Cats (are Paradoxes), un musical de Pablo Amargo

Ilustración: Pablo Amargo.

El antiguo cuartel de Conde Duque parece ejercer la misma atracción que un castillo medieval: a su alrededor se asientan en las terrazas poblaciones auténticas como si buscaran la protección de sus muros en caso de un ataque enemigo. A las 16.00 no parece haber ningún peligro salvo el viento frío que confunde e irrita al sentir al mismo tiempo el sol de mayo. Hay gente en manga corta y gente con abrigo. Es la paradoja de la primavera, que contiene a su vez otras paradojas a tan solo unos pasos. Son los gatos del multipremiado ilustrador Pablo Amargo que se exponen en el Museo ABC. Cincuenta ilustraciones de las ochenta que componen el libro Cats are Paradoxes, publicado por Jot Down Books.

Dicen que el duque de Liria construyó su vecino palacio en este sitio porque se beneficiaba de los aires puros de la sierra. Es difícil creer en esos efluvios con la Gran Vía tan cercana, y la Princesa y San Bernardo. Pero lo cierto es que se percibe un ambiente como campestre en el interior de las callejuelas. Un ambiente muy apropiado de gatos doblando las esquinas, o de gatos asomados a los balcones estrechos junto a bombonas de butano y jaulas de canarios.

Las calles parecen rincones de pueblo con el sol alto iluminándolos de refilón. Los ruidos de la ciudad son lejanos. Por una esquina aparece un hombre joven con el pelo largo y suelto hasta casi la cintura. Huele al pasar a ducha reciente y lleva gafas de pasta negra cuadradas y una camiseta de rayas marineras. Va cargado con pesadas bolsas blancas de la compra llenas a rebosar o a explotar, y su caminar es esforzado y tembloroso, parecido al movimiento de un halterófilo levantando su pesa. Apenas cabe por las estrechas aceras y roza con las bolsas las paredes de las casas y las puertas de los coches aparcados.

Lleva zapatos con relieve al estilo inglés, y suenan sobre el pavimento como tacones de espadachín en una noche solitaria. De pronto se para frente al escalón de una gran puerta de madera dieciochesca, deja las bolsas en el suelo, se masajea las palmas de las manos y saca una llave enorme, como de caballeriza, del bolsillo de sus pantalones mínimos. San Vicente Ferrer es el nombre de la calle. Esta es otra paradoja de camino a los gatos: el hombre moderno que vive en la casa antigua.

El museo ABC es también una casa antigua. Y tiene un remozado moderno, como de salientes y líneas diagonales e incrustado allí entre los afligidos. Es un edificio moderno en medio del pueblo. Es blanco por dentro como una nave espacial. Como la Nostromo o la Discovery 1 pero sin escotillas. Conserva, en lugar de estas, las ventanas de casa rural, con sus contraventanas de madera y sus cierres dorados a través de los cuales no se distingue bien el pitido de un taxi del acelerón apurado de una moto a punto de superar una empinada cuesta, pero sí, quizá, al abrirlas, a un gato apostado en un alféizar.

Allí dentro está Ramón Gómez de la Serna pasando una temporada, diciéndoles a los visitantes, a propósito de los ruidos de las motos en la ciudad, por ejemplo, que «hay un momento en que la motocicleta traza la curvacerrada en que el motorista parece haberse salido del mundo, ciñéndose al borde de los abismos, medio acostado sobre el lecho de la muerte, rozando el trasmundo». A las 16.36 horas no hay nadie en el primer piso del museo ABC, donde se hospeda Ramón. Apenas se oyen los pasos sigilosos, como de gato, del vigilante de Prosegur que acaba de subir a echar un vistazo.

Los gatos están abajo, pero no tardarán en venir aquí arriba, atraídos por toda esta soledad. Todas las greguerías están en orden, a pesar de que aquello, toda esa soledad y toda esa blancura, parezcan verdaderamenteel trasmundo. Abajo están los gatos como paradojas, los verdaderos moradores del trasmundo de Pablo Amargo. Como si fuera un museo abandonado, un edificio abandonado que hubieran tomado los gatos. Los gatos negros extraterrestres o los gatos negros inteligentes que aparecen por cualquier lado. Por cualquier cuadro.

Ilustración: Pablo Amargo.

El gato negro es el centro del universo aquí, aunque solo sea casi una mancha icónica, una marca, en una habitación cuyo suelo enmarca en blanco los dibujos como azulejos que parecen gatos. En el primer cuadro el verdadero gato parece asustado, está erizado, como temiendo caer en el horror de esa suerte de abismo de formas negras. Un horror doméstico en los ojos del gato que ahora son nuestros. Ya no es un suelo cualquiera sino un abismo, unas arenas movedizas de formas negras flotando en el líquido invisible. Es el mundo de los gatos.

El gato no se moja, no quiere mojarse y nosotros tampoco. En otra habitación asoma por la ventana abierta un gato durmiente. Es una ventana alargada, alta, neoyorquina, manhattanesca, a través de la cual se divisael edificio de enfrente cuyos balcones son recorridos por las zetas como escaleras de incendio que representan el sueño del gato. Un sueño escalonado, contundente y exacto que es como la matemática del descanso. Un contraste de luz sobre la languidez del cuerporelajado. Y son dibujos. Y simples. Gatos.

Son como escenarios silenciosos de Woody Allen. Son tan silenciosos que el ruido, la música, resulta asombrosamente pegadiza. Es música de Broadway. La escena del gato que desciende por la barandilla de la escalera al mismo tiempo que su grupa se introduce por el primero de los cuadros (negros) de la pared y su busto aparece sigiloso por el último de ellos es de una musicalidad redonda. Una musicalidad divertida como la de un capítulo de Tom y Jerry es el gato recostado sobre una chaise longue con dibujos de golondrinas, una de las cuales figura inerte en el blanco estómago (como una nube de diálogo de cómic) del gato.

Hay música y baile y canciones surrealistas donde las perspectivas imposibles son como modernos escenarios de teatro. Escenarios incompletos e incomprensibles donde el gato es un espectador que se muestra atónito, impasible y señor de un mundo que no controla, que lo domina, lo somete, lo limita y lo aturde. Son paradojas esos gatos egipcios en las paredes, o el gato que se asoma a la piscina hollywoodiense, como la piscina del Chateau Marmont, y ve nacer un rascacielos a partir de las escaleras y a través del agua. El gato canta siempre. Y baila. ¿Qué si no, paradoja, es el gato sentado sobre la columna clásica derribada que él mismo mulle como si fuera de goma? El mullido sustituye aquí al maullido que resuena en el teatro.

El mullido es una canción de Andrew Lloyd Webber. Es el peso de los gatos. En Madrid. En el interior de una casa solariega. El clasicismo, la ruina, dentro de la nave espacial cuyas pantallas de control son las escenas de Amargo. Todo parece ir complicándose a medida que se avanza. Se avanza en el surrealismo y se ahonda en la incomprensión, como si las bases de esos gatos-paradojas ya se hubiesen puesto, sólidas, y ahora pudieran elevarse incluso peligrosamente, vertiginosamente. Ni siquiera solo elevarse sino viajar, por ejemplo, hasta Venecia donde los puentes se vuelven locos para enloquecernos a nosotros, los gatos.

Las perspectivas se retuercen como los gatos que ya son los espectadores, sin remisión: Pablos Amargos confundidos en un asiento de rayas, al acecho, excitados, ante una exposición de pájaros, melancólicos sobre una silla solitaria, queriendo estirar la realidad de forma inverosímil donde una alfombra y una mesa se doblan en nuestra imaginación sin que dejen de oírse las canciones. Donde unas orejas de gato son iguales que unas torres gemelas de gato.

Donde nuestros bigotes conforman el horizonte y las líneas de las cosas, como si lo fuéramos todo cuando solo somos gatos que miran y cantan y vemos cantar sobre un escenario a las 17.13. Gatos-paradojas que en una exposición de cuadros con puntos (el trasmundo o, sencillamente, el mundo) observan un enchufe como si sólo hasta ahí, a pesar de todo, fuéramos capaces de alcanzar.

Cats are Paradoxes está disponible en nuestra tienda.


Pearl Jam rompe la barrera del sonido sobre la ciudad esmeralda

Pearl Jam, 1990. Imagen cortesía de trendom.co
Pearl Jam, 1990. Imagen cortesía de trendom.co

En la sala de espera de la consulta de mi dentista oigo lo que parecen las percusiones del inicio de «Once», la primera canción del LP de debut de la banda de rock estadounidense Pearl Jam. Levanto la cabeza del manoseado ¡Hola! que he cogido del revistero y aguzo el oído. Busco miradas cómplices, pero no hay nadie más en la salita con las paredes al gotelé que un día debieron de ser blancas y hoy están amarillentas y tienen pintadas de bolígrafo, seguramente hechas por un niño aburrido de rodillas sobre el sillón plastificado que podría haber salido del despacho de Don Draper, y están decoradas solo por dos cuadros pequeños, ridículos, situados muy juntos en comparación con todo el resto de espacio de pared libre, que representan la ribera de un río en medio de un bosque con dos figuras humanas quizá demasiado alargadas y un sendero ondulante que termina en una granja que podría haber descrito Turguénev en sus memorias de cazador, respectivamente.

