«Este lugar es terrible»: el eterno retorno a Rennes-le-Château

Torre Magdala
Torre Magdala (Chosovi CC)

Es inevitable que, a medida que el coche se va acercando a Rennes-le-Château, el viajero intente discernir, a la vista del difuso perfil del pueblo, la inequívoca silueta de la Torre Magdala, algo perfectamente normal si se tiene en cuenta que la estampa de la singular construcción de trazas neogóticas asomándose al vacío que a su alrededor conforman los valles del Aude y el Sals es uno de los iconos de la aldea, y que todo el que llega hasta este remoto rincón del mapa —anclado en un paraje inverosímil del Languedoc, a unas dos horas por carretera del Pirineo catalán lo hace movido por el interés que despierta el personaje que la engendró y cuya biografía, aparte de avalar doctrinas heterodoxas y propiciar diferentes teorías ocultistas de mayor o menor fortuna, ha terminado constituyendo un mito en sí misma.

Puede que, cuando allá por 1891 empezó a acometer reformas en la iglesia un edificio construido en época medieval, maltrecho a causa del implacable paso de los siglos y los estragos de la humedad, el sacerdote François Berenger-Saunière, que había tomado a su cargo la parroquia de Rennes-le-Château en 1885, no fuese consciente de lo que aquella decisión iba a suponer en su vida, aunque si hay algo de cierto en esta historia es que en ella no puede darse nada por sabido: siempre quedará la duda de si todo se debió a una concatenación de azares y desvelamientos arqueológicos o si, por el contrario, los acontecimientos respondieron a una fabulosa maquinación urdida por un cura de pueblo cuyas artimañas se relacionarían tanto con la voluntad de perdurar en la memoria de sus vecinos como en su disconformidad con determinados aspectos de la doctrina eclesiástica. La cuestión es que los trabajos de los albañiles en el interior del templo dejaron al descubierto una oquedad en uno de los pilares del altar mayor, dentro de la cual se ocultaban dos pergaminos que hoy se conservan en el museo del pueblo y de cuya veracidad da fe el testimonio de dos de los obreros que participaron en aquella restauración y que, en 1958, refirieron el encuentro a Gérard de Sède, que consigna sus palabras en el libro El oro de Rennes. Además, apareció al voltear una losa una lápida medieval cuyo sentido apenas podía desentrañarse, dado lo muy erosionada que se encontraba su superficie, pero en la que se adivinaban las figuras de tres caballeros en una disposición un tanto atípica: dos cabalgaban a lomos de un mismo caballo y el otro portaba en su mano derecha un objeto redondo imposible de identificar. Berenger-Saunière fue consciente desde un primer momento de la importancia del hallazgo y quiso analizarlo a fondo. Se sabe que, tras el descubrimiento, visitó al obispo de Carcasonne para comunicarle la noticia y solicitar fondos adicionales para la restauración de la iglesia, y que después pasó tres semanas en París, donde se supone que, a lo largo de ese tiempo, habría visitado a varios expertos en criptografía con el fin de descifrar el contenido de aquellos inesperados documentos. De lo que sí ha quedado constancia es de las frecuentes visitas que en esos días realizó al Museo del Louvre, donde mostró especial interés por tres cuadros cuyas reproducciones terminaría adquiriendo antes de regresar a Rennes-le-Château para proseguir con sus tareas pastorales: un retrato anónimo del papa Celestino V, un San Jerónimo de Teniers y el muy conocido Los pastores de Arcadia, de Poussin.

François Berenger-Saunière
François Berenger-Saunière.

Puede decirse que, a su llegada, todo comenzó de nuevo. Los vecinos de Rennes-le-Château que, si bien habían estado siguiendo con interés las noticias relativas a tan sorprendentes descubrimientos, no veían en ellos más que una simple anécdota pudieron comprobar pronto cómo aquellos sucesos que, en principio, presentaban un cariz meramente arqueológico terminarían por modificar rotundamente la historia y la idiosincrasia del pueblo. Lo menos extraordinario de todo fueron los largos paseos con los que Berenger-Saunière, a su vuelta de París, empezó a entretener las tardes por los alrededores del villorrio. Lo que sí sorprendió a todos, incluido el propio obispo de Carcassonne y el resto de la jerarquía eclesiástica francesa, fue el soberbio impulso económico que experimentaron las obras de reforma de la iglesia y el alto tren de vida en el que a partir de aquel momento se embarcó el sacerdote, cuyos honorarios, teniendo en cuenta la modestia de su rango y la humildad de la parroquia a la que se adscribía, solo podían alcanzar la categoría de modestos.

Berenger-Saunière compró terrenos y mandó levantar dos nuevas edificaciones: una fastuosa mansión que bautizó como Villa Bethania, a la que trasladó su residencia, y la muy peculiar Torre Magdala, que acogió su biblioteca. Asimismo, emprendió una serie de reformas en el cementerio del pueblo, donde cambió de sitio varias lápidas y llegó a borrar una por completo. Por último, no se limitó a restaurar el viejo templo medieval: en realidad, lo que hizo fue erigir una nueva iglesia siguiendo su propio criterio estético, que resulta más que dudoso, y dotándola de una serie de detalles que en principio se atribuyeron a su extravagancia pero en cuya disposición parecía residir algo más profundo que sembró la inquietud entre los habitantes de Rennes-le-Chateau y la discordia entre sus superiores jerárquicos. Entre esos detalles con los que intentó dar un nuevo sentido a la vetusta sede parroquial, destacaron y destacan dos que, por su propia naturaleza, resultan especialmente llamativos: la escultura de tintes demoníacos que, a la entrada del templo, sostiene la pila de agua bendita y la nada hospitalaria inscripción que, tallada sobre el pórtico, arroja una sentencia que sorprende y sobrecoge a partes iguales: «Terribilis Est Locus Iste». O, lo que es lo mismo, «Este lugar es terrible».

