Dr. Strangelove

Cualquier conversación sobre Stanley Kubrick acaba inexorablemente con la misma pregunta: ¿cuál es su mejor película? Y llegados a este punto es donde empiezan todo tipo de opiniones y desbarres varios. Lo cierto es que es un autor que incita a la polémica. En su eterno afán innovador firmó obras de todos los géneros y para todos los gustos, casi siempre de una calidad excepcional. Si queremos cine de terror, ahí está El Resplandor. Se puso con laciencia ficción y realizó una de las obras cumbres del género: 2001, Una Odisea del espacio, que agunos críticos tan entrañables como Carlos Pumares no dudan en situar a la altura de Casablanca o Lo que el viento se llevó. Cuando le dio por el cine histórico parió dos maravillas como Espartaco, que si cansa es únicamente por las inevitables reposiciones anuales de cada Semana Santa y Barry Lyndon, una historia prodigiosa que a la vez supone un alarde técnico sin precedentes: usó una lente especial fabricada a medida y se rodó sin un solo foco —incluidas las escenas a la luz de las velas—. Adaptó también dos novelas excepcionales, Lolita de Nabokov y La Naranja Mecánica de Anthony Burgess, alcanzando tal nivel de maestría que muchos se atreven a asegurar, codo en barra, cubata en mano y dedo amenazadoramente levantado, que llegan a mejorar notablemente los originales. Probó con el thriller y se sacó de la manga una joya poco conocida y aún menos valorada: Atraco Perfecto. Muchos años después, Quentin Tarantino nos deslumbraría con el revolucionario montaje de Pulp Fiction, pero no le dolieron prendas en afirmar que el film de Kubrick había sido su principal fuente de inspiración. Una película redonda donde se mezclan hasta siete historias entrecruzadas con todo tipo de saltos temporales, pero que se sigue y entiende sin problemas. Quizá algún día les cuente algo más de ella, si es que aún no me han echado a la calle (como ya se ha comentado alguna vez, la Dirección de Jot Down —que dios guarde en su gloria por muchos años y quien les está soltando este ladrillo tenemos serias discrepancias sobre los conceptos de formalidad, diligencia y tiempos de entrega razonables). Pero sigamos con Kubrick, que ya he sentido en mis carnes como acaban estas disgresiones. Cuando se puso con el cine bélico también filmó buenas películas: la maravillosa Senderos de Gloria o la sobrevalorada La Chaqueta Metálica, que apenas resiste una segunda visión y que está muy por debajo de otros trabajos sobre la guerra del Vietnam como El cazador, la soberbia Apocalypse Now o incluso Platoon, si me apuran. A título póstumo nos sorprendió con Eyes Wide Shut una excelente, desconcertante y poco reconocida película, cuyo mayor mérito es, sin duda, conseguir que Tom Cruise parezca un buen actor.

Si algún lector ha sido capaz de llegar hasta aquí y es un buen conocedor de Kubrick, habrá detectado que hay una omisión flagrante. Y es en este punto donde volvemos a la polémica a la que aludíamos al principio de este artículo: decidirse entre tanta obra maestra. En mi opinión que no es mejor que la de ustedes, pero que es lo único que me asegura el cuenco de arroz diario que se sirve en las mazmorras de Jot Down, no hay debate alguno: sin duda me quedo con la magnífica Dr. Strangelove: or How I Learned To Stop Worrying and Love the Bomb, cuya traducción al cristiano vendría a ser Dr. Strangelove: o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba. Dado que semejante título no les pareció suficientemente original a los distribuidores de este país, aquí le pusieron ¿Teléfono Rojo? Volamos hacía Moscú. Mejor no hacer preguntas.

De entrada, clasificar la película en un género determinado ya plantea un serio dilema ¿Es una película bélica? Sí, sin lugar a dudas. ¿Tiene elementos de thriller? También. ¿Suspense? Hasta el último minuto ¿Puede calificarse de drama? Sería un poco forzado, pero trata sobre un apocalipsis nuclear, así que poca broma. Pero cuando uno ve la película, el veredicto es claro: es una comedia negra o una sátira sensacional, lo que ustedes prefieran. Y es que lo que bien empieza, bien acaba. Cuenta con excelentes mimbres en el reparto: Sterling Hayden, George C. Scott, el maravilloso Slim Pickens (uno de los secundarios fetiches de Sam Peckinpah) y sobre todo, la participación del genio entre los genios, del más grande entre los grandes: Peter Sellers, que no es que borde su papel, es que interpreta magistralmente hasta tres personajes distintos. Añádanle además un magnífico guión, convenientemente aderezado por Terry Southern y el mismo Kubrick a partir de la novela Red Alert de Peter George. Los tres fueron nominados a los oscars, además de Peter Sellers como mejor actor y Kubrick en dos categorías más —mejor director y mejor película—. No ganaron nada, pero es que tampoco fue un año fácil: luchaban contra Mary Poppins, My fair Lady, Zorba el Griego y Topkapi. Mala suerte para Kubrick, que todo sea dicho, tampoco lo ganaría jamás. Pero no es para rasgarse las vestiduras: la lista de directores sin Oscar es tan notable (Bergman, Fellini, Hitchcock, Kurosawa, Welles, Chaplin, Hawks o Buñuel) que a veces cabe preguntarse en que bando conviene estar.

Para contextualizar el film hay que retrotraerse al principio de la década de los sesenta, en plena guerra fría, exacerbada aún más si cabe por la crisis de los misiles de Cuba. Por aquel entonces los bombarderos americanos, repletos de armamento nuclear, volaban las veinticuatro horas del día al borde del espacio aéreo soviético, siempre a dos horas de sus objetivos. Es en esta situación cuando un general fanático y enloquecido, llamado John D. Ripper no por casualidad (en la que probablemente constituye la mejor interpretación de la carrera de Sterling Hayden), decide por su cuenta y riesgo enviar a sus aviones a arrasar la URSS, sin motivo razonable alguno. Al mismo tiempo, aplica los protocolos de actuación previstos en caso de guerra: cerrar la base aérea a cal y canto, cortar cualquier comunicación con el exterior y bloquear las transmisiones de datos a los aviones a menos que vayan precedidos por un código de seguridad previo, que naturalmente, solo él conoce. En cuanto la noticia llega a la Casa Blanca, la película cambia radicalmente de registro y hace que el espectador empiece a esbozar una sonrisilla que inevitablemente suele acabar en carcajada, en una soberbia mezcla de humor y tensión difícil de encontrar en ninguna otra película. Un magistral Peter Sellers en el papel de Presidente de los Estados Unidos llama a su homólogo soviético –a través del teléfono rojo, claro- para informarle de la situación, en un monólogo tan surrealista como memorable Después de localizarle en un burdel y de preguntarle por la familia, le suelta perlas dignas de Faemino y Cansado, tales como “Dimitri, uno de mis comandantes ha cometido una estupidez”, “Sí, te entiendo, yo también estoy molesto” y otras del estilo. A su vez, Dimitri le comenta que si una sola bomba llega a estallar en territorio de la URSS se activará automáticamente la Máquina del Juicio Final, que acabará con toda la vida en la Tierra y que una vez en marcha, no podrá ser detenida por ningún ser humano (lo que supone la perfección en el arte de la guerra, que diría Sun Tzu y el fin de la carrera armamentística, según el Dr. Strangelove, el científico loco nazi que da nombre a la película). Dadas las circunstancias, la única opción viable es hacer retornar a los aviones. Pero recuerden, estos se encuentran a menos de dos horas de sus objetivos y el código de seguridad solo lo conoce John D. Ripper, que mantiene la base cerrada, incomunicada y defendida por todos sus hombres. Y hasta aquí puedo llegar sin destriparles el resto de la película.

