Pilar Pedraza: «Que no me digan que no debo leer a Sade por ser patriarcal, porque los mando a la mierda»

Pilar Pedraza (Toledo, 1951) no es una gótica, dejen de llamárselo. Muéranse, de una vez, los que la miran con condescendencia esnob porque lleva treinta años alumbrando monstruos, brujas, horrores cavernosos o niños impíos. Salgan de su error ya es tiempo los guardianes de la moral, de la respetabilidad literaria y del coñazo relamido en general. Cualquiera de sus libros  y van más de cuarenta  ya sea ensayo cinematográfico o ficción sobre la Antigua Roma, lo deja claro: Pilar Pedraza es una de las mejores escritoras de nuestra época. Y si no la tiene en un altar, el problema es de su tabernáculo. 

Obligados como estamos a mencionar algo de su corpus literario para que usted, que ha sobrevivido al párrafo anterior, la ubique, diremos: Lobas de Tesalia, Arcano 13, cuentos crueles, El amante germano o Lucifer Circus. O las más recientes Pánikas, Eros ha muerto, El salvaje interior y la mujer barbuda. Aunque lo mejor de Pedraza siempre es lo que está en cocina, lo que humea el caldero perverso de su cabeza. Ahora, jubilada ya de la docencia universitaria, vive por y para este, su personal goce. 

Ella, paganísima, se describe como una «una servidora». ¿A qué le debe servidumbre esta mujer libérrima? A su público («los camisetas negras», les llama) la Fantasía (con efe mayúscula de gran literatura) y a ese hombre a quien están dedicados todos sus libros («Para Juan»), que nos acompaña hoy también como un mago del caos que vela por ella, flanqueado —y semiescondido— entre columnas de papel manuscrito. 

Entrar en su casa de Valencia es un lúbrico privilegio lector. Todas las ensoñaciones pedrazianas están ahí, físicamente: el espejo ibicenco que refleja el pasado, una lápida de una niña como de mesa de café, cráneos de gatos, calaveras, querubines luciferinos y un ninot de la propia autora, ilegalmente salvado de las llamas. Cuadros de mujeres peludas, de engendros, sofás atigrados. Kilómetros de películas, de libros negros, donde lo pagano convive con lo legendario, con lo mitológico, con lo perverso. En la guarida de una hechicera sadiana todo es hermoso. 

Conversamos con Pedraza con reverencia, entre sus carcajadas explosivas y su honesta generosidad. Fueron solo unas horas, pero nos habríamos atrincherado una vida.   

¡Flamante ganadora del premio Kelvin 505! Tienes el premio Ignotus, el Gabriel…. ¿Aún están por conquistar el Cervantes o el Planeta?

[Risas] ¡No quiero yo esos premios tan aparatosos! Es cierto que los de género los tengo todos, y estoy muy feliz de ello porque son muy íntimos y muy queridos, precisamente por ser del género. Pero estos otros premios así de literatura… Bueno, si alguna vez los consigo, vale. Pero no haré nada por ello, eso está claro. 

¿No estaría bien que te los dieran, si no es por ti, por darle un reconocimiento al género, por dejar de tratarlo como algo de segunda?  

Sí, claro. En ese sentido estaría bien, no tanto por mí. Por meterlo en el espacio que le corresponde: el de la gran literatura. Eso sí me haría ilusión, pero personalmente como escritora, me da igual. 

Dices que ya te da igual vender cuatro mil ejemplares que cuarenta mil, que lo que quieres es que la gente se divierta leyéndote. 

Claro, porque yo no vivo ni he vivido nunca de esto. En España pueden vivir de la literatura cuatro o cinco, entre ellos periodistas, sobre todo. Yo siempre he vivido de la universidad, y ahora de una pensión. De la literatura no me hace falta nada en lo económico. 

Alguna vez has reivindicado el papel de Emilia Pardo Bazán como escritora de terror, una faceta que se ha invisibilizado mucho. ¿Sientes sintonía en esto?

Sí, se la ha ninguneado mucho. Y ella tiene grandes cosas de terror, aunque yo nunca he escrito nada sobre esto, porque soy feminista como todas las mujeres de pro, pero no voy de feminista…

¿Activista?

Eso. Yo soy activista y feminista con mi literatura, ya está. En muchas ocasiones, en conferencias o en congresos sí que he sacado a relucir la injusticia que existe con Emilia Pardo Bazán, porque tiene unos relatos que son absolutamente fantásticos. Y en alguno de mis libros, en Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine, he estudiado alguno de sus cuentos de una manera más formal, como el de «La resucitada». Es uno de los relatos de terror a lo Poe más importantes del mundo, y no se conoce. 

¿Crees que ese menosprecio de las autoras de terror es algo típicamente español? Porque a nivel internacional sí se aplaude mucho a las llamadas «damas del terror».

Sí, fuera de España es diferente. Aquí el terror lo tenemos en la vida cotidiana, desde los íberos y los celtas [risas]. No lo tenemos como literatura a reivindicar, como la anglosajona de terror, con gran crédito. Francia, Reino Unido y Estados Unidos son los países más potentes en ese sentido, pero España e Italia son países mediterráneos en los que parece que lo sobrenatural o lo fantástico no les interesa tanto como lo realista cotidiano o lo realista histórico, como la memoria histórica. Justo estoy haciendo un librito ahora y se lo dedico in memoriam a Juan Perucho, que es uno de los importantes de un terror muy español y muy propio y muy gracioso. Como Valle-Inclán. También incluyo a Carmen de Burgos, que es una figura olvidada y marginada y tal, que tiene algunos relatos de terror que dan verdadero miedo. Se la conoce mucho como pionera del periodismo, y del periodismo de guerra, pero mucho menos como escritora, y tiene una producción alucinante. Especialmente algunos relatos que son de escalofrío, de género gótico. 

Un término que a ti te cuelgan mucho y tampoco te encanta. 

No, precisamente por eso, porque nos ponen en una especie de jaula, en la que estamos unos cuantos vestidos de negro… pues no me gusta. Yo soy escritora y ya está. 

¿Te gusta más el término «fantástica»? 

Sí, porque es un término más amplio. Porque yo gótica, gótica, no soy. No escribo a la manera de Mary Shelley y toda esa línea, lo mío es más de Bierce y de los contemporáneos. Aunque mis temas sean clásicos, los trato de otra manera. Hago reverdecer ciertos temas con una mirada contemporánea, pero desde luego no me considero una gótica. No me importa que lo digan, pero creo que decirlo va un poco en detrimento de la literatura. Como decir «ahí están los góticos, mira qué monos, jaja». En su rinconcito. Y eso no es así. No debes dejar que te encasillen de esa manera tan cruel, porque es como una cuota. Como la de las mujeres, que ahora, afortunadamente, la sociedad se está poniendo las pilas muy fuerte gracias a que las mujeres han dicho que basta ya. La literatura fantástica siempre ha sido barrida en España, curiosamente, por la literatura de género negro, cultivada por personas muy relevantes, con raíces en Dashiell Hammett y demás. Pero se ha popularizado tanto y se ha vuelto tan de masas que se ha desvirtuado muchísimo, y en ese desvirtuarse ha arrastrado a muchos. Ahora están surgiendo, de una manera descontrolada, una literatura de ciencia ficción que ya no es Asimov ni Stanisław Lem… Hay cosas que están muy bien, pero: si ahí hay cosas que están bien, y en el la literatura negra también, ¿por qué no se tiene en cuenta la fantástica? Porque estamos jugando aquí, ¿a qué? ¿A que la única literatura solvente sea la de la guerra civil y la de las madres hablando con las hijas y con las nietas de la memoria histórica…? Que me parece muy bien, eh. Pero la literatura no es solo eso, es mucho más. 

La novela negra empezó a tener crédito cuando alguien dijo eso de «trasciende las fronteras del género…».

Cuando se dice eso ya, malo. Porque mira: de Mary Shelley en adelante, todos los siguientes hitos estarían dentro del género. Lo que ocurre es que el fantástico tiene muchas ramas, muchísimas. Está la rama feérica y maravillosa, que es la más cultivada para los adolescentes con cosas como El Señor de los Anillos; como cuento de hadas convertido a la gran literatura. Pero luego también está la fantástica siniestra, la propia del siglo XIX y XX, y una fantasía más o menos filosófica, que puede estar en cualquier tipo de literatura haciendo que lo real sea parpadeante. No separa lo real y lo irreal, ¡porque es una mirada completamente literaria! Yo creo que no hay más literatura que la fantástica, porque todo lo que se ha escrito es una construcción, no hay referente. ¡Y eso que yo en esta pregunta no suelo entrar! [Risas]

Un género en el que todo surge del terreno de la imaginación esté menos valorado que uno que surge de la propia realidad… ¿No es un poco absurdo?

Sí, es cierto, pero todo esto viene de la tradición, viene de la cultura. La literatura fantástica es una literatura que no se tiene por tal, pero es culta. Tiene unos precedentes, unas formas de construir, y una historia que no tienen otras. La novela negra, por ejemplo, tiene una historia reciente, unos parámetros muy claros. Es muy valiosa en cuanto que trata de sacar a flote lo que hay debajo de la realidad normal, iluminando lo criminal, lo oscuro, a través de una investigación. Pero todo eso también es invención. Incluso la novela más cotidiana que se basa en la realidad, por decirlo así, es un constructo. Por eso tampoco pienso que la literatura fantástica sea más valiosa porque surge de la nada. Porque no, no surge de la nada, sino de un sustrato que es muy hondo si te metes en él. Si no, te puede parecer solo un cuento de hadas, monstruos, espacios cavernosos… como si fuera algo que tú inventas.

Pero no es que solo lo inventes, es que la fantástica al contrario que otro tipo de géneros tiene un contenido latente psicológico y psicoanalítico que la novela de vaqueros o que la novela negra no posee. Tiene una profundidad que no está buscada, pero es propia del género. Edgar Allan Poe nos gusta y nos parece una maravilla, especialmente sus obras más importantes, las que tienen más contenido latente, más profundas, más negras y más cortas, las joyas. Pero te pones a leerlo bien, y te metes en algunas obras que son verdadermente una pesadez, porque se entrelaza con la negra, porque ya pierde lo que hay en La casa Usher, por ejemplo. O las de resucitadas. Pero todo eso no viene solo de las borracheras de opio o de lo loco que estaba Allan Poe, sino de algo muy podrido con su madre y con la mitología muy profunda, razón por la que ha interesado a gente como Baudelaire o Freud. En cambio nos les ha interesado tanto Dashiell Hammett. No estoy comparando yo importancias, eh. Simplemente subrayo que para mí el género es muy abundante en variedades, como un árbol con muchas ramas, y es algo que no se atiene a unas normas que el lector va buscando. No se trata de quién es el asesino, porque a lo mejor en una fantasía no hay. ¿Quién es el asesino en las películas de Dario Argento

¿La cámara? 

[Risas] Sí, puede ser. Debajo de la cámara está el mal. Luego lo otro son figuras que el artista tiene que crear para darle un matiz comprensible para el espectador, una narración. ¿Pero quién mató? Ni lo hay, ni importa. 

Ya que lo mencionas. ¿Has visto la nueva película de Suspiria, de Luca Guadagnino? 

Sí, la he visto, y me pareció muy bien. Hace poco me llamaron de la editorial Shangrila, donde publiqué un libro sobre Jean Cocteau [Jean Cocteau. El gran ilusionista] y parece que les gustó y funcionó muy bien. Me propusieron que hiciera otro sobre una película, y no tuve dudas: Suspiria. Justo se había estrenado la nueva, con toda la polémica de la crítica. Que pobre Guadagnino, porque en mi opinión es una buena película. La primera vez que la vi, influida por toda esas críticas de «no hacía falta hacer un remake»… Pues mira, yo adoro la clásica, pero vista la nueva por segunda vez —como dice Argento que hay que ver las películas— me pareció aún mejor. La primera vez quizá me chocó tanto que no me gustó mucho, pero la segunda (y las posteriores, porque desde entonces la he vuelto a ver muchas veces) me convence más. La estudio para el libro con todo detalle, y es muy buena. Lo que pasa es que hay problemas con los que se ha enfrentado el nuevo director, y se resumen en que básicamente es posible que haya ido demasiado lejos con la puesta en escena. Por eso el final es un poco chirriante. Si él piensa que el final tiene que ser una apoteosis, dado que el desarrollo ha sido muy histórico, pues bueno.

No hay porqué confrontar las dos películas, porque van de cosas diferentes, aunque se llamen igual. La de Guadagnino, sin ser una obra de arte enmarcada ya en la historia el cine como la original, es una buena película, muy interesante. Y eso de decir «no hacía falta esta película», pues mira: no hacía falta ni esta ni ninguna. Innecesario es todo. También la original, que a ver cuánta gente la ha visto de verdad. Que no tanta, eh. O esa impresión me ha dado hablando con gente, incluso en el mundo de la universidad y de historia del arte, que no saben muy bien quién es Argento. Dicen, «Ah, ¿el de las policiacas?». Han visto Suspiria, pero como quien ve cualquier otra cosa. La película de Guadagnino hacía falta porque la historia del cine tiene que continuar, como se pueda y como se quiera. Si tenía el dinero para hacer un remake, que la haga, y que la haga a su manera. Esta no es complementaria de la otra. 

Vamos a tus orígenes. Cuando empezaste a publicar libros ya eras doctora en Historia, ¿cómo se vivió eso en tu entorno académico, entre tus colegas? Porque tus libros no eran precisamente de una seriedad académica… ¿Te tomaron por excéntrica? 

Es que en realidad yo empecé a escribir cuando tenía doce años [risas]. Leí, creo que durante una enfermedad, Sinuhé el egipcio y después busqué más cosas del mismo autor, Mika Waltari, porque me encantó. Eran novelas históricas de las que la gente no quería saber mucho, en general. Luego ya leí a Mary Renault, los clásicos de la literatura histórica antigua, que no es histórica, es literatura, ocurre lo mismo que lo que hablábamos del género negro. Empecé a escribir con eso, en unos cuadernos que he perdido pero que eran graciosísimos, porque lo que hacía era imaginarme la novela de Sinuhé y reconstruirla. Me veo a mí misma, en el espejo del pasado, escribiendo siempre fantasía. Ese libro me llegó al alma, porque entendí gracias a él lo que eran los egipcios y los romanos, y ahí empezó la fascinación. Escribía cosas muy ingenuas, las típicas de los adolescentes. Cuando ya estaba en la universidad, escribí para el Premio Ciudad de Valencia, que no recuerdo que año sería…

¿1984?

Puede que por ahí. La verdad es que tengo que mirar a veces la wikipedia para consultarlo.

¿Tu propia página? 

Sí, lo hago mucho. Porque no recuerdo las fechas, o qué libro fue antes de cuál. ¡Está todo tan bien puesto! Luis Pérez Ochando, un día viendo la Wikipedia se puso a editarlo, porque faltaban premios o no se qué. El caso es que la página está perfecta. Tiene sus limitaciones, porque puede entrar cualquiera a hacer un destrozo, pero la Wikipedia en sí misma es la enciclopedia de nuestra época. Puedes ver perfectamente lo que está hecho por un experto o por alguien que simplemente controla del tema, pero no pone las citas… Yo soy muy de la Wikipedia porque no tengo aquí la Espasa, que es lo que he utilizado siempre, está en la facultad. Siempre he disfrutado de las enciclopedias como Borges, coger una voz y mirar qué dice. El mismo día de saber lo del Premio Kelvin 505, ¡ya estaba en la Wikipedia! Y yo me enteré porque un amigo de Facebook me felicitó, y ni le conozco ni nada. Pero mira, me hizo feliz. Y más viendo los días posteriores, porque el premio ha tenido mucha relevancia y repercusión, que no lo esperaba. Cuando estuvieron aquí con el Premio Golem, los chicos del Celsius vinieron también, y ya me dijeron que porqué no iba nunca al festival. Pero es que yo estoy en una etapa que no puedo viajar mucho. El Golem me lo dieron por toda mi trayectoria, como «piedra angular de lo que vendrá…». 

Que eres piedra angular del género queda claro, también, cuando al día siguiente de concederse el premio el resto de escritores finalistas estaban celebrando que lo ganases tú. 

Sí, la verdad que me sentí muy arropada, muy inmediatamente. Yo escribo para mí y para quien pienso que lo va a leer con mis propios criterios. 

Lo que tú defines como el público «de camiseta negra».

[Risas] Sí, sí. Mi público es de camiseta negra. Y mucha de esa gente más joven ha heredado el gusto de sus padres, que son de mi edad. Que son licenciados, profesores… y empezaron a comprar mis primeras obras, que son muy desconocidas por los «camisetas negras». Pero lo tenían en casa. De pequeños empezaron por ahí, y me cuentan mucho que en sus casas siempre han estado mis obras, porque sus madres eran muy seguidoras. 

¿Más las madres que los padres? 

Sí, sí, mucho más. Un montón. «Fírmame esto para mi madre, o para mi mujer». Me lo dicen mucho. Y yo digo, «uy, ¡pero si soy una escritora feminista!». [Risas] Feminista soy, pero no he escrito para feministas. 

No te gusta que te cuelguen la etiqueta de «literatura feminista» o «para mujeres».

¡No! Para nada, para nada. Cuando escribo no tengo género. Tendré género, que no me lo puedo reprimir, pero no escribo como activista de un género, en absoluto. Y de hecho, La fase del rubí, que es mi segunda o tercera novela, la escribí muy joven y no es que sea antifeminista: es sadiana feminista. La escribí como me salió, y resulta que la protagonista era una asesina de niñas que las quería mantener en la pureza y la belleza, embalsamadas en un cuartito. Iba por ahí ligando con niñas y matándolas. Luego me enteré de que hay un sabeísmo femenino que tiene sus cultivadoras, pero yo no iba por ahí. A veces incluso Juan me avisaba de que me iban a poner verde el libro, porque la asesina tenía una mentalidad de goce. Goce femenino, de placer.

¿Y pasó? ¿Te pusieron verde?

No, para nada. Yo creo que no se enteraron del libro [risas]. O que quizá es un libro tan negro, y a la vez tan gozoso… Porque alterna capítulos: uno está narrado desde el punto de vista de ella, y el siguiente desde un punto de vista neutro. Así vas viendo lo que hay dentro de ella, lo que experimenta, y también lo que la autora va diciendo. Es tan entretenido y tan gracioso, que al final hasta la muerte sucumbe. Porque ella es una aristócrata que va matando niñas por ahí, pero ni la cogen ni la hacen nada porque las niñas son de baja estofa. Después he pensado mucho en este libro, y me he dado cuenta de que el personaje se parece mucho a la princesa Báthory. Hacia el final de la novela, se fascina con una niña que es de la burguesía, y claro, cuando la coge cambia todo. Entonces sí van a por ella, no es una cría de la calle, y esto se ubica entre el siglo XVII y XVIII, Barroco. Cuando mata a una niña de clase alta la coge la Inquisición y la somete a un proceso, que es paralelo a otro proceso de una bruja popular. Y al final la condenan a la hoguera… pero como yo no quiero que se muera porque el personaje me fascina tanto, hago que de repente, como una aparición de los cielos, desaparezca. Emperatrice, se llama ella. Es hija de italiano y española, y tiene características de ambos. La cosa dura y un poco cruel española y la cosa italiana del goce. Esa novela tiene muchas cosas, fue muy recibida por cierta crítica de altura, porque me la editó Tusquets… pero fue de minorías minoritarias. 

¿De culto? 

Sí, la novela fue de culto cuando todavía no hablábamos de culto. Como estaba en Tusquets, no cantaba tanto que fuera fantástica, porque Tusquets publica de todo, especialmente en Andanzas. Pero la siguiente que escribí para ellos, porque me lo pidieron, también salió en Andanzas y tuvo unas críticas estupendas de muy poquitos críticos y luego una especie de vacío porque no entendieron nada, porque esa novela ya sí que era fantástica, a tope. Y a Beatriz de Moura, la editora de Tusquets, eso ya no le gustó. Y dijo «esto no sé yo si es literatura». ¡Coño, cómo no va a ser literatura! ¡Es igual de literatura que otros! «Sí, pero es que sale un vampiro, ya no es para una editorial como esta…», me decía. 

¿Y entonces apareció Valdemar? 

Pues coincide, justamente, cuando Valdemar empezó. Tampoco recuerdo el año. El caso es que esa novela me la publicaron en Tusquets, y tuvo muy buenas críticas. En Babelia, por ejemplo, le dieron mucho espacio. Pero luego hubo esa especie de silencio y de Beatriz diciéndome que si no veía lo de los vampiros y tal… y justo voy a Madrid a dar una conferencia. Allí aparecieron dos chicos de Gigamesh, diciendo que querían conocerme, y que si podía enviarles algún escrito a Valdemar, que estaban empezando. No tenían escritores más allá de «la panda de los muertos»… [risas]. Y yo les envié el libro que a Beatriz no le había gustado, y a ellos les encantó, enseguida me dijeron que se lo quedaban. Y a partir de ahí empecé en Valdemar y no lo he dejado nunca. Y Beatriz de Moura no me habla desde entonces. He estado con ella, en piscolabis, fiestas y tal, y ella [estira el cuello y gira la cara]. Su marido me dijo un día: «Pilar, es que tú te portaste mal con nosotros, porque por una novela que no nos gustó, no volviste a enviarnos nada». Eso sí que fue bueno. No fue así, simplemente es que a los de Valdemar sí les gusta lo que hago, y cada cosa que hago con ellos todo es maravilloso, con muchísimo cuidado. 

Tusquets nunca te habría publicado Arcano 13… 

¡Pues no! Si ves el que me rechazaron, porque no era de su línea… Era Paisaje con reptiles. Me pidió otro libro, de hecho. Que ese no. Y mira, no tuve ni que buscarme la vida con él: aparecieron estos chicos y ellos encantados de la vida. A pesar de que no son muy de presentaciones, hicimos una presentación en Valencia, otra en Madrid… Desde el principio se enrollaron muy bien. Y no volví a tener ningún problema con ningún original: todo me lo cogieron, todo. El año pasado, le dije a Rafael: «Mira, esto de Eros ha muerto, es un poquito difícil, a lo mejor con tanta mitología… Si veis que no os gusta, o que no funciona, no pasa nada». Solo me contestó que no iba a ser tan comercial como las otras, pero les daba igual. La querían también. Tengo un colchón que me acoge, que me cuida, y es lo mejor. Hay otras editoriales buenas de género, pero la de más solera es Valdemar

Una de las cosas que llama más la atención de tu trayectoria no es solo lo prolífica que eres, el gran corpus de tu obra, sino la variedad de editoriales en las que publicas. Tanto consolidadas como más nuevas: Valdemar, Ediciones el Transbordador, Shangrila… Eso es una rareza en el mundo editorial español, en la que la figura de un autor está ceñida con grilletes a una editorial. 

Sí, sí. Sé que no es normal. Pero es que yo las cosas que hago con Valdemar están pensadas para ellos. Para sus colecciones, su volumen… Pánikas, por ejemplo, es algo más pequeño. Porque mi planteamiento ahí ha sido hacer lo que yo quisiera sin ningún tipo de autocensura literaria de nada. Solo como salga. Se lo dije así a Ángel y a Pilar, cuando me pidieron que les mandara algo que tuviera por ahí: que tenía algo pero que era un poco raro… Y mira, les gustó. Ahora me acaban de pedir los de la editorial de Cazador de Ratas una cosa como esta, porque ahora se han animado los editores pequeños, y les he dicho que sí. Y lo estoy haciendo, mientras estoy escribiendo una de las de Valdemar, que son años de muchísimo trabajo. Son un empeño diferente. 

¿Siempre escribes dos libros a la vez? Porque suele haber una correspondencia entre tus ensayos y tus ficciones. 

[Risas] Sí, sí, es verdad. Normalmente, escribo dos libros a la vez. Suelo escribir una de cine, de investigación o ensayo, que luego tiene sus ecos en la de ficción. 

Salvo El amante germano, ¿no? 

Sí, esa es la salvedad. Escribí el libro de Cocteau a la vez, pero digamos que esta fue por libre, porque va en sintonía con Las Lobas de Tesalia, La Perra de Alejandría, las trilogía de mujeres antiguas. 

¿Habrá trilogía de «modernas»?

Sí… Bueno, no lo sé. Estoy recogiendo material para hacer algo de las mujeres en la revolución francesa, porque ahí hay una cantidad de políticas que te puedes morir. Mujeres que fueron guillotinadas por sus propios Robespierres, sus compañeros. Es muy difícil, porque ahí sí que hay que documentarse mucho. A partir de ahí ya volaré sola… Pero de momento estoy investigando qué tipo de mujeres había en los clubes jacobinos, porque eso no me lo puedo inventar, eso es de cultura general. Como historiadora, tengo el deber de buscarlo. Yo quisiera que de ahí saliera una novela valdemaresca, pero no de ese tipo de jugueteo con el lector o conmigo misma [señala Pánikas].  

Pero la trilogía de las antiguas no fue concebida como una trilogía al principio, ¿no? 

No, qué va. Salió así. Vi que tenían muchas cosas en común, pero las tenían en común era porque habían salido así, no porque me las hubiera propuesto yo «Primero Hipatia, luego la otra…». No, no. Lo que pasa es que luego con Luis vimos que las tres tenían una protagonista muy fuerte pero que al final fracasa porque el sistema la machaca. Y que las tres eran antiguas, de un mundo que no se conoce mucho, porque se conoce la historia de los hombres, la de las mujeres romanas no. Y menos de las egipcias ptolomeas. Ha salido esa familia de esas tres, y ahí están. Empiezo ahora a recuperar a las mujeres de la revolución francesa, y también las publico en prensa. Pero poco a poco  y sabiendo que requiere mucha documentación y mucha atmósfera de la época, es complicado. Tú preguntas a cualquier feminista y conocerá a Olimpia de Gouges como «la de los derechos de la mujer». Pero no saben ni qué fue de ella, ni si había alguna otra como ella… Así que ahí tengo yo una responsabilidad, al escribir de esto. Porque también es divulgación. Si yo empiezo a bucear en ese entorno político en el que la mujer empieza a salir del hogar y coge un sable para irse a la Bastilla, esperando que luego sus compañeros también luchen por ella y no les nieguen su derecho a voto… tengo que hacerlo bien.

Ellas hacían también sus clubes políticos, que a la vez desarrollaban una faceta social de recogida de niñas pobres, es muy interesante. Porque muchas fueron guillotinadas por sus propios compañeros. Un fracaso y a la vez un paso hacia la modernidad, porque si estas mujeres no hubieran existido, las del XIX lo habrían reivindicado otra vez. Las que dieron el paso realmente fueron ellas, que primero fueron aristócratas que se reunían a jaja jiji, comer pasteles y hablar de la literatura de la época; y luego se fueron concienciando de su papel de objetos, de floreros. Empezaron a leer a los filósofos y a concienciarse políticamente, y surgieron mujeres ya políticas, que no eran las típicas de un club aristocrático o de la pequeña burguesía. Tomaron conciencia absolutamente moderna de su propia voz, sus derechos, la exigencia de esos derechos que les negaban. Ahí empiezan a plantear los derechos de la mujer, que hasta ese momento no era una cosa que existiese por escrito. Organizaron una milicia femenina para ser soldados también ellas, pero no tuvo ningún recorrido porque ahí sí que les cortaron el camino los partidos, también los de izquierdas. ¡Pero salieron desfilando y todo! Es alucinante. Me maravilla pensar en esto. 

Te has quejado alguna vez del «victimismo» cuando se hace retrospectiva del papel de la mujer en el pasado. Que se protesta mucho por la invisibilización, pero no se reivindica tanto como debería su papel. «También hay que poner de manifiesto que las mujeres no siempre han estado en la carbonera o en el rincón de la casa», has dicho. 

Claro, claro. Es que en todos los ámbitos. En las artes hay mucho olvido de que el Renacimiento hacia acá, y en el Barroco, ha habido muchas pintoras, por ejemplo. Eran hijas del jefe de un taller, porque entonces se funcionaba por gremios. Ellas se casaban con el oficial del taller, y acababan siendo pintoras, aunque también hicieran sus tareas y tal. Muchas señoras de la alta aristocracia del siglo XVIII pedían que fueran estas pintoras quienes les pintaran a ellas y a los niños. Pensaban que una sensibilidad femenina podía ser mejor, o porque entrar en las alcobas de las señoras era más decente si eran pintoras. 

¿Firmaban con su nombre o usaban pseudónimo? 

Es que lo de las firmas en los cuadros antiguos es algo muy raro. Porque si es Rubens es Rubens, pero si no, normalmente se ponía la firma del taller. Como si fuera la empresa. Por eso se dice muchas veces «este cuadro parece de Rubens pero es del taller». Sí, del taller de Rubens, firmado con la erre con un puntito. Pero de estas señoras se conoce todo, la más importante del siglo XVII fue Artemisia Gentileschi, hija de un pintor de categoría. El oficial del taller la violó, y ella entabló un juicio por todo lo alto contra él, empezó a pintar cuadros de Judit decapitando a Holofernes, es una caña, porque parece ficción. Ese cuadro es una obra en la que la cabeza de Holofernes está entre dos masas que parecen dos piernas y es como si él estuviera naciendo de ellas. Eso no se lo planteó ella, viene del estado latente de lo que había sufrido. Cuando lo ves con una mirada de psiconálisis el cuadro dice más cosas: que a este había que matarlo al nacer… Sí, es feminista a tope. Radical. Esa es una de las primeras que se estudia en la carrera, y a partir de ella hay muchas más en el siglo XVIII. Muy delicadas, que pintaban una femineidad y unos niños maravillosos, brutales. Otras eran jardineras de los jardines reales… ¡Por eso me da tanta rabia el victimismo victimista! El victimismo negativo.

Porque, efectivamente, las mujeres hemos estado siempre bajo la bota del sistema patriarcal, no de los hombres en concreto. Sí. Pero también hay que estudiar otras cosas, otras mujeres, porque también forman parte del sistema. Esas mujeres, a lo mejor, habrían podido convertirse en Goya y no lo hicieron porque fueron mujeres, pero estaban ahí. Y estaban luchando, pintando, haciendo lo que sea. Eso me gusta y seguramente la trilogía de las modernas parta de ahí. De ese momento en el que las mujeres francesas dijeron: «Se acabó. Ya no soy tu sierva, me voy a meter a este club (que eran partidos políticos) y me voy con los jacobinos, o los girondinos o lo que sea». Se iban a las asambleas y cosían para los soldados, mientras la guillotina funcionaba con los nobles, con ellas en primera fila haciendo ropa. Cosas así. Todo eso hay que saberlo, que la gente lo desconoce. ¡En la tele no lo dicen! [Risas] ¡Las mujeres no han estado siempre en la cocina con los niños! Mayoritariamente sí, pero claro, no hay que poner un rasero que iguale todo, me da mucha rabia. Como lo de los géneros. 

Es lo mismo que haces con Eros en Eros ha muerto: «me dedicaré a confundirle con lo que más le duele: lo que ahora llamamos género». 

¡Exacto! Le molesta, porque es un hijo de los dioses primordiales, mayormente dios de la homosexualidad, y de repente se encuentra convertido en Cupido, y dice «no quiero, ¡hijos de puta, iros a la mierda!». Y se dedica a hacer barbaridades, putadas. Algunas están en la literatura, y otras me las he inventado yo, que son ¡las putadas más putadas de todas! [Risas] Lo he pasado muy bien escribiéndolo, la verdad. Especialmente con la parte de los pandilleros, de los niños del Olimpo. 

Es curioso cómo en la evolución de tu literatura ha ido tomando más peso el humor. 

¡Yo creo que eso es la edad! Cuando eres joven todo te lo tomas más melodramáticamente. Según creces y ves cómo funciona el mundo, cómo caen las máscaras… Sobre todo si has tenido experiencias académicas, políticas, has visto muchas cosas. Y ya no te crees nada. 

¿Tu humor es fruto de tu descreimiento? 

Pues sí. Es un descreimiento y esa amargura de «todo es mentira», que no están reñidos con el goce. En la escritura y en la vida también. Yo sé lo que está pasando, los muertos que está habiendo, las mujeres machacadas… y sin embargo, no por eso voy a dejar de ser feliz. Son dos cosas distintas. Si puedo ayudar, ayudaré. Pero si no puedo, me contarán un chiste y me reiré. 

Luis Pérez Ochando dice que tus primeros borradores de Lobas de Tesalia parecían sacados de La Metamorfosis de Ovidio.

Sí, era una cosa muy grave, muy seria, muy literaria. Luego ya viene el decir «bueno, vamos a rebajar». 

Él también dice que tus protagonistas femeninas se dividen en dos tipos: por un lado una mujer de poder sin poder, que quiere trascender su condición a través del conocimiento. Y por otro, mujeres con un deseo de saber parecido, pero que están en un proceso de aprendizaje, y que generalmente fracasan en su proceso. ¿Es porque te gusta reivindicar el fracaso? 

No, no es por eso. No reivindico el fracaso como experiencia, aunque esté bien conocerlo. Pero el fracaso no deja de ser una constatación de que si te sales de la línea marcada, estás expuesta a caer y fracasar. Y eso hay que contarlo también. Hay que contar ambas cosas. Por eso Emperatrice, en La fase del rubí, tiene una subida sadiana total, está en la esfera de sus placeres y goces, pero luego cae a la hoguera de las brujas. Es una mujer de poder, pero el sistema la machaca. Normalmente el fracaso es que te sales de tu papel y el sistema no te lo permite. Eso es lo que les pasa. A Hipatia lo mismo. 

Bueno, a Melanta, ¿no?

[Risas] Sí, sí, eso. Melanta. No la llamo Hipatia porque no quiero, porque después de lo de la película de Amenábar… 

¿Fue antes o fue después? 

¡Mi libro fue antes! Y no fue el tío capaz de poner «inspirado, o libre adaptación del libro». Porque se lo había leído, vamos. Pero bueno, que La perra de Alejandría la leyó, vamos…  El libro salió cuando aún no había ninguna Hipatia en el mercado español, eso lo sé. Salió cuando fui a una conferencia del profesor de griego de mi facultad, Antonio Melero, y habló de ella. Nadie sabíamos quién era ni nada de nada. Yo me quedé flipada. Y a partir de ahí hablé con él y busqué las cosas que se podían encontrar en las fuentes clásicas, que eran nada, dos líneas. Luego vi que había una novela alemana del siglo XIX sobre Hipatia, pero mi alemán no estaba a la altura. Así que yo hice mi Hipatia, pero la hice no queriendo sentar cátedra de un personaje del que no se conocía casi nada. Por eso, en lugar de llamarla Hipatia y que todo el mundo pensara que le habían pasado todas esas cosas, la llamé Melanta. A Hipatia, lo único que sabemos que le pasó es que era hija de un intelectual, un astrónomo, que era muy culta, pagana, y que los monjes cristianos la cogieron y la despedazaron por las calles de Alejandría. Todo lo demás es invención mía, no quería yo sentar cátedra como si escribiera sobre Nerón y tuviera que ir paso a paso, recopilando historia. Yo no quería una biografía. Pero al cabo de un año o de dos empezaron a aparecer Hipatias noveladas por ahí… Y la película. Todo por una conferencia en la universidad de Antonio Melero. 

¿Por qué Melanta? 

Melanto significa en griego «oscura», y yo le puse Melanta, porque sonaba mejor y era más femenino. La oscura. Casi todos los nombres los trabajo así, con significado. Me gusta mucho hacerlo. En Pánikas, el nombre de la etíope del final me costó… 

Y lo de «Peñafiel» de apellido también… 

[Risas] También, también. Todos tienen un sentido, o son propios del lugar al que me refiero, como Cárdenas Cienfuegos. Me divierte mucho, es muy creativo lo de los nombres. 

El libro también un placer hasta sensorial… vamos, que lo lees y pasas hambre. 

¿Verdad? Es que yo en Grecia comí como en ningún sitio, y eso que la comida no es nada del otro mundo. Porque son cuatro cosas. Pero el vino de retsina… Pero lo que tiene la novelilla es un aura mediterránea de «aquí se está bien». A pesar de que en mi cabeza no esté en su mejor momento. 

Otra cosa llamativa es el papel de la crueldad en muchos de tus libros, singularmente en La perra de Alejandría. Dices que no es un añadido morboso, sino un reflejo de la realidad de la época. ¿Y no puede tener algo que ver con que tu padre te prohibiese leer la Ilíada porque decía que era muy cruel para ti? 

[Risas] Oye, ¡puede ser perfectamente! Nunca lo había planteado de ese modo, pero sería lógico que hubiese reaccionado así, que fuese un reflejo. Como me prohibían la crueldad y la violencia, no física sino ficcional, pues por algo será, ¿no? Tiene sentido. Yo empecé muy pronto a leer las obras completas de Sade y lo he leído todo absolutamente. El sadianismo es algo que siempre me produce cierta ambigüedad. Porque Sade, por cierto, no hizo ninguna barbaridad… Bueno, sí hubo algún lío con unas chicas que se murieron porque les dio más de lo debido, pero él no era un asesino ni un sádico. Era un perverso. Pero me produce sensación ambigua porque cuánto me gusta leerlo, pero qué poco me gustaría que se produjera en la realidad. Su filosofía me encanta, porque antepone la máxima libertad por encima de toda moral y de toda creencia, incluso del humanismo. Y me encanta también cómo despliega una matemática de la crueldad y una coreografía de las torturas, que desde el punto de vista artístico es maravilloso. Todo eso me ha llegado muy profundamente desde muy joven.

Lo he leído todo, pero me han gustado sobre todo las figuras femeninas empoderadas, las que son sadianas ellas. ¡Juliette! Me gusta porque es el alter ego del propio Sade, pero es que hay otras dos figuras monumentales: la duquesa Borghese y la Durán, que es una bruja mala malísima, hermafrodita. Su maldad es el colmo. Esa figura no la trabajó luego mucho, quedó en la sombra, pero me fascina. Las tres: la Durán, la  Borghese y Juliette son tres amigas a las que tengo siempre presentes. Porque son una fuente de libertad, libertinaje de la mujer. Porque claro, si la mujer tiene libertad es capaz de abandonarse al libertinaje. Pero las normas, las leyes y la moral se lo impiden, aún más que a los hombres. Si creas un personaje libertino no quiere decir lo que entendemos nosotros por libertino, en el siglo XVI y XVII eran unas sociedades que se reunían para hablar de la libertad, del ateísmo… Ese libertinaje filosófico, que no era cruel, lo hereda el marqués de Sade y lo convierte en sadianismo. Una cosa es el sadismo, la gente que disfruta con la crueldad real, y otra el sadianismo, que es la filosofía de marqués de Sade. Esa es una de las bases en las que me coloco. De los pilares. Otra cosa es que yo sea más buena que el pan y no haría nunca daño a una mosca [risas].

Este es un debate muy presente ahora mismo. Lo de renegar de un autor (y hasta censurar su lectura) porque sus códigos morales no corresponden con los actuales… O porque era un hijo de puta, vamos. 

Ya, ya. Pero dan ganas de contestarles: «¿Y tú no has leído Juliette o el triunfo de la infamia?». ¡Pues que lo lean, joder! Que no me digan que no debo leer a Sade por ser patriarcal, porque los mando a la mierda. 

Tengo una idea cada vez más clara: todo lo que ha construido la cultura patriarcal, que es mucho, también me pertenece a mí. Porque yo estoy en ella. Yo adoro las mujeres gordas de Rubens con todas sus carnes que son un objeto de la mirada deseante del hombre, pero también mía. Porque yo estoy en una cultura y todo eso es mío. Una mujer musulmana a lo mejor piensa que no es suyo, o que es ajeno, la mezquita y todas sus bellezas, porque eso lo han hecho los hombres y es cosa de los hombres. Pero yo no. Sade es mío, Rubens es mío y todos los desnudos femeninos, masculinos y neutros son míos. Yo he heredado esa cultura y la tengo en mi mente y mi espíritu. 

Lo de las feministas puritanas, es talibanismo: «Esto no, porque es patriarcal», «esto no, porque induce a pensar mal de las mujeres». Mire usted: fórmese bien y verá cómo no le hace daño lo patriarcal. Pero asimílelo, hágalo suyo, critíquelo si quiere, pero todo eso es suyo. A mí que no me quiten el marqués de Sade. ¡Eso lo hace la religión o la Inquisición! Y yo no soy partidaria de la Inquisición, ni ahora —que existe aún en el Vaticano, aunque no actúe— ni entonces. Es mi legado, y está ahí. No voy a renunciar a todo eso, lo mismo que es mi legado los dioses del Olimpo, y muchos de ellos son machistas. Y los vikingos también son mi legado, aunque fueran unos bestias. Lo que sí tengo que ser es consecuente conmigo misma, y no ponerme yo misma las barreras de un puritanismo. Yo soy atea total y libertaria, no en sentido económico sino en el de libertad. Y de libertinaje, si quieres. No haría daño a un niño ni a nadie, porque no está en mi naturaleza… pero otra cosa es el mundo intelectual y espiritual de una persona. Hay que estar abierto, porque sino, ¿qué haces? ¿Estar peleándote con fantasmas patriarcales toda tu vida? ¡Sobre todo en el arte! ¿Cómo vas a decir que Goya es machista y que a ti no te interesa Goya? ¡Pues te tendrá que interesar, hija mía! Pues tú te lo pierdes, porque es tuyo. Apodérate de lo que puedas, porque el mundo es tuyo. Y luego, no lo vas a poder cambiar de la noche a la mañana, pero cambia lo que puedas y cámbialo de verdad. Con tu activismo, con tu política, escribiendo… cámbialo. Pero todo lo demás es tuyo, no renuncies a nada. No tengo por qué dejar una parte de la cultura para los hombres y quedarme yo con un feminismo tiquismiquis. 

Me molesta cuando se lleva todo esto al extremo, con el lenguaje, por ejemplo. O otra cosa que se hace ahora, con las editoriales grandes, que viene de Estados Unidos, de tener un censor de estilo. 

¿El «lector sensible», sensitive reader?

¡Eso, sí! Yo he sufrido la censura en un cuento, de una lectora sensible, y dije a las chicas que me encargaron el cuento: «Mira, todo lo que dice esta tía es analfabeto». Si aquí hay cosas que pueden herir la sensibilidad de las mujeres, me la suda. Yo lo que estoy haciendo es un cuento, ambientado en el siglo XVII, en el que unos médicos están haciendo una autopsia a un hermafrodita. Y me dijeron: «¿Podrían ser médicas en vez de médicos?», me pidieron. En el siglo XVII. Calma, que por ahí ya no paso. Y también: «Es que lo del hermafrodita podría incomodar a los niños que tienen hermafroditismo». 

¿Pero qué hace un niño hermafrodita leyendo sobre autopsias del siglo XVII? 

Exacto, primero eso. Así que les dije que no lo publicaran, porque mira, me daba igual. Pero vamos, que recularon y lo publicaron sin cambiar ni una coma. No una coma de estilo, entiéndase. Correcciones de estilo que me hagan todas las necesarias. Pero que esto pueda incomodar a ciertas lectoras me da igual. Y si incomoda, ¿qué? Es que no entra en mis parámetros. Lo mismo que no entra que al traducir a los autores del siglo XIX haya que cambiarles el «negro» por un «de color». No, señor, ahí pone «black», porque en esa época se decía negro, no se decía afroamericano. Así que que hagan la traducción como toca. Es como si te dijeran «mira, te lo vamos a dar masticadito, vamos a poner Juno porque les va a sonar más que Hera». Pues no, ponga Hera que es lo que yo he puesto, y si no lo saben que lo busquen en el diccionario de Grimal. Y si no, que no lo lean, que no pasa nada. 

¿Y qué hay de malo en incomodarse? La vida te incomoda constantemente. 

¡Eso! ¿Qué hay de malo? Si la vida te incomoda, lo que tienes que hacer, con calma budista, es analizarlo. Esto me incomoda por esto, o por lo otro… La autopsia de un hermafrodita no es nada incómoda, porque está hecha con exquisita precisión, precisamente porque la autora tampoco quiere incomodarse ella misma [risas]. Pero, ¿que los dos médicos tengan que ser médicas? Eso me desbarató. Por eso dije que me devolvieran mi cuento. 

Además tú siempre has dicho que para ti publicar cuentos es un capricho, porque son lo que menos funciona… 

Ni los cuentos, ni la novela. Si da igual, si yo escribo para mí, y para Luis, y para Juan, y para vosotros y para los que vienen a la Feria del Libro con camisetas negras. Y lo otro, pues no. Me parece muy mal que en las editoriales haya un sensible de estos. Hace falta un corrector de estilo porque a veces escribimos mal y ponemos las comas fatal, pero ¿un censor? Porque el lector sensible es un censor. Y así se lo dije a estas chicas: censura, no. 

¿Cuánta gente, de la que va a verte a la Feria del Libro porque te lee y le gusta lo que escribes, se te ha quejado porque les has incomodado? 

[Risas] Pues nadie, nunca. Es verdad. Y eso que a veces van con niños, una vez me pasó una cosa muy graciosa. Vino un padre con un niño de siete u ocho años, y el niño estaba empeñado en coger el libro de Eros ha muerto. El padre parecía que accedía, y yo le dije al niño que se leyera una página, a ver si lo entendía. «No lo entiendo mucho», contestó. Así que el padre me miró con cara de «qué juicio más salomónico» [risas]. ¡Pobre niño, dónde iba a ir con Eros y las pililas…! Aunque mira, a lo mejor pasa lo mismo que a mí con la Ilíada, y ve el libro en unos años y dice «mira, este fue el libro que aquella señora me dijo que no leyera si no lo entendía». 

Ya nos has dicho que acometes esa proeza de escribir dos libros simultáneamente, pero ¿nunca has tenido un bloqueo de escritura? 

No es proeza, es hartazgo. Si tú estás todo el día pensando en Hipatia y sus avatares, hay un momento en el que te empachas. Y antes de empacharte, lo mejor que puedes hacer es irte a Cocteau y desempacharte. Eso es lo que hago. Ahora estoy escribiendo para la editorial Cazador de Ratas, va de vampiros gitanos, y es muy negro, muy negro. Cuando me empacho un poco, me voy a lo de Suspiria y me pongo la película, y la veo otra vez. Estoy jubilada y el tiempo me pertenece, así que a lo mejor por la mañana estoy dale que te pego con los vampiros, luego me pongo la de Argento… 

Y por la noche, un capítulo de Vikings.

¡Eso! Luego, por la noche, Juan y yo nos ponemos un capítulo de Vikings para desengrasar. Y me acuesto feliz [risas].  

