Droysen, Verne, Luciano y la oralidad lunar (y 2)

Droysen, Verne, Luciano y la oralidad lunar 1
DP.

(Viene de la primera parte)

IV. Historiografía

En 1872, Julio Verne presentó la versión definitiva de su viaje lunar, que incluía De la Tierra a la Luna y una segunda parte, Alrededor de la Luna, hasta entonces publicada en Francia por entregas. En esta historia Verne concibió la construcción de un cañón de grandes proporciones en Florida que disparaba una cápsula con varios seres humanos hasta el satélite.

Como se recuerda con frecuencia, Verne se anticipó aquí, como en tantas otras novelas, a una gran cantidad de tesis científicas y técnicas que después resultaron funcionales y llegaron a ponerse en práctica. Es el extremo que más llama la atención al lector del siglo XXI, por supuesto, y seguramente el que merece más su admiración, aunque Verne no se ganó así la verdadera paternidad de la ciencia ficción.

Si lo hizo —y algunos sostienen que no lo hizo— fue por pintar en su libro, en aras del realismo, un escenario paralelo al real que retrataba cómo el hecho científico —en este caso, la expedición lunar— conseguía transfigurar la realidad política y social en la que se inscribía, en un ejercicio de entusiasmo cientifista que lo hace radicalmente distinto de, por ejemplo, Luciano de Samosata. Entre otros extremos, Verne concibió en el tercer tercio del XIX la posibilidad de establecer un consorcio internacional de países —como ya demostraban las entonces vigorosas Exposiciones Universales— que planificase una expedición espacial o el acometimiento de la empresa gracias al hermanamiento político que vivieron las dos grandes repúblicas atlánticas de la época, su Francia natal y Estados Unidos.

Cinco años después la flor de este idilio, la Estatua de la Libertad, se expuso despiezada por el Campo de Marte parisién para celebrar la Exposición Universal de aquel año en la capital francesa. Si el observador del siglo XIX pudo encontrar esta estampa impresionante por su gigantismo, para el del XXI entraña además un poderío poético adicional que empieza, pero no acaba, en su paralelismo facilón con la escena final de El planeta de los simios, cuando Charlton Heston encuentra esta misma cabeza medio enterrada en la arena de la playa de un planeta alienígena y descubre así que el mundo en el que se encuentra no es otro que la Tierra. 

Hay que notar que en esta secuencia tan emblemática la Estatua de la Libertad no encarna ni mucho menos a la libertad, sino a la civilización humana y en particular a Estados Unidos, nacionalidad que aparece así invocada al final de la película como una Arcadia perdida en el tiempo a la que el protagonista no podrá regresar. Es el mismo papel simbólico que juega el monumento neoyorquino, por poner solo un par de ejemplos más, en el futuro de I. A. Inteligencia Artificial, donde solo la antorcha sobresale por encima de las aguas, o en el presente hipotético de El día de mañana, donde la Libertad es azotada por un tsunami y después sumergida en hielo hasta el cuello para ilustrar cómo Estados Unidos sucumbe al cataclismo.

La pregnancia perfecta de estas escenas y su elocuencia retórica universal demuestran que, pese a su nombre, la Estatua de la Libertad no ha acabado siendo con el tiempo tanto una alegoría de la libertad como sí una sinécdoque del país en que está instalada y del segmento histórico en el que vivimos. También demuestra que el lector masivo ha cambiado y lo ha hecho radicalmente desde el siglo XIX. Por alguna razón, hoy está capacitado para una proyección futurista de la que antes carecía.

El futurismo tuvo antecedentes, por supuesto, algunos tan reconocibles como la Utopía de Tomás Moro, y la visión futurista del presente puede encontrarse ya en los viajes a la Luna que escribieron Johannes Kepler o Cyrano de Bergerac. Hubo un momento, no obstante, en el que las historias de ciencia ficción trascendieron su embrionaria condición intelectual —aquí es cuando suele mentarse a H. G. Wells— y eclosionaron en un producto cultural de consumo masivo cuya explosión llega hasta nuestros días.

Aunque esta capacidad de proyectarse hacia el futuro parece sencillamente inherente a la condición humana —Lacan diría sobre ella que sobreviene al individuo en el estadio del espejo—, no empezó a practicarse a escala social a través de la ciencia ficción hasta que los frutos de esta especulación literaria empezaron a materializarse, demostrando así no solo verdadero, sino valioso, al propio género que los predijo, y su adscripción al modelo realista. Cabe citar a modo de ejemplo el boom de los aerostatos a finales del XIX, al que Verne se anticipó con Cinco semanas en globo, o el de los sumergibles, predicho en 20 000 leguas de viaje submarino, hitos que hicieron creíbles otros que tardarían mucho más en resultar ciertos, como el propio viaje espacial, y algunos más que aún no han ocurrido, como el viaje en el tiempo. 

El ser humano quiso así creerse, porque empezó a demostrarse cierta, la habilidad de algunos para predecir acertadamente el futuro mediante la ciencia, ayudados en su intuición por las propias inercias repetitivas de la historia. El alzamiento por aquel entonces de la Libertad, que predijo Droysen en su comparación del siglo con el helenismo, y la sombra que proyectó la gigante contra el mismo viaje lunar que Luciano imaginó ante el faro de Alejandría hicieron el resto.

V. Psicohistoria (acepción literaria)

La eclosión de la historia y la ficción llegó en 1969, materializada en una huella sobre el polvo lunar dieciocho siglos después de que Luciano la imaginase en el segundo siglo de nuestra era. La interpretación históriográfica marxista empezó por aquel entonces a caer en picado y la comparación historiológica que vendió Droysen, la del helenismo y la modernidad, se dio por acabada como por cerrada se dio la propia modernidad. El helenismo ya no fue más la era moderna de la Antigüedad, sino su siglo XIX, por la razón simple de que el siglo XIX había acabado y la era moderna empezó después de la Luna a ser una cosa distinta de sí misma. En la década de los setenta el postmaterialismo reemplazó a Marx y Engels y la posmodernidad desplazó a Nietzsche en la concepción convencional del presente, que de algo abocado a la repetición del pasado pasó a ser concebido fundamentalmente hacia adelante. Acreditado por la Luna, el ser humano empezó a definir la historia como algo también escrito en el futuro y no solo en el pasado. 

Hacía unos años ya que algunos futuros lo eran, en cambio, a través del pasado, construidos no ya con artefactos que invitaban al futurismo sino con fetiches que evocaban la historia. A mediados del siglo XX Isaac Asimov ilustró para el lector esta condición inherentemente historicista del futurismo mediante la psicohistoria, una hipotética disciplina científica practicada por los personajes de su Saga de la Fundación que combina historia, psicología y estadística para predecir el devenir de la humanidad a gran escala. En la saga de Asimov, esta psicohistoria resulta imprescindible para predecir el derrumbamiento inminente del Imperio Galáctico y la necesidad de establecer una Fundación que preserve posteriormente el conocimiento humano.

La psicohistoria es una fantasía creíble porque Asimov evocó en su concepción la propia historia humana. La caída del Imperio Galáctico es un trasunto aquí de derrumbes súbitos como el napoleónico o el alejandrino, y la Fundación, una de las instituciones que surgen como reacción a ese derrumbe, como la Escuela de Alejandría que dirigió Eratóstenes, para planificar la preservación del conocimiento humano. Su psicohistoria también nació pareja a la Fundación, como lo hizo la propia ciencia ficción en Luciano de Samosata tras morir Alejandro o en Verne tras caer Napoleón, y funciona del mismo modo que lo hace el concepto historiológico de Droysen, solo que al revés: prediciendo el futuro a gran escala mediante la interpretación de los resortes fundamentales que han movido la historia en el pasado.

VI. Ficción

En nuestro tiempo, la falsificación de la historia no pasa ya por su dramatización sino por la interpretación de los resortes fundamentales que la pulsan repitiéndose y ocasionando con ello fenómenos regulares. El resultado de esta falsificación es no obstante la verdad, ya que la historia necesita la conversión inevitable del hecho pasado en ficción igual que la ficción anticipa la historia y es capaz de invocar el suceso futuro antes de que ocurra. El pasado, como el futuro, no conoce así otra naturaleza distinta que el modo en el que se cuente, pues no existe en sí mismo y, como la ficción, es únicamente a través de su relato, lo que no es una categoría del ser. 

Esta visión de la historia es así a partir de la Luna y fue de modo completamente distinto antes de llegar a ella, contraponiéndose ambos entendimientos sin posibilidad de reconciliarse porque no son sucesivos, sino opuestos, y la verdad de uno implica la falsedad del otro. Se defina como se defina, no obstante, el funcionamiento del tiempo humano es a la vez igual de verdadero y de falso, ya que aunque los hechos sucedieron, sus porqués ya no existen. Reconstruirlos es imposible en la medida en que su certeza depende necesariamente de la que nosotros queramos que sea, como demuestra este artículo en el que hechos y años se sumergen en razonamientos para bullir y alcanzar una conclusión no alcanzada libremente al razonar, sino planeada desde el principio. 

Cuando esto cambie, que cambiará, será también igual de cierto y falso, como lo es la propia seguridad de que así acontezca porque la historia, como demuestra por sí misma, se repite y no se repite en grado igual de verdad, y la única certeza posible es la que dicta el presente a través de sus convenciones. Por eso la manera más precisa de recopilarla es imaginarla, como hicieron Asimov y Verne hacia el futuro y Droysen y Hobsbawn hacia el pasado, y fabular con sus conexiones para llegar a esta conclusión sobre la historia advirtiendo de que en realidad da igual, porque la historia no existe, y confesando al final, como Luciano hizo al principio, decir al menos una sola verdad al confesar que miento. 


Droysen, Verne, Luciano y la oralidad lunar (1)

Droysen, Verne, Luciano y la oralidad lunar 2

Por siete días y otras tantas noches viajamos por el aire, y al octavo divisamos un gran país en el aire, como una isla, luminoso, redondo y resplandeciente de luz en abundancia. Nos dirigimos a él y, tras anclar, desembarcamos, y observando descubrimos que la región se hallaba habitada y cultivada (…). Vimos también otro país abajo, con ciudades, ríos, mares, bosques y montañas, y dedujimos que era la Tierra.

Decidimos seguir avanzando, pero fuimos detenidos (…) y nos condujeron ante el rey. Este, después de observarnos y deducirlo de nuestros vestidos, dijo: «Vosotros sois griegos, ¿verdad, extranjeros?». Al confirmárselo nosotros, preguntó: «¿Y cómo habéis llegado hasta aquí, tras atravesar un gran trecho por el aire?». Nosotros le explicamos todo. Entonces comenzó él a contarnos su propia historia: era también un ser humano, llamado Endimión, que había sido raptado de nuestro país mientras dormía y, una vez allí, llegó a ser rey del territorio. Decía que aquel país era la Luna que vemos desde abajo (…).

«Si triunfo —añadió— en la guerra que ahora mantengo contra los habitantes del Sol, viviréis muy felices a mi lado». Nosotros le preguntamos quiénes eran los enemigos y la causa del conflicto. «Faetonte —contestó—, el rey de los habitantes del Sol (pues aquél también está habitado, como la Luna), desde mucho tiempo atrás nos hace la guerra. Comenzó por el siguiente motivo. En cierta ocasión reuní a los más pobres de mi reino, con el proyecto de establecer una colonia en la Estrella de la mañana, que se hallaba desierta e inhabitada. Celoso Faetonte impidió la colonización, saliendo al paso (…). Entonces fuimos vencidos, pues no estábamos a su altura en preparación, y nos retiramos; pero ahora deseo reanudar la guerra y fundar la colonia (…)».

(Luciano de Samosata, Historia verdadera, 150 d. C.)

I. Historiología

En el verano de 1878 la Estatua de la Libertad se expuso despiezada por el Campo de Marte parisién para celebrar la Exposición Universal de aquel año en la capital francesa. La cabeza de la escultura, la misma que hoy vigila el Atlántico en Nueva York, se ubicó junto al desaparecido palacio del Trocadero erguida sobre una base que permitía al visitante entrar en ella y asomarse por la corona. La antorcha, unos metros más allá, también era practicable y ofrecía al curioso la posibilidad de otear el XVI distrito de la ciudad y la ribera del Sena desde una altura de veinte metros, que en este París previo a la torre Eiffel no era algo espectacular, pero era algo. 

Medio siglo antes, en 1833, el historiador alemán Johann Gustav Droysen le descubrió a Occidente la época helenística en su libro Historia de Alejandro Magno. Fue él quien la consideró por primera vez un episodio singular de la era clásica, quien la bautizó como helenismo y quien propuso situar sus lindes cronológicas entre los tres siglos que van desde la muerte de Alejandro en el 323 a. C al suicidio de Cleopatra y Marco Antonio en el 30 a. C. También fue él quien anunció que este periodo fue «la edad moderna de la Antigüedad» y quien afirmó que, por lo tanto, merecía no solo el interés prioritario de los historiógrafos coetáneos, sino también el de políticos y gobernantes. 

Droysen, por desgracia, tenía veinticinco añitos cuando aventuró todas estas cosas, y la historiología —el análisis no de de la historia o de sus hechos singulares, sino de los resortes fundamentales que la pulsan repitiéndose y ocasionando en ella fenómenos regulares— no se estilaba. Nietzsche no había apostolado todavía sobre la vigencia del eterno retorno, fundamentalmente porque no había nacido, y faltaban varios años aún para que Marx y Engels publicasen La ideología alemana, en donde empezaron a hablar del materialismo histórico. Aunque su Historia de Alejandro Magno fue un éxito académico y hoy consideramos a Droysen uno de los padres de la moderna historiología, en la Alemania de entonces nadie le prestó demasiada atención en su conclusión de que el siglo XIX era el nuevo helenismo. No digamos ya en el resto de Europa.

El año en el que Droysen murió, 1884, el Congreso de Estados Unidos designó a un militar y no a un político para elegir el emplazamiento de la Estatua de la Libertad, que en ese momento cruzaba el Atlántico en cachitos procedente de Francia. Investido de este poder, William Tecumseh Sherman contradijo entonces a quienes querían la Libertad en Filadelfia y se inclinó a última hora por la isla de Bedloe frente a Nueva York —hoy llamada Liberty Island—, defendiendo que además la estatua no debía mirar a América, sino a Europa, y cumplir la función de un faro, cosa que hizo hasta 1902. Las razones que aportó pasaron por poco de la mera intuición, pero el presidente Glover Cleveland las dio por buenas. El general Sherman, veterano laureado de la guerra de Secesión, fue un hombre respetado en su día al que los manuales de historia bautizaron pronto como el «primer general moderno» de nuestro tiempo. 

Las razones del título se hicieron esperar tan poco como los cuatro meses que tardó en ensamblarse el monumento. La construcción de la Libertad en 1886, su función y su ubicación revelaron entonces que hasta la fecha, en el tercer tercio del XIX, Occidente no había conocido en sus puertos un coloso semejante desde el homónimo de Rodas y ninguna gran urbe había iluminado a sus navegantes con una luz tan alta desde el faro de Alejandría. El grado de coincidencia fue tal que ambos precedentes no solo datan del siglo III a. C., sino que empezaron a erigirse con siete años de diferencia hacía más de 2200, en la misma fecha aproximada en que un alemán jovencito situó el inicio de una era que consideró no solo singular, sino hermanada con la propia.

II. Periodización

Las coincidencias entre el helenismo y el siglo XIX, tanto las que compiló Droysen como las que se han señalado después, van por supuesto más allá de esa guinda gigante pero anecdótica que fue la Estatua de la Libertad, y empiezan en ambos casos con el alzamiento de un imperio personalista, mundial y efímero que cicatrizó en fronteras nacionales perennes y parió dos mundos que, por provenir de experiencias similares, resultaron parecidos. 

Aunque doctores tiene la Iglesia y en la periodización de la historia, como en todo, hay diversas escuelas. Del antiguo helenismo ya se ha dicho que Droysen situó su arranque en la muerte de Alejandro, aunque otros autores hayan preferido incluir su gesta en la época y proponer así que comenzó no con su caída, sino con su nacimiento. Al moderno helenismo que aquí tratamos, el siglo XIX, la mayoría de catálogos lo consideran como tal a partir de la Revolución francesa, siguiendo la tesis del largo siglo XIX del historiador británico Eric Hobsbawm, que estableció los límites decimonónicos naturales entre 1789 y 1914. Otros piensan que la Revolución y Napoleón fueron el colofón propio del Siglo de las Luces, situando entonces el XIX a partir de la caída del emperador en 1814 y la redistribución de las soberanías europeas en el Congreso de Viena de 1815. 

Lo cierto, en todo caso, es que en el arranque de ambas eras alguien se vio obligado a reunirse tras la caída de un emperador fugaz para reordenar las fronteras de un mundo unificado. Así se hizo en Viena en 1815 y así lo hicieron los diádocos, los generales de Alejandro, con el imperio que legó a su muerte en siglo IV a. C., dividido a partir de entonces en los reinos helenísticos que perduraron hasta Roma. Droysen, de hecho, consideró que el país nació precisamente tras —y por— la caída de Alejandro, aportando como prueba no solo la puesta en marcha de los reinos helenísticos, sino el agotamiento simultáneo de la fórmula de la ciudad-Estado y la experimentación con proyectos nacionales planificados adyacentes al antiguo imperio.

Reveladoramente, encontró en sus ejemplos un nuevo paralelismo con su propio siglo, ya que las últimas polis griegas sobrevivieron como tales hasta Alejandro en el centro orbital del régimen anterior, Macedonia y la Grecia continental, igual que lo hicieron las últimas en el norte de Europa hasta Napoleón, y los breves reinos que surgieron en los confines del imperio tras su derrumbe, como el Indogriego, resultan comparables desde esta óptica con experiencias como las de los abortados imperios en México y Brasil, entre otros casos.

