El tercer tiempo

tercer tiempo Foto Kelsey E.
Foto: Kelsey E.

Hubo un tiempo primigenio en que lo más importante era cambiar cromos y desollarse las rodillas. 

Hubo un segundo tiempo en que la noche transcurría veinteañera con la única finalidad de que llegase la madrugada.

Hasta que vino un tercer tiempo, como una bahía enorme llena de cetáceos maduros adonde fuésemos a aparearnos: eres padre, un tipo vestido de blanco te dice que beses a tu hijo y allí estás tú, con un gorrito en el quirófano, contándole los dedos y cogiéndolo a cámara superlenta, como un Tedax que transportara una de esas bombas de alta sensibilidad que estallan en cuanto la cagas. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.

El tercer tiempo.

Los partidos se jugaron a lo ancho y largo del cambiador, nos pilló a contrapié el asunto de los cólicos, se llenaba el estadio del salón con las suegras y los tíos, y cada noche acabábamos como Messi después de un marcaje de Ballesteros. Tentándonos la ropa y diciendo: estamos vivos, estamos vivos.

Sudamos la camiseta, vaya que si la sudamos. Cada vez que venían con un regate nuevo («¡papá, a todas las mamás les han cortado el pene!», «papá, yo de mayor no puedo ser policía porque no tengo gorra», «mamá, se te mueve la teta porque debajo tienes el corazón», «mamá, los caballos duermen en cuadras porque no pueden dormir en círculos»), mi mujer decía «mira qué ricos». A mí, con esto del júbilo (qué le vamos a hacer), no solo me salía la risa, sino que me entraban ganas de gritar gol. 

Gol. Lo que se dice en barrios decentes como Carabanchel para celebrar algo.

(…)

Cuando Mateo ya tenía cinco años y Martín dos, en casa había tres camisetas del Atleti que no se pusieron jamás, una bufanda del Barcelona virgen, un banderín del Livorno envuelto en su plástico, cuatro raquetas de tenis sin estrenar, tres balones de reglamento nuevos y uno de básquet que acabó deshinchado en el trastero, una pelota de goma con dibujos de dinosaurios y otra con la cara de Batman, y un bate de béisbol de gomaespuma, eso sí, que solo utilizaban para reproducir escenas de La naranja mecánica en el pasillo de casa. Con la imagen del pequeño corriendo detrás del mayor como un velocirraptor. Zas. Zas.

Para un padre que ha crecido viendo a Paulo Futre garabatear sueños sobre la cal del Calderón, la posibilidad del otorgar el libre albedrío a la prole en la materia dejaba abierta una sima de peligros, como un jabalí macho que soltara a los jabatos sin reparar en cepos ni en cotos de caza. Los peligros: 1) que renegaran del fútbol y ya no te dejasen ver más partidos; 2) que quisieran practicar golf (somos de Carabanchel, recuerdo); o 3) que se te hicieran del Madrid.

Mis sueños de Bill Shankly se vinieron abajo cuando supe que Mateo tenía los pies planos, y que por eso se le enredaban las piernas una y otra vez, y que por eso prefería leer a Gerónimo Stilton en el patio antes que echar una pachanga. 

Un día vi claro que Martín preparaba su infidelidad: allí, en su habitación, mirando una y otra vez el cromo de nuestro delantero, había encontrado un motivo para renegar del fútbol. «Oyeee, que Forlán es una chica…». 

Había que hacer algo y atajar este sindiós. Como un Sazatornil que disparase al cielo al ver una puesta contra natura.

—Deberíamos apuntarles a un deporte.

—¿Para qué?

—Bueno, es que yo siempre hice deporte de pequeño. Fútbol sala. Y eso…

—Ya.

Ana decía «ya», asentía, y luego me miraba la incipiente panza. 

Ya. 

Es cierto que la experiencia deportiva de la madre se reducía a una coreografía con hula-hop a los doce años (una actuación de fin de curso en su colegio de monjas) y que el mayor logro futbolero de un servidor fue una semifinal de aciago recuerdo contra Los Pajarones FC en la que metí tres goles en propia puerta a mi primo, que hacía las veces de portero. O de algo parecido a un portero. O de algo parecido a un bosquejo de portero. 

No era ya que el crío a lo mejor te saliese un Nadal o a lo peor te saliese un Mourinho. La cuestión era que uno creía romántico en la fuerza telúrica del esfuerzo, en el cemento que es hacer equipo y en la liana segura del deporte cuando lleguen la espesura de la adolescencia y otras selvas. 

De aquella conversación iniciática con el mayor solo recuerdo el final.  

—Vale papá, pero solo una cosa…

—¿Qué, hijo?

—Por favor, no me apuntes al fútbol.

Fue un peregrinar insatisfecho lo que vino, una gymkana sin premio, la búsqueda de un grial incierto.  

Mateo, Martín y el dilema de a ver cómo sudábamos.   

Efectivamente, en el equipo de fútbol del colegio (por el exceso de demanda) dividían a los críos como reses: estaba el hato de ganado de los buenos y estaba el hato de ganado de los malos. Los primeros pastaban en campos de hierba. Los segundos, en un erial. Los padres almorzaban árbitros crudos y el entrenador era asaeteado desde la banda. Mis hijos dijeron que no.

Con el tenis tuvimos un accidente. A raquetazos se dilucidó un desencuentro y aquello fue una pintura negra de Goya. Mis hijos dijeron que no.

Me los llevé a Vista Alegre para ver balonmano. A la tercera vez, me di cuenta de que solo iban por la bolsa de gusanitos. Mis hijos dijeron que no.

Baloncesto. Judo. Voleibol… Mis hijos dijeron que no. Y podríamos haber seguido con la halterofilia, la gimnasia artística, la lucha leonesa o las sevillanas. Porque el trance definitivo nos esperaba en otra parte.  

Fue cuando nos invitaron a participar en aquel torneo en Yuncos (Toledo). La cancha era un prado maravillosamente irregular, con sus margaritas saliendo y todo, como cuando te padre te llevaba de pequeño al campo. Había unos adultos preparando una perola con perritos calientes, porque el partido se celebraba al final. Qué mas daba el resultado. Y en vez de porterías habían unas estructuras en forma de hache.

