Las lecciones del Nobel

Michael Ashkin, hijo de Arthur Ashkin, recibe el Premio Nobel de Física 2018 en nombre de su padre.  Foto: Pontus Lundahl / TT / kod 10050.

Ya saben ustedes que en octubre se anuncian los ganadores de los Premios Nobel. Aunque ya existen muchos otros premios, y algunos de ellos con dotaciones económicas muy superiores, en el subconsciente de todos el Nobel sigue siendo ese premio mítico que reconoce cada año a las personas que han llevado a cabo investigaciones que han dado lugar a descubrimientos o contribuciones notables para la humanidad. Los premios comenzaron a entregarse en 1901 y desde entonces los laureados constituyen el olimpo intelectual de la humanidad. Más allá del estipendio dinerario asociado, el prestigio que conlleva el premio hace que cada octubre haya varios cientos de personas en todo el mundo que tengan los teléfonos a mano esperando esa ansiada llamada desde Estocolmo para anunciarles que son ellos los elegidos.

Para los países, sus Premios Nobel son un motivo de orgullo y una demostración de su poderío. La relación de los Premios Nobel con España constituye una completa rareza. Solo don Santiago Ramón y Cajal obtuvo este galardón en 1906. Desde entonces, llevamos más de un siglo sin que ningún español trabajando en España haya conseguido el premio en las categorías científicas. Esta enorme anomalía debería sacarnos los colores como país, aunque parece pasarnos normalmente inadvertida.

No sucede lo mismo con observadores imparciales y externos. En un vídeo que circula por internet, Neil deGrasse Tyson, un conocido científico y divulgador norteamericano, aborda esta situación. ¿Cómo es posible que el país que lideró la exploración del nuevo mundo solo tenga un Premio Nobel y mi instituto de bachillerato en el Bronx tenga diez entre sus exalumnos?, se pregunta. Continúa con una llamada de atención que merecería al menos alguna reflexión: ¿dónde está el espíritu de búsqueda y aventura de esa gran nación que es España?

Yo estoy convencido que nuestro espíritu de búsqueda y exploración sigue intacto. Y que solo necesitamos crear y mantener un caldo de cultivo favorable que los haga florecer. No pierdo la esperanza.

Más allá del caso de España, muchos de los detalles que se conocen de los premiados son auténticas lecciones de vida. Es el caso del Nobel de Física de 2018 que recayó en tres científicos que realizaron importantes contribuciones utilizando la luz. Quiero hablarles de uno de ellos que quizás tampoco perdió el mismo la esperanza de ganar el Premio Nobel.

Arthur Ashkin fue un científico neoyorquino que inventó las tijerillas o pinzas ópticas en los años setenta del siglo pasado. La idea es muy simple a la par que enormemente ingeniosa. Se trata de focalizar luz para atrapar y manipular partículas microscópicas. Con esta técnica, una vez perfeccionada, se puede cortar y mover microorganismos vivos, como virus o bacterias.

En 1997, Steven Chu, uno de los colaboradores de Ashkin, recibió el Premio Nobel por la aplicación precisamente de las pinzas ópticas de Ashkin para investigar las propiedades cuánticas de los átomos. Chu se hizo aún más famoso años más tarde al ser secretario de energía de Estados Unidos en la administración de Obama. Arthur Ashkin mostró públicamente en varias ocasiones su enfado por no haber sido incluido en el premio de 1997. Es muy posible que pensara que era injusto y que una vez que el premio le había pasado tan cerca, ya nunca le llegaría. El propio Chu reconoció la influencia que tuvo Ashkin en el trabajo por el que recibió el Nobel.

A pesar de la notoria frustración, Ashkin siguió trabajando en el uso de sus pinzas de luz y continuó haciéndolo hasta el final en el sótano de su casa. El día que anunciaron el premio este mes, no estuvo disponible para los medios de comunicación porque estaba ocupado trabajando en la preparación de un artículo científico. Genio y figura. Esto es probable que no resulte extraño a los lectores que imaginan a los científicos un tanto reservados y no demasiado propensos a la exposición mediática. Pero seguro que el asunto les parece ciertamente especial cuando sepan que el señor Ashkin tenía noventa y seis años. Esto le convierte en el premio Nobel de más edad al concederlo.

El caso de Arthur Ashkin nos proporciona varias lecciones útiles. Nunca es demasiado tarde para que nos ocurran cosas importantes. Mientras nos sea posible, sigamos al pie del cañón haciendo las cosas que creemos van a mejorar la vida de los demás.

Este texto es uno de los capítulos de Visión a todas las distancias, el libro que recoge los artículos de opinión de Pablo Artal. Temas de ciencia, tecnología, educación y la vida en general son tratados desde la visión personal del autor. 


Prólogo y epílogo

Venecia, sin turistas, a finales de agosto. Adrià Salido Zarco/NurPhoto

El comienzo de este año 20 lo recordaré como una mezcla de extrañas sensaciones, y bien podría decir a posteriori que ya olían a la tormenta que se avecinaba. Tras los primeros casos del virus en China en el mes de enero, veíamos desde la distancia y con cierta incredulidad cómo la vida se paralizaba allí. Yo había estado en diciembre y me resultaba difícil imaginar que la vorágine de las ciudades chinas se pudiera parar tan de repente como lo hicieron. A primeros de febrero en un viaje a San Francisco noté, aún bastante perplejo, ciertos síntomas de los métodos de prevención que se empezaban a usar. Mucha gente con mascarilla y la extrañeza de que algunos conocidos me negaran un apretón de manos al encontrarlos. Y lo cierto es que aquello me molestó en ese momento. ¡Que gente más exagerada!, era entonces mi pensamiento.

En febrero seguí con mis viajes habituales, aunque en el aeropuerto de Marrakech tuve que emplear mis dotes de persuasión con el agente de aduanas marroquí para explicarle las razones de mis entradas a China ese invierno y que no había estado en contacto allí con el virus. A primeros de marzo, con la enfermedad expandiéndose junto a nosotros en el norte de Italia, mi percepción, mis sensaciones y mi miedo cambiaron por completo. Me convertí en uno de esos alarmistas, y agoreros, que no entendían la inacción de nuestras autoridades. Eran días que parecíamos vivir en la crónica de una muerte anunciada. Lo cierto es que mis temores no parecían ser compartidos por la mayoría y por doquier la gente actuaba sin vislumbrar el peligro que nos acechaba.

Lo que pasó posteriormente ya lo conocen todos ustedes. Contagios aumentando de manera exponencial, hospitales colapsados y una de las mayores tasas de mortalidad del mundo. El confinamiento severo fue la única salida a una reacción tardía que nos ha sumido a todos en una especie de hibernación colectiva como nunca habíamos experimentado. En estos meses de pandemia, las críticas, siempre necesarias, han sido a veces percibidas como ataques con intereses políticos o partidistas. En medio de una crisis sanitaria y social de esta envergadura debería haber prevalecido el análisis y las sugerencias constructivas para mejorar la situación. Una visión analítica y basada en las evidencias disponibles es la herramienta necesaria y debería ser siempre bienvenida. La crítica y la razón son valores que la sociedad debe preservar en todo momento, más aún durante las dificultades.

Uno de los aprendizajes de esta pandemia ha sido cómo se ha puesto de manifiesto nuestra obvia dependencia de la ciencia y la tecnología, y el diferente impacto que ha tenido el virus en los países según se han aplicado las tecnologías existentes. Más o menos rigor científico ha desembocado en un mayor o menor número de muertes. Corea del Sur y Alemania han mostrado hasta ahora la forma más sofisticada de lucha contra el virus. Por otro lado, la endeblez de la estructura de la ciencia española se ha manifestado desgraciadamente de manera clara y rotunda. Como una gota más, no es de recibo que más de ciento setenta días después de declararse el estado de alarma aún no tengamos una aplicación de rastreo útil y operativa en todos y cada uno de nuestros móviles.

Los científicos, normalmente con poca presencia social, nos vimos relegados doblemente en el confinamiento al considerarse nuestra actividad como no esencial. Muchos mostraron un ánimo para contribuir a paliar el desastre con análisis de los datos disponibles, propuestas y estudios de diversos escenarios. En los días más oscuros de marzo, cuando todos andábamos afectados y desbordados por la situación, algunas voces se alzaron con claridad y contundencia. Mostrando los diversos escenarios de crecimiento de la epidemia y evaluando mediante modelos los riegos y las posibles soluciones. En estas mismas páginas de Jot Down se han apuntado de manera muy certera muchos de los escenarios de evolución de la pandemia.

