Ibéricas, folclóricas y franquismo: cómo las mujeres rompieron las barreras del fútbol en España

Conchi Amancio, 1970. Foto: vedi sotto (DP).

El día en que Lola Flores se vistió de corto en Vallecas hizo un flaco favor a las futbolistas. Era 1971, y bajo el  lema «Folclóricas y finolis», lideraba a un grupo de artistas de la farándula en  un espectáculo bochornoso con la excusa de ver a mujeres dando patadas a un balón. Ese mismo año, en el cine, Las Ibéricas F.C. de Pedro Masó narraba las hazañas de cinco mujeres que jamás habían pateado un esférico con un entorno más preocupado por la indumentaria y el malestar de sus maridos. La realidad de las futbolistas estaba muy lejos de lo que representaba la cultura, sobre todo porque mientras daban eco a un mundo machista, las niñas se enfrentaban a él. Lidiar con una sociedad ultraconservadora que veía el deporte como una actividad perjudicial para la salud y el físico de las mujeres fue todo un reto para un puñado de niñas que rompió los moldes del franquismo y llenó los campos de fútbol.

La madrileña Plaza del 2 de Mayo vivió el inicio de la primera estrella del fútbol femenino en España. Los niños acudían a diario a esta céntrica zona de la capital, cerca de donde vivía Concepción Sánchez Freire. De familia republicana, muy progresista y muy poco religiosa, jamás tuvo impedimentos para hacer lo que más disfrutaba, al contrario que sus compañeras. Sus problemas eran otros. La separación de sus padres y las condiciones en las que vivían los tres hermanos con su madre, sin hogar, cambiando de casa constantemente y viviendo en pensiones, hicieron del fútbol una vía de escape. «Para mí el fútbol fue terapéutico», comenta. «En ese momento no te das cuenta, pero con el tiempo ves que te ha servido para salir de tus problemas. Era muy feliz con el balón, ya fuera jugando con los niños en la plaza o subiendo y bajando las escaleras del Metro. Jugaba donde fuera, en cualquier sitio. Daba igual que a las niñas no nos dejaran espacios y tuviéramos que entrenar de noche, casi a oscuras, en una pista de baloncesto abandonada». En la plaza era la única niña, pero pronto fue reclamada para formar un equipo femenino en Villaverde.

Conchi tenía solo trece años cuando se creó una pequeña liga de fútbol femenino. Ella vestía los colores del Sizam, protagonista del primer partido, el 8 de diciembre de 1970 ante el Mercacredit. Una semana antes, su padre la llevó a una tienda de la Puerta del Sol para comprar sus primeras botas. Se paseó todo el día con ellas puestas, y por la noche las colocó frente a la cama. «No pude pegar ojo. Pensaba que si me despertaba no estarían ahí, relucientes».

El día del debut, cogió el autobús con su madre para ir al barrio obrero de Villaverde. Las gradas del Boetticher acogieron a ocho mil personas ansiosas por ver cómo jugaban. «Fue el mejor día de mi vida. Cuando llegamos apenas había veinte personas, seguramente todos familiares. Nos metimos al vestuario a cambiarnos, y cuando salimos a jugar estaban los córneres a rebosar. Fue una sensación fantástica». Las dificultades para ver un juego bonito despertaron la competitividad y el sentido del espectáculo de Conchi. Quería que ese público estuviese deseoso de volver. «Empecé a regatear y a jugar prácticamente sola y fueron llegando los goles. Cuando terminó el encuentro, el campo se había llenado de periodistas». El diario Marca la rebautizó al día siguiente como la nueva estrella del fútbol: Conchi Amancio, en referencia al mítico jugador del Real Madrid.

Ese histórico día supone la irrupción de la mujer en el fútbol. Pese a que el promotor Rafael R. Muga tuvo que lidiar con la guardia civil de Villaverde, que exigía permisos y documentos, no fue el principal obstáculo para ellas. Lo fue la propia Federación (RFEF), de la mano de su presidente José Luis Pérez-Payá, que hablaba del fútbol femenino en estos términos: «No estoy en contra, pero tampoco me agrada. No lo veo muy femenino desde el punto de vista estético. La mujer en camiseta y pantalón no está muy favorecida. Cualquier traje regional le sentaría mejor». El componente católico y ultraconservador de la sociedad hacía que estas mujeres vistieran faldas de grandes dimensiones, pololos y enaguas. En el cine, sin embargo, llevaban pantalones cortos y camisetas ceñidas, marcando escote.