Hobsbawm, por su parte, extendió el rasgo de la planificación fructífera con el que definió su largo siglo XIX a otros aspectos de la política helenística señalando, por ejemplo, el paralelismo entre la naturaleza semiartificial que adquirieron muchas lenguas europeas tras las intentonas unificadoras del siglo XIX con «la combinación de usos comerciales y marítimos, prestigio cultural y apoyo macedonio que contribuyó a que el ático pasara a ser el fundamento de la koiné helenística o idioma griego común». Este tipo de paralelismos aventurados, no obstante, y las conexiones transhistóricas que estableció con frecuencia entre sociedades unidas entre sí como por agujeros de gusano cronológicos le costaron a Hobsbawm buena parte de su crédito académico. Aunque murió en 2012, era un marxista más o menos clásico al que algunos de sus colegas criticaron por su celo ideológico al revisar la historia. Según ellos, habría querido encontrar más proyectos nacionales expresamente planificados y florecidos de los que acontecieron realmente para justificar la naturalidad de la revolución socialista y habría pretendido incidir en la repetición de fenómenos históricos buscando un patrón en el que encajar la fluctuación económica a largo plazo inherente, según el marxismo clásico, al capitalismo.

Es probable, sin embargo, que Hobsbawm tuviese también motivos sentimentales para rebuscar este paralelismo que nos ocupa, entre el helenismo y el XIX, ya que él mismo, pese a ser británico, se crio en Viena y Berlín, pero era natural de Alejandría. 

III. Psicohistoria (acepción académica)

El primer viaje del ser humano a la Luna lo escribió en Alejandría otro profesional del mismo ramo con la intención de criticar precisamente la falta de rigor de los historiadores. Antes de contar cómo él mismo llegó a la Luna y vivió en ella diversas aventuras, Luciano de Samosata citó en su Historia verdadera del siglo II a Ctesias de Cnido, «que escribió sobre la India y sus peculiaridades aquello que él personalmente jamás vio ni oyó de labios fidedignos», y a Yambulo, que narró «muchos relatos extraños acerca de los países del Gran Mar, forjando una ficción que todos reconocen». 

Irónico como era hasta el mismísimo tuétano, Luciano asegura que llegó a no reprochar a sus colegas «que engañen al público, al notar que ello es práctica habitual incluso entre los consagrados a la filosofía» y, antes de contar su expedición lunar, advirtió: «Mi personal vanidad me impulsó a dejar algo a la posteridad, a fin de no ser el único privado de licencia para narrar historias; y, como nada verídico podía referir, por no haber vivido hecho alguno digno de mencionarse, me orienté a la ficción, pero mucho más honradamente que mis predecesores, pues al menos diré una verdad al confesar que miento». 

En nuestro tiempo, la falsificación de la historia es fundamentalmente distinta y no pasa ya por su dramatización, sino por la interpretación de los resortes fundamentales que la pulsan repitiéndose y ocasionando con ello fenómenos regulares. Cualquier psicohistoriador con el suficiente arrojo como para atribuirse semejante título en sus tarjetas de visita, por ejemplo, podrá confirmar extremo de simpleza tan aberrante como que la Luna funciona en la historia a modo de objeto sexual de la humanidad. Si este psicohistoriador hipotético fuera de formación psicoanalista y lacaniana —y lo más probable es que así sea, dado su arrojo— podrá además confirmar que la Luna y la humanidad no mantienen una relación sexual y ya está, sino una que atraviesa episodios singulares y sucesivos a lo largo de la historia. De este modo, hace comparable la travesía histórica social con la maduración de la psique individual, que por supuesto es lo que está deseando cualquier psicohistoriador con el suficiente arrojo como para atribuirse semejante título en las tarjetas de visita.

Desde el Neolítico, primera fase oral de la humanidad en este supuesto histórico, la mayor parte de las culturas que nos preceden concibieron la Luna como un concepto femenino, suele decirse que porque su trayecto astronómico, que es cíclico y errático, invitó al ser humano de pensamiento rudimentario a su comparación con el ciclo menstrual de la mujer, que dura un mes lunar.

Durante esta oralidad histórica, la Luna, identificada además con el blanco lácteo que invita a la succión, fue asimilada con diosas en casi todas las riberas del Mediterráneo y el Creciente Fértil, que con la Edad del Bronce y la emergencia de sociedades marítimas confluyeron en un panteón más reducido de deidades lunares como la Isis egipcia, la Astarté fenicia —de antecedentes sumerios y acadios— o la Diana latina —heredera a la vez de la griegas Artemisa, de Hécate, Selene y Febe y también de divinidades lunares etruscas—.

La humanidad, a la que tendremos que suponer aquí una pulsión fundamentalmente masculina, profesó deseo a todas estas diosas de la Luna, a quienes no en vano dotó de atributos sexuales —como la virginidad de Artemisa o la condición de Ishtar, diosa prostituta— y retrató en historias que, una y otra vez, hablaban de su inaccesibilidad —como la de Diana y el cazador Acteón, que espió a la diosa cuando se bañaba y resultó convertido en ciervo para que lo destrozasen sus propios perros, o la violación de Anat por parte de Set, que no se consumó porque ella expulsó su semen, hiriéndole en la cabeza—.

La inaccesibilidad erótica de la Luna acabó, sin embargo, y con ello su sexualidad primordial. Como el yo del niño se escinde entre los seis y los dieciocho meses al reconocerse por vez primera frente a un espejo, la humanidad infantil comenzó en un punto natural de su evolución cultural a reconocerse en su propio espejo filosófico y a encontrar así las ausencias tolerables, alejándolo de los dioses como el infante hace de su madre en esta misma fase.

No fue un logro espontáneo o individual y, si lo fue, carece de importancia. Se trató de la asunción verdadera de toda una civilización que comenzó con la cosmología filosófica y tuvo su puntilla en la implantación de la definición matemática del universo en la mente de una enorme proporción de los habitantes del mundo, cuando las decenas de sociedades que conquistó Alejandro fraguaban ya en uno solo por el que la ciencia y sus chispazos corrían de Sicilia a Persia como impulsos eléctricos a través de las neuronas. 

La unidad lingüística mediante la koiné y el intenso tráfico cultural en el antiguo Imperio alejandrino impregnaron al mundo y sus habitantes con las conclusiones de esta razón que retiró a lo celeste su carácter divino y redujo la Luna, otrora óvulo inmenso que desafiaba todas las noches a ser fecundado, a simple esferoide yermo que orbitaba en el espacio. Durante el helenismo, las diosas lunares se transformaron poco a poco en estatuas asexuadas, hibridadas aún más entre sí y sus distintos cultos por el sincretismo hasta convertirse en efigies consagradas no a la respuesta, sino a la ceremonia, en quien nadie creía ya porque nadie las deseaba. El registro arqueológico revela que también fue con el inicio de esta época cuando muchas de estas deidades empezaron a acumular en sus efigies símbolos expresamente lunares, que necesitaban para resultar reconocibles y didácticas ante lo que era ya su público potencial y no más sus creyentes. 

El primer heliocentrista de la historia, Aristarco de Samos, firmó la sentencia de muerte lunar solo unos años después de que cayera Alejandro, cuando escribió De los tamaños y las distancias del Sol y de la Luna. Eratóstenes de Cirene completó esta transformación psíquica en lo social unas décadas después inspirado, según la tradición, por la sombra creciente y menguante del faro de Alejandría, que se estaba construyendo cuando llegó a la capital de Egipto y al que ascendía con frecuencia para otear la ciudad desde altura aproximada de ciento diez metros, que en esta Alejandría previa a Cleopatra no era algo espectacular, pero era algo. Con la sola ayuda de un palo y su sombra, sitos en puntos distintos del orbe terrestre, Eratóstenes calculó la circunferencia del planeta y gracias a esta, la distancia con su satélite, errando en noventa kilómetros en la primera y un tercio en la segunda. 

El ser humano atravesó así su propio estadio del espejo, escindiendo finalmente su yo, perdiendo en el camino a su propia madre diosa lunar y estrenando su habilidad para proyectarse hacia el futuro, que Luciano demostró un par de siglos después escribiendo —y lo más determinante: consiguiendo que trascendiera— su Historia verdadera. No en vano, en ella negó por primera vez la veracidad del pasado-historia e ilustró esta mentira verdadera con la expedición lunar en que declaró, en nombre de toda la humanidad, su intención de profanar por fin a la diosa madre derrocada, ya no una cuadriga de pegasos surcando el cielo por las noches, sino un suelo firme tan practicable como cualquier otro. Lo más difícil había pasado. Conseguirlo era solo cuestión de tiempo.

(Continúa aquí)


Márchate de Bayas

Bayas
Una estatua romana sumergida frente a las costas de Bayas. Fotografía: Antonio Busiello / Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral nº36 especial Mar.

Mientras tú, Cintia, veraneas en pleno centro de Bayas, (…) ¿te preocupas de evocar noches, ay, que se acuerden de mí? (…). Márchate lo antes posible de Bayas, la corrompida. Esas playas, que fueron funestas para tantas mujeres en el pasado, serán fatales en el futuro para una gran cantidad de parejas de enamorados. ¡Ay! ¡Ojalá los baños de Bayas, insulto hecho al amor, desaparezcan para siempre!

Elegías, Propercio.

Lo que no sabía Sexto Propercio, poeta romano del siglo I a. C., es que aquello precisamente es lo que iba a acabar ocurriendo. Es más: Bayas ya había comenzado a hundirse lentamente en el mar cuando él escribió sus Elegías. Y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Hoy descansa sumergida a quince metros de profundidad frente a las costas de Campania, en Italia. Quedan algunos restos arqueológicos emergidos en el pueblo que todavía lleva su mismo nombre, pero son poquita cosa. Casi toda la ciudad, unas ciento setenta hectáreas de mosaicos, calzadas y peristilos, se encuentra bajo el agua. El gran resort vacacional de la antigua Roma simplemente ya no existe. Se lo ha tragado el mar Tirreno. 

Sabemos bien cómo ha pasado, eso no es ningún misterio: por efecto del bradisismo. Etimología: βραδύς (lento) y σεισμός (seísmo). Se trata de un fenómeno característico de la zona que comporta el ascenso o el descenso del suelo a un ritmo lento si se compara con la vida de un ser humano, pero muy acelerado desde el punto de vista geológico. A veces, de varios centímetros al año. Estaba ocurriendo ya durante la era de esplendor de Bayas, en los últimos años de la República romana y en los primeros años del Imperio, pero entonces lo hacía a una velocidad sostenida y más lenta que en la actualidad. Se cree que la inmersión del suelo se aceleró de golpe entre los siglos III y V d. C. y que la mayor parte de la ciudad alcanzó la altura de cero metros sobre el nivel del mar en torno al siglo VIII. La causa ulterior de este movimiento, por supuesto, son los cambios de presión en la inmensa cámara de magma que hay en el subsuelo de la zona. Estamos en los Campos Flégreos, una comarca de diez kilómetros de largo y diez kilómetros de ancho donde se concentran nada menos que veinticuatro cráteres volcánicos. Es la región que linda al sur con la ciudad de Nápoles. 

Eso sí: a Propercio, que nada sabía de todo esto, no debemos tenerle en cuenta que pidiese la desaparición de Bayas con tanta ligereza. En realidad, él se habría conformado con que Cintia, su amada, se hubiera marchado de la ciudad, donde estaba pasando el verano, y que hubiese regresado a Roma, donde él la estaba esperando. El poeta temía que su amada se viese con otros hombres en aquel destino tan lujoso donde los patricios ricos y poderosos acudían a veranear y donde tenían todos una villa o un palacete cada cual más ostentoso. Y Propercio, para qué nos vamos a engañar, hacía bien albergando aquel temor, porque Cintia, plot twist, ni era su amada ni se llamaba Cintia; en realidad se llamaba Hostia, era prostituta de lujo y lo más probable es que hubiera acudido a Bayas precisamente a eso, a verse con otros hombres de la jet set romana. A trabajar, como no consta que hacían durante el verano muchos profesionales del ramo procedentes de toda Italia1.

Propercio no fue el único literato que se dedicó a echar pestes de Bayas. Al contrario, casi cuesta encontrar a alguno con algo bueno que decir sobre la ciudad. Varrón, por ejemplo, comenta en sus Sátiras menipeas que allí «los ancianos rejuvenecen hasta parecerse a los muchachos, muchos muchachos actúan como si fuesen muchachas y las muchachas se convierten en mujeres públicas»; Marcial dice en sus Epigramas que las mujeres llegaban a la ciudad prudentes y castas como Penélope y que allí adquirían el vicio de Helena (es decir, el de practicar el adulterio con hombres más jóvenes que su marido); y Ovidio cuenta en Ars amatoria que en Bayas eran tantos los puntos donde las meretrices se ofrecían a sus clientes que «sería más fácil contar los granos de arena de la playa». 

Estaban todos de acuerdo, eso está claro. Que dijesen la verdad es otra cosa distinta. ¿Era Bayas como la pintaron los literatos y los poetas romanos, una Sodoma a la latina, una meca del desmadre donde no ocurría nada bueno? ¿O acaso exageraban y contaban solo la historia a medias, quizá por no tener acceso ellos mismos a los lujos y el desparrame que solo podían costearse los superricos? De todo hay, eso podemos anticiparlo. Lo más importante que debe comprender el visitante contemporáneo es esto: Bayas, para bien y para mal, era un lugar verdaderamente extraordinario.

Un insulto hecho al amor

Si una mujer no casada abre su casa a todo género de voluptuosidades; si públicamente se dedica a la vida de meretriz y asiste a convites con hombres que ninguna relación tienen con ella, creo que hará en el campo y en los baños de Bayas lo mismo que en Roma.

En defensa de Celio, Cicerón2.

En la región donde está Bayas, no muy lejos del monte Vesubio, hay un lago donde tenía lugar un fenómeno extrañísimo: los pájaros, al parecer, eran incapaces de sobrevolarlo. Cada vez que uno lo intentaba, caía muerto al agua. 

Los griegos llegaron a la costa de Campania en el siglo VIII a. C. Según Estrabón, los primeros en hacerlo fueron colonos eubeos que se instalaron en Pitecusas, una pequeña isla volcánica diez kilómetros mar adentro3. Aunque aquel emporio insular logró implantarse y prosperar, sus moradores lo abandonaron debido a la actividad sísmica de la isla y fundaron una nueva ciudad en tierra firme en torno al año 750 a. C. Así fue como nació Cumas, la polis más antigua de toda la Magna Grecia. La nueva ciudad se levantó no muy lejos del lago aquel que los pájaros no podían sobrevolar, al que los cumanos llamaron, sencillamente, Ἄορνος λίμνη, el Lago sin pájaros. Cuando los romanos conquistaron los Campos Flégreos varios siglos después tomaron el nombre griego de aquella masa de agua y lo transliteraron, sin más, a su propio idioma: Avernus lacus, el lago Averno. En realidad, el Averno es un cráter volcánico colmado de agua del que emanan gases tóxicos ocasionalmente.

Bayas
Los Campos Flégreos y la bahía de Nápoles.

Los griegos pensaban que allí, en las inmediaciones del Averno, se abrían una serie de cuevas y pozas por las que se podía descender hasta el Hades, la región subterránea donde moraban los espíritus de los muertos. De hecho, las leyendas decían que este era el punto de la Tierra donde Odiseo había emprendido su famoso descenso a los infiernos. Como en las otras puertas de entrada al inframundo que había esparcidas por el Mediterráneo, en esta también se erigió un plutonio (un santuario consagrado a los dioses infernales) y se estableció un oráculo donde una sibila inhalaba los gases procedentes del subsuelo y luego emitía vaticinios. La Sibila de Cumas, la mayor de las diez que incluye el recuento mitológico tradicional, la misma que pintó Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina, era precisamente la que oficiaba en este lugar, en la ribera del Averno. Por cierto: el «antro horrendo» de la Sibila cumana, por usar el calificativo que le ponía Virgilio en la Eneida, se redescubrió en 1932 y puede visitarse en la actualidad. 

¿Y Bayas? Bayas era el puerto de Cumas, eso piensan hoy en día la mayor parte de los expertos. Eso y que, hasta entonces, solo acogía un pequeño santuario levantado sobre la tumba de Bayo, compañero de Odiseo y timonel de su propio barco. Según las leyendas griegas, había muerto en aquel lugar. Debemos imaginar una ensenada redondeada, no muy grande, con laderas escarpadas que se hundían abruptamente en el océano. La bahía tendría una profundidad generosa que permitiría el fondeo de naves de cierto calado y contaría con dos brazos de tierra, uno a cada lado, que dibujaban una boca de entrada y la protegían del mar abierto. En otras palabras: debemos imaginar un puerto natural estupendo4. Y luego imaginemos que, en ese enclave, en las laderas de la ensenada y alrededor, habría un sinfín de pozas termales y piscinas naturales de las que manaba un bien escasísimo, prácticamente prohibitivo en la Edad del Bronce: agua caliente en cantidad. Lo que no hay en este enclave aparentemente paradisíaco es un recurso más prosaico, pero imprescindible en cualquier asentamiento humano: agua dulce normal y corriente, de la de beber. Por eso creemos que este lugar acogió mucho trasiego marítimo y rindió durante mucho tiempo como fondeadero temporal, pero no atrajo, de entrada, a los pobladores y los colonos5. Hizo falta que apareciera otra localidad cerca y que Bayas, entonces, se convirtiera en su distrito portuario y de recreo. 

En todo caso parece seguro que Bayas, localizada en el extremo de un golfo, nació y creció pareja a Cumas, el asentamiento griego original, y a Dicearquía, una localidad situada en el otro extremo del mismo golfo, a la que los romanos pusieron el nombre Puteoli (que significa «Pocitos» o «Pequeñas pozas» en latín, una alusión a las termas naturales). Hoy se llama Pozzuoli y conserva un patrimonio arqueológico importante, incluido el mayor mercado del mundo romano6. A unos pocos kilómetros más al sur, en la porción de costa ubicada en las mismas faldas del Vesubio, estaba el lugar donde había muerto Parténope, la sirena enamorada de Odiseo. Los griegos cumanos fundaron en ese punto otra localidad más, quizá a la vez que Bayas y Dicearquía o acaso un poco después de aquello, a la que llamaron con ese nombre, Parténope, y más tarde Neápolis, «Nueva ciudad». Hoy la llamamos Nápoles. 