A la entrada de las instalaciones, estuve leyendo un mural. «No olvide que usted no es el padre del Seleccionador Español en Miniatura». «No olvide que, sin equipo rival, aquí no habría ningún partido». «Los niños juegan para su propio estímulo, divertimento y desarrollo. No para el suyo».  

Yo me frotaba los ojos.

Los críos también. 

—Papá, el balón es como un huevo Kinder…

(…)

La primera vez perdimos. 

8-0 perdimos.

Perdemos casi siempre. 9-2. 7-3. 4-2. Y así.

Pero al que en clase le llaman gordo es el mejor del equipo y ya va más centrado por el pasillo. El de los pies planos vuela por la banda. El más canijo se crece. Ves a tipos de un metro de altura pidiendo perdón. A los que ganan haciéndole pasillo a los que pierden. A los padres llevando merienda para todos. Y a las mujeres/madres/novias de los árbitros, desinhibidas, aplaudiendo a tres bandas…

Martín, que tiene cinco años, apunta maneras de melé y el sábado tiene partido con su hermano en Orcasitas, sonríe mordiendo el protector bucal. 

—Cuando uno se cae, tiene que levantarse, eh —masculla.

Se lo ha dicho el entrenador. Como un abracadabra de la vida. Porque esto es rugby. 

También se lo dice su padre, todas las noches, justo después del beso de antes de acostarse.


Viraje a la Alcarria

viraje a la alcarria
Fotografía: Willy Ronis / Jean Claude. (cortesía de Taschen)

Alcarria

No es solo porque hagan uno de los mejores corderos asados del planeta, porque los grillos suenen aquí en julio como una coral de Viena o porque los fines de semana tengan dos sábados.

No es solo porque aquí la siesta sea un escrache que le hacemos al ruido. Ni porque los botellones los hagan aquí las ranas con calimocho de manantial. Ni por esa luna que sale tras el pantano de Entrepeñas como una hostia y que ni imaginan.

Si nos compramos una casa en La Comarca de Camilo José Tolkien fue para pescar referencias como panes, verán. Dejar atrás las tierras oscuras del anillo de la M-30, ese Sauron de alquitrán. Hacer caminos nuevos. Despanzurrar terrones viejos. Viajar a solas hacia dentro.

Prueben si no.

Abres la obra montaraz de Cela y aceptas rendido esta religión de espliego y lavanda, de secano y encinar, de huertas y arroyo: una travesía que tiene que ver con la naturaleza y la literatura, con una vereda por escribir y con un sendero intonso.

Les conté El principito a los niños y nada. A una luz de la vela, descubrimos a Salgari y regular. Probamos con los clásicos de los Grimm y hubo momentos.

No había forma de meterles un libro en las cabezas. Así que lo hicimos al revés: nos zambullimos de lleno en uno.

Y ahí seguimos, en el margen de la página 17: «La Alcarria es un hermoso país al que a la gente no le da la gana de ir».

Bajo la parra tupida de la página 34: «Parece que no, pero, en el campo, sentados al borde de un camino, se ve más claro que en la ciudad eso de que, en el mundo, Dios ordena las cosas con bastante sentido».

De picnic entre las líneas de la página 60: «Una vegetación que casi no se ve, pero que marea respirarla».

Mojándonos los pies en el riachuelo de la página 72: «Un carro de mulas (la larga lanza sobre el suelo) se tuesta en medio de la plazuela. Unas gallinas pican en unos montones de estiércol. Sobre la fachada de una casa, unas camisas muy lavadas, unas camisas tiesas, rígidas, que parecen de cartón, brillan como la nieve».

Esto fue en 1946. 

Todo ha cambiado mucho. 

O nada. 

Viraje a la Alcarria.

La Alcarria es un arcabuz cargado de olores y de colores, puro confeti de tomillo y espigón de piedra. Un buen mantel y un álbum de fotografías primo gemelo de la misma Toscana. La Alcarria es capital. La capital. O mejor, citando a Manu Leguineche, es «la capital mundial del silencio».

Shhhhhh.

Así que empezaremos este paseo sin levantar mucho la voz.

Hay en la comarca una plataforma de abejas cada vez más desahuciadas.

Hay espectros en ruinas como aquel monasterio cisterciense de Óvila que se llevó piedra a piedra a Estados Unidos (palabra) el magnate de la prensa William Randolph Hearst.

Hay mares en esta Castilla seca, y se llaman Entrepeñas, Bolarque o Buendía. Uno se ha mojado en todos y salió más vivo.

Hay un libro de historia abierto: Hemingway escribió en una crónica que «la batalla de Guadalajara fue la primera derrota del fascismo en Europa». Ahí tienen a las legiones italianas enfangadas en el invierno de Trijueque, cazadas como conejos.

Y finalmente hay hasta momentos de cine de ciencia ficción, muy a lo Blade Runner, con un dominguero haciendo las veces de preguntón Rick Deckard y un anciano con boina en el papel de replicante. «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Lucios de ocho kilos más allá de la recula de Las Anclas. He visto estrellas fugaces brillar en la oscuridad, cerca del pueblo de La Puerta. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de echarse la siesta».

Nuestro capítulo primero empezaría en el pueblecito de Alocén, un balcón de ensueño asomado al pantano donde cohabitan un hortelano ciego y una tabernera búlgara, una quietud de estampa en sepia y solo doce personas en invierno, las mejores vistas (de largo) de toda la Alcarria, ya verán.

Nuestro capítulo segundo nos llevaría hasta El Olivar, donde deberían probar las migas y las mollejas que hace Félix (pura seda) en el emparrado de la plaza. Y nos decantaríamos por un paseo en esa orografía que es la piel de sus calles sin prisa, ya verán.    

Nuestro capítulo tercero nos sentaría bajo la olma de Pareja, la más vieja de España. Y nos bañaríamos con los críos en el azud que hay a un kilómetro de la villa creyendo estar en una cala de Menorca. O mejor, ustedes ya me entienden.