El sonido se hace nítido. La canción es, ya sin duda, «Once» y no la melodía insulsa o vagamente conocida que uno puede esperar de fondo en la consulta de un médico. Han pasado veinticinco años. Lo sé porque acabo de mirar en Google la fecha exacta de estreno de Ten, lleno de curiosidad por el paso del tiempo y por el olvidado efecto de aquella música sobre mi circunstancial soledad y sobre todos esos objetos que me rodean por los que hubiera esperado escuchar más bien una versión de los Righteous Brothers que a la banda más inexplicablemente elegante de principios de los noventa.

Ahora, en medio de la sala oscurecida por la débil luz del ocaso que penetra a través de la ventana de lo que parece ser un patio vecinal típico, con sus cuerdas de tender y su casi siempre nada presentable intimidad, me acuerdo de aquel verano del 92 y del número de la revista Melody Maker que un amigo había traído de Inglaterra con impactantes fotografías de lo nuevo y revolucionario de U2 y su Zoo Television, donde Bono, completamente electrificado, se había teñido el pelo de negro, vestía de lamé dorado con grandes gafas oscuras y jugaba a tener alter egos. En los primeros puestos de las listas americanas de MM refulgía, casi como el interior del maletín que abre John Travolta en Pulp Fiction (y después de que Samuel L. Jackson pruebe un bocado de hamburguesa de la Gran Hamburguesa Kahuna, tome un poco de refresco y recite el pasaje de la Biblia Ezequiel, 25:17, antes de vaciar su cargador), un nombre desconocido y apetitoso: Pearl Jam, que en realidad nada tiene que ver con la mermelada.

«Jeremy» se dispara en la MTV casi cada hora en medio de su clase del instituto mientras Eddie Vedder, el cantante del grupo, grita de rabia en un plató oscuro con una voz tan poderosa y tan clara, una voz con la profundidad del abismo de una central nuclear, y una melena de niña de uniforme con falda corta y calcetines altos que la high school parece el único lugar donde cualquier adolescente (y hasta cualquier adulto) quiere estar. Eso es aquel verano y luego es el otoño y el invierno tras los que Eddie Vedder, a pesar de ir siempre con pantalones cortos y calcetines blancos y botas de militar (una suerte de revisitada estética de Angus Young, de AC/DC, pero con aire de ducha fresca), se ha convertido en un símbolo sexual tan incomprensible para los hombres como fascinante para las mujeres, un poco al modo en que se preguntaba David Foster Wallace el porqué del atractivo de André Agassi.

Eddie Vedder surfea y canta y toca la guitarra y la armónica en San Diego (lo escribían en aquel número de Melody Maker) cuando Jack Irons, el batería original de los Tony Flow and the Miraculously Majestic Masters of Mayhem, mundialmente conocidos poco después como Red Hot Chili Peppers, le envía la música de unos temas grabados por una nueva banda de Seattle salida de los restos de Green River y de la nasciturus Mother Love Bone. MLB ha quedado huérfana de voz antes de empezar debido a la muerte por sobredosis de su cantante Andrew Wood. La banda en gestación, el feto del que solo se puede ver de momento en la ecografía a Jeff Ament y Stone Gossard, tiene el nombre de Mookie Blaylock en honor del jugador de la NBA, base de los Nets y prodigio defensivo y baloncestista favorito del bajista y del guitarrista, quienes poco después reciben de vuelta en Seattle las canciones con la letra y la voz de Eddie.

A Vedder lo llaman inmediatamente para una audición, y cuando llega a los London Bridge Studios allí están ellos y Chris Cornell, el tío más popular del instituto grungeniano, el tenor de Soundgarden, grabando un álbum de homenaje a Wood bajo el bonito nombre de Temple of the Dog. Vedder llega y se une y hace los coros e incluso canta una canción, «Hunger strike», a dúo con Cornell, quien queda maravillado, como todos, con el nuevo. Es como si Eddie Vedder hubiera salido del ataúd aquel de Érase una vez en América cuando van a buscar a Robert de Niro a la puerta de la cárcel, solo que en realidad es la niña bailarina a la que este espiaba por un agujero del baño en el bar de Moe en un Lower East Side imaginario de la Ciudad Esmeralda. La grabación de Ten empieza allí mismo. A Epic Records no le gusta el nombre de «Mookie Blaylock» (llamarán al disco Ten por el número de la camiseta de Mookie) y deciden renombrarse «Pearl» porque era uno de los nombres barajados en un principio, a lo que le añaden «jam» después de escuchar las improvisaciones (jams) en un concierto de Neil Young, el abuelo espiritual y adorado por esa creciente «masa» de jóvenes rockeros.

Ha entrado una señora en la sala que podría ser una señora que pasa cinco horas con Mario y que me da las buenas tardes antes de sentarse en la silla de enfrente emitiendo un quejido absolutamente costumbrista. Lleva zapatos de tacón veinticuatro horas (aunque no lo parecen), un bolso de cuero negro con correa de cadena dorada y un broche con una mariposa en la solapa izquierda de su chaqueta de lana verdosa. La patilla de sus gafas hace una curiosa maraña, como de encaje, en su unión con el cristal. Eddie Vedder dice (grita) que una vez pudo controlarse y algo de que tiene un arma y una bomba que no puede quitarse de la cabeza. «Once» termina y uno no espera seguir escuchando a Pearl Jam justo cuando comienza «Even Flow». Estoy pensando en que quizá el dentista lleve pantalones cortos y calcetines bajo su bata blanca. A la señora no parece afectarle nada de lo que allí está sucediendo. Esas letras juveniles que hablan de suicidios y de depresiones, de colegiales de generación X, en realidad me dan cierta pereza. Pero la música es excitante. El rock duro y el desencanto que sale como de la tierra (puede que solo fuera serrín) que llevan encima esos zombis adolescentes. El grito airado y sin embargo escéptico, casi nihilista. Recuerdo esos conciertos llenos de jóvenes prototípicos de ser poseedores de rifles y de tener planeada una matanza en el instituto el día siguiente mientras asaltan el escenario, agitan la melena femenina, colegial, y se lanzan con sus camisas de cuadros abiertas como alas sobre el público. Es una suerte de nueva androginia que nada tiene que ver con ella. Algunos medios acusan a Pearl Jam de poner de moda el asesinato indiscriminado, pero en realidad es todo lo contrario. Es el mismo IRA grungenizado del que en su día hacían partidarios a U2. El mismísimo lenguaje de la alienación.

No se han fijado, o sí, en que Eddie Vedder pone los ojos en blanco y aprieta los dientes cuando canta. En esos conciertos están los jóvenes de la América olvidada, pero también los jóvenes felices (que ahora no lo parecen tanto) de la América de las series de televisión de los ochenta. Pearl Jam se infiltra por todas partes con una lentitud histérica. La señora de la consulta mueve los dedos sobre el bolso colocado sobre sus rodillas espontáneamente. No creo que esté atendiendo a las reflexiones subjetivas de Eddie después de escuchar las conversaciones de un grupo de vagabundos al otro lado de la ventana. Es una tradición que Eddie escale en los conciertos mientras interpreta esta canción. En realidad lo que quiere es lanzarse. Sobre el suelo, sobre el público. Eddie sube y se lanza y allí abajo la gente asiste al espectáculo hipnotizada. Eddie se despeña físicamente, salta y se retuerce y mueve la cabeza como una honda (como Anthony Kiedis, de los Red Hot Chili Peppers), que es todo lo contrario a cómo se despeña Kurt Cobain, el líder de Nirvana (y autor de Nevermind, el LP publicado tan solo un mes después de Ten), desgañitado en su íntima tortura con su voz quebradiza sobre un estatismo que solo se conmueve si es para romper la guitarra a golpes.

El sufrimiento poético de Kurt le hace protagonista de las letras de Eddie. Por eso quizá dice que Pearl Jam son unos vendidos. No le gustan sus riffs de guitarra, sus solos sostenidos de sube y baja. Los tacha de comerciales y advenedizos. Pero Kurt es el protagonista de «Once», o de «Jeremy» (sobre todo lo será de «Jeremy») de una forma mucho menos rotunda a como resuena en el inacabable caudal de Vedder. Pearl Jam parece un vergel y Nirvana un páramo en el que, sorprendentemente, se pueden oír de fondo las alegres melodías de los Bay City Rollers. Nevermind es el favorito de la crítica y del público. Cobain ha atrapado el punk y el pop, y el sonido de R.E.M. y de Pixies en una suerte de cubismo que da voz a una generación que se agita y explota. Lo alternativo ahora es un fenómeno de masas. Nadie después ha imitado o ha podido imitar a Nirvana. Es Ten el modelo que tratan de copiar posteriormente decenas de grupos. Nevermind es el éxito extraordinario y Ten una especie de oscuridad emocionante, conectada como un altavoz al punto G de una juventud hasta entonces silenciada, y que va creciendo: la sombra que se eleva poco a poco por detrás de la frescura del bebé en el agua en busca del dólar.

