Bravo samurái

bravo samurái
Tríptico que representa el seppuku de Saigō Takamori, que lideró la Rebelión Satsuma, el último conflicto protagonizado por los samuráis, en 1877. Imagen: Cordon Press.

Barriguita cervecera, brazos débiles, papada… Vale, reconozco que este cuerpo escombro en el que en la actualidad me encuentro encerrado no es el más apropiado para un guerrero samurái, ni siquiera para un soldado de infantería. Es el cuerpo típico de un señor del siglo XXI, una época sedentaria, aburrida y absurda en la que hemos cambiado nuestro primigenio instinto guerrero por un pacifismo cobarde y simplón. Como buenos burgueses, tenemos miedo a todo: a la vida y a la muerte, a la guerra y a la posguerra, al hierro y al acero… Sin embargo, permanece en nosotros una neblinosa nostalgia del guerrero, que aplacamos de forma virtual viendo cine bélico, jugando a videojuegos de batallitas o contemplando en las noticias cómo terceras personas hacen la guerra por nosotros desde lujosos despachos, a salvo de las salpicaduras de sangre, transmutando el arte de la guerra en vil espectáculo, obedeciendo a intereses ignotos, usando a la soldadesca como peones que acabarán figurando en un gris impreso como «bajas militares». Pero hubo un tiempo en el que las cosas eran muy diferentes, un tiempo en que la guerra fue sagrada y el guerrero alcanzó su más alto rango espiritual y terrenal. Frente al guerrero tecnológico que se oculta tras monstruosas máquinas, el guerrero premoderno que empuñaba una espada y seguía un férreo código de conducta.

Hablo un poco por experiencia, pues, gracias a ciertos sueños y visiones de duermevela, he llegado a la conclusión de que fui un samurái en una reencarnación anterior. No pongan esas caras tan raras. Digo la verdad. Y si no me creen, sigan leyendo. Voy a contarles de primera mano la verdadera historia de los samuráis. Así que déjenme desenvainar mi catana, único recuerdo que conservo de mi remota existencia samurái; mientras la acaricio y la mimo como si fuera mi propio miembro viril, recordaré unos tiempos donde los caballeros aún montaban a caballo y la más ínfima descortesía podía desembocar en un duelo a catanazos. 

Una ascensión sanguinolenta

Como la geisha, el samurái es uno de los pilares de la cultura tradicional japonesa. Aún hoy, y muy a pesar de su aparente americanización, en el corazón de Japón late la esencia de esta clase de guerrero cuyo nombre significa ‘el que sirve’. No en vano, en principio el término «samurái» se usaba para hacer referencia a los sirvientes domésticos. Poco a poco, fue derivando hacia su significado marcial, hasta que en el siglo XII se empezó a usar oficialmente para nombrar a la élite militar que servía a un sogún o señor feudal.

Los samuráis surgieron en torno al siglo VIII. Antes de erigirse en una clase privilegiada, no eran más que buscavidas que defendían propiedades agrarias, cazaban, pescaban o, en el peor de los casos, practicaban el bandolerismo. Pero su extraordinaria capacidad de lucha hizo que se desarrollaran muy rápidamente. En el siglo X ya eran una auténtica aristocracia guerrera, que contaba con propiedades incluso. Esta mezcla los situó en tierra de nadie: los campesinos los temían y la nobleza los consideraba impuros por tener las manos manchadas de sangre. En el siglo XII, el poder de esta casta guerrera tocó techo, disparado por la muerte del emperador Toba y una guerra entre distintas facciones de la nobleza que puso en evidencia la debilidad de la corte imperial.

Era cuestión de tiempo que los propios samuráis acabaran enfrentándose entre ellos. Sucedió en las llamadas guerras Genpei (1180-1185), que estallaron cuando los samuráis Heike se hicieron con el poder y menospreciaron a la corte imperial y a los samuráis Genji, que, empujados por la nobleza, se rebelaron. 

Yo, o, mejor dicho, mi encarnación japonesa, fui uno de los detonantes de la rebelión.  Me llamaba Yoshitsune y llevé a cabo las proezas más temerarias de la guerra. Por ejemplo, bajé al frente de treinta jinetes por un despeñadero de cincuenta metros de altura, con los ojos cerrados para no ver la sima, y así logré tomar por sorpresa un campamento enemigo.

Las guerras Genpei llegaron a su cénit en la batalla de Dan-no-ura, cuando los Heike y los Genji nos enfrentamos a bordo de cientos de naves, librando sangrientos duelos cuerpo a cuerpo o a flechazo limpio. La batalla fue reñida, pero, ejem, mi pericia estratégica y un providencial cambio en la marea inclinó la balanza a nuestro favor, haciendo que la corte imperial perdiera el poder en beneficio de los samuráis hasta el siglo XIX. Fue una gozada matar a nuestros enemigos en el agua mientras veíamos cómo sus líderes se suicidaban, tirándose al mar vistiendo sus pesadas armaduras. Y, tras ellos, sus mujeres, muchas de las cuales se hundieron en las aguas llevando en brazos a sus hijos. Aún hoy existen ancianos que aseguran que algunos cangrejos pescados en Dan-no-ura tienen líneas que reproducen el rostro amargo de aquellos suicidas.

Los siete mandamientos

El término bushido significa ‘el camino del guerrero’, y responde a un estricto código de conducta que todo samurái debía cumplir a rajatabla. El bushido bebía de fuentes religiosas como el confucianismo, el budismo zen o el sintoísmo. De alguna forma, los samuráis expandieron el bushido por toda la sociedad japonesa, y podemos decir que las siete virtudes que lleva asociadas tuvieron tanto calado en Japón como los diez mandamientos en el Occidente cristiano. Pasemos revista a estos preceptos que contienen la esencia del espíritu samurái.  

-Justicia: No se trata solo de ser honrado con el prójimo, sino sobre todo con uno mismo. Creer en la justicia y la injusticia, en lo correcto y lo incorrecto, y luchar siempre por el bien propio y ajeno.

-Coraje: más allá de la cobardía, el samurái hacía gala de un valor heroico. Vivía con plenitud y se arriesgaba al límite, pero no a tontas y a locas, sino de forma consciente e inteligente. No era miedoso, pero tampoco temerario.

-Benevolencia: El samurái equilibraba su fortaleza y poderío, fruto de un duro entrenamiento, con generosas dosis de compasión. Como un monje zen, el samurái actuaba por el bien de todos, y era capaz de dar la vida por sus compañeros.

-Cortesía: A diferencia de la soldadesca contemporánea, el samurái no hacía vanas exhibiciones de fuerza, ni se comportaba con crueldad. Mientras en combate era fiero e implacable, en su vida cotidiana era respetuoso, humilde y cortés.

-Honestidad: Para un samurái «decir» y «hacer» eran casi sinónimos. No era necesario que jurara ni que prometiera puesto que su palabra era su obra y, si decía que llevaría a cabo una acción, lo hacía aunque le costara la vida.

-Honor: Sin duda, la virtud fundamental del samurái. Un verdadero guerrero era vigilante, juez y verdugo de su propio honor. Conocía sus obligaciones y sabía cómo tenía que comportarse. En caso de perder su honor, solo podría restaurarlo a través del seppuku o suicidio ritual. 

-Lealtad: Tanto a sus superiores, como a sus compañeros, como a aquellos que estaban bajo su protección. Para el guerrero, la lealtad era un férreo contrato no escrito, pero firmado a sangre, sudor y fuego.

Armaduras y catanas

El blindaje exterior del samurái era tan importante como la fortaleza interna. Muy pocos hombres de hoy en día serían capaces de llevar con dignidad una armadura como las que llevábamos los viejos guerreros japoneses. Las primeras armaduras de samurái, llamadas tanko, estaban fabricadas en hierro macizo: las planchas de blindaje se sujetaban unas a otras con correas de cuero y estaban específicamente diseñadas para ser usadas de pie. Para proteger la parte baja del cuerpo, los guerreros nos poníamos una falda acampanada llamada kusazuri. Los hombros y antebrazos se cubrían con planchas curvas que llegaban hasta el codo. Desde esos tiempos, la superficie de metal se cubría de laca laminar para protegerla del clima, tal y como se seguiría aplicando a los modelos posteriores. La parte de delante del casco tenía forma de visera, además de dientes de hierro en la parte superior cuyo objeto era sujetar plumas de faisán. Posteriormente, se diseñó un tipo de armadura laminar, llamada keikō, de la cual a su vez se desprendió el estilo yoroi, que es la armadura clásica samurái. Debido a que si la armadura estaba hecha completamente de hierro su peso se multiplicaba, solo se empleaban piezas de ese metal en las zonas donde se requería de más protección y en el resto se alternaban piezas de hierro con cuero. Una yoroi tenía un peso aproximado de treinta kilos, que no es poco.

La armadura que cubría el cuerpo era llamada do y constituía la base de esta indumentaria defensiva. Con los siglos se marcó una tendencia a reemplazar la yoroi por una armadura llamada do-maru. Esta última surgió como la evolución de la armadura de los soldados de infantería, mucho más sencilla y más cómoda a la hora de la lucha sobre el terreno. La armadura desarrollada en el siglo XVI es conocida como tōsei gusoku o «armadura moderna». Su rasgo característico es que le fueron añadidas protecciones para la cara, el muslo y un pequeño estandarte en la espalda.

En cuanto a la catana, fue inventada en el siglo XVI por los propios samuráis, y su diseño es tan perfecto que nunca fue necesario modificarlo. Para crear una catana original hay que derretir acero en un horno especial a ochocientos grados, durante tres días y tres noches. La catana samurái tiene un metro de longitud y no pierde el filo ni aunque haga mil cortes diarios. La fuerza de la catana se debe a su curvatura, que hace posible incluso seccionar el hueso del oponente de un tajo. Como la empuñaba con ambas manos, el samurái se tenía que colocar en ángulo recto con respecto al enemigo. Dado que la catana era un arma defensiva y ofensiva al mismo tiempo, los samuráis no necesitaban escudo: debido a su gran resistencia, la catana podía golpear el arma del oponente para desviar el ataque y acto seguido asestar un golpe mortal. Así eran las catanas. Y son, aunque en la actualidad solo queda un horno genuino, y la mayoría se usan como adorno o arma blanca trapera. 

Seppuku antes que deshonor

El recuerdo que tengo de mi vida como samurái es borroso pero imborrable, y aún me atenaza el alto grado de responsabilidad que implicaba. El honor y el suicidio solían ir de la mano, en un código moral en las antípodas del imperante en el Occidente contemporáneo. Como escribió el venerable Wada no Yoshinori, «el código de los samuráis dicta que la vida sea considerada menos importante que una mota de polvo; en cambio, el aprecio por el propio honor debe ser tenido en más peso que el mayor tesoro del mundo». Como muestra postrera de valor, desde el siglo XII los míticos guerreros se suicidaban haciéndose seppuku o, dicho más vulgarmente, harakiri.

El Hagakure, biblia militar escrita por Yamamoto Tsunetomo en el siglo XVII, dice que «el camino del samurái es la muerte». Y con ello no se refiere tan solo a la muerte del guerrero en combate, sino también a su deber de suicidarse antes que rendirse. Desde los periodos más antiguos de la historia japonesa se pusieron en práctica diversos métodos de suicidio ritual, como lo de tirarse del caballo con la espada en la boca. Pero el más famoso y común fue el de rajarse el vientre con un puñal. El primer caso documentado de esta práctica se remonta al siglo XII, concretamente a 1180, cuando el septuagenario samurái Minamoto no Yorimasa, al verse herido y acorralado al término de una batalla, se quitó la vida de ese modo. 

La mentalidad posmoderna verá con horror un método de suicidio tan sangriento y doloroso, en el transcurso del cual el samurái se evisceraba ejecutando un corte horizontal y otro vertical en el estilo jumonji o ‘del número diez’, por el ideograma que dibujaban los tajos. El objetivo era cortar los centros nerviosos de la columna, lo que provocaba una larga agonía; por ello, aunque se consideraba honroso inmolarse solo, se acostumbraba a emplear a un amigo o sirviente de confianza, llamado kaishakunin, para decapitar al suicida tan pronto como se apuñalase. 

Amén de ser una suprema manifestación de coraje, el seppuku también se explica por la creencia de que en el bajo vientre residían el calor y el alma humanos y que, abriéndolo, el suicida liberaba así su espíritu.

El seppuku se realizaba mediante un estricto código ritual que se aplicó hasta el final de la historia de los samuráis, en 1871. El diplomático inglés Algernon Freeman-Mitford, que presenció en 1868 un seppuku, nos dejó una descripción muy detallada. El samurái iba vestido de blanco, como los peregrinos o los difuntos, y, para suicidarse, empleó el wakizashi, un sable corto. Tras escribir un poema de despedida, se abrió el vestido y «tomó el arma ante sí; la miró con melancolía, casi con afecto; por un momento parecía que había reunido sus pensamientos por última vez y, entonces, apuñalándose profundamente bajo el vientre en el costado izquierdo, desplazó el arma hacia el costado derecho con lentitud y, llevándola hacia arriba, efectuó un leve corte hacia lo alto. Durante esta dolorosísima operación no movió ni un músculo de la cara».

A continuación, el kaishakunin «se irguió tras el samurái», de cara al sol o la luna para no revelar su sombra, «desenvainó su catana y lo decapitó de un solo golpe». Luego limpió su arma y se inclinó. Tras el ritual, la cabeza del muerto era enviada a la familia del suicida para que le diera sepultura.

Y así es exactamente como fallecí yo en mi anterior reencarnación: haciéndome seppuku. Y, si les cuesta creerme, aquí tienen una buena prueba de que hubo un tiempo en que fui un bravo samurái: estas cicatrices estilo jumonji que luzco en el abdomen desde mi nacimiento.


Apología del papel

Apología del papel

Aun a riesgo de ser confundido con Perogrullo, debo empezar este texto señalando que si ha comprado esta revista tendrá usted entre manos una revista de papel. Sí, no mire atrás, se lo digo a usted, que lee estas líneas. Y aunque seguro que ya lo sabe, lo subrayo para que sea plenamente consciente de ello: leerá una revista compuesta por páginas impresas con tinta, encuadernadas y guillotinadas. Y esto es un acto contrarrevolucionario en toda regla, un atentado tradicionalista, reaccionario, nostálgico y romántico. No me sea timorato y reconózcalo: ha puesto usted un palo o, mejor dicho, un palillo en el rodillo del progreso, ralentizando un instante la implacable revolución digital. Cuando usted lea eso, millones de personas en todo el mundo permanecen hipnotizadas por las pantallas de sus teléfonos móviles, sus ordenadores, sus televisores de plasma, sus e-readers, sus iPad... Sin embargo, usted apostará por el arcaico placer de abrir un tomo impreso, acariciar sus hojas, disfrutar del olor a tinta, ir pasando páginas hasta llegar al final con una grata sensación de trabajo bien hecho, de camino recorrido sin atajos ni desvíos, de espaldas al caos de infinitas posibilidades de la pantalla luminosa conectada a internet. Así que, con todas las de la ley, se merece usted una invitación en zona VIP para leer esa apología del papel impreso, donde daré una serie de razones que lo convencerán de su valía, si es que duda de ella, o lo reafirmarán en su fe, si ya es devoto de este divino material.

Por el mortero del eunuco

El papel fue ideado en China en el año 105 antes de Cristo. Su inventor fue un eunuco llamado Cai Lun, que estaba al servicio del emperador He. Hasta ese momento, la gente escribía sobre pesadas piezas de bambú o carísimos retales de seda. Consciente de esto, Cai Lun fabricó una nueva superficie con corteza de los árboles, cáñamo, redes de pesca y paños deshechos. Mezclando todo esto con agua, golpeándolo con madera y filtrándolo en tela, logró el primer papel. Cai Lun es hoy venerado en Oriente como patrón de los fabricantes de papel, y el mortero con el que fabricó el primer papel se conserva como una reliquia.

Prendida la llama, el papel se extendió por Corea, Vietnam y Japón. En el siglo VII, los árabes capturaron una expedición china en la que viajaban fabricantes de papel y, maravillados con el invento, abrieron fábricas en Bagdad.

En Occidente, fue España el país pionero en la utilización de papel: el Misal de Silos, que data del año 1000, es el primer manuscrito europeo de este material. Lento pero seguro, el papel se extendió por todo el orbe y con los siglos se fue puliendo su textura, gracias al manipulado y el reciclaje, y acabó siendo el soporte rey: durante mucho tiempo no hubo documento, libreta, revista, periódico o cigarrillo que no estuviera fabricado con papel. Pero, papiroflexia aparte, la obra cumbre creada con papel fue el libro, que pronto se erigió en uno de los pilares fundamentales de la ciencia, la religión y la cultura. Desde la invención de la imprenta y durante seiscientos años, el libro de papel ha reinado sin competencia alguna. Hasta que llegó el libro electrónico para tratar de usurpar su trono.

