MONIAC o la máquina de predecir economía

¿Sería bonito, verdad, poder predecir el devenir de la economía mediante una máquina? Bonito, simple y terriblemente práctico. Con sólo echarla a andar desaparecerían del mundo las recesiones, las crisis y los cracks, las ideologías morirían con la feliz naturalidad con la que murió Operación Triunfo y se revelarían inútiles las agencias de calificación, la CNMV, el BCE, el FMI y otras grandes BPV —burras pintadas de verde— de la precognosciencia financiera. ¡Ah, qué mundo! Los terráqueos habitantes podríamos dedicar el tiempo a propósitos más estéticos que el matarnos constantemente los unos a los otros, por ejemplo. Que no es poco.

Esa máquina tan prodigiosa llegó a inventarse. Se llamaba MONIAC —Monetary National Income Analogue Computer—, convencionalmente denominada ordenador hidráulico de Phillips o, atiendan, finanzafalógrafo. Fue ingeniada en 1949 por el economista neozelandés William Phillips, medía dos metros de alto y se suponía teóricamente capaz de simular —y lo más importante, predecir— los movimientos intestinos de la economía del Reino Unido con un margen de error, según su inventor, del 2%. Nunca llegó a predecir nada, por supuesto, pero la intentona seguramente sea lo más poético que ningún economista haya hecho jamás por la humanidad.

Bill Phillips

De William Phillips se recuerda sobre todo el apellido. Sería él quién describiera por primera vez en 1958 la relación inversa proporcional entre la tasa de desempleo y la de inflación de una economía, desde entonces conocida como curva de Phillips. Sus logros, no obstante, fueron mucho más allá.

William Phillips nació en Nueva Zelanda en 1914, pero abandonaría pronto la nación kiwi para instalarse en Australia, donde desempeñó puestos de trabajo tan variopintos como cazador de cocodrilos o productor de cine. Durante su estancia en China se vio sorprendido por la invasión japonesa de 1937, escapando a Rusia y cruzándola en el transiberiano hasta llegar un año después a Gran Bretaña. Allí estudiaría ingeniería eléctrica y se enrolaría en la Royal Air Force para ser reenviado a Asia durante la II Guerra Mundial. Escapó de la invasión japonesa de Singapur en el acorazado Empire State y llegó a Java, donde sería finalmente apresado por los japoneses para acabar confinado en un campo de concentración indonesio. Durante los tres años de cautiverio aprendió chino, construyó una radio a partir de piezas de desguace e inventó un sistema para hervir agua que enchufaba secretamente al sistema eléctrico del campamento. También fue allí donde, preocupado por la organización de los cautivos, descubrió su vocación por la sociología.

En 1946 fue nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico y empezó a estudiar sociología en la London School of Economics, aunque pronto se interesaría por las teorías de Keynes, cambiando sus estudios a los de económicas. Tres años más tarde presentó a sus profesores la MONIAC.

La MONIAC

El ordenador hidráulico de Phillips era un chisme espectacularmente simple. Esencialmente consistía un circuito de tuberías y recipientes transparentes por el que el agua, que representaba el dinero, debía circular. El número de recipientes, su tamaño o su orden se disponían según fuera el modelo económico a representar y la cantidad de agua, su presión o su velocidad variaban gracias a un sistema de bombas y válvulas que se ajustaban en proporción al montante financiero.

En lo alto del aparato se disponía una gran cubeta que representaba al Tesoro y en ella se vertía una cantidad variable de agua coloreada. El agua económica manaba así del Tesoro e iba cayendo directa o indirectamente en otras áreas de gasto del Estado, representadas por cubetas como la de educación, sanidad o defensa. Estas cubetas retenían parte del flujo hasta que, cubiertas sus necesidades o cuando el agua alcanzase el nivel marcado por una boya, empezaban a drenar agua a otras, emulando las interacciones del caudal financiero en una economía real. El agua –o la ausencia de– iba así descendiendo por la máquina, alimentando o drenando otros circuitos que, a su vez, interactuaban con el principal; el de importación —que drenaba agua fuera del modelo—, el de exportación —que lo añadía— o los de ahorro e inversión —que conducían a un tanque considerado representativo del nivel de superávit—. Al final del sistema una bomba revertía parte del agua del balance final de nuevo en el Tesoro —en representación de la fiscalidad—, al que suplementariamente se le añadía más agua en representación de la emisión de efectivo, y el circuito volvía a comenzar. El quid, por supuesto, residía en que el flujo del agua podía abrirse, cerrarse o moderarse en cualquier punto del sistema para poder representar así cualquier propuesta económica. Y la idea, lógicamente, era que el modelo no se inundase –señalando un proceso de hiperinflación– ni se secase —anticipando una quiebra—, sino que presentase un caudal equilibrado y estable. Si así lo hacía, la propuesta era sostenible.

La primera MONIAC costó 400 libras, que en aquella época eran muchas libras. Phillips la construyó en el garaje de su casera en el barrio londinense de Croydon a partir de piezas de desguace de, entre otros, los bombarderos Avro Lancaster de la RAF. Años después cedería el prototipo a la Universidad de Leeds, en cuya Bussiness School se exhibe actualmente. No se sabe con certeza cuántas otras copias del ingenio existen, aunque se especula con que sean entre catorce y veinte en todo el mundo. La única operativa es propiedad de la Universidad de Cambridge, mientras que Harvard, el Roosevelt College de Estados Unidos o el Science Museum de Londres disponen de una cada uno. También las hay en la Universidad de Estambul, en Australia y en Nueva Zelanda, y se cree que tanto la compañía Ford como el Banco Central de Guatemala disponen de sendas MONIACs.

Fue bonito mientras duró

La economía no es ni remotamente una ciencia exacta, aunque con frecuencia nos la presenten concluyente e impepinable como la ley de la gravedad. Sufre complejo científico, como cualquier disciplina social, y además ocurre que el económico es, como el artístico, un discurso reduccionista: pretende para sí y sin salirse de sí mismo poder dar la explicación a cuanto ocurra en el mundo, desde la inflación al origen del universo. Y cualquier entendido en sistémica, especialmente si es muy fan, les dirá que para predecir un resultado basta sí o sí con conocer con exactitud el número de variables.

