Los perros que nadie quiere y todos obvian

Camada de cinco perros aparecida en un secarral de Campohermoso el sábado 6 de junio de 2015.
Camada de cinco perros aparecida en un secarral de Campohermoso el sábado 6 de junio de 2015.

Campohermoso es campo, pero tiene poco de hermoso. Sobre todo para los animales. Pedanía de interior del municipio de Níjar, el sol abrasa inclemente camadas enteras de cachorros abandonados. «En un fin de semana, han dado el aviso de doce cachorros de cuatro camadas diferentes. Todos estaban en la calle: sin agua, sin comida, sin apenas dos meses de vida. No se han perdido: alguien los ha dejado a propósito y sin conciencia. Aquí mucha gente tiene a sus perras sueltas, lo que provoca preñeces indeseadas. Cuando paren, ahogan a los cachorros o los dejan en la calle. Todos terminan muriendo: un perro abandonado es un perro muerto. Mientras, las madres siguen en la calle, y en el próximo celo las volverán a preñar, y dos meses después volveremos a tener diez, doce cachorros por madre que nadie quiere y que alguien tirará a la calle o a algún contenedor de basura». Así lo expone Lucía, nombre ficticio de una vecina de Campohermoso que convive con el abandono y el maltrato animal como el resto de los 8871 censados en el municipio. Solo que ella ha conseguido organizarse, de manera particular, con alguna protectora de Madrid y Barcelona para rescatar a algunos animales: nunca a todos porque no hay sitios para ellos, no hay a dónde llevarlos ni quién los adopte. Por eso, tantos siguen vagando por los campos de Níjar, esos que fueron glosados tan bellos y debieron ser señalados también como infierno de mascotas desahuciadas.

En España se abandona un animal de compañía cada tres minutos. Son las cifras oficiales de la Federación de Asociaciones de Protección Animal de la Comunidad de Madrid (FAPAM). En verano, el número se incrementa, lo que sitúa a nuestro país en un vergonzoso récord en la Unión Europea: unos ciento cincuenta mil abandonos cada año; o sea, muerte segura. Campohermoso, en Almería, es un ejemplo de lo que sucede en cientos de municipios de España. Su caso es sangrante, pero no muy lejano a una vergüenza nacional que se tolera mirando hacia otro lado y se excusa con la falacia por excelencia: «Hay cosas peores». Campohermoso no es único, pero es especialmente ilustrativo de la desidia de los propietarios, la irresponsabilidad de las autoridades, la impotencia de los vecinos y la lucha dura de algunos particulares y asociaciones.

 Perro abandonado callejeando por Campohermoso (mayo de 2015).
Perro abandonado callejeando por Campohermoso (mayo de 2015).

«Es como intentar barrer arena en un desierto», compara Adriana, también nombre ficticio. Ella ayuda a través de internet y del teléfono a Lucía: «Es increíble la labor que desempeña esta mujer. Yo colaboro desde la distancia, a mil kilómetros, porque vivo en la otra punta de España. Me encargo de difundirlos en internet, de coordinar los viajes para que puedan salir de allí y de contactar con refugios y protectoras. En la mayoría de las perreras de España se sacrifica, por lo que entregarles a un perro de la calle es llevarlo al cadalso. Si en diez u ocho días, según la normativa, nadie lo reclama o lo adopta, le suministran una inyección letal. Es una práctica corriente. Pensar que las perreras son refugios donde los animales están cuidados es ignorar una realidad cruel. A Campohermoso le corresponde la perrera de Pechina. Allí se sacrifica, así que es mejor dejar a los animales en la calle para que tengan una oportunidad de vivir. Aunque la calle sea maltrato, abandono, muerte por hambre y sed, y atropellos de coches… Muchos agonizan en los arcenes durante días después de que les haya arrollado un coche. Y esto no es ciencia ficción ni casos extremos, es una realidad casi diaria. Fui de vacaciones un año a Cabo de Gata y me quedé tan impresionada del número de perros que se cruzaban mientras conducía que decidí implicarme. De eso hace dos años ya y, en este tiempo, yo puedo atestiguar casos tremendos. No son bulos de internet ni situaciones puntuales o aisladas».

Lucía y Adriana no se conocen personalmente. Cuando Adriana volvió a la ciudad en la que vive, buscó por internet iniciativas que ayudaran a los animales abandonados en la zona del Cabo de Gata y dio con una página en Facebook: Auxilio a los Animales de Campohermoso. Escribió y Raúl le respondió. Raúl es también un nombre ficticio que corresponde a un personaje más que real, aunque tenga un perfil extraordinario. Con dieciséis años decidió convertirse en vegano y abrir una página de difusiones para todos los casos terribles que veía cada vez que salía de su casa. Eso fue en 2013. Ahora tiene dieciocho años y estudia en Madrid. «No tenía coche ni carné, claro; no tenía ingresos, no tenía la comprensión o el apoyo de mi entorno, pero lo hice». Raúl no tenía nada, excepto determinación, así que abrió la página y tiró de contactos. Poco a poco, la labor se fue difundiendo. Una tarde de diciembre de 2013 recibió un mensaje privado de Adriana en la página de Facebook.

«Buenas. Me llamo Adriana, vivo en San Sebastián y estoy horrorizada del abandono que he visto en la zona de Níjar. Me gustaría ayudar, pero no sé cómo. Podría hacer alguna aportación de dinero o lo que sea», comenzaba el mensaje. Raúl respondió y acordaron lanzar un teaming, una iniciativa solidaria que capta teamers (miembros) que aportan un euro mensual a través de su cuenta corriente. «A veces la gente no se fía porque piensa que le van a cobrar comisiones o gastos extra y no es así. Ninguna entidad bancaria, banco o caja de ahorros, cobra nada que no sea el euro mensual. Lo detraen de la cuenta la primera semana de cada mes como si fuera un recibo domiciliado más, con la diferencia de que es tan solo un euro. Quien cree en una causa de verdad es capaz de donar un euro al mes para ella. Nosotros comenzamos con ocho teamers: amigos y familiares. Dos años después somos ciento cincuenta. No es mucho, pero tampoco es una cantidad desdeñable. Es lo que nosotros donamos a una protectora para que nos coja dos perros abandonados, por ejemplo. Con ese dinero, la protectora los castra y los mantiene. Bueno, con eso y algo más, porque cualquiera que conozca un poco el mundillo perruno sabe que una esterilización, con precio solidario, ronda los cien euros para un macho y los ochenta para una hembra, si son de tamaño mediano», explica Raúl.

Perro anterior escondiéndose en un coche cuando un humano se acerca a él porque las personas le dan pánico.
Perro anterior escondiéndose en un coche cuando un humano se acerca a él porque las personas le dan pánico.

Raúl fue quien presentó a Lucía y a Adriana a través de Facebook. Meses después él se fue a estudiar a Madrid y ellas siguieron su labor conectadas. «Es increíble lo que las redes sociales pueden conseguir. Aparte de que Lucía y yo podamos intercambiar fotos de los abandonados, los podemos publicar, otra gente los difunde, se conocen sus historias, y personas de lugares tan lejanos como Asturias se animan a adoptar. De la localidad de Sotrondio nos escribió una chica para decirnos que se había enamorado de una perrita que habían tirado, literalmente, a la calle. En Campohermoso es habitual que cuando alguien se aburre de un animal lo eche a la calle. Para ellos no son seres vivientes que sufren, sino pertenencias. No es extensible a todo el mundo: hay gente con un corazón y una solidaridad increíbles, pero aquí estamos denunciando los casos contrarios. Que son numerosísimos, por cierto. Ahora mismo en Campohermoso, Lucía tiene unos cuarenta perros localizados en la calle y los campos de huertas. Si eso no constituye una práctica de abandono habitual, que me digan entonces qué es», resume Adriana, que todavía recuerda el primer rescate en el que ayudó a Raúl.

«Me pidió ayuda por Facebook con una perrita a la que llamaba Varinia: estaba preñadísima, como para parir en cualquier momento. Lo publicamos en la página con unas fotos en las que se la veía en un descampado, tirada, bebiendo de un recipiente de agua que le había puesto Raúl el día anterior. Y entonces se obró el milagro: una señora nos escribió para decirnos que una amiga suya tenía un refugio en Lérida y que nos escribía su móvil en un mensaje privado. Llamamos de inmediato a la amiga y nos dijo que sí, que Varinia podía ir con ella. Entonces tocó organizar el transporte: hay 755 kilómetros de carretera entre Campohermoso y Lérida. No sabíamos cómo hacerlo, así que se nos ocurrió llamar a las Txikas de Etxauri, unas particulares de Navarra que llevan años rescatando animales de la perrera oficial de esa comunidad, situada en el pueblo de Etxauri. Desde que ellas se ofrecieron como voluntarias para buscarles familias adoptantes a los perros se dejó de sacrificarlos porque lo exigieron como condición para colaborar. Antes, los hornos crematorios con los cadáveres de perros funcionaban cada viernes, como en toda España, donde el sacrificio sigue siendo la norma. Una de ellas, que lleva muchos años en el rescate animal, nos facilitó el teléfono de una transportista de perros que ofrece rutas por toda España. Recaudamos el dinero para pagarle (ochenta euros) a través de donaciones en la página y Varinia salió dos días más tarde hacia Lérida. Al día siguiente de llegar al refugio, dio a luz a siete cachorros. Allí se encargaron de ellos y de la madre. Si no, hubieran sido más perros vagando por Campohermoso. Fue mi primer rescate y me pareció complicadísimo porque se tiene que dar que alguna protectora o refugio acepte al perro, que se logre un transporte, que se recaude para pagarlo y que luego se pueda coger al animal. No todos los de la calle son confiados: muchos ven a un ser humano y salen corriendo. Aquel fue un final feliz, a pesar de lo complicado de las circunstancias —por la distancia a Lérida y por la preñez de Varinia—, pero la mayoría no lo son. Por cada perro rescatado, calculamos que quedan en la calle dos o tres más, que terminan muriendo, antes o después, la mayoría en condiciones deplorables. Tampoco es infrecuente ver perros a los que les falta un trozo de pata y han de seguir malviviendo en la calle con el muñón. A los que se les infecta, agonizan poco a poco», resume con cierta emoción. «No sirve de nada llorar por ellos, hay que mantener la cabeza fría para poder coordinar todo con la mayor efectividad posible, pero es inevitable que, con las cosas que se ven un día sí y otro también, esto termine por pasar factura», confiesa.