Ten es difícil. Recuerdo que solo algunos instantes de sus canciones me atrapan. El resto incluso me disgusta, al menos al principio, porque no huelen tanto a espíritu adolescente. Es el miedo a la oscuridad que el niño ha de superar. Y no era para tanto. Ten es fantástico y la señora de la sala de espera está tan tranquila. Y también el niño acompañado de su madre que acaba de llegar. El niño se sienta en cuclillas sobre el sillón del despacho de Don Draper. Es un niño de unos ocho años, demasiado joven para ser uno de esos otros niños a los que la sangre de «Jeremy» salpica. El niño me mira fijamente mientras suena «Alive», y «Alive» habla de un incesto, el incesto entre una madre y un hijo que tiene un gran parecido con su padre biológico. Aquello es un escándalo y nadie se da cuenta. Pienso que debo de ser una montaña para ese niño y que por eso me mira como miran los adolescentes a Eddie desde el foso. Yo pensaba que una montaña era lo que podía parecerle Ten a Kurt Cobain. Algo nuevo y mejorado, y enorme e indescifrable y peligroso y auténtico, pero en realidad Kurt Cobain es de una manera tan excesiva el «rey del grunge», el joven de Seattle que alcanza la luna, que es difícil que se sienta amenazado por nada ni nadie salvo por sí mismo.

El éxito de Nevermind es tan grande e imprevisto que la numerosa comunidad musical de la ciudad se ve literalmente aplastada. Guy Picciotto, el líder de Fugazi, asegura que es como si su disco hubiera sido el meado de un vagabundo en el bosque. De los primeros rockeros del cogollo seattleniano solo resiste al principio Soundgarden (como resistían aquellos pilotos de la base de Muroc de los que hablaba Tom Wolfe, con Chuck Yeager a la cabeza, que o rompían la barrera del sonido uno tras otro o se rompían la crisma a bordo de sus cohetes sobre el desierto de Mojave) mientras se mantiene a flote Alice in Chains y Pearl Jam surca la escena como un futuro trasatlántico que no corre ningún peligro real de hundimiento.

Yo pensaba que el onírico efecto de sombra amenazante de Pearl Jam sobre Nirvana era el motivo de la animadversión de Kurt Cobain, que personalmente se tambaleaba como un esquife. Pero Kurt Cobain hablaba de música y no de competición. Para él la música de Pearl Jam no se parece a la suya. A Kurt le gusta el grunge original de tres o cuatro años atrás, el tronco de lo residual y no la rama saludable que ha surgido del proyecto fallido de los Mother Love Bone. Mudhoney o The Fluid son del gusto de Cobain y no «la versión de los noventa de Lynyrd Skynyrd», como se refiere a Pearl Jam. Al final resulta que estos no eran los caminantes blancos que avanzaban hacia el muro que guardaba los siete reinos de Nirvana, sino verdaderos devotos de Nevermind, como si fuera Neverland, que se sienten devastados con la crítica directa e implacable de Cobain. Años después Ament afirmaría que «les masacró» que alguien como él les lanzara a la hoguera sistemáticamente.

El ambiente de la consulta ha cambiado. La señorita de la recepción ha entrado en la sala y ha encendido la luz de una lámpara de pequeños cristales que cuelgan entre los huecos de unos brazos que terminan en una especie de gárgolas. Parece que estoy en el salón de la casa de un general retirado donde se puede oír a lo lejos a Pearl Jam como si fuera el nieto pálido y de pelo largo quien los escucha en su habitación. «Oceans» es el amor de Eddie Vedder a su tabla de surf. Es un grupo de amigos que disfruta en la playa. Recuerdo que en el Unplugged de la MTV de 1992 suena como una oración, una tregua de movimiento salvaje de melenas cuidadas en la intimidad de la desconexión en la que no parecen estar jóvenes alienados, sino amantes serenos de la música intentando ahogar sus chillidos de emoción. Pearl Jam como fieras enjauladas soltando en suaves dosis su talento desmedido. Eddie Vedder y su gorra negra con la visera hacia atrás conteniendo sus guedejas de medusa son la némesis del Unplugged de Nirvana del año siguiente, donde Nevermind queda lejos, casi tan muerto como Kurt, que en aquel repertorio personal y caprichoso parece hacer su testamento con una chaqueta de lana del mismo color que la de la señora que tamborileaba sin saberlo con los dedos «Even Flow».

Pearl Jam no volvió a ser Pearl Jam después de Ten, como tampoco Nirvana volvió a ser Nirvana después de Nevermind. El grunge o lo que se pensó que era el grunge muere (o se va a morir) tras dispararse Kurt Cobain en la cara con una escopeta en 1994, cuando Pearl Jam ya conduce hasta el infinito por la autopista de los rockeros de siempre (sin el brillo y la furia de lo cool que decidieron apagar) como por la carretera de Stillwater, ese grupo imaginario remedo de The Allman Brothers Band y de Led Zeppelin de la película Casi famosos, de Cameron Crowe. Precisamente delante de Crowe, que fue cronista adolescente de Rolling Stone y testigo privilegiado de la escena musical de Seattle a principios de los noventa (la cual también retrató en Singles, con Matt Dillon y Bridget Fonda de protagonistas), a un Eddie Vedder maduro, leyenda y presente del rock, se le saltan las lágrimas al ver, veinte años después, las imágenes en las que aparece bailando abrazado a Kurt Cobain entre bambalinas (asegura que no lo recordaba, tan solo y ahora la voz de Kurt y que este estaba sonriendo) mientras Eric Clapton toca «Tears in Heaven» en los MTV Music Awards de 1992. En la consulta se escucha «Black» y yo me he hecho muy viejo de repente. «Black» es un amor frustrado de Eddie Vedder y verdaderamente suena, lo dijo también Crowe, como «esa majestuosa mezcla, un increíble y melódico hard rock» envolviendo la entrada en la sala de la señorita de la recepción, que al fin pronuncia mi nombre.


Miles de perlas de sudor sobre la piel de Shuai Peng

Image #: 31758194 Shuai Peng from China wipes her head in the first set of her match against Caroline Wozniacki of Denmark in the semi-finals at the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York City on September 5, 2014. UPI/John Angelillo /LANDOV
Shuai Peng durante el US Open de  2014. Fotografía: Cordon Press.

En la penúltima grada del Arthur Ashe Stadium el calor y la humedad no son tan altos como en los tornos de entrada al recinto. Un par de horas después, frente a la puerta grande de la pista central situada en la zona opuesta del acceso al complejo tenístico de Flushing Meadows, la jugadora china Shuai Peng abandona una de las pistas exteriores en dirección a los vestuarios con la piel recubierta de miles de perlas diminutas de sudor que brillan con mayor fulgor bajo los focos eléctricos que la sonrisa de satisfacción que le produce el hecho de haber alcanzado los octavos de final del último Grand Slam del año.

Frente a los tornos de entrada al recinto, el público se aglomera para la sesión de tarde. Un frente de sombrías nubes espesas descarga una tormenta de lluvia y viento que sorprende a los visitantes sin medios ni lugar para resguardarse. Se produce una estampida casi de terror. El intenso temporal, que apenas dura quince minutos, ha dejado a los emocionados futuros espectadores calados hasta los huesos. Media hora después, la nueva población del village, ventilada y renovada como el aire de una habitación por la mañana, se desplaza por el interior del Centro Nacional de Tenis de los Estados Unidos ataviada invariablemente con la ropa promocional del US Open 2014: la lluvia ha sido providencial para el merchandising.

En lo alto de la fachada del Louis Armstrong Stadium, la segunda pista en importancia del USTA Billie Jean King National Tennis Center (nombre del complejo desde 2006 en honor a la gran campeona californiana), un hombre sujeto a la pendiente como un alpinista hace algunos ajustes en el enorme marcador. No parece un hombre sino un gnomo con arneses. Nadie repara en él hasta que una señora gruesa con visera y un vaso de Heineken en la mano se percata de su existencia y se le queda mirando como tratando de averiguar qué clase de ser vivo es aquel que se mueve casi imperceptiblemente (igual que un koala) en las alturas. Parecen ser estas, el tamaño de todo lo que se levanta allí en mitad del bosque de Flushing Meadows, lo que confiere a todas las cosas, incluidas las personas, una sensación de irrealidad. Algo fabuloso como si al superar cualquier esquina (en realidad esto no hace falta) uno pudiera toparse con los habitantes de la Tierra Media.

La meteorología ha hecho que buena parte de esas decenas de miles de inquilinos luzcan sus flamantes camisetas, polos y sudaderas con vistosos y coloridos dibujos alrededor del lema monotemático impreso en grandes letras (USOPEN2014) sobre sus recién adquiridas prendas. Parece una reunión de friquis extraordinariamente numerosa y heterogénea, quizá la mayor que se haya visto nunca. El estadio Arthur Ashe, que desde fuera parece una enorme bañera, una gigantesca piscina desmontable para niños con sus enormes soportes (la entrada principal parece un coliseo del interior de cuyos arcos quisiese salir el mismísimo Waldorf Astoria) convierte a los tenistas en liliputienses, en brownies de la película Willow incluso con sus voces de pito desde una localidad alta, donde corre una brisa salvífica lejos de la suerte de reverberación que se observa en las localidades bajas.

