Marismas y el canal de los Presos: la ruta del desasosiego

Compañía de Transformación y Explotación de Marismas, S.A.

Cotemsa. Un pueblo de recorrido corto: fábrica, cantina y casas. Pocas casas. Un escenario fantasma convertido en turismo de cine, el suelo hecho aún de tierra y las fachadas desconchadas. Un sitio pensado para trabajar, beber, volver a trabajar y a beber, dormir y soñar dormir, mayormente olvidarse de todo excepto de la producción. Hoy es una mancha sórdida en la carretera y uno de los escenarios de La isla mínima, la ventana que Alberto Rodríguez abrió para que nos acercáramos a los territorios secretos de las marismas. A sus miedos y sus contradicciones, a su infinitud eterna. 

A un lado del coche, los restos de Cotemsa, al otro, la sangre sepultada en el cemento de un canal, el sudor impregnado en los nuevos pueblos de colonización, el verde extendido en dirección al mar. Reverbera en el salpicadero el sonido electrónico de Pirámide, que interviene el paisaje, que abre paso a la tradición en sus letras y que empuja y lucha por resquebrajar el silencio. Nos bajamos del coche. Ahora solo se escucha el viento y nuestras pisadas torpes sobre lo que queda del pueblo factoría del arroz Brillante. Nos asomamos a la reja que cierra el acceso al edificio abandonado donde antes funcionaba la fábrica. Cruzamos la carretera y bordeamos el caserío, con dos o tres casas que parecen habitadas y con el resto que ratifican su abandono, incluido el puesto de la vieja cantina, una oferta difícil de rechazar para los obreros, una invitación a gastarse el jornal en alcoholes malos. No hay mucho más que hacer aquí que contemplar ruinas. Reanudamos el viaje y la playlist de Pirámide. 

marismas y Canal de los Presos
Cotemsa. Canal de los Presos

Toca hormigón

«El Caná vale pa to. El Caná… Ahora mismo vale pa regá, pa ponerte ciego o pa hacé deporte». Una voz oscura envuelve el habitáculo del coche y, detrás, la carretera se colma con demasiados vehículos rumbo a las playas de Cádiz. Nosotros seguimos el trazado de las canaletas, de los vasos comunicantes del agua de regadío, de los cientos de brazos hechos de un cemento duro y bastante sucio, de sudor enterrado y colocado junto a la inmensidad de la marisma. «Hay gente que coge y se va por la pata del Caná a hacé bicicleta, a corré,… o te vas a hacé una rave, ahí a La Muerte al Litro,… El Caná… El Caná vale pa to». Cruzamos ciclistas, corredores y paseantes, todas las escalas del ocio deportivo de un domingo soleado por la mañana. Hasta que nos deslumbra el skyline del embalse, la cantidad de piragüas cubiertas de lonas y un sendero de tela sintética que trata de imitar al césped y que busca funcionar como una suerte de alfombra de bienvenida. 

El embalse de Don Melendo marca el final del canal de los Presos y esa manera española de mirar hacia otro lado. «Lo de la concordia está inmerso en la cultura española y se basa en evitar mostrar lo que realmente pasó. Pero si tú lo sabes y yo lo sé ¿por qué no podemos decirlo delante de todo el mundo? Simplemente porque alguien se puede molestar de escucharlo. Y ya es tiempo de que la gente se moleste», dirá Antonio, uno de los Pirámide. Hoy el pantano es un espacio para aquellos que buscan aire puro, pero también para el turismo friki, el turismo histórico o como se llame lo que estemos haciendo nosotros aquí. «A partir de nuestro EP el mensaje ha llegado a más gente. Yo quedando con gente de mi edad y de círculo y preguntarle: ¿tú sabes que esto ocurrió aquí? Y normalmente les suena un poco cuando se lo cuentas, pero no es algo que la gente lo tenga presente normalmente: o se le olvida o directamente no lo sabe», agregará Karvy sobre el primer EP del grupo, titulado El Canal de los Presos

Desde la oficina de la comunidad de regantes, en el punto mal elevado del paseo, se puede apreciar la dimensión del pantano. En la pared que desciende hasta el agua hay una pequeña plantación de uvas que cuentan con un extraño sistema sonoro para espantar a los pájaros, haciendo el sonido de un tiro de aire comprimido sin proyectil, solo el aire. El entorno es silencioso y relajante y las vistas tan panorámicas que poco importa la persistencia de las moscas alternándose de la fruta pasada a la caca de perro sin recoger. Tanta cantidad de árboles, el canto de los pájaros, una piragua moviéndose bajo el sol y dejando su estela sobre el agua plateada: todo asemeja a un paraíso natural si no fuera por eso mismo, porque asemeja pero no es, porque imita. Y lo hace con mano de obra esclava en campos forzados de trabajo. 

Volvemos al coche, ponemos en marcha el motor y el equipo electrónico nos recuerda, de manera automática, nuestra elección, la banda de sonido que elegimos para este viaje: «Si andas por el Canal de los Presos/ toca hormigón / Piensa quién te trajo aquí».

marismas y Canal de los Presos
Embalse de Don Melendo.

Trip hop en las marismas

Nos gustaría decir que nos estamos metiendo en el medio de las marismas, pero no sabemos si es correcto asegurar que esta geografía extraña del sur tenga un medio, un corazón, un centro o una esencia propiamente dicha. Y tal vez ahí radique su atracción, en ser un enorme lago formado por la desembocadura de un río que se convirtió en fangal con suelo salino y que se debate entre la ausencia de vegetación natural en algunas zonas y la proliferación de una vegetación tan vasta que ni siquiera sirve para alimentar los animales. Historias dentro de otras historias, pueblos que se crearon con la finalidad de domar este suelo, pantanos que fueron esperanza y sufrimiento.

En Vetaherrado nos tomamos un café con Maica y un zumo con su hija y su nieto, en el único bar del pueblo frente a la iglesia que no se usa pero que todavía no han tapiado. Ahí, Maica hizo su comunión y se casó. Ahí, su nieto fue el último bautizado del pueblo, en esa iglesia cuya torre alguna vez fue blanca y que ahora se descama dejando a la vista su cemento. Damos un paseo en familia: a un lado de la carretera, los arrozales; del otro, las parcelas de los colonos con algodón y remolacha. En el fondo, la mano del hombre luchando contra la naturaleza salina de las marismas. Maica cree que su abuelo biológico trabajó en el canal de los Presos, pero no lo puede confirmar y, además, dice que aquí no se habla de eso. 