¿Se da cuenta? Bayas no fue jamás una localidad independiente, siempre ejerció como barrio residencial y como destino de recreo para otra ciudad más grande. Primero para Cumas y luego para Pozzuoli, ambas muy cerca de ella; más tarde para Nápoles, unos pocos kilómetros más al sur; después para Capua, una ciudad originalmente etrusca ubicada a treinta kilómetros de distancia (que llegó a convertirse, con el tiempo, en la ciudad más grande de Italia después de Roma); y, finalmente, para la propia Roma. Bayas ya era un destino muy popular entre los ricos y poderosos de la capital a finales del siglo I a. C., durante los últimos años de la República, pero su verdadera consagración llegó inmediatamente después de aquello, en los primeros años del Imperio. En aquel tiempo varios emperadores tomaron afición por Capri, también en el golfo de Nápoles, y transformaron aquella pequeña isla en una especie de segunda residencia imperial, al menos de forma oficiosa7. Bayas, cuyo puerto ejercía como conexión natural entre Capri y el continente, dejó de ser entonces un lugar que sencillamente ofrecía prestigio y se convirtió en una condición: para ser alguien de verdad, para pertenecer genuinamente a la alta sociedad romana, debía tenerse una villa en Bayas8.

La mansión de los vicios

Existen parajes que el sabio debe evitar como enemigos de las buenas costumbres. Por esta razón, el que quiera vivir retirado (…) no irá á Bayas, porque esta es la mansión de los vicios. Aquí es donde la impureza se permite mayores licencias, como si la localidad obligara á la disolución (…). ¿Qué necesidad tengo de ver a gente embriagada vagando por la costa, las orgías de los marineros, los lagos que retumban con la música de las orquestas y todos esos excesos que el desorden más desenfrenado puede ostentar en público?

Cartas a Lucilio o Epístolas morales, Séneca.

Muchos romanos detestaban Bayas y ninguno lo hacía más que Séneca. El filósofo, político y orador se refirió muchas veces a la ciudad y nos legó algunos pasajes verdaderamente hilarantes en los que pormenorizaba el sinfín de groserías que podían verse en aquel sitio, desde los folleteos incesantes que tenían lugar por todas partes hasta los gritos que pegaban los hombres que visitaban sus famosos baños, fuesen los atletas que acudían a fatigarse «moviendo las manos con pesas de plomo», los impostores y los vanidosos que acudían solamente «para dar la impresión de fatigarse» o aquellos que proferían «gritos estridentes cuando les son depilados los sobacos». Y eso que Séneca todavía no sabía lo más importante de todo: que Bayas acabaría siendo la causa de su ruina.

Séneca acabó sus días salpicado por la famosa conjura de Pisón, un complot para asesinar al emperador Nerón que tuvo lugar en el año 65 d. C. En un primer momento, los conspiradores planeaban apuñalar al emperador en la villa de Cayo Calpurnio Pisón en Bayas, que Nerón visitaba con frecuencia, pero luego cambiaron de parecer y decidieron que el magnicidio tuviera lugar en Roma. Aquel cambio, por lo visto, resultó decisivo en el descubrimiento de la conjura. El complot no tuvo éxito y Séneca ni siquiera estaba involucrado en él, pero al emperador y a sus socios eso les daba igual; solo necesitaban una excusa para quitárselo de en medio y esa fue la que pusieron. Su condena a muerte le fue notificada con anticipación, un privilegio que tenían los patricios. Séneca decidió quitarse la vida por sí mismo en lugar de que le fuese arrebatada. 

Bayas
Un submarinista entre las ruinas romanas ubicadas frente a las costas del cabo Miseno. Fotografía: Antonio Busiello / Getty.

Aquella villa se encuentra hoy a ciento cincuenta metros de distancia de la costa y a ocho metros de profundidad. Es uno de los puntos que más frecuentan las compañías de tours submarinos que alquilan equipos a los turistas y los guían hasta las ruinas sumergidas de Bayas. La villa de los Pisones, de cerca de dos mil metros cuadrados, tiene algunos de los mosaicos mejor conservados del litoral bayano y unas instalaciones que rivalizaban en tamaño y sofisticación con las residencias imperiales de Roma y Capri. Sabemos que Nerón confiscó este palacete después de que su dueño pretendiera atentar contra su vida y que el complejo fue remodelado un siglo después de aquello, ya en época de Adriano. Si debemos llamarlo «palacio imperial» o no, ahí no entramos. Es un debate muy viejo y los arqueólogos e historiadores no han alcanzado ningún consenso todavía. Los límites entre la propiedad pública y la privada, mucho más difusos en Roma que en nuestro tiempo, lo eran incluso más en Bayas.

Otra rareza: parece que Bayas no contaba con los espacios públicos que caracterizaban casi a cualquier localidad romana, como un foro, una basílica o un anfiteatro. Ni los menciona ningún autor ni aparecen por ninguna parte entre los restos de la ciudad. Eso, que es chocante por sí mismo, todavía lo es más si se tienen en cuenta las inversiones formidables que sí hizo la administración estatal romana en Bayas: la Piscina Mirabilis, el depósito de agua dulce más grande del mundo en su momento, en el que desembocaba el Aqua Augusta o Acueducto de Serino; y el Portus Iulius, un macropuerto militar con un muelle de cerca de cuatrocientos metros de longitud, canales que lo conectaban por vía marítima con los lagos Lucrino y Averno y una red de túneles que lo comunicaban a pie con Cumas9. Nerón incluso intentó conectar Bayas con Roma mediante un canal navegable, la Fossa Neronis, que partiría del Portus Iulius y recorrería doscientos kilómetros hasta llegar a la capital. No lo consiguió, pero, intentarlo, lo intentó.

Otro punto con mucho trasiego de submarinistas está en el litoral de la Punta Epitaffio, en el llamado ninfeo del emperador Claudio. Pregunta: ¿Ha estado usted alguna vez en un restaurante de kaitenzushi? Si no, seguro que ha visto alguno en televisión. Son esos establecimientos japoneses donde el sushi se sirve en una pequeña cinta transportadora que lo lleva entre los comensales para que cada cual elija las piezas que más le apetecen. Pues bien: eso mismo, salvando las distancias, es lo que había aquí, en el ninfeo de Claudio. Se trataba de un lujosísimo triclinio (la sala de las viviendas romanas que ejercía como comedor) equipado con un estanque central de grandes proporciones. Los platos se colocaban en pequeñas réplicas de barcos o de hojas de nenúfar y se ponían a circular de un lado al otro del estanque, de modo que los comensales, ubicados alrededor, podían coger el que fuera de su gusto cuando pasase cerca de ellos. Conocemos el funcionamiento de esta atracción gracias a la descripción que nos legó Plinio el Joven, otro asiduo de Bayas10. Fue el arqueólogo alemán Bernard Andreae quien reconoció el famoso triclinio después del redescubrimiento de esta sección del yacimiento submarino en 1981.

Le proponemos un ejercicio mental que ayuda a comprender Bayas: que piense en los jardines de la Alhambra, en las enormes canalizaciones que surcan el desierto de Mojave para surtir de agua a Las Vegas o en las islas artificiales de Dubái, esas que tienen forma de palma datilera y unos campos de golf más verdes y lustrosos que los de Escocia. El lujo se escribe de esta forma, desperdiciando el agua con fuentes, estanques y regadíos inútiles. Y si algo abundaba en Bayas era precisamente eso. Uno de los mejores ejemplos no ha acabado en el océano, todavía sigue al aire libre en las laderas que rodean la bahía: se trata del famoso teatro-ninfeo de Bayas, que también podría considerarse una especie de teatro acuático. ¿Cómo describirlo, Dios mío, a alguien que nunca haya visto una mamarrachada tan estupenda? Imagine un teatro romano con una piscina en el centro, donde habitualmente estarían la orchestra y el proscenio; e imagine que en las gradas hay también pequeños espacios distribuidos regularmente a lo largo de las cáveas para tomar baños mientras se disfruta de la función o el concierto que esté teniendo lugar. Está en el complejo de ruinas aterrazado que recibe el nombre de Termas de Sosandra, un balneario localizado en las laderas de la bahía que seguramente formaba parte de un complejo palaciego mayor, aunque no sabemos cuál.

Podríamos seguir durante páginas y más páginas, así de abundantes son las maravillas que encierra esta pusilla Roma, esta «pequeña Roma» o esta «Roma en miniatura», como la llamaba Cicerón. Ya solo su padrón histórico es una cosa que quita el sentido: Pompeyo, Julio César, Marco Antonio, Augusto, Nerón, Calígula, Adriano, Septimio Severo… Incluso se cuenta que Cleopatra estaba en Bayas durante los idus de marzo del año 44 a. C., el día que fue asesinado Julio César. Y que fue en este punto donde Calígula ordenó alinear barcos y más barcos para lograr cruzar el mar trotando a caballo11. El asesinato de Agripina, uno de los crímenes más recordados de la Antigüedad, se perpetró en este lugar. Debe ir y verlo, incluso si es incapaz de practicar el submarinismo y no se propone descender hasta el lecho marino. Visite usted las terrazas, los llamados templos de Venus, de Diana y de Mercurio y luego los museos arqueológicos de la zona, tanto el de los Campos Flégreos como el de Nápoles, donde se apilan los tesoros que han aparecido en el litoral. Piense que algún día el mar cubrirá también todo esto y que entonces, ya sí que sí, de Bayas no quedará nada más que el recuerdo. Y ya no será posible marcharse de ella, como recomendaba Propercio de forma tan encarecida; será ella, la propia Bayas, la que se habrá marchado del mundo.

Bayas
Una estatua de Mercurio en la zona emergida del yacimiento arqueológico de Bayas. Fotografía: Getty.


Notas

(1) En la poesía latina de la época era habitual asignar un pseudónimo a la mujer amada. Solía tratarse de un sobrenombre evidente, que no pasaba inadvertido, con el que se pretendía probar al lector que se estaba hablando de una persona relativamente conocida a la que no se quería delatar. El ejemplo más recordado es la Lesbia de la que hablaba Catulo. No se tienen demasiadas certezas acerca de la Cintia a la que interpelaba Propercio, pero suele considerarse que se trataba de una cortesana. Hasta donde sabemos, él era un pesado que ni siquiera pretendía pagar por sus servicios. En esas mismas Elegías, poco antes de que Cintia se marche a Bayas, él describe su historia de amor con ella de esta forma tan elocuente: «¡He ganado: se rindió a mis ruegos insistentes!».

(2) Cicerón tenía una villa en la ribera del lago Lucrino, a las afueras de Bayas. En la actualidad estaría en el suelo municipal de la localidad adyacente, Pozzuoli. Usamos el tiempo condicional porque esa villa ya no existe: fue destruida por la erupción volcánica del Monte Nuovo en 1538.

(3) Estrabón también da cuenta de un mito que decía que aquella isla reposaba sobre el cuerpo del gigante Tifón, abatido por Zeus, y que esa era la razón de su vulcanismo. También habla de una serie de cataclismos que tuvieron lugar en esta región durante el pasado remoto, entre los cuales se incluyen terremotos, erupciones volcánicas y el hundimiento del suelo en el mar. Aunque en el siglo I debía de sonar fantasioso, en nuestra época resulta imposible pasar por alto que esos mismos fenómenos sí tuvieron lugar en la región después de que Estrabón publicase su Geografía. En general, el pasaje que dedica a toda esta zona (vol. V, cap. IV, sec. 9) constituye una lectura muy sugerente.

(4) La descripción más precisa de la orografía de esta zona es la que hace Dion Casio en Historia de Roma, vol. XLVIII, p. 50.

(5) Antes de acoger una población humana permanente, esta bahía debió de ser un refugio habitual para los piratas. De hecho, sabemos que los romanos acudían a Bayas a tomar baños termales desde tiempos muy antiguos, pero su popularidad inmobiliaria entre los romanos ricos de la capital no llegó hasta los años sesenta del siglo I a. C., específicamente después de la famosa y exitosísima campaña de Pompeyo contra los piratas. Fue a partir de entonces cuando empezaron a construirse grandes villas y palacetes en la localidad.

(6) En Pozzuoli ocurrió exactamente lo contrario que en Bayas: que el suelo se elevó. En Pozzuoli se encuentra el Monte Nuovo, la montaña más joven de Europa. Se trata de un volcán que se formó en tan solo una semana, del 29 de octubre al 6 de 1538. Véase la nota 2.

(7) Hablamos especialmente de Augusto, el primer emperador, y de su sucesor, Tiberio, que incluso llegó a desentenderse del gobierno del imperio en el último tramo de su vida y se retiró a Capri.

(8) Por cierto: la mala reputación de Bayas no mejoró al verse asociada con Capri en el imaginario colectivo romano. Más bien, ocurrió al contrario. Suetonio cuenta en sus Vidas de los doce césares que «en su quinta de Capri, Tiberio tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida toda de lechos en derredor. Un grupo elegido de muchachas, de jóvenes y de disolutos, inventores de placeres monstruosos, y a los que llamaba sus “maestros de voluptuosidad” (spintrias), formaban allí entre sí una triple cadena, y entrelazados de este modo se prostituían en su presencia para despertar, por medio de este espectáculo, sus estragados deseos. Tenía, además, diferentes cámaras dispuestas diversamente para este género de placeres, adornadas con cuadros y bajo relieves lascivos, y llenas de libros de Elefantidis, con objeto de tener en la acción modelos que imitar. Los bosques y las selvas no eran así más que asilos consagrados a Venus, y se veía a la entrada de las grutas y en los huecos de las rocas a la juventud de ambos sexos mezclada en actitudes voluptuosas, con trajes de ninfas y silvanos. A causa de esto, el pueblo, jugando con el nombre de la isla, daba a Tiberio el de Caprineum».

(9) El puerto se convirtió en la base permanente de la Classis Misenensis, la mayor flota del imperio, hasta entonces atracada en Ostia. Aquellas instalaciones, sin embargo, solo pudieron acoger naves militares durante poco más de veinte años: los cambios en la profundidad del suelo a causa del bradisismo hicieron que dejase de ser seguro para el amarre de las naves mayores. El Portus Iulius fue una de las primeras partes de Bayas que quedaron completamente hundidas en el mar, algo que podría haber ocurrido ya en el siglo IV. Según Casiodoro, los muelles, ya impracticables, se desmontaron a principios del siglo VI con el objetivo de reutilizar sus piedras en la reparación de las murallas de Roma.

(10) En el ábside de aquella estancia había un grupo escultórico monumental con tres figuras: el cíclope Polifemo, Odiseo y Bayo. Polifemo no ha aparecido, se lo debe de haber tragado el mar. Las estatuas de Odiseo y Bayo, por el contrario, todavía estaban allí, tal cual, cuando empezaron los trabajos arqueológicos submarinos en la década de los sesenta. Hoy se encuentran en el Museo Arqueológico de los Campos Flégreos, localizado en el Castillo Aragonés de Bayas. Lo que hay ahora en el mar son réplicas, lógicamente.

(11) Aquel puente de pontones, de unos tres kilómetros y pico, habría conectado Bayas y Pozzuoli directamente sobre la bahía. Suetonio escribió lo siguiente en la sección dedicada al emperador en sus Vidas de los doce césares: «Sé que la mayoría ha creído que Cayo [Calígula] imaginó este puente para rivalizar con Jerjes, el cual provocó una gran admiración cuando cubrió de forma similar el Helesponto, que sin embargo es bastante más estrecho; y que, según otros, su intención era atemorizar con la fama de alguna obra grandiosa a los germanos y britanos, a los cuales hostilizaba. Pero cuando yo era niño, oía contar a mi abuelo que el motivo de esta obra, revelado por los esclavos personales del emperador, habían sido las palabras del astrólogo Trásilo a Tiberio, cuando se hallaba angustiado a propósito de su sucesor y más inclinado hacia su verdadero nieto, asegurándole que Cayo [Calígula] tenía tantas posibilidades de ser emperador como de recorrer a caballo el golfo de Bayas». Es frecuente que se confunda aquel puente flotante con un puente sólido, también llamado «de Calígula», que habría estado trazado sobre aquel mismo lugar y cuyos pilares todavía sobresalían del agua en el siglo XVIII.


Si no es grande, no es Dune

Dune
Dune. Imagen: Warner Bros.

En cierto momento de la saga original de Dune, que se prolonga durante miles de años a lo largo de seis novelas, la acción se traslada a un palacio descrito como «la estructura artificial más grande construida en toda la historia de la humanidad». Se nos dice que aquel edificio tiene varios kilómetros de altura y que su amplitud es tal que las diez ciudades más grandes del imperio cabrían juntas bajo su techo —un imperio, dese cuenta, que abarca todo el universo conocido; imagine el tamaño que deben tener esas diez ciudades—. Solo los cortesanos de aquel palacio, cuenta Frank Herbert, suman treinta y cinco millones de almas. Eso es toda la población de Polonia o la de Marruecos alojada en un único edificio. 

¿Me sigue? Hay escritores con tendencia a la grandiosidad, los hay maximalistas convencidos y luego está Frank Herbert.

Cuando vaya al cine a ver la adaptación de Dune que se acaba de estrenar —y nuestro primer consejo es ese: que vaya a verla al cine— le dará la impresión a usted de que todo en esa película tiene un tamaño descomunal, empezando por las naves espaciales y acabando por los famosos gusanos de arena de Arrakis. Quizá le tiente pensar que Denis Villeneuve, su director, está exagerando con la escala y que quiere comprarle a usted con tanta grandeza. Eso mismo dicen ya algunas de las reseñas más críticas con la película: que peca de enormidad, que de tan grande como es, resulta abrumadora. No les queremos quitar la razón: es verdaderamente gigantesca, es una cosa que quita el sentido de lo grande que es. Pero es que Dune es grande y si no es grande, no es Dune

Le pongo en antecedentes. Un universo, el mismo que habitamos usted y yo, solo que dentro de veinte mil años y pico. Un emperador y una serie de casas nobles en un escenario geopolítico —la palabra correcta sería cosmopolítico, disculpe usted que nos pongamos estupendos— que recuerda decididamente al régimen feudal. La historia de Dune arranca cuando el emperador ordena a la dinastía Harkonnen retirarse del planeta Arrakis, también conocido como Dune, y concede ese feudo a la casa Atreides. Se diría que es un giro afortunado para los segundos: el planeta-desierto de Arrakis es un entorno hostil para la vida que quedó a medio terraformar en el pasado, pero es el único donde se produce algo llamado melange o especia, la sustancia más valiosa del universo, indispensable para acometer los viajes interestelares. Sin embargo, pronto se hace evidente que la regalía del emperador lo es solamente en apariencia. En realidad, la operación ha sido orquestada para provocar la caída en desgracia del duque Leto Atreides y de su único hijo y heredero, Paul Atreides.

