¿A dónde se fueron los sesenta, Perry Lane?

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—¿Quieres decir algo como lo que Andy Warhol está haciendo?—, dije.

… pausa. «No es por nada», dice Kesey, «pero Nueva York está dos años por detrás».

(Tom Wolfe, Ponche de ácido lisérgico, 1968).

Cuando Ken Kesey llegó en 1958, acompañado de su santa mujer Faye, Perry Lane era un modesto tramo de asfalto irregular en el suburbio californiano de Menlo Park, con cabañas de madera oscura de una sola planta envueltas en sombras frías de secoyas y un roble gordo y viejo postrado en medio como una estatua olvidada. Era el barrio bohemio de la Universidad de Stanford, donde habían vivido importantes figuras académicas, como el premio nobel Felix Boch o Jon Lindbergh, el hijo del aviador, y donde seguían viviendo profesores y estudiantes de izquierdas; la única «zona libre» en decenas de kilómetros a la redonda donde se aceptaban la marihuana y el libertinaje. Kesey, un estudiante de veinticinco años, guapo e inteligente, venido del campo de Oregon, se instaló en el número 9 de la callejuela, en una cabaña de dos habitaciones, asistió a sus clases de escritura creativa en Stanford sin grandes aspiraciones, y se enganchó sin esfuerzo a la rutina de fiestas y cenas de la alegre Perry Lane, rodeado de algunos de sus compañeros de clase, como su fiel amigo Ken Babbs, Ed McClanahan, Robert Stone o el futuro Pulitzer Larry McMurtry.

Un año más tarde, en esa misma cabaña de Perry Lane, Kesey escribió Alguien voló sobre el nido del cuco, la historia de los pacientes de un hospital psiquiátrico sometidos a la tiranía del sistema; una novela que resultó un éxito de ventas internacional. La escribió en solo nueve meses, como parte de su curso en Stanford, en un ambiente que ya no era el bohemio de un año antes, sino algo distinto y nuevo: su casa estaba ahora repleta de alucinógenos y era el peyote el que le había dictado las primeras frases del libro, alentándole a aporrear su máquina de escribir en vísperas de una gran fiesta cargada de LSD, con su mujer Faye al fondo y su pandilla de amigos, los que luego Babbs bautizaría como los Merry Pranksters (Alegres Bromistas). Perry Lane había cambiado. Kesey había llevado la exploración a una dimensión desconocida, la de la conciencia, esa última frontera que los expedicionarios americanos no habían alcanzado en su tradicional conquista del lejano y salvaje oeste. Ardiendo en la fiebre exploradora que llevaba en la sangre y que todavía contagia a quienes pisan California, Kesey cambió Perry Lane al introducir el LSD con el ambicioso desafío de conquistar los confines de la psique, sin saber que esa pequeña revolución acabaría con la inocencia de EE. UU. —y con buena parte de sus neuronas— y salpicaría al mundo entero, mostrando una nueva forma de oír, de ver y de vivir. Aquellos aspirantes a escritores y artistas que se reunían en Perry Lane para leer a Burroughs, en voz alta, hasta sabérselo de memoria, admirando a Kerouac y las escenas de North Beach, en San Francisco, consumían ahora esa nueva sustancia que Kesey les ofrecía —desconocida todavía en el mercado de las drogas—, soñando, gritando, bailando ante la mirada cada vez más estupefacta de algunos vecinos, ante esa candidez del suburbio americano que los Pranksters y luego los hippies pillaron desprevenida.

Unos meses antes, en la unidad psiquiátrica del hospital de veteranos de Menlo Park, un bonito, blanco, siniestro asilo donde terminaban de enloquecer los excombatientes de la Segunda Guerra Mundial, Kesey se había ofrecido como cobaya a cambio de dinero —gracias a una recomendación de su amigo Vik Lovell, también vecino de Perry Lane, a quien le dedicó Alguien voló sobre el nido del cuco—, consumiendo alucinógenos todas las semanas, pasando noches encerrado en un cuarto blanco, susurrando a una grabadora los efectos de las drogas, hasta entonces desconocidos, y que en todo caso se reservó la CIA como parte de su proyecto secreto. Kesey se las apañó para llenarse los bolsillos de esos psicotrópicos a los que nadie más tenía acceso y siguió abasteciéndose incluso cuando dejó el experimento seis meses después y empezó a trabajar de ATS en el turno de noche del mismo hospital. (Aunque El nido del cuco está ambientado en un psiquiátrico de Oregon, se basó en esta experiencia directa en el hospital de Menlo Park).