Son, como se ve, factores suficientes para explicar las suspicacias que, poco a poco, se fueron afianzando entre los vecinos: de un lado, la sospecha fundada de que algo turbio ocurría en torno a aquel párroco que había llegado al pueblo sin más patrimonio que el que le otorgaban su ínfimo sueldo y unos exiguos ahorros familiares y que, de pronto, no sóo emprendía ambiciosas construcciones, sino que llegaba a alternar con figuras de la sociedad y la cultura francesas que formaban parte de círculos ocultistas con los que el sacerdote habría entrado en contacto durante su estancia en París, y en los que incluso se inscribían miembros de la realeza europea (a mediados del pasado siglo, todavía algunos recordaban los lujosos coches que a menudo aparecían por las calles de Rennes-le-Château y aparcaban a las puertas de Villa Bethania; también las fiestas que se solían celebrar en el interior de la mansión y cuyos ecos resonaron durante más de una noche por las calles del pueblo); pero también, en la otra parte de la balanza, el respeto reverencial que casi todos empezaron a sentir hacia un hombre al que parecía haber sonreído la fortuna divina. De ello da fe el hecho de que, cuando en 1909 el tribunal eclesiástico de Carcassonne, harto de los desmanes del párroco y preocupado por el curso que estaba tomando su carrera, decidió condenarlo y apartarlo de sus labores, los vecinos de Rennes-le-Château acudiesen a las misas que Berenger-Saunière celebraba en su capilla privada de Villa Bethania y despreciaran las que su sustituto oficiaba en la iglesia. Ni siquiera se escapan a la leyenda las circunstancias que rodearon su deceso: se cuenta que el sacerdote murió sin recibir el último sacramento porque el cura que acudió a atenderle huyó despavorido tras escuchar su confesión, y en el pueblo todos recuerdan que la asistente y presunta amante de Saunière durante el largo tramo de su vida que discurrió en Rennes-le-Château, Marie Denarnaud, había encargado un ataúd a su nombre bastantes días antes de que exhalara su último suspiro, cuando el corpulento sacerdote aún estaba pletórico de salud y nada hacía presagiar que el final anduviese cerca.

Más de un siglo después de aquella historia, los poco más de 70 vecinos que viven en Rennes-le-Château no pueden dejar de sentirse agradecidos por la peripecia de su controvertido párroco: todo el pueblo se ha convertido acaso porque él lo quiso así, y de ese modo lo dejó dispuesto en un perpetuo homenaje a su memoria, y las decenas de personas que acuden hasta allí día tras día disponen de un itinerario que les permite pormenorizar en todas y cada una de las huellas que él mismo procuró imprimir de su peculiar paso por el mundo. Debe decirse, en cualquier caso, que el fenómeno es bastante reciente. Durante muchas décadas, la vida y milagros de Berenger-Saunière solo sirvieron para alimentar el imaginario local y apenas trascendieron los límites del Languedoc, y probablemente no lo hubieran hecho nunca de no ser por los opúsculos del ya citado Gerard de Sède y por la posterior aparición de tres investigadores que accedieron a los estudios de aquel y les dieron un impulso nuevo y definitivo al aprovecharlos para desarrollar una tesis que terminaría rompiendo moldes. La aparición de El enigma sagrado el libro en el que Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln comenzaban refiriéndose al caso de Rennes-le-Château para terminar elaborando una densa teoría que explicara la inmensa riqueza acumulada por Saunière y que, de paso, hiciera tambalearse ciertos dogmas supuso una cierta conmoción a principios de la década de los 80, cuando vio la luz la primera edición, y su eco se fue expandiendo paulatinamente y adquirió tintes homéricos cuando, allá por la pasada década, un escritor norteamericano refundió sus tesis en una obra de ficción que se convertiría en el último gran boom del mercado literario en los años inmediatamente anteriores a la crisis. Dan Brown no dijo en ningún momento que El enigma sagrado se encontrara entre las fuentes que había utilizado para escribir El código Da Vinci, pero basta con confrontar uno y otro título para comprobar que todas las supuestas revelaciones del segundo se habían explicitado ya en el primero, y que da la impresión de que, en no pocos pasajes, el narrador norteamericano no hizo más que copiar y pegar lo que 20 años antes habían pergeñado sus antecesores. Tan solo un detalle de la novela permite entrever un mínimo guiño acaso irónico, pero no involuntario a sus acreedores: el hecho de que el conservador del museo del Louvre, cuyo asesinato desencadena la acción del thriller, lleve el mismo apellido que el de aquel cura rural cuya biografía desencadenó un cúmulo de hipótesis que resultan bastante más apasionantes que las rocambolescas andanzas de Robert Langdon por París y Londres en busca del Santo Grial.

Los pastores de Arcadia, de Nicolas Poussin
Los pastores de Arcadia, de Nicolas Poussin.