La situación de final de agosto en España no puede ser más desoladora. De nuevo, contagios sin control y otra vez una sensación de inacción. Es cierto que solo el hombre tropieza dos veces en la misma piedra. Y es muy probable que sea un español el que lo haga de forma repetida. No les niego que les escribo en un estado de desasosiego. Que no puedo dejar de mirar las gráficas de evolución de casos intuyendo con claridad que volverán en grandes números los enfermos graves y los fallecidos dentro de unas pocas semanas. Quizás tenga que hacer caso a un amigo que me recomienda que solo debería caer en la desesperanza por problemas propios de salud o amor. Pero nunca por los comportamientos sociales que me disgusten, ya que estos se deben a profundas e inamovibles raíces antropológicas y biológicas.

Posiblemente es cierto, pero no puedo dejar de creer que es posible la mejora colectiva, a través de una buena escuela que instruya desde chiquillos hasta adultos universitarios. ¿De qué sirven si no nuestros esfuerzos pedagógicos por moldear mentes y voluntades hacia el camino de la razón? Será también cierta aquella frase de que toda instrucción es un acto inútil, excepto en aquellos escasos casos en los que es innecesaria. Probablemente los políticos e intelectuales han desistido de la mejora colectiva de los ciudadanos con comportamientos meramente partisanos, de barricadas y destructivos. También algo muy español y tristemente exportado a muchos países de Sudamérica que no levantan cabeza y cuentan sus muertos por millares.

Este texto es parte de lo que pretendía ser el prólogo de un libro que no llegó a ser. También quisiera que fuera un epílogo de más de medio año nefasto en el que salvo seguir viviendo, no recuerdo nada especialmente bueno. Como muchos de ustedes, estoy harto de taparme la cara, aunque lo haga con cuidado todo el tiempo, estoy harto de las videoconferencias, aunque sean mi ventana diaria al mundo, estoy harto de no dar la mano, de no viajar, de no vivir…


Marchando una de vacunas

Quizás sea que tras dos meses de confinamiento empiezo a echar de menos los bares y restaurantes, pero me viene a la cabeza la frase que inspira el título gritada desde un extremo de la barra: ¡Marchando una de bravas! Y en cuestión de minutos tras el aviso nos llegaba humeante la ración de patatas bravas. Este es un ejemplo simple de rápida causalidad. Formulada la demanda, se obtiene el resultado con las especificaciones requeridas en el tiempo acordado. Los bares que tienen éxito y están siempre llenos siguen un patrón de predictibilidad y rápida respuesta.

La situación que estamos viviendo en todo el mundo en este funesto año 2020 por el COVID-19, la nueva enfermedad infecciosa causada por el coronavirus SARS-CoV-2, es de una enorme gravedad. La respuesta en la mayoría de los países ha sido tardía y deficiente, y como consecuencia el virus ya ha causado cientos de miles de fallecidos y un desmoronamiento de la economía sin parangón en tiempos de paz. En estas circunstancias excepcionales de gran devastación y estupor colectivo la salida de esta pesadilla se fía a las soluciones que aporte la ciencia. En particular, se apuesta a que el regreso de la normalidad solo ocurrirá cuando se disponga de una vacuna efectiva, y que pueda distribuirse de manera global, o de tratamientos antivirales que funcionen.

Uno de los efectos secundarios de esta pandemia ha sido colocar a la ciencia, y a los científicos, en un primer plano. Ciertamente en no pocas ocasiones siendo utilizados como parapetos por los políticos y esperando de ellos que obraran milagros. En los momentos iniciales de mayor desconcierto no era extraño oír predicciones de que se tendría una vacuna en pocos meses. Aunque cada vez los plazos que se manejan se van alargando, todavía los optimistas hablan de que la vacuna estará lista a primeros del próximo año. Da la sensación de que aquí se mezclan más los deseos de que esto suceda que la realidad. Y pone de manifiesto el gran desconocimiento que casi todo el mundo, y por supuesto los políticos e incluso algunos científicos, tienen de cómo funciona realmente la ciencia.

El método científico es uno de los mayores logros de la humanidad. Su aplicación sistemática durante los últimos siglos nos ha permitido el mayor avance en el conocimiento e innumerables mejoras prácticas que han ido aliviando nuestras vidas. Sin embargo, si algo no suele ocurrir en la ciencia es que los resultados e invenciones más importantes se obtengan de una manera directa. Más bien el descubrimiento suele seguir caminos tortuosos que no se habían imaginado previamente. No les abrumaré con ejemplos, pero bastará con recordarles que las ondas electromagnéticas se antojaban un puro divertimento en el siglo XIX, y gracias a ellas nos comunicamos en la actualidad, o que la emisión estimulada de la radiación parecía un simple juego teórico de Einstein cincuenta años antes de alumbrar, nunca mejor dicho, al láser.

Por otro lado, también son abundantes los casos de sonoros fracasos en muchas predicciones de resultados en la investigación para resolver problemas concretos. Ahí tienen el caso de la fusión nuclear para generar energía limpia y abundante, que pese a décadas de esfuerzos y fondos sigue sin convertirse en una realidad. Recuerdo bien que cuando yo era estudiante de Física hace cuarenta años ya se nos decía que tendríamos fusión en veinte años. Lo que ocurría es que siempre el plazo de la previsión siempre seguía siendo de veinte años, incluso cuarenta años más tarde. La cura del cáncer es probablemente otro ejemplo con resultados mixtos. Se han producido enormes avances en su conocimiento y tratamiento, pero muchos de los cánceres siguen teniendo una mortalidad muy elevada y estamos aún muy lejos de haber encontrado un remedio universal. Una de las debilidades de la ciencia, junto con muchas fortalezas, por supuesto, es que está estructurada sobre la base de lograr el éxito. Solo existe lo que funciona, o parece que lo haga, y quedan en el olvido los fracasos.

A menudo da la sensación de que en la ciencia se encuentra lo que no se busca, pero se escapa aquello que se persigue con ahínco. Por eso tenemos muchos ejemplos de descubrimientos cruciales a los que se llegó un poco por casualidad. Ya saben que a esto le llaman serendipia. Yo prefiero definirlo con la expresión «con el mazo dando…», es decir, cuando se persevera en la búsqueda y la exploración y se tienen los ojos bien abiertos es posible que veamos algo que no imaginábamos. Y en la ciencia, la elección del problema que queremos resolver es siempre lo más importante, por encima de los métodos, el equipo necesario e incluso el propio trabajo a realizar en busca del descubrimiento. Mis estudiantes saben que una de mis obsesiones es que seamos capaces de hacernos las preguntas adecuadas antes de empezar una nueva investigación. Encontrar y definir lo que es un buen problema es crítico para el buen científico. La situación es diferente en la investigación dirigida donde el problema nos viene dado por los políticos o la sociedad, como en la situación actual del COVID-19.

Un caso que se está poniendo como ejemplo estas semanas es el famoso proyecto Manhattan. Como recuerdan, fue el esfuerzo de investigación y desarrollo llevado a cabo por los Estados Unidos y sus aliados para desarrollar bombas nucleares. Fue liderado por los militares con la participación de muchos científicos, y culminó con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. En un esfuerzo contrarreloj que duró varios años se convirtieron las ideas existentes en física nuclear en unos artefactos que funcionaron con el triste resultado en muertes humanas bien conocido. Es sin duda un caso donde el objetivo a conseguir era claro y los esfuerzos que se realizaron fueron enormes.

Lo que ocurre ahora en la carrera por la vacuna es una situación con múltiples caras y mucho más compleja de lo que se quiere transmitir a la sociedad. Es cierto que se disponen de diversas herramientas y protocolos bien establecidos para producir vacunas. Por ello es esperable que se encuentre una o varias que funcionen en el futuro. Pero no es menos cierto que los tiempos para el desarrollo de vacunas son en promedio de cuatro años. Bastantes más que los pocos meses prometidos. Las vacunas, ese invento genial y curiosamente con legiones de modernos detractores, deben ser efectivas y seguras. Esto se consigue con estudios clínicos controlados que no son fáciles de realizar y para los que las prisas nunca son buenas consejeras. Además, las vacunas deben ser baratas y accesibles a la mayor parte de la población. Esto entra en conflicto con otra de las peculiaridades de la investigación biomédica: el enorme peso del trabajo que se realiza con la esperanza de obtener grandes ganancias económicas. Aunque muchos de los nuevos tratamientos estén basados en investigación financiada por fondo públicos, suelen desarrollarse en empresas cuyo leitmotiv es ganar mucho dinero para sus accionistas y directivos. Las regulaciones son publicas, muchas ayudas también, pero el beneficio suele concentrarse en unos pocos. Por cierto: muchos de los científicos que han contribuido en algún momento en la cadena del conocimiento necesaria suelen quedarse fuera de esos pingües beneficios.

