Las Dueñas de Zamora, una pornocracia en el convento

Las Dueñas de Zamora una pornocracia en el convento
DP. las dueñas de zamora

Sí, Zamora, siglo XIII. Un episodio de la ciudad que trascendió sus murallas, trascendió León y Castilla y llegó a Roma. La comidilla del XIII, un Sálvame sin ondas herzianas pero con juglares. Una historia de luchas de poder, sexo y rock & roll, o mejor dicho, luchas de poder, sexo, religión y mester de juglaría. 

Pero antes de entrar de lleno en el asunto hemos de anotar algunas cosas para entenderlo en su totalidad. Empieza a extenderse por Europa una nueva forma de entender la religión. Dominicos y franciscanos se abren paso en las ciudades con sede episcopal. Ahí empieza el primero de los problemas. En general los obispos de esas ciudades se oponen a los frailes. Ven su poder amenazado y no dudan en hacer lo posible por dejar bien marcado su territorio.

El convento dominico de Zamora nace en 1219 con la visita de Domingo de Guzmán a la ciudad. Su tía María de Guzmán le cede una casa extramuros para su fundación. Esta se realiza de acuerdo a las exigencias del obispo: los dominicos le prometen obediencia, así como no interponerse entre el obispo y los feligreses y no cobrar diezmos ni recibir dineros sin licencia episcopal. Tampoco enterrarían muertos ni predicarían salvo con permiso del obispo. Así estaban las cosas, sobre el papel al menos.

Nuestra historia comienza exactamente en 1258. El caballero Ruy Peláez y su esposa Elvira deciden poner fin a su matrimonio. Este «divorcio a la zamorana» se sustenta en motivos religiosos: tienen ambos cónyuges tantísima fe y tantas ganas de servir al Señor que lo mejor es separar sus caminos: Ruy ingresa en la Orden de Santiago, renuncia a sus derechos sobre Elvira y le da la libertad de ingresar en la misma orden o en cualquier otra. Pero Elvira no elige la Orden de Santiago, no. Su hermana, Jimena Rodríguez, acababa de recibir del papa Alejandro IV el permiso para fundar en Zamora un convento de mujeres «bajo la Orden de San Agustín según la regla dominicana».

Los planes de las dos hermanas eran otros. Tanto, que en mayo de 1259 Ruy Peláez parece arrepentirse de la separación y reclama a su mujer de nuevo. Lo hace ante el tribunal del archidiácono. Los testigos allí presentes, a excepción de dos miembros del capítulo catedralicio, son todos dominicos, la comunidad casi al completo del convento que estos poseen extramuros. El arrepentido caballero Ruy Peláez vuelve a su hogar sin esposa ya que el tribunal falla en su contra. En 1264 doña Elvira y doña Jimena solicitan al obispo don Suero y al capítulo zamorano permiso para comprar el solar «Iuxta Sanctum Fontonem» (San Frontis) para instalarse con un grupo de damas y tomar el hábito de los predicadores. El obispado colabora de mil amores, pues reciben tres mil trescientos maravedís por el terreno y el acuerdo de prestar al obispo «obediencia, sometimiento y reverencia». Es decir, que el obispo y sus sucesores serían los encargados de velar por la disciplina del nuevo convento nombrando incluso a la priora.

Días después, doña Elvira juró obediencia como primera priora del convento de Las Dueñas. Dueñas porque aun dejando la vida mundana no dejaron de tener el control sobre sus posesiones. Y más aún, en 1264 Clemente IV otorga un privilegio a los dominicos por el cual «entrega» a las monjas de la Orden al «magisterium y doctrina de los frailes». ¿Dónde queda entonces el acuerdo primigenio con el obispo? ¿Dónde la obediencia debida? La historia del convento parece transcurrir tranquilamente en los años siguientes. Al menos hasta 1270. Pero seguramente las dueñas ya sabrían con anterioridad que el papa les había otorgado los poderes a los frailes: don Suero intenta visitar el convento en 1267 y las damas le niegan la entrada. Y con este hecho comienza, digámoslo así, «el festival zamorano». Don Suero empieza con las excomuniones y lleva el asunto hasta el papa Gregorio X, quien dicta a favor de la sede episcopal. Las dueñas reciben orden de entrar en vereda y así parecen hacerlo. Pero la influencia dominica en el convento es ya imparable, mucho más de lo que podríamos imaginar nosotros y el propio obispo don Suero. 

En los años siguientes las dueñas realizaron ventas de propiedades, compras, etc., sin permiso episcopal. Eran damas avispadas, las dueñas, y resueltas. Muy resueltas. Sin embargo dentro del convento se estaba abriendo una brecha entre las partidarias de seguir bajo la tutela del obispo y las que decididamente querían «entregarse» a los frailes dominicos. Visitas episcopales hubo muchas, y en todas ellas las monjas renovaban su promesa a don Suero y se reconocían como monjas pertenecientes a «la Orden de San Agustín que visten los hábitos de la Orden de Predicadores». Don Suero volvía a su palacio episcopal y las dueñas seguían haciendo lo que les venía en gana. Y luego venía otra excomunión, otro interdicto y otra pantomima en el convento. Y así durante al menos siete años de tira y afloja.

Pero en la ciudad ya debía de comentarse la familiaridad con la que los frailes entraban al convento. Estamos ya en 1277-78 y seguramente ya se habrían comenzado a cantar coplas de todo lo que estaba sucediendo. Don Suero decide entonces visitar el convento acompañado de testigos. En esta ocasión no habría una reunión formal con la prioria y buenas palabras. Don Suero iba dispuesto a preguntar una a una por la observancia de la «regla» en el convento. Esto nos da una pista de la gravedad de la situación. Poco tiempo antes don Suero había enviado una carta a la priora, que ahora era María Martínez, prohibiendo la entrada a los frailes al convento. Cuando doña María leyó la carta a las monjas en capítulo se produjo el desastre: insultos, maltrato a la priora,  encierro de algunas monjas… Lo que venía larvándose desde 1270 aproximadamente estalló y se supo en la ciudad. La visita del obispo se hacía ineludible.

Peter Linehan encontró en el archivo zamorano estos testimonios y los publicó en Las dueñas de Zamora.

Ante las preguntas del obispo María Alfónsez nombró «a las que estaban de parte de los frailes» como aquellas que habían insultado gravemente a la priora. Se cuidó muy bien de dar nombres. Caterina de Zamora reconoció haber ido a vender trigo fuera del convento, lo que a priori no parece tan grave de no haber ido acompañada de un clérigo, un tal Pedro Pérez que a la sazón era su amante, según otras testigos. Estas relataron cómo Pedro Pérez había entrado de noche con doña Caterina al convento y les había dicho a las monjas que ellas eran dominicas y que por tanto debían coger prisionera a la priora por ser partidaria del obispo.

Dos monjas que fueron encerradas por la priora por desobediencia fueron liberadas, María de Sevilla y María de Valladolid, pero ninguna da nombres de quiénes las ayudaron. Algunas dicen «que fueron muchas las que les liberaron». Pero quizá el testimonio que nos dé la pista definitiva sobre lo que había estado ocurriendo tras los muros del convento sea el de María Martínez, la priora:

Declaró que ni la regla ni las constituciones se observan. Ni el silencio. Las monjas recibían a veces cartas y regalos de los dominicos que les llevaban mujeres o que les pasaban por agujeros del muro. Las mujeres llevaban los mensajes escritos en los dedos. La razón de que las monjas viviesen en un estado de discordia era que los frailes frecuentaban el convento y se entregaban allí a actividades disolutas con ellas (…). En cuanto a las actividades disolutas los frailes se desnudaban delante de las monjas y uno de los que estaba desnudo se puso la túnica de doña Xemena que estaba haciendo sus necesidades. El oficio divino o no se celebraba o se hacía a deshora. Y ese hermano que se puso la túnica hizo unos versos sobre Inés Domínguez. También se enfrentaron a la priora diciendo que no era priora. Le dijeron palabras desagradables, la amenazaron y la privaron del cargo de priora. Doña Perona y doña Xemena se apoderaron de los paños de los altares aunque luego los devolvieron. Pero doña Xemena se apoderó de reliquias que nunca se devolvieron (…). Caterina dejó la orden y la recogieron hombres de los hermanos predicadores que estaban allí cerca. Pedro Pérez vino a san Frontis y la llevó por las aldeas. Y vendió trigo con ella, en Montamarta (…). Perona Franca le había pegado (a la priora) y había acudido a la reja sin su permiso.

Y el relato de Xemena Pérez es todavía más preciso:

El problema en el convento tenía su origen en la presencia de los frailes allí. El hermano Munio dijo que le quitaría el hábito a doña Orobona. Las monjas y frailes habían formado parejas y tomado amantes: María Reínaldez con el hermano Bernabé, Inés Domínguez con el hermano Nicolás, Marina Domínguez de Toro con el hermano Juan de Aviancos que se desnudó en el convento en presencia de las monjas y Teresa Arnáldez con el hermano Pedro Gutiérrez (…). Inés Domínguez tenía dos amantes entre los frailes, los hermanos Nicolás y Juan de Aviancos. Y el hermano Juan se sentó en la cama de la enfermería con ella y le dijo: «Mi monjangelina, no quieras al muchacho, quiéreme a mí que soy viejo que más vale viejo bueno que muchacho malo» (…). Inés Domínguez, Elvira Pérez, doña Juana y María Reináldez abandonaban completas para irse a beber…

Estos son solamente dos ejemplos de todos los testimonios recogidos por el obispo y sus testigos. Como se puede observar el asunto había trascendido la lucha iglesia zamorana-mendicantes y había adquirido tintes de auténtica bacanal. Tanto es así que el primer expediente que abrió Gregorio X se recupera con las nuevas informaciones aportadas por don Suero. El papa, entonces Nicolás III, ordenó de nuevo investigar y el 29 de abril de 1280 las damas son requeridas por el prior de Valladolid. No se presentaron. En 1281 las damas se habían ido a Benavente, fuera del alcance de don Suero ya que la ciudad pertenecía a la diócesis de Oviedo. Mientras tanto a Roma llegaban además informaciones de que las monjas habían estado vendiendo los bienes de la comunidad. Además de fornicadoras las dueñas estaban esquilmando a la orden. Pero los asuntos de palacio van despacio y los del Vaticano aún más. Pasaron años y papas hasta llegar a Honorio IV, partidario de los mendicantes, quien en 1285 zanja el asunto teniendo en cuenta la versión de los frailes en la que las monjas quedan como «vírgenes prudentes» y los amantes como víctimas inocentes de la persecución del obispo. Don Suero no pudo llegar a Roma a dar su versión. Murió en 1286.

La historia de desenfreno de este convento zamorano no fue, sin embargo, un caso aislado. Solamente con leer los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo podemos hacernos una idea de las libertades del clero en la época. 

Los «problemas» del clero con estos asuntos venían de antaño. Sixto III, papa del siglo V fue acusado por el sacerdote Bassus de haber violado a una novicia. Bassus fue convenientemente encerrado y envenenado. El papa entonces adujo que el sacerdote había enfermado gravemente y que había confesado en el lecho de muerte que había realizado una acusación falsa. Benedicto IV en el 964 deshonró a una doncella y tras cargar con buena parte de los tesoros vaticanos huyó a Constantinopla como un auténtico Dioni de la época. Cuando se quedó sin fondos volvió a Roma, pero no tardó en morir a manos de un marido celoso que le asestó cien puñaladas.

Pero el momento álgido del frenesí sexual llegaría en los siglos IX y X. Durante la llamada «pornocracia» dos mujeres, Teodora y su hija Marozia designaron y depusieron papas, amén de casarse y tener hijos con varios de ellos que también llegarían al papado: Sergio III, Juan X, Juan XI… hasta el nieto de Marozia, Juan XII, quien fue nombrado papa a los dieciséis años y que fue tan nefasto que incluso se dice que monasterios enteros rezaban cada día pidiendo su fallecimiento. El odio hacia él en la ciudad se hizo tan patente que tras llenar sus bolsillos huyó a Tívoli. En el sínodo que se convocó para investigar la cuestión se aireó una lista casi interminable de mujeres con las que el papa «había copulado», incluyendo a una antigua amante de su padre y a una sobrina. A su vuelta a Roma otro marido celoso le asestó un martillazo. Ser papa en esa época era, verdaderamente, una profesión de riesgo.

Estos eran los pastores que guardaban las ovejas. Con razón Benedicto XVI indicó que en la elección papal poco tenía que ver el Espíritu Santo. Si estos desmanes se producían entre el alto clero, qué decir del bajo. El nicolaísmo campaba a sus anchas por Europa. Lo raro era encontrar clérigos que observaran el celibato. Pero el problema no era tanto moral como pecuniario: los clérigos dejaban a sus hijos en herencia títulos y propiedades eclesiales, lo que dividía las mismas. Los intentos de frenar estas prácticas son tan numerosos como ineficaces: León IX en 1048 impone la pena de herejía a los no castos, en 1074 en el Concilio de Roma se condenan las relaciones con mujeres, en 1228 en Valladolid se imponen penas a las barraganas. En 1251 Inocencio IV revoca todas las sentencias anteriores de excomunión a los clérigos que tenían mujeres «públicamente» y decide cambiar el castigo a una multa. El problema era claro, excomulgando la Iglesia se quedaba prácticamente sin ministros. La jerarquía eclesial llegó a imponer el que se dio en llamar «diezmo lácteo»: el clérigo pagaba una tasa por el derecho a gozar de una mujer al año en la cama. Verdaderamente yo no hubiera encontrado un nombre mejor. En pleno siglo XV el papa Sixto IV decidió imponer ese diezmo a todos los clérigos sin excepción. Un «por si acaso» en toda regla. 

Respecto a los monasterios la cosa no pintaba mucho mejor. Por muchas reglas, reforma de las mismas, creación de nuevas reglas y órdenes, etc. Por ejemplo en Schotten, Austria, todavía en 1563 se encontraron nueve concubinas y ocho niños, y las monjas de Aglar convivían con diecinueve criaturas. Suponemos que todos ellos frutos del amor.

Capítulo aparte merece el llamado «clero marginal»: vagaban por las localidades frecuentando tabernas, portando armas, practicando la caza. En ocasiones era el propio clérigo el que abría una taberna o un garito de juego.

Con este panorama no es de extrañar que Gerson, sacerdote del siglo XIV y doctor en Teología y Filosofía llamado «doctor Christianissimus», escribiera esto: «¿Rompe un sacerdote el voto de castidad cuando incurre en acciones lujuriosas? —¡NO!, el voto de castidad se refiere exclusivamente a no incurrir en el matrimonio. Un sacerdote que perpetre los más graves delitos de lujuria no rompe el voto de castidad mientras permanezca soltero», y recomendaba practicar la lujuria secretamente. Ya saben, ojos que no ven…

Como les decía, el caso de las dueñas zamoranas no fue excepcional. Lo que sí lo es es que tengamos tan documentado cómo unas «señoras tan principales» se las ingeniaron para vivir la vida loca amparadas en su supuesto fervor religioso.

Después llegarían la Reforma y la Contrarreforma. El 29 de noviembre de 1560 en el Concilio de Trento se estableció el celibato sacerdotal obligatorio, pero el convento de Santa María de las Dueñas de Zamora era ya historia.


«Temed a Dios y dadle gloria»

Santa Fe de Conques. Fotografía: Jean-Louis Zimmermann (CC).

Temed a Dios y dadle gloria pues la hora de su Juicio ha llegado. 