La máquina de Phillips era, desde luego, mucho más compleja que como aquí se describe, aunque aun así lo era mucho menos de lo que exige una economía real. Desde un primer momento el modelo se reveló incompetente a toda predicción fiable o, al menos, no exenta de una espectacular dote de idealismo matemático.

Seguramente su gran error, no obstante, no fue cuantitativo sino de concepto; partía del presupuesto, muy estilado tras el funcionalismo británico de la década de los treinta, de que la economía era una fenomenología reductible al paradigma matemático. Hoy día tenemos presente, qué remedio, las muchas otras variables que interceden determinantemente en economía sin pertenecer, en puridad, a la res económica; plusvalías que no son tal, burbujas y tulipomanías varias, por ejemplo. Por no hablar de la evasión fiscal, la especulación, la corrupción y otros males más endémicos de la humana condición que contaminan el tejemaneje económico a la inversa del rey Midas.

Aun así, y aunque sólo fuera por pasiva, la máquina de Phillips ya arrojó hace sesenta años una interesante conclusión; la economía capitalista es impredecible, querida amiga, y me da igual como te pongas. Un pequeño memento mori que quizás cabría instalar cual recordatorio en los halls respectivos de Fitch, Moody’s, Standard & Poor’s y demás gabinetes astrológicos de Maricarmen. Para que lo vean cuando entren y que no se les olvide, quiero decir. Ni a ellos ni a nosotros.


Medirse el ano

Hay un cura por ahí pidiendo a gritos que le midan el ano. No sé si están al corriente.

Le acusan de ser homosesual, que es como se dice homosexual en los círculos en los que no suele decirse mucho. En concreto su obispo, monseñor no se qué, dice de él que es mariquita y además no de las graciosas, ojo, sino de las practicantes. Y le acusa de practicar concretamente con un seminarista que, para más película, ha resultado ser jovencito, guapo y cubano. Como Asdrúbal, pero en beatus ille. Cómo te has quedado.

Tan seguros están de esto en la diócesis de Getafe que han expulsado al cura de su parroquia de Fuenlabrada aunque no por praxis mariquita, dicen ellos, sino por “motivos pastorales”. Antes de que el escándalo saltase a los medios obligaron a Andrés García Torres, que así se llama el sacerdote, a pasar un peritaje psiquiátrico. “Me preguntaron si había sufrido abusos de mis padres, si les había visto mantener relaciones sexuales […] y me obligaron a hacerme la prueba del VIH”, denuncia el sacerdote para concluir que fue “humillante y degradante”. Que lo fue, con toda seguridad. El cura, a todo esto, niega rotundamente ser homogay o que lo sea el seminarista en cuestión aunque, por el otro lado, hay también quién le relaciona con otros escándalos sexuales y niega que el seminarista sea siquiera seminarista. Es un follón, como ven, de tres pares de copones. El asunto, digo. Sus feligreses, en todo caso, le apoyan –“el Diablo se esconde detrás de la decisión del obispo”, anunció el otro día una señora en un acceso de contención y mesura– y el cura tiene el caso en el Tribunal de la Rota. Y lo último ha sido, lo que les digo. Aparecer de nuevo en los medios de comunicancia de masas pidiendo que alguien le mida el culo: “Que midan mi ano –propone–, a ver si lo tengo dilatado”.

Y no sería el primero. Las comparaciones son odiosas pero a Paul Verlaine, por ejemplo, príncipe de los poetas, también le midieron el hojaldre.  Fue a raíz de la demanda de divorcio interpuesta en 1871 por su esposa, Mathilde Mauté, que lo acusó de sodomía después de que el poeta la abandonase y se fugase con Rimbaud –para further information y para ver a Leo DiCaprio de jovencito, consúltese la excelente película de 1995 Total eclipse–. Y también se lo midieron a Alan Turing, por ejemplo, padre de la computación y de su famoso test homónimo. Héroe de guerra y brillante matemático, fue acusado de sodomía en 1952, condenado y castrado químicamente. Se suicidó dos años después a consecuencia de las terribles lesiones de la castración comiendo una manzana envenenada con cianuro. Por algo parecido pero sin acabar en suicidio pasó el matemático y premio Nobel John Forbesh Nash, acusado y condenado por sodomía también en 1954 aunque en la correspondiente película –A beautiful mind, 2001– Ron Howard decidiese pasar por alto ese detalle. Sobre Turing no hay biopic, gracias a Dios, pero nótese la leyenda, nunca confirmada ni desmentida oficialmente, de que el nombre de la compañía Apple y su logo –una manzana mordida– homenajean precisamente al genial inventor de la informática.

Pero a estos tres, claro, en el año catapún. Del culo coetáneo del cura Andrés extraña –o extrañaría; condicional simple, también llamado postpretérito– que le aplicasen semejantes greatest hits del siglo XIX. Estamos en el XXI, quiero decir; no podemos ir por la vida midiéndonos el culo los unos a los otros. Pero es que se ha sabido, oh sorpresa, oh oportuno uso del condicional, que el propio sacerdote escribió en 2006 un ensayo, llamémoslo así, titulado Carta a un homosexual. El escrito disfrutó en su día de una amplia difusión en circuitos católicos e incluso hoy día puede leerse en www.autorescatólicos.org.

En él el párroco se muestra henchido todo él de pío amor al prójimo, concretamente al prójimo homosexual, al que dice objeto de una “obsesión viciosa terrible” que “hará de tu vida un infierno”. Toma castaña. Al homosexual desconocido le recomienda “ir a un psicólogo para que te ayude, no a uno que te pervierta, es decir, que te diga que eso es normal” para después bucear por las posibles “causas de tu tendencia: pudo ser una violación o abuso que sentiste de pequeño, una madre que te dominó en exceso, […] una experiencia negativa sexual que tuviste”. Y concluye el cura que la senda de la homosexualidad lleva “a la depresión y el intento de suicidio” y que “al final, si el SIDA no te ha matado y te haces viejo, encontrarás un vacío existencial terrible”.