¿Nunca tienes uno de esos «bloqueos de escritor»? 

Uuhmmm… no. Solo en las épocas en las que no he estado bien a causa de mi mente bipolar, y normalmente lo llevo perfectamente porque estoy muy controlada. 

¿La química?

Sí, la química es maravillosa, combinada también con cierto budismo para las técnicas de respiración, y de yoga, porque me gusta. Las pocas veces que he tenido una crisis de verdad mala, la crisis de la bipolaridad que va hacia hacia abajo, la depresión, no la de hacia arriba, de la euforia, no he podido hacer nada y he estado muy enferma. No puedes ni comer. He tenido alguna de esas crisis, pocas, porque estoy muy cuidada. Y ahí no puedes hacer nada. E incluso en esa tesitura, la última que me pasó, que es la que cuento en Pánikas, cuando fui saliendo a base de la medicación necesitaba escribir. Y no podía con las teclas de la máquina, pero sí podía con mi cabeza, que seguía funcionando. Y le decía a Juan: «Escríbeme esto, por favor». Y lo hacía. 

Así que Sofía Fontbona O’Connor [protagonista de Pánikas] eres tú. 

Sí. Juan transcribía lo que le decía, y lo corregíamos. Muchos de esos sueños del libro están hechos así, es resultado de eso. Este libro es un capricho de una persona que lo ha pasado mal en un momento determinado, y cuando ya está bien, dice «¿y si yo usara esto?». Como para explicarme a mí misma qué pasó, y cómo pasó. Las visiones que tenía. Lo escribí en dos semanas, y eso que a mí los libros me cuestan un año o dos. El amante germano tiene dos años, como poco. Y Eros ha muerto también. Pero para este tenía las anotaciones de Juan, las había guardado, y las usé. 

Con todo el tabú que existe aún con las enfermedades mentales… ¿fue difícil abrirse a contar algo así?

¡Pero es que las enfermedades mentales son enfermedades como cualquier otra! Están demonizadas y echamos a un lado a los locos, a los esquizofrénicos, a los bipolares, y no debe ser así. Hay personas que tienen que estar hospitalizadas por su tratamiento, pero casi todos tenemos algo mental. O somos neuróticos, bipolares… poquito, pero notamos que a veces el estado de ánimo se tambalea, porque se desajustan los niveles de litio o de lo que sea y si te da fuerte, vas al médico. Te ponen un tratamiento y sales de ahí, a no ser que estés ya acabada. Pero no es el caso. La bipolaridad es una enfermedad, no una posesión demoníaca. Y como la gripe, se puede quitar, aunque no se cura con antibióticos. Hace falta ayuda y un psiquiatra que te haga una receta fetén. 

El reverso de ese tabú social con la enfermedad mental, ¿no está, precisamente, en el arte? ¿No hay cierta idealización del genio como loco? 

Es verdad, eso se dice mucho. Y ni todos los genios están locos, ni todos los genios están drogados. Porque esa es otra, del siglo XIX para acá, todos han sido opiómanos. Pero claro, es que entonces el opio se vendía en las farmacias y algunos se enganchaban más que otros. Cocteau era un opiómano ya de internarse en residencias para desintoxicarse, y Thomas de Quincey no veas. Ese ya llegó un momento en que se despidió, porque aunque no fuera a morir, sabía que de eso no salía. Pero bueno, a ellos el opio les dio un latigazo a su creatividad, con las drogas con el LSD, porque en cada época ha habido una manera de flipar. Y luego está la novela y las películas negras, que tienen todos al detective con el vaso de güisqui… 

Y si es escritor, la papelera rodeada de papeles arrugados, como recuerdas en Eros ha muerto

[Risas] ¡Sí, sí! ¡Es que me da mucha rabia esa mitificación, pero si todos escribimos con ordenador! Y si tengo algo al lado, es agua. Porque escribo pocas páginas al día, pero las tengo que pensar mucho. Yo la única droga que he tomado en mi vida ha sido marihuana, y sé que me pongo. Y con los amigos que tengo a mi lado un poco puestos, pues ja ja ja, pero eso te impide cualquier creación de nada. 

Shane MacGowan, el cantante de los Pogues, decía eso de «yo he escrito unas cuantas buenas canciones a pesar del alcohol, no gracias a él».

Es que todas esas sustancias lo que hacen es euforizarte, pero impedirte que tu voluntad y tu racionalidad escriban, y construyan. Pasas un buen rato, y alucinas pepinillos en colores, pero no para ponerte a escribir. Lo que sí ha pasado mucho con Poe, con de Quincey, con Cocteau y todos estos es que necesitaron al principio, por dolores y enfermedad física, el opio. Y luego se fueron acostumbrando. Fue una costumbre que ya les calaba en la creatividad, y si no tenían esa muleta, no es que no crearan, es que se dejaban. Hay que ver cada caso. Porque el síndrome de abstinencia no te permite hacer nada. Un porro te puede estimular, y puedes decir «esta en lugar de Melanto se llamará Melanta», pero eso te puede pasar también en la peluquería mientras te lavan el pelo. La droga, tal como se ha idealizado en la historia de la literatura, habría que ver. Porque Poe además era un borracho, tenía muchos problemas vitales. El pobre se casó con una niña de trece años que era su prima, y se murió enseguida, y ya idealizó a la muerta, la belleza para él se convirtió en la chica joven muerta… Pero son casos. Es absurdo pensar que vas a desatar tu creatividad, cuando no la tienes, a base de meterte drogas. 

En El salvaje interior y la mujer barbuda, dices que hoy los nuevos gabinetes de los horrores son los reality shows. Pero hay una diferencia: en todas las historias que cuentas de los salvajes del pasado (la mujer barbuda, el niño mono…) hay una cierta criminalización, porque se les ve como monstruos, se les margina. Sin embargo, en los reality actuales, eso se ha invertido: no se les margina, se les celebra. 

Sí, algunos es cierto que ascienden, es verdad. Lo que ocurre es que la mujer barbuda de pueblo, del siglo XVI o XVII, era marginada por su aspecto. Pero en las cortes de los reyes y de los príncipes solía haber una mujer barbuda o una chica pilosa. A esas anomalías que vemos en los cuadros de Velázquez se les encomendaba el cuidado de los niños. Eran como una mascota. Y eran personajes muy cuidados y queridos por la familia, igual que un perro. Y algunos de ellos se los regalaban entre los nobles, como mascotas que eran. Había rollo con esto, porque podía ser que metieras a un espía en una corte, y los había como Petrus Gonsalvus, que era piloso de pies a cabeza. Era canario, pero estaba en la corte de Francia. Un tipo cultísimo que actuaba como secretario del rey muchísimos años. Hay un cuadro que trajimos a la exposición a la que dio lugar el libro, de él con una meste majestuosa de secretario, con un libro en la mano y una pluma. Y era auténticamente toda la cara, parecido a ese que hay allí [Señala un cuadro].

¡Se parece a Chewbacca!

Porque era tal cual. Estos eran los privilegiados dentro de la clase de los freaks. Luego estaban los freaks de la mujer barbuda, el piloso, el de dos cabezas, el de tres patas… de los circos. Eran una atracción absoluta del siglo XIX, donde iba todo el mundo. Y allí les trataban muy bien porque eran artistas, y no se podían poner enfermos porque se les caía el negocio. Se tenía la idea de que eran unos maltratados, como el hombre elefante, que es un caso real y es otra historia. Después estaban también los zoos humanos, que consistía en traer una pequeña tribu entera de África, por ejemplo, a París o a Londres, hacer que hicieran sus chozas y sus cosas, y rodearlo poniendo una entrada. Eso eran los zoos humanos, era un reality show de primerísima categoría, pero sin cámaras. Los dibujantes de los periódicos los retrataban, pero ya está.

Eso ha pervivido —no lo de los zoos humanos, que se acabó con las independencias de los pueblos eso de traer y llevar tribus de aquí para allá— de diferente manera. En el libro nombro el caso de una activista feminista muy importante, mujer barbuda auténtica, que tiene su propio circo sin fieras, un circo feminista. Van con un camión, haciendo sus performances y sus cosas por los barrios más deprimidos de Nueva York. Hay gente que las machaca, gamberros, y ellas cogen su camión y se van. Esa es genial, porque es auténtica, y ahora tendrá cuarenta o cincuenta años, Jennifer Miller. Hay unas fotos de ella, desnuda y con su barba, de Annie Leibovitz, que son fantásticas. Ella dice «yo no me voy a pelar como otras que se quitan los pelos como pollos. Yo soy así, son las demás las que no tienen barba» [risas]. Este caso me sedujo mucho, porque me pareció una tía muy valiente, y muy coherente. Ir por ahí, por los barrios negros y problemáticos, que no eran como para ir ahí ahí con su barba… En el CCB hicimos una exposición sobre el salvaje europeo, y pusimos todo esto: desde los orígenes de la idea de salvaje (los sátiros, los faunos…) con piezas de museo y cuadros. El hombre lobo, el vampiro… De ahí surgió un catálogo inmenso y de ahí saqué dos artículos. Hace poco, unas chicas me pidieron permiso para coger estos dos artículos y hacer un librito. ¡Y claro que se lo di! Repasé la bibliografía y en tres días lo arreglamos. ¡Tuvo un éxito tremendo! A mí me encanta también publicar también con estas editoriales pequeñitas. Yo cogí para la portada uno como ese [de nuevo, el cuadro que se parece a Chewbacca] pero yo pedí una mujer barbuda, pero muy mujer. Les encantó. Y fue una aventura de pequeño formato que me encantó hacer. Lo mismo que estoy haciendo con los vampiros gitanos ahora, que no se sabe nada de ello… 

Muchas veces te has quejado de cómo la cultura popular ha vampirizado la imagen del vampiro, convirtiéndole en algo ñoño…

Sí, la del vampiro sí se ha vampirizado, la de los gitanos no. Si nos acordamos, a Drácula le sacan y le meten del castillo los gitanos. Y a partir de esos gitanos es como yo lo planteo. Así que, ahí vamos. 

Rafa, de Valdemar, repite mucho eso de «Ay, si Pilar Pedraza tuviera un nombre en inglés…».

Sí, Rafa me lo dice siempre. Y yo creo que tiene razón. Los americanos, aparte de que producen y editan mucha literatura fantástica, luego su cine compra mucho los derechos de ahí. 

¿A ti no te han tentado? 

Sí, pero no ha salido. El de Paisaje con reptiles, Paco Plaza vino a hablar conmigo porque le había encantado, y me pidió permiso para gestionar una peli. No resultó por cuestiones de dinero, de localizaciones, o no sé. Y ahí se quedó. Luego Antoni Aloy, que no es muy conocido pero tiene una película estupenda que se llama El celo, que es como Los inocentes, pero en Mallorca, me propuso un guion con La fase del rubí. Lo hicimos, muy bien guionizado porque él ha estudiado en la escuela de cine de Los Ángeles, en castellano y en inglés. Él estuvo moviéndose, pero nada. Porque era en el siglo XVII y XVIII, era un dineral de trajes, caballos, palacios… y nada, no era para aquí. Yo tengo claro que era una película para Francia. Pero en Francia, como no me conocen, de momento… O no como para hacer una cosa con mucho presupuesto y Besson, por ejemplo. Además que los autores españoles estamos muy vetados en el mundo, nuestra proyección internacional es nula.

Coautor 370


Bill Hicks: La risa y la rabia

American: The Bill Hicks Story, 2009. Imagen: Graham Haber / American the Movie / Jackamo Productions.

Un tipo que diga la verdad en este mundo de mierda vale su peso en oro.

Garth Ennis, por boca del reverendo Jesse Custer en Predicador.

Bill Hicks nació en Georgia el 16 de diciembre de 1961 y pasó su infancia en Houston, Texas. Si el constructo que llamamos Occidente tuviera verdadero sentido y fuera como una familia, el sur de los Estados Unidos sería ese primo con serias taras congénitas que encadenamos en el sótano para no asustar mucho a las visitas. Ese hecho es solo una de las prácticas pintorescas que conforman su cultura. Enviar a los niños a campamentos de verano donde se les educa en el uso de las armas y el fundamentalismo cristiano, la intemperancia en el beber cerveza mientras se compite en carreras ilegales de camionetas, mantener relaciones sexuales con parientes de primer y segundo grado, dirimir cualquier disputa con tus amigos organizando una barahúnda de hostias o violentar junto a tu amigo desdentado el ano de un turista obeso que vino a practicar piragüismo son algunas de las otras.

No termina aquí lo bueno: el sur también es la cuna de la mejor música que una cultura haya regalado al mundo. El blues que los negros pudieron parir a escondidas de las cruces en llamas del Ku Klux Klan, y el country de paletos blancos que no tenían gran cosa que hacer salvo tocar el banjo mientras se ablandaba la carne del guiso de zarigüeya. Sonidos que se mezclaron, crecieron y evolucionaron a lo largo de toda una nación y un planeta, y que en cierto momento volvieron a cristalizar en su lugar de origen en el llamado rock sureño, género distinguible de cualquier otro a simple vista porque sus integrantes lucían largas melenas y bigotes de general confederado mientras ejecutaban interminables melodías a tres guitarras, cantando amores bastante sospechosos a la madre y loas a los cielos de su tierra, de pronóstico despejado. Y que no venga un canadiense a tocarnos los cojones cantando sobre nuestra idiosincrasia. No queremos a gente así por aquí.

El sur, en suma, no parece un lugar precisamente abierto y progresista. Pero quizá este ambiente ayudó en la construcción del relato de Bill Hicks. Porque más que un hombre fue eso, un relato y un grito de furia escondidos tras unas gafas y un traje varias tallas más grande que parecía haberse arrojado sobre él por sorpresa. Un cómico solitario delante de una pared de ladrillos en tugurios de carretera, que contaba la Verdad conservando en sus monólogos esa belleza demente de quien encontró la mejor herramienta posible para enfrentarse al mundo. Porque Hicks, un hombre solo, jamás pudo vencerlo, pero no dudó en luchar, sin más ayuda que sus huevos, su amargura, su humor y su palabra. «Soy un cómico y un poeta, así que si en algún momento no se ríen, es que eso era una poema».

Con tal declaración de principios es evidente que Bill Hicks no fue el humorista de stand up moderno que tenemos en mente. Ahora quieren ofrecernos un humor amable e intrascendente, costumbrismo para treintañeros de clase media: tratan temas como los grandes problemas con la batería de su móvil o cómo comportarse en una cita, un humor de Comic Sans, en definitiva. Pero Hicks se encaramaba a los escenarios para bramar la verdad. Una verdad tan incómoda que escupiéndola logró un dudoso mérito: su última aparición en el show de David Letterman fue la segunda actuación censurada en el programa, tras el contoneo de Elvis Presley. Si lo escandaloso del Rey eran las caderas, de Bill fue la lengua. (1)

Quizá los chistes sobre matar a músicos pop, o su idea de un Jesús volviendo a la tierra y cabreándose cuando ve a todo el mundo con una cruz al cuello son cosas para las que el público americano no estaba preparado. Así que no dudaba en extender su palabra por el resto del mundo anglosajón y volver para narrar sus experiencias. «Estuve en Australia durante la fiesta de Pascua. Fue interesante comprobar que celebran la Pascua de la misma manera que nosotros: conmemorando la muerte y la resurrección de Jesús diciéndoles a nuestros hijos que un conejo gigante dejó huevos de chocolate por la noche. Bueno, me pregunto cómo es que la raza humana es tan gilipollas. ¿Alguien tiene alguna pista? ¿De dónde piensan que viene esa mierda? ¿Por qué esas dos cosas? ¿Por qué no un pez de colores dejando cagadas en tu cajón de los calcetines? Si estamos inventando a lo tonto, divirtámonos. Al menos un pez de colores con una mierda sobre la espalda caminando por el suelo de tu cuarto hacia tu cajón de los calcetines tiene una cierta connotación milagrosa. “¡Mamá, al despertarme encontré una mierda en el cajón de los calcetines!”. “¡Esa es la historia de Jesús, hijo!”».

En resumen, era un hombre que faltaba al respeto a grandes voces, un bufón montado en cólera. No eran sus cuitas a la hora de programar el vídeo lo que le tenía en ese estado. En el mundo solo hay una verdad y su evangelio consistió en mostrarnos cómo la distorsionamos. Si la capacidad de reírse de todo define a un hombre como inteligente, Hicks fue un superdotado. Aun oscurecida esa risa por su condición de cómico aparentemente nihilista y misántropo: «No quiero sonar amargo, frío o cruel. Pero lo soy. Y así es como me sale». El hombre, aseguraba, es «un virus con zapatos», y ante esa evidencia no pudo sino abocarse a un rencor casi divino. Y denunciarlo.

El humor como escudo, pero también martillo con el que abrirse paso por un camino abismal hacia el fondo de nuestra conciencia. Aquel ambicioso hombre que desde un escenario bramaba entre aspavientos histriónicos contra todo lo que consideraba podrido, que bromeaba sobre tabúes y fantaseaba con asesinar a Billy Ray Cyrus o Michael Bolton en riguroso directo como parte de su futuro e imaginario programa de televisión, no se conformaba con hacer reír. Deseaba diseccionar el cerebro de su público y desmontar cualquier pensamiento que sabía erróneo. La religión era una de sus grandes obsesiones:

El fundamentalismo cristiano es fascinante. Lo sé porque me crie en el sur. Esa gente de verdad cree que el mundo tiene mil doscientos años de edad. Os lo juro por Dios. «¿En qué os basáis?», pregunté. «Bueno, contamos a toda la gente de la Biblia y fuimos sumando sus edades hasta Adán y Eva: mil doscientos años». Su puta madre, qué científico, genial. No sabía que os habíais tomado tanto trabajo. La hostia. ¿Ustedes creen que el mundo tiene mil doscientos años de edad? «En efecto». Bueno, tengo solo una pregunta que hacer, ¿en una palabra, puede ser? «Ajá». Dinosaurios. Según vosotros el mundo tiene mil doscientos años de edad, y como los dinosaurios existieron en ese lapso de tiempo, supongo que deberían estar mencionados en la puta Biblia en algún momento: «Y he aquí que Jesús y sus discípulos caminaron hasta Nazaret, pero el camino estaba bloqueado por un gigantesco brontosaurio… que tenía una astilla clavada en la pata. Y los discípulos corrieron berreando: ¡La hostia puta, qué lagarto enorme, oh, mi Señor!. Pero Jesús no se amedrentó y arrancó la espina de la la pata del brontosaurio y el lagarto enorme se hizo su amigo. Y Jesús lo envió a Escocia, donde viviría en un lago durante siglos, propiciando que miles de turistas estadounidenses trajeran a sus putas familias gordas y su dinero. Y Escocia agradeció al Señor. Gracias Señor, gracias Señor».

Sin tacto y sin tregua: lo suyo no era la suave ironía de los que viven en ella por pensar que ese suspiro es más inteligente que los brutales eructos de este hombre que encontró en la desazón el estímulo para contarnos la verdad. Y chistes de pollas.

American: The Bill Hicks Story, 2009. Imagen: American the Movie / Jackamo Productions.

Tras cualquiera de sus poéticas broncas denunciando la hipocresía de la especie humana, ante el silencio incómodo de un público que acudía allí a reírse y se encontraba desnudo frente a sus miserias, contaba su chiste de pollas. El buen y viejo chiste de pollas, se sabe, es uno de los pilares del humor, por mucho que hayamos pretendido intelectualizar la comedia. Desde Aristófanes hasta nuestros días, siglos de chistes sobre pollas nos contemplan. «Tranquilos: en este show habrá chistes de pollas, sé lo que quiere mi público. Veo a ese tipo de ahí mirando impaciente a su esposa y diciendo “cariño, espero que este payaso tenga preparado un buen chiste de pollas para levantar un poco esto”. No os preocupéis, estamos a punto de embarcarnos en un maravilloso viaje a la isla de las pollas, donde descansaremos nuestras cabezas en esos reconfortantes y purpúreos troncos venosos. Tranquilos».

Como el rapsoda que adorna los márgenes de su cuaderno con penes garabateados, Hicks desmitificaba el milagro de la vida mediante referencias a la masturbación. ¿Qué tiene de mística la existencia de un individuo cuando yo he exterminado civilizaciones enteras limpiándolas de mi pecho con un calcetín gris? ¿Cuántas naciones han muerto secándose en los pelos de mi ombligo? La muerte, otra de sus grandes obsesiones: «Mi mayor temor es que algún día moriré, y entonces mis padres vendrán a despejar mi casa y encontrarán todo el porno que tengo acumulado». No es aventurado asumir que también encontrarían bastantes drogas. Su camino desde los tugurios de Texas hasta el circuito del espectáculo del mundo civilizado estuvo plagado de ellas. Alcohólico y fumador compulsivo durante la mayor parte de su vida, amén de clásico americano conspiranoico, estaba convencido de que la legalidad de unas sustancias frente a la ilegalidad de otras solo responde a un mecanismo de control más. «Nos mienten acerca de la marihuana. Dicen que fumarla te vuelve apático. ¡Mentira! Cuando estás ciego puedes hacer todo lo que sueles hacer. Igual de bien. Solo comprendes que no merece la puta pena. Hay una diferencia ahí». Por supuesto, alguien como él jamás podría resistirse a la apología:

Creo que las drogas han hecho cosas buenas por nosotros. De verdad. Si no crees que las drogas han hecho cosas buenas por nosotros, hazme un favor. Ve a casa esta noche y agarra todos tus discos, todas tus cintas y todos tus CD y quémalos. Porque, ¿sabéis cómo estaban los músicos que hicieron toda esa maravillosa música que ha marcado sus vidas a lo largo de los años? Completamente drogados… Los Beatles estaban tan jodidamente colocados que dejaron a Ringo cantar unas cuantas canciones. […] Así que me repugnan esas estrellas limpias e inocentes que nos meten por los oídos a todas horas.  Me dicen «Bill, son los New Kids On The Block, no la tomes con ellos, son tan buenos y dan tan buena imagen para los niños». Que se mueran. ¿Desde cuándo la mediocridad y la banalidad se convirtieron en una buena imagen para los niños? Quiero que mis hijos escuchen a personas que rockearon de verdad. No me importa si murieron ahogados por su propio vómito. Quiero a alguien que toque para sus putos corazones.

Lo que escribamos aquí jamás podrá siquiera acercarse a la magia de las palabras de Hicks; hay que verlo, escucharlo. Porque Bill, además de transformar el humor en un arma de agitación de conciencias, fue un sujeto genialmente gracioso. Es difícil ver sus actuaciones sin caer en una risa histérica, agónica tanto por la falta de aire como por la verdad (de nuevo) que escupía a bocajarro. Uno se condena sin remedio a guardarle una envidia eterna por esa magia para arrancarte de cuajo la carcajada aun situado frente a la desgracia de la condición humana.

Y esa a su vez es la tragedia del cómico. La terrible paradoja de dulcificar y hacer tolerable mediante la risa el horror que se pretende denunciar. Así comenzaba muchos shows, con una cínica declaración de principios: «Buenas noches, mi nombre es Bill Hicks. He estado en esto de la comedia doce años, así que, acompáñenme mientras esbozo una sonrisa falsa e interpreto toda esta mierda una vez más. Estoy algo cansado de viajar, algo cansado de hacer comedia, algo cansado de ver sus rostros inexpresivos mirándome, queriendo que llene sus vacías vidas con humor e ideas que posiblemente no pueden pensar por sí mismos. Esta noche será mi última noche».

Ese arranque fue la única mentira en la vida de Bill Hicks. A los treinta y dos años le diagnosticaron  cáncer de páncreas — irónicamente no fueron sus pulmones quienes cedieron, a pesar de todas su bromas al respecto—: «Ahora que está de moda dejar de fumar yo no debería apuntarme, pero, mierda, lo conseguí. Y sí, lo echo de menos. Es difícil dejar de fumar. Cada cigarrillo que veo me parece buenísimo. Cada uno de ellos parece como si hubiera sido creado por Dios, enrollado por Jesús y humedecido para cerrarlo con el coño de Claudia Schiffer». Tras una vida de rabia vociferando la verdad, continuó con mayor fuerza declamando su mensaje al que quisiera escucharlo con la vehemencia de quien conoce la hora exacta de su muerte. El hombre que halló en la desazón el estímulo para cambiar el mundo al menos logró una fama significativa. Algunos conocemos su obra  por la impronta que dejó en la cultura popular: su aparición en el cómic Predicador, la rendida admiración de muchas bandas de rockMaynard James Keenan llegó a incluir parte de uno de sus monólogos en el disco de Tool Aenima—, no hay cómico anglosajón (y pocos no anglosajones) que no lo mencionen como influencia e inspiración, y disponemos de los maravillosos vídeos de sus actuaciones que podemos encontrar fácilmente en internet subtitulados en una traducción aún más infame que las ejecutadas por mí en estas líneas. Es preciso verlo en acción para creer que algo tan pequeño como el cuerpo de un hombre pueda contener tal cantidad de amarga grandeza. Acaso su despedida, cada noche, del escenario, nos hubiera servido para despedirnos de él:

La vida es como una montaña rusa en un parque de atracciones, y cuando te subes piensas que es real porque así de poderosas son nuestras mentes. Hay personas que han estado subidas por mucho tiempo, y empiezan a pensar, «Oye, ¿esto es real? ¿es tan solo un paseo?». (2) Se giran hacia nosotros y dicen: «No te preocupes; no tengas miedo, nunca, porque esto es solo un paseo». Y cuando nos dicen la verdad… matamos a esas personas. «¡Silencio! Tengo mucho invertido en esta atracción. ¡Calladlo! Mirad mis arrugas de preocupación, mirad mi enorme cuenta bancaria, mirad a mi familia. Esto tiene que ser real». Pero es solo un paseo. Y siempre matamos a las buenas personas que tratan de decirnos eso, ¿no lo han notado? Y dejamos a los demonios sueltos… Pero no importa, porque es solo un paseo. Y podemos cambiarlo por otro en el momento en que queramos. Es solo una opción. Sin esfuerzos, sin trabajo, basta de ahorrar dinero. Una elección simple, ahora mismo, entre el miedo y el amor. Buenas noches.

Bill Hicks murió el 26 de febrero de 1994, dejando al siglo xxi casi huérfano de ese incierto matrimonio entre la risa y la rabia, acaso el único sensato. La ironía se ha convertido en un cómodo sillón de orejas donde guarecerse de cualquier compromiso, estar de vuelta de todo y observar con superioridad a los semejantes sin intervenir en la realidad. Pero toda la ironía, el cinismo y el sarcasmo de Bill, toda su rabia, tenía un motor palpable: el amor. El amor por nosotros, sus compañeros en el paseo, y un dolor causado no por lo que somos sino por lo que hacemos. Y la intención de que, aunque no siempre estemos de acuerdo con lo que diga, despertemos. Escuchando una vez más a Bill Hicks solo puedo pensar que nuestro tiempo sería un poco mejor si diez, cien, mil sujetos como él invadieran las televisiones, los escenarios, los libros, las revistas, o se encaramaran a un barril en plena calle para, agitando el dedo y poniendo los ojos en blanco, escupir la Verdad. Y contar chistes de pollas.

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(1) Años después de la muerte de Hicks, y con la presencia de su madre en el plató, Letterman emitió en su programa aquella actuación completa, como disculpa y homenaje.

(2) It’s just a ride. Ride puede traducirse como «paseo», pero el verbo to ride puede implicar también montar en algo, en este caso una atracción de feria. El juego de significados puede quedar un poco cojo en castellano, pero ¿eh?, ¿qué importa?: It’s just a ride.


El día 3: el olvido no es invencible

El día 3. Astiberri.

Laura Ballester es una periodista del diario Levante. Publicó el libro Luchando contra el olvido. El largo trayecto de las víctimas del metro de Valencia (UOC, 2015). Un reportaje que trataba de oponerse al «blindaje gubernamental» que obstaculizaban las investigaciones sobre el accidente de la Línea 1 de Metrovalencia del 3 de julio de 2006 y la «capa de olvido» que iba poniendo sobre la tragedia.

Le llamo por teléfono por la publicación en Astiberri del cómic El día 3, de Cristina Durán y Miguel A. Giner Bou, que sigue las líneas de su trabajo. Lo primero que me dice es que, afortunadamente, la novela gráfica se quedó «obsoleta» en cuatro días. El 19 de febrero la Audiencia Provincial de Valencia reabrió el caso por tercera vez. Había sido archivado el 7 de junio de 2017. Ahora puede que sí que se haya cometido algún delito.

La defensa de los responsables de la empresa que gestionaba el metro se basó en argumentar que el accidente fue imprevisible e inevitable. El único responsable penal sería el maquinista, fallecido en el suceso, por haber sobrepasado la velocidad permitida. Sin embargo, la audiencia ha visto que puede haber indicios de delito contra los derechos de los trabajadores por no prevenir el exceso de velocidad.

Con el cómic en la mano, es inevitable hacer una serie de reflexiones. La tragedia sucedió en Valencia. Las protestas se quedaron en el gobierno regional. Pero el repliegue a la defensiva de los políticos desde el primer instante, los intentos atestiguados de manipular las pruebas o el borrado de la caja negra hacen que el relato de estos diez años tenga un alcance universal.

Es una historia de intriga que puede leer e interesar a cualquier lector de cualquier país. Y es un tebeo que le dejará helado cuando luego, en la letra pequeña, vea que se trata de hechos reales, que todo esto ha ocurrido en Europa, que no es una metáfora que pretenda criticar los defectos de la política de nuestro tiempo. Esto pasó.

No obstante, los protagonistas del cómic son ficticios. Una fórmula necesaria para evitar más dolor a las víctimas de la tragedia. Las viñetas avanzan a golpe de crónica periodística, siguen las investigaciones de Ballester. Una retahíla de datos, situaciones y hechos se van sucediendo en paralelo a la trama humana, los sentimientos de los familiares de las víctimas del accidente.

Con los políticos se llega más lejos, aparecen sin rostro. Sus cabezas son un conjunto de tentáculos. Un recurso bien recibido por la crítica, pero cuya idoneidad podría discutirse. El mayor riesgo que corre cualquier cómic de carácter periodístico es el de la manipulación emocional. Los hechos ya hablan por sí solos.

La trama se basa en que, desde un principio, los responsables políticos querían dar carpetazo rápidamente a lo sucedido. Se pone en boca de un individuo encorbatado la advertencia de que no se deben cometer los errores de identificación de los cadáveres del Yak-42. Otro caso en el que la opinión pública pensó que tal vez el ministerio tuviese algo que ocultar, precisamente porque estaba reaccionando como si ocultase algo, no porque se barajasen datos o informaciones que comprometieran su gestión. Y un suceso ha vuelto a la actualidad recientemente: han encontrado en un cementerio turco la pierna de uno de los ocupantes del vuelo estrellado hace quince años.

En Valencia también hubo prisa. Se pretendió, cuenta El día 3, tener identificadas a todas las víctimas en veinticuatro horas. Una inminente visita del papa a la ciudad, largamente esperada por los gobernantes locales, podía quedar ensombrecida por un accidente que, como cualquier otro, podía dar lugar a un debate público sobre si podría haberse evitado o no con mejores medidas de seguridad, habida cuenta de que a la hora de establecer cualquier protocolo o sistema de seguridad se debe tener en cuenta que el fallo humano siempre es igual a uno.

Con los dos protagonistas principales, de ficción, un padre y su hija que han perdido a su madre, los autores tratan de simbolizar las dos actitudes frente a la tragedia. El padre es conformista, le vale con lo que le dicen, le cuesta, de hecho, ponerlo en duda, le hace sufrir enfrentarse a que pudo haber responsabilidades y deba exigirlas y se refugia en la soledad. La hija, por el contrario, representa lo opuesto. Intenta, junto a otros damnificados, averiguar qué hay detrás de los comportamientos sospechosos de los políticos.

El argumento sigue el reportaje que Ballester publicó en Luchando contra el olvido. Cuando hablo con ella, lo primero que comenta es este nuevo episodio del caso con la decisión de la Audiencia de Valencia de llevar a juicio el accidente doce años después: «La idea del primer día fue que el exceso de velocidad fue la causa del accidente, que el único responsable penal era el maquinista, pero ahora la Audiencia dice que esas cuestiones sí tienen relevancia penal porque puede haber un delito contra los derechos de los trabajadores al no prevenir el exceso de velocidad».

El drama es, explica, que para los técnicos una baliza de tres mil quinientos euros hubiera sido suficiente para evitar el accidente. No había ninguna normativa obligatoria por la que debieran haberla colocado y en eso se escudaron para decir que no era necesaria, pero ahora puede que la obligación de los responsables fuese prever que podía suceder un fallo humano y que la geometría de la vía tenía que estar protegida.

Ya en septiembre de 2005 hubo un accidente y la asamblea de maquinistas reclamó balizas. «Pedían que no se dejara tanto la conducción al libre albedrío del maquinista», señala.

Y sí que hubo planes de mejora; de hecho, los directivos se escudaron en que no había pasado ni un año tras el suceso de 2005. Ballester explica: «Creo que voluntad sí que había tras el susto de septiembre, dos meses antes habían presentado un plan para invertir en la Línea 1, el juez verá si hubo parsimonia».

Sin embargo, el problema está en todos los movimientos de repliegue que hicieron los políticos aquellos días. Las víctimas, tal y como detalla, sintieron que estaban actuando con la intención de que el paso del tiempo, el olvido, enterrara la polémica. Dejarlo correr. Entretanto, hubo intentos muy feos de tapar bocas ofreciendo trabajos a hijos en paro y sugerencias similares.

«Las víctimas siempre han dicho que hubiera bastado con que les hubieran reunido y pedido disculpas, porque es evidente que el sistema falló. De hecho, Camps meses después pidió perdón por las averías que se produjeron en el metro, quizá porque la gente estaba más sensibilizada, y ahí sí pidió disculpas, pero nunca lo hicieron por el accidente, ni de forma pública ni privada», insiste la periodista.

Cuesta creer que algo tan sencillo como actuar de cualquier manera, pero nunca a la defensiva, no entrase en sus planes desde el primer momento. Al final, el gobierno de la comunidad y el municipal dieron la espalda a las víctimas. «Desde el principio fue un accidente incómodo», recuerda Ballester, «estaba condicionado por la visita del papa. Las propias víctimas se convirtieron en un reflejo de que algo estaba mal en ese gobierno, citar el caso era mencionarles a la bicha. Creo que les causaba incomodidad porque era una cuestión inconclusa, no resuelta. Lo intentaron tapar, ignorar el accidente, creían que al final las víctimas se cansarían y que los medios pasarían página, optaron por el silencio y aguantar, el paso del tiempo significaría el olvido, pero no fue así».

El día 3 si algo reivindica contando esta historia es sencillamente el doble dolor de las víctimas, primero por perder a sus seres queridos, y segundo por encontrarse con que la Administración se comportó de esa manera. «En parte fue cobardía», piensa la periodista, «pero si gobiernas tienes que afrontar estas situaciones, las familias han visto truncadas sus vidas porque un servicio público ha funcionado de manera defectuosa, tendrían que haber sido valientes y afrontarlo, ni Camps, ni el conseller ni la alcaldesa hablaron con las víctimas».

La única esperanza que tenían los familiares de los que perdieron la vida fue que suceda lo que está pasando estos días con la reapertura del juicio, que se investigue un accidente de estas características de forma impecable, recuerda Ballester. «Porque el único que dio la cara fue Cotino, pero lo hizo en algunos casos de forma muy perversa, la sensación que le quedó a las víctimas era de que estaban intentando comprar su silencio y que no removieran ni impulsaran denuncia alguna, que al final se abrió de oficio. Fue una manera muy poco inteligente de frenar los problemas; se intentó sugiriendo puestos de trabajo, hay familias a las que se les decía de forma sibilina que tendrían todas las facilidades del mundo a la hora de encontrar trabajo. Piensa en su situación, con un hijo estudiando para policía, que eso se lo dijera el que había sido director general de la policía».

La novela gráfica comienza con el borrado de madrugada de la caja negra del convoy y por supuesto el accidente. A partir de ahí se suceden una serie de intrigas y la lenta lucha de los damnificados por algo tan sencillo como que lo que les sucedió fuese esclarecido con luz y taquígrafos. Estuvieron muy solos muchas horas protestando en la calle, mientras el olvido, eficazmente, hacía su trabajo. Pero vencieron.


Ignatius Farray: «La comedia es lo más similar que hay al amor»

Aún no ha tocado la cerveza cuando un tipo se arroja sobre él con la intención de abrazarlo. «Eh, tío, tú eres este, sí. Este, el de… Este. ¡Qué grande eres! Venga campeón, una selfi», le dice mientras le golpea la espalda con entusiasmo. «Este» es Ignatius Farray (Tenerife, 1973) que accede solícito y desquicia el gesto para que el fan le inmortalice. En la foto sale también «el loco de las coles», el señor del «grito sordo» que chupa los pezones del público, el cómico loco con fachas de hipster desaseado.

Regresa a la mesa Juan Ignacio Delgado Alemany, un cómico desconcertado por la comedia: el tipo que desencaja la mandíbula de pura ansiedad, el hombre preocupado por no ofender. Repite a cada rato «te lo juro», como si sospechara que no nos lo terminamos de creer; «es en serio» cuando habla de poesía, de política o sus referentes; «es coña» cuando teme que acaba de decir algo que se pueda malinterpretar. La ironía es una cosa muy complicada, ya se sabe.

Pero a veces se olvida aclarar previamente en qué tono se desenvuelve y «este» es Ignatius de veras. El dueño de un ingenio feroz, que succiona las pechugas del espectador en sus shows y mantiene el tono underground incluso desde la radio más escuchada, en el programa La vida moderna. Lo más parecido a un Louis CK que ha parido el humor patrio, que se humilla a sí mismo en la serie El fin de la comedia. Charlamos con «este», que iba para jardinero loco.

En todas las entrevistas hablas de tu etapa en Londres, pero cuentas poco de tu estancia allí.

Igual siempre cuento lo mismo. Estuve casi dos años. No fui con la intención de convertirme en cómico, pero fue revelador. Fui a la aventura, trabajaba en un hotel haciendo turno de noche. Tuve la suerte de que me cogieron en el último sitio donde pensaba que me iban a coger, que era un hotel que pertenece a los terrenos de Buckingham Palace. Era una cosa muy aristocrática: la reina madre iba a comer allí por las mañanas, la boda del hijo de Lady Di con su prometida… la chica, la noche antes, la pasó allí. Me cogieron, por supuesto, sin preparación ninguna. En mi turno eran todos eran africanos, así que realmente alguien de las Islas Canarias les pegaba. Aquello era un mundo. Había un compañero que acababa de llegar de Nigeria que creía en las brujas, y me decía todas las noches que él creía que en Londres había muchas brujas. Era todo muy exótico.

Normal que cayeras en la comedia, casi por sobrevivir.

Así fue. La suerte fue que este edificio quedaba al lado de otro donde se quedaba todo el personal. Era un lujo poder ir a Londres a la aventura y no vivir en un barrio del extrarradio, sino estar en todo el centro. A lo mejor yo empezaba a trabajar a las doce de la noche, pero antes de esa hora me daba tiempo a ir caminando hasta el centro, hasta el Soho. Había varios comedy clubs por esa zona, pero había uno en concreto al que me aficioné a ir, el Amused Moose. Todavía sigue funcionando. Ahora tienen otro local más guay, en aquella época era bastante sórdido, no porque fuesen gais [risas], pero no tenían local propio todavía, sino que en un local de ambiente gay ellos reservaban sus horas y lo montaban en plan comedy club.

¿Y te enterabas de algo al principio?

No me enteraba realmente. Por eso llegó la dueña, que vio que siempre estaba allí pero que nunca me reía, y me preguntó que qué pasaba conmigo. Y yo le dije que realmente no entendía los chistes; que me encantaba estar allí pero que no entendía lo que decían los cómicos. Y le di tanta ternura a la mujer que me empezó a hacer mitad de precio. Que tampoco era mucha entrada, pero fue un detalle.

Hay clubs allí muy guays. Imagínate: está el Comedy Store que es un sitio histórico, de actuar allí Robin Williams y tanta gente. Alguna vez me pasé. Hay que pagar una entrada bastante cara, pero me di el lujo. Antes era muy underground pero habían montado un ambiente superguapo de gente joven. De hecho, ese año que yo estuve la revista Time Out les dio el premio de mejor comedy club pequeño de la ciudad. John Oliver actuaba ahí todas las noches. Tenía un dúo con un tipo que se llamaba Andy Zaltzman, y John Oliver para mí no era el gracioso: el gracioso era el otro. Y ahora le veo a Oliver petándolo en Estados Unidos. Y más gente que ahora son cómicos de referencia en Reino Unido (nadie lo ha petado tanto como Oliver) y que en aquella época los veías ahí todas las noches. A fuerza de verlos no te diré que éramos amigos, pero sí colegas de saludarnos, invitarnos a una pinta, charlar un rato. Yo me fui ilusionando y cada vez que salía una conversación con ellos les decía «pues cuando vuelva a España lo voy a intentar».

¿Pensaste que podía funcionar ese formato (o ese modelo) en España?

Bueno, de hecho, ya estaba empezando. Estamos hablando entre 2001 y 2002. Fue la época del boom inicial d El Club de la Comedia y de Paramount Comedy, hay una diferencia de unos meses solo. Pero Paramount surgió de una manera más genuina, pienso, contando con cómicos jóvenes que querían hacer esto, y El Club de una manera más bastarda.

Bastarda lo digo en el sentido en que es ilegítimo. Porque este tipo de comedia de una manera muy alternativa. En Estados Unidos, en los años setenta, surgen unos cómicos muy contestatarios, gente como Eddie Murphy, Steve Martin, Robin Williams… nacen de la calle, y luego se convirtieron en estrellas de cine. Pero el nacimiento fue así. En Reino Unido igual, en los años ochenta, en la época muy dura de thatcherismo, los cómicos que salieron eran muy de izquierdas, muy contestatarios, muy antisistema; una alternativa a la comedia más estándar, más vodevil de cómicos que siempre ha habido, aquí también. «Cuentachistes».

En España surge justo al revés: nace como un producto prefabricado. Nace pervertido en el sentido en que era un producto artificial. Con toda la buena intención del mundo. Aquí, por ejemplo, Felipe Mellizo era colega de José Manuel Contreras. Felipe se fue al Paramount Comedy y Contreras al Club de la Comedia. Era gente que había vivido en Estados Unidos, que vivía esto con pasión. Fans de Seinfeld a los que de repente les apeteció montar algo así en España. Con toda la buena intención del mundo decidieron montar un producto que triunfara y entonces, quizás, como no había tantos cómicos con los que contar, decidieron contar con actores famosos a los que un grupo de guionistas les escribiera su rutina. Por eso es artificial, porque nace de una manera prefabricada: premeditadamente.

Pero luego lo reconducimos y acabó tomando el mismo camino que hubo en Reino Unido o en Estados Unidos. De repente pasan los años, mucha gente ya ha visto a muchos cómicos, y empiezan a gustarle cómicos que ven distintos, o más alternativos. Y de una manera como que la vida se abre camino, surge esa vía de comedia como alternativa a algo más estándar o más convencional.

¿Te parece que una comedia alternativa puede aguantar en medios de masas?

En todos sitios es igual. Los cómicos mejores ahora en el Reino Unido no son los más famosos, y tampoco en Estados Unidos. Eso pasa en cualquier lado, por eso es alternativa. Habrá mucha gente que la pueda apreciar, pero no son las superestrellas mediáticas que le gustan a todo el mundo, en plan familiar. A lo mejor hay un cómico que de repente sí. En el Reino Unido hay un caso, Steward Lee, un cómico alternativo que se ha convertido en estrella. Es un poco el más veterano, surgió en los noventa y venía del thatcherismo. Ahora mismo es como el gurú de la comedia alternativa. Claro, ¡es tan bueno! Ahora hace programas propios y mucha gente le sigue. No todos tienen esa suerte. Hay peña muy guay sin tanta fama, como una chica que se llama Josie Long y otro chico que se llama Daniel Kitson, los más geniales que hay. Ni son los más famosos ni pretenden serlo. Por eso el rollo alternativo tiene otra historia. No por hacerse el guay, sino porque cada uno tiene sus prioridades. Kitson, probablemente el mejor del país, es un tío que ni siquiera quiere que le hagan entrevistas, y en YouTube hay a lo mejor tres vídeos de él. ¿Sabes? Eso por otro lado le ha dado como una dimensión de culto muy grande.

En Estados Unidos hay un tío como Doug Stanhope, que el mismo Louis CK admite que es el mejor cómico del país. Incluso sale en un episodio de su serie, claramente un homenaje. Es tan marginal que hace unos años pedía dinero entre sus fans porque necesitaba una operación dental. También Louis CK empieza como cómico alternativo, aunque luego llega HBO y le dice: haz lo que quieras. Llega al mainstream y sí hay encaje, pero no es un cómico tan al límite como Stanhope.

Pero fíjate otro tema interesante: lo que Louis CK es actualmente, que puede ser lo que Seinfeld era en su época, y date cuenta del distinto perfil que tiene cada uno. Seinfeld es un tío que lo petó… Hay un libro superguay —para mí es el mejor libro que hay sobre stand-up comedy—, Comedia al límite. Igual que existe este libro de moteros salvajes de la generación de cineastas de los setenta, este libro podría ser el paralelo de los cómicos de los setenta y cómo la cosa evolucionó hasta encausarse en el mainstream. El libro termina precisamente con Seinfeld, en cómo recoge la tradición de toda esta gente y lo convierte en algo que a mucho público le podría gustar. No es que Seinfeld sea un traidor ni mucho menos. El tío hizo una serie de culto, con Larry David al lado. Pero la actitud que tiene, que es a lo que iba, es una actitud de estrella. De mira qué guay soy… Eran los noventa también, la gente lo flipaba más. Había mucho dinero y el público no tenía, a lo mejor, otra manera de pensar. Ahora compáralo con Louis CK. Es otra historia. El tío es el cómico de referencia en Estados Unidos y en el mundo actualmente, y en vez de ir de estrellita de repente te hace una serie como Horace and Pete.

Que se ha arruinado con ella, por cierto.

Sí, porque él no lo hacía tampoco para ganar dinero. ¡Es una cosa tan bonita! Alguien a quien de repente no le importe perder dinero por hacer una cosa así de bonita, experimental incluso, al mismo tiempo que clásica. Y un tío como Seinfeld tiene unas piecitas en internet que se titulan Comedians In Cars Getting Coffee que van en grandes coches, tomando café con estrellas, con Obama. Ahí ves un poco la evolución de los tiempos. Siempre hay comedia alternativa y siempre hay comedia convencional. Pero hay casos en los que alguien que sale un poco de lo alternativo tiene una dimensión popular realmente grande.