Volvemos al coche y a Pirámide, a su segundo EP, Furtivo, con la portada de un fondo violeta con unas ondas que se mueven entre el sonido y el pantano salado, sobre las que un campesino fosforescente inicia una deriva, o tal vez la acabe o quién sabe cuando empiece o termine algo en la marisma. «Un beso no es de onda triangular/ Tu sonrisa no puede oscilar/ ¿Esa mirada en qué nota va?/ ¿Cómo se envuelve tu claridad?», canta Claudio en «Rebaba», primer corte del EP. Lo furtivo: lo que se hace a escondidas o de manera disimulada y, también, el que caza sin permiso. La rebaba: ese trozo de materia sobrante que hay en un objeto cualquiera y que sobresale de manera irregular. Claudio nos dirá que son canciones más intimistas que las anteriores, más electrónicas y profundas, otra vez la raíz y el folclore «pero más quizás en la letra y en el modo que en la forma». Y Antonio intervendrá: «Habla de esa soledad que tú sientes cuando te metes en la marisma. Encontrarte solo en una inmensidad tan grande». Y Karvy agregará: «Un policía que te esté buscando se va a perder porque es un desierto enorme con agua». 

Dentro del coche, la materia sobrante: «Las rebabas despreciadas/ Son las únicas que rebotan luz/ Guarda en cristal/ El señor tiempo en tarros de cristal/ Guarda en cristal/ Nuestras rebabas no paran de arpegiar». En alguna pantalla anterior, las imágenes del videoclip, con paisajes de las marismas, ventosas, desiertas, y un cuerpo humano sin rostro, casi fluorescente, en posiciones de danza contemporánea, acentuando diferentes estados de ánimo con su coreografía: incomodidad, juego, fiesta, incertidumbre. A medida que cae la tarde y la luz se va haciendo más tenue, los mosquitos se adueñan de la inmensidad y empiezan a chuparnos por docenas, centenas tal vez, con total paciencia después de aparcar y recorrer Marismillas. Nos esperarán en San Leandro y también en otros pueblos nuevos y viejos levantados alrededor de las marismas, algunos comunicados por paradójicos caminos secos de tierra y polvo, atravesados por el cemento del canal. Y cuando llega la noche, la inmensidad ahora se vuelve más invisible que nunca y pensamos cómo se sentirá la soledad aquí, quienes serán en carne y hueso esos hombres fosforescentes de la portada de Furtivo. Cómo será agazaparse y ser perseguido, la incertidumbre de no saber a dónde huir ni por donde vendrán. El desasosiego en su esplendor absoluto.

marismas y Canal de los Presos
Pirámide en las marismas.

El vídeo, el libro y el documental

«¿Tú te imaginas celebrar una boda en Auschwitz? Aquí la gente se casa y celebra comuniones en el cortijo de Los Arenosos, que fue un campo de concentración. O celebran raves debajo del canal». Una voz distorsionada y grave pregunta y responde, la silueta difuminada de un hombre se mueve en una estética cargada de distopía y de imágenes de presos trabajando en un canal cuyos brazos de cemento transcurren invisibles y extendidos por todos los pueblos de las marismas. Antonio reconocerá que quizás los textos sean un poco exagerados y que, a veces, las comparaciones son odiosas, pero estaban buscando una manera atractiva de llegar con el mensaje y, al fin y al cabo, eran campos de trabajo forzados. Claudio lo ratificará: «Y yo voy a la boda y hay ciertos momentos que me pongo como todo el mundo, como a nadie le importa ya está ¿no? Pero sé lo que pasó ahí. Y creo que es de ley que lo sepamos todos los que vivimos cerca. Es que no hace seiscientos años, es que hace nada que pasó». 

En un capítulo del libro El canal de los Presos (1940-1962). Trabajos forzados: de la represión política a la explotación económica (Crítica), Reyes Mate también se refiere a Auschwitz dentro de la paradoja de la negación del crimen dentro del crimen: «Auschwitz no remite solo a la liquidación física de seis millones de judíos, sino que también señala un proyecto de silenciamiento y destrucción de todo rastro del crimen. Era el mayor desafío a la memoria». Según este volumen que, probablemente, sea la investigación más completa sobre el tema, no hay una cifra exacta de la cantidad de presos que pasaron por la construcción de esta obra faraónica, ni a quienes se fusiló por incumplir órdenes ni cuántos murieron accidentados o sufrieron torturas físicas y psicológicas ni tampoco cuantas personas acabaron en otras colonias penitenciarias para pasar hambre y sed, soportar cientos de piojos y garrapatas o ser juguetes de los carceleros en simulacros de fusilamientos.

El libro recoge algunos testimonios de sobrevivientes. A Gil Martínez Ruiz siempre lo conocieron en Los Palacios como «el Preso», nunca se pudo escapar realmente del campo de concentración y se llevará el estigma hasta la tumba. A todos los obligaban a cantar el «Cara al sol» con el brazo alzado y a rezar, gente de izquierdas y profundamente atea, sometida no solo a trabajos a destajo sino a diferentes mecanismos de humillación. «Todos los días ponían en el cuarto donde estaban los jefes de funcionarios un cartel que anunciaba el menú diario pa los presos, y en vez de poner primera comida, segunda comida, ponían primer pienso, segundo pienso y tercer pienso, porque a la vez que comían los presos comía la caballería, y no se hablaba de comida pa los presos sino de pienso. Eso se hacía pa humillar, figúrate», recuerda Luis Adame. 

En el documental Los últimos colonos de Paco Aragón alguien se anima a dar una cifra de la cantidad de esclavos que trabajaron en el canal entre 1940 y 1953: entre siete mil y ochomil presos políticos, a los que se sumarán después los presos comunes. Los obreros que hicieron la excavación, los peritos, topógrafos, ingenieros, personal de oficina: todos presos políticos. Y todos viviendo en campamentos con elementos característicos de un campo de concentración: doble alambrada, puestos de vigilancia, focos y rondas nocturnas. Y hay otra cifra en este documental: más de ciento treinta intentos de fuga, muchos de los cuales acabaron con fusilamientos ejemplares delante de todos los presos.

Torre del Águila

Seguimos uniendo los retazos del canal de los Presos y en este tramo del viaje nos recibe el actual encargado de este embalse, Emilio Carmona Roldán, y el antiguo, su padre Emilio Carmona Aguilera, quien nació en 1941. Han sido tres generaciones familiares a cargo de Torre del Águila desde que fuera construido y, para su desgracia, nos cuentan que Emilio nieto no podrá cumplir su sueño de seguir con la saga porque en la actualidad es más complicado, ahora hay que aprobar las oposiciones en Madrid y eso es muy difícil. 

