Messi: ni siquiera voy a tratar de explicarlo

Lionel Messi
Lionel Messi. Foto: Cordon Press.

«Un recuerdo colectivo es difícil de adivinar, al menos desde una mirada individual», responde Ramón Besa, uno de los periodistas que mejor han relatado las hazañas de nuestro protagonista a lo largo de su carrera. «Pero yo diría que el universo Messi fue descubierto por el gran público en el [Joan] Gamper del año 2005 que disputaron el Barça y la Juventus». La pregunta, sencilla y previsible, trata de situar el comienzo del extraño romance entre este futbolista único y una afición muy particular, la del Fútbol Club Barcelona, brutalmente especializada en matar a sus ídolos: ocurrió, al parecer, un 24 de agosto. 

«Nunca había visto a un jugador con tanta calidad a su edad», declaraba Fabio Capello al terminar el partido. Antes de eso, durante el descanso, el propio entrenador trasalpino se había acercado a Frank Rijkaard para hacerle una curiosa petición: «Préstame a ese diablo». Así lo contaba Lu Martín en su crónica para el diario El País al día siguiente. Y así lo recuerda hoy su jefe de entonces en la redacción de Barcelona. «El mundo del fútbol al completo tomó conciencia de la grandeza de Leo Messi después de aquello, muy especialmente los aficionados del Barça. A veces se necesita de una mirada externa para reconocer al mejor de los tuyos, y las declaraciones de Capello supusieron el pistoletazo de salida para la construcción del relato», explica Besa. Dicho y hecho: no existe hoy un solo hincha del Barça que reconozca haberse perdido aquel partido y solo unos pocos rehúsan la tentación de asegurar que aquella noche de agosto, al descubrir algo parecido al terror en el rostro angelical de Fabio Cannavaro, se atrevieron a pronosticar el inmediato advenimiento de su reinado. 

Una semana antes, Leo Messi había hecho su debut con la selección argentina en un amistoso contra Hungría que se disputó en Budapest. «Toda Argentina estaba ansiosa por ver al nuevo Maradona. O al último Maradona, más bien», recuerda la periodista Verónica Brunati, una de las encargadas de contar el día a día de la albiceleste en aquella época. «Esa etiqueta ya se la habían colgado antes a Ariel Ortega, a Pablito Aimar, a Carlos Tévez… Como en su día le sucedió a Brasil con Pelé, el país entero vivía a la expectativa de que apareciese el heredero definitivo, y de Messi, al que muy poca gente había visto jugar, contaban los especialistas en fútbol internacional que reunía todas las condiciones». 

José Pékerman, apremiado por las aspiraciones de la Real Federación Española de Fútbol, convocaba prematuramente al joven talento para espantar el fantasma de la nacionalización y, a los dieciocho minutos de la segunda parte, lo introducía en el campo sustituyendo a Lisandro López, flamante fichaje estival del Oporto. Apenas 43 segundos después, Leo Messi era expulsado por un manotazo sobre un defensa magiar que el árbitro interpretó como agresión. «Pensaba que no volvería nunca más a la selección», rememoraba el propio Messi de su debut en una entrevista concedida al canal TyC Sports pasado un tiempo. «Tenía dieciocho años y se te cruzan un montón de cosas en la cabeza». Quince años después, Messi se parece tanto a Maradona que la nostalgia apenas acierta a defenderse de su acoso abusando de la gran diferencia entre ambos: uno hizo campeón del mundo a Argentina y el otro, al menos de momento, se ha quedado a un solo paso.

«Es cruel la nostalgia», explica Diego Latorre, otro de los talentos que en algún momento sintió sobre sus hombros el peso de las camisetas heredadas de Maradona. «El país lleva grabado en carne viva el recuerdo de Diego en el mundial de México y no es fácil conjugar el presente con todo aquello». Algunas circunstancias heredadas y el contexto actual de las nuevas tecnologías tampoco parecen ayudar a la justa valoración de un futbolista que, como decía Jorge Valdano, es Maradona todos los días. «El país lleva treinta años siendo bombardeado con el mensaje perverso de ganadores y perdedores: no se disfruta del proceso, no hay espacio para el análisis más allá de los resultados, y eso impide ver la dimensión real de Leo Messi en la selección argentina. Además, con la llegada de las redes sociales, la gente es capaz de decir, en un momento dado, cosas que en realidad no piensa, lo que termina distorsionando la percepción global sobre el verdadero sentir del pueblo argentino hacia Messi», asegura el Gambeta. 

¿Existe, por tanto, un debate real en Argentina sobre la figura de Messi? ¿Produce el capitán de la selección tanto rechazo —y a tanta gente— como a menudo se airea en la prensa deportiva española? Vero Brunati se muestra tajante al respecto: «No hay desafección del aficionado argentino hacia Messi, como suelen creer allá en Europa. Lo que sí hay es un sector de la prensa, con la cual Messi nunca ha hablado y rehúye cualquier contacto, que siempre ha utilizado a Leo para polarizar el debate», asegura. «Este es, de por sí, un país muy polarizado en el que todo se discute, todo se debate. Por ahí existe una grieta que atraviesa todos los grandes temas identitarios de la Argentina: peronismo vs. liberales, Boca vs. River, Maradona vs. Messi… De todo hacemos una polémica, pero no creo que haya desafección hacia Leo. Lo que sí tenemos son periodistas, insisto, que han cimentado toda su popularidad criticando a Messi, el más conocido podría ser Martín Liberman, pero ni por asomo representan a la mayoría del pueblo argentino y, por supuesto, no deberían ser acreedores de la importancia que a veces se les concede desde la prensa española en busca del clickbait».

En una dirección similar apunta Latorre, convencido de que el sentimiento mayoritario de la hinchada argentina hacia Messi es de absoluta admiración, amarrada a su talento como única posibilidad real de que la albiceleste pueda reverdecer viejos laureles. «Acá casi nadie duda de la calidad suprema de Messi. Se le puede hacer la comparación futbolística con Diego reconociendo que no tiene su intuición, seguramente porque se ha criado en un fútbol excesivamente contaminado por lo táctico. Messi fue educado en un hábitat que nunca lo obligó a revelarse y por ahí puede venir algo de bronca, tampoco demasiada», concede cuando se le pregunta por los reproches que se le podrían hacer al rosarino desde el plano puramente futbolístico. Arturo Lezcano, uno de los periodistas españoles que mejor conoce el país de Gardel y «el Pity» Álvarez, apunta directamente a la idiosincrasia del hincha argentino: «Creo que, lo que realmente penaliza a Messi es no haber jugado como profesional en Argentina. Sin llegar al debate de siempre con Maradona, que tiene muchos más matices, el asunto es que a Messi nadie lo vio en la cancha. Y eso le juega en contra delante del hincha argentino acostumbrado al tablón, a la liturgia de pasar un domingo entero en el club, ver al reserva, conocer a los chicos de inferiores… Y luego, verlos llegar al primer equipo y besarse el escudo —desarrolla Lezcano—. Si no hay referencias nadie puede decir lo que dice medio país sobre Maradona: que lo vio debutar aquel día en La Paternal contra Talleres… Aunque solo hubiese un puñado de miles en la grada. En Argentina, más que en ningún otro sitio, el relato manda por encima de la realidad». 

Trasladando la pregunta al otro lado del charco, y revistiendo de azulgrana las dudas que pueda despertar el diez del Barça, Jordi Puntí ni siquiera ofrece un resquicio para la esperanza de sus detractores. «Mi respuesta tiene que ser que no. No soy capaz de reprocharle nada», concluye el autor de Animals tristos, Maletes perdudes y, más recientemente, Tot Messi, un libro capital para dimensionar y comprender la figura del futbolista argentino. «Si me pongo tiquismiquis, quizá me iría hasta la temporada del Tata Martino para acusarle de una cierta desidia, pero incluso en ese momento era el mejor del equipo y casi me atrevo a decir que se contagió de la falta de ideas del conjunto». De boca del técnico argentino sale, precisamente, una de las frases más utilizadas en los últimos tiempos por los detractores de Messi en España. La reveló recientemente Andoni Zubizarreta en una charla con Vicente del Bosque organizada por el diario El País. «Ya sé que si usted llama al presidente me echa —entrecomillaba el otrora director deportivo del equipo azulgrana—, pero, coño, tampoco hace falta que me lo demuestre todos los días». Llegados a este punto, me veo en la obligación de recordar otra de las grandes sentencias de Gerardo Martino para dotar de contexto el supuesto malestar de Messi y, por qué no, demostrar el desbarajuste con el que se vio obligado a convivir durante aquella temporada. «Y por ahí, igual el problema está en que Messi toca demasiado balón», dijo sin inmutarse en rueda de prensa mientras el resto del mundo sentía cómo se tambaleaban los cimientos de la historia del fútbol. 

Alejado de la pasión y la ceguera selectiva que a menudo conlleva la defensa a ultranza de ciertos colores, el debate sobre Messi se diluye como una pastilla de sacarina repartida en siete tazas de caldo. Enrique Ballester, aficionado irredento del Castellón y columnista de El Periódico de Catalunya, tiene muy pocas dudas al respecto. «Messi ha sido en muchos momentos un consuelo comodín, una explicación sana a las derrotas ajenas que provocaba. Si te ganaba Messi, bueno, había justificación. Era Messi», sostiene el autor de Barraca y tangana, Infrafútbol y Otro libro de fútbol, todos ellos publicados por la editorial Libros del K.O. «Es difícil tener una visión completa de Messi si no ha jugado para tu equipo o no ha jugado contra tu equipo. Quizá un brasileño que sea del Barcelona o un argentino madridista nos podrían decir mejor». Lucía Taboada, autora de Como siempre, lo de siempre, otra hooligan ilustrada de la editorial del K.O. y fiel seguidora del Celta, ni siquiera se permite el lujo de fantasear con la posibilidad de tener a Messi en su propio equipo: «Sería como hacerlo con Brad Pitt. Hay cosas con las que no es recomendable fantasear. Un aficionado de un equipo pequeño, o mediano, no puede permitirse el lujo de fantasear con Messi, normalmente nos conformamos con algún fichaje que sepa tirar a puerta. Si acaso, alguna vez fantaseo sobre cómo hubiese sido ser de un equipo que tuviera a Messi en su plantilla, cómo habría sido sentir que en tus filas está el mejor jugador del mundo… Esa garantía, esa certeza». Lo cierto es que tampoco resulta tan perfecto como Lucía pueda imaginar: tarde o temprano, como todo lo bueno, Messi también se acaba. 

¿Qué será de Argentina y del Barça, cuando llegue ese momento? Los últimos acontecimientos apuntan a un hecho con el que muy pocos contaban: que Messi pueda decir adiós a Barcelona antes de colgar las botas como internacional argentino. «Será un momento complicado que servirá —si es que las desgracias sirven de algo— para que los pocos que todavía no lo valoran se den cuenta de la suerte que ha tenido la Argentina al contar durante tantos años con el mejor futbolista de la historia: dudo mucho que volvamos a ver otro como él, ni acá ni en ningún otro lado». En Barcelona, a su vez, el panorama no se presenta mucho más halagüeño pese a contar con el subterfugio del dinero y las leyes del mercado como posibles pasaportes a una nueva felicidad, a una nueva normalidad. Ramón Besa, por ejemplo, asegura que lleva muchos años dándole vueltas a ese asunto «y, mira por dónde, ha sido Messi el que nos ha dicho que no nos preocupemos por su despedida, que ya se va él antes». 

Su idea del Barça post Messi pasa por un equipo en construcción, que regrese a la cantera y ponga la idea del colectivo por encima cualquier estrella. «El Barça acostumbraba a fichar al mejor jugador del mundo y alrededor trataba de construir un equipo: eso no le funcionó. Luego hizo un equipo y en el proceso se topó con el mejor jugador de su historia. Ahora deberá elegir, en un contexto complicado, cómo quiere ser de singular en la globalidad». A Jordi Puntí, el fútbol post Messi le provoca una cierta morriña preventiva: «Habrá un antes y un después, eso está claro. Pasarán los años y se recordarán sus jugadas, la huella que habrá dejado a la hora de regatear, de chutar faltas, de todo… Veremos un regate, una jugada, y diremos: “mira, como Messi”. Lo echaremos de menos. Será un fútbol más triste, al menos durante un tiempo». Yo, si se me permite la intromisión, querría pensar que el fútbol seguirá siendo nuestro pasaporte más directo hacia la infancia, un juego en el que la pena no resiste durante demasiado tiempo nuestra mirada de niño. «De todas maneras, el amor es libre y los niños son muy raros —remacha Enrique Ballester con conocimiento de causa—. Mi hijo tiene cuatro años y su jugador favorito es Cucurella. Ni siquiera voy a tratar de explicarlo». 