(Apocalipsis 14:7)

El miedo, los miedos, siempre han acompañado y siempre acompañarán al ser humano a lo largo de su existencia. El miedo nos hace reaccionar ante amenazas exteriores, sean estas reales o no. Los miedos suelen ser además compartidos por los miembros de una misma sociedad o cultura. A veces esos miedos se van heredando, generación tras generación, a lo largo de la historia cambiando únicamente el modo en el que nos enfrentamos a ellos. 

Intentar entender los miedos y temores de los hombres y mujeres de la plena Edad Media europea supone entender antes que nada cómo era el mundo en el que habitaban y, sobre todo, cómo percibían ellos ese mundo. Cosa nada fácil. El mundo de los siglos XI al XIII no se parece mucho al nuestro. Tras la Alta Edad Media y sus temores apocalípticos ante la llegada del año 1000 se da un renacimiento de la ciudad y el comercio. El feudalismo y su sociedad jerarquizada y estamental se afianzan y la Iglesia católica se erige en estandarte de este renacimiento. Europa se llenará de iglesias y la victoria en la primera cruzada ayudará a esta concepción de iglesia triunfante. En este contexto, la vida cotidiana y el imaginario colectivo de los hombres se impregnan absolutamente de sentido religioso. Podría decirse que se trata de una sociedad casi cristocéntrica, donde todo empieza y acaba en Dios. El hombre medieval percibe el mundo como un cosmos armónico donde todas las cosas son buenas en tanto que Dios las ha querido. Armónico pero estático, casi tanto como la sociedad feudal. Esta formulación se encuentra por ejemplo en Dionisio Aeropagita: Toda cosa, en cada una de sus propiedades, muestra la sabiduría divina y quien conociere todas las propiedades de los seres verá esa sabiduría. También san Buenaventura lo deja bien claro: todas las criaturas del mundo sensible nos conducen a Dios. Entonces, ¿de dónde surgen las miserias y los males que asolan a los hombres? De los pecados que cometemos. El mundo, el universo, es en sí mismo bueno, son nuestros pecados los que lo convierten en ocasiones en algo horrible.

Esta es, como vemos, una forma de pensar dual que se mueve entre el bien y el mal absolutos. Los sentimientos en este contexto cultural se tornan también extremos. Los hombres medievales lloran de alegría ante un predicador emocionado y lloran desgarradoramente ante la fatalidad. Todo es algo excesivo y como tal se manifiesta. El hombre medieval vive además en un mundo lleno de significados, simbolismos, manifestaciones de Dios en las cosas o manifestaciones del demonio. 

Toda la vida gira en torno al Dios católico y en esta época de renacer y de luchas frente al hereje islam y a la hereje Bizancio este Dios se percibe como el más poderoso, un Dios reinante que llevará su ejército victorioso a todos los confines. Dios es una especie de rey del universo y también es un Dios que vendrá en el final de los días a juzgar a los vivos y a los muertos. Es el Dios juez que cada día escribe en un libro los nombres de los salvados en letras de oro y en letras negras los de los condenados.

Una religión poderosa despliégase en todas las cosas de la vida y tiñe con sus colores todos los movimientos del espíritu y todos los elementos de la cultura.

(J. Burckhardt)

Pero, entonces, ¿cuáles eran los miedos medievales si tenemos en cuenta todo esto? Por supuesto el miedo a la muerte, el miedo a lo sobrenatural, a la magia negra, a la brujería, pero también el miedo a las plagas, a las malas cosechas, a las epidemias, a los fenómenos naturales, a los marginados, miedo a la violencia y a la guerra. Como vemos, no son nada extraños y aún hoy podemos entender muchos de ellos. Sin embargo hay un miedo que superará a todos y que en cierto modo los origina casi todos. Este miedo estará presente en todas las manifestaciones artísticas durante la Edad Media y si hablamos de arte en esta época, hablamos, una vez más, de la Iglesia.

Ya hemos dicho que el renacimiento cultural a partir del siglo XI llenó Europa de iglesias y lo hizo de la mano del primer arte europeo, el arte románico. Y el románico también está absolutamente impregnado de toda la simbología medieval. La iglesia no es solamente un santuario donde los fieles se reúnen, es algo más. La iglesia es la casa de Dios en la tierra y, al ser la casa de Dios el cosmos, una iglesia no dejará de ser un cosmos en miniatura, una imitación que se pone al alcance de los hombres de ese universo. Pero además, el templo se convertirá en una auténtica Biblia, ya que hemos de tener en cuenta que la mayor parte de la población no sabía leer y apenas podía entender el latín de los oficios religiosos. Así, los muros, capiteles, frisos y portadas se llenarán de escultura y pintura con dos fines: la belleza, que en esta época se entiende sobre todo referida a proporciones y medidas, y otra función, la de hacer llegar a los fieles la verdad de Cristo, los dogmas de la Iglesia y de los Padres de la Iglesia.

Pero, ¿qué puede tener que ver la iconografía románica, las esculturas o pinturas con el miedo? No podemos aquí hacer un repaso de toda ella, pero sí podemos detenernos en un lugar de la iglesia románica que nos hará entender un poco más el miedo de los hombres y mujeres medievales: la puerta. La puerta de la iglesia románica es la frontera entre lo profano y lo sagrado, y por tanto conmina a los fieles a la purificación para poder atravesarla. Recordemos las palabras de Cristo en el Evangelio de san Juan 10,7 «Yo soy la puerta». No es de extrañar que muchos predicadores instalaran sus púlpitos frente a las portadas de las iglesias románicas de las ciudades. La puerta tiene además un sentido de resumen teológico de toda la doctrina que se encuentra representada en el interior del templo y entre los siglos XI y XIII, la época del Cristo triunfante, no es de extrañar que fuera el Juicio Final una de las escenas más representadas.

Siguiendo en primer lugar el Evangelio de san Mateo en estas portadas se representa a Cristo en majestad:

Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante Él todas las naciones, y Él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda».

(San Mateo 25,31-16).

Pero veamos un ejemplo, la abadía de la Santa Fe de Conques. Levantada entre los siglos XI y XII es un maravilloso ejemplo de Juicio Universal. Cristo aparece rodeado del tretramorfos, los cuatro evangelistas, y la mandorla mística, además, de un coro de ángeles tocando trompas. Su figura destaca sobre las demás y es que en el románico también la escala es didáctica: las figuras más grandes son siempre las más importantes. Este Cristo muestra de forma clara dos caminos: a su derecha el paraíso, a su izquierda la condenación. 

Bajo los pies de Cristo una psicostasia: san Miguel pesando las almas y enviando a la Jerusalén Celeste, representada por seis arquerías, a los justos  y al infierno a los pecadores. Las diferencias entre paraíso e infierno son notables. El primero está «habitado» por santos, profetas, buenos abades… sin embargo, lo que más nos interesa hoy es justo el lado izquierdo. Los condenados son conducidos de muy malas maneras por diablillos de todo tipo a la boca de un gran monstruo que no es más que la puerta al infierno, el reino de Satanás. En este lado aparecen también los siete pecados capitales representados como personajes antropomorfos: soberbia, lujuria, envidia, ira, avaricia, pereza y gula. Abades malvados devorados por monstruos, falsificadores acosados por demonios, borrachos que cuelgan boca abajo… el repertorio de suplicios a los pecadores es casi interminable. Además del detalle en las figuras y castigos hay algo más que no pasaba desapercibido para el hombre medieval: el orden. Mientras el paraíso presenta un orden compositivo claro y limpio, el infierno es un auténtico caos y en un mundo como el medieval, en que la belleza está relacionada con lo bueno y con la proporción, un vistazo rápido de la portada dejaba ya  bien claro cuál es un lado y cuál otro. En el dintel esta inscripción en latín, por si quedara alguna duda: «Pecadores, si no cambiáis vuestras costumbres, sabed que sufriréis un juicio temible». Ahí lo tienen, en piedra, esculpido no solo en Conques sino a lo largo de toda Europa occidental, el miedo supremo del que les hablaba, el temor de Dios. Del temor de Dios nace el miedo al demonio, a los diablos, al infierno y por supuesto al pecado. El pecado, recordemos,  que explica todo el mal ya que trae consigo el castigo divino que se materializa de mil formas: plagas, enfermedad, muerte, etc. Desde Santa Fe de Conques, pasando por Santa María de Sangüesa, y, ya en el gótico, la portada de la catedral de León, Europa se llenó de iglesias cuyas portadas se encargaron de recordar a los creyentes los peligros de no seguir el camino marcado por Cristo, el camino correcto y, por tanto, el camino hacia la salvación. ¿Y en qué se convirtió este temor de Dios, además? En un estupendo modo de control social que un sistema como el feudal requería: nadie debía salirse de su función marcada en el mundo, nadie debía rebelarse contra el mundo tal y como era.

Hoy vemos esas escenas de diablos cornudos casi como un cómic que nos saca media sonrisa. Nos sorprendemos de la imaginación del artesano y poco más. Esos personajes grotescos y castigos imposibles hace mucho tiempo que dejaron de darnos miedo y por tanto han perdido el significado para el que fueron concebidos. Pero, si alguna vez están ante una portada como la de Conques, simplemente recuerden la balada que el poeta del siglo XV François Villon compuso para rezar a Nuestra Señora y en la que hace hablar a su madre: «Soy una mujer pobre y vieja,

Que nada sabe, nunca leí una letra;

Veo en la iglesia de la que soy feligresa

Pintado el Paraíso, en el que hay laúdes y arpas,

Y un infierno en el que los condenados son hervidos:

Uno me da pavor, el otro alegría y alborozo.

Quizá nadie resumió mejor en unas pocas líneas lo que aquellos hombres y mujeres sentían al cruzar aquellas puertas. Recordarlas hará que entendamos mejor el arte románico, y lo que es más importante, entenderemos mejor a aquellos que lo construyeron y que nos lo legaron pese a que los siglos y el conocimiento nos hayan hecho tan diferentes y sus miedos ya no nos parezcan los nuestros.


Ruta por el románico erótico

(Clic en la imagen para ampliar). Canecillos en el ábside de la colegiata de San Pedro de Cervatos, Cantabria. Fotografía: Ecelan (CC).

Románico erótico o sexual. Parece un oxímoron, pero no lo es. El románico, ese arte que Gaya Nuño definió como el «arte universal de los siglos XI y XII», todavía puede darnos sorpresas. Existe vida más allá del arco de medio punto y de la bóveda de cañón, de las linternas sobre los cruceros y de las cúpulas sobre pechinas. Es curioso hablar de sexo explícito en un arte del que la mayor parte de los monumentos que han llegado a nuestros días son eclesiásticos. Como dijo Raul Gabler, monje de Cluny: «En la época en la que iba a iniciarse el año tercero después del año 1000, un mismo hecho se produjo casi en el mundo entero, pero sobre todo en Italia y Francia. Comenzose a reedificar iglesias y basílicas… hubiérase dicho que el orbe se sacudía sus miembros y arrojaba sus harapos para revestirse con una blanca túnica de iglesias».

La iconografía del arte románico es probablemente de las más ricas de la historia del arte. Cuando pensamos en una iglesia románica pensamos en una iglesia pequeña y oscura, llena de representaciones del Antiguo y Nuevo Testamento, de santos, de vírgenes y velas. Sin embargo, una iglesia románica es una representación del mundo tal y como lo conocían sus coetáneos. Del mundo en su totalidad. Por eso en una iglesia románica podemos encontrar representados la leyenda de Sigfrido, como en la portada de Santa María de Sangüesa, la de Roldán, una Orestiada, como en un capitel de San Martín de Frómista, o un mensuario como el de San Bartolomé de Campisábalos. Pero seamos sinceros, lo último que esperamos encontrar en una iglesia es sexo, por eso, cuando hace casi veinte años mi profesor de arte, al saber que iba a Cantabria, me dijo «para en Cervatos» con una sonrisa maliciosa sin más explicaciones, jamás imaginé lo que iba a encontrarme allí. Hoy les digo a ustedes: paren en Cervatos y recorran las tierras de las antiguas merindades de Castilla y los valles cántabros, y, por favor, no olviden llevar los prismáticos y una mente abierta.

Cervatos es hoy un municipio de Campoo de Enmedio, en el Alto Campoo, muy cerca del puerto del Pozazal, junto a la N-611. Fue en 999 cuando Sancho García de Castilla, llamado «el de los buenos fueros» y su esposa Urraca fundan un monasterio en aquel lugar, lugar por el que en tiempos romanos pasaba la calzada que unía Pisoraca (Herrera de Pisuerga) con Portus Blendium (Suances) y Portus Victoriae Iulobrigensium (Santander). Del primer monasterio no queda ningún resto y la construcción actual data de 1129, según una inscripción en el propio templo. Está dedicada a san Pedro y en sus años de esplendor el monasterio tuvo posesiones en gran parte de Cantabria, Palencia y Burgos. A partir del siglo XVI comienza su decadencia por el auge de otros monasterios cercanos a los que se otorga más privilegios, y empiezan a perderse definitivamente las dependencias monacales, quedando únicamente la iglesia primero como colegiata y más tarde como parroquia. Sin embargo, hoy está considerada como la catedral del románico sexual de la Península, y podemos tomarla como punto de partida de una ruta por otro puñado de iglesias de la zona a las que se puede considerar hermanas pobres de San Pedro.

La excolegiata es una construcción robusta y amplia si la ponemos en relación con la pequeña aldea donde se halla. Lo primero que llama la atención es un alto ábside sobre un basamento para salvar el desnivel y una orgullosa torre adosada que hace las veces de campanario. Esta torre se cree de finales del siglo XII y presenta dos cuerpos de arcadas. El primero de ellos es de arcos ciegos de medio punto. En el segundo la arquería ya presenta arcos apuntados y, si nos fijamos, cambia el tipo de piedra y sillería, por lo que podemos claramente diferenciar dos etapas constructivas. La portada se abre bajo un guardapolvo y presenta siete arquivoltas aboceladas que descansan sobre pilastras y columnas, columnas coronadas por capiteles tallados con animales. El tímpano está decorado con un original entrelazado vegetal y todo el conjunto está flanqueado por seis relieves: Daniel en el foso de los leones, Adán y Eva, san Pedro, la Virgen con el Niño, san Miguel y un sacerdote.

Hasta aquí, San Pedro es una iglesia románica más, una más de esa túnica de la que hablaba el monje de Cluny, pero, si subimos la mirada desde la portada y nos detenemos en los canecillos del tejaroz que la cubre, entenderemos la sonrisa maliciosa de mi profesor. Agudicen la vista, por favor, y, si me han hecho caso y llevan los prismáticos, sáquenlos de su funda. Trece canecillos sostienen la cornisa: una cabeza de cabra, una figura demoniaca devorando a un humano, un saltimbanqui, un arpista, y un coito, entre otras. Sí, han leído bien, un coito. Un coito nivel «película para mayores de dieciocho años», de esos que no dejan lugar a la imaginación. Un coito que muestra genitales poderosos, casi enormes, en una iglesia del siglo XII. Y entre los canecillos doce metopas, bastante erosionadas, entre las que se adivina la cópula de dos animales. Esto es solamente el aperitivo. Si dirigimos nuestros pasos hacia el ábside, podremos ir disfrutando de los veinticuatro canecillos del paño sur entre los que destacan un personajillo itifálico —esto es, con el pene erecto— y con un pan entre las manos, un monstruo que engulle a otro personaje de los que podrían anunciar Viagra, una parturienta, una figura con un gran pene con cabeza de mono, y un personaje sentado que se lleva algo a la boca, y sí, ese algo es lo que están pensando, y si no lo están pensando porque no son de mente tan calenturienta como la mía, ya se lo digo yo: es una autofelación. Y por fin llegamos al ábside, dividido en lo vertical por tres contrafuertes y en lo horizontal en dos cuerpos por una imposta abilletada también llamada «taqueado jaqués». Presenta tres ventanas, todas ellas con columnas rematadas en capiteles. La primera de ellas, la del lado sur, quizá sea la más llamativa de la iglesia. En uno de los capiteles aparece una mujer que levanta las piernas cual contorsionista, enseñando impúdicamente su sexo. Sabemos que se trata de una mujer casada, puesto que lleva toca. En el capitel de enfrente encontramos a un hombre itifálico que se lleva las manos a la cabeza. En los canecillos podremos ver luchas con fieras, cabezas de animales, otro coito de postura imposible y otro parto, monstruos, equilibristas… En el muro norte los canecillos están más estropeados debido a los rigores del clima, pero se adivinan algunos animales.

