El racismo científico sobrevive en los titulares

Dos mujeres leen el periódico en Berlín en diciembre de 1945, pocos meses después del final de la II Guerra Mundial, junto a un texto que reza «Für Juden verboten», «Prohibido para judíos». Fotografía: Cordon Press.

Hay dos cosas que todos sabemos sobre Serena Williams. Una es que es una de las atletas más poderosas de la historia. La otra, que es una mujer negra. Lo primero no la salva de lo segundo y por eso lleva a cuestas no solo la presión de la competición, sino también todos los estereotipos y prejuicios que su identidad le echa encima.

En septiembre de 2018, Williams perdió la final de un importante torneo frente a la jugadora japonesa Naomi Osaka, pero el partido llenó titulares por otro motivo: el árbitro amonestó a la americana tres veces por motivos menores, provocándole a la tenista un cabreo monumental. Eso fue lo que la puso en la diana. Un buen resumen de las críticas sería la viñeta creada por Mark Knight para el Australia’s Herald Sun en la que Williams aparece como una enorme mujer bebé, chupete incluido, que berrea mientras el árbitro le pide a su contrincante que la deje ganar. ¿Por qué? Porque una mujer negra no puede cabrearse si no quiere confirmar el estereotipo de la angry black woman.

Una angry black woman es algo que quizá no le suene de nombre, pero seguro que sí en su significado: es una mujer negra, a menudo grande y rotunda, que se enfada, hace aspavientos y grita. Es mordaz, agresiva, escandalosa e irracional. Digo que seguro que le suena porque es uno de los estereotipos más comunes entre los que les caen encima. Salen así representadas en infinidad de películas y series. El fenómeno es tan común que hay quien lo tiene por un síndrome.

Los salvajes negros

¿Han oído hablar de las jezebel? Son otra caricatura de las mujeres negras que las convierte en sexualmente promiscuas y moralmente laxas. La idea surgió de las rígidas mentalidades victorianas al encontrarse en sus imperios coloniales la forma de vida de otros pueblos, especialmente en África, donde ni hombres ni mujeres iban tan tapados como los ridículos europeos por motivos seguramente meteorológicos, ni las costumbres sexuales eran tan censuradas. Sesudos estudiosos llegaron a la conclusión, a partir de observaciones de este estilo, de que las mujeres negras (también los negros) estaban biológicamente más cerca de los animales que las mujeres blancas y que su obvio desmelene sexual era una prueba innegable. Se sabía que esto era así, era conocimiento científico, algo objetivo.

Estas ideas se perpetuaron y expandieron gracias a los medios de comunicación (antes de películas y series eran obras teatrales, pinturas, algunos libros) y en su consecuencia más extrema, sirvieron durante décadas como racionalización y justificación de la violación de mujeres afroamericanas. «Total, a ellas les gusta», debían de pensar sus violadores.

Las mujeres negras sufrían (y sufren) la doble discriminación de su género y su etnia, pero no eran las únicas. Los hombres negros también cargan aún hoy a sus espaldas con una buena dosis de estereotipos: son vagos y despreocupados, son hipersexuales y no tienen control, son malhumorados y violentos, son menos inteligentes.

La vergüenza del racismo científico

La ciencia y los medios de comunicación de la época tuvieron una gran responsabilidad sobre ello. La primera por ofrecer a estas ideas una base sólida y respetable sobre la que asentarse. Los segundos por dispersarlas y mantenerlas con vida, incluso hoy, una vez ya descartadas.

El racismo científico, que hoy sabemos que era en realidad pseudocientífico como mucho, sirvió para defender la idea de que había motivos biológicos objetivos para establecer diferencias entre razas (el mismo concepto de razas está hoy descartado dentro del ser humano). De forma muy conveniente para los que entonces dominaban el mundo, los hombres blancos, logró convertir en algo innato las barreras y diferencias impuestas. No era discriminatorio sino pura lógica obligar a las personas negras a hacer los trabajos más pesados si resultaba que, por naturaleza, eran más fuertes y resistentes que las blancas. No lo decimos nosotros, dirían esas élites, lo dice la ciencia.

El racismo científico dio legitimidad a la obsesión del hombre blanco por dominar el mundo y a los que viven en él, y la expansión de sus ideas dio pie a la opresión, la discriminación y la barbarie de forma generalizada y en varios momentos históricos concretos: la esclavitud en Estados Unidos y luego las leyes de segregación racial, el nordicismo, el apartheid sudafricano y la higiene racial que buscaba el Tercer Reich alemán.

¿Cómo se mide la inteligencia?

Con la inteligencia de blancos y negros como principal caballo de batalla, uno de sus métodos más habituales tenía que ver con la craneometría y la frenología: mediciones craneales de personas de distintas etnias se utilizaron para apoyar la idea de que el hombre negro se encontraba a medio camino entre el hombre blanco y el mono, y por tanto era menos evolucionado y menos inteligente y capaz. Existen decenas de ilustraciones de la época que sugieren este razonamiento, en las que además el espécimen blanco retratado rezuma sofisticación mientras que los rasgos del sujeto negro salen sensiblemente deformados hacia lo simiesco, a veces de maneras más sutiles que otras.

Algunas de sus aplicaciones resultarían absurdas vistas hoy si no fuesen en el fondo tan escalofriantes. Ante la convicción ―falta de pruebas reales― de que la raza blanca era superior a las demás en capacidades mentales, algunos científicos sociales decidieron complementar los razonamientos craneales y probar con los test para medir el cociente intelectual. En 1908 el médico estadounidense Henry Goddard, uno de los primeros y mayores defensores del uso de estos test, comenzó a realizarlos a los inmigrantes que llegaban a Ellis Island, puerto de entrada a Nueva York. Según sus resultados, el 87 % de los rusos, el 83 % de los judíos, el 80 % de los húngaros y el 79 % de los italianos tenían una edad mental inferior a doce años.

Ese racismo científico quedó desacreditado dentro de la propia comunidad científica tras la Segunda Guerra Mundial, principalmente por considerar que no se puede hablar de razas biológicas que distingan a unos seres humanos de otros, ya que taxonómicamente todos pertenecemos al mismo grupo. La palabra «población» se utiliza ahora para definir a un grupo de personas que comparte determinados rasgos genéticos sin las implicaciones clasificatorias del término «raza».

También se criticaron y descartaron los estudios que pretendían relacionar la inteligencia con los rasgos genéticos, ya que es difícil distinguir cuánto de nuestro intelecto nos viene heredado y cuánto se debe al entorno en el que crecemos. Aunque algunos recalcitrantes siguieron, y siguen, defendiendo el racismo biológico como un área a explorar, la mayoría de sus colegas les consideran trasnochados, peligrosos y no quieren tener nada que ver con ellos.

Belzoni, Mississippi, 1939. Fotografía: Marion Post Wolcott / Library of Congress (DP).

La ciencia lo descarta, los medios no

Pero los medios no quisieron dejar ir un tema que tanto interés despertaba, fuese cierto o no, y las teorías del racismo científico siguieron estando presentes en medios de gran repercusión, incluso estando ya descartadas. En 1966 la revista Playboy entrevistaba a George Lincoln Rockwell, fundador del Partido Nazi Americano que justificaba su convicción de que los negros son inferiores a los blancos por un estudio realizado cincuenta años antes y que concluía que las habilidades intelectuales de los negros mejoraban según su porcentaje de ancestros blancos. Playboy publicó después una nota asegurando que el estudio estaba desacreditado y que era una racionalización pseudocientífica del racismo… pero allí estaba.

La cosa ha seguido desde entonces, con el racismo científico apareciendo y desapareciendo como el Guadiana de los titulares y la televisión. En 1994 Charles Murray, científico político y columnista, publicaba The Bell Curve, un trabajo en el que defendía que son las diferencias en el cociente intelectual, y no la desigualdad de oportunidades, lo que marca la estructura social y el lugar que ocupa cada uno de nosotros en ella. Así que si en la base de esa estructura social en Estados Unidos se encontraban masivamente los negros y los latinos, era porque sus capacidades mentales eran inferiores, no porque viviesen sometidos a un sistema que les sitúa, de partida, a varios pasos de desventaja frente a los blancos.

El trabajo de Murray fue rápidamente señalado por sus colegas académicos: su evidente sesgo hacia los afroamericanos, a los que considera fundamentalmente menos inteligentes y menos creativos entre otras cosas, empapaba su trabajo de tal forma que era difícil dar una validez científica a sus hipótesis y supuestas pruebas estadísticas.

