Las sombras de Lincoln

Estatua de Lincoln en el Memorial Washigton
Lincoln Memorial Washigton Dc 2009. Fotografía: Cordon Press

Si las superficies planas y las líneas rectas engañan a la vista, las imperfecciones y las curvas dan volumen, generan sombras, aportan matices. Las arrugas cuentan historias, aunque estén esculpidas en mármol de Georgia. Los bloques trazados con tiralíneas imperan en la colosal figura sedente de Lincoln en el National Mall de Washington, pero es su rostro el que impresiona. No es un semblante altivo, heroico, alzado hacia el cielo. Daniel Chester French, el escultor, hizo que la cabeza del decimosexto presidente de Estados Unidos se inclinara levemente para mirar hacia abajo con el gesto adusto y meditabundo del que soporta una gran carga. La monumentalidad de la estatua se basa en sus nueve metros de altura y en las ciento setenta toneladas de peso, pero es la mirada de Lincoln la que otorga solemnidad al conjunto. 

Las sombras generadas por ese rostro anguloso son una buena metáfora de las sombras que proyectó Lincoln durante su mandato, aunque la luz de sus actos las dejara en un necesario segundo plano. Es fácil caer en la hagiografía o el mesianismo y pasar por alto los grises que completan la vida de personalidades de esta talla, una tentación que se multiplica si el protagonista, como fue su caso, sufre un final trágico. «Del concurrido panorama del siglo XIX, Abraham Lincoln me parece la figura más destacada», afirmaba el poeta Walt Whitman. No se quedaban atrás en los elogios otros personajes que lo trataron de cerca, como Ulysses S. Grant, general en jefe del ejército federal y posterior presidente, que lo consideraba «sin duda, el hombre más grande que he conocido en mi vida», o colaboradores como John Nicolay y John Hay, sus secretarios personales, que glosaron sus virtudes en la voluminosa biografía que dedicaron a su jefe y mentor. 

Pero, en realidad, ¿qué sabemos de Lincoln? Tres ideas básicas acuden de inmediato a nuestra mente para atajar el interrogante: que fue presidente durante la guerra de secesión, una de las coyunturas más críticas de la historia de Estados Unidos, que abolió la esclavitud en este país y que murió asesinado. En la Biblioteca del Congreso estadounidense solo Jesucristo y Shakespeare tienen más referencias bibliográficas que Lincoln, con lo que huelga decir que es imposible profundizar en su vida en unas pocas páginas. Aun así, conviene abordar algunos de los aspectos menos conocidos de su presidencia, aunque haya que bosquejarlos en unas pocas pinceladas. 

Jornalero, ciudadano, luchador, libertador, padre 

Estas cinco palabras sirven para titular las secciones de una de las biografías de Lincoln más célebres, la escrita por Emil Ludwig, y ofrecen una perspectiva certera, aunque idealizada, de su evolución. Desde sus primeros tiempos en Kentucky, donde con apenas nueve años se puso a ayudar a su padre en el campo, a su formación autodidacta hasta convertirse en abogado en Illinois, para después emprender una exitosa carrera política, primero en las filas del Partido Whig y más tarde en el seno del Partido Republicano, organización de nuevo cuño que ayudó a fundar. 

De talla elevada y físico desgarbado (hay quien defiende que sufría el síndrome de Marfan), sus modales toscos y su campechanía generaban afinidades y odios entre amigos y rivales. Para los primeros era Honest Abe (es decir, Abraham el Honesto); para los segundos, simplemente Ape (un simio). Lincoln, notabilísimo orador, adoptaba a su antojo el papel de humilde abogado de pueblo para granjearse simpatías y hacer que sus rivales políticos bajaran la guardia, al tiempo que trufaba sus discursos de incontables anécdotas y refranes, circunstancia que Steven Spielberg refleja muy bien en la película biográfica protagonizada por Daniel Day Lewis. 

Esa oratoria afilada en los tribunales de Kentucky e Illinois no tardó en convertirse en su mejor arma, de la que se sirvió en unos antológicos debates dialécticos con el demócrata Stephen Douglas, su rival por un escaño en el Senado en 1858 (y antiguo pretendiente de Mary Todd, la esposa de Lincoln). En estos siete duelos, quizá los debates más célebres de la historia estadounidense, Lincoln estableció las bases de su discurso político con respecto a la esclavitud. 

En aquellos tiempos, tanto Lincoln como el ala moderada del joven Partido Republicano eran contrarios a la expansión de la esclavitud, pero no de la abolición de la misma en los territorios en que ya estuviese instaurada. El pragmatismo y la preservación de la Unión se imponían a los deseos emancipadores, aunque hubiera voces que defendieran medidas más contundentes. Lincoln no consiguió imponerse a Douglas en aquellas elecciones al Senado, pero su brillantez dialéctica sirvió de trampolín para su nominación como candidato republicano a la presidencia en 1860. 

¿Lincoln el Emancipador? 

Ya sabemos qué ocurrió después. El 6 de noviembre de 1860 Lincoln fue elegido presidente de los Estados Unidos después de superar a Stephen Douglas (una vez más se cruzaban sus caminos), John Breckinridge y John Bell, gracias a los apoyos recabados en el norte y el oeste del país. Acto seguido, los engranajes secesionistas empezaron a moverse en los estados sureños y el 1 de febrero siete de ellos (Carolina del Sur, Florida, Misisipi, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas) formaron los Estados Confederados de América ante la amenaza al statu quo esclavista que suponía el nombramiento de Lincoln. 

Sin embargo, el político de Kentucky dejó claro que estaba dispuesto a todo para preservar la Unión, incluso a garantizar que el Congreso no interferiría con la esclavitud sin permiso de los estados sureños. Después de eludir un posible atentado en Baltimore (la ciudad más «sudista» del norte, seguida de cerca por Washington), Lincoln llegó a la capital el 23 de febrero de 1861 para pronunciar su discurso de toma de posesión el 4 de marzo de ese año. 

«No tengo intención de intervenir directa o indirectamente en el asunto de la esclavitud en los estados donde existe, pues no creo que tenga derecho para hacerlo, ni me inclino tampoco a ello», declaraba Lincoln (en traducción de F. Meler), dejando claro cuáles eran sus prioridades en la jura de su cargo. Años después Bertrand Russell afirmaría que él nunca moriría por sus creencias, ya que podría estar equivocado. Lincoln no era abolicionista, sino antiesclavista (diferencia sutil pero notable), pero tirando de pragmatismo, como Russell, estaba dispuesto a saltarse su posición para conservar la unidad de la nación. Pese a todo, la llamada a la calma fracasó. Apenas un mes después estallaron las primeras hostilidades en Fort Sumter, Carolina del Sur.

Una casa dividida

Guerra de Secesión. Library of Congress
Cuatro niños negros entre las ruinas de Charleston, Carolina del Sur, escenario de la primera batalla de la Guerra de Secesión, 1865. Fotografía: Anónimo/ Library of Congress.

«Si una casa está dividida contra sí misma, no podrá subsistir», se lee en el versículo 25 del capítulo 3 del Evangelio según san Marcos que Lincoln utilizó como base para su discurso del 16 de junio de 1858 en la convención del Partido Republicano. En aquella alocución, Lincoln pronosticaba que el país sería libre o esclavista en su totalidad, una cosa o la otra. Aun así, antes de poner a prueba su augurio en el campo de batalla, Lincoln prefirió explorar la vía del apaciguamiento y la compensación económica a los dueños de esclavos, e incluso se planteó la posibilidad de enviar esclavos liberados a África primero y posteriormente, ya en época de guerra, a Centroamérica, Haití y las colonias británicas del Caribe. Este planteamiento de «colonización inversa» y su posible barniz racista aún suscita controversia entre los historiadores, algunos de los cuales, tras estudiar los escritos de testigos de aquella época como el político Benjamin Butler, defienden que Lincoln consideraba imposible la «armonía racial».

La opinión de Lincoln estaba, como la casa del versículo de san Marcos, dividida. Por un lado, como escribió en agosto de 1862 a Horace Greely, editor del New York Tribune, estaba su punto de vista oficial y, por otro, su punto de vista personal. Aun así, tras la puesta en marcha de la secesión sudista y el ataque a Fort Sumter, el presidente no dudó en emprender el camino de las armas para defender la Unión e impedir la expansión de la esclavitud. Como indica James McPherson en su Battle Cry of Freedom, la guerra de Secesión fue la «primera guerra moderna», una conflagración que segó las vidas de unos setecientos mil soldados, más bajas de las sufridas por Estados Unidos en las dos guerras mundiales del siglo XX.

Lincoln afrontó la guerra con el proverbial puño de hierro enfundado en un guante de seda. Al tiempo que impedía a sus generales que liberaran esclavos en los territorios conquistados y rechazaba la creación de regimientos negros para evitar la marcha de los estados fronterizos esclavistas que habían optado por permanecer en la Unión, Lincoln se atribuía poderes extraordinarios en calidad de comandante en jefe y tomaba medidas impropias de un régimen democrático. Lincoln gobernó a golpe de decreto para controlar cualquier posible disensión en territorio federal y para ello no dudó en instaurar la ley marcial, suspender el habeas corpus, clausurar periódicos hostiles, encarcelar a miles de ciudadanos sospechosos de «actos desleales» o de ser contrarios a la guerra, y juzgar a civiles en comisiones militares, una medida similar a la utilizada con los llamados «combatientes extranjeros» en la «guerra contra el terror» emprendida por George W. Bush. Con estas maneras dictatoriales, y al hacer que el ejecutivo se arrogara atribuciones del legislativo, Lincoln dio alas a los llamados copperheads, simpatizantes demócratas de los estados del norte que se oponían frontalmente a la guerra, defendían el esclavismo y eran fieles seguidores del principio jeffersoniano de oposición al tirano como signo de obediencia a Dios.

Aunque las circunstancias adversas requirieran medidas extraordinarias, este despliegue de autoridad llegó a intimidar incluso al fiscal general Edward Bates, miembro del gabinete de Lincoln, que temía que el Gobierno se estuviera excediendo. «Sin duda Cicerón tenía razón cuando dijo que en toda guerra civil el éxito es peligroso, pues engendra arrogancia y desdén por las leyes del Gobierno», escribió Bates. No obstante, como bien narra Doris Kearns Goodwin en su magistral Team of Rivals, pese a las discrepancias y roces con sus colaboradores Lincoln fue habilísimo a la hora de gestionar los variopintos caracteres y egos de los miembros de su Administración, muchos de ellos rivales o exrivales políticos (como Salmon P. Chase, secretario del Tesoro y luego presidente del Tribunal Supremo, Edwin Stanton, secretario de Guerra, o William H. Seward, secretario de Estado).

Ese tino a la hora de rodearse de colaboradores políticos no tuvo su equivalencia en el plano militar, donde el comandante en jefe sufrió hasta encontrar un general de su confianza que liderara al ejército federal. Por este mando pasaron Scott, McDowell, McClellan (el inoperante «joven Napoleón»), Pope, Burnside, Hooker y Meade, vencedor en Gettysburg. Sin embargo, la incapacidad de Meade a la hora de cortar la retirada al general Lee, el icono sudista, y su falta de decisión en la campaña otoñal de 1863 llevaron a Lincoln a sustituirlo por Ulysses S. Grant, que junto a sus subalternos Sheridan y Sherman encabezaría los esfuerzos militares del norte hasta el final de la guerra.

La Proclamación de Emancipación y el discurso de Gettysburg

A mediados de 1862, el descenso en el número de voluntarios blancos y la creciente necesidad de soldados en el ejército de la Unión hicieron que el Gobierno se replanteara la incorporación de reclutas negros y que el presidente presentara a su gabinete el borrador de su Proclamación de Emancipación. Gracias al apoyo de líderes afroamericanos como Frederick Douglass, se incorporaron a la lucha doscientos mil soldados negros (ciento ochenta mil en el Ejército y veinte mil en la Armada) pese a los prejuicios y la desigualdad en el trato en el seno del ejército que supuestamente defendía sus intereses.

Más adelante, el 1 de enero de 1863 el presidente Lincoln promulgaba la Proclamación de Emancipación, una orden ejecutiva que «liberaba» a tres millones de esclavos del sur. Y las comillas en «liberaba» son más necesarias que nunca, ya que en la práctica se excluyó a los estados que no se habían rebelado (y, por tanto, a los esclavos de los estados fronterizos, casi quinientos mil) y solo se aplicaba a los esclavos de los estados confederados sobre los que el Gobierno federal no tenía potestad (salvo en los territorios conquistados). Huelga decir que este brindis al sol no satisfizo a los abolicionistas, pero sirvió de arma política, abrió las puertas a la incorporación a filas de reclutas negros y, por supuesto, encrespó a los sudistas, que lo consideraban el preámbulo de una guerra racial. Pese a su alcance limitado, la Proclamación de Emancipación fue el primer paso hacia la Decimotercera Enmienda, que aboliría la esclavitud.

Meses después, en noviembre de ese mismo año, Lincoln pronunciaba su discurso más célebre, «Doscientas setenta y dos palabras que reconstruyeron Estados Unidos», en palabras del premio Pulitzer Garry Wills. En su homenaje a los caídos en la sangrienta batalla de Gettysburg, Lincoln abría fuego con artillería pesada, mencionando a los padres fundadores y los principios incluidos por ellos en la Declaración de Independencia: «Hace ochenta y siete años nuestros padres dieron vida en este continente a una joven nación concebida sobre la base de la libertad y obediente al principio de que todos los hombres nacen iguales».

Lincoln vincula con sutileza la palabra de los padres fundadores al fondo de la cuestión de la guerra civil, la esclavitud. «Las cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí», afirmaba uno de los principios de Euclides, geómetra estudiado por Lincoln y citado a menudo por el presidente estadounidense para hacer ver el sinsentido de la esclavitud (aunque él mismo no estuviera del todo convencido de la igualdad plena). Del mismo modo que la batalla de Gettysburg había servido de punto de inflexión para la guerra, el discurso de Lincoln, pronunciado meses después de que la sangre hubiera empapado el suelo de esta localidad de Pensilvania, también sirvió de coyuntura decisiva en la evolución de su pensamiento. En palabras de Lincoln, una vez regada la libertad con el bautismo de la sangre de los soldados, el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo jamás desaparecería de la Tierra.

La Decimotercera Enmienda

Ese cambio de tercio en el planteamiento de Lincoln —de antiesclavista a abolicionista— se apoyó en los avances en el frente y su escenificación definitiva fue la puesta en marcha de los mecanismos necesarios para aprobar la Decimotercera Enmienda a la Constitución.

Apenas tres años antes, el presidente había declarado que aceptaría el regreso de los estados del sur con los esclavos encadenados. En aquel entonces, Lincoln afirmaba con contundencia que la guerra no acabaría sin que antes se pusiera fin a la esclavitud. Si la Proclamación de Emancipación había sido una medida de guerra, la Decimotercera Enmienda, y la modificación a la Constitución que suponía, pretendía dejar una huella imborrable en el corpus legal de Estados Unidos, además de ampliar el ámbito y el alcance de las medidas previas y hacer que quedaran en segundo plano las leyes estatales referidas a la esclavitud. Entre tanto, Lincoln era elegido para un segundo mandato y el debate sobre la Decimotercera Enmienda, con las maniobras propias de un House of Cards más inocente y de otro tiempo, llegaba al Congreso. En su película, Spielberg narra con pulso y habilidad este periodo de la vida del presidente, una época con menos claroscuros morales —aunque se esbocen algunos de ellos— que los años previos. A Lincoln se le muestra exquisitamente preocupado por una legalidad que en los primeros años de la guerra no había dudado en conculcar, aunque estuviera disculpado por las urgencias y las circunstancias. El 31 de enero de 1865 el Congreso aprobaba la enmienda y se abolía la esclavitud y el trabajo forzado (salvo como castigo para un delito) en todo el territorio, aunque la ratificación por parte de todos los estados se alargó un año.

En marzo de 1865 Lincoln pronunciaba su segundo discurso de investidura. Si cuatro años antes contemporizaba e intentaba evitar la secesión de los estados díscolos aun a costa de mostrar tibieza ante la esclavitud, en esta ocasión, con el viento de las victorias militares en las velas y la reciente aprobación de la Decimotercera Enmienda, Lincoln se mostraba contundente y recurría de nuevo a la providencia divina para justificar su rechazo a la esclavitud. Aun así, ante la cercanía del fin de las hostilidades dejaba la mano tendida y pedía que se abstuvieran de juzgar (a los rebeldes) si ellos mismos no querían ser juzgados, abogando por una reconstrucción pacífica de la que fue el principal defensor. Su asesinato a manos de John Wilkes Booth, poco más de un mes después, le impidió encabezar la reunificación serena del país.

Contrastes

Abraham Lincoln efigie.
La efigie de Lincoln en el Mount Rushmore National Memorial, Dakota del Sur, ca. 1965. Fotografía: Getty.

Pese a las palabras de Whitman o Grant destacadas al principio del artículo, los elogios y reconocimientos dedicados a Lincoln tardaron en llegar y no fue hasta finales del siglo XIX cuando se dio la importancia que merecía a la labor del decimosexto presidente de la Unión. Lincoln fue un hombre falible, como es lógico, y prolijo en contradicciones. Del mismo modo que exhibió dureza a la hora de encarcelar a rivales políticos y posibles alborotadores, se mostraba caritativo y sensible a las necesidades de los más vulnerables, o comprensivo con las debilidades de desertores o cobardes a los que salvó de la ejecución con sus perdones presidenciales. Su cercanía hacía que la Casa Blanca a menudo estuviera atestada de peticionarios que pretendían transmitir sus cuitas al comandante en jefe de la nación, circunstancia que trajo de cabeza a los encargados de su seguridad. Sabía llegar al fondo de las personas y por eso convirtió a algunos de sus adversarios políticos más encarnizados en sus colaboradores más fieles.

Sin embargo, la revisión historiográfica a la que se vio sometido en los años sesenta del siglo XX tiznó en cierto modo su figura. Los activistas dejaban patente su desilusión al descubrir que el punto de vista racial de Lincoln en absoluto coincidía con el suyo. En plena revolución por los derechos civiles no se aplicaron los «factores correctores» del tiempo y el contexto a la hora de analizar su vida, y frente al relato oficial y más o menos establecido surgieron numerosas voces que menoscababan su talla histórica. Pero conocer esas sombras nos debería servir para respetar aún más al hombre, aunque se aleje del retrato idealizado de libertador y salvador. Como afirma el historiador William Hanchett, «Lincoln era mucho más progresista en las materias de los derechos civiles y la raza que la gran mayoría de sus compatriotas. El estudio del complejo problema de la esclavitud durante la guerra civil suscita más respeto, y no menos, hacia el liderazgo de Lincoln».

Sea cual sea el veredicto sobre sus acciones, y como dijo Edwin Stanton en la casa de huéspedes donde llevaron al moribundo Lincoln poco después del atentado que acabó con su vida, «ahora pertenece a la eternidad».


La última carga de caballería

Tempest, 1958. Fotografía: Getty.

Toda gran batalla tiene su narrador. Desde los esdrújulos poemas homéricos a las crónicas desapasionadas de los corresponsales modernos, la historia se ha ido nutriendo de datos fidedignos, ficticios o anecdóticos proporcionados por testigos o fabuladores en una amalgama que solo los especialistas son capaces de cribar. De hecho, es habitual que el común de los mortales no recuerde el relato objetivo de una confrontación ofrecido por un historiador, sino la versión épica —y más o menos brumosa— del escritor o poeta de turno. Por eso tenemos tan presentes los heroicos versos con los que Tennyson nos narró el desastre de la Carga de la Brigada Ligera, pero recordamos a duras penas las circunstancias geopolíticas que provocaron la guerra de Crimea. La fantasía se abre camino, choca contra la historia y, en ocasiones, se impone.

