Los días que no fueron

los días tiempo vuelta mundo

Phileas Fogg estaba arruinado. Había comprometido la mitad de su fortuna en una apuesta y gastado la otra mitad en el viaje que se la haría perder. Según sus cálculos, puntualmente anotados en el cuaderno de ruta, había llegado a Londres a las 20:50 del 21 de diciembre de 1872, con solo cinco minutos de retraso sobre la hora estipulada. En esa tesitura, encerrado en su casa y ocupado en «poner en orden sus asuntos» durante todo el día siguiente, lo abandona Julio Verne para hacer un aparente flashback y centrar el relato en los socios del Reform Club que aguardan con incertidumbre su aparición. Para asombro de esos caballeros y del propio lector, a falta de tres segundos para las 20:45 del 21 de diciembre de 1872, Phileas Fogg hace su entrada en la estancia y rompe el silencio con su flema habitual: «Aquí estoy, señores». Por pura casualidad, y con el tiempo justo para enmendarlo, se había percatado pocos minutos antes de un error crucial: su regreso a casa no se había producido el 21 de diciembre, sino el día anterior.

¿Y cómo, siendo tan exacto y minucioso —se pregunta Julio Verne— había podido cometer el error de un día? ¿Cómo se creía en sábado 21 de diciembre, cuando había llegado a Londres en viernes 20, setenta y nueve días después de su salida? He aquí el motivo de este error. Es muy sencillo.

Phileas Fogg, sin sospecharlo, había ganado un día en su itinerario; y esto porque había dado la vuelta al mundo yendo hacia oriente, pues lo hubiera perdido yendo en sentido inverso, es decir, hacia occidente. En efecto, marchando hacia oriente, Phileas Fogg iba al encuentro del sol y, por consiguiente, los días disminuían para él tantas veces cuatro minutos como grados recorría. Hay 360 grados en la circunferencia, los cuales, multiplicados por cuatro minutos, dan precisamente veinticuatro horas, es decir, el día inconscientemente ganado.

La idea de ganar o perder un día según se viaje hacia el este o hacia el oeste no era nueva: había servido como dénouement en el relato «La semana de los tres domingos», de Edgar Allan Poe, y en El galeón perdido, un poema de Francis Bret Harte publicado pocos años antes que La vuelta al mundo en ochenta días. Pero ya en el siglo XIV el geógrafo sirio Abu Al-fida’ Isma’il Ibn ‘ali ibn Mahmud Al-malik Al-mu’ayyad ‘imad Ad-din, cuyo nombre ha sido felizmente reducido por la historia a Abu Al-fida, especulaba con la posibilidad de una paradoja de ese tipo. Incluso, con más propiedad que Verne, no se refería a «ganar» o «perder» un día, sino a la discrepancia sobre el cómputo del tiempo que surgiría entre una persona que hubiese permanecido inmóvil y otras dos que hubiesen dado la vuelta al mundo en sentidos opuestos, «asumiendo, claro está —escribía—, que sea posible dar la vuelta al mundo».

Tan solo unos cuantos años después, Nicolás de Oresme retomó el tema y concluyó que esas situaciones extrañas podían resolverse fijando en el mapa un punto concreto que, dependiendo del sentido del itinerario, sumase o restase un día en la cuenta del viajero. La aplicación práctica de esta conclusión no cristalizaría hasta cinco siglos más tarde.

Precisamente en la época en que Julio Verne escribía su obra más popular, la necesidad de una línea internacional de cambio de fecha era postulada por el ingeniero e inventor canadiense Sandford Fleming y admitida por la mayor parte de la comunidad científica. Además, la enorme diversidad de horas locales que coexistían en el mundo por aquel entonces comenzaba a generar no pocos inconvenientes, en especial con el desarrollo progresivo de la navegación y las comunicaciones por ferrocarril. Con el propósito de poner un cierto orden en ese desbarajuste, en 1884 se convocó la Conferencia Internacional del Meridiano. En ella se escogió Greenwich como el meridiano cero, el punto a partir del cual comenzarían a contarse los demás. La elección resultaba bastante conveniente, ya que el meridiano 180, el que teóricamente debería servir como base para la línea internacional de cambio de fecha, discurría por el océano Pacífico sin apenas atravesar tierra. Pero, al igual que ocurrió con los husos horarios, la Conferencia no fijó taxativamente el trazado de la línea. La libertad de fijación de su propio horario por parte de cada país tenía particular relevancia para aquellos ubicados en zonas próximas al antimeridiano; en esos casos, estar al este o al oeste suponía una diferencia de nada menos que un día entero. Cabía esperar que de esa circunstancia se derivasen casos bastante llamativos.

Uno de ellos fue el de la República de Kiribati. Esta excolonia británica, compuesta por multitud de pequeñas islas esparcidas en una superficie total de más de tres millones de kilómetros cuadrados y situada al oeste de la línea internacional de cambio de fecha, alcanzó la independencia en 1979. Ese mismo año, Estados Unidos le cedió las populosas islas Fénix —habitadas, según el censo más reciente, por cuarenta y cinco personas— y las islas de la Línea. El problema era que estos territorios estaban emplazados al este del meridiano 180; Kiribati quedó, por tanto, dividida en dos mitades entre las cuales había una diferencia horaria de un día. Entre otros inconvenientes, semejante coyuntura provocaba que cualquier comunicación oficial entre las dos partes pudiese ser solamente practicada en uno de los cuatro días laborables que eran comunes a ambas. Para subsanar esa anomalía, el 1 de enero de 1995 el Gobierno decretó desplazar al este del país la línea internacional de cambio de fecha, originando en ella una fea protuberancia y convirtiéndose de paso en la primera nación del mundo en ver el amanecer y en celebrar cada nuevo año.

Más indecisa fue Samoa. Aunque regida originariamente por la fecha del oeste del meridiano 180, en 1892 fue persuadida por los Estados Unidos para adoptar la americana. A esos efectos se vio obligada a repetir un día en el calendario; y ese día resultó ser, de forma muy propicia, el 4 de julio. Con el tiempo, sin embargo, sus intereses comerciales fueron apartándose de los Estados Unidos y acercándose cada vez más a los de Australia y Nueva Zelanda, respecto a las cuales mantenía la incómoda diferencia de veintiuna horas. De modo que Samoa recordó que tampoco se estaba tan mal al otro lado de la línea y, en 2011, decidió acercarse al horario de sus vecinos saltándose un día. Pese a las protestas de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que afirmaba que «El Señor no reconocerá nuestro derecho arbitrario de suprimir un día», ese año se pasó directamente del 29 al 31 de diciembre sin aparentes acciones legales por parte de Dios. 

Ese salto de un día deviene anecdótico en comparación con lo que sucedió en el mundo occidental con la implantación del calendario gregoriano. Como es sabido, el calendario juliano, vigente desde el 45 a. C, había previsto la adición de un día extra cada cuatro años, con lo que la duración media de cada uno era de 365,25 días. Comoquiera que su duración real es de aproximadamente 365,242198, el desfase anual alcanzaba los 11 minutos y 14 segundos. A pesar del gran avance con respecto al caos prejuliano, cuya solución requirió que el 46 a. C tuviese nada menos que 445 días, al mediar el siglo XVI el adelanto acumulado resultaba notable. En aquel momento no importaron demasiado las razones prácticas; lo que preocupaba más profundamente al papa Gregorio XIII era que la inexactitud conllevaba la celebración extemporánea de la Pascua. En la reforma acabó triunfando una propuesta un tanto abstrusa de Luis Lilio: serían bisiestos aquellos años cuyas dos últimas cifras fuesen divisibles por cuatro, salvo los múltiplos de cien, de los que a su vez se exceptuarían aquellos que también fuesen múltiplos de cuatrocientos. Con ello se consiguió un desajuste de un solo día cada tres mil trescientos años. Sin embargo, subsistía el problema del desfase que se había producido en los diecisiete siglos de vigencia del calendario juliano. Se solucionó por una vía tan expeditiva como paradójica: eliminar de la historia diez días. Esto explica que santa Teresa de Jesús, que tuvo la inconveniencia de morir precisamente el 4 de octubre de 1582, fecha escogida para la elipsis, fuese enterrada al día siguiente, es decir el 15 de octubre.

Si la reforma se hubiese adoptado antes de los cismas de oriente y occidente, no habría habido mayor problema. Pero, en esa época, los países ortodoxos y protestantes no parecían dispuestos a que un papa les explicase cómo giraba el mundo. Por tanto, solo la Europa católica adoptó el nuevo calendario; el resto del viejo continente continuó rigiéndose por el antiguo. Al llegar 1700 —que era bisiesto según el calendario juliano, pero no según el gregoriano—, Dinamarca, las provincias nórdicas de Holanda y la Alemania protestante acabaron claudicando. El Reino de Gran Bretaña y sus colonias americanas resistieron hasta 1752. Allí el cambio resultó tan polémico que el partido tory llegó al extremo de plantear el asunto en el Parlamento. Algunas fuentes, sin demasiado respaldo histórico, hablan incluso de manifestaciones en las calles de Londres bajo el lema «Devolvednos nuestros once días».

Pero fueron las naciones ortodoxas las que se mostraron más reticentes, persistiendo en su tradición hasta bien entrado el siglo XX. Aun así, la implantación del calendario gregoriano se produjo a efectos únicamente civiles; en el ámbito religioso, la mayoría sigue aplicando un calendario juliano revisado. Algunas no aceptaron ni eso. Las Iglesias ortodoxas de Rusia, Serbia o Polonia, entre otras, se guían por el calendario juliano original, lo cual supone que celebren la Navidad el 7 de enero.

Son muy citadas algunas anécdotas que se derivan de todos esos cambios y discordancias. Como el hecho de que la Revolución de Octubre —que tuvo lugar durante la vigencia del calendario juliano— se celebre actualmente en noviembre. O que se diga que Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha, cuando la realidad es que esos dos 23 de abril estuvieron separados por once días. 

