Las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo

Fotografía: Jens Schott Knudsen (CC).

Hace seis años, en Artículo femenino singular, una antología dedicada a mujeres articulistas desde los inicios del periodismo hasta el siglo XX, el profesor Teodoro León Gross y yo titulamos la introducción al volumen «En cuanto el ambiente se haya despejado…» en alusión al comentario que Magda Donato (Madrid 1868 – Ciudad de México 1966) había realizado sobre el quehacer periodístico femenino en España. Esta pionera del reporterismo encubierto decía que «En cuanto el ambiente se haya despejado por completo de su estrechez y de su mezquindad molesta, las mujeres podrán libremente consagrarse al periodismo, que solo ellas pueden hacer llegar a su pleno desarrollo». Magda Donato mostraba esta confianza en el trabajo periodístico de las mujeres, en enero de 1918, en su sección «Femeninas» en El Imparcial. Tenía que «despejarse el ambiente», tal y como lo expresaba, para que las mujeres pudieran ocupar un lugar en la prensa generalista. En muchos sentidos debía ampliarse esa mirada, principalmente masculina, para que la incorporación y el reconocimiento de las mujeres en la prensa se convirtieran en un hecho.

Las mujeres que se dedicaban al periodismo en aquella época se consideraban una excepción, cuando no una excentricidad. El recorrido que se vieron obligadas a realizar pasaba, en primer lugar, por salir del espacio privado que se les había asignado, para adentrarse en los espacios públicos de socialización: salones, cafés, academias o tertulias. Y, de ahí, a las redacciones y a los distintos ámbitos de poder. Había que salir de lo marginal para hacerse un hueco en los medios.

Desde los inicios del periodismo en España, algunas pocas mujeres en efecto se hicieron hueco, y consiguieron infiltrarse en los periódicos. Y a pesar de las dificultades, lograron un espacio propio. Entre las más conocidas: Fernán Caballero, Concepción Jimeno de Flaquer, Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Carmen de Burgos, Isabel Oyarzábal o Concha Espina. Y lo estaban haciendo a comienzos del XX, junto a Magda Donato: Eva Canel, Sofía Casanova, Consuelo Álvarez, Josefina Carabias, María Luz Morales Godoy, Irene Polo y un largo etcétera, especialmente en estos primeros treinta años del siglo y previos a la Guerra Civil, que vendría a truncar, entre tantas cosas, el progresivo afianzamiento de la mujer en la prensa española.

Habría que esperar hasta bien entrados los años cincuenta para hablar nuevamente de mujeres periodistas, como Pilar Narvión, Pura Ramos o Mary G. Santa Eulalia. Pero sería a finales de los sesenta y dentro ya del clima que fraguaba la transición donde volvemos a encontrar una avalancha de mujeres, similar al de las etapas republicanas y feministas de Magda Donato. La nómina es muy extensa sin duda Carmen Rico Godoy, Maruja Torres, Pilar Urbano, Juby BustamAnte, Nativel Preciado, Carmen Rigalt, Rosa Montero, Sol Gallego-Díaz, entre otras muchas. «En la radio y televisión  ha costado mucho la incorporación de las mujeres pero ahora son más fuertes y sólidas. Hubo un grupo de mujeres fundamentales en los medios audiovisuales en los setenta y después como Carmen Sarmiento, Mercedes Milá, Rosa María Calaf, Marisa Flores, Marisa Ciriza, Juby Bustamante. Y dos mujeres de cultura democrática que vinieron ya con otro talante como Julia Otero y Concha García Campoy», comentaba Lorenzo Díaz, en 2014.

Ya «han pasado décadas desde que Curri Valenzuela fue la primera mujer en tener mesa en la redacción de la agencia EFE, o que Carmen Sarmiento fuera la primera mujer en cubrir una guerra, o Pilar Narvión, la primera subdirectora de un periódico nacional como Pueblo o Pepita Carabias y la propia Narvión fueran corresponsales de medios de comunicación de ámbito nacional. Hoy se cuentan por docenas las mujeres que ocupan puestos similares», afirma la veterana periodista Pilar Cernuda.

Son ciertos estos logros. La mujer en este poco más de un siglo que va desde las declaraciones de Magda Donato hasta nuestros días se ha ido instalando en los medios de comunicación y en otros puestos de trabajo que antes eran impensables.

En crisis

Asumida esta situación ¿se ha despejado verdaderamente el ambiente en pleno siglo XXI para las mujeres en el periodismo?

Isabel San Sebastián lo tiene claro: «Hemos avanzado poquísimo. En mis treinta años de ejercicio de la profesión la situación ha cambiado para las mujeres periodistas en la base, donde cada vez son más, pero no en el vértice». Las oportunidades no son las mismas para las periodistas «no tanto por ser mujeres como por ser madres». La mayoría de las que asumen puestos de poder no tienen hijos. En la televisión han cambiado algo las cosas pero más en «entretenimiento» que en «información o información política».

Anabel Díez pone el foco en la crisis de los medios de comunicación que deviene de la crisis del sistema económico que tuvo un impacto tan brutal en los medios como en el sector de la construcción. El cierre de periódicos en España, como en el resto de Europa y en Estados Unidos, dio lugar a miles de periodistas despedidos y a la puesta en marcha de un nuevo modelo de trabajo precario, como primera característica, y con nuevas exigencias profesionales. Ahora bien, afirma, «aunque la crisis económica es el meollo central que sumió en la crisis a los medios que no han encontrado aún el modelo de negocio a seguir, también se ha aprovechado la circunstancia del enorme desempleo, para que las contrataciones incluyan condiciones salariales y de trabajo escasamente atractivas. Y se cubren todos los puestos».

Soledad Gallego Díaz redunda en cómo en la actualidad la crisis del modelo de negocio y la crisis económica han colocado a los periodistas, hombres y mujeres, en una terrible situación de precariedad laboral, con cada vez menos derechos laborales. Pero subraya que «en el caso de las periodistas la pérdida es aún mayor, como siempre sucede cuando se trata de retrocesos laborales. Las primeras en sufrirlos somos las mujeres». Pilar Cernuda ahonda en esta precariedad actual «para desgracia de quienes quieren dedicarse a esta profesión con la pasión necesaria, el panorama laboral es penoso». Pero considera que esta situación lastimosa es así para hombres y mujeres por igual: «No advierto ninguna diferencia o ventaja  por el hecho de ser hombre o mujer».

Gallego Díaz también encuentra luces dentro de la formidable expansión digital que nos rodea y que «ha permitido también a muchas mujeres periodistas encabezar sus propios proyectos, con independencia o como socias en igualdad de condiciones y ese camino está resultando muy interesante». Luces en la era digital que Anabel Díez matiza por la necesidad perentoria de que «el tráfico» sea incesante y masivo, con la repercusión que esto tiene en los contenidos, que están muy condicionados. «¿Y qué atrae sobre todo al tráfico? Hay muchos análisis al respecto pero es evidente que los sucesos, el sexo van por delante aunque también se pretende, y algunos lo consiguen, que la política se ponga al nivel de las anteriores, junto a los asuntos llamados rosa o del corazón». Y Ana Romero apuntala, «en la cúpula, en el lugar donde se toman las decisiones en los medios, solo hay hombres». Y que esta realidad se ha reproducido de los medios analógicos a los digitales por la sencilla razón de que «son una réplica llevada adelante por aquellos que salieron de los medios en papel y que han buscado refugio en lo digital para venir a reproducir todo exactamente igual».

Otra veterana como Karmentxu Marín coincide en que la crisis ha sembrado miseria y la precarización en la profesión, en la cual, además, se han perdido miles de puestos de trabajo. «Pero curiosamente y valga la ironía entre las mujeres las condiciones de trabajo siguen siendo peores que las de los compañeros varones». Y aporta datos concretos para hacerse  a una idea de cómo está el patio.  Basta con citar, comenta, el Informe Anual de la Profesión Periodística 2015, presentado hace unas semanas en la Asociación de la Prensa de Madrid. «El paro profesional es de un 64% entre las mujeres y un 36% entre los hombres; entre 2014 y 2015 las categorías profesionales de las mujeres directoras, directoras adjuntas, subdirectoras y redactoras jefas en medios impresos  pasó de un 6,7% al 7,8% (¡Loado sea el cielo, pero fíjense qué dígitos!): en medios audiovisuales, del 6% al 7,8%, y en digitales, del 3,5% al 3,9%. Eso sí: de los licenciados en Periodismo en 2014, 63,1% eran mujeres y 36,9%, hombres. Las tablas salariales avalan, en la mayor parte de los segmentos remunerativos, esta situación de inferioridad de las mujeres con respecto a los varones periodistas. La tabla 45 sobre salarios del citado Informe 2015 es realmente significativa.

Tocar Techo

Si bien la presencia de las mujeres en las redacciones españolas, y en las facultades de comunicación, es notable, también lo es el omnipresente e insalvable techo de cristal. La mayoría de los puestos directivos los ocupan hombres. Es una excepción en el panorama mediático que dos mujeres como Cristina Fallarás y Ana Pardo de Vera dirijan diario16.com y público.es, respectivamente. Si no fallan las estadísticas, solo una de cada cinco directivos es mujer. Es una constante entre las periodistas actuales establecer una vinculación entre el techo de cristal y la precariedad laboral. Como señala Lucía Lijtmaer: «ninguna mujer pasa en España de jefa de redacción salvo algunas excepciones». Y añade que a esta realidad se suma el hecho de que «el periodismo diario, especialmente el político, sigue considerándose como un espacio tradicionalmente “de macho”».

Anna Grau considera que las mujeres periodistas ahora mismo «copan o por lo menos predominan en la clase de tropa, la infantería del periodismo, porque ahí suelen ofrecer virtudes (la capacidad de hacer varias cosas a la vez por ejemplo) que las hacen más estimadas. Además en todos los oficios creativos y mal pagados encontramos a más mujeres que hombres… pero a medida que escalamos en la cadena de mando la cosa se complica. Hay muchas mujeres en la base de la pirámide del periodismo y muy pocas en la cúspide, reinonas de los magacines televisivos aparte… pero estas últimas gozan de la patente de corso de hacer un producto pensado para audiencias femeninas. Es mucho más difícil encontrar una mujer dirigiendo un periódico económico o simplemente prensa generalista. Allí parecen más de “fiar” los hombres».

Colegas mexicanas y argentinas comparten esta misma sensación. La argentina Daniela Pasik comenta: «Un rápido paseo por los medios gráficos en Argentina deja ver que los cargos directivos y las columnas de opinión políticas, por ejemplo, son casi monopolizadas por hombres. Recientemente se entregaron los premios de FOPEA (Foro de Periodismo Argentino), y los jurados eran todos hombres. Por supuesto, de los diez premiados, solo hubo una mujer (Cecilia González)». Periodista premiada que coincide con lo expuesto: «La gran pregunta para mí —dice González— es por qué casi no hay jefas  en los medios de comunicación, ni columnistas».

Con todo, las periodistas españolas dedicadas a política son numerosas. No hay más que atender a las tertulias radiofónicas y televisivas, pero también en la prensa, para que surja una nómina más que respetable: Lucía Méndez, Anabel Díez, Olga Rodríguez, Marisol Hernández, Esther Esteban, Nativel Preciado, Esther Palomera, Isabel San Sebastián, Esther Jaén, Carmen Moraga, entre otras muchas.

