su historia, y Mapson vistió los colores del Sunderland AFC en trescientas cuarenta y cinco ocasiones desde aquel 1936 y hasta 1954.

Cada miembro de la plantilla de aquel magnífico equipo que ganó la Liga del 36 con ocho puntos de diferencia sobre el Derby County y el Huddersfield Town fue obsequiado, como marcaba la tradición, con la medalla de los campeones. A la ceremonia fue invitada la viuda de Jimmy Thorpe para recibir la presea de su esposo a título póstumo dada su indudable contribución a la consecución del título. El propio Johnny Mapson se despojó de su colgante y se lo entregó a May Thorpe en un gesto de extraordinario reconocimiento a quien fuera su predecesor.

El once titular de los Black Cats posa orgulloso meses después de la muerte de Jimmy tras conseguir la FA Cup. Foto: DP.
El once titular de los Black Cats posa orgulloso meses después de la muerte de Jimmy tras conseguir la FA Cup. Foto: DP.

El 1 de febrero de 2011, setenta y cinco años después del último partido de Thorpe, el Sunderland AFC recibía en su nuevo feudo —Stadium of Light— al Chelsea para rememorar la figura de Jimmy. Los arqueros de ambas escuadras fueron protagonistas destacados aquella tarde. Tanto el local Craig Gordon como el visitante Petr Cech lucieron un brazalete negro en memoria y homenaje de Jimmy Thorpe. Un Petr Cech que llevaba su ya clásico casco negro desde que años atrás se fracturara el cráneo en un choque con Stephen Hunt, jugador del Reading. Un detalle que se podría atribuir a la casualidad o a un guiño del destino para que nunca quedara en el olvido el último servicio que Jimmy Thorpe prestó al fútbol y que sirvió para que los guardametas fueran más respetados por los rivales desde el día en que murió.

Petr Cech luce brazalete y casco negros en el partido homenaje a Thorpe. Foto: Cordon Press.
Petr Cech luce brazalete y casco negros en el partido homenaje a Thorpe. Foto: Cordon Press.


La asombrosa pericia ambidiestra de Pat Venditte

Pat Venditte. Foto: UCinternational (CC)
Pat Venditte. Foto: UCinternational (CC)

Laura Cazalilla jugaba a fútbol mucho mejor que la mayoría de los niños de mi clase. Teníamos nueve años y la flaca regateaba que era un primor. El agrietado cemento del patio de la vieja Ikastola Begoñazpi era testigo de cómo aquella apasionada niña bilbaína se magullaba las rodillas en valiente pugna con nosotros, los chicos. Laura era ambidiestra. Recuerdo con nitidez cómo en los dictados de clase se pasaba el boli Bic de la derecha a la izquierda con una asombrosa naturalidad para envidia de sus compañeros. James Garfield, presidente estadounidense de finales del XIX, escribía en griego con la izquierda mientras su mano derecha lo hacía en latín al alimón, pero Garfield había muerto hacía décadas y ninguno sabíamos de su existencia ni de su especial destreza. En septiembre de 1981 supimos que no habría más Laura. Eduardo, su hermano mayor, y ella se fueron a Urretxindorra —un centro sito en su barrio, San Adrián— y nos quedamos huérfanos de aquellos habilidosos alambres tan femeninos como tintados de cardenales y heridas que peleaban por cada balón.

Hablar de Marcial Pina es referirse a uno de los grandes nombres que ha dado el fútbol español. Diría que se trata de uno de los más olvidados, o menos reconocidos, más de tres décadas después de haber puesto fin a su carrera. Marcial, rubio y dueño de una técnica envidiable, tenía mucho gol. Centrocampista ofensivo, nació diestro y su empeño cuando era chaval le llevó a ser tan zocato como derecho… o más. Debutó con el Elche, pasó al Espanyol, ganó la liga del 74 junto a Cruyff y disfrutó de sus últimas campañas en el Atlético de Madrid. Una tarde, vistiendo de colchonero en el Camp Nou, coló un libre directo en el arco azulgrana. Ya en la segunda parte, volvió a hacer inútil la estirada del bueno de Peio Artola, también de golpe franco. La primera falta, con la izquierda de fuerte remate. La segunda, colocada y con la derecha. Nadie en la historia de la competición había marcado —ni lo ha vuelto a hacer— un gol con cada pierna en el mismo partido a balón parado. Marcial, el blondo asturiano, colgó las botas desgastadas por igual décadas después de domar su pierna izquierda a base de disparar balonazos con ella contra una pared.

Larry Bird se valía de ambas manos para tener mayor ventaja sobre sus rivales en la competitiva NBA de los ochenta. Cuando su superioridad le provocaba aburrimiento durante el transcurso de un partido, buscaba alternativas que le motivaran. Llegaba incluso a apostar con algún conocido del banquillo rival a que era capaz de encestar un par de triples consecutivos con la mano izquierda. Al terminar el choque, el alero de los Celtics se pasaba por el vestuario rival a recoger los billetes retados. Lo hizo, verbigracia, con Bill Fitch cuando este dirigía a los Nets de Nueva Jersey tras haber pasado por Boston. Jugando en Portland el día de san Valentín de 1986, decidió que iba a mirar a canasta con las dos manos. La noche anterior venía de firmar un triple doble de treinta y cinco puntos, quince rechaces y once asistencias en la vecina Seattle. Los aficionados del anciano Veterans Memorial Coliseum de Portland fueron testigos de cómo el número 33 regaló una actuación inédita hasta entonces. No solamente repitió triple doble veinticuatro horas después del anterior (cuarenta y siete puntos, catorce rebotes y once pases de canasta), sino que veintidós de sus cuarenta y siete tantos fueron obra de su mano izquierda. Tras el que ha pasado a la historia como «The Left Handed Game», el rubio de Indiana declaró que únicamente había tratado de prepararse mejor para jugar cuarenta y ocho horas después en Los Ángeles ante los magníficos Lakers de Magic Johnson, a los que asimismo vencieron con un 22/18/7 personal.

Resumen de la exhibición con ambas manos de Bird.

Suele ser habitual que cuando alguien descubre mi pasión por el béisbol tuerza el gesto acompañando el mohín con alguna de las siguientes expresiones: «Tiene una reglas muy complicadas y no me entero de nada», «Es un juego muy aburrido, supongo que en vivo será otra cosa» o «No sé cómo a los americanos les puede gustar un deporte tan estático». Sea como fuere, los amantes del bate, el guante y la pelota blanca de costuras rojas sabemos que no existe otro juego con más matices, hitos, posibilidades y registros estadísticos. La Major League Baseball (MLB) es la liga profesional norteamericana en la que a día de hoy quince franquicias de la American League (AL) y otras tantas de la National League (NL) disputan ciento sesenta y dos encuentros de liga regular en ciento ochenta días, desde abril hasta septiembre. Cada equipo compite en seis o siete partidos a la semana durante ese medio año que sirve de antesala a unos playoffs que van a desembocar en las World Series o Series Mundiales, las finales al mejor de siete encuentros.

Pese a que pudiera parecer una rareza, las plantillas de equipos como los New York Yankees, los Boston Red Sox, los Chicago Cubs o los San Francisco Giants cuentan con uno o más bateadores ambidiestros. Se les conoce como switch hitters y se dan maña para batear la pelota desde ambos lados. Los switch hitters prefieren una de las dos posturas sobre la otra pero, habitualmente, escogen la que más les conviene en función de la naturaleza del pitcher o lanzador al que se enfrentan. La efectividad de un pitcher diestro es mayor cuando se enfrenta a un bateador derecho y le ocurre lo mismo al lanzador zurdo si el que batea también lo es. Por ello, si quien lanza desde el montículo es diestro, el switch hitter escogerá normalmente la postura de zurdo para batear; si el pitcher es zocato, empuñará el bate a derechas. Circunstancias como estas ocurren en casi todos los partidos y forman parte del paisaje más habitual de este deporte pese a que el porcentaje de bateadores ambidiestros en la MLB represente solo alrededor del 18% de los atacantes. La historia del béisbol profesional comenzó a forjarse en la década de los setenta del siglo XIX y desde entonces un exiguo 6% de los bateadores ha sido switch hitter. El incremento del porcentaje de los mismos en los últimos años se debe a dos razones. Principalmente a la llegada de un césped sintético llamado AstroTurf —ya prácticamente en extinción— que permitió llevar más la pelota al suelo y correr más rápido las bases, trayendo con ello una mayor especialización entre los bateadores. El otro porqué, Mickey Mantle y su legado.

Mickey Mantle practica su swing desde el perfil diestro ante la mirada de jugadores de los Kansas City A's. Foto: New York Yankees (DP)
Mickey Mantle practica su swing desde el perfil diestro ante la mirada de jugadores de los Kansas City A’s. Foto: New York Yankees (DP)

Mantle vistió la camiseta a rayas de los Yankees en dieciocho campañas durante las décadas de los cincuenta y sesenta. Ganó en siete ocasiones las World Series y fue elegido MVP de la American League tres veces. Jugador de gran poder de bateo, golpeaba desde ambos lados gracias a sus mayores. Siendo Mickey un niño, bateaba desde la izquierda siempre que era su padre —diestro— quien ejercía de lanzador. Si hacía de pitcher su abuelo, que era zurdo, Mantle sacudía el leño solo desde el lado derecho. Así derivó en un switch hitter extraordinario.

Él se consideraba un bateador diestro pese a su doble habilidad pero el caso es que durante su larga carrera golpeó la bola muchas más veces desde el costado izquierdo debido a que la mayoría de los pitchers son diestros, hecho que hizo que Mantle consiguiera más home runs como zurdo que desde su perfil preferido (372 contra 164). Pese a todo, conectaba la bola en juego con mayor efectividad desde la derecha (con una excelente media de .330 o 33%) que desde el lugar desde el que aprendió a batear con su padre (.281).

Mantle bateando como zurdo. Foto: New York Yankees (DP)
Mantle bateando como zurdo. Foto: New York Yankees (DP)

Tal fue la huella que dejó Mantle entre los aficionados de aquellos años que los padres de algunos de los jugadores del último cuarto de siglo se empeñaron en someter a sus hijos a los entrenamientos del estilo padre/abuelo que recibió el poderoso yankee nacido en Oklahoma. Carlos Baerga, portorriqueño con una carrera de catorce años en la MBL, lo confirma: «Mi padre me hizo switch hitter cuando yo tenía once años (1979) porque amaba a Mickey. Muchos padres han hecho eso».

La figura del pitcher es la más particular en el béisbol, la más distinta a las demás, incluida la del catcher o receptor. En el lanzador descansa una parte muy importante del desarrollo del partido desde la defensa. En la AL el pitcher nunca batea, haciéndolo en su lugar y en cada ocasión ofensiva el designated hitter (DH) o bateador designado. En la NL, sin embargo, el lanzador entra en el turno de bateo como un jugador más hasta el momento en el que sea relevado por otro pitcher. En cualquier caso, nadie espera que un pitcher resulte relevante con el bate ni mucho menos. Los hay que tienen cierta habilidad aunque son la inmensa minoría y su aporte ofensivo jamás pasa de ser residual a la larga.

El pitcher desafía al bateador desde una distancia de 18,44 metros subido a un montículo de arena de de 25,4 centímetros de altura. El objetivo del lanzador es el de eliminar a su oponente con el respaldo del catcher situado en cuclillas detrás del bateador. Para ello pitcher y catcher convienen el tipo de lanzamiento que realizará el primero mediante las señas que el receptor le vaya proponiendo. Cada pitcher tiene un repertorio determinado de lanzamientos que normalmente varían entre tres y cinco tipos dependiendo de la habilidad y preparación de este. Los tipos de lanzamientos se pueden agrupar en tres grandes clases: fastballs, breaking balls y changeups, que a su vez se subdividen en múltiples tipos tales como four-seamer fastball, sinker, slider, curveball… Todos ellos dependen de la manera en la que el pitcher agarre la pelota y en la mecánica que realice a la hora de lanzar. Ambos aspectos resultan clave para que una bola pertenezca a una determinada tipología y, por supuesto, para que llegue a su destino en la mejor disposición de resultar efectiva.

Pat Venditte es un pitcher de treinta años que juega como reliever o relevista. El reliever es el pitcher que ha de cubrir alguna parte de los nueve innings o entradas que no es capaz de completar el pitcher titular, bien por una mala actuación o por el cansancio resultante de haberse empleado a fondo en la horquilla de los 90-110 lanzamientos. Venditte es una rara avis que a simple vista no llama la atención si conoces que se gana la vida como lanzador de las Grandes Ligas. Si acaso, resulta un tanto pequeño en comparación con el común de sus colegas de montículo, pues mide 1,85 y pesa 81 kilos. Pero Pat sí destaca por su inusual destreza.

Pat Venditte nació en Omaha (Nebraska) y es hijo de Pat Venditte Sr., que jugó al béisbol en la universidad como catcher. No fue la carrera del padre en absoluto destacable, pero sí extrajo una conclusión de su experiencia como complemento del pitcher en sus años colegiales: si alguno de sus hijos llegaba a demostrar alguna inclinación por el béisbol y, en concreto, por ocupar la posición de lanzador, sería él quien construiría deportivamente a alguien prácticamente único. De los cuatro hijos de Pat Sr. y Janet, Pat Jr. fue quien acabó siendo objeto del experimento paterno.

Pat mostró muy pronto ser diestro y su padre supo que se tendría que encargar de su brazo natural pero, sobre todo, del izquierdo. El progenitor se hizo con el pack completo para dotar a su hijo de tres años de las herramientas necesarias para convertirse en ambidiestro. Para ello, instaló en el jardín de su casa césped artificial AstroTurf, una jaula de bateo, un radar para medir la velocidad de lanzamiento y una máquina para lanzar bolas de manera automática. Pat Sr. le educó también en el chut del balón de fútbol americano con ambos pies para que dominara de paso el recorrido que las piernas realizan durante la mecánica del lanzamiento en el béisbol. La idea de Pat Sr. comenzó a proporcionarle al niño sus primeros resultados compitiendo en la Little League, la prestigiosa liga de béisbol organizada en los EE. UU. desde 1939 para chavales de cuatro años en adelante. La práctica del proyecto de doble habilidad no redundó en que el joven Pat se convirtiera en un lanzador verdaderamente dominante, pero sí conseguía aturdir a los rivales y, sobre todo, le abría un hueco en las cada vez más competitivas plantillas gracias a su especial dotación. Así fue al menos hasta que, tras dejar atrás el equipo del high school de Omaha Central, dio con sus huesos en la Creighton University de su localidad natal.