Es un film absolutamente delirante. Aquellos de ustedes que todavía no lo conozcan, no se lo pierdan bajo ningún concepto. Aún así, hay gente que sostiene que Dr. Strangelove es la obra más pesimista de Kubrick. Y no les falta razón. Pero la contrarréplica no es nada desdeñable: es la única ocasión en toda su filmografía en que Kubrick nos hace reír, y de qué manera. Al respecto, destacan las magistrales interpretaciones de un George C. Scott absolutamente desbocado y de un Peter Sellers que nos explicará el porqué del extraño título original “Dr. Strangelove: o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba”.

Pero no solo son buenos el argumento y los actores. Todo en Dr. Strangelove es magnífico: los títulos de crédito son sensacionales y están unánimemente considerados como unos de los mejores de la historia del cine. La elección de la banda sonora es espectacular, desde los temas que abren y cierran la película hasta la popular When Johnny Comes Marching Home Again, leit motiv de las escenas más tensas de la película. Tampoco es un hecho sorpresivo: Kubrick es uno de los directores que mejor han usado la música como elemento narrativo esencial en sus películas. Las soberbias bandas sonoras de La Naranja Mecánica, La chaqueta Metálica o las naves flotando al son de El Danubio azul en 2001, Una odisea del espacio son un claro ejemplo de ello. Muy pocos directores han alcanzado tal maestría en esta faceta: Dios encarnado en John Ford, los hermanos Coen, Tarantino y alguno más que me dejo. Kusturica, quizás, pero esto son vicios privados que no conviene airear demasiado.

Y si algo curioso tiene esta película es la acumulación de anécdotas extrañas. Slim Pickens protagoniza una memorable escena que ha sido parodiada hasta la saciedad en multitud de films y series (Los Simpsons, como ejemplo más evidente), y que no contamos por no arruinarle el final a nadie. Pero en cuanto la vean, la reconocerán de inmediato. Y es que probablemente, sea esta escena una de las que les hará recordar esta película durante toda su vida. Porque tiene su miga: Slim Pickens entró de rebote en el reparto por una inoportuna lesión en el tobillo de Peter Sellers que le imposibilitó filmarla (en el que hubiera sido su cuarto personaje de la película). Pero Pickens planteaba un grave problema: tenía un acento texano marcadísimo (era actor de westerns, no lo olviden). Así que moldearon el personaje y los diálogos a su medida. Hasta aquí, nada del otro mundo. Pero resulta que en una de las frases tenía que hablar sobre pegarse una buena juerga en Dallas, como buen texano que era. Pues el mismo día del estreno de la película, mataron a un tal J. F. Kennedy. Y en Dallas, precisamente. Evidentemente, el estreno se aplazó, pero la referencia a la farra seguía ahí, así que hubo que cambiar el diálogo a toda prisa, eligiendo como ciudad festiva Las Vegas.

A raíz del estreno de esta película se produjo un hecho que llama poderosamente la atención: Kubrick describió con tanta maestría los protocolos de ataque y defensa nuclear que tanto la Unión Soviética como los Estados Unidos se vieron obligados a revisarlos y modificarlos. Por primera vez alguien dejó patente que cualquier loco podía desencadenar el Apocalipsis con un simple imprevisto. La coincidencia temporal con Lee Harvey Oswald, un marine que desertó hacia la URSS y la alargada sombra de la reciente crisis de los misiles hicieron el resto.

Los espacios donde se desarrolla la película merecen tratamiento aparte. Se trata de tres escenarios incomunicados entre si, situación que provoca que la trama sea tan acongojante como creíble. Sin duda alguna el más espectacular de ellos es la Sala de Guerra. Pues bien, cuando Ronald Reagan tomó posesión del cargo, su primera petición fue ir a visitarla. Parece que el hombre se llevó una gran decepción cuando descubrió que no existía y que no era más que un simple decorado. Pero aún fue más grave si cabe la recreación del interior del B-52, que se mantenía como un secreto de estado. Y en esas que llegó Kubrick y no solo lo reprodujo a la perfección, sino que además hizo públicos los procedimientos de operatoria del bombardero estrella de los Estados Unidos. Aún andan buscando al culpable. Y es que Kubrick gustará o no, pero nadie puede negarle el afán perfeccionista que impregna toda su obra.

Otro aspecto notable es el carácter inequívocamente sexual y fálico de la película, desde el diseño de determinadas escenas hasta los nombres de los personajes, lo que acentúa su comicidad para el angloparlante y desvirtúa muchos gags para el resto de la humanidad. Pero como por internet podrán encontrar información al respecto en mil páginas y ensayos, no será aquí donde repetiremos una cuestión tratada hasta la saciedad. Más aún cuando creo que ya me he ganado sobradamente el derecho a plato de gachas y celda con letrina y ventanuco.

Y todo esto es solo un vuelapluma de lo que encontrarán en poco más de noventa minutos. ¿Se nota que es mi película preferida de todos los tiempos?


John Carlin: “Shakespeare está en otra dimensión, como Messi”

John Carlin estudió Lengua y Literatura Inglesa en la Universidad de Oxford, pero su vocación profesional ha estado siempre vinculada al periodismo político y deportivo. Desde que en 1981 comenzara a ejercer como periodista para el Buenos Aires Herald ha sido corresponsal en países como México, El Salvador, Sudáfrica y Estados Unidos para la BBC, The Times y The Independent. Ganó el Premio Ortega y Gasset de Periodismo en 2000. Instalado en España desde 1998, trabaja para El País y colabora habitualmente en The Observer y The New York Times. Su libro El factor humano, publicado en 2008, inspiró la película Invictus, de Clint Eastwood. Nos reunimos para charlar con él en Sitges, convencidos de que una trayectoria tan impresionante dará mucho de sí.

Siempre me ha sorprendido que alguien llamado John Carlin escriba tan bien en español, ¿dónde lo ha aprendido?

Bueno, hay varias respuestas a eso. En primer lugar, mi madre es española. Prácticamente nací bilingüe. Me crié en Argentina y viví muchos años en América latina: México, Nicaragua, El Salvador. Pero sólo empecé a escribir en español cuando vine aquí a España hace doce años, y al principio me costó bastante. Para mí, escribir en inglés después de haber estado escribiendo en español era como irme de vacaciones. Lo aprendí en gran medida gracias a mi editora en Seix Barral, Elena Ramírez, cuando empecé a escribir sistemáticamente en español. De todos modos sigo pensando que escribo mucho mejor en inglés.

¿Qué sintió la primera vez que estuvo frente a Nelson Mandela?

Vi por primera vez a Nelson Mandela cuando salió de la cárcel, pero desde lejos. Un año después tuve una primera entrevista con él. Es una persona que impone pero también te da una gran tranquilidad. Tiene una presencia muy carismática: es alto, grande, con un gran sentido de sí mismo. Da una sensación de poder e importancia muy real, no es ninguna nota falsa. Al mismo tiempo es encantador, tiene una sonrisa fantástica, te llama no por tu apellido, sino por tu nombre y tiene un trato muy campechano. Es simultáneamente como un rey y como el vecino de al lado. Una cosa que me encanta de él es que trata con la misma cortesía y el mismo respeto a la reina de Inglaterra o al presidente de Estados Unidos que al periodista, a la azafata del avión, al camarero o al jardinero.