«¡Ayudadme, joder!»

yosi alterna2 ayudadme joder
Yosi, en un concierto de Los Suaves de 2009. Foto: Alterna2 (CC). Ayudadme, joder

Si escribir canciones es verter lágrimas, podemos decir que nadie, absolutamente nadie, ha llorado tanto como Yosi. Nadie ha sabido transformar tanto dolor en tinta como el viejo druida de Ourense. (Kutxi Romero)

Cada año, durante el mes de junio, se celebra en Santa Baia de Losón la romería de O Corpiño, una de las más populares, subvencionadas y concurridas de toda Galicia, incluidas las quintas provincias. La parroquia, localizada en el Concello de Lalín y con una población censada inferior a los cuatrocientos habitantes, recibe esos días a los miles de visitantes que se acercan al pequeño santuario neoclásico con la sana intención de espantarse el meigallo, un hechizo de amplio espectro y origen indefinido que suele afectar, en algún momento de sus vidas, a casi todos los descendientes —directos e indirectos— del rey Breogán. Allí, en el corazón geográfico del país y a las faldas del monte Carrio, se dan cita los más fieles devotos de esta imagen milagreira y especializada que acostumbra a repartir protección y suvenires entre enfermos de todo tipo, adictos al milagro preventivo, amigos del infortunio, mercaderes gastronómicos, malos estudiantes, algunos políticos locales y, desde hace un par de años, una legendaria y casi apagada estrella del rock: Yosi Domínguez.

Antes de aquella primera visita a O Corpiño, en el verano de 2018, el líder y vocalista de Los Suaves había renunciado casi definitivamente a todo cuanto un día fue, incluida su propia voz. Llevaba dos años sin tocar una guitarra, sin entonar ni una triste melodía y recluido en su casa de Ourense, tan magullado por las secuelas de una desafortunada caída que apenas lograba avanzar en el proyecto más ambicioso de su nueva vida: la reconstrucción de un viejo hórreo que languidecía dentro de su propiedad, una metáfora tan perfecta que solo se le habría podido ocurrir a él mismo. Rodeado de libros, árboles y piedras, el druida limitó cualquier contacto humano al amor de su pareja, la periodista argentina Luna Lunardelli, y a las visitas de un grupo muy selecto de amigos entre los que se encuentra el escritor —y fiel escudero en su peregrinación al santuario de Losón— Rodrigo Cota. «En el último instante, amigo Rodrigo, comprenderás que lo único que te llevas de aquí son cien libros, cien poemas y cien canciones. Todo lo demás sobra», le confesó durante uno de esos paseos por la intimidad de su finca, apenas un mes antes de que la Virgen obrara el milagro. 

En 2016, durante el último concierto de la banda hasta el momento, Yosi Domínguez se precipitó al vacío por una trampilla mal señalizada: otra vez la metáfora perfecta. Llevaba tantos años caído que su percance fue recibido con cierto escepticismo generalizado, como si todo formara parte de una performance. A Yosi lo ha matado tantas veces la rumorología —sobredosis, suicidio, caída desde una azotea, cáncer— que nadie parecía dispuesto a dar mayor importancia al incidente de Santander hasta que el parte médico encendió todas las alarmas. El ídolo se había fracturado una pierna y un hombro, pero el verdadero peligro residía en un fuerte traumatismo craneoencefálico que lo sumió en el coma. «Era el final del concierto. Me encendí un cigarro, tomé un trago y dije: “Adiós, espero vernos pronto, gracias por…”. Y, de repente, la negrura», explicaba el artista varios meses después en una entrevista concedida a la revista La Heavy. «Solo recuerdo que vinieron las ambulancias y perdí el sentido durante meses». Los médicos que lo atendieron llegaron a temer por su vida, pero ninguno de los componentes de la banda, presentes y pasados, se molestó en visitarlo. «En estos dos años, en todo el tiempo que he pasado de convalecencia desde el accidente, no he vuelto a verlos», asegura en otro momento de la entrevista. Uno de ellos, el también eterno bajista de Los Suaves, es su hermano Charly.

De pequeño, Yosi vio a la Santa Compaña. Jugaba con uno de sus hermanos en un bosque de Ourense cuando, de repente, se toparon con la procesión de las ánimas. Según le relató a su amigo Cota en alguna ocasión, se quedaron petrificados durante un instante y luego echaron a correr. Pero sucede, claro, que los recuerdos siempre son más rápidos que las piernas, y el de aquel encuentro lo perseguiría toda su vida, de ahí que la muerte sea uno de los temas más recurrentes en sus canciones. Al fatalismo congénito en cualquier hijo del río Miño que se precie, incorporaba Yosi una experiencia traumática que los años y los excesos terminaron por convertir en una de sus señas de identidad: siempre al límite, siempre con un pie en Ourense y otro en el más allá, lo que a menudo resulta ser el mismo sitio. Juan Tallón se lo encontró durante uno de esos descensos al infierno en la cola de un supermercado de la ciudad. Estaba sucio, en zapatillas de casa, perdido… Se quedó mirándolo un momento hasta que el artista se giró y le preguntó si podía pagar la barra de pan que llevaba en la mano. Era el Yosi que se presentaba tarde a los conciertos, que deambulaba por el escenario como si todo le importase una mierda, el que apenas tenía voz para solicitar la colaboración del público en los estribillos con su clásico y desesperado «¡Ayudadme, joder!».

En Galicia, donde los entierros son cultura, esperar el suyo se convirtió en algo parecido a una costumbre. Cada cierto tiempo, un rumor definitivo se propagaba de parroquia en parroquia con la velocidad del fuego y, a veces, era simplemente eso: un fuego, un incendio forestal que algunos confundíamos con una gran pira funeraria diseñada a la medida del gigante. Sus fanes se acostumbraron de tal manera a darlo por muerto que el mero de hecho de verlo vivo sobre el escenario, escrutado por las miradas inquisidoras de sus compañeros, bastaba para regresar a casa con la felicidad intacta por haber asistido al que siempre parecía su último concierto. En aquel tan desafortunado de Santander, cuando el artista había recuperado buena parte de su crédito y hasta la voz, una caída dejó al descubierto lo que ya era un secreto a voces para todo el mundo: que los únicos que habían perdido la fe en Yosi Domínguez eran Los Suaves. 

Nadie sabe si la gran banda del rock nacional por excelencia está definitivamente disuelta: el de las certezas nunca fue su contexto favorito. Todo parece indicar que el de 2016 fue, esta vez sí, su último concierto, pero nada es del todo definitivo con Yosi de por medio y la inestimable colaboración de Nuestra Señora de O Corpiño. El 2 de noviembre de 2018, el gato volvía a maullar en compañía de Rodrigo Cota Jr., el hijo músico del escritor pontevedrés. Se arrancó el segundo con los acordes de «Dolores se llamaba Lola» y a Yosi le explotaron, por fin, los demonios que le atenazaron la garganta durante esos dos años de convalecencia y duelo. Cómo de grande debe ser la leyenda que siempre lo ha acompañado para que la enésima demostración de su más absoluta decadencia se convierta, por obra y milagro de una talla religiosa, en el penúltimo de sus cantos a la esperanza. 


El nacimiento del narcotráfico en Galicia: una historia de amor

Foto: DP.

Seguro que la mayoría de ustedes habrán escuchado más de una y mil veces aquello tan manido de que el dinero solo trae desgracias, sobre todo en boca de quien no tiene el suficiente o, por el contrario, de quien acumula demasiado. Quizás ha llegado la hora de advertir a sus detractores que más desgracias trae el amor, y sin embargo no tiene tan mala fama como el crujiente y cálido peculio. Galicia es un excelente ejemplo de tal afirmación, asolada desde hace décadas por una plaga de proporciones bíblicas todavía por extirpar y denominada narcotráfico que, como podrán comprobar en las próximas líneas, se inició del modo más impredecible y cándido posible: gracias a una sencilla, salvaje y terriblemente inoportuna historia de amor. 

Vilanova de Arousa es un pequeño municipio costero situado en la parte occidental de la comarca de O Salnés al que alguien, no recuerdo exactamente quién, definió una vez como la tierra de los tristes. Ahí fue donde nació y se crio Adelaida, la pequeña de seis hermanos e hija de Manuel y Josefa, en aquellos años ilustres y respetados vecinos de la villa, aunque no faltará quien afirme que el estatus de la familia no ha cambiado demasiado a lo largo de todo este tiempo, pese a todo lo llovido. 

Quienes conocieron a la Adelaida de entonces cuentan de ella que era una persona bastante tímida, de trato agradable y con un punto de ingenuidad que es posible achacar, simplemente, a su tierna edad. Algunos la recuerdan guapa, muy guapa. Otros van más allá y aseguran que era tremendamente atractiva, pese a no contar por entonces con la edad suficiente como para explayarse ahora en las explicaciones sin parecer un depravado sexual. Lo que todos recuerdan como un estribillo de canción del verano es que su pelo negro contrastaba de manera hermosa con su piel clara y delicada, que tenía algo especial en la mirada y que nunca le faltaron pretendientes que la cortejaran en aquellas sesiones de tarde de la discoteca Tótem, donde las jóvenes parejas se besaban acurrucados sobre unos cómodos, y en penumbra, sillones de escay.   

En la plaza de las Palmeras, frente a los ojos inexpresivos de un busto de Ramón María de Valle-Inclán, el nativo más ilustre de Vilanova, se produjo una explosión de euforia vital como nunca se había visto en ningún pueblo de la zona. Allí se reunían las primeras pandillas de jóvenes vilanovenses que comenzaron a coquetear con las drogas. Ángel, uno de los pioneros, había regresado desde San Sebastián a la tierra de sus padres para trabajar a bordo de un barco remolcador propiedad de la empresa familiar. Él fue el primero en introducir LSD y hachís en el pueblo. Solía viajar hasta Ketama, en Marruecos, de donde regresaba con cinco o seis kilos de hachís para sostener su propio consumo y trapichear con los amigos, nada especialmente lucrativo. El ácido lo compraba en Holanda, donde aprovechaba también para hacerse con discos prohibidos por la dictadura, riesgo que alguno de sus amigos consideraba excesivo. Una cosa era que te parase la policía con un poco de costo o de ácido, pues la gran mayoría no sabían ni lo qué eran, pero otra muy distinta era que te encontrasen encima el Sticky Fingers de los Stones, con el pollón de Joe D’Allessandro insinuado bajo unos tejanos ajustados por obra y gracia de Andy Warhol. A Ángel lo asesinó años más tarde la Tigresa de ETA, Idoia López Riaño, en Pasajes de San Pedro. Con una bala en la sien, mientras él comía un bocadillo sentado junto a la puerta del bar Náutico, le segó la vida en nombre de la limpieza y virtud de la patria vasca.

Otro miembro ilustre de aquella pandilla era José Antonio, al que todo el mundo llamaba Chis sin que nadie pueda recordar exactamente el porqué. Como Ángel, Tati y algún otro, bajaba cada cierto tiempo a Sevilla para hacerse con algo de hachís, y con los primeros beneficios abrió una tienda de discos donde los más inquietos consumidores de música podían encontrar una oferta más vanguardista que la habitual de los bares y las gasolineras, lugares donde el gallego medio de entonces se nutría de ritmos. Natural de Sanxenxo, fue uno de los primeros en adoptar una estética descaradamente alternativa que pronto imitarían los demás, y, si uno hace caso del recuerdo y las descripciones de sus vecinos de entonces, bien podría imaginarlo como un miembro de facto de los Ramones pero con rabo, pezuñas y cuernos. 