Una pálida reminiscencia actual a esos tiempos en los que se ganaban y perdían días por decreto puede encontrarse en el paso del horario de verano a horario de invierno y viceversa, con el consiguiente adelanto o atraso de una hora. También, aún más infinitesimalmente, en los segundos intercalares que se añaden cada cierto tiempo para ajustar el Tiempo Universal Coordinado a la variación real en la duración del día que se produce como consecuencia de la ralentización de la rotación de la Tierra. Pero la comparación es pobre; nadie podrá ganar nunca una apuesta con ellos. Ni siquiera Phileas Fogg.


Un delincuente encantador

A principios de 1967, el mundo del arte estaba inquieto. Multitud de llamadas telefónicas y cartas preocupadas evidenciaban y propagaban el desconcierto entre marchantes, galeristas y directores de museos de uno y otro lado del Atlántico. La primera noticia ya había saltado a la prensa. Afectaba al texano Algur H. Meadows, magnate del petróleo y poseedor de una importante colección de arte postimpresionista. Movido por ciertas sospechas, Meadows había recabado los servicios de cinco expertos con el fin de contrastar la autoría de algunas de sus piezas. El veredicto fue unánime: cuarenta y cuatro de ellas —la mayor parte— eran falsificaciones.

Una vez caída la primera pieza del castillo de naipes, las demás fueron viniéndose abajo por pura inercia. Primero, la policía francesa se incautaba, por el mismo motivo, de cinco obras firmadas por maestros fauvistas que estaban siendo subastadas en la localidad de Pontoise; pocos días después, el Museo Nacional Japonés de Arte Occidental ponía en entredicho la atribución a Dufy, Derain y Modigliani de tres de sus adquisiciones más recientes. A continuación, otros once cuadros eran apartados de la exposición parisina Fauve y cubismo. Todas las obras discutidas estaban acompañadas de documentación en regla, legitimadas con certificados de autenticidad y avaladas por la opinión favorable de los especialistas más reputados. Con el transcurso de las semanas, los detalles todavía confusos de una gran trama fraudulenta fueron saliendo a la luz y copando titulares en periódicos de tres continentes. “Ahora mismo —declaraba la propietaria de la galería Le Niveau, en Parísno compraría un Dufy o un Derain a nadie, en ninguna circunstancia”.

Dos nombres se repetían detrás de todos y cada uno de esos escándalos sucesivos: el de Fernand Legros y el de Réal Lessard. Legros y Lessard habían irrumpido en el negocio en fechas relativamente recientes, sorprendiendo a los marchantes establecidos con un catálogo de obras que abarcaba lo más granado de la pintura contemporánea y que parecía prácticamente inagotable. Su volumen de ventas era tan dilatado que la prensa comenzó a especular con la posibilidad de un taller de artistas a sueldo establecido a sus órdenes en algún punto del sur de Francia. O tal vez en las Islas Baleares. De hecho, ambos eran muy conocidos entre la cosmopolita colonia de extranjeros en Ibiza; cada cierto tiempo visitaban la casa de Elmyr de Hory, un caballero atildado y elegante que se había instalado allí unos cuantos años atrás. Pero no: Elmyr, siempre gentil, siempre sonriente, siempre dispuesto a relatar curiosas anécdotas de la vieja nobleza centroeuropea, no podía estar relacionado de ninguna manera con dos delincuentes… ¿O sí?

***

Según sostiene Clifford Irving en ¡Fraude!, Elmyr de Hory, o von Houry, o Dory, o Dory -Boutin, o Herzog, o Cassou, o Hoffman, o Raynal —que todos estos nombres y alguno más utilizaría a lo largo de su vida— procedía de una importante familia judía de la aristocracia húngara. Considerando sus antecedentes y los de su biógrafo (Irving alcanzaría notoriedad por publicar una biografía inventada de Howard Hughes), es muy probable que se trate de una exageración. Lo que sí puede darse por seguro es que disfrutó de una juventud muy desahogada: comía con cubertería de plata y se prodigaba en viajes a Biarritz y a París. O al menos eso le gustaba contar. Rebájese unos cuantos grados la calidad de los materiales y de los destinos, y se tendrá seguramente una visión más aproximada. En todo caso, para cuando hubo completado sus estudios en Budapest, su inclinación por la bohemia y su homosexualidad no eran ningún secreto. Y, en los años veinte, esas dos circunstancias no solían ser muy bien recibidas en una familia con ciertas aspiraciones sociales. Así que cuando Elmyr manifestó su deseo de estudiar arte en el extranjero, sus padres no encontraron demasiadas objeciones en permitir que pusiera tierra de por medio.

Primero en la Akademie Heimann, en Munich, y más tarde en la Académie la Grande Chaumière, dirigida por Fernand Léger en París, iría perfeccionando sus dotes innatas de artista y de bon vivant. Frecuentaba el Café du Dôme y La Rotonde, y se relacionaba con Vlaminck, Gertrude Stein, Valéry y los demás apóstoles de la época dorada de Montparnasse. Al contrario de lo que le sucedía a la mayoría de los pintores jóvenes, él jamás pasó estrecheces ni dependía de su obra para sobrevivir. Al echar la vista atrás, siempre lamentaba no haber tenido nunca consciencia del valor real del dinero ni obligación de atenerse a una suma; un simple telegrama a Budapest cada vez que se agotaban sus fondos bastaba para proveerle de lo necesario para sostener sus sofisticados caprichos. Pero esos tiempos de despreocupación no podían durar para siempre: la II Guerra Mundial estalló y Elmyr se vio obligado a regresar a Hungría.

Los años siguientes supusieron un enorme contraste, ya que los pasó en un campo de concentración en los Cárpatos y en otro alemán, de cuya enfermería escapó de puntillas aprovechando un descuido del personal. Y las cosas no fueron mejor al acabar la guerra: sus padres habían muerto y los nazis se habían apoderado de todas las posesiones de su familia. Cuando finalmente regresó a París en 1945 para intentar abrirse camino como artista, su fortuna y su juventud se habían esfumado.

En un estudio de la calle Jacob, sin mucho más mobiliario que el caballete de pintor y los marcos de los cuadros, estaba a punto de tener lugar el momento más decisivo de su vida. Hasta entonces había logrado sobrevivir gracias a las pinturas que sus viejas amistades le compraban generosamente cada cierto tiempo. Pero había pasado ya casi un año y las grandes galerías de arte permanecían ajenas a su existencia y a su pretendido talento. Esa tarde una amiga se pasó a visitarlo. Tras unas palabras de cortesía y un vistazo casual a las obras que colgaban de las paredes, su mirada se posó en un dibujo que Elmyr había hecho en diez minutos, quizá mientras hablaba por teléfono. “Eso es un Picasso, ¿no? Del período griego”, aventuró. Elmyr, a quien nunca se le había ocurrido una cosa semejante, vaciló durante unos segundos; aunque era una mujer muy adinerada, se trataba de su amiga. Los escrúpulos, no obstante, no resistieron una segunda lectura: necesitaba dinero de forma imperiosa. “Lo es —respondió—. Y precisamente estaba pensando en venderlo. ¿Cuánto pagarías por él?”.

No se sintió culpable. Se convenció a sí mismo de que, en aquel momento, bajo aquellas circunstancias, no podía haber hecho otra cosa. Pero había resultado tan sencillo que una idea empezó a madurar en su cabeza. Al fin y al cabo, se dijo, muchos artistas habían recurrido a pequeñas argucias para salir adelante en los comienzos de su carrera. Su profesor, Fernand Léger, sin ir más lejos, le confesó haber falsificado unos cuantos cuadros de Corot. Incluso el mismísimo Miguel Ángel había tratado de hacer pasar una de sus esculturas por una antigüedad romana. ¿Quién era él para desdeñar tales precedentes? Llevaba demasiado tiempo sometido a la enojosa combinación de su pasión por los gustos caros y su absoluta inutilidad práctica para subvenirlos. Se prometió considerarlo como algo temporal, como una etapa que le permitiría alcanzar la estabilidad suficiente para intentar triunfar con su propia obra.

De modo que consultó libros de reproducciones, compró un cuaderno de papel viejo y, después de practicar un rato, produjo en una tarde tres dibujos de la etapa clásica de Picasso. Cuando al día siguiente una galería los adquirió por 2.000 francos, Elmyr concluyó que aquello no era un mal negocio. Asociado a un amigo que se encargaba de vender sus falsificaciones por una comisión del cincuenta por ciento, pasó unos meses recorriendo las principales ciudades de Europa. Se alojaba en los mejores hoteles, comía en los restaurantes más selectos y no tenía que preocuparse de nada más que de dibujar. Por fin su situación económica y su tren de vida estaban próximos a los que él creía merecer, pero la promesa que se había hecho seguía reciente. Después de muchas ventas, había conseguido ahorrar más de 6.000 dólares, lo suficiente como para comprar un billete de ida a Río de Janeiro y empezar de nuevo. Y, sin duda, un europeo de cuarenta años, provisto de modales refinados y de efectivo en abundancia, tendría muy buena acogida en el Nuevo Mundo. Por suerte, todas sus pertenencias cabían en una maleta.

Pronto se aburriría de Río de Janeiro y pondría sus ojos en Nueva York. Su natural don de gentes y el encanto de la novedad, que ya le habían procurado un hueco en la alta sociedad brasileña, funcionaron de igual manera en la Gran Manzana. Pintaba su propia obra y visitaba los salones de grandes financieros, políticos y gentes del espectáculo; incluso recibía algún encargo ocasional. Precisamente uno de esos encargos le granjearía la enemistad de Zsa Zsa Gabor, que le había pedido un retrato de tamaño tres cuartos. Las versiones de lo sucedido difieren de manera notable: Elmyr afirmaba haberlo pintado y entregado; la actriz no solo lo negaba, sino que además acusó a su compatriota de haber intentado endilgarle alguna de las falsificaciones que seguramente tenía en stock. La polémica se zanjaría con una frase en la que Gabor resucitó involuntariamente el espíritu de Epiménides: “Todos los húngaros son unos mentirosos”.