Las dos opciones para acelerar las investigaciones son poner más recursos humanos y materiales y saltarse plazos en diversas fases de los ensayos. Ambas tienen límites que no se pueden saltar y que hacen que esto no funcione con el automatismo de la ración de bravas. Para complicar el panorama, la geopolítica juega también un papel importante. Puestos a recordar, la carrera por la vacuna entre China y EE. UU. se parece a la de la antigua carrera espacial contra la Unión Soviética. La competición para demostrar a las opiniones publicas nacionales la grandeza de los países es otro desastre en ciernes que ataca la necesidad de una respuesta unida y global. Pero eso significa compartir información fiable y ayudar a los competidores. En este marasmo, el otro talón de Aquiles de la ciencia, y ya van unos cuantos, es la cantidad de publicaciones irrelevantes o directamente erróneas que nos invade. Quitar la paja del grano no es sencillo y el ruido de los miles de artículos relacionados con la pandemia es ensordecedor y no ayuda a avanzar de manera correcta.

En resumen, en mi modesta opinión las vacunas llegarán, pero no tan pronto como se proclama. El lector debe saber que en muchas ocasiones en ciencia las cosas no salen y lo que había funcionado en otro escenario deja de hacerlo. En el camino veremos buenos y malos, listos y tontos útiles, como figurantes del proceso. Lo malo es que cuando llegue este éxito tardío no evitará que la ciencia, o si prefieren la forma en que las políticas científicas se han enfrentado a la pandemia, haya sido un gran fracaso. Más de doscientos cincuenta mil fallecidos en todo el mundo no la deja en muy buen lugar, aunque los políticos siguen gritando aquello de: ¡Marchando una de vacunas!


El gran fracaso de la ciencia española

Lo que está ocurriendo en estas semanas en España a raíz del COVID-19, una nueva enfermedad infecciosa causada por el coronavirus SARS-CoV-2, es el resultado de un gran fracaso colectivo. Los datos que importan son los relativos al número de personas fallecidas por la enfermedad. Cuando les escribo esto, en la mañana del miércoles santo, la cifra oficial asciende a 13798. La real es seguramente bastante más alta, pues está aceptado que muchas personas que fallecen no han sido diagnosticadas. Aunque hoy, en número total de muertos por COVID-19 solo nos supera Italia, es posible que otros países nos alcancen en esta macabra liga en los siguientes días. Lo que será más difícil es que dejemos el triste puesto de campeones del mundo en fallecidos por número de habitantes. Es decir, los datos muestran con claridad que nuestro país no ha sabido proteger a su población frente al virus y hemos sufrido el mayor número de bajas relativas de todo el mundo.

Es posible poner paños calientes, pero esto no evitará el dolor. Es posible mirar hacia otro lado y buscar excusas, pero no restará un solo muerto. Es posible escurrir el bulto y eludir responsabilidades, pero eso no acallará la pena que todos sentimos, nos haya tocado de cerca o no, la desgracia. En mi modesta opinión, lo que estamos viviendo estas semanas es el gran fracaso de todos. Nos perseguirá probablemente el resto de nuestras vidas. Ojalá sirva para reforzarnos como sociedad. Aunque mas bien noto signos en la dirección opuesta, profundizándose en las divisiones partidistas e ideológicas, sin centrarnos en la eficiencia y la organización.

¿Por qué hemos fracasado de manera tan estrepitosa? Falta de previsión, desidia, infraestructuras deficientes, escasez de personal formado… pueden completar la lista como quieran, pues seguro que se les ocurren muchas otras cosas. Nuestra forma de ser, dicen. Vivimos al día y nos damos muchos abrazos y besos. Efusividad mortal, podríamos llamarlo. Pero también grandes contradicciones que nos minan como sociedad. Venimos diciendo que cuidamos de las personas mayores como nadie, pero el virus ha mostrado el horror de muchas residencias en condiciones lamentables donde muchos ancianos estaban peor que estabulados. Se supone que teníamos una sanidad que era la envidia del resto del mundo, pero que no ha resistido al virus.

La responsabilidad de todos se construye como la suma de muchas. Y este virus ha mostrado también crudamente el gran fracaso de la ciencia española. Llevamos muchos años con quejas continuas sobre la falta de financiación y apoyo a nuestro sistema de ciencia. Esto es claramente cierto y todos los indicadores lo reflejan. Pero, en realidad, llevamos aún mucho mas tiempo con una falta completa de planificación y estrategia que nos ha conducido en la practica a un desmantelamiento del sistema.

Son varios los problemas que están emergiendo en esta pandemia. La falta de liderazgo e influencia social de los científicos españoles es abrumadora. Al tener un tejido científico muy débil, la influencia social y política es muy baja. Esto ha contribuido a que no se hayan oído voces durante los meses anteriores con suficiente fuerza para ser escuchadas antes por los políticos y la sociedad. Somos uno de los pocos países desarrollados que no cuenta con asesores científicos con importantes responsabilidades. Cuando se ha querido echar mano de los científicos, ha sido como excusa y demasiado tarde. Pero esto solo es la muestra de que nuestra sociedad no considera que la ciencia nacional tenga una importancia real, ni que fuera a servir de mucho. En otros países con mucho mejores resultados frente al virus las estrellas de la pandemia son científicos a los que la gente cree y respeta.

La ciencia española no tiene una estructura sólida de ayuda al tejido productivo del país. En las últimas décadas, se ha promovido la actividad científica por resultados en publicaciones, primándose casi exclusamente la cantidad. Los científicos, para sobrevivir, nos hemos adaptado a esas directrices. Esto ha sido en parte beneficioso. Se han creado grupos de excelencia y competitivos en el entorno europeo. Pero se han destruido casi por completo las actividades de investigación menos glamurosas que ofrecían pocas opciones de generar publicaciones de relumbrón, pero que pueden resultar de importancia vital para una sociedad, en especial en tiempos de crisis. No tenemos una estructura científico-técnica que trabaje por objetivos estratégicos, como los laboratorios nacionales en otros países. Prácticamente, todo nuestro sistema se guía por una actividad independiente por parte de los científicos. Podríamos decir que es una ciencia puramente académica. Por ello tenemos buenos resultados en número de publicaciones, pero no existe un entramado que pueda responder en casos de dificultad, ni que ayude de manera eficiente al sector productivo. No tienen mas que ver nuestra actividad en patentes. No es por flagelarles mentalmente, pero conviene que sepan que una sola compañía tecnológica produjo el año pasado tres veces más patentes que toda España.

Muchos científicos, yo el primero, hemos contribuido a esta carrera por la numerología en los resultados de la investigación. Y a la «paperitis», una enfermedad que en su fase aguda consiste en dirigir todos los esfuerzos en publicar muchos artículos en las revistas de mayor impacto posible. En esa carrera, la ciencia reposada y la centrada en temas prácticos queda necesariamente abandonada. La escasa financiación disponible se ha concentrado en aquellos que han seguido ese camino de adoración del índice de impacto y el número h. Como clara consecuencia, la reacción de manera conjunta ante este desafío no se ha producido de manera organizada, ni efectiva.

La ciencia en las universidades va siendo cada vez mas irrelevante. En esta crisis se han articulado respuestas, mejores o peores, para continuar con la docencia, pero en la mayoría de los casos la investigación ha quedado cerrada a cal y canto, sin posibilidad de acceder a los laboratorios. La ciencia no era, ni es, una actividad esencial. Ya anticipé hace años aquí mismo que la universidad actual en España era un repelente para la investigación. En el mundo postvirus asoma una universidad en España centrada en la docencia semipresencial que me temo abandonará aún mas las actividades de investigación.