En Ponche de ácido lisérgico, su increíble crónica de 1968, Tom Wolfe se afanó en contar con detalle la extraordinaria vida de los Merry Pranksters, sus vidas desconocidas en la callejuela de Perry Lane a principios de los sesenta, rociadas de LSD, de amor libre, de inteligencia y amistad; las aventuras de Kesey, Babbs, Mike Hagen y compañía antes y después del famoso viaje en un autobús destartalado llamado Further que untaron de colores chillones y que atravesó el país en una épica lisérgica que llevó a Neil Cassady —el Dean Moriarty de En el camino de Kerouac— a conducir durante tres días seguidos, sin dormir, su cabeza llena de anfetaminas y de verborrea.

«Todo el mundo se sentía atraído por el extraño apogeo del que habían oído hablar… el mítico Chile de Venado de la Callejuela, un plato de Kesey hecho con estofado de venado y LSD que podías consumir y luego ir a tumbarte por la noche al colchón en la bifurcación del gran roble en medio de la Callejuela y jugar al pinball con el espectáculo de las luces en el cielo… Perry Lane», escribió Wolfe.

«Era un escenario bohemio de verdad, con cabinas rústicas conectadas por caminos con vegetación y árboles. Artistas y músicos y estudiantes vivían ahí y se juntaban en alguna de las casas para beber vino, compartir comida y hablar de cosas profundas hasta las tantas. Barbacoas de cerdo en frente de la casa [de Kesey]. Partidos de baloncesto en la calle, la canasta clavada al gran roble. Música alta y conversaciones en voz alta. La generación beat apagándose y una nueva generación recogiendo el beat y llevándolo a lugares nuevos», me cuenta Babbs desde su granja de Eugene, en Oregon, desde sus setenta y cinco años, en una entrevista que ha preferido hacer por email.

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Algunos de sus antiguos residentes, los que se indignaron y sentenciaron, los que aprobaron y participaron, recordaron décadas después la «época dorada» de Perry Lane, los vómitos en las entradas de sus casas, la basura en medio de la calle el día siguiente a una gran fiesta, la marihuana que Kesey plantaba en la parcela pequeña y soleada de su vecino que llegó a ser tan frondosa y alta que cubría las ventanas de al lado. «No era mal vecino. Me gustaba ir a sus fiestas. Hacía piña con chile. Suena raro, pero estaba bueno», dijo pocos años antes de morir, en una entrevista, Paul De Carli, un científico emérito del heterodoxo Stanford Research Institute que vivía en la cabaña contigua a la de Kesey. «Hacía buenas fiestas. Algunas… salvajes. Nosotros no participábamos en las actividades de los Pranksters. Éramos los “carcas”. Pero fue una época muy buena, muy divertida. Kesey era el centro de Perry Lane, y muchos sentíamos indignación y fascinación a la vez», me dice Anne De Carli, de ochenta y dos años, viuda del científico, en una cafetería de Redwood City en la que quedamos para hablar. Su discurso está velado por el pudor y una memoria que se desvanece. No menciona el LSD ni el sexo libre en Perry Lane, tal vez porque la euforia de esa época la acallaron los años conservadores que vinieron después. El LSD era legal por entonces, por puro desconocimiento, igual que fueron legales casi todas las «pruebas de ácido» que hizo Kesey después con los Grateful Dead de fondo, ofreciendo zumos lisérgicos, la llave para la liberación de la conciencia y del individuo, decía, su espectáculo proselitista avanzando cada vez más hacia la revolución social, acaso espiritual. Quién sabe cuántos jóvenes inteligentes y cultos se tumbaron en el colchón junto al roble de Perry Lane para hace su «viaje», la noche murmurando en sus oídos los secretos de otro mundo.

En su famosa crónica, Wolfe escribió:

Lo de la Callejuela [Perry Lane] era demasiado bueno para ser real. Era el Lago Walden, solo que sin ninguno de los misántropos de Thoreau alrededor. En su lugar, había una comunidad de gente inteligente, muy abierta, sincera, (…) que se cuidada mutuamente, y compartía… de una forma increíble, incluso, y estaba embarcada en una especie de… bueno, aventura en la vida.