Su primer año con los Bluejays no resultó sencillo. Su coach le prohibió expresamente hacer uso de ambos brazos porque no quería que aquello pareciera «un circo». El hecho de ser un freshman unido al veto que le impusieron de no poder disparar desde ambos costados llevaron a Venditte a disputar solo cinco partidos, aunque él no se dio por vencido. Ya como sophomore se las ingenió para poder lanzar con los dos brazos con interesantes resultados: Pat fue capaz de encajar solamente 3,02 carreras por cada nueve entradas disputadas. Aun así, lo mejor estaba por llegar.

El tercer año, el de junior, los jesuitas de Creighton ya presumían de un reliever que destacaba por su efectividad sobre el montículo, por su durabilidad como relevista y por haber sido nombrado jugador de la semana del béisbol universitario nacional durante la última semana de mayo de 2007. Esa temporada, Venditte fue capaz de dejar a sus oponentes en un .185 de bateo (18,5 éxitos de cada 100 intentos), encajó tan solo 1,85 carreras por cada nueve entradas y participó como apagafuegos en treinta y seis de los cincuenta y ocho choques de los Bluejays. Unos números que le llevaron a ser elegido para el equipo ideal de la Missouri Valley Conference, como MVP del Torneo de Conferencia —que ganó su universidad por primera vez en la historia— y, a modo de broche final, fue escogido All-American en el tercer equipo del país.

A las puertas del verano, los New York Yankees eligieron a Venditte en la 30.ª ronda. El jugador había advertido a todos los equipos profesionales que se habían interesado en él de que iba a retornar a las aulas para completar su ciclo universitario. Pese a ello, los neoyorquinos dieron su nombre el día del draft pensando que su extraordinaria reputación como franquicia haría que el chico les diera el sí. El 15 de agosto era el día límite para firmar el contrato pero Pat no cedió. Volvió con los jesuitas con el fin de conseguir un par de logros que consideraba necesarios para convertirse en pitcher profesional: añadir un lanzamiento extra al repertorio de su brazo derecho y conseguir una mayor velocidad con el izquierdo.

Con el chico de Omaha licenciado y los dos objetivos logrados, los insistentes Yankees volvieron a escogerle en el draft siguiente. Esta vez en la 20.ª ronda. Un sorprendido Venditte estampó su autógrafo en cuanto le pusieron el contrato delante.

Si el salto de la universidad al deporte profesional no resulta nada sencillo, y más aún si no eres una estrella con un potencial sin discusión, el camino que han de recorrer los jóvenes para llegar a la MLB puede ser largo y tortuoso. Tan complicado, que son legión aquellos que no llegan a debutar jamás en las Grandes Ligas. Las franquicias de la MLB disponen de una serie de equipos afiliados en las Ligas Menores a los que se les identifica con las letras de A, AA y AAA, en función del nivel de la liga en la que juegan. La clase AAA es el escalón previo a la MLB, el último salto a realizar antes de, quién sabe, poder convertirte en uno de los setecientos cincuenta privilegiados repartidos entre las plantillas de los treinta equipos pata negra.

Escasos días después de firmar por los de Nueva York, Pat debutaba con sus afiliados de la Clase A, los Staten Island Yankees. Y lo que allí ocurrió iba a hacer pasar al chico directamente a la historia del béisbol profesional el mismo día de su estreno en las Ligas Menores.

El 19 de junio de 2008, Venditte se disponía a lanzar la pelota a Ralph Henríquez de los Cyclones de Brooklyn con el brazo izquierdo. Henríquez, uno de tantos bateadores ambidiestros que uno se puede encontrar a lo largo y ancho del país, se dispuso como diestro. Pat, entonces, cambió de postura para hacerle llegar la bola con la derecha y Ralph mudó a zurdo. Estuvieron variando sus disposiciones posturales ante las sucesivas reacciones del rival durante casi un minuto para asombro y algarabía de los allí asistentes. Las imágenes —pese a tratarse de un encuentro muy menor— dieron la vuelta al país, como es natural por aquellos lares. Los responsables de los equipos acudieron a los jueces para acabar con el sinsentido de los constantes cambios y estos decidieron improvisar para no alargar más el inesperado juego del gato y el ratón. Acordaron que el pitcher tendría que anunciar con qué brazo iba a mandar la pelota al atacante y que, tras hacerlo, este último podría elegir desde qué lado batearía. Asimismo, el pitcher no podría lanzar con otro brazo que no fuera el previamente escogido hasta enfrentarse a un nuevo rival. Aquel episodio llevaría a la misma MLB semanas después a incorporar como norma a su complejo reglamento la solución que improvisadamente dieron los jueces del Staten Island-Brooklyn y que ha trascendido en el uso de profesionales, aficionados y periodistas como «The Pat Venditte rule».

Vídeo de la extraña escena completa que daría lugar a la regla Pat Venditte.

Henríquez, como se puede observar en las imágenes del vídeo, fue eliminado por strikeout (tres strikes o fallos del bateador) en aquel turno de bateo y su desmedida reacción desnudó su enorme enfado.

Mandar la pelota desde el montículo y que pase a través de la caja imaginaria conocida como strike zone situada a la altura del bateador no es tarea sencilla. O al menos, no es algo fácil de realizar si por el camino la obligación del lanzador es la de engañar a su oponente. Dependiendo del tipo de lanzamiento que escoja el pitcher, la bola viajará hacia el atacante —salvo excepciones— a una velocidad entre los 130 y 160 kilómetros por hora buscando traspasar esa caja. Fuerza y precisión bola tras bola. La strike zone es un prisma de orientación vertical y planta pentagonal que se sitúa junto al bateador y que va desde sus rodillas hasta la mitad de su torso. Al ser un prisma imaginario, es decisión del umpire o juez de home, que trabaja detrás del catcher, validar el lanzamiento como strike (exitoso para el pitcher por haber atravesado la strike zone) o como ball (fracaso para el lanzador por hacer arribar el esférico fuera del prisma).

Convertirte en un lanzador lo suficientemente bueno como para llegar a la MLB y lograr establecerte es una tarea titánica. Poder alcanzar esa cota siendo fiable con ambos brazos, parece poco menos que imposible.

Durante el pleistoceno beisbolero, en el último cuarto del siglo XIX, se dieron unos pocos casos de pitchers capaces de mostrar cierta habilidad con los dos brazos. Aquellos pioneros que osaron retar a la naturaleza en alguna jornada fueron Tony Mullane, Larry Corcoran, George Wheeler y Elton Chamberlain. Tras ellos, hubo que esperar poco más de cien años para que el béisbol profesional contemplara con asombro las acciones ambidiestras de un lanzador. Era el 28 de septiembre de 1995 y la temporada regular estaba a punto de echar el telón. Greg Harris, pitcher diestro de los Montreal Expos —franquicia que hoy es la de los Washington Nationals— estaba subido en el montículo por penúltima vez en su carrera. Harris se iba a retirar del béisbol cinco días después y se dio el capricho de lanzar algunas bolas como zurdo. En la última entrada del choque frente a los Reds de Cincinnati, eliminó como diestro al poderoso Reggie Sanders y se pasó a zurdo. Desde su improvisado perfil zocato no pudo evitar concederle una base por bolas al zurdo Hal Morris y se las ingenió para que Ed Taubensee bateara defectuosamente mandando la pelota al suelo pero cerca de uno de los defensores. Eliminados Sanders y Taubansee, Harris cerró ya el partido disparando con su brazo bueno para eliminar a Bret Boone.

Greg Harris el día que se animó a lanzar con la izquierda.
Greg Harris el día que se animó a lanzar con la izquierda.

Durante la centuria del XX, Morris y Taubansee fueron los únicos bateadores que se enfrentaron a un lanzador que, pese a no serlo, hizo de ambidiestro por una vez en la previa a su adiós definitivo. De ahí la superlativa rareza que supone el caso de Pat Venditte. Quién iba a sospechar a comienzos de los ochenta que aquel niño, que comenzó a arrojar la pelota indistintamente con las dos manos a la temprana edad de tres años, acabaría pudiéndolo hacer profesionalmente. Venditte, tras su paso por los Staten Island Yankees, se fue ganando modestamente el jornal en las Ligas Menores —siempre bajo el paraguas de la franquicia de los Yankees— y en ligas de invierno como la mexicana desde los veintitrés años a los veintinueve, cuando tras convertirse en agente libre firmó el invierno de 2015 por los Athletics de Oakland para jugar en su afiliado Nashville Sounds de la Clase AAA.

Venditte lanza desde ambas lados con el uniforme de Nashville. Imagen: Foto greensboro_nc (CC)
Venditte lanza desde ambas lados con el uniforme de Nashville. Imagen: Foto greensboro_nc (CC)

Los Oakland A’s son una modesta franquicia de la AL, de gran éxito en la MLB a comienzos de los setenta y finales de los ochenta, que está patroneada por el conocido Billy Beane, protagonista del best seller Moneyball y cuya historia fue llevada al cine con Brad Pitt en el papel de Beane. El pasado junio, los A’s decidieron llamar a Pat para que formara parte de la plantilla de su equipo de la MLB con el fin de que aportara valor a la débil rotación de lanzadores relevistas de una franquicia californiana que había comenzado mal la temporada.

Billy Beane y Brad Pitt haciendo de Beane en Moneyball. Imágenes: NBC / Specialty Films.
Billy Beane y Brad Pitt haciendo de Beane en Moneyball. Imágenes: NBC / Specialty Films.

El día 5 de junio —llegada la séptima entrada de un Boston Red Sox–Oakland A’s— debutaba el hijo del empecinado Pat Sr. El marco de su estreno difícilmente podía ser mejor: el más que centenario Fenway Park de la capital de Massachusetts. El lugar donde comenzara su espectacular carrera el mítico Babe Ruth o el que fuera el único hogar del incomparable Ted Williams, el último bateador en conseguir una media de bateo por encima del .400.

Con el marcador señalando un 4-2 a favor de los Red Sox, Venditte recibió la señal de su entrenador y se hizo con su particular guante de pitcher ambidiestro. El guante, en lugar de tener cinco agujeros para los mismos dedos de una mano, tiene seis, estando el primero y el sexto destinados a los pulgares según lo utilice con la mano izquierda o con la derecha. Cabe destacar que el padre de Venditte comenzó a encargar el guante para seis dedos a una compañía japonesa cuando Pat Jr. tenía siete años. Esos japoneses, Mizuno, son de un tiempo a esta parte, amén de proveedores, patrocinadores de Venditte tras una relación comercial de más de veinte años.

El particular guante de Pat Venditte. Imagen: Arizona Sports FM.
El particular guante de Pat Venditte. Imagen: Arizona Sports FM.

El debutante de veintinueve años fue capaz, de una u otra manera, de eliminar como zurdo a Brock Holt y lanzando desde la derecha a Hanley Ramírez y Mike Napoli en esa séptima entrada. Bob Melvin confió también en Pat para la octava y penúltima entrada y este no le defraudó, eliminando a Xander Bogaerts, Mookie Betts y Blake Swihart con el brazo derecho. Su mujer y sus suegros pudieron asistir al feliz acontecimiento desde las viejas gradas verdes del estadio de los Red Sox.

El debut en la MLB del único switch pitcher en activo.

Desde entonces, y con una lesión de por medio, Pat Venditte ha participado en veinte partidos para un total de más de veintiuna entradas. Y pese a que la media de carreras por cada nueve entradas que ha permitido producir a los rivales es considerablemente alta (5,48 frente a las 4,02 de media en la American League), de lo que no cabe ninguna duda es de que Venditte es alguien tan único que llama la atención a quienes como John Farrell, técnico de la escuadra rival el día de su debut, llevan varias décadas en la liga: «Lo de esta noche ha sido verdaderamente asombroso. Ver lanzar a Venditte es… es algo notable ver de lo que puede ser capaz el cuerpo de una persona. Incluso nuestros pitchers estaban como maravillados viéndolo desde el banquillo. Está claro que puede enfrentarse a bateadores zurdos o diestros con el brazo que él elija. Tiene un arsenal de lanzamientos de la calidad que se requiere para poder hacerlo».

El mismo Venditte habla de qué tipo de bolas manda al bateador: «Como zurdo, mi repertorio se basa en fastballs, sliders y changeups, sobre todo desde el costado. Cuando lanzo como diestro, mezclo más. Mi repertorio desde la derecha consiste en los tres lanzamientos antes citados y suelo incluir también fastballs que salen desde arriba y una curveball. Así es como he llegado a tener éxito». Pat no es un lanzador poderoso, sin que ese detalle desmerezca su labor como pitcher. La fastball o bola rápida que lanza con el brazo derecho apenas roza los 140 km/h y es unos 8 km/h más lenta si la lanza con la izquierda.

Cada tipo de lanzamiento tiene un agarre (1) y un movimiento distintos (2). Imagen cortesía de www.lokeshdakhar.com
Cada tipo de lanzamiento tiene un agarre (1) y un movimiento distintos (2). Imagen cortesía de www.lokeshdakhar.com

Es posible que la carrera de Venditte no llegue demasiado lejos pero de lo que no cabe ninguna duda es de que quienes le vimos debutar en directo a través de la pequeña pantalla, asistimos a uno de los espectáculos menos habituales y más electrizantes de entre los que se pueden disfrutar en el deporte hoy en día.

La porfía de su padre, su propio esfuerzo, su paciencia de todos estos años recorriendo centenares de pequeños campos en busca de una oportunidad entre los grandes y esa aptitud tan única han llevado a Pat Venditte a formar parte de la gran historia del deporte profesional, incluso si nunca más se volviera a vestir como deportista.

Venditte calienta antes de entrar en acción con los dos brazos.