Visto así, Dune no parece ser gran cosa. Una historia más, la enésima, sobre guerras entre aristócratas, herederos desposeídos y usurpadores derrocados. Cambie un poco los apellidos, póngale unos cuantos caballos y esto es Juego de tronos o la leyenda de Robin Hood. Pero es que Dune no se puede ver así. Lo que confiere a Dune su valor, lo que la convierte en una obra maestra de la literatura y no meramente del género de la ciencia ficción, es su cualidad de tratado político, histórico y antropológico, por más que esté escrito con el lenguaje de la ficción. Desde el punto de vista taxonómico, Dune tiene más que ver con Utopía de Tomás Moro o La nueva Atlántida de Bacon que con una epopeya clásica; y desde el punto de vista literario, Dune solo se puede comparar con una entre las grandes sagas de ciencia ficción: con la Fundación de Asimov. En Dune, al igual que en Fundación, los giros de la historia no tienen lugar por azar, sino que son el resultado de la inevitabilidad. Y eso es porque en Dune, al igual que en Fundación, el verdadero tema central es lo atemporal, lo inamovible y lo eterno. Todo aquello, bueno y malo, espiritual y primario, que nos es tan consustancial a los seres humanos como para poder dar por sentado que lo seguiremos haciendo dentro de veinte mil años. Si quiere usted la lista completa de nuestras miserias transhistóricas tendrá que leer el libro; yo me veo incapaz ponerlo en pocas palabras, como tendría que hacerlo aquí. Deme usted tres horas, una pizarra con rotuladores borra-magic de varios colores y tres botellines de agua y a lo mejor empezaríamos a rascar la superficie.

Sobre la película de Villeneuve que acaba de estrenarse en cines esto es lo peor que alcanzamos a decir: que no es perfecta. Villeneuve ha partido Dune en dos, le ha dedicado dos horas y media de reloj solo a la primera mitad del libro y, aun así, se aprecia un tono un tanto atropellado en algún tramo de su película. Las cosas son demasiadas y ocurren demasiado rápido. Si se lo quiere reprochar, está usted en su derecho: constituye un atentado en toda regla contra las leyes formales de la sintaxis cinematográfica. Nosotros no vamos a hacerlo. Era eso o cascarse cinco horas de película, una violación incluso peor de los convencionalismos del cine. Además, la cinta supera con brillantez el verdadero reto al que se enfrentaba: trasladar a la pantalla las alegorías históricas de la novela y respetar su cualidad embrollada, que es precisamente lo que convierte a Dune en una fábula metahistórica. Sobre todo, la de Arrakis como el Oriente Medio de la actualidad, el del petróleo; simultáneamente, el Oriente Medio medieval, el de las guerras santas; y, simultáneamente, el Oriente Medio de la Antigüedad, el que producía profetas y mesías.

Villeneuve no ha podado Dune ni lo ha simplificado para facilitar su manejo; no ha desenmarañado las ideas para que el espectador de cine —mucho más quejica y llorón que el lector de libros; no se ofenda usted o me estará dando la razón— pueda digerirlas como si fueran un potito. En otras palabras: que Villeneuve no le toma a usted por tonto. Y es perfectamente consciente de que tiene en las manos una garrafa con nitroglicerina. Un paso en falso, una comparación burda y mal traída con Jesucristo o con la invasión de Afganistán y, bum, a tomar todo por el saco. Dune, la historia, es como Dune, el planeta: traicionero, peligroso y jodidísimo. Que se lo digan a David Lynch

No piense en la Dune de Villeneuve como la obra de un autor; piense en la ejecución del más esforzado intérprete, aquel que trata la partitura con reverencia y lo pone todo de su parte para hacer que suene exactamente como indicó el autor. Por lo general, una buena adaptación no es la que traslada el libro a la pantalla con más literalidad, sino la que se propone ser una película mejor, pero Dune, cosa rarísima, es las dos cosas a la vez: un peliculón y una adaptación muy fiel del texto literario. Le dejo una apreciación personal: solo dos veces en mi vida me ha ocurrido que vea una adaptación y que todo o casi todo tenga el aspecto que imaginé al leer el libro. La primera fue con El Señor de los Anillos. La segunda, con Dune.

Tenga en cuenta, eso sí, que esto es solo una primera parte y que la película carece de un final. Por más que la campaña de promoción repita con machaconería que esta película se llama «Dune», eso no es verdad. Se llama «Dune: primera parte» y después de ella vendrá la segunda, que solo empezará a rodarse, dicen, si esta primera entrega no se marca un blufaco antológico en taquilla. También hay una serie de televisión en marcha, La Hermandad, de la que no sabemos mucho todavía, solo que sería una precuela centrada en el mundo de la Bene Gesserit y que podría adaptar uno de los volúmenes escritos por el hijo de Frank Herbert, Brian Herbert, y Kevin J. Anderson. Mucha leña en el fuego, mucha carne en el asador, mucha fe en que las salas de cine volverán a estar abarrotadas dentro de poco y en que pronto será 2019 de nuevo. Aquí somos pesimistas con eso. En circunstancias normales, Dune arrasaría en taquilla, pero las circunstancias son de todo menos normales. Ojalá nos equivoquemos. Si alguna película mereció alguna vez no quedarse a medias, esa es la Dune de Villeneuve. El tiempo dirá. 


El infierno son los hijos

el infierno son los hijos
Betiana Blum y China Zorrilla en Esperando la carroza, 1985. Imagen: Rosafrey / Susy Suranyi y Asociados.

Eso dijo doña Elisa, la vecina de la Elvira, la madre de la Pocha, la amiga de Matildita: que el infierno son los hijos. Eso dijo doña Elisa en el velorio de Mamá Cora, que Dios la tenga en su gloria, cuando cumplió su turno de avemarías y se escapó al living a tomar café con la Elvira y con la Nora. «Si el infierno existe —dijo—, debe estar tapizado de hijos». 

Doña Elisa no fuma en pipa ni viste chaquetas de tweed, pero es nihilista, existencialista y más sartreana que Sartre. Doña Elisa no tiene un cartelito con el lema «temet nosce» en el dintel de la puerta de la cocina, pero en todo lo demás es igualita que el Oráculo de Matrix. Lo mismo pontifica sobre las cualidades virtuales del mundo que sobre el tiempo de cocción que precisan los ravioles. A doña Elisa, sin embargo, le ocurre eso que les pasa frecuentemente a los físicos, a los matemáticos y a los filósofos cartesianos: que de tanto contemplar lo inmutable y lo eterno se vuelven despistados en el reino empírico, en el ámbito de lo concreto. El infierno debe estar tapizado de hijos, dijo, pero no reparó en el bochorno espantoso que hacía en aquella casa tan alargada y cavernosa —en aquella casa chorizo, como las llaman en Argentina— ni en que todo el mundo allí vestía predominantemente de un color: rojo furioso. Tampoco en que no había ni una gota de agua, ya que les habían cortado el suministro por la mañana. 

Aquella casa todavía existe. Está en el número 1232 de la calle Echenagucía, en el barrio bonaerense de Versalles. Es de 1929, art decó, una cucada de casa. Llegó a estar abandonada, pero ha sido restaurada, está habitada de nuevo y la Legislatura porteña le ha puesto una placa de mármol en la fachada —no de acero ni de titanio: de mármol— anunciando que allí «se filmó en 1985 la película Esperando la carroza», la gran comedia de la historia del cine argentino. Según los vecinos del barrio, los curiosos no van a menos; al contrario, cada día son más. Y no solo peregrinan hasta Echenagucía 1232; también van a Echenagucía 1255, donde está la terraza desde la que Mamá Cora observaba el trajín que desataba su propio velatorio; a Arregui 6000, donde vivían Antonio y Nora; y a la plaza Ciudad de Banff, donde Susana discutía con Nora y Nora se trastabillaba con los tacones como un cervatillo recién nacido. La casa de Jorge y Susana, por lo visto, es la que menos visitan los fanes de la película, y eso que está a cincuenta metros escasos de la casa principal y es el único domicilio, además de aquel, donde el espectador pasa una cantidad significativa de tiempo. Jorge y Susana eran los pobres de la familia y su casa era y sigue siendo la más humilde de todas. Muchos ven Esperando la carroza, pero, aprender, lo que se dice aprender, no aprenden nada. 

Es allí precisamente donde empieza la película, en la casa de Susana y Jorge —Mónica Villa y Julio de Grazia—. Es allí donde veremos a la pobre Susana lidiar con la cocina, el bebé, un marido que se niega a levantar la vista del periódico y una suegra octogenaria que es como tener un coche de choque desbocado dentro de casa. Mamá Cora —Antonio Gasalla; sí, un hombre— chochea, pero conserva la energía y se empeña en ayudar con las tareas domésticas, desatando pifostios a su paso y dejando tras de sí un reguero de pequeñas tragedias. Harta de todo, Susana acude como un tifón a casa de Sergio y Elvira —Juan Manuel Tenuta y China Zorrilla— y les exige a ellos y a Antonio y Nora —Luis Brandoni y Betiana Blum— que se repartan la responsabilidad de cuidar a la vieja. Mientras los hijos y las nueras discuten, Mamá Cora se escapa de casa y, poco después, no lejos de allí, alguien encuentra el cadáver de una mujer que se ha arrojado a las vías del tren. Convencidos de que es ella, los hijos y las nueras de Mamá Cora empiezan a discutir de nuevo, ahora para disputarse el derecho a celebrar el velatorio en su casa y a llevar la voz cantante en los ritos fúnebres. Mamá Cora, mientras tanto, observa la escena desde la casa de la vecina y se pregunta a santo de qué armarán tanto revuelo sus hijos y sus nietos.

Ahora dirá usted: ah, entonces es una comedia sobre costumbres, un enredo familiar. Ay, sí, pero es mucho más que eso. A esta película se le pueden aplicar muchos apelativos, ese no es el problema. El problema es que todos son ciertos. Si pregunta usted a un filólogo clásico, por ejemplo, le dirá que es un descenso a los infiernos de manual, una catábasis al estilo de Eurípides. Si pregunta a un gen z, por el contrario, le dirá que es un texto adelantadísimo a su tiempo, algo prácticamente antiboomer y antipatriarcal. A un reseñista de cine español mejor ni le pregunte: se arriesga a que le entone la letanía de referencias e influencias que ha sembrado en el cine de su país: Volver, El milagro de P. Tinto, Paquita Salas… Todas le deben algo a Esperando la carroza, pese a que la propia película siga siendo muy desconocida en España. Los argentinos la consideran obra cumbre de un género local, el grotesco criollo, y se ufanan de sus hechuras cien por cien argentinas, pero hasta eso comporta una paradoja. Esperando la carroza es una adaptación cinematográfica de una obra teatral de 1962, y esa obra teatral no es argentina, sino uruguaya. 

Esperando la carroza es muchas cosas a la vez, pero quizá no deba extrañar tanto. Jacobo Langsner, que escribió el libreto de la función y el guion cinematográfico posterior, fue rumano de nacimiento, uruguayo por nacionalización, argentino por elección y español durante su exilio. También era progresista y judío. El autor no suele ser la persona más cualificada para diseccionar su propia obra, pero con este haremos una excepción. «El punto esencial de lo que escribo —dijo él— se apoya en la hipocresía de la clase media a la que pertenezco». Así son sus personajes, en efecto. Por encima de todo, unos grandísimos hipócritas. Llevan una vida fundamentalmente verbal, donde existe lo que se proclama y lo que no se dice no existe. Solo tienen una patria, y su patria, por más que ellos digan, no tiene que ver con el suelo ni la bandera; es una clase social. Todo lo demás —el machismo, la aporofobia, la gerontofobia, el racismo, la intolerancia religiosa— es su auténtica bandera. No son así, nos dice Langsner, verdaderamente no lo son, pero es así como se comportan y para el caso es lo mismo, porque infligen igualmente el daño. La lección que imparte se parece, en cierto modo, a la que imparte Hannah Arendt. Salvando las distancias, él también nos está hablando sobre la banalidad del mal.  

En el fondo, Langsner quiere a sus personajes. Seguramente por eso Esperando la carroza remontó el vuelo tras un estreno con pocos vítores y se acabó convirtiendo en una película de culto, en una fábula universal. Hacía falta. Cuando uno cuenta esta historia con dramatismo, lo que sale es La casa de Bernarda Alba; cuando uno la cuenta con solemnidad, lo que sale es Cien años de soledad; pero este mismo cuento no se había contado con sentido del humor hasta que lo hizo Jacobo Langsner. El pecado de los Musicardi, a fin de cuentas, es creer la mentira fundamental que da cuerda al mundo, esa que nos creemos también usted y yo. Creen que ocupan un peldaño en una pirámide social y no ven la realidad: que son, más bien, el eslabón de una cadena trófica. Que el de arriba se come al de abajo y el de abajo se come al que tiene por debajo de él y que las formas de estar abajo son muchísimas: ser más pobre, ser más viejo, ser mujer. Por eso los hijos y las nueras de Mamá Cora creyeron que se había tirado a las vías del tren, y eso que solo había ido a casa de la vecina. Tan abajo estaba que se tiró, claro, normal, qué otra cosa se puede hacer cuando uno es pobre, es viejo y es mujer. Ya lo dijo doña Elisa, la vecina de la Elvira, la madre de la Pocha, la amiga de Matildita: «Si el infierno existe, debe estar tapizado de hijos».


Cómo construir Constantinoplas: sobre las ciudades artificiales de Arabia Saudí

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Arabia Saudí, 2020. Fotografía: Getty.

El proyecto fue anunciado por Dileita Mohamed Dileita, el primer ministro de Yibuti, en un evento que reunió delegaciones diplomáticas de diecinueve naciones asiáticas y africanas. El puente tendría 29 kilómetros de largo y cruzaría el estrecho de Bab el Mandeb, allí donde Asia y África se lanzan dos brazos de tierra la una a la otra pero no consiguen tocarse, solo rozarse y desmigajarse en unas cuantas islas desperdigadas por el mar Rojo. Se llamaría «Jisr al-Qarn al-ʾIfriqiyy», el Puente del Cuerno de África, y permitiría la circulación de cien mil vehículos al día y cincuenta mil personas en tren, entre otras muchas cantidades portentosas. Los papeles estaban firmados, la financiación estaba asegurada y los promotores saudíes se encontraban allí aquel día, en el lujoso salón de conferencias del hotel Kempinski de la capital, posando para las fotos junto al primer ministro yibutí y paseando entre las maquetas del proyecto como Gulliver entre los liliputienses. 

Era el 30 de julio de 2008. El Puente de los Cuernos, como se acabó conociendo en español, estaría acabado en el año 2020 y entonces empezaría la segunda fase del proyecto, que era la verdaderamente colosal. La obra se trasladaría a los dos extremos del viaducto, en el Yemen y en Yibuti, donde hoy solamente hay desierto, y allí se levantarían dos ciudades gemelas, tan gemelas que solo tendrían un nombre: Medinat an-Noor, la Ciudad de la Luz. Mitad de Yibuti, mitad del Yemen, verdaderamente saudí. Para entendernos: una nueva Constantinopla. Tendría siete millones de habitantes, o eso dijeron aquel día. Dos y medio en el lado africano y cuatro y medio en el asiático1. Tendría dos distritos financieros, los mayores de África y Asia respectivamente, uno de los mayores puertos comerciales del mundo y sería la primera ciudad de la Tierra autosuficiente energéticamente. También se construiría una maraña de autovías que confluirían desde Doha, Riad y Dubái, las grandes metrópolis de la península arábiga, para ingresar en la ciudad de Al Noor, franquear el Puente de los Cuernos y ramificarse desde allí hacia el interior del continente africano. Lo harían, en principio, hasta Adís Abeba, en Etiopía, y Mogadiscio, en Somalia, pero incluso se dejó caer el nombre de Nairobi, en Kenia, ubicada al sur del ecuador, a mil setecientos kilómetros de distancia. 

Esas serían las venas del nuevo corazón de Oriente. Sus arterias irían por mar. Las ciudades gemelas de Al Noor serían un coloso de Rodas que se apropiaría de la entrada al golfo de Adén, por donde circula una de las rutas marítimas más transitadas del planeta y la principal del mercado energético global. Prácticamente todos los barcos que cruzan el canal de Suez tendrían que pasar antes o después bajo el tramo central del Puente de los Cuernos, por el estrecho corredor de apenas dos kilómetros de ancho que resulta navegable para los buques de carga. Eche mano a un mapa: es la ruta que conecta el Índico y el Mediterráneo, la más directa entre China y Europa y la que siguen los petroleros que parten del golfo Pérsico y surten los mercados europeo y americano. Por aquí pasan diariamente 6,2 millones de barriles de petróleo crudo condensado y refinado y 2,5 millones de barriles de gas natural licuado2. Cada minuto de cada día hay millones de dólares navegando por esta ruta, que precisamente por eso atrae a la mayor concentración de piratas del mundo3.

La idea de levantar dos ciudades gemelas en este lugar fue, y es, de Tarek bin Laden, empresario saudí, socio mayoritario y presidente de Middle East Development LLC y uno de los grandes señores del suelo de Arabia Saudí. Quien no lo conozca, debería. Uno de sus hermanos, Baker bin Laden, es dueño del todopoderoso Saudi Binladin Group, responsable de la construcción de la Torre Yeda, que tendrá un kilómetro de altura y será el edificio más alto del mundo, y de la reconstrucción de los lugares santos de Medina y La Meca. Heredó su participación mayoritaria en este holding de promotoras y constructoras inmobiliarias, el mayor de Oriente Medio, de su padre, muerto en un enigmático accidente de avioneta en 1967, y de su hermano mayor, muerto en un enigmático accidente de avioneta en 19884. Perilla, semblante decidido, setenta y cuatro años y cincuenta y tres hermanos. Uno de ellos derribó dos rascacielos de Nueva York con dos mil setecientas personas dentro. Ese quizá le suene más5.