Eso que Perry Lane compartía de una forma increíble era el amor, incluso antes de que llegara el ácido. El intercambio de parejas era probablemente lo único que Kesey no había querido hacer público, porque pese a su actitud excéntrica y radicalmente libre, le preocupaba su imagen, y a lo mejor, por encima de eso, la de su esposa Faye, de la que nunca se separó; una mujer de belleza dulce y callada, fiel desde la adolescencia, a la que siempre se la recordaba lavando ropa, cocinando para todos, cuidando a sus hijos, amando a Kesey con esa alegría que compartían los Pranksters, tal vez con fe ciega. En 1962, ese mismo asunto lo enemistó con Gwen Davis, por entonces amiga cercana y asidua de Perry Lane —«una especie de Dawn Powell de la Costa Oeste», dijo Wolfe de ella en su Ponche de ácido lisérgico—. En su libro Someone’s in the Kitchen with Dinah, de ese año, Gwen Davis satirizó lo que ella llama «una asociación de intercambio de esposas, una práctica oficial y abierta que disfrutaban los hombres y mujeres de Perry Lane», con Ken Kesey a la cabeza. Perry Lane, que desde los barrios contiguos empezaron a llamar «la hondonada del pecado», se convirtió en «una infidelidad colectiva increíblemente solidaria», dijo una vez Jane Burton, profesora de filosofía en Stanford y vecina de la callejuela. La bailarina Chloe Scott, el alma pelirroja de aquella bohemia, fue menos sutil: «Todo el mundo se acostaba con todo el mundo».

El libro de Davis estaba a punto de editarse cuando Kesey la demandó por comprometer su privacidad, por dañar su imagen, porque su retrato de unos bohemios que intercambiaban a sus parejas en un suburbio de California era demasiado parecido a la realidad. Luego, furioso y determinado, mandó a la editorial una carta de amenaza salpicada de erratas. «Somos los intercambiadores de esposas. Si publican ese libro los llevaremos a juicio. Mi mujer está embarazada de siete meses. Esto pondrá en peligro nuestra situación en la comunidad, soy un estudiante de máster en el Departamento de Inglés de la Universidad de Stanford». La demanda obligó a Davis a modificar los nombres de los lugares y la descripción de los personajes hasta hacerlos irreconocibles, quitando «todo lo que tenía de interesante la historia», según cuenta ella misma hoy, por teléfono, desde su casa de Los Ángeles.

«Ken Kesey intentaba seducirme», me cuenta encendiendo sus setenta y ocho años, nostálgica, con un orgullo inseguro, recordando una América que apenas estaba saliendo de los cincuenta. «Me decía que a su mujer, Faye, que era encantadora, no le importaría que yo entrara en el club. Pero yo veía los ojos tristes de Faye cuando él se iba con otra. Yo solo era una estudiante tradicional de Stanford que vivía en Palo Alto», me dice, aunque luego confiesa que sucumbió a los encantos de Kesey cuando este le enseñó «a fumar hierba». «Kesey era una persona extraordinaria, brillante, con muchísimo talento, mucho más del que jamás llegó a explotar. Y Perry Lane era absolutamente diferente a todo lo demás. Estaba lleno de color, de vida, de gente inteligente. Era una civilización aparte. Era maravilloso». La voz de Gwen se arruga, se detiene, como incapaz de seguir describiendo con palabras lo que la nostalgia ha convertido en algo imposiblemente perfecto.

El LSD convirtió la fraternidad de Perry Lane en una comuna que todavía no era consciente de serlo, que solo era el fruto de la comunión, de la mágica sincronización mental a la que creían llegar quienes lo consumían juntos, en el mismo lugar. Cada vez más gente pasaba por Perry Lane para conocer a Kesey, el hombre que hablaba con la luminosidad del profeta y regalaba la experiencia de esa increíble novedad llamada ácido, el viaje, la clarividencia, decían; y se quedaban allí días, a veces meses, en una nueva fraternidad casi religiosa, ciega, sintética, la de los Pranksters, el amor fluyendo libremente entre hombres y mujeres, entre los setos de madreselva y los bosques de robles y secoyas que se extendían detrás de la callejuela, empujando a Kesey cada vez más hacia el pedestal del gurú.