Nuestro capítulo cuarto nos acercaría a los blasones de Budia y a sus puertas maceradas en siglos. Y a aquel pueblo del arcipreste que fue Hita. Y al conjunto histórico-nacional de Brihuega y a su Prado de Santa María. Y al convento de Santo Domingo de Cifuentes, donde el agua es una carótida y un desfibrilador. Como en una máquina del tiempo que les llevaría hacia atrás. Ya verán.   

Tendríamos celebración gastronómica en el quinto capítulo, con parada y fonda en Torija, donde visitaríamos el castillo habilitado como Museo del Viaje a la Alcarria, qué se pensaban. Y no querríamos salir del Asador Pocholo cuando probásemos el cabrito lechal y llorásemos de felicidad, abrazados todos en torno a la mesa haciendo pucheros, guardando un minuto de silencio por las personas vegetarianas.

En el capítulo sexto viajaríamos a Pastrana, donde verían a la tuerta de la princesa de Éboli asomada desde su balcón-celda a la plaza de la Hora. Y donde después de un recorrido medieval querrían tomar un vermú en Casa Seco, una modernidad de finales del XIX. Donde la tapa de arenque con guindilla es un monumento y un oráculo.      

Y así hasta donde quisieran, poniendo el marcapáginas aquí o allá, porque retornarían a esta lectura y a esta geografía: la vega de Alique, donde uno puede coger un pimiento, a solas, y hablarle como Hamlet a una calavera; el senderismo por las Tetas de Viana; el Tajo y sus truchas, que parten a Trillo en dos; el cañón del Guadiela, que es una serpiente azul turquesa; la piñata que trae el otoño con sus setas; toda esta gente.

Viraje a la Alcarria.

(…)

No sé si todo esto lo dicen (o no lo dicen) las guías de viaje de esta comarca. Porque, si les soy franco, no he leído absolutamente ninguna.

Todo lo más, me he dejado llevar por mi amigo Raúl Conde (el que más sabe) y he vuelto a releer a Cela (el que mejor lo escribió). En mi patio alcarreño, pausadamente, con un orujo bien frío y una edición de viejo de Camilo José Tolkien que me ha dejado Pepe Aymá.

En fin, les podría decir que es ciertamente barato venir y quedarse. Que hay una buena oferta de alojamientos. Que existen rincones donde no se cruzará con nadie. Ni tan siquiera con usted.

Pero (seamos sinceros) tampoco les quiero ver mucho por aquí. Que luego me destrozan las amapolas que cada año siembro, como con pincel, a lo largo y ancho de estos 4245 kilómetros cuadrados.


La parada del 19

parada del 19

De todos los viajes que hicimos con la desportillada máquina del tiempo del desván, los que más nos encendían las mejillas, los que más nos infartaban el aliento, eran los de la parada del 19.

Nos lanzamos desde lo alto del puente de Owl Creek cogidos del brazo de Ambrose Bierce. Surcamos los fondos abisales con el Nautilus de Verne. Sentimos horror cuando Jonathan Harker nos presentó a aquel conde insaciable. Nos llevamos la mano a la boca cuando Victor Hugo le arrancó brutalmente los dientes a Fantine. Y quisimos tirarnos a la vía para frenar aquel tren tolstoiano que descuartizó a la señora Karenina.

A las madres siempre les contábamos la misma mentira envuelta en esfuerzo.

—¿A dónde vais?

—A estudiar a la casa de un compañero.

—¿Y cómo vais?

—En el 19.

Salíamos con una bufanda como las del primer Holmes y con todos los deberes por hacer. No era un autobús escolar lo que cogíamos mi primo y yo. Brrrm. Brrrm. Era un siglo entero.

Por entonces, vivir era una novela con su planteamiento, nudo y desenlace. 

El XIX era el «planteamiento», aquella chimenea de la abuela adonde arrojábamos las revistas del Reader’s Digest, aquel chaquetón de esquimal con olor a naftalina, las fotos en sepia en las que salíamos disfrazados de D’Artagnan y todos esos antiguos cachivaches que cogíamos como manzanas. El XX era el «nudo», un pantalón que se nos quedaba pesquero como a un crío en la edad del estirón. En el XXI vendría tu «desenlace».

Me lo contaste paseando por el camino del pueblo que lleva a un puente romano. Lo de la nueva novia. Lo de la nueva enfermedad. Lo del nuevo tratamiento. Lo del miedo nuevo. Y hubo un estremecimiento de otoño viejo cuando hiciste la gracia.

—Si me muero… 

—Anda, tira. 

A mí me gustaría que este folletín lo escribiera el bueno de Clarín, que sabe del sacerdocio de la descripción. O el perverso de Wilde, que amasa atmósferas que ahogan y te mete en una mina donde se intuyen los desprendimientos. A mí me gustaría ser justo ahora con los adjetivos justos. 

No escribir «de todos los viajes que hicimos con la desportillada máquina del tiempo del desván». Dejar en pelotas tu sustantivo y tu primera persona del singular. Retratar a quemarropa tu sonrisa derrotada.

La enfermedad debió de durar un lustro. Cuando le dieron un año de vida, decidieron casarse. Cuando la enfermedad se extendió, decidieron tener a Clara. Creo que eligió la habitación de la niña y hasta le compró unos libritos.

Recuerdo aquella tarde en que yo le hice la postrera visita y, allí en casa, él era un moderno Scalextric de cables y morfina. Aquel último día no nos salió Austen, ni Stevenson, ni Melville, qué nos iba a salir. El primo leía una mierda de libro. O decía que lo leía. Porque nadie está media hora con una página de Los tres cerditos

—¿Qué coño miras?

—Esto.

La ecografía tridimensional del feto con el rostro de Clara cayó al suelo. Luego te tiraste tú, con quince kilos menos ya. Quedaba un mes para el parto. Me dijiste que solo pedías alcanzar a verla, a cogerla. Fue la única vez que te vimos llorar.

—Verla. Aunque sea un día.