Recorremos las instalaciones del canal, entre un persistente olor a pino y Emilio padre nos enseña las piedras de la escollera que sostiene el puente que cruzamos: colocadas una por una a mano, «como un rompecabezas», conformando una alta pared en la que «a cada piedra se le encontraba una posición y si no se la picaba y pulía a mano para que cupiera». Nos cuenta que «los civiles y los presos eran una gran familia» e insiste en que no hubo tratos vejatorios. «No tiene sentido desenterrar a los muertos, enemistar a la gente que es lo que hace este gobierno», nos dice cuando insistimos. Está tan orgulloso de la presa que pareciera que la hubiera levantado con sus propias manos. 

Emilio nieto, de veintitrés años, aparece antes de que nos vayamos con una camiseta de la Policía Nacional que nos hace pensar que es, efectivamente, policía, pero que no, se trata solo de una camiseta de entrenamiento. El abuelo y el padre están contentos porque el muchacho se ha colocado en la Comunidad de Regantes y trabaja con una moto repartiendo el agua. «Algo vinculado con la presa, al menos». Nos acercamos al coche y vienen a despedirnos un perro de la calle adoptado por la familia que se llama Paco y una cerda vietnamita llamada Pepa. Volvemos al coche y a la música: «El día que yo me muera/ dale un beso a la morera / Que los gusanos que me coman/ lleven algo de tu aroma». Y nos preguntamos a cuál de los tres Emilios le gustará más esta canción de los Pirámide.

marismas y Canal de los Presos
Pirámide en canal de los Presos.

Los Palacios y Pirámide

Para ver a los Pirámide hay que estar aquí, venir, desplazarse a la tierra sobre la que escriben y componen. Porque no viven en ninguna capital de la música, no están buscando suerte en ninguna tierra prometida de la industria. Claudio, Antonio y Karvy tienen sus ojos y oídos puestos en los sonidos electrónicos que circulan en el mundo y también en el folclore del Bajo Guadalquivir que legaron de sus madres y padres, abuelas y abuelos. Y su día a día transcurre en Los Palacios y Villafranca, a pocos kilómetros del canal de los Presos y de las marismas. 

Claudio venía del rock clásico y el grunge y Antonio de la electrónica, eran compañeros del instituto y fue Antonio quien, de a poco, arrastró a Claudio hacia estos nuevos sonidos. «En la música electrónica encontramos nuevas maneras de experimentar», dice Claudio y mira a su amigo y le agradece: «Lo que yo me di cuenta a los treinta o treinta y cinco años tu llevabas viéndolo de toda la vida». Antonio mira a su alrededor, estamos en la sala de ensayo de los Pirámide: «Aquí no paras nunca de aprender, porque es que todos los meses te sacan algo nuevo. Y es una putada porque de lo viejo no te quieres deshacer y tienes que comprar cosas nuevas y después no te caben. Y te pasa eso, te conviertes en un Diógenes». Efectivamente, el estudio está repleto de samplers, sintetizadores, teclados, guitarras y hasta una enorme batería. 

Karvy entra al grupo en diciembre de 2020, cuando Antonio y Claudio estaban a punto de sacar el primer EP, El Canal de los Presos, con un sonido cercano a la electrónica minimal y con influencias de Thom Yorke y Cabaret Voltaire, más el impacto escénico y conceptual de Gazelle Twin. «A mí me gusta Pirámide antes de estar en Pirámide. Yo los había visto en directo tres o cuatro veces y a mí me encantaban», dice Karvy, quien, además de participar en lo musical, está a cargo del concepto visual del grupo. Su estreno en el estudio de grabación fue con el segundo EP de Pirámide, Furtivo, pensado, ideado, grabado y conceptualizado por la actual formación y con un sonido mucho más cercano al trip hop estilo Bristol (Portishead, Massive Attack) y la infinitud de las marismas como leitmotiv principal.

Entre los muchos motivos por los que venimos a visitar a los Pirámide, nos interesa saber qué repercusión ha tenido en el pueblo, en la zona, en algunos de los sitios que visitamos estos días, que tres jóvenes hayan removido un tema tan delicado para la celosa memoria histórica de muchos españoles. «Tenemos el canal de los Presos a doscientos metros y había gente que no conocía su historia o que le sonaba porque lo había escuchado, pero nadie se había parado a reflexionar sobre todo lo que supone la obra. Y en generaciones más posteriores como la de Karvy todavía estaba más acentuado», dice Antonio, que tiene cuarenta años, al igual que Claudio (Karvy tiene veintisiete). «Está muy extendido en toda esta zona el rollo de los pantanos, los canales y la reforma agraria. Y a quienes más benefició todo eso y el canal de los Presos fueron a los grandes terratenientes», dice Claudio. «Los de nuestra generación tenemos la obligación de sacar las cosas a la luz. Creo que la generación previa a la nuestra tiene cierto adoctrinamiento cultural que evita que hablen o si hablan, lo hacen desde el punto de vista muy protector: nosotros vivíamos en otro pueblo y no teníamos nada, nos trajeron un tractor o una burra y un carro y para nosotros eso fue la vida», agrega Antonio.

Otra cosa que nos interesa es cómo conjugar un lugar de memoria con un lugar de ocio. Como llegar a un equilibrio y no caer en la frivolidad de las bodas y los deportes acuáticos y ese paisaje idílico con sol cayendo bajo el agua pero tampoco en la sordidez de un monumento inerte. Antonio tiene una idea: «Lo importante es informar. Después, cada uno le puede dar el concepto, la entonación o la interpretación que quiera. Pero por lo menos informar. A lo mejor para ti prima la cordialidad y no le quieres dar más importancia, pero para él no. Pero por lo menos vamos a informarlo a los dos y luego cada uno es libre de cómo reaccionar ante eso, pero que esa información surja, que no se quede ahí enterrada».

