Los afectos disidentes: dos tragedias

Izquierda: Suzanne Landgard, París, 1925. Fotografía: Archives Nationales / Fonds Maurice Garçon. Derecha: Lili Elbe, Copenhague, 1930. Fotografía: Wellcome Library.

En cuestiones amatorias y de afectos, de las metamorfosis de Paul Grappe y Einar Wegener aprendimos que en el siglo XX cualquier gesto discrepante, cualquier muestra de insumisión, se pagaba con la vida. Aunque fuera en el seno de ese abismo secreto entre dos personas popularmente conocido como matrimonio.

El soldado y la costurera

En el amor y en la guerra cualquier agujero es trinchera. Paul Grappe lo descubrió en primera línea de fuego cuando una granada esparció a su alrededor los sesos de su mejor amigo. Habría de sufrir pesadillas y alucinaciones toda su vida, sobre todo los primeros días cada vez que, por puro agotamiento, cabeceaba en sus noches en el frente. De dormir a pierna suelta ya podía ir olvidándose. 

Alemania le había declarado la guerra a Rusia y el soldado Grappe combatía con una foto de su querida Louise Landy guardada en el bolsillo del uniforme. Se habían casado unas semanas antes del estallido de la contienda, tras un breve romance, como correspondía a dos jóvenes de clase obrera sin tiempo que perder. Con un poco de suerte, Paul estaría de regreso en París para la vendimia del otoño. 

Pero el vino nuevo pasó y, para escapar del infierno, en 1915 se autolesionó amputándose el dedo índice. Mejor perder un dedo que convertir a Louise en viuda de guerra, pensaba. La estrategia no funcionó. Tras seis meses en el hospital, Paul iba a ser devuelto al campo de batalla, aunque ya no pudiera apretar el gatillo. A riesgo de enfrentarse a un consejo disciplinario y al pelotón de fusilamiento, optó por huir y esconderse. 

Condenados a la clandestinidad, la vida de incógnito no era fácil para un desertor de guerra y su esposa costurera. Guiado o no por su subconsciente, Paul ideó una solución: alumbraría una nueva identidad de apariencia femenina. Al fin y al cabo, con todos los hombres en el frente, no era nada raro que dos mujeres compartieran habitación. De hecho, París acababa de inaugurar una cierta permisividad al lesbianismo que se prolongaría durante una década. Como buena costurera, Louise se encargaría de los detalles: diseñar un vestido dos tallas más grandes de lo habitual, hacer acopio de medias negras y sombreros, enseñarle a peinarse y maquillarse y, sobre todo, quemarle la raíz del pelo de la barba y el pecho con un doloroso artilugio depilatorio. Tampoco olvidó perforarle las orejas y practicarle la manicura. Le enseñó a comportarse, a adoptar ademanes femeninos, a caminar balanceando las caderas y, lo más importante, a recuperar la dignidad que al soldado Grappe se le había negado. A partir de entonces, el suyo sería un amor encubierto. De puertas para afuera, Paul dejó de existir, Suzanne despertaba al mundo.

Así pasaron tres años hasta que terminó la guerra, pero la victoria no supuso el perdón a los desertores. Aún colgaban carteles de busca y captura por todo París y, con una única cartilla de racionamiento, a Suzanne no le quedaría más remedio que encontrar un trabajo si quería sobrevivir. Louise se encargó de formarla como costurera y, entre cachemiras, sedas y muselinas, la Suzanne liberada aprendió el oficio de pasar por una más. 

En 1925, siete años después del final de la contienda, Francia aprobó por fin la amnistía a los desertores. La farsa había terminado, Paul podía regresar. Pero quizá porque nadie supo explicárselo jamás, el personaje absorbió a la persona. Grappe fue incapaz de diferenciar transformismo, transgénero y estrés postraumático, o acaso era todo eso a la vez. Así que el juego de espejos prosiguió y la feminidad de Suzanne superó a la de Louise. «No me deseas, lo que deseas es ser yo», le reprochaba Louise cada vez que Paul le mentía con que nunca más volvería a meterse en la piel de Suzanne. Seguían juntos, pero ya no compartían nada.

