Rafael Vives: El kamikaze poeta

Fotografía: Tim Evanson (CC).

Cuando hablamos de poetas malditos, aquellos genios alienados y autodestructivos cuyo verso decadente suponía un soplido infecto en el engreído aliento de su generación, viajamos mentalmente a la vieja Europa y, concretamente, a Francia. Nombres como Arthur Rimbaud, Tristan Corbière, Auguste Villiers, Paul Verlaine, Stéphane Mallarmé o el encumbrado Charles Baudelaire, ocupan en nuestra memoria las celdas destinadas a enumerar a estos réprobos creadores. Pero, como es lógico, poetas malditos existieron muchos más y mucho más allá de las hediondas orillas de aquel Sena de la segunda mitad del s. XIX. Entre todos ellos, sobresale un caso que llama la atención por su tortuosa biografía, su idiosincrasia y su inmerecida caída en el olvido. Hoy peregrinaremos hasta el místico Japón para conocer a la vez que honrar la historia y el legado del gran Haruko Tatsu.

Carpa de luto plañe tu kimono gris
Uña larga en primavera

Como la mayoría de los autores pertenecientes a su género, Haruko Tatsu fue un alma atormentada, carente de esperanza y víctima de terribles coyunturas que moldearon a golpes su oscura naturaleza. Nació en la pequeña ciudad castillo de Hida-Takayama, en la Prefectura de Gifu, el 8 de febrero de 1922. Casualmente, vio la luz dos días después de que japoneses, británicos, americanos, franceses e italianos, vencedores en la Gran Guerra, firmaran el Tratado de Washington. Dicho acuerdo estaba destinado a delimitar el potencial de las fuerzas navales de cada uno de ellos en un intento por evitar una nueva contienda. Como la cronología atestigua y como el bueno de Haruko padecería en sus propias carnes, el tratado resultó un fiasco. Pero sigamos con lo que nos ocupa. Tatsu se crió al pie del Monte Hotaka, en el idílico paisaje conocido como «los Alpes japoneses», en el seno de una familia humilde. Su padre, como la mayoría de convecinos en aquella ciudad establecida como fuente oficial de madera del país, era carpintero. A los dieciséis años y tras una obligada instrucción como aprendiz de ebanista, Haruko decidió que aquello no iba con él y se mudo a Nagoya en busca de un futuro. En la cuarta ciudad del imperio, a orillas del Pacífico, conoció a Nanami, una enfermera tres años mayor que él de la que se enamoró perdidamente y cuyo influjo marcaría más tarde la totalidad de su obra, trufada de tintes eróticos. Un claro ejemplo lo encontramos en su poema «Grulla de primavera» (1962). Pido disculpas de antemano por la posible inexactitud de las traducciones y obligadas adaptaciones fruto del uso de traductores automáticos on-line.

Como una piedra preciosa
Tu sexo entre algodones
Húmeda pero distante
Receptiva pero distante
Cercana al tacto en tu lejanía
Deja que te posea como dragón afónico*
Deja que mis manos te paladeen
Goza, mi grulla de primavera
Goza entera

*Según una antigua leyenda, cuando un dragón se quedaba afónico creía erróneamente que su muerte era inminente y desarrollaba un mayor ímpetu sexual en su intento por asegurarse descendencia.

Fue precisamente en mitad de aquel apasionado idilio con su eterna musa Nanami que estalló la Segunda Guerra Mundial, conflicto que llegó en mal momento ya que Japón estaba centrado de nuevo en su habitual asedio sobre China. En plena ofensiva de invierno, tras dos años de asedio doméstico, los nipones controlaban Manchuria, el norte y una importante franja del centro del titánico país vecino. A pesar de no ser todo lo premioso que se deseaba, el avance resultaba efectivo y fértil para el Imperio. Pero el pueblo chino resistió más de lo esperado, como tiende a hacer, y el escenario sufrió un contundente giro a finales de 1941 cuando el emperador Hiro Hito decidió meter a su pueblo en el gran fregado y el almirante Yamamoto trazó su genial ataque preventivo para amedrentar al diablo capitalista. Como era de suponer, a Roosevelt no le hizo excesiva gracia lo de Pearl Harbour y Estados Unidos se unió oficialmente a la fiesta. La llegada masiva de soldados americanos al Pacífico frenó el avance japonés en seco y convirtió la entretenida acometida en suelo chino en una verdadera carga. Fue entonces cuando Haruko Tatsu, activo patriota y soñador en paro, vislumbró una solución a sus acuciantes problemas de sustento y, aun siendo portador de una notable miopía, logró alistarse de forma voluntaria en el Ejército Imperial. Su objetivo no era otro que el de medrar, hacer carrera en el ejército, regresar como un héroe y formar una familia junto a su amada.

Tras apenas siete meses de preparación, Tatsu alcanzó el sueño de la mayor parte de los jóvenes de su generación y se convirtió en aviador naval. Sus primeras incursiones en combate coincidieron con el inicio del declive japonés. Aun así, participó y sobrevivió a las campañas de Nueva Guinea, islas Salomón e incluso al desastroso intento de invadir Midway, derrota que supuso un punto de inflexión y el fin de la imbatibilidad nipona. A partir de ese instante, considerado ya como uno de los pocos pilotos experimentados restantes, se centró en la contención del avance de las tropas del general MacArthur sobre suelo japonés. Las islas Marianas, Saipán, el mar de Filipinas, el golfo de Leyte, Guadalcanal y, finalmente, Iwo Jima, fueron los últimos escenarios del Teatro del Pacífico en los que Haruko intentaría evitar la victoria aliada. Con la mayor parte de su armada convertida en pecios y pocos visos de sacar la guerra adelante, el primer ministro Hideki Tojo había ordenado crear una unidad especial de pilotos suicidas encargados de retrasar el avance americano propiciando una reagrupación de las tropas imperiales. Así, en una emotiva mezcolanza de la tradición de sacrificio samurái con las nuevas tácticas belicistas, nacieron los kamikazes («viento divino»). Haruko Tatsu, convertido en alférez, fue uno de los elegidos y aceptó tan heroica tarea anteponiendo los intereses patrios a su futuro, a su anhelado reencuentro con Nanami y, en definitiva, a su vida. Su gran momento llegaría el 11 de mayo de 1945, en uno de los coletazos finales de la guerra. Tres aviones se lanzarían, con menos de treinta segundos de diferencia, contra el portaaviones USS Bunker Hill mientras este apoyaba la invasión de Okinawa. El plan era dejar caer una bomba de 250 kg sobre el buque y acto seguido impactar contra su torre de control causando el mayor estropicio posible. Haruko subió a su caza A6M «Zero» en el que la bandera del sol naciente engalanaba su último viaje, voló hasta el objetivo, descendió, lanzó la bomba y, culpa de su malograda visión, erró a la hora de alcanzar la torre y cayó al mar con la mala fortuna de sobrevivir. Ese episodio se convirtió en uno de los momentos más dolorosamente rememorados en su posterior obra, como queda patente en «Floto» (1968).