Entre esas teorías, hay algunas accesorias que la propia historia y el sentido común se ha encargado de descartar es en El enigma sagrado donde se habla por primera vez del Priorato del Sión y de esa deslumbrante lista de Grandes Maestres en la que figuran Leonardo Da Vinci, Victor Hugo o Isaac Newton, pero la gracia de las fundamentales es que, seguramente, no puedan contrastarse nunca. Son aquellas que parten de la presencia cátara y templaria en el Languedoc para rastrear en los orígenes de ambas órdenes, buscar conexiones con la genealogía de la dinastía merovingia y remontarse hasta los albores del cristianismo a la luz de los evangelios apócrifos. No es este el lugar propicio para abordar todos los detalles, pero sí se puede sintetizar, en líneas gruesas, la conclusión principal: un relato que asevera que Jesús fue más un profeta que un mesías, que estaba casado con la Magdalena y que su crucifixión fue, en realidad, un montaje urdido con una finalidad más política que religiosa; que su linaje había encontrado acogida en el sur de Francia, dando lugar a la dinastía merovingia, y que cátaros y templarios, por distintas razones, se habrían convertido con el tiempo en depositarios de un secreto que habría sido la causa última de su extinción, y que de algún modo el rastro de esa historia tan sugerente como trágica el episodio del exterminio de los cátaros, en el que jugó un papel primordial el luego santificado Domingo de Guzmán, fue uno de los más sangrientos de los que se tiene recuerdo en el largo Medievo europeo sigue presente en el territorio que le sirvió de escenario y, sobre todo, en los alrededores de lo que fue la capital de esa singular herejía que constituyó el catarismo: una ciudad devenida con el paso de los siglos en el pequeño pueblecito que hoy recibe el nombre de Rennes-le-Château.

¿Qué habría encontrado, pues, Berenger-Saunière, a finales del siglo XIX, en las mismas tierras en las que unas centurias atrás se había producido uno de los más brutales exterminios de la época medieval? Las especulaciones son variopintas, pero todas coinciden en que tuvo que ser algo relacionado con el controvertido relato del linaje de Jesús. Unos aseguran que el cura halló el tesoro que supuestamente habían custodiado los templarios hipótesis que vendría refrendada por el dibujo de los dos caballeros a caballo en la losa hallada dentro de la iglesia, otros dicen que se dio de bruces con algún dato que demostraba de manera irrefutable la veracidad de los árboles genealógicos que emparentaban a Cristo con la dinastía merovingia, y hay quien sospecha que ambas, tesoro y demostración, bien pudieron haber sido, en verdad, una misma cosa. Entre los defensores de esta última corriente la que más adeptos ha ganado en décadas recientes se encuentran los propios autores de El enigma sagrado, que cuentan en su libro cómo, al iniciar las primeras pesquisas en torno al asunto de Rennes-le-Château, recibieron la carta de un viejo sacerdote que les advirtió de que el secreto de Berenger-Saunière consistía en «pruebas incontrovertibles de que la crucifixión era un engaño y de que Jesús aún vivía en el 45 d. C.» Es decir, algo que no solo ponía en solfa un dogma universalmente aceptado y extendido entre una buena parte de la humanidad, sino que incluso podía llegar a cuestionar el poder del Vaticano, una institución que, en las postrimerías del XIX, gozaba aún de un poder inmenso en casi todos los ámbitos del mundo occidental.

Asmodeo
Asmodeo (Baturix CC).

Como se ha advertido desde un principio, la historia de Rennes-le-Château no ha terminado y es muy posible que no lo haga nunca, pero acaso una de sus claves resida en las salas del museo del Louvre el lugar donde, no por casualidad, empieza y termina la novela de Dan Brown y en el tiempo que Berenger-Saunière pasó en ellas durante aquel viaje que hizo a París con el fin de desentrañar el significado de sus extraños manuscritos. En la pinacoteca se exhibe Los pastores de Arcadia, un lienzo de Nicolas Poussin del que el sacerdote adquirió una copia y que representa una escena que el mismo pintor ya había tratado años atrás. En ella, un grupo de pastores tres hombres y una mujer se sitúan en torno a una tosca sepultura de piedra, y dos de ellos señalan una inscripción tallada en uno de sus laterales. Se trata de un lema, «Et in Arcadia ego» («y en la Arcadia, yo», o «también yo estoy en la Arcadia») que suele interpretarse como una alegoría de la omnipresencia de la muerte: incluso en los idílicos parajes arcádicos se asienta la conciencia de que nada es para siempre, de que todo es efímero, de esa fugacidad de la vida que desde la más remota antigüedad han glosado los poetas y temido los hombres. El caso es que el sepulcro del lienzo existió hasta hace no mucho al parecer, fue dinamitado en algún momento del siglo XX por uno de los propietarios de la finca donde se alzaba y hay fotografías y vídeos que dan fe de su presencia en un lugar llamado Arques que es muy similar a la Arcadia que pintó Poussin y se encuentra a tan solo unos pocos kilómetros de Rennes-le-Château. La inscripción, no obstante, se debe por entero al pintor francés: las paredes de la sepultura original estaban limpias de grafías y no había nada que pudiera dar una sola pista de quién pudo haber sido su inquilino. No obstante, hay quien dice que Poussin jugaba con ventaja su nombre, de hecho, aparecía en la famosa lista de Grandes Maestres del Priorato de Sión y que ese «Et in Arcadia ego» no era una aserción cerrada en sí misma ni mucho menos definitiva, sino un anagrama que, una vez resuelto y colocadas sus letras en el orden pertinente, arrojaría otra frase que no es tanto un enunciado informativo como una advertencia a quienes estuvieran tentados de adentrarse en su misterio: «I tego arcana dei». Que, traducido al castellano, significa: «Yo oculto los secretos de Dios».

