Tierra de saurópodos

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Un paleontólogo inspecciona la réplica de un Lessemsaurus sauropoides, 2010. Fotografía: Getty.

Aristóteles elucubró que el corazón era un componente estructural, un artefacto inanimado, un contenedor, después de diseccionar más de cuarenta animales diferentes. Un contenedor en el que se producía el calor, el principio vital de los animales. Un contenedor del alma. ¿Cómo es posible que el gran Aristóteles se equivocara tanto? Los griegos fueron cazadores con buenos conocimientos de anatomía, e incluso más tarde se realizaron disecciones sistemáticas de cadáveres humanos donde podían observar sus propios corazones. Si uno puede entender las cosas de una manera tan errónea incluso cuando se tiene tanta información, imaginen cuán difícil es entender la vida cuando tenemos tan poca información como nosotros tenemos de los saurópodos.

Probablemente todos ustedes los han visto en películas, en movimiento, comportándose como si fuesen animales reales, y esto nos da una sensación de que debemos de saber bastante sobre ellos, sobre su anatomía y su comportamiento. Pero lo cierto es que mucho de lo que la mayoría de las personas conocemos sobre los dinosaurios tiene un componente de imaginación.

Aunque las elucubraciones son informadas, es decir, se hacen gracias a una buena integración —con la ayuda también de nuevas tecnologías— de información indirecta sobre las condiciones en el pasado y los conocimientos directos que hemos adquirido sobre el mundo moderno, mucha de la información nos viene de fragmentos. Como pequeñas piezas de un puzle: un cráneo incompleto, un fémur, unas cuantas vértebras, el tipo de sedimento en el que se encuentran estos restos, etc.

Por lo tanto, mucho sigue siendo desconocido. Dependiendo de la información de que disponemos —la interpretación de la posición de los músculos, la grasa o las plumas—, un individuo puede ser representado de formas muy variadas. Ahora estamos descubriendo que algunos dinosaurios tenían mucha más grasa corporal de la que imaginábamos en un pasado, y esto ha afectado, entre otras cosas, a cómo los representamos. Como ejemplo, los plesiosaurios, conocidos animales marinos con apariencia de dinosaurios —que en realidad son unos grandes reptiles marinos del Mesozoico— eran representados hace no mucho como temerosos y huesudos monstruos, pero ahora se representan con el aspecto de una gordinflona y alargada foca. Hasta parecen felices.

Por eso deberíamos estar contentos de tener a Argentina, donde se ha descubierto mucha información nueva. Sin los descubrimientos de fósiles argentinos y el duro trabajo de los paleontólogos argentinos, estaríamos aún más en la sombra del conocimiento de los dinosaurios de lo que ya estamos. Gracias a los recientes descubrimientos, la relación entre la especulación y los hechos se ha inclinado fuertemente a favor de los hechos. Pero eso no quiere decir que todas nuestras especulaciones pasadas fueran inútiles o descaminadas. Uno de los objetivos del presente escrito es mostrar que los descubrimientos científicos prosperan precisamente en la interfaz entre la especulación y los hechos. Y que, para poder estar en lo correcto, con frecuencia debemos estar dispuestos a equivocarnos.

En medio de la confusión, no tenemos otra opción que confiar en conjeturas informadas para avanzar. Esto lo observamos tanto en el caso de la ciencia como en nuestra vida cotidiana. Pero debemos mantener una disciplina en la que reduzcamos las especulaciones innecesarias en la medida de lo posible. Si tu teoría hace predicciones que pueden ser probadas, tienes el deber de probarlas. Uno no puede permitirse el lujo de navegar en un mar de ideas solamente impulsadas por palabras que se lleva el viento. La historia de los saurópodos de Argentina es una maravillosa ilustración de ese principio. El conocimiento que tenemos hoy en día se ha construido a lo largo de siglos de trabajo empujado por hallazgos fósiles casuales de agricultores, denodadas obras de artistas, meticulosas mediciones de anatomistas y, lo que es crucial, teorías ocasionalmente audaces y descaradas de científicos inconformes que sintieron que algo estaba mal con el estado actual del conocimiento. Al final, la historia real ha resultado ser bastante digna de atención y variopinta, aunque no incorpora la misma narrativa que originalmente proyectábamos sobre los hechos. Ahora les invito a que nos acompañen en un pequeño recorrido sobre cómo hemos construido nuestra comprensión de estos misteriosos animales prehistóricos.

De todos los dinosaurios de Argentina, quizá ninguno sea tan espectacular como el famoso Argentinosaurus, o el Dreadnoughtus, un hallazgo más reciente. Descubiertos en Argentina en 1993 por los paleontólogos argentinos José Bonaparte y Rodolfo Coria y en 2005 por el paleontólogo Kenneth Lacovara respectivamente, son algunos de los animales más grandes que han vivido en la Tierra. Y su tamaño es algo que ha cautivado tanto a niños como a paleontólogos durante siglos. Con un peso de unos 80 000 kg estipulados para el Argentinosaurus y un tamaño de 30 m de longitud, son tres veces más largos que una guagua (o autobús) y tan pesados como media docena de elefantes. Si lees un artículo típico de la enciclopedia sobre ellos dirá que son unos saurópodos del Cretácico, unas máquinas terrestres de comer plantas que vivieron hace unos 90 millones de años. Con unos cráneos diminutos en comparación con el resto del cuerpo y unos cuellos de unos 17 m de largo que utilizaban para navegar por las copas de los árboles, ingerían inmensas cantidades de comida con muy poco esfuerzo, tan mínimo, que no gastaban energía ni para masticar la comida. Simplemente arrancaban las hojas de árboles y arbustos y se las tragaban, dejando que el trabajo recayese en las bacterias que vivían en sus estómagos, que podían fermentarlas y digerirlas por ellos. De este modo, el gasto energético en este proceso era el mínimo necesario para poder mantener esos grandes cuerpos, cuyos esqueletos presentaban cavidades de aire dentro de los huesos, parecidas a las de las aves modernas, que hacían que fuese más ligero. Con esta descripción general de los saurópodos, uno se queda con la idea de que estamos hablando de unos animales con características exóticas y una apariencia que rápidamente inunda nuestra imaginación.

Lo anterior es una buena historia, bastante creíble y basada en un montón de trabajo duro y pruebas. Pero también es una historia muy reciente. Hace tano solo cien años, nuestra descripción de estos dos animales era bastante diferente. El Argentinosaurus y el Dreadnoughtus son titanosaurios saurópodos. Pero dentro de los saurópodos también encontramos muchos otros repartidos por todos los continentes, como los que forman parte del famoso género Brontosaurus, donde su apariencia, para el ojo no experto, podría resultar indistinguible en relación con los anteriormente mencionados. Si leemos las descripciones del siglo XIX de estos animales, podemos ver que se describen como una especie de anfibio, semiacuático, de cuerpo robusto en forma de barril que vive en terrenos pantanosos o medios acuáticos donde se creía que pasaban la mayor parte del día, comiendo pacíficamente, sumergidos o medio sumergidos, y asomando las cabezas como si de un esnórquel se tratase. Una representación de esta escena la pueden observar encapsulada en la hermosa obra de 1897 titulada Brontosaurus de Charles R. Knight, un paleoartista estadounidense que influyó en varias generaciones con sus obras. Estas ilustraciones son como un fósil —si me permiten la metáfora— de la historia intelectual, que muestran lo lejos que ha llegado nuestra comprensión de los dinosaurios en solo un siglo, reflejo de la propia naturaleza no definitiva de la ciencia. Y esta imagen es tan distinta a la actual debido a que los primeros fragmentos de saurópodos encontrados fueron interpretados como cocodrilos marinos. Era una conclusión extraída de la información disponible en su momento, donde parecía imposible que su estilo de vida no consistiese en pasar largos periodos sumergidos en el agua, debido a su gran tamaño y sus características anatómicas. 

Como habrán notado, las dos descripciones sobre la vida de los saurópodos se diferencian sustancialmente la una de la otra. Entonces, ¿qué es lo que ha causado este cambio en nuestra comprensión de la vida de los saurópodos? Debido a nuevas evidencias y análisis, en los años setenta se empezó a reevaluar la paleobiología de los saurópodos. Unos especímenes mejor conservados mostraron que, entre otras cosas, la estructura de las extremidades y las articulaciones indican una locomoción terrestre, más que acuática, y que la anatomía de los saurópodos era funcionalmente análoga a la de grandes mamíferos actuales como los elefantes. Posiblemente pasaban la mayor parte del tiempo en tierra, aunque también se pasearan por terrenos blandos de ríos y lagunas prehistóricas. Se llegó a la conclusión, también, de que muchas de las supuestas adaptaciones que se habían interpretado como respuesta a una vida anfibia habían sido malinterpretadas. Por ejemplo, se demostró que el aligeramiento del cuerpo, gracias a esos sacos aéreos del esqueleto, no era para facilitar la flotación, sino que eran ideales para resolver los problemas de soporte del peso en tierra. O el cuello, que, en lugar de funcionar como esnórquel, se reinterpretó como una adaptación que facilitaba el movimiento por las copas de los árboles, de manera análoga al de las jirafas actuales.

En el párrafo anterior he descrito sucintamente cómo muchos pequeños hallazgos anatómicos y fisiológicos se reunieron para elucubrar sobre el comportamiento y la vida de los saurópodos. Se requiere una cantidad de conocimientos y una habilidad realmente asombrosa para enlazarlos y poder averiguar nuevos aspectos de los dinosaurios a partir de pistas tan pequeñas. Sin conocimientos y sin una técnica desarrollada, uno no puede simplemente darse cuenta de que en los huesos que está observando hay unas estructuras que albergaban diminutos sacos de aire; o de los minúsculos depósitos de grasa fosilizada; o de las pistas que nos da el sedimento sobre el ambiente en el que se encontraban. Buscar tales cosas, además de requerir cierto conocimiento previo, a menudo requiere la construcción de herramientas especializadas o sistemas de medición químicos completamente nuevos. Pero, para embarcarse en tales proyectos, muchas veces se necesita elucubrar y especular para generar una teoría, aun sabiendo que pueda resultar errónea.

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La pata de un titanosaurio en una réplica del American Museum of Natural History, 2016. Fotografía: Getty.

Un ejemplo interesante de tal interacción entre la especulación y la experimentación viene de la historia de cómo las teorías del comportamiento de los dinosaurios y los patrones de migración ayudaron a impulsar un estudio sobre los dientes de los dinosaurios saurópodos. Una forma inteligente de investigar el comportamiento de los dinosaurios es buscar las pistas menos obvias en los huesos fosilizados de los dinosaurios. Y una de estas pistas se encontró en la composición química de las capas de esmalte de los dientes del saurópodo. Dependiendo del ambiente en el que uno se encuentre, podemos observar la prevalencia relativa de las diferentes variantes del átomo de calcio en el agua, diferencias que terminan en los dientes de los dinosaurios a través del agua que beben. Así, podemos estudiar si los dinosaurios saurópodos se desplazaban por distintos ambientes. Los resultados de esta ingeniosa investigación concluyeron que algunos saurópodos hacían migraciones anuales de hasta 300 km de distancia, probablemente huyendo de los sitios más áridos en las épocas de sequía.

La historia del esmalte de los dientes no es la única pieza de evidencia disponible para saber si era correcta la elucubración de que los saurópodos no estaban confinados a lagos y ríos. Los análisis de los sedimentos, tafonómicos y paleoambientales han demostrado repetidas veces que los saurópodos abarcaron una amplia variedad de entornos sedimentarios. Aunque también se encontraron en terrenos pantanosos y lagos, es evidente que los saurópodos estaban presentes en muchos hábitats distintos. Uno de estos ejemplos lo encontramos en la Provincia de La Rioja, en uno de los sitios de anidación que encontramos en Argentina. Se trataba de una región geológicamente activa que los saurópodos visitaban año tras año para realizar sus puestas. Los análisis sedimentarios demuestran que los saurópodos utilizaban la humedad y el calor desprendido para incubar sus huevos, que situaban en agujeros excavados, como hacen algunos reptiles y aves modernos.

Una vez que hemos descubierto que los saurópodos son más terrestres que acuáticos, se abre un nuevo mundo de posibilidades. Quizá, cuando uno se para a observar a majestuosos saurópodos como el Argentinosaurus, nos surgen muchas preguntas, como cuál era el papel que desempeñaban sus gigantescas dimensiones en su fisiología, su biomecánica, su alimentación o su locomoción. Y, aunque hemos resuelto con elegancia un asombroso número de preguntas sobre sus cómos, todavía nos queda mucho que avanzar en sus porqués.

¿Cómo era su estrategia reproductiva? ¿Era el tipo de nidada un factor que influyó en la vulnerabilidad o no a la extinción de los saurópodos? ¿Y tendría esto un efecto en la tendencia global de la evolución del tamaño de los saurópodos? ¿Qué compromisos conlleva invertir tanto en el tamaño? ¿Existió una carrera armamentística entre los saurópodos y sus depredadores? ¿Fueron las presiones de depredación en parte responsables de la evolución del tamaño de los saurópodos?

No solo son interesantes estas preguntas y muchas otras, sino los caminos que nos quedan por descubrir. En muchos casos no sabemos muy bien dónde estamos, y es excitante pensar que podemos terminar andando por lugares totalmente inesperados. Quizá estas preguntas motiven nuevas excavaciones, o tal vez el desarrollo de nuevos y minuciosos análisis anatómicos. Podría suceder que para atacarlas se requiera la creación de nuevos tipos de herramientas de ingeniería o, quién sabe, es posible que tengamos que esperar a que otro afortunado agricultor nos traiga un hallazgo que hoy nos resulta inimaginable.

Como espero que se hayan ido dando cuenta a lo largo de este escrito, la crónica de Argentina y sus dinosaurios no es la historia de un descubrimiento espectacular repentino, sino más bien la de una serie de televisión que desarrolla su historia paulatinamente. Como cualquier buena serie de televisión, la historia hace pausas de intriga durante las cuales tenemos tiempo para especular sobre lo que está a punto de suceder en esta historia, sobre el siguiente paso. Uno podría incluso sugerir que, sin ese margen para la especulación y el espacio que nos deja para pensar un poco sobre el futuro, no seríamos capaces de comprender la historia en absoluto. Porque gran parte del significado de cualquier historia existe gracias al modo en el que las sorpresas subvierten nuestras expectativas. 

Lo mismo ocurre con los descubrimientos científicos. Es fácil pasar por alto el hallazgo de los sacos de aire dentro de los huesos como una curiosa trivialidad. Pero el hecho de que hubiésemos creado la imagen de que los dinosaurios tenían huesos demasiado pesados para mantenerse erguidos en tierra de pronto hace que el descubrimiento de los sacos de aire sea significativo. «¡Ajá! —nos decimos— ¡Dentro de este pequeño detalle yace una de las claves para entender cómo se mueven y se comportan estos animales!»

Cuando se trata de la historia de los dinosaurios, deberíamos concluir que, probablemente, aún nos quede más de la mitad del camino por descubrir. Cada año aparecen nuevos descubrimientos de Argentina, Chile, la India, China, Estados Unidos y muchos otros lugares que están cambiando la forma en la que pensamos sobre la historia de los animales en nuestro planeta. Y creo que el territorio de Argentina todavía tiene muchos hallazgos que darnos. Estoy segura de que, si uno está un poco al acecho, será recompensado con un montón de nuevo material y alimento para nuevas especulaciones.


La pareja evolutivamente estable (y II)

pareja evolutiva
Fotografía: Cordon.

(Viene de la primera parte)

Aun centrándonos solo en la reproducción sexual, y asumiendo que el hermafroditismo es solo una manera «especial» de ser hembras y machos, aún nos quedan algunas cuestiones interesantes sobre los sexos. La primera: ¿por qué dos?, que viene de la mano de muchas otras como: ¿qué tiene de especial esta pareja? ¿Por qué está tan extendida en el árbol de la vida? ¿Por qué no juntar en cada suceso reproductivo la información genética de tres, cuatro o siete individuos? ¿Y por qué parece ser tan persistente a lo largo de la evolución? Y una segunda: ¿por qué, además de dos, son diferentes? ¿Por qué no son todos los gametos iguales? Como veremos a continuación, en el mundo vivo con reproducción sexual no siempre hay solo dos sexos, y no siempre son diferentes entre sí sus células reproductoras, pero es la condición mayormente observada. Y hay razones que explican por qué ese formato es el más frecuente entre las distintas posibilidades en que se podría organizar la vida sexual de una especie.

Empecemos con el hecho de que sea tan frecuente que entre los seres vivos con reproducción sexual se generen células sexuales diferentes, generalmente de dos tipos. Incluso en la mayoría de los organismos unicelulares con reproducción sexual, aunque no hay algo parecido a hembras y machos, sí ocurre que los gametos que producen son de dos tipos distintos. ¿No les resulta fascinante? A estos gametos los solemos llamar tipo + y tipo -. Aunque son similares en forma, presentan diferencias internas fundamentales que les impiden fusionarse con gametos del mismo tipo. Al igual que dos óvulos si se fusionasen no producirían un nuevo individuo, los gametos con estos tipos reproductivos tienen que fusionarse con células que no sean de su mismo tipo, es decir, los tipo + solo se pueden fusionar con los tipo – y viceversa.

Que sea tan frecuente que los gametos solo den lugar a un individuo si se encuentran con un gameto de otro tipo es un poco paradójico. Eso implica que los organismos han de buscar individuos de su especie que fabriquen el otro tipo de gameto y quieran reproducirse, un proceso de búsqueda que puede ser francamente complicado. Para tratar de explicar la paradoja, y por qué esta es la solución mayoritaria que han tomado los seres vivos, nos vamos a trasladar a una situación muy primitiva, poco después de que se «inventase» la reproducción sexual. Hemos de imaginar dos organismos con fecundación externa, que en la historia de la vida en nuestro planeta se «inventó» antes que la interna. Sería algo parecido a lo que hacen los peces en los documentales de La 2. Dos individuos de la misma especie que para reproducirse liberan células sexuales al mar, células que se tienen que encontrar y fusionar. Esta situación es de por sí problemática, pues en la inmensidad del mar unas células francamente pequeñas han de encontrarse, lo que por intuición se entiende que no es fácil, aunque hayan sido liberados en un espacio cercano. Y a este problema le añadimos, de manera aparentemente innecesaria, que para fusionarse han de encontrarse gametos de dos tipos diferentes. ¿Es realmente necesario? Qué manera de complicar las cosas, ¿no?

Pensemos un momento en alguna especie en que los gametos no son de dos tipos diferentes, sino de un solo tipo. Cualquier gameto que se una a otro puede dar lugar a un individuo. Si un animal de esta especie libera estos gametos al mar, lo más fácil es que sus propios gametos se encuentren unos con otros y se fusionen. Es decir, darían lugar a embriones en que la información genética que se junta provendría de un mismo individuo, no se mezclaría información de individuos diferentes. Esta autofecundación es casi equivalente a la reproducción asexual, pero pasando por complicados preliminares, como fabricar gametos y liberarlos. Así que, si lo que queremos es reproducirnos sexualmente, los gametos que se unen han de saber distinguir si los ha producido el mismo individuo o no.

Las herramientas que permiten a los gametos reconocerse ya estaban disponibles en este mar primigenio. Porque en el mar, incluso en este tan antiguo, hay muchas especies que liberarán gametos al agua. Esto obliga a los gametos a reconocerse como pertenecientes a la misma especie antes de fundirse, porque si se produce la unión entre dos gametos de especies distintas el resultado no suele ser viable. Es por ello que los gametos, a lo largo de la evolución, han desarrollado unas señales que les permiten identificarse como de la misma especie, y que se ubican en su superficie exterior. Estos mecanismos de reconocimiento funcionan de modo parecido al de una cerradura y su llave. Los gametos de cada especie llevan cerraduras y llaves que encajan entre sí, y no se unen a otros tipos de cerraduras o llaves. Esto ya parece un mecanismo en que aparecerán intuitivamente dos tipos, algunos gametos llevarán cerraduras y otros, llaves. Desde luego, los gametos podrían llevar todos ellos cerradura y llave simultáneamente. Pero si algunos portan cerraduras y otros llaves, se matan dos pájaros de un tiro. Porque si un individuo fabrica gametos solo con la cerradura propia de su especie, estos gametos no pueden unirse entre sí ni tampoco unirse a gametos de otras especies. Tienes reproducción sexual, y además con individuos de la especie correcta. Y así, un tipo de gametos presentan todos ellos una llave particular, distinta entre especies, que solo son reconocidas por una cerradura que estaría en el otro tipo de gametos de la misma especie. ¿No les parece bonito? Bonito o no, de esta forma se explica por qué es tan frecuente que los seres vivos produzcan dos tipos distintos de gametos y no solo uno: porque se evita tanto la autofecundación como la unión de gametos de distintas especies.

Pero, claro, esto no nos resuelve la cuestión de por qué normalmente son dos, y no tres u ocho, como a veces leemos en los medios. ¿O sí? Pensemos en una especie, que las hay, en que hay tres sexos, digamos A, B y C. En algunos casos, todos los gametos producidos dan un individuo viable si se fusionan con un gameto de cualquiera de los otros tipos (A con B, A con C y B con C), y a veces uno de estos encuentros no produce individuos viables. En cualquier caso, esto obliga no solo a que los gametos se identifiquen portando en su superficie un mecanismo de cerradura y llave (como antes, en que el tipo + lleva la cerradura y el tipo – la llave), sino que hace falta uno de estos mecanismos para que A y B se reconozcan, otro para que se identifiquen A y C y un tercero para que se puedan identificar C y B. Porque, salvo que haya varias llaves para cada cerradura, cada par de moléculas de reconocimiento ha de ser único. Esto introduce un exceso de complejidad sin estar muy claras las ventajas de ser de los tres tipos, y explica por qué es tan pequeño el número de especies de seres vivos en que hay más de dos tipos de gametos. 

Por otro lado, no hay ningún ser vivo en el que la reproducción sexual implique la fusión de la información genética de tres organismos. O no, al menos, hasta que en 2016 los seres humanos comenzamos a concebir hijos de tres padres gracias al avance tecnológico. En concreto de dos madres y un padre. El padre y una de las madres aportaba al descendiente la mitad habitual de información genética, los 23 cromosomas, y la segunda madre aportaba la información genética que contienen las mitocondrias, un elemento de las células, un orgánulo celular, indispensable para la vida y que contiene su propio material genético. Pero hasta ese momento no había registro de ninguna otra especie que para reproducirse emplease tres fuentes de información. Seguramente por la complejidad que esto implica: que cada gameto haya de encontrarse con otros dos, con sus moléculas particulares de señalización, más un montón de problemas que no abordaremos y que se producen cuando las células se ven obligadas a gestionar números impares de copias de la información genética.

Aunque los gametos que solemos fabricar los seres vivos para reproducirnos sexualmente suelen ser de dos tipos diferentes, esto no lleva a la aparición automática de sexos. Entre los seres vivos en que estos gametos no son diferentes en tamaño y forma entre sí, cuando en lo único que difieren es en poco más que las moléculas de señalización, los cuerpos de los individuos que fabrican uno u otro tipo de gametos no son diferentes. No hay una forma corporal que se pudiera asociar a un «fabricante de gametos +» y otra a un «fabricante de gametos -». Para que esto ocurra hace falta que esos dos gametos diferentes que se generan también sean diferentes en forma y tamaño, no solo en las moléculas que hacen de llave y cerradura. Es decir, no hay nada parecido a lo que conocemos como «machos» y «hembras» si los gametos son poco diferentes entre sí. Y solo empezamos a ver diferencias en cuanto estos gametos empiezan a ser un poco más distintos entre sí.