A tu padre le habías dicho que se quedara con tus deportivas, porque allá donde viajabas no las ibas a necesitar. Metías libros en cajas como quien se muda. Los tres tomos de Marx en cuero rojo, claro, fueron para mí.

—¿Te acuerdas del XIX? —preguntaste. 

—Y del 19… —contesté.

Han pasado tantos años que ya ni sé dónde dejamos el marcapáginas. Allá donde estés, te cuento. 

Por el puente de Owl Creek quieren trazar una autovía y poner mamparas para que nadie se tire. El conde aquel ya no provoca pesadillas en los niños, que solo tienen miedo a quedarse sin móvil. Mejor que 20 000 leguas de viaje submarino, la gente prefiere Marina d’Or. Dostoyevski suena para central del Real Madrid, o uno que se llama parecido. No te rías. Llevé la desportillada máquina del tiempo a un Cash Converter y solo me dieron cincuenta euros.

«No dormí bien, aunque la cama era bastante confortable; tuve toda clase de sueños extraños. Un perro estuvo aullando toda la noche al pie de mi ventana», releo hoy a Stoker, que cuenta mejor que uno el desvelo aquel: el titilar de las estrellas (ya nadie escribe titilar); el ulular del viento (ya nadie escribe ulular). «Me dormí cuando ya amanecía, y me despertaron las repetidas llamadas a mi puerta». 

Toc. Toc. Toc. Toc.

Era el 16 de enero de 2006 y había muerto Luis a los treinta y siete años de edad.

Su hija Clara, decimonónica, nacería solo doce días después.

Ya ves, primo. Ni en La Regenta se escriben finales como el tuyo.


Un hombre que mató

el hombre que mató
Oficiales de las SS. (DP) liberti

No me olvido de que los soldados de la Tiger Force les cortaban las orejas a los vietnamitas y se hacían collares con ellas. Y así, entrando en la aldea con el colgante de apéndices, acometían la esforzada tarea de decapitar bebés.  

No oculto que los jemeres rojos violaron a diario a mujeres para producir «niños puros» en Camboya, y que pocos hombres como ellos en el arte de arrancar uñas, torturar niños y amontonar cráneos.  

No les negaré que los milicos de la Escuela de Mecánica de la Armada rozaron la cima del virtuosismo del mal en Argentina con el rectoscopio: un tubo que se introducía en el ano o en la vagina de las personas detenidas por la dictadura. Cuando al reo le metían una rata por aquel cilindro, el roedor buscaba la salida. Mordiendo los órganos internos.   

No. No pretendo ponerle sordina a lo que hicieron los otros, pero comprenderán que, si el libertinaje es el desenfreno en las obras, si el libertinaje nace de las violaciones morales, si el libertinaje es el caos, nosotros somos voz autorizada para hablar de ese cieno.

«Lo concibo todo en lo que se refiere al libertinaje…», escribió el marqués de Sade. «Quién sabe si incluso no estaré por encima de lo que puede captar la imaginación».

Lo concebí todo. 

Yo también. 

La enorme costra de pus tiene más que ver más con los recuerdos reales que con mi imaginación.

¿Quieren hablar en serio de la libertad? Hitler decía que «con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos». 

¿De veras quieren hablar de ello? 

¿Quieren?  

(…)

Con el orden por bandera, los nazis promovimos el mayor de los desórdenes. Con la ley por sacramento, los nazis trituramos todos los códigos. Con la Suprema Verdad, construimos la inmensa mentira. Hubo liberticidio en nuestro libertinaje. Quisimos amputar un brazo y gangrenamos el cuerpo entero.   

De ello saben mucho la historia y las bibliotecas. Como el hombre no puede borrar el pasado (ni tan siquiera un oficial de las SS), en mis sueños de locura ideé quemar todos los libros. Porque los abriese por donde los abriese, allí estaba yo. 

Estoy solo, sentado en un sofá frente a la chimenea del salón. Hace tiempo que nieva fuera. Dejo el escritorio y me dirijo a la librería. Con pulso indeciso repaso los lomos de las obras que esperan ser abiertas y así liberadas.

Soy yo el que salgo en el libro aquel, miren, ábranlo, en un retrato más que probable. «Era un hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha»1.

Yo soy el que elegí la solución final para aquel Häftling que se miraba a un espejo y no se veía. Desnudo de párrafos, ya, con las páginas de su libro en blanco. «Este cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy más que una pequeña parte de una gran masa de carne humana… de una masa encerrada tras la alambrada de espinas, agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya no tiene vida»2.

Yo soy el que estuve con mi bata blanca en este otro best seller, página no sé cuántos y siguientes. «La noticia ha llegado, como siempre, rodeada de un halo de detalles contradictorios y recelos: esta misma mañana ha habido una selección en la enfermería; el porcentaje ha sido del siete, del treinta, del cincuenta por ciento del total de los enfermos. En Birkenau, la chimenea del crematorio humea desde hace diez días. Hay que hacerle sitio a una enorme expedición que va a llegar del ghetto de Posen. Los jóvenes dicen a los jóvenes que serán elegidos todos los viejos. Los sanos dicen a los sanos que solo serán elegidos los enfermos. Serán excluidos los especialistas. Serán excluidos los judíos alemanes. Serán excluidos los números bajos. Serás elegido tú. Seré excluido yo»3. 

Soy yo el Herr Offizier al que se dirigió aquel judío tan arrogante. «El niño, que iba agarrado al cuello del hombre, me miraba con ojos grandes y azules. Podía tener unos dos años. “Sé lo que hacen ustedes aquí —me dijo el hombre sin perder la calma—. Es una abominación. Solo quería desearle que sobreviva a esta guerra, pero para despertarse, dentro de veinte años, todas las noches dando alaridos. Espero que sea incapaz de mirar a sus hijos sin ver a los nuestros, a los que ha asesinado”»4.

Yo soy el guardián de aquella escena final. «“¡Basura! —berreaba Turek, con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Arrástrate, judío!”. Le dio un golpe en la cabeza con el filo de la pala; al hombre se le partió el cráneo, que le roció a Turek las botas de sangre y de sesos; vi con toda claridad cómo un ojo salía despedido con el golpe y revoloteaba unos pasos más allá. Los hombres se reían»5.