Las virtudes de Mandela son evidentes, pero ¿tiene algún defecto que no conozcamos?

Mira, esa pregunta se la hice a su mejor amigo, Walter Sisulu, que estuvo con él en la cárcel y me dijo que tenía la tendencia a confiar demasiado en la gente. Aunque se corrigió al instante y matizó: “pero quizá eso sea también una virtud”. Mandela confía en la gente y hace que la gente confíe en él. Otro defecto: quizá a veces siente demasiada admiración por gente intelectualmente brillante. Tiene tendencia a deslumbrarse ante este tipo de gente, lo cual quizá le quita la capacidad de juzgarlos de una manera más fría y acertada. Pero esto es otro ejemplo de esa tendencia suya a confiar mucho en la gente.

¿Está aburrido de que le pregunten por Nelson Mandela?

Ahora ya no. Hace un año y pico te hubiera dicho que sí, porque cuando salió el libro —y después la película— hubo una invasión periodística de preguntas sobre él. Pero ahora estoy con la cabeza metida en otras cosas y no me aburre tanto como en otros momentos.

Cuando ya ha pasado bastante tiempo desde el final de Apartheid, ¿a qué problemas se enfrenta Sudáfrica?

Ha cambiado de problema. Antes de que Mandela saliera de la cárcel, Sudáfrica era un país muy, muy singular, en el que había un enfrentamiento político épico y casi como de fábula: blancos contra negros. Era algo muy simple, algo que cualquier persona del mundo podía entender. Ahora ése ya no es el problema. ¿Que hay relaciones impecables y armoniosas entre blancos y negros? Pues no, pero eso no lo hay en ninguna parte del mundo. Las relaciones raciales en Sudáfrica son mejores que por ejemplo en Estados Unidos, un país en el que también he vivido. Ahora los problemas de Sudáfrica son, por decirlo de alguna manera, más “banales”. Problemas que comparte con docenas de otros países. La economía, combatir la pobreza, mejorar el sistema educativo, mejorar el sistema sanitario, las desigualdades sociales. Mandela logró acabar con ese horror del racismo legalizado y ahora el país está en otra etapa. El hecho de que haya logrado organizar el Mundial con tanta eficiencia fue un síntoma de que quizá Sudáfrica, pese a los problemas que lleva arrastrando desde hace siglos, tiene alguna posibilidad de superarlos.

Las consecuencias del imperialismo europeo en África o Asia siguen siendo evidentes hoy, ¿dejará el imperialismo norteamericano consecuencias similares?

Es bastante diferente. La palabra “imperialismo” se usa de una manera muy amplia. Una cosa es llegar a un país, invadirlo, colonizarlo y convertirte en el gobierno de esa gente durante siglos. Y otra cosa es lo que hacen los Estados Unidos hoy. Está claro que sigue siendo la gran potencia mundial y su poder se extiende a muchos rincones del globo, tanto a nivel económico como —en menor medida— a nivel militar. A mí, el usar estas frases como “el imperialismo yankee” me parece un poco trillado. Hay que buscar quizá otra terminología.

Usted estuvo viviendo muchos años en Argentina y siguió lo del corralito muy de cerca.

Sí, estuve viviendo allí cuando ocurrió haciendo un reportaje para El País.

¿Quedan consecuencias todavía de aquello?

Puedo hablar de Argentina en términos generales, conozco bien la sociedad, pero en cuanto a la evolución económica del país… no me atrevería a entrar en ese tema. Lo único que diría así grosso modo es que Argentina me llama poderosamente la atención por la distancia que hay entre el enorme potencial que tiene el país a todos los niveles y su poca capacidad para salir del hoyo en el que parece siempre estar metido.

¿Se toma usted más en serio el periodismo deportivo o el político? ¿Cuál prefiere escribir?

Para mí, hacer periodismo deportivo es una especie de hobby. Considero que el trabajo que hago en el terreno político —en su sentido más amplio: conflictos en América latina, África, etc— es lo que realmente soy, es el tipo de trabajo que corresponde más con mi identidad como periodista y es lo que me ha definido a lo largo de mi carrera. El periodismo deportivo lo empecé a ejercer hace unos diez años de forma…. no irregular, pero es como un 15% de lo que hago; básicamente mi columna semanal en El País.

Mucha gente le conoce a través precisamente de Historias de la Premier.

Sí, sí. Lo que me llama la atención es que me voy por ejemplo a Sierra Leona, uno de los tres países más pobres del mundo, me paso un par de días metido en una cárcel atroz, hago un reportaje sobre ello pero la gente no me conoce por eso, sino por las columnitas que hago durante un par de horas un sábado por la mañana. Esto demuestra lo que pega el fútbol: “la miseria de los africanos… sí, muy bien, lo que sea, pero hablemos de fútbol, macho, no me jodas”.

¿A la gente le preocupa más el deporte que la política?

Mira, el deporte, y específicamente el fútbol, es el gran tema de conversación de la especie. Hay un par de países paganos: Estados Unidos y la India, pero salvo estas excepciones y algunas otras de países más pequeños, el gran tema de conversación de la humanidad es el fútbol. La gente se siente mucho más informada —y se toma el trabajo de informarse mucho más— sobre el fútbol que sobre la política. Sin duda. Ahora bien, ¿que la política tiene más impacto en las vidas reales de la gente? Sí. Pero claro, el fútbol corresponde al terreno emocional y no fallemos en darle a eso su seriedad. La felicidad de la gente no se mide sólo en ingresos económicos. El índice de felicidad es algo que ahora utilizan también los economistas… la gente no está siempre feliz con el fútbol pero es algo que les entretiene. En África, donde hay mucha miseria, el fútbol es el gran consuelo de los pobres. Y creo que también es el consuelo de los ricos, ya que estamos.

Almodóvar gana un Oscar y no suena el himno español; cualquier equipo deportivo gana una competición y sí suena el himno.

Seamos justos con Almodóvar: cuando gana un Oscar, los españoles se sienten orgullosos. Hay también una cosa de identidad nacional ahí. Aunque los sentimientos patrióticos son más fervorosos cuando el equipo deportivo nacional de uno está compitiendo. Como decía Mandela, el deporte une a la gente y es capaz de superar muchas barreras. Puedes llevarte fatal con tu vecino durante años pero llega el Mundial, está España en la final, lo ves en el pasillo y te abrazas con él. Fuera del contexto de guerra, no hay nada que defina y enaltezca más el sentimiento de identidad nacional que el deporte. También las identidades regionales, como en el caso del Barça-Madrid.

¿Se atrevería a definir a compañeros del periodismo deportivo?

Bueno, aunque no creas que leo tanto periodismo deportivo.

¿Santiago Segurola?

Me parece brillante, el mejor. Una pluma extraordinaria y una capacidad de análisis muy especial. En particular, la rapidez con la que puede definir un partido en una crónica que escribe a los cinco minutos de acabar ese partido, me parece algo que demuestra una agilidad y rapidez mental a la que yo no llego en absoluto.

¿Eduardo Inda?

No tengo opinión sobre él.

¿Ramón Besa?

Me encanta Ramón Besa. Es otro tipo que… me parece que tiene una gran finura a la hora de escribir y es realmente honesto.