¿Qué tal la transición entre actuar en bares a salir en la SER? Porque entiendo que te tienes que adaptar: el público no es el mismo.

Mi sensación, de verdad, nunca es de que he tenido que adaptarme. Siempre he hecho lo que he podido. Realmente nunca estoy especialmente contento de lo que hago. De verdad, no te creas que estoy orgulloso de lo que he hecho. Intento hacerlo lo mejor que puedo, pero no estoy contento de lo que sale. Ojalá un día pasen los años y lo vea así. Te lo juro, no te lo digo por ir de guay. Ojalá algún día me salga bien y diga: «joder, estoy orgulloso, esto salió guay». De momento la sensación es que lo voy haciendo como puedo y manteniéndome a flote. Por eso te digo que nunca he sido tan guay de decir: «es que tengo tanto volumen aquí de talento que puedo dosificarlo según la situación o adaptarme al mundo». He ido pegándome golpe tras golpe.

Muchos días sales decepcionado pensando que esto podría haber salido mucho mejor. Y de repente notas que a la gente le ha gustado, y eso es un apoyo. Piensas: al menos hubo algo que a la gente le llamó la atención o le pudo gustar. Pero la sensación día tras día (no te hablo de un momento puntual) es que no me sale bien.

Me acuerdo de Richard Pryor, que decía que él no encontró su auténtica voz hasta quince años después de estar actuando. Yo lo nombro mucho, para mí es una especie de héroe. Es que no es tan fácil. Con el tiempo acabas siendo más tú mismo, siendo más natural, pero no es tan fácil que te salga, al principio, ni siquiera después de varios años. No sé si este año en concreto o el año anterior se cumplen quince del fenómeno stand-up comedy en España… Yo siempre hablo de stand-up, la palabra «monólogo» me resulta un poquito repelente.

¿Por qué?

Sí, porque «monólogo» ya te refiere mucho al mundo teatral. Y aunque estamos todos juntos, pienso que no es para nada lo mismo. El rollo teatral es muy distinto. De hecho, se notan las dificultades que tiene la gente del teatro cuando intenta hacer stand-up comedy. Se supone que el stand-up debe tener algo de espontaneidad, o crear la ilusión, que es muy distinto al mundo del teatro, donde está todo muy medido. Mucha gente del teatro que viene con su texto muy bien preparado se descoloca cuando alguien del público les dice cualquier cosa y claro…

¿Y ser cada vez más conocido no te quita espontaneidad? Empezaste chupando pezones para descolocar a la gente y llega un momento en que el público va a tu espectáculo queriendo que le chupes el pezón. O, como poco, sabiendo que puede pasar.

Realmente me ayuda. Siempre bromeo con la idea de que a mí me molaba que al principio fuese una puta locura. De repente proponerlo y crearse una tensión en la sala… Pero no es que yo haya renunciado a eso. De hecho, en la cadena SER, en el programa de La vida moderna, es una cosa habitual, y notas que las personas se quedan encantadísimas. Realmente eso mola mucho. Yo bromeo con que en realidad esa gente no me ayuda, que lo que quiero es crear una provocación y una tensión, pero es falso. Te lo juro. Tengo esa fama, pero lo que más remordimientos me causa y lo que menos me gusta es notar cuando alguien se siente incómodo. Eso lo odio, y no sabes las veces que al terminar el show, y durante el día siguiente y el siguiente, tengo remordimientos de pensar: «hostias, esta persona no se lo pasó bien por algo que yo pretendía hacer». Eso, te lo juro, a mí me quita la vida, lo paso muy mal. Bromeas con que eso es lo que quieres, ser provocativo y tal, pero realmente lo paso muy mal. Lo guay es que la gente te dé esa complicidad como para poder hacer esas cosas digamos, entre comillas, locas, de una manera natural.

Sí que has llegado al punto en que una madre y una hija pusieron una hoja de reclamaciones en uno de tus shows, ¿no?

Eso sucedió en el Beer Station, donde suelo actuar. Allí las primeras actuaciones eran más al límite, en el sentido de que yo era, por supuesto, peor cómico todavía y menos conocido también. La gente no venía con esa actitud, sino que era algo que les pillaba fuera de juego y había algunos que se sentían incómodos. A mí me disgustaba mucho cuando pasaba. Por eso te digo que con el tiempo mola que la gente venga con confianza. Ese caso puntual fueron dos chicas que se levantaron y pidieron la hoja de reclamaciones, y luego, cuando tuvieron que rellenarla…

¿Qué pusieron? ¿Que se habían sentido ofendidas?

Claro. Está el hecho chulo en que te levantas y pides la hoja de reclamaciones, pero luego tienes el momento en frío en que debes rellenar esa hoja y eso es muy gracioso. Estas chicas pusieron que la actuación estaba anunciada como comedia y ellas consideraban que lo que yo hago no se puede considerar comedia, y por tanto el local había incurrido en publicidad engañosa.

Casi una discusión ontológica.

La última vez que alguien me pasó una hoja de reclamaciones fue hace poco. Uno espera que esta época ya ha pasado, pero siempre aparece alguien. Esta vez fue muy curiosa, porque muchas veces el problema surge entre las parejas del público sobre las que bromeas. De repente, imagínate, veo que hay mucha confianza por parte de ella, se ríe, se descojona y sin problema. Así que me veo diciéndole un par de cosas más. Y la tía responde de manera estupenda. Pero claro, el papel del tío no es el mismo. Ahí se nota muchas veces la diferencia entre parejas. Hay tíos que de puta madre, disfrutan del momento, se abrazan a ella, lo ven como algo guay. Y hay tíos que quieren hacerse el machito y de repente actúan como que la tienen que proteger.

La última vez pasó algo muy gracioso. Le digo algo a la tía y el chico se levanta, mirándola a ella en plan «vámonos». Me dice: «No tienes derecho a hablarme de esta manera, nos vamos. Hasta este punto te hemos aguantado». Cuando tú te levantas, supones que tu pareja se tiene que levantar. La tía se quedó sentada y le dijo a su novio «no, no, yo me lo estoy pasando bien». Claro, él no se va a sentar otra vez. Pues claro, sale a la barra fuera, monta el pollo, pide la hoja de reclamaciones. La novia, viendo el panorama, se tuvo que levantar y salir también.

Y el caso de la mujer de los pezones, la única a la que se los he chupado en un escenario, fue una cosa muy especial.

¿Los pezones eran especiales?

Es verdad que tenía dos buenas tetas [risas], pero no por eso. Fue en el Hebe, en Vallecas, tuve la suerte de que me llamaron para actuar en el aniversario. Donde yo actuaba había una tarta gigante para repartir entre toda la gente. Ese día no solo iban los heavies habituales, sino era una cosa de barrio, de apoyar al garito.

Entre ellos había una señora que veías que no era habitual, pero era la persona más graciosa que me he encontrado nunca en mi show. Cualquier cosa que yo decía ella me respondía supergraciosa. Una crack. Estaba todo el mundo a tope con ella. Y aquella noche estaban sus hijas entre el público también. De repente, algún espabilado, desde el fondo, desde las sombras, la compromete, y dice «que suba ella y que Ignatius le ponga nata de la tarta en los pechos y que le coma las tetas…». No sé qué. Bueno, pues esta mujer no se corta dos pelos, sube al escenario, nos abrazamos, y yo le digo al oído: «Muchas gracias por ayudarme con el show y ser tan guay todo el tiempo». Todo esto, la gente aplaudiendo y ella y yo hablando como abrazados. Y ella me dice: «No te preocupes, ponme un poco de nata por encima del vestido y hacemos el paripé». Digo: «Ah, muchas gracias, qué guay».

Me doy la vuelta a coger nata de la tarta y según estoy de espaldas escucho la ovación más grande que he escuchado en mi puta vida. Me vuelvo a dar la vuelta y la mujer se había sacado las tetas… Y claro, dime tú, ahí, ¿qué haces? Claro, si ella da ese paso yo le tengo que comer las tetas. La madre mirando a las hijas como diciendo: «OLRAIT». Las hijas mirando a la madre como diciendo: «No, mamá, esto no es lo que hace la juventud». La madre con cara de: «Mira, para que veáis que yo también sé vacilar». Pues le estuve comiendo las tetas treinta segundos y fue el momento culminante. Si yo hubiera tenido dos dedos de frente ahí me hubiera retirado de los escenarios, porque lo que me ha quedado después de esa noche son bueno, pues jovencitos confusos, gigolós con piercings… Me tenía que haber retirado de la comedia [risas].

¿Habías pensado que algo así podría pasar? ¿Estaba dentro del horizonte?

Yo por lo menos nunca tengo un horizonte de a ver hasta dónde esto puede llegar. Simplemente se te ocurre esa locura. Qué sé yo. Lo de los pezones surgió en La escalera de Jacob, en Lavapiés, donde solía llegar bastante tocado ya. Actuaba ahí los domingos, después de haberme pegado la semana viajando, con unas cuantas noches encima. Llegaba hecho una mierda y en una de esas debió ocurrírseme «pues le chupo los pezones a uno». Nace como una locura y luego se termina convirtiendo en una especie de bandera de tu comedia. Muchas veces tuve que perseguir a gente para chuparle los pezones. Aquello era muy denunciable [risas].

De hecho, ahora lo que me flipa es que la gente a la que le chupo los pezones me pide cosas. «Oye, ¿me puedes poner esta música?» o escogen un lado, «mejor este, que el otro no…». Yo lo flipo, como si fuera un momento guay para ellos, de disfrutarlo. Ha llegado hasta tal punto en que me encuentro a gente que me dice «eh, tú me chupaste el pezón». Claro, yo no me acuerdo de ellos y quedo mal por no acordarme de gente con la que he tenido ese grado de intimidad.

Por salir de la complicidad, hablábamos antes de comenzar la entrevista de que en algunas de tus intervenciones en Late Motiv, con Buenafuente, se percibía un momento incómodo en que el público no estaba entendiendo absolutamente nada.

De las veces que he ido a recitar poesía a Buenafuente algunas ha salido mejor, otras no tanto. Pero es verdad que yo también lo he notado, que de repente no había conexión y la gente no me seguía. Y yo, bueno, terminé de hacerlo… El equipo que tienen ahí en el programa es muy guay y me siento apoyado. Pero es verdad que yo también he notado que a veces llega un momento en que la gente no te sigue. Sí, he hecho varias poesías. Alguna quizás quedó como que sí la gente se reía más. Claro, la risa es siempre el momento de enganche base. Y de repente notas que la gente ya no te sigue con la risa y ya no sabes si es que…

¿Y qué haces ahí? Cuando notas que no hay conexión

En el fondo es una cosa bastante arriesgada: hacer poesía hoy en día, en televisión, y soltarte tres minutos de poesía en un programa así es bastante arriesgado. Solo por eso Late Motiv y Andreu Buenafuente, haber apostado por eso…

Realmente no lo piensas demasiado. Tú, si has hecho eso, y si has escrito esa poesía, es porque de alguna manera tienes confianza, porque es eso lo que te gusta. Y en el fondo es eso a lo que te abrazas. Esto es lo que yo quería contar, no porque yo vea que no está funcionando exactamente bien me tiene por qué dejar de convencer, y esto es lo que yo quiero contar. Y hay mucha gente que a lo mejor no está en el plató esa noche y no está dando feedback, pero que cuando lo vean grabado en la tele a lo mejor les mola y lo aprecian. Te abrazas a eso. Por eso la televisión siempre tiene ese puntito de artificialidad.

Te hemos leído en ese blog que tienes abandonado que no solo eres muy lector de poesía sino que habías escrito mucha poesía antes de empezar con la comedia.

Bueno, eso fue un farol. Yo escribía en plan de sentirme superimportante, muy pedante y muy guay. Pero claro, si ahora alguien lo lee, lo natural es que piense que lo escribí con todo el corazón del mundo. Todas las entradas que puse en ese blog son cosas muy grandilocuentes.

Con muchas mayúsculas.

Ahí se ve lo puto loco que estoy. Y el texto ese ya está rebajado. El texto original son siempre tres signos de exclamación, todo con mayúscula, barras. Realmente era algo de esquizofrénico. El tono del blog era ese: como un extraterrestre que viene de otro planeta donde ya ha hecho stand-up comedy. Un poco lo que David Bowie (ahora estoy siendo pedante también) con el Ziggy Stardust. De repente viene un extraterrestre flipado y empieza como a molar mucho. Yo había inventado para ese blog el término «Stand Up Comicón». «Nuestro oficio tenía que ser el de standapcomicones». «El standapcomicón tiene que ser de esta manera o de la otra». Una guía moral. Algo bíblico, como un monolito.

O sea, que lo de hacer poesía no venía de ahí.

A mí siempre me ha gustado la poesía. Soy aficionado y sí que me hacía ilusión escribir textos de esta manera. Reconozco que es algo muy pedante. De repente me hizo ilusión, pero que de una puta locura como esa a que alguien me hiciera caso, como los de Late Motiv… Es verdad que fue a pie de lo de Donald Trump, de ahí surgió. Tuvo mucha repercusión por el personaje. Pero de verdad es una cosa que me mola. Me mola mucho la generación beat. Y bromear con que la gente me confunde con Allen Ginsberg.

Con él o con Mocito Feliz, ¿no?

[Risas] Sí, tengo esos dos referentes. También tengo una convicción: pienso que el stand-up comedy nace de un momento americano muy especial. Para mí es un género estadounidense, igual que el cine. Tiene sus precursores, igual que Mark Twain. Pero la generación beat para mí es la precursora de generaciones contestatarias que, de la manera que tuvieran de expresarse, ya sea con música, con poesía o haciendo comedia tenían esa referencia. Lenny Bruce históricamente es el pionero del stand-up comedy, porque aunque había más cómicos en su época, nadie tiene el carisma que él tenía. George Carlin lo tuvo, pero es posterior.

Si ves vídeos de ambos, te das cuenta de que Carlin incluso siendo más joven y posterior a Bruce tenía esa teatralidad, ese acting. Tenía su manera de actuar, de hacer una inflexión en esta palabra. Es más teatral. Bruce es un tío que de repente sale ahí desnudo. Hasta el punto de que sus actuaciones eran salir ahí y leer sentencias que los jueces le habían puesto. A lo mejor no era muy profesional, también te lo digo, porque ya llega a un punto en que no estás entreteniendo a la gente, sino que ya estás con tu paranoia personal de contar tu movida. Quizás en ese sentido no era el mejor profesional, ni el más gracioso, pero era el más carismático. Era un tío que se había criado en ese ambiente de jazz, si quieres llamarlo bohemio, alternativo, como sea; que viene de la literatura beat y de la música del bebop. Y gracias a esas influencias de gente como Charlie Parker o John Coltrane, coge las fuerzas para dejar la tradición del vodevil (su madre era una actriz de vodevil) y decir «pues ahora voy yo a dejar todo esto a parte y voy a salir a hablar ahí y lo que pase». Es un tío que da ese paso de gigante, alocado y fuera de sí. Y resulta el punto de partida para el stand-up comedy.

Quería volver al asunto de Trump. ¿Cómo de responsable te sientes del triunfo de Donald Trump?

Me siento responsable en el sentido de que lo he apoyado, pensaba que eso iba a ser irónico, que la gente iba a coger la ironía. Yo pensaba que si un tío como yo apoyaba a Donald Trump, eso le quitaría votos. Pero se ve que le tuve que apoyar más. Faltó que lo apoyara más para destruirle: no le apoyé lo suficiente. Ese fue el fallo.

Hay un momento en el que tú dices algo así como: Donald Trump es el tipo de personaje que hay que fagocitar desde la izquierda para hacernos más fuertes. Y ha resultado ser al contrario.

De alguna manera sí que pienso eso. Actualmente un tío tan nefasto como Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. Un tío que él mismo decía: «Soy antisistema, me importa todo una mierda, voy a cambiarlo todo». Vale, es populista, es una mierda de tío, como político y como presidente. Pero luego da rabia que gente de la izquierda, que tiene ideas, que tiene su background, que viene de luchar, la que se supone que en España es la izquierda radical, tiene miedo de decir que son antisistema. Temen perder votos con la palabra, que eso les condicione. Ese miedo es lo que me da vergüenza de la izquierda. ¿Por qué tiene que resultar incómodo decir que eres antisistema? Un tío tan nefasto como Donald Trump lo ha dicho. Realmente la izquierda sí que tiene motivos para decir «somos antisistema». ¿Y nadie de izquierdas se atreve a decir «somos antisistema» porque eso les puede quitar un puñado de votos?

Por supuesto que todos somos antisistema. Por supuesto que todos queremos que esta mierda cambie y sabemos que esto no es manera de funcionar una civilización o un mundo. Y, pues mira, luchar contra eso es ser antisistema.

Cuando alguien como Esperanza Aguirre dice: «Esta gente representa una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos». ¡Pues claro que somos una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos! Es que eso es lo que queremos. Precisamente eso es lo que nos une. Ese orgullo de decir: sí, por supuesto que queremos terminar con este sistema. La izquierda en el fondo es una ilusión, y eso es lo que vale. Otra cosa es que luego se puedan cambiar las cosas. Pero por lo menos tener la dignidad de proclamar: esta es mi ilusión, esta es mi manera de pensar, soy antisistema, ojalá algún día esto cambie. Pero no estar especulando con tu ideología, con hasta qué punto digo mi pensamiento…

Parece que la gente de derechas tiene más facilidad para salirse del tiesto. La radicalidad le sienta mejor a la derecha que a la izquierda.

La radicalidad para la derecha es sexy. «Soy de derechas, soy así, pero mira qué guay soy. Puedo soltarte aquí mi burrada». En cambio, como la izquierda ya es eso, precisamente lo que se supone ser de izquierdas, ya no queda como una sorpresa. Eso es lo que yo echaba de menos: que alguien de izquierdas tuviera la actitud de Donald Trump: soy de izquierdas, estos son mis valores, pero mira qué puto chulo soy. A lo mejor eso para la izquierda sí que sería alguien sexy.

Donald Trump ha estado de gira por todos los programas cómicos de Estados Unidos. ¿No crees que hacer comedia con él lo ha terminado convirtiendo en un personaje amable?

Totalmente. De hecho creo que existe esa confusión con la comedia. Por supuesto que hay obras satíricas, en plan: voy a criticar esto o voy a hacer mofa y a ponerte en ridículo con mi comedia. Pero pienso que esa no es la fuerza de la comedia.

La comedia es lo más similar que hay al amor. Es una fuerza conciliadora, porque cuando estás haciendo comedia estás uniendo posturas. Tú, a lo mejor, eres el más puto facha que a mí se me pueda ocurrir, en plan Donald Trump, pero si hago comedia contigo en el fondo estoy acercando posturas. Casos como el del Saturday Night Live con Alec Baldwin y tal. Eso convertía a Donald Trump en un personaje gracioso —no sé si decir adorable—, de ficción. Mucha gente pensó, después de ver ese sketch, «mira qué gracioso es». Al ser representado en un sketch te hace la ilusión de que es de ficción. Que es de mentira. Y, ¿a quién no le gustaría que su presidente fuera Homer Simpson?

Si no quieres que un tío llegue a ser presidente de tu país, la comedia no sirve para eso. Si yo te conozco en un show y empiezo a meterme contigo, y lo hago mal, lo voy a notar. Seré el primer arrepentido en decir: «hostias, he metido la pata, le dicho una cosa a esta mujer y la he hecho sentir incómoda». Y tú te ibas a sentir mal también. Pero imagínate que de repente yo te estoy diciendo lo mismo pero de una manera cómica que es asumible. Ahí estás haciendo buena comedia y surge la risa. «¿Hostias, me estás diciendo esta burrada y me estás haciendo reír? ¿Se las ha ingeniado de tal manera que sea graciosa? Y realmente me está insultando». A veces existe ese equilibrio. Puedes meter la pata, pero a veces tienes suerte y dices las cosas con cierto equilibrio.

Bueno, pues a esa persona tú le estás diciendo la mayor mierda en su cara, pero no se va a sentir opuesta a ti. Va a sentir que tiene algo en común contigo y que de repente comparte: y es la risa. Y es que la risa, en el fondo, es conciliadora.

O sea, que no nos deberíamos haber reído de Donald Trump.

Pues de verdad no. Tendríamos que haber tenido mejores políticos capaces de decir mejores cosas y gente más valiente que en vez de apostar por Hillary Clinton hubiese apostado por Bernie Sanders o lo que sea. George Bush fue notorio en su época porque toda la comedia que se hizo con él también lo ayudó.

Esto no lo digo como algo peyorativo de la comedia, sino para mostrar su grandeza: está por encima de cualquier utilitarismo que tú le quieras dar. Y si lo piensas, es mucho más grandioso saber que su fuerza es conciliadora que disgregadora.

Te hemos leído en alguna parte que emplear la vida privada como material para hacer comedia sirve porque crea una empatía con el auditorio. ¿Hasta qué punto son real las cosas que cuentas? Tanto si exageras para darle empaque o si marcas las distancias para protegerte.

Todo el mundo tiene una historia. En el fondo se basa en eso: en una reivindicación de la dignidad de cada persona. De repente un puto desconocido se sube al escenario y cuenta su historia. En realidad nadie tiene una vida plana. Todo el mundo tiene sus cosas que contar: «voy a explicarte esto porque yo lo he sentido de corazón». Y pienso que ese es el punto inicial de la comedia verdadera. Ahora, por ejemplo, tú has dicho la palabra «servir». Como te acabo de decir, la comedia no tiene ese grado de utilitaridad. Detrás de eso realmente hay un corazón —me siento avergonzado de decir esto porque no tengo tanto talento, ni lo consigo—. Pero hay cómicos que consiguen estar hablándote con naturalidad y te están hablando de su vida. Y pienso que si cualquier persona dice las cosas de esa manera, la risa se abre paso. Cuando tú no tiene coartada, cuando te muestras vulnerable, acabas haciendo risa.

¿No depende más de cómo lo cuentes que del material en sí mismo? Porque por ejemplo, en uno de los episodios de tu serie El fin del comedia hay un personaje (un camarero) que cuenta una historia que vende como graciosísima, y en realidad es una mierda. Pero quizás otra persona, tú u otro cómico, con ese mismo material puede sacar algo superhilarante.

Todo depende. Porque son muchas capas la que tiene una persona. Louis CK lo decía a propósito de George Carlin, que es una especie de maestro para él. Decía que puedes salir ahí y contar lo que te sucedió la última vez que volaste en un avión, y eso es una capa. Pero luego puedes decir cómo te sientes con tu perro o tu gato, y eso es otra capa. Después, puedes hablar de los sentimientos reales que tienes con tus padres, otra más. Hay muchas capas en una persona. Y es un fenómeno que surge sin premeditarlo: si alguien delante de un grupo de personas se muestra vulnerable y cuenta su verdad, hay una tensión ahí que de alguna manera tiene que sublimarse por la risa. Ese es el rollo de todo. Que una persona esté en el centro de esas cien personas, mirándole, y se muestra de corazón… Crea una tensión, y te sientes tan acorralado y tan indefenso, ante cien personas muy protegidas. Si trabajas con esa tensión de una manera genuina, la risa surge como una manera de sublimar el miedo. La manera de solucionar esa movida es decir: «mira, nos vamos a reír».

En la serie, como también hace Louie, expones ciertas partes de tu vida de una manera evidente y muy franca. ¿Hay miedo al hacer eso? ¿A sobreexponerte?

Claro, tienes muchas dudas, porque es verdad que comprometes a más personas. Hasta tal punto que yo en la serie decidí decir que tengo una hija, pero en realidad tengo un hijo. Quise crear un poco de distancia no por hacerlo más falso, sino por salvaguardar cierta intimidad, para no comprometer a nadie. Es una precaución. Pero al margen de eso, la ilusión era crear una serie en la que las cosas que se contaran tuvieran un anclaje en la realidad, contándolas de manera muy natural. La labor de guion de Raúl Navarro, de Esteban y mía era quitar los chistes. A nosotros se nos ocurrían las historias y automáticamente se nos ocurrían también cosas chistosas, como si fuera un árbol. Así que quitábamos todos los chistes, y lo que quedaba era eso. Es la labor más trabajosa, porque estás viendo el chiste y diciendo «joder, es que tiene gracia», pero había que quitarlo. Para que quedara todo con esa naturalidad, sin pretender ser chistoso, simplemente contando algo que le sucede a una persona fuera del escenario. No queríamos convertirlo en un show. Porque la gente, por la misma situación, ya le ve la gracia, no hace falta que tú remates. El propio espectador mete los chistes en su propia cabeza, no hace falta que tú se lo cuentes.

Qué putada, por cierto, darle a Cansado un personaje tan rancio.

Sí, sí [risas]. Es que a Cansado, que es la persona más maravillosa del mundo, le costaba mucho ponerse en ese plan tan borde. Pero entendíamos que eso podía ser una broma en sí misma, que él fuera la clase de vecino borde que te da la lata. Pero en las escenas que hacíamos a veces me miraba de una manera que me acojonaba [risas]. Para él era muy incómodo, aun así. En las series estadounidenses o británicas es más normal que alguien se interprete a sí mismo en clave casi de hijo de puta, o dejándole mal. Aquí no es así, aunque a fuerza de la ampliación de la cultura ya empieza a ser más asumible, pero hasta ahora no lo era. En la segunda temporada también hay cameos muy guapos. En la primera temporada, que alguien como Willy Toledo se prestara, con toda su actitud de izquierdas, a interpretarse de esa manera… No es fácil que accedan.

¿Cómo de extraño te resulta interpretarte a ti mismo?

Pues sí es extraño, la verdad. Más raro de lo que podría explicar. Siempre que hacemos los rodajes, es verdad que es muy cansado, pero… ¡yo me acabo sintiendo guay! En el sentido de «joder, ya me conozco un poquito más». Es una terapia, casi, porque estás analizándote todo el rato, y acabas comportándote de una manera muy natural. Reconozco que la serie tiene un tono muy distinto del que tengo arriba de un escenario. Por eso digo que soy muy mal cómico. En el escenario nunca he conseguido tener un tono normal, como soy yo; me he dejado llevar por el nerviosismo, por la ansiedad, comportándome de esa manera no porque lo tuviera premeditado. Por los nervios y la ansiedad me siento indefenso y «ARRGGASD» [interjección: el grito sordo, N. de R.] y palante, para salvar la situación, tirando como pollo sin cabeza. Pero en un entorno más controlado como un rodaje, consigues encauzarlo de manera más natural.

De hecho, el propio «grito sordo» surge de esa misma ansiedad, ¿no? ¿La ansiedad es lo que ha condicionado tus actuaciones, más que la voluntad de hacer reír?

Sí, exactamente, y cada vez me doy más cuenta. Al principio siempre tienes la justificación «no, es que es mi estilo» [risas]. «Es que yo me he inventado esta manera de hacer stand-up comedy». Pero luego te das cuenta de que no, de que realmente son faltas que tienes, que no eres nada guay, y que la única manera que tienes de salir adelante es esa.

¿Y hay un momento en el que te sientes cómodo y las integras, o simplemente no te puedes librar de ellas?

Ya te digo, te acabas conociendo a ti mismo y eso es lo que te ayuda a calmarte. Al principio te sientes más desorientado, pasan los años, y cada vez estás más desorientado a la hora de hacerlo. Hay un momento que ya lo asumes «sé que esto va a pasar. Por lo visto encima de un escenario a mí me da esta mierda». Así que, como sabes que ha sucedido tantas veces, ya lo ves como algo natural. Si te fijas, todo son carencias. Todo lo que acaba siendo un abanderado de lo que se supone que es Ignatius Farray son carencias. Una suma de carencias que ha dibujado un personaje: el grito sordo, chupar pezones… Son cosas que te faltan.

La pasta que has ahorrado en terapia…

Sí, sí, sí. Yo no me quiero imaginar a lo que habría llegado si no llego a tener la comedia. Cuando digo esa frase de «la comedia salvó mi vida» lo digo con mucha convicción. Lo juro. Fíjate que yo soy un tío muy cobarde, y mi primera actitud es «ni de puta coña. Ni de puta coña yo me subo ahí arriba para que me mire todo el mundo». Pero no sé por qué tu vida llega a cierto extremo, y hostia, ahora si no lo hago ya va a ser peor, voy a ser más mierda de tío todavía. Te comprometes a ti mismo, te haces la pinza, y dices «ahora tengo que hacerlo porque sino me voy a sentir más mierda». Y en esa encrucijada, me sale ir para adelante, y lo que sea. Ahora mismo soy incapaz de imaginarme sin que la comedia me hubiera pasado, como oportunidad.

Estudiaste Ciencias de la Información, así que quizás tendríamos a un periodista dando gritos sordos por los platós…

[Risas] Sí, estudie Ciencias de la Información e Imagen y Sonido. Es que joder, podría haber pasado una mierda muy grande, imaginad. Esto me ha servido de terapia totalmente. Si no hubiera sido cómico, no sé por qué siempre me imagino de jardinero, como un jardinero muy loco. El típico que tienes en tu comunidad, pero jodiéndola todo el rato. Un jardinero antisistema.

Wittgenstein, cuando se quedó tarumba, se quiso hacer monje. Se fue a una comunidad de benedictinos, pero viendo que estaba muy para allá, le dijeron: «Mira, los hábitos no te los vamos a dar, pero puedes cuidar las rosas». Y después del trauma de la Primera Guerra Mundial, ahí se pasó unos años, cortando rosales.

Pues qué historia más bonita. Yo ya te digo, cuando me imagino la historia alternativa de mi vida, digo: jardinero. Ahora diré «jardinero como Wittgenstein». La vida es así, vas encontrando cosas en las que te ves reflejado, y las incorporas como una justificación. Lo de chupar pezones, por ejemplo. Hace poco me enteré de que en la antigua Irlanda era un rito celta de coronación. Si lo buscas en Google: «chupar pezones cultura celta» o algo así, lo verás. Se ha descubierto que en las colonias celtas, cuando alguien iba a ser rey, el rito de coronación consistía en que sus inmediatos súbditos le chupaban el pezón. Hasta el punto de que se han encontrado restos de gente con los pezones amputados, y eso, según los antropólogos, significa que eran gente que la habían liado mucho y…

No me lo creo.

¡Que sí, búscalo! Los que los tenían amputados era por la que habían liado, para que la sociedad descartara que pudieran llegar a ser rey. «Los pezones no te lo vamos a chupar», querrían decir. Así que ahí yo me amparo para decir, cuando chupo pezones, que en realidad el soberano es el público. De alguna manera todo acaba encajando.

Esto es una tendencia que viene de la música jazz e incluso de la literatura beatnik. Ellos son los primeros que incorporan el error, diciendo que equivocarse no tiene nada de malo. Si das una nota mala, lo único que va a hacer es que te apoyes en la siguiente, pero vas a seguir construyendo igualmente. Son gente que en su arte incorporan el error. Así que cuando cuentas historias siempre encuentras una cosa o la otra para que te justifique: «No estaba yo tan equivocado con chupar pezones». O lo que sea. Y al hablar, un cómico del stand-up, utiliza esa técnica de hablar y hablar, porque te vas a equivocar. Pero cuando lo haces, siempre encuentras otra manera de decir lo que querías decir. Y al final construyes un discurso igualmente, que no tienes por qué soltar del tirón, perfecto. Es una manera igualmente válida de construir. Por eso desde el mundo teatral del monólogo cómico, donde todo lo tienen más cuadrado, es más difícil incorporarse a la técnica del error y la improvisación.

Y hablando de ese mundo del monólogo teatral, tipo Club de la comedia, más guionizado. Podría pensarse que es una fórmula agotada, la de seguir con el rollo «el otro día iba en el autobús y mi novia me dijo…», un formato inalterable, más monótono. Pero la realidad es que eso sigue funcionando.

Sí, pero si te das cuenta, la gente que estaba más a tope con ello, consideran la etapa dorada de El Club de la comedia, la del principio. Cuando era una cosa que sorprendía y quedaba fresca. Es verdad que sigue siendo un producto que se puede vender, pero su frescura, si somos sinceros, la ha perdido. Mucha gente que vio comedia ahí la ha empezado a buscar ya en otros sitios.

Como ya has dicho, defiendes la existencia de esa «comedia estándar» para que podáis existir vosotros. Es decir, ¿tiene que existir Pablo Motos para que podáis existir vosotros? ¿Es REALMENTE necesario ?

Claro.

Pues joder.

Ya, ya, es un sacrificio muy fuerte [risas]. No es que tenga que existir una cosa para que la otra suceda, pero inevitablemente acaba siendo así. De los quince años que llevamos en España con la stand-up comedy, realmente estamos cubriendo los pasos naturales que se han dado en Estados Unidos y en otros sitios. Por ejemplo, una estrella de cine como Dani Rovira es alguien que surgió haciendo stand-up con nosotros. Eso es una prueba objetiva de que está funcionando, porque está cubriendo todos esos aspectos, de una manera natural. Y no solo Rovira, que es el caso más llamativo. Muchos de nosotros estamos haciendo programas de radio en la Cadena SER, o Joaquín Reyes o Ernesto Sevilla, que empezaron en La Hora Chanante, ahora están en prime time y lo petan. Vamos cubriendo todo lo que la industria del espectáculo necesita. Gente que empezó de una manera muy alocada, actuando en bares, está cubriendo todo lo que la industria necesita. Aunque siempre hay cosas como La que se avecina, también [risas].

Dijiste una vez que ibas a hacerte una camiseta que rezara «Ya no hay Moranco bueno», porque ya son solo un espejismo, y somos incapaces de dilucidar qué bueno había en ello…

[Risas] Sí, sí. Es que ya no lo hay.

Pero tú no atacas frontalmente a ese tipo de comedia, no crees que exista una lucha.

Al contrario, si es que somos compañeros. Cuando digo que una cosa es alternativa a la otra, no lo digo de un modo hostil. Somos compañeros porque en el fondo entre nosotros tenemos más cosas que ver que con un grupo como León Benavente, por muy indie y alternativa que sea su música. Lo que hacemos es lo que hacemos. Me siento más próximo a Arévalo que al cantante de León Benavente o Lori Meyers [risas]. Por otro lado, también te digo otra cosa: la conexión entre la música indie y la comedia en España es mucho mayor de lo que se piensa. Gente como Ernesto y Joaquín son muy fans de estos grupos, y muchas bandas acaban teniendo de referencia a cómicos como ellos. Cuando nos encontramos tenemos sintonía personal a tope. Yo en el SOS una vez me puse muy borracho y le terminé tirando minis al cantante de León Benavente. En plan Arévalo. Luego me sentí muy avergonzado.

¿Fuiste a confesarle que eras tú el que tiraba minis al escenario?

Qué va, él ya lo sabía. Se daba cuenta de quién le estaba tirando los putos minis y estaba aguantando como un campeón. Años después, a través de una amiga nos saludamos, porque nos encontramos por el barrio, y de una manera natural nos sentimos conectados. Pero eso es a nivel personal. Pero por oficio, por supuesto que yo tengo más cosas que ver con Arévalo.

Ya que hablas del indie. Una vez dijiste «mis cojones se llaman Belle & Sebastian» y luego pediste perdón. ¿Por qué?

¿Pedí perdón?

Sí, remarcando «eh, que era bromi».

Pues era un titular cojonudo, no me acordaba: «Mis cojones se llaman Belle & Sebastian», una pena que me retractara. Os lo dejo poner de titular. Otra cosa que quería decir al respecto de la música indie y la comedia. En Estados Unidos y Reino Unido el stand-up surge de una manera contestataria, y después surge el mainstream. Pero justo un poco después surge también una conexión muy grande con el indie. En Estados Unidos sucede en los noventa, cuando muchos cómicos como David Cross empiezan a actuar en salas indie, rockeras… Y este fenómeno se empezó a dar porque había una conexión natural. A muchos seguidores de esas bandas estos eran los cómicos que les molaban, y a los productores les pareció una buena idea combinarlo. En el mundo inglés sucedió igual, incluso con Belle & Sebastian, que el mismo Daniel Kitson se declara superfan. Y claramente comparten el mismo público.

Y en España pasa parecido. A mí me ocurrió gracias a la que era mi pareja, Irene Serrano, de las Despechadas Pinchadiscos, que suelen actuar mucho en ese ambiente. Empezó a ser mi representante y mánager, y pensamos que podríamos abrir un circuito que no existía todavía. Inspirados por el tema del indie y de la comedia, Irene me proponía para actuar no en sitios del circuito de la comedia, sino en salas. El Planta Baja en Granada, el Jimmy Jazz en Vitoria… Sitios que nunca habían programado a cómicos. De repente tenía la suerte de que me conocían por La Hora Chanante, y acabaron siendo los lugares en los que me he encontrado más guay actuando para esa gente. Empezamos a abrir ese circuito que ya existe de una manera natural, porque el público es el mismo. Los que van a esas salas no van a ver a un cómico más estándar de El Club de la comedia, pero a otros como yo, sí. Miguel Noguera en ese sentido es un fenómeno, porque abre un camino completamente al margen de lo que había. Y el público que le va a ver es ese público, el «moderneo».

Pero tú te rebelas mucho con que te encasillen ahí, ¿no? Dices eso de «no, si yo no soy moderno, yo ya llevaba barbas y camisas de flores antes».

[Risas] Sí, sí, digo que «el primer hipster del mundo fue un chavalito miope y gordo de Canarias». Hay muchas cosas paradójicas ahí. Porque mucha gente sigue esa moda por postureo, y a ciertas personas eso les molesta un poco. Es la lucha del quién llegó primero. Es normal que nos rebelemos un poco cuando sientes que te están copiando…

Nadie quiere ser parte del rebaño.

Sí, eso. Pero ese público en concreto creo que era gente que en su momento les podía gustar El Club de la comedia y con el tiempo se fueron desencantando y llegaron ahí. Mucha gente que se desconectó acabaron encontrando a otros cómicos.

En La vida moderna estáis integrando a gente como Andrea Levy o el propio Arévalo. ¿Qué tal llevas esto de integrar a gente que parece tan lejos de tus intereses?

Pues ha salido como algo supernatural, no ha sido buscado. Entre Quequé y David Broncano y yo hay una gran complicidad, y somos de izquierdas, claramente. Pero pienso que tampoco hay por qué hacer de eso algo más, ¡bastantes cosas políticas soltamos en el programa! Pero de repente surge gente como Andrea Levy , que nos decía por Twitter que a ver cuándo la llevábamos al programa. Y nosotros unas semanas antes habíamos hecho la broma de «¡que venga un facha!» y joder, pues de puta madre [risas]. Fue ella la que nos tiró los trastos. Lo mismo pasó con Arévalo, que fue él quien nos lo pidió.

¿Y Bertín Osborne? ¿Cuándo? ¿O eso es la última frontera?

Hostias, Bertín. Sería muy grande. Tenemos una sorpresa que estamos preparando con alguien de izquierdas que va a entrar haciendo una cosa que… No os la puedo contar. Pero si sale, ya te aseguro que va a ser un puto bombazo.

¿Pedro Sánchez?

No lo puedo decir.

Bueno, Pedro Sánchez no, que has dicho de izquierdas y saldría «haciendo cosas».

[Risas] No me insistáis. Solo os digo que es una locura que se nos ocurrió en un coche, y como surja, va a ser la bomba. Pero os vais a acordar. No va a pasar desapercibido.

No sería la primera cosa que hacéis en plan destroyer. Como lo de hacer el programa de la radio desde el Valle de los Caídos….

El encanto del programa es que en ningún momento ninguno de los tres hemos tenido un objetivo. Nunca hemos dicho «vamos a hacer esto», han sido todo coñas que surgen de la manera más arrastrada, y decimos «pues no hay cojones». Eso surgió un día tomando una cerveza y que dijimos «no hay huevos de ir al Valle de los Caídos y hacer el programa desde ahí». Acaba enredándose todo y acaba saliendo, pero premeditadamente no queremos tener ningún tipo de tono concreto. Es como una bola de nieve que va rodando. Surge como una parida y de repente te lías, y lo haces.

De hecho hacéis mucho humor con eso de «espero que nadie de la SER esté escuchando esto».

Sí, de alguna manera hemos conseguido el equilibrio perfecto entre el underground chungo, que todo el mundo sabe que ahí hay alguien haciendo eso, pero no es muy notorio. Si diéramos más la nota nos cortan el cuello. Pero lo hacemos todo en una epidermis muy concreta. Y nosotros lo flipamos. Solemos decir «menuda burrada hemos dicho hoy en el programa».

Si fuéramos un programa más objetivamente político no podríamos soltar ciertas cosas. Pero con la tontería puedes hacerlo. Somos tres tontos, ahí soltando historias, cuelas un comentario político de lo más alocado u ofensivo, y lo cuelas. Porque son tres tontos contando sus historias. Imagínate alguien en un programa político soltando esas cosas, pasaría a estar en el foco.

Hay una coña que haces en el programa, que ya hacías antes en el stand-up, la de «Hitler y Pau Donés, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre al otro». ¿No cambia nada el hecho de que, diciéndola en una radio como la SER, es probable que el propio Pau Donés lo escuche?

Pues posiblemente lo escuchó, sí. Lo conté en la radio, así que si no se había enterado de que era yo… Aunque yo con Pau Donés no he tenido ningún problema. Lo que me pasa es que soy muy alocado y no soy nada sensato. Lo suelto y después no disfruto nada de ello, te juro que lo que pienso a continuación es «mierda, por qué tuve que decir esto, no quiero que esta persona se sienta ofendida…» pero en ese momento se te ocurre la gracia, te vienes arriba… Y no lo hago con ningún tipo de ambición. Pero en caliente, surge, y palante. No es un «voy a por ti». Es verdad que ahora hay más probabilidades de que se enteren, pero yo qué sé.

Melendi, por ejemplo, va contando por ahí que yo le costé un divorcio. Cuando empecé a actuar, hace muchos años, actuaba también en el Rincón del Arte Nuevo, en la calle Segovia. Un sitio mítico que se ha conservado desde los ochenta, donde también actuaban Faemino y Cansado, Pedro Reyes y toda esta gente. Pues actuaba los viernes a las cinco de la mañana, el horario más after en el que he actuado en mi vida. Una locura. De repente un día entró Melendi, y yo estaba en el escenario a esas horas superborracho, y cuando lo veo entrando con una chica empiezo a bromear: «Joder, una estrella como tú aquí, con el pibón que se encuentra, no se qué. Seguro que te la has ligado esta misma noche…». Pues se ve que era su pareja, y eso fue la gota que colmó el vaso, porque ya tendría más discusiones o lo que sea. Y me he enterado a posteriori de que Melendi se acabó separando de esta mujer y que él va contando la historia de que fue mi culpa. Como que todo fue por aquella noche donde ella le dijo «hasta aquí».

Tienes una oportunidad de oro para, solemnemente, aclarar las cosas.

«Nunca fue mi intención provocar el divorcio de Melendi» [risas]. Aunque la que más ha trascendido en este sentido fue la de Juan Echanove, sobre todo porque se le dio muchas vueltas. Si yo hubiera dicho eso y ahí quedara, pues mira. Pero claro, al responder él, se fueron juntando muchas cosas que lo hicieron la bola más grande.

¿Cuánto ha durado esta polémica? Porque da la sensación de que se alargó muchísimo…

Mucho. Pero os voy a contar algo nuevo, que quizás no sepáis. Por esa época estuve programado en un teatro, en el Bellas Artes de Madrid. Tenía cuatro fechas y solo me dieron dos, me llamaron y me dijeron que suspendíamos. Y dije que perfecto. Pero de rebote me enteré de que Echanove es socio del teatro, y habían pedido que me echaran. Por mí perfecto, no soy un tío rencoroso ni nada. Qué gracia, qué guay. Son cosas que me resbalan. Como me hacía gracia la historia, la empecé a contar en los shows, y de repente una pareja en el Beer Station levanta la mano para hablar. Cuentan que ellos habían comprado la entrada para esos shows que finalmente se suspendieron, y les pregunto: «¿Qué os dijeron cuando llegasteis a la taquilla del Bellas Artes?». Y me responde «nos dijeron que Juan Echanove te había echado» [risas]. El propio taquillero que estaba en la ventanilla se lo contaba la peña, en lugar de inventarse una historia tipo «por motivos personales».

¿Pero no te llama la atención que un señor que pertenece a un circuito asentado se violente tanto por una cosa así? Porque tú mismo has dicho que como aquello era tan abiertamente exagerado, tenías la esperanza de que nadie se lo tomase en serio.

Claro. Por supuesto reconozco que llamar a una persona «hija de puta» sin conocerla es muy injusto. Pero pensaba que la gracia, precisamente, era esa. Era tan obvio… ¡En los tuits anteriores acababa de llamar hijo de puta a Leonard Cohen! Pensé que se iba a entender, pero no. Para mí la gracia es que había una ironía muy injusta, obviamente, y que era una sobrada fuera de lugar. Si alguien que tú conoces te insulta públicamente, se entiende que tiene que tener sus razones. Pero si alguien que no te conoce te insulta así… Y yo no tuve problema en pedir perdón. A mí me molesta mucho que una persona se sienta incómoda, y si pidiéndole perdón puedo arreglarlo un poquito, pues perfecto. No tengo ninguna intención de ser provocador, y transgresor sí, pero en otros sentidos. En el sentido de provocar y pasarme de la raya, no. Si una persona se siente incómoda y triste por algo que yo he dicho, te lo juro que no me siento bien para nada. Pero yo ahí ni pensaba que leería el tuit. Pasaron meses, y alguien después de una actuación me dijo que Echanove me había respondido. Y ni me había enterado.

En realidad lo más gracioso del asunto fue que Echanove habló de ti diciendo que eras «un cobarde que se escondía detrás de un avatar». Y en realidad no era un avatar… era una foto tuya.

[Risas] Sí, sí. Yo no digo que los cómicos no puedan meter la pata, por supuesto que sí. Por eso pienso que la comedia tiene límites, claro que sí. Por eso la comedia es un arte, porque tienes que caminar en ese equilibrio. Un cómico se puede pasar de la raya y meter la pata, pero pienso que en esto en concreto no era el caso. Todavía pienso que decir a alguien que no conozco «hijo de puta» no es ofensivo, y esto fue hace años. A lo mejor en la Cadena SER no lo habría dicho ni de coña. Yo era un tío que estaba intentando hacer comedia, medio borracho en su casa y escribí  en Twitter: «Juan Echanove, hijo de puta». Pues vale.