Detalle de dos canecillos en el ábside de la colegiata de San Pedro de Cervatos, Cantabria. Fotografía: Jcdelorge CC)

La primera vez que visité San Pedro de Cervatos pronuncié un «¿Pero qué coño…?» para mis adentros. Algo similar se han preguntado muchos eruditos y hay hipótesis para todos los gustos. Algunos afirman que son simplemente representaciones del pecado al más puro estilo «esto no se hace». Otros defienden que los cristianos de entonces, por oposición al recatado islam, eran mucho más «liberales» de lo que pensamos. Los hay que aluden a que los maestros canteros simplemente las tallaban para entretenimiento personal, a modo de bromas en piedra. Y todavía está la versión de que se trataba de una forma de «animar» a los escasos habitantes de aquellas tierras, en zonas recientemente reconquistadas y despobladas, a procrear; como la película del Canal + de la época, pero en abierto. El profesor García de Guinea optó por la que quizá es la mejor opción en estos casos: catalogar todas estas escenas sin entrar a interpretar su significado. Ahí las tienen, piensen lo que quieran.

Desde Cervatos es obligado acercarse a la iglesia de Santa María la Mayor de Villacantid, la iglesia de San Ciprián de Bolmir, la iglesia de Santa María de Retortillo, (que se alza en mitad de las ruinas de la ciudad romana de Julióbriga), y adentrarnos en la comarca del Valderredible (valle del río Ebro) para llegar entre sus cañones a San Martín de Elines, otra excolegiata cántabra y, en mi opinión, la más bella. Todas ellas presentan algún capitel, algún canecillo que haría sonrojar a nuestras abuelas y todas ellas se encuentran en paisajes maravillosos que se disfrutan por sí solos. Pero en cada pueblo encontrarán una iglesuela, más o menos humilde pero orgullosa, y en el caso del Valderredible podrán descubrir un buen puñado de iglesias rupestres, cosa nada común, por otra parte.  Y recuerden algo, para entrar en una iglesia que parece cerrada a cal y canto no hay nada como llamar a los timbres de las casas y preguntar. Una sonrisa y unos pocos euros hacen milagros o, al menos, consiguen llaves.

Para reposar de tanta obscenidad pétrea no hay lugar mejor que la hostería El Convento de Mave, en Santa María de Mave, muy cerca de Aguilar de Campoo. Se trata de un antiguo priorato benedictino del que se conserva la iglesia en un estado impecable. Las dependencias monacales acogen hoy un hotel delicioso con habitaciones austeras y económicas a las que denominan «monacales», habitaciones superiores decoradas al detalle y un espléndido y fresco jardín. No se pierdan, por favor, el restaurante. La cocina está basada en los productos locales, no esperen deconstrucciones ni nitrógeno líquido, pero su menestra, su ciervo o su tarta de queso son de los mejores que se pueden probar. Y, hablando de manjares, les tengo que hablar de uno muy especial: las patatas del Valderredible. Sí, patatas, solamente patatas, sin más. Son una variedad autóctona y certificada, y lo mejor para degustarlas, si no vamos en fechas de la Feria de la Patata, es parar en Polientes, capital del valle, y comer en el restaurante La Olma. Es una posada familiar y no hay carta. La dueña les cantará el menú del día y les obligará a comérselo todo. Pidan lo que sea, pero con patatas. Si hay lomo, pidan lomo con patatas, si hay huevos fritos, pidan huevos con patatas, no se arrepentirán.

Si lo que quieren es empaparse de todo lo que ofrece el norte de las provincias de Palencia y Burgos y el sur de Cantabria en cuanto a románico se refiere, déjense caer por Aguilar de Campoo. La que fue capital de la galleta presume hoy de ser capital del románico gracias a la Fundación Santa María la Real. Poseen un centro expositivo, organizan cursos, editan publicaciones y velan por la conservación y restauración del patrimonio, además de facilitar todo tipo de información al viajero. También disponen de posada en las antiguas dependencias monacales, cafetería y restaurante.

Y, sobre todo, disfruten. Como nos recuerda esa famosa farmacéutica, «sexo es vida», y en el siglo XI ya lo tenían bastante claro o, al menos, eso parece.


Hostería el Convento de Mave

Monasterio de Santa María de Mave s/n

34402

979 123 611

www.elconventodemave.com

Posada la Olma

Pza. Mayor s/n

39220 Polientes

942 776 027

942 776 061

Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico

Monasterio de Santa María la Real

34800 Aguilar de Campoo

979 125 000

www.santamarialareal.com


Valderredible, el valle donde se esconde Dios

Interior de la iglesia rupestre de Santa María de Valverde. Fotografía: Yildori (CC).

Estilitas encaramados a columnas, dendritas subidos a árboles, estacionarios que pasaron años de sus vidas en pie, boskoi que vivieron como animales salvajes… Cuando, a finales del siglo III, las persecuciones a la religión cristiana comienzan a decaer para terminar definitivamente con la política de tolerancia de Constantino en el s. IV, en Oriente comienza un cambio en la espiritualidad, que hasta ese momento era básicamente martirial. Los desiertos sirios y egipcios, sobre todo la Tebaida, se llenaron de eremitas y anacoretas que, siguiendo el ejemplo de san Antonio Abad, dejaron atrás un mundo en el que la tolerancia religiosa había traído, según ellos, la relajación de costumbres. En estos eriales pasaron sus vidas en soledad, reuniéndose para las celebraciones litúrgicas, tomando fama de santos y sirviendo de modelo para muchos.  El movimiento eremítico se convirtió en un nuevo modo de buscar la perfección ante la llegada del reino de Dios, que se creía a la vuelta de la esquina: «Os aseguro que todo se cumplirá antes de que pase esta generación» (Lucas 21, 32). Sería en la Tebaida, donde además surgiría el movimiento cenobítico de la mano de san Pacomio, uno de estos padres del yermo, que redactaría la primera regla monástica, más tarde importada a Occidente por san Benito de Nursia con leves modificaciones.

En nuestro país el eremitismo se desarrolló sobre todo en época visigoda, pero, a diferencia de Oriente, las autoridades eclesiales nunca vieron con buenos ojos a estos anacoretas ya que los suponían una amenaza a la misma estructura eclesial con su independencia. Sin embargo, la conquista musulmana revitalizó tardíamente el movimiento, sobre todo durante la Reconquista, alimentado además por la fama de hombres santos de los eremitas de época visigoda, que siguieron recordándose.

Quiero llevarles a una de estas zonas, a un pequeño valle que se quiebra y retuerce entre las provincias de Palencia, Cantabria y Burgos, y que perteneció a la antigua merindad de Campoo. Bienvenidos al Val de Ripa Hibre, valle de la ribera del Ebro, bienvenidos a Valderredible.  Aquí, un Ebro saltarín, «joven y alocado», se abre paso camino del Mediterráneo entre el páramo de la Lora y el de Bricia, formando cañones y hoces que a ratos dan toda la impresión de murallas de castillo. Valderredible no es un desierto, es un valle de aquellos cuentos que hablaban de reinos maravillosos y lejanos y que nos contaban antes de dormir. Y también tiene algo mágico, pues cuando uno entra en el valle, ya sea desde Palencia, ya desde Burgos, el tiempo parece detenerse, la naturaleza misma parece que lo hace. Solo en las alturas se mueven las rapaces, vigilantes, y en el fondo del valle brinca el río. Los pueblos parecen pintados en un enorme mural vistos desde la carretera, que serpentea y cruza una y otra vez las tres provincias. Su clima, una mezcla entre mediterráneo y continental, hace posible recorrer hayedos, pinares o bosques de ribera, y los campos de cereal alternan en mosaico con los de patatas.

Las iglesias rupestres

Este pequeño paraíso se convirtió en el siglo viii en refugio de población cristiana y de su fe. Todavía hoy se pueden ver muestras de ello por todo el valle: iglesias, celdas, oratorios y ermitas rupestres llenan la piedra arenisca de Valderredible. Los hombres que se retiraron aquí, seguramente repobladores mozárabes, tallaron la roca buscando en el interior de la tierra el lugar para alcanzar el cielo. Suena paradójico, pero piensen en esos astrofísicos que hoy intentan entender el universo bajo los Alpes.

Nuestro recorrido empieza a nueve kilómetros de Aguilar de Campoo, en Olleros de Pisuerga y el monte Cildá. En su cima dicen que estuvo la ciudad de Vellica, y en el llano, en las inmediaciones de Mave, que se enfrentaron cántabros y romanos, estos últimos comandados por el mismísimo Augusto, en el 25 a. C. En la falda del monte se encuentra, casi escondida, la iglesia de los santos Justo y Pastor. Tras un pequeño pórtico en la roca se halla la que se conoce como «catedral del arte rupestre». Excavada en los siglos X-XI, su tamaño y uso han ido variando con el tiempo. Primero como oratorio (que hoy es sacristía), hasta llegar al templo que vemos hoy, de dos naves. Bóvedas apuntadas, arcos fajones, columnas (salvo alguna que ha debido ser reemplazada por la erosión), todo simulado, todo tallado siguiendo el gusto y estética románica. Lo único que falta es decoración, pero no se echa en falta, créanme. Y, en los alrededores, más cuevas a modo de celdas y la necrópolis de sepulcros antropomorfos, también excavados en roca.

En las cercanías, y sin abandonar Palencia, pueden visitar la iglesia de San Vicente en Cervera de Pisuerga y la ermita de San Pelayo en Villacibio, que perteneció al monasterio de Mave, del cual se conservan una magnífica iglesia románica y que es parada obligatoria además por su magnífico hotel y restaurante. Pero es hora de partir a Valderredible y lo haremos entrando desde Quintanilla de las Torres para llegar a San Martín de Valdelomar. Alejada del pueblo se encuentra la iglesia de Santa María de Valverde. Este es el templo más importante del valle y aparecería en documentos del siglo X como Santa María Sotarraña. Nunca mejor dicho. Bajo una roca de arenisca se halla un templo de dos naves con bóveda simulada de cañón y pilares cuadrados. Originalmente, como en el caso de Olleros, se trató de una ermita más pequeña que tendría su cabecera donde hoy se encuentra la pila bautismal y que algunos datan en el siglo IX. Posteriormente, fueron añadiéndose capillas y las nuevas y más espaciosas naves. Y, sobre la roca que sirve de tejado a la iglesia, una necrópolis, hoy protegida por una controvertida cubierta. También se encuentra aquí el Centro de Interpretación de la Arquitectura Rupestre, que puede facilitarnos todo tipo de información para continuar nuestra visita.

Siguiendo la carretera CA-273, encontraremos el conjunto eremítico de San Pantaleón en La Puente del Valle, o la ermita de Santa Eulalia en Cadalso de Ebro, y al final del valle dos de mis iglesias rupestres preferidas. En Arroyuelos, al final del pueblo se encuentra la ermita de los Santos Acisclo y Vitoria. En la última casa habitada pueden pedir la llave. De una sola nave y planta irregular, este templo tiene dos plantas, con la escalera para acceder al piso superior también tallada, y una altura que sobrecoge en un edificio de este tipo. El ábside de herradura hace pensar enseguida en el arte mozárabe, y su columna central, tallada y con nervios, parece el trasunto rupestre de la columna de San Baudelio de Berlanga.

La última ermita que quiero mostrarles está muy cerca, en Presillas de Bricia, población que ya pertenece a Burgos. Alejada del pueblo, para encontrarla hay que caminar por un sendero que atraviesa un bosquecillo. Y entonces aparece: una mole rocosa, imponente. La ermita de San Miguel también es de dos plantas y quizá es la que ha sido más castigada por la erosión. Recuerdo la primera vez que la vi: «¡Es como Tatooine, como Tatooine!», exclamé con brillo en los ojos —sí, suelo hacer este tipo de comentarios «técnicos» a mis acompañantes—. A San Miguel no se puede entrar, pero una escalera en el exterior permite subir al segundo piso desde donde hay unas estupendas vistas del valle y del interior del templo. Es de planta basilical con tres magníficos ábsides, y estaría datada entre los siglos VIII y X.

Estos son varios de los magníficos ejemplos de arquitectura rupestre de Valderredible y Campoo, pero si echan en falta sillares cortados a escuadra, si necesitan un canecillo o una línea de imposta como el respirar, tranquilos, están en el lugar correcto.

El románico de Valderredible

San Martín de Elines. Fotografía: Guillén Pérez (CC BY-ND 2.0)

Y es que este valle atesora una de las joyas del románico cántabro. Cuatro colegiatas románicas se conservan en Cantabria y una de ellas se encuentra aquí. Muy cerca de Arroyuelos se encuentra la pequeña población de San Martín de Elines, y en ella, la colegiata del mismo nombre. ¿Cómo podría hablarles de San Martín? Hace más de veinte años ya, mi profesor de COU, Jesús Reyes, me dijo: «Tienes que ir a San Martín de Elines». Poco después, aprovechando un viaje a la costa cántabra,  obligué al que era entonces mi novio a desviarse. Y algunos años después, nos casamos en San Martín. Quizá exagero, pero creo que San Martín de Elines es una de las iglesias románicas más bonitas que he visto. Y he visto muchas, se lo aseguro. Sus orígenes se encontrarían en un monasterio mozárabe del siglo X, según atestiguan algunos restos. Sin embargo, la primera noticia del lugar está fechada en 1102 y recoge la ruina de ese primer edificio. Sobre él se levantó un segundo monasterio benedictino cuya iglesia del siglo XII es la que hoy vemos.

San Martín se alza sobre una alfombra de verde y cuidada hierba que consigue, por contraste, que los sillares de la iglesia reluzcan como el oro en los días de sol. Y lo primero que uno se encuentra es su ábside y su torre redonda. Ese ábside, equilibrado hasta la perfección, es hipnótico. Se pueden pasar horas sobre esa hierba mirando sus tres paños, sus ventanales, sus canecillos y columnillas. Y esa torre. Redonda y esbelta y que nos recordará siempre a otro San Martín, el de Frómista. El exterior de la colegiata de Elines roza lo perfecto. Toda la fábrica se conserva de forma asombrosa, casi como recién levantada, y solo sobre su colección de canecillos podríamos escribir artículos enteros: cabezas de animales, partos, cópulas, luchas fraticidas, piñas, borrachos con sus toneles, monstruos, aves, un anciano con la Tau (decimonovena letra del alfabeto griego)… vicios y virtudes, pero sobre todo vicios.