«El Mundial olvidado» al descubierto

«Cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas»

El esqueleto de Guillermo Sandrini, operador cinematográfico, aparece enterrado en un descampado de Villa Chocón en la Patagonia. Los restos de Sandrini abrazan un cámara de cine de 16 mm. de capacidad subacuática. El finado había sido contratado para grabar la Copa del Mundo de fútbol de… ¿1942?

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La sorpresa es generalizada en Argentina. Quienes comienzan a dar explicaciones públicas acerca del descubrimiento arrojan un dato clave para la historia del balompié internacional. Dentro de la cámara de Sandrini podría encontrarse la bobina que habría registrado la final del Mundial de 1942. Pero qué coño Mundial 42…

«Lo del Campeonato del Mundo de fútbol en la Patagonia, creemos que es una fantasía… pero siempre hay algo de verdad en la fantasía», reconoce Osvaldo Bayer, historiador y escritor argentino.

Es el comienzo de Il Mundial dimenticato (The lost World Cup) un trabajo de los italianos Lorenzo Garzella y Filippo Macelloni que se estrenó en los cines italianos el 1 de junio de 2012. El punto de partida resulta inquietante y, sobre todo, sorprendente. ¿Un torneo mundial en 1942 y no había constancia general sobre el particular?

Basta situarse en aquel lejano año 42 para comprender inmediatamente que a la Segunda Guerra Mundial todavía le quedaban tres desesperantes años para tocar a su fin. El fútbol, al menos en Europa, no era objeto de debate ni preocupación. La última campeona del mundo, la Italia de Mussolini, bastante tenía con tratar de librar una batalla bélica que si bien se antojaba desigual, nadie estaba en aquel entonces en condiciones de asegurar nada acerca de su desenlace. La FIFA ya había advertido al comenzar la cruenta contienda en 1939 que no habría cita mundialista en 1942 a pesar de que los rectores del fútbol habían tenido sobre la mesa tres candidaturas para albergarla.

La Alemania de Adolf Hitler, el Brasil de Getúlio Vargas y la Argentina de Agustín Pedro Justo se habían ofrecido en 1936 para poder ser sede mundialista seis años más tarde y a pesar de que los de Justo —a diferencia de Brasil y Alemania— mantuvieron su neutralidad durante la guerra, el panorama no parecía ser el más propicio para la disputa de torneos deportivos. Así se ha escrito la historia hasta 2011, año en el que Garzella y Macelloni firman el concienzudo trabajo cinematográfico que nos ocupa. La aparición bajo tierra de los huesos del realizador Sandrini asiendo su viejo utensilio de trabajo puso en alerta al periodista local Sergio Lewinsky, alguien que llevaba tiempo reuniendo piezas de un puzle que no acaba de casar. Algo faltaba para darle carta de crédito al Mundial de la Patagonia de 1942.

«En 1991, en uno de mis primeros viajes a Argentina, me encontré con un viejo entrenador de fútbol que me habló de un Mundial organizado en 1942». Quien así se expresa ante la cámara no es otro que el genial exfutbolista transalpino Roberto Baggio.

baggio

«La primera Copa del Mundo, aunque no fuera oficial, en la que participó Inglaterra fue aquella de 1942. Aunque es cierto que no se sabe demasiado sobre aquel Mundial», revela Gary Lineker, delantero inglés que jugó en el FC Barcelona entre otros equipos.

Lineker

El escritor y periodista italiano Darwin Pastorin reconoce haber escrito sobre el Mundial de 1942 «hace muchos años, como consecuencia de una carta que había escrito un tío mío de Verona que se había marchado a Sudamérica y en la que afirmaba haber querido participar en aquel evento. Aunque siempre he pensado que la misiva era bastante fantasiosa».

Jorge Valdano, sentado en un Bernabéu vacío, también hace su aparición en el film. «El mito está relacionado al misterio. En los tiempos actuales donde la televisión lo muestra todo, es mucho más difícil llegar a convertir en leyenda un partido», declara el campeón del mundo del 86.

Víctor Hugo Morales, el radiofonista que marcara a medias con Maradona el gol del «barrilete cósmico» añade su parte desde el estudio donde trabaja. «En todo lo que yo escuché hablar de este Campeonato del Mundo de 1942, hay circunstancias muy llamativas. Aquello de los indígenas que hipnotizaban a los atacantes rivales. Y es probable que como el poder es el que elige qué es lo que hay que recordar, ningún poder haya tenido demasiado interés en que esto fuese evocado».

morales

Mas hasta el cuasi centenario expresidente de la FIFA, el brasileño Joao Havelange recibe la visita de la pareja italiana para que dé su parecer al respecto de semejante sorpresa. «No, yo no he conocido ese campeonato. Pero si es ficticio debe tener un valor, y este valor, aunque sea ficticio, es importante para el fútbol».

Sergio Lewinsky ya había escrito en 1998 acerca del torneo y en las líneas que dejó aclaraba dos aspectos. El primero hacía referencia a la falta total de información acerca del mismo en los libros de historia, el segundo incidía en el lugar de la celebración del campeonato: la Patagonia.

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El viaje de Lewinsky comenzó de manera fortuita en Cinco Saltos (provincia de Río Negro) en la Patagonia argentina, en una decadente pulpería donde el tiempo parecía haberse parado hacía cuatro décadas. En una de las esquinas de la barra, Lewinsky reparó en una vieja fotografía sencillamente enmarcada que mostraba a dos equipos de fútbol posando solemnemente junto al trío arbitral y unos señores de traje con el siguiente pie de foto: «8 de noviembre de 1942, Barda del Medio. Partido inaugural de la Copa del Mundo de fútbol Italia-Royal Patagonia». Junto a aquella inquietante imagen, otra de la Copa Jules Rimet que parecía original y verdadera. Esa fue la chispa que le llevó a Sergio a investigar como él mismo relata en imagen.

pulperia

Martin Ferri, el que fuera responsable de la pulpería desde 1933 hasta 1991 se explica en un español que mezcla con su italiano de origen: «Aquel día [el de la inauguración de la Copa del Mundo] fue un día glorioso para los italianos. Aquellos jóvenes, que desafiando al fascismo, llegaron a ese lugar olvidado de Dios y de la guerra para intentar llevarse la Copa Rimet que la misma Italia había ganado en París el año 38».

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La incredulidad, el asombro y el regocijo del espectador van en aumento según pasan los minutos y crece aún más cuando nos presentan al muñidor de esta bendita locura del 42. Una grabación radiofónica de diciembre de 1941 nos sirve para comenzar a saber quién era el Conde Otz: «El Mundial de la Patagonia será recordado dentro de cien años como el evento deportivo más importante del siglo XX. Será la única manifestación capaz de parar la guerra. Aquellos que ahora se ríen de mí, leerán mi nombre en las páginas de los diarios de todo el mundo».

¿Pero quién era este noble visionario? Vladimir von Otz era un adinerado benefactor europeo que manejaba un discurso similar al de Jules Rimet, presidente de la FIFA, que estaba como él empeñado en que la guerra se podría parar si se conseguía celebrar la Copa del Mundo. Ambos idealistas habían tenido a bien reunirse en Buenos Aires para que la Patagonia acabara siendo el escenario del evento. Y como se va viendo durante la historia de Garzella y Macelloni, el Conde Otz era difícil de desanimar. Tanto él como el cineasta Guillermo Sandrini resultan imprescindibles en este Mundial sorprendentemente descubierto que se nos va mostrando. Sandrini es un camarógrafo de provincias pero muy amigo de la constante innovación y eso satisface a Otz. Ambos acuerdan cubrir el próximo evento al estilo de Leni Riefenstahl en los Juegos de Berlín 36. Tratar de que el ímprobo esfuerzo del Conde por sacar adelante semejante empresa quede para la historia filmado como una obra de arte, como algo único.

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El verano del 41 el Conde Otz recorre los principales municipios de la Patagonia para reunir, entorno a la gran obra del dique de Barda del Medio que entonces se llevaba a cabo, a la población local así como a los representantes de las distintas comunidades de inmigrantes existentes. Es ahí donde se cierra el trato. Se disputará la cuarta Copa del Mundo de fútbol en la Patagonia con un total de doce equipos compuestos por obreros, mineros, ingenieros, militares, excavadores, pescadores, exiliados y revolucionarios fugados mezclados con unos pocos futbolistas profesionales. Países como Alemania, Inglaterra, Escocia, Polonia e Italia se enfrentarían entre sí y ante equipos tan llamativos como el Real Patagonia o el Mapuches, compuesto por uno de los grupos indígenas de la región dotados de una habilidad futbolística ignota pero muy valiosa.

italia

El resto de esta alocada, desconocida y admirable aventura puede paladearse en este impagable trabajo de la pareja italiana de cineastas que lleva por nombre Il Mundial dimenticato (The lost World Cup). Una auténtica sorpresa para los mayores amantes del balompié y no exenta de drama, racismo, amor, infidelidad, magia y habilidad futbolística que está disponible desde hace más de un año y que permanece casi tan silente como la historia del Mundial de 1942 esperando que el buen aficionado caiga en sus redes.

¿Puede ser cierto que se descubra una historia como esta casi siete décadas después? Esa es la cuestión que resuelve esta pieza de producción italo-argentina de 93 minutos de duración. ¿Te la vas a perder?


René Petit, el futbolista de la N-1

René Petit

Mi abuelo materno supo muy pronto que su nieto primogénito le había salido del Athletic Club. Quizá por eso y dado que era eibarrés, que suponía no ser ni guipuzcoano ni vizcaíno del todo, nunca me reveló sus colores. Hacía como que pasaba por realista de cuando en vez, si bien tengo para mí que era tan rojiblanco como yo. Sea como fuere, los 22 años que coincidimos solo le pude sacar dos afirmaciones balompédicas. La primera, y debido a sus estudios en Inglaterra en los años 20, que era del Derby County. La última, que de poco valía cualquier cosa que fuera capaz de presenciar en un campo de fútbol porque no había tenido la fortuna de poder ver jugar a René Petit.

René Petit. Recuerdo habérselo oído teniendo yo siete años y habiendo cumplido la mayoría de edad. A ver, que mis abuelos a comienzos de los 40 se fueron de viaje de novios a La Coruña y estuvieron viendo jugar al Athletic de Zarra y Gainza… Pues no, René Petit.

René Petit de Ory nació prácticamente de manera casual en la francesa localidad de Dax. Hijo de un ingeniero francés y una madrileña, se crió en Guipúzcoa lindando con el país vecino. Cuando entraba en la adolescencia, su familia puso rumbo a Madrid y así su hermano Jean y él comenzaron a practicar el foot-ball a modo de hobby. Sería en el renombrado colegio madrileño de El Pilar, que acogió en sus aulas a los jóvenes Petit. En su patio, René empezó a destacar como ariete y así a sus 14 años ya consiguió debutar con el primer equipo del Madrid FC. René y Jean, su hermano mayor, eran merengues a todos los efectos aquella temporada de 1914/15.

El que un lustro después recibiría la distinción de Real, y que acabaría siendo considerado el mejor club de fútbol del siglo XX, había dominado la Copa de España durante la última mitad de la primera década del siglo, pero cuando ingresan los Petit en sus filas era el Athletic Club quien mandaba en la competición nacional. De hecho, en la segunda temporada de René, los madrileños se enfrentan a los bilbaínos de Pichichi en la finalísima copera en la que caen por un abultado 4-0 con tres goles de Félix Zubizarreta. En la final de Barcelona, René es alineado en el centro del campo. Jean juega de interior zurdo. El 9 es para un joven de 20 años que tiene mucha facilidad para perforar la meta contraria: Santiago Bernabéu.

René pierde su primera final a los 16 pero su ya destacado juego permite que su equipo repita cita la siguiente temporada. En esta ocasión el rival es el Arenas de Guecho. Madrileños y vizcaínos empatan a cero en los 90 minutos del encuentro y se disputa una prórroga de 20 minutos más, divididos en dos partes, en la que tampoco hay goles. El agotamiento y, sobre todo, la falta de luz hace que ambos equipos se citen dos días después para resolver la Copa del Rey de 1917 en el mismo campo de la Ciudad Condal. A los 15 minutos de comenzado el partido del 15 de mayo, Manuel Suárez adelanta a los areneros en el marcador y así se mantiene el tanteo hasta el 75 en el que entre una maraña de jugadores rivales, René Petit —esta vez como 9— logra colar un chutazo raso lejos del alcance de Jáuregui —quien minutos antes había sido capaz de atajarle un dudoso penalti al donostiarra Machimbarrena—. El tanto de Petit servía para que las tablas llevaran la contienda a otra prórroga de 20 minutos que no sirvió para dilucidar el vencedor. Hubo de jugarse otra más de la misma duración para que el madridista Ricardo Álvarez deshiciera el empate y la Copa pudiera viajar a la capital nueve años después de la conseguida en 1908. La felicidad de René Petit era parcial. Su hermano Jean había sido llamado a filas por Francia para luchar en la Primera Guerra Mundial escasos días antes de la disputa del título. Para colmo de males, ese mismo año caería gravemente herido en el frente quedando inútil para la práctica deportiva. El interior izquierdo del Madrid FC había quedado huérfano tras la marcha de Jean a la guerra hasta el punto de que Arthur Johnson, el coach madridista, había utilizado dos interiores izquierdos distintos en ambos encuentros de la final: Luis Saura y Fernando Muguiro. Único cambio blanco entre un partido y otro.

Tras esas dos exitosas campañas del jovencísimo René en el Madrid —con 13 goles en 29 partidos—, decidió aceptar una oferta del Real Unión de Irún, potente club de su tierra que dos años antes se había formado como consecuencia de la fusión del Racing Club de Irún y el Irún Sporting Club —enemigos acérrimos hasta entonces—. La muerte de Jean y la llamada del equipo de su pueblo hacen que Petit vea con buenos ojos volver a casa, si bien tiene que asistir semanalmente en moto a la Facultad de Ingeniería de Caminos en Madrid donde se acababa de matricular. En Irún le esperaban futbolistas de la talla de Juanito Legarreta o Patricio Arabolaza.