Embalse de Peñaflor

«Escarba en la tierra, / pica la piedra, / la Memoria no / se encierra». Antes de abandonar el sur nos queda una última parada. Pasamos por pueblos de colonización y pueblos viejos metidos en carreteras estrechas adornadas de pozos y naranjos, seguimos la línea del río Guadalquivir y bordeamos el área metropolitana de Sevilla sin entrar en la capital, atravesamos el polígono industrial La Isla, cruzamos muchas rotondas y el parque empresarial El Copero muestra con orgullo las fachadas de Shell y de Amazon, de sus silos gigantes. Hasta que llegamos al embalse de Peñaflor, la presa donde nace el canal de los Presos, desprovista de cualquier tipo de cartel informativo. Si no hubiésemos pasado tantos días escuchando, hablando, leyendo e investigando sobre el tema, si no supiéramos algo, el embalse solo sería alambrada corroída y explanada repleta de musgo pero sin la sombra de los trabajos forzados. ¿Cuánta gente pasará a diario por esta carretera sin saber, sin mirar, sin nada más que dejar atrás? Y como una especie de broma, aunque muy en esa línea de concordia que mencionaba Antonio, se alza un obelisco conmemorativo con imágenes costumbristas en su base como un homenaje frívolo y leve a los trabajadores rurales. Sepultando, también, a esa cifra inasible de todos esos hombres con la espalda rota y la piel quemada y el cuero cabelludo comido por las liendres que levantaron los cimientos de toda esta oscuridad.

marismas y Canal de los Presos
Embalse de Peñaflor.

Coautor 4149


Monegros: mujeres en primera línea de campo

monegros mujeres campo
Elena Alcubierre en su granja de Lanaja. Foto: Laureano Debat.

Monegros explota en colores durante las primaveras lluviosas. Las amapolas bordean las carreteras y los caminos, devolviéndole la circulación sanguínea a una tierra agrietada por la sed. Pero cuando el agua falta hasta las chicharras se quedan afónicas. Por eso, la llegada del regadío supuso un antes y un después en una zona cuyos cultivos dependían de la clemencia del cielo. Aunque no fue fácil: los gobernantes que debían dar luz verde al canal de Monegros se mostraron vacilantes y su construcción se vio paralizada, así como también las esperanzas de un baldío que necesitaba el agua para comer. Fueron las mujeres, procedentes de varios de los tramos por donde debía pasar el canal, quienes se movilizaron un 25 de febrero de 1915 para pedir que se concluyeran las obras que ponían en jaque las oportunidades de sus municipios. Llegaron de noche a Huesca, las hospedaron en posadas y, al amanecer, el gobernador civil pidió que las sacaran de la ciudad. Demasiado ruido. Sin embargo, las canalistas de Lanaja no se fueron, resistieron a las puertas de la ciudad defendiendo su propuesta. Y el canal continuó construyéndose.

Cien años después, el tablero del juego ha cambiado. La entrada en la Unión Europea y los avances tecnológicos y sociales han hecho que se produzcan innovaciones no solo en las formas de trabajo sino también en las oportunidades generadas. Aragón también es una región abatida por la despoblación en el medio rural: el 50 % de sus habitantes viven en las ciudades, donde las mujeres hallan una mayor tasa de inserción laboral. Es por ello que desde la Universidad de Zaragoza han desarrollado el Estudio de la Situación del Mundo Rural Aragonés desde una perspectiva de género, con datos actualizados hasta 2020. Porque resulta imprescindible abrir un debate que aborde la igualdad de oportunidades en el medio rural. En Monegros, el empleo en la agricultura y ganadería durante el año pasado representó el 17,22 % del total de los puestos de trabajo, de los cuales un 32 % fue para las mujeres. 

Esta comarca ha sido tierra de montes negros, de tiros cruzados por los bandos en la guerra. De sol y campo. Quizá muchos de los que ahí viven no sepan que en otro tiempo fue mar y obvien el hecho de que alguna de las piedras que lanzaban cuando eran niños son animales fosilizados hace millones de años. Un lugar donde los campos cambian de color sin avisar: del gris invierno al verde primavera, del amarillo de verano a los naranjas de otoño. Pendiente de la lluvia y dependiente de los nuevos sistemas de regadío. Tierra domesticada a brazo arremangado. Territorio construido y contado con sustantivos masculinos, que ha olvidado que también sus nombres son femeninos. 

Ole tus lunares

El día que Esperanza Valero puso un pie por primera vez en Robres junto a sus 5 Magníficos, puesta y dispuesta a ser el centro de la orquesta de las fiestas, no sabía que entre el frío acurrucado de febrero iba a encontrar el amor. Un amor que primero sería de carne y hueso y que luego también tomaría a la tierra. 

El 22 de marzo cumplió setenta y cinco. Lleva viviendo aquí más de cuarenta y siete años, que son los que tiene su único hijo. Nos atiende en la plaza frente de su casa, rodeada de tanques de la guerra civil que ahora solo son escultura y memoria. Nacida en un pueblecito de Cuenca, su familia se mudó a Manresa cuando ella tenía diez años. Allí había muchas fábricas y con tan solo doce años empezó a trabajar haciendo hilo para los telares. «Yo era así de alta, me parece que me he encogido. Si venía una inspección me decían: tú di que tienes dieciocho». 

El suyo es un viaje con efecto bumerán. Se fue del pueblo para acabar siendo adoptada por otro, pero eso sería más adelante. Primero anduvo cantando por los matinales radiofónicos con catorce o quince años, donde coincidió con Peret, Rudy Ventura y el Gato Pérez. Giró de forma altruista por hospitales y orfanatos a través de la asociación Arte, Alegría y Caridad de Manresa hasta que la fábrica cerró. Entonces su altura y su edad se habían equiparado: con dieciocho años cumplidos le surgió la posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música con el grupo Esperanza Valero y Los 5 Magníficos. 

Así fue como llegó a Robres para la fiesta de San Blas. «Yo en la orquesta iba a trabajar, se piensa la gente que solo ibas de fiesta. No. Es un trabajo y duro. Íbamos a Navarra, País Vasco, Aragón, Cataluña, menos Andalucía anduve por toda España. Y en Manresa aún hoy ponen mis discos, allí soy muy conocida». En la fotografía de la portada del disco Ole tus lunares comprobamos el impacto de sus ojos oscuros, la belleza y el desparpajo de la joven cantante. Y cuesta poco imaginar cómo Lorenzo cayó rendido a sus encantos el día que la conoció, trayéndola y llevándola al camerino situado a las afueras del pueblo. 

Un año después de conocerse, escribirse cartas y visitarse esporádicamente, se casaron y Esperanza se instaló definitivamente en Robres. Seguramente su llegada al pueblo monegrino no dejó indiferente a nadie. «Supongo que alguna diría pues a los cuatro días se marchará esta». Pero no se marchó, al contrario: compatibilizó sus aprendizajes de madre primeriza con la construcción de su primera granja de cerdos en un campo de su marido, quien nunca había mostrado especial interés en el sector primario y trabajaba por cuenta ajena en la fábrica de lácteos RAM.

monegros mujeres campo
speranza Valero en el portal de su casa en Robres. Foto: Laureano Debat.