Su matrimonio comenzó a deteriorarse cuando Suzanne se convirtió en la gran diva del Bois de Boulogne, lo que en el periodo de entreguerras era un conocido parque para el encuentro nocturno de prostitutas, voyeurs, fetichistas, homosexuales, parejas de intercambio y burgueses con ganas de probar nuevos juegos sexuales entre los arbustos. Su relación se tornó obsesiva y posesiva, un amasijo de adicciones, celos, infidelidades, malos tratos, arrepentimientos, reconciliaciones, falsas promesas y, en el fondo, la eterna sospecha de que Suzanne era una personalidad mucho más auténtica de lo que nunca había sido Paul. Era tal el magnetismo que desprendía Suzanne que hasta la escena de cabaret quiso reclutarla. Al fin y al cabo, eran los locos años veinte… Una violenta disputa puso fin a su estrellato cuando súbitamente Louise descerrajó un tiro a Suzanne. El caso del travestido hizo correr ríos de tinta. El juez simplemente dio por sentado que Paul, un invertido que se prostituía bajo el nombre de Suzanne, ejercía de proxeneta con su propia esposa. Louise fue absuelta del cargo de homicidio. 

La artista y la modelo

Dos años después de que la trágica muerte de Paul Grappe desdibujara los límites del género a ojos de la sociedad francesa, París volvió a acoger otro amor disonante. En febrero de 1930, los pintores Einar y Gerda Wegener acordaron cenar con Ernesto y Elena Rossini, dos de sus mejores amigos y a quienes no veían desde hacía un año. Para ponerse al corriente de sus recientes viajes, los dos matrimonios se citaron en Chateau neuf du Pape, un café frecuentado por artistas y poetas donde uno podía comer copiosamente por apenas un par de francos. 

Aquella noche, los cuatro intercambiaron historias sobre galerías, museos y otros monumentos que habían descubierto en Cádiz y en Amberes, en Córdoba y en Ámsterdam. Einer se esforzó por recordar una leyenda de la catedral de Sevilla, que Gerda y él acababan de visitar, pero no fue capaz de completar el relato. Al final de la cena, Einar se mostraba débil y melancólico y sus amigos conocían el porqué: Lili había vuelto a importunarle. La situación comenzaba a ser intolerable, ya no se contentaba, como en los últimos diez años, con compartir existencia dentro del cuerpo de Einar. Lili quería una identidad para ella sola. 

Einar ya no era la última sensación de la pintura danesa. Hacía tiempo que había abandonado los pinceles porque la vida, como los paisajes desolados que acostumbraba a pintar, se le planteaba insoportable. Gerda, que estaba al corriente de su tormento, nunca había visto a su marido en tan pésimas condiciones. Una amplia lista de médicos y especialistas le habían examinado sin éxito en el largo periodo que llevaba enfermo. Un primer cirujano se negó a atenderle porque no practicaba «operaciones de embellecimiento». El segundo le prescribió un tratamiento a base de rayos X que casi termina con su vida y el último dictaminó que Einar estaba «perfectamente loco». Así que la fecha fatal iba a ser el 1 de mayo. La primavera, pensaba Einar, es una estación en la que todo crece, una época peligrosa para quien está enfermo y agotado, y no esperaba vivir para contemplarlo. Si en el plazo de dos meses ningún médico le ofrecía una solución a su «disociación de personalidad», como sus coetáneos denominaron lo que cuarenta años más tarde se conocería como disforia de género, acabaría con su vida. 