En esa época, Elmyr alcanzaría el que, teniendo en cuenta el devenir de los acontecimientos, puede considerarse como punto álgido de su carrera: una exposición individual en las Galerías Lilienfeld, en la calle 57. La inauguración fue un éxito de público, y la crítica definió su obra como “encantadora, bien ejecutada, atractiva” y destacó su “vivo realismo, estilo temerario y afán colorista”. Pero solo vendió un cuadro. Tal y como tenía por costumbre, había continuado despilfarrando cuanto dinero pasaba por sus manos y, naturalmente, ese dinero no era tan abundante como en el tiempo en que sus pinceles suplantaban firmas más prestigiosas que la suya. Había contraído demasiadas deudas y sus ingresos previsibles eran computables en cero. De nuevo se encontraba en una disyuntiva: acabar convertido en uno de esos artistas desharrapados que pululaban por el SoHo y devoraban los canapés de todas las exposiciones en cincuenta kilómetros a la redonda, o recurrir —provisionalmente, por supuesto— a su lucrativa habilidad secreta. Resignado, decidió lo segundo.

***

A diferencia de Han van Meegeren, que se lanzó al mundo de la falsificación con el propósito de dar una lección a los críticos, Elmyr no tenía más motivación que la puramente económica. Alardeaba de vender su obra solamente a marchantes profesionales, jamás a particulares, y ni siquiera tenía una noción clara de estar haciendo algo delictivo. Durante los años siguientes, en los que recorrería Estados Unidos de este a oeste y de norte a sur, empleó siempre el mismo modus operandi. Se presentaba en las galerías como un expatriado centroeuropeo al que los nazis y los comunistas habían despojado sucesivamente de su cuantiosas posesiones en Hungría, y preguntaba si tal vez el dueño estaba interesado en una o dos pequeñas obras que había conseguido rescatar milagrosamente de la colección de su familia y que lamentaba mucho verse obligado a vender.

Para entonces, su catálogo ya no se limitaba a dibujos de Picasso; comprendía también acuarelas y gouaches de Matisse, Renoir, Vlaminck, Derain y Modligiani. Como el papel antiguo era cada vez más difícil de conseguir a principios de los años cincuenta, Elmyr compraba al peso viejos cuadernos franceses con ilustraciones de barcos o con estampas de París, recortaba las páginas finales en blanco y, amarilleándolas con té cuando era necesario, pintaba sobre ellas alla maniera di. “No tendrá usted algo de Cézanne, ¿no?” o “Uno de mis clientes estaría interesado en un dibujo de Braque”, proponían algunos galeristas, muy satisfechos con el material que se les presentaba. Invariablemente, Elmyr fruncía el ceño durante unos segundos y recordaba de repente un pastel o una pequeña acuarela con un bonito fondo en color turquesa. Durante todo ese tiempo, solo un par de veces su trabajo fue rechazado como falso o, empleando el eufemismo de la jerga del gremio, “no gustó”.

Aún tendría una última recaída en la honradez. Cansado de un peregrinaje que se había prolongado durante cuatro años y afectado por una sensación vagamente parecida al remordimiento, se compró un Lincoln Continental y se instaló con un joven llamado Jimmy en un pequeño apartamento de los Ángeles. Vendía su pintura más comercial a bazares y tiendas de decoración a razón de 30 dólares la pieza. Pero ya estaba muy mal acostumbrado y sus escrúpulos se iban volviendo cada vez más endebles. Como era previsible, el mercado californiano acabó saturándose de bodegones, jarrones de flores y escenas de caza. Elmyr concluyó entonces que su nuevo coche no era digno de estar en manos de un pintor pobre y puso rumbo a Florida.

La idea que se le había ocurrido era intrépida, pero bastante cómoda: la venta a distancia. Mediante ese sistema cerró tratos con galerías de Nueva York, Filadelfia, Chicago, Detroit, San Francisco e incluso con el prestigioso Museo Fogg, de la Universidad de Harvard. Y para presentar su producto ya no tenía que tragar saliva y balbucear imprecisiones sobre los antecedentes de la obra en cuestión; bastaba una breve carta dirigida al interesado, acompañada con una descripción y una fotografía. Si era necesario, enviaba el cuadro por ferrocarril para que el comprador lo examinase a su gusto. De la pared de su casa de Miami Beach pronto colgaría una creciente colección de trabajos de Matisse, fallecido recientemente, Laurencin, Degas, Gauguin, Chagall, además de los otros muchos que ya había venido falsificando con anterioridad. Hasta entonces se había limitado casi exclusivamente a acuarelas o dibujos, mucho más rápidos y fáciles de colocar. Ahora, con la estabilidad que le había procurado una vivienda fija, podía por fin desarrollar todas las posibilidades artísticas que le ofrecía la pintura al óleo. Para ello tenía que importar desde Francia bastidores y lienzos de la época adecuada, envejecer los marcos con trementina y aceite de linaza y dejar secar el cuadro mucho tiempo antes de pensar en venderlo. Para obtener el efecto de croquelure, ese agrietamiento en la superficie de los óleos que ya tienen una edad significativa, empleaba a veces un barniz especial muy usado por los restauradores. Durante su estancia en Florida produciría más de setenta obras de las facturas más diversas por un valor estimado de 160.000 dólares de la época.

Un estilo de vida como el de nuestro protagonista difícilmente puede encadenar una temporada larga de tranquilidad. Su retiro dorado en la costa terminó de forma abrupta cuando Joseph W. Faulkner, un marchante neoyorquino que le había comprado de muy buena gana varias piezas de su colección, descubrió que una de ellas era falsa. Como es natural, comenzó a sospechar también de las demás y, desde luego, las vagas explicaciones del vendedor sobre el origen de las obras no contribuyeron a aplacar sus dudas. Aunque entre las cualidades de Elmyr no figuraba precisamente la cautela, ante una insistencia tan poco halagüeña concluyó que lo mejor sería ausentarse por una temporada indefinida. Faulkner lo demandó ante el tribunal del distrito de Dade County y este ordenó confiscar su cuenta bancaria y su caja fuerte. En ella no encontraron nada, salvo las bandas impresas de mil dólares que habían envuelto los correspondientes fajos de billetes. Elmyr, en una broma a la que a buen seguro el demandante no acabó de encontrar la gracia, no se había podido resistir a dejarlas allí como muestra de su pequeño triunfo. Para entonces ya estaba lejos, pero el FBI lo perseguía y él era de nuevo un fugitivo.

Desde Estados Unidos huyó a México; desde México huyó a Canadá; desde Canadá volvió a Estados Unidos, y desde allí a Europa. Fueron tiempos muy difíciles. El dinero se agotaba con el transcurrir de los meses y Elmyr estaba demasiado asustado como para intentar vender nada más que alguna pequeña litografía. Comenzaba a deprimirse: esporádicamente leía en la prensa los precios que estaban alcanzando las obras por las que él había cobrado setecientos u ochocientos dólares. En el museo de Detroit, ciudad a la que finalmente acabó llegando en su huida desde Montreal, se tropezó de forma inesperada con un Matisse que de un vistazo reconoció como suyo; incluso un óleo de su autoría era descrito en un catálogo de Modigliani como la primera obra maestra de un determinado período de su vida. No había hecho ninguna lista de todo lo que había falsificado ni podía recordarlo con exactitud, pero no era raro para él consultar algún volumen reciente de postimpresionistas y descubrir alguno de sus trabajos. Ya no sentía ningún remordimiento. Estaba claro que los marchantes habían hecho grandes fortunas a costa de su talento; y, lo que era peor, a costa del talento de artistas que en muchos casos habían muerto pobres e ignorados. Y mientras, él estaba en la ruina y muy cansado de escapar.

En esa coyuntura, que le llevaría al extremo de un intento de suicidio, no resulta difícil entender la razón del pacto leonino que acabaría uniéndolo con Legros y Lessard. Ambos jóvenes mantenían una tormentosa relación y estaban deseando vivir juntos alguna de las aventuras que él les había relatado. Le propusieron ser sus agentes. Ellos le proporcionarían una casa en Ibiza y los materiales necesarios para pintar. También le darían cuatrocientos dólares al mes, lo suficiente como para tener una vida holgada en la España de principios de los sesenta. El resto de los beneficios, por descontado, se los quedarían. A pesar de lo desventajoso del acuerdo, Elmyr aceptó: un hogar fijo era todo lo que podía desear en aquel momento.

Nadie en Ibiza conocía su faceta de artista. Se presentó como “coleccionista de obras de arte” y sus vecinos supusieron que era una especie de dandy decadente cuyos ingresos provenían de rentas o de alguna herencia familiar. Ni siquiera pintaba en la isla; para ello hacía breves escapadas al extranjero en las que despachaba los encargos que le hacían sus socios. Ellos, claro está, también cumplían su parte. Y la cumplían hasta unos extremos que Elmyr no había alcanzado jamás: las ventas de todos esos años acabaron en colecciones y museos diseminados por todo el mundo, desde Caracas hasta Tokio. Una de las argucias del dúo consistía en obtener certificados de autenticidad, unos documentos que podían expedir ciertos expertos acreditados por las autoridades y que daban fe de que la obra en cuestión procedía del pincel del artista que la firmaba. Para desarrollar más eficazmente sus labores certificadoras, algunos especialistas necesitaban un incentivo económico que Legros y Lessard estaban más que dispuestos a proporcionar; la gran mayoría, en cambio, los otorgaba de buena fe. André Pacitti, uno de los más prestigiosos, se había acostumbrado tanto a las falsificaciones de de Hory que incluso llegaría al punto de denegar un certificado para un óleo auténtico de Dufy. El colmo de la desfachatez lo alcanzaron al presentar un cuadro de Kees van Dongen a la consideración del mismísimo Kees van Dongen. Sorprendentemente, el artista, que contaba a la sazón con casi noventa años, lo reconoció como propio. Según el testimonio de Elmyr —con todas las reservas que debe suscitar cualquier testimonio suyo— también Picasso dio su visto bueno a una falsificación hecha por él. Picasso no estaba seguro de si había pintado o no el óleo que se le mostraba, así que le preguntó al marchante cuánto había costado. Al enterarse de que el precio era de 100.000 dólares, contestó con naturalidad: “Si han pagado tanto, debe de ser mío”.