En Los arqueros, Arthur Machen contaba cómo, durante la batalla de Mons de la Primera Guerra Mundial, la Fuerza Expedicionaria Británica se veía reforzada por arqueros fantasmales que aparecían después de que un soldado invocara a San Jorge, en una narración no muy distinta a la leyenda del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo o de la supuesta intervención de la Virgen para detener al astro solar —y así dar tiempo a zanjar la batalla— tras ser convocada por Pelayo Pérez Correa, maestre de la Orden de Santiago, en otro episodio de la Reconquista. Machen ni mucho menos pretendía informar, sino entretener, pero su narración cobró vida y fue aceptada como hecho innegable por muchos lectores. La voz se corrió, los testimonios de supuestos protagonistas se multiplicaron y el relato de los arqueros, los compañeros en la batalla de Agincourt de aquella «banda de hermanos» de Enrique V inmortalizada por Shakespeare, se instaló en la cultura popular y llegó a utilizarse como elemento propagandístico para afianzar en la mente de la población la idea de la conflagración mundial como lucha entre las fuerzas del bien y del mal.

Resulta de perogrullo afirmar que la propaganda es una potentísima herramienta, como nos hacen saber cada día quienes nos hablan de posverdad, ese exitoso neologismo, o nos recuerdan las terroríficas tácticas informativas del EI. Es habitual que la propaganda se apoye en ciertos hechos y los tergiverse para adaptarlos a los fines del bando en cuestión, pero no suele ser tan frecuente que el origen de una maniobra propagandística sea el relato bienintencionado, aunque mal documentado, de un corresponsal de guerra. Ni tampoco que posteriormente se dé la vuelta a la tortilla y el episodio, que en origen era una anécdota oprobiosa para uno de los bandos, se convierta en una reivindicación de su valor nacional. Pero eso fue lo que ocurrió con la leyenda de la batalla de Krojanty, por muchos considerada la última carga de caballería: polacos contra alemanes, caballos contra tanques, con el marchamo de verosimilitud aportado por el periodista Indro Montanelli, el historiador William Shirer y el militar Heinz Guderian, tres narradores aparentemente fiables.

La decadencia de un arma histórica

La invención de las ametralladoras durante el siglo XIX supuso un duro golpe para la caballería. A diferencia de lo ocurrido durante el siglo XII, cuando el papa Inocencio II prohibió el uso de la ballesta so pena de excomunión a cualquiera que la empleara contra un enemigo —intentando poner puertas al campo y frenar esta herramienta «democratizadora» que permitía a un plebeyo acabar con un caballero noble—, nadie alzó la voz esta vez para proteger a los jinetes, miembros de un arma que había sido fundamental en los ejércitos de todo el mundo desde la más lejana antigüedad. Antes, la ya mencionada batalla de Balaclava de 1854, donde se produjo la célebre carga a sable de la Brigada Ligera contra las bien guarnecidas posiciones rusas de artillería, debió servir de toque de atención sobre el cambio de tercio que se estaba produciendo, pero el heroico comportamiento de los implicados y la incompetencia de los miembros de la cadena de mando sirvieron para que no se hiciera un examen concienzudo de lo anacrónico de aquel combate. «Es magnífico, pero la guerra no es así. Es una locura», afirmó el general francés Pierre Bosquet ante la prueba de heroísmo vacuo que acababa de presenciar en Balaclava. Esta muestra de arrestos mal canalizados llegó a arrastrar al combate incluso a dos oficiales sardos, el teniente Landriani y el comandante Govone, representantes del reino de Piamonte-Cerdeña, también beligerante en la campaña de Crimea —aunque con una presencia de tropas casi testimonial—, y poseídos por el mismo ardor que habría llevado a más de un espectador a empuñar un mandoble durante el asalto a Minas Tirith durante una sesión cualquiera de El retorno del rey.

Unos pocos años después, el uso de obsoletas tácticas napoleónicas durante la guerra de Secesión estadounidense y el notable progreso tecnológico dieron pie a matanzas sin precedentes. Los setecientos cincuenta mil muertos durante esta conflagración superan la suma de las cifras de soldados estadounidenses fallecidos durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Aun así, la caballería mantuvo un papel preponderante gracias a las acciones de mandos capaces como los confederados Jeb Stuart o John Mosby, el Fantasma Gris, o a la osadía e imprudencia del teniente coronel George Armstrong Custer, célebre por su labor hostigadora a las órdenes de Sheridan en la fase decisiva de la guerra. Luego llegaría la edad de oro de la caballería estadounidense con la creación de cuatro regimientos más (desde el famoso séptimo hasta el décimo), refuerzo necesario para apoyar la expansión hacia el oeste. En un país de grandes distancias y enfrentada a un enemigo poco tecnificado y falto de recursos, la caballería fue fundamental para librar una lucha asimétrica contra unos nativos que casi siempre fiaban su suerte a la rapidez y a la guerra de guerrillas.

Posteriormente, ya en el siglo XX, el afianzamiento de la guerra de posiciones durante la Primera Guerra Mundial relegó al arma de caballería a un papel secundario en muchos frentes, aunque hubo países que conservaron un importante contingente de fuerzas montadas una vez finalizada la contienda.

Los «testigos»

Considerado uno de los mejores periodistas y escritores italianos de la historia y conocido por su estilo directo y sin concesiones, Indro Montanelli contaba con treinta años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Deslumbrado inicialmente por el fascismo mussoliniano, su experiencia en el frente de Abisinia, donde se presentó voluntario movido por un extraño y entusiasta romanticismo bélico, le quitó la venda de los ojos y le llevó a chocar con el régimen de su país. Más adelante, el periodista cubrió la guerra civil española para el diario Il Messagero y fue juzgado por describir de manera «poco heroica» —y contraria a la propaganda oficial— la entrada del contingente italiano en Santander. Aunque fue absuelto, se convirtió en una figura incómoda y el entonces ministro de Cultura le ofreció un puesto de profesor en Tallin, la capital estonia, desde donde inició su colaboración como corresponsal para el Corriere della Sera.

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia e Indro Montanelli es enviado al frente, acompañado por funcionarios alemanes y algún otro corresponsal extranjero como el historiador William Shirer, autor de Diario de Berlín y de Auge y caída del Tercer Reich. Al llegar cerca de la aldea pomerana de Krojanty, los corresponsales se topan con un escenario chocante: los cadáveres de unos veinte soldados de caballería y sus monturas, supuestas víctimas, según los testimonios de los soldados alemanes, de una carga a todas luces suicida contra blindados germanos. El general Heinz Guderian respalda el relato y también escribe:

… conseguimos rodear por completo al enemigo que se nos enfrentaba en la zona boscosa al norte de Schwetz y al oeste de Graudenz. La brigada de caballería Pomorska, desconociendo la naturaleza de nuestros tanques, los habían atacado con espadas y lanzas y habían sufrido numerosísimas bajas.

La historia y las pruebas circunstanciales seducen a Shirer y a Montanelli, y el italiano manda una crónica que se publica en La Domenica del Corriere, suplemento dominical de su periódico, donde se ofrece una narración parcial, romántica y sesgada de la escaramuza, haciendo hincapié en el valor y la capacidad de sacrificio de los jinetes polacos. La potentísima imagen de la tradición polaca enfrentada a la modernidad alemana se convierte en el icono de la breve campaña de 1939, apenas un mes de combates entre dos fuerzas desiguales. Por otro lado, la maquinaria propagandística alemana le da alas al mito, aunque convirtiendo el heroísmo polaco en estupidez. Poco después, el relato de Montanelli se adereza con algunos detalles vergonzantes en las páginas de la revista Die Wehrmacht, donde se indica que la caballería atacó frontalmente a los tanques porque sus mandos afirmaban que los blindados no eran tales y solo iban protegidos por unas frágiles láminas de metal. Así, se logran dos objetivos: poner en ridículo a un enemigo aferrado a sus maneras obsoletas a la vez que se ensalza el concepto de guerra moderna practicado por los alemanes. La historia se replica en Kampfgeschwader Lützow, una película propagandística de la UFA que incorpora una carga de caballería, de donde se extrajeron imágenes proyectadas en los noticiarios semanales del país. En años posteriores, y en un nuevo giro perverso, la Unión Soviética aprovecha la fábula para desacreditar a la oficialidad polaca en pleno y acusarla de causar un sufrimiento y un derramamiento de sangre innecesarios (lo que podría haber servido de alguna manera para justificar intelectualmente la masacre del bosque de Katyn si los soviéticos llegan a asumir su autoría, algo que no sucedió). Sin embargo, pese al férreo control soviético durante la guerra fría, los polacos se apropian también de esta fantasía y la integran en la gloriosa epopeya de su caballería, e incluso el director Andrzej Wajda refleja la escaramuza de Krojanty en Lotna, una película bélica que sirve de homenaje a la larga historia de esta arma. Por desgracia, la leyenda y la política de la guerra fría eclipsan la verdadera contribución polaca a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Durante la batalla de Inglaterra, por ejemplo, uno de cada doce pilotos aliados era polaco, mientras que en tierra casi un cuarto de millón de soldados de este país sirvió en las filas británicas, a los que habría que sumar la nutridísima resistencia que hostigó a los alemanes durante toda la guerra en las filas del llamado Ejército Nacional.

La realidad

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la décima parte de los soldados del ejército polaco pertenecen a su caballería. Polonia sigue confiando en la capacidad del arma que tanta gloria había proporcionado a su patria, aunque la motorización y mecanización de los regimientos de caballería, como en los demás países, son progresivas. En lugar de servir de fuerza de choque, como en conflictos anteriores, la caballería lleva a cabo labores de reconocimiento y apoyo, además de ejercer de reserva móvil y emplear en combate tácticas propias de la infantería. Aunque sus soldados conservan los sables, la lanza habitual en los cuerpos montados es sustituida por armamento moderno, incluso por fusiles antitanque capaces de hacer mella en el blindaje de los primeros carros de combate alemanes.

El 1 de septiembre de 1939, el mismo día que comienza la invasión alemana, la Brigada Pomorska (Pomerania) se encuentra cubriendo la retirada de una división de infantería que trataba de defender el llamado Corredor de Pomerania, un pasillo estratégico que daba salida al mar Báltico. Durante el repliegue, el coronel Kazimierz Mastalerz, oficial al mando del 18.º Regimiento de Ulanos, avista un batallón de infantería alemana descansando en un brezal cerca del bosque de Tuchola y ordena una carga de caballería de dos escuadrones (unos doscientos cincuenta hombres) para coger al enemigo por sorpresa, mientras deja en la reserva a otros dos escuadrones y sus tanquetas. El furibundo y repentino ataque pone en fuga a los alemanes, que sufren una veintena de bajas, y los polacos ocupan la posición sable en mano y prácticamente indemnes. Sin embargo, instantes después, en lontananza aparecen unos blindados ligeros alemanes que abren fuego con sus ametralladoras y cañones automáticos. Sorprendidos en una posición desguarnecida, a los ulanos polacos no les queda más remedio que retirarse a uña de caballo en busca de refugio en las colinas cercanas, pero el coronel Mastalerz y otros veinte jinetes mueren por el fuego enemigo. No son las únicas víctimas, ya que otros sesenta ulanos resultan heridos o son hechos prisioneros, con lo que finalmente cae casi un tercio de los jinetes de los dos escuadrones. Esta es la escena que, dos días después, se encuentran Montanelli y Shirer y que da pie a la leyenda.

El sacrificio de los polacos no es vano, ya que la maniobra posibilita la retirada del Grupo Operativo Cersk y retrasa varias horas el avance de los alemanes. De hecho, el general Grzmot-Skotnicki, oficial al mando del Grupo Operativo, impone su propia medalla Virtuti Militari, la máxima condecoración polaca al valor, al 18.º Regimiento de Ulanos. De poco sirve, no obstante, esta muestra de heroísmo, ya que la campaña de Polonia, primer gran éxito del concepto de Blitzkrieg, dura un mes escaso.

¿La última carga?

No hubo, por tanto, un choque directo entre caballería y tanques en Krojanty, ni tampoco, pese a lo que afirme el mito, fue esta la última carga de caballería de la historia. De hecho, durante las cuatro semanas que duró la guerra entre Polonia y Alemania en septiembre de 1939, la caballería polaca llevó a cabo dieciséis cargas confirmadas, la mayoría de ellas con éxito y ninguna contra carros de combate. El 23 de septiembre, en Krasnobród, el 25.º Regimiento de Ulanos Gran Polonia llegó a cruzar armas con una unidad de caballería orgánica de la 8.ª División de Infantería en una de las últimas batallas a caballo de la Segunda Guerra Mundial y, pese a las numerosas bajas sufridas, consiguieron reconquistar la población y capturar a más de cien enemigos y a un general alemán.

Ya en la campaña francesa, en mayo de 1940, los Panzer de Guderian se toparon con la 3.ª Brigada de Spahis en la encarnizada batalla de La Horgne, donde un escuadrón de caballería cargó contra la línea alemana que cercaba la población y se vio lógicamente rechazada por los carros de combate enemigos. Posteriormente, el 24 de agosto de 1942, la caballería italiana lanzaría su última carga contra una formación enemiga regular, una posición artillera soviética en el río Don. El ataque de la 3.ª División de Caballería Eugenio de Saboya en Izbushensky no tuvo demasiada trascendencia estratégica, aunque la propaganda italiana se encargó de multiplicar el eco de esta victoria italiana. Meses después la caballería italiana también se las vería con los partisanos de Tito en Yugoslavia, y también hay referencias de cargas de triste final de ingleses y estadounidenses contra los japoneses en Birmania y Bataán.

Pero el historiador Janusz Piekalkiewicz nos sitúa tras la pista de la última carga de caballería de la Segunda Guerra Mundial, lanzada, una vez más, por el ejército polaco, aunque esta vez encuadrado en las filas soviéticas. Casi seis años después de la escaramuza de Krojanty, polacos y alemanes volvían a verse las caras en Pomerania, cerca de Schönfeld. La 1.ª Brigada Caballería Varsovia al mando del teniente Starak conseguía romper las asombradas filas alemanas, que esperaban una ofensiva de los carros T-34 rusos, y aprovechaba la confusión reinante para tomar la población. La infantería soviética y polaca sufrió trescientas setenta bajas, pero solo siete ulanos cayeron en la que se considera la última gran carga de caballería de la historia.

Lejos queda esta audaz y eficaz carga de la leyenda quijotesca de la batalla de Krojanty, cuyo espíritu Günter Grass (en traducción de Miguel Sáenz) recogió en El tambor de hojalata.

Enseñó a todos sus ulanos a besar la mano desde el caballo, de forma que —¡como si fuera una dama!— besan comme il faut una y otra vez la mano a la muerte, pero antes se agrupan, con el rojo del crepúsculo a la espalda —porque su reserva se llama atmósfera—, los tanques alemanes delante, son los garañones de Krupp, Von Bohlen y Halback, nadie ha montado más nobles corceles. Sin embargo, aquel caballero medio español y medio polaco enamorado de la muerte —¡talentoso Pan Kichot, demasiado talentoso!— baja la lanza con su banderola e invita, blanquirrojo, al besamanos, gritando de modo que, al rojo del crepúsculo, las cigüeñas castañetean blanquirrojas en los tejados y las cerezas escupen sus huesos, gritando a la caballería:

—Nobles polacos montados, no son tanques de acero, son molinos de viento u ovejas, ¡yo os invito al besamanos!

Y así los escuadrones cabalgaron hacia el flanco gris campaña del acero y dieron al rojo del ocaso un resplandor más rojo aún…


El fantasma del Open

Fotografía: Markus Spiske (DP).

En una cita desgastada por el uso, Rudyard Kipling recomendaba que tratásemos con la misma indiferencia a dos impostores: el éxito y el fracaso. Lo cierto es que, en algún momento de nuestras vidas, quizá azuzados por un Pepito Grillo excesivamente diligente, todos hemos sufrido el síndrome del impostor. Nos da miedo no estar a la altura, pensamos que no nos corresponde estar en el lugar que ocupamos y la inseguridad nos hace dudar de nuestros logros. En cierto modo, a diario todos somos pequeños impostores y poblamos nuestras vidas de leves hipocresías que imponen las normas de convivencia y urbanidad, por no mencionar la mejor versión de nosotros mismos que intentamos ofrecer al mundo a través de ese espejo deformante que son las redes sociales.

Pero también existe la figura, bien documentada, del impostor vocacional. Los hay de todos los colores: desde jetas que parecen salir de una novela picaresca del Siglo de Oro, a embusteros profesionales (¿se acuerdan de Milli Vanilli?) o incluso mentirosos patológicos que acaban arrasados por la avalancha de acontecimientos que desatan con sus falacias, como Enric Marco, retratado por Javier Cercas en su libro El impostor, o Jean-Claude Romand, protagonista de la biografía novelada El adversario, de Emmanuel Carrère.

En el ámbito deportivo tenemos unos cuantos ejemplos llamativos, y no me refiero al típico lateral pufo que le cuelan al equipo de nuestros amores temporada sí, temporada también. Como en Misión imposible, no basta con cambiarse la cara para adquirir las capacidades del imitado, algo que descubrieron a su pesar Éric Moussambani, que pretendió hacerse pasar por nadador en los Juegos Olímpicos de Sydney en 2000, o el más reciente Adrián Solano, que no conocía la nieve pero no tuvo empacho en inscribirse y participar en el Mundial de esquí de fondo celebrado en Lahti, Finlandia.

Maurice Flitcroft, el impostor más célebre que jamás haya dado el golf, era un individuo de ojos saltones, nariz tremebunda, rostro enjuto y barbilla prominente, una especie de Marty Feldman sin estrabismo. De talante voluble en cuanto a gustos y aficiones, este operario de grúa había intentado ser muchas cosas: había probado suerte como pintor, imitando pasablemente a Picasso o a Pollock, durante una época le dio por componer canciones, e incluso ejerció de acróbata en una especie de troupe circense en la que se lanzaba de cabeza a una piscinita portátil desde una altura poco recomendable. Así era Flitcroft: encontraba un foco de interés y se apasionaba por su nueva afición hasta perder el sueño.

El golf se cruzó en su vida en 1974 en forma de retransmisión televisiva del World Match Play Championship. Flitcroft notó un nuevo flechazo, pese a que ya tenía cuarenta y cuatro años y en su vida había empuñado un palo de golf. Después de quedar deslumbrado tras aquella epifanía, se puso a leer un libro de instrucción de Peter Alliss y algunos artículos de Al Geiberger, autor del primer 59 en la historia del PGA Tour, encargó por correo medio juego de palos y empezó a practicar de manera improvisada donde podía. Como el precio del abono en el campo de golf más cercano era prohibitivo para él, pegaba bolas en una playa cercana —hasta que subía la marea—, practicaba los golpes de búnker en el foso de salto de longitud de una pista de atletismo, pateaba a latas de café enterradas en su patio y en invierno se colaba en campos de rugby o de fútbol, siempre a hurtadillas, para poder dar bolas sobre hierba. A Flitcroft le encantaba el golf y, pese a que no tenía con quién compararse, pensaba que se le daba bien aquello.