El suizo Roger Federer está disputando su partido de tercera ronda frente al español Marcel Granollers y ambos tenistas parece que empuñan varitas mágicas mientras compiten en conjuros. La grada son las paredes verticales de un embudo que certifican la asistencia a un mundo fantástico. Las gomas de las suelas de las zapatillas de los jugadores chillan sobre el cemento como extrañas criaturas cuyo eco resuena en la noche neoyorquina. Federer se mueve igual que un boxeador delgado y dispara su esbelto brazo con una armonía a la que quizá solo supere su rapidez asombrosa. Federer desenfunda y dispara a cada golpe en movimiento, un golpe de revólver, lo cual es un estilo completamente opuesto al de Marcel, que parece resistir el tiroteo al límite de la asfixia en desplazamientos laterales tan forzados y heroicos y tan medianamente exitosos que el público se ve abocado a aplaudirle como a un valiente al que no le importa morir atravesado por las balas de Billy el Niño.

Marcel Granollers during his Second round men's singles match against Roger Federer on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Marcel Granollers durante un partido contra Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

El público grita. Levanta los brazos como la tribu de los ewoks en la fiesta final de El retorno del Jedi. El US Open vivido en esa pista vertiginosa es como estar en una pelea de gallos por el bullicio y la pasión salvaje del graderío que asiste a un divertimento de primera clase. Y eso que solo es la tercera ronda de la competición. No es el tenis sino el US Open. El espectáculo no es absolutamente maravilloso pero sí lo suficientemente emocionante. Uno puede pensar, además, si es aficionado al tenis, que allí abajo han jugado el partido final Sampras y Agassi, o Nadal y Djokovic, y la emoción sube como la temperatura que a esas horas de la noche ya es casi soportable. El puesto de perritos calientes de Nathan’s de la tercera planta está a pleno rendimiento. Federer acaba de ganar el segundo set y empata el partido. Al lado de los panecillos y las salchichas y los distintos condimentos de Nathan’s, un carrito de helados de Ben & Jerry se ha tomado un descanso igual que los jugadores en su largo recorrido por la parte alta. El vendedor de rasgos indios que lo empuja observa su teléfono móvil mientras allá afuera, desde el mirador, el estadio de los Mets también bulle aunque de una forma distinta, como si algo prendido por dentro, un incendio, estuviese a punto de hacerlo saltar por los aires.

Abajo, en el village, lujosos stands de bebidas alcohólicas de primeras marcas aguardan entre pequeños jardines floridos de los que hacen el efecto de salir, como ninfas del bosque, hermosas y sonrientes jóvenes con visera. Sobre los bancos de tablones de madera adyacentes se sientan repantigados lo que parecen ser turistas millonarios, probablemente rusos, con sombreros de safari y pantalones cortos y calcetines y mocasines de piel, que beben combinados de vodka Stolichnaya mientras observan las grandes pantallas de la Louis Armstrong que muestran los resultados de los partidos aún en juego.

Es martes. El ambiente parece dulcificarse y el calor deshacerse en la noche de Queens. Resiste casi comprimido como una nube de humo en una partida de póker en la pista Grandstand, donde lo mantiene el búlgaro Grigor Dimitrov con su remontada ante el belga David Goffin. Un hombre negro con uniforme de cocinero y calzado con unas Crocks negras fuma un cigarrillo sentado en el suelo y apoyado en una pared esquinada y secundaria que linda con un acceso a las entrañas del Open. Es como si Koji Kabuto se hubiese bajado un momento de Mazinger Z. Es un descubrimiento. Si uno mira los rincones y las calles estrechas del USTA Billie Jean King National Tennis Center ve una oscuridad del Bronx con sus peligros y su literatura, pero no es nada más que una impresión. Puede que Nueva York sea la ciudad más segura del mundo. Sin embargo, sigue existiendo algo intangible y oscuro bajo las luces de neón, o bajo las luces de la «Unisfera» que se asoma extramuros sobre el «valle de cenizas» de Scott Fitzgerald (donde se ubica actualmente el parque de Flushing Meadows) por donde había que pasar desde Manhattan para llegar a la casa del Gran Gatsby en Long Island.

El Dr. T. J. Eckleburg ahora es una más de las especies que moran en el US Open 2014. Decenas de oculistas con gafas redondas caminan y observan. También está Tom Buchanan, y Daisy y Jordan Baker. Y todo es como si lo estuviera narrando el mismísimo Nick Carraway, pero no solo la desafortunada historia del millonario enamorado Jay Gatsby, sino todas las historias con todos los personajes que han ido postulándose, como los caballos o los camellos o las tortugas de carreras de las ferias que avanzan cuando se logran colar las pelotas de goma en el casillero numerado desde el mostrador, para ser parte de La Gran Novela Americana. El Open de 2014 es una fantasía absoluta tan tenebrosa y al mismo tiempo tan alegre como estar Dentro del laberinto de Jim Henson.

Es un parque de atracciones en medio o como representación de la vorágine del cosmopolitismo, del american way of life, del deporte y de la naturaleza y del espectáculo en el que aparecen magos, hadas, princesas, ogros y monstruos y criaturas extraordinarias en torno al argumento bello y profundo y nada superficial del tenis. Nada tan duro, tan arriesgado y tan incierto para un niño como golpear miles de pelotas cada día. Los niños que fueron esos profesionales (algunos aún lo son) soñaron con enamorarse un día de Sarah Williams (que no es precisamente Serena Williams sino Jennifer Connelly) en el Arthur Ashe Stadium mientras el enano Hoggle, el monstruo Ludo o el caballero Sir Didymus y su perro Ambrosius les observaban atentamente desde las gradas. Uno se siente en el US Open 2014 un miembro de pleno derecho de los goblins que poco tienen que ver con aquellos que parecen más humanos y que ocupan las localidades bajas de la pista principal. Allí abajo está Peter Falk contándole a su nieto Fred Savage en su perfecta habitación americana con banderines triangulares de los equipos de la NBA y de la NFL y de la NHL en las paredes el cuento de La princesa prometida, que en este momento es el asunto que tienen entre manos Marcel y Roger.

Roger Federer in action during his Second round men's singles match against Marcel Granollers on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Roger Federer durante un partido contra Marcel Granollers. Fotografía: Cordon Press.

Federer es un tenista que se ha vuelto con la edad un príncipe ideal de fantasía infantil. Federer juega hoy más rápido y más arriesgado y más artísticamente que en sus años jóvenes. Parece más poderoso y genial, pero no lo es. Lo que sucede es que sus típicas desconexiones se han ido haciendo cada vez más largas, lo cual produce momentos de intenso y efímero virtuosismo frente a otros en los que el marcador cae irremediablemente del otro lado. El gran tenista suizo realiza momentáneos milagros sobre el cemento de la Arthur Ashe que no han impedido que Granollers se anote el primer set, circunstancia que años atrás hubiera sido difícil de imaginar. Federer ensaya dejadas inverosímiles y lanza su derecha como si en vez de una raqueta Wilson con la impronta de la Adidas de Ivan Lendl empuñara un guante de béisbol al mismo tiempo que falla un revés de cada tres tan monumental como el escenario. Ya no parece jugar para ganar sino para soliviantar a los goblins, a los peks, a los trolls o a los elfos de esta cordillera arthurashesiana.

El tenis de Federer ha trascendido del marcador y eso es algo que ningún otro jugador del circuito puede permitirse. El público de esta Tierra Media vestido con estridencias de Nike y de Adidas y de Ralph Lauren (con el símbolo del caballo y el jugador de polo inusualmente grande sobre el pectoral izquierdo que se ha puesto de moda), fundamentalmente, lo celebra, aunque «lo más hot» de los últimos años (lo dice una señora esquelética con el pelo blanco que bien podría ser natural de Concord, Massachussetts, a otra muy bronceada y con un maquillaje espeso que perfectamente podría haber venido en vuelo directo desde Cayo Vizcaíno) ha sido el español Rafael Nadal, que este año no disputa el Open por lesión. Nadal ha encarnado el prototipo de perfecto héroe exótico y sin embargo cercano, el paladín isleño y humilde que podría ser Westley o Atreyu, el Tom Cruise de Legend o incluso el Aragorn de Viggo Mortensen. «No recuerdo, you know, haber visto unas actuaciones tan poderosas y elásticas como las de Nadal en 2010 y 2013», afirma el hombre de mediana edad con gafas redondas metálicas que se ubica ufano entre las dos señoras, al que le cubre la cabeza de un modo excepcionalmente raro al estilo de Axl Rose un pañuelo de flores.