Una vez hubo tomado esa decisión se sintió aliviado. Había pensado en todo lo relativo a su desvanecimiento salvo en un detalle: su mujer. Ahora Gerda era una reputada artista y su relación siempre había sido, desde que se conocieron en la Academia de Arte de Copenhague, una cuestión de camaradería. Si apenas eran adultos cuando se casaron… ¿Acaso no había ella sacrificado sus mejores años para que él no terminara arrastrando una existencia miserable? Gerda, aún joven, tenía tiempo de rehacer su vida con alguien que le ofreciera las oportunidades que él había malgastado. Por eso Einar debía hacerlo sin un ápice de autocompasión: mejor muerto. 

Era inevitable sentirse como un traidor. Ya le había mentido a su esposa en una ocasión. La primera vez que sintió ese ardor que le impulsaba a vivir como una mujer no fue cuando Gerda le pidió, en un juego inocente y casual, que se colocara una falda vaporosa, unas medias blancas y ejerciera de modelo femenina para uno de sus cuadros. Había sido de pequeño, en la escuela, cuando durante la clase de arte y entre figuras de escayola de Praxíteles, una compañera le colocó su florido sombrero y, con su consentimiento, empezó a tratarle como a una niña. Lili había nacido entonces, pero la consecuente paliza que recibió de su profesor minutos después le había obligado a olvidarlo.  

Al día siguiente de su encuentro en París, por recomendación de Elena, Einar visitó a un tal doctor Kreutz, el hombre que prometía acabar con su sufrimiento mediante la primera operación de reasignación de sexo conocida. Por cinco mil coronas danesas —unos dieciséis mil euros al cambio actual—, en su clínica de Dresde el doctor Kreutz retiraría sus órganos masculinos, inertes e inservibles, e implantaría dos ovarios. O lo que es lo mismo, mataría a Einar y liberaría a Lili. Dos días después, a sus cuarenta y siete años, Einar puso rumbo a Alemania en busca de su enterrement de sa vie de garçon. Por lo que pudiera pasar, escribió su obituario en el tren. 

En los albores de la sexología como disciplina —apenas habían pasado diez años desde que un médico alemán, Magnus Hirschfeld, fundara el Instituto para la Investigación Sexual en Berlín, clave para la posterior despatologización de la transexualidad—, Einar y Gerda estaban dispuestos a comprobar si su relación de amor podía sobrevivir al género. Y casi lo consiguen. El peaje a pagar fue una serie de cuatro dolorosas y temerarias operaciones que acabarían con la vida de Einar. Contra todo pronóstico, sobrevivió a las dos primeras. Una consistió en la castración de sus genitales, la otra en el torticero injerto de dos ovarios procedentes de una donante de veintiséis años. Para el 1 de mayo, Einar había cumplido su promesa: un nuevo pasaporte expedido por la embajada danesa le confirmaba su nueva identidad con el nombre de Lili Elbe.

En un orden más concreto de las cosas, su transformación supuso la anulación de su matrimonio con Gerda. Eran libres y podían empezar una nueva vida. Anticipándose a un trágico final que no intuía lejos, Lili urgió a su exmujer a casarse con otro hombre tan pronto como fuera posible. Para entonces, el caso ya había saltado a la prensa en toda Europa y un nuevo divertimento consistente en tratar de adivinar quién era Lili Elbe se extendió por las calles de Copenhague. Su corta vida de mujer se prolongaría no mucho más de un año. Tras dos nuevas operaciones, una cuya naturaleza se desconoce y otra que pretendía implantarle un útero, Lili Elbe moría en septiembre de 1931 —la ciclosporina, el fármaco usado para prevenir el rechazo de los órganos transplantados, no empezó a usarse hasta la década de los ochenta—. Los detalles del procedimiento llevado a cabo en las intervenciones no se conocen con seguridad, en parte porque la biblioteca y el archivo del Instituto para la Investigación Sexual fueron destruidos por los nazis en 1933. 