La sociedad se prolongaría durante más de un lustro; un lustro que muy tranquilo para él y muy próspero para sus socios. Aunque, a esas alturas, Elmyr ya sospechaba que muy pocas cosas duran para siempre.

***

A lo largo de veintidós años, Elmyr falsificó más de mil obras de muchos de los pintores contemporáneos más cotizados. Si el castillo de naipes no se hubiera caído, quizá los críticos de arte y los huéspedes de la mansión de Algur H. Meadows aún seguirían contemplando algunas de ellas y exclamando —tal y como había sucedido una vez— que nunca en su vida habían visto un Bonnard tan genuino. Pero, debido en gran medida a la imprudencia y a las confrontaciones personales de Legros y Lessard, el castillo cayó. Y fue entonces cuando todos parecieron darse cuenta de repente de lo flagrante del engaño. Los mismos marchantes que antes habían desembolsado miles de dólares por una acuarela recibida por correo desde Florida o por un óleo bendecido por los peritos, ahora fruncían el ceño y vociferaban su extrañeza de que alguien hubiese dado por buenas unas imitaciones tan burdas.

A diferencia de sus dos compañeros, Elmyr no fue detenido. Nadie estaba seguro de su relación con ellos y, en todo caso, nadie le había visto nunca pintar una obra en España, ni firmarla con nombre ajeno, ni intentar venderla personalmente; no podía probarse que él las hubiera entregado con conocimiento de que iban a ser vendidas como falsificaciones. “Ese maldito Legros —llegó a decir con una candidez tan admirable como sincera— ha arruinado el mercado del arte”. Su única condena se produjo sobre la base de la Ley de Vagos y Maleantes: dos meses en prisión con los cargos de homosexualidad, convivencia con delincuentes y falta de medios demostrables de subsistencia.

Al salir de la cárcel, pasó la última década de su vida en Ibiza. El estallido del escándalo le había deparado una fama que trató de aprovechar para iniciar una tardía carrera como artista original. También siguió imitando a los grandes maestros, esta vez con su propia firma y sin intenciones delictivas. Entretanto, las autoridades francesas se mostraban siempre dispuestas a hostigar su plácida existencia bajo absurdos pretextos como, por ejemplo, la ley. Dos veces solicitaron su extradición y dos veces les fue denegada por el gobierno español, que por entonces no tenía suscrito un tratado con Francia. A la tercera, en 1976, fue la vencida. Con setenta años y muy pocas ganas de ser deportado y encarcelado, Elmyr de Hory, o von Houry, o Dory, o Dory-Boutin, o Herzog, o Cassou, o Hoffman, o Raynal, se encerró en su casa e ingirió una dosis letal de barbitúricos.

***

En F for fake, el interesante documental sui generis que le dedica Orson Welles en 1973, Elmyr de Hory, con monóculo, pajarita y un traje impecable aderezado con un clavel en el ojal de la solapa, habla de Pablo Picasso: “Picasso es el fenómeno más curioso de nuestro tiempo. Nunca ha existido una persona capaz de transformar el solo movimiento de una mano, que no necesariamente ocupaba más de diez segundos, en oro puro. Ni siquiera Rockefeller era capaz de hacer tal cosa”. A eso podría replicarse lo mismo que James Whistler contestó a un comprador que le reprochaba el elevado precio de un retrato realizado en tres horas: “Es que no me ha llevado tres horas, caballero; me ha llevado cincuenta y cuatro años y tres horas”. En la biografía de Irving, Elmyr incide en ese aspecto: “Mi mejor obra nunca pudo ser vendida en las galerías a ningún precio. Pero si les llevaba la misma con la firma de Picasso, estaban dispuestos a pagar lo que fuera. Todo eso me parecía en parte divertido, en parte triste, en parte repugnante”.

La idea no es nueva, pero lo cierto es que resulta difícil rebatirla. Al fin y al cabo, ¿qué motivo fundamentado puede aducir alguien para no estar satisfecho con un producto que ha tenido enfrente, que ha podido ver y tocar, y que aparentemente ha apreciado hasta el punto de desembolsar por él una suma enorme? ¿Puede una simple firma devaluarlo o encarecerlo de forma tan extrema? Algo parecido debió de haberse planteado un coleccionista americano al que Joseph Faulkner ofreció devolver el dinero que había pagado por un falso Modigliani. “¿Lo dice en serio? —exclamó—. ¡Jamás! No me desharía de él por nada. Quiero que venga aquí y escriba al dorso del dibujo: «Yo, Joseph Faulkner, certifico que esta es una falsificación original y auténtica pintada por Elmyr de Hory»”. Estas palabras resultarían providenciales: las falsificaciones de Elmyr acabaron alcanzando una cotización tan elevada que, en una paradoja notable, comenzaron a aparecer en el mercado falsificaciones de sus falsificaciones.

Lo curioso es que no estoy enfadado —confesó una vez un amigo suyo al que había endosado repetidos cheques sin fondos—. Es como es, y hay algo maravilloso en un hombre como él. No me sorprendería que las dos veces creyera realmente que había dinero en la cuenta. No, aún le considero amigo; si le viera pasar por la acera de enfrente de los Campos Elíseos en este momento, cruzaría la calle e iría a darle un abrazo. Es un delincuente encantador”. Cuando un conocido común refirió esas palabras a Elmyr para encomiar la adhesión inquebrantable de la víctima, quedó muy sorprendido con la respuesta: “Pues yo no cruzaría la avenida para darle un abrazo —replicó con dignidad—. ¿Cómo se atreve a llamarme delincuente?”.


Historia idiota del Derecho

Existen tantas leyes, que nadie puede estar seguro de no ser colgado” (Anónimo)

Desde el Código de Ur-Nammu hasta la legislación de los paraísos fiscales, desde las Leyes de Eshnunna hasta el cabello de Javier Nart, el Derecho ha perpetrado tantos disparates y oscilado en tantas direcciones como cualquier otra rama del saber. O incluso más. Varias generaciones de juristas llevan mucho tiempo elaborando gruesos volúmenes que tratan de explicar los aspectos sociológicos, históricos o políticos que subyacen en el ordenamiento jurídico de cada una de las culturas que pueblan la historia. El propósito de este artículo es mucho más banal: rescatar algunas curiosidades que el ser humano ha ido dejando a través de los siglos. Comencemos por el principio.

Los sistemas penales de los pueblos de la Antigüedad tuvieron su inspiración en un principio de naturaleza muy primaria: es el conocido como ley del talión. Su formulación más completa, aplicable como fuente de derecho directa al pueblo hebreo, se encuentra en Éxodo, 21: 24-25: “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, marca candente por marca candente, herida por herida, golpe por golpe”. Esta justicia retributiva de lógica aparentemente inapelable podía dar lugar a situaciones rayanas en el absurdo. Así, el Código de Hammurabi, en su ley 230, prescribía que si una casa se derrumbaba, matando al hijo del propietario, habría de compensarse esa muerte matando a su vez al hijo del arquitecto. El hecho de que el hijo del arquitecto fuese completamente ajeno al resultado dañoso no revestía gran importancia, a juicio del legislador. En otras ocasiones, es cierto, la aplicación del talión se llevaba a cabo con mucha mayor laxitud; el propio Código contemplaba la muerte como represalia a una serie de delitos, entre los que se contaban el rapto, el estupro, el adulterio, el incesto, la “cobardía en combate” o —esto parecía contrariar mucho al rey de Babilonia— la adulteración de la cerveza. Y es que contrariar al rey solía acarrear consecuencias imprevisibles en casi todas las épocas y culturas. La legislación penal inca, a todas luces poco afecta a los principios de tipicidad y de seguridad jurídica, consignaba como uno de sus delitos la no demasiado precisa figura de “irritar al Inca”. Claro está que, oscilando los castigos precolombinos entre la pena de muerte y “pellizcar una oreja”, el irritador podía albergar cierta esperanza de no salir muy mal parado.

En general, las leyes de las primeras civilizaciones desarrollaron una gran querencia por los castigos corporales. En Egipto, el Decreto de Horemheb imponía a los funcionarios corruptos una pena de cien bastonazos y —seguramente en base a alguna lógica que se nos escapa— la amputación de la nariz. Idéntica amputación se contemplaba en la antigua China, si bien con la salvedad de que sus leyes acogían entre las circunstancias eximentes de responsabilidad penal las de “ser aficionado al dinero” o “verse presionado uno por discursos de mujeres”. Con lo cual este sabio pueblo daba, una vez más, cumplida muestra de su conocimiento de las flaquezas del alma humana. A pesar del alto grado de evolución de su Derecho, tampoco en Roma eran extraños los castigos pintorescos. Uno de los más llamativos era la “insaculación con animales execrables” o poena cullei. Su ejecución no resultaba quizá tan sofisticada como su nombre pueda llevar a suponer: consistía en coger al condenado, meterlo en un saco junto con un perro, un gallo, una víbora y un mono (¿?) y arrojar a la bulliciosa camarilla al río más cercano. Más expeditivo era el derrocamiento previsto para los testigos perjuros, a los que simplemente se despeñaba desde lo alto de la Roca Tarpeya. Ha de tenerse en cuenta que en Roma el perjurio no era cosa baladí; el ceremonial requería que los testigos jurasen por sus testículos, esto es, que se palpasen los genitales a modo de prueba y garantía de que lo que iban a decir era la verdad. Como puede apreciarse, el parecido fonético entre ambas palabras, testigo (testis) y testículo (testis más el diminutivo culus, pequeño testigo), no es simplemente casual. Tal vez para evitar ofuscaciones que podían llegar a ser fatales, la ley 69 del Libro Octavo de las Leyes de Manú, elaboradas en la India alrededor del siglo III a. C, prohibía citar como testigos a los actores, a los estudiantes, a los locos, a los ancianos, a los hambrientos, a los ladrones y —oh, la la!— a los enamorados.