El e-book es una mierda

En el año 2000, el novelista Stephen King lanzó su nuevo libro, Riding the Bullet, en formato digital: era el primer escritor famoso que se atrevía a editar un libro que solo se podía leer en ordenadores. Arrasó: se despacharon cuatrocientos mil ejemplares en menos de veinticuatro horas y el exceso de demandas bloqueó el acceso a la web. Desde ese momento, teóricos, intelectuales, expertos y chatarreros se apresuraron a firmar en las atalayas mediáticas, muchas de ellas impresas en papel, la sentencia de muerte de la edición tradicional. Mientras tanto, una legión de geeks y cuñaos armados con dispositivos electrónicos se dedicaban a soltar a diestro y siniestro frases como «mi e-reader es más pequeño que tu libro de papel pero lleva dentro seis mil libros. Chínchate». Vale, pero… ¿cuántos de esos libros vas leer a la vez? ¿Cuántas vidas te hacen falta para leerlos todos? Y, sobre todo… ¿se trata de buenos libros? A estos apologistas de las maquinitas les traían sin cuidado estas preguntas, y se pasaron los tres primeros lustros del siglo profetizando el apocalipsis de la industria editorial y la multiplicación de los iPad y los e-books

Han pasado los lustros y las profecías no se han cumplido. Las ferias del libro siguen consagradas al papel. Los editores aseguran que «la penetración del libro digital es aún minoritaria», mientras nuevas editoriales crecen como setas contra viento, marea, Amazon y Kindle. Y, por supuesto, los escritores superventas continúan editando en papel.

Ahí está, sin ir más lejos, Koji Suzuki, el Stephen King japonés, autor del best seller The Ring, que en 2009 publicó su nueva novela, The Drop, en rollos de papel higiénico. El experimento funcionó y se despacharon ochenta mil ejemplares en un mes. Porque es mucho más limpio leer en papel, aunque sea de váter, que en un cachivache electrónico. Lo dijo más claro Juan Manuel de Prada: «El libro electrónico no ha cuajado porque, bueno, es una mierda leerlos, vamos a ser serios y dejarnos de rollos, pues no hay ni punto de comparación, como todo el mundo sabe».

Ecología del libro

El libro es más ecológico que el e-book. Sí, ha leído usted bien, pero lo repito por si cabe alguna duda: el libro es más ecológico que el e-book. Se creerá que me he vuelto loco, pues conocerá informes como el de National Geographic que sostiene que por cada lector de libros digitales se ahorran ciento sesenta y ocho kilos de dióxido de carbono. Paparruchas. El carbono acumulado en la madera se mantiene en el papel durante décadas y se amplía mediante el reciclaje, mientras que los reproductores de e-books emiten todo tipo de toxinas y son más difíciles de reciclar; el plomo, el níquel, el selenio, el cadmio o el arsénico están entre los ingredientes más letales de un e-reader, que perjudican la salud del usuario setenta veces más que un libro de papel, provocando a la larga trastornos en pulmones, piel, riñones, intestinos, huesos o estómago.

También circula el rumor de que usando un e-book salvas un montón de arbolitos. Falso. La madera empleada en fabricar papel se cultiva en plantaciones creadas con el fin de ser taladas para tal uso, y constituyen solo el 2,7 % de la superficie total de bosques. Las especies de árboles usadas son de crecimiento rápido, y al plantarse en terrenos baldíos facilitan el control de la erosión del suelo y del ciclo del agua. Por el contrario, fabricar dispositivos lectores de libros electrónicos exige deforestar amplias zonas para extraer litio, coltán y otros minerales, y se destruyen inmensos bosques de madera noble en países subdesarrollados, desencadenando guerras y trastornos geopolíticos. Eso por no hablar de la «basura tecnológica» que generan estos cacharros, basura que se exporta desde nuestros opulentos países hasta vertederos de la India o África.

Entonces, lo verdaderamente ecológico es leer en papel, que es un producto natural, renovable, reutilizable, reciclable, biodegradable y sostenible. Y si es usted de los que lee más de sesenta volúmenes al año, compre libros de segunda mano o váyase a una biblioteca pública. Sí, aún existen.

El dulce aroma de la tinta

«Estoy rodeado de libros cuyos olores permanecen: quien lee, huele», escribió Günter Grass con más razón que un santo. Porque a ver qué bibliófilo que se precie no ha olido sus libros como si fueran drogas duras, esnifando entre sus páginas cuando, recién comprados, los saca de la bolsa con devoción sacramental. El olor del libro nuevo es una mezcla del papel y las sustancias con las que se ha tratado, de la tinta en la que se ha impreso y de los adhesivos con los que se ha encuadernado. El hidróxido de sodio que se usa para hinchar la pulpa del papel y el peróxido de hidrógeno que blanquea, en concreto, huelen que alimentan. 

El libro viejo huele un pelín más rancio debido a las sustancias volátiles que liberan a lo largo de los años, como la celulosa o la lignina; la cantidad de esta última será menor cuanto mayor sea la calidad del papel. Los papeles de alta calidad carecen de lignina, y huelen mejor al degradarse y entrar en hidrólisis ácida con el paso del tiempo, pues liberan sustancias como la vanilina, que huele a vainilla, el furfural, que huele a almendra, o el 2-etilhexanol, que apesta a flores.

En cuanto al tacto, pasar las páginas de un libro, acariciarlas con los dedos, es una experiencia táctil, mística, casi sexual. Conscientes del encanto de estos aromas y texturas, los fabricantes de libros electrónicos intentan en vano imitar el olor y el tacto de los tradicionales. La marca Seebook fue la primera en crear e-books tangibles y firmables, como El todopoderoso Shikaku, de Naoko Tanigawa, que además es el primer e-book que huele a tinta al añadir a sus tarjetas de descarga unas gotas del perfume Paper Passion. Pero no nos engañemos. A lo que huele el común de los e-books es a chatarra y a chamusquina. O a nada en absoluto. 

De plumas, bolígrafos, lápices y máquinas de escribir

Aún son muchos los escritores que, ajenos a modas tecnológicas, garabatean sus ocurrencias en libretas, servilletas, folios o cuartillas. Y es que, digan lo que digan los modernos, escribir sobre papel no es igual que hacerlo en un triste ordenador. La escritura es, como dijo Sebald, la pintura de la voz, y un escritor que quiera darle fuerza, aplomo, fisicidad y eternidad a su prosa o a su lírica trazará sus palabras a mano alzada, transmitiendo el contenido de su cerebro al papel a través de la pluma, el bolígrafo o el lápiz, como aún hace una élite de juntaletras tecnófobos.

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, afirma que «me gusta el papel, la tinta. Así comencé, y todavía hoy creo que el ritmo de mi mano es el ritmo de mi pensamiento». En su línea está Pere Gimferrer, que pinta su poesía en rojo y con una letra que solo él entiende: «Cuando me dispongo a escribir es porque tengo tanto escrito en la mente que ya es imposible retenerlo. Luego, al coger papel y lápiz y empezar a transcribir te van viniendo los siguientes versos, porque el pensamiento es mucho más rápido que la mano y esta más veloz que el ordenador».

Escribir con una máquina analógica también vale, pues sus férreas teclas exigen que el autor trabaje duro, sude tinta y deje caer esas gotas sobre el papel, como un cáliz que bendice y humaniza su obra. Así lo hace Paul Auster, que hasta le dedicó un libro a su querida Olympia SM3, a la que considera «más una fiel compañera que una herramienta de trabajo». También Javier Marías utiliza una Olympia, modelo Carrera de Luxe, tanto para sus artículos como para sus novelas: «Con cada libro que escribo le doy tal paliza a mi máquina que queda casi inservible tras la terminación», ha confesado. El maestro Don DeLillo usa lo que él llama «una máquina manual» para distinguirla de las electrónicas, y jura que «solo puedo escribir así. Necesito ver cómo la tecla golpea la página. No quiero tener delante una pantalla. Quiero tener el papel. Y que la letra se quede grabada en él cuando golpea la página. Hay una conexión entre la letra y el papel». Del mismo modo, hay una conexión entre el papel y el lector. Una conexión física y mental que el e-book no es capaz de lograr.

Almas de papel

Me atrevería a decir para terminar esta exposición que los libros de papel tienen alma, mientras que los e-books no la tienen. Y esto vale también para revistas y otros artefactos culturales de papel. Es como comparar a una persona humana con un androide: por muy perfecto que sea el androide, ni el más eminente científico podrá dotarlo de alma, de espíritu, de trascendencia. Mientras el e-book es tan cambiante, volátil y corregible como cualquier otro documento digital, el libro de papel encierra pensamientos inamovibles, ajenos al paso del tiempo, inasequibles al desaliento de sus dueños. «Aunque yazga cubierto de polvo en un rincón de la estantería, el libro conserva obstinadamente su propia vida y filosofía. Lo único que podemos hacer es acercarnos o alejarnos, leerlo o ignorarlo, cambiar nuestra actitud hacia él, nada más», sentenció Yukio Mishima

Y rumiando estas palabras le dejo, para que se dirija usted a pasar las páginas de una revista y disfrute de una lectura como Dios manda, en una revista que tiene algo de libro: sólida, con lomo, de hoja perenne; una publicación que el lector suele atesorar como si fuera un futuro incunable. Por eso, si usted mima ese volumen como es debido y lo protege de la humedad, las polillas y demás enemigos del papel, puede que, dentro de unas décadas, cuando los robots hayan sustituido a los humanos y los libros electrónicos a los libros de papel, usted, ya en su senectud, se vuelva a encontrar con esa revista y vuelva a leer este artículo. Pase lo que pase, le garantizo que mi postura no habrá variado lo más mínimo.


La Cadena del Water: auge y caída de una radio libre

Ilustración: Tau Diseño.

Me ha comentado otra lo de que el otro día hablaba yo de que me comía un cacho de mierda por un cuarto de kilo. Pues claro que me la como, y por doscientas mil pelas también, si me regateáis un poco.

Locutor anónimo de la Cadena del Water

Red de Emisoras del Movimiento, Cadena Azul de Radiodifusión, Cadena de Emisoras Sindicales, Radio Nacional de España, Cadena COPE, cadena SER. Estas eran, básicamente, las emisoras de radio toleradas por el régimen de Franco. Con la democracia las cosas no cambiarían demasiado y, aún hoy, algunas de esas cadenas siguen cortando el bacalao en el dial español. Y es que en la radio española nunca ha habido mucho margen para la libertad. Nunca… excepto entre 1975 y 1988, cuando, aprovechando el vacío legal, surgieron cientos de emisoras libres y sin censura que desdibujaban las fronteras entre locutores y oyentes.

No es fácil definir la radio libre, tratar de englobar en un mínimo común denominador ese puñado de emisoras salvajes, anárquicas y pendencieras. Se intentó en 1983 con el Manifiesto de Villaverde, que definió la radio libre como una «respuesta al derecho de toda persona individual o colectiva a expresarse libremente y criticar y ofrecer alternativas en todo aquello que le afecta directa o indirectamente», con objeto de «llevar la comunicación al marco cotidiano y luchar contra su monopolio y centralización». Asimismo, las radios libres se caracterizaban por ser medios participativos, autogestionarios, sin ánimo de lucro, al margen de los grupos de presión políticos y económicos, de espaldas a la publicidad y ajenos a todo compromiso que no fuera el de difundir la realidad sin cortapisas y las opiniones sin limitación. 

Según esta definición, fueron radios libres, entre otras, Ràdio Maduixa de Granollers, Onda Verde Vallekana, Radio-Ola, Radio Luna, Radio Rara, Radio Tú, Radio Negra, Radio Piel Roja, Radio Jabato, Radio Fuga, Onda Merlín… y, por supuesto, Arradio La Voz de la Experiencia de la Cadena del Water, popularmente conocida como la Cadena del Water: la primera, la más grande y la más libre emisora libre de España y parte del extranjero. A continuación, su loca peripecia.

… pues lo que podéis hacer es juntaros mucha gente, un día juntáis a gente, o sea, podéis hacer una cosa bien fácil, llamáis a doscientos tíos, ya avisaremos cuándo, cada uno pone mil pelas y yo me como un cacho de mierda delante de todos vosotros, o sea, bueno…

Locutor anónimo de la Cadena del Water

El germen de la Cadena del Water nace en la Nochebuena de 1977, primera emisión de lo que aún se llamaba Radio La Voz del Pobre. Escucharon ese primer programa la friolera de diez mil personas y se recibieron ciento diez llamadas, unas cifras asombrosas si tenemos en cuenta que no se hizo publicidad y todos eran oyentes casuales que se toparon con la emisora trasteando al azar con el dial. Como dijo Pepe, técnico y cabeza visible del proyecto, en una entrevista publicada veinte años después en el fanzine Mondo Brutto, «la nuestra era una emisora de dos vatios, que solo se oía en la zona de Chamberí. Los que allí empezamos éramos radioaficionados y demás compañeros de Telecomunicaciones. Nos juntamos unos cuantos a los que nos apetecía hablar y que nos oyeran». Los componentes de la emisora atendían por motes o nombres de pila: amén de Marichu, señora de Pepe, estaban Juanqui, Albertín, El Tinta, Suso, Antonio, Elisa, el Cura, Jaime, Miguel, Carlos… y posteriormente, el Patines, un oyente que acabó siendo arte y parte del asunto.

En los programas de la emergente emisora, los locutores ejercían también de técnicos, como explicó Suso en una entrevista concedida en 2015 al programa Iguana Rock de Radio Vallekas: «En la cadena, el que hacía el programa también mezclaba los discos. Teníamos una mesa de mezclas pequeñita que había hecho el Cura, y nos apañábamos. Recuerdo aquel teléfono, que era como el de los Munster, y apretabas la línea telefónica y siempre había alguien, oías “¡hijoputa!”, que es como nos saludábamos entre nosotros».

Pese al éxito, en 1978 La Voz del Pobre desapareció de las ondas, para reaparecer en 1982, en el 106.8 del dial, ya con el nombre definitivo de La Voz de la Experiencia de la Cadena del Water. La pericia de Pepe y el Cura con las maquinitas dotó a la emisora de una infraestructura envidiable, con repetidores repartidos por todo Madrid y provincias limítrofes: «Pensamos emitir en FM porque entonces solo había en el dial seis emisoras y sabíamos que en cuanto saliéramos nos iba a escuchar mucha más gente», sentencia Pepe. Era el principio de una gran aventura.

¡Bueno, si vamos por la calle, aunque sea de perro, me como un cacho de mierda de perro, me cago en diez!

Locutor anónimo de la Cadena del Water

Los locutores de la Cadena del Water hablaban ante el micro exactamente igual que en la calle o en el bar, fieles a la lapidaria filosofía de Pepe: «Una emisora libre es aquella en la que tú dices lo que te da la gana». Y vaya si lo decían, haciendo gala de un verbo sucio, soez, blasfemo y escatológico, a caballo entre la jerga cheli, el exabrupto punkarra y el caca-culo-pedo-pis preadolescente. Años después, Pepe confesaría que «no buscábamos ningún efecto, éramos así. Yo entonces era muy grosero. Si en la vida privada estaba todo el rato con el “me cago en Dios”, ¿por qué me lo iba a callar en la radio? En aquella época era más chocante, y si se te escapaba en una radio oficial ya la habías liado». Además, en La Cadena eran especialistas en reciclar frases malsonantes: por ejemplo, abrían escupiendo algo como «y así, sin más prepucios… ¡comenzamos!» y se despedían exclamando un «¡hasta los huevos!» que hacía temblar el transistor.

Pero los auténticos protagonistas de la Cadena del Water eran los oyentes, o, mejor dicho, «los dementes», como les llamaban los locutores o «loputores». Al fin y al cabo, esos dementes sostenían la emisora, tanto asistiendo a la multitudinaria fiesta de nochevieja que montaban cada año como ingresando unos generosos donativos, que llegaron a alcanzar los dos millones de pesetas anuales. Esto le permitió a la emisora ser independiente y no tener que encajar cuñas publicitarias.

En cuanto a la programación, había espacios sobre asuntos tan dispares como tebeos, psicología, zoología, platillos volantes, «cine y esas cosillas» o «música de carretera y drogas», todos ellos trufados con constantes intervenciones de los dementes. Pero los programas estrella de la emisora eran el Boletín imperiodístico, un informativo deslenguado que se emitía a mediodía, y Gran actuación, una anfetamínica y verborreica tertulia que reunía a todos los locutores de la radio los viernes por la noche, que hablaban entre ellos y con los enajenados oyentes de lo divino y lo humano, esto es, política, religión, sexo, drogas y todo tipo de tabús. En la Cadena del Water vomitaban sapos y culebras sobre todas las creencias, ideologías y poderes, en un corrosivo ejercicio de terrorismo cultural que les hizo ganarse el amor de las masas y el odio de otras emisoras más comprometidas: los de Onda Cero les echaban en cara inclinaciones «fachosas», presentes en un humor negro que, según ellos, rezumaba machismo, racismo y homofobia; y los comunistas la tildaban de «radio pirata», cosa del todo absurda, pues era una emisora «alegal» y no «ilegal». 