Cuando Dimitrov finalmente da cuenta de Goffin en la pista Grandstand el silencio es como un ejército de caballería que se acerca. Salidos de las entrañas del parque recreativo puede verse ahora a otros trabajadores con la mirada torva y el gesto cansado. Son apariciones o los supervivientes de una hecatombe o los habitantes secretos de las cloacas. No se muestran a la luz, sino que se mantienen tras una especie de cerca invisible en la penumbra. No pisan la alfombra roja de Flushing Meadows ni salen a las fluorescentes avenidas como si tuvieran el ADN de las cucarachas. El público ilusorio se marcha sin que se sienta, desaparece más allá de la oscuridad de los tornos mientras aquellos parecen asomarse temerosos con sus mandiles y sus gorros manchados. Parece imposible que un lugar como el USTA Billie Jean King National Tennis Center pueda transformarse por un momento en algo parecido a una parada del viaje por La carretera de McCarthy. Aunque puede que solo sea un espejismo. O puede que también sean los trabajadores de la sala de máquinas de un Titanic de casi un siglo y medio de edad que nunca podrá hundirse. Pocos podrían resistirse a ensayar la idea de que son los únicos verdaderos humanos en este gran circo de muñecos (muñecos incluso, y no habitantes de mundos de fantasía como el hombre que escalaba el marcador o la señora con el vaso de Heineken que lo observaba), ni a la de que todos esos hombres y mujeres se mantienen en la sombra para no desvelar la realidad de la mágica fantasía del US Open 2014, que más que un Titanic de siglo y medio de edad, desde los tiempos del Newport Casino o los del West Side Tennis Club de Forest Hills, podría ser una suerte de Disneyland de la raqueta donde todos esos que parecen salir de las cavernas en realidad son los hombres y mujeres que hacen posible que hablen y se muevan los goblins gracias a una tecnología secreta que solo ellos conocen.

Aún hay encuentros en juego en dos pistas exteriores. Las luces del complejo parecen estar conectadas ahora en modo de emergencia, quizá para que nadie vea salir a los humanos al final de la jornada de sus puestos de control. No se sabe cómo ni cuándo el estadio Arthur Ashe se ha vaciado después de que Federer destrozara a Granollers por un triple 6-1 en el segundo, tercer y cuarto y definitivo set del partido. Todo es definitivamente irreal en el US Open 2014. Definitivamente tan fantástico que doce días más tarde será la primera vez en diez años que no alcanza la final masculina ninguno de los últimos cuatro grandes jugadores de la década; aunque la culminación de lo fantástico, lo sumamente fantástico, son las miles de preciosas perlas de sudor que brillan a última hora bajo los focos sobre la piel de la jugadora china Shuai Peng.

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Arthur Ashe Stadium, US Open 2014. Fotografía: Michael Vadon (CC).


Who is Sylvia?

“… Sylvia tenía una cara vivaz de modelado anguloso, ojos pardos tan vivos como los de una bestezuela y tan alegres como los de una niña y un ondulado cabello castaño que peinaba hacia atrás partiendo de su hermosa frente y cortaba a ras de sus orejas y siguiendo la misma curva del cuello de las chaquetas de terciopelo que llevaba. Tenía las piernas bonitas, y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones, y le gustaba bromear y contar chismes. Nadie me ha ofrecido nunca más bondad que ella.”

Ernest Hemingway (París era un fiesta)

Estoy sentado en la Closerie des Lilas. La terraza es un enjambre y el mariscal Ney blande su espada de bronce. El camarero no se parece a Jean con su bigote de dragón, pero me sirve una cerveza como un tanque. Quiero ir a verla esta misma tarde. A Sylvia. Shakespeare and Company no está lejos. Sólo tengo que atravesar los jardines de Luxemburgo. No me han puesto aperitivo y acompaño la cerveza con una buena medida de observación bajo los árboles. Espero a ver pasar por el bulevar a Aleister Crowley, “el hombre más malvado del universo”, pero, mientras tanto, quizá esté por aquí, entre tantas cabezas la rubia angelical de Scott Fitzgerald, aunque no la distingo. Un distingué es como llaman en París a mi jarra de cerveza. Cuando me despido de la Closerie, el sol ya pinta de sombras a los clientes del café.

Dupuytren es una calle pequeña y empinada a la vuelta de la esquina de la calle del Odeón. En el número ocho ahora hay una tienda de productos de aromaterapia. Antes de que Sylvia montara su negocio había una lavandería donde Adrienne Monnier recordaba haber roto de niña, columpiándose, el cristal que dividía sus dos únicas habitaciones. Adrienne fue quien encontró el local cuando ambas se conocieron. Soñaban entonces con abrir una sucursal de La Maison des Amis des Livres, la librería de la francesa, en Nueva York pero, en lugar de esto Sylvia, ayudada y asesorada por su amiga, se decidió a abrir una librería estadounidense en París, donde los alquileres y el coste de la vida eran mucho más bajos.

El escaparate está enmarcado en madera, y veo a Sylvia dirigiendo a los hombres que empapelan las paredes con tela de saco. Desde el bulevar Saint Germain se acerca Charles Winzer, un amigo de Adrienne. Lleva bajo el brazo el cartel que ha pintado con el retrato de Shakespeare, el “socio Bill” como le llama ella, que Sylvia quiere colgar fuera, igual que una matrícula. También llegan los libros. Vienen de Inglaterra y de Estados Unidos en grandes baúles. Docenas de rossignols o saldos franceses junto a los Joyce, Keats y Pound por los que Sylvia suspira y que pronto pueblan el escaparate. En el interior, el expositor de revistas ya muestra los últimos números donde publican los jóvenes escritores: New Republic, Egoist, The Nation, Little Review, Playboy…; y decoran las paredes pequeños tesoros fotográficos: Walt Whitman ilumina  de azul con su mirada el pequeño local, como combatiendo la penumbra que emana Poe, siempre oscuro, a su lado. Oscar Wilde, con capa de terciopelo, parece divertirse con el asunto. Alguien me dice algo. Es un motorista bajo el casco. Estoy en medio de la calzada. Me aparto. Los botes de lavanda y de hierbabuena y el cartel de la marca han vuelto al escaparate: Aromaterapie, reza el letrero.

Escucho el bullicio procedente de Saint Germain. Dupuytren parece un callejón sin salida, cerrado por un portalón de madera tallada bajo una arcada que gobierna un rostro de mujer. Recuerdo a Sylvia en las palabras de Hugh Ford: “Los que llegaban a Shakespeare and Company esperando encontrarse con una rebelde de gustos vanguardistas y lascivos terminaban llevándose la impresión contraria: su compostura y su sensatez se reflejaban hasta en su ropa. Alejada de su entorno bibliófilo, Sylvia podía haber pasado por la secretaria de una multinacional, o por una maestra formal, enérgica y formidable…” Desde allí vuelvo la vista atrás y entre los adoquines de la calzada se recorta la figura de André Gidé, inconfundible con su sombrero Stetson de ala ancha y su cigarro. Gidé es tímido y no quiere molestar y permanece por detrás del umbral, limitándose a asomar la cabeza. Sylvia sale a recibirle. Acaba de poner a buen recaudo Los silencios del coronel Bramble, que le ha regalado otro André, esta vez Maurois. La librería apenas lleva una semana abierta pero no cesan de presentarse los amigos. Entre ellos la pandilla de  Leon Paul Fárgue, uno de los fundadores de la Nouvelle Revue Française, junto a su amigo Gallimard, y de Larbaud y Paul Valéry. Sylvia se ríe porque éste le acaba de contar que, de joven, en Londres, llovía cada día y se sentía solo y desgraciado. Vivía en una sucia habitación en medio de una gran pobreza hasta que decidió suicidarse. Cuando abrió el armario para coger su pistola, se cayó un libro. Era de un tal Scholl y comenzó a leerlo. Era un libro de humor y le divirtió tanto que, al acabar, ya no tenía ganas de quitarse la vida. Dice que está dispuesta a encontrar al tal Scholl, por si acaso, mientras promete visitarle en su casa para ver los Degas, Manet y Renoir que cuelgan en sus paredes y de los que tanto le ha hablado, además de los Berthe Morisot, la famosa abuela de su mujer.