¿Michael Robinson?

En la televisión me parece el mejor comentarista y analista que hay. Además es un tipo encantador y simpatiquísimo.

¿Tomás Roncero?

Me cae muy bien Tomás Roncero. Tiene su papel, su identidad, es un forofo del Madrid y no lo esconde. Me entretiene mucho y me cae muy bien como persona.

¿Alfredo Relaño?

Relaño me parece fantástico. Sus columnas las leo todos los días sin falta. No siempre estoy de acuerdo con él y seguro que él no estará de acuerdo con cosas que escribo yo, pero da igual. Lo conozco, me parece un tipo fabuloso como persona y también creo que es un tipo honesto.

Por cierto, hubo una sensación generalizada de que en El País se hizo campaña anti-Mourinho. Principalmente protagonizada, según dicen, por Diego Torres. ¿Qué opina al respecto?

Bueno, mira: he leído cosas en los blogs y en los comentarios que hace la gente en los artículos y tal. Hay gente que opina que es una campaña sistemática, deliberada, un plan de empresa. Eso es absolutamente grotesco e imbécil, no tengo palabras para calificar esta idea de que “ah, sí, el grupo Prisa está contra el Real Madrid”. Es una gilipollez como una catedral. Te puedo decir desde mi punto de vista que a mí, jamás, ni remotamente, me han dado la más mínima dirección. Ni siquiera un comentario. Yo, sencillamente, no hablo con la dirección de deportes de El País. No hablo con ellos. Envío un artículo, me llega un e-mail que dice “recibido, gracias” y punto. Y el artículo sale al día siguiente.

Pero tú eres John Carlin, claro.

No, pero te puedo asegurar exactamente lo mismo con Diego Torres. La idea de que alguien le está pagando de fuera para que escriba cosas sobre MourinhoDiego Torres es para mí uno de los mejores reporteros de El País. Es un periodista que trabajaría igual de bien en la sección de economía o de corresponsal en China. Es un grandísimo reportero que hace su trabajo como tiene que hacerse. Defiendo a Diego Torres a muerte, me parece un brillante periodista, me parece absolutamente honesto y valiente.

¿Qué opina de las polémicas sobre el doping? Los antiguos compañeros de Lance Armstrong le acusaron, el tema del Barça que levantó tantas ampollas…

Bueno, son dos cosas muy diferentes. Mira, yo la verdad es que no sé mucho sobre ciclismo y no me interesa especialmente, pero está claro que hay una historia recurrente de alegaciones de dopaje y muchas de ellas son verdaderas. Viéndolo desde fuera no me sorprende, el aguante físico que se requiere para hacer el Tour es algo que rebasa las capacidades humanas. En cuanto a lo del Barça, me pareció una de las cosas más ruines que he visto en mi vida, estas declaraciones anónimas —supuestamente de un alto directivo del Real Madrid— alegando que el Barça se dopa. Me pareció de una vileza absolutamente lamentable. Te da un poco la pauta de lo desquiciados que algunos individuos relacionados con el Real Madrid están y han estado respecto a los éxitos del Barça. A alguna gente los lleva al borde de la locura.

Juan Antonio Alcalá es el que hizo saltar la liebre.

Yo no conozco a este Alcalá, él dice que su fuente fue un alto directivo del Madrid, según entiendo. Sin conocerlo, no sé si es verdad o no. Me imagino que sí; conociendo al gremio de los periodistas imagino que sí, que alguien se lo habrá dicho. Pero me pareció irresponsable por su parte haberlo hecho público. Yo creo que un periodista serio no hace una cosa así.

Hay que tener las pruebas.

Sí, no se puede hacer una cosa así. Yo entiendo que estás ahí en la radio hablando y dices cosas, pero creo que fue muy poco profesional por su parte decir eso y seguramente él estaría de acuerdo conmigo. Yo no lo conozco, pero supongo que se arrepiente.

Sobre rugby: ¿qué hay de cierto en la historia que sostiene que los All Blacks fueron intoxicados por una camarera de su hotel?

Es verdad que dos días antes de la final del 95 contra Sudáfrica algunos jugadores del equipo neozelandés tuvieron problemas estomacales, aparentemente consecuencia de lo que comieron. Es una teoría conspirativa de estas que circulan por ahí lo de que alguien lo hizo adrede. Estoy seguro —y volvemos a lo de las conspiraciones de El País contra Mourinho— de que no fue algo instigado por la federación de rugby sudafricana. Pudiera haber sido, si es que ocurrió, la iniciativa de algún loco en la cocina del restaurante. Si es que ocurrió. Pero también hay una cosa que hay que tener en cuenta: no sucedió la noche anterior como mucha gente supone, sino dos noches antes. Tipos con la fortaleza y condición física de los All Blacks… pensar que esto afectaría a su nivel de juego cuarenta y ocho horas después es una tontería. Además, se vio: el partido llegó al tiempo adicional y siguieron jugando con la misma intensidad. Con lo cual… bah, es una de esas historias que hay por ahí pero no creo que haya que darle más importancia.

Hay una frase mítica: “El fútbol es un deporte de caballeros jugado por patanes y el rugby es un deporte de patanes jugado por caballeros”. Pero en el rugby, dentro de la melée y del maul, ¿es juego limpio todo?

No, no, hay muchas barbaridades que ocurren ahí dentro del maul y dentro de la melée. La gente ha llegado a meter los dedos en los ojos del rival. En cierto modo, quizá se ha exagerado un poquito esta situación de nobleza y limpieza del rugby. Pero en general sí estaría de acuerdo con la frase. Hay un concepto de fair play y deportividad en el rugby que no se ve en el fútbol, y creo que es consecuencia de que en el rugby hay menos dinero. Aunque ahora hay más dinero que antes, el rugby ha sido un deporte profesional durante apenas quince años. Eso marca una diferencia. Hay deportes que tienen ciertos protocolos, el golf, por ejemplo. O el tenis, aunque no tanto. En el golf los jugadores se aferran a estas antiguas tradiciones y creo que esto también ocurre en el rugby. Creo que los jugadores de rugby sienten una responsabilidad hacia esta tradición de nobleza asociada a ese deporte. Por ejemplo, es muy, muy raro que un jugador de rugby se queje del árbitro durante el partido o después. Todo esto al estilo Mourinho de que pierde Inglaterra contra Francia y fue todo culpa del árbitro y que fue una vendetta y que fue una conspiración… estas cosas se considerarían absolutamente fuera de lugar en el rugby.

Sorprende que en España se siga más la F-1, un deporte mecánico y estático, que el rugby, que es lo más parecido al fútbol.

No es motivo de sorpresa, porque la F-1 en España ha tenido un auge tremendo desde la llegada de Fernando Alonso. Si España tuviera una selección nacional de rugby realmente competitiva que hiciera grandes cosas a nivel mundial verías como eso cambiaría.

Michael Robinson no se explicaba el nivel que podría tener España en rugby comparado con su nivel real.

Bueno, pero no es un país que tenga mucha tradición de rugby. Estás batallando contra naciones como Inglaterra, Francia, Sudáfrica y Australia que tienen el rugby en el ADN nacional. Tardará mucho tiempo para que España tenga una selección competitiva.

¿Qué ha significado Seve Ballesteros para el deporte español?