Entre noviembre y diciembre de 2014, con motivo del libro sobre el columnismo escrito por mujeres mencionado al inicio del artículo, León Gross y yo organizamos el congreso «Artículo femenino singular. La historia de las mujeres en el periodismo español», en Málaga gracias a la Fundación Manuel Alcántara. Y en este evento una mesa de diálogo fue para las mujeres dedicadas a la opinión política entre las que se encontraban Isabel San Sebastián, Anabel Díez, Lucía Méndez y Esther Palomeras.

En esta ocasión, Isabel San Sebastián recordaba cómo su columna de contenido político, «El contrapunto», en los años noventa, en ABC, resultaba un hecho insólito. Era «muy novedoso y extraordinario, por lo machista que era la sociedad en ese momento». «La opinión de una mujer valía mucho menos que la de un hombre». Y añadía «Seguimos pesando mucho menos las mujeres que los hombres. Esto es una rémora». Anabel Díez comentaba que habían cambiado mucho las cosas pero que la presencia de los hombres seguía siendo abrumadora en las redacciones a pesar de que en la profesión y en la facultad eran más las mujeres. «De manera natural las cosas o no llegan o con una lentitud apabullante. En el periodismo de opinión política ha costado mucho y se ha ganado a pulso». Lucía Méndez corroboraba que seguían siendo minoría las periodistas que hacen opinión política en los diarios y añadía: «las mujeres tenemos que demostrar más a menudo, con mayor intensidad, con más número de horas, que somos igual de capaces que los hombres, a pesar de tener familia e hijos». Y Esther Palomeras apuntalaba: «Ya no somos agentes secundarios pero sigue habiendo escasez. Nuestra opinión sigue siendo minoritaria».

Pero, siendo justas, tampoco nos engañemos, a esta «reivindicación estadística» hay que ponerle matices como los que señala Alba Muñoz: «Ojo: una mujer no garantiza ni contenidos feministas, ni contenidos de izquierdas, ni periodismo de largo aliento, ni experimentación, ni rutinas laborales compatibles con la crianza. Pero tampoco hemos probado nunca…» Quizá ya sea el momento ¿no? Sobre todo el de visibilizar mujeres en cargos directivos, pero no solo para que se las vea, sino para que se las escuche, que se convierta en una normalidad, tanto el que lo hagan bien como el que lo hagan mal. De derechas, de izquierdas o mediopensionistas. Que deje de ser un hito, un logro que una mujer acceda a determinados cargos de responsabilidad en los medios de comunicación.

¿Qué hay que conciliar?

Fotografía: Toxteth TV (CC).

Junto al infrecuente acceso a los puestos directivos de las periodistas emerge el asunto de la conciliación laboral y de la maternidad. ¿Es posible desarrollar una carrera profesional en el periodismo siendo, a la vez, madre, y no morir en el intento? Parece una tarea realmente compleja. Y eso explica en cierta medida que las mujeres, aun cuando ya son mayoría en las redacciones, no alcancen todavía los puestos directivos. En una entrevista realizada por Iñaki Gabilondo a Michelle Bachelet, el periodista comenta la precariedad de las medidas actuales para la conciliación laboral porque «una mujer no puede llegar muy lejos a tiempo parcial, tiene que trabajar mucho. La solución del tiempo parcial es una solución coyuntural, no es una solución». Y confiesa: «Una cosa que me ha marcado toda la vida es que nunca he tenido que optar entre ser periodista y ser padre. Yo nunca me planteé: “no sé si quiero ser periodista o padre”. Y he vivido rodeado de compañeras que se han preguntado muchas veces si tienen que ser periodistas o madres».

Charo Zarzalejos, en 2014, en el congreso al que se aludía arriba realizaba la siguiente declaración: «Lo que nos distingue a los hombres de las mujeres es que las mujeres tenemos una relación distinta con el poder. Los hombres son más ambiciosos, la mujer si sale ambiciosa no tiene límites, es verdad. Pero a la hora de ascender, de asumir responsabilidades, creo que nuestra escala de valores, por lo menos la de mi generación, era bien distinta a la de los hombres. Siempre nos han podido más los afectos que el poder. Siempre nos hemos sentido especialmente responsables de nuestros hijos. Creo que es este sentido el que explica que pudiendo haber tenido ciertas cotas de poder, algunas hemos renunciado a ellas, porque equivocadamente o no (en mi caso, no, me ha compensado), teníamos una escala de valores distinta. Y a todo no se puede estar».

A las dificultades comunes con las que se enfrentan las mujeres en todos los sectores profesionales, hay que sumar las especiales características del trabajo periodístico: disponibilidad horaria total, trabajo en fines de semana y festivos… En esta profesión, como en tantas otras en las que la «productividad» parece estar por encima de lo racional, si no puedes prolongar la jornada es como si no existieras. Muchas mujeres solicitan reducción de jornada porque es la única manera de tener un horario cerrado y poder organizarse con cuidadores, guarderías, colegios… Pero esta opción reduce también toda posibilidad de ascenso o promoción. Esto contribuye a explicar la brecha salarial que hay en el sector, puesto que las reducciones conllevan una drástica reducción del sueldo (muy por encima, en algunos casos, de la reducción horaria, puesto que se eliminan automáticamente del sueldo los pluses y otras compensaciones).

Por otra parte, pese a que el trabajo periodístico permite el teletrabajo  —con un móvil y un portátil está todo resuelto—, las empresas periodísticas no lo fomentan. Es más, siguen premiando el «presentismo». Y la organización del trabajo tampoco ayuda, pese a que ha habido avances. Una cosa son los sucesos, los acontecimientos imprevistos, y otra, que la organización del trabajo demore el día a día. Además de optar por reducciones de jornada, son muchas las mujeres que intentan cambiar de ocupación  en el sector, y abandonan los medios, para aspirar a un trabajo más ordenado: en gabinetes de instituciones, empresas, y otras entidades, o bien optan por hacerse autónomas.

Anna Grau añade que las mujeres suelen ser menos ambiciosas en líneas generales y «cuando descubren que el periodismo es un oficio endemoniado de conciliar con la vida familiar y los hijos, normalmente pringan más por este lado. En todos los matrimonios de periodistas que yo conozco, cuando llegan los hijos y las complicaciones, ella, suponiendo que no llegue a dejar el trabajo, reduce las expectativas y pecha mucho más que él. Estoy simplificando y generalizando… pero creo no estar equivocándome mucho».

June Fernández, directora de la revista feminista Píkara Magazine, amplía el campo a lo que denomina el «peso de los afectos» que recae sobre las mujeres en general. No ya la conciliación con la maternidad, que se da por supuesto, sino también las relaciones que si bien dan, también restan energía vital y hacen que no te plantees irte lejos, o que te sientas culpable si te pasas todo el día trabajando y no tienes tiempo para tu pareja, para tus hijos o tus padres. Hay una incomprensión en el mundo familiar si es la mujer la que no encuentra el tiempo para los otros. No se estimula lo material, el empoderamiento, que seamos ambiciosas y nos movamos por el mundo. «Mi idea es que las mujeres recibimos más mensajes que minan nuestra iniciativa personal y que nos atan a un contexto y una vida determinados por los afectos», subraya. 

Periodismo «cipotudo»

Por otro lado, según afirman bastantes profesionales, parece seguir vivo un periodismo de «machos». «Incluso entre periodistas hombres que hablan ante periodistas mujeres con mucho más recorrido», señala Alba Muñoz que apunta además lo triste y ridículo de esta situación. «Eso da pie, por ejemplo, a que una cagada de un redactor haga gracia, ya que completa el genotipo de reportero viril y trasnochado que la lía de vez en cuando. Un fallo femenino se considera mala praxis, falta de profesionalidad. El trato de los jefes hacia ellos recuerda a un encuentro en el bar. Con ellas, en cambio, se genera la atmósfera de una entrevista de trabajo. En un mundo que sigue dirigido por hombres, sigue imperando la masculinidad». Lucía Lijtmaer subraya que, pese a la apariencia de «feminización» de las redacciones (en las caras visibles), nada afecta esto a la agenda, a los temas. Y añadiríamos que ni al tratamiento de los temas. Por ejemplo, hoy en día un informativo puede abrir con un feminicidio, y la prensa escrita también se ocupa de la violencia de género y le da relevancia en el medio.  Precisamente la crónica de sucesos es uno de los géneros que más se ha «feminizado» en este sentido en los últimos años. El problema no es que se hable poco de ello, sino que los modelos discursivos que lo describen se centran siempre en la «debilidad de la mujer» y su fragilidad «connatural». Tamara Marbán contempla que «la mayoría de las dificultades, discriminaciones, violencias e invisibilidades a que estamos sometidas las periodistas vienen de antiguo, es decir, no llegan cuando nos instalamos en el oficio, sino que forman parte de una lista machista tenebrosa de heridas antes de la muerte a las que hacemos frente en el periodismo y fuera de él». La precariedad que nos ha regalado el neoliberalismo salvaje y la incertidumbre por el cambio en el modelo de negocio de los medios exacerba la sensación de inseguridad.

June Fernández lleva este asunto hasta las redes informales de poder y de decisión, en donde las mujeres periodistas, se han sentido excluidas de manera  más o menos sutil de los espacios en los que «se corta el bacalao». «Por ponerte un ejemplo, cuando yo curraba en un periódico, un chico de mi edad se fue de concierto con los jefes. Yo ni lo hubiera contemplado. Ese compadreo con los jefes (hombres) es mucho más difícil cuando eres mujer, sobre todo sabiendo que si estrechas confianza te expones a que te sexualicen. Puede ser el partidito de fútbol, quién se va de cañas con los jefes, el sentido del humor que se maneja en la redacción… Lo mismo con los políticos. O en el caso de las corresponsales, ese ambientillo nocturno que, por ejemplo, describe Manuel Jabois en el prólogo de Novato en nota roja, de Alberto Arce». 

La happy hour la denominaba y temía una colega de profesión de Anabel Díez, según comentó en el congreso de 2014, ese tiempo en el que los hombres se iban de copas y compadreo y en el que todo se decidía porque, cuando volvían a la redacción, ya estaba pensado qué se publicaba y dónde. Isabel San Sebastián señalaba esta capacidad de medrar e irse de copas con el jefe y apuntalaba: «los hombres dedican más tiempo a medrar y la mujeres a trabajar».

Parece cierto, aunque pueda a veces dar la impresión de lo contrario por la mayor visibilidad de ideas y pseudoideas feministas, que, como expuso Íñigo F. Lomana, estamos en una era de «prensa cipotuda», de estilo rimbombante y de exuberante virilidad. Y en este punto, acierta otra vez Alba Muñoz en su perfil de Facebook con respecto a la polémica que generó esta publicación en las redes:

«Los cipotudos me gustan si son buenos en lo suyo, del mismo modo que me gustan algunos pintores fascistas. Hay cipotudos a los que les gusta pensar y a mí me gusta leer pensamiento, por aquello de abrir ventanas al cerebro para luego cerrarlas si eso. La relación entre talento e ideología es la que es y cada uno la gestiona a su manera». A este respecto entre «ética y estética» o «ideología y estilo», el artículo de Alberto Olmos publicado en El Confidencial recoge una defensa de la «prosa cipotuda», inserta en una tradición literaria española que también hay que tener presente.