Estoy solo, ya les dije. Vuelvo a sentarme en el sofá que hay frente a la chimenea del salón. Hace tiempo que nieva fuera. 

Odio todos estos copos. 

Odio todos estos libros.

Recuerdo la nieve de Ravensbrück. Físicamente, me refiero. El mayor campo de concentración de mujeres del Reich estaba enclavado a noventa kilómetros de Berlín y recibía a las presas con veinticinco grados bajo cero. Recuerdo la nieve, y también aquellos cuerpos tan pálidos que nos hicieron arder en el infierno.  

Me quemé en las carnes de alguna de aquellas fulanas que luego mandamos a Auschwitz o Bergen-Belsen. Desde marzo del 42 hasta el final de la guerra, más de doscientos coños y bocas trabajaron para que todo fluyera mejor, ustedes ya saben: así los presos producían más; así la tensión se aliviaba mejor; así el Reich combatía la homosexualidad. Mientras que en Ravensbrück unos cuantos probábamos el género antes de enviarlo a una decena de campos, en Berlín nuestras mujeres besaban en la frente a nuestros hijos, antes de rezar juntos la oración.  

—Hay que luchar contra el libertinaje —recuerdo que me dijo el Fürher la única que vez que hablé con él. Antes de escupir perdigones gritando algo de los invertidos. De las gitanas. De los Juden. De todo ese hedor.

Había que luchar contra el libertinaje. Y a nuestro modo lo hicimos.

Les practicamos abortos y experimentamos con inyecciones que les dejaban meses sin menstruación. Los bebés que acababan naciendo a pesar de todo eran automáticamente exterminados, ahogados en un cubo de agua, arrojados contra un muro o descoyuntados. 

¿Quieren que les hable más de la libertad? 

¿De verdad lo quieren?

(…)

A veces siento náuseas, no crean. 

Para un viejo nonagenario desdentado y con una Cruz de Hierro como la mía no es sencillo sentarse a escribir de esto. Ni tan siquiera en una Olympia alemana. Ni tan siquiera saltándome la prohibición del tabaco. Ni tan siquiera presuponiendo que ustedes creerán que exagero con la literatura.

Para un hombre recto no es fácil desempolvar aquello. 

Saber que estuve y lo que hice.

Mirar ahora a los nietos. 

A veces me viene la náusea, les decía. Y entonces toso durante varios minutos hasta que la flema sube sanguinolenta, poco a poco, desde el esófago hasta la boca. Como un pedazo de carne que fuera saliendo de las entrañas. Como algo que no hubiera terminado de tragar ni de sacar. 

A veces me viene la náusea; ya termino. 

No es por el tabaco. 

Es por esta pitillera de cuero. Siempre que me enciendo un cigarro lo recuerdo todo: está hecha con piel de judío.


Bibliografía y notas

Nunca Más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en Argentina.

Robert Sommer. El burdel del campo de concentración.

Monserrat Llor. «Supervivientes españolas en el infierno nazi». Diario El País. 

(1) y (2 ) Viktor E. Frankl. El hombre en busca de sentido.

(3) Primo Levi. Si esto es un hombre.

(4) y (5) Jonathan Littell. Las benévolas


Y a mí qué internet

y a mí qué internet
Foto: Randy Adams .(CC)

Este es un mensaje de esperanza. Tenga fe. Por lo pronto, piense con fuerza en esto: el mundo está poblado de seres como usted. Sintonice su aparato receptor exactamente en los 1373 kilociclos, en la banda de 720 metros. A cualquier hora del día o de la noche, en invierno o en verano, con lluvia o con sol, podrá escuchar las voces más diversas e inesperadas, pero también más llenas de melancólica serenidad: la de un capitán que refiere, desde hace más de catorce años, cómo se hundió su barco bajo la aciaga tormenta sin que él se decidiera a compartir su suerte; la de una mujer minuciosa que extravió a su único hijo en la poblada noche de un 15 de septiembre; la de un delator atormentado por el remordimiento; la de un exdictador centroamericano, la de un ventrílocuo. Todos contando interminablemente su historia, todos pidiendo compasión. internet

De Obras completas (y otros cuentos), Augusto Monterroso, 1959. 

Paso por alto que el nombre de su principal gurú suene a marca de cerveza alemana: Zuckerberg. Puedo soportar que en el metro ya sean más los que teclean compulsivos a dos pulgares que los que pasan las hojas de un Pulgarcito. Hago la vista gorda con que a la redacción del periódico lleguen cada vez más chavales pidiendo un smartphone que pidiendo calle. 

Pero no puedo quedarme de brazos cruzados cuando veo un jabalí de este tamaño y en semejante pose: enfurecido, dominante, invasivo, omnipresente, el macho alfa de internet metiéndose en tu casa hasta la cocina, plantándote las pezuñas en la colcha, comiéndose las margaritas de las macetas, dejándolo todo perdido. También el tiempo.  

Llegó, entró, se fue, revolvió las cosas. Queda la imagen de Mateo, nueve años, sentado en la alfombra con el juego del Gastón Cabezón, esperando a que su padre deje de alimentar el Tamagotchi y se tire al suelo. 

—Papá, yo de mayor no voy a tener móvil. 

—¿Y eso?

—Para estar más con mis hijos.

Antes nos llegaban las cartas contadas y con cuidada ortografía; hoy nos llegan innumerables y con aire de psicofonía: «ktal sts. a2». Antes te preguntaban con interrogaciones al principio y al final, ¿recuerdan?; hoy lo hacen a la inglesa: del jaguarllú al «cómo estás?». Antes se decía «No pasarán» (con tilde y separado); hoy se dice #nopasaran, con mucho menos acento. Qué quieren que les diga, la gente normal de toda la vida estamos hashtag los huevos.