La verdad es que no sé responder a esa pregunta. Puedo responder mejor lo que significó para el deporte británico, porque cuando Severiano Ballesteros estaba en su mejor momento yo veía el mundo más desde el enfoque de Inglaterra. Y Severiano Ballesteros era considerado una especie de hijo adoptivo de Gran Bretaña; la gente le tenía el mismo afecto que puedan tener por jugadores británicos igual de exitosos… que no creo que los haya habido, por cierto. Era una persona con un gran carisma, un espectacular talento que hizo que los británicos se enamoraran de él, incluso gente más allá del mundo del golf. Tal fue su dimensión.

Tanto Estiarte como Alfredo Relaño, a quienes también entrevistamos, nos dijeron que Messi es mejor que Maradona, ¿está de acuerdo?

Tiendo a pensar lo mismo. No lo voy a decir con la misma rotundidad porque no vi jugar tanto a Maradona como a Messi. Si hubiese vivido en Nápoles cuando ganaron la serie A con Maradona y hubiese visto todos sus partidos, quizá me inclinaría más por Maradona. Pero, sin duda, Messi es el mejor jugador que yo he visto de manera consistente a lo largo de varias temporadas. Y creo que tiene aún más proyección de lo que ha demostrado hasta ahora. También recuerdo haber visto a Maradona en Argentina cuando tenía la edad que ahora tiene Messi y Maradona no era tan bueno en ese momento, tan decisivo.

Hablando un poco de cultura en general, ¿que le parece el escritor y premio Nobel sudafricano J.M. Coetzee?

Me parece fantástico, un genio. Es uno de los dos o tres mejores escritores contemporáneos en lengua inglesa. Un grandísimo, grandísimo escritor.

Cualquier libro que escojas de él te impacta.

Son duros por esa economía que tiene de palabras.

¿Usted qué suele leer?

Por regla general leo muchísimas más novelas que libros de no ficción.

¿Qué nos recomienda?

Últimamente he estado releyendo varios clásicos: Guerra y paz, Anna Karenina, Madame Bovary, me encantan. En particular Anna Karenina; cuando lo leí por primera vez hace treinta años me pareció el mejor libro que había leído en mi vida, la mejor novela, y creo que mantengo esa posición. De escritores de fuera me encanta Philip Roth y me gusta todavía más Cormac McCarthy. Cuando decía antes que Coetzee es uno de los mejores escritores contemporáneos en lengua inglesa ahí pongo también a McCarhty.

Tienen un estilo parecido.

Sí, pero es un poco más poético McCarthy. Me parece espectacular La carretera, es un libro que me impactó como pocos. También me gusta mucho Eduardo Mendoza, además lo conozco y es un tipo fantástico. También me gusta leer novelas detectivescas, como las de Henning Mankell. Y disfruté bastante con los famosos libros de Stieg Larsson, aunque no pude leer el tercero. Con dos fue suficiente, el tercero hubiese sido ya malo para la digestión.

¿Le gusta Shakespeare?

¿Si me gusta? Shakespeare está por encima de todo.

¿Cuáles son sus preferidas?

El rey Lear. Shakespeare está en otra dimensión, como Messi. Para mí no hay nada, nadie como Shakespeare.

¿Nos recomendaría alguna película?

Hay una que volví a ver hace poco —en español creo que se titula Mejor imposible— con Jack Nicholson. Por ejemplo. Me parece buenísima, tiene un gran guión y actores brillantes. Pero yendo a un terreno más clásico, Lawrence de Arabia está en mi “top ten”, la volveré a ver varias veces en lo que me queda de vida. También últimamente he estado viendo películas de Hitchcock, como La ventana indiscreta. Su economía, su sencillez… y al mismo tiempo su fuerza. La tensión que genera en un escenario bastante simple con personajes no demasiado complejos, esa extraordinaria capacidad de generar suspense. Y por supuesto Casablanca; la habré visto doce veces y la veré veinte veces más.

¿Qué música le gusta escuchar?

Me gusta todo tipo de música. Soy muy promiscuo en mis gustos musicales. No me considero un experto. Me gusta el jazz, me gusta la clásica, me puede gustar una canción de Lady Gaga… qué sé yo. Me gusta Coldplay. No me gusta el rap, quizá soy mayor, eso delata mis años. Para mi hijo de once años el rap es lo máximo y yo no lo soporto. Recuerdo que cuando era pequeño ponía a los Rolling Stones y mi padre no los soportaba. Me gusta todo. Más que tener una afinidad especial con cierto género, creo que hay buena música y mala música.

¿Qué tipo de humor le gusta? ¿Ingleses, españoles…?

Volvemos a lo mismo, es como la música: hay humor bueno, divertido, rápido, listo… y hay humor que es pesado, tonto y torpe. Pero sí diría que el sentido del humor es algo que define a los ingleses. Los ingleses, todos, tienen un reflejo irónico de la vida.

Las series de la BBC le gustan, supongo.

Hay series inglesas que han marcado al mundo. Lo de los Monty Python era algo vanguardista, espectacular y en muchos casos brillante. También ha habido actores geniales como Peter Sellers, una maravilla, que antes de La pantera rosa ya hacía papeles en películas inglesas de los años cincuenta divertidísimas. Mi sentido del humor, el que tengo como persona, es el humor inglés. Es parte de la cultura. Responde quizá a cierta represión emocional que tienen los ingleses: en el momento en que una conversación se vuelve un pelín seria alguien va a salir con una broma para bajar el nivel de intensidad: “este punto es un poco delicado, vamos a estar incómodos… hagamos una broma”.

¿Te gustan las series de TV?

Sí, cuando las veo, pero no soy de estas personas que tienen una vida lo suficientemente organizada para poder estar con seguridad un martes a las diez de la noche frente a la tele. Tiendo a “picar” en vez de dar el seguimiento que una serie por definición merece. Por ejemplo, Mad men está muy bien hecha, me parece buenísima, pero no la he seguido. O Sexo en N.Y.; vi episodios que me parecieron muy buenos pero viajo mucho y no los vi en orden.

¿The Wire?

No la vi. Pero sé que la tengo que ver. Todo el mundo me lo ha dicho y confío en que tiene que ser buenísima. Algún día la veré, compraré el DVD.


Fotografía: Jesús Llaría



Dog Soldiers

Robert Stone

Libros del silencio

 

Por contextualizar un poco: esta novela fue agraciada con el National Book Award de 1975, galardón no especialmente meritorio, pero tampoco fácilmente asequible; Norman Mailer solo lo ganó una vez, por ejemplo. Además, aparece en una extrañísima lista de los 100 mejores libros en lengua inglesa del período 1925-2003 (¿Por qué?), lo que tampoco constituye un gran mérito si tenemos en cuenta que La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, está considerada por muchos la mejor comedia en lengua inglesa del siglo XX. Para ir haciendo mucho caso a las listas.

Entrando al tema en sí, esta fue la primera novela que abordó uno de los aspectos más sórdidos de la guerra del Vietnam: el Saigon de la retaguardia, lleno de escaqueados y vividores. Lo que en su momento supuso una conmoción social y literaria, 35 años después no resiste una lectura apasionada: absolutamente todo lo que nos cuenta huele a rancio, como la cena del día anterior recalentada con microondas. Y Robert Stone no tiene la culpa, ni mucho menos. Es en esta obra donde se nos muestra por primera vez la otra cara de la guerra: los aprovechados, el ambiente asfixiante del Vietnam, el miedo al retorno, la prostitución, las drogas o el mercado negro. Todo ello en los años de Woodstock, la Creedence Clearwater Revival, los putos hippies, el reinado de la heroína, la generación del desarraigo y las contradicciones de la sociedad americana acerca de la guerra del Vietnam. Joder, que todo esto ya lo hemos visto mil veces, pensará el lector con criterio. Y con toda la razón del mundo.