No debe importar demasiado la resolución definitiva de este jeroglífico cuyas claves oscilan entre la religión y la historia: al fin y al cabo, y como señalaba Borges, rara vez la resolución de los enigmas está a la altura que plantea el misterio en sí mismo, y ni siquiera en Rennes-le-Château están excesivamente pendientes de que se despeje una incógnita que explicaría el alto nivel de vida de su párroco más emblemático y cuyos parámetros acaso manejen condicionantes más prosaicos tráfico de misas, algún tipo de chantaje, un vulgar golpe de suerte… que arruinarían la fascinación que provoca el relato con un irremediable poso de decepción. Lo mejor es recorrer con tranquilidad el pueblo y seguir los muchos rastros que en él ha dejado el paso de tan peculiar heterodoxia la horrorosa escultura de Asmodeo sujetando la pila de agua bendita, el Sagrado Corazón que preside la fachada principal de Villa Bethania, la silueta de la Torre Magdala recortándose sobre el vacío, el via crucis dispuesto en la nave de la iglesia y que escondería en realidad una especie de mapa del tesoro y finalizar el recorrido ante la tumba del mismísimo Berenger-Saunière, que yace allí por toda la eternidad y cuya lápida recuerda que bajo ese suelo reposa el hombre que un día estuvo o dijo estar en posesión del secreto que explicaría toda la verdad sobre Dios.


La leyenda del Urriellu

urrellu
Autor: Miguel Sáenz de Santa María

Cuenta la leyenda que todos los años, al llegar la primavera, Pedro Pidal acudía a la explanada del Pozo de la Oración, situada entre las poblaciones cabraliegas de Poo y Carreña, y se detenía a observar la inmensa mole de caliza que, allá a lo lejos, interrumpía el discurrir del horizonte y atravesaba las nubes con una implacable osadía vertical. Se dice que al hombre —hemos de imaginarnos a un tipo, si no anciano, sí entrado ya en años, consciente de que cada vez iba a dejando a sus espaldas más tiempo del que le quedaba por vivir se le empañaban los ojos mientras encendía un cigarro que fumaba con parsimonia, y que solo tras apurarlo por completo y aplastar la colilla contra el suelo se decidía a pronunciar, casi en susurros, una frase, siempre la misma, que en varias ocasiones escucharon los familiares y amigos que solían acompañarle en tal lance y se mantenían a una prudencial distancia para no estropear un ritual que tenía mucho de catarsis ni contaminar la mística del momento en que Pidal, marqués de Villaviciosa, mantenía sus ojos empapados en lágrimas clavados en el Urriellu y le inquiría con el mismo tono con el que se recibe a un ser querido que acaba de regresar de un largo viaje: “¿Cómo has pasado el invierno, viejo amigo?”

Puede que la historia sea cierta al fin y al cabo, no hay razón ninguna para dudar de su veracidad o puede que sea solo fruto de las fantasías de los muchos hagiógrafos que el noble tuvo tras su muerte. Lo que sí está fuera de toda sospecha es que Pedro Pidal fue el primer hombre que consiguió coronar una cima que casi todos consideraban impracticable y que durante siglos había llenado de ensueños y delirios el imaginario colectivo de quienes, o bien habitaban en sus proximidades, o bien percibían de cuando en cuando su silueta en la lejanía. Pidal no estuvo solo en aquella curiosa aventura en la que muchos sitúan el origen de la historia del alpinismo español y que él mismo narró con detalle en un librito delicioso que hoy resulta casi inencontrable. Le acompañaba un pastor llamado Gregorio Pérez que procedía del muy pintoresco pueblo de Caín un ínfimo núcleo de casas acorralado entre montañas, que recibía por ello el apelativo de el Cainejo en realidad, el gentilicio que se aplicaba a los vecinos de aquella aldea cuyo topónimo lucía unas resonancias trágicamente bíblicas y que terminaría siendo el primer guarda de lo que originalmente se llamó Parque Nacional de la Montaña de Covadonga y se acabaría convirtiendo en los Picos de Europa. Pidal y el Cainejo hicieron cima en el Urriellu el cinco de agosto de 1904. Su gesta, que en todo momento estuvo aderezada por una gran dosis de inconsciencia, deshizo el mito de la inviolabilidad de aquella inmensa mole calcárea de origen paleozoico e hizo que lo que hasta entonces había sido solo un bello sueño pasara a constituir un reto de difícil alcance, pero cuya consecución podía enmarcarse en el, por otro lado, siempre difuso marco de lo posible.

Unos años antes de que aquellos dos lunáticos de las montañas consiguieran su propósito, en 1855, el geólogo alemán Guillermo Schulz, autor del primer mapa topográfico y geológico de Asturias, ya había rebautizado al Urriellu como Naranjo de Bulnes, seguramente a causa de una veleidad poética que le llevó a sustituir su nombre tradicional por otro que enfatizara el color anaranjado que exhibe la imponente pared de caliza y que, de paso, tuviera en cuenta el bucólico pueblecito de Bulnes, que se levanta no demasiado lejos de su base. La ocurrencia del científico teutón, pese a que nunca ha llegado a gustar nada a los oriundos de la zona ni ha sido capaz de lograr el quórum en el conjunto de la población asturiana, hizo cierta fortuna al otro lado de la Cordillera Cantábrica, hasta el punto de que su hallazgo toponímico ya se usaba con cierta normalidad en 1904, el año de aquella escalada inaugural, y por supuesto también en 1906, cuando otro teutón, Gustav Schulze, hizo cima en solitario y, no contento con igualar la hazaña de su ilustre predecesor, se propuso doblar la apuesta haciendo noche en la cumbre.