«Pero a los cipotudos les envidio una cosa —continúa Alba Muñoz—: la armadura invisible que hace que sus palabras pesen más y que muchas balas les reboten. Da la sensación de que todo lo que escriben suena más sabio, reflexivo, importante. Termina siendo más influyente que lo que escribimos las mujeres. Y no solo porque sean más en las tribunas y en los consejos de dirección. Es como si a nosotras se nos leyera con el balido de una oveja y a ellos en una iglesia vacía que resuena». Habrá que pensar despacio por qué ellos suenan acertados y rotundos y nosotras dubitativas. En igualdad de condiciones, señala Ana Grau, suele tener más credibilidad la información de un hombre…«a no ser que la mujer adopte un rol marcada y hasta agresivamente masculinizado. Estoy generalizando y simplificando, pero no me estoy alejando mucho de la verdad». Emilia Landaluce, con su singular ironía, apunta que «todo son ventajas» si eres mujer y periodista, y exclama: «¡Las periodistas coñudas no existimos!». Quizá esta falta de reconocimiento y audición de las voces de las periodistas guarde cierta relación con el «síndrome de la impostora» que atemoriza a la periodista Tamara Marbán. Síndrome que es en cierta medida representativo: «el miedo a destacar, a levantar la mano y la voz, a no pedir permiso, a no callar y a no conformarse… por si te descubren. Sentir ese vértigo del no debería estar acá, no me lo merezco, mi voz no es importante. Ese no querer/poder ocupar el sitio que se nos antoje a nivel laboral es el microscopio meridianamente claro de cuánto el mundo, con sus cruces históricos, nos atenaza».

Histeria digital machista

Fotografía: European Parliament (CC).

La prensa digital parece que reproduce y amplifica en algún sentido los agravios comparativos entre hombres y mujeres. Mariluz Peinado se preguntaba, a raíz de una investigación que The Guardian publicó el pasado mes de abril «The Dark Side of Guardian comments»: «¿Por qué hay tanto odio hacia las mujeres (periodistas y no periodistas) en internet?» The Guardian  presenta las conclusiones de una investigación inmensa: el periódico analizó 70 millones de intervenciones de lectores y lectoras en los artículos de su web desde 2006. En este tiempo, solo un 2% (1,4 millones, aproximadamente) han sido eliminados por los moderadores por considerarlos muy inapropiados. Sin embargo, entre los millones de comentarios que se mantuvieron en la web del diario británico no solo había reflexiones y argumentos racionales. También había insultos, acoso y palabras de desprecio, especialmente hacia las periodistas. Y ¡ojo! Porque uno de los aspectos más comentados en este debate fue la revelación de que la mayor parte de los mensajes de odio enviados contra mujeres en internet proceden de otras mujeres, en su mayor parte jóvenes. Polly Toynbee en «When women can be misogynist trolls, we need a feminist internet» explica alguna de las causas que llevan a estas jóvenes a convertirse en trolls de sus congéneres y expone algunas medidas posibles que, como en tantas ocasiones, pasan por un buen sistema educativo.

Los resultados de la investigación de The Guardian pusieron cifras a algo que la mayoría de las periodistas han sentido alguna vez: que son más a menudo que sus compañeros el objeto de insultos de comentaristas. «De los 10 escritores que sufren más acoso, ocho fueron mujeres (cuatro blancas y cuatro no-blancas) y dos, hombres negros», decía el estudio. Las periodistas son más fácilmente criticadas, despreciadas e insultadas en las redes sociales y las ediciones digitales de los medios de comunicación. Y el argumento no siempre es la calidad de nuestro trabajo, subraya la periodista de El País.

Dos días después, Peinado, publicó en Verne (El País) un artículo sobre el informe de The Guardian. Los comentarios se llenaron de insultos; acusaron a la periodista de «hembrista y de odiar a los hombres». Y afirmaron que mentía, aunque su aportación al artículo era mínima y recogía los resultados de varios estudios. Ese artículo fue mucho más comentado de lo que son habitualmente las publicaciones de Verne siguiendo algo que el propio estudio indicaba: que no solo las mujeres son más insultadas, sino también que los artículos sobre mujeres son más criticados. Se lamenta Peinado de que sea algo más que habitual. «Hay pocos temas que polaricen tanto los comentarios en los medios digitales como el feminismo o los derechos de las mujeres. El propio estudio de The Guardian apuntaba que, en los artículos sobre violaciones, el número de comentarios bloqueados aumentaba respecto a la media. Es casi imposible firmar una información que hable sobre tendencias feministas, que rescate a figuras femeninas olvidadas o que explique términos como mansplaining sin que alguien te llame feminazi. También sin que alguien te ataque personalmente y diga que seguro que eres fea, estás amargada o malfollada. Como si fueran argumentos de autoridad para evaluar el trabajo de las profesionales. La conversación y la posibilidad de democratización de la información que ofrece internet tiene aún mucho que avanzar en este sentido», subraya.

La revista Píkara Magazine publicó el año pasado un reportaje significativo sobre acoso machista y comentarios sexistas a mujeres periodistas. «Micromachismos o microviolencias que nos quitan energía y seguridad en nosotras mismas», como una cuestión clave que señala June Fernández.

¿Tú que haces para que esto mejore?

Llegados a este punto, tras constatar ese techo de cristal, la tan difícil conciliación familiar y el machismo sobresaliente en los medios analógicos y digitales, ¿qué queda? Silvia Cruz quiere escapar de la queja que, siendo lícita, le resuena cansina, «Ya se quejan hasta ellos de estas cosas, mira si es fácil», comenta con divertida ironía. Cruz se plantea esta cuestión: «¿Tú qué haces para que esto mejore?» La periodista freelance responde que en la medida de lo posible ella trata de ampliar su mirada en lo referente a las mujeres como ha aprendido a hacerlo con otros temas. «Yo no nací feminista, me hice, y me hice o me di cuenta de que lo era bastante tarde», afirma. «Lo que hago en mi día a día cuando me planteo un reportaje, pienso: este experto que he empleado, ¿podría ser una experta? Las voces de autoridad femeninas están en segundo plano, a veces no por machismo, sino por comodidad, pues todos los periodistas acudimos a las mismas fuentes porque ya están verificadas y todo fluye más rápido. Eso implica más trabajo, claro. Hay que elegir, comprobar que realmente esa mujer experta está autorizada en su campo y no escogerla solo porque es mujer. Encontrarla, contactar, a veces convencerla de que hable, convertirla en tu fuente». Tamara Marbán en este sentido de buscar respuestas y maneras que no aprisionen y respondan a su querer hacer periodístico se cuestiona casi de manera inconsciente y a diario con cómo romper con ciertas dinámicas y aprendizajes. Y así  trata de «encontrar una voz fuera del feminist planning y del resto de plainnings, que evite la propaganda, sin dejar de contribuir en  dar la pelea; tratando de identificar los espacios narrativos que suman, que aportan, que construyen, que sostienen el bien común y que parten de la reivindicación feminista, que nos sostiene en el mundo; quiere «inventar un artefacto periodístico que sortee y/o atraviese lo biográfico, pero que huya de la pseudoficción. Que dé respuestas, que se reinvente».

Y en esta línea de planteamientos renovadores, Laura Corcuera, redactora de Diagonal, se pregunta por aquel medio que considera qué necesita esta sociedad y nos pregunta también: ¿Qué medio de comunicación imaginas «ideal» en términos de condiciones materiales de producción, organización interna, contenidos y formatos? Corcuera sugiere que reflexionemos sobre asuntos como «soberanía informativa» y «periodismo situado» y propone vincular medio a movimiento. En atención al ecosistema mediático actual plantea tres aspectos clave en los que debemos detenernos para comprender mejor cómo funciona el periodismo y la comunicación actualmente y qué lugar ocupan en esta cadena las mujeres y las mujeres periodistas. Desde sus postulados feministas, se trata de atender a tres cuestiones básicas, que expone del siguiente modo:

  • (Re)presentación de las personas no varones en los medios de comunicación, como protagonistas, sujetos, interlocutores, «agentes», «expertxs» de los acontecimientos y de los procesos que se dan en la vida, desde lo más concreto y local a lo más global y abstracto.
  • Quién escribe/produce discurso/información en los medios. Quién hace los medios.  La presencia de plumas/emisoras no solo varones blancos jóvenes occidentales de clase alta y a veces media.
  • El funcionamiento de las empresas informativas, organización interna jerárquica, autoritaria, machista y heteropatriarcal. Las condiciones materiales de producción. Conciliación con la vida, división sexual del trabajo periodístico (temas, responsabilidades). Y cómo el periodismo en su vertiente más intrépida se entiende como una actividad «reservada» para los chicos.

Hasta aquí lo que hemos podido aclarar de la situación actual de las mujeres periodistas. Aún no parece que se haya «despejado el ambiente» como sugería Magda Donato que sucedería en el periodismo, como ocurre en tantos otros ámbitos sociales y laborales. La presencia de las mujeres en los medios sí es un logro que no podemos obviar pero aún con todo las desigualdades entre hombres y mujeres son manifiestas. Es sintomático que tanto veteranas como profesionales más jóvenes coincidan mal que bien en la mayoría de las cuestiones. La única voz disonante al respecto es la de Pilar Cernuda, de aquellas que han entendido que esta cuestión les apelaba, que ha habido lógicamente algunas periodistas que han preferido no contestar.

Quizá Donato al emplear la palabra «consagrarse» estaba siendo estricta con el término en el sentido de entregarse en cuerpo y alma al ejercicio periodístico, y a nada más, día y noche. Quedan muchas barreras que derribar y mientras tanto, «ante una hipotética brecha de género», Alba Muñoz nos hace una última propuesta que no debemos dejar de considerar. Esta periodista se ofrece «como subjefa de un medio de comunicación mayoritariamente femenino en todos sus órganos vitales». «Lo de subjefa es por el estrés», aclara.


México en tránsito: la trágica realidad del periodismo y el narcotráfico

Miembros de la Fuerza Civil en Monterrey. Fotografía: Cordon Press.

El sábado 29 de junio, en el centro Diógenes de Barcelona, el proyecto Nuestra Aparente Rendición (NAR), fundado y coordinado por la escritora Lolita Bosch inauguró «México en tránsito», un ciclo de charlas que, en consonancia con el espíritu de NAR, quieren aprovechar la visita a España de cronistas, escritores, psicólogos, académicos, artistas, científicos, víctimas, activistas, que hoy estén trabajando —intelectual, práctica y artísticamente— por el conocimiento, la comprensión, el respeto y la paz en México, para convocar a la ciudadanía, y que sean estos representantes quienes expliquen cómo se encuentra el territorio mexicano y sus gentes cuando se cumple año y medio de la llegada al poder de Enrique Peña Nieto.