Perro abandonado buscando comida en un contenedor en la carretera de Campohermoso a Níjar (enero 2013).
Perro abandonado buscando comida en un contenedor en la carretera de Campohermoso a Níjar (enero 2013).

Ante este panorama, preguntamos a Raúl si las autoridades no hacen nada. «La vista gorda», responde con tanta ironía como impotencia. «Y es mejor: porque si cogen a los perros los llevan a la perrera de Pechina, y allí sacrifican, por lo que no los rescatan, sino que los condenan a una muerte segura», apostilla con tanta impotencia como tristeza.

Fue el tío de Raúl quien cedió a Lucía un vallado para que pudiera recoger a algunos perros, mientras Adriana busca para ellos huecos en protectoras y refugios. «La mayoría tienen que viajar a Madrid, que es donde más perros nos sacan, pero todas están desbordadas y  faltas de fondos. Un animal tiene el gasto de la esterilización y, si además está enfermo, el del tratamiento. Los gastos son grandes y las adopciones surgen a cuentagotas. Quienes vivimos en las ciudades no somos conscientes del sufrimiento animal que tiene lugar en entornos rurales», explica. Después, va más allá en lo apuntado por Raúl: «A las autoridades no les interesa para nada el bienestar animal porque ellos no votan; no dan votos. Al menos hasta ahora, cuando la gente empieza a tener también más conciencia medioambiental. En cualquier caso, con la crisis, se escudan en la falta de presupuesto y fin del problema. Es atroz lo que sucede con estos animales y no hablo desde la histeria: hablo desde el pleno conocimiento de haber rescatado a doscientos perros en dos años entre tres personas. Dos sobre el terreno, como son Lucía y Raúl, mientras él estuvo allí. Y una en la otra punta del país, enganchada al teléfono y a Facebook. Tenemos la suerte de que las protectoras nos acojan dos o tres perros al mes, pero es insuficiente. Hay decenas de perros vagando por la pedanía y son datos reales, no una manera exagerada de calcular».

Podenco esquelético aparecido en un polígono de Campohermoso a finales de 2014. Fue rescatado por la vecina Lucía tras varios meses en los que deambulaba por el pueblo y nadie hacía nada por él.
Podenco esquelético aparecido en un polígono de Campohermoso a finales de 2014. Fue rescatado por la vecina Lucía tras varios meses en los que deambulaba por el pueblo y nadie hacía nada por él.

Lucía, que padece en sus carnes el abandono porque vive allí desde hace muchos años, sabe lo duro que es ver cachorros de apenas dos meses tirados, por los que nadie hace nada. «He llegado a tener veintitrés perros en casa, no puedo coger a todos los que veo porque terminaría trastornada. Hay vecinos y vecinas que ayudan: que les dan de comer o que adoptan a alguno abandonado. Otros vienen de Almería a llevarlos de forma totalmente gratuita a Madrid o a Málaga, si tienen que viajar allí por motivos personales. La gente me trae sacos de pienso para que los alimente y las donaciones para pagar los viajes que hemos de contratar llegan de todos los puntos del país, pero no es suficiente. Los animales mueren por doquier después de mil vejaciones», relata.

Hay una España oscura y profunda que va más allá del tópico. «No se trata de ser agoreros ni radicales. Se trata de datos que avalan una realidad patética como sociedad: los perros abandonados se cuentan por decenas en cientos de pueblos del sur de España. Creo que en otros lugares será parecido, pero prefiero hablar de lo que conozco. Y leyes como la Ley de Caza de Castilla-La Mancha, que permite disparar a cualquier animal que esté en el campo y dejarlo ahí, malherido y agonizante, son aberrantes. No entiendo que ningún Gobierno se las dé de progreso humano o moral y salga con una medida propia de la Edad Media, que fomenta no solo la crueldad, sino el sadismo. Quien propone una ley así o no ha visto un perro en su vida o alberga un salvajismo que supura por las costuras de la civilización».

Cachorros abandonados dentro de una caja frente al domicilio de Lucía (abril 2015). Nunca se supo qué fue del resto de sus camadas.
Cachorros abandonados dentro de una caja frente al domicilio de Lucía (abril 2015). Nunca se supo qué fue del resto de sus camadas.

Adriana lo tiene claro y lo habla también claro. «Ni Raúl, ni Lucía, ni yo, ni ninguna de las personas que nos ayudan con viajes, donaciones o haciéndose teamers exhibimos un perfil radical o animalista-talibán, pero cuando algo es perverso porque se ensaña con inocentes como los perros, hay que ser contundentes. No valen las medias tintas, como tampoco vale el sentimentalismo ñoño e inoperante. Somos gente que tiene una vida aparte, con sus obligaciones y sus rutinas, y nos volcamos en esto tanto como podemos, pero no es suficiente porque la situación es inmensa y titánica. Por eso estamos hablando y difundiendo y contando esta verdad a quien desee prestarle oídos».

Tres personas a las que nada unía han conseguido iniciar un proyecto que está salvando vidas, pero no es posible que un país civilizado cargue sobre la iniciativa particular, rayana en lo que los cristianos llaman caridad a secas, semejante problema.

A principios de junio un equipo de filósofos, juristas y etólogos, dio a conocer un ensayo colectivo que pone en tela de juicio que los animales sean considerados cosas en el derecho español: o sea, bienes susceptibles de libre disposición por parte de sus propietarios. El debate comienza a abrirse, pero de ahí a la acción se presenta un trecho. Y no precisamente pequeño. Mientras ellos, los que nada tienen que ver y nada pueden hacer, siguen muriendo atropellados en las cunetas, ahorcados en los árboles, abatidos a perdigonazos o asfixiados en el patio trasero de sus dueños.

«Casi todos las localidades cuentan con algún tipo de protectora o refugio, aunque no sea el caso de Campohermoso. Pero su labor, que es hercúlea, es insuficiente. No dan abasto, sin más. No tienen medios. O se conciencia a la gente para que esterilice a sus animales y no los abandone o… será el cuento de nunca acabar», resume Lucía. Ella no se resigna porque, aunque muchos mueren por el camino, los que se salvan la empujan a continuar. Pero no todo el mundo posee la misma entereza ni los animales han de estar sujetos al azar de encontrarse con una persona como ella: buena. E implicada, claro.

Hay ámbitos que no pueden arrojarse como una losa sobre los hombros de gente corriente que tiene ya que lidiar con sus propios problemas. «Yo estoy jubilada y puedo dedicar tiempo a esto, pero entiendo que la mayoría de las personas no puedan hacerlo, aunque siempre se puede arrimar el hombro con un euro al mes, como teamer, con donaciones puntuales a protectoras o refugios, y desde luego, no comprando perros. Si alguien quiere uno, por favor, que adopte. Parece un tópico lo de ‘no compres, adopta’, pero es una necesidad imperiosa si queremos que algo mejore», explica Lucía, que sabe de lo que habla porque vive inmersa en ello y no repite meramente un lema que ya todos conocemos pero del que, realmente, sabemos muy poco.

Campohermoso, como tantos otros lugares de España, es un campo horrendo para los perros. «Bauticé la página en Facebook como Auxilio a los Animales de Campohorroroso», cuenta Raúl con cierta sorna, «pero Lucía y Adriana me convencieron para que la cambiara con el nombre real del pueblo. Bastante tienen los perros con que todo el mundo los obvie por la calle como para que la gente que quiera ayudar, encima, no encuentre la página a la primera, me dijeron», explica y sonríe, con una media sonrisa a camino entre la tristeza y el hartazgo.

Cachorro de seis semanas abandonado en una huerta, aterrorizado y lleno de garrapatas y parásitos. Rescatado por Lucía en mayo de 2015.
Cachorro de seis semanas abandonado en una huerta, aterrorizado y lleno de garrapatas y parásitos. Rescatado por Lucía en mayo de 2015.