Aunque nunca había disputado ninguna vuelta completa de golf, inspirado por la hazaña de Walter Danecki, un empleado de correos de Milwaukee que en 1965 había jugado dos vueltas de la previa del Open Championship —en las que sumó 221 golpes, nada menos—, en invierno de 1975 se apuntó a este torneo. Tenía cuarenta y seis años y vivía de una pensión, con lo que tuvo que pedirle prestadas a su mujer, Jean, las setenta y cinco libras de la inscripción. Al tramitar esta, cuando llegó a la casilla de hándicap no la rellenó e indicó que era profesional sin campo, dato que nadie se encargó de verificar.

Por lo tanto, Flitcroft estaba oficialmente inscrito en las previas del Open Championship de 1976, torneo que se jugaría del 7 al 10 de julio en Royal Birkdale y que serviría de presentación en sociedad a un jovencísimo Severiano Ballesteros, segundo en aquella edición solo por detrás de Johnny Miller después de haber encabezado la prueba hasta la tercera jornada. Una semana antes, el día 2 de julio, Flitcroft ya no pensaba en clasificarse y tenía un objetivo más mundano: llegar a su previa en el Formby Golf Club, cerca de Liverpool. El inglés se perdió por el camino, tuvo que salir a la carrera —con lo que se dejó en el maletero su palo talismán, la madera 4 que le daba confianza—, y llegó al tee de salida apenas un minuto antes de su turno.

Uno de sus compañeros de juego, Jim Howard, no tardó en descubrir que había algo raro en aquel jugador, más allá de su vestimenta y su extraña bolsa de cuero. Según declaró después, Flitcroft agarró el driver como si quisiera asesinar a alguien y subió el palo en un extraño movimiento vertical que desafiaba las leyes de la física y del buen gusto. En su primer swing la bola recorrió apenas metro y medio, un claro augurio de lo que iba a suceder a continuación. El osado operario de grúa necesitó 121 golpes para finalizar su recorrido, con bronca incluida con uno de los árbitros por juego lento. Era la peor vuelta en la historia del Open, previas incluidas.

Aunque el Royal & Ancient, la entidad que organiza el major más antiguo de la historia del golf, intentó neutralizar el escándalo, se corrió rápidamente la voz y Flitcroft se convirtió en una celebridad al instante. Tal fue el impacto de la noticia que un periodista llegó a presentarse en casa de su madre para entrevistarla. «¿Es que ha ganado?», preguntó su inocente progenitora. Su hijo, mientras tanto, se justificaba. «Tengo lumbago y fibromialgia, pero no quiero excusas. Saqué el hierro 3 para ir sobre seguro, pero no soy muy bueno con el hierro 3. Debí haber usado la madera 4, pero me la había dejado en el maletero. Con la madera 4 soy todo un experto, tremendamente preciso».

Después de acaparar titulares, el Royal & Ancient decidió actuar con contundencia. Para empezar, devolvió el dinero de la inscripción a sus sufridos compañeros de partido y su secretario, Keith Mackenzie, dejó claro que Flitcroft era persona non grata en su competición. «No queremos que nadie se burle del Open Championship. No volverá a participar. Si intenta jugar el año que viene, le estaremos esperando», declaró el enojado secretario, que no se limitó a aguardar un nuevo intento de intrusión. Días después escribió a la federación inglesa indicando que Flitcroft se había declarado profesional, con lo que ya no podía incorporarse a ningún club como amateur y se le debía vetar si lo intentaba. De este modo, si no podía unirse a ningún club jamás tendría el hándicap necesario para pasarse a profesional. La pescadilla que se muerde la cola, debió pensar el ocurrente Mackenzie.

Sin embargo, Flitcroft no cejó en su empeño y se inscribió otras cinco veces en el Open Championship, cuatro de ellas con seudónimo. La primera, al año siguiente, bajo el nombre de James Vangene, aunque la fibromialgia le llevó a retirarse antes de llegar a jugar. En 1978 decidió rebautizarse como Gene Pacecki (en homenaje a su ídolo, Danecki), pero fue interceptado después de jugar solo dos hoyos. En 1983 se convertía en el excéntrico profesional suizo Gerald Hoppy, tocado con una gorra de cazador y exhibiendo un tremendo mostacho falso, si bien fue expulsado después de nueve hoyos cuando ya había hecho 63 golpes. La abultada tarjeta de Hoppy llevó a pensar a los responsables del Royal & Ancient que se les había colado otro Flitcroft… hasta que descubrieron que se trataba del propio Flitcroft. El conde Manfred von Hofmannstal o James Beau Jolly fueron otros dos de los nombres de guerra utilizados por el que ya muchos llamaban «el fantasma del Open».

Su fama cruzó el Atlántico y llegó a Grand Rapids, donde en 1988 los hermanos Moore decidieron homenajearle bautizando con su nombre el torneo anual de socios e invitados del Blythefield Country Club de Michigan. Un emocionado Flitcroft viajó con su mujer, «la primera vez que habían salido juntos de la casa desde que les explotó el horno» y disfrutó de la hospitalidad de los estadounidenses. Además, les sorprendió jugando por debajo de los 100 golpes, una circunstancia que casi echa a perder su fama de golfista calamitoso.

Entre tanto, sus hijos, unos gemelos que habían heredado el sentido del espectáculo y la extraña versatilidad de su padre, demostraron también que querían ocupar un lugar en la historia extraña de Inglaterra al convertirse en los primeros en recibir una amonestación por comportamiento antisocial al batirse en un duelo a espada. Estos émulos de Zipi y Zape, o de los Gallagher de la serie Shameless, respondían a los maravillosos nombres de Gene van Flitcroft y James Harlequin Flitcroft, pero ambos recurrieron, como su padre, a imaginativos seudónimos para, supuestamente, ocultar su rastro. Gene, el primero, hizo de caddie a Lee Trevino haciéndose llamar Troy Atlantis, mientras que James se impuso en el campeonato del mundo de baile de discoteca de 1984 recurriendo a un nombre de guerra latino, Paris Ventura. De tal palo, tal astilla.

Mientras tanto, su padre, vetado en los campos de golf de todo el país, tuvo que volver a practicar a salto de mata, nunca mejor dicho, dondequiera que encontrara una finca susceptible de acoger sus golpes homicidas. Años después de su salto a la fama, hasta su fallecimiento el 24 de marzo de 2007, aún recibía en su casa cartas de seguidores de todo el mundo en las que a modo de señas habían escrito un escueto «Maurice Flitcroft, golfista, Inglaterra».


Los primeros labios que busqué

Niños leyendo, ca.1960. Fotografía: Archives New Zealand.

Con tres años hice magia y nadie se dio cuenta. Mi hermana Ángela andaba atareada descubriendo mundos o creándolos, lo habitual en una niña de poco más de año y medio, y mi madre iba de acá para allá en casa, con el trasiego propio de quien, con apenas veinticuatro años, tiene que inventarse día a día un futuro para sus dos hijos. Ninguna de las dos estaba por la labor de prestarme atención, aunque yo acababa de hacer algo maravilloso.

—Mamá, ¿no me oyes? —reclamé.

—No, hijo. ¿Habías dicho algo?

—Es que estoy aquí leyendo y creo que no me oyes…

—No, no te oigo. No estás diciendo nada.

—Pero… yo escucho las palabras en mi cabeza. ¿Tú no me oyes?

No, no me oía. Sin querer yo había desentrañado el misterio de la lectura en silencio, y tardé unos minutos en asimilar que esa voz que escuchaba en la cabeza, mi voz, era únicamente para mí. Como contaba Manuel Rodríguez Rivero en una columna reciente, san Agustín vivió una experiencia similar cuando vio que su maestro, san Ambrosio, leía un códice sin mover los labios. «Sus ojos se deslizaban por las páginas y su corazón se armonizaba con su entendimiento, pero la voz y la lengua callaban», describió el de Hipona en sus Confesiones. Mi «códice» fue un modesto tebeo del Pájaro Loco, pero yo viví aquella misma experiencia.

Como sucede en las etapas formativas de todo estudiante, la lectura en voz alta precede a la lectura en silencio. Desde que san Agustín descubrió en su mentor aquella manera íntima de asimilar conocimientos hasta que se popularizó pasaron más de trece siglos. La oralidad era imprescindible para transmitir información en sociedades en que el saber se restringía y la divulgación estaba muy limitada, o incluso en algunas civilizaciones y culturas que carecían de escritura (aunque parezca extraño, la inmensa mayoría en la historia de la humanidad). Como nos explica Margit Frenk Alatorre en su ensayo Entre la voz y el silencio, ya entrado el Siglo de Oro el «vulgo» iletrado alimentaba su curiosidad con los textos recitados en los corrales de comedias. Los lectores eran minoría, pero las obras de aquella época, de notable complejidad, llegaban al gran público gracias a la interpretación. La costumbre de la lectura silenciosa tardó en imponerse hasta finales del siglo XVIII, conviviendo hasta entonces con la lectura en voz alta y con otras formas de oralización de los textos. El trayecto hasta la lectura silenciosa, en mi caso, fue relativamente breve. Los labios, nuestra conexión con el sustento desde que nacemos, aliados en nuestros primeros pasos como lectores, se convirtieron en meros comparsas después de haberlo sido todo.

Los fonemas bilabiales nos dan la bienvenida al mundo de los sonidos. «Ma-má, pa-pá», nos repiten unos y otros para que los imitemos desde que nos posan en la cuna, intentando provocar sin quererlo el primer cisma y la primera gran elección de nuestras vidas. En preescolar las cartillas se ponen merecidamente del lado de nuestra progenitora. Las bilabiales nos siguen enganchando a la vida. «Mi mamá me mima; yo amo y mimo a mi mamá», leemos como loritos, añorando el calor de su piel en nuestros labios. En clase, con la lectura en voz alta se intentan fijar conceptos y marcar tiempos, aunque las fuerzas de los ejércitos de la rutina y la atención estén desequilibradas. La vocalización da forma, convierte las palabras en ideas, nos permite paladearlas a través de nuestros oídos en cuanto las articulamos. Las tejemos en tapices ideados por el autor con la calma que nos esquiva a veces en la lectura en silencio, con la pausa necesaria para poner en orden nuestros pensamientos.

Pero hay un limbo entre la lectura en voz alta y la lectura en silencio, un territorio fantasmal habitado por extraños ajenos a las modas modernas de la lectura en diagonal y las técnicas destinadas a ahorrar tiempo y asimilar conceptos a gran velocidad. En esta región neblinosa viven aquellos que, durante la lectura, aún conservan un reflejo vestigial que hace que sus labios cobren vida y se muevan sin articular sonido alguno. Ya se llame fonomímica, playback o sincronización labial, resulta fascinante. Ya de chaval me lo parecía, aunque haya quien defienda que ese nexo que lleva al exterior la intimidad de la lectura en silencio no deja de ser una muletilla psicológica, un gesto de iletrados. Donde ellos perciben taras y carencias cognitivas, yo veo a alguien que se aplica, se abstrae y centra su atención hasta el punto de llevar al terreno físico un ejercicio puramente mental. El lector mueve los labios y desgrana palabras concentrándose al máximo, poco a poco, con el primor del artesano.

Enseguida aprendí a localizar a estos lectores. No me servían aquellos que se limitaban a posar la vista sobre el texto y que bien podían estar mirando las ilustraciones o entreteniéndose contando las palabras de cada renglón. En las horas de lectura en clase, o en otros entornos, buscaba a los pocos que se ayudaban de este mecanismo para avanzar por el texto y me limitaba a observarlos, procurando hacerlo en el ángulo ideal para no llamar la atención ni turbar su paz. No tardé en intuir que no se trataba de ninguna filia de índole sexual, ya que obtenía el mismo efecto, un leve hormigueo en la nuca, independientemente del sexo o la edad del lector descubierto. Aún tardaría muchos años en saber que ese cosquilleo tenía que ver con la ASRM (o respuesta sensorial meridiana autónoma), un mecanismo biológico que produce una placentera sensación ante determinados estímulos visuales o auditivos. Además, no se circunscribía a la lectura: me pasaba lo mismo observando a alguien que se afanaba hilando frases en silencio, viendo cómo un cestero se esmeraba trenzando mimbres o siguiendo las evoluciones de un tallista.

Pero todo esto lo supe mucho después, claro está. De niño solo sabía que me gustaba mirar cómo leían algunas personas. De niño, los primeros labios que busqué solo ofrecían amor por la lectura.


Perestroika metal: un oxímoron en el estadio Lenin

Moscow Music Peace Festival, 1989. Fotografía: DP.

¿Cómo se les queda el cuerpo si les cuento que en 1989 un descendiente del diseñador de aviones de guerra más conocido del mundo y un traficante convicto unieron fuerzas para organizar un macroconcierto de heavy metal por la paz y contra las drogas y el alcohol? ¿Y si añado que este se celebró en un país que pocos años antes había proscrito el rock y que entre los artistas invitados —recuerden que era un festival contra las drogas y el alcohol— estaban, entre otros, Mötley Crüe, plusmarquistas mundiales en el abuso de estas sustancias, y Ozzy Osbourne, en cuyo nutrido currículum de excesos figura la nada desdeñable proeza de esnifarse una fila de hormigas? Algún memorioso dirá que tampoco podemos ponernos demasiado estupendos, ya que más o menos en aquellas fechas y por estos lares andábamos organizando partidos de fútbol contra la droga en los que jugaban Julio Alberto y Maradona. Y tendrá razón, claro está.

Aquel festival tuvo lugar el 12 y 13 de agosto del 1989 en el estadio Lenin, actual Luzhnikí, que en 1980 albergó las ceremonias de apertura y clausura (y la competición de atletismo) de unos Juegos Olímpicos de Moscú boicoteados por la mayoría de los países occidentales a causa de la guerra de Afganistán. Nueve años después, y con la Unión Soviética fuera del país asiático y sumida en un profundo proceso reformista a los mandos de Mijaíl Gorbachov, una oleada de músicos estadounidenses, ingleses y alemanes, acompañados de manera más o menos testimonial por tres bandas locales —Gorky Park, Brigada S y Niuans— se embarcaban en una orgía de laca y metal pesado en ese mismo escenario de la capital rusa.

En cualquier caso, no eran los primeros músicos occidentales que pisaban suelo de los países del este. En 1979 Elton John se convertía en el primer rockero del oeste que tocaba en la Unión Soviética, aunque después de filtrar cuidadosamente su repertorio y vestuario para evitar escándalos. Después, ya en los ochenta, Bob Dylan y Everything but the Girl también hacían llegar su mensaje al público soviético, mientras que en 1987 Phil Collins, David Bowie y Eurythmics tocaban el Berlín Oeste orientando sus altavoces hacia el otro lado del Muro.

El final de la década de los ochenta fue la época dorada del heavy metal. En octubre de 1988 los tres discos más vendidos del mundo eran el New Jersey de Bon Jovi, el Appetite for Destruction de Guns N’ Roses y el Hysteria de Def Leppard. Aún faltaban un par de años para que llegara la ofensiva del grunge liderada por Pearl Jam o Nirvana, y al promotor Doc McGhee se le ocurrió captar a sus principales representados para organizar una especie de Woodstock benéfico en la Unión Soviética, aunque posteriormente tocará profundizar en sus verdaderas motivaciones. Hasta cierto punto, aquel festival era un reflejo de la casi eterna desubicación del heavy metal, en pleno apogeo pero buscando aún su lugar en el mundo… incluso más allá del Telón de Acero. Como declaraba Scotti Hill a Saul Austerlitz, de la revista Rolling Stone: «¿Es la mejor idea mandar a un grupo de músicos de heavy metal como representantes de la vida sana?». Seguramente no, pero eso es lo que ocurrió en el Moscow Music Peace Festival.

Rusia a ritmo de rock

En su libro Rock en Rusia, Marta Escotet nos recuerda que mientras se decide la sucesión de Stalin, fallecido el 5 de marzo de 1953, en Estados Unidos se baila alrededor del reloj a ritmo de Bill Haley para espanto de los progenitores más tradicionales, que consideran el rock una amenaza para la autoridad y la moral. Esa misma idea no tarda en prosperar en la Unión Soviética, donde el rock se estrena en 1957 en el marco del VI Festival de la Juventud en Moscú, donde unos cuantos rockeros se cuelan entre varias bandas de jazz occidentales y de países del este. Denostado como ejemplo de decadencia burguesa, el rock queda relegado a la clandestinidad y en su transmisión, ante la escasez de vinilo, se llegan a usar grabaciones en radiografías, las llamadas roentgenidzat, hermanas de las samidzat, o publicaciones autoeditadas disidentes. Al mismo tiempo fragua en la Unión Soviética un movimiento folk paralelo al occidental, con un embrión de canción protesta encabezado por cantautores como Vladímir Vysotski.

A partir de 1964 se hace notar el impacto de los Beatles, captados a duras penas en a las transmisiones de Radio Free Europe, Radio Liberty o de la BBC. Pese a que el mercado negro es su única vía de distribución —Melodiya, el monopolio discográfico estatal, no edita un disco suyo hasta 1986—, las canciones de los cuatro de Liverpool se amoldan más al gusto ruso que el rock estadounidense y su influencia es notable. En un intento por controlar la marea musical que llega de occidente y adaptarla al gusto soviético, a principios de los setenta el Gobierno decide patrocinar a bandas y orquestas supuestamente modernas y siempre dispuestas a obedecer las normas del Ministerio de Cultura. Así surgen los VIAs, acrónimo de «conjuntos vocales-instrumentales», que pretenden contener daños, limitar la distribución clandestina de música y canalizar adecuadamente a la juventud, siempre con el beneplácito de la oficialidad, atuendo y aspecto impecables, letras controladas por la Unión de Compositores y música al volumen justo. Haciendo un paralelismo grosero, equivalen a los Coros y Danzas del franquismo, solo que con música ligera, siguiendo la terminología del programa Gente Joven.

Aun así, el auténtico rock sigue medrando en los canales alternativos y los conciertos proliferan en una precaria escena underground en pisos particulares, clubes estudiantiles y locales clandestinos. Allí se ven los primeros pelos largos y los estilos que cruzan el Telón de Acero se mezclan con los de músicos que abandonan las versiones de los Beatles o los Rolling Stones para integrar las influencias occidentales en la música folk rusa, como hizo Alexander Gradsky al frente del grupo Skomoroji, Los Bufones. Las carencias y precariedades obligan a aguzar el ingenio, y los músicos, además de convertirse también en lutieres, no pueden ganarse la vida con su arte, ya que esa opción solo estaba al alcance de los miembros de los VIAs agrupados en el sello Melodiya. A finales de los setenta, las magnetizdat, cintas de audio caseras grabadas por grupos underground que no tenían ninguna posibilidad de ser acogidos por el monopolio estatal Melodiya, se copiaban una y otra vez, aunque de su venta solo se benefician los traficantes del mercado negro. Pese a la mala calidad de las grabaciones, el rock soviético se identifica con la disidencia y la oposición a la cultura oficial, y llega clandestinamente a millones de oyentes. Sin ayuda del aparato promocional del Estado, los grupos Akvarium (liderado por Boris Grebenschikov) y Mashina Vremeni (La Máquina del Tiempo) son conocidos en todo el país y eclipsan a los grupos oficiales y VIAs.