La encargada de inaugurar este ciclo fue la reportera Marcela Turati. La mexicana lleva mucho tiempo ocupándose de las víctimas de la violencia de la guerra del narcotráfico en su país. Su implicación, compromiso y activismo periodístico ha sido reconocido y premiado tanto en México como fuera. En 2013 recibió dos galardones fundamentales: el Premio WOLA (Washington Office on Latin America), por su actividad en pro de los derechos humanos y su trabajo periodístico sobre la guerra contra las drogas en México; y el Premio Louis M. Lyons, por la conciencia e integridad del periodismo, otorgado por la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard, en reconocimiento a su labor de cobertura periodística del narcotráfico y la formación de periodistas en México.

Turati junto con otra serie de periodistas especializados en asuntos sociales, políticos y de derechos humanos fundaron la Red de Periodistas de a Pie (www.periodistasdeapie.org.mx) hace ya siete años (no es casual la coincidencia con los años transcurridos de la llamada «guerra contra el narcotráfico» del presidente anterior Felipe Calderónque disparó la violencia en México). Se trata de un puñado de jóvenes y avezados periodistas mexicanos. Varios hombres y muchas mujeres que fundamentalmente quieren contar la violencia en México, la versión de las víctimas, registrar lo que sucede en los diversos territorios, informar, relatar: visibilizar.

Este grupo de periodistas decidieron hace ya tiempo empezar a «contar historias». Un buen ejemplo es el libro de crónicas Entre las cenizas (2012), sobre la gente que se organizó para resistir a la violencia y buscar justicia, y que puede encontrarse junto a vídeos y fotografías aquí . Decidieron acercarse a la ciudadanía; mostrarse como son: «gente de a pie». Y han conseguido cambiar el foco, el punto de mira en las noticias y ponerlo en sus compatriotas; darles voz a esos otros, a las víctimas; mostrar los restos del naufragio que trajo el narcotráfico. Lo contamos en Jot Down. Hay que concienciar a los mexicanos y al resto de América y de Europa de que todos los que murieron y mueren, desaparecieron y desaparecen en México «no andan o andaban en algo»; ni todos fueron ni son «bajas colaterales»; ni todo sucede «solo en el norte», como suele decir el Gobierno. Que no pueden normalizar la violencia. Que hay que reconocerla y afrontarla.

Peña Nieto ha robado el discurso a las víctimas

De esto habló Marcela Turati ese sábado en una conversación moderada por Lolita Bosch. Preguntas, comentarios y respuestas se sucedieron en dos horas intensas en las que Turati puso el acento en la lucha por la información. Comentó que la situación con el nuevo Gobierno de Peña Nieto no ha terminado con la violencia, ni mucho menos con el narcotráfico. Muchos reporteros como ella llevan años apostando por visibilizar la violencia y el dolor en México y el nuevo Gobierno quiere a toda costa que no se hable de las «cosas feas» que suceden allá. La corrupción que atraviesa México es, como explica John Gibler en México rebelde (2013:65), parte integral del sistema, sin que ningún organismo esté libre de ella. Marcela calificó esta etapa de un «periodo oscuro» porque el PRI le «ha robado el discurso a las víctimas». «Yo puedo pactar con el narco», esa fue la idea por la que mucha gente votó al PRI en las elecciones, subrayaba Lolita Boch.

Fotografía: Eneas De Troya (CC).

«México está resuelto, pacificamos Juárez», dicen los nuevos gobernantes; y Marcela comenta, bien, ¿esto es cierto? ¿a qué precio? ¿por qué continúan con la misma estrategia que generó tanto dolor? A la periodista le asusta qué sucede en lugares como Tamaulipas, Durango, Sonora de los que había pocas noticias. «No sabemos qué está pasando. Cuando ya no hay activistas, ni periodistas locales perdemos el pulso». Alejandro Almazán ganó este pasado 2013 el Premio Gabriel García Márquez con su crónica «Carta desde La Laguna» publicada en la revista Gatopardo, un trabajo que reconstruye la lucha entre los cárteles de la droga que operan en la región de Gómez Palacio, Torreón y Ciudad Lerdo, de los estados de Coahuila y Durango, conocida como La Laguna.

«Hemos promulgado la Ley General de Víctimas, tenemos una Unidad de Búsqueda de Desaparecidos y un Mecanismo de Protección a Defensores de Derechos Humanos y Periodistas», alega el nuevo Gobierno, y Turati sentencia: pero no están funcionando. «Estamos regulando los Grupos de Autodefensa Comunitarios y fomentando otros nuevos» (una policía popular que viene funcionando en algunas regiones del Golfo y Sur de México desde hace casi veinte años), dicen los mandatarios actuales, pero Marcela teme por los ciudadanos de estas poblaciones, que generaron una policía comunitaria con el ejército detrás. ¿Qué pasará cuando se marche el ejército de esos lugares? En esos territorios ha habido delaciones cuando entraron las autodefensas y hay quienes estarán aguardando su momento. La mexicana mencionó otros tipos de autodefensas indígenas surgidas para defender al pueblo en un proceso de renovación de Gobierno, como la del pueblo de Cherán, precisamente un caso que rara vez aparece en los grandes medios.

Pero… si todo está corrompido, ¿quién podrá ayudarme?

Se echó la vista atrás pero también se debatió sobre si hay un futuro digno para México. ¿Cómo nadie se dio cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿Cómo se llegó hasta este extremo de violencia y crueldad? Cuestionaba el periodista catalán Pere Ortín. Muchos de los asistentes, mexicanos también y más o menos conocedores de la situación, comentaban que se habían acostumbrado a vivir con eso, que los narcos financiaban todo: la cultura, los hospitales… En los sesenta había «un narco bueno» por decirlo de algún modo. Y Turati confirmó que esta realidad se venía incubando desde hacía mucho tiempo, pero «cuando los políticos y el narco se fusionaron es cuando la violencia se disparó. Ahí se acabó lo de «los narcos buenos». Ciudad Juárez surgió como representación de la barbarie. Antes de que el Gobierno de Felipe Calderón (presidente de México entre 2006 y 2012) entrase a combatir el narcotráfico, había unos trescientos asesinatos al año en esta zona (¡que ya eran!, subrayó la periodista), pero cuando apareció el ejército alcanzaron los mil seiscientos asesinatos al año, y tres años después de la llegada y el afianzamiento militar, se superaban los tres mil cien asesinatos anuales. El cronista y escritor Sergio González, último premio de ensayo de Anagrama, narraba, en Los huesos del desierto (Anagrama, 2012), la perversa lógica mercantilista de la sistematizadas violaciones y matanzas de mujeres en Ciudad Juárez.

En Michoacán los narcos extorsionaban a la gente y se sabía pero no quedaba otra opción que pagar para sobrevivir. En Ciudad Mier, Tamaulipas, el pueblo entero huyó como pudo, porque estaban en medio de un fuego cruzado entre ejército y narcos. La directora de una cárcel de Durango dejaba salir a los narcos por la noche para que matasen e hiciesen sus negocios y los acogía por la mañana. Multitud de personas comenzaron a desaparecer en las carreteras de Tamaulipas. «Bajaban de los carros, de los autobuses de línea a varones de entre dieciséis y cuarenta y cinco años y los reclutaban para la guerra, o simplemente los mataban para que no se beneficiase el siguiente cártel, cuando salieran del territorio». «Asesinatos preventivos», esa era la lógica. En lugares como Coahuila, operaban los llamados «polizetas», policías en activo, que bajaban de sus coches a los migrantes y llamaban para venderlos como cualquier mercancía, como ganado, a uno de los grupos más poderosos y sanguinarios del narcotráfico en México, el cártel de los Zetas. Su recorrido «necropolítico» ha quedado retratado por el periodista Diego Osorno en el libro La Guerra de los Zetas (Grijalbo, 2012). Y existen pueblos enteros en los que solo se puede vivir si se trafica.

El narcolenguaje también da cuenta de la diversidad de homicidios: encobijados (envueltos en una manta), encuajelados (metidos en un maletero), encintados (asfixiados con cinta adhesiva), decapitados… Negocio para las funerarias que seguramente renieguen cuando se abusa de los «levantados»: aquellos secuestrados, desaparecidos, o de «los cocinados», de los que no se encuentran ni restos porque han sido derretidos en ácido.

De la guerra por el control de las drogas se ha pasado a una guerra por el control de las rutas, apuntaba Lolita Bosch. Los cárteles se dieron cuenta de que, además de traficar con drogas, podían hacerlo con mujeres, con migrantes, con armas… Y ahí se rompió la baraja. ¿Por qué constreñirse si son los amos y señores de un territorio y nadie les frena? Sergio González, en Campo de Guerra (Premio Anagrama 2014), habla de esta violencia cancerígena que padece México y de la corrupción que se ha instalado en todos los ámbitos.

El narco se internacionalizó hace décadas. El investigador Edgardo Buscaglia en Vacíos de poder (Debate, 2013) se refiere al colapso de las instituciones y espacios ocupados por el crimen organizado, es decir, aquellas tareas que el Gobierno mexicano ya no puede hacer y que son realizadas por los narcotraficantes. Recoge la ampliación de mercados del crimen organizado mexicano, que desde luego tienen sede en Estados Unidos, pero resalta también las conexiones de los cárteles en toda América y su vinculación con Europa, en concreto, con la ‘Ndrangheta, la mafia más poderosa de Italia. La periodista mexicana Cecilia González, tras arduas investigaciones en Buenos Aires, ha puesto en evidencia en Narcosur (Marea Editorial, 2013) la penetración del narcotráfico mexicano en la Argentina.

¿Hay esperanza? ¿Hay futuro? Si todo está corrompido y manipulado, ¿quién puede ayudar? En el largo debate de Barcelona se pensó y repensó sin encontrar una respuesta medianamente alentadora. Esa es la verdad. Finalmente se concluyó que la única salida está en la ciudadanía; en las redes de ayuda; en las acciones grandes o pequeñas que van creando una cadena de rechazo a la violencia. Una sintonía de ciudadanos actuando como células sanadoras que se expanden y propagan, aplacan y cauterizan la herida de una sociedad sangrante. El cambio solamente puede venir del ciudadano. También Lolita Bosch habló de que esta es una cuestión geopolítica y que la solución debe pasar también por Estados Unidos.

Armas confiscadas en un almacén policial de México D. F. Fotografía: Cordon Press.

Aunque es difícil pensar en un «basta ya» colectivo, sí es posible dar con pequeñas historias de resistencia, de valor y de entrega que están modificando el panorama. Acciones como las que recoge el citado volumen de crónicas Entre las cenizas. Hazañas cotidianas como las que llevan adelante «Las Patronas» en la «ruta de la muerte», la que recorre «La Bestia», el tren que lleva a los migrantes (si llegan vivos) rumbo a Estados Unidos. Estas mujeres suministran agua y alimentos a todos estos centroamericanos en su camino hacia no se sabe dónde. El cronista Alberto Nájar lo cuenta. O como la resistencia cibernética de colectivos o ciudadanos individuales que desde las redes sociales han surgido para informar por Twitter sobre las rutas de seguridad. Lo retrata Vanessa Job. Y otros que a lo largo del territorio han rescatado a los muertos del anonimato y los han mostrado para hacer un duelo colectivo. O como los hombres y mujeres que, con sus terapias alternativas, lograron suavizar parte del dolor de las víctimas, como nos cuenta el periodista Luis Guillermo Hernández.