Cada vez que hay un pequeño follón como esto, surge el mismo (y cansino) debate sobre los límites del humor. ¿Esto lleva a alguna parte? Porque parecemos atorados.

Sí, sí, es agotador. Se convierte en un cliché. Pero personalmente creo que hay límites, insisto. Un cómico puede meter la pata y ser muy desagradable y muy injusto con alguien, yo mismo lo he hecho muchas veces. No sabes la cantidad de gente inocente que un cómico ha tenido que ofender injustamente para aprender a medir eso.

¿Eso te ha ocurrido? ¿Te has disculpado alguna vez con alguien del público?

Ahora mismo no recuerdo ningún caso. Pero vamos, si no me he disculpado en persona durante la actuación, sí que ha habido muchas veces que después del show la he buscado para pedirle perdón. Y cuando ya no está en la sala me he sentido muy mal. La comedia tiene que ser conciliadora. Lo que decía George Carlin es que un cómico tiene el privilegio, pero también el deber de pasarse de la raya. El equilibrio está en caminar por este límite.

Sobre el tema de la comedia y las mujeres. O las mujeres en las comedia. Cuando te han preguntado sobre el tema de por qué hay tan pocas en escena, no te has sumado a la opinión biempensante y condescendiente. Tienes una explicación que va un paso más allá, y dices que a la mujer se la trata peor en este círculo.

Sí, lamentablemente la mujer en la comedia lo tiene mucho más difícil, igual que en otros muchos campos profesionales. Eso funciona así, y es lamentable. Es verdad que hay cómicas geniales, y ahora mismo en España ha destacado mucho Patricia Sornosa por su tono feminista y también hay otras chicas como Valeria Ros, que son una pasada también. En el Picnic nos solemos juntar y no sabes cómo lo petan. Uno echa de menos que no haya más mujeres en la comedia.

Pero es verdad que a la hora de hacer un programa cómico, tienes la sensación de que si hay una mujer entre el grupo está ahí no con un papel protagonista que merecería, sino para «cubrir el cupo». Como decir «mira qué guays somos que integramos mujeres». Notar eso siendo mujer tiene que ser horrible y muy jodido.

Por otro lado también pienso una cosa, y no sé cómo va a quedar. En mi experiencia, las personas más graciosas que conozco son mujeres. A nivel personal e íntimo. Pero pienso que para muchas que son tan graciosas no es un reto tener que hacer eso en público. Hay muchas mujeres que tienen esa seguridad, y a lo mejor un tío no. A lo mejor alguien como yo es todo lo contrario, que a la gente con la que hablo íntimamente no puedo hacerles sentir que soy gracioso, y por eso me subo a un escenario para que todo el mundo vea que soy capaz de hacer reír. Te lo tomas como un reto. Porque en el fondo, hacer reír es un poder y eso da un estatus. Y quizás hay muchas chicas que ni se lo plantean. Entiendo que mi pensamiento es sexista, pero no machista. Pienso que una mujer, por su manera de ser, tiene más sentido de la intimidad que un hombre. Una mujer valora más los momentos íntimos que un hombre, para ella es más guay ser graciosa a un nivel íntimo y para un hombre lo es ser gracioso en público. Es una sensación que tengo.

Esta es mi explicación un poco a bote pronto, pero sinceramente echo de menos más mujeres en la comedia. A mí me molesta mucho cuando hay cómicos que dicen eso de que vosotras no os lo curráis, porque me parece injusto. Una chica lo intenta con las mismas fuerzas que un chico. Pero reconozco que es más complicado, porque existen muchos clichés por medio. Cuando sale una chica al escenario hay muchos matices que no existen cuando sube un chico, y se le pone más difícil. Y eso es injusto. Me da rabia que cuando las chicas se proponen ser cómicas no tengan las mismas facilidades que un chico.


Editar en tiempos revueltos: La Felguera

Vándalos, verdugos, asesinos en serie, ladrones de cadáveres. Revolucionarios anarquistas, grupos paramilitares de la Iglesia, pseudociencia nazi, punk extremo y un millón más de cosas bonitas. Si ninguna de ellas activa el resorte cerebral que conecta estos asuntos con la editorial La Felguera es que lleva usted dos décadas transitando por los senderos más plácidos de la cultura. En 1996, mientras moría el felipismo, se fundó el Colectivo de Trabajadores Culturales que le robó el nombre a la fantasía de comunismo libertario de la cuenca minera asturiana, y que más tarde acabaría convertida en una editorial. O haciéndonos creer que lo es.

Nos reunimos en las sombras con Servando Rocha y Beatriz Egea, que comandan la sociedad secreta bajo disfraz editorial. Nos acompaña en la inofensiva charla Javier Lucini, disfrazado a su vez de beatnik. Una de esas charlas luminosas que alternaron los brindis con tacitas de Mr. Wonderful y las citas de Paulo Coelho.  

¿Exponente de contracultura, subcultura? ¿Cómo lleváis lo de las etiquetas?

Servando Rocha: Bueno, hay una parte de teoría en todo ello, porque está claro que venimos de la subcultura y la contracultura, aunque sean cosas distintas. Pero es algo que no meditamos, porque aunque suene forzado nuestra línea la marca lo que sale solo, sin meditarlo. En esto, como en tantas otras cosas de la vida, hay que tener una cierta inconsciencia, ese mirar y no mirar. Hay un poema muy guay de Walt Whitman en Hojas de hierba, en el que dice eso de que le preocupa el amor, el dinero, la enfermedad… Pero cuando termina de enumerar esas penalidades que todos tenemos, dice: «Pero yo no soy eso». Afirma que ante ese tipo de situaciones mira de soslayo, mira y no mira.

Por eso creo que si somos cultura o si somos contracultura es importante pero no tiene ningún tipo de importancia. Nos gustan cosas que para gente más militante pueden parecer atroces o muy heterodoxas, y a la gente más heterodoxa le podemos parecer un hatajo de radicales. En el fondo no hay ningún plan: a nosotros nos gustaría comprarles nuestros libros a otros. Seríamos superfans de esa gente que publicase lo que publicamos, por eso no tiene ningún tipo de importancia el tema de las etiquetas. Y además, ¿qué es contracultura hoy en día? Hay una frase que es buenísima: «No se puede ser rebelde cuando la rebelión es la norma». Es necesario rebelarse, obviamente, porque aunque sepamos que todo va a acabar mal, como posiblemente suceda, nuestra naturaleza es continuar. Aunque nos digan que este barco va a acabar fatal, te tiras. Creo que no hay que darle demasiada importancia a todo eso. Pero al mismo tiempo, hay que ser honestos y sabemos el territorio que pisamos.

Beatriz Egea: Sí, ahí hay algo, llámalo como quieras, «línea editorial» o «camino» que sí existe. Pero no pensamos demasiado en ello. Nos llegan ciertas cosas y las publicamos, investigamos sobre asuntos que nos interesan y armamos libros de la nada, o pensamos: «Vamos a por este autor». Hay un plan, que al mismo tiempo es un no-plan. Tenemos un montón de cosas girando a nuestro alrededor y realmente no tenemos un plan de qué vamos a hacer a largo plazo. Todo se va recolocando.

Javier Lucini: Yo creo que vosotros habéis llegado a un punto en el que si mañana os diera por publicar esto [coge una revista al azar] dirían que es contracultural.

S. R.: Exacto. Pienso que las cosas que publicamos parten del fanatismo y la obsesión. Nosotros somos fans de muchas cosas: del rock & roll, de gran parte del cine, de gran parte de la literatura… Y si unes todo eso en algo, puedes ver cuál es la historia de los últimos años de nuestra vida. No es como cuando Facebook te hace esa cosa atroz de «los recuerdos del año». ¡El otro día me puso que tenía que celebrar un año de amistad con mi madre! [Risas].

Habéis contado muchas veces los inicios de La Felguera, del Colectivo de Trabajadores Culturales original que empezó todo, pero ¿no quedan aún muchas anécdotas por contar de aquello? ¿O es que no se pueden contar?

S. R.: Muchas no se pueden contar, no te lo voy a negar… [Risas].

¿Os las estáis reservando para un libro?

S. R.: Pues se ha pensado en sacarlo, sí.

B. E.: Servan es el adecuado para contar todo aquello, porque La Felguera nace hace veinte años como algo diferente, como otra historia. De hecho ha pasado por diferentes momentos y ha sido diferentes cosas hasta establecerse como editorial y sociedad secreta, que es lo más reciente. Yo entro a formar parte ahí, cuando nuestras vidas se cruzan. Pero claro, el origen y toda esa historia de La Felguera como fanzine, como Colectivo de Trabajadores Culturales… Yo a La Felguera la conozco como revista y como editorial cuando comienza a editar libros, y también por Los días de furia.

S. R.: ¡Pero no nombres eso!

B. E.: ¡Pero es que es así! Un libro que ya está descatalogado sobre la historia de los black panters y todo eso… Lo descubrí en el Rastro, lo leo y me parece muy interesante (aunque también me vuela la cabeza) y desde entonces han pasado no sé cuántos años ya.

S. R.: Muchos. No sé quién gobernaba ahí… ¿Aznar?

El título Los días de furia lo pide, desde luego.  

S. R.: Sí. Es curioso, porque después, en 2011, se soñaba con una organización que en cierto modo ya existía entonces. Éramos un colectivo de trabajadores culturales y había una persona en Barcelona, otra en Bilbao, otra en Berlín…

¿Cuántos erais?

S. R.: Muchísimos… aparentemente [risas]. A ver, había una persona en Berlín, pero había un comité en Berlín. ¿Quién dice que una persona no puede ser un comité? Todos esos saberes que existían en esa etapa de La Felguera no tenían ningún plan, que es lo que la gente valora. Mira, en la presentación de Fuera de la ley hace unas semanas, vinieron quinientas o seiscientas personas e hicimos la ruta nocturna por los bajos fondos del antiguo Madrid, muchos nos decían: «¿Pero cómo tanta gente?». Pues yo creo que es lo normal, porque cuando les invitas a jugar y ven que el juego es honesto, que no hay dobleces ni es una estrategia publicitaria, responden. Nosotros vivimos de ello, evidentemente, pero las cosas que hacemos no han cambiado tanto. Creo que toda esa historia nuestra que tiene que ver más con la guerrilla cultural y las vanguardias artísticas, la política y el arte unidos, con dadá, con los situacionistas…. Todo eso se sigue viendo, y esa comunidad que sigue a nuestro alrededor también se identifica con eso. Nosotros sabemos qué territorio pisamos. Tratamos de ser poco excluyentes.

Es cierto que muchas de las acciones que llevamos a cabo en La Felguera no se pueden contar, pero llegó un momento en el que había como mucha gente y a todo el mundo le parecía guay, sobre todo a gente del mundo del arte, cuando lo que hacíamos era una crítica muy radical a ese mundo del arte. Luego cambian los tiempos y vas cambiando tú también, y eso va teniendo claroscuros. Todo eso salía de forma honesta. Todos esos saberes nunca pensamos que los pudiéramos aplicar a La Felguera. Lo que hacemos y cómo nos comunicamos, el carácter ese de sociedad secreta, lo mantenemos. Aunque creo que es algo que está en todas las editoriales, ¿no? Esa idea de secreto, de dirigirnos hacia minorías, que pueden ser grandes o pequeñas, pero son minorías cada vez más fieles. Y es cierto que siempre hemos pensado que todo eso debería acabar en un libro, porque además hay mogollón de material gráfico de entonces, de carteles y mil cosas. Fueron muchos años e hicimos tantas acciones que a veces pienso: ¿dónde acabó aquella iniciativa en concreto?

¿En cuál estás pensando?

S. R.: Pues mira, hay una que ahora quiere hacer no sé quién, y nosotros lo intentamos también en su día. Quisimos hacer un libro escrito por muchas manos. El proyecto empezaba con una frase, que iba dentro de unos papeles muy chulos, que se enviaban a otra persona, con unas instrucciones. Ella o él añadían la siguiente frase, o un objeto concreto. Las instrucciones ya especificaban que el objeto no fuera muy pesado, para que a las cuarenta frases aquello no superara los ochenta kilos [risas]. Y nos llegaron noticias de que el libro había llegado hasta Inglaterra. Y te estoy hablando de hace una década.

¿No sabéis dónde quedó, dónde se rompió la cadena?

S. R.: No. Pero el otro día leí que había alguien montando algo parecido, de libros colectivos. Nosotros hicimos un montón de historias más, algunas con más repercusión y otras con menos.

Algunas, incluso, llegaron a la prensa, como la deriva por el subsuelo oculto que acabó con Lavapiés tomado por los antidisturbios, ¿no?

S. R.: Aquello fue la leche. La policía del subsuelo saliendo de las alcantarillas, fue un hito. Luego hubo quien lo intentó repetir, pero si lo planificas no sale. Pero si sumas una serie de cosas, y sumas cierta inconsciencia… Es como cuando tienes miedo a la oscuridad, para curarlo no tienes que pensarlo mucho, tienes que salir ahí y ver qué pasa. Hubo otra que también tuvo mucho eco, cuando llevamos los hombres lobo a la puerta del Congreso de los Diputados.

¿Qué decían aquellos carteles que llevaban?

S. R.: «Yo también soy un antisistema». Por eso digo que molaría hacer un libro de algunas de ellas, pero nunca sacamos el tiempo suficiente.

Y por aquel entonces, ¿contemplabais la posibilidad de acabar albergando una editorial bajo el Colectivo? ¿Siempre estuvo ese interés ahí, o surgió con el paso del tiempo?

B. E.: Nunca fue un plan. Llegó un momento en el que pensamos que nos apetecía más editar y fuimos a ello. Había ciertos proyectos que nos apetecían…

S. R.: Tuvimos que resolver ciertas cosas en medio, también es cierto. Fundamentalmente la distribución, porque veníamos de un medio muy militante. Fue una suma de cosas, porque durante esos años empiezas a relacionarte con otro tipo de historias. Por entonces tenía un grupo que se llamaba Muletrain y para mí fue muy importante, porque fue volver un poco al origen de todas las cosas. Yo era una persona hiperpolitizada, que venía del hardcore y siempre iba con el dedo así, señalando. Volver un poco al rock & roll, a esa escena totalmente incorrecta, donde estás rodeado de gente muy auténtica y que al mismo tiempo tampoco están midiendo todas las palabras que dicen. Igual que hoy en día nos reconocemos todavía en ese mundo, durante esos años sí que fuimos metiéndonos en historias que tenían que ver con cosas no tan ortodoxas.

Lo último que publicáis como colectivo y que da paso a la editorial es Las interzonas anarquistas. ¿Ese es formalmente el inicio de la editorial?

S. R.: No, por entonces ya habíamos publicado cuatro o cinco libros.

B. E.: Pero sí hay un momento en el que se materializa todo, con el comunicado de la disolución de La Felguera como Colectivo de Trabajadores Culturales y el nuevo comienzo, la nueva era, de la sociedad secreta.

S. R.: Todo muy pomposo, como debe ser.

B. E.: Y siguiendo un poco con el juego, también. Hay un vídeo por ahí de un señor encapuchado…

S. R.: Con un helicóptero sobrevolando. Es un vídeo importante porque marca la disolución y aparece una foto de William Burroughs, y se quema el comunicado.

Eso es el año 2011, inicio del 15-M. ¿Qué vinculación hay con el movimiento?

B. E.: No, ninguna, ninguna.

S. R.: Sí que es cierto que cuando La Felguera se disuelve como colectivo, la gente que lo formamos en ese momento pensamos que era una manera un poco de engañar a la gente. A ver: los cambios no se hacen escribiendo comunicados, los cambios, desafortunadamente, son más lentos, requieren un trabajo que está en la calle, que es el boca a boca, no se trata de un botón en la red, darle al «me gusta». No haciendo un change.org. O no necesariamente. Se necesitan otro tipo de cosas. Por eso es cierto que en esa época nos disolvemos y entramos en una iniciativa muy bonita que duró muy poco tiempo, que se llamó «lnstituto del tiempo» donde participó mucha gente, y en ese momento está ya justo el inicio del 15-M, aunque empezamos antes. Nosotros empezamos a reunirnos y enterramos una cápsula del tiempo en el parque del Casino, que debe de estar todavía ahí, donde la gente dejó las cosas que pertenecían al viejo mundo: una navaja, un carnet de la CNT… Y manejábamos la idea de volver a lo básico, al colectivo hipervariado pero muy sano, sin sindicatos, sin partidos, algo muy de base y de ir poco a poco, de trabajo de hormiguitas. En ese momento promovemos nosotros, junto con otra gente, los bloques libertarios que acabaron teniendo presencia en la manifestación del 15 de mayo del 2011. Nuestra vinculación viene un poco por ahí. Y también que uno de los que detuvieron era también de La Felguera… Pero con esto no estoy diciendo que nosotros hayamos incitado al 15-M, ¿eh? Solo que nosotros estuvimos ahí nuestra historia.

Sí, porque no queda prácticamente nadie que no fuera el «incitador» de aquello…

S. R.: Exacto. Es como el concierto de Mánchester, que todos estuvieron allí, y en realidad eran setenta personas. Y dices, ¡madre mía! Pero bueno, el que vivía en Madrid estaba en aquello. Es como si hubiéramos estado en París en el 68, ¿dónde habríamos estado? ¿tocando la pandereta por ahí o en el 67 sede de Charles Manson de la Iglesia del Juicio Final? Lo que quiero decir es que en el 15 de mayo de 2011 en Madrid todo el mundo estuvo implicado, prácticamente. Yo tuve mucho trabajo, porque como abogado que era y sigo siendo, entonces defendía a un narcotraficante. Le pedían dieciocho años de prisión en la Audiencia Nacional, lo iban a juzgar, y no sé qué pasó con el abogado que me dieron un procedimiento que tenía cerca de cuarenta mil páginas. Tenía una semana para prepararme el caso del narcotraficante, y era la primera semana del 15-M. Así que viví muchas veces las asambleas desde el despacho que tenía en la calle Arenal, que se escuchaba todo. No tenía otro remedio que estar con el juicio…

¿Ahora sigues trabajando como abogado?

S. R.: Sí, aunque llevo muy poquitas cosas, sobre todo cosas de derechos de autor y de propiedad intelectual, también llevo el caso de Pablo Und Destruktion… Aunque bajo mínimos, porque no hay tiempo material.

¿Hay algún libro, de los primeros, que marcara un punto y aparte? ¿Con el que dijerais: «Hostia, esto va en serio, llevamos una editorial»?

B. G.: Yo creo que hay diferentes momentos. Primero La Felguera edita libros más relacionados con la contracultura, anglosajona principalmente, movimientos políticos… Luego se crea una colección que sí que es un punto y aparte: Zodíaco Negro. Aparecen dos libros en principio, que son tres, el libro de Jim Jones, el de Patty Hearst, y La Iglesia del Juicio Final y El Proceso. Eso sí es un cambio, porque de sacar un libro como Motherfuckers!, los textos de King Mob o Historia de un incendio, etc, de repente, ¡zas! Obviamente el sector un poco más politizado…

S. R.: Una colección más vinculada al ocultismo, a los fenómenos culturales extremos. Por eso mucha gente nos dijo que si habíamos perdido la cabeza…

B. E.: La ortodoxia es que es así. Pero seguidamente hay un momento muy clave, que es cuando aparece La facción caníbal, el libro de Servan que con el boca a boca y el «te lo paso», hizo que mucha gente conociera La Felguera. Cuando en principio había poca difusión, éramos mucho más pequeñitos…

S. R.: De hecho, no teníamos ni distribución comercial. Ahora ya han salido cinco ediciones, pero con la primera ni siquiera teníamos distribución.

B. E.: Ahí fue donde notamos un interés muy grande, y al mismo tiempo la vida te lleva por caminos distintos, empiezan a ocurrirsénos más cosas, empezamos a pensar de manera más seria en editar… Estamos hablando del año 2010-2011. Ese es un punto de inflexión importante, aunque más tarde ya llegó la constitución seria como sociedad secreta. Pero eso es un pequeño cambio que hizo que todo lo demás tuviera sentido, recolocándose y dándonos una dirección.

Y cómo es eso de que una editorial-sociedad secreta, que viene de donde viene, con ese discurso tan trangresor, haya tenido una acogida tan placentera entre la prensa, digamos, «institucionalizada». Porque os tratan bastante bien.

B. E.: Sí, es cierto, pero no sé qué decirte. Tampoco es que estemos en ella todos los días, pero por ejemplo sí hay cosas… La última es una doble página en La Razón de nuestro libro de Fuera de la Ley.

S. R.: ¡Pero es que La Razón está llena de antisistemas! [Risas].

B. E.: ¡Eso desde luego! Pero en los típicos suplementos literarios no solemos aparecer.

S. R.: También pienso que hay algo importante ahí. A la gente le puede parecer bien o mal, pero nosotros no hacemos las cosas exclusivamente para ver esa reacción, aunque sí nos importa. Es como cuando uno escribe, o cuando lo hago yo, siempre hay una persona en la que pienso cuando escribo: «Esto le va a encantar a…». Generalmente a Bea, pero también me digo: «Esto le va a encantar a no sé quién». Cuando estás preparando algo tienes esa perspectiva, pero no puede ser limitante. Por eso hay unos títulos que pueden gustar más a la prensa que otros, pero con los años se ve honestamente el esfuerzo que ponemos en ello. Ponemos empeño en que los libros estén muy cuidados, en la traducción, en la presentación, la imprenta, los materiales… Elegimos cosas que podrían salir más baratas, pero queremos darles un aspecto mejor. Eso se ve en todo, incluso en la calidad o en la rugosidad del papel: quieres que cuando la gente lo toque, piense «Coño, aquí detrás hay seres humanos que quieren editar algo que trascienda a su tiempo».

Ese esfuerzo también lo aprecio incluso en editoriales que me son lejanas. Porque a pesar de que vivimos en una época en la que se vende eso de que las cosas llegan solas, de que te apuntas un programa y das un pelotazo… O el mundo del arte, con esa idea tan falsa de que si publicas con un sello grande ya lo tienes todo hecho, la elevación del escritor, todo ese dinero que uno gana… No se dice la verdad. No se dice que vivimos en pisos pequeños, no se dice que solamente el 0,1% de escritores de este país puede vivir de publicar libros. Son cosas que no se cuentan. Por eso creo que ver nuestros libros, el esfuerzo detrás de ellos, cuenta mucho entre la gente de los medios. Y lo aprecia. Podrá gustar o no gustarle, y reseñarlo o no reseñarlo, pero no vienen a por nosotros. Que también estaría bien, ¿eh?

Hablando de la crítica, creo que en España la profesión de crítico nunca ha existido de verdad, a diferencia de otros países. En Inglaterra tienen hasta una disciplina en las universidades que se llama sociology deviance, sociología de la desviación. Aquí nosotros tenemos gente que ha ido escribiendo sobre eso, no solo yo, porque décadas antes por supuesto hay muchos más, pero creo que en España no nos hemos querido tanto a nosotros mismos ni hemos protegido ese pequeño ecosistema. Y por eso la crítica cultural casi no existe. Al menos en mi opinión. La crítica musical es bastante inexistente salvo excepciones, algunos de ellos nuestros amigos, que sí valen la pena. Pero sí que existe esa actitud de «yo no hago nada, pero cuando lo hace otro, reacciono para mal». Pasa igual con los títulos, por ejemplo. Nosotros hemos escrito a otra editorial —no vamos a decir su nombre— para que nos pasase el contacto literario de un tipo americano que nos interesaba, y nos respondieron a los tres minutos diciendo «no te puedo dar el nombre del agente porque nuestros intereses pueden ser contrarios». Joder, pones el nombre en Google y el contacto aparece…. Es de ser tonto pensar que estamos aquí para pisarnos. Es absurdo. Yo lo que quiero es que la gente publique bien de una vez a Nick Cohn, o todo en español de Greil Marcus, yo qué sé.

J. L.: Es un mezquinismo que abunda mucho en este sector, lo confirmo. El otro día estaba con Rafa, de Valdemar, y de repente surgió el tema de qué libros íbamos a sacar. «Voy a sacar de este autor», nos decimos. «Sí, ¿cuál?», te preguntan, y bien. Pero en otros casos se crea ahí un silencio extraño, y mira que somos colegas y no es para pisarnos, pero hay algo ahí muy chungo…

S. R.: Es que es una pasada lo que está ocurriendo en España con las editoriales. Hace poco he estado en México y están mirando superasombrados este fenómeno nuestro de las editoriales independientes, y toda esta escena. Pensamos que está pasando en más sitios, pero en Madrid especialmente está ocurriendo mucho: ediciones muy cuidadas… Y alucinan.

Está pasando tanto que incluso se habla ya de la «burbuja de las pequeñas editoriales».

S. R.: La burbuja del emprendedor, ¿no? La de «gástate los ahorros y capitaliza el paro…». O «sé aventurero, sé aventurero…». Para después de un año decir: «Mira, intentaste cumplir tus sueños» [Risas].

J. L.: Es que nada es tan luminoso ni amistoso como parece. Porque cuando tú vuelves de México, los que organizan esa reunión, organizaron también una reunión con el Ayuntamiento para juntar a todas las editoriales independientes posibles que hubiera en Madrid, porque en la próxima feria de Guadalajara la ciudad invitada va a ser Madrid. La del Ayuntamiento le dice a la gente que ha estado allí, como Servando y muchos otros, que avise a otras editoriales que él conozca para asistir a esa reunión…

S. R.: Y todos pensamos que nos juntaríamos un montón de gente, porque si cada editorial avisaba aunque fuera solo a uno…

J. L.: Pues Servando me avisó a mí, yo avisé a Óscar de Es Pop y a otra más. Llegamos a la reunión y esos éramos los que estábamos. Ya. Nadie más había avisado a editoriales amigas, no sé si por miedo a que les fueran a quitar el pastel… Estaba también el del gremio de editores, que solo fue él, ni un agremiado más.

B. E.: No les avisó.

J. L.: Fue una cosa tan mezquina, que al final dices, ¿para qué?

S. R.: Nosotros, que siempre hemos estado muy metidos en la música, siempre le hemos dado mucha importancia a la filosofía de los sellos pequeños, que es la misma que la nuestra. Yo llego aquí y cojo Forbes, o Squire, o Jot Down y veo las cosas que me interesan, para maquetar. Observar lo que están haciendo otros, aunque estén en otro planeta distinto, porque esto es como un bricolaje. Cuando empezamos con el primer pasito no sabíamos algo tan básico como que la gente te escribía y te decía «Que tus libros no están en Úbeda». O no sabíamos que era el ISBN o el DILVE, que pensábamos que tenía que ver con el sexo… [Risas]. Y lo vas aprendiendo de aquí y allá, con esa filosofía del bricolaje.

Habéis mencionado a Motherfuckers! antes, a Ben Morea le tuvisteis alojado en casa, ¿no?

B. E.: Sí, ahí estuvo, con sus botas de cowboy y su sombrero. A las siete de la mañana le escuchábamos moviéndose en el salón. Cuando vino la verdad es que no sabíamos lo que nos íbamos a encontrar. Pero al final fue muy bonito.

S. R.: Sí, pero el levantarte por la mañana y decir, ¿qué le voy a poner? ¡Porque no le voy a poner a Black Flag! [Risas]. Así que le pregunté si le gustaba el Black Flag, y le puse a Bessie Smith.

B. E.: Y él decía «Bueno, a mí me gusta más Billie Holiday…».

S. R.: Entonces se queda así callado y dice: «Yo es que solía meterme heroína con Thelonious Monk, a veces venía el pesado de Miles Davis, que era un plasta…». Y nosotros ahí: «Claro, claro». De hecho nos aterrorizaba un poco salir del dormitorio, porque él se levantaba supertemprano y a las siete de la mañana ya estaba con las botas dando vueltas.

B. E.: Y nosotros ahí en la habitación escuchando detrás de la puerta, «Venga, ya está despierto, salgamos…». Era un hombre alucinante.

S. R.: Lo único de lo que me arrepiento es de una cosa. Él no quiere fotos de ningún tipo, pero al final casi le rogué por una, y le dije que no se la daría a nadie ni nada. Y accedió, pero nos las hicimos muy rápido y bueno… A ver, que es lamentable. Yo salgo en pijama, con una cara terrible, y tenía que haberme aseado por lo menos [risas]. Él impresionante y yo así.

A Alan Moore también teníais la intención de conocerlo cuando le publicasteis, ¿no? Queríais viajar a Northampton a entregarle los libros…

S. R.: Sí, lo intentamos, pero no.

B. E.: A ver, nos emocionamos tanto el día que recibimos el correo… Era un sábado antes de comer, y yo estaba preparando un arrocito y…

S. R.: ¡Pero no digas esas cosas que luego salen!

¡Una sociedad secreta haciendo un arrocito! ¡Y además era arroz con cosas, no era paella!

S. R.: Estábamos preparando un atraco, en realidad.

B. E.: Mientras se hacía el arrocito.

S. R.: Con droga dentro.

B. E.: Total, que recibimos la respuesta y nos emocionamos tanto…

¿Del propio Alan Moore?

B. E.: Qué va, era su agente.

S. R.: Soñábamos con una respuesta de Alan Moore pero no, no. Él está hasta las narices. Pero aun así, fue un gesto muy bonito porque claro, es una persona inmensamente conocida, y sabíamos que nuestra baza era que entrara en nuestra web y viera que hemos publicado muchas de las cosas que a él le gustan. Eso fue determinante, al final. El contrato que nos dio fue la leche. Lo leíamos y no nos lo creíamos: por muy poco dinero nos dio los derechos exclusivos de un libro suyo, era una pasada. Muchas veces valoramos las cosas a las que renuncian nuestros héroes, decimos «hey, qué bien que no ha querido ir a recoger el Nobel», pero no pensamos en las cosas que nuestros héroes aceptan, también por el mismo amor. Y por la misma fidelidad a unas ideas o a un universo. Y no lo hacemos porque esas cosas son invisibles, no se ven.

B. E.: Pero el viaje no salió, no. Fue una cosa del subidón del momento.

S. R.: Sí, nos vimos allí metiendo la cabeza en la panadería de Northampton y diciendo: «Cú-cú» [risas]. Pero no, qué va.

B. E.: Decidimos abandonar el plan.

S. R.: Pero sí le mandamos para allá una supercaja de cosas, eso sí. Aquello fue importante, porque en la presentación de ese libro fue la primera vez que hicimos un paseo psicogeográfico para presentar un libro, que fue por la calle Montera. Recorrimos un itinerario donde aparecía de todo: desde asesinatos, incendios, músicos oscuros, hasta un mural que aún está hoy en día, en frente de los cines, donde está Killers. Y luego hicimos un pequeño ritual, una lectura con imágenes.

J. L.: La primera vez que yo no pude entrar a una presentación porque lo petásteis.

Vamos a hacer una pregunta chunga capitalista: muchos se quejan de que a las presentaciones va todo dios, pero no compra nadie el libro. En las presentaciones que lo petáis, ¿vendéis?

B. E.: Es que la mayoría de nuestras presentaciones no son en librerías, eso para empezar.

S. R.: Y no hay libros para vender. No suele haberlos.

B. E.: Muchas veces pensamos que somos tontos, pero…

S. R.: De hecho, la de la distribuidora flipaba. Le mandábamos las fotos de la que habíamos liado en la presentación, y decía: «Increíble, ¿eh? Pero, ¿cómo hace la gente para comprar el libro?», y yo le contestaba: «Pues van el día siguiente a la librería y lo compran». Es que las presentaciones, aunque suene muy bonito y muy políticamente correcto, no son para eso. Joder, es que ha habido presentaciones en las que nos hemos gastado muchísimo dinero, te estoy hablando de quinientos o seiscientos euros por alquilar un pequeño teatro, además del esfuerzo. Pero porque son actos de celebración, es la manera en la que nosotros podemos ponerle cara a la gente que hace que tengamos una buena estrella. Hacemos esas presentaciones para nosotros mismos, para nuestros amigos, pero también para ellos.

Es un modelo curioso, porque las presentaciones se hacen para dar a conocer el libro, pero fundamentalmente para vender.

S. R.: Sí, y nos viene mucha gente preguntando por un ejemplar, y les recomendamos la librería para que se lo compren.

No hablemos ya de las presentaciones en las que, sí llevan al autor, hay que haber comprado obligatoriamente el libro que presenta para que te puedas acercar a la firma.

S. R.: ¿Ah, sí?

B. E.: Qué rancio. Porque de hecho hay muchísimas editoriales que ni siquiera presentan libros, y es totalmente normal.

J. L.: Es que son totalmente ruinosas. Las haces para vender pero no vendes. En primer lugar porque hay espacios que te cobran un dineral, y cada vez más. Y claro, para qué voy a hacer yo el esfuerzo… Y así pasa, que a esos sitios acabarán yendo a presentar las mierdas que presenten, de los que puedan pagar algo así. En Dirty Works no, desde luego.

Sin ánimo de molestar: ¿no hay algo ahí, en las presentaciones de libros, que se ha quedado un poco obsoleto ya? ¿No son un trámite aburrido, en general? Por mucho que te interese el libro, el guion es previsible.

S. R.: Pues sí, yo no voy a presentaciones, la verdad.

J. L.: Efectivamente. Al final es un acto de vanidad para el autor y un acto de generosidad para el editor, porque casi siempre vas a petar pasta. A no ser que el autor lo pete, y la gente vaya a ver al bicho —como se decía en la Feria del Libro: «¿Con bicho dentro o sin él?»—. Yo tengo siempre este conflicto, porque nosotros hacemos presentaciones pero es ya otro formato. El nuestro consiste en llevar whisky. Porque así no hace falta ni hablar de cosas muy transcendentes ni nada. Además, nuestros autores están muertos y son novelas. ¿En una presentación qué vas a hacer? ¿Vas a hablar de la novela tratando de no hacer spoilers? Es una gilipollez hacer una presentación de una novela de un autor muerto… o no.

Pero es una de las inercias del sector.

S. R.: Sí, hasta los libreros se han dado cuenta de eso. El formato ese de un señor gruñón detrás de un mostrador esperando a que vengan y «si no vienen es porque la gente es muy inculta», ha dejado de existir. Yo no sé si todavía alguien lo tiene en la cabeza, pero todavía hay autores que piensan en que cuando publiquen los libros, a ver qué gira de presentaciones le va a organizar la editorial [risas]. Igual, y solo igual, te hacen una aquí en Madrid y otra en Barcelona, y hasta luego. Después, esa misma persona tendrá que comprar sus propios libros al cabo de seis u ocho meses…

B. E.: Para poder regalárselo a su tía.

S. R.: Es que el escenario es ya completamente distinto. Hay que hacer muchísimos esfuerzos, el escritor tiene que colaborar con medios para sobrevivir, tiene que publicar mucho, el editor tiene que enfrentarse a la calculadora y los números, el librero también… Yo creo que surgen atrocidades como que te alquilen espacios para presentaciones —aunque máximo respeto al librero que lo haga— porque también en el mundo del arte están nerviosos. El modelo de negocio ha cambiado, el formato cada vez se vende menos, se produce mucho pero los niveles de venta son menores que hace años… Está todo el mundo buscando su sitio.

J. L.: En el sector de las pequeñas editoriales obviamente se nota menos, pero en el mundo editorial ya establecido sí que se percibe ese no saber por dónde tirar.

S. R.: De hecho los grandes sellos están yendo a por el tipo de autores que podemos sacar o Dirty, o La Felguera.

Es muy curioso que las grande editoriales empiecen a pescar y a copiar los modelos de las pequeñas. Es un poco como cuando el señor Burns se disfraza de Jimbo y va al colegio diciendo: «Hola, colegas».

S. R.: [Risas] Sí, o la campaña de Nike, cuando diseñó un fanzine para posicionarse con el mundo de los guetos americanos y la gente más vinculada al hip-hop y los barrios negros. Era la época preinternet o Myspace, e hicieron catálogos y revistas que imitaban los fanzines. Aquí también pasó con cierta publicación, que desapareció y cuando volvió a salir teóricamente reinventada, parecía que la había hecho alguien con un daño cerebral. Era una cosa atroz, hasta usaban el Comic Sans pensando que eso era la tipografía de la peña molona. Es algo muy patético, eso de imitar todo para parecer molón.

B. E.: Es como en la serie de League of gentlemen.

S. R.: Eso, eso. Hay un personaje que es mod, y ya es mayor, porque joder, los mod son mayores… Y de repente llegan los amigos de su hijo que son como raperos, y le cuentan que tienen una banda. Y él dice: «Anda, yo también, actué en el 82 en no sé dónde, debo tener alguna…“maqueta”». [Risas]. Le intenta dejar una, que es una cinta de casete, y los chavales no saben ni lo que es.

La pregunta sin respuesta: ¿Qué es ser una editorial independiente?

S. R.: Pues mira, pasó lo mismo con la música. Se decía que Subterfuge era independiente, aunque era un sello grande.

¿Para ser independiente hay que ser necesariamente pequeño?

B. E.: Creo que ninguno de nosotros tiene muy claro cuál es el significado de «independiente». No sé si lo diríamos de nosotros mismos…

S. R.: Bueno, a veces lo decimos como cajón de sastre, pero nosotros somos amigos de la gente que nos cae bien, pero tampoco tenemos muchos amigos en el mundo de las editoriales. De hecho a veces se nos ponen los pelos como escarpias.

B. E.: Sí conocemos, pero no nos relacionamos demasiado, el tema de reuniones y tal.

J. L.: A mí es que las reuniones estas me transmiten infelicidad, me quedo desfondado. Me pregunto constantemente qué hago ahí, es que eso no es lo mío. Porque hay muchas decepciones. Y eso de «independiente»… ¿Independiente de qué? Hay gente que cae con colchón, hay gente que salta desde más alto que otros…

S. R.: El doble salto mortal. Hay editoriales independientes que son completamente dependientes de las subvenciones. Entonces lo de la independencia, ¿qué es? ¿levantarte y cabrearte porque no tienes magdalenas?

Generalmente suele relacionarse editorial independiente con aquellas que no tienen consejos de administración.

S. R.: Nosotros eso no, pero tenemos un consejo de sabios, de nuestros colegas. Nos pasamos contactos de imprentas, de medios…

¿Tenéis alguna cifra de rentabilidad? En el sector de las pequeñas suele hablarse de unos dos mil ejemplares.

B. E.: Es una pregunta complicada. Nosotros no sacamos dos mil quinientos ejemplares así de primeras, sacamos dos mil como mucho. A veces reeditamos pasado un tiempo, pero lo de la «rentabilidad» no me gusta para hablar en esos términos. Porque por suerte y después de mucho tiempo y trabajo vivimos de ello y obviamente no hacemos todo el trabajo nosotros (por desgracia, no somos traductores) y nos mantenemos. ¿Rentabilidad? Bueno, vivimos de ello. Por eso no nos gusta hablar de cifras.

S. R.: Depende del libro. Porque hay algunos que sabes que no tienen una carga de costes muy grande, de la traducción, de las personas que hace las cubiertas, derechos, la imprenta… Y otros libros sí tienen una presión mayor. Por eso los editores tratamos de ajustar eso en el precio. Yo creo que el libro es de los pocos productos culturales en los que no hay demasiada usura. Si conoces todos los que participan en esa cadena, veinte euros no es tanto. Por supuesto que los editores en ocasiones pensamos: «Coño, que la distribuidora a veces se lleve el 56%….» pero es que ellos también tienen que negociar a su vez con otros. Es una cadena en la que intervienen muchísimas personas y donde no hay un margen muy grande. Nosotros le damos muchísima importancia a conocer personalmente a la imprenta con la que tratamos, ver que todo funciona honestamente y que no nos estamos relacionando con el maligno. Está muy ajustado todo. Nosotros hemos pensado en algún momento: «Joder, tenemos que vender el 80% de toda la tirada para sacar algo, y si hago cálculos me da algo».

Y algo que no es medible en términos económicos: el esfuerzo documental que tienen muchos de vuestros libros, las horas de Biblioteca Nacional, de viajes al lugar…

B. E.: Sí, los libros que son propiamente de edición requieren mucho de ese trabajo de investigación, de encargar textos, de hacer notas explicativas…

S. R.: Y mira, creo que son los libros que más nos gusta hacer, los de edición. Los que no existen antes y los creas a partir de muchas fuentes. Son los más complicados, y los que más disfrutamos, como el de Fuera de la ley, que fue un trabajo complicado de Biblioteca Nacional. Pero joder, es que mientras lo preparamos, aprendimos un montón. Y lo aguantamos como pareja en un piso de una sola habitación, eso es duro. [Risas].

La novela es nuestro género menos frecuentado.

B. E.: Y no sé, por algo será. Lo hablamos cíclicamente, que estaría muy bien editar tal o cual cosa…

S. R.: Pero es que ya hay gente que lo hace muy bien.

B. E.: No es nuestro campo, pero si nos llegase una novela, o pensásemos en algo muy claro que viéramos que es para nosotros, nos lanzaríamos. Solo hemos publicado dos.

S. R.: Honestamente, aunque esto sea duro decirlo, y para mí que soy autor también: todos los autores piensan que lo que han hecho es maravilloso. Es lo mejor del mundo mundial. Nos llegan muchísimos manuscritos, pero en muy pocas ocasiones hemos pensado: «Sería genial sacar esto pero nosotros no somos la editorial adecuada»… Además hacen lo que no se debe hacer al mandárnoslo, venderlo de esa manera. Nos han llegado correos en plan: «Buah, he terminado algo tremendo, de una calidad increíble», hablando de sí mismos. U otros que nos decían: «Es una novela ambientada en Cuba muerto el comandante, yo creo que va a tener mucho tirón». Nos han llegado muchos correos en plan: «Esto va a arrasar, vosotros veréis lo que hacéis».

J. L.: Ese tono de «vosotros veréis» es muy habitual.

S. R.: El ego en el mundo del arte es cósmico.

J. L.: Yo creo que en los cursos de cómo escribir hay alguien que da esa clase y les imparte eso: «Tenéis que ir seguros de vosotros mismos». Y no hay vergüenza ajena en todo ese discurso de «cree en ti mismo». A nosotros nos han llegado correos diciendo: «He visto vuestra editorial, me interesa mucho, y yo he escrito esta novela que es genial y podíra mandarla a otros sitios mucho mejores, pero me gusta vuestro rollo». Y eso que nosotros lo tenemos más fácil, porque podríamos decirle, simplemente…

«No estás muerto y no eres sureño, lo siento».

J. L.: [Risas] Eso, eso. Y tu nombre no acaba en y griega, al menos al principio: Billy, Larry, Harry… Nos dicen cosas como «he visto vuestro catálogo y creo que puede encajar», y dan ganas de contestarle: «Pues entonces no lo has visto bien».

S. R.: Pero volviendo al tema de la novela, igual este año damos una sorpresita… Empezar una colección que es la que no tenemos. Nos interesa mucho la novela gráfica, el libro ilustrado… Es algo que poco a poco vamos a ir incorporando, pero teniendo claro que hay otra gente que lo hace muy bien. A veces no hemos publicado muchas cosas que nos apetecían por miedo a «matar» ese libro, porque nosotros sabemos dónde está nuestro público.

J. L.: Y además, la ficción es un suicidio. Porque hay una saturación brutal. Mira lo que le pasó a Es Pop en su colección con Valdemar, que el último número lo tuvieron que financiar con crowdfunding. Él mismo ha renunciado a la ficción, porque se pierde. Hay tanta cosa y tan buena, que meterte ahí o es una cosa muy especial, o yo qué sé. Es muy difícil, porque además cuando la cosa peta va Mondadori y te compra el autor. Nunca sabes, porque esto es una lotería.

S. R.: Además en la ficción tienes que luchar por la faja, todo tiene que ser muy grandilocuente: «La mayor novela del siglo…». Es lo mismo que pasó con las series, «La novela que inspiró al tío del primo que ideó True Detective…».

El mejor no era ese, el mejor era: «El poema que inspiró al autor de El Rey de Amarillo en el que se basó True Detective».

J. L.: ¡Lo compro! Rafa, el de la librería de Salamanca Letras Corsarias, suele inventarse fajas. Con el libro de la editorial Underwood, Fat City, le puso una faja de «Edición 27. Veintisiete mil libros vendidos en Salamanca». Y había salido hace una semana. [Risas].

S. R.: Bueno, en la primera edición de La facción caníbal la faja es falsa también.

J. L.: ¡Terrorista!

S. R.: ¿Pero cómo va a ver reseñas antes de que haya salido el libro? Pues poníamos «International review de no sé qué…» y así. Todo muy grandilocuente.

Una de las fajas que nos contó el librero de Estudio en Escarlata era de Drácula de Stoker, y ponían: «La novela que ha inspirado a la autora de Crepúsculo».

J. L.: Es la lucha por llamar la atención a toda costa. Lo bonito sería llamar la atención por la calidad del producto, pero no. Hay que conseguir que el libro te llame la atención por lo que sea.

B. E.: Se ha caído en una locura que además es contraproducente.

Servando, alguna vez has dicho que si colocaras todos los libros de La Felguera, contarían una historia lineal.

S. R.: Es verdad que es así. Los libros no cambian tanto, y hay muchos mitos en torno a ellos. Ese tipo de cosas de «la derecha debería leer más» o «el fascismo se cura leyendo». Pues es una de las grandes falsedades, porque no se trata de eso. «Cuantos más libros el pueblo es más libre…» y ese tipo de cosas. Yo creo que los libros son puertas que dejas abiertas, y cuando las cruzas puedes hacer lo que creas conveniente. No creo que por leer a Ezra Pound o Marinetti te conviertas en un fascista, y por leer a Eduardo Galeano en una persona muy enrollada. De hecho podría ser lo contrario. Pero pienso que cada libro que hemos editado nos ha llevado a otra puerta, tirando de un hilo, y ese hilo puede ser algo así como los márgenes de la historia, esos fenómenos culturales que han estado alrededor, en la periferia. Aunque el propio concepto de periferia sea falso, porque ha inspirado a la propia historia, y por eso también es el centro. Se puede contar la historia del siglo XX a partir de los asesinos en serie, o se puede contar esa historia a través de los derrotados y no de los triunfadores de mayo del 68, del rock & roll. Hoy en Agente provocador publicábamos una foto de Johnny Cash, que es un personaje muy importante en nuestra historia. Esa foto llegó a través de Mario Riviere, el cantante y guitarra del grupo en el que estuve una década y de los mejores ilustradores de nuestro país. Uno de los puntos de inflexión es cuando él entra en la editorial…

B. E.: El primer libro que hace Mario es El exterminador hizo bien su trabajo, de Burroughs.

S. R.: Entrar a casa de Mario implica entrar a un templo de todas las cosas que nos gustan. Es un museo. Si pusieran un cartel la gente pagaría. Pues cuando cenamos con ellos hace poco, nos contó que había una foto de Johnny Cash con GG Allin, y flipamos. Lo que quiero decir es que todo esto que tiene que ver con el arte y la cultura, la idea del intercambio, pasar un testigo a otro, es importante. Nosotros hace años no sabíamos que existía El Proceso, la Iglesia del Juicio Final, pero acabas escribiendo un libro sobre eso, eso te lleva a otra persona como Genesis Breyer P-Orridge, que te lleva a los inicios de los inicios de la música industrial, que te lleva a Jordi Valls, de Vagina Dentata, que nos escribió un prólogo para el libro de Jim Jones… Es todo un intercambio de trucos, de contraseñas, de bricolaje, al final.