Más allá de ideologías, en la Cadena del Water reinaba un nihilismo radical que solo comulgaba con el caos. Y esto también se reflejaba hasta en una programación musical que simpatizaba más con el punk de línea chunga que con la omnipresente movida. Como recuerda Albertín, «poníamos mucho a La Polla Records, a los Toy Dolls… de hecho, nos visitaron los del sello Ohiuka y nos trajeron el primer disco de Barricada». Además, se atrevían pinchar música de los setenta, grupos tan mal considerados en los ochenta como The Tubes, Rainbow, Blackfoot o Credence Clearwater Revival, y fueron pioneros en dedicar programas enteros a poner canciones bizarras. Eso, además de las novedades discográficas del momento, que en la Cadena del Water criticaban tanto para bien como, sobre todo, para mal. Pepe asegura que «siempre se lo dejábamos claro a las casas de discos: si el disco era bueno, lo íbamos a poner, pero como fuese malo, lo íbamos a poner a parir. De hecho, una de las cosas más celebradas de la programación era el romper discos en directo, porque la mayoría eran una mierda. Lo poníamos y si no nos gustaba directamente lo rompíamos».

446 13 41 para que opine la gente sobre esto. Yo digo que la mierda me la como, aunque sea con pan, pero me la como.

Locutor anónimo de la Cadena del Water

Gracias a el boca a boca y a una infraestructura funcional y totalmente operativa, el éxito de la Cadena del Water llegó a ser tan apoteósico que desbordó todas las previsiones de sus factótums. Como apunta Suso, «recibíamos tal cantidad de llamadas que tuvimos que poner dos líneas telefónicas, porque el teléfono sonaba sin parar. Por ejemplo, estábamos de juerga por Malasaña y teníamos que coger cualquier cosa dentro de la emisora y el teléfono estaba sonando. Era increíble». Durante muchas emisiones, la línea telefónica se abría de par en par, de tal forma que los oyentes podían entrar en directo en cualquier momento y llevaban todo el peso del programa. Suso rememora así una de esas intervenciones: «Por ejemplo, llamaba uno y decía: ‘“Buenas, estoy escuchando este programa tan interesante sobre la matanza de las focas en el ártico, y quería decir que… ¡vais a morir todos, arriba Españaaaaa!”». En una ocasión, un corte eléctrico averió la emisora y la programación siguió por teléfono durante dos horas: «La gente era tan forofa que nos llamaba igual y opinaba aún sabiendo que no se iba a escuchar».

Con prisa y sin pausa, la arradio se convirtió en una institución oficiosa, en un secreto a voces, en una multitudinaria celebración del desparrame. Y sin embargo, nadie sabía ni quiénes eran los locutores ni dónde demonios se ocultaban, cosa que contribuyó a inflar aún más su leyenda sónica: «Es que si se hubiera sabido dónde estábamos, se nos hubiera llenado la emisora de colgados, y al final nos habrían cerrado por desórdenes públicos», alega Pepe. Pocos sospechaban que la sede de la emisora se encontraba en el bajo del número cuatro de la calle San Vicente Ferrer, Malasaña, en lo que el cabecilla de la arradio describe como «una cueva insalubre. Lo bueno es que te encerrabas allí y podías gritar y todo. Nadie te oía. De hecho, los vecinos se enteraron mucho tiempo después».

… que me como un cachito de mierda. Total, joder, doscientas mil pelas, son doscientas mil pelas [Ruido de vómitos y arcadas].

Locutor anónimo de la Cadena del Water

En el invierno de 1986-1987, una virulenta huelga de estudiantes se saldó con fuertes cargas policiales en las calles de Madrid y la aparición de personajes como el Cojo Manteca, aquel discapacitado punk que destrozaba mobiliario urbano a golpe de muleta. Cierto mediodía, en el Boletín imperiodístico de la Cadena del Water, los locutores abrieron el micrófono a los oyentes y estos, enfurecidos, empezaron a intercambiar consejos para enfrentarse a la policía. Entre otras cosas, recomendaron el uso de bolas de rodamientos para que resbalaran los caballos, la colocación de alambres cruzando las calles «para que cuando pasen los maderos con las motos se corten el cuello», la utilización de escobas impregnadas de petróleo y ardiendo para prender fuego a los agentes o el uso y abuso de tirachinas: «Hay que apuntar a la cabeza o a las piernas del madero. Y una vez doble, hay que echarse encima de él y aplastarle con el escudo». 

Fruto de esta emisión, varios responsables de la Cadena del Water fueron detenidos por alentar a la violencia e incitar al desorden público. Pepe pasó dos noches en los calabozos: «Recuerdo que los demás estaban preocupadísimos, aunque yo sabía que me iban a soltar enseguida, porque yo no había hecho nada salvo partirme de risa durante todo el programa». Tras un juicio de faltas, los cargos fueron desestimados, pero La Cadena del Water ya estaba en el punto de mira. Y con ella todas las radios libres.

Pese a los problemas con la justicia o precisamente por ellos, en 1988 la Cadena del Water tocó techo: con entre setenta mil y quince mil oyentes, superaba la media de audiencia de las emisoras comerciales. Por esa época hasta lanzaron una revista, W.C. Plus, órgano oficial de la emisora orquestado por el dibujante Albertín Sobórnez en cuya segunda portada aparecía un enano con cabeza de Felipe González defecando en un váter. El cierre de la emisora hizo que la publicación no pasara del número cuatro.

No fue el vídeo quien mató a la estrella de la arradio, sino la Ley de Ordenación de las Telecomunicaciones (1989). Por un lado, emisoras como la Cadena del Water rivalizaban con la SER y otros medios oficiales; y, por otro, resultaban tan indomables que incomodaban al ya desenmascarado gobierno del PSOE, que sintonizaba más con las políticas neoliberales de Reagan o Thatcher que con el «obrero» de sus siglas. La Cadena del Water se despidió por todo lo alto, regalando a sus oyentes cuarenta y ocho horas seguidas de emisión que terminaron en la madrugada del 13 de marzo de 1989. Acto seguido, los locutores cerraron el chiringuito, no sin antes instar a todos los oyentes a que destrozaran sus aparatos de radio.

Han pasado tres décadas desde el cierre de la Cadena del Water, pero su sombra es alargada y alcanza a varias generaciones de dementes, que alucinan escuchando los programas que hay colgados en internet. Asimismo, los historiadores de los medios no dejan de estudiar este extraño fenómeno popular: ahí está el ensayo De la Cadena del Water o cómo una nueva forma de radio invadió nuestro dial, donde el profesor de La Sorbona José Emilio Pérez Martínez sostiene que la emisora «renovó la forma de entender y hacer radio promoviendo, casi sin querer, unas cotas de comunicación horizontal que difícilmente han vuelto a ser alcanzadas en los últimos treinta años».

Pero… ¿esa comunicación horizontal fue ofensiva o inofensiva? ¿Toleró el PSOE los excesos de Pepe y compañía para dar cierta imagen de libertad? ¿Fue la Cadena del Water algo más que una sonora gamberrada? Fuera lo que fuera, no puedo resistir la tentación de despedirme con la legendaria frase que zanjaba aquellos chirriantes y maravillosos programas: ¡Hasta los huevos!


Diez distopías ballardianas

J. G. Ballard. Foto: The British Library Board (DP)

«Es el espacio interior, y no el exterior, el que hace falta explorar. El único planeta verdaderamente extraño es la Tierra». Lo dijo el visionario novelista J. G. Ballard (Shanghái, 1930-Londres, 2009). Y lo demostró creando una oscura constelación de cuentos y novelas, distopías surreales en las que el progreso tecnológico no trae robots ni viajes por el espacio, sino catástrofes que convierten al mundo en un infierno y al ser humano en un pelele.

Aunque Ballard es más conocido entre la multitud por las adaptaciones fílmicas de sus libros autobiográficos (El imperio del sol, que narra su infancia en un campo de concentración japonés), autoeróticos (Crash, el accidente de tráfico como acto sexual definitivo) o antropológicos (Rascacielos, sobre el comportamiento del bicho humano en cautividad), no hay que olvidar que centró la primera mitad de su carrera literaria en la construcción de apocalípticos futuros próximos, donde el individuo se ve obligado a comulgar con su destino o morir en el intento.

A continuación, pasaremos revista a una decena de distopías ballardianas, narraciones en las que el autor británico nos muestra estampas desoladoras, pero no exentas de belleza: con retorcido lirismo, Ballard celebra en cada novela el fin de la civilización y la llegada de un nuevo y flamante orden natural.

El viento de ninguna parte (1961)

«Primero llegó el polvo… Un polvo rojo, que se amontonaba en espesas capas, empezó a cubrir las calles. En Londres, el viento derribó los edificios más endebles, y forzó a las líneas aéreas a suspender su servicio. Entonces, empezó a aumentar la velocidad del viento». Un inexplicable fenómeno provoca un huracán de violencia inusitada, que alcanza los novecientos kilómetros por hora y destruye bosques, ciudades y hasta las pirámides blindadas construidas por los supervivientes más ricos. Indefensa, la humanidad se ve condenada a malvivir en zulos, túneles, sótanos y demás construcciones subterráneas.

Ballard siempre consideró esta ópera prima escrita en diez días como una especie de entrenamiento literario. Aunque la catástrofe que sirve de punto de partida es atractiva y original, más de un crítico ha subrayado el hecho de que la narración adolece de ciertos fallos técnicos; por ejemplo, sería imposible que nadie sobreviviera ni un instante a un viento de semejante velocidad, pues arrastraría proyectiles letales para cualquier ser vivo. Pero, en el fondo, eso es lo de menos: lo suyo es sumergirse en la narración y, como un personaje de Ballard, dejarse arrastrar por ese huracán cósmico, implacable y atronador como el grito de un dios cabreado.

El mundo sumergido (1962)

Tras el deshielo de los casquetes polares, la Tierra se encuentra completamente inundada. En un Londres sumergido, casi irreconocible por el clima tropical y la vegetación selvática que sepulta los edificios, un biólogo llamado Robert Kerans estudia con malsana apatía el cambio climático que ha provocado la catástrofe.

Instalado en el ruinoso Hotel Ritz, Kerans sufre una especie de síndrome de Estocolmo que lo lleva a ponerse de parte de un desastre natural que supone el fin de nuestra civilización. Bestias salvajes, plantas tropicales, altas temperaturas… La naturaleza desbocada del mundo sumergido es rica y fértil, pero peligrosamente hostil para el ser humano.

Fascinado por el húmedo cataclismo, Kerans desobedece a sus superiores, se queda en la zona inundada y se adentra en la selva virgen. Para él, abandonarse a la catástrofe, la locura y la muerte es la única puerta de entrada al nuevo mundo: «Dejó la laguna y entró en la selva, y al cabo de unos pocos días había perdido el rumbo y caminaba a orillas del agua hacia el sur, bajo el calor y la lluvia crecientes, atacado por caimanes y murciélagos gigantescos, como un segundo Adán en busca de los olvidados paraísos del sol renacido».

Ciudad de concentración (1962)

En esta pesadilla urbanística, el protagonista, Franz M., inventa un objeto volante y busca en vano un espacio abierto para probarlo, en una ciudad enmarañada y caótica en la que no existen claros de más de cien metros cuadrados. Para hacernos una idea de la situación, digamos que Franz vive en el Sector 493, compuesto por 250 distritos, que a su vez pertenece a la Unión Local número 298, compuesta por 1500 sectores adyacentes. El clima que provoca este entrópico laberinto urbano resulta extremadamente alienante y claustrofóbico para sus habitantes: podríamos jurar que, como una jungla sintética, la ciudad ha crecido sola, ajena a la voluntad y a la lógica humanas. 

Cada vez más desesperado, Franz busca un punto de fuga que lo lleve más allá de la selva de asfalto: no sueña con un descampado ni mucho menos con una pradera; le bastaría una simple placita. Pero ni la encuentra, ni logra salir de una metrópolis que parece ilimitada, donde el transporte público te devuelve una y otra vez al punto de partida: «Cientos de huecos de ascensores atravesaban la estación y el laberinto de plataformas, escaleras mecánicas, hoteles y teatros parecía una réplica deforme de la ciudad misma».

La sequía (1964)

Tras décadas de vertidos industriales, el mar desarrolla una capa tóxica que no permite la natural evaporación del agua, cosa que provoca una disminución paulatina de las nubes y una ausencia total de lluvias. Y mientras un sol de justicia seca las tierras y los organismos, la humanidad abandona las urbes y se agrupa en campamentos rurales en los que se raciona el agua como si fuera oro líquido. 

El protagonista de la novela, Charles Ransom, navega a la deriva por la orilla de un río, víctima de una fuerte crisis de identidad: su psique deshidratada se mimetiza con el árido paisaje. Así, mientras otros supervivientes emprenden un éxodo hacia la costa, en busca de reservas de agua, Ransom decide quedarse en la zona seca, reptando por los patios de casas abandonadas, vagando en las piscinas vacías, secándose entre las ruinas de un universo ajado y polvoriento: «Cruzó las pilas de escombros y bajó al río, echando a caminar hacia el lago, a lo largo de la desembocadura cada vez más ancha. Alisadas por el viento, las dunas blancas cubrían el lecho del río como olas inmóviles. La arena tersa y sin marcas brillaba con los huesos de miríadas de peces».

Playa terminal (1964)

Traven es un militar varado en una isla que ha sido utilizada como escenario de varias pruebas nucleares y que ahora es proyección psicosomática de su creciente ruina mental. Tras las explosiones, la isla ha quedado reducida a un árido espacio en el que la arena y unas cuantas palmeras anémicas sirven de aderezos naturales a un paisaje sintético exento de fauna y compuesto por bloques de hormigón, autovías de asfalto, lagos artificiales y búnkeres abandonados. 

La isla es como un «Auschwitz del alma» en el que Traven malvive, cada vez más flaco y piloso, encerrado en un búnker, hojeando obsesivamente viejas revistas. Ajeno a la cercanía del mar y a la ausencia de comida, solo sale de su encierro para explorar el santuario interior de la isla, fuente de oníricas alucinaciones. 

Día a día, Traven va mutando en Homo hydrogenensis, nueva y decrépita especie llamada a ocupar el lugar del Homo sapiens tras el holocausto nuclear: «La isla invirtió la máxima geológica que reza que “la llave del pasado está en el presente”. Aquí, la llave del presente está en el futuro. Esta isla es un fósil del tiempo futuro, y los búnkeres y los bloques son sus exoesqueletos».

El mundo de cristal (1966)

Un médico británico que atiende por Edward Sanders es enviado a una remota región de África para ayudar a combatir una rara variante de la lepra. En el camino descubre que un inexplicable fenómeno se está produciendo: la selva se cristaliza. Y, con ella, plantas, animales, personas y todo lo que pueda contener. 

Mientras busca causas y efectos, el protagonista se recrea en la violenta belleza de la catástrofe: el helicóptero que parece un dragón de diamantes, el sacerdote cristalizado en su iglesia como un Cristo brillante, el bosque transmutado en una vasta gruta cristalina… Testigo alucinado, Sanders recorre la novela con fría desidia, quizá porque intuye la irrelevancia de la inteligencia en un cosmos netamente mineral. ¿Qué postura debe tomar un espécimen humano ante una plaga cristalizadora que mata, pues elimina la vida, pero también preserva, puesto que congela el tiempo? Finalmente, en un rapto tan conradiano como delirante, Sanders viaja río arriba para fundirse con el bosque cristalino, siguiendo el irresistible impulso de formar parte de esa brillante eternidad. A la postre, la cristalización vendría a ser una suerte de iluminación mística, una inerte e incorruptible inmortalidad que tiene un alto precio: renunciar para siempre al propio ego.

El día eterno (1966)

El mundo ha dejado de girar, el tiempo se ha detenido y los relojes han muerto, pasando a formar parte de la perenne flora de un paisaje apocalíptico. Este fenómeno provoca que cada lugar del globo tenga una luz y un clima perennes. Por poner tres ejemplos, en Saigón siempre es medianoche, en Londres no pasan de las seis de la tarde y en Trondheim reina un perpetuo e invernal mediodía, en que las nieves y los árboles devoran las ciudades y el sol inmóvil hace que sea imposible dormir.

Buscando un punto medio entre el día y la noche, un tal Halliday se instala en Columbine, Sudáfrica, donde la luz estática es siempre crepuscular. Allí logra dormir, pero el crepúsculo eterno perturba sus sueños y lo sume en un estado entre lisérgico y contemplativo, que Ballard usa de percha para sus proverbiales descripciones psicopaisajísticas: «Desde el balcón del hotel vacío, Halliday miraba por encima del río seco las sombras inmóviles en el suelo del desierto, el crepúsculo africano, infinito y continuo, que lo llamaba prometiéndole el cumplimiento de unos sueños perdidos. Las dunas oscuras, tocadas las crestas por la luz espectral, se alejaban como olas de un mar de medianoche».

La isla de cemento (1974)

El arquitecto Robert Maitland conduce su Jaguar a toda velocidad cuando, debido a un pinchazo, pierde el control del coche, se sale de la autopista y cae a un espacio baldío, mucho más abajo: un triángulo yermo entre tres carreteras que conforma una especie de isla de cemento y hierba. Herido e incapaz de salir de ese espacio, Maitland tendrá que desencadenar su lado salvaje para sobrevivir. 