Así, nuestro deambular por las definiciones de sexo se orienta hacia otra pregunta igualmente interesante: ¿por qué nuestros gametos, como en la mayoría de los seres vivos pluricelulares, tienen dos tamaños diferentes? Este dimorfismo del tamaño de los gametos se denomina «anisogamia» y ha aparecido de manera independiente varias veces a lo largo de la historia de la vida en nuestro planeta. Es decir, la reproducción sexual que emplea gametos de dos tipos, pero de la misma morfología, es el primer sistema que aparece. Y, en algunos linajes, la evolución lleva a la aparición de gametos con diferente forma y tamaño, digamos óvulos y espermatozoides. Esto nos lleva a la aparición, a su vez, de una estructura característica dentro de una especie de los individuos que fabrican un tipo particular de gameto. Aunque este es el método habitual empleado para reproducirse en la mayoría de las plantas y animales que nos son familiares, muchas algas y hongos y muchos seres unicelulares no presentan diferencias morfológicas entre los gametos. Y, por tanto, no tienen hembras ni machos como los que estamos acostumbrados a reconocer. Pero, aun así, siguen produciendo dos tipos de gametos distintos, como vimos con las moléculas de llave y cerradura.

La diferencia de forma es notable, pero aún más la de tamaño. Los óvulos son entre diez y cien mil veces más grandes que los espermatozoides. ¿Por qué se produce esta asimetría tan fuerte entre los gametos en muchos organismos con reproducción sexual? La transición de isogamia (gametos del mismo tamaño) a anisogamia (gametos de distintos tamaños) no ha dejado huella en el registro fósil, y por este motivo el entendimiento de esta transición se sustenta prácticamente en modelos matemáticos. La anisogamia adopta diversas formas y parece haber surgido varias veces de manera independiente. El punto de partida es el mismo que cuando dimos vueltas a por qué existen solo dos tipos de gametos: el mar. En la mayoría de los modelos se comienza con una hipotética especie ancestral que vivía en un medio marino y liberaba sus gametos de dos tipos al agua. La evolución lleva a que los individuos de esta especie ancestral acaben liberando gametos no solo de dos tipos, sino de dos tamaños y formas diferentes. Tres son las hipótesis principales para explicar por qué esto ha ocurrido varias veces en la historia de la vida. Hay modelos que respaldan las tres posibilidades, y de hecho las tres pueden ocurrir simultáneamente, no son excluyentes entre sí.

Detrás de las tres posibilidades reside la eficiencia para lograr un objetivo, en este caso la reproducción, y especializarse. Si un gameto se especializa en un sentido y el otro en otro sentido, al final la reproducción es más eficiente y, por tanto, ese sistema con gametos especializados se convierte en el modo de reproducirse de la especie. Veamos en qué se especializan los gametos en cada una de estas hipótesis.

Para empezar, pensemos un momento en los recursos con los que cuenta un embrión que crece aislado de su madre para conformarse, ya sea un huevo de pez en medio del mar o el huevo de un avestruz. Ese embrión no puede contar con que su madre le proporcione los nutrientes para ir formando sus pequeños órganos, como ocurre con los mamíferos. Todo lo que va a dar lugar a ese pequeño ser vivo, polluelo, renacuajo o mosca, ya está en el huevo. Es decir, en la mayor parte de los animales los dos gametos que se juntan han de traer consigo los suficientes nutrientes para dar lugar a un ser vivo completo. Los gametos pueden traer cantidades dispares de nutrientes. A veces, al juntarse entre los dos, aportarán alimento suficiente para dar lugar a un individuo y otras veces eso no será posible, y la unión de los gametos no dará lugar a un individuo. En esta situación, y para garantizarse el éxito, es plausible que un animal fabrique gametos muy ricos en nutrientes, que garanticen que siempre que sean fecundados haya nutrientes suficientes. Asimismo, una vez que uno de los dos gametos tiende a ser grande, es inútil que el otro lleve más material que el indispensable. Las medias tintas no son especialmente útiles. Hacer gametos con solo dos terceras partes de los nutrientes que harían falta hará que bastantes fecundaciones no den lugar a nada, y que en otras haya nutrientes de más. Así, la especialización de uno y otro es el sistema más exitoso. Unos que aporten todos los nutrientes y otros que no los aporten. Así, ni se derrocha ni se queda corto.

La segunda de las hipótesis tiene que ver con la posibilidad de encontrarse. Estamos en el mar, y los gametos son células que han de encontrarse con otras células que han de ser de una misma especie y del tipo contrario. Esto no parece especialmente fácil, pero, desde luego, es mucho más sencillo cuanto más grande es uno. Hacerse grande es bueno para ser encontrado. Es razonable pensar y, de hecho, en los modelos matemáticos se observa, que un grupo de individuos de esa hipotética especie marina se especializó en hacer gametos de mayor tamaño simplemente porque eran más fáciles de encontrar. Por otro lado, el otro grupo se especializó en fabricar gametos pequeñitos, muy móviles, muy rápidos, con la capacidad de recorrer mucho espacio explorando mucho territorio tratando de encontrar esos gametos grandes que servían de diana. Todo el mundo sabe que es más difícil que dos personas se encuentren si ambos se buscan recorriendo las calles. Es más probable encontrar a alguien si esa persona espera quieta que si, a su vez, se mueve.

La tercera hipótesis tiene que ver con especializarse en el modo de hacer una mudanza. Cuando dos personas deciden mudarse a vivir juntas es mucho más simple si una de ellas se amolda a vivir en la casa de la otra que cuando lo que tratamos es de mezclar los contenidos de las dos casas. ¿Nos quedamos tu tostador o el mío? ¿Me liberas tres estantes para meter mis libros? ¿Prefiero el color de mis cortinas?, etc. Tal como hemos visto antes, cuando se fusionan dos gametos, no solo es que se junte su información genética, su ADN, sino que también hace falta aportar todos los materiales que serán necesarios para generar el nuevo embrión. No basta con juntar los cromosomas, hace falta una célula que funcione, que sea capaz de leer esta información genética para empezar la construcción del futuro embrión. Y, en este sentido, ocurre como en el caso que comentábamos cuando dos personas comienzan a convivir: hay menos problemas si un gameto aporta solo los cromosomas y el otro aporta, además de sus cromosomas, todo el resto de la célula, que contiene, además de nutrientes, orgánulos como las antes mencionadas mitocondrias, ribosomas para convertir la información genética en algo material y un largo etcétera. Es la denominada «hipótesis de la incompatibilidad citoplasmática», en que los espermatozoides aportan básicamente solo sus cromosomas para ahorrarse discusiones en la mudanza.

¿Y ya está? Pareciera que en la sociedad le damos muchas más capas al concepto de los sexos en comparación con la definición en biología evolutiva. ¿Qué pasa con las categorías que los humanos intuitivamente observamos? ¿Por qué los patos machos suelen ser más coloridos que las hembras? ¿O por qué en la mayoría de primates los machos son más grandes que las hembras? ¿Por qué las hembras de muchas especies dedican más tiempo a la crianza de la descendencia que los machos? ¿Y por qué en los seres humanos también observamos características físicas y comportamentales que son, en promedio, distintas entre mujeres y hombres? ¿Es todo esto exclusivamente producto del ambiente cultural? Bueno, lo cierto es que aquí no acaba la cosa. Y, aunque parezca extraño, esto que hemos visto hoy desempeña un papel importante. Pero todavía nos queda un largo camino para entender cómo el hecho de que un gameto sea pequeño y otro grande —una cuestión aparentemente irrelevante, con lo pequeños que son de todos modos— lleva a que los machos tiendan a mostrar caracteres o comportamientos que se parecen mucho a los de otros machos y son distintos a ciertos caracteres de las hembras, que a su vez también se parecen mucho entre sí. Y también por qué este proceso es más notable en unas especies que en otras. En cualquier caso, está claro que las consecuencias de la anisogamia se extienden en las especies que presentan este sistema para reproducirse causando la aparición del dimorfismo sexual y de los roles sexuales. Y así, por ejemplo, esta diferencia entre los gametos está relacionada con los cuidados parentales. Es lo que se estudia bajo el nombre de «cascada sexual», en la que esta asimetría entre los gametos estableció un intrigante legado que es fundamental en lo que somos en muchos aspectos de nuestro comportamiento.

Hoy hemos completado un recorrido por el mundo natural viendo cuántos sexos hay, por qué suelen ser dos y por qué suelen ser diferentes. Esta explicación se aleja muchísimo de lo que solemos leer sobre el porqué de los sexos, y tiene que ver, en parte, con dónde se quiere poner el foco y el propósito de lo que se quiere explicar. La mayoría de las definiciones que se debaten se centran en aspectos casi exclusivamente humanos. Aspectos realmente interesantes, pero que no logran responder de manera satisfactoria la pregunta de cuántos sexos hay. O de si es o no un continuo. Estudiar los determinantes del sexo, los genes o los cromosomas, o estudiar los procesos que dan lugar, durante el desarrollo del bebé, a que presente unos u otros caracteres no ofrece una respuesta incontestable, como tampoco estudiar la variabilidad en la anatomía o el comportamiento de cada uno de los sexos. Atendiendo a la generalidad del mundo vivo, de muchísimas especies, algunas cercanas a nosotros y otras lejanísimas, a lo que para los seres vivos significa sexo, sexos hay dos. Una pareja que, a diferencia de muchas otras cosas que observamos en grupos de dos en el universo, se mantiene a lo largo de la historia de la vida simplemente porque es lo más estable desde el punto de vista evolutivo.

A continuación, y fuera de programa, como dirían Les Luthiers, una última reflexión: ¿por qué las variaciones de las características dentro de cada uno de los sexos, así como las variaciones en los mecanismos tanto genéticos como embriológicos para conformarlos, llevan en ocasiones a postular en los medios de comunicación que hay más? Porque, como comenté al principio, tenemos esperanzas en que una mayor precisión y objetividad pueda llevar a resolver un problema relativo a la asignación de personas a un sexo, uno de los dos, cuando esas personas no se sienten identificadas con el que se le asigna, o con ninguno. Además de la necesidad de conocer el significado de las definiciones en distintos contextos —mismas palabras pueden significar cosas distintas para la sociedad o en biología—, este es un problema inherente que se ha de categorizar: no todo se ajusta bien a las categorías. Categorizar lo que nos rodea es una herramienta que empleamos todos nosotros para poder hacer predicciones sobre el mundo. Al hacerlo podemos hacer estimaciones sobre lo que esperamos de determinada realidad, objeto o ser vivo, porque asumimos que los elementos de una categoría presentan ciertas propiedades. Cada ser humano, como cualquier otro ser vivo, es simultáneamente un individuo único y un sujeto que comparte características con otros individuos. Eso hace que se nos pueda incluir en categorías sobre la que otras personas piensan algo. Y esto es fuente de tres problemas. Por un lado, un sujeto puede no encajar bien en una categoría, o simplemente le gustaría no ser categorizado. Por otro, por motivos sociales, las propiedades asociadas a una categoría pueden ser dañinas para los allí categorizados. La solución a estos problemas podría ser prescindir de las categorías en determinados aspectos (sexo, orientación sexual…), pero esa es una situación que es improbable que ocurra, dado que hacer categorías funciona a la hora de interpretar el mundo, y nuestro cerebro tiende inherentemente a hacer esta clase de simplificaciones. Es muy difícil convencer a todo el mundo que deje de categorizar. Y no siempre querremos que así sea.

Una segunda posibilidad es abrir más categorías, o crear nuevas definiciones, sustentadas en este caso en estudios científicos que describen de forma más exhaustiva nuestra naturaleza, quizá con la esperanza de que así sean más fácilmente aceptadas. Aunque yo no veo claro que esto solucione gran cosa. Por un lado, al ser cada uno de los seres humanos únicos, seguirá habiendo personas que no encajen en una categoría o que no quieran que se las categorice. Y, por otro, hacer más categorías no se relaciona para nada con las propiedades que se les suponen a los sujetos que las integran. Aquel que quiera justificar una posición ideológica discriminatoria lo hará con esta clasificación o con cualquier otra. Y encima se corre el riesgo de estigmatizar a personas que, para manejarse por la vida, usan las antiguas categorías, más «sencillas», sin hacer ningún daño a nadie. Si lo que pretendemos es explicar que hay que respetar la diversidad individual y los derechos humanos, en absoluto es necesario ninguna justificación de nuestros valores morales sustentada en nuestra biología. Esta última idea —la de justificar valores según lo observado en aspectos biológicos— surge de la creencia de que lo natural es bueno o correcto, la llamada «falacia naturalista». Y es un pensamiento que creíamos haber superado, pero que cada día cobra más auge, y que es peligroso. Porque dar por sentado que «el orden natural» de las cosas es lo correcto también justificaría cualquier componente innato del comportamiento como «positivo», aunque este fuese a todas luces nocivo.

Hay una tercera posibilidad: tratar de que todos seamos conscientes de que las categorías son solamente herramientas para interpretar el mundo, no realidades, que por tanto son falibles y han de ser reconsideradas delante de cada caso particular que nos encontremos. Enseñarnos a ser cautos, a evitar que las características que suponemos de alguien eclipsen las características reales de esa persona. Educarnos en que hemos de dudar de nuestros juicios y reconsiderar nuestros constructos mentales a la luz de las observaciones que hacemos de la realidad. Llevar a lo cotidiano los modos de la ciencia.


La pareja evolutivamente estable (I)

pareja evolutiva 1
Fotografía: Cordon. evolutiva

Los sexos. ¿Qué tiene todo lo relacionado con el sexo para que le dediquemos tanto tiempo y tantos recursos? Canciones, pinturas, libros, cotilleos, baños separados, categorías en los deportes, marketing dirigido a uno u otro sexo, prejuicios, sesgos buenos, sesgos malos y hasta el esfuerzo de tener comportamientos discriminatorios. Todos hemos hablado de ello en algún momento, todos tenemos la sensación de saber qué es. Pero, si tuviésemos que definirlo, ¿qué diríamos?

La mayoría de las personas responderán que hay dos sexos. Chicos y chicas, mujeres y hombres. Y nos podrían dar una serie de características de cada uno de ellos que más o menos caen dentro de la tendencia poblacional. Los chicos suelen tener la voz más grave, las chicas, en promedio, son más bajitas. La gran mayoría de las chicas tienen pechos; muchos de los chicos, barba. Los dos tienen diferencias en los órganos reproductivos. E incluso alguno se aventurará a hacer categorías en aspectos más relacionados con la personalidad.

Todas estas respuestas son más o menos acertadas; al fin y al cabo, esa forma de entender qué son los sexos nos permite comunicarnos y resolver algunos problemas de nuestro día a día de manera eficiente, desde evitar una bronca por entrar en el baño equivocado hasta diagnosticar correctamente un problema de salud. De ello se nutren las estrategias publicitarias que se aprovechan de la capacidad de predicción de nuestros intereses y gustos según el sexo que tengamos. Tanto las instituciones médicas como las empresas, y desde luego los seres humanos a un nivel más básico, entienden de este modo el sexo porque creen, con razón o sin ella, que es una forma fiable de categorizar a los seres humanos. 

Por supuesto esta definición no está exenta de problemas, siempre sustentados en inferir las características de una persona en particular basándose en las características medias de su grupo (y actuar en consecuencia). Una mesa no siempre tiene cuatro patas, ni siempre se usa para comer, ni siempre son mejores las redondas. Generalizar es práctico, pero impreciso y, a veces, extraordinariamente injusto.

Quizá por ello, en los medios últimamente observamos definiciones más profundas de lo que son los sexos, basados en complicados estudios científicos. Esta búsqueda de mayor precisión, de ofrecer más alternativas sustentadas en la ciencia, tiene sentido, dado que muchos de nosotros, empapados de empirismo y positivismo, creemos que el conocimiento nos puede ayudar a entender las raíces de un problema y a que las medidas para corregirlo sean más efectivas. Hay varios problemas con esto. Al final comentaré algunos de los que atañen a su utilidad como herramienta del cambio. Pero de entrada me enfocaré en uno muy obvio relacionado con el pie del que cojeo, un sesgo importante: son definiciones de sexo aplicables casi exclusivamente al ser humano.

Podemos, sin duda, estudiar los sexos desde una perspectiva puramente humana. Esta perspectiva será útil o no dependiendo del tipo de preguntas que queramos responder. Si lo que queremos es recoger la diversidad de los comportamientos sexuales de los seres humanos, o cómo se desarrolla en distintas culturas, es posible que no tengamos que recurrir a una visión más amplia. Si lo que queremos es entender qué parte del comportamiento sexual humano está modelado por la cultura, o cuál es el papel de nuestra biología, y en qué medida una moldea a la otra, sin duda tenemos que expandir nuestro territorio de estudio. 

Profundizar en temas relacionados con la biología, en cualquier caso, es apasionante. Vamos a ver algunas de las definiciones «humanas» sobre lo que son los sexos y compararlas con el mundo que hay más allá. Así ahondaremos en tres cuestiones distintas. La primera es asegurarnos de que todos usamos un mismo lenguaje, que hablamos de lo mismo. Hoy, desde el punto de vista de la biología evolutiva. También hablaremos de cuántos sexos vemos normalmente en la naturaleza y por qué. ¿Son los sexos una parejita, como intuitivamente observamos, o hay algo más? Y aprovecharemos para introducir por qué es tan frecuente que estos sexos muestren diferentes características.

Empezaremos con la primera manera que se emplea para diferenciar el sexo, con la que ha comenzado el artículo, la más intuitiva: las características promedio en una especie particular que les confieren, también en promedio, determinado aspecto. Los humanos somos bastante buenos detectando el sexo de los individuos, por muy grandes que sean las variaciones dentro de cada grupo (el de hembras y el de machos) o por mucho que los rasgos, de manera aislada, parezcan solaparse en gran medida entre los dos grupos. Lo cierto es que en un número importante de especies nos encontramos con que hembras y machos son distintos de manera sistemática, y en muchos casos también es sencillo categorizarlos en dos grupos, incluso para el ojo menos experto. Algunas veces no es tan fácil: todo depende de en qué medida los caracteres de uno y otro se solapen. Pero también es cierto que, aunque podamos crear grupos representativos, frecuentemente la variabilidad dentro de cada grupo es bastante grande, como en nuestro caso. ¿Implica esto que, en realidad, nos estemos enfrentando a más de un sexo? Imaginemos un caso parecido en el reino animal. En algunas especies de peces un porcentaje de machos presenta una apariencia más parecida a la de las hembras que a la de otros machos. Esto ocurre porque estos machos «poco masculinos» tienen así la opción de liberar su esperma sobre los huevos de las hembras cuando estas los depositan atraídas por un macho «masculino» que las corteja. Pese al «maquillaje», podemos seguir reconociéndolos como machos, porque su comportamiento es ligeramente distinto al de las hembras y porque producen espermatozoides. Aunque sistemáticamente sean un poco distintos a la mayoría de los machos o tengan rasgos que se parezcan más a los de las hembras, no los consideramos un tercer sexo.

Si en lugar de observar la apariencia física queremos fijarnos en el comportamiento para entender los sexos, la cosa se complica mucho más. Probablemente tengan en mente machos compitiendo por hembras o hembras engendrando y cuidando de la descendencia. Una situación bastante «mamífera». Pero lo cierto es que en algunas especies podemos observar comportamientos invertidos. Un ejemplo son los machos de caballitos de mar, que incuban y transportan a su descendencia hasta que nacen. Otro son los machos de algunas especies de rana que cuidadosamente se aseguran de transportar sus renacuajos —uno por uno— al agua que se acumula en la roseta de las hojas internas de las bromelias y los alimentan diariamente. O los machos de algunas aves, que dedican tantos recursos a la crianza de su descendencia que son las hembras las que se pasan el día compitiendo, y las que tienen un aspecto más grande y colorido. Aunque sigamos pudiendo observar dos grupos diferenciados, las maneras de ser macho y hembra son distintas en diferentes especies. Queda claro, entonces, que ni la manera de comportarse ni la apariencia son rasgos de los que nos podamos fiar si buscamos una definición más general de sexo.

El lector ahora mismo podría estar planteándose la siguiente cuestión: bueno, puede que no sean todos los rasgos, pero ¿qué hay de los órganos sexuales? Está claro que los machos tienen órganos reproductores distintos a los de las hembras, ¿no? Por lo general no es un mal indicador, pero, como hemos visto en casos anteriores, la cosa se complica cuando buscamos una definición más general. En primer lugar, sabemos de la existencia de seres vivos que pueden producir óvulos y espermatozoides al mismo tiempo, o sus equivalentes vegetales. De hecho, es una situación común en plantas e invertebrados marinos. A estos organismos les damos una nueva categoría y los llamamos «hermafroditas simultáneos». No hay mamíferos hermafroditas «auténticos», que produzcan óvulos y espermatozoides. Aunque se observa un número no despreciable de mamíferos que presentan caracteres intersexuales en relación con los órganos reproductivos. Ser intersexual significa que, aunque produzcan solamente espermatozoides u óvulos —o incluso sean infértiles, como pasa en un gran número de casos—, la apariencia, incluidos los genitales, puede ser distinta a lo que se observa en la mayoría de la población. En los seres humanos este fenómeno solo se observa en un 0,018 % de la población, si atendemos a la definición de intersexo que les acabo de dar. Pero en las hienas moteadas, por ejemplo, todas las hembras presentan una estructura que es indistinguible de los penes de los machos, aunque solo producen óvulos. Del mismo modo, hay especies de topo en las que las hembras presentan las típicas células testiculares productoras de testosterona que funcionan a pleno rendimiento durante su época no reproductora. Y todo se complica mucho más cuando observamos que hay numerosas especies no mamíferas que pueden cambiar de sexo, y pasar de producir unas células reproductoras a otras a lo largo de sus vidas. Esto nos dice que los órganos sexuales, por sí mismos, tampoco nos sirven para definir los sexos en cualquier situación.

En otro orden de definiciones de sexo, muchas veces se utilizan los conocidos cromosomas sexuales, es decir, los pares de cromosomas XX (hembras) y XY (machos) que aparecen en los seres humanos y en muchos mamíferos como sistema fundamental para definir los sexos. Esto, de entrada, solo podría servirnos para las especies en que el sexo está determinado más genéticamente. Sabemos de la existencia de animales en los que la determinación del sexo —como en los cocodrilos o en muchos peces— depende del ambiente en que se desarrollen los embriones (en algunas especies afecta la temperatura, la intensidad de la luz, la época del año o la cantidad de alimento disponible). Una vez que se determina el sexo, queda tan fijado como en las especies con determinación puramente genética. Aun así, entre las especies con determinación genética hay algunas con más de dos cromosomas sexuales, o en las que tener dos iguales te hace ser macho en lugar de hembra, o en que solo hay un cromosoma sexual, o en que los genes que determinan el sexo no están en los cromosomas sexuales. Vamos, que fuera de determinadas especies, como la nuestra, esto no es un buen sistema para distinguirnos. La realidad es que los cromosomas no se llaman «macho» o «hembra»; estos cachitos de información, de ADN, no son en sí mismos masculinos o femeninos. Es más bien al revés: en algunas especies en las que observamos dos sexos, estos están asociados con diferentes trocitos de ADN, pero en otras especies esta asociación está ausente o es poco fiable. 

Por otro lado, en la dirección opuesta, el descubrimiento de que los cromosomas sexuales no son suficientes para explicar la determinación del sexo ha llevado a muchos científicos a mostrarse escépticos en los medios sobre la existencia de dos sexos discretos. Se resalta en esos artículos el peso que genes como el SRY (un gen del cromosoma Y que señaliza la expresión de genes que están en otros cromosomas) tienen en que durante nuestro desarrollo embrionario adquiramos uno u otro sexo con unos u otros caracteres sexuales. Y así, en lugar de en los cromosomas, deberíamos tratar de definir sexo atendiendo a los patrones de expresión en determinados momentos y lugares de estos genes. Sean o no infrecuentes. Pero lo cierto es que tampoco son universales, no todos ellos aparecen en otras especies ni con las mismas funciones, ni siquiera en los mamíferos. Es el caso de algunos topillos machos en los que el gen SRY ha desaparecido, o incluso el de algunos roedores que se desarrollan como hembras fértiles teniendo un SRY completamente funcional. Y en esas especies en que estos genes o algún sistema similar no pintan nada, seguimos siendo capaces de distinguir dos grupos: los machos y las hembras. No solo esto: es que la cascada de señales en la determinación del sexo es tan extensa y tiene tantos puntos clave, que centrarse solamente en una parte del proceso para definir lo que son los sexos nos deja con una respuesta completamente arbitraria, que cambiará cada vez que estudiemos una nueva variación en la ruta. Es la versión moderna y aparentemente sofisticada de pensar que los sexos se definen por los cromosomas sexuales, cuando no son más que distintos sistemas para conseguir un mismo objetivo.