Mi pájaro de metal y origami
Se acerca el hostiazo de Dios
Esquivo la gran ballena Sam
Y floto. Floto
Floto entre sangre, fuego y recuerdos
Las nubes dibujan tus pechos
Tus pezones de cereza
Me empalmo en mi ataúd
Y floto en mi vergüenza

Tras varios días navegando a la deriva sobre los restos de una de las alas de su aparato, Tatsu acabó exhausto e inconsciente en una playa de Minna-Jima donde fue capturado por el cabo de origen puertorriqueño John Medina y enviado a un campo de prisioneros ubicado en Hawái. Durante su cautiverio pensó en suicidarse, llegando incluso a extender una petición formal en tal dirección a los mandos estadounidenses, súplica que fue rechazada. Humillado por el fracaso de su misión, carente de honor, convertido en una vergüenza de guerra y hastiado por el hecho de seguir vivo, Haruko encontró en la poesía una vía de escape a su insoportable enajenación. Fue a lo largo de aquel internamiento cuando empezó a plasmar sobre el papel sus miedos, su desasosiego y su enfermizo deseo carnal, fruto del constante recuerdo de Nanami.

Mi sable de samurái oculto en tu arbusto
Mi sable de samurái perdido en tus nalgas
Cabalgas. Cabalgas
Mi sable de samurái custodia tus muslos
Mi sable de samurái remonta tus senos
Serenos. Serenos
Mi sable de samurái se mece en tus manos
Mi sable de samurái de carne y deseo
Jadeo. Jadeo.

«Mi sable de samurái» (1946)

Su ejemplar conducta durante aquellos meses le valió la estima de sus guardianes. Así, en febrero de 1947, en plena ocupación americana tras la capitulación del imperio, fue enviado hacia Yokohama donde fue oficialmente desmovilizado y liberado. En su tierra natal, donde ya conocían los pormenores de su fracaso y posterior detención, no fue recibido con estima por parte de las autoridades militares. Lo expulsaron del ejército aunque no lo juzgaron ni presentaron cargos contra él. Al fin y al cabo, no era un traidor sino solo un miope al que tal vez habían sobrevalorado debido a su longeva supervivencia en combate y a su imprevista suerte en el frente. Apestado, alienado y desquiciado por su fracaso, transformado en un antihéroe, regresó a Nagoya donde el círculo de miseria se cerró al comprobar que, al igual que los demás, también Nanami lo repudiaba. Aquello minó de forma definitiva su juicio y lo arrojó en una sima de trastorno y soledad de la que ya jamás emergería. Con tan solo veintiséis años, consumido, perturbado por la guerra y extraño en su propio hogar, se mudó a una pequeña aldea en el norte del país, cerca de Sendai, en la prefectura de Miyagi. Allí, amparado por el anonimato, dio rienda suelta al torrente de decadencia y melancolía que inundaba su cerebro. Desde entonces y hasta su muerte se dedicó a malvivir y a plasmar en cuartillas de papel sus lóbregos pensamientos, confeccionando una de las antologías poéticas más destacables de todo el siglo XX. Finalmente, el 14 de diciembre de 1986, mientras en Tokio se celebraba la final intercontinental entre River Plate y Steaua de Bucarest, Haruko Tatsu moriría solo en su modesta cabaña, a la edad de sesenta y cuatro años, pocos minutos antes de que Antonio Alzamendi marcara el tanto que daría la victoria a los argentinos.

El modo en el que la obra de Tatsu logró ver la luz resulta tan misterioso y rocambolesco como su propia vida. Tras su fallecimiento, sin familia conocida ni herederos, su vivienda fue subastada y sus escasas pertenencias se alojaron en el sótano de un edificio gubernamental del distrito de Aoba. Allí reposaron durante años hasta que en 1991 Yasunari Oki, un funcionario local encargado del archivo, descubrió los manuscritos. La curiosidad que despertaron en él esos hipnóticos versos hizo que los remitiera a Natsume Kawata, antiguo compañero de filas y por entonces profesor de literatura en la Shinsu University de Nagano. Fue Kawata quien, tras indagar en la misteriosa figura de Tatsu, decidió dos años más tarde publicar un primer poemario titulado Haruko Tatsu. Versos desde la nada. Aunque el reconocimiento y el interés por la obra y la figura del kamikaze poeta no han alcanzado las cotas que sin duda merece, a partir de aquel momento el mundo fue consciente de su existencia. La de un genio martirizado por su memoria. La de uno de los mayores referentes poéticos de todos los tiempos.

Si lo hacemos como los perros
ambos podremos contemplar el horizonte


Seis joyas del siglo XXI

Foto: Chris Shutterhacks (CC)
Foto: Chris Shutterhacks (CC)

Muchas son las listas que enumeran los hitos literarios que nos ha regalado la historia. Otras, menos pretenciosas pero igual de dogmáticas, centran su recolección de tesoros en la narrativa del ya difunto siglo XX. Pues bien, ni una ni otra interesan hoy. Hoy les propongo desgranar seis novelas que, a mi entender, representan lo mejor escrito en lo que llevamos de siglo XXI. Seis oportunidades para entrar en contacto con autores que quizá desconozcan o para afianzar su opinión sobre los mismos. He aquí seis joyas cuya lectura recomiendo encarecidamente a todo el mundo. Búsquenlas. Y disfruten.

Lo profundo del asunto, de Jonas Wingright (2008)

Jonas Wingright, Bristol (1953), no es un novelista al uso. Sus narraciones dibujan un collage de matices en los que la historia en sí no supone más que el hilo conductor mediante el que nos plantea su permanente miedo a una sociedad vacía. En Lo profundo del asunto, más allá de conjeturar sobre el bien y el mal desde el punto de vista de un joven manatí amazónico, el autor ejecuta un soberbio ejercicio de prosa poética. El protagonista, el orondo mamífero placentario, se ve inmerso involuntariamente en el devenir de una facción de la guerrilla guatemalteca en la que milita Iris, una hermosa mestiza de un solo brazo de la que queda prendada. Lentamente, con la precisión de un orfebre de los sentimientos, Wingright nos plantea la historia de un amor contranatural, una unión imposible entre bestia y mujer que el británico ni censura ni condena sino, simplemente, narra. La novela está trufada de giros argumentales que obviamente no desvelaremos pero que son los encargados de que la historia fluya a base de aguijonazos de temor y esperanza que nos conducen, paso a paso, a un insólito desenlace. «Lo profundo del asunto» marca, sin duda, un verdadero hito en la literatura contemporánea.