Pese a las apariencias, La isla de cemento es otra gran distopía: el protagonista ha naufragado en un espacio urbano no planificado, que geográficamente está muy cerca de la civilización, pero a efectos psíquicos se encuentra tan lejos como el planeta Venus o la isla de Robinson Crusoe. Como otros antihéroes ballardianos, Maitland se acaba identificando con el paisaje de la isla de cemento, y se da cuenta de que dominarlo supone un reto mucho más importante que escapar de él. «Yo soy la isla», llega a decir, reconociendo en voz alta su propia alienación y su separación espiritual de un mundo moderno que solo le ofrece un narcotizado horizonte de tedio eterno. Porque, como el propio Ballard ya nos advirtió, «el futuro será aburrido. Como un vasto y monótono suburbio del alma».

Hola, América (1981)

Casi un siglo después de una brutal crisis energética que provocó una emigración masiva, los Estados Unidos se han convertido en un fantasmal desierto. A la costa yanqui llega un barco europeo que trata de descubrir la procedencia de una nube radiactiva que atravesó el Atlántico. 

Los expedicionarios que bajan del barco cruzan el continente seducidos por las oxidadas ruinas del sueño americano, emprendiendo un hipnótico peregrinaje que culmina en la ciudad del pecado: «Las ruletas detenidas y las luces agonizantes de los hoteles de Las Vegas se reflejaban en la pradera del desierto ahogado: un espejo violento que mostraba todo el fracaso y la humillación de América». En Las Vegas flotan los fantasmas de cuarenta y seis presidentes de los Estados Unidos, capitaneados por el actual mandatario, Charles Manson, que planea apretar el botón nuclear y borrar América del mapa.

Hola, América es reflejo surreal de una cultura suicida, en cuya alma hueca todavía aúllan los ectoplasmas de los indios aniquilados y de los pioneros traicionados. Rica en paisajes apocalípticos, la novela da la razón a los ecofascistas que ven en el desierto el estado natural de nuestro planeta y consideran la vida humana como una especie de enfermedad. 

El día de la creación (1987)

Destinado a una remota región de África subsahariana, el doctor Mallory es un médico rural que pretende en vano detener el avance del desierto sacando agua de pozos en el lecho seco de un lago. Por casualidad, tras arrancar un viejo árbol para ampliar una pista de aterrizaje, un soldado a cargo de Mallory rompe un acuífero subterráneo que da forma a un nuevo río. En cuestión de semanas, lo que antes era un secarral se convierte en un frondoso bosque lleno de plantas, insectos y animales. 

Sin embargo, Mallory se siente humillado por la naturaleza y por ese río espontáneo que consiguió en un instante lo que él no logró en años, y que es fértil reflejo de su fracaso. Acompañado por una joven nativa, Mallory agarra una barca y emprende demencial un viaje río arriba para tratar de cegar las fuentes del río y devolver la región al desierto. Si la catástrofe no se produce, habrá que inventarla, parece decir la historia: la pulsión destructiva humana en toda su miseria y en todo su esplendor: «Ahora Dios existe, Mallory, es posible que vuelva usted al Edén para destruirlo, un mesías de la era de la televisión por cable».


Hara-Kiri: una revista tonta y mala

Estimado Sr. Martínez:

Por la presente le comunico que, finalmente, no me encuentro en disposición de venderle los ejemplares de la revista satírica francesa Hara-Kiri que habíamos acordado. Me va usted a perdonar, pero soy un hombre respetable, tengo un nombre aquí en París, y no es mi intención caer en desgracia por cruzar la frontera española con mercancía ilegal. No es ningún secreto que algunos números de este antecedente extremo y amoral de Charlie Hebdo están prohibidos tanto en Francia como en España, y viajar con esas revistas en mi equipaje sería una absoluta temeridad. Sepa que esto me perjudica más a mí que a usted, pues no es fácil encontrar un coleccionista que me abone tan elevadas cifras por un montón de papeles viejos con horribles dibujos, si bien hay números concretos, como el primero, cuyo valor en subasta supera los mil quinientos euros.

Supongo que ya sabrá que la palabra japonesa harakiri significa ‘cortar el vientre’ y se usa para denominar al suicidio ritual por desentrañamiento. El término, que en Japón se considera un tanto vulgar frente al más elegante seppuku, le venía al pelo a una publicación satírica que bien podría haberse llamado Kamikaze, puesto que su vocación era tan suicida como homicida. Fue Hara-Kiri un auténtico ejemplo de crueldad igualitaria, pues se ensañaba con todo y con todos, fuera cual fuera su sexo, condición, nacionalidad, religión, ideología o pelaje. Como aquella canción de Eskorbuto, Hara-Kiri era antitodo: puro nihilismo, lucha necia, vanguardia surrealista de una Francia insumisa en una Europa que, cada vez más lejos de la tradición, se perdía el respeto a sí misma y, por ende, al mundo mundial.

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«La libre comunicación de ideas y opiniones es uno de los derechos más preciados del hombre; por lo tanto, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, debiendo responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por ley», dice el artículo 11 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, síntesis del derecho francés de la información. Por un lado, este derecho propició la irrupción de algo tan virulento como Hara-Kiri y, por otro, se encargó de prohibirlo cuando se pasó de la raya. Pero empecemos por el principio. 

En septiembre de 1960, el escritor François Cavanna, el dibujante Fred y el humorista y periodista Georges Bernier (alias Professeur Choron) fundaron la revista Hara-Kiri. Bernier y Cavanna se conocieron ya a mediados de los años cincuenta, en la redacción del panfleto satírico Zéro. Bernier describía a Cavanna como «un tipo con cara de oficial de las SS que hubiera perdido el casco», y Cavanna hablaba de Bernier como de «un señor de cráneo redondo y bigote amarillo ataviado con una estrambótica camisa de cuadros». 

Aunque la redacción era un caos, el trabajo en Hara-Kiri se ordenó así: Choron rumiaba las barrabasadas, Fred tramaba la dirección artística y Cavanna escribía, pulía y editaba el disparate. Un triángulo imparable que, aderezado con numerosos colaboradores, convirtió la revista en un éxito. 

Aunque al principio los propios autores repartían su artefacto contracultural por las calles, a finales de año ya estaban en los quioscos. Su rápido crecimiento tenía un motivo: jamás había existido en Francia una revista de humor tan corrosiva. 

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Poco a poco, la popularidad de Hara-Kiri fue creciendo, cimentándose sobre una base de fans que celebraba cada provocación del pasquín como si fuera maná caído del cielo. Y no porque derrochara ingenio. De hecho, vistas hoy, la mayoría de las ocurrencias publicadas en esas páginas resultan grotescas, más cerca del vómito nihilista que del fino humorismo galo. 

Entre el material que usted pretendía comprarme está la portada del número 7, ilustrada con una dama paseando con correa de perro a su marido discapacitado en silla de ruedas. O la del 181, donde sale una motosierra decapitando a un hombre bajo el titular «Por una pena de muerte más humana». O la del 211, donde aparece el ayatolá Jomeini agarrado a una muñeca hinchable. O blasfemias como aquel falso anuncio de contraportada donde un sacerdote alza una sagrada forma junto a las frases «¿Intestino fatigado? ¡Cómase a Dios!» y, más abajo, una cajita de «hostias digestivas». O aquella foto de una mocita vestida de comunión que, levantándose la falda, mostraba un velludo pene junto al titular: «El escándalo de las hostias y las hormonas: ella cambió de sexo el día de su Primera Comunión». O aquella Virgen María afeitándose a la diestra de las palabras «Revelación: ¡La Santa Virgen es un travelo!». O aquel otro falso anuncio donde una chica despatarrada y con las bragas bajadas se agarraba a una botella de agua mineral sobre el eslogan: «Después de la violación… bebo Perrier». Y así podría seguir toda la carta. Pero se me acaba la tinta y todavía tengo que contarle cómo acabó este fistro de revista que, desde su número 7, se hizo llamar «tonta y mala» con todo el derecho del mundo. 

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«Si no lo puede comprar, róbelo». Era el lema de la campaña radiofónica con la que Hara-Kiri tocó su techo de popularidad, llegando a despachar más de doscientos cincuenta mil ejemplares de cada número. También ayudó Jean-Christophe Averty, que apoyó la revista desde su polémico programa de televisión Les Raisins verts

Pero, en 1961, el Gobierno prohibió Hara-Kiri, en virtud de leyes de protección de la infancia y la juventud aprobadas por el nuevo presidente de Francia, el derechista Charles de Gaulle

Tras un tiempo de obligada reestructuración, tratando de suavizar sus contenidos sin perder gancho, la revista volvió a los quioscos para ser prohibida de nuevo cinco años después. Esta vez, con su economía seriamente dañada y unas ventas mermadas hasta los ochenta mil ejemplares, tardaron seis meses en volver a las andadas. Algunos de sus colaboradores se bajaron del barco, caso de Gébé, Cabu o Fred, aunque entraron otros como Delfeil de Ton, Fournier o Willem, que eran aún más salvajes. 

El humor de Hara-Kiri no tenía remedio, y ya había cambiado para siempre la historia del humor gabacho. Como bien dijo el dibujante Georges Wolinski: «Nuestra revista no ha inventado un nuevo humor, simplemente ha sacado a la luz el verdadero humor que gusta a los franceses». Un humor irreverente, sin límites, que usa y abusa de cualquier elemento, por sagrado, íntimo o trágico que sea, para hacer reír a los iniciados y epatar a los burgueses. 

El propio Bernier creía que TODO puede ser objeto de burla: «Para nosotros no hay tabús, y nos reímos de los muertos, de los cancerosos, de los antiguos combatientes, de los culos, de las pollas… Es un humor violento y deliberadamente escatológico». Y no es una metáfora: en noviembre de 1970, la revista sacó un «Special Scato», en cuya portada aparecía el rostro guasón de Cavanna cubierto con lo que parecían ser heces fecales. Reiser aseguró que «nuestra alusión a los excrementos es una metáfora de la abyección y el absurdo de la condición humana». En cierto modo, lo de Hara-Kiri era arte moderno: degenerado, cínico, sádico, ácido y negro, pero arte moderno al fin y al cabo. 

Los factótums y colaboradores de Hara-Kiri tenían unas ricas influencias, que iban desde la revista satírica norteamericana Mad (sobre todo su etapa más salvaje, orquestada por Harvey Kurtzman en los años cincuenta) hasta los maestros de la pintura. Así, mientras Willem era una especie de Durero del siglo XX, Bruno Blum tenía más que ver con el Bosco, y Roland Topor estaba en deuda con Honoré Daumier.

En cuanto a las influencias literarias, los Hara-Kiri reconocían a autores como Hugo, Valéry, Giraudoux, Vian y sobre todo Rabelais, el Cervantes francés, autor de la serie Gargantúa y Pantagruel. Sentían también una singular debilidad por Ambrose Bierce, periodista y escritor maldito del siglo XIX cuya obra más célebre, El diccionario del diablo, no habría desentonado en Hara-Kiri: «Boticario: s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio». 

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Crecidos por el éxito de la revista mensual, en 1969 Cavanna y sus compinches decidieron publicar un semanario, titulado Hara-Kiri Hebdo, en la línea de la revista madre. No duró ni dos años. 

El caso es que en noviembre de 1970 falleció el expresidente Charles de Gaulle y, diez días más tarde, murieron ciento cuarenta y seis personas en el incendio de una discoteca. Hara-Kiri Hebdo publicó una portada austera, sin dibujos, en la que se mofaba de ambos hechos, relacionándolos entre sí: «Baile trágico en Colombey – Un muerto». El ministro del Interior, el derechista Raymond Marcellin, prohibió la revista, pero el equipo de la misma, esquivando la orden, volvió a lanzarla cambiándole el título: Charlie Hebdo, que se haría tristemente famosa muchos años después debido a un trágico atentado islamista. Charlie Hebdo sería un Hara-Kiri romo, politizado y descafeinado, que se autodefinía como «una publicación de la izquierda crítica». Tras Mayo del 68, los tiempos habían cambiado y exigían un humor menos nihilista y más «comprometido». De esta forma, la revista más cafre de Francia se transmutó en un bufón de la izquierda, pese a que la izquierda la despreciaba. Al respecto me viene a las mientes una declaración del dibujante español Montesol cuando recordaba el desdén del escritor socialista Manuel Vázquez Montalbán por el cómic underground: «Fue porque había unas pollas gigantes y la gente hablaba de drogas. Ellos estaban por otra labor, que era entrar en la tarta del poder, que en el fondo es lo que le interesa a la izquierda».

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En 1986, Hara-Kiri resurgió de sus cenizas y, contra todo pronóstico, volvió a las andadas con su etapa más radical. Uno de los fichajes más llamativos de esta nueva época fue el dibujante Philippe Vuillemin que, en 1987, en colaboración con el guionista Gourio y el apoyo del ilustrador Gondot creó Hitler=SS, un cómic que con sarcasmo hiriente y grafismo chungo escupía una sátira de los campos de concentración nazis. El tebeo fue serializado en Hara-Kiri y, más tarde, recopilado en un álbum que imitaba el diseño de la revista nazi Signal

En uno de los chistes, un soldado nazi observa el humo que sale de un horno crematorio y exclama: «¡Está decidido! ¡Este año dejo de fumar!». Y en otro, una judía que fornica con un soldado nazi grita «¡Mi marido!» al ver la calavera de su calcinado esposo. Para más recochineo, los autores aparecían en la contraportada disfrazados de nazis. Un crítico de la revista Fluide Glacial calificó el resultado como «el tebeo más provocador del siglo». 

Las quejas de los supervivientes de los campos de concentración no se hicieron esperar, y el cómic fue tachado de «nazi» de forma bastante injusta, puesto que se mofaba tanto de los judíos como de los nazis. En cualquier caso, los autores fueron objeto de tres demandas que motivaron otros tantos juicios. Hitler=SS fue secuestrado por el entonces ministro francés del Interior, el socialista Charles Pasqua, que tildó la obra de «insultante» y, en 1989, Gourio y Vuillemin fueron condenados a pagar una multa simbólica de un franco y el editor tuvo que retirar la revista y ocultar el álbum.

En 1990, la Editorial Makoki publicó Hitler=SS en España y no le fue mucho mejor, pues el álbum fue secuestrado por el Gobierno del socialista Felipe González a los pocos meses de su publicación. Además, las asociaciones judías B’nai B’rith y Amical de Mauthausen demandaron a Damián Carulla, editor de Makoki, por atentar contra la dignidad de los antiguos prisioneros y contra el judaísmo. 

Al igual que Hara-Kiri, Makoki se defendió alegando que el tebeo no era más que una parodia del revisionismo. No coló, y fue condenado por «apología de los verdugos» y porque «cada viñeta es agresiva por sí sola, con un mensaje tosco y grosero, ajeno al buen gusto, donde late un concepto peyorativo de todo un pueblo, el judío, por sus rasgos étnicos y creencias». Al recurrir Makoki, el Tribunal Constitucional confirmó la sentencia, declarando que el cómic convertía «una tragedia histórica en una farsa burlesca» e incitaba al odio y a la violencia racial. El editor de Makoki fue condenado a un mes y un día de arresto y a pagar una multa de cien mil pesetas. 

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La versión española de Hara-Kiri tardó dos décadas en llegar: fue lanzada en 1980 por Amaika, la misma editorial que publicó El Papus, la mítica revista satírica de los setenta que sufrió un atentado del grupo armado Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), tras el cual se desinfló hasta convertirse en un pasquín inocuo. Sin embargo, y pese al subtítulo «Humor bestia y sangriento», la calidad de la edición española de Hara-Kiri no fue tan alta como cabría esperar, y solo heredó de la revista madre su procacidad, pese a beneficiarse de la aportación de grandes historietistas españoles como Serafín, Pirrón, Ivà, Ja, Oli, Juan Ballesta o Sappo, seudónimo del genial Manuel Vázquez, creador de Anacleto y las Hermanas Gilda. 

Los susodichos autores llevaron al límite en Hara-Kiri su mala leche y su vis lúbrica, convirtiendo el invento en una retahíla de estampas pornográficas y chistes verdes que oscilaban entre lo brillante y lo chusco. Por poner un ejemplo, en una de las portadas de Ja, aparecía un hombre que está en la cama con una gallina y exclama «¡Sielos! ¡Mi señora!» cuando ve entrar a una oveja por la puerta. Y en una de Sappo, un barrendero contempla asombrado cómo una niña ha garabateado un dibujo de un negro aborigen sobre una manguera, que así parece su pene. 

La edición española de Hara-Kiri fue degenerando lentamente, tratando de paliar su bajón de ventas a base de pornografía. Tras cincuenta números en caída libre, fue comprada por la editorial IRU, que trató de hacerla aún más cochina. Hasta que, en 1994, se cerró. Cuatro años más tarde hubo un tímido intento de resucitarla, pero la cosa quedó en nada: empezaba la era de internet y el mundo enfilaba un siglo XXI marcado por una corrección política desmesurada, que reprimía y linchaba cualquier intento de hacer un humor «bestia y sangriento». 