De Chis se enamoró Adelaida en el Siete Colinas, un local nocturno que el joven había puesto en funcionamiento junto con algunos amigos en su pueblo natal y que, durante algunos veranos, se convirtió en el preferido de los jóvenes más desencantados con la rutina habitual que imponía el costumbrismo gallego y también de los turistas del resto de España y del norte de Portugal que abarrotaban la villa durante tres meses al año. El suyo fue un amor llevado hasta las últimas consecuencias desde el principio, apasionado y visceral, moderno y desenfadado, a la vista de todo el mundo, sin remilgos. A las pocas semanas de conocerse, Adelaida abandonó el hogar familiar para irse a vivir con Chis a una casa que este había alquilado en un pueblo cercano a Vilagarcía de Arousa. La noticia desató la furia del patriarca de la familia, poco acostumbrado a recibir afrentas por parte de cualquiera que hubiese comido alguna vez de su mano. Nadie podía acusarlo de ser la clase de hombre que regalaba confianzas y nunca imaginó que su propia hija, su pequeña Adelaida, sería capaz de humillarlo de aquella manera. 

A las pocas horas se plantó delante del primer nido de amor de la pareja, acompañado por el jefe de la policía municipal. No iba a consentir que aquel desgraciado, aquel hijo de mala madre que había lavado el cerebro a su hija, se saliese con la suya sin pagar un alto precio. Así relata la escena el periodista Felipe Suárez en su libro La Operación Nécora: 

Interrumpieron la animada tertulia musical que, envuelta en el humo de los canutos, mantenía el grupo.

—Venimos a llevarnos a Adelaida y luego os vamos a denunciar por corrupción de menores —dijo el inspector.

Los jóvenes estaban ocultando los porros como podían, cuando la enamorada Adelaida Charlín se levantó y dijo:

—No me voy. Acabo de cumplir dieciocho años y anteayer se aprobó la mayoría de edad.

La pareja continuó con su romance y pronto se unieron a la pandilla dos de los hermanos de Adelaida, Manolito y Melchor. Además de disfrutar del momento y las nuevas sustancias, enseguida se dieron cuenta del filón por explotar que habían introducido aquellos jóvenes que se pirraban por la música rock, practicaban sexo en grupo y se bañaban al amanecer en alguna de las playas vecinas, para dar por concluidos los fastos nocturnos. La infraestructura familiar dedicada al contrabando de tabaco podía resultar más provechosa con aquella nueva sustancia cuya demanda crecía cada día entre los jóvenes de las Rías Baixas; al parque de Las Palmeras de Vilanova llegaban todos los días jóvenes de Pontevedra, Ribadumia, Poio, Marín, Bueu, Cangas e incluso de Vigo, en busca de unas cuantas chinas de costo a un precio nada despreciable. 

El patriarca reconsideró su postura respecto al noviazgo de su hija con aquel tal Chis y, tras contactar con algunos proveedores marroquíes con los que compartían contactos gracias a los canales utilizados para blanqueo del dinero procedente del contrabando, la pareja fue cariñosamente aceptada en el seno de la familia, sonaron campanas de boda, y se trasladaron a vivir al sur de Portugal, al Algarve, a bordo de un barco bautizado como Le Bandit. Desde Portimao coordinaban el envío de kilos y kilos de hachís de Marruecos hasta Galicia, mientras disfrutaban de un amor ya bendecido, y en poco tiempo el clan familiar hizo acopio de tal cantidad de material que incluso la mayoría de los camellos andaluces preferían venir a comprar su mercancía a Galicia. El mayor clan del contrabando de «rubio de batea» conocido hasta la fecha se había convertido en el primer clan del narcotráfico gallego, gracias al amor de dos jóvenes idealistas que soñaron, un día, con algo más que bailar agarrados al ritmo de una buena orquesta en las fiestas parroquiales y comprar un panteón en el cementerio que dejar en herencia a las siguientes generaciones.

No se sabe qué ocurrió, a ciencia cierta, con aquella pasión desbordante y a primera vista inquebrantable. Posiblemente ocurrió lo que suele ocurrir con la mayoría, que simplemente se desgasta con el tiempo y el exceso de roce, enferma y muere. Hace unos años, a cuenta de un nuevo juicio contra gran parte de la familia, esta vez por blanqueo de capitales, la prensa publicó que la pareja se había divorciado, para disgusto de los más románticos lectores. Nos enteramos por el papel de que la ya no tan joven —ni tan ingenua— Adelaida había sido condenada a varios años de prisión junto a su nueva pareja sentimental y padre de sus hijos, un italiano de nombre Pascual Imparato. Y es que, quizás, es un suponer, el amor pueda ser precisamente eso: lo que sucede entre un hombre y una mujer hasta que se cruza por medio un italiano. Como escribió aquel inglés que confundió Charlines con Capuletos y Verona con Vilanova: «La separación es tan dulce pena que diré buenas noches hasta que amanezca».


Cómo fabricar tu propio fantasma

Fotograma de A Ghost Story. Imagen: Ideaman Studios.

«Hay quienes creen en los fantasmas y hay quienes no. Si usted es de los que cree en ellos, esta historia es acerca de un fantasma, y si usted es de los que no cree en ellos, pues de todos modos esta es una historia sobre un fantasma. Su nombre es Casper y era, definitivamente, el fantasma más distinto que existió… O que no existió, de acuerdo a sus preferencias».

Así comienza el primer capítulo de Casper, el fantasma amigable, un personaje creado por Seymour Reit y Joe Oriolo a finales de los años treinta y cuyos derechos fueron vendidos a los estudios Famous por el módico precio de doscientos dólares, una auténtica ganga a la vista del exitoso y rentable recorrido que ha tenido este coqueto pero lastimero personaje desde entonces. Sus andanzas en busca de amigos, poco interesado en asustar a los humanos ni cometer las fechorías propias de su condición, han inspirado cómics, series de dibujos animados para televisión e incluso largometrajes, alguno de gran presupuesto y acompañado de estrellas de cierto caché como Christina Ricci o Bill Pullman, entre otros.

Volviendo a esas primeras escenas animadas y difundidas por la ABC hacia 1963, nos encontramos con una vieja mansión de estilo victoriano en la que todos los objetos están cubiertos por sábanas, intuimos que protegidos del polvo y a la espera de un hipotético regreso de los dueños de semejante fortuna, pues allí se acumulan grandes cuadros, mobiliario de estilo Luis XIV, ostentosos candelabros e incluso alguna que otra armadura de batalla, con su yelmo correspondiente, su escudo y su espadón a juego. El lugar parece tranquilo hasta que un viejo reloj anuncia la medianoche y aquellas telas blancas que lo cubren todo adquieren rasgos humanos y toman vida, volando de aquí para allá entre risas de ultratumba mientras el pequeño Casper, en sus inicios un tanto obeso y con una papada considerable que desaparecería en versiones posteriores, se entretiene leyendo un libro titulado Cómo hacer amigos. Salvo por el detalle de pionero lector de publicaciones de autoayuda, que tampoco es baladí, nos encontramos una vez más ante la representación prototípica de los fantasmas, al menos antes de que los ordenadores y las drogas comenzasen a inspirar otro tipo de diseños más vanguardistas: una sábana blanca que recubre un cuerpo humano, en el caso de Casper un cuerpo de niño, lo que de por sí ya nos instala ante una enorme tragedia.

¿Por qué lograron hacer fortuna estas representaciones tan simples como imagen popular de los fantasmas? Según algunos historiadores, el origen hay que buscarlo en la Edad Media y en las costumbres habituales a la hora de dar sepultura a los difuntos. Parece ser que fue a partir del siglo XIII cuando se generalizó la idea de que los fantasmas eran reproducciones exactas del cuerpo el mismo día del entierro, de ahí que conservasen el vestuario original de tan señalado momento. La sábana que envuelve a Casper y a sus compañeros de estancia es, por tanto, un sudario o mortaja, aquellos paños de lino o algodón con los que antiguamente engalanaban a los muertos, costumbre todavía hoy extendida en muchos lugares del planeta, en especial aquellos donde el islam dictamina el estilo de vida y hasta la forma correcta de morir, casi se podría decir.

Cómo fabricar tu propio fantasma

En primer lugar, y quizás sea este el paso más engorroso de todo el proceso, necesitamos un cadáver o difunto de cuerpo presente, a ser posible con todos sus miembros intactos pues de lo contrario corremos el riego de que, una vez haya regresado del obligatorio paso por el más allá para vagar alegremente por el mundo de los vivos, nuestro fantasma ofrezca una apariencia de masa informe, desaliñada y desagradable que debemos evitar en su propio beneficio, pues bastante duro resulta ser aceptado como espectro en el mundo actual como para, además, arrastrar algún defecto de forma que pueda provocar las críticas despiadadas de una sociedad obsesionada por la perfección y el culto al cuerpo.

La sábana que utilizaremos como mortaja debe ser de un tejido no transparente, un tejido sobrio, con empaque, evitando los estampados y otras licencias estilísticas que puedan restar credibilidad a nuestra creación, siendo el tono blanco lo más aconsejable. El ancho de la tela debe ser tres veces el ancho del cuerpo en cuestión y resulta conveniente que el largo supere en unos treinta o treinta y cinco centímetros la altura del finado. Como dice Dirk Diggler al final de Boogie Nigths, «treinta y tres centímetros no son para tomárselos a la ligera», y se refiere él a elementos vivos así que imaginen la importancia de ceñirse a las medidas aconsejadas tratándose de un muerto. También es importante fabricar una especie de pañal que absorba los fluidos que presumiblemente expulsará nuestro cadáver y que deberá ser colocado entre las piernas, en posición obvia.

Una vez envuelto el cuerpo y controlados los esfínteres, no queda más que perfumarlo por pura decencia y adornarlo con unos grilletes o cadenas de malla gruesa sujetas a los tobillos para que el sonido que produzca nuestro futuro fantasma al arrastrar los pies sea lo más inquietante posible. Es entonces cuando procederemos a enterrarlo en el jardín de nuestra propia casa contraviniendo cualquier legislación vigente, al menos en este país, y en menos de lo que tarda un hijo en comenzar a darnos serios disgustos ya tendremos a nuestro propio espectro personalizado asustando a la vecindad. ¿Verdad que resulta sencillo?

Las primeras sábanas

Según una leyenda más o menos aceptada, la historia de la sábana comienza su recorrido en Egipto, más exactamente en la ciudad de El Cairo y alrededor del año 1000 después de Cristo. El inventor de la popular prenda fue Rashid Sab-Anah, un comerciante local de telas y alfombras con ciertas inquietudes y un evidente espíritu emprendedor. Se cuenta que los primeros prototipos fueron confeccionados a base de lino tejido con doble hilo, lo que provocaba que la tela fuese demasiado gruesa y poco práctica, pues a las dificultades lógicas para su secado había que añadir las del correspondiente y aconsejable planchado, tarea penosa ya en aquellos tiempos. El siguiente paso de Sab-Anah consistió en fabricar dos tipos diferentes de lienzos: los encimeros, en ligera y vaporosa muselina, y los bajeros, en cálido y resistente algodón. Si las primeras estimulaban el buen dormir e incluso una cierta lujuria, por qué no, los segundos recubrían los colchones rellenos de lana de cabra y resultaban resistentes al roce y también a los fluidos corporales, de ahí que pronto comenzara el invento a granjearle fama y fortuna a su diseñador.

Su primer gran pedido, siempre según esta leyenda de difícil demostración, fue un encargo de la dueña del prostíbulo más grande de El Cairo, el Lilaz: doscientos cuarenta pares de sábanas de seda roja con diferentes posturas sexuales bordadas en color cúrcuma, ideales para alentar e instruir a los clientes en las diferentes posibilidades del acto amatorio más allá del salvaje encabalgamiento y el empotramiento simple acostumbradoPronto se sumarían a la demanda los demás burdeles de la ciudad, especialmente aquellos frecuentados por clientes de posibles y que preferían acostarse con sus rameras favoritas sobre camas mudadas y limpias, en un tiempo donde las buenas costumbres aconsejaban ducharse una vez por semana.

El resto de los datos que tenemos sobre la vida y obra de Sab-Anah, incluyendo los de su muerte repentina por asfixia mientras jugaba con una de sus esposas más jóvenes y una almohada, no hacen más que restar credibilidad al relato, pero tampoco conviene olvidar que vivimos en una época donde el Canal Historia produce y emite documentales sobre ovnis, esoterismo, homeopatía o el abominable hombre de las nieves.