Pero eso no fue impedimento para que le diesen voz en los medios. A gran parte de la élite económica y social le venían muy bien las teorías de Murray porque le permitía considerar suerte y azar lo que todos los demás les decían que era discriminación y racismo. En un caso especialmente sonado, Andrew Sullivan, por entonces editor de la revista The New Republic, tuvo que dimitir de su puesto después de que la redacción se amotinase contra él por haber publicado extractos del libro de Murray defendiendo las diferencias de cociente intelectual por razas.

El racismo científico vuelve a estar de moda

Si ha estado prestando atención, seguro que sabe por dónde sigue la historia. Efectivamente: el racismo (pseudo)científico vuelve a estar de moda como parte de la corriente reaccionaria que señala a las minorías como culpables de todos los males, grandes y pequeños: gais, mujeres e inmigrantes.

Y todo empezó de una forma relativamente benigna: en 2005, Steven Pinker, uno de los psicólogos evolutivos más populares, comenzó a defender la idea de que los judíos askenazíes, descendientes de las poblaciones judías del medievo en la cuenca del Rin y asentados en Europa Central y Occidental, eran de forma innata más inteligentes que la media. Primero lo dijo en una conferencia a estudiantes judíos en un instituto, después en un artículo en la misma The New Republic que dio mucho que hablar.

Era la cara más amable del racismo científico, pero que nadie se engañe: si los judíos eran más inteligentes, por lógica otros grupos tenían que serlo menos.

En ese artículo de The New Republic, Pinker criticaba a los que dudaban de la validez científica de analizar las diferencias genéticas entre razas y aseguraba que rasgos de la personalidad como la inteligencia son «medibles, heredables dentro de un grupo y diferentes, de media, entre distintos grupos». Con esto abrió la puerta por la que se colaron otros autores, la que convierte en algo admisible y hasta lógico clasificar a las personas según sus rasgos y atribuirles distintas características y valores.

De aquellos polvos…

En 2014, el que poco antes había sido periodista científico del New York Times, Nicholas Wade, publicó el que probablemente sea uno de los libros más representativos del racismo científico moderno. Se llama A Troublesome Inheritance (Una herencia problemática) y en él defendía que sí hay razas diferentes dentro del ser humano, entendidas como grupos de población con profundas diferencias biológicas; que los cerebros de esas distintas razas han evolucionado de forma diferente, y que eso se traduce en niveles medios de cociente intelectual muy dispares según la raza.

Más de cien genetistas y biólogos evolutivos firmaron una carta acusando a Wade de entrar en ese campo de estudio como un elefante en una cacharrería, apropiándose y malinterpretado investigaciones ajenas y descartaron sus propuestas por su baja calidad científica, pero medios de la derecha radical se hicieron eco de ellas y achacaron las críticas a la oposición política y social a sus ideas, y no a su chapucería científica.

El motivo por el que el racismo científico nunca termina de desaparecer y revive cual zombi periódicamente en los medios y el debate público es, según Gavin Evans, periodista de The Guardian, que el público oye hablar sobre racismo, pero no sobre la ciencia. Y como no todos sabemos identificar a simple vista qué es ciencia y qué no, la confusión deja a autores como Murray o Wade un resquicio por el que introducir teorías racistas que, vestidas con la respetabilidad de supuestos métodos científicos, se convierten en ideas que, así sí, merecen ser tenidas en cuenta.

Xenofobia, discriminación, muros de contención de inmigrantes con el argumento de reducir la criminalidad… ¿Les suena? «Después de todo, en este mundo hay personas que son naturalmente agresivas y violentas», escribía en julio de 2016 Steve Bannon, ideólogo de la campaña que dio a Donald Trump la presidencia de Estados Unidos.

Contaba Serena Williams, después de aquel partido y de su cabreo, que supo en el mismo momento en el que ocurría cómo iba a interpretarse su reacción de ira, y que eso la cabreó aun más. Estaba atrapada en el círculo vicioso del estereotipo, una especie de profecía autocumplida de la mujer negra cabreada porque tiene razones más que de sobra para cabrearse. La infame viñeta le dio la razón.


Francia contra Marie Curie

Marie Curie, 1930. Fotografía: Cordon.

París, principios de noviembre de 1911. Una muchedumbre enfurecida se aglomera frente a una casa en lo que hoy llamaríamos escrache aunque por entonces esa palabra aún no existiese. Gritan insultos y acusaciones, lanzan piedras, quieren entrar. Hay luz dentro y los envalentonados furiosos creen que el objeto de su ira está dentro, pero no se atreve a salir. No es así: ella regresa en ese momento de la primera conferencia de Solvay, en cuya histórica foto (seguro que la han visto) ella es la primera mujer. Es Marie Curie, que vuelve a su casa para encontrarse la terrorífica estampa. Sus hijas de siete y catorce años, aterradas, sí que están en esa casa.

¿Han oído ustedes hablar de Marie Curie? Y quién no, ¿verdad? Es la única mujer científica que muchos serán capaces de nombrar. La primera que ganó un Nobel. La descubridora del radio. La mártir de la radiactividad. Una mujer pequeña, delgada, sobria y seria que nos mira en blanco y negro desde su humilde laboratorio de otra época, encarnando ella sola todos los tópicos del científico entregado y de la mujer abnegada, que es otro tipo de entrega que practican casi exclusivamente las mujeres.

Lo que pasa es que en realidad esa no era Marie, o no del todo, o no solamente. Cuenta Rosa Montero en su biografía/autobiografía La ridícula idea de no volver a verte, en la que entremezcla la historia de Marie Curie con la suya propia, que en la vida de la científica siempre se mezclaron el personaje y la leyenda: «Primero fue considerada una santa, luego una mártir y después una puta, y todo ello de una manera ardiente y clamorosa».

Santa porque trabajó junto a su marido, Pierre Curie, en condiciones paupérrimas, investigando en un cobertizo que solía ser un almacén con cristales rotos por los que entraba el polvo y la lluvia contaminando sus muestras y en el que en invierno hacía un frío asesino que combatían con una pequeña estufa.

Mártir porque su trabajo con la radiactividad cuando aún no se conocían sus efectos peligrosos la expuso a grandes dosis de la misma que le causaron heridas en los dedos, debilidad física y enfermedades (terminaría muriendo de una leucemia), y porque la muerte prematura de Pierre tras ser atropellado por un coche de caballos la dejaría sola con dos hijas pequeñas.

Y puta porque, tras la muerte de Pierre y pasado el luto, Marie decidió seguir viviendo. Tan sencillo como eso. En vez de morirse con su marido y desaparecer, marchitarse y pasar a la historia como la viuda de Pierre Curie, Marie osó vivir. Y al hacerlo cometió varios pecados imperdonables a ojos de la pacata sociedad francesa de la época.

Trepa…

Empecemos por el más obvio de todos: Marie era una mujer; y, de hecho, no nació como Marie, sino como Maria. Ese fue su siguiente pecado: era extranjera y de origen pobre. Es decir, que, a pesar de estar nacionalizada en Francia, de llevar allí años y de haber aportado ya un Nobel al haber nacional, en el momento de la muerte de Pierre y pasada la simpatía inicial, Marie se convirtió en una extraña, en una intrusa… en una trepa.

La campaña de desprestigio contra ella comenzó poco después de la muerte de su marido y partió de la propia comunidad científica. Pierre siempre había sido su defensor y valedor, poniendo en valor el trabajo de ella además del que hacían juntos. Fue su negativa a participar en la propuesta original para el Nobel de 1903 lo que aseguró que ella también fuese incluida en la candidatura. Pero él ahora ya no estaba y había en Francia mucho investigador resentido.

Se puso en duda que, sin Pierre, Marie pudiese llevar a cabo ningún trabajo relevante y se cuestionaron sus aportaciones a sus avances conjuntos anteriores. William Thomson, más conocido como lord Kelvin, que siempre fue un gran amigo y admirador de Pierre, publicó una carta en la que aseguraba que el radio no era un elemento como tal sino un compuesto de helio y otras moléculas. Esto ponía en duda todo el trabajo de los Curie. Pero además lord Kelvin no publicó su escrito en una revista científica, como habría sido lo habitual, sino en el periódico The Times. Una mente malpensada supondría que lo que el físico estaba intentando con aquello no era hacer una aportación científica real o corregir de buena fe el error de un(a) colega, sino rebajar la imagen pública de Marie, quitándole importancia a sus descubrimientos y señalando que quizá el Nobel había sido inmerecido. Como respuesta, Marie dedicó tres años de esfuerzos a aislar y medir el radio, y así darle en las narices a su examigo.