Tumba de Pedro Pidal

Hay que aclarar que aquellas dos expediciones tuvieron que desarrollarse en condiciones bastante penosas, teniendo en cuenta el territorio por el que discurrieron y las limitaciones de una época en la que los Picos de Europa aún eran un paraje casi virgen y solo llegar hasta allí podía suponer, dependiendo del punto de partida, varias jornadas de viaje. Pese a su altura, que alcanza los 2519 metros, el Urriellu no se deja ver con facilidad, principalmente porque su portentosa efigie se encuentra atrincherada detrás de otros montes —los que conforman el macizo central de los Picos de Europa, también conocidos como los Urrieles y porque es difícil encontrar el cielo lo suficientemente despejado para discernir desde la distancia una silueta a la que ya se le han colgado todos los epítetos posibles. En los días claros, puede contemplarse desde el Pozo de la Oración el mismo mirador al que se asomaba Pedro Pidal, en cuya memoria se erigió en tiempos un monolito que hoy casi ha quedado arrinconado al pie de la carretera y también desde la encantadora aldea de Camarmeña, que se encarama sobre los tejados de Poncebos y alberga una enigmática capilla en la que, según cierta tradición no demasiado conocida, recibió sepultura el obispo don Pelayo.

No resulta tan sencillo llegar hasta la vega del Urriellu, el valle de origen glaciar cuaternario que se abre al mismo pie de la montaña, pero tampoco reviste una complicación, digamos, excesiva: en realidad, solo se requieren unas condiciones físicas medianamente aceptables y ocho o nueve horas libres, que es el tiempo que por término medio se emplea en andar y desandar el camino. La ruta hasta el Urriellu mejor recorrerla entre la primavera y el otoño: el invierno es una estación demasiado hostil en unos parajes habituados a defenderse de las intromisiones admite dos variantes que discurren por lugares cuyos nombres remiten a un tiempo y a unas formas de vida que parecen ya remotos de tan olvidados: Pidal y el Cainejo optaron por llegar hasta su base partiendo desde Bulnes, a través del canal de Balcosín y la majada de Camburero (hoy a Bulnes se llega en funicular desde Poncebos; de todos modos, es muy recomendable hacer el camino hasta allí a pie, por mucho que eso suponga añadir un par de horas más al total del recorrido); la inmensa mayoría de quienes deciden emprender la aventura por su cuenta, en cambio, prefieren comenzarla en Sotres y seguir por los llamados invernales del Texu hasta desembocar en el collado de Pandébano. En ese lugar se inicia la senda que atraviesa la Terenosa y el Collado Vallejo para dibujar después una endiablada pendiente en zigzag que hay que afrontar con tanta fortaleza como paciencia. La recompensa, bien está decirlo, vale la pena: pocos espectáculos hay más impresionantes que el de la mole del Urriellu recortándose majestuosa sobre el cielo de la vega; pocas sensaciones más reconfortantes que la de tener el mundo (o, al menos, todo lo que de él importa) a nuestro alcance, aunque en el fondo eso sea una hermosa mentira. Desde ese rincón inverosímil esquinado en lo más abrupto de la ya de por sí complicada orografía asturiana, las nubes son un colchón de espuma extendido a nuestros pies y el mar una promesa etérea que se confunde con el cielo. Lo difícil allí es no abstraerse de las miserias del mundo. Cuando se está rodeado de belleza, resulta imperdonable ensuciar el embelesamiento trayendo a colación asuntos mundanos.

Nos han hecho falta unas pocas líneas para llegar hasta aquí, así que tal vez quepa subrayar que, sobre el terreno, el ascenso es bastante más arduo y cansado, y solo lo consumarán con sus facultades físicas intactas quienes dispongan ya de un buen bagaje de caminatas a sus espaldas. Los más aguerridos, de hecho, considerarán cosa banal el haber acometido tan asequible hazaña y querrán algo más. Ya se sabe: lo que para casi todos es punto de llegada, para algunos lo es solo de partida, y el hecho de que el Urriellu despierte un respeto casi reverencial entre montañistas y curiosos no significa que sea fácil resistirse a probar suerte imitando a los muchos que, desde Pidal y el Cainejo hasta hoy, han ascendido sus más de 2500 metros. Cuando uno está de pie en la vega, sin resuello tras la caminata de más de tres horas, y tiene ante sí el portentoso bloque calizo alzándose como una esfinge sin rostro que soporta imperturbable el paso de los siglos, no sabe si estimar en lo que vale el mérito de cuantos han conseguido auparse a lo más alto o estremecerse pensando en su locura. Sin embargo, igual que no todo es blanco o negro, tampoco el Urriellu tiene una sola cara. Es cierto que el marqués y el pastor abrieron una de las vías más difíciles y que la vertiente occidental del Picu protagoniza las fantasías más húmedas, y las pesadillas más recurrentes, de cualquier alpinista más o menos experimentado, pero también que han sido tantos los que se han internado por sus hendiduras que, a día de hoy, en las paredes del Urriellu se dibujan casi un centenar de itinerarios y algunos hacen que la epopeya, dentro de lo que cabe, resulte asequible. La vía más sencilla se conoce como “directísima de los Martínez”, fue abierta en 1944 por los hermanos Alonso y Juan Tomás y casi puede considerarse una autopista hacia el cielo de los Picos de Europa; de ello pueden dar fe las decenas de turistas y aficionados que la utilizan cada año para alcanzar sus cinco minutos de íntima y personal gloria. Curiosamente, acaso sean paradojas del destino, la ruta más difícil de cuantas se han intentado hasta la fecha también lleva la firma de dos hermanos, los Pou, que en 2009 hicieron cumbre siguiendo un entramado de grietas que fueron encontrando en la, a priori, inexplorable cara oeste y al que bautizaron como Orbayu.