Autores con citas sobre el mejor amigo del hombre sobran. Lo que falta es gente de acción y cultura animal entre quienes están en el Gobierno y quienes elaboran los programas políticos (esos que rara vez se cumplen, pero entre los que los animales no figuran ni como declaración de intenciones, con escasísimas excepciones). El dilema entre priorizar gastos y proyectos humanos y animales es una excusa: los recursos que hay para los animales, aunque escasos, pero bien empleados (o al menos, mejor empleados), podrían salvar vidas (a montones) si se destinaran a fomentar la adopción y penalizaran el abandono y el maltrato. Porque abandonar un perro es gratis. O casi: en Navarra, por ejemplo, se pagan diez euros y no hay que dar ningún tipo de razón para dejarlo en la perrera. El dinero no se paga además en el momento, sino a través de un giro posterior. Vamos, que abandonarlo es gratis, a pesar de las más timoratas que tímidas objeciones que algunas Administraciones han comenzado a mostrar, como en Mérida, donde desde 2012 «el dueño ha de dar razón de por qué se deshace de la mascota». Son solo ejemplos: el percal es parecido en toda la geografía patria.

Abandonar sale gratis y matarlos también. Y maltratarlos. No estaría mal repasar a Joaquín Sabina y Chavela Vargas: por aquello de que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena.

Llega el verano y se multiplicarán los abandonos: perros a los que nadie quiere y que todos obvian. O casi. Porque cada causa tiene sus quijotes y hasta los perros tienen coloquios en manos de Cervantes. Pero también a ellos pueden preguntarles qué es una vida perra: a Berganza y Cipión, que tuvieron amos en Sevilla, Córdoba y Granada, y a los que el manco de Lepanto dio voz en una de sus Novelas ejemplares. Vida perra que no cesa porque, cinco siglos después, España sigue como era.

Pastor alemán que cuidó una finca hasta que se hartaron de él y lo echaron a la calle. Murió en ese descampado tras varios meses famélico. Esta foto es de septiembre de 2014.
Pastor alemán que cuidó una finca hasta que se hartaron de él y lo echaron a la calle. Murió en ese descampado tras varios meses famélico. Esta foto es de septiembre de 2014.

Todas las todas las fotografías han sido realizadas y cedidas por voluntarios de Auxilio a los animales de Campohermoso.


Dorothy Parker, rompeolas literario en las revistas femeninas

Dorothy Parker

Dorothy Parker, que nació hace 120 años, hizo muchas cosas en su vida. Si hubiera vivido en la España actual, habría sido más conocida por haber abortado que por haber escrito algunos de los mejores relatos modernos. Tampoco es que el Gobierno en el que Joseph McCarthy campó a sus anchas tuviera mayor amplitud de miras: en Estados Unidos fue acosada por el Comité de Actividades Antiamericanas por una supuesta filia comunista, que era la tapadera multiusos para desautorizar, desprestigiar y, en última instancia, quitarse de en medio a cualquier figura de cierta relevancia que no comulgara con las ruedas de molino republicanas. Pero vicisitudes aparte —aunque volveremos sobre ellas porque una obra no se entiende sin una vida—, lo cierto es que Parker poseyó una pluma brillante, más cercana al bisturí que al aguijón, por afilada, perspicaz y deudora de la vivisección.

Parker limpiaba, tensaba, abría y cortaba toda la carne literaria que un país saliente de una guerra mundial arrojaba sobre su particular quirófano literario. En los locos y felices años 20, Estados Unidos empezaba a ser urbanita: los pozos de petróleo, los cazadores, los ganaderos —esos icónicos cowboys— y los pistoleros del lejano Oeste comenzaban a ceder protagonismo a las clases medias acomodadas, más cercanas a una burguesía creciente al albur del dinero negro y los negocios relacionados con la noche, y reunidas en colmenas en las que se convertían urbes como Nueva York o Chicago. La ruda ley de la selva dejaba paso a una jungla de gángsteres y mafias, de escritores y guionistas, de actrices y estrellas de Hollywood, donde las mujeres también buscaban reinventarse, lejos de las planicies y las montañas y, sobre todo, lejos de los sermones dominicales, de esa religiosidad beatona que supuraba en casi todos los Estados de la Unión, capaz de convivir en la naturaleza con el rifle y los rebaños. Pero la ciudad era otra cosa. Y la mujer también. Y Parker fue mujer, urbanita y librepensadora, entendiéndose esto último como alguien intelectualmente bien formado, que se ha batido con la vida y ha sabido sacar sus propias conclusiones para tomar también sus propias decisiones. Aparte de judía. Circunstancias que la convirtieron en el icono de una época para bien y para mal.

Pero comencemos por el principio.

Dorothy Parker 2A Dorothy Parker el destino se la jugó joven. Nacida el 22 de agosto de 1893, en 1913 había perdido a toda su familia. Por eso hubo de elegir derrotero. Y en lugar de transitar el camino trillado para tantas mujeres —buscar marido para convertirse en mantenida—, decidió buscarse otra cosa: la vida. En 1915 logró ser contratada por la revista Vogue, tras haber hecho algún pinito literario en Vanity Fair. Dos años después se casó con un corredor de bolsa de Wall Street y continuó trabajando. Se separaron al poco y al finalizar la Primera Guerra Mundial, asentó su carrera y fue despedida de Vanity Fair. Carambolas del destino en las vidas azarosas, que suelen ser rutina en artistas, escritores y mentes pensantes en general.

Entonces decidió arriesgar en solitario, con su propio nombre y el apellido de su primer esposo, ya exmarido, hasta que en 1925 fichó por una publicación que acababa de nacer y que se convertiría en referente cultural de Occidente: The New Yorker. Con esta revista semanal, la cultura adquiría un escaparate de prêt à porter para colecciones de lujo, mientras el periodismo alcanzaba una cota de calidad y visibilidad desconocida hasta el momento. Editores y columnistas harían filigranas allí a partir de entonces: Carver, Capote, Salinger y Sontag estamparían su firma en esas páginas. Pero mucho antes y sin adelantarnos en la historia, una Parker en incipiente madurez comenzaría casi dos décadas de intenso y fructífero trabajo.

Su literatura consistió en colocar un espejo frente al tiempo y lugar que le tocó vivir para pasmo, escándalo, deleite, satisfacción o indiferencia de coetáneos y posteriores. Ni el alcoholismo, ni el aborto, ni la infidelidad, ni la política escaparon a su bisturí. En 1924 publicaría un cuento titulado El señor Durant y en 1929 ganaría un prestigioso galardón con el relato Una rubia imponente. En el primero abordó el aborto clara, aunque no abiertamente (mencionarlo no hubiera driblado la censura), y en el segundo atrapó el alcoholismo de una mujer despampanante que podía haberlo tenido todo, excepto a sí misma. No hay concesiones en Parker porque la vida no las ofrece, no porque ella sea drástica. Como tampoco las hay en el Víctor Hugo de Los Miserables, en el Zola de Germinal, o en una película moderna que aborda el aborto en el Siglo de Oro como lo hizo Teresa: el cuerpo de Cristo, de Ray Loriga; y nadie parece sorprenderse por ello. Sin embargo, la crudeza en la pluma de una mujer resultaba todavía inusual, y sobre todo, cáustica, calificativo que se convirtió en el ex-libris de la autora. Roles de género, al fin y al cabo, que Parker sufrió como cualquier otra mujer dispuesta a desarrollar una carrera profesional seria en una época en la que la suicida exitosa y viviente atormentada de Virginia Woolf parecía la abanderada por excelencia.

La cuestión femenina

Ojalá no hubiera que mencionar más el sexo de los ángeles. Ni el de las mujeres en el trabajo. Pero parece que no va a ser posible, desde el mismo momento en que grandes plumas literarias hubieron de sobrevivir en revistas femeninas como Vogue, Harper´s Bazaar o Cosmopolitan, a las que, desde luego, no fue ajena Parker. Sin las dos guerras mundiales y las revistas femeninas es posible que la llamada “liberación de la mujer” hubiera tardado en llegar… todavía más.

En Vogue, Parker pudo dar rienda suelta a su extrema lucidez, hacerse con un nombre y publicar libros. Después, ya en Hollywood, acompañada de su nuevo marido —pero no de su mano, sino por su propio pie—, pudo firmar el guión de una película como Ha nacido una estrella, además de poner en marcha una liga antinazi y sentir en la nuca el aliento de hiena de la caza de brujas desatada sobre cualquier sospechoso de izquierdismo. Cuestión que valía para casi todos los intelectuales, con estrafalarias excepciones como Elia Kazan. También le dio tiempo a seguir bebiendo y a intentar suicidarse un par de veces. A ver quién es capaz de soportar la vida de continuo encarando de frente todo lo que de cruel y grotesco comporta, parecía reivindicar Parker con sus actos, mientras que la mesurada elegancia de sus palabras era capaz de relatar un embarazo imprevisto y un aborto como si se tratara de la crónica de una tranquila tarde de verano. Veamos:

Resultó todo tan sencillo que el señor Durant nunca lo consideró fuera de lo normal. El interés que sentía por Rose no hizo que dejara de apreciar las piernas bonitas o las miradas provocativas. Era la aventura más tranquila y cómoda que se pudiera imaginar. Incluso tenía una cierta vertiente conyugal. Hasta que todo tuvo que estropearse. ¿Qué te parece?, se dijo el señor Durant con profunda amargura. (…) Hacía cierto tiempo que los sospechaba, dijo ella, pero no había querido molestarlo hasta estar completamente segura. ¡No quería molestarme!, pensó el señor Durant. Naturalmente estaba furioso. La inocencia era algo deseable, delicado, conmovedor, pero en su justa medida. Si se llevaba demasiado lejos resultaba ridícula. El señor Durant habría deseado no haber conocido nunca a Rose y se lo dijo claramente. Pero eso no solucionaba nada. El señor Durant se vanagloriaba ante sus amigos de “conocer la vida”. Tal como decía la gente de mundo, las situaciones como aquella podían “arreglarse”. Por lo que sabía, las mujeres de la alta sociedad de Nueva York lo consideraban un mero trámite. Aquel caso concreto también podía arreglarse. Le dijo a Rose que volviera a casa, que no se preocupara, que él se encargaría de todo. Lo principal era apartarla de su vista, no ver más aquella nariz ni aquellos ojos.