… judía…

En esa época Marie se postuló para ocupar un asiento en la Academia Francesa de las Ciencias, y eso le trajo más problemas. El otro candidato era Édouard Branly, reconocido por sus aportaciones en el desarrollo de la telegrafía sin cables. Cuando en 1909 Guillermo Marconi recibió el Nobel de Física por sus avances en este campo, Branly no fue incluido en el galardón y eso soliviantó a muchos de sus compatriotas.

Así que la competencia entre ambos terminó convirtiéndose en una cuestión de orgullo nacional: él era hombre y un francés agraviado, ella era mujer, polaca de nacimiento y de méritos ahora cuestionados. Branly era además abierta y devotamente católico, mientras que a ella no se le conocían inclinaciones religiosas. La prensa conservadora hizo campaña por él y expandió la idea de que ella era judía y de que no era francesa de verdad, y por tanto no se merecía el puesto. Ganó él.  

… y puta

Pero el principal pecado que cometió Marie fue que cuatro años después de enviudar volvió a enamorarse, en concreto de un señor cinco años más joven y exalumno de su marido. Y, además, casado. Fue un escándalo tremendo: además de trepa y judía, puta.

Él se llamaba Paul Langevin y era de dominio público que se llevaba a matar con su mujer, de la que ya se había separado anteriormente, aunque había terminado suplicándole que le dejase volver a casa. A Marie le gustaba, según escribió en una carta a una amiga, por su «maravillosa inteligencia». Él sentía por ella «un fraternal afecto nacido de la amistad por ella y su marido, que fue haciéndose más estrecho», hasta que empezó a buscar en ella «la ternura que me faltaba en casa».

Las cartas que se escribían en 1910 demuestran que Marie le quería con locura (él a ella parece que no tanto), o al menos que le buscaba con toda la pasión del mundo en esos primeros meses de toda relación en los que uno no sabe si lo que padece es amor o enamoramiento, aunque, en cualquier caso, qué más da una cosa que la otra.

Pero no hubo mucho más que esos primeros meses, para empezar porque la mujer de Langevin se enteró y amenazó a Marie. Ella ya se había acostumbrado a las infidelidades de su marido, pero Marie era célebre y de su entorno, y eso debió sentarle especialmente mal. Una noche amenazó a Marie con matarla si no se marchaba de Francia inmediatamente, cosa que ella no hizo, pero se le metió el miedo en el cuerpo.

Fotografía: Cordon.

Un escándalo nacional

La cosa fue a peor. En noviembre de 1911 su relación se convirtió en noticia: el periódico Le Journal publicó un reportaje titulado «Una historia de amor: Madame Curie y el profesor Langevin» en la que a ella se la ponía de lagarta para arriba y se la acusaba de haber destrozado un matrimonio con cuatro hijos. Se contaba que ambos habían huido juntos, él abandonando a su familia y ella su laboratorio. No era verdad, pero qué más daba eso.

El reportaje se publicó mientras Marie —y Langevin— estaba en la conferencia de Solvay, y al volver a su casa se encontró con el espectáculo aterrador con el que abríamos esta historia. Marie cogió a las niñas y se refugió en casa de su amigo, el matemático Émile Borel. Borel era entonces el director científico de la Escuela Normal Superior, y el Ministerio de Instrucción Pública amenazó con echarle del puesto si cobijaba a Curie.

La tormenta de mierda para Marie no había hecho más que empezar. En un par de días la noticia se había extendido y envenenado: se dijo que la aventura había empezado cuando Pierre aún estaba vivo y que él en realidad se había suicidado tirándose bajo aquel carro; que la capacidad científica de Marie estaba a la altura de su baja catadura moral y que había que ponerse del lado «de esta madre francesa, y no de la mujer extranjera»; se la despreció llamándola sucesivamente rusa, alemana, judía y polaca; se la tachó de ser una mujer extranjera llegada a París como una usurpadora para conseguir una elevada posición y reconocimiento de mala manera.

Ella se defendió como pudo. Publicó una carta en Le Temps advirtiendo de que tomaría acciones legales contra cualquiera que publicase escritos supuestamente suyos (la mujer de Langevin había conseguido las cartas que ella había mandado a su marido) y asegurando, desafiante, que no había hecho nada que la obligase a «sentirse disminuida».

Eso no hizo amainar el escándalo, que siguió creciendo: Paul Appell, decano de la Facultad de Ciencias de la Sorbona, promovió una campaña entre los profesores para pedir que Marie abandonase Francia (no tuvo éxito), y a finales del mismo noviembre otro periódico publicó largas fracciones de sus cartas. Marie se sintió mortificada.

Hay que destacar que en ningún momento esta ira mojigata se orientó hacia Langevin, que era, recordemos, el único casado en esta historia. Aquí la mala indiscutible era Marie, una devorahombres rompehogares que se atrevía a «hablar en nombre de la razón y de un ideal trascendente bajo el cual se esconde su monstruoso egoísmo», publicaron en L’Action Française.

En pleno caos, el segundo Nobel

Y en medio del follón, Curie ganó otro Nobel. En esta ocasión el de Química y en solitario por el descubrimiento del polonio y del radio, y el aislamiento y descripción de este último y sus propiedades (gracias, lord Kelvin). Era una gran noticia que, sin embargo, quedó eclipsada, o directamente fue ignorada, por el escándalo. La bola había crecido tanto que poco después del telegrama anunciando su premio, Marie recibió una carta del propio comité pidiéndole que se abstuviese de ir a buscarlo. «Si la Academia hubiese creído que las cartas podían ser auténticas, es muy probable que no le hubiese concedido el premio».

A punto estuvo de cumplir la petición. No debía tener la pobre Marie el cuerpo para fiestas en aquel momento. Pero dos cosas le hicieron aunar las fuerzas necesarias. La primera fue su seguridad en sí misma y en su valía profesional. Se merecía ese Nobel y lo sabía. La segunda fue una carta, recibida durante aquella época turbulenta, de un reciente amigo llamado Albert Einstein.

Curie y Einstein se habían conocido en aquel congreso celebrado justo mientras se desataba el escándalo, y la personalidad de ella había conmovido al físico. Enterado de la campaña desplegada contra ella por la prensa y la comunidad científica francesas, Einstein le escribió: «Siento la necesidad de decirle lo mucho que admiro su espíritu, su energía y su honradez. Me considero afortunado por haberla podido conocer personalmente […]. Si la chusma sigue ocupándose de usted, deje sencillamente de leer esas tonterías. Que se queden para las víboras para las que han sido fabricadas».

Así que Marie no se dejó amilanar ni siquiera por el comité de los Nobel y respondió a su petición de abstenerse de recoger su premio con un airoso «No, gracias». Fue a Estocolmo, recibió el Nobel y dio un discurso de agradecimiento dedicando el galardón a la memoria y el trabajo de Pierre Curie. Con un par.

El año que Marie Curie intentó no existir

Y ahí sí que ya no pudo más. Tras el escándalo y la decepción amorosa (el indigno de Langevin, oh, sorpresa, terminó volviendo con su esposa), Marie cayó en una profunda depresión que casi le costó la vida. Fue internada en un hospital con problemas de riñón, y operada poco después, pero el problema era más grave que eso porque lo que tenía en realidad era una alarmante falta de ganas de vivir, así que se negaba a comer. Mudó a sus hijas a otra casa porque la suya estaba siempre rodeada de gente que cotilleaba por sus ventanas, las dejó con una niñera y desapareció. No las vio en un año.

En 1912, Marie Curie no quería existir. Iba de una casa alquilada a otra dando nombres falsos.  Ya había entrado en la historia y su persona se había convertido en personaje, pero ella no quiso durante meses ser ni una cosa ni la otra. Existir tras Pierre le había costado carísimo en aquella Francia machista, xenófoba y moralista, y necesitó tiempo para recuperarse de aquello.