Los chistes verdes de mariquitas, cornudos, prostitutas, negros, ovejas, niños, fetos o muertos ya no se atrevía a contarlos ni el mismísimo Barragán, que también tuvo su revista satírica, por cierto. Pero eso, como diría Anacleto, es otra historia. Así que, sin más, me despido pidiéndole una vez más disculpas por no venderle mi colección de Hara-Kiri. Me atrevo ahora a confesarle que la quiero para mí. La aborrezco con toda el alma, pero deseo atesorarla como muestra de un humor ya inasequible y extinto. Porque, amigo mío, hoy se puede ser tonto, pero está prohibido ser malo.


Kanye West, el hombre que quiso ser dios

Kanye West, 2011. Fotografía: Cordon Press.

La soberbia es el mayor de los pecados.

(Salmos, 18:14)

El mundo del hip hop siempre ha estado lleno de fantasmas. Hasta el rapero más insignificante dice ser El Mejor, y se jacta de la pasta que gana, de lo bien que rima o de lo mucho que folla. Como en el rap no hay un canon, es difícil dilucidar quién es de verdad El Mejor. Pero es fácil elegir al más fanfarrón. Y Kanye West se lleva la palma.

Estamos hablando de un señor que ha compuesto e interpretado «I Am a God», una canción que dice: «Soy un dios, así que date prisa con mi maldito masaje, date prisa con mis malditos cruasanes, porque soy un dios soy un dios soy un dios». Como era de esperar, en cuanto el tema se publicó, se armó la de Dios es Cristo, nunca mejor dicho. Lejos de excusarse, Kanye echó más leña al fuego declarando que «cuando canto lo de “Soy un dios”, la gente dice “¿quién se cree que es?”. Pues ya te lo he dicho. Soy Dios, no hace falta más explicación». Para acabar de arreglarlo, añadió: «¡Soy un dios porque nadie puede decirme dónde puedo o no puedo ir, tío! Soy la mayor estrella de rock viva. Soy Axl Rose, soy Jim Morrison, soy Jimi Hendrix». 

La megalomanía de Kanye West es tan extrema que cabe preguntarse si es fruto de un trastorno mental o de una desafortunada campaña de marketing. Trataremos de averiguarlo a lo largo de este artículo que, sin duda, es el mejor que se ha publicado en España y parte del extranjero.

Raíces de un bocachancla

Según datos biográficos divulgados por él mismo, Kanye Omari West (Atlanta, 1977) no puede parar de crear desde su más tierna infancia. A los cinco años ya escribía poemas, a los nueve rapeaba, a los doce componía canciones y a los diecinueve dejó la universidad para trabajar como productor musical. El sueño de este prodigioso chaval era ser rapero, pero como era un pijillo de clase media no hubo manera de que lo tomaran en serio. Así que se limitó a crear canciones para artistas como Jay-Z, Alicia Keys o Janet Jackson. Hasta que en 2002 tuvo un aparatoso accidente, se rompió la mandíbula y rapeó su experiencia en el tema «Through the Fire». Como la cosa gustó, lanzó su álbum de debut The College Dropout (2004), donde mezclaba pegadizo pop-rap y unas letras que, en las antípodas de los raperos malotes, hablaban de valores yanquis eternos como familia, esfuerzo, éxito y blablablá. Y vio el mundo que todo aquello molaba, y Kanye se llevó un premio Grammy y vendió más de tres millones de discos.

A partir de ese momento, el ego del rapero se hinchó y empezó a comportarse como si no tuviera abuela. Ahí va un repóquer de declaraciones donde el artista chapotea en su propio narcisismo: 1) «Soy el número uno de la música. Eso significa que cualquier otra persona que esté respirando ahora mismo es el número dos». 2) «Si te dijera que no soy un genio, te estaría mintiendo. Y me mentiría a mí mismo». 3) «¿Cómo podrías ser yo y querer ser cualquier otro?». 4) «Si eres fan de Kanye West, no eres fan mío, eres fan de ti mismo. Creerás en ti mismo». 5) «La gran pena de mi vida es que nunca podré verme a mí mismo actuar en directo». Y así podríamos seguir ad infinitum, porque Kanye lleva tres lustros regalando titulares egomaníacos a la prensa sensacionalista. La fama cuesta y es duro permanecer en el candelero en la vertiginosa era de internet, ¿eh, Kanye? 

Vocación de aguafiestas

Kanye superó el difícil reto del segundo disco con el estupendo Late Registration (2005), que se vendió como churros y acaparó una montaña de premios. Pero el rapero no estaba contento con una montaña, quería TODOS los premios. Y pasó lo que pasó. En los MTV Europe Music Awards fueron Justice y Simian quienes se llevaron el galardón al mejor videoclip. En plena entrega del premio, Kanye saltó al escenario e interrumpió el discurso de aceptación de los ganadores, para quejarse amargamente porque, a su juicio, era su videoclip «Touch the Sky» el que merecía el galardón: «Pagué un millón de dólares. Me llevó un mes filmarlo. Me subí a una montaña. Volé en helicóptero sobre Las Vegas». Olvidó decir que contrató a Pamela Anderson para hacer de comparsa. 

En 2009 volvió a meter la pata en los MTV Video Awards al irrumpir en el escenario mientras Taylor Swift recogía el premio al mejor vídeo femenino. Kanye le quitó el micro a la artista y soltó: «Taylor, estoy muy contento por ti. ¡Pero debo decir que Beyoncé tenía uno de los mejores vídeos de todos los tiempos!». Desde entonces, Taylor y Kanye se enfrentan en una batalla verbal en la que el rapero ha demostrado ser mucho menos sutil que su contrincante. El ejemplo más bochornoso es la canción «Famous», donde le propina a la chica este bajísimo golpe: «Siento que Taylor y yo podríamos tener relaciones sexuales. ¿Por qué? Yo hice famosa a esa zorra». 

En la actualidad, cada vez que alguien sube a un escenario a recoger un premio, sufre el temor a que Kanye se materialice en el escenario para cortar todo el rollo. En la entrega de los premios Grammy de 2015, hizo amago de quitarle el trofeo a Beck para dárselo a quien él pensaba que lo merecía: su amiga Beyoncé.

Enamorado de sí mismo

Siete discos redondos, veintiún premios Grammy, veintiún millones de discos vendidos, sesenta y seis millones de descargas y setenta millones de euros recaudados en solo tres años. He aquí el secreto del ego de Kanye: la enorme cantidad de reconocimientos, dineros y galardones que cosechó en la primera década del siglo XXI infló su autoestima a niveles estratosféricos. 

No es raro, pues, que en los últimos años se haya comparado a sí mismo con los más grandes talentos de la historia de la humanidad e incluso con exitosas marcas comerciales: «¡Soy Warhol! Soy el artista con más impacto de nuestra generación. Soy Shakespeare reencarnado. Walt Disney, Nike, Google, Steve Jobs. ¿Quién va a ser la familia Médici que apueste por mí y me deje crear más?». Como nadie contestó, Kanye se convirtió en el mecenas de sí mismo, puesto que no le faltaba el dinero ni para financiar sus propios proyectos, ni para cumplir sus caprichos de nuevo rico.

Verbigracia, en 2010 Kanye West hizo que le extrajeran todos los dientes de su mandíbula inferior para sustituirlos por diamantes. No es ni el primero ni el último  rapero que decide convertir sus piños en joyas. Pero es que, encima, Kanye salió en la tele para explicar al mundo que «mis dientes molan más así». Para que el público viera que la cosa iba en serio, Kanye abrió la bocaza, enseñó sus relucientes piezas y aseguró que «no son brackets, son diamante implantados, que han reemplazado a mis dientes de la fila de abajo». Desde entonces, usa un cepillo de doscientos euros para limpiarse los dientes. Demasiada pasta invertida en la dentadura para un hombre que siempre está serio porque «en el siglo XIX nadie sonreía en las fotos. Es guay».

Kim Kardashian y Kanye West, 2015. Fotografía: Cordon Press.

Cuando Dios encontró a Marilyn

Si West ya estaba crecido cuando estaba soltero y solo en la vida, al emparejarse con Kim Kardashian la pinza se le fue definitivamente. La relación de esta bizarra pareja se confirmó en 2012, y la popularidad de ambos se multiplicó. Todos creíamos que Kanye no tenía sitio en su corazoncito para nadie más que él, él y él. Pero supimos que nos habíamos equivocado cuando escuchamos sus hiperbólicas declaraciones de amor: «Esta bien, señoras y señores, peluqueros, diseñadores de moda, arquitectos, colmados, Wall Street, todo el mundo. ¡Estáis actuando como si Kim no fuera la mujer más bella de todos los tiempos! Estoy hablando de toda la existencia humana, está en el top 10 de la existencia humana». Es comprensible: si Kanye West es El Mejor, su novia tenía que ser La Mejor y, los dos juntos, la repanocha: «Todo el dinero de las mayores corporaciones del mundo solo puede compararse con la relevancia que Kim y yo tenemos». Y como a Kim siempre le han gustado los raperos (no hay más que ver su famoso vídeo porno con Ray-J) encontró la horma de su zapato en Kanye. Porque si Kanye es Dios, Kim es… Marilyn: «Vanity Fair dice que Kate Upton es la nueva Marilyn Monroe. Pero no. ¡Kim es Marilyn Monroe y lo sabéis!».

Con estos poderes, era de esperar que en su enlace matrimonial, celebrado en Florencia en 2014, las reencarnaciones de Dios y Marilyn tiraran la casa por la ventana, perpetrando una versión afroamericana de las bodas de Camacho que costó casi diez millones de euros. En el fondo fue calderilla para las abultadas cuentas corrientes del matrimonio, cuya fortuna, en el momento de la boda, ascendía a unos doscientos millones de euros. Así que fueron felices, comieron perdices y se gastaron más de cuarenta millones de euros al año en tratamientos de belleza, ropa, coches o propiedades inmobiliarias. 

Éramos pocos y, en 2013, parió la Kardashian a una preciosa niña llamada North West. Orgulloso de la criatura, Kanye no pudo mantener la boca cerrada: «Mi hija está en una posición al nivel de la realeza, como el príncipe de Londres».

El crepúsculo del fantoche

Su apoyo incondicional a Trump, la conversión al cristianismo y su debacle artística y mental hace que Kanye esté más susceptible que nunca y pierda los papeles a la mínima. Así ocurrió en el programa Saturday Nigth Live, donde llamó «hijos de puta» a los técnicos de iluminación por retocar uno de sus decorados. Y en un hotel de lujo le gritó a un empleado: «¡Soy Kanye West, mi mujer es la jodida Kim Kardashian!», delante de su familia. 

Kanye West, que hace nada tocaba el cielo, se precipita en caída libre. Es lo que tiene intentar usurpar el trono del verdadero Creador. No sé si el rapero ha leído ya la Biblia (pues dice ser «un orgulloso no lector de libros»), pero debería saber lo que le pasó a cierto ángel díscolo que se rebeló contra Dios y quiso ser como él. Debería saber que con sus chirriantes palabras está llamando a las puertas del infierno.

Kanye West, 2011. Fotografía: Cordon Press.


Metafísica del orgasmo

El imperio de los sentidos (1976). Imagen: Oshima Productions / Shibata Organisation / Argos Films.

Antes de empezar, me gustaría dar la bienvenida a todos los asistentes a este curso abreviado de orgasmos integrales. Les felicito por haberme elegido a mí y no a alguno de esos gurús de pacotilla que abundan en esta época de timos y mascaradas. En el curso que está a punto de comenzar, aprenderán a correrse como los buenos dioses mandan, y tendrán experiencias trascendentales que los harán, si no más sabios, un poco menos tontos. 

La mayoría de ustedes son hombres y mujeres de cierta edad, y habrán tenido orgasmos, aunque sean de bajo o medio rango. Estarán de acuerdo conmigo en que el orgasmo es la culminación, la meta, el fin último del acto sexual. Por flojo que sea el clímax resulta agradable, y sus espasmos proporcionan al cuerpo de la persona humana un ligero alivio que le permite desahogarse, resetear la mente y olvidarse un rato de sí misma. Es el que ustedes conocen un tipo de orgasmo mediocre, típico de la decadente cultura occidental, publicitado en revistas y páginas web pornográficas o de tendencias de forma tosca, sexista y superficial.

Pero créanme si les digo que existe otra clase de orgasmo, que más que orgasmo es un eterno mete-saca trufado con arrebatadores éxtasis, gracias a los cuales es posible alcanzar elevados estados de conciencia. 

Mi colega, el médico-sin-drogas iusnaturalista y anarcoindividualista J. William Lloyd, dijo con más razón que un santo que «la primera religión del hombre estuvo basada en la sexualidad y solo por medio de ella podemos encontrar nuestro verdadero origen». Y esto es lo que yo les ofrezco: conocerse a ustedes mismos a través de un rapto erótico de dimensiones cósmicas. Hagan el favor, pues, de quitarse la ropa (sí, braguitas y calzoncillos también) y acompáñenme en este viaje alucinante al fondo de la libido.

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Se preguntarán por qué los he agrupado a ustedes en parejas de macho-hembra formadas por mí. De hecho, más de un discípulo me ha explicado sus reservas ante esta decisión, apuntando que preferiría alcanzar el orgasmo integral mediante la autoestimulación manual. Bien. Pues quiero dejar claro que esta decisión no responde a ningún capricho personal, sino que atiende a numerosas investigaciones esotéricas y científicas, que han demostrado que la prolactina, esa sustancia que nos hace sentirnos plenos y satisfechos tras el orgasmo, se libera en una cantidad 400 % superior si el clímax es fruto de relaciones sexuales con otra persona. Además, es casi imposible llegar a un orgasmo integral en solitario. Así que, por favor, olviden sus remilgos y acepten como amante experimental al compañero que se les ha asignado en función de sus currículums y perfiles vitales, pues será el más conveniente para estos menesteres. Lo hago por ustedes: han pagado mucho dinero por este curso y es mi obligación hacer todo lo posible para maximizar los beneficios que les reportará el mismo.

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Excelente. Veo que han aceptado a sus respectivos compañeros de orgasmo y han consumado los primeros coitos. Se habrán dado cuenta de que, al margen de su intensidad, la duración de sus orgasmos no ha llegado ni a un minuto de reloj. No se preocupen: según el Libro Guinness de los récords, el orgasmo femenino más largo que se ha registrado se extendió durante cuarenta y tres segundos, salteados con veinticinco contracciones vaginales, mientras que el masculino no pasó de los treinta segundos. Aquí, según he cronometrado con mi orgasmatrón, no han excedido la media, que desciende a unos diez o trece segundos. Vamos, lo normal. 

Cuando finalice el curso y hayan aprendido a orgasmar con fundamento, la onda expansiva provocada por el megaclímax podría prolongarse durante horas, meses, años, toda una vida. Tengan presente que el poder del orgasmo en particular y del sexo en general es infinito y ha provocado, por una parte, guerras, crímenes, caos y destrucción, y por otra, amores, placeres, éxtasis y nacimientos. Por un quítame allá esas pajas se han levantado y se han hundido imperios, pero ¿cuál es el significado último, la razón pura del orgasmo humano? Van a averiguarlo con pelos y señales. 

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En esta segunda ronda de coitos, he podido observar que, pese a los desvelos de sus partenaires, la mitad de las mujeres no han alcanzado el clímax. Paciencia. Aún es pronto para tirar la toalla. Este impasse me sirve como excusa para abordar el espinoso tema del orgasmo femenino, uno de los mayores misterios de la condición humana. La simple existencia de este fenómeno tira por tierra mitos como el del «genio de la especie» de Arthur Schopenhauer, un pesimista empedernido que establecía que el fin esencial del amor es la procreación, saltándose a la torera las dimensiones psíquica y espiritual del sexo o la existencia de poblaciones primitivas que atribuían el nacimiento de un nuevo ser a causas sin ninguna relación con la unión sexual, y aun así seguían haciendo el amor.

Aristóteles ya se preguntaba para qué diablos sirve, en términos biológicos, el orgasmo femenino, puesto que no es útil para la reproducción como ocurre con el masculino, cuyo objeto es la transferencia del esperma. Siglos después, unos científicos de la Universidad de Yale añadieron una pieza clave al puzle: «Algunas mujeres no llegan al orgasmo en sus relaciones sexuales. Si tuviera una función biológica clara, el mecanismo debería ser más efectivo». ¿Conclusión? El orgasmo de las mujeres parece ser un vestigio evolutivo, que en el pasado tenía como objeto desencadenar la ovulación, pero que hoy no sirve para nada más que dar alegría al cuerpo, puesto que la ovulación es espontánea y se produce de espaldas al sexo. La evolución también trasladó el clítoris del interior del canal vaginal al lugar que ocupa actualmente, cosa que dificultó la posibilidad de alcanzar el orgasmo mediante la penetración y propició la aparición de una amplia gama de gadgets eróticos que estimulan este enigmático órgano del aparato reproductor femenino. 