* * *

El precio del petróleo alcanzó su récord histórico en julio de 2008, el mismo mes exactamente en el que se anunció el proyecto de las ciudades gemelas de Al Noor: 147 dólares el barril de Brent. Llevaba trece meses subiendo de forma ininterrumpida. También el suelo saudí había venido sufriendo unas revalorizaciones espectaculares durante los años precedentes, en torno al 15 % anual en el conjunto del país, y el año anterior se había cerrado con subidas en el precio del suelo que oscilaban entre el 40 y el 90 % en la capital del país, Riad. Las líneas de crédito financiero, por su parte, estaban incluso más descontroladas aquí que en el resto del planeta. En 2008, los mercados financieros saudíes se contaban entre los más robustos de Asia y entre los más rentables del mundo6

En otras palabras: que los magnates saudíes no pecaban de ilusos cuando decían que podrían correr con los gastos de un proyecto como ese, de doscientos mil millones de dólares. La burbuja en los precios del petróleo, que venía hinchándose desde 2004, había convertido las transacciones que fluyen ordinariamente hacia Arabia Saudí en un verdadero torrente de capital y la burbuja inmobiliaria hacía que allí el dinero se multiplicase como por mitosis celular. ¿Al Noor, un sueño? Piénselo mejor. Dubái, su precedente más directo en fondo y forma, se levantó en condiciones económicas bastante menos favorables. Y, como obra, Al Noor era mucho más modesta que el canal de Suez y se iba a completar con medios técnicos muy superiores a los de mediados del siglo XIX

¿Qué pasó, entonces, para que no llegase a ponerse ni un solo ladrillo de las ciudades gemelas o acaso del Puente de los Cuernos, que planeaba construirse primero? ¿Qué pasó para que un proyecto como este, ambicioso pero factible, llamado a redibujar el mapa geopolítico del mundo, se esfumase de un plumazo?

Qué no pasó, esa es la pregunta que debemos hacernos. Lehman Brothers quebró oficialmente el 15 de septiembre de 2008, solo mes y medio después de que se anunciase el proyecto. Aquel no fue el inicio de la Gran Recesión, pero sí fue su gran mazazo. Si en verano de aquel año el petróleo estaba a 147 dólares el barril, en diciembre su precio se había desplomado hasta los 35 dólares. En un país como Arabia Saudí, con un ecosistema de oligarcas tutelado por la monarquía, la clase media no amortiguó el impacto de la crisis económica en la medida en que lo hizo en muchas regiones occidentales; fueron los plutócratas, los mismos que pretendían levantar Al Noor City, quienes vieron su dinero volatilizarse en cuestión de meses. Por aquel entonces el crudo constituía el 90 % de las exportaciones del país y representaba el 70 % de sus ingresos. Es justo decir que aquello fue lo que enfrió en gran medida el proyecto de Al Noor, pero no lo que acabó definitivamente con él.

Desde 2008 hasta hoy Yibuti se ha convertido en el país con la mayor diversidad de bases militares internacionales del mundo. La más antigua es la francesa, que se remonta a los tiempos de la colonia, cuando el país todavía se llamaba Somalia Francesa. Con cerca de cinco mil soldados, es la mayor base militar de Francia en el extranjero. Estados Unidos también tiene una base militar permanente en Yibuti, en su caso la mayor África, desplegada por la administración Bush inmediatamente después de los atentados del 11-S y ampliada por la administración Obama a partir de 2009. Las demás se establecieron después de estas dos y ostentan cada cual su propio récord. China tiene aquí la primera base militar permanente que desplegó fuera de sus fronteras; Japón y Arabia Saudí tienen sus únicas bases militares permanentes en el extranjero; y la base italiana es, junto a la francesa, la que da sustento logístico y a la operación Atalanta, la primera misión militar naval emprendida por la Unión Europea. A estas cinco bases militares hay que sumar un destacamento militar alemán y otro español que también operan permanentemente en Yibuti, y se espera que dentro de unos años se abra una sexta base militar permanente, la de la India. Todo esto en un país que tiene la mitad del tamaño de Dinamarca, que carece de recursos naturales de importancia y cuyo suelo se clasifica íntegramente como desértico y semidesértico. En 2008, cuando solo había dos bases militares en este lugar, edificar Al Noor en este punto quizá hubiera sido factible; hoy, cuando el país es el escenario de una auténtica carrera armamentística entre las principales potencias del mundo, cuesta imaginar que sea posible políticamente7

Por añadidura, muchos de los inversores que tenía la megalópolis de Al Noor hoy están en la cárcel. En noviembre de 2017, el heredero al trono saudí, Mohamed bin Salmán, emprendió una operación relámpago que acabó con el encarcelamiento súbito de más de doscientos príncipes, millonarios, ministros y otros miembros de la élite del país. El pretexto fue la lucha contra la corrupción, aunque pocos cuestionan que el objetivo de la purga fue consolidar su poder y neutralizar a sus contendientes en su futura ascensión al trono, ocupado actualmente por su padre, el rey Salmán, enfermo de alzhéimer8. Uno de los purgados más célebres fue Baker bin Laden, hasta entonces presidente de Saudi Binladin Group, el mayor promotor inmobiliario de Arabia, contratista predilecto de la casa real durante los últimos cincuenta años y responsable de los proyectos más colosales emprendidos en el país en las últimas décadas. Aunque el patrocinador de Al Noor era otro miembro de la familia Bin Laden, Tarek, a través de su propio holding de constructoras, Baker era la conexión de Al Noor con la familia real saudí, que de esta forma escenificó su abandono del proyecto y decretó, por tanto, un anatema sobre él. En su momento muchos se preguntaron por qué el príncipe cortó de raíz un plan como este, que entroncaba directamente con la necesidad de la economía saudí de desligarse de los recursos naturales, en lugar de reformarla o sencillamente apropiarse de ella y acometerla a su gusto. Hoy conocemos la respuesta: al príncipe no le bastaba con eso. Bin Salmán, en realidad, quiere levantar su propia ciudad. Y quiere partir de cero. 

* * *

The Line se presentó sobre un escenario vacío, como si fuera el lanzamiento de un smartphone o una TED Talk. No hubo periodistas ni invitados. El evento, en puridad, ni siquiera se celebró, ya que se trataba de una grabación efectuada con anterioridad, seguramente para evitar celebrar un evento multitudinario en plena expansión de la pandemia de covid-19. Quien se paseó por el escenario con los aires de Steve Jobs fue el mismísimo príncipe saudí, Mohamed bin Salmán, a la postre presidente de la junta directiva de NEOM, el partnership de empresas públicas que pretende levantar ahora una ciudad de la nada al noroeste del reino, donde el país linda con Jordania, Israel y Egipto9. La región asociada a esta ciudad llevará este mismo nombre, NEOM, una contracción del sufijo latino neo y la letra M, la inicial de mostaqbal, que significa futuro en árabe. El vídeo se colgó en YouTube hace poco, el 10 de enero de 2021, seguido de una avalancha bien coordinada de hashtags, páginas web en múltiples idiomas y cuentas y perfiles corporativos en todas las redes sociales. Fue el lanzamiento oficial del proyecto. 

Todo esto es idea suya, del plenipotenciario príncipe saudí. Eso pone en el dosier de prensa que se repartió también aquel día a los periódicos de medio mundo: que «NEOM es una visión de su alteza real el príncipe heredero Mohamed bin Salmán (…) para hacer crecer y diversificar la economía saudí» y que, «aunque NEOM será financiada y dirigida inicialmente por Arabia Saudí, se trata de un proyecto internacional que será encabezado, poblado y financiado por gente de todo el mundo». Se estima que la empresa requerirá una inversión inicial de quinientos mil millones de dólares, más del doble que la ciudad de Al Noor, respaldados inicialmente por el fondo soberano del reino. 

Vamos por partes. NEOM (así, en mayúsculas) será una región de 26 500 kilómetros cuadrados ubicada al noroeste de Arabia Saudí, en las costas del golfo de Áqaba, el que separa la península del Sinaí de la península arábiga. Tendrá un tamaño parecido al de Bélgica, gozará de uno de los climas más benévolos del país y caerá íntegramente dentro de la región saudí que actualmente lleve el nombre de Tabuk. Aunque en la promoción de NEOM se insiste en calificar la zona como un territorio virgen, se trata de una región asociada tradicionalmente al pastoreo que hoy en día acoge los asentamientos de varias tribus nómadas que han abrazado el sedentarismo, como los howeitat10. No se escindirá del reino, pero el príncipe planea conferir a NEOM un marco tributario y laboral propio y un sistema judicial autónomo con el objetivo de atraer la inversión y fomentar un régimen de convivencia fundamentado en el islam moderado, en particular en lo concerniente a la tolerancia de las minorías y los derechos de las mujeres11. Conocemos algunos detalles desde el año 2017, cuando Bin Salmán presidió una conferencia internacional de inversores en Riad para dar a conocer su plan de crear un área administrativa con un estatus legal propio, aunque entonces solo aportó la información a grandes rasgos. «El 70 % de los saudíes tienen menos de treinta años», dijo aquel día. «Honestamente, no vamos a pasar los próximos treinta años de nuestras vidas combatiendo los pensamientos extremistas; los vamos a destruir ahora e inmediatamente. Vamos a volver a seguir lo que seguíamos antes: una visión moderada del islam abierta al mundo y a todas las religiones»12. Solo unos días después de aquello fue cuando el príncipe ordenó los arrestos de la purga.

The Line (porque se llamará así, The Line, en inglés) será la capital de NEOM, aunque cuesta mucho llamarlo ciudad. En realidad, se trata de una línea de abastecimiento subterránea de 177 kilómetros de largo («The Spine») que surcará NEOM de lado a lado y que contendrá vías férreas, viaductos, oleoductos y gasoductos, cables de telecomunicaciones, alcantarillado y un sinfín de servicios más, aunque el proyecto califica todo esto como «transport controlled by IA», transporte controlado por inteligencia artificial, y «next generation freight», transporte de carga de última generación. A lo largo de esa línea de abastecimiento, en la superficie, brotarán pequeñas «comunidades» urbanas sin calles ni coches ni tráfico rodado de ninguna clase, ya que los servicios de la ciudad se prestarán bajo tierra, en un nivel subterráneo intermedio entre The Spine y la superficie. Será «una ciudad con un millón de habitantes y 170 kilómetros de largo, que preservará el 95 % de las áreas naturales en NEOM, con cero automóviles, cero calles y cero emisiones de carbono». Son palabras, de nuevo, del príncipe Mohamed bin Salmán. Podríamos aportar más, pero son todas propaganda.

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En realidad, la información más fiable que tenemos acerca de NEOM se desprende de un informe confidencial de más de dos mil trescientas páginas que llegó a manos de los reporteros de The Wall Street Journal en julio de 201913. En el documento, elaborado por las consultoras estadunidenses Boston Consulting, McKinsey & Co. y Oliver Wyman a instancias de la corona saudí, se precisan las tecnologías con las que Bin Salmán quiere equipar su ciudad del futuro y se revelan parte de los resorts y servicios que NEOM pretende ofrecer a los turistas y a sus habitantes permanentes, idealmente procedentes de todo el mundo. La lista es delirante y tan larga que sería imposible completarla aquí. Entre otras, incluye:

Taxis voladores. En NEOM la conducción por el suelo será una actividad puramente recreativa.

Una universidad de «facultades holográficas» donde los académicos de todo el mundo puedan impartir clase de forma remota, apareciendo allí con la forma de proyecciones holográficas.

Un sistema de «cloud seeding», de siembra aérea, para fertilizar y reforestar el desierto desde el aire.

Asistentes domésticos robóticos. La idea es que en NEOM nadie desempeñe labores domésticas. En el documento también se habla de fomentar competiciones de artes marciales robóticas.

Un resort con dinosaurios robóticos instalado en una isla. Literalmente, un Parque Jurásico.

Una «playa nocturna» en la costa del mar Rojo con arena luminiscente que brilla en la oscuridad.

Una «luna artificial» capaz de moverse con autonomía a lo largo de The Line y de proyectar luz o imágenes a voluntad. Se trataría de una flota de drones con pantallas incorporadas. 

Una red de clínicas y hospitales donde el cuidado médico se delegue en la inteligencia artificial. Los responsables del proyecto también pidieron a las consultoras consejo para poner en marcha, a la larga, un sistema de edición genética que permita alterar la constitución de los seres humanos. 

La idea es que The Line, una ciudad de 177 kilómetros de largo —o una miríada de ciudades pequeñísimas a lo largo de 177 kilómetros, que quizá sea una forma más acertada de definirlo— se consagre por tramos a distintas actividades. Uno será un hub tecnológico al estilo de Silicon Valley; otro pretende rivalizar con la Costa Azul francesa para atraer el turismo residencial de clase alta; otro será el nuevo Wall Street, la nueva capital financiera mundial; otro será como Singapur, una nueva capital global del comercio; etcétera. El extremo occidental de The Line alcanzará la costa del mar Rojo y continuará, primero como puente y luego como un nuevo tramo de la ciudad, en Egipto, al otro lado del mar Rojo, adquiriendo entonces su estatus transnacional14. ¿Y después? En Arabia Saudí no descartan nada. ¿Atravesar la península del Sinaí? Quizá. ¿Cruzar el mar de nuevo, ahora sobre el golfo de Suez? Quizá. ¿Llegar hasta la ribera del Nilo? ¿Por qué no? 

Y ahí, por supuesto, es donde todo este delirio de lunas artificiales, ecología de ciencia ficción y seres humanos mejorados genéticamente aterriza finalmente en el suelo. El verdadero objetivo de The Line, como el de Al Noor antes que ella, es mucho más mundano: controlar el tráfico marítimo que va y viene del canal de Suez, conectar África y Asia con un puente y levantar la tan deseada barrera física entre ambas costas del mar Rojo. Es el segundo intento y es, debe decirse, más factible que el primero. Precisa un puente más corto que se tendería, además, entre el propio suelo saudí y el territorio de Egipto, un socio fiable que, a diferencia del Yemen o Yibuti, está en condiciones de hacer suyo parte del proyecto, correr con parte de los gastos y ejercer como puerta de entrada de los intereses occidentales, que cuentan a Egipto entre sus destinos turísticos predilectos. Si dejamos de lado la energía cien por cien renovable, las tecnologías de ciencia ficción que sencillamente no existen y todas las otras fruslerías con las que se pretende disimular la auténtica naturaleza del proyecto, lo que queda es una empresa plausible: conectar el interior de Arabia Saudí con África, tomar un control mayor de la ruta marítima que cruza el mar Rojo y quizá, con el tiempo, llegar a conectar The Line con el Nilo en línea recta o trazar una curva en algún punto y hacerlo más al norte, cerca ya de El Cairo y del delta perfectamente navegable que lleva hasta el Mediterráneo. A fin de cuentas, no se trata de construir verdaderamente una ciudad; se trata de construir una línea de abastecimiento y llamar a eso ciudad. De nuevo, eche mano de un mapa. Llegados a ese punto, Arabia Saudí ni siquiera necesitaría ya controlar Suez. Habría puenteado la ruta metafórica y literal, y gozaría, gracias a Egipto, de un acceso directo al Mediterráneo. 

¿Llegaremos a verlo algún día? Probablemente no, desde luego no en el curso de nuestra generación. Dentro del reino el proyecto tiene mucha contestación por parte de los sectores más conservadores, entre ellos muchos miembros de la casa de Saúd, un linaje multitudinario que no solo produce reyes, príncipes y ministros; también muchos de los clérigos más poderosos del reino. Fuera son las organizaciones en defensa de los derechos humanos las que denuncian que, nada más comenzar a trabajar en la región de Taruk, el gobierno está cometiendo auténticas tropelías contra las minorías étnicas de la zona y arrestando a activistas saudíes de forma sistemática, lo que agita también la animadversión de los sectores progresistas, en cuyo nombre dice actuar el príncipe Bin Salmán. El proyecto contaba con un panel de asesores internacionales de renombre, pero muchos —entre ellos Norman Foster y Carlo Ratti— se descolgaron después del asesinato y descuartizamiento del periodista Yamal Khashoggi en octubre de 2018, por el que Bin Salmán ha asumido la responsabilidad, aunque niega haberlo ordenado personalmente. Israel, mientras tanto, no pierde ojo de lo que ocurre en su única salida al océano Índico y al sur del mar Rojo, en Yibuti, la carrera armamentística tampoco tiene visos de detenerse. Quizá lo más determinante sea esto: fue una crisis económica, la de 2008, la que hirió de muerte Al Noor, la anterior ciudad. Y el lanzamiento de NEOM y su megalópolis lunática ha coincidido con el estallido de otra crisis económica, la desatada por la pandemia de covid-19, que muchos anticipan que será todavía peor. Cuesta mucho imaginar que en 2025, cuando la corona prevé inaugurar el primer tramo de The Line, haya acaso algo con aspecto de verdadera ciudad a la que poder acudir a cortar una cinta roja. Aunque eso, por supuesto, solo el tiempo lo dirá.


Notas

(1) En 2008 Yibuti apenas rebasaba los ochocientos mil habitantes. Si la ciudad se hubiese construido y todos ellos se hubiesen mudado a ella, no alcanzarían a completar siquiera un tercio de su capacidad.

(2) Ana Aguilera, «El estrecho de Bab el-Mandeb: consideraciones geopolíticas del estratégico cuello de botella» (Instituto Español de Estudios Estratégicos, 2020).

(3) Aunque los más conocidos en Occidente son los piratas somalíes que operan en el golfo de Adén, en la misma región marítima que dominaría Al Noor, esta misma ruta atrae criminales a lo largo de todo el Índico, principalmente en el mar de la China Meridional y en el estrecho de Malaca.

(4) La muerte de Mohamed bin Laden en 1967 en un accidente de avioneta y la de Salem bin Laden en 1988 en una aeronave ultraligera ni siquiera son las últimas. En 2017 murieron tres miembros más de la familia, de nuevo en un accidente aéreo, esta vez en un jet privado. Todos los casos han llamado la atención por las circunstancias extraordinarias en que tuvieron lugar los sucesos, pero, de momento, todos se han catalogado como accidentes.

(5) Osama bin Laden, fundador y primer líder de Al Qaeda, fue uno de los hijos más jóvenes del magnate Mohamed bin Laden, que tuvo cincuenta y cuatro en total. El patriarca de la familia, su hermano mayor Baker bin Laden, lo desheredó y renegó de él en 1994, cuando Arabia Saudí confiscó su pasaporte y emitió una orden de detención en su nombre.

(6) Alejandro Erb, «La nueva era dorada de Arabia Saudita» (Palermo Business Review, 1, 2008).

(7) Huelga decir que frente a las costas de Yibuti, en el Yemen, donde Al Noor tendría su ribera mayor y más poblada, se libra actualmente una guerra civil que estalló en el año 2015 y que no tiene visos de acabar.