El pensamiento de los dirigentes del fútbol no se alejaba mucho de la doctrina marcada por el franquismo, que utilizó la Educación Física para la transmisión de su moral. Al finalizar la guerra civil, se sustituyó el sistema deportivo liberal por uno controlado por FET y de las JONS y la denominada Delegación Nacional de Deportes. Las mujeres apenas tuvieron contacto con el deporte hasta los sesenta, cuando ellas mismas se empezaron a considerar pioneras. Antes, se enfrentaban a la represión por factores de tipo biológico, religioso, moral y social que les impedía salir del papel de madres y esposas. Para la Iglesia, el deporte suponía un riesgo en la salud de las mujeres y de sus hijos. Solo la gimnasia y la danza se aceptaban como actividad física necesaria, mientras que atletismo y fútbol requerían un esfuerzo que no debían realizar, especialmente en la pubertad y durante la menstruación.

Conchi quiso ser pionera. Con su fútbol y su actitud, ayudó a difundir la práctica de este deporte por toda España. Así se llega a formar una selección nacional no oficial, llamada «clandestina», aunque recuerda que en ningún momento se escondieron. Hicieron kilómetros y kilómetros subidas en un cupé rojo, desde el que repartían octavillas: «¡Mañana gran partido de fútbol femenino!», gritaban mientras pegaban carteles en los bares. «Llenábamos todos los campos. Viajamos por toda España en autocares, jugábamos a veces dos partidos en cada ciudad, uno por la mañana y otro por la tarde. Éramos más rockstars que futbolistas», recuerda Conchi.

La farándula entra en escena

Ante esta ruptura, el mundo del espectáculo aprovechó una temática atractiva para la época y la plasmó, pero de forma antagónica: con más machismo. «Cinco delanteras temibles, impresionantes, con un tiro a puerta fuera de lugar». El director Pedro Masó presentaba así una parodia grotesca de lo que sucedía en un campo de fútbol cuando las mujeres eran las protagonistas. En Las Ibéricas F.C. (1971), ellas comenzaban su vida deportiva con nulas habilidades y mucho sexismo a su alrededor. Di Stéfano, Gento, Marcelino, Suárez, Kubala y «tantos otros» dan paso a Chelo, Menchu, Luisa, Piluca y Julita. «Una delantera de primera división […] con un tiro a puerta fuera de serie».

José Sacristán era un masajista con un guion limitado. «Morado me voy a poner» era casi su única frase, que repetía hasta la extenuación. Fernando Fernán Gómez daba vida al marido controlador: «No quiero que hagas el ridículo y que enseñes las piernas como una muchachuela. ¿Has pensado en el porvenir de estos angelitos con una madre futbolista?». Situaciones que exponían lo que verdaderamente pasaba fuera de la pantalla. Los prejuicios de la época se reflejaban en diferentes personajes casposos que hacían las gracias del espectador: un árbitro que busca «dominarlas con el pito», un fisioterapeuta que aprovecha el mínimo dolor de la futbolista para tocar sus muslos, dos albañiles que agujerean paredes para intentar verlas desnudas o dos agentes que pretenden cambiar de sexo a una de ellas para venderla al Elche. Una ristra de despropósitos que culmina cuando por fin disputan su primer partido internacional, en el Vicente Calderón. Durante el encuentro, unos ratones saltan al césped, colándose entre la ropa de las protagonistas. «¡Quién fuera ratón!», se escucha en la grada. Al finalizar, la felicidad no era jugar al fútbol, sino salvar los problemas con sus parejas. «Once chicas, once sueños, once lindos mini-shorts», decía la canción de la película. «Once chicas decididas a llegar con el balón hasta el fondo de las mallas en el marco del amor».

Lo que parecía limitarse a la ficción se trasladó al mundo real de la farándula. El empresario del Rayo Pedro Roiz desembolsó en 1971 cientos de miles de pesetas para reunir en un campo de fútbol a las principales artistas del país en un claro enfrentamiento entre las Folclóricas (cantantes de copla) capitaneadas por Lola Flores con la indumentaria del Betis, y las Finolis (cantantes de bolero) encabezadas por Encarna Polo, con la equipación del Rayo Vallecano.