Y claro; de aquellos polvos estos lodos –sin doble sentido–, porque por giros inesperados de los caminos del señor, que no por nada son inescrutables, el cura Andrés se ha visto ahora objeto del depurado método diagnóstico del mariconismo galopante que antes, no obstante, defendía con pasión, dedicación y poca vergüenza. Antropología cristiana, lo llaman en el obispado. Sabe Dios, nunca mejor dicho. Y el tema, lógicamente, le ha parecido una experiencia “humillante y degradante”. Sin que nadie, a todo esto, entone ni un triste nos ha jodido mayo.

Así que, pues nada. Por más que clame el cura Andrés por activa y por pasiva –sin doble sentido– seguramente no encuentre más simpatías entre el pueblo soberano que la de la señora aquella que hablaba del Diablo, que no es mucho decir. Quiero animarles, desde aquí, a que tampoco le presten las suyas de ustedes. Por si acaso, quiero decir. Por no casarse con nadie. Sabida es la humana afición a encontrarle a todo un bueno y malo pero a veces hay historias, pocas pero las hay, en las que uno no encuentra al bueno por más que lo busque. Y en todo caso de esto pienso yo Andresito, querido amigo, que ahí nos las den todas; si es que sí porque sí y si no, porque no, la cosa es que entre pitos y flautas –sin doble sentido– te has granjeado enemigos por todo el espectro de opinión ampliamente dilatado –sin doble sentido– que va del lobby homosexual a la Iglesia católica. Que mira que es complicado, quiero decir, caerle mal por igual a Rouco Varela y a Boris Izaguirre. Pero tú lo has conseguido, ya ves. Enhorabuena. Con la simple reducción de la orientación sexual a una cuestión de estrechez de culo. Que quién lo hubiera dicho. Y además te han sacado bien mono en www.protegeatushijos.org. Retratado para la posteridad, o sea. Que disfruta del pastel.


Rubén Díaz Caviedes: Sentarse y esperar

Uno de los juicios más acertados que se ha hecho jamás sobre Madonna fue obra de Millán Salcedo, te adoramos señor, al final de una entrevista que él y Josema Yuste le hicieron a la reina del pop en el glorioso año de 1992.

–Si ya os dije yo que estar con Madonna –dijo– es como entrevistar a cien gramos de jamón de York.

Es lo que pasa; hay personajes con tan poco que decir que se empieza por entrevistarlos y acaba uno poniéndose unas bragas en la cabeza.

El pasado jueves el ABC publicaba una entrevista con Pau García-Milà. Pau García-Milà, por si no le conocen, es el fundador del software libre eyeOS. Tiene 23 años, es de Olesa de Montserrat y su empresa cuenta con 35 empleados y presencia en 70 países. Amárrame los pavos, quiero decir. Ahí es nada. García-Milà, no obstante, saltaba a la palestra mediática en la pasada edición de Red Innova, en la que acusaba de conformismo al movimiento 15M. “No puedes ir a Sol –decía él– y decir: la culpa es vuestra”. También dijo que “la solución a la crisis está en la gente” y de los jóvenes de hoy, que son “una generación cómoda, bien acostumbrada”.

Nada nuevo, lógicamente. No es el único que lo piensa. Y además aquello de y por qué no te pones por tu cuenta está empezando en España a ser un lugar común tan común como clásicos inolvidables de hoy y de siempre tan concurridos y recurridos como las palomas son las ratas del aire, por ejemplo, o no soporto hablar con una máquina.

A Pau, se podrán imaginar, le han crecido los enanos. Y entre eso y que está promocionando su famoso libro prologado por el príncipe Felipe y epilogado por Felipe GonzálezEstá todo por hacer: cuando el mundo se derrumbe, hazte emprendedor. Plataforma, 2011–, su presencia en unos y otros medios ha ascendido en las últimas semanas hasta el límite de encontrártelo hasta en la sopa. Pau García-Milà ha sido entrevistado en ABC, en La Vanguardia, fue a Buenafuente –dos veces– y sus intervenciones en diversos foros primaverales, tecnológicos o no, vienen siendo recogidas con puntual interés en medios como El País, Cotizalia, Expansión o Cinco Días. Está, como suele decirse, en la cresta de la ola. En el lugar adecuado y el momento preciso. Tanto es así que una de sus últimas comparecencias tuvo lugar en el segundo encuentro POR –la iniciativa Piensa Opina  Reacciona de la Cadena Ser– junto a José Luis Sampedro.

Junto a José Luis Sampedro, insisto. Con 23 añitos.

Y el jueves pasado, lo que les digo. Que aparecía en la entrevista de contraportada del ABC reafirmándose en sus controvertidos pensares sobre el 15M: “El mensaje está claro y lo volvería a repetir: me quejo de que cuanto más complicada es la situación a veces parece que algunos prefieren sentarse y esperar”. Y sobre las críticas que ha recibido por pontificar en los tiempos de cólera y sin que nadie le pregunte, afirmaba que “es curioso que en eyeOS recibamos dos tipos de e-mail: el de los fans, de gente que nos quiere, procedentes de más de cincuenta países, y los de odio, que sólo proceden de uno: España”. Aquello tan viejo, siguiendo con lugares comunes, de es que tú no sabes quién soy yo en Francia. Un poco como Victoria Abril, pero más en plan gurú tecnológico.

Lo que les quiero decir no va, aunque lo parezca, de las cosas que diga Pau. Que son muchas y muy surtidas, por cierto, porque en sus frecuentes y jobsianas filípicas en foros tecnológicos –palestra vacía, ropa informal, paseíto para aquí, paseíto para allá– hace como, precisamente, Steve Jobs: hablar primero de lo suyo y después, del ente y la materia. Se queja del adverso clima al que los emprendedores se enfrentan en España, por ejemplo, o se jacta de que la mejor decisión de su vida fue dejar la universidad. En unas tiene más razón que un santo y en otras, como es normal, no tanto. Y en el fondo, lo que les contaba. Que poco importa estar de acuerdo o no, o eso creo yo, porque los juicios que sobre el mundo tenga un niño de 23 años no sé ustedes, pero a mí me interesan más bien poco. Sobre todo y aquí está el quid, karate kid, a partir de según qué alcance cosmológico tengan esos juicios. Dicho sea esto con todo el respeto del mundo, quiero decir: que no es que no me interesen nada en absoluto. Pero sí poco. Menos, desde luego, que los de alguien de más edad. Esto yo, insisto, personal y ordinariamente.