En cualquier caso, no dejan de ser vanas fórmulas de aproximarse a lo inasimilable, porque lo que mejor caracteriza al Urriellu es el curioso enigma que rodea a su propia idiosincrasia, el sobrecogimiento que embarga a quienes lo encuentran delante de sus ojos y ni pueden ni saben apartar la vista de su impasible figura, aquélla que ha visto morir a muchos de los que intentaron dominarla (porque también hay una historia trágica que tiene como héroes a quienes no llegaron a culminar su propósito, una larga serie de nombres anónimos que también han contribuido a forjar el mito y para los que estos parajes tienen un recuerdo que se hace recurrente en las inscripciones que jalonan el camino) y que ha engendrado leyendas tan curiosas como esa que asegura que el cuélebre tal vez el personaje más temible de la variopinta mitología asturiana: una monumental serpiente alada que arrasa cuanto encuentra y despierta auténtico pavor en las aldeas prepara al final de cada jornada el nido en su cima o la que narra el modo en que, al caer la noche, el Picu se transforma en una suerte de director de orquesta que marca con su batuta el soplido de los vientos que se deslizan por los intersticios de los Urrieles. Ninguna puede refutarse porque no hay nadie que se haya quedado a la intemperie para comprobarlo. Como ocurría con los antiguos dioses, lo único que los mortales podemos hacer con el Urriellu es demorarnos en la contemplación de esa inverosímil filigrana de caliza, estremecernos ante su inconmensurable grandeza y desear que sean muchas las primaveras en que se nos permita acudir a sus proximidades para rendirle una descreída pleitesía y preguntarle qué tal ha pasado la estación de las nieves.

Urriellu - Fotografía de Miguel Barrero (2)


Donde el sol de la infancia

En el Castillo Real de Collioure, junto al inmenso arco que da acceso a un corredor en pendiente perforado por varias galerías angostas y húmedas de penetrante aroma carcelario, una placa da fe del turbio pasado de la fortaleza por el aseado método de recordar a quienes en su interior padecieron las ignominias de la historia. Lo colocaron allí, según reza la inscripción, el 22 de febrero de 2003, “en nombre de la libertad”, con el fin de “conmemorar la memoria de los Republicanos Españoles encarcelados en este castillo, cárcel estatal, el año 1939”. Es el recordatorio expreso, y algo tardío, de un fenómeno cuyos ecos resuenan a cada paso y se extienden por toda la franja meridional de la comarca del Rosellón, desde la localidad fronteriza de Cerbère hasta la muy turística Argelès-sur-mer, en cuya larguísima playa —que fue en tiempos un inmenso campo de refugiados donde malvivieron hacinados los primeros inquilinos de nuestra multitudinaria diáspora— no queda hoy ni un vestigio de aquel pretérito imperfecto que atravesó estas tierras de refilón pero dejó su eco prendido en la atmósfera.

El Castillo Real es, en verdad, imponente. Construido entre los siglos VII y XII, llegó a estar bajo la dominación de los Habsburgo y se transformó a primeros de 1939 en una prisión que acogió a no pocos refugiados y militares españoles que cruzaron los Pirineos para pagar con las penurias del exilio su condición de derrotados. Recorriendo los estrechísimos pasillos que una vez acogieron las blasfemias y las pesadillas de aquellos hombres condenados al más cruel de los olvidos, adivinando la melancolía que debieron de sentir cada vez que caía la noche y la tristeza atenazaba sus músculos, resulta imposible evitar un sobrecogimiento que acaso sea similar al que embargó, el 22 de febrero de 1939, a los seis prisioneros que en esa fecha empezaron a tramitar un permiso que les permitiera abandonar su celda durante unas horas para asistir a un funeral.

Porque Collioure es un lugar hermoso, pero la sola mención de su nombre remite inevitablemente a un nombre y una lápida. Enclavado en un rincón costero del sur de Francia, en el territorio que llaman “la Cataluña francesa”, resulta paradójico que la razón fundamental de su fama no se deba ni a la espléndida luz que baña sus playas ni a las bondades estéticas del pequeño puerto pesquero que Matisse y Derain —los primeros que descubrieron las esencias de este refugio mediterráneo— quisieron inmortalizar en sus lienzos, sino a una circunstancia emanada de la casualidad que hizo que uno de los mayores poetas españoles del siglo XX viniera a dar aquí con sus huesos. Antonio Machado dejó muchas cosas para la posteridad. Entre ellas, un verso póstumo —”Estos días azules y este sol de la infancia”— que sus familiares encontraron extraviado por los bolsillos de su chaqueta unos días después de su muerte. Puede que no fuese su intención, pero lo cierto es que esas nueve palabras manuscritas en un papel que acabó adquiriendo rango de testamento sintetizan bien el ánimo del viajero que, recién llegado a Collioure, desemboca en el meollo conformado por la iglesia de Notre Dame des Anges, el Castillo Real y las playas que se abren a sus costados con la intención de cumplimentar los pequeños hitos que, a modo de via crucis laico y sentimental, jalonan los entresijos de un ritual compartido durante décadas por quienes le han conferido a este villorrio de pescadores un carácter equiparable, salvando todas las distancias, al de cualquier lugar de peregrinación.