Quiso el destino que el Real Unión alcanzara la final de la Copa del Rey de ese 1918 y que su adversario no fuera otro que el Madrid FC que tan bien conocía René. El partido se disputa en el madrileño estadio de O’Donnell y a pesar de las numerosas jugadas polémicas que discuten los locales, los iruneses dominan el choque con una sobresaliente actuación de René Petit y los dos únicos tantos de su compañero Legarreta. Petit gana su segundo trofeo consecutivo defendiendo dos camisolas distintas. Es un centrocampista que marca la diferencia por su visión de juego, su fortaleza y, sobre todo, por su técnica.

Al poco de terminar la temporada, Francia le llama a filas pero se libra de tener que ir al frente por su juventud. Aun así, ha de realizar el servicio militar más allá de los Pirineos. Como para entonces su fama de ilustre pelotero ya había llegado al otro lado de la frontera, no le cuesta ningún esfuerzo escoger un equipo para seguir así practicando su deporte preferido. El Stade Bordelais, relativamente cercano al Irún de su niñez, le permite crecer aún más como futbolista y seguir enamorando con su juego a quienes tienen la fortuna de verle sobre un terreno de juego.

Su talento es reconocido y en plena mili es convocado para disputar los JJ. OO. de Amberes de 1920 con la tricolor. Disputa dos partidos, con victoria por 3-1 ante Italia y derrota ante Checoslovaquia por 4-1 en semifinales. El seleccionador francés no es otro que el del bombín más ilustre de nuestro fútbol: Mister Pentland.

Al terminar el servicio militar regresa a España y vuelve a enfundarse la zamarra del Real Unión. En 1922 vuelve a disputar una final de Copa, esta vez frente al FC Barcelona tras imponerse al Real Madrid en semifinales con actuaciones destacadas de Petit y el veterano Arabolaza. Pese a todo lo que ha vivido hasta entonces, René solo cuenta con 22 años. El encuentro final cae del lado culé de los Zamora, Samitier y Alcántara por 5-1 pese a la brava oposición de los fronterizos.

Dos años más tarde, los iruneses vuelven a la final… y la ganan. Retirados Patricio Arabolaza y Román Emery, la capitanía pasa a Petit y el recién licenciado como ingeniero y sus muchachos se imponen por 1-0 en 1924 al Real Madrid en el donostiarra estadio de Atotxa. De entre la savia nueva con la que cuenta el Real Unión cabe destacar a Antonio Pajarito Emery, guardameta del equipo y abuelo paterno del hoy entrenador Unai Emery. Con Pajarito, Gamborena y Echeveste —autor del gol de la final— entre otros, conseguía René Petit alzarse con la Copa que hacía el número tres de su carrera. Ese mismo año Francia vuelve a llamar a Petit para disputar los Juegos del 24 de París pero este rehúsa porque es advertido por la Federación española de que si se viste de tricolor tendría que estar dos años sin poder alinearse en la competiciones domésticas.

Tres años más tarde, en 1927, los fronterizos vuelven a tener el honor de jugarse todo a una carta en pos de la Copa. El rival no es otro que el histórico Arenas de Guecho. Una década después vuelven a encontrarse en la misma tesitura Jáuregui, el meta arenero y Petit —si bien en esta ocasión defendiendo el pabellón irunés—. René juega de ariete magníficamente secundado por un ilustre del balompié nacional, Luis Regueiro. El partido acaba con el resultado inicial y se disputa una prórroga de 30 minutos. A falta de tres para el final, es otra vez el extremo Echeveste el que resuelve el choque. René Petit alza la Copa de campeón en Zaragoza. Es su cuarto trofeo en seis finales disputadas. Petit aún cuenta con tan solo 27 años pero su leyenda crece cada año, más si cabe por seguir triunfando en un club totalmente amateur en un fútbol español donde la profesionalización es cada vez mayor.

La temporada 1928/29 reúne a diez clubes en torno a la primera Liga que se disputa en España y el Real Unión de René Petit es uno de los equipos que conforman la Primera División. Los clubes se refuerzan sobremanera y el Real Unión comienza a sentir todavía más la inferioridad económica respecto a los adversarios. Petit y Regueiro consiguen evitar la última posición, que es la que marca el descenso a Segunda, y un año después los iruneses logran la mejor clasificación de su historia al hacerse con el sexto puesto. La campaña 30/31 finalizan séptimos siendo esta la última de Luis Regueiro en el club pues ficha por el Madrid FC que, al igual que el Unión Club de Irún, pierde su condición de Real con la llegada de la República. La 31/32, sin Regueiro y sin Garmendia, entre otros, no son capaces de seguir compitiendo de igual a igual con el resto de clubes y los guipuzcoanos bajan a Segunda. Tras una temporada en la división de plata, René Petit decide colgar los borceguíes a sus 33 años. Su equipo no volvería a recuperar la máxima categoría nunca más.

René Petit falleció a los 90 tras una carrera dedicada a la ingeniería. Entre sus obras destaca la del pantano de Yesa, localidad navarra en la que tiene una calle en su honor. Marcó 10 goles en sus 48 partidos disputados en las cuatro temporadas que estuvo en Primera División, aunque para entonces ya había demostrado el pedazo de futbolista que era ganando numerosos torneos provinciales, regionales y las citadas anteriormente cuatro Copas del Rey. Fue posiblemente el primer jugador total del fútbol español. Valía para manejar el centro del campo, para fijar a la defensa desde el centro de la delantera, para dar en bandeja el último pase, golear o para soportar las embestidas de las cada vez más talentosas líneas de los adversarios. Todo lo hacía bien y todo lo hizo gratis. Por amor al fútbol. Nunca recibió una moneda a cambio. Ni siquiera para pagar los recorridos Madrid-Irún-Madrid que por la N-1 realizaba en moto todos los fines de semana para vestirse de blanco con el Real Unión de su corazón. Por algo me lo nombraba tanto mi abuelo con aquella mirada melancólica que solo hoy puedo entender.


Molinuevo, un imán para el gol

ath bilbao

Ya nadie de se acuerda de Molinuevo. Nos decimos runners, invitamos a cerveza a los amigos, repasamos la cuenta de Twitter sentados en la taza o despotricamos de la banca y sus barandas. Pero de Molinuevo, ni una palabra. Ni que Molinuevo fuera Bogart, Dickens o Manolete… pero caray, tiene su historia.

El bilbaíno José Luis Molinuevo Martín nació como muchos en 1917 y, como tantos otros, hubo de escapar a Francia llegada la puta guerra. Allí se acabó de hornear como futbolista, de esos de jersey de cuello vuelto y rodilleras. Guardavallas. Pasó sendas campañas por las filas de los entonces amateur Club Olympique Perpignanais y el Union des Sports Olympiques Montpelliérains y ya en 1944 cerró un trato con el Racing Club de París. Los capitalinos estaban encuadrados en la Primera División Norte francesa debido a que la Segunda Guerra Mundial tenía al país partido en dos. El RC París finalizó el torneo de la regularidad en una insulsa octava posición. Antes, a mitad de campaña y como fuera que el club ocupaba la última plaza de la Liga Norte, se hizo un esfuerzo para fichar a varios pieds-noirs procedentes de la liga argelina cuyo refuerzo resultó decisivo, sobre todo, para que esa temporada 44/45 —la primera de las tres de Molinuevo en la escuadra parisina se llegara a disputar la final de la Copa de Francia contra el Lille OSC en Colombes. Era el 6 de mayo de 1945, dos fechas antes de que los alemanes capitularan ante los aliados, y el once del RC lo encabezaba un español: Molinuevo, Dupuis, Jordan, Salva, Samuel, Jasseron, Heisserer, Ponsetti, Philippot, Bongiorni y Vaast. Dos pieds-noirs, Philipppot y Ponsetti, ponían un 2-0 al que se sumaría Heisserer para el 3-0 definitivo. El Racing Club de Paris se alzaba con la Coupe, en su feudo y con un Molinuevo sin mácula en la meta. Merveilleux!

Tras su exilio francés, en la 47/48, decidió volver a su Bilbao natal para engrosar las filas del Athletic Club de sus amores pese a que la portería bilbaína estaba guardada por un excelente guardameta al que no había quien le sentara en el banquillo. Lezama, el titular, era uno de esos niños de la guerra a los que habían mandado a Inglaterra para protegerles del desastre bélico. Cinco años más joven que Molinuevo, había dejado Southampton tras dos campañas con el team rojiblanco de las islas e iba camino de ser la leyenda que es hoy en día. Pese a todo, el deseo de regresar y la pasión por los colores de su infancia empujaron a Molinuevo a aceptar un reto que se antojaba aparentemente baldío. Ocurrió que como en aquella época el castigo que sufrían los guardametas era mucho mayor que el actual, Lezama cayó lesionado en más de una ocasión y allí estaba el bueno de Molinuevo para tratar de aprovechar la oportunidad.

La primera le llegó al comienzo de la liga. El Athletic visitaba Balaídos y la baja de Raimundo Pérez Lezama puso a Molinuevo en su lugar. El partido terminó después de que el meta bilbaíno entrara en su propia portería hasta en cinco ocasiones para recoger el balón (5-1). Pero hubo una segunda ocasión una semana más tarde. En San Mamés y frente a la Real Sociedad de San Sebastián. Un lujo de debut ante su parroquia. Ese 28 de septiembre del 47, Molinuevo encajaba tres goles del vecino para que su equipo volviera a perder, esta vez por 1-3. Para la tercera jornada, Lezama ya se encontraba en condiciones para disputar el encuentro y el goleado arquero encontraba acomodo al final del banquillo. Aún disputaría tres choques más esa campaña con el resultado de un empate a dos en Oviedo, una victoria por 6-1 en casa frente al Alcoyano y una sonrojante derrota por 7-1 en Tarragona.

La temporada 48/49 volvió a brindarle la ocasión de abrir la liga entre los tres palos. Disputó seis de los diez primeros encuentros de la competición por los problemas físicos de Lezama. El balance, mísero si se tiene en cuenta lo que era el Atlético (sic) de Bilbao de la época, reflejaba tres victorias y otras tantas derrotas para un total de 17 goles recibidos. Mas pese a lo sencillo que resultaba perforar el portal de Molinuevo, aún restaba por contemplar el redoble final de tambor del voluntarioso arquero. Se le vería otro ejercicio siendo la sombra de Lezama, sin llamar la atención. O al menos hasta que arribó la jornada 17.

Un nuevo descanso forzoso del que fuera niño de la guerra le hizo salir entre los once elegidos con el Valencia de Puchades e Igoa como visitante en el Botxo. Los tantos de Venancio y Zarra concedían ya de inicio un cierto margen para la tranquilidad tanto de la hinchada como del propio Molinuevo. Para qué. Los che decidieron percutir sin relajo y colaron seis balones, ni uno más, porque llega un momento en el que también a los dramas les alcanza su fin. Lo peor no era tanto el bochornoso 3-6 final, sino que en siete días había que visitar el Metropolitano colchonero con Lezama aún convaleciente…

29 de enero de 1950. Tres goles de Iriondo, dos de Gainza y otro más de Telmo Zarra hacían presumir al público local que el 3-6 que mostraba el marcador apenas se habría de mover con siete minutos para llegar a los 90 reglamentarios. Cómo iban a llegar a suponer don Joaquín del número dos de la Glorieta de Cuatro Caminos o siquiera el entusiasta Miguelín, nato en la Costanilla de San Andrés, que durante los siguientes seis minutos Molinuevo quién si no se iba a ver incapaz de impedir que llegaran tres goles más para el abrazo final a seis.

Aquel Atlético de Madrid se llevó la Liga apenas tres meses después. Aquel partido fue el último en la carrera de Molinuevo. Aquel 6-6 permanece como el empate a más goles 63 años después.

P.S: Muchos años más tarde, siendo entrenador del Ensidesa asturiano, algo debió de ver Molinuevo en un tal Enrique para hacerle debutar siendo un guaje. Aquel chaval no pararía de marcar goles durante toda una carrera al más alto nivel. Porque si algo se le quedó grabado a fuego a Molinuevo desde que dejara Francia para volver a España, ese algo fue su íntima relación con los goleadores. Por eso acertó al apostar por Enrique, quién mejor que él para detectar el olor a gol que ya entonces desprendía “Quini”.


33 momentos de Larry Bird

Se cumplen 20 años de aquel cuatro de febrero de 1993, el día en que los Celtics de Boston subieron al techo del Garden el número 33 de uno de los jugadores más grandes de la historia del baloncesto: Larry Joe Bird (nacido en 1956). A la fiesta se había unido, cómo no, su buen amigo Earvin “Magic” Johnson. Ataviado con un chándal de los Lakers, entre Magic y Bird desabrocharon la chaqueta del chándal angelino para mostrar debajo una t-shirt blanca de sus archirrivales Celtics y así hacer reír a Bird. Magic, dirigiéndose a su amigo y delante de todos los presentes que abarrotaban el pabellón, dijo: “Larry Bird dijo que habría otro Larry Bird, un día. Y Larry, no habrá nunca, nunca, nunca jamás otro Larry Bird.”

Larry Bird fue muy escueto en su speech y entre otras cosas afirmó que había dedicado su vida al baloncesto y a los Boston Celtics antes de dar las gracias a los presentes. Su número 33 subía al techo del Garden junto al 3 de su amigo, hoy fallecido, Dennis Johnson. Fue una ceremonia llena de carga emotiva que se celebró sin necesidad de que ese día los Celtics jugaran un partido. El Boston Garden se abrió exclusivamente para despedir a una leyenda viva de la franquicia.

He aquí los 33 momentos de su vida que he elegido para dar a conocer un poco más la figura de Larry Bird.