Con el mismo entusiasmo con el que recuerda la noche en que acompañó a Julio Iglesias en una actuación en Barbastro, nos habla de cómo su emprendimiento rural fue creciendo. Empezó con una granja de cerdas madres para criar lechones, la amplió a quinientas plazas y la integradora para la que trabajaba se echó para atrás. «Nos dijeron que tenían que ser de mil para arriba. Pues entonces dijimos: vamos a pasarlo a cebo. Con aquello se ganaba mucho dinero pero se trabajaba mucho. Pero a mí me gustaba, los cogía, les daba besos, todo». 

Para poder ir y venir a la granja tuvo que aprender a montar en bicicleta, pero en las gélidas noches de invierno de Monegros no parecía un buen plan, así que se sacó el carnet de conducir y se compró un Panda. «Me llamaban la viuda, no sabían que tenía marido. Como él no venía a cargar el camión. Yo misma con un saco y una tabla me cargaba cien cerdos y, además, en media hora. Y cuando llegaba ahí, a la primera vez que venían a cargar para los mataderos decían: oh una mujer, una mujer. Y yo decía: pues me cago en la mar, sí, una mujer, una mujer. Y luego ya no me decían nada porque los cargaba igual o mejor que ellos». 

Hoy, a sus setenta y cinco años, después de sostener la economía familiar cuando su marido cayó enfermo, de enseñarle el oficio a su hijo con una empresa en funcionamiento y de trabajar como restauradora en la iglesia del pueblo, Esperanza Valero es una parte fundamental de Robres. Siempre llena de vitalidad y de humor, partiéndose de risa hasta cuando cuentas cosas como esta: «Una vez salíamos de misa con la cartera, Mariflor, la pobre que se murió. Nos metemos en el bar a tomar un vermú y nos sentamos en una mesa. Era todo hombres. Y dice uno: ¿y estás, qué hacen aquí? Y hace el otro: déjalas, que estas trabajan». 

Brazo ejecutor

Nadie mejor que Belén para definir quién era Angelines Aguín: «Mi madre ha sido una curranta nata y eso no se lo quita nadie. Pero curranta, curranta».  La voz de la hija en pretérito perfecto nos confirma que aunque hace cinco años que falleció, Angelines sigue muy presente. Hija de colonos de San Juan del Flumen, trabajó mano a mano con su padre en el campo. La apodaron la «chica-chico» porque siempre estuvo en primera fila en el sector de la agricultura, en un terreno muy masculino que para ella fue de lo más normal. En su intervención televisiva en el programa Aragón en Abierto lo dejaba claro: «Yo soy como soy, un hombre a mi lado puede hacerlo igual que yo o yo igual que él, ni no soy ni más ni menos». Acudimos a su hija y a su marido para que nos ayuden a revivirla desde los ojos de quien la ve como un referente y desde la mirada de su compañero de vida. 

Salvador Andrés nos recibe en la casa familiar que compartió con Angelines, cuya imagen aún persiste en los portarretratos de las estanterías. «Éramos un equipo. Yo llevaba más las cosas de contabilidad y sulfatos, los temas teóricos. Ella era más dicharachera, le gustaba más charrar, ir para aquí con el camión o el tractor, ir a los talleres le encantaba. No me he sentido en ningún momento discriminado ni nada, pero cuando íbamos de viaje a algún sitio me tocaba a mí coger coche, fíjate tú. Pero el camión siempre lo ha cogido ella». 

Con Belén tomamos algo en un bar de Zaragoza y nos cuenta que su madre viene de una familia que siempre se dedicó a la agricultura, que no conoció otra cosa, probablemente, porque antes tampoco había mucho más formas de salir adelante en Monegros. Habla de ella como lo que fue: una pionera y una luchadora. Aunque desde fuera pudiese ser anómalo, Belén nos lo deja claro: «Mi madre se encontraba muy a gusto en un mundo de hombres. A mi madre no la mandes a la Asociación de Mujeres, a ella no le gustaba estar ahí». 

Angelines y Salvador empezaron dedicándose a la hortaliza, sobre todo a la lechuga, que ellos mismos cultivaban, recogían, envasaban y llevaban al mercado. En aquel entonces hacían falta brazos y a Belén también le tocaba ir a echar una mano con doce años. «Mi padre era el que pensaba y mi madre el brazo ejecutor», recuerda. Después primó el tomate, pasaron al pimiento hasta llegar a la cebolla. Fueron creciendo sin intermediarios, haciendo todo ellos mismos. Angelines se levantaba a las siete de la mañana, iba al campo, envasaba, recolectaba y a la noche salía para el mercado a llevar la mercancía, regresando a casa cerca de las dos de la madrugada. Dormía poco, madrugaba mucho y no perdonaba, eso sí, su hora de siesta. 

De una hectárea de cebollas pasaron a tener más de cien. Y con esta hortaliza hicieron dinero y montaron una empresa exportadora que solo se vio frenada cuando sus hijos se hicieron mayores. Belén no fue educada para dedicar su vida al campo: «Sí que a mi madre le hubiese gustado que mi hermano se dedicara a la agricultura y a mí me decía siempre que me fuera, que aquí no me quedara. Es un poco contradictorio, porque ella no defendía tampoco que sean solo los hombres los que deben trabajar en la tierra». 

Pese a la insistencia de Salvador, Angelines nunca dejó de fumar y un cáncer de pulmón se la llevó a los sesenta años: «No nos ha ido mal, hemos trabajado mucho y ahora tenemos un patrimonio decente para vivir. Y sin más. Y ahora que empezábamos a vivir bien y que no íbamos a jubilar pasó esto. Pues ¿qué le vamos a hacer?», nos dice, borrando la sonrisa que le ha acompañado durante toda la entrevista.

En Mercazaragoza aún se deben acordar de aquella Angelines vital y decidida, que saludaba a los puesteros y hacía bromas y le resbalaban las miradas masculinas que se preguntaban qué hacía una mujer sola entrando en ese recinto sacrosanto de la testosterona. Una mujer que siempre se hizo respetar en un mundo de hombres y que despertaba admiración y, seguramente envidia, entre muchas mujeres de la zona. Porque en San Juan aún se dice que no había nadie como ella.  

Descalza en el arroz 

«Algunas veces me hablaban como la secretaria de ATRIA y yo tenía que aclarar que no, que soy la técnico». María Carmelo lleva desde los años noventa como técnica de la Agrupación para Tratamientos Integrados en Agricultura. Nos lo cuenta en el patio de su casa en San Lorenzo del Flumen, el pueblo de colonización al que sus padres llegaron cuando ella tenía cuatro años. Su futuro siempre estuvo vinculado a tener una formación académica, pero su relación con el campo surge tras abandonar la carrera de Medicina. 