Pero queda mucho camino por recorrer. Porque hay rabia y hay recelo, además de mucho miedo. Turati contaba cómo lectores escudados en el anonimato de internet la insultaban en los comentarios a las noticias en las que trataba de explicar que el dolor y el miedo es compartido; que los niños huérfanos por la violencia son tanto hijos de narcos como de policías como de un ciudadano común; que cuando se hacen talleres de duelo con estos niños lo de menos es de dónde vienen, sino cómo sanar el dolor. Presentar los dos puntos de vista pasa factura y no se admite fácilmente. Supone un gran esfuerzo mostrar la complejidad de una realidad que no se resume a «buenos» y «malos».

La lucha por la información

El papel de los grandes medios en toda esta guerra ha sido poco comprometido y muchas veces en connivencia con unos gobiernos que han preferido silenciar el problema o maquillarlo. Al principio los medios publicaban una figura diaria llamada «ejecutómetro», que registraba el recuento de los muertos del día. La cobertura era muy superficial, anecdótica y centrada en cifras y números. Se consideraba el narcotráfico una lacra social y la violencia extrema que generaba se cubría como cualquier otro «acontecimiento extraordinario», señala el periodista Álvaro Sierra en Cobertura del narcotráfico y crimen organizado en Latinoamérica y el Caribe (Knight Center for Journalism in the Américas, University of Texas at Austin, 2013). Es decir, con la misma óptica que se cuenta un desastre de la naturaleza, un huracán, un tornado. Las noticias versaban sobre los asesinatos, bombas, decapitados y, cuando estas muertes individuales se naturalizaban, se pasaba a registrar los asesinatos colectivos. Y cuando estos también se hacían cotidianos para los lectores y la sociedad, entonces solo se abrían paso en las portadas de los diarios aquellas muertes más truculentas y salvajes, en una suerte de carrera hacia el exceso, mientras la pura cantidad, los números se acumulan sin identidad. Este tipo de cobertura periodística, además de tendenciosa y sesgada, deshumaniza a las víctimas, refuerza los clichés y simplifica la realidad. Los medios de comunicación se convierten así en espacios de publicidad para el narcotráfico y perpetúan estereotipos del fenómeno.

Reporteros como Anabel Hernández, Ricardo Ravelo, Alejandro Almazán, Diego Osorno, Daniela Rea, Luis Guillermo Hernández, Lydiette Carrión, Vanessa Job, Daniela Pastrana, John Gibler, Alberto Nájar, Daniel de la Fuente, Humberto Padgett, entre otros muchos, como la propia Marcela Turati, decidieron abordar en profundidad y con rigor la guerra del narcotráfico. Apostaron por dar visibilidad a las historias ocultas detrás de la violencia. Ponerle rostro a las cifras y cara a los muertos. Meterse en las zonas conflictivas, escuchar a los periodistas locales que se juegan la vida y a sus gentes. Porque todos tenían y tienen datos. Todos pueden relatar historias horribles. Algunos periodistas se vieron convertidos en reporteros de guerra de la noche a la mañana. En su propia casa. La resistencia de estos periodistas pasa por que no se silencie la información.

Marcela Turati también comentó que en todo este proceso ha sido vital el contacto y el aprendizaje con los colegas de otros lugares. Reporteros y cronistas curtidos en lidiar con la violencia y la corrupción. Periodistas de Centroamérica, como Óscar Martínez, que ha realizado ocho veces la ruta de «La Bestia». El trabajo de revistas como El Faro en El Salvador ha sido fundamental. Han compartido aprendizajes con cronistas colombianos en temas como cómo escribir sobre el dolor; cómo atender y escuchar a las víctimas. Cronistas como la colombiana Patricia Nieto, con libros como Llanto en el paraíso (Editorial de la Universidad de Antioquia, 2008) o Los escogidos (Editorial Sílabas de Tinta, 2013), muestran excelentes modelos para aprender a cubrir el dolor y narrar con honestidad y compasión. Un oficio que va mucho más allá de la empatía y que está fuera del alcance de los cínicos.

También se han servido de la experiencia de los corresponsales de EE. UU. que envían a cubrir la frontera. Los pocos periodistas texanos que se ocupan de juicios a los Zetas. Y, por supuesto, una ayuda clave ha sido la de contar con los ojos y la voces de los periodistas locales mexicanos. Entre todos se han creado redes en un intento de que la información se transmita, se conozca. En casos extremos da igual quién la firme, el caso es que se publique fuera y dentro del territorio mexicano.

Fotografía: Thomassin Mickaël (CC).

Conocedores de las arenas movedizas en las que transitan, estos periodistas están aprendiendo a generar protocolos de actuación; a elaborar su propia metodología para poder seguir investigando, denunciando y publicando. Porque saben que el narco tiene sus métodos de funcionamiento, de periodos, de lugares. Los narcos tienen hasta sus propios gabinetes de comunicación y, por supuesto, sus censores. Y gozan de la complicidad del Gobierno. En concreto, los cárteles que surgen de desertores del ejército tienen un férreo control sobre la prensa. Deciden qué se publica y qué no. La voz de los periodistas está secuestrada pero la realidad es tan complicada que en ocasiones el profesional no sabe ni cómo evitar problemas. Un cártel te dice que no publiques una fotografía o una noticia. Otro cártel te dice que sí la publiques, y el ejército que ocultes algunos datos. ¿A quién se atiende? Es otro fuego cruzado. «Un narco se retira de una zona, no huye», le amenazaban a un periodista que había contado en una noticia la salida de unos narcotraficantes de un territorio empleando el verbo «huir», comentaba Turati.

Los periodistas que cubren esta violencia se ven obligados a generar fórmulas para encriptar la información para poder sacarla fuera y que se publique. Y para ello es imprescindible, sin duda alguna, tener al periodista protegido. Los periodistas son víctimas también de esta guerra y han tenido que asumir papeles en defensa de la libertad de expresión que van más allá del ejercicio mismo de su profesión. «Activistas» les llaman porque «periodistas comprometidos» suena a poco si se tiene en cuenta su labor. No se tienen cifras exactas pero Guillermo Santórum, en su estudio Un atentado contra la libertad de expresión: treinta años de asesinatos y desapariciones de periodistas en México (2013), cuenta veintiún periodistas desaparecidos y ciento veintiocho asesinados desde 2000 a inicios de 2013. Los riesgos de investigar el narcotráfico en México son evidentes. Se hace vital organizar mecanismos y redes de protección para los periodistas. Y en esto tiene puesta el alma la Red de Periodistas de a Pie en la actualidad. Que los periodistas se protejan física y psicológicamente en red. Generar cursos de lo que se vaya necesitando, como el autocuidado emocional porque muchos de ellos están devastados, agotados, de ver, de padecer y de escuchar el dolor. «¿Sigo siendo periodista si lloro?», le preguntaba a Marcela una periodista en uno de los talleres que organizó para explorar cómo sobrellevar el dolor y seguir haciendo un buen trabajo. Y pensaba Turati, según declaraba en su discurso al recibir el Premio de Derechos Humanos WOLA 2013, en Washington, DC:

¿Quién no lloró en esa caravana del dolor que cruzó el país y donde cada kilómetro aparecían decenas de almas mutiladas que habían tenido que callar que les habían matado a sus hijos? ¿Cómo no estremecerse al ver cada 10 de mayo la avenida Reforma llena de madres que no tienen que portar el pañuelo blanco de las madres de Plaza de Mayo en la cabeza porque las reconocemos bien y sabemos que sus hijos fueron desaparecidos y no están para festejarlas? ¿Qué debemos sentir cuando te llaman para agradecerte que en una línea de tu reportaje mencionaste el nombre del hijo desaparecido entre los más de veintiséis mil registrados solo los últimos seis años, o el de un asesinado entre los setenta mil en ese lapso?

Quien ha sido testigo de tanto horror, quien ha tocado algo de ese dolor, quien sacude entre las cenizas hasta dar con los sobrevivientes de esta violencia difícilmente vuelve a ser un alma en paz. La conciencia nunca deja de punzar. Ya no puedes borrar lo vivido .

Muchos de estos talleres están pensados para sacar también a los periodistas de dinámicas y espacios que terminan por aislarlos y que poco o nada favorecen a la regeneración que necesitan para asistir de nuevo a la realidad que cubren. Porque las confesiones no siempre tienen que ser en los bares. Muchos han cambiado. Algunos se sienten culpables, otros tienen mucha ira, algunos se refugian en el alcohol y es en este contexto donde también muchos pierden las formas y se vuelven desafiantes y temerarios tras tanta violencia y sinrazón acumulada.

Por suerte, hay muchos periodistas comprometidos, muchos «activistas». Empieza también a haber un relevo para cubrir esta información. No es un recorrido corto, es de largo alcance, pero Marcela Turati se siente reconfortada cuando ve que cuando ella ha necesitado parar y tomar aire otros están ahí para tomar el testimonio, sacar la información. En la actualidad, con el Gobierno de Peña Nieto, el ambiente está enrarecido, sentenciaba, pero hay que terminar de salir de la confusión y pasar a comprender la complejidad para continuar contando lo que sucede. Tratar de pasar a un periodismo que comience a encontrar las lógicas al conflicto, las causas profundas, los beneficiados de la violencia e ir armando un mapa para, en un futuro, lograr desactivarla.

Fotografía: Sari Dennise (CC).


Los nuevos cronistas mexicanos, reporteros de pie y narradores de altura

Fotografía de Shaul Schwartz

El periodismo se enfrenta, en este primer cuarto del siglo XXI, con una búsqueda de su propia identidad; de su función en el “nuevo orden” de la aldea global. La corriente mayoritaria cree que este periodismo debe apoyarse en las nuevas tecnologías, en el breve mensaje de 140 caracteres y en la imagen digital como irrefutable guardián de la verdad. Frente a esta concepción —tan válida como cualquier otra— nace un periodismo de largo aliento que rescata el relato y la crónica extensa. Un periodismo de alianzas: con la literatura y con la realidad. Un periodismo de fogones y sabores frente al periodismo de gourmet de las redacciones uniformadas por la comunicación de agencias. En México encontramos el ejemplo más palpable de esta nueva manera de entender el compromiso social del escribiente, del narrador. De quien tiene por oficio hacerse incómodo. Son los narcocronistas.

Se trata de un puñado de jóvenes y avezados periodistas mexicanos. Bastantes hombres y muchas mujeres. Especializados en asuntos sociales, políticos y de derechos humanos. Formados en periodismo por diversas universidades. Estudiantes valiosos que han seguido, en los diversos medios para los que trabajan, los preceptos aprendidos en sus facultades de Comunicación; aquellos que dictaba el Manual de Periodismo de Vicente Leñero y Carlos Marín (Grijalbo, 1986. Con su nueva edición, revisada, ampliada y mejorada del 2003). El de las noticias de la pirámide invertida cien por cien informativas, neutrales, honestas. Con sus datos, con sus hechos. Una suerte de Curso general de redacción periodística de José Luís Martínez Albertos en España, pero de menor extensión, de 352 páginas solamente. Luego, son periodistas de título y con formación. Esa es una característica que les une a la mayoría.