Ya que hablamos de fotos extrañas, ¿cómo llegaste a la fotografía de Kurt Cobain y William Burroughs por el que empezaste el libro de Nada es verdad, todo está permitido?

S. R.: Pues mira, la imagen de Cash que decíamos puede contar la historia del siglo XX, al menos para mí. La que a mí me puede interesar. Y en el caso de Cobain y Burroughs yo tenía la posibilidad de sacar el libro con Alpha Decay, y me pareció muy bonito escribir un ensayo a través de simplemente una fotografía. Recuerdo que empecé a escribirlo, pero había algo que estaba cojo: ¿qué le entrega Cobain a  Burroughs? Eso me lleva a un disco de Leadbelly, al que Cobain versioneó, y se lo entregó a Burroughs. Si sumas todos esos acontecimientos y tradiciones, tienes prácticamente un siglo de lo mejor de la historia cultural. Ahí fue donde me dije: «Tengo la historia». Igual que cuando escribí El Ejército Negro, no solamente era la historia de una banda de motoristas negros, y eso que lo podría haber escrito así. Pero en el momento que descubro que hubo un Billy el Niño negro, me dije: «Joder, ya no es contar la historia tal y como ha sido, sino con subjetividad». Porque a Burroughs fue mucha gente a verlo, pero cuando vi esas imágenes me di cuenta de que era la historia que quería contar, no la plana, la objetiva de la Wikipedia… A nosotros nos interesa mucho eso. Hay una persona muy importante en la editorial, Ramón Mayrata, que es el mayor teórico de la magia de este país, él emplea una palabra que nos hemos apropiado: la singularidad. Lo que nos interesa son las gentes singulares. ¿Qué tienen en común GG Allin y Cash? Incluso habrá gente que dirán que no los mezcles, porque ese hijo de puta era… bueno, un hijo de puta. Pero es que los dos son personas fascinantes… ¿Y qué tiene eso en común con un asesino en serie? Que era gente singular, y la historia de la cultura popular está construida a base de esas personas singulares. Larry Brown, Harry Crews también son así, singularidades absolutas. De hecho muchos de nuestros amigos son singulares.

Imagino que sois conscientes de que Wikipedia os relaciona con Anonymous. Dice, literalmente que «Los seguidores de Anonymous, por ejemplo, han sido vinculados a la editorial, al basarse en manuales de guerrilla de la comunicación, textos anarquistas y situacionistas, el catálogo completo de la editorial La Felguera y cualquier documento filtrado por Wikileaks».

S. R.: Eso fue cuando el 15-M, que el propio Ben Morea decía: «¿Pero qué me han hecho, qué me han hecho?». Vino aquí a pasar unos días porque le organizamos una gira de charlas en Londres, Madrid, Barcelona y Lisboa, y aquí le llevamos a una asamblea del 15-M. Inmediatamente salió como uno de los cabecillas del 15-M en las noticias. En fin. Imagino que la gente de ETA o el GRAPO también habrán leído cosas nuestras, pero eso no quiere decir que haya vinculaciones con nosotros.

Estáis a punto de lanzar Los resurreccionistas. Sin destripar demasiado, ¿cómo llegáis hasta esa historia?

B. E.: Eso lo descubrió Servando, por ahí buscando y llegó al diario…

S. R.: ¡Ya recuerdo! Fue porque con Londres Noir: el libro negro del crimen, nombraba a «the resurrectionist», y nos pareció un nombre fantástico y fabuloso. No sabíamos que los ladrones de cadáveres se llamaban así, y empezamos a buscar todo tipo de mierdas hasta que encontramos un diario, el único escrito por un resurreccionista real en 1812, Jack Naple. Era demasiado bueno para dejarlo pasar. Contactamos con Juan Mari Barasorda, que es un experto de este tipo de temas y del siglo XIX, que debería haber nacido en la Francia o en la Inglaterra de aquella época. Nos escribió un prólogo maravilloso, y hemos conseguido muchísima información. Decidimos vincular el libro con los primeros anatomistas del siglo XIX, con los médicos y las facultades de medicina que eran los receptores de los cuerpos. Es un libro en tapa dura que si lo ves es superbonito, porque es un tema que tiene que ver con los bajos fondos del hampa más abyecta del hombre. De hecho eran ejecutados o linchados públicamente, porque robar un cadáver en aquel momento… Fíjate cómo sería que llegaron a colocar trampas y armas dentro de los ataúdes, y aparecen en el libro fotografías de esas armas que se fabricaban para evitar que robaran el cadáver de tu padre. También había ataúdes de seguridad, que aparecen en Edimburgo sobre todo, de ataúdes cubiertos de cemento, de hierro, con símbolos y calaveras que decían: «No te atrevas a profanar este sepulcro», fíjate cómo era la avalancha de resurreccionistas. Se pusieron también muchos vigilantes en el cementerio que pasaban mucho miedo, porque los resurreccionistas eran peña muy chunga. Todo eso puede verse en el libro, con imágenes de disecciones, con grabados de anatomía superbonitos, en ese ambiente entre lo paramédico de los primeros anatomistas… como en la serie The Knick.

Clásicos atragantados: la pregunta de siempre. ¿Cuál es el vuestro?

S. R.: Yo si tuviera que decir un libro… Destruiría con mis propias manos Ética para Amador.

B. E.: No voy a poder superar eso. No me mola nada el tipo de literatura tipo Johnatan Franzen, me parecen unos farsantes. Y luego sin acabar, pues el Ulises, que jamás he sido capaz de terminarlo.

S. R.: A mí me pasa con la micropoesía, me parece una tomadura de pelo. Eso, y el Estado Islámico deberían estar exterminados de la tierra. [Risas].

Coautor 370


Editar en tiempos revueltos: Dirty Works

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Javier Lucini (Madrid, 1973) se describe a sí mismo como «traductor, escritor, faquir retirado y amigo de un indio». Además de todo eso, también es junto a Nacho ReigRosa van Wyk e Iban Sainz Jaio uno de los fundadores de Dirty Works, la única editorial que existe en España dedicada en exclusiva a lo que podríamos llamar gótico sureño contemporáneo.

Apasionado de la cultura tradicional norteamericana, Lucini se ha enfrentado tanto a los apaches como a Johnny Cash, de quien es un ferviente seguidor. Su paso por editoriales como Mono Azul y Acuarela lo han convertido en uno de los mejores traductores de este país, y su nombre se encuentra ya indisolublemente asociado al de Harry Crews y Larry Brown, dos gigantes de la literatura sureña más cafre.

Aprovechamos la visita de Lucini al Festival Bookstock de Sevilla para charlar con él, largo y tendido, sobre esos «trabajos sucios» que se trae últimamente entre manos.

Disculpa que empecemos así la entrevista, pero traes cara de cansado.

No, disculpadme vosotros, pero es que hace un rato, como quien dice, he terminado de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Estábamos anoche ya a punto de irnos para el hotel cuando de repente nos cruzamos por la calle con un chavalín tambaleante que llevaba una botella en la mano. Le preguntamos dónde podíamos tomar la última, porque antes nos habían mandado a un sitio de música electrónica horrible y nos habíamos quedado con las ganas, y nos dijo: «Yo vengo de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Podéis ir allí». Me fijo en la indumentaria del chaval, y veo que la botella que lleva es de hidromiel [risas]. Nos dio las indicaciones para llegar al sitio, que se llamaba —no os lo perdáis— El Dragón Verde, y allí que fuimos. Todavía no éramos conscientes de la verdadera dimensión del asunto, pero nada más llegar, en la puerta principal, vimos un cartel tallado en piedra anunciando, efectivamente, el cumpleaños de Bilbo Bolsón, y dentro había un montón gente disfrazada de elfo, de hobbit, de orco… Era un sitio como gótico-medieval, decorado al efecto. Y nada, ciento once años celebramos. ¡Cómo pasa el tiempo! [risas]. Gandalf no vino, y la hidromiel ya se había acabado, pero nada más entrar en el local estaba sonando Johnny Cash. Así que al menos descubrimos que en la Comarca lo que se escucha es country, nada de Enya ni música de gaitas [risas].

Bueno, eso lo explica todo. Además, qué casualidad que en el cumpleaños de Bilbo Bolsón sonara Johnny Cash, un personaje tan importante para ti.

Sí, es verdad. A mí siempre me ha encantado su música, sobre todo desde que salieron los discos que produjo Rick Rubin para el sello American Recordings. Esos discos en su día me volaron la cabeza, hasta el punto de que decidí ir a ver a Johnny Cash a su casa. Ya teníamos el billete para Nueva York, y desde allí pretendíamos bajar hasta Nashville. No es que quisiera ir a darle el coñazo al hombre, porque hacía poco que había muerto June Carter, pero sí que me apetecía al menos estrecharle la mano y darle las gracias porque siempre ha sido para mí una figura emblemática. Así que teníamos todo preparado, y el hombre se murió como dos semanas antes de salir para Estados Unidos. Fuimos a Nashville de todos modos, ya en plan como los dos japoneses esos que salen en Mystery Train, que van a Memphis a ver los estudios de Sun Records y tal, porque queríamos ver la famosa casa del lago, esa que luego quemó el hijoputa de Barry Gibb [risas].

A cambio de no poder verlo, sí que puedo decir que en Nueva York conocimos a su hija, a Rosanne Cash. En esa época estábamos haciendo un cómic sobre Johnny Cash para Acuarela, la editorial en la que trabajaba antes, y con ella hubo muy buen rollo. Le gustó mucho.

De Johnny Cash tradujiste también su biografía.

Sí, también para Acuarela. Traduje de hecho su primera biografía, una que escribió en el año 1979. Aquello se publicó cuando Johnny Cash empezó a hacerse muy famoso en España, por la película y tal. Global Rhythm sacó otro libro parecido más o menos al mismo tiempo.

En verdad yo llevo mucho tiempo escribiendo un libro sobre «mi Johnny Cash», lo que pasa que con el rollo de la editorial no puedo dedicarle todo el tiempo que quisiera. La historia de este libro es muy curiosa, porque empezó como un artículo para El Estado Mental, cuando se publicaba en papel. Me dijeron: «Oye, ¿por qué no te escribes algo sobre Johnny Cash, de tu viaje y tal?», y dije: «Venga, vale. Vamos para allá». El de la revista me dijo que si iba a hacer un artículo sobre Johnny Cash tenía que ser «el artículo definitivo de Johnny Cash». Y así lo titulé [risas]. Lo que ha pasado es que el artículo se me ha ido de las manos, lo he extendido mucho, así que ya no será el artículo definitivo sino el libro definitivo de Johnny Cash.

Esto ya me ha pasado otras veces. Cuando empecé a colaborar para Mono Azul, una editorial sevillana que ya no existe, me encargaron un prólogo para las memorias de Gerónimo. Empecé a escribir ese prólogo y hubo un momento en que tuve que llamar al editor para decirle que iba por la página quinientos, y que quizás se me había ido aquello de las manos [risas].

Tu libro «definitivo» de Johnny Cash, ¿saldrá en Dirty Works?

No lo sé, no creo. Ya me han propuesto sacarlo en otro sitios, y me parece que prefiero mantener cierta distancia entre lo que escribo y lo que publico, para que no huela la cosa.

Además, rompería un poco la línea editorial que tenéis ahora, que solo publicáis narrativa extranjera.

En el fondo no dejaría de ser un libro sureño. Y lo que estoy escribiendo es un poco extraño, la verdad, así que creo que podría encajar bien con nuestra línea editorial. Pero bueno, si puede salir por otro lado, mejor. Que se coma el marrón otro [risas].

Nos consta que tu visita frustrada para ver a Johnny Cash no fue tu primer viaje a Estados Unidos. ¿Cómo surgieron tus Apacherías?

Apacherías es un libro que gira en torno a los apaches, pero que me sirvió para hablar de todas las tribus norteamericanas. El origen de este libro fue el prólogo que os he contado antes sobre Gerónimo, que había escrito sus propias memorias, y cuando las leí me quedé fascinado. Yo había estado viajando por las reservas indias, y encontré ese libro en la tienda de regalos que hay al lado de la batalla de Little Big Horn, donde el general Custer perdió contra los indios. Lo bonito de Estados Unidos es que normalmente son más interesantes las tiendas de los sitios que los sitios en sí, porque allí te hacen un museo de la cosa más peregrina. Me acuerdo de que en Arizona visité un museo que se había hecho en un sitio que fue donde a Billy el Niño se le rompió el carromato en el que huía. Y de aquello solo quedaba una rueda. El museo no tenía ningún interés especial, porque lo único que había allí era la rueda esa. Pero luego estaba la tienda de regalos, que era espectacular: libros, fotografías… En fin, que encontré el libro de Gerónimo en una tienda de regalos de esas, y me quedé fascinado. Y de ahí surgió el tema.

Luego continué viajando por Montana. En Nevada hay un pueblo, Elko, donde está la reserva de los shoshone y donde hay una comunidad vasca increíble. Había como competiciones de bertsolaris con los de las otras reservas, que bajaban de la montaña para competir. Y esa era un poco la tónica de mi viaje, y de ahí salió un libraco que se publicó en Mono Azul. Pero como la editorial ya no existe y el libro está desaparecido en combate, he pensado en reeditarlo. Además en su momento ganó el premio al mejor libro de viajes del año y funcionó muy bien. Han pasado muchas cosas desde entonces en las reservas y molaría, sí, reeditarlo y ampliarlo con todo lo que ha pasado. Y lo haremos.

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Esa fascinación que tienes por todo lo norteamericano y sus tradiciones, ¿de dónde viene?

Pues no os sabría decir, la verdad, porque yo soy de Madrid [risas]. Yo creo que viene de mi abuelo, que le encantaban las películas del Oeste desde siempre. Trabajaba en una prisión de mujeres en Tenerife, y las presas le querían mucho porque era un tipo entrañable. Cuando Johnny Cash vino a España, al programa Sábado Noche, yo llegué a fantasear: «Joder, ojalá mi abuelo contratara a Johnny Cash para que tocara en la prisión» [risas]. A él le encantaba ese mundo, y me hablaba mucho de los indios. Sobre todo de los guanches que había allí en Canarias, y de los guanches que viajaron a Estados Unidos para matar indios. Siempre estuvo del lado de los indios.

Luego, cuando era niño, iba a todas las fiestas disfrazado de indio. Una vez, con ocho años, me llevaron a un concurso, y allí había otro dos chavales vestidos también de indio, pero iban más maqueaos que yo. Recuerdo que cuando dieron el primer premio dijeron: «¡El mejor disfraz de la fiesta es el de indio!»», y yo fui todo contento a recoger el premio pero, de repente, otro niño indio me hizo así en el hombro… [da un golpe con la mano]. Luego me di cuenta, al escribir el libro, de que ese niño iba más de sioux, que tienen un look más aparente, porque llevan su penacho de plumas y sus abalorios, y yo iba más como de indio navajo pobretón, y por eso no gané [risas].

Pero por encima de todo está la música sureña. Todo eso del blues, el jazz, el country, siempre me ha fascinado. Y todo lo anterior confluye en Dirty Works.

¿En qué momento decides canalizar toda esta pasión por la cultura norteamericana y volcarla en el mundo editorial?

Todo surgió cuando empecé a trabajar en Mono Azul. Su editor, Jabo H. Pizarroso, me propuso dirigir una colección de literatura norteamericana de la época de Melville y tal. Sacamos cinco libros, que también traduje, en los que el diseño intentaba ser un poco más divertido…

Mono Azul fue de hecho una de las primeras editoriales independientes que empezó a innovar un poco en ese aspecto.

Sí, además fue en la época en la que UDL empezó a trabajar con todas estas nuevas editoriales. También aquello se nos fue de las manos, porque tirábamos cuatro mil ejemplares de una edición y luego vendíamos cien, con suerte… Uno vale, pero si se van acumulando esas cosas, al final es una locura. De hecho Mono Azul quebró, y entonces pasé a trabajar en la editorial Acuarela, con Tomás Cobos, Amador Fernández-Savater y Abel Hernández Pozuelo, que eran amigos. Ellos ya llevaban un tiempo con la editorial, pero en plan: «A ver, ¿cuánto dinero tienes?», y «pues mira, con eso da para sacar este libro». Nunca tuvo afán de convertirse en algo grande. Cuando entré a trabajar con ellos, lo primero que hice fue traducir la biografía de Johnny Cash, que inauguró la colección RECorridos, dedicada a la música. Y luego ya nos aliamos con Machado, que quiso coeditar con nosotros y el ritmo de edición subió.

Lo de Acuarela nos resultó siempre un poco extraño, porque también era un sello de música.

Sí. A la vez, Jesús Llorente creó el sello de música y la editorial en principio estaba vinculada, pero llegó un momento en que tuvimos que separarlo para llevar cada uno sus cuentas, porque si no aquello era un desastre. Y el sello de música sigue, no sé cómo, pero sigue. Cuando hace un año dejé Acuarela para montar Dirty Works todavía seguían allí trabajando por lo menos seis personas, pero poco a poco ha ido cayendo gente.

En la colección RECorridos»sacáis dos libros brutales, que además os ponen bastante en el mapa: Rotten, la biografía de John Lydon; y Really The Blues, las memorias de Mezz Mezzrow, que rescatáis con nueva traducción firmada por ti, porque la que había…

Sí, era una mierda. Tan mierda que había incluso capítulos que el antiguo traductor se había saltado, no porque no fueran interesantes, sino por lo complicados que eran de traducir. Porque claro, en ese libro escriben como hablan, hacen virguerías con el idioma. La primera edición se publicó en Muchnik, cuando estaba con Anaya, y el traductor debió de pensar: «Bah, de esto no se va a enterar nadie», porque además era el típico libro de cubeta de El Corte Inglés, que se compraba por un euro, que fue al desguace directamente. Es acojonante darte de cuenta de que falta texto en una edición. Pero es verdad que es un libro muy complicado de traducir. Incluso en el texto original en inglés venía un glosario para que el propio lector angloparlante pudiera entender bien cómo se trapicheaba la droga en Chicago en los años cuarenta. En aquella primera edición venía una frase de Tom Waits y un prólogo de Barry Gifford, y eso sí lo respetamos. Pero vamos, que ese libro estaba ya descatalogado, en liquidación, y no sé muy bien quién nos habló de él. Creo que fue el propio Abel, que dijo: «Yo creo que este libro es increíble, tenemos que recuperarlo». Funcionó muy bien además, y ahora al menos tiene una traducción digna.

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Por lo que os hemos leído, Dirty Works nace de una necesidad de hacer las cosas a vuestra manera, un poco en plan canalla, hasta el punto de que vuestro distribuidor se echó las manos a la cabeza cuando le contasteis cómo ibais a funcionar.

Así es. El proyecto se cuece un día que mis socios, Nacho Reig y Rosa van Wyk —que son pareja y viven en Mújica, al lado de Guernica de camino a Toledo hacen una parada en Madrid. Y quedamos los tres. Tenía una hora libre y me pillaron en un momento de desencanto laboral, y les dije: «Vamos a un bar que conozco que se llama La Esquinita, y nos tomamos una cerveza». Empecé a soltar lo más grande, a cagarme en todo, y Nacho, que se ha dedicado toda la vida al cine y venía también quemado de lo suyo, se unió a la fiesta, porque también es de los de «no me gusta mi gremio». En un momento dado Rosa se fue al baño, y cuando volvió ya teníamos montada la empresa [risas]. Ella, que ha vivido toda la vida en Londres y es de Sudáfrica, cuando se enteró de lo que habíamos decidido, dijo: «Vale, pero que esta no sea la típica conversación española». Ellos siguieron para Toledo, y a los dos días ya estábamos con todos los papeles hechos y la empresa montada.

Con Nacho tengo además una anécdota muy curiosa: él había rodado una película llamada Amerikanuak, sobre la vida de los inmigrantes vascos de Elko, que se llegó incluso a presentar en el Festival de Cine de Donosti. Pero lo curioso es que cuando yo estuve allí, en Elko, rodando mi documental indio, me enteré de que había otro equipo de cine enfrente rodando lo de los vascos, ¡y era él! [risas]. Algo así pasaba también en una película belga, cuyo título no me acuerdo, en la que un equipo de cine iba siguiendo a un asesino a sueldo, iban grabando la vida cotidiana del serial killer, con el tipo desayunando y tal. Y hay un momento en la película en que se cruzan con otro equipo de cine que va siguiendo, también, a otro serial killer, y cuando se encuentran actúan como si fuera una cosa corporativa, en plan: «Hola, ¿cómo te va?». Era una película acojonante. En fin, el caso es que Nacho venía del mundo del cine y estaba también hasta los huevos, no quería saber nada más de aquello, y así surgió Dirty Works.

A Nacho le gustaba mucho Larry Brown, y en concreto un libro suyo de cuentos buenísimo que había sacado Bartleby: Amor malo y feroz. Pero nunca volvieron a publicar nada más de él. Y me acuerdo de que Nacho me decía: «Si tuviese pasta, my friend, te cogía a ti de traductor y te pagaba para que me hicieses traducciones de Larry Brown para mí solo. Además en plan millonario: una edición de un solo ejemplar, una buena edición, con depósito legal y todo…» [risas]. Y al final es lo que hemos hecho, aunque lógicamente no sacamos solo un ejemplar. Pero el plan de la editorial siempre ha sido: «Vamos a traducir las cosas que nos gustaría leer y que no se traducen, pero haciéndolo para nosotros». El primer título de Dirty Works fue la primera novela de Larry Brown, Trabajo sucio, que gracias a dios da nombre a la editorial porque estuvo a punto de llamarse El Alambique [risas]. Eso hubiera sido ya la ruina. Dijimos tantas tonterías y tantos nombres para la editorial que al final optamos por llamarla «Trabajos sucios», en honor al primer libro que sacamos. Y ahora nos parece que Dirty Works no suena nada mal.

Empezasteis con una campaña promocional bastante fuerte, con vídeos y mucho merchandising.

Sí, desde el principio quisimos que la cosa tuviese buen aspecto, nos gusta mucho cuidar la estética. Nacho viene del cine y Rosa del diseño, así que nos basamos mucho en las páginas web de las series de televisión o de lanzamiento de alguna película. Queríamos que nuestra web tuviera una estética que no se pareciese a la de una editorial. Queríamos una editorial que se pareciese lo menos posible a una editorial, y de ahí surgieron dos blogs: uno de música que llevo yo, y uno de series que lleva Nacho. La idea es acompañar la salida del libro con contenidos adicionales. Si sacamos un libro de Larry Brown, también traducimos entrevistas que le han hecho o artículos que él ha escrito, para que todo sea un poco más completo.

Desde el principio queríamos hacer libros que nos gustasen mucho, que tuviesen una buena y bonita textura. Pero la distribuidora nos decía: «Sois muy sobrios, no metéis nada de fajas». La primera reunión con ellos fue surrealista, porque nos pusieron de ejemplo la mierda que hicieron con el libro de Agassi, que para la promo sacaron un álbum como de plastiquillo con una frase, no me acuerdo de quién era, pero era una horterada de dimensiones descomunales. Nos decían que hiciéramos eso, una faja en la que alguien reconocido recomendase los libros. Y luego, con las citas de atrás lo mismo, que si tenían que ser de gente conocida y tal. Con la coña esta de las fajas, yo propuse que para el próximo libro íbamos a sacar una con una frase de, por ejemplo, Álex de la Iglesia que dijera: «Cómo molan los Dirty Works, que te dejan al final del libro dos páginas negras de cortesía para limpiarte el culo» [risas]. Es que eso de las fajas no tiene nada que ver con nosotros.

También nos decían que, por lo menos, pusiéramos dentro del libro las cubiertas de los anteriores publicados, para que así se viera que teníamos un catálogo. Y tampoco pasamos por ahí. Qué puta obsesión de llenarlo todo con cosas, ¡pero si a nosotros nos gusta el negro!

Pero en alguna cosa habréis tenido que ceder.

No, ceder no hemos cedido en nada. Otra cosa es que no siempre hayamos podido elegir lo que más nos gustaba, por cuestiones económicas. Cuando estábamos eligiendo el tipo de papel que queríamos usar para nuestros libros, solíamos entrar en las librerías para toquetear las páginas de otras editoriales, para palpar así todas las texturas posibles. Era muy gracioso vernos, con estas pintas, toqueteando y olisqueando todos los libros [se levanta y empieza a toquetear extintores]. El día más surrealista fue en La Central de Barcelona, donde entramos un poquito tocados del día anterior, y nos fuimos desplegando por toda la librería, cada uno por un lado, como rodeándola. Cada uno tocaba sus libros, e íbamos avisándonos cuando encontrábamos un papel que nos gustaba, en plan: «Eh, tío, mira, ven, ven». Y el de la puerta de seguridad flipaba muchísimo, viendo a dos tíos tan grandes oliendo libros [risas].

Y sí, al final, por un tema de pasta, no hemos podido utilizar un papel a la altura del que queríamos, porque nosotros hemos empezado de cero, cero, cero. Poniendo cada uno lo poco que tenía ahorrado. Estamos ahora empezando a levantar el vuelo, pero todavía nos queda un poquito. De hecho, ninguno de los tres vive todavía de la editorial. Nuestro objetivo es que Dirty Works funcione algún día como La Felguera. Los dos primeros libros que publicamos están un poco dedicados a Servando Rocha, que es nuestro amigo, por todo lo que ha hecho por nosotros. Es el maestro, una máquina, no solo por lo bien que edita sino por el concepto que tiene de editorial y de vida. Nosotros queremos formar una familia Dirty. En nuestro caso un poco más disfuncional que la de La Felguera, pero familia al fin y al cabo. Desde el principio le hemos fusilado casi todo, diciéndole: «El papel que tú utilizas nos gusta, y te lo vamos a copiar. El de cubierta también». Es más, nosotros trabajamos con Kadmos, la imprenta de Salamanca, gracias a su contacto. Le decíamos: «¡Queremos ser como tú, Servando!». Es que funcionan muy bien, con toda esa secta que se ha generado en torno a ellos, que son gente muy fiel. Muchas veces sacan un libro y antes de que llegue a la librería ya han cubierto los gastos con la venta directa desde la página web, que es algo que nosotros también tenemos. Menos mal que es buena gente y no se enfada, porque les estamos copiando todo.

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¿Cómo das abasto, siendo editor y a la vez traductor?

Sí, es verdad. Yo hago casi todas las traducciones. Algunas las ha hecho Tomás, que trabajaba conmigo en Acuarela y que es un traductor excepcional. Y ya le he tirado el anzuelo a Inga Pellisa para que traduzca a nuestra primera mujer Dirty, Bonnie Jo Campbell. Siempre nos decían: «Sois un poco masculinos, ¿no?», aunque solo lleváramos dos libros [risas]. Pero ya tenemos a varias autoras que, a su lado, Harry Crews se queda, vamos, como un niño haciendo la primera comunión.

Lo que pasa que este año hemos sacado seis libros, que para nosotros es un trabajo descomunal, porque los últimos han salido muy seguidos, y no nos ha dado tiempo de disfrutar de ellos. No hemos podido darle a cada uno su tiempo, su espacio. También vinieron dos autores de los seis que tenemos, de los cuales tres están muertos y uno no se sabe qué pasó con él. Pero a los dos vivos hemos tenido la suerte de traerlos a España y conocerlos en persona.

¿Cómo pudisteis montar eso?

Pues mirad, fue una cosa fantástica. Alan Heathcock, el de Volt, que vive en Idaho, iba a dar un curso en Francia, un taller de escritura, así que traerlo desde allí era muy barato. Le cogimos un piso en Madrid, y el tío encantado de venir. Cuando se enteró de esto Mark Richard se picó, y nos dijo: «Yo tengo muchas de conocer a Heathcock. He leído su libro y me ha gustado mucho», pero como vive en Los Ángeles le dijimos que nosotros no podíamos traerlo desde allí, que no teníamos presupuesto para tanto. Pero el tío nos dijo que se lo pagaba todo él, que necesitaba unas vacaciones. Y así fue. Se pagó el hotel, el viaje y todo lo que consumimos, que no fue poco [risas].

Mark estaba muy agradecido con nosotros, porque había abandonado un poco la escritura y el libro que le hemos publicado es de hace ventipico años. Le hacía mucha gracia que hubiese unos tíos en el otro lado del mundo que lo quisiesen recuperar. Estaba fascinado con nosotros, y nosotros en verdad teníamos el miedo típico de pensar: «¿Y si es un gilipollas?» [risas]. Pero resulta que estamos publicando gente con la que da gusto irse de cañas. Pero claro, con el peligro de que nos maten en el intento.

Con Mark tuvimos un día de sinceridad absoluta en la terraza del hotel donde se quedaba. Nos dijo: «Joder, esta es la mejor semana de mi vida y, ¿sabéis qué? Los derechos de mis otros libros, os los regalo». Nosotros le dijimos que mejor lo hablábamos mañana, cuando no estuviéramos borrachos. Nos dio apurillo y le dijimos: «No, lo hacemos bien, como hemos hecho este, porque al final esto son derechos de autor y tal». El tío entendió nuestro apuro y nos contestó: «Vale, vale, os entiendo. ¡Un dólar! Os lo vendo todo por un dólar». Y, efectivamente, así ha sido. Él decía que sabía que su agente le iba a matar, pero que le daba igual. Y ese mismo día nos compró entradas a todos para ir a ver la exposición de El Bosco, en el Museo del Prado, el día de la inauguración. No sé cómo lo hizo, pero lo consiguió. Fuimos allí en comandita con él y cuando estábamos a punto de pasar por el arco detector de metales, nos echa para un lado y nos dice: «¿Pensáis que dejarán pasar con esto?», y saca el tío un pedazo de cuchillo enorme. Y nosotros: «Pero Mark, ¿a dónde vas con eso?». Y nos contestó: «¡Es que soy de Louisiana!» [risas]. Pero lo más gracioso no fue eso, sino que al final entramos, le enseñamos el cuchillo al de seguridad, y va el tío y nos dice: «Sí, sí, no hay problema». Lo deja a un lado del arco, y tras pasar Mark, coge y le devuelve el cuchillo por el otro lado. Entonces, ¿para qué tanta parafernalia? [risas]. Y antes de irse nos compró un cuchillo a cada uno en una tienda de Madrid. Así que, aunque no soy de Louisiana, ya tengo mi cuchillo para cualquier eventualidad: para despellejar un caimán, por ejemplo, o lo que surja… Ahora no lo llevo encima, ¿eh? [risas].

Conocer a Mark Richard ha sido increíble. Ahora se dedica a hacer series de televisión en Hollywood. Se había ido a buscar localizaciones a México para una movida de zombis, y me recomendó una novela de César Aira que yo no sabía ni que existía. El tío es un crack. Nos ha escrito un prólogo para lo nuevo de Larry Brown que vamos a sacar, y eso que hace tiempo que dejó de escribir. Pero Mark conoció mucho a Larry Brown, fueron de hecho buenos amigos y tiene muchas anécdotas con él, muchas cartas. Estuvo en su funeral, porque Mark es predicador. Tiene su anillo oficial y todo. Ha oficiado tres funerales y una boda.

Casi al revés que la película.

Sí. Nos contó de hecho una anécdota con Larry Brown, en un funeral al que fueron todos, y al terminar, se llevaron las cenizas para esparcirlas por los pantanos de Louisiana, ya en la parte que pega al mar. Las mujeres habían prepararon todo, y se quedaron en la orilla. Y los hombres se montaron en una barquita de remos, con las cenizas, para tirarlas al agua. Pero en verdad iban todos borrachos, y de repente un tiburón empieza a circular alrededor de ellos. Y los tíos, borrachos como cubas, sin saber qué hacer. Hasta que Mark dice: «Tranquilos, que los tiburones estos no hacen nada. Si no tenemos nada de comida en el bote nos respetarán». Y uno de ellos empieza a ponerse nerviosete, y dice: «Yo sí llevo comida». Tenía el tío en el bolsillo un bocadillo de no sé qué [risas], y las mujeres, desde la orilla, viéndolo todo, preguntándose que qué coño hacían, porque al final salieron las cenizas volando, con el tiburón detrás [risas]. De ese nivel son las anécdotas de Mark.

De hecho, en el prólogo que nos ha escrito cuenta anécdotas de ese tipo. Tiene una foto en la que sale él bailando con Larry Brown en el garaje, los dos muy borrachos. A ver si la encuentra, porque me encantaría rescatarla. Por lo visto sus mujeres se odiaban. La mujer de Larry Brown siempre odió a la de Mark Richard, y la de Mark Richard a la de Larry Brown, porque cuando se juntaban eran, ¡uuufff! Me recuerda un poco a mi relación con mi socio, que somos muy de juntarnos a beber y que se te vaya, y que haya tiburones dando vueltas [risas].

Luego Mark Richard también conoció a Harry Crews. Coincidieron en Oxford, en el pueblo de Faulkner, porque durante unos años Barry Hannah un autor que podría ser un futuro Dirty— organizó unos cursos allí de escritura sureña, y los invitó a todos. Sobre esto hay otra anécdota preciosa: a Larry Brown le flipaba Harry Crews. Lo admiraba muchísimo. A Mark Richard también le gusta Harry Crews, pero tampoco es que sea uno de sus autores favoritos. Un día, en uno de estos cursos en Oxford, invitaron a Harry Crews a dar una charla, y coincidió que Mark Richard estaba allí. Larry Brown se puso muy nervioso porque por fin iba a conocer a su ídolo. Fueron los dos juntos a buscarlo al aeropuerto, pararon a comprar cerveza —porque esta gente es muy de cerveza— y por lo visto, cuando llegaron al aeropuerto, se encontraron a Harry Crews giradísimo, en una de estas movidas que le daban. Fue en la época en la que se puso la cresta, y para Larry Brown fue muy decepcionante. Nos lo contó Mark: «Lo sentí mucho por Larry, porque realmente él le tenía una admiración brutal, y me dio mucha pena que el otro fuese como era».

Es que Harry Crews fue un personaje muy difícil. Cuando yo lo empecé a publicar en Acuarela todavía vivía. Kiko Amat y Miqui Otero lo querían traer para Primera Persona, el festival ese que se hace en Barcelona donde le hacen una entrevista y no sé qué. Kiko me llamó para que le diera un teléfono o una dirección donde poder localizarlo, porque iba a ir a Estados Unidos y quería aprovecha la visita para hacerle una entrevista, y le dije: «Mira, yo te lo voy a dar y te voy a decir lo que va a pasar. Te va a coger el teléfono él, en persona, y va a ser el hombre más amable del mundo, que para eso existe eso de la hospitalidad sureña. Te va a decir que sí, puede que incluso te pregunte por tu ciudad y por tu familia, y va a quedar contigo. Pero vas a ir y no va a aparecer», porque eso es exactamente lo que le pasó a un periodista francés, que quedó con él, fue a su casa, llamó a la puerta contentísimo… pero nadie le abrió. Harry Crews no apareció. Se tuvo que volver a Francia con todo pagado por la revista, y sin nada sobre lo que escribir. Salvo lo del plantón, claro. Le conté esto a Kiko y me dijo: «Ah, bueno. Entonces no me des el teléfono» [risas]. Y al poco se murió.

En fin, que este año sacaremos nuevo libro de Larry Brown y nuevo libro de Mark Richard —ese que nos ha salido «tan caro»—. Intentaremos sacar menos libros para centrarnos más en viajar, conocer gente, libreros, etc., que es algo que este primer año no hemos podido hacer.

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De hecho estáis de turné con la furgoneta haciendo una especie de gira ibérica.

Sí, hemos empezado por el sur. Yo siempre cito la canción de Tom Petty de «Southern Accent» que cantó Johnny Cash, y que para mí será siempre una canción de Johnny Cash más que de Tom Petty. Johnny Cash es que ha robado muchas novias, porque cualquier canción cantada por él suena mejor que la original. Pero sí, la gira la empezamos en Málaga, en El Rincón de la Victoria, donde hay unos chavales que han montado allí una librería increíble: La Mínima. Son una pareja extraordinaria. Son maestros de circo, de los que dan clases a los hijos de artistas de circo. Tienen su propio carromato, con aulas para los críos. Llevan siete años viajando por España, y ahora han montado esta librería, casi a pie de mar. Es una librería-bar, la única librería del pueblo, y tienen allí un catálogo espectacular. Son supermajetes además. Fue curioso porque nos dijeron que si íbamos allí a presentar nuestro catálogo íbamos a vender un montón, y allá que fuimos. Cuando llegamos, empezó a entrar gente pero con una media de edad de sesenta años o así, y pensamos que íbamos a vender una mierda. Proyectamos un vídeo con todos estos gamberros haciendo barbaridades y decíamos: «Estos señores se van a asustar». Pero qué va, la gente superinquieta, preguntando muy interesada. Todos se fueron con un libro de Dirty Works.

Luego nos fuimos a Córdoba, invitados por Bandaaparte, que es una editorial hermana. Son muy amigos, y nos han estado acogiendo en su casa. Luego hemos venido con ellos para Sevilla, aquí al Bookstock, y luego iremos a Plasencia, Salamanca y Segovia, para visitar a las tres librerías que se han asociado bajo el nombre de «La Conspiración de la Pólvora». Y acabaremos en Albacete, en la librería Nemo, que son gente que desde el principio contactó con nosotros porque les gustaban muchos los libros que hacíamos, y nos pedían también nuestras camisetas y tal. Respondieron de puta madre, así que lo teníamos pendiente. Luego vamos a montar otra más por el norte, cuando nos recuperemos del sur.

Hasta eso lo estáis haciendo al revés que los demás, porque el primer terreno que se lanzan a conquistar las editoriales de nuevo cuño no suele ser el de las librerías.

Es verdad, pero al final el que vende el libro es el librero. Es el que te lo va a colocar bien si tú lo tratas bien. En todo este proceso de ir derivando el trabajo a otra gente, el librero es al final el que está a pie de calle, y es el que sabe lo que se vende en su librería y lo que no.

O sea, que os preocupa más estar en cualquiera de estas librerías que en la sección de  novedades de El Corte Inglés.

Sin duda. UDL nos coloca muy bien en las cuentas grandes, porque ya tienen un canal de difusión, pero nos queda todavía mucho por llegar porque hay librerías en las que no estamos. También estamos ahí apretándole las clavijas a UDL porque, por ejemplo, fuimos a la librería más importante de Burgos y no sabían ni quiénes éramos. A UDL le estamos apretando para que lo hagan un poco mejor, pero nosotros, en lo que podamos, también tenemos que ir abriendo camino por otros sitios.

Al principio yo creo que UDL no nos supo vender bien, no sabían muy bien qué hacíamos. También es verdad, y supongo que es normal, que todo el mundo tiene preferencias. Ellos venden mucho mejor los libros de Rey Lear, de Periférica, ese tipo de cosas. Eso sí saben venderlo muy bien, pero nosotros tuvimos con ellos al principio nuestros más y menos, porque no sabían lo que éramos. En una reunión con ellos cometieron un error muy grave. Hicimos un vídeo promocional con Ignatius Farray, que es amigo de toda la vida, un vídeo que teníamos colgado en nuestra web desde hacía tiempo, y la chica de UDL nos dijo un día: «Ayer vi el vídeo con el humorista ese». Y entonces le dije: «¿Me estás diciendo que llevamos un año trabajando juntos, y que ayer entraste por primera vez en nuestra web?». Mal. La verdad es que nos está costando mucho que nos muevan bien.

Luego también hay gente que piensa que estamos especializados en novela negra, porque como los libros son de color negro, pues novela negra. Incluso una de las subdelegadas de la distribuidora también nos quería vender en las tiendas de cómics y tal, como si fuéramos unos fanzineros. Si vendes así nuestro producto, pues el sesenta por ciento de las librerías no van a querer nuestros libros, porque… ¡que no coño, que no somos fanzineros!

Pues aprovecha ahora: ¿cómo os gustaría que os vendieran? ¿Con quién queréis que os identifique la gente?

Nuestra línea editorial se mueve en el terreno del gótico sureño posmoderno. Aunque aquí todo lo inventó ya Flannery O’Connor. Todos nuestros libros son muy hijos de ella, y de Faulkner. Son como mamá y papá.

Pero sí, tenemos que aprender a vender mejor la idea de quiénes somos. A lo mejor hemos fallado en eso y no hemos sabido transmitirlo bien, de ahí lo de viajar y conocer a la gente en persona. Por eso hemos montado un vídeo donde recogemos entrevistas a Harry Crews y a Larry Brown, para que la gente vea quiénes somos.

Y en prensa, ¿qué impacto habéis tenido?

La verdad es que nos han tratado de puta madre, porque toda la gente que ha hablado de nosotros ha hablado bien. No hemos tenido por ahora ningún problema, aunque también es verdad que lo que ha salido en prensa ha sido muy puntual, de cuando hemos publicado alguna novedad y tal…

Luego están los blogueros, claro, donde hay gente para echarle de comer aparte. Gente que se está haciendo gratis una biblioteca de libros por la cara, que te escriben y te dicen: «Oye, ¿me puedes mandar los seis libros que habéis sacado, que tengo que hacer una reseña en una página que tengo y tiene no sé cuántos miles de visitas?». Cuando estaba en Acuarela los enviábamos siempre, porque picas y lo mandas a casi todo el mundo. Pero cuando ves las mierdas de reseñas que te hacen, dices: «Mira, no, cómpratelo». Yo hago un blog de música y no voy pidiendo los discos a la gente. Te los mando si realmente te curras tu texto. No te estoy diciendo que me pongas bien. Ponme a parir si quieres, y si lo haces con gracia y con sentido, y te lo curras, pues de puta madre. Pero si no, prefiero regalarle el libro a un librero que a uno de estos figuras. Así que esta es la asignatura pendiente.

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Vuestros libros plantean un universo muy concreto. ¿Qué recomiendas tú para empezar con Dirty Works?

Yo creo que deben empezar por Trabajo sucio. Los libros hablan entre sí porque tienen un poco que ver unos con otros: este conoce a este, o aquel a tal. Y eso que Trabajo sucio no es el más digerible de los seis que hemos sacado hasta la fecha. Quizás el más asequible sea la autobiografía de Óscar Zeta Acosta, que como está ligado a la película Miedo y asco en Las Vegas y se trata de un personaje un poco más conocido, pues se puede tener una referencia más clara de él. Con ese libro sí que hicimos una pequeña concesión al «fajismo» pero sin poner faja. Por detrás, en la contra, pusimos una cita de Benicio del Toro hablando de quién es este señor. Intentamos incluso ponernos en contacto con él, pero al final no pudimos. Como seguramente rescatemos el otro libro de Acosta, nos encantaría sacarlo con un texto de Benicio del Toro sobre cómo fue interpretar a Zeta Acosta en la película.

Después de Trabajo sucio, yo recomendaría Volt, que para nuestra sorpresa no se ha vendido tanto como esperábamos, ya que era el libro más premiado de todos los que hemos sacado. Ha sido también muy recomendado por Donald Ray Pollock, que le hizo la crítica en el New York Times. Además Heathcock es un autor con una proyección muy potente ahora en Estados Unidos. Está acabando su novela, de casi seiscientas páginas. Me contó un poco de qué iba, y tiene una pinta increíble. Lo comparan mucho con Cormac McCarthy. A mí Volt es el que más me gusta, por cómo ha quedado de diseño y todo eso. Tenemos la suerte de que, a pesar de que no se ha vendido como esperábamos, ahora están haciendo una adaptación cinematográfica del primer relato del libro, y Heathcock está metido también en el guion. Va a ser una película muy potente. Nos contó los actores que se estaban barajando para el protagonista y eran nombres como Tom Hardy, Leonardo Di Caprio… y en seguida nos dijimos: «¡Joder, a ver si la hacen pronto y ahí sí que ponemos una faja!» [risas]. Eso nos daría un subidón, la verdad, y eso que parece que hacemos las cosas como si no quisiéramos ganar dinero. Por ejemplo, de Larry Brown vamos a sacar ahora Padre e hijo, su tercera novela. Nos hemos saltado una, y mucha gente nos pregunta que por qué, y la razón es que se acaba de hacer una película basada en el libro que ha tenido mucho éxito: Joe. Para colmo la peli es buenísima, con Nicolas Cage.

Hablando de Nicolas Cage, como abogado vuestro os recomiendo dos páginas de Facebook: una que se llama «Nicholas Cage es todo el mundo», en la que se ve al tipo haciendo de cristo crucificado, de Blancanieves, de lo que sea… es la hostia; y otra que se llama: «La misma foto de Jeff Goldblum todos los días», que también es espectacular.

El catálogo de Dirty Works presenta ciertas similitudes estéticas con la colección «Al margen» de Sajalín. Quizás ellos están más centrados que vosotros en la literatura de rescate, porque en vuestro catálogo al menos se pueden encontrar escritores vivos. ¿Es esta la línea editorial que queréis seguir explotando?

No. Nuestro funcionamiento consiste en que yo me pongo a bichear, y voy leyendo y encontrando, pero no es buscado. Es verdad que desde el principio nos han relacionado con Sajalín, pero creo que somos diferentes. Yo a Dani lo conozco desde hace tiempo. De hecho participamos los dos en un combate cuerpo a cuerpo entre Edward Bunker y Harry Crews (ganó Harry Crews, por cierto). Por otro lado, Bunker es un autor muy Dirty.

Ahora va a salir otra editorial que tiene muy buena pinta, con una estética muy cañera, y creo que va a estar en la misma línea que nosotros. Se llama Underwood, y van a empezar publicando Fat City. Está bien que haya editoriales así. Ahora bien, hay mucho hijo de puta en el sector editorial, hay muchos buitres. Sobre esto, Marta, mi chica, siempre me echa la bronca y me dice: «¡No digas nada!». Con los amigos, por supuesto, me llevo bien, pero creo que amigos de verdad solo tengo a Dani de Sajalín y a Servando de La Felguera. Son de los pocos. Porque luego a mí me han hecho cosas muy feas en este sector.