Poco después se ven los primeros signos de aperturismo: Gosconcert (la entidad estatal encargada de la organización de conciertos) y el Ministerio de Cultura incluyen a Avtograf y Mashina Vremeni en el circuito de giras patrocinadas, aunque este roce con la «oficialidad» les hacen perder legitimidad ante algunos de sus oyentes. Por otro lado, en 1981 se funda el Rok Club Leningrado, un club de locales de ensayo donde se establecen grupos semioficiales con licencia para tocar en Leningrado. A la vez, la escena musical se enriquece con la ofensiva new wave de bandas como Kino o Televizor, conocida por su choque frontal con la censura.

Sin embargo, la muerte de Leonid Brézhnev lleva al poder a los breves Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko, quien declara que los grupos de rock «causan daños estéticos o ideológicos» e inicia una ofensiva contra esta música. El Ministerio de Cultura, de hecho, prohíbe a treinta y ocho grupos occidentales (entre los que están Sex Pistols, AC/DC, Iron Maiden, Pink Floyd y otros), se proscribe también la música pop occidental en las discotecas y se insta a las juventudes del Partido Comunista a que vigilen y repriman si es necesario. El fallecimiento de Chernenko y la llegada de Gorbachov y su glásnost fomentan el desarrollo de la cultura rusa del rock, al legalizar a los grupos y difuminarse la separación entre bandas underground, semioficiales u oficiales. En julio de 1985, Avtograf toca desde un estudio de Moscú para todo el mundo en el seno del Live Aid organizado por Bob Geldof; al año siguiente, Avtograf, el grupo de speed metal Kruiz (Crucero) y Alla Pugachova participan en un concierto de ayuda a Chernobyl; y en 1987 llega a la Unión Soviética Yoko Ono (y hago un esfuerzo notable para no intercalar un chiste que relacione su llegada con la disolución del país).

Aunque expertos como Serguéi Mijáilov, de la Academia de Ciencias Pedagógicas, afirmaran que «el rock era el equivalente moral del sida», la proliferación por todo el país de clubes como el de Leningrado normaliza su difusión y los metallisti, los seguidores del heavy metal, tienen cada vez más fácil acceder a las grabaciones de Kruiz, Chorny Kofe (Café Negro) o Korrozia Metalla (Corrosión Metálica). Incluso Gorky Park, un grupo apadrinado por Stas Namin, uno de los organizadores del Moscow Music Peace Festival, firma con Polygram y hacen una gira por Estados Unidos, al tiempo que agradecen a Mijaíl Gorbachov en su disco que hubiera hecho posible llevar su música a todo el mundo.

En aquella época se asumía que el rock era la respuesta a las desilusiones de la juventud, pero la apertura de la perestroika y la normalización de su difusión desafilaron su mensaje: el rock llegaba a un público más amplio a costa de perder su carácter contestatario.

Los ideólogos

Imagen: Elektra.

Volviendo al Moscow Music Peace Festival, los promotores de este macroconcierto fueron dos personajes excéntricos y polifacéticos: Stas Namin y Doc McGhee.

El primero, de origen armenio, fue nieto de Anastás Mikoyán, estadística soviético presidente del Presidium del Soviet Supremo de la URSS, y sobrino-nieto de Artiom Mikoyán, cofundador y diseñador de los aviones militares MiG (abreviatura de Mikoyán y Gurévich). Namin, después de estar siete años en una academia militar (donde escuchó por primera vez a los Rolling Stones, Jimi Hendrix y Led Zeppelin entre otros), fundó el grupo Tsvety (Las Flores). Eludiendo los controles habituales en los VIAs —seguramente a causa de su ilustre ascendencia— Tsvety grabó dos singles para Melodiya y llegó a vender siete millones de discos, un éxito sin precedentes. Sin embargo, en 1975 el grupo fue proscrito por promover la ideología occidental. Pese a los encontronazos con el poder, Namim siempre destacó por su capacidad para venderse y salir adelante, y en 1981 organizó un festival de pop-rock en Ereván que congregó a setenta mil asistentes, precedente inevitable del festival que organizó ocho años después en Moscú. Además de poner en marcha un centro musical para jóvenes, años después Stas Namin apadrinó a Gorky Park, un grupo soviético de metal que intentaba abrirse paso en Estados Unidos, y a través de Dennis Berardi, presidente de Kramer Guitars, conoció a Doc McGhee.

En aquella época, Doc McGhee era un peso pesado en la escena musical metalera que representaba a Mötley Crëw, Skid Row y Bon Jovi, una triada imbatible, pero tenía un pasado turbio. El 19 de enero de 1987 se había declarado culpable de introducir dieciocho toneladas de marihuana colombiana en Carolina del Norte, un delito del que salió increíblemente bien parado gracias a la estrategia de Joe Cheshire, su abogado, y a la intercesión de algunas figuras prominentes del mundo del espectáculo como Jon Bon Jovi. Cheshire propuso al juez que, en vez de pasar por la cárcel, sería más beneficioso para la sociedad que su representado fundara una ONG que recaudara fondos para los fines adecuados. En lugar de ser condenado a diez años de cárcel, como era de esperar, McGhee solo pagó una multa de quince mil dólares, estuvo cinco años en libertad condicional y creó la fundación Make a Difference para ayudar a jóvenes con problemas con el alcohol y las drogas.

Según McGhee, al organizar el festival moscovita pretendía aprovechar el vigésimo aniversario de Woodstock y hacer una buena obra en la Unión Soviética, ya que en sus numerosos viajes al país había visto que a los jóvenes alcohólicos se les trataba como en los años treinta y cuarenta en Estados Unidos, con terapias de choque de escasa eficacia. Sin embargo, algunos de sus clientes, como Mötley Crüe, declararon posteriormente que se vieron empujados a colaborar para que su representante terminara de pagar las cuentas que tenía pendientes con la justicia. Y los Crüe no llevaban nada bien que les debieran favores…

Cuestiones logísticas

Gracias a la influencia de la MTV y de la televisión por cable, el heavy metal era un motor poderoso y tenía una influencia notable en la juventud de aquella época, pero no parecía el estilo más propicio para un festival en Moscú. «No es que me gustara el heavy metal, pero era el estilo más curioso para el comunismo. Pensé que, si podíamos llevar heavy metal al estadio Lenin, podíamos hacer cualquier cosa», declaraba Namin. Y su afirmación grandilocuente no anduvo lejos de la realidad, pese a que la organización de un macroconcierto en el Moscú de 1989 supuso un desafío logístico tremebundo. Para empezar, los promotores se lanzaron sin permiso de las autoridades, que estaban al tanto de la iniciativa, pero decidieron no apoyarla ni rechazarla explícitamente para eludir críticas. Según McGhee, Gorbachov lo sabía todo, pero cuesta creer que alguien que no estuviera tan bien conectado como Namin pudiera poner en marcha un proyecto así de manera improvisada y sin la aquiescencia de los mandamases soviéticos. Por otro lado, Namin decidió eludir las referencias al rock, y de ahí que se utilizara el nombre Moscow Music Peace Festival.

Namin y McGhee tardaron un año en preparar este concierto elefantiásico, el primero que albergaría el estado Lenin en toda su historia. También sería la primera vez que se sobrevolaría Moscú con un helicóptero (circunstancia prohibida hasta entonces por el KGB), el primero que grabaría la MTV en la Unión Soviética y que contaría con cobertura en directo de las principales cadenas de televisión, atraídas por el historión de aquellos melenudos que iban a reventar los tímpanos del desprevenido público soviético. Los medios técnicos soviéticos eran tan precarios como los de cualquier país del tercer mundo, y el equipo de transmisión por satélite parecía sacado de una película de serie B de los años cincuenta. Las carencias eran tales que la organización tuvo incluso que importar el hielo desde Suecia y traer el catering (de Hard Rock) para las bandas y el equipo desde Finlandia. Además, se necesitaron sesenta y cuatro camiones con remolque para trasladar todo el material.

Si por tierra el despliegue había sido colosal, la llegada de los protagonistas por aire no se quedó atrás. McGhee y Namin fletaron un Boeing 757 apodado «The Magic Bus» (como la canción de The Who y con ilustraciones de tono jipi del célebre Peter Max, responsable también de la decoración del escenario) en el que subieron a las bandas estadounidenses (Skid Row, Cinderella, Bon Jovi y Mötley Crüe), que partieron con rumbo a Londres, donde recogerían a Scorpions y a Ozzy Osbourne y a su grupo. Dado el carácter del concierto, se suponía que el alcohol y las drogas no iban a formar parte del menú del vuelo, pero nada más despegar la fiesta comenzó y el trayecto se convirtió en un descontrolado fragmento de This is Spinal Tap. Curiosamente, en sus declaraciones posteriores los participantes no se pusieron de acuerdo en quién estaba sobrio y quién ebrio en el viaje. Los habitualmente despendolados Mötley Crüe trataban, por primera vez en su carrera, de permanecer sobrios, mientras que Ozzy Osbourne afirmó que él, su mujer Sharon y un periodista del L. A. Times fueron los únicos que no se emborracharon, algo que por ejemplo Klaus Meine, cantante de Scorpions, niega. En cualquier caso, fueron muchas horas de jam sessions improvisadas, regadas generosamente con bebidas de alta graduación y salpimentadas de sustancias polvorientas. Por suerte para ellos, gracias a los contactos de Namin los doscientos cincuenta ocupantes del autobús mágico no tuvieron que pasar por la aduana moscovita ni sufrir el escrutinio de los estrictos agentes locales. Ahí habría acabado el festival, seguramente.

Escoltados por el ejército y seguidos por la KGB, los metaleros multinacionales llegaron al Hotel Ucrania, un espectacular edificio de mármol y cristal… y poco más. Con instalaciones modestas, menús incomibles, sin apenas mobiliario y camas espartanas, sus cuatro estrellas eran tan falsas como las declaraciones antidroga de sus ilustres huéspedes. Tommy Lee lo equiparaba al Hotel Overlook de El resplandor, mientras que su pareja de entonces, la actriz Heather Locklear, dormía vestida para evitar un excesivo contacto con la ropa de cama. Poco a poco los músicos fueron conscientes de las pequeñas miserias que poblaban la rutina de los soviéticos: las largas colas para adquirir artículos de primera necesidad, los incesantes trueques y sobornos que poblaban su día a día, las puertas que abrían unos pocos cigarrillos estadounidenses, los encontronazos con la milicia e incluso algún roce con el KGB más propio de Top Secret que de El espía que surgió del frío. Mientras los músicos estadounidenses iban de acá para allá con los ojos muy abiertos y con la sensación de estar recorriendo un parque de atracciones en ruinas, los componentes de Scorpions parecían ser los únicos conscientes de la trascendencia del momento. De hecho, una visita al Gorky Park durante aquellos días sirvió de inspiración para una de sus canciones más célebres, Wind of Change, considerado el himno de la perestroika y el glásnost.

Los conciertos

Llegó el momento de tocar e, inevitablemente, los primeros desencuentros. Según cuentan Mötley Crüe en su libro Los trapos sucios, Doc McGhee había contado a cada grupo estadounidense una batalla diferente para llevarlos hasta Moscú. Bon Jovi creía que era una actuación más dentro de su gira mundial, mientras que Skid Row y Cinderella no se hicieron demasiadas preguntas. En cuanto a los Crüe, en pleno pacto para permanecer sobrios y con el disco Dr. Feelgood a punto de salir (después del exitazo del Girls, girls, girls), andaban bastante mosqueados. Su guitarrista, Mick Mars, pensaba que se había tirado un año pagando los problemas de drogas de todos los miembros del grupo y ahora le tocaba pagar por los problemas de drogas de su representante. Para más INRI, poco antes de salir a actuar el encargado de producción les dijo que habían sido «degradados» en el orden de las actuaciones y que actuarían el segundo día antes de Ozzy Osbourne y Scorpions, ya que el inglés había maniobrado para tocar en una situación más acorde con su status de estrella veterana. Pese al amago de motín y vuelta a casa, McGhee consiguió aplacar a los Crüe quienes, por respeto a Ozzy —con quienes los Crüe habían salido de gira en dos ocasiones— y a su batería Randy Castillo, buen amigo de los Crüe, decidieron transigir y ceder su puesto.

En el estadio Lenin se había montado un escenario gigantesco, el más grande del mundo hasta aquel momento, y se supone que cada grupo disponía de cincuenta minutos exactos para su actuación en un reparto de tiempos muy ruso, con una escenografía sobria, sin atrezo ni elementos pirotécnicos. Una vez finalizado el tiempo asignado al grupo, el bloque central del escenario giraría y daría paso a la siguiente actuación. Supuestamente no habría teloneros ni cabezas de cartel, pero los miembros de Mötley Crüe pensaban que Doc McGhee había maniobrado para que Bon Jovi, su niña bonita, tuviera más peso. De hecho, antes de llegar a Rusia Stas Namin tuvo que gastarse un buen dinero en promocionar al grupo de Nueva Jersey porque, pese a su carácter de superestrellas mundiales, eran relativamente desconocidos en Rusia. A ojos de Tommy Lee, ese favoritismo se vio confirmado cuando Bon Jovi utilizó fuegos artificiales —modestos según el estándar occidental, pero fuegos artificiales al fin y al cabo— para iniciar su actuación. El explosivo batería de los Crüe se fue directo a por su representante y lo tumbó con una mezcla de empujón y puñetazo mientras le gritaba: «¡Que te den! ¡Nos has mentido, joder! ¡Mañana por la mañana trabajarás para Alvin y las putas ardillas!».

Sin embargo, los ciento veinte mil espectadores que atestaban el estado Lenin eran ajenos a todas estas trifulcas entre bastidores. Querían disfrutar del espectáculo, el primero que se vivía en un escenario tan ilustre, aunque no tenían muy claro cómo debían hacerlo. Más allá de la tierra de nadie que separaba el escenario del público, la militsiya (policía) y los soldados del Ejército Rojo estabulaban a los espectadores e intentaban mantenerlos controlados. Ya no estaban vigentes las pautas de Gosconcert, que hasta 1986 prohibían que la gente se levantara y bailara en los conciertos, pero las fuerzas del orden tampoco iban a permitir que el público se desmelenara, literal y metafóricamente, en exceso.

El público ruso tenía muy claro que aquel concierto era una celebración y una ocasión histórica, pero no sabía cómo debía comportarse. En el variopinto reparto, algún rockero cazado hábilmente por los cámaras de la MTV, expertos en localizar melenas y muñequeras para dar una imagen más cosmopolita de los asistentes, pero también, a ojos desinformados y clasistas, gente con pinta de cuñados peligrosos con ideas de bombero salidos de los vídeos de Only in Russia, e incluso algún primo de Dimitri, el flipado de discoteca convertido en meme internáutico. La mayoría, sin embargo, era gente normal y corriente, jóvenes que querían disfrutar del contacto con la cultura occidental y que intentaban llevar el compás agitando sus puños y cuernos al aire, descoordinados como una madre achispada en una boda. El entusiasmo compensaba sobradamente su falta de naturalidad, mientras a su alrededor la policía fijaba la mirada intentando asimilar la avalancha sensorial que se les venía encima.

El concierto comenzó con una alocución del director del Comité Soviético de la Paz, una mezcla entre Radovan Karadzic y Brian Ferry con traje azul celeste y palabras elevadas con las que felicitaba a los rockeros por rechazar el alcohol y las drogas. Menos mal que habló en ruso y no hubo traducción hasta que se subtituló el vídeo —que dirigió, por cierto, Wayne Isham, conocido por sus videoclips de Michael Jackson y Bon Jovi—, porque las risas entre bambalinas se habrían oído en Sebastopol. Poco después, entraban en escena Skid Row con el longilíneo Sebastian Bach —premio al nombre artístico más pretencioso— a la carrera y una auténtica declaración de intenciones, un «Check this out, motherfuckers!!!» con su voz desgarrada a la altura del «Hello fuckin’ Russians» que soltaría después Ozzy Osbourne al comienzo de su concierto.

El grupo de Nueva Jersey arrancó con una contundente versión del «Holidays in the Sun» de Sex Pistols, canción con referencias al comunismo y al Muro de Berlín, y mantuvo el tipo con un repertorio basado en su primer álbum, estrenado pocos meses antes, en el que destacaba su power ballad «Eighteen and Life». Después de esta primera descarga, tomó el relevo Cinderella, el grupo de cardados imposibles encabezado por Tom Kiefer y cuyo álbum Night Songs se considera una de las cumbres del pop metal pese a su portada risible. Aunque su cantante fracasó a la hora de implicar al público en el tema «Gypsy Road», donde quedó patente la barrera idiomática y cultural que separaba a los artistas y al público, Kiefer se lució exhibiendo su doble registro que le llevaba de vocalista melódico a convertirse en un Brian Johnson con exceso de laca. A continuación, Jon Bon Jovi se daba un baño de masas con abrigo y gorra de plato del ejército mientras cruzaba el pasillo central que dividía en dos mitades al público del estado Lenin, con las primeras notas del «Lay your Hands on Me» de fondo y Tico Torres, batería del grupo, marcándole el ritmo. Después, exhibición de los estadounidenses con un repertorio basado en el Slippery When Wet y el New Jersey, sus dos discos más recientes en aquellas fechas.

Pese a ser la banda más volátil sobre la faz del planeta, entre los méritos de Mötley Crüe figura reconducir la vida de un escritor como Chuck Klosterman, autor del seminal Fargo Rock City, quien afirma que el Shout at the Devil fue su Sgt. Peppers. Por los motivos antes expuestos, los Crüe salieron a tocar en Moscú con una espinita clavada y con la sensación de ser los underdogs, unos secundarios maltratados injustamente. Nunca fueron los preferidos de la crítica (si exceptuamos a Klosterman), tampoco eran unos virtuosos ni sobresalían técnicamente, pero sabían dar espectáculo y resultaban fascinantes. Tanto fuera como dentro del escenario, era imposible apartar la mirada de ellos y de su torrente de glam metal. Los Crüe empezaron a ritmo de striptease y no bajaron el pistón durante los cincuenta minutos que duró su actuación, que acabó apocalípticamente con Nikki Sixx destrozando su bajo y Tommy Lee arrasando su complicada batería. Después, a los locales Gorky Park les correspondía defender el honor patrio, pero la apabullante actuación de los Crüe les dejó sin aire. Por otro lado, se daba la circunstancia de que no eran demasiado conocidos en Rusia, ya que Stas Namin, su representante, se había centrado en su popularización internacional, y pese a contar con un single pegadizo y estimable (el onomatopéyico Bang), el hieratismo de su cantante y su escaso arraigo social —los soviéticos los consideraban poco más que un VIA moderno y alejado del rock auténtico— los dejaron en mala posición. Lo más llamativo, la guitarra Kramer en forma de balalaika de Alexey Belov y su capacidad para destrozar el «My Generation», de The Who.