Basta mirarlo por internet: la tortilla española ya no es lo que era. Por los huevos, por la patata y también porque encuentras recetas en la nube que nada tienen que ver con el plato original. En el periodismo, en la vida y en las relaciones interpersonales, estamos sacrificando la cocina lenta por la rápida. Aunque nadie recuerde dónde le sirvieron antes el guiso, sino dónde estaba más rico. 

Kierkegaard afirmaba que la mayoría de los seres humanos buscan el placer con tal apresuramiento que pasa de largo por su lado. La inmediatez está sobrevalorada, pero gobierna el mundo. Así acontece. El español, que cada vez llama menos a la madre que lo parió, consulta treinta y cuatro veces al día el móvil de media. La mitad de nuestra ciudadanía es adicta al móvil. El 40 % de los jóvenes confiesa que no puede vivir sin que sus amigos le manden mensajes: da igual lo que le pongan, ya ve, como si le llaman diputado. Crece la nomofobia, el miedo irracional a salir de casa sin tu celular conectado a internet. El riesgo de atropellamiento aumenta un 40 % si andas por la calle tecleando en el móvil, dice un estudio universitario. Cada vez es mayor el insomnio tecnológico, provocado por la luminiscencia de las pantallas de las tabletas, los portátiles y demás luciérnagas del demonio. 

Celebramos el progreso. Avanzamos, sí. 

Pero hacia dónde. 

Uno no comparte aquella mítica frase que, arrebatado por la premura del cierre, soltó un redactor jefe de Zamora que le ponía los cuernos a su señora con la linotipia: «Tengo unas ganas de que se pase la moda esta de internet». Uno no expone tanto, digo, pero sí que comprende el hartazgo de lo digital y las ganas de sentir la humedad de la tierra con las manos. La disyuntiva shakespeariana removida: del «To be or not to be» al «Wifi or not Wifi». 

Sucede cada día. Ahí van las criaturas. Las casi dos mil ochocientos millones de personas que tienen acceso a la red avanzan como termitas: suben trescientos millones de fotos a Facebook, ven ciento treinta millones de horas de YouTube, envían en torno a unos quinientos millones de mensajes a través del sacrosanto Twitter y pinchan unos dos mil setencientos millones de «Me gusta» en las redes sociales.

Sucede cada día, les comentaba. Pero a mí todo esto solo me habla de la soledad. De lo que cuenta Monterroso en la introducción de este texto: todos contando interminablemente su historia, todos pidiendo compasión.

Antes para ver a tu gente tenías que salir y hoy es mejor tener un cargador a mano. Se lo escribí a un amigo al que le recriminé su autismo 3.0 y nunca me contestó: Querido Hache, cuantas más redes sociales, menos quedamos a pescar. Cuanta mejor conexión a internet, más desconectado estás. Cuanto más navegas, menos te mojas. Cuanto más postureo virtual, menos abrazos reales. Cuanto más te asomas a la pantalla, menos nos vemos. Cuantos más mensajes mandas, menos dices. Cuantas más veces haces clic, menos veces haces muá… 

Mejor que uno, lo dijo Andrés Rábago con su proverbial clarividencia, en una viñeta en la que aparecía un televisor con una pegatina detrás: «Atención: para ver la realidad rompa la pantalla».

Escribo estas líneas consultando esto y aquello en Google y no en el Larousse (es cierto), copiándome a ratos a mí mismo (tecla de CTRL más la c; tecla de CTRL más la v); enviaré el artículo a Jot Down desde mi cuenta de correo electrónico y no por paloma mensajera (me han pillado); me pide por WhatsApp la editora que entregue en el día acordado y yo le contesto con mi emoticono favorito: la cara de un jabalí. 

Feuerbach —tragón comedido— sostenía que somos lo que comemos. Los budistas decían que somos lo que pensamos. Borges decía que somos lo que leemos. Y mi compañero A., periodista que jamás ha escrito un reportaje potable pero sí miles de microsandeces, dice que somos lo que tuiteamos. Con un par.

Así que cuatro mil quinientos millones de habitantes del planeta no son absolutamente nada, excluidos como están del parnaso de la comunicación, sin acceso a internet porque la fibra no les llega. O porque si les llega la utilizan para otra cosa. Como hacen los que prefieren convertir los cables de cobre en pan antes que en telefonía. 

Es oír hablar de una brecha digital y uno se imagina a un niño del tercer mundo descalabrado y sin router. Qué raro es esto. Es oír hablar de internet y uno se imagina el arroyo de mi pueblo. Rápido, sí, pero sin profundidad.

La banalización del discurso es lo que tiene. Que incrustas la expresión «sexo oral» en el titular de un periódico digital y te hinchas a recibir visitas. Que pones toda la rijosa carne en el asador de la información y te aseguras el tránsito. Nada de Paracelso. Ni de Whitman. Ni falta que hace. En 2013, los términos más rastreados en el buscador de buscadores fueron «Gran Hermano», «Gandía Shore» y «Eurovisión». 

En el reino del todo es gratis puntocom muere la cultura, se vampirizan los contenidos, el cine agoniza y se desangran hasta las marcas mejor posicionadas. Twitter cerró 2013 con seiscientos cuarenta y cinco millones de dólares de pérdidas, una cantidad ocho veces superior a la registrada en 2012. Acostumbrados a no hacerlo, quién va a pagar ahora por este Frankenstein.

Como sucede en todas las rutas comerciales, como pasa en las encrucijadas de caminos, hay vendedores de brebajes que te dicen que podrás cambiar el mundo con un clic (como si se pudiera), embaucadores con boa que te prometen que podrás ver a tu suegra sin necesidad de coger el coche hasta Arganda (como si quisiéramos verla), colonos con parcela que presumen de vistas al mar detrás de un cuarzo líquido (como si no prefiriésemos un balcón). 

Hablamos de los continentes pero no de los contenidos. Las redes sociales son el sustitutivo del viejo periodismo y hoy vale más un charlatán con tableta que un sabio con papiro. 

Si el cocinero Bernard Loiseau se pegó un tiro en la cabeza porque una guía gastronómica le rebajó la calificación de su restaurante, algún día veremos a un compañero descerrajarse un disparo en la sien, frente a la pantalla, enfermo de ego, después de comprobar que se queda sin followers en esta nouvelle cuisine de los ciento cuarenta caracteres.   