Si algo ha demostrado esta pandemia es que un país que no tiene una estructura solida de ciencia y tecnología no puede afrontar los desafíos que se le presentan. Queda a merced de terceros y sin capacidad de respuesta. No creo que sea simplemente una casualidad que Corea del Sur o Alemania estén obteniendo en esta crisis los mejores resultados y que a la vez sean líderes en ciencia. Mi deseo personal, en medio de esta gran pena, es que cuando salgamos de esta, haya alguien con sentido de Estado que acometa la reconstrucción de la ciencia española. No solo con mas fondos, sino con una estrategia que contemple el establecimiento con condiciones dignas de una masa critica de científicos que disponga de conocimiento y técnicas para enfrenarse y anticiparse a cualquiera de los futuros problemas de manera eficiente y organizada.


Piratas en la ciencia

Fotografía: Center for Scientific Review (CC).

La actividad de los científicos está sometida a presiones y amenazas de manera constante. La última década ha traído una reducción de los fondos dedicados a la investigación y un aumento asfixiante de la burocracia en España. Pero, junto a esto, a nivel mundial ha aparecido de manera muy intensa un fenómeno que es un auténtico cáncer para la ciencia.

Según el diccionario de la Real Academia, «cáncer» tiene dos acepciones principales. La enfermedad que se caracteriza por la transformación de las células, que proliferan de manera anormal e incontrolada. Y una segunda sobre la proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos. Me refiero a esta segunda acepción, la proliferación de hechos negativos que ponen en peligro una situación que era más o menos estable y pueden impedir el progreso. Un cáncer que está afectando cada vez más el desarrollo de la ciencia y de sus pilares fundamentales.

Durante más de un siglo el desarrollo de la ciencia moderna se ha basado en la publicación de los resultados de las investigaciones en revistas científicas. Para publicar un artículo, las revistas cuentan con un editor que recurre a árbitros que son otros científicos que evalúan la calidad del trabajo. Tras diversas revisiones y clarificaciones, si el editor acepta el trabajo, este se publica y queda para siempre (salvo retractaciones) accesible en la literatura científica.

La ciencia ha progresado enormemente usando los resultados de las publicaciones anteriores. Este sistema, llamado de revisión por pares, normalmente anónimos, ha garantizado una razonable calidad y seriedad de los resultados publicados. Newton, quizás el científico más famoso de todos los tiempos con permiso de Einstein, dijo que estaba subido a hombros de gigantes, queriendo indicar que la obra de un científico que ha alcanzado un nivel superior ha sido gracias a las aportaciones de los colegas que le precedieron.

Las diferentes revistas científicas han cuidado su reputación para atraer los trabajos de los mejores científicos y estos han preferido enviar sus investigaciones a las mejores revistas pues así se aseguraban una mejor carrera académica. En la segunda mitad del siglo XX creció el número de revistas y de trabajos publicados de manera casi exponencial. Pero en general todo el sistema pretendía mantener el mismo esquema de revisión y prestigio. Las instituciones reclutaban y promocionaban a sus investigadores según los artículos que habían publicado y a la calidad de las revistas. Por otro lado, sobre todo en aquellos temas con implicaciones comerciales o sociales, las empresas y los políticos han usado el prestigio de los artículos publicados en las revistas científicas. Y al ciudadano le quedaba la salvaguarda de que si un artículo había sido publicado debía tener una cierta calidad y estaba basado en la evidencia científica. Por supuesto, obviando los casos de fraude que siempre ocurrieron, aunque de manera excepcional.

Pero en los últimos años el sistema de publicaciones científicas ha experimentado un cambio tremendo. Por un lado, en una tendencia positiva se ha extendido el acceso abierto de las revistas. Esto permite que cualquiera pueda leer los artículos sin tener que pagar por ello. En el lado negativo, el cáncer se ha ido extendiendo con cientos de revistas y reuniones piratas. Han ido apareciendo revistas que publican cualquier resultado sin ningún control, sin verificar si es o no correcto, ni su calidad. Simplemente exigen que se pague un precio por ello. En muchos casos, estas revisas, a las que se ha llamado «depredadoras», pero que yo prefiero definir como «piratas», tienen nombres que recuerdan a revistas de prestigio. Garantizan que cualquiera, y con cualquier intención, pueda hacerse en poco tiempo con un número de publicaciones.

La magnitud de este cáncer es muy grande. Todos los científicos recibimos decenas de correos electrónicos diariamente para que publiquemos en alguna de estas revistas o para que estemos en la lista de sus editores o asesores. El negocio se completa con congresos supuestamente científicos a los que se invita a participar. Uno imagina que la mayoría de científicos ignorará estos mensajes, pero lo cierto es que no es así y muchos caen en estas redes. Hace algunas semanas recibí un correo en el que se daba una vuelta de tuerca al mecanismo de fraude. Me contactaban como editor de una revista seria. Y me ofrecían un procedimiento mediante el cual ellos me derivarían artículos de científicos en varios países y que al publicarse compartirían conmigo las ganancias tras el cobro a los autores. El esquema era simple y según insistían estos piratas eran un win-win!

Esto me indicó que debido a la presión a la que en algunos países están sometidos los científicos y las instituciones, el paso siguiente de las revistas depredadoras es asaltar las revistas tradicionales con artículos publicados mediante sobornos o trampas. Esto sería una especie de metástasis del sistema. Mientras que se pueden aislar las revistas depredadoras en lista, separar artículos fraudulentos en las revistas serias sería una tarea casi imposible.

El problema es de enorme importancia para la sociedad en su conjunto. Les pondré algunos ejemplos. Como en nuestras universidades los puestos y las promociones todavía se consiguen por el número de publicaciones, pueden imaginar que haya personas con pocos escrúpulos que compren sus publicaciones. Si estos científicos deshonestos ocupan los puestos por delante de los que han trabajado duramente, las instituciones pierden a los mejores y premian a los que han jugado sucio.

Y en esta época de charlatanes y pseudociencia es muy sencillo publicar cualquier cosa en estas revistas, por falsa o ridícula que sea. Y no duden que alguien lo usarán para engañar a la gente pretendiendo que se trata de investigaciones serias. Desgraciadamente la mayoría del público no distinguirá si se trataba de una buena revista o de una falsa.

Ante esta amenaza debemos actuar: la sociedad y los organismos financiadores de la ciencia. La forma de curar este cáncer será aplicar terapias invasivas eliminando estas revistas y estar vigilantes con las infiltraciones en otras. Para ello se debería impedir a los científicos pagados con fondos públicos que publiquen en esas revistas. Se debería penalizar los currículos que incluyan estos artículos y educar a los periodistas para no divulgar sus contenidos y a todos los ciudadanos a ser críticos. Las revistas piratas son el mejor caldo de cultivo para la pseudociencia y como tal un problema enorme para el futuro de todos.


¿Cómo saben los científicos qué investigar?

Reproducción de esquemas realizados por Robert Hooke, pertenecientes a su obra Micrographia, 1665. Imagen: Alejandro Porto (DP).

Si está leyendo esto, usted probablemente pertenece a esa minoría de personas convencidas de que la ciencia y la tecnología son el motor que mueven el mundo hacia el futuro. Yo también estoy convencido de que nos hacen la vida más fácil y más larga a millones de personas. Y a un nivel más local, nuestro bienestar social y económico va a depender de ser capaces de mantener un tejido creador, que ciertamente está en peligro. Y en el centro del progreso de la ciencia se encuentran las personas que la hacen: los científicos. Es esta una profesión que ha evolucionado, se ha profesionalizado, pero sigue teniendo algunas características especiales. Requiere de imaginación, tenacidad, y —quizás lo más importante— de instinto para responder a la pregunta del título de este artículo.  

Una pregunta que nos suelen hacer a los científicos es: ¿cómo sabe en lo que tiene que investigar? Si la pregunta la hace alguien bastante joven, a mí me gusta responder con la analogía de los exploradores que se adentran en un terreno desconocido, como una espesa jungla, para tras abundantes penalidades encontrar algo importante, por ejemplo, las fuentes del Nilo. Me imagino que para aquellos que ven desde fuera nuestra profesión existen múltiples estereotipos del científico, bien arraigados por el cine y la cultura popular. Quizás el más predominante es la imagen de alguien despistado, con el pelo revuelto y gafas de pasta. La otra imagen recurrente de científicos es la de aquellos con bata blanca encerrados en un laboratorio de química rodeados de probetas y matraces entre humos de colores.