(8) En Arabia Saudí el monarca nombra y destituye a voluntad a su príncipe heredero. Cuando el rey Salmán ascendió al trono en 2015 nombró como heredero a su sobrino Mohamed bin Nayef, pero este fue destituido como tal en junio de 2017 y sustituido por el cuarto hijo del monarca, Mohamed bin Salmán, que decretó la purga unos cuantos meses después de aquello. Aunque Bin Nayef resistió, acabó detenido y encarcelado en marzo de 2020 junto a otros miembros de la casa de Saúd, entre ellos el hermano mayor del heredero, acusados todos de alta traición. La casa de Saúd, la familia real saudí, cuenta a todos los descendientes del fundador de la nación, Mohamed bin Saúd I, y tiene ya cerca de doscientos miembros.

(9) Al noroeste, Arabia Saudí solo comparte frontera con Jordania, pero los territorios de Israel y Egipto están a quince kilómetros aproximadamente cada uno.

(10) Los howeitat son una tribu de origen transjordano asentada en Jordania, Arabia Saudí, los territorios palestinos y la península del Sinaí, en Egipto. En octubre de 2020 más de veinte mil personas de esta tribu y otras minoritarias del extremo noroeste de Arabia Saudí ya habían recibido órdenes de desahucio y reubicación en otros puntos del país. Las protestas subsecuentes se saldaron con arrestos generalizados por parte de las autoridades saudíes y la elevación de una protesta a las Naciones Unidas en nombre del pueblo howeitat, que denuncia la violación sistemática de los derechos humanos en la región desde que comenzaron los trabajos asociados al establecimiento de la futura NEOM. Más: Ewan Morgan, «Al-Huwaitat Tribe Seeks UN Help to Stop Saudi Forced Displacement» (Al Jazeera, 9 de octubre de 2020).

(11) En Arabia Saudí las mujeres no pueden viajar, obtener pasaportes, firmar contratos o casarse y divorciarse, entre muchos otros particulares, sin el consentimiento de un varón. Hasta 2018, Arabia Saudí era el único país en el mundo donde las mujeres tenían prohibido conducir vehículos a motor. Desde su ascenso al poder, el príncipe Bin Salmán ha flexibilizado algunas de las leyes más restrictivas para las mujeres y habla abiertamente de una agenda para devolver el país al islam moderado a medio plazo, pero fuera del país muchos lo entienden como una estrategia para atraer la inversión internacional. El wahabismo, una tradición islámica suní caracterizada por su rigor en la aplicación de la sharía, tiene su epicentro en Arabia Saudí y mantiene una relación simbiótica con la casa de Saúd, a la que pertenece la familia real saudí, que patrocina el wahabismo desde su aparición en el siglo XVIII.

(12) Rick Noack, «Saudi Arabia Wants to Return to ‘Moderate Islam’. Skeptics Say it’s a Marketing Ploy» (The Washington Post, 25 de octubre de 2017).

(13) Justin Scheck, Rory Jones y Summer Said, «A Prince’s $500 Billion Desert Dream: Flying Cars, Robot Dinosaurs and a Giant Artificial Moon» (The Wall Street Journal, 25 de julio de 2019).

(14) Según el acuerdo preliminar firmado en 2016 entre Egipto y Arabia Saudí para facilitar las licitaciones del proyecto del puente, también las islas Tirán y Sanafir, muy próximas al extremo costero de The Line, volverán a estar bajo control de la corona saudí. Las islas pertenecen a Arabia Saudí, pero están arrendadas a Egipto. El control de estas islas y del estrecho que guardan estuvo entre las causas que desataron la guerra de los Seis Días en junio de 1967. Si el puente llega a construirse y The Line acaba tendiéndose sobre el mar, como pretende Arabia Saudí, lo hará sobre la única salida marítima que tiene Israel al golfo de Áqaba, y por tanto al mar Rojo y al océano Índico.


Atlas de «El atlas de las nubes»

El atlas de las nubes
El atlas de las nubes, 2012. Fotografía: Warner Bros.

Este artículo consta de seis epígrafes: «1968», «2004», «2011», «2043» y «2114». Cada uno, a su vez, está dividido en una primera parte y una segunda parte. El lector puede leer seguido, si lo desea, la primera y la segunda parte de cada epígrafe, pero nuestra recomendación es seguir el orden que tienen en el texto: primero todas las primeras mitades en sentido pasado-futuro y luego todas las segundas mitades en sentido futuro-pasado. 

1968 (primera parte)

2001: Una odisea del espacio se estrenó en Nueva York el 3 de abril de 1968. Según su protagonista, Keir Dullea, cerca de doscientas cincuenta personas se levantaron de sus butacas durante la premier de la película y abandonaron la sala antes de que acabara la proyección. La acogida no fue mejor en los demás preestrenos que se celebraron en las principales capitales de Estados Unidos. En la de Los Ángeles, atiborrada de estrellas de Hollywood, se recuerda particularmente la reacción de Rock Hudson, que entonces contaba cuarenta y tres años y estaba en lo mejor de su carrera. «¿Pero qué mierda es esta?», se preguntó, y acto seguido se marchó de la sala haciendo aspavientos. 

La Metro-Goldwyn-Mayer hizo que Stanley Kubrick recortara apresuradamente diecinueve minutos de la película antes de su lanzamiento comercial generalizado, que tuvo lugar pocos días después de aquello. No ayudó en nada. 2001: Una odisea del espacio tuvo algunas críticas buenas (no de los grandes medios, no de las primeras firmas, pero alguna hubo por ahí) y un par de elogios rendidos, pero la mayoría de los críticos la calificaron como fracaso. Parecía saltar del lenguaje figurativo al naturalista, tenía tramos puramente líricos y luego estaba, por supuesto, el asunto de los monolitos. ¿Qué eran esos monolitos? ¿Metáforas luditas, acaso? ¿El superhombre de Nietzsche? ¿Representaban a Dios? La película cerraba sin aportar ninguna explicación. Peor todavía: cerraba con la imagen de un feto humano flotando en el espacio con Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, como música de fondo. 

Los más indulgentes la llamaron abstracta, hermética o experimentalista, celebraron su ambición y su factura técnica, pero al final la acabaron rechazando por lunática e inaccesible. Los menos indulgentes dijeron que era tonta y hueca de contenido, sin más. Pauline Kael dijo de ella en The New Yorker que era una película «con una monumental falta de imaginación»; Renata Adler la calificó en The New York Times como «inmensamente aburrida»; y Arthur Meier Schlesinger Jr. dijo que era «moralmente pretenciosa, intelectualmente oscura y desmesuradamente larga». El consenso estaba claro: el emperador estaba desnudo. Aplaudir 2001 era algo propio de pedantes, sicofantes y obtusos.

2004 (primera parte)

El atlas de las nubes es la tercera novela de David Mitchell y la que le catapultó al estrellato literario. Tenía treinta y cinco años cuando la publicó en 2004. Es una historia formada por seis historias. La primera tiene lugar en las Islas Chatham y el Pacífico en 1849; la segunda, en Bélgica en 1936; la tercera, en Buenas Yerbas (un trasunto de San Francisco) en 1973; la cuarta, en Londres en 2012; la quinta, en Seúl en el año 2144; y la sexta, en Hawái en el año 2321. 

A su vez, cada una de esas historias tiene un tono singular y pertenece a un género literario distinto. La primera (la de 1849) es un diario, un descenso a los infiernos en primera persona al estilo de las grandes tragedias decimonónicas; la segunda (la de 1936) es un intercambio epistolar cercano a la literatura romántica; la tercera (la de 1973) es una novela breve detectivesca y de suspense al estilo de la literatura pulp; la cuarta (la de 2012) es un cuento breve cómico con aires de tratamiento cinematográfico; la quinta (la de 2144) es la transcripción de una entrevista y una pieza de ciencia ficción distópica; y la sexta (la de 2321) es la transcripción de una narración oral contada en un hipotético dialecto posapocalíptico del inglés. 

2011 (primera parte)

El equipo de rodaje de El atlas de las nubes llegó a Mallorca durante el otoño de 2011. Los actores se hospedaron en el hotel Barceló Formentor y algunas de las secuencias de la película se rodaron en sus inmediaciones. Otras de las localizaciones fueron Cala Tuent, Sa Calobra, Puerto de Sóller y diversos puntos de la sierra de Tramontana. El reparto contaba con estrellas de Hollywood tan lustrosas como Tom Hanks, Halle Berry, Susan Sarandon y Hugh Grant, por citar solo unos cuantos. Las fotografías de los paparazzi no tardaron en llegar a internet. 

La película no existía todavía, pero ya contaba con un ejército de detractores. Venía sumando adeptos desde que se había anunciado, cerca de un año antes, que Tom Tykwer y las hermanas Lili y Lana Wachowski se proponían llevar a la pantalla El atlas de las nubes. Se reunían en Twitter, besaban la estampita de san David Mitchell y coreaban juntos la palabra mágica: «inadaptable». Y aportaban como prueba la que se considera irrebatible en estos casos: que la historia es consustancialmente literaria. Seis historias, cada una en una época y un lugar, que además pertenecen a seis géneros literarios distintos: ¡es imposible! Por no hablar de la logística cinematográfica. La narración comprende un periodo de varios siglos, todas las historias menos una son históricas y futuristas y la suma de personajes es demencial: solo los protagonistas no bajan de las tres decenas. 

Y entonces ocurrió: Halle Berry fue fotografiada en Mallorca vestida con el atuendo propio de Meronym, uno de los personajes principales de la historia posapocalíptica, la que tiene lugar en Hawái en el año 2321. Y, sin embargo, se habían publicado ya unas fotos suyas, tomadas solo unas semanas antes en Alemania, en las que aparecía ataviada como Luisa Rey, la protagonista de la historia de 1973. Acabáramos: mismo actor, distintos personajes. Eso harían con todos: el mismo elenco de intérpretes encarnaría a todos los personajes de cada época, al menos seis cada uno. Como si fuesen descendientes unos de otros o algo así. En la iglesia mitchelliana la noticia corrió como el anuncio de una blasfemia. ¿No tienen suficiente Tykwer y las Wachowski con querer adaptar lo inadaptable?, bramaron entonces sus profetas. ¿No se contentan con tocar lo intocable, con mancillar la palabra revelada? ¿Pretenden, además, cambiarla? ¡Herejía! 

2043 (primera parte)

Relojes de hueso, publicada en 2014, es la sexta novela de David Mitchell y su segunda «gran novela». Para algunos su magna obra sigue siendo el Atlas; para otros, la insuperable es Relojes. Relojes de hueso sigue la historia de una protagonista, Holly Sykes, en seis momentos de su vida, desde que es una muchacha en 1984 en Gravesend (Reino Unido), hasta que es una anciana en el condado de Cork, en Irlanda, en el año 2043.

Si ha leído usted la novela no hará falta que se lo diga: Relojes de hueso deja muchísimo frío en el tuétano. El último tramo de la novela no tiene lugar en el futuro remoto, solamente es el año 2043, pero el mundo que usted y yo conocemos se está desmoronando con rapidez. No entraremos en detalles, baste con decir que la historia no es plausible pese a estar ambientada tan pronto, sino que la historia es plausible precisamente porque está ambientada en esas fechas tan cercanas. Al final de Relojes de hueso, en realidad, uno se pregunta cómo es posible que el mundo no se haya acabado ya. 

Muchos libros y películas retratan el fin del mundo, pero pocos lo hacen con la precisión de Relojes de hueso. Mejor dicho: pocos retratan con esa precisión el final de la civilización. Y quizá sea porque Mitchell tiene muy presente la diferencia entre una cosa y la otra. El final del mundo es un tema literario, es un tópico narrativo, es prácticamente un subgénero de la ciencia ficción (uno que él mismo practica en El atlas de las nubes); el final de la civilización, por el contrario, es algo que ocurre en la realidad y que lo hace con frecuencia e inexorabilidad. Ha ocurrido muchas veces y volverá a ocurrir otras tantas más. Y decirse que uno tendrá la suerte de no asistir al final de la propia es, bueno, eso mismo: encomendarse a la suerte. También hubo quien lo hizo en los últimos días de Roma, durante el sitio de Constantinopla y cuando fue destronado el último emperador del Tahuantinsuyo. Desde el Creciente Fértil, todos queremos lo mismo: que nuestra nación y nuestro sistema de pensamiento nos sobrevivan, que no seamos nosotros quienes asistamos a su penoso desmoronamiento. La mayoría lo conseguimos, pero todos no. 

2114 (primera parte)

David Mitchell completó From Me Flows What You Call Time a la una de la madrugada del 24 de mayo de 2016. Luego lo imprimió, se fue a dormir y por la mañana cogió un avión con destino a Oslo. Le entregó el manuscrito en mano a la artista escocesa Katie Paterson, creadora de la Future Library, en una ceremonia sencillita que tuvo lugar en el bosque Nordmarka, a las afueras de la capital noruega. Las páginas, sin grapar ni encuadernar, iban dentro de una caja de madera de nogal que Mitchell había encargado fabricar para la ocasión. El escritor dirigió después unas palabras a los presentes y reveló que la novela tenía noventa páginas. Después tomó un avión y regresó a su casa en el condado de Cork, en Irlanda.

Eso es todo cuanto sabemos sobre From Me Flows What You Call Time. Ni usted ni sus hijos y seguramente tampoco sus nietos llegarán a leerla jamás. Nadie podrá hacerlo hasta 2114, dentro de noventa y cinco años exactamente. El manuscrito estará hasta entonces en una pequeña estancia que tiene aspecto como de cueva, aunque está forrada de madera, ubicada en la última planta de la biblioteca Deichman, la biblioteca pública de Oslo. La llaman la «silent room». Desde 2014, todos los años se deposita en ella un nuevo manuscrito1. La primera en hacerlo fue Margaret Atwood; el suyo se titula, por lo visto, Scribbler Moon. El segundo fue Mitchell con From Me Flows What You Call Time, y desde entonces lo han hecho también el islandés Sjón, la británico-turca Elif Shafak y la coreana Han Kang, por este orden. En total serán cien autores los que nutran este regalo para nuestros tataranietos y buena parte de ellos no ha nacido todavía. El comité que propone las firmas de Future Library, eso sí, se marca como objetivo que sean voces laureadas en su generación y que en la selección final no haya sesgos raciales y de género. Se da por sentado que en el futuro algo así será inaceptable. Eso es precisamente lo que celebra David Mitchell acerca de un proyecto tan extravagante como este. Es, dice, «un voto de confianza en la civilización».

El atlas de las nubes
El atlas de las nubes, 2012. Fotografía: Warner Bros.

2114 (segunda parte)

From Me Flows What You Call Time no es solamente el título de una novela de David Mitchell; también es el título de una pieza sinfónica del compositor japonés Tōru Takemitsu. Es una de las más aplaudidas de su repertorio y tiene de singular que confiere el protagonismo a los percusionistas. El propio Mitchell confesó aquel día, cuando entregó su manuscrito a los custodios de Future Library, que lo había titulado así para homenajear a Takemitsu, pero eso no es verdad. O no lo es del todo.

Escuche esto: From Me Flows What You Call Time existía ya antes de Takemitsu, aunque no como título sino como estrofa de un poema. Son unos versos del japonés Makoto Ōoka en una pieza titulada «Clear Blue Water» (no existe una traducción al castellano de esta pieza, solamente al inglés). El poema dice así:

Summer trip to Switzerland:

in our bellies, sausages

eaten on the Zermatt terrace,

foot of the Matterhorn,

slowly turns into

heat: 1000 calories each.

As we climb up and up

the Furka Pass, my eyes

suddenly are perforated

by a billion particles

of heavenly blue:

across the valley a giant

mountain rampart:

The Glacier.

Swinging up its snow-

crowned sky-blue fist,

that ancient water spirit

shouts:

From me

flows

what you

call Time.

Down from that colossal

mass of shining ice

flows the majestic

River Rhone.

Una de las escenas más importantes de Relojes de hueso tiene lugar exactamente en ese enclave que describe el poema de Ōoka: en el cantón suizo del Valais, después de cruzar el puerto de Furka en sentido norte, junto a un glaciar ubicado en las inmediaciones de Oberwald, en el valle del Ródano, en las mismas faldas del Sildelhorn. Allí es donde Hugo Lamb es reclutado por parte de los anacoretas. A los pies de aquel glaciar está la entrada a lo que llaman «la capilla del Crepúsculo», que casi puede calificarse como el epicentro de la mitología de los libros de David Mitchell. Ocurre al final de «Yo traigo mirra, su perfume amargo», el segundo episodio de Relojes de hueso. Página 240 en la edición en castellano de Random House. 

Curiosamente (o no tanto), Mitchell recurre a otros puntos de referencia, otras montañas y otros municipios distintos de aquellos a los que alude Ōoka en su poema, para ubicar la acción indudablemente en el mismo lugar. Parece que no quería que nadie rastrease la conexión, o que lo hiciesen solo sus exégetas más dedicados. En todo caso, que no se hiciese fácilmente. 

2043 (segunda parte)

Pese a su éxito comercial, lo cierto es que Relojes de hueso deja muchas preguntas en el aire. ¿Por qué razón cae la civilización occidental? ¿Cómo logra Islandia sobrevivir al cataclismo? ¿Cuál es el origen primordial de los horologistas, la facción enfrentada a los anacoretas?

Nuestra apuesta: ni usted ni yo llegaremos a leer jamás la historia germinal de todas las historias de David Mitchell. No sabremos nunca con precisión cómo y dónde comenzó la guerra entre anacoretas y horologistas y en qué punto exacto, ni por qué, la realidad crujió y se quebró como un glaciar y permitió que sucediera lo inconcebible. No es que Mitchell no vaya a escribir ese libro; es que lo ha escrito ya. Esta Tierra Media ya tiene su Silmarillion, pero se titula From Me Flows What You Call Time y nadie lo leerá hasta dentro de cien años. Para entonces Mitchell estará muerto y su producción literaria habrá acabado mucho tiempo antes. En este mundo ficcional, el Big Bang ocurrirá no al principio de la creación, sino al final.

«Un voto de confianza en la civilización», dijo Mitchell cuando entregó el manuscrito a los responsables de Future Library. Vaya si lo es. En su mundo de ficción la civilización occidental cae en 2043, tal y como la retrata el último tramo de Relojes de hueso; pero From Me Flows What You Call Time podrá leerse solamente setenta años más tarde, en 2114. Para eso, por supuesto, hace falta que la ficción no se convierta en realidad, que su pesimismo sea infundado y que la biblioteca pública de Oslo siga en el mismo lugar dentro de una centuria. Solo si es así nuestros bisnietos tendrán acceso a la capilla de la Oscuridad y sabrán qué se esconde en las entrañas gélidas de aquel glaciar. Solo si el mundo real no se acaba sabrán por qué se acabó aquel mundo ficcional.