Sin duda los mecanismos de determinación del sexo son importantes, ya sean más puramente ambientales como genéticos. Y es que son las rutas que se siguen en cada especie para que un organismo determinado adquiera la conformación característica de cada sexo. Durante este proceso de conformación se puede dar lugar, de manera programada o no, a variaciones corporales ligeramente distintas a las observadas en la mayoría de los individuos de la especie. Recordemos, ese 0,018 % en seres humanos. Pero también puede ser el 20 %, como en algunos ciervos. Sin embargo, este hecho no parece suficiente para poder afirmar que hay más de dos sexos. Más bien nos indica que las formas en que los animales adquirimos nuestros caracteres son muy complejas, y que pequeños detalles pueden dar lugar a la aparición de caracteres menos frecuentes en un sexo. Y, claro, esto nos genera una nueva serie de preguntas igualmente fascinantes. ¿Qué frecuencia ha de tener algo para que se considere o no fuera de lo común? ¿Cómo podemos entenderlo desde un punto de vista evolutivo? ¿Cómo afecta a la sociedad la creación o no de categorías? Generar categorías infinitas, o decidir que es un continuo, ¿supone alguna ventaja frente a mantener que hay que ser cautelosos al definir a un individuo en función de cómo lo categorizamos? ¿Hay que evitar «categorizar»? Preguntas complejas y fascinantes, sobre las que todos tendremos una opinión, pero que en muchas ocasiones nos alejan de la idea de tratar de definir los sexos. 

Pero, vamos a ver, si no podemos encontrar una definición general por la apariencia de los individuos, aunque sean sus órganos reproductores, ni por su comportamiento, ni por sus cromosomas, ni por sus genes…, ¿cómo hemos llegado a decidir los biólogos a qué sexo pertenece un individuo? ¿Por qué afirmamos que los caballitos de mar que incuban y transportan a su descendencia son machos, y no hembras? ¿Significa esto que los sexos, en realidad, no existen o que es algo puramente cultural? Por complicadas que resulten las definiciones que demos de los sexos, e intrincados los matices, todos sabemos que, a la hora de reproducirnos y formar un nuevo individuo, toda esta complejidad se puede reducir a la existencia de unos individuos, que suelen ser distintos en algo, que tienen que juntarse de alguna manera para generar un nuevo individuo. Y lo cierto es, cuando hablamos de reproducción sexual, sí hay algo común en la gran mayoría de las especies. La diferencia mínima en que podemos pensar recae en que unos producen un tipo de células sexuales, que llamamos gametos (como los óvulos) y otros que producen otro tipo distinto de gametos (como los espermatozoides). Y que estos dos componentes tienen que juntarse para que comience el desarrollo de un nuevo individuo.

Esta es la definición más basal de sexo en biología evolutiva: según el tipo de gametos que cada individuo genera. O, en caso de no generarlos activamente, que fue o previsiblemente será capaz de generar. O, para situaciones más problemáticas, individuos cuya anatomía y fisiología parecen encaminadas a generar uno de esos tipos de gametos. Unos, los óvulos, son más grandes y costosos de producir, y generalmente no se mueven. Los individuos que producen este tipo de gametos los llamamos hembras. Otros, los espermatozoides, son muy frecuentemente móviles, y siempre más pequeños y baratos de fabricar. Y a los individuos que producen este otro tipo de gametos los llamamos machos. Con esta definición es muy fácil dar por sentada la existencia en todos los seres vivos de dos sexos separados, con sus gametos morfológicamente diferenciados, incluso cuando se observan en el mismo individuo. Sin embargo, una vez más, tenemos que recordar que estamos hablando de reproducción sexual. Pero hoy no vamos a meternos en más jardines.

(Continúa aquí)


Error 503 (servicio no disponible, el sueño está realizando un mantenimiento)

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DP.

Casi todos los padres al cuidado de un pequeño ser de siete años han tenido que enfrentarse, en algún momento de sus vidas, a la aventura de que se nieguen a ir a la cama para dormir. Y la verdad es que la criatura tiene un buen argumento: por qué querría uno irse a dormir, cuando hay tantas actividades divertidas por hacer fuera, cuando hay juguetes abandonados y solitos en el suelo, cuando hay mucho que disfrutar simplemente riendo junto a su mamá y su papá cuando le hacen unas cuantas cosquillas. A menos que seamos un poeta o un miembro del grupo musical Siniestro Total, a medida que nos hacemos mayores nos hastiamos cada vez más de nuestro dormir diario y, sin embargo, es curioso que al mismo tiempo seamos capaces de tratarlo con tanta despreocupación. Todos tenemos un número limitado de años en esta Tierra. Muchos pensarán que lo ideal sería intentar llenar esos años con tantas experiencias como puedan. ¿No es acaso un desperdicio quemar cada día casi un tercio de nuestro limitado tiempo en las prácticamente desapercibidas horas de sueño? Si de algún modo pudiéramos evitar dormir, viviríamos, con experiencias, un 50% más de tiempo.

Por supuesto, sabemos que dejar de dormir no es una opción. Incluso saltarse unas pocas horas de sueño una noche hace que uno se sienta aturdido por la mañana. Ese tiempo robado al sueño se paga con creces con la pérdida de productividad debida a la dificultad para concentrarnos al día siguiente. Las personas que han intentado llevar esto más lejos descubren una verdad aún más inquietante. A medida que se reducen las horas de sueño, la actividad mental comienza a deteriorarse aún más. De la mera falta de concentración se pasa a los pensamientos totalmente desordenados y a las alucinaciones. El punto de inflexión absoluto parece llegar a los cinco días de vigilia sostenida, más allá de los cuales no solo la actividad mental, sino también el metabolismo corporal, comienzan a deteriorarse y pronto son seguidos por la muerte del insomne.

Todo esto es una buena prueba de que el sueño es una «actividad» esencial, pero no arroja mucha luz sobre por qué el sueño es tan importante y qué función o funciones cumple. El sueño es un proceso muy organizado que dista bastante del simple descanso. En los seres humanos, suele estar sincronizado con los ritmos diarios de la noche y el día y se caracteriza por cambios simultáneos en muchos sistemas diferentes: el patrón eléctrico de la actividad dentro de nuestro cerebro cambia, nos volvemos mucho menos receptivos a la mayoría de los estímulos externos, nuestro metabolismo se reconfigura e incluso nuestra respiración y temperatura corporal cambian. Todo el proceso es mucho más estructurado y exhaustivo que el simple hecho de sentarse a descansar las piernas después de un paseo, o tomarse un descanso del estudio cerrando los ojos.

La mejor metáfora que se me ha ocurrido para explicar el sueño es pensar que es como la limpieza de la casa. En un mundo ideal, a mí me gustaría utilizar mi casa solo para las cosas divertidas: cocinar, cenar con amigos, ver una serie, hacer algo de ejercicio, jugar a un juego de mesa. Pero, como todos sabemos, llega un momento en el que hay que parar y hacer las cosas aburridas: sacar la basura, quitar el polvo, limpiar el suelo, poner los objetos en su sitio. Intentar ir por la vida sin dormir sería como vivir en tu casa sin ordenarla nunca. Pronto pasarías por delante de la comida podrida y tropezarías con la ropa sucia desperdigada por el suelo.

La metáfora de la limpieza de la casa también ayuda a explicar por qué el sueño implica la coordinación de muchos sistemas corporales al mismo tiempo. La limpieza coordinada suele ser más eficaz que abordar cada problema de uno en uno. Por eso la mayoría de nosotros tenemos un día de limpieza durante la semana en el que ejecutamos las tareas más demandantes y limpiamos muchas habitaciones. Se ahorra trabajo si en vez de sacar la aspiradora tres veces, para el salón, la cocina y el dormitorio, se saca una sola vez y se limpian las tres habitaciones secuencialmente. Lo mismo ocurre con sacar la basura, reorganizar los objetos mal colocados o ventilar las habitaciones abriendo todas las ventanas.

Durante el sueño, la actividad coordinada de hacer descansar muchos sistemas a la vez probablemente dé un dividendo de eficiencia similar. Sin embargo, es posible descansar el resto del cuerpo sin descansar el sistema nervioso central, o incluso descansar diferentes partes del cerebro en momentos distintos. Todos nos hemos acostado alguna vez sin quedarnos dormidos, o nos hemos tomado un descanso de trabajo mental mientras salimos a correr. El caso es que no todos los animales duermen igual que nosotros. Algunos, como los delfines y las ballenas, o las aves, llevan esto aún más lejos, ya que duermen por partes, con un hemisferio del cerebro cada vez. Así que, en cierto sentido, un delfín está despierto durante toda su vida. Pero esto tiene sus costes. Como hemos mencionado, el descanso coordinado de todos los sistemas parece ser lo más eficiente para nuestra vida diaria y probablemente también para nuestro cuerpo. Así que dormir la siesta de medio cerebro durante ocho horas seguidas probablemente no sea tan «bueno» como dormir una siesta de cuatro horas, pero con el cerebro al completo. De ahí que en la mayoría de las especies hayan evolucionado patrones de descanso coordinados.

¿Por qué entonces, a pesar de la menor eficiencia que parece tener no dormir coordinadamente, algunas especies de animales como las ballenas, no hacen lo mismo? Pues es una buena pregunta, y está relacionada con las presiones de selección que han moldeado su historia evolutiva. Los mamíferos acuáticos deben salir a respirar periódicamente a la superficie y para muchos la solución a este problema reside en mantener un hemisferio siempre despierto. De forma que pueden desacoplar los dos hemisferios y hacerlos funcionar de manera independiente. Imaginen la ingeniería neuronal para lograr tal hazaña. Y aun así, el sueño sigue sin ser eliminado por la selección natural; sigue siendo, en mayor o menor medida, imprescindible.

¿Y qué pasa con las aves? Aunque parezca que el ambiente en el que han evolucionado es completamente distinto, en realidad las presiones evolutivas no lo son tanto. Los hábitos migratorios obligan a muchas aves a volar durante largos periodos de tiempo, durante los cuales dormir con medio cerebro es una clara ventaja para mantener el viaje sin necesidad de parar, perdiendo tiempo y asumiendo un gran riesgo de depredación. Esto último, de por sí, puede haber sido el origen de que también haya evolucionado en su linaje la capacidad de dormir por partes, para así mantenerse siempre alerta. Aunque cuando están en grupo pueden «hacer relevos» y permitir que algunas descansen con los dos hemisferios, mientras otras mantienen la guardia descansando solo con un hemisferio. Es decir, el sueño es un comportamiento que, aunque ineludible, permite que evolucione cierta flexibilidad en su desempeño. ¿No les parece interesante pensar en cómo esta flexibilidad puede haber jugado un papel en la base misma de la construcción de nuestras sociedades? Pero cómo la ecología de las especies afecta a la evolución de su forma de dormir es algo que tendremos que dejar para otra ocasión. 

Volviendo a nuestro cauce, lo cierto es que una cosa es suponer que se produce algún tipo de mantenimiento corporal mientras dormimos, y otra muy distinta demostrarlo con evidencias. Pero podemos señalar varios indicios. Visto desde dentro, el sueño no parece tan pasivo como desde fuera. El cerebro dormido lleva a cabo una serie de actividades significativas. Y una de las más importantes es un tipo de «eliminación de basura». Sin embargo, aunque parece un mecanismo clave, su funcionamiento no se ha descubierto hasta recientemente. Los científicos habían sospechado durante mucho tiempo que debía haber un sistema para la eliminación de los residuos cerebrales, pero la vía en sí seguía siendo una conjetura. Hasta que, en 2012, unos científicos daneses lograron finalmente observar tal vía (ahora conocida como sistema glinfático) en acción. Al marcar con moléculas brillantes distintas partes del líquido que existe entre las células y observar su flujo, pudieron demostrar que el espacio acuoso entre las células donde se acumulan los productos de desecho está acoplado a otro depósito de fluido llamado líquido cefalorraquídeo. De hecho, existe una especie de patrón de drenaje por el que el fluido intercelular circula activamente hacia el líquido cefalorraquídeo, de forma similar a como las aguas residuales lo hacen hacia el sistema de alcantarillado.

Volviendo a nuestra historia, resulta que los espacios intercelulares se expanden drásticamente durante el sueño, lo que acelera el flujo de residuos fuera del tejido cerebral. En la actualidad, se suele afirmar que una de las principales funciones del sueño, al menos en los mamíferos, es dar un buen lavado al cerebro. Sin embargo, no es lo único que ocurre en el cerebro mientras dormimos. Además de eliminar metabolitos tóxicos (como las especies de oxígeno reactivo y residuos proteicos) a través del sistema glinfático, también hace acopio de combustible (síntesis de glucógeno) y promueve los procesos de crecimiento mediante la secreción de hormonas de crecimiento. En el resto del cuerpo, el sueño también coincide con una reducción de la tasa metabólica y la secreción de hormonas que alteran el equilibrio entre varias cascadas de reciclaje químico. Esta puede ser la razón por la que los médicos han observado una curiosa coincidencia entre trastornos del sueño, como el insomnio crónico, y trastornos metabólicos como la diabetes (aunque las conexiones causales, en este caso, todavía se están debatiendo).

La limpieza no es un proceso exclusivo del ámbito físico. Cualquiera que haya tenido que borrar correos electrónicos, fotos o documentos antiguos de su ordenador sabe que la basura también existe en el ámbito de la información. Y una función importante del cerebro es precisamente la gestión de la información. Curiosamente, el sueño también parece estar implicado en el mantenimiento y limpieza de esa información. En términos generales, el sueño regula qué experiencias cotidianas debemos almacenar para su uso a largo plazo y qué experiencias es mejor eliminar de la memoria. Lo hace a través de un proceso llamado plasticidad sináptica, un nombre utilizado para describir la automodificación de la fuerza de las conexiones neuronales dentro del cerebro. Las mediciones eléctricas en el hipocampo, una zona implicada en la memoria, han establecido correspondencias muy estrechas entre los patrones de actividad experimentados por el cerebro durante la vigilia y los que el cerebro reproduce para sí mismo durante el sueño. Es más, los patrones de actividad correspondientes a los acontecimientos que se repiten con mayor frecuencia durante el sueño tienden a ser precisamente los acontecimientos que el individuo recordará con mayor fiabilidad a largo plazo. Por supuesto, también hay una serie de trabajos experimentales que muestran la relación causal entre la interrupción de estos episodios de repetición y la inhibición, precisamente, de la formación de recuerdos a largo plazo. Por lo tanto, la asociación entre memoria y sueño parece ser clara y probablemente mediada por la interacción entre la actividad eléctrica y la mencionada plasticidad sináptica.

Además de las mencionadas funciones primarias de «limpieza», hay una serie de fenómenos subsidiarios asociados al sueño que encajan perfectamente en la imagen del mismo como el gran proceso de mantenimiento del cuerpo. Uno de ellos podría describirse mejor como «sueño dependiente del uso local». Quizá resulte sorprendente, pero el sueño no tiene por qué ser siempre un proceso globalmente orquestado. Desde hace poco sabemos que algunas partes del cerebro pueden hacer «microsiestas», mientras el resto del cerebro sigue despierto. Estas microsiestas, que incluso se han conseguido reproducir en el laboratorio, con preparaciones de partes del cerebro en una placa petri, suelen desencadenarse en respuesta a un uso excesivo (niveles de actividad elevados y prolongados) dentro de una región localizada del cerebro. En este sentido, decimos que el sueño es emergente de zonas locales del cerebro, aunque lo más típico es que se produzca como parte de un patrón globalmente orquestado. Se podría decir que el sueño es un proceso de descanso coordinado jerárquicamente, en el que la coordinación puede darse, dependiendo de las circunstancias, a muchos niveles, desde algunos muy localizados, hasta el general, de todo el cuerpo. Todo esto, por supuesto, encaja muy bien con nuestra metáfora del mantenimiento y limpieza. Si has provocado un gran lío en la cocina, puede que tengas que hacer una rápida limpieza local en la misma antes de que llegue el momento de hacer la limpieza general del fin de semana.

Hay otra divertida propiedad del sueño que se adapta muy bien a nuestra metáfora. El sueño está sujeto a un proceso de regulación conocido como homeostasis del sueño. En términos generales, alude a la observación de que a periodos de sueño interrumpido suelen sucederlos periodos de sueño prolongado. En otras palabras, si a alguien le despiertan antes de que duerma sus ocho horas completas, al día siguiente es probable que duerma más tiempo o más profundamente para recuperar parte del tiempo perdido. De hecho, cuanto más grave sea la interrupción del sueño, más tiempo tendrá que dormir al día siguiente para intentar recuperar esas horas perdidas. La homeostasis del sueño se observa y es patente en muchas especies diferentes, desde los humanos hasta las moscas de la fruta. Y aunque en un principio era solo un fenómeno curioso asociado al sueño, ahora se sabe que es tan universal que en los tratados modernos se la considera una condición definitoria del propio fenómeno. Es decir, un proceso no puede calificarse como verdadero sueño a menos que muestre algún indicio experimental de homeostasis. Una vez más, cuando se ve a la luz de nuestra metáfora, todo esto tiene mucho sentido. Si alguien interrumpe tu limpieza semanal antes de que termines, tendrás que hacer más limpieza la próxima vez que tengas que volver a limpiar. No hablamos de homeostasis de la limpieza, pero ciertamente podríamos hacerlo, ya que todo el proceso sigue en gran medida la misma lógica que muchos otros tipos de homeostasis que ocurren en el cuerpo.

Esta historia dista mucho de terminar aquí. Entre otras cosas, porque cómo dormimos no solo varía entre especies, sino que también depende de la casa en la que vivamos, de la estructura del barrio en el que nos hayamos instalado, en qué parte del mundo nos encontremos, o qué vecinos nos hayan tocado. Aunque el fenómeno del sueño da mucho más de sí, al menos hemos recorrido algunas razones bastante convincentes sobre por qué a todo el mundo le beneficia dormir sus ocho horas cada noche, o por qué no es una buena idea intentar vivir un 50% más de tiempo a costa de reducir el descanso nocturno. Tampoco podemos intentar descansar por partes sin ser un bonito delfín. Se requiere una maquinaria y una estrategia para mantener el cuerpo en plena forma contra todas las fuerzas entrópicas que intentan continuamente arrastrarnos hacia el desorden desestructurado. Dormir parece ser una buena manera de hacerlo. Quizá hay un punto medio entre Siniestro Total —que dice que solo estar durmiendo es mejor que estar dormido—y los ritmos que nos hace seguir el modelo social actual —que tiene poco en cuenta las implicaciones del entorno en la salud de los individuos, y, por ende, de la sociedad—. Pero, en cualquier caso, siempre es buena idea tratar la «limpieza de la casa» con toda la atención que se merece.


El precio a pagar por la inmortalidad

inmortalidad
Un rinoceronte. Fotografía: Getty

David Sinclair, un genetista de la Facultad de Medicina de Harvard, dice que la senescencia, el envejecimiento, no debe ser vista como una consecuencia natural de hacerse mayor, sino como una enfermedad en sí misma. Esto tal vez no sea toda la verdad y nada más que la verdad, pero nos hace pensar. ¿Qué es una enfermedad? ¿Qué es lo que la ciencia llama envejecimiento? ¿Por qué envejecemos? ¿Comprender este porqué nos ayuda a enfrentarnos al cómo?

Desde Aristóteles, los humanos han especulado sobre los componentes involucrados en el declive del cuerpo humano con la edad. Lucrecio Caro, un filósofo romano, argumentó que el envejecimiento y la muerte son beneficiosos porque dejan espacio para la próxima generación. Ahora que la ciencia forma parte de la filosofía, ¿hemos hecho algún progreso en probar o refutar su conjetura? Para los biólogos, el concepto de envejecimiento sigue siendo un «problema» sin resolver. Y lo llamamos «problema» porque todavía se discute cómo se define y se entiende en relación con el pilar básico de toda la biología: la evolución. Pero, como veremos, el argumento de Lucrecio ha persistido entre los biólogos que más tarde han dado en examinar su idea a la luz del paradigma evolutivo.

Tanto si eres una medusa inmortal, un pino que puede vivir cinco mil años, un elefante que vive hasta los sesenta años, un salmón que vive hasta los siete, ratones que viven dos años, una mosca que vive un mes o una bacteria que vive veinticuatro horas, en alguna etapa de tu ciclo de vida mostrarás signos de envejecimiento. Empezarás a envejecer y, en la mayoría de los casos, luego morirás. Pensamos en esta secuencia como causa y efecto: el envejecimiento lleva a la muerte. Pero ¿podría ser en realidad al revés? En la historia de la búsqueda viva de respuestas para entender la senectud, una de las primeras ideas tuvo mucho que ver con la noción misma de la muerte: la inevitabilidad de la muerte como explicación del envejecimiento.

Esta idea, aunque había aparecido antes, la desarrolla con mayor profundidad en 1880 un biólogo llamado August Weismann. Se preguntó por qué, considerando la selección natural, el envejecimiento existe, si este reduce la capacidad de un individuo para dejar descendencia o para criarla y eso sería un contrasentido evolutivo. Para Weismann, la clave estaba en la diferencia entre las células germinales y las células somáticas. Es decir, su razonamiento se basaba en diferenciar y considerar de forma aislada, por un lado, las células germinales que son utilizadas por los organismos con reproducción sexual para transmitir sus genes a la siguiente generación y, por otro, las otras células del organismo. La idea de Weismann era que en los organismos multicelulares existe una parte funcional, el soma, que son los diferentes tipos de células no germinales, los tejidos y los órganos que estarían destinados a morir. De esta manera serían como una armadura, el equipo de batalla que permitiría que las células germinales se reproduzcan y sobrevivan a través de las generaciones. 

La idea de que las células somáticas son desechables —a pesar de que, como las células germinales, contienen información genética— llevó a nuestro biólogo a una nueva pregunta: si en realidad se pueden generar continuamente nuevas células somáticas y «rejuvenecer» el organismo de esta manera, ¿por qué los organismos no lo hacen y evitan morir? ¿Por qué, en la mayoría de las especies, no se puede reparar nuestra armadura casi infinitamente? Bajo la perspectiva de la selección natural, ¿no sería ventajoso que un organismo tuviera la posibilidad de producir gametos eternamente, manteniendo una armadura intacta, y por lo tanto tener más ventajas que cualquier otro mortal?

Sin saberlo, Weismann estaba tocando al mismo tiempo diferentes aspectos de la teoría de la evolución que generarían controversia en los siguientes años. Pero su hipótesis era relativamente simple: debería haber una selección contra los individuos más viejos que justificase por qué mueren. Para Weismann, todos los individuos de una población compiten entre sí por la supervivencia y la reproducción, incluida la competencia entre los miembros más jóvenes y los más viejos. Que sobreviviesen los mayores en detrimento de que lo hicieran los jóvenes, según Weismann, sería una tragedia para la especie, ya que significaría que los recursos se desplazan hacia la población menos saludable, quitándoselos a los individuos más jóvenes, que son a su vez los más fértiles en potencia. Y esto traería un tremendo coste para el grupo en términos de éxito reproductivo y supervivencia de la especie. 

La idea de Weismann se parece mucho a la de Lucrecio Caro, pero ahora en un contexto evolutivo. Según él, la selección natural habría favorecido la aparición del fenómeno del envejecimiento, que estaría mediado por una serie de genes asesinos que se expresarían cuando el individuo es mayor, por el bien de la especie. El envejecimiento y la muerte habrían evolucionado como una «adaptación» para eliminar a los individuos más viejos, dejando los recursos a los más jóvenes, que podrán aprovecharlos mejor y reproducirse con más eficiencia y así transmitir sus genes a las generaciones siguientes. El principal problema es que la evolución no funciona así. El «bien de la especie» no es una presión evolutiva. 