Dorothy Parker 3Este párrafo, uno de los cruciales del relato, exhibe la mirada de Parker: relata con la flema que solo puede tener el dolor cuando ha dejado de ser sufrimiento para convertirse en absoluta lucidez. Y en ese relato, como en tantos otros suyos, supuestamente frío y sereno, hay una denuncia incontestable. Porque a Parker le preocupa más la literatura que la soflama apologética de trinchera. Y desde ese punto de vista lleno de inteligencia, pero jamás desquiciado, ella denuncia, exige, atestigua y satiriza, pero sin caer en el simplismo, el adoctrinamiento o el panfleto. Lo cual todavía la hace más insoportable para la muchachada de McCarthy. Los autores de la caza de brujas, como cualquier otro movimiento reaccionario anclado en las fiestas del té, tenían por cómodo prender elementos agitadores toscos, de algarada callejera, pero vérselas con subversivos de salón era otro cantar y Hollywood fue peleón. De la misma forma que es más cómodo demonizar a una persona como la Rose del cuento de Parker, desvalida y dependiente de un hombre que la domina desde su misma situación laboral de jefe, que a una princesa, por ejemplo. Cuestión que no resulta baladí en la política de quien gobierna solo para las élites y que Parker conocía muy bien, resumiéndola sucinta y magistralmente en la frase: “Para las mujeres de la alta sociedad de Nueva York, un mero trámite”. Habla del aborto, claro.

De hecho, su mordacidad hincaba el diente a la hipocresía social en todas sus formas, con especial gusto por los matrimonios o parejas de conveniencia. Porque el amor no fue tanto el tema de su obra como las trampas de institucionalizarlo. La infidelidad masculina, la incomunicación de las parejas, la desvergüenza de las mujeres para utilizar a los hombres como forma de medrar socialmente, el deseo sexual o la moral como disfraz ocupan algunas de sus páginas magistrales. Parker escribía bien: con tiento, tino, tono, estilo, ritmo, fondo, forma y verdad. Pero lamentablemente es a menudo recordada por retratar el mundo desde sus ojos de mujer, es decir, por la crítica implícita y explícita al mundo masculino y su forma de hacer. Aunque ella repartiera estopa por igual a las mujeres.

En su cuento Aquí estamos, publicado en 1931 en la revista Cosmopolitan, dos recién casados mantienen una conversación estúpida en lugar de abordar el asunto que de verdad les preocupa: el sexo, la consumación carnal esa misma noche. La incomunicación, la falta de sinceridad y los tabúes sociales en torno al sexo aparecen una vez más en la obra de esta mujer, que pagó un precio por contar su punto de vista. Para las generaciones posteriores a la Súper-Pop estos temas pueden sonar a trasnoche, pero precisamente sin las revistas femeninas que dieron cabida a la pluma de mujeres transgresoras e innovadoras, rompedoras de los arquetipos femeninos que hoy tendrían en Sarah Palin a su icono, todo hubiera sido más difícil. Aún.

30 años más tarde, Cosmopolitan habría evolucionado —igual que la sociedad— hasta el punto de contar con una editora jefe como Helen Gurley, que se haría famosa por la frase (atribuida a varias mujeres rompemoldes) “Las chicas buenas van al cielo y las malas, a todas partes”. Así como por el libro titulado Sex and the single girl, publicado en 1962 y en el que repasaba su propia vida de soltera, considerando la soltería una ventaja para desarrollarse como persona y transitar por la propia existencia con sentido completo y no con el viejo esquema de ser la media naranja de nadie. Pero fueron precursoras como Parker —o Chanel en la moda— quienes desbrozaron el camino de la igualdad en revistas femeninas que, gradualmente, fueron adquiriendo el peso de tótems de una forma de vida. Igualdad que pasaba por asuntos íntimos como el aborto, del que hablaron abiertamente —la propia Ava Gardner lo haría sin ningún tapujo a propósito de su experiencia—, aunque no pudieran escribir tan abiertamente sobre él.

El hotel como hogar

Mientras el conservadurismo se afanaba en su cruzada a favor de un modelo de mujer complaciente con el marido, subsidiaria de este, sometida a sus caprichos de muñidor de clase media y pagano de impuestos crecientes, y gestada a caballo entre las pin-up y las muchachitas aquiescentes estilo Casa de la pradera, cuyo máximo exponente de talento consistía en saber cocinar (la versión moderna, menos almibarada, pero más franca, vendría a ser la de la pornochacha), a Parker le gustaban más los hoteles que los hogares. De la misma forma que otra rompe y rasga coetánea como Coco Chanel —que vivió en el Ritz de París hasta el final de sus días y que también abortó, por cierto—, la mujer libre de convenciones sociales apellidada Parker parecía sentirse más cómoda en el espacio social de un hotel, donde intercambiaba opiniones, escribía y bebía, que en el reducido ámbito doméstico, abocada sin remedio ni salida al cuidado de marido y prole.

Dorothy Parker hizo famoso el hotel Algonquin, situado en un Manhattan que albergaría, décadas más tarde, las historias de la que podría haber sido su nieta biológica y literaria: Carrie Bradshaw, protagonista de Sexo en Nueva York, cuyo título original (Sex and the city) tampoco escapa en su deuda a los libros de la ya mencionada Helen Gurley. Y es que la mujer neoyorquina ha evolucionado en 100 años hasta llegar a lo que es o pretende ser hoy desde un modelo que la propia Parker retrató en Una dama neoyorquina. Porque las damas, además de ser inteligentes, estar preparadas para trabajar, tomar sus propias decisiones, tropezar con sus errores y hacer su camino al andar, abortaban y escribían sobre ello. Preferían los hoteles a los hogares y morían solas, pero habiendo vivido.

“Así se muere”, cuentan que Chanel dijo a la doncella que la atendía en su lujoso apartamento del Ritz. Parker también murió sola en la habitación de un hotel. Como si fuera una metáfora sobre la vida de dos mujeres que rompieron la barrera de la especie, esa impostura tan coriácea. La obra literaria de la dama neoyorquina, no obstante, sobrevive: como espejo de una época y como lucernario de las futuras que hoy son presente, aunque sigan acechadas por tinieblas cavernarias.

Dorothy Parker 4


William Makepeace Thackeray: 150 años muerto

William Makepeace Thackeray

El bicentenario del nacimiento de Dickens dio el año pasado para lo que seguro que no darán en 2013 los 150 años de la muerte de Thackeray. Nacieron casi a la vez, ambos en el seno del Imperio Británico. Dickens, el siete de febrero de 1812, en Portsmouth, Inglaterra. Thackeray, el 18 de julio de 1811, en Alipur, India. Y ambos retrataron la misma época, la de la reina Victoria: rígida, industrializada, volcánica, revuelta, darwiniana, beatona, científica, severa, hegemónica, atomizada, estricta… Y hasta estajanovista, si Alekséi Stajánov hubiera nacido un siglo antes. Pero en un mismo escenario, eligieron dos palcos para observar la función muy distintos: aristocrático, uno; crudo, el otro. Realistas los dos, desde luego. La ironía fue el tono escogido por Thackeray, distinguido y selectivo más que selecto; y el dramatismo traspasa todo Dickens, curtido en la miseria de una Inglaterra inmisericorde con sus clases bajas.

Ambos alcanzaron dimensiones hercúleas dentro de la novela en lengua inglesa durante una época prolija en gigantes literarios en toda Europa. Considerados rivales a pesar de la realidad —ellos nunca se vieron así, pero el público requiere leyendas o invenciones para paladear emociones fuertes, la historia de la literatura eligió a Dickens sin asomo de duda o sombra, probablemente porque no lo haya. Dickens es un narrador enorme, complejo, combativo, implicado, prolífico, fraguado en la experiencia de una adversidad que no resta altruismo a su mirada. De Thackeray, Charlotte Brontë aseguró: “Ningún autor ha sabido distinguir tan magistralmente como él entre la escoria y el mineral, entre lo real y lo falso”. Pero cumplidos aparte de personas ilustradas y mentes ágiles como la de la escritora coetánea, lo cierto es que el hombre que publicó por entregas su obra maestra no envejeció tan bien entre el gran público como lo ha hecho el autor de Oliver Twist. Y quizá con razón, pero merece su lugar en el Parnaso, que no debería ser pequeño.