Que nada es lo que parece lo hemos visto en Ucrania.  

Se llamaba Olesya Zhukovskaya, estuvo en los días más duros de la revuelta de Kiev y su nombre corrió como la pólvora por el mundo entero. 

«Me muero», nos dio su exclusiva la chica de veintiún años a través de su cuenta de Twitter, nada más ser alcanzada por un francotirador. Olesya, a la que en el trance supremo de soltar amarras se le emperejila mandar un tuit. 

«Me muero», en un epitafio de tan solo siete caracteres, desangrándose mientras enviaba el mensaje. Y los nuevos medios, ávidos de darle al botón de actualizar del F5, se apresuraron a contarnos la vida y milagros de  la joven estudiante de Medicina. 

«Me muero», escribió una sola vez, y allí estaba la cara de la revuelta en las redes sociales, la heroína de la plaza de la independencia, el foco del mundo entero sobre la insurgente, la herramienta libérrima de las redes sociales.

«Estoy viva», nos dijo unos días después.

«Estoy viva», y nos chafó el icono.

Vivita y tuiteando, como pidiendo perdón por no haberse muerto. 


Aquella cinta del demonio

El exorcista, 1973. Imagen: Warner Bros.

En el aire helado, tenues vahos de vapor se elevaban de la materia vomitada, cual maloliente ofrenda. Karras se sentía inquieto. Luego se le empezó a erizar el vello de los brazos al ver que poco a poco, con una lentitud de pesadilla, la cabeza de Regan giraba como la de un maniquí, crujiendo igual que un mecanismo oxidado, hasta que los fantasmales ojos en blanco se quedaron fijos en los suyos.

El exorcista. William P. Blatty.

Ellos habían quedado en jugar a la güija debajo del puente y yo me inventaba que no iba a salir porque me dolía la tripa.

Ellos me contaban que el vaso había estallado cuando la sesión se puso interesante y yo me tomaba la leche.

Ellos contaban la historia de las tijeras de Verónica y yo mordía muy fuerte la capucha del Bic. 

No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.

Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre. 

(…)

Por entonces mi hermano y yo dormíamos en la misma habitación de General Ricardos, un habitáculo decorado con pósteres del Atlético de Madrid, Samantha Fox y Rosendo. Cuando en la televisión del salón salían los dos rombos, cuando llegaba la hora de la carta de ajuste, cuando mis padres nos mandaban a la cama, escuchábamos la radio o nos contábamos historias antes de dormir. Y en un afán adolescente de atraparlo todo, nos daba por grabar nuestros programas favoritos de la radio. 

En la Cadena del Water —aquella emisora alternativa de los ochenta donde nada estaba prohibido—, el programa de aquella noche iba sobre posesiones diabólicas. A mi hermano y a mí se nos ocurrió el siguiente plan: grabarlo todo entero, seleccionar luego las partes más terroríficas con una doble pletina, acojonar a nuestra hermana el sábado. A toda pastilla. 

Así que le dimos al rec

Y ya nunca más cerramos los ojos.     

Grabamos el debate demonológico y oscuro. Grabamos los testimonios de familiares anónimos que explicaban sus exorcismos. Grabamos diálogos de películas de posesiones infernales, los ojos como platos. Grabamos las bromas que hacían los comentaristas al respecto y cuando se ponían extrañamente serios. Grabamos y grabamos: recuerdo aquella noche entre sudores. Hasta que el locutor advirtió de que el «Ave Satani» de Jerry Goldsmith —el tema central de la película La profecía que acabábamos de escuchar— era utilizado en rituales satánicos para invocar al mismísimo demonio.   

Era ya de madrugaba cuando mi hermano rebobinó y puso la canción bien alta en un alarde de inconsciencia: «La hermanita se va a cagar». 

No recuerdo por qué al rato nos asustamos. Ni quién de los dos encendió la luz. Sí recuerdo que entonces quisimos borrar la cinta. Como si fuéramos dos Tedax y la casa entera fuese a explotar si no nos dábamos prisa en acertar con el cable rojo. Movimos el dial nerviosamente y grabamos encima cualquier cosa. Por las dos caras. Concienzudamente. Juro que fue concienzudamente. Al día siguiente, después de volver bostezando del instituto, sacamos la cinta y la pusimos para comprobar que estábamos libres de todo mal.    

Así que le dimos al play

Y ya nunca más cerramos los ojos.

Por la cara A, el grandioso «Ave Satani» de Goldsmith seguía allí, incólume, retador, con extrañas risas y sonidos de pies corriendo de fondo. Por la cara B, un «fleglssh upso ripor flulofil sewgd kdukefalf» viscoso y gutural. Como cuando algo amenazante hace gárgaras. 

Una cara se oía de forma cristalina. La otra era una Thermomix de sonidos infrahumanos.

Lo contamos. Al cabo de los días lo contamos. En un círculo reducido. Con detalle. Los amigos que más sabían de cintas TDK nos dijeron que eso era imposible. 

Mi hermano me ordenó que la destruyera. 

(…)

El exorcista no es de Georgetown como el de la película, ni tiene una espesa melena negra, ni tan siquiera lleva un sombrero de ala ancha y un maletín. El exorcista vive en Alcalá de Henares. Y es calvo. Y solo se llama José Antonio y no Damien Karras. 

Pero recuerda imágenes que nadie debería haber visto jamás. La de una joven posesa que se hacía «cortes profundos en la cara con una cuchilla». Chicas normales que dejaron de serlo «después de una sesión de espiritismo». Adolescentes sin estudios poseídos por el demonio «hablando de alta teología sin cometer el más mínimo error».

—¿Qué cosas ha visto?

—Gritos increíbles para cualquier garganta humana. Agitaciones sobre un colchón que no sería capaz de hacer un contorsionista. Lo peor son las posesiones de niños, cómo es posible tanta maldad con once años. Cómo te insulta, la forma de mirarte, cómo trata de agredirte… Entre su hermano y su padre no eran capaces de inmovilizarlo. 