Kesey era un hombre inteligente, brillante incluso, dado a observaciones agudas, que con su aire de cowboy y su cuerpo de luchador profesional leía y escribía sin parar —hasta que sus malogradas neuronas se lo impidieron— y conocía la literatura tan bien como la vida silvestre en ríos y montes, la naturaleza integrada en su subversión y en su búsqueda, una filosofía que sigue flotando en el aire de la Costa Oeste americana. Hablaba de esquivar los arquetipos, ser líder sin serlo, evitar los dogmas, dejar que cada uno «haga su cosa», aceptar y asimilar el mundo externo como hacía la tierra que pisaba, en armonía y paz, «subirse a la ola» y hacerla suya; muchos de los principios que luego retomaron los hippies y que calaron en la naciente industria tecnológica de Silicon Valley. Aunque, a la hora de la verdad, Kesey era el líder incuestionable de los Pranksters, de toda Perry Lane, y sus palabras tenían el peso del mesías.

Uno de los que empezaron a pasearse por ahí en aquella época fue el joven y desconocido Jerry García. Fue en Perry Lane donde García, medio gallego y desgreñado, virtuoso de la guitarra y del bluegrass, conoció a un trompetista de Berkeley llamado Phil Lesh, con quien enseguida formó un grupo al que llamaron The Warlocks, hasta que se dieron cuenta de que un tal Lou Reed ya se había apropiado de ese nombre en el lejano Nueva York. El grupo pasó a llamarse Grateful Dead, inseparable ya para siempre de Kesey y de toda Perry Lane. La precaria vida comunal de los Pranksters se llenó de colores vivos, chillones, concéntricos, geométricos, oblongos, deformados, que intentaban replicar lo que ocurría en el mundo que se abría debajo de los párpados bajo los efectos del ácido —arte psicodélico, lo llamaron más tarde—, y poco a poco también los Grateful Dead lo llevaron al terreno de la música, varios años antes del primer hippie, varios años antes de que se popularizara la psicodelia, varios años antes de que los Beatles oyeran hablar del LSD.

«Estábamos subidos a una ola, no solo nosotros, también muchos otros. Nosotros no creamos la ola, pero tuvimos la suerte de ser uno de los primeros en la ola. Una vez, en los setenta, Kesey dijo: “y esa ola sigue avanzando. Creo que está llegando a Kansas”. Claro que la ola continuó por todo el planeta y ahora el mundo entero está psicodelizado. Ya no hace falta tomar ácido. Cuando le preguntaron si todavía tomaba LSD, Kesey contestó: “No hace falta, somos como los perros de Pavlov, solo tienes que darle un golpe al autobús [Further] y empezamos a alucinar”», me dice Ken Babbs, el hombre que capitaneó a los Pranksters, el brazo derecho de Kesey, el escritor graduado de Stanford que tardó cuarenta y cinco años en terminar su novela, Who Shot The Water Buffalo? (2011)

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Las noticias de Perry Lane, que por entonces ya solo giraban en torno al carismático Kesey, llegaron a la bohemia de San Francisco (48 kilómetros al norte), a los oídos de Neil Cassady, que un día de 1962 apareció en su casa, sin previo aviso, sin apenas conocerlo. Nunca nadie preguntó por qué se presentó aquel día, musculoso, en un jeep destartalado, hablando a mil por hora, en un gran monólogo desconcertante, loco, anfetamínico, «como un Finnegans Wake a gran velocidad», según lo describió el propio Kesey. Cassady, un hombre también carismático, salido de una infancia mísera y una adolescencia delincuente, de escasa formación, musa de Kerouac, marido polígamo y amante ocasional de Ginsberg, se convirtió en el nuevo héroe de Kesey y en el más extremo de los Pranksters. Añadió al grupo una locura siniestra, y más de un vecino respiró aliviado cuando Kesey volvió a hacer las maletas un año después y anunció que se mudaba a otro sitio más grande.