En la hora de nuestra muerte

Sarah Sudhoff es una artista hawaiana que con diecisiete años tuvo que afrontar un duro trance: un amigo de la infancia decidió quitarse la vida de un disparo en la cabeza. En una visita posterior a la casa del horror, Sarah fue testigo de la labor de limpieza de los restos de sangre acumulados en la alfombra y comenzó a plantearse la necesidad de conservar las huellas físicas que las personas dejan tras de sí durante sus últimas horas de vida. Así comenzó su proyecto más atrevido como fotógrafa, que tituló At the Hour of Our Death («en la hora de nuestra muerte»), compuesto por macrofotografías de sábanas, alfombras y demás superficies sobre las que hubiera yacido un muerto, lo mismo un yonqui fulminado por una sobredosis que un suicida que se ha disparado, una mujer asesinada a golpes o un anciano al uso, víctima de un ataque al corazón. En especial destacan las fotografías de las sábanas blancas en que las morgues suelen todavía envolver los cuerpos antes de proceder a su enterramiento o la preceptiva autopsia en los casos que la aconsejan, lienzos perfectos para tan peculiar modo de expresión. Manchas de fluidos corporales, salpicaduras de sangre y residuos de todo tipo se convierten a ojos de Sudhoff en obras de arte que sacan de contexto la tragedia y obligan a reflexionar sobre la fisonomía de la muerte. «Las imágenes son mi intento de frenar los momentos, antes y después de la muerte, en un solo marco. Ello nos permite contemplar lo que generalmente es invisible y comprometernos con un proceso con el que hemos perdido la conexión. Todos moriremos algún día», dice la artista.

No cabe duda de que son muy pocas las cosas que ofrecen tantas garantías como la propia muerte, incluidos los electrodomésticos alemanes. La fría estadística asegura que en el caso hipotético de que la Señora Flaca nos alcance de forma violenta, sin mediar motivos naturales o una malintencionada enfermedad, las posibilidades de escribir el punto final a manos de un familiar, un amigo o algún conocido de nuestro entorno rondan el setenta por ciento. Quizás por esto mismo no me parece una idea tan absurda conservar un juego de sábanas del mejor paño en casa y sin estrenar, acompañadas de instrucciones precisas por si hubiese menester. Además, el dato también explicaría en gran medida la extraña obsesión de Casper por hacer amigos, al fin y al cabo, qué sabrá un niño muerto sobre estadísticas, homicidios y, en general, sobre la vida. El pobre no supo comportarse como un verdadero fantasma ni en aquel capítulo en el que se despertaba sobre su cama acompañado y fue incapaz de salir corriendo a presumir delante de los demás. Apenas se frotó los ojos y dijo aquello de «¿Es una niña? ¡Sí!».


Odio al fútbol posmoderno

«Pase, señor Casciari: el presidente le está esperando», anunció la secretaria con una sonrisa industrial, casi metálica. Llevaba suficientes años en el negocio como para reconocer un funeral a varias millas de distancia y aquella cordialidad superficial, aquel calor leve, no hacía más que confirmar su sospecha: iban a despedirlo esa misma tarde. 

El despacho había cambiado mucho desde la mañana en que Olivares Gil, el viejo presidente, lo recibiera con efusividad y una botella de champán francés lista para ser descorchada. «Este es un club familiar, Casciari; aquí va a estar usted como en su casa, ya lo verá», había dicho don Jaime invitándolo a tomar asiento en un enorme sofá de cuero negro. Su lugar lo ocupaba ahora una extraña estructura con aspecto de columpio cuyo color alternaba del rojo al amarillo, los nuevos colores del club. Aquel modesto equipo de extrarradio, en el que aterrizó procedente de su Argentina natal, se había convertido en un verdadero gigante, la cara amable de un régimen asiático con dinero suficiente para comprar la tolerancia y el aplauso de medio mundo. «¿Qué le apetece tomar, Alfredo? Menos alcohol, tengo de todo», preguntó Olivares Scott, nieto del finado don Jaime. Pensó en algún tipo de veneno mientras respondía que una copa de agua estaría bien, gracias.

Treinta años después allí estaba Alfredo Aldo Casciari, el último de su especie, escuchando las ocurrencias de un muchacho educado en los mejores colegios y universidades del mundo para conquistar el futuro. Debajo de aquel traje de diseño y su insufrible palabrería, Casciari seguía reconociendo al nene que visitaba los entrenamientos con su abuelo y devolvía los balones con la mano, nunca con el pie. «Pero este pibe nació para el handball, don Jaime; no patea una ni parado», solía bromear con el viejo patrón mientras se fumaban un cigarrillo y charlaban sobre la familia. Ni él ni tampoco su malogrado hijo Esteban habían osado interferir jamás en su labor como conductor del equipo, a menudo elogiado y a veces criticado, pero siempre respaldado por unos dirigentes, una familia, que valoraban sus capacidades y lealtad como la garantía de estabilidad que todo proyecto necesita. «Los inversores, la dirección técnica y yo mismo estamos muy preocupados por la imagen del equipo, Alfredo», comenzó Olivares tras advertir que había llegado el momento de ir al grano. 

Durante un tiempo indeterminado que le pareció una eternidad, el presidente le expuso sus preocupaciones apoyándose en una serie de gráficos virtuales que se proyectaban sobre su escritorio como por arte de magia. Le habló de impacto en las redes sociales, de imagen de marca, de expansión, de mil cosas que había escuchado otras tantas veces pero que nunca le sirvieron de mucho a la hora de entrenar o alinear su mejor once. «No podemos seguir dando la espalda al futuro. El fútbol moderno ya no consiste solo en ganar o perder partidos, Alfredo. Debemos fidelizar al espectador, enamorarlo, hacer que se sienta chairman, entrenador, jugador… Lograr que se crea parte fundamental del día a día». Dos semanas antes, tras un importante partido en Melbourne, se le había acercado uno de los principales ejecutivos del club para mostrar el malestar de la cúpula por la suplencia de Solo, un extremo canadiense con más peligro bajo los pantalones que en sus botas. «No hemos fichado al veinteañero más influyente del mundo según Prime para que usted lo tenga sentado en el banquillo mascando dinero, Casciari; espabile». Esa misma noche, en una de las redes sociales del momento, el propio Solo había colgado una foto suya empuñando una pistola. «Should I shoot the coach?», preguntaba a sus fans. En pocos minutos había recibido más de dos millones de respuestas afirmativas. 

«Mi abuelo le estimaba como a un hermano, Alfredo», dijo de repente Olivares. Había llegado el momento de soltar la bomba y nada mejor que la memoria del viejo para amortiguar los posibles efectos de la explosión. «Le buscaremos un lugar en el que se sienta usted cómodo, un cargo honorífico que enaltezca su compromiso con este club y esta familia, viejo amigo. Será el colofón perfecto para una carrera intachable, justo lo que se merece». Casciari clavó la mirada en el pasado, en un punto muy alejado de aquel despacho ridículo que le devolvía la imagen del fútbol auténtico, el mismo al que muchos juraron odio eterno por tratarse, ya entonces, de un deporte moderno. Recordó el abrazo con Leo Messi, el día de su retirada, y la confidencia del 10 tapándose la boca para escapar a la vigilancia de las cámaras: «No deje que esto se joda más, profe». Al año siguiente, la nueva FIFA aprobaba la obligatoriedad del casco como elemento de protección y Casciari estuvo a punto de abandonar. De regreso al presente, preguntó a Olivares por el nombre de su sustituto.

«Le presento a Football Data Manager», dijo Olivares mostrando un pequeño dispositivo electrónico escondido en la palma de su mano. En su larga carrera, el argentino había convivido a regañadientes con todo tipo de nuevas tecnologías, infinidad de novedosas herramientas que prometían convertir a un gato en el nuevo Maradona. Primero fueron los drones, los sensores en las espinilleras de los jugadores y en el balón, todo enfocado a orientar y precisar la posición de los jugadores sobre el terreno de juego. Luego llegaría el Footbonaut, una jaula robotizada que, supuestamente, mejoraba exponencialmente la reacción, el dominio de la pelota, la visualización de oportunidades y la precisión del futbolista; miren por dónde, seguía sin aparecer el nuevo Pirlo o el nuevo Iniesta, ni siquiera alguno que les respirase en las botas. Ahora era el momento del cachivache definitivo, ese complejo sistema de cámaras, bases de datos y algoritmos capaces de tomar decisiones en tiempo real y elegir siempre la mejor opción: en definitiva, la madre de todas las pavadas.

Cuando salió del despacho, Casciari miró a la secretaria, quien simuló estar muy ocupada para no mantenerle el envite más que un breve instante, el necesario para cumplir con su protocolo estipulado de sonrisas mecanizadas. Abandonó el edificio sin decir una sola palabra y al salir a la calle sintió, por primera vez en muchos años, un fuerte deseo de fumar. Se palpó los bolsillos de la chaqueta en busca del paquete de tabaco, luego los del pantalón, hasta que comprendió que sus instintos se habían quedado anclados en un pasado que ya no existía, un primate en un mundo mecanizado que se había cargado la buena comida, la buena música, los códigos sagrados del fútbol y hasta el tabaco. «Me cago en mi puta vida», exclamó a modo de despedida bajo el gran escudo —también profanado meses atrás— de la novísima fachada del estadio.


Pensar diferente, jugar diferente

Sócrates, 1983. Fotografía: Cordon Press.

La vida de Sócrates estuvo marcada por una imagen: la de su padre quemando libros en el pequeño jardín de la casa familiar. Acababa de cumplir nueve años cuando un golpe militar fulminaba la democracia brasileña y pocas semanas más tarde, aterrorizado por los rumores de desapariciones y otros desmanes de la represión, don Raimundo reducía a cenizas algunos de sus tesoros más preciados ante la mirada atónita de aquel hijo suyo bautizado con nombre de filósofo griego. Comenzaba en Brasil, como ya lo había hecho antes en otros países, la caza al comunista y aquel apasionado del conocimiento trataba de ocultar tras el fuego cualquier sombra de sospecha. Años más tarde, ya reconocido como una de las grandes figuras del fútbol brasileño, Sócrates y sus compañeros del Corinthians saltaban al estadio de Pacaembú enarbolando una pancarta que se convertiría en un icono de la lucha contra la dictadura militar de Baptista Figueiredo y que todavía hoy luce en murales y pintadas desperdigadas a lo largo y ancho de todo Brasil: «Ganhar ou perder, mas sempre com democracia».

Para comprender la dimensión de Sócrates conviene contar su historia comenzando por el final, trasladándose al estadio Pacaembú el mismo día de su muerte. Aquella tarde, el Corinthians disputaba un partido decisivo contra el Palmeiras que lo podía coronar como campeón seis años después de su última conquista. En la grada no cabía un alma más, si acaso la del propio Sócrates contemplando los miles de camisetas y pancartas improvisadas para decirle adiós. Los dos equipos formaron alrededor del círculo central para dar comienzo al minuto de silencio en su memoria y fue entonces cuando todos los presentes, a excepción del trío arbitral, los jugadores visitantes y algún despistado, se pusieron en pie y levantaron su puño izquierdo al cielo, un gesto de resistencia y solidaridad que el centrocampista había popularizado no solo entre la hinchada del Timão, también entre los millones de brasileños que ansiaban la llegada de la democracia y la libertad a principios de los ochenta. Aquella fue, quizás, la última gran demostración de fuerza de lo que en su día llegó a conocerse como la democracia corinthiana: un club de fútbol convertido en prueba de ensayo para lo que debería ser el futuro de todo un país.

Retrocediendo a 1982, nos encontramos con un Corinthians deprimido por los malos resultados y un nuevo presidente que entrega las riendas deportivas del club a un joven sociólogo sin ninguna experiencia en el mundo del fútbol: Adilson Monteiro Alves. Tras una primera reunión maratoniana con jugadores y empleados, Monteiro los convence de adoptar la autogestión como parte angular del funcionamiento diario del club. A partir de ese momento, cualquier asunto que afecte a la plantilla es susceptible de debate y votación, lo que convierte al equipo paulista en un oasis de democracia en el corazón de un país ahogado por la dictadura. Además de elegir entrenador, decidir las altas y bajas de la plantilla o regular el régimen de las concentraciones, jugadores y empleados llevan el sufragio hasta el extremo de votar si el autobús debe o no parar en la siguiente estación de servicio para poder estirar las piernas, echar un cigarro y mear. En cierta ocasión, en medio de una gira por Japón, un joven delantero del equipo confiesa a sus compañeros que acaba de enamorarse y no soporta estar tanto tiempo lejos de su amada. El asunto es discutido durante horas con gran disparidad de criterios y opiniones, pero al final, tras una ajustada votación, se decide continuar con los compromisos adquiridos por el club en el Lejano Oriente. Así funcionaba aquella democracia corinthiana en cuyo centro se situaba Sócrates, la viva imagen del jugador comprometido, del líder comunal, del libertario.