1. A pesar de que durante su carrera deportiva fuera conocido como “El paleto de French Lick”, Larry Bird había nacido en West Baden —localidad vecina de French Lick— y entre ambos pueblos de Indiana transcurrió su infancia. Joe Bird y su esposa Georgia tuvieron seis vástagos, cinco de ellos varones, que fueron creciendo en un hogar donde siempre faltaba el dinero. Joe, excombatiente en Corea, saltaba de trabajo en trabajo incapaz de mantenerse en uno concreto. Carpintero, peón caminero, empleado de una gasolinera… antes o después, en todas partes le daban suela. Sufría de tremendas pesadillas a consecuencia de la puta guerra. Era un hombre divertido y muy abierto pero absolutamente atormentado por lo que había tenido que vivir en el frente. Gastaba casi todo lo que mal ganaba en la botella y tuvo que aceptar que Georgia, que ya no pudo más, se divorciara un día de él. El tres de febrero de 1975, Joe —que había vuelto a vivir con sus padres— llamó a Georgia y en un escueto monólogo le aseguró que lo que iba a hacer les serviría de ayuda a ella y a los chicos. Le confesó que la quería y que siempre había sido así. Colgó y se hundió una bala en la cabeza. Larry había cumplido los 18 apenas dos meses antes. Siempre ha confesado que lo sintió mucho pero que es capaz de comprender a su padre.

2. La temporada 73/74 fue la última de Larry en el instituto Springs Valley. Sus 31 puntos y 21 rebotes de media habían llamado la atención de varias universidades, pero él quería jugar para Kentucky y para allá se fue de visita con su entrenador y sus padres. Joe B. Hall, por entonces coach de los Wildcats, no quiso ofrecerle una beca. No creía que un chico que no hablaba o que ni siquiera miraba a la cara podría encajar en un college de esas dimensiones. Denny Crum, el entrenador de Lousville, fue a verle a su pueblo y le propuso apostar. Si Larry perdía jugando a H-O-R-S-E con él, tendría que, al menos, visitar Lousville. Ocho lanzamientos le bastaron a Bird paras mandar a Crum de vacío a casa. Bobby Knight, el hoy mítico técnico de Indiana, le quería para sus Hoosiers y tras conversar un día con él y enterarse de que Larry estaba dispuesto a estudiar en Indiana State, le conminó a que apostara por Indiana. Semanas después, Bird aceptaba una beca de estudios de los Hoosiers, en parte, empujado por un entorno demasiado entusiasta al que no quería defraudar. Knight le emparejó en la habitación con Jim Wisman, dueño de un extenso fondo de armario. Bird, sin embargo, solo tenía dos cambios. No solo por eso, aunque también, Larry se sentía fuera de lugar. Bloomington estaba a escasos 100 kilómetros de French Lick pero al rubio le parecía que había ido a parar a otra galaxia. El campus era enorme y no se acostumbraba a él. Era muy introvertido, no tenía dinero, no le gustaba el ambiente ni de los entrenamientos ni del resto de la universidad. Tampoco Bobby Knight, decían. Empacó sus pocas cosas y 24 días después de haber llegado —y sin decir nada a nadie— se puso a hacer dedo con dirección a casa de su madre. Georgia, todo un carácter, estuvo semanas sin dirigirle la palabra y se instaló en casa de su abuela.

Larry Bird 1

3. Larry tenía el balón, recién capturado el rebote e iba por el centro de la pista. Su compañero ya había echado a correr al saber que el rubio cogería el rechace y pedía el balón desde la derecha mientras corría. Larry parecía hacerse el sueco y su compañero comenzó a creer que ya no iba a recibir la pelota cuando de pronto, Bird lanzó un misil por detrás de su espalda que fue a dar justo a la mano derecha de su, para entonces resignado, colega. El pobre soviético Andrei Lapatov tuvo que sufrir el crossover de su rival y ver cómo este devolvía a Larry el balón por encima de su hombro. Sin apenas tocar la pelota, el rubio la reenviaba a su pareja de ataque para que aquel dejara finalmente una bandeja a tabla ante la atónita mirada de Lapatov y el rugir de quienes llenaban el Rupp Arena de Lexington, Kentucky. Ambos se dirigían hacia el banquillo, Bird con la mirada clavada en el suelo y ajeno al bullicio. El otro, iba aplaudiendo, sonriendo, exultante. Así era Earvin “Magic” Johnson. Era el nueve de abril de 1978 y la primera ocasión en la que Bird y Magic habían compartido un balón en una competición, el World Invitational Tournament. Magic y Bird ni siquiera eran titulares de aquella selección norteamericana comandada por Joe B. Hall. Pero ya eran los mejores a pesar de que uno era aún sophomore y Magic freshman. Cuando Larry volvió a casa tras ganar el torneo invictos, le dijo a su hermano mayor Mark: “He visto al mejor jugador universitario. Es Magic Johnson.”

4. La temporada 78/79, su tercera y última como universitario en Terre Haute, resultó extraordinaria para sus Sycamores de Indiana State. Con unos compañeros más que del montón, Bird hizo que su equipo se plantara en la final universitaria ante los Michigan State de Magic, un equipo de mayor calidad. Con un récord de 33 victorias en otros tantos partidos, Indiana State ya estaba muy por encima de lo que cualquier aficionado podría haber imaginado. El 26 de marzo, los Spartans plantearon una estrategia que pasaba por no dejar ni respirar a Larry, y este no tuvo ni mucho menos su mejor día. Con siete canastas convertidas de 21 intentos para 19 puntos a los que añadió 13 rebotes, Bird veía como perdía ante un fabuloso Magic (24p/7r/5a) y hundía su cabeza entre las piernas mientras utilizaba una toalla para no mostrar unas lágrimas de decepción ante los 15410 espectadores que llenaban el pabellón en Salt Lake City. Jamás conseguiría quitarse aquella derrota de la cabeza. Nunca.

5. El 9 de abril de 1978 se celebraba la noche del draft en la NBA. Larry, pese a ser junior y restarle aún un año más en Indiana State si así lo deseaba, podía ser ya elegido por un equipo de la liga profesional debido a que su promoción (la que comenzara cuando él se matriculó en la Indiana de Bobby Knight) ya se había graduado. Quiso el destino que fueran sus paisanos de los Indiana Pacers quienes tuvieran el número uno a la hora de elegir. Los Pacers trataron por todos los medios de que Bird renunciara a su último curso universitario para incorporarse a su plantilla después del verano, pero el paleto de French Lick no dio su brazo a torcer. Los Pacers, desanimados, cambiaron su puesto en el draft con los Blazers de Portland, quienes también trataron de convencer al rubio en vano. Portland acabó escogiendo a Mychal Thompson, Kansas City a Phil Ford, los Pacers a Rick Robey —que acabaría siendo el mejor amigo de Larry en Boston—, los Knicks a Micheal Ray Richardson, los Warriors a Purvis Short y con el número seis, el genial Red Auerbach se la jugó con Larry Bird. Al judío de Brooklyn no le importaba que Bird se volviera a las aulas, pero necesitaba que firmara con ellos antes del siguiente draft porque si no Larry podría volver a ser elegible y habría echado a perder su apuesta. En su libro Drive: the story of my life de 1988, Larry cuenta cómo no le podían importar menos los Celtics en esa época porque, entre otras cosas, jamás había sido fan de ellos ni había seguido su trayectoria. La siguiente temporada y tras muchos tiras y aflojas entre Bob Woolf, representante de Bird, y los Celtics, la intervención final de Henry Mangurian —entonces propietario de la franquicia— propició que Boston y Bird firmaran una unión por cinco años y un monto total de 3,25 millones de dólares. Era la cantidad más alta jamás lograda por un rookie de cualquiera de las cuatro ligas profesionales de los EE. UU. “No importa lo bueno que sea, todavía soy solamente un paleto de French Lick”, diría abrumado ante la prensa.

6. El 12 de octubre de 1979 debutaba Larry Bird como jugador profesional. El viejo Boston Garden era el escenario. Los Rockets de Houston, el rival. Larry era titular junto a Tiny Archibald, Chris Ford, Cedric Maxwell y Dave Cowens. Los Celtics se imponían a los Rockets por 114-106 ante los 15320 asistentes que abarrotaban el Garden. Bird anotaba 14 puntos en un serie de 6/12 en T2, 0/1 en T3 y 2/2 en los tiros libres. Además cogía diez rebotes y repartía cinco asistencias, todo ello en solo 28 minutos. Era el primer partido en la historia de la liga que se jugaba con línea de tres puntos y la primera canasta triple, que pasaría al libro de récords de la NBA, sería obra de su compañero Chris Ford a falta de tres minutos y 48 segundos para el final del primer cuarto.

7. El dos de enero de 1981, segunda temporada en la liga, Bird venía de firmar una noche mala en San Diego la noche anterior. Sus últimos nueve tiros no le habían entrado aunque a él no pareciera preocuparle excesivamente. Al fin y a la postre, Boston había acabado imponiéndose a los Clippers por 85-88. Ese día dos se enfrentaban a los Warriors de World B. Free, Purvis Short, Joe Barry Carroll y Bernard King. Larry Bird lo intentó todo pero la defensa a la que le sometieron tanto Short como el rookie Larry Smith hicieron que no pudiera anotar ni un solo punto en toda la noche. Su racha negativa en el tiro se iba a ver alargada hasta los 0/18 si se sumaban sus errores a los últimos nueve de San Diego. Nunca jamás se volvería a quedar en cero puntos en su carrera en la NBA.

8. La víspera del sexto partido de las Finales de la NBA del 80, Magic Johnson estaba preparándose para ser la sorpresa al tener que sustituir al lesionado Abdul-Jabbar como center angelino. Al final de la sesión preparatoria en Philadelphia, Bruce Jolesch, director de relaciones públicas de los Lakers, se llevó a Earvin a un aparte y le dijo:

—Tengo una noticia decepcionante que darte. Larry Bird ha sido elegido rookie del año.

—¿Cuánto de apretado ha estado? —replicó Magic.

—Ni siquiera cerca.

Larry (21,3/10,4/4,5) se había impuesto a Magic (18,0/7,7/7,3) por un avasallador 63 a tres en la votación. El rookie del año, más allá de porque sus números eran excelentes, era para Bird seguramente por hacer que sus Celtics pasaran a ganar 32 partidos más de un año a otro. Magic se sintió irritado y ofendido.

9. La mala noticia de la paliza sufrida en la votación por el novato del año le sirvió al base angelino como espoleta para el partido que tenía al día siguiente. Bird no había sido capaz de llevar a su equipo a las finales. Tras barrer a Houston, los Celtics cayeron por 4-1 ante los Sixers del Dr. J en las finales de conferencia. La decepción para el alero de Boston fue muy grande, más aún cuando comprobó que Magic, su némesis, disputaría las Finales contra Philadelphia. Los Lakers iban 3-2 por delante de los 76ers con un Kareem Abdul-Jabbar recién lesionado en el tobillo que tuvo que quedarse en casa sin poder viajar a Philadelphia para el sexto partido. El encuentro en cuestión se iba a disputar 24 horas después de que Magic hubiera recibido el palo de haber sido arrasado en la votación por Bird. Paul Westhead tenía una sorprendente jugada en mente para no tener que jugarse el todo por el todo en el séptimo y último partido. Su intención pasaba por que Earvin ocupara el puesto de cinco en ausencia de Kareem. Dicho y hecho. Lo que nadie podría haber imaginado es que el base de 2,06 iba a firmar unos números de escándalo que aún sorprenden 33 años después. Magic comandó a sus Lakers hasta el título desde debajo del aro con 42 puntos, 15 rebotes, 7 asistencias y fue elegido el MVP de las Finales. Ahora era Larry quien fumaba en pipa en su pueblo tras ver la exhibición de Magic a través del televisor. No en vano acababa de ver como Johnson se hacía con el anillo a la primera, un año después de llevarse el de la NCAA.

10. Auerbach sentía que sus Celtics necesitaban reforzarse en el frontcourt y sacó su varita mágica una vez más. Boston tenía el número uno del draft en su poder pero decidió hacer un cambio con Golden State. Los Warriors se harían con la primera elección y así podrían elegir a Joe Barry Carroll a cambio de traspasar a Robert Parish a Boston junto al número tres del draft con el que Red se haría con Kevin McHale. A pesar de las retiradas de Pete Maravich y Dave Cowens antes de comenzar la temporada, los Celtics pudieron llegar a las finales de conferencia otra vez contra los Sixers de Julius Erving. Todo parecía indicar que la historia se iba a repetir y así los de Boston se verían obligados a cogerse las vacaciones antes de lo deseado. La eliminatoria al mejor de siete estaba tres a uno a favor de los 76ers pese a los más de 29 puntos de media de Bird. El quinto partido se jugaba en Boston donde Philadelphia ya había ganado el primero de las series. Los 32 puntos de Bird resultan decisivos para imponerse por un exiguo 111-109. Los Sixers pretenden matar la eliminatoria en el sexto en The Spectrum pero en un partido apretadísimo caen ante Boston por 98-100. Bird ya tiene las series donde pretendía: séptimo partido en el Garden. Los hombres de Bill Fitch llevados en volandas por un enfervorecido público local logran imponerse al final del choque por la mínima, 91-90. En los últimos minutos, Bird robó dos balones, anotó dos tiros libres, cogió un rebote, puso un tapón y consiguió la canasta decisiva. “Quería el balón en mis manos para ese último tiro. No en las manos de nadie más en el mundo”, afirmaría Larry al acabar el partido. Los Celtics conseguían levantar un improbable uno a tres con tres victorias consecutivas por una diferencia de tan solo cinco puntos en los últimos tres choques de la eliminatoria. De locos.

11. Si hay dos canastas en la primera mitad de los 80 que han quedado en la retina de los aficionados a la NBA esas fueron obra de Julius Erving y Larry Bird. La del Dr. J es tan conocida que no hace falta apenas describirla. Es esa en la que Erving —en el cuarto encuentro de las finales del año 80— entra por la derecha de la canasta de los Lakers, extiende el brazo mostrando el balón y vuela por la línea de fondo, por detrás de la canasta, hasta la otra parte del tablero para dejar una bandeja a tabla que Isaac Newton no habría creído. Por el camino, había volado sobre Mark Landsberger y Kareem. Alucinante. La otra, la de Bird, no tuvo nada que ver con desafiar la ley de la gravedad. Tuvo lugar en las Finales del 81 ante los Rockets. Larry lanzó una suspensión desde unos cinco metros y desde el mismo instante que el balón dejó su mano derecha camino de la canasta ya supo que aquel tiro iba a ser repelido por el aro. Sin esperar ni una décima de segundo corrió a por el rebote mientras compañeros y rivales esperaban el desenlace del tiro, saltó, se hizo con el rechace con su mano derecha, se la cambió a la izquierda en el aire y anotó sin aún caer al suelo. Una canasta de malabarismo pero sobre todo llena de deseo por ganar.