Todos los franceses llegan con el remite de la librería de Adrienne. Shakespeare and Company es una librería de préstamo, un club, una embajada y hasta una estafeta. Los estadounidenses que llegan a París establecen allí su dirección postal. Sylvia está un poco sobrepasada con tanta actividad. Llegan decenas de cartas “para entregar a Shakespeare and Company”. Uno de los primeros en aparecer por allí es Sherwood Anderson, que ha visto su libro Winesburgh, Ohio, expuesto en el escaparate. Robert McAlmon es rico y es escritor, aunque no consigue concentrarse. Habla y bromea sin parar y siempre está tratando de ayudar a sus amigos. Como el poeta Ezra Pound, quien se jacta de ser un buen carpintero (“Zapatero a tus zapatos”, suele decirle James Joyce) mientras golpea con un martillo una vieja silla adquirida en el mercado de las pulgas. Esta clase de cosas siempre le han molestado a Gertrude Stein, otra de las nuevas suscriptoras, que aparece por Dupuytren, junto a su inseparable Alice B. Toklas, y queda muy satisfecha al encontrar allí sus propios libros, hasta que Joyce ((“James Joyce; calle de l’Assomption, 5 París; suscripción por un mes; siete francos”, apunta Sylvia aquel verano)  acapara la mayor de las atenciones. A Stein, como Pound, tampoco le gusta el irlandés. Sus textos le parecen innacrochables (no se pueden colgar como los picassos de su casa), igual que los primeros cuentos de Hemingway, “el mejor de mis clientes”, de cuya llegada Sylvia recuerda en sus memorias: “Al levantar la cabeza vi a un hombre alto y moreno, con un pequeño bigote, a quién oí decir en voz muy grave y profunda que era Ernest Hemingway. Le invité a sentarse y, en respuesta a mis preguntas, me informó que era de Chicago. También supe que había pasado dos años en un hospital militar recuperando el movimiento de su pierna ¿Y qué le había pasado a su pierna? Bueno, casi tan compungido como un niño, me confesó que había combatido en Italia y le habían herido en la rodilla. ¿Le gustaría ver las heridas? Por supuesto que sí. De esta forma se interrumpió todo el trabajo en Shakespeare and Company mientras se sacaba el zapato y el calcetín y me enseñaba las terribles cicatrices que cubrían la pierna y el pie…”.

Al final de Dupuytren, recorriendo el último tramo de la calle de Monsieur Le Prince, se llega al carrefour del Odeón. Las terrazas parecen ocupadas por estatuas y el tráfico me devuelve al presente. Allí mismo empieza la calle del Odeón, y en el horizonte se alza el teatro del mismo nombre, como una reproducción del panteón de Agripa, donde Sylvia siempre recuerda que una vez representaron El Rey Lear. En el número siete hay una sucursal de una conocida firma de peluquería, pero la fachada y las contraventanas del piso superior, se conservan los mimbres, son las mismas de La Maison de Monnier. A unos metros más arriba de la calle, en el doce, se acaba de mudar para siempre Shakespeare and Company. Joyce echa de menos el antiguo local. Pero el nuevo es más grande y además cuenta con un apartamento en el piso de arriba. La librería vecina sigue allí con sus molduras gastadas de color vino, pero a la compañía la ha suplantado una tienda de ropa de mujer. Una placa recuerda que Sylvia Beach editó allí Ulises hace noventa años.

A través de los cristales puedo ver a Joyce sentado “de un modo que parece estar realmente agotado” entre los jóvenes escritores estadounidenses que le veneran, aunque no lo manifiestan. Sylvia dice que James escucha siempre a todo el mundo con suma atención y cortesía, y que nadie puede resistirse a su encanto. Acaba de llegar a París desde Zúrich, auxiliado por Pound, y cuenta con tres problemas: encontrar alojamiento para su familia, alimentarla y terminar su libro. John Quinn le está comprando Ulises por capítulos desde Nueva York. Casi al mismo tiempo va publicándose por entregas y con grandes dificultades en la Little Review, pero será finalmente Sylvia, impulsada por su admiración por el autor y por las dificultades de la censura y el rechazo inicial del libro —Bernard Shaw respondió así a la oferta de suscripción que Sylvia le hizo: “Querida señora: He leído algunos fragmentos del Ulises publicados en forma de serial. Constituyen una asquerosa muestra de un momento repugnante de nuestra civilización, pero sin duda son reales; me gustaría rodear Dublín con una barrera de seguridad, y también a todos los hombres entre los quince y treinta años; obligarles a leer toda esa hedionda e indecente mofa y obscenidad mental. Tal vez usted considere esto arte…”—, quien se ocupe de él y de casi todos los asuntos del genio de Dublín durante más de una década.

El cielo es transparente y, al bajar la vista, veo cómo George Antheil escala al piso de encima de la librería, donde vive, ayudándose con el cartel de “el socio Bill”. Se le han olvidado las llaves. Sylvia siempre se ríe con ésta y otras de sus locuras, como la idea de cambiarle los títulos a todos sus libros para venderlos mejor. George entra y sale del local con decenas de volúmenes que devora. George es otro miembro de “la masa” de Shakespeare and Company. George es concertista de piano y se ha trasladado a París junto a su mujer, Boske, para componer. Sus días transcurren entre el Ballet Mechanique, que construye al piano del piso de Adrienne (el único del que puede disponer), y el establecimiento de Sylvia.

Tras el éxito de Ulises, la librería se ha convertido también en una editorial a la que acuden cada vez mayor número de escritores con problemas, como D. H. Lawrence, quien le pide con insistencia que se haga cargo de El amante de Lady Chatterley. Pero Sylvia sólo puede tener ojos (y apenas dinero) para James Jheezus, como le llama Pound, acaso como si se los prestase para combatir su iritis crónica y su glaucoma. Su dedicación al autor de Dublineses no se aleja mucho de esta metáfora, y se me vienen a la memoria los versos “poco inspirados”, según James Laughlin (es cierto  que Joyce nunca se mostró demasiado agradecido con sus benefactores) que, en tono de parodia, le dedica a Sylvia a partir de Los dos hidalgos de Verona:

 “¿Quién es Sylvia?, ¿cómo es?
¿Por qué la alaban todos nuestros escritores?
Es una joven y valiente yanqui
que, llegando desde el oeste, ha conseguido
que todos los libros puedan llegar a publicarse
¿Es tan rica como valiente
para arriesgarse a perder sus riquezas?
A su alrededor la gente grita y se encrespa
para conseguir suscribirse al Ulises,
aunque, tras haber firmado, les pese como una losa.
Entonces, dejemos cantar a Sylvia
sus temerarias dependencias de las ventas.
Es capaz de vender a cualquier mortal
el mayor “rollo” y, sin embargo, asegurar
que deja elegir a sus clientes.”

En Shakespeare and Company hay estanterías atestadas de libros, y en las paredes retratos de sus autores muertos y vivos que se multiplican, la mayoría de éstos últimos realizados por Man Ray, el artista dadá que se encuentra en plena transición al surrealismo. Hay mucho jaleo allí dentro, y los habituales entran y salen casi sin saludar a nadie, “como en una estación ferroviaria”Myrsine, la joven griega ayudante de Sylvia, le entrega a su siempre nerviosa y dispuesta hermana, Helen (“pisadas atronadoras” la llama Joyce), las cartas dirigidas a su nombre; mientras Larbaud desenvuelve sus regalos para la librería: una pequeña casa de porcelana reproducción de la del icono y un destacamento de cadetes de plomo recién salidos de West Point y dirigidos por George Washington, que a partir de entonces montaran guardia “en la casa de Shakespeare.”

He salido de la calle del Odeón y recorro el barrio bajo un lento crepúsculo. Los pájaros cantan en dirección a los caminos de gravilla del Luxemburgo. La Rive Gauche ha cambiado. En la calle Delambre ahora hay otro establecimiento, pero no puedo evitar escuchar la música del Dingo Bar mientras Scott Fitzgerald pierde el color del rostro. Acaba de salir  El Gran Gatsby’ y Lucie, la mujer del combativo André Chamson ha hecho un dibujo en el ejemplar de Sylvia. Se lo enseña a Joyce y Adrienne, sentados los tres alrededor de la estufa de Shakespeare and Company. Discuten el color de la portada de la primera edición de ‘Ulises’. El irlandés quiere que sea el azul de la bandera griega. Myrsine está subida a una escalera, ordenando los estantes. Mientras trabaja, mueve la cabeza imperceptiblemente mientras escucha a Sylvia decir que Scott gana tanto dinero con sus cuentos que tiene que gastárselo en champán en Montmartre; y que él y su mujer, Zelda, dejan billetes sin cuidado en la bandeja del recibidor de su casa para que se sirvan los que vienen a cobrar facturas. Algo escucha de Eisenstein, y de King Vidor, a quien ha llevado Scott hasta Shakespeare and Company para que Sylvia le recomiende un libro para una película. Pienso, de repente, que aquello fue hace demasiado tiempo. Los felices veinte han quedado atrás y en la terraza del Dome ya no está Pascin con sus dos modelos. La masa se ha hecho famosa y la librería ya no es el hervidero de antaño. Sólo Henry Miller y Anais Nin caminan aprisa por el bulevar Montparnasse. Él lleva bajo el brazo el manuscrito de Trópico de cáncer, y ambos van a intentarlo con Sylvia.

La depresión y la marcha de los compatriotas han hecho daño al negocio. Los viejos amigos acuden al rescate y han conseguido suscripciones y organizan lecturas. Viene T. S. Eliot desde Londres. Hemingway hace una excepción en su norma de no leer en público. Valéry recita sus poemas. Maurois sorprende con narraciones inéditas. Colaboran Schlumberger, Morand, Gidé, Duhamel… Shakespeare and Company parece revivir, pero la realidad pronto obliga a Sylvia a vender sus más preciados recuerdos para mantenerse a flote, como las primeras obras de Hemingway con sus dedicatorias, las pruebas corregidas de Ulises, el primer manuscrito de Retrato del artista adolescente, titulado Stephen Hero y los otros manuscritos de Joyce: Música de Cámara, Dublineses y Pomes Peneach.