Cuando fuimos Grunits, de Mary Everet Poo (2000)

De ascendencia vietnamita, esta prolífica y reconocida autora kazaja tiene en su pluma una inigualable fábrica de matices. En sus novelas fluye siempre un halo de desolación que nos atrapa y adentra sin remedio en la brutal atmósfera Poo. El mundo oscuro que habita dentro de la propia Everet se convierte en canal y fuente de inspiración para sus historias. Historias como Cuando fuimos Grunits, una excepcional apología de la lucha por la verdad adornada exquisitamente con trazos de taoísmo y autocomplacencia vegana. Los Grunits se nos presentan como los extintos pobladores de Mintraj, otrora una de las ciudades más florecientes de Asia. Sin incidir ni especificar en cómos ni porqués, flota entre líneas el poso de un posible genocidio caníbal respecto al cual la autora decide mantenerse al margen y, por extensión, mantenernos en vilo. ¿Qué pasó en realidad con los Grunits? ¿Qué confería poder al Kygú, su garbanzo sagrado? Estas y muchas otras son las preguntas que nos acompañan a lo largo de una impecable narración sustentada por elaborados personajes, como es el caso de Zyt, híbrido mitad hombre mitad abeja sobre el que pesa gran parte de la trama. Acción, sátira y un envidiable sensibilidad de lenguaje hacen de Cuando fuimos Grunits una obra de arte intemporal.

Donde mueren los cedros, de Elijah Notch (2005)

Hablar de Elijah Notch es hablar del abanderado de la mejor corriente literaria que ha dado jamás el estado de Virginia. Criado en el seno de una estricta comunidad amish, el autor se caracteriza por abordar de un modo exquisito la cotidianidad humana. Sobrio, huyendo de alardes y parafernalias literarias, Notch nos plantea una historia sencilla y profunda que se desarrolla en la cordillera Troodos, en la isla de Chipre. La inesperada erupción del monte Olimpo pone en jaque a una humilde comunidad de pastores dos de los cuales quedan atrapados entre ríos de lava. De este modo, sin más opción que la de esperar y sin más futuro que el que les depare el capricho de la naturaleza, Thum y Viger, nieto y abuelo, repasan y rememoran la ancestral historia de su tierra y su familia, su evolución, sus méritos y los errores que, según el joven, les han conducido al más implacable de los estancamientos. «Viendo el ayer, veo el mañana. Y se me antoja insuficiente», sentencia Thum. Minuto a minuto, asistimos a un sutil cambio de roles en el que el maestro aprende y del aprendiz emana la auténtica sabiduría. Se trata de una novela humana e intimista, aderezada de ecología, en la que se pone en tela de juicio el valor de las tradiciones y en la que, una vez más, el hombre no tiene más remedio que postrarse ante aquellos poderes que son netamente superiores a él.

A merced de Claudia, de Iván Cortzi (2002)

Iván Cortzi reconoce que ideó esta excelente novela en el tren que cada mañana une Turín con Varese y a mitad de cuyo trayecto observaba siempre a una joven campesina. Lo común de su presencia unido a la certeza de que jamás llegaría a conocerla impulsaron al autor a embarcarse en un proyecto que a la postre ha resultado ser un indudable referente en el denostado género romántico. A merced de Claudia nos sitúa en una Italia convulsa dominada por la corrupción, la injusticia y un conjunto de creencias anacrónicas que salpican el relato con tintes sobrenaturales. La batalla entre la razón y la fe genera el enfrentamiento brutal de una sociedad arcaica que lucha por avanzar. Y en mitad de la contienda, dos almas, dos criaturas de naturaleza frágil pero de propósitos firmes. Claudia y Enzo abanderan esta epopeya moderna en la que partimos de un mundo que se nos presenta irremediablemente perdido. Se trata de una historia de amor, eso es innegable, pero aquí el amor no emerge como protagonista ni como fin sino como mero salvoconducto. La sensibilidad con la que el genovés viste a sus personajes marca un antes y un después en la galería de héroes anónimos que salpican nuestra literatura. La novela no dejará a nadie indiferente. Es más, aventuro que si el autor mantiene este nivel, pronto todos quedaremos «a merced de Cortzi».

El tridente de Moisés, de Brigitte Urklen (2006)

Brigitte Urklen tiene un don para coquetear con el surrealismo. La escandinava se desmarca de la etiqueta de novela negra predominante en su tierra a través de una prosa fresca y cargada de simbolismos. Para ejemplo, esta breve pero exquisita historia en la que se nos plantean los entresijos de un hipotético pacto entre el profeta Moisés y el dios Neptuno que a la postre derivará en la bíblica apertura del Mar Rojo. Madame Medusa y Monsieur Calamar capitanean un inverosímil bestiario de adorables personajes de los que resulta imposible no enamorarse. Un elenco de variopintos juristas, notarios y albaceas debaten a contrarreloj los pormenores del acuerdo mientras, en la orilla, un pueblo de Israel formado metafóricamente por alpargatas espera en tensión el resultado de las deliberaciones. El tridente de Moisés es una novela divertida, canalla e incluso algunos dirán que ingenua. Pero aquí ya no destaca el fondo sino la forma. Urklen es a la literatura lo que Adrià a la cocina y su genialidad reside en la búsqueda de nuevos lenguajes que quizá sean censurados por irreverentes e incomprendidos. Si desean leer algo absolutamente diferente a todo lo que conocen, esta es una oportunidad única.

Las cerezas no vuelan, Anne Marie Lacovina (2012)

Cuando en 1991 se publicó Su grotesca majestad, primera novela de Anne Marie Lacovina convertida ya en obra de culto y traducida a más de cincuenta idiomas, esta joven autora búlgara sentó los precedentes de lo que iba a ser una carrera meteórica. Su último gran éxito, Las cerezas no vuelan, nos sumerge en el macabro escenario de la guerra franco-prusiana a mediados de 1871. En un mundo de crueldad, muerte y desconfianza, dos artilleros enemigos en plena huida coinciden al ocultarse en un establo. Jean Claude, soldado del II Imperio Francés y Karl, perteneciente a la Federación Alemana del Norte, dejan a un lado la obligación de matarse y se embarcan en un romance que saben inviable. De vuelta cada uno a sus frentes y encargados de los cañones que martillean la trinchera rival, idean una manera de comunicarse envolviendo con cartas las mortales bolas que les sirven de munición. Así, cada devastador disparo va acompañado de su romántica misiva. Con trabajados giros y un portentoso moldeo de personajes, Lacovina juega a desplazar la frontera entre el horror y la ternura. El resultado es una novela excelente e inclasificable que explora los límites de la naturaleza humana.