Cuéntanos alguna.

Llevábamos ya publicados dos libros de Harry Crews en Acuarela, y estaba en la imprenta, a punto de salir, el de Una Infancia. Me llamó alguien que yo pensé que era mi amigo, que era buena gente, y me preguntó si íbamos a publicar ese libro. No diré de qué editorial es, pero el caso es que le dije que sí, y que se lo mandaba, porque al día siguiente salía de imprenta y estaba de puta madre. Ni siquiera me agradeció el gesto de habérselo mandado, y me enteré por otra gente que había alguien que había estado buscando publicarlo. Y resulta que era él. Las cosas no se hacen así. Si me lo hubiera dicho a la primera, le habría contestado: «Tío, yo no soy el dueño de Harry Crews, pero por lo menos dímelo». Dime que vas a sacar un libro de Harry Crews y yo te diré: «Ole tus cojones». A mí qué más me da, si hay un montón de autores. A mí no se me va a ir esto al garete por eso. Si lo sacas tú, yo saco otro. ¡Si hay un montón! Lo que pasa es que hay mucha gente que no trabaja. O sea, que no lee, que solo publican lo que les mandan las agencias o los libros recomendados por gente que lee para ellos. Nosotros, como buceamos y nos metemos ahí en el lodazal, pues encontramos un montón de cosas.

A ver, en este círculo de las editoriales independientes el ambiente es diferente. Hay buen rollo entre los que más o menos solemos vernos en las ferias y tal, pero también hay cada… ¡uff! En fin, que para tener amigos hay que irse a otro lado.

Hablando del ambiente entre editoriales, con Valdemar siempre habéis tenido buen rollo, ¿no?

Sí, a Rafa hay que meterlo en el grupo de amigos, es verdad. Y eso que lo conozco hace no mucho, pero desde el principio le ha gustado nuestra editorial. Le daba al «me gusta» a todo, y cuando lo conocí en persona descubrí que es un tío excepcional. Desde entonces, cada vez que sacamos algo, él hace una publicación con su  muñequito de pincho al lado, y se nota que la gente le hace caso. Estamos superagradecidos.

Antes he citado a los editores que considero amigos; es decir, que si no fuesen editores seguirían siendo amigos. Y decía que no hay caballerosidad en este negocio, y que hay mucho hijoputismo, pero lo peor que tiene nuestro sector editorial son los dinosaurios, que deberían extinguirse ya con la última glaciación. Las editoriales que eran independientes hace años se han convertido ahora en una puta mierda. Como Anagrama, sin ir más lejos. Toda esa gente tiene ya que empezar a dejar espacio a lo que viene, que es muy fuerte y está dando vida a las librerías.

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¿Tenéis en mente seguir con Harry Crews?

Sí, sí. Y no solo seguir con él, pues sacaremos uno nuevo este curso, sino recuperar los que ya traduje para Acuarela y Machado. Me gustaría hacerlo cuando ya tengamos tanto dinero que nos de igual sacar un libro u otro. Larry Brown y Harry Crews lo van a acaparar todo.

¿El que salió de Larry Brown en Bartleby también lo reeditaríais?

Pues me encantaría. Lo que pasa es que la historia de ese libro es la historia del tesón del traductor. Existe porque el traductor lo quiso. En el prólogo al libro explica cómo fue su aventura. Descubrió a Larry Brown en un viaje que hizo a Estados Unidos, lo tradujo por su cuenta y mandó su traducción a un montón de editoriales. Y todos se la rechazaban. Hasta que llegó a manos de Bartleby, que lo publicó gracias a que el traductor dio el coñazo. Lo mandó como a treinta editoriales y ¡joder! A mí no me llegó en ningún momento, ¿eh? [risas].

Hablando de traducciones, ¿por qué los traduces tú casi todos? ¿Porque no quieres soltarlos o porque si no no sale rentable la cosa?

La opción B [risas]. Es que si no no hubiésemos podido sacar los libros que hemos sacado. Está siendo duro sacar esto adelante, porque claro, yo no cobro las traducciones. No me voy a pagar a mí mismo. A Tomás le pedimos que nos echara una mano con uno porque yo ya no daba abasto. Pero hombre, a Harry Crews y a Larry Brown me gustaría seguir traduciéndolos yo. Y creo que está bien además, que cuando un traductor le ha pillado bien el punto a un autor siga traduciéndolo él.

Estaba hablando antes con Raquel Vicedo de las malas traducciones y le decía: «Tendríamos que tener una lista negra de traductores para así no comernos los marrones». Hay cada traducción por ahí de flipar, y eso te puede reventar un libro porque al final es otro acto de fe más: «¿Estoy leyendo este libro o lo que alguien se ha inventado?». Y no hablo solo de estilos, sino de cosas literales.

Recuerdo que a nosotros nos tradujeron una vez la expresión cold turkey (el mono, síndrome de abstinencia), como «pavo frío». Así tal cual, hicieron una traducción literal, y eso son mierdas que al lector le sacan de la lectura. Yo leo el libro antes y, claro, cuando luego leo una traducción me remito a las sensaciones que he tenido al leerlo en inglés. Eso me ha pasado con un libro que íbamos a sacar, que al final no lo sacamos porque la traducción era… en fin. Cuando la leí, para nada me daba la sensación que me había dado el libro al leerlo en inglés. Me pareció hasta aburrido, y me preguntaba qué cojones había pasado ahí.

¿Eso lo haces con todos los libros que editas, los traduzcas tú o no?

Sí. Recuerdo que estando en Acuarela tuvimos que pagarle la traducción a un tipo, decirle que sí, que estaba muy bien, y luego lo retradujimos entero, porque no había por dónde cogerlo.

En el blog que tenías en Acuarela colgaste una vez un texto académico en el que te habías basado para enfrentarte a la traducción del inglés sureño.

Es que la literatura sureña es muy complicada de traducir. Tú coges traducciones de Faulkner de los años setenta u ochenta y ves que lo castellanizan todo. Por ejemplo, John es Juan. Y luego, cuando ves los diálogos, parecen los tíos extremeños [risas].

Sobre Cuerpo, el primer libro que publicamos de Harry Crews, hay estudios relacionados con el lenguaje que se usa en la novela. Sobre cómo Crews subvierte el lenguaje para que suene como habla la gente. Allí hay muchos que hablan como los de Rústicos en Dinerolandia. En esa novela sale un negro con un acento muy marcado, y Harry Crews lo distingue al escribir. Y claro, en la editorial nos planteamos cómo íbamos a hacerlo. Al final nos inventamos una fórmula que más o menos reflejaba esos detalles, distinguiendo los diferentes acentos. Quedábamos los tres de Acuarela, con una botella de whisky, o con cerveza, y nos poníamos a leerlo en voz alta, y luego jijiji, jajaja, y así fue como se tradujeron esos diálogos. Porque al principio parecían andaluces, luego parecían cubanos… [risas].

Por ejemplo, el libro que ha sacado ahora Malpaso escrito por un jamaicano lo ha traducido Javier Calvo, pero la parte en jamaicano la ha hecho Wendy Guerra, traduciéndolo todo al cubano. En uno que sacamos nosotros de Harry Crews también había un jamaicano y, hablando con Tomás Cobos, que es el que más sabe de reggae y de Jamaica del mundo, le dijimos: «Tú que tienes amigos jamaicanos, ¿tienes alguno que viva aquí en Madrid para oírle cómo habla español, para ver si…?». Y lo hacemos así, buscando ese tipo de cosas hasta encontrar la mejor solución, porque si no suena todo simplemente a paleto. Como los negros de las novelas de Faulkner, que traducidos son… ¡Como si bastase con quitar la ese del final de las palabras! Así puede funcionar para un determinado personaje, pero no para todos. Suenan a paletos pero a lo mejor no lo son. Son gente del sur, y tienen un acento muy especial, y es complicado, la verdad. Porque los libros que sacamos nosotros son todos del sur de los Estados Unidos, y Harry Crews es autor muy cabrón para traducir.

Llegó la hora de la pregunta del millón: ¿qué libro clásico se te ha atragantado?

Os he leído esta pregunta en varias entrevistas y traía la respuesta preparada: no tengo ni puta idea. Yo siempre me acabo los libros. No sé si será porque soy idiota o porque tengo un sentimiento judeocristiano de culpa. Os puedo contar, a cambio, la experiencia lectora más desoladora que he tenido en mi vida, de un día que me fui a Nueva York con un puto libro de Antonio Muñoz Molina: Ventanas de Manhattan. Empecé a leerme ese libro y, en serio, me quería ir de Nueva York [risas]. Tal cual, ¿eh? Porque hay cosas de las que uno habla y aunque estén mal contadas siguen molando. Pero es que ese libro me transmitió un tedio que me hizo que me pareciera fea la ciudad, sin nada de glamur, me olía todo a aceituna… [risas]. Es el peor libro que he leído en mi vida. Además me pillé gran rebote leyéndolo, porque, ¿a mí qué cojones me importa que tú estés dirigiendo El Cervantes en Manhattan? ¡Qué coñazo tío! ¡No le des a eso una importancia que no tiene! Así que fue un error muy grande, porque me lo llevé pensado que era un libro muy molón y al final me jodió el viaje. ¡Qué hijo de puta! [risas].

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Érase una vez en Noruega

Euronymous, Necrobutcher y Dead, premonitorios. Fotografía cortesía de ablackmetalblog.
Euronymous, Necrobutcher y Dead, en plan premonitorio. Fotografía cortesía de ablackmetalblog.

Para acompañar la lectura del artículo, nuestra lista en Spotify:

Hedenskapet hva jeg har hengende her.

El 8 de abril de 1991 Per Yngve Ohlin, más conocido como Dead, decidió convencer al resto del mundo de lo que él ya sabía desde los trece años: que estaba muerto. Se internó en el bosque y con un cuchillo se rajó las muñecas y el cuello. Introvertido, depresivo, tras un accidente en su infancia despertó de una experiencia cercana a la muerte con la íntima convicción de que de ahí, de la muerte, no se regresa (1). Tal vez la certeza de que ya estaba allí le hizo impacientarse ante el hecho de que a pesar de sangrar por esos cortes durante veinte minutos seguía respirando. Había estado casi toda su vida desplazado de la realidad y con la sensación de participar en una farsa. Volvió a su piso, cambió el cuchillo por una escopeta y se voló la cabeza.

Su compañero de piso, el artista conocido por el público como Euronymous y Øystein Aarseth por sus padres, se encontró al llegar con la pintoresca escena. Un bodegón de escopeta, cuchillo, salpicaduras y Dead con los sesos saludando al aire, más una escueta nota de suicido que rezaba «Perdonen por toda la sangre». Dispuso mejor alguno de los elementos que para su gusto desequilibraban el cuadro y le hizo una foto al cadáver (2). Tras recoger unos fragmentos de cráneo para hacerse un collar (3) e imaginamos que observar un rato satisfecho y con los brazos en jarras su obra, avisó a la policía.

Dead y Euronymous formaban parte de Mayhem, si no la principal sí al menos una de las más importantes bandas de la escena del recién nacido, prácticamente de sus tripas, black metal noruego. El más extremo de todos los estilos del metal extremo. Y quizá la forma más extrema de arte de finales de siglo XX, porque ningún otro movimiento imbricó en tan alto grado el arte y la forma de vida que ese arte predicaba. Claro que lo que predicaba era muerte, mal, nihilismo, odio y caos, pero qué queremos con cuatro horas de luz solar al día y un frío frente al que uno solo podría protegerse metiéndose en las tripas de un tauntaun muerto. La música era la perfecta banda sonora de los sentimientos, claro. Si una de las funciones del arte es modelar ánimo y sentimientos no cabe duda de que la escucha de las discografías de Mayhem, Burzum, Emperor o Darkthrone conduce a un estado emocional espeluznante. Una batería a velocidad endiablada tras estridentes y machacones riffs de guitarra, voces que entre chillidos guturales cantan a la mayor gloria del mal. En ese mal hay una putrefacta hermosura, una cierta belleza enferma y terrible que se derrama sobre el oyente como si fuera un recipiente y esa oscuridad fuera un líquido del que de pronto estamos sedientos. No obstante, las opiniones sobre esta música, como en el caso de Asurancetúrix el bardo, están divididas. Con el mismo buen criterio, cualquier persona normal lo que escucha en esos discos es un pandemonio que recuerda a una madre golpeando de manera histérica la puerta del baño mientras su hijo y el perro mueren dentro expeliendo violentas vomitonas de bilis (4).

Mayhem en el sótano de Helvete. Foto: DP.
Mayhem en el sótano de Helvete. Foto: DP.

Estas y otras bandas se habían agrupado en torno a la figura de Euronymous formando el Black Circle (o Inner Circle), que utilizaba su tienda de discos Helvete como púlpito ante el que reunir las huestes y predicar la mala nueva: por encima de la música tenemos una filosofía. Euronymous había sido un comunista radical, pero cuando el Partido Comunista noruego condenó oficialmente las barbaridades de Pol Pot en Camboya sintió su sensibilidad política insultada. El comunismo no era lo suficiente malvado para él. Podemos suponer que enfrascado en estos sesudos debates con los colegas pasó lo que cualquiera que haya participado en un debate de internet sabe que pasará siempre: alguien mencionó a Hitler y concluyó ante esta epifanía que el nazismo era lo mejor. El supremacismo ario casaba además con una de las principales ideas del movimiento, la exaltación de la cultura escandinava precristiana y una visión romántica de aquella era, pura y libre de no se sabe bien qué amenaza. Porque toda esta filosofía no es otra cosa que un involuntario despliegue de hilaridad como para flipar, no nos engañemos. Cómo en el paradigma del Estado de bienestar y la muy civilizada sociedad escandinava puede surgir un movimiento que defiende la superioridad de la raza, la violencia como respuesta y como pregunta, el satanismo (y no estrictamente el filosófico de la Iglesia de Satán de Anton LaVey, estos sujetos creían en la existencia de forma literal de un demonio con cuernos y rabo al que invocar), el mal por el mal como fondo y objetivo, es una cuestión desconcertante. Años después alguno de ellos dejaría entrever en sus declaraciones que ese paraíso socialdemócrata era tan agradable que alguna cosa tenían que hacer para pasar el rato.

Varg Vikernes, sacerdote de Odín de nivel 15. Foto: DP.
Varg Vikernes, clérigo de Odín de nivel 15. Foto: DP.

No es la única explicación, pero la más sencilla es una constante en la historia de la gilipollez humana: la influencia de las figuras carismáticas. Y junto a Euronymous se erigió la de Varg Vikernes (conde Grishnack por aquel entonces, seudónimo de inspiración tolkeniana) líder y único miembro de facto de la banda Burzum (5). Vikernes es una figura que algunos exégetas nos pintan como apasionada e inteligente, pero que no es otra cosa que una regadera ambulante con el suficiente carisma como para encandilar a esa panda de adolescente confusos con ganas de ser más malos que nadie que penaban en la escena noruega del black metal. Admirador de Euronymous y sus ideas en un primer momento, terminó considerándolo un débil cobarde indigno de defender las sagradas esencias vikingas. Euronymous ladraba mucho pero mordía poco. Vikernes quería acción. El cristianismo había invadido su cultura en la Edad Media hundiendo bajo su yugo a un pueblo individualista y guerrero y los había convertido en esclavos de la moral judeocristiana, opresiva con el fuerte y piadosa con el débil (6). El conde estaba convencido de esto hasta el punto de abandonar el satanismo por formar parte de aquella tradición: creer en Satanás implica creer en su contrario. Abrazó entonces la fe pagana de su pueblo, el odinismo. Los antiguos dioses nórdicos eran la respuesta precisa. Y había que empezar a limpiar el cristianismo de su tierra con hechos.

En 1992 se consumía en llamas la primera iglesia, un edificio medieval de madera en Bergen. No se pudo relacionar con pruebas contundentes a Vikernes con el incendio, pero una foto de sus restos ilustró la portada del segundo disco de Burzum. Sí se demostró que era culpable en el caso de otras dos capillas, aunque fuera de los juicios siempre se jactó de su responsabilidad en muchos más incendios. Y a partir de ahí el caos se extendió como una avalancha de oscuridad súbita. La escena blackmetalera, sin un aparente plan organizado, se arrojó a una deriva de gozoso apasionamiento que se saldó con cincuenta y dos iglesias quemadas, cientos de tumbas profanadas en diversos cementerios del país, secuestros y agresiones.

Varg y su complejo de divo no pudieron resistirse a ejercer protagonismo convocando a un periódico local para una entrevista y rajar todo lo posible sin autoinculparse directamente. En plan «me parece que alguien que a lo mejor soy yo ha quemado un montón de iglesias y meado sobre vuestras tumbas». Y claro: alarma social, las fuerzas vivas muy compungidas mesándose las barbas ante lo dramático del asunto, la prensa musical internacional interesándose por qué cojones es eso que está ocurriendo en Noruega, ancianas asustadas ante un número significativo de muchachos luciendo corpsepaint (7) por las calles y las personas en general pidiendo explicaciones al Gobierno sobre si es que nadie piensa en los niños o qué. Hubiera ardido Twitter de existir por aquel entonces más que las iglesias ante la magnitud de la movida.

Como la policía no es tonta, si un sujeto dice que estas colillas son suyas concluye que aquí han fumado y además ha sido este. Por tanto desplegaron un equipo en Oslo, centro del movimiento en esos momentos. Indignando ante semejante operativo, Vikernes se presentó ante ellos en su centro de operaciones temporal pertrechado con una cota de malla y varias armas blancas colgadas del cinto, en compañía de otros dos individuos de semejante guisa, para exigir que cesara la investigación y la presión sobre la escena. La muy civilizada y socialdemócrata policía noruega le contestó estupefacta pero con suma educación que él no tenía ningún tipo de autoridad para exigirles nada, que se marchara, si era tan amable, lo que Vikernes hizo no sin antes despedirse brazo en alto con el saludo fascista (8). No quiero yo dudar de las garantías democráticas de España, pero si los Mägo de Oz se personan en un cuartelillo de la Guardia Civil disfrazados de piratas a pedir aunque sea la hora, desencadena sobre ellos el sargento benemérito una lluvia de hostias tal que les cambia las vestiduras por una de torero.

Alguien ha quemado algo... Portada del disco Aske. Imagen: Misanthropy Records
Alguien ha quemado algo… Portada del disco Aske. Imagen: Misanthropy Records.

En medio de este caos generalizado, Bård G. Eithun, que tocaba la batería en Emperor bajo el seudónimo de Faust, asesinó a un caballero homosexual que durante un paseo por el parque se le había acercado muy educadamente a pedirle rollo. Según el propio Faust, se adentró con él en los árboles fingiendo connivencia y allí le asestó una cantidad de puñaladas incompatibles con la caballerosidad, con la educación, con enrollarse y con la vida. La policía no supo relacionar este crimen con el Inner Circle hasta años después, pero Faust no hizo más que presumir de su hazaña en los círculos blackmetaleros durante todo ese tiempo. Cuando al fin se le juzgó no parecía muy apenado por sus actos, pues en sus propias palabras «era un maricón, si no lo hubiera matado yo tarde o temprano lo habría hecho otro».

El rumor en la escena de que alguien al fin había vertido sangre impura y cometido un verdadero acto de maldad en lugar de bufonadas probablemente enloqueció de celos a Vikernes, que en sus delirios se veía como el verdadero profeta del mal. Por otra parte su amistad con Euronymous se había tornado en odio, por considerarlo débil, falso, comunista encubierto y sospecharlo homosexual. Las dos cabezas del Inner Circle tenían además un conflicto metafísico irresoluble: el satanismo de Euronymous (9) y el paganismo de Vikernes. Y lo más importante tras tanta farfolla ideológica absurda, asuntos de vil metal: Euronymous distribuía el material de Burzum y Vikernes consideraba que le robaba ganancias. Acompañado por Snorre Ruch, del grupo Thorns, serpenteó con su automóvil atravesando en la noche de bosques noruegos los más de setecientos kilómetros que separan Bergen de Oslo. Durante el trayecto escucharon una música muy ambiental para lo que se disponían a hacer. Vikernes llamó a la puerta de Euronymous, que abrió en gayumbos, y tras una una breve discusión lanzó siete puñaladas tomando la precaución de atinarle con todas ellas. Euronymous intentó escapar corriendo escaleras abajo, trayecto en el que se encontró con Snorre, que había salido del coche al escuchar los gritos y estaba allí no sabía muy bien por qué, solo que Varg le había propuesto matar a Euronymous y, en fin, en general todo le parecía bien. También se encontró con otras dieciséis cuchilladas que el conde le fue aplicando cuidadosamente en la espalda durante su huida y acabaron finalmente con el show.

Varg Vikernes conquista a la cámara durante su juicio. Imagen: Grenzeløs Productions.
Varg Vikernes seduce a la cámara durante su juicio. Imagen: Grenzeløs Productions.

Aquí acabó el Inner Circle tal y como se entendía, pero no su legado. Vikernes y Snorre fueron detenidos, la policía ató cabos y también cayó Faust. Y tantos otros por delitos menores. Vikernes fue condenado por asesinato, la quema de varias iglesias y el hallazgo de armas y explosivos en su domicilio a veintiún años de cárcel, el máximo contemplado en la legislación noruega. Salió de la cárcel en libertad condicional dieciséis años después, durante los que se le permitió grabar discos y escribir infinidad de panfletos desarrollando sus ideas que le han convertido en un teórico respetado por los grupos neozanis de toda Europa. Él mismo se quejó en más de una ocasión de que las prisiones noruegas son demasiado permisivas y que ahí dentro no sufría lo suficiente. Estas ideas son una amalgama demencial de nihilismo individualista de extrema derecha y paganismo. Está convencido de que la raza aria desciende de los antiguos dioses nórdicos, que no eran otra cosa que extraterrestres. Odín, en el principio de los tiempos, desplazó a fuerza de bombazos nucleares la Tierra hasta una órbita propicia para el desarrollo de la vida. Se asentó aquí con su panteón y de ellos desciende el pueblo germánico. Desde su punto de vista, solo es digna de ser considerada persona la gente de ojos azules y pelo rubio, y quizá los pelirrojos, con los que transige por ser descendientes de Thor. Tolera apenas a los blancos que no poseen estos rasgos, pues según él los ojos azules evocan el mar, pero los marrones evocan el ojo del culo. Esta, esta es la figura «apasionada e inteligente». Un nazi sociópata de convicciones delirantes.

Algunos estudiosos también defienden que muchos de los integrantes del Inner Circle se han atemperado con la edad en las dos décadas que han pasado y sostienen posturas ideológicas menos extremas y más sensatas. Bien, es cierto que la mayoría de ellos no entienden ya el satanismo ni su peculiar interpretación del paganismo en un sentido literal y sobrenatural, ni se proclaman abiertamente nacionalsocialistas; pero la evolución de su pensamiento ha desembocado en un individualismo extremo y egoísta, una filosofía en la que el individuo fuerte ha de tomar lo que le pertenece por encima de la masa débil (10). Como si de un orden natural se tratara, los componentes de esa masa débil son los únicos responsables de su situación y en una suerte de darwinismo social extremo aquellos individuos fuertes solo han de preocuparse de ejercer con libertad sus deseos. A ritmo de black metal, diría uno que pueden escribir varios álbumes conceptuales basados en las obras objetivistas de Ayn Rand. Que su satanismo original fue solo una versión blanda, perversa y estúpida de la sociopatía anarcocapitalista.

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(1) Es bastante probable que sufriera el síndrome de Cotard.

(2) Esa fotografía se utilizó posteriormente para ilustrar la portada del disco Dawn of the Black Hearts. Quien padezca de un estómago delicado haría bien en no mirar. El resto aquí la tiene.

(3) Si existe algún arcano lazo que a la crítica especializada se le haya pasado por alto entre el black metal y la copla quizá esté en el rosario que Juanito Valderrama se hizo con tus dientes de marfil.

(4) Para más detalles sobre lo estrictamente musical del black metal noruego (y el black metal y el metal extremo en general, sus orígenes y sus raíces) y las bandas que lo integran, recomendamos devorar Metal Extremo: 30 años de oscuridad, la grandiosa enciclopedia sobre el género escrita por Salva Rubio y publicada por editorial Milenio. Aquí lo que vamos a tratar es el morbo, perdón.

(5) Burzum también es una palabra derivada de la obra de Tolkien. En la lengua de la tierra de Sauron burz significa «oscuridad» y, según Vikernes, Burzum quiere decir «más oscuridad». Las ganas de ser malo, más malo que los malos. Así estaba la cosa.

(6) Como estará sospechando el lector, precisamente la Iglesia noruega (protestante) es de las más progresistas dentro de lo que implica una religión. Las mujeres pueden ser ordenadas como sacerdote y contempla como natural la homosexualidad y su práctica, por ejemplo. Esto, para Vikernes, está lejos de ser positivo. Cualquier muestra de benevolencia y sensatez le resulta repugnante.

(7) Maquillaje, generalmente en blanco y negro, que muchas de las bandas utilizaban tanto en escena como para bajar a comprar el pan con la esperanza de mostrar un aspecto más amenazador y deshumanizado.

(8) No hay invención ninguna ni adorno de la realidad. Esta y muchas de las demás anécdotas y declaraciones están documentadas en Señores del Caos, de Michael Moynihan y Didrik Søderlind, editado por Es Pop. Obra magna sobre el black metal, indispensable para cualquiera interesado en el género o que simplemente quiera echarse unas risas estremecidas.

(9) El primer e imprescindible disco de Mayhem lleva por título De Mysteriis Dom Sathanas, y no es postureo. Ahí había una creencia firme de los tronados autores. He dicho imprescindible, pero también lo es, y mucho mejor para mi gusto y la casi totalidad de majaderas y majaderos que en esta santa casa nos torturamos con estos ruidos, el A Blaze in the Northern Sky de Darktrhone (salvo en el caso de Álvaro Corazón Rural, que los califica como «los Ramones del black metal»). Por si alguien se anima a pincharlo en una reunión familiar o una boda y que hierva el agua bendita. Los discos de Burzum ya son un peñazo y una paja mental de quedarte muerta en la bañera, pero esto es opinión, no información.

(10) Estas reflexiones las despiertan declaraciones de los entrevistados en el documental Once Upon a Time in Norway, de Pål Aasdal y Martin Ledang, del que vilmente hemos intertextualizado (jé) el título de este artículo.


La sombra más allá de Lovecraft

Lovecraft
Fotografía: Eric Kilby (CC).

Es preciso que alguien escriba estas líneas. No nos queda mucho tiempo. Se multiplican señales por el mundo como pústulas sobre un cuerpo enfermo. La luna se tiñó de rojo y sin duda es el preludio a la alineación de los astros en el orden correcto. Desde hace ocho décadas Lovecraft y su legado han estado advirtiéndolo. Disfrazándolo de ficción para no ser tomados por locos, pero ¿no es la mayor locura pensar que la existencia del ser humano tiene algún sentido y propósito ante la inmensidad salvaje y lóbrega del cosmos? Terrores incognoscibles que en un universo ordenado no deberían existir aguardan su momento. Pero en el universo no hay orden, no hay Dios ni moral y las leyes físicas que apenas conseguimos atisbar no son sino frágiles velos que aguantan en pie porque los primigenios no han querido todavía rasgar. Somos polvo muerto a la espera de que poderes inefables nos barra por capricho, si acaso una emoción tan humana como esa fuera achacable a Azathoth y su corte en el caos primordial. El momento se acerca, las señales están claras y alguien debe intentar desentrañarlas aun a costa de su cordura. Porque no está muerto lo que puede yacer eternamente, y la influencia de las revelaciones de Lovecraft y su círculo están más vivas que nunca.

En la literatura

Desde la irrupción de Lovecraft no hay prácticamente obra en la literatura de terror que no beba de alguna de sus ideas o las de Poe, el otro gran abuelo del horror moderno. El miedo se construye alrededor de lo desconocido y extraño, y no hay nada más ajeno que ese cosmos en el que no tenemos papel ninguno y tratamos de adaptar a nuestros conceptos morales de bien y mal. Si bien su aportación más importante es el horror cósmico, la soledad y la insignificancia humana en un universo caótico y sin moral, azaroso y hostil, carente de significado y angustiosamente ajeno a nuestras cavilaciones, en sus cuentos primerizos Lovecraft recurría a los clásicos macabros encuentros con cadáveres, monstruos, brujos o espíritus.

Hay algo de Lovecraft en esas realidades subyacentes a la nuestra que describe Clive Barker. Y hay mucho en la obra del más grande escritor contemporáneo del género, Stephen King. La corrupción de toda una comunidad bajo el influjo de un monstruo indefinible en It, las criaturas ciclópeas y tentaculadas de otra dimensión en La niebla, ese señor Gaunt de La tienda que bien podría ser una máscara de Nyarlathotep, el homenaje directo con libro de saberes prohibidos incluido en Los misterios del gusano.

El que llamaban el secreto mejor guardado de la literatura de terror, Thomas Ligotti, quizá sea el máximo exponente de la tradición lovecraftiana. Ya no tanto en lo meramente literario, sino en lo filosófico. Si había un paso más allá en lo fútil del ser humano, en el error de existir por nada y para nada, en el nihilismo y pesimismo más exacerbado, lo ha dado él.

La sombra del caballero de Providence se extiende incluso sobre la literatura fantástica y humorística de Terry Pratchett en las criaturas amorfas de sus Dimensiones Mazmorra, siempre a la espera de devorar la vida del Mundodisco. Ni Borges, en principio reacio a su literatura, a la que acusó de parodia de Poe, pudo resistirse a seguir su estilo en There are more things.

En la literatura española

Y como vemos no solo cubre la literatura anglosajona. Rafael Llopis fue el primero en popularizar su obra en España y crear aquí algún cuento a la manera lovecraftiana. Hoy es una legión de dementes adoradores de Cthulhu la que se ocupa de mantener viva y renovada esa tradición en nuestro país, pero destacan Jesús Cañadas, Emilio Bueso y Daniel Ausente. En Los nombres muertos Cañadas convierte al propio Lovecraft, con la compañía de Frank Belknap Long, Robert E. Howard y Sonia H. Greene en los protagonistas de una historia narrada en excelente tono pulp sobre la búsqueda del Necronomicón. Emilio Bueso traslada los Mitos de Cthulhu a la actualidad, con un estilo que es la vez contemporáneo y homenaje al de Providence, por extraño que resulte, entrecruzando las trágicas vidas de un grupo de niños abandonados de las calles de El Cairo con una pareja de Barcelona y la amenaza de la destrucción absoluta del mundo a manos (o seudópodos) de Azathoth en Extraños Eones, quizá la mejor reelaboración de los Mitos que ha dado nuestro tiempo. Daniel Ausente, por su parte, con Mataré a vuestros muertos, construye un fenomenal artefacto que oscila entre el horror cósmico, la literatura pulp y el cine quinqui. Arquetipos de la Barcelona más marginal del Barrio Chino contra horrores innombrables. Algunos capítulos de su libro, especialmente los dedicados a los animales «totémicos» de la ciudad funcionarían perfectamente como relatos independientes, sin perder ritmo con la historia. En concreto el capítulo «Lo que cuentas las ratas» podría y debería ser incluido como cuento en cualquier antología de lo mejor del género lovecraftiano.

En el cine y la televisión

Lovecraft
Fotografía: Travis Isaacs (CC).

Dejemos de lado las olvidables películas basadas directamente en las obras de Lovecraft, salvando quizá, por cariño, tanto Re-Animator como aquella Dagón, la secta del mar que fue el último trabajo de Francisco Rabal y que tenía el acierto de trasladar la acción de la lovecraftiana Nueva Inglaterra a Galicia, y el hallazgo de convertir el corrompido pueblo de Innsmouth en un tan carpetovetónico como acertado Inboca.

No hablemos de adaptaciones, sino de influencias. Además de la presencia del Necronomicón en la trilogía Posesión infernal de Sam Raimi, las más evidentes las encontramos en John Carpenter, por dos veces. Una de las películas quizá más terroríficas de la historia del cine, La cosa, debe tanto a El enigma de otro mundo como al relato o novela corta Las montañas de la locura. Un grupo de científicos en el vacío y aislamiento de la Antártida enfrentados a un horror ajeno, antiguo, ominoso, informe y casi omnipotente. Y más tarde En la boca del miedo, mala traducción del original In the mouth of madness que hace referencia clara también al de At the mountains of madness. De nuevo horrores informes, esta vez a la espera de que un escritor abra las puertas a nuestro mundo para desatar la locura y la ruptura de la realidad tal y como la conocemos.

Cabe destacar, como curiosidad, un sorprendente filme del sub-subgénero found fotage (tan querido en el terror) titulado The borderlands. Lo que empieza en apariencia como típica historia de una iglesia tal vez encantada o poseída por fuerzas demoníacas termina con uno de esos giros sorprendentes que aquí no es forzado ni tópico, sino valiente y efectivo, y se aleja de las típicas posesiones infernales o cuentos de fantasmas para descubrirnos un fondo lovecraftiano, o más bien influido por Robert E. Howard, amigo y parte de su círculo. Quienes hayan leído relatos como Los gusanos de la tierra lo verán claro.

Y True Detective, claro. La primera temporada, olvidemos la segunda. Precisamente gran parte de la fuerza que mostraba aquella primera temporada se debía al elemento vagamente y nunca confirmado elemento sobrenatural que remite, si no a Lovecraft en puridad, sí a elementos creados por Robert W. Chambers e incluidos en su mitología: el Rey Amarillo y Carcosa.

En la música

Podría decirse que en el mundo del metal hay todo un subgénero dedicado casi en exclusiva a Lovecraft, hasta en el nombre de los grupos. No hay estilo musical más interesado en la literatura oscura y el arte macabro que este. El grupo de metal alemán Rage, sin ir más lejos, dispone en su catálogo de canciones con algunos ejemplos, y destaca «In a Nameless Time», cuya letra reescribe el relato «La sombra más allá del tiempo». Los ejemplos son interminables y darían para artículo propio, subgénero por subgénero. ¿Queremos doom metal? Pues aquí está «Supercoven», la invocación a Yog-Sothoth de Electric Wizard. Y así hasta el infinito o el trono de los Dioses Exteriores en el centro del universo. Pero de mayor importancia por su colosal proyección como una de las más grandes bandas de metal de todos los tiempos tenemos a Metallica y dos canciones concretas: «The Call of Ktulu», una instrumental cuyo título lo dice todo, y «The Thing That Should Not Be», incluida en ese non plus ultra y cumbre del género metálico que es el Master of Puppets. Nuestro amado y nunca olvidado Cliff Burton era admirador de la obra de Lovecraft, e influyó en James Hetfield a la hora de escribir una canción que nos habla del relato «La sombra sobre Innsmouth».

Y como no solo en la pura música influye el hombre, un dato: en la portada del Live after death de Iron Maiden podemos ver una lápida inscrita con los más famosos versos del Necronomicón: «That is not dead which can eternal lie / And with strange aeons even death may die».

En los juegos

Sobre una mesa y con unos dados todo empezó con el juego de rol La llamada de Cthulhu, creado por Sandy Petersen. Son incontables como las máscaras de Nyarlathotep los juegos posteriores, pero destacan El rastro de Cthulhu (con un componente mayor de investigación en la mecánica) en el rol y Arkham Horror y sus variantes y ampliaciones en los juegos de tablero. Estupendos para pasar una larga tarde con los colegas ofreciéndose como víctimas propiciatorias a los primigenios en un intento por salvar al mundo que rara vez termina en victoria. Ese es el espíritu, y es una muestra de respeto a las historias originales, en las que los protagonistas de las historias cthuloides terminan muertos, corrompidos, dementes, o algo peor.

Existen experiencias aún más inmersivas en la lucha contra la locura y el horror: la aventura en vivo. Varias empresas organizan juegos en vivo similares a las famosas supervivencias zombi, aunque con ambientación lovecraftiana e historias de fondo más trabajadas. Entre las recientes iniciativas destaca en España Pueblo Maldito, donde decenas de jugadores pasan toda una noche en un pueblo interactuando con el ambiente y los actores, encontrando pistas y resolviendo pistas para frustrar los planes de la Orden Esotérica de Dagon. Una experiencia imprescindible si uno desea llevar el juego más allá de la mesa. 

Frente a una pantalla, quizá el inicio de la popularidad está en el Alone in the dark de Infogrames. Luego llegarían homenajes directos como Shadow of the comet o Call of Cthulhu: Dark Corners of the Earth. Y cientos de referencias tangenciales: ¿no es esa efigie que provoca locura, mutación y muerte en las distintas entregas del moderno Dead Space una clara muestra?

En el cómic

Lovecraft
Fotografía: Eric Kilby (CC).

Conan. Así, a la brava. Un personaje creado en la literatura por Robert E. Howard, miembro del círculo de Lovecraft. Antiguas civilizaciones en un tiempo olvidado, dioses monstruosos de morfología tentacular y alienígena. Adaptaciones de muchos de sus relatos por Richard Corben, Alberto Breccia y quien quieran imaginar. Los Siete Dioses del Caos en Hellboy, de Mike Mignola, de evidente inspiración lovecraftiana. Hans Rodionoff, Keith Giffen y Enrique Breccia narrándonos en el cómic Lovecraft la gran verdad: que nada de esto es ficción y que el escritor tuvo contacto con los horrores que escribió, y enloqueció y murió por ellos. Todo empieza a encajar.

En el sexo

Lo cierto es que en la obra de Lovecraft el amor no existe: si somos hormigas a la espera de que una lupa azarosa nos fría sin remordimiento, no hay fuerza humana conocida, ni fe ni amor, que tenga la menor importancia. Y el sexo tampoco. O apenas. El sexo solo aparece como herramienta de corrupción para traer al mundo engendros híbridos desde los vientres humanos. No sorprende entonces que la mejor aproximación que Alan Moore haya concebido (mediante el cómic) en los Mitos de Cthulhu gire en torno al sexo perverso y enfermizo. En The Courtyard y Neonomicón desarrolla un argumento casi psicoanalítico en torno a lo que lo que Lovecraft no mostró pero puede subyacer en su obra.

Menos trascendente y más en lo de romper a follar tenemos en Japón cierto tipo de hentai que incide furiosamente en los monstruos con cientos de pollas tentaculares, claro. Y hasta juguetes sexuales siguiendo el concepto.

En la ciencia

¿Qué demenciales e insensatos horrores habrá descubierto la sonda New Horizons en el planeta Yuggoth, mal llamado Plutón por nosotros, los insignificantes humanos? Si queremos conservar la cordura es mejor que nunca lo sepamos.

En la política

«Cthulhu for president: why chose the lesser evil?». Es imposible saber cuántas veces hemos visto estos carteles cada vez que unas elecciones se aproximan. Cthulhu presidente, y equivoquémonos a lo grande. Al menos tenemos la certeza de que sería el único en cumplir a rajatabla sus promesas electorales: devorar a la humanidad y destruir el mundo.

Y una reflexión inquietante: ¿acaso el Mercado no será, más que un entre abstracto e incomprensible, un verdadero primigenio? Un sultán idiota que roe y babea y ruge en el centro del caos primordial, adorado por sectarios dementes y amorales surgidos de las más lóbregas estancias de la escuela económica austríaca y de la de Chicago para ofrecerle nuestras vidas en sacrificio. Cthulhu, Subb-Niggurath, Azathoth, Yog-Sothoth, Mercado… Entes primordiales devorando una existencia sin razón. ¿Y no esconderá el casquete capilar de Donald Trump un cerebro injertado de mi-go, hongo de Yuggoth, presto a despertar a los primigenios y los antiguos?

Me llamarán loco, pero las señales están claras. El momento se acerca y ya apenas nos queda tiempo. Estrépitos de succión babosa corroen mi puerta. Es demasiado tarde y no podré cerrar estas líneas. ¡ESTÁN ENTR…


Editar en tiempos revueltos: Valdemar

Valdemar para JD 0

Cualquier aficionado a la lectura que haya pasado los últimos treinta años apilando libros, e incluso en ocasiones leyéndolos, tarde o temprano habrá terminado con un Valdemar entre las manos. Libros bien confeccionados, bien traducidos, bien editados. Un antídoto contra la epidemia de la piratería digital. Una editorial singular que con mayor o menor éxito sigue dando guerra y presentando colecciones que a nadie más, ya sea en su sano juicio ya sea recién escapado de una casa de orates, se le ocurriría sacar a la venta. Vaqueros y aspirantes a papa; el color que llegó del espacio exterior y la magdalena proustiana; el tarado de Schopenhauer y los hombres topo, que quieren tus ojos… Todo cabe, y así debe ser. Siempre con cuidado, sin embargo, de no traspasar los límites académicos y volverse respetables. Conversamos con Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, editores de Valdemar, Marta Lila Murillo, traductora, y Jesús Palacios, escritor y crítico, sobre estas y otras cuestiones. Cuestiones que esperemos nadie sea capaz de resolver jamás.

¿Veinticuántos años lleváis ya?

Rafael Díaz Santander: En realidad son treinta años, porque empezamos en el 86; por entonces teníamos treinta años. Pero libros no empezamos a sacar hasta bien avanzado ya el 87.

Juan Luis González: Nos costó tanto sacar el primer libro que tardamos un año hasta el siguiente. En aquella época traducíamos y corregíamos nosotros, apenas había ordenadores. Teníamos un XT de hierro que pesa siete kilos, ahí esta, de reliquia. Ni disco duro tiene.

R. D. S.: Iba a la increíble velocidad de 2,5 Mh.

J. L. G.: Ya corregía textos, aunque tardaba varias horas en procesarte una novela.

La decisión de lanzarse al mundo editorial, según se dice por ahí, surgió después de leer a Lovecraft, que por entonces no estaba precisamente al alcance de cualquiera.

J. L. G.: Sí, por aquella época las ediciones de las que disponíamos los aficionados al terror eran más bien cutrecillas. No eran muy fiables en cuanto a traducción. Ofrecían muchos problemas. Nosotros lo que queríamos era editar pero darle cierta dignidad, aunque no es una palabra que me guste utilizar, ponerlas al nivel de otras ediciones. Recuerdo cuando era pequeño, existía una colección que se llamaba Crisol, de Aguilar. Eran unos libros pequeños, muy bonitos, editados en papel de biblia. Era una colección que ponía al mismo nivel a Dostoievski que a Salgari, era totalmente ecléctica, no había distinciones, mezclaban aventuras con literatura «seria», terror, todo salía. Es el espíritu de las grandes colecciones de bolsillo. Es la filosofía de las grandes colecciones de bolsillo. Como ha sido Austral. Sacar el libro de bolsillo, sin dar más relevancia a unos que a otros. Ahora parece que está más compartimentado: la literatura seria para gente seria, el terror para los frikis. La idea era dedicarnos a lo que nos gusta.

Por entonces Lovecraft en España se reducía a lo que había traducido Llopis, y poco más.

R. D. S.: De Llopis había ediciones procedentes de otros países. México, Argentina, pero la primera que se hizo digna fue la antología Los mitos de Cthulhu. Pero digamos que ese no es el motivo principal. Empezamos por una colección que se llamaba «Tiempo Cero», que tenía una intención claramente de literatura fantástica, pero enseguida vimos que si nos quedábamos ahí no íbamos a llegar a ninguna parte. Porque hay muy poca gente a la que le interese, no es suficiente gente para hacer rentable una empresa. Vimos que teníamos que diversificarnos en clásicos y en aventura.

¿Y ahora? ¿Ha crecido ese público de base?

R. D. S.: Ahora las cosas están casi peor. Lo que se vende ahora mismo es irrelevante. Las salidas de las novedades son muy flojas, nosotros nos mantenemos gracias al fondo, quinientos o seiscientos libros. Y por otra parte hay un gran afloramiento de editoriales nuevas. A mí me gusta muchísimo que haya tanta diversidad, pero es que hay muy poco a repartir. Las tiradas que se están haciendo son de mil ejemplares, mil quinientos. Pasar de mil ejemplares hoy en día es un éxito de ventas, y eso en un país de cuarenta millones de habitantes en realidad es un fracaso.

J. L. G.: Se produce una situación paradójica: en un país con un índice de lectura muy inferior al que debería corresponderle por su nivel de vida se produce, sin embargo, un afloramiento de nuevos editores independientes con gran ilusión y una gran oferta editorial mensual increíble. Increíble para el público que hay. Siempre decimos que los lectores en España pueden estar encantados, porque es como en un país donde nadie come dulces pero está todo lleno de pastelerías. Joder, pues para los poco golosos es el paraíso.

Editamos mucho pero leemos muy poco.

J. L. G.: Sí, y es algo paradójico, porque va contra las normas del mercado, no hay una especie de ley inexorable de la oferta y la demanda. En los temas culturales estas cosas se rompen, no es tan automático.

¿Tenéis la impresión de que el mercado editorial lo sostenemos los que compramos libros por encima de nuestras posibilidades? ¿Los que seguimos comprando libros aunque tengamos muchos en cola?

R. D. S.: Sí, al final somos solo unos cuantos, que estamos superagobiados, que somos lectores acosados. Precisamente porque hay mil cosas que nos interesan y que nos gustaría comprar y tener y no podemos, y se nos van acumulando en filas interminables.

Valdemar para JD 1

Ahora, con la serie Insomnia, parece que os habéis atrevido a algo que no hacíais antes: editar a autores de terror contemporáneos. Incluso a editar trabajos inéditos, como los de Jesús Cañadas o Emilio Bueso.

J. L. G.: Ahora estamos en condiciones de asumir más riesgos, económicamente hablando. No es que sea lo que más se vende, pero sí lo que más se vende nos permite sacar esto.

R. D. S.: No sé si esto lo debería decir o no, pero Insomnia va floja. Es una colección que la hemos creado con todo el cariño, cuesta mucho hacer cada libro, porque tiene traducción, derechos de autor, tapa dura, contracubierta… y eso tardamos en amortizarlo. Tenemos que vender más de mil para hacerlo. Y no lo estamos consiguiendo.