Al final lo hizo, y en 1913 volvió a su laboratorio. Además de seguir con sus experimentos, Marie se dedicó a causas altruistas, como el diseño, construcción y conducción de camiones equipados con equipos de rayos X para atender a los heridos del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. Estos vehículos fueron conocidos como las Petit Curie (‘pequeñas Curie’). Incluso intentó vender sus medallas del Nobel para donarlas a la causa, pero el Banco de Francia no quiso aceptarlas.

A partir de este momento, Marie recuperó su prestigio y todo fueron honores para ella, en Francia y en el extranjero. Aquella marabunta que la había insultado, acosado e intentado anularla la fue dejando tranquila y terminó reconociendo su aportación a la causa francesa durante la guerra y al avance científico después. Al fin y al cabo, ya le habían hecho pagar por sus horribles pecados.


El terror de Occidente

Kabro, Sudán (hoy Sudán del Sur), 1995. Fotografía: David Stewart-Smith / Getty.

«La culpa es de los nazis». Una historia que empieza así solo puede acabar mal. Esta es la del AK-47, el Kaláshnikov, un fusil de asalto y una máquina para matar que se convirtió en el emblema de un país, de una ideología y de la barbarie.

Una gran historia, eso sí. Por terrible y, sobre todo, por larga. Hace décadas que la URSS desapareció, pero en 2017 quedaban entre setenta y cien millones de AK-47 en el mundo. Muchos más, seguramente, si se cuentan los que todavía se fabrican extraoficialmente. Desde su nacimiento, este fusil de asalto certero, todoterreno y terriblemente eficaz ha causado un número de muertos imposible de calcular. Olvide la bomba atómica: el AK-47 es probablemente el arma con nombre propio más mortífera de la historia.

Aterraba y lo sigue haciendo, y no solo por su eficacia técnica; también por lo que representa. El AK-47 ha sido el arma que eligieron muchos de los que se declararon enemigos de Occidente. Primero, del comunismo, el oficial y sus guerrillas. Después, de los movimientos de liberación nacional de muchos países del llamado tercer bloque. Hoy está en manos de terroristas, narcotraficantes y otros grupos del crimen organizado. Si cualquier arma causa miedo, el AK-47 produce pavor.

Aunque no nació para eso. Nació, cuentan, en 1941, cuando nazis y soviéticos se las veían en Briansk, ya peligrosamente cerca de Moscú. Concretamente, cuando Mijaíl Kaláshnikov, entonces un suboficial de carros de veintidós años, recibió un balazo en un brazo y fue trasladado a un hospital. «La culpa es de los nazis», dijo después. «Yo quería diseñar maquinaria agrícola».

Fusiles y propaganda

Kaláshnikov empezó a diseñar el arma que lleva su nombre sin salir del hospital, aún convaleciente de sus heridas. Sería un nuevo fusil que sustituyese a las carabinas soviéticas, que, dedujo, le estaban costando vidas al Ejército Rojo por lo aparatoso de su manejo. Después de recibir el alta se fue directo al taller. Quería ayudar a sus compatriotas en los campos de batalla, pero llegó tarde: cuando su diseño estaba listo para fabricarse en serie, la guerra llevaba dos años terminada. Fue bautizado con las siglas de «Avtomat Kaláshnikova» y el año de su producción: AK-47. O simplemente Kaláshnikov, en honor a su creador.

Suena coherente, ¿verdad? Quizá demasiado. Según el periodista estadounidense C. J. Chivers, esa historieta del soldado herido a la par que inventor y gran patriota fue, en realidad, una más de las inventadas por la maquinaria propagandística de Stalin. En su libro The Gun, Chivers cuenta que el AK-47 fue resultado de un caro y complejo proyecto armamentístico e industrial soviético del mismo calibre y simultáneo al de la bomba atómica.

«Los líderes del Partido Comunista insistían en que esas fábricas estaban dedicadas a la producción de automóviles, pero su producto no era un vehículo ni ninguna de sus partes. Era un arma: un rifle de aspecto extraño que se desviaba de las formas clásicas. A primera vista, este nuevo rifle era peculiar por muchos motivos, una rareza, una razón para enarcar las cejas y sacudir la cabeza. Sus componentes eran simples, poco elegantes y, según los estándares de Occidente, parecían casi hechos a mano. Había nacido el AK-47. En veinticinco años se convertiría en el arma de fuego más abundante que el mundo había conocido».

Larga vida al rey

El Pentágono la despreció inmediatamente por considerarla tosca y poco impresionante, pero ni Estados Unidos ni ninguno de sus aliados consiguió un hito armamentístico igual en aquella época. Era la herramienta perfecta para que un hombre sin demasiado entrenamiento pudiese matar a otros hombres con relativa facilidad sin importar mucho las condiciones atmosféricas o las circunstancias del terreno. Y todo por un precio que permitía fabricarla casi en cualquier lugar y en números enormes. Esto, recordemos, no fue un producto del capitalismo, sino todo lo contrario. Si eso resulta irónico o no, lo dejaremos a la discreción de cada cual.

La URSS hizo del Kaláshnikov su fusil oficial, su seña de identidad y su embajador material en el mundo. Se convirtió en el arma preferida de los ejércitos del Pacto de Varsovia y allí donde la guerra fría se materializaba en un conflicto armado, allí estaban los AK-47 ejerciendo como emblema prosoviético mejor que las camisetas de fútbol distinguen a los dos equipos de un partido.

No hizo falta persuasión, el rifle hablaba por sí mismo: el AK-47 destacó desde sus orígenes por ser barato, sencillo y eficaz. Fabricado en acero estampado sin casi soldaduras, producirlo no requería un gran despliegue técnico. No era el fusil más preciso, pero se podía montar y desmontar en unos segundos y su fabricación y mecanismo dificultaban que se encasquillase. Funciona razonablemente bien empapado de agua, sumergido en barro, lleno de arena o en temperaturas extremas. Si se trata de polivalencia, el AK-47 todavía compite con muchas armas contemporáneas.

Gracias a sus ventajas estratégicas, lo económico de sus materiales y lo sencillo de su producción, el Kaláshnikov conquistó las junglas de Vietnam y Corea, las playas de Cuba, las selvas de Centroamérica, los desiertos africanos y las montañas de Oriente Medio. La política también tuvo mucho que ver. En los años cincuenta, la URSS era el referente del socialismo y a su vez una gran potencia militar con la capacidad de armar a los países, ejércitos y guerrillas simpatizantes. La mezcla de todo ello convirtió el AK-47 en el arma preferida de los rebeldes marxistas (o, de alguna forma, prosoviéticos) del mundo.

En el bloque estadounidense la asociación entre el arma y el comunismo llegó a tener una potente carga psicológica. «Este es el rifle de asalto AK-47, el arma preferida de vuestro enemigo», decía Clint Eastwood en El sargento de hierro después de dedicarles una ráfaga amistosa a sus reclutas. «Hace un ruido característico cuando lo disparan, así que recordadlo».

Y vaya si lo reconocieron. Cuentan algunas crónicas de la guerra de Vietnam que no era raro que los soldados estadounidenses se deshiciesen de sus fusiles M16, que se atascaban continuamente con la humedad y el barro de la jungla, para tomar en su lugar los AK-47 que los norvietnamitas hubiesen dejado atrás, más fiables y cómodos de manejar.

Consciente de su eficacia arrolladora, la Unión Soviética hizo con el Kaláshnikov lo único que podía con aquel aparato inmejorable técnicamente: convertirlo, además, en un instrumento simbólico. Desde la década de los cincuenta, el torrente de AK-47 que manaba de las líneas de producción soviéticas sirvió a la URSS para afianzar alianzas con todo aquel que pudiese suponer un problema para (o distraer la atención de) el bloque occidental. Y el tablero de este juego, recordemos, era el mundo entero. Era una estrategia muy práctica: aumentaba el número de aliados y diseminaba por el planeta un emblema soviético, pero también aseguraba un nuevo mercado inaccesible al enemigo. En el caso de ocurrir una guerra local, tendrían que comprar los repuestos al Kremlin.

Teherán, Irán, 1988. Fotografía: Kaveh Kazemi / Getty.

Morir de éxito

Era el siglo XX; no será por guerras. Durante las décadas que siguieron, el AK-47 se convirtió en el arma de movimientos y guerrillas anticolonialistas por todo el mundo. En Mozambique fue el Frente de Libertação de Moçambique quien lo empleó en la guerra que vivió el país de 1964 a 1974 para independizarse de Portugal. El arma terminó como símbolo en la bandera nacional. Dato: se intentó eliminar en 2005, pero las protestas ciudadanas lo impidieron.