Rafael Vives: Urs Knettey

papelera

Todo hombre, por lo menos una vez en la vida, debe afrontar voluntariamente la tesitura, en pro de un posicionamiento erudito entre sus semejantes, de redactar con cierto boato una frase pretenciosa en su léxico, medianamente enrevesada en su sintaxis, razonablemente extensa y vacía de contenido”.

Así explicaría Urs Knettey, que de existir hubiera sido eminente filólogo decano de la University of Illinois, asiduo pescador con mosca en el Apple River Canyon y posteriormente afable jugador de ajedrez en los bancos de Lincoln Park, la necesidad social de ser aceptados a través de una superficial proyección de conocimiento, vocabulario y lo que en definitiva denominamos erróneamente cultura. Knettey, que de existir hubiera dedicado décadas a analizar en profundidad esta temática hasta llegar a conclusiones dramáticas tachadas de vagas, dispersas e incoherentes por sus congéneres, se hubiera sin duda embarcado en la herética tarea de desenmascarar la desfachatez del lenguaje humano desde el punto de vista de la absurda adulación por respeto, por, digamos, reconocimiento reverencial o, en la mayoría de ocasiones, por ignorancia. Es decir, hubiera descubierto y, ante su estupor, denunciado los mecanismos mediante los que muchos individuos se valen del lenguaje, sagrado elemento de interacción, para hacer creer a los demás que merecen ostentar un estatus de privilegio por el mero hecho de hilvanar una serie de términos, que aunque para algunos incomprensibles o difíciles de procesar, resultan vergonzosamente carentes de sentido o por lo menos innecesarios, insustanciales y por lo general fuera de contexto. Eso, hubiera afirmado Knettey, supone una espeluznante profanación comunicativa, una merma de la decencia humana y un inadmisible y rayano en lo delictivo ultraje a la palabra. La gran falacia. La enorme pantomima. La colosal estafa. Así hubiera titulado las constructivas y reveladoras ponencias con las que recorrería el orbe arrojando luz sobre uno de los mayores atropellos y una de las más nocivas transgresiones que hayan amenazado jamás la estabilidad de nuestra línea de flotación como raza. Sus soflamas liberadoras hubieran llegado a cada rincón habitado del planeta, a cada esquirla de vida inteligente y a cada pabellón auditivo relativamente sano en un desesperado intento por prevenir a la humanidad ante lo que él no hubiera dudado en tildar de Apocalipsis de Flujo. Uno a uno, hubiera ido desenmascarando a todos aquellos farsantes que mediante un lenguaje impostado, excesivo en ornamentos y nocivo en su ficticia complexión, pretendían erigirse como adalides y caudillos del significado a lomos de su masivamente destructiva verborrea. Nos hubiera liberado, cercenando las plumas y las lenguas de aquellos charlatanes que, blandiendo su impertinencia gramatical, aspiraban a nuestra pleitesía. Los hubiera destronado, bajado del injusto pedestal hasta el que habían inmoralmente ascendido y devuelto a la ciénaga de la indiferencia de la que nunca debieron emerger.

Pero Urs Knettey nunca existió. Nunca pescó con mosca, nunca jugó al ajedrez, nunca aleccionó estudiantes y, lamentablemente, nunca expuso su Apocalipsis de Flujo. De ahí que existan desvergüenzas como esta que acaban de leer.


Libres

librería

Cada vez que un nuevo comercio veía la luz en el barrio se desataba una enorme expectativa. Un hecho que se acrecentaba en verano, cuando nuestro día a día avanzaba ocioso y ávido de experiencias que cercenaran la reinante monotonía. Y, como suele suceder en el efímero mundo empresarial cuyos entresijos aún nos eran ajenos, una apertura acostumbra a venir precedida de una despedida. Un adiós que todos presenciamos, arremolinados ante los escasos tres metros de fachada que suponían la cara exterior visible de nuestra, hasta entonces, tienda predilecta. Tras la muerte de la Sra. Rosa sus hijos decidieron clausurar el pequeño colmado familiar que durante 25 años había provisto de pan, huevos y leche a más de cincuenta familias. “Las grandes superficies hacen mucho daño”, lamentaba Nicolás esa mañana en la que bajaba de forma definitiva, y ante la decepción popular, aquella chirriante barrera metálica. Lo cierto es que desde que inauguraron dos enormes franquicias de autoservicio en las cercanías, la rolliza y renqueante Sra. Rosa había visto mermado su selecto elenco de clientes. Con una infraestructura familiar, matriarcal más bien, y una visión empresarial arcaica propia de los albores de la edad moderna, Rosa, Rosi, Rosaza no podía permitirse vender carne ni pescado. Debido a ello, cada vez eran más los que optaban por la comodidad de una compra completa en aquellas proliferantes moles frías y desprovistas de carácter cuya falta de modestia y aires de grandeza les llevaba a adoptar en sus epígrafes prefijos excesivos como híper o súper. Los precios, los horarios, la variedad de productos… todo jugaba en contra de Comestibles Rosita en un mundo velozmente capitalizado.

A la semana, todavía desacostumbrados al cerrojazo que nos había privado del ansiado acceso a la bollería industrial y a un reducida pero balsámica selección de helados, volvió el movimiento al número 17 de aquella pequeña arteria de la ciudad a la que llamábamos hogar. Excitados, arrancados de nuestra apatía, observamos a los ruidosos obreros trabajar día y noche, vimos llegar una batería de enormes paneles azules con letras amarillas e intuimos como jerarca a un señor mayor que con notable eficacia lo gestionaba y controlaba todo. Nadie sabía y nadie aportaba detalle alguno acerca de la misteriosa naturaleza de aquel nuevo negocio. En pleno agosto de casas húmedas y acaloradas, teníamos todo el tiempo del mundo para desatar la curiosidad, espiar y seguir cualquier acontecimiento desde la acera ardiente en la que durante horas los niños nos cocinábamos a la piedra. El local, por lo que se apreciaba en las mejoras exteriores y a través del reducido escaparate, quedó precioso, con sus decenas de estanterías de madera, su suelo marrón enmoquetado y su lustrosa verja nueva. Tan solo faltaba el rótulo que disipara la más feroz de nuestras dudas. Entonces, como si fluyera a cámara lenta, deslizándose entre una comitiva de bienvenida cuya expectación y algarabía solo faltó adornar lanzando flores y salvas a su paso, llegó aquel camión. Dos operarios comenzaron a descargar cajas y cajas repletas de libros que aquel hombre mayor apilaba e iba distribuyendo. A la mañana siguiente, cuando apenas habíamos amanecido, el murmullo que se filtraba por las ventanas nos arrancó de los por entonces todavía amables sueños infantiles, nos expulsó de un salto de la cama y de otro nos plantó en mitad del empedrado urbano. Por fin, todo estaba listo. ‘Librería Orantes’ rezaba un hermoso letrero con forma de cuaderno abierto. El guiño de haber elegido el nombre de nuestra minúscula pero insigne calle para bautizar el local ya nos aflojó el corazón. Del resto se encargó Matías, afable y singular regente de aquel paraíso de letras. Gracias a él, la mayoría de los niños en edad aún moldeable, descubrimos la obertura por la que acceder a una especie de nuevo mundo. Sin preverlo pero sin evitarlo, nuestro destino se vio gratamente alterado desde ese instante. Transitamos por aquel verano bajo la bendita sombra de su toldo, libro en mano. Absortos, embebidos en las historias fascinantes que Matías nos prestaba en un intercambio del que él sólo obtenía nuestro respeto y gratitud. Con eso le sobraba, decía. Con vernos felices y entusiastas, sabiéndose artífice de nuestra conversión literaria.