El hombre que no quiso ser Rock Hudson (pero que terminó siendo)

1957 --- Elizabeth Taylor and Rock Hudson on the set of "Giant". --- Image by © Sunset Boulevard/Corbis
Elizabeth Taylor y Rock Hudson en el set de Gigante. Fotografía: Corbis

Primero estaba Paul Newman, siempre. Pregunten a su abuela. Después, quizá James Stewart, por aquello de que su aura paternal empatizaba con el ánimo de la posguerra. Y dado que el magnetismo animal de Marlon Brando era digno de descocadas, el tercero en la lista era él: metro noventa, viril, protector, un atractivo sexual por encima de la media y la ingenuidad de un muchacho de campo. Sí, tenía que ser él. Rock Hudson era lo apropiado para una chica de la época.

Así que figúrense la conmoción de su abuela cuando hace treinta años el mundo supo que el apropiado no solo gustaba de acostarse con hombres, sino que se moría de sida. La muerte de Rock Hudson en octubre de 1985, apenas dos meses después de haber confesado su enfermedad en un atropellado episodio en París —la ciudad a la que los enfermos más pudientes viajaban para tratarse con el experimental HPA-23—, fue determinante a la hora de cambiar la percepción que la sociedad occidental tenía del VIH/sida y el colectivo LGTB. Para millones de personas, Rock Hudson fue el primer paciente con sida del que oyeron hablar. Para millones de personas, Rock Hudson también fue la primera celebridad públicamente homosexual.

En 1985, más de seis mil personas en Estados Unidos murieron a causa de la enfermedad, pero como afectaba a grupos de población de los que, bueno, sencillamente no había que preocuparse demasiado, el problema del cáncer gay, la peste rosa o el GRID (Gay-related immune deficiency), término peyorativo con el que la comunidad científica estudió denominar a la enfermedad antes de decantarse por AIDS, no era tan trascendente. Cabe preguntarse qué habría ocurrido si el paciente Rock Hudson no hubiera saltado a los medios de comunicación y, con él, su vida privada en uno de los primeros casos de outing que se recuerdan. Quizá sin aquel inaudito impacto mediático, el devenir de la epidemia no hubiera sido el que fue sino otro mucho más infausto.

Icono gay, a su pesar

Hasta finales de los sesenta, la mayoría de la prensa estadounidense respetaba el acuerdo tácito que mantenía a Rock Hudson en el «armario de cristal», una expresión utilizada para designar a aquellos actores gais que no han hecho pública su condición, pero que es consabida por el gremio. En los setenta, el cine invirtió la tendencia del romanticismo al realismo, dejando de lado el tipo de papel que había convertido a Hudson en un mito durante las dos décadas anteriores. Y para cuando bien entrados los ochenta los medios inauguraron una era en la que el escrutinio de la vida privada daba sus primeros y más feroces pasos, la decadencia física de Rock Hudson fue un tema estrella que quedaría registrado en televisión.

Fue en el verano de 1985. Primero a través de Dinastía —el comentado beso con Linda Evans es una de las aportaciones más perversas a la cultura pop— y más tarde en un elegíaco programa de su amiga Doris Day, la cual creía que el actor padecía anorexia. Visto con perspectiva, era justo que aquella última aparición pública de Hudson fuera junto a la actriz con la que forjó su fama de «gran farsante». Con Doris había inaugurado una época dorada de la guerra de sexos o, como se conocía en la profesión a comedias como Confidencias a medianoche y Pijama para dos, del delayed fuck, por eso de que sus protagonistas no podían tocarse sin pasar antes por el altar.

Que la lucha contra la estigmatización y la serofobia tuviera como icono al actor más armarizado de Hollywood, aquel que durante treinta y seis años se había esforzado en proyectar una imagen de héroe romántico y al que Life y otras revistas de los cincuenta y sesenta vendían como el soltero de oro con «¿Le gustaría ser la esposa de Rock Hudson? Así es como debe tratarlo» y otros titulares, tiene mucho de trágica ironía. Dr. Macho Jekyll & Mr. Homo Hyde acabó siendo el rostro sobre el que pivotó la crisis del sida a mediados de los ochenta, pero todos los beneficios sociales de su exposición pública —porque es indudable que los hubo— provinieron de un lugar en las antípodas del activismo LGTB. Así como había sido el role model idóneo, Hudson también resultó ser un involuntario pero poderoso referente gay a su pesar, con un efecto destructor de los estereotipos homosexuales que ni en sus peores pesadillas habría imaginado encarnar.