Sócrates, 1982. Fotografía: Cordon Press.

Cuentan que, cada semana, Sócrates organizaba reuniones con algún destacado miembro de la cultura paulista: músicos, pintores, arquitectos, escritores, bailarines, escultores… La leyenda asegura que de la calidad de la conversación dependía su rendimiento en el siguiente partido, una afirmación que se sustenta, al menos en parte, sobre una segunda premisa fácilmente demostrable: apenas entrenaba. En cierta ocasión, un periodista le preguntó cómo había podido llegar a ser médico y futbolista, teniendo en cuenta la imposibilidad de estar en la facultad y en los campos de entrenamiento al mismo tiempo. Su respuesta no pudo ser más concluyente: «Muy fácil, porque yo ni estudiaba ni entrenaba». Sócrates aprendía y evolucionaba sin que nadie llegase a comprender cómo lo hacía, y la única explicación racional cabría buscarla en su inteligencia y una pasión exacerbada por la lectura, la buena conversación y el fútbol como su particular forma de expresión artística: pensaba diferente, jugaba diferente. 

Alto, muy alto, pero con unos pies demasiados pequeños para asegurar la verticalidad en giros bruscos y arrancadas, el Doctor fue capaz de transformar un defecto congénito en un recurso colosal. El taconazo, un modo sencillo de atacar zonas y situaciones sin necesidad de orientar el cuerpo hacia la acción, se convirtió en una seña de identidad dentro del campo del mismo modo que el puño en alto y sus reivindicaciones políticas lo eran fuera de él. Consiguió levantar trofeos con sus equipos, se incrustó en la memoria colectiva como parte de aquella mágica selección brasileña de 1982, pero su mayor conquista fue, en palabras de quienes le conocieron, la de popularizar entre millones de compatriotas una palabra que parecía haber caído en el olvido tras años de asfixiante dictadura: democracia.

Sócrates entendía el fútbol como una parte esencial de la sociedad brasileña y utilizó su posición para reclamar libertad y la llegada de un nuevo tiempo. Tan es así que llegó a supeditar su continuidad en el fútbol brasileño a la celebración de elecciones presidenciales, motivo por el cual se terminó marchando a Italia. Su aventura europea duraría apenas un año, desencantado por el conservadurismo de una ciudad como Florencia y excitado ante los cambios que empezaban a experimentarse en Brasil. Toda su lucha, aquella democracia corinthiana que capitaneó junto a otros grandes futbolistas como Casagrande, Zenon o Wladimir, inspiró al cantautor Toquinho para componer un himno que hoy recitan los más pequeños a la entrada del nuevo estadio del club, posiblemente sin ser plenamente conscientes de la carga política que atesoran algunos de sus versos. «Ser corinthiano es ir más allá de ser o no ser el primero», cantan. «Ser corinthiano es ser también un poco más brasileño». 

Bebedor compulsivo, Sócrates murió en un hospital víctima de una cirrosis hepática y una bacteria traicionera. Jamás negó un alcoholismo que llevó hasta el extremo cuando comenzó a alejarse de los campos de fútbol y a refugiarse en los bares al salir de su consulta. Falcão, compañero suyo de selección, dijo en una ocasión que el futbolista profesional muere dos veces: una cuando abandona el fútbol y otra cuando muere definitivamente. En una de sus últimas entrevistas a Sócrates le preguntaron si estaba de acuerdo con la sentencia de su viejo amigo, y él respondió que no: «Nadie abandona el fútbol, es el fútbol el que abandona a la gente». Aquellos miles de puños alzados al cielo en Pacaembú el día de su muerte tienen algo que ver con esa misma sensación de abandono, de soledad colectiva ante la pérdida de un ídolo futbolístico y un referente social. Se despedía a una especie de mesías que, como la más moderna ley de dios, supo resumir una montaña de mandamientos en uno solo: «La felicidad es la única verdad». 


La cruzada de los chicos malos

Michael Jordan de enfrenta a los Detroit Pistons, 2001. Foto: Cordon Press.

«Fueron buenos soldados», eso dice Jack McCloskey al recordar los viejos tiempos. Su memoria abarca una década entera de batallas encarnizadas contra hombres y leyendas, una larga campaña que terminó por reportarles gloria y fama mundial pero también un pasaje de ida para los infiernos del deporte, el lugar donde se consumen las memorias de los equipos más odiados del planeta. Él, que había sido uno de los oficiales más jóvenes de la Marina de los Estados Unidos en la guerra del Pacífico, reconoció enseguida las señales del desgaste, el peso de la lucha sin cuartel sobre las espaldas de sus muchachos, la amargura de aquellos titanes que se resistieron a hincar la rodilla incluso después de saberse muertos. Lo supo en cuanto los vio abandonar la cancha, todavía con unos cuantos segundos por jugarse en el marcador y bajo la mirada despectiva del último gran enemigo: Michael Jordan. Aquel fue un gesto que los moralistas del deporte profesional americano utilizaron como prueba de cargo definitiva contra quienes, a su juicio, habían puesto en serio riesgo las virtudes de una competición concebida como un simple espectáculo, los mismos puritanos que nunca les perdonaron haber interrumpido la época más glamurosa de la NBA convirtiendo los cuarenta y ocho minutos de cada partido en una cruzada a vida o muerte.  

Cuando McCloskey aceptó el cargo de jefe de operaciones y aterrizó en Detroit, a finales de la década de los setenta, los Pistons eran uno de esos equipos en los que ningún jugador ambicionaría jugar, un vagón de tren al que los viajeros se subían con apatía y abandonaban dando saltos de alegría, a la primera oportunidad. La ciudad, antaño símbolo de la orgullosa américa industrial, se ahogaba para entonces entre los escombros que habían dejado tras de sí los disturbios raciales de 1967 y la casi inmediata crisis del sector automovilístico. La segregación, salvaje, complementaba un panorama dantesco que poco o nada podía ofrecer a una estrella consagrada de la NBA, de ahí que los intentos de McCloskey por reforzar el equipo se estrellasen ante la negativa reiterada de quienes no deseaban vivir sobre un polvorín.  

Las cosas empezaron a cambiar en 1981, gracias a ese resorte del que se proveen las ligas profesionales americanas para insuflar cierta esperanza a las franquicias más modestas. La lotería del draft supuso la llegada de Isiah Thomas, un talentoso director de juego que había conducido a la Universidad de Indiana hacia el título de la NCAA. Esperanzado en regresar a su ciudad natal y formar parte de los Chicago Bulls, el joven Isiah no se lo puso fácil a McCloskey. Durante las entrevistas previas a la gran noche, Thomas se esforzó en mostrarse como una pieza poco apetecible para un equipo profesional pero sus artimañas no le sirvieron de mucho. «¿Sabes qué? No me importa nada de lo que me digas: si eres el número 2, te voy a seleccionar». Como todos los expertos vaticinaban, los Dallas Mavericks empeñaron su primera elección en asegurarse los servicios de Mark Aguirre e Isiah Thomas aterrizó en Detroit entre el escepticismo de quienes lo consideraban demasiado frágil para triunfar en la NBA y su propio desencanto. El único feliz con todo aquello parecía Jack McCloskey, convencido de que había encontrado al mariscal de campo idóneo para su nuevo ejército. 

Isiah Thomas se había criado en el oeste de Chicago, la zona más deprimida y peligrosa de la ciudad del viento. Sobrevivir y cohabitar con el dolor se convirtieron en dos constantes de su infancia que luego trasladaría a su manera de entender el juego. Tras aquel rostro angelical y su sonrisa de diplomático negro se escondía una naturaleza desafiante y despiadada, el instinto feroz que distingue a los supervivientes, a quienes no advierten diferencia alguna entre perder y morir. Desde su primer partido con la camiseta de los Pistons superó todas las expectativas y ahuyentó, de un plumazo, cualquier duda sobre su físico y adaptabilidad a la liga. El equipo logró más victorias de las que nadie se había atrevido a vaticinar y el brillo de la nueva estrella invitaba a la esperanza, pero Jack McCloskey se mantuvo con los pies en el suelo, ajeno a la euforia colectiva: para presentar batalla se necesita mucho más que un brillante mariscal. 

Desde aquel mismo instante, McCloskey se puso manos a la obra con un único objetivo: rodear a Isiah Thomas con las piezas idóneas para complementar su juego. El primero en llegar fue Bill Laimbeer, un jugador secundario en la rotación de los Cleveland Cavaliers que llamó su atención por la extrema dureza y el espíritu combativo que mostraba sobre la cancha. «Era algo fuera de lo común», recuerda. «Su equipo perdía por treinta puntos y él seguía luchando como si el partido dependiese del siguiente balón». Laimbeer también se había criado en Chicago, pero su entorno había sido muy diferente al de su nuevo compañero. Hijo de un exitoso empresario, el sustento económico nunca fue problema para un Laimbeer que suele presumir de que su padre seguía ganando más dinero que él incluso después de haber firmado sus primeros contratos en la NBA. McCloskey había unido a dos animales competitivos que apenas compartían mucho más que una extraordinaria aversión a la derrota, dos propulsores atómicos para llenar de razones a los que, como él, creían que el miedo al fracaso es el mejor de los motores. 

Aquella sociedad arrancó a los Pistons del anonimato y los convirtió en un equipo desagradable y peligroso a ojos de sus rivales. En 1984, los de Míchigan regresaban a los playoffs e Isiah Thomas era elegido jugador más valioso del All-Star (también lo sería en 1986). Fue, además, el primer curso de Chuck Daly como entrenador jefe de la franquicia. «Entrenar es como realizar una venta cada día. Todos los jugadores tienen una idea de lo que es bueno para ellos y tú tienes que venderles otra que parezca buena para todos», solía decir el apodado por sus propios pupilos como Daddy Rich. Más allá de su elegancia en el vestir y su cabello impecable, Daly destacaba por su extraordinaria capacidad de motivación y una personalidad arrolladora. Pese a su escaso bagaje en la NBA (solo había entrenado a un equipo y logrado nueve victorias), Jack McCloskey estaba convencido de que su viejo compañero en la Universidad de Pensilvania era el hombre adecuado para guiar al equipo, y su instinto, una vez más, no le decepcionaría. 

Sin dejar de pelear un solo partido durante el proceso, la rotación del equipo fue engordando con el paso de los años, buscando el perfecto encaje de unas piezas con otras como quien construye un maquiavélico mecano con una sola intención: triturar rivales. Además de Thomas y Laimbeer, en la plantilla de los Pistons ya figuraba algún que otro jugador importante como Vinnie Johnson, el más famoso de los microondas. Procedente de los Washington Bullets llegó Ricky Mahorn, la definición exacta del perfecto hijo de puta sobre una cancha de baloncesto. Directamente de la universidad fueron incorporados Joe Dumars, John Salley o Dennis Rodman. La guinda al pastel la puso el fichaje de Adrian Dantley procedente de los Utah Jazz, uno de los mejores anotadores de la NBA pero de un perfil muy diferente al de aquellos mercenarios despiadados que se ganaron el apodo de los Bad Boys. Los engranajes de combate se fueron ajustando de manera natural, la plantilla desarrolló un vínculo especial basado en el malditismo que se trasladaba a la cancha como un ciclón. En la temporada 86/87, los Pistons ya aporreaban las puertas del Boston Garden con intención de derribarlas: el equipo de los chicos malos estaba preparado para la acción. 