Los medios de comunicación de España, no obstante, parecen hacer con García-Milà una excepción de método, caso de haberlo. Además de preguntarle por lo suyo –que sería lo suyo, válgame la refanfinfla– le han  llegado a preguntar por los conflictos sociales, el sistema educativo y hasta qué consejos le daría él, no te lo pierdas, al presidente del gobierno y al jefe de la oposición. En plan Pau tú, en tu infinita sapiencia. Por cierto que, sobre esto último, al menos tuvo Pau la prudencia de aconsejarles que, en primer lugar, no aceptasen consejos de un chico de 23 años. Prudencia, digo, que no infinita sapiencia. Porque después de eso si que les recomendó otras cosas.

No sé si me siguen. Tengo la impresión, no sé qué piensan ustedes, de que en algún momento impreciso del devenir 2.0 –se me escapa cuándo exactamente– nos ha empezado a parecer buena idea preguntarle las mismas cosas a José Luis Sampedro, por ejemplo, que a un crío de 23 años. Ambos se codean en foros, comparten titulares sobre los mismos temas y las opiniones de uno y otro nos parecen igual de valiosas. Con gran naturalidad, además, porque en términos de autoridad intelectual y de legitimidad para hablar y que le tomen a uno en serio el éxito empresarial es, o viene siendo, la nueva senectud. Esto es lo terrible, y esto es de lo que hoy nos quejamos. Porque si el éxito es rotundo, mejor que mejor, y si lo es en el plano del tech bussiness, ya es que ni te cuento: habemus gurú, hija de mi vida. Que nos gusta un gurú más que a un tonto una tiza. Y si el gurú ha llegado a gurú a una edad ridículamente precoz, apaga y vámonos: habemus niño cantor. Con lo que gustan en este país los niños cantores.

En fin, que no sé. No es un problema de Pau, criatura, que se está ganando la vida y además muy bien. Por mucho que su magistral resumen del 15M sea que “prefieren sentarse y esperar” y que luego vaya a Buenfuente y empiece con bromas sobre cocaína, alegremente y para espanto del de Reus, por cierto, que sabe que en la mesa no se habla de política. Tampoco es un problema de aquí, lógicamente, porque ahí está Mark Zuckerberg, por ejemplo, en su misma posición y diciendo también unas tontadas como pianos. Explicaciones de por qué esto ocurre se aventuran un huevo o más, por supuesto; hay quien habla de la infantilización de la juventud, como hacía recientemente Antonio Orejudo en una entrevista a este medio, o quien se queja de que fenómenos como el 15M conceden, precisamente, demasiado pábulo público a quien, por joven, quizá no debería tenerlo. Yo, puestos a, prefiero aportar una más original y apuesto, a ver qué les parece, por la continuidad histórica; la afición que le estamos cogiendo colectivamente a esto de los tecno gurús precoces no tiene que ver con su presunta genialidad, en todo caso, y sí más con este gusto tan nuestro y tan primario por, lo que les digo: el niño cantor. Insultantemente joven y además, archimillonario hasta lo obsceno. Nos gustan porque nos recuerdan a Joselito, a Shirley Temple y Marisol. Y sería estupendo, por supuesto, si dijesen cosas más interesantes que el común de los mortales; el problema es que, como Joselito, como Marisol o como Shirley Temple, tienden a no decirlas.

Claro que yo, en fin. A mis veintiséis castañas, le ando ahí ahí. Con que harían bien en no hacerme mucho caso.


Tunguska mon amour

En la foto. El Heartley 2 en una imagen tomada por la Deep Impact. Imagen: NASA / JPL-Caltech / UMD (DP).

De asteroides y hombres

Se presentó, como suelen los de su género, por sorpresa y sin avisar. Se llamaba 2011 MD, es un meteorito gordo y feo y hasta hace nada no sabíamos ni que existía. Hoy sabemos que mide entre 8 y 18 metros, que rozó la Tierra y que a las 15:26 —hora española— pasó a 12000 km sobre el Atlántico sur. Los satélites geoestacionarios, para hacernos una idea, están a una altura de 35000 km.

A usted, como a mí, es probable que le dé bastante igual que el Jet Propulsion Laboratory de la NASA —que se traduce como Laboratorio de Propulsión a Chorro, se lo juro— saliera a la palestra pidiendo tranquilidad y asegurando que el 2011 MD no impactaría; no nos quedamos tranquilos hasta que el pepino cósmico abandonó nuestra atmósfera echando virutas. Porque es un meteorito y los meteoritos es lo que tienen: que dan miedo. Y además a éste en particular le ha faltado el canto de un duro. Mientras tanto, no obstante, mucho me temo que nos corresponderá a usted y a mí actuar como procede socialmente en este tipo de ocasiones; ocultando en todo momento la escarcha en los pezones y observando el evento con punsetiana parsimonia, que para eso semos, como semos, leídos e instruidos ciudadanos impermeables al sensacionalismo. Y estas cosas, además, sólo le pasan a Bruce Willis.

Pero, ¿estamos realmente a salvo?

Elucubremos. Del impacto de un meteorito se suele decir que sería el desastre natural más devastador que podría sufrir la humanidad, pero también el único que podríamos evitar. En noviembre de 2010 la sonda Deep Impact de la NASA visitó el Heartley 2, no su primer sino su segundo cometa; esa misma sonda había visitado cinco años antes el cometa Tempel 1, sobre el que además lanzó un proyectil explosivo de 400 kilos. Con fines científicos, sí; pero también un poco para ver, como quién no quiere la cosa, qué tal le sentaba a la trayectoria del pedrusco.

Muchos otros cometas han sido visitados por naves espaciales, entre ellos el Borrelly, el Grigg-Skjellerup o el Halley, y además en misiones tanto de la NASA y la ESA como soviéticas o japonesas. El próximo 16 de julio, sin ir más lejos, la nave espacial Dawn alcanzará a Vesta, el segundo cuerpo más grande del Cinturón de Asteroides, sobre el que se ejecutará la primera misión a largo plazo sobre un gran asteroide. Estos hitos de la astronáutica, su gran número y su alta tasa de éxito parecen confirmar la tesis de que la humanidad, o al menos muchas de sus naciones, está en condiciones no sólo de aproximarse a un cometa sino también —y aquí es donde la sonda Deep Impact trajo la novedad— de detonar un explosivo sobre él. Consiguiendo así su destrucción o, lo que es más posible, su cambio de trayectoria.