Muchos de estos reporteros se conocieron cuando coincidieron en la redacción del diario mexicano Reforma. Ese periódico que nació en los noventa con aires renovadores, paradigma del periodismo moderno en México; que se asentaba en el periodismo informativo, el de la objetividad de los datos, el de las “opiniones son libres pero los hechos son sagrados”, o algo así. Este puñado de periodistas cubría los acontecimientos, los sucesos y cumplía con su quehacer diario, con una escritura pulcra y aséptica. Esta experiencia les aportó oficio y un adiestramiento en la elaboración de noticias. También les dotó de un conjunto de parámetros éticos que hasta 1993, cuando nació Reforma, no se aplicaban con rigor en el periodismo mexicano y que, como me comenta el cronista Luis Guillermo Hernández, les inculcaron tenazmente (esa es, seguramente, una de las grandes aportaciones de Reforma al periodismo mexicano): el reportero no recibe dinero de las fuentes; el reportero paga sus viajes de trabajo; el reportero y el funcionario no son amigos y mucho menos cómplices; el reportero solo recibe dinero de la empresa periodística que le paga por su trabajo; el reportero se basa en hechos; el reportero es un profesional del periodismo y publica aquello que ha confirmado o de lo que tiene una prueba.

Hasta aquí todo es valioso para el periodismo y fructífero para el periodista. Teoría y práctica. Formación universitaria y experiencia profesional. La mejor de las combinaciones posibles. Pero no es oro todo lo que reluce. En esa enseñanza superior existían y persisten grandes lagunas; y en esa experiencia profesional había y sigue habiendo enormes deficiencias.

Para empezar, los estudios de Comunicación en México le dan la espalda a su ingente y valiosa tradición narrativa (no nos llevemos las manos a la cabeza: eso pasa también en España, donde escasean los grados de Periodismo y de Comunicación Audiovisual que contienen una asignatura que lleve el nombre “literatura” o el apellido “literario”). Los planes de estudios universitarios mexicanos se olvidaron de las destrezas narrativas y expresivas, finalmente comunicativas, de Juan Rulfo, Octavio Paz, Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Jaime Sabines, Elena Garro, Ignacio Manuel Altamirano, Federico Gamboa, Josefina Vicens, José Emilio Pacheco, Inés Arredondo, Silvia Molina, Alfonso Reyes, Cristina Pacheco, Fernando del Paso… Y no solo de los autores, digamos, de ficción: tampoco tienen que recurrir, si es que les da urticaria, a los “literatos”. Cuentan con excelentes narraciones periodísticas; con fabulosas crónicas. Pero las facultades mexicanas también le han dado la espalda a una nutrida escuela de cronistas como Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera, Ramón López Velarde, Salvador Novo, Josefina Estrada, José Agustín, José Joaquín Blanco, René Avilés, Jaime Avilés, Magalí Tercero, Oscar Lewis, Carmen Lira, Héctor de Mauleón, Vicente Leñero, Carlos Montemayor, Guillermo Sheridan, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Sergio González Rodríguez, Alma Guillermoprieto, Juan Villoro, Fabrizio Mejía Madrid… Será por nombres, será por grandes narradores y narradoras, será por buenos cronistas. El caso es que a los jóvenes periodistas mexicanos no les han enseñado en la universidad a contar con fuerza, con tensión y con verdad una historia. La mayoría ha transitado por su cuenta, como buenamente ha podido, el largo camino que va de este periodismo esquemático planteado por Leñero y Marín hasta el periodismo narrativo de la “escuela Kapuscinski”. Esto por lo que respecta a las carencias académicas, pero las deficiencias en las redacciones no son menores.

Los contadores de muertos

El abuso de la nota de agencia, de los nombres propios, de las cifras, ha convertido el periodismo convencional mexicano en una amalgama de datos y de fechas. Un periodismo sellado por el “dijismo”: el funcionario dijo, afirmó, señaló, apuntó… y todas las atribuciones que se nos ocurran. Lo que Gideon Lichfield denominó “La declarocracia en la prensa. Un ejemplo más de desinformación por saturación en este caso de noticias violentas y desgarradoras. Reportajes que ni informan, ni forman, ni ayudan a la población a comprender los porqués. Y, desde luego, estas carencias periodísticas se ponen especialmente de relieve y saltan por los aires las doctrinas periodísticas pretéritas en el “sexenio de la muerte” (2006-2012) con la llamada “guerra contra el crimen organizado” del presidente Felipe Calderón. En ese momento los periódicos se convierten en contadores de muertos y en informadores de matanzas. El desastre de la guerra contra el narco, de la violencia extrema, acapara todas las páginas y, pasada la fase inicial del shock, el recuento de cadáveres pasa a formar parte de la rutina, y la barbarie se va sobrellevando escondida detrás de la enumeración de hechos sangrientos, de lugares alejados, de números, de muertos sin cara, sin rostro, sin oficio ni familia. La hartura de muertes y de violencias termina por naturalizar la barbarie, logrando que la población y los periodistas se habitúen a la corrupción. La guerra contra el narcotráfico ha terminado por convertirse en una crisis social brutal. Crisis que también ha calado en el periodismo. ¿Para qué sirve seguir reproduciendo las mismas noticias una y otra vez? ¿Qué estamos consiguiendo políticamente? ¿Qué estamos logrando socialmente? ¿Será este periodismo informativo, de actualidad, un formato en vías de extinción? El dato crudo ya lo tenemos en Twitter y en otros rincones de Internet, pero el dato elaborado, interpretado, contado, ¿ese dónde lo tenemos? ¿No será la interpretativa nuestra función? ¿Cómo contribuimos como reporteros a atajar este mal endémico que es el narcotráfico en México? ¿Cómo informar de esta violencia de forma útil para el ciudadano? ¿Qué periodismo queremos? ¿A quién le estamos haciendo el juego? ¿Cuál es la finalidad del periodismo? ¿Para qué escogimos ser reporteros si no fue por un sentido fuerte de denuncia y de servicio social?

Decenas de preguntas que venían rondando en la mente de estos periodistas.

Narcocronismo 2

La crisis social del narcotráfico y la crudeza de lo que están viviendo en México fue el disparador para que estos jóvenes decidieran apostar por otro tipo de periodismo. Un periodismo humano que muestre que no todo es rendición y que informe sobre los verdaderos líderes mexicanos. Una apuesta informativa que pueden llevar a cabo, en primer término, porque tienen otros trabajos en las redacciones y, en segundo término, porque cuentan con el apoyo de otros periodistas locales, que les facilitan el trabajo de denuncia y de localización de datos, historias y fuentes.

Estos jóvenes cronistas trabajan en el Distrito Federal, donde se concentra el núcleo de medios más poderoso e influyente del país, pero no están quietos frente al teclado. Hacen sus incursiones, su trabajo de campo y sus inmersiones periodísticas en diversos puntos del territorio nacional. La amenaza de los cárteles de la droga y de los militares apenas queda atenuada por estar ubicados en la capital. Solo los reporteros locales asumen riesgos mayores.

Este puñado de periodistas, cansados de este periodismo de información “neutral”, hartos del corsé de la pirámide invertida, de poner el foco en los políticos, en los nombres propios, decidieron hace ya tiempo empezar a “contar historias”. Decidieron acercarse a la ciudadanía; mostrarse como son: “gente de a pie”. Y han conseguido cambiar el foco, el punto de mira en las noticias y ponerlo en sus compatriotas; darles voz a esos otros, a las víctimas; mostrar los restos del naufragio que trajo la crisis del narcotráfico. Ellos asumen la responsabilidad de narrar las historias mínimas, las luchas diarias; las pequeñas victorias esenciales. ¿Por qué no? ¿A quién le interesa ya cómo se forran los poderosos o qué nueva mentira cuentan en quién sabe qué congreso nacional o internacional sobre la lucha contra el narcotráfico?

La asociación Periodistas de a Pie ha superado muchas barreras. La primera, personal, la de atreverse a contar, nadie se la había enseñado. La segunda, política, porque no cuentan historias fáciles, ni amables con los que gobiernan o han gobernado. Son historias directa o indirectamente vinculadas con la crisis social del narcotráfico en México. Es este un periodismo de denuncia, de compromiso, un periodismo ciudadano real. Pero, sobre todo, un periodismo que apuesta por la esperanza. Que ve luces donde solo parecía reinar la oscuridad y el miedo.

De esta esperanza surgieron talleres y grupos de capacitación, primero tentativos y posteriormente más estructurados, hasta que, a finales del 2011, tomó cuerpo la iniciativa de generar un conjunto de crónicas literarias que reuniesen historias relevantes para los mexicanos que padecen la guerra del narcotráfico. No se trataba de huir del horror ni de la violencia; más bien lo contrario: de detenerse a mirar desde un lugar distinto que diera prioridad y pusiera en valor los pequeños actos de valentía cotidianos que realizan muchos de los hombres y mujeres que conviven con la lacra del narcotráfico. Estas son las crónicas que recoge el volumen Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte (Sur Ediciones, Oaxaca, 2012). Con dos coordinadoras de lujo, alma máter de este proyecto de la Red de Periodistas de a Pie: Marcela Turati y Daniela Rea. (En este enlace se puede descargar gratuitamente).

Dos mujeres fundamentales en el panorama de la crónica mexicana actual. A las que se unen dentro del proyecto Periodistas de a Pie: Elia Baltazar, Lydiette Carrión, Thelma Gómez Durán, Vanessa Job, Daniela Pastrana y tres hombres: John Gibler, Luis Guillermo Hernández y Alberto Nájar. Probablemente la más conocida de esta pléyade sea Marcela Turati por su extenso e intenso reportaje, Fuego cruzado. Las víctimas atrapadas en la guerra del narco (Random House, 2011), y por su coautoría de La guerra por Juárez (Planeta, 2010). Por su cobertura de la guerra contra el narco Marcela ha recibido, en el año 2012, el Louis Lyons Award For Conscience and Integrity in Journalism, que otorga Harvard University. (Una muestra del buen hacer de esta cronista, aquí).

Allá donde no hay retorno

El tren de la muerteLos relatos de esperanza recopilados en el mencionado Entre las cenizas nos cuentan historias de resistencia como la del municipio indígena de Cherán, que narra la cronista Thelma Gómez Durán. Una población que año tras año mermaba por las drogas, expuesta a la dictadura de los traficantes hasta que decidieron hacer frente al narco. Han logrado, no sin dificultades y sometidos al aislamiento, autoabastecerse e incluso formar sus propios órganos de gobierno, independientes del Estado mexicano. Afirman que viven en uno de los territorios más seguros del país. El problema lo tienen cuando salen, porque son una isla, rodeada por un mar de cárteles del narcotráfico y de corrupción policial.