La Grecia clásica jamás llegó a conocer un Derecho de perfección equiparable a la que posteriormente se alcanzaría en Roma. Los litigios se sustanciaban al aire libre en el Areópago y dependían muchas veces de la capacidad oratoria de los postulantes. Es muy citada, aunque de rigor histórico discutido, una célebre anécdota de Protágoras. El prestigioso sofista se había comprometido a impartir clases de retórica a Euathlos con una única condición: que le fuesen retribuidas cuando este hubiera ganado su primer pleito. Comoquiera que Euathlos no acababa de decidirse a ejercer como abogado, Protágoras decidió demandarlo. “Puedes ganar o perder este juicio —argumentó el maestro—. Si pierdes, tendrás que pagar mis honorarios por imperativo judicial; si ganas, tendrás que pagármelos por haber ganado tu primer pleito”. Pero su antiguo discípulo, a quien definitivamente habían aprovechado mucho las lecciones, no se arredró: “Puedo ganar o perder este juicio —respondió—. Si gano, no pagaré tus honorarios por imperativo judicial; si pierdo, no los pagaré por no haber ganado aún mi primer pleito”. Estoy seguro de que Bertrand Russell tendría algo que decir al respecto.

Y es que las argucias como la referida son tan viejas como el mismo Derecho. La romana Ley de las XII Tablas (8, 2-4) imponía una multa de veinticinco ases al causante de lesiones corporales menores, las simples iniurae. Sin embargo, no preveía una circunstancia tan inevitable como la depreciación de la moneda (téngase en cuenta que el peso del bronce de los veinticinco ases era de más de 8 kilos en el siglo V a. C; en la época imperial, de 272 gramos). En la Alemania de los años veinte, una coyuntura similar propiciaría resultados desastrosos, pero en la vieja Roma hubo gente capaz de hacerla jugar en su favor. Del jurista Aulo Gelio nos ha llegado la historia de un ciudadano que, buen conocedor de esa obsolescencia legal, se había aficionado a pasearse por la Via Sacra propinando bofetadas a los transeúntes, mientras un esclavo que lo acompañaba satisfacía en el acto el importe de la sanción. Incluso los mismos emperadores se aprovechaban a veces de los resquicios de la ley para hacer su voluntad. Recoge Suetonio en Vidas de los doce césares la antigua norma consuetudinaria que excluía de la pena de estrangulamiento a las mujeres vírgenes. La exclusión obedecía, obviamente, a motivaciones compasivas y humanitarias. Pero esas razones parecieron escapar al entendimiento del emperador Tiberio: acogiéndose estrictamente al tenor literal de la costumbre, dio un curioso rodeo y ordenó que toda mujer virgen fuera desflorada por el verdugo antes de su ejecución.

Tras la caída del Imperio Romano, los pueblos germanos ocuparon los restos y llevaron consigo sus propias tradiciones jurídicas. Menos adeptos a las sutilezas de las actiones y las exceptiones, los barbari habían decidido dejar el engorroso asunto de impartir justicia en manos de un profesional: Dios. Con algunos precedentes en el Código de Hammurabi o en el de Ur-Nammu, surgieron los Juicios de Dios u ordalías, que persistirían como práctica habitual hasta la Baja Edad Media. En ellos, la culpabilidad o inocencia de una persona no se determinaba mediante la decisión de tribunales humanos, sino a través de su aptitud para superar pruebas como sostener en la mano un hierro al rojo, caminar sobre brasas o extraer una piedra sumergida en una olla de aceite hirviendo. Si el acusado no sufría daño alguno, se entendía que Dios había intercedido en su favor y, por tanto, era absuelto (así sucedió, si hemos de creer a Gregorio de Tours en su Historia Francorum, con un tal Quirinus, obispo de Sisak,). De lo contrario —Dios acostumbraba a estar ocupado en sus cosas—, se le declaraba culpable. En ocasiones las reglas eran más confusas, como sucedía en la llamada “ordalía del agua fría”. El procedimiento era simple: sin demasiadas ceremonias, se arrojaba al infeliz a una corriente de agua. En cambio, el “veredicto” variaba según las épocas y los lugares. Unas veces se entonaba el cántico “deja que el agua no reciba el cuerpo de aquel que, liberado del peso de la bondad, es llevado por el viento de la injusticia”, y se condenaba al acusado cuando flotaba; otras veces —cosas de la Física, supongo— se atribuía el peso a la culpa, y se condenaba al acusado cuando se hundía. Una solución muy peculiar alcanzaron algunos pueblos nórdicos en los procesos sobre brujería. Si por casualidad la supuesta bruja sobrevivía a la prueba a la que era sometida, se consideraba ese milagro como obra de la hechicería y se la sentenciaba a morir por bruja.

En el Derecho medieval castellano, tuvo gran importancia la labor recopiladora auspiciada por Alfonso X. Su obra fundamental, Las Siete Partidas, pretendía abarcar toda la legislación aplicable al reino. No obstante, como suele ocurrir, la parte con más enjundia es la Partida VII, dedicada al Derecho penal. Lo cierto es que Las Partidas no tenían demasiados miramientos en castigar los delitos de forma muy severa, en especial cuando los cometía un “hombre vil” o “mal afamado”, significase eso lo que significase. Pero también contenían penas más innovadoras y simpáticas, como la que ordenaba desnudar al condenado y exhibirlo al sol untado en miel para que sufriera las molestias de las moscas. Otros preceptos resultan de extraño acomodo en un texto con vocación de ley, y bien podrían recibir el nombre técnico de discursitos o sermoncetes. Transcribo un fragmento del Título II, Partida VII:

Traición es uno de los mayores yerros y denuestos en que los hombres pueden caer: y tanto la tuvieron por mala los sabios antiguos que conocieron las cosas derechamente, que la semejaron con la lepra. (…) Y traición es la más vil cosa y la peor que puede caer en corazón de hombre, y nacen de ella tres cosas que son contrarias de la lealtad, y son estas: injusticia, mentira y vileza”.

Supongo que imaginar a ese monarca barbudo y seriote meneando el dedo admonitoriamente mientras pronunciaba esas palabras era motivo suficiente para que un traidor se lo pensase dos veces.

Esas consideraciones extrajurídicas son abundantes en toda la obra. En el Título XVI, el legislador vuelve a exaltarse un poco: “Herejes son una manera de gente loca que se esfuerza por escatimar las palabras de Jesucristo, y darles otro entendimiento distinto de aquel que los padres santos le dieron y que la iglesia de Roma cree y manda guardar”. Más adelante habla de la “descreencia que tienen algunos hombres malos y descreídos, que creen que el alma se muere con el cuerpo, y que del bien y del mal que hombre hace en este mundo no habrá galardón ni pena en el otro mundo, y los que esto creen son peores que bestias”. El autor, sin embargo, se muestra más apaciguado al recomendar a los sacerdotes “sacarlos de aquel yerro con buenas razones y mansas palabras”. Pero si lo anterior no surtiese efecto —aquí pierde definitivamente la paciencia—, “débenlos quemar en el fuego de manera que mueran en él”.

Otras veces, el sistema penal de Las Partidas no resulta tan implacable. La ley 4 del Título XII dispone que “cuando algunos se quieren mal por razón de homicidio o de deshonra o de daño, si acaeciese que se acuerden para tener amor de común acuerdo, para ser el amor verdadero conviene que haya en él dos cosas: que se perdonen y se besen. (…) Y el beso es señal que quita la enemistad del corazón, pues que dijo que perdonó a aquel al que quería antes mal, y en lugar de la enemistad, que puso en él el amor”. Y tan amigos. Que tampoco es cuestión de ponerse a hurgar en la herida solo porque Fulano haya matado a Mengano, o Zutano a Perengano. En cambio, “cuando la malquerencia viene de malas palabras que se dijeron no por razón de homicidio, si se acordaren para tener su amor de común acuerdo, abunda que se perdonen: y en señal que el perdón es verdadero, débense abrazar”.

Una norma ampliamente consagrada en las legislaciones actuales es la de que el dueño de un animal es el responsable de los perjuicios provocados por este. Pero en la Edad Media, e incluso en los albores de la Edad Moderna, se conocieron varios casos en los que la bestia era no solo condenada, sino también procesada con todas las formalidades legales. Se requería designar un abogado, identificar el animal y el daño causado, interponer una demanda contra él y efectuar la debida citación. El “demandado” continuaba, como es natural, totalmente ajeno a la acción de la justicia, sentando un precedente al que se acogería hace poco Ruíz-Mateos; el llamamiento era entonces renovado hasta por tres veces. Dado que la contumacia persistía, se designaba al animal un curador encargado de su defensa. El proceso proseguía por sus estrictos cauces, en los cuales tenían cabida todo tipo de alegaciones: excepciones, eximentes, vicios de forma, causas de nulidad, litispendencias, compensación de culpas, etcétera. Y, por supuesto, una eventual sentencia condenatoria era aplicada de la misma forma que si se impusiese a un ser humano. En una fecha tan tardía como 1520, un tal Simon Fliss promovió acción judicial contra la plaga de ratones de campo que asolaba la aldea de Stilfs, nombrando acusador en la persona de Minig von Tartsch y solicitando que se asignase a los ratones un abogado de oficio. Para salvaguardar la imparcialidad, la prueba testifical se limitó a declaraciones de campesinos de las localidades aledañas; no se admitió el testimonio de ningún vecino de la aldea. Von Tartsch se mostró inmisericorde y solicitó para los roedores una orden de extrañamiento. Pero Hans Grienebner, el defensor de oficio, desplegó en las conclusiones sus artes oratorias más refinadas. Comenzó recordando al tribunal los muchos beneficios que reportaban los acusados, puesto que destruían crisálidas de insectos muy perjudiciales para las cosechas. Continuó exigiendo que, en caso de ser expulsados sus clientes, les fuese señalado un nuevo territorio para vivir en paz y que se les delegase fuerza armada suficiente para protegerlos de sus enemigos, perros y gatos, durante la travesía. Y, por último, suplicó un tiempo de protección para el caso de que alguna de sus defendidas se hallase preñada y precisase dar a luz. El tribunal no se conmovió con las alegaciones y dictó la rigurosa orden de expulsión. Se ignora si los animales atendieron el requerimiento.