Machado llegó a Collioure en circunstancias penosas. Desde el inicio de la guerra, había padecido sucesivas mudanzas con las que acompasaba sus pasos a los del Gobierno de la República —de Madrid a Valencia, y de allí a Barcelona— hasta que finalmente cruzó la frontera el 27 de enero de 1939 para desembocar, dos días después, en la que sería su última morada. Llegó allí acompañado por su madre, su hermano José y el escritor Corpus Barga, después de coger un tren en la estación de Cerbère, a la que había llegado sin dinero y con la salud bastante deteriorada por la vejez y la dureza de un periplo leonino en el que había atravesado los Pirineos junto a miles de refugiados que evitaban con el paso de la frontera el destino que su patria, que ya no lo era tanto, les tenía reservado. Como aquello no ha cambiado mucho, no resulta difícil imaginar lo que tuvieron que ser aquellos primeros pasos del poeta por el que se convertiría en escenario de sus últimos días. Aunque Collioure ha crecido bastante, la estación —que entonces estaba en las afueras del pueblo y hoy viene a marcar una frontera tácita entre aquél y su prolongación residencial— sigue manteniendo ese aire lánguido de los lugares de tránsito que se saben abocados a la indiferencia. Fue allí donde Machado y su comitiva se encontraron con Jacques Valls, un ferroviario al que, tras informarle de su condición de republicanos españoles en el exilio, pidieron que les recomendase algún establecimiento en el que pasar la noche. Valls les propuso que se alojaran en el hotel Bougnol-Quintana, a cuya propietaria solía echar una mano con las cuentas. Estaba cerca, a apenas quinientos metros, y la comitiva decidió salvar la distancia andando. Cuentan que, durante el camino, la madre de Machado, anciana y exhausta, no dejaba de preguntar si faltaba mucho para llegar a Sevilla.

Antonio Machado nunca quiso permanecer mucho tiempo en Collioure. De hecho, esperaba restablecer su maltrecha salud para poner rumbo a París y partir más tarde hacia Rusia. No pecaba de fantasioso porque él no era un exiliado cualquiera, sino el representante de una élite intelectual que había visto en la II República la oportunidad de llevar a cabo sus propósitos de construir una España mejor siguiendo las líneas maestras del regeneracionismo krausista y que veía ahora cómo todos los planes naufragaban en el fango de un conflicto interminable que estaba reabriendo de manera definitiva la franja entre dos modelos de sociedad que nunca habían sido capaces de encontrarse. Su obra cumbre, Campos de Castilla, había visto la luz en 1912 y ponía en verso buena parte de la ideología noventayochista, con Unamuno como guía espiritual de un rabioso desencanto que, en vez de ahondar en el pesimismo, buscaba puntos de apoyo desde los que empezar de cero. Fue ese libro, que lejos de perder vigencia con el transcurrir del siglo se ha ratificado como uno de los grandes clásicos de nuestra literatura, el que aupó a Machado a una condición de referente ético, de guía moral para al menos dos generaciones de españoles, que haría que muchos vieran en su exilio —consumado unos cuatro meses antes del final de la guerra— la constatación de que todo estaba ya perdido.

Aún sigue en pie en Collioure el Bougnol-Quintana, un recoleto chalé de color salmón al que separa de la llamada Placette una pequeña calle que, en días de aguacero, se ve inundada por el arroyo Douy. Así fue como se lo encontraron Machado y su familia, que tuvieron que pedir un taxi para salvar el inconveniente e instalarse en aquel hotel cuya propietaria, según parece, simpatizaba con la causa de la República española. El establecimiento está hoy cerrado a cal y canto. Es imposible no ya llegar a sus habitaciones, sino penetrar en el pequeño porche que se abre bajo la terraza principal, esa en la que alguien inmortalizó al autor de Soledades liando uno de los cigarrillos que fumaba constantemente. Alguien nos cuenta que existe un plan para convertir todo ese espacio en un museo, pero parece que el proyecto lleva años estancado. El viajero solo puede recorrer las calles que lo rodean y leer las placas que recuerdan que fue en aquel lugar donde Antonio Machado exhaló su último suspiro un 22 de febrero de 1939, a la edad de 63 años.

“De todas las historias de la guerra civil”, escribe Javier Cercas en Soldados de Salamina, “la de Machado es una de las más tristes, porque termina mal”. De todas las circunstancias que rodearon la estancia en Collioure del poeta y su familia, las más terribles son las que hacen referencia a la extrema pobreza en que se desenvolvía su rutina. Se sabe que Machado y su hermano no bajaban juntos a comer porque solo tenían una camisa para los dos y se la intercambiaban para acudir, por separado, al comedor; también que, en los primeros días de su estancia, el poeta, muerto de vergüenza, evitaba hacer vida social porque ni siquiera disponía de dinero para un café. No estaba el horno para bollos, pero puede que algún día se sorprendiera sonriéndose —una sonrisa entre amarga y cínica, entre resignada y fatal— al evocar los últimos cuatro versos del Retrato que abre los Campos de Castilla y descubrir la fatídica clarividencia que había tenido al imaginar, más de 25 años atrás, las vicisitudes que rodearían los prolegómenos de su último viaje.