En Angola, Nicaragua, Afganistán o Chechenia, por poner algunos ejemplos, la escena fue parecida a pesar de las diferencias temporales, con la irónica circunstancia de que en algunos de esos conflictos fueron soldados soviéticos o rusos los que terminaron recibiendo las balas de los Kaláshnikov. Cuando se trata del AK-47, hasta el morir de éxito pasó de lo metafórico a lo literal. Así es su terrible eficacia.

No todos lo ven así, claro. Precisamente por su papel en revoluciones y causas anticoloniales, el AK-47 adquirió un halo de romanticismo libertario. Para muchos, esta herramienta para matar personas era también una especie de instrumento de justicia histórica y empoderamiento de los oprimidos del mundo.

«Esa arma barata y eficaz se convirtió en símbolo de libertad y de esperanza para los parias de la tierra; para quienes creían que solo hay una forma de cambiar el mundo: pegándole fuego de punta a punta. En aquel tiempo, cuando estaba claro contra quién era preciso dispararlo, levantar en alto un AK-47 era alzar un desafío y una bandera […] El Kaláshnikov, arma de los pobres y los oprimidos, quedó como símbolo del mundo que pudo ser y no fue», escribía Pérez Reverte en su artículo «Nostalgia del AK-47», publicado en XL Semanal. El escritor, por cierto, tiene un AK-47, según cuenta él mismo, que desmonta, engrasa y vuelve a montar de vez en cuando para que no se oxide. Aprendió a hacerlo en Eritrea en 1977.

Romanticismo aparte, quizá solamente dos cosas sean las verdaderamente relevantes: es la máquina de matar más eficaz de la historia y está fuera de control. Si la Unión Soviética ejercía alguno (algo cuestionable y cuestionado, teniendo en cuenta la generosidad con que la repartía), su desmoronamiento supuso el final. Millones de unidades quedaron en manos de ejércitos regulares pero también de guerrillas, grupos y grupúsculos armados por todo el mundo. En los años noventa se convirtió en protagonista de algunos de los capítulos más crueles de la historia.

Hasta un niño podría hacerlo

Por ejemplo: el Kaláshnikov es culpable de que existan niños soldados. O, precisando más, de que los niños puedan convertirse en un soldado capaz, razón última por la que alguien decide armar a un niño. Se dice, y no es una simple frase hecha, que su mecanismo y manejo es tan sencillo que hasta un niño podría hacerlo. Y lo hacen. En lugares como Angola se pusieron durante décadas cientos de AK-47 en manos de niños y se los envió a matar. Y a morir, eso por descontado.

El Kaláshnikov es un arma y es una industria. Aunque la patente del AK-47 fue adquirida en 1999 por la corporación armamentística Izhmash (y, por tanto, fabricar el fusil o cualquiera de sus variantes sin su permiso es ilegal), apenas es un inconveniente: cada año se fabrica un millón de unidades de forma ilícita. Así es como hemos llegado a los aproximadamente cien millones que se calcula que hay hoy en circulación. No hay tratados para controlar su venta, no hay acuerdos para frenar su producción, no hay organismos internacionales que hagan cumplir ninguna norma en lo concerniente al Kaláshnikov. Está ahí fuera, en manos de cualquiera que pueda pagar su precio, y en efecto es prácticamente cualquiera. Por menos de doscientos dólares es posible comprar uno de segunda mano.

Un precio, por cierto, que los analistas de seguridad internacional utilizan para monitorizar dos valores: la cantidad de armas que circulan en un país y su nivel de estabilidad. Si el precio del AK-47 baja, las cosas están calmadas; si sube, es que la situación se está calentando. Olvide la política, las primas de riesgo y otros indicadores pocos fiables; los Kaláshnikov, antes que nada, predicen los conflictos y las guerras.

¿Un arma cargada de futuro?

¿De quién son las manos que hoy empuñan un AK-47? Sigue estando presente en el armamento de ejércitos, cuerpos de policía y fuerzas de seguridad de decenas de países. Lo crea o no, en principio esto es lo menos problemático. El fusil está también en manos de guerrillas locales, grupos terroristas internacionales, mafias altamente organizadas y compradores privados que ejercen como mediador y distribuidor. Esa es la pesadilla que sueña el mundo entero.

Cuando Osama Bin Laden amenazaba a Estados Unidos y sus aliados en los vídeos que vimos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, nunca faltaba en el encuadre un AK-47. Cuando en 2003 Sadam Husein fue capturado, conservaba a su lado dos de estos rifles. Cuando la noche del 13 de noviembre de 2015 cuatro terroristas entraron en el teatro Bataclan de París mientras Eagles of Death Metal ocupaban el escenario, utilizaron rifles tipo Kaláshnikov para asesinar a ochenta personas. Cuando, en diciembre de 2016, dos jóvenes fueron detenidos en Madrid por su presunta vinculación con el terrorismo yihadista, tenían en su poder un Kaláshnikov con el que se habían grabado amenazando con cometer atentados. Habían intentado comprar más, por cierto.

Y no, no son solo terroristas. En julio de 2017 la Guardia Civil y la Policía Nacional detenían a sesenta y seis personas dentro de la (dramáticamente bautizada) operación Infierno. Se trataba de una red de narcotraficantes que operaba principalmente en Castilla y León. Entre las armas incautadas había un Kaláshnikov. En diciembre de 2016 se repetía una escena parecida en Granada: una red de doce narcos que enviaba cocaína a Israel cayó en manos de la policía con todo el equipo. Ese equipo también incluía un AK-47.

Esto en España. Imagine algo parecido ocurriendo en todos los lugares del mundo donde se trafica con drogas, con personas, con joyas, con petróleo, con marfil o con animales en peligro de extinción. Resumiendo: en todos los lugares del mundo.

En septiembre de 2017, el Gobierno ruso inauguraba en Moscú una estatua de Mijaíl Kaláshnikov vestido de calle y con un AK-47 en las manos. Mide siete metros de altura. Quizá elija usted creer que se trata de un reconocimiento al héroe, al ingeniero, al patriota. O al viejecito entrañable, poeta por vocación y creyente converso a la edad de noventa y un años, que siendo joven solo quería fabricar maquinaria agrícola y que en 2013, dos años antes de morir, escribía una carta al patriarca ortodoxo ruso explicando que «su dolor espiritual era insoportable». Quizá sea eso. O quizá sea un homenaje al símbolo que, sesenta años después, todavía sigue aterrorizando al mundo entero. Y quizá a eso le hayan hecho una estatua.


Operación Bayoneta: en los mercados de la deep web la confianza lo es todo

DP.

Seguro que recuerdan ustedes un típico juego de barraca de feria en el que el jugador, armado con un mazo, va aporreando las cabezas de los topos que asoman por los agujeros de la máquina. Hay que ser muy ágil porque, en cuanto se golpea a uno de los desafortunados topillos, otro aparece en la otra esquina del tablero, y así sin parar. Un buen jugador es aquel que consigue ir machacando un animal tras otro, con rapidez, a medida que sus bigotes aparecen por los rincones.

Luchar contra el crimen en la deep web o el internet profundo se parece mucho a este juego: cuando las fuerzas del orden digital consiguen descabezar un mercado clandestino en los abismos de la red, esa parte de internet que no aparece en los resultados de búsqueda de Google (y por tanto no existe para la mayoría de los usuarios) y donde se comercia con cualquier cosa que uno pueda imaginar pero no puede facturarle a Hacienda, los actores de sus transacciones simplemente trasladan sus intercambios a otro foro, y vuelta a empezar.

Cuando en otoño de 2016 la policía holandesa comenzó a husmear en el rastro de Hansa Market decidió que este juego del escondite ya estaba perdiendo su gracia y había que hacerlo de otra forma. Nada de caer sobre sus responsables, ahuyentar a la clientela y cerrar el negocio. Había que ser más astutos e impedir de alguna forma que todos sus vendedores se fuesen corriendo a montar el chiringuito en otro lado, y lo consiguieron.