Otro caso singular de autonomía territorial aparece recogido en la crónica de Daniela Rea La justicia de todos. Esta vez en la comunidad indígena de la Montaña de Guerrero. Los indígenas de esta zona llevan más de 20 años organizados de manera independiente. Crearon, a raíz de padecer constantes asaltos, homicidios y violaciones, la llamada Policía Comunitaria. Un sistema al margen de la policía estatal, formado por hombres elegidos por su honestidad y que entran a trabajar voluntariamente. En vista de que no servía de nada que esta Policía Comunitaria capturase a los culpables y se los entregara a la justicia mexicana, decidieron también organizar su propio sistema judicial, con jueces consejeros y plan de reeducación. En la mayoría de los casos, la pena se cumple con servicios y trabajos a la comunidad. A partir del 2009, las circunstancias se han ido complicando, entre otros motivos porque la población ha pasado de cultivar la amapola a consumir la marihuana, asunto que está causando muchos problemas por falta de orden, robos y dejación de funciones. Lo cual está trayendo cierto descontrol entre los propios miembros de la Policía Comunitaria.

Daniela Rea no escatima detalles a la hora de presentar las soluciones y formas de actuación de la comunidad. También pone de manifiesto las dificultades de la autogestión. En ocasiones, la arbitrariedad es palpable, tanto como la corrupción del sistema judicial del Estado mexicano, en el que un delincuente puede comprar su libertad.

Alberto Nájar da cuenta en su crónica de la vida en la llamada “ruta de la muerte”. Esa que recorren tantos migrantes centroamericanos sin papeles. El tren de la muerte (“La Bestia”, le llaman), que llega hasta la frontera con Estados Unidos, se llena por completo y principalmente de salvadoreños y hondureños indocumentados. Pero no es el terrible viaje cual ganado lo peor que padecen estas gentes, sino la acción de los cárteles del narcotráfico, en especial de los Zetas.

Son estos “Zetas” un grupo criminal, creado por exsoldados de elite, que vivía, sobre todo, de la droga, pero que al romper su alianza con el cártel del Golfo se puso a buscar nuevas fuentes de ingresos. Y las encontraron con el tráfico de personas, secuestro y venta de mujeres como esclavas sexuales.

Los migrantes indocumentados son carne de cañón, víctimas fáciles que a nadie le importan. Este cártel es el responsable de la matanza de 72 personas indocumentadas en el rancho de San Fernando, en Tamaulipas.

Nájar nos cuenta las luces entre las sombras de este trayecto. Se detiene en narrar la hazaña de esas que llaman “las locas que andan corriendo atrás del tren”, la obra diaria de 14 mujeres del pueblo de Las Patronas que cada mañana se levantan y cocinan arroz y frijoles en cantidades ingentes para socorrer a las masas de migrantes que llegan en La Bestia. Es un pequeño alivio para aquellos que vienen de un viaje tan doloroso, en el que han visto o padecido atrocidades; un pequeño resuello para lo que les queda hasta la frontera: territorio de los Zetas.

Otra luz en este recorrido la aporta el sacerdote Juan Pantoja con su albergue Belén, con un área de atención psicológica, casi más importante que cualquier otra cosa, en vista de cómo llegaban de traumatizados algunos. La historia personal de Ramón, un adolescente de 14 años que llevaba tres meses en el albergue es ejemplar. Pensaban que era mudo hasta que, con una adecuada terapia, empezó a contar despacio, a trompicones, lentamente, su particular historia de sufrimiento y horror en el tren de la muerte.

caminata del silencio en cuernavacaLas voces de la guerra de Daniela Pastrana es, desde mi punto de vista, una de las crónicas más conseguidas del volumen. Nepomuceno Moreno Núñez es un hombre que llevaba buscando a su hijo desaparecido, Jorge Mario, 310 días. A lo largo de la crónica, nos incorporamos los lectores a una sucesión de marchas, que tuvieron su origen en la “Caminata del Silencio”, que partió desde el municipio de Cuernavaca y llegó multitudinaria hasta la plaza del Zócalo de México D. F., abanderada por el poeta Sicilia y por Le Barón, que también habían perdido a sus hijos. A la marcha se fueron sumando padres y madres que llegaban de todas partes del país, con un mismo objetivo: pedir justicia para sus hijos. Esta connivencia y movilización social originó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Y de aquí surgieron otras marchas, como la que se dirigió a uno de los lugares que más han padecido estas muertes y desapariciones, Ciudad Juárez. Y de aquí también surgieron encuentros con las instituciones del país; con el propio Felipe Calderón y acciones varias. A todos estos actos, en todas estas caminatas, está Nepomuceno Moreno. Y nosotros lectores vamos asistiendo y participando de esta onda expansiva de reivindicación silenciosa; de esta marea humana que tiene nombres y apellidos en la crónica, como los de sus muertos y sus desaparecidos. Daniela Pastrana lanza esa piedrecita, que es la historia personal de Nepomuceno Moreno, al lago de los 40.000 muertos y desaparecidos durante el sexenio de Felipe Calderón y vamos viendo ensancharse las ondas que abre en el lago. Participamos, como Nepomuceno Moreno, de la alegría de sentirse acompañado en su dolor; entendemos su tímida ilusión al verse escuchado, al poder contar su desgracia, al encontrar el apoyo y la empatía de los otros caminantes, que también llevan sus dolorosas realidades a cuestas. Vamos conociendo a los protagonistas de estos movimientos, que son tantos, y que conquistan las ciudades a las que llegan. Y también nos enteramos de las disensiones internas del Movimiento para la Paz, de ciertas desavenencias que, sin embargo, no impiden que las marchas proliferen.

Daniela Pastrana fragmenta y estructura el hilo narrativo de esta crónica con pericia y brillantez. Cada comienzo, cada cierre nos levanta, nos pone alerta, nos tumba como lectores. Nos conmovemos y nos llenamos de emociones y también de cierta frustración por la impotencia.

La cronista no abandona nunca a Nepomuceno Moreno en su lucha. Su devenir es rescatado en el transcurso de la crónica una y otra vez; es nuestro hilo conductor en cada fragmento, en cada parada en el camino. Caminamos, ingenuos y confiados, como Nepomuceno Moreno, creyendo en el entusiasmo de estas gentes, en la fuerza de sus razones y de sus sentimientos. Nos entusiasmamos en el camino pero el final de este, el final de la crónica es demoledor. Digamos que nos fustiga y nos zarandea aunque no nos tumbe. Solo podemos agarrarnos al conocido poema de Kavafis, que se cita en un momento del relato, en el que lo importante es el viaje a Ítaca; que ya llegará el futuro alentador, porque por ahora lo único que hay es un presente de lucha; de una lucha que ya es de todos porque como comentaba Nepomuceno Moreno citando a Martin Niemöller:

Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó. Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó. Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó. Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó. Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde.

Lágrimas colaterales

Marcela Turati complementa, en parte, la crónica anterior de Pastrana. Es una de las virtudes de este periodismo: que se muestran todas las capas posibles que recubren un suceso, una situación. Unos discursos complementan otros para tener una visión amplia de lo sucedido. Es la forma que tiene el cronista de ser honesto con el lector y con la realidad. Tras las pistas de los desaparecidos refleja la lucha de las madres y los padres de los desaparecidos:

Esta es la tercera reunión de madres con hijos desaparecidos en el norte. En la primera, en Saltillo, se contaron cómo la tragedia les partió la vida. En la segunda, en Monterrey, intercambiaron experiencias de lucha y detectaron que por más plantones, huelgas de hambre o mesas de trabajo logradas con los distintos gobiernos estatales y federal, la respuesta común fue la burla institucionalizada. En esta tercera, en Chihuahua, compartieron el aprendizaje legal de las veteranas, comenzaron a validar sus sentimientos y crearon la Red de Defensoras y Defensores de Derechos Humanos y Familias de Desaparecidos del Norte (2012: 114).

Turati se extiende en explicar los “mecanismos de impunidad” sobre los que se sustenta el gobierno mexicano. Pero también subraya la dignidad última de estas mujeres que se reúnen y organizan. Con ellas quiere terminar su crónica; con la luz tenue de esperanza y de restitución que representan.

Y para completar este mapa que ronda a los detenidos y desaparecidos de la guerra contra el narcotráfico están las dos crónicas o perfiles que cierran el libro y que se reúnen bajo el título de No nos arrancarán sus nombres. La periodista Elia Baltazar nos habla de uno de estos desaparecidos, Jethro Ramssés Sanchez Santana, y de la escuela que su padre Héctor Sánchez ha fundado en honor de su hijo, como continuación de la tarea formativa que llevaba a cabo este joven, que tenía 26 años cuando lo asesinaron. Por su parte el periodista Luis Guillermo Hernández rescata a dos de estos jóvenes asesinados, los jugadores de fútbol Rodrigo Cadena y Juan Carlos Medrano, dos víctimas más, “daños colaterales”, que, según el gobierno, “en algo estarían metidas”, “por algo les pasó”, “uno nunca sabe”. Estos perfiles recuperan sus historias y ponen rostro a estas víctimas de la guerra de Felipe Calderón.

También en Entre las cenizas, John Gibler (estadounidense arraigado en México) se ocupa, como no podía ser de otra manera, de retratar el valor de los periodistas locales mexicanos. En concreto de Cuernavaca, aunque esta realidad por desgracia la comparten en otros muchos lugares del país. Gibler nos cuenta en su crónica cómo comenzaron las bajas entre los periodistas; las muertes y desapariciones. Del peligro que corren, de la impunidad de quienes matan y de la connivencia que mantienen con la policía. De cómo el narco es el dueño de las redacciones. Cómo los periodistas, cuando escriben una noticia, no están pensando si le gustará al jefe de redacción, o al director del periódico, o al ciudadano: solo pueden pensar en si esto le molestará al narco.

Nos cuenta in situ cómo es esta particular lucha por informar. Cómo no les quedó otra a los periodistas de Cuernavaca que autoprotegerse, agruparse, estar constantemente pendientes los unos de los otros, registrar en cada momento dónde están y qué noticia están cubriendo y aprender también a emplear un lenguaje y un discurso adecuado en sus noticias, que, sin pretenderlo, hiciera propaganda del miedo a los narcos.

El ritmo vertiginoso de la escena final de esta crónica; su relato narrativo; los personajes; el periodista local Pedro Tonantzin que la protagoniza; nuestro cronista involucrado en la situación; la acción e inacción de la policía; la afluencia de periodistas al lugar; la barriada en que se encuentran; la impunidad… todos los recursos narrativos, toda la retórica puesta para subrayar la importancia y el peligro de informar, de ejercer el periodismo en estas zonas.

Narcocronismo 3

Las redes sociales frente a las redes del narcotráfico

La resistencia cibernética” no podía obviarse en este libro que se ocupa de detectar los focos de reacción contra la guerra del narco y contra él. Vanessa Job relata las acciones diversas que tienen lugar en Internet por medio de blogueros, tuiteros, plataformas… Se describe la actividad del blog Menos Días Aquí, donde los ciudadanos se ofrecen como “embalsamadores cibernéticos”, comenta la cronista, porque durante siete días rastrean cadáveres de personas asesinadas en la guerra contra el narcotráfico. La propia cronista participa en el blog. Así comienza la crónica: “Que nunca los voluntarios cuenten a uno de mis padres, mis amigos, mi familia. Nunca. Yo encontré a Rubén, Javier, Juan Manuel, Carlos, Rafael, Rubén Abraham, Nole, Franshesca, Ricardo, Luis Alberto” (149). Comprendemos la dificultad, la crudeza y la importancia de este voluntariado de un modo muy directo por medio de la experiencia personal que nos cuenta la cronista:

El lunes que llegó mi turno sentí vértigo ante este duelo participativo y social. Conté los cadáveres de personas embolsadas, descuartizadas, torturadas, acribilladas, cuerpos en estado de putrefacción, personas y osamentas encontradas en fosas clandestinas en varios estados, decapitados, gente asesinada después de un secuestro y varios muertos por granadas. No era consciente de todas las personas que cada semana pierden la vida ante el poder de las esquirlas (151).