En la ciencia, la elección del problema que queremos resolver es quizás más importante que decidir los métodos, el equipo necesario y el propio trabajo a realizar en busca del descubrimiento. Mis estudiantes y colaboradores conocen bien una de mis obsesiones: hacernos las preguntas adecuadas antes de empezar una nueva investigación. Encontrar y definir lo que es un buen problema es fundamental para el científico. Pero las preguntas del millón de euros son las siguientes: ¿cómo saber si un problema es bueno? ¿cómo lo elegirlo?

Por supuesto, no existe una respuesta única a estas preguntas y dependerá de cada uno, de sus propios intereses, de sus capacidades, de su entorno y de sus aspiraciones. Una premisa importante, y que quiero resaltar, es que para lograr un avance significativo se debe haber llegado previamente lo suficientemente lejos. Por eso es tan importante en la ciencia la formación y el aprendizaje, que necesariamente debe ser largo y mantenerse siempre. Si me permiten volver al símil del explorador, primero es necesario llegar al corazón de África, puesto que si te encuentras a miles de kilómetros no será posible descubrir dónde nace el Nilo. Insisto en que la ciencia es una actividad de fondo, de largo recorrido. No es posible llegar a obtener importantes resultados de la noche a la mañana, se requiere siempre de un gran esfuerzo.

En la elección de los problemas científicos hay dos parámetros importantes a considerar: su relevancia y su dificultad. Si se aspira a resolver un problema cuya solución signifique un avance que realmente importe a los demás y tenga un gran impacto, normalmente será también de los más difíciles. Un arte, o habilidad, que tienen los mejores científicos es encontrar problemas que a la vez son muy importantes, pero pueden ser resueltos. Si uno se queda en estas dos situaciones extremas el fracaso está casi asegurado. No es recomendable pensar solo en temas tan relevantes que son inalcanzables ni atacar problemas muy simples, pero que carecen de interés.

Es quizás más importante pensar en estos aspectos al principio de la carrera investigadora. Cuando un joven empieza haciendo su tesis doctoral, uno sigue las sugerencias de su director. Será este el que tenga la responsabilidad de que se haya valorado la importancia del problema propuesto al doctorando. Pero mi recomendación es que se debe ser crítico desde el comienzo y los jóvenes deben insistir en hacerse estas preguntas. No hay nada peor para una carrera científica que esté basada en buscar soluciones a problemas que no merecen la pena.

Además, el camino hacia el objetivo no es una línea recta y van surgiendo derivaciones hacia algo que no habíamos pensado inicialmente y que a veces puede ser incluso más importante. En estos caminos de exploración nunca estamos solos, más bien corremos rodeados de otros colegas que en cualquier parte del mundo van en busca de las mismas o similares respuestas. Uno de los mayores placeres en la ciencia, como les debía ocurrir a los exploradores, es llegar el primero a un descubrimiento. Aunque lo más normal en muchas ocasiones es que cuando llegas ya había alguien ahí y uno se siente más como Stanley al llegar al lago Victoria diciendo: «el doctor Livingstone, supongo».

Me viene bien el ejemplo de la carrera hacia el descubrimiento para volver a insistir en las dificultades de ser científico en España. Es normal sentir que hacemos esas carreras a la «pata coja» mientras que otros colegas en otras latitudes van al menos en bicicleta. No es solo una cuestión de dinero, que también, es más de todas las dificultades burocráticas y de funcionamiento que tenemos que superar a diario.    

Si usted ha llegado a leer hasta aquí, estará pensando con toda la razón, que casi todo lo que he dicho para la ciencia se puede aplicar para muchas otras actividades humanas. Es muy importante para cualquier asunto que emprendamos como individuos, o como organizaciones, tener primero bien definido el destino y las razones que nos han llevado a elegirlo. Si este es correcto, tendremos mucho ganado y ya solo nos quedará hacer el camino en sí mismo. Si no lo tenemos claro, podremos estar dando vueltas alrededor de nosotros mismos sin sentido y sin avanzar, perdiendo tiempo y energía.

Como sucede a menudo en la vida, la pregunta suele ser más importante que la respuesta también en la ciencia.


Científicos pobres, pobres científicos

Los físicos Stephen Hawking, Yuri Milner (izq.), Freeman Dyson (centro), y Avi Loeb (dcha.) durante la gala de presentación de los premios Breakthrough Starshot Initiative en Nueva York el 12 de abril de 2016. Foto: Cordon.

Leía muy interesado la excelente entrevista que realizaron al Profesor Antonio Hernando en esta revista Juan José Gómez Cadenas y Victoria Ley cuando me encontré con esta respuesta del profesor: «No conozco ningún científico en España que se haya hecho rico con la ciencia».

La pregunta era en realidad varias encadenadas, pero la última de ellas, y la que quizás el entrevistado estaba respondiendo en esta frase, era: ¿Hay algún científico español bueno que se haya hecho rico? No me he resistido a pensar sobre esto un poco en voz alta, y compartirlo con ustedes. En primer lugar, es muy posible que muchos lectores de la entrevista no hayan dado a esto demasiada importancia, pues casi cae en el terreno de lo obvio. Nadie espera que un científico en España haga algo que merezca la pena lo suficiente para que sea recompensado especialmente. Al fin y al cabo, no se trata de futbolistas, que como es bien sabido contribuyen con su trabajo al progreso de la humanidad y por ello bien merecen sus millonarias recompensas. Pero, si la pregunta hubiera obviado «España», la respuesta ya no hubiera sido tan contundente. Es de esperar que, en otros lares, sí que haya gente que tras un descubrimiento de importancia alcance una recompensa económica significativa. Y todos estamos ya acostumbrados a los jóvenes multimillonarios de empresas tecnológicas convertidos en celebridades. Y quizás conozcan el muy interesante caso de Yuri Milner, un multimillonario ruso con un doctorado en Física, que ha instaurado los premios Breakthrough para científicos con una dotación de tres millones de dólares en cada disciplina. Es decir, se trata de un millonario haciendo ricos a unos cuantos científicos cada año. A esta iniciativa también contribuyen otros como Serguéi Brin o Mark Zuckerberg. De alguna forma, podría pensarse que es para lavar conciencias, pues no cabe duda de que detrás de lo que ha hecho ricos a estos muchachos se encuentra el trabajo de cientos de pobres científicos. Vemos pues que es posible para un científico hacerse relativamente rico ganando unos de estos premios. Pueden, de todas formas, imaginar que esto no parece una tarea fácil.

En el imaginario popular y en la mente de los propios científicos siempre se considera esta profesión más como una vocación guiada por el afán de reconocimiento, primero por los pares, y después por la sociedad. No entra en los cálculos que exista ningún interés especial de tipo económico. De hecho, con los (hasta ahora) premios científicos por excelencia de todo el siglo XX, los Nobel, el ansia por ganarlos ha estado más ligada al reconocimiento que al montante económico que, en los casos más comunes compartidos entre tres, no permite salir de la clase media.

Pero, sin pensar en ese 0,001% de científicos que están en la liga de los premios Nobel o Breakthrough, la situación para el resto ha ido cambiando en las últimas décadas, no ya pensando en hacerse ricos, sino que en el plano cotidiano se ha producido un empobrecimiento general del colectivo. El relativo prestigio de los académicos (de los que un subgrupo eran científicos) se acompañaba de una posición social media-alta con sueldos comparativamente altos y otros beneficios, como pisos en buenas zonas de las ciudades. La proletarización del colectivo de científicos ha sido continua y un catedrático en la cuarentena ha pasado de pertenecer a esa clase acomodada en la que se encontraba en los años sesenta-setenta del siglo pasado a estar en la media-baja, con dificultades para mantener una familia con un único sueldo.

Pero ¿por qué un científico debería enriquecerse? De hecho, parto de la base de que la finalidad principal de un científico universitario financiado en buena parte por fondos públicos es el avance del conocimiento. Lo que se debe garantizar es que sus condiciones de vida sean adecuadas. En muchos casos, es posible que las líneas de trabajo sean en temas en los que existe una aplicación más o menos clara, que sea importante desarrollar. Y el discurso oficial en los últimos años habla de transferencia como un eje fundamental. Pero la única forma de promover la transferencia del conocimiento científico para que se convierta en valor económico es hacer posible (o, al menos, que no sea imposible) que sean los científicos que han puesto las ideas y el trabajo quienes encuentren un razonable beneficio. Sin embargo, como atinadamente decía el profesor Hernando, no parece que haya muchos de estos casos.