El acceso a la iglesia se hace hoy por el pequeño claustro del siglo XVI que debió sustituir al románico y donde el párroco, don Bertín, ha recogido con esmero piezas halladas en San Martín y de iglesias de otras aldeas que han quedado sin población. La iglesia es de una sola nave con cubierta de madera. La altura, 10,40 metros, y la dimensión de la nave impresionan, y sobre todo impresiona la visión de su cabecera. El ábside tiene bóveda de cascarón y presenta doble arquería separada por dos líneas de imposta, una de billetes y otra de palmas.  Los capiteles de ambas arquerías son sencillamente espectaculares. Y en este magnífico ábside se conservan, casi fantasmagóricos, los últimos restos de pintura románica de Cantabria.

En el ancho crucero se abre una gran bóveda que se apoya sobre pechinas, y de ellas nacen los arcos torales que descansan en cuatro columnas dignas de gigantes con los capiteles más maravillosos y extraños del románico. Cilíndricos y ciclópeos, en sus grandes paños hay talladas increíbles escenas: leones afrontados, Sansón desquijarando al león, Daniel en el foso de los leones, otro personaje cabalgando otro león, piñas, volutas, leones engullendo niños (lo que se puede interpretar como el tránsito de las almas hacia la vida eterna) y una adoración de los Magos y matanza de los inocentes que dejan con la boca abierta.

San Martín de Elines es la iglesia del león y de la Tau. Podría repasar aquí cada canecillo y cada capitel y aburrirles soberanamente. Prefiero no hacerlo. Véanlos. Uno a uno, despacio. Siéntense en el crucero y simplemente observen. «Lo bello consiste en la debida proporción, porque los sentidos se deleitan con las cosas bien proporcionadas», decía San Agustín. Así es San Martín, proporcionada y bellísima.

Pero hay más. En Valderredible siempre hay más. Deben visitar también San Andrés de Valdelomar y su precioso ábside, San Martín de Valdelomar y su iglesia del románico tardío, la coqueta iglesia de Santa Leocadia en Castrillo de Valdelomar y la colección de canecillos eróticos del ábside de la iglesia de San Juan.

Deben acercarse también a Orbaneja del Castillo ya en el valle de Sedano. Pueblo levantado sobre las rocas y cruzado por un arroyo que nace en la llamada «Cueva del Agua». Tras atravesar el pueblo, el agua, retenida en el dique del antiguo molino, cae en cascada de un azul casi irreal al Ebro.

Paren  en cada pueblo, en cada recodo del río, y coman las deliciosas patatas de  Valderredible. Suban al Páramo de la Lora en el que las bombas petrolíferas de los pozos que una vez se pensó que traerían la riqueza a la comarca siguen bombeando en mitad de un silencio abrumador. Desde ahí arriba tendrán la más maravillosa vista de Valderredible. Ahí está también el Observatorio Astronómico de Cantabria. De la tierra al cielo, del cielo a la tierra.

Decía San Buenaventura que el hombre debía elevarse hacia Dios desde el esplendor de las cosas y que Dios mismo se encuentra en todas y cada una de ellas. Les aseguro que si Dios existiera, estaría en Valderredible, en cada uno de sus esplendorosos rincones.


Información

Hotel El Convento de Mave

www.elconventodemave.com

Teléf. 979 123 611

34402, Santa Maria de Mave 

El hotel tiene la llave de la iglesia de Santa María de Mave.

Posada y restaurante La Olma

Teléf. 942 77 60 27

En Polientes, capital de Valderredible. Excelente lugar donde probar las deliciosas patatas del valle.

Centro de Interpretación de la Arquitectura Rupestre

—Temporada baja: del 1 de noviembre al 28 de febrero de 09:30 h a 15:30 h. Cerrado los lunes. Visita con reserva previa de martes a viernes. Abierto sábados, domingos y festivos.

Temporada media: del 1 de marzo al 14 de junio, y del 15 de septiembre al 31 de octubre, de 09:30 h a 14:30 h y de 15:30 h a 18:30 h. Cerrado los lunes. Visita con reserva previa de martes a viernes. Abierto sábados, domingos y festivos.

Temporada alta: del 15 de junio al 14 de septiembre, de 9:30 h a 14:30 h (última visita 13:40 h) y de 15:30 h a 19:30 h (última visita 18:40 h). Cerrado los lunes.

Información y reservas: centros.culturadecantabria.com

Teléf. 942 59 84 25


Los visitadores nocturnos

Fotografía de Paula Guillot.

Siempre aparecen de noche, cuando ya estoy acostada, dispuesta a conciliar el sueño. Debe de gustarles molestarme a esas horas, justo cuando estoy quedándome dormida. Es ese momento en el que por la punta de los dedos de los pies entra un cosquilleo y uno sabe que va a quedarse dormido. Notar como a uno le llega el sueño es una sensación maravillosa. El cuerpo deja de pesar y flota sobre la cama. Todo está bien y de repente ya no recuerdas nada más. Todo está bien hasta que llegan ellos. Son negros, no muy grandes, delgados y tienen cuernos. Negros de color negrísimo, más negros que una sombra y más negros que la oscuridad.  Normalmente viene uno cada vez aunque hay noches que aparecen varios, como una pandilla que hubiera quedado para salir y tomar algo en mi dormitorio. Al principio se sientan en el borde de la cama y se quedan quietos con los brazos en el regazo, tranquilos. Ni siquiera me miran pero yo sé que por dentro ya se burlan de mí porque sé que ellos saben que ya tengo miedo. De repente empiezan a moverse de forma extraña por la habitación y por la cama como si llevaran incorporada una luz estroboscópica. A partir de ese momento todo se precipita: saltan frenéticamente, me agarran de los tobillos y tiran de mí hacia ellos intentando sacarme de la cama. Me cogen de los brazos tan fuerte que noto sus huesudos dedos clavados en mi carne. Tan fuerte que me duele. Se suben sobre mi pecho mientras se burlan de mí porque saben que me están ahogando. A veces escucho sus carcajadas, otras resuenan sonidos guturales por la habitación. No sé quiénes son, ni por qué vienen a verme, no sé por qué disfrutan asustándome. Lo único que sé es que son más oscuros que la misma noche y que casi nunca puedo ver expresiones en sus rostros. Son siluetas, siluetas negras, sin ojos ni nariz ni boca. También sé de ellos que me dan mucho miedo, que cuando vienen a verme entro en un estado de pánico en el que no puedo moverme ni gritar y que cuando desaparecen de mi dormitorio puedo pasar horas con los ojos abiertos y tapada hasta la cabeza por la sábana porque me da miedo intentar dormir. La sábana, esa protección todopoderosa frente al mal.

Esto de mis visitadores negros no lo suelo contar a la primera de cambio. Imaginen, «Hola, soy Silvia y en ocasiones veo humanoides negros como el tizón en mi habitación, tanto gusto». Como siempre aparecen de noche tampoco me generan excesivos problemas en el día a día, más allá de la sensación de estar a punto de morir de un infarto producido por el terror durante su presencia y las ojeras y el sueño a la mañana siguiente. Minucias. Llevan conmigo desde mis once o doce años, que yo recuerde, pero al menos tienen la decencia de aparecer solamente en mi habitación. Es curioso porque se han trasladado a todas las habitaciones que he tenido desde entonces y un par de veces han conseguido encontrarme en habitaciones de hotel. Así les he visto siempre, de dormitorio en dormitorio, como si fueran el perfecto amante. Hasta que hace unos años me los encontré en un pequeño pueblo de Palencia. Íbamos de pueblo en pueblo, de iglesia románica en iglesia románica, de capitel en capitel y de friso en friso y llegamos a Barrio de Santa María.

Barrio de Santa María es una aldea de unos cuarenta vecinos cercana al pantano de Aguilar de Campoo y pedanía de este último municipio. Un buen puñado de casas blasonadas y su iglesia de la Asunción, románica y reformada en el siglo XVI, dan cuenta de que Barrio de Santa María vivió tiempos mejores. Pero la auténtica joya del pueblo es su ermita de Santa Eulalia. Esta se encuentra alejada del caserío, encaramada en un altozano y mirando al valle. Es un pequeño templo de una sola nave cerrado en su cabecera por un bello ábside cilíndrico y por una espadaña en su lado occidental. En el muro norte, bajo un tejaroz con nueve canecillos, se abre una portada con cinco arquivoltas que descansan en capiteles con decoración geométrica y vegetal. Una iglesia pequeña pero maravillosamente proporcionada y con una decoración escultórica exquisita que se data entre los siglos XII y XIII y que sirvió de parroquia a un pueblo desaparecido que se encontraba a sus pies. Y en Santa Eulalia me topé con ellos. Entrar en la ermita es relativamente fácil. En verano hay un horario de visitas pero una de las vecinas del pueblo tiene la llave y les abrirá encantada. Dentro quedan los restos de las pinturas de finales del siglo XIII que decoraron todo el templo. Todavía se distingue un Pantócrator en la bóveda del ábside rodeado por el tetramorfos. En el muro norte quedan restos de una última cena y en el muro sur están ellos. Recuerdo la primera vez que los vi allí: son ellos, son iguales, pensé. En el lado sur las pinturas representan los sufrimientos de los condenados en el infierno. Unos demonios oscuros echan a los pecadores a una olla que pende de una cadena sobre el fuego. Otros diablillos se afanan en avivar el fuego con el fuelle. Debajo de esta escena un demonio disfruta flagelando con un látigo con bolas a otros dos condenados que cuelgan boca abajo mientras otro acompaña a dos reos al interior de la boca abierta de un monstruo. Ahí están mis visitadores nocturnos. Con su color plano y sus cuernos. Cuando vienen a verme son más negros, eso sí, pero son esas siluetas. Paradójicamente, en las pinturas no parecen nada aterradores, son hasta graciosos. Unos demonios un poco naífs, sinceramente. ¡Con lo que me hacen sufrir en mi habitación!

A estas alturas ustedes pensarán que estoy loca de atar y la verdad es que no estoy en condiciones de negarlo rotundamente, para qué engañarnos. Sin embargo, siempre he sabido que mis enemigos negros estaban pero no estaban. Que todo debía de ser producto de algún cortocircuito en mi cabeza. Me di cuenta desde el principio porque cuando aparecían yo me quedaba inmóvil y para salir de ese estado necesitaba hacer un esfuerzo titánico en mi cabeza: «Silvia, tienes que despertarte, Silvia, para». Tras varios minutos de lucha y de pánico conseguía abrir los ojos y los diablos desaparecían, no estaban. El esfuerzo que he de hacer para volver a la realidad es digno de un trabajo de Hércules porque en esos momentos yo creo que ya estoy despierta. Yo creo que tengo los ojos abiertos, yo veo mi habitación con el claro de la luna, yo escucho mi podcast preferido de fondo… y zas, una figura negra y con cuernos se sienta en mi cama. Y no puedo gritar, porque no me sale la voz, y no puedo levantarme y salir corriendo.

Visitadores de dormitorio los llaman, o shadow people, porque son más negros que lo negro. Alucinaciones hipnogógicas las llaman. Son las que se dan entre la vigilia y el sueño. ¿Nunca han tenido la sensación de caer de la cama justo cuando estaban quedándose dormidos? Pues ahí tienen, otra alucinación. Esto me lo explicó un médico no hace muchos años cuando le conté mis peripecias nocturnas no sé a cuento de qué. De niña yo no sabía nada de trastornos del sueño pero, afortunadamente, siempre supe que mis demonios no vivían en el armario sino en mí. Hoy, siguen viniendo a verme de vez en cuando, sobre todo cuando estoy muy cansada,y aun sabiendo todo lo que sé sobre ellos siguen dándome el mismo miedo o más que a los once años. Es como vivir un capítulo del Malleus maleficarum en vivo y en directo y sé que, por mucho que lo intente explicar, si no se vive es difícil de entender. Pero si tienen curiosidad por conocer a mis visitadores solamente tienen que acercarse a Barrio de Santa María, entrar en la ermita de santa Eulalia y mirar al muro sur, en el presbiterio. Y lo que es más importante, conocerán una de las joyas del románico norte palentino. A veces me pregunto si al pintor del siglo XIII también iban a verle por las noches mis demonios negros e imaginó que el infierno debía de estar lleno de ellos. Yo, de pensar que existe el infierno, también lo creería.


Es fácil hacer tu propio códice medieval si sabes cómo. O no

Beato Morgan, siglo X. Fotografía: manuscript_nerd (CC).

Oh Quam gravis est scriptura. Occulos gravat, renes frangit, simul et omnia membra contristat.

¡Qué cansado es esto de escribir! Se te cansa la vista, los riñones se te hacen polvo, y acabas con todos los miembros entumecidos. 

(Monje, siglo VIII. Recogido en Das Schriftwessen im Mittelalter de W. Watterbach, versión castellana de García Lobo).

Desde los orígenes del monacato en Oriente con san Pacomio y su regla, los libros pasaron a ser parte fundamental de las comunidades y centros de culto. No podía ser de otra manera, pues el cristianismo es una de las religiones del Libro. Cuando también en Occidente prendió la mecha del monaquismo, sobre todo a partir del siglo VI con la regla de san Benito, llegó también la necesidad de dotar a todos los clérigos de lo necesario tanto para la liturgia como para su estudio. El ora et labora se convirtió en tándem inseparable: para orar se necesitaban libros y copiar los textos se consideró trabajo manual. Sin el labora no era posible el ora. Libros de salmos, glosarios, evangeliarios, la Biblia… Y es que, a falta de imprenta, de multicopistas, e-books, etc., solo quedaba una opción: la copia manuscrita. Iglesias y monasterios debían disponer al menos de las escrituras básicas para la liturgia. Solo los grandes monasterios podían permitirse disponer de personal, instalaciones y recursos como para mantener un scriptorium dedicado a la copia de libros, así que, sobre todo a principio de la Edad Media, no solo viajaron los libros a copiar de biblioteca en biblioteca por Europa, sino también monjes y clérigos que iban de monasterio en monasterio ofreciendo su saber hacer como copistas. Mientras los monasterios poderosos llenaban sus armarios no solo de las obras litúrgicas sino también de textos paganos, iglesias y monasterios humildes debían conformarse con los libelli, que eran una especie de folleto resumen con lo básico para la liturgia diaria. ¿Por qué esta diferencia? Porque copiar un libro era muy caro, carísimo, de hecho, los libros se convirtieron en auténticos objetos de lujo, pues no solo se copiaron los textos, sino que se embellecieron, se iluminaron con ilustraciones explicativas o alegóricas y se convirtieron en objetos de estatus, objetos casi de poder.

Pero volvamos al pobre monje del siglo VIII, porque sus cuitas son las que han dado origen a este artículo. Aquí no vamos a analizar el arte de la miniatura hispana o las obras de la Escuela Palatina de Aquisgrán, o a comparar códices irlandeses y otonianos. Ni hablaremos de estilos, ni de corrientes o influencias, ni de familias. La intención es más sencilla: ayudar a entender el esfuerzo y el trabajo que suponía hacer una copia de una obra en los siglos X, XI o XII. Y para entenderlo nada mejor que ponernos manos a la obra al más puro estilo «es fácil hacer tu propio códice medieval si sabes cómo».

Claustrum sine armario est quasi castrum sine armamentarium.

En los grandes monasterios medievales el trabajo estaba dividido y especializado. Así encontramos pergaminari, scriptores (donde se incluyen los illluminatores) y legatores. Dentro de los scriptores había scriptores librarius, copistas y rubricatores, los encargados de las letras capitales, las firmas (rúbricas) y los colofones. A esto habría que sumar también a los pastores encargados de los rebaños de los monasterios. Pero en su caso, ustedes tendrán que apañarse solos. Una vez tengan el libro que desean copiar, lo primero que necesitaremos será el soporte. Nuestro códice estará hecho como casi todos los códices, en pergamino. ¿Y de dónde sale el pergamino? De corderos, cabras, terneras, ciervos gacelas… la variedad es grande, pueden elegir. Lo importante es matar un número suficiente de animales y desollarlos cuidadosamente, eso sí, pues cualquier rotura de la piel estropearía nuestro folio. Una vez hecha la matanza, las pieles se han de dejar en cal varios días para desgrasarlas.

Después se deben raer con un rascador para retirar restos de grasa y pelo. A continuación deben pasar por agua limpia, vuelta a raspar y, finalmente, hay que pulir con piedra pómez una y otra vez. Cuando la superficie está limpia, perfectamente lisa y no queda grasa, la piel se tensa en un bastidor y se deja secar. Un poco sangriento y sucio, quizá. Piensen que, según algunos cálculos, de cada animal se obtendría bifolio y medio de pergamino; según esa cuenta, para una Biblia como la mozárabe de León necesitarán ustedes unas ciento setenta y una ovejas. Algunas menos si, como indican otros estudiosos, de cada piel salen cuatro bifolios, para nosotros ocho hojas. Sea como fuere, van a tener que matar y desollar a casi un rebaño entero si quieren copiar un libro. Piensen por un momento en el precio de acabar con doscientas reses y tengan en cuenta que hay obras para las que se ha calculado el uso de quinientos animales. El precio de nuestro códice está ya por las nubes y apenas hemos empezado.

Una vez preparado el pergamino, se corta, se dobla en dos por la línea del lomo del animal y se «maqueta», es decir, se pauta: escritura a dos columnas, a una, si la página llevará letra capital, si llevará ilustración… es lo que se conoce como «cajeo». Para ello se trazan líneas horizontales y líneas verticales con un punzón, marcando los márgenes y renglones cuidando de no romper el pergamino. Así quedan todas las hojas homogeneizadas. Luego se cosen por el medio montando los cuadernos. Ya tenemos soporte, pero… ¿con qué escribimos?

No, no había bolígrafos, ni siquiera existía el socorrido lápiz, así que tendremos que usar pluma o cálamo de caña y una cuchilla que lo mismo nos servirá para afilar la punta de la pluma que como goma de borrar. Las plumas deben arrancarse, dejarse secar meses y endurecerse al fuego. Después se vacía el cañón y se corta la punta. Ya tenemos «papel y lápiz» y creerán que es el momento de empezar. Esperen, que nos falta algo fundamental.

Las tintas

Apocalipse do Lorvão, O Grande Terramoto (fl. 115), de 1189. Imagen: Arquivo Nacional Torre do Tombo.

Tras el festival de sangre y pellejos de la fabricación del pergamino, vamos ahora con el apartado quizá más laborioso y que requiere de una mayor especialización y conocimiento: la fabricación de las tintas. De este apartado, más parecido como verán a la alquimia, dependerá en gran medida todo el trabajo. Unas tintas de mala calidad o mal elaboradas podrían estropear toda la obra y no es plan de echar a perder un rebaño de rumiantes entero. Según todos los recetarios, unos buenos colores debían ser intensos en tono y brillo, y con cuerpo. Las mejores tintas eran las procedentes de minerales, pero su elaboración era más engorrosa y, por este motivo, los tintes minerales eran más caros. Los tintes orgánicos, normalmente de origen vegetal, son más fáciles de trabajar, pero cubren peor. Pero vamos a dar unas sencillas recetas para los colores básicos que van a necesitar: todo fácil, no se apuren.

El pigmento rojo normalmente se obtenía del cinabrio, ya fuera natural o artificial. Si no tienen a mano una mina de cinabrio, no se preocupen: mezclen dos partes de mercurio y una parte de sulfuro, y calienten la mezcla al fuego hasta que el humo sea rojo. Enhorabuena, ya tienen ustedes un rojo brillante y vivaz. La parte de respirar efluvios altamente venenosos es un pequeño precio a pagar por tan maravilloso color.

Otra opción para el rojo es el tono llamado minio, del que procede «miniatura», conseguido al tostar blanco de plomo (cerusa). Muy apreciado también era el rojo quermes, que se obtiene de la cochinilla. Solo hay que conseguir unos cientos de Coccus ilices, dejarlos secar, molerlos y luego añadirle un poco  de orina fermentada. El tono que conseguirá será un precioso rojo-grana conocido también como Carmun minium, carminium o, para nosotros, carmín.

Los rojos vegetales pueden conseguirse del palo de Brasil, de la hierba rubia o de la resina de los árboles draco, conocida como «sangre de dragón».

El verde más frecuente es el verdigrís o cardenillo, la pátina resultante de exponer el cobre o bronce a los vapores del vinagre u otro ácido. Por supuesto es altamente venenoso, como no podía ser de otro modo, pero el turquesa resultante bien merece una intoxicación. La opción vegetal la pueden encontrar en el lilo, el gladiolo o las bayas de espino. También es frecuente encontrar verdes obtenidos de la malaquita, sobre todo en Occidente.

El azul más apreciado era el ultramarino del  lapislázuli, que llegó a tener un precio equivalente al oro, pues este mineral se conseguía en el lejano Afganistán. Su resistencia a la luz y su brillantez lo hacían altamente apreciado y su precio hacía que solo aparezca en las copias más lujosas. Un consejo, alejen su lapislázuli del verdigrís o el poder corrosivo de este último lo echará a perder. Otros azules se conseguían del índigo o el pastel.

El blanco más común era la cerusa o albayalde, resultante de bañar láminas de plomo en vinagre u orina.

Para el amarillo pueden usar oropimente, sulfuro de arsénico. Sí, es natural, natural y altamente tóxico, pero resulta un amarillo precioso. Lo malo es que es incompatible con otros muchos pigmentos, así que pueden utilizar amarillos vegetales del azafrán o la gualda.

Y no podemos olvidar el negro, pues con él se perfilan todos los contornos de los dibujos, además de servir para la mayor parte del texto. Pueden obtenerlo fácilmente del carbón, quemando para ello madera, resinas, etc.

Si no han quemado su casa, muerto envenenados o contraído alguna enfermedad incurable consiguiendo estos preciosos colores, con ellos y sus diferentes mezclas ya pueden empezar a trabajar. Y, recuerden, para conseguir diferentes tonalidades nada como modificar el pH del pigmento: usen orina, vino, vinagre… También pueden usar oro y plata si están en plan de tirar la casa por la ventana. El oro solo hay que molerlo con algo de sal y luego mezclar con aglutinante, o bien usar láminas de pan de oro. En cualquier caso, todos los pigmentos tan «sencillamente» conseguidos tendremos que mezclarlos con algo que facilite su aplicación y adhesión al pergamino. Se las prometían muy felices, ¿eh? Pues no, todavía queda otro capítulo de este loco tratado de química que es escribir como en la Edad Media. Cada aglutinante debe ser usado en una determinada técnica o para unos pigmentos determinados, y es fundamental la proporción, pues la cantidad puede otorgar unas características diferentes a un mismo pigmento. Los aglutinantes más usados eran la clara de huevo, la goma arábiga o la cola de pescado. Así que pónganse a batir claras a punto de nieve y échenle una pizca de cera de oídos (sí, lo sé), porque de ese modo evitarán las burbujas que puedan estropear nuestro color. Y, sobre todo, tengan en cuenta una cosa: preparen solo la cantidad de color que crean que van a utilizar en una jornada o dos, pues los tintes con clara de huevo se estropean fácilmente con el tiempo.

¡A trabajar!

(Detalle) Autorretrato del padre Rufillus, Codex Bodmer 127 (Weißenauer Passional), fol. 244r, realizado entre 1170 y 1200. Imagen: Fondation Martin Bodmer.

Bien, siéntense, muy rectos, pueden elegir un bajo escabel sin respaldo o un asiento de alto respaldo donde descansar la espalda de cuando en cuando: trabajarán con un pupitre inclinado y sujetando la pluma o el cálamo con las puntas del índice y el corazón, apoyando en el pulgar. Este es el modo correcto, pues el útil debe estar lo más vertical posible para que la tinta fluya correctamente. Cuanto más se aproxime el escriba al ángulo recto, mejor, pero más difícil escribir, hagan la prueba. Y, por si esto no fuera suficiente, olviden apoyar la mano en el pergamino para escribir, podrían echar a perder todo el trabajo emborronándolo todo con la tinta, así que todo a mano alzada. Para iluminar, primero dibujarán con mina de plomo. Esos contornos hay que repasarlos después en tinta negra. El siguiente paso es dorar con panes de oro o pintar con oro, para lo que tendrían que preparar el pergamino aplicando antes yeso en él. Después pueden empezar a aplicar el resto de colores. Para ello pueden usar los pigmentos muy opacos, sacando las luces y sombras con variaciones de cada color más claras u oscuras, o bien usar pigmentos más transparentes y usar el propio blanco del pergamino para dar luz. Ya se habrán dado cuenta de que la primera opción es, por supuesto, la más cara y apreciada, pues el acabado es mucho mejor. Y otra consideración: mientras que para iluminar deben dar el color en diferentes capas, el texto deberán hacerlo a la primera y de un solo trazo.

Cuando su copia haya sido terminada, solo queda corregirla y encuadernarla. El encuadernado era trabajo de los legatori y tampoco era nada fácil, las páginas de los códices no estaban numeradas por lo que el escriba ponía alguna pequeña marca o señal para saber qué cuadernos se seguían. Una vez colocada la obra, se cosían los cuadernos por el lomo con diferentes técnicas y se le colocaban unas tapas de madera forradas a su vez de piel. Las obras más lujosas podían incluir piedras o metales preciosos en las tapas.

Ahora imaginen una jornada entera así, jornada que dependía de las horas de luz, y otra jornada más al día siguiente, y otra, y otra… parando únicamente para las oraciones y en los días festivos religiosos, y muy lejos del calefactario en invierno. Un trabajo lento y penoso el de estos monjes que, según algunos cálculos, podían copiar tres o cuatro libros medianos en un año. Cuando, a partir del siglo XIII, la copia de libros rompe los muros de monasterios y catedrales y surgen los talleres en las ciudades con sus gremios de escribas e iluminadores, la productividad aumentará. Para entonces ya hay universidades y demanda real de libros, porque hasta entonces los libros no se vendían, solo se regalaban o prestaban, eran objetos casi dignos de veneración y se conservaban junto al llamado «tesoro» de iglesias, catedrales, abadías o coronas.

Ahora se entienden mucho mejor esas palabras del monje del siglo VII, y también se entienden mejor muchas otras advertencias aparecidas en diferentes códices:

Florencio de Valeránica escribe en su Moralia In Job, circa 975: 

Vuelva las hojas con cuidado (y) tenga los dedos lejos de las letras porque así como el granizo arrasa los campos, así el lector inútil destroza la escritura y el libro.

El Anónimo en el Beato de las Huelgas, siglo XIII :

Yo el escritor, ruego a todos los que sean lectores míos que manejen suave y cuidadosamente este volumen para que hojas y escritura no sufran.

Monje anónimo, siglo VIII:

Oh, dilectísimo lector, lava tus manos antes de coger el libro, pasa las hojas con cuidado y mantén los dedos alejados de las letras, porque el que no sabe escribir cree no cuesta ningún trabajo.

Como ven, sí costaba mucho trabajo, muchísimo. Recuérdenlo cuando pase por delante de sus ojos alguno de esos textos, de  maravillosas letras capitales y miniaturas. Cuando disfruten, por ejemplo, de uno de los beatos hispanos, del Libro de Kells o el Evangeliario de San Medardo, recuerden a aquellos aplicados clérigos que copiaron estas y tantas obras que, sin ellos, seguramente se hubieran perdido. Sobre los folios de pergamino centenario siguen brillando las letras visigóticas o carolingias y también siguen brillando los colores que quizá aplicó un monje con la vista ya cansada y la mano entumecida. Porque, recuerden, no solo copiaban, embellecían, y esos folios, esos libros, cientos de años después, conservan aquella belleza intacta.


Liébana, el valle del perdón

Liébana desde Santo Toribio. Fotografía: Josu Salvador (CC).

Soy pecadora. Pecadora dentro de lo normal, tampoco voy a hacerles ahora una confesión pormenorizada, pero échenle imaginación. Y como pecadora del montón nunca está de más tener un as en la manga. Este viejo truco que quiero compartir hoy con ustedes además nos llevará a uno de los lugares más bellos del país. Les ofrezco la indulgencia plenaria en un lugar donde, además de perdonarse nuestros pecados, se elaboran deliciosos quesos y orujos, miel y un estupendo cocido de garbanzos finos y sabrosos.

Con motivo del Año Jubilar Lebaniego vamos a visitar esta comarca de valles profundos y montañas gigantes, paredes de roca y estrechos desfiladeros. Un lugar casi cerrado donde se gestó la fe y la cultura en la lejana Alta Edad Media española.  Un lugar de Cantabria al que casi es más fácil acceder desde la vecina Asturias. Aprovechen, pecadores, esta magnífica oferta.

La llegada a Liébana es casi mágica. Tras el pueblo de La Hermida aparece el desfiladero del mismo nombre que ha ido tallando el Deva durante milenios. Paredes de roca caliza de hasta seiscientos metros nos escoltarán como vigías gigantes entre las serpenteantes curvas. Y el Deva abajo, cada vez más abajo. Este es el único paso desde la costa cántabra hacia Liébana. La Liébana que, a pesar de tener el Cantábrico tan cerca, disfruta de un clima mediterráneo. Esta es nuestra puerta, una puerta diríase de cuento, a un lugar en el que las montañas hacen de muralla natural. A pesar del aislamiento, Liébana ha estado habitada desde el Paleolítico como así lo atestiguan diversos yacimientos. Más tarde llegaría la cultura megalítica, las tribus cántabras y los romanos, protagonistas de la larga guerra que tantos quebraderos de cabeza dio al emperador Augusto. Pero el momento álgido en la historia de Liébana se da allá por el siglo VIII, cuando la comarca recibe, según las crónicas de la época, a gentes y monjes del sur de la Península que buscan refugio de los sarracenos. Es a partir de este momento cuando Liébana se convertirá en un foco cultural de la cristiandad y cuando el territorio lebaniego se estructurará y nacerán pueblos y aldeas al calor de los eremitorios, cenobios y monasterios. De aquella frenética actividad de la fe quedan algunos recuerdos y lugares que merece la pena visitar y que nos ayudarán a entender esta comarca.

Santo Toribio de Liébana

Interior de Santo Toribio de Liébana. Fotografía: Sergio Morchon (CC).

Nuestra primera parada será en Camaleño, casi en el centro de Liébana. Aquí se levanta el monasterio de Santo Toribio, el más antiguo de la zona, al menos en la documentación. La falda del monte Viorna sobre el que se asoma sirve de magnífico balcón a los Picos de Europa. Hoy la comunidad que habita santo Toribio es franciscana, pero en sus orígenes fueron, cómo no, benedictinos. Tampoco en sus orígenes estuvo dedicado a san Toribio, sino a san Martín, llamado de Turieno, Toenaio o Torenao. Y seguramente el monasterio benedictino se levantó sobre un cenobio anterior, visigodo. La leyenda cuenta que se fundó en el siglo vi por un santo Toribio del que se duda si fue el obispo de Astorga o bien el de Palencia. Sea como fuere, este Toribio llegó al Viorna buscando el retiro y la paz que el movimiento anacoreta, tan en boga en nuestro país en la época, predicaba. Liébana, protegida por las montañas y de un clima suave, se convirtió en uno de los destinos preferidos de los eremitas patrios. Sin embargo, santo Toribio no encontró ninguna ayuda para levantar su ermita por parte de los habitantes de la zona. Finalmente fueron un oso y un toro temerosos de Dios sus ayudantes (tanto el oso como el toro han quedado esculpidos en la cabecera de la iglesia). Esta primera oleada de eremitas volvería a repetirse con la llegada de los musulmanes a la Península, llenándose la zona de eremitorios y monasterios, muchos de ellos promovidos por la joven corona asturiana. Y es que Liébana siempre estuvo relacionada y subordinada a la corona astur.

La importancia de San Martín creció además con la llegada de reliquias de monasterios que se encontraban en territorio musulmán. Probablemente las reliquias de santo Toribio llegaron aquí en ese momento. Pero no solo llegó el cuerpo del santo. Con él llegaron cuerpos de los santos inocentes, un trozo de la columna donde Jesús fue azotado, algunas piedras del martirio de san Esteban y el Lignum Crucis, el trozo más grande de la cruz de Cristo certificado por el Vaticano. La tradición contaba que fue el propio santo Toribio quien trajo todas estas reliquias de Tierra Santa y dotaron a Santo Toribio de aún más prestigio y poder. Y digo aún más porque aquí fue donde el monje Beato, consejero del rey Silo, escribiría en el siglo VIII el best seller por excelencia de la Edad Media occidental, sus Comentarios al Apocalipsis, y el O Dei Verbum, el primer himno a Santiago como patrón de España. Casi se puede decir que el Camino de Santiago nació también un poco aquí, en Liébana. La importancia de las reliquias custodiadas en Santo Toribio, sobre todo el Lignum Crucis, lo convirtió en un gran centro de peregrinación y en el siglo xii el monasterio cambia la advocación a la actual, en honor al santo que tanto bien y prosperidad había procurado al cenobio. En 1512 el papa Julio II otorga la bula por la cual se concede el privilegio de celebrar Año Jubilar cuando la festividad de Santo Toribio cae en domingo.

La iglesia que hoy vemos en la colina del Viorna es de bien entrado el siglo XIII. De tres naves y bóveda de crucería, nos recuerda al sobrio Císter. El claustro es del siglo XVII. Y es que el valor de Santo Toribio no se encuentra en la arquitectura. Además, el monasterio sufrió desperfectos en la Guerra Civil y tras ella fue sometido a una polémica restauración. El valor de Santo Toribio reside en su peso e importancia históricos. Den además un paseo por el Viorna y por las ermitas que lo pueblan: San Pedro, San Miguel, Santa Catalina… todas de factura simple y levantadas entre los siglos xii y xiii. Y recuerden no marcharse sin cruzar la puerta santa, abierta durante este Año Jubilar, para recibir el perdón a sus pecados. Con la conciencia limpia, es el momento de visitar otro de los lugares importantes de Liébana y, sobre todo, uno de los más bellos.

Santa María de Lebeña

Santa María de Lebeña. Fotografía: Sergio Morchon (CC).

Para llegar hay que volver sobre nuestros pasos por la N-621 hasta Cillorigo de Liébana, el primer municipio de la comarca. Poco antes del desfiladero de La Hermida, a un lado de la carretera y aislada se yergue esta recoleta iglesia. La más bella de Liébana y quizá una de las más bellas del país. Todo sobrecoge en Lebeña: el paisaje boscoso, las montañas que arropan al templo, el edificio y su propia historia.  

Mil cien años lleva aquí esta coqueta, robusta y a la vez delicada construcción. Casi once siglos que han dado para leyendas, tradiciones e historias maravillosas. Cuenta una de ellas que Santa María se construyó en el 924 a expensas de don Alfonso y doña Justa, condes de Liébana, con la intención de trasladar hasta aquí las reliquias del ya afamado y milagroso santo Toribio. Una vez levantada la iglesia, los hombres del conde fueron a reclamar los restos del santo a San Martín, pero los monjes se opusieron a la entrega. Sin embargo, don Alfonso no estaba para negativas y ordenó arrebatar el cuerpo santo al monasterio por la fuerza. Desde entonces, conde y condesa empezaron a perder la vista hasta quedar ciegos. Convencidos de que aquel mal se lo había causado el propio santo por profanar sus restos, decidieron devolver a San Martín las reliquias. En ese momento la ceguera de ambos quedó sanada. Y así quedó Santa María, compuesta y sin santo al que venerar. Benditos condes en todo caso, que nos legaron esta joya del arte mozárabe que dependió del poderoso Santo Toribio hasta el siglo xvi, cuando pasó a ser parroquia.

La visión exterior de la iglesia es un juego de volúmenes y alturas de once tejados, juego en el que también entra su cabecera cuadrada, al más puro estilo asturiano. Una pequeña iglesia casi se diría de color rosa, levantada en mampostería con sillares bien cortados en las esquinas y cercos. Como decoración exterior, modillones al estilo visigodo, con esvásticas, roleos o rosetas en los aleros. Muchos de estos modillones son copias exactas de los originales y se colocaron en la restauración del siglo XIX, cuando también se levantó la torre campanario anexa. Tampoco el pórtico es de fábrica original, sino un añadido del siglo XVIII. Añadidos y trampas, sí, pero el conjunto sigue siendo fantástico. Y toda la belleza del exterior, su armonía enmarcada en las montañas, se repite en el interior y se amplía. La mozarabía extraña de Santa María se nos revela en todo su esplendor: planta centralizada, orientada al este y traza basilical de tres naves y tres ábsides cuadrados cubiertos por bóvedas y una contracabecera que refuerza su carácter asturiano y original. Y las bóvedas. Todo ese puzle del exterior, esos tejados, cubos y alturas se repiten de forma maravillosa en los nueve espacios abovedados internos. Los arcos peraltados que sujetan esas bóvedas apean en pilares cruciformes con columnas adosadas. Quizá los primeros pilares compuestos de nuestra península. En los capiteles, hojas de acanto jugosas, aquellas que Melitón de Sardes asociaba con la vida eterna. Y es que la eternidad parece residir en esta iglesia y sus espacios.

Porque Santa María parece pequeña y, sin embargo, es grande. De repente todo parece más alto, más amplio, más, si quieren, trascendente. Un juego complicado en el que la bóveda de la nave central es longitudinal y las bóvedas laterales transversales. La magia de Santa María y su bosque de arcos. En Lebeña uno podría pasar horas contemplando y escuchando a su magnífica guía María Luisa. Tuvo una gran maestra, su madre, que fue la guía que yo conocí en mi primera vez en Lebeña, hace más de veinte años. Su voz reverbera en las bóvedas y entonces Santa Maria se pone más guapa si cabe a nuestros ojos. Y es que no hay nada mejor que explicar las cosas con amor. Y de amor es la última historia de Lebeña. Fuera de la iglesia, casi enfrente, hubo un tejo centenario que yo conocí. En 2007 una tormenta acabó con él, con sus casi 3,30 metros de diámetro de copa. Cuenta la tradición que el árbol se plantó cuando se consagró el templo. Un árbol norteño para una iglesia norteña. Sin embargo, doña Justa, esposa del conde Alfonso, se encontraba apesadumbrada pues ella era del sur y echaba de menos su tierra. Así, el conde hizo traer del sur de España un olivo y lo plantó cerca de la cabecera de la iglesia para alegrar a su esposa. Norte y sur, sur y norte, unidos en Lebeña. Así estuvieron, tejo de don Alfonso y olivo de doña Justa cientos de años custodiando su iglesia. Hasta ese día de 2007. Por suerte, de la madera del viejo tejo salvaron un esqueje que ahora crece pequeño en el lugar donde lo hacía su anciano padre. El tejo ha vuelto a Santa María a acompañar al olivo. El amor ha vuelto a Lebeña, como les aseguro que volverán ustedes si la visitan, porque Santa María es uno de esos lugares a los que siempre se vuelve.

Dejamos Santa María alegres para buscar la última parada de nuestra ruta.

Santa María de Piasca

Santa María de Piasca. Fotografía: Ángel M. Felicísimo (CC).

Con el recuerdo de Santa María de Lebeña en cabeza y corazón, tomaremos rumbo a Cabezón de Liébana por la CA-184. Pasado Cabezón, a la izquierda comienza la carretera que lleva a Piasca, empeñándose en trepar desde el valle para llevarnos hasta una de las joyas del románico cántabro.

Nombrado en un cartulario del 941 como comunidad dúplice bajo la regla de san Fructuoso, seguramente su origen habría que buscarlo en el siglo VIII y su fundación estaría ligada también al conde de Liébana. El auge de este cenobio llegaría en el siglo X, cuando se documentan numerosas donaciones y compras, convirtiéndose en un duro competidor de San Martín de Turieno por la hegemonía de la comarca. La regla de san Fructuoso, obispo de Braga, tuvo gran predicamento en el reino asturleonés, como también lo tuvieron los monasterios dúplices en nuestra península. Pero seguramente el más importante de todos ellos fue Piasca. Dúplices, porque en ellos dos comunidades de hombres y mujeres se hallaban juntas pero no revueltas, al menos sobre el papel, teniendo cada comunidad su espacio y compartiendo iglesia y autoridad abacial. En el cartulario del 941 se nombra a la abadesa Aylo y hay documentación sobre abadesas en Piasca al menos durante cien años. A pesar de condenas, concilios, sínodos y exhortaciones papales prohibiendo este tipo de comunidades, se cree que Piasca, con varios intervalos, pudo llegar como monasterio dúplice hasta casi el siglo XVI. Uno de esos intervalos se produjo en 1078, cuando las monjas dejan Piasca para fundar el monasterio de San Pedro de Dueñas, en Palencia. Los monjes que quedan en Piasca pasan entonces a depender del monasterio de San Benito de Sahagún. Con la desamortización de Mendizábal, Piasca pasa a ser parroquial. Sin embargo, el poder y las relaciones con Palencia y León todavía se ven hoy reflejadas en el templo.

Lo que hoy vemos es una iglesia y la llamada casa rectoral. Según la lápida que se conserva en la fachada oeste, el año de edificación de la iglesia románica habría sido el 1172. Esta iglesia sería de tres naves con tres ábsides semicirculares. Y digo sería porque Piasca ha sufrido diferentes reformas. La primera a finales del XV, en la que se levantó la altura de las naves y se modificó la planta para dejar una iglesia de una sola nave, se construyó la espadaña y también la hornacina de la fachada occidental. Se preguntarán qué interés tiene Piasca si está tan retocada y lo fue en tan temprano momento. Tendrán que verlo con sus propios ojos, porque la escultura románica de Piasca, de ese románico final y barroco, se salvó en gran parte. Canecillos, capiteles, cimacios, impostas románicas se reutilizaron en esa primera reforma. Bendito reciclaje milagroso que hace que podamos disfrutar de un conjunto escultórico románico maravilloso. Una iglesia románica travestida de gótico que, sin embargo, conserva su carácter románico y borgoñón.

La portada occidental es ligeramente apuntada y una de sus cinco arquivoltas está magníficamente decorada: caballeros, grifos, centauros, leones… Arriba, en la hornacina superior, un san Pablo y un san Pedro románicos escoltan a una virgen del siglo XVI. En el lado sur se abre la puerta que daba paso al desaparecido claustro. Decorada por dos arquivoltas, los capiteles de sus columnas están rematados por un cimacio delicioso de entrelazados vegetales entre los cuales asoma una escena de caza de jabalí. Pero ya les dije que la colección de canecillos y metopas es espectacular. Recorran la iglesia y disfruten. La lucha del bien y el mal en todo el esplendor románico: basiliscos, perros, músicos, flores, acantos, arpías… y la bestia de siete cabezas del Apocalipsis, aquel para el que Beato, el de San Martín de Turieno, escribió sus Comentarios. En la cabecera, también retocada, destaca un capitel de un sacrificio de Isaac. Pero toda la escultura de Piasca es de una gran calidad. Según la lápida fundacional que se encuentra en la fachada principal, el maestro de obra de Santa María habría sido Covaterio, el primer maestro del que conocemos el nombre en Cantabria. Y en Piasca se ven las relaciones de su taller con los que trabajaron en Carrión de los Condes, Sahagún, o Palencia, con talleres borgoñones y con la burgalesa iglesia de Rebolledo de la Torre, donde trabajó el llamado Juan de Piasca.

Tres iglesias lebaniegas, vecinas y por tanto con historia común y, sin embargo, tan distintas. Santo Toribio, el centro de poder y las relaciones con la corona, el arte mozárabe o de repoblación representado en Santa María de Lebeña y el románico poderoso y final de santa María de Piasca. Tres puntos de partida para conocer la Liébana, tres pistas para que a partir de ellas disfruten acercándose a Fuente Dé y su teleférico, o paseando por Potes, Bejes, Mogrovejo o el aislado Tresviso, asomándose a sus miradores. No olviden probar los quesos —el ahumado de Áliva o el Picón de Tresviso—, sus orujos y su cocido lebaniego.

Si caen ustedes en la gula y pecan, recuerden que siempre podremos volver a Liébana a ganar la indulgencia. Porque lo único imperdonable sería no volver.

Capiteles de la puerta mayor de Santa María de Piasca. Fotografía: Almudena (CC).

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Dormir

Parador Nacional de Turismo de Fuente Dé.

Hotel de montaña a los pies de los Picos de Europa y magnífico punto de partida de excursiones.

Fuente Dé, s/n, 39588 Camaleño, Cantabria

942 73 66 51

Comer cocido en Casa Cayo

Calle Cántabra, 6, 39570 Potes, Cantabria

942 73 01 50

Tomar un vino en Los Camachos

Calle Llano, 39570 Potes, Cantabria

942 73 00 64


Un carnaval en piedra

Fotografía: Pepe Herrero.

Carnaval, carnestolendas, antruejo, entroido… Hay muchas formas distintas de referirnos a la misma fiesta, una fiesta excesiva donde todo el mundo se mezcla y la permisividad, el descontrol, la crítica a la élites, las comilonas, hogueras y toda la colección de bajos instintos campan a sus anchas. Podríamos dedicarnos a hablar largo y tendido sobre su origen, pero se pierde en los principios de la civilización. Resumamos: festejos en honor a Apis en Egipto, disfraces en Sumeria, ritos de Dioniso/Baco, cultos a Pan, las saturnales romanas… Sin embargo, el carnaval tal y como lo conocemos hoy tiene su raíz en la Edad Media. Fue entonces cuando las fiestas ligadas al final de las siembras de invierno y al equinoccio de marzo quedaron para siempre ancladas, al menos en el occidente cristiano, a la Cuaresma, esos cuarenta días de penitencia, austeridad y recogimiento que quedaron establecidos como tiempo litúrgico en el siglo IV en el concilio de Nicea. Ya en el siglo VII  san Isidoro habla de gente disfrazada del sexo contrario por las calles y de comida y bebida sin mesura.

En el siglo X en Italia aparecen las primeras referencias al carnelevare. La sociedad medieval, fuertemente jerarquizada y a la vez excesiva en todas sus manifestaciones, fue caldo de cultivo para el auge y extensión de esta tradición. Una fiesta de excesos con tantas versiones como regiones o pueblos pero que tienen en común el ruido, las luchas, las hogueras y bailes y, sobre todo, la carne y el sexo. Digamos que el carnaval creció y se desarrolló al cobijo de la cristiana Cuaresma y al calor del renacimiento de las ciudades y el comercio en el siglo XII. En el carnaval se permitía y permite todo lo que durante la vieja cascarrabias doña Cuaresma quedará vedado. Una fiesta de la abundancia de la que no fueron muy partidarias las altas autoridades eclesiales pero en la que el clero llano participó sin remordimiento, igual que participaron en otras representaciones teatrales en las iglesias, en el risus paschalis o en las misas de asnos. Solo la Contrarreforma pudo poner coto a tanto libertinaje y algarabía. En todas estas manifestaciones se parodiaban ritos y oficios religiosos, tal y como en el carnaval se hacía mofa de autoridades —religiosas y civiles— y señores.

Pero, antes de disfrazarnos y dedicarnos en cuerpo y alma a la molicie, quiero mostrarles algo y tenemos que viajar a Navarra.

San Pedro ad Víncula de Echano

Fotografía: Pepe Herrero.

Bienvenidos a la Valdorba, casi el centro de Navarra y bienvenidos a uno de sus valles, Olóriz. En este pequeño pueblo que da nombre al valle pediremos la llave y las indicaciones para llegar a San Pedro, una preciosa y magnífica iglesia románica dedicada a san Pedro «encarcelado» que se levanta solitaria entre verdes frondosos prados y árboles de ribera. Aislada y coqueta, la puesta del sol baña su esbelta espadaña oeste en dorados casi imaginarios y entonces uno cree estar en un cuadro. Solo el mejor de los pintores podría idear ese paisaje y pergeñar esa luz.

De este templo de una sola nave y cabecera semicircular poco se sabe. Echano es un despoblado medieval del que no queda nada. ¿Fue quizá la iglesia de esa población? ¿Hubo un monasterio aquí del que solo queda la iglesia? ¿La mandó construir el señor de esta tierra? Demasiadas preguntas y pocas respuestas, pues no tenemos documentación a la que aferrarnos. Pero aquí está, lozana y cuidada amorosamente por las gentes de Olóriz.

La construcción de San Pedro se estima en finales del siglo XII o principios del XIII. Su cabecera es de ábside semicircular y está divido en tres paños por contrafuertes. En cada paño, un ventanal abocinado decorado con columnillas y capiteles vegetales. Sin embargo, la puerta principal no se encuentra al sur, como es habitual. En el paño sur se abre hoy una puertecita humilde que sirve de entrada al templo. La portada de San Pedro está al norte. Quizá sí existió el desconocido monasterio y era en el sur donde se levantaban sus dependencias, por ello la pequeña puerta de paso. O, como dice otra versión, si la levantó el señor de Echano, quizá era al sur del templo donde se levantaba su residencia.

Fotografía: Pepe Herrero.

Pero vayamos a la portada norte. Protegida por un tejaroz decorado con canecillos, siete arquivoltas la adornan, arquivoltas que descansan en columnas con capiteles y pilastras lisas. Los capiteles, por desgracia, están muy deteriorados, el norte no perdona ni a la piedra. Las arquivoltas son de variada decoración: aves, bolas, motivos geométricos, de baquetón liso… hay para elegir, pero ustedes, como yo, como todos, se quedarán con una de ellas. En la cuarta arquivolta unos personajes parecen «sentados» a una mesa, mesa que es el propio baquetón de la arquivolta. Arriba vemos sus cabezas y bajo él los pies y piernas de nuestros recién conocidos. Este tipo de composición se ve en iglesias cercanas como Santa María de Uncastillo y Leyra, y también recuerda al personaje que asoma burlón en la portada de la Sainte-Foy de Conques.

Entonces, ¿dónde está la originalidad de Echano? Hay personajes tocando instrumentos, un cuerno, una especie de flauta, un silbo… pero la mayoría aparecen con las manos levantadas y alguno parece tocar los palillos. Hay también un personaje de dos cabezas y una especie de máscara, sin cuerpo ni piernas que flanqueen al que podría ser el «presidente» de esta curiosa reunión. Dice Ander Ortega, gran conocedor y divulgador del románico, en especial del navarro, que él ve claramente en el personaje de dos cabezas una representación del dios Jano, el dios bifronte. Sí, no se sobresalten, no es tan raro encontrar a este dios pagano en algunas iglesias; el dios de las puertas, el que ve el pasado y el futuro, el dios de los comienzos que dio nombre al mes de enero y cuyo culto comenzaba al inicio del año hasta primavera aparece también en San Isidoro de León, en el calendario, y en otros mensarios y calendarios románicos. La presencia de ese supuesto Jano, del mascarón y las actitudes del resto de personajes llevan a Ortega, en un cuidadoso estudio sobre el templo, a relacionar la portada de San Pedro de Echano con ancestrales celebraciones. Y aquí volvemos al carnaval o, más bien, a las llamadas mascaradas de invierno.

Fotografía: Pepe Herrero.

Hoy todavía es posible encontrar estas fiestas en algunos pueblos de la península: el Jarramplas de Piornal, Cáceres, La Vijanera de Silió, Cantabria, el carnaval de Bielsa en Huesca, y todas las mascaradas de invierno zamoranas: el Tafarrón de Tábara, el Zangarrón de Montamarta, los Carochos de Riofrío de Aliste, la Filandorra de Abejera… Desde el día 1 de enero, Año Nuevo, y hasta primavera, en muchos pueblos de España comienzan a aparecer en sus calles personajes pintorescos disfrazados, enmascarados demonios travestidos, animales que corren por sus calles, asustan a los viandantes, les pegan y, sobre todo, hacen ruido. Cencerros, tambores, cualquier ruido es bueno para espantar a los malos espíritus. Se celebra un final y se celebra también un principio. ¿Esta arquivolta de San Pedro contiene una representación de alguna celebración de este tipo? No es posible asegurarlo.

Muchos autores dicen que no, que de ningún modo, que el personaje bifronte no tiene nada que ver con Jano y que las manos levantadas de los asistentes no son tales, sino que están mesándose los cabellos en señal de duelo. Si así fuera, habría que contarles que en muchas de las mascaradas de invierno también se dan este tipo de ritos penitenciales: En San Vicente de la Cabeza o en Abejera, la Filandorra y otros personajes tiran ceniza a los asistentes a las cabezas, lo que sabemos que es otro rito de luto o pesar, como mesarse los cabellos. No sería extraño pues que, en una celebración de este tipo, «mesarse los cabellos» entrara en el pack de ritos de aquellos «carnavales» primigenios. Pero en San Pedro no podemos quedarnos solo con esta curiosa arquivolta. La iglesia presenta una estupenda colección de canecillos asomados a su alero: desnudos, algún hombre itifálico que perdió su miembro debido a algún cantazo pudoroso, animales, músicos, monstruos. Ya saben, el repertorio habitual del románico que más nos gusta.

Fotografía: Pepe Herrero.

Leerán muchas cosas sobre Echano, desde que es una iglesia extraña por no tener símbolos cristianos (?), hasta sobre su relación con la alquimia y diversos misterios… La falta de pasajes de las Escrituras o alusiones directas a pasajes bíblicos se puede explicar, porque el tímpano de la portada desapareció. Seguramente ahí habría un crismón, tan común en la zona navarroaragonesa. Sobre la alquimia y demás lecturas esotéricas poco tengo que decirles. En una iglesia románica se puede encontrar de todo porque es una imago mundi, un espejo de toda la creación, por eso en San Pedro de Cervatos encontramos coitos o partos, en otras iglesias hay bailarinas, saltimbanquis, borrachos, frailes pecadores… Que ese lenguaje nos resulte hoy desconocido, misterioso o nos asombre solo significa que perdimos el diccionario de esa lengua hace mucho, mucho tiempo. En el siglo XII, cuando se levantó San Pedro de Echano, todo el mundo podía leer y entender lo que estaba viendo, no le busquen tres pies al gato ni explicaciones demasiado esotéricas o arcanas. El románico no lo era, no lo es. Era popular y cercano, y llegó a todos los rincones justo por eso.

San Pedro de Echano es maravillosa, como el lugar donde se levanta, y que mantenga un halo de misterio sobre su origen la hace más atractiva si cabe. Visítenla, disfrútenla, presenten sus respetos a los curiosos personajes que habitan en su magnífica portada, e imaginen que sí, que están ante una celebración, tal y como defiende Ander Ortega. Y, mientras tanto, estos días recuerden ser excesivos, irónicos, pónganse el disfraz, la máscara o el antifaz, coman carne sin medida y practiquen sexo con fruición. Y recuerden hacer ruido, mucho ruido, para espantar los males. Todo vale, es carnaval, como quizá en esa arquivolta de San Pedro, un carnaval en piedra, casi eterno.

Fotografía: Pepe Herrero.


Susurros de la sierra de la Pela

Algunos de los últimos vecinos de Manzanares en 1969. Fotografía: Malica (CC).

Podría haber escrito sobre el alma de algún caballero o dama atormentada de las que se aparece en algún castillo, como la de la habitación 712 del Parador de Cardona, o sobre fantasmas de animales, porque sí, ellos también tienen sus propias apariciones. Como las ovejas y corderos que se aparecen en los cementerios daneses desde la Edad Media a los incautos, a los que anuncian su próxima muerte. Pero a mí me apetece mostrarles otro tipo de fantasmas. Quizá el tipo más común de todos ellos. No vamos a necesitar güijas, péndulos ni «transcomunicadores», ni tampoco el equipo de protones de Peter Venkman y compañía, no. Simplemente necesitaremos un coche y un buen mapa. Encontrar algunos fantasmas es más fácil de lo que pensamos.

Tendremos que viajar a las inmediaciones de la sierra de la Pela en su parte soriana. Este pequeño macizo se encuentra en las provincias de Segovia, Soria y Guadalajara y hace de frontera entre la cuenca del Duero, al norte, y la del Tajo, al sur. Es un paisaje de monte bajo y páramo propio de su altura y del viento que lo azota, donde los ríos han ido excavando las rocas areniscas. Los inviernos son fríos, muy fríos, y los veranos, suaves. Las estrechas carreteras rebrincan solitarias entre tierras rojas, casi carmines a ratos. Tierra roja y tierra de batallas, de razias y escaramuzas, y frontera móvil durante los años de la Reconquista. Esto hizo que durante mucho tiempo esta «Extremadura soriana» fuera un desierto. No un desierto de arenas y dunas, no, sino un desierto de población. Hoy, casi mil años después de la reconquista de Toledo y el comienzo de la repoblación en esta zona, la historia parece repetirse, tozuda, y muchos de los pueblos y aldeas que se llenaron entonces de gente han ido quedado vacíos desde mediados del siglo XX.

Nuestra primera parada es Sotillos de Caracena, localidad a la que se llega por la SO-P-4119, a tres kilómetros de Pedro, muy cerca de Montejo de Tiermes.

… SIT. en un houdó rodeado de cerros y combatido sin embargo por todos los vientos; goza de CLIMA sano tiene 14 CASAS ia escuela de instrucción primaiia frecuentada por 13 alumnos; una iglesia parroquial (San Miguel) servida por un cura y un sacristán confina el término con los de Manzanares, Campisabalos, Pedro y desp. de Tiermes; dentro de él se encuentra una ermita y una fuente de buenas aguas, que provee á las necesidades del vecindario el TERRENO en su mayor quebrado es árido y de mediana calidad; comprende una deh. de pastos, con arbolado de roble, estepas y otras matas bajas, CAMINOS los locales en mediano estado, CORREO se recibe y despacha en Caracena. PRODUCCIÓN trigo, centeno, cebada, avena, algunas legumbres, leñas de combustible y buenos pastos. POBLACIÓN  8 vec., 31 almas, CAP. IMP. 5, 9 4 6 rs, 2 8 maravedises.

Esto contó Madoz en su diccionario del XIX. Treinta y una almas. Hoy el silencio. Silencio desde 1969. Desde que Ángel Barrio y su hermana, últimos habitantes, decidieron seguir los pasos de sus vecinos y dejar su pueblo. Un pueblo al que nunca llegaron la luz o el agua corriente. Ninguna comodidad, nada que hiciera dudar a sus pobladores de que había llegado el momento de abandonar y buscar fortuna en otros lugares. Primero marcharon los jóvenes y, cuando estos se habían instalado en las capitales, empezaron a marchar los padres que iban siendo ya demasiado mayores para aquellos inviernos durísimos. Se acabó el plantar cereales y se acabó el ganado, que cada vez daba menos para vivir, o lo daba pero a cambio de excesivas penalidades. El cura llegaba de Pedro, el médico de Montejo y, aunque nunca faltaron vendedores ambulantes, las compras de más enjundia había que ir a hacerlas a Ayllón, a cuatro horas a pie. Hoy Sotillos es un espectro. Sus casas apenas han resistido el paso del tiempo y el abandono a pesar de ser de recia construcción. A duras penas se levanta todavía la iglesia de San Miguel, el santo patrón en cuyo honor se celebraron las fiestas y sonaron las dulzainas. Hoy, el viento.

Muy cerca de Sotillos, a unos doce kilómetros, se encuentra Manzanares, que comparte nombre con el mismo río soriano e historia con Sotillos. Algo más grande que su vecino, Manzanares contaba con cincuenta viviendas y en los años cincuenta ya disponía de luz eléctrica y de una fuente en la plaza para abastecer a los vecinos de agua. Pero el sino de Manzanares fue el mismo. A finales de los setenta ahí quedaron la fragua, la escuela, el horno comunal, la iglesia de Santa Catalina y los bailes de los domingos en el Ayuntamiento. Pero, pese a las casas arruinadas, Manzanares ya no es fantasma. Al menos no del todo. En los noventa llegó al pueblo la Colectividad Rural Anarquista Manzanares. Los habitantes del pueblo varían, pero siempre hay una casa abierta durante todo el año, retando al destino.

Sotillos y Manzanares son dos pueblos espectrales desde hace poco más de cuarenta años, como otros al norte y sur de la sierra de la Pela. Convertidos en fantasmas con el éxodo a las ciudades. ¿Todos? Todos no. Han de acompañarme a una tercera población fantasmagórica, entre Sotillos y Manzanares, que lo es desde hace mucho, mucho más tiempo. Entre estos dos despoblados recientes se encuentra Tiermes o Termes, en el término municipal de Montejo de Tiermes. Esta ciudad, porque Tiermes fue ciudad, se asentaba sobre una roca longitudinal que se recuesta en el páramo y el lugar estuvo treinta siglos habitado. Desde, al menos, la edad de Bronce.

Más tarde llegaron los arévacos. Sí, todos recuerdan a sus vecinos numantinos, pero pocos a los habitantes de Tiermes. Vecinos y aliados en las guerras celtíberas y tan importantes como Numancia, pues llegaron a enviar también embajada a Roma. En lo alto del cerro tenían los arévacos su poblado, del que no quedan restos sino en la vecina necrópolis de Carratiermes. Tras años de luchas, embajadas, pactos incumplidos y de un rosario de cónsules derrotados (Apiano, Metelo, Mancino, Quinto Pompeyo…), Tiermes cayó finalmente en el consulado de Tito Didio, en el 98 a. C. Treinta y cinco años después de la caída de Numancia. Dicen las crónicas que Didio mató a veinte mil hombres arévacos y que a los supervivientes les obligó a dejar el cerro e instalarse en el llano.