J. L. G.: Es que es una colección destinada al público norteamericano, solo que está publicada en castellano [risas].

R. D. S.: Y fíjate que es la colección más reseñada de toda nuestra historia. No es que hagamos mucho esfuerzo en mandarla a todas partes, ni que nos reseñen… Somos casi antimarketing. Pero con esta nos hemos molestado en que llegue al mayor número de sitios posible, es la colección más elogiada, pero…

Ya que lo mencionas, el silencio de los medios tradicionales con vosotros es un poco escandaloso…

R. D. S.: Sí, bueno, pero es mutuo.

J. L. G.: Se debe a lo que nos dedicamos. Como publicamos novela y literatura de género, los grandes suplementos literarios de difusión nacional no se dedican a esto, van más al mainstream, al gran negocio editorial, al libro que se tiene que vender mucho. Lo nuestro, en la política de estos suplementos, es una cosa como muy secundaria.

La editorial silenciosa de referencia.

R. D. S.: Somos la editorial con más prestigio y menos reseñas de España.

Y en esto internet es fundamental. Estáis siempre a tope, cuidando a vuestro público y haciendo parroquia.

J. L. G.: Es que Rafael es nuesto community manager particular. Desde que empezó con Facebook tiene una cantidad de visitas y de «me gusta» que ninguna otra editorial tiene. Puedes comprobarlo. Lo he comprobado, y en editoriales más grandes tampoco tienen ese seguimiento. Nos entra mucha gente de Sudamérica, pero no es la única explicación. La gente que lee este tipo de literatura es muy fan de lo suyo. Son pocos, pero todos están ahí.

R. D. S.: Suelen ser gente muy aficionada al terror, a la gótica, y son muy entusiastas y muy leales y fieles. Muy tocapelotas también.

Pero de los «me gusta», de momento, no se come.

R. D. S.: No, claro que no. Con nosotros los lectores son muy considerados, muy atentos. A mí siempre me alucina un poco la cantidad de elogios que te transmite la gente. No tenemos troles.

J. L. G.: Lo que más critican, sinceramente, es el precio. No sé si es porque es gente que lee mucho y no les alcanza para comprar todo, y les encantaría que vendiéramos todo a un euro. Pero no podemos, porque a nosotros también nos cuesta hacerlo. Critican eso y en general, cada vez que anunciamos un libro, les parece maravilloso y estupendo, con frases sonrojantes. «Es que me hacéis feliz, es que mi vida sin vosotros no tiene sentido». Yo entiendo que es de cachondeo.

R. D. S.: Había uno que decía que había tenido más orgasmos con Valdemar que con su novia.

J. L. G.: Son muy maximalistas.

Marta Lila: Pero es que a lo mejor no. A lo mejor es un loco de la pradera que está ahí esperando a que salga un libro para tener un orgasmo.

J. L. G.: A nosotros también nos hace felices editar estas cosas. Quizá no a ese extremo…

R. D. S.: Lo que no encontramos en la prensa, que nunca nos ha hecho ni caso, quitando excepciones, lo encontramos en la gente que nos sigue. El desinterés, en realidad, ha sido mutuo, porque a ellos no les interesamos nosotros, y a nosotros no nos interesan ellos.

¿Pero no creéis que en cierto modo esa actitud de la prensa, de desprecio, refleja un poco la baja consideración social que se tiene hacia la literatura de género?

R. D. S.: Es que creo que hay mucho amiguismo en España, en este rollo literario. Es, como decía Trapiello, el club de las almendritas, que son unos cuantos que se las reparten.

Estuvimos hace poco con Juan, de la librería Estudio en Escarlata y…

J. L. G.: ¡Nos ha dado un premio hace poco! ¡Y venía hasta con regalo, una botellita de whisky!

R. D. S.: Es mejor que los del Premio Nacional, que no nos dieron nada.

Es cierto, en 2001 os dieron un premio nacional. ¿Tenía algún truco? Una editorial que apenas sale en los medios…

J. L. G.: Pues fuimos a Barcelona a recoger el premio, subió Rafa, que se puso hasta corbata, pero no dio ningún discurso lacrimógeno como en los Goya. Nos dieron una placa, que no sé ni dónde está.

Podrías haber dicho lo que cuenta Anguita que diría si volviera al Congreso: «¿Y ahora qué, hijos de puta?».

J. L. G.: No nos habrían dado jamás una ayuda más. Y eso que nos dan y pedimos pocas.

R. D. S.: Fue muy extraño que nos lo dieran. Yo creo que lo hicieron porque fue el año que editamos A la busca del tiempo perdido de Proust.

J. L. G.: Claro, cómo se lo van a dar a una editorial que se dedicaba solo a publicar literatura gótica. Además, es que el responsable de cultura era Luis Alberto de Cuenca, y él es muy fan de la literatura gótica. Pero hay un jurado, eh. Lo sé porque al año siguiente nos tocó ir, porque es como los Óscar, que si te premian vas de jurado el año siguiente. Hay votaciones y no existe ese nepotismo de que lo que diga el secretario de Estado va a misa. Puede intentar meter a un candidato, pero no puede ser solo porque a él le guste la colección gótica —que me consta que le gusta—. Quizá Luis Alberto lo introdujo, pero luego hubo un jurado que votó, y votó a favor. Muchos premios han sido ex aequo, prácticamente todos, pero el nuestro fue solitario. No hubo empate en la votación.

R. D. S.: Nosotros le hemos dado siempre mucha importancia a los clásicos, que en realidad nos dan más dinero que el terror. Nos gusta más el terror, y como nuestra motivación no es el dinero estamos más volcados en ello.

J. L. G.: Sí, pero de Proust hemos vendido mucho más que de autores de terror, curiosamente. Entiendo que van a otro público. En Valdemar hay cierta esquizofrenia porque queremos tener distintos públicos no comunicados entre sí. Los que leen la colección Frontera no coinciden con los que leen la colección Gótica, y los que compran Kafka, Proust y Flaubert no son los mismos que compran Frontera o Gótica. Pero eso está bien.

R. D. S.: También tenemos los valdemarianos, que compran todo.

J. L. G.: Hay gente que se intercambia fotos de la colección Gótica diciendo: «Yo tengo todos, jodeos». De hecho, de libros que llevan años agotados, se piden precios muy por encima de lo marcado. Intentamos deshacer esa especulación reeditando todo, incluso mejorando la edición. Pero claro, no damos abasto, porque a lo mejor quince o veinte de ellos llevan diez años agotados. La gente a la que le falta un título paga cien pavos, doscientos pavos… E intentamos desmontar esa especulación. Es una colección que empezó hace más de veinte años. Había uno de Zaragoza, que era amigo de nuestro amigo Alfredo, que se queda con restos de edición, que quería que le consiguiéramos los títulos que le faltaban. Y estaban agotados. Y claro, Alfredo estaba acojonado, porque este era juez y decía: «¿Cómo le voy a decir que no le puedo mandar los que faltan?» y tal. Que hasta un juez hace la colección Gótica, en un momento dado.

Valdemar para JD 7

Un juez, un secretario de Estado como Alberto de Cuenca, el hijo de la duquesa de Alba Jacobo Siruela… Tenéis fans de literatura de género de todo tipo. La imagen de que es una literatura que solo nos gusta a cuatro frikis se desmorona…

J. L. G.: Yo diría que hay frikis en todos los estamentos sociales.

R. D. S.: Ojo, Luis Alberto de Cuenca es muy friki. Es un tío que no se le caen los anillos por coleccionar tebeos, fanzines…

J. L. G.: Es un poco como Savater, en otra línea. Lectores tan compulsivos que conocen las cosas desde un tebeo de el Capitán Trueno hasta una edición erudita de un clásico griego. Comen de todo, son grandes entusiastas y animadores de la lectura con su sola presencia. Hablan de los ratos felices que han pasado en su vida leyendo, y se te cae la baba escuchándolos.

M. L.: O un fiscal del Estado, mira a Eduardo Torres-Dulce. Le encanta la colección Frontera.

J. L. G.: Incluso en la tele lo ha dicho. Ha escrito un ensayo sobre la caballería americana en el cine, es un especialista. Claro, la colección esta le encanta, porque no hay nada en España parecido a eso. Está encantado.

De hecho, os ha recomendado alguna vez en aquél programa que tenía, Cowboys de medianoche.

J. L. G.: Es verdad, ese que hacía con Garci y con César Vidal.

R. D. S.: César Vidal es otro gran fan de Valdemar.

M. L.: Savater, durante una Feria del Libro, hizo una reseña en Babelia de Felices pesadillas alucinante.

J. L. G.: Fue acojonante. Fue uno de los libros más vendidos de nuestra historia. También es verdad que eran los cincuenta mejores cuentos de terror publicados en quince años de Valdemar. Como referencia y especialistas en terror, el que nunca compra terror debió de pensar que era la antología que debía tener. Cuando vendes a gente que no es del grupito es cuando vendes más, porque es un público mucho más amplio. Con H. P. Lovecraft nos está pasando, se está generalizando. Las ventas que tienen los dos tomazos que hemos sacado con toda su obra ya no se justifica con el círculo de lectores de género que hay en España, sino que va mucho más allá. Está comprándolo gente que no lee literatura de terror.

Es cultura popular, ya.

J. L. G.: Absolutamente. También ha sido publicado en la colección de Penguin, en clásicos norteamericanos. Y a Lovecraft, en Estados Unidos, que lo tenían como una especie de friki, ignorado autor pulp, hace ya una década o así, han empezado a considerarlo uno de los grandes autores del siglo XX. Por su difusión mundial, por sus traducciones a otras lenguas… Si no por un valor literario, cuanto menos un valor social, que muchísima gente lo ha leído y le gusta.

Y por eso, por la penetración en la cultura pop, como ya está en videojuegos, cómics, la palabra Necronomicón sale hasta en los dibujos animados…

J. L. G.: No te puedes imaginar, lo de Lovecraft es como lo de Holmes.

R. D. S.: Cthulhu se ha vuelto ya un icono popular. Hay hasta peluches.

¿Y cómo se produce ese salto de consideración? Porque hay autores que continúan relegados a ese desprecio de género, el mismo en el que estaba Lovecraft hasta hace no tanto.

R. D. S.: Pues es difícil. Ahora hay que remontarse hasta atrás, cuando yo era pequeño, y Lovecraft era casi un autor maldito, que había que buscarlo.

M. L.: Creo que es porque ya se ha adaptado a la literatura académica. Por ejemplo, hablamos de Proust, y si las ventas de Proust son regulares es porque se ha incorporado al catálogo de las universidades. El profesor te indica las ediciones en castellano, y la más completa va a ser la edición de Mauro Armiño de Valdemar porque tiene todas las notas… Con lo cual ya tienes a una población estudiantil que va a comprar ese libro. Ya no es solamente el grupito de frikis.

J. L. G.: Hay gente que incluso está haciendo tesis doctorales sobre Lovecraft.

R. D. S.: El caso es que Lovecraft tenía todas las cartas para ser un autor maldito. Era muy incorrecto, sus opiniones políticas eran detestables…

J. L. G.: Todo para triunfar: un misógino, racista, facha… Encantador.

R. D. S.: Pero tampoco hay que olvidar que tenía una vía humorística muy acusada que no todo el mundo ve. Pero si analizas la obra de Lovecraft y de todo su círculo encuentras mucho humor soterrado. ¿Por qué ha triunfado? La verdad es que no lo sé.

J. L. G.: Es que es un tipo de horror que no se ciñe a los fantasmas victorianos, que no dan tanto miedo. El horror cósmico es un horror más penetrante, metafísico, psicológico. Yo creo que permea más en la gente. Lo otro es como más cliché, y por eso Lovecraft es el gran renovador de la literatura de terror del siglo XX.

Que otros autores, tanto literarios como cinematográficos como de casi cualquier medio, le citen como gran influencia ayuda mucho. Como en la nueva serie de Stephen King de 22.11.63 que adapta su libro, donde hay homenajes explícitos. De hecho, King dijo algo en su Twitter sobre Lovecraft y un estudio corroboró que después de eso habían aumentado la venta de libros de Lovecraft.

J. L. G.: Ha pasado con Robert Chambers y la serie True Detective, la primera temporada. Se mencionaba de pasada El Rey Amarillo, y nosotros hemos agotado la edición en un año. Porque hay referencias veladas. La serie no es que tenga nada que ver con el relato, es un homenaje personal de Nic Pizzolatto. Pero claro, la serie ha sido un fenómeno tan acojonante como para que cosas tan laterales como una referencia literaria agoten edición. Porque si la serie va sobre el relato en concreto, lo entiendo, pero no era el caso.

Quizás sea porque el público trató, mientras la serie estaba aún en emisión, de adivinar el desarrollo en El Rey amarillo. Como si fuera a encontrar allí pistas de lo que ocurriría.

J. L. G.: Sí, y al final fue un «no chavales, no vais a salir de dudas». Ha sido una venta por equivocación.

Valdemar para JD 2

En una librería nos lo contaban, la cantidad de libros que salieron con la etiqueta «El Rey Amarillo, que inspiró True Detective»…

R. D. S.: Sí, pero el nuestro no lleva esa etiqueta. Porque somos además contrarios a esa tendencia. El libro llevaba un par de años editado. Siempre habíamos querido editarlo porque es uno de los grandes clásicos. Ya por fin lo sacamos, y llevaba su venta lentísima hasta que salió la serie. Y de pronto…

M. L.: Nos hacía mucha gracia, porque parecía que Pizzolatto se sabía los títulos de la colección Valdemar. Mencionaba frases de Thomas Ligotti, de La conspiración contra la especie humana, que son tal cual las dice Matthew McConaughey, luego las referencias al Rey Amarillo, luego lo de Carcosa… ¡Todo estaba en el catálogo de Valdemar!

J. L. G.: Es que Pizzolatto tiene pinta de ser un poco friki, y hay coincidencia, aunque no le conozcamos ni él a nosotros tampoco. En la FNAC pusieron una chapita debajo de la edición de La conspiración contra la especie humana, y lo que ponían era: «Frases literales del detective Cohle en este libro». Y así estaba en el escaparate.

R. D. S.: Es acojonante, es que cualquier cosa apoyada por una serie o una película se dispara. No me quiero ni imaginar ya lo que debe ser Juego de Tronos. Si nosotros a este nivel hemos vendido esto, lo que será aquello.

De hecho, no sé que editorial grande fue la que les ofreció un pastón por quedarse con los derechos en España…

J. L. G.: Hombre, la verdad es que tiene mucho mérito el editor original, Alejo Cuervo, que es un poco underground y minoritario, como nosotros. Normalmente cuando un autor tiene una oferta de una editorial que es la que más distribuye en un país, no él, su agente literario, es el que dice «tú te callas y se lo vamos a vender a estos que son los que saben de vender». Este habrá preferido que se lo edite alguien que le gusta, que disfruta con ella, que se preocupa por hacer buenas ediciones…

M. L.: Y que apostó por él antes que nadie.

Exacto, es que es algo que va en ambas direcciones. Lo que hizo Alejo con George R. R. Martin fue traerlo aquí cuando no lo conocía nadie.

M. L.: Justo, se gastó su dinero en una traducción, y lo dio todo.

J. L. G.: A mí me gusta mucho que una editorial de género de pronto se haga rica, si se puede decir así. Porque normalmente eso les pasa a otro tipo de editores.

M. L.: Lo bueno es que Alejo ha vuelto a reinvertirlo todo en más libros.

J. L. G.: Como suele ocurrir. Nosotros también somos tan románticos que si nos hiciéramos ricos, empezaríamos a editar cosas con las que perderíamos dinero.

Hablando de Ligotti, contadnos, porque creo que llegar hasta él no ha sido precisamente un camino de rosas.

M. L.: No, con él personalmente no hemos dado aún.

R. D. S.: De Ligotti habíamos oído hablar a amigos, mal en general, porque la traducción que había en España no era buena. Nos interesó sacar obras ya completas de él, empezamos con Noctuario, seguimos con Grimscribe y el mes que viene el Teatro Grottesco.

J. L. G.: La colección Clásicos de Penguin le ha publicado recientemente dos colecciones de cuentos, consagrándole ya como un escritor reputado.

Y no habéis llegado a contactar con él nunca, es una especia de leyenda.

J. L. G.: De hecho yo creo que nadie. Y sí, hay una especie de leyenda en torno a si existe o no. Es un tipo tan misántropo yagorafóbico que no habla con nadie. En su página a veces otros comentan por él, pero no se sabe si es él. Hay fotos por internet de Ligotti, pero son confusas. Tiene una neurosis muy potente.

M. L.: Pero las entrevistas que hace son verdaderas tesis doctorales. No hace muchas, pero las que hay las respuestas son increíbles. Pero tendrá tres o cuatro.

R. D. S.: En Teatro Grottesco se ve cómo se transmite la neurosis y la psicosis de Ligotti al cuento.

M. L.: La dificultad que tiene para traducirle es la ambigüedad, la línea roja que no debes traspasar para no darle más pistas al lector de las que puso el autor. No puedes tú explicar lo que no queda claro: es el autor el que lo ha dejado ambiguo a drede para que no quede claro. No hay que poner nada de tu cosecha.

Se le ha definido como el Mallarmé del terror.

J. L. G.: Sí, es que es un autor de terror pero sus lecturas favoritas luego son Nabokov, Borges, Kafka… Clásicos reputados, no de género.

M. L.: Y luego, como lo llama él, utiliza el terror corporativo, que a mí me resulta muy kafkiano. Es su tema: hay fuerzas cósmicas, pero de grandes corporaciones o empresas donde el individuo no es más que un animalillo que está ahí y no puede hacer nada.

Los primigenios son las grandes corporaciones.

M. L.: Sí, incluso tiene un cuento en el que las personas no son de países, son de corporaciones.

J. L. G.: Bueno, ahora casi estamos en eso ya.

R. D. S.: Pero Ligotti tiene también mucho de autor centroeuropeo, por eso nos resulta tan extraño. Hay mucho de Kafka, de autores oscuros. Es muy intelectual, muchos lo llaman terror filosófico.

Valdemar para JD 3

Sobre la plaga zombi y vampírica que se desató hace unos años, ¿cómo va la moda de esas dos vertientes del terror soft?

R. D. S.: Coño, pues no sé qué decirte, porque ya no estoy muy enterado de estos últimos fenómenos. Hubo una época en la que sí, estábamos invadidos por vampiros adolescentes. El zombi sigue triunfando.

J. L. G.: Ha declinado un poquito, aunque ya ha durado más de lo que yo sospechaba que podía durar una moda. Y todavía siguen editando bastantes libros.

R. D. S.: A mí es que el zombi me resulta muy aburrido. Nosotros editamos una antología de zombis, que para mí es lo mejor que ha salido, una antología de Jesús Palacios, que te da una visión de lo que es el zombi desde sus inicios en el vudú hasta nuestros días.

J. L. G.: Con ese libro zanjamos todo lo que había que decir sobre los zombis. Darle más vueltas es absurdo. Y como las cosas se repiten mucho, se entra en un cliché, y todo resulta autoparódico y chusco.

Pero la infantilización (en el mal sentido de la palabra) del terror, en general, persiste.

J. L. G.: Estos fenómenos no nos gustan mucho, pero no sé, a lo mejor sí contribuyen a que la gente luego quiera leer otras cosas.

R. D. S.: No. Lo peor es que hay gente que no da el salto, gente a la que le han gustado los zombis y se queda en los zombis y quiere leer el mismo zombi siempre. Que las cosas sean siempre iguales.

J. L. G.: Esto pasa con muchas sagas, como lo de George R. R. Martin o J. K. Rowling. Hay fenómenos increíbles. Hay gente que piensa que esos adolescentes, cuando acaba la serie, se quedan como lectores habituales, y no. Cuando se acaba la serie, se acaba. Alguien que ha leído tres mil páginas y luego no vuelve a leer en su vida.

R. D. S.: Es el lector no evolucionado, que se queda en lo que conoce, en lo que le gustó, y todo lo que lea quiere que sea igual. Pasa un poco también en la música, la gente a los Rolling Stones les pide las mismas canciones, y se mosquean cuando el grupo cambia de registro.

J. L. G.: Y ahí tienes a Kiss FM poniendo las mismas putas canciones siempre, porque es lo que la gente quiere oír.

Vamos, que no llegan a Valdemar muchos lectores de Crepúsculo despistados.

R. D. S.: Yo creo que no. En general, esos lectores se pierden.

J. L. G.: Son fans de una historia concreta, no del género. Porque si extrapolas esas historias a otra época o a otro registro, se bajan.

R. D. S.: ¿Cuánta gente se está leyendo Canción de hielo y fuego y se queda ahí, no investiga otras cosas? La mayoría.

Y, ¿cuánto es culpa de las grandes editoriales que enfocan todo a repetir hasta la saciedad el mismo éxito?

J. L. G.: Mucha.

R. D. S.: Mira lo que pasó con Cincuenta sombras de Grey: las librerías se inundan de libros de igual e incluso inferior categoría para buscar el mismo éxito.

J. L. G.: Y nosotros estamos en las antípodas de eso. Hacemos buenas ediciones para grandes aficionados y esas otras cosas ni las entendemos, ni nos gustan, ni pensamos que esos fenómenos nos podrían traer un público que le interesara algo más. El personal es que es así y no puedes hacer nada.

R. D. S.: Tenemos callo desde hace veinte años, al principio nos llamaba la atención pero ahora ya… Sabemos en qué país estamos y lo que se puede esperar de eso.

M. L.: Yo no conocía Valdemar cuando empecé a traducir para ellos, y de repente mi hermana, que trabaja en la facultad de psicología, y sus colegas me decían: «¡Valdemar! ¡Pero si a mi me encanta!». Se conocían hasta los nombres, ¡pero desde cuándo alguien conoce los nombres de los editores! Se conoce a Lara y poco más. Yo me quedaba alucinada.

J. L. G.: Realmente ese es nuestro premio. La generosidad de algunos lectores que les gusta lo que hacemos y son entusiastas.

R. D. S.: La verdad es que yo no sé si eso ocurre con otras editoriales, ese nivel de fanatismo. Con Valdemar es que hay tíos que te paran por la calle. Aunque lo entiendo un poco, porque yo también he sido muy fanático de muchas editoriales.

La mayoría de editoriales reconocen que alguna cosa sí que han publicado con la nariz tapada, casi para después poder darse el lujo de publicar lo que quieren. ¿Vosotros también?

J. L. G.: No, porque además no tendría mucho sentido. Porque podríamos haber tirado por una línea más comercial desde el principio, por una línea de lo que más se vende. Y entonces no habríamos palmado pasta.

M. L.: Habrían sacado El Código Da Vinci.

J. L. G.: Pero es que cuesta mucho dinero ser coherentes.

R. D. S.: Jesús justo publicó un libro sobre los desastres de Valdemar.

¿Y cuáles son esos desastres?

Jesús Palacios: Pues justo mis autores favoritos. Era una colección con el barón Corvo, Pétrus Borel, la colección de Planeta Maldito. Gente maldita que lo es precisamente porque no vende.

R. D. S.: Autores que sabíamos que eran invendibles pero que tenían que estar ahí, que debíamos publicarlos. Y mira que esa colección funcionaba muy bien, porque metíamos eróticos, tipo Las once mil vergas de Apollinaire, que se leían muchísimo. Pero luego estaban los libros menos vendidos.

Asteroide sacó el libro de En busca del barón Corvo, ¿no ayudó eso a vender?

R. D. S.: No, no, nada.

J. P.: Lo curioso es que su biografía, que ya estaba publicada hace muchos años, es un libro que siempre se ha vendido muy bien. Su biografía se vende, pero sus obras no. Siruela también publicó en la colección Ojo sin párpado y fue de los menos vendidos. Con ese precedente yo le dije a Valdemar que lo sacáramos…

J. L. G.: Y es uno de los mejores libros que hemos editado, pero no vendido.

J. P.: Es que es una colección que tenía mucha querencia por los autores finiseculares, relacionados con el simbolismo, con el modernismo, el decadentismo… Sacamos a dos que son de mis autores favoritos de ese mundillo, Corvo y Ronald Firbank. Son libros que no se han vendido, pero visten mucho.

J. L. G.: Pueden que nos hayan dado prestigio. Aunque muchas veces dices eso de «cambiamos un poco de prestigio por un poco de oro».

R. D. S.: De todas formas he de decir que son libros que me gustan mucho. Yo hubiera querido hacer una especie de «biblioteca del infierno» con todos estos autores. De tocarnos la lotería si que hubiera hecho una cosa así, me habría permitido el lujo.

J. P.: Creo que siempre habéis tenido la política de sacar un libro que os apetecía mucho inmediatamente después de tener dos libros que se habían vendido muy bien, aunque sabíais que aquel no se vendería. Aprovechar la liquidez para daros el gusto.

J. L. G.: Sí, los frikis en general cuando tienen dinero se lo gastan todo en sus vicios, y nosotros reinvertimos lo que ganamos de un libro en otros proyecto de más riesgo. Aunque pierdas una parte de esto.

Valdemar para JD 4

Los editores suelen hablar de la «responsabilidad social» de la edición. De proveer al público de una literatura de un determinado nivel, para elevar el de la oferta. ¿Vosotros sentís esa «responsabilidad» con el público en general, o con vuestro público?

R. D. S.: Nuestra responsabilidad empieza y acaba en nuestro público. Los fenómenos de superventas están bien porque ayudan a que las librerías subsistan, si no fuera por ellos estaríamos sin librerías ya. En cierta medida agradezco esos bestsellers, pero nosotros estamos en nuestra guerra, publicamos para el club Valdemar, digamos.

J. L. G.: Aunque nos gustaría que el club Valdemar fuera más amplio.

J. P.: Es absurdo pensar que la gente pueda pasar de leer Crepúsculo a leer al barón Corvo o Bram Stoker.

De hecho hay libreros que nos cuentan que venden el libro de Stoker como «el libro que inspiró a la autora de Crepúsculo».

J. P.: Sí, recuerdo haber visto hace no mucho una secuela de la Isla del tesoro y en la cintita ponía «una secuela, superior incluso a la original». Pobre Stevenson, vaya hostia.

R. D. S.: Nosotros somos muy enemigos de ese tipo de cintas y citas un poco engañosas. «Trescientos mil libros vendidos desde que se editó en Francia» como pasó con El salario del miedo. No queremos buscar subterfugios de esa clase.

J. L. G.: A nosotros nos ofrecieron primero True Blood antes de la serie de televisión, y nos pareció que era una secuela de Entrevista con el vampiro y que estaba muy visto. Y lo rechazamos. Ahora la editorial lleva ocho o nueve volúmenes, pero bueno…

R. D. S.: ¡Si es que somos gilipollas! Pero bueno, hablando de la responsabilidad, yo sí que siento un poco de orgullo de que haya muchas generaciones jóvenes que han mamado de Valdemar. Muchos escritores que nos hemos encontrado ahora como Emilio Bueso o Jesús Cañadas, y eso en cierta manera es gratificante. Y después en la Feria del Libro vemos que hay un público más o menos joven que nos sigue, que muchos se forman en el género con Valdemar.

J. P.: Y no solo en el género, Rafa. La colección de Intempestivas además ha hecho cosas con festivales de cine, y ha dado oportunidades a gente como Rubén Lardín. Y haber publicado en España a gente como Camille Paglia, que es una de las pensadoras más importantes del siglo XX, es una cosa de la que estar muy orgulloso. O los dos libros de Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey.

Llopis ha dicho hace poco que no ha vuelto a sentir miedo como cuando tenía catorce años. ¿Y vosotros?

J. L. G.: Creo que gracias autores como Ligotti, no estoy de acuerdo. Yo no lo habría disfrutado de adolescente, porque no pillaría ni la mitad.

R. D. S.: Siempre vas descubriendo cosas nuevas con la edad, aunque quizá la emoción del miedo realmente solo la tienes cuando empiezas a leer. Luego se va convirtiendo en otra cosa, en un juego intelectual del que participas voluntariamente con la famosa suspensión de incredulidad. Pero el miedo genuino sí que es cierto que lo tienes cuando eres más joven.

J. L. G.: Hombre, porque todas las emociones son más intensas. Luego el juego pierde intensidad pero gana conocimiento, porque se hace más sofisticado.

J. P.: Pensar en la literatura de terror como que su función exclusiva es dar miedo es muy reduccionista.

De ahí viene la losa de ser considerado subgénero.

J. P.: Exacto. Y pasa aún más en cine que en literatura, porque se asocia al susto y a pasar un mal rato. Y evidentemente eso forma parte intrínseca de la literatura de terror, pero no es el único elemento. Hay otros muchos niveles de disfrute, cosas que vas aprendiendo y vas sofisticando con el paso del tiempo. Creo que es el proceso lógico de madurez del lector, y que aprovechan los buenos escritores de género. Lees Drácula con catorce años y lees una cosa, lo lees con treinta y es otra, y cuando lo haces con cincuenta lees otra que al mismo tiempo contiene todas las anteriores. Yo ahora no puedo sentir miedo como cuando tenía catorce años, pero cuando leo a un autor como Grabiński siento una cosa muy aproximada, que me permite resucitar un poco esas emociones en la medida en la que me lo puede permitir mi madurez actual. Que es más decadente.

R. D. S.: El primer libro que recuerde que me impresionó fue El doctor Jekyll y Mr. Hyde, porque me asustó y me hizo descubrir que la literatura era algo importante, porque dejaba aflorar en mí algo que estaba oculto. La parte oscura que llevamos dentro. Esa emoción es muy difícil de repetir.

J. L. G.: Para mí fueron más bien los cuentos de Poe. Y leyéndolos ahora, alucino que con trece o catorce años los leyera, los entendiera, y los disfrutara. Hoy en día me gustaría saber si un chico de esa edad coge a Poe y lo disfruta, porque tiene una prosodia que no coincide con cómo se habla hoy o con los guiones de cine…

J. P.: Creo que lo que ha dicho Rafa es muy interesante, porque una de las funciones de la literatura de horror es asustar, pero otra de ellas, como diría Anton LaVey, no es exorcizar, sino ejercitar a la bestia. Reconocer tú mismo aquellos elementos de ti que te asustan, que son antisociales, primitivos o agresivos, y el ver como eso tiene una función en el arte, literaria y estética. Y no una función domesticadora, prefiero pensar que es ejercitadora, porque esa parte del ser humano es fundamental para la cordura y para la supervivencia. Si no existiera esa literatura y ese cine que nos acostumbra a lo peor de nosotros mismos y de nuestros vecinos, probablemente pensaríamos que el mundo es como las comedias románticas de Hollywood o en las canciones de Los Planetas.

R. D. S.: Es mejor que pensemos que vivimos en un mundo lovecraftiano.

J. P.: No es que lo pensemos, ¡es que vivimos ya en él! Y como vivimos en él, es mejor saberlo.

¿Es casualidad que Lovecraft, junto a Kafka, sean de los pocos autores que tienen un adjetivo propio, lovecraftiano y kafkiano?

J. L. G.: Cuando un autor tiene ya un adjetivo propio es que ha calado definitivamente en la cultura. Se convierte en universal.

J. P.: Porque además ya trasciende lo literario, vas por la calle y dices «esto es un poco lovecraftiano».

R. D. S.: Y sobre todo porque el sistema es cada vez un poco más Cthulhu…

Hablando de lovecraftiano, Revival, de Stephen King lo es. Pero, con todo el reproche, Rafa, creo que tú dices que no te gusta nada el Stephen King desintoxicado…

R. D. S.: Es un poco broma, y aunque no lo he verificado documentalmente tengo la sospecha de que desde que abandonó la cocaína y el alcohol dejó de ser interesante. Al menos para mí. Porque el King que echo de menos es el King de los cuentos, como narrador de historias cortas me parece muy difícil de superar por nadie.

J. P.: Pero como el mercado mismo se ha destruido… Pasa también con George R. R. Martin, que se hizo famoso como narrador de cuentos cortos, y eran cojonudos. A King le pilló justo el cambio de mercado, que volvió a los cuentos, y lo aprovechó. Todo el mundo que hacía novelas de doscientas páginas empezó a hacerlas de dos mil, pero como Stephen King tuvo muchísimo éxito, él mismo contribuyó a que el cambio fuera más radical.

R. D. S.: Como nos dedicamos más a la colección Gótica, cosas anteriores al siglo XX, abundan los cuentos. Nosotros vivimos un poco del cuento, aunque sea un chiste muy malo.

¿Y cómo os hicisteis con Danza macabra, el ensayo de Stephen King?

R. D. S.: Es una larga historia. Estuvimos cinco años detrás de ello…

J. L. G.: Cuando preguntamos por ese ensayo a la agencia literaria que lleva los derechos de King en España, le dijimos que a la editorial habitual no le interesaría publicarlo. Porque habían pasado muchos años desde su publicación en Estados Unidos y nunca lo habían hecho. Les preguntamos que si había alguna posibilidad de que lo hiciéramos nosotros. Y tardaron cuatro años en contestar a esa pregunta, posiblemente porque tampoco al editor español que publicó a Stephen King en España le interesaba publicar el ensayo, ni que otro lo publicara. Y eso es en lo que no estábamos de acuerdo.

R. D. S.: Lo peor de gente como Stephen King, tan grandes y tan famosos, es que es muy difícil acceder a ellos. Siempre hay un agente de por medio que te corta. Y estoy seguro de que a él, si le hubiéramos trasladado la idea de que qdeseábamos editar este ensayo que nadie quería, habría dicho que sí.

J. L. G.: Planteamos a la misma agencia hacer una antología personal de cuentos de distintas obras, para que no compitiera con sus libros, e incluirla en nuestra colección Gótica, donde empiezan a estar los clásicos modernos. Nos dijo su nuevo agente que no nos podía dar ese permiso porque todas las editoriales querrían hacer lo mismo, aunque las editoriales no fueran de terror, solo porque es Stephen King. Nos negaron la posibilidad. Estamos publicando en Gótica a Ligotti, vamos a publicar a Clive Barker, pero Stephen King se quedará fuera no a causa de él, sino de su agente literario.

¿Vais a publicar por fin a Clive Barker?

R. D. S.: Dentro de nada vamos a editar en un volumen los tres primeros Libros de sangre, los mejores, con una ilustración de cubierta fantástica de Santiago Caruso.

Valdemar para JD 6

Sobre la colección Frontera que habéis sacado, ¿el interés era reivindicar el género? Porque si el terror estaba maltratado, el wéstern ya no digamos…

J. L. G.: Sí, era lo peor.

R. D. S.: He de decir que yo era un lector con cierto prejuicio, porque no la conocía. No sabía que había grandes autores con valor literario más allá del género. A través del primer libro que sacamos, Indian Country, me abrí a todo.

J. L. G.: Y descubrir a Dorothy M. Johnson, porque aquí tenemos el cliché de que la novela del Oeste es una caca y nada de eso…

J. P.: Bajo cielos inmensos, de A. B. Guthrie, es una novela que prefiero a todo lo que he leído de Faulkner, sin ninguna duda y sin ningún remordimiento. En España había una gran tradición de publicar novela del Oeste de calidad, tanto de escritores de género pulp buenos, como de grandes novelistas norteamericanos. Lo que pasa es que eso quedó tapado en los años sesenta y setenta por los bolsilibros españoles, por Manuel Lafuente Estefanía y tal. Pero por ejemplo Dorothy M. Johnson estaba publicado ya aquí, o el Wild Wild West de Guthrie. Con traducciones peores, vale, pero sí que estaban.

R. D. S.: El caso es que cuando nos propuso Alfredo publicar, éramos escépticos, porque una novela de wéstern en España… Pero el caso es que funciona, está teniendo muy buena respuesta.

J. L. G.: Porque no hay más oferta en España.

J. P.: ¡O porque a veces lo bueno funciona!

R. D. S.: A veces cosas muy concretas, como la literatura japonesa con los de Satori, funciona.

J. P.: Y también porque en los últimos años ha habido, a lo tonto, una cantidad increíble de películas y series de televisión que son wéstern.

La enésima resurrección del wéstern…

R. D. S.: ¡No lo digáis muy alto, a ver si ahora se va a poner a editarlos todo el mundo!

J. P.: Luego también está el fenómeno de Oakley Hall.

R. D. S.: Nosotros publicamos una novela suya policíaca, pero no funcionó. Ambrose Bierce era el protagonista, una novela de ficción histórica muy buena. No vendimos nada.

J. L. G.: Teníamos la continuación preparada, pero vendimos tan poco que no pudo ser. También lo intentamos con la policíaca en la colección de Valdemar-Es Pop, tampoco funcionó…

J. P.: Dejadme decir que el gran acierto de Frontera es que es cien por cien Valdemar. El tipo de libro, de portada, de edición y tal. Como la colección Gótica es a la novela gótica, Frontera lo es al wéstern. Sin embargo Valdemar-Es Pop por hache o por be, no era tan genuino, ni el sello era tan evidente.

R. D. S.: Al margen de estas disquisiciones, el problema es que hay mucha competencia. Es muy difícil meterte ahí. La de wéstern, además de porque sean buenas, ha funcionado porque no había tanto publicado. Insomnia va a tirones y renqueando, pero esta colección va bien.

Ya que menciones la colección Insomnia, ¿podría ser Extraños eones de las mejores adaptaciones de los mitos de Cthulhu en el siglo XXI?

J. P.: Puede serlo, porque por lo menos da una versión original y distinta, no se queda en un palimpsesto de Lovecraft, aporta algo. Te puede gustar más o menos, pero es algo suyo.

J. L. G.: Eso es, porque no es un remake, es otra cosa.

R. D. S.: No copia la prosa rimbombante de algunos autores que han tratado de seguir la estela de Lovecraft.

J. P.: Aparentemente lo fácil es replicar eso. Pero es mentira, porque Lovecraft escribía muy bien pese a lo que se dice, y los que intentan escribir como él lo hacen muy mal. Todo lo que han leído de que Lovecraft es un mal escritor se lo han creído, y creen que replicarlo es muy fácil… Ponen veinte adjetivos seguidos, diciendo que todo es arcano, todo es cósmico y obscuro y pulsante y abominable, y la cagan.

Académicamente se le cita como ejemplo del «buen mal escritor».

J. P.: Sí, pero eso también se dice de Pío Baroja. El año pasado hablaba con Ramsey Campbell de esto, y estábamos de acuerdo en que cuando vuelves a leer a Lovecraft pasado mucho tiempo de repente descubres que es un tío que se preocupaba mucho, casi tanto como Poe, por la esencia formal del cuento de miedo. Que buscaba muy bien los efectos y construye las historias de puta madre. Coges La llamada de Cthulhu y no solo está perfectamente construida desde el punto de vista de la gradación del suspense, sino que la técnica de collage que utiliza es literalmente lo del falso found footage de La bruja de Blair que tanto se ha repetido después. Pero claro, producido en 1930. Y eso no lo hace alguien que escribe mal. Hay que tener en cuenta que él mismo corregía cuentos de otros, y los mejoraba.

J. L. G.: De hecho, el poco dinero que ganó en su vida fue gracias a eso.

J. P.: Hay una leyenda negra que se fundamenta sobre todo en dos críticos literarios, que son Colin Wilson y Helmut Wilson, que lo pusieron a parir siempre. Y hay que contar con que a Helmunt no le gustaba la literatura de terror. Y Colin, que empezó diciendo eso, acabó escribiendo novelas lovecraftianas…

Rafa, de hecho tú decías que quien ha acusado a Lovecraft de barroco abusivo es que no lo ha leído. Cuando describe la ciudad de R’lyeh como «geometría errónea», es justo el adjetivo que necesita. ¿Dónde está el mal escritor ahí?

R. D. S.: Y aparte de eso, un escritor que ha penetrado en el subconsciente del siglo XXI no puede ser un mal escritor.

J. P.: Sí, y además ha entroncado con arquetipos preexistentes que él mismo definió. El concepto «horror cósmico», que ahora toda esta escuela filosófica del nuevo materialismo especulativo utiliza a mansalva y lo ponen al mismo nivel que cuando hablan de Schopenhauer o de Nietzsche o Hegel… Por algo será. El realismo especulativo bebe del horror cósmico de Lovecraft tanto o más como pueda beber de esos autores.

Valdemar para JD 8

Habéis mencionado antes que ciertos autores de terror empiezan a entrar en los temarios de universidades. ¿Qué otros merecerían estarlo? O en la colección de clásicos de la Penguin Random House…

R. D. S.: Yo es que no soy muy académico, así que prefiero que ninguno. Y la Penguin ya no es garantía de nada, porque también hay mucha morralla.

M. L.: Bueno, pero llega a mucha más gente.

J. P.: La literatura de género tiene muchos niveles de disfrute. Uno de ellos puede ser el académico. Cuando encuentras a un autor que conecta con lo que a ti te gusta, en cualquier género, y además es un buen escritor, estilista y gran creador literario, estás encantado. Pero —al menos en mi caso— a veces prefieres leer a muy malos escritores que también conectan con determinados gustos o con una iconografía que es agradable, que a otros muy buenos escritores que no conectan para nada a ningún nivel, ni con mi inconsciente ni con mi consciente. El género fantástico y de terror se presta mucho a eso. Prefiero leer un cuento mediocre de Robert E.Howard, o…

Los hombres topo quieren tus ojos, que mientras lees los cuentos de la antología piensas en lo mal escritos que están y lo bien que te lo estás pasando.

J. P.: Efectivamente, ese es el ejemplo, porque son cuentos que no están escogidos por su calidad literaria, sino por su cualidad arquetípica. Es como las películas de serie B o de serie Z. Hay gente que te dice que cómo te puede gustar Plan 9 del espacio exterior, que es la peor película de la historia del cine. Pues mira, me gusta porque en un momento determinado sale Tor Johnson de debajo del suelo, rompiendo la tierra con la calva en una escena totalmente onírica que es como si la hubiera soñado cuando tenía seis años. Y para mí eso vale más que ver veinte veces Ciudadano Kane.

Pero tú siempre vas a estar sujeto a la pregunta del ¿por qué? Nadie te va a preguntar por qué te gusta Ciudadano Kane.

J. P.: Cierto, pero te digo una cosa: vete a una isla desierta y escoge película. A ver quién se lleva Ciudadano Kane.

R. D. S.: Siempre digo que soy muy fan de los malos escritores, pero entre comillas. Hay muchos escritores pulp que son considerados académicamente como malos escritores. Clark Ashton Smith a mí me flipa, la exuberancia del lenguaje, las invenciones totalmente insensatas. Yo no sé que tomaba, pero quiero que me dé.

M. L.: Pero Ashton Smith es de los finos, es estilista. Y además era poeta.

R. D. S.: Bueno, hay críticas demoledoras en su época. O Howard, a mí me gusta mucho, y un académico no le considera un gran escritor. Lo que ocurre es que la gente oye «pulp» y como que se asustan. Pero no olvidemos que escritores pulp eran Raymond Chandler, Dashiell Hammett

J. P.: Lo que dice Rafa es verdad, que hay escritores malos que están muy bien. Para mí la escuela de apreciación crítica más interesante siempre han sido los surrealistas franceses, los que sabían de verdad lo que pasa. Y lo que pasa no tiene que ver con la calidad académica o literaria, tiene que ver con el sentido de la maravilla, con lo onírico, con lo subconsciente individual y colectivo. Eso puede funcionar en un gran escritor y todos contentos, pero puede funcionar en un muy mal escritor que sin embargo, por los motivos que sea —porque era un esquizofrénico paranoide incurable— pues de repente te da imágenes y visiones que te descubren cosas. Que te divierten o que te vuelven loco.

R. D. S.: Uno de los libros que más me ha influido a mí en la vida ha sido la Antología del humor negro de André Breton. Me descubrió una cantidad de autores que para mí eran inimaginables.

J. P.: Lo bueno de los surrealistas es que iban más allá, es que se iban a FantômasGaston Leroux

R. D. S.: Joder, ¡cuánto me habría gustado editar a ese hombre! El día que nos toque la lotería será eso.

J. L. G.: Tenemos una colección de pioneros de la ciencia ficción que dirigía Jesús cuando tenía pelo y fumaba que eran cosas también muy pulp. Cosas como muy ingenuas que pensábamos que tendrían interés para los lectores de ciencia ficción, pero claro, leían lo moderno. Lo de los pioneros era demasiado para este mercado, sería más para el anglosajón.

M. L.: Ahora lo está haciendo Paco Arellano, con tiradas de doscientos ejemplares.

J. L. G.: Paco Arellano es el único friki español más mayor que nosotros. Con la ciencia ficción ha habido una frenada, se ha notado mucho.

J. P.: Sí, porque se ha fundido también con el mainstream un poco, en España. Colecciones hay menos que hace treinta años.

R. D. S.: Incluso la serie policíaca. La novela policíaca en ocasiones va camuflada, por ejemplo Siruela las saca dentro de sus colecciones generales.

R. D. S.: Sería digno de estudio ver en qué año el género empezó a tomar mala fama en España, porque antes hemos hablado de colecciones como Crisol que editaban al mismo nivel policíaca, aventuras, y Tolstoi, y no sé cuándo se frenó…

J. P.: Quizás fue un proceso de absorción que a nosotros no nos gusta.

R. D. S.: ¡Fueron los académicos! ¡Malditos!

J. L. G.: En los años setenta la literatura era una cosa muy grave y muy densa, reivindicativa… Coincidiendo con el final del franquismo se leían cosas cosas comprometidas, y la literatura de evasión estaba mal vista.

Hemos abierto el melón con lo de «literatura de evasión». ¿Por qué es un género menor?

R. D. S.: Yo es que ni siquiera estoy de acuerdo con la denominación. Si te gusta, tú disfrutas tanto leyendo a Maimónides como a Lovecraft, el placer lo obtienes tanto de una obra abtrusa como de cualquier otra…

J. P.: El problema de llamarlo «literatura de evasión» es que tenga un sentido peyorativo. Si no, ¿qué hay de malo en evadirse leyendo? La gente se evade mucho más de lo que piensa —y mucho más de lo que reconocería nunca— leyendo historias sobre la guerra del Golfo o la guerra de Yugoslavia. Se evade de su puta vida de mierda con su familia, sus niños gritando y tal. Y encima cree que está haciendo una labor social, pero está haciendo literatura de confesionario, de «qué bien me siento ahora que he leído cómo de putas las pasan los pobres emigrantes». Te estás evadiendo igual, solo que además te diviertes menos, pero ese es tu problema. Hay que darle la vuelta a los términos.

R. D. S.: Por eso es tan irritante ese término. ¿Es que no te evades cuando lees Guerra y paz?

M. L.: Por ahí empieza un poco el desprestigio del género, y el ensalzamiento de la gran literatura, la que vale para concienciarse…

J. P.: Nosotros nos hemos criado como editores y como lectores en una época en la que eso parecía que se estaba rompiendo, en el tardofranquismo. Desde el año 72-74 hasta el 84-85 en España disfrutamos de muchas editoriales y muchos escritores de prestigio, empezando por el propio Alfonso Sastre, que fue uno de los promotores del realismo y también uno de los promotores del fantástico en España, y toda una generación, de Juan Tevar, el primer Garci y un montón de gente que venía del rollo intelectual universitario y de izquierdas. Gente que venía de la izquierda exquisita y estaba abierta la género. Había un interés porque incluso eso era, hasta cierto punto, libertario.