Muchos son los que ayudan como tuiteros profesionales. Se ocupan diariamente de retransmitir alarmas de seguridad. Es el caso de Chuy @MrCruzStar con casi 5000 seguidores. Los ciudadanos confían en él. Saben que el aviso de un tiroteo, enfrentamiento o disturbio emitido desde su timeline está verificado. En septiembre de 2011 en Tamaulipas, donde también trabaja Chuy, fue asesinada una tuitera conocida como NenaDLaredo. Era una periodista y administraba el sitio de noticias independientes www.nuevolaredoenvivo.es.tl, que tenía más de 400.000 visitantes. Un día desapareció. Su cuerpo se encontró finalmente con un mensaje: “Aquí estoy por mis reportes y los suyos”. Ana Rent es otra tuitera, querida y apreciada en la población. La gente la reconoce por la calle y le agradece su labor. Dice: “confían en mí porque tengo una red de contactos entre periodistas, bomberos, políticos, paramédicos, que me dan la información que ellos no pueden difundir” (155).

La red social El Grito Más Fuerte llevó adelante una campaña #enloszapatosdelotro que tuvo una importante repercusión civil. Muchos actores famosos ponían voz a esos familiares que buscaban a sus hijos y parientes desaparecidos, agrupados bajo el colectivo de Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Los anuncios daban cuenta de miles de testimonios. El dramatismo del momento se puso de manifiesto durante esos días de grabación de los anuncios, cuando fue asesinado el protagonista de la crónica de Daniela Pastrana, Nepomuceno Moreno, por pedir justicia para su hijo ilegalmente detenido y desaparecida.

Una vez más las crónicas de este volumen se complementan y nos aportan más datos, más matices que completan el mapa de pequeñas pero relevantes acciones contra esta guerra en México. Finalmente, estos puntos aislados se nos muestran como nodos que unen a ciudadanos dispuestos a cambiar las cosas. Las crónicas de estos Periodistas de a Pie nos hacen percibir la existencia de un tejido social que, aunque mermado y mutilado, sigue luchando.

Esta crónica sobre los medios de resistencia en internet también recoge el empeño de la escritora Lolita Bosch por crear una red que respondiese de algún modo a la Masacre de Tamaulipas. Canalizó sus anhelos por medio de la escritura en el blog Nuestra Aparente Rendición (NAR), que ha terminado por convertirse en plataforma. Muchos han sido los autores de toda índole que han contribuido con sus textos en la reflexión y en la muestra de perplejidad e indignación ante la guerra contra el narcotráfico.

Pulguitas a un perro

Lydiette Carrión escribe sobre las acciones realizadas en los barrios. En concreto, se adentra en los barrios que el Ejército empezó a “peinar” en busca de supuestos pandilleros cuando comenzó la guerra contra el narcotráfico. Este fue el punto álgido que disparó la avalancha de niños sicarios y de suicidios juveniles. Los cárteles aprovecharon para reclutar a chicos y jóvenes sin futuro por unos pesos y algo de droga. Solo dos opciones: el reclutamiento forzoso (de narcos o militares) o la marginación. Esto sucede en las zonas desfavorecidas de Monterrey y ahí es donde actúan organizaciones como CreerSer que emplean la música y el baile para enseñar a expresarse sin violencia. Recuperar vidas, recuperar a estos pandilleros con proyectos como Clikas por la Paz o Cauce Ciudadano. Acciones diversas que tratan de ofrecer una visión diferente del mundo a estos sectores marginales y de posibilitarles un proyecto vital alejado de la violencia y las drogas. Proyectos que se definen como “pulguitas en un perro. Y sin embargo ahí están, pequeñas iniciativas, pulguitas luchando contra un abandono colosal” (193).

El cronista Luis Guillermo Hernández retrata, en primer lugar, la falta de una asistencia médica regulada que dé solución no ya a los dolores físicos que causa esta guerra y contra-guerra, sino a los dolores del alma que trae consigo. Y, en segundo lugar, que es de lo que se ocupa esta crónica, cuenta la ingente labor de la medicina alternativa en “cementerios emocionales” como ciudad Juárez. Muchos de estos tratamientos son considerados superchería, como la terapia de las flores de Bach que implantaron Dora Dávila y las mujeres de Sabic.

La verdadera guerrilla de salvación, como apunta el cronista, la realizan en estas poblaciones las terapias de duelo y de manejo de las emociones que llevan adelante psicoterapeutas, ayudados por masajistas, acupunturistas, con mapas energéticos corporales, auriculoterapeutas, convencidos de que las orejas reflejan una imagen parecida a la de los fetos dentro del útero materno, y por lo tanto funcionan como un reflejo de todo el cuerpo humano. La plaza de la ciudad se llena de todos ellos y también acuden dibujantes y grafitteros, gente del colectivo Pacto por la Cultura, una asociación que plantea alternativas artísticas contra la violencia. Juntos recuperan el espacio público y ayudan a la población.

Sin duda estas crónicas de Entre las cenizas rescatan desde la escritura, con la palabra, con el relato de los hechos y por medio de sus protagonistas, como apunta en el prólogo Cristina Rivera Garza, la enargeia del poema homérico; esa “luminosa, insoportable realidad”. Poco a poco este grupo ha dado cuerpo a su proyecto de Periodistas de a Pie hasta convertirse en un punto de referencia y de apoyo. En la actualidad es una asociación en la que convergen muchos reporteros de distintos medios, pero que coinciden en la visión de buscar un periodismo que devuelva el rostro humano a la noticia. No se trata de un club cerrado y con credenciales de acceso, sino de un punto de reunión, un anclaje para muchos, como explican en su web.

Narcocronismo 4

Periodismo que narra

Otra antología recopilatoria de trabajos publicados previamente en diversos medios ha sido coordinada por el chileno Juan Pablo Meneses (siempre atento a las novedades), que ha sabido rescatar buenos textos de algunos de los miembros de la “Red de Periodistas de a Pie” y de otros cronistas mexicanos. Se trata de Generación ¡bang!: los nuevos cronistas del narco mexicano (2012). Además de crónicas de Thelma Gómez Durán, Luis Guillermo Hernández, Marcela Turati y Daniela Rea, todos ellos Periodistas de a Pie, se suman trabajos como Un narco sin suerte de Alejandro Almazán; Partes de guerra, de Daniel de la Fuente; La mujer más valiente de México tiene miedo, de Galia García Palafox; Un vaquero cruza la frontera en silencio, de Diego Enrique Osorno; Los desaparecidos de Tamaulipas, de Humberto Padgett; La voz de la tribu, de Emiliano Ruiz Parra y ¿Qué hay en el más allá de un narco? de Juan Veledíaz. Títulos bastante elocuentes que ya dan cuenta del cambio de foco, de la perspectiva diferente hacia la que apunta este tipo de periodismo, de los terrenos en los que se adentra y de las fisuras sociales que quiere retratar. Una reseña de este volumen, aquí.

Todos estos cronistas suelen coincidir en reuniones, en fiestas, en redacciones y, puede afirmarse que en muchos casos son amigos. Daniel de la Fuente, vive en Monterrey, pero los demás circulan por Distrito Federal. Juan Veledíaz, Marcela Turati, Emiliano Ruiz Parra, Daniela Rea, Humberto Padgett, Daniel de la Fuente, Luis Guillermo Hernández, Alejandro Almazán, Elia Baltazar,… la mayoría de integrantes de este grupo nació periodísticamente en Reforma. Y todos, de alguna manera, desde diferentes medios, enclaves vitales y posiciones profesionales, han ido haciendo un trabajo de “convencimiento” y de “capacitación”, a su modo, para ser cada vez más colegas en esta visión del periodismo, tanto ética como narrativa. Diego Osorno, Ruíz Parra y Almazán, por ejemplo, forman un grupo dentro de la crónica literaria, y se autodenominan “infrarrealistas”. Aquí se puede leer su manifiesto. Galia García Palafox estuvo coeditando Gatopardo, con Guillermo Osorno… Y casi todos ya han publicado más de un libro de crónicas y siguen trabajando en los medios. Hay en México un magma, un clima común y favorable hacia este periodismo que cuenta, que narra, hacia la crónica literaria.

Otros libros de crónicas vienen abordando desde diferentes frentes el asunto del narcotráfico. Un reciente caso sería el extenso reportaje de Wilbert Torre, Narcoleaks. La alianza México- Estados Unidos en la guerra contra el crimen organizado (Grijalbo, 2013). Y las antologías Sam no es mi tío: Veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano (Alfaguara, 2012), coordinada por Diego Fonseca y Aileen el-KaDi; 72 migrantes (2011), “traslado al papel” del proyecto www.72migrantes.com, coordinación por Alma Guillermoprieto, que rinde homenaje a los 72 migrantes centroamericanos que fueron asesinados impunemente en agosto de 2010 en el municipio de San Fernando, Tamaulipas. Es un libro llevado a cabo gracias a la colaboración de muchos escritores y periodistas, entre los más conocidos: Juan Villoro, Jorge Volpi, José Woldenberg, Sergio Aguayo Quezada, Roger Bartra, Elena Poniatowska y Francisco Goldman. Los 72 textos y fotografías incluidas en 72migrantes.com —coeditados por Editorial Almadía y Frontera Press— presentan la vida de estos migrantes, les ponen nombre, rostro, profesión. Son textos que transforman una cifra, una masa informe y anónima, un hecho monstruoso, en historias de vida concretas, de sueños y anhelos particulares, de dolores muy personales y únicos.

También se encuentran los dos volúmenes del Proyecto Nuestra Aparente Rendición (NAR), coordinados por Lolita Bosch y por Alejandro Sáez, que surgen de los materiales y el impulso del portal de Internet http://nuestraaparenterendicion.com/index.php. Primero fue Nuestra aparente rendición (2011, Grijalbo), con textos de periodistas y escritores sobre la violencia y la construcción de la paz en México y, en segundo lugar, surgió Tú y yo coincidimos en la noche más terrible (2012, Nuestra Aparente Rendición, NAR), que recupera las vidas de los 126 periodistas y trabajadores de la información asesinados o desaparecidos en México del 2 de julio de 2000 al 2 de julio de 2012. 

Estos no son sino algunos ejemplos del nuevo periodismo latinoamericano, concretado en este trabajo en lo que podemos definir como narcocronistas en México. Un periodismo emergente que rescata a la literatura de su alianza con la ficción. Es el periodismo del “basta ya!” y del “nunca más”, pese a que huye precisamente de los eslóganes, los reclamos y los coros. Un periodismo de trinchera que ha entendido que la guerra no tiene un frente definido y puede estar en todo tiempo y en todo espacio. Un periodismo que comienza a tener voz y que huye de los votos.