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12. Tras eliminar a los Sixers después de levantar el uno a tres, no eran los Lakers quienes esperaban en las Finales (para decepción de Bird), sino los Rockets de Moses Malone. Los Celtics eran claros favoritos pero como siempre las series había que jugarlas. El primer partido lo ganó Boston en el Garden por 98-95 para perder el segundo en casa 90-92. Los Rockets volvían a casa con muy buenas sensaciones pero Bird y compañía les iban a bajar los humos con un 71-94 que no admitía discusión gracias a que seis celtics anotaron dobles figuras. Sin embargo, Houston apretó los dientes y Mike Dunleavy y Moses Malone igualaron la eliminatoria antes de volver a Boston. Los pobres ocho puntos de Bird también ayudaron. Una vez en casa, Cedric Maxwell y Larry Bird se encargaron de terminar las series con dos marcadores contundentes: 109-80 y 102-91. El MVP fue para Maxwell y el alivio y la algarabía para Bird. Por fin se hacía con un título. En su casa de Michigan, Magic Johnson no podía seguir mirando el televisor. Ver a Larry fumándose el puro de la victoria al estilo de Auerbach le hizo pasar un verano verdaderamente enrabietado.

Larry Bird 2

13. Los All-Star nunca fueron santo de la devoción del rubio de Indiana, pese a haber disputado 12 de los mismos. Él prefería aprovechar el parón de la liga para descansar. Pero Larry sabía que formaban parte del negocio. En 1982 el partido de las estrellas se disputaba en New Jersey. Los titulares por el Este eran Tiny Archibald, Isiah Thomas, Julius Erving, Artis Gilmore y Larry Bird. Por el Oeste, Gus Williams, Geroge Gervin, Adrian Dantley, Lonnie Shelton y Kareem Abdul-Jabbar. El partido, muy igualado, acabó decantándose del lado del Este por 120-118. El paleto de French Lick anotó 12 de los últimos 15 puntos de su equipo en los seis minutos y medio finales y se llevó el MVP. Disputó 28 minutos para conseguir 19 puntos, 12 rebotes, cinco asistencias, un robo y un tapón. “Después de que Tiny consiguiera el premio el año pasado, quería que este se quedara en la familia de los Celtics”, declararía al terminar el partido. Años más tarde, renegaría del mismo en su autobiografía diciendo que aquel galardón se lo había merecido Robert Parish que en 20 minutos anotó 21 puntos, cogió siete rebotes, dio una asistencia y puso dos tapones.

14. Boston Garden. Nueve de noviembre de 1984. Quedan menos de dos minutos para el final del tercer cuarto y Larry Bird corre el contraataque mientras Julius Erving trata de molestarle enganchando su brazo sobre el de Larry. Este trata de quitarse al Doctor de encima y acaba cayendo al suelo. Bird se levanta y va a por el Dr. J. Los banquillos se vacían y Bird es sujetado por detrás por dos matones de nombres Moses Malones y Charles Barkley que le inmovilizan y facilitan que Julius le acierte tres puñetazos en la cara al alero de Boston. Penoso.

15. Cinco fueron los años que tuvieron que pasar para que Larry y Magic se vieran las caras en una final de la NBA. Ambos deseaban desde un principio que ocurriera pero cuando no eran los Sixers quienes habían llegado a la final por el Este (80, 82 y 83), eran los Rockets quienes la habían alcanzado por el Oeste (81). Ahora, en 1984, se iba a poder ver el primer Bird contra Johnson con algo en juego desde la final de la NCAA del 79. Boston había sido primero de su conferencia con un récord de 62-20 y un Larry Bird MVP de la Regular Season con unos números de (24,2/10,1/6,6). Por el camino se habían deshecho de los Bullets (3-1), los Knicks (4-3) y los Bucks (4-1). Los Lakers, también primeros de su conferencia con una marca de 54-28 y un Magic tercero en las votaciones para mejor jugador de la liga regular con unos guarismos de (17,6/7,3/13,1) habían eliminado a los Kansas City King en tres partidos, los Mavericks por 4-1 y los Suns por 4-2. Boston tenía la ventaja de campo pero los 24 puntos, 14 rebotes y cinco asistencias de Larry servían de poco ante la superioridad de unos Lakers que comandados por Kareem ganaban el primer choque por 109-115. El segundo se decidió en la prórroga por 124-121 con ocho celtics en dobles figuras. Los Lakers volaban a casa mostrando una sensación de superioridad. El tercer enfrentamiento fue un paseo oro y púrpura con un buen Bird (30/7/2) frente a un excelso Magic (14/11/21). El resultado, muy contundente (137-104). El cuarto choque, aún en LA, volvió a ver cómo un gran Magic (20/11/17) era secundado por Abdul-Jabbar y Worthy ambos en la treintena de puntos. Por el lado de los verdes los 25 puntos y 12 rebotes de Parish, los 22 y 14 pases decisivos de Dennis Johnson pero sobre todo los 29 tantos y 21 rechaces (récord personal) de Larry resultaron clave para igualar la eliminatoria a dos tras vencer por 125-129 en la segunda prórroga de las Finales. De todas formas, nada habría sido posible si no llega a ser por el despertador que supuso a los chicos de K.C. Jones la violenta falta, más que meditada, de McHale a Rambis en una imagen que ha pasado a los anales de la NBA. Los 34 puntos y 17 rebotes del alero de Indiana llevaron a lo Celtics a volver a ganar en casa (121-103) pero las grandes actuaciones de Kareem, Magic, Worthy y Cooper eclipsaron el (28/14/8) de Bird para que el 119-108 llevara las series al séptimo y definitivo encuentro a disputar en el Boston Garden. Con los 14.890 asistentes sentados en sus localidades, Cedric Maxwell dio un paso al frente antes de abandonar el vestuario al pronunciar frente a sus compañeros su ya legendario “Hop on my back, boys” que se acabó traduciendo en 24 puntos, ocho rebotes y ocho asistencias, muy bien acompañado por Bird, Parish y DJ y así hacerse con el partido por 111-102. El título se quedaba en Boston. Era el segundo para Larry que no solo igualaba en títulos a Magic sino que lo hacía en el primer enfrentamiento directo entre ambos en la NBA. Larry Bird fue nombrado MVP de las Finales con una media de 27,4 puntos, 14 rebotes, 3,6 asistencias, 2,1 robos y 1,1 tapones.

16. Los Celtics visitaban la ciudad de Salt Lake City el 18 de febrero de 1985. Los Jazz, aún sin Karl Malone y con un John Stockton que estaba todavía haciéndose, caían por 94-110 ante Boston. Nada fuera de lo normal. La noticia fue más bien por lo que no llegó a ocurrir. Con poco tiempo para terminar el tercer cuarto, K.C. Jones decidió dar un descanso a su estrella. Larry Bird había jugado 33 de los 36 minutos posibles hasta entonces y había tenido una actuación sensacional con 30 puntos, 12 rebotes, diez asistencias y ¡nueve robos de balón! Al comenzar el último cuarto Jones invitó a Bird a que saltara a la cancha para conseguir un robo más y así convertirse en el segundo jugador de la historia en lograr un cuádruple doble —e igualar a Nate Thurmond—. Larry declinó la oferta. “Le pregunté si era importante para él conseguir la marca y me dijo que no”, afirmó Jones tras el encuentro. A su vez, el propio Bird añadía: “Si hubiese vuelto a ingresar en la cancha, habría estado intentando conseguir el robo. Hemos venido a ganar un partido de baloncesto, lo hemos hecho y ahora es tiempo para ir a la siguiente ciudad”. Los cuádruples dobles se contabilizan desde 1973.

17. El tres de marzo de 1985 los Pistons visitaban el Garden. Las actuaciones de Isiah Thomas con 33 puntos y 11 asistencias o la de Bird, con 30 tantos y diez pases decisivos, pasaron inadvertidas al lado de un ‘Mister Automatic’ en estado de gracia. Kevin McHale no llevaba al triunfo a su equipo por 138-129 gracias a los 16 rebotes que capturaría esa noche sino más bien por los 56 puntos que fue capaz de anotar en una serie de 22/28 en tiros de dos y 12/13 en los tiros libres. Le entraba todo. Bird no hacía sino pasarle balones para que el ala-pívot de Minnesota engordara su estadística. Kevin había batido el récord de los Celtics en posesión del mismo Bird (53) conseguido en Boston ante Indiana dos años antes. “No hay muchas oportunidades en las que puedes conseguir tantos puntos. Kevin no volverá a conseguir anotar tanto probablemente nunca más. Hoy ha estado impresionante. Se lo merece”, declaraba Bird a la prensa. “Tendrías que haber ido a por los 60”, le dijo Larry a McHale. “No, para qué”, le respondió Kevin. “Porque algún día puede que te arrepientas de no haberlo hecho”, sentenció el rubio. Nueve días después los Celtics visitaban Nueva Orleans para enfrentarse a los Atlanta Hawks. Los 10.079 espectadores del pequeño pabellón universitario de la ciudad estaban a punto de ver algo muy especial. Los Celtics se iban 65-60 por delante al descanso con 23 puntos del 33 verde. En el tercer cuarto, Bird añadió otros 19 más para un total de 42. Todo el equipo se puso a trabajar para que Larry no parara de anotar. Uno de sus tiros libres sirvió para sumar 57 y así superar los 56 de McHale de hacía nueve días quien le felicitó inmediatamente. En la última jugada del partido, un pase de Dennis Johnson servía para que Larry anotara una suspensión desde la bombilla al tiempo que sonaba la bocina. 60 puntos. “Te dije que tenías que haber ido a por los 60, Kevin”, le espetó el de Indiana a McHale. Pero eso a Kevin le daba lo mismo. A Larry, no. Al menos, ese día en Nueva Orleans.

18. El Chelsea era un bar de Boston que ya no existe hoy en día. Pero sí aquel 16 de mayo de 1985. Mike Harlow trabajaba como camarero en el Chelsea y había sido jugador de football en la Universidad de Colgate. Larry Bird y su amigo y mala influencia Nick Harris —acompañados esa noche por el base Quinn Buckner— se las debieron de tener tiesas con Harlow. La pelea comenzó dentro del bar para acabar en la calle en la confluencia de la State Street y Merchant’s Row. Primero fue Larry quien se pegaría con Harlow. Después, Harris. Un testigo no identificado declaró no saber qué había pasado dentro del bar pero sí aseguró haber visto cómo Bird había impactado un derechazo en la parte izquierda de la cara de Harlow. Según el testigo, Larry iba ataviado con una gorra de béisbol con una insignia prendida en la misma y vestido con una chaqueta de entrenamiento. Al parecer, dos hombres le introdujeron rápidamente en el bar. Los periodistas que cubrían la información de los Celtics, cayeron en la cuenta al día siguiente de que el dedo índice de la mano derecha de Bird estaba muy hinchado pero él jamás dio explicación alguna. De hecho, en ninguno de los libros más señeros acerca del rubio de French Lick se habla una sola palabra del incidente. Lo cierto es que durante los playoffs del 84 y el 86, Bird tuvo un 52% en lanzamientos de dos, mientras que en ese año 85 y a partir del incidente solo fue capaz de acertar en un 40% de las ocasiones. ¿Casualidad? Seguramente no. ¿Fue la razón por la que Boston cayó en las Finales contra los Lakers? Probablemente sería una razón de peso. Hay quienes creen que sí. Lo cierto es que el 33 de los Celtics sigue sin querer hablar del asunto.

19. Pretendían los Lakers que las Finales del 85 fueran una revancha de las del año anterior, y para ello se quitaron de encima a los Suns (3-0), los Blazers (4-1) y los Nuggets (4-1). Por el Este los Celtics aceptaron el reto eliminando a los Cavaliers (3-0), los Pistons (4-2) y los 76ers (4-1). Se estrenaba el nuevo formato de las Finales de 2-3-2 en lugar del tradicional 2-2-1-1-1. Los Celtics volvían a partir con el factor cancha a favor, si bien con este nuevo esquema la ventaja se antojaba menor. El primer partido, que pasaría a la historia como la “Memorial Day Massacre”, simplemente no existió. Los Celtics arrasaron a los Lakers por 148-114 con un Scott Wedman perfecto. El fino tirador suplente de Bird anotó los siete tiros de dos que lanzó y los cuatro triples que intentó para 26 puntos. El segundo partido vio como un enorme Kareem Abdul-Jabbar se exhibía con 30 y 17 rebotes para que los angelinos se llevaran el choque por 102-109 tras irse al descanso con un 46-67 de ventaja. Ya en tierras californianas los Lakers apalizaban a los Celtics con dos protagonistas: Magic (17/9/16) y otra vez Kareem (26/14/7) no daban ninguna opción a los vigentes campeones al imponerse por 136-111. El cuarto partido cayó del lado de los irlandeses por 105-107 con 28, 27 y 26 puntos de McHale, DJ y Bird. Pero en el quinto, el trío Jabbar-Magic-Worthy anotaba 105 puntos y lograba poner a su equipo 3-2 en la eliminatoria al vencer por 120-111. Aún había que volver a Boston para jugar el sexto, y quizá el séptimo partido si los de K.C. Jones lograban salvar el primer escollo. 32 puntos y 16 rebotes de McHale y 30 tantos y 10 rechaces de Bird resultaron insuficientes para otra exhibición del trío angelino con triple doble de Magic incluido (14/10/14). Era la primera vez que los Lakers conseguían imponerse en una finales a los Celtics tras ocho derrotas consecutivas. La alegría de los californianos era aún mayor que la ya de por sí enorme decepción que sufrió un Larry Bird que volvía a perder ante Magic seis años después de la final universitaria.