¿Y cuándo se jodió?

J. P.: Mi teoría es que empezó a joderse cuando conseguimos lo que creíamos que queríamos, que era dignificar el género. En el momento en que la gente empezó decir que la novela negra era buena y era marxista, y empezaron a costar cincuenta pesetas como costaban las novelas de Chester Himes en la Casa de Libro… Diez años después esa novela de Chester Himes ya no era una novela policíaca de Brugera, era un clásico de la novela negra de un escritor negro americano, comprometido con el marxismo, y ya costaba mil doscientas pelas. Pasó con todo, cada vez que dignificas algo y lo sacas del gueto, que es lo que todos creíamos que queríamos, toma: la literatura del siglo XX la pagas a precio del siglo XXI y te jodes. Todos los críticos como Javier Coma o Carlo Frabetti, que con todo el respeto los he leído con ganas y me han enseñado mucho, pero lo que consiguieron fue dar la vuelta a la tortilla y cargársela.

R. D. S.: Con todo el respeto también, pero… ¡De toda tu explicación entiendo que acusas a Valdemar de poner unos precios prohibitivos!

J. P.: A ver, vosotros hacéis unos libros de puta madre, pero los de Etiqueta Negra de Júcar, por ejemplo, ¿cómo eran? Que valían mil doscientas pelas y empezaban: «El cadáver estaba caído en la carpeta», ¡que no se me olvidará en la vida! ¡Traducían «alfombra» como «carpeta»!

Valdemar para JD 5

Hablando de dinero, vosotros decís que sois ricos en fans. ¿La piratería os afecta mucho?

J. L. G.: Es difícil saberlo, pero yo creo que no. Que ya no.

R. D. S.: Es complicado, porque creo que afecta a un nivel general. Gente que antes compraba libros ahora ya no los compra. No se sabe si te toca a ti o aquél. Creo que a los que más daño hace son a las grandes editoriales y a los autores que venden mucho, tipo Reverte, Stephen King y tal, son los más pirateados. A nosotros que nos pirateen no creo que nos haga mucho daño.

J. L. G.: Viene un poco en paralelo lo que tú vendes en librerías con lo que te pueden piratear. No es comprensible que vendas dos mil o tres mil libros de una edición y haya treinta mil personas interesadas en internet en piratear ese libro. Eso no tiene mucha lógica.

R. D. S.: Luego, ¿cuántas obras de las que se piratean de verdad se leen, y la gente no las deja en un disco duro…?

M. L.: El Diógenes del pendrive.

J. P.: Para seguir utilizando términos marxistas, es el fetichismo por el objeto, ahora el síntoma es tener mucho, luego escucharlo, verlo o leerlo es lo de menos.

R. D. S.: Con respecto a la música, yo me bajé muchísima. Que luego no he podido escuchar porque me bajé tanto que no me da tiempo ni en esta vida ni en dos más. Durante una época muchos como yo nos abonamos al modo aleatorio, tenías mucha y la ponías así. Pero desde hace dos años o así vuelvo a coger y ponerme un disco en concreto, con su cara A y su cara B.

J. P.: Hay una frase de un pensador americano, Lewis Mumford, que en el año 68 o 69 decía que ningún recipiente debería evolucionar más rápido que su contenido. Y nosotros estamos viviendo justamente en el paradigma opuesto. No se hace casi nada nuevo, me atrevería a decir nada, en calidad artística y estética, ni en literatura ni en música ni en cine —otra cosa es que se hagan buenas películas, libros y canciones; pero no se hace nada nuevo— pero lo que sí evoluciona es la tecnología de los recipientes para conservar, escuchar y almacenar eso. Lo que mola es tener el iPod, el «i» no se qué, donde en lugar de treinta películas te caben tres millones. Tres millones que no solo no vas a ver, sino que la mitad o más son mierda.

M. L.: La piratería relaja el criterio selectivo de antes, tenías que elegir lo que gastarte en un libro. Te devanabas los sesos, lo hojeabas en la librería… ¿Y ahora que tengo todo, qué leo?

R. D. S.: Amigos míos que han pirateado mucha literatura se acogotan cuando tienen que elegir qué leer. Tienen tanto…

J. P.: A la larga tiene que ser beneficioso para una editorial como Valdemar. Lo mismo que ahora hay un boom de editoriales más o menos exquisitas, que trabajan el libro como fetiche y como objeto, y creo que la gente que de verdad le gusta Valdemar, quiere el libro.

J. L. G.: Por eso decimos que no nos ha hecho tanto daño la piratería, porque al lector de Valdemar le gusta el libro como fetiche.

Sois conscientes de que sois editores quitándole importancia a la piratería…

J. L. G.: Ah, ¿que se cabrean mucho? Pero es que si la facturación ha bajado no es solo por la piratería. Es que hay muchos más factores, la piratería es un saco al que se le culpa de todo.

M. L.: Es la cabeza de turco.

R. D. S.: Hay que ser conscientes de que la piratería no es el problema, sino la falta de lectores.

J. L. G.: Somos una de las pocas editoriales españolas que no tenemos libro electrónico, así que los pirateos que hay por la red son escaneos.

R. D. S.: La piratería no es tanto un enemigo del libro en papel como del libro digital. Mientras haya piratería digital lo que no se va a vender es el ebook, porque es un poco absurdo gastarte diez euros cuando lo tienes gratis.

J. L. G.: España tiene un 3% de ventas de libro digital, y a mí me parece que está como hinchado. No me lo acabo de creer, y aun así es una cosa despreciable. Darle tanta importancia a una cosa así, sobre todo cuando se venden más otro tipo de productos relacionados con el libro, que el libro digital…

R. D. S.: Aunque sí que hay una cosa, si quieres que te diga la verdad. A mí los piratas me parecen unos jetas. Pero no es ese el problema, porque si tú tienes la oportunidad de piratear, terminas pirateando. Yo lo he hecho, y casi todo el mundo. Porque es muy fácil, y cuando puedes piratear dándole a un botón y que nadie te diga nada… Aunque cuando entro en esas páginas piratas de libros me hace mucha gracia leer los foros: «¡Gracias! ¡Gracias por tu aporte, gracias por compartir!». Me parece absurdo, y hay alguno que dice: «Coño, esa no es la cubierta original»; pero, ¿para qué coño piensas en la cubierta en una edición digital? ¿qué más te da?

M. L.: Y por supuesto, olvídate del nombre del traductor porque no aparece en ningún lado. Y eso mucha gente no lo piensa, porque ven que el autor está muerto y eso debe estar al alcance del público, no estás robando a nadie. Pero estás robando al traductor.

R. D. S.: La piratería introduce una idea que es absurda en esta civilización: la gratuidad. Es que la gratuidad es contraria al capitalismo, si pedimos gratuidad vamos a pedir más cosas, que el pan sea gratuito…

J. L. G.: Pero la banda ancha no es gratis. Es más fácil piratear contenidos que putean a un montón de pequeñas empresas, que no a Telefónica que es la que vende la avenida por la que va todo.

J. P.: Es que ahí está la paradoja. Es como la piratería en cine, que la conozco muy bien. El problema es que las mismas multinacionales que te están diciendo «hay que perseguir la piratería» son las que están desarrollando el software mejor para piratear, grabar y reproducir.

Valdemar para JD

¿Y es reversible el concepto de gratuidad? Porque una vez que una generación se ha educado en eso…

R. D. S.: Yo me imagino que un chiquillo de quince años que ya lleva toda su vida instalado en la gratuidad es muy difícil que asuma que tiene que pagarlo.

M. L.: El tema está en que no va a haber creadores. ¿Quién va a dedicarse a escribir si no va a recibir un duro, solo por pura afición? ¿Y a editar?

J. L. G.: Y si alguien no puede dedicarse por entero a la literatura o la música, el producto que haga será en ratos libres o en fines de semana. Pero nunca al nivel que había cuando los creadores cobraban.

R. D. S.: Yo no quiero echarle mucho la culpa a la piratería de nada.

J. P.: Claro, porque es un síntoma, no es la causa de la enfermedad. La enfermedad es que la cultura en general interesa muy poco, y hay muchísima gente para repartir una tarta muy pequeña. ¿Quién me ha quitado mi queso? Pues es que aquí el queso son quesitos.

J. L. G.: Hay que decir que dentro de la piratería, las editoriales de libros nos llevamos la menor parte de las consecuencias. En cine y en música sí.

J. P.: Pero la música tiene una ventaja, una que siempre ha tenido. Que le gusta a todo el mundo y que es muy fácil escucharla. Leer un libro requiere un esfuerzo que para mucha gente es un trabajo, si encima tiene que pagar por ello ya…

R. D. S.: A todo el mundo le gusta el cine o la música, pero leer es otra cosa.

J. P.: Es un esfuerzo. Te da muchas satisfacciones, y aunque soy crítico de cine lo pienso así, me da más satisfacciones la literatura que el cine. Pero requiere más esfuerzo.

J. L. G.: Tan poca importancia tiene la industria del libro en España que ni siquiera le han subido el IVA. Seguimos al 4% por ciento, porque no hay dinero. Así somos de insignificantes. Y eso es porque no pueden aplicarle un 10% a las Sombras de Grey que sí se venden, y el 4% al resto. Es lo que pasa con el porno impreso y el cine, el cine es espectáculo y lleva un 21%, pero lo otro como es impreso, sin distinción ninguna, es el 4%.

R. D. S.: El porno en internet afortunadamente no.

J. P.: Yo toda la vida he estado oyendo decir, porque he sido monaguillo antes que fraile, que «los libros están muy caros». Venga ya. Vete a la librería de ofertas de Bilbao, o al Happy Books, que tienes libros de puta madre por un euro veinte. El último bestseller de mierda que te quieres leer, para estar a la moda e ir a la oficina llevando el libro de Dan Brown es caro… Si quieres ser cool, el libro será caro. Pero si lo que quieres es leer buenos libros, posiblemente sea lo más barato que hay sobre la tierra.

M. L.: En relación al tiempo y a la intensidad del disfrute.

R. D. S.: Creo que no hemos polemizado mucho, ahora que caigo.

Adelante, se abre la vía del despotrique.

R. D. S.: Podemos hablar de Rajoy

J. L. G.: No, que ya está muy oído.

R. D. S.: Para polémicos los títulos de libros que podríamos pensar. Pero sucedió lo de Zapata, con los tuits, por ejemplo. Y entonces ya nos lo pensamos. Mira que hace años ya resultaba paradójico que no pudieras decir ciertas cosas públicamente, pero es que cada vez es peor. Cada vez puedes hablar menos.

J. L. G.: En los años setenta, con la apertura después de la dictadura, había mucha más libertad que ahora, eso sí que es verdad. Aunque es cierto que como editorial no nos han «censurado» nunca nada, propiamente dicho.

R. D. S.: Pero porque pasamos de todo.

J. P.: A mí como escritor sí me afecta, no tanto porque te censuren de fuera, sino porque se dan unas circunstancias en las que tú mismo te ves forzado a autocensurarte. Cuando hay una censura exterior por lo menos sabes contra qué estás luchando, pero cuando consiguen que interiorices tú los mismos procesos de censura, porque sabes que de lo contrario vas a pagar las consecuencias, significa que hemos llegado a un punto ya muy orwelliano que funciona muy bien. No necesitas una oficina de censura, porque todos y cada uno de nosotros somos censores de nosotros mismos y del vecino.

J. L. G.: Pero es que España es un país de linchadores, nos encanta el escándalo. Somos un país de corruptos y de linchadores.

R. D. S.: Todo esto me parece espantoso. Todo lo que le han montado a Rita Maestre, por salir en sujetador ahí diciendo unas cuantas blasfemias… ¿Pero a dónde cojones va eso? Si blasfemar es un deporte.

J. P.: Ahora, también te voy a decir una cosa, ¿y si no hubiera ofendido a nadie y no pasara absolutamente nada? ¿Si nadie se indignara y no la metieran denuncias, si la Iglesia pasara del tema? ¿Qué sentido tendría hacerlo?

M. L.: La cuestión es convertir la blasfemia en delito.

R. D. S.: Es como aquello de la obra de los titiriteros. A mí me parecía una obra muy adecuada. Los niños desde pequeños tienen que aprender a odiar las instituciones que nos joden la vida.

J. L. G.: Y que sepan desde pequeños que la policía es capaz de meterte marihuana en tu casa para detenerte.

J. P.: Lo peor es que la obra en sí es inofensiva, cuando debería haber sido ofensiva. Lo peor es que además están pagando las consecuencias por la paranoia social. Es como una profecía autocumplida. En el caso de la literatura la ventaja y la desventaja que tiene es que nadie se fija, que si les llegan alguna de las cosas que están publicadas en Valdemar estaríamos todos en la cárcel.

J. L. G.: ¡No digas títulos!

Valdemar para JD 66

Fotografía: Javier Nadales


Juego de tronos V: Danza de cabrones

Imagen: HBO / Canal +.

Este artículo contiene SPOILERS

Vale su peso en vidriagón, pero ni por esas. Seis años y la reliquia perdida de Juego de tronos sigue sin aparecer, y eso que ni siquiera está perdida. Está guardada, que no es igual. Bajo siete llaves en algún oscuro sótano de HBO, cuyos directivos han jurado por los viejos dioses y los nuevos que antes morir que perder la vida. Es Winter is coming, el episodio piloto de Juego de tronos. No el que usted ha visto, no. El otro. El de verdad. El que se grabó en 2009, dos años antes del estreno de la serie, en Escocia y Marruecos, no en Irlanda del Norte y Croacia. Aquel del que no han trascendido más que unas pocas imágenes, entre ellas las de Theon Greyjoy como la ambición rubia e Ian McNiece vestido de reina Amidala. A Sophie Turner, la actriz que interpreta a Siesa Sansa Stark, se le escapó en una entrevista que la network estuvo a punto de no hacer Juego de tronos cuando tuvo este piloto sobre la mesa, con que imagínese el tostón. Y los mismos creadores de la serie, David Benioff y D.B. Weiss, reconocen que les quedó un poco, cómo decirlo. Dadá. Según han confesado ellos mismos, le pusieron el misterioso piloto a varios amigos y colegas de profesión y la mayoría ni siquiera se enteró de que Cersei y Jaime Lannister son hermanos. Y, quieras que no, eso desluce mucho un incesto.

Finalmente, la HBO se contentó con practicar cambios y volver a grabarlo todo. Con nuevas localizaciones, decorados, vestidos e intérpretes, entre ellos las actrices que dan vida a Catelyn Stark y Daenerys Targaryen, Michelle Fairley y Emilia Clarke, que sustituyeron a las originales, Jennifer Ehle y Tamzin Merchant. Aunque la verdadera transformación tuvo que ver con el guion, específicamente con la adaptación del texto literario de George R. R. Martin, el creador de la Canción de hielo y fuego. Por la copia del mismo que circula por internet sabemos que este piloto era mucho más literal con su libro, y que seguramente ese lastre fue lo que hundió la nave. Para reflotarla, Benioff y Weiss lo reescribieron no aligerando, sino cambiando el material de Martin, y así fue como el motor dejó de renquear y finalmente arrancó. ¿Por qué le contamos todo esto? Para que lo recuerde la próxima vez que se vaya a lamentar con grande pena y amargor de que las tramas de la serie no sean exactamente las de los libros, que es precisamente de lo que vamos a hablar hoy. Aunque siempre se deban censurar algunos de los cambios, conviene tener presente que sí, Benioff y Weiss ya probaron la literalidad. Y que no, no funcionó.

Acaba de concluir la quinta temporada de Juego de tronos y en Jot Down es tradición que comentemos en este punto el rumbo que lleva la adaptación en catorce puntos, siete para lo mejor y siete para lo peor. Así que vaya sacando el martillito de pedir silencio en la sala y haciendo ejercicios de precalentamiento con el dedo de juzgar, porque esta vez tenemos mucho de lo que hablar y un primoroso post de comentarios para que usted, fiel seguidor de la serie, pueda verter con comodidad sus apreciaciones y amenazas de muerte. Y una advertencia, otra vez: incurriremos en SPOILERS en tres, dos, uno, ya. Porque hablaremos de todo lo que ha ocurrido hasta el momento, aunque vamos a intentar no destripar lo que ocurrirá, es decir, la acción ya descrita en las novelas pero que aún no se ha retratado en televisión. ¿Entendido? Estupendo. Como dijo Alliser Thorne, el que avisa no es traidor.

Lo mejor

1. Canción de hielo… (la batalla de Casa Austera)

Imagen: HBO / Canal +.

Usted no sé, pero nosotros llevábamos cinco temporadas esperando esto. Desde la primera secuencia de Juego de tronos, sin ir más lejos. Y desde que la Vieja Tata anticipase en el tercer episodio ese invierno sobrenatural que se cierne sobre Poniente, «cuando el sol se oculta durante años y los niños nacen, crecen y mueren en la oscuridad, cuando los caminantes blancos andan por los bosques». Grumpkins y snarks, decía entonces Tyrion. Pero usted y yo sabíamos que no, y por eso nos quedamos a mirar. Porque la cosa se titula Juego de tronos pero entonces el Viejo Oso se preguntaba si «cuando los muertos y cosas peores vengan a darnos caza por la noche» importaría mucho quién estuviera sentado en el dichoso trono.

Fue lo que se prometieron Martin, Waiss y Benioff entre culos y decapitaciones: un apocalipsis. Concretamente, uno de naturaleza paranormal. Y por eso muchos de nosotros nos sentamos a mirar lo que, hasta ahora, ha sido fundamentalmente un culebrón medieval con aderezos de fantasía. Un año, y otro, y otro más. Y así cuatro, que se dice pronto. Hasta llegar a 2015 y seguir como entonces, mano sobre mano, el Gran Biruji sin llegar y con un elefante en la habitación del que nadie quiere hablar, pero que responde a un nombre: PER-DI-DOS. Temiendo que lo que esté viniendo no sea el invierno, sino otra Gran Tres Catorce. Y que la Canción de hielo y fuego se complete sin el prometido trance fantástico final, al que no pueden sustituir las conspiraciones palaciegas, los locuaces duelos dialécticos ni las atrevidas escenas de cama. Debe ser acción y fantasía, y solamente eso. Muertos vivientes, caminantes blancos y dragones. Hielo, fuego y nada más.

Y por suerte, después de cinco temporadas, la decisión con la que han chocado uno y otro elemento en la batalla de Casa Austera demuestra que esa sigue siendo la intención de Martin, Weiss y Benioff. Quizá sea el primer motivo por el que celebrarla, pero no el único. También es una batalla estupendamente facturada, aunque las legiones cagalástimas ya le estén criticando la abundancia de efectos especiales. De cinco contendientes —zombis, caminantes blancos, gigantes, salvajes y hermanos de la Guardia, más la aparición estelar de algunos miembros de Mastodon— solo dos son seres humanos, pero todavía hay quien piensa que esto es neorrealismo italiano. Y aunque la escaramuza tenga lugar súbitamente y acabe quizá demasiado pronto —en las novelas el choque se narra por referencias externas a la acción e involucra a muchos personajes fulminados de la adaptación—, seguramente es lo mejor. Como decíamos el año pasado, el último capítulo monográfico sobre una batalla, en el octavo episodio de la temporada anterior, no fue demasiado bien. Ni contaba con un chimpún como este, pura gloria en televisión para escarcha de nuestros pezones. Quiera R’hllor que no volvamos a tardar otra temporada entera en vernos la caras y los cuernitos con este supervillano, que por cierto no es el legendario Rey de la Noche.

2. Y canción de fuego… (el retorno de Drogon)

Imagen: HBO / Canal +.

Nos aterraba la escena de los juegos en Mereen. Era fácil convertirla en un pastiche entre Gladiator y la confusa batalla del Coliseo de El ataque de los clones. Pero la secuencia arranca con buen pie: las coreografías de lucha son variadas y atractivas, en particular el duelo desigual de Jorah con el espadachín braavosi. Y tras las peleas, el susto: ser Jorah Pagafantas Mormont arroja una lanza a mil metros de distancia, cual lanzador olímpico de jabalina. El objetivo del lanzazo es el nuevo marido de Daenerys, convirtiendo a la reina en viuda y dándole un ticket de salida a Jorah de la friendzone… o esa es la impresión que asalta al espectador hasta ver la lanza clavándose en un enmascarado. Entre el público se han infiltrado Hijos de la Arpía enmascarados, como tropas de asalto de Anonymous irrumpiendo en el Parlamento con máscaras de Guy Fawkes. Se desata una tormenta de espadas, y lo que en la escena de la muerte de ser Barristan quedó ridículo aquí logra parecer amenazador. En el momento clave aparece la bomba atómica de Essos: el dragón negro que despierta de una patada el sense of wonder del espectador.

La escena no es perfecta: hay algún cante de croma y momentos WTF (¿no es raro que un Jorah infectado de psoriagrís se deje tocar por Daenerys?), pero todo se perdona ante la visión de una Targaryen montando (¡al fin!) a lomos de un-puñetero-dragón. En el octavo episodio llegó un reto en forma de canción de hielo, y aquí Drogon entona su propia canción de fuego en respuesta. No es aún una sinfonía, pero sí el primer movimiento del concierto que se aproxima. El dragón aún no está plenamente desarrollado y es posible herirlo: la escena transmite bien la sensación de un triunfo arrollador amenazado por un peligro enorme.

Ah, y Tyrion. Fíjense en el careto de Tyrion… Ahí se refleja el auténtico sentido de la maravilla. La épica. La hostia en verso.

3. La reina de las malas decisiones

Imagen: HBO / Canal +.

Llevamos cuatro años agradeciendo a Peter Dinklage que enchufara a Lena Headey para encarnar a Cersei, pero quizá ha llegado el momento de enviarle unos bombones. En esta temporada que no por casualidad se abre y cierra con ellael personaje explota definitivamente, protagonizando uno de los arcos argumentales con más chicha y ya de paso llevándose por delante un par de riesgos que sobrevolaban a la mala malísima oficial. Cersei se aleja de la caricatura de reinona pérfida y chalada, que está a tres lexatines de charlar con su espejo porque teme que Margaery le mangue también el título de Miss Buenorra de Poniente. Gracias a la susurrante Headey y a esa pincelada de su niñez con la premonición de la bruja, el desquicie y la felonía de la Lannister van cobrando sentido, añadiendo al personaje una textura dramática que le viene al pelo para el lío en el que se mete ella solita. Vuelve a perseverar en su cualidad más destacable creerse más inteligente de lo que esideando una estratagema que como todos veíamos venir, acaba estallándole en la cara como colosal chaparrón de mierda.

Que Cersei querría muy fuerte ser Olenna Redwyne pero no le llega el riego era algo que ya sabíamos. Que tomaba decisiones así un poco a tontas y a locas, también. Pero ha estado francamente bien esa soledad forzosa sin Jamie ni un Tyrion cerca para advertirle de que la gente que vive en casas de cristal es mejor que no lance piedraspara dejarle entretejer una alianza con los más malrrolleros del lugar: los fundamentalistas religiosos. Fantástica la comprensión del arco de los Gorriones (liderados por un turbio Jonathan Pryce) y también, no lo neguemos, ver a Cersei dándole lametazos al suelo. Porque si poderosa era volcánica, herida y humillada lo es aún más. Que pague un poquito por haber sido tan hija de puta es algo que regocija: la reina del bitchface en un walk of shame por sus pecados no, no son precisamente los devaneos de alcobaes un giro retorcido, pero necesario. Cosa más dudosa es lo de usar una doble para el desnudo. ¿Que igual se les ha ido un poquito la mano con la crueldad? Piensen en el ISIS tomando la batuta, a ver qué tal. Cersei finaliza recolocada en un punto del tablero acojonante, en los brazos de la Montaña resurrecta y con una cara que haría desdecirse a Tyrion: porque ni el amor a sus hijos ni los pómulos la van a redimir esta vez de la que va a liar. O quizás ha aprendido algo.

4. Esas locas buddy movies en Poniente

Imagen: HBO / Canal +.

De un tiempo a esta parte, la serie nos ha dado grandes momentos de buddy movie, especialmente desde el loquísimo emparejamiento de Arya Stark y el Perro Clegane, dos personajes tan nihilistas y kamikazes que juntarlos era como hacer Arma letal pero con dos Martin Riggs. Esta temporada, la cosa sigue por el mismo camino. Para empezar, la relación entre Sansa Stark y Ramsay no es lo que se dice una fiesta loca, pero más allá del buen ojo que tiene la muchacha para arrimarse a los elementos más sádicos del tablero de juego (lo que ya es meritorio si hablamos de un tablero donde los peones son señores despellejados), lo cierto es que tener delante al entrañable psicópata de Ramsay nos ha ofrecido por primera vez a una Sansa mínimamente interesante y de la que cabe esperar algo de iniciativa. Buen cambio para quien había sido el personaje más insoportable y pavisoso del reparto, incluso durante la temporada anterior… y eso que solo hay una cosa tan difícil como encontrar un novio más cabrón que Joffrey: resultar insulsa cuando tu sparring verbal es Tyrion Lannister. Lo hemos visto con otras dos parejas cómicas ilustres esta temporada: primero, el enano y el bueno de Jorah Mormont, que aunque duraron poco nos depararon algunas conversaciones memorables. Después, la crema del pastel: Tyrion frente a frente con Daenerys Targaryen. Su larga conversación fue para un servidor el punto álgido del octavo episodio, y ni siquiera el ataque zombi en modo Abismo de Helm pudo hacerle sombra. La esgrima verbal entre los dos («después de todo, quizá os mande matar») fue digna del William Goldman que escribió el duelo de ingenio de La princesa prometida («no beberé del vino que está frente a vos»).

Pero si hay un dúo que parecía predestinado a entenderse, es el formado por Jamie y Bronn. Porque, ya que hablamos de aciertos, donde la serie se está luciendo de verdad es en el reciclaje de lo que en las novelas de Martin eran claras oportunidades perdidas, y adjudicarles a estos dos la tarea de infiltración not-so-secret en terreno dorniense (en sustitución de Personaje intercambiable #1) ha arrojado un porcentaje de compatibilidad entre ambos que ya lo habría querido Jesús Puente para su programa. Aunque Bronn le haga caída de ojos a cierta víbora peinada a lo garçon

Ahora que no podemos saber lo que tendrá pensado Martin para el futuro, solo queda esperar que Weiss y Benioff sepan seguir sacándose de la manga combinaciones tan disparatadas y maravillosas, sin miedo a experimentar en su celestineo. Al fin y al cabo, ¿quién nos iba a decir que juntar a Bruce Willis con Cybill Shepherd podía ser una buena idea?

5. Ramsay motherfucker Bolton

Imagen: HBO / Canal +.

Las que caímos rendidas ante Iwan Rehon cuando hacía de inadaptado romanticón en Misfits llevamos tres temporadas boquiabiertas observando de cuánta maldad es capaz Ramsay Bolton y cómo borda el papel el actor galés. Con esa cara de alucinado y sádico a más no poder, Ramsay recuerda al ultraviolento Alex de la película de Kubrik, o incluso al maquiavélico Joker. Abrimos la temporada viéndole ascender desde la bastardía a la legitimidad, después asistimos a su boda con Sansa, en la que protagonizaron fuera de escena uno de los momentos más truculentos y polémicos de la serie (y en Juego de tronos, esto es decir bastante), y cerramos con el intríngulis de lo que estará planeando para su madrastra y futuro hermanastro. El propio Rehon confiesa pasarlo bastante mal interpretando algunas escenas y en esta casa, aunque Theon nos inspira desprecio y Sansa hace varias temporadas que nos resulta indiferente, nunca les desearíamos un ratito con Ramsay. Es más, temblamos ante la idea de que los gorriones descubran el potencial del joven Bolton. A buen seguro formarían una combinación, ejem, inquisitoria.

6. Arya Stark

Imagen: HBO / Canal +.

La iniciación de Arya en los misterios del Dios de Muchos Rostros está narrada con una agradable contención y cierto respeto al material original, un bien escaso esta temporada. Llegamos a temer al principio que intentasen espectacularizar el aprendizaje de Arya añadiendo, yo qué sé, entrenamiento ninja, más asesinatos o una amenaza inventada cualquiera. En cambio hemos tenido escenas lóbregas y oscuras, reflexiones sobre la identidad y la renuncia (¡ese momento sencillo y fantástico en el que Arya esconde su espada Aguja!), e incluso momentos de incómoda tanatopraxia salidos de A dos metros bajo tierra. Un detalle de esa escena: Arya limpiando el pelo del cadáver usando los mismos gestos con que Myranda, más tarde en el mismo capítulo, lavará y desteñirá el cabello de la pobre Sansa.

Más allá del catártico momento de venganza final genuinamente starkiano, nos quedamos con una escena, o más bien un escenario: la fantásticamente creepy Sala de los Rostros que alberga las miles, decenas de miles de caras puestas en fila que los Hombres sin Rostro han ido coleccionando (¡hazte con todas!) a lo largo de siglos. No podemos evitar preguntarnos, eso sí, cómo llegan hasta los estantes de más arriba y lo que debe costar limpiarle el polvo a todo eso.

7. Bye bye, Jon Nieve

Imagen: HBO / Canal +.

Que retengan las fanfarrias los lectores cínicos, que si incluimos la muerte del efímero Lord Comandante entre lo mejor no es porque nos alegre. Sí, en la vida moderna lo molón es depreciar el amor, la luz y el bien porque nos parecen sosos, y asumimos que el bastardo lo era un rato. ¿Intensito y emo? Más todavía. Pero si disfrutamos de una serie plagada de un elenco de personajes complejos en sus tonos de gris entre el bien y el mal, también celebrábamos que hubiera alguno que nos recordara esa época en la que éramos niños, el invierno estaba lejos y quien queríamos ser era el bueno. ¿Por qué su muerte está entre lo mejor, entonces? Por cómo se ha narrado, por lo que implica y por lo que explicita. Que la serie se ha salido de los cauces del libro es algo que ya sabemos, y en muchos casos ha sido para bien (exceptuemos lo de pervertir por completo el personaje de Stannis). Benioff y Weiss acertaron al trasladar a Jon Snow a la batalla de Casa Austera, mientras que en el libro el líder de la Guardia que estaba allí era un personaje de una relevancia similar a la del tercer concejal suplente en las listas de UPyD para las elecciones al Ayuntamiento de Morata de Tajuña. Con Jon allí vemos lo que ya intuíamos y ahora sabemos: las intrigas de poder en Poniente son juegos de niños ricos, lo que viene con el invierno es una lucha entre el Bien y el Mal, así, con mayúscula. Jon ha pasado de no saber nada a saber lo esencial. Y toma las decisiones más importantes que jamás tomó un Lord Comandante de la Guardia de la Noche, aunque a esta no le guste un pelo. Nadie más que él es consciente de que no se construye un muro de hielo de trescientas millas de longitud y setecientos pies de alto solo para protegerse de los guitarristas de Mastodon. De que el enemigo es otro. Y ante los malos hay que estar unidos, aunque no todos entre nosotros sean los buenos.

Pero la ficción es tan inverosímil como la realidad, así que la alianza de civilizaciones no es muy bien recibida. Prejuicios conservadores, ya saben. Y hay una especie de crescendo narrativo («he visto cuchillos en la oscuridad», le profetizaba Melissandre en los libros, como César debía guardarse de los idus de marzo, miradas torvas de sus compañeros y diálogos muy precisos con Olly en la serie) que conducen a ese final tan shakespereano del último capítulo, puñaladas traidoras y el propio Olly ejerciendo de Bruto. Una coreografía perfecta que no acaba ahí, porque después de Jon Snow solo queda el caos. ¿Quién mantendrá la frágil paz entre salvajes y la Guardia? ¿Quién advertirá al mundo de lo que se viene desde más allá del muro?

Pues probablemente él. Pero esto ya sería hacer spoiler-ficción; no se alarmen: oficialmente está muerto y bien muerto, no les descubrimos nada. Si regresa o no, y cómo de cambiado estará de hacerlo, queda en el terreno de las teorías. No sabemos nada. O sabemos algo: el verdadero Mal va ganando.

Lo peor

1. Matar a un ruiseñor

Imagen: HBO / Canal +.

No diga nada, que todo lo que puede decirse ya lo dijo mejor Kay Cannon, guionista y productora de 30 Rock: «Estoy mayor para ver a nadie ardiendo en la televisión».

Y eso que verlo, verlo, no lo vio. Lo oyó, como todos. Durante cuarenta segundazos, los que pasan desde que la cámara se aparta definitivamente de Shireen Baratheon hasta el final de la secuencia en la que resulta quemada viva. Los que Weiss y Benioff consideraron que debíamos escuchar los gritos desgarradores de esta niña entrañable por la razón última de que hey, why not. Podríamos hacer como que nos creemos los motivos que aportan ellos, pero mira. La carne de niño churruscada le quita a cualquiera las ganas de ruedas de molinos de postre. Y eso que tenemos el estómago a prueba de fuego valyrio, o no hubiésemos aplaudido la muerte de Joffrey Baratheon como auténticos bellacos. Pero la de su prima, que ha sido bastante menos explícita, sin embargo ha sido mucho peor. Lo sabe usted, lo sé yo y lo saben Weiss y Benioff por más que digan que no: se han cargado a Shireen así, con ensañamiento y muy mal gusto, para darle al final de la temporada un chute de morbo y shock. Para sostener la atención del espectador —y esto es lo verdaderamente jodido— a cualquier precio.

Y además de forma torpe y patatera, porque a ver una cosita. Si hubiesen matado a Shireen sin montar el número, todavía. Como han hecho con Barristan Selmy o Jojen Reed, entre otros que siguen vivos en las novelas. O incluso cuando así fuera, pero entonces muriera sacrificada por las verdaderas enajenadas, que son Melisandre y Selyse. Y no artificiosamente a manos de su padre. Stannis, el Stannis televisivo que nos han vendido durante tres temporadas, no sacrificaría a su hija en una pira. Y no solo por amor, que también. Por política, que de hecho es lo único que le importa. Shireen es la última Baratheon, ojito. Aunque Weiss y Benioff lo pasen por alto para vendernos esta burra incomprensible, que un hombre obsesionado con el objetivo de reinar mate a su única descendiente porque le han dicho que trae buena suerte, como pisar mierda. Que a la postre es lo más parecido que tiene Poniente a una aspirante al trono a la vez a) legítima y b) deseable. Y que lo haga, además, por motivos religiosos, cuando hasta hoy se han dedicado a matizar constantemente que Stannis es creyente, pero no «un fanático». Palabras suyas, no nuestras. Evangelio de san Weiss y Benioff, temporada dos, capítulo cinco. Antes de medirse en el campo de batalla, Renly y Stannis Baratheon se encuentran en su región natal, la Tierra de las Tormentas, y Renly le dice lo siguiente a su hermano mayor: «Nunca me creí que realmente fueras un fanático. Alguien sin carisma, rígido, aburrido, eso sí. Pero no un hombre piadoso». ¿Eh? A ver si ahora va a resultar que nos inventamos nosotros las cosas.

2. Los gorriones

Imagen: HBO / Canal +.

Un mundo fantástico, que en el fondo no es más que la recreación de la Edad Media con todos los añadidos que puedan hacerla atractiva para el espectador —los dragones, los magos, las razas mutantes, los dientes sin cariar y las putas perfumadas— no puede ser creíble sin religión. En Poniente, y no indagamos más allá del mar que nos llevaría a tierras bárbaras por no llevarnos un chasco, la religión es lo bastante absurda como para ser creíble, pero queremos más detalles, qué diantre. La fe de los siete parece haber desarrollado una teología tan compleja que resulta imposible de explicar. Conceptos como la transubstanciación y la Santísima Trinidad, que tan afines y queridos son para los hijos de la Transición, relucen con prístina claridad al lado de ese galimatías de septones, maestres, ándalos, primeros hombres y la madre que los parió más allá del muro.

Hemos visto bodas, sí, pero muy poco flamencas —otro gallo habría cantado en la boda roja si cada señorona hubiera lucido su peineta— y ni siquiera sabemos si en los Siete Reinos, por ejemplo, las familias bien van a misa de doce los domingos, como debe ser, a cantar las alabanzas del Señor y comerse su cuerpo y beberse su sangre y aquí haya paz y después gloria. Ahí los querría haber visto yo, horas y horas escuchando el «santo santo santo santo es el Señor, dios del universo», siempre rezando por que aligeren el tempo, que lleguen al prestissimo e tanto troppo y esto termine cuanto antes, y no andarían ahora con tantos melindres a la hora de hacer frente a una reata de zombis desaboríos. Y ahora, para terminar de joder la marrana —con perdón— nos sacan a una panda de desharrapados meapilas que, para más INRI, presumen de una vomitiva pureza e incorruptibilidad moral que nadie que no estuviera ciego dejaría de relacionar con, con… ¡Mirad, es el primo Lannister de Albert Rivera! Añadid: se llaman gorriones y no les gustan los maricones. Mucho menos si practicas el sexo grupal con tu hermana. ¿Has engendrado retoños de tu misma sangre? Al hoyo, por salida. Están con los pobres y los piojosos, pero muy rojos no parecen. O sí. Yo qué sé. No era necesario, HBO. Mandad un dragón y que los queme a todos, a todos, a estos sí, en fila india, mientras cantan:

Juntooooooos como hermanos (atiende, Cersei)

Miembrooooooos de un septooón…

3. La muerte de Ser Barristan

Imagen: HBO / Canal +.

Amanece en Mereen. Al paso del inmaculado Gusano Gris y sus hombres, las lugareñas se giran preguntándose si al castrarlo le habrán dejado flauta o platillos. De repente, un grupo de extras enmascarados surgidos de la orgía final de Eyes Wide Shut prosiguen su juerga de after apuñalando transeúntes. En su papel de Guardia Urbana, los guerreros más temidos del mundo (a pesar de su estúpida costumbre de patrullar estrechos callejones portando lanzas de dos metros) plantan cara y caen como moscas frente a los juerguistas. Un anciano caballero que pasaba por allí desenvaina la espada y ataca de frente; siguen unos minutos de confusa y acelerada coreografía de lucha a empellones, durante la que el caballero jubilado rebota de un lado a otro como en un pinball. Tras un par de planos que no logran ser dramáticos aunque se filmen en un extraño contrapicado inferior, el caballero es apuñalado… Y uno de los pocos personajes que brillan con luz propia en el libro de Danza de Dragones resulta expulsado ignominiosamente de la Casa del Gran Hermano de HBO.

Matar a ser Barristan es un insulto al infrautilizado Ian McElhinney, que lleva desde el primer año sacando oro de sus pocos minutos en pantalla. Quizá se ha intentado darle así a Tyrion algún valor para la reina de Mereen (¿de qué le sirve a Daenerys un consejero de Poniente si ya tenía uno?), o introducir algún suceso relevante en la insípida primera mitad de temporada. Pero yo quería ver las dudas del honorable caballero crepuscular al verse de repente al mando de un lugar traicionero que no comprende; quería verle dirigir la batalla que ha quedado probablemente relegada a la sexta temporada. Para un personaje que hay con gravitas shakesperiana, se lo cargan una panda de borrachos. Así no, joder.

4. La violación de Sam

Imagen: HBO / Canal +.

La crudeza con la que se muestra el sexo en Juego de tronos no iba a ser menos en el caso del desfloramiento de Samwell Tarly. El pinchito más penoso de esta temporada goes to los secundarios más anodinos de Poniente, y seguramente está motivado por la lástima. Todo precioso.

La escena comienza cuando nuestro blandengue favorito, el que hace parecer duro a Jon Nieve, siempre dispuesto a defender a su chica, recibe una soberana manta de hostias que si no llega a aparecer el lobo huargo por allí igual ni lo cuenta. Tras desmayarse, es cargado hasta el catre por la sufrida Elí, que por si no tenía bastante con haberse casado con su padre y tener un hijo-hermano, ahora tiene que criarlo junto a este ñoño entre la caterva de criminales confesos que forman la Guardia de la Noche. Total, que cuando está Elí haciéndole de enfermera, Sam le lanza una de sus acostumbradas indirectas intensitas. Ella, visiblemente incómoda, intenta marcharse, pero él la retiene agarrándole del brazo. Ese gesto dispara en ella algún tipo de mecanismo regresivo por el que acto seguido se arremanga las faldas, se sube encima de él y hace todo el trabajo sin ponerle ningún entusiasmo, ni ternura, sin siquiera jadear o respirar fuerte. Sam, esa calamidad mórbida de pelo churretoso y pinta de no haber alcanzado la pubertad, no solo mantiene una pasividad total, sino que además cierra los ojos y lanza unos ays que no sabe una si está follando o le están haciendo la cera. Repelús máximo. Por suerte para nosotras, el asunto se resuelve en tres segunditos, pero como espectadores nos quedamos con un regusto amargo, de que mejor si no nos lo hubiesen enseñado.

En los libros, el encuentro sexual llega a producirse, pero con la trama bastante más avanzada y copichuelas de ron mediante. No obstante, el de la novela es un polvo peripatético también: cuando Sam procede a chuparle los pezones, Elí, que está con la lactancia, le llena la boca de leche. Amamantando a su amante. Es que no se puede ser más triste ni intentándolo.

5. Del reino progre a la tribu caló

Imagen: HBO / Canal +.

No haremos sangre con el yo-ya-lo-dije pero recordemos los presagios: Dorne olía a pescaíto frito y a españolidad arrabalera en la anterior temporada y ahora ya sabemos por qué. Weiss y Benioff no albergaban la menor intención de darle una adaptación digna al reino del sur, ni en cuanto a trama ni en cuanto a estética. La temporada ha reducido Dorne a una serie de jardines absurdos sacados de un anuncio de Chanson d’Eau, poblados por unas gentes agitanadas que tienen toda la pinta de disfrutar de la vida a base de taconeos y gazpachitos. Ojo también a ese mashup con Lawrence de Arabia que viven Jamie y Bronn en nombre del exotismo, donde echamos de menos a Aladdin aterrizando con la alfombra mágica. El verdadero espíritu e identidad de este reino el más progre de Ponienteni ha asomado las orejas, porque eso de que son muy salerosos y lo mismo les da carne que pescado era algo anecdótico que ni de lejos sintetiza las peculiaridades del territorio, que van más allá del calorcito: el único de los Siete Reinos donde no importa si se es hombre o mujer a la hora de heredar primogenitura, se vive la homosexualidad en público o no avergüenza ser un bastardo. Los Martell eran carismáticos, complejos y con bastante más enjundia, y no es difícil entender la decepción de los lectores al verlos despachados como mero relleno discursivo.

Tampoco nos rasgamos las vestiduras rompemos la camisay asumimos que la intención era condensar y adaptar la trama, eliminando el intento de llegar al trono de los de Lanza del Sol, que ya suficiente conspiraciones hay en ciernes como para calentar la mollera con otra más. No vaya a ser. Pero de eso, a reducir todo lo ocurrido en Dorne a una venganza personal de una Rosarillo desnutrida (Ellaria Arena) pues mira, no. Y lo de las Serpientes de Arena no se solventa con una ubre saltarina y un par de coreografías con lanzas en mitad de los Monegros. Eso sí, muy a favor del añadido de la muerte de Myrcella, la más insulsa de los amantes de Teruel, aunque ya puestos podían haber aprovechado para cebarse también con la guapa de la pareja, Trystane, antes de que se escape a protagonizar una campaña de cualquier perfume lánguido.

Como Jaime, nos largamos de Dorne en ese barco sin mirar a atrás, deseando no tener jamás que regresar al reino transmutado en celebración de la absurdez. Absurdamente también conservamos cierta esperanza de que el retorno de Weiss y Beinoff a España como plató en la próxima temporada salga algo mejor. Peor que Marina D’orne Ciudad de vacaciones va a estar complicado.

6. ¿Y los Greyjoy?

Imagen: HBO / Canal +.

Vamos a confesarlo de una vez: la quinta temporada nos ha gustado. Seguro que los odiadores tienen razón y aquí estamos equivocados en esto de disfrutar de la vida y no darle muchas vueltas. Pero buscando fallos significativos hemos encontrado pocos. Entre ellos, la completa desaparición de una de las grandes Casas de Poniente (porque Theon ahora es Hediondo, no cuenta). ¿Alguien recuerda a los Greyjoy y a Yara? Nosotros sí, aunque solo sea porque nos gustan los calamares. Y porque todo su arco argumental se ha borrado de un plumazo y no sabemos muy bien si no volverán o si toda la sexta temporada consistirá básicamente en un monográfico de la única chicha esencial que queda sin contar de los libros, esto es: su movida. Que sería una brasa de temporada entonces, la verdad. Y es esencial porque, sin querer spoilizar mucho a los que no hayan leído Festín de Cuervos, puede que los Greyjoy hayan encontrado una especie de arma de destrucción masiva que influirá en los equilibrios de poder de Poniente. O no, que esto ya es un sindiós.

7. Y aquello

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Aquello, sí. Aquello, guiño, codazo. Aquello que el año pasado llamábamos «eso» y ahora «aquello», porque ya empieza a quedar lejos. Hoy como entonces no revelaremos de qué se trata, pensando en quien no haya leído los libros, y a quien sí lo haya hecho baste decirle que nos referimos al epílogo de Tormenta de Espadas, el tercero de la saga. Y a lo que le sigue, una trama completa protagonizada por uno de los personajes más singulares de la Canción de hielo y fuego. Weiss y Benioff, sin embargo, decidieron no sacarlo en la temporada anterior y tampoco lo han hecho en esta, que es cuando se esperaba. Flipa. Teniendo en cuenta que hemos acabado con la quinta y que Juego de tronos seguramente tendrá siete temporadas, parece poco probable ya que el personaje vaya a aparecer en pantalla, aunque cuesta mucho imaginar las razones que se dan los adaptadores para habérselo cargado. De momento, resulta decepcionante no haberlo visto ya, cuando hace tiempo que correspondía, pero nos aferramos al clavo ardiendo: preguntados por este asunto, Weiss y Benioff no confirman ni desmienten, pero sí han dicho que antes de quejarse mejor esperemos a que hayan hecho las setenta horas de Juego de tronos. Menos da una, ejem, piedra. Así que prestaremos mucha atención a las diez siguientes, y ustedes también deberían. Nos vemos entonces.

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