La pregunta, pues, es sencilla: ¿ya estamos a salvo?

No tan deprisa…

Seguro que están al corriente del Evento de Tunguska: un enorme cuerpo celeste, se estima que de 80 m. de diámetro, que en 1908 explotó violentamente en la atmósfera siberiana con una potencia de 30 megatones. Hoy se cree que el bólido era un fragmento del cometa Encke.

Menos prensa tiene el Evento del Mediterráneo Oriental; otro bólido que explotó en la atmósfera, en el año 2002 y sobre el Mediterráneo, entre Libia y Creta. Se estima que era de 10 m. de diámetro y que su detonación equivalió a 26 kilotones —la bombas atómicas liberadas sobre Hiroshima y Nagasaki, por ejemplo, registraron una potencia de 12 y 20 kilotones respectivamente—. Como tampoco del Evento de Vitim –también en Rusia, también en 2002 y también atribuido al núcleo de un cometa– o del Evento de Cando —en Galicia—, de 1994, suceso que tiene en la geológica su explicación más plausible pero sobre el que en absoluto se descarta la posible participación de un asteroide; el cráter producido por la explosión, para hacernos una idea, es de 25 m. de diámetro.

Parece bastante razonable que las autoridades científicas no advirtieran la colisión de un cuerpo celeste con la Tierra en 1908 pero, ¿y en 2002? En esa fecha ya habíamos llegado a Marte, por supuesto a la Luna y habíamos cumplido los principales hitos astronáuticos de nuestra era —las sondas en Venus y Júpiter o la puesta en órbita de la MIR, la ISS o del Telescopio Espacial Hubble, por ejemplo—. ¿Cómo es posible, entonces, que en 2002 pasara inadvertida la llegada de meteoritos de tamañas dimensiones? La respuesta es sencilla; una cosa es la astronáutica y otra bien distinta la observación. De hecho, la vigilancia de los PHOs —Objeto Potencialmente Peligroso o Potentially Hazardous Object y de los NEOs —Objeto Cercano a la Tierra o Near-Earth Object no es ni mucho menos una ciencia tan depurada como pudiera parecer.

Y el problema, muy en sintonía con los tiempos, es de dinero. Los programas dedicados a la detección de objetos potencialmente peligrosos —programas genéricamente denominados de Spaceguard Survey adolecen casi sistemáticamente de falta de fondos. Disponen de las herramientas necesarias para la detección de NEOs y PHOs y también de la matemática necesaria para, una vez detectados, calcular su trayectoria. De lo que muchas veces no disponen, paradójicamente, es de acceso a las instalaciones, de personal o de posibilidad de adquisición de herramientas lo suficientemente sofisticadas. Todo ello, claro está, debido a una deficiente dotación presupuestaria por parte tanto de la financiación pública como de la inversión privada. Y por si fuera poco, ocurre que las dos principales entidades mundiales al respecto —el Nearth-Earth Objetc Program de la NASA y la internacional Spaceguard Foundation no coordinan sus trabajos ni racionalizan sus esfuerzos, compitiendo entre sí más que colaborando y solapando constantemente sus trabajos de investigación.

Así ocurre que mientras nuestras sociedades no dediquen al Spaceguard Survey los mismos esfuerzos y recursos que con tanto denuedo dedica a su desarrollo armamentístico está claro que nuestro problema, no extenso de absurdo, persistirá; dispondremos de las armas para defendernos y de la tecnología necesaria para transportarlas a donde sea necesario, pero sencillamente seremos incapaces de detectar muchas de las amenazas hasta que sean inminentes o simplemente acontezcan. El 31 de marzo de 2007, por ejemplo, el asteroide VV2 2006 rozó la Tierra —pasó a 8,8 veces la distancia con la Luna, una nimiedad astronómica—, y su existencia fue advertida sólo unos días antes de que ocurriera. El VV2 2006 tiene un diámetro de 2 km. y su impacto en la tierra hubiera sido, según los cálculos, de más de 200 kilotones. Lo suficiente como para crear un cráter de decenas de kilómetros de diámetro, devastar por completo Europa y desencadenar un invierno nuclear de años.

Y es que aproximadamente el 25% de los PHOs y NEOs no han sido descubiertos hasta que ya se estaban alejando de la Tierra. También se calcula que de todos los NEOs de más de 1 km. de diámetro sólo conocemos la existencia del 50%. Así las cosas, la estadística sigue siendo nuestra más poderosa arma contra cometas y meteoritos.

Árboles tumbados por la onda expansiva en Tunguska, 1908. Foto: Cordon.

¿Y podemos fiarnos de la estadística?

El mayor cráter de impacto de la Tierra se descubrió, sorprendentemente, en 2006. Está enterrado bajo kilómetros de hielo en la llamada Tierra de Wilkes, en la Antártida, y tiene más de 500 km. de diámetro. Lo produjo hace 250 millones de años el impacto de un objeto celeste de aproximadamente 50 km. de diámetro y explica la extinción masiva que puso fin al Pérmico e inauguró el Triásico y que fue con mucho la más devastadora de la historia biológica de la Tierra. Tras ella llegaron los dinosaurios, que a su vez se extinguieron por el impacto de otro meteorito de menor tamaño en Yucatán, México, a finales del Cretácico —hace 65 millones de años—. Esto puso fin a la era Mesozoica e inauguró la Terciaria o Cenozoica, de la que nosotros somos sus últimos representantes. El paleontólogo John Sepkoski Jr. emprendió en la década de los ochenta una compilación de fósiles representativos de los últimos 600 millones de años —desde que la vida pluricelular apareció en la Tierra—, descubriendo que en los últimos 250 millones las extinciones masivas responden a un patrón periódico. Ocurren cada, aproximadamente, 26 millones de años.

Poco después, el físico Richard Muller descubrió, a partir de los datos de Sepkoski, que las extinciones más devastadoras de entre todas ellas se inscribían a su vez en un ciclo regular de, aproximadamente, 62 millones de años. Sabemos que las dos últimas grandes colisiones meteóricas o cometarias —la del antártico Cráter de la Tierra de Wilkes y la del Cráter de Chicxulub mexicano— coinciden con las dos últimas extinciones masivas —la del Pérmico-Triásico y la del Cretácico—, y muy pocos son ya los que desvinculan el primer fenómeno del segundo.