En la puerta, por dentro de la casa, hay un enorme cerrojo de varios centímetros de grosor (desmesurado, rotundo) que no concuerda con un piso moderno. Sobre la madera se adivinan unas marcas. Pasamos los dedos por encima. 

—¿Ha recibido amenazas?

—Sí, pero de eso no quiero hablar.

—¿Cuál fue su caso más complicado?

—El de una chica cuyo exorcismo duró ocho años. Una sesión por semana. Al final éramos tres sacerdotes. Nadie sospechaba nada, pero por la noche, en casa, se manifestaba el demonio en ella: entraba en trance, hablaba con otra voz, a veces en otro idioma… La madre me llegó a decir que la vio levitar en un butacón. 

—¿En qué consiste un exorcismo?

—En rezar y rezar.

—¿Qué síntomas tienen las víctimas?

—No es exactamente como en el cine. En la famosa película sí está logrado el ritual. Y también el ambiente: cuando atiendes en una iglesia cerrada de noche, y recibes a una familia que pide ayuda, con poca luz, en un ambiente denso, con la sensación de que algo va a pasar… El largometraje reúne todo lo que puede suceder en cientos de exorcismos en uno solo. Lo normal es que se pongan muy agresivos, griten, hablen lenguas extrañas, tiemblen, te insulten, veas furia, odio, se rían de ti… Si el demonio está dentro de esa persona y tú quieres hacer una triquiñuela dialéctica, puedes estar bien seguro de que no tienes nada que hacer. Él estaba aquí miles de años antes que nosotros.  

—¿Ha practicado muchos exorcismos?

—No lo sé. Porque nunca quise contarlos.

—¿Se le ha manifestado personalmente el demonio alguna vez?

—Sí. Pero no es nada espectacular. Una noche, cuando me metí en la cama y ya estaba a oscuras, se encendió la luz. Oí perfectamente el interruptor que estaba cerca de mí. Nadie lo había tocado. Pero se oyó el clic claramente. Tenía las manos sobre el pecho…

—¿Y qué hizo?

—Volví a apagar la luz. Y recé. 

Al final le conté lo de la cinta TDK.

—¿La tienes aquí?

—No —mentí.

—Si la tuvieras te podría decir si aquello fue cosa del demonio. 

—Es que no la tengo aquí.

(…)

Uno vive obsesionado y alerta. Si leyeran el Nuevo Testamento como yo, verían que aparece treinta y cinco veces la palabra diablo. Si prestaran atención a sus páginas, contarían veintiuna veces la palabra demonio. Si repasaran cada noche el Antiguo Testamento, comprobarían que es cierto que en dieciocho ocasiones citan a Satán. 

Yo no me quiero creer que el primer día de rodaje de El exorcista fallecieran tres personas: el abuelo de Linda Blair (la cría protagonista), el hermano de Max von Sydow (que hacía de padre Merrin) y el hijo del regidor, que tenía un solo día de vida. 

Yo no me creo que las tres muertes fuesen a la misma hora.

Yo no me quiero creer lo que dice Google de la actriz Mary Ure, eso de que interpretase el papel de la niña poseída en la adaptación teatral del filme y muriese el mismo año del estreno. Con una sobredosis de alcohol y barbitúricos.

Yo no me creo que el estudio de la Warner se incendiara tres veces durante el rodaje ni que llamaran a un sacerdote para que bendijera las instalaciones.

Yo no quiero creerme lo que dicen las enciclopedias del cine. Eso de que  Heather O’Rourke, el ángel rubio que hacía de niña en Poltergeist, muriese a los doce años de un paro cardíaco.

Yo solo me creo lo que escuché. La puta cinta. 

No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.

Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre. 

(…)

Estoy escuchando la cinta TDK porque me lo piden en Jot Down y yo soy muy cumplido. Hacía veinticinco años que no lo hacía. Ana piensa que la grabación acabó en la basura, pero no. Por la cara A, el grandioso «Ave Satani» de Goldsmith con el que le íbamos a gastar una broma a mi hermana. Por la cara B, un «fleglssh upso ripor flulofil sewgd kdukefalf» siseante y osbceno. Como cuando el niño de El resplandor repite la palabra murder  una y mil veces al revés.

Red rum, red rum, red rum, red rum…

—¿Y entonces, padre?

—No se te olvide algo: la mayor parte del mal procede del ser humano.

Escribo esto sentado frente a la mesa del salón, de espaldas a la puerta acristalada del pasillo que lleva al fondo de la casa. Mirando de vez en cuando hacia atrás: ya es la tercera o cuarta vez que algo se mueve al otro lado del cristal esmerilado. Como unos pasitos cortos y rápidos de animal con muchas patas.

Hojeo el clásico de Blatty, edición de bolsillo de Planeta, y caigo en la página 104:

Chris levantó la vista y se quedó petrificada. Deslizándose como una araña, rápidamente, detrás de Sharon y cerca de ella, con el cuerpo doblado en arco para atrás y la cabeza casi tocándose los pies, estaba Regan, que sacaba la lengua de la boca, y la volvía a meter en ella, mientras silbaba igual que una víbora.

—¡Sharon! —dijo Chris atontada, mirando aún a Regan.

Sharon se detuvo. Regan también. Sharon se volvió y no vio nada. Y luego gritó al sentir la lengua de Regan lamiéndole los tobillos.

Escribo esto sentado frente a la mesa del salón, decía, y mi bebé de seis meses gime y gime y gime, con insistencia de insecto. Debe de ser el pañal. O los malditos cólicos. O que tiene hambre. 

O que por fin, como me advirtieron los amigos, me reclama.

Le doy a Control+S para guardar y me levanto. Cuando pongo la mano en el pomo de la puerta que da a su cuarto se hace el silencio. Debajo de las sábanas, el bebé duerme. 

De repente abre mucho los ojos. Clic. Como cuando se enciende un interruptor. Clic.

Y sonríe. 

Dios, cómo sonríe. 

Con una dentadura de adulto, blanquísima y absolutamente perfecta sonríe.