Dicen las estadísticas, que casi siempre mienten, que las mujeres disfrutan de menos orgasmos que los hombres y que incluso hay algunas que no los han disfrutado jamás. Sin embargo, la calidad del clímax femenino es superlativa, tanto en duración como en intensidad. Por algo se decía en el antiguo Oriente que «la sensualidad de la mujer es ocho veces mayor que la del hombre».  Y ello pese a la inescrutable conspiración de la madre naturaleza.

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Mientras ustedes copulan, yo les contemplo con mirada de entomólogo, que no de voyeur. Y lo que más me llama la atención es su profunda seriedad en el momento del orgasmo. Algo que corroboran estas palabras del ocultista Pierre Piobb: «Cuando se ama no se ríe; tal vez se sonríe apenas. En el espasmo se está serio como en la muerte». Es algo que ya pude comprobar gracias al proyecto Beautiful Agony (www.beautifulagony.com), un experimento multimedia que trata de desmontar décadas de porno hardcore y demostrar que el erotismo humano no se concentra tanto en el cuerpo como en la cara, que es el espejo del alma. Para ello, cada semana publican unos cinco vídeos de rostros de hombres y mujeres en el momento del orgasmo. Si sacáramos de contexto esos vídeos y les quitáramos el sonido, no tendríamos claro si esas personas están arrebatadas por un gran placer o por un insoportable sufrimiento. 

El amante (1992). Imagen: Renn Productions / Films A2 / Timothy Burrill Productions.

No en vano, los franceses le llaman al orgasmo la petite mort, o sea, «la pequeña muerte». Un eufemismo muy apropiado si tenemos en cuenta que después de un orgasmo muy intenso llega un periodo refractario que puede provocar la pérdida del estado de conciencia y hasta el desvanecimiento. También se puede interpretar como «pequeña muerte» el bajón que se produce tras el orgasmo, especialmente en los varones, fruto de la pérdida energética, el desgaste espiritual o el sentimiento de culpa que impera en las culturas judeocristianas. Como dice Nacho Vegas en una de sus canciones, «incluso los perros se ponen tristes después de eyacular». 

No, lo de los perros no ha sido estudiado por la ciencia, pero lo de los humanos, sí: un puñado de onanistas voluntarios fueron controlados mediante electroencefalogramas y tomografías en un laboratorio, y los investigadores pudieron registrar fases cerebrales depresivas tras el orgasmo. En el experimento no entraron parejas, quizá porque el insondable mysterium del clímax amatorio es demasiado profundo para los señores de las batas blancas y sus maquinitas. Pero quien más y quien menos ha sufrido en propia carne la insatisfacción de los amantes sin amor que, al separarse, ven cómo el hechizo de su unión se desvanece y deja al descubierto la cruda, sucia y fría realidad.

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Muy mal. La mayoría lo está haciendo muy mal. Veo parejas envilecidas, entregadas a coitos grotescos y animalizados, cuerpos desnudos que se frotan con un objetivo autoerótico no muy diferente al de la masturbación, que da como resultado un espasmo orgánico y mecánico que desemboca en una brevísima satisfacción individual, sea del hombre, sea de la mujer, sea de ambos, pero sin una comunión y una compenetración efectiva. Por regla general, lo que abunda en esta sesión es lo que en el Kama Sutra se conoce como «la cópula de los eunucos»: un acto sexual que se prolonga únicamente hasta que queda satisfecho el placer del hombre. 

Solo hay, entre ustedes, un par de parejas que han logrado acceder a un tipo superior de orgasmo, fruto de una unión absoluta entre el principio femenino y el principio masculino, a partir del magnetismo nacido de la polaridad. Como estarán notando en sus propias carnes, el suyo es un orgasmo transmutador, que tiene un efecto similar al de ciertas experiencias místicas o psicoactivas, y cuyos efectos no terminan cuando se extingue el espasmo, sino que se extienden en una suerte de iluminación postsexual de prolongada resonancia. De hecho, ni siquiera me escuchan. Están en su mundo, en su estrella, en su galaxia. Más allá de los sentidos. 

***

Me congratula observar que ya van siendo más los que logran trascender su conciencia a través del coito integral. Me rodea una auténtica sinfonía de gemidos y exclamaciones. La mayoría no pueden, no necesitan oírme, pero seguiré hablando para los pobres diablos que, tras disfrutar de microorgasmos, remolonean enfermos de tedio sobre este inmenso colchón.

Fíjense en sus afortunados compañeros, los que sí lo están haciendo bien: flotan, se retuercen, están por encima del bien y del mal. Y todo por fundirse y confundirse, intercambiar los fluidos pero también la energía de sus respectivos cuerpos, de su yin y su yang. Estamos asistiendo a la consumación de un rito antiguo como la tos. En textos sagrados hindús como el Brihadaranyaka Upanishad (fechado entre los siglos VIII y VII antes de Cristo), ya se habla del raptus amoroso entre hombre y mujer, un estado análogo al que se produce cuando se manifiesta el atma, que es el conocimiento mismo, y el espíritu «ya no ve las cosas exteriores ni las cosas interiores».

Es preciso señalar que, durante los instantes en los que comienza el orgasmo, se produce un cambio en el estado de conciencia que ya había empezado incluso antes del contacto sexual, pero que en ese momento explota en el interior del individuo y lo transporta a lo que en ciertas religiones se conoce como «paraíso». Es entonces cuando los amantes alcanzan la eternidad, dejan atrás su ego y mueren el uno en el otro. Por eso, cuando el orgasmo se va esfumando y los interfectos vuelven en sí, tienen la jubilosa y desconcertante sensación de haber nacido de nuevo.

***

Nuestra sesión de orgasmos integrales va llegando a su zona crepuscular. Obviando un par de casos en los que no se ha producido experiencia trascendente alguna, puedo decir sin temor a equivocarme que el curso ha sido un éxito. Y eso que aún no les había hablado de sexo tántrico, nuestro juicio final. Sí, quizá algunos de ustedes asocien este tipo de sexo con el cantante Sting, que en 2003, cuando tenía cincuenta y un años, soltó en una entrevista que era capaz de hacer el amor durante ocho horas al día gracias al sexo tántrico. Poco después, su esposa desmintió la machada y aclaró que todo había sido un malentendido y que Sting estaba en avanzado estado de embriaguez cuando hizo semejantes declaraciones. Demasiado tarde: la leyenda urbana ya era una gran bola de nieve que propició la aparición de miles de impostores que decían ser maestros de tantra, rebirthing y su puñetera madre.

Sin embargo, la práctica del sexo tántrico no es una disciplina al alcance de todos los mortales, sino de una élite de iniciados. Una práctica milenaria que sostiene que la eyaculación aparta al hombre, y de rebote a la mujer, del orgasmo verdadero y de la auténtica experiencia sexual. Por el contrario, el metaorgasmo tántrico preserva la energía sexual masculina, amén de prolongar la duración y la intensidad del coito más allá de la cúpula del trueno. 

Pero la cosa tántrica no se puede hacer a la buena de Dios. El maestro zen español Dokushô Villalba, que lleva años practicando sexo sin eyaculación, me comentó en una ocasión que «el trabajo con la energía sexual debe ir parejo al trabajo con la energía emocional. Si una persona desequilibrada se corta una vía de escape a la tensión emocional como pueda ser la eyaculación, terminará por estallar. Por eso, no se trata solo de no emitir esa energía, sino de darle curso después a través de una práctica, de un sistema de vida, de una atención continuada, de una creación».

El tantra nació en Oriente hace más de cuatro mil años, pero con el tiempo y mayor o menor fortuna fue adaptado a la idiosincrasia occidental. Ya en el siglo XVII, la orden secreta de los rosacruces utilizó elementos tántricos en unas prácticas esotéricas que ellos llamaban coitus reservatus. Pero fue la ginecóloga norteamericana Alice Bunker Stockham quien acuñó el término karezza en su libro homónimo de 1896, en el que despoja a las técnicas tántricas de su simbolismo cultural, religioso e iconográfico y las adapta a los tiempos modernos en pos de una satisfacción sexual masculina y femenina que propiciara matrimonios más exitosos. Dudo que sus objetivos se hayan cumplido, pues hoy se producen más divorcios que nunca, pero su sombra es muy alargada. De no ser por ella, quizá no habría tantos y tantos varones tratando de aprender cómo correrse-sin-correrse, tratando de alcanzar ese orgasmo perfecto y simultáneo que lo una para siempre a su amada, transformándolo en émulo de aquel personaje de Goethe que, iluminado por un demoledor raptus, pronunció el siguiente mantra: «Desde entonces, el sol y la luna y las estrellas pueden seguir tranquilamente su curso, no sé si es de día o de noche, y todo el universo desaparece ante mí». 

Pueden ustedes vestirse.


El horror que se cernió sobre Sanzhi

Fotografía: Yeowatzup (CC).

¿El distrito Sanzhi, dice? ¿Estamos hablando del mismo lugar, señor Ortega? ¿Esa brumosa zona costera donde, hasta hace poco, se alzaba una grotesca urbanización abandonada con casas que parecían platillos volantes? Escúcheme bien, señor Ortega, es usted uno de los mejores clientes de nuestro estudio de arquitectura y sabe que siempre hemos atendido sus peticiones, por extrañas que fueran, pero permítame explicarle las razones por las que le desaconsejo construir un centro comercial en el distrito Sanzhi y, en caso de que decidiera hacerlo, tendría que buscar a otro arquitecto. Siento decirle que yo no me atrevería a acometer ninguna clase de proyecto en esa zona. Y no es que mi imaginación se haya dejado influir por las supersticiones y habladurías que abundan sobre Sanzhi. Yo visité ese lugar cuando las casas-ovni aún estaban en pie y tuve que abandonarlo al poco rato: sentí mareos, náuseas, escalofríos y la sensación de ser observado por amenazantes presencias. Créame, señor Ortega, ese lugar está maldito.

Sé que se trata de una zona muy golosa para montar un negocio: vistas al mar, cimientos edificables, cercanía de una gran urbe… Pero, insisto, yo estuve allí y las vi, tuve oportunidad de vagabundear sobre lo que parecían ruinas de otro mundo, colarme en las estrambóticas construcciones abandonadas que se asemejaban a vetustos ovnis, contemplar los lagos artificiales de agua oscura y pantanosa, y sentir la presencia del Mal como nunca la había sentido antes. Es mi deber informarle de que tanto usted, como los promotores, como los obreros que se encargarían de la construcción correrían un grave peligro si llegaran a acometer cualquier tipo de empresa en ese lugar aborrecible, donde no han sucedido más que horrores y calamidades. ¿No me cree? ¿Piensa que no son más que paparruchas? Pues solo le pido una cosa. Siéntese, relájese y deme unos minutos de su valioso tiempo. A continuación, le contaré una escalofriante historia que quizá le haga cejar en su empeño de construir un centro comercial en tan detestable rincón del planeta.   

La urbanización de nunca jamás

Con casi cuatro millones de habitantes, Nuevo Taipéi es la ciudad más poblada de Taiwán. En su parte norte, bordeando la costa, se encuentra el distrito de Sanzhi, que ocupa un área de casi sesenta y seis kilómetros cuadrados donde viven poco más de veinte mil almas. ¿Se sitúa usted? Bien. Pues ahí se encontraba el complejo vacacional abandonado en cuyos cimientos pretende usted edificar. La urbanización era popularmente conocida como «casas-ovni de Sanzhi» por el extraordinario parecido de los edificios con naves extraterrestres. El origen de estas futuristas construcciones se remonta a 1978, año en que los promotores iniciaron las obras con toda la ilusión del mundo. En verdad era uno de esos planes inmobiliarios que convierten a sus constructores en hombres ricos: crear un idílico y sofisticado lugar de vacaciones para los militares estadounidenses destinados al norte de Taipéi, procedentes de las misiones de Asia Oriental. Como usted recordará, en aquel momento las relaciones diplomáticas entre China y Estados Unidos eran excelentes gracias a la labor diplomática del presidente norteamericano Jimmy Carter y su homólogo chino.

La idea original de construir casas con forma de ovnis partió de Yu Koh Chow, un fantasioso fabricante de plásticos de la empresa Sanjhih Township que pensó que saldría de pobre con tamaña ocurrencia. El proyecto fue encargado al arquitecto finlandés Matti Suuronen, famoso por ser autor de «Futuro», una casa prefabricada en plástico y poliuretano que tenía forma de platillo volante. Suuronen, que llegó a vender alrededor de un centenar de casas Futuro por todo el planeta, parecía el hombre ideal para convertir aquel verde y frondoso rincón de la costa taiwanesa en una meca del turismo interior. O, al menos, eso creían los avispados promotores inmobiliarios que tuvieron una idea que, a la postre, solo traería caos, muerte y destrucción.

Veinte mil esqueletos y un dragón chino

El proyecto de las casas-ovni de Sanzhi estuvo gafado desde el minuto uno. Cuando los camiones, grúas y demás vehículos necesarios para iniciar la construcción llegaron a la zona, se toparon con el primer obstáculo: un inmenso dragón chino de piedra plantado en plena entrada interrumpía el paso con una contundencia milenaria. Ansiosos por empezar a trabajar, los obreros no se limitaron a apartar el dragón a un lado, sino que lo partieron en dos, en lo que muchos expertos en asuntos esotéricos consideran el punto de partida del desastre. Romper un dragón chino no es moco de pavo; estamos hablando de una bestia mitológica en la que se integran partes de nueve animales: ojos de langosta, morro de buey, nariz de perro, cuernos de ciervo, bigotes de bagre, melena de león, cola de serpiente, escamas de pez y garras de águila. Como representación del concepto de yang, que viene a ser el principio activo y masculino, el dragón es un símbolo sagrado en la mitología china. Romperlo fue un acto temerario que, de alguna manera, rompió el equilibrio cósmico, cosa que pudo influir en el trágico devenir de las obras. 

Además de la ira del dragón, hay otra teoría que quizá le suene aún más descabellada, de la que ciertos lugareños hablan en susurros cuando beben demasiado licor de baijiu. La empresa constructora trató de ocultar a toda costa esta hipótesis, pero al final fue filtrada por los obreros que bajaban a emborracharse a las cantinas de la ciudad, que juraban y perjuraban que, al excavar en el terreno donde se construirían las casas-ovni, habían desenterrado alrededor de veinte mil esqueletos de soldados holandeses del siglo XVII

Fotografía: Yeowatzup (CC)

Le considero un hombre culto, señor Ortega, y supongo que ya sabrá que durante mucho tiempo la isla de Taiwán estuvo habitada únicamente por pueblos de origen malayo-polinesio, pero en el siglo XVII fue ocupada por españoles, chinos, japoneses y holandeses. Como consecuencia de alguna sangrienta batalla perdida, miles de soldados holandeses fueron enterrados malamente en el subsuelo de esta zona de Sanzhi. Es muy probable que a los esqueletos de esos soldados, o, si quiere, a sus respectivas almas en pena, no les hiciera la menor gracia que, siglos después de la susodicha batalla, los descendientes de los odiosos hombrecillos de ojos rasgados que los habían aniquilado turbaran su descanso y los arrancaran de sus tumbas a golpe de excavadora, sin presentarles siquiera sus respetos con mantras, como exige la tradición del lugar. Como buen aficionado a la literatura de horror que soy, sé que los fantasmas tienen muy mala leche cuando se les molesta y, si seguimos con esta hipótesis, no es disparatado imaginar que fueron ellos quienes perpetraron la escabechina que tendría lugar a lo largo de los dos años que duraron las obras de construcción. 

Obras son terrores

La constructora Yu Chow empezó las obras en 1978 y las detuvo en 1980, alegando bancarrota porque supongo que no queda muy bien hablar de «fantasmas» y «maldiciones» en los documentos oficiales. En ese par de años, el trabajo de construcción se convirtió en una actividad lenta y penosa, debido a los constantes fenómenos paranormales que castigaron no solo a la obra y a los obreros, sino también a todo el distrito de Sanzhi. 

Los primeros meses el trabajo avanzó a trancas y barrancas debido a las adversísimas condiciones climatológicas. La costa fue azotada por un virulento tifón que transformó la jornada laboral de aquellos infelices en un infierno, y puso en evidencia la fragilidad de las casas-ovni, muy bonitas por fuera pero con unas estructuras poco aptas para aguantar los tifones, tsunamis y terremotos, tan habituales en la zona. El estropicio hizo perder mucho dinero a la empresa constructora y fue el primer aviso de unas fuerzas maléficas que no estaban dispuestas a amilanarse ante ladrillos y hormigoneras.

Pero la construcción continuó contra viento y marea. Y fue entonces cuando empezaron las muertes. A lo largo de los dos años que duró la obra, fallecieron en inexplicables circunstancias la friolera de veinte obreros. Algunos de ellos murieron en la controvertida zona de entrada, antes ocupada por el dragón chino. Las causas de los decesos fueron múltiples, desde ridículos tropezones hasta accidentes con maquinaria pesada. Otros sufrieron caídas, fiebres, indigestiones o infartos que acabaron con ellos o los hicieron pasar largas temporadas en el hospital. Asimismo, hubo incontables accidentes de tráfico en la carretera adyacente a la obra. Como recuerda Cheng, uno de los trabajadores que sobrevivieron a la debacle, «he currado en muchas obras, pero en aquella había un ambiente muy raro, algo malo que subía desde las tripas de aquel lugar. No sabría explicarlo y prefiero olvidarlo». 