Por el registro fósil sabemos que antes de las del Pérmico y la del Cretácico hubo otras grandes extinciones masivas y por la estratificación geológica del iridio —un metal muy escaso en la Tierra pero común en los cuerpos celestes—, que también hubo otros grandes impactos cometarios o meteóricos antes de los de México y la Antártica. Con independencia de si el impacto del asteroide resulta en todos los casos determinante en la extinción biológica –este es un extremo no consensuado por la comunidad científica–, parece estar claro que ambos fenómenos ocurren siguiendo un patrón periódico y que se repiten cada, aproximadamente, 62 millones de años —las extinciones— y 100 millones de años —los impactos—. ¿Coinciden siempre los impactos con las extinciones, o sólo en las dos últimas ocasiones? ¿Por qué estos grandes bólidos caen en la tierra periódicamente? ¿Son siempre puntuales? Nadie lo sabe a ciencia cierta.

Precisamente por esto es la duda, y no una u otra teoría, la que prevalece; ningún acontecimiento astronómico conocido tiene un ciclo coincidente con los 26 o los 62 millones de años. Aunque existen varias hipótesis y dos, en concreto, que suelen ser frecuentemente mentadas en esta discusión pese a no levantar, en ningún caso, grandes consensos. Son la Hipótesis de Némesis y la Hipótesis de Shiva y en ambas juegan un papel determinante los llamados objetos transneptunianos.

Las hipótesis de Némesis, la de Shiva y leyendas varias.

Los objetos transneptunianos son aquellos que, inscribiéndose dentro de nuestro Sistema Solar, se encuentran más allá de la órbita de Neptuno, el último planeta. Son, de más cercano a más lejano, los plutoides —planetas enanos rocosos, los principales son Plutón, Eris, Makemake y Haumea—, seguidos del Cinturón de Kuiper —un disco de grandes cometas que orbitan el Sol desde las 30 a las 100 Unidades Astronómicas, donde una UA equivale a la distancia de la Tierra al Sol— y, después, la Nube de Oort —una nube esférica de cometas que envuelve todo el Sistema Solar a un año luz de distancia, con miles de millones de cometas.

Animación del planetoide Sedna.

La Hipótesis de Némesis fue enunciada en 1984 por Richard A. Muller —que mencionábamos antes—, Piet Hut y Mark Davis y mantiene que nuestra estrella Sol forma parte en realidad de un sistema binario —como el 50% de las estrellas conocidas—. Su pareja sería una estrella virtualmente invisible, por tratarse de una enana marrón remotamente lejana que completaría un ciclo en torno al Sol cada 26 millones de años alterando en cada vuelta la Nube de Oort.

Esto provocaría un enorme desajuste en las órbitas cometarias y todo el Sistema Solar se vería bombardeado por cometas expulsados de su órbita por la estrella gemela —de hipotético nombre Némesis— precisamente cada 26 millones de años. La idea puede parecer peregrina, pero recordemos que todo conocimiento que tenemos del Cinturón de Kuiper o de la Nube de Oort es también meramente hipotético; nadie aún ha conseguido jamás observarlos directamente. Se replica, no obstante, que si bien la aparente invisibilidad de Némesis no implica descartar su existencia sí lo hace el hecho de que la presencia de una estrella tan cercana tendría un sinfín de otras implicaciones orbitales, especialmente en los planetas jovianos de nuestro sistema —los gigantes gaseosos: Jupiter, Saturno, Urano y Neptuno— que, por el contrario, no se presentan.

Hablando de ellos; sí ocurre que la órbita de Neptuno sufre unas misteriosas perturbaciones que nadie ha conseguido explicar si no es por la influencia de alguna otra gran masa. Muchos asimilan esta masa con un planeta hoy desconocido, remoto pero gigantesco, genéricamente denominado Planeta X –donde X representaría la incógnita, en ningún caso el número 10–. Aunque muchos lo han buscado —de hecho Plutón se descubrió buscándolo— nadie nunca lo ha encontrado y a fecha presente se descarta su existencia casi con total certeza. El Planeta X es una leyenda —científica, pero leyenda— que, no obstante, ha encontrado continuidad en varios relatos del milenarismo de escuela mística y en ocasiones ha sido relacionado con el planeta Hercólubus o Planeta Rojo —un fraude sobre un supuesto planeta que se aproximará hasta las 4 UA de la Tierra y desencadenará el apocalipsis.

La Hipótesis de Shiva —dios hindú de la destrucción— fue formulada por Michael Rampino y refiere a la posibilidad de que el Sistema Solar efectúe pasadas por el plano medio de la Galaxia en ciclos de entre 26 y 30 millones de años. Si la Vía Lactea fuera un disco de vinilo, nosotros estaríamos en uno de sus extremos. Sin embargo no estaríamos situados exactamente en el filo del disco, sino que nuestro sol fluctuaría en varios años luz por encima y por debajo de ese filo alternativamente. Cada vez que el sol pasara por la altura del filo atravesaría una zona más densamente poblada y las estrellas adyacentes alterarían las órbitas cometarias de la Nube de Oort; recordemos que si la nube está a un año luz del Sol la estrella más cercana a nosotros, Próxima Centauri, está a tan sólo cuatro años luz.

¿Entonces, qué? ¿Vendrá o no vendrá el meteorito?

El 8 de noviembre del pasado año un cuerpo de 400 m. de diámetro, el 2005 YU55, sobrevoló el norte de África a unos 200000 km. de altura. No obstante el mayor grado de peligrosidad en la escala de Turín lo tiene, con un cuatro, el asteroide Apofis; nos visitará en 2029 y, por si el susto no fuese suficiente, de nuevo en 2036. La idea, en todo caso, es que no impacte, pero de hacerlo desencadenaría una explosión equivalente a la de 40000 bombas atómicas. Un planazo, como ven, para una tarde cualquiera de domingo.