Thackeray gozó de éxito en vida, pero su obra se ha diluido en el tiempo como sucedería en un cubo de agua hasta con el mejor güisqui. Y es una pena. Vale recordar que pocos escritores desnudaron las apariencias tan descarnada y sagazmente como Thackeray. Si Dickens fue testigo lúcido y denunciante impetuoso de la injusticia social, Thackeray se erigió juez impasible y mordaz narrador. Contar las miserias humanas de una época desde dos puntos de vista muy distintos no tiene, probablemente, otra explicación que el simple y casual hecho de que la fortuna los trató distinto desde la cuna: el determinismo de las circunstancias personales, a pesar de los anti-Zola, anti-Darwin, anti-Marx, está ahí, sigue ahí, permanecerá ahí, para condicionar siempre. Aunque no sentencie. Por eso Dickens, que sufrió los sinsabores de una infancia paupérrima, narra con crudeza, pero con ternura, con desgarro, pero con empatía y, desde luego, con una dosis insoslayable de estómago. Mientras que Thackeray, acomodado desde su nacimiento y la mayor parte de su vida, escribe desde un inteligencia perspicaz que penetra hasta la última topera del zoo social, pero con la distancia que otorga disponer de cierta fortuna y vivir confortablemente dentro de los dominios de la razón y las buenas maneras imperantes. Y no por eso su obra literaria ha de tener menos valor, aunque esa circunstancia, entre otras, quizá sí que contribuyera a que arraigara menos en el imaginario popular hasta hoy. Pero si Dickens fue el narrador magistral de la masa inglesa, Thackeray fue el cirujano preciso de su clase acomodada, diseccionada sin igual en su obra más renombrada.

La feria de las vanidades

Ilustración de William Makepeace Thackeraypara su novela La feria de las vanidades - Hulton Archive (2)Conocemos de Thackeray La feria de las vanidades, a la que seguramente un titán contemporáneo y todavía vivo como Tom Wolfe tuvo más que en cuenta para escribir su particular hoguera, y a la que una revista icónica como Vanity Fair rinde más que tributo.

Corrosiva y vitriólica, esta novela rompe una lanza por la mujer presentando a dos protagonistas femeninas. No obstante, las elige tan antiheroicas, que resultan tan antipáticas como hueras. Nadie debe llamarse a engaño, sin embargo, porque el autor ya avisa: esta es “una novela sin héroe”, hombre o mujer, y su objetivo es pintar, casi a la manera de El Bosco, el circo de la vanidad humana, que no entiende de sexos, roles ni géneros.

Eso sí, las consideraciones generales sobre la mujer son de agarrarse los machos:

Hay pocas cosas más conmovedoras que ese tímido menosprecio de sí mismas que a veces manifiestan las mujeres, cuando reconocen que son ellas las culpables y no el hombre, o cuando cargan con todas las culpas, buscando en cierto modo una especie de castigo por los pecados que creen haber cometido. A veces, los que más maltratan a las mujeres suelen ser los que más cariño reciben de ellas, que han nacido tímidas y tiranas, y que, por eso, a su vez maltratan a quienes se les muestran más humildes.

Esta es una de esas perlas con las que nos obsequia.

Hay más.

Por las noches, cuando estaba sola, le asaltaban furtivos e intensos éxtasis amorosos [hasta aquí, nada que objetar porque describe un sujeto concreto que bien puede ser así, pero se embala con el género al completo], de esos que la maravillosa previsión divina ha otorgado a la mujer y que son goces mucho más elevados que los de la razón o, para decirlo de otro modo, como magníficas y ciegas abnegaciones sólo conocidas por el corazón femenino.

El amor parece una cosa inherente a la naturaleza y al instinto de ciertas mujeres. Algunas nacen para intrigar y otras para amar. Si algún respetable solterón lee estas líneas, que elija de los dos tipos de mujer al que más le agrade.

Como cada uno de los miembros de este sexo encantador es rival de todos los demás, la timidez pasa por estupidez en sus caritativas opiniones, la gentileza por falta de ingenio y el silencio jamás encuentra perdón en manos de la inquisición femenina. El silencio, que no es más que un tímido rechazo de la desagradable afirmación que hacen de sí mismos los hombres o las mujeres dominadores, es también una tácita protesta.

Es el retrato de una época, qué duda cabe, y como tal es asumible que la mujer esté descrita como era considerada, pero huele a chamusquina que Mr. Thackeray tuviera consideraciones tan palmarias sobre ellas, más propias del gregarismo de opinión imperante que de un francotirador de la lucidez, aunque sea capaz de llevar a la mujer al primer plano, adelantándola del que realmente ocupaba: el secundario.

Escoge a dos y las hace protagonistas, pero deja bien claro que no le gusta ninguna de ellas. A una la pinta como una angelical aburridísima, y a la otra, endiabladamente astuta. Pero deja bien claro que son igualmente antiépicas porque una está repleta de defectos y la otra vacía de cualquier cosa. Y es que a Thackeray, sin haber sido tildado de misógino como lo fuera después Baroja —por citar un ejemplo más cercano en el panorama patrio, que probablemente lo mereciera mucho menos que otros, no parece tener buena opinión de las mujeres como grupo ni como individuos concretos. ¿Misoginia? Bueno, también hace gala de una lamentable opinión sobre la mayoría de los ejemplares del sexo masculino, así que lo suyo es más una misantropía espolvoreada por todo el género humano.

“Es lo que los sentimentalistas, siempre a la caza de grandes vocablos, llaman ‘anhelo del ideal’, aunque en el fondo no significa otra cosa sino que las mujeres, por lo general, no se sienten satisfechas hasta que no tienen esposo e hijos en los que centrar sus afecto”, describe el narrador una vez más, pero aguijoneando también al hombre, en un tal para cual similar al grabado de Goya que llevó título homónimo. Y si no, veamos:

Ya hemos dicho que, en el fondo, Joseph Sedley era tan vanidoso como una mocita. Pero, en este sentido, es preciso reconocer que las mocitas solo tienen que volver la oración por pasiva y, cuando hablen de alguien de su propio sexo, decir: “Es tan vanidosa como un mocito”. La ecuación es exacta. Los barbados son tan aficionados al elogio, tan envanecidos y tan seguros de su poder de atracción como cualquier coqueta del gran mundo.

Así que Thackeray tiene para todos y reparte por igual, porque ése es su objetivo: recordar, como hace el Antiguo Testamento en el Eclesiastés, que todo es vanidad de vanidades. Porque para él esa es la esencia de la condición humana.

“Recuérdese que este retrato lleva por título La feria de las vanidades y que una feria de vanidades es un lugar más bien estúpido y vanidoso, donde es lógico que abunden toda clase de embrollos, falsedades y simulaciones, y que salgan a relucir una buena cantidad de cosas desagradables”, reitera el autor en el octavo capítulo, como si deseara que ningún lector perdiera de vista que el fresco del mundo es histriónico aunque resulte artístico.

Ilustración de William Makepeace Thackeraypara su novela La feria de las vanidades - Hulton ArchiveThackeray huye de la admonición dramática, de mesianismos salvíficos como antídoto contra lo corrupto de la especie humana —que convierte en algo más bien prosaico, casi chusco, de naturalezas caídas vertebradas en torno a Dios y el pecado, al estilo de Tolstoi o Dostoyevski. Tampoco apuesta por retos personales de héroes solitarios, que desafían al mundo o al determinismo de su destino o de sus circunstancias. Y mucho menos recala en mujeres más activas e inquietas como la Dorothea Brooke de esa Mary Anne Evans que se firmó Middlemarch con nombre de hombre George Eliot, o como la Shirley de la novela homónima de Charlotte Brontë, por no mencionar las cuatro décadas que faltaban para que alguien un hombre como Thomas Hardy creara una mujer de carne de papel como Tess.

La tragedia del desafío a las normas parece demasiado ampulosa, queda muy grande a la insignificancia del ser humano, dice Thackeray implícitamente en su discurso narrativo, trufado de comicidad satírica que da al hombre su propia medida: banal. Aunque anhele agigantarla presuntuosamente.

A Thackeray lo que le gusta cincelar es la opereta coral del mundo, en la que nadie ni hombres ni mujeres puede escapar a su papel y en la que a nadie tampoco le interesa demasiado hacerlo. No hay tragedia alguna ni apenas drama, sino una comicidad irónica con perfume a cinismo, más que a tristeza, que pincela frescos completos y repletos de personajes.

“Esta es la feria de las vanidades, aquí no reinan ni la moralidad ni la alegría, a pesar del ajetreo y del ruido”, advierte ya desde el comienzo el autor, que contará su historia como si fuera un exiliado del trajín y la falsedad que supone vivir en sociedad. Por si no nos hubiéramos dado por enterados, insistirá constantemente en ello: “Ah, ¡la feria de las vanidades!Aquí tenemos a un hombre que apenas si sabía escribir y hablar su idioma, y que tampoco se preocupaba mucho de leer correctamente; a un hombre que tenía las astucias y las costumbres propias de un patán; a un hombre cuya finalidad en la vida parecía ser la de andar siempre en pleitos y embrollos; a un hombre que no saboreaba, que se emocionaba por nada, que no gozaba sino con lo más sórdido y decadente. Y sin embargo, este era un hombre de abolengo, que ocupaba cargos honoríficos, que tenía poder y que figuraba entre los dignatarios terratenientes y entre las columnas que sostenían en el Estado. Era, en definitiva, un alto mandatario que se paseaba en coche de oro. Grandes ministros y estadistas buscaban su influencia, y en la feria de las vanidades ocupaba un lugar más elevado que la mayoría de los hombres de genio brillante y de virtudes intachables”. Porque haberlos, los hay, aunque no protagonicen la historia del mundo que es feria de vanidades, según Thackeray, que cerrará el círculo en el último párrafo de la última página: “¡Ah, vanitas vanitatum! Decidme, amigos lectores, ¿quién de nosotros es feliz en este mundo? ¿Quién de nosotros logra ver cumplidos sus deseos? Y aún cuando los vea cumplidos, ¿quién es el que se siente satisfecho?”.