Para Ozzy Osbourne lo de Moscú no era más que otro bolo más, pero el británico es incapaz de contenerse una vez que comienza un concierto. Además, despertó tanta expectación que se produjo un amago de motín al principio de la actuación y Stas Namin tuvo que salir al escenario para llamar al orden al público y evitar que la situación se descontrolara. Como habitualmente en sus actuaciones en aquella época, Ozzy comenzó enardeciendo al público al son del «O Fortuna» de Carmina Burana para sumergirse a continuación en el «I Don’t Know» llevado en volandas por la vertiginosa guitarra de Zakk Wylde y seguir con lo más granado de su repertorio, entre cuyas canciones figuró un irónico —dado el contexto— «Sweet Leaf» dedicado a la marihuana. Con sus paseos de señor mayor y sus palmoteos espasmódicos típicos, Ozzy se llevó de calle a un público ruso que acabó enloquecido al ritmo del «Paranoid». Y cerraron el festival Scorpions, conocidos por su potentísimo directo —registrado en el inolvidable World Wide Live— y quizá los más conscientes del momento histórico que estaban viviendo. Como declaró Rudolf Schenker, uno de los guitarristas teutones, esta vez los alemanes no llegaban a Moscú con tanques y en pie de guerra, sino con guitarras y música, en nombre de la paz y aclamados por los soldados del Ejército Rojo. La banda alemana, que nunca había podido tocar en la RDA, se desquitó ofreciendo un espectáculo magnífico ciñéndose a sus clásicos en el penúltimo plato de un festival que culminaría con el medley habitual de confraternización entre los distintos grupos del cartel, acompañados en esta ocasión por Jason Bonham, hijo del mítico batería de Led Zeppelin.

La resaca

En la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, tres meses después del festival de Moscú, el Muro caía en Berlín y curiosamente, Skid Row estaba en la ciudad para dar un concierto. Huelga decir que establecer una relación causa-efecto es absurdo, pero aquella experiencia marcó a unos veinteañeros de Nueva Jersey que no destacaban precisamente por sus inquietudes intelectuales. En poco tiempo habían pasado de correrse juergas en la escena rockera angelina a vivir dos momentos históricos, protagonizando uno de ellos.

Para el público ruso aquel festival supuso la apertura definitiva de las compuertas del rock internacional en el país, aunque sus preocupaciones más inmediatas estuvieran centradas en salir adelante en una época muy convulsa. Aquel festival también dejó huella en otros protagonistas: para empezar, los miembros de Mötley Crüe adelantaron su regreso y se negaron a volver en el «Magic Bus» después de despedir a su representante Doc McGhee, a quien Bon Jovi, origen del conflicto con los Crüe, también dejó un par de años después. Por otro lado, una semana después de regresar a casa, un descontrolado Ozzy Osbourne se agarró una melopea espectacular con cuatro botellas de vodka que se había traído en la Unión Soviética e intentó estrangular a su mujer, Sharon, en otra secuela indeseada de aquel macroconcierto. Pero no todo fue desamor en el apartado de crónica rosa del concierto de Moscú, ya que Heather Locklear, entonces esposa de Tommy Lee, conoció allí a Richie Sambora, guitarrista de Bon Jovi con quien se casó cinco años después. Precisamente fue Heather Locklear la que acuñó la descripción más certera del festival cuando se enteró de su organización. «Pensé que un concierto antidrogas era un oxímoron», explicó la actriz estadounidense sin que le faltara razón, aunque el millón de rublos recaudados para el tratamiento y la rehabilitación de drogadictos en la Unión Soviética mitigaran en parte este contrasentido.

Este artículo es un adelanto de la revista trimestral Jot Down nº 21, especial URSS, disponible en nuestra tienda y nuestra red de librerías.


Pantone 342

Sergio Garcia se pone la chaqueta verde tras ganar el Masters de Augusta. Foto: Brian Snyder / Cordon.

Decía Campoamor que en este mundo traidor todo es según el color del cristal con que se mira, llevando al terreno metafórico esa cadena de interrelaciones entre longitudes de ondas, señales nerviosas y percepciones visuales. No hacía falta que llegara Instagram a decirnos que somos seres visuales y que dedicamos un tercio del cerebro a procesar las imágenes que captamos, pero tampoco pretendo ponerme técnico ni profundizar en el terreno de la fisiología o la física. Aparcaremos los fotorreceptores y los espectros electromagnéticos para que, en caso de error, no me saquen ustedes los colores. Por conveniencia me declaro seguidor de Keats, quien afirmó que la ciencia iba en detrimento de la belleza.

Pasamos las noches en blanco porque lo vemos todo negro, los príncipes azules cumplen años y se convierten en viejos verdes, y en estos tiempos las páginas salmón conviven con la prensa rosa y amarilla en los quioscos. Los colores hablan, sugieren y se asocian a situaciones o estados de ánimo, pero también engañan a la vista. Se convierten en santo y seña de algunos artistas, aunque en ocasiones se adentran en el terreno empresarial hasta convertirse en la base de más de un negocio. Si no, que se lo digan a Yves Klein o a los responsables de la empresa Pantone, encargada de velar por la ortodoxia cromática en el mundo de las artes gráficas, y culpables, en última instancia, de que el verde amarillento sea el color de moda para 2017. El artista Anish Kapoor nos recordó hace poco que los colores también se compran al adquirir los derechos del Vantablack, la sustancia más oscura que se conoce, que absorbe el 99,965% de la luz que incide sobre ella. Y, por supuesto, hay colores que trascienden su composición y se convierten en iconos inmortales. Como el rojo Ferrari, el azul Tiffany… o el verde Augusta, dado que, en este artículo, aunque no lo parezca, nos adentraremos en el mundo del golf.

Desde las primeras muestras de arte rupestre hasta la actualidad, el color ha servido de herramienta y vehículo imprescindible para plasmar ideas, vivencias y sensaciones. Independientemente de la técnica empleada, cada estilo pictórico ha ido de la mano de una paleta de colores propia. Los matices, las líneas, las sombras, las manchas… todo ello otorga personalidad y carácter; todo ello ilumina y expresa la intención del autor. Pintores, dibujantes, paisajistas, cartelistas e incluso caricaturistas se han acercado al golf armados de talento para demostrarnos que su belleza escapa al escenario del juego; que el lienzo es digno destinatario de su tradición; que el pincel, esgrimido con habilidad, es tan eficaz como el driver más potente o el putter más sutil. Mientras tanto, otras disciplinas artísticas se veían constreñidas por las limitaciones técnicas y tuvieron que evolucionar para escapar del blanco y negro. La fotografía, el cine y la televisión nos mostraban inicialmente una realidad bitonal, donde solo los grises servían para destacar o matizar. Solo los testigos directos de la acción sabían si el campo era verde o pardo, si las indumentarias eran chillonas o discretas, si el gris del cielo que los demás veían en sus pantallas reflejaba la realidad o era un azul pobremente representado.

Los colores identifican y distinguen las indumentarias, aunque haya jugadores que prefieran la sobriedad a la osadía y el utilitarismo a las declaraciones estéticas. La vestimenta de los participantes en el primer Open Championship, ocho profesionales extraídos de las filas de los caddies, eran tan raídas que los promotores de la prueba decidieron cederles unas chaquetas a cuadros verdes y negros de los leñadores al servicio de uno de los nobles implicados en la organización del torneo para que no causaran mala impresión a los posibles espectadores. Desde aquellas primeras prendas, los golfistas han vestido una amplísima gama de atuendos con una variedad infinita de tonos, muchos de ellos de nombres imposibles y relegados al lenguaje especializado de quienes saben distinguir un blanco roto de un color hueso.

Ha habido jugadores que se han apropiado de determinados colores de guerra y es difícil imaginárselos vestidos de otra manera, aunque ellos mismos reserven dichas galas para las ocasiones especiales. Ahí tenemos a Tiger Woods arrebatando el rojo y el negro al libro de Stendhal, con permiso de su héroe Julien Sorel, cuando el título se pone (o se ponía, cabría puntualizar) a tiro y el californiano juega (jugaba) la baza de la intimidación visual ante sus rivales. Pero también a Rickie Fowler homenajeando a su alma mater, Oklahoma State, con su uniforme naranja monocolor, a Seve Ballesteros tiñendo de azul marino el pardo de St. Andrews, o al mismísimo caballero negro, escapado de las páginas de Ivanhoe para protagonizar gestas en el ámbito del golf mundial encarnado en Gary Player.

Seve Ballesteros en St. Andrews, 2000. Foto: Ben Curtis / Cordon.

También la Ryder Cup es un estallido cromático convertido en competición golfística. En el marcador, el azul de Europa y el rojo de Estados Unidos; en los escudos y logotipos del torneo, la copa flanqueada por los estandartes de cada conjunto; en el campo, emociones desbordadas, público enfervorizado y la pugna entre los atuendos tricolores de los aficionados estadounidenses y las prendas azules y amarillas de los seguidores europeos. En el vestuario elegido por los distintos capitanes, casi siempre sobriedad pero también algunas decisiones estilísticas discutibles, como aquella indumentaria técnica con pinta de chándal de la NBA del conjunto capitaneado por Corey Pavin en 2012 o los polos «museísticos» de la Ryder Cup de Brookline en 1999, un crimen estético que solo fue superado por el apisonamiento del green por parte de sus portadores (y esposas) en el duelo entre José María Olazábal y Justin Leonard. En la Ryder, los uniformes y las bolsas unen a los compañeros y separan a los rivales, y solo el blanco de las bolas ejerce de igualador y de elemento común.

Aun así, al hablar de golf y color es inevitable que pensemos en Augusta National y en sus azaleas, pero también en las otras diecisiete especies vegetales que dan nombre a los hoyos de su recorrido. El amarillo de las banderas, el azul espejado de sus lagos, el rojo de los resultados bajo par en los marcadores y el blanco de la casa club son un mero complemento del omnipresente verde de un campo impecable que solo se mostró al mundo en todo su esplendor a partir de 1966, cuando los telespectadores, por vez primera, pudieron distinguir el tono de la chaqueta que se enfundó el ganador —Jack Nicklaus, en aquella ocasión— a través de la primera retransmisión en color de la CBS. Precisamente Frank Chirkinian, histórico realizador de esta cadena, fue responsable de que el interior de las cazoletas de los hoyos esté pintado de blanco para distinguirse mejor en los tapices del campo. También fue en el Masters donde se introdujo otra novedad relacionada con el color y los resultados, ya que fue el primer torneo donde se dieron los resultados con la referencia de golpes por encima o debajo del par en lugar de ofrecer la suma de golpes totales, para facilitar el seguimiento de los jugadores. Además, para hacerlo visualmente más sencillo, los resultados bajo par se mostraban en los marcadores en rojo y los que estaban sobre par, en verde. Sin duda una innovación muy práctica, aunque los responsables del Augusta National no podían imaginarse que el campeón más grande de la historia del Masters sería daltónico. En el último día del torneo de 1963 Jack Nicklaus, Tony Lema, Sam Snead y Julius Boros se jugaban la victoria por un margen de golpes muy estrecho. Al llegar al 18, Nicklaus vio en el marcador su nombre acompañado de un dos y el del resto con un uno. Entonces le preguntó a Willie Peterson, su caddie: «¿Cuántos estamos en rojo?». «Solo usted, jefe», le respondió su ayudante, para alivio del Oso Dorado.

Pero el color que todos tenemos en mente al pensar en Augusta es el Pantone 342, el verde de la chaqueta que visten sus socios y los ganadores del torneo, el marchamo que identifica a los miembros de uno de los clubes más exclusivos del mundo y, sin duda, uno de los dos iconos más reconocibles del golf mundial con la jarra de clarete que se otorga a los vencedores del Open Championship. A Bobby Jones, mejor jugador amateur de la historia y fundador de Augusta National, le impresionó la elegancia de las chaquetas rojas que vestían los capitanes de club en Royal Liverpool y decidió importar la costumbre, pero tardó en decidirse por un color después de plantearse el amarillo, el rojo y el melocotón como posibilidades. Al final, el verde de los arbustos de las azaleas sirvió de modelo para el tono de esta chaqueta de lana y poliéster con dos botones y un parche con la famosa silueta del logotipo de Augusta National.

Y gracias a esta decisión Sergio García viste ahora, merced a su épico triunfo en el Masters de 2017, esta prenda verde, la quinta que logra un deportista español después de las conseguidas por Severiano Ballesteros y José María Olazábal. Para enfundársela ha tenido que despejar los nubarrones más oscuros, los que le llevaron a afirmar en 2009 que Augusta National era un campo injusto, o en 2012, después de un 75 en ese mismo escenario, que él no era lo suficientemente bueno como para ganar un «grande». En su decimonovena aparición en el torneo, después de asumir tiempo atrás que era inútil empecinarse contra las dificultades que oponía Augusta y que había que cambiar la perspectiva, Sergio García ha conseguido domar a la bestia multicolor creada por Alister MacKenzie. Ahora son otros los que tienen que tomar su ejemplo y transformar el negro funesto en verde esperanza.


El mal del músico

Apostolos Paraskevas. Foto cortesía de D'Addario Strings.
Apostolos Paraskevas. Foto cortesía de DAddario Strings.

Dos días después de dar un concierto en el Carnegie Hall, el guitarrista clásico y compositor Apostolos Paraskevas intentaba enseñar un arpegio sencillo del «Romance anónimo» a uno de sus alumnos del Berklee College of Music. Como en millones de ocasiones anteriores, su cerebro se dispuso a orquestar la sinfonía necesaria para realizar movimientos complejos con apoyo visual y, comandadas por la corteza motora primaria, se activaron hasta siete de sus áreas para ejecutar la pieza. La acetilcolina, el primer neurotransmisor identificado por Otto Loewi en 1921, recorrió los axones de las neuronas motoras por una intrincada ruta, la vía corticoespinal, hasta llegar al tracto corticoespinal lateral. La mayoría de los axones que forman este tracto tiene su origen en las zonas de la corteza motora primaria que controlan brazos, piernas, manos, pies y dedos, las necesarias para adoptar la postura con la que debía enseñar a su pupilo esa sucesión de sonidos. Sin embargo, Paraskevas descubrió horrorizado que los dedos no respondían y que el anular se curvaba espontáneamente hacia la palma de la mano. La sensación fue aterradora. La potencia se desconectaba del acto, el alma se alejaba del cuerpo, la física se interponía en la metafísica.

Paraskevas acudió de inmediato a varios especialistas. El primero, traumatólogo, no consiguió encontrar ningún problema anatómico y no fue mucho más allá. El segundo, neurólogo, le diagnosticó distonía focal y le recomendó que visitara un centro médico de Boston especializado en esta afección. Así comenzó la batalla del músico de origen griego con el llamado «cáncer del músico», un mal que podría llegar a afectar a uno de cada cien intérpretes (según un estudio de los chilenos R. Arangui, P. Chana-Cuevas, D. Alburquerque y X. Curinao) y que ha destruido un buen número de carreras.

En términos generales, la distonía es un trastorno del sistema nervioso que genera una variabilidad discordante en el tono muscular y que da lugar a posturas y movimientos anómalos. Su origen es esquivo —de hecho, se desconoce la causa del 80% de las distonías— y puede ser de varios tipos atendiendo a la ubicación de la afección. La focal, como su propio nombre indica, afecta a un músculo o grupo muscular de una zona determinada del cuerpo. En todos los casos, su diagnóstico es arduo, especialmente por la variedad de posibles procesos implicados y el gran número de enfermedades que pueden causar sus síntomas. A diferencia de las distonías generalizadas, que por lo general son hereditarias y surgen durante la infancia, las focales son de carácter neurológico y suelen aparecer durante la edad adulta. Sus efectos son llamativos e incluso incapacitantes: desde la tortícolis espasmódica que causa la distonía cervical a las distorsiones en boca y lengua de la oromandibular, pasando por los parpadeos acelerados del blefaroespasmo o las interferencias vocales de la distonía laríngea, que enronquece o incluso interrumpe la voz. La distonía focal manual es una afección ocupacional, es decir, solo aparece cuando se llevan a cabo ciertas actividades que implican movimientos precisos, y no es producto del cansancio. Los calambres atenazan las manos y los antebrazos al escribir (en el llamado «calambre del escribiente»), afectan especialmente a los movimientos sutiles de algunos deportistas (es el caso de los «yips», el terror de golfistas, tiradores o lanzadores de béisbol, entre otros) o provocan toda clase de efectos indeseados en los músicos.

La aparición de esta devastadora dolencia, un fantasma acechante y temido, provoca indefensión y desconcierto. Los miles de horas empleadas en depurar la técnica musical se desvanecen como si hubieran sido milisegundos. Las vidas entregadas a una pasión y a una vocación se desmoronan. La incertidumbre y la ansiedad sustituyen a la seguridad y la capacidad. El talento sigue ahí, pero el cuerpo no responde para canalizarlo.

Ilustres damnificados

A menudo me aflige, sobre todo aquí en Viena, tener una mano impedida. Y te reconozco que va a peor. Con frecuencia me he quejado de ello al cielo y he preguntado: «Dios, ¿por qué me has hecho esto?». Aquí sería muy útil, ya que en mi interior se forma y vive toda clase de música que anhelo exhalar con delicadeza; pero solo consigo extraerla cuando es absolutamente necesario, a trompicones con los dedos. Es horrendo y ya me ha causado un gran desasosiego.

El autor de estas angustiosas palabras es Robert Schumann, quizá el primer caso conocido de distonía focal, y la destinataria Clara Wieck, su futura esposa, una pianista a quien muchos ponían a la altura de Liszt o Thalberg. Schumann perseguía el virtuosismo que veía en Wieck y en otros compañeros generacionales y para ello no dudó en idear varios artilugios con el fin de perfeccionar su técnica y afinar su agilidad, como un teclado portátil o un sistema de poleas para reforzar sus dedos. Sin embargo consiguió todo lo contrario; los dedos terminaron desobedeciéndole y se agarrotaban o incluso se retiraban del teclado.

Robert Schumann y Clara Wieck. Foto: DP.
Robert Schumann y Clara Wieck. Foto: DP.

El caso de Schumann podría ser un buen ejemplo del diagnóstico erróneo más habitual de la distonía focal, aunque carecemos de datos concretos para corroborarlo. Habitualmente, la distonía focal se confunde con otras dolencias causadas por acumulación de tensión o por un uso excesivo de la mano, pero su origen es neurológico si bien hay factores genéticos que predisponen a sufrir esta disfunción. A grandes rasgos, cada región de la corteza cerebral está vinculada a ciertas áreas del cuerpo; es decir, y haciendo una generalización grosera, a cada dedo le corresponde una «parcela cerebral». Sin embargo, las fronteras de estas parcelas se difuminan en los cerebros de los afectados por distonía focal, con lo que las instrucciones cerebrales no activan necesariamente los músculos correctos. Hay quien define a la distonía focal como un virus informático o un «cuelgue del sistema» que desbarata la llamada «memoria muscular».

Ese virus se apoderó del virtuoso Leon Fleisher en 1964. Como cuenta en el documental Two Hands dirigido por Nathaniel Kahn y nominado al Óscar en 2007, mientras se preparaba para la gira más importante de su carrera tuvo un leve accidente con una silla de jardín, que se le resbaló y le causó un corte superficial. Una vez recuperado, Fleisher descubrió que los dedos de la mano derecha, sobre todo el anular y el meñique, tendían a enroscársele hacia la palma, un proceso que fue empeorando poco a poco y que culminó diez meses después. El pianista vio cómo quedaba cercenada su carrera como concertista y el consiguiente trauma también invadió el ámbito personal, dado que fue la principal causa de su divorcio. Desde los cuatro años había estudiado infatigablemente para alcanzar el virtuosismo; a los treinta y seis se veía abocado a convertirse en una curiosidad médica, un mero pie de página en la historia de la música, un relato con moraleja funesta. Después de perder el uso de la mano derecha, Fleisher visitó a médicos de todas las especialidades y probó con un amplísimo surtido de remedios ortodoxos y heterodoxos. Como Schumann, también se acordó de los poderes que supuestamente rigen nuestros destinos. «Cuando quieren atacarte, los dioses saben dónde hacerlo». Aun así, el estadounidense exhibió un notable coraje y decidió centrar sus esfuerzos en la docencia, inició una notable carrera como director de orquesta y también empezó a interpretar y grabar un repertorio de obras para la mano izquierda siguiendo los pasos de Paul Wittgenstein, hermano del filósofo Ludwig Wittgenstein, que perdió el brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial y, pese a ello, desarrolló una notable carrera como pianista al idear novedosas técnicas para paliar su carencia.