A Hudson, los disturbios de Stonewall que en 1969 asentaron las bases del activismo LGTB tal y como lo conocemos, le pillaron en la otra punta del país, reafirmando su übermasculinidad junto a John Wayne en el rodaje de Los indestructibles. Cuando la lucha por los derechos de gais y lesbianas era bastante más arriesgada que participar en una colorida fiesta de banderas arcoíris, el actor se resistía a comprender el sentido de unas manifestaciones donde, según sus palabras, «se marchaba con un tubo de vaselina en la mano». Para él, votante republicano confeso, aquello era un ejercicio de proselitismo homosexual con el que no estaba dispuesto a que se le relacionara.

Hudson fue uno de los últimos actores que desarrollaron su carrera bajo el manto de las majors (desde 1949 a 1966), lo cual significaba que el estudio velaba por él en todas las esferas de su vida. Eso incluía un equipo de relaciones públicas que se encargó, entre otras cosas, de empujarle a un matrimonio con la secretaria de su representante a mediados de la década de los cincuenta, justo cuando comenzaba a despuntar. No llegaron al tercer aniversario. Por aquel entonces, ya hacía más de una década que Hudson participaba del clandestino ambiente gay de California, que había descubierto al volver de la guerra y casi al mismo tiempo que en Estados Unidos se publicaba el informe Kinsey que animaba a los psiquiatras a despatologizar la homosexualidad. Prefería los encuentros con hombres que también se habían acostado con mujeres y, a ser posible, rubios, de ojos azules, altos, masculinos y veinteañeros, el tipo de hombre que abarrotaba sus famosas fiestas en torno a la piscina. En posteriores viajes a San Francisco, Hudson aprovecharía para hacer todo lo que no podía permitirse en Hollywood: recorrer los cuartos oscuros y glory holes de I Beam, Black & Blue o South Of Market, clubes y saunas gais en la cima de la tolerancia y la desinhibición que, como tantos otros, echaron el cierre por culpa del sida.

ca. 1940-1959, Las Vegas, Nevada, USA --- Original caption: Las Vegas: Photo shows Rock Hudson (1925-1985) lying sideways on the diving board of the pool at the Flamingo Hotel in Las Vegas. Ca. 1940s-1950s. --- Image by © CORBIS
Rock Hudson (1925-1985) posa en el trampolín de la piscina del Hotel Flamingo en Las Vegas. Ca. 1940-1950. Fotografía: Corbis

En una época en la que si no peleabas por un Tennessee Williams parecías malgastar todo tu talento, Rock Hudson se especializó en personajes alejados de cualquier aspiración intelectual —lo intentó con Adiós a las armas tras rechazar Ben-hur y Sayonara, pero el resultado no fue el esperado—, más bien anodinos y que podían catalogarse bajo la fórmula del «galán ejemplar». Un subterfugio que le sirvió para ser recordado ya no como un actor memorable ni de marcada personalidad, pero sí como una gran estrella. Como una traslación del don’t ask, don’t tell que practicaba en su vida privada, sus personajes no molestaban ni resultaban incómodos al macarthismo. A lo sumo, representaban una versión vigorosa del americano medio, sin carácter.

En Obsesión, el melodrama quintaesencial de Douglas Sirk que lo lanzó al estrellato y lo convirtió en uno de los actores más rentables de la Universal, su personaje pasaba de ser un playboy de manual a estudiar medicina para… ¡curar la ceguera de Jane Wyman! Corría la década de los cincuenta y no hacía mucho que Wyman acababa de divorciarse de otro actor, un tal Ronald Reagan que había dejado muy claras sus aspiraciones políticas cuando se presentó a la presidencia de la Screen Actors Guild.