Los dos años que pasó decidiendo cómo continuar su formación, estuvo trabajando junto a su padre en la producción de fruta. Pero Monegros no es precisamente una zona frutícola y la falta de infraestructura dificultaba el desarrollo de esa actividad. Era demasiado trabajo: controlaban las plagas que podían dañar los árboles, contrataban cuadrillas para que les ayudasen a recolectar la fruta que luego guardaban en una cámara frigorífica, su madre se encargaba de prepararla para la venta y María con su padre la llevaban al mercado. «A mí lo del tractor  y la maquinaria no ha sido lo que más me ha gustado. Iba a hacer los tratamientos sanitarios, coger la fruta y clarear».

Entonces se marchó a la Almunia de Doña Godina a estudiar Ingeniería Técnica Agrícola. Toda esa experiencia acumulada hizo de María una estudiante privilegiada: «Muchas de las cosas que veía en la facultad ya las conocía y las sabía de sobra, mientras muchos de mis compañeros o compañeras no tenían ni idea. Por ejemplo, distinguía perfectamente una rama de manzano de la de un peral en la prueba de identificación de maderas frutales con verla». Durante el tercer año de carrera, un profesor le propuso encargarse de un estudio sobre el arroz para investigar una plaga que estaba obstaculizando su cultivo en la zona de Monegros y su nivel de especialización la llevó hasta la que ha sido su ocupación principal. 

monegros mujeres campo
María Carmelo en el patio de su casa en San Lorenzo del Flumen. Foto: Laureano Debat.

María entraba en los campos de arroz descalza porque con botas de tacos se corría un alto riesgo de quedarse agarrada en el fango, eso se lo había enseñado su padre: «Yo lo primero que hacía era quitarme los zapatos y entrar al agua. Ya si te veían entrando al agua era otra cosa». No almacena malos recuerdos asociados a un trato machista por parte del entorno, pero sí que reconoce, como otras entrevistadas, que tuvo que demostrar su valía porque la ponían a prueba todo el tiempo: «Tú vas a un campo que tiene un problema y un agricultor que se ha dedicado toda la vida a eso va a decir: y este ingeniero va a venir a enseñarme a mí. Independientemente de si eres chico o chica, pero si eres chica hay mucho más reparo. También, si eres chica, parece que siempre tienes que demostrar algo más, que tienes que saber más. A mí han venido con una hierba a decirme a ver qué tal este arroz y eso no era arroz ni nada, era una hierba». 

Hoy es una profesional muy reconocida dentro del sector primario. Fue la primera y única mujer en integrarse en el Consejo Rector de la Cooperativa de Sariñena (1995-1999), concejala del ayuntamiento de Lalueza por el PSOE durante ocho años, miembro del Sindicato de Riegos y, en la actualidad, es representante del sector del arroz a nivel nacional y en Bruselas a través del COPA COGECA. No concibe la figura del agricultor con poca o ninguna formación. Nos dice que hay pocos sectores que conozcan tan bien el funcionamiento de la Unión Europea como los agricultores, que saben de normativa y su aplicación y que actualmente están aumentando sus reivindicaciones ante la falta de trasparencia sobre los cambios que habrá en la política agrícola común a partir del 2023. El sector ha cambiado, se ha profesionalizado, pero sigue siendo muy dependiente de la intervención pública y, eso a fin de cuentas, como la misma María reconoce, lo convierte en algo muy burocrático y lento. 

Viaje a la semilla 

«Eso me hizo cambiar el chip. Hay gente que está dispuesta a llevarse este producto cueste lo que cueste», dice Ana recordando uno de los primeros días en la panadería:

—Quiero un bollo.

—No quedan de hoy, son de ayer. Estarán buenos, pero ya que vienes a comprar no te quiero vender un bollo de ayer.

—Dámelo.

—Pues te lo regalo.

—No, no. Te lo voy a comprar y te lo voy a pagar porque quiero seguir comiendo este bollo toda mi vida. Y si no apuesto por vosotros y si nos regaláis todo, no seguiréis aquí. 

Era al principio. Acababan de abrir y vendían poco y nada. Había que convencer a la gente para que comprara y hacerla probar, ver, testear el producto. Y muchos de sus clientes esperaban a que mejoraran la fórmula, porque los primeros panes salían mal. Pero la gente apoyaba: «No importa, lo llevo igual. Ya os saldrá mejor». 

Los olores y sabores son memoria, a veces engañándonos con nostalgia, otras veces con recuerdos certeros. Juan José Marcén, en el pueblo de Leciñena, se preguntó un día que por qué el pan que comía no sabía como el de antes. Generalmente preguntas así suelen acabar en callejones sin salida que se conforman con el pan de ahora.  La diferencia es que Marcén se empeñó en buscar el camino de vuelta. Y lo encontró. 

Veinticinco años después, su sobrina Ana Marcén recuerda cuando su tío Juan José les hacía probar el pan que horneaba con la semilla de trigo Aragón 03, que se creía perdida para siempre pero que un matrimonio de jubilados de Perdiguera, a cinco kilómetros de Leciñena, seguía cultivando. «Lo hacían por romanticismo, porque había alimentado a toda su familia y no la querían perder. Entonces tenían un poco de campo sembrado con eso», cuenta Ana, la actual gerente de Ecomonegros, la empresa familiar que impulsó la recuperación de este tipo de trigo original y que volvió a hacer el pan como antes. 

Ecomonegros abrió en 2006 como una panadería en Leciñena con obrador de panes y bollos preparados con trigo Aragón 03. Quince años después es una empresa con tres panaderías en Zaragoza, una tienda online y el obrador de Leciñena con su despacho y centro de operaciones de una firma que vende trigo, harina, pan y repostería, y que da trabajo a quince personas a jornada completa y a dos freelances. Hay otros molinos que cultivan este mismo trigo y lo muelen, panaderías en Sevilla que les compran la harina para hacer el pan y hasta comunidades de Mallorca que les compran la semilla para cultivar Aragón 03 para autoconsumo. Incluso el cocinero norteamericano Dan Barber, famoso por explotar una vertiente claramente ecologista en su cocina, vio un reportaje sobre Ecomonegros en BBC World y los contactó para conseguir el trigo Aragón 03, al que ha juntado con otra variante autóctona de Estados Unidos para crear el denominado trigo Barber. 

monegros mujeres campo
Ana Marcén en el obrador de Ecomonegros Foto: Toni Galán.