Ya en el proceso contra el papa Formoso, varios siglos antes, se había manifestado un celo extremo hacia las formalidades legales. A pesar de que el sumo pontífice llevaba muerto más de un año, Esteban VI consideró necesario que estuviera presente para “ser oído y vencido” en el juicio contra su persona. Para ello, se desenterró lo que quedaba de cadáver, se lo revistió con los ornamentos papales y se lo condujo a la sala. Quizás debido a la gravedad de los cargos —perjurio, ambición y cambio de sede episcopal—, el difunto mantuvo un silencio pertinaz. Su defensa se encomendó entonces a un diácono, cuyos trabajos no fueron suficientes para evitar la condena. A Formoso le fue aplicada la antigua pena romana de la damnatio memoriae: ser borrado de la historia como si no hubiera existido, revocando sus decretos y sus nombramientos, destruyendo sus escritos y eliminando de los libros cualquier referencia a su pontificado.

El Derecho se encaminó hacia la modernidad y —reconozcámoslo— hacia el tedio con el inicio del movimiento codificador a principios del siglo XIX. Pero precisamente uno de sus impulsores, Napoleón Bonaparte, dejaría todavía una perla que merece la pena reseñar: en respuesta a una mofa habitual de muchos ganaderos realistas, prohibió bautizar cerdo alguno con el nombre de Napoleón. Lo cual, por cierto, haría George Orwell en la ficción, cuando le dio el nombre del emperador al trasunto porcino de Stalin en Rebelión en la granja. Ello motivó que las primeras traducciones francesas de la obra de Orwell cambiaran el nombre del cerdo por el de César.

En la actualidad perviven en el mundo un buen número de anacronismos o absurdos legislativos, producto muchas veces del descuido o de una normativa excesivamente casuística y de base jurisprudencial. En El Líbano, por ejemplo, se permite a los varones practicar sexo con animales, siempre y cuando sean hembras; si el animal es macho, la cosa es muy distinta: esa aberración está castigada con la muerte. Y en el estado de Washington, una norma para prevenir la delincuencia obliga a los “motoristas con intenciones criminales” a telefonear al jefe de policía local cuando se propongan entrar en la ciudad. Extrañamente, no hay constancia de que esta disposición haya sido acatada ni una sola vez.

Lo más habitual, sin embargo, es que los textos de las leyes posean cierta coherencia y que el disparate responda a intenciones torticeras de los litigantes. Uno de los casos más sonados se produjo cuando un presidiario rumano llamado Pavel Mircea, que cumplía condena de veinte años por homicidio, denunció a Dios, “residente en el Cielo y representado en Rumanía por la Iglesia Ortodoxa”. El motivo: haberlo dejado a merced del diablo, razón por la cual acabó cometiendo el crimen que lo tenía entre rejas. Citando los artículos correspondientes, imputaba al Hacedor los cargos de abandono, fraude, abuso de confianza, tráfico de influencias, abuso de autoridad y apropiación indebida de bienes, y reclamaba el dinero gastado durante toda su vida oficios religiosos y en velas. En un principio, la fiscalía no desechó la posibilidad de promover las acciones oportunas, pero finalmente el caso sería sobreseído por no tener el acusado un domicilio para citaciones. El mismo motivo adujo una corte del distrito de Nebraska para inadmitir otra denuncia contra Dios interpuesta por el senador estadounidense Ernie Chambers. Su pretensión era más ambiciosa, si cabe: achacaba al acusado haber provocado, por sí o a través de persona interpuesta, “atroces terremotos, horribles huracanes, terroríficos tornados, pestilentes plagas, feroces hambrunas, devastadoras sequías y guerras genocidas en diferentes partes del mundo, que generan sufrimientos humanos“. La orden de alejamiento solicitada por Chambers fue denegada.

Existen muchos más casos actuales que bien podrían formar parte de esta pequeña Historia idiota del Derecho: el del juez que admitió el testimonio de un difunto aportado por una médium, el de la viguesa que se declaró propietaria del Sol o el del abogado que aseguró contra incendios una caja de puros que después se fumaría. Existen tantos, que una enumeración exhaustiva excedería de las posibilidades de este artículo y de su autor. Puede que en otra ocasión, si los astros son propicios, acometamos la tarea. Siempre que, claro está, ninguna ley lo impida.

 


El libro que leería durante la película que no puedo perderme

Cuando abrí por primera vez Ficciones tendría diecinueve o veinte años y viajaba en uno de esos trenes regionales que siguen sin ser anacrónicos en Galicia. De Borges no había recibido entonces más noticia que los cuatro lugares comunes con los que lo despachan las páginas finales de los libros de Bachillerato. Así que estaba indefenso; no sabía lo que iba a encontrarme al empezar el primer cuento, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Empleando la prosa más precisa que yo había leído nunca, en la que no había un solo adjetivo que no adjetivase ni un sustantivo que no pareciese insustituible, la trama se desgranaba lentamente y era suministrada al lector con un rigor casi posológico. Trataba del descubrimiento casual por parte del protagonista —el propio Borges— de una sociedad secreta fundada con el propósito de elaborar, a través de los siglos, la enciclopedia de un planeta imaginado; con su historia, su geografía, su zoología y también su cosmovisión: una versión extrema del idealismo filosófico.

El relato acogía con naturalidad a Berkeley o Spinoza junto con supuestos escritores y personajes de los que nunca había oído hablar. Con naturalidad remitía a tomos de enciclopedias o a libros, detallando la página, la edición, el lugar y la fecha de publicación. Con la misma naturalidad insertaba notas que perpetuaban el fárrago de datos. Confieso que durante las primeras páginas mi confusión fue total. ¿Qué era aquello? ¿Una vivencia real, una crónica, una invención? Me propuse averiguarlo al llegar a casa. Por supuesto, al igual que le ocurre con Uqbar al protagonista del relato, nada habría encontrado acerca de esa sociedad secreta ni de sus misteriosos auspiciadores. Por la simple razón de que —y es delicado afirmar esto hablando de Tlön— no existían. Para cuando mi tren finalizó su viaje, ya había llegado hasta Pierre Menard, autor del Quijote y perdido la cuenta de las veces que había detenido la lectura en una mezcla de incredulidad, asombro y admiración que jamás he vuelto a sentir en ese grado.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius es, como tantos otros cuentos de Borges, un juego mental. En este caso, el de imaginar un mundo regido por un idealismo absoluto; un mundo que desconoce los sustantivos porque descree de la existencia de una realidad a la que aplicarlos; un mundo en que los objetos pueden cobrar virtualidad por la simple facultad humana de pensarlos o desearlos; un mundo en que la noción elemental de que nueve monedas subsistan en el tiempo es expuesta y refutada como una paradoja inexplicable. Otro juego mental está en la base de Pierre Menard, un ensayo ficticio sobre un oscuro escritor simbolista que acomete la tarea de reescribir El Quijote. No la de copiarlo como un vulgar amanuense, sino la de “producir unas páginas que coincidieran —palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes”. Difícil describir en pocas frases todas las implicaciones y niveles de lectura de este cuento en el que el narrador se desacredita desde la primera intervención: broma; reflexión sobre la identidad personal (“un hombre es todos los hombres”, tema recurrente en Borges); ironía acerca de las incapacidades del lenguaje, la crítica literaria y la semiología; imposibilidad —inutilidad— epistemológica de conocer y/o explicar la realidad…

Ficciones es el libro que salvaría de la quema cuando todos nos vayamos al carajo. En ocasiones creo que en su conjunción de lógica y sofistería, de erudición y disparate, de profundidad e indiferencia están contenidos todos los pensamientos posibles. El jardín de senderos que se bifurcan anticipa en varios años la hipótesis cuántica de la suma de historias de Richard Feynman; Tres versiones de Judas juguetea con la dialéctica de la teología para remover —de forma lúdica, sin ningún propósito— los fundamentos de casi dos mil años de cristianismo; La lotería en Babilonia es probablemente la metáfora más hermosa jamás escrita sobre el azar y el destino; La Biblioteca de Babel describe el estéril afán humano por desentrañar el mundo, por explicar un desorden que “repetido, sería un orden: el Orden”. Y más: el acertijo de La secta del Fénix, la cabalística aplicada a la temática policial en La muerte y la brújula, el problema de los universales en Funes el Memorioso, la ensoñación heroica en El Sur… Pero todo esto son solo palabras, y es bien sabido que “hablar esincurrir en tautologías”. Celebro y deploro el viaje en tren en que abrí Ficciones: ese día encontré a Borges y, al mismo tiempo, perdí buena parte de mi capacidad de sorpresa.

Me temo que mi película favorita tampoco va a ser muy original salvo por el hecho de no ser una película, sino una trilogía: El Padrino. Sí, incluyo también la tercera parte, y ello por dos razones. En primer lugar, porque me parece mejor de lo que suele reconocérsele y me gusta más en cada nuevo visionado. Y en segundo lugar, porque supone la evolución y el desenlace de uno de los temas centrales de la saga: la tensa relación entre el yo y los designios que le van imponiendo las circunstancias.

En la primera parte, Michael se nos presenta como una pieza secundaria en el entramado familiar. Es el estudiante universitario, el héroe de guerra, el hijo que Don Vito ha querido mantener al margen y que estaba llamado ser uno de esos “poderosos quemueven los hilos” contra los que su padre ha luchado toda la vida. Esto se refleja sobre todo en la inteligente escena que muestra a Michael y Kay yendo de compras, completamente ajenos a la trama que la Familia comienza a orquestar después de la frustrada negoción con Sollozzo. Son las circunstancias las que obligan a Michael a involucrarse en los asuntos de la Familia, las que propician que se sitúe a la cabeza de la misma, las que transforman a un muchacho introvertido en un hombre de mirada gélida y gestos calculados, las que lo arrastran de nuevo dentro de la espiral cuando pretende escapar de su órbita.