A Fleisher se le diagnosticó síndrome del túnel carpiano por agarrar demasiado fuerte la batuta y le operaron la muñeca derecha para cortarle el ligamento transverso del carpo, iniciativa que, curiosamente, le permitió recuperar parte de la movilidad de su mano derecha y dar su primer concierto con ambas manos después de dieciocho años de «silencio». Posteriormente también se le trató con toxina botulínica, otra medida que sirvió para aliviar sus síntomas al debilitar los músculos que controlaban los dedos afectados, pero el problema de Fleisher no estaba en sus manos ni en sus músculos, sino en el cerebro. Aunque Fleisher se resigna y reconoce que siempre estará acompañado por la distonía focal, al menos ha conseguido conciliar el ejercicio de su profesión con la presencia de esta afección.

No le sucedió lo mismo a Keith Emerson, astro del rock progresivo y miembro fundador de The Nice y Emerson, Lake & Palmer. Conocido por su formación clásica y por llevar al órgano Hammond y al sintetizador Moog piezas eternas de Músorgski (inolvidables sus Cuadros de una exposición), Bach, Bartók o Janácek, Emerson llevaba años luchando contra la distonía focal, aunque cuando comenzó esta batalla el teclista, como tantos otros intérpretes, no sabía que se enfrentaba a un problema neurológico y no a una disfunción muscular. Emerson también pasó por la mesa de operaciones, pero los dolores y los movimientos espontáneos de su mano derecha solo mejoraron temporalmente. Además de sus problemas físicos, en los últimos años Emerson se enfrentó a la cara menos amable de internet y encajó mal las demoledoras críticas que le dedicaban sus «seguidores». La ansiedad y el perfeccionismo son una combinación explosiva y, según su pareja, Mari Kawaguchi, a Emerson le preocupaba no estar a la altura en la gira de despedida que tenía previsto dar en Japón este mismo año. Aunque a sus setenta y un años no tenía que demostrar nada a nadie, Emerson acabó sumido en una depresión que le llevó a suicidarse el pasado 10 de marzo. «Hay músicos que se suicidan y otros se dedican a la enseñanza. Es un problema dificilísimo. La gente comprende qué es el sida y hasta cierto punto el cáncer, pero intenta explicarles qué es la distonía focal», declaraba Jill Gambaro, una especialista en síndrome de túnel carpiano y distonía focal que intercambiaba información con Emerson para un futuro libro.

La búsqueda del grial

La distonía focal es, a la vez, la terra incognita que figuraba en los mapas antiguos y el dragón que supuestamente poblaba esas regiones ignotas. Por su etiología diversa y su origen incierto, a lo largo de los años se han empleado diversas estrategias para paliar sus efectos, aunque, como suele suceder en todos los territorios médicos nebulosos, la distonía focal ha sido terreno abonado en el que han aparecido un buen número de supuestos especialistas que se apoyan en técnicas con escasos fundamentos científicos.

Una vez que en los años ochenta se descubrió el origen neurológico de la dolencia, se recurrió al uso de fármacos anticolinérgicos, como el triexifenidilo, que inhiben o reducen los efectos neurotransmisores de la acetilcolina. Sin embargo, estas sustancias solo alivian los síntomas y tienen molestos efectos secundarios, con lo que su uso actual es escaso. Lo mismo sucede con las inyecciones de toxina botulínica que debilitan los músculos causantes de la contracción no deseada y, aunque no anulan la orden cerebral errónea, permiten que los demás músculos compensen el movimiento anómalo. Otro inconveniente notable de esta vía de actuación es la dificultad a la hora de concentrar el tratamiento en los músculos causantes y de aplicar la dosis adecuada, circunstancia que causa efectos variables a lo largo de periodos amplios (ya que hay que repetir el tratamiento cada tres o cuatro meses). Entre las técnicas en desuso también están los enfoques puramente quirúrgicos, que solo se emplean cuando hay que resolver derivaciones físicas de la distonía (como los casos más agudos de dedo en resorte, cuando el dedo se queda atascado al flexionarse).

Actualmente los especialistas parecen decantarse por un planteamiento multidisciplinar en el que intervengan neurólogos, fisioterapeutas e incluso psicólogos para dar apoyo emocional y ocupacional. De este modo se conjuga el reentrenamiento pedagógico con la rehabilitación física, sin olvidar un posible tratamiento ergonómico complementario que permite contener los movimientos distónicos utilizando férulas, rediseñando soportes o incluso reajustando los instrumentos si es posible (como las llaves de los instrumentos de viento).

Entre estas técnicas destaca el reentrenamiento con sensory motor retuning (resintonización sensomotora, en una traducción aproximada), creada por el doctor Victor Candia y desarrollada posteriormente con el Institut de Fisiologia i Medicina de l’Art-Terrassa de Jaume Rosset-Llobet. Con el SRM se pretende reprogramar las conexiones entre estímulos sensitivos y respuestas motoras y actuar de este modo sobre esas «parcelas cerebrales» difuminadas que mencionábamos anteriormente, sin olvidar el trabajo físico ni el cuidado de los aspectos técnicos que exige el instrumento en cuestión.

Herramientas para el tratamiento de la distopa
Herramientas para el tratamiento de la distonía focal. Foto cortesía de Institut de Fisiologia i Medicina de l’Art-Terrassa.

Esta reprogramación se apoya en una de las cualidades más fascinantes del cerebro: la neuroplasticidad, es decir, la capacidad para formar nuevas vías neuronales. Como explica Antonio Martínez Ron en una reciente publicación en Vox Populi, Juan Antonio Barcia, jefe de neurocirugía del hospital de San Carlos de Madrid, ha conseguido cambiar funciones cerebrales de sitio mediante una técnica pionera: gracias a una manta de electrodos a nivel subdural los médicos aplican descargas en el paciente y generan una «lesión virtual» que anula la función que desempeña esa área y obliga al cerebro a reubicarla en otras adyacentes. Con el tiempo, una vez logrado este desplazamiento, los cirujanos pueden intervenir en la zona (para extraer un tumor, por ejemplo), sin miedo a que afecte a la función que anteriormente albergaba esa región (el habla, el movimiento de las manos, etc.). Las posibilidades que abre esta técnica son infinitas, aunque su aplicación al ámbito de la distonía focal queda aún muy lejos. Sin embargo, la utilización de técnicas menos invasivas, como la estimulación magnética transcraneana, está despertando un notable interés entre los especialistas.

De todos modos, Apostolos Paraskevas, el guitarrista clásico del comienzo del artículo, afirma que la neuroplasticidad tiene doble filo. Según su punto de vista, la distonía focal no empieza en el cerebro, sino que se genera en la tensión de las manos, que a su vez queda reflejada en el cerebro. De este modo, el cerebro se ajusta según las señales que recibe de las manos y, después de un periodo prolongado tocando con exceso de tensión, los dedos ya no pueden realizar las oportunas compensaciones, el problema se vuelve neurológico y el cerebro empieza a enviar señales incorrectas a las extremidades. Paraskevas afirma que ha dedicado siete mil horas —una cifra cercana a las diez mil horas de práctica que el discutido psicólogo sueco K. Anders Ericsson defendía que hacían falta para convertirse en un genio en una disciplina concreta— a lo largo de cuatro años para recuperarse utilizando técnicas de reentrenamiento y prestando atención a la técnica y a los hábitos para evitar tensiones.

Paraskevas afirma que está completamente curado y que su técnica y su habilidad musical incluso han mejorado. En el polo opuesto, un Keith Emerson desquiciado que acabó rindiéndose, siempre según su pareja, ante este mal incapacitante. Pero en el bosque de carreras cercenadas y voluntades maltrechas también encontramos esperanza y consuelo en la recuperación de Leon Fleisher, por ejemplo, o incluso en el forzoso cambio de tercio de Robert Schumann, a quien la distonía focal le arrebató el sueño de convertirse en el mejor pianista de su época pero le llevó a alcanzar la cumbre que comparte con los mejores compositores del siglo XIX.

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Lecturas recomendadas:

La distonía focal de Robert Schumann

Análisis clínico de la distonía focal en los músicos

Distonía focal en los músicos


Conspira, que algo queda

Julio César, 1953. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.
Julio César, 1953. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

Por mucho que se empeñe el vendemotos Paulo Coelho, el universo no conspira para que nuestros deseos se hagan realidad. Más bien al contrario, tendemos a pensar que la realidad se empeña en complicarnos la vida y que nuestra alma gemela es Calimero, aquel pollito negro italiano que se quejaba de que nadie lo quería. «¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?», suele ser una muletilla habitual cuando nos dejamos las llaves dentro de casa o metemos la pata hasta el tobillo en un charco. Nos sentimos vigilados por algún duende esquivo, invocamos al maldito Murphy (y a sus secuaces) o pensamos que todo tiene que ver con algún tipo de rito de purificación kármica. Nos dejamos embriagar por el fatalismo cotidiano y no nos acordamos de las innumerables ocasiones en que la casualidad, la suerte o el destino (táchese lo que no proceda según las creencias del lector) nos han favorecido. Estas anécdotas cotidianas se afrontan con resignación, racionalidad o incluso con chispa, como hizo el humorista Paul Jennings al elaborar su teoría del resistencialismo, esa mezcla de resistencia y existencialismo que pretendía explicar el comportamiento rencoroso manifestado por ciertos objetos inanimados (las llaves que se esconden, los muebles que se empeñan en placarnos…). Pero estas pequeñas conjuras que hacen que nos sintamos, si acaso por unos segundos, el centro de las iras del universo poco tienen que ver con las conspiraciones reales que pueblan nuestras vidas… o las imaginarias que le dan saborcillo.

La letra de la ley

Pero, ¿qué es una conspiración? Sin duda es un término conocido, ubicuo en estos tiempos, si bien lo suficientemente escurridizo como para que su explicación se nos escape en una apabullante marea de significado. Es complicado alcanzar una definición satisfactoria sin apoyarnos en las habituales muletillas mediáticas, o sin recurrir a los estereotipos que la industria del entretenimiento nos lleva ofreciendo desde su popularización.

Si pretendemos encontrar una respuesta puramente lingüística y académica, el diccionario nos ofrece aridez y síntesis: «unirse contra un superior o un particular», mientras que entre las acepciones del término «conspirar» también encontramos «convocar, llamar alguien en su favor» y, de manera figurada, «concurrir varias cosas a un mismo fin». Sin duda, reconocemos algunos de sus elementos, pero tenemos la sensación de que hay más, algo que no puede ser encerrado en las endebles jaulas de las palabras. Las definiciones parecen fundirse con la materia que pretenden esclarecer, dejando vacíos e imprecisiones llamativas. Si dejamos atrás las restringidas definiciones del diccionario y recurrimos al derecho, la figura legal de la conspiración no arroja mucha más luz sobre nuestra duda.

En términos generales, una conspiración es un acuerdo entre dos o más personas para cometer un acto ilegal o lograr un objetivo lícito por medios ilícitos, aunque hay diferencias sustanciales entre las conspiraciones recogidas en el código civil (las llamadas colusiones en nuestras leyes, o pactos entre personas y organizaciones para perjudicar a un tercero) y las penales. Sin embargo, hay diferencias entre lo establecido en el Common Law (es decir, el derecho anglosajón, especialmente en Estados Unidos) y lo que aparece en la mayoría de los códigos europeos, muchos de ellos derivados del derecho romano: la definición, el contenido y el propio castigo de una conspiración difieren notablemente. En el caso del derecho penal angloamericano, la conspiración como figura legal tal vez sea el elemento más difuso y elástico de toda su legislación y está sujeta a todo tipo de interpretaciones. El acuerdo entre los conspiradores, por naturaleza, es lo primero que dificulta la clasificación de la conspiración y el reparto de las responsabilidades. ¿Es responsable uno de los conspiradores de los actos cometidos por otros, aunque no se conozcan? ¿Cómo debe ser el acuerdo alcanzado para que se considere conspiratorio? En la mayoría de las ocasiones, no hay manera de demostrar con pruebas fehacientes la existencia de este acuerdo y se aceptan las pruebas circunstanciales. Además, las legislaciones estadounidenses, tanto las estatales como las federales, suelen ser especialmente duras con las conspiraciones, considerándolas las peores amenazas para la sociedad a causa de la «acumulación de talentos delictivos» y al hecho de que la formación de un grupo dificulte la detección, pues la evidencia de la conspiración está circunscrita a los propios conspiradores y su reserva a la hora de testificar aumenta con el tamaño del grupo. También se tiene en cuenta que el propio acto del acuerdo sirve para cimentar y reforzar la resolución de personas que, por sí solas, carecerían de la decisión necesaria para cometer un delito.

Por todas estas circunstancias, en muchos estados norteamericanos el castigo para una conspiración que tiene como fin llevar a cabo un delito es igual de duro que la comisión de dicho delito (y si se lleva a cabo, su pena se suma a la del delito propiamente dicho; es decir, el castigo se duplica), lo que parece indicar que una parte importante de su legislación está teñida de un cierto talante paranoico. Sin embargo, en Europa, cuando existe el concepto de conspiración en el código legal correspondiente, el castigo suele ser el mismo o inferior al del delito implicado. En algunos países europeos la pena puede aumentar cuando el delito es cometido por varias personas que actúan en concierto, pero no existe el concepto de conspiración en sí mismo. En la mayoría de los Estados solo se castigan los acuerdos para cometer delitos (independientemente de si se llevaran a cabo o se quedaran en el intento) si se trata de delitos políticos contra el Estado, pero en ninguno se condenan los acuerdos para cometer actos que no fueran delictivos. Es decir, en algunos supuestos legislativos de los Estados Unidos se puede estar participando en una conspiración aunque el fin último de la misma sea la comisión de un acto legal, algo que parece un absoluto contrasentido a primera vista. No obstante, el término «conspiración» es grandilocuente y evoca imágenes de conjuras de poderosos y tramas de alto nivel, pero en la mayoría de los casos tienen raíces más mundanas y se ciñen a los acuerdos puntuales entre delincuentes de poca monta para cometer un delito.

Intrigas e intrigantes

Daniel Ellsberg, 1974. Fotografía cortesía de University of Wisconsin-River Falls.
Daniel Ellsberg, 1974. Fotografía cortesía de University of Wisconsin-River Falls.

Pero alejémonos de la maraña de tecnicismos legales y abordemos la cuestión desde otro punto de vista. Si nos atenemos a su naturaleza, y descartamos las intrigas más terrenales con fines puramente materiales, la gran mayoría de las conspiraciones de carácter político tienen como objetivo la consecución de poder o de conocimiento, cuando no de ambas cosas. De hecho, en la actualidad, las fronteras entre estos dos conceptos se difuminan cada vez más. La información es poder y el poder es información. A velocidad de vértigo hemos pasado de los sencillos mensajes codificados de épocas anteriores a las redes internacionales que se dedican a controlar los flujos de datos que recorren el globo. Detrás de todo ello hay pocos villanos al estilo de James Bond y abundan las tramas basadas en la eficacia, el secretismo y la técnica. Los bancos se ponen de acuerdo para manipular los tipos de cambio, las agencias de inteligencia criban océanos de datos privados para «protegernos», los poderosos evaden impuestos con la connivencia de bancos y multinacionales, las guerras sucias y a muchas bandas proliferan por todo el planeta… Ante estas maniobras a gran escala surgen adalides y francotiradores, figuras grises y a veces apisonadas por los hechos que desatan y por las organizaciones cuyas maniobras desvelan. La lista la tenemos fresca: Chelsea Manning, Edward Snowden, Julian Assange y Herve Falciani, entre otros, sin olvidarnos de su padre espiritual Daniel Ellsberg, que filtró al The New York Times y a otras cabeceras los llamados «Papeles del Pentágono» mientras ejercía de analista para la RAND Corporation y provocó una notable tormenta política durante la guerra del Vietnam.

La propagación y divulgación de estas maniobras podrían llevarnos a pensar que todo el monte es orégano y nos acerca al brumoso terreno de la fabulación y las teorías disparatadas (que abordaremos más adelante), pero no hace falta sumergirse en las procelosas aguas del misterio para encontrarnos con tramas y conjuras. El bíblico «que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda» ha sido la máxima descontextualizada por la que se han regido muchos protagonistas de la historia, sobre todo los que han rondado u ocupado posiciones de poder. Son innumerables los ejemplos, todos ellos merecedores de una mayor atención que la dedicada en estas pocas líneas: desde las repetidas conjuras promovidas en Roma por Catilina en la época tardorrepublicana al asesinato de Julio César a manos de Bruto y de sus compañeros conjurados, pasando por los numerosísimos complots renacentistas, en muchos casos originados por nobles de segunda fila demasiado embriagados por los escritos de Maquiavelo, o la conspiración de Amboise, intriga precursora de las sangrientas guerras de religión en Francia. Más cerca nos quedan el atentado contra el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, que pese a su torpe planificación logró su objetivo y sirvió de catalizador para la Primera Guerra Mundial, el Watergate o el asunto Irán-Contra, entre otros. Dondequiera que haya poder, habrá conspiradores.

Por otro lado, ¿puede establecerse un retrato robot del conspirador típico? Si se hiciese un listado con los rasgos de personalidad sobresalientes en los conjurados, ¿predominaría la ambición o la astucia? ¿La inteligencia o el sigilo? ¿La meticulosidad o la paciencia? ¿Es compatible el ingenio con la vehemencia? ¿Tienen algo que ver César Borgia y Montpensier, por poner dos ejemplos de lo más dispar? Además, cabría hacer una distinción global entre urdidores o ejecutores, titiriteros o marionetas. En resumidas cuentas, entre cerebros y peones. El destino de los primeros a lo largo de la historia ha sido diverso, pero los segundos suelen correr una suerte adversa, superados por los acontecimientos que desencadenan (aunque en otras ocasiones, las menos, quedan impunes). A veces, no obstante, la barrera entre conspirador y ejecutor se difumina y nos encontramos con personajes tan llamativos como Bruto o John Wilkes Booth.

En general, la historia se ha encargado de desenmascarar a las principales figuras de las conspiraciones, si bien se dan notables salvedades. Y, curiosamente, algunas de las excepciones más llamativas se han ido presentando a partir de la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con un fenómeno que no ha pasado inadvertido: la «nacionalización» de los servicios de inteligencia. En la inmensa mayoría de las conspiraciones históricas —dejemos de lado a nuestros queridos iluminados, rosacruces, templarios y demás sectarios que pueblan la pseudohistoria—, el paso del tiempo se ha encargado de identificar a cada uno de sus componentes y de diseccionar a conciencia sus movimientos y objetivos, desde la perspectiva desapasionada que proporciona la distancia temporal. A pesar de la magnificencia de los actos emprendidos o la grandiosidad de las consecuencias provocadas por la conjura, ningún conspirador de la historia ha contado con los recursos ni con el apoyo de las omnipresentes organizaciones de inteligencia gubernamentales que pueblan nuestro mundo contemporáneo; entidades que pueden derrocar gobiernos establecidos (o no) democráticamente, practicar sin recato asesinatos selectivos, iniciar guerras por motivos poco claros, crear listas negras de «desleales y antipatriotas» o convertirse en ejecutoras de la voluntad del gobierno que las financia; instituciones que, con su existencia a la luz del día y su volumen titánico, parecen contradecir la propia naturaleza sigilosa y oculta de las maniobras que ponen en marcha.