Kesey tomó la carretera y condujo 23 kilómetros al este hasta La Honda, una bonita zona boscosa a orillas de la Ruta 84, poblada de coníferas y ranchos de cowboys, a medio camino entre Menlo Park y la costa del Pacífico. Con él se llevó el ambiente de Perry Lane y la determinación de prolongar la leyenda de los Merry Pranksters durante mucho más tiempo. Se instaló con la pandilla en una casa de madera en medio de un bosque de secoyas, escenario de la más salvaje de las comunas que los futuros hippies podrían haber soñado, de las más salvajes y largas fiestas de ácido que ni en sus peores pesadillas podría haber previsto Timothy Leary, y ahí terminó el que la crítica y él mismo consideraron su mejor libro, A veces un gran impulso —elogiado como una de las grandes novelas americanas del siglo XX—, antes de emprender el famoso viaje a bordo del Further en 1964. Perry Lane se vació, de gente, de fiestas, de flores, —de LSD—, de las vallas con setos de madreselva que rodeaban los jardines sin importancia.

Hoy, Perry Lane es una calle más en el mapa de Menlo Park, el pueblo plácido y próspero que, como su vecina Palo Alto, abraza la Universidad de Stanford, en el corazón de Silicon Valley, en el norte de California. Es una mañana soleada de diciembre de 2014 y los coches de lujo aparcados en sus bordes resplandecen en el primer frío del valle, las nubes al fondo con su promesa lejana de aliviar la sequía, el goteo del tráfico apagándose detrás, en Sandhill Road, donde los Venture Capital inyectan millones al nuevo Silicon Valley, ese que se despega, demasiado rápido, de sus raíces psicodélicas, las del primer Steve Jobs, las de Douglas Engelbart, el Stanford Research Institute y todos aquellos que ensoñaron sus inventos en el extraño viaje del LSD.

Las nuevas mansiones, de dos o tres plantas y vallas blancas, cada una de un estilo distinto, se suceden una tras otra, con sus fachadas relucientes, el Porsche deportivo aparcado en frente, como si nada, junto a un lote en construcción comprado seguramente por más de dos millones de dólares. Solo los buzones al borde de la callejuela, de hojalata oxidada, delatan un pasado menos opulento. «Casi todos los de aquella época se han ido», me dice Eva Maria, dueña de una de las últimas chozas que quedan en el barrio, en la calle Leland. «Esto es prohibitivo ahora. Ya no queda nada de aquella comunidad. Yo llegué más tarde, en el año 1970, cuando ya se había ido Kesey, pero me han hablado maravillas de esa época», cuenta sentada en su Dodge de los cincuenta, cada milímetro del interior del coche rellenado con hojas, cuadernos, libros, ropa, floreros, botellas, hasta el punto de que todo ello parece un líquido espeso a punto de desbordar por las ventanas. «Este es mi salón», dice sonriendo frente al volante, apartando un crucigrama a medias.

Algo queda del pasado bohemio de la callejuela, que ahora llaman avenida a pesar de ser una travesía con ocho casas, tal vez por rememorar su nuevo estatus, por olvidar la dudosa fama de las décadas anteriores. Queda una cierta nostalgia endurecida que se resiste a desaparecer entre las nuevas construcciones, la intimidad de los senderos adyacentes, casi sin asfaltar, y alguna que otra choza de madera ennegrecida, como la de Eva Maria. Ya no está el roble, el «árbol de Kesey», como lo llamaban, en mitad de Perry Lane, en cuyo hueco hay un nuevo árbol joven con una placa que dice, con aburrido eufemismo: «Árbol de Perry». Pero la canasta sigue ahí, en su versión moderna, colocada frente al árbol, acaso como último recuerdo de una revolución olvidada, ignorada, despreciada, pese a que sus cenizas siguen esparciéndose por el cielo azul de California. El roble de Kesey murió viejo y enfermo hace nueve años, mucho después de que los constructores demolieran toda aquella inmoralidad, durante el verano del 63, dejando solo unos titulares en los periódicos locales: «El fin de una era».

Avanzando unos metros hacia el este de Perry Lane, en Stanford Avenue, se levanta una bonita cabaña con grandes ventanales flanqueada por una secoya solitaria. Es «el árbol de Chloe», como se le conoce. Frente a la entrada, hay un cartel blanco y azul: SE VENDE. Ahí vivió Chloe, la bailarina, la misma que juntó a Kerouac con los Pranksters sin demasiado éxito en un piso de Nueva York. Chloe fue una de las últimas vecinas de la vieja bohemia en abandonar el barrio, hace unos pocos años, vencida por la vejez. Me dicen que sigue viva, en algún lugar del sur de California.