Ahí queda la huella de un hombre barroco en un mundo supuestamente clásico, que escribió para lo que tantos: para hacer ver los postizos del género humano a través del arma más poderosa contra la hipocresía —y casi la única que puede medirse con la obstinación de esa justificación que presentan todos los hipócritas del mundo y que es la vanidad—. Esa arma es la ironía.

Y es que Thackeray se llevó siempre mal con la patanería revestida de virtud con pretensiones de exquisitez, en cualquiera de sus formas. En el Libro de los esnobs, por uno de ellos, el autor arremete contra otro de sus disfraces: una supuesta superioridad en las formas de vida denominada “esnobismo”. Considerada vitriólica e iconoclasta, la obra constituyó una afrenta más de Thackeray a su propia clase. Algo así como que Engels patrocinara a Marx, salvando la distancia de que la literatura suele ser menos revulsiva que la filosofía.

Y es que para los fanáticos, y sus hermanos menores, los gregarios, los modelos tienen que ser puros porque, de lo contrario, se ven obligados a pensar con matices e hilaturas y eso entorpece el sectarismo e incomoda sobremanera.

Thackeray fue un gran escritor. Murió hace 150 años. Vivió en una época vibrante repleta de mentes eléctricas. Tiene sus claros y sus sombras, pero una obra innegablemente meritoria. Feliz aniversario.

En la tumba de William Makepeace Thackeray


Robespierre, revisado

Robespierre

Esta novela fue redactada a la manera manuscrita y usanza antigua, es decir, a mano. Pluma estilográfica de tinta azul y rotulador rojo de punta fina”, explica Javier García Sánchez al final de un volumen inmenso en calado y eslora, que lleva por título Robespierre. Catalogado como novela, incluye un minucioso análisis histórico y una reivindicación de una figura que ha llegado hasta hoy como tenebrosa y que García Sánchez, sin embargo, ha decidido dibujar bajo la luz que irradió la Ilustración. Robespierre, pintado siniestro, apodado El incorruptible, protagonista y víctima de la época del Terror, es presentado como un hombre metódico, enemigo de la violencia, asqueado con el derramamiento de sangre, mucho más reflexivo que visceral, quizá apocado por retraído, poco astuto para las leyes predatorias no escritas del poder, y víctima de una espiral de ambición y violencia a la que contribuyó menos de lo difundido, pero de la que no pudo sustraerse, hasta pagar con su vida.

El narrador se fue dejándote en las manos un libro de quinientas noventa y tres mil ochocientas treinta y tres palabras, un arriba, una abajo. A partir de aquí, lo restante habría de quedar también por siempre silenciado, pues está más allá del lenguaje”, cincela el escritor como corolario. Hasta llegar aquí, García Sánchez ha pintado un fresco de los años más duros de una Francia postrevolucionaria, en el que uno de sus máximos exponentes —en mayor medida que protagonista— fue vilipendiado y así quedó para el retrato de la historia posterior. “Porque la cizaña sembrada perduró largo, largo tiempo”, afirma en su Post Scriptum el autor.

En él también se sincera y expone que su obra es un juicio moral. “En absoluto me importa admitirlo abiertamente aquí, pues este es el momento de hacerlo, mi libro constituye en sí mismo un juicio moral, y el lector no debe llamarse a engaño por sus conclusiones, igualmente morales. Porque de alguna forma pretendí que en Robespierre hubiese una investigación moral, un juicio moral y una reparación moral”, escribe. Y que vaya por delante, para que nadie espere una novela descafeinada de pensamiento o ideología. Por si a alguien no le resultara palmario, poco después, cita a Wittgenstein a propósito de su sentencia: “Dejémonos de pijadas intelectuales, cuando todo está tan claro como un puñetazo en la mandíbula”.

Y es que García Sánchez ha desgranado una sociedad aplicándole una lupa y una circunferencia completa: 360 grados, casi 1200 páginas, que no dejan apenas nada en la zona de sombra.

Vayamos por partes.

Los especuladores

Como en toda sociedad sumida en una crisis —salpicada además por la desgarradora agravante de la violencia—, durante el Terror, la especulación creció a sus anchas. Así lo puso de manifiesto un correligionario de Robespierre, más justiciero y bravo de carácter que él, que pagó igualmente cara la dignidad de la denuncia social. Así describe García Sánchez a Saint-Just: un hombre de palabra directa, poco amigo de la retórica política acostumbrada a torear con la izquierda en sus discursos. Y será él quien, en palabras del autor, ponga el dedo en la llaga: “Saint-Just denunció a una nueva clase social de especuladores que existían amparados por otra clase política, la de los moderados”.

Javier García Sánchez - RobespierreEn el saco de la especulación caben destacadas figuras de las finanzas públicas de la época, como Pierre-Joseph Cambon, responsable económico en el Comité de Salud Pública y rival de Robespierre. Una figura inquietante que arrastró o se sumó —es difícil saber quién lleva delantera en un cauce tan turbulento— a un grupo de personas con relevancia financiera, entre los que García Sánchez nombra a Fabre d’Églantine y Hérault de Séchelles, quienes “por un curioso e inexplicable azar, se habían hecho literalmente ricos en la Revolución, beneficiándose de eso sus amistades, sobre todo Danton”. Sobre los dos primeros, el autor, a través de su personaje-narrador, Sebastien-François Précy de Landrieux, se extiende y explica que De Séchelles fue un fundador de instituciones republicanas, que nunca “se privó de hacer ostentación de su proclividad al lujo y a quien podía vérsele frecuentemente rodeado de señoritas de Bellegarde, a caballo entre viajes y fiestas (…). En cuanto a Fabre d’Églantine, el suyo fue el caso más sórdido y a la vez más evidente, incluso más que el de Hérault de Séchelles. Había sido uno de los más estrechos colaboradores de Danton desde 1790. Durante el periodo que aquel ejerció en el Ministerio, Fabre se enriquecería considerablemente, no pudiendo demostrar tampoco durante su proceso de ninguna de las maneras cómo logró amasar tamaña fortuna. Si bien, lo que le hundiría definitivamente fue la falsificación en el proyecto, más bien negocio, de la famosa Compañía de Indias”.

Nada nuevo bajo el sol, pero merece la pena leerlo en García Sánchez a propósito de entonces, de esa revolución francesa en la que el autor se ha sumergido para rescatar pecios de verdad subsumidos en el fondo abisal y oscuro de la historia hasta el momento y con contadas excepciones.

La aristocracia

Señalada con nombres y apellidos, no resulta la víctima más indefensa ni sobre la que más se cernió el Terror. Los datos avalan la hipótesis del autor, que señala: “De 400.000 nobles que había en 1789, sólo se ejecutó a 1.158, mientras que 16.431 huyeron. Hasta 400.000 faltaban aún 382.411, ¿dónde estaban? ¿Dónde permanecieron durante toda la revolución? O más correctamente, ¿por qué el Terror los eludió? Sólo el 8,5% de los ejecutados perteneció a la nobleza, y el 6,5% al clero. El 85% restante lo compusieron desde delincuentes habituales a pequeños comerciantes, trabajadores diversos, campesinos y sans-culottes. También gentes que no eran absolutamente nada de los anteriores, sino simples ciudadanos. Más aún: el 70% de ajusticiados lo fue por motivos de rebelión o traición, el 29% a causa de delitos comunes, como robo en tiempos de guerra o asesinato, y únicamente el 1% por delitos económicos graves, como fabricación de falsos asignados, concusión, etc. Y todavía otra pincelada ilustrativa de la aparente incoherencia del Terror: de 38 ducs o pairs que había en Francia en 1789, dos murieron en las matanzas de septiembre de 1792 en las cárceles y cinco fueron guillotinados. ¿Qué ocurrió entonces con el resto, muchos de los cuales siguieron intrigando desde las entrañas de la patria?”.

García Sánchez desmonta, dato a dato, palabra a palabra, algunos de los tópicos sobre la revolución. Y pone de manifiesto, una y otra vez, que la revolución y el periodo posterior de Terror, paradójicamente, se ensañaron con el pueblo llano más que con cualquier otra clase social. Por si no estábamos al tanto, la reivindicación sobre las miserables condiciones de una mayoría, abocada a lo que hoy sería el umbral de la pobreza, está presente en todas las páginas porque no cambió con la revolución. Varió la concepción del poder, desde luego; la historia de las ideas, quizá; la titularidad de los bienes, muy poco; y el papel de la institución monárquica, para siempre. Pero, para quien relata esta narración, “el pueblo siempre vivió en el infierno”.