Aun así, el meteorito definitivo ni viene ni se le espera. Ninguno de los NEOs conocidos tiene una trayectoria de impacto con la Tierra en, al menos, un siglo. Eso dice la NASA y nosotros nos lo creemos. Le invitamos a que usted también lo haga porque, en todo caso, tampoco se trata de ser más listos que el médico, y además éste nos está prescribiendo cien años más de sedada tranquilidad.

Todo eso, claro está, si pasamos del lunes.


Apología de Miranda Hart

Imaginemos que usted o yo nos dirigimos mañana a Telecinco, por ejemplo, al departamento de ficción, y les planteamos la idea de hacer una serie sobre nuestra vida. La mía o la suya de usted. Sin apellidarnos Vaquerizo u Ordóñez y sin que sea un reality o un telefilm, no: una serie. Una sitcom, concretamente. Con su piloto, su slot y sus temporadas. Porque nuestra vida es así de fascinante y porque además va a tener un rating que quita el hipo. ¿Cree usted que Telecinco nos la produciría? Imposible, dirá usted: mi vida es anodina. Pues anda que la mía, le replico yo. Y la de Telecinco, no digamos. Pero en todo caso le citaré a Douglas Adams, con perdón, para decirle que de imposible nada, monada. No es imposible. Sólo es remotamente improbable.

Y es que algo parecido a esto fue lo que hizo un buen día Miranda Hart. Se plantó en BBC y les ofreció hacer una serie sobre ella, que se llamase como ella, escrita por ella y protagonizada por ella. Y no sólo consiguió que se la financiaran, querida amiga; es que además Miranda lo está petando. Lleva dos temporadas de emisión en la británica BBC Two y acumula la tira de premios, entre ellos el Best Comedy Performance de la RTS y varias nominaciones en Montecarlo y a los BAFTA. Además BBC acaba de anunciar la tercera temporada de la serie, que se emitirá en BBC One a partir de 2012.

Miranda

¿Cómo se consigue que una televisión te produzca una una serie epónima, autobiográfica, escrita por ti e interpretada por ti, y que además luego esa serie resulte ser buena? Hoy, en Jot Down, damos las claves.

Miranda (el personaje)

Miranda tiene veintitantos años pero sólo porque treinta y pocos, o eso dice ella, viene a ser lo mismo. Dicho en british mide seis pies y una pulgada —uno ochenta y cinco, para entendernos—, es desgarbada, rechoncha y de guapa tiene sólo el interior. Con frecuencia la confunden con un travesti y con más frecuencia aún la llaman directamente señor. Sufre incontinencia verbal, canta en las entrevistas de trabajo y suele quedarse desnuda en circunstancias sociales. Con estas pobres armas de mujer —y de cualquiera— se enfrenta a la vida en una pequeña ciudad del sur inglés, incógnita hasta la fecha pero que tiene toda la pinta de ser el trasunto de Petersfield, la ciudad de su infancia en el condado de Hampshire. Se enfrenta pero poco, porque a Miranda no le gusta mucho salir; la tienda donde trabaja está debajo de su casa y el restaurante al que va, al lado de la tienda. En ella también trabaja Stevie —Sarah Hadland—, que es su diminuta y rubia mejor amiga, y en el restaurante lo hacen Clive —James Holmes— y Gary —Tom Ellis—, cocinero, moreno y objeto de sus suspiros. La madre de Miranda, Penny —Patricia Hodge— ha perdido con ella toda esperanza y dice cosas como que a la hora de buscarle marido a su hija no puede permitirse, aunque quisiera, el lujo de ser racista.

Miranda y Stevie

La biografía de la Miranda-personaje puede parecer aburrida, pero ocurre que la Miranda-personaje sólo existe como continuidad de la Miranda-real. Cuya biografía es, con creces, mucho más pintoresca.

Miranda (la persona)

El árbol genealógico de la familia de Miranda Hart se remonta al siglo XII. Proviene de los Luce por parte materna, una familia de la alta sociedad inglesa perlada de barones, sires y lores y muy integrada en el poder político británico. Su tatarabuelo sir Michael Culme-Seymour, por ejemplo, fue el Vicealmirante del Reino Unido en la Royal Navy y su tío, Richard Luce, fue Gobernador de Gibraltar y Lord Chamberlain de 2000 a 2006. Por parte de padre Miranda es Hart Dyke, de los Hart Dyke de toda la vida, una familia de copete similar o aun mayor tradicionalmente asociada a la Royal Navy británica. El padre de Miranda, capitán David Hart Dyke, comandaba el buque de guerra HMS Coventry cuando éste fue hundido por el ejército argentino en 1982, durante la Guerra de las Malvinas. Su primo, Tom Hart Dyke, fue secuestrado por las FARC en 2000 y retenido en la selva colombiana durante nueve meses. Miranda Hart no niega pero sí reniega con frecuencia de la extracción social de su familia y en su serie queda claro que conoce a la perfección el mundo de la ocasión social inglesa, incluyendo regatas benéficas y themed-parties a cada cual más absurda.

Miranda Hart se licenció en políticas —y por lo visto con notas de escándalo— por la West England University. El sentido del humor se le entiende de nacimiento, pero no así su vocación por la actuación. De hecho al acabar la universidad sufrió un fuerte episodio de depresión que desembocaría en agorafobia. Miranda Hart, confirmado por ella misma, no salió de su casa durante seis meses enteros. Sería después, en un giro sorprendente de los acontecimientos —o no tanto, según se mire—, que se matriculase en la Academy of Live and Recorded Arts de Londres y que empezase a actuar como monologuista. Escribiendo siempre sus propios espectáculos, participó en el Sitcom Trials y el Edimburgh Fringe, entre otros, hasta que en 2004 presentó el pitching de su serie a los ejecutivos de BBC. Entre ellos se encontraba Jennifer Saunders.