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Fotografía: Carlos Martínez de la Serna


Los poetas ya no escucharán a Janis Joplin esta noche

Richard Brautigan. Foto: Cortesía de Atlanta Contemporary Art Center.
Richard Brautigan. Foto: Cortesía de Atlanta Contemporary Art Center.

«Diamond» Dave Whitaker, poeta y conocido personaje de San Francisco, caminaba en círculos nerviosos en la entrada de la biblioteca, arrastrando una carcajada ronca y huidiza. Llevaba una boina roja de cuero tapando parte de las greñas mitad rubias, mitad blancas que caían, como sus setenta y siete años, sobre unos hombros inquietos. Su cuerpo pequeño y muy delgado se movía con una agilidad juvenil, sus piernas diminutas encogiéndose en unos vaqueros que habían sido negros.

Dentro de la biblioteca deambulaba Michael McClure, el famoso poeta beatnik, el amigo de Janis Joplin y de los Doors, el Pat McLear del Big Sur de Kerouac. Alto y esbelto, con su aire caballeresco, deslizaba sus ojos profundos por la gente ahí concentrada, ansiosa de protagonismo, en busca de alguien, de algo a quien reconocer. Llevaba una camisa azul de montaña, su cuello envuelto en un fular del mismo color. Su mirada era clara y joven, veloz, como lo fue su voz un rato después cuando empezó a hablar, sin titubeos, sin necesidad de estirar ni forzar sus ochenta y un años.

«Recordando a Richard Brautigan», rezaba un cartel del festival literario de San Francisco, LitQuake, un humilde homenaje en respuesta a los treinta años de ausencia del escritor y poeta que mejor representó al movimiento hippie. Los últimos supervivientes de la contracultura de los años sesenta, acompañados de un puñado de familiares y de fans, salieron de las esquinas para estar ahí presentes, en la Universidad de Berkeley, en este octubre cálido, venidos de quién sabe qué tugurios, qué bares, qué vida precaria sin pensión y sin salud pero llena de ideales. Se sentaron con una excitación que solo podían compartir entre ellos, con sus melenas y barbas blancas, sus ochenta años de alcohol y poesía resistiéndose al paso del tiempo y a admitir que de Brautigan ya solo quedaban unas pocas anécdotas, siempre las mismas, que desempolvaban de vez en cuando para contar a sus nietos.

Diamond Dave jaleó desde su asiento, y lo hizo cada vez que se escucharon grabaciones de vídeo de otros emblemas de la contracultura, antiguos amigos poetas de Brautigan que no pudieron asistir al evento por estar lejos, por viejos o por demasiado famosos, y que lo recordaron como se recuerda treinta años después, sin rencores ni cariños vivos; solo nostálgicos de una época. Peter Coyote, fundador del colectivo The Diggers; Tom McGuane y Jim Harrison, del círculo de Montana, con los que Brautigan compartió copas, cañas de pescar y pistolas en el rancho en el que vivió en sus últimos años; Billy Collins, la gente de City Lights, todos hablaron con los mismos ojos encendidos con los que el también poeta, premio Pulitzer, profesor y moderador de la noche, Robert Hass, encajó más tarde cada una de las palabras pronunciadas por McClure.

Hablaron del hombre, poeta, escritor, loco, que por buena o mala suerte saltó a la fama con La pesca de la trucha en América, un libro inclasificable de 1967, a medio camino entre la novela, el relato y el poema, un trozo de belleza y de sinsentido sacado del oeste americano, del lenguaje más plano y espontáneo combinado de una forma inesperada.

«El movimiento hippie no había producido nada de valor, y de repente llegó La pesca de la trucha con toda su belleza. Por fin teníamos algo valioso». Tom McGuane hablaba desde su casa de Montana, el río bravo y frío fluyendo a apenas un par de metros de su ventanal, la vitalidad de una vida intensa brillando en sus ojos. Fue fácil imaginarlos a Brautigan y a él pescando truchas bajo el dramático paisaje montañoso en vísperas de alguna de las fiestas salvajes que tanto Richard como su hija Ianthe describen en sus libros, con Peter Fonda, Dennis Hopper, Jim Harrison, McGuane, Jack Nicholson, Harry Dean Stanton, todos juntos o por separado consumiendo su fama en los ranchos de Montana, entre drogas, alcohol y locuras amorosas.