París se volvió alegre, afirmaría Michelet. “Mentira descomunal, afirmación más cuestionable aún que ofensiva. Nunca se tergiversó la verdad tan impunemente. No hubo escasez sino hambre. París no se volvió alegre, sólo una determinada y reducida clase”, escribirá el protagonista de la novela al respecto. Para, más adelante, explicar las buenas relaciones que se fraguaron entre cierta burguesía jacobina y los sans-culottes que terminaron cuando entró en escena uno de los mayores fantasmas de cualquier economía: una inflación desbocada, que sumiría de nuevo al pueblo en otra espiral de pobreza. Y en medio de este caos, el protagonista reflexiona sobre si Robespierre debió haber sido más expeditivo en sus actuaciones. Porque el personaje de carne y sangre que aquí se da a conocer es un hombre más dado al árbol de la ciencia barojiano que al árbol de la vida, y al que parece que le faltó determinación para controlar las facciones de los comités revolucionarios, que actuarían como resorte de varias capas sociales. Cuestión que le costó su propia vida.

Si Robespierre hubiera sido tan fiero como fue descrito posteriormente, es probable que su final hubiera sido otro, tal vez como dictador. Así lo reflexiona el protagonista: “Quizá, pensó con frecuencia Sebastien, fue ese el instante el que debió mostrarse expeditivo y tomar las medidas necesarias para variar el rumbo de las cosas, o sea, aliarse con Danton jugándose el todo por el todo, pero eso hubiera supuesto enfrentarse de modo abierto a los dos Comités y, una vez más, ser acusado de aspirar a la dictadura, cosa que le encolerizaba hasta el extremo de hacerle enfermar. Un nuevo dilema, o si se prefiere, el dilema de siempre”.

Sin embargo, Robespierre no pudo o supo hacer frente a tan numerosos enemigos del espíritu revolucionario y acabó fagocitado por la dinámica de lucha continua del poder. En el último tercio de la novela, García Sánchez apura, depura y apunta: “Cierto que la lógica no existía en aquel ritual de sangre y venganza, pues se movieron casi todos bajo los efectos de una mentira colectivamente asumida que en el fondo les hacía cómplices. (…) De súbito se encontraban frente a hombres salvajes que sólo reaccionaron contra ellos cuando Robespierre les denunció en su discurso de la tarde-noche del ocho de Termidor. Aquella fue su auténtica sentencia de muerte: denunciar a los asesinos. Fue el primer, único y último político que lo hizo en la Asamblea Nacional a lo largo de toda la historia de la revolución francesa”.

Una vez más a lo largo del libro, la figura singular de Robespierre es desmitificada y desenvuelta de las capas de barbarie sanguinolenta con las que numerosos historiadores la cubrieron a partir del mismo momento en que la guillotina terminó con su vida, o incluso antes. García Sánchez escribe para conocimiento de quien quiera sumergirse en un relato complejo, urdido de bajas pasiones, intereses y dinero, más que de altos ideales. Un relato que también tuvo sus propios contadores de historias: políticos y periodistas.

La prensa

Y es que en este marasmo de conveniencias, surge también una protagonista moderna nada desdeñable: la prensa, o más exactamente los empresarios de la misma. Una de las figuras que se dibuja como más traidora a Robespierre y más pagada de sí misma es Camille Desmoulins. Abogado mediocre, se señala abiertamente en los momentos previos a la revolución como un republicano. Pero su trayectoria —más literaria que pegada al Derecho y abiertamente contraria a la monarquía— termina con la creación de un diario, Le Vieux Cordelier, que lo enfrentará para siempre a Robespierre y lo acercará a Danton.

RobespierreSaint-Just englobará a Desmoulins entre “los buitres” durante una de sus intervenciones en la Convención: “Existe un sector político en Francia que juega con todas las partes. Avanza a pasos lentos. Si se os habla de Terror, él os habla de clemencia. Si os convertís en clementes, abogan por el Terror”. Pero jugar con diferentes barajas no evitará que los terribles tentáculos de la violencia lo conduzcan hasta el cadalso. El relato de su trayectoria y su baremo moral están soberbiamente narrados por el protagonista que ha creado Sánchez García para desentrañar las entrañas de Francia y, más concretamente de París, la ciudad que albergaba 150.000 mendigos, 70.000 prostitutas y 4000 casas de juego en 1795.

Junto con la prensa, aparece otra baza que protagonizará la esfera pública para siempre en la sociedad moderna: la pequeña burguesía, que se convertirá en alta esfera de las finanzas cuando prospere. Bien retratada, puntillosamente juzgada, García Sánchez la disecciona junto al resto de elementos de una época que hizo historia y que en su intrahistoria bien podría asemejarse a la nuestra.

Pero no sólo la aristocracia, la prensa, las altas finanzas o el pueblo llano son sometidos a escrutinio. Asuntos como la nacionalización de los bienes, la guillotina como modo de ejecución sumarísima, la evolución jacobina o los balbuceos democráticos se imbrican en este tapiz, del que hemos mostrado algunas figuras, pero que merece mirarse de frente y en totalidad.

Eso sí, antes de finalizar, cabe señalar una decepción explícita en las páginas. O quizá, la decepción. Con la izquierda. Con una izquierda fantasmal e incorpórea, incapaz de deberse respeto a sí misma y a su ideología. Desilusión con los políticos revolucionarios que, hueros de criterios, en cuanto se vieron en lo alto de la pirámide de la toma de decisiones, ambicionaron convertirse en derecha, a veces aún sin saberlo, pero queriéndolo con todas sus fuerzas. “Ellos, los vencedores, ya contaban con el poder de la economía de mercado o sus instituciones financieras en la política estatal, y también dentro de la Asamblea. Ahora se trataba de dominar la calle, que había sido y era el pueblo. Ebrio, antropófago o manso, pero pueblo al fin, como bien dirían Madame de Stäel, Constant y los demás. Y eso sólo podía hacerse de una manera: darle un soberano escarmiento. No había que cejar estrechando el nudo de la argolla hasta que ese pueblo se volviese dócil, sumiso, como antes de Robespierre, Danton y Marat”, así lo explica el protagonista de la novela.

Pero aunque Robespierre, Danton y Marat fueran a ser obviados, hay rescates de última hora de naufragios colectivos. García Sánchez ha realizado esa proeza en un esfuerzo hercúleo de 1200 páginas, que dan para mucho. Y merecen.


Cicutas y cruces: suicidas ilustres

No es lo mismo querer morir que querer matarse. Y hasta que los desahucios y el acoso escolar no se han cobrado sus víctimas en un sacrificio ritual que la sociedad posmoderna ofrece a sus dioses —como el minotauro se cobraba puntualmente sus jóvenes de entre lo más selecto de la sociedad cretense—, hemos mirado poco el suicidio de frente. Poco o nada. “Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”, escribió ese poeta eléctrico que fue Gabriel Celaya, a propósito de algo que no era el suicidio, pero que lo absorbía como el cosmos fagocita la vida y la muerte: la habitual capacidad del ser humano para bajar los párpados cuando descubre incertidumbre en lugar de pálpito caliente de carne. Ya lo sentenció Faulkner —y lo remarcó Laforet con marchamo patrio—, cuando imprimió que el sexo y la muerte eran “la puerta de delante y la puerta de atrás del mundo”.

Hoy los suicidios son noticia, igual que los asesinados han sido noticia desde que la Biblia se convirtiera en la publicación más extensa de sucesos de la humanidad. La muerte a mano propia la habíamos expulsado de los medios de comunicación por temor a un efecto contagio. Ahora se ha dado la vuelta al asunto para intentar evitar que el sufrimiento de los jóvenes que son acosados —por Internet o en vivo y en directo— les empuje a la puerta de atrás del mundo sin haber transitado apenas por él, al menos en tiempo, aunque ya explicó Ernesto Sabato a quien quisiera entenderlo que el tiempo no era mesurable por cronología sino por intensidad de vida y, en eso, nadie puede saber cuánto vivió un suicida. Lo que sí está claro es que el tema tabú por excelencia en cualquier religión monoteísta y, por tanto, en la mayoría de las sociedades por número de habitantes, se ha convertido de la noche a la mañana en trending topic.

Echemos la vista atrás para recorrer cómo estuvimos tanto tiempo de espaldas a un asunto al que ahora no sabemos cómo darle la mano.

Séneca, que tanto prestigio consiguió allá por los años cero de esta era cristiana que tan cainita está resultando, terminó con su propia vida. La enorme reputación conseguida por el patricio pensador era síntoma de la consagración de su nobleza de espíritu y —envidia mediante— soliviantó a tantos y tan tremendos enemigos, que el encarnizamiento con que tuvo que batirse le hizo paladear la tierra seca que es una vida vivida en serio. A partir de esos años y con el afianzamiento cristiano como lo que hoy sería una política de Estado y entonces se llamó religión, lo de hacerse cargo uno de mismo de su propio final estuvo proscrito.