Hansa Market: compraventa de drogas en las sombras de internet

Pero empecemos explicando qué es Hansa. ¿Recuerdan ustedes Silk Road? Bautizada con innegable sentido del humor histórico, este supermercado digital oculto en los subterráneos de internet fue el primero que el gran público conoció, aunque fuese solo de nombre y en el momento de su caída. El FBI lo cerró en octubre de 2013 y su fundador, conocido como el Temible Pirata Roberts (La princesa prometida, ¿recuerdan?), terminó condenado a cadena perpetua.

Hansa era otro de esos mercados que se mantienen ocultos en las sombras de internet. No era el más grande ni el más concurrido, pero sus cifras tampoco son como para despreciarlas: en su momento de mayor auge reunió a más de tres mil seiscientos vendedores que ofrecían más de veinticuatro mil productos relacionados con drogas, incluidas cocaína, MDMA o heroína, además de documentos falsos y otros tipos de fraude.

Sin embargo, su historia nos interesa no por su tamaño o importancia, sino por cómo la policía decidió acometer su fin: no querían cerrarlo, querían hackearlo. Y lo consiguieron con paciencia, insistencia y unas cuantas dosis de buena suerte.

Un chivatazo, un despiste y la buena suerte

Todo comenzó con un chivatazo: una empresa de seguridad informática había descubierto por casualidad que uno de los servidores que alojaban a Hansa se encontraba en Holanda, y avisaron a las autoridades. Se trataba de un servidor de desarrollo, una máquina en la que los fundadores probaban las nuevas características de la web antes de implementarlas en la versión real. Aquí llegó el primer soplo de la suerte: la web real del mercado estaba protegida por el sistema Tor, que hace muy difícil rastrear a los administradores de una web, pero la versión de pruebas no lo estaba.

Esto permitió a la policía holandesa recopilar datos de quién entraba a la web expuesta, cuándo y desde dónde, así como de otros servidores y servicios con los que se conectaba. Al final, doble premio gordo: no solo encontraron el servidor que alojaba al auténtico Hansa, situado en Lituania, también las conversaciones entre los dos fundadores originales del sistema. Conversaciones que se remontaban a años antes, cuando Hansa aún no existía y ambos tipos no se preocupaban tanto por cubrir sus huellas. La policía ya sabía todo lo que necesitaba.

Eran dos alemanes, así que solo tenían que pedir a la policía del otro lado de la frontera que los arrestase y extraditase. Aquí llegó el segundo soplo de la suerte: la policía alemana ya les estaba vigilando e investigando por la creación de una web anterior dedicada al intercambio de libros protegidos por derechos de autor. Esto permitía arrestar a ambos tipos por este motivo, el pirateo de libros, y que la policía holandesa mantuviese al mismo tiempo su operación encubierta.

Hackeando a los cibermalos

¿Para qué? Bien, ¿recuerdan el juego del mazo y los topos? Los holandeses no querían que Hansa cerrase y todo el mundo se fuese a trapichear a otro sitio. Querían que el mazazo fuese tan fuerte que se les quitasen las ganas de trapichear y, dado que el viento soplaba a favor de sus velas, trazaron un plan: hacerse con el control del mercado suplantando la identidad de sus creadores, ahora detenidos por otro motivo y sin saberlo los vendedores y compradores de su mercado, y después cerrarlo, haciendo que la confianza de los cibermalos en otros mercados se tambalease también. ¿Quién sabría de quién fiarse después de algo así?

Como en toda buena historia, aquí es donde entra en juego el FBI. Estamos en junio de 2017 y agentes estadounidenses avisan a los ciberpolis holandeses de que han localizado en su territorio uno de los servidores de Alphabay, otro cibermercado negro, mucho más grande que Hansa. Estamos hablando del auténtico heredero de Silk Road. El FBI estaba listo para desconectar el servidor, encender las luces de Alphabay y cegar a todo el que estuviese dentro con sus linternas, y así lo hicieron a principios de julio. Pocos días después, su supuesto fundador aparecía ahorcado en una celda en Bangkok.

Pero lo que parecía un inconveniente se reconvirtió en una ventaja, y esta vez no fue por la buena suerte sino por la agilidad y capacidad de adaptación de los agentes holandeses: el cierre de Alphabay supondría la salida en desbandada de sus comerciantes y compradores, que buscarían como locos un nuevo centro de actividad. Los llamaron los refugiados de Alphabay, y la policía los esperaba oculta pero con los brazos abiertos: sería un palo a su confianza aún mayor cuando se diesen cuenta de que ni siquiera peregrinar de unos mercados a otros les mantenía a salvo de los brazos de la ley.

Se pone en marcha la Operación Bayoneta

Con el plan sobre la mesa, la Operación Bayoneta se puso en marcha: tras ponerse en contacto con la policía lituana, agentes holandeses tomaban posiciones en los servidores que alojaban Hansa mientras que policías alemanes llamaban a la puerta de sus dos cofundadores y les pillaban con las manos en el teclado y la información sin encriptar. Esposados estos, en Lituania se producía el traspaso de poderes sin dejar escapar ni un solo bit. La web no debía dejar de funcionar ni un segundo, nadie debía sospechar nada.

Bajo custodia policial, los fundadores de Hansa entregaron todas las claves, cuentas y credenciales, incluidas aquellas que utilizaban para hablar con los moderadores de la página. En unos pocos días la policía holandesa tenía todo el control y nadie se había dado cuenta. Comenzaron a alterar poco a poco el código de la web, de forma que fuese registrando cada vez más datos de sus usuarios: las contraseñas, las direcciones postales que daban los compradores para los envíos, los metadatos de las fotos con las que los vendedores publicitaban sus mercancías… El terror de cualquiera que quiera que sus datos pasen desapercibidos, que vayan directos a las manos de la policía.

Por otro lado, Hansa funcionaba mejor que nunca. Un equipo de varios agentes llevaba semanas estudiando sus operaciones y las relaciones que se desarrollaban entre sus usuarios, así como la forma de actuar de sus fundadores. Cuando su intervención era necesaria, se hacían pasar por ellos con mucha eficiencia. En plena avalancha de usuarios provenientes de Alphabay impusieron restricciones de entrada y la medida fue muy aplaudida por los usuarios ya admitidos. Bajo su control, los administradores de Hansa decidieron vetar la venta de fentanilo, un narcótico especialmente potente y peligroso.

Fueron veintisiete días de vigilancia en la sombra, hasta que la burocracia terminó con ello: los policías debían dejar constancia de cada operación fraudulenta de la que tuviesen noticia durante su operación. Iban a más de mil al día, así que el papeleo comenzaba a ser un problema. El día número veintiocho apagaron el interruptor.

«Has llamado nuestra atención»

Los usuarios que entraban en Hansa ya no encontraban sus cuentas y la oferta de productos, sino un aviso de la Unidad Nacional Holandesa contra el Crimen de Alta Tecnología informando del cierre de la web junto a una lista de usuarios identificados y arrestados. «Estamos siguiendo a gente que participa en mercados oscuros y que ofrece productos o servicios ilícitos. ¿Eres uno de ellos? Entonces has llamado nuestra atención». Más de uno debió atragantarse con el café esa mañana.

En total, la policía holandesa obtuvo datos de más de cuatrocientos veinte mil usuarios, entre ellos unas diez mil direcciones de vendedores de productos ilegales, sobre todo drogas, que entregó a la Interpol para que las distribuya entre las fuerzas de seguridad de sus respectivos países. También incautó más de mil doscientos bitcoins, que dependiendo del cambio han llegado a valer unos doce millones de dólares, algo que solo fue posible gracias a los cambios en el código que hicieron los agentes durante su infiltración en Hansa.

Además, algunas fuentes apuntan a que esta trama, que habría enorgullecido a los Paul Newman y Robert Redford de El golpe, consiguió su objetivo: a los usuarios de Hansa no les ha seguido apeteciendo trapichear por los rincones de internet.

Según un estudio de la Organización Holandesa para la Aplicación de Investigación Científica, el modo en que la policía se infiltró en este mercado produjo un efecto diferente al de las operaciones policiales anteriores de resultados similares. Si bien tras el cierre de Silk Road y de Alphabay los usuarios salieron en desbandada buscando nuevos sitios para comprar y vender, los usuarios que huyeron de Hansa no han vuelto a aparecer por otros puntos de compraventa de drogas y similares en internet. Y, si lo han hecho, primero han dedicado mucho tiempo y esfuerzo para construirse una nueva identidad digital.