El libro está dividido en dos partes claramente diferenciadas: las cien primeras páginas transcurren en el Vietnam lleno de los tópicos que luego nos hemos hartado de ver en peliculones como El Cazador, El Regreso o Apocalypse Now y ya, para chaladura, El Gran Lebowski, como nos sugiere Rodrigo Fresán en su magnífico prólogo, donde se esfuerza en resaltar la problemática del retorno que, según él, constituye el nudo gordiano de la novela. Pero créannos, esta parte no da para tanto ni mucho menos. Quizá en 1975 colaba, pero ahora ya no. Resultan mucho más acongojantes, creíbles e impactantes los diez primeros minutos de Apocalypse Now con la sensacional actuación de Martin Sheen que toda la parte vietnamita de Dog Soldiers. Por decir algo del argumento, esto son un par de pirados que deciden llevarse tres kilos de jaco a Estados Unidos sin tener ni puta idea de cómo funciona el negocio. Luego, lo de siempre: polis corruptos, narcos mexicanos y todo lo que se han hartado de ver y leer en los últimos veinte años. Una vez introducida la droga empezará otra novela totalmente diferente: un híbrido entre los típicos viajes escapistas de Cormac McCarthy y la acción característica de las obras de Don Winslow. Huidas, tiros, persecuciones y un encadenamiento de tópicos que hacen que leída hoy en día —no olvidemos este matiz en ningún momento— resulte una novela sosa y previsible. Y es que este es el gran problema de la obra: lo que en su día pudo parecer genial o innovador no ha resistido el paso del tiempo. Resulta casi grotesca la parte estadounidense de la novela (unas 300 páginas, más o menos): imposible encontrar una sola página dónde no aparezca alguna referencia a las drogas, el consumo de medicamentos psicotrópicos o el amor libre. Y aún es más difícil esquivar las alusiones a toda la música hippie, con la Creedence, Janis Joplin o Jimi Hendrix de abanderados (la generación Woodstock, por resumir). Y así, página tras página. Hasta el hartazgo.

Si han tenido el placer de leer Vineland, de Thomas Pynchon —que aprovecho para recomendar encarecidamente—, sabrán de qué les hablo: una generación anclada en el tiempo, sin presente, sin futuro, sin pasado. Pero Robert Stone no es el culpable, ni mucho menos: él solo cometió el pecado de ser el primero en afrontar la temática. No resulta procedente achacarle que el paso de los años haya dejado desfasada esta obra. Él abrió el sendero por donde transitaron artistas de todas las disciplinas. Seamos pues condescendientes y tratemos esta obra como merece: una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores. Y es que Stone, al igual que Pelé, fue el primero en intentar meter un gol desde el centro del campo. Ninguno de los dos lo consiguió, pero su gesto fue admirado, imitado, mejorado y finalmente conseguido por las siguientes generaciones. Observen la portada del libro: ese ser desquiciado con un rifle al hombro que recorre una carretera eterna. Pues hasta en American Dad, una serie de dibujos trivial por costumbre y ocasionalmente genial en sus referencias cinematográficas han mejorado notablemente la foto, con un Steve Smith magistral que empequeñece a muchos personajes del género y que provoca una angustia en el espectador solo comparable a las grandes películas del género.

Pocos años más tarde, Siniestro Total firmaría una de sus mejores canciones, Mata hippies en las Cíes. Inevitablemente, es la melodía en que pensamos durante su lectura. No por el movimiento hippie en sí —que también—, sino por la sensación de hartazgo que en el 2011 nos produce esta temática. Pero bueno, tampoco es cuestión de culpar a los hermanos Lumiére de que su obra sea mejorada año tras año. O a los hermanos Wright de que existan los aviones modernos. En cualquier caso, todos preferimos ver Blade Runner o viajar en un Airbus que embarcarnos en historias ya caducas.

Si es usted un pobre enfermo aficionado a los beatniks y le gustó On the Road, de Kerouac, este es su libro. Si es un amante de Don Winslow y no le importa consumir metadona de la mala, también está hecho a su medida. Si por el contrario se considera una persona normal, tenga siempre presente que cualquier librería de barrio esconde tesoros ocultos. Como por ejemplo, El Corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, en la cual parece inspirarse la novela, pero a la que no se acerca ni de lejos. Usted verá, pero luego no vaya diciendo por ahí que en Jot Down no le avisaron.


Je t’aime, Amélie

En contra de mis principios, fui proactivo por una vez en la vida y sugerí a la Dirección de esta publicación (a la que denominaremos pitbull) que valía la pena intentar entrevistar a Amélie Nothomb. Pensaba que no se conseguiría, pero que al menos los tendría un par de semanas distraídos y sin darme trabajo. Ingenuo que es uno. El pitbull no se rinde: a los pocos días entré en la redacción puntual como un sevillano y sobrio como un irlandés y, para mi sorpresa, descubrí que la secretaria de Amélie Nothomb nos había confirmado la entrevista. En ese momento temí lo peor: me toca currar. Y así fue; ya saben que en todos los trabajos tiene que haber un compañero pelota y acusica. Pues el de Jot Down es de los peores. Carraspeó, me señaló con el dedo e hizo dos interesantes e improcedentes observaciones: me había leído todos sus libros y se trataba de mi escritora favorita. Fue en aquel preciso instante cuando el pitbull sonrió de oreja a oreja y sentenció:

– Crítica de su último libro. Tienes veinte días.

– Sí, bwana —protesté mirando al suelo, con una dignidad no exenta de firmeza.

Después de tan prolífica conversación me dirigí de inmediato a mi librería de referencia para comprar su última novela, Viaje de Invierno, editada hace pocos meses. Andaba yo un pelín suspicaz con este libro, y no sin motivos. En los círculos habituales de fans de la Nothomb había dos corrientes de opinión: los que decían que era malo y los que decían que era malísimo. A pesar de tan malos augurios, procedí con el ritual que sigo siempre con Amélie: esperé a quedarme una tarde solo en casa, desconecté todos los elementos de distracción, me tumbé en el sofá de leer y lo devoré de una sentada, como hago con todos sus libros. Una vez acabada la lectura salí al balcón a tomar aire fresco, reflexioné sobre la obra y emití mi veredicto: malo de solemnidad. Como me resulta terriblemente difícil hablar mal de mi amada decidí dejar pasar los días y no hacer la crítica que tenía encargada con la esperanza de que el pitbull me dejara por imposible y le enchufara el trabajo a un compañero. Craso error. Andaba hoy haciendo senderismo cuando he recibido un sms del que solo puedo reproducir unas pocas palabras sin saltarme el libro de estilo de Jot Down: “informal, gandul, haragán” y otras lindezas. No me ha quedado más remedio que ponerme al tajo.