Treinta años después de Obsesión, con Reagan ya instalado en el despacho oval y Hudson agonizando en París, el agente de prensa del actor habría de contactar con la Casa Blanca para que intermediaran ante François Mitterrand en su traslado a un centro de confianza. Debían llevarlo del Hospital Americano de París, en el que desconocían la verdadera afección del actor y donde tenían prohibida la admisión de enfermos de sida, al Hospital Militar de Percy, a las afueras de la ciudad, donde le esperaba su médico de confianza que había estado tratándole en secreto con HPA-23 durante un año. Pero por temor a que les acusaran de favoritismo, Nancy Reagan se negó a colaborar con uno de sus votantes más célebres y al que solía invitar a sus recepciones.

Cuando el 25 de julio de 1985, en medio del caos, no hubo otra salida que la de hacer pública la enfermedad en una improvisada rueda de prensa a las escaleras del hospital, una de las primeras en llamar a París fue su amiga Elizabeth Taylor que, como mariliendre oficial de Hollywood, entendió enseguida que ese gesto acababa de cambiarlo todo. Taylor, que terminaría comprometiendo su fama en la lucha contra el sida, no pudo hablar con el actor, pero pidió que le transmitieran un mensaje: con su declaración, acababa de salvar la vida de millones de personas. «¿Por qué?», preguntó el actor. «No lo entiendo». A diferencia de su compañera en Gigante, Rock Hudson no llegó a ser del todo consciente del alcance de su revelación, que acaparaba las portadas de todos los diarios.

Para cuando finalmente autorizaron el traslado al Percy, por mediación del Ministerio de Defensa francés, el estado de salud de Hudson era demasiado débil como para soportar el tratamiento que su doctor pensaba administrarle. Ante tal perspectiva, se le ofrecieron dos posibilidades: internarse en Percy tres semanas a la espera de que una posible mejoría permitiera retomar el HPA-23 —solo disponible en Francia— o regresar a Los Ángeles y ser tratado en el UCLA con cuidados paliativos. Como le dijeron que moriría en unos tres días, Hudson prefería hacerlo en su cama y no en la grisácea París. Quedaba otro pequeño obstáculo para acabar con diez días fatídicos: todas las compañías aéreas que cubrían el trayecto a Los Ángeles se negaron a embarcar a un enfermo de sida. Hubo que alquilar un 747 a Air France por la módica cantidad de doscientos cincuenta mil dólares.

Rock Hudson murió el 2 de octubre de 1985, a los cincuenta y nueve años, en su casa de Beverly Hills. Pocas semanas antes, el presidente Reagan había roto por fin el tabú institucional con su primera mención pública a la epidemia, que cínicamente calificó de «prioridad nacional». Aquellas declaraciones, unidas al recorte del presupuesto dedicado a la enfermedad en un 11% —de 95 millones en 1985 a 85,5 en 1986— dan una idea de lo negligente que fue su gestión de la crisis, pero también dejan claro que hubo un antes y un después del sida con Rock Hudson.

El cambio de actitud definitivo de la Casa Blanca con respecto a la epidemia no llegaría hasta 1987, seis años después del registro de los primeros casos de sida en Estados Unidos y dos después de la muerte del actor. Fue en mayo, durante un discurso del presidente en la American Foundation For AIDS Research (AmFAR), a petición de Elizabeth Taylor y después de que hubiera entrado en escena el caso de Ryan White, un paciente con implicaciones morales mucho más convenientes para la puritana administración Reagan. White era un adolescente hemofílico de Indiana que se había contagiado con VIH por —oh, infortunio— una transfusión de sangre. O dicho de otro modo: había que tomar medidas porque el paciente ya no era un marica de vida réproba o un drogadicto aficionado a sustancias intravenosas. Si podía pasarle a White —varón, heterosexual, blanco y cristiano—, es que podía pasarle a cualquiera. Para entonces, las defunciones asociadas al sida ya superaban las cuarenta mil.