El empresario pagó veinte mil pesetas por artista, aunque en el caso de Lola Flores se comentó que habría llegado a cien mil. A cambio, dieron todo un espectáculo lleno de despropósitos. Cogían el balón con la mano, discutían con el árbitro, formaban melés innecesarias y posaban para los fotógrafos. Las gradas de Vallecas, hasta arriba de público entusiasmado, disfrutaron, como dijo el NO-DO, de «peloteo, autógrafos y mucho flamenco».

Ese mismo año, en los campos de tierra, la selección no oficial femenina disputaba en Murcia su primer partido. Lo hacía sin escudo ni himno, y ante las amenazas de cierre. «Es algo que siempre nos temíamos, en cada partido», explica Conchi. En La Condomina, España recibió a Portugal con un once formado por integrantes del Sizam (Madrid) y el Racing (Valencia). Meses después se produjo la primera salida para jugar en Italia, en un partido que tuvo que retrasarse cinco días por problemas burocráticos ante la negativa a permitirles salir del país. Para regresar a España tuvieron que pedir ayuda económica al periodista enviado por el diario As, Miguel Miró. Todo eran problemas para unas jóvenes que solo querían cumplir su sueño, pero para el que también necesitaban una figura masculina facilitadora.

Muga pidió una excedencia de un año en su trabajo para promocionar al equipo por toda España. «Era muy emocionante, recorrimos todo el país —narra Conch—. Íbamos con dos equipos a los pueblos y jugábamos entre nosotras. Había una selección de Castilla, de Cataluña, de Valencia… y de ahí nació la primera española. Cada vez que nos ponían problemas para jugar nos pegaban un palo. Nuestra lucha era porque nos reconocieran».

Solo dos años después, con quince años, Conchi respondía a un test como estrella del mes: ¿Qué le diría a las jugadoras que tienen dudas? «Que se decidan. Tomemos el ejemplo del masculino». Cuando la Federación accedió a reconocerlas ya era 1983, ella ya era una estrella en Italia, pero jamás fue convocada. Solo cuando TVE le hizo un reportaje fue llamada por Ignacio Quereda. El destino quiso que tuviera una grave lesión de rodilla. La niña que había luchado contra los esterotipos y la rigidez del sistema jamás jugó con una España reconocida.


La historia del único futbolista de élite en hacer pública su homosexualidad

Fotografía: Cordon.

Justin fue niño huérfano, adolescente negro y futbolista gay. El fútbol le dio herramientas para evitar la discriminación por su raza de la misma forma que le dio la espalda cuando reveló su homosexualidad. Delantero de gran envergadura y muy rápido, tenía potencial y carisma para convertirse en la futura estrella de la selección inglesa en los ochenta. Pero cuando rozaba el éxito en el equipo campeón de Europa, su vida personal estalló: acudía a clubes de ambiente. Expulsado del equipo, jamás volvió a jugar a primer nivel. «Me he matado yo solo», decía públicamente. Lo hizo la homofobia de un país que en el fútbol empezaba a aceptar a los negros, pero no a un homosexual. Contar que había tenido relaciones con diputados tampoco ayudó a su imagen mediática. Después de años de acusaciones, Justin Fashanu era encontrado muerto con una nota: «No quiero que mi familia y mis amigos pasen más vergüenza».

El conflicto interior era constante en el mayor de los Fashanu. Abandonado junto a su hermano John en un orfanato de Londres, Justin jamás superó sus inseguridades. Cuando saltaba al terreno de juego se convertía en otra persona, pero fuera del campo era un experto en ocultar sus problemas. Aparentemente era un chico alegre, extrovertido y consciente de sus capacidades. La realidad es que ni siquiera sus amigos y familiares le conocían bien. Detrás de esa máscara había un trasfondo de tristeza y culpabilidad. ¿Por qué su padre les había abandonado para volver a Nigeria? ¿Por qué su madre Pearl dejó que se criaran con una familia blanca?