Una estrategia común en los últimos años para transferir el conocimiento en las universidades y el CSIC han sido los contratos con empresas y/o la licencia de tecnología a terceros para que la desarrollaran. Esto está bien visto por las instituciones, proporciona fondos adicionales a los grupos de investigación y una parte puede complementar los sueldos de los científicos. Sin duda, esta es una opción correcta, pero a largo plazo es poco efectiva para el científico. En caso de éxito, el gran beneficiado es la empresa y casi nunca el científico, ni su institución. Y, créanme… pues lo sé por experiencia propia, a veces el éxito llega y son otros, y no el científico, quienes puede obtener unos beneficios multimillonarios.

La alternativa es la creación de empresas spin-off propias cuando se tiene alguna idea con suficiente potencial comercial. La teoría sobre esto está bien clara, pero en general el camino suele ser tortuoso y las dificultades grandes. La falta de financiación y de apoyo institucional son una primera barrera que se encuentra el científico. En muchas universidades los plazos para constituir una spin-off pueden durar años… y, obviamente, en un entorno competitivo esto es un desastre y hace inviables muchos proyectos.

Incluso en aquellos casos en los que la empresa empieza a andar, un problema posterior es que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares en el mundo, la idea y el científico pasan muy rápido a un nivel secundario, siendo otros los que toma el control. En muchos casos, el científico queda convertido en un empleado y además se encuentra atrapado en el proceso. Conozco muchos ejemplos donde el científico termina abandonando la empresa sin nada, o con pérdidas, dejando tras de sí las ideas y un ingente trabajo. Cuando esto sucede, cunde el ejemplo negativo.

Porque, en mi opinión, en España nos faltan ejemplos de éxitos donde los científicos sean (aun en parte) receptores de las ganancias de los procesos de sus ideas y desarrollos. También faltan casos en los que esas ganancias sean reinvertidas por ellos en nuevos proyectos e ideas (esto vendría a ser como aquello del «emprendedor científico en serie»).

Por otro lado, está claro que los científicos no sabemos (ni nos gustan) sobre aspectos necesarios en el desarrollo de empresas, la gestión de la calidad, los recursos humanos, etc. Y, cuando intentamos hacer todo, la cosa suele fallar.

Otro problema (o diferencia) en nuestro sistema es la aversión al riesgo de los más jóvenes (y también de los viejos, claro). Es difícil encontrar gente que al terminar la tesis doctoral decida tomar un camino diferente a un post-doc con la vista en el funcionariado y emprenda una aventura en una empresa de tipo spin-off. Esto no deja de ser curioso pues, en estos últimos años, el riesgo de la trayectoria normal hacia el funcionariado no ha podido ser mayor por la escasez (o inexistencia) de puestos.

Frente a todos estos problemas, quisiera plantear algunas ideas que podrían funcionar como un experimento para conseguir un científico español que llegue a ser millonario por su inventiva y trabajo. Creo que de conseguirse sería un hito similar a que otro español trabajando aquí obtuviera el premio Nobel.

  • Financiación semilla (de arranque) sin garantías y a fondo perdido al equipo científico promotor. Vendría a ser como un proyecto de generación empresarial al Investigador Principal (IP) (emprendedor). No deberían requerirse fondos complementarios ni la participación de capital riesgo en el inicio, pero sí una alto componente de desarrollo científico.
  • Programa Ramón y Cajal para emprendedores científicos. Un programa donde el énfasis fuera la excelencia científica aplicada. El receptor monta una empresa sobre una idea y se evalúa la idea y el currículum vitae del solicitante.
  • Programa para científicos funcionarios (sénior) de sabáticos extendidos para creación de spin-off o la tutorización de empresas tecnológicas de estudiantes.

A mí personalmente me gustaría mucho que, si me hicieran la misma pregunta que al profesor Hernando dentro de unos años, pudiera contestar que sí, que conozco o he oído de científicos españoles que con su ingenio y dedicación se hicieron ricos aquí, contribuyendo de paso a la mejora de la calidad de vida de gentes de todo el mundo. Cuando eso ocurra de manera natural, será el momento en el que la atribulada ciencia nacional se habrá hecho mayor de edad.


Juventud, divino tesoro, y la ciencia española

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Fotografía: Bill Dickinson (CC).

A los científicos profesionales les pasa algo parecido a los deportistas. La edad marca unos periodos de máximo rendimiento y cuando esta avanza pone fin a la carrera. Los deportistas intentan alargar su mejor época, pero todos tienen bien asumido que tendrán que retirarse con poco más de treinta años en el mejor de los casos. Ser los mejores en el deporte es cosa de jóvenes. Durante mucho tiempo se ha pensado de manera similar con el uso del cerebro: la inteligencia y la creatividad. Los años donde se pueden producir los mayores descubrimientos, o tener las mejores ideas, serían aquellos de juventud. Existen, no obstante, muchos ejemplos de científicos que hicieron sus contribuciones más relevantes con edades avanzadas. Incluso la idea de que la década de los treinta años es la más productiva para los científicos empieza a ser cuestionada. De hecho la edad media de los científicos cuando hicieron el trabajo que les llevó a ganar el Premio Nobel de Física son cuarenta y ocho años. Como ven, lejos de esos treinta donde se encontraría la cima de la creatividad. Y parece que pocos resultados disruptivos los consiguen ya científicos al inicio de sus carreras.

Estos datos pueden parecer buenas noticias para un colectivo de científicos envejecido, como el español en estos momentos. Podríamos pensar que el grueso de los que estamos en el rango de edades entre cuarenta y cinco y sesenta y cinco años aún podemos dar mucha guerra y hacer cosas muy importantes. Que duda cabe de que la angustia vital que sufrimos la mayoría de los científicos al ir haciéndonos viejos y sentir que nos falta claridad, concentración o simplemente voluntad, es algo contra lo que luchamos como gatos panza arriba. Y ciertamente nos motiva pensar que atodavía quede lo mejor por hacer, ese descubrimiento por el que nos recordarán.

Pero en realidad, el éxito del sistema científico, al menos en ciencias experimentales y tecnología, depende de equipos de personas que necesariamente tienen que ser, en una buena proporción, jóvenes y enérgicas. Y a propósito de este asunto, el problema que intuyo tenemos como país en la ciencia, y en la universidad, es bien severo (aunque me temo que no aparece en la lista de las principales preocupaciones). Se ha ido creando una enorme brecha generacional en la comunidad científica española. Y en estos momentos la mayor parte del sistema de I+D descansa en los maduros y viejos. En una situación ideal deberían coexistir de manera proporcionada grupos liderados por jóvenes brillantes independientes (en el rango de treinta a treinta y cinco), con los que están a el pico de la carrera (treinta y cinco a cincuenta) junto a los más maduros.

La realidad parece bien diferente. En el curso 2014-15 en las universidades españolas dos tercios de los funcionarios docentes tenía más de cincuenta años, con una edad media de los catedráticos en cincuenta y ocho. Tras estos años de completa parálisis lo que ocurre es que la mayoría de los grupos competitivos en España están en manos de científicos viejos, o relativamente viejos. La renovación, y por tanto el futuro de nuestra ciencia y tecnología, está en muy grave peligro.

Les voy a contar dos anécdotas que me han ocurrido recientemente que pueden ilustrar la situación. En junio estuve en una de las grandes universidades españolas, a la que me invitaron a impartir una conferencia. Tomando café en el bar de la facultad, mis anfitriones saludaron a un colega canoso. Al marcharse me dijeron que era el «chaval» del departamento. El profesor titular más joven entre los más de treinta de la plantilla… ¡que ya andaba por los cuarenta y cinco años! La semana pasada me visitó un antiguo estudiante que acababa de obtener uno de los contratos Ramón y Cajal. Como muchos lectores saben, este es un programa del ministerio para investigadores excelentes jóvenes. Le felicité y le pregunte su edad, pues ya hacía bastantes años que había estado trabajando conmigo, y me dijo: «bueno, sí, soy un joven de cuarenta y dos años». Cuando se le termine el contrato tendrá cuarenta y siete.

La situación hace veinticinco años era diferente. Entonces era relativamente normal terminar la licenciatura con veintitrés años, la tesis con veintisiete y tras un postdoctoral de dos o tres años, integrarse en el sistema funcionarial. Muchos de los maduros de ahora teníamos plazas fijas a los treinta y éramos catedráticos con menos de treinta y cinco. Hoy, muchos científicos españoles con más de cuarenta años siguen encadenando postdocs y contratos sin ninguna opción de futuro aquí.