La otra gran idea rectora de El Padrino es la reflexión acerca de los conceptos de bien y mal. Lejos de formar una organización carente de ética, los Corleone actúan en base a un código axiológico no escrito pero muy riguroso. Cualquier transgresión lleva aparejada una represalia que es impuesta con severidad y acatada con estoicismo. “No es nada personal; solo negocios” se hace muletilla recurrente. Don Vito —y Michael, más adelante— aplican un utilitarismo cuyo único referente son los estrictos límites de la Familia y sus protegidos. Si en alguna ocasión coinciden con el mandato bíblico de no odiar a los enemigos, no es más que por razones puramente pragmáticas, porque “nubla el juicio”, tal y como aconseja Michael a Vincent. Importancia fundamental tiene el famoso aforismo de Maquiavelo de que el fin justifica los medios, que legitima cualquier medida tendente a proteger a los allegados o preservar la posición de dominio. Sobre su base, el personaje de Robert de Niro no tiene ningún reparo en deshacerse del despótico Don Fanucci, el capo local de la Mano Negra, en un acto que le otorgará la preeminencia criminal en el barrio y que no es percibido como totalmente ajeno a la justicia. El respeto a la palabra dada, la lealtad y la observancia de la jerarquía se erigen no solamente en los valores más elevados, sino también en los requisitos para la supervivencia, en los parámetros sobre los que opera la particular selección natural en el mundo de la Cosa Nostra. Sin embargo, la ambigüedad moral de esa ética ad hoc no se limita a los Corleone; está presente también en los “buenos”: en los jefes de policía, en los senadores, en la cúpula eclesiástica.

El Padrino contiene escenas que ya forman parte de la historia del cine: la lenta apertura de zoom en la súplica inicial de Bonasera, el significativo montaje paralelo que combina el bautizo del hijo de Connie con la resolución de la primera parte, el beso a Fredo en la Habana, la puerta que se cierra delante de Kay, el diálogo de Tom Hagen con Pentangeli, la confesión de Michael con el futuro Juan Pablo I, que supone el clímax de la temática de la redención… También contiene imágenes y citas que poseen la rara cualidad de trascender lo puramente cinematográfico. Y sí, también la amistad, el amor, la traición, la venganza, la justicia, el poder, la corrupción o las ironías del sueño americano. Pero para descubrirlo no hay nada mejor que revisitar a oscuras las casi nueve horas de su metraje total. Envidio a quienes aún no lo hayan hecho.


Robert Scott y la muerte de una época

A principios del siglo XIX, más de cien años después de que —por ejemplo— Isaac Newton formulara la ley de la gravitación universal, un ex oficial del ejército de los Estados Unidos llamado John Cleve Symmes sostenía, con relativo éxito popular, la pintoresca tesis de que en los polos de la Tierra había una especie de “agujeros avellanados” que eran la entrada a una serie de siete mundos sucesivos alojados unos dentro de otros “como los estratos de una esfera china”. Amparado en extrañas ecuaciones que escapaban al entendimiento de cualquiera que no fuese él, se atrevió a jurar por su vida que sus teorías eran ciertas y se mostró dispuesto a probarlas in situ si el mundo le apoyaba en su empresa. No obstante, cuando en 1825 Rusia le ofreció un puesto en una expedición polar, Symmes buscó y acabó por encontrar algún motivo para no embarcarse.

Y es que hubo un momento en que los territorios más meridional y más septentrional del globo constituían los últimos secretos que el planeta ocultaba al hombre. El interés en el Ártico venía de muy atrás: los marinos ansiaban desde hacía siglos encontrar el legendario estrecho de Anián, un paso que permitiría acceder a Asia bordeando América por el norte y acortar en miles de millas las rutas comerciales conocidas. El caso del Polo Sur era distinto. El afán por encontrarlo y pisarlo obedecía probablemente al mismo motivo que George Leigh Mallory adujo cuando le preguntaron por qué quería escalar el Everest: “Porque está ahí”.

Durante todo el siglo XIX, diversas exploraciones se aventuraron por el Ártico. Algunas, como la de Parry o la de Nansen, conocieron cierto éxito; otras, como la del Polaris, fueron poco menos que un despropósito. La conquista quedó aparentemente zanjada cuando Robert Peary afirmó haber llegado al Polo Norte en su expedición de 1909. A la vista de las anotaciones sobre distancias y velocidades que él mismo registró en su diario, casi nadie a día de hoy cree verosímil que tal cosa sucediese. Pero durante mucho tiempo su testimonio se tuvo por cierto y la mirada de los exploradores se dirigió con avidez al otro extremo del mundo: la Antártida. La lucha por el honor de ser el primero en alcanzar el corazón de ese territorio inexplorado quedó finalmente circunscrita a dos hombres: Roald Amundsen, el triunfador, y Robert Falcon Scott, que moriría junto con todos sus compañeros en el viaje de regreso.

Desde que leí la crónica de la conquista del Polo Sur en el famoso libro Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig, me he preguntado varias veces el motivo de mi especial fascinación por la aventura del capitán Robert Scott. A primera vista esa fascinación puede no parecer demasiado inexplicable: sobra reseñar que el material histórico que sirve de base al relato posee el atractivo indudable de lo trágico; sobra abundar en la notable habilidad de Zweig para la tensión épica y la anécdota reveladora. Pero había algo más en esa historia que me hacía preferirla a otras grandes gestas reales o imaginadas.

Acaso un primer elemento sea la simpatía que suelen despertar los segundones. No en vano la palabra ‘simpatía’ es, etimológicamente, el homólogo griego de la latina ‘compasión’. La misma inclinación benévola que uno siente hacia Raymond Poulidor frente a Anquetil, hacia Art Garfunkel frente a Simon, hacia Johann Peter Eckermann frente a Goethe, cabe extenderla a Robert Scott frente a Amundsen.

Como es sabido, el noruego ganó la carrera por un escaso margen de ventaja. Muy expresivamente lo describe Zweig: “El polo de la Tierra, que durante miles y miles de siglos había permanecido inexplorado, acaba de ser conquistado por dos veces en el transcurso de poquísimo tiempo, con la sola diferencia de quince días. Y ellos —retrasados un mes entre millones de meses— son los segundos”. La imagen más gráfica de la derrota se da cuando los cinco integrantes de la expedición británica, sabedores de que llevaban varios kilómetros pisando huellas ajenas, vislumbraron la bandera noruega en el punto en que el sextante les indicaba que se encontraba el Polo Sur. Junto a ella, una carta firmada por Amundsen les imponía un humillante favor: hacerla llegar al rey Haakon VII como prueba de la hazaña de su súbdito. Scott, el hombre que había soñado esa conquista para sí, se veía relegado a ejercer el papel de mero divulgador de la gloria de su rival.

Pero quizás el motivo de que la peripecia de Scott tenga para mí un valor casi simbólico sea la sospecha de que puede analizarse como el canto del cisne de toda una época. El Antiguo Régimen, arrumbado oficialmente por la Revolución Francesa, había coleteado en Europa durante todo el siglo siguiente y, como señala Arno Mayer, mantuvo intactas buena parte de sus estructuras sociales hasta fechas tan tardías como la I Guerra Mundial. Recuerdo en este punto —y perdón por citar de memoria— la conversación entre el capitán alemán von Rauffenstein y el capitán francés de Boeldieu, los dos oficiales aristócratas de la película La gran ilusión, de Jean Renoir: “No sé quién ganará esta guerra; lo que sé es que nosotros vamos a perderla”. Cuando un par de años antes Scott y Amundsen fijaron casi simultáneamente sus campamentos base en el norte de la Antártida, ese viejo mundo estaba a punto de desaparecer.

Por supuesto que sería simplista atribuir a Scott la representación del Antiguo Régimen y a Amundsen la del nuevo orden, aunque hay elementos en la organización y en el carácter de ambas expediciones que parecen justificarlo. Es cierto que Scott no era aristócrata, pero la compañía que escogió estaba compuesta mayoritariamente por miembros de la Royal Navy, muchos de los cuales no tenían una gran experiencia polar. Su barco, un antiguo ballenero rebautizado como Terra Nova, había conseguido el estatuto de navío de la Marina y todo el personal estaba sometido a una disciplina castrense. Continuas referencias al honor, a la patria y a Dios salpican su diario de ruta. En la propia declaración del objeto principal de la exploración se traslucen los valores herrumbrados que la animaban: “Alcanzar el Polo Sur y asegurar al Imperio Británico el honor de la proeza”. En general, la vinculación del capitán inglés a unos imperativos morales muchas veces poco pragmáticos sería al mismo tiempo su mayor acicate y su mayor lastre: sirva como ejemplo su decisión fatal de utilizar ponis de Siberia como animales de carga en lugar de perros, que se debió a que —como él mismo reconoció— “era físicamente más duro, pero moralmente más correcto”. Amundsen, que fue definido por Edward J. Larson como “un aventurero polar a quien simplemente importaba ganar la carrera”, no se mostró tan escrupuloso; no solo no vio ningún inconveniente en utilizar perros, sino que los llevó en un número superior al que podían alimentar las provisiones que les tenía asignadas. Su previsión era que los más débiles serían sacrificados para alimentar a los más fuertes y a sus propios hombres. Además, frente al carácter público y publicitado de la expedición inglesa, él mantuvo el verdadero destino de la suya en secreto, y simuló dirigirse al sur con el único propósito de doblar el cabo de Hornos y poner rumbo a una nueva incursión en el Ártico. Solo desde Madeira enviaría un escueto telegrama a su rival comunicándole sus intenciones. Curtido en varias experiencias en los polos, versado en las técnicas de supervivencia empleadas por los netsilik, reclutó en su equipo a expertos navegantes, especialistas en trineos, ingenieros y campeones de esquí. Todas sus elecciones de ruta, indumentaria, material, medios de locomoción o aporte calórico de la comida evidenciaron una planificación meticulosa y profesional. Frente a ello, el regimiento de Scott recordaba de tal manera al espíritu de la exploración de cualquier conquistador de la Edad Moderna, que incluso hubo de padecer anomalías como el escorbuto o el heroísmo.