Una revisión de aquellos enfrentamientos entre Pistons y Celtics podría resultar letal para cualquier aficionado de espíritu frágil y tierno corazón. De la dureza habitual en los partidos de playoffs se pasó a la violencia desatada y la rivalidad que se forjó entre ambos equipos sobrepasó los límites de lo deportivo. Acostumbrados a destrozar mentalmente a sus rivales y arrastrarlos al fango, lograr que Larry Bird y compañía olvidasen sus principios de juego y bajasen a las trincheras se convirtió en la mejor demostración de que sus tácticas funcionaban. «Cuando vi la sangre en sus ojos supe que habíamos ganado», explica Laimbeer. Tras varios intentos, los Detroit Pistons jugarían su primera final de la NBA en 1988 y su rival sería el equipo del glamour, las estrellas de Hollywood y Magic Johnson. Rozaron la gloria con la punta de los dedos, pero la inoportuna lesión de Isiah Thomas y una decisión arbitral desafortunada terminaron por coronar como campeones a Los Angeles Lakers. 

La siguiente campaña aparecieron los primeros obstáculos insalvables dentro del vestuario. Adrian Dantley, disconforme con su rol y enfrentado con Daly, fue traspasado a los Dallas Mavericks a cambio de Mark Aguirre, el mismo jugador que había arrebatado a Isiah Thomas los honores en el draft de 1981. El cambio parecía arriesgado pues el carácter egoísta de Aguirre ya había ocasionado graves problemas en su anterior equipo, pero no pudo resultar más beneficioso para unos Pistons a los que cada día odiaba más gente mientras se recreaban en el papel de villanos. El propio Aguirre sugirió a Chuck Daly la posibilidad de comenzar los partidos desde el banquillo y dejar su sitio en el equipo titular a Dennis Rodman, y la cosa funcionó: los Detroit Pistons se convirtieron en una fuerza imparable y cuando llegó la oportunidad de tomarse la revancha contra los perfectos Lakers no la dejaron escapar. Aquel equipo de guerreros diseñado por Jack McCloskey se había convertido en el nuevo campeón de la NBA y todo Detroit se echó a la calle para celebrarlo mientras el mundo entero se echaba las manos a la cabeza. 

Al año siguiente volvieron a ganar y por el camino, como no podría ser de otra manera, se agenciaron un nuevo enemigo de enjundia: Michael Jordan y sus Chicago Bulls. «Son nocivos para el baloncesto», aseguró el 23 todavía con el cuerpo dolorido por el maltrato al que lo sometieron Laimbeer y compañía durante la final de la Conferencia Este. El mejor jugador de la historia había recibido una lección que jamás olvidaría, quizás la más importante de cuantas haya aprendido a lo largo de su carrera: no se puede ir a la guerra confiando, únicamente, en el propio talento. Jordan se preparó a conciencia durante el verano siguiente y el resultado fue el insinuado al comienzo del presente texto: en la final de Conferencia de 1991, los Pistons se marchaban al vestuario cuando al partido definitivo todavía le restaban 7,9 segundos por jugarse, sabiéndose derrotados pero demasiado orgullosos como para quedarse a felicitar al enemigo. «No hubiésemos sido lo que fuimos si no nos hubiésemos enfrentado contra ellos: aprendimos mucho de todo aquello», declaró Jordan años después con las manos llenas de anillos y aclamado como mejor jugador de la galaxia. Los chicos malos de McCloskey no solo reinventaron el baloncesto a través del arte de la guerra, sino que empujaron los límites de Michel Jordan más allá de lo humanamente posible. Y es que, como solía decir Bill Laimbeer, «así hacemos aquí los negocios». 


Deporte, o cuando en el pecado se lleva la penitencia

Fotografía: Humberto Bilbao.

En realidad es culpa de todos y no es culpa de nadie, como cualquier otra de las grandes tragedias con las que se ha visto obligada a convivir la humanidad a lo largo de los siglos. Durante demasiado tiempo se ha consentido, incluso fomentado, el discurso simplista y dulzón acerca de los grandes beneficios del deporte en nuestras vidas sin reparar demasiado en el lado oscuro del asunto, quizás porque el ser humano prefiere las mentiras cubiertas de buenas intenciones que la cruda realidad, por sencilla que esta sea. 

El deporte es salud. El ejercicio físico aumenta la sensación de bienestar y reduce el estrés, la agresividad, la ansiedad, la angustia y la depresión. Incrementa la capacidad de aprovechamiento del oxígeno, la actividad de las enzimas musculares, el consumo de grasas. Mejora nuestra respuesta inmunológica ante las infecciones, nos asegura una vida sexual plena, mejora el sueño… Son algunos de los eslóganes con los que a diario se bombardea sin compasión a esta sociedad nuestra ávida de inmortalidad, cuerpos musculados, penes incansables y buen cutis para las fotos. Se abren gimnasios al mismo ritmo que se cierran bares; la gente se alimenta a base de plancton, tofu, hierbajos varios, raíces de todo tipo y batidos de colores; las conversaciones de sobremesa —si es que todavía se las puede seguir llamando así— giran en torno a los vatios que se mueven con cada pedalada, el tiempo invertido en recorrer cada kilómetro, las series de flexiones y abdominales que parecen diseñadas por un entrenador alcohólico del otro lado del antiguo telón de acero o los kilos de pesas levantados en arrancada. Podemos seguir refiriéndonos a ellos en términos de buenos hábitos, dogmas de vida saludable, incluso acompañarlos con carteles de agradecimiento en los que rece el lema «El Gran Hermano vela por nosotros», como en aquel libro de Orwell, pero no parece exagerado advertir que destilan todo el aroma de cualquier acto corriente de penitencia, incluyendo el sudor, la sangre y las lágrimas, lo que debería llevarnos a la cuestión principal que nos ocupa en este humilde texto: ¿Es el deporte pecado? Siento decirlo, o quizás no, pero parece que sí.

Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo se aprovecha pues tienen promesa de esta vida y de la venidera. (Primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo, 4-8)

El pastor Juan Carlos Berrios Urbina es el líder y fundador del ministerio La Última Trompeta, con sede en Salt Lake City, en el estado de Utah. Nacido en primera instancia el 5 de enero de 1969, en la Ciudadela San Martín de Tipitapa, Nicaragua, el buen pastor afirma haber vuelto a nacer en los Estados Unidos de América en 1992, también un 5 de enero, tras admitir a Jesús como su rey y salvador. «Son ya veintitrés los años transitando por el Camino Angosto», escribió en su muro personal de Facebook para celebrar su último cumpleaños. Voz autorizada como pocas, no en vano asegura tener línea directa con Dios desde rapaz, las opiniones del pastor Berrios son muy claras en cuanto a la naturaleza pecaminosa del deporte. Para él no existe la menor duda de que el deporte ofende al creador, especialmente en su vertiente profesional: «El deporte es satánico, diabólico, un pecado».  

Su primer argumento no puede resultar más contundente y sencillo de comprender: el deporte nos lleva al ocio, el ocio conduce al tiempo libre, que es el pecado, y de ahí a la muerte eterna. «Aunque las prácticas deportivas cuentan con principios sabios, como el de mente sana en cuerpo sano, según señalaba el filósofo griego Tales de Mileto, lo cierto es que se han ido pervirtiendo por causa de la idolatría y toda una serie de falsas creencias que ella conlleva, llegando a extremos de propiciar la pederastia homosexual o los sanguinarios circos de gladiadores en Roma», asegura el ministro. Estas declaraciones pueden resultar sorprendentes, disparatadas e incluso ofensivas para algún que otro lector puntilloso, qué duda cabe, pero lo cierto es aportan continuidad al ideario de su ministerio y los variopintos contenidos de su portal web, La Gran Ramera, donde destaca poderosamente entre otros apuntes una ácida crítica al expresidente norteamericano, Barack Obama, por su apasionada lucha en favor de los derechos de los gais y lesbianas, o la advertencia de llevar a juicio cuanto antes a la Gran Babilonia, madre de todas las abominaciones existentes en la tierra. Estoy seguro de que en España, con suerte una pequeña Gomorra, sabrá apreciarse su tajante respeto por la ley, más allá de cualquier otra consideración hacia sus argumentos.

«Entonces, ¿qué puede hacer un cristiano?», se pregunta a sí mismo el pastor Berrios, antes de contestar inmediatamente: «Amar al prójimo, enseñar la palabra de Dios y mantenerse firme hasta el final; esto es lo primordial. Limpiar lo de adentro antes de preocuparse por lo de afuera. Somos luz gracias a Jesús, mientras que los que practican deportes son la oscuridad. Analicemos lo siguiente: de todas las cosas escritas en el Nuevo Testamento, ¿nos enseña Nuestro Señor a jugar béisbol, fútbol, boxear o jugar al tenis?». Definitivamente la respuesta es no, nada de eso dicen las sagradas escrituras, salvo que Jesús fabricase porterías en la carpintería de su padre y no se nos especifique, lo que no nos lleva a una gran conclusión: el pastor Berrios puede ser muchas cosas, eso sin duda, pero por encima de todo es un caballero muy bien documentado.

Todo me es lícito pero no todo conviene; todo me es licito pero no todo edifica. (Primera carta de San Pablo a los Corintios 10:23-26)

Fotografía: Humberto Bilbao.

Otra de las opiniones que nos puede ofrecer una perspectiva alternativa sobre la verdadera naturaleza del deporte es la de don Luis Arturo Santiago, licenciado en Teología por la Universidad Presbiteriana de la Ciudad de México. Hace unos años, durante una intervención pública en Acapulco que mereció cierta atención en la prensa azteca, el señor Santiago aseguró que existen diferentes pasajes en la Biblia que nos ayudan a componer un correcto ideario deportivo, versículos plagados de instrucciones con el fin de señalar unos ciertos criterios de conducta sobre los que debería regirse cualquier afición al deporte: «No es malo admirar a un deportista, tomar su ejemplo. Lo que no debe hacerse nunca es caer en la idolatría, es decir, en rendir culto a ídolos deportivos». Según el teólogo, lo más importante es evitar los excesos y aprender de los buenos ejemplos, entre los cuales cita al futbolista brasileño Ricardo Izecson dos Santos Leite, popularmente conocido como Kaká, quien a su juicio aprovecha cualquier oportunidad para dar testimonio de su fe, llamando al mundo a vivir de acuerdo con los mensajes de Dios. Es de sospechar que tales declaraciones fueron realizadas antes del fichaje de este por el Real Madrid y aquella inolvidable frase de la, por entonces, esposa del mediapunta de Gama, Caroline Celico: «Dios puso el dinero en manos de don Florentino Pérez para fichar a Kaká». Hay que reconocer que la idolatría también nos ofrece momentos mágicos como aquel, válgame el cielo.

Más allá de consideraciones particulares sobre seres superiores o falsos ídolos, lo que más preocupa a don Luis Arturo Santiago son las presiones que se ejercen sobre el deportista y que, a su juicio, terminan por provocar un alejamiento consciente de los preceptos divinos: el dopaje, la búsqueda de la trampa en cualquier aspecto de la competición, la competencia exclusiva por dinero, el excesivo gusto por el propio cuerpo… «También tales actos reflejan un tipo de idolatría», advierte el bienintencionado teólogo para quien quiera escuchar.  

La virginidad de las niñas podría resultar afectada por el exceso de movimiento y los saltos que requieren deportes como el fútbol y el baloncesto. (Jeque Abdalá Al Mani, asesor de la Corte Real Saudí)

En la gran mayoría de los países árabes el pecado se resume en ser mujer y deportista, apenas queda espacio respirable para la controversia o la ironía. En cualquier escuela o instituto de Arabia Saudí, por ejemplo, reza la norma de que tanto las piscinas, como los gimnasios y las diferentes pistas polideportivas disponibles en los centros son de uso exclusivo para los hombres. El deporte femenino, en muchos de estos países, se ha convertido en una actividad clandestina y peligrosa para quienes osan practicarlo, siempre al amparo de razones culturales y religiosas difíciles de comprender pero no tanto de tolerar —al menos visto el comportamiento de los diferentes comités internacionales—, mientras que en otros se ahoga su práctica mediante normas de comportamiento y vestuario que, prácticamente, los convierten en una parodia de sí mismos, además de impedir cualquier progreso y aspiración internacional de las valientes que se deciden a luchar por sus sueños.

La argelina Hasiba Bulmerka ganó el oro olímpico en los 1500 metros de Barcelona 92, e inmediatamente se convirtió en un icono para las jóvenes mujeres árabes que soñaban con poder paladear el sabor del laurel y el éxito internacional. Las amenazas de los fundamentalistas la obligaron a trasladar su residencia a Europa y todavía hoy pende sobre ella la amenaza de muerte por haber osado competir en pantalones cortos y no aceptar el uso del velo en los actos públicos, tal fue su pecado. «La participación de las mujeres en el deporte es un claro reflejo de su posición en la sociedad en general», dijo una vez Nawal Al Mutawakel, campeona de los 400 metros vallas en la olimpiada de Los Ángeles 84.