Veo a Sylvia llorar, y la imagen de las lecturas, incluso esa en la que Joyce le pide a Valéry que recite su poema Le Serpent; y mientras sucede he llegado sin darme cuenta al bulevar Saint Michel y los alemanes han invadido París. Brilla el sol. “Adrienne y yo fuimos al bulevar Sebastópol, y con lágrimas en los ojos, contemplamos a los refugiados que atravesaban la ciudad. Llegaban por la estación de Este, cruzaban París…” dice Sylvia. Franceses de todos los lugares cruzan el bulevar Saint Michel con sus enseres y sus carretas de ganado, donde se acurrucan los niños y los viejos. Las vacas pastan en los jardines de Luxemburgo; y por detrás llegan los alemanes, hombres con sus cascos y sus tanques y sus carros motorizados. Apenas quedan estadounidenses en París pero Sylvia se niega a marcharse. Ahora trabaja en la tienda una joven judía, Françoise, y por ella ha de compartir algunas de las imposiciones reservadas para los judíos. No ha de llevar la estrella de David, pero tampoco puede entrar en los teatros, ni en los cines, ni en los cafés, ni siquiera sentarse en los bancos de los parques, ni en los de las calles. Cuando Estados Unidos entra en Guerra, los nazis ponen finalmente su atención en Shakespeare and Company.

Se hace de noche. Se han encendido las farolas de Montparnasse y las luces de los cafés. He quedado para cenar, pero de camino quiero volver para despedirme. Subo por el bulevar Raspail hacia Notre Dame des Champs y tomo la calle de Fleurus a la derecha. Ya no vive allí Gertrude Stein, pero estoy viendo al “mejor cliente” de Sylvia subir las escaleras del número veintisiete para tomar té, holandas naturales y observar los cuadros de Picasso y de Juan Gris, “caliente y cómodo”, al lado de la gran chimenea siempre encendida. La gran mole del Odeón está oscurecida y la calle silenciosa, “tan tranquila como cualquier callecita de una ciudad provinciana”. Pero un enorme coche militar de color gris acaba de adelantarme y se ha detenido unos metros más adelante frente a la librería de Sylvia. Es un oficial alemán que quiere comprar el ejemplar de Finnegans Wake del escaparate. Sylvia dice que no está en venta “Es para mí”, dice. El alemán sale enfadado y se marcha. Continúo y me detengo por última vez frente a La Maison de Adrienne. Ella tiene el pelo gris y corto y parece una campesina gruesa. Más arriba el alemán ha vuelto pero Finnegans Wake ya no está. Sylvia dice que se lo ha llevado, y el oficial le asegura que volverá y confiscará todos sus bienes. La calle se acaba y he llegado al carrefour del Odeón. Voy a girar a la derecha, rumbo a Lipp,  a través de la calle de Tournon. Sylvia y algunos amigos están metiéndolo todo en cestas de ropa, hasta los enchufes e interruptores. Y a Whitman, a Poe, a Wilde y a todos los demás. No queda nada. Un carpintero saca los estantes y un pintor tapa el letrero. Shakespeare and Company ya no existe.

La brisa mueve las hojas de los árboles, como campanillas, del bulevar Saint Germain. En Lipp resiste el gran espejo ante el que un hombre sacia su hambre después de llorar delante de Sylvia: “Pero Hemingway, no piense usted en lo que sus cuentos rinden ahora, lo importante es que es capaz de escribirlos”, le consuela ella. Sentado ante los manteles blancos de la brasserie pienso en que se cumple medio siglo de su muerte. Ella nunca abandonó París. Después del cierre de Shakespeare and Company vinieron a buscarla y pasó seis meses en un campo de internamiento. Luego la liberaron con la amenaza de volver a ser arrestada en cualquier momento, y se ocultó en la casa y el Hogar de los Estudiantes de su amiga Sarah Watson, en el bulevar Saint Michel. Pero pronto volvió a la calle del Odeón (que nunca dejó de visitar furtivamente), junto a Adrienne. En el restaurante se eleva el ruido constante de los cubiertos y el murmullo de las conversaciones, pero aún puedo oír aquella voz “muy grave y profunda” al grito de “¡Sylvia, Sylvia!”, resonando de repente en el Odeón más de veinte años después del comienzo de todo en la pequeña y vecina Dupuytren. Los jeeps estadounidenses cercan los alrededores, y mientras los soldados alemanes huyen por las azoteas, Adrienne exclama sin poder creerlo: “¡Es Hemingway, es Hemingway!”.


Un “collage” de azul y rosa

“Nunca hice ni ensayos ni experimentos… Motivos diferentes requieren métodos diferentes. Esto no significa ni evolución ni progreso, sino una relación entre la idea que se quiere expresar y el medio de expresarla.”  (Pablo Ruiz Picasso)

Los días de bohemia de Picasso se completan con los huecos que deja libres el arte, como el collage donde a los óleos se les añaden los materiales y los objetos. Él mismo afirma que “lo que se deja en la tela es lo que se piensa, lo que se es. La personalidad no existe fuera del pintor, no añade nada a la pintura: está dentro.”

Dice Santiago Amón que es su amigo Braque quien, al añadir por primera vez a uno de sus cuadros una inscripción con caracteres tipográficos, se da cuenta de que se halla ante uno de los mayores descubrimientos del arte moderno. Días después va a contárselo a Picasso quien, entusiasmado con la idea, no tarda en ensayar sus primeros bocetos. La técnica, el material es nuevo. Pero la esencia, la superposición y el avance continuo, la búsqueda del explorador que se adentra más allá que ningún otro le pertenece a él, acaso como si, al hallarse al fin en cada claro después de atravesar la maleza, ensayase invariablemente la conocida frase de Stanley tocándose el cansado salacot.

Pero más allá ha descubierto tan pronto, en una sola batida, todo lo visible y tiene que adentrarse en la oscuridad en medio de la adolescencia plagada de imágenes que le asedian, como la vida descubre sus verdades a los comunes en la cúspide de la montaña, allí donde se ve con claridad el pasado, como un fresco, y apenas se vislumbra, entre sombras, un futuro adornado de esperanzas y plagado de dudas. Sobre esta cuestión escribe Boeck: “El pintor, evidentemente, se ha depurado de su propia experiencia: sus primeras actitudes irreverentes y críticas para la sociedad han dado lugar a una profunda compasión para con los sufrimientos del género humano”. Es el camino incierto que se ha de construir con los pertrechos de una parte de la existencia terminada, de la que el pintor se desprende, indómito, haciéndose jirones a fuerza de pinceladas.

Picasso se hace gato de Madrid  (Ramón greguea más tarde: “deambula por el emborrullado Madrid de entonces, penetrándole por la suela de las botas lo que ha de ser después principal base de sus renovaciones, la plasticidad de lo visible, que emborrillará de grises senos las telas de la primer pesadilla cubista…”), aunque por poco tiempo, y demuestra tener esas vidas que no sabe vislumbrar el crítico desafortunado de su primera exposición, que afirma: “en cuanto al señor Picasso que, según me dicen, es muy joven, comienza con tanto ímpetu que me hace temer por su futuro. Podría enumerarse la procedencia de cada uno de sus cuadros; su variedad es demasiado notable. Lo cual no quita para que esté bien dotado; pero le aconsejaría, por su propio bien, que no pintara más de una tela al día”. Tres y cuatro y cinco por jornada es el ritmo. El collage que construye muchos años antes de que Braque se lo enseñe en concepto, cuando ya todos los bosques y ciudades y rincones de la tierra (sin olvidar el grato paréntesis de Horta de San Juan al que el pintor alude orgulloso: “Todo lo que sé lo aprendí en el pueblo de Pallarés… cuidar a un caballo, dar de comer a las gallinas, sacar agua del pozo, hablar con la gente,  hacer sólidos nudos, equilibrar la carga de un burro, ordeñar una vaca, cocer bien el arroz, tomar fuego del hogar…”) le son conocidos y sólo resta horadar hasta la muerte la cantera inacabable de su genio.

Aquellos hombres y mujeres del circo, la vida de color de rosa que le canta Edith Piaf  a su amor, Marcel Cerdan, son los últimos pasos de la escalada de cuya meta ya no desciende. Ha superado el azul del descubrimiento, el azul que comparte y menciona André Salmon: “Los estropeados, los vagabundos haciéndose una patria en el porche de una iglesia; las madres sin leche. Todo el dolor y toda la plegaria. Los saltimbanquis. El gordo hombre rojo, los delgados acróbatas adolescentes, el arlequín negro, los cascabeles tristes y el tambor fúnebre, la muchacha del chal y el caballo blanco del picadero eterno. ¿Recuerdas Pablo?”.