Aquellos meses cambiaron nuestras vidas. Supongo que aún hoy debemos agradecerle a ese hombre gran parte de las inquietudes, ilusiones e intereses que hemos ido desarrollando a partir de su influjo. Por lo que sé, ninguno de nosotros ha abandonado nunca el universo en el que Matías nos introdujo. El primer día que hablamos con él, mientras le ayudábamos a terminar de colocar los carteles de las secciones, Pedro le preguntó qué razón le había llevado a abrir un negocio de esa índole. Con una sonrisa, Matías nos dijo que una librería, como su nombre indicaba, era un lugar destinado a hacernos más libres. Cuánta razón tenía.


Arrecifes abandonados

arrecife

Recuerdo las austeras mañanas de mayo, el legado de los labios sobre los vasos aún dispersos por la mesa de trencadís, el porche, mitad sombra, mitad primavera, el ilógico contoneo de dos lagartijas. Recuerdo las persianas, semiabiertas para filtrar el humor de los cuerpos, el jadeo de las cajetillas arrugadas de tabaco, el aire corrupto del aislamiento. Arena. Buscando recovecos y colores pálidos de toallas exhaustas, a lomos del viento, seseando al avanzar, como un reptil a ras de suelo. Veo las piedras inútiles e insoladas, celadoras del camino obsoleto por el que ya no hacen surcos las suelas de goma de las bicicletas infantiles. Desde un balancín que ha gemido más de mil generaciones, sedado, dormito y enumero los estatutos del olvido y la entereza. Ladeado, sobre una espalda que late, repaso el libro del frío. Inmóvil, fatigado, la imaginación me desplaza con la absurda tarea de abarcarlo todo. Entonces intuyo la playa, parda, macerada con algas y vida. Y sobre ella, los enormes párpados del sol ardiendo en mi nuca. No lamento ni padezco, y almaceno en sal marina los guiños de una isla íntima y presumida. Contemplo la calima. Vengo del miedo y de la añoranza. Y he renacido, entre gaviotas, medusas y plásticos a la deriva. Aún achico con calma los posos de la cavidad donde confiné la tormenta. Climas en miniatura y nubes de algodón enmohecido. Es cuestión de tiempo. Receloso, olvidé advertir a mis insomnes párpados del sueño con el que azotan los tentáculos de la luna. Por eso reposo al asomar el día, ante una pared de esperanza y mosquitos, ajeno al minutero que consume la vida. Me mezo en los recuerdos casi despoblados. Eras joven y asustadizo, fuiste herido por la brisa inestable de las hadas temporeras. Las mismas que pretendes sin éxito homenajear, entre muecas de tinta y espirales que guillotinan con precisión tu cuaderno vacío. Tu pensamiento es solo nostalgia y gratitud. Hipocondría controlada con píldoras de ilusión de mil tamaños y colores. No hay prisa. Veo redes secándose en el pantalán de mi impaciencia. Restos de coral y escamas, inmutables, de piel muerta y salitre. El puerto reposa en cuarentena de veranos y en el mar deslumbra el reflejo de la galaxia. Otra noche amenaza. Regreso al que fue mi hogar atajando entre espuma que me engalana y oxigena. Doblo los faros para que alumbren el infinito y me reintegro en ese yo latente que va y viene cumpliendo condena entre un suave crepitar de madera. Lo confirmo. Nunca existió mejor celda que el viejo porche, sumido en el rumor nocturno de insectos y mareas. Me acuno. Acepto el desafío de una nueva madrugada. Flaqueo. Cierro los ojos sin grandes expectativas. Y sonrío ante la pureza de los arrecifes abandonados.


Esta es mi boca

He llegado a tu esfera, esta es mi boca. Como fruta en medio del desierto metálico. Miel y piel de enredaderas solapadas por el viento árido de tiempos peores. Amor y sombra. Ayer enloquecía al contacto con la luz. Así llego, y entro, trasegando por caminos aun sin mutar. Despierto en el roce del agua fría de enero redibujando mi cara. Tu espejo colorea mis espacios bitonales, lo que fui, sujeto a un ábaco de dudas oxidadas, inmóviles, incapaces de deslizarse hacia donde el tiempo suma. Han dormido alfombras, y lienzos vacíos, y cartas quemadas allí donde establecí mi punto de partida. Han anidado pájaros de otras galaxias y todas las aceras rubias y cálidas de un agosto enloquecido. Una mano equivocada, un beso a destiempo que ha implantado sin criterio un extenso mundo de sapos. Mírame. Dame tiempo. Solo al tocarse descubren los niños que la piel es un canal de conexión con el alma. He cargado estaciones en relojes parados. Una, y otra, y otra más, hasta romper sus contornos. He sobrevivido flotando en tus brazos. Y un firmamento de balizas en cada ángulo que esquina tu figura. Eras lluvia y ternura, suerte y contratiempo, nieve y caramelo.

He trepado hasta tu lógica. Y hemos visto, desde el tejado de nubes, cómo los ángeles mercadean con la agonía. Respiro lo que exhala tu hemisferio. Eres la delicia de las palabras ausentes. Como el fluir de las cadenas rotas. Como la paz de la sábana impoluta tras una muerte dulce. He previsto las horas marchitas y las he apilado junto a los rastrojos en los que se acomodó la tristeza. He prendido fuego a todo. Así, embudo de humo de la tierra al infinito, han sabido las miserias, todas las miserias, que no habría más treguas, ni más inmunidad, ni más invitaciones. He fluido bajo las puertas donde se pudren los tesoros que nadie cree merecer. Me he fragmentado, en mil pétalos volátiles, para encontrarte en el aire de las ciudades oscuras. He rastreado la estela y el perfume de animales que te rozaron. He impregnado la luna de mí y la he invitado a tu comparsa de bienvenida. He interrogado a las flores, a los cirios y a las cometas. He involucrado a las farolas, a los gatos, a las piedras y a las estrellas. Y te he encontrado.