Weismann apelaba a la selección del grupo. Y este es un concepto muy mal entendido y usado erróneamente para interpretar el funcionamiento de la evolución, incluso hoy en día. La idea de Weismann era que los genes que se expresan a una edad posterior y causan la muerte serían seleccionados y difundidos en la población debido a una hipotética ventaja grupal, a pesar de ser desfavorable para los individuos. Pero la verdad es que la selección natural es generalmente más efectiva cuando opera a nivel individual. La selección, de hecho, no depende tanto de la «supervivencia del más fuerte», como asume la cultura popular, sino que es un proceso derivado del éxito reproductivo diferencial de cada individuo, que provoca un cambio en la composición genética de la población en la siguiente generación. Y una adaptación es una característica hereditaria de un individuo que aumenta la eficiencia reproductiva cuando se compara con individuos sin esa característica. Como veremos, aunque a priori parezca sencillo comprender cómo funciona la selección natural o determinar qué es una adaptación, en realidad tienen su intríngulis. Pero incluso si Weismann tuviera razón y de alguna manera los individuos mayores fueran una carga para la población, la senescencia podría explicarse por cualquier otro mecanismo que no fueran los genes asesinos, aunque ciertamente serían menos dignos de una película de ficción.

Al margen del sinsentido evolutivo, otro gran error del enfoque de Weismann es que se trataba de un argumento circular. Asumió que los individuos más viejos dejan peores descendientes para explicar que son seleccionados en contra y que por eso se expresan estos genes de envejecimiento que los matan. Explicaba el envejecimiento, por lo tanto, desde el propio deterioro de los individuos, sin poder responder a por qué comienza ese envejecimiento, ni cuándo, ni por qué es variable entre especies.

En resumen, Weismann planteó la idea de que la muerte es la clave de nuestra inmortalidad genética (en el sentido de que nuestra información genética permanece en el pool genético de la especie). Aunque en muchos aspectos se ha demostrado que su enfoque es erróneo —además de las ideas mencionadas, por asumir una barrera impermeable entre la línea germinal y la somática, o por el supuesto de que la línea germinal no envejece—, Weismann comprendió la existencia de implicaciones evolutivas en las diferencias entre las células transmisoras de información y las células funcionales. Y, aunque esto ya esbozaba una relación entre la idea de la reproducción y el envejecimiento, no será hasta treinta años más tarde cuando veamos una integración más profunda entre estos dos aspectos.

La idea de que la selección natural podría estar detrás del envejecimiento inspiró a muchos biólogos evolutivos que trataron de encontrar mejores explicaciones. Una de las riendas la tomó el matemático Ronald Fisher, uno de los fundadores de la genética de poblaciones, que aportó los primeros argumentos sólidos para explicar la relación entre el envejecimiento y la muerte. Fisher se centró en la idea de que la selección natural actúa sobre aspectos de gran «valor», y específicamente de gran valor reproductivo. A una persona en la adolescencia le quedaría mucho valor reproductivo por dar, debido a su fertilidad, mientras que a una mujer menopáusica no le quedaría ningún valor reproductivo. Por lo tanto, no actuaría una selección sobre la mujer en el periodo de la menopausia y presentaría un fenotipo —un rasgo observable que además es heredable— envejecido, simplemente porque las presiones evolutivas en contra serían muy débiles como para que hubiera evolucionado un fenotipo resistente a ese envejecimiento.

Todas las etapas del ciclo vital de los individuos, para Fisher, habrían sido moldeadas por selección natural, según la magnitud del valor reproductivo de los individuos en un momento dado, desde la mortalidad infantil hasta el envejecimiento, pasando por las etapas reproductivas. Y esta teoría coincide con algunos de los sucesos de la vida en muchas especies. Así, las tasas de mortalidad más bajas se observan al llegar a la edad reproductiva, cuando los individuos tendrían mayor valor reproductivo. Y la probabilidad de morir va aumentando paulatinamente desde ese punto hasta que mueren, mientras que, inversamente, el valor reproductivo iría disminuyendo.

Uno de los problemas del razonamiento de Fisher es que, como el de Weismann, también tiene circularidad. Su razonamiento partía de que la mortalidad, que es un reflejo de la senescencia y el aumento de la probabilidad de muerte natural, aumenta con la edad porque el valor reproductivo disminuye y no al revés. Pero ¿por qué hay una disminución del valor reproductivo con la edad, en primer lugar? Ciertamente, el valor reproductivo debería disminuir con la edad en los organismos con vida finita, es decir, donde existe la muerte natural, y donde la fisiología del organismo, que incluye la fertilidad, también decae con la edad; es decir, donde hay envejecimiento. Pero las preguntas de por qué los ciclos de vida tienen un límite y por qué se produce el envejecimiento siguen sin resolverse con esta idea. El aporte de Fisher —la correlación entre el valor reproductivo y el envejecimiento— fue sin duda un avance en la comprensión de los mecanismos que intervienen en la evolución por selección natural, así como en la profundización del componente evolutivo del fenómeno del envejecimiento, pero la relación entre estos dos factores seguía sin explicarse.

inmortalidad
Una mantis. Fotografía: Getty.

Medawar, un zoólogo británico, entre muchas otras cosas, propuso un hipotético experimento para salir del argumento circular del razonamiento de Fisher. La clave era distinguir entre la muerte por causas naturales y la muerte por causas accidentales. En la práctica, se trata de dos conceptos difíciles de aislar, ya que los casos de muerte natural implicarán comúnmente una interacción con factores accidentales. Pero Medawar propuso que, aunque tuviéramos una población en la cual los organismos no mueren ni envejecen —es decir, aunque no aumentara la probabilidad de morir en función de la edad—, el número de organismos adultos disminuiría con el tiempo debido a las muertes causadas por factores externos, como catástrofes u otras condiciones ambientales, depredadores, enfermedades causadas por otros organismos, etc. Así, los organismos muy viejos serían escasos incluso en especies no envejecidas. Aun si los individuos tuvieran un estado de salud más o menos similar a los veinte que a los doscientos años, la muerte accidental sigue imponiendo un límite a la duración de la vida de los organismos, y este aumento acumulativo de la probabilidad de morir causaría una reducción del valor reproductivo.

¿No parece una explicación elegante para enmendar el argumento de Fisher? Para Medawar, la muerte accidental es la razón por la cual las presiones de selección son más débiles con el paso del tiempo y la razón por la que la senescencia y la muerte natural son «permitidas» por la selección natural. Parece simple, pero al hacer de la muerte accidental la causa evolutiva última de la disminución de las presiones de selección en la edad adulta, se evita el argumento circular de Fisher. En otras palabras, las poblaciones se enfrentan a tasas de mortalidad impuestas por factores externos, que son los que han hecho que los organismos tengan una duración de vida finita y que los valores reproductivos disminuyan con la edad.

Imaginemos que este razonamiento es correcto. Aún no sabríamos cómo, entonces, la disminución de las presiones selectivas explica la aparición de la senescencia. Esto se explica normalmente dentro del concepto de «competencia alélica». Imaginemos que tenemos una mutación que, cuando se expresa, causa la muerte inmediata del individuo. Ahora imaginemos que este alelo mutado se expresa unos días después del nacimiento del individuo. En esta situación, la mutación mataría a su portador a una edad temprana, antes de que se reproduzca. No podría ser transmitido a una segunda generación. Al matar al organismo antes de que pueda reproducirse, la mutación es prácticamente «suicida». Por esta razón, las presiones de selección serían muy fuertes contra esta mutación, lo que dificultaría su fijación en la población.

Ahora imaginemos esta misma mutación, en el mismo gen, pero que solo se expresa en edades más adultas, cuando la mayor parte o la totalidad de la reproducción ya ha tenido lugar, es decir, cuando el valor reproductivo del individuo es bajo. En este caso, los individuos portadores de la mutación letal todavía pueden sufrir las consecuencias, pero la verdad es que las presiones de selección pueden ser muy pequeñas. La mayoría de los individuos podrían haber logrado ya reproducirse y, con ello, la mutación letal podría haber sido transmitida a las generaciones siguientes antes de que pudiera matar al portador original. Como consecuencia, a edades avanzadas, ni los fenotipos que son ventajosos para el individuo se seleccionan a favor, ni los que muestran efectos negativos se purgan del fondo genético, porque, en teoría, no afectan al fitness, al éxito reproductivo. Es decir, esas mutaciones se irían acumulando con el tiempo, y la selección natural no puede eliminarlas. Pero incluso si se produce una mutación temprana, en la etapa reproductiva, el fenotipo puede aún no ser seleccionado o sufrir mayor o menor presión si por alguna razón extrínseca la tasa de mortalidad es alta. En este caso, los individuos que podrían expresar el fenotipo probablemente ya estarían muertos. 

El envejecimiento y la muerte natural serían entonces procesos genéticos derivados de la evolución, pero no adaptaciones en sí mismas. Serían el resultado de la disminución de las presiones de selección con la edad y de no poder eliminar mutaciones deletéreas expresadas en edades en las que los individuos tienen más probabilidades de morir debido a factores externos.

Sin embargo, puede haber alternativas a esta idea de la senescencia debida a una expresión tardía de los efectos nocivos que se acumulan gracias a una presión de selección más débil. Entre ellas tenemos las que explican la ausencia de silenciamiento o la permanencia de los genes implicados en la aparición de fenotipos perniciosos. Si la supresión de un gen tiene sentido, en teoría, ¿por qué encontramos genes que causan enfermedades como el cáncer, la diabetes u otras que se expresan relativamente tarde en el ciclo de los individuos? ¿Por qué siguen estando presentes en el genoma humano y en otras especies?

Hay varias explicaciones para esto. Una es que los alelos que tienen efectos negativos se propagan en la población porque en algún momento fueron ventajosos, pero los cambios en el medio ambiente o los cambios en el fondo genético los han hecho ahora inadaptados o perjudiciales. En este caso, se esperaría que sufrieran una presión en contra y que en algún momento se volvieran menos abundantes en la población, pero su presencia se explicaría por la lógica de Medawar: están presentes porque las presiones de selección son débiles.

Una segunda idea proviene del biólogo evolutivo George Williams. Williams indagó sobre el fenómeno por el cual algunos genes pueden expresarse en diferentes momentos y tener distintos efectos. Por ejemplo, los factores de crecimiento similares a la insulina en los mamíferos controlan la diferenciación de las células neuronales en las primeras etapas del desarrollo embrionario, y después del nacimiento regulan el crecimiento del cuerpo del bebé. Pero, además, pueden tener efectos antagónicos. Es decir, los mismos alelos implicados en la estimulación del crecimiento celular —necesarios para el crecimiento normal del individuo a edades tempranas— son también factores de riesgo para la diabetes y el cáncer en la edad adulta. El argumento de Williams era que, cuando un alelo tiene efectos antagónicos temporales, cuando existe un «conflicto de intereses», la selección natural está sesgada a favor de los jóvenes. Esta idea es muy interesante porque sugiere una explicación diferente —aunque no excluyente— para la evolución del envejecimiento. Implica que los alelos con efectos nocivos tardíos existen porque también tienen efectos ventajosos en edades más tempranas, no porque las presiones de selección sean más débiles en la edad adulta y no se puedan seleccionar en contra. Persisten en la población porque tienen efectos ventajosos en etapas más tempranas del ciclo de vida del individuo.

En cualquier caso, desde este punto de vista, el envejecimiento sigue siendo un subproducto de la evolución, debido a la acumulación de efectos nocivos tardíos. Pero, derivada de esta idea surge otra en torno a la existencia de presiones de selección que afectan a una conexión, o un trade-off, entre distintos caracteres. Por ejemplo, muchas especies pueden utilizar la ventaja que les daría una reproducción más temprana, pero pagando el precio de envejecer y morir antes. En el otro extremo, podemos encontrar que otras especies han evolucionado para crecer más y tener una mayor probabilidad de supervivencia y reproducción mantenida durante más tiempo, pero pagando el precio de retrasar la primera reproducción, lo cual implica mayor riesgo de morir por causas externas sin haber llegado a reproducirse. 

La mayor contribución de Williams fue la idea de que la selección natural a menudo encuentra el equilibrio partiendo de un compromiso entre funciones opuestas, como la reproducción y el crecimiento o el mantenimiento del cuerpo —la longevidad—. Adicionalmente, resulta que esto no es una característica exclusiva de la senescencia, lo cual es muy interesante.

Una cuarta idea incorporaría el peso de la degradación intrínseca de cualquier material para explicar la acumulación de daños a lo largo del tiempo. En realidad, se trata de una perspectiva que normalmente se considera opuesta a la idea de la senescencia como producto de la selección natural. Pero no tiene por qué serlo. Esta perspectiva interpreta el envejecimiento como el resultado de sucesos fisiológicos que podrían haberse prevenido. En esta línea encontramos estudios relacionados con el envejecimiento que van desde la degradación de los telómeros hasta los radicales libres o agentes reactivos liberados por los procesos metabólicos celulares habituales. Estos sucesos serían la causa de la aparición de mutaciones en las células somáticas y la acumulación de daños que producen, finalmente, la senescencia. Un ejemplo práctico sería la disminución de la concentración de unas coenzimas de reparación celular, como la que estudia Sinclair. Al menos en los ratones, esto parece estar relacionado con enfermedades como el cáncer, la diabetes o el Alzheimer. La principal diferencia entre las perspectivas puramente fisiológicas y la evolutiva está en el origen del daño. En un caso, la información estaría ahí desde el principio, pero se expresaría más tarde en el tiempo. En el otro, el daño se produce por una degradación intrínseca de todas las estructuras organizadas que tienen que hacer frente a una fuerza infinita que tiende a desorganizarse.

Pero, aunque desde un punto de vista mecanicista son diferentes, las dos perspectivas no son contradictorias ni excluyentes. Si el envejecimiento es el resultado —al menos parcialmente— de mutaciones en las células somáticas, se esperaría que la selección natural favorezca aquellos mecanismos que siguen reparando las células y evitando su aparición. Y la pregunta clave es: si las mutaciones son inicialmente evitables, y de hecho pasamos una buena parte de nuestras vidas lidiando con ellas de manera bastante efectiva, ¿por qué se acumulan en la edad adulta? Por ahora, solo puede explicarse por una menor eficacia de los mecanismos de reparación. Y esto ocurre porque nuestro sistema inmunológico envejece, lo que solo puede explicarse bajo la teoría evolutiva de la senescencia. El envejecimiento del sistema inmunológico también se produciría porque las presiones de selección son menores en edades más avanzadas. Esta ha sido la tesis de otro biólogo llamado Thomas Kirkwood, que explica el compromiso que existe, a la hora de asignar recursos, entre el mantenimiento de la línea somática y la inversión reproductiva.

Así que ahí lo tenemos: una rápida visión general de las teorías más prometedoras de las que disponemos sobre por qué envejecemos. El título de este ensayo adelantaba que podemos resumirlas diciendo que el envejecimiento es el precio que pagamos por maximizar nuestra inmortalidad. Pero no nuestra inmortalidad como individuos, sino como información genética que legamos en forma de descendencia. Aunque lo que pensamos que somos nosotros mismos al final perece —ya sea por accidente o por envejecimiento deliberado—, la información que fue usada para crearnos continúa en los genes de nuestros hijos. Envejecemos, entonces, porque nuestro comportamiento innato nos empujó a hacer algunos sacrificios para asegurarnos una mayor capacidad reproductiva en nuestra etapa más joven. No todo el mundo consigue ser inmortal. La forma más eficiente de ser inmortal es tener muchos hijos cuando somos jóvenes, pero para ello debemos pagar el coste de envejecer cuando seamos mayores.

¿Y qué hay de Lucrecio Caro? Él dijo que el envejecimiento surgía fundamentalmente del conflicto intergeneracional: los mayores necesitan hacer espacio para los jóvenes. Bueno, quizá acertó, sin querer, en que los mayores pueden hacer algo por sus jóvenes, pero no dejarles espacio. William Hamilton, al descubrir la idea de fitness inclusivo, nos permitió entender que nuestros ancianos sí hacen algo, en término evolutivos, por (sus) jóvenes. Pero eso tendremos que verlo en otra ocasión. En todo caso, Lucrecio no consideró que el viejo que debe hacer el sacrificio por el joven y este último podrían ser la misma persona. Nuestros mayores son la evidencia de un gran sacrificio que nuestro yo futuro hizo por nuestra propia versión joven del pasado que, a su vez, usó ese sacrificio para crear a los niños de hoy. ¿Y no es esa una conclusión moral, más o menos agradable, para una historia que surge de un mundo usualmente amoral como es el de la biología?


Juego de bacterias

Bacterias
Hormigas rojas usan sus cuerpos para tender un puente entre dos hojas. Fotografía: Freepik. bacterias

Hay muchas maneras de tener suerte. A veces, la buena o mala suerte es una cuestión de azar ciego, como cuando encuentras cincuenta euros en la calle, o cuando eres alcanzado por un relámpago. Otros tipos de suerte requieren algún esfuerzo por nuestra parte. No puedes ganar la lotería si no compras el billete. No puedes descubrir accidentalmente la penicilina si no has pasado algunos cientos de jornadas en el laboratorio de investigación. Pasteur dijo que la suerte favorece a la mente preparada. Lo que quiso decir es que, en muchos casos, tienes que hacer un esfuerzo físico, mental y a veces económico para visitar los lugares donde la suerte puede encontrarte. En otros, claro, ya se encarga alguien de ponerte en el camino de la fortuna.

Aun así, todo esto sugiere que, en algunas situaciones, hay cosas que tienes que hacer para exponerte a la serendipia. Pero ¿cuál es la forma correcta de hacerlo? Algunas cosas, como jugar a la lotería, te expondrán a sucesos de azar, pero, en promedio, no vale la pena hacerlas. Otras actividades, como la exploración espacial, pueden implicar demasiado riesgo para que una persona las lleve a cabo, pero tal vez podrían grupos de personas motivadas.

Cuando pienso en la casualidad, la fortuna o el azar, siempre he encontrado útil echar un vistazo a cómo la enfrentan en el mundo natural. En muchos sentidos, los humanos hemos purgado todo tipo de riesgos de nuestra vida cotidiana mediante una ingeniosa innovación tecnológica, mientras que otras especies animales siguen enfrentándose al riesgo de inanición, de muerte o de reproducción de una forma mucho más cruda y dramática, revelándonos así, con sus comportamientos, la naturaleza del azar de una forma mucho más cruda. La sofisticación que los animales muestran en el manejo de estos sucesos es estimulante, aunque quizá no se descubra de forma tan inmediata como la igualmente fabulosa belleza física de muchos, o su elegante forma de moverse.

La mayoría de los organismos sufrimos variaciones y sucesos impredecibles en nuestro ambiente a lo largo de nuestras vidas. Desde sucesos obvios como una plaga, que nos obliga a desplazarnos o buscar otras formas de producir un recurso, o el ataque de un depredador, que activa una serie de respuestas fisiológicas, hasta sucesos más sutiles, como olvidarnos el agua cuando salimos a pasear durante horas en un día soleado; o cuando nos han invitado al cumpleaños de un familiar en el que nos obligan a atiborrarnos de tarta de chocolate y de pronto nuestro cuerpo no tiene muy claro cómo lidiar con tal exceso de energía. Todos los días tenemos que enfrentarnos a distintas variaciones y sucesos impredecibles. Lidiar con imprevistos debería estar en cualquier buena lista de tareas.

Una de las formas de hacer frente a los acontecimientos imprevisibles pero probables es tener preparada una lista de los diferentes tipos de acontecimientos y errores que pueden ocurrir y emparejar cada acontecimiento con un plan correspondiente. Este es el enfoque adoptado por organismos relativamente sencillos como las bacterias.

Por ejemplo, la bacteria Escherichia coli se alimenta principalmente de azúcares que se encuentran en su entorno. Ayer había glucosa y nuestra bacteria se dedicó a generar energía con maquinaria que aprovechaba la glucosa. Pero hoy estos alimentos no están disponibles, o lo están en mucha menor concentración. Nuestra bacteria tiene varias opciones. Una es encontrar otro sitio con una mayor concentración de glucosa. Otra es cambiar la maquinaria que tenía funcionando para extraer energía de la glucosa, alterando su expresión genética para activar una serie de genes distintos que le permitan utilizar otros azúcares como fuente de energía. Del mismo modo, si lo que le faltase fuese un aminoácido concreto en el ambiente, podría producir las enzimas necesarias para sintetizarlo. De esta manera, nuestra bacteria es capaz de producir un comportamiento acorde con el entorno en el que se encuentra. 

Incluso organismos grandes y complejos más parecidos a los humanos optan a menudo por la estrategia de «tener un plan listo cuando el problema llegue». Si eres un ñu, naces y, después de dos minutos, sabes cómo andar y salir a integrarte en la manada antes de que un depredador dé contigo. No necesitas aprender a caminar en un período de meses, como los bebés humanos. Igualmente, si un ratón siente una sombra en su cabeza que se hace cada vez más grande, instintivamente huirá del posible pájaro que se aproxima a toda velocidad. Y si nos encontramos con una serpiente, también para nosotros es muy útil tener una respuesta estereotípica de alerta, porque nos permitirá movernos y huir mucho antes que si tuviéramos que esperar a ser mordidos.

Parece claro que es ventajoso tener respuestas preprogramadas a las amenazas y desafíos recurrentes y estereotipados. Pero hay una pega muy obvia a este sistema. Solo sirven para responder al problema si está en su lista de cosas que pueden salir mal. Si no lo han recogido antes en la lista, asociado a un plan de contención, estarían indefensos. Otro problema importante es el coste que implica almacenar todos los planes y respuestas en su ADN. Para hacer frente a estos desafíos de un modo más flexible, muchos animales han optado por recurrir al aprendizaje de una manera que les permite hacer frente tanto a los problemas que causa un vuelco del azar como a los no tan probables.

El aprendizaje permite a los individuos explotar ciertos aspectos del medio ambiente que son únicos de un tiempo y lugar determinados. La capacidad de los animales para aprender acerca de esas características amplía el tipo y la cantidad de información a la que pueden responder y, en consecuencia, les permite tener un mayor y más adaptado repertorio de comportamientos. Este es el beneficio obvio del aprendizaje. Pero también hay, por supuesto, una desventaja. Cada fracaso enseña al ser humano algo que necesitaba aprender, ya que, como dice el tópico, a menudo solo podemos aprender de nuestros errores. Veamos cómo se desarrolla esta circunstancia en la naturaleza.

Los renacuajos de la mayoría de las especies son capaces de reconocer innatamente el olor de sus potenciales depredadores. Tan pronto como perciben el olor de una larva de libélula o de un ditisco, permanecen inmóviles para que estos no puedan ser localizados. El coste de este comportamiento es que los renacuajos no comen. Y los renacuajos son máquinas de comer, inmersos desde que nacen en una carrera desenfrenada por alcanzar la metamorfosis lo más rápido posible con el mayor tamaño posible; quedarse quieto es perder oportunidades de comer.

Además, solo porque una larva de libélula sea un depredador potencial no significa que lo sea de facto. Muchas libélulas se especializan en atrapar un tipo de presa que no tiene que ser un renacuajo. Hay larvas de libélula que solo comen renacuajos y son un verdadero peligro, pero otras se alimentan de invertebrados. Por lo tanto, muchas detecciones de peligro potencial para los renacuajos serán falsas alarmas que solo estorban en la carrera pantagruélica por metamorfosear. Por este motivo, en algunas especies evolucionó otra estrategia: para poder permanecer comiendo durante más tiempo, solo reaccionan quedándose quietos cuando detectan el olor de las especies que han aprendido que son depredadoras. El problema es que hasta que no han aprendido que un potencial depredador realmente se alimenta de su propia especie, no lo consideran un peligro en absoluto y están a su merced. 