La grandeza de elegir matarse pasó a convertirse en pecado, sobre todo a partir de un pensador con cierto tufo hipócrita como fue San Agustín. Hipócrita, ¿por? Por convivir catorce años con una mujer, tener un hijo con ella y después renunciar al amor humano por la sed de poder en la institución más descollante de la época. Hay quien puede pensar, incluso, que la disfrazó —su ambición—, como tantos otros, de ansia de virtud: opinable, pero no descabellado porque extraña al pensamiento racional la virtud rara que pueda existir en despreciar el amor palpable en la vida para convertirse a la misoginia. En cualquier caso, el hecho objetivo y objetivable pasa por que San Agustín pintó el suicidio como pecado más que mortal porque violaba el sexto mandamiento y atentaba contra la voluntad de Dios, que ordenaba sufrir por encima de todas las cosas —diversos concilios han ido versionando el asunto con tintes más dulzones—. Así que uno de los cuatro grandes padres de la Iglesia Católica le echó dos testículos para amenazar a las mentes lúcidas con el infierno si tomaban sus propias decisiones.

Se podría contar de otra manera, pero el resumen del pensamiento occidental filosófico entre la época helenística y la Edad Media transitó entre estos dos puntos como una recta. Y ya explicó Euclides en sus Elementos que “dos puntos determinan una recta, y solo una, a pesar de que ella contenga infinitos puntos”.

Yukio Mishima fingiendo (y anticipando) su suicidioEn este tiempo también la cultura ha acumulado sabios y necios que han clamado que la vida no está para entenderla, sino para vivirla. Pero parece que la vida de cada cual es eso: de cada cual, y cada uno debe hacer con ella lo que desee y pueda. El hecho de que el suicidio fuera considerado un pecado mortal o un delito resulta realmente extraño cuando al estudiar la historia de la humanidad, cualquiera da de bruces con un mundo en el que el afán es dominar al otro, sin ulteriores consideraciones, tal y como se puede leer ya en Tucídides y La guerra del Peloponeso. Por no hablar de Hobbes y otros ejemplos ilustres que enseñaron que quizá la condición humana no fuera la mejor posible ni éste el mejor de los mundos, con permiso de Leibniz y Voltaire.

Así que ahora podemos echar un vistazo a mentes preclaras, personajes amantes de la vida, incondicionales de la pasión, tremendos jugadores con las cartas del destino que, en un momento dado, supieron que la nobleza suprema, el homenaje máximo a la creación o a la misma condición humana era abandonarla por la puerta grande. Veamos.

Sócrates y Cleopatra desfilaron por la historia sin todavía monasterios y conventos que pudieran condenarlos a los fuegos eternos. A su casi coetáneo Periandro le ha dado menos publicidad la filosofía y el cine, pero ahí estuvo uno de los siete sabios de Grecia, con ganas de matarse.

Y trayendo el tema al presente del que somos hijos filosóficos, literarios y sociales, aunque no inmediatos, podemos afirmar que hace poco —poco en cuanto a formas de pensamiento, como aleccionados nietos de la Ilustración y del Romanticismo—, han desfilado por la muerte escogida mentes más o menos atormentadas, pero, paradójicamente, amantes de la vida todas.

El laberíntico Joseph Conrad, que lo intentó y nunca se supo que volviera a hacerlo; la caústica Dorothy Parker, que como poco reincidió dos veces; el adicto Ernest Hemingway, cuyos tragos son recordados folclóricamente a lo largo y ancho del mundo; el intrépido Emilio Salgari, que hizo de la imaginación su bandera; el atormentado Yukio Mishima, con ese celo asiático que a cualquier europeo hijo de la Ilustración asombra y repugna; la inabarcable Virginia Woolf, como la Antígona que fue, mucho antes de que Benjamín Prado las glosara en sus “Nombres de”; el intelectual Sandor Marai, genio y figura; el lúcido Mariano Larra, que pagó con su ira la imbecilidad ajena; el abrasivo Reinaldo Arenas, cuya carne Julian Schnabel convirtió en cine; o Cesare Pavese, Stephan Zweig, Sylvia Plath y cuantos más crea cada uno, que de ellos hay páginas y páginas… En Internet, sin ir más lejos ni venir más cerca.

De Jesucristo, primer suicida obligado, los observantes consideran sacrílego anotar que Dios exigió a su único hijo inmolarse de una manera que bien podría entroncar con los sacrificios rituales al estilo minoico o maya. Y a los no observantes la cuestión del suicidio les parece algo más científico que un rifirrafe teológico sobre la naturaleza inductiva del “Hágase tu voluntad y no la mía”. En términos religiosos, Jesucristo podía haber elegido la mentira y la vida —o esa tremenda mentira que es la vida— en lugar de la verdad y la muerte —o esa única verdad que es la muerte—, igual que las víctimas de acoso y desahucio podrían elegir seguir viviendo, pero eligen suicidarse y la actualidad ya no puede obviarlo más.

A James Cameron —que lo mismo dirige Titanic que busca la tumba de María Magdalena, Jesús y el hijo de ambos—, también le parece más riguroso con la historia que el profeta tuviera una vida después de la cruz, sin suicidio inducido de por medio. Tal y como también atestigua uno de los pergaminos hallados en Qumrán, ese lugar a orillas del Mar Muerto en el que los esenios escondieron una parte de la historia que permaneció siglos oculta, pero no silenciada.

Volviendo al hecho que la religión condene el suicidio como pecado mortal mientras cuenta que Dios lo exigió de su propio hijo, los medios tratan de alertar sobre la tasa creciente en medio de la crisis, también creciente. Es una elección hecha por muchas personas: algunas lo ejecutan acicateadas por sus propios demonios o luminarias —luciferinos todos— y otras empujadas por la turba cainita y la jauría sedienta de sangre, por esos hijosdalgos —de meretrices— que se dedican al bullying o a la especulación y usura que conllevan los desahucios.

NietzscheEn cualquier caso, Shakespeare y su ser o no ser, Camus y lo de la única cuestión filosófica seria, y Calderón con el hacer nacer y querer morir, laten ahí, sempiternos todos, con la cuestión imperecedera, que inquieta, palpita, atormenta y aletea entre las sábanas cada noche y cada despertar de quien duerme entre la preocupación y la congoja, entre los problemas y la indecisión, en las camas de esos miles de sonámbulos que pueblan el mundo con el terror que produce escuchar sin pausa ni tregua ni alivio ni refugio la conciencia a todas las horas del día.

Ese Nietzsche, que tanto magnetiza a millones de suicidas y adolescentes que lo conocen como materia de estudio antes de llegar a la universidad, viene a ser a la filosofía algo así como Tarantino a la historia del cine. Pero es alimento nutritivo y disculpa de mucho atormentado, como Rousseau lo es de mucha mente despejada. Cuando el alemán anunció que el suicidio era “el nuevo orgullo del hombre, que fija su fin e inventa una fiesta: el morir” llevaba unas poderosas razones vitales que los medios empiezan a considerar porque la realidad suicida ya es más real que fantasmagórica.

Y confunde que tantos años no se haya hablado de la muerte a voluntad propia mientras la violencia copa informativos y ficción. Por ejemplo, la selectiva, cruel pero jugosa, terrible pero infantil, casi pederástica, de los Juegos del Hambre, refocilados en la muerte si va precedida de combate, como si matar contuviera tanta nobleza como cobardía el suicidio. Y ahí hemos estado como sociedad, dando cobertura a la rivalidad de la caverna, a la dominación del otro, a la subyugación hasta anularlo; mientras hemos obviado la posibilidad serena de terminar con lo que otros empezaron por nosotros. No soportamos “morir de un modo altivo, cuando no es ya posible vivir dignamente. La muerte elegida voluntariamente, la muerte en tiempo oportuno, con claridad y serenidad”, aunque sea elegida por otros, nos amenaza como sociedad porque nos aterra que un día tengamos que ejecutarnos. Aceptamos los homicidios, los asesinatos, los holocaustos, las guerras, el terrorismo, la tortura, los toros, las peleas de perros, el boxeo, los pirómanos, los descuartizamientos, las violaciones, el manga, el bullying, el mobbing y cualquier forma de violencia institucionalizada —ese mierding—, pero el suicidio es un tabú omnímodo.

En tiempos de su formación, el cristianismo se sirvió del enorme deseo del suicidio para hacer de él una palanca de su poderío: no conservó más que dos formas de suicidio, las revistió de las más altas dignidades y de las más altas esperanzas y prohibió todas las demás con amenazas terribles. Pero el martirio y la muerte lenta del ascetismo fueron lícitos”, explicaba el aclamado y odiado Nietzsche en El eterno retorno, y con semejante realidad y poquísimas explicaciones hemos vivido más de veinte siglos.

Cierto es que, en términos cuantitativos y demográficos, la mayoría de la gente no suele suicidarse, pero hay quienes ejecutan su muerte sumarísima a conciencia. Quizá comprender el sentido de la existencia puede asemejarse a encender una bombilla dentro de un submarino con el objetivo de iluminar el fondo marino: inútil. Y para quien vive no ya en el dolor, que tiene fin y amortiguadores, sino en el sufrimiento, infinito en su calamidad y depredador máximo de la moral humana, la vida puede ser insoportable. También están los santos y los mártires, los héroes y los supervivientes, los que todo lo soportaron con o sin fe y salieron vivos, o al menos con vida en el cuerpo, de los fuegos locos que arrasaron con devoro su existencia. Los medios, como reflejo y cimiento social, abogan para que todos los que sufren pertenezcan a estos, pero demonizar o ningunear a los otros acaba de terminar. Vivimos en el siglo XXI.