Así que aquí estoy, y esta es mi boca. Ahora ya forma parte de ti.


Rafael Vives: La palabra

Para encontrar, más allá de tus manos, el surrealismo ideal, debo dar el doble o triple tirabuzón al sentido de cada cosa. Hacer de tu rostro la llanta de la rueda que me invite a girar. Y de tu piel la alfombra que mitigue mi caminar sobre este suelo de clavos. Necesito el desorden perfectamente ordenado. La coalición de sedales en los que atrapar tu mirada. Es sencillo, al fin y al cabo. Pues al fin y al cabo del día, allá cuando bosteza, repaso las frases menos necesarias. Y me quedo con lo absurdo de cada sintonía. Es pues la voz el reclamo de los que acuden a indagar. A más sirenas, más voces. Y más marineros perdidos tras cada voz. Así busco en ti la palabra que deponga mi voz. Callado, como los almendros en otoño. Igual de despoblado. Absurdo y ausente, porque te has desdibujado de este paisaje. Es por eso. Porque te has recortado de mi postal y ya no hay quien la franquee. Si rebusco y te canso. O si me repito o me atasco, llega el temblor a cada ojo que te buscó y a cada mano que te encontró. Presas del diccionario, se quedan cortas las cuadrillas de letras que pululan por ahí, tan manoseadas que ya no recuerdan lo que significan. Que si se pierde una se sienten mejor. Y las vendas son vedas. Y las cartas, catas. Para catar hasta dónde nos echamos de menos. O si la cambian por otra. Y los muertos son huertos, las putas son puras y las tumbas son timbas sin ases bajo la manga. No recuerdo bien pero antes las juntaba e inventaba nuevas. Y septihambre eran las ansias de libertad que me asaltaban tras el verano. Y neciositar era la posterior forma obscena y dolorosa con la que te añoraba. Te neciosito; te necesito como solo un necio sabría hacerlo. Así cae, por su propio peso, todo significado. Entonces hay más puertas y son más grandes. Y río más, aunque llegue el domingo y sepa que mañana volveré a ser el otro. Descorchamos una semana, y los perros miran mis zapatos rojos desde detrás del contenedor. Porque los ven al revés, y les hacen gracia, y los siguen con la cola. Así te encuentro, sentadita descalza entre tanta poesía. Llorando por necesidad, que no por pena. Porque hay que humedecer los ojos para que no se resequen. Como el cristal del coche por el que ya no veo nada. Y sonríes de repente en forma de lava. Y se disipa la tormenta. Así te tengo presente. Del café de cada lunes a la almohada de cada domingo. Mitad real y mitad inventiva. Sin saber cuál me resulta más inaccesible. Sueño mucho. Porque no conozco más normas que las que dictan los bordes de mi cama. Contigo en primer plano, cada montaña es más pequeña y cada puesta de sol, detrás, se difumina. Sé que llega la noche porque en lugar de verte te intuyo. Y sé que llega el día porque descubro legañas en tus linternas azules. Solo por eso. Hace tiempo que borré el reloj de esta muñeca. Me guío por luces y penumbras, por polvo de estrellas y cortinas que filtran las gotas de sol. Con eso me basta. La luna es una bola de papel arrugado que ya nadie leerá, allá arriba, en el fondo de la papelera de este infinito. Y, de repente, ya no te neciosito si no que te tengo, y te hablazo, que es abrazarte usando la voz. Y encuentro así la palabra con la que poblarte de frases que tú sabrás acomodar. Ya está. Ya no busco más. Ya tengo destino y destinataria. Voy a contárselo al café, a mis zapatos, a los perros y al otoño. Qué alegría. Qué suerte he tenido.


Rafael Vives: El azar

Situémonos en el ocaso británico de un siglo XVI parco en descubrimientos, tosco, vacuo y tan insustancial que, de no ser por Shakespeare, se hubiera conocido como “sigilo XVI”. Fue durante esa época oscura en la que el joven matemático William Ebony Milf constató su “Teoría de las cuerdas autoimpuestas en la no fortuita vigilia que deriva en la eclosión del azar”, común y erróneamente llamada “Teoría del azar”. En ella, Ebony desgranaba los componentes de aquello que llamamos “suerte” e intentaba de una forma cuando menos encomiable demostrar que podía malearlos a voluntad y por tanto hacerse con las riendas de la cuádriga del azar. Dominar la suerte, vamos. Su locuaz discurso inicial se sostenía sobre cuatro grandes pilares, los A.A.P.P, que no eran otros que Alegría, Alboroto, Perrito y Piloto. Con el tiempo y la adquisición de cierta madurez, Milf fue alejándose de estos primigenios preceptos para centrarse en intrínsecas ecuaciones de probabilidad como la de extraer una cantidad N de bolas chinas rojas y negras anotando concienzudamente en su antebrazo la frecuencia con la que extraía esferas del mismo color. Ciertas señoras pertenecientes a la alta burguesía londinense se mostraron muy interesadas en el proyecto y se ofrecieron a sufragar los costes de tan aventurada investigación. Fue así como W.E.M. pudo embarcarse en su ansiado Periplo Rular, un largo viaje iniciático hacia las formas de azar existentes a largo de toda la geografía mundial. Quería conocerlas, palparlas, diseccionarlas y finalmente someterlas. Todas y cada una. De norte a sur, de este al otro, de Groenlandia a Alpedrete. Pero mal empezó la contienda. Una notoria escabechina sufrida en una primera partida de dados en el proscenio del Teatro Globe, en la que perdió hasta el monóculo, le obligó a reducir su ámbito de estudio a la margen izquierda del Támesis. “No pasa nada”, se repetía durante sus frecuentes tratamientos mediante autolesión. Solo había sufrido un revés, un pequeño escollo, un leve tropiezo que no haría si no reforzar la base sobre la que se sostendría su investigación. Las fórmulas eran exactas, la precisión en su implantación inaudita, su pelo lucía lacio y sus axilas hablaban el idioma del desodorante barato. No podía volver a fallar.