La estrategia —aprendizaje— incluye, por lo tanto, algunos aspectos buenos y otros malos. ¿Qué hacemos? ¿Decidimos aprender o no? No hay una respuesta única: depende del contexto. En zonas donde hay pocas especies de depredadores potenciales y siempre son las mismas, sería ventajoso reconocerlas de forma innata; en zonas donde hay muchas especies de depredadores potenciales o la frecuencia de encuentro con una u otra varía con el tiempo, sería más ventajoso aprender. Y esto es lo que hacen algunas especies: han desarrollado diferentes tendencias a la hora de aprender dependiendo de su entorno. Ahora estamos empezando a ver que nuestra capacidad humana de aprender y responder, nuestra capacidad de experimentar la serendipia, es hasta cierto punto un regalo de nuestro entorno. Vivimos en formas y circunstancias que hacen ventajoso ser flexibles. Y así lo somos.

Una vez que tienes la capacidad de aprender, puedes empezar a ser aún más sofisticado sobre cómo aprendes. El aprendizaje, como imaginarán, viene con un potencial ilimitado. Aunque ya seas un buen cocinero, sepas dónde puedes pasear a tu perro y hayas encontrado un buen restaurante para cenar con tus amigos, siempre existe la posibilidad de mejorar. Si buscas más restaurantes, es posible que encuentres uno mejor. Si practicas en la cocina, puedes ser más rápido y preparar comidas más saludables. Por supuesto, el aprendizaje extra no es gratuito, trae aparejado un coste. Buscar nuevos y mejores restaurantes significa comer en un montón de restaurantes malos a lo largo de ese aprendizaje mientras que, en su lugar, podrías haber estado comiendo en tu actual restaurante favorito. 

Esto se conoce como «el dilema de exploración-explotación». Todas estas tareas, y muchas otras, implican un compromiso entre la explotación de las oportunidades que ya conocemos y la exploración de mejores oportunidades en otros lugares. Podría decirse que la exploración es una propiedad ubicua de la existencia. Este dilema lo afrontan diferentes animales que buscan el equilibrio entre la exploración global y la explotación local para sobrevivir; explorando lo suficiente para poder encontrar los recursos disponibles en un determinado entorno y explotando lo suficiente para poder recolectarlos. 

Tal vez, el lector siente que la exploración y la casualidad han desempeñado un gran papel en su vida y se pregunta cómo traer más serendipia a ella. Tal vez, incluso está buscando una fórmula que le diga cómo equilibrar la exploración con el aprovechamiento de lo que ya sabe. Bueno, no puedo darle tal fórmula, porque no conozco las circunstancias exactas de su vida. Pero puedo ilustrar cómo podría ser esa fórmula para el simple caso de la búsqueda de comida en animales, donde los objetivos son un poco más claros. A pesar de la simplificación, las lecciones pueden ser aplicables. Después de todo, un animal en busca de alimento no es tan diferente de un humano en busca de éxito en su propia vida.

Cuando los animales buscan comida, el elemento crucial que necesitan es averiguar cuán rico es el medio en el que viven. En los ambientes ricos, los animales son más propensos a seguir explorando e ignoran los recursos de baja calidad. En ambientes pobres, los animales ponen mucho esfuerzo en explotar hasta la última oportunidad que encuentran. Esta estrategia es la que claramente llevan a cabo los monos verdes. En los meses de verano, cuando el alimento es abundante, ignoran hojas e insectos mientras siguen buscando frutas, flores y huevos. En los meses de invierno, cuando el alimento es escaso, sí recurren a degustar insectos y hojas. Si no sabes si tu entorno es rico o pobre en recursos, puedes usar una estrategia en la que primero muestreas alrededor de veinte o treinta localizaciones donde suele haber alimentos —los denominados «parches de comida»—, independientemente de su calidad, para averiguar cuál es la distribución de los recursos de tu entorno. Y luego, en función de tu estimación de lo rico que es el entorno, moldear tus decisiones posteriores sobre cómo obtener recursos. En situaciones en las que el alimento no aparece demasiado agrupado, no hay parches muy definidos y la estrategia es algo distinta. Es el caso del abejorro, que va libando en flores que nunca están demasiado juntas. En este caso, nuestro explorador, normalmente basa su búsqueda en áreas restringidas, intensificándola en un área local después de haber encontrado comida, pero explorando más a medida que los hallazgos exitosos disminuyen. ¿No les parece que se puede hacer una interesante lectura de todo esto a la hora de afrontar nuestro día a día en aspectos que van de lo emocional a lo laboral? 

Las cosas se ponen aún más interesantes cuando consideramos que nosotros, como humanos, no solo tenemos la opción de explorar por nuestra cuenta, sino también de aprender de las exploraciones ajenas. En muchos sentidos, casi todo lo que hacemos se recoge de otras personas por medio de la observación y la comunicación. ¿Tiene el hecho de que vivamos en grupos alguna implicación en cómo abordamos la gestión del azar y la exploración en nuestras propias vidas? Otra mirada al mundo animal sugiere que la respuesta es sí. Podemos observar los compromisos involucrados en la toma de decisiones cuando los animales forman parte de un grupo comparando el comportamiento de abejas y abejorros. Aunque ambas especies son insectos sociales que viven en colonias, muestran diferencias bastante interesantes en su comportamiento a nivel de grupo. Las colonias de abejorros incluyen un número menor de individuos y en ellas el trabajo se reparte por tamaño, mientras que en las abejas melíferas este se divide por edad. Además, los abejorros no comparten información con sus compañeros sobre dónde están las mejores fuentes de alimento. Por lo tanto, en los abejorros, la estrategia para buscar alimento se optimiza a nivel individual, mientras que en las abejas melíferas se puede sacrificar el rendimiento individual en la búsqueda de alimento a cambio de transmitir eficazmente la información sobre los alimentos a sus compañeras. 

Los abejorros pueden vivir como lo hacen porque la mayoría de estas especies viven en la zona templada, donde los recursos se establecen en pequeños parches bien distribuidos por el entorno. Sin embargo, las abejas melíferas evolucionaron en los trópicos, donde las fuentes de alimentos son escasas, pero están muy concentradas. Y deben competir por estos recursos (por ejemplo, los árboles con flores) con otros recolectores de néctar. Para ganar esta competición, deben reclutar a muchos de los miembros de su propia colonia para explotar y defender los parches de alimentos recién descubiertos. Esto, a su vez, ha dado lugar a una compleja comunicación y a una división social del trabajo en la que algunos individuos actúan como exploradores; individuos especializados en buscar nuevas fuentes de alimento que luego reclutan a otros miembros de la colonia cuyo trabajo principal implica tareas como la defensa de la colonia o la limpieza. Al explorar en grupo, las abejas melíferas son capaces de eliminar riesgos en su suministro de alimentos. Aunque es muy improbable que un solo buscador individual encuentre una buena fuente de alimento, el gran número de buscadores asegura al colectivo la posibilidad de encontrarla. El tamaño de la típica fuente de alimento, a su vez, garantiza que esos raros descubrimientos proporcionen suficiente alimento a todo el grupo. Si trabajasen a nivel individual, el resultado más típico sería el no descubrimiento de alimento y la muerte por inanición. Pero explorando y explotando como grupo, pueden prosperar en un entorno difícil.

Acabamos de estudiar una variedad de formas diferentes de responder a la imprevisibilidad. La primera opción era actuar como una bacteria: tener en mente una lista de errores que podrían ocurrir y un plan fijo de cómo lidiar con ellos. La segunda opción era permitir una mayor improvisación y aprendizaje, teniendo en cuenta que el aprendiz debe estar dispuesto a enfrentarse al coste de errores ocasionales y ser capaz de soportarlos. Otra opción era no solo estar dispuesto a adaptarse a la imprevisibilidad, sino también a buscarla activamente mediante la exploración. Por último, una forma aún más eficiente de atraer y explotar la serendipia es hacerlo como grupo aprovechando el poder de la multitud. 

Podemos, hasta cierto punto, ver que todas estas estrategias para tratar de gestionar e incluso aprovechar el azar se llevan a cabo también en las sociedades humanas. La respuesta de las bacterias se ejemplifica mejor con algo como los sistemas automáticos de alarma de incendios. Conocemos el problema: los incendios accidentales. Sabemos cómo detectarlos: alguien construye un detector de humo. Y sabemos cómo remediar las consecuencias: con la activación automática de sistemas de rociadores de agua para apagar las llamas. Este tipo de aprendizaje de estímulo-respuesta se hace aún más explícito dentro de las empresas, que a menudo utilizan la elaboración de planes de acción para gestionar sus riesgos. Por ejemplo, las empresas petroleras, cuyos presupuestos se enfrentan a graves riesgos en función de las fluctuaciones del precio mundial del petróleo, han creado a menudo estrategias casi automatizadas condicionadas por el precio para disminuir la perforación de nuevos pozos, la exploración y aumentar la explotación de los sitios de perforación actualmente activos cuando el precio del petróleo cae. 

La importancia del aprendizaje es demasiado obvia como para requerir demasiada aclaración. Hemos trasladado el aprendizaje desde un comportamiento o un hábito a un papel institucional, ya que todas las sociedades modernas han construido un sistema escolar en el que se permite a los niños practicar y jugar con anticipación a los desafíos de la edad adulta. Pero es interesante hacer notar que este lugar de aprendizaje ha sido diseñado alrededor de principios similares a los que los animales enfrentan cuando deciden si vale la pena arriesgarse a aprender. Hemos diseñado ambientes donde la supervisión de los adultos mantiene bajas las posibilidades de caer en un error irreversible o muy costoso, mientras que el sistema de calificaciones proporciona una fácil retroalimentación que señala el camino hacia la mejora individual. No es una coincidencia que estas dos propiedades —bajo coste de los errores y rápida retroalimentación— sean precisamente las condiciones que promueven la evolución de las estrategias de aprendizaje también en el reino animal.

Aprendizaje
Macacos japoneses en las termas naturales de Nagano. Fotografía: Opatsuvi / Freepik.

En otro punto de similitud con la naturaleza, también empleamos estrategias de exploración colectiva siempre que vamos a comprar toda clase de productos. Desde libros a cosméticos, pasando por taladradoras o plantas de interior, su reflejo más obvio es el modo en que funciona actualmente el comercio electrónico. Los mecanismos de recomendación de productos de Amazon, por ejemplo, agregan las decisiones de compra y calificación de cientos de millones de usuarios y ponen así su sabiduría colectiva a nuestra disposición a un coste extraordinariamente bajo. De esta manera nos beneficiamos, en un principio, al tener un conocimiento avanzado sobre la calidad de los artículos sin tener que hacer el esfuerzo de probar nosotros mismos los miles de productos disponibles a un clic. 

Pero la culminación de la exploración colectiva es, por supuesto, la ciencia. La exploración, como hemos ido viendo, siempre tiene costes asociados. Y el fino equilibrio entre la exploración y la explotación es algo a lo que todos los individuos de todas las especies tenemos que enfrentarnos a lo largo de nuestra vida. Pero nuestra cultura nos ha brindado la oportunidad de seguir explorando en circunstancias en las que ya tenemos la información necesaria para aprovechar nuestros conocimientos. En general, una exploración desmesurada sin explotación de los recursos traería consecuencias negativas para el individuo. Esto es obvio cuando la exploración de un único individuo es inviable, incluso suicida, como claramente ocurre en los viajes espaciales ahora, o en las exploraciones científicas de siglos pasados. También esta exploración sería peligrosa en aquellas ocasiones en los que la profundidad en un tema tiene muy baja probabilidad de ofrecer resultados útiles inmediatos, o resultados que el propio individuo o el colectivo pueda llegar a explotar o siquiera observar en su tiempo de vida. 

Pero hacerlo, permitir este modo aparentemente estéril de sondear la realidad, proteger a los individuos que tienen la habilidad de explorar de formas distintas, o que saben crear un ambiente particular, o que simplemente conservan su capacidad de indagar a pesar de los estragos de la edad, nos pone en el camino en el cual podemos buscar y aprovechar los pocos momentos fortuitos de éxito y ponerlos al servicio de la sociedad.

Así, la ciencia es la capacidad que nuestra cultura ha dado a los individuos para seguir explorando, recogiendo los frutos de esta exploración extrema, sin que el individuo tenga que pagar el coste, repartiéndolo entre todos. Hemos conseguido saltarnos el equilibrio necesario entre la exploración y la explotación. Y el resultado es un proceso colectivo de creación de conocimiento que nos permite a todos subirnos a hombros de gigantes, ver más allá de lo que otro ser vivo de nuestro planeta ha visto antes y, si tenemos suerte, añadir nosotros mismos un poco de sabiduría a esta montaña de conocimiento. Obviamente, todo se puede convertir en un producto más y que lo que hasta ahora era un bonito «desequilibrio» deje de serlo. 

Para finalizar, me gustaría recalcar que toda la abundancia de la que disfrutamos la sociedad moderna se debe en gran parte a sistemas altamente sofisticados de explotación del azar, y que estos mecanismos se remontan a más allá de nuestros inicios, a cuando solo las bacterias vagaban por la Tierra.


Naturalmente inusual. ¿Deberíamos regular las hormonas de los atletas?

Fotografía: Yasuyoshi Chiba / Getty.

El pasado 1 de noviembre entró en vigor una nueva normativa de la federación de atletismo (IAAF-International Association of Athletics Federations) por la que se limitan los niveles de testosterona permisibles en las deportistas mujeres de cara a poder participar en algunos eventos deportivos (como las pruebas de pista entre 400 metros y la milla en competiciones internacionales).

La norma tiene ciertos tintes de ir dirigida a regular la actividad de dos deportistas particulares, pues las pruebas que se han restringido no parecen ser las que experimentalmente más se ven afectadas por los altos niveles de testosterona. Pero quizá lo más relevante es que la nueva normativa pone el dedo en la llaga en uno de los aspectos previsiblemente más relevantes, en un futuro próximo, en el deporte femenino: las atletas trans.

El primer impulso ante esta situación es pensar que las mujeres con niveles de testosterona elevados, ya sean trans o mujeres con trastornos en el desarrollo sexual, en tanto que son mujeres, debieran poder participar en las mismas pruebas que las mujeres cis. No es sensato obligarlas a participar en pruebas masculinas, o inventar la extravagante categoría «intersex», o forzarlas a tratarse hormonalmente para poder participar en las categorías femeninas (con las implicaciones para su salud que esto podría tener). Sin embargo, en una segunda instancia, nos podemos plantear qué ocurriría con el deporte femenino en caso de que empezasen a aparecer muchas atletas trans. ¿Tendrán las mujeres cis alguna oportunidad compitiendo contra chicas trans? Esta pregunta es pertinente porque no hay que perder la perspectiva de que las pruebas separadas por sexos aparecieron con la idea (aunque hoy día quizá no necesaria) de fomentar la participación de las mujeres en los deportes de élite (y, finalmente, en todas sus categorías), porque su fuerza, velocidad y resistencia tienden a ser menores que las de los hombres (el 90 % de las veces que escojamos al azar a un hombre y una mujer adultos de la misma edad, él tendrá más fuerza que ella).

¿Cómo regularían ustedes una situación en la que un número elevado de deportistas varones de nivel medio-alto optasen por competir como mujeres trans (sobre todo, si no buscamos ninguna modificación fisiológica para que una persona sea reconocida como mujer)? Aunque la clasificación ya no se hace atendiendo solamente a si los atletas tienen cromosomas XX o XY, ¿tendremos que discutir otras categorías nuevas, que requieran mayor implementación tecnológica, para que las mujeres cis puedan seguir compitiendo con unas posibilidades razonables de vencer? ¿Habrá debate sobre qué es lo que significa tener igualdad de condiciones en aspectos innatos de las personas?

Esperemos que no llegue la sangre al río. Pero, si llega, no se preocupen, que ya nos pondremos a ello. Para que nuestro debate sea informado, no solo ideológico, es necesario indagar en qué medida una deportista con altos niveles de testosterona tiene ventajas físicas. Hay pruebas contrapuestas. Por un lado, tenemos los escandalosos casos de las deportistas de Europa del este que entre los años cincuenta y ochenta fueron dopadas a nivel institucional con diversos esteroides con efectos anabolizantes (moléculas sintéticas que remedan los efectos de la testosterona) para mejorar sus resultados en las más variadas disciplinas olímpicas (con horribles consecuencias para ellas, infertilidad, trastornos de personalidad, cáncer prematuro…). Por otro lado, la testosterona y los esteroides con efectos anabolizantes son elementos dopantes porque incrementan la masa muscular, los niveles de hemoglobina en sangre, etc. Así que, a priori, aunque con agravantes para la salud en aquellas personas a las que se les administra a niveles tóxicos, un nivel alto de testosterona, independientemente del origen de esta, mejora las capacidades físicas.

Y, aún más, presentar un nivel bajo cuando has tenido niveles altos buena parte de tu vida no implica un descenso inmediato de estas capacidades. Los hombres, que normalmente presentan niveles de testosterona unas diez veces superiores a las mujeres, no pierden su mayor proporción de masa muscular inmediatamente cuando, por razones clínicas, sufren una orquiectomía total (pierden ambos testículos). Sin embargo, una interesante investigadora canadiense y corredora aficionada de larga distancia, Harper, ha llevado a cabo estudios con mujeres trans que practican deporte después de someterse a una intervención de cambio de sexo. Harper observa que estas mujeres (cuyos niveles de testosterona descienden tras la operación, entre otras consecuencias) quedan más o menos en la misma posición en la categoría femenina. Es decir, su rendimiento bajaba aproximadamente un 6 % en dos años, pero la categoría que tenían en hombres es la equivalente que ahora tienen en las pruebas de mujeres. Estos estudios son minoritarios además de que solo se ha observado en las pruebas de aficionados. Y no son suficientes para hacer cambiar de opinión a la federación de atletismo y a sus médicos, que consideran que niveles elevados de testosterona siguen confiriendo una ventaja adicional a quienes los presentan.

Entonces, está claro que la testosterona tiene un efecto de mejora de capacidades físicas importantes para competir, aunque están un poco menos claros los límites de cuándo se pierde esa ventaja. Pero, además, las deportistas afectadas por esta normativa, y muchas otras personas informadas, aducen que no se investigan otras posibles ventajas biológicas en los participantes, esas que confieren más velocidad de reacción, piernas más largas, mayor concentración de hemoglobina, etc. ¿Por qué fijarse entonces solamente en la testosterona? ¿Por qué solamente un límite superior y no uno inferior también, como en otras disciplinas? ¿Por qué solo hay restricciones para las mujeres con trastornos en el desarrollo y mujeres trans pero no para los hombres trans?

Para entender por qué la federación tiene tanto interés en la testosterona, hay que hablar un poco del papel de las hormonas sexuales en nuestras vidas. Respecto a las otras dudas, tendremos que esperar a que la IAAF nos las resuelva.

Las hormonas sexuales (testosterona, estrógenos, estradiol) son un grupo de moléculas derivadas del colesterol que tienen importancia en funciones reproductivas de los mamíferos. Aunque todas ellas aparecen en ambos sexos, la testosterona es más abundante en machos, y los estrógenos y progesterona son más abundantes en hembras. Estas hormonas son importantes para cumplir diferentes funciones. Por un lado, en los adultos, son las responsables de que se generen los gametos en cada sexo. Por otro lado, son una señal que emite el cuerpo cuando pasamos del estado infantil al adulto (en el que dejamos de crecer y nos preparamos para reproducirnos). Las distintas modificaciones que se producen en la adolescencia en hombres y mujeres tienen que ver con un cambio radical en los niveles de estas hormonas. Y, además de que todos empezamos a fabricar gametos (a tener poluciones nocturnas y a menstruar), también se modifican los caracteres sexuales secundarios. Los caracteres secundarios son variaciones, tanto físicas como en el comportamiento, que son típicas de machos y hembras en las diferentes especies animales (incluida la nuestra). A esta función de las hormonas sexuales se la llama función organizadora. Por supuesto, el rango de variación típica de caracteres secundarios de macho y hembra es un continuo entre un estado y otro, pero con la mayor parte de los individuos de la especie en uno de los extremos.

Hay diversas características que presentan dimorfismo sexual en la especie humana (que son distintas entre machos y hembras): los pechos, las caderas, las barbas… Y, entre las características que presentan dimorfismo sexual relacionadas con el deporte, encontramos una mayor proporción de masa muscular, mayor fuerza muscular, más hemoglobina en sangre, mayor masa ósea, etc. La testosterona en niveles altos induce, en las personas que la presentan durante la adolescencia, la expresión de ciertos genes que dan lugar a esas diferencias. Estos mismos genes los tienen las personas con testosterona baja, pero su expresión no es inducida, o lo es en menor medida. Y lo contrario ocurre con los estrógenos. Es decir, presentar testosterona alta no afecta a uno o dos genes del individuo, sino a muchos. Y, por tanto, a muchas características. Produce un cambio generalizado, y va mucho más allá de una sola diferencia física favorecedora (como los ejemplos no considerados actualmente que las personas afectadas por esta normativa aducían que no se investigan: unas piernas más largas, mayor capacidad pulmonar…).

Además, subir los niveles de testosterona en cualquier persona produce unos ciertos cambios en las características en que esta hormona influye (por eso tienen sentido los anabolizantes como dopantes, porque incrementan de manera efectiva, por ejemplo, la masa muscular). Sin embargo, poco puede hacer un adulto para hacer crecer sus piernas. Es decir, que tiene bastante lógica que sea la testosterona, y no otra molécula o característica, el principal foco de interés cuando se quieren acotar las ventajas biológicas en los deportistas.

Pero algo importante a resaltar, en mi opinión, que atañe a esta normativa es que los experimentos en roedores nos indican que el marco temporal en que las distintas estructuras del cuerpo responden a las hormonas sexuales es limitado, en torno a la adolescencia. Aunque no es sencillo extrapolar los resultados de los efectos en ratones a humanos, los estudios en el desarrollo humano parecen indicar que este marco temporal también es importante para nosotros. De modo que una alta testosterona en ese periodo produce cambios mayores que si se aplica alta testosterona en adultos y, además, parecen cambios más permanentes en la morfología de los individuos. Es por eso que reducir los niveles de testosterona en un adulto de manera drástica no conduce a una regresión completa en esos caracteres a su estado anterior (preadolescente). Y por mucho que queramos equilibrar los niveles de testosterona de todos los competidores adultos, las diferencias debidas a esta hormona por su impacto en el desarrollo, seguirán estando ahí.

Al hilo de toda esta información sobre el papel que tiene la testosterona en el desempeño de los individuos, creo que es relevante hacer una reflexión sobre lo que creo que significa el deporte. La invención del deporte es en cierto modo la consecuencia de un fenómeno mucho más antiguo, común tanto a los animales como a los seres humanos. Este fenómeno se conoce como el juego. Durante el juego, los individuos jóvenes evalúan sus capacidades, sin que signifique graves consecuencias para ellos, y en este proceso mejoran su rendimiento. Rendimiento que les será útil en su vida adulta. El deporte lo que ha hecho es introducir reglas formales en este comportamiento innato del juego, creando un marco institucional en torno a él que aporta sus beneficios al mundo adulto.

Durante el siglo XX, fuimos descubriendo que ciertos tipos de físico y perfiles hormonales son mejores en algunos deportes que en otros. Las personas con mayor peso son mejores luchadores, la gente con un tren superior mayor tiene más ventajas para llegar a ser grandes nadadores, los corredores de larga distancia tienden a ser delgados y fibrosos. En otras palabras, algunos tipos de cuerpo tienen una ventaja, casi podría decirse que injusta, sobre otros. El hecho de que tener un físico confiera ventajas parece haber creado históricamente desincentivos para que otros compitan. Y por ello, desde el principio del deporte, nuestra respuesta ha sido diversificar. Separamos a los hombres de las mujeres, creamos categorías de peso en los deportes de lucha y empezamos a competir en una mayor variedad de deportes. Así, los incentivos para competir y mejorar se democratizaron y se acercaron a un mayor número de personas. Aunque no pudieras ser el mejor a nivel global, aún tendrías un incentivo para mejorar dentro de tu categoría. Incluso personas con déficits físicos severos pueden hacerlo.