No hay por aquí muchas señales que recuerden a Machado, salvo la placa que da nombre a su calle y la que da fe de su fallecimiento en el Bougnol-Quintana. A la entrada del pueblo, un cartel informa del hermanamiento entre Collioure y Soria, y un festival literario que se celebra a finales de agosto presenta al poeta como padrino espiritual del certamen. Puede parecer extraño, pero no lo es tanto si se tiene en cuenta que, al fin y al cabo, no estamos en España y que en 1939 los vecinos del pueblo, entonces un minúsculo núcleo de pescadores, apenas tuvieron noticia de la efímera presencia de un poeta ilustre en su localidad. Machado apenas salió del hotel durante el mes escaso que pasó desde su llegada hasta su muerte. Como mucho, se dejaba ver por los balcones, el porche y poco más. Tan solo una vez se decidió —él, que tantas veces había soñado el mar desde sus diferentes atalayas en la estepa castellana— a dar un paseo con su hermano hasta la playa de Boramar, un pequeño arenal pedregoso que se abre entre la iglesia y el castillo, para fumar un cigarro a orillas del Mediterráneo y hacer un silencioso balance de todo lo que se había visto obligado a dejar atrás.

Aquel paseo tuvo lugar unos pocos días antes de que la enfermedad se cebara con él y le condujera a la muerte. Machado murió el 22 de febrero en su cama, contigua a la que ocupaba su madre, que ya se encontraba sumida en un coma del que no despertaría. La muerte del poeta terminó de conmocionar a quienes ya habían interpretado su exilio como el presagio certero de una derrota inminente. Pese a todos los inconvenientes, las autoridades pudieron celebrarle un entierro con honores: una comitiva fúnebre recorrió las callejuelas serpenteantes de Collioure —existen fotografías que muestran el paso del féretro por la Placette o la Plaza de Armas— y finalmente le dieron sepultura en el pequeño cementerio que, paradojas de la Historia, se ubicaba y se ubica a espaldas del hotel. El féretro fue llevado a hombros por seis republicanos. Seis reclusos del Castillo Real que hicieron todo lo posible para estar presentes en las honras cuando se enteraron de que el poeta Antonio Machado se había despedido del mundo a unos pocos metros del lugar al que les había abocado su condición de perdedores.

En el cementerio se encuentra, como es lógico, el meollo de la cuestión machadiana. Hace tiempo que los restos del poeta se trasladaron desde su nicho original —cedido a la familia por la propietaria del Bougnol-Quintana— hasta la tumba que hoy preside el camposanto y recibe las visitas de los cientos de españoles que, al cabo del año, pasan por aquí a hacer su silencioso homenaje. No es raro encontrarse con alguno de ellos: llegan caminando despacio, permanecen unos minutos callados ante la inmensa lápida coronada por un muro de piedra a modo de cabecero y se van. Como mucho, esbozan una sonrisa cuando reconocen allí a un compatriota y se establece un diálogo a través del silencio compartido. Como si todos conviniéramos en que en esa tumba reposan algo más que unos restos mortales. Allí yace, también, una idea de España que nunca ha dejado de coquetear con la utopía. La dignidad herida que impregna el llanto por aquello que hubiéramos podido ser, pero que no fuimos.

Entrar al cementerio de Collioure y visitar la última morada del autor de Campos de Castilla es una experiencia extraña. Resulta triste y, a la vez, reconfortante. Todo es sosiego en el recinto. Tan solo el canto de los pájaros y el ruido de las hojas al mecerse con el viento rompen la quietud de un espacio recoleto y casi desierto. Sobre la tumba de Machado siempre hay flores, mensajes manuscritos, pequeñas alineaciones de piedras, un tupper que presumiblemente contiene tierra de España… También una bandera republicana que alguien ha dejado colgando del cabecero y en la que posteriores visitantes han ido escribiendo unos pesames que dejan entrever más rebeldía que tristeza. Hay otro detalle pintoresco: allí mismo, a la vera de la lápida, un inverosímil buzón recoge las misivas que, al parecer, recibe el poeta desde los más pintorescos recovecos del mundo, en lo que viene siendo una espectral relación epistolar en la que no existe acuse de recibo y que arroja las palabras a un limbo del que jamás será posible rescatarlas.

Dan las doce. Una anciana se acerca a nosotros y nos cuenta que Machado no es el único muerto ilustre de ese cementerio, que unos pasos más allá reposa el pintor catalán Balbino Giner y que también vale la pena visitar su tumba. Muy cerca, en un banco que preside el único rincón en sombra, un borracho espanta a las moscas que le impiden dormir la siesta como Dios manda. Puede que a Machado no le desagrade, en el fondo, la idea de permanecer aquí para siempre. En silencio. Rodeado de árboles. Cerca del mar. Prendido por toda la eternidad a un cielo de un azul limpio e intenso donde resplandece, al menos en los días de verano, todo el fulgor de los soles de la infancia.

Fotografía: Miguel Barrero