De la conspiración a la conspiranoia

Las Torres Gemelas en el World Trade Center, en abril de 2001. Fotografía: Anabela Gonçalves (CC).
Las Torres Gemelas, World Trade Center, en abril de 2001. Fotografía: Anabela Gonçalves (CC).

En siglos pasados, las conspiraciones políticas siempre afectaban a otras personas, estaban alejadas de la rutina diaria, y solo sus posibles repercusiones se hacían sentir en el pueblo llano, como olas provocadas por algún maremoto lejano. Para la gran mayoría de la población, todo aquello siempre les sucedía a otros. Sin embargo, el mundo moderno se ha encargado de demostrarnos que se puede idear una conspiración a nivel planetario a la luz del día, con consecuencias al tiempo titánicas y funestas. Y lo más preocupante para el ciudadano de a pie es que muchas de las confabulaciones que les han tocado de cerca, sobre todo las de carácter terrorista, se han puesto en marcha con una frugalidad de medios sorprendente y ante las mismas narices de esas entidades de inteligencia omnipresentes y casi todopoderosas a las que nos referíamos antes. Para una gran parte de la población mundial —sobre todo, para los ciudadanos estadounidenses— el 11-S sirvió para corporeizar los terrores ocultos que poblaban sus sueños. Se vislumbró la naturaleza y la cara de la bestia, pero esta identificación del mal con un personaje concreto (en aquel caso Osama Bin Laden), destinada a exorcizar gran parte de los miedos, apenas fue transitoria y acabó convirtiéndose en una reducción simplista y peligrosa. Al final el diablo cayó abatido con una parafernalia impropia y extraña —discutida, entre otros, por el pulitzer Seymour Hersh—, pero la supuesta decapitación de Al Qaeda no ha servido para acabar con la expansión talibán en Afganistán y además ha dado alas a un nuevo e impredecible enemigo, el Dáesh. La respuesta a la conspiración terrorista fue la puesta en marcha de otra trama cuyas claves se ofrecen sin recato en los noticiarios de todo el mundo y que pasa por la fiscalización de las libertades personales, la desinformación y la globalización (en el peor sentido posible de la palabra). Orwell y Foucault se maravillarían al ver lo cerca que estamos del New World Order que anticiparon. ¿Y cuál es la única vía de escape para muchos? La paranoia. En este mundo que vivimos, cualquiera puede ser partícipe, voluntario o no, de una conspiración, y de ahí que junto a las conjuras e intrigas documentadas proliferen las teorías conspirativas más descabelladas.

«La teoría social de la conspiración es una consecuencia de la desaparición de Dios como punto de referencia, y de la consiguiente pregunta: “¿Quién lo ha reemplazado?”», escribía Karl Popper en su obra Conjeturas y refutaciones. Mientras tanto, el politólogo Michael Barkun descarta el plano teológico y abunda en la naturaleza de las teorías conspirativas al afirmar que encarnan tres principios básicos: nada sucede accidentalmente, nada es lo que parece y todo está relacionado. La necesidad de justificarlo todo, un empeño aparentemente sano y empírico, se convierte en una obsesión para los teóricos de la conspiración. No existen los hechos impredecibles ni los fenómenos aleatorios; todo obedece a un acuerdo entre personas o entidades interesadas en alcanzar algún fin, por lo general de carácter oscuro. La causalidad apisona al azar.

No es casual que en los Estados Unidos la conspiración haya pasado de ser un elemento de alta política a convertirse en una aberración mediática. La existencia de conjuras al parecer patentes para muchos pero nunca demostradas (como los asesinatos de JFK, Martin Luther King o Robert Kennedy, o la convicción de que Pearl Harbor no fue más que el cebo que Franklin Delano Roosevelt puso al alcance de un Japón excesivamente ávido), han hecho que las conspiraciones formen parte integrante del modo de vida estadounidense. Se suele fijar como fecha de inicio de esta inmersión conspirativa la del hecho que muchos consideran «el final del sueño americano»: el asesinato de JFK. Tras el controvertido carpetazo al asunto, y quizá como consecuencia de la revolución a favor de los derechos civiles de los años sesenta, se inició una fiebre revisionista en la historiografía estadounidense, aunque a la fiesta se sumaron historiadores serios y una extraña amalgama de juntaletras de espíritu acrítico. Aun así, y aunque la muerte de JFK sirviera de catalizador y fuera en aquella década cuando la expresión «teoría de la conspiración» adquirió el matiz peyorativo que aún conserva, el fenómeno de la revisión histórica en clave conspirativa había estallado en Estados Unidos varias décadas antes, en los años treinta del mismo siglo, y estuvo centrado en el análisis de la figura de otro padre de la patria, Abraham Lincoln.

Lincoln antes que JFK

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Primer retrato presidencial de Lincoln, 1860. Fotografía: DP.

Es apabullante el volumen de la bibliografía centrada en la figura de Lincoln, que solo es superado por Jesucristo y William Shakespeare en el número de registros dedicados a él en la Biblioteca del Congreso, pero hasta los años treinta apenas se había tratado uno de los aspectos más llamativos de su biografía: su final. Ese hueco lo ocupó Otto Eisenschiml, un químico de origen alemán, con su libro Why Was Lincoln Murdered?, evangelio del que se nutrieron varias generaciones de supuestos divulgadores y que abrió las compuertas a una riada de textos fantasiosos que alimentaron la avidez del público por las conspiraciones y las traiciones en el seno del gobierno estadounidense.

Lo cierto es que la figura de Lincoln, ensalzada por innumerables volúmenes que rozan la hagiografía aduladora, es más controvertida de lo que los españoles medios pensamos. A pesar de su, para muchos, talante mesiánico y su elevación a los altares de la democracia como gran emancipador de los esclavos, Lincoln fue una figura discutida desde el primer día de su mandato. Fue su ascensión al poder la que provocó la secesión de los estados sureños, y su actitud en tiempos de guerra con respecto a las libertades podría calificarse, cuando menos, de polémica: fue el primer presidente que suspendió el habeas corpus y no tuvo reparos a la hora de encarcelar rivales políticos o poner fuera de juego, con muy poco respaldo legal, a potenciales alborotadores. Por otro lado, su primera proclamación de emancipación solo afectaba a los esclavos de los estados sureños —es decir, a esclavos cuya suerte estaba más allá de lo que pudiera decidir el Gobierno federal—, manteniendo en vigor la esclavitud en los estados fronterizos cuyo apoyo Lincoln necesitaba asegurarse. Tampoco era plato de buen gusto de la facción más radical de su partido, que pretendía tratar al Sur como una nación enemiga vencida, e imponer durísimas condiciones a los díscolos estados hermanos. Con todos estos antecedentes, no era de extrañar que, movidos por el afán revisionista, los «pseudohistoriadores» como Eisenschiml se centraran en el aspecto de la vida de Lincoln menos estudiado: su asesinato.

Como en casi todos los sucesos relacionados con un misterio, además de los trabajos serios a cargo de profesionales reputados se generó una corriente alternativa de opinión en la que se encauzaron numerosas hipótesis (algunas plausibles, otras directamente disparatadas): desde el asesinato como el acto de un grupo de patriotas sureños que actuaban por cuenta propia, al atentado como producto de una gran conspiración cuyos hilos movían las principales figuras del gobierno sureño (Jefferson Davis y Judah Benjamin), pasando por la conspiración interna en las filas del Gobierno (aquí los sospechosos habituales suelen ser el secretario de Guerra Edwin Stanton y el vicepresidente Andrew Johnson), o incluso que Lincoln fue asesinado por una conjura instigada por banqueros internacionales o por la mismísima Iglesia católica. Eisenschiml optaba por la conjura interna y culpaba a Stanton, pero la proliferación de sospechosos y posibles tramas nos recuerda a lo que ocurrió apenas treinta años después de la publicación del libro del alemán con la bibliografía dedicada a diseccionar el asesinato de Kennedy.

Miserias y justificaciones

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Expediente X , 1993-. Imagen: Ten Thirteen Productions / 20th Century Fox Television / X-F Productions.

El desarrollo de una poderosa subcultura propia que ha invadido diferentes medios (desde la proliferación de tabloides sensacionalistas al reflejo de la conspiración en el mundo del espectáculo, cuya máxima expresión podría ser la serie de culto Expediente X) nos hace preguntarnos si el público americano está especialmente necesitado de alimentarse de conspiraciones y si sirven todas estas conjuras de mera justificación de muchos pequeños fracasos que pueblan sus vidas. A pequeña escala, tal vez les resulte útil echarle la culpa a alguien ajeno de la frustración del sueño americano y sea un ejercicio de «limpieza mental» la creación de todo tipo de agentes externos culpables de sus desvelos. Aunque de origen inglés, Terry Pratchett, preclaro siempre en su tono humorístico, explicaba este fenómeno en su novela Voto a bríos:

Y entonces se dio cuenta de por qué estaba pensando así.

Era porque quería que hubiera conspiradores. Era mucho mejor imaginar a un grupo de hombres en una habitación llena de humo, enloquecidos e impulsados al cinismo por el poder y los privilegios, conspirando mientras se bebían su coñac. Uno tenía que aferrarse a aquella clase de imágenes, porque si no tal vez se viera obligado a afrontar el hecho de que las cosas malas pasaban porque la gente normal y corriente, la misma que cepillaba a su perro y contaba cuentos a sus niños en la cama, era capaz de salir después a la calle y hacerle cosas horribles a otra gente normal y corriente. Era mucho más fácil echarles la culpa a Ellos. Resultaba del todo deprimente pensar que Ellos eran Nosotros. Si eran Ellos, entonces nada era culpa de nadie.

También habrá quien piense que la invasión de conspiraciones descabaladas en los medios es una maniobra diversiva que nos aparta de otras conjuras más mundanas, peligrosas y reales. Tal vez esta exacerbación del fenómeno conspiratorio no sea más que un reflejo platónico e imperfecto de la realidad, una realidad oculta que, a pesar de todas las precauciones, consigue tiznar con sus sombras la rutina cotidiana.

Propagaciones y contagios

Fotografía: Hernán Piñera (CC).
Fotografía: Hernán Piñera (CC).

Por supuesto, un elemento fundamental ha contribuido a esta «socialización» de la conspiración y a la propagación de su subcultura. Gracias a los medios de comunicación modernos, y sobre todo a internet, cualquiera puede extender por todo el planeta una teoría descabellada. Y basta con que la información esté medianamente elaborada y tenga visos de verosimilitud como para que cale hondo en la mente de más de un incauto. El fenómeno no es nuevo: la policía secreta zarista creó Los protocolos de los sabios de Sion, un disparatado panfleto antisemita revestido de misterio pseudohistórico, a principios del siglo XX con el fin de justificar la persecución a los judíos. Años después, los Protocolos formaron parte del corpus que la potente maquinaria propagandística nazi utilizó como coartada ideológica para el Holocausto. De la conspiranoia interesada y creada ex profeso al genocidio…

A la inversa, en el otro lado del espectro, ciertos grupos de interés empresarial y político aprovechan el talante peyorativo de la etiqueta conspirativa para intentar desacreditar fenómenos como el cambio climático tachándolo de conjura sin base, generando un negacionismo que choca frontalmente con el consenso científico. Por otro lado, también hay ejemplos de conspiraciones basadas en elementos reales, como el Proyecto MK Ultra, el Área 51 o el Programa HAARP, convertidos en cajones de sastre que sirven igual para un roto que para un descosido en un panorama conspiranoico ávido de nuevas sensaciones. A su lado, conjuras risibles encabezadas por reptilianos, annunakis o astronautas ancestrales que encuentran un hueco en la sociedad gracias a los medios de comunicación modernos pese a contar con la misma credibilidad que el célebre Carlos Jesús

Internet es un océano de datos sin filtrar, es nuestra moderna biblioteca de Alejandría, pero cada vez es más complicado discriminar lo veraz de lo inventado. El acceso a tanta información pone a prueba nuestra capacidad de discernimiento, se difuminan los referentes de autoridad y cualquiera tiene voz para transmitir verdades o banalidades. Nos vemos asaltados a diario por un totum revolutum fomentado por una avalancha que solo nuestro espíritu crítico es capaz de cribar. Los efectos perniciosos son evidentes, aunque por otro lado, y como subproducto beneficioso, cada vez es más complicado impartir doctrina. Lo cierto es que la marea conspirativa se extiende y cada vez alcanza a más gente de todos los estratos sociales… e incluso a personas que en absoluto encajan con el perfil de crédulo o indocumentado, como les sucedía a Steve Jobs o a Gore Vidal. Casi nadie está libre de pecado, como puede confirmar el autor del libro Annals of Gullibility (Anales de la credulidad), el psicólogo Stephen Greenspan, autoridad en la materia de la detección de timos y bulos que, sin embargo, cayó víctima de la trama piramidal puesta en marcha por Bernie Madoff.

«A los teóricos de las conspiraciones de internet no se les suele hacer caso y se les considera un grupo “marginal”, pero las pruebas indican que una muestra representativa de los estadounidenses —independientemente de su etnia, sexo, educación, ocupación u otros aspectos diferenciadores— da credibilidad a algunas teorías conspirativas», escribía Harry G. West, profesor adjunto de antropología en su obra Transparency and Conspiracy. Los frentes se multiplican en forma de negacionismos de todo jaez o posturas acientíficas apoyadas en evidencias cuando menos endebles (y en la mayoría de los casos, inexistentes), pero cada vez es más fácil encontrar público para cualquier disparate concebido con cierto esmero.

Las brumas de la ficción

Fotografía: Ben Ostrowsky (CC).
Fotografía: Ben Ostrowsky (CC).

Como aprendieron a su pesar los protagonistas de El péndulo de Foucault, el libro sobre conspiraciones por antonomasia, es relativamente fácil crear una conjura. Lo difícil es pararla una vez puesta en marcha. Lo mismo le sucedió a Umberto Eco con su creación, que junto a su primera incursión en el terreno novelístico, El nombre de la rosa, abrió las compuertas a una riada imparable de obras de ficción histórica trufadas de misterios y confabulaciones. El recientemente fallecido escritor italiano fue, seguramente a su pesar, inspirador apócrifo de un buen número de textos de calidad variable (por lo general, escasa) que se apoyan en una fórmula más o menos fija: un misterio elaborado, una trama con gancho, un villano en las sombras y un enigma aparentemente indescifrable cuya divulgación haría temblar los cimientos de la civilización occidental… Pero no le echemos la culpa a Eco de todos los pecados cometidos por Dan Brown y sus imitadores. Él mismo se nutrió de un amplio surtido de fuentes para elaborar sus novelas: desde los folletines y las novelas populares al maremágnum de intrigas pseudohistóricas rescatadas en los años sesenta por «eruditos alternativos» como Louis Pauwels y Jacques Bergier, responsables del revival de los supuestos conocimientos ocultos con matices sobrenaturales. Según los autores del seminal El retorno de los brujos, libro que sirvió de combustible creativo para innumerables obras de ficción, son innumerables las conspiraciones en la sombra que la humanidad ha ido orquestando o imaginando con el paso de los tiempos, encabezadas por sociedades secretas, masones, rosacruces o alquimistas, y dirigidas en la mayoría de los casos por peces gordos del submundo ocultista, jefes secretos que aparecen de manera constante en las místicas orientales y occidentales. Estos pueden ser habitantes subterráneos o procedentes de otros planetas, seres extraordinarios y preclaros o incluso abominaciones ultraterrenas. Desde los Nueve Desconocidos encabezados por el príncipe hindú Asoka a los Superiores Desconocidos a los que Mathers, líder de la Golden Dawn, decía considerar jefes supremos de la secta, pasando por los delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, cuya voluntad supuestamente se manifestó en unos misteriosos carteles en el año 1622 en París, los iluminados de Baviera o el terrorífico escalafón de divinidades que pueblan diversas cosmogonías literarias.

Según Pauwels y Bergier, las capas de cebolla se superponen y en todas partes se ven indicios de intrigas y turbios manejos que nos apartan del auténtico saber y que, por tanto, nos impiden alcanzar un nivel superior de conocimiento y de poder. La historia se funde con la leyenda y se mezcla la destrucción de la biblioteca de Alejandría con el hundimiento de la Atlántida o la desaparición del supuesto tesoro templario. Desde la perspectiva conspiratoria, el verdadero conocimiento se nos muestra, se nos informa de su existencia, pero siempre queda un centímetro más allá de las puntas de nuestros dedos. Como se refleja en los textos gnósticos, estos datos extraviados, o excesivamente ignotos para ser interpretados de manera correcta, nos impiden acceder a nuestra divinidad perdida.

Como contraposición a este conocimiento elevado, a esta información pura que nos proporcionaría la divinidad, nos encontramos con los datos que sugieren otras clases de conspiraciones, igual de cósmicas pero, aparentemente, más aleatorias e irracionales. De ahí que Pauwels y Bergier reivindicaran la figura de Charles Hoy Fort y lo integraran en su panteón de hombres ilustres. Fort pasó de ser un mero recopilador de incongruencias, un chamarilero informativo especializado en hechos chocantes —lluvias de sangre, apariciones de animales fabulosos, icebergs volantes, bolas de fuego, objetos fuera de su tiempo— a un adalid que desafiaba la mismísima base del conocimiento aceptado y, por tanto, del poder establecido, un investigador que trataba de sistematizar y responder todos aquellos enigmas.

Estos sucesos eran lo bastante disparatados como para que ocuparan un mero pie de página o se convirtieran en carne de revista parapsicológica, pero terminaron empapando las páginas de un buen número de novelas y saltando a las pantallas de cine o televisión hasta hacerse un hueco en nuestra imaginación. Al fin y al cabo, estos medios necesitan un caudal incesante de elementos atractivos para satisfacer el verdadero y único fin de toda obra de ficción: la diversión del lector o espectador. Y las conspiraciones, reconozcámoslo, dan mucho juego. Por eso disfrutamos con las andanzas de Mulder y Scully y sus Expedientes X, o con la anaconda (más que culebrón) de intrigas políticas de la serie Scandal, o esbozamos una sonrisa más ante la aguda parodia de los tejemanejes de la NSA y de entidades similares que hemos visto en las dos últimas temporadas de The Good Wife.

La realidad supera la ficción

A estas alturas, y dada la longitud del texto, más de uno se estará preguntando —como Cicerón al ya mencionado Catilina— hasta cuándo seguiré abusando de su paciencia. El tema de fondo es inabarcable y el punto final se resiste a encontrar su lugar, pero hace poco finalicé el interesante El peligro de creer, un libro de Luis Alfonso Gámez de cuyo prólogo, escrito por José Antonio Pérez Ledo, tomo prestado un oportuno colofón. Pérez Ledo cuenta cómo ambos hablaban de la popularidad de las teorías conspiratorias que ponían en duda la llegada del hombre a la luna y defendía que a la gente que daba pábulo a dicha conjura tal vez le deslumbrara la dificultad de mantener en pie una farsa de tal envergadura durante cincuenta años, a lo que Gámez replicaba que lo verdaderamente maravilloso era haber llegado a la luna. Y, como acertadamente escribe Pérez Ledo, de eso trata ese libro (y, de manera mucho más modesta, este artículo): de cómo la verdad es siempre más maravillosa que la más maravillosa de las fabulaciones.