Lo que la biología moderna nos enseña es que nuestras categorías han sido algo insuficientes, más cuanto más nos especializamos al conocer estas ventajas. El rendimiento está determinado no solo por factores visibles obvios (altura, peso, etc.), sino también por factores ocultos como en este caso son los niveles hormonales. La respuesta adecuada a este problema, yo creo, sería crear nuevas categorías, que combinen muchos índices como el nivel de hormonas, la altura y los rasgos genéticos en un único índice que luego podemos dividir en categorías. Así, dentro de cada categoría, podríamos tener un campo de juego más nivelado y «justo», que es lo que también busca la federación de atletismo.

Pero es importante recordar que la justicia en un sentido de equidad no es el objetivo principal de las competiciones atléticas, la estimulación de la mejora y el desarrollo humano lo ha sido históricamente. Exigir algún tipo de honradez en los deportes (creando clases de peso o regulando el dopaje) es solo una herramienta que motiva a un mayor número de personas a participar en el proceso de autodesarrollo. Por lo tanto, sería muy razonable crear nuevas categorías —como sucede con las clases de peso— con la testosterona, porque eso estimula más el desarrollo humano en el deporte. Pero forzar a la gente a reducir sus capacidades físicas, en mi opinión, no es ético ni obedece a los objetivos históricos del deporte: una superación humana en el rendimiento (aunque esto último obviamente podría cambiar, si es lo que la sociedad busca).

Todo lo expuesto, tanto el papel de la testosterona en el rendimiento físico como la creación de incentivos para el deporte, claro, está lejos de resolver el dilema que representa decidirse a restringir a determinadas personas, por sus características biológicas innatas, su participación en unas u otras pruebas deportivas. ¿Qué ha de prevalecer, el derecho de unas deportistas a participar con su identidad o el de otras deportistas a la competencia en una relativa, y aún por definir, igualdad de condiciones? ¿Este derecho se verá alterado cada vez que encontremos nuevos factores que no sean comunes en una categoría determinada e impliquen una ventaja significativa en los atletas de otra categoría? ¿Empezaremos a tener en cuenta el factor ambiental también, las subvenciones, el entorno familiar en el que se desarrolló la persona? El límite, por supuesto, lo tendrá que decidir la sociedad. De momento, y para el atletismo, la polémica está servida.


Referencias:

«IAAF Introduces new eligibility regulations for female classification» (2018). IAAF Athletics.

Brown, A. (2018), «Questions remain over IAAF Differences of Sex Development Regulations». The Sports Integrity Initiative.

Berenbaum, S. A., & Beltz, A. M. (2011), «Sexual differentiation of human behavior: effects of prenatal and pubertal organizational hormones». Frontiers in neuroendocrinology, 32(2), 183-200.

Williams, T. M., & Carroll, S. B. (2009). «Genetic and molecular insights into the development and evolution of sexual dimorphism». Nature Reviews Genetics, 10(11), 797.

Herpin, A., & Schartl, M. (2015). «Plasticity of gene‐regulatory networks controlling sex determination: of masters, slaves, usual suspects, newcomers, and usurpators». EMBO reports, 16(10), 1260-1274.

Jones, B. A., Arcelus, J., Bouman, W. P., & Haycraft, E. (2017). «Sport and transgender people: A systematic review of the literature relating to sport participation and competitive sport policies». Sports Medicine, 47(4), 701-716.


Las mujeres y los hombres tenemos cerebros diferentes. ¿Y qué?

Foto: Peter Prehn (CC).

Empecemos por vestirnos todas las que nos hayamos rasgado las vestiduras al leer el título del artículo.

Bien, una vez vestidas, voy a explicarles por qué me atrevo a afirmar categóricamente algo tan controvertido.

La afirmación es la conclusión lógica de dos cuestiones fácilmente comprobables de manera empírica (luego les daré una vuelta, por si para alguien no son tan evidentes). 1- El comportamiento que desarrollamos depende de la actividad de nuestro cerebro. 2- Hombres y mujeres, en algunos aspectos, tienden a comportarse de manera diferente (es indiferente para esta discusión si esto ocurre por causas innatas o aprendidas).

Antes de desarrollar más estas ideas, quiero adelantar algo muy importante: ¿Qué más da que sean diferentes? ¿Por qué esto nos preocupa tanto y gastamos tanto tiempo y energía en discutirlo? Dejo la pregunta en el aire, y sigo justificando lo de que son diferentes.

Vamos a por la primera afirmación, que no creo que genere mucha controversia. El hecho de que cómo nos comportamos sea fruto de la actividad del sistema nervioso. Salvo en las películas de fantasmas, pocos seres humanos desarrollan un comportamiento sin tener un sistema nervioso. Ni siquiera los zombis, que casi siempre necesitan mantener la cabeza unida al cuerpo para seguir moviéndose. Y cuando alguna circunstancia afecta a una zona de nuestro cerebro, destruyéndola o limitando su actividad, no es extraño que cambie el comportamiento de la persona (o la memoria, o el pensamiento abstracto, o la capacidad de identificar objetos…). La actividad del sistema nervioso es, por tanto, la que genera nuestro comportamiento.

Si el comportamiento, uno de los resultados de la actividad del sistema nervioso, tiende a ser diferente, la causa más probable es que los sistemas que generan ese comportamiento sean diferentes. Profundicemos un poco en esta idea. Dos individuos cualesquiera se comportan de manera diferente ante un mismo estímulo porque la actividad de su sistema nervioso es distinta. Y solo puede ser distinta porque estos sistemas nerviosos lo sean, o porque hay un componente importante de aleatoriedad en el funcionamiento del sistema. Si la respuesta al mismo estímulo tiende a ser sistemáticamente diferente, entonces la segunda posibilidad se vuelve muy improbable, y para justificar una actuación diferente solo nos queda asumir que los sistemas nerviosos son diferentes. Pueden ser diferentes en alguno de muchos niveles de organización, o en todos: en macroanatomía, en microanatomía, en la fisiología de algunas o muchas de sus neuronas, en la expresión genética… Pero en algo han de ser diferentes, ya sea en una distinta arborización dendrítica en algunas áreas, en un distinto patrón de conexiones, en una diferente distribución de receptores, en diferentes niveles de actividad de algunas áreas a causa del contexto hormonal, en la diferente permeabilidad selectiva de algunas membranas celulares, etc.

Si un conjunto de individuos tiende a comportarse ante un mismo estímulo de determinada manera (no todos ellos, muchos de ellos), no es extraño pensar que los sistemas nerviosos de estos individuos tendrán algo en común (expresión de genes, conexiones, anatomía…) y que será diferente de lo que se observe en individuos que no tienden a desarrollar ese comportamiento ante ese estímulo. Esta idea también parece razonablemente lógica. Por ejemplo, si las personas pelirrojas tienden a sufrir más ansiedad ante el dolor dental (y a ir, por tanto, con más miedo al dentista) y resulta que esto tiene que ver con que les afecta menos la anestesia subcutánea, lo lógico es pensar que alguna diferencia hay en sus sistemas nerviosos. De hecho, esta diferencia parece estar relacionada con presentar determinadas variantes del gen MC1R (asociadas también al hecho de tener el pelo rojo).

Otro asunto es si los hombres y las mujeres tienden a comportarse de manera diferente. Creo que no es especialmente controvertido afirmar que esto es así. Hay decenas de comportamientos que se han estudiado sistemáticamente y en los que se ha comprobado que hay diferencias (no necesariamente grandes). Por ejemplo, un comportamiento en que sistemáticamente se encuentran diferencias entre mujeres y hombres es en la tendencia a masturbarse. Según diferentes metaanálisis (que combinan los resultados de miles de estudios), si cogemos al azar un hombre y una mujer heterosexuales de la misma edad, él se masturbará más frecuentemente en torno al 70 % de las veces. Estas diferencias se encuentran en comportamientos que las personas declaran llevar a cabo, pero, como vemos, también aparecen cuando se miden sin que el individuo sea consciente de ello (reacciones fisiológicas, medidas de atención visual, etc.).

¿Cómo de diferentes son nuestros comportamientos? Pues, en general, las diferencias entre los grupos son menores que sus semejanzas, aunque las diferencias suelen ser consistentes. Lo mejor para apreciar la importancia de las diferencias es ver cuán probable es que, al coger una mujer y un hombre al azar, estos sean diferentes en lo que estemos midiendo (como hemos hecho con el ejemplo de la masturbación). Aunque muchas diferencias psicológicas, por ejemplo, entre mujeres y hombres son pequeñas, algunos comportamientos y rasgos muestran diferencias importantes, como pueden ser recurrir a la agresión física o algunos rasgos de la personalidad. Cuando se comete un robo violento, un homicidio, un delito de lesiones o contra la seguridad vial, el 92 % de las veces el perpetrador será un hombre. Si escogemos un hombre y una mujer al azar, en el 75 % de las ocasiones ella presentará una tendencia más fuerte a tratar de agradar a otras personas con su comportamiento. En próximos artículos entraremos a explicar en más detalle cómo podemos estudiar si existen diferencias, a qué se deben y en qué medida se reflejan en diferencias cerebrales.

Aunque conocer el origen es importante, poco importa en este debate si estas diferencias de comportamiento son innatas o aprendidas. Porque lo aprendido ha de modificar algo físico en el cerebro (expresión de genes, presencia de más o menos receptores hormonales en las membranas, cantidades de neurotransmisores liberadas, arborizaciones, lo que sea) para que en el futuro lo que se ha aprendido sea recordado.

Finalmente, podemos preguntarnos si el estímulo que lleva a desarrollar un comportamiento sistemáticamente diferente es realmente el mismo. En un comportamiento sencillo medido en el laboratorio esto es fácil de controlar: un golpe, un sonido grabado, una foto, una narración… Pero, en los comportamientos de los que solemos hablar (como la tendencia a cooperar, o el interés que nos despiertan los niños), en realidad el contexto en que se desarrolla la respuesta podría estar explicando las diferencias. Imaginemos que las mujeres tendemos más a llorar cuando nuestro jefe nos grita. Esto no tiene que significar necesariamente que nos encontremos ante un mismo estímulo: un jefe que grita a sus empleados varones y mujeres. Puede ser que los jefes griten sistemáticamente de diferente manera cuando se enfrentan a una mujer que cuando se enfrentan a un hombre, provocando así que las respuestas sean distintas. Esto es imposible controlarlo en el mundo real. En muchas situaciones el estímulo (o estímulos) que influye en un comportamiento es sistemáticamente diferente para hombres y mujeres. Pero esto no invalida los estudios en situaciones controladas, en las que, presentando un mismo estímulo, seguimos observando tendencias a no responder del mismo modo. Siempre se puede argumentar que la interpretación que hacen unos u otros de la situación es diferente. Pero eso no importa en este debate, porque la interpretación diferente también la hace nuestro cerebro.

Bien, ahora viene lo importante de verdad: ¿Por qué se le da tantas vueltas a si los cerebros son o no diferentes? ¿Es que alguien es tan insensato como para vincular que las oportunidades y derechos deban ser idénticos con si hay o no diferencias entre nuestros cerebros?

Constantemente salen estudios científicos que muestran que hay diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres: en las microconexiones entre áreas cerebrales, el tamaño de diferentes áreas, la expresión génica, los patrones de activación ante diferentes estímulos, etc. Y, también constantemente, la validez de estos estudios se trata de minimizar (a veces con argumentos científicos, otras veces no tanto).

¿Por qué tanto empeño? Se me ocurren dos posibilidades. La primera es que entre los minimizadores hay quien cree que, si esas diferencias existen, no es justificable que nuestros derechos y oportunidades deban ser los mismos. Pero es que nuestros derechos y oportunidades han de ser los mismos independientemente de lo iguales o diferentes que seamos, han de ser idénticos respetando nuestra heterogeneidad. No depende de nuestras características. Es el fruto de un compromiso individual y social con la convicción de que todos debemos tener los mismos derechos por el mero hecho de ser seres humanos.

Por ejemplo, supongamos (y quizá las suposiciones no son tan aventuradas) que la mayor tendencia a caer en distintas dependencias patológicas de uno y otro sexo se debiese a los niveles de hormonas sexuales. O que la aparición más frecuente de trastorno del déficit de atención en hombres estuviese asociada a determinadas variantes genéticas del cromosoma Y. O que la mayor tendencia a la depresión en las mujeres la causen las diferencias entre sexos en el proceso de reciclado de la serotonina. ¿Por ser más frecuentes en un sexo las diferencias estructurales asociadas a determinadas condiciones debemos asumir que nuestros derechos debieran ser distintos? ¿Perderíamos las mujeres el derecho a llevar a cabo labores en que una tendencia a deprimirse causase problemas? ¿Dejarían sistemáticamente los hombres de poder desempeñar tareas que exijan una atención continuada y profunda? No parece muy sensato. Las diferencias en nuestra biología (como estas) no deberían nunca asociarse a disfrutar o no de unos u otros derechos. Que todos disfrutemos de los mismos derechos, posibilidades y libertades es una convicción ética, no la conclusión de una observación empírica de cuán iguales (o desiguales) somos.

La segunda posibilidad es que, aunque no se crea que tener cerebros iguales tenga que ver con tener los mismos derechos y oportunidades, no se quiera dar argumentos a las personas que utilizan estas diferencias para justificar que los derechos deban ser distintos. Se entiende el miedo, pero lo más probable es que las personas que pretenden restringir los derechos acudirán a estos argumentos, o a cualquier otro que les convenga, con tal de respaldar su postura. Y lo harán porque su motivación es simplemente justificar que no debemos tener los mismos derechos. En mi opinión este debate no debería salir del terreno de la ética; dejarnos llevar a otro sitio es simplemente seguirles el juego.

Pero no son pocas las voces que reclaman que no se estudien las diferencias entre hombres y mujeres, ni en el cerebro ni en ningún otro sentido. No obstante, más allá de las cuestiones ginecológicas y urológicas, hay decenas de afecciones que padecemos diferencialmente más unos que otros. La esclerosis múltiple, la migraña, el lupus, la depresión, la celiaquía o el alzhéimer temprano son más frecuentes en mujeres. Sin embargo, es menor nuestra tendencia a suicidarnos, a sufrir espondilitis anquilosante, meningitis o leucemia infantil. Muchas de estas diferencias pueden atribuirse al diferente modo de vida, pero no todas. Y son las diferencias en nuestra biología, ya sean genéticas, inmunológicas u hormonales, las que están detrás. Entender el porqué de las diferencias es muy útil para aprender a combatir estas enfermedades. De hecho, seguramente hayan encontrado en los medios de comunicación debates recientes sobre la necesidad de incluir más mujeres en los ensayos clínicos, tras observar un efecto diferente en las pacientes de algunos fármacos. Evitar estudiar las diferencias quizá venga bien para poner trabas a un determinado discurso, pero complica mucho otras cuestiones relevantes.

Realmente, lo mejor para defenderse de cualquier argumento de este tipo es desligar la igualdad de derechos y oportunidades de si somos o no diferentes. Porque, tal como he venido exponiendo, en algo (ya sea microestructura, responsividad a hormonas, expresión génica o conectividad) tenemos que ser diferentes. Asociar igualdad de derechos a que no existan diferencias biológicas es exponernos a un tremendo peligro. Además de a un casi inexorable fracaso.

Así que dejemos de dar vueltas a si nuestros cerebros son diferentes o no. Lo son. ¿Y qué?


Biología y orientación sexual, ¿es lo mismo para mujeres y hombres?

Pride March 2018, New York. Foto: Anna Sergeeva / Cordon.

Es poco frecuente que los científicos decidan intervenir activamente en la vida pública. No suele ir con nosotros salir a dar nuestro punto de vista, aun cuando el debate arroje luz sobre cosas que claramente nos conciernen (como las vacunas o el terraplanismo). Sin embargo, hace un año y medio un grupo internacional de científicos, los más importantes entre los que investigan los vínculos entre biología y orientación sexual, decidieron escribir un artículo conjunto. El motivo fue explicar al presidente de Uganda, Yoweri Museveni, que desde el punto de vista científico la homosexualidad no es algo que se «decida».

El artículo viene motivado por una cuestión que planteó el presidente antes de firmar la ley antihomosexualidad. Dudaba si era justificable castigar la homosexualidad si esta es parte de la naturaleza de las personas, si no es un modo de ser libremente elegido. Este grupo internacional de científicos preparó el mencionado artículo para que sirviese de base a los encargados de formular políticas en Uganda (y de otras partes del mundo). Pero no transcurrió mucho tiempo desde la consulta hasta que se tomó la decisión (mucho menos de lo que tarda en salir un artículo científico publicado, que viene a ser lo mismo que lo que tarda en gestarse un bebé humano). La ley fue aprobada en febrero de 2014, tras un informe de un comité de expertos ugandeses no especialmente antihomosexual (se puede consultar). Y aunque la corte constitucional de Uganda derogó la ley, los derechos de los homosexuales en el país no han mejorado mucho (el código penal aún castiga con cadena perpetua los actos carnales «contra natura»).

El artículo, en cualquier caso, es una magnífica oportunidad para cualquiera interesado en ponerse al día sobre toda la información referente al estudio de la orientación sexual desde el punto de vista científico. Y aunque es bastante cierto que el secreto de la originalidad consiste en ocultar las fuentes, en este caso lo apropiado es dejar claro que buena parte de la información que he barajado para escribir este artículo proviene de ese esfuerzo conjunto por articular toda la información disponible al respecto hasta la fecha. Si tienen oportunidad de echarle un ojo, anímense (son casi cincuenta páginas donde se recogen diversos aspectos sobre el abordaje científico de la orientación sexual). A mí lo que me interesa destacar en este artículo son los vínculos con la biología.

Antes de que nos pongamos nerviosos sobre si la orientación sexual es o no elegida o depende en parte o no de nuestra biología, primero quiero afrontar la duda de si estas cuestiones hay que investigarlas o no. La respuesta a esta duda empieza con una pequeña reflexión sobre lo que proponía el presidente Museveni. El presidente postulaba que, si la homosexualidad no es algo elegido, no es lícito castigarla con pena de muerte. Podría parecer, entonces, que demostrar que hay factores biológicos que hacen que uno tienda a no ser heterosexual podría contribuir a su aceptación social, a normalizar la condición de no heterosexual. Pero, por otro lado, cuando se publica que hay factores biológicos relacionados con la homosexualidad aparecen grupos de opinadores que sugieren que, en tal caso, la homosexualidad es «curable». Y que, si no se «curan», es su responsabilidad (o de sus padres, o del sistema de salud). De modo que, al final, es una condición elegida y, por tanto, los no heterosexuales son responsables de su condición. Con esto lo que quiero decir es que siempre vamos a encontrar gente que, o bien bajo una premisa (tiene causas biológicas) o bien bajo la otra (no las tiene), utilizará argumentos para intentar «reconducirlos» a la supuestamente correcta senda de la heterosexualidad. En mi opinión, no hay que tener miedo a saber la verdad. Y, por tanto (oh, sorpresa), creo que cuanto más entendamos las causas de nuestra orientación sexual, mejor para todos. Independientemente de lo que los resultados nos indiquen. Ningún argumento sobre si un comportamiento tiene un componente biológico de mayor o menor peso debería utilizarse para definir si es correcto o lo contrario. Esa es una decisión de la sociedad, que tomamos entre todos (de una manera no necesariamente explícita). Incorrecto y natural no son los polos opuestos de una misma dimensión. Es un error vincular los derechos de las personas a cuán «natural» es su comportamiento.

Vamos, entonces, al meollo de la cuestión: ¿qué sabe la ciencia sobre las causas de la orientación sexual humana? Para afrontar la respuesta, es importante primero responder a una pregunta: ¿A qué se refieren los investigadores cuando hablan de homosexualidad? Esto es muy interesante entenderlo a la hora de interpretar los diferentes estudios. Una de las posibilidades, la más frecuentemente utilizada, es cómo las personas se consideran a sí mismas (la identidad sexual, tomando el sentido de la sexual identity anglosajona). Generalmente esto se hace preguntando, mediante algún tipo de escala, de tal manera que hay posibilidades de definirse en cualquier punto intermedio entre completamente heterosexual y completamente homosexual.

A parte de lo que uno se considere, que es la dimensión relevante desde el punto de vista social y legislativo, el estudio científico de la orientación sexual puede también afrontarse en función del comportamiento que los sujetos desarrollan. Seguro que no les es difícil imaginar a una persona que en algún momento de su vida ha participado en actividades sexuales homosexuales, incluso frecuentemente, pero no se identifica como tal (ni siquiera parcialmente). Y aunque desde el punto social esto es irrelevante, porque lo importante es lo que uno se considera, sí es relevante para estudiar las causas de nuestra orientación sexual. Una tercera posibilidad es enfocarnos en hacia qué personas se siente atracción sexual. De nuevo, no les será difícil imaginar personas que a veces sienten atracción homosexual pero nunca han llevado a cabo un comportamiento acorde a esa atracción ni se ven a sí mismos como homosexuales. Sin embargo, para entender las causas que definen nuestra orientación sexual, la atracción es la dimensión más relevante que hay que comprender.

Como es esperable, la proporción de personas que quedan ubicadas en el ámbito de la no heterosexualidad difiere según la pregunta. Los estudios más completos tratan de abarcar estas tres dimensiones. Aunque hacer esto exige mucho tiempo por parte de los participantes, y lo más frecuente es encontrarse estudios que inciden exclusivamente en la cuestión de la identidad sexual. El problema radica en que la relación entre estas tres dimensiones, identidad, comportamiento y atracción, es más o menos estrecha en función de la sociedad donde se lleve a cabo el estudio. Por eso siempre hay que tener muy presente sobre qué cuestión se indaga en cada caso.

Finalmente, además de los estudios en que la orientación sexual se define en función de las respuestas que dan las personas sobre sí mismas, hay otra serie de estudios particularmente interesantes. En ellos lo que se mide es la excitación física ante estímulos de distinto carácter sexual, en hombres y mujeres. La excitación se mide a través de diferentes parámetros, como la dilatación pupilar, la frecuencia cardiaca y respiratoria, la irrigación sanguínea a los órganos sexuales, etc. Estos estudios son mucho más laboriosos y largos de hacer, y lógicamente los tamaños de la muestra son más reducidos. Pero sus resultados son muy sorprendentes y relevantes para entender la orientación sexual humana, pues están libres de todos los problemas asociados con los autoinformes (que las personas se engañan a sí mismas, que de manera más o menos intencionada mienten a los investigadores, que las personas olvidan, etc.). No queremos decir que las opiniones de las personas sobre sí mismas no sean interesantes, pero estos estudios añaden una dimensión muy relevante y ajena a la subjetividad personal.

Es el momento de abordar una segunda cuestión que dejamos pendiente. Es el espurio contraste entre «biológico» y «elegido» que se suele emplear cuando estas cuestiones se debaten. Desde el punto de vista científico no son términos que se puedan contraponer, pertenecen a diferentes dimensiones. Para un científico empírico del comportamiento todo comportamiento tiene causas, y si un rasgo no se debe a causas biológicas, entonces sus causas son ambientales (pero no el «libre albedrío»). En este sentido es muy importante incidir en que cuando se habla de elegir, normalmente nos referimos a elegir llevar a cabo alguna acción, pero no a elegir las causas que podrían motivar esa acción. Es decir, uno puede elegir tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo, pero no puede elegir querer tener relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. La orientación sexual tiene que ver tanto con «apetecer» como con «hacer». Las causas de lo que nos apetece pueden ser biológicas o ambientales, pero el libre albedrío no interviene en esa dimensión (y los intentos conscientes por modificarla son contrastados fracasos). Lo que se hace se puede decidir (y ahí sí que uno puede hablar de libre albedrío, en relación con si se quieren asumir los costes ambientales de actuar conforme a los propios deseos).