El libro ya empieza rematadamente mal: desde un principio Amélie nos anuncia que el protagonista acabará estrellando un avión. 11-S aparte, no puede decirse que la idea sea precisamente nueva: el inicio de Superviviente de Chuck Palahniuk es exactamente igual —los paralelismos e influencias entre ambos autores también darían para artículo. Luego viene una parte totalmente absurda e inverosímil en la que la escritora belga mezcla sus habituales recursos narrativos: historia de amor no correspondido, pequeños homenajes literarios y musicales, un discapacitado mental, la introspección en los personajes —su gran especialidad, que esta vez se ha quedado en mero intento— y, como gran novedad, los protagonistas experimentan con hongos alucinógenos. Y para reforzar la fascinación por el feísmo que impregna toda su obra, en esta ocasión la autora ha elegido como recurso narrativo usar como banda sonora recurrente a Aphex Twin, un tipo tan fascinante como desasosegante —si no me creen, observen Come to daddy en Youtube y verán cómo se les queda el cuerpo—. Un final que no por anunciado en la primera página deja de ser absurdo y un giro argumental pretendidamente ingenioso que los editores en España se han encargado de reventar en la fotografía de la portada. Ya sé que esto les parecerá un spoiler inaceptable, pero es que no vale la pena leerse el libro. Créanme: lo digo por su bien. A esta señora siempre le encuentro algo, pero esta vez me ha resultado imposible. Nada de nada. El único placer que he sentido ha sido ver que estaba cerca del final. Y eso que es de los ligeritos: ciento dieciséis páginas de letra grande e interlineado generoso. Pues ni por esas. Una montaña. Huyan de él como de la peste. Si tienen la mala suerte de recibirlo como regalo, díganles que ya lo han leído y que les den el ticket de compra. Cámbienlo por otro de la Nothomb pero elijan uno de los buenos, los tiene y en cantidad.

Aún así, no se dejen influenciar por todo lo dicho anteriormente. Viaje de Invierno es un mal libro, pero Amélie Nothomb es una autora excepcional que merece ser leída a fondo. Probablemente, lo mejor de la literatura en lengua francesa actual si no fuera por la coexistencia temporal con un genio total y absoluto como Michel Houellebecq.

En lo que se refiere al conjunto de su obra existe una unanimidad pasmosa: Nothomb es una autora tan brillante como irregular. Bipolar suele ser la palabra más usada para definirla. Al respecto existen dos teorías diferentes, que no excluyentes. La primera es que se trata de una escritora excesivamente prolífica. Nada que objetar al respecto; con apenas cuarenta y cuatro años ya lleva publicadas diecinueve novelas más un sinfín de cuentos, obras teatrales y otras zarandajas. Aún presume de sacar al mercado una sola novela de las tres que dice escribir al año. Corolario: si no nos miente y realmente sigue este ritmo, es imposible mantener el nivel de excelencia que caracteriza sus mejores obras a menos que te llames William y te apellides Shakespeare, que no es el caso. Otra explicación, igualmente sensata, es que en realidad Amélie Nothomb solo escribe bien cuando habla ella misma. No en vano, cinco o seis de sus mejores libros son autobiográficos. Siendo este hecho indiscutiblemente cierto, tampoco deja de serlo que tiene un par o tres de novelas de temática diversa realmente sensacionales. Y es que su obra está plagada de obras maestras.

Con apenas veinticinco añitos debutó con la deslumbrante Higiene del asesino. Una maravilla que engancha desde la primera página y donde ya se aprecia el peculiar estilo narrativo que intentará desarrollar a lo largo de toda su obra; argumentos brillantes, frases cortantes como cuchillos y una originalidad a prueba de bombas. Con esta novela ganó todos los premios habidos y por haber. No es para menos. Parte de una trama sumamente ingeniosa: un escritor que jamás había hablado con nadie —un Thomas Pynchon de la vida, para entendernos— gana el Premio Nobel a la par que descubre que le queda poco tiempo de vida. Decide conceder una única entrevista, pero solo al periodista que se le gane dialécticamente. A partir de ahí, la obra se desarrolla en un clímax asfixiante, casi desagradable para el lector. Es una novela difícil de leer, de concentración máxima —ni lo intenten en la playa o en el metro— y que requiere una cierta cultura: entre otras cosas, exige conocimientos de filosofía, dialéctica y de las diversas falacias lógicas. Añádanle la profusión de guiños literarios y llegarán a la conclusión de que no es un libro para regalar a cualquiera. Éste es el gran libro de la Nothomb. El que hay que leer. Hay autores que han entrado en la historia de la literatura por obras mucho menores. Salinger o Kerouac, por ejemplo. Y, probablemente, contiene el mayor homenaje a Céline jamás escrito —vaya, aquí es donde el camino se vuelve a cruzar con Houellebecq.

Pero aun prescindiendo de Higiene del asesino, que ya es mucho prescindir, esta señora ha escrito muchas más cosas en general buenas o brillantes. Sin lugar a dudas, lo mejor de su obra lo conforman una serie de novelas cortas donde nos explica su vida desde el mismo momento de su nacimiento. Son estos libros los que la han convertido en una escritora grandiosa y en el amor platónico de muchos de sus lectores. Un buen amigo —a quien el pitbull ha encargado la continuación de estas líneas— me hizo una vez una interesante reflexión: todas estas obras autobiográficas —Metafísica de los tubos, El sabotaje amoroso, Biografía del hambre, Estupor y temblores y Ni de Eva ni de Adán— podrían haberse juntado en un solo volumen, al estilo del gran 2666 de Bolaño. Aunque al principio no le hice mucho caso, con el tiempo llegué a la conclusión de que no iba en absoluto desencaminado. Si se hubieran editado todas juntas probablemente estaríamos hablando de una de las grandes obras de la literatura contemporánea. Y no es una exageración, porque es en este entorno autobiográfico dónde Amélie se encuentra más suelta y brillante. Donde nos ha ganado a todos sus incondicionales. Pero como les digo, ya se encargará otro de explicárselo.

 


Pigmeo

Chuck Palahniuk

Mondadori

 

Definitivamente, Chuck Palahniuk se ha convertido en un astuto camello para lectores incautos. Y es que sus primeros libros son como la cocaína primigenia de The Wire: tan excelentes como inesperados. A un pobre jovenzuelo le dejan caer en las manos El club de la lucha y cree haber descubierto la piedra filosofal. El alpha y el omega de la literatura. El no va más. Y no solo se engancha rápido, sino que además se lo cuenta a sus amiguitos. Que a su vez lo expanden. Y se lo empiezan a meter en vena. Y crean una leyenda semejante a la de Heisenberg en Breaking Bad. Pero en el mercado de las drogas hay una realidad inexorable: no hay traficante que mantenga durante años un nivel de calidad mínimo. Y esto le ha pasado a Palahniuk. Por el mismo precio de Fantasmas nos daba una papelina con Rant. Y se lo perdonábamos. Hasta el mejor camello tiene un mal día, nos decíamos durante años. Cuando recordábamos la magistral Asfixia —no se pierdan la película, por cierto— nos vendió Snuff. Que sí, que nos curaba el mono, pero nunca acabábamos de estar a gusto. Siempre la misma sensación: es la misma droga, pero esta vez no ha acertado con el corte. Y cuando los drogadictos de las librerías acabamos por desistir de él y empezamos a buscar otros proveedores llegó Pigmeo, una obra que empieza rematadamente mal, con una sintaxis atroz y un argumento absurdo. Pero con el paso de las páginas uno se va haciendo a la nueva realidad. Y esta consiste en que Palahniuk, tal y como les pasó a Stringer Bell y a Avon Barksdale, no volverá a ser jamás el que fue. Así que no nos queda otro remedio que tomarnos el libro como lo que es: una droga con un corte más depurado que otras veces, pero siempre a años luz del producto inicial. Hay que olvidarse del gran camello que fue Palahniuk y centrarse en la lectura como si nos hubiera sido proporcionada por un chavalote encapuchado de la esquina. Y solo a partir de ese momento es cuándo disfrutaremos. Porque el libro es malo, pero divertido: un comando de pigmeos, acogido por diversas familias de una congregación religiosa, planea un macroatentado en el corazón de los USA. Todos ellos son expertos en artes marciales, en la fabricación de explosivos caseros y están convenientemente aleccionados en las doctrinas de Mao, Hitler y Stalin. Hay quien quiere ver una denuncia a la xenofobia, pero la única verdad que transmite el libro es que el American Way of Life puede con cualquier ideología. Y algo que quizás les parecerá extraño: la obra tiene una sorprendente retirada a las novelas más bufas de Eduardo Mendoza —Sin noticias de Gurb o El último trayecto de Horacio Dos—. No haremos un llamamiento para que acudan a las librerías en masa pero si cae en sus manos, no lo desprecien: es posible que incluso les guste. Sin ir más lejos, en mi propia casa hemos reído y disfrutado como enanos. Y nunca mejor dicho.