Lo importante es saber qué hacer para enderezar este entuerto. Lo peor sería insistir en lo que parece que están haciendo muchas universidades: promocionar al personal ya en plantilla, normalmente mayor y en muchos casos con limitadas, o nulas, opciones a ser líderes en sus áreas. ¿Qué haría yo? Si tuviera la responsabilidad, o la posibilidad, de organizar el futuro de una institución, o de todo el sistema, lo tendría muy claro. Y, por supuesto, no estaría inventando nada nuevo.

Ofrecería contratos estables, evaluables, revisables y con salarios competitivos a «jóvenes» no mayores de treinta y cinco años con potencial y capacidad de liderazgo. Favorecería la «diversidad» de temas, evitando la excesiva concentración en unas pocas líneas. Combinaría temas (y perfiles) de riesgo con otros más conservadores. Les dotaría con razonables infraestructuras y con la posibilidad de formar un grupo con dos o tres estudiantes. Seleccionaría a gente de cualquier lugar del mundo, aunque obviamente con el foco puesto en los muchos españoles que se encuentran en buenas instituciones y con ganas de volver. Estos jóvenes deberían tener libertad, no estarían sometidos a los mas viejos del lugar en las elecciones de temas de trabajo y de cómo organizarse. Los jóvenes que irán, claro, haciéndose viejos, tendrán que demostrar que son muy buenos y pelearse por avanzar (como en el deporte o cualquier competición). Las instituciones incorporarán de manera permanente a la mayoría de ellos al cabo de los años y continuarán sin pausas el proceso de reclutamiento de nuevos jóvenes, en una cadena con continuidad.

Algo así es lo que hacen las mejores instituciones de ciencia del mundo… y una vez en marcha, esta es una «máquina» que casi anda sola. El espíritu de búsqueda, de conocimiento y de gloria es un combustible excepcional. Seguro que estarán diciéndose que para esto hace falta dinero. En realidad, sí, pero no. Hace falta usar el dinero (mejor si fuera más) de una manera inteligente y pensando en el futuro.  

En la otra orilla, tendremos la apatía, el cumplir, el ver el partido de la ciencia por la tele, pero sin jugarlo realmente. Las alternativas son pocas. Hacer algo así o hundirnos en la irrelevancia.


Mirar al sol y la estupidez humana

Fotografía: 16:9clue (CC)
Fotografía: 16:9clue (CC)

En este largo y tórrido verano del año 2015 me he paseado por varios de los tradicionales foros de las Universidades de verano donde he impartido varias conferencias. Siempre tengo la sensación de que cuando doy charlas el que más aprendo soy yo. Los gestos, las miradas, y por supuesto las preguntas, me hacen reflexionar y entender mejor las cosas que cuento. Estoy convencido de que si no tuviera la presión de las audiencias mi entendimiento del mundo sería (todavía) menor. Viene esto a cuento por una pregunta que se me hizo en uno de estos cursos y que motivó mi interés de tal manera que he decidido contárselo a ustedes aquí.

En mis conferencias para audiencias generalistas suelo hablar sobre el ojo humano, recordando su funcionamiento y mostrando cómo podemos mejorar la visión utilizando la ciencia y la tecnología. La óptica es bella en su lógica y simplicidad. Y aunque tratemos de sistemas ópticos biológicos, como es el caso del ojo, la formación de imágenes en la retina y sus consecuencias siguen unas reglas bien establecidas. El sistema visual humano es extremadamente complicado al tratarse de una parte de nuestro sistema neural, pero sin embargo la parte óptica, el ojo, que impone el primer límite físico a la visión es bien predecible.

Por supuesto, siempre intento transmitir la idea de la importancia de la ciencia en este campo en particular para entender nuestra propia visión, sus límites y sus posibilidades de mejora cuando nos falle. Qué se puede hacer y qué será posible en un futuro, es de esperar, cercano.

Suelo bromear a veces que me dedico a la física porque solo me encuentro cómodo tratando de comprender asuntos relativamente simples, que espero desentrañar y entender, al menos en parte. No soy lo suficientemente ambicioso para tratar de comprender temas de mayor envergadura. En esta categoría encuadro la «estupidez humana». Tengo claro que existe abundantemente e intento practicarla personalmente lo menos posible, aunque no estoy seguro de con qué grado de éxito. Una de las formas de estupidez que me parece más estúpida son las prácticas, que siendo dañinas para la salud, se promueven entre personas ingenuas que al aceptarlas se convierten en el paradigma de la estupidez.

Una de estas estúpidas actividades es «mirar directamente al sol durante periodos de largos de tiempo como un procedimiento saludable». Todos sabemos que cuando por descuido miramos al sol brevemente, nuestra rápida reacción nos hace cerrar los ojos, y aun así tenemos una «postimagen» que puede durar unos minutos. Nuestro instinto de supervivencia nos aconseja muy bien a no mirar al sol y obligar a alguien a hacerlo se nos antoja como una forma cruel de tortura.

Pues resulta que hay muchas personas en el mundo que parece ser practican, y recomiendan practicar, mirar directamente al sol a propósito. Es tan popular que tiene su propio nombre en inglés (sungazing) y muchos seguidores que airean sus innumerables ventajas. Se relaciona con prácticas de espiritualidad de tradición milenaria (no me cabe duda de que la estupidez humana es milenaria). Aquellos que lo practican se sienten «conectados con el universo» y sugieren que sus ojos son capaces de transformar la luz del sol en energía (podríamos pensar que de una forma similar a la fotosíntesis de las plantas). Para añadir un poco más de «interés», algunos de sus defensores sugieren que mediante esta práctica también es posible mejorar la visión y corregir problemas oculares. En esta última idea se centraba la pregunta del asistente a mi curso que me dejó primero perplejo, y luego interesado: «¿Es cierto que mirar al sol directamente cada mañana es muy bueno para nuestros ojos?». Mi primera reacción fue preguntarme: «¿Cómo es posible que algo tan obviamente peligroso pueda sugerirse como método de curación?».  

El protocolo de acción propuesto parece variar, pero básicamente consiste en mirar fijamente al sol al amanecer o al anochecer durante varios minutos, aumentando la duración de estas miradas cada día hasta «lograr» permanecer de forma continua al menos durante quince o veinte minutos al cabo de unos meses. Al alcanzar este nivel se promete que se logran unos altos niveles de «energía», una concordancia con los ritmos de la Tierra y una gran paz personal. Al cabo de seis meses de continuos progresos se mirará al sol durante media hora. En este nivel, la sensación de apetito desaparece y aumenta la autoconfianza en unos grados muy elevados. Finalmente, al alcanzar al cabo de diez meses cuarenta minutos de mirada al sol continuada, todas las posibles enfermedades desaparecen y te encuentras muy próximo a tu propio yo.

Ante tales beneficios, casi me daban ganas de empezar inmediatamente con el asunto… pero como científico prefiero confirmar algunos datos antes de lanzarme a mirar al sol a «ojo descubierto». Una primera búsqueda de literatura científica sobre el tema ya me dejó con una cierta preocupación simplemente al leer los títulos de los trabajos: Retinopatías solares en personas que practicaron mirar al sol bajo la influencia de LSD, publicado en la revista británica de oftalmología en 1973. ¡Parece que esto provoca problemas en la retina y además para hacerlo a conciencia ayuda estar colocado! En la misma revista, en 1988, se presentaron casos severos de daños retinianos en personas que miraban al sol siguiendo rituales religiosos. En este caso se trataba de personas que esperaban la aparición de la Virgen en Irlanda. Por cierto, muchas casos de supuestas apariciones han estado relacionados con deslumbramientos por el sol en todas las culturas.

Cuando elsol, que subtiende aproximadamente algo más de medio grado, curiosamente casi igual que la Luna, se enfoca por el ojo sobre la retina, produce un daño conocido como retinopatía solar. Ocurren varios procesos, pero es fácil entenderlo como una quemadura de la retina que puede llegar a causar ceguera (dependiendo del daño). Ocurre exactamente el mismo fenómeno que cuando se concentra el sol sobre un papel con una lupa: se quema. La mayor parte de casos reportados en la literatura han ocurrido durante la observación de eclipses sin protección.