Con su presupuesto más que cercenado, se aventuró hacia una segunda cita con la historia en forma de partida de cinquillo. El envite tuvo lugar en el frecuentado Pub Malory, de Upper Ground, y concretamente en su sótano debido a las estrictas y minuciosas leyes locales que prohibían el juego a los zurdos los días de la semana que llevaran “R”. Mientras barajaba su cabeza bullía en un torrente de incógnitas despejadas, elevación de potencias, números antinaturales y el recuerdo del sugerente escorzo de la camarera que lo había acompañado. Compuso en su cabeza las tablas que guiaban el azar, pulió mentalmente cada resquicio de duda y repartió. Una vez tuvo las cartas en la mano, concentrado, hierático en mitad de aquella lóbrega estancia, recordó y maldijo la pérdida de su monóculo. No las veía. El ambiente estaba tan pobremente iluminado que no veía las cartas. Intentó una intuición al tacto, frotando disimuladamente las yemas de sus dedos por los naipes en busca de la rugosidad delatora. Pero nada. Una amalgama de formas y colores difuminados se mostraban ante él, entre sus manos, eliminando por momentos los peldaños de su escalera hacia el éxito. Fue entonces cuando, hiperoxigenado y a lomos de su orgullo, comenzó a aplicar sus fórmulas infalibles un poco al tun tun, dejando que la intuición le dictara las cartas que tenía. El resultado; un drama. A duras penas y entre sollozos consiguió que le permitieran conservar los calzoncillos, prenda en la que él mismo había serigrafiado el lema; “I am the future“.

Quedaba de manifiesto que la gloria no era empresa sencilla y que dos insignificantes sinsabores no le privarían de degustar las mieles del éxito. Con el puñado de chelines que obtuvo empeñando su empeño (fórmula hoy en día conocida como la subvención a emprendedores) optó por reducir su titánica investigación al ámbito de su barrio y a cotas quizá menos ambiciosas. Ya llegaría el momento de crecer, conquistar y eternizarse.

Falto de un primer golpe de efecto que enarbolara su proyecto, ávido, casi obsesionado por un triunfo-lanzadera, quiso erigirse como el rey, el dios nonato del “cara o cruz”. Para ello, aún confiando plenamente en sus inapelables teorías, decidió trucar una moneda con la que obtendría siempre cara. Sería su comodín, su amuleto, la llave triunfal que le abriría las puertas del respeto y la admiración. Poco ducho en manualidades, el resultado no fue exactamente el que hubiera requerido tan magistral artimaña. Para empezar, las dos caras no eran iguales, una mostraba el rollizo perfil de un ya decadente Enrique VIII y la otra el esbelto cuello de la joven Isabel I. Este hecho provocaba un ligero desconcierto. Por otro lado, las dos monedas que utilizó para crear el híbrido de su experimento no tenían el mismo valor y, por tanto, tampoco el mismo diámetro. Una era ostensiblemente más pequeña que la otra, lo que confería poca fiabilidad a la supuesta acuñación oficial de su pieza, convertida ya en una aberración numismática. —No es perfecta…—, se dijo, —… pero tampoco lo son ellos. No lo notarán—. Encorajinado, salió raudo a la calle a reactivar su epopeya al grito de —¡Apuesten! ¡Cara o cruz! ¡Reten al invencible Doctor Cara!— (pensó que quizá debía buscar un sobrenombre artístico menos ilustrativo). Caminaba henchido, ansioso, haciendo rodar en el aire su grial y descubriendo que era cobrizo por un lado y plomizo por otro. —Mmmm… otro fallito—, se dijo. Tal era su ímpetu y premura que su destreza flaqueó y “la obra” cayó rodando hasta un bebé de catorce meses que descansaba en la acera. El niño la tomó con su manita y balbuceó en ese preciso instante sus primeras dos palabras; “Moneda falsa”. ¡Oh, no! ¿Cómo podía ser? Su trampa sagaz había sido descubierta sin superar siquiera un estadio inicial de implantación. El tumulto que se congregó en torno a la primera declaración del infante se convirtió en un instante en tumulto en torno a la extraña moneda del Doctor Cara. —¡Embaucador!— gritó la masa señalando al bueno de William quien se dio la vuelta gritando —¡Timador falaz!— en un penoso intento por encasquetarle el brete a otro que pasara por detrás. Pero tras él solo habitaba un muro. —¡Las fórmulas funcionan!— profería desesperado mientras se acercaba la multitud. —¡La suerte come de mi mano! ¡Os haré ricos y esbeltos a todos!— decidió que eso último añadía credibilidad a la par que boato. La llegada de varios garantes del orden evitó que se produjera el linchamiento.

W. Ebony fue llevado ante un tribunal donde pudo exponer pormenorizadas sus teorías, hecho que le ayudó bastante ya que fue juzgado por loco en lugar de por estafador. Los jueces resolvieron, en un solemne comunicado, que “El azar no puede ser controlado pues su naturaleza reside, precisamente, en nuestra imposibilidad para ejercer dominio sobre él. De estar a merced de algo o alguien, dejaría de considerarse azar y no sería más que el mero efecto de una dedicación o estrategia. Aquel que se proclamara capaz de dominar el azar incurriría en el embuste. Aquel que hiciera de ello su meta escaparía a todo raciocinio y pasaría a ser considerado socialmente peligroso en enajenación y, por tanto, recluido.”

Y así llegó el epílogo de la cruzada del hombre que quiso atrapar la suerte y ponerle una correa. Una vez más, la historia se mostró implacable con los visionarios. La “Teoría del azar” fue tachada de herejía y borrada de la memoria colectiva. El señor Milf terminó sus días en el Hospital psiquiátrico de Bethlem donde intentó avanzar en sus teorías y llegó a acumular una escandalosa deuda en timbas ilegales con otros internos.


Rafael Vives: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

Es una obviedad recordar que existen millones de libros, muchos de ellos dignos de recomendación y de obligada lectura. A la hora de seleccionar solo uno creo necesario que el elegido sea uno de esos volúmenes que, amén de contar con una prosa y una historia brillantes, suponga una especie de punto y aparte, una inflexión, un reseteo en nuestra manera de percibir la vida. Por ello, de entre esos incunables que nos marcan y moldean, creo que todos deberíamos, al menos una vez durante nuestra existencia lúcida, sumergirnos en el horror de Se questo è un uomo (Si esto es un hombre) del italiano Primo Levi.

Primo Levi, químico turinés de origen judío y a la postre escritor por imperativo de la desgracia, fue enviado en 1944 al campo de exterminio de Auschwitz, infierno en el que pasó diez meses. De sus 650 compañeros de viaje, él fue de los 20 que sobrevivieron para contarlo. Y vaya si lo contó.