Bien, una vez aclaradas las diferentes dimensiones desde las que se puede afrontar el estudio de la orientación sexual, vayamos con las preguntas (y sus respuestas). Para empezar, ¿cuántas personas no heterosexuales hay? Hay centenares de estudios que agrupan los datos recabados de cientos de miles de individuos en todo el mundo, que nos permiten estimar con razonable precisión cuán frecuentemente las personas se consideran no heterosexuales (utilizamos esta denominación pues la mayor parte de las personas se suele considerar heterosexual). Recuerden que en este caso la identidad sexual se mide con una escala, de tal manera que hay personas que se consideran a sí mismas completamente homosexuales o heterosexuales, y una proporción de población que queda entre ambos extremos cuya orientación sexual quedaría definida por un valor entre 0 y 1. Esta escala a la hora de presentar gráficamente los resultados se suele organizar en 5 categorías: homosexuales, mayoritariamente homosexuales, bisexuales, mayoritariamente heterosexuales y heterosexuales (siendo las tres primeras categorías las que se suelen denominar «no heterosexuales» y las dos últimas serían «no homosexuales»). Estudios llevados a cabo mayoritariamente en Occidente, pero también en otras culturas, ofrecen resultados similares: casi todo el mundo se considera no homosexual. Los datos varían entre estudios, pero las personas que se consideran no heterosexuales nunca superan el 10% y los exclusivamente heterosexuales nunca son menos del 80%. Estos estudios siempre son motivo de debate, con acusaciones de «hinchar» las cifras por parte de unos u otros colectivos. Aunque, en realidad, poco importa si las personas que se consideran exclusivamente heterosexuales son el 96% o el 83%, porque todos los resultados dejan claro que una proporción pequeña pero no desdeñable de las personas queda fuera de esta categoría. Y no parece que ningún estudio, por amplio o pormenorizado que sea, vaya a ofrecer resultados cualitativamente diferentes.

Pride March 2018, New York. Foto: Anna Sergeeva / Cordon.

Estos estudios «cuantitativos» muestran una diferencia interesante entre la homosexualidad masculina y femenina. La proporción de personas que se consideran no homosexuales (solo heteros y principalmente heteros) no es diferente entre hombres y mujeres y viene a rondar el 97%. Sin embargo, cuando atendemos a todas las categorías, la distribución de las personas en cada una de estas categorías en función del sexo es diferente. La distribución para los hombres se dice que tiene forma de «J», con hombres definiéndose más bien en las categorías extremas (completamente homosexuales o heterosexuales) y pocos en las categorías intermedias. En las mujeres se dice que la distribución tiene forma de barra inclinada, «/», pues hay pocas mujeres que se consideren completamente homosexuales, algunas más que se consideran bisexuales, más que se consideran principalmente heterosexuales y más aún que se consideran exclusivamente heterosexuales. Comparando ambas distribuciones se pueden sacar muchas lecturas. Una, muy interesante, es que las mujeres adoptan más frecuentemente orientaciones sexuales que contemplan la atracción y el comportamiento sexual hacia ambos sexos, polarizándose menos en los extremos que los hombres.

Este hecho, junto con algunas cuestiones que comentaremos a continuación, indujo a los investigadores a pensar que hay diferencias relevantes entre hombres y mujeres respecto a la denominada fluidez sexual. La fluidez sexual es la flexibilidad en la capacidad de respuesta sexual de una persona en función de la situación, lo que hace posible que algunas personas experimenten deseo sexual hacia hombres o mujeres bajo ciertas circunstancias, independientemente de su orientación sexual general. La fluidez sexual tiene, entre otras consecuencias, una mayor tendencia a cambiar de orientación sexual a lo largo de la vida, cosa que decenas de estudios confirman que ocurre más frecuentemente en mujeres. Esto se puede observar, entre otros muchos ejemplos, en un estudio llevado a cabo con una población de adultos jóvenes bastante grande (seis mil hombres y siete mil mujeres) en el que se analizó con qué orientación sexual se identificaban entre los años 2000 y 2007. La proporción de hombres heterosexuales en el 2000 que seguían considerándose así en el 2007 era el 98%, mientras que era el 94% de las mujeres las que mantenían la orientación exclusivamente heterosexual. Es decir, trescientas veinte mujeres frente a cien hombres dejaron de considerarse completamente heterosexuales. En el otro extremo de la distribución, el 54% de los hombres exclusivamente homosexuales mantenían esta orientación, mientras que solo el 36% de las mujeres lo hizo. Además los cambios de orientación sexual lo son a categorías aledañas en los hombres, mientras que en mujeres las variaciones a veces se producen hacia categorías más lejanas. Y también las mujeres declaran más frecuentemente haber sentido atracción hacia personas de ambos sexos (en torno al 10%) que los hombres (en torno al 3%).

Esta mayor fluidez sexual femenina se ve corroborada en los estudios que miden excitación física. En estos estudios los participantes se ven expuestos a estímulos generalmente visuales homosexuales o heterosexuales para su sexo, y durante la exposición se analizan las antes mencionadas variables fisiológicas relacionadas con la excitación. En estos estudios se observa que la mayor parte de los hombres que se consideran homosexuales apenas se excitan con estímulos heterosexuales y viceversa. Sin embargo, la respuesta genital en mujeres heterosexuales no es demasiado distinta si el estímulo es homosexual o heterosexual. Y lo mismo ocurre con las mujeres homosexuales, que se excitan de manera similar ante estímulos homo y hetero. Y, aun siendo esto relevante, no es lo más interesante de estos estudios. Lo realmente fascinante es que, además de medir la excitación, se pide a los participantes que cuantifiquen cuán excitados se han sentido en las diferentes situaciones. La excitación declarada y medida coincide mucho en los hombres, de tal manera que, por ejemplo, un hombre homosexual que se excita ante determinado estímulo reconoce sentirse excitado. Pero en las mujeres lo que se observa es que estas solo dicen sentirse excitadas con estímulos que corresponden con su orientación sexual declarada, independientemente de la respuesta genital. Es decir, que la excitación fisiológica y la declarada no coinciden demasiado bien en las mujeres. Estos resultados invitan a profundizar más en esta falta de consonancia en la excitación femenina. Podría ser que las mujeres participantes simplemente no declaran abiertamente sentirse excitadas pese a ser conscientes de ello. Aunque esta posibilidad parece a priori la más plausible, a las personas que se animan a participar en este tipo de experimentos difícilmente se las puede tildar de tímidas o autorreprimidas. Esto invita a análisis más profundos, como por ejemplo si lo que ocurre es que las mujeres no se autoperciben como sexualmente excitadas del mismo modo que los hombres. O si es diferente la idea que se tiene en ambos sexos de lo que es la excitación. Por otro lado, habría que tener en cuenta algunas cuestiones a controlar que pueden afectar a lo observado, como que la pornografía que incluye sexo entre dos mujeres ha estado presente desde siempre en el porno «hetero», al contrario que las escenas de sexo entre dos hombres. Además de considerar que los estímulos visuales son más eficaces para provocar excitación en hombres que en mujeres.  

Curiosamente, respecto a factores biológicos relacionados con la homosexualidad, en la mujeres parecen tener cierto efecto los niveles de andrógenos durante el desarrollo embrionario. El principal indicio se basa en estudios con mujeres con hiperplasia adrenal congénita, es decir, que por diferentes razones tienen un exceso congénito de testosterona. En este grupo, la frecuencia de mujeres que se consideran homosexuales o que declaran haber practicado sexo con otra mujer es entre dos y tres veces mayor que en personas que no presentan esta condición. Como generalmente se las trata para reducir estos niveles al nacer, es la exposición intrauterina a andrógenos la que podría explicar esta tendencia. Lo que lleva a tratar de analizar si los niveles de andrógenos intrauterinos se asocian a la homosexualidad en mujeres que no sufren este trastorno endocrino. Hacerlo correctamente implicaría hacer amniocentesis a un montón de mujeres embarazadas y luego hacer un seguimiento a sus hijas hasta que sean adultas para confirmarlo. Lo cual, además de difícil, es una insensatez porque las amniocentesis son intervenciones que implican cierto riesgo de aborto. Otras posibilidades, como medir los niveles de andrógenos en sangre materna o en el cordón umbilical al nacer, aunque a veces se emplean, no reflejan bien los niveles de andrógenos a lo largo del embarazo.

Sin embargo, y aunque parezca extraño, multitud de pruebas directas e indirectas indican que la longitud de los dedos de la mano varía en función de los niveles de estrógenos y testosterona durante el desarrollo fetal. Las pruebas más convincentes de esta asociación incluyen medidas efectivas de andrógenos en amniocentesis (que se realizaron por causas clínicas, no específicamente para estos estudios), pruebas con animales de laboratorio y longitud de los dedos en personas con diferentes patologías relacionadas con las hormonas sexuales (por exceso y por defecto). Metaanálisis que incluyeron un número bastante grande de personas homosexuales (mas de mil mujeres y de mil quinientos hombres) indican que las mujeres homosexuales tienden a presentar longitudes de dedos de la mano que se corresponden con niveles más altos de testosterona durante el desarrollo embrionario. Contrariamente a la creencia popular, no hay diferencias en la longitud de los dedos de la mano entre hombres homosexuales y heterosexuales en los metaanálisis, aunque muchos estudios particulares sí encuentran una asociación. El conjunto de estos dos tipos de estudios parece indicar que los niveles de andrógenos prenatales contribuyen a desarrollar una orientación homosexual en algunas mujeres. Se postula que su efecto se debe al grado de diferenciación sexual que adquieren los diferentes tejidos, incluido el nervioso, según el nivel de exposición a andrógenos en diferentes momentos del embarazo. Es la explicación más plausible, aunque difícilmente va a poder ser testada experimentalmente.

También hay estudios que, de alguna manera, parecen relacionar el desarrollo embrionario de los hombres con la orientación homosexual. Son los estudios sobre el denominado efecto del hermano mayor. Esta línea de investigación parte de la observación estadística de que los hombres homosexuales tienen más hermanos varones mayores en comparación con los que tienen los hombres heterosexuales, las mujeres heterosexuales y las mujeres homosexuales. Y el efecto se mantiene cuando se tienen en cuenta factores como la edad de los padres, el número total de partos de la madre, las hermanas o los hermanos posteriores, la genealogía familiar, etc. El efecto, estudiado en diferentes culturas, se observa solo entre hermanos de madre (no importa si hay hermanos mayores adoptados ni hijos previos de sus padres con otras mujeres). Las probabilidades de que un hombre de adulto se considere homosexual aumentan mucho en función del número de hermanos varones que le preceden. Por ejemplo, la probabilidad de que un cuarto hermano varón se considere homosexual es el triple de que lo haga un hijo único (eso quiere decir que un 2% de los hijos únicos son homosexuales, mientras que un 6% de los cuartos hijos lo son). No se conocen las razones de este efecto, pues los análisis adecuados no son fáciles de llevar a cabo. Las pruebas indirectas atribuyen el efecto a alguna clase de reacción inmunológica materna durante el intercambio placentario contra las proteínas que se sintetizan sobre la base de los genes del cromosoma. Y del embrión. Estas proteínas son importantes para activar el proceso de diferenciación sexual en el embrión. Y, aunque en general la mayor parte de este proceso depende de la testosterona, estudios recientes indican que en algunos tejidos hay vías de diferenciación que se activan independientemente de esta hormona. Sobre estas vías podría estar actuando la inmunidad materna. Seguramente en los próximos años el análisis de las disfunciones en el intercambio placentario se desarrolle más extensamente, porque ya hay varios estudios que relacionan el mal funcionamiento placentario con la aparición de diferentes condiciones más frecuentes en varones, como el autismo.

Además de estos efectos del desarrollo embrionario sobre la probabilidad de desarrollar una orientación sexual homosexual, hace mucho tiempo que sabemos que hay factores genéticos implicados. Tanto los estudios de genealogías familiares, la tendencia a que aparezcan personas homosexuales dentro de la misma familia, como las investigaciones que se hacen comparando gemelos homocigóticos y heterocigóticos indican una cierta contribución de los genes en la tendencia a reconocerse como homosexual en la edad adulta. Más o menos un tercio de la variabilidad encontrada en el carácter se debe a efectos genéticos, siendo el efecto genético algo más importante en la homosexualidad masculina que en la femenina. Esto quiere decir que aunque los factores ambientales tienen mayor peso, la importancia de los genéticos no es desdeñable. Estos estudios no son independientes del todo de los presentados previamente, pues parte de los efectos durante el desarrollo podrían estar influidos por los genes (tanto tener más o menos andrógenos fetales como la mayor o menor facilidad de desarrollar anticuerpos contra proteínas fetales).

Además de estudios para detectar efectos genéticos llevados a cabo de la manera tradicional (análisis genealógicos y de gemelos), se han llevado a cabo estudios de secuenciación de genomas completos en busca de la localización precisa de las variantes genéticas que contribuyen a la homosexualidad humana. Esta, como casi cualquier carácter complejo, no parece ser dependiente del efecto de uno o dos genes, sino de la pequeña contribución al carácter de centenares o miles de genes. El análisis del genoma de más de 10.000 personas indica que hay dos regiones cromosómicas que se vinculan más fuertemente a la probabilidad de considerarse homosexual. De nuevo, y considerando ambos conjuntos de experimentos, parece claro que la genética del individuo contribuye, en parte, al desarrollo en el individuo de una orientación homosexual.

Nos parece importante enmarcar estos estudios dentro de la inmensidad de trabajo científico que se lleva a cabo para entender la diversidad que existe entre las personas. Estudios que se hacen para entender por qué somos inteligentes o altos (o tendemos a desarrollar cáncer u obesidad). La altura y la inteligencia son dos buenos ejemplos porque parece claro que los factores biológicos no son los únicos determinantes de estos caracteres, aunque importan mucho en el desarrollo final del carácter. En cualquier caso, entender por qué hay personas más altas que otras o más inteligentes, intentar averiguar dónde residen las causas de nuestra heterogeneidad, no afecta en ningún sentido a las personas altas o inteligentes. No tiene por qué hacernos sentir mejor o peor saber que medimos uno sesenta en parte por nuestros genes. Poco importa si el desarrollo de un carácter se debe a unos factores u otros, porque ambos están mayoritariamente fuera de nuestro control. En este sentido, creemos que saber que la homosexualidad en sus diferentes dimensiones —atracción, comportamiento e identidad— se ve influida por la biología no debiera afectar a cómo se sienten las personas respecto a su sexualidad.

Por último, déjenme insistir en que, en este debate sobre las causas de la homosexualidad, lo que no es biología no quiere decir que sea libre albedrío. En la homosexualidad, como en cualquier otro rasgo humano, influyen factores biológicos del individuo, factores ambientales (que incluyen toda clase de cosas, no solo la educación, sino todo el medio ambiente en que se desarrolla el individuo en un sentido material y social) y la interacción de ambas cosas. Estos factores afectarán a que sea mayor o menor la propensión de cada individuo a sentirse atraído por personas de uno u otro sexo. El hecho de definirse de uno u otro modo y comportarse de una u otra manera siempre está en manos del sujeto. Ahí está el libre albedrío. Salvo para saciar nuestra curiosidad (y algunas cuestiones clínicas en que esto pudiera ser relevante), no debería importarnos por qué uno es como es, sino que cada uno pueda ser lo que a cada uno le dé la gana.

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Comportamientos humanos regulados por la selección sexual

Fotografía: Emily Wise (CC).

En las parejas de patos hay algo llamativo y curioso; los machos muestran un plumaje de vivos colores, mientras que el de las hembras es más críptico, como de camuflaje. Estas diferencias no solo las observamos en aves. En muchas parejas de peces, ciervos, lagartos o incluso escorpiones observamos dos animales que presentan rasgos muy diferentes. El hecho de que dos sujetos de la misma especie que se enfrentan a problemas muy parecidos a la hora de sobrevivir y dejar descendencia, sometidos a las mismas presiones de selección, den lugar a dos individuos con fenotipos tan diferentes hizo que Darwin plantease la idea de la selección sexual diferente a la selección natural.

Hoy sabemos que esta es una división artificial, que la selección natural y la selección sexual no son dos fuerzas diferentes. la selección es un mecanismo evolutivo que incrementa en una población aquellos rasgos heredables que aumentan el éxito reproductivo del individuo que los porta. Este éxito reproductivo puede alcanzarse por diferentes razones, relacionadas con la supervivencia o la fertilidad. También puede alcanzarse de diferente manera en cada sexo, haciendo que con el paso de las generaciones los sexos tiendan a presentar unos caracteres u otros. Pero el mecanismo que produce estos rasgos diferentes entre machos y hembras, estos rasgos dimórficos sigue siendo el mismo: la selección.

¿Cómo surgen los rasgos que contribuyen de manera diferente a aumentar el éxito reproductivo en hembras y machos? ¿Por qué los colores llamativos o los grandes cuernos suelen darse en machos y no en hembras? ¿Por qué son las hembras las que amamantan?

La razón última está en la propia definición de macho y hembra. Llamamos hembras a los individuos que fabrican gametos grandes y costosos y, por tanto, poco abundantes: los óvulos. A lo largo de la evolución, estos individuos suelen acumular mayores costes reproductivos. Esta acumulación no ocurre, como se suele argumentar, por el gran coste inicial donde una inversión en el pasado afecta a las decisiones del individuo en el presente (la llamada falacia del costo hundido). Se debe a otros factores, como la gran inversión necesaria para acometer sucesivos intentos de reproducirse o a la certidumbre que genera la maternidad en contraste con la incertidumbre de la paternidad, que desincentiva la acumulación de costes en los machos.

Por otro lado, llamamos machos a los individuos que producen gametos pequeños, relativamente poco costosos y abundantes: los espermatozoides. Siendo el coste reproductivo tan dispar, la selección modelará los distintos caracteres de manera ligeramente diferente en cada sexo, según contribuyan a maximizar el éxito reproductivo. Como el coste es normalmente mayor para las hembras, el proceso evolutivo suele llevar a que estas sean más selectivas antes de decidir aparearse. Y por el mismo principio, la selección suele conducir a que los machos dediquen más esfuerzos a ser escogidos como pareja reproductora.

Aunque este sea el mecanismo principal en la mayoría de las especies, no se excluyen otras posibilidades. Por un lado, no en todas las especies el coste de reproducirse es mayor para las hembras, como en los caballitos de mar, cuyos machos incuban y transportan la descendencia hasta que nace. En estos casos los roles de «competidor» y «selector» suelen aparecer cambiados. De igual forma, aunque habitualmente la hembra es más restrictiva eligiendo pareja, no siempre sucede así. Por ejemplo, son las hembras de gallineta común quienes pelean para atraer al macho.

Pero, aún más interesante: que un sexo sea selectivo no implica que el otro no lo sea y que en un sexo se compita por ser elegido no excluye que en el otro también se produzca esta competición, aunque quizá en menor medida. Esto es muy relevante en la discusión sobre el efecto de la selección sexual en la especie humana.

Fue Trivers en 1972 quien planteó que los seres humanos, como cualquier otra especie animal, también estamos sometidos a estas mismas diferencias de coste reproductivo entre machos y hembras, y que estas diferencias hacen que observemos en nuestra especie la misma divergencia entre individuos que escogen e individuos que compiten. Es decir, que los machos humanos también compiten por ser elegidos y las hembras humanas también son más selectivas a la hora de reproducirse. Esta fue la visión dominante, casi monolítica durante un tiempo, en el estudio del dimorfismo sexual en la especie humana.

Pero, como se puede esperar del estudio de una realidad compleja, este no es el único enfoque. Estudios posteriores, llevados a cabo frecuentemente por mujeres, han contribuido a ver alguno de los efectos relevantes en el sentido contrario al estándar. Así, muchas investigadoras, como Fisher, Gotway o Campbell, han hecho hincapié en que, en nuestra especie, las hembras también compiten y, por tanto, los machos también eligen en cierta medida. Aunque el efecto de estas adaptaciones inversas es menor en el cómputo global del proceso de elección de pareja, no es en absoluto despreciable.

Diversos artículos afrontan el estudio de caracteres dimórficos entre hombres y mujeres, postulando hipótesis para explicar estas diferencias. Uno de los caracteres analizados es la diferencia en masa muscular; los hombres tienen habitualmente más masa muscular que las mujeres. En concreto, la masa muscular es un 60% mayor en hombres —80% mayor en el tronco superior y 50% en el inferior—. El origen de esta diferencia se suele atribuir a la competencia entre los hombres a lo largo del proceso evolutivo, ya sea vía conflicto directo o compitiendo en su capacidad como proveedor de alimentos. Aquellos hombres con genes que les hacían ser más musculosos tendían a ganar la competencia y, con ello, a dejar más hijos que heredaron estos genes. Pero también hay investigadores que postulan que este incremento de la masa muscular a lo largo del proceso evolutivo se produjo por un proceso de cambios orientados a mejorar su atractivo.

Otro carácter dimórfico es la presencia de pechos en las mujeres. Todos los mamíferos tienen mamas, pero pocos tienen pechos. ¿Por qué han aparecido a lo largo del proceso evolutivo? ¿Qué ventaja reproductiva aportan? Lo más plausible es postular que sirven para provocar una elección diferencial por parte de los hombres, aunque hay investigadores que plantean que su utilidad a lo largo de la evolución se relaciona más bien con un mecanismo de competencia entre mujeres.

Explicar estos dimorfismos genera una narrativa interesante: ¿han aparecido por competencia intersexual o intrasexual? Y si la competencia es intrasexual, ¿el mecanismo es demostrar alta calidad fenotípica o sirvió para reflejar una alta capacidad para conseguir recursos? ¿O quizá alta capacidad para atraer al otro sexo?

La realidad es que la selección actúa sobre el fenotipo completo; sobre todas las características del individuo y sobre todas las capacidades que de ella se derivan. Es un poco estéril discutir si un carácter existe porque era atractivo o porque servía para competir. Ese carácter pudo servir para todas estas cosas a la vez. Y otros caracteres que lo acompañan, pero que son menos visibles, también. Pero, sobre todo, la discusión es estéril porque es difícil plantear hipótesis para comprobar si una causa tuvo más peso que otra a la hora de determinar por qué un fenotipo (y los genes que son responsables de él) tuvo más éxito. Conocer las diferentes narrativas que lo expliquen es un ejercicio interesante y  divertido, pero también es un poco especulativo y, por tanto, conflictivo.

¿Existe un dimorfismo sexual en algunos comportamientos? ¿Ha sido ese dimorfismo modelado, aunque sea parcialmente, por la selección sexual? A continuación presentaremos algunos comportamientos que llevamos a cabo los seres humanos en los cuales hay indicios para pensar que, efectivamente, han sido modelados por la selección sexual. Resultan especialmente interesantes los que tienen que ver con la interacción social, los que afectan a cómo organizamos nuestras sociedades. Porque entenderlos podría ayudarnos a modificar estos comportamientos en algún sentido que nos interese: más acorde a un sistema igualitario, por ejemplo. ¿Qué comportamientos son estos? Hay tres que afectan en gran medida al devenir social: cómo percibimos el atractivo de otras personas, cómo cooperamos y cómo nos agredimos.

Primero deberíamos establecer si son comportamientos diferentes en hombres y en mujeres sabiendo que, por supuesto, el hecho de que efectivamente lo sean no puede atribuirse solo ni directa ni exclusivamente a la selección sexual. También pueden aparecer, o potenciarse, a causa de la educación y la cultura; por esto hay que estudiar profundamente las diferencias, transculturalmente y sin prejuicios. Porque los rasgos en todos los individuos de todas las especies aparecen por una interacción del genotipo y el ambiente y, en el caso del ser humano, la cultura en la que nos desarrollamos es un factor ambiental de primer orden. Por otro lado, es la flexibilidad de los fenotipos comportamentales lo que nos da esperanzas de mejora.

¿Qué más hace falta para poder decir que un rasgo haya sido modelado por la selección sexual? Dado que la selección lo que hace es aumentar o disminuir en la población la frecuencia de los alelos asociados a aquellos fenotipos que aumentan el éxito reproductivo, es necesario que exista un factor heredable. Por tanto, si un carácter que presenta dimorfismo sexual tiene además un cierto componente hereditario, es entonces candidato a que haya sido la selección sexual a lo largo del tiempo la que ha configurado ese dimorfismo.