Trilogía berlinesa

Philip Kerr
RBA

Violetas de marzo, Pálido criminal y Réquiem alemán forman la Trilogía berlinesa protagonizada por Bernie Gunther, un detective alemán que vive en el Berlín nazi de los años treinta, antes de la guerra. Aun tratándose de “novelas de detective”, como diría Rafael Díaz de Valdemar, que fue quien me las recomendó, son diferentes a todas las del estilo. No sólo tenemos la habitual intriga de descubrir al malo, sino que nos ofrece un sentido del humor nada frecuente en el género (son divertidísimas) y, sobre todo, un rigor histórico impecable; consigue meter en la historia a toda la cúpula nazi (Goering, Goebbels, Himmler o Heydrich) de forma creíble y nada forzada. No dejan un poso eterno, pero son terriblemente entretenidas. Ideales para la piscina y el transporte público. Ahora las han sacado en un único volumen –de letra muy pequeña, todo sea dicho–. Para amantes del género policiaco que busquen algo diferente o advenedizos que quieran disfrutar un buen rato.


El lector

Bernhard Schlink
Anagrama

Supongo que todo el mundo tiene una historia curiosa acerca de un libro. Esta es la mía: estando de vacaciones en Dubrovnik, me quedé sin nada para leer. Para ver si sonaba la flauta, entré en la primera librería que vi y busqué si había alguna sección de libros en castellano. Y sí, la había. Pero sólo tenían las obras completas de Lucía Etxebarria (¡¿por qué?!) y éste. Y elegí éste, claro. Fue empezar su lectura y no soltarlo hasta el final. Una historia bonita, maravillosa, de lágrima fácil. En la Alemania de la posguerra, un adolescente inicia su vida sexual con una atractiva mujer madura. Luego se produce un giro argumental espectacular y poca cosa más se puede decir sin destripar el sorprendente desenlace. Se llegó a hacer una versión cinematográfica bastante digna, protagonizada por Kate Winslet.  Por siete u ocho euros está disponible en cualquier librería de barrio o estación de transporte público. En general, suele encantar a todo el mundo. En cualquier caso, no es una lectura molesta. Ustedes verán.


La canción del verdugo

Norman Mailer
Anagrama

Si ha pensado al instante que Mailer puede llegar a ser muy plúmbeo en ocasiones tiene usted bastante razón, para qué negarlo. Pero es casi seguro que este libro fue lo más cerca que estuvo jamás de lograr la Gran Novela Americana, el mayor reto de su vida. Aquí nos cuenta la historia de Gary Gilmore, un señor que fue condenado a la pena capital después de pasar casi toda su vida en reformatorios y cárceles. Como decidió que ya estaba harto de vivir entre rejas, no se molestó ni en recurrir la sentencia y además exigió que se le ejecutara con la mayor diligencia posible. Ni morir en paz dejan a uno: las asociaciones de derechos civiles recurrieron la condena contra su voluntad. En un clímax que nos recuerda constantemente a Truman Capote y su magistral A sangre fría, puede que contenga las mejores páginas que escribió Mailer en su vida. Y, como todas sus obras, está extraordinariamente documentada y aporta detalles de la vida de Gilmore que sólo él se preocupó en investigar. Libro para gozar, releer y regalar. Mikal Gilmore, su hermano, escribió un libro aprovechando el rebufo de esta maravilla, pero es como comparar un tag en un vagón de metro con La encajera de Veermer. Si cae en sus manos, disfrútelo, háganos caso. Si no le gusta, al menos tendrá una historia curiosa para explicar a los amigos.


Las uvas de la ira

John Steinbeck
Alianza Editorial

En plena depresión americana, una familia de campesinos de Oklahoma se ve obligada a abandonar todas sus tierras y propiedades para buscar cobijo, comida y trabajo a cualquier precio y en cualquier lugar. Bajo tan simple premisa se desarrolla una de las joyas literarias del siglo XX: tan impactante como adictiva, le será absolutamente imposible olvidar el goce que le proporcionará esta obra maestra. Setenta años después de su escritura y en el actual contexto de desempleo masivo y salarios mileuristas, sigue teniendo una vigencia peligrosamente inquietante. Si está usted en el paro o la magistral y edulcorada versión cinematográfica de John Ford ya le pareció dura, mejor será que aparque su lectura durante un tiempo. Pero en cuanto le vayan bien las cosas, no lo dude ni un segundo: cómprelo, róbelo o vaya a la biblioteca más cercana y disfrute hasta el último párrafo, donde se resume toda la dureza de la novela. Y vaya con cuidado con según qué ediciones, pueden arruinarle el orgasmo. Es un libro redondo, sin matices. Difícilmente encontrará usted a alguien que se lo discuta. Y si no quiere o no le apetece leerlo, allá usted con su conciencia, pero al menos memorice obra y autor: es pregunta marrón del Trivial Pursuit.


La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson
Blume

No, no nos hemos equivocado: estamos más que convencidos de que no es una obra infantil ni juvenil. Se trata de un producto de amplio espectro, como esos juegos en los que pone en la caja “de 8 a 88 años”; véase el parchís o La Oca. Olvídese de las innumerables adaptaciones cinematográficas que haya podido ver y léalo sin prejuicios ni ideas preconcebidas, como si se hubiera editado por primera vez hace dos semanas. Descubrirá una novela con múltiples niveles de lectura: desde el análisis de la codicia humana hasta el viaje iniciático, pasando por la novela de aventuras pura y dura. Vale lo mismo para un roto que para un descosido: puede leérselo a los críos para que duerman felices y, acto seguido, disfrutar de las intrigas entre los personajes como si estuviera viendo Las amistades peligrosas. Yo no lo leí hasta los 40 años, prácticamente obligado por un amigo profesor de Literatura. No cometan el mismo error, más aún cuando les estamos advirtiendo encarecidamente de lo que se están perdiendo. Insistimos: no es una broma. Además, puede encontrarse en mil ediciones: desde las que valen un eurillo con el periódico del domingo hasta las prologadas y comentadas. Que no hay excusa, vamos. Y si aún no está convencido, al menos no prive a sus hijos de semejante placer, que con tanto Geronimo Stilton vaya a saber usted que generación estamos criando.