Lo recordaron arrastrando su enorme estatura por North Beach —«la mejor universidad, donde todo lo aprendimos», según Diamond Dave—, admirando su reflejo en la ventana de un restaurante en Washington Square, acaso sonriendo con ironía a la niebla de la mañana, a la fama que le quitó más de lo que le dio. Lo recordaron borracho de bourbon y de sí mismo, celebrando su cumpleaños con Janis Joplin, desparramando su genio en cada sobremesa, soltando carcajadas nerviosas, jugando con su pistola, amando —profunda, desesperadamente— a su hija Ianthe.

Hablaron de su actitud seca y su tremendo ingenio. «Brautigan no tenía ninguna piedad. Si había siete personas en un grupo, solo dos le entendían, y él hablaba para esos dos. Se dirigía solo a los CI [coeficientes intelectuales] más altos», recordó Coyote con una sonrisa a medias.

Sus libros traslucen esta actitud, el humor absurdo, la ironía amarga de alguien que se burla de todo.

Diamond Dave asentía con vehemencia.

 Foto: Corbis.
Foto: Corbis.

La pesca de la trucha en América vendió dos millones de copias del tirón, aquí y allá, engordando dos millones de veces la incipiente y frágil vanidad de su autor, o acaso fue solo un intento por llenar los agujeros de su infancia hechos de pobreza y miseria y abandono. En EE. UU., en Europa, en Japón, Brautigan causó furor y mantuvo a sus lectores expectantes con cada libro que sacaba, siempre fiel a esa promesa de compartir su original forma de pensar, de decir lo primero que se le ocurría y convertirlo en algo brillante o en un absurdo absoluto; compartiendo su intimidad y su ternura, los pelos en el lavabo, el olor a sexo entre sus sábanas, su admiración por las flores, por las mujeres, su amor paternal por Ianthe. Fueron esos mismos lectores los que un día lo rechazaron, por decadente, por borracho, por obsceno, por escribir tonterías. («Si la “palabra de cuatro letras” le ofende, este libro no es para usted», había advertido una de las primeras reseñas de La pesca de la trucha). Su éxito se fue apagando poco a poco, pero Brautigan siguió escribiendo, bebiendo, haciendo llamadas telefónicas obsesivas, larguísimas, leyendo textos enteros a larga distancia. Nadie sabe de qué huía exactamente, si de sí mismo, de su decadencia, de su incapacidad de ser un buen padre, de su infancia traumática de la que casi nunca hablaba.

McClure era uno de los que estaban constantemente al otro lado del teléfono. «Me podía llamar seis veces en un mismo día. Era capaz de darle vueltas durante días a un asunto. Un día me llamó a las dos de la mañana para decirme que su editor le había ofrecido un adelanto de sesenta mil dólares pero que no sabía si debía pedirle sesenta y cinco mil. Le dije: “Richard, son las dos de la mañana, podemos hablar de esto por la mañana”. Pero él siguió y siguió durante un buen rato. Así era», dijo McClure atusándose el pelo blanco, abundante, la mirada ligeramente estrábica o tal vez perdida en la mecánica de unas frases mil veces repetidas. Su voz tenía una potencia que hizo pensar en la que debió tener treinta años antes, cuando recitó sus poemas entre cantos, en la misma ciudad de Berkeley, ante un público joven y atónito.

«Cuando Ken Kesey estaba escribiendo Alguien voló sobre el nido del cuco, Brautigan se convenció de que lo estaba retratando a él. Había estado ingresado en ese mismo psiquiátrico con veinte años. Estaba convencido de que el libro era sobre él», dijo McClure con un estupor aún fresco, como si hubiera visto a Brautigan esa misma mañana. Pero luego la memoria se desvaneció. Hubo muchas preguntas sin responder. Hubo esa sensación de silencio y de ausencia prolongada, de que ya nadie se preocupaba por conocer los detalles de la vida de Brautigan: llevaba demasiado tiempo muerto y el mundo había seguido girando sin él, contra él, a favor de ellos.