Ecomonegros abre doscientos treinta y siete días al año y treinta y seis horas a la semana. «Hay mucha gente que se queda sin pan y nos dicen que lo tenemos que cambiar. Y yo les digo que no, que para que sigan comprando este pan yo tengo que tener calidad de vida para que quiera seguir haciéndolo. Tiene que ser un winwin: yo gano en salud mental y física, tú ganas en un buen pan», dice Ana, que también canta y compone bajo el nombre artístico de AMA y ahora está en plena grabación de su cuarto disco. También tiene dos libros publicados: una biografía de su abuelo (que aún vive) y otro titulado Cómo hacer todo lo que quiero hacer a estas alturas

Es madre de una niña de cinco años y su jornada laboral empieza cuando la deja en la escuela y acaba cuando la recoge. Fue duro llegar a este equilibrio, incluso antes cuando tuvo aprender a ser emprendedora y vencer sus miedos. «Llega un momento en el que dudas de ti misma. Y tuve que hacer un aprendizaje a todos los niveles, no solo empresarial sino también personal, porque si no era imposible dirigir una empresa con quince personas». Pasó episodios de ansiedad, estrés y depresión que empeoraron cuando fue madre. «Me vine abajo. Yo no podía dedicarle todas las horas del mundo a mi empresa porque me sentía superculpable de abandonar a mi hija. Y guardar ese equilibrio, hablar de por qué yo quiero estar con mi hija en el parque en lugar de estar trabajando, eso no lo entendían. Una gerente no está en el parque cuidando a su hija y no cuelga a un proveedor el teléfono porque su hija está con fiebre y no quiere hablar con nadie».

Para mucha gente comer el pan de la empresa de Ana Marcén representa un fenómeno de magdalena proustiana con emociones dobles, a veces contradictorias: puede haber tanta felicidad como dolor en el recuerdo. «Una señora probó un bollo un día y se echó a llorar. Nos dijo que desde que se había muerto su madre que no había probado un bollo como este». Pero, a veces, vuelven traumas. «Cuando mi abuelo era joven el pan no se hacía como ahora, se usaban trigos muy malos, era la guerra. Entonces, los recuerdos que mucha gente tiene del pan con Aragón 03 no son muy buenos, porque se hacía con mezcla de centeno, de cebada, vete a saber lo que le echaban». Y se acostumbraron al pan blanco porque era cosas de ricos, porque hablar de pan negro, de semilla Aragón 03 ahora es oportunidad y emprendimiento, mientras que antes fue resignación y necesidad. 

Vacaciones a regañadientes

La granja de Isabel Atarés está situada en las inmediaciones de Curbe, la tierra de sus abuelos colonos. Cinco años antes, cuando vivía en Huesca, no pensaba que se apasionaría tanto por este trabajo. «Me he ido no sé si dos o tres veces de vacaciones. Y a regañadientes. Y este año pasado que me operaron», dice mientras mete trozos de paja en la boca de sus terneros, que sacan sus cabezas entre las rejas. Estando de viaje se lo pasó todos los días llamando, con el sentimiento de haber dejado a un hijo. La operación también supuso una pausa en el trabajo y, pese a las recomendaciones de que tenía guardar reposo, no pudo evitar ir a echar un vistazo y  controlar que todo estuviese como es debido. 

A lo que parecería ser completamente una adicción al trabajo y un placer inigualable por estar ahí, hay que sumar también la explicación comercial: «Una granja de terneros no es lo mismo que una granja de cerdos, un ternero no vale lo mismo que un cerdo. Un ternero no se pone malo y se le deja o se le mata, aquí hay que sacarlo adelante como sea». Ella cobra por ternero y día, si se le muere uno al día siguiente ya no lo cobra. Es como un hotel en el que el tiempo promedio que pasa un ternero es entre dos y tres meses. Y de aquí van a la granja de cebo, donde se les da un pienso especial para el engorde. 

A toda la familia les gustaba el campo y decidieron irse a vivir a Curbe hace cinco años. Isabel había estudiado formación profesional superior de Administración y Finanzas y en Huesca era empleada en una oficina. Al llegar al pueblo se planteó cómo podría ganarse la vida y, cuando su marido barajó la posibilidad de la granja, ella se negó rotundamente, aunque poco a poco empezó a ceder y ahora no se imagina en ningún otro lugar que no sea este. Un reto que decidió afrontar en solitario, su marido sigue con su trabajo de montador de equipos de riego por aspersión y algún fin de semana la ayuda en tareas puntuales, cuando ella lo necesita. Dar la leche, cuidar a los terneros, revisarlos y todo el mantenimiento diario de la mamonería lo hace ella sola y a diario. Y está feliz: «Nunca se sabe las vueltas que da la vida, pero no me veo volviendo a la vida en una oficina o en el ritmo de una ciudad». 

monegros mujeres campo
Isabel Atarés en su granja de mamones. Foto: Laureano Debat.

Un día normal de trabajo para Isabel Atarés comienza a las siete de la mañana, cuando ya está en la granja para poner la caldera a calentar, echar un vistazo a los terneros y asegurarse de que estén todos bien y no haya ninguno malo, prepararles la leche y dárselas. La leche que beben los animales es agua caliente con polvos especiales para el crecimiento. Cada uno tiene su bidón y una tetina de goma por donde chupan: viendo todos estos aparatos en fila parecen biberones gigantes. Una vez que desayunan, les echa pienso y paja y se va a casa. Por la tarde, se repite el mismo ritual. Entre medio, hace la compra, limpia su casa, cocina y se encarga del papelerío, que suele ser también mucho trabajo. Todo esto de lunes a domingo, de enero a diciembre, todos los días. «Una de las ventajas es que yo me organizo como quiero, aunque esto es un negocio muy sacrificado porque ellos llevan su horario, la leche es a una hora por la mañana y a una hora por la tarde fija. Pero si tengo que llevar a mi madre o al crío al médico puedo levantarme una hora antes y hacerlo, irme a mitad de mañana». 

Y otra de las ventajas es tener a su madre en Curbe, que le ha ayudado en los cuidados de su hijo, que tenía cuatro años cuando se instalaron en el pueblo. «Cuando yo empecé a trabajar en esto ella era la madre y yo la abuela. Recuerdo llegar a casa a las mil de la noche y mi madre gritándole al crío es que no sé qué y yo chica, mamá, déjalo al pobre crío. Y digo: aquí hemos cambiado los papeles, es verdad, lo cuidaba más ella que yo». Ahora Isabel tiene más tiempo, se organiza mejor y sabe cómo administrarse para tener más disponibilidad. Además su hijo ha cumplido nueve años, una edad que lo hace menos dependiente que antes. 