Pantalones gigantes, túnicas hasta las rodillas, pañuelos cubriendo su pelo… Son algunas de las precauciones que el deporte islámico toma para alejar a sus mujeres del supuesto pecado, del mismo deporte, en definitiva. Hace unos años conocimos otro caso que ejemplifica a la perfección el calvario por el que pasan estas heroínas de espíritu guerrero y sueños bajo las telas. Nasim Hasampur, una de las gimnastas más destacadas de Irán, se pasaba a la disciplina de tiro olímpico, de cara a la cita de Atenas, ante la imposibilidad de utilizar mallas en público. De este modo, la representación femenina de estos países en las grandes citas del deporte mundial queda reducida al rango de anécdota exótica, siempre en nombre de la religión y con la condescendencia hipócrita de estar pensando en el bienestar de ellas. 

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lucas 23:34)

En conclusión, todo parece indicar que sí, que el deporte es pecado y, como tal, parece condenado a perpetuarse entre la especie: así somos los humanos. Adoramos pecar, aunque sea a la carrera, pues en el fondo pocas cosas nos ofrecen mayor satisfacción en la vida que la trasgresión voluntaria de las normas. La gente seguirá haciendo deporte mal que nos pese a los más estrictos detractores: unos porque les gusta y les proporciona grandes satisfacciones; otros porque la presión social se impone y nadie quiere ser menos que nadie, aunque les cueste la vida; algunas porque simplemente lo tienen tajantemente prohibido y prefieren luchar a conformarse, y los más —tampoco hay que ser un lince para llegar a tal conclusión— porque en tiempos de crisis existen pocas formas más baratas de matar el tiempo que calzarse unas zapatillas y trotar por el mundo, a solas con sus pensamientos. Sea del modo que sea, una cosa parece clara: los gallegos seguiremos siendo los guardianes de vuestros pecados, faltaría más. Y si para ello debemos afrontar la tercera revolución del narcotráfico, así será, que nadie tenga la menor duda. Que viva la EPO, los esteroides y la hormona de crecimiento, digan los dioses lo que digan.

Corre, corre, corre que te van a echar el guante. (Leño)  


Un paseo entre los libros que no se leen

Foto: Eli Francis / Unsplash.

La lectura no es más que el uso habitual de los libros, pero no el único. Suelen ser los lectores más ávidos los primeros en olvidar su función puramente estética, su simbolismo como elementos de continuidad, la posibilidad de rellenar con pensamientos propios tanto blanco como abunda en sus páginas y hasta su impagable silencio. En su interior encontramos sabiduría, pero también fuera de ellos, especialmente observando a quienes no leen por decisión propia o por simple incapacidad pero se aferran a su presencia como parte fundamental de la vida misma. Las virtudes y defectos de los libros se encuentran, a menudo, en las manos de sus custodios y eso es lo que trataré de mostrar en este pequeño paseo.

Estudiaba tercero de EGB cuando escuché, por primera vez, aquella afirmación que me costó tantos años expulsar de mi cabeza: los libros no son para leer. Lo recuerdo bien porque ese mismo año fui desterrado del nido y enviado a vivir con la tía Lola, que hoy me recibe como si hubiese salido a jugar una tarde y volviese a casa treinta años después.

—Buenos ojos te vean, estaba a punto de llamar a la Guardia Civil.

Nada ha cambiado desde mi última visita: las mismas tarteras ocupan los mismos muebles, el grifo del fregadero sigue goteando y hasta la barra de pan parece la misma que dejé sobre la mesa el día que me fui, incluso la misma que encontré el primero que llegué. Tan solo un pequeño televisor de pantalla plana se empeña en recordar que el tiempo también pasa en los territorios de la infancia. Como sé que le aburren mis disculpas —se ha puesto a descamar jureles mientras invento una—, decido ir al grano y preguntarle por su colección de libros, aquellos que me prohibía tocar y, por supuesto, leer. 

—¿Los de Agatha Christie? —se asegura sin dejar de raspar.

—¿Es que tienes más?

—No, pero a saber lo que te ronda en esa cabeza.

Cuando termina con el pescado, apenas el tiempo justo para interesarse por mi dieta diaria, hace un gesto con la barbilla para que pase al salón donde aquellas pequeñas novelas de bolsillo sobreviven atrincheradas entre fotos de primera comunión y pequeñas figuritas de cerámica. Pertenecen a una colección de la Editorial Molino y salvo por el color de las páginas, un tanto amarillentas, se conservan en perfecto estado y sin una sola arruga o grieta que delaten más uso que el decorativo. Repaso los títulos, pero no recuerdo cuál de ellos me costó la reprimenda.

—¿Nunca has leído ninguno? —le pregunto.

—¿Para qué?

—No sé, para entretenerte. ¿Para qué los compraste?

—¿A ti qué te parece? —responde antes de apagar la luz y conducirme de vuelta a la cocina, como si temiera mis malas intenciones—. Están muy bien como están, ahí quedan bonitos.

Mientras reboza en harina los jureles, con una parsimonia asombrosa, me va poniendo al día sobre los asuntos del barrio y cuando comienza a echarlos en la sartén aprovecho para despedirme: no quiero interrumpirla y tengo cosas que hacer.

—Siempre tienes cosas que hacer, pero yo no veo que hagas nada —replica, ofreciéndome una mejilla para que la bese. Solo cuando estoy saliendo por la puerta escucho su voz entre el chisporroteo del pescado y el aceite, despidiéndose con cierta formalidad.  

—Cuando muera ya los leerás todos, que seguramente será pronto.

A pocos metros vive Pila, mi siguiente objetivo. La suya parece una casa sepultada en la tierra y desde el camino se podría saltar al tejado sin tomar demasiado impulso, siempre y cuando cupiera alguna posibilidad de que la uralita que lo compone soportase el impacto. La llamo a voces —no veo nada parecido a un timbre— acompañado por un coro de ladridos que alerta a todo el vecindario. Varias caras conocidas asoman de diferentes ventanas antes de que ella aparezca tras la puerta, un tanto extrañada al principio. En cuanto me reconoce empieza a rascarse la axila, con confianza, y lo primero que me pregunta es si le he traído algún libro. 

Pila tiene más de cincuenta años, pero nadie sabe cuántos exactamente. De niña sufrió una meningitis que le causó algún tipo de daño en el cerebro y desde entonces vive a medio camino entre su mundo y el nuestro. Ocupa una parte de su tiempo en hacer pequeños recados a los vecinos y el servicio se lo cobra en libros, aunque se conforma con una simple revista o algún folleto publicitario. Es una coleccionista tan democrática que recibe con el mismo entusiasmo un ejemplar del Quijote que un manual de instrucciones de algún electrodoméstico, pues, a fin de cuentas, ella tampoco los lee: los imagina. 

Inspecciona con ahínco el ejemplar de El gato con botas que le traigo, un cuento ilustrado que acabo de comprar en una gasolinera, de camino al pueblo. Entonces sale disparada hacia la casa, como si hubiese recordado algo muy importante, y regresa al poco rato con una caja de cartón que quiere desintegrarse por las cuatro esquinas. De ella me alcanza un manual que promete desvelar el idioma secreto de las mascotas, también una guía enológica en cuya portada se distingue a un gato persa blanco olisqueando una botella de tinto y un ejemplar casi destrozado de El paraíso de los gatos, de Émile Zola. De cada uno me cuenta una pequeña historia que parece inventarse sobre la marcha, pero su favorita parece ser la de Paqui, el persa blanco.

—Paqui siempre está borracho, como mi hermano —me cuenta bajando la voz y ahogando con las manos una risa bastante malévola. 

Me gustan más sus relatos que los originales, así que me siento en las escaleras y le pido que me lea el nuevo cuento, si tiene un momento. La historia mejora muchísimo en la cabecita difusa de Pila. Va de un gato trepa que no quiere vivir en un molino, un hijo de puta que arroja humanos inocentes al mar y luego se marcha al Castillo de Negrito, que es un ratón, a bailar y celebrar con cerveza sus fechorías. A su manera es capaz de convertir un tedioso y moralista cuento clásico en la temporada definitiva de Deadwood, lo que no parece un mal resultado para una inversión inicial de un par de euros. Mientras nos despedimos, una vecina se asoma desde el camino y pregunta si somos novios, a lo que Pila, cogiéndome del brazo, contesta que sí.

La última parada la reservo para un muerto, el difunto don Severo. En su vieja casa no parece haber nadie, así que me siento en la acera de enfrente, como cuando era pequeño, a contar los bloques de granito que conforman la fachada. El viejo solía explicar que acumuló honores y fortuna durante la posguerra, un modo sutil de confirmar lo que todo el mundo decía de él: que fue un cacique y un usurero. En temporada de verano solía alquilar parte de su casa a viejos camaradas de trinchera que visitaban la zona, casi todos acompañados de una nutrida familia y la correspondiente mascota. Por algún motivo que se llevó a la tumba, sus inquilinos adquirieron la costumbre de agradecer su hospitalidad obsequiándolo con lotes de novelas del Oeste, aquellas míticas de Estefanía que causaron furor en entre tanto cowboy frustrado como parió esta tierra. 

Lo recuerdo como un señor mayor, de una envergadura colosal y maneras autoritarias. Tenía el cuello y la cara surcados por arrugas profundas, de las que invitan a guardar cierta distancia por miedo a caer en una de ellas y pagar con la vida. Todo en aquel hombre parecía fruto de la exageración biológica, pero inspiraba una cierta ternura cuando lo veías sostener aquellas novelitas entre sus zarpas con delicadeza: parecía un Olog-hai jugando con las miniaturas de una casa de muñecas. Se pasaba las tardes sentado en una banqueta de madera, a la sombra de un balcón, y no apartaba la vista de las páginas salvo para devolver el saludo a quien se lo ofrecía. Si es cierto que la música amansa a las fieras, de los libros podría decirse que tienen la capacidad de aplacar la maldad con poco más que el silencio, incluyendo la de tipos que, como don Severo, no sabían leer pero firmaban sentencias de muerte dibujando una cruz. 

Una tarde, después de disfrutar del sol y el mar en una playa cercana, regresó una de aquellas cuadrillas de turistas y se lo encontraron allí sentado, con una de las novelitas en la mano y las gafas en la punta de la nariz, como si le sirviesen de algo. El cabeza de familia se acercó, lo saludó, y quiso interesarse por el éxito de su regalo, a lo que don Severo contestó:

—Muy bien, don Amadeo, muy bien… Aunque pienso que esta ya la leí. 

Supongo que fue el día que aprendí cómo los libros que no se leen, además de decorar, estimular la imaginación o hacer compañía, también tienen la capacidad de retratar a los miserables, incluso de despojarlos de su título usurpado de don. 


«Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí». La leyenda de Mané Garrincha, el ángel de las piernas torcidas

Garrincha, 1958. Fotografía: Cordon Press.

Sus amigos le llamaban Mané, pero el mundo entero conoció a Manoel Fernando dos Santos por el apodo con que su hermana Rosa lo rebautizó cuando nadie podía imaginar que aquel muchacho medio lisiado, despistado y enamoradizo, se convertiría en uno de los mejores y más singulares futbolistas de la historia: Garrincha, la alegría del pueblo.

En 1950, mientras Brasil lloraba la derrota frente a Uruguay en el partido decisivo de la Copa del Mundo, una tragedia de dimensiones inimaginables en cualquier otro país donde el fútbol no comparta altares con la religión, un joven del municipio de Pau Grande regresaba a casa tras una tranquila y relajante jornada de pesca, completamente ajeno al drama que había conmocionado al país. Aquel muchacho que nunca parecía enterarse de nada y al que su hermana apodó con el nombre de un pájaro feo y cojitranco parecido a un gorrión sería convocado ocho años después para defender los colores del combinado nacional en el Mundial de Suecia y, al igual que sus compañeros de expedición, debió someterse al escrutinio de un test psicológico impuesto por unos dirigentes empeñados en modernizar las estructuras habituales del fútbol y reducir cualquier margen de incertidumbre. Garrincha logró una puntuación de treinta y ocho sobre una media de ciento treinta y el psicólogo concluyó su informe apuntando que el habilidoso extremo derecho tenía una edad mental de, aproximadamente, unos ocho años.