2011 (segunda parte)

El atlas de las nubes, la película, pasó por los cines sin pena ni gloria. Se celebró mucho, eso sí, aquello que tenía de distinto respecto a la novela: la trasposición de los personajes a través del tiempo. Halle Berry llegó a interpretar a una mujer africana, una mujer judía europea, una mujer hispanoamericana y un hombre asiático anciano; Hugo Weaving interpretó a dos hombres blancos, uno asiático, una mujer blanca y un fantasma; etcétera. La crítica, en general, vino a decir esto: el tour de force interpretativo, muy logrado; lo demás, pichí pichá. Muchos la rechazaron de pleno y la acusaron de hacer malabares con la formalidad para ocultar la ausencia de un mensaje de fondo, una lección final o acaso un chimpún suficientemente contundente. La proposición del principio, vinieron a decir muchas críticas coincidentes, era indistinguible de su conclusión: las almas están vinculadas entre sí a través del tiempo o algo así. ¿Y? Y nada más. Era un viaje a ningún lugar.

Para los lectores de David Mitchell, sin embargo, la experiencia fue distinta. Mitchell lo admitió primero con la boca pequeña en entrevistas sueltas por aquí y por allá, pero al final se rindió a la insistencia de los periodistas y ante la mismísima evidencia: sí, El atlas de las nubes, Relojes de hueso y todos sus libros tienen lugar en un único universo ficcional. Muchos personajes de unas novelas reaparecen en otras, incluyendo un enigmático gato gris que asoma en casi todas. La verdadera estructura que cohesiona el universo de Mitchell, sin embargo, no son los personajes; es la constelación de publicaciones de ficción que menciona en sus novelas. Algunos de esos libros son reales, otros solo son ficticios y otros empiezan siendo ficticios y acaban siendo reales. 

No nos mataremos con los adjetivos, tendrá que perdonarnos. Es imposible, verdaderamente imposible, describir con palabras la pirotecnia de intertextualidad que desarrolla Mitchell en su gran übernovela. Es algo inútil por principio, como describir verbalmente un juego de espejos. Como remedio, hemos preparado la infografía que acompaña a estas mismas letras. 

Eso lo dijo Borges, otro aficionado a crear mundos con espejos: el universo es una biblioteca. Y en la biblioteca-universo de Mitchell los volúmenes adquieren formas distintas en las distintas épocas: en unas son novelas y en las otras, quizá, adaptaciones cinematográficas de esas novelas. Hay también música e incluso una ópera. Y desde 2011, también una película de El atlas de las nubes. ¿Quiere usted conocer lo prodigioso, la verdadera pirueta, lo que tendrá que convencerle del sumo enrarecimiento del universo mitchelliano? Que un personaje de la novela, publicada en 2004, mencionaba ya aquella misma película que solo llegó a existir en 2011. Lo hacía un clon, Somni-451, protagonista de la historia ambientada en el año 2144, solo treinta años después de que se publique From Me Flows What You Call Time. Aquella película, según cuenta en la novela, era «una obra realizada antes de la fundación de Nea So Copros, en una provincia ya extinta de la malograda Europa democrática». Era también, dijo, «una de las mejores películas de la historia de la humanidad».

El atlas de las nubes
(Clic para ampliar).

2004 (segunda parte)

Pero la verdadera singularidad de El atlas de las nubes no radica en la extensión cronológica que abarcaba su historia ni en su diversidad de tonos y géneros. Su verdadera singularidad tiene que ver con su estructura narrativa. 

Las seis historias aparecen cronológicamente, pero progresan solamente hasta la mitad. Primero leeremos la primera mitad de la primera historia, luego la primera mitad de la segunda historia, luego la primera mitad de la tercera historia, etcétera. Y solo al llegar a la sexta y última leeremos la historia completa. Luego leeremos la segunda mitad de la quinta historia, luego la segunda mitad de la cuarta, etcétera. La historia, de este modo, empieza en 1849, progresa hasta 2321 y luego retrocede atrás en el tiempo, deshaciendo el camino andado, hasta regresar a 1849. La primera historia es también la última; todas las demás son sus consecuencias reverberando a través del tiempo. 

1968 (segunda parte)

Sin embargo, la vida de 2001: Una odisea del espacio no había terminado. De hecho, acababa de comenzar.

La novela 2001: Una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke, se publicó solo unos meses después del estreno de la película, cuando aquella todavía se pasaba en muchas salas de cine de Estados Unidos. Para sorpresa de muchos, el libro era un relato desprovisto de metáforas y figuración: contaba la misma historia que la película, esta vez con literalidad. Y no era su novelización, del mismo modo que la película no era tampoco una adaptación cinematográfica del texto. En realidad, Kubrick y Clarke habían ideado la historia juntos, partiendo de varios cuentos breves de Clarke afinados con algunas ideas de Kubrick, y finalmente la plasmaron uno como película y otro como novela. También los tonos se repartieron salomónicamente: Kubrick hizo casi exclusivamente lirismo, Clarke hizo casi exclusivamente naturalismo.

Símbolos, ninguno; metáforas, ni el rastro. El monolito de 2001 es un artefacto con el que una inteligencia superior de origen extraterrestre monitoriza el desarrollo de la inteligencia humana. En la primera parte de la historia (ambientada en el pasado, tres millones de años atrás) esta entidad selecciona a los seres humanos de entre todas las criaturas de la Tierra para conferirles inteligencia y convertirlos en la especie dominante en el planeta, operación que acomete con uno de esos monolitos. Luego deja otro de esos artefactos enterrado en la Luna y abandona el Sistema Solar. En la segunda parte de la historia (ambientada en el futuro, en el año 2001) la humanidad ha experimentado progreso técnico suficiente como para llegar a la Luna y descubrir el segundo monolito, momento en el cual aquel se activa y envía una señal de alerta: la humanidad ya conoce los viajes espaciales y está lista para establecer contacto e ingresar en la sociedad de criaturas inteligentes del universo. En la tercera parte de la historia un tercer monolito aparece en el espacio y un ser humano lo emplea para acometer físicamente un viaje interestelar; y en el epílogo final este ser humano es devuelto a las inmediaciones de la Tierra, ahora con la forma de un ser superior que trasciende las limitaciones de la biología.  

Solo después de publicarse la novela, donde todo se explica con claridad y exactitud, la película empezó a ser vista con otros ojos. No era, ni mucho menos, la traca de manierismo hueco que muchos habían dicho; era una experiencia narrativa singular, una que comportaba varios medios. Para comprender la película era preciso leer el libro y sin leerlo resultaba no complicado, sino imposible. Y la misma realidad completaría la experiencia, pues 2001 solo sería trascendente cuando la humanidad lograse caminar sobre la Luna. Aquello ocurrió muy poco después, en 1969, solo unos meses después del lanzamiento del libro y apenas un año más tarde que el estreno de la película. Solo entonces 2001: Una odisea del espacio comenzó a ser aclamada universalmente como lo que es hasta el día de hoy: la mejor película de ciencia ficción de todos los tiempos.

El atlas de las nubes
El atlas de las nubes, 2012. Fotografía: Warner Bros.


Nota

(1) El edificio será inaugurado en 2020. Desde 2014 y hasta entonces, los manuscritos se depositan simbólicamente en el bosque de Nordmarka y son custodiados después por la fundación Future Library en una ubicación desconocida. En 2020, los seis manuscritos ya acumulados serán trasladados a la silent room de la biblioteca, donde cada año se efectuará una nueva incorporación hasta completar las cien en 2114. 


Libros que no leerás jamás (II)

Libros que no leerás jamás
Fotografía: Freepik.

Segunda entrega de la serie sobres grandes libros perdidos que empezó en este otro artículo con las obras de lord Byron, Sylvia Plath, Walter Benjamin, Shakespeare y Homero. En esta ocasión inspeccionaremos los escombros humeantes de la Biblioteca de Alejandría, nos detendremos en un título que nació y murió en la Edad Media y hablaremos de las pérdidas literarias que ha sufrido la humanidad en fechas recientes, tan recientes como el año 2017. Y más. Con estos ya serán diez los grandes libros que usted no leerá jamás y la lista, aun así, seguirá estando incompletísima.

El Hermócrates de Platón

Un libro que ha hecho correr ríos de tinta, mares de especulación y océanos de documentales en Discovery Max a partir de las diez de la noche. Y da igual de lo que vayan, el Hermócrates sirve para todo. ¿Stonehenge? El Hermócrates de Platón. ¿Alienígenas? El Hermócrates de Platón. ¿El triángulo de las Bermudas? El Hermócrates de Platón. Encienda usted la tele de su casa, cambie de canal al azar hasta alcanzar las latitudes conspiranoicas de la TDT y espere a que salga en la pantalla alguien peinado raro, el primero que aparezca. Estadísticamente, hay una posibilidad sorprendentemente alta de que esa persona le acabe le acabe comiendo la oreja a usted, antes o después, con el dichoso Hermócrates de Platón.

Los misteriólogos tiran tanto de este libro porque dicen que Platón revelaba en él, redoble de tambor, LOS SECRETOS DE LA ATLÁNTIDA (ántida, ántida). ¿Cómo lo saben, si es un libro perdido? Se lo digo yo en un momentito, ya verá qué rápido: no lo saben. Nadie lo sabe. Del Hermócrates no se conserva nada, es que ni un triste renglón. Y ni siquiera nos queda constancia de él indirectamente, cosa que sí es habitual con los libros perdidos. Nadie que haya dicho «yo he leído el Hermócrates» o una prueba fiable de que hubiese algún ejemplar en una biblioteca, un monasterio o en la colección de algún erudito durante los veinticinco siglos que han pasado desde la época de Platón hasta el día de hoy. Nada. Solo tenemos una frase del propio filósofo en Critias, uno de sus diálogos más influyentes, en la que dice: «¿Por qué no concedértelo, Critias? [el derecho a hablar]. También habremos de dispensar la misma gracia a Hermócrates, que hablará el tercero». Con ella Platón anuncia que, después de haber escrito el Timeo, este otro diálogo, el Critias, constituía una continuación y que habría un tercero, el Hermócrates, que cerraría la trilogía. Damos por sentado que sí llegó a escribirlo, pero hasta eso debe ponerse en duda. De hecho, muchos expertos optan por la cautela y clasifican el Hermócrates no como un libro perdido, sino como un libro hipotético.

Nota. ¿Quiere usted leer lo que Platón dejó dicho sobre la Atlántida? Tenga, un link. Jártese. Es el propio Critias, un diálogo cuyo título completo es, no por nada, Critias o La Atlántida. Es lo más gracioso de esta obsesión con el famoso libro perdido de Platón sobre el continente sumergido: que ese libro existe, es el Critias y no está perdido diga lo que le diga a usted su ufólogo de referencia. Eso sí: es un libro griego. Tiene unas palabras muy raras, unas frases muy largas y unas subordinadas que no sales de ellas ni con Google Maps. Y lo que es peor: no dice que la Atlántida la echase abajo el complot de alienígenas masones travestis vacunaniños que gobierna secretamente el mundo. Es más fácil no leerlo, conseguir que el espectador tampoco lo haga y decir que Platón sí decía eso mismo, pero en su libro perdido. Qué casualidad.

La primera versión del Extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson

Westbourne, Inglaterra, 1886. Un escritor se pone a dar gritos en plena noche y su mujer, asustada, lo despierta rápidamente para liberarlo de su pesadilla. El hombre, en lugar de agradecérselo, la increpa con dureza y abandona corriendo el dormitorio para poner su sueño por escrito. Pasa dos jornadas así, escribiendo frenéticamente y comiendo y durmiendo lo imprescindible, y al final del tercer día sale finalmente de su estudio y anuncia con aire triunfal que ha completado una novela y que es la mejor de toda su carrera. Pocas horas después, la quema en la chimenea.

Lloyd Osbourne, el hijastro de Robert Louis Stevenson, el mismo que nos legó los pormenores de esta anécdota, dijo también que seguramente nadie había acometido antes una hazaña literaria como aquella1. Como poco, no se puede negar que aquel arranque de Stevenson no fue el colmo de lo metaliterario. A la hora de escribir El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, el autor escocés quiso ser audaz y hacer una conquista formal al alcance solo de los superhombres, como habría hecho el propio Henry Jekyll; e inmediatamente después sucumbió a un ataque de furia y destruyó irremediablemente su creación, como habría hecho Edward Hyde. Aunque luego reescribió el texto y publicó la novela definitiva que conocemos usted y yo, es muy lamentable que jamás vayamos a leer esa primera versión, de la que suele decirse que probablemente era más viva, más visceral y más picantona. Y todo el mundo parece tener claro quién tiene la culpa de ello: su mujer.

Fanny Stevenson, que era escritora y editora, solía revisar los borradores de su marido y anotar sus observaciones en los márgenes de sus manuscritos. En esta ocasión dio su opinión de viva voz nada más leer ese borrador que su marido había escrito de forma tan apresurada. Durante más de un siglo se pensó que fue tan crítica con aquel texto que Stevenson, en lugar de practicar cambios y correcciones, sencillamente lo lanzó a la chimenea y empezó a reescribirlo desde cero. Hoy en día se va más allá y se dice con frecuencia que fue ella, la propia Fanny, quien destruyó personalmente la primera versión del libro. La culpa la tiene, en parte, una carta descubierta y subastada en el año 2000 en la que ella califica aquel borrador como un despropósito y le dice a su destinatario, el poeta William Ernest Henley, que lo quemará después de enseñárselo.

Consejo: esto, con alfileres. Cuantos más, mejor. Por más que Fanny dijera que tenía intención de quemar la obra, no sabemos si hablaba figuradamente y mucho menos si lo consumó. Y la versión de la historia que legó el hijo, que estaba allí aquel día, es inequívoca al respecto: fue Robert Louis Stevenson quien destruyó el manuscrito poco después de completarlo y lo hizo por su propia iniciativa2. ¿Podría no ser cierto? Podría. De hecho, la carta de Fanny da a entender que Stevenson conservaba el borrador mucho tiempo después de haberlo escrito, lo que contradice plenamente la historia que contaba su hijo. ¿Existen razones de peso para dar por bueno lo que dijo ella en aquella carta y descartar sin más el relato de su hijo? De peso, de peso, no. La propia carta parece faltar a la lógica cuando dice que Stevenson consideraba aquella pieza su mejor obra y que acto seguido se olvidó de ella, sin más. ¿Entonces? Entonces, lo dicho: alfileres. Más todavía si se tiene en cuenta que Robert Louis Stevenson sí había quemado al menos otra obra suya antes de aquello, A Travelling Companion, sencillamente porque pensó que carecía de valor3. Fanny Stevenson llevó toda su vida un sambenito terrible en Reino Unido y a la vista está que todavía, en pleno siglo XXI, no vamos a permitir que se lo sacuda de encima. Pista: era una mujer divorciada y con hijos antes de casarse con Stevenson, tenía diez años más que él y era extranjera, concretamente de Estados Unidos. Y lo peor de todo es que su marido la tenía en estima intelectualmente y le prestaba oídos. En 1886. Habrase visto.

El Inventio Fortunata, de autor anónimo

Un continente enorme y redondo dividido en cuatro regiones simétricas; un remolino marítimo de proporciones monstruosas por el que las aguas del océano se vertían hacia el interior de la Tierra; y una isla misteriosa ubicada exactamente en el centro de todo aquello, Rupes Nigra, constituida íntegramente por piedra negra magnética, que por esa razón atraía las agujas de las brújulas en su dirección a lo largo y ancho del planeta. Con todo lo que sabemos hoy acerca del Polo Norte no se puede decir que el Inventio Fortunata fuese una descripción rigurosa de la región, pero sí creemos que su autor estuvo allí y que su libro fue, en puridad, la primera descripción cartográfica del Ártico. Fue un monje inglés que participó en varias misiones comerciales en nombre del rey Eduardo III y que luego le regaló este volumen con descripciones de todo aquello que existía al norte del paralelo 54. Su nombre debería figurar de los primeros en la nómina de los grandes cartógrafos o incluso en la de los descubridores de la historia, pero se ha perdido.

El Inventio Fortunata se escribió en la segunda mitad del siglo XIV, probablemente en la década de 1360, pero se cree que solo existió durante un siglo o acaso unos cuantos años más que eso. Hay razones para pensar que ya no existía a finales del siglo XV, cuando tuvo lugar el descubrimiento de América. Una de ellas es una carta de 1497 descubierta en el Archivo General de Simancas en 1953 cuyo autor, un mercader inglés, le cuenta a su cliente que no había sido capaz de encontrar el Inventio Fortunata, que aquel le había solicitado. «El libro de Ynbinçio Fortunati  non le hallo», dice, «y creo que le traya con mis cosas y desplazeme mucho non le hallar porque le quisiera mucho seruir». Se cree que aquel cliente, por cierto, era Cristóbal Colón.

Lo poco que sabemos sobre los contenidos del Inventio Fortunata es gracias a un sumario del libro que hizo un copista de Brabante, aunque aquel volumen, a su vez, también se acabó perdiendo. Por fortuna, el mismísimo Gerardo Mercator tuvo acceso al resumen y citó alguno de sus detalles en una carta que dirigió en 1577 al astrónomo y polímata John Dee que se conserva en el Museo Británico. Pese a nuestro penoso desconocimiento del libro, se piensa que tuvo una enorme influencia en los siglos XV y XVI e incluso Martin Behaim se sirvió de sus descripciones para confeccionar el Erdapfel, el globo terráqueo más antiguo que se conserva, en el que todavía no aparecía América.