Se siente muy bien tratada y valorada por sus compañeros del sector y niega rotundamente haber sufrido situaciones de machismo. Aunque reconoce que al principio sufrió algo de menosprecio por su falta de experiencia y soportó actitudes prejuiciosas «de gente mayor por la inexperiencia de ser más joven, por haber empezado hace poco, pero hay gente que lo hace bien de toda la vida y gente que lleva toda la vida y lo sigue haciendo mal». Dice que se ha tenido que hacer de otra manera desde que emprendió este negocio, pero se siente orgullosa de descubrirse tan echada hacia delante. Procrastinar no cabe en sus planes, sobre todo porque pagar una hipoteca cuesta tanto y cuando, además de cuidar terneros, hay que sacar adelante una tierra difícil: diez hectáreas que heredó de sus abuelos colonos y que Isabel usa para agricultura. «La tierra que le tocó a mis abuelos es malísima, pero con los años y con el riego se iba volviendo a bien, pero hay que mimarla mucho, hay que saber qué cultivos pones para tratar la tierra y que vaya hacia adelante. Este secarral es salitre puro». 

Granjas y corazones con rotulador 

Elena Alcubierre tiene veintiséis años y es la más joven de todas las entrevistadas. Nos costó dar con ella, que nos hiciera un hueco, lo que da buena cuenta de lo ajetreada que la tiene su trabajo: una semana porque estaba regando, después porque le venían a descargar terneros y, al fin, puede recibirnos una mañana de domingo en la que Monegros se ha despertado lloviendo y los olores de la tierra nos atraviesan y nos calman, a partes iguales, en este pedazo de monte del pueblo de Lanaja. 

«A mí lo que más me gusta es dar la leche. Me levanto, vengo aquí a las siete y media, ocho de la mañana, preparo la leche y les doy de beber, más o menos dos horas por la mañana, dos horas por la tarde. También tienes que echar paja y a veces se puede complicar por alguna baja o hay que medicar, pincharlos porque están malos». Elena usa una plataforma llena de tetinas para que varios terneros puedan desayunar a la vez y, mientras nos cuenta esto, está terminando su jornada matutina.  

Nos mira con sus redondos y vivaces ojos marrones por encima de su mascarilla y nos cuenta que ella vivió en Huesca durante toda su infancia, pero los fines de semana los pasaba en Lanaja, de donde son sus padres. Cuando acabó bachillerato se marchó a Zaragoza a estudiar Trabajo Social y, antes de acabar la carrera, ya tenía claro su futuro: «Surgió la oportunidad de incorporarme a la agricultura por las tierras que tenían mis padres y me lo propusieron, porque a mí me gustaba mucho el campo. A mi hermana, por ejemplo, ni se les ocurrió proponérselo». A pesar de que le encantaron sus estudios en la universidad, confiesa que nunca se vio trabajando de ello, que estar encerrada en una oficina no entraba en sus planes: «Y dije: ¿por qué no me hago una granja, si me  gustan los animales? Y mis padres: ¿pero estás segura de que quieres hacer eso?  Y yo sí, la verdad es que me gustaría. Y ellos me apoyaron desde el inicio».

Sus amigos universitarios se lo tomaron a broma, no se creían que ella iba a estar a cargo de una granja de terneros mamones en medio de Monegros. «La gente de Huesca o de Zaragoza tampoco conocen mucho. Sí, la agricultura, la ganadería, pero no saben exactamente al cien por cien lo que es». Al final, acabaron entendiéndola.

monegros mujeres campo
Elena Alcubierre en su granja de Lanaja. Foto: Laureano Debat.

En el pueblo fue más difícil. La gente de Lanaja asumió desde el inicio que sería un proyecto para su padre, a punto de jubilarse como funcionario. No se imaginaban a Elena como la vemos ahora, con su mono color caqui, una cinta sobre el pelo recogido en una coleta y sus botas de goma, manejándose con soltura entre la maquinaria y los animales, apasionada y desenvuelta, demostrando en cada gesto que este es un proyecto suyo y de nadie más. «Mucha gente se incorpora a la agricultura, pone a la mujer como agricultora y la mujer no se dedica a la agricultura, lo que pasa es que, como te dan una subvención, pues la meten ahí y ya está. La gente quizá se pensaba que era más eso: incorporarme yo por ganar una subvención o lo que sea, y que en realidad se iba a dedicar mi padre». 

Aquellos comentarios le sentaban bastante mal y tampoco entendía del todo por qué esos prejuicios de género. «Las mujeres hace cincuenta años a lo que se dedicaban era a la agricultura y a la ganadería. Y, además, la casa. Pero eso sigue invisibilizado, no se ve reflejado en ningún sitio. Y a esas mismas mujeres les sigue pareciendo raro que una mujer se dedique a esto, siendo algo que toda la vida lo llevan haciendo», dice mientras reconoce que esto de hacer entrevistas le da vergüenza, pero que ha entendido su parte de responsabilidad. Quiere que se deje de ver como algo extraño a una mujer trabajando en el campo y que ya no sea necesario dar explicaciones por ser emprendedora en el sector primario.  

Para Elena, este trabajo es más goce que sacrificio. «La granja no me ata veinticuatro horas, tengo tiempo para todo». Una integradora le lleva el alimento y los terneros, ella solo pone la paja y el trabajo. Recibe la remuneración cada mes y sin brecha salarial: «Me pagan a mí lo mismo que le podrían pagar a un hombre. En ese sentido es totalmente igual». Pone el énfasis en la ilusión puesta en algo que le gusta de verdad y reivindica que «porque seas mujer no tienen que machacarte de esta manera, tanta presión, porque cuando un hombre se incorpora con una granja de cerdos no pasa nada, es su trabajo y ningún problema». 

Desde hace un rato un ternero marrón le está lamiendo la mano. Ella la mueve con naturalidad y le devuelve el cariño sin apenas darse cuenta. Tenemos que parar la entrevista y hacer unas fotos. Elena mira hacia atrás y dice: «Un dato curioso. El otro día estaba mirando agendas que tenía de bachiller, cuando aún estaba estudiando en Huesca, y ya tenía dibujado cómo sería una granja. O sea, que ya me rondaba desde el instituto». Y se echa a reír.  ¿Y no dibujabas corazones? «Sí, claro. Corazoncitos también». 

Coautor 4149