Quienes le conocieron aseguran que Mané Garrincha no tenía un pelo de tonto, tan solo era una persona despreocupada, absoluta y peligrosamente despreocupada. Una muestra de ello fue que, tras su muerte, se descubrieron docenas de cheques sin cobrar que la estrella había acumulado en un cajón de su antigua casa, ignorante de la caducidad de aquellos bonos. Su indolencia quedó patente en cientos de anécdotas que todavía hoy son relatadas en las cantinas de cualquier rincón de Brasil, como la que protagonizó en Chile durante el Mundial de 1962. Expulsado en el partido de semifinales por revolverse con cierta violencia contra un defensa contrario, y después de recibir una pedrada en la cabeza cuando se retiraba del campo, su presencia en el partido definitivo se convirtió en una cuestión de Estado. Final y felizmente indultado, Mané Garrincha se presentó en el despacho del entrenador minutos antes del comienzo del encuentro y preguntó: «Maestro, ¿hoy es la final?». Desconcertado, Aymoré Pereira respondió que sí, por supuesto que era la gran final. «Ah, con razón hay tanta gente», sentenció Garrincha.

Un espíritu libre, tanto fuera como dentro del campo, aprendió a jugar en un pequeño e irregular campo de tierra de su Pau Grande natal al que todos llamaban ‘O Maracanazinho’ y en el que regían unas normal muy particulares que Mané interpretaba como nadie. Quizás por esta razón, su relación con los entramados tácticos del fútbol profesional resultó de total y mutua incomprensión hasta el punto de que, un día, tras escuchar a uno de sus entrenadores explicar sobre una vieja pizarra un sinfín de instrucciones que debían ejecutar para contrarrestar al contrario, Garrincha se le acercó y preguntó: «¿Usted ya se puso de acuerdo con los rivales para que nos dejen hacer todo eso?». En uno de los muchos documentales inspirados por su leyenda se cuenta cómo, recién llegado al Botafogo, un miembro del cuerpo técnico se empeñó en acentuar la verticalidad de su juego y con tal intención dispuso una silla de madera sobre el terreno de juego, pasado el medio campo. Las instrucciones eran sencillas: una vez rebasada la silla, metáfora del defensa, el delantero debía encarar el área con la pelota controlada a la mayor celeridad. Ante la mirada divertida de Nilton Santos, lateral izquierdo y capitán del equipo, Garrincha terminó agotando la paciencia del preparador a base de regatear el mueble de todas las formas imaginables, una y otra vez.

Mané y Nilton se conocieron la misma tarde en que aquel joven desconocido y paticojo, empleado de una fábrica textil desde los diez años y que solía jugar al fútbol descalzo, se presentó sin demasiadas esperanzas a una prueba organizada por el Botafogo. Mientras se calzaba las botas con dificultad evidente, uno de los utileros del club se le acercó para advertirle de que su marcador sería Nilton Santos, la estrella del club y uno de los mejores zagueros del país, a lo que Garrincha respondió: «¿Quién? Para mí todos los defensas se llaman Joao». La tortura a la que el novato sometió al capitán, con su habilidad para el regate y su descaro infinito, provocó que Nilton Santos se dirigiese de manera inmediata a las oficinas del club e instase a los dirigentes a no dejar salir de las instalaciones al tan Garrincha sin firmar el correspondiente contrato. Apenas una hora más tarde, Manoel Fernando dos Santos estampaba una especie de firma sobre un papel en blanco, cuestión que tampoco le preocupó demasiado y se convertiría en costumbre durante la mayor parte de su carrera deportiva pues, al fin y al cabo, tampoco sabía leer ni escribir.

Aquella no era la primera vez que Mané se presentaba a estas catas para nuevos talentos que, periódicamente, organizaban los grandes clubes de Río de Janeiro en busca de nuevas figuras con las que engordar su negocio y su palmarés. En una ocasión fue rechazado por el simple motivo de presentarse sin las preceptivas botas y pretender pasar la prueba con los pies desnudos. En otra, fue él mismo quien decidió abandonar antes de finalizar el test para poder montarse en el primer autobús de vuelta a Pau Grande y llegar a tiempo de salir a pasear con una de sus namoradas. Vasco da Gama, uno de los colosos del fútbol brasileño, lo descartó a primera vista por sus evidentes malformaciones físicas: tenía la columna vertebral desviada, la pierna derecha más corta que la izquierda y las rodillas alarmantemente torcidas, secuelas de una poliomielitis aguda que ni la cirugía pudo corregir. Y pese a que semejantes defectos lo acompañaban desde niño, el despistado Mané no fue consciente de sus deformidades hasta aquella tarde en Río de Janeiro, el día en que Vasco da Gama cometió el error más grande y lastimoso de su centenaria historia.

Pelé y Garrincha, 1981. Fotografía: Cordon Press.

Fue en 1951 cuando Garrincha firmó aquel primer contrato con Botafogo y se convirtió en futbolista profesional. Se trasladó a Río de Janeiro y pese a estar casado con Nair, la madre de sus primeras dos hijas, su compañera en la aventura lejos de Pau Grande fue Iraci, su amante desde la adolescencia, casi una segunda esposa. El sexo y las mujeres fueron sus grandes pasiones hasta que la adicción al alcohol se impuso a sus propios deseos, muy por encima del fútbol, los pájaros y la música soul. A lo largo de su vida acumuló esposas, amantes oficiales y pasajeras, hijos e incontables demandas de paternidad que, en su mayor parte, atajó a base de dinero. En total, Garrincha reconoció a catorce hijos como propios: ocho con Nair, dos más con Iraci y una con Vanderleia, todas ellas niñas; de una noche de pasión en Suecia, embarcado en una gira promocional con el Botafogo nació Ulf, un sueco moreno y de piernas torcidas al que no llegó a conocer en persona pero con el que se carteaba con cierta frecuencia; Rosángela fue reconocida por el ‘ángel de las piernas torcidas’ después de que un juez ordenase una prueba de ADN y Manoel, el único hijo varón al que pudo abrazar, nació de su relación con Elsa Soares, unas famosa cantante de samba. Preguntada en cierta ocasión por el éxito de Mané con las mujeres, Elsa se echó a reír y concretó una cifra espeluznante seguida de la palabra «centímetros».

Elsa y Mané se conocieron en Chile, durante el Mundial de 1962. Ella había viajado como madrina honorífica de la Seleçao y Garrincha, la estrella absoluta del equipo y del campeonato tras la desafortunada lesión de Pelé, se le acercó una noche con un regalo muy especial: un disco de Billie Holiday. Se enamoraron y, unos pocos meses después, él solicitó el divorcio a Nair para poder casarse con Elsa. Inteligente y acostumbrada a negociar sus soldadas en un mundo tan canalla como el de la música, enseguida cayó en la cuenta del expolio al que era sometido Mané por parte de su propio club y sus continuas denuncias provocaron un terremoto en una institución acostumbrada a tratar a sus futbolistas como a famélicas fieras de circo. La respuesta no se hizo esperar y los medios afines al Botafogo aprovecharon la estrecha moralidad y la asfixia religiosa de la sociedad brasileña para estigmatizar a la artista. En lenguaje de internet, por aligerar la carga de las acusaciones, la estrategia difamatoria empleada podría resumirse de la siguiente manera: «depravada en tu zona busca varón débil de espíritu para destrozar familia cristiana». Las consecuencias no se hicieron esperar y la pareja se vio obligada a convivir con el insulto, la amenaza y el sonido de las piedras y las balas impactando contra las paredes de su casa.

Las crónicas de entonces aseguran que 1963 fue el último año en que Garrincha se comportó como Garrincha, al menos dentro de los terrenos de juego. Aunque todavía hoy quedan aficionados y periodistas que culpan a Elsa de su apagón futbolístico, lo cierto es que sus rodillas estaban devastadas por el exceso de partidos, la violencia de los rivales y las infiltraciones salvajes de cortisona a las que era sometido para asegurar la presencia en el campo de la gallina de los huevos de oro. Mané terminó pasando por el quirófano tras un tira y afloja con los dirigentes del Botafogo pero, lejos de lograr el efecto reparador que se buscaba, la cirugía tuvo consecuencias catastróficas: alejado de la obligación diaria de entrenarse y preparar el partido del fin de semana, Garrincha comenzó a beber de manera compulsiva. El gusto por la cachaça, el ron y la cerveza, que aseguraba haber heredado de su padre y que había comenzado a los cinco años de edad, se convirtió en una adicción severa al alcohol que lo acabaría llevando a la tumba, años más tarde.

Pese a que Garrincha volvería a jugar al fútbol después de la operación, su vida se convirtió en un infierno de cristal y los tragos sustituyeron a los regates como sus señas de identidad. Una tarde, Elsa encontró docenas de botellas y garrafas enterradas en el jardín de la casa. Asustada por el bloqueo alcohólico en el que parecía sumido su marido, le hizo una promesa: si dejaba la bebida, ella le daría lo que más había deseado en la vida, un hijo varón. Él aceptó, ella cumplió y lo primero que hizo Mané al enterarse del nacimiento de Manoel fue salir a celebrarlo con una borrachera formidable. Unos meses más tarde, Garrincha apareció en la casa con un coche recién comprado y la intención de visitar a sus hijas en Pau Grande. Olía a alcohol y Elsa trató de disuadirlo de que condujese en aquel estado. Ante el empeño de su marido y la imposibilidad de acompañarlo por motivos de trabajo, la madre de Elsa se ofreció a ir con él y, con su nieta en brazos, fruto de una relación anterior de la artista, se montó en el coche y se despidieron. En la autopista, a gran velocidad, Garrincha empotró su nuevo Ford Landau contra la parte trasera de un camión: su suegra falleció en el acto y la niña pasó meses ingresada en un hospital de Río de Janeiro recuperándose de las graves lesiones sufridas. Fue condenado a dos años de cárcel por homicidio imprudente pero no llegó a ingresar en prisión.

Lejos de intentar redimirse, Garrincha pasaba más tiempo al abrigo de las cantinas que en el calor del hogar, ausentándose durante días o semanas enteras, hasta que algún camarada de parranda o algún vecino que lo reconocía derrumbado en la calle remolcaban su cuerpo ahogado en alcohol hasta el jardín o la puerta de su casa. Los episodios de violencia doméstica se sucedieron y los periódicos de la época se hicieron eco del ocaso de Mané Garrincha, el héroe nacional que «regateaba defensas y los dejaba con el culo en el suelo, en fila y disciplinados», como dijo Didí, compañero suyo en la selección y exjugador del Real Madrid. Desesperada, Elsa le planteó un ultimátum: no entraría en casa ni se acercaría al pequeño Manoel mientras su aliento oliese a alcohol. Mané Garrincha no volvió a ver al niño nunca más y regresó a su pueblo natal, donde se fue apagando poco a poco, apenas amparado por algún amigo de la infancia y el amor incondicional de Iraci. El 20 de enero de 1983, Garrincha moría en un hospital, solo, después del enésimo ingreso en sus últimos tres años de vida, víctima de una cirrosis hepática: tenía cuarenta y nueve años.

Su entierro fue multitudinario y caótico. Llegó al cementerio de Raíz da Serra en un ataúd sujetado con cuerdas a la escalera de un camión de bomberos, rodeado por una marabunta que creía haberlo olvidado pero que recordó el profundo amor que le profesaba al enterarse de la triste noticia. Todavía hoy se percibe un cierto remordimiento nacional por no haber sabido cuidar del ídolo, de aquel ángel de piernas torcidas que hacía explotar los mismos estadios que Pelé enmudecía. Sus restos descansan en una tumba prestada y, junto al nombre de su legítimo dueño, se puede leer una placa en la que dice: «Aquí descansa en paz aquel que fue la alegría del pueblo». En un documental que recoge la visita de su hijo Ulf a la tierra de su padre, en 1985, uno de los sepultureros del cementerio se lamenta de que tan solo la lluvia y el viento visitan, ya, la tumba de Mané. «Mi vida es una lucha entre el bien y el mal en la que siempre pierdo yo», dijo en una ocasión, casi a modo de epitafio perfecto. «Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí».