Obras perdidas por fin encontradas

Fotografía: DP.

La historia de la literatura está jalonada de casos de obras destruidas, censuradas o extraviadas. Por ejemplo, Huckleberry Finn, de Mark Twain, fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico similar al que en España tiene el enaltecimiento del terrorismo. Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling, fue censurada en los Emiratos Árabes Unidos porque incitaba a la brujería.

Piras enormes han sido alimentadas por miles de libros, a lo Fahrenheit 451. Y, finalmente, otra lista enorme de obras jamás se publicaron porque se extraviaron accidental o conscientemente.

Estoy bastante de acuerdo con la sentencia de Margaret Atwood de que «interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie», pero la pérdida de un libro, cualquiera que sea, es un tragedia, porque con ella estamos destruyendo un puñado de ideas que quizá no vuelvan a alumbrarse nunca más. Síntesis de cerebros conservados en formaldehído. Eso son los libros. Incluso los libros que reflejan muy malas ideas son necesarios para no olvidarnos de qué es lo que no debemos hacer o pensar.

Por ello, debemos encender nuestras bengalas y dibujar figuras bonitas en el aire cuando aparece la noticia del hallazgo de una obra extraviada.

La novela perdida de Walt Whitman

El padre de la poesía moderna, Walt Whitman, consiguió que su Hojas de hierba se convirtiera en un libro fetiche de varias generaciones. ¿Quién no se ha sostenido en pie sobre el pupitre de clase para declamar «¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!», el homenaje de Whitman a Abraham Lincoln que popularizó Robin Williams en El club de los poetas muertos?

Ahora, ciento sesenta y cinco años después, un licenciado de la Universidad de Houston, Zachary Turpin, hizo de Sherlock Holmes hasta localizar otra obra de Whitman que había permanecido en la oscuridad, Vida y aventuras de Jack Engle. El libro, un folletín dickensiano, solo lo pudieron disfrutar en 1852, y por entregas, algunos de los lectores de The New York Daily Times, pero posteriormente nunca llegó a adquirir el rango de libro, ni se conoció reedición alguna.

Las pesquisas de Turpin, de todo punto literarias y dignas de otro folletín, se resumen en la localización de un cuaderno de notas del poeta, en el que se reflejaba un boceto de Vida y aventuras de Jack Engle. A continuación, usó la información para localizar los ejemplares del periódico donde Whitman había publicado anónimamente la obra. Unos ejemplares no digitalizados que se conservaban en la Biblioteca Nacional. Turpin vio que los datos de aquella obra encajaban con las notas de Whitman, así que, indudablemente, se hallaba frente a su folletín. Una obra escrita en la misma época que Hojas de hierba y con la que guarda diversas conexiones.

Tras su recuperación ha sido editada en papel por la Universidad de Iowa, en versión digital por The Walt Whitman Quarterly Review y en español ha sido ahora coeditada por West Indies Publishing Company & Jot Down Books.

Otros casos de obras extraviadas (y encontradas o no)

Muchas de las obras jamás han sido publicadas por deseo expreso de sus autores, como es el caso del de Vida y aventuras de Jack Engle, que siempre renegó de sus obras en prosa. La obra de Kafka, por ejemplo, tampoco hubiera visto la luz si el editor, Max Brod, no hubiese desoído sus deseos. Y Mark Twain dejó a su muerte más de cinco mil páginas de autobiografía, con instrucciones precisas para que no se publicasen antes de cien años.

Otros casos, la pérdida se debe a hechos fortuitos. Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, extravió una de sus obras al enviársela a su editor. Después quiso reescribirla de memoria, pero solo llegó al capítulo sexto. Ciento treinta años después, vio la luz gracias a la British Library, bajo el título de The Narrative of John Smith.

Julio Verne también tenía una obra guardada en una caja fuerte, que fue descubierta por su nieto décadas después. En la obra, Paris in the Twentieth Century, aparece descrito el «telégrafo fotográfico», el cual «permite enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia».

Suite francesa, de Irene Némirovsky, es quizá el caso de obra perdida y posteriormente encontrada más emocionante, que la autora concluyó parcialmente antes de ser recluida en un campo de exterminio nazi.

El número de obras extraviadas y jamás halladas, por contrapartida, es inabarcable. De Lope de Vega, por ejemplo, solo han sobrevivido una cuarta parte de sus dos mil obras catalogadas. De Shakespeare también otro puñado, como El paje de Playmouth, La ira caliente se enfría pronto o Trabajos de amor recompensados. También se perdieron libros de Lord Byron, Edmund Spencer, Thomas Carlyle o Sylvia Plath, cuyo diario fue destruido por Ted Hughes, tal y como leemos en The book of lost books, un libro sobre libros perdidos publicado por Stuart Kelly en el año 2005.

Afortunadamente, las pesquisas de los amantes de los libros, esos cerebros sintetizados en manchas de tinta, continuamente nos permitirán ir recuperando algunas de ellas. Conjuntos de ideas que de otra forma habrían desaparecido quizá para siempre.

Fotografía: DP.


«La extravagancia» de Francisco Daniel Medina

No estamos ante una novela al uso. La extravagancia es un conjunto de documentos que pretende describir un movimiento literario llamado extravagantismo (ficticio), así como las vicisitudes de sus dos únicos impulsores, el joven funcionario y regente de una librería de segunda mano Leo Romance, y la dependienta en una papelería Ana Couteau.

En el libro se menciona que el legado extravagantista consiste en más de cinco mil hojas sueltas, cuarenta y seis cuadernos, cartas manuscritas, recortes de prensa, mil ciento cincuenta fotografías en el ordenador, una grabadora digital en cuya memoria hay cuatro carpetas jalonadas de grabaciones, los manuscritos originales mecanografiados de ambos autores… en fin, un conglomerado del que, para confeccionar La extravagancia, se han seleccionado algunos fragmentos y se han ordenado en forma de libro.

De esta manera, Francisco Daniel Medina ha concebido algo más que una novela: estamos ante una metaficción compilada por un tal Alejandro Heintzman que nos sirve para explorar la vida de dos obsesos de la literatura, así como algunas de sus intimidades, como los correos electrónicos que intercambiaban, versión naïf de la comunicación epistolar de Sartre y Beauvoir. Un juego metaliterario en forma de mosaico desordenado que recuerda a los primeros artefactos de José Carlos Somoza y que pone en el ojo de mira la creación literaria, el arte y la vida misma como el Faroni de Luis Landero.

La historia, pues, es casi un palimpsesto, y sus ideas se bifurcan y se ramifican, a veces contando las idas y venidas de los protagonistas, otras veces plasmando fragmentos de lo que ambos escriben enfermizamente. Todo cabe. En ese sentido, La extravagancia es una novela muy posmoderna, muy audiovisual, de prosa directa y sin florituras, donde priman los diálogos antes que una descripción que pueda romper el ritmo. Esta concepción de cajón de sastre, sin embargo, puede dar la sensación de que las páginas se llenan con cualquier cosa aunque no haya relevancia (y eso que estamos abordando un libro de algo más de cien páginas).

En consecuencia, si omitimos lo que se explicita en La extravagancia, podemos ir un poco más allá y buscar en lo que subyace, que puede llegar a muchas más páginas de análisis. Por ejemplo, tanto si eres de Hobbes como de Rousseau, lo que deja paladina constancia el texto es que el ser humano es un riesgo para el propio ser humano cuando dispone de demasiado tiempo libre: es decir, cuando las necesidades básicas de la pirámide de Maslow están cubiertas y, entonces, puede consagrarse al ocio y a la realización a través del arte.

Ay, el arte. Nadie es capaz de ofrecer una definición unívoca de arte, pero todos lo usamos como estandarte de nuestros nobles objetivos vitales o sencillamente para fanfarronear entre amigos y allegados. Pero en el arte no hay artistas malditos, sino también consumidores y diletantes malditos. En lo tocante al arte ocurre como la respuesta en Asesinato en el Orient Express: todos lo hicieron, todos están implicados, todos son culpables tanto de sus luces como de sus sombras. Por eso existen personajes como Leo y Ana. Monstruos aburridos porque no están obligados a cazar para comer.

La narración, pues, va trazando una espiral neurótica y psicodélica que para unos presentará a dos personajes fascinantes, y para otros un par de zoquetes que deberían pedir hora al psiquiatra. Por consiguiente, lo que manifiestan ambos tendrá más miga que la hogaza para unos, pero para otros serán pensamientos inanes o postureo de enfant terrible. Una ambivalencia que también puede inspirar un personaje totémico que se menciona en el libro: Leopoldo María Panero.

Se advierte en la sinopsis que la obra bebe del cine de la Nouvelle vague, pero incluso así se hará un tanto difícil digerir en algunos estómagos las reflexiones de esta pareja que puede llegar a defecar en mitad del salón y ponerse a reír (y luego desmayarse por el tufo). Reflexiones que, por otra parte, podrían resultar demasiado obvias o ensimismadas, impropias de dos individuos tan raros y esquinados: en puridad, mucho de lo que dicen o piensan es puro mainstream.

Con todo, dejando las filias de cada uno, la narración es solvente, e incluso logra despertar el interés acerca de las peripecias del movimiento extravagantista: por eso, finalmente, sabe a poco este acercamiento a una postura tan romántica como enclaustrarse para hacer una única cosa: escribir y leer. Quizá por la escasez de páginas, quizá porque se crean muchas expectativas que finalmente no son satisfechas.

En definitiva, La extravagancia es algo más que un libro (aunque podría haber sido incluso mucho más), que bien podría haber adoptado el soporte aviñetado de un cómico, por qué no, el digital de un DVD con múltiples menús y hasta easter eggs. Y, precisamente por eso, se echan en falta ríos de contenidos a lo broma infinita de Foster Wallace.

Más información en el blog de Siníndice .


El coche eléctrico va a ser como internet

Fotografía: Mabel Amber (DP).

Jot Down para Endesa

Skype ha tendido a desmonetizar las llamadas a larga distancia. Wikipedia, las enciclopedias. Napster, la industria musical. YouTube empieza a esquilmar la industria audiovisual. Uber, los taxis o los coches con chófer. Y detrás de todo ello, internet: una tecnología, y sus derivadas, que prácticamente ningún escritor de ciencia ficción del siglo XX supo predecir.

Por esa razón, el coche eléctrico es algo más que un cambio del combustible que nos lleva de un sitio a otro. Es también un cambio de paradigma mental, un cambio que lleva aparejados cambios como los que originó el advenimiento de internet y muchas de sus ramificaciones.

De hecho, esta clase de cambios de paradigma, extrapolado al mundo del transporte, empezó con los caballos.

El caballo que se come tu comida

A finales del siglo XIX y principios del XX, el medio de transporte por antonomasia en las grandes ciudades eran los caballos o las calesas. De hecho, había tal saturación de equinos que estos originaban más accidentes de tráfico, porcentualmente, que los que actualmente ocasionan los automóviles. Por si fuera poco, un caballo medio producía unos diez kilogramos de excrementos al día, lo que suponía también un problema de contaminación: volvía insalubres las calles y emitía metano, un potente gas de efecto invernadero.

Fotografía: DP.

Incluso los cultivos para los humanos encarecían sus precios debido a la inmensa demanda de los caballos, hasta que llegó el coche, tal y como explican Steven Levitt y Stephen Dubner en su libro Superfreakonomics:

El motor alimentado con gasolina vino al rescate, evitó las inminentes hambrunas y solucionó el acuciante problema medioambiental. Al menos lo hizo durante las próximas décadas. El coche alimentado por gasolina, con el transcurrir del tiempo, también ha empezado a generar sus propios problemas, también de ambientales y de escasez de materia prima.

El coche eléctrico es el siguiente paso lógico. Al igual que Prometeo escaló el Olimpo y le robó el fuego a los dioses, la chispa tecnológica que prendió bombillas y lámparas en el pasado, e iluminó definitivamente un mundo sumido en la oscuridad, ahora podría alimentar nuestra locomoción, convirtiendo el automóvil tradicional en algo tan obsoleto como un caballo: un transporte con lo que desfilar en ferias y eventos regios, o para competir en carreras o exhibiciones, pero poco más.

Con todo, cabe señalar que el coche eléctrico no es históricamente un sucesor natural del coche de combustión interna o del caballo, sino que lo será el coche eléctrico moderno. Por ejemplo, en los albores del siglo XX, los vehículos eléctricos eran muy comunes, y en ciudades como Chicago dominaba la industria del automóvil. Y es que el primer coche eléctrico de la historia ya fue inventado en 1839 por Robert Anderson: en realidad, un carruaje equipado con un motor eléctrico, que alcanzaba los 6 km/h. Si finalmente este medio de transporte fue relegado a la categoría de anécdota fue porque debía transportar sus propias baterías, que resultaban muy pesadas, además de que estas no eran capaces de almacenar gran cantidad de energía y necesitaban mucho tiempo para recargarse.

Actualmente, sin embargo, la eficiencia de los coches eléctricos está creciendo exponencialmente de un modo que recuerda a la ley de Moore en el ámbito de los microprocesadores.

¿Antes muerta que sencilla? No

El coche eléctrico, además de venir al rescate en asuntos meramente logísticos, también supone un cambio de paradigma mental en el que está coadyuvando las nuevas generaciones. Y es que entre millennials y centennials, el coche ya está dejando de ser un símbolo de estatus o una muestra hiperbólica de la cola del pavo real (lo que prosaicamente se denomina coche-polla).

De hecho, no solo está ganando peso el coche como mera forma de trasladarse de un sitio a otro de forma económica, sino que el hecho de tener un coche en propiedad se está tornando demodé. En 2012, casi un millón de estadounidenses ya eran miembros de alguna asociación para compartir coche, tal y como explica Jeremy Rifkin en su libro La sociedad del coste marginal cero:

Más y más jóvenes se unen a asociaciones para compartir automóviles donde pagan una pequeña cuota a cambio de acceder a un automóvil cuando lo necesiten. Al hacerse socios, reciben una tarjeta con un microchip que les permite usar vehículos estacionados en distintos puntos de las ciudades. Los socios reservan los vehículos por internet o mediante aplicaciones para móviles.

En Estados Unidos, un vehículo permanece inactivo el 92 % del tiempo, por término medio: ¿qué sentido tiene una propiedad que apenas usamos?

De hecho, una encuesta reciente sugería que, por primera vez desde que existe el coche, el 46 % de los conductores de entre dieciocho y veinticuatro años de edad estaban dispuestos a prescindir de él a cambio de conectarse a internet. También las nuevas generaciones tienen menos coches, pero más teléfonos inteligentes: en 1998, el porcentaje de jóvenes de diecinueve años que disponían de permiso de conducir en Estados Unidos era del 64,4 %; en 2008, era del 46,3 %. Las marcas preferidas, además, ya no son las de los coches, sino de otras cosas que se consideran más útiles, como Google.

El coche eléctrico, pues, no solo propiciará que la gente prefiera conectarse a internet, sino que el propio coche eléctrico será como internet: un aldea global 2.0 en la que colaborar y compartir.

Los servicios para compartir automóviles, a través de apps cada vez más sofisticadas, también facilitarán el uso del vehículo eléctrico, porque no importará la cilindrada, el ruido del motor o la máxima velocidad alcanzada: sino llegar al sitio a bajo coste. Frost and Sullivan estimó que, en 2016, dos de cada diez vehículos compartidos nuevos eran eléctricos, y uno de cada diez vehículos compartidos en total, y la tendencia tiene visos de seguir aumentando. Es decir, que circulan más coches eléctricos compartidos que en propiedad porque los conductores de coches eléctricos ya piensan diferente.

El rayo eléctrico

Esbocemos la historia de la electricidad como en un trazo arquetípico de un rayo ramificado en el cielo, zig-zag. Además de servir para insuflar vida al monstruo de Frankenstein, las estentóreas máquinas de vapor que habían caracterizado la Revolución Industrial fueron sustituidas paulatinamente por motores eléctricos más silenciosos y eficientes, a la vez que alimentaban el teléfono de Alexander Graham Bell, las bombillas de Thomas Alva Edison o la radio de Guglielmo Marchese Marconi.

Thomas A. Edison, 1929. Fotografía: Corbis.

En 1986, solo en Estados Unidos ya había casi dos mil quinientas compañías eléctricas, casi doscientas centrales eléctricas municipales y unas siete mil quinientas centrales aisladas que, además, permitieron alargar el horario de trabajo en empresas y negocios gracias al nuevo alumbrado eléctrico, lo que también aumentó la productividad: hay que recordar que las noches, en el siglo XIX, solían ser oscuras: el alumbrado público a gas proporcionaba menos luz que una bombilla moderna de 2,5 vatios.

Irónicamente, fue la propia electricidad la que permitió que el automóvil se democratizara: al electrificar las fábricas, se abrieron las puertas de la fabricación masiva. Lógicamente, la producción pujante de coches, propició que en Estados Unidos circularan de 3,4 millones de automóviles matriculados (año 1916) a 23 millones (año 1930), lo que también hizo que el sector petrolero trabajara a pleno rendimiento, superando al carbón como principal fuente de energía.

Ahora es de nuevo la electricidad, gracias a los nuevos motores eléctricos de los coches, los que transformarán el panorama vigente a nivel industrial, social y medioambiental. Las baterías de los coches autónomos podrán reutilizarse para alimentar nuestras residencias, o viceversa, sobre todo gracias a las nuevas soluciones de almacenamiento de energía como la xStorage o la Powerball de Tesla o las presentadas en España originariamente por Nissan y Endesa.

Los más de mil millones de coches que recorren nuestras carreteras se verán seguramente reducidos a una fracción de ese número gracias a un uso más pragmático y más compartido del vehículo, más 2.0, amén de que gran parte de ellos acabarán en pocos años siendo impulsados por la electricidad, esa chispa que cambió el mundo y que, cual rayo cayendo sobre el Delorean, nos transportará a un futuro mejor.

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El vino como forma de transmisión de cultura

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Jot Down Magazine para Vivanco

Si bien hay quienes han usado el vino como vía paliativa de la infelicidad y el desasosiego, lo que comúnmente se ha venido a llamar «ahogar las penas», el vino también ha obrado como transmisor cultural, como más tarde lo hicieran la imprenta o, incluso, internet.

La autoridad wikipédica se limita a describir el vino como una bebida obtenida a través de la fermentación de la uva, y que los testimonios arqueológicos sugieren que este caldo se produjo por primera vez en el Neolítico, entre 9000 y 4000 a. e. c., en los montes Zagros, entre el norte de la actual Irán y Armenia. No en vano, Areni, en Armenia, son los restos arqueológicos de las instalaciones vitivinícolas más antiguas conocidas hasta la fecha y datan del 4100 a. e. c.

Sin embargo, a poco que no nos quedemos en la superficie de esta acepción, descubriremos que también ha formado parte y ha participado activamente de cambios históricos y sociales de gran relevancia.

El vino como antítesis de la barbarie

El vino es un líquido que ha servido tradicionalmente para trasmitir cultura, y a modo de máquina de la verdad, para expresar lo que verdaderamente sentíamos. «El vino revela lo que está oculto», declaró Eratóstenes.

Si la cuna de la filosofía, la política, la ciencia y la literatura fue la antigua Grecia, fue el vino la correa transmisora de esas ideas. Gracias al comercio marítimo de esos caldos mediterráneos, no solo las ideas se diseminaron, sino que se sometieron a juicio y escrutinio en fiestas o simposios en los que los concurrentes bebían de un recipiente compartido de vino diluido. Gracias a él, los participantes eran capaces de superarse a sí mismos en ingenio, empleando para ello las más abracadabrantes figuras retóricas. Decía por ejemplo el poeta cómico griego Aristófanes: «Rápido, traedme una copa de vino, para que me remoje el entendimiento y diga algo inteligente».

En palabras de Tucídides, autor griego del siglo V a. e. c. que fue uno de los más importantes historiadores del mundo antiguo, «los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger de la barbarie cuando aprendieron a cultivar el olivo y la vid». Y es que el vino empezó a considerarse un signo de distinción, un símbolo de civilización y una forma de distinguirse fácilmente de los bárbaros, bebedores de vulgar cerveza.

La vinculación del vino con los griegos y la cerveza con los bárbaros no solo tenía que ver con el sabor o los efectos etílicos que producían ambas bebidas, sino también por las dificultades que entrañaba elaborarlas. El vino, indudablemente, era mucho más difícil que obtener que la cerveza, como explica Tom Standage en La historia del mundo en seis tragos:

La fruta es estacional y se estropea con facilidad, la miel silvestre solo estaba disponible en pequeñas cantidades y ni el vino ni la hidromiel podían almacenarse durante mucho tiempo sin cerámica, que no surgió hasta alrededor de 6000 a. C. La cerveza, en cambio, podía fabricarse a partir de las cosechas de cereales, que eran abundantes y fáciles de almacenar, lo que permitía elaborar cerveza de manera fiable, y en grandes cantidades, cuando era necesario.

También los griegos pretendían establecer claras diferencias de clase y de posición intelectual entre los bebedores de vino y los de cerveza, hasta el punto de que, en ocasiones, se elaboraban teorías un tanto descabelladas, como esta que J. C. McKeown copia literalmente de Aristótelesen Gabinete de curiosidades romanas:

Los que se emborrachan de vino caen de bruces, mientras que los que han tomado la bebida de cebada (cerveza) echan la cabeza hacia atrás, puesto que el vino produce pesadez de cabeza, mientras que la bebida de cebada es soporífera.

Para los griegos, beber vino era sinónimo de civilización y refinamiento: el tipo de vino que se bebía y su edad indicaban lo culto que se era. Salvando ciertas distancias, el vino era como internet: te permitía comunicarte con los demás dejando a un lado de rigideces protocolarias del día a día, a la vez que te significaba como individuo cultural y tecnológicamente superior.

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Las etiquetas de Roma

Como explica Tom Standage en La historia del mundo en seis tragos: «La difusión del consumo de vino prosiguió en tiempos de los romanos, la estructura de cuya jerárquica sociedad se reflejaba en una estratificación minuciosamente calibrada de vinos y clases de vino». Con todo, la variedad de la época sería extraña para nuestro paladar, porque aquel vino solía mezclarse con agua (incluso de mar) y otros ingredientes, como frutas, miel o especias. Algo así como el calimocho o la sangría.

Estos caldos, además, llegaban de muy lejos y debidamente transportados en ánforas con sellos que pueden compararse a nuestras modernas etiquetas. En estas etiquetas podríamos leer el nombre del mercader o transportista, el contenido neto, los datos del control fiscal, entre otras indicaciones.

Eso sí, a veces los vinos más caros se reservaban para uno, y a los convidados se les servían otros menos sofisticados, tal y como explica Fernando Garcés Blázquez en Historia del mundo con los trozos más codiciados:

Por vanidad, los romanos pudientes invitaban al mayor número posible de personas, pero por tacañería o prudencia, luego hacían trampas. Plinio el Viejo critica a aquellos de sus contemporáneos que «sirven a sus invitados un vino distinto del que ellos beben, o a lo largo del banquete sustituyen los buenos por otros mediocres». Plinio el Joven, sobrino del anterior, registra otra fullería: guardar el vino en pequeños frascos de calidades diversas y sacar unos u otros según la importancia de los invitados.

El vino más caro y lujoso de la época y, por consiguiente, el que solo se reservaba para invitados muy especiales, o para nadie que no fuera uno mismo, era opimiano, la mejor cosecha de Falerno, de la región de Campania, en el sur de Italia. Lo bebió Julio César, y también al emperador Calígula le sirvieron opimiano de ciento sesenta años.

Sacramento

Tras Grecia y Roma, el vino prosperó en diferentes culturas, sobre todo con su vinculación a lo religioso, tanto para alabarlo como para defenestrarlo. Un código visigodo redactado entre los siglos V y VII, por ejemplo, desgranaba castigos detallados para cualquiera que dañara un viñedo.

Entre los cristianos, el consumo de vino era una modalidad de comunión sagrada, aunque siempre en pequeñas dosis, a diferencia de los cultos a Dionisio y a Baco, los equivalentes divinos en Grecia y Roma. En algunos casos, la venta de vino elaborado en las tierras de la Iglesia constituyó una importante fuente de ingresos. Entre los vinos más conocidos en esta época está el hipocrás (mezcla de vino y miel).

El vino, aquí, sería para alcanzar otra verdad, pero esta vez de índole mística.

La prohibición musulmana del alcohol tiene un origen multifactorial, pero también un origen un tanto caprichoso, como explica Standage:

Según la tradición, la proscripción del alcohol por parte de Mahoma fue fruto de una pelea entre dos de sus discípulos durante una fiesta con bebida. Cuando el Profeta buscó orientación divina sobre cómo evitar semejantes incidentes, la respuesta de Alá fue tajante: «El vino y los juegos de azar […] no son sino abominación y obra del Demonio. ¡Evitadlos, pues! Quizá así prosperaréis. El Demonio solo quiere crear hostilidad y odio entre vosotros valiéndose del vino y el juego, e impediros que recordéis a Dios y practiquéis la azalá. ¿Os abstendréis, pues?».

Imagen: DP.
Imagen: DP.

En España se instaura en el siglo XVIII la figura del guardaviñas (posición que perdura hasta 1960), que hace un papel fundamental en la vigilancia de los viñedos. Debido a las dificultades de producir vino local en el norte de Europa, este escaseó, sustituyéndose progresivamente por la cerveza. La distinción entre cerveza en el norte de Europa y vino en el sur subsiste hoy día, en base a patrones de consumo que se forjaron a mediados del primer milenio y fueron determinados en gran medida por el alcance de las influencias griega y romana.

El vino es cultura que se transmite a través del paladar y que engrasa las relaciones sociales y abre la mente del par en par. Por esa razón, el vino no solo debe consumirse, sino considerarse un patrimonio cultural digno de estudio, exhibición y admiración, y también debe engarzarse con otras obras de arte. Un legado como el que recoge el Museo Vivanco de la Cultura del Vino, situado en Briones (La Rioja), y que es considerado el mejor museo del vino del mundo.

En una superficie de cuatro mil metros cuadrados, el edificio se divide en seis espacios que recogen los diferentes pasos de la elaboración del vino y donde se muestran elementos y herramientas que se han empleado para este fin a través de la historia, así como piezas arqueológicas de Babilonia, Egipto, Grecia o Roma, como el vaso con la diosa Hathor, procedente de la XXII Dinastía egipcia (945-715 a. e. c.)

También allí podemos contemplar cómo el vino ha propiciado tecnologías asociadas al mismo, como los distintos tipos de botellas y sacacorchos (un total de tres mil, incluidos los primeros modelos patentados datan de finales del siglo XVIII), así como una prensa húngara de doble husillo, la única pieza conservada de la Primera Exposición Vinícola organizada en la ciudad de Pecs el 11 de Agosto de 1888. En el espacio Guardar las esencias, por ejemplo, también se exhiben desde una botella cuadrada de cristal de la cultura romana (siglo II-III e. c.), hasta la que Vivanco ha utilizado como modelo para fabricar las botellas de sus vinos, una botella cilíndrica de vidrio soplado, datada en 1840, de Francia.

Un amplio espacio dedicado al arte (pinturas, esculturas y bajorrelieves) también se expone en un apartado sobre el vino en la cultura, como un grabado de Joan Miró, Le troubadour, que representa un sacacorchos de doble palanca, tipo inventado en 1850 por J. Heeley en Gran Bretaña.

Literatura, arte, cine, gastronomía, educación, investigación… todo eso es lo que le interesa compartir y divulgar a Vivanco, con su museo y fundación, en el que se encuentra el Centro de Documentación (donde encontramos obras tan importantes como Oda al Vino manuscrita de Pablo Neruda) y la editorial. Ocho mil años de historia que evidencian, una vez más, que el vino no solo es una bebida, sino una forma de transmisión de cultura.

Le troubadour, de Joan Miró.
Le troubadour, de Joan Miró.


¿A quién vas a llamar si has visto a un fantasma?

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Los Cazafantasmas, 1984. Imagen: Columbia Pictures.

«Who you gonna call?». Evidentemente, no a los Cazafantasmas (y tampoco a las Cazafantasmas). De hecho, no puedes extraer ninguna lección útil de ninguna película de la historia del cine ante la cuestión «¿a quién voy a llamar si veo un fantasma?». Ni una sola. Si, acaso, Luces rojas, y con muchas comillas. Es triste, ¿verdad?

Todos los personajes de ficción reaccionan de un modo parecido ante las apariciones de espíritus: busquemos a un especialista a lo Iker Jiménez y, en caso de acudir a un científico, despachémoslo cual ignorante por su ortodoxia y su cortedad de miras. ¿Por qué Demi Moore no se suicida en Ghost cuando descubre que su novio se ha ido a vivir al otro mundo? Peor que esto es: ¿por qué casi nadie se pregunta este tipo de cosas? En este caso, pues, la respuesta no está en el cine. Y me temo que ni siquiera está en nosotros.

¿En qué debo creer?

Hay una película que, sin pretenderlo, sí ofrece una respuesta contundente frente al modo en que debemos proceder frente a un fantasma. Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet, habla de un jurado obcecado en la culpabilidad de un chico, a pesar de que las pruebas no son concluyentes. Pero también habla de otra cosa. De que la gente se forma opiniones de muchas formas, y no siempre esas opiniones se ajustan a la verdad de los hechos. Es decir, que los testigos oculares no son tan fiables como creemos.

De Doce hombres sin piedad, pues, podemos extraer la mejor lección del cine acerca de la epistemología de lo sobrenatural. Doce hombres sin piedad, en el fondo, aborda las diferencias entre la fe racional y la fe irracional. O entre conocimiento temporal y fe, a secas.

Por ejemplo, si profesas un fe irracional, creerás en cosas avaladas por pocas fuentes (generalmente de autoridad), que tienen cientos o miles de años de antigüedad y que son incuestionables (de hecho, cuestionarlas denota irrespetuosidad).

La fe racional, a diferencia de la irracional, es una fe saludable y necesaria, sobre todo por puro pragmatismo. Por ejemplo, creer en la existencia de Japón es un ejemplo de fe racional si nunca has visitado Japón y solo infieres su existencia por fuentes indirectas. Los datos que refrendan la existencia de Japón son amplios, contrastados, no proceden de ninguna autoridad, no son indiscutibles (puedes viajar a Japón para comprobar que no existe y publicar el hallazgo en una revista científica, por ejemplo).

Pero esto es una parodia. En realidad, la fe racional funciona de un modo mucho más sutil. Y, en ocasiones, tampoco queda meridianamente claro si estamos ante un caso de fe racional o irracional, o si bascula de un lado a otro continuamente. Un caso más complejo es el la existencia del átomo. Todos nosotros creemos en él, a pesar de que no los hemos visto más que en dibujos esquemáticos. De hecho, en general, los científicos, tampoco los han visto. ¿Estamos ante un caso de fe irracional?

De hecho, esta pregunta se la han formulado en numerosas ocasiones al físico Leon Lederman, y a ella se ha acostumbrado a responder tal y como escribe en La partícula divina:

Cuando quiero responder a esa espinosa pregunta empiezo siempre por intentar una generalización de la palabra «ver». ¿«Ve» esta página si usa gafas? ¿Y si mira una copia en microfilm? ¿Y si lo que mira es una fotocopia (robándome, pues, mis derechos de autor)? ¿Y si lee el texto en una pantalla de ordenador? Finalmente, desesperado, pregunto: «¿Ha visto usted alguna vez al papa?». «Sí, claro» es la respuesta usual. «Lo he visto por televisión.» ¡Ah!, ¿de verdad? Lo que ha visto es un haz de electrones que da en el fósforo pintado en el interior de la pantalla de cristal. Mis pruebas del átomo, o del quark, son igual de buenas. ¿Qué pruebas son esas? Las trazas de las partículas en una cámara de burbujas. En el acelerador Fermilab, un detector de tres pisos de altura que ha costado sesenta millones de dólares capta electrónicamente los «restos» de la colisión entre un protón y un antiprotón. Aquí la «prueba», el «ver», consiste en que decenas de miles de sensores generen un impulso eléctrico cuando pasa una partícula.

No te fíes ni de tu madre

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Réplica de un avión hecha con ramas. Imagen cortesía de Trilo Byte.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército estadounidense estableció bases militares en islas del Pacífico Sur. En tales islas residían nativos que nunca habían tenido contacto con la civilización. A efectos prácticos vivían tal y como lo hacían las sociedades prehistóricas.

Cuando estos nativos descubrieron a los occidentales descargando toda clase de tesoros tecnológicos desde sus aviones, no se limitaron a rascarse la cabeza, admitir que no tenían ni idea de lo que estaban viendo, y que ya era hora de ponerse a investigar sistemáticamente cómo funcionaba todo aquello. Lo que hicieron fue lo que nuestro instinto nos dicta: rellenar sus lagunas de ignorancia con mitos. Forjaron los llamados cultos cargo, creyeron que los estadounidenses eran dioses y, cuando acabó la guerra y las bases se desmantelaron, los nativos elaboraron toda clase de ritos para hacer que regresaran: movían los brazos como los controladores aéreos para que los aviones aterrizaran, concebían precarias pistas de aterrizaje, levantaban estatuas…

A día de hoy, si visitas lugares como Vanuatu, aún quedan grupos que rinden culto a esta clase de dioses. Ninguno de esos nativos ha logrado saber absolutamente nada real sobre ese militar, sobre los regalos que traía con él, sobre las leyes de la aerodinámica que hacían suspender los enormes pájaros de hierro en el cielo. Los nativos, sencillamente, no quieren admitir su desconocimiento, y como la incertidumbre resulta inquietante, se cuentan historias bonitas para apaciguarla. Probablemente, si preguntamos a uno de esos nativos si es posible conocer a sus dioses, te negarán con la cabeza.

Otro fenómeno de culto cargo sucedió con la tribu de los Yaohanen, en Papúa-Nueva Guinea, que recibió la visita en 1974 del príncipe Felipe de Edimburgo, que les colmó de regalos. Desde entonces, los nativos considerar al príncipe una deidad, y también creen que su espíritu se les aparece en mitad de la jungla para aconsejarles o mitigar sus zozobras. Aquí el grado de ridículo es todavía mayor. Pero ¿acaso no tropezamos nosotros en el mismo error cuando tratamos de interpretar fenómenos desconocidos?

Esa es la forma en la que el cine ha abordado siempre la relación del ser humano con lo sobrenatural. Y es la forma en la que nosotros abordamos muchas de las cosas que desconocemos, desde una puerta crujiendo en una noche de tormenta hasta una luz en el cielo, pasando por el origen del universo. Si no sabemos algo, lo suponemos. Si queremos saber algo, lo miramos y creemos que lo que vemos es la verdad, tanto porque consideramos que sabemos interpretarlo como porque consideramos fiables nuestros sentidos.

En realidad, las cosas funcionan exactamente al revés. Cuando aduzco mi escepticismo sobre cualquier cuestión sobrenatural, la gente suele espetarme que, claro, yo solo creo en lo que veo. Lo irónico es que son justamente ellos los que creen en lo que ven, cuando lo ven, y yo no creo ni siquiera en lo que veo.

Ser consciente de cuán imperfecto es nuestro aparato sensorial y cuántas veces la pifia es como preguntarle a un pez sobre la sensación de estar mojado. Casi todos somos víctimas de alucinaciones, pero casi nadie es consciente de ello. Es relativamente fácil que oigamos un ruido que no se ha producido. O que contemplemos un espectro en una casa encantada sencillamente porque las ondas sonoras de muy baja frecuencia han hecho vibrar anormalmente nuestro globo ocular. Richard Wiseman habla de ello en su libro Rarología al mencionar los estudios del investigador Vic Tandy:

Al escribir sobre sus experiencias en las páginas del Journal of the Society for Psychical Research, Vic especuló sobre que ciertos edificios pueden contener infrasonidos (quizás provocados por fuertes vientos al soplar a través de una ventaba abierta, o el ruido sordo del tráfico cercano) y que el extraño efecto de estas ondas de baja frecuencia puede hacer que algunas personas crean que el lugar está encantado.

Culto cargo a Felipe de Edimburgo. Imagen cortesía de Tribal Life.
Culto cargo a Felipe de Edimburgo. Imagen cortesía de Tribal Life.

Según una investigación de la Universidad de Durham, Reino Unido, las personas que ingieren mucha cafeína (el equivalente a siete tazas de café) son más propensas a tener alucinaciones, tales como escuchar voces o ver cosas que no existen. Y cuando eso le sucede a mucha gente a la vez, entonces podemos estar ante un caso de alimentación de creencias compartidas o histeria colectiva.

Tampoco hemos de olvidar, finalmente, que un gran porcentaje de los seres humanos tiene problemas mentales. Se estima que en España un 19,5% de la población ha tenido algún tipo de trastorno mental. Por consiguiente, resulta inquietante pensar en el número de creencias que han nacido de mentes enfermas, tal y como ha explicado el neurólogo David Eagleman en un libro de Michio Kaku titulado El futuro de nuestra mente:

Parece que una buena parte de los profetas, mártires y líderes de la historia padecieron epilepsia del lóbulo temporal. Pensemos en Juana de Arco, una muchacha de dieciséis años que cambió el rumbo de la Guerra de los Cien Años porque creía (y convenció de ello a los soldados franceses) que oía voces del arcángel san Miguel, santa Catalina de Alejandría, santa Margarita y san Gabriel.

De modo que hemos construido gran parte de lo que consideramos cierto, desde la existencia de fantasmas o de dioses hasta la conveniencia de comer espinacas porque tienen mucho hierro, en algo así como los tres tipos de personajes que aparecen en El rey Lear: un demente de verdad (Lear), un tipo disfrazado de loco (Edgar), un ciego (Gloucester) y un loco (Bufón).

El escéptico, o el científico, se sale del libreto shakesperiano. Porque no basa sus creencias en lo que ve y puede tocar, como diría santo Tomás, sino en lo tiene muchas fuentes confiables detrás, dichas fuentes explican la concatenación que origina el fenómeno, y, además, todo ello es replicable. Y si alguien descubre el engaño, le conceden el Nobel, amén de que inicia una revolución científica nunca vista antes en la historia.

El buen escéptico y el buen científico incluso desconfía de los científicos, porque también son falibles y pueden errar en sus percepciones, o pueden también dejarse llevar por sus miedos o ilusiones. Ver y tocar no define a la gente de ciencia, sino precisamente a los magufos: los que se creen a pies juntillas los fenómenos a los que asisten, o los fenómenos que les cuentan otros. La ciencia, afortunadamente, basa su progreso en la explicación del funcionamiento del fenómeno, y ese método funciona hasta cierto punto fuera de la mente de los científicos. Como un control automático.

Cabe aquí puntualizar que el método científico también puede verse entorpecido por factores externos. Gazapos o deshonestidades de los propios científicos, errores en los filtros a la hora de publicar trabajos académicos, intereses comerciales de los que financian determinadas investigaciones. Sin embargo, cuando un magufo usa estos argumentos para confiar en la realidad como lo hacían los adoradores de los cultos cargo, no puedo más que echarme las manos a la cabeza: no debemos añadir a la ecuación cualquier idea que pase por la cabeza del primer illuminati que pique a las puertas del edificio de la ciencia, sino que debemos enmendar la aluminosis de dicho edificio pasa precisamente por poner un portero más exigente.

El mesías del espacio exterior

Juan Carlos Campos, Tristanbraker, Nube de María, la profesora Rossana, Iker Jiménez… son muchos los que, consciente o inconscientemente, se aprovechan de las debilidades de nuestra circuitería neuronal, a saber: tendencia a construir patrones donde no los hay e invención de teorías para rebajar el grado de incertidumbre. Esta inclinación incluso se ha documentado en palomas, que incluían ritos supersticiosos para alimentarse cuando se incoporaban inputs aleatorios en su vidas. Como cultos cargo colombófilos.

Lo más inquietante es que, incluso si nuestras creencias acaban siendo pulverizadas, tenderemos a defenderlas hasta tropezar en la llamada disonancia cognitiva (albergar dos ideas contradictorias al mismo tiempo, por ejemplo una creencia y su refutación). Esta disonancia no solo tiene lugar en las personas menos formadas, sino también en las más cultas e inteligentes. E, irónicamente, cuanto más evidenciemos tal disonancia en alguien, más se enrocara en ella, sobre todo si usamos la burla o el desprecio como fórmula. No es un fenómeno que ocurra en temas sobrenaturales o políticos: los fanáticos del Mac también son conocidos por tratar a los usuarios de PC como víctimas de un engaño masivo. Y los de Samsung, tanto de lo mismo respecto a los de iPhone.

Porque, sobre todo, somos unos hachas es defendiendo lo que creemos, aunque medio segundo antes ni siquiera lo creyéramos, como describe Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Por lo tanto, una manera muy buena de entusiasmarse con una teoría que acabas de expresar por pasar el rato es hacer que alguien te lleve la contraria, por ejemplo tu madre. Yo misma he pasado en cuestión de milisegundos de no definirme a mostrar gran celo utilizando esta técnica. De manera similar, un conocido me confesó en cierta ocasión que, cuando su cónyuge contradice una teoría que él acaba de maquinar, empieza a generar espontáneamente «hechos» para apoyarla, incluso cuando se da cuenta de que ella tiene razón y él no.

Yo mismo podría ser víctima de lo anteriormente expuesto. O ser un iluminado que ha padecido epilepsia del lóbulo temporal. Este artículo al completo podría formar parte de una gran conspiración para mantener a la población en la ignorancia, bien arrejuntada en Matrix. No te fíes. Como tampoco deberás fiarte de que esa luminosa figura espectral que habla lento y dice naderías sea verdaderamente un fantasma.


Asúmelo ya: debatir no sirve para nada de lo que siempre has creído

Reservoir Dogs, 1992. Imagen: Live Entertainment / Dog Eat Dog Productions.
Reservoir Dogs, 1992. Imagen: Live Entertainment / Dog Eat Dog Productions.

Alguien me dijo en una ocasión que conmigo no se puede discutir. Hasta donde me alcanza la memoria, yo también he proferido esa acusación en un par o tres de ocasiones. Los motivos que propician estas consideraciones son diversas: que el otro nos lleva la contraria por deporte, que se enroca en sus opiniones como un burro con orejeras, que pierde los estribos a la mínima, que nos trata con displicencia o bravuconería, y un largo etcétera.

Sea como fuere, cuando participamos en un debate de formato adversarial, en el que se contrastan dos opiniones divergentes, quienes han visto demasiado Sálvame Deluxe se limitan a lanzar frases lapidarias e incuestionables con la profundidad de un aforismo de Mr. Wonderful, y quienes se creen más cultos e ilustrados aspiran a convencer más que vencer y hasta a aprender de la experiencia, enriquecer la propia opinión y ampliar horizontes.

La mala noticia es que se equivocan. Todos ellos. Debatir no sirve para absolutamente nada. Al menos para nada de lo que creemos en realidad.

Tu opinión no importa

La entradilla «yo opino que…» debería ser considerada anatema en cualquier debate. El problema de las opiniones no solo reside en que todos creen tener una, sino en que, precisamente por eso, todas deben recibir una pequeña dosis de respeto y atención. Pero las opiniones en realidad no tienen demasiado valor porque solo son reflejo del nicho social del que formas parte.

Otras opiniones en sintonía con tus opiniones políticas o tus creencias religiosas no solo serán las que más incidan en ti porque te sueles rodear de gente que se parece a ti, sino que únicamente describen una insignificante parte de la realidad: imagina los miles de millones de personas que nunca conocerás y de las que nunca sabrás nada que viven en decenas de países que nunca pisarás.

El otro problema de las opiniones es que nunca han servido para incrementar el número de conocimientos de la humanidad. La razón es que encajamos las opiniones con mejor disposición si se presentan con una buena dosis de retórica o si quien las emite está considerado como inteligente o importante por algún motivo (las opiniones del papa, por ejemplo, resultan más trascendentales para sus seguidores). Y solo asimilamos parcialmente las opiniones, justamente la parte que comprendemos, con la que empatizamos, que se ajusta a una serie de prejuicios sobre la realidad; el resto es sonido que no sabemos interpretar correctamente.

De hecho, la humanidad no empezó a agigantar exponencialmente su corpus de conocimientos empíricos sobre el mundo hasta que no se produjo la revolución científica, allá por el siglo XVII. Esto es: tu opinión ya no importa, solo importa que demuestres (mediante un experimento u otra forma) por qué sabes lo que sabes.

La revolución científica no solo fue una revolución que atañía a las teorías científicas, sino también a las ideas políticas, sociales e incluso estéticas. Todas estas ideas, en mayor o menor medida, pueden ser sometidas a los mismos patrones de demolición, sustitución y avance que las teorías científicas.

La revolución científica postuló, nada más y nada menos, que ya no se tuviera en cuenta lo que decía la gente, a fin de que los errores colectivos y los errores privados dejasen de emponzoñar el conocimiento, sino que se creara un sistema autónomo, una suerte de máquina de la verdad: toda proposición debía ser presentada con las pruebas que la avalasen (la concatenación de datos que la sostienen) y sometida a escrutinio general a fin de hallar fallas. Si no se encontraba ningún error, la propuesta era temporalmente aceptada. Si alguien hallaba alguna inconsistencia, se sustituía la propuesta por otra mejor.

Nikita Khrushchev y Richard Nixon, Moscú, 1959. Fotografía cortesía de history.com
Nikita Khrushchev y Richard Nixon, Moscú, 1959. Fotografía cortesía de history.com

Leído de corrillo este sistema parece muy simple, y en realidad lo es, pero no se le había ocurrido a nadie en miles de años de historia. Esa es la razón de que, durante siglos, se estudiaran las ideas del médico de la antigua Grecia Hipócrates: bastaba con que él lo hubiera afirmado para que se aceptara cono cierto. La revolución científica, sin embargo, partió de la premisa de que no nos podíamos fiar ya de ningún conocimiento anterior y que debíamos empezar desde cero. No importaba que dichos conocimientos procedieran de mentes preclaras como las de Sócrates o Platón.

De repente, quince siglos de conocimientos fueron parcial o totalmente refutados por ingentes cantidades de información de mejor calidad a propósito de animales, plantas, geología, geografía, cosmología, medicina y cultura humana en general. Como abunda en ello Kathryn Schulz en su libro En defensa del error: «En nuestra época, globalmente íntima y cartografiada en Google, es casi imposible comprender el grado de trastorno intelectual y emocional que toda aquella nueva información tuvo que ocasionar». No era para menos. Por primera vez en la historia se perseguía conocimiento excluyendo lo máximo posible al yo. Porque la ciencia es, sobre todo, una herramienta que tiende a dejar al margen a la humanidad. Porque la ciencia es el intento de alcanzar el máximo de objetividad posible: la ausencia de la mente, de prejuicios, sentimientos e interpretaciones, es decir, de opiniones. Y si la objetividad es lo que tiene lugar independientemente de nuestra mente, el debate basado en opiniones personales es cualquier cosa menos objetivo.

Porque en un debate de cualquier índole, sobre todo si se produce de forma sobrevenida (en un café, un viaje en coche, en una cena de empresa), no hay tiempo ni medios para verificar datos o hacer demostraciones. La gente habla en intervenciones cortas y rápidas y dice lo que piensa, sin que sepamos exactamente de dónde procede ese conocimiento (generalmente se lo ha inventado, se lo ha dicho otra persona o lo ha leído en algún artículo, mayormente de opinión). Como apunta el psicólogo Gary Marcus en Este libro le hará más inteligente: «Cuando dos personas discrepan, la causa hay que buscarla muy a menudo en que sus convicciones previas les llevan a recordar (o a centrarse en) fragmentos de información diferentes».

Si el debate se limitara a presentar los datos de que disponemos, el debate se reduciría e incluso se diluiría. Esto es lo que sabemos y no sabemos más (de momento). El resto son conjeturas, un blablablá. Que además presentamos maniqueamente, como explica el filósofo Julian Baggini en ¿Se creen que somos tontos?: Preferimos «eso es cierto» o «eso es falso» a «la parte factual de esa información es verdadera, pero sus supuestas ventajas no son reales».   

Otra cuestión es que la mayor parte de la gente ignora dónde se encuentra este conocimiento y sus fuentes pueden ser tan dispares como una entrevista en «La Contra» de La Vanguardia o un blog Illuminati. Sin contar que la mayoría de la gente ni siquiera comprende los elementales basamentos de la lógica y de la filosofía de la ciencia, como denuncia el matemático John Allen Paulos en Un matemático lee el periódico: «Qué diferencia hay entre la proposición empírica y la apriorística, entre la inducción científica y la inducción matemática. ¿Es válida cierta consecuencia en ambos sentidos o es falsa su inversa?».

En resumidas cuentas, cuando se vierte una opinión en un debate, no estás recibiendo nada cualitativamente relevante porque lleva marchamo de «opinión». La opinión únicamente es información de la que ignoramos su procedencia, y la recibimos en cantidades ingentes, que a su vez es producida por otras opiniones. Hasta el punto de que nuestras creencias no son realmente las que limita nuestra mente, sino la red de testigos y sus opiniones en la que estamos atrapados.

Con todo, el problema de la opinión es solo la punta del iceberg de cualquier debate.

Improvisación emocional: el motor del debate

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Siete mujeres, 1966. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

A uno le gusta pensar que, al debatir, está realizando un intercambio ponderado de conocimientos mientras, de fondo, suena una música de violines. «Adelante, caballero, dígame qué opina». «Hum, interesante punto, pero déjeme que le matice lo siguiente». Si hacemos zapping durante cinco minutos descubriremos que esta forma de debate es una idealización. Con todo, aun logrando debatir como caballeros decimonónicos, siempre con la mejor predisposición y humor, recibiendo las réplicas como buenos fajadores y disparando las nuestras con respeto y humildad, estaremos lejos de solucionar uno de los mayores lastres de cualquier debate: la improvisación.

Los debates, a diferencia de los ensayos escritos, tienen lugar en tiempo real. Cada segundo que transcurre pronunciamos alguna palabra. Si bien podemos guardar silencio unos segundos para reflexionar acerca de nuestra siguiente intervención, o incluso podemos tomar alguna nota al vuelo mientras nuestro interlocutor desarrolla su argumento, lo cierto es que el tiempo apremia cuando intercambiamos opiniones con los demás. Y no solo tenemos poco tiempo para acceder a todos los conocimientos que atesoramos sobre el tema tratado (confiando en que nuestra memoria no nos juegue malas pasadas), sino que debemos sintetizarlo, liofilizarlo y presentarlo casi con la extensión de uno de esos textos virales de Facebook y, a ser posible, con la determinación retórica de una galleta de la fortuna.

Hay asuntos que requieren la lectura de libros de trescientas o cuatrocientas páginas. Incluso esos libros, que han sido redactados durante meses o años, que se corrigen y pulen línea a línea, suelen hacer llamadas a una extensa bibliografía compuesta por otros libros o artículos que, a su vez, también han sido redactados del mismo modo. Ahora estamos delante de nuestro polemista ideal, caballero hasta la médula, y tenemos unos minutos para recordar y ordenar todo el conocimiento que obtuvimos de la lectura de esos libros (en el mejor de los casos, porque la mayoría de la gente ni siquiera lee libros de los temas que aborda).

Es decir, en un debate ideal, los concurrentes deben haber leído mucho sobre el tema, haber consultado fuentes fiables, recordar lo leído, ordenarlo de forma coherente y ajustada a la réplica del otro y, por si fuera poco, hemos de confiar en que el otro entienda lo que estamos diciendo o sea capaz de intuir todo lo que nos hemos dejado en el tintero. En un debate ideal, recibimos una porciúncula de conocimiento bajo la promesa de que la incorporaremos a nuestra reflexión y que leeremos mucho y bien sobre ese tema para contrastarlo, algo que nunca o casi nunca sucede en realidad. Además, si de lo que se trata con un debate no es tanto convencer al otro como facilitarle material para que lo someta análisis, ahorraríamos tiempo omitiendo el debate y ofreciendo sencillamente una bibliografía apropiada a nuestro interlocutor.

En realidad el cerebro humano no funciona así. Cuando hablamos con alguien no exponemos pormenorizadamente una ristra de argumentos como si se tratara de una tesis doctoral, sino que improvisamos en función de lo que nos llegue a la mente, y mucho más importante: en función de las réplicas y gestualidad del interlocutor (cuando ha puesto esos ojos en blanco he decido ser más categórico porque me ha ofendido su displicencia). Nuestro cerebro, sobre todo en un entorno social, no es una máquina analítica sino una órgano que tiende a la fabulación: nos gustan las historias, tanto explicarlas como recibirlas, y faltamos a la verdad en aras de que las historias tengan sentido (tanto para nosotros como para los demás). Un debate es un intercambio de emociones en un caldo de cultivo social, no un análisis racional.

Diversos experimentos ponen en evidencia esta tendencia, pero uno de los más curiosos fue el realizado por los psicólogos Richard Nisbett y Timothy Wilson en 1977. Tras abrir una tienda en unos grandes almacenes de Michigan, solicitaron a la gente que comparara cuatro clases distintas de medias. Todas las medias, en realidad, eran completamente idénticas, pero los compradores mostraron preferencia por unas y no por otras, e incluso razonaron extensamente las razones de la misma, aseverando que ese color era un poco más atractivo o que el tejido era un poco menos rasposo. Es decir, que tendemos a explicar nuestras razones aunque sea a costa de inventarlas sobre la marcha. Hasta el punto de que, tras el experimento, se reveló a todos los consumidores que las medias eran exactamente iguales… y muchos se negaron tajantemente a creerlo, aferrándose a sus creencias originarias.

Esa es la razón de que, en casi cualquier tema abordado, raramente admitamos «no lo sé» y vertamos nuestra opinión con soltura, totalmente improvisada o recogida de oídas (incluso para temas profundamente técnicos de ámbitos como la economía o la física cuántica). Y, si nos pillan en algún renuncio, básicamente nos dediquemos a agarrarnos al clavo ardiendo.

A esto se suma que todos, en mayor o menor medida, estamos lastrados por el llamado efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.

¿Cómo es posible que la gente cambie de opinión tras un debate?

Un dios salvaje, 2011. Imagen: Constantin Film.
Un dios salvaje, 2011. Imagen: Constantin Film.

Llegados a este punto, podemos aducir que tras un debate puede que nos hayan convencido de algo, que nos hayan mostrado una veta de conocimiento que nos había pasado inadvertida, que nos hayamos sentido enriquecidos de algún modo. En general, un debate no sirve para cambiar la opinión de las partes, pero vale la pena explorar por qué sucede en cierto porcentaje de casos.

En primer lugar, que experimentemos todas esas sensaciones no significan que sean ciertas. Uno puede cambiar de opinión tras un debate (aunque sea un fenómeno más raro que avistar al Yeti), pero ignoramos si ese cambio de opinión obedece a que hemos recibido la información completa y correcta, o que sencillamente nos la hemos tragado porque parecía convincente, tal vez añadiendo mayor número de errores a nuestros conocimientos.

Por si esto fuera poco, los cambios de opinión no suelen ser fruto de los debates, sino de algo gradual o, por el contrario, de un salto cuántico fugaz. Los cambios de opinión se producen muy rápidamente o muy lentamente para proteger nuestra autoestima: solo a estas dos velocidades el cambio de polaridad tiene lugar de forma casi imperceptible. El cambio gradual de una creencia (ahora dejo de creer en Dios, por ejemplo) atenúa la experiencia hasta que casi desaparece. El cambio repentino hace lo mismo condensando la experiencia: al advertir tanto para nosotros como para los demás que estábamos equivocados es casi como si también alumbráramos una nueva verdad. El primer tipo de cambio de creencia puede prolongarse durante años, el segundo, apenas unos segundos. Pero difícilmente, tras diversos tiras y aflojas, un polemista irá admitiendo sus errores y asumiendo que quizá no sabe qué opinar, que se ha quedado huérfano de conocimiento. En el mundo real, sin embargo, tenemos toda la razón del mundo sobre algo hasta que, justo un instante después, tenemos toda la razón del mundo sobre otro asunto.

Esta lógica, sin embargo, incluye un matiz. Los cambios de opinión derivados del propio debate, los fidedignos, los verdaderamente lacayunos, pueden tener lugar si el contexto es emocionalmente confortable. O dicho en román paladino: si el debate tiene lugar con alguien a quien amamos particularmente. Los argumentos proferidos por alguien del que estamos enamorados, por ejemplo, siempre suenan mejor que el de los otros, hasta el punto de que no nos dolerán prendas en admitir nuestros deslices frente a él.

Con todo, esta es solo la visión simplista del contexto. El contexto puede ser diverso y cambiante en apenas segundos, e incluso interactúa de formas arcanas con nuestros estados de ánimo (los contextos interiores o biológicos). Schulz resume mejor que yo estas oleadas neuroquímicas dependientes del contexto:

… son sensibles de una manera imprevisible a pequeñas fluctuaciones, fácilmente perturbados, a menudo aparentemente arbitrarios. En un sistema semejante es difícil explicar por qué la humildad y el humor a veces prevalecen sobre la soberbia y la susceptibilidad, y es aún más difícil prever de antemano el resultado. Como consecuencia, nuestra capacidad para admitir nuestras confusiones tendrá siempre algo de misterioso y en ella influirá, como en todo, nuestro talante momentáneo.

Dicho de otro modo: hay momentos en los que, sin saber muy bien la razón, deseamos machacar al interlocutor que nos ha tocado las narices porque parece que cuestiona nuestras creencias. Otros momentos, sin que haya cambiado nada realmente, podemos abordar la cuestión con un tono entre cortés y circunspecto o meramente salomónico, como si la verdad fuera un concepto inaprensible.

Esto no solo ocurre en nosotros, sino también en nuestros interlocutores. Y nunca podemos saber fehacientemente si nuestro interlocutor está siendo víctima de sesgos tanto cognitivos como contextuales y, por tanto, el grado de ruido que añade a nuestro sincero y elevado propósito de confrontar nuestras ideas con otras para enriquecerlas o hasta cambiarlas.

En consecuencia, otorgarle la razón a alguien poco tiene que ver con el contenido de lo dicho en sentido estricto. Es decir, que dar o no la razón a alguien tiene también algo de caprichoso y fortuito. El misántropo contumaz de Schopenhauer fue más tajante a la hora de describir esta sensación en Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente: «A veces hablo con los hombres como el niño con sus muñecos; aun sabiendo que los muñecos no pueden comprender, mediante un grato autoengaño metódico se logra el gozo de la comunicación».  

El cerebro chapucero

ABC NEWS - ELECTION COVERAGE 1968 - "1968 Elections" - Airdate November 5, 1968. (Photo by ABC Photo Archives/ABC via Getty Images) WILLIAM BUCKLEY;GORE VIDAL
William Buckley vs Gore Vidal, 1968 (del documental Best of Enemies). Imagen: Magnolia Pictures.

Si bien hay personas más arrogantes y obstinadas que otras a la hora de discutir cualquier tema, más cerradas de mente o sencillamente más disonantes cognitivas, cuñadismo style, todos albergamos todos esos elementos y se manifiestan con más o menos brío en función del contexto o sencillamente del día que hemos tenido. Además, esta idea de que hay buenos y malos discutidores también se asemeja bastante a un argumento circular: afirmar que gente tozuda no puede admitir que está equivocada es casi lo mismo que afirmar que la gente que no puede admitir su error no puede admitir que está equivocada. Es decir, que asumimos que el otro está equivocado (tozudamente) aunque quizá esté en lo cierto y su tozudez en realidad sea razonable. Al fin y al cabo, tildar a alguien de que no sabe discutir es otra forma de advertir que está equivocado. Algo que, en todo caso, deberá dirimirse en el propio debate.

Bien, en realidad no hace falta dirimirlo. En gran parte de los asuntos que se debaten, al carecerse de experimentos y pruebas que avalen cada una de las afirmaciones, en realidad cada uno cuenta la suya sin que nadie sepa a ciencia cierta si hay engaño o manipulación (ni siquiera el propio manipulador, que puede operar inconscientemente). Quienes aducen que debaten con los demás para aprender sencillamente son víctimas de lo que se denomina «realismo ingenuo»: la idea de que el mundo es tal y como lo experimentan, y que pueden transmitir su experiencia a otra persona para que también la experimente igual que ellos. Bajo este paraguas, un debate reflejará pasivamente la verdad del mundo, ni más ni menos. Lo que yo opino es verdad o, en cualquier caso, es verdad lo que tú opinas, vamos a discutirlo y así hallaremos quién capta mejor la realidad. O como dijo el filósofo Ward E. Jones: «Lo que sucede es que no tiene sentido verme a mí mismo creyendo que P es verdad y al mismo tiempo convencido de que lo hago por razones que no tienen nada que ver con que P sea verdad».

Por si fuera poco, nuestro cerebro tiende a interpretar a quien está equivocado como nuestro enemigo, lo que en general carga aún más las tintas. Esta percepción puede ser manifiesta o sencillamente estar oculta tras capas y capas de corrección política («yo no soy racista, pero…»). Si alguien afirma algo chocante no es infrecuente que el otro responda con algo parecido a: «¿Estás flipando?». Y quienes defienden creencias diametralmente opuestas a las nuestras pueden ser tildados alegremente de «rojos», «cavernarios», «lunáticos liberales», «meapilas de la derecha» y un largo y creativo etcétera.

Cuando la gente de mi entorno suele afirmar cosas del tipo «¿Qué clase de idiota puede seguir votando al PP?» a menudo pasan por alto que viven en una burbuja ideológica, y que sus homólogos políticos diametralmente opuestos probablemente están afirmando algo parecido a «¿Qué clase de idiota vota al PSOE?». Y eso sucede con toda clase de temas. Siempre hay asuntos en los que, hasta el mayor defensor del debate como forma de enriquecimiento personal, parte de la premisa de que el otro es sencillamente idiota. Y si pensamos que el otro es idiota es porque pensamos que nosotros no lo somos.

Es la razón de que en Estados Unidos haya condados donde los demócratas siempre ganan, y otros donde siempre ganan los republicanos. Como abunda en ello Schulz:

Tanto si pasamos mucho tiempo con esas personas porque estamos de acuerdo con ellas o si estamos de acuerdo con ellas porque pasamos mucho tiempo juntos, la cuestión fundamental sigue siendo la misma. No es solo que participemos de una creencia; es que participamos de una comunidad de creyentes.

En el caso de que nos veamos obligados a permanecer tiempo con personas que opinan radicalmente distinto a nosotros, entonces echamos mano de los buenos modales y tampoco abordamos los temas en los que diferimos. Y si lo hacemos, el tacto propicia que tampoco abordemos los puntos verdaderamente críticos. Ello no solo torna el debate en un teatro (en el caso de que no queramos hacer daño a la otra persona), sino también en una manera de enemistarse, distanciarse y reafirmar nuestras propias creencias (en el caso de que tengamos ganas de sangre, poniéndonos petulantes, paternalistas o desdeñosos).

Lo más perturbador, sin embargo, es que si procedemos así con los demás, hemos de admitir que también los demás lo hacen con nosotros, lo que reduce ostensiblemente la probabilidad de que nos alerten a propósito de posibles fallos de nuestras opiniones. Dicho de otro modo: parece que en formato profundamente adversarial solo caben dos opciones, a saber: que saquemos las uñas y el otro se ponga a la defensiva (reforzando sus ideas), o que nos callemos educadamente y otro sencillamente no sepa que está equivocado (reforzando sus ideas).

El deporte nacional: debatir asuntos abstractos

Doce hombres sin piedad, 1957. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / Orion-Nova Productions.
Doce hombres sin piedad, 1957. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer / Orion-Nova Productions.

El debate puede ser útil si es conciso y tiene como objeto de glosa un tema muy sencillo, fácil de demostrar, «mira, no, oye, dijiste que no te dejaste el gas encendido y aquí tienes la prueba de que no es así». Sin embargo, el debate se convierte en un lastre intelectual peligroso cuando se centra en temas complejos, abstractos, para los cuales no solo no hay evidencia, sino que la solución ni siquiera es binaria, sí o no, a favor o en contra.

Son los llamados temas peliagudos, que generalmente emanan de la subjetividad o en los que los acuerdos al respecto solo son convenciones o fronteras arbitrarias porque nada es blanco o negro. Es el caso de, por ejemplo, el aborto, el uso del burkini, la tauromaquia y otros tantos. Eso no quiere decir que no haya nada que aportar a tales temas. Todos esos asuntos pueden analizarse de forma más completa si se aportan datos de buena calidad, como los científicos. Por ejemplo, si debatimos sobre el aborto, el debate será mucho más completo si se tiene en cuenta lo que ya sabemos sobre embriología, genética, el sistema nervioso o la consciencia. Pero, si bien debatir a ciegas es mucho más infructuoso que hacerlo teniendo en cuenta tres o cuatro puntos indiscutibles, la solución a esos debates no existe, solo podemos dar vueltas y más vueltas a su alrededor, incluso cambiando de postura a cada poco en función de las nuevas opiniones que recibamos.

Y, entonces, queda a la vista la verdadera función del debate, que en absoluto es presentar todo lo que hemos aprendido en nuestra vida acerca de un tema para contrastarlo con todo lo que han aprendido los demás para, finalmente, todos salir de allí sabiendo más que antes.

Blablablá, el motor social

Debatir sirve para lo mismo que charlar de cualquier otro tema. Un debate, por el hecho de definirse como debate, discusión, polémica, no dista en absoluto de las funciones que tiene cualquier conversación.

Puede ser un pasatiempo o una manera de aproximarse al otro, trabar alianzas o forjar odios. Discutir es como un baile de salón. El debate considerado como un baile con otra persona, pues, sirve para divertirse, acercarse, conocerse, ahora lo llevo yo, ahora tú, aquí soy un poco Tartufo, allí tú me sueltas un moco, aquí yo te demuestro que tengo una espina clavada por aquello que me dijste, media vuelta, bienvenido a mi baile o fuera de aquí.

Debatir es algo así como un engrasante social. Una forma de juego que recuerda a los mordiscos de mentira que se propinan los perros.

Debatir es hablar y, como especie social que somos, necesitamos hablar para intimar. Si la mayor parte del tiempo chismorreamos sobre terceras personas a fin de evaluar la reputación relativa de los diferentes miembros del grupo, la otra gran parte del tiempo la dedicamos a confrontar ideas para hacer justamente lo mismo.

Debatir, las más de las veces, no sirve para hallar la verdad, ni para convencer a nadie de nada. Obviamente, siempre debemos preferir el intercambio ponderado de argumentos al intercambio vehemente de denuestos. Pero eso no quita que probablemente le estamos otorgando un exceso de importancia a la capacidad esclarecedora del debate en sí mismo, por muy ponderado que sea. Como describió Philip Roth en Pastoral americana:

En cualquier caso, sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.

El cerebro es un accidente evolutivo y, si bien tiene unas capacidades asombrosas, su diseño no es propicio para alcanzar la objetividad. Un cerebro está tan sesgado que, por defecto, ningún individuo puede negar que sea racista, machista o clasista: lo más que puede hacer es afirmar que intenta serlo lo menos posible.

De igual modo, un cerebro no está diseñado para debatir en el sentido tradicional del término, lo cual tampoco es impedimento para mejorar algunos hábitos mentales sin necesidad de ser un gran científico: prestar atención a las contrapruebas, evitar creer que lo que pensamos es la última palabra y, sobre todo, que el árbol no nos eclipse el bosque o que olvidemos por demasiado tiempo que nuestras creencias más firmes están determinadas por accidentes del destino, desde nuestro lugar de nacimiento hasta nuestro ADN.

Porque al considerar que no podemos discutir con alguien, que discutimos para encontrar la verdad, que el otro no está siendo ponderado y lógico como nosotros, que somos humildes y solo buscamos el enriquecimiento mutuo… es probable que estemos poniendo de manifiesto justo lo contrario: que nos creemos más listos, que no somos víctimas de toda la maraña de sesgos cognitivos que entorpecen el cerebro humano, que, sumergidos hasta las trancas en el lago Wobegon, estamos por encima de la media.

Por eso, si estamos en el fragor del debate, intentemos tomarnos unos segundos, respirar hondo y recordar que solo estamos ejecutando un baile social antes que escudriñando quién tiene razón.

ARCHIV - Der republikanische Präsidentschaftskandidat Richard Nixon (r) und sein demokratischer Kontrahent John F. Kennedy (l) verabschieden sich nach ihrem Fernsehduell in Washington am 07.10.1960 herzlich voneinander. In der Mitte steht Fernsehdirektor J. Leonard Reinsch. Wahlkämpfe in den USA sind eine milliardenschwere Sache. Doch wer mächtigster Mann der Welt wird, entscheiden manchmal Kleinigkeiten - gewollte geniale Schachzüge und ungewollte peinliche Ausrutscher. (zu Serie: US-Präsidentenwahl 2012 «Game Changer: Manchmal entscheiden Kleinigkeiten den US-Wahlkampf») +++(c) dpa - Bildfunk+++
Debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon, 1960. Fotografía: Cordon Press.


Ha llegado el fin de la publicidad (y ya era hora)

Imagen: Daniel Oines (CC)
Imagen: Daniel Oines (CC)

Abres un periódico y está ahí. Enciendes la televisión, y no dan otra cosa. Cambias de canal y lo mismo. Pones la radio y más. Escuchas un podcast, y te interrumpe de nuevo el mismo anuncio de coche que llevas oyendo desde hace una semana. Abres YouTube para ver un vídeo que anhelas desde hace rato y no es el vídeo que esperas, es lo de siempre, un producto que no te interesa. Lees un artículo precioso y, entre líneas, asoma el hocico de nuevo, ya sea forma de banner lateral o vertical, o cualquier otro ardid que te impide leer con normalidad.

Es como un parásito que está en todos sitios, en cualquier clase de fragmento de información audiovisual o escrita. Hagas lo que hagas, pam, ahí está. Y si desapareciera, todo se desmoronaría y no habría ni radio, ni televisión, ni revistas, ni nada. Como si eso, esa maldita cosa, ese mensaje machacón, fuera el puñetero andamiaje de la cultura.

Me refiero, como habréis deducido por el título de este artículo, a la publicidad, que ya ha adquirido el estatus de metástasis y, como tal, está también a punto de matar al huésped. Una de las mejores síntesis sobre este proceso de depredación informativa la ha realizado, como nos tiene acostumbrados, la serie de televisión South Park (19×09).

Los espacios dedicados a la publicidad no dejan de crecer y adquieren formas cada vez más grotescas. El pastel publicitario es cada vez más pequeño, cada vez hay más competencia, los ingresos menguan… y eso obliga a llevar a cabo campañas más invasivas. Hasta el punto de que, en ocasiones, es difícil diferenciar publicidad de información. ¿El presente artículo será una suerte de promoción de algún producto o servicio? Tal vez.

Afortunadamente, el fin está cerca. La publicidad está a punto desaparecer por dos motivos. El primero: no es efectiva (o no tanto creíamos), porque es más descriptiva que prescriptiva. El segundo: los contenidos no necesitarán de publicidad para mantenerse y, de continuar existiendo, no será exactamente publicidad, sino información que nos gustará leer (de verdad).

Cuando toda la publicidad empezó a ser spam

Hasta hace poco, el spam se circunscribía al ámbito de esas herencias príncipes nigerianos o anuncios de Viagra que nos llegaban a través del correo electrónico. Muchos de esos reclamos eran enviados directamente a la papelera de reciclaje por nuestro gestor de correo.

El problema es que el spam ha alcanzado ya prácticamente todos los ámbitos de la publicidad. Hay medios en los que la invasión de banners, pop-ups y flechas, enlaces o imágenes nos obligan a pinchar sobre cosas que no queremos, y acceder a páginas de venta, a timos piramidales, a encuestas y un sinnúmero de ardides para obtener dinero o información de nosotros. En algunas páginas ilícitas de descargas de películas, por ejemplo, debemos conducirnos con el mismo cuidado que si atravesáramos con un campo de minas: cualquier paso en falso y se descargará un archivo distinto a la de la película, como un troyano, o llegaremos a otra página que nos conmina a suscribirnos a quién sabe qué.

Algunos periódicos digitales ya están adoptando esta estrategia. Y otros medios constituyen elaboradas máquinas de ingeniería psicológica para obtener visualizaciones y clics de los usuarios, llamado su atención con proclamas que empiezan a tener ya la misma estructura: «Esta chica se acuclilló para orinar y no sabes lo que le pasó» y cosas así.

El abuso está a punto de devaluar no solo la publicidad, sino la propia información. El universo de gatitos y vídeos chorras que puebla el timeline de Facebook parece haberlo contaminado TODO. Sin embargo, ese abuso solo pone en evidencia los últimos coletazos de un modelo de negocio que en unas décadas nos resultará aberrante: que la información que consumíamos a través de cualquier medio existía gracias al dinero de marcas comerciales. Y más aún, tal y como ha llegado a escribir Jeremy Rifkin en su libro La sociedad del coste marginal cero: «La publicidad ha sido la fuerza motriz del sistema capitalista desde sus inicios».

Imagen: DP.
Imagen: DP.

La publicidad nunca te ha obligado a nada

Si bien es cierto que ahora no somos tan inocentes como los consumidores de hace un par de décadas, o que internet ha cambiado las reglas del juego, la publicidad nunca ha surtido el efecto lava-cerebros que se empeñan en mantener las empresas de marketing.

La publicidad tampoco opera a nivel subliminal, logrando que adquiramos cosas sin advertir de donde nace nuestro deseo, por mucho que se invoque el libro Las formas ocultas de la propaganda, de Vance Packard, donde se menciona el experimento del publicista James McDonald Vicary, de 1957. En él, se introducían fotogramas ocultos en un filme llamado Picnic donde se conminaba a beber Coca-Cola y comer palomitas. Según Vicary, las ventas subieron un 18% en el caso de la Coca-Cola y un 58% en el caso de las palomitas.

En realidad, Vicary admitió años más tarde que había manipulado los resultados. Actualmente, el mayor metaánalisis jamás realizado sobre esta tesis fue el de Trappery en 1996, donde se analizó el resultado de 23 experimentos diferentes. Ninguno demostró que los mensajes subliminales surtan efecto alguno en el comportamiento, si bien podría matizarse que hay algunos casos donde parece que sí puede originarse alguna influencia, según recientes estudios (en cualquier caso, es lo de menos: lo importante es que ni siquiera hay aún consenso científico sobre un asunto que en el mundo de la publicidad parece darse por válido sin más).

En realidad, todo es mucho más complicado. Entre el punto A (el anuncio) y el punto B (el deseo de adquirir el producto del anuncio) no hay un solo paso trazado por una línea clara y definida, sino múltiples pasos zigzagueantes jalonados de nodos que influyen continuamente, como explico más extensamente en «¿La publicidad moldea el cuerpo de las mujeres?».

Si bastara con concebir un anuncio persuasivo para que la gente comprara un producto, el negocio de vender objetos sería, generalmente, muy rentable. Quienes invierten en bolsa o en el ladrillo solo deberían invertir en potenciar la publicidad de cualquier producto. Sin embargo, la mayoría de empresas no duran más que unos pocos años en el mercado. Incluso productos de consumo masivo como la cerveza cada vez tienen menos éxito frente al vino en países como Estados Unidos, a pesar de que la inversión publicitaria en la cerveza es cada vez más alta.

Algunas empresas prefieren regalar sus productos a determinadas personas con influencia social para que los prueben y hablen bien de ellos si les apetece, porque han empezado a descubrir que no compramos cosas que no necesitamos más que por una razón: para ser aceptados por los demás, por quienes nos importan. Nike regalaba hace algún tiempo sus zapatillas deportivas a los líderes afroamericanos de las canchas de baloncesto de Nueva York para que se las pusieran y, por imitación, otros afroamericanos también las usaran. También, por imitación, los blancos que quieren molar tanto como ellos puede que también las adquieran. Porque son las densas redes sociales las que configuran nuestros gustos, y no un anuncio publicitario.

Como admite incluso una persona que se dedica profesionalmente al marketing, como es Jonah Berger, en su libro Contagioso:

Visitamos páginas web que nos recomiendan nuestros vecinos, leemos libros ensalzados por nuestros familiares, votamos a los candidatos que apoyan nuestros amigos. El boca a boca es el factor principal que determina entre el veinte y el cincuenta por ciento de todas las decisiones de compra.

En muchas ocasiones decidimos adquirir una cosa sencillamente porque los demás lo hacen, asumiendo (quizá erróneamente) que tanta gente no puede andar equivocada. Conducir por la derecha o por la izquierda es un ejemplo clásico: «He aquí un caso en el que realmente uno no quiere ir contra corriente», señala el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro.

El matemático Duncan Watts, por ejemplo, creó dos versiones de una página web donde se podía descargar música rock: en una versión no se veían la descarga de cada canción, pero en la otra sí. En la primera página apenas había diferencias de popularidad entre las canciones, pero en la segunda, los usuarios tendían a descargar las canciones con más descargas, convirtiéndolas a su vez en las más descargadas, originando un efecto bola de nieve.

Muchos productos que todo el mundo consume puede que emitan caros spots publicitarios (como Coca-Cola), pero tal vez estamos confundiendo correlación con causalidad: quizás Coca-Cola se vende mucho porque mucha gente suele beber Coca-Cola, no porque se anuncie más. Pepsi, por ejemplo, también invierte una generosa partida presupuestaria en publicidad, pero vende menos (aunque en catas a ciegas, donde el consumidor no sabe si bebe Coca-Cola o Pepsi, el consumidor admita que le gusta más la Pepsi a pesar de que previamente haya afirmado que prefería Coca-Cola). Starbucks, por ejemplo, es un ejemplo clásico de servicio que no gasta en publicidad y, sin embargo, es tremendamente popular.

Otro ejemplo de cómo la psicología influye más en los gustos y preferencias que la publicidad es el precio del vino: el mismo vino nos resultará más atractivo al paladar si se indica que es más caro, como sugieren diversos estudios al respecto. Unos resultados que incluso tuvieron lugar con catadores de vino relativamente expertos, como es el caso de los miembros del club vinícola de la Universidad de Stanford.

Imagen: DP.
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Publicidad que no será publicidad

Una hora de programación en televisión implica, de media, unos ocho minutos de publicidad, que son los que pagan el programa. Tal y como explica Eduardo Porter en El precio de lo gratuito:

En 2009, por ejemplo, los anunciantes afirmaron haber pagado unos doscientos treinta mil dólares por un spot de treinta segundos en la serie de ABC Mujeres desesperadas. A ese precio cada uno de los 10,6 millones de hogares que veían Mujeres desesperadas tenía un valor para la cadena de setenta y nueve centavos.

Estas tarifas son asombrosamente altas teniendo en cuenta que ni siquiera hay estudios rigurosos que demuestren que los anuncios persuadan a la gente para comprar. Más bien al contrario. Sobre todo porque solemos confundir la popularidad de un anuncio con el hecho de que finalmente se adquiera el producto que anuncia, como sucedió con el vídeo de Evian de los bebés patinadores: recibió millones de visitas, y entró en el Libro Guinness de los récords como el anuncio más visto en la historia de internet. Ese mismo año, no obstante, Evian perdió cuota de mercado y sus ventas cayeron casi un 25%.

¿Por qué hubo, entonces, esta escalada de anuncios en televisión? La respuesta corta es que la gente consumía cada vez más televisión, como señala Chris Anderson en su libro La economía Long Tail:

Después de la desregulación en Estados Unidos a mediados de los años ochenta, el tiempo de los anuncios por hora en las cadenas de televisión aumentó de seis minutos y cuarenta y ocho segundos en 1982 a doce minutos y cuatro segundos en 2001 (un incremento del aproximadamente un cincuenta por ciento). ¿Por qué? Porque el público miraba cada vez más la televisión, aunque cuando el espacio de los anuncios iba en aumento.

Todos creían que podían aprovecharse de esa cuota de atención de la gente, y lo hicieron. Pero esa cuota de atención era irreal: las personas veían más la televisión, anuncios incluidos, porque no había alternativa. Desde hace unos pocos años, sin embargo, la gente está consumiendo cada vez menos horas de televisión en todo el mundo, como analiza extensamente Clay Shirky en Excedente cognitivo. La razón es que ya hay alternativas, como internet. Y ello también pone en evidencia que la gente no era tan feliz viendo la televisión: en cuanto apareció otro medio en el que, además de consumir pasivamente, podía hacerlo activamente, dejó atrás la caja tonta.

Las alternativas al consumo pasivo de la televisión, desde entonces, no han dejado de proliferar: TiVo, Netflix, YouTube, Hulu y otros servicios cuyo efecto secundario es socavar a marchas forzadas este modelo de negocio que se basaba, como hemos visto, en una serie de premisas falsas desde el punto de la sociología más elemental. Sí, porque estábamos deseando que apareciera una cosa mejor que la televisión para dejar de verla. Porque estábamos deseando un mundo sin anuncios para dejar de verlos de una vez por todas.

Imagen: DP.
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Prosumidores

Hay otra fuerza que devalúa la publicidad: gracias a que internet está empoderando a las personas para que lleven a cabo proyectos que antaño solo eran posibles gracias a una fuerte inversión económica (blogs, Wikipedia, Linux, etc.), se abre un horizonte de abundancia de contenidos y servicios que abarata no solo la producción, sino la distribución y el consumo de los mismos. Mucha gente ofrece su tiempo, como los editores de Wikipedia o los subtituladores de series y películas que no han sido dobladas al español, sin recibir nada a cambio, salvo reputación virtual. Y más aún: estamos entrando en una era de prosumidores.

Los consumidores pasivos son ahora prosumidores de información, conocimiento y entretenimiento (y dentro de poco incluso de productos impresos en 3D o de energía). Esta nueva economía se basa en colaborar y compartir y prefiere el acceso a la propiedad. Ello afecta directamente al poder de la publicidad, ya de por sí cuestionado, porque los consumidores se fían más que nunca de sus semejantes a la hora de adquirir nuevos productos y servicios, no de los banners, ni de los anuncios caros con estrellas de Hollywood, ni de cualquier otro spot tradicional, como señala Rifkin:

Y puesto que la economía social del procomún es distribuida, colaborativa y entre iguales, las decisiones económicas están menos determinadas por las campañas publicitarias que por las recomendaciones, las revisiones y los «me gusta» o «no me gusta» de los «amigos» y «seguidores» de Facebook, Twitter, YouTube y centenares de otras redes sociales.

Antes no teníamos otra fuente de información sobre los productos y servicios que la de nuestros allegados 1.0 (un puñado de personas muy poco representativo) y lo que nos decían las campañas de publicidad (información poco objetiva y veraz). Ahora, sin embargo, podemos acceder a las opiniones de millones de personas. Si bien es cierto que algunas empresas empiezan a manipular la imparcialidad de dichas opiniones, como las que hallamos en Foursquare o Tripadvisor, ello solo evidencia que ya se han dado cuenta de dónde está el poder prescriptivo: en los pares o semejantes, no en las campañas de marketing de personas que quieren llevarse nuestro dinero.

Como ya sugería un estudio publicado en el año 2012 por parte de IBM Global Business Service, titulado precisamente como The End of Advertising as We Know it (El final de la publicidad tal como la conocemos), los procomunes de internet «ponen en peligro las fuentes de ingresos de los distribuidores y agregadores tradicionales de contenidos».

Y esto solo es el principio. En internet los usuarios ya consideran la publicidad como una intromisión. Yo no recuerdo haber visto jamás un anuncio completo de los que aparecen al principio de un vídeo de YouTube: en cuando aparece la opción «saltar publicidad», le doy ipso facto. Cuando no puedo hacerlo, no presto atención al vídeo y hago otra cosa, o directamente cierro el vídeo y busco otro. Como explica Eric Clemens, profesor de operaciones y gestión de la información de la Wharton School, la misma naturaleza social de internet impide su explotación comercial.

El índice de crecimiento de la publicidad en internet ha bajado del 23% entre 2010 y 2011 a solo el 14% entre 2011 y 2012, y cada vez lo está haciendo más deprisa. General Motors dejó de anunciarse en Facebook porque sus anuncios tenían escaso impacto en la venta de turismos (si bien recientemente ha vuelto a intentarlo).

Todo esto no significa que la publicidad desaparezca, sino que lo hará en la forma en que ha existido hasta ahora. Vaticinar de qué forma se metamorfoseará la publicidad o cómo se financiarán los contenidos, básicamente, se parece a consultar a Sandro Rey: a medida que la tecnología evolucione (y lo hace cada vez más deprisa), los modelos cambiarán. En cualquier caso, ahí van algunas ideas al vuelo:

1. Publicidad útil: si al abrir un vídeo de YouTube debo ver, a modo de peaje, el tráiler cinematográfico de un estreno próximo seguramente lo veré de buena gana, porque es algo que estaría dispuesto a ver en otras condiciones. Es decir, que la publicidad no funciona porque no está perfectamente segmentada. A medida que los algoritmos para reconocer nuestros gustos y preferencias se afinen, la publicidad será más información que nos interesa que verdadera publicidad. La empresa Acxiom, por ejemplo, ya usa los datos que generamos con nuestro smartphone para proporcionar publicidad basada en nuestro comportamiento y publicidad predictiva. Puede que en breve nos anuncien cosas que ni siquiera éramos conscientes de que pudieran interesarnos tanto.

2. Venta de datos: ya sea para conocer mis gustos mejor y, por tanto, anunciarme productos que verdaderamente me interesan, ya sea para mejorar el cálculo de una póliza de seguros, mis datos cuestan dinero y puedo usarlos para pagar los servicios que consumo. Cuando mi app para gamificar mis salidas para practicar running detecta, a través de geolocalización, que siempre paso por la misma avenida, y que esa avenida, a su vez, está continuamente transitada por otros runners, esos datos estadístico pueden venderse a Nike para que instale un cartel en la calle anunciando sus nuevas zapatillas. Lejos de acerbas disquisiciones sobre la privacidad (Jeff Jarvis, en Partes públicas, ofrece una visión digna de tener en cuenta que evita los clichés), la mayoría de usuarios ya están cediendo sus datos para usar gratuitamente plataformas como Google, Facebook o Twitter, e incluso juegos como Candy Crush o Angry Birds, como explica Marc Goodman en su libro Los delitos del futuro:

La oportunidad de poseer todos tus datos móviles fue el motivo que impulsó a Google a crear su sistema operativo para teléfonos móviles Android y entregarlo de manera gratuita tanto a los desarrolladores como a los usuarios. […] Google no perdió el tiempo en rellenar una solicitud de patente bajo el epígrafe «publicidad basada en condiciones ambientales». Ahora Google puede detectar si estás en una ubicación donde hace calor y, en función de ello, presentarte un anuncio de aire acondicionado o de helado.

3. Universo Freemium: los contenidos tienen publicidad a menos que pagues una cuota mensual para eliminarla, tal y como ya suceden en muchas apps gratuitas.

4. Product Placement interactivo: Hulu, una plataforma similar a Netflix que todavía no ha llegado a España, permite detener la imagen de cualquier serie y, simplemente pasando el ratón por encima de un personaje, nos informa de quién es mediante un pequeño resumen biográfico. Imaginemos que podemos hacer lo mismo sobre cualquier objeto que aparezca en una serie o una película, y que pinchando en él podemos adquirirlo a un módico precio. Todas las producciones audiovisuales recibirían un porcentaje de esas ventas. Las marcas podrían pagar más por aparecer en una producción habida cuenta de que los consumidores serían más activos a la hora de investigar acerca de todo lo que aparece en pantalla. Yendo un poco más allá: ¿sería posible que parte de la decoración estuviera realizada digitalmente con objetos mercables personalizados en función de los parámetros del usuario?

5. Suscripción: Pagar directamente por plataformas que ofrezcan contenidos interesantes sin publicidad, sin horarios y sin esperas. Así como Netflix y HBO ya crean sus propios contenidos para obtener más suscripciones, otras empresas de telecomunicaciones, como Telefónica, podrían hacer lo propio: a ellas les interesa que contratemos más ancho de banda y la mejor forma que tienen de conseguirlo es produciendo o financiando contenidos que puedan llegar hasta nosotros a través de sus cables de fibra óptica.

6. Monitorización del éxito: las primeras transmisiones de radio comercial estadounidense de la década de 1920 «era el único medio de entretenimiento que no cobraba por el contenido», explica Bill Bryson en 1927: un verano que cambió el mundo. En aquella época, la radio era un medio de comunicación muy costoso, pero la idea de usar la publicidad para financiarla, tal y como ya ocurría en periódicos y revistas, tardó mucho en arraigar porque se consideraba un medio efímero. Por otra parte, Herbert Hoover se oponía a ello, considerando que la radio debía dedicarse a propósitos más nobles. Antes de que acabara la década, la radio ya empezó a probar las mieles de los astronómicos beneficios que podían aportar la publicidad. Lo importante, sin embargo, es que la radio pudo existir sin publicidad, como actualmente existe Wikipedia. Si, como Hoover, consideramos que la información es importante, ¿por qué no sufragarla entre todos?

Actualmente destinamos grandes partidas económicas en mantener televisiones públicas o producir películas, pero esas inversiones distan de ser rentables para el público porque su uso es discrecional. También SGAE, CEDRO y otras entidades de gestión de derechos llevan a cabo repartos económicos opacos. Ahora imaginemos que tomamos todas esas partidas, y otras destinadas para fomentar la cultura, y creamos un sistema de monitorización perfecto del consumo de contenidos. Una suerte de Spotify cultural en el que cada autor recibe una cantidad mínima de dinero de dichos impuestos cada vez que un usuario consuma su contenido. Incluso podría añadírsele un sistema de micromecenazgo, algo así como la X que todos ponemos para fines sociales.

7. Abundancia: finalmente, el coste marginal de la copia y distribución de contenidos en forma de bits es próximo a cero, lo que equivale a que cada vez haya más personas creando contenidos y, muchos de ellos, no lo hacen a cambio de dinero, sino de otros incentivos, como la reputación o el simple entretenimiento. La mayoría de contenidos no pueden competir con los contenidos profesionales, pero si bien el porcentaje de contenidos amateur supera o completa de algún modo la atmósfera profesional, la cantidad es tan abrumadoramente gigantesca que cada vez se devalúa más el contenido profesional. Wikipedia, realizada por personas en su tiempo libre, ha dejado sin trabajo a los enciclopedistas profesionales.

Es difícil que ocurra lo mismo en todos los contenidos, pero el descenso del coste y la facilidad de crear microaudiencias que traduzcan la reputación obtenida en otros trabajos remunerados, reducirá ostensiblemente el número de contenidos sostenidos por la publicidad. Todos los modelos de negocio que han existido hasta hace apenas una década estaban basados en la escasez, se impone un cambio de paradigma basado en la abundancia, como explica más ampliamente Clay Shirky en su libro Excedente cognitivo, Chris Anderson en Gratis o, incluso, Peter H. Diamandis en Abundancia.

Los contenidos del futuro podrían financiarse con uno, dos o la mezcla de todos los modelos de negocio anteriormente presentados, y probablemente con muchos otros que irán apareciendo a la vez que se desarrolla la tecnología. Lo que queda bastante claro es que ya hemos dejado atrás la era de anunciar lo mismo a todo el mundo de forma machacona bajo el prisma de que le convencerás para comprarlo aunque no lo necesite o no le sea útil. Y ya era hora.


Sonríe, hay un espejo delante de ti

Nadie es capaz de ver el código, como Neo en Matrix, pero todos, a poco que nos fijemos, distinguimos patrones que se propagan como epidemias, clichés que se han forjado a raíz de la aparición de los espejos, primero, y de las cámaras, más tarde. Antes de la existencia de estas tecnologías, las personas no tenían tanto interés en la impostura. A nadie le preocupaba mantener un mohín adecuado. La gente era más espontánea sencillamente porque no sabía qué aspecto tenía en cada momento. Nadie imaginó algo como Snapchat en la Edad Media.

Gracias a los sentidos propioceptivo y vestibular sabemos en qué parte del espacio está localizado nuestro cuerpo y qué le está pasando en su interior, pero, en ausencia de imágenes especulares, no poseemos una percepción precisa del cuerpo, y menos del rostro.

Por ejemplo, la mayoría de nosotros tenemos una imagen distorsionada del tamaño de nuestra cabeza, como sugiere un estudio de Ivana Bianchi, de la Universidad de Macerata (Italia). En el estudio, los voluntarios solían sobrestimar el tamaño de la circunferencia frontal de su cabeza entre un 30 y un 42%. Una tendencia que también observaron en el arte del siglo XV: las cabezas de los autorretratos tendían a ser mayores que las de los retratos.

Primeros reflejos

Detalle de una cerámica ática c. 470–460 a. C. Fotografía: Marsyas (CC).
Detalle de una cerámica ática c. 470–460 a. C. Fotografía: Marsyas (CC).

Básicamente, un espejo es una superficie pulida capaz de reflejar la luz siguiendo las leyes físicas de la reflexión. Hasta la invención del espejo, la gente podía contemplar su reflejo en un estanque o incluso en el agua quieta de una vasija. Pero esas imágenes especulares nunca fueron gran cosa comparadas con la que retornaron los primeros espejos, posiblemente ideados por pequeños grupos que habitaban las zonas de lo que hoy es Turquía y que datan del año 6000 a. C. Dos mil años tarde aparecieron espejos babilonios, elaborados a partir de cobre pulido. Los del Antiguo Egipto se confeccionaron a partir de oro y cobre. En el siglo I aparecieron por primera vez los espejos de vidrio. Con todo, la invención del espejo moderno se le atribuye al profesor alemán de la química Justus von Liebig, en 1835.

Los espejos son casi artefactos mágicos, a poco que nos formulemos ciertas preguntas incómodas. Por ejemplo: los espejos, al igual que las cosas que percibimos como blancas, reflejan todas las longitudes de onda visibles. Pero eso no explica la razón de que nuestra camisa blanca no parezca un espejo. La verdadera razón reside en el hecho de que una superficie blanca refleja la luz en todas direcciones. Un espejo, por el contrario, no refleja la luz de esta forma difusa, sino en la misma dirección, por lo que construye una imagen de la fuente de luz, en palabras del astrónomo Phil Plait.

Bueno, en realidad esto no es exactamente así porque los espejos son verdes y, en consecuencia, lo reflejan todo un poco con esa tonalidad. Sí, verdes, al menos la mayoría de espejos que usamos hoy en día, que están confeccionados con un sustrato de vidrio de sílice sódico-cálcico y un revestimiento posterior de plata. Este verdadero color es difícil de ver, pero una forma sencilla de conseguirlo es creando una infinita reflexión de espejos.

Es decir, debemos enfrentar dos espejos y contemplar la sucesión de reflejos cada vez más pequeños. Después de cincuenta reflexiones, la luminosidad de un objeto reflejado se reduce, y la longitud de onda dominante pasa a ser la de quinientos cincuenta y dos nanómetros, la que percibimos como un color verde amarillento espectral. El moho de las imágenes especulares.

Pero las preguntas incómodas no acaban aquí: ¿por qué los espejos invierten en sentido derecha-izquierda pero no en sentido de arriba-abajo? Si guiñamos el ojo derecho, nuestro reflejo guiñará el izquierdo. Pero la cabeza está donde tenemos la cabeza, no al revés. Es decir, que nada cambia en el espejo, salvo esa inversión de derecha-izquierda. Este misterio no es baladí en física, y ya fue abordado por Platón en Timeo, y por Lucrecio en De Rerum Natura.

El problema, sin embargo, está mal enfocado: los espejos no invierten la imagen de lado, sino de delante y detrás. Y no somos capaces de verlo no por la física, sino por la biología, porque somos organismos bípedos que andamos erguidos y disponemos de ojos en uno de los lados de la cabeza. Estas son las dimensiones en las que percibimos el mundo. Al contemplar de este modo los espejos, la inversión que tiene lugar es así y no de otra forma. Uno de los mayores expertos en lateralidad, Chris McManus, lo explica en su libro Mano derecha, mano izquierda:

El eje derecha-izquierda solo puede definirse una vez determinados los ejes arriba-abajo y delante-detrás. El espejo invierte siempre una dimensión, pero esta solo puede describirse una vez que las dimensiones arriba-abajo y delante-detrás han sido determinadas, y en consecuencia, sea cual sea la dimensión que un espejo realmente invierta físicamente, siempre será descrita como la dimensión derecha-izquierda.

Caraísmo

Con el advenimiento de los espejos, primero, y las cámaras fotográficas, después, también llegaron las representaciones y las consiguientes deformaciones. Durante quinientos años, los rostros de las minorías discriminadas han aparecido en posiciones subordinadas. Al igual que los primeros autorretratos presentaban deformaciones de resultas de una deficiente autopercepción, los retratos presentaban deformaciones conscientes o inconscientes en función de la clase social del representado.

Desde el siglo XVII, tanto en pinturas como fotografías, las caras de los afroamericanos, las mujeres y otras clases discriminadas han aparecido en una posición inferior respecto a los blancos, los hombres y otras clases consideradas superiores, respectivamente. A este fenómeno se le llama face-ism.

El «índice de caraísmo» es el cociente de dos mediciones lineales: la distancia (en milímetros o cualquier otra unidad) de la parte superior de la cabeza hasta el punto visible más bajo de la barbilla (numerador) y la distancia desde la parte superior de la cabeza a la parte visible más baja del cuerpo del sujeto (denominador).

Como sugiere un estudio de Miron Zuckerman y Suzanne C. Kieffer publicado en Journal of Personality and Social Psychology, esta constante se ha observado entre los afroamericanos y los estadounidenses-europeos en diversos periódicos de los Estados Unidos y de Europa, así como en numerosas obras pictóricas y estampillas.

Esta discriminación facial también se ha detectado en las caras de las mujeres respecto a las de los hombres. En un estudio de Dane Archer en el que se compararon tres mil quinientas fotografías publicadas en medios de once países diferentes, entre los que se encuentran México, India, Francia o Kenia, se halló esta correlación. Y también se ha observado en retratos y autorretratos que datan del siglo XV.

Espejos que te hacen fotos

c. 1944. Courtesy of Throckmorton Fine Art.
Frida Kahlo c. 1944. Fotografía cortesía de Throckmorton Fine Art.

Las nuevas generaciones, por algunos llamados nativos digitales, se conducen con mayor naturalidad por el mundo de observación/exhibición de internet. Cada vez son más los que están dispuestos a sacrificar su intimidad en aras de ser valorados por los demás, a la vez que los más pudorosos acaban siendo los raros, los esquinados, los que tienen algo que ocultar, los que no se consideran lo suficientemente buenos como para medirse con el resto.

El contenido de fotos, vídeos y textos que los menores de edad intercambian entre sí, de ser vistos por adultos en toda su amplitud, originaría una horripilante disonancia cognitiva: muy pocos son capaces de imaginar la falta de inocencia incluso a edades tan aparentemente tempranas como los once o doce años. En una encuesta realizada en 2008 por la campaña nacional para la prevención de embarazos no deseados en adolescentes, se descubrió que el 20% de los adolescentes entre los 13 y los 19 años habían colgado en la red o había enviado fotografías en las que aparecían desnudos total o parcialmente. Las chicas lo hacían con mucha más frecuencia que los chicos.

Por eso la industria de gadgets está desarrollándose para satisfacer estas necesidades, como es el caso de un espejo inteligente que te muestra tu verdadera cara frente a fuentes de iluminación concretas. En muchas ocasiones, nuestro maquillaje parece óptimo en el espejo de nuestro baño, pero se torna ineficaz o directamente pavoroso, a lo clown maligno, si estamos bajo la luz del sol o en esa oficina donde abundan los fluorescentes de morgue. El Sensor Mirror Pro Wide-View evita eso conectándose al wifi para que podamos controlar la temperatura del color de nuestra luz desde el smartphone. La app. que instalaremos, tanto en iOS como Android, captura la iluminación en los lugares que frecuentamos, y recrea la iluminación de tales lugares para que podamos prever cómo luciremos allí.

El futuro de los espejos o las cámaras es todavía difícil de imaginar. Lo que es evidente es que el show no ha hecho más que empezar, como puso de manifiesto un experimento llevado a cabo por iStrategyLab. Su S.E.L.F.I.E, por su siglas en inglés «motor de emisión en directo para una mejor autoestima», es un espejo bidireccional provisto de una cámara y un ordenador tras de sí. Cuando alguien pasa por el espejo y sonríe, el dispositivo dispara una fotografía. Una cristalización de la imagen que solo tiene lugar cuando se luce la mejor de tus sonrisas. La imagen resultante se sube directamente a las redes sociales, para dar siempre la mejor imagen de ti mismo.

El siguiente, o ya presente, paso evolutivo de la imagen y la autoimagen pasa por la representación total, la creación de un avatar o un personaje ficticio que suplante nuestra verdadera imagen. En este juego de espejos virtuales, irónicamente, se cumplen, punto por punto, todos los sesgos anteriormente analizados. Por ejemplo, tal y como sugiere un estudio del Virtual Human Interaction Lab de la Universidad de Stanford, los avatares más atractivos y de porte más esbelto y alto en el mundo virtual Second Life mantienen más interacciones con otros avatares, así como una distancia interpersonal menor. Este mayor grado de confianza en uno mismo tenía lugar con independencia del atractivo en la vida real del jugador.

No se debe deducir que ahora seamos más superficiales y nos dejemos llevar más fácilmente por la apariencia en vez de las virtudes más inmateriales: la más famosa hetaira de la antigua Grecia, Friné, fue absuelta por sus presuntos delitos cuando su abogado la hizo desnudarse frente al tribunal: nadie tan bello podía hacer el mal. Espejito, espejito, dime una cosa, ¿quién es entre todas las damas de este reino la más hermosa? Y, ante la duda, en la Edad Media se condenaba al menos agraciado físicamente.

Hasta la ciencia de frenólogos y fisonomistas trató de inferir las características del ser humano a partir de las protuberancias del cráneo o los rasgos faciales. Frida Kahlo era adicta a los autorretratos, el selfie más lento de la historia. Porque siempre hemos sido superficiales y fácilmente sugestionables por el físico ajeno, la diferencia es que ahora disponemos de más herramientas para mostrarlo y tunearlo.

Porque el ser humano ya miraba a través de espejos antes de que se inventara el espejo. Razón de más para que ahora, inventado este, sitúe en él todas las capas posibles, incluidos esos espejos deformantes de las ferias en los que apareces gordo y delgado con un simple paso lateral. Trollface incluida.


Cómo el deporte de aventura puede cambiar tu cuerpo y tu mente

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Fotografía cortesía de Esquiades.

Jot Down para Esquiades

El poeta Charles Baudelaire solía soñar con el viaje a lugares remotos donde conectar con sus instintos más primarios, liberándose de las reglas encorsetadas de la sociedad. De hecho, consideraba que un espíritu aventurero como un poeta que nunca está satisfecho con los horizontes del hogar. Escribía en Moesta et errabunda: «Llévame, vagón! ¡Ráptame, fragata! ¡Lejos! ¡Lejos! ¡Aquí el lodo está formado con nuestros llantos!».

No todos somos Baudelaire, pero todos hemos experimentado, en mayor o menor medida, su anhelo. Porque el entregarnos al viaje, a la aventura y a los deportes extremos en los que se desafían nuestros límites físicos y psicológicos supone no pocos beneficios que a menudo pasan desapercibidos.

Mente

La repetida cita latina procedente de las Sátiras de Juvenal, «Mens sana in corpore sano», no solo es un generador de «me gusta» en nuestro estado de Facebook o una frase rimbombante para estampar en la entrada de un gimnasio. Quintales de estudios ha constatado que, en efecto, la actividad física produce beneficios cognitivos.  

Investigadores de la Universidad de California, en uno de los últimos estudios sobre los beneficios del ejercicio en el cerebro, han comprobado que este aumenta los niveles de glutamato y GABA (ácido gamma-aminobutírico), dos neurotransmisores fundamentales para la comunicación entre las células del cerebro.

Otro estudio de la Universidad de Columbia dirigido por Scott Small y Ana Pereira, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Science, sugieren que la actividad física estimula el nacimiento de nuevas neuronas en la región cerebral del hipocampo, una zona relacionada con la memoria y el aprendizaje.

Una persona inteligente que no cultiva su cuerpo no es, en realidad, inteligente. Porque la actividad física reduce el riesgo de sufrir enfermedades del corazón, hipertensión arterial, osteoporosis y diabetes, pero también alivia la tensión, la ansiedad y la depresión.

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Fotografía cortesía de Esquiades.

Autoestima

Los beneficios de la actividad física también se extienden a la salud cardiovascular, como es evidente, pero esta también fortalece los huesos, reduce el estrés. De hecho, el sedentarismo produce más muertes en el mundo que fumar.

Asumiendo, pues, que el ejercicio es un factor clave para mantenerse saludable, los deportes de aventura añaden un plus a todos esos beneficios. La actividad física en una montaña o en un río que discurre por un valle tan verde que parece de plástico saca a la persona de su estado de confort, transportándola a un escenario menos previsible que la obliga a enfrentarse a nuevos obstáculos. Una vez superados, ello puede contribuir a mejorar la disposición a la hora de enfrentarse a los obstáculos cotidianos, a pesar de que a priori puedan antojarse imposibles de superar.

A diferencia de la actividad física controlada en el interior de un gimnasio o en las calles de una ciudad, enfrentarse a la naturaleza como si fuéramos Leonardo DiCaprio en El renacido y sorprendernos a nosotros mismos consiguiendo desenvolvernos en ese medio redunda en una sobredosis de autoestima.

Este chute de confianza en uno mismo no es baladí: en muchas de las destrezas humanas hay un componente de autoconfianza que puede favorecernos o boicotearnos, en función de su polaridad. Esa es la razón de que muchas mujeres obtengan puntuaciones mejores en pruebas de matemáticas: el estereotipo de que las mujeres son incompetentes en matemáticas influye negativamente en el rendimiento, como sugirió un estudio llevado a cabo por Gregory Walton y Steven Spencer, de la Universidad de Stanford, que analizó los datos obtenidos de docenas de experimentos de amenaza del estereotipo. La autoestima es lo que refuerza el falso mito de que las rubias son tontas.

En ese sentido, el montañismo, la escalada de rocas, el barranquismo y demás ejemplos de deporte de aventura suponen desafíos físicos y emocionales que, una vez superados, pueden influir positivamente en la forma en que acometemos otros desafíos. Algo así como: si he sido capaz de hacer eso, ahora no me voy a arredrar por esto.

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Fotografía cortesía de Esquiades.

Imprevistos

Por mucho que nos machaquemos en el gimnasio, la rutina y la escasez de tipos de ejercicios que realizamos difícilmente afectarán por igual a todas las partes del cuerpo. En condiciones de deporte de aventuras, sin embargo, cada nuevo reto es distinto al anterior, resulta imposible plegarse a las convenciones, y acabaremos por usar todos los grupos de músculos hasta límites que no creíamos posibles (incluidos músculos que nunca hubiéramos sospechado que teníamos).

Por ejemplo, cuando practicamos BTT no estamos sentados pacíficamente en una bicicleta estática con vistas a los cuerpos sudorosos de otros usuarios del gimnasio, sino que deberemos tener siempre un preciso control de nuestro cuerpo y del entorno, afinaremos continuamente nuestra coordinación motora y nuestros reflejos, tomaremos decisiones críticas cada metro pedaleado, amén de que nos obligaremos a absorber los accidentes del terreno manteniendo la postura y, por tanto, fortaleciendo toda la musculatura que protege nuestra columna vertebral.

Los imprevistos aparejados a todos los deportes de aventura, pues, ejercitan nuestras capacidades de observación y toma de decisiones. En esos momentos tenemos la certeza íntima de que todo depende de nosotros y solo de nosotros, y que somos dueños de  evitar un resbalón o coronar una cima. Los deportes de aventura tienen una reglamentación fija muy básica, el resto está dispuesto a la improvisación. La sensación de control en ese contexto resulta nueva y vital, y supone un continuo desafío al miedo y la incertidumbre.

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Fotografía cortesía de Esquiades.

Hormonas

Los deportes extremos, por lo tanto, suponen una descarga extraordinaria de adrenalina y otras hormonas que proporcionan una sensación de liberación, bienestar y euforia.

Los deportes de aventura, además, suelen practicarse al aire libre y en entornos naturales, lo que añade otros estímulos al organismo, como es el caso de los rayos del sol, imprescindibles para sintetizar vitamina A y aumentar los niveles de endorfinas.

Por esa razón, ya en los primeros cinco minutos de ejercicio al aire libre es cuando tiene lugar el mayor chute de mejora del ánimo y de la autoestima, tal y como se desprende de un reciente estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Essex, en el Reino Unido. Para constatarlo, Jules Pretty y su equipo analizaron diez estudios de su propia universidad en los que participaron más de mil doscientos hombres y mujeres.

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Fotografía cortesía de Esquiades.

Vínculos

Los deportes de aventura también exigen, a menudo, una estrecha colaboración, como en el caso del rafting o la escalada. Habida cuenta de que esta colaboración resulta vital para evitar accidentes, los vínculos emocionales que se traban son mucho más intensos que en otras actividades físicas: de ti depende la vida del otro, y tu vida está también en manos del otro.

Conscientes de estas profundas dinámicas psicológicas que se establecen cuando se coordinan deportes de riesgo, un modelo de negocio floreciente es el llamado Team Building: empresas o asociaciones involucran a sus trabajadores o socios en situaciones en las que sea importante el espíritu de equipo y la cooperación. Estos eventos acostumbran a llevarse a cabo en espacios alejados de la vida cotidiana, en entornos naturales, y los deportes extremos también son una de las actividades predilectas porque exigen una total implicación de sus participantes.

Medio

Los deportes de aventura se suelen practicar en entornos naturales que se rigen por reglas totalmente distintas a las habituales en las grandes urbes. Todos sabemos que un semáforo en rojo significa no pasar, o cuál es la hora punta del metro, pero resulta más raro que sepamos encontrar el norte si no disponemos de brújula o GPS.

Los deportes de aventura, sin embargo, nos adiestran a aprender sobre el medio natural y a saber desenvolvernos y sobrevivir en el mismo, acercándonos, estudiando y entendiendo la naturaleza. Así pues, si nos hemos extraviado y no disponemos de una brújula, siempre podemos situar verticalmente un palo en el suelo, marcar su sombra, esperar unos minutos, y marcar de nuevo dónde está la sombra. La línea entre ambos puntos marcados va aproximadamente de este a oeste. O también podemos observar el musgo, porque crece más abundantemente orientado al norte.

Sin contar que esta clase de deportes te abocan a descubrir grandes espacios al aire libre, paisajes que merecen casi siempre ser retratados en un lienzo, y aire puro para oxigenar nuestros pulmones.

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Fotografía cortesía de Esquiades.

Destinos

Algunas veces, Baudelaire soñaba con viajar a Lisboa porque creía que allí pasaría más calor y, como el lagarto, se fortalecería tendiéndose al sol. Porque hay destinos que, al igual que son más propicios para cambiarnos, también lo son para desplegar nuestros anhelos de aventura transformadora, lejos de urbes y caminos pautados.

A veces olvidamos que nos forjamos en la naturaleza, y que la hemos abandonado progresivamente: en 1700, el 17% de la población de Inglaterra y Gales vivía en una ciudad. En 1850, lo hacía el 50%. Hacia 1900, el 75%. Una constante en todos los países del mundo. Pero, afortunadamente, siempre podemos regresar a esos lugares en los que reencontrarnos con nosotros mismos.

Como el caso del río leridano Noguera Pallaresa, en el Pallars Sobirà, Cataluña, uno de los ríos más importantes a nivel europeo para la práctica de deportes de agua, como el rafting.

Otro de los destinos de aventura, sobre todo en cuanto a rafting, más conocidos del Pirineo es el pueblo de Llavorsí. Y, para descensos de menor dificultad, uno de los ríos idóneos de España es el Guadalquivir.

Albarracín es un paraíso para los amantes de la escalada. Y las provincias gallegas, Asturias y Cantabria son auténticos paraísos para los aficionados al barranquismo.

Andorra, en ese sentido, es como un parque temático orientado al deporte de aventura, pues gracias a sus elevadas cumbres y sus escondidos valles, permanece rodeada de naturaleza: lo es en un asombroso porcentaje del 90%. Remoto, pero en mitad de los Pirineos, constituye uno de los países más montañosos del mundo, y por eso aquí se encuentran tres estaciones de esquí con más de trescientos kilómetros de pistas marcadas, entre las que destaca Grandvalira, con doscientos siete kilómetros, pistas de BTT que quitan el hipo y, en definitiva, miles de oportunidades de cambiar nuestro cuerpo y nuestra mente hasta límites insospechados.


No hagas siempre lo mismo para encontrar atajos, vivir más cosas y tener más suerte

Foto: DP.
Foto: DP.

Jot Down para Ballantines + Ginger Ale

Suena el despertador a las siete de la mañana, llevas a cabo los mismos rituales matutinos; acudes al trabajo recorriendo las mismas calles, interactúas con las mismas personas, regresas a casa a la misma hora y vuelta a empezar. Solo el fin de semana parece romper ese esquema trazado con escuadra y cartabón. E incluso el fin de semana no deja de ser una sucesión de momentos predeterminados que podrían pronosticarse a un año vista sin necesidad de una bola de cristal.

Pero ¿qué pasaría si dejaras de hacer lo mismo todos los días? ¿Qué le pasaría a tu cerebro, tu cuerpo, tu vida?

Tomar las riendas del viaje

Foto: DP.
Foto: DP.

Centrémonos en el recorrido hacia el trabajo, cada día a la misma hora porque sabes perfectamente lo que tardas. En todos los recorridos que ya hemos asumido, e incluso los que resultan completamente nuevos, nos fiamos del itinerario fijado por las señales de tráfico, por los mapas e incluso por nuestro GPS. Sin embargo, como ya dijo una vez la conservadora cartográfica Lucy Fellowes: «Todo mapa es la forma que alguien tiene de hacer que mires el mundo a su manera».

A través de los mapas y otros sistemas de teleguiado finalmente ponemos el piloto automático, y nos dejamos conducir como ovejas al redil. Por esa razón no es raro que decenas de personas acaben cruzando un puente en obras solo porque su GPS así se lo había indicado. Es lo que sucedió, por ejemplo, en el año 2006, cuando estaba cortado el puente sobre el río Avon, en Inglaterra, y los vecinos de Luckington tuvieron que sacar del agua una media de dos coches diarios. Es lo que los psicólogos llaman complacencia automatizada o sesgo por la automatización.

Algunos poblados inuit, célebres por su extraordinario sentido de la orientación, ahora están sufriendo accidentes mortales a causa de su confianza en los dispositivos GPS.

La espontaneidad, la frescura y el tratar de que cada día (o al menos cada semana) puedan ser diferentes no solo nos evita adormecernos ante el camino prefijado y así tropezar con algún imprevisto. Los imprevistos deben ser parte de nuestra vida para mantenernos alerta. Un estudio señala que los conductores de taxi de Londres tienen el hipocampo más desarrollado a resultas de tener que memorizar el inextricable dédalo de calles que constituye la ciudad. Como explica Nicholas Carr, de la Universidad de Harvard, en su libro Superficiales: «Además, cuanto más tiempo llevara un taxista en ese trabajo, mayor tendía a ser su hipocampo posterior».

Desde que los taxistas confían en su GPS, esas diferencias neurológicas ya no se perciben y los taxistas han dejado de ser algo así como X-Men de la conducción.

Valerse por uno mismo, pues, no solo te anticipa a los imprevistos y te permite sortearlos mejor, sino que optimiza tu mente y te vuelve autosuficiente mientras los demás siguen el mismo camino una y otra vez.

Insólitamente afortunado

Foto: DP.
Foto: DP.

Además de afectar a nuestra orientación y nuestro destino, hacer cada día lo mismo en un entorno social y laboral también afecta negativamente a los acontecimientos que propician nuestra suerte: al ser sometidos a menos hechos aleatoriamente insólitos, también hay menor probabilidad de que cambie la rutina. Y los golpes de suerte solo nacen en contextos donde no hay rutina. Es lo que sostiene Richard Wiseman, que ocupa la única cátedra que existe en el Reino Unido de Entendimiento Público de la Psicología, en la Universidad de Hertfordshire.

Tras dedicarse a estudiar durante años a sujetos que se consideraban afortunados, llegó a la conclusión de que fundamentalmente hay cuatro razones para explicar por qué las cosas buenas siempre pasan a las mismas personas, que fueron desarrolladas en su célebre libro Nadie nace con suerte.

La primera razón: las personas con más suerte son las que hacen caso a su intuición y no se arrepienten de la decisión tomada, aunque acarree consecuencias negativas, pues de todo se aprende e incluso de las consecuencias negativas pueden sacarse algún beneficio inesperado.

La segunda razón: los fracasos no arredran a las personas afortunadas, y continúan adelante pensando que ya pasarán cosas buenas que compensen a las malas.

La tercera razón: cualquier cambio imprevisto no se interpreta, por parte de los afortunados, como algo negativo, sino como una posibilidad de abrir senda hacia nuevas experiencias. También son capaces de tener en cuenta que las cosas podrían ser peores, y que hay que aprovechar esa ventaja.

La cuarta razón: los afortunados se relacionan con muchas personas diferentes, y por eso tienen mayor probabilidad de conectar con otros afortunados o con personas que les ofrezcan nuevas oportunidades para incrementar sus momentos de buena fortuna. Aproximadamente, una persona normal conoce a trescientas personas, lo que, según Wiseman, equivale a que noventa mil personas (amigos de amigos de amigos, por ejemplo), pudieran traernos oportunidades afortunadas a nuestra vida. Si invitáramos a cincuenta personas a cenar estaríamos solo a dos grados de separación de 4,5 millones de golpes de suerte.

Relaciónate con lo inesperado

Imagen: Paramount Pictures.
Imagen: Paramount Pictures.

En consecuencia, uno de los mayores consejos para la vida reside en relacionarse con los demás, aunque en principio no nos apetezca, y aceptar vivir nuevas experiencias, aunque en principio no nos resulten interesantes. Alguien que trató de llevar esta idea a la práctica, con todas sus consecuencias, fue el periodista Danny Wallace.  

Tras un fracaso sentimental, Wallace decidió llevar a cabo un experimento para cambiar el rumbo de su vida y olvidar el dolor de la ruptura: diría que sí a todo y aceptaría todas las sugerencias, peticiones e invitaciones que le salieran al paso, tanto las interesantes como las aburridas, tanto las positivas como las negativas. Su premisa era que si vivía más acontecimientos su vida mejoraría, viviría más intensamente, aprendería más cosas, descubriría aspectos del mundo que de ninguna otra manera hubiera descubierto. Durante un año, Wallace adoptó esta filosofía a su vida y, según él mismo afirma, adquirió un coche solo porque le preguntaron si estaba interesado en él. Se apuntó a clases de guitarra. Voló a Singapur en un fin de semana.

Toda su experiencia la recogió en un libro titulado Yes Man, que posteriormente fue adaptado a la pantalla grande en una película protagonizada por el histriónico Jim Carrey: Di que sí.

Esta forma de afrontar la vida, como esa decisiones inesperadas que lleva a cabo también Jim Carrey en otra película, El show de Truman, y que le permiten abandonar su mundo de mentira para salir al mundo real, requiere, pues, no hacer lo que siempre debemos hacer, romper reglas, hacerlas nuevas, adaptarse a los nuevos tiempos.

Una serie de nuevos modales, nuevos hábitos, nuevos horizontes. Como el ritual asociado a tomar un whisky escocés Ballantine’s Finest mezclado con Ginger Ale, tanto para los amantes del buen whisky como para los que nunca se habían atrevido con ello. Y como es una nueva bebida que también implica nuevos modales, y porque los nuevos modales implican una nueva bebida para esos momentos de relax, el combinado se sirve en una copa de tallo alto y de boca ancha, aderezado con una rodaja de lima con hojas de menta. Nuevos modales que implican no abrir la puerta a desconocidos, sino conocerlos a todos, porque no hablar con extraños de te convierte a ti en uno de ellos. Porque comportarse en público es la manera más aburrida de comportarse. Nuevos modales que implican dejar un buen trabajo para hacer siempre lo que has querido y salir entre semana. Porque viajar solo es menos peligroso que no hacerlo nunca.