Como consecuencia de la ola de muertes, muchos de los obreros colgaron los bártulos y se marcharon con viento fresco. Entre los motivos del abandono, más de uno aseguró haber visto dando tumbos y alaridos por la entrada de la obra a alguno de sus compañeros fallecidos. Los médicos tomaron estas declaraciones como un síntoma de enajenación mental provocada por el shock de los accidentes, pero lo cierto es que según iban muriendo obreros la sensación de mal rollo que emanaba del lugar era más y más intensa. El motivo sería que a la ya molesta legión de fantasmas holandeses se fueron uniendo los obreros fallecidos en la propia obra. El boca a boca corrió como la pólvora y los numerosos lugareños de Sanzhi que antes se acercaban a la zona para darse un chapuzón dejaron de hacerlo: la bañera de su casa era mucho menos peligrosa que una costa en la que sanguinarios y vocingleros espectros campaban como Perico por su casa.

Pese a que esta situación entorpeció de forma notable el avance de las obras, las casas iban tomando forma, con un aspecto bastante marciano y un tanto kitsch. Cada edificio se componía de varios módulos redondeados encajados en un pilar de hormigón hueco de base cuadrada donde se hallaban las escaleras para acceder a las viviendas de fibra de vidrio. Las casas del recinto eran todas iguales, pero estaban pintadas en distintos y muy llamativos colores que le daban al conjunto un aire psicodélico que recordaba al futuro, sí, pero a un futuro de pacotilla, guasón, casi sardónico, como el imaginado por Woody Allen en la película El dormilón.

Fotografía: Carrie Kellenberger (CC)

Amén de los edificios, los obreros fueron construyendo, a trancas y barrancas y entre constantes calamidades, un parking subterráneo, grandes jardines y una suerte de parque acuático que incluía falsas cuevas, lagos artificiales y toboganes de plástico. Pero los estragos provocados por las presencias maléficas del lugar hicieron que la compañía constructora se arruinara y, en diciembre de 1980, se declarara en bancarrota, dejando el proyecto avanzado pero inacabado. Y ahí se quedaron las casas-ovnis, flamantes y abandonadas, como recién caídas del cielo. Los únicos habitantes de esa deshabitada urbanización eran los numerosos espectros que aterrorizaban con su presencia a los incautos que osaban poner sus pies en aquel peligrosísimo foco de actividad paranormal.

La caída de las casas-ovni

Por desgracia, la historia de la urbanización fantasma de Sanzhi no acaba aquí. Cualquier animalillo en sus cabales escaparía de ese lugar como alma que lleva el diablo. De hecho, en la zona ya no hay ni moscas. Pero la ambición humana no se achanta ante nada. Ni siquiera ante unos espíritus tan sanguinarios como los que atestan ese verde rincón de la costa taiwanesa.

En 1989, la marca de cerveza local Tsai Chin-Hsien tuvo la infeliz idea de aprovecharse del grotesco atractivo de las casas-ovni. El plan consistía en terminar los edificios y transformar la urbanización en un resort temático a mayor gloria de su espumosa bebida. Frotándose las manos, los inversores del grupo hotelero Hung Kuo aportaron veinticuatro millones de dólares para llevar adelante un proyecto que les permitiría ampliar su negocio y sacar una jugosa tajada. Sí, habían oído los rumores de la maldición que asolaba el lugar, pero pensaron que eran zarandajas propias de mentes pueblerinas e incultas. Craso error. Los espectros de las casas-ovni no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer. Esta vez no hubo muertos, pero sí poltergeists para parar un tren, y no digamos una obra. Temblores de tierra, vientos huracanados, relámpagos y cientos de figuras negras flotando por todas partes mientras emitían cacofónicos chillidos y horrísonas carcajadas. Pocos meses después, el grupo hotelero se retiró del proyecto, alegando falta de acuerdo con la compañía cervecera. Una vez más, nadie tuvo valor para denunciar públicamente lo que de verdad sucedía en aquellas tierras, porque a nadie le gusta que lo tomen por chiflado.

Tras esta segunda intentona fallida de explotar las casas-ovni, ya nadie volvió siquiera a acariciar la idea de montar chiringuito alguno en la zona. Durante veinte años, las casas-ovni permanecieron abandonadas, adquiriendo con el tiempo un aspecto más y más siniestro y amenazante. Algo que no fue óbice para que turistas, curiosos, exploradores de lugares abandonados y otros insensatos frecuentaran la zona en busca de fotos impactantes y escalofríos ballardianos. Encontraron ambas cosas en cantidades industriales, y más de uno acabó encerrado en una celda acolchada, babeando y con el pelo blanco.

Conscientes del peligro que entrañaba vagabundear por esos edificios dejados de la mano de Dios, las autoridades municipales llevaban años haciendo gestiones para demolerlos; el problema era que aún pertenecían a la empresa Hung Kuo. Cuando esta quebró devorada por las deudas, tres bancos se repartieron la urbanización. En ese momento, el Gobierno de Taipéi se hizo con ella con el único objetivo de destruirla. 

Las obras de demolición empezaron en diciembre de 2009 y acabaron en enero de 2010. Curiosamente, no hubo muertos ni heridos. Quizá por ello, Chin Hui-chu, el escéptico y ambicioso director del departamento de Turismo y Viajes de Taipéi, planea volver a las andadas: «Nuestra idea es construir hoteles, instalaciones playeras y todo lo necesario para transformar la zona en una gran atracción turística», ha declarado recientemente. Y aquí es donde entra usted, señor Ortega. Necesitan centros comerciales. Piensan que ganarán mucho dinero, pero solo desencadenarán una nueva catástrofe. Por el amor de Dios, piénselo bien. Estoy completamente convencido de que ese lugar está infestado de fantasmas. ¿Que cómo estoy tan seguro? Está bien, no lo tenía previsto, pero como veo que es la única forma de hacerle entrar en razón, se lo diré: yo soy uno de ellos. Sí, soy un ectoplasma. ¿No me cree? Mire, mire como floto. ¡Sí, ja ja ja, ahora grite y corra! ¡Solo espero haberle dado un buen susto y que su maldita empresa no vaya a Sanzhi a profanar la tierra, emponzoñar el agua y molestar a mis veinte mil hermanos que descansan en paz bajo la hierba!


Madrid está hueco

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«¡Ah, querido amigo! ¿Qué diría usted si yo afirmase que estamos encima de una sinagoga? ¿Eh? La cosa es fuerte. Pues sí, señor. Cuando la persecución de los judíos, estos erigieron un templo subterráneo; yo me lo figuraba, viendo el número de casas con galerías ocultas que hay en Madrid. Existe una ciudad subterránea cuya existencia nadie sospecha». Este fragmento de la novela La torre de los siete jorobados, escrita por Emilio Carrere en 1920, demuestra que la fascinación por el subsuelo de Madrid no es algo nuevo. Con un pie en la realidad y otro en la ficción, Carrere dibujó una infraurbe laberíntica y gótica, habitada por una grotesca banda de falsificadores contrahechos. 

Y aunque la idea de una ciudad oculta bajo la Villa y Corte pueda sonar a disparate, tiene una base tan sólida como la tapa de una alcantarilla. Para demostrarlo, vamos a explorar el oscuro hormiguero que late en las entrañas de Madrid: un intrincado mapa con más de cuatro mil quinientos kilómetros de túneles, galerías y pasadizos que nos permitirán recorrer la ciudad de punta a punta sin poner un pie en la superficie.

La Torre de los Huesos

En 1996, la obra de un aparcamiento subterráneo en la plaza de Oriente puso al descubierto una atalaya de origen islámico, construida en el siglo XI por la población musulmana como parte del sistema defensivo de la ciudadela de Mayrit. 

Los restos que se conservan de esta construcción islámica, llamada Torre de los Huesos por su cercanía al antiguo cementerio musulmán Huesa del Raf, se exhiben hoy en las dependencias del aparcamiento: allí es posible palpar la base rectangular de la atalaya, que combina mampostería de sílex en los paramentos con sillares de piedra caliza en las esquinas.

Pese a que la mayoría de los expertos coinciden en que se trata de restos de arquitectura árabe, algunos autores han defendido el origen cristiano de la atalaya, puesto que cristianos eran quienes construyeron una muralla junto a ella en el siglo XII. Los restos de tal muralla, por cierto, aún pueden verse en el interior de la prestigiosa pastelería Santa Eulalia, en el número 29 de la calle Espejo. 

Del mismo modo, todavía existen vestigios de los pozos y norias excavados por los árabes para captar las aguas subterráneas de Madrid: por algo Mohamed I bautizó al germen primigenio de la Villa y Corte como «Mayrit», que significa ‘tierra rica en agua’.

La cripta del obispo

Los Vargas fueron una de las familias más poderosas de la Baja Edad Media. Iván de Vargas fue amo del mismísimo san Isidro Labrador, futuro patrón de Madrid. Y su descendiente, Francisco de Vargas, recibió en 1520 el permiso del papa León X para edificar la capilla de Santa María y San Juan de Letrán, con el objeto de guardar el cuerpo incorrupto de san Isidro, que le arrebató a la parroquia de San Andrés. Entre la Casa de los Vargas y la capilla se construyó un amplio pasadizo para que los nobles pudieran pasar a adorar al santo sin salir a la intemperie. 

Como en 1544 los restos de san Isidro volvieron a su parroquia de origen, el que entonces era propietario de la capilla, el obispo don Gutierre de Vargas, decidió transformarla en una suntuosa cripta para él y sus padres, ampliando el recinto, dotándolo con un impresionante retablo y llenándolo con monumentos funerarios, objetos de plata y atuendos litúrgicos variados.

No contaba el obispo con que, en los años sesenta del siglo XX, unos ladrones aprovecharían el pasadizo de los Vargas para acceder a la cripta y robar armaduras, espadas, cotas de malla y otros valiosos objetos que allí se guardaban. 

El pasadizo de la Encarnación

Este pasaje conectaba el antiguo Alcázar de Madrid con el monasterio de la Encarnación. Fue excavado a principios del siglo XVI por deseo expreso de la reina Margarita de Austria, que gustaba de visitar con frecuencia el convento del que era fundadora.

Su hijo, Felipe IV, no solo heredó y aprovechó el pasadizo, sino que mandó construir toda una red de túneles secretos que partían del Alcázar, consciente de que Madrid era una ciudad mal estructurada y repleta de callejuelas de difícil acceso. No obstante, este rey cuidó con especial mimo el pasadizo de la Encarnación, llenándolo de obras maestras de la pintura, pues era el que más y mejor utilizaba: cuenta la leyenda que la galería se inundaba y el rey navegaba por ella a bordo de una góndola, buscando a sor Margarita de la Cruz, una novicia a la que cortejaba con insistencia. Para escarmentarlo, sor Margarita fingió su muerte; Felipe IV pensó que era un castigo de Dios y, arrepentido, donó el flamante Cristo de Velázquez al convento.

El túnel de Bonaparte

Ubicado cerca del actual Madrid Río, este túnel fue construido entre 1809 y 1811 a instancias de José I Bonaparte. Empezaba en la fachada oeste del Palacio Real y atravesaba los jardines del Campo del Moro, cruzando el río con un puente de madera hasta llegar a la Casa de Vargas. El rey se valía del túnel para ocultarse en este palacete donde, amén de sentirse a salvo de una plebe que lo repudiaba, podía verse con una actriz con la que estaba liado. 

Pocos años después, su sucesor Fernando VII el Deseado construyó el Puente del Rey para mejorar la utilización del túnel. Y eso que él prefería recibir a sus muchas amantes en una mansión de Chamartín, a su vez unida a numerosos pasajes subterráneos.

También Alfonso XII usó el túnel de Bonaparte, cuando era joven y crápula, para visitar la ciudad de incógnito y emborracharse en los antros de la noche. Así lo demuestra una coplilla de la época que reza: «Quién será ese buen mozo, quién será, con la capa de seda… No es el número uno ni es el número dos, es el número doce por la gracia de Dios». Sin embargo, su heredero, Alfonso XIII, utilizaría el túnel para un asunto bastante menos frívolo: salir pitando de palacio tras la proclamación de la Segunda República.

Abandonado durante años y partido en dos por un subterráneo de la autovía M-30, lo poco que queda del túnel de Bonaparte se está restaurando y, si Dios quiere y Felipe VI no se opone, acabará convertido en una cineteca. 

Las cuevas de Luis Candelas

Rebelde sin causa, Luis Candelas (Madrid, 1804) pertenecía a una familia acomodada de Lavapiés, pero a los quince años empezó a robar y ya no paró. Era un bandolero elegante, que seducía a las mujeres y robaba a los hombres con guante blanco, fajín rojo y capa negra. 

Para escapar de la justicia, Candelas utilizaba la red de pasadizos que ya existía bajo Madrid, estableciendo su madriguera en una de las entradas a los túneles, ubicada en la calle Cuchilleros número 1. Allí se escondía con su cuadrilla para tramar golpes y repartir botines.

En 1837 las autoridades atraparon a Candelas y lo ejecutaron con el garrote vil. Pero su legado pervivió: un siglo después, el torero Félix Colomo convirtió la vetusta guarida del bandolero en un restaurante llamado Las Cuevas de Luis Candelas, lugar todavía hoy muy célebre, tanto por su gastronomía tradicional como por el propio espacio, donde aún se respira cierto aroma a canalla castiza.

El búnker de Franco

En la plaza de la Marina Española, bajo la actual sede del Senado, hubo antaño una galería de tiro subterránea, que en el siglo XIX fue utilizada para practicar la puntería por los militares de un cuartel cercano. 

En 1946, en dicho edificio se encontraba el Consejo Nacional del Movimiento, y Franco mandó construir en la vieja galería subterránea un búnker para su uso personal, pues la situación mundial le hacía temer por su vida. La Segunda Guerra Mundial se había saldado con una victoria aliada, y el apoyo del caudillo a Hitler y a Mussolini, unido al fusilamiento del guerrillero comunista Cristino García Granda, hizo que Francia cerrara su frontera con España. Así, Franco creía que los aliados emprenderían alguna acción militar para derrocarle, y decidió habilitar un búnker por si las cosas se ponían feas.

Las madrigueras del Congreso

Como no podía ser de otra manera, el Congreso de los Diputados dispone de los pasadizos más lujosos de Madrid: unas amplias arterias que pasan bajo la carrera de San Jerónimo y conectan con las oficinas de grupos parlamentarios que se emplazan en la vieja sede del Banco Exterior de España. Se supone que la utilidad de este pasadizo es agilizar la burocracia parlamentaria, pero vaya usted a saber qué otros usos le dan sus señorías. Además, justo bajo el hemiciclo hay toda una trama arquitectónica subterránea, con decenas de columnas de cinco metros de altura que pertenecieron al convento del Espíritu Santo, desamortizado y soterrado en 1842.

Por si fuera poco, todavía existe un pasadizo de cien metros que conecta el Congreso con el Ateneo, y que era usado por el expresidente de la República don Manuel Azaña para compaginar sus dos actividades principales: la presidencia del Ateneo y el Ministerio de Guerra. 

El foso del Banco de España

El tesoro mejor guardado de Madrid es, sin duda, el del Banco de España. Una cámara acorazada enterrada a una profundidad de siete plantas por debajo del banco, en un túnel vertical de treinta y seis metros al que solo se accede por un inexpugnable ascensor. Al llegar al fondo, tras varias puertas blindadas a prueba de bombas, hay un foso que solo puede atravesarse mediante un puente retráctil. Por último, una puerta blindada protege la cámara acorazada de mil quinientos metros cuadrados donde se encuentra el tesoro, compuesto por más de cinco mil lingotes y unos dos millones de monedas de oro.

En este banco no se ha producido jamás un intento de robo, pues hasta el ladrón más tonto sabe que es misión imposible: aun en caso de que alguien consiguiera pasar la última pantalla, saltarían las alarmas de la cámara acorazada, sus puertas de seguridad se cerrarían automáticamente, los pasillos quedarían sellados, y se procedería a la inundación de todas las dependencias, gracias a un conducto que usa el agua de la fuente de la Cibeles. En tiempos también había una línea de ferrocarril conectada a la cámara acorazada, de la que hoy solo quedan un túnel ruinoso y una vía muerta.

Las tripas de Cibeles

En la plaza de Cibeles hay una gran confluencia de túneles, sótanos y pasadizos. Los más largos son los excavados por los republicanos desde Chamberí al Palacio Buenavista, hoy Cuartel General del Ejército, a su vez conectado con el búnker antiaéreo que entre 1936 y 1939 albergó la sede subterránea del Estado Mayor del Ejército Republicano. Al búnker se accedía, por cierto, a través de unos servicios públicos que todavía existen, aunque ya no tienen conexión alguna con el subsuelo si obviamos la tubería fecal que desemboca en las alcantarillas.