Miranda (la serie)

No tuvo que resultarle sencillo a Miranda Hart explicarle a aquellos ejecutivos qué demontres les estaba proponiendo. Por descontado una sitcom, y además estricta; con sus tres decorados, sus plots cerradas y su público en directo. Al estilo europeo, porque está mal iluminada, y por descontado al británico, porque no parece europea. Pero Miranda, además de todo esto, es mucho más. Es esperpéntica, es astracanada y es todo lo chanante que se puede ser sin ser de la Mancha —Castilla la, no el Canal de—. En ella lo mismo asistimos a una escena chica conoce a chico de dating pedorro al más puro estilo Sexo en Nueva York, por ejemplo, que después a otra en la que la protagonista cabalga hacia el trabajo sobre un caballo imaginario  cual caballero de la mesa cuadrada, sólo que sin el tío detrás con los dos cocos. Ha heredado de Ally McBeal la feliz idea del flashback ilustrado y de Padre de familia, el poco complejo a la hora de hacerlo. También habla a cámara; un poco como en Modern Family solo que abundando más en lo que sería flirtear con ella constantemente. Y lo que es mejor de todo; pese a pródiga en modernuras de este pelo, a Miranda Hart no se le caen los anillos por hacer benihilladas de las gordas; humor físico, comedia de puertas, y slapsticks. En general, toda gracieta que implique acabar rodando por los suelos.

Se comprende, pues, que todo el que intenta definir ‘Miranda’ yerre casi sistemáticamente. Y es que inasequible como resulta a las taxonomías de género contemporáneas, su protagonista, que es lista y muy leída, prefiere tirar de arcaísmo y retrotraerse a los visigodos. El que sin duda es el mejor diagnóstico que se ha hecho –y también el más humilde– sobre qué y en qué consiste su serie lo ha dado ella misma, la propia Miranda, dentro de la propia serie. Farsa, dijo en un par de ocasiones. Farsa francesa. Y después miró a cámara con complicidad, como dando a entender. Es el tipo que de ventajas que tiene que una sea su propio personaje.

Hijas de la Gran Bretaña

Miranda Hart es la más joven a un grupo de humoristas británicas no nuevas, pero sí inéditas. Si como generación no tienen nombre es seguramente porque aún no han sido bendecidas por la diosa de la perspectiva histórica —una diosa que siempre llega tarde—, pero lo cierto es que todas ellas comparten momento, estilo y modus comediante.

La más cercana a Hart es posiblemente Catherine Tate —del programa de sketches The Catherine Tate Show—, y ambas a su vez vienen precedidas por Jennifer Saunders y Dawn French —de French and Saunders—. Todas son comediantes, todas escriben su propio humor y todas tienen un programa epónimo. Todas han crecido televisivamente bajo la gran teta capitolina de BBC Two y todas guardan algo que ver, pero no todo, con las restantes vacas sagradas de las juventudes de la comedia británica televisiva tipo David Walliams, Matt Lucas, David Tennant, David Mitchell, Simon Pegg o Nick Frost.

Pero es que ay, amiga. El humor de ellas tiene un punto diferente al de ellos. Femenino, dirán algunos tirando de obviedades. Yo no las tengo todas conmigo. Quizá sea porque sí o quizá, y más probable, sean sus biografías personales, circunstancialmente atravesadas de episodios poco amables. Miranda Hart, como se ha dicho, sufrió agorafobia; de Catherine Tate se dice que ha intentado quitarse la vida en varias ocasiones, si bien ella no confirma ni desmiente y sólo admite que sufrió una gran depresión postparto tras dar a luz a su única hija. French Dawn protagonizó en 2006 una rocambolesca historia que la llevó a retirarse del show bussiness y mudarse a Berkshire con la certeza, por lo visto inamovible, de que moriría antes de cumplir los cincuenta pese a estar perfectamente sana. Jennifer Saunders, por su parte, no adolece de malestar conocido pero en 2010 fue diagnosticada de cáncer de mama.

Reza el tópico que detrás de todo humorista hay siempre un gran pesimista, pero el haiku en esta ocasión no cuadra; está bastante claro que lo que estas mujeres no son es precisamente pesimistas. Aunque la desdicha, en todo caso, parece haberles dado una perspectiva privilegiada sobre los asuntos del mundo y lo que es más importante; los propios.

Una temporada en el infierno

Miranda Hart se ríe de muchas cosas y sobre todo de sí misma, aunque no lo hace en el sentido convencional de la expresión. Miranda Hart, de hecho, se da una caña que no es normal. Intenta ella discurrir grácil y pizpireta por su pequeño catálogo de ambiciones razonables, que son las de cualquiera en este tercio del planeta, sin conseguir ninguna de ellas y principalmente, y ahí está el quid, por ser enorme y fea. En muchas ocasiones, mueve a compasión. Sobre todo porque sabemos —y ella se encarga de recordárnoslo siempre que puede— que diga Greimas lo que diga persona y personaje pueden ser, si la primera quiere y la BBC le deja, una misma instancia. Lo que es un error por su parte, seguramente, ya que ni mucho menos entra en sus planes darnos pena. Y mucho, muchísimo menos, porque el chocarse entre sí de las tetas de una al darse la vuelta en la cama —pongamos por ejemplo— suene como una palmada, y eso ahuyente a los hombres.

Pero ése, querida amiga, es nuestro pequeño entender de las cosas, que no el suyo. No en vano Miranda Hart practica sobre todas estas menudencias una perspectiva zen que nada tiene que ver con la resignación o, siquiera, la filosofía del keep trying. Su punto de vista es que si yo lo hice, cualquiera puede hacerlo. Literalmente, porque de hecho es una frase que le dedican varios de sus personajes en la serie. La compasión no es una posibilidad cuando cuento que soy desgraciada pero lo hago, de hecho, desde el paradigma del éxito: tener mi propia serie de televisión.  La invitación siempre, en todo momento, es a reírse de mí, y nunca a tenerme pena. Si me tienes pena, de hecho, hay algo en todo esto que no has conseguido entender bien.

Cambiarlo no está en su mano, lógicamente, sino en la nuestra. Y requiere de nosotros no tanto apertura de miras como sí una buena catábasis a tiempo. Para salir indemne de los infiernos, y Miranda Hart es el vivo ejemplo, se requieren muchas cosas; perspectiva, actitud y perseverancia. Pero sobre todo haber bajado previamente a ellos.

Dónde

Lamentablemente, Miranda no está en español. En internet puede conseguirse la versión subtitulada de la primera temporada, pero no así de la segunda. Por suerte la serie estuvo nominada al Youtube Audience Award de los premios BAFTA TV 2011 —que finalmente ganaría The only way is Essex—, por lo que puede verse íntegra en Youtube en los canales de theTVJunkee o de iluvtelly.