Betty Jackson acogió a los dos Fashanu en un pueblo de Norfolk, en la costa inglesa. Allí eran los únicos niños negros de la zona, pero no fueron conscientes del racismo hasta la adolescencia, cuando empezaban a enfrentarse a chicos de otros colegios. Justin destacó muy pronto, era «el niño negro futbolista». Crecieron en la Inglaterra de Margaret Thatcher, de la preocupación por la «inundación» de personas de otra cultura. En territorio prácticamente hostil, el fútbol era la única escapatoria para ellos. Justin explotó como futbolista entre gritos racistas, lanzamientos de plátanos y amenazas, pero sabía que la fama le sacaría de ahí. Los goles ayudaron a formar una imagen de estrella casi intocable. Cuando le preguntaban, siempre tenía un mensaje para los que no habían tenido esas facilidades. «Juego para los que no han tenido una buena vida como yo, que han vivido en guetos, y sobre los que vierten insultos sin parar».

Se convertía así en la joven promesa inglesa. Fuera del campo ya vivía como los mejores futbolistas, y pronto tapó sus carencias emocionales con la arrogancia del dinero. Le encantaba aparcar en doble fila, vestir con botas forradas de pelo en verano, irse de los sitios sin pagar y todo lo que fuera material. «Me gustaría ser más rico y famoso. Si quieres ser alguien que respete la gente debes tener un buen estatus social. Suena esnob pero es lo que hay. Tienes que conseguir cosas materiales antes de poder ir más lejos». Su madrastra le restaba importancia a este tipo de declaraciones: «Es un chico sensato, sabe que un día volverá a no ser nadie». John, también futbolista, se aleja de él cansado de vivir a su sombra.

«El negro de un millón de libras»

El gol que cambió su vida no tardó en llegar. Fue con la camiseta del Norwich ante el todopoderoso Liverpool, en Carrow Road. Justin recibía el balón escorado, de espaldas, a escasos centímetros del área grande. Con un breve toque con la diestra dejaba al defensa atrás y levantaba la pelota hacia su costado derecho. Un impacto con la zurda, un instante antes de que el esférico tocase el suelo, fue suficiente para colocarlo en el palo largo del portero. El Nottingham Forest, campeón de Europa en dos ocasiones, se fijaba en él. Ese verano ya no sería uno de los primeros futbolistas negros, sino «el primer futbolista negro de un millón de libras».

Las criticas aumentaron por su elevado coste y su rendimiento bajó con la presión. Con las dificultades sobre el campo, su propia afición empezó a cuestionar la vida extradeportiva del delantero. Es entonces cuando comenzaron los rumores de que frecuentaba el bar de ambiente Part Two, en el centro de la ciudad, y recibe cánticos homófobos en todos los partidos. Su entrenador Brian Clough no titubea: «¿El puto Fashanu es marica?». Fue expulsado inmediatamente de los entrenamientos. Cuando intentó regresar, se encontró a dos policías. Pese a sus intentos por lavar su imagen públicamente, incluso vendiendo una supuesta relación con la estrella de Coronation Street, Julie Goodyear, su carrera en la élite había terminado. Años después, Clough narró en su autobiografía la conversación con el jugador:

—¿Dónde vas si quieres pan?

—A la panadería, supongo.

—¿Y si quieres una pata de cordero?

—Al carnicero.

—Entonces, ¿por qué vas a ese maldito club de maricones?

Justin puso un punto y aparte a su carrera y se marchó a Nigeria a buscar sus orígenes. Se encontró por primera vez con su padre, pero nunca quiso hablar de ello. Al regresar a Londres encontró un nuevo camino tan importante para él como el fútbol: la religión. Desde entonces, todos sus goles serían para Dios y el dinero tendría menos valor: «Es una ventaja adicional más que el motivo por el que hago las cosas». Mientras se introducía en la fe y recuperaba su rodilla, su hermano John despuntaba en equipos de categorías inferiores hasta ser un referente del Wimbledon y debutar con la selección absoluta. Ahora que él tenía la fama, y con Justin necesitado, le da la primera estocada: «Aquí no caben dos Fashanu».