Percepción del atractivo

Hay muchos modos de medir qué nos resulta atractivo a los seres humanos: la gente puede simplemente contarnos qué le resulta atractivo, también podemos ver lo que la gente elige como atractivo al presentarle una serie de caracteres como voces, fotos o perfiles de Tinder, e incluso podemos estudiar qué han elegido en sus vidas. Todas estas metodologías tienen ventajas e inconvenientes, si bien son más interesantes las que se acercan lo más posible a una situación natural. Cuando esto no es posible, se debería dar más importancia a los estudios experimentales que a los autoinformes, pues el autoengaño es una potente herramienta que, entre otras cosas, dificulta llegar a entender lo que a las personas les gusta simplemente escuchando lo que dicen que les gusta.

Entonces, ¿hay diferencias entre lo que parece atractivos a mujeres y hombres? El método por el que se ha recabado más información al respecto es mediante autoinformes; sobre todo si lo que nos interesa son las comparaciones transculturales. Son los datos más fáciles de conseguir, aunque los más sujetos a variaciones intraindividuales, a la introducción de matizaciones de carácter sociocultural y de ruido por la búsqueda de aceptabilidad en las respuestas. Aun así, son los que tenemos, y merece la pena analizarlos.

Lo primero es destacar que hay muchas características que nos parecen atractivas tanto a mujeres como a hombres, como el que la pareja sea inteligente, amable o simpática. Pero también los hay diferentes; en las distintas culturas estudiadas, los hombres suelen prestar más atención que las mujeres a la juventud y belleza física, y las mujeres se fijan más en la capacidad de generar recursos y en el interés en compartirlos.

La característica que comparativamente es más atractiva para los hombres es la belleza física. Podemos preguntarnos qué variables físicas de una mujer son las que resultan más atractivas. Diversidad de estudios nos indican que los hombres prestan atención a la simetría, el dimorfismo sexual de cuerpo y rostro, la relación cadera cintura o la forma juvenil de la cara. Características que denotan generalmente juventud, alto nivel de estrógenos y buena dotación genética.

En este gráfico, si bien de un estudio un poco antiguo pero de los más completos, vemos que en países de distintos continentes los hombres desean parejas siempre más jóvenes, mientras que en las mujeres ocurre lo contrario.

En cambio, la característica que comparativamente parece más atractiva a las mujeres es el estatus, entendido como buena posición dentro del grupo. A veces se valora incluso por encima de la posesión de bienes materiales, aunque en general estas características van aparejadas. En distintos estudios podemos observar la importancia que las mujeres confieren tanto a los ingresos como al estatus, entendido, por ejemplo, como nivel educativo. De hecho, la mayor diferencia no se refiere tanto a la posición económica como a dicho nivel educativo.

 

En este sentido hay muchos estudios donde se observa que las preferencias de las mujeres cambian en función de diferentes factores sociales. En este gráfico se muestra cómo el índice de empoderamiento de la mujer en diferentes naciones afecta a las características que las mujeres dicen que preferirían en una pareja potencial. En este metaanálisis se observa la reducción en la diferencia de importancia de las diferentes características entre hombres y mujeres cuando el nivel de empoderamiento femenino es mayor. De hecho, cuando en los estudios se pregunta a mujeres de sociedades occidentales qué características prefieren en un hombre, ya casi nunca consideran el estatus como una prioridad.

Pero, como ya vimos, la metodología a la hora de recabar datos es importante para poder interpretarlos. Que las mujeres ya casi no muestren preferencias declaradas por el estatus contrasta con los resultados que se observan en los estudios experimentales. En este tipo de experimentos se pide a mujeres que valoren diferentes estímulos en los que se ha variado una característica; por ejemplo, se les muestran fotos para valorar el atractivo de una misma persona que aparece en diferentes vehículos. A algunas mujeres se les muestra una foto en que el vehículo denota alto estatus económico (como un Porsche), mientras que a otras se les muestra una foto en que esta misma persona aparece con un coche de menor gama. Se pide entonces a mujeres que valoren el atractivo de esta persona en una de las fotos, y se compara la diferencia entre la nota que un grupo de mujeres puso a una foto con respecto a la otra.

Estos experimentos se han realizado modificando no solamente el contexto de la foto, sino el acento al hablar del evaluado, o en qué trabaja y cuánto gana en un perfil. Este es un ejemplo en el que hombres y mujeres valoraban la probabilidad de tener una cita con una persona de la cual se mostraba una fotografía y un perfil laboral y de ingresos. Como ven, el mismo individuo era valorado como una mejor potencial pareja cuando sus ingresos y nivel de estudios eran mayores en el caso de las mujeres.

Esta contradicción entre los deseos que expresamos y lo que nos resulta experimentalmente atractivo resulta muy interesante, no tanto por la incongruencia, sino porque nos indica que hay un punto de partida sobre el que trabajar si deseamos cambiar cómo nos comportamos. Y parece que la sociedad quiera cambiarlo. Si no, no enseñaríamos a nuestros hijos que el valor de las personas está en el interior. O no intentaríamos decirnos a nosotras mismas que no nos importa el estatus a la hora de elegir pareja.

Todo esto conduce a un interesante cambio producido en la manera en que elegimos pareja. Para ello, antes hay que conocer qué rasgos masculinos resultan físicamente atractivos para las mujeres.

En general, y en función de los niveles de estrógenos, a las mujeres nos parecen más o menos atractivas diferentes características físicas en un hombre. La simetría de la cara y el cuerpo, la gravedad de la voz, la masa muscular o el comportamiento osado nos suelen parecer más atractivos en el momento fértil del ciclo menstrual (cuando ovulamos). No se trata de incidir en el efecto de las hormonas, sino en qué características son más interesantes en función de que la mujer esté evaluando el estímulo (al hombre) pensando en una relación a corto o a largo plazo. En los experimentos se observa que para relaciones a corto plazo las mujeres prestamos mucha más atención al atractivo físico que cuando se piensa en relaciones de pareja a largo plazo.

De hecho, la relación entre niveles de estrógenos y preferencia por rasgos masculinos físicos se observa más poderosamente en aquellas mujeres que evaluaban las fotografías pensando en una pareja a corto plazo. Esto es muy interesante, porque preguntar qué prefiere una mujer en una relación a corto plazo es algo que no se ha podido hacer hasta hace relativamente poco y no en todas las sociedades. Pero desde los noventa en adelante ya no parece estar socialmente tan mal visto que las mujeres tengan relaciones a corto plazo.

Esto parece haber causado que aparezcan hombres especializados en resultar atractivos a mujeres que buscan relaciones a corto plazo. Por supuesto siguen existiendo hombres cuyo método para resultar atractivos se enfoca en las mujeres que buscan relaciones a largo plazo. Todo este proceso no es necesariamente consciente, aunque puede serlo, lo cual demuestra que el comportamiento humano es tremendamente flexible y adaptativo. Y esto es, de nuevo, muy interesante porque nos permite vislumbrar la posibilidad de un cambio si así lo deseamos.

Teniendo en cuenta todos los matices expuestos, y otros muchos que dejamos en el tintero, parece claro que hay una diferencia en lo que nos parece atractivo a hombres y mujeres. Es decir, hay un cierto grado de dimorfismo sexual en esta percepción. Es un comportamiento humano de relevancia social que puede haber sido configurado por la selección sexual. Queda el segundo factor a considerar. ¿Tiene la percepción del atractivo un componente heredable?

Para estudiarlo siempre acudimos a los estudios con gemelos, siendo los gemelos monocigóticos genéticamente idénticos y criados en un mismo ambiente, mientras que los dicigóticos (mellizos) han compartido ambiente pero solo la mitad de los genes en promedio. Este gráfico muestra un estudio con más de mil quinientos pares de gemelas. La gráfica nos muestra la correlación que existe entre las hermanas mono y dicigóticas en las preferencias en una serie de caracteres de sus potenciales parejas: el color del pelo, la altura y algunas características de su personalidad, como la religiosidad o la creatividad. En todos los casos la correlación es mayor en gemelas monocigóticas. Con estos datos se puede decir que estos caracteres tienen un componente heredable. La heredabilidad calculada para estos caracteres está en torno al 20%.

Visto que, efectivamente, hay diferencias entre hombres y mujeres en lo que resulta atractivo y que esto es parcialmente heredable, queda la discusión —divertida y algo estéril— sobre qué factores de la selección sexual han dado lugar a estas diferencias. Parece claro asociar el interés por la fertilidad, fidelidad y juventud que muestran los hombres al hecho de que estas características facilitan que nazcan hijos fuertes y sanos que llegan a adultos. Sin embargo, es curioso que los hombres muestren estas preferencias y no sean simplemente indiscriminados a la hora de emparejarse. Esto es lo que ocurriría si la motivación fuese simplemente fecundar y no comprometerse, en cierta medida, en el cuidado de la descendencia.

Respecto a las mujeres, es sensato pensar que el percibir como atractivos el estatus socioeconómico también se vincula con un compromiso del potencial padre en el mantenimiento de la descendencia. Si atendemos a las características físicas que resultan atractivas a las mujeres y al hecho de que estas sean más importantes en los momentos fértiles y en relaciones a corto plazo, nos podría indicar una estrategia de «doble paternidad». Es decir, la búsqueda de buenas parejas a nivel de calidad fenotípica en momentos fértiles y buenas parejas a nivel de cuidados parentales en momentos no fértiles, caracterizadas por rasgos a veces contradictorios. Aunque hay multitud de trabajos que matizan esta posibilidad, ambos puntos de vista, el del hombre como fecundador y la doble estrategia reproductiva en la mujer, son los enfoques mayoritarios (pero fuertemente criticados). Por otro lado, que el mecanismo principal por el que actúa la selección sexual en humanos sea la selección de pareja y no la mera competencia entre hombres es también foco de interesantes conflictos científicos, pugnando unos y otros por demostrar algo difícilmente comprobable. Que la selección de pareja en el ser humano se ha desarrollado bajo la selección sexual es indiscutible, pero los mecanismos por los que esto ocurrió es dudoso que alguna vez puedan ser desentrañados.

Agresión

Como en el caso del atractivo, la variedad de modos que se emplean para medir la agresión es muy importante a la hora de interpretar los diferentes estudios. Si antes ya vimos una brecha importante entre autoinformes y comportamientos observados, es razonable pensar que esta brecha será igual o mayor en el estudio de la agresión, entre decir si eres agresivo y serlo realmente. Para este caso contamos con autoinformes, informes de terceros (profesores, compañeros), test psicométricos, experimentos en laboratorio (como el estudio de reacción ante estímulos agresivos, o la tendencia a agredir en juegos) e incluso observaciones de campo.

A nadie le va a sorprender que, evaluando diferentes modos de agredirse, y considerando los distintos modos de recabar datos, los hombres agreden más físicamente y algo más verbalmente que las mujeres. Es decir, prefieren modos de confrontación directa. Por otro lado, como se puede observar en el gráfico, las chicas tienden a agredirse indirectamente; dañando la reputación o el contexto social de sus competidoras.

Estas diferencias existen desde la primera infancia. Pero se hacen más patentes en la adolescencia y primera juventud, coincidiendo con el momento óptimo reproductivo desde el punto de vista biológico (no social, desde luego). La tendencia a agredirse de los adolescentes aumenta progresivamente con la edad, hasta alcanzar un máximo entre los 17-19 años. Sin embargo, no hay que pensar que las diferencias en los modos de agredirse son cosas de jóvenes, las diferencias persisten en la edad adulta. De estas diferencias entre hombres y mujeres en el modo de agresión es muy interesante la agresión indirecta.

Por los autoinformes, parece que la diferencia en recurrir a la agresión indirecta es muy grande entre adultos jóvenes e inexistente antes. Sin embargo, si atendemos a la información dada por los pares, se ve que la diferencia de agresión indirecta es grande y creciente según transcurre la adolescencia, siendo este modo de agredir mayor siempre entre chicas que entre chicos. Me interesa mucho esta forma de agresión, frecuente en las mujeres y dirigida casi siempre a mujeres, porque creo que menoscaba de forma importante nuestro papel en la sociedad, además de nuestro bienestar. La agresión suele tomar la forma de intentos de excluir socialmente a la agredida, la propagación de rumores sobre la agredida y el menoscabo de su valía ante terceras personas.

Es interesante, además, recalcar el papel de la agresión indirecta como mecanismo de competición intrasexual. Me estoy refiriendo al comportamiento denominado derogación, que consiste en degradar el atractivo de posibles competidoras por una potencial pareja, atacando ante otras personas su apariencia física o su fidelidad como pareja. No es el mecanismo principal de competencia, que suele ser la autopromoción, pero es relevante porque lo usan mujeres contra otras mujeres durante toda la vida.

Aquí vemos una representación de la percepción de chicos y chicas de secundaria sobre cuán frecuentemente se han sentido víctimas de la exclusión social por parte de sus pares. Como se ve es más grave en adolescentes jóvenes que en adolescentes mayores. Pero en ambos casos siempre es mayor en chicas que en chicos.

Las personas más victimizadas suelen ser chicas agredidas por otras chicas y los factores que incentivan esta agresión entre mujeres son el atractivo físico y la actividad sexual. Como se ve, sufren más intentos de exclusión por sus pares las chicas consideradas más atractivas. En chicos ocurre justo lo contrario: aunque son menos víctimas de la exclusión, la suelen sufrir más aquellos de menor atractivo físico.

Este tipo de agresión indirecta se mantiene hasta la edad adulta. Y se sabe que se ve influida por los niveles de hormonas. Las mujeres en fase ovulatoria perciben como menos atractivas fotos de otras mujeres, cuando esto no ocurre cuando se les enseña fotos de hombres. La reflexión es interesante porque la agresión indirecta degrada la cohesión de los grupos y afecta mucho al bienestar de quienes la padecen. En general, más aún que las agresiones directas, incluso siendo estas continuadas.

Una vez entendido que hay diferencias en el modo en que agreden los hombres y las mujeres, veamos si hay un componente hereditario en ello. Los metaanálisis de heredabilidad de la agresión suelen incluir simultáneamente distintas medidas de comportamiento antisocial. En el conjunto de actividades antisociales parece que el 40% de la varianza que encontramos se debe a factores genéticos. Una proporción que es muy parecida cuando nos focalizamos exclusivamente en la agresión. La proporción de varianza explicada por los genes también ronda este valor cuando tenemos en cuenta diferentes modos de registrar el comportamiento y diferentes tipos de estudios: comparando gemelos, comparando padres con hijos naturales y adoptivos, comparando hermanos adoptados y no entre sí.

En este gráfico se observa que la proporción de la varianza en rasgos antisociales debida a la genética decrece levemente con la edad. Y se observa una varianza causada por los genes levemente mayor, aunque significativa, en hombres que en mujeres.

Los metaanálisis, sin entrar en pormenores, nos indican que parece claro que hay un componente genético en este comportamiento dimórfico y que, por tanto, parece que ha sido modelado por la selección sexual.

Entonces, ¿cuáles son los argumentos para explicar cómo han surgido estas diferencias? Por un lado el que las mujeres recurran más a la agresión indirecta suele achacarse a que, dado que su éxito reproductivo depende mucho de su capacidad de gestar, se ha seleccionado para evitar poner en riesgo su cuerpo en enfrentamientos directos. Aunque este mismo problema lo tienen hembras de otras especies que sí se enfrentan más abiertamente.

Sin excluir esta explicación, creo que es la importancia del contexto social que se observa en nuestra especie lo que genera estas diferencias en agresión indirecta. Dado que el éxito reproductivo depende en buena parte de la cooperación de los pares (a los hijos de madres que tienen ayuda en la crianza les va mejor que a aquellos cuyas madres no recibieron ayuda), afectar a esta cooperación es un eficaz sistema de competencia intrasexual.

¿Por qué los hombres recurren más a la agresión directa? En general esto suele achacarse a que su éxito reproductivo en el pasado dependía en buena parte de su capacidad para controlar y defender a un grupo de mujeres. La importancia relativa de este punto es foco de un fuerte debate, siempre basado en pruebas indirectas, por detractores y seguidores y en el que es muy difícil llegar a una conclusión irrefutable. En este caso el debate también es bastante estéril, porque este carácter pudo servir tanto para competir con otros hombres, como para facilitar la obtención de recursos o defender al grupo. O, seguramente, para todo ello a la vez. Y es improbable poder discernir la importancia relativa de estos aspectos en la aparición del dimorfismo.

Cooperación

Respecto a la metodología, si había diferencias en los resultados según los mecanismos empleados para evaluar metodológicamente los comportamientos previos, imaginen qué ocurre con la cooperación. ¿Qué se puede responder a la pregunta: se considera usted una persona cooperativa? Por suerte la teoría de juegos nos provee de una serie de herramientas estratégicas que recogen muy bien el fenómeno cooperativo, así como otros comportamientos prosociales.

Es un sistema muy ventajoso porque, aparte de ser experimental, es fácilmente replicable y abierto a pocas interpretaciones. Eso no quita para que también haya análisis del fenómeno cooperativo que descansan en el autoinforme, y que tienen su validez. Uno de los juegos que se emplea es el de Bienes Públicos, en el que, a grandes rasgos, la estrategia individual más racional es contribuir lo menos posible. Por tanto, cuanto más contribuye un sujeto, mayor confianza deposita en el grupo y, por tanto, más cooperador con la comunidad se está mostrando.

¿Hay diferencias entre mujeres y hombres en su tendencia a cooperar? Tras muchos resultados contradictorios, los últimos metaanálisis indican que no, que en líneas generales ambos sexos se muestran igual de irracionalmente cooperativos. Sin embargo, sí hay diferencias en algunos aspectos particulares de esta cooperación. No son diferencias enormes, pero sí interesantes.

En la gráfica vemos que no hay diferencias —o no son significativas— en la tendencia a cooperar de hombres y mujeres en los diferentes juegos. Sin embargo, sí se observa una tendencia clara de que los hombres cooperan más cuando juegan con otros hombres al compararlo con lo que ocurre cuando las mujeres juegan con otras mujeres. De hecho, observamos que las mujeres cooperan más que los hombres cuando juegan con personas del otro sexo.

Hay una segunda diferencia curiosa: los hombres cooperan más que las mujeres cuando aumenta el número de interacciones entre individuos. Es decir, que cuantas más veces juegan con las mismas personas, mayor es la tendencia a cooperar de los hombres en comparación con las mujeres. Todo esto es muy interesante si tenemos en cuenta una de las líneas de estudio más relevantes en los estudios cooperativos hoy día: analizar la tendencia a la cooperación con individuos de tu grupo frente a cooperar con individuos de otro grupo. Es importante tener en cuenta que en la mayoría de los experimentos los grupos se conforman en ese mismo momento, los participantes no forman parte de un grupo preexistente.

En este tipo de experimentos se nota una tendencia a cooperar más con las personas que son de tu grupo y, afortunadamente, la tendencia a cooperar con alguien de otro grupo no es diferente de la tendencia a cooperar con alguien no asignado a ningún grupo. Esto nos dice que la tendencia a cooperar más con la gente de tu grupo no se debe a una agresión entre grupos, sino que tiene que ver con cuestiones de fama interna y de alcanzar beneficio conjunto de los miembros del grupo. En este sentido, hay mayor cooperación con individuos de tu grupo en juegos con mutuo beneficio. Es decir, que la razón es más bien favorecer a tu comunidad, y no perjudicar a los de otro grupo.

Dicho esto, la tendencia a cooperar más con miembros de tu grupo es más fuerte en hombres con otros hombres que en mujeres con otras mujeres. En experimentos en los que en el grupo hay personas de un solo sexo, la preferencia por cooperar con miembros de tu grupo es mayor en hombres que en mujeres. De hecho, se observa que en grupos mixtos, a mayor proporción de hombres en el grupo, mayor es la tendencia a cooperar con los miembros del propio grupo. Es decir, cuantos más hombres hay en el grupo, más prefieren cooperar los hombres en este grupo.

Es una diferencia entre los sexos que modela en cierta medida la organización social y que también sirve para explicar algunas situaciones cotidianas, pero no acaba aquí. Basándose en estas observaciones, se han planteado diferentes experimentos de competición cooperativa entre grupos, habitualmente con varios grupos jugando al juego de Bienes Públicos compitiendo entre sí.

Como ven es un experimento muy semejante a situaciones que ocurren en el mundo real, como competencia entre empresas, tribus e incluso grupos de investigación. ¿Qué ocurre en estas competiciones con la diferencia entre sexos? Se observa que los hombres cooperan más intensamente con otros miembros del grupo cuando hay competición entre grupos, pero no ocurre lo mismo en mujeres donde, de hecho, la competencia no parece influir en las tasas de cooperación intra o intergrupo. Aunque el efecto no es muy fuerte, sí es significativo.

Parece entonces que hay ciertas diferencias en el modo en que hombres y mujeres cooperamos. Sin embargo, al contrario que en los casos anteriores, el número de estudios en otras culturas es muy pequeño como para poder decir si el fenómeno es más o menos generalizado o es solo un comportamiento adquirido por las culturas occidentales prósperas. Aun así, y por seguir con el esquema mantenido, asumamos que esa diferencia entre sexos es factible para ver si hay un componente heredable en cooperación.

En esta gráfica, basada en autoinformes, se muestran indicadores de componente genético en el comportamiento cooperativo. Vemos que la proporción de la varianza ronda el 60% en ambos casos, siendo un poquito mayor en hombres.

Si nos fijamos en mediciones experimentales a través de juegos económicos, los estudios con gemelos nos arrojan una varianza del carácter explicada por los genes entre el 15% y 40%. Ninguno de los juegos estudiados mide directamente cooperación, pero son distintas características prosociales que suelen asociarse con el comportamiento cooperativo: la generosidad, la confianza o el no ser vengativo.

Viendo los resultados en conjunto, parece sensato mantener que hay un componente heredable en nuestra tendencia a ser más o menos cooperativos. Teniendo en cuenta que se observan diferencias, aunque un tanto particulares, en la tendencia a cooperar de hombres y mujeres, se podría afirmar que la selección sexual también actuó sobre este carácter, siempre y cuando los estudios transculturales confirmen las diferencias. Aun así, los científicos que trabajan en la evolución de estos aspectos se han lanzado a postular explicaciones para esta diferencia.

La cooperación se relaciona con la agresión respecto a las hipótesis que pretenden explicar el origen y causas de las diferencias entre hombres y mujeres. Dichas explicaciones se basan en la idea de que los hombres se organizaban en grupos que competían entre ellos para obtener el acceso a recursos (incluyendo mujeres). Es la denominada «male warrior hypothesis», que aúna las observaciones relacionadas con las diferencias en cooperación y agresión. Tiene en cuenta la mayor tendencia a cooperar de los hombres con otros hombres de su propio grupo que con mujeres o personas de otro grupo. También se sustenta en que la agresión directa, más común en hombres, tiene efectos limitados en el tiempo y, por tanto, afecta menos al funcionamiento del grupo que formas de agresión más continuada y que implican a otros miembros del grupo. Esta hipótesis plantea que la tensión entre cooperación intragrupo y competición que sufrían predominantemente los hombres es la que, mantenida durante generaciones, ha dado lugar a las diferencias en ambos comportamientos que observamos entre hombres y mujeres.

No obstante, también hay diversos estudios que describen la tendencia a cooperar como un rasgo muy atractivo. Aquí se vincula el mostrarse cooperativo como un sistema para ser seleccionado por las mujeres. Sin embargo, que el rasgo resulte atractivo en hombres y no en mujeres no acaba de encajar con que las diferencias de cooperación entre sexos no se observan normalmente más que en contextos competitivos.

Aun lleno de matices, es más o menos claro que tres comportamientos muy relevantes en nuestra vida diaria tienen visos de haber sido configurados por la selección sexual. Comportamientos que han sido adaptativos a lo largo de nuestra historia evolutiva incrementando el éxito reproductivo, pero que quizá ya no sean adecuados. Porque es muy importante resaltar que, como hemos observado varias veces a lo largo del artículo, culturización y educación pueden reorientar estos comportamientos. De modo que no tenemos por qué conformarnos con el panorama que nuestra biología dibuja. Si queremos modular socialmente estas tendencias, se puede. Por eso hay que comprender las causas últimas de nuestro comportamiento, para buscar mecanismos que, si la sociedad lo requiere, nos permitan modelarlo.

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