También en Cibeles, en la esquina de Recoletos con Alcalá para más señas, está el señorial Palacio de Linares, donde el profesor Jiménez del Oso grabó unas aterradoras psicofonías en las que se escuchaban las voces de los primeros marqueses de Linares y de Raimundita, una hija incestuosa que fue emparedada en sus sótanos para evitar un escándalo. El palacio permaneció cerrado durante muchos años, pero cuando se volvió abrir en los noventa, ya como Casa de América, resucitaron los rumores sobre la presencia de espíritus en el lugar, y un grupo de parapsicólogos grabó voces espectrales que procedían de los bajos del palacio: entre ellas, una anciana que susurraba «mi hija Raimunda… nunca oyó decir mamá» y una niña que respondía «mamá… yo no tengo mamá».

Por un Madrid subterráneo

Dados los problemas de superpoblación, especulación y contaminación que padece Madrid, quizá lo más sensato es que empezara a crecer hacia abajo. Al respecto, cabría desempolvar el plan de ciudad subterránea que en 1948 proyectó el ingeniero de caminos Juan de Arespacochaga y Felipe. Como Madrid aún se recuperaba de los desperfectos de la guerra, don Juan sugirió crear una urbe alternativa que serviría como búnker ante nuevas amenazas, y, además, mejoraría la calidad de vida del madrileño, pues, como preveía el ingeniero, «viviríamos a decenas de metros bajo tierra, disfrutando de un ocio moderno y elegante, con comercios, restaurantes, bares, locales de esparcimiento…». Pero el proyecto cayó en saco roto, y ni siquiera su propio artífice se atrevió a retomarlo cuando llegó a la alcaldía de Madrid en 1976.

Otro alcalde que tuvo sueños subterráneos fue José María Álvarez del Manzano, que en 1998 entregó un proyecto para construir una red de autopistas bajo tierra entre la M-40 y el centro de la capital. Cuando su propuesta fue descartada debido al monstruoso coste que supondrían las obras, el alcalde, lejos de encanijarse, comparó su proyecto con el túnel del canal de la Mancha o la torre Eiffel que «en su día también fueron considerados utópicos», y añadió que su proyecto debía materializarse porque «si nos asustáramos ante cualquier idea, no avanzaría la humanidad». 

Quizá ahora sea el momento de recuperar los proyectos de estos alcaldes visionarios y apostar por un Madrid subterráneo. Sería una auténtica vuelta a los orígenes: no hay que olvidar que esta ciudad fue construida sobre siete colinas, así que, en el fondo, siempre ha estado hueca.


Muertos y enterrados

Catacumbas de París. Fotografía: Joey Gannon (CC).

«Memento mori», es decir, «recuerda que morirás». Aunque desde hace siglos esta expresión latina se utiliza a modo de tópico en el arte y la literatura que abordan la temática de la fugacidad de la existencia, tiene su origen en la antigua Roma. En los desfiles victoriosos, los generales se hacían acompañar de un esclavo que les repetía una y otra vez «memento mori», para que no se dejaran engañar por su ego y recordaran que el triunfo es tan efímero como la derrota, y que tarde o temprano serían pasto de los gusanos. Tener presente la propia mortalidad debería ser imperativo para todos los poderosos, pero también para todo bicho viviente.

Y ese es el objeto de las siguientes líneas: recordar al lector que algún día morirá y, si no opta por la cremación, será enterrado en una tumba, en un nicho o en un mausoleo. La tumba es símbolo de lo maternal, de lo femenino, del inconsciente: si en el útero empezamos a existir materialmente, en la tumba nos descomponemos, nos desintegramos lentamente, volvemos al origen. Como dijo Ernst Jünger, «la cultura se mide sobre todo por las tumbas. Y la profundidad de la cultura, por nuestros cementerios, nuestros lugares de paz».

A continuación, construiremos un pequeño catálogo con algunos de los más fascinantes y escalofriantes tipos de enterramiento que se realizan en la actualidad, para que tengan ustedes donde elegir. Pasen, vean, escojan y recuerden que, por muy longevos que lleguen a ser, dentro de cien años, todos calvos.

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La tradición islámica reprueba el embalsamamiento, la cremación y hasta los monumentos funerarios. Estipula que el cadáver del fiel sea purificado por un musulmán de su mismo sexo, aunque del enterramiento propiamente dicho se ocupan los varones. Esta purificación consiste en limpiar bien el cuerpo, perfumarlo según la costumbre de la zona, y realizar después una ablución funeral o al-Ghusul. Acto seguido, el cadáver se envuelve en un sudario igual al que se utiliza en las peregrinaciones. El musulmán se entierra a pelo, sin ataúd, sobre su costado derecho y con la cabeza orientada hacia la Meca, y debe ser sepultado en las primeras veinticuatro horas después de su deceso. La familia y los amigos del difunto no deben dar excesivas muestras de dolor, aunque sí rezar y suplicar por el fallecido y dedicarle unas lecturas del Corán.

A la postre, resulta paradójico que los musulmanes se tomen tantas molestias purificando el cuerpo para entregarlo poco después a los gusanos, esas figuras libidinales, reptantes y anudadas que devoran en vez de vivificar.

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Existen numerosas tribus amazónicas de Brasil y Venezuela que practican el endocanibalismo. Es el caso del pueblo Yanomani, que, aunque no tiene la carne humana en su dieta habitual ni caza personas para comerlas, practica un ritual en el que se devoran los cuerpos de los muertos de la propia tribu para absorber su fuerza y su esencia vital. Es una forma de mantener a la tribu unida, de interiorizar la esencia de los fallecidos y de comulgar con la muerte.

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Tal y como se indica en el documento Instrucción ad resurgendum cum Christo, redactado por la Congregación para la Doctrina de la Fe,  la Iglesia católica recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios y demás lugares sagrados, para confirmar «su fe en la resurrección de la carne, y poner de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia».

Sin embargo, la Iglesia contemporánea también acepta la cremación, si bien se prohíbe esparcir las cenizas, dividirlas entre familiares o conservarlas en casa. La incineración debe tener lugar tras la celebración de las exequias, y las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado o, si es el caso, en una iglesia o en área dedicada especialmente a tal fin por la autoridad eclesiástica competente. Sea como sea, lo más importante para el católico es morir en Gracia de Dios, esto es, libre de pecado, y cerrar el círculo espiritual: abandonar la esfera humana para entrar en la esfera de la Santísima Trinidad.

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La orden de los cartujos, una mezcla de cenobitas y ermitaños, es sin duda la más sencilla, austera y limpia de elementos decorativos de la Iglesia católica. De todas las órdenes medievales es la única que nunca ha sufrido reformas, y esto lo demuestran en su liturgia y en su estilo de vida, pero también en sus enterramientos. El cartujo siempre tiene presente la muerte; no en vano, los monjes se saludan entre ellos de esta manera:

—Hermano, morir habemos.

—Ya lo sabemos.

El cartujo es ascético porque considera el cuerpo como la sede de un apetito insaciable, de enfermedad y de muerte. Y la mayoría se alegran cuando llega la hora de abandonar el cuerpo y sentarse en alma ante el Tribunal de Dios, sea cual sea el veredicto. Sencillo hasta la muerte, el cartujo es enterrado sin más ataúd que sus propios hábitos; solo una cruz de madera, sin nombre, se coloca sobre la sepultura.

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Seamos creyentes o escépticos, merece la pena visitar las reliquias de los santos y los beatos, cuyos cuerpos incorruptos reposan en las catacumbas de Occidente.

En Santa María Nuova, una de las pocas basílicas románicas que existen en la ciudad de Roma, se encuentra la cripta de Francesca Romana, que reposa en un ataúd de cristal desde el siglo XV, bellamente ataviada y con zapatillas de seda negra. Del hábito asoma la calavera; pese a que le falta un diente en la parte derecha posee un desarmante carisma, y justifica el hecho de que, de un tiempo a esta parte, la iglesia donde descansan sus restos se haya rebautizado como Basílica de Santa Francesca Romana.

Mucho más lejos fue san Antonio Abad (251 – 356), el monje egipcio que fundó el movimiento eremítico. Tras llevar una vida ascética en una remota cueva sepulcral, se internó cada vez más en el desierto, huyendo de la fama y del honor. Murió a los ciento cienco años, y mandó que lo enterrasen en un lugar secreto para evitar peregrinajes. Aun así, hacia el año 561 sus reliquias fueron localizadas y trasladadas a Alejandría, donde se veneraron durante milenios.

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En el valle de Baliem, provincia de Papúa, Nueva Guinea, existe un arcaico y sangriento rito de enterramiento que, aunque ya ha sido prohibido por las autoridades, todavía es celebrado por los nativos más tradicionales: la amputación de las falanges. El rito consiste en que, tras la muerte de un familiar, especialmente si es una mujer o una niña, sus parientes más cercanos se amputan uno o varios dedos de la mano como muestra de dolor. Es el sacerdote que oficia el ritual quien, durante el sepelio, corta los dedos, que media hora antes habrá insensibilizado atándolos fuertemente con una cuerda de cáñamo. Después, el sacerdote cauteriza la herida para que cicatrice en un muñón, que con el tiempo será redondo como un dedo. Para rematar la ceremonia, el sacerdote hace un collar con los dedos de todos los familiares y se lo pone en el cuello al difunto, que se entierra sin más dilación.

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Con unos trescientos millones de fieles en todo el mundo, la Iglesia ortodoxa es la segunda comunidad cristiana más numerosa, y posee unos potentes ritos de enterramiento, fruto de una vida religiosa siempre orientada hacia la tumba. Como dijo el hieromonje san Ambrosio de Optina, «no deberías preocuparte por nada, a excepción de lo esencial: prepararte para la muerte».

El rito funerario ortodoxo se inicia lavando al muerto con agua bendita, mientras se recitan salmos. Acto seguido, se viste al difunto de blanco con ropa a medio coser, pues se supone que será rematada en el otro mundo. Sobre el centro del pecho del muerto la familia coloca un icono de Cristo, tras lo cual se cubre el cadáver con un manto blanco. Para ayudar a pasar al muerto al otro lado, se realiza un responso en el lugar donde murió. En la ceremonia se utiliza gran cantidad de incienso, para favorecer la conexión del difunto con Dios. Después, se recitan poemas, salmos y oraciones acompañadas de un coro y, finalmente, el sacerdote suplica perdón por los pecados del fallecido.

El féretro se traslada al cementerio a hombros de los parientes o en una carroza. Preside el cortejo fúnebre el sacerdote. Ya en el camposanto, el cura bendice la sepultura y el féretro y oficia una corta ceremonia. Es entonces cuando se sepulta el ataúd.

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También conocido como «el Tíbet cristiano» o «la montaña sagrada», el monte Athos es una península montañosa a la que únicamente se puede acceder en barco. En sus monasterios solo viven monjes y, para prevenir tentaciones, no se aceptan mujeres ni en pintura.

De acuerdo con la tradición, todos los monasterios del monte Athos disponen de osarios, puesto que el territorio montañoso no permite la creación de grandes cementerios: estos suelen ser muy pequeños y solo albergan unas cuantas tumbas reutilizables. En ellas se entierra a los monjes ataviados con sus hábitos y sin ataúd, para que el cuerpo se descomponga cuanto antes. Transcurridos tres años, los restos se desentierran, se limpian a fondo y los monjes pintan las calaveras según la tradición de cada monasterio. En la mayoría, únicamente escriben el nombre y las fechas de nacimiento y deceso en la frente de la calavera. En otros, añaden una cruz. Para terminar, las calaveras se guardan en el osario.

El historiador del arte Paul Koudounaris ha calificado a los monjes del monasterio ruso de San Panteleimon como «los Rembrandts de la pintura craneal». Indiferentes al elogio, ellos no le permitieron fotografiar las calaveras de su osario para el libro Empire de la mort: todo aquel que quiera contemplar esas joyas mortuorias, debe peregrinar al monasterio y mirar, cara a cara, los cráneos, que, pese a su rara belleza, siguen siendo emblemas de la caducidad de la existencia: como la concha del caracol, la calavera es lo que queda de nosotros después de que nuestra carne haya desaparecido.

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Tom Sullivan, operador de barcos turísticos del Hawaii Yatch Club, ofrece un tipo de enterramiento muy singular para todos aquellos que prefieren el agua a la tierra o al fuego. En este caso, se trata de mezclar las cenizas del difunto con cemento y hacer una bola al estilo del arrecife de coral, que será depositada en el fondo de un lecho marino por experimentados hombres rana. De esta manera, los restos de la persona darán lugar un pequeño ecosistema submarino. Como explica Sullivan, «uno se convierte en los cimientos de algo del futuro, algo que estará allí millones de años, esperemos».

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La mayor parte del pueblo malgache, de Madagascar, sigue religiones tradicionales africanas. En ellas, existen vínculos poderosos entre vida y muerte, y se otorga rango divino a los antepasados. Los malgaches creen que el espíritu del fallecido solo se libera con la descomposición total y natural del cadáver. Por eso celebran la famadihana o procesión de los huesos, ritual religioso que los parientes del difunto ofician cada siete años y que consiste en desenterrar los restos del muerto, limpiarlos, perfumarlos, envolverlos en sábanas blancas y sacarlos en procesión. Durante la misma, los familiares cantan, bailan y agasajan a los huesos con fotos, manjares, bebidas alcohólicas y otros regalos. Junto a estos objetos vuelven a sepultar los huesos, símbolos de la vida reducida al estado de germen, que permanecerán enterrados hasta la siguiente famadihana, que se oficiará una y otra vez hasta que no haya más que polvo y se de por completada la liberación. Como en la tradición israelita, en la famadihana los huesos son símbolo de luz y de resurrección, y por lo tanto comparables a la crisálida de la que surge la mariposa.

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Tras cantar unos sutras, que varían en función de cada rama o escuela, los budistas cubren el rostro del difunto con un sudario y no tocan el cuerpo durante tres días, para no interferir con el tránsito hacia la otra vida del fallecido. El budista intenta morir de forma consciente, plena, sin temores ni lamentos, puesto que considera la muerte como una antesala de la reencarnación, y al cuerpo como un tronco de árbol seco y hueco, que diría un maestro zen. Por eso, las pompas fúnebres son más frías y sencillas que las de los monoteísmos. La técnica de tratamiento del cadáver más usada es la  incineración, especialmente en Japón, donde hay zonas en las que las autoridades locales prohíben los entierros.

Asimismo, existen budistas que prefieren que, después de muertos, dejen sus cuerpos en plena naturaleza, para que sean los animales, los insectos y las aves carroñeras quienes se ocupen de devorar y descomponer el cuerpo, que volverá así a la naturaleza. En el budismo tibetano, en concreto, se llama a los buitres «daikinis» y se les considera ángeles que bailan entre las nubes y bajan a la tierra para comer nuestra carne y permitirnos continuar el ciclo de la existencia. Por ello, los cadáveres se colocan en la cumbre de las montañas y se oficia un ritual en el que se corta el cuerpo muerto para facilitar el banquete a los buitres. Cuando los carroñeros ya han hecho su trabajo, se recogen los huesos y la calavera del difunto, se machacan a golpe de hacha y martillo, se mezclan con harina y se entregan de nuevo a los buitres, que los engullirán con gula y volarán hacia el cielo infinito.

También los parsis, comunidad religiosa que habita en el oeste de la India, exponen a sus muertos en altas torres para que los buitres los devoren, a fin de facilitar su renacimiento. Quizá por eso en la India el buitre aparece a menudo como símbolo de las fuerzas espirituales paternales, emblema de abnegación, protección y consejo espiritual.

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Ajenos a sutras, ritos y liturgias, proyectos como Capsula Mundi ofrecen una nueva y moderna forma de enterrarse que nos recuerda vagamente a películas de ciencia ficción como La invasión de los ultracuerpos. Se trata de cápsulas de entierro orgánicas y biodegradables que transmutan el cuerpo del finado en nutrientes para un árbol, que crecerá y se hará fuerte gracias a los restos humanos. El cadáver se coloca en la cápsula en posición fetal, esta se entierra y sobre ella se depositan semillas de un árbol o planta que el finado habrá escogido antes de morir. Impulsado por los diseñadores italianos Anna Citelli y Raoul Bretzel, el proyecto está aún por aprobarse, y tiene su versión española en Funeco (Funerarias Ecológicas Españolas), empresa de Félix García Pedroche que se ocupa de deshidratar el cadáver en una máquina especial, y envolverlo en material biodegradable para enterrarlo bajo un árbol. Por su parte, la artista coreana Jae Rhim Lee, ha desarrollado unos sudarios a base de hongos carnívoros que descomponen rápidamente los cadáveres, los limpian de toxinas y proporcionan nutrientes puros a la tierra.

Estas iniciativas nos pueden parecer más o menos afortunadas, pero responden a un objetivo muy loable: sustituir los cementerios por bosques y exaltar el lado luminoso de la muerte en una época que sobrevalora la vida. Pero, en el fondo, en estos modernos y sofisticados enterramientos late la misma base que en los más arcaicos ritos fúnebres: la putrefacción, cuya alquimia ya integra el principio de la nueva vida, el renacimiento de la materia después de la muerte y la disgregación de la escoria.