20. Cuando a Bird le llegaba el turno de las vacaciones, nunca se iba a la playa. Se le podía ver en su pueblo como a cualquier otro ciudadano haciendo las labores propias de la casa o el jardín. Tanto es así que un día del verano de 1985 estaba cargando grava con una pala para fabricar el drenaje de la recién construida cancha de baloncesto de su casa cuando supo que se acababa de hacer daño de verdad. Podría haber pagado lo que hubiera hecho falta para contratar los servicios de una cuadrilla de albañiles para realizar el trabajo, pero no. Lo hacía él porque así había sido educado. Fuera millonario o no. Cuando su compañero y amigo Quinn Buckner le llamó para hacer algo de ejercicio, Larry le transmitió que no podía, que estaba metido en un problema. Con el tiempo los médicos descubrieron que sufría de un problema congénito en la espalda. El canal que conducía los nervios a la espina dorsal era demasiado estrecho y le causaría en adelante numerosos problemas con dolores muy agudos. La imagen del alero de Boston tumbado boca abajo en la banda durante el último tramo de su carrera ha quedado en la memoria de todo aficionado a la NBA. Bird nunca fue el mismo a partir de aquella lesión.

21. Los Celtics se enfrentaban a los Rockets en un partido de pretemporada en Hartford, Connecticut. En un momento del encuentro Robert Parish se hace con un rebote en defensa y ve cómo Larry Bird ya ha salido al contragolpe. The Chief lanza un gran pase de béisbol que Bird recoge y combina con Sam Vincent que venía acompañando por el centro. Bird penetra y recibe el balón de vuelta de Vincent. Al genio de Indiana se le escapa un poco el esférico y tiene que sujetarlo finalmente junto a la línea de fondo. Es en ese momento cuando se le pasa por la cabeza la forma más rápida de lograr la canasta. Él se encuentra por detrás del tablero así que lanza una parábola que hace que el balón entre limpio en el aro. Swish! Uno de los árbitros del choque anula la canasta —aún nadie sabe por qué— pero da lo mismo, está grabada y va a dar la vuelta al mundo.

22. En un intento por dar un mayor brillo al fin de semana de las estrellas, la NBA decidió que en su edición de 1986 en Dallas, se iba a disputar el primer concurso de lanzamientos de tres puntos. Los participantes escogidos fueron: Dale Ellis, Craig Hodges, “Sleepy” Floyd, Norm Nixon, Kyle Macy, Trent Tucker, Leon Wood (hoy árbitro de la NBA) y Larry Bird. Cuando los jugadores estaban en el vestuario a punto de tener una pequeña reunión, apareció el que faltaba, Bird. Entró y no dijo una palabra. Poco después dijo la frase que pasaría a la historia: “Chicos, ¿quién de vosotros va a quedar segundo?”. Por si eso no hubiera sido suficiente para meterse en la cabeza de sus contrincantes, Larry comenzó a disertar sobre lo resbaladizos que eran los balones tricolor —los que valían dos puntos—. “No puedo ni siquiera agarrarlos”, añadió. Craig Hodges, Trent Tucker, Dale Ellis y el propio Bird pasaron a semifinales con el de Indiana con el peor registro. Para la final se clasificaron Bird y Hodges, este tras desempatar con Ellis. La gran final no tuvo color con Bird anotando 22 puntos por solo 12 del entonces jugador de Milwaukee. La gloria y el cheque eran suyos. Lo volvió a hacer los siguientes dos años con especial relevancia en el tercero en Chicago durante el que no se quitó la parte superior del chándal de los Celtics y levantó el dedo en señal de victoria antes de que entrara el último balón, decisivo para derrotar a Dale Ellis a falta de dos segundos para terminar su tiempo.

23. El 14 de febrero del mismo año, Boston visitaba a los Blazers en el Memorial Coliseum de Portland. Los 47 puntos, 14 rebotes y 11 asistencias conseguidos, tras una prórroga, por Bird eran unas cifras excelentes pero como todo el mundo sabía estaban a su alcance. Para muestra sus cifras de la víspera en Seattle (31/15/11). Pero lo realmente extraordinario de su partido en Portland fue que, quizá aburrido por su superioridad por aquellas fechas, utilizó ambas manos para lanzar a canasta de tal manera que 22 de sus 47 puntos fueron anotados con la izquierda. Asombroso.

24. Larry Joe Bird era el mejor jugador del planeta durante el segundo tercio de la década de los 80. Había sido nombrado MVP de la temporada regular en 1984 y 1985. La temporada 85/86 también había sido extraordinaria para el rubio de Indiana. Sus números impresionaban: había sido capaz de jugar los 82 encuentros de RS promediando 38 minutos, 25,8 puntos, 9,8 rebotes, 6,8 asistencias, dos robos de balón y un 89,6% en los tiros libres para liderar la liga en ese apartado. Además, había sido pieza fundamental para que los Celtics hubieran acabado primeros en el Este con una marca de 67-15. El MVP de la Regular Season, el tercero consecutivo y último de su carrera, volvía a recaer sobre él.

25. El 20 de abril de 1986, Boston se enfrentaba a Chicago en el Garden. El partido se fue a la segunda prórroga en un partido tan intenso e igualado como sorprendente. Nadie recuerda los 36 puntos, 12 rebotes, ocho asistencias y dos tapones de Larry Bird. Ni falta que hace. Aquella noche de playoffs, un chico de 23 años peleaba él solo contra el mejor equipo del mundo del momento. Michael Jordan anotaba 63 puntos y pese a la victoria por 135-131 de los Celtics en la segunda prolongación, Larry Bird no pudo sino sincerarse después de darse una ducha: “Dios se ha disfrazado de Michael Jordan”.

26. Bird y sus Celtics querían la revancha con los Lakers el año 86, mas no pudo ser. Unos sorprendentes Rockets liderados por las Torres Gemelas (Akeem Olajuwon y Ralph Sampson) habían dejado en la cuneta a los de Los Ángeles y se metían en las Finales con Boston como rival. Las series volvían a Boston con 3-2 a favor de los locales tras un partido en el que el gigante Ralph Sampson no había tenido mejor idea que agredir a Jerry Sichting, base suplente de los verdes. La expulsión de Sampson había servido para espolear a los suyos que ganaron fácil a los Celtics. La prensa de Boston se había cebado con sus jugadores tras la derrota y los de K.C. Jones no podían esperar a que comenzara el sexto envite para acabar con el escarnio y hacerse con el título. Desde un comienzo se vio a un Larry Bird por encima de lo habitual. Corría como si no hubiera un mañana, se lanzaba a por todos los balones divididos, defendía con denodada pasión y era un huracán en ataque. Sus números (29/11/12/3rob) solo dan una ligera impresión de lo que se le pudo ver hacer. Fue su partido más redondo. El resumen de la carrera de un jugador total cuyo principal objetivo era ganar. Los Celtics se impusieron a los Rockets por un rotundo 114-97 lo que supuso el tercer y último título para Bird y su segundo y definitivo MVP de las Finales.

27. Quinto partido de las finales de la conferencia Este de 1987. Los Pistons juegan los cinco últimos segundos en el Boston Garden y tienen el partido en sus manos. El saque de banda corre a cargo de Isiah Thomas y Detroit gana 106-107. Thomas busca un compañero, no ha pedido tiempo muerto pues con el ruidoso ambiente reinante no oye los gritos de Chuck Daly que le pide que lo haga. Busca a Joe Dumars pero este está demasiado lejos. En el banquillo de los de Michigan los jugadores se abrazan viendo que el partido está ganado y van a volver a casa para cerrar las series y plantarse por primera vez en las Finales. Thomas ve a Dennis Rodman cerca del medio campo pero no se fía del pobre porcentaje anotador del Gusano. Sigue buscando con la mirada. Frente a él, Jerry Sichting trata de atosigarle moviendo los brazos como un molino. Larry Bird a la altura de la línea de tiros libres mira a Dumars, su par, sin perder de vista a Thomas que está en la banda. Bill Laimbeer recorre la zona y se planta fuera de las letras a la altura de la canasta propia. Isiah le ve y le lanza un pase que ya ha intuido Larry. Este ya ha empezado a correr hacia Laimbeer al que roba el balón, se gira y ve cómo Dennis Johnson corta la zona. Bird le pasa el balón y Dennis deja una bandeja a tabla con solo un segundo para el final del choque. El Garden se vuelve loco, al igual que Johnny Most, el mítico narrador del pabellón. “Empecé a contar los segundos en mi cabeza”, se explicaría Bird. Para cuando se acercó a Laimbeer, Thomas acababa de lanzar un pase flojo, con desidia. El vestuario de los Pistons era un funeral con excusas y reproches de toda clase. Larry Bird, el más listo de la clase, acababa de salvar las series.

28. El reloj señalaba que faltaban 13 segundos para terminar el choque y los Sonics y los Celtics estaban empatados. Durante el tiempo muerto, Larry Bird le dice a K.C. Jonbes que quiere el balón y que el resto de sus compañeros se quiten de en medio. Al terminar el receso, Bird ingresa en pista y se dirige hacia Xavier McDaniel que es quien le defiende. “Voy a recibir la pelota justo aquí y la voy a lanzar en tu cara”, le comunicó Bird a McDaniel. “Lo sé. Lo estaré esperando”, contestó un desafiante Xavier. Unos segundos después de la conversación, Bird recibió donde dijo que lo haría y clavó el balón para llevarse el partido en la misma cara de McDaniel. “Aun así, no era mi intención dejar dos segundos en el reloj”, le añadiría Bird al jugador de Seattle tras la canasta.

29. Se está jugando el séptimo y último partido de unas disputadísimas semifinales de la conferencia Este de la temporada 87/88. Es 22 de mayo y los Hawks de Dominique Wilkins visitan el Garden ante la atenta mirada de 14.890 fans locales. El partido se juega de poder a poder y los Celtics entran el último cuarto por delante con un ajustado 84-82. Lo mejor, y de qué manera, estaba por llegar. Bird llevaba anotados 15 puntos, Nique, 31. Empezaba lo bueno. El intercambio de canastas de los dos aleros fue sencillamente terrorífico. Wilkins anotaba 16 puntos en ese último cuarto, Larry conseguía 19. Si los 47 que al final señalaban las estadísticas de Dominique era espléndidos, no lo era menos la serie de tiro de un Bird que anotaba nueve de sus diez lanzamientos en este periodo para que el partido se acabara decantando del lado local pese a los esfuerzos finales de un Wilkins inconmensurable. Las palabras de Red Auerbach al final del choque no dejaban resquicio a la duda: “Es el mejor cuarto que he visto en 42 años de NBA”.

30. El 19 de noviembre de 1988 y tras solo seis partidos de temporada regular, Larry Bird pasa por el quirófano para operarse los talones de ambos pies. A pesar de que el doctor Arnold Scheller calificaría como de “muy exitosa” la intervención, no dudó en alargar los plazos de la rehabilitación debido a que se habían tenido que cortar ambos tendones de Aquiles para quitar los trocitos de huesos de los talones que tantas molestias le habían estado causando al alero de los Celtics. Para que esa reducción de los tendones no acabara derivando en una posible rotura de los mismos, Bird vio cómo ya no volvería a disputar un minuto durante esa temporada 88/89, el periodo inactivo más largo de su vida deportiva.

31. Es cinco de mayo de 1991. Quinto y definitivo encuentro de la primera ronda de los playoffs del Este. Los Celtics y los Pacers han ganado y perdido uno tanto en casa como fuera. El último se juega en el Boston Garden. La veteranía de los Bird, McHale y Parish, acompañada del joven y talentoso Reggie Lewis, contra la juventud de los Chuck Person, Reggie Miller, Detlef Schrempf y Rik Smits. En los minutos finales del segundo cuarto, Bird se lanza al suelo a por un balón perdido golpeando violentamente su cara contra el parquet del viejo Garden. A pesar de la importancia del partido y del amor propio del rubio de los Celtics, este se ve obligado a irse a los vestuarios por el gran dolor causado por el enorme trastazo. En ese momento Bob Hill, coach de Indiana, pide tiempo muerto y explica a los jugadores que tienen que mantener la cabeza fría puesto que el público se iba a volver loco en cuanto Larry volviera. Pero eso no ocurre. Comienza el tercer cuarto y el 33 no da señales de vida. Minutos después, con el lado derecho de la cara deformado y enrojecido, aparece a través del túnel de vestuarios el héroe local dispuesto a levantar el 79-82 del luminoso. El Garden ruge como pocas veces. Larry se despoja de su chaqueta, entra en la cancha y falla sus dos primeros tiros. A partir de ahí le comienzan a entrar prácticamente todas. Los locales consiguen un parcial de 33-14 para ponerse 112-96 aunque el empuje visitante apriete el marcador a un ajustadísimo 122-121 a escasos segundos del final. Brian Shaw anota dos tiros libres para cerrar el encuentro con el 124-121 definitivo. Larry Bird, que llevaba una media de 18 puntos y un pírrico 37% en tiros de campo en esas series debidos sobre todo a sus dolores de espalda, anotaría 32 puntos en ese decisivo partido con una serie de 12/19 y la cara hinchada como un zepelín.

32. Boston, 15 de marzo de 1992. Larry Bird lleva ya mucho, demasiado, tiempo con graves problemas de espalda. De hecho, por esa misma razón se ha perdido 29 de los 65 encuentros disputados por su equipo hasta la fecha. El rival es Portland, un muy buen equipo. Quedan 20 segundos para terminar el encuentro y los Blazers van ganando por 111-118. Lo tienen casi hecho. Cuando solo faltan 16 segundos, Bird penetra por la derecha de la canasta de los Blazers sorteando a Drexler y dejando una bandeja de reverso en el momento en el que Buck Williams se une a Drexler para tratar de impedir un tiro muy complicado. Canasta. Con solo nueve segundos en el reloj, Larry anota una bandeja en carrera para apretar el marcador a solamente tres puntos. Balón para el 33 de los Celtics quien se coloca a la altura del segundo carro del concurso de triples y medio en carrera, con el defensor encima y a la remanguillé, anota un triple impresionante que lleva el partido a la prórroga. Boston se acabaría imponiendo después de dos tiempos extra por 152-148. Un paleto de French Lick muy disminuido físicamente ha sido capaz de anotar siete puntos en los últimos 14 segundos del partido para llevarlo al tiempo extra. Y en ambas prórrogas había añadido nueve puntos, cuatro rebotes y cinco asistencias más para un triple doble impropio para alguien en su estado: 49/14/12 con cuatro robos y un tapón en ¡54 minutos! Sería la última gran actuación como jugador de Larry Bird. Ya solo le restaban 13 partidos más en la NBA a sus más que machacados 35 años.