La llegada de Roma supondrá la época de mayor esplendor de Tiermes, y más tarde, en época visigoda, hubo hasta dos monasterios en la ciudad. Pero la Reconquista dispersará la población. La que fue la localidad más importante de la comarca languidecerá como aldea hasta el siglo XVI. Es entonces cuando Tiermes se torna en fantasma. Un fantasma de quinientos años que lleva excavándose desde 1960. Mientras en Sotillos y Manzanares se cerraban casas para siempre, en Tiermes comenzaban a abrirse otras gracias a las manos de los arqueólogos. Así, retirando tierra, Tiermes se ha convertido en uno de los yacimientos arqueológicos más importantes y activos de nuestro país. Recorrerlo es un auténtico placer. La roca blanda del cerro animó a los habitantes, poco a poco romanizados, a excavar sus viviendas en él, como en el llamado «conjunto rupestre sur». En Tiermes se da una conjunción casi perfecta de técnicas constructivas romanas y arquitectura rupestre. Viviendas de tres alturas y una ínsula, o lo que nosotros conocemos por bloque de pisos, de seis. Ahora solamente se intuye su tamaño por las marcas de los mechinales en la roca en la que se apoyaba. Estas casas, para familias más humildes, contrastan con la llamada Casa del Acueducto, una mansión clásica romana adaptada a la caprichosa orografía del terreno.

El castillo de Bran. Fotografía: Corbis.

Pero además, en este municipium romano (categoría otorgada, se cree, bajo mandato de Tiberio), conserva tres de sus puertas, también talladas, como la llamada Puerta del Sol, donde aún se ven las huellas de los goznes que hoy tenemos que imaginar. Y, justo al lado de esa puerta, uno de los «misterios» de Tiermes: una grada cincelada de la que no sabemos función o época, pero que debió tratarse de una edificación pública. Restos de las termas, del templo romano en lo alto del cerro, del foro, de tiendas o tabernae, de la muralla, incluso de una pequeña cavea excavada que se cree pudo hacer de teatro, y del acueducto, claro. Con su castellum aquae. El agua se recogía en el cercano río Pedro y otros arroyos, y es quizá mi construcción favorita de Tiermes. Una parte estuvo al aire libre, pero en otra muy importante el agua viajó por canales excavados también en la roca. Introducirse en uno de estos canales es impresionante, tanto por la magnífica obra de ingeniería que resiste al paso del tiempo, como por la oscuridad del lugar. Por aquí pasó el agua que dio de beber a tantas personas y aquí uno parece estar en el corazón de la ciudad. Y, tras la visita a los restos romanos, hay que dar un salto en el tiempo de la mano de la ermita de Santa María de Tiermes.

De la existencia de una comunidad religiosa en Tiermes se tienen noticias documentales desde 1136, pero hay restos muy anteriores, como atestiguan las necrópolis altomedievales. Del monasterio únicamente ha sobrevivido esta iglesia de una sola nave y ábside semicircular, datada en el siglo XII y construida sobre una basílica paleocristiana anterior. Presenta una bella galería porticada, tan común en el románico de esta zona, y que según una inscripción habría sido realizada por Domenicus Martin en 1182. Sin embargo, Gaya Nuño siempre apuntó que los capiteles y dobles columnas de su arquería, por su labra y temas, habrían sido reutilizados del claustro del monasterio: cuadrúpedos, grifos, centauros, motivos vegetales y quizá el más llamativo: la lucha de dos caballeros a lanza, tema muy repetido en otras iglesias de la comarca, como en Caracena, y en el que algunos ven la representación de la lucha entre cristianos y musulmanes. A diferencia de las iglesias de Sotillos o Manzanares, y pese a ser la primera en quedar sin feligreses, Santa María nunca ha estado totalmente abandonada. En el siglo XVI pasó a ser ermita, y mantiene culto en verano y en las dos romerías que cada año honran a su virgen. Tampoco Tiermes ha corrido la misma suerte que sus vecinos. Hoy sus ruinas se llenan de visitantes, y su museo explica y conserva mimosamente su pasado.

Tres pueblos fantasma, tres pueblos cercanos, tan iguales y tan diferentes, de historias cruzadas. Tres fantasmagorías que merece la pena recorrer. Porque estos pueblos se han convertido en fantasmas de sí mismos y en fantasmas de todos los que aquí nacieron, vivieron y murieron. Fantasmas de las risas de los niños que jugaron en sus calles sin asfaltar, fantasmas de los sufrimientos, de las alegrías, trabajos y celebraciones de todos sus esforzados habitantes. Fantasmas de las batallas que vieron pasar y fantasmas de las tierras que una vez estuvieron labradas.

Quizá dentro de mil años alguien descubra las ruinas de Sotillos o Manzanares y un entusiasta guía dé explicaciones a los visitantes como hoy ocurre en Tiermes. De momento a nosotros nos corresponde la suerte de pasear por esta sierra y sus pueblos fantasma, respetando todas y cada una de sus piedras y casas porque es el único modo de honrar la memoria de aquellos que las levantaron y vivieron en ellas. De todos aquellos a los que, durante el paseo, nos parecerá escuchar susurrando entre el viento.

Información

Yacimiento de Tiermes y Museo:

Es muy recomendable visitar el museo antes que el yacimiento para de ese modo entender mejor lo que vamos a ver. Las visitas al yacimiento pueden ser guiadas o libres.

Horarios

  • Invierno (1 octubre -31 marzo):
    • De martes a sábado: 10:00 -14:00 h y 16:00- 18:00 h.
    • Domingos y festivos: 10:00- 14:00 h.
    • Cerrado: lunes.
  • Verano (1 abril- 30 septiembre):
    • De martes a sábado: 10:00- 14:00 h y 16:00-20:00 h.
    • Domingos y festivos: 10:00- 14:00 h.
    • Cerrado: lunes.

Teléfono: 975186156 / 975221428.

http://www.museodetiermes.es/


En Maderuelo se pintó el Paraíso

Vista de Maderuelo. Fotografía de José Javier Martín Espartosa (CC).

Debí ir hace más de veinte años pero no lo hice hasta la primavera pasada. Lo más curioso o extraño es que sin haber ido nunca este lugar era, es, de mis sitios preferidos. Creí que no me hacía falta ir hasta allí y es que me lo habían «traído», o eso pensaba yo, al lado de casa.  Por extraño que suene la montaña había venido a Mahoma. Y, sin embargo, la pasada primavera me obligué a ir. Fue como un deber que arrastraba desde hacía ya demasiado tiempo.

Allí estaba, un racimo de casas de piedra sobre un teso de la meseta castellana. Casas de buena piedra, con sus blasones y con sus sillares dorados, como dorado es el paisaje de trigales que rodea a la villa en mayo. Casas apretadas tras una pequeña muralla que nos da una pista del también dorado pasado del pueblo. «Ve esa casa, era una carnicería; ahí enfrente estaba la botica, y aquella casa de la plaza es el médico. Aquí íbamos a escuela». Esto me respondió el único habitante que encontramos aquella mañana soleada en Maderuelo cuando le saludé con un «qué pueblo tan bonito tienen ustedes». El anciano agradeció el cumplido y me dio buena cuenta de todo lo que hubo en el pueblo mientras caminábamos por la calle principal, desierta como solo un lunes por la mañana puede estar una calle. «Ya no queda nada», repetía con tristeza levantando el cayado.

Estamos en Maderuelo, el que fuera repoblado por el conde Fernán González en el siglo X tras su reconquista, y el que fuera cabeza de la comunidad de villa y tierra del mismo nombre. El esplendor de Maderuelo llegó, como ven, muy temprano; su decadencia también. Ya en el siglo XIII la necesidad de población en zonas más meridionales de la península hizo que la villa empezara a declinar lentamente. Por fortuna nunca lo hizo del todo y todavía podemos ver los recuerdos de su pasada gloria: su puerta almenada, los restos del castillo, las casas blasonadas, la plaza señorial y dos iglesias.

La primera que encontramos, la de san Miguel, reformada en el siglo XVI, formó parte del recinto defensivo y todavía se aprecian en ella las hechuras románicas. La segunda, la de Santa María del Castillo, en la plaza, conserva restos románicos, góticos y mudéjares pese a estar reformada debido a un incendio en el siglo XVI. Y en su lateral un mirador desde el que se descubren los ríos Riaza y Aguisejo embalsados y orondos por las copiosas lluvias de primavera en el pantano de Linares. Al otro lado, cruzando el puente y medio escondido en una tímida arboleda, el lugar que debí visitar hace más de veinte años. El lugar que todos debemos visitar: la ermita de la Vera Cruz.

Una ermita. No se trata nada más que de una pequeña y humilde ermita que se alza a orillas del embalse de Linares. Bajo sus aguas quedó el pueblo del mismo nombre y un puente medieval por el que se llegaba al templo y que asoma en época de sequía. Una ermita, nada más y nada menos. Se cree que el templo que hoy vemos, del siglo XII, sustituyó a una iglesia anterior, seguramente visigoda. De una sola nave y con una cabecera recta y arcaizante fue levantada casi en su totalidad en calicanto con algunas partes de sillería. Vendida en 1896 por el párroco de Maderuelo para pagar obras necesarias en la parroquia del pueblo, fue «redescubierta» y publicada en 1907 por Pedro Mata y Álvaro. Pocos imaginarían que en su interior guardaba un auténtico tesoro. Un tesoro compuesto por uno de los mejores conjuntos de pintura románica patria. Nada menos.

En 1924 se declaró monumento nacional evitando de este modo que corrieran la misma suerte que las pinturas de la vecina San Baudelio. Sin embargo, años después, en 1947, las pinturas tuvieron que ser arrancadas y pasadas a lienzo. El enemigo ahora no era un marchante de arte sin escrúpulos, sino el proyectado pantano de Linares. Las pinturas se llevaron al Museo del Prado, donde se instalaron en 1950 en una capilla de madera que reproduce exactamente su colocación original en el templo. La montaña fue a Mahoma. Por eso nunca tuve prisa por visitar Maderuelo, creí que con el traslado de las pinturas no había aliciente para viajar. Qué error.

El día que llegué las aguas del pantano se habían desbocado y habían entrado en la ermita. La puerta estaba abierta y dentro había algo más de una cuarta de agua. Entré con los pantalones remangados porque quería ver dónde, para qué lugar se habían pintado los frescos que tantas veces disfruté en el Prado. El agua segoviana, helada, me entumeció los pies pero mereció la pena. Todavía se distinguen las improntas de los murales y desde 2011 también pueden verse reproducciones de las pinturas originales.

Las pinturas de la Vera Cruz

La Magdalena. Pintura mural de la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo, anónimo, s. xii. Imagen: Museo del Prado.

Los murales conservados cubrían la cabecera de la ermita. Una cabecera cuadrada y cubierta con bóveda de cañón. En la bóveda, en su clave, aparece un Cristo en majestad con el libro y bendiciendo. Es un Cristo fuera del espacio y del tiempo y a la vez dueño de ambos. Enmarcado en la mandorla mística a la que portan dos ángeles, las cenefas que lo rodean remarcan ese estar fuera de nuestra realidad mundana, de nuestro tiempo humano y de nuestro espacio limitado. Cristo es aquí señor del tiempo y juez, Cronocrator y Pantocrátor. Y entorno a esta Maiestas Domini el resto de pinturas forman un conjunto perfecto de forma y significado. Como el Tetramorfos que aparece en los arranques de la bóveda. Un Tetramorfos de cuerpos humanos y cabezas de animal sobre bandas de color y escoltado por ángeles y querubines turiferarios con los cuerpos y las alas llenos de ojos. Aquí tenemos la miniatura mozárabe, sus modelos iconográficos, llevados a la pared, aumentados.

Esta bóveda del testero forma dos espacios en forma de luna, una en la propia pared de la cabecera, la otra en el espacio tras el arco triunfal. En este luneto aparecen dos escenas divididas por un extraño árbol de ocho ramas (quizá una palmera): a la izquierda la Creación con un Adán levantándose del suelo con ayuda de su creador junto a un frondoso árbol.  A la derecha, el pecado original con los desnudos más maravillosos del románico pleno español, casi me atrevería a decir que del románico. La conceptualidad del románico está toda en esos desnudos, despojados absolutamente de de carnalidad o sexualidad, y sin embargo tan expresivos en su antinaturalismo. Adán se lleva la mano a la garganta donde ya se aloja el fruto del pecado. Y ese árbol ponzoñoso entre Eva y él para dar más contexto si cabe: la ponzoña, las ramas retorcidas; el pecado, en definitiva.

En la pared opuesta, en el luneto  del cabecero, el Agnus Dei, otro motivo propio de los beatos hispanos y, cómo no, la cruz, titular del templo, sujeta por dos ángeles: en la ventana, la paloma personificando al Espíritu Santo. El Cordero apocalíptico no es otro que Cristo, ante el que se postran a un lado Abel y al otro Melquisedec. Representan a los justos pero además son prefiguraciones en el Antiguo Testamento del propio Cristo. En las jambas de los laterales de la ventana la redención representada con la pecadora Magdalena lavando los pies a Cristo a un lado y al otro la Virgen con el niño al que un rey rinde pleitesía. La mujer culpable del pecado original, Eva, la pecadora arrepentida, Magdalena, la mujer madre del Salvador. La mujer como principio y fin, protagonista para mal y para bien.

Los muros laterales que sujetan la bóveda se dividen en dos registros, pero desgraciadamente el inferior se perdió. En el que se conserva aparece una galería de arcos, seis a cada lado, donde se aloja un apostolado en el que se ve a san Pedro vigilante de la puerta de la muralla. Por ella asoman tres cabezas que podrían ser pecadores, incapaces de atravesarla pues la puerta de la muralla no es sino la puerta de la Jerusalén celeste, la Jerusalén apocalíptica. Cuadrada como cuadrada es casi la cabecera, tal y como se indica en el texto juanino. La simetria del espacio es maravillosa: el Paraíso perdido detrás, y, hacia el este, lugar por donde nace la luz, la promesa del Paraíso futuro, la Parusía. Del pecado a la redención y por tanto a la salvación y en ese camino, Dios observa desde la bóveda, porque solo a través de Él se alcanza esa salvación. En esa bóveda, lo circular simboliza el cielo, los muros, la cuadrada Jerusalén, la tierra. En la Vera Cruz está la unión perfecta, «la cuadratura del círculo», la perfección. Porque aquí se pintó el Paraíso, el terrenal y el celeste, el perdido Edén y la Jerusalén prometida, la nueva, donde Dios vivirá entre los hombres y todo será felicidad y belleza.

Por esto hay que ir a Maderuelo pese a que ya no estén las pinturas. Por la belleza del pueblo, declarado uno de los más bonitos de España. Por las bellas leyendas, como la de la doncella muerta, cuya momia puede verse todavía en la iglesia de santa María, o la del maestre templario al que la tradición hizo responsable de llevar hasta Maderuelo el lignum Crucis para el que se levantó la ermita. Por la belleza de la naturaleza como las hoces del río Riaza para las que Maderuelo ejerce de puerta y de campo base perfecto. Porque junto a la ermita, a orilla del pantano, se entiende mucho mejor el conjunto pictórico de la Vera Cruz ya que por un momento, por un instante creeremos estar en el Paraíso. Un paraíso donde Maderuelo se eleva tras la ermita y se refleja en las aguas que también reflejan los rayos de sol.

Ese momento, esa belleza y esa felicidad se convertirán en eternas para nosotros, como la belleza y la felicidad eternas de la Jerusalén celeste que se pintaron en los muros de una humilde ermita.

Información

Pinturas de la Vera Cruz de Maderuelo.

Hay que visitarlas en el Museo del Prado

Ermita y Villa de Maderuelo

Lo mejor es llamar al ayuntamiento para confirmar  los horarios de visita: tfno  921 55 61 10

Para comer/reposar:

Restaurante Veracruz, junto a la ermita, con terraza casi sobre las aguas del embalse. Las vistas son maravillosas.

Pasaje El Molino S/N. Carretera Ayllon Km 29. Maderuelo, 40554

Tfno. 619 75 29 73