La confesión: «Soy gay»

En 1990 Justin recala en el Leyton Orient, un pequeño club cerca de Londres. Allí acudía a los entrenamientos con otro hombre, y pronto le animan a contarlo públicamente para quitarle la presión mediática, pero estaba aterrorizado, pensaba que ningún club grande le contrataría si contaba públicamente que mantenía relaciones con hombres. Sin embargo, unos meses después lo cuenta en The Sun a cambio de Setenta mil libras. John había tratado de evitarlo ofreciéndole más dinero. «No se trataba de dinero, John me daba mucho más por no decirlo. Había muchas insinuaciones y necesitaba honestidad. No creo que fuera importante en mi carrera, porque no afecta a mi juego. Solo quería airear mi pasado». John volvía a ser duro con él: «Los futbolistas no dicen en público sus preferencias sexuales, no le importan a nadie. Sufrirá las consecuencias, nadie le contratará». Una de las consecuencias fue el rechazo de su propio hermano, quien aseguró que no querría cambiarse ni ducharse cerca de él. «Me duele, me ha decepcionado», respondió Justin. «Creía que él tenía más profunidad, que era más tolerante. Pasamos mucho de niños y pensaba que era mucho mejor que eso».

La confesión iba más allá de su homosexualidad. En una profunda entrevista, daba detalles de cómo mantuvo relaciones con un diputado conservador que había conocido en un bar de Londres. No dio nombre ni más detalles pero Sue Parsons, mujer del conservador David Atkinson, supo al leerlo que se trataba de él. Sue entendió entonces por qué su marido, que nunca había tenido interés en el fútbol, parecía ser tan amigo de un futbolista. Al llegar a casa, confesó: «Sí, soy gay».

Justin comenzaba a ser presentado como «el futbolista gay» en todos los medios a los que acudía. Se exponía además a preguntas y valoraciones del público: «No me cae mal por su color, sino por su infame vida homosexual», decía el asistente de un programa. «¿Cómo sabes qué vida llevo? ¿Acaso te has acostado conmigo?», respondía el futbolista. Mientras en el Parlamento británico se referían a la homosexualidad en términos de «sodomía» y «perversión», decide marcharse a Canadá esperando que su sexualidad no fuera un impedimento para jugar al fútbol en los Hamilton Steelers. Pero cuando el propietario vio en su casa a un joven a quien había regalado una camiseta, le invitó a irse a una ciudad más grande.

Relaciones con diputados conservadores

Justin regresó a Reino Unido, donde el Parlamento británico vivía un duro enfrentamiento sobre el modelo tradicional de la familia. Las palabras de los conservadores, que se jactaban de proteger esos valores, dieron lugar a investigaciones en la prensa que desvelan una doble moral en algunos de ellos. Durante semanas se sucedieron noticias que sacudían a los tories: infidelidades, relaciones homosexuales e incluso el suicidio de la mujer de Lord Caithness. En mitad de la tormenta, el también conservador Stephen Milligan apreció muerto en Londres en extrañas circunstancias, desnudo y con unas medias de mujer. La prensa no tardó en dirigirse a Justin Fashanu por sus anteriores revelaciones, pese a que se encontraba jugando en un pequeño equipo de Edimburgo.

La policía tenía un soplo de que Justin podía ayudar en la investigación. Al parecer, intentaba vender información a la prensa sobre la vida extramatrimonial de algunos diputados en Londres. Preguntado por periodistas que querían comprar esa información por unas trescientas mil libras, había asegurado que podría decir sus nombres, dónde vivían y qué marcas corporales tenían. Pero al verse acorralado por la prensa en su casa, negó todo: «Nunca he tenido una relación sexual con un diputado ni con ministros de gabinete. Era la historia que más quería The Sun y nos la inventamos. Era dinero fácil».

Para entonces, ya nadie creía a Justin. ¿Eran ciertas sus relaciones con diputados o se lo inventó todo por dinero? Huyendo de este escándalo, ya en 1997, buscó en Meryland la tranquilidad que tampoco encontró. Entrenador de niños, volvía a ser rechazado al descubrir su condición sexual. Allí fue acusado de violación por un joven DJ. Meses después la policía informó de que había cerrado el caso por falta de pruebas, pero él huyó a Londres por miedo a ser encerrado. Tras una noche en la sauna gay Chariots Roman Spa, aparecía muerto en su casa. La mañana del 3 de mayo de 1998 la policía encontraba su cuerpo con una nota de suicidio: «No hice nada de lo que se me acusa, y nunca me creerán. Me he dado cuenta de que ya he sido declarado culpable. No quiero que mi familia y mis amigos pasen más vergüenza. Espero que Dios me reciba y encuentre la paz que nunca tuve». Veinte años después, ningún futbolista de élite ha declarado públicamente su homosexuaildad.