La reducción pictórica al color de la infancia para escapar de una tristeza primeriza y sobrevenida, la melancolía hacia la madurez. “Lo mejor que hay en el mundo…, el color de todos los colores… El más azul de todos los azules…” lo usa para retratar el cadáver de su amigo Casagemas, que se dispara en la cabeza, en el café L’Hippodrome, delante de él mismo y de su amor no correspondido. Con sus retratos muestra el fondo del alma atormentada donde asoman las pensiones frías de Madrid, “¿qué pintaba yo allí? ¿Qué?”, le confiesa a su fiel Sabartés (quien ante sus nuevos cuadros recién pintados manifiesta: “de tonalidades violentas, de colores abigarrados que al primer golpe de vista producían el efecto de colorines de baraja”. “Déjame que me acostumbre a esto…”, termina espetándole); las húmedas esquinas de Barcelona, la penuria y la enfermedad,  “la estéril tristeza” que contempla el poeta Morice y “que pesa sobre toda la producción, ya tan abundante, de este joven: Picasso, que empezó a pintar aun antes de saber leer, parece haber recibido la misión de expresar con el pincel todo lo que existe; diríase que es un joven dios decidido a reconstruir el mundo. Pero un dios hosco; los cientos de rostros que ha pintado gesticulan, pero ni una sola sonrisa; y es un mundo tan inhabitable como sus fábricas corroídas por la lepra. Su misma pintura está enferma. ¿Incurablemente? Lo ignoro; pero desde luego nos hallamos ante una fuerza, una vocación y un talento verdaderos… Sin embargo, ¿hay que prometerse que esta pintura llegue a curar? ¿No estará destinado este muchacho, tan desconcertadamente precoz, a conferir la consagración de obra maestra al sentido negativo de la vida, al mal que él mismo sufre como todos?”.

 Tiene que arrancarse esos huéspedes que le impiden respirar, a pesar de que a través de ellos llena de aire sus pulmones, como un buceador a través del tubo. Nada en su desorden mítico “rodeado de un enjambre de pobres pintores españoles con los que se sentaba en el suelo comiendo y charlando. Pintaba dos o tres cuadros al día, llevaba una chistera como yo, y pasaba las tardes entre los bastidores de los music halls de aquellos días, haciendo retratos de las estrellas… Él hablaba muy poco francés y yo nada de español, pero nos entendíamos.”. Lo dice Max Jacob (el amigo con el llega a compartir cama, usándola el francés por la noche y el español por el día). Y de este modo cura y cuando saca la cabeza ha llegado definitivamente a París y está a bordo del Bateau Lavoir “…al pie de la escalera, una única fuente para los doce inquilinos. Detrás de la fuente, a la derecha, un pasillo maloliente que lleva al único retrete, un negro rincón cuya puerta, que no puede cerrarse por falta de picaporte, golpea con la menor corriente de aire…”. Pero a ese barco, esa casa intrincada y laberíntica de Montmartre bautizada el Bateau por el mismo Jacob porque le recuerda a las barcazas lavadero que atracan en las riberas del Sena, le precede un humilde esquife en el que se enrola “como un ratón en un queso”, en palabras del crítico Gaya Nuño; y donde pronto se agolpan los compañeros de La Lonja y de la bohemia barcelonesa.

Junto a ellos navega por el barrio chino, y se acostumbra a tomar tierra en Els Quatre Gats, la “Cervecería gótica para los amantes del Norte, y patio andaluz para los del Sur”, donde se ofrece “a quienes amen la sombra de los pámpanos y la exprimida esencia de las uvas”. Allí le cantan sus amigos, en palabras de Miguel Utrillo a lomos de Pél i ploma: “El arte de Picasso es extremadamente joven. Dotado de un espíritu de observación que no perdona las debilidades de la gente, consigue extraer belleza hasta de lo horrible y lo anota con la sobriedad de quien dibuja porque ve y no porque sabe hacer narices manierísticas…” 

“…En París le han aplicado un mote: su aspecto, el sombrero de anchas alas pasado por las intemperies de Montparnasse, los vivos ojos de meridional capaz de dominarse, el cuello envuelto en legendarios lazos ultra impresionistas, han inspirado a los amigos franceses el sobrenombre amistoso de “El pequeño Goya”. Creemos que el aspecto físico no ha mentido; y el corazón nos dice que tenemos razón”. Y Pellicer en ‘Picasso avant Picasso’ concreta estas generosas impresiones: “Los que fueron sus compañeros de aquella época refieren lo poco comunicativo que era Pablo, aunque tuviera rasgos de humor espontáneos y manifestase una rara precisión en sus juicios. Desde el primer momento, su temperamento dividió a los que le trataban en adoradores y enemigos.”

Sean quienes sean, la mayoría queda atrás, agotada por el paso constante del artista. En una carta, confiesa a Jacob: “Enseño lo que hago a mis amigos, los artistas de aquí, pero encuentras que hay demasiada alma y poca forma, lo cual es muy divertido. Tú sabes cómo hay que hablar con gentes así; pero escriben libros muy malos y pintan cuadros imbéciles. Así es la vida”.

Todo se aleja en lo inexorable de su marcha, como el relámpago que sigue su camino entre montañas. Vollard, “el galerista de los impresionistas”, describe el primer aterrizaje: “Hacia mil novecientos uno recibí la visita de un joven español, vestido de un modo rebuscado, traído a mi casa por un compatriota suyo, a quién conocía yo un poco. Era un industrial de Barcelona… El compañero de Manache (Pedro Mañach) era el pintor Pablo Picasso, el cual —a sus diecinueve o veinte años— había pintado ya un centenar de lienzos, que me traía con miras a una exposición. Esta exposición no tuvo ningún éxito y, en mucho tiempo, Picasso no encontró mejor acogida del público”. Este es el mismo pintor del que, más de sesenta años después, Mercedes Guillén, su protegida, escribe con motivo de la gran exposición en el Grand y el Petit Palais, además de en la Biblioteca Nacional: “Las casas de cultura del Estado y entidades independientes organizan ciclos de conferencias y presentan películas sobre la obra de Picasso; el instituto de Altos Estudios invita a los artistas a que diserten sobre temas picassianos; la radio y la televisión emiten a diario opiniones de historiadores, de críticos de arte, de poetas, de marchantes; las revistas preparan números extraordinarios…, el Ayuntamiento de Châtillon presenta treinta obras originales: litografías, grabados, aguafuertes…; llegan aviones y autocares de todos los países… Esta presentación simultánea de miles de obras, es la obra de setenta años del artista más personal y más universal de nuestra época… Hay ceniceros, llaveros, sellos Picasso y hasta unos panecillos en forma de mano se llaman Picassos…”

Y no es más que el joven “con el famoso mechón sobre el ojo negro, vestido de azul, la chaqueta abierta sobre una camisa blanca, ceñida a la cintura por una faja de franela roja, con flecos…” enamorado de Fernande, antes de que empiece todo, la modelo de artistas que frecuenta el Bateau. “Creo que hace dos días empecé una nueva tontería, pero fue culpa de la tormenta. En la casa hay un pintor español que me encuentro en todas partes desde hace algún tiempo y que, con sus ojazos cargados, penetrantes y pensativos a un tiempo, llenos de fuego contenido, me mira con tanta intensidad que no puedo evitar mirarle a mi vez…” La amiga de Apollinaire, el poeta que en su delirio de muerte, el mismo día del armisticio de la Gran Guerra, cree que van por él los gritos en la calle de ¡A bas Guillaume! (¡Abajo Guillermo!, el Káiser), según cuenta Gertrude Stein.

Picasso es el “artistazo jovencísimo”, como le llama Morice, del polvo y la suciedad al que acompaña todo su grupo: la bande Picasso. “Au rendez vous des póetes”, reza el cartel de su estudio de la casa mítica, donde “recibía al visitante un fuerte aroma a óleo y parafina, que Picasso usaba para pintar, así como para combustible de su lámpara, mezclado con el humo de la pipa de tabaco negro. Una vez que se pasaban los montones de cuadros arrimados a la pared, se hallaba el lienzo en que Picasso estaba trabajando, apoyado en un caballete en un espacio libre del centro de la habitación.” Salmon continúa: “un armario pintado hecho de tableros, un velador burgués comprado a un comerciante de mimbres, un viejo diván usado como lecho, un caballete. Incrustado en el espacio del estudio, un cuartito conteniendo algo como una cama, considerado como un retiro y familiarmente conocido como el cuarto de la chica…”, donde, loco de celos, retiene a Fernande quien, después de las primeras dudas (“…todavía no me he decidido a irme a vivir con Pablo. Es celoso, no tiene un duro y no quiere que yo trabaje. ¿Cómo se entiende? ¡Es una estupidez! Y además no quiero vivir en ese estudio miserable…”), termina por no oponer resistencia: “Con fe, con libros, un diván y poco trabajo que hacer, yo era feliz, muy feliz”.

Es el principio de todo cuando termina el período más cotizado de toda su obra. De nuevo Morice, entusiasmado ante el renacimiento que ha ansiado durante años como el mayor admirador, escribe: “… las nuevas obras que expone… anuncian un cambio solar de su inclinación. No es que no subsista nada de sus primeras turbias representaciones… Hoy las actitudes se alivian, los elementos se disponen menos miserablemente, la tela se aclara: apunta a la aurora de la piedad, de la salvación…” Es el genio que esboza su primera “media sonrisa” y el final de un época en la que, como recuerda Jacob, “…todos vivíamos malamente. Lo maravilloso es que todos vivíamos igual.”