Los últimos diez libros de Terry Pratchett

Ocurrió el 25 de agosto de 2017 y ocurrió, como quien dice, ante los ojos mismos del mundo, ya que varios asistentes documentaron la ceremonia en directo y fueron subiendo fotos y vídeos a internet. Puede que los ordenadores y la calefacción nos haya arrebatado la teatralidad que solían tener estas cosas y que ya no se puedan arrojar manuscritos a las chimeneas con gran dramatismo, pero ese problema lo tienen solamente aquellos faltos de imaginación (que, al lado de Terry Pratchett, somos prácticamente todos). Él no. Él dejó dicho que arrancasen los discos duros de su ordenador, que los pusieran todos juntos en el suelo y que les pasase una apisonadora por encima. Mejor si era una de las antiguas, de las que funcionaban a vapor, no sea que la cosa quedase sosa y que la gente se fuera de allí diciendo que menuda mierda de espectáculo. La clase de apisonadora que usaría el Coyote para atropellar al Correcaminos. Dicho y hecho. Diez libros había en aquellos discos, diez. Diez libros de Terry Pratchett desmigajados para siempre contra el asfalto. Y las malas lenguas dicen que al menos dos no eran borradores, sino libros prácticamente acabados. Imagine usted qué lloros y qué lamentos.

Coja la calculadora. Terry Pratchett publicó cerca de setenta obras entre 1971, cuando sacó su primera novela con veintitrés años de edad, y 2015, cuando murió con sesenta y siete años. Eso son cerca de setenta libros en cuarenta y cuatro años de actividad. Eso es un libro y medio al año durante casi medio siglo. Solo su serie más famosa, Mundodisco, consta de una auténtica panzada de volúmenes, cuarenta en total más el último de todos, La corona del pastor, que salió de forma póstuma unos meses después de su muerte. En otras palabras: que si no ha leído usted a Terry, no lamente demasiado esos diez títulos perdidos. Tiene usted Terry para hartarse. Aun así, a sus lectores más hooligans (y Pratchett es la clase de autor que solo tiene lectores hooligans) les rompió el corazón aquella apisonadora. Pratchett, que había sido diagnosticado de alzhéimer en 2007, temía que su enfermedad no le permitiera escribir literatura de calidad en los últimos años de su vida y pidió que sus discos duros fuesen destruidos después de su muerte, ocurriera cuando ocurriera y fuese cual fuese su contenido. Y así se hizo.

Las obras completas de Safo

Safo de Lesbos fue la única mujer que se contaba entre los Nueve poetas mélicos, los grandes autores líricos de la etapa arcaica griega. Nosotros consideramos a los autores griegos y romanos de la era clásica como los grandes padres de nuestra cultura y ellos, los autores griegos y romanos, consideraban a los Nueve como los grandes padres de la suya4. Aunque los Nueve incluían superestrellas como Píndaro y Anacreonte, con el paso de los siglos Safo se ha convertido en la más recordada y en una de las más influyentes del grupo, si no la que más. Su peso en la historia misma de la poesía es imposible de resumir con unas cuantas palabras, así que mejor pongámonos un ejemplo. ¿Sabe qué tienen en común los escritores latinos Catulo y Horacio, el autor anónimo del Carmen Campidoctoris medieval, poetas del Siglo de Oro como Góngora y Garcilaso de la Vega y autores modernos como Unamuno y Ginsberg? Que todos escribieron estrofas sáficas, una forma de rimar versos endecasílabos que popularizó ella hace la friolera de dos mil seiscientos años. Consejito: la próxima vez que le tiente denominar influencer a un chaval de catorce años, acuérdese usted de esto.

Lo irónico es que Safo es también la poetisa de los Nueve de la que nos han llegado menos versos. Se cree que compuso cerca de doce mil, pero en la actualidad solo se conservan seiscientos y la mayoría son fragmentos minúsculos, a veces de una palabra o dos. «Completo» solo tenemos su Himno en honor a Afrodita, de veintiocho versos, y si ponemos entrecomillado es porque no está realmente completo, le faltan algunos términos. En 2014 se anunció el descubrimiento de un fragmento de papiro con un nuevo poema suyo prácticamente entero, la Canción de los hermanos, pero todavía es objeto de trabajo pericial científico y lingüístico y resulta más cauto decir, de momento, que el poema se atribuye a Safo. En la actualidad es tal el desconocimiento que tenemos de su obra que no solo nos vemos obligados a especular acerca del contenido de sus poesías5; incluso la historia de su desaparición se ha acabado convirtiendo, a su vez, en objeto de leyenda.

Lo que sabemos con certeza es esto: que las obras de Safo pervivieron durante las eras arcaica, clásica y helenística, que llegaron íntegras al siglo I antes de Cristo y que entonces fueron recopiladas en una colección de nueve volúmenes por los eruditos de la Biblioteca de Alejandría. Y lo que no podemos tener tan claro es lo que se suele decir a continuación: que aquella colección con las obras completas de Safo sobrevivió a la propia biblioteca y desapareció definitivamente en el año 1073, cuando el papa Gregorio VII ordenó destruir todas las copias que circulaban por Europa por considerarlas inmorales y pecaminosas. Se trata de una visión de la historia que se popularizó entre los humanistas renacentistas italianos mucho después de aquella fecha, en el siglo XIV, y al menos uno de los primeros en darle pábulo, Pedro Alcionio, pudo ser responsable de quemar él mismo el último ejemplar de otra obra antigua, el De Gloria de Cicerón, con el objetivo de plagiarla6.

Hoy se cree que quienes contaron por primera vez esta historia sobre la destrucción de las obras de Safo pudieron confundir al papa Gregorio VII, que vivió en el siglo XI, con Gregorio Nacianceno, uno de los Padres de la Iglesia, que vivió en el siglo IV. Gregorio Nacianceno era griego, como la propia Safo7, y en su época los líderes cristianos sí censuraban obras como las suyas, aunque lo hacían por su paganismo y no por su inmoralidad. Y podría ser, a su vez, que se esté confundiendo a Gregorio Nacianceno con Teófilo de Alejandría, un patriarca coetáneo de Gregorio de quien sí sabemos con certeza que ordenó la destrucción del Serapeo de Alejandría y puso coto a las actividades del Museion, una institución neoplatónica que se considera frecuentemente heredera de la Biblioteca. Cuando una turba de fanáticos cristianos linchó y asesinó a la directora del Museion, Hipatia, aclamaron seguidamente a Cirilo de Alejandría, que era sobrino de Teófilo.

O quizá sea mucho más sencillo y las obras de Safo sencillamente se perdieron en la mayor tragedia cultural de nuestra civilización, la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, sin que nadie se propusiera destruirlas específicamente a ellas. O acaso después de aquello, con el asesinato de Hipatia y la desaparición del Museion, o más tarde todavía, durante la conquista musulmana de Egipto en el año 640, cuando se destruyeron los últimos rescoldos de las instituciones neoplatónicas alejandrinas y se erradicó definitivamente el paganismo, esta vez en nombre del islam. No lo sabemos y lo más probable es que no lleguemos a saberlo nunca.


Notas

(1) Balfour, Graham: The Life of Robert Louis Stevenson, 1912 (Delphi Classics, 2015). Puede leerse aquí.

(2) El propio Stevenson lo confirmó en A Chapter on Dreams, un ensayo autobiográfico publicado en 1892. Puede leerse aquí.

(3) Terry, R. C. (E): Robert Louis Stevenson, Interviews and Recollections. University of Iowa Press, 1996. El pasaje sobre la quema del manuscrito puede leerse aquí.

(4) Los Nueve poetas mélicos eran Safo de Mitilene (hoy solemos llamarla Safo de Lesbos), Alceo de Mitilene, Anacreonte, Alcmán de Esparta, Estesícoro, Íbico, Simónides de Ceos, Baquílides y Píndaro. Aunque en la etapa clásica ya ejercían como referentes históricos de la literatura y se hablaba de ellos como autoridades, su reunión en un canon cerrado con nombre propio se completó en época helenística, seguramente en la Biblioteca de Alejandría. El panteón de los grandes referentes griegos también incluía a los Tres poetas trágicos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) y a los Dos poetas épicos (Homero y Hesíodo).

(5) Es una forma de hablar. Safo, como Sócrates, no legó palabra escrita. Se cree que Safo recitaba sus poesías y que fue algún discípulo suyo, o varios de ellos, quienes pusieron sus versos por escrito.

(6) Pedro Alcionio fue acusado en vida de hacerse con el último ejemplar del De Gloria de Cicerón, plagiar varios de sus pasajes en su Medices Legatus Sive de Exilio, de 1522, y luego destruir el libro. Hoy los expertos suelen considerar que, si bien Alcionio pudo copiar los textos de algún autor clásico en su propio libro, no es probable que fuesen concretamente de Cicerón.

(7) Gregorio era capadocio. Aunque Capadocia forma parte de Anatolia, en la moderna Turquía, en aquella época se trataba de una región de habla y cultura predominantemente helena. Lesbos pertenece a la Grecia contemporánea, pero también está ubicada frente a las costas de Anatolia.


WandaVision: te están contando un mito griego

WandaVision
WandaVision, 2020. Fotografía: Disney.

A ninguna le salió bien. Ni a Calipso en Ogigia ni a Maléfica en los Páramos ni a Wanda Maximoff en Westview. A las brujas de los cuentos siempre les pasa lo mismo: que se montan un pedacito de cielo en la Tierra y le ponen murallas alrededor, pero se dejan abierta una puerta y el novio se les acaba escapando por ella. Es una historia muy vieja. 

Que se lo digan a los otros inquilinos que suelen tener estos jardines fortificados, a las criaturas narrativas que tienen la mala fortuna de vivir allí además del galán y la hechicera. Que se lo digan a los de Úrsula, la bruja de La sirenita, convertidos todos en algas en las inmediaciones de su cueva. Que se lo digan a los que tenía la Bruja Blanca de Las crónicas de Narnia petrificados en su castillo. Que se lo digan a los cerdos de Circe en la isla de Eea. El locus amoenus de una bruja suele tener víctimas colaterales y para ellas el locus casi nunca resulta amoenus. Ellos son Dottie, Beverly y todos los otros vecinos de Westview, los que le dan ajetreo y color a este pequeño tártaro suburbano con su vete y ven frenético y sus quehaceres de gente bien. Como diría Víctor Jara: todas las gentes de las casitas que se sonríen y se visitan. No son cerdos ni son estatuas, lo suyo es mucho peor: son sims atolondrados. Westview es un infierno pedorro, uno de los peores infiernos metafóricos que existen.

Ya lo sé, ya lo sé: WandaVision es una serie autoconsciente y metaficcional y las Normas Sagradas de la Cultura dicen que, entonces, debemos poner eso en primer lugar. Esto es así desde los tiempos de Lyotard, maldita sea su estampa. Y WandaVision, encima, no es simplemente metaficcional; es una auténtica catedral de la metaficción, porque la cosa no merece otro apelativo. Menudo zigurat, hija de mi vida. Menudo árbol de Navidad. Qué crossovers, qué Easter eggs, qué manera de venirse abajo las cuartas paredes. Eso es algo divertido, no le digo yo que no, y constituye una sanísima novedad en el universo cinematográfico de Marvel, que es igual de experimental que un convento carmelita. Pero es que los hay por ahí ahora mismo dándose sartenazos en la cabeza, como hacían los Looney Tunes cuando algo les entusiasmaba, y a nosotros nos parece que la cosa tampoco es para tanto. 

Las puertas abiertas en la cuarta pared de WandaVision no conducen a la realidad, siempre llevan de vuelta al propio cuento. Son un laberinto, algo que progresa solamente en horizontal, y la metaficción comporta la subordinación de la narración, ha de ser vertical. Es una prospección a través de los planos diegéticos. Aunque en la serie se echan algunas amarras que conducen verdaderamente hacia arriba, hacia la propia realidad (la más notable, el aspecto de Pietro), no dejan de ser eso mismo, pinceladitas y nada más. Cuando Wanda mire a cámara y diga «soy Elizabeth Olsen», entonces sí, prometido, nos lanzamos al balcón y le cantamos la saeta. Hasta entonces, esto será una escenificación de autoconsciencia y no autoconsciencia auténtica. Ojo: no estamos criticando la serie. A nosotros nos parece que esa cautela es lo más aconsejable en Marvel, que bastante tiene ya con su propio multiverso. Estamos criticando a todos los que andan diciendo por ahí, y son muchos, que Disney acaba de inventar las nivolas de Unamuno

Lo que sí resulta muy interesante es lo que está haciendo Jac Schaeffer, la creadora de WandaVisión, con todos esos perifollos que adornan su serie televisiva: hacer que se coma usted una historia viejísima, ñam, ñam, y que no se dé cuenta de ello. WandaVision está en el centro de un diagrama de Venn con tres círculos que se intersecan: uno es el mito de Calipso y Odiseo; otro, el de Orfeo y Eurídice; y otro, el de Galatea y Pigmalión. Quitando los sintezoides, esto lo podría haber escrito Eurípides. Y si le tienta pensar que el tema en sí, la simulación de la realidad, es algo exclusivamente contemporáneo, eche mano de esa ilustración anónima tan famosa, el grabado Flammarion, y dígame con el corazón en la mano que no es talmente un retrato de Visión intentando escapar de Westview.

¿Es eso algo malo? En absoluto, Dios me libre. ¿Es acaso algo nuevo? Por supuesto que no. Podríamos dedicarnos a debatir, incluso, si no es algo irremediable por principio, si no ocurre que todas las historias llevan contadas dos mil quinientos años y lo único que cambia en ellas es lo que tienen de accesorio, todo lo que les ponemos encima para que parezcan contemporáneas. Pero es que en el caso de WandaVision comporta una audacia y una picardía que nos tiene aplaudiendo desde el tercer capítulo. ¿Sabe usted por qué? Porque esto es una historia sobre Galatea y Pigmalión en la que él es Galatea y ella es Pigmalión. Él es la estatua sexy, el robot embutido en licra, el cacho de carne con ojos por el que habrán de zarpar mil naves, y ella es el carisma descerebrado y quijotesco que se permite a sí mismo arramplar con el mundo entero con tal de conservar al gólem entre las sábanas. Y entre los grandes arquetipos de los cuentos ese continúa siendo uno de los que más se resisten a la subversión. Eche usted la vista atrás. Incluso si contamos solamente las películas y la series buenas, las que avalamos en su día con un aluvión de babas y buenas críticas, en casi todas pasa parecido: si hay un clon, un replicante, un robot o cualquier otra clase de ser humano artificial que ejerce como objeto de deseo, entonces la persona es él y ella es el robot. O la ginoide o la fembot, porque esto es tan recurrente que hasta tenemos nombres específicos para las distintas categorías de mujeres artificiales seductoras que hay en los cuentos. 

¿Quiere saber algo muy obvio en lo que quizá, solo quizá, no haya caído usted todavía? Que esto no trata solamente de política y principios. Que no es una reivindicación de naturaleza abstracta. Que hay más gente viendo la televisión además de hombres heterosexuales, es así de sencillo. La misma cantidad aproximadamente. Fifty fifty. Y también nos gusta, o nos gustaría, si ocurriera habitualmente, vivir esta historia, la de Galatea y Pigmalión, como se ha de vivir verdaderamente: con la cabeza y el corazón, pero también con el sexo. Sin eso, Her, Ex Machina, Blade Runner, Battlestar Galactica, The Machine o Ghost in the Shell son sencillamente series y películas buenas; y solo con eso son lo que son para usted, películas y series redondas que pulsan todas las teclas y le dejan a uno con el tembleque, el calor por dentro y las ganas de pasar el fin de semana en Cuenca. Historiones, eso son. Y solamente los escriben para usted, dese cuenta. Los demás, mientras tanto, tenemos que conformarnos con las migajas

WandaVision, eso sí, se queda lejos de llevar el cuento al extremo. Ni Wanda ni Visión son criaturas seductoras, por más que sus dos roles, el de bruja y el de estatua con vida, se presten particularmente a ello, ni su relación deja de ser nunca puramente dialéctica, algo que existe porque se dice y no porque se vea. «Es que es Disney», dirá. ¿Y qué? ¿Acaso esto es una historia para niños? Porque a nosotros nos parece un atracón de nostalgia y la nostalgia es un producto para adultos, no se nos ocurre un axioma mayor que ese. Y para hacer redonda la cosa no era preciso ser explícitos, bastaba con una pincelada. Ni siquiera hacía falta que enseñaran cacha, como ocurría en Star Wars; un simple gesto habría servido. Algo que nos permita entender que en esta historia de amor delirante, como en todas las historias de amor delirante, hay deseo y no solamente amor. Que la enajenación de Wanda es eso mismo, enajenación, o no estaría amenazando con llevarse el mundo entero por delante. Que no estamos viendo Hostal Royal Manzanares, para que usted me entienda. Al igual que el resto de series y películas de Marvel, WandaVision es una serie para adultos que aparenta, y solo aparenta, ser adecuada para los niños. Es decir, un cuento censurado donde las cosas sí pasan, pero no se enseñan. Y eso nunca es algo bueno. 

Y WandaVision tiene otro tic bastante feo precisamente ahí, en el plano de la nostalgia. En síntesis: que los creadores de la serie han decidido en nombre de sus espectadores qué referencias conocen y cuáles no. El pecado no es que le obliguen a usted a estar familiarizado con I Love Lucy, Bewitched, Malcolm in the Middle y el sinfín de series televisivas que se amalgaman en su propia ficción; el pecado es que a usted, a quien tanto exigen, luego le piden que olvide The Truman Show, Pleasantville o The Stepford Wives. Las realidades artificiales pintadas de American Way of Life, el locus amoenus con porches blancos y tartas de manzana enfriándose en el alféizar de la ventana, son un lugar común en la historia misma del cine, pero WandaVision se ha emperrado en repasar los clichés uno por uno y con machaconería, como si lo estuviera levantando desde cero. Particularmente al principio, durante los tres primeros episodios de la serie. Y a usted le están pidiendo que se haga el sueco, como a los propios habitantes de Westview. Que sonría, que diga que sí y que no haga nada al respecto. Es un mal precedente. 

Con todo, WandaVision es una serie estupenda y ejemplifica con precisión algo que nos decimos mucho con la boca, pero tenemos poco interiorizado en el intelecto: que para solucionar los problemas del mundo nos tenemos que contar más mitos griegos. Que Orfeo pretendió rescatar a Eurídice, pero dos mil quinientos años después todavía no ha ocurrido que Eurídice rescate a Orfeo. Que Penélope no ha navegado todavía hasta la isla de Eea, siempre lo ha hecho Odiseo. Que necesitamos contarnos estos mitos al revés hasta que dejemos de tener la impresión de que están dados la vuelta, cosa que todavía no ha ocurrido. Y que solamente entonces, ya sí que sí, todos los mitos del mundo estarán contados. Y que solo después de eso podremos empezar a contarnos unos nuevos.

Una versión coloreada del grabado Flammarion, 1888.


Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.