Tras el éxito de La pesca de la trucha, las fiestas de Brautigan, hasta entonces hechas de rondas de vinos en pisos sin amueblar, cobraron otra dimensión. «Marihuana, drogas duras, Jefferson Airplane», recordó Diamond Dave con un balanceo constante y eufórico. Hablaba con voz agrietada y rota, hilvanando palabras rápidas, a ratos incomprensibles, repletas de poesía, probablemente de sus propios poemas. DD hizo un repaso de la década maravillosa, desde 1957, cuando llegó a San Francisco atraído por la generación beat; contó cómo introdujo a su paisano y amigo Bob Dylan en la marihuana y en Woody Guthrie; cómo celebró con Kerouac la llegada de los primeros ejemplares impresos de En el camino; cómo conoció a Brautigan durante un recital público de su poema «sobre el tío que mea en el lavabo, ¿quién no lo ha hecho alguna vez?». Entonces supimos que aquello era un homenaje más a un tiempo que a un hombre, y que quienes hablaban eran los últimos testigos de ese tiempo inherente a San Francisco.

Hablaron más poetas. Habló Joanne Kyger del budismo zen y sus viajes a Japón y a India con Allen Ginsberg, Peter Orlovsky y su marido Gary Syder; habló Ishmael Reed sobre la genial irreverencia de Brautigan; habló la exmujer de Ron Loewinsohn sobre la amistad que unía a Ron y a Richard. Habló David Meltzer de la transformación de su amigo escritor hacia un ser difícil, envenenado por el alcohol. Pescó, con pasión apenada, recuerdos aquí y allá de los sesenta, no del todo relacionados con Brautigan. «Perdonad mi discurso inconexo», dijo, su voz flaqueando de vejez y de nostalgia entre carrillos colorados, sonriendo bajo sus gafas enormes, su cara envuelta en una melena blanca y barba abundante. «Cuando uno llega a ciertos estadios de la vida la cronología se rompe y solo quedan trozos de memoria cayendo como confettis». Fue una de esas frases que podrían haber sido de Brautigan.

Apenas se mencionó la sensibilidad y la ternura de los personajes literarios de Brautigan, casi siempre autobiográficos, y que tal vez lo representaron más de lo que se quiso recordar esa noche. Esa fue, por lo menos, la imagen que precedió a su larga carrera como alcohólico, el que seguramente siguió siendo en sus momentos de soledad y cordura.

Dos años antes de pegarse un tiro con cuarenta y nueve años, Brautigan escribió uno de sus mejores libros. So the wind won’t blow it all away llegó demasiado tarde y no fue capaz de reenganchar a un público ya hastiado. En él pareció volcar el dolor que llevaba escondiendo toda su vida bajo capas de humor y de whisky. El libro es una reconciliación, una vuelta del exilio, un relato muy triste de una infancia desamparada. Una pequeña obra maestra llena de esa belleza que en el fondo parecía embriagarlo más que el alcohol.

«Durante todos estos años he pensado qué es lo que se ha perdido Richard Brautigan», dijo una amiga de la infancia de Ianthe, alegre compañera de tardes de helados por North Beach. «No se perdió los ochenta. No se perdió los noventa. Pero le habría encantado el siglo XXI. Y, sobre todo, ¡le habría encantado Twitter! Era un experto desafiando el lenguaje oficial e institucional. Seguramente habría desafiado el propio lenguaje de Twitter, tuiteando cosas como: “Hoy me tomé un helado que parecía el sombrero de Kafka“».

Estuvimos de acuerdo. Habría tuiteado, quinientas veces al día, obsesivamente, cosas como:

El mar es como
un viejo poeta de la naturaleza
que murió de un
infarto en una
letrina pública.

O:

Si estás pensando en algo que pasó hace mucho tiempo: Alguien te hizo una pregunta y no sabías la respuesta. Ese es ni nombre.

Al terminar el homenaje, bajo un cielo turbio y húmedo, nos encontramos con Diamond Dave. Miraba a su alrededor con sus ojos vivos y azules incrustados en torno a una nariz aguileña: la bruma y la tarde habían caído sobre el campus de Berkeley, sobre la torre de la campana, sobre los montes que años atrás se quemaron y arrasaron las casas dejando solo unos cubiertos ennegrecidos. «¿Qué tal estuve?», nos preguntó, exultante, enseñando los dientes a la noche oscura, como inquieto por el fin de la fiesta y de un momento que se fundiría para siempre en el final de su vida y de una generación entera. «No sé si he estado incoherente».

Le dijimos que había estado maravilloso.

Foto: Corbis.
Foto: Corbis.