Ese espíritu propiciaría algunas escenas memorables. Una de ellas se produjo cuando, ya en el viaje de regreso, la pierna del capitán Oates se vio afectada por la gangrena. Puede que sus compañeros lo miraran de reojo y deploraran el retraso que les estaba causando; puede que pensaran fugazmente en abandonarlo a su suerte. Pero a ninguno de ellos se le ocurrió planteárselo en serio. Incluso rechazaron la idea con vehemencia cuando el propio Oates la propuso. Al llegar al siguiente campamento, se enfrentaron de nuevo a la escasez de alimentos y de combustible que venía siendo habitual; fuera arreciaba la tormenta. El capitán Oates pasó la noche en vela. A la mañana, tratando de aparentar indiferencia, anunció: “Voy a salir afuera. Tardaré un poco”. Imagino que a nadie le gustaría estar en la piel de los hombres que escucharon esas palabras. ¿Qué hacer ante un gesto así? “Sus compañeros se estremecen —escribe Zweig—. Todos saben lo que significa aquella salida. Pero ninguno de ellos se atreve a detenerle, ninguno le tiende la mano como última despedida. Todos saben que el capitán de caballería Lawrence J. E. Oates, de los dragones de Inniskilling, va como un héroe al encuentro de la muerte”.

Otro momento con un simbolismo casi cinematográfico sucede en la tienda donde acabarían muriendo los tres últimos supervivientes, a solo once millas del próximo depósito de comida y combustible. Scott ya sabe que la tempestad no les permitirá ni siquiera intentar llegar a él. Esos últimos días los dedica a escribir. Escribe a sus amigos, escribe a su mujer, escribe una carta abierta “a la nación inglesa”. Escribe cosas que la severidad de su carácter siempre le había impedido decir en vida. También se dirige a las madres y esposas de sus compañeros para consolarlas y para ensalzar el comportamiento heroico de sus hijos y maridos. “Creo que ya no puedo escribir más. Por el amor de Dios, cuiden de nuestras familias”, es la última anotación de su diario, fechada el 29 de marzo. Todavía encuentra fuerzas para un inciso final; con los dedos entumecidos por la congelación, añade: “Remitan el diario a mi mujer”. Luego, “impulsado por una cruel certidumbre”, en palabras de Zweig, tacha la palabra ‘mujer’ y escribe “a mi viuda”.

Cuando se conoció la tragedia de la misión inglesa, Scott y su equipo fueron elevados a la categoría de héroes nacionales. Esa consideración aumentaría al recuperarse los diarios y las cartas del capitán junto a los cadáveres. Íntimamente, Roald Amundsen siempre lamentó que la heroicidad de una exploración fallida hubiese alcanzado mayor estima que un triunfo que estuvo planificado y estudiado a la perfección. Yo mismo, releyendo las líneas anteriores, descubro lo que pudiera parecer una simpatía hacia el mundo y hacia los ideales caducos representados por Scott. En absoluto; es evidente que ese mundo y esos ideales causaron siglos de opresión, fanatismo, injusticia y muertes (entre otras —no lo olvidemos—, las de Robert Scott, Lawrence Oates, Edward Wilson, Henry Bowers y Edgar Evans). Pero, con todo, es muy difícil sustraerse a la épica de las gestas que también llegaron a propiciar. Quizá tuviera razón Alexis de Tocqueville, un autor cuya mención suele hacerme enarcar una ceja, cuando decía a propósito de los nuevos tiempos que “casi todos los extremos se suavizan o reducen: todo lo que era lo más destacado es sustituido por un término medio, a la vez menos elevado y menos bajo, menos brillante y menos oscuro, de lo que existía antes en el mundo”. O quizás no la tuviera. Al fin y al cabo, todos aquellos actos y todas aquellas vidas estuvieron al servicio de un Polo Sur que simplemente —Mallory dixit— “estaba ahí”. Recordemos la decepción del capitán Robert Falcon Scott a 90 grados de latitud sur, el 18 de enero de hace exactamente cien años: “Nada se ve aquí —anotó en su diario— que pueda distinguirse de la terrible monotonía de los últimos días”. Y nada se veía.


Crónicas de la Historia paralela (I)

The Fresquitos: la banda que pudo reinar

“¿Vas a comerte eso?”, me preguntó Walter Piñonero desde el otro extremo de la mesa del restaurante en que nos habíamos citado. Acababa de ofrecerme una muestra corregida y aumentada de su consabida voracidad, deglutiendo el bocadillo de calamares que se había traído de casa antes de que el chef hubiese tenido tiempo de preparar mi Happy Meal. “Eso es una servilleta, Walter —dije—. Por supuesto que no voy a comérmela”. “Pues no lo hagas, tío. No lo hagas…”. Mientras repetía esas palabras una y otra vez con la mirada perdida en el infinito, proyectando recuerdos de días mejores y trozos de cebolla masticada, comprendí que me hallaba en presencia de un genio. No conseguí arrancarle más declaraciones en todo nuestro encuentro.

Hace bastante tiempo, Dante escribió que la fama es como la flor: tan pronto brota, como muere y se marchita con el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata. No es seguro que Dante apreciara la música rock; sus biógrafos no han llegado a un consenso sobre ese extremo y muchos incluso guardan un silencio más que sospechoso. Pero lo cierto es que la frase —obviando la absurda referencia a la flor, a sus naturales ciclos biológicos, a la acción solar y a la ingratitud de la tierra— parece haber sido concebida ex profeso para definir la suerte del grupo que nos ocupa. Eso es, al menos, lo que a mí me gusta pensar.

Es común asociar los años sesenta a Mary Quant, a Michael Collins girando tontamente alrededor de la luna, al apogeo de la contracultura y a la independencia de Lesotho. Pero una década que acogió el pop-art y los happenings de Kantor, no podía por menos de reservar espacio a una de las propuestas más interesantes que conocieron los Días. Estoy hablando, huelga decirlo, de The Fresquitos.

En 1964, The Fresquitos estaban en la cresta de la ola. El batería de origen judío Neftalí Adelmann apenas podía imaginarlo cuando, dos años atrás, convenció a Walter Piñonero, Peter O’ Boogie y a su primo Franklin Pi para formar una banda que aunase el espíritu del surf-rock con la metafísica alemana contemporánea. El éxito les sonrió en sus primeros singles: las canciones Así se te lleve una ola mientras surfeas, nena, El imperativo categórico de tu amor (nena) y Nena, nena, nena (nena) reventaron el mercado musical con un estilo denso pero desenfadado. Una irrupción tan repentina no podía estar exenta de polémica. Algunos medios acusaron al grupo de manipular las listas de ventas. “Manipulas unas cuantas listas de ventas y ya te llaman manipulador de listas de ventas y mataperros —declaró O’ Boogie con indignación—. Yo amo a los animales. Menos a esos asquerosos perros”.

Durante los dos años siguientes contaron sus temas por hits: los veranos de California eran soleados, los jóvenes los idolatraban. Sus conciertos fueron derivando poco a poco en tumultos caóticos en los que las fans más exaltadas declamaban párrafos de Husserl y arrojaban ropa interior al escenario. Escrupulosamente, The Fresquitos la devolvían al acabar. “Es que nunca era de nuestra talla”, dirían tiempo después. Al primer disco, titulado simplemente Pop (LOLO Records, 1964), le sucedió un trabajo aún más pop: el aclamado Popper (LOLA Records, 1965). En lo más alto de su carrera, cuando eran señalados por la revista Horse & Hound como los “abanderados de una nueva generación alegre y peluda”, la psicodelia fue alcanzándolos del mismo modo que a todos sus coetáneos. Influenciados por el ácido, se rindieron a la moda de incorporar instrumentos orientales a su música. El sitar y la tambura ya habían sido explotados hasta el hastío, de modo que a Neftalí se le ocurrió sustituir el charles de su batería por un gong de tres metros y medio de diámetro y grabar todo un disco con un intrépido patrón de semicorcheas. Los esfuerzos del resto de la banda por hacerse oír sobre la base rítmica resultaron inútiles, pero ese inconveniente no impidió que el nuevo álbum de The Fresquitos fuese saludado con entusiasmo por crítica y público. Todo lo que tocaban lo convertían en oro.

Pero llegaron las duras: en 1968 todo se vino abajo. A principios de año saltó la noticia de que Neftalí se había fabricado el parche de un timbal con su propio prepucio circuncidado. Sus explicaciones posteriores (“para el bombo no me alcanzaba”) no bastaron para aplacar las iras de los judíos ortodoxos. Similar escándalo produjeron unas desafortunadas declaraciones del bajista Piñonero (“somos más populares que Ahura Mazda”), que les granjearon la animadversión del poderoso lobby zoroástrico. A todo ello se unió el hallazgo de un nuevo perro muerto —el séptimo— en el garaje de O’Boogie. En ese ambiente viciado, su álbum Fresquitos muy crazy (LOLO, LOLO Records, 1968) fue recibido con cajas destempladas: el establishment quiso ver referencias veladas a las drogas en dos canciones: Snif, snif y Loco caballo galopando por mis venas; las quinceañeras repudiaron la arbitraria interpretación que las letras hacían del pensamiento de Heidegger; los miembros de una iglesia metodista de Oklahoma denunciaron que, reproducido al revés y escuchado con la debida atención, el disco decía “cosas muy raras como de infierno”. El 15 de marzo anunciaron su separación.

Hoy, cuarenta y cuatro años después de su final, el olvido los ha atrapado en sus garras. Pocos recordamos su estrellato fugaz y sus discos acumulan polvo en los almacenes de las tiendas. Me consuela que esta crónica pueda contribuir a recuperar su memoria: canciones como El blues del moñete, Ontología de una ola o Crítica de la razón, Pura merecen mejor suerte que la que les ha deparado la Historia. Mientras miro a Walter devorar mi servilleta, maldigo al mundo que le ha dado la espalda y, con el corazón esperanzado, me atrevo a lanzar un grito: ¡Larga vida a The Fresquitos!