Pero ¿sirvió todo esto para detener el juego del mazo y el castor? Es difícil decirlo, porque la web oscura, oscura como es, es imposible de monitorizar en su totalidad y, de hecho, ya existe otro Silk Road: se llama Dream Market. A ver qué se les ocurre a los ciberpolis para cerrar este.


LOS GRANDES MERCADOS NEGROS DE INTERNET


Silk Road. Bautizado en nombre de la ruta de la seda. El primer gran mercado negro conocido por el gran público. Lanzado en febrero de 2011 y cerrado en octubre de 2013. Su fundador, que se escondía tras el alias del Temido Pirata Roberts (sacado de La princesa prometida), fue identificado como Ross Ulbricht, ciudadano estadounidense. En 2015 fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de fianza por blanqueo de capitales, hackeo y conspiración para el narcotráfico.

 


Evolution. Nació en enero de 2014 y creció con rapidez en sus primeros meses, en parte porque varias operaciones policiales decapitaron a la competencia pero no afectaron a Evolution. A mediados de marzo de 2015 congelaron las cuentas de sus usuarios e impidieron que retirasen sus fondos mencionando dificultades técnicas. Varios días después la página cerró. Había sido todo una estafa de sus fundadores, que se calcula que se quedaron con unos doce millones de dólares en bitcoins.

 


Agora. Nació en 2013 y, aunque fue creciendo a buen ritmo desde entonces, fue la desaparición de Evolution lo que convirtió Agora en el principal mercado oscuro de la red. No duró mucho más: en agosto de 2015 sus fundadores emitieron un comunicado anunciando el cese de operaciones para proteger a la página y sus usuarios de una serie de ataques lanzados, creían ellos, para exponer a administradores y servidores.

 


Alphabay. Lanzada en septiembre de 2014, comenzó a crecer antes de la desaparición de sus competidores y en 2015, con su desaparición, se convirtió en el mayor mercado de la deep web hasta la fecha: llegó a tener más de cuatrocientos mil usuarios y a generar unos veintitrés millones de dólares en total. La página cerró como parte de la Operación Bayoneta en junio de 2017. Su supuesto fundador, Alexandre Cazes, un canadiense de veintiséis años, apareció ahorcado en su celda una semana después.

 


Hansa Market. Bautizada así en honor a la Liga Hanseática, una federación comercial y defensiva de la zona del Báltico en 1358, este mercado era mucho más pequeño que los anteriores. Cayó en julio de 2017 y fue parte central de la Operación Bayoneta, en la cual los agentes de ciberseguridad holandesa tomaron el control y se hicieron pasar por sus fundadores con el objetivo de desmoralizar a vendedores y compradores y minar su confianza en la deep web.

 



Lo que la ciencia sabe sobre cómo y por qué nos engancha una novela

Anna Karina en Le petit soldat, 1963. Fotografía: Les Productions Georges de Beauregard / SNC.

Como todo lo que está por hacer, una página en blanco no es nada pero tiene el potencial de serlo todo, y eso es una responsabilidad tremenda para el escritor. ¿Qué hacer? ¿Qué escribir? El abanico de opciones es abrumador, y las posibilidades de estrellarse lo son más aún. Además, si en el momento de ponernos a ello nos vienen a la cabeza todos los principios brillantes que nosotros no escribimos, como el lugar de la Mancha de nombre nunca recordado, el coronel Aureliano frente al pelotón de fusilamiento o la verdad universalmente conocida de los solteros con fortuna, es posible que la página en blanco, tan prístina ella, tan inocente que parecía, nos gane la batalla por KO antes de empezar.

Pero que no cunda el pánico porque la ciencia viene al rescate. Sí, la ciencia, algo en apariencia tan alejado de la literatura, la ficción y la novela, pero que en realidad no lo está tanto, ni siquiera un poco. Científicos y escritores conviven en el mismo medio, la palabra escrita, y a veces hasta en los mismos cuerpos, pues hay muchos ejemplos de científicos literatos o escritores de alma investigadora.

Pero no estamos hoy aquí para hablar de ellos, sino de otros, de los científicos que han analizado qué nos hace leer y también seguir leyendo, cómo las historias que leemos nos entran por los ojos y llegan a través del nervio óptico hasta nuestro cerebro para desde ahí expandirse bajo nuestra piel por todo el cuerpo. Esto no es (solo) una metáfora, resulta que ocurre de verdad. Pero a eso llegaremos más tarde.

Las palabras que llenan los éxitos (y los fracasos)

Empecemos hablando de Vikas Ganjigunte Ashok, Song Feng y Yejin Choi, científicos del departamento de Ciencias de la Computación de la Stony Brook University de Nueva York. Estos tres informáticos, o científicos de la computación si ustedes lo prefieren, son los autores de un estudio titulado Success with Style: Using Writing Style to Predict the Success of Novels (Éxito con estilo: cómo utilizar el estilo de escritura para predecir el éxito de una novela), en el que describieron cómo habían desarrollado un algoritmo capaz de analizar una novela y predecir con un 84 % de precisión si sería o no un éxito comercial.

Se basaron en lo que llaman estilometría estadística, que consiste en convertir la literatura en matemáticas, contabilizando el uso de las palabras y la gramática para así comparar unos géneros y otros, unos escritores y otros, unas obras y otras. Como campo de pruebas eligieron grandes éxitos de la literatura universal, incluidos en la Biblioteca Gutenberg, encabezados por Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, Otras voces, otros ámbitos, de Capote, Robinson Crusoe, de Defoe, y El viejo y el mar, de Hemingway; entre otros.

Para completar la muestra, incluyeron algunos fracasos literarios, extraídos de los últimos puestos de ventas en Amazon, como El barril mágico de Bernard Malamud, Dos soldados, de Faulkner o El símbolo perdido, de Dan Brown (incluido en los fracasos a pesar de su éxito en ventas por las malas críticas obtenidas en los medios de comunicación). En total, ochocientas novelas de ocho géneros y subgéneros diferentes que su fórmula asignó con éxito a la categoría de éxito de ventas o desastre editorial.

Y de todos ellos extrajeron algunas conclusiones, como por ejemplo que las novelas de menos éxito tienen más verbos y adverbios, y están plagadas de palabras que describen acciones y emociones, como «quería», «cogió» o «prometió», mientras que las novelas exitosas contienen verbos que describen procesos mentales y pensamientos, como «reconoció» o «recordó».

Las novelas de éxito utilizan más verbos que sirven para dar paso al diálogo, como «dijo» o «respondió», y más conectores para crear frases compuestas («y», «aunque», «pero»), mientras que las novelas menos vendidas confían más en palabras negativas, como «nunca», «riesgo» o «peor», y en palabras exageradas, como «absolutamente», «perfectamente» o «sin aliento» (que en español son dos palabras, pero en inglés solo una, breathless, y es francamente dramática). Además, estas últimas tienen más palabras extranjeras.

Los autores del estudio analizaron también la readability, o facilidad de lectura, entendida como el uso de frases sencillas y verbos simples, esperando encontrar que, a mayor facilidad de lectura, mayor éxito tendría una novela. Pero su algoritmo no pareció coincidir con esta suposición, y de hecho resultó ser al contrario: cuanto mayor era el uso de frases y verbos sencillos, menor era el éxito del libro. «Por supuesto, nuestro descubrimiento solo muestra una correlación, que no debe ser confundida con una causalidad, entre facilidad de lectura y éxito literario. Nuestra suposición es que la complejidad conceptual del trabajo literario de éxito requiere de una complejidad sintáctica acorde que va en contra de esa facilidad de lectura».

Si leemos sobre olores, olemos

No es esta la única aproximación científica a la literatura. Otros lo han hecho desde el campo de la neurología para averiguar qué le pasa a nuestro cerebro cuando leemos. La respuesta corta sería que le pasan muchísimas cosas.

Los neurólogos saben desde hace tiempo que las regiones cerebrales involucradas en la gestión del lenguaje, como el área de Broca (que participa en la producción del lenguaje) o la de Wernicke (que interviene en su comprensión auditiva), juegan un papel en cómo nuestro cerebro interpreta las palabras escritas, pero en la última década se han dado cuenta también de que la narrativa activa otras regiones, lo que explica por qué leer una novela nos hace sentirnos dentro de ella.