Golfistas volátiles, volcánicos… y radiactivos

Augusta, Georgia, USA --- Original caption: At Masters' invitation golf tourney. Bobby Jones missing a putt on the 16th green during the second round of the Masters' Invitation Golf Tournament at Augusta, Georgia. Jones finished the tournament in a tie for 13th place, with a score of 294, ten strokes behind Horton Smith, the winner. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Bobby Jones en el Masters de Augusta. Fotografía: Corbis.

El golf es una disciplina plagada de estereotipos y lugares comunes, algunos de ellos merecidos. Ya sea por el eterno debate sobre su naturaleza como deporte o por su asociación a las élites, el común de los mortales se ha hecho una imagen mental de este juego de origen incierto y tradición riquísima. Y una de las imágenes que evoca el golf es la de los bombachos, el tweed, los chalecos de cuadros y los deportistas atildados y relamidos, protagonistas de aquellos relatos irónicamente refinados de P. G. Wodehouse. El genial escritor inglés, por medio de su «mano armada narrativa», ese socio decano que, igual que Jeeves o Bertie Wooster, diseccionaba de manera sutil las miserias de la sociedad inglesa por medio de divertidos relatos golfísticos, contribuyó en gran medida a crear ese divertido arquetipo que todavía puebla la imaginación de más de uno.

Y quien se guíe por esa vara de medir tal vez piense que el golf no es un deporte asociado a los enfrentamientos barriobajeros y las broncas, sino que los buenos modales imperan y las discusiones se resuelven mediante afilados intercambios dialécticos. Siguiendo esa línea teórica, en el fragor de la batalla, en lugar del liberador «te voy a arrimar dos guantazos» cabría esperar que el agraviado dijera algo así como «créame, señor, pero noto dentro de mí algo así como un deseo que propende a causarle un deterioro parcial de su faz», como decía José Luis Coll en su relato Insultos de hombres educados. Sin embargo, a lo largo de la historia de este deporte abundan los ejemplos de golfistas desquiciados que han decidido pasarse por el arco del triunfo las reglas de etiqueta y se han echado al barro verbal o físico.

Hace poco menos de un año Keegan Bradley y Miguel Ángel Jiménez, el carismático jugador malagueño (y «golfista más interesante del mundo» según los estadounidenses, que lo comparan con el personaje larger than life de los anuncios de cerveza Dos Equis), rozaron el cuerpo a cuerpo después de una agria discusión de reglas en el Cadillac Match Play, mientras que pocos meses después era el caddie del insufrible Robert Allenby el que se quedaba con ganas de ajustarle las cuentas en pleno campo a su patrón. Las amenazas de violencia física son la evidente excepción a la regla, pero los piques velados, las miradas airadas y los gestos de desprecio más o menos disimulados son algo más habituales, sobre todo en los torneos por equipos más señeros, la Ryder Cup y la Solheim Cup. En estos enfrentamientos entre Europa y Estados Unidos, el juego limpio y la deportividad a veces comparten incómoda cama con la picardía y las ganas de ganar a toda costa, contando incluso con la complicidad de las respectivas aficiones (y no peco de chovinista si afirmo que el público estadounidense suele ser más proclive a la bulla fuera de lugar). En este terreno resulta curioso el contraste etimológico entre sportmanship, la deportividad que se espera de todo atleta, y gamesmanship, esa pillería que bordea lo legal y que suelen emplear quienes creen que el pobre Maquiavelo escribió aquello de que el fin justifica los medios. Deporte contra juego, recurriendo a la traducción zafia y literal del sustantivo que da origen a ambos términos…

Y nos estamos centrando en algunos ejemplos a vuelapluma de los incidentes más llamativos con varios implicados, pero en el interior de todo golfista profesional no hay un abanderado, como afirmaba aquel anuncio, sino un personaje de Tarantino que ansía la libertad. A veces los reveses se acumulan poco a poco y van haciendo mella hasta que el vaso de la paciencia rebosa y un modélico jugador se convierte en aizkolari improvisado y la emprende, armado de su palo de golf, contra la vegetación circundante. En otras ocasiones, el jugador decide seguir los pasos del mítico Tommy Bolt, el carácter más explosivo que ha dado el golf, e imitar a Miguel de la Quadra-Salcedo en sus tiempos mozos, cuando el español tenía el récord de lanzamiento de jabalina gracias a su estilo a lo «helicóptero». También hay quienes pecan de palabra y son cazados por los micros de ambiente, que violan la intimidad furiosa del jugador y delatan las retahílas de f-bombs, es decir, los fucks de toda la vida para los mojigatos medios estadounidenses. Basta con un golpe fuera de sitio o un leve desliz para que el golfista en cuestión parezca escapado de la famosa escena de aquel capítulo de The Wire y supere en crudeza a McNulty y Bunk en aquella habitación. Por cierto, si al deslenguado le pescan las cámaras o hay alguna queja del respetable, le caen dos mil quinientos dólares del ala por «conducta impropia de un profesional̕». El más castigado a lo largo de la historia del circuito, claro está, Tiger Woods. Su pecado: ser bueno, ser mediático (es decir, salir mucho por la tele) y tener gatillo fácil con los tacos.

También hay a quienes les pierde la boca de manera menos pirotécnica, aunque acaben arrastrados igualmente por la avalancha que desata su soberbia. El canadiense Stephen Ames, por ejemplo, afirmó poco antes del World Match Play Championship de 2006, donde jugaría su primer partido contra Tiger Woods, entonces número uno del mundo, que «podía pasar cualquier cosa, sobre todo por cómo le está pegando a la bola». El resultado: perdió los nueve primeros hoyos de este cruce en formato match-play y su partido finalizó en el hoyo 10, a falta de ocho por jugar, registrando la paliza más abultada de la historia de este torneo. Otro ejemplo reciente de golfista con vocación de azuzador de colmenas es Nick Faldo, que en 2008 se prestó a salir con guantes de boxeo y guardia alta en la portada de la revista Golf World. El entonces timonel europeo de la Ryder Cup se dejó retratar de esa guisa mientras declaraba «The Yanks are going down!» pocos meses antes de protagonizar la capitanía más calamitosa de la historia moderna de la competición y dejar a su equipo a los pies de los caballos estadounidenses en Valhalla.

1998, Miami, Florida, USA --- Professional golfer Tiger Woods swings his golf club during the 1998 Doral Open. --- Image by © Duomo/CORBIS
Tiger Woods durante el Doral Open de 1998. Fotografía: Corbis.

Los ejemplos se multiplican y nos llevan a preguntarnos qué lleva a un profesional del golf hasta el límite. ¿Por qué dejan de lado la prudencia y las buenas maneras que se les presuponen, como el valor en la extinta mili? En pocas palabras, por la propia naturaleza de este deporte de carácter individual. Además de la dificultad técnica que entraña, el golf es un deporte de perdedores, el único en que los jugadores caminan por la cuerda floja a lo largo de setenta y dos hoyos de duelo mental contra uno mismo, sabedores de que las probabilidades de victoria están en su contra y de que su destino en el torneo se puede decantar por un solo error. El que posiblemente sea mejor jugador de la historia, Tiger Woods, tiene un porcentaje de victorias en torneos del 24 % y ha necesitado veintiún años en la élite para alcanzar los setenta y nueve triunfos. A Novak Djokovic solo le han hecho falta poco más de diez temporadas para alcanzar los sesenta y dos trofeos que figuran en el palmarés (un 32 % de los que ha jugado, con un 82,77 % de victorias individuales).

Los golfistas son modernos Sísifos que libran una batalla eterna contra sus impulsos. «El golf competitivo se juega en un campo de unos quince centímetros. El espacio que separa tus orejas», dijo Bobby Jones, el mejor jugador amateur de la historia del golf, en cierta ocasión. Y Jones, gentleman estereotípico y padre intelectual de Augusta National, sede del Masters, sabía bien de qué hablaba. Años antes de dejar para la posteridad su célebre sentencia, Jones era conocido por su carácter volcánico. El punto de inflexión para su carrera lo supuso el Open Championship de 1921, el primero que jugaba el golfista de Atlanta, con solo diecinueve años, en el suelo sagrado del Old Course de St. Andrews, en Escocia, la cuna del golf.

Después de maravillar al público local durante las dos primeras vueltas, el joven Jones tuvo que vérselas con un vendaval e hizo cuarenta y seis golpes en los primeros nueve hoyos de la tercera jornada, un resultado impropio de su categoría. Pese a que Jones aún optaba al título, la serie de catastróficas desdichas prosiguió en el hoyo 10, de donde salió con un aparatoso doble bogey (es decir, dos golpes por encima del par del hoyo), y continuó en el hoyo 11, un par 3 no demasiado largo, donde el estadounidense cazó con su primer golpe uno de los búnkeres que custodian el green. Hasta cuatro veces intentó sacar la bola de la arena, y otras tantas la esfera blanca acabó rodando mansamente hasta acabar cerca de sus pies. Algo estalló en el interior de Jones, que cogió la bola, se la metió en el bolsillo y salió del búnker. A continuación, rompió en mil pedazos la tarjeta donde tenía la obligación de anotar sus resultados y tiró la prueba de su ignominia al estuario del río Eden. Los espectadores escoceses no daban crédito. Nadie abandonaba nunca un torneo de golf, y muchos menos un Open Championship, el torneo más señero del calendario, y mucho menos en St. Andrews. Era como escupir en la jarra de clarete que se otorga al ganador. La indignación cruzó el charco y «niñato malcriado» fue lo más suave que Jones tuvo que leer en la prensa de su país. A raíz de aquello, Jones jamás volvió a dejar que se le llevaran los demonios y se convirtió en el paradigma de la corrección y la caballerosidad en un campo de golf.

Pero aquellos lodos vinieron de polvos anteriores. En 1916 Bobby Jones se estrenaba en el National Amateur Championship, el denominado U. S. Amateur, su primer torneo de alcance nacional, en el Merion Golf Club. El prodigio de Atlanta finalizaba ocupando el liderato después de la primera jornada de la fase previa con setenta y cuatro golpes, aunque los nervios llegaron en la segunda vuelta vespertina, donde acababa con ochenta y nueve impactos. Aun así, Jones remataba la prueba en la decimoctava plaza (de ciento cincuenta y siete participantes) y se clasificaba para los cruces directos reservados a los treinta y dos mejores con solo catorce años. El chaval, un «potro sin domar» en palabras del periodista de Golfers Magazine P. C. Pulver, tenía que vérselas en la primera eliminatoria con Eben Byers, el hijo de un rico industrial de Pittsburgh que ya había sido campeón del torneo una vez y finalista en dos ocasiones. A Jones no le impresionó el palmarés de su rival de treinta y seis años. «Cuanto más grandes sean, más dura será la caída», declaró tomando prestada la frase atribuida a los boxeadores Joe Walcott y Bob Fitzsimmons y que sirvió de inspiración para aquella película protagonizada por Humphrey Bogart. Enseguida quedó claro que Jones no se iba a dejar amedrentar, pese a que Byers era también conocido por su fuerte temperamento.

Los congregados en Merion no tardaron en olerse que el partido podía ser un auténtico choque de trenes y entre ellos estaba Grantland Rice, pope del periodismo deportivo estadounidense y autor de semblanzas de Jack Dempsey, Babe Ruth o Walter Hagen, además de ser el primer periodista de golf reputado que concedía al golf el peso que tenían otros deportes de masas. Rice, que cubría el torneo para el New York Tribune, nos ofrece una versión dulcificada del enfrentamiento (posteriormente reflejada en la película Bobby Jones, la carrera de un genio, protagonizada por Jim Caviezel), pero las tiranteces empezaron desde antes de ejecutar el primer golpe. Byers, humillado por verse emparejado con un pipiolo de catorce años que bien podía ser su hijo, hizo esperar más de la cuenta a su rival en el tee de salida con la intención de sacarle de quicio con esa picardía. Pese a todo, se encontró con un Jones risueño que le ofreció un chicle (que Byers rechazó) nada más llegar, gesto que el público allí reunido vitoreó. Una vez puestos en marcha, Jones no tardó en cobrar ventaja, pero los ánimos enseguida se caldearon. Más que jugar al golf, los dos adversarios parecían protagonistas de un slapstick de Mack Sennett. Hubo más aspavientos airados y palos volando en todas las direcciones que buenos golpes, e incluso los miembros del partido que iba por detrás de ellos declararon que parecían más malabaristas que jugadores de golf. En el hoyo 12, Byers se enfadó hasta tal punto que lanzó un palo por encima de un seto y le dijo a su caddie que ni se le ocurriera ir a recuperarlo. A esas alturas quedaba claro que Jones no iba a aprender etiqueta de su rival, pero el adolescente se las apañaba para volver a meterse en el partido inmediatamente después de cada uno de sus arranques, mientras que Byers seguía sumido en el más negro nubarrón.

ca. 1900s --- Original caption: Bobby Jones (b. 1902) American golfer and only player ever to make the "Grand Slam". Photograph full-length swinging golf club. --- Image by © Corbis
Bobby Jones , nacido en 1902, el único golfista en conquistar un Grand Slam. Fotografía: Corbis.

En el descanso, Jones llevaba tres hoyos de ventaja y se dedicó a ir de acá para allá, despreocupado y contento, mientras Byers se encerraba en el vestuario para tomar un refrigerio rápido. En la reanudación, pese a algún amago puntual, Jones mantuvo su margen y consiguió derrotar al de Pittsburg en el penúltimo hoyo, su primera victoria en un torneo de carácter nacional. «Le gané porque Byers se quedó antes sin palos», bromeaba Jones años después recordando la exhibición de lanzamientos que protagonizaron ambos. Sin embargo, el joven astro fue presa de su carácter más adelante, en el partido de cuartos de final contra Robert Gardner, cuando este salió de tres trances inverosímiles en la fase decisiva del partido y consiguió imponerse a un Jones que acabó desconsolado y comportándose como el niño que era. «Es una pena, pero Bobby nunca tendrá éxito como golfista. Tiene demasiado genio», dijo entonces el profesional escocés Alex Smith. Por suerte para la historia del golf, el rumbo de Jones cambió radicalmente en aquel Open Championship que disputaría cinco años después y el augurio de Smith se quedó en el cementerio de las «famosas últimas palabras».

Su rival de aquel día en Merion, Eben Byers, siguió una trayectoria radicalmente diferente y muy pintoresca. Aunque sus mejores años golfísticos ya habían quedado atrás (fue campeón del U. S. Amateur en 1906 con veintisiete años, nada menos que ante George Lyon, campeón olímpico en St. Louis), Byers siguió practicando el deporte de sus amores y alternándolo con sus obligaciones como presidente de la empresa fundada por su padre. Pero a Byers le tiraba más la buena vida que el trabajo en una oficina, y tenía fama de donjuán impenitente. En noviembre de 1927, mientras volvía de ver el partido de fútbol americano entre Harvard y Yale, su universidad, en un tren fletado para la ocasión, Byers celebraba el triunfo de su equipo en la litera superior de un coche-cama (se dice que acompañado y bastante achispado). No sabemos si fue por el traqueteo del tren o el de otras actividades lúdicas, pero acabó cayendo de la litera y se hizo daño en un brazo. Aquella lesión se convirtió en la némesis de un Eben Byers obsesionado por recuperar la movilidad y el nivel de juego. Por ello visitó a innumerables médicos sin que ninguno consiguiera aliviar sus dolores. Hasta que uno de ellos le recomendó que probara con un medicamento novedoso, el Radithor, que a grandes rasgos era una solución de radio (sí, el elemento radiactivo) en agua destilada.

Aunque parezca mentira, en los años veinte del siglo pasado se tenía una idea bastante equivocada de los efectos del radio y había mercachifles sin escrúpulos que se aprovechaban de la novedad de estas sustancias para asignarles supuestas cualidades curativas y  comercializarlas en todo tipo de productos radiactivos (tónicos capilares, cremas, pasta de dientes, jabones, laxantes, mantas…). Entre estos vendedores de aceite de serpiente estaba William Bailey, un timador que había pasado por la cárcel y que, después de haber estado un tiempo colocando estricnina como afrodisiaco, empezó a vender el Radithor, que supuestamente curaba ciento cincuenta dolencias. Aunque conceptualmente fuera similar a las pulseritas milagrosas de nuestra época (Power Balance y similares, que solo sirven como detectoras de bobos) o a los inocuos compuestos homeopáticos, solo dañinos para el bolsillo de los crédulos (o para su anatomía si no los complementan con medicamentos tradicionales), huelga decir que el Radithor era tremendamente nocivo, aunque Bailey lo comercializara con el llamativo eslogan «Rayos de sol embotellados».

Sin embargo, Eben Byers creyó sentir una mejora inmediata, se convenció de que el Radithor era la solución para sus problemas físicos, golfísticos e incluso amorosos, y decidió consumirlo como si no hubiera un mañana (expresión tópica que no le iba a quedar muy lejos). En poco más de tres años, Byers ingirió más de mil botellas de Radithor y su entusiasmo por el producto le llevó a enviar cajas enteras a socios y a algunas de sus «amiguitas» (e insistirles en que lo consumieran), convencido de su poder curativo y afrodisíaco. Luego empezó a perder pelo y a quejarse de malestar en todo el cuerpo, síntomas que llegaron acompañados de tremendas migrañas y un dolor terrible en la mandíbula. Poco después llegaron las primeras fracturas y la pérdida de dientes, hasta que un radiólogo de Nueva York identificó el origen de su mal y lo asoció al sufrido por las llamadas «chicas del radio», obreras que habían muerto durante la Primera Guerra Mundial después de ingerir pequeñas dosis de radio al mojar con los labios los pinceles con los que pintaban esferas de relojes. Para que se vieran bien las horas, se hacía que la pintura fuera fluorescente por medio de radio, un veneno que resultó letal para las pobres muchachas.

Dada la brutal ingesta de Radithor, Byers tenía los días contados. No obstante, su destino sirvió para que la Comisión Federal de Comercio abriera una investigación sobre este y otros productos supuestamente inocuos que contenían elementos radiactivos. El golfista prestó declaración en su domicilio, ya que estaba demasiado enfermo para presentarse en el juzgado, y gracias a tu testimonio el Radithor se retiró del mercado en diciembre de 1931, tres meses antes de su fallecimiento. Como se leía en el titular que le dedicó el Wall Street Journal, «el agua con radio le iba bien hasta que se le desprendió la mandíbula». Durante la autopsia se disipó cualquier duda acerca de la causa de la muerte de Byers cuando los forenses situaron algunos dientes y un fragmento de su mandíbula sobre una película fotográfica y la radiación la reveló como si se hubiera usado en una máquina de rayos X. De hecho, Eben Byers fue enterrado en un ataúd de plomo en el mausoleo familiar del cementerio de Allegheny para evitar males mayores. No se tiene constancia de cuánta gente murió a causa del Radithor (del que se vendieron más de cuatrocientas mil botellas), pero la celebridad de Byers y su tirón mediático sirvió para visibilizar un problema oculto en las grietas del sistema.

Irónico final para el de Pittsburgh, que pasó de desesperarse en el campo de golf, como algunos de los jugadores mencionados a lo largo de este artículo, a consumirse de manera literal y perturbadora. Una metáfora lejana de hasta qué punto la obsesión en la búsqueda de la perfección, ese santo grial esquivo que persigue todo deportista profesional, la causa última de sus inseguridades y sus reacciones desaforadas, puede resultar destructiva.