Si esto es un hombre dibuja una experiencia autobiográfica, sin artificios ni heroicidades, que irrumpe de forma irremediable en cada rincón de nuestra conciencia para revolverla de principio a fin. Lo más inaudito, y con el paso del tiempo valorable, es que Primo Levi no juzga, no opina, no parte desde ese poso de odio y venganza del que cualquiera partiría. Solo narra. Solo relata lo sucedido mediante una pluma prodigiosa y una capacidad descriptiva que nos hace partícipes in situ de su día a día. Oscuro pero optimista, Levi expone con todo detalle la inexplicable deshumanización del ser, su miseria, su destrucción y su lucha casi platónica por la supervivencia. De su mano entramos en los barracones del Lager, vivimos la selección obscena y aleatoria que dictamina el fin y llegamos a oler los efluvios de la hiperactiva cámara de gas. Sufrimos la realidad del campo de aniquilación y comprendemos que, en su brutal efectividad, incluso antes que la vida, ya ha aniquilado los sueños, la razón y la dignidad. Partimos de tocar fondo, de lo más miserable de la condición humana y recorremos, una a una, las aristas de la crueldad, la esperanza, la incomprensión, la solidaridad, la fe y, en definitiva, cada uno de los umbrales internos y externos de una persona. Se trata, sin duda, de uno de esos libros que nos enseñan a relativizar y quedan para siempre inoculados en nuestra memoria.

Debemos andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no empezar a morir.”

Y ahora llega el momento de la inmersión en el ámbito del séptimo arte. Aún a sabiendas de la existencia de obligados referentes tales como Los albóndigas en remojo, Porkys 2 y Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera, creo oportuno recomendar un título algo menos pretencioso pero a mi entender imprescindible. Hablo de una película en toda su concepción simple y hermosa, un regalo, una auténtica proeza del cine actual que debe permanecer para siempre entre las cintas a recordar; The Straight Story (Una historia verdadera). David Lynch. 1999.

El director de Montana se aparta en esta ocasión de sus turbias (y para muchos elogiables) pajas mentales para trasladarnos una historia nítida, sencilla, real y de una humanidad encomiable. En una portentosa interpretación, Richard Farnsworth engulle la pantalla para presentarnos a Alvin Straight, 70 años, viudo, achacoso y casi consumido por su profunda Iowa. Al conocer que su hermano con el que lleva una década sin relacionarse ha sufrido un infarto, arranca su máquina cortacésped y decide recorrer subido en ella 500 kilómetros para visitarlo. Así empieza todo. Así nos atrapa esta comprometida road movie, esta original aventura desde el ocaso cuya cadencia y simbología nos permitirá disfrutar de ella plano a plano. El lento avance de un personaje que se queda sin tiempo va desgranando la naturaleza de una América tosca y costumbrista, sus paisajes, su sicología, sus temores y su modo de entender la vida. Un ejercicio de continua introspección salpicado de encuentros, dificultades, retos, miedos y confesiones. Lynch sorprende por el humilde y delicado tratamiento con el que envuelve esta historia cruda pero esperanzadora, terminal pero optimista.

The Straight Story nos mece a lo largo de sus 111 minutos en una franca y sobresaliente degustación de emociones. Y eso, hoy en día, está al alcance de muy pocas obras.


Rafael Vives: La fe

Hoy abordamos un tema complejo a la par que intrínseco, que viene a ser lo mismo pero en suajili. Los miedos, las fobias, las incertidumbres, la esperanza, las legañas… nos moldean y en ocasiones someten, obligándonos a pensar, hacer o creer cosas que en un estado de equilibrio neutro (solo conocido en ciertas bacterias) jamás aceptaríamos. Hablamos de aquello que mueve montañas, que subyuga personas y que enriquece las legumbres. Un concepto de morfología escueta pero de profundo contenido: Fe.

La fe, o Fe, o armadillo, según se prefiera, es el sí pero no, es el “tómate esto y calla”, es el quiero y no puedo de la evolución humana. La fe es la palanca que nos coloca en modo dependiente, hipotecando el devenir en factores ajenos que escapan a nuestro ámbito de influencia. Es el salvoconducto mediante el que autoconvencerse de que las cosas serán o no en función de algo etéreo y, por tanto, no correspondiente a nuestro esfuerzo o dedicación.

Obviamente, existen diversos tipos de fe como existen diversos tipos de cebolla. La fe como impulso, como agarradera, como vitamina es aceptable e incluso recomendable en muchos casos. Esa es la fe que te hace actuar, superar obstáculos y, en definitiva, luchar por aquello que deseas. Aunque esa fe no es más que un sinónimo de ganas o de esperanza, valores imprescindibles para engrasar nuestra maquinaria. Pero por otro lado existe la otra fe, el chip anulador, la creencia pragmáticamente absurda. Por ejemplo, la fe religiosa. Ese es el tipo de fe que colocamos un escalón por encima de nosotros, más arriba, más importante que nosotros, como motor luz y guía de nuestro destino. Así, de repente, en un momento, mengua nuestra responsabilidad y mengua nuestra capacidad de regir nuestro pasado, presente y futuro. Y eso resulta muy cómodo y algo cobarde.

La fe en un creador, sea un dios, una explosión, una coincidencia o un embudo, nos predestina a sentirnos eternamente endeudados. Sentir que se lo debes todo a algo es sentir que debes abonar esa gratitud. ¿Cómo? Pues con adoración y obediencia, valores que no requieren demasiada elaboración ni un gran desgaste a priori. Y no solo nos conformamos con adorar y agradecer lo obtenido sino que otorgamos a eso CREADOR la potestad sobre lo que nos queda por obtener. Es decir; todo. Todo en sus manos, o tentáculos, o posos diseminados… Todo lo que somos y seremos dependerá de que ESO quiera o no quiera. Incluso en nuestro nivel de inconsciencia, le suplicamos a ELLO que interceda por nosotros, que nos ayude, nos alegre, nos vengue e incluso nos proteja. Un paraguas, una coraza, una cueva en la que resguardarnos a esperar a que todo fluya sin recibir salpicaduras. Esa es la fe que nos condiciona obscenamente, que nos anula y que nos hace maleables. Esa fe nos da la patente para creer en lo inverosímil, para justificar actos injustificables y para depositar nuestra esperanza en una especie de estafa de simbiosis no recíproca. Es la que procede por nosotros regalándonos un motivo y a la vez una coartada. Y listo. Ya somos inocentes e irresponsables de todo, o del todo, ambas valen. Solo hay que creer. Solo eso. Sin mover un músculo, sin dar un paso, sin necesidad de pensar demasiado. Pero no sin renunciar a nada. Al reclinarnos sobre esa fe renunciamos a nuestra capacidad de acción y, por tanto, a nuestra libertad. La naturaleza que nos permite discernir se difumina y queda castrada por nuestras obligaciones y preceptos imaginarios.

En resumen, pues esto podría avanzar en círculos como un frisbee, una carrera de Fórmula1 o una Kaaba; la fe impulso, sí. La fe cadena, no. Dudo sinceramente que la fe vaya a sacarnos adelante pero sí percibo que puede hacernos retroceder. Si os fijáis, nuestros vecinos los animales no tienen fe. Tienen patas, picos, garras y alas. Y saben usarlos.