Científicos del departamento de Psicología Básica, Clínica y Psicobiología de la Universitat Jaume I, en Castellón, llevaron a cabo un experimento en el que pedían a los participantes que leyesen palabras asociadas a olores, como «perfume», «café», «canela» o «lavanda», mientras estaban en una máquina de imagen por resonancia magnética funcional, y así observaron que, al hacerlo, su córtex olfativo primario se activaba, algo que no ocurría al leer otras palabras, como «silla» o «llave». Es decir, que leer palabras sobre olores hacía reaccionar al cerebro de forma parecida a estar percibiendo esos olores en realidad.

Otro experimento realizado por científicos de la Emory University, en Atlanta, trató de hacer lo mismo dando a leer a los participantes palabras y metáforas relacionadas con el sentido del tacto: la expresión «el cantante tenía una voz aterciopelada» activaba el córtex sensorial primario, algo que no ocurría igual ante la expresión «el cantante tenía una voz agradable».

Así que leer palabras que implican a nuestros sentidos nos hace sentir, igual que leer palabras que implican movimiento convence a nuestro cerebro de que nos estamos moviendo. En un experimento llevado a cabo por científicos cognitivos del Laboratoire Dynamique du Langage, en Lyon, se monitorizó el cerebro de los voluntarios mientras leían frases como «John agarró el objeto» y «Pablo dio una patada al balón», y las imágenes revelaron actividad en el córtex motor, que coordina los movimientos del cuerpo. Más aun: la actividad se concentraba en una parte de ese córtex cuando el movimiento descrito se refería a las manos y los brazos, y en otra parte distinta si el movimiento se refería a las piernas o los pies.

Es decir, que de alguna forma nuestro cerebro no distingue del todo entre leer una acción o vivirla directamente, y en ambos casos reacciona de forma parecida. Según Keith Oatley, profesor emérito de Psicología Cognitiva de la Universidad de Toronto, leer es una vívida simulación de la realidad que «se ejecuta en la mente del lector, igual que las simulaciones informáticas se ejecutan en los ordenadores».

(Clic en la imagen para ampliar). Respuestas de los encuestados (1.586) a la pregunta «De los géneros literarios que voy a leerle a continuación, ¿cuál le gusta más?». Fuente: CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), Barómetro septiembre 2016.

No importa qué hace el protagonista, sino por qué

Cualquiera al que le hayan volado las horas leyendo como le volaban a Bastian cuando leía sobre Atreyu sabe que esto es cierto de alguna forma y no necesita pruebas científicas que lo demuestren. Pero ese mismo lector sabe también que este efecto es algo muy preciado, un hechizo poderoso que no siempre ocurre. Algunas novelas nos acogen, seducen y atrapan, pero otras no lo consiguen por mucha intriga que le pongan. ¿Dónde está la clave? ¿Qué hace que unos libros nos enganchen y otros no?

Aunque hayamos leído decenas de novelas y sepamos en unas cuantas páginas si la que tenemos entre manos nos llevará a ese estado de inmersión literaria que tanto anhelamos los lectores irredentos, dar una respuesta general no es tan fácil: personajes interesantes, situaciones de suspense, escenas dramáticas, dilemas fundamentales, conflictos y tensiones, diálogos brillantes, metáforas originales, coloridas, poderosas…

Sí, ¿no? Pues no, o no del todo, según Lisa Cron, agente literaria y autora de Wired for Story: The Writer’s Guide to Using Brain Science to Hook Readers from the Very First Sentence (Conectados a las historias: guía del escritor para utilizar la ciencia del cerebro para enganchar a los lectores desde la primera frase). Cron asegura que décadas de experiencia buscando la próxima novela que será un éxito de ventas unidas a colaboraciones con neurocientíficos le han dado la respuesta de por qué unos libros enganchan y otros, simplemente, no. Y la clave es una cosa, una sola cosa, sin la cual no importa lo bien escrita que esté una novela y con la cual dará igual si está mal escrita.

Y esa cosa es una idea clara de qué está ocurriendo en el argumento y cómo eso afecta internamente al protagonista. Así de fácil, y así de complicado a la vez, dice ella.

«Lo que engancha y retiene al lector es el conflicto interno, no el drama externo», explica Cron, que se basa también en la idea de que las historias son simulaciones. «Podemos pensar en ellas como en la primera realidad virtual: tú estás allí, experimentando lo mismo por lo que está pasando el protagonista». Por eso la cosa no va de lo que alguien hace, sino de por qué lo hace.

Y este es su consejo para los escritores: «Lo primero que debes hacer es crear el centro de mando de tu novela, del que emanan todo el sentido, la urgencia y el conflicto: el cerebro de tu protagonista».

La atención, la empatía, la oxitocina

Pero hay más, y aquí entramos en otra de las cuestiones literarias estudiadas por la ciencia, que es la de cómo la literatura, la narrativa y las historias nos afectan y nos cambian no solo por dentro, sino también hacia afuera, hacia nuestros semejantes y las sociedades en las que vivimos.

Que el ser humano es cuentista es difícil de negar: antes de tener textos que leer, aprendíamos de los cuentos que escuchábamos. La memoria oral de las civilizaciones prehistóricas se preservaba en forma de historias que enseñaban a cada nueva generación adónde ir y adónde no, qué comer y qué evitar, quiénes eran los amigos y quiénes los enemigos.

Y esto último es importante, porque, como especie social, dependemos de los demás para sobrevivir y para ser felices. A mediados de los 2000, Paul Zak, que se describe a sí mismo como neuroeconomista, publicó un estudio en el que aseguraba que la oxitocina, una sustancia que produce nuestro cerebro, es lo que actúa como señal de que alguien es de fiar y potencia la cooperación con otros aumentando la sensación de empatía, de experimentar las emociones de otro. Por este motivo, Zak ha bautizado a la oxitocina como la molécula moral en algunas ocasiones.

Algunas de sus afirmaciones han sido señaladas como demasiado entusiastas por otros neurólogos, que señalan que la oxitocina también está relacionada con la envidia y con un sentimiento para el que no tenemos nombre en castellano pero que ha sido bautizado en alemán como Schadenfreude, y que se traduciría como ‘alegría por las desgracias ajenas’. Así que tan moral no será esta molécula, dicen sus detractores. Pero su investigación nos viene al caso porque Zak y sus colaboradores han estudiado cómo la narrativa afecta a la liberación de oxitocina, y cómo eso nos lleva a empatizar con los protagonistas e incluso a actuar a posteriori impulsados por esa empatía.

Pusieron a sus voluntarios, a los que tomaron muestras de sangre antes y después, ante dos historias sobre un padre y un hijo enfermo de cáncer terminal, una con un arco narrativo completo (introducción, nudo y desenlace), presentación de los personajes y conflicto dramático, y otra plana y sin conflicto explícito, con una mención casual de la enfermedad del niño. Los resultados del experimento mostraron que la primera producía un aumento en los niveles de oxitocina, y que esos niveles servían para predecir si los voluntarios estarían dispuestos a posteriori a donar dinero para causas que apoyan a los enfermos de cáncer.

Que una narración, en un libro o en una película, no solo nos enganche sino que nos mueva a la acción posterior demuestra un enorme poder que depende en primer lugar de atraer y mantener nuestra atención, un bien escaso y metabólicamente caro que nuestro cerebro tiende a racionar. Por eso podemos conducir y mirar el móvil al mismo tiempo, pero solo hasta que estamos a punto de chocar con otro coche: ahí se acabó el móvil y toda nuestra atención se centra en evitar el accidente.

Desde el punto de vista de contar una historia, la atención también está relacionada con la tensión, esta vez con la narrativa. Si la tensión consigue atraer nuestra atención el tiempo suficiente, ahí es cuando entra en juego la empatía: empezamos a sentir las emociones que muestra el protagonista de la historia, aunque sepamos que es un personaje de ficción que no existe. La empatía es una herramienta que nos permite conectar emocionalmente con muchos más individuos de nuestra especie, incluidos los ficticios, de lo que ninguna otra especie es capaz de conseguir.

En el caso de una narración, es la empatía con los personajes lo que nos deja ese regusto agridulce al cerrar la cubierta del libro y dar fin a esa simulación en la que nos hemos sumergido durante semanas, días o apenas unas horas. Sabemos que el mundo del que nos despedimos no existía fuera de esas letras, pero al mismo tiempo no podemos evitar echarlo de menos.

Y, aunque eso no aliviará la tristeza de la despedida, al menos ahora ya sabes por qué.