Pero claro, ustedes me dirán que los amantes del sungazing no están tan rematadamente locos porque lo practican a primeras o últimas horas del día, cuando el sol está bajo en el horizonte y presenta un menor brillo. Como quería verificar yo mismo esas condiciones, me armé con un fotómetro y marché al campo a medir la luminancia del sol a distintas alturas al atardecer. Esto en sí mismo me resultó problemático. Mi fotómetro era visual y para poder medir el sol tenía que mirarlo directamente, cosa que quería evitar. Habilité varios filtros neutros (que absorben la luz en cantidades controladas) que coloqué manualmente sobre el instrumento para reducir cientos de miles de veces la luz del sol.  

La luminancia del sol en el cénit es del orden de 1500 millones de candelas/m2. De acuerdo con los umbrales máximos permitidos, mirando al sol más de 10 segundos continuos causaría un daño retiniano severo térmico. Diez minutos antes del ocaso, la luminancia del sol es de 10 millones de candelas/m2, y media hora antes (necesario para el tratamiento completo del sungazing) ya próximo a los 300 millones de candelas/m2 (dependiendo de las condiciones y lugar de observación). Para dar unos ejemplos que puedan comparar, el cielo tiene unas 5000 candelas/m2 y la pantalla de su ordenador no supera normalmente las 200 candelas/m2, y algunos ya se preocupan por los perjuicios de esa luz…

En estudios más recientes que  utilizan nuevas técnicas de imágenes de la retina (tomografía de coherencia óptica) se han mostrado daños en la retina tras exposiciones al sol. Los estudios de máximas exposiciones permitidas están basados en general en modelos con animales y se obtienen en situaciones donde el daño es manifiesto e irreversible. Existe una zona intermedia de exposiciones por debajo de los límites de riesgo que yo siempre aconsejo evitar (en mis experimentos llevo años mirando directamente a «pequeños soles» [láseres] en el laboratorio). Los efectos de acumulación temporal, combinación con posibles medicamentos, variaciones individuales… hacen que se convierta en un auténtico «juego de la ruleta» practicar el sungazing.

Entendiendo que nuestra estupidez es casi infinita y que nadie escarmienta en cabeza ajena, si están tentados de hacer sungazing mi recomendación es que hagan primero una prueba de concepto. Miren al sol cuando esté bajo en el horizonte durante unos segundos. Cierren los ojos y recréense con las postimágenes (escotomas temporales). Vuelvan a repetir la operación y, al terminar, miren la pantalla de su móvil, que no verán por unos segundos que quizás se les hagan largos. Finalmente, imaginen que esta ceguera temporal podría durarles toda la vida. Y entonces decidan que es mejor conservar sus bellos y eficientes ojos protegiéndolos de las quemaduras solares. Puestos a ser estúpidos de vez en cuando, es mejor poner la mano en el fuego que el ojo en el sol.


Vino, ciencia y magia

Fotografía: Pablo Artal
Fotografía: Pablo Artal.

Después de que mis últimos artículos sobre la situación de la universidad y la ciencia en España resultaran polémicos, he estado buscando un tema «tranquilo». Como además, llevaba tiempo queriendo hablar sobre el vino, pensé que ya había encontrado la solución. Pero cuando hace unas semanas comenté con un conocido, amante del vino, mis intenciones, me di cuenta de que esto podía resultar incluso más complicado… porque al fin y al cabo, de vino, como de fútbol, entiende todo el mundo. Sin margen para arrepentirme, asumo el riesgo de hablarles de vino y su relación con la ciencia.

Es difícil encontrar un producto con una historia y una importancia tan extraordinaria como el vino. Se afirma que el vino es tan viejo como la civilización, con evidencias del cultivo de la vid y de la fermentación controlada del zumo de la uva, al menos 6000 años antes de Cristo. En nuestros días, la producción de vino es una industria global y, como tal, altamente competitiva. Por supuesto, la ciencia ha estado presente en la historia del vino y en la actualidad miles de científicos en entornos industriales y académicos trabajan directa o indirectamente en este sector. La ciencia jugó un papel crucial para superar la catastrófica epidemia de filoxera en la Europa de finales del siglo XIX. Y la ciencia dio paso a múltiples avances tecnológicos que permiten realizar vendimias automatizadas y controlar los procesos de fabricación industrialmente hasta el más mínimo detalle. Algunos países, notablemente Australia, han expandido la presencia de sus vinos a todo el mundo a partir de una cuidada y planeada apuesta científica nacional. No es sorprendente, por otro lado, que, siendo España uno de los principales productores mundiales en volumen, el precio medio de nuestro litro de vino sea de los más bajos del mundo. Quizás con algo más de interés por la ciencia, nuestros caldos tendrían un mayor valor añadido. Después de todo, no se trata simplemente de producir vino, sino de que sea lo mejor posible con los mayores márgenes para los involucrados, empezando por los agricultores que malvenden la uva a unos céntimos el kilo.

Otro aspecto en el que en las últimas décadas la ciencia ha sido especialmente activa es la búsqueda de los beneficios que el vino aporta a la salud. Es posible que esto sea un intento, tanto por los productores como por los consumidores, de aportar justificaciones a su consumo, más allá del propio placer en sí mismo. Muchos científicos han buscado compuestos específicos en el vino con propiedades beneficiosas para la salud y en especial como una fuente de antienvejecimiento. Uno de los más conocidos es el resveratrol. Estudios en animales han mostrado que produce un efecto similar a la restricción calórica, una de las pocas opciones probadas y, ciertamente, de difícil implementación práctica, que parece tenemos para prolongar la vida. Por supuesto, ante la disyuntiva de tomar buen vino o casi morirse de hambre a diario para llegar a muy viejo… parece fácil saber la elección para casi todos.

A pesar de lo importante que objetivamente es la ciencia en el mundo del vino, muchas personas creen que los vinos deben ser «naturales» y sin «química». En este caso la connotación negativa de química es, como en otros casos, ciertamente paradójica. Por ejemplo, los cultivos «orgánicos» permiten sin problemas el uso de azufre, entendiendo que su «quimicidad» es menor. Creo posible que el supuesto mal uso de la tecnología haya podido llevar a una creciente uniformización de los vinos, a menudo a costa del sabor y a veces de la calidad. Por supuesto, en un mundo tan complicado como el del vino, con un enorme rango de precios, que va desde algunos céntimos a miles de euros por un producto en principio relativamente similar, hay también amplio margen para charlatanes. Más allá de los cultivos llamados «orgánicos y/o ecológicos», aparecen cada vez más a menudo, y con mayor predicamento, ideas ciertamente esotéricas que promueven vendimias y fermentaciones siguiendo las fases lunares junto a otras alambicadas prácticas con indemostrables beneficios. Es decir, la magia frente a la ciencia está volviendo con fuerza al mundo del vino del siglo XXI.

Curiosamente, un buen número de afamados viticultores de todo el mundo dice seguir alguno de estos mágicos procedimientos y, como no podía ser de otra manera, existen consumidores supuestamente sofisticados que se sienten atraídos por esos mensajes. A mí personalmente todo esto me suena muy parecido a la homeopatía o la astrología, que curiosamente están ampliamente aceptadas por gentes «cultas».

En la cúspide de estas prácticas de viticultura se encuentra la denominada «biodinámica». Sus seguidores hablan de la importancia del alineamiento de los planetas, de las fuerzas de la tierra y de abonos preparados con cuernos de toro… Que yo conozca, no existen estudios serios que prueben beneficios medibles de alguna de estas prácticas, pero lo que a personas con un razonamiento crítico les puede hacer sonreír se utiliza como un elemento de marketing positivo. ¿Son los vinos «biodinámicos» mejores? Si así fuera, ¿es por todas esas prácticas o porque los viticultores además de mirar a la Luna cuidan el proceso con más «cariño»? No sé a quién interesa la confusión en este asunto, pero como amante del vino, prefiero entender las razones objetivas por las que uno me gusta más que otro.

Estoy totalmente de acuerdo en promover cultivos y procedimientos tradicionales donde se pueda, entendiendo y controlando sus beneficios, y por supuesto en recuperar variedades olvidadas y casi arrasadas. Pero me niego a comulgar con ruedas de molino. Porque también en el mundo del vino se deberían hacer las cosas entendiendo las razones, es decir, con más ciencia y menos magia. Eso sí, combinando ciencia con cariño y cuidado tendremos mejores y diferentes vinos que nos sigan emocionando.