33. Los JJ. OO. de Barcelona supusieron un buen punto final para la carrera de Larry Bird. Si bien en un principio no quiso formar parte de tan selecto grupo porque no se veía en condiciones, al final dio el sí y se unió a los Magic, Jordan y compañía. Bird sufría de inmensos dolores de espalda debido a su lesión y pronto descubrió que el trayecto hasta la medalla de oro iba a pasarlo más sobre una bicicleta estática que sobre el parquet de una cancha. De hecho, así es como se hizo tan amigo de un Pat Ewing que hasta entonces no sentía ninguna simpatía por él. Eran “Harry y Larry” e iban juntos a todas partes. Larry disputó los ocho partidos de los Juegos, si bien en alguno de ellos de manera testimonial, como fue en el de la final. A pesar de todo mantuvo su porcentaje de tiro por encima del 52% e incluso llegó a anotar 19 puntos ante los alemanes o a sumar diez puntos, seis rebotes, seis asistencias y dos robos en las semifinales ante Lituania. Cuando ya subió al pódium y le colocaron la presea de oro en el cuello, no pudo evitar acordarse de Joe, su padre, tan aficionado a los Juegos Olímpicos y con quien veía las retransmisiones por televisión cuando Larry era un niño de pueblo.


El récord marciano del Athletic Club

Athletic 1958

Quizá los más jóvenes, y menos versados en la historia del balompié nacional, piensen que el actual dominio liguero del Barcelona y el Real Madrid sea algo propio de la última década. Y si bien hoy en día su primacía es descorazonadoramente abrumadora, no deja de ser más cierto que durante muchos tramos del pasado siglo el binomio merengue/culé —sobre todo por parte de los blancos— era asimismo muy frecuente. Como muestra valga el botón de los ganadores de los campeonatos ligueros que van desde la campaña 51/52 hasta la 63/64. En estas 14 temporadas, el Madrid se impuso en nueve ocasiones por cuatro del Barcelona, con la única interrupción —en la 55/56— del Athletic Club.

Aquel Athletic “intruso” ya no contaba con los Lezama, Iriondo, Venancio, Panizo o Zarra. Solo quedaba Piru Gaínza, el eterno once de Basauri. El que será recordado como el equipo de “Los once aldeanos” (bautizado así por el presidente Guzmán tras la consecución de la Copa del 58 contra el Madrid en feudo capitalino) lo formaban habitualmente Carmelo, Orúe, Garay, Canito, Mauri, Maguregui, Artetxe, Markaida, Arieta I, Uribe y Gaínza. Una alineación que se sabía cualquier aficionado al fútbol ya fuera de Vigo o de Almería. Aquella campaña 55/56 en la que los bilbaínos se llevaron el campeonato fueron flanqueados en el podio liguero por —cómo no— Barcelona y Madrid, a uno y diez puntos respectivamente.

Los de Chamartín contaban en sus filas con gente del nivel de Di Stéfano, Gento, Puskas, Kopa, Rial, Santamaría, Miguel Muñoz o Zárraga. En Barcelona, tampoco es que anduvieran mancos con los Kubala, César, Basora, Kocsis, Czibor, Ramallets, Luis Suárez o Biosca. Demasiado jamón para el escaso pan de los rivales. Y es que blancos y culés no solo dominaban las competiciones sino que trataban el balón de manera exquisita, jugaban otro fútbol nunca practicado antes por equipos españoles. A las nueve Ligas conseguidas durante estos 14 años, el Madrid logró sumar cinco Copas de Europa, una Copa del Generalísimo y una Copa Intercontinental. A los cuatro campeonatos ligueros del Barcelona hay que añadir dos Copas de Feria y cinco Copas del Generalísimo. Ya entonces se habían puesto en cotas inalcanzables para pretendientes a la máxima gloria como Athletic Club, Atlético o Valencia, por citar los más señeros.

Betis-Athletic 1958Pero dentro de este somero análisis sobre cómo estaba la España del balón a lo largo de esta década y media, hay que acercar muchísimo más la lupa de los pequeños detalles para rescatar una concatenación de episodios de carácter casi sobrenatural que ocurrieron cuando 1958 llegaba a su fin y comenzaba a dar sus primeras bocanadas 1959, el año nuevo.

El Athletic Club acaba de empatar a cero en casa del líder, el Real Madrid. Los chicos entrenados por el brasileño Martim Francisco habían vuelto a Bilbao con la satisfacción de haber podido igualar a los Kopa, Di Stéfano, Rial y Gento de Luis Carniglia. Aquel lunes 14 de diciembre de 1958 se disputaba el último encuentro liguero hasta después del día de Navidad. Los merengues seguían al frente de la tabla, los rojiblancos conseguían subir un puesto a costa del Atlético de Madrid para ponerse cuartos.

Las fiestas transcurrieron con normalidad en Bilbao con la cena de Nochebuena y la comida de Navidad en familia. Y más les valía a los jugadores que así fuera porque el día 28 recibían al Sporting de Gijón. Un Sporting que ocupaba la antepenúltima posición en la tabla —la de promoción de descenso a Segunda— y que trataría de aprovechar la particularidad de las fechas para sacar algo en claro de San Mamés. El partido lo pitaba el colegiado Azón Roma. Martim Francisco alineaba a Carmelo, Orúe, Etura, Canito, Mauri, Maguregui, Artetxe, Merodio, Arieta I, Uribe y Gaínza. La recitada por todos con los únicos cambios de Etura por Garay y Merodio en lugar de Markaida, ambos de baja por lesión.

Nada más iniciarse el choque, una combinación entre Maguregui y Gaínza sirve para que Merodio adelante a los locales con el 1-0. Dos minutos después, otro balón del veteranísimo Piru es rematado con la testa por Ignacio Uribe para poner el 2-0. Eneko Arieta de duro disparo raso y otra vez Uribe de chut alto subían el tercero y el cuarto al marcador con tan solo 22 minutos disputados. Madriles, el portero gijonés, no hace sino viajar al fondo de la red. Sin tiempo para que los asturianos pudieran sobreponerse al chaparrón de goles, Mauri perforaba la meta por quinta vez y casi a continuación, Uribe firmaba su tercer tanto de la noche. En el descanso, un público lógicamente jubiloso da buena cuenta de la cazuela y la bota de vino con el 6-0 logrado por los de casa. No se vio cambio de rumbo en la segunda mitad y así los dos goles de Merodio (otro hat-trick, que ni se sabía que en algún lugar del mundo alguien los llamaba así) y uno más, este obra de Artetxe dejaban zanjado el encuentro con un 9-0 a 24 minutos del final. Menuda inocentada de día 28 para el Sporting y vaya trago para Madriles… Los capitaneados por Gaínza cerraban la primera vuelta escalando otro puesto y se colocaban terceros.

Carmelo

La segunda vuelta la iban a iniciar jugando de nuevo en casa el cuatro de enero. En esta ocasión el rival era el Celta de “Quinocho“, que acabaría siendo asesinado en medio de un robo en los años ochenta en las oficinas del club vigués. La alineación bilbaína no difiere en nada de la presentada siete días antes frente a los asturianos. Conviene recordar que hasta el mismo año 58 no se permitieron los cambios de jugadores y aun así, no fue hasta comenzada la década de los 70 cuando se decidió que las sustituciones pudieran ser por cuestiones técnicas y no por lesiones. Pitaba el colegiado Novella. El inicio del choque parecía un calco del de la semana anterior. Para el minuto cuatro, Merodio y Artetxe ya habían conseguido batir a Padrón. En el 10 y el 25, el segundo de penalti, el poderoso medio Mauri elevaba a cuatro el casillero de los locales. A falta de 13 minutos para el descanso, Uribe ponía el repoker para alegría del público asistente a San Mamés. A la vuelta del parón, los chicos de Francisco marcaban en el 52, 62 y 72 por medio de Merodio, Mauri y Uribe. Mauricio Ugartemendia conseguía así un hat-trick. El 9-0 final corrió a cargo del fino Artetxe a cuatro minutos del final. Segundo partido consecutivo ganado por 9-0. El respetable no daba crédito a lo que acababa de vivir en el transcurso de una semana. Los titulares de la prensa nacional tenían por fuerza que destacar la supergoleada de los rojiblancos… pero no. La victoria del Real Madrid a la Unión Deportiva Las Palmas por 10-1 en Chamartín —con tripletes de Di Stéfano y Puskas— dejó el huracán vivido en San Mamés en un segundo plano. Así fue.

El lunes 11 de enero, el árbitro Caballero pitaba en el antiguo Campo de San Juan de Pamplona. El Osasuna, duodécimo de 16, recibía al Athletic Club del doble 9-0. Los bilbaínos volvían a presentar el mismo 11 de los dos encuentros anteriores. El aguerrido equipo navarro con una alarmante falta pegada delante aguantaba muy bien el tipo la primera media hora hasta que llegó Merodio para abrir la lata en el 30. Dos minutos después, Mauri marcaba el segundo y el propio Merodio ponía a los vizcaínos con una ventaja de 0-3 a los 37. Nada más comenzar la segunda mitad el navarro Marañón, que más adelante resultaría grave e involuntariamente lesionado en el abdomen por el meta Carmelo, anotaba para Club Atlético Osasuna. Era el 1-3. Bastaron diez minutos más para que el rojillo Glaría II perforara la meta… de su compañero Eizaguirre para que así el Athletic Club sumara el cuarto gol. Hubo que esperar hasta los minutos 74, 75 y 82 para que el centrocampista Merodio no solo pusiera el tanteo en un escandaloso 1-7 sino que conseguía el poco frecuente hito de marcar cinco goles en un partido fuera de casa. Ignacio Uribe cerró la cuenta para una victoria tan escandalosa (1-8) que no solo era el récord goleador a domicilio en Liga hasta la fecha, sino que demostraba que las dos goleadas anteriores no habían sido fruto de la casualidad.

GarayLa expectación en San Mamés el siguiente domingo era de órdago. Había quien pensaba que lo que había ocurrido en los tres choques anteriores no podría tener continuidad puesto que nunca se había vivido en el Botxo nada similar en un periodo de solo dos semanas. El rival en esta ocasión era el Real Betis Balompié del gran Luis del Sol, cuarto en la tabla justo por detrás del Athletic. A pesar de todo, los optimistas espectadores locales iban con la intención de ver otro huracán. Una bilbainada más.

18 de enero de 1959. La dirección del choque corría a cargo del trencilla Marrón (sic) y el viejo San Mamés rugía instantes antes del comienzo del encuentro. Eneko Arieta, el potente ariete local, marca en el minuto cuatro y medio. 1-0. 20 más tarde, Uribe anota el segundo. El hábil y joven interior moja por cuarto partido consecutivo. En el 29, vuelve a aparecer el Merodio de los cinco goles de Pamplona para perforar el arco de Menéndez por tercera ocasión. Artetxe subía el 4-0 al marcador en el minuto 37 y solo uno después, Portilla —sustituto de un lesionado Gaínza— marcaba su único gol como jugador del Athletic Club, si bien hay que aclarar que tan solo vistió cuatro veces la zamarra rojiblanca en su carrera. Curiosamente, Juan Portilla acabaría jugando en el Betis —el rival de esa tarde— en las temporadas 61/62 y 62/63 con 24 choques ligueros y cuatro goles en su currículum verdiblanco. Los jugadores se encaminaban al vestuario con otro 5-0 en su haber. Es la fiesta que no acaba, una lluvia de goles más persistente que un sirimiri de esa época. Poca historia más tuvo el partido salvo añadir que Arieta I logró un triplete al marcar los dos chicharros finales en el 66 y 67 para dejar el 7-0 definitivo.

El día 21, un Athletic al que comenzaba a temer todo el mundo caía por 2-0 en Zaragoza. El colegiado, González Echevarría, era el mismo que había pitado el empate frente al Madrid en Chamartín, el último disputado antes de la racha. 9-0, 9-0, 1-8 y 7-0. 33 goles en cuatro partidos consecutivos de Liga de Primera División. Un hecho sin precedentes que, es más, nunca jamás se ha vuelto a repetir. Aquel buen, que no excelso, equipo plagado de jugadores vizcaínos resultó una apisonadora que sin necesidad de mostrar semejante músculo ofensivo, simplemente arruinó las actuaciones de los porteros rivales para disgusto de sus señoras madres. Los 33 tantos fueron obra de Merodio (11), Uribe (7), Mauri (5), Arieta I y Artetxe (4 cada uno), Portilla (1) y el citado en propia puerta del osasunista Glaría II. Como curiosidad, destacar que Armando Merodio defendió los colores del Athletic Club durante 8 temporadas y que durante las mismas fue capaz de perforar la meta rival en Liga en tan solo 35 ocasiones, 11 de ellas en aquellos 4 partidos. Insólito.

Tras el 7-0 ante el Betis y con los 33 tantos ya anotados, una columna de opinión del diario barcelonés La Vanguardia decía lo siguiente:

Los bilbaínos inquietan. Esta es una realidad que se ha abierto paso bajo el empuje del baño de goles que el Atlético* viene propinando a sus adversarios, uno detrás de otro, sin que de él se haya podido librar ni el mismísimo Betis, el equipo sevillano, lo que constituye un síntoma inquietante para los dos líderes que temen ver compartir a los bilbaínos una posición descollante en la lucha por el título hasta ahora circunscrita a ellos dos. Los siete goles del domingo en San Mamés, sumados a los tres anteriores vapuleos, han sonado en el ruedo futbolístico como un clarinazo de atención”.

Pero no, los rojiblancos terminarían la competición liguera en tercera posición a 15 puntos del Barça. Eso sí, en las gradas de San Mamés nunca se olvidará una marca tan única como probablemente irrepetible. 33 goles en cuatro partidos consecutivos. Un récord marciano. Muy de Bilbao.

* Españolización del nombre Athletic impuesta en los años 40 por la dictadura franquista para terminar con todos los anglicismos tan presentes